Elena López
Eros
© 2025 Elena López
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Primera edición: Diciembre 2025
Edición y corrección: Sophie Lam (@[Link])
Diseño de cubierta: Lotus Ediciones
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Contenido
Elena López
Contenido
Dedicatoria
Advertencias de contenido
Playlist
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
PARTE II
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Epílogo
Dedicatoria
Para mi hermano Francisco Javier, cada logro es para ti, hasta el cielo.
Para quienes buscan oscuridad donde liberar al monstruo que yace
encadenado por la luz de la moralidad…
Bienvenidos a Eros.
Advertencias de contenido
Esta obra contiene descripciones detalladas de violencia gráfica, escenas
sexuales y lenguaje explícito, abuso sexual/agresión, escenas consensuales
y no consensuales, sexomnia, somnofilia. Uso de alcohol y drogas.
Playlist
Puscifer-Potions
Julia Michaels-Heaven
EMO-Don’t Mess With My Mind
EMO-On It
The Killers-Mr. Brightside
Aerosmith-Crazy
Aerosmith-I Don’t Want To Miss Thing
Rosenfeld-Like U
Black Atlass-Pain&Pleasure
Doja Cat & The Weeknd-You Right
Berlín-Take My Breath Away
Little Mix-Secret Love Song
Lana del Rey-Cinnamon Girl
Paris Paloma-The Fruits
Chris Grey-Let The World Burn
Dutch Melrose-Runrunrun
Timbaland-Apologize
Radiohead-Creep
Ricky Martin-Fuego de Noche, Nieve de Día
The Weeknd-Call Out My Name
Prólogo
07 de julio del 2015
Los pequeños pubs clandestinos rebosaban de jóvenes con identificaciones
falsas que jugaban a ser adultos. Querían adelantarse en su crecimiento, sin
comprender que llegar a la adultez no siempre era lo que imaginaban. Fingir
ser alguien distinto parecía complacerlos; los hacía sentirse poderosos,
importantes. Algunos llenaban vacíos por falta de atención; otros, por
exceso de ella.
Doblé en la esquina y avancé por el callejón hacia la avenida principal.
El olor que desprendían las paredes me produjo una mezcla de repulsión y
fastidio, como si la suciedad se adhiriera a mi piel a pesar de estar
confinada en las suelas de mis zapatos. Sufría una manía por la limpieza y
el orden, herencia de la estricta crianza que me impusieron mis mentores.
Pocos lo sabían; había aprendido a mantener el control de mis emociones
con la misma precisión con la que otros aprendían a respirar. Venir a estos
lugares era un desafío que me imponía cada mes. No podía quedarme en
Eros para siempre; aún no era el momento.
Tenía que conocer el negocio desde sus cimientos hasta la cúspide. No
debía permitirme ignorar ningún detalle, por pequeño que pareciera. Así se
forjaban los verdaderos líderes: observando, analizando, comprendiendo.
Nadie debía ocupar un puesto solo por un apellido o una influencia vacía.
Ese tipo de personas terminaba convirtiéndose en presas fáciles, líderes
inútiles que se desmoronaban con el primer golpe de viento.
Unas risas agudas, casi infantiles, resonaron desde la avenida. Alcé la
vista y distinguí a tres jovencitas que se acercaban sin advertir mi presencia.
Sin embargo, solo una de ellas acaparó toda mi atención. Una ráfaga de
viento agitó sus coletas y su perfume se mezcló con el aire, borrando de
golpe el hedor nauseabundo del callejón.
Me quedé inmóvil, observando cada uno de sus movimientos. En su
sonrisa inocente se ocultaba una chispa de malicia. El gris de sus ojos era
potente y singular, un tono imposible de comparar con otro. La luz de los
faroles resaltaba el blanco de su piel, tan pálida como la luna, tan hipnótica
como ella.
Aquella muchacha no pasaba de los dieciséis años. En sus labios
pintados de carmín ardía el deseo de romper reglas, de aparentar una
madurez que aún no poseía. Sostenía entre los dedos un cigarrillo de
marihuana, que volvió a llevarse a la boca con la naturalidad de quien ya lo
había hecho muchas veces. Sus ojos enrojecidos me lo confirmaban.
Salí de las sombras con paso firme, dándoles tiempo de reaccionar. Aun
así, ninguna se detuvo; estaban demasiado sumidas en la sustancia que las
mantenía ajenas al entorno. La joven de las coletas chocó contra mi cuerpo
y la fuerza del impacto la hizo caer al suelo. Pude haber evitado su caída,
pero no lo hice. Ella, sin embargo, soltó una risa que erizó mi piel, y supe
entonces que, desde ese instante, existía alguien más para mí.
Ella no era una herramienta ni un objetivo.
Ella fue luz cuando sonrió y oscuridad cuando me miró.
El gris profundo de sus ojos tiró de mí con una fuerza retorcida,
imposible de resistir. Había algo en sus facciones que me resultó inquietante
y fascinante a la vez. Sonreía descaradamente, ajena a su realidad, perdida
en un mundo interior que solo ella entendía. Pese a ello, se veía feliz, libre
incluso, sentada en el suelo y mirándome sin un atisbo de vergüenza. Detrás
de esa falsa libertad percibí las cadenas invisibles que aprisionaban sus alas.
Era un pajarillo dentro de una jaula, batiendo desesperado contra los
barrotes. Una pequeña monstruo disfrazada de ángel.
—Lo siento mucho, señor —balbuceó una de sus amigas con voz
trémula. Ignoré su miedo; lo sentí, lo reconocí, ella fue consciente de que
había algo oscuro y peligroso en mí, me temía. A diferencia de la pequeña
monstruo, quien comenzaba a observarme con curiosidad, intentando
descifrarme.
Me incliné y me quedé frente a ella. Ladeó la cabeza y sostuvo mi
mirada con descaro. El maquillaje intentaba hacerla parecer mayor, aunque
el efecto resultaba torpe y revelaba aún más su juventud. Era una bomba de
tiempo, y lo supe al instante. Tenía una facilidad innata para leer a las
personas, y ella no fue la excepción.
—Hola —susurró y esbozó una sonrisa falsa, seguramente la misma que
la había librado de muchos problemas—. No te vi.
Se inclinó hacia adelante, y el perfume que la envolvía me alcanzó con
mayor intensidad. Su rostro se reveló entonces por completo, era pálido,
fino, imperfectamente hermoso.
—Soy… —titubeó un segundo antes de mostrarme una sonrisa amplia y
reluciente—. Soy Abby.
Sus mejillas se encendieron con un rubor suave, como el color de los
duraznos. La dulzura de su voz, combinada con la insinuación peligrosa que
transmitía su sonrisa, formaba una mezcla tan extraña como adictiva. Bajé
la mirada hacia el cigarrillo encendido entre sus dedos. Sin tocar su piel, lo
tomé con precisión y lo apagué contra el suelo. La mancha de su labial
quedó impresa en el papel, y por un instante me detuve a observarla.
Contuve mi obsesión y guardé el cigarrillo en el bolsillo del pantalón. La
pequeña monstruo me imitó y se puso en pie para encararme con valentía.
—Me debes un cigarrillo —dijo, cruzándose de brazos.
La osadía en su tono era casi infantil, pero no dejaba de ser provocadora.
Pude notar que disfrutaba del riesgo, de la tensión, como si cada palabra
suya buscara probar hasta dónde podía llegar.
—No fumes —ordené con una mirada severa antes de continuar mi
camino.
No volví a escuchar nada más. Solo la suave melodía de Potions
resonando en mis oídos, mezclándose con el tono de su voz. Desde aquella
noche, esa canción se convirtió en mi favorita, y aunque nunca me gustó la
música, la escucharía toda mi vida, solo por ella.
Capítulo 1
Kylian
Nos encontrábamos reunidos, frente a frente, por primera y última vez con
April Spencer, directora de la CIA y cabeza visible de la agencia designada
por el presidente de los Estados Unidos. Era una mujer madura, de rostro
severo y mirada implacable. Su presencia imponía respeto, irradiaba una
autoridad que no necesitaba demostración. No existía titubeo en su porte ni
gesto que delatara debilidad. Su inteligencia se percibía en la precisión con
la que evaluaba cada movimiento y cada palabra.
Vestía un traje de alta costura, confeccionado con una exactitud casi
quirúrgica sobre su figura delgada y bien proporcionada. Nos observaba con
un interés disimulado, como si pretendiera diseccionarnos con la mirada.
Sullivan estaba a mi lado mientras el acompañante de Spencer permanecía
de pie detrás de ella, inmóvil, atento. No me resultaba importante, aunque
tampoco lo subestimaba.
—Hemos evaluado el uso del armamento que Eros proporcionó —dijo
ella y clavó sus ojos verdes en los míos—. Sé que ha sido usted quien ha
diseñado cada una de las armas que están en nuestro poder.
No respondí. Sullivan había puesto parte de mi armamento y explosivos
en manos de la CIA. Era una maniobra calculada, un anzuelo con un
propósito mayor. La presencia de Spencer allí confirmaba que personas
como ella no se exponían con facilidad ni accedían a reunirse con
narcotraficantes, terroristas o cualquier otra clase de criminal. Sin embargo,
sabía perfectamente qué tenía entre mis manos y se adelantaba a cualquier
intento de los terroristas por llegar a mí antes que ellos, intentando comprar
mi lealtad con una oferta que pudiera tentarme.
—El nuevo explosivo está diseñado para pasar inadvertido. Aún se
trabaja en su potencia y en un sistema de uso seguro, pero los detalles
estarán listos pronto —intervino Sullivan. Yo continué en silencio.
April asintió, aunque no apartó su atención de mí. Le sostuve la mirada
con la misma firmeza con la que ella pretendía dominar la conversación.
—Quiero que el señor Draxler trabaje para nosotros —declaró—. Su
exclusividad para con la CIA.
Entorné los ojos.
—No trabajo para nadie —respondí con calma—. Esta es mi mercancía y
su célula, mi cliente. Justo así como se escucha.
La desaprobación se dibujó en su rostro. No le agradó mi respuesta, pero
eso me tenía sin cuidado. No pensaba inclinarme ante el gobierno
estadounidense.
—¿Sabe usted con quién está hablando? —increpó, elevando el tono.
—Debería hacerse la misma pregunta —repuse.
—Señor Draxler —continuó—, somos una célula estadounidense capaz
de acabar con este lugar sin mucho esfuerzo.
Una sonrisa se curvó en mis labios, tan fría como la hoja de un cuchillo.
—Y yo soy el creador del armamento que podría destruir parte de su país
y desestabilizar su orden en cuestión de horas —respondí, con el mismo filo
en la voz—, si lo pongo en las manos adecuadas —agregué con una
peligrosa insinuación.
—¿Nos amenaza?
—Le advierto —corregí—. Le convendría ser más inteligente, señora
Spencer. No le vendría mal mostrar algo de respeto ante alguien que puede
poner a su gobierno en aprietos.
Alzó el mentón con altivez y se incorporó de un solo movimiento. Su
acompañante mantuvo el semblante impasible detrás de esas gafas oscuras
que, en aquel lugar cerrado, resultaban ridículas. Supuse que se las dejaba
puestas para sentirse en ventaja. Patético.
—Si nos elige, tendrá beneficios e inmunidad —dijo, ajustándose el saco
sin necesidad alguna—. Siempre y cuando esto no se sepa, y, por supuesto,
que ningún terrorista ni enemigo de América obtenga lo que usted posee,
señor Draxler.
Me levanté. Sullivan permanecía sentado ya que su edad le impedía
hacerlo con facilidad. Por eso estaba yo allí. Era mi turno de continuar los
tratos, y él lo sabía. Lo que yo creaba fortalecía a Eros, y, en consecuencia,
Sullivan me preferiría sobre cualquier otro. Este lugar me pertenecía,
aunque todavía quedaba camino por recorrer antes de que todos lo
entendieran.
—Los beneficios son mutuos, señora Spencer. Téngalo claro —concluí.
Ella asintió con una ligera inclinación y, sin más palabras, dio media
vuelta y se marchó. No volveríamos a verla, de eso estaba seguro.
—Labras tu camino, Kylian —dijo la voz pastosa y cansada de Sullivan.
Conmigo no fingía fortaleza.
—¿Debería? —pregunté y lo miré por encima del hombro.
La puerta se abrió y sus guardaespaldas entraron para llevarlo de regreso
a su habitación.
—No, hijo —sonrió con dificultad; las arrugas de su rostro se acentuaron
—, ya no.
Les hice una seña a los hombres, que lo escoltaron fuera de la sala.
Quedé solo, aunque no por mucho. Tenía algo que hacer junto a París, una
de las hackers de Eros y mi protegida.
Algunos de nosotros teníamos la responsabilidad de cuidar a un pupilo
que había alcanzado un lugar dentro de la organización. Era una alianza
sellada con sangre, un pacto de por vida. Debíamos proteger su bienestar
incluso por encima del nuestro. Así lo hice con París. Nunca entendí por
qué ella ni por qué yo, solo acaté las órdenes, aunque la curiosidad siempre
me acompañó.
Recorrí los pasillos de Eros. El suelo de piedra resonaba bajo mis pasos,
y las paredes, del mismo material, devolvían un eco grave y constante. No
había rastros de pintura ni ornamentos. Las puertas se distinguían por
colores: en mi sección, las caoba correspondían a los altos mandos; en la
principal, las de color crema pertenecían al club donde nuestros clientes se
entregaban al placer.
Eros se dividía en tres secciones. La primera era el club nocturno, con
sus camerinos y los espacios donde trabajaban las chicas y los chicos que
servían tragos, bailaban o cumplían otras funciones más discretas.
La segunda, la zona de preparación y entrenamiento. Decenas de puertas
albergaban al personal que vivía allí, pupilos, instructores, médicos,
profesores. Contaba con cafetería, áreas de descanso y hasta una sala de
emergencias. Era la parte más extensa y la más ruidosa.
La tercera sección era la nuestra, reservada a los líderes. Incluía las
oficinas administrativas, el área de armamento que yo mismo había
diseñado, la habitación de Sullivan y la mía. Era la más protegida y la
menos habitada. La seguridad era extrema, tenía cámaras en cada ángulo,
vigilancia constante, protocolos que no dejaban margen a errores. Nada ni
nadie podía atravesar esos muros sin que lo supiéramos.
Existía, sin embargo, una cuarta parte no oficial en los cimientos de Eros,
donde la sangre empapaba la piedra. Allí, las muertes alimentaban la
leyenda de la organización. Las habitaciones se asemejaban a calabozos;
algunas carecían de puertas, otras estaban equipadas con instrumentos de
tortura. Las almas de quienes habían perecido allí parecían quedarse
atrapadas en las paredes. Los cuerpos se descomponían y su hedor se
mezclaba con la humedad, convirtiéndose —según Sullivan— en el motor
que mantenía a Eros en pie.
Nunca creí en esa teoría, aunque él la defendía con fervor. Aun así, cada
vez que descendía a la sección negra, casi podía oír los lamentos de
aquellos que fueron asesinados con violencia. Sus susurros me rozaban la
nuca y me erizaban la piel, sentía el aliento apestoso a muerte, frío, de otro
mundo. No me asustaban, solo me inquietaban, eran molestos.
Al llegar a la oficina de París, encontré la puerta abierta. Un bajo
retumbaba desde las bocinas sobre su enorme escritorio, donde cuatro
monitores proyectaban líneas de código. No presté atención a la mierda que
la rodeaba. Su cabello, teñido de un amarillo chillón, era una ofensa visual.
Joder. Era horrible.
Avancé sin hacer ruido. Ella sabía que venía, así que me situé a su lado y
deslicé una fotografía junto al mouse. Sus dedos se detuvieron sobre el
teclado, y me miró desde abajo.
—Hola, jefe —saludó, mascando su goma de mascar con desdén.
—Encuéntrala —ordené—. Quiero saber dónde está.
—Enseguida.
Tomó la fotografía y la ingresó a su base de datos. La música me
reventaba los tímpanos, aunque no podía negar que estaba acostumbrado;
sin embargo, el motivo siempre lo odiaría.
Después de varios minutos de escuchar goma de mascar explotando y
aquella música infernal destrozándome los nervios, París localizó a Abigail.
Hubiera sido más sencillo poner a alguien a seguirla, pero, por el momento,
ella sería solo mi secreto. Sabía que París no abriría la boca al respecto.
Me dio la dirección, aunque ya la conocía. Salí cuanto antes de ahí,
decidido a provocar un encuentro con mi pequeña monstruo.
Esta clase de lugares siempre me repugnaba.
El estruendo de la música, las luces de colores que se deslizaban sobre
los rostros sudorosos y enrojecidos por el exceso, los cuerpos que se
movían al compás del ritmo sin conciencia ni pudor… todo era un
espectáculo grotesco. El aire estaba impregnado de humo, de cigarrillos y
alcohol adulterado; una mezcla que apestaba a vicio, lujuria y decadencia.
Me abrí paso entre aquella masa de cuerpos sin que nadie osara
interponerse. Gritaban por encima del sonido ensordecedor, pero ninguno
me rozaba. En su embriaguez y su delirio parecían reconocer, aunque fuese
de forma instintiva, que yo era un peligro que debían evitar. Eran peces
ciegos en un mar revuelto, huyendo del depredador que se acercaba a su
presa, quien aún se mantenía ignorante de mi presencia, aunque no por
mucho.
Abigail danzaba sobre una tarima iluminada por luces blanquecinas. Del
techo colgaban cadenas que descendían alrededor de su cuerpo, reluciendo
con cada destello. Por un momento imaginé esas cadenas en sus muñecas, si
tan solo tuviera la edad apropiada para justificar semejante pensamiento.
Llevaba una blusa rasgada con el logo de AC/DC sobre el pecho; los hilos
sueltos rozaban su diminuta cintura, y en el ombligo brillaba un piercing
con un cristal transparente. La falda de cuero negro apenas cubría lo
necesario; era tan corta que rozaba el límite entre la inocencia y la
provocación. No era el único que la observaba. Decenas de miradas
masculinas se clavaban en ella, codiciosas, deseosas.
Abigail los enfrentaba con descaro, empujaba manos indeseadas entre
risas provocadoras, convencida de que podía controlar su entorno, de que el
peligro no la alcanzaría. Se creía intocable, y en cierto modo, lo era.
Me quedé de pie a unos metros, observándola. Movía su cuerpo con una
libertad que desafiaba las normas, era una bestia rompiendo las cadenas del
mundo que intentaba domesticarla. En ella había rebeldía, juventud y una
belleza tan salvaje que resultaba perturbadora.
El libertinaje le sentaba bien. No tenía intención de intervenir, pero la
obsesión que despertaba en mí me había llevado hasta ese lugar,
peligrosamente cerca.
El cabello oscuro le caía por la espalda, largo, brillante, perfectamente
liso y se le movía al ritmo de su danza. La delgada capa de sudor sobre su
piel la hacía resplandecer; era una criatura exótica, un imán para el caos.
Sus compañeras de baile eran simples sombras a su alrededor, inexistentes
ante su presencia. Su rostro transmitía paz y plenitud. Ella estaba siendo
feliz, y de algún modo, esa felicidad me complacía.
Ladeé la cabeza, intrigado por el efecto que tenía en mí. No era deseo ni
malicia lo que me provocaba, sino una fascinación extraña, casi espiritual.
¿Quién era Abigail? ¿Qué significaba para mí?
La música cambió. Las luces descendieron a tonos más oscuros y
sensuales. Un ritmo pausado invadió el lugar, y antes de darme cuenta, mis
pies se movieron hacia ella. Llegué justo cuando giró con torpeza y perdió
el equilibrio. La sujeté antes de que cayera, mis brazos contuvieron su
cuerpo tembloroso y húmedo por el sudor. Estaba muy drogada y bastante
ebria. Apoyó las palmas en mi pecho, el gris de sus ojos estaba opaco, pero
cristalino; el rojo predominaba en el blanco, con pequeñas hebras de sangre
a través del líquido plomo.
Rió.
Su mirada se fijó en mí con una chispa perdida.
—Mi amor, ¿eres tú el diablo? —canturreó al compás de la canción que
resonaba con fuerza en los altavoces.
—Ha sido suficiente, bestia. —La sujeté por la cintura, firme, casi con
instinto protector—. Es hora de ir a casa.
Volvió a reír y balanceó las caderas con un ritmo hipnótico, intentando
que la siguiera. No lo hice. Pero ella no se rindió; cantaba cada línea de la
canción como si me la dedicara. Sus labios rojos proferían la melodía de
manera exagerada y de nuevo me vi acorralado por la intensidad que
desbordaba, por la pasión que había en alguien tan joven.
—Eres demasiado hermoso para ser real. —Sus dedos, de uñas negras,
rozaron mi mentón—. Vienes del infierno para hacerme pecar.
La aparté de mis pensamientos. La tomé con firmeza y la arrastré fuera
del lugar. Nadie pareció notar lo que ocurría; a nadie le importó que un
hombre mayor se llevara a una adolescente ebria y drogada. En aquel
entorno, era algo normal.
Fuera, el aire fresco alivió el ruido del interior. Puse a Abigail en el
asiento del copiloto y me acomodé en el del conductor. El lugar estaba
desierto; todos seguían adentro, perdidos en su propio infierno. Eran cerca
de las tres de la mañana, y me pregunté qué mentira habría dicho ella para
salir de casa.
—Qué bonito auto —murmuró, tocando el tablero con una sonrisa
adormecida—. Y limpio. Mi habitación es un desastre.
—Puedo imaginarlo, bestia. —Me observó, aunque en realidad no me
veía. Su mente divagaba entre la bruma de lo que había consumido.
—¿Bestia? Uhm… me gusta más “bella”. —Reí en silencio. La forma en
la que la llamaba no tenía nada que ver con Disney y sus princesas—. Tú no
pareces un príncipe… seguro eres el demonio.
Negué ante sus desvaríos. Dos veces tuve que empujarla contra el
respaldo para mantenerla quieta ya que el cinturón no bastaba. Joder. Tenía
una energía inagotable.
—Debería preguntarme qué vas a hacerme. —Se relamió los labios
resecos—. ¿Follarme, quizá?
—Eres una chiquilla.
—Virgen aún. —Rió, y movió la cabeza con un gesto de orgullo infantil
—. Todas mis amigas ya no lo son.
—No deberías apresurar tu adolescencia, bestia.
Se encogió de hombros y por fin se dejó caer en el asiento, doblando las
piernas en posición fetal. Sus ojos, grises y pesados, seguían fijos en mí.
—Eres como una sombra —murmuró—. Vestido de negro, misterioso y
oscuro… ¿quién eres?
—No vuelvas a exponerte así. Es peligroso.
—Pero me has cuidado. ¿Siempre lo harás?
No respondí. El silencio fue mi única respuesta durante el resto del
trayecto.
Al llegar a su fraccionamiento, la quietud me envolvió. No se escuchaba
nada, ni un solo perro, ni un motor a lo lejos. Apagué las luces y el sonido
del motor se redujo a un ronroneo casi imperceptible. Estacioné una calle
más abajo y esperé ver alguna luz encendida en su casa. Nada. Estaba todo
oscuro. Sin duda, se había escapado.
—Abigail —la sujeté por las mejillas—, despierta.
Me lanzó un manotazo que por poco me golpea en el ojo, gimoteó y
volvió a dormirse. Suspiré. No tenía caso seguir insistiendo.
Salí del auto, la saqué con cuidado y la cargué sobre el hombro. No
pesaba mucho; entrenaba con cargas más pesadas todos los días. Me moví
por el costado izquierdo de la casa y me guié por un estrecho pasillo sin
iluminación. No había muros ni rejas, la seguridad era casi inexistente.
Sabía cuál era su habitación. Al llegar, abrí la ventana, que por supuesto
estaba sin seguro. Maldije entre dientes. El alféizar tenía polvo, y al entrar
manché mis pantalones y desgarré parte del saco. Mi ropa no estaba hecha
para esas circunstancias.
Deposité su cuerpo sobre la cama, con cuidado de no golpearle la cabeza.
Luego permanecí unos segundos observándola. ¿Por qué me tomaba tantas
molestias por ella?
¿Qué significaba Abigail para mí? ¿Qué me había llevado hasta este
punto?
No lo sabía. Tampoco pensaba descubrirlo. Debía apartarla antes de que
se convirtiera en un problema.
Aun así, actué en contra de mi propia lógica. Me acerqué a la mesita de
noche entre un desorden de cosméticos, cuadernos y objetos insignificantes.
Saqué una tarjeta negra de Eros y la dejé allí, visible. La encontraría, y
cuando lo hiciera, acudiría a mí. Entonces la llevaría a las sombras.
—Te veré pronto, pequeña monstruo —susurré, antes de marcharme con
el aroma de su perfume impregnado en mi ropa.
Capítulo 2
Abby
Sostenía la tarjeta negra entre mis dedos con una tensión que me recorría
los brazos hasta el pecho.
Me encontraba frente a un edificio al que, sinceramente, no le tenía
muchas esperanzas. La pintura se desprendía en grandes parches y dejaba al
descubierto el concreto resquebrajado que evidenciaba mejores tiempos.
Había manchas de humedad, bordes cubiertos de moho y algunas telarañas
que pendían de los marcos. Si alguien quisiera organizar una fiesta con
temática de terror, sin duda, este sería el lugar perfecto.
Observé a mi alrededor y me di cuenta que estaba completamente sola.
Iba directo al peligro, y lo sabía. Sin embargo, los automóviles de lujo
estacionados cerca me desconcertaron; nadie en su sano juicio dejaría
posesiones tan costosas en una calle tan desierta. No había comercios, ni
casas, ni una sola señal de vida. Las edificaciones de las manzanas
siguientes estaban abandonadas, y el silencio era tan absoluto que se
escuchaba hasta el zumbido del viento. El taxista me había mirado como si
estuviera loca cuando le di la dirección. Apenas me dejó frente a la acera,
aceleró y desapareció, dejándome abandonada frente a aquel panorama
lúgubre.
Me sudaban las manos mientras reducía la distancia hasta la única puerta
visible. Golpeé con los nudillos, y el sonido metálico resonó en toda la
manzana como un eco profundo.
El chirrido de las bisagras me recorrió la espalda como una advertencia.
Quizás era mi subconsciente gritando que diera la vuelta antes de que la
puerta se abriera por completo, pero mis pies se negaron a obedecer. Quedé
inmóvil cuando un hombre de aspecto impecable se presentó frente a mí. Su
complexión, marcada por músculos tensos, me hizo pensar que se trataba de
un guardia de seguridad.
Sus ojos, ligeramente rasgados, descendieron hacia mi rostro, que traté
de mantener impasible.
—¿Estás perdida? —preguntó con la voz grave, y me dio una mirada con
una mezcla de curiosidad y cautela, como si realmente creyera que yo podía
representar una amenaza.
Mi garganta se cerró. Las palabras se me enredaron en el aire, haciendo
que apretara mi voz hasta asfixiarla.
¿Qué estaba haciendo allí? ¿Hasta dónde me empujaba mi absurda
rebeldía?
Todavía no comprendía cómo había logrado volver a casa la semana
anterior. Mi mente se había extraviado entre el alcohol y las drogas,
sumergida en un vacío oscuro donde los recuerdos se disolvían. Podrían
haberme violado, o incluso matado, y aun así seguía jugando con el riesgo.
Sabía que estaba mal, que mis padres no merecían esa clase de angustia,
pero no encontraba la forma de detenerme.
Intentaba ser obediente, seguir las reglas, comportarme como la joven
decente que todos esperaban. Escuchaba los sermones del pastor y las
lecciones morales con la esperanza de enmendarme. Actuar conforme a lo
que Dios había designado. Quería parecerme a Mary Anne, que acudía a los
catecismos, con sus faldas recatadas y su devoción impecable; o a Kelly,
siempre alegre, con sus jeans deshilachados y rotos, y camisas coloridas,
con su actitud simpática siendo voluntaria en las recaudaciones y eventos
eclesiásticos. O incluso a mi hermana Cami, el ejemplo perfecto de
disciplina y rectitud.
Pero yo no encajaba en ese mundo del que querían hacerme participe mis
padres y mis allegados; no podía llevar hábitos que sentía que me
quemaban la piel, no podía seguir reglas que eran como cadenas alrededor
de mis muñecas. Quería ser libre sin sentir que estaba mal, pero carecía de
control, de sensatez. Era impulsiva, imprudente, incapaz de detenerme antes
de caer. Ni siquiera sabía qué esperaba de mí misma ni hacia dónde me
dirigía.
—¿Eres muda? —espetó el hombre, sacándome de mis pensamientos.
—Me dieron esto —logré responder al fin, le tendí la tarjeta negra con el
nombre de Eros y la dirección grabada con elegancia.
No tenía idea de si la había robado o si alguien realmente me la había
entregado. La encontré en mi habitación la mañana siguiente a aquella
borrachera, con un leve aroma masculino impregnado en su superficie. Ese
detalle bastó para despertar mi curiosidad y traerme hasta aquí.
El hombre tomó la tarjeta y su expresión cambió apenas un matiz. Llevó
un dedo a su auricular y murmuró algo con rapidez. Tras unos segundos,
asintió y volvió a mirarme.
—Ven conmigo —indicó.
Y, contra toda lógica, lo seguí.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe sordo. Si alguien hubiera
visto la escena desde afuera, habría pensado que era el inicio de una
tragedia. La clase de decisión que terminaba con una joven encerrada en un
sótano o desaparecida sin dejar rastro. Pero no sentí miedo. Tal vez el
peligro me atraía más de lo que quería admitir.
El pasillo interior no se parecía en nada al exterior. Las paredes estaban
pintadas en un tono rojo profundo y brillaban bajo la luz de los candelabros
modernos con diseños ornamentales. El mármol del suelo reflejaba líneas
doradas que contrastaban con la penumbra, y un aroma tenue, mezcla de
incienso y madera, impregnaba el aire. Todo lucía impecable.
Caminamos durante un buen tramo. Los pasillos se bifurcaban como un
laberinto, pero mi guía avanzaba con paso firme, sin dudar. Yo, en cambio,
sabía que sin él jamás encontraría la salida. Al final, unas imponentes
puertas de caoba nos esperaban. Dos hombres vestidos igual que mi
acompañante las abrieron al vernos llegar, revelando el interior del lugar.
La música suave llenó el aire.
Mis ojos se abrieron con asombro. El contraste era deslumbrante. El sitio
se bañaba en una atmósfera carmesí que envolvía cada rincón en una
sensación de lujo y misterio. Las paredes, tapizadas con terciopelo rojo,
parecían absorber el ruido, mientras los espejos multiplicaban las luces
hasta crear la ilusión de un espacio sin fin. Los rostros de los asistentes
apenas se distinguían en los reflejos, como si el anonimato fuera parte del
encanto.
Avancé detrás del guardia. Nadie pareció prestarle atención, pero varias
miradas se desviaron hacia mí. Eran curiosas, fugaces, evaluadoras.
Las mesas junto a las paredes ofrecían mayor privacidad, con sofás
semicirculares tapizados en cuero oscuro. En el centro del club se alzaba un
escenario iluminado por luces estratégicas. Una barra cromada se erguía en
su punto medio, dispuesta a ser el centro de atención. Alrededor, las mesas
redondas cubiertas con manteles color crema acogían a los clientes, que
conversaban en voz baja mientras aguardaban el espectáculo.
