Capítulo 1 – El día en que despertó el fuego
La mañana había despertado con un frío extraño, uno de esos que calaba hasta los huesos
a pesar de que el cielo no estuviera nublado. Era una soledad helada, no porque estuviera
sola en el mundo, sino porque así se sentía. Nara dormía profundamente hasta que un
rayo de sol se coló por la pequeña ventana de su habitación y le golpeó directo en la cara.
Frunció el ceño, se dio la vuelta intentando esquivarlo, pero al ver la luz más intensa que
de costumbre, abrió los ojos de golpe. Tardó un segundo en reconocer la hora. Su corazón
se aceleró.
—No, no, no… ¡Voy tarde! — exclamó al levantarse de golpe, su voz quebrada por el
sueño.
Las pruebas eran ese mismo día. No una prueba cualquiera. Eran las pruebas que cada
aprendiz esperaba desde que entraba a la academia. Era el primer paso hacia su sueño, el
momento en el que podría demostrar su valor y, en su caso, dejar de ser solo "la chica
rara". Con manos temblorosas, buscó su ropa. No tenía muchas opciones; su vida nunca
había sido fácil ni abundante. Escogió sus mejores prendas, que también eran las únicas
decentes que poseía. Una camiseta color mostaza con un símbolo desdibujado en la
espalda y un pantalón oscuro, algo desgastado, pero limpio. No era nada comparado con
los uniformes elegantes de otros estudiantes, pero era suficiente.
Recogió su largo cabello rubio en un moño alto con dos palillos de madera. Le había
tomado tiempo aprender a peinarse así sin ayuda, pero le gustaba. Le hacía sentir mayor,
como una guerrera. Al salir, el viento la golpeó de frente. Sus mechones dorados, sueltos a
los lados, se agitaban al ritmo de sus pasos mientras corría por los callejones de la aldea.
Su cuerpo era delgado, casi frágil. La alimentación nunca había sido su fuerte. No por falta
de apetito, sino por falta de recursos. Su piel tostada, como el trigo maduro, llevaba
consigo el reflejo de días enteros bajo el sol, ya fuera pescando o corriendo por los ríos.
Nara no era como las demás chicas de su edad: nunca había tenido un interés especial por
la lectura ni por la meditación. La paz le parecía aburrida. Ella prefería la acción. Era
impulsiva, algo ruda, con fama de rebelde. Pero era su forma de protegerse.
Al llegar a la academia, el bullicio de los estudiantes la hizo frenar en seco. Había llegado
justo a tiempo, aunque jadeando por la carrera. Todos estaban concentrados, algunos
entrenando movimientos, otros haciendo jutsus, algunos más presumiendo sus técnicas y
habilidades de clan. Uno invocaba una lanza de hielo, otro controlaba la arena bajo sus
pies. Todos parecían saber perfectamente quiénes eran y qué se esperaba de ellos.
Nara bajó la mirada, buscando sus materiales dentro de su bolso cuando, como era
costumbre, las burlas comenzaron.
—¿Y tú, chica rara? ¿Qué vas a hacer hoy?
—¡Oye, tal vez muestre la técnica secreta de su clan! Ah, cierto... no tiene uno.
—¡No deberías estar aquí! No eres buena para nada.
Las voces eran distintas cada vez, pero las frases siempre se parecían. Nara no se detuvo.
Ni siquiera los miró. Estaba demasiado emocionada y, en el fondo, acostumbrada al
desprecio. Nadie sabía lo que ella había planeado.
Hacía meses había observado a un grupo de ninjas mayores ejecutar jutsus. Su técnica era
clara: colocaban una mano sobre el suelo, canalizaban su chakra y provocaban que un
elemento surgiera de la tierra, listo para atacar. Ella había tomado nota de cada
movimiento, cada respiración, cada gesto. Había entrenado a escondidas, imitando los
gestos, preparando materiales según el tipo de elemento que pudiera manifestar. Su
cuerpo, aunque aún sin dominio, estaba listo para intentarlo.
La fila avanzaba lentamente. Algunos eran eliminados de inmediato, otros impresionaban.
Entonces fue el turno de Atlas. Un genio. Sarcástico, distante, pero brillante. Sus ojos
parecían conocer el secreto del universo. Con una técnica de sombra controló los
movimientos del maestro frente a todos. El salón contuvo el aliento. Fue un espectáculo.
Aplausos, asombro, envidia. Nara tragó saliva. Luego se distrajo al ver a una chica hermosa
colocarse justo delante de ella.
