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La soledad y el fuego interior

Nara despierta en un hospital, sintiéndose sola y marcada por una maldición que la ha hecho sentir aislada. Tras encontrar a su maestro herido, descubre que dentro de ella reside un demonio llamado Fotiaimatuos, lo que alimenta el miedo hacia su persona. A medida que se recupera, comienza a forjar una conexión con Finn, un chico sensible a su energía, lo que le brinda un atisbo de esperanza y compañía en su vida solitaria.

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La soledad y el fuego interior

Nara despierta en un hospital, sintiéndose sola y marcada por una maldición que la ha hecho sentir aislada. Tras encontrar a su maestro herido, descubre que dentro de ella reside un demonio llamado Fotiaimatuos, lo que alimenta el miedo hacia su persona. A medida que se recupera, comienza a forjar una conexión con Finn, un chico sensible a su energía, lo que le brinda un atisbo de esperanza y compañía en su vida solitaria.

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Capítulo 2 – El nombre del fuego

Al abrir los ojos, lo primero que sentí fue el silencio. Una quietud pesada, que parecía colarse entre
las paredes y aferrarse a mi piel como la neblina matinal. Me encontraba en una habitación
extrañamente vacía. No había flores, ni retratos, ni mensajes de apoyo. Ningún rostro familiar o
angustiado esperaba junto a mi cama. Solo una camilla, una ventana alta que dejaba entrar una luz
grisácea, y una soledad que se sentía más fría que el metal del suelo.

Estaba viva.

Mi cuerpo estaba cubierto por vendas, pero no sentía dolor. Solo un vacío tibio, como si mis
sentidos aún no despertaran por completo. Estaba viva… viva y sola. Tal como dijo Xaion. Las
palabras que me lanzó como cuchillas antes de desvanecerse ahora pesaban más que nunca. Tenía
razón. Siempre he estado sola. Por estar “maldita”.

Ya tendré tiempo para investigar eso… ahora hay algo más urgente. Necesito saber cómo está él.

Me incorporé con esfuerzo. A un lado, en un mueble sencillo de madera, descansaba un cambio de


ropa cuidadosamente doblado: una camiseta negra, unos pantalones anaranjados, y una chaqueta
del mismo tono, adornada con líneas azules. El naranja… mi color favorito. Como las mandarinas
frescas de la aldea. Como la salsa del ramen que tanto amo.

Me vestí en silencio y abrí la puerta.

El hospital tenía un olor a medicinas, sudor seco y desinfectante. Caminé por los pasillos como un
fantasma, sin rumbo fijo, con los ojos rastreando cada sala, cada rostro. Vi a ancianas llorar en
soledad, niños con la mirada perdida, sin lágrimas ya, y ninjas con vendajes tan gruesos que
apenas se distinguía su carne. El dolor habitaba este lugar. Me di cuenta de que, dentro de todo,
no era especial. No lo suficiente como para que mi sufrimiento importara más que el de los demás.

Y aun así… seguí buscando.

Hasta que lo encontré.

La puerta estaba entreabierta. Dentro, había una sola cama, y en ella yacía él. Mi maestro. Su
rostro estaba pálido, pero respiraba. Estaba vivo. Una ola cálida me recorrió el pecho. Entré con
timidez, como si cualquier ruido pudiera romper ese momento. Y entonces, él abrió los ojos.

No pude sostener la compostura. Me quebré como cristal. Mis piernas cedieron, las lágrimas
brotaron sin que pudiera detenerlas, y mi corazón, al fin, se permitió sentir el miedo que había
reprimido. Me acerqué a la cama, y sin pensar, lo abracé. Me aferré a su torso con fuerza, como si
necesitara asegurarme de que seguía ahí, de que no era otro sueño. Él, que casi muere por mi
culpa. Él, que casi entregó algo tan valioso… su vida… por protegerme.

Sus manos se posaron con suavidad sobre mi cabello. Un gesto simple, pero lleno de significado. La
calidez de sus dedos me sostuvo en ese abismo de emociones, y me dio el valor de preguntar:

—¿Qué sucedió?... No recuerdo mucho, señor...

Él bajó la mirada. Su voz fue serena, pero arrastraba un cansancio que no era solo físico.
—No hace falta repetir la historia, Nara… Lo importante es que ahora estamos a salvo.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo. Aparentemente, le sorprendía algo. Las vendas de mi espalda aún
estaban puestas, pero las demás habían sido retiradas. No tenía heridas visibles. Nada. Ni
quemaduras, ni cortes, ni moretones. En cambio, él tenía una gran herida en el abdomen, vendada
y tratada, pero aún latente. Dolorosa. Había sufrido… y yo, no.

Horas después, compartimos algo de comida. Y entonces, mientras masticaba con lentitud, me lo
contó. Lo justo. Lo necesario.

—Xaion era uno de los ninjas que protegían al líder. Un guardaespaldas leal, hasta que la ambición
lo corrompió. Quiso más… más poder, más reconocimiento. Pero cuando estás dispuesto a herir a
otros para lograr tus metas, dejas de ser miembro de la aldea y te conviertes en enemigo. Ese fue
su error.

Su voz era una mezcla extraña: rabia contenida… y paz resignada. Como quien acepta que hay
cosas que ya no puede cambiar.

—¿Y lo que él dijo… sobre esa maldición? ¿Es verdad?

El silencio fue largo. Casi insoportable.

—En parte, sí —dijo al fin, con un suspiro profundo—. Dentro de ti descansa un demonio… uno
más grande que cualquiera que haya existido. Pero eso no significa que todos te odien. No estás
sola, Nara. Yo siempre estaré para ti.

Otra pausa. Esta vez, más oscura. Más pesada.