El sitio era único. Un rincón oculto de la ciudad donde el lujo se
mezclaba con lo prohibido, un santuario para quienes buscaban escapar de
la rutina o los límites morales del mundo exterior.
—Toma asiento. ¿Quieres beber algo? —averiguó mi acompañante.
Parpadeé, todavía absorta por lo que me rodeaba.
—¿Así sin más? —pregunté, sin saber si era una broma.
—¿Quieres que te pida identificación? —replicó con un tono burlón—.
Escucha, muñeca, este no es ese tipo de lugar. —Fruncí el ceño sin
comprender del todo—. ¿Eliges tú o lo hago yo?
—Sorpréndeme, grandulón.
Esbozó una sonrisa ladeada y se alejó entre la multitud. Me quedé sola,
sentada en una mesa lateral con vista perfecta al escenario. Las luces sobre
la plataforma titilaban con suavidad, marcando el inicio de algo. Crucé las
piernas, y me recosté en el sillón, luego sentí una calma extraña que no
sabía explicar. Tal vez era el encanto del lugar… o el hecho de que, por el
momento, seguía con vida.
Poco después, una joven me sirvió una copa de vino. El líquido granate
brilló bajo la luz. Lo acerqué a mi nariz y aspiré su aroma dulce, dispuesta a
dar el primer sorbo, cuando una voz en los altavoces rompió la calma.
Anunció el nombre de una mujer. Segundos después, una figura emergió
desde la oscuridad.
Fascinada, observé cada detalle de su vestido rojo. Era una prenda de
látex que se ajustaba a su cuerpo con una precisión casi pecaminosa y
resaltaba cada curva con una elegancia feroz. Se movía con una gracia
hipnótica sobre el escenario, como si la música la obedeciera. Sus dedos,
largos y firmes, se deslizaban por el tubo metálico con una destreza que
solo otorgaban la experiencia y el control. Giraba, se arqueaba, y en cada
movimiento el aire parecía tensarse a su alrededor.
La tela del vestido se estiraba sobre sus pechos, dejando ver los pezones
marcados bajo el brillo de las luces; el final de la prenda apenas cubría sus
caderas y revelaba fugazmente su trasero desnudo cuando daba una vuelta.
Todo en ella evocaba poder. Llevaba una peluca oscura que enmarcaba su
rostro con precisión calculada, y unos labios teñidos de carmín que se
curvaban en una sonrisa provocadora, dirigida a los hombres que no podían
apartar la mirada de ella.
Había algo magnético en su presencia. No era solo su belleza ni la
perfección de sus movimientos, sino la autoridad con la que dominaba la
atención de todos sin esfuerzo. Parecía una diosa moderna, soberana entre
luces rojas y sombras, con un aura que convertía el deseo en adoración.
Y entonces lo sentí.
Quise estar en su lugar.
Lo supe con una claridad que me estremeció. Eso era lo que anhelaba,
bailar sin cadenas, sin culpa, sin que nadie dictara lo que debía ser o hacer.
Quería entregarme a ese mundo prohibido sin dejar que me consumiera,
formar parte de lo corrupto sin perderme en él. Quería sentir el poder que
ella tenía, convertirme en una de esas mujeres que el mundo observaba sin
comprender, admiradas y deseadas, pero inalcanzables.
Quería pertenecer a Eros. Quería quedarme allí, dentro de la intimidad de
sus paredes, donde nadie sabría quién era yo, entre los secretos de los
clientes. Sin riesgos. Sin remordimientos. Solo haciendo lo que más amaba:
bailar.
Capítulo 3
Kylian
Un año y tres meses después
Abigail Adara Lacroix cumplía dieciocho años el día de hoy.
Sus padres, acompañados de su hermana, la habían llevado a cenar a un
lujoso restaurante en Irlanda; el mismo que mi mejor amigo, Rowan, solía
frecuentar y el motivo exacto por el cual Abigail eligió aquel lugar.
Ella sentía fascinación por él desde hacía un año, desde que Rowan la vio
bailar por primera vez en Eros. A mí, en apariencia, ese detalle no me
perturbaba. Rowan podía ofrecerle lo que yo jamás podría: estabilidad,
ternura y un amor simple. Mis aspiraciones eran otras. Abigail representaba
todo aquello que podía desviarme del camino, una distracción peligrosa. No
era el momento de irrumpir en su vida de manera visible, aunque en
silencio ya formaba parte de ella desde aquella noche en el callejón.
Sabía que Abigail nunca sería mía.
Y, aun así, la obsesión insana por ella crecía como una enfermedad
incurable.
Había ingresado en su casa, en ese territorio que ya me resultaba familiar.
Caminaba por los mismos pasillos que ella recorría cada mañana,
respirando el mismo aire perfumado con canela y productos de limpieza.
Los suelos de madera crujían bajo mi peso y delataban una presencia que no
debía estar allí. Cada paso que daba robaba algo de su intimidad,
contaminaba su espacio con mi sombra, y ese pecado silencioso me
producía una satisfacción enfermiza.
Tomar lo que no me pertenecía, liberaba cierta complacencia insana.
Sabía que, de una forma u otra, terminaría arrebatándole lo que no me
ofreciera por voluntad propia. La idea me perturbaba y excitaba a la vez.
Con Abigail todo era un conflicto constante entre dejarla libre o empujarla
hasta que el destino la entregara a mí.
Encontraría cualquier excusa para volver a ella, lo sabía, pero no era algo
que me detendría a admitir ahora.
Entré en su habitación. El color rosa dominaba el lugar, casi ofensivo
para mis ojos. Era un rosa suave, infantil, salpicado de destellos que se
multiplicaban bajo la luz tenue filtrada por las persianas entreabiertas.
Sobre la cabecera de la cama había una repisa abarrotada de peluches de
distintos tamaños y colores; en las paredes, pósteres de bandas, fotografías
con amigas, y recuerdos dispersos. Eran detalles que antes había pasado por
alto, pero que ahora observaba con una atención minuciosa, como si cada
objeto revelara una parte de ella.
El tocador blanco estaba cubierto de perfumes, cremas, maquillaje y
accesorios amontonados sin orden alguno. Algunas sombras derramadas
manchaban la madera y los frascos abiertos esperaban el descuido de un
movimiento. Todo era un caos.
Abigail era un desastre.
Y, aun así, cada rastro de su desorden me resultaba entrañable.
Tomé una botella de perfume y la abrí. El aroma a vainilla y coco
impregnó el aire, dulce hasta el exceso. Cualquier otro lo habría encontrado
empalagoso, pero en ella todo era diferente. Sus fragancias, sus manías,
incluso su caos, tenían sentido.
La dejé en su lugar y mi atención se dirigió a su escritorio. El ordenador
seguía encendido, mostrando en la pantalla el rostro de un muchacho con
aspecto de rockero. A un lado descansaba un diario de pasta dura, negro,
cubierto con pegatinas de estrellas, diamantina y manchas de pintura
brillante.
Abigail amaba los brillos.
El diario estaba asegurado con un pequeño candado, uno que no sería
difícil abrir. Lo tomé entre mis manos, y continué explorando su habitación.
Rozaba las telas de sus blusas, sus abrigos, los vaqueros doblados en el
armario. Toqué las sábanas donde dormía. Cada roce me hacía sentir más
dueño de lo que no debía ser mío.
Me senté en el borde de su cama. La imaginé moviéndose con prisa entre
aquellas paredes, eligiendo el vestido rojo que usaría esa noche. Pude verla
frente al espejo, pintándose los labios, emocionada ante la posibilidad de
encontrarse con Rowan. Él, mi mejor amigo; era un hombre de buena
posición, con un futuro asegurado, alguien que podía ofrecerle una vida
cómoda y predecible. Por supuesto, existía una parte podrida existiendo en
su interior, pero no era tan poderosa y sórdida como la mía.
Destruiría a Abigail en el primer instante en que mis manos la tocaran.
Y no iba a detenerme, nadie podría hacerlo.
No quería dañarla, no quería extinguir su luz, pero mi naturaleza
destructiva clamaba por hacerlo. Luchaba cada día contra esa parte de mí,
esa bestia que despertó desde que la conocí. Todo de lo que era dueña —su
habitación, su aroma, sus pertenencias— alimentaba esa necesidad
enfermiza de posesión.
Tomaba pequeñas dosis de Abigail que iban desde mi vigilancia a la
distancia, hasta mi atrevimiento de venir a su casa e invadir su espacio,
llevándome algo suyo. Aquello era una victoria sobre ella de la que solo yo
era consciente.
Acaricié las sábanas una última vez antes de ponerme de pie. El diario
pesaba dentro del bolsillo de mi chaqueta, y sentí la ansiedad acumularse en
mis manos. Quería romper el candado y devorar cada palabra escrita en esas
páginas con olor a fresa.
Sus secretos serían míos, secretos que, sin que ella lo supiera, nos
unirían.
—Ya es mi novia —anunció Rowan con entusiasmo con una sonrisa amplia
y triunfante—. Esperé a que cumpliera la mayoría de edad para hacerlo
oficial. No quería problemas… sociales, por así decirlo. —Su tono fue
burlón, aunque ambos sabíamos que decía la verdad.
A los padres de Abigail nunca les agradó la idea de esa relación. Rowan
se encargó de resolverlo con una amenaza velada dirigida al señor Lacroix,
suficiente para mantenerlo al margen. No podía hacer lo mismo con la
sociedad que lo observaba, esa que juzgaba con ferocidad cada uno de sus
actos. Rowan era un hombre que vivía de las apariencias; cuidaba su
imagen tanto como su apellido.
—¿Seguirás permitiendo que baile en Eros? —indagué distraído, mi
atención estaba centrada en el diseño de un arma de asalto que
perfeccionaba en el ordenador. Había algo en el modelo que me disgustaba,
una falla imperceptible que me obligaba a empezar de nuevo.
—Temporalmente —respondió, tras una breve pausa—. No me agrada la
idea, pero sé que nadie se atreverá a tocarla. Tú te encargas de eso.
—Su imagen es perfectamente utilizada en las mentes de los clientes —
comenté sin mirarlo, provocándolo—, masturbarse en los rincones oscuros
de sus casas siempre es una opción.
Rowan soltó un gruñido contenido. Era celoso y posesivo, aunque
Abigail aún no lo sabía. Cuando lo descubriera, sería demasiado tarde. Lo
conocería de verdad cuando el peso de un anillo brillara en su mano.
Yo no haría nada para evitarlo, y no quería, Rowan estaba prendado de
Abigail, quitársela de las manos significaban consecuencias catastróficas
para ella y su familia, era mejor que se mantuviera a su lado.
Estar con él significaba seguridad. Alejarla de mí era la única forma de
mantenerla a salvo.
—Ella es mía —dijo con voz grave, su tono estaba cargado de una
certeza enfermiza—. Siempre va a ser mía.
—Te encargarás de que así sea —aseguré, sin apartar la vista de la
pantalla. Borré un fragmento del diseño y sentí una tenue satisfacción al
corregir el error.
—¿Cuándo partirás? —preguntó, observándome con detenimiento.
—En unas horas —respondí con calma.
—Serán dos largos años —murmuró, con un deje de tristeza que me hizo
mirarlo de reojo.
—¿Escuché nostalgia en tu voz? —ironicé. Rowan rió, negando,
mientras acomodaba su cabello rubio, impecable como siempre.
—Idiota. Eres mi mejor amigo —suspiró—. Tal vez te eche de menos.
Él era el sentimental de los dos.
—Tenemos trabajo pendiente —recordé—. Tú debes alcanzar tu rango
de general, y yo mi puesto como dueño de Eros.
Asintió y frunció el ceño con seriedad. Rowan no quería que me
marchara; se sentía protegido conmigo cerca. Siempre había sido así.
—Sullivan te lo entregará todo —dijo, luego recorrió la habitación con la
mirada—. Pero solo cuando muera.
Guardé silencio.
La verdad era otra. Sullivan ya me había cedido Eros, aunque el acuerdo
no sería oficial hasta su muerte, un evento que no tardaría demasiado en
llegar. Aun así, prefería mantener la prudencia. En mi mundo, la
información era poder, y compartirla era una debilidad que no podía
permitirme.
—Debo irme —dijo Rowan poniéndose de pie—. ¿Volveré a verte,
cierto?
—Por el resto de tu miserable existencia —prometí.
Y no mentía. Así sería.
Capítulo 4
Abby
07 de julio del 2018
La noche se sentía cargada con una energía extraña, casi eléctrica.
No lograba describir de qué se trataba. Por lo general, las noches en Eros
se impregnaban de lujuria; a eso venían las personas aquí, a buscar el deseo
más carnal. Sin embargo, esta vez no solo percibía el habitual ambiente de
placer, sino algo más denso, una sensación que se colaba bajo la piel como
una advertencia. Sentí un vacío en el estómago y un estremecimiento que
me erizó la piel.
Recorrí el local con la mirada, pero nada parecía fuera de lugar. Todo
seguía igual, la música vibrando, las luces girando, los clientes bebiendo
con calma. Y, aun así, esa sensación persistía. Era la misma presencia que
me acompañaba desde poco antes de cumplir los diecisiete, era una sombra
invisible, siempre al acecho.
Con el tiempo, me acostumbré a sentirla. Al principio me obligaba a
mirar sobre el hombro una y otra vez, buscando sin éxito una figura entre
los rincones oscuros, los coches de cristales tintados o los desconocidos que
apenas me dedicaban una mirada. Nunca vi nada. Pero sabía que estaba allí,
observándome.
De algún modo, dejé de temerle. Aquella sombra se convirtió en una
presencia constante, casi familiar. En más de una ocasión me encontré en
situaciones peligrosas, y, aun así, el peligro nunca me alcanzó. Llegué a
creer que esa presencia me protegía, que era mi guardiana silenciosa.
Sacudí la cabeza, tratando de desechar la idea. Mis compañeras
charlaban animadas en los camerinos, ajenas a cualquier inquietud. Me
obligué a imitarlas y centré mi atención en el maquillaje y la poca ropa que
debía ponerme. Cada noche exigía lo mejor de mí; ser la stripper estrella de
Eros tenía su precio. Era la favorita, la que nadie tocaba, la más deseada.
—Ab, en diez minutos —avisó Rita mientras asomaba apenas la cabeza
por la puerta.
Asentí. Afuera, la música subía de intensidad. No había gritos ni
descontrol. Eros era un club de prestigio en Irlanda, y no cualquiera podía
entrar. Por eso me quedé. Aquí llevaba una segunda vida que nadie, salvo
mis compañeras y mi mejor amigo, conocía. Si mis padres descubrieran que
su hija de veinte años bailaba semidesnuda ante hombres y mujeres
adinerados, me borrarían de su existencia. Su fe y sus principios eran
demasiado rígidos.
Esa misma opresión me trajo hasta aquí, con el deseo de romper las
reglas, la rebeldía que Rowan, mi novio, había logrado apaciguar… al
menos en parte.
Me puse de pie y observé mi reflejo con detenimiento. Llevaba una falda
de red que apenas cubría una tanga de hilo y un sostén de transparencias
que insinuaba más de lo que mostraba. Sobre mi cabeza, una peluca roja
completaba la imagen provocadora.
Mi cuerpo siempre había sido mi herramienta más poderosa. Era
voluptuoso, proporcionado, con un rostro pequeño y delineado como el de
una muñeca. Cabello oscuro, ojos grises, labios suaves. Había madurado
demasiado pronto, y eso me abrió las puertas de este lugar cuando más
necesitaba dinero.
—Listo, Ab —murmuró Rita.
Tomé aire y salí. Los tacones de plataforma golpeaban el suelo en un
ritmo que acompañaba los latidos de mi pecho. No me gustaban, pero
formaban parte del espectáculo, y aunque mi estatura de un metro con
cincuenta y dos lo pedía, prefería no exagerar su altura.
Avancé por el pasillo mientras las luces violetas y rojizas se mezclaban
en destellos que iluminaban fragmentos del camino y luego lo sumían otra
vez en sombras. El anunciador pronunció mi nombre —no el verdadero,
sino el que todos conocían aquí— y subí los escalones hacia el escenario.
Como era costumbre, eché un vistazo rápido a la clientela. Todos eran
hombres aquella noche. Vestían trajes caros con relojes de oro y copas que
se alzaban en sus manos. La mayoría eran de edad avanzada, algunos más
jóvenes, pero todos compartían el mismo brillo de deseo en la mirada.
Y entonces lo vi.
En un rincón apartado, un hombre me observaba con quietud. No hacía
ningún esfuerzo por ocultar su interés. Apoyaba el codo en el reposabrazos
y con una mano rozaba su barbilla con un gesto calculado. Apenas podía
distinguir su rostro bajo la luz tenue, pero su presencia era abrumadora,
como si el aire se espesara solo a su alrededor.
Sentí su mirada recorriéndome mientras me movía con la gracia
ensayada de siempre. Había algo distinto en ella, no era solo deseo, era
poder, una amenaza envuelta en fascinación. Por un segundo, supe que
aquella sensación de peligro tenía rostro.
Me deshice de la falda con lentitud. Las mallas cayeron a mis pies, y un
murmullo recorrió la sala. Los jadeos y los suspiros se mezclaron con la
música y mi ego creció, pero mis manos temblaban. El hombre no apartó la
vista. Su mandíbula permanecía tensa con sus labios rígidos. No sonreía, no
disfrutaba, solo me observaba con una intensidad que me heló la sangre.
Por primera vez desde que trabajaba aquí, deseé que mi turno terminara
pronto. Cuando la música cesó, bajé del escenario y regresé al camerino con
pasos apresurados. Las piernas me temblaban, y mis manos apenas lograban
mantener el control del temblor.
Me miré en el espejo. Mi reflejo mostraba a una mujer hermosa y
temerosa al mismo tiempo. Me incliné hacia el cristal, tratando de
reconocerme, cuando la puerta se abrió de golpe.
—Hay un tipo que quiere un privado —anunció Duncan sin llamar—. Te
espera.
—¿Cuántos privados tengo esta noche? —averigüé, molesta. Solo quería
irme. La presencia de aquel hombre seguía oprimiéndome el pecho.
—Solo uno —respondió. Solté un suspiro de alivio—. Te espera en cinco
minutos.
Cerró la puerta y respiré hondo. Retoqué el maquillaje, añadí perfume y
cambié mi atuendo. El cuero se ajustó a mis curvas y el cabello recogido
reemplazó la peluca roja. Por lo general hacía cinco privados por noche, de
media hora cada uno. Era donde ganaba más dinero, sin intermediarios.
Pero también era donde más riesgos corría ya que algunos clientes no
entendían los límites, y creían que podían comprarme. Cuando eso sucedía,
Duncan intervenía. Él siempre estaba cerca.
Esta vez, sin embargo, algo era distinto.
Caminé hacia la sala privada donde dos hombres me esperaban afuera,
armados. Las pistolas en sus cinturas me helaron la sangre. Antes de que
pudiera dar un paso atrás, uno de ellos me hizo una seña con la cabeza.
—Al señor no le gusta esperar —dijo con voz seca.
Pasé saliva y avancé. Me habían tocado hombres peligrosos antes, pero
había algo en la actitud de esos guardias que me ponía en alerta. Abrieron la
puerta y entré.
La habitación era pequeña, apenas iluminada. El sillón en forma de
media luna rodeaba el pequeño escenario donde debía bailar. Y allí estaba
él.
El mismo hombre del rincón.
Su cabello castaño claro brillaba bajo la luz tenue; sus ojos, entre grises y
azulados, tenían la frialdad de un invierno interminable, saturados de
peligro y penumbras. En ellos no había deseo, sino dominio. Su traje negro
ajustaba sobre una musculatura poderosa, admirable; los botones parecían
resistirse a la tensión de sus brazos y su espalda. Se mantenía sentado con
naturalidad, con las piernas separadas, proyectando control absoluto.
No había nada pequeño en él. Al menos no a simple vista.
Tragué saliva y subí al escenario. Mi cuerpo se movió con mecánica
precisión, cada gesto era ensayado, al igual que cada sonrisa era fingida. Lo
traté como a un cliente más, aunque el corazón me golpeaba las costillas.
Oscilé las caderas, incliné la cabeza, lo observé.
Él no apartó la vista.
Cuando tuve que descender y acercarme, mis manos rozaron sus rodillas.
Sentí el calor que emanaba de su cuerpo. Mis ojos descendieron sin querer
hacia la evidente erección que su pantalón no intentaba disimular.
A esa distancia pude apreciar con claridad los rasgos de su rostro. Eran
más que perfectos. Las cejas, oscuras y definidas, enmarcaban una mirada
firme y penetrante. La nariz recta, la mandíbula marcada, los labios gruesos
y sensuales, estaban apenas interrumpidos por una cicatriz delgada en el
borde superior derecho. Una barba corta sombreaba su piel, y su aroma…
ese olor masculino, embriagador, se me hizo vagamente familiar.
Hubo algo en su presencia que me perturbó; una sensación extraña me
hizo pensar que lo había visto antes, quizás en algún sueño, o tal vez en una
pesadilla.
Le di la espalda y estuve a punto de desprenderme de la primera prenda
cuando su mano me detuvo. Su toque fue un estallido, una corriente que me
recorrió el cuerpo desde el punto de contacto hasta la nuca.
El aire se me atascó en la garganta. Entonces fueron sus dedos los que
continuaron lo que yo había iniciado, primero deslizó el top fuera de mi
cuerpo, con una calma inquietante, y luego bajó la falda con movimientos
seguros, casi ceremoniales. Sus manos rozaban mi espalda y mis muslos
con una lentitud calculada, como si estudiara cada reacción de mi cuerpo.
—Baila —ordenó cerca de mi oído.
Su voz era grave y ronca, un roce helado que descendió por mi columna
y me provocó un escalofrío involuntario. Quise decirle que no podía
moverme si continuaba sujetándome desde atrás, pero la voz no salió.
Así que me limité a obedecer. Balanceé las caderas contra su erección,
sintiendo el calor que traspasaba la tela de su pantalón. Una oleada de deseo
me recorrió las piernas, y un rubor intenso subió hasta mis mejillas.
Nunca me sucedía; solía mantener la mente fría, las emociones bajo
control. Pero él… él trastocaba cada límite. Su presencia imponía una
autoridad que desarmaba la voluntad. Era el tipo de hombre al que no se le
decía que no, aquel que con una sola mirada era capaz de doblegarte.
Sus manos se mantuvieron firmes sobre mi abdomen, sus labios rozaban
el borde de mi oreja. Dancé despacio y obligué a mi cuerpo a seguir el
ritmo, con su pecho presionándose contra mi espalda y su erección
insinuándose entre mis nalgas en cada movimiento.
Un jadeo escapó de mis labios, casi inaudible, pero él lo escuchó. Lo
sentí sonreír contra mi piel antes de emitir un siseo contenido. Sus dedos
ascendieron con cautela por mi torso hasta alcanzar la curva de mis senos.
Los amasó con fuerza, provocando que mi cuerpo se tensara entero. El aire
se volvió escaso, la respiración irregular, y pese a ello, no lo detuve.
No podía.
Continué bailándole, pegada a su musculatura. Tenía unas manos
grandes, seguras, capaces de abarcar mi cintura con una sola presión. Y
cuando su boca se posó sobre mi cuello, un estremecimiento me sacudió de
pies a cabeza. Su lengua lamió la piel desde mi clavícula hasta la oreja,
dejando tras de sí una estela húmeda y tibia. Mis movimientos se volvieron
torpes, como si él guiara el compás y yo solo pudiera seguirlo.
No era yo quien lo seducía. Era él quien me poseía, sin necesidad de
hacerlo aún.
Mis piernas flaquearon al sentir el calor de su aliento en mi garganta. Mi
cuerpo entero se volvió un campo de batalla entre el miedo y el deseo.
—¿Quieres que te folle? —susurró con voz baja, rasposa, casi animal.
La respuesta se formó en mi mente antes de que pudiera detenerla.
Sí.
Pero lo que salió de mis labios fue lo contrario.
—No… tengo novio —dije, consciente de lo absurdo que sonaba.
Él rió, y el sonido vibró contra mi piel húmeda.
—¿Y te humedeces con él igual que lo haces conmigo? —preguntó,
burlón, con una calma cruel.
No respondí. No podía.
Su mano descendió por mi abdomen hasta llegar a la unión de mis
piernas. Apartó la tanga con un gesto que me pareció inevitable, y cuando
sus dedos se deslizaron entre mis pliegues, el aire se me escapó del pecho.
Pude haberlo detenido; incluso me dio el espacio para hacerlo, pero no lo
hice. Me quedé inmóvil, atrapada entre la vergüenza y la excitación,
permitiendo que continuara.
—Contéstame —exigió, mientras sus yemas encontraban mi clítoris y lo
acariciaban con precisión.
—Eso no te incumbe —logré decir entre dientes.
Rió otra vez, y su risa fue un roce ardiente sobre mi cuello.
Sus dedos aceleraron, jugando con mis límites, con mi voluntad.
—Quiero hundir mi verga en cada parte de ti —murmuró—, desde tu
sexo… —embistió con fuerza, solo con los dedos— hasta tu culo.
Ahogué un gemido. Sus palabras eran sucias, brutales, y aun así me
excitaban. Nadie me había hablado de esa manera; fue como si el monstruo
que vivía encadenado en mi interior rompiera uno de los grilletes que no lo
dejaban en libertad, reaccionó, recordándome que seguía ahí, a la espera de
volver a emerger.
Hacía mucho que no experimentaba esa pasión que Rowan se encargó de
apaciguar.
Esa parte oscura, reprimida, volvía a respirar.
El hombre retiró los dedos, y lejos de sentir alivio, me invadió una
sensación de vacío. Evité mirar la humedad brillante que cubría sus yemas.
Lo escuché chuparlas con calma mientras su erección me empujaba una vez
más desde atrás.
—Vete —dijo con desdén, separándose—. Márchate antes de que te haga
tragar mi verga con la boca.
Lo miré por encima del hombro. Tenía una sonrisa rígida con una mezcla
de desafío y dominio que me heló la sangre. No esperé una palabra más.
Salí del privado a toda prisa, casi corriendo hacia el camerino. Tomé mis
cosas sin pensar, me cubrí con un abrigo y abandoné el local sin despedirme
de nadie.
El aire de la noche me golpeó el rostro como un balde de agua fría, pero
el fuego que él había encendido seguía ardiendo dentro de mí. Era un fuego
antiguo, reconocible, uno que creía haber extinguido hacía tiempo… y que
ahora me perseguía mientras me internaba en la oscuridad de la calle.
Capítulo 5
Kylian
Números. Mi vida se resumía en números y muerte.
Cuando no trabajaba como contador, asesinaba a sangre fría y traficaba
con armas dentro de Eros, mi mundo, mi pequeño reino.
El tráfico de armas era más rentable que el de drogas ya que había más
demanda por parte de los carteles y menos conflictos. Además, algunas de
esas armas las diseñaba yo mismo. No solo era bueno con los números,
también en ingeniería; cursé dos carreras que me servían para mantener los
dos tipos de vida que llevaba: la normal y la ilícita.
Estuve fuera de Irlanda durante dos años, pero hace unas noches decidí
regresar por dos razones, la primera, expandir mi negocio; la segunda, el
anuncio de mi mejor amigo sobre su próximo matrimonio con una mujer
que conocía bastante bien. La noticia no me tomó por sorpresa. La urgencia
de Rowan por casarse no se debía solo al amor enfermizo que sentía por
Abigail, sino también a su necesidad de convertirla en la esposa perfecta
fuera de Eros, asegurándose una posición favorable ante los demás. La
familia era clave en la política cuando se vivía de apariencias, tal como
hacían los Byrne.
Insistió en hacerme volver sin considerar las consecuencias, y no podía
culparlo del todo, pues desconocía mi obsesión secreta con su prometida
mucho antes de que ella llegara a su vida.
Sin embargo, tenía un compromiso —por así decirlo— con mi amigo.
Ambos prometimos asistir a la boda del otro. Aunque no era el tipo de
hombre que mantenía promesas, Rowan era como un hermano, y no iba a
fallarle en ese aspecto. Podía jurar que le fallaría en otros, más
específicamente relacionados con la lealtad, mientras cometía el pecado de
desear a la mujer de mi prójimo.
Él todavía no sabía que había llegado a Irlanda. Apenas puse un pie en el
país, me dirigí al lugar que era mi segundo hogar: Eros.
Sullivan, como lo conocíamos todos, construyó este sitio sobre cuerpos,
solidó las bases de Eros con ellos, y yo, entre otros, fuimos sus aprendices,
sus hijos, los huérfanos de millonarios de los que nadie quería hacerse
cargo. Aquí aprendimos a matar, a pelear, a ser asesinos en toda la extensión
de la palabra, sin emociones, sin piedad, solo lealtad y respeto.
Perfeccionistas.
Se nos enseñaba a usar la cabeza para herir al enemigo antes de dar el
golpe final.
Eché de menos este ambiente, aunque lejos la había pasado bien. Ahora,
a mis treinta y cinco años, sentí la necesidad de regresar, usando como
excusa la insistencia de Rowan. Nada había cambiado, la fachada seguía
siendo la misma, un club como cualquier otro que ocultaba los secretos de
lo que realmente era Eros.
Era mi segunda noche allí. No hablé con nadie; por supuesto, me
conocían, y Sullivan sabía que había regresado. Pronto me llamaría. Si no
acudía a él era porque no lo necesitaba; no vine buscando refugio ni ayuda,
solo quería recordar viejos tiempos y reclamar el lugar que siempre había
sido mío.
Encontré ciertas mujeres en la pista, todas hermosas, de distintos colores
y tamaños. Sin embargo, Abigail seguía en mi mente, igual que desde la
primera vez que la conocí. Ahora era una mujer madura, ardiente y
hermosa, con unos senos enormes donde podría correrme y una cintura
pequeña que invitaba a sostenerla mientras embestía su coño.
Rowan cometió un error al insistir en que regresara. Fue la excusa
perfecta para liberar mi obsesión, dejándola fluir dentro de Eros. Abigail
estaba profundamente arraigada en mis territorios; podía tomar de ella la
parte que me interesaba, la oscura, la perversa, la inmoral.
¿Sería capaz de traicionar a mi mejor amigo por una mujer?
Sí. Sin dudarlo. No importaba la distancia que pusiera entre Abigail y yo;
siempre colisionaríamos. Me ocuparía de eso.
Hoy no me resistí y fui a verla otra vez. Quería poseerla y lo haría. Su
deseo fue evidente cuando metí los dedos en su coño mojado. Reaccionaba
ante mí, no huyó ni se detuvo. Se empapaba de manera deliciosa, ansiaba
lubricar mi falo erecto desde la base hasta la punta, lista para llenarla de mí
hasta no dejar nada más que derramar.
Me removí inquieto en el sillón, haciendo rechinar el cuero bajo mi peso.
Luego, las luces se apagaron, dejando la pista levemente iluminada. Su
nombre había sido anunciado, así que esperé unos instantes antes de verla
subir al escenario de plataforma de cristal. Sus delicadas piernas sostenían
aquella belleza exótica, un ser que parecía salido de un lugar inalcanzable
para hombres como yo, y que solo con un ápice de suerte podríamos
hallarla.
Usaba un diminuto conjunto rosa neón, conformado por una falda que
revelaba su trasero y un top que delineaba la aréola de sus pezones con
precisión.