La niña, con una sonrisa coqueta, fingiendo torpeza, tropezó con el maestro usando una
cuchilla falsa. Logró hacerle perder el equilibrio sin que se diera cuenta de que fue
intencional. Cuando el maestro cayó, la chica sacudió su melena con orgullo y, sin
vergüenza alguna, anunció que había aprobado. Algunos rieron, otros se sintieron
engañados. Nara no pudo evitar apretar los dientes cuando vio a Sak, su compañero de
clase, mirarla embobado.
Sak, del clan Lotusblomst, era el único que alguna vez le había mostrado amabilidad. Una
vez le prestó un lápiz. Nada del otro mundo, pero para Nara, significó una conexión. Una
semilla de esperanza. Quizá, solo quizá, él también la había notado. Pero ahora, al ver
cómo su atención se dirigía hacia otra, esa ilusión se desvanecía.
Su nombre fue llamado.
El corazón le latía con fuerza. Caminó hacia el centro. Colocó los objetos que había
preparado: un sello de energía, una piedra canalizadora, una gota de tinta. Se arrodilló,
colocó su palma sobre el suelo y respiró hondo.
Nada.
Probó de nuevo. Cambió la posición. Cerró los ojos. Concentró su chakra.
Nada.
Una tercera vez. Más desesperada. Más temblorosa.
Nada.
Al alzar la mirada, los ojos del maestro estaban llenos de lástima. Esa mirada fue peor que
una burla. Fue un cuchillo en el orgullo. Nara recogió sus cosas sin decir palabra y salió
corriendo del recinto.
Subió al tejado. El viento era más frío allí arriba. Sus mejillas ardían, pero no sabía si era de
rabia o humillación. Entonces, una voz interrumpió su tormenta interna.
—Aún hay una forma de aprobar, chiquita.
Se giró de inmediato, con una mezcla de alerta y disgusto por el apodo. Allí estaba un
hombre alto, de rostro afilado, cabello rubio oscuro y unos ojos violeta intensos como
noche sin luna. Había algo en su presencia que era tranquilizador... y peligroso.
—¿Ah, sí? —espetó, con el ceño fruncido.
El hombre se acercó. Se inclinó apenas y le susurró algo al oído. Fue una sola frase, pero
bastó para que todo dentro de ella se tambaleara.
Luego desapareció.
—"Al anochecer" —repitió para sí misma.
Al anochecer, la aldea parecía transformarse en otra. Las luces tenues de las farolas
danzaban con la brisa, y las sombras se volvían más largas, más profundas. Nara avanzaba
entre ellas, encapuchada, con el rostro cubierto por una bufanda oscura que ocultaba
hasta su nariz. No era la primera vez que se escabullía por la noche, pero esa ocasión se
sentía distinta. No estaba huyendo, sino buscando.
El santuario se alzaba al final del camino, entre árboles que se abrazaban entre sí como
queriendo proteger lo que allí dormía. Nara se detuvo frente a las antiguas puertas de
madera, cerradas con cadenas. Miró a su alrededor. Nadie. Subió por un árbol, como lo
había planeado, y desde una de sus ramas más gruesas se impulsó hacia la ventana lateral.
Cayó con un pequeño crujido, pero no hizo ruido. Había practicado ese salto.
El interior olía a humedad y polvo. Las paredes de piedra estaban cubiertas de telarañas y
musgo. Pero ahí estaba: un altar antiguo con un único objeto sobre él. Un libro. No era
grande, pero sí pesado, como si cargara con siglos de secretos. Su cubierta era de cuero
agrietado, con marcas que brillaban apenas con la luz de la luna. Nara sintió una punzada
en el pecho.
Se acercó lentamente. Estiró los brazos. Lo tomó.
Una corriente de energía subió por sus dedos hasta sus hombros. Como si el libro la
reconociera. Como si, de algún modo, le perteneciera.
No dudó. Se lo guardó bajo el abrigo y corrió hacia la ventana. Saltó, cayó, rodó por la
hierba húmeda y comenzó a correr bosque adentro.
No estaba sola.
Lo supo al instante. Una presencia se le pegaba a los talones como una sombra viva.
—¿¡Qué demonios estás haciendo?! —gritó una voz familiar.
El corazón de Nara se detuvo por un segundo.
—¡Maestro Iker…!
La voz del maestro la perseguía entre los árboles.
—¡Nara, no finjas que no me escuchas!