—Fotiaimatuos. El demonio del odio. Ese es su nombre. Lo vimos en una clase de historia en la
academia… ¿recuerdas? La Era del Fuego. El día que nació esa bestia, fue el día en que murieron
muchos. Tus padres entre ellos. Ese mismo día naciste tú. Por eso… unos ninjas sellaron en ti a esa
criatura. Nadie sabe cuánto durará el sello. De ahí nace el miedo hacia ti.

Me quedé muda. Cada palabra se sentía como una piedra en el pecho. Era mucho. Demasiado.

—Hablé con los ninjas que nos rescataron —añadió—. Dijeron que realizaste un jutsu de alto nivel.
Así que… toma.

Sacó una chaqueta ninja y la extendió hacia mí. Al tomarla, mis manos temblaban. Era lo que
siempre quise… pero dolía. Dolía más de lo que imaginé.

Más tarde, decidí volver a casa. Caminé sola por la aldea, y en el camino, vi a un grupo de chicas
que se dirigían al bosque. Jugaban, reían. Entre ellas… estaba Ura. La chica bonita de antes. La que
parecía brillar entre todas. En el fondo, quise hablarle. Ir con ellas. Sentirme incluida. Pero no me
atreví. Ura siempre fue inalcanzable para mí. Intocable. Yo no le llegaba ni a los talones.

Los días pasaron.

Estudié con más empeño. Entrené hasta quedar exhausta. Comí bien, me cuidé… y aun así, no
lograba dejar de sentirme ansiosa.
Una tarde, me senté junto al río, observando cómo el agua arrastraba hojas secas río abajo. Y
entonces lo vi. Finn. Siempre callado, siempre observando. Tenía una forma distinta de estar.
Silenciosa, pero atenta. Lo había visto antes: ayudando a ancianas, jugando con niños, leyendo en
los jardines del templo. Siempre solo… pero nunca sombrío.

Tomé aire. Decidí acercarme.

Al verme, se puso rojo como un tomate. Su piel pálida, su cabello lila y desordenado… todo en él
combinaba con esa timidez tan suya. Nunca habíamos hablado mucho, pero en ese instante, algo
me empujó a hacerlo.

—Hola —le dije.

—E-eh… hola, Nara. ¿Cómo estás?

La voz de Finn sonó temblorosa, como si no supiera bien que decir. Sus ojos se abrieron
ligeramente, y por un instante, su expresión se deformó en algo que no supe descifrar de
inmediato: sorpresa… ¿miedo?

Sus pupilas se dilataron.

—¿Qué sucede? —pregunté, alarmada por el repentino espanto en su rostro.

Finn se puso de pie con rapidez, acercándose con pasos apresurados. Podía sentir su ansiedad
como una ráfaga de viento: suave, pero insistente. Sus cejas se fruncieron mientras me observaba
con atención.

—Tu... tu espalda… —murmuró—. Tienes una herida..

Ah, claro. Por un momento olvidé que Finn era sensible a la energía interna de las personas. Un
poder especial que pocos tenían. No solo vio la venda… seguramente sintió lo que hay dentro. O lo
que intenta salir.

Lo miré con una sonrisa tranquila, como si intentara calmarlo a él… o a mí misma.

—Sí, lo sé. Estoy bien. Es solo un rasguño, nada grave…

Él entrecerró los ojos, claramente no muy convencido.

—¿Quieres medicina? Puedo ir a buscar—. Dio un paso hacia atrás, listo para correr al pueblo.

Pero lo detuve.

Tomé su mano antes de que pudiera irse. Fue un acto reflejo, suave pero firme. Y en ese instante,
noté cómo sus dedos se tensaban, luego se sonrojaban, como si el calor subiera desde sus manos
hasta sus mejillas. Me miró con una mezcla de sorpresa y… ternura.

No quería que se fuera. Llevaba demasiado tiempo sola. Demasiado tiempo escondida detrás de
una sonrisa rota. Y ahora… su presencia llenaba un vacío que ni yo sabía cómo nombrar.

—Estoy bien —repetí con una voz más suave, casi un susurro—. Quédate. Siéntate.
Me dejé caer en el suelo, junto al río, y aparté con una mano la hierba húmeda, haciendo espacio a
mi lado. Finn se sentó despacio, aún algo nervioso, pero con una sonrisa discreta.

—¿Qué tal tu día? —le pregunté, buscando normalidad. Calma.

Y así empezó la conversación. Primero cosas simples: el entrenamiento, las comidas de la semana,
una anécdota con un anciano del barrio viejo. Después, poco a poco, las palabras se hicieron más
sinceras. Compartimos recuerdos, miedos, pequeñas confesiones dichas a medias, como si cada
frase tejiera un lazo invisible entre nosotros.

El tiempo dejó de existir.

El río murmuraba a nuestro lado, los pájaros cambiaban de canto, y el cielo se tiñó de naranjas y
violetas sin que lo notáramos. Solo cuando las sombras comenzaron a alargarse, y el aire se volvió
más frío, supimos que era hora de irnos.

Me levanté con algo de pereza. No quería que terminara. Pero entonces, cuando ya nos dábamos
la vuelta, Finn se detuvo. Dudó un segundo, y luego dijo algo que me hizo contener la respiración:

—Mañana empiezan las primeras charlas con los superiores —dijo, rascándose la nuca—. Ya
sabes… el proceso de formación de grupos. Nos van a separar.

Sus ojos se clavaron en los míos, con una esperanza tímida pero intensa.

—Ojalá estemos en el mismo equipo. Nos vemos, Nara.

Y se fue, dejándome con esa última frase flotando en el pecho como una promesa que no quería
olvidar.

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