Como esperaba, dirigió sus ojos hacia mi lugar, el mismo que ocupé la
noche pasada. Me buscaba, y nada me complacía más que darme cuenta de
ello. La tensión acompañó cada uno de sus movimientos y por un instante,
se perdió en mí. Le dediqué una ligera sonrisa antes de colocar la mano
sobre mi erección, apretándola para calmar el dolor. Aunque Abigail no
pudiera ver cómo me encontraba, supo que estaba duro, y eso me excitó.
Se deslizó por el tubo con destreza y profesionalismo, meneando las
caderas y esas nalgas que recibirían mis azotes. Gradualmente, se deshizo
de la ropa al ritmo de la música; la tanga que llevaba, en lugar de hilos,
estaba compuesta por cadenas con incrustaciones que parecían diamantes,
aunque juraría que eran imitaciones. Una idea se formó en mi mente, lista
para ejecutarse.
Por un instante aparté la vista de ella y noté que todos los presentes
reaccionaban igual que yo, nadie parpadeaba, nadie podía dejar de mirarla.
Una sensación de posesión me estrujó el pecho y elevó mis instintos más
primarios. No podía hacer nada más que esperar.
No podía juzgar a Rowan por permitir que ella bailara allí; todo era parte
de su manipulación, un falso indicio de libertad que pronto le quitaría.
Soportar que vieran a su novia así tenía fines egoístas. Pero joder, si ella
fuera mía, todo sería diferente. Jamás habría permitido que mi mujer bailara
semidesnuda frente a un grupo de hombres calientes.
Cuando el baile terminó, me levanté de inmediato, ansioso, sin perder un
segundo. Me dirigí al privado de siempre sin que nadie se interpusiera.
Había ordenado que la llevaran allí, y estaba seguro de que ella también lo
esperaba. En compañía de mis hombres, entré a la habitación y me situé en
el lugar habitual.
Eché un vistazo al reloj en mi muñeca. Exactamente cinco minutos
después, mi objeto de fantasías cruzó la puerta. Sin embargo, permaneció
quieta, con una decisión reflejada en sus orbes grises levemente
oscurecidos. Titubeaba, dudaba de cómo expresar lo que sentía, temiendo
convertirlo en palabras.
—No bailaré para ti —dijo con seguridad, manteniendo una calma que
no sentía—. No puedo.
—Te vi moverte perfectamente allá afuera. —Encendí un cigarrillo y
celebré esa victoria anticipada, a pesar de mi peculiar adicción—. Dudo que
estés incapacitada.
—No se trata de eso —replicó entre dientes. Exhalé el humo con una
sonrisa cruel; no solía sonreír, y mucho menos de esa manera.
—¿Entonces de qué se trata? —presioné, sabiendo la respuesta—. ¿De
mi manera de tocarte el coño? ¿O de mi amenaza de hacerte tragar mi
verga? —inquirí con burla, mientras la ira se mezclaba con un deseo
imposible de ocultar.
—Justamente de eso. Me gustó —fue franca—, y no quiero ser infiel.
Reí ante sus palabras. Desde que se humedeció y no se apartó, había
cruzado la línea de la fidelidad. Me deseaba y disfrutaba; no podía llamarse
fiel después de eso.
—Tu novio podrá vivir con ello. Dudo que no lo sepa. —Me miró
ofendida, y el monstruo dentro de ella liberó a una bestia, anticipando la
oscuridad que permanecía oculta en su interior.
—Yo no me acuesto con los clientes, y estos tampoco meten sus dedos
en mi coño —espetó, irascible.
No, por supuesto que no. Los mataría antes de permitirlo; la orden de no
tocarla venía de mí, no de Rowan. Solo quería que bailara, no que follara
con nadie más.
—Uhm… fui el primero, interesante —bufoneé. Me incorporé y la
acorralé despacio, con el humo del cigarrillo flotando entre los dos. Ella era
una cosita furiosa y voluptuosa que iba a follarme contra el sillón.
Abigail no se movió cuando estuvimos frente a frente. Mi mano se
enroscó en su nuca con firmeza mientras la empujaba contra la puerta. El
choque de su cuerpo con el mío creó una fricción exquisita, suficiente para
desear sentirla más de una vez.
—¿Sabes qué pasará? —Mi nariz rozó su mejilla de arriba abajo,
impregnándome de su perfume—. Te follaré el coño y te haré venir de una
manera tan deliciosa que mañana volverás por más.
—Ni en tus sueños —tartamudeó. Inhalé hondo, satisfecho. Por fin podía
tocarla como tanto había deseado durante años.
Intentó empujarme sin moverme un centímetro. Me encantaba que me
retara. Desafiante, ataqué su boca con rudeza; no hubo sutileza en mi
atrevimiento, solo la necesidad implacable de devorarla, de besar a una
mujer por primera vez. Mi primer beso le pertenecía a ella.
La furia de mis labios masacró la suavidad y rigidez de los suyos,
ejerciendo dominio mientras la azotaba contra la pared y separaba sus
piernas. Me situé entre ellas, mi erección presionó su sexo húmedo. Luchó
los primeros segundos, quizá para convencer a su propia mente de que no
quería esto; reí por dentro y la forcé. Podía hacerle ese favor y facilitar su
conciencia. Tiré de su cabello con saña, inmovilicé su cuerpo delgado y
pequeño, que solo favorecía mi control. Mi complexión era el doble de la
suya, mi peso aún mayor. Forcejeó un poco más antes de ceder y
responderme.
Su boca se deslizaba temblorosa, titubeando, y de vez en cuando ponía
los labios rígidos, hasta que yo atacaba mordiendo su labio inferior con
violencia, haciéndola gemir, aunque no de placer.
—¡Bestia! —se quejó.
—Y apenas me estás sintiendo.
—Aléjate de mí, para de una vez —exigió, temblorosa. Mis labios
seguían saboreando los suyos mientras hablaba; eran adictivos, y me
costaba todo mi autocontrol no poseerlos fuera de allí.
—¿O qué? —reté—. Si quieres, puedo forzarte —mordí su mentón e
hice lo mismo con su cuello—, así te convencerías de que no querías
tenerme dentro de ti.
—Estúpido presuntuoso —escupió enojada y se escabulló de entre mis
brazos solo porque se lo permití.
Me señaló con el índice, agitada con los labios rojos e hinchados. Relamí
los míos mientras la acorralaba como un depredador, mi figura se cernía
sobre la suya en el reducido espacio.
—Te darás cuenta de que correr no sirve de nada cuando se trata de mí
—murmuré serio, como una advertencia que aún no comprendía, pero lo
haría con el tiempo.
—Déjame en paz, por favor —dijo al fin, usando esa palabra que la
salvaría por hoy. No pensaba ceder. A ella me la follaría sí o sí.
Detuve mis pasos y la miré fijo, diciéndole sin palabras que se marchara.
Lo entendió y corrió hacia la puerta como si la vida dependiera de ello. Reí
y me senté, pasando el pulgar por el labio inferior para limpiar los restos de
su pintalabios, degustando aún su saliva en mi lengua. Apoyé la espalda
contra el respaldo, estiré las piernas y tanteé mi erección sobre el pantalón.
Esa mujer me había excitado como ninguna otra, y lo peor era que solo
quería tirármela a ella. Suspiré y recurrí a lo que jamás habría imaginado
hacer aquella noche.
Me masturbé pensando en ella.
Capítulo 6
Abby
Sus embistes eran suaves.
Mis ojos permanecían cerrados, su perfume se colaba por mi nariz y el
calor de su cuerpo intensificaba aún más el mío. Hacía días que no nos
veíamos y lo primero que hizo Rowan al encontrarnos fue follarme contra
su escritorio. No me quejaba, pero al menos esperaba alguna pregunta de
cortesía, un “¿cómo estás?” que equilibrara la pasión con un mínimo de
atención. Después de todo, era mi novio, el hombre que decía amarme y
preocuparse realmente por mí. Me preguntaba si era tan errado esperar un
poco de gentileza. Mi mal humor me impedía disfrutar de nuestra sesión.
Carajo, no podía.
—¿No estás feliz de verme? Fueron dos semanas —murmuró,
lamiéndome el cuello. Me estremecí levemente y jadeé, balanceando las
caderas contra su miembro erecto que continuaba penetrándome con
firmeza.
—Sí —musité en un gemido corto.
Amasó mis senos con ambas manos, los presionó entre sí, y chupó mis
pezones con maestría, provocándome. Sabía exactamente dónde tocar para
encenderme. Arañé su espalda y eso lo excitó; el ritmo de sus embestidas se
aceleró y, en pocos segundos, el orgasmo se gestó en mi vientre,
descendiendo hacia la unión de mis piernas y concentrándose en mi sexo.
Mis paredes se contrajeron y alcancé la cúspide justo antes de que él se
viniera dentro del preservativo. Yo llevaba un implante en el brazo; aunque
Rowan fuera mi novio por años, no me fiaba del todo. No podía, y él lo
respetaba. Además, no me gustaba quedar llena de su semen, aquel desastre
en mi entrepierna podía alterar mi pH.
—Te amo, Abby. —Besó mis labios de manera fugaz—. Ya quería verte.
—Lo noté —murmuré con displicencia.
Habían pasado poco más de dos años desde que me había desvirgado.
Rowan esperó días después de mi cumpleaños número dieciocho,
asegurándose de que fuera “legal”. Aunque nuestra relación tuvo altibajos,
ya habíamos hablado de ello.
Bajé del escritorio y acomodé mi ropa. Él fue al baño y regresó con una
toalla limpia y los pantalones subidos. Me la tendió y limpié los vestigios
de mi orgasmo.
—Pasado mañana quiero que vengas a cenar a casa de mis padres —dijo
de pronto y tomó asiento frente al ordenador.
—¿Qué celebramos? —pregunté. Siendo franca, la idea de ir a casa de
mis suegros no me emocionaba en lo más mínimo.
Rowan era hijo del alcalde de la ciudad; su madre ocupaba un lugar
importante en la sociedad como primera dama, mientras que él trabajaba
como general en la división de la PICD[1], un puesto que recientemente
obtuvo, no exactamente por méritos propios. Sí, era competente, pero todos
sabíamos que el cargo le correspondía a otro. Nadie discutía las decisiones
de los Byrne. Era uno de los apellidos más poderosos y respetados de la
ciudad.
Cuando supieron que su hijo salía con una joven estudiante, diez años
menor que él, se escandalizaron. Intentaron persuadirlo, amenazarme e
incluso ofrecieron dinero para que me alejara, convencidos de que eso sería
lo único que me interesaba de su hijo. La realidad era distinta, Rowan me
había atraído desde el primer instante. Fui una joven soñadora, vulnerable a
los hombres mayores, y él representaba la estabilidad que necesitaba.
Con él, encontré disciplina, responsabilidad y alguien que pudiera
guiarme. Dejé atrás amistades que me habían influido negativamente,
abandoné los bares y las fiestas, renuncié a las drogas. La Abby salvaje y
rebelde quedó sepultada gracias a Rowan.
Me aconsejaba, me guiaba, cultivaba mi mente y me enseñaba a
desenvolverme en su mundo. Pero siempre hubo algo que me ataba y
ofrecía un desahogo: Eros.
Bailar significaba todo para mí.
En la pista podía ser yo misma sin ataduras ni reproches; las miradas
elevaban mi ego y me hacían sentir poderosa, deseada. No podía renunciar
a ello.
—Solo es una cena —respondió segundos después.
—Bien, espero que tu madre no ponga veneno en mi comida —dije, sin
gracia.
—Ella te acepta.
—Parece que tenemos perspectivas diferentes —resté importancia—.
Debo irme, Eros abre en unas horas.
Mi trabajo no le agradaba, y lo comprendía, pero no iba a aceptar su
dinero ni sus influencias para conseguir un empleo que no me había ganado.
Rowan sabía desde el inicio que bailaba y no iba a renunciar, no por dinero,
sino porque me elevaba la autoestima. Allí, bajo las luces oscuras, me sentía
otra, la Abby que quizá nunca debí dejar de ser.
—Abby, pronto tendrás que dejar ese trabajo.
—Mi universidad no se paga sola. —Abrió la boca para replicar; me
acerqué y lo callé con un beso—. Tampoco aceptaré tu dinero, ya te lo dije.
No quiero darles más motivos a tus padres —añadí como pretexto. Si
aceptaba su ayuda, no podría volver a Eros.
—Si saben que bailas allí, empeorarás todo.
—Solo hasta que acabe la carrera, un año más —mentí, encontraría la
manera de convencerlo de dejarme continuar—. Además, tú te encargas de
mantener mi secreto —susurré, rozándole la nuca con las uñas. Él miró mis
labios y luego mis senos.
—Eres una hechicera —se quejó—. Lo hago porque me encanta verte
bailar y sé cuánto lo disfrutas.
Me tomó con fuerza y me sentó sobre su regazo. Reí mientras mi cabello
rozaba su rostro y él se bajaba los pantalones, colocando el preservativo.
—Sabes que soy tuya —movió las bragas a un lado y embistió despacio
—, solo tuya.
—Lo sé, cariño. —Gemí sobre sus labios—. Confío en ti, pero detesto
que ellos vean esto. —Agarró mis senos y empujó con fuerza—. Me hierve
la sangre de celos.
—Solo tú puedes tenerme, solo tú me vas a follar —sentencié.
—Eso te lo juro, nadie más te tocará. —Sostuvo mis nalgas y ambos
gemimos al unísono—. Me fascina que te deseen, y que nadie más pueda
tenerte. .
—Siempre serás tú, Rowan.
A la noche siguiente llegué a Eros a la hora habitual. Todo transcurría como
siempre. Ayer no estuvo presente aquel sujeto atractivo y amenazante y lo
agradecí. Sin embargo, sabía que volvería. Esta vez no huiría. Si persistía,
lo hablaría con Rowan. No pensaba abandonar mi trabajo por un hombre
caliente y obsesionado.
Miré mi reflejo en el espejo y coloqué una peluca rosa sobre la cabeza.
Siempre las usaba, junto con maquillaje cargado que me hacía pasar por
otra.
—Sullivan está cada vez más enfermo —comentó Mireya, una de las
chicas que también bailaba, quien entablaba conversación con Jenna y me
hacía partícipe.
—Han estado entrando y saliendo doctores en el sótano —murmuró
Jenna.
Todos sabíamos que el verdadero club se encontraba en el sótano. Esto
solo era una fachada. Nunca quise involucrarme allí; no hacía falta ser un
genio para deducir que todo era ilegal. Rumores sobre la vida ilícita de
Sullivan circulaban en torno al narcotráfico y cómo se había convertido en
mentor de algunos mandos poderosos en la mafia. Apenas lo había visto una
vez; no cualquiera ingresaba allí y él nunca salía.
—Me pregunto quién será su sucesor —farfulló Mireya, y yo no pude
evitar compartir la intriga.
—Seguro alguien poderoso, ya sabes —musitó Jenna.
Las observaba a través del espejo; se dieron cuenta y comenzaron a
cuchichear en voz baja. Las ignoré. Lo que dijeran no tenía importancia.
—Ab, cinco minutos —anunció Rita, como siempre.
Me incorporé, vestida con látex y transparencias en la ropa interior, con
imitaciones de diamantes incrustadas en la piel. Me fascinaba cómo
brillaban bajo las luces, reflejando destellos de color sobre mi cuerpo.
Abandoné el camerino y avancé por el pasillo que conducía a la pista.
Respiré hondo y me moví con la gracia que me caracterizaba, consciente de
que los clientes venían exclusivamente a observarme. Entonces, noté de
nuevo su presencia dominante e imponente. Tragué grueso y concentré toda
mi energía en la actuación, esforzándome por hacerla perfecta y olvidar su
sombra sobre mí.
Esa noche no utilicé el tubo; danzaba sobre el suelo, me arrodillé primero
y separé las piernas con la espalda inclinada hacia adelante, mostrando solo
lo que mi tanga dejaba entrever. Las luces hacían brillar los diamantes sobre
mi piel, y los hombres de la primera fila se inclinaban hacia adelante,
ansiosos por ver más, pero sin atreverse a tocarme. Les sonreí con
coquetería. Al ritmo de la melodía, me moví hacia el suelo y froté el pecho
contra la pista iluminada, mientras alzaba el culo y lo meneaba de manera
sensual.
Sentía su mirada ardiente. Me quemaba la piel y me resultaba imposible
ignorarla. Lo observé de soslayo. Su mano sostenía el tronco ancho de su
verga erecta, frotándolo con sus dedos insistentes. Mi boca se secó ante la
audacia de su acción.
Volví a sonreír, satisfecha en secreto con su reacción. Quedé boca arriba.
Apoyé parte de mi peso sobre los codos, con la cabeza echada hacia atrás y
una pierna flexionada. Las luces debajo de mí se intensificaron, y
oscurecieron el resto del escenario. El agua cayó sobre mi cuerpo,
provocando un escalofrío que recorrió mi piel. Miles de destellos
acompañaron las gotas e hicieron que las transparencias se volvieran casi
nulas y los clientes vislumbraran mis pezones erectos.
Me puse de rodillas otra vez y masajeé mis senos, excitándome, no solo
por mi propio toque, sino por la lujuria que emanaba el hombre del rincón.
Descendí las manos hasta mi sexo y me toqué con delicadeza antes de abrir
las piernas y girarme. Me coloqué en cuatro, mostré mi culo al público y
moví cada centímetro de mi cuerpo mientras danzaba sobre el piso con los
brazos extendidos por encima de la cabeza. Luego me incorporé y las luces
se tornaron violetas; las letras de Eros resplandecían detrás de mí mientras
la oscuridad retomaba su dominio cuando abandoné el escenario.
Estaba húmeda y excitada.
Duncan me esperaba con una bata; la tomé y le agradecí con una sonrisa
antes de dirigirme al camerino. Estaba segura de que mi actuación dejaría
complacidos a los clientes.
—Ey, Ab —me detuvo Duncan—, tienes un privado.
—Hoy no puedo —respondí con seriedad—. Dile que no.
—Este cliente no acepta un no.
Pasé saliva. Sabía de quién se trataba y no quería enfrentarme a él.
—No puedo —repetí.
Duncan acortó la distancia entre nosotros. Era un buen tipo, pero leal a
su trabajo.
—Ve, Ab, o tendrás problemas —susurró cerca de mi oído.
—Ese tipo me da miedo, Duncan —confesé. No solo provocaba deseo,
también temor—. No deberían obligarme a ir con él.
—Sí pueden, Ab. Es mejor que vayas.
Apreté los ojos y asentí despacio. No tenía opción. Podía llamar a
Rowan, pero ¿y si ese sujeto le hacía daño o si no llegaba a tiempo para
protegerme de esa bestia?
—Iré a cambiarme.
—No —me detuvo—, te quiere ya.
Maldije por lo bajo y sin más lo seguí hasta el privado que él siempre
ocupaba. Sus custodios estaban allí; al vernos, abrieron la puerta. Le lancé
una última mirada a Duncan, cargada de súplica, pero él no podía
ayudarme.
Entré a la estancia y lo primero que percibí fue su perfume, luego su
figura recortada en la penumbra. Estaba de pie, con una camisa blanca
ajustada a la musculatura, con las mangas recogidas hasta los codos
mientras sostenía una caja roja en las manos.
—Hola, Abigail Lacroix —saludó, con un matiz de diversión.
Yo solo sentí pánico. Él conocía mi nombre verdadero; debía tener
muchas influencias para obtener la identidad de cualquiera de nosotras.
—¿Qué demonios pretendes? —pregunté, con la voz temblorosa.
—Follarte sobre este sofá —dijo con voz ronca—, y no me iré hasta que
lo haga.
Capítulo 7
Kylian
Reunía todo el control que tenía para no arrancarle la ropa.
El látex húmedo se adhería a su cuerpo como una segunda piel,
delineando sus pezones erectos que pedían atención. Las gotas de agua
deslizándose por su cabellera lacia resbalaban sobre la piel brillante,
acentuando cada curva y cada línea de su anatomía. Pasé la lengua por mis
dientes, ansioso y excitado. Mi mirada recorrió desde la punta de sus
tacones hasta la unión de sus piernas, subiendo por el diamante luminoso en
su ombligo, para luego regresar a la curva de sus senos, seguir a su
clavícula tensa y, finalmente, al rostro de muñeca que hacía que la punta de
mi verga se hinchara de deseo.
Dolía. Mirarla dolía.
Su baile me colocó en una posición donde perdí toda cordura. Mi ingle
tomó el control de mis pensamientos y exigía poseerla sin esperar más, sin
considerar las consecuencias.
Abigail parecía un ratón acorralado, quieta, me miraba sin pestañear.
Sabía que no me temía; su único miedo residía en la atracción que sentía
por mí, una fuerza contra la que no podía luchar mientras estuviéramos
solos. La atracción sexual nos arrastraba, pecho con pecho, como imanes
incapaces de separarse. Entre nosotros, la tensión crecía, espesa, asfixiante;
el espacio se comprimía, dejándonos sin aire mientras nuestras miradas se
mantenían fijas.
Di un paso al frente y ella retrocedió dos. Relamí mis labios, fijándome
en sus pezones endurecidos y la piel de gallina provocada por el frío y la
humedad de su ropa. Sabíamos que aquel temblor no era casual; era la
respuesta de su cuerpo al deseo.
No podía dejar de pensar en su baile, en el reto que había impreso en su
mirada mientras movía el culo. Estuve a punto de masturbarme mientras la
observaba, indiferente a quién estuviera presente. La misma sensación
amarga y ardiente descendió por mi garganta: no quería que la tocaran, solo
quería tocarla yo.
Los destellos de su piel húmeda y brillante me devolvieron a su
actuación. Nunca había visto algo tan provocador y sensual. Su culo mojado
por el agua, las luces reflejando sus brillos, sus manos moviéndose sobre su
cuerpo, tentándome silenciosamente. Pero lo que realmente endurecía mi
verga era esa mirada inocente y perversa.
Ella te miraba y caías hipnotizado ante ese gris potente y luminoso: ojos
color tormenta.
Es una bruja.
—¿Sabes que esto es acoso? —articuló finalmente, intentando evitar lo
inevitable.
Casi sentí compasión por ella, pero la piedad no estaba en mi
vocabulario.
—Sí —di otro paso—, denúnciame si quieres.
La vacilación se reflejó en su expresión altanera. Pasó saliva y se
recompuso de inmediato.
—Lo haré si no me dejas en paz —amenazó sin titubear.
Cogí mi móvil y se lo tendí. Rowan estaría encantado de enviar a sus
oficiales a Eros solo para salvar a una desconocida. Reí por dentro.
—Adelante, Abigail. Haz la llamada.
—No me retes.
—¿O qué?
Empujé su figura contra la puerta; los tacones no podían igualar mi
altura. Guardé el móvil y jugué con el hilo de su tanga, deslizándolo de
adelante hacia atrás. Su piel estaba fría y los diamantes adheridos, firmes.
El contraste del frío con la yema de mis dedos quemaba de deseo.
—Quítate la ropa —ordené con voz baja y ronca—. Muéstrame qué hay
debajo.
—Vete a la mierda —susurró con una sonrisa desafiante.
—Si te la quito yo, no te gustará; delicado no soy —advertí.
Tensó la mandíbula y me empujó sin moverme un centímetro. Chasqueé
la lengua y, en un movimiento rápido, la tomé de la nuca y la estampé
contra el sofá, dejando su culo expuesto. Tiré de la tela con violencia,
vislumbré una línea rojiza sobre su piel que debía arder.
—¡Animal! ¡Idiota!
—Te dije que te la quitaras.
Hice lo mismo con el sujetador de látex y transparencias, rasgando la tela
con facilidad.
—¡Suéltame! —exigió, debatiéndose bajo mi agarre sin lograr escapar.
—No te voy a soltar. De aquí no te vas hasta que te llene ese coño de
semen.
Arrojé la caja a un lado de su cara, cerní mi cuerpo sobre el suyo sin
presionarla demasiado, consciente de que podía quebrarle el cuello si
quería, y ella apenas lo notaría.
Abrí la caja y saqué la tanga roja con diamantes reales que compré para
ella, una prenda exquisita, perfecta para su figura. La tomé entre mis dedos
y se la mostré.
—Estos son legítimos, justo lo que tu piel merece —dije,
incorporándome—. Ahora póntela. Quiero que la luzcas para mí.
Me miró por encima del hombro; los jirones del sujetador seguían
pegados a su cuerpo. La tanga que rompí estaba en el suelo.
—Hazlo, Abigail, ¿o quieres que sea yo quien te la ponga?
Con evidente enfado, se levantó del sofá, tomó la tanga y me la arrojó a
la cara; los diamantes rozaron mi mejilla antes de caer a mis pies.
—Póntela tú, infeliz. —Casi reí, mezclando la excitación con la furia que
ardía en mí.
—Me encantaría complacerte, bestia, pero dudo que mi verga se
mantenga dentro de esta mierda.
—Ve a decirle bestia a la más vieja de tu casa, animal —escupió con
rabia.
La ira explotó en sus rasgos y ya no pude resistirme. La tomé del cuello
y estampé su cuerpo contra la pared, arrancándole el aire con un gesto
brusco. Un jadeo escapó de sus labios antes de que mi boca sucumbiera al
calor de su piel. La besé con deseo, la mordí y alterné la presión con mi
lengua, mientras embestía su interior sin permiso; luego le quité el sujetador
sin que ella pudiera reaccionar. Mi mano mantenía su cuello firme, sin darle
margen para apartarse.
No iba a soltarla, no aquí, no en Eros.
Palpaba su deseo. Su piel se calentó, su corazón latía frenético y pude
notar que se estaba mojando. Con mi rodilla separé sus piernas y fui directo
a su sexo. Estaba suave, húmedo, cálido, listo para recibirme. Siseé
excitado y mi verga se extendió bajo la tela; el dolor en los testículos por la
presión acumulada solo intensificó la urgencia de liberar todo sobre y
dentro de ella.
—Mira cómo te mojas —froté el pulgar sobre su clítoris—, mira cómo
me deseas.
—Detente ya —jadeó. Sus mejillas ardían y, sin embargo, no intentó
apartarme; movía las caderas en busca de más.
—No lo haré. —Lamí su mandíbula—. La próxima vez, pensarás dos
veces antes de provocarme moviendo el culo bajo las luces.
Su protesta murió en un gemido, arrancado por la intrusión de mis dedos
en su vagina. Chilló, adolorida y apenas hubo espacio para moverme dentro
de ella. La tenía estrecha, caliente y perfecta. Solo podía pensar en cómo
acostumbrarla a mi tamaño, debía meterme profundo y continuo. Joder,
como lo iba a disfrutar.
Su cuerpo se volvió levemente lánguido ante mis embistes, mientras la
empujaba al límite, así como ella me empujaba a mí.
Estás cediendo, bestia.
Confiado, retiré los dedos de su cuello y sostuve la curva de su seno,
pellizcando delicadamente su pezón. Gimió y balanceó las caderas contra
mi mano. Sonreí.
—¿Te gusta, Abigail? —Su labio inferior tembló, cerró los ojos y todo su
cuerpo se tensó bajo mi toque—. Respóndeme.
—Sí —susurró, apenas audible.
—Más te va a gustar cuando me tengas embistiendo dentro de ti,
ocupando cada recoveco de tu cuerpo mientras me suplicas que no me
detenga.
Brusco, la llevé hasta el sofá, apoyé su espalda contra él y me situé entre
sus muslos sin dejar de estimular su sexo. Sus piernas rodearon mi cadera;
una de mis rodillas descansaba sobre el acolchado del sofá, mientras la otra
se doblaba apenas rozando el suelo para mantener el equilibrio.
Abigail se removía, deseosa. Sus senos eran tentaciones vivas; mi lengua
anhelaba recorrerlos, chupar sus pezones, lamer los brillos, recoger las
gotas de sudor mezcladas con agua.
—Te voy a follar, Abigail.
No era una pregunta; era una puta certeza. Me miró, trémula y excitada.
—Justo ahora, justo aquí.
Retiré los dedos y saqué la correa de mi cinturón en un movimiento
rápido. Sujeté sus manos y, sin dar tiempo a protestar, las até con el cuero,
ajustando la presión a mi gusto. Elevé sus brazos por encima de su cabeza,
aseguré las muñecas y presioné con firmeza. Mientras tanto, desabotoné mi
pantalón y bajé el cierre, dejando al descubierto mi verga endurecida. Las
venas se marcaban por todo el tronco; el líquido preseminal humedecía la
punta hinchada. Agité mis dedos a lo largo de la longitud mientras Abigail
respiraba entrecortada, admirándome con fuego y lujuria.
Mi mente dejó de pensar. No había espacio para juegos ni negativas; la
quería follar y lo haría.
—¿Seré el único en este lugar que ha estado en tu coño? —pregunté,
rozándole la mejilla con la nariz. Tembló al sentir la punta de mi verga
contra su vagina—. ¿O tendré que matar a alguien esta noche?
El pánico la hizo presa. Jadeó.
—Solo cállate y hazlo ya —siseó. Reí y la besé.
Esta vez no fui rudo; quería sentirla en todos los sentidos. El preservativo
no existía en mis planes; la lujuria nublaba mi juicio, y el único objetivo era
consumirla, probarla, conocerla en carne propia. Cuando al fin me la
follara, la novedad desaparecería y mi obsesión se desvanecería un poco,
dejándome control sobre mis deseos.
Mi obsesión comenzó por no poder tocarla. Si lo hacía todo terminaría.
—Lo quiero disfrutar, bestia —susurré sobre sus labios.
Arremetí dentro de sus paredes palpitantes. La sensación era exquisita;
su estrechez me obligaba a contener la embestida, y al mismo tiempo, cada
músculo de mi cuerpo se tensaba para no perder el control.
—Joder —musité entre dientes.
Una gota de sudor descendió por mi sien, resaltando las venas marcadas
por la tensión.
—Parece que puedo romperte, Abigail.
—Oh, Dios…
—Kylian —corregí.
La penetré de una estocada que hizo rebotar mis testículos contra su
coño, robándole un grito, el movimiento rudo también me dolió. Maldición.
—Kylian Draxler es quien te está follando —murmuré, rodeado por su
calor. Quería que conociera mi nombre, que lo dijera mientras sucumbía al
placer.
Apreté mi frente contra la suya, erguí la espalda y me apoyé en mi
rodilla. Mis manos rodearon su cintura, tomando impulso para embestir con
dureza y profundidad. Sus senos rebotaban con cada golpe; ella gemía,
adolorida y excitada, sin pedir que me detuviera. Su entrega solo alimentaba
la obsesión que crecía dentro de mí.
—Apuesto a que tu novio no te ha follado tan duro, ¿verdad? —inquirí
con sorna. Me maldijo y yo regresé con más intensidad.
Mi boca se desplazó por sus tetas rellenas. Probé la textura de sus
pezones duros y los chupé con ansias sin detener mis penetraciones
violentas. Sabían tan bien en mi boca que no quería dejar de mamarlas,
mucho menos al oírla gemir de placer. Se mojaba tanto que sus fluidos
resbalaban entre sus muslos.
—Mierda, no te detengas, Kylian, no lo hagas —susurró entregada, sin
mover las manos de donde las había colocado. Mi lado dominante se
regocijó ante su sumisión absoluta.
Amasé sus senos con ambas manos, enderecé la espalda y me apoyé en
ellos para seguir embistiéndola. Mi pulgar e índice atrapaban sus pezones;
los mordía y besaba de tanto en tanto, dejando marcas rojas que señalaban
mi posesión. Bajé la mirada hacia nuestros sexos, confundido entre los
pliegues de su carne y el mío, entre ese tumulto rosado y húmedo.