Sus pies no se detenían. “No pares, no pares, no pares”, se repetía en su cabeza como un
tambor.
Tropezó.
Rodó por la pendiente y se detuvo junto a un tronco.
El maestro la alcanzó, jadeando.
—¡Maestro Iker! No se acerque más… yo… no planeaba hacer nada malo. Solo… solo lo
ocuparía y luego se lo devolvería, lo prometo.
Iker se acercó, más calmado ahora, pero con el rostro tenso.
—Lo sé. Sé que no tienes malas intenciones, Nara. Te conozco… más de lo que crees. Pero
no eres tú quien desea ese libro. Devuélvemelo ahora. Es peligroso. Demasiado.
El aire cambió.
Una presencia más oscura surgió de entre los árboles. Una voz gutural interrumpió la
conversación.
—Chiquita… odio muchas cosas. Pero las traidoras sacan lo peor de mí.
Nara se volvió. Era él. El extraño del tejado. Xaion.
Caminaba entre las sombras con una sonrisa torcida, los ojos encendidos por una
amenaza latente.
—Muévete, Iker. Mis problemas no son contigo.
—A ella no la tocarás, Xaion.
El ambiente se tensó hasta quebrarse.
—Bueno, si no te dispones a moverte vivo, tendré que arrastrar tu cadáver y luego ir por
el de la chica.
El combate estalló sin más palabras. El choque de chakras resonó como un trueno. Iker se
movía con precisión, defendiendo y contraatacando, pero Xaion era implacable. Nara,
temblorosa, retrocedió con el libro abrazado contra su pecho.
Entonces lo vio: una piedra gigante, invocada con un sello, se precipitó desde el cielo y
golpeó a su maestro, atrapándolo contra el suelo. Sangre manchó la hierba.
—¡Maestro! —gritó Nara.
Pero Xaion ya la buscaba con la mirada.
—Ven aquí, Nara. Ven conmigo. Sé que no tienes a nadie.
Su voz se multiplicaba entre los árboles, como un eco perverso.
—Soy el único que te acepta. Totalmente. ¿Quién querría a una chiquilla maldita?
Las palabras cayeron como cuchillos.
—¿Sabías eso, verdad? Sabías por qué nadie te quiere. Por qué cada persona que se te
acerca… muere. Por eso te miran así. Por eso estás sola. Porque estás maldita.
Y entonces, la risa. Esa risa.
—Te encontré.
Nara corrió.
No supo hacia dónde, solo que sus piernas la llevaban lejos. Pero algo no encajaba. El
bosque… era el mismo. ¿Estaba girando en círculos? Al volver al claro, el cuerpo de su
maestro seguía allí.
Xaion apareció frente a ella. Una patada. Voló varios metros. El libro seguía en sus brazos.
No lo soltaría. No ahora. No después de todo.
La batalla continuó. Pero Nara apenas podía levantarse. Sangre, miedo, rabia. Entonces
escuchó un susurro apenas audible:
—N-Nara… vive, chica. En un segundo te salvaré.
Era Iker. Aun con el cuerpo roto, intentaba protegerla.
Xaion se lanzó de nuevo. Iker lo detuvo, rodilla tras rodilla, golpeándolo con furia. Pero
Xaion sacó un cuchillo, hizo un sello, y una roca volvió a alzarse, más grande, más veloz.
Nara gritó.
Y todo se detuvo.
Su cuerpo comenzó a temblar. Sus manos ardían. Una energía roja la cubrió. Un aura. Un
fuego que no quemaba por fuera, sino por dentro. Rabia pura. Desesperación.
—F-Fotia… Sangre… Mía…
El chakra se desató. Una explosión. El fuego lo envolvió todo. Xaion gritaba mientras su
cuerpo se retorcía, tratando de escapar de unas llamas que no parecían extinguirse.
Nara no lo entendía. No del todo. Pero sabía que el fuego la obedecía.
Y entonces, cayó.
Todo quedó en silencio. El fuego, consumido. Xaion cayó también, pero no por ella. Una
figura encapuchada apareció en el último segundo, y con una cuchilla, lo detuvo para
siempre.
El cuerpo de Nara yacía entre las brasas y la sangre. Las palabras de Xaion seguían
resonando en su mente, más dolorosas que las heridas físicas.
“Todos mueren cuando se te acercan.”
Y en medio de la oscuridad, con el cuerpo hecho trizas, sólo una cosa pudo pensar.
“Alguien… por favor… salve a mi maestro.”