La saqué de su interior y la levanté. Observó mi verga penetrándola
mientras sus piernas temblaban por la fuerza de mis estocadas.
—Mira todo lo que te estás metiendo —dije, sosteniendo mi miembro
empapado por sus fluidos.
Calló. La cogí del cabello llevándola hasta la pista donde sujeté su
cabeza contra ella, con sus nalgas elevadas hacia mí y el rostro apoyado en
el cristal. En cuatro, se veía aún más irresistible.
—Me puso caliente verte mover este culo. Te quería follar delante de
ellos, quería que bailaras sobre mí.
Siseó bajo, no entendí si dijo algo. Coloqué mi verga entre sus glúteos, di
una palmada que sacudió su piel y embestí nuevamente en su vagina. Tiré
de su cabellera y alcé su cabeza hacia mi pecho, rozando sus labios con los
míos y luego le susurré:
—Di mi nombre, bestia.
—Púdrete.
Otra palmada, esta vez con intención de lastimarla.
—Que lo digas.
—No.
Un azote más, seguido de un pellizco.
—Di mi puto nombre, ahora.
—¡Kylian! —Se rindió. La satisfacción de oírla pronunciarlo me dibujó
una sonrisa.
—Eso. No lo olvides. No es tu novio, no es Dios, soy yo.
La solté y descendí mi mano entre sus muslos, encontrando su clítoris y
dándole la atención que pedía. La masturbé mientras mi pene se perdía en
su coño empapado. Nuestros cuerpos producían un sonido sórdido,
obsceno, profano, mezclado con la música del lugar. Su pelvis estaba
húmeda, sus nalgas también, y mis marcas se adherían a su piel.
Me incliné y besé su hombro antes de morderlo con fuerza. Dirigí mis
labios hacia su cuello húmedo y lo chupé con intensidad.
—¡Idiota! —exclamó.
Reí, dejando un chupetón para marcarla.
—A ver cómo mierdas explicas esto, bestia —me mofé, satisfecho.
Lamí su cuello, sintiendo la piel erizada bajo mi lengua. Mi mano estaba
completamente empapada y, poco a poco, sentí cómo su cuerpo se tensaba
más y más, indicándome que el clímax se aproximaba. Conforme la
estimulé, la presión de sus paredes se intensificó, como si luchara por
retener mi tamaño dentro de ella. Un gruñido escapó de mí mientras su
orgasmo la recorría con fuerza, y mis testículos se alzaron, sosteniendo el
semen que, segundos después, derramé dentro de su sexo. La sensación era
un éxtasis absoluto, potenciado por el hecho de que ella se corría mientras
me abrazaba con su vagina, exprimiéndome hasta la última gota. Joder. Qué
orgasmo.
Jadeante, me aparté de su cuerpo y apoyé la mano en su espalda baja.
Abigail permaneció en la misma posición, aún temblorosa. Acomodé mi
ropa, satisfecho, aunque al ver cómo mi semen escurría por su sexo húmedo
y brilloso, supe que quería más. La había probado, y aun así parecía
insuficiente; necesitaba experimentar cada parte de ella.
Había esperado años para poseerla. Tocar su cuerpo no sació la obsesión;
solo la hizo más intensa y poderosa.
Por supuesto, no era algo que no pudiera deducir; solo me engañaba
creyendo que, al probarla, podría dejarla ir. No. Nada funcionaba así
conmigo. La había deseado desde el primer momento, y aun sin contacto
físico, la obsesión nunca se diluyó; se solidificó.
Le quité el cinturón y lo coloqué en su lugar mientras ella se incorporaba
lentamente, aún abrumada. Me enfrentó, con el maquillaje corrido y los
labios rojos e hinchados. Enterré mis dedos en sus mejillas con firmeza y la
acerqué a mi rostro sin darle oportunidad de escapar de mi mirada.
—No vuelvas a Eros —dije—, porque cada vez que te encuentre aquí, te
voy a follar. —Tensó la mandíbula—. Y ahora sabes que me importa una
mierda si estás de acuerdo o no.
Di un paso hacia la puerta y, sin volver la vista, salí de allí.
Capítulo 8
Abby
El fuego de sus labios continuaba lamiendo los bordes de mi piel.
Sentía calor entre mis piernas y un dolor abrasador. La quemazón
comenzó horas después de deslizarme bajo la ducha en la soledad de mi
habitación, aún conmocionada por lo ocurrido. En mi mente rebobinaba la
escena una y otra vez, incapaz de aceptar que fuera real. Sin embargo, la
sangre en mis muslos y el dolor punzante en mi vagina derrumbaban
cualquier esperanza de negar lo evidente.
Había follado con Kylian.
¿Quién era él? No lo sabía.
¿Le temía? Por supuesto.
¿Lo odiaba? No más que a mí misma.
Engañé a Rowan con ese hombre y ni siquiera podía decir que me forzó
por completo, aunque la realidad era que sí. Me acorraló, me sometió y, de
algún modo, estuve dócil mientras introducía su bien dotado miembro, casi
hasta destrozarme el útero. Maldita sea. Gemí su nombre y se vino dentro
de mí. Era el primer hombre que me llenaba de semen, y lo detestaba.
Me sentía sucia por no sentirme sucia. Porque, aunque no quisiera
admitirlo, me había gustado el fuego de Kylian, la violencia de sus manos
apretando mi cuerpo contra el suyo siendo obsceno y dominante. Rowan
jamás me trató así, y odiaba compararlos. Mierda. No estaba bien. Una
lucha interna me atravesaba, y el dolor punzante en la cabeza se
intensificaba. Necesitaba confesarle todo a Rowan, asumir mi culpa y
acabar con esto de una vez. Si hubiera sido él, al menos habría querido
tener la opción de decidir. Si me rechazaba, no habría vuelta atrás. Lo
amaba, aunque ahora dudaba de la fuerza de mi amor.
¿De verdad lo quería?
Froté mi frente con los dedos, perdida en mis pensamientos.
—¿Qué haces aquí encerrada? Rowan sigue esperando, Abby.
Era mi madre. La miré a través del espejo; el color crema de su vestido
captó por un instante mi atención antes de fijar mi mirada en sus ojos verde
aceituna.
—Necesitaba un poco de aire —susurré. La verdad es que necesitaba
todo el maldito oxígeno del mundo.
Estábamos en la mansión de la familia de Rowan, acabábamos de llegar
hacía apenas media hora, y desde que puse un pie allí, quise salir corriendo.
No solo era la vergüenza por lo que había hecho, sino que la opulencia me
abrumaba; no me acostumbraría a estos lujos. Siempre había sido una joven
sencilla. Por supuesto, deseaba vivir bien, pero no a este nivel, y eso iba en
contra de lo que los padres de Rowan creían. Dios santo, si pudieran comer
con cubiertos de oro, lo harían. Me preguntaba por qué no lo hacían, cuando
podían permitírselo.
—Vuelve enseguida, antes de servirse la cena, Rowan quiere hablar con
todos —dijo mi madre, apretando el ceño.
—¿De qué va todo este misterio? —pregunté, curiosa.
Citó a mi familia y a la suya, tuve que presentarme, ocultando con
remedios caseros y maquillaje las marcas que Kylian había dejado en mi
piel. Milagrosamente funcionaron.
—Solo apresúrate, Abby.
Asentí y mi madre salió dejándome sola. Me miré otra vez al espejo y
forcé una sonrisa encantadora, el maquillaje era discreto y perfecto. Entallé
mi cuerpo con un vestido rojo sangre, de escote pronunciado que realzaba
mis atributos. Juro que la señora Byrne casi se desmayó al verme,
escandalizada, mientras su esposo luchaba por apartar la mirada de mis
senos. Jodido, en verdad.
Sí, fue una elección atrevida usar ese vestido, pero era un regalo de mi
mejor amigo, y quería lucirlo. Aunque no entendía la necesidad de vestidos
largos para una simple cena.
Con esfuerzo, salí del baño que había servido como mi refugio, y avancé
por los pasillos alfombrados dignos de un palacio, entre pinturas valiosas,
esculturas elegantes y un vacío estremecedor. A veces, la riqueza volvía
todo tan frívolo.
Bajé los escalones con seguridad, e hice resonar la punta de mis Jimmy
Choo de tres mil dólares, otro regalo de Rowan que no había rechazado. No
era fan de las joyas ni del arte, pero la ropa y los zapatos eran otra cosa.
Al entrar al comedor, todas las miradas se posaron en mí. Rowan sonrió
y se acercó como un caballero, tomándome de la mano. Mi pecho dolió.
¿Cómo iba a decirle que lo había engañado? Su sonrisa y sus ojos, llenos
de adoración únicamente por mí, me hundían en la culpa.
—Ven, cielo, quiero que estés conmigo —dijo, tirando suavemente de
mí.
Asentí y caminamos hasta la cabecera de la mesa. Del otro lado estaba su
padre, a su lado su madre, luego los míos y mi hermana Cami. Ella sonreía
alegre, contraria a mí en todo momento. Sin duda, todos aquí sabían algo
que yo ignoraba.
—Abby, sé que llevamos poco tiempo de novios —comenzó Rowan—,
pero desde que te vi, cuando realmente lo hice…
Sonreí, recordando cómo yo le lanzaba miradas coquetas mientras él me
veía bailar cada día. En uno de esos momentos, logré captar su atención y
derribar sus prejuicios sobre mi trabajo. Siempre iba por lo que quería, sin
reservas, y eso, en ocasiones, me había traído problemas. Recordar ese
instante amplificó el dolor en mi pecho, como un río a punto de
desbordarse. Las lágrimas comenzaron a empañar mis ojos.
—Supe que eras la mujer que quería para compartir el resto de mi vida
—continuó, emocionado.
El miedo se instaló en cada célula de mi cuerpo mientras lo veía
arrodillarse frente a mí. Mis pulmones ardían buscando aire, y comprendí
que había dejado de respirar por la conmoción y el pánico. No podía
creerlo.
—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó.
Un estallido retumbó en mis oídos, probablemente fue mi voz gritando
de frustración y miedo. Todos esperaban una respuesta afirmativa y yo solo
deseaba salir corriendo. Contaba con veinte años; ¿cuándo habría decidido
que era momento de casarme? Tenía demasiadas cosas inconclusas antes de
unir mi vida a alguien. Por amor al infierno, ni siquiera estaba segura de
querer ser esposa de alguien ahora.
La presión me asfixiaba; la expectativa de todos me hacía sentir pequeña.
Me mareé y tuve que apoyarme en el respaldo de la silla para no caer.
Mientras los segundos pasaban sin respuesta, la sonrisa de Rowan se
desvanecía poco a poco.
—Abby —susurró nervioso.
Mi labio inferior tembló y las lágrimas amenazaron con caer.
—Sí. —Aquello fue lo único que salió de mis labios.
Una mentira, un escape ante la presión, un daño irreversible.
—Sí quiero casarme contigo, Rowan —musité, audible solo para él.
Él se incorporó de inmediato y colocó el anillo en mi dedo. Lo sentí, la
quemazón abrazó mi piel y el calor se propagó por todo mi cuerpo,
concentrándose en el estómago, más allá del vientre bajo.
—Parece que he llegado justo a tiempo —dijo esa voz conocida, con
matiz desinteresado, el tono fluyó áspero por mi espina dorsal, como una
caricia helada.
Mi piel ardió bajo el peso de su mirada fría y sin emociones, que atrapó
la mía y no me soltó. El intercambio duró unos segundos que se sintieron
eternos; él me observaba con crueldad, sin asombro ni reproche.
—Drax —saludó Rowan, entusiasta—, al fin llegas.
—No podía ser una pedida de matrimonio perfecta sin tu mejor amigo
presente —masculló, con desprecio y pesar.
El río de la culpa se desbordó.
Las lágrimas cayeron amargas por mis mejillas y luego, todo se volvió
negro. Fui presa de la oscuridad que él dominaba; porque mientras caía, de
nuevo fui suya.
El olor a alcohol se coló por mis fosas nasales. Arrugué la nariz y abrí los
ojos lentamente, acostumbrándome a la luz mortecina. Lo primero que vi
fue la cara de Rowan, ceñida por la preocupación. Nos encontrábamos en
una habitación y, para mi desgracia, no estábamos solos.
Supe que era él mucho antes de encontrarlo situado en un costado de la
habitación. Sus hombros anchos, el traje impecable que moldeaba la figura
musculosa y tonificada de un hombre como él; desprendía un porte elegante
y siniestro, imposible de ignorar. Su postura irradiaba devastación, puro
caos y crueldad.
Por más que forzara a mis ojos a esquivar su mirada, no pude. Era como
si él ordenara y yo obedeciera, incapaz de refutar. Su presencia erizó mis
brazos con una electricidad que sacudió todo dentro de mí como un
huracán.
Ahora podía ver con claridad su cabello castaño claro, largo encima y
afeitado levemente por debajo, brillaba sedoso, cada hebra lacia tenía un
volumen cuidado y textura suelta. Vestía un traje gris sin una sola arruga; la
camisa blanca se tensaba sobre su musculatura, ajustada como segunda piel.
Tan apretado.
Mi mente no me falló. Sí era enorme, en todos los sentidos. Su altura
alcanzaba los dos metros, podía jurarlo. Y, aun así, me sorprendía mirarlo
como si fuera lo más extraordinario del planeta, cuando nunca me atrajeron
los hombres altos. De niña, me causaban pavor por los constantes acosos;
me observaban desde arriba como una presa fácil, manipulaban mi
complexión sin dificultad. Rowan me superaba en pocos centímetros, pero
Kylian no solo era más alto, sino que, poseía brazos, piernas y espalda
ancha. Sus manos eran capaces de sujetarme como a una muñeca y era
dueño de un miembro que me hizo sangrar. Lo miraba y no podía asimilar
que hubiera estado atrapada entre esa masa de testosterona y masculinidad.
—¿Qué hace él aquí? —farfullé, me senté sobre el colchón y apoyé la
espalda en las almohadas.
—Solo quería asegurarse de que estuvieras bien —explicó Rowan con
calma.
—Contigo bastaba. —No disimulé mi malestar—. Dile que se vaya.
Su expresión se llenó de asombro mientras intentaba que me calmara.
Para él, mi reacción era confusa y solo daría pie a que generara preguntas.
—De acuerdo.
Se apartó y se dirigió a Kylian. Murmuraron algo entre dientes mientras
el aludido no me quitaba los ojos de encima. Los estrechó antes de asentir y
salir por la puerta. Respiré aliviada, aunque su mera presencia seguía
impidiéndome relajarme del todo.
—¿Por qué hiciste esto? —exigí, mostrando el anillo.
Parpadeó, desconcertado.
—¿Qué?
—Esto —repetí, señalando el anillo—. Rowan, tengo veinte años.
—Y yo diez más que tú —replicó—. Quiero una esposa, Abby. Te quiero
a ti porque te amo.
—Pero no es correcta la manera en que lo hiciste. Debiste hablarme
primero de tus planes. Me tomó desprevenida y me sentí presionada —
hablé deprisa—. No quiero casarme.
Mojó sus labios y me tomó de la mano, dándome un apretón firme.
—Podemos estar comprometidos; no significa casarnos mañana. Una
boda lleva tiempo, quizás en un año o dos —trató de apaciguar la tensión.
—Entonces debiste esperar para pedírmelo. Apenas curso mi carrera;
casarme no es algo que me interese ahora.
—¿No quieres casarte o no quieres hacerlo conmigo? ¿No me amas?
—Por favor, no me manipules. —Aparté su mano, consciente de que
tocar el tema de Kylian aún no era posible. Un problema a la vez.
—No trato de manipularte, cielo. —Su voz reflejaba frustración—. Creí
que eras feliz conmigo, que esto funcionaba, que sentías lo mismo.
—Que no quiera casarme no disminuye mis sentimientos por ti —
susurré, agotada y mareada, con la mente aún en Kylian.
—Entonces acéptame —me sostuvo ambas manos, suplicando con la
mirada—, por favor, Abby.
Besó el dorso de mis manos, uno tras otro. Suspiré. No quería ceder, pero
carecía de fuerzas para continuar la discusión. Intentaría hablar con él
cuando estuviéramos solos, lejos de su presencia perturbadora.
—De acuerdo —accedí, por ahora.
Sonrió con felicidad y me besó con fuerza, uniendo nuestras frentes por
unos segundos.
—Te amo, cielo.
—También te amo —dije de vuelta.
Me estrechó entre sus brazos, mi cabeza estaba apoyada en su hombro,
mientras el silencio caía sobre nosotros. Pensaba en lo estúpida que había
sido. Rowan siempre hablaba de Kylian, refiriéndose a él como Drax, y
ahora entendía por qué solo usaba un diminutivo de su apellido. Si hubiera
sabido su nombre completo…
¿A quién engañaba?
Saber su nombre no habría cambiado el pasado; justo me lo dijo cuando
su verga ya estaba enterrada en mi vagina, suficiente para que nunca lo
olvidara.
—Señor Byrne —interrumpió una mujer de la servidumbre—, sus padres
quieren hablar con usted.
—Ahora vuelvo —susurró Rowan, besándome de nuevo.
Se incorporó y salió por la puerta. Deseé que no lo hubiera hecho; sabía
que Kylian aparecería.
Y no me equivoqué.
Al abrir la puerta, una corriente de aire frío me recorrió como una caricia
estremecedora. Su presencia se movía hacia mí, invasiva y descarada. El
miedo estrujó mi pecho; lo observaba avanzar con seguridad, me hacía
sentir empequeñecida bajo su escrutinio. No me gustaba estar a solas con él,
exudaba control y violencia, era peligroso, sin conocerlo del todo podía
asegurarlo.
Su figura amenazaba con devorarme mientras acortaba la distancia.
Tragué grueso. No podía apartar los ojos de su rostro cincelado, perfecto en
hielo y miseria. Su mirada era oscura y ardiente, cargada de secretos que, al
menos yo, no deseaba conocer.
Me incorporé de la cama, las piernas me temblaban, pero mantuve un
porte desafiante y lo enfrenté, ocultando mi miedo y el deseo que
provocaba.
—No vas a decírselo. —Su rostro permaneció impasible—. Se lo diré yo.
Estrechó los ojos y un brillo de ira lamió su gris azulado, oscureciéndolo.
—Vas a mantenerte callada —ordenó—. Si dices una palabra, haré de tu
vida un maldito infierno.
No bromeaba. El miedo me paralizó, intensificado por la presión de su
figura sobre la mía. Ni siquiera me tocaba, pero no lo necesitaba para
intimidarme.
—No me asustas.
—Eres una pésima mentirosa, Abigail —dijo y saboreó cada sílaba con
acidez.
Hacía años que nadie me llamaba así, y el hecho de que él lo hiciera me
hizo sentir extraña.
—Para de joderme y lárgate de aquí. Rowan vendrá en cualquier
momento; no quiero que me encuentre a solas con el imbécil de su amigo.
—Tensó los músculos de su mandíbula.
—Vuelve a llamarme imbécil y te aseguro que lo lamentarás —advirtió,
amenazante. No titubeé.
Apenas podía creer que este sujeto, ceñido por la frialdad, fuera el mismo
que había hecho arder mi piel con sus besos. Parecían las dos caras de una
moneda, totalmente opuestas.
Hielo y fuego.
—Entonces deberías dejar de comportarte como uno.
Avancé hacia la puerta, pasando de largo su figura siniestra y dominante.
No iba a permanecer más tiempo en la misma habitación con él. Apenas
abrí un poco la puerta, su mano azotó la madera sobre mi cabeza y la cerró
de improviso. Temblé ante la acción inesperada. La amplitud de su torso y
la anchura de sus hombros consumieron la luz, arrastrándome a las sombras
donde él gobernaba. Su aliento en mi nuca provocó un escalofrío que
recorrió mi espina dorsal, como si el susurro del mismo demonio emergiera
de los confines del infierno.
Kylian seguía sin tocarme, y recé para que no lo hiciera. Había algo en su
mera presencia que bloqueaba mi razón, probablemente el fuego de la
pasión insana a la que sucumbía siempre que estaba cerca de él.
—Me has colocado en un aprieto, Abigail. Follarme a la prometida de mi
mejor amigo no figuraba en mis planes —susurró, la ira se desbordaba en
cada palabra—. ¿Y sabes qué es lo peor?
Pasé saliva. No quería escucharlo.
—No me siento culpable. —Su aliento continuaba estremeciéndome—.
Mi promesa sobre Eros sigue en pie, Abigail. —La insinuación íntima
estalló en mi médula espinal y me sacudió con un temblor involuntario.
—No dejaré mi trabajo por tus amenazas.
Me giré con dificultad, lo encaré mientras luchaba por mantener a raya
los pensamientos sucios que provocaba su presencia. Este hombre era una
maldita tentación, una mezcla de músculo y colonia varonil que me acosaba
desde cada ángulo. Sus brazos permanecían en la misma posición,
bloqueando mis salidas, pero sin intención aparente de tocarme.
—Sabes quién soy y, aun así, continúas con tu jodida obsesión.
Avanzó un poco más, casi a punto de tocar mi piel. Me examinó de arriba
abajo mientras exhalaba hondo.
—Hay una diferencia abismal entre el hombre que conociste en Eros y el
que tienes delante de ti ahora —advirtió con un tono cargado de advertencia
—. Créeme, Abigail, no quieres estar en el camino de ninguno de los dos.
Su advertencia, en lugar de asustarme, me provocó. Lo odié con cada
fibra de mi ser.
—No vuelvas a Eros, porque comenzarás un juego que no podrás ganar.
Y tenía razón porque sentía que ya había perdido mucho antes de
siquiera empezar.
Capítulo 9
Kylian
Mantenía las manos ocupadas, pero la tensión fluía por mis venas con
fuerza.
Abigail se encontraba en un costado de la habitación. Procuraba no
buscarla con la mirada, aunque la atracción que compartíamos dificultaba la
tarea. Resplandecía en cualquier escenario, en cualquier lugar; los ojos de
todos se posaban en su presencia arrebatadora y magnética. Abigail parecía
salida de otro mundo, inaccesible para cualquier criatura común e indigna.
El rojo de su vestido me la ponía dura y despertaba un deseo imposible
de controlar. Era como una mancha de luz en medio de las penumbras,
inútil ignorarla. Mi mente fantaseaba con poseerla con ese vestido puesto;
sus pechos casi se desbordaban del escote, su silueta se marcaba
perfectamente a través de la tela ajustada a su cintura y caderas. Un impulso
violento me empujó a querer averiguar si podía poner el mismo color de la
tela en su piel con la fuerza de mis manos apretándola por cada centímetro.
Agarré el vaso y bebí de un solo trago, dejando que el líquido bajara
hasta lo más profundo de mi garganta.
Rowan hablaba conmigo y, aunque el tema de su compromiso flotaba en
el aire, lo evité. Nos centramos en los negocios, pero Abigail se había
instalado bajo mi piel, haciéndome arder, no solo de deseo, sino también de
ira, una mezcla tan densa que me provocaba acidez. Abigail Lacroix estaba
fuera de mi alcance, y eso me jodía.
Podría hacer ajustes, manipular la situación y conseguir que fuera mía.
La tentación de tenerla en mi cama, desnuda, con las piernas abiertas solo
para mí, se ceñía a mi vientre bajo y se enroscaba sobre mi verga erecta
como una caricia devoradora.
Deshacerme de Rowan no me tomaría mucho, un solo movimiento y
estaría fuera del camino, pero la idea de arruinar nuestros negocios y una
amistad de años por un coño, me parecía ridícula.
Pero qué coño, joder.
En mi boca seguía el sabor de sus besos y mi miembro palpitaba
recordando el calor de su vagina. Los gemidos que escapaban de sus labios
aquella noche aún resonaban en mi mente, torturando cualquier intento de
paz. Solo necesitaba un poco más, solo una dosis de su voluptuosa figura
sobre mí, y podría continuar con mi vida. Su calor, su sudor, el maldito
aroma a lluvia mezclado con mi colonia en su piel aperlada y vibrante…
Cálida. Maldita sea.
Debía detenerme, obligarme a contenerme, y esperaba que ella
comprendiera la advertencia y se alejara de Eros. Si me desafiaba, la
consumiría hasta apagar su brillo.
No importaba que fuera la prometida de mi mejor amigo. Ya la había
sentido, y una vez más, no cambiaría el hecho de que estuve enterrado hasta
el fondo de su coño. Siempre había antepuesto mis deseos a los de los
demás; así se me enseñó, y Abigail no sería la excepción. Mi lealtad se iba a
la mierda cuando la pasión se forjaba más poderosa y atroz que cualquier
cosa. Debía ir con cuidado. Follarla había desatado una guerra interna que,
si no controlaba, me haría flaquear.
—Ella no quiere casarse —tocó al fin el tema Rowan, mirando a su
prometida con amor, aunque ella no compartía su mirada.
—Siempre puedes obligarla —mascullé, frío y desinteresado. Rowan no
se sorprendía de mis modos; actuaba así con todos.
—No quiero —remarcó firme—. La amo, pero entiendo que es joven.
—¿Joven? —Achiqué los ojos—. ¿Cuántos años puedes llevarle?
¿Cinco? —Lo increpé, aunque conocía cada detalle de Abigail mejor que
ella misma.
La observé de reojo. En Eros su aspecto lograba verse más maduro por el
maquillaje, aquí se quitó años de encima sin él en la cara.
—Ojalá —farfulló Rowan—, le llevo diez años.
—¿Eres novio de una cría? —espeté con fingida sorpresa.
—La desvirgué hace poco, cuando cumplió la mayoría de edad. Antes no
la toqué.
La bilis subió por mi garganta, mezclándose con el deseo que ardía
dentro de mí. Me molestaba, esta obsesión se me escapaba de las manos y
apenas la había tomado una vez.
—No te diré lo que quieres escuchar. —Lo miré fijamente—. Tú y yo
sabemos lo que está mal aquí.
Tan mal como lo que yo hice. Me follé a su prometida, quince años
menor que yo, y lo peor es que no me detendría si se presentara otra
oportunidad.
—Supongo que eso debería pesar en mi conciencia. —Suspiró, sin
apartar la mirada—. Pero ¿la has visto? —Y la he probado—. Es perfecta.
No voy a dejarla ir.
—No lo hagas, pero tampoco la presiones, Rowan. Se te puede escapar
de las manos —le advertí, la furia cubrió sus ojos como una sombra.
—Nunca. Ella es mía, puedo encargarme de cualquiera que intente
quitármela.
—Hasta de ella misma —susurré, y él asintió, bebiendo de su vaso.
—Baila en Eros. Sé que has ido o venido de allí, tengo gente vigilándola,
pero me sentiría mejor si tú la supervisas. Son tus territorios después de
todo.
Me mantuve impasible. Sus peticiones eran irónicas y casi ridículas.
—No me hace gracia ser la niñera de una cría.
—Es un favor. —Chascó la lengua.
—¿Por qué sigue bailando en Eros?
¿Qué estaba mal en su cabeza para permitirle que se desnudara frente a
tantos hombres, yo incluido? Podía entender la manipulación y la falsa
sensación de libertad que Rowan le daba, pero estaba yendo demasiado
lejos. Él no se percataba de que se le saldría de las manos.
—Le gusta. Gana dinero, dinero que necesita porque es tan terca que no
me deja ayudarla —replicó, frustrado. Si estuviera en su lugar, habría
arrastrado a Abigail lejos de esa pista mucho antes.
—Puedo echarla.
Aunque eso no sucederá. La quería allí. La puse allí porque Eros era el
único lugar donde podía tocarla sin límites.
—No me lo perdonaría. —Sonrió mientras daba otro trago—. Quiere
sentir que tiene control de su vida.
—No lo sabe, ¿verdad? —Relamió sus labios.
—Cuando lo sepa, será demasiado tarde, Kylian.
Guardamos silencio por un instante. Percibí su presencia chispeante, su
perfume suave e intoxicante. Quise pasar mis manos por su cuerpo para
impregnarme de su esencia, pero si lo hacía, todo se arruinaría. La tomaría
y no la soltaría; adueñarme de ella fuera de Eros solo traería devastación.
Mi mundo debía permanecer en control.
—Cariño, quiero irme a casa, estoy agotada. —Su tono dulce sonó
fingido—. Mis padres ya se fueron hace tiempo.
—¿Por qué no te quedas aquí? —sugirió Rowan—. Es tarde, y me
tomará más de cuarenta minutos llevarte.
Abigail posó la mano en el pecho de mi amigo, mostrando la gran piedra
que relucía en su dedo, recordándome que era una mujer prohibida.
—Mañana tengo universidad —susurró con suavidad y se frotó contra él.
Por un momento dudé si Rowan percibía que ella escondía su verdadera
intención para obtener lo que deseaba.
—De acuerdo. —Miró su reloj—. Te llevaré.
—Yo la llevaré —me ofrecí solo para provocarla—. Vamos hacia el
mismo rumbo.
Abigail se tensó. Su actitud dulce se desmoronó y dejó entrever a la
mujer asustada y furiosa que realmente era.
—¿No te molesta? —inquirió Rowan. Quise mofarme de su comentario.
¿Molestarme? Podría follarla en el asiento trasero de mi auto.
—En lo absoluto.
—¿Mi opinión no cuenta? —increpó entre dientes, irradiando furia.
—Parece que no —me burlé—. Te espero afuera —añadí, dando por
sentado que no daría el brazo a torcer. Ni siquiera era una pregunta.
Sonreí y la miré una vez más antes de abandonar la casa. Nunca esperé
que las cosas llegaran solas; siempre fui a buscarlas y las tomé, como haría
con ella.
Abby
Mis piernas avanzaban hacia su auto con un magnetismo inusual que me
inquietaba. No quería irme con él, no quería quedarme a solas, pero ninguna
parte de mi cuerpo se rebelaba, ni siquiera intentaba resistirse.
—Mañana pasaré por ti para ir a comer —alcanzó a decir Rowan
mientras abría la puerta del Audi para mí. Kylian permanecía dentro, con la
mirada fija al frente.
—De acuerdo —acepté a regañadientes. Estaba molesta con Rowan por
enviarme con el cretino de su amigo.
Depositó un beso en mis labios que no me negué a devolver y que, por
malicia, profundicé. Quizás así le quedara claro a Kylian que elegiría a
Rowan por encima de él. Había decidido callar lo ocurrido en Eros, no por
miedo a sus amenazas, sino porque no quería desatar un caos que me
perjudicaría a mí, incluso cuando lo merecía.
Me destrozarían y eso me asustaba.
Mi conciencia podría juzgarme como infiel, cobarde o vil, y podría
sobrellevarlo, pero no soportaría que toda Irlanda repitiera esas palabras al
unísono. La influencia de la familia Byrne haría pedazos no solo mi
reputación, también la de mi familia. Para Kylian, las consecuencias no
serían tan graves, era hombre, yo mujer, siempre estaría en desventaja.
—Te amo, cariño —susurré con sinceridad. La culpa me carcomía los
huesos, dolía. Tal vez por eso cedí.
—También yo. Sube.
Me deslicé dentro del vehículo, embriagada por el aroma varonil y
limpio que impregnaba cada rincón. Rowan cerró la puerta y enseguida
Kylian arrancó, fundiéndose con la oscuridad de las calles. Su postura
permanecía firme, concentrada en el camino. Tenía los hombros anchos
tensos, la mandíbula apretada y los dedos ajustados con precisión al
volante. Mis ojos se fijaron en sus manos, recordando cómo podían
aplastarme con violencia y cada centímetro de mí atrapado entre sus dedos.
—¿Qué pretendes con esto? —rompí el silencio. Nos quedaban bastantes
minutos solos.
—Deshacerme de ti, al menos por esta noche —masculló, malhumorado,
como si detestara la idea de hablar conmigo, como si yo no fuera suficiente
para mantener una conversación.
—Siempre puedes arrojarme del auto en movimiento —repuse,
desafiando—. Estoy segura de que, si pudieras, me matarías, así me llevaría
a la tumba nuestro pequeño secreto.
—Eso me facilitaría las cosas —aceptó.
No me amedrenté. Aparté la vista de su rostro y me concentré en el
asfalto que pasaba veloz mientras él aceleraba.
—No quieres casarte —aseguró minutos después—. Dime por qué le
dijiste que sí.
—Eso no es de tu incumbencia —respondí—. No me conoces lo
suficiente como para saber lo que quiero o no.
—Eres un libro abierto, Abigail. Y yo soy un buen lector.
Me crucé de brazos, jugueteando con los bordes de mi vestido. Kylian no
me había mirado ni un instante desde que subí al Audi, ignoraba mi
presencia, a la vez que intentaba sacarme información que no le daría.
—Dímelo —exigió.
—Lo amo. Eso es lo que hacen las personas enamoradas, se
comprometen y se casan…
—Las personas enamoradas no follan con desconocidos —interrumpió.
La ira me recorrió como hielo, estremeciéndome.
—Tú no me diste opción, maldito hipócrita —repuse, notando cómo la
esquina de su boca se elevaba con una media sonrisa—. Para el auto,
caminaré.
—Aún no ha llegado el día en que siga órdenes de una mujer.
Probablemente nunca llegue.
Lo enfrenté, tentada a golpearlo, incluso al no ser partidaria de la
violencia, Kylian Draxler sacaba lo peor de mí en cuestión de segundos y
cuando aún llevábamos pocos días conociéndonos.
—Me tientas, Kylian —dije, con tono seductor y furioso—. Me tientas a
hacerte tragar tus palabras.
—No intentes jugar ese juego. Mejor guarda silencio antes de que decida
poner tu boca a trabajar en algo productivo.
Tragué grueso. Mi mente ya fantaseaba bajando a sus pies, de rodillas,
ofreciéndole lo que no había dado a nadie más.
Volví a mantener la compostura. Ninguno habló en el resto del trayecto.
Al acercarnos a mi departamento, un alivio me invadió ya que al fin
estaría a salvo entre mis paredes, al menos hasta que Kylian decidiera
interferir otra vez. Mi mente aún repasaba lo de Eros; me aterraba volver y
verlo, sentirlo, que cumpliera su amenaza. Al mismo tiempo, mi orgullo se
mantenía firme, negando cualquier señal de miedo.
Mi piel ardía ante la anticipación de imaginarme entre sus brazos otra
vez.
El motor seguía encendido, al igual que mi deseo, quieto pero imposible
de ignorar. Lo más sensato sería renunciar a Eros y dejar que Kylian ganara.
Si volvía a follarme, abriría paso a una tercera y quizá cuarta vez. Entonces
ya no habría vuelta atrás. Yo iba a ser la esposa de Rowan, a formar un
hogar con él, a cumplir el sueño que siempre tuvo.
—Espero tu renuncia en Eros —dijo Kylian, como si pudiera leer mis
pensamientos.
Eres un libro abierto, Abigail.
—¿Y si no? —lo provoqué. Ambos sabíamos la respuesta.
Por primera vez en todo el trayecto, sus ojos se posaron en mí.
—Te haré gritar —prometió.
Capítulo 10
Kylian
La mano me dolía por la velocidad con la que escribía.
Diez niños en total, todos concentrados en sus hojas. No debía haber
ninguna mancha, ninguna arruga, ningún borrón. La perfección se exigía y
nos mantenía tensos; quien fallaba comenzaba de cero y no abandonaba la
estancia hasta que su trabajo fuera impecable.
Debía ser impecable.
En medio de nosotros se hallaba como incentivo un plato de comida. No
era cualquier comida, sino un manjar exquisito, el platillo más delicioso
que se pudiera contemplar y probar. Lo queríamos todos, sin excepción.
Necesitábamos ese plato de carne, papas y verduras después de semanas,
que se convirtieron en meses interminables, de sopas aguadas y pan duro.
Cada minuto sin ese sabor hacía arder los intestinos; era una agonía. En
Eros no se castigaba con golpes, allí te mataban de hambre y luego te
ofrecían algo sumamente exquisito para retirártelo y motivarte a
conseguirlo. El sabor permanecía en los labios, en las yemas, incluso bajo
las uñas; la desesperación por probarlo era tal que casi mordías tus dedos
para retener un poco más de ese placer. Harías cualquier cosa por volver a
tenerlo.
Competíamos. No nos golpeábamos, pero sí presionábamos nuestras
mentes, buscábamos alcanzar lo más parecido a la excelencia. Solo veía
números, mezclados con cálculos y fórmulas; nunca se me dificultó
entenderlos, pero para mi desgracia, había otro niño que tampoco fallaba,
y era él con quien competía siempre. Nos lanzábamos miradas sin dejar de
mover la muñeca, mientras Sullivan se paseaba alrededor, ejerciendo
presión y estresándome hasta la médula.
—Cinco minutos —dijo, mirando su reloj de oro. Un reloj que nos
condenaba.
Atrapé mi labio inferior entre los dientes. Mis compañeros, salvo mi
rival, estaban más desesperados que yo; reprimían las lágrimas y, quienes
las dejaban escapar, las recogían con el dorso de la mano. En Eros llorar
estaba prohibido; las debilidades no existían, y si aparecían, te las
quitaban de las peores maneras, sin tocar un solo cabello. Lo más
descabellado de ser un huérfano rico en este lugar era que no rompían tu
piel, fraccionaban tu alma. Cada fragmento de voluntad y espíritu se hacía
añicos para un bien mayor y a través de esas grietas construías muros sin
defecto.
Se adentraban tan profundo en ti que desgarraban cualquier
pensamiento propio. No te reponías del abuso psicológico; te volvías uno
con él. Los golpes físicos al menos sanaban; la mente, sin embargo, podía
crearte trastornos que nunca habías experimentado.
Solté el bolígrafo y me puse de pie con espalda recta y la mirada al
frente. Todos los presentes detuvieron sus movimientos para observarme.
Mi rival estrechó los ojos, apretó los puños y se levantó con lentitud.
Había terminado, pero yo lo hice primero. La comida era mía.
—Muy bien, Kylian —celebró Sullivan.
Cogió mis hojas y las revisó con rapidez; una gota de sudor frío
descendió por mi columna mientras él pasaba sus ojos de un lado a otro.
Mi estómago dolía, vacío, mientras mis tripas parecían retorcerse unas
contra otras. La saliva se acumulaba en mi boca; estaba hambriento,
dispuesto a arrastrarme y suplicar por obtener mi premio.
—Es correcto, Kylian. Puedes tomar tu recompensa. —No me moví—.
Silas, como has quedado en segundo lugar, puedes retirarte. Por supuesto,
sin comida. Los segundos no obtienen premios.
Silas me miró con odio antes de salir de la estancia. Entonces corrí
hacia el plato, devorando los trozos de carne como un niño de la calle, un
muerto de hambre. Podría haber comido esto todos los días de mi vida,
pero mis padres habían muerto y toda la fortuna la había amasado
Sullivan. No sería mía hasta que él obtuviera de mí lo que necesitaba: un
monstruo.
Aparté esos recuerdos de mi mente. Uno de los motivos por los que me
obsesionaba con la limpieza era evitar volver a aquel punto de mi vida
donde debía arrastrarme por comida, tragando sin cuidado, como un bufón
ante Sullivan, incapaz de controlar mi hambre por lo que había ganado con
esfuerzo. Lo odiaba. Era adepto a las superficies impolutas, espacios que
exudaban pulcritud, rechazaba el desorden porque sentía que exteriorizaba
falta de higiene.
Acerqué el vaso de agua a los labios de Sullivan. Su boca arrugada se
posó en el borde, bebió con dificultad y volvió a descansar la cabeza sobre
la almohada. Una ligera sonrisa asomó entre la resequedad de sus labios,
mientras las arrugas se profundizaban en esa piel vieja y blanquecina que
alguna vez fue perfecta.
—La muerte es fría, pero hermosa —musitó con voz audible—. ¿No lo
crees?
—Podría ser su reflejo —contesté.
Asintió con pesadez. Solo él y yo estábamos en la habitación; era la
única persona en la que confiaba lo suficiente como para quedarme junto a
él viendo cómo se marchitaba hasta convertirse en cenizas.
—No me queda mucho tiempo, Kylian. Sabes lo que sucederá.
—Ha estado presente en mis pensamientos desde que llegué aquí.
—Ascenderás y liderarás. Las deudas generadas en mi presencia deberán
cobrarse; la sangre prometida en Eros se derramará.
Asentí despacio, recordando a Silas Hart. Ese bastardo tenía cuentas
pendientes que debía saldar sí o sí. Mi impulso provenía del pasado, era
competitivo, rencoroso y vengativo. No me importaba la joven con la que
se había enredado; lo quería a él, su sangre en mis pies y su cabeza en el
estante donde descansaban los deudores de Eros.
—No habrá fallas —aseguré.
—Lo sé, te enseñé bien, Kylian.
No moví un músculo de mi cara ni de mi cuerpo. Sullivan fue un hijo de
puta, pero era lo más cercano a una figura paterna que tuve. Todo lo que
hizo con nosotros nos enseñó a sobrevivir entre la miseria, nos volvió
fuertes, monstruos destructivos y sádicos. Para sobrevivir a la crueldad,
debías ser la crueldad.
Perdí mucho de mí mismo entre estas paredes y en aquellas casonas
donde el trabajo duro hacía sangrar mis manos y pies. Sin embargo, lo que
obtuve fue una formación sólida, con algunos desórdenes que requerirían
atención, aunque la salud mental estaba lejos de mis prioridades. De vez en
cuando visitaba a mi psicóloga solo por desafiarme; me gustaba hablar con
ella, me gustaba que tratara de descifrar que estaba mal en mi cabeza;
preguntas y respuestas, pasados y traumas, drogas y antídotos. Elia tocaba
zonas profundas que nunca podría resolver.
No podías hallar una cura para tus demonios si seguías conviviendo con
ellos en el infierno.
—Vete, necesito descansar.
—Estaré cerca, Sullivan. —Me incorporé, alisé las arrugas inexistentes
de mi traje y ajusté la corbata, incluso cuando todo en mi cuerpo
permanecía en perfecto orden.
Salí de la habitación. Dos enfermeras y un médico custodiaban la puerta;
no me dijeron nada mientras avanzaba por el pasillo. Subí a la segunda
sección, una antes de llegar al club. Mi móvil vibró en el bolsillo; vi el
nombre de Rowan y atendí enseguida.
—Rowan —saludé, serio.
—¿Tienes planes esta noche? —Sí, esperar por quinta vez a que tu
prometida aparezca para follarla.
—Dame la dirección. —Rió y me indicó dónde se realizaría la cena.
Colgué, y una sonrisa perversa se dibujó en mis labios.
Si Abigail creía que por no volver a Eros se había salvado, estaba muy
equivocada. Su cuerpo era un pecado que quería probar otra vez; mi
advertencia no existió para evitar follármela, sino para detener su
espectáculo sobre la pista. Siempre detesté que bailara, pero esa había sido
la única manera de atraerla aquí. O, mejor dicho, no detestaba su baile,
detestaba que lo hiciera frente a todos cuando solo yo debería disfrutarlo.
¿Estaba mal? Lo sabía.
¿Me importaba? No, por supuesto que no.
Abby
Estaba consciente de que no me libraría de su presencia esta noche.
Debía acostumbrarme a que el mejor amigo de mi prometido
permaneciera cerca la mayor parte del tiempo, al menos hasta que
encontrara una forma de alejar a Rowan de Kylian para siempre. Tal vez
casarnos lo antes posible y mudarnos a la otra punta del planeta, donde no
tuviera que ver su fría y perfecta cara por el resto de mi vida.
Me golpeé mentalmente.
Era absurdo pensar en huir de mi hogar solo porque Kylian vivía cerca.
Patético. Ya había dejado Eros esta semana por la misma razón y no
abandonaría nada más por su culpa, aunque mi trabajo allí seguía vigente.
Solo pedí un par de días para “celebrar” mi compromiso, días que se
agotaban y horas que me acercaban a volver o a renunciar de una vez por
todas.
No sabía qué hacer. Me encontraba indecisa. Mi única opción parecía
hablar con Kylian como dos adultos y pedirle que levantara su advertencia.
Mi subconsciente me fulminó con la mirada, ambos sabíamos que Kylian
no lo haría. Lo hacía por el simple hecho de joder y no perder. Maldita sea.
Si perdía Eros, tendría que buscar un trabajo donde la paga sería inferior, las
horas interminables y apenas me dejarían tiempo para respirar o cumplir
con mis tareas. Podría sobrevivir, pero estaría presionada, agotada y
probablemente hundida en la frustración por no hacer lo que realmente me
gustaba. Estúpido Kylian.
—¿Todo bien, cielo? —preguntó Rowan al oído, su voz me sacó de mis
pensamientos.
Atiné a sonreír y bebí de mi copa. Una ligera marca de mi labial quedó
impresa en el cristal. Lo miré un instante antes de sumergirme de nuevo en
mis pensamientos, recordándome que debí quedarme en cama y fingir
enfermedad.
Dios, ¿desde cuándo me había vuelto una mentirosa?
No quería estar allí. Era una cena de trabajo de Rowan, organizada para
felicitarlo por su desempeño como general. Las personas más importantes
de la PICD estaban presentes y me miraban como lo hacía toda la familia de
Rowan, como si fuera una caza fortunas. Cuchicheaban a mi paso, lanzaban
sonrisas hipócritas y miradas acusatorias. Aprendí a sobrellevarlo
devolviendo sonrisas fingidas, enterrando sus críticas bajo una personalidad
chispeante y agradable, intentando pertenecer a ellos cuando, en realidad,
nunca había querido hacerlo.
Di otro trago y de pronto sentí una corriente gélida recorrer mi espalda.
—Buenas noches —saludó con educación y una cortesía engañosa.
Su voz era una caricia cargada que sentí en la nuca desnuda. Aparté el
cabello, estremeciéndome, mientras sacudía cualquier indicio del fuego que
encendía cada vez que estaba cerca. Su colonia penetró en mis fosas nasales
y segundos después se plantó a mi lado.
No lo miré, aunque era imposible ignorar su presencia abrumadora. Me
sentí diminuta a su lado. En realidad, lo era, pero su figura parecía empujar
la mía. Iba vestido completamente de negro, los zapatos, pantalón, camisa y
corbata, salvo por el Vacheron Constantin en su muñeca y el alfiler que
mantenía la corbata recta y perfecta. Daba la impresión de que nada podía
estar fuera de lugar, fuera de control.
¿Era por eso que se empecinaba conmigo, porque me hallaba fuera de su
control?
—¿Qué dices, Abby? —Parpadeé desconcertada. El matrimonio Doyle
me observaba esperando una respuesta, mientras Kylian me examinaba
como si fuera un simple saco de basura, al contrario que mi prometido.
—Perdón, no escuché —susurré, apenada. Rowan me apretó suavemente
la mano.
—Es normal, siendo tan joven su mente se distrae con facilidad, ¿cierto,
querida? —comentó la señora Doyle—. Eres más del tipo de… —se
detuvo, forzando una sonrisa— de música ruidosa y alcohol en exceso.
No dijo la palabra que quería.
—Disculpe, tiene razón. No se trata de las fiestas, sino de las personas
que las conforman, esas que deberían ocupar un asilo —la miré de arriba
abajo—, o un museo.
—Abby —siseó Rowan en advertencia.
—Si me disculpan, voy al tocador —espeté, liberándome de su agarre.
Me abrí paso entre los invitados, envueltos en ropas caras y perfumes
potentes que llenaban el salón, mientras el piano resonaba con melodías que
acompañaban el murmullo de la velada.
Entré al baño y encontré a un par de mujeres maduras, no tan mayores
como la señora Doyle, pero que me miraban igual de sagaces. Me preparé
para enfrentarlas, pero se limitaron a callar y cuchichear al salir. Solté una
exhalación y realicé mis necesidades; luego lavé las manos y vertí un poco
de agua sobre la nuca para eliminar el calor acumulado en la espalda. Aún
sentía la mirada ardiente de Kylian, aunque la atención se había centrado
más en la grosera presencia de la señora Doyle.
Acomodé el escote de mi vestido negro. Esta vez era discreto; Rowan me
pidió moderación por el tipo de cena, y accedí para evitar una discusión. La
tela mantenía mis senos cubiertos, pero mi espalda quedaba al descubierto,
con la abertura finalizando sobre mis nalgas. Una cadena fina descendía
desde el nudo en mi nuca hasta el final de la columna.
Salí del baño y Kylian emergió del de hombres. Parecía que ni siquiera
había entrado. Nos cruzamos la mirada unos segundos; su presencia
emanaba una energía fría y pesada, tan helada que sentí arder mi piel bajo
sus ojos. Me desnudaba con la mirada, pero al final siempre terminaba en
mi rostro.
—El color del demonio —carraspeé sin saber qué decir— le queda de
maravilla, señor Draxler.
—Prefiero el rojo —respondió, áspero y me hizo estremecer.
—Aquí está prohibido. Tendrá que buscarlo en otro lado. —Encogí los
hombros y seguí mi camino.
Me siguió. Quise correr hasta estar a salvo, pero con Kylian eso no era
posible; lo comprobé cuando se adelantó y abrió una puerta. Luego detuve
mis pasos.
—Entra —dijo. No era una pregunta.
—No me vas a decir qué hacer.
—Ya lo hice —replicó. Apreté los dientes. Sus ojos eran profundos,
aparentemente tranquilos, pero con una chispa de peligro que me advertía.
Obedecí. Entré y él lo hizo después de mí, acorralándome contra la
puerta antes de ponerle el pestillo, sin tocarme. Lo encontré curioso. No
grité ni luché, contuve la respiración mientras evaluaba la estancia austera
en la que solo había una mesa de billar y un minibar. Temblé.
—¿Qué crees que haces? —mascullé.
Elevó los brazos a cada lado de mi cabeza y formó una cárcel de músculo
y colonia costosa.
—No he visto tu renuncia en Eros, Abigail.
—Eres lo suficientemente inteligente para saber por qué no está. —
Desplazó su dedo índice desde mi boca hasta mi cuello, sin tocarme, pero
juro que percibía el calor que emanaba de su mano.
—Sabes lo que va a pasar.
—Estoy dispuesta a pedirle a Rowan que vaya conmigo con tal de no
dejarte ganar. —Una sonrisa arrogante y maliciosa se dibujó en su boca,
pedía a gritos ser besada con pasión y ansias.
—La presencia de Rowan no cambiará lo que te haré. No lo cambia
ahora, no lo hará en Eros.
Su mano se deslizó más allá de mi vientre bajo, y mi respiración se
descontroló. Sabía que no me tocaría, él evitaba el contacto directo
conmigo, y no quise profundizar en el porqué; no deseaba averiguarlo. Sin
embargo, un deseo intenso recorrió mi cuerpo, quería que levantara mi
vestido, que sus dedos se perdieran entre mis pliegues y me llevaran
nuevamente al borde del placer.
Aun así, la cordura no me había abandonado. Lo aparté con un empujón.
Retrocedió, aunque más por elección que por mi fuerza, que era mínima.
—Te voy a demostrar lo equivocado que estás —musité con desafío.
Cogí el pomo de la puerta y la abrí. En segundos se posicionó cerca, su
boca rozaba mi oreja y su pecho estaba a punto de tocar mi espalda
desnuda. El deseo crecía entre nosotros, poderoso y abrasador. Si no salía
de allí, terminaríamos cediendo a la pasión, y por Dios, no era tan fuerte
como para resistirme.
—Vas a desear no haberme provocado. No sabes lo que pasa cuando
pierdo.
—¿Lloras acaso? —pregunté, con un hilo de voz tembloroso.
No hubo rastro de diversión en él, solo una tensión que aplastó mis
hombros como bloques de concreto.
—Destruyo.
Capítulo 11
Abby
El resto de la velada no volví a ver a Kylian. Se marchó de la cena del brazo
de una rubia despampanante a la que no quise prestarle atención.
No permití que aquello me afectara; al contrario, me alegraba que posara
sus ojos en alguien más y dejara este juego absurdo de lado. Había
demasiado en riesgo si continuaba provocándolo. Como mencioné con
anterioridad, la única perjudicada sería yo. No me convenía desafiarlo y, sin
embargo, era como si perdiera el control cada vez que estaba cerca. Me
esforzaba por llevarle la contraria, por hacerlo enfurecer, consciente de que
eso tendría consecuencias, pero maldita sea, el cretino se lo ganaba a pulso.
—Sigues molesta —comentó Rowan, rompiendo por fin el silencio.
Viajábamos en el auto rumbo a mi departamento. La tensión se palpaba
en el reducido espacio, densa, cargada de algo que ninguno de los dos se
atrevía a decir.
—No dijiste nada, Rowan.
—Lo lamento, Abby. Sé que esos comentarios fueron inapropiados, pero
no puedo hacer mucho; son personas importantes.
—¿Y yo qué soy, Rowan? —lo enfrenté. Detuvo el auto en un semáforo
y me miró con pesar—. Tu trabajo, tu reputación y todos ellos siempre
estarán por encima de mí, ¿no? Nunca seré lo suficientemente buena para
merecer respeto de esa gente… ni de ti.
—Estás haciendo una tormenta en un vaso de agua.
—Ni siquiera necesito el maldito vaso para generar una tormenta sobre ti
—repliqué con voz temblorosa, más de rabia que de dolor—, porque esto lo
arrastro desde que acepté ser tu novia.
Reanudó la marcha sin responder. Yo estaba furiosa, tanto que sentía el
calor subir por mi pecho y nublarme la razón. La ira me carcomía, me
oprimía el aire en los pulmones, y lo único que deseaba era liberarla para
poder respirar. Parte de esa frustración era culpa de Kylian, y como no
podía descargarla contra él sin perder algo en el proceso, terminé hiriendo a
Rowan, justo en ese punto débil que siempre había existido entre nosotros.
—Voy a mejorarlo, Abby. Tienes razón —aceptó al cabo de unos minutos
—. Como mi prometida, mereces respeto. Pero por favor, cuida tu
vocabulario, esas ofensas…
—No tendría que ofender a nadie si tú les pusieras un alto. —Mi voz se
quebró levemente—. Yo no sé quedarme callada, Rowan. Nadie va a
hacerme sentir menos, ni ellos… ni tú.
Apretó el puente de su nariz con los dedos, gesto que ya le conocía. Me
crucé de brazos y aparté la mirada hacia la calle desolada. Faltaban pocos
minutos para llegar.
—Perdón, cielo —murmuró al fin.
Sentí cómo su disculpa se deshacía entre nosotros, vacía, sin el peso
necesario para calmar el nudo en mi pecho.
Cuando llegamos al edificio, no esperé a que abriera la puerta. Bajé
deprisa y la azoté tras de mí. Caminé rápido hacia la entrada, pero sus pasos
resonaron detrás; me alcanzó en segundos y me sujetó de la muñeca. Tiré
para soltarme, aunque su agarre se mantuvo firme.
—Abby, no te vayas así. Perdón.
—Siempre me pides perdón, Rowan —susurré, agotada—, siempre por
lo mismo.
De verdad quería que lo nuestro funcionara, pero entre Kylian, mis
propias fallas y la falta de decisión de Rowan, sentía que todo se
derrumbaba poco a poco.
Él tomó mi rostro entre sus manos. Sus ojos verdes eran tranquilos,
llenos de un amor genuino que, paradójicamente, me desgarraba. No había
fuego en su mirada, tampoco sombras ni secretos, solo una calma que dolía.
Lo quería tanto y odiaba que las cosas fueran complicadas, que no estuviera
decidido a darme mi lugar; y que la presencia de su amigo pusiera en una
cuerda floja nuestra relación. Peor aún, que yo aportara mucho para que
fuera así.
—Te amo, Abby. Esta vez será distinto, lo prometo, ¿sí? —susurró con
los pulgares rozando mis mejillas.
—De acuerdo —cedí al fin.
Sonrió apenas y besó mi frente.
—Déjame compensarte por arruinar la noche. Pídeme lo que quieras y
será tuyo.
—Rowan…
—Hazlo —insistió.
Cerré los ojos un instante. El nombre de Eros resonó en mi mente.
—Acompáñame mañana a Eros. Quiero que me veas bailar otra vez —
dije. Su expresión se tensó—. Quiero bailar para ti.
La incomodidad se reflejó con claridad en su rostro. Su mirada se
endureció, como si lamentara haber hecho aquella oferta.
—Abby, si no voy a verte, es porque me ganarán los celos.
Probablemente ni siquiera te deje subir a ese escenario.
Esbocé una media sonrisa y asentí despacio. Al menos lo había intentado.
Tendría que renunciar a mi trabajo.
—Está bien —murmuré—. Ya debo entrar. Nos vemos mañana. —Besé
su mejilla—. Te amo.
Me liberé de su mano y avancé hacia la entrada. No me respondió, pero
unos segundos después, su voz resonó en el vacío del estacionamiento, tan
sombrío como el momento mismo.
—Iré —dijo de pronto. Me volví para mirarlo—. Pasaré por ti a las ocho.
Mi corazón se aceleró. Una sonrisa genuina se dibujó en mis labios. Si él
iba conmigo, Kylian no podría acercárseme. Y quizás, con algo de suerte,
pondría fin a aquel capricho que me estaba consumiendo.
—Te esperaré —respondí antes de entrar.
Kylian
Eros estaba repleto.
Entre los clientes de aquella noche se encontraba Rowan. Su presencia
me irritaba, no porque pudiera alterar lo que ocurriría entre su prometida y
yo, sino porque me disgustaba que él —ni nadie— la viera bailar. Aquello
me carcomía, tanto como el desafío constante de Abigail. Sin embargo, su
osadía también me divertía; creía estar a salvo, protegida por su novio,
cuando en realidad no podía estar más equivocada.
Si fuera otro hombre, habría entendido el mensaje y me habría detenido
al verla llegar acompañada de Rowan. También habría considerado que
Abigail tenía edad para ser mi hija si hubiera cometido el error de tenerla en
mi juventud. Y, sobre todo, recordaría que se trataba de la prometida de mi
mejor amigo, a quien él amaba con una devoción ciega.
Pero yo no era ese tipo de hombre, ni lo sería jamás. La moral nunca fue
una brújula que dictara mis decisiones.
A pesar de ello, apreciaba a Rowan. Siempre se mantuvo a mi lado,
incluso cuando mi carácter hacía retroceder a cualquiera. Fue el único que
no huyó de mi silencio, de mi agresividad contenida o de las miradas que
bastaban para infundir respeto o miedo.
A las personas les atemorizaba mi presencia, mi silencio y la oscuridad
de mis ojos. Bastaba con mi presencia para dominar un espacio. Me gustaba
esa sensación, disfrutar del poder de tenerlo todo bajo control. Sin embargo,
con Abigail no podía.
Ella era mi excepción.
Ninguna otra habría dudado en decirme que sí, sin importar su estado
civil. No era la primera mujer comprometida con la que me acostaba, pero
sí la primera que se negó, la primera que me desafiaba y la única a la que
deseaba volver a tocar.
Nunca había sentido la necesidad de repetir con una mujer hasta que
llegó ella. Quizá se debía al pecado que representaba, a lo prohibido de su
piel, o tal vez era algo más profundo, algo que me había hechizado.
Sus malditos ojos grises.
—No sé cómo voy a controlarme mientras la veo desvestirse frente a esta
gente —gruñó Rowan, sentado a mi lado.
Quise decirle que lo haría, que, aunque no fuera fácil, tendría que
tragarse los celos y permanecer en su asiento, porque cuando ella bailaba,
hipnotizaba. Movía las caderas con tal precisión que nadie era capaz de
apartar la mirada.
—Tienes la solución en las manos —dije, bebiendo un trago de whisky.
Nos hallábamos justo frente a la pista. Había hecho retirar a todos de la
primera fila.
—Igual que tú —replicó él.
—No es mi puto problema —respondí con indiferencia, encogiéndome
de hombros—. Ponte los pantalones, Rowan.
—Imbécil.
Reí con suavidad y dejé que el sabor del whisky volviera a ocupar mi
boca. El calor del licor me quemó la garganta justo cuando las luces
cambiaron a tonos violetas y rojos. El anunciante pronunció el nombre de
Ab, y en ese instante, la melodía de Potions, de Puscifer, inundó el lugar.
No podía ser esa canción. Su canción. Nuestra jodida canción.
Aquella que se mezclaba en mi memoria con el recuerdo de su voz desde
la primera vez que la vi en la calle. Maldición. Todo dentro de mí retrocedió
a ese momento en que mis ojos la miraron como a una persona y no como a
un objetivo.
Solo Abby.
Necesitaba arrancar de raíz el sentimentalismo que aquella melodía
despertaba y sustituirlo por la pasión cruda que también provocaba en mí.
Deseo puro, lujuria, pecado. Nada más.
Un escalofrío recorrió mi espalda al verla aparecer. No podía estar más
perdido en ella.
Lo primero que atrajo mi atención fueron sus pies sobre unos tacones de
plataforma transparentes. Eran pequeños, delicados y tenía las uñas pintadas
con un brillo plateado que capturaba la luz del escenario. Mi mirada
ascendió lentamente por sus pantorrillas, tersas, hasta sus muslos ceñidos
por un liguero negro que se perdía bajo el látex rojo de su falda. La prenda
se ajustaba a su cuerpo con precisión milimétrica, recta, corta, dejando al
descubierto parte de su culo.
El diamante de su ombligo reflejaba la luz con un destello casi hipnótico.
Su abdomen era plano, la cintura estrecha; sus pechos grandes, cubiertos
por un top del mismo color y material que la falda. No llevaba nada encima,
y lo supe por la forma en que sus pezones se marcaban contra el látex,
como si esa segunda piel hubiera sido diseñada para ella.
Mi boca se llenó de saliva. Tragué con dificultad y continué el recorrido
hasta su rostro. Sus ojos se cruzaron con los míos por un instante, tan
desafiantes y altivos, con ese brillo insolente que me enloquecía. Luego giró
la cabeza hacia Rowan y le sonrió, balanceando las caderas con una
sensualidad calculada. Sus manos descendieron por sus senos hasta posarse
en su culo, como si cada movimiento estuviera dirigido a destruir mi
control.
No supe qué expresión tenía Rowan, pero sentí la tensión multiplicarse
en el ambiente, densa, cargada de deseo. La tensión sexual de los tres.
Por más que Abigail intentaba concentrar su atención en su prometido,
sus ojos me buscaban entre los destellos de luz. Y cuando lo hacía, la piel se
le erizaba; lo noté desde mi asiento, ese estremecimiento leve que conocía
demasiado bien. Esa piel que quería enrojecer bajo mis manos, con ese tono
carmesí que tanto me obsesionaba.
El maldito color del látex sobre su cuerpo endureció aún más mi
entrepierna. Parecía que lo hacía a propósito.
El diablo apareció hoy alrededor
vendiendo promesas y pociones
que podrían sacarnos nuestra memoria…
Ayúdame a olvidar que te conocí,
necesito olvidarte,
no quiero, pero necesito dejarte ir.
Pasé los dientes por mi labio inferior y negué con una sonrisa seca.
No, Abigail. A mí nadie me olvida.
Bajó de la pista con movimientos calculados, ignorándome o fingiendo
hacerlo. Colocó las palmas sobre el pecho de Rowan y se inclinó hacia él y
le rozó los labios sin llegar a besarlo. Luego bajó la falda con una lentitud
exasperante. Noté el brillo de la tanga que le había dado; los diminutos
diamantes reflejaban la luz como un desafío. La prenda era perfecta para su
cuerpo, y en ella, cada detalle se volvía provocación.
Tomó las manos de Rowan y las guió hasta su cintura. Se inclinó hacia
su oído y le susurró lo bastante alto como para que yo escuchara:
—Quiero que me quites esto y lo rompas con tus manos —dijo,
mirándome con un gesto triunfal que no le duraría mucho.
Acabas de echar la cerilla a la pólvora, bestia.
Se irguió con elegancia y le dio la espalda, movió las caderas mientras
Rowan deslizaba los dedos por sus curvas, hundiéndolos en la carne firme.
Apreté la mandíbula y bebí otro trago, tragándome el alcohol, la frustración
y el deseo en un solo golpe. Todo cayó pesado dentro de mí.
Chasqueé la lengua, pasé la lengua por mis dientes y respiré hondo. Ella
intentaba marcar una línea, declararse suya frente a mí, pero antes de que él
la tocara, sería mía. Antes de que la mano de Rowan recorriera su piel, lo
haría la mía. Quería ver si después de eso le quedaban ganas de follárselo.
Cuando Abigail regresó al escenario, lo hizo con la misma presencia
arrolladora: poderosa, provocadora, casi inalcanzable. Me sonrió con
descaro y me guiñó un ojo, burlándose, jugando conmigo, provocándome
más. Esa cría pensaba que podía joderme y salirse con la suya, calentarme
la bragueta y luego escapar impune. Iba a demostrarle cuán equivocada
estaba.
Ella había comenzado el juego esta noche. Yo lo terminaría.
—Iré a verla, joder —gruñó Rowan, luego se pasó la mano por el cabello
—. Me ha encendido como el infierno.
—No eres el único —respondí con voz baja, irritado y excitado a la vez.
Rowan rió.
—Lo siento, amigo, pero a esa mujer solo la toco yo.
Reí por dentro.
Claro, que no se diga que no soy generoso, pero esta vez, yo iré primero.
—Avisaré para que preparen la habitación. Quiero ocuparme
personalmente; no quiero que mi amigo diga que en Eros no se le atendió
bien —dije mientras me levantaba del asiento.
No esperé su respuesta. En cuanto crucé el pasillo que conducía a los
camerinos, encontré a Duncan, el encargado de cuidar a Abigail desde que
la había hecho venir a Eros.
—Asegúrate de entretener al general —ordené con voz firme—. No
quiero a nadie cerca hasta que salga de ahí. ¿Entendido?
—Sí, señor Draxler.
Seguí mi camino y no tardé en llegar al camerino que compartía con
otras bailarinas. No toqué. Simplemente abrí la puerta.
Tres pares de ojos se posaron en mí, incluido el de Abigail. Su expresión
de sorpresa y pánico fue suficiente para hacerme sonreír.
—Fuera —ordené sin apartar la vista de ella.
Las chicas recogieron sus pertenencias y se marcharon, pasando junto a
mí con prisa. Cerré la puerta de un golpe y eché el pestillo. Me quité el
saco, lo colgué en el perchero y, sin dejar de observarla, desabroché los
gemelos de mis puños y los deposité sobre una mesa junto al tocador, vacío
de maquillaje o perfumes.
—Vete de aquí, mi prometido no tarda en venir —dijo con voz
entrecortada.
—Él vendrá cuando yo haya terminado contigo —contesté. Dio un paso
atrás hasta quedar pegada a la pared.
Doblé las mangas de mi camisa tres veces y las dejé por encima de los
codos. Abigail miró el tatuaje en mi mano y los que ascendían por mis
brazos, líneas oscuras que escondía bajo mi ropa impecable.
—Esta vez no voy a ceder. No seré tuya —murmuró.
—No tienes alternativa, bestia —recalqué la última palabra con lentitud
—. Me has puesto hasta la mierda de caliente con tu jueguito, ahora no te
vas hasta que lo arregles.
La acorralé contra la pared. No supe si fue por miedo, desconcierto o
simple rendición, pero no intentó huir. Tal vez comprendió, al fin, que
escapar era imposible.
—Kylian, por favor, soy la mujer de tu mejor amigo.
—Eres su prometida. Llamarte su mujer le queda demasiado grande.
Recorrí su cuerpo con la mirada y me detuve en el temblor de su
respiración. La piel le brillaba bajo la luz del tocador. Mi lengua exigía
probar cada centímetro y consumir todo ese destello hasta que no quedara
nada.
La quería a mi merced, entre las sombras, solo para mí.
—Iniciaste el fuego, Abigail —susurré, acercando mis labios a los suyos
—. Ahora no sabes qué hacer con las llamas.
Y la besé.
Capítulo 12
Abby
El hambre en sus labios me paralizó.
Fui una completa ilusa al creer que podría burlarme de él, o quizá sabía
que las cosas terminarían así y, aun así, lo provoqué. Si de verdad no
quisiera volver a estar entre sus brazos, habría renunciado a Eros desde que
me dio aquella advertencia. No lo hice. No se trataba de orgullo ni del
dinero que ganaba, sino del deseo profundo de que me follara de nuevo.
¿Qué estás haciendo, Abigail?
Una vez engañé a Rowan sin saber que él era su mejor amigo. Después,
me excusé con Kylian y me forcé a ceder. Pero ¿qué excusa podría tener
ahora? Dios mío… ni siquiera existía una. No había justificación para las
infidelidades; quien traicionaba una vez, traicionaba dos veces. No podías
proclamarte leal cuando le fallabas a quien decías amar.
Sin embargo, no era capaz de pensar en Rowan mientras ese hombre me
sujetaba con ansias y violencia. Hundía los dedos en mis muslos y
presionaba su erección contra mi vientre, dejándome sentir lo deseoso que
estaba de mí. Su proximidad encendía mi sangre como un fuego
propagándose por mis venas, incinerando cada resto de cordura.
Veía a través de sus ojos, respiraba por la pasión de su boca, ardía bajo el
roce de sus manos.
Su beso era una mezcla de deseo y furia contenida. Movía los labios con
una voracidad que me desarmaba; me mordía sin compasión, invadía con su
lengua, me devoraba. Cada caricia suya era una orden, cada toque una
condena. Sus manos se deslizaron por mis muslos hasta aferrarse al borde
de mi falda. Quizá debí detenerlo, recordarme que era el mejor amigo de mi
prometido, que Rowan se hallaba a pocos metros de allí, esperándome. Pero
no lo hice. Continué besándolo unos segundos más, atrapada entre la culpa
y el deseo.
—No… no quiero, basta —murmuré, aunque ni yo misma creí en mis
palabras.
—Mi pequeña mentirosa —susurró con una sonrisa cargada de burla.
Arrancó la falda de mi cuerpo sin contemplaciones, el sonido del tejido
rasgándose quebró el aire. Luego, sus dedos se deslizaron entre los
diminutos diamantes de mi tanga.
—Esto te enseñará —dijo, rasgando el hilo con un tirón, dejó que las
piedras se dispersaran por el suelo—, que lo que es mío, no lo toca nadie
más.
Una de sus manos se cerró alrededor de mi cuello; la otra me cubrió el
sexo. Su boca rozó mi mentón y sus ojos se hundieron en los míos. El fuego
que contenían aceleró mis latidos y me erizó la piel. Con un solo
movimiento, trazó un recorrido con el dedo corazón por mis pliegues;
contuve el aliento en el primer contacto con mi clítoris. Lo frotó despacio,
sin apartar la mirada de mí.
—No quieres que pare, Abigail —afirmó, girando la muñeca con
precisión, mientras presionaba con el pulgar y me invadía con un dedo—.
Quieres que siga masturbándote.
Las palabras se ahogaron en mi garganta, sofocadas por un gemido que
no logré contener. Su rudeza me excitaba tanto como me asustaba. Me tenía
inmóvil contra la pared, con las piernas separadas y sus dedos
explorándome como si le perteneciera. Lo peor era que no quería detenerlo.
Me arrastraba hacia un torbellino de placer y culpa que amenazaba con
romperme en pedazos.
—Tomaré eso como un sí —murmuró.
Volvió a besarme con intensidad, sentí como el aire me abandonaba.
Luego me giró con brusquedad y me puso de espaldas contra él. Grité,
obligué a mis músculos a resistirse, intenté zafarme, pero lo único que
escuché fue su risa, grave y contenida, cerca de mi oído, mientras deslizaba
el cinturón fuera de sus pantalones. El calor de su miembro se frotó contra
mis nalgas.
—¡Suéltame! Ni siquiera pretendas hacer esto de nuevo.
Su palma presionó mi cabeza contra la pared helada, el frío aplacó por
unos instantes el calor tan inmenso que me recorría. Su maldita mano era
del tamaño de mi cabeza, y eso por un instante me asustó.
—Sostengo lo que digo, bestia, de Eros no sales hasta que te folle.
—¡Es tu mejor amigo! —Traté de hacerlo entrar en razón.
—Mi verga tiene hambre de tu coño y no se lo voy a negar.
La punta de su pene se situó en mi vagina, pero me fue imposible
apartarlo. Me tenía inmovilizada y se introducía centímetro a centímetro en
mí.
—Al menos ten la decencia de usar preservativo, cretino de mierda. —
Ahogué un jadeo cuando empujó rudo, me mordí muy fuerte los labios y
sentí el sabor de la sangre en mi boca.
—Tienes el dispositivo, no usaré un puto látex que no me permitirá
sentirte piel con piel.
Me quedé helada y sin respirar durante un breve lapso de tiempo, ¿cómo
demonios sabía eso?
—Tus secretos no están fuera de mi alcance, Abigail —susurró en mi
oído.
Entró por completo en mí de una sola estocada, que me hizo soltar un
gemido; su verga era dura, gruesa y mis paredes se esforzaban por dejarlo
entrar. Incluso ante la humedad, no era capaz de acogerlo con facilidad.
—¿Lista para sentirme completo? Espero no me dejes la verga llena de
sangre esta vez —dijo con diversión. Menudo imbécil.
Quise volverme y golpearlo, pero su fuerza me lo impidió. Me sujetó con
firmeza y maniobró mi cuerpo a su antojo, dominando cada uno de mis
movimientos. Sentí el tirón de sus manos en mis caderas, el modo en que
me obligaba a arquear la espalda hacia adelante, imponiendo su voluntad
sin una sola palabra. Entró con todo su tamaño otra vez. Grité por segunda
o tercera ocasión, después vino una cuarta cuando azotó mi nalga con la
mano. El calor llameante de su agresividad solo me excitó, dejando en duda
mi salud mental.
—Te dije que te haría gritar —recordó, con una voz cargada de oscuridad
y deseo.
De ese vino otra palmada más fuerte. Sus estocadas me hacían tomar
oxígeno con desesperación, mientras me aferraba a la pared y él me tomaba
con una rudeza con la que nadie más lo hizo. Era agresivo, posesivo,
dominante. No me permitía actuar, me sometía y a cambio, me
proporcionaba una satisfacción inmensa.
—Aquí está el rojo que quería ver —mencionó, observándome con una
mezcla de triunfo y deseo contenido.
Intenté recuperar el control, pero ya era tarde: todo lo que yo era parecía
diluirse entre sus manos. Arrancó el top de látex que hizo arder mi piel, lo
cual a ninguno de los dos le importó. Enseguida sentí su lengua
deslizándose por la espina dorsal hasta finalizar en mi nuca. Chupó la piel y
mordió mi espalda. Sabía que estaba marcándome, pero la actividad del
momento no me dio cavidad para reprenderlo.
De igual forma no servía llevarle la contraria, él lo haría de todos modos.
Cuando tuvo suficiente, retiró sus caderas, me dio la vuelta y me cargó
sin esfuerzo, luego me cogió de la cintura y me acomodó sobre su regazo,
hasta llevarme al diván. Su pene se alineó con la humedad de mi sexo, y de
forma inconsciente balanceé las caderas sobre él. Me hallaba caliente,
demasiado, a decir verdad.
—Me quiero quitar estas ganas que tengo de ti —musitó, sin apartar su
mirada de mis senos.
Los agarró con ambas manos antes de llevarse uno de mis pezones a su
boca y fue ahí donde perdí definitivamente la cordura. Los lengüetazos que
me daba, humedecían como un río mi entrepierna. No podía pensar en nada
que no fuera el placer, estaba ciega y no permití que mis principios o mi
prometido interfirieran en lo que Kylian estaba haciéndome.
—Mételo, Abigail.
Una orden que desgarró mi compostura.
Como una estúpida agarré su verga y la acomodé entre mis piernas. Debí
haberme levantado y huir, no extasiarme con su longitud expandiéndose
hasta el fondo de mi vagina. Dios mío. Me iría al infierno.
Ambos gemimos, levanté despacio las caderas mientras él succionaba
mis pezones, los envolvía con la lengua, tiraba de ellos con los dientes y
luego los chupaba como si estuviera poseído.
Me acercaba al orgasmo, lo sentía venir.
—No te vas a correr hasta que yo lo diga. —Un vete a la mierda quedó
atorado en mi garganta. No iba a mandar sobre eso también.
—Tu maldito control no lo vas a aplicar conmigo.
—Te voy a someter y no te va a gustar —succionó la piel de mi seno—,
obedéceme.
—No.
Curvó la comisura de su boca y estrujó mi cuello antes de azotarme la
espalda contra el diván, sin mostrarse compasivo o delicado.
—Separa bien las piernas, Abigail, quiero meterla toda. Quiero que no
haya un centímetro de tu coño que mi verga no conozca. —Jadeé sin mover
un músculo. Su sonrisa se volvió peligrosa.
Agarró mis rodillas, me abrió de forma obscena las piernas y se hundió
con tanta fuerza, que lo sentí llegar hasta la garganta. Estúpido comentario,
¿no? Eso era lo que provocaba la calentura, te volvía idiota.
—¡Maldita sea, Kylian! —gruñí, casi sin aliento. Me estaba dando duro,
muy duro y hacía que todo mi cuerpo se sacudiera con violencia.
—A ver si así te quedan ganas de provocarme otra vez.
Apretó mi cuello con firmeza, y la mano libre descendió hasta mi sexo.
Sus dedos encontraron mi clítoris y comenzaron a torturarlo con una
precisión cruel, acercándome al orgasmo para luego apartarme de él sin
compasión. Jugaba con mis límites y me negaba el alivio justo en el instante
en que mi cuerpo estaba por quebrarse.
—¡Deja de jugar! —supliqué, entre la frustración y el deseo.
—No me apetece, ¿cómo ves? —replicó con una sonrisa que se volvió
una mueca de soberbia.
Sus facciones se alteraban con el esfuerzo, y a ratos se humedecía los
labios con la lengua. Aquella acción me resultó tan provocadora que quise
ser yo quien besara esa boca para después castigarlo por su insolencia.
Todo ardía. Sentía el vientre contraído, el pulso acelerado, el sexo
hinchado y exigente. Cada respiración era una súplica muda, una necesidad
que me consumía desde dentro. No podía más. Lo necesitaba.
—Conmigo, Abigail —sentenció.
Reducía el ritmo, dominando el compás de nuestros cuerpos con la
autoridad de quien sabía exactamente cuándo conceder y cuándo negar. Se
inclinó sobre mí, me besó los labios con un gesto que contenía deseo y
dominio. Sus dedos volvieron a mi hinchado botón de placer, y solo
entonces me permitió liberarme. El orgasmo estalló en mi interior justo
cuando él me llenaba el coño de semen hasta que no quedó una sola gota.
Permanecimos un momento así, respirando el mismo aire, con las frentes
unidas. Aún olía bien, con ese aroma limpio y masculino que siempre me
desarmaba, aunque ahora mi propio perfume se había mezclado con el suyo.
Noté que su ropa conservaba el calor de mi piel, del mismo modo en que mi
cuerpo quedó impregnado de él.
Fue entonces cuando advertí que nunca se desnudaba por completo para
poseerme. Aun así, no me atreví a preguntar por qué. Tal vez no quería
escuchar la respuesta.
El aliento fresco y cálido a la vez, me acariciaba la cara, su dureza aún
prevalecía en mi interior y yo era incapaz de realizar algún movimiento,
solo estaba ahí, disfrutando del momento post orgasmo. Me preguntaba por
qué no se iba, por qué seguía mirándome a los ojos con algo indescifrable
fluyendo en los suyos. La sensación de reconocimiento me atenazaba los
pensamientos, había algo en Kylian que me era familiar, algo en su
presencia arrebatadora que me gritaba y yo aún no podía escuchar lo que
significaba.
Se incorporó, rompiendo el flujo de mis pensamientos, como si pudiera
darse cuenta de algo que no quería que yo supiera; guardó su pene dentro
del bóxer sin limpiarse mis fluidos y los suyos. Bajó la mirada a mi sexo y
el hambre que vi en sus ojos cuando llegó, volvió a aparecer, es que ni
siquiera parecía que se extinguiera del todo.
—Me endurece verte el coño escurriendo de mi semen.
—Deja tus fetiches enfermos.
Me escabullí de entre su prisión de músculo y como pude me coloqué
una bata. Sentí el líquido deslizarse por entre mis muslos. Lo odié.
—¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo? —inquirí trémula. Ya que
el éxtasis pasó, el remordimiento me hacía su presa.
Mi prometido estaba ahí afuera, esperando por mí, mientras que yo me
revolcaba como una cualquiera con su mejor amigo. Rowan no se merecía
esto, una vez le fallé y pensé que callar sería lo mejor, pero dos ya no podía.
—Cuando quiero algo, no me detengo a pensar en los demás —dijo
Kylian con una serenidad que me desconcertó, mientras ajustaba sus
gemelos con la precisión de quien no carga ninguna culpa.
—Se lo diré —solté, aun temblando.
Su mirada cambió al instante. En un parpadeo, la calidez se extinguió y
dejó solo frialdad, como solía verse fuera de Eros, lanzándome una
amenaza visual que no hizo mella en mí, por ahora.
—Mantendrás la boca cerrada. No romperás tu compromiso con él.
—¡No puedo ni verlo a los ojos! —respondí con la voz quebrada.
—Pues tendrás que aprender —replicó con dureza—. No le dirás una
mierda, y no estoy jugando.
Guardé silencio. Quise negarlo, pero su autoridad era aplastante.
—¿Acaso crees que yo sí?
—Lo hiciste —prosiguió, acercándose—. Te advertí que te alejaras de
Eros, pero te quedaste. Subiste a esa pista y me calentaste. ¿De verdad
pensaste que no lo notaría? ¿Creíste que podías provocarme sin pagar las
consecuencias?
La vergüenza me inmovilizó. No había justificación posible. En parte,
tenía razón, yo también había cruzado esa línea.
—¿Por qué me hiciste esto? —pregunté, con la voz apenas audible. La
arrogancia en su expresión fue clara.
—Porque me gustaste desde la primera vez que te vi —respondió sin
dudar—. Y no soy de los que se quedan con las ganas.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier gesto anterior. Me
miró con una firmeza que me redujo, haciéndome sentir pequeña ante su
implacable presencia.
—Quiero que te marches de Eros, Abigail —sentenció—. Si no quieres
que esto vuelva a repetirse, vete.
Tomó su saco, lo acomodó con parsimonia y se dirigió a la puerta. Yo,
paralizada entre la ira y la tristeza, alcancé a detenerlo con una mano en su
muñeca.
—Me iré —prometí—. No volveré.
Sus ojos se hundieron en los míos, oscuros, insondables. No había rastro
de afecto, solo una advertencia.
—Por tu propio bien —dijo, apartando mi mano—, espero que cumplas
tu palabra.
No sé cómo logré evitar a Rowan.
Cuando vino por mí, me encontró mal; se preocupó, como era típico en
él. Le inventé una excusa tonta, le dije que algo me había caído mal en el
estómago y necesitaba descansar. No hizo preguntas, simplemente me
atendió y se quedó a mi lado hasta que me quedé dormida, todo sin
cuestionarme nada.
Al día siguiente no respondí sus llamadas, solo los mensajes de texto,
explicándole que estaba ocupada y que no asistiría a Eros por mi malestar.
La realidad era que pasé horas llorando bajo la ducha, confusa y miserable
por lo que había hecho. Me dolía haber engañado a Rowan y me dolía aún
más desear las caricias de su mejor amigo, como si fueran esenciales para
respirar.
No lograba sacar de mi cabeza nuestros encuentros. La oscuridad a la
que me había arrastrado Kylian me perseguía sin descanso. Cerraba los ojos
y volvía a ver sus ojos maliciosos ordenándome, sentía su tacto en mi piel,
su calor, un calor intenso, y los sonidos que emitía llevaban mi nombre en
el éxtasis del placer.
Me estaba volviendo loca.
En pocos días, Kylian desestabilizó mi vida por completo. Todos los
planes que había trazado se desmoronaron bajo la presencia de una figura
arrogante, obstinada y peligrosa. No sabía qué decisión tomar. Tenía
demasiado miedo de enfrentar a Rowan y desatar una tragedia. Callar
parecía la opción más sensata, pero me dejaba peor parada: me sentía una
infiel, una mentirosa, una estúpida. No tendría el valor de mirarlo a los ojos;
la culpa era como cuchillas que me rasgaban por dentro, una y otra vez,
hasta que respirar se convertía en la tarea más difícil.
—¡Baby!
Pegué un respingo al oír la voz de Cormac. Vaya forma de sacarme de
mis pensamientos. Sus labios rozaron mi mejilla y su perfume dulce,
empalagoso, invadió mi nariz; al principio era agradable, después comenzó
a provocarme dolor de cabeza.
—Te dije que no usaras ese perfume, Mac —lo reprendí.
Tomó asiento frente a mí y me miró de arriba abajo. Su piel oscura se
veía impecable; siempre la había envidiado por su belleza.
—No es mi culpa que tu nariz quisquillosa no aprecie los buenos aromas
—masculló, con displicencia.
Reí y le tomé la mano por encima de la mesa.
—Te eché de menos, a ti y a ese horroroso perfume.
—Lo sé, baby, pero… ¡¿qué es esto?! —exclamó al notar el anillo de
compromiso que Rowan me había dado—. Abigail Adara Lacroix, dime que
no es lo que creo.
Suspiré y retiré la mano. Solía contarle todo a Mac, pero el compromiso
había sido un secreto; tenía la esperanza de que no sucediera, al menos por
ahora. Quizá, si Rowan me lo hubiera propuesto dentro de dos años, las
cosas serían diferentes. Hoy no había emoción alguna para incluir a Mac en
esto.
—Engañé a Rowan —solté sin rodeos. Necesitaba liberar lo que me
oprimía, y qué mejor que hacerlo con mi amigo.
Abrió y cerró la boca varias veces, totalmente atónito. En otra ocasión
me habría divertido de sus muecas e incluso habría tomado una fotografía,
pero hoy no tenía ánimos; apenas lograba concentrarme.
—A ver, a ver. —Inspiró hondo—. Vamos por partes, querida.
Lo sabía. Esperaba oír sobre el compromiso, pero no era eso lo que me
consumía.
—Engañé a Rowan, Mac —repetí, con los ojos llenos de lágrimas—. El
tipo me acorraló en Eros y cedí.
—Espera, ¿abusó de ti? ¿Te forzó? —Negué lentamente—. Abby, no
entiendo nada.
—No, no del todo. —Me cubrí el rostro con las manos—. Yo no quería,
pero luego sí… no lo sé. Llámalo consentimiento dudoso.
—¿Qué? Eso ni siquiera existe —dijo mientras me tomaba la mano de
nuevo—. Abby, mírame.
Levanté la cara con prisa mientras limpiaba mis lágrimas. Había alumnos
cerca y no quería dar un espectáculo.
—¿Puedes contarme cómo pasó todo?
Asentí y, entre balbuceos y nervios, comencé a relatar lo ocurrido, desde
el inicio, incluyendo los detalles del sexo, la pedida de mano y lo último
que pasó en Eros. Cuando terminé, él guardó silencio, quizá procesando mis
palabras y calificándome, en su mente, como una perra infiel.
—Ok —dijo con seriedad—. Engañaste a Rowan con el mejor amigo que
es más atractivo y mejor dotado.
—¡Maldita sea, Cormac! ¿Eso es todo lo que te importa?
—Discúlpame, pero no todos los días tu mejor amigo se acuesta con
alguien que tiene un pene del tamaño de mi brazo.
—Exageras, no es tan grande.
—Esto es lo más relevante que te ha ocurrido en Eros y en toda tu vida,
mejor dicho, lo que nos ha ocurrido.
Sacudí la cabeza y volví a cubrirme el rostro. Sabía que sus bromas
trataban de menguar la pesadez que sentía, pero no serviría de mucho; se
sentó a mi lado y colocó su brazo sobre mis hombros, reconfortándome.
—Lo siento, baby —susurró y me dio palmaditas en la espalda—. Sabes
que a veces soy un poco bruto.
—Me siento como una basura, peor aún que eso.
—Ey, tranquila, no fuiste tú quien inició esto, Abby —dijo con suavidad.
—Pude detenerlo, pero no lo hice.
—Deberías considerar que quizá no amas a Rowan como dices. —Lo
miré con reproche—. Una persona puede sentir atracción por alguien, pero
si realmente ama a su pareja, no cede.
¿No amaba a Rowan?
La pregunta me hizo tambalear. Llevábamos años juntos y éramos, en
apariencia, perfectos. Había altibajos, sí, relacionados con su familia y su
mundo, pero no con nuestra relación. Mi vida giraba en torno a él; me
sentía enamorada, al menos hasta que apareció Kylian. Lo que Cormac
decía también me hizo cuestionarme lo que realmente sentía por mi
prometido.
Costumbre, apego, necesidad, conveniencia, desesperación.
Dios, no lo sabía.
—Y podrá ser tu príncipe azul si quieres, pero nunca te ha dado tu lugar
frente a su gente. Además, ¿qué manera es esa de pedir matrimonio? Ni
siquiera lo hablaron; tomó la decisión por los dos y usó la presión social
para que dijeras que sí.
—¿Qué? No, yo sí quiero casarme con él, yo…
—Te conozco. —Detuvo mis balbuceos—. Tú no crees en el
matrimonio; siempre has querido vivir con tu pareja sin necesidad de un
papel que lo respalde.
—Las personas cambian de opinión.
—No me mientas, eres pésima haciéndolo —espetó, recordándome a
Kylian.
Agaché la cabeza y esperé lo que quisiera decirme.
—Esta vez te sugiero callar, si lo que quieres es seguir con esto del
matrimonio —retomó el tema—. La otra opción podría ser que termines tu
relación sin revelar el verdadero motivo. Me parece peligroso gritar a los
cuatro vientos lo que pasó. Tu novio es un general y no sabemos hasta
dónde podría llegar.
Esa era una de las tantas preocupaciones que me abrumaban. Rowan
tenía poder y dinero, dos factores suficientes para arruinar la vida de
alguien. No me refería a algo literal; jamás lo vi pelear y era, en esencia,
tranquilo. Ejecutaba su papel como general con firmeza, pero no lo veía
como un hombre violento. Sin embargo, podría destruir mi reputación y
vida social. Una sola palabra suya podría cerrarme puertas en cualquier
trabajo, incluso expulsarme de la universidad si él lo pidiera. Las
consecuencias para Kylian eran desconocidas, pero era consciente del
alcance de Rowan y su familia.
—Al final, la decisión es tuya, no de ese sujeto. Ni de Rowan, ni mía.
Piensa en lo que realmente quieres, Abby —finalizó mi amigo, trayéndome
de vuelta a la realidad.
—Gracias, Mac. Voy a pensarlo con calma.
—Claro que sí, baby. ¿Quieres que te acompañe a renunciar a Eros?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Temía que mi sola presencia
allí le diera pie a Kylian para acercarse de nuevo.
—Sí, por favor. Me da pavor ir sola.
Él sonrió de lado.
—Temes a lo que te hace sentir, ¿verdad? Con Rowan, el sexo no estaba
mal, pero nunca fue así de intenso.
Hice una mueca, sin querer darle la razón.
—Rowan siempre me trató como una dama, dentro y fuera de la cama.
—Negué—. Ya no quiero tocar el tema, Mac. Dejémoslo así. Olvidaré lo
que pasó y listo.
—¿Crees poder hacerlo? Tipos como él no se olvidan tan fácil.
Pasé saliva y me quedé en silencio. Tenía razón, hombres como Kylian
no se olvidaban con facilidad, pero tampoco quedaban marcados para
siempre en la piel.
O al menos, traté de convencerme de ello.
Capítulo 13
Kylian
La DCU no fue la universidad donde estudié, pero sí era la institución
donde Abigail cursaba su carrera.
Había elegido negocios internacionales y tomaba clases de
administración, microeconomía, macroeconomía, marketing y contabilidad;
precisamente esta última materia captaba mi interés. Estaba a un año de
finalizar sus estudios y en pocas semanas tendría que comenzar sus
prácticas. Me encantaba la idea de verla en mi empresa desarrollándolas.
Era una joven dedicada, con buenas calificaciones, que evitaba problemas,
no asistía a fiestas, no bebía, vestía adecuadamente, tenía modales y
provenía de una familia de clase media. Ante los ojos del público, era la
chica modelo, perfecta. Claro, para quienes ignoraban que bailaba como
stripper en mi club, sucumbiendo a sus tendencias rebeldes que siempre
había tenido, pero que sabía encadenar.
El único inconveniente que los padres de Rowan encontraban en ella era
su edad y el hecho de que no ostentara un apellido de alta estirpe. En poco
tiempo me dediqué a conocer los desplantes que los Byrne le habían hecho;
fui testigo de uno durante aquella cena y, si fuera un hombre recto, le habría
aconsejado a Rowan que reclamara su respeto y le otorgara a su prometida
el lugar que merecía. Pero me importaba una mierda si su relación
prosperaba o no; me callé y la busqué en los baños con la firme intención de
follármela sobre la mesa de billar. Sin embargo, sabía que si la tocaba fuera
de Eros, desataría un caos incontrolable. Aun así, el detonante ya estaba
presente; solo me faltaba aceptarlo. Maldita sea. Me costaba, porque mi
decisión solo le traería problemas a ella. Yo podía manejar la actitud de
mierda de Rowan; Abigail ni siquiera era rival.
Mientras caminaba por el pasillo, me repetía que no debía estar allí. La
necesidad de control me resultaba insoportable; asfixiaba y acorralaba, y yo
no era de los que se quedaban encerrados dejando ir lo que deseaban.
Destruía, tomaba lo que quería, era egoísta; nadie querría estar en mi
camino, nadie querría tenerme.
—Le agradezco la donación, señor Draxler, así como las vacantes para
nuestros alumnos —comentó el rector de la universidad—. Postularemos a
los mejores.
—Abigail Lacroix me interesa —mencioné mientras avanzábamos por
los pasillos vacíos—. Tiene un potencial excelente.
Un silencio tenso se instaló entre nosotros, como si percibiera mi ligera
obsesión. Podría haberlo sido, si no hubiera presumido de las mejores
mentes de la DCU hace apenas unos momentos, con tal de asegurar un
jugoso cheque. El dominio de Rowan sobre su novia llegaba hasta este
punto; Abigail ignoraba la red que él tejía a su alrededor, la controlaba en
todos los aspectos, ella desconocía que no estaba en una relación unilateral.
—Oh, sí, es una de nuestras mejores alumnas.
Sí, era buena en todos los aspectos. No cabía duda. Abigail era aplicada y
dedicada, pero había tomado su carrera solo para complacer a sus padres y
bajo la influencia de Rowan. La joven detestaba todo lo relacionado con
empresas y poderío.
—Bien.
—Ha sido un placer, señor Draxler.
Asentí, estrechando su mano, y enseguida se retiró. Su parloteo me había
cansado.
Avancé hacia el baño, lavé mis manos apenas al entrar y hallar un
lavabo, la tranquilidad me invadió por un instante. Pero al salir, como si el
destino quisiera impedir que Abigail escapara de mí, chocamos de frente.
Ella aún no me había visto y estaba acompañada por un sujeto alto y
delgado; sus músculos eran perceptibles bajo las prendas sueltas. El chico la
hacía reír despreocupadamente, una risa que la hacía lucir más viva de lo
habitual.
Estreché los ojos, evaluándola de nuevo. Sus jeans blancos ceñían sus
piernas torneadas, la tela gruesa impedía transparencias. Combinó el
conjunto con un top amarillo que dejaba a la vista la curva de su cintura y
un pequeño destello sobre su ombligo. Me gustaba verla con el cabello
suelto, pero ahora lo llevaba atado en un moño mal hecho, mechones
oscuros caían sobre su rostro, tocando su piel cada vez que daba un paso, y
sus dedos intentaban apartarlos sin éxito.
Mientras la observaba, su juventud me parecía aún más evidente. Su
rostro era muy doncel, pero su cuerpo estaba demasiado desarrollado; el
maquillaje casi no se notaba, apenas un poco de sombra oscura en sus ojos
que hacía que su mirada gris se volviera penetrante y luminosa bajo las
sombras.
Entonces, la vi estremecerse; casi podía sentir el entumecimiento recorrer
su cuerpo y el escalofrío subir por su médula espinal. Esa reacción surgía
cuando alguno de los dos estaba cerca del otro. Miró a los lados hasta que
sus ojos se fijaron en mí. Se paralizó de golpe.
Su acompañante dijo algo, pero sus palabras eran un eco vacío mientras
yo seguía los movimientos trémulos de Abigail y notaba la atención del
chico sobre mí. Ambos vacilaron antes de acercarse; ella debía ser
precavida conmigo, ni siquiera se había dado cuenta del tipo de monstruo
que tenía delante ni de lo que era capaz de hacerle.
—¿Acaso no te cansas de acosarme en todas partes? —me increpó
furiosa, enfrentándome como si pudiera intimidarme con su ira. A veces me
provocaba ternura.
—Desde el principio supe que carecías de modales, Abigail —respondí
serio y me convertí en el bloque de hielo que era con ella cuando no
estábamos en Eros.
—Así que tú eres Kylian —dijo su compañero. Sin expresión alguna, lo
identifiqué al instante.
Por supuesto, ella le había contado cada palabra de lo sucedido entre
nosotros; lo esperaba. Era predecible, y después de todo, el sujeto era
importante para Abigail y bastante homosexual. No supe por qué me sentí
tranquilo al saberlo. Conocía a sus amistades, pero no indagaba en sus
inclinaciones.
—Cormac —murmuré. Ninguno ocultó su sorpresa; había investigado
todo de Abigail, incluso dónde nació.
De repente, ella me tomó de la muñeca y tiró de mí. El contacto me
quemó; un ardor se extendió por mi piel, penetró mis huesos y el calor se
distribuyó por todo mi cuerpo a través de mi sangre. Cada roce liberaba una
sensación extraordinaria; era imposible ignorar cómo respondía mi
anatomía a ella. Quise advertirle que tocándome fuera de Eros cometía un
error, que no comprendía la magnitud de lo que un simple roce de nuestra
piel podía provocar en esa parte averiada de mi cabeza.
Sin embargo, me dejé llevar y seguí su juego para medir mi autocontrol,
para descubrir si podía contener la obsesión o liberarla por completo. Me
arrastró hasta el cuarto de limpieza y cerró la puerta de un portazo, lo que
provocó que riera ante la falsa sensación de control que tenía sobre mí. El
espacio era mediano, con escobas, fregonas y líquidos de limpieza; un olor
a cloro y desinfectante impregnaba el aire.
—¿Qué pretendes al venir aquí? —Temblaba de ira; la cegaba, olvidando
momentáneamente con quién estaba hablando—. Te dije que renunciaría a
Eros.
—No debería decírtelo, porque no te importa, pero lo que hago aquí no
tiene nada que ver contigo —mentí con descaro, manipulando la verdad a
mi conveniencia.
Avancé un paso; ella intentó retroceder, pero estaba atrapada, con su
espalda pegada a la puerta. La acorralé como era mi costumbre, sin tocarla.
Apoyé ambos brazos a los costados de su cabeza.
—Y tú, Abigail, ¿por qué estás aquí? —pregunté bajando la voz hasta
convertirla en un susurro que le erizó la piel. Su olor me asfixiaba; me
fascinaba.
—Para decirte que dejes de acosarme —respondió titubeante.
Incliné la cabeza, rozándole con los labios la parte inferior de su oreja.
—Encerrarte con un posible acosador no es muy inteligente de tu parte;
parece que buscas alimentar la obsesión.
Me empujó con las palmas hasta presionar su calor contra mi pecho
mientras el suyo se expandía con cada respiración.
—No es casualidad que estés aquí, lo sé, tú lo sabes. Déjame en paz.
Nos miramos fijamente; la apertura de su boca me llamaba, y cada
espacio de su cuerpo parecía diseñado para provocarme. Sin embargo,
siempre terminaba fascinado con la belleza de su rostro y el brillo de sus
ojos, algo hermoso de contemplar. De pronto, un malestar repentino se
levantó en mi estómago, intensificándose con fuerza.
—Tú empezaste este juego —recordé—, y ahora no quiero terminarlo.
El miedo atravesó su mirada gris, sacudiéndola. Tarde se dio cuenta de
que estaba atrapada y que no escaparía a menos que yo se lo permitiera.
—¿Eso qué significa? —farfulló, trémula.
Callé mientras la tensión se impregnaba en el aire.
—Lo que has entendido —dije, simplificando sin entrar en detalles.
Deslicé las manos a lo largo de la madera y, despacio, me aparté. Ella
exhaló el aire contenido y un alivio evidente se instaló en sus ojos.
—Vete a seguir tus clases, Abigail.
Parecía incapaz de creer lo que escuchaba. Le tomó unos segundos darse
la vuelta y tomar el pomo de la puerta. Antes de que abriera, me acerqué de
nuevo y la acorralé. Respiré en su nuca, manteniendo nuestros cuerpos a
una mínima distancia. Sin tocarla, podía sentir el calor de su piel; mis
manos picaban por tenerla otra vez entre mis brazos.
—No vuelvas a encerrarte en una habitación conmigo, Abigail —advertí
—, a menos que aceptes las consecuencias que vendrán con ello.
Me aparté. Respiró hondo y se apresuró a salir. Cerré la puerta y apoyé la
frente contra ella, conteniendo mis emociones, luchando por no ir tras ella.
Abigail se encontraba en peligro solo por compartir el mismo espacio
que yo; verla despertaba en mí una necesidad inmensa de arrastrarla hacia
las sombras, hacia mi mundo. Hacerlo resultaba tentador, increíblemente
tentador.
Rowan
Rara era la ocasión en que podía mantener a Abby fuera de mis
pensamientos. En estos días la recordaba con mayor frecuencia debido a su
comportamiento extraño, estaba distante, esquivaba mis llamadas y me
evitaba. No quise presionar; entendía que la universidad absorbía gran parte
de su tiempo, además de ese ridículo trabajo del que pronto renunciaría. Mi
prometida no podía seguir bailando semidesnuda frente a un grupo de
hombres excitados, incluso si amaba hacerlo y yo disfrutaba verla. No lo
permitiría más.
Abby tendría que aceptar mi autoridad y ceñirse a lo que yo dispusiera.
Me otorgó ese poder al decidir ser mi novia, mi futura esposa. A pesar de su
rebeldía, estaba seguro de poder domarla y hacer de ella la compañera que
necesitaba: una mujer abnegada y complaciente. No requería que pensara,
decidiera ni actuara por su cuenta; solo que permaneciera a mi lado,
disfrutando de los lujos que le proporcionaría como esposa, o incluso antes.
La convertiría en lo que se necesitaba. Sería difícil, seguro, pero para eso
existía la familia, para apoyar y ejercer presión.
—Los novatos han sido incorporados a un cuerpo policial, general. Los
capitanes ya están informados. —La voz de Lina resonó en mi oído.
—¿Y lo incautado? —pregunté, jugando con un lapicero entre mis labios
mientras intentaba concentrarme en sus palabras.
La sensación de malestar relacionada con mi prometida, se extendía por
todo mi cuerpo. Intenté convencerme de que su reticencia era temporal,
pero lo cierto es que percibía su resistencia a ser mi esposa, y eso me
irritaba.
Yo tenía un plan, un camino trazado para nuestra vida. Me propuse
tenerla y lo logré, aunque no de la manera más limpia ni correcta. La noté
mucho antes de que posara su atención en mí. Por supuesto, no podía
lanzarme sobre ella siendo menor de edad; esperé pacientemente a que
cayera en mi red. Su aparente ingenuidad la hacía más atractiva, más
controlable. Tenía diecisiete años, pero su figura era la de una mujer
voluptuosa, hermosa y soñadora; se sonrojaba ante una mirada o un
cumplido. Supe que debía ser ella, que debía moldearla a mi manera,
ajustando cada aspecto para que encajara en mi estilo de vida.
Sus padres se opusieron al principio. No los culpaba; yo también hubiera
reaccionado si alguien pretendiera a mi hija diez años menor que él. Sin
embargo, unas pocas amenazas disfrazadas de consejos me otorgaron
permiso para tener a Abby bajo control, con el apoyo forzado de sus padres
y el constante recordatorio de que los accidentes ocurren y que la gente
desaparece.
Con mi familia no fue igual, pero podía controlarlos. Abby no era
completamente sumisa; se rebelaba, y eso me irritaba. No necesitaba que
opinara; debía callar y atender mis deseos como una esposa modelo. Ese
sería mi objetivo, y lo conseguiría, enterrando esta versión de ella desde el
momento en que nos casáramos.
Si la permitía permanecer en Eros, era solo para que sintiera que aún
tenía cierto control. Mostrarle mis cartas antes del matrimonio habría sido
un error, así que la ataba con suavidad, sin que lo notara. Ella ignoraba que
no tenía dominio sobre su vida ni sobre sus decisiones; era mía,
completamente mía. Solo Kylian y yo conocíamos la verdad. No podría
escapar.
La amaba con locura; en eso nunca mentí. Mis sentimientos siempre
habían sido sinceros.
—Y eso sería todo, general —finalizó Lina. Apenas capté lo que dijo.
Me puse de pie, tomé mis llaves y el teléfono.
—Bien. Saldré; cualquier novedad, comunícasela al coronel Farrell.
—Por supuesto, general.
Salí de la oficina y me dirigí al estacionamiento, pensando en el siguiente
paso. Hasta ahora, había alcanzado la posición que deseaba. Para los demás,
era demasiado joven para ser general, pero estaba preparado. Tuve que
despejar a ciertas personas del camino; Kylian me ayudó. Hacíamos un
buen equipo, a él le convenía que yo tuviera el control del ejército y de la
policía, y su vida ilícita se beneficiaba de ello.
Ambos estábamos acostumbrados a obtener lo que queríamos. Éramos
dos caras de la misma moneda, hermanos sin lazos de sangre, pero
parecidos en muchos aspectos. Ambos empleábamos diferentes estrategias,
pero el resultado era el mismo.
Al llegar al estacionamiento, abordé mi auto y en menos de media hora
ya estaba frente a la universidad de Abby. Le envié un mensaje avisándole
que la esperaba, y no tardó en aparecer. Sonreí al verla; los pantalones
blancos acentuaban sus curvas, pero la sudadera cubría el resto. Me
complació; no me gustaba verla con ropa ajustada. Ella lo sabía. Si quería
seguir en Eros, debía complacerme fuera de ese lugar.
—Hola, cielo —la saludé, y besé sus labios apenas se acercó. La había
extrañado.
—Hola, ¿qué haces aquí? —preguntó, apartándose de mi beso antes de
que pudiera profundizarlo, evitando mirarme a los ojos.
—¿Acaso no puedo recoger a mi novia en la universidad? —pregunté.
Pasó saliva y esbozó una media sonrisa.
—Claro que sí, solo que hacía mucho que no venías.
—Bueno —rodeé su pequeña cintura, atrayéndola a mi cuerpo ante la
mirada de algunos estudiantes que nos observaban de vez en cuando—, no
te he visto en días, desde Eros.
Hizo una mueca, como si mencionar el club le desagradara. Tal vez mis
súplicas habían surtido efecto y por fin dejaría ese maldito trabajo antes de
que yo interviniera.
—He estado ocupada, pronto empezarán mis prácticas.
Abrí la puerta del auto, invitándola a subir. Entró y cerré tras ella,
rodeando el vehículo para ocupar el asiento del conductor. La privacidad
que ofrecían los vidrios tintados me dio cierta tranquilidad.
—Quiero que cenemos esta noche, y no acepto un no como respuesta —
dije con rapidez. Acomodé un mechón rebelde de su cabello y sonrió de
nuevo, sin atreverse a mirarme.
—De acuerdo, seremos tú y yo esta noche —respondió despacio, como si
tratara de convencerse de algo.
Me incliné hacia sus labios, aunque me detuve un instante. La observé,
admiré su boca, antes de alzar la vista hacia ese gris caótico que tanto me
gustaba.
—Te noto extraña. Quiero saber qué sucede en esa cabeza, Abby.
Intentó ocultar lo desprevenida que la tomó mi comentario, pero no pudo
evitar mostrar los dientes blancos y rectos con una sonrisa encantadora.
—Solo es cansancio, Rowan —se excusó, y selló nuestros labios en un
beso esperado y ansiado.
Me besó como tanto me gustaba, saboreándome con suavidad, su lengua
me exploraba con delicadeza. Me rodeó el cuello con sus brazos y me
apretó contra el calor que desprendían sus labios. Cada movimiento suyo
me incitaba a quitarle la ropa y sostenerla sobre mi regazo, deseando
hacerle el amor. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que
estuvimos juntos y necesitaba sentir su cuerpo cerca, su aroma y su calor.
Como si leyera mis pensamientos, trató de subirse sobre mi regazo
mientras bajaba el cierre de la sudadera. Su perfume se intensificó en el
reducido espacio, y mi cuerpo reaccionó al roce de sus senos contra mi
pecho. Gimió suavemente y enseguida la tomé de los hombros, apartándola
de mí.
—Aquí no, Abby. Alguien podría vernos y además llevo el uniforme
puesto —advertí, firme.
—Nadie nos verá, Rowan —respondió, devolviéndome un beso—. Hazlo
aquí.
—Debemos dar el ejemplo, y tú, como mi futura esposa, también.
—Parece que no me has extrañado tanto —masculló, dejando entrever la
decepción en su voz.
La tomé del mentón y la obligué a mirarme a los ojos.
—Quiero hacerte el amor, pero no aquí. Será esta noche, en mi cama —
dije, ejerciendo un poco de presión, mostrando mi autoridad—.
¿Entendido?
Asintió despacio, sin replicar. Sonreí complacido ante su sumisión y besé
su frente con suavidad.
—Buena chica. Es lo que espero siempre de ti, Abby —susurré, rozando
sus labios—. Obediencia.
—Es lo que tendrás —respondió, y noté el sarcasmo que teñía su voz.
Sonreí por dentro, complacido, y me puse en marcha.
Abby aún no me conocía del todo, y cuando lo hiciera, sería demasiado
tarde para dar marcha atrás.
Capítulo 14
Abby
Intentaba fingir un orgasmo mientras Rowan me sostenía contra él,
vaciándose en el látex, gimiendo mi nombre y sujetándome del culo.
No era que no supiera disfrutar del sexo o que no lograra excitarme, pero
en unas horas iría a Eros a despedirme de más de dos años bailando y
siendo completamente yo, y no esta versión casta y pura que todos
esperaban. Subir al escenario me hacía sentir libre, como si al despojarme
de las prendas también me quitara el disfraz que usaba cada día como la
chica educada y sonriente que los demás aceptaban. La verdadera Abigail
permanecía escondida, agazapada en la oscuridad.
Las personas que me veían bailar eran las que conocían a la auténtica
Abigail, o al menos a una parte de ella. Mis emociones eran vastas y
profundas, pero debía contenerlas porque no encajaban en la imagen que se
esperaba de mí, porque debía ser educada, porque dejar salir al monstruo
interior significaría perderlo todo. Y me jodía.
Entrar a Eros era un acto de rebeldía, mi forma de desafiar al mundo.
Podría decirse que mi actitud era normal, tenía casi diecisiete años, padres
católicos y estrictos de los que me escapaba para bailar, besar a chicos y
disfrutar de la vida como mis compañeras. Sin embargo, las creencias de
mis padres me sofocaban, me retenían, y tuve que buscar la libertad a
escondidas. Esa represión hizo que, al recibir un atisbo de libertad, no
supiera controlarlo ni disfrutarlo con mesura.
Era el riesgo que corrías cuando sometías: perdías.
Nunca seguí las reglas, nunca fui una chica que se dejara controlar.
Rowan lo intentaba, pero mi temperamento se rebelaba, haciéndome olvidar
por qué lo había elegido. Aun así, agradecía que de vez en cuando me
pusiera los pies sobre la tierra; era mi ancla a la realidad, aunque a veces me
asfixiara. Debía madurar algún día; a causa de mi rebeldía había pasado de
largo muchas etapas, viviendo con la rapidez de alguien que aparentaba
cuarenta años siendo apenas veinte.
Eros significaba mucho para mí. Allí encontraba libertad al desnudarme
y, además, ganaba dinero. Esto se volvió esencial cuando comenzaron a
llegar las cuentas; no provenía de una familia millonaria. Mis padres
cubrieron lo necesario, pero no podían costear mis estudios sin sacrificar
otras cosas. Ese club se volvió parte de mí y dolía despedirme. Odiaba a
Kylian por hacerlo, por arruinar lo único mío que tenía, pero lo odiaba más
por hacerme sentir tan viva y no poder obtener más de la adrenalina, el
peligro y la lujuria que me provocaba.
Sería fácil ceder y convertir a Kylian en mi amante, pero quería lo
suficiente a Rowan como para seguir mirándolo a los ojos. Me costaba
demasiado sostener su mirada; las ganas de llorar y confesarle lo que había
pasado me devoraban por dentro. Debía decírselo; él merecía saberlo. Cada
vez que pensaba en hablar, las consecuencias me asustaban. Debía ser
valiente y enfrentar la verdad, como lo fui con Kylian, pero no podía. Me
acobardaba y permanecía siendo suya, incluso cuando no sentía nada.
—Te amo —dijo, besándome la frente.
La noche anterior habíamos hecho el amor en mi cama. Las marcas de
Kylian aún estaban en mi piel y traté de que Rowan no las viera. Ahora
estábamos en su oficina y evité desnudarme; solo alcé mi vestido y lo dejé
entrar en mí otra vez. Estúpidamente creí que complacerlo con sexo
calmaría mi conciencia. No funcionaba; solo me hundía más en un agujero
de culpabilidad que parecía no tener fin. La tentación crecía en lugar de
disminuir.
Quizá debería romper mi compromiso e irme de su vida. Negué por
dentro y bajé de su regazo. Sería incapaz de mentirle si preguntaba si había
alguien más.
—También te amo —murmuré ausente y me acomodé la ropa. Apenas
me había humedecido por lo que me ducharía en casa.
—¿Bailarás esta noche? —preguntó, clavando el puñal en mi pecho.
No. Porque un lunático había amenazado con follarme si volvía a Eros.
—Sí —mentí.
Acomodó su ropa, ató un extremo del condón y lo tiró a la basura. El
gesto me recordó que debía acudir a un chequeo con mi ginecólogo; follar
sin protección con Kylian podía haberme dejado alguna ETS. No lo veía
como alguien que la tuviera, pero no podía fiarme.
Golpearon la puerta y la asistente de Rowan apareció. Mi mundo se
detuvo cuando vi a Kylian detrás de ella. Esa sensación de estrujamiento de
mi tranquilidad se extendió por todo mi cuerpo, devastadora.
Nuestros ojos se encontraron. Los suyos mostraban una indiferencia
cortante que me hizo estremecer y, al mismo tiempo, derretirme. Su figura
cruzó el umbral impecable, llevaba la ropa limpia, chaqueta ajustada a los
hombros anchos y musculosos y pantalones perfectamente ceñidos. Todo en
él estaba en orden, como siempre, salvo por la incipiente barba que
sombreaba su mandíbula.
—Amigo —dijo Rowan incorporándose—, adelante.
Se estrecharon la mano y yo me quedé paralizada, sin saber qué hacer.
Podía salir corriendo o quedarme, hiperventilando apenas. Su presencia era
poderosa, asfixiante; no había nada simple ni ligero en él, todo era
vehemencia.
—Pensé que estaríamos solos —dijo, posando sus ojos en mí, a la par
que recorría mi cuerpo con una mirada que me dejó la impresión de que
sabía lo que habíamos hecho—. Hola, Abigail.
—Yo ya me iba —balbuceé.
—No, quédate, cariño. Te llevaré a comer, ¿recuerdas? —intervino
Rowan. Maldita sea. Quería que me apoyara y me dejara salir.
Kylian arrastró una silla y se sentó a mi lado, dando una orden silenciosa.
Tensé la mandíbula y me acomodé, casi rozando su brazo. Su aroma me
obligaba a contener cada suspiro.
—¿Cuándo sentarás cabeza? —murmuró Rowan entre risas. Mi atención
estaba en el móvil, pero no podía ignorar la conversación.
—No me interesa hacerlo. Es difícil encontrar personas leales —dijo
Kylian. Me puse rígida—. Todos mis conocidos han sido engañados por sus
parejas; no quiero que me vean como uno más.
—¿Todos? Idiota. —Rió Rowan—. ¿Acaso sabes algo de Abby? —Su
tono divertido me hizo sentir aún peor. Alcé la mirada hacia Kylian,
diciéndole con los ojos que se fuera a la mierda.
Su postura se volvió orgullosa y arrogante. Torció los labios en una
mueca que apenas podía llamarse sonrisa y me pregunté que aspecto tendría
este hombre cuando estuviera realmente feliz.
—¿Debería? —replicó Kylian, observándome con esos ojos penetrantes
—. Dudo mucho que tu prometida te sea infiel. Ella te ama, ¿no es así?
—Serías la última persona con la que hablaría de mi relación —espeté
furiosa. La ira me quemaba, pero también el miedo; temía que Kylian
hablara y yo no estuviera preparada para confesar todo a Rowan.
—Abby —riñó Rowan.
—Déjala. Yo también me ofendería si fuera fiel y me acusaran de lo
contrario —contestó Kylian.
Contraje los dedos. Iba a golpearlo. Dios, iba a golpearlo hasta matarlo.
—General, lo solicitan con urgencia en la sala de reuniones —
interrumpió la asistente de Rowan, su voz reflejaba preocupación.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, serio.
—Hubo un enfrentamiento —dijo, sin dar más detalles. Suspiré. La
comida tendría que esperar, y me alivió.
—Cariño, debo atender esto. —Me miró apenado—. ¿Dejamos la
comida para mañana?
—No te preocupes. —Me puse de pie y lo besé en los labios—. Ve.
—Puedo llevarla a comer —maldita sea, Kylian—, así prueba la comida
de mi restaurante.
—Sería estupendo, así se conocen más —apoyó Rowan. Por dentro grité
como una desquiciada—. Te la encargo —añadió, despidiéndose
apresuradamente.
Cerró la puerta y, de nuevo, me quedé frente al cretino que me miraba
con esa seguridad que me hervía la sangre. Ni en un millón de años
aceptaría ir a comer con él.
—¿A qué demonios juegas? —le increpé—. ¿Qué pretendes con esa
maldita insinuación?
Se acercó, peligroso, y el calor de su proximidad me hizo retroceder
instintivamente.
—¿Qué te preocupa, Abigail? —susurró, tan cerca que podía sentir el filo
de su voz—. ¿Temes que le diga a Rowan que hace apenas unos días su
prometida estaba montando mi verga mientras se corría a chorros sobre
ella?
Sus palabras fueron grotescas y ofensivas, pero nada lejos de la realidad.
Yo misma le daba poder para hablarme de ese modo.
La furia explotó en mí y se reflejó en la bofetada que le propiné. Viró el
rostro lentamente y me miró de nuevo, sin rastro de culpa o remordimiento.
—Ten un poco de vergüenza. Soy su prometida y tú, su mejor amigo…
—Sigues con lo mismo, pero dudo mucho que te importe —me
interrumpió, miró mis labios y volvió a mis ojos—, no, no te importa. Si
quiero alzarte el vestido y follarte contra la pared, no me detendrás.
Mi respiración se aceleró. Di un paso atrás, intentando escapar, pero no
había lugar donde esconderme de su presencia abrumadora. Estaba en todas
partes, incluso cuando no me tocaba. Veía la crueldad en sus labios, capaces
de hacerme gritar y llorar de placer, capaces de soltar verdades que
laceraban mi piel y mi conciencia.
—¿Sabes por qué? —Mi espalda chocó con la pared—. Porque estás tan
malditamente deseosa de sentirme, que todo dejará de importar en cuanto
me entierre en tu coño.
Una chispa de calor se disparó entre mis piernas. Quise decirle que
mentía, pero las palabras se negaban a salir. No ayudaba que estuviera
frente a mí, vestido como un modelo de mirada peligrosa, emitiendo una
promesa de placer envuelta en pecado, recordándome cada orgasmo que me
provocó.
No podía seguir viéndolo sin desearlo, fingiendo odio cuando lo único
que quería era abrirme de piernas para él. No sobreviviría diciéndole que no
si seguía cerca.
—¿Me equivoco, Abigail?
No rompió la tensión; la volvió más insoportable. Olía demasiado bien.
Su boca me tentaba y sus manos se contraían; imaginaba cómo recorrerían
mi piel mientras me sujetaba bajo sus brazos musculosos.
—No, no lo haces —fui franca—, pero no quiero engañarlo. Por favor,
Kylian, detente. No soy tan fuerte para resistirme.
Se apartó y sonrió con satisfacción.
—Entonces no lo hagas —dijo, y contuve el aliento—. Porque yo no
pienso seguir conteniéndome para no follarte cada vez que te vea.
Por primera vez fuera de Eros, me tocó. Su mano se cerró sobre mi
cuello con un agarre fuerte y dominante. Ahogué un jadeo, echando la
cabeza hacia atrás. Su tacto era diferente, más real y oscuro, como si la
sombra que siempre me acechaba emergiera y posara sus zarpas sobre mí.
Fue sobrecogedor; con una calma intensa que nunca había experimentado.
No era el mismo toque que quemaba mi piel en Eros, lleno de lujuria y
pasión, sino algo más profundo, más significativo.
—Me prometí no tocarte, porque si lo hacía, no podría detenerme —
siseó, rozando mis labios con los suyos—. Cuando no paro, me obsesiono
—su nariz siguió la línea de mi mandíbula— y no suelto hasta que
destruyo.
—Vas a destruirme, Kylian —susurré, temblorosa.
—Hasta apagar ese bonito brillo en tus ojos —aceptó, estremeciéndome
de terror y deseo—. Una lástima, me gustaba bastante.
Tiró de mi labio inferior y me soltó, alisó la chaqueta y abrió la puerta.
Me miró de soslayo antes de irse.
—Te veré bailar esta noche, Abigail. —Sentí escalofríos—. No llegues
tarde, tengo hambre.
Capítulo 15
Kylian
Pasaba más tiempo en Eros que en mi oficina.
Siendo franco, la vida como contador me aburría; no por los números,
sino por el ambiente, por tener que colocarme un traje que actuaba como un
disfraz para mantener oculto a mi verdadero yo: el hombre que asesinaba,
que diseñaba armas y que lidiaba con problemas mentales severos.
Odiaba sonreír, odiaba ser cortés, odiaba estar rodeado de personas que
no sabían mantener sus narices fuera de mis cosas. Pero, más que nada,
odiaba que Abigail estuviera siempre presente en mis pensamientos y lo que
eso me empujaba a hacer para tenerla, pese a que me repetía una y otra vez
durante años que ella estaba fuera de mi alcance.
Debí anticipar que las cosas se saldrían de control. No convencerme de
que sostenerla en mis brazos no sería para tanto. Qué estúpido había sido.
Llevaba años detrás de ella, haciendo cosas que no debía; creer que un poco
de lo que consumía sería suficiente para calmar mi obsesión me hacía
parecer ingenuo. En el fondo lo sabía, pero no podía detenerme, porque lo
disfrutaba, porque no sentía culpa al follarla. Como ya lo había mencionado
antes, no me importaba que fuera la prometida de Rowan.
Estaba decidido a consumir cada parte de Abigail, cada destello de luz en
sus ojos, cada sonrisa, cada gesto. Ya no pensaría en los demás. La tocaría
donde y cuando quisiera, y si se resistía, mal para ella, porque no sabía
perder, y mucho menos aceptar un no. Nadie se interpondría entre lo que
quería.
Terminé el último diseño del día y recliné la espalda sobre la silla. El
arma sería lo bastante llamativa para los italianos, quienes ya hacían fila
para adquirir mis últimos armamentos con tecnología de punta y materiales
de alta calidad. Por otro lado, agentes del gobierno continuaban comprando
mis explosivos; colaboraba indirectamente con casos de terrorismo y me
importaba un carajo. Venderle armas al gobierno estadounidense me
otorgaba beneficios y una inmunidad que cualquiera envidiaría, ya que no
tenía que cuidarme, no tenía que ocultarme y había quienes limpiaban mi
nombre.
—Señor Draxler, Hart acaba de llegar —informó Rita.
—Dile que pase —ordené, sirviéndome un trago. A unos metros,
Sullivan agonizaba; pronto dejaría de respirar y yo sería el nuevo líder.
—¿Ahora das órdenes? —La voz de Hart cortó el aire tras mi espalda.
—Vete acostumbrando —respondí, enfrentándolo.
Observé su estado. Tenía la cara magullada, la piel más pálida y vendajes
ajustándose a sus costillas y abdomen.
—¿Quién te arrolló? —me burlé, bebiendo un sorbo de whisky.
—Vete a la mierda —siseó—. ¿Qué quieres?
—El tiempo se te agota, Silas. Los recursos seguirán llegando, pero
necesito algo a cambio. —Endureció el semblante; le habían disparado y
apuñalado, el tipo andaba como si nada, normal en nosotros.
—¿Qué es lo que quiere?
—Al único pariente que te queda vivo, quiere garantías —dije con
seriedad—. Deberías agradecer que las posibilidades han aumentado. Ya no
solo será… ¿cómo es que se llama esa cría? —Sonreí fingiendo ignorancia
—. Cierto, Molly Russo.
—No la nombres —advirtió, enardecido.
Divertido, me di cuenta de que le importaba de verdad. La joven había
despertado sentimientos en él, recordándome que nadie, ni siquiera
nosotros, podíamos escapar de la mierda emocional.
—¿O qué? ¿Vas a matarme como hiciste con Dixon? —Reí—. Lo
olvidaba, te acobardaste. ¿Cuándo será el día que encuentres tus bolas?
Tensó la mandíbula. Sabía que lo presionaba, pero no le tenía miedo.
Silas podría ser un sicario perfecto, pero yo fui criado diferente; me
enseñaron a matar. Sus amenazas resbalaban sobre mí.
—Estás tensando mucho la cuerda, Draxler —advirtió, sus ojos
desprendían frialdad y odio.
—Veremos qué pasa si se rompe —mascullé con burla—. Ahora vete y
cumple lo que Sullivan quiere.
Dio media vuelta y azotó la puerta. Cogí mi chaqueta del perchero, me la
coloqué y abandoné la oficina. Miré la hora en mi reloj; faltaba poco para
que Abigail llegara. Y mientras los minutos avanzaban lentamente, mi
hambre por ella crecía de manera descomunal. Tenía planes para esta noche,
planes que incluían a la morena abierta de piernas ofreciéndome su coño.
Ajusté la corbata, consciente de que estaba en su lugar, y me dirigí a
ocupar el puesto de siempre, en las sombras, al acecho de mi bailarina
favorita. Pedí un trago y, mientras los minutos pasaban, se convertían en
cuatro tragos, al pedir el quinto, supe que ella no iba a venir.
Conteniendo la ira que me producía su osadía, me incorporé y salí hacia
el estacionamiento. Afuera, me subí al auto, saqué el móvil y revisé las
cámaras del edificio de Abigail. Seguía dentro; no había salido. Rowan
había pedido a París mantener vigilancia sobre ella, así que accedí al
circuito de seguridad de su departamento y coloqué cámaras internas de las
que me encargaría después. Su autocontrol sobre Abigail era impresionante;
no podía culparlo, cualquiera haría lo mismo si tuviera a alguien como ella.
Llegué a su edificio en menos de media hora. No fue difícil entrar al
estacionamiento ni subir hasta su piso. Cuando quería ser un fantasma, lo
era. Y en cuanto estuve frente a su puerta, golpeé dos veces, dispuesto a
romperla si no me abría.
Oí sus pasos, el tintineo de las llaves y el clic de la cerradura. No
esperaba que yo llegara hasta aquí.
—Pensé que fui claro esta tarde, Abigail.
Sus ojos se abrieron más de lo normal; se quedó petrificada. Aproveché
la conmoción, empujé la puerta y me metí en su espacio antes de que
pudiera reaccionar. Cerré detrás de mí y puse el pestillo.
—¿Qué haces aquí? —titubeó—. Rowan está en la habitación, vete antes
de que te vea.
Creía que yo era un tonto. Le di puntos por intentarlo.
Me saqué la chaqueta y la acomodé sobre el respaldo de la silla, luego
llevé a cabo el mismo ritual de siempre: gemelos, reloj, mangas de la
camisa. Todo mientras Abigail entraba en pánico, sin saber qué hacer con
mi presencia.
—¿Estás sordo? Rowan…
—Rowan está en casa con su asistente —continué—, trabajando, por
supuesto. Lejos de llegar a follar como tú y yo lo hacemos, o al menos eso
creo. —Deslicé las manos en los bolsillos de mi pantalón.
Reparé en su pijama: un short pequeño y ajustado de satén y un top de
encaje rosa pálido. No dejaba mucho a la imaginación. Mi boca se llenó de
saliva y pasé la lengua sobre los dientes antes de morder mi labio inferior.
—Vete de mi casa o gritaré.
Una mueca de desinterés surcó mi rostro.
—Oh, sí, por supuesto que lo harás.
Vaciló un segundo antes de precipitarse hacia la puerta. Sus dedos
rozaron el pestillo, pero los míos se enredaron en su cabello largo. Tiré y la
empujé contra la puerta, sosteniéndola desde atrás.
—Corres en vano.
—Siempre que pueda, voy a huir de ti. —Reí, mis labios rozaban su
lóbulo.
—Si huyes, te encuentro.
La ira que percibí en ella se transformó en una lujuria densa, palpable.
—Nunca vas a escapar de mí —sentencié.
Mi boca devoró la suya en segundos. Tragué su aliento y arremetí con la
lengua en un beso voraz. Intentó retroceder, apartarse; luchó los primeros
segundos como solía hacerlo. Reí sobre sus labios, la observé un instante
antes de abofetearla lentamente.
Sus ojos mostraron sorpresa y un fuego interno que los iluminó. Más
vivos que nunca, supe que mi rudeza no la molestaba; al contrario, esta vez
fue ella quien empujó nuestros labios a chocar de nuevo.
Trabajé en el dobladillo de su short y lo bajé apenas ella lo apartaba con
la punta de los pies.
—Te reto a que lo digas, Abigail —gruñí, deslizando los dedos por la
línea húmeda mientras introducía uno en su coño—. Convénceme de que no
me deseas, y me iré de aquí.
El calor subió a sus mejillas y se extendió hasta teñirlas de rojo intenso.
—Te dije que no soy tan fuerte —susurró, rendida.
La cargué y sus piernas se enredaron en mi cadera. Nuestros rostros
quedaron a la altura del otro; me observaba fijamente, señalando con la
cabeza la dirección de su habitación. Su rendición alimentó mi ego.
La puerta estaba abierta y mis ojos buscaron la cama; era lo único que
importaba. Aplasté su espalda contra el colchón. Verla bajo mi cuerpo
despertó mi obsesión; quería guardar esa imagen para siempre.
Sus labios entreabiertos, el pecho expandiéndose con cada respiración, la
mirada plateada y salvaje delatando su deseo. Posé mis manos posesivas
sobre sus tetas, contraje los dedos sobre la tela y la rasgué sin dificultad; no
llevaba sostén. Mi verga se tensó dolorosamente, más firme que nunca.
Tomé su muñeca y apreté sus dedos contra mi dureza. Su mirada se
oscureció.
—Te dije que estaba hambriento —susurré mientras acariciaba mi
erección—. Mi verga tiene hambre de tu coño, Abigail, pero primero
montarás mi boca.
Se estremeció. Sentí los latidos de su corazón mientras mis labios
recorrían la unión de sus senos, ascendiendo hasta la dureza de su pezón. Lo
lamí con lentitud, lo rodeé con cuidado, arrancándole un siseo. Chupé,
mordí y lamí de nuevo, alterné entre ambos pechos mientras los amasaba
con fuerza. Mamaba sus pezones con ansias, mi saliva los endurecía más;
ella movía las caderas en busca de aliviar el calor, lo que sea que yo pudiera
darle: mis dedos, mi boca o mi pene.
En silencio, bajé hasta la unión de sus piernas. Mi nariz se presionó
contra su sexo caliente y húmedo. Un gruñido se atoró en mi garganta.
Separé sus pliegues y me llené de su aroma. Maldición. Quería devorarla
hasta saciarme, hasta no poder más. Lo quería todo.
Metí las manos bajo su culo y la atraje hacia mí. Alcé la vista un instante,
al mismo tiempo que apreciaba su expresión de súplica detrás de sus senos
perfectos. Sus pezones seguían tentándome, reclamando cualquier roce.
Le di lo que buscaba. Probé sus fluidos, explorando cada centímetro.
Abigail agitaba las caderas, gimiendo, arrastrando las sábanas entre sus
dedos. Llegué a su clítoris, lo presioné y succioné con fuerza. Esta vez
gritó, y un escalofrío recorrió su piel.
Hundí los dedos en sus nalgas. Su aroma, su calor, la humedad que se
adhería a mi barbilla, sus fluidos resbalaban por casi toda mi cara y no
podía encontrarme más duro ante ese hecho.
—¿Ves lo fácil que es, bestia?
Tembló. Metí dos dedos en su vagina, sin dejar de estimularla con la
lengua. Quería provocarla más, hacerla suplicar por su orgasmo.
—¿Qué? —Giré la muñeca, entrando más profundo.
—Rendirte a mí.
Mi rostro volvió a perderse entre sus pliegues. No medí mis
movimientos; la empujé al orgasmo con tal fuerza que mi nombre se
desgarró de sus labios. Otro de mis gruñidos azotó su carne palpitante.
Recogí cada gota de su éxtasis, limpié mi rostro y colisioné nuestras bocas.
Nunca había sentido la suciedad del placer tan bien.
Podría morir justo entre sus piernas y agradecería al infierno por ello.
Gimió suave, indefensa ante su placer. Sabía que era un bastardo por
aprovecharme de su deseo y forzarla, pero me daba igual. Desearla, y que
fuera prohibida, hacía todo más intenso.
—Olías a sexo cuando entré a la oficina de Rowan esta tarde —saqué la
correa del cinturón, enredándola en mi mano—, y ahora compruebo lo que
pensé al mirarte.
Pasé la correa bajo su nuca y la ajusté a la hebilla. Tiré hasta que su
cuello quedó sujeto, el otro extremo rodeando mi mano, dándome el
control.
—Él no sabe cómo follarte —murmuré despacio.
Un destello de ira cruzó sus ojos; movió la cabeza, pero mis dedos
ajustaron la correa, restringiendo ligeramente el paso del aire.
—Quédate quieta, bestia.
Desabotoné mi pantalón, sostuve mi longitud con la mano, la agité un
par de veces y presioné la punta húmeda y palpitante contra su clítoris.
Luego me deslicé hasta su coño apretado, rompiendo sus paredes con una
embestida.
—¡Dios! —exclamó, arqueando la espalda para ofrecerme sus senos
rellenos.
Su interior estaba ajustado y ardía de calor. Empujé hacia adelante,
encajando mi cuerpo con el suyo, retiré las caderas hasta que la punta de mi
pene quedó cubierta de sus fluidos. Erguí la espalda, a la par que aseguraba
una vista completa de nuestros cuerpos entrelazados, y liberé su cuello
apenas unos centímetros. Respiró profundo, quieta, esperando lo que mi
mente perversa tenía preparado.
Me encantaba su espera, su sumisión silenciosa. Bajé la cabeza, dejando
que mi saliva resbalara lentamente hasta sus pliegues. Separé sus labios con
los dedos y esparcí la humedad sobre su clítoris. Se tensó, abrió más las
piernas y alzó las caderas.
—¿Te gusta, Abigail? —pregunté. Asintió lentamente. Tiré de la correa
—. Responde.
—¡Sí! ¡Me gusta!
Escupí sobre su coño y arremetí con mi verga hasta el fondo. Sus gritos
amortiguados por el cinturón, las contracciones de sus paredes y la
agitación de sus caderas me volvieron loco. Tensé la mandíbula, tragué
grueso, balanceando la pelvis, midiendo la dureza y profundidad de cada
embestida. Sus pechos rebotaban al ritmo de mi vaivén, tenía el rostro
enrojecido por la sujeción de la correa y, aun así, no me pidió que parara.
Me incliné hacia su boca, aplastando su mandíbula con los dedos, mordí
su labio inferior con fuerza.
—Abre la boca —ordené con la lujuria consumiéndome.
Abigail acató la orden de inmediato, la saliva se acumuló en mi boca y
con lentitud la derramé en la suya. Jadeó, recibiendo mi saliva, se lamió los
labios cuando terminó de tragarla. El gesto me endureció gravemente.
Gimoteó y presionó con más solidez sus piernas en torno a mi cintura.
Sonreí y mi palma se estrelló contra su mejilla, me miró más caliente, más
excitada, la comisura de su boca se elevó hacia un lado e interpreté esa
mirada.
Ella me retaba, ella me pedía más.
—¿Es todo lo que tienes, hijo de puta? —susurró.
—Eres una chica sucia, ¿no? —inquirí, marcando el contorno de sus
labios con la lengua—. Te gusta duro.
La levanté del colchón, me senté en el borde con ella en mi regazo. Su
cabeza cayó hacia atrás, mi pene aún dentro. Tracé un camino de besos
hasta su mentón que finalizaron en su oído.
—Me gustas, Abigail —sus uñas se clavaron en la tela de mi camisa,
apenas rozando mi piel—, y eso te pone en peligro.
—No te tengo miedo —susurró, sin una pizca de timidez mientras me
montaba, sus pechos rozaban mi camisa con cada movimiento.
—No quiero que me temas, quiero que te mojes, que te excites, que seas
la chica sucia y salvaje que baila en Eros.
Mi mano recorrió su espalda, mis dedos se desplazaron sobre su piel y
agarraron su culo, marcándole un ritmo firme y demandante.
—Baila, Abigail, baila sobre mí y sacia el hambre que mi verga tiene de
ti.
Enredó los brazos en mi cuello, me besó con intensidad y balanceó las
caderas de adelante hacia atrás, arriba y abajo, alternando velocidad, era un
castigo delicioso que endureció mis testículos. Mi cuerpo se tensó, repleto
de deseo, y finalmente me derramé dentro de ella mientras su orgasmo la
hacía jadear contra mi boca, ralentizando sus movimientos, pero con la
misma hambre con la que yo la había devorado.
Se desplomó en mis brazos, apoyó la frente contra mi hombro y retiré la
correa de su cuello.
—¿Por qué nunca te quitas la ropa? —preguntó con un susurro, los
párpados caían lentamente y revelaban su agotamiento mezclado con
satisfacción.
—No me gusta —respondí, sin apartar la vista de su expresión.
Abandoné su calor un instante y la sostuve hasta llevarla a su lugar en la
cama. Su piel estaba enrojecida en algunos puntos, especialmente en el
cuello, y su mirada seguía fija en mí, entrecerrada y seductora. Ajusté mis
pantalones mientras ella me observaba, disfrutando del instante de calma.
—Mentiroso —acusó con voz suave.
Disimulé una sonrisa mientras terminaba de colocar el cinturón. Mi
cuerpo seguía impregnado de ella; me ducharía después, no me molestaba
estar húmedo por sus fluidos.
—Duerme. —Rocé su mejilla con los nudillos—. Y no faltes mañana, o
te azotaré el culo tan fuerte que desearás no provocarme más.
La sonrisa que apareció en sus labios me indicó que había dado justo en
el blanco, que había logrado lo que ella buscaba, esa mezcla de temor y
deseo que la consumía de la misma forma que a mí.
Capítulo 16
Kylian
Abigail se encontraba en el mismo lugar que yo, y no podía verla.
El imbécil de su prometido había cometido una estupidez y ahora me
tocaba a mí solucionarlo. Mi mente gritaba que lo mandara a la mierda y
que se hiciera cargo solo, pero ese pensamiento venía directamente de mi
entrepierna, que seguía hambrienta de esa morena y resentía el dolor de no
poder enterrarse en ella. Maldita sea. Otra vez mis planes en Eros para esta
noche se habían ido al demonio.
Quizá debería tomarlo como una señal para detenerme, pero como el
obstinado hijo de puta que era, cerraría los ojos y seguiría tomándola, sin
importarme las consecuencias.
—Alguien de adentro las ayudó, lo sé —dijo, caminando de un lado a
otro mientras París buscaba lo que Rowan había perdido.
—Te dije que dejaras ese puto negocio, Rowan —espeté malhumorado.
—La trata de personas deja mucho —se excusó. Reprimí el impulso de
frotarme el puente de la nariz.
—No necesitas dinero, estás podrido en él —aseveré. Tenía ganas de
golpearlo, no por su error, sino por mantenerme ocupado en esta mierda
cuando podría estar con mi pene en la boca de Abigail.
—No es solo el dinero —me enfrentó—, tengo a personas importantes
cogidas de las bolas gracias a este negocio; también pude ocupar el puesto
donde estoy y que te beneficia, y lo sabes.
—Yo no necesito de ti —mascullé con desdén—, y lo sabes.
Si bien, su aporte me facilitaba un poco más las cosas, podría
arreglármelas sin él.
Resopló, pasando los dedos por su cabello alborotado. Quien lo viera, no
creería que este cretino estuviera a cargo de una de las redes más grandes de
trata de personas en Irlanda. Sus golpes de pecho frente a conocidos,
familiares y Abigail solo me provocaban risa. Nadie lo conocía mejor que
yo. Me pregunté qué pensaría Abigail si supiera que estuvo a punto de ser
una de esas chicas vendidas y prostituidas por quien decía amarla.
Recordaba perfectamente cómo Rowan había amenazado a sus padres y
estaba dispuesto a cumplirlo si no cedían a que él se convirtiera en su
pareja.
En ese momento pude haber intervenido, tomarla para mí, evitarles a sus
padres un destino fatal por el deseo obsesivo de Rowan. A mí no me
interesaba ofrecerle un puesto como mi esposa, ni me importaba lo que la
gente dijera, mucho menos sus padres; simplemente la habría tomado y ya.
Le habría mostrado mi verdadera cara y todo estaría resuelto. Sin embargo,
no lo hice porque los negocios estaban por encima de mi obsesión. Abigail
aún no podía controlarme en ese sentido. Claro, eso fue antes de que
decidiera llevarla a mi cama y descubrir que no era insignificante para mí.
Pero cuando me di cuenta, Rowan ya se había encaprichado con ella.
Sentía cierta lástima por Abigail, por su incredulidad, por creer que era
dueña de su vida cuando Rowan la había manejado siempre. Por eso podía
meterme entre sus piernas sin problemas, conocía los alcances de Rowan;
cualquier otro sujeto estaría muerto antes de tocarla.
Podrían pensar que era una mierda de persona, y no los contradigo,
porque lo era.
Aquí no había héroes, solo villanos; unos más enfermos que otros.
—Eres mi mejor amigo —retomó la palabra segundos después—, debes
ayudarme.
—Ya lo estoy haciendo, pero es la última vez. Soy un hijo de puta,
Rowan, pero toda esa porquería me produce asco, y si no te mato, es porque
tienes la suerte de que seamos amigos.
—Las encontré —intervino París.
Nos acercamos hacia los monitores que mostraban lo que queríamos ver.
Señaló uno donde se veía a las tres chicas refugiándose en una granja,
acompañadas por dos sujetos. Rowan emitió un sonido de enojo.
—Los conozco, eran nuevos —musitó con rabia—. Los voy a matar.
—Ahora sabes dónde están. Ve y hazte cargo.
—No puedo mandar a la policía a matarlos —me miró fijamente—,
debes ir conmigo.
Exhalé hondo. No quería mancharme las manos con sangre inocente. No
es que no lo hubiera hecho antes, pero hoy no estaba de ánimos.
—Inmiscuir a más gente es peligroso, lo sabes, Kylian —prosiguió ante
mi silencio y mi mueca de fastidio.
—Andando —dije, resignado.
Tres chicas y dos idiotas no serían un trabajo difícil; se lo dejaría a él. No
mataría a nadie esta noche.
—Borra las cintas —ordené a París—, todo.
Asintió y se hizo cargo. Las grabaciones del edificio de Abigail y de su
departamento fueron eliminadas. Ella ni siquiera sospechaba que su novio
había colocado cámaras en todas partes. Su privacidad no existía. Por un
instante, la tentación de decirle todo se volvió poderosa, pero la deseché de
inmediato. No era asunto mío.
Entramos a la sala de armas, la misma que yo había construido y
equipado con lo mejor. Las balas no podían rastrearse, por eso nuestros
trabajos siempre eran limpios e impecables. Rowan creía que yo necesitaba
de él, cuando en realidad era él quien dependía de mí, perdido sin mi
conocimiento y apoyo.
Cogí una pistola de doce tiros; Rowan tomó dos con idéntico cargador.
Con cinco balas sería suficiente, pero no confiaba plenamente en él.
Metí un arma en la espalda y otra en la cintura, con un silenciador en el
bolsillo. Atravesamos los pasillos de Eros; la música se escuchaba lejana.
Miré sobre mi hombro hacia el pasillo que conducía a la pista, consciente
de que Abigail estaba allí, esperándome.
Otra noche será, bestia.
Abby
Cuatro días sin saber de Kylian.
Debería sentir alivio por su repentina desaparición y por el plantón que
me dio en Eros el domingo, pero sucedía todo lo contrario.
No dejaba de pensar en él, en dónde se encontraba, por qué se había ido
así. Lo peor era que no había forma de averiguarlo. No tenía su número, ni
podía pedírselo a Rowan, y preguntar tampoco era opción. Por Dios, ni
siquiera debería pensar en maneras de encontrarlo. Sin embargo, allí estaba,
dándole vueltas al asunto y riñéndome por actuar de esa forma cuando
Rowan estaba a mi lado.
Esto se estaba saliendo de control, y me asustaba.
Kylian me había dado algo que yo no sabía que buscaba, sexualmente
hablando. Su dominio sobre mi cuerpo y la rudeza de su trato solo me
hacían apretar las piernas, dejándome deseosa de repetir la experiencia en
mi habitación. Quería sus manos golpeando cada superficie de mi cuerpo,
quería que me estrujara sin temor a lastimarme, su boca llenándome de
saliva y el maldito cinturón en mi cuello.
Soy una pecadora. Mamá tenía razón, voy a irme al infierno.
Era inevitable desasirme del apego sexual que sentía hacia ese hombre.
Incluso llegué a pensar que era peor que estar enamorada. Un corazón roto
podría solucionarlo con el tiempo, pero encontrar a alguien como Kylian,
que hiciera todo lo que yo deseaba sin siquiera pedírselo, era imposible. Ir
de cama en cama buscándolo era impensable; mi necesidad solo tenía su
nombre.
—Mi amor, ¿estás bien? —preguntó Rowan. Cada vez me costaba más
decir que sí. El anillo de compromiso parecía pesar más conforme crecía mi
deseo por Kylian.
—Sí, solo es cansancio.
Asintió, poco convencido. Nos encontrábamos en una comida con sus
allegados, un evento aburrido donde se discutía quién tenía más que el otro.
Hasta el momento nadie había hecho un comentario desagradable, lo que
me sorprendió y agradecí. Quise pensar que Rowan había tenido algo que
ver, pero no dejé que la esperanza creciera; preferí no enfrentarme a una
decepción.
—Al fin llegó Kylian —murmuró entre dientes. La sola mención de su
nombre me hacía temblar, y no de miedo.
Dirigí la mirada hacia el demonio en persona. Venía impecable como
siempre, envuelto en un traje gris a la medida que se ajustaba perfectamente
a sus piernas y brazos sin verse apretado. La camisa blanca marcaba la
musculatura que había deseado tocar y que ahora ansiaba probar, mientras
la corbata permanecía recta y firme, mostrando un aire de perfección
calculada.
No venía solo. Del brazo llevaba a la rubia que había visto en la cena con
los colegas de Rowan. Ella era hermosa, alta, recatada, con una elegancia
natural. Lucía un vestido entallado en color marfil que resaltaba su porte y
clase. Los presentes la saludaban con entusiasmo, y parecía absorber ese
reconocimiento, irradiando aún más seguridad y belleza al lado de Kylian.
Al menos, esa era la impresión que me dio.
¿Quién no se sentiría protegida al lado de ese hombre?
Un pensamiento fugaz cruzó mi mente: ¿sería ella su novia y por eso no
volvió a buscarme? La idea me calmó y me molestó al mismo tiempo. Dios.
¿Qué estaba mal conmigo?
—Buenas tardes —saludó Kylian, seguido de su acompañante, que lo
sostenía del brazo con posesividad, sus dedos recorrían sus músculos con
una manicura impecable.
—Corina —dijo Rowan, estrechándole la mano—, un placer verte otra
vez.
—Lo mismo digo, Rowan —respondió, posando su mirada en mí—, no
teníamos el gusto.
—Oh, ella es mi prometida —se jactó Rowan con orgullo—, Abby
Lacroix.
Corina extendió su mano hacia mí. La acepté, dedicándole una sonrisa, o
al menos eso intenté. Me sentía incómoda, pero no menos que nadie;
confiaba en mi belleza y en mi presencia. Todo, sin embargo, giraba en
torno a Kylian.
—Mucho gusto, Abby.
—El gusto es mío, Corina.
Kylian no me miró en ningún momento. Lo ignoré de la misma manera,
y evité participar en su conversación. Hablaban sobre yates, aviones y
propiedades lujosas que no me interesaban.
—Voy por más vino —me excusé. Rowan asintió, comprendiendo que su
tema de conversación me aburría por completo.
Sin mirar a nadie, me dirigí a la barra. No esperaba que los meseros me
llevaran más vino, si me servía era para liberarme del aburrimiento.
—Abby —una voz me detuvo—, hacía mucho que no nos veíamos.
—Hola, Miguel, ¿cómo has estado? —pregunté con algo de alivio al ver
un rostro amigable.
Miguel Vargas había trabajado con Rowan como teniente durante dos
años. Carismático, de origen mexicano, había regresado a su país, pero era
con quien más solía hablar en este tipo de eventos. Rowan no aprobaba
nuestra amistad, pero él no era nadie para decidir con quién podía
conversar. Además, Miguel solo me veía como una buena conocida.
—Evito abrazarte porque tu novio ya me quiere matar con la mirada —
murmuró. Dirigí los ojos hacia Rowan; no parecía contento, pero
continuaba su conversación con Corina.
Mi vista volvió a Kylian y me estremecí al encontrarlo observándome
fijamente. Tensó la mandíbula y parpadeó con enojo antes de girar la cabeza
hacia sus acompañantes.
Ignoré todo a mi alrededor y durante los siguientes diez minutos nos
pusimos al día sobre nuestras vidas. No habíamos podido comunicarnos
antes, nunca me pidió mi número por respeto a Rowan. Esta vez, lo hice
discretamente.
—Así que vas a casarte —comentó, tomando un sorbo de su copa.
—Sí —le mostré el anillo—, no sé cuándo, pero lo haré.
Soltó una risa, y un dejo de tristeza cruzó su mirada.
—Al fin te atrapó.
Negué despacio, dejando que el líquido descendiera por mi garganta.
Busqué a Rowan con la mirada, ya no estaba cerca, ahora conversaba con
otros hombres. Corina estaba sola; no había rastro de Kylian. Quizá se
había ido. La verdad es que no debería importarme, pero aun así lo busqué,
sin éxito.
—¿Buscas a alguien? —preguntó Miguel.
—¿Qué? No —suspiré, entregándole mi copa—, cuídamela, voy al baño.
Sin esperar respuesta, me dirigí al interior de la casa. Allí solo había
meseros y gente moviéndose con bandejas de bocadillos. Subí a la segunda
planta, ya que el baño de abajo estaba ocupado.
Tomé mi tiempo para observar las fotografías de la familia Anderson,
colgadas de pared a pared, mostrando generaciones de descendencia.
Estaban estrechamente vinculados con los Byrne, ambas familias tenían
gran poder en Irlanda.
Seguí por un pasillo tras otro hasta que abrí una puerta, y un brazo rodeó
mi abdomen, empujándome hacia dentro. Solté un grito, pero su mano lo
silenció. Me giré, y allí estaba Kylian. Me había dado un susto tremendo.
¿En qué momento me siguió? Ni siquiera me había percatado de su
presencia; era como un fantasma cuando quería.
—¿Qué mierda te pasa? —acusé, empujándolo, pero no retrocedió; fui
yo quien cedió ante su fuerza—. Me vas a matar de un maldito susto.
—No prestas atención a tu alrededor, eso no es bueno. Cualquiera puede
sorprenderte.
—Discúlpame, pero no estoy acostumbrada a sombras acosadoras —dije,
intentando recuperar el control.
Un atisbo de sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿No? —inquirió, como si supiera que tuve una sombra detrás de mí y
dejó de seguirme desde que él apareció, quizá la asustaba tanto como a mí
—. Deberías.
Me empujó contra el frío mármol. Su pecho presionaba el mío mientras
su cuerpo me envolvía. Sentía su calor y su perfume fundirse con mi piel
acalorada.
—¿Qué hacías hablando con Vargas? —Sus ojos destilaban algo oscuro
mientras se posaban en el collar que colgaba de mi cuello: una mariposa
con diamantes rosas que Rowan me había dado hace unos días.
Agarró la cadena entre sus dedos; el roce sobre mi pecho envió un
estremecimiento hasta la unión de mis piernas. Una sensación simple, pero
desestabilizante.
—Somos amigos.
Su palma se apoyó encima de mis senos. Inhalé profundo. Bajé la vista a
sus vigorosos dedos, y enseguida los imaginé envueltos en mi cuello,
agarrando mi cabello, azotando mi culo y mi cara. Tragué grueso. El calor
se expandió en mi sexo y la necesidad de sentirlo fue casi insoportable.
—¿Por qué no fuiste a Eros? —pregunté, lo que quise saber desde esa
noche.
—Da la vuelta —ordenó, serio, ignorando mi pregunta.
—Kylian…
—Da la maldita vuelta. No tengo todo el día.
Me rehusé. Me miró exasperado y, tomándome por las caderas, me puso
de espaldas contra él. Enredó los dedos en mi cabello, soltando el moño
francés que había hecho, y con la rodilla separó mis piernas. Lentamente,
levantó la tela del vestido e hizo que cada segundo se sintiera como una
eternidad.
—Estás loco —susurré, agitada y con lo poco de autocontrol que me
quedaba—. Detente, cualquiera puede venir.
—Que vengan.
Hundió los dedos entre mis piernas, tocó por encima de mis bragas antes
de retirarlas con fuerza, dejando una línea ardiente en mi piel. Yo me quedé
quieta mientras procesaba lo que sucedía, quería descifrar el motivo por el
cual estaba inmóvil, callada y sin luchar contra sus órdenes.
¿Qué me pasaba?
Cada vez lo odiaba más. Odiaba la tentación en la que se había
convertido él; ese sentimiento no desaparecía, permanecía adherido a mí, al
igual que la indecisión sobre lo que debía o quería hacer. Por supuesto, con
Kylian siempre ganaba esto último. Perdí esa batalla desde la primera vez
que me tocó. Y sabía que no sería la última; vendrían más encuentros, más
de esto, y no habría forma de detenerlo.
Su mano se aferró a mi garganta mientras me observaba a través del
espejo. Tenía esa mirada hambrienta y peligrosa que me deshacía en
pedazos y me hacía arrodillarme ante él, dispuesta a cumplir cualquier
orden.
Aumentó su agarre y giró mi rostro hacia un lado, aplastando mis labios
con los suyos con posesión masculina. Jadeé mientras su lengua se abría
paso en mi boca, y al mismo tiempo arrastraba sus dedos al interior de mis
muslos, separados con lascivia por su rodilla. Con el pulgar, frotó mi
clítoris con precisión y me robó el aliento.
—Siempre estás empapada. —Mordió mi labio inferior, chupando mi
lengua—. Haremos esto rápido, no tengo tiempo, pero te prometo que te
compensaré. —Lamió mi lóbulo y luego mi cuello—. Ahora sé buena y
guarda silencio.
—No voy a poder —gemí—, nos atraparán.
—No lo harán, solo quédate callada.
Maldita sea. Ese era el problema.
Movió su mano hacia su entrepierna, maniobró con el cinturón, el botón
y el cierre. En segundos, sentí la punta de su pene deslizarse hacia mi
vagina. Me aferré al lavabo mientras sus dedos profundizaban su agarre en
mi piel. El contacto me dejaba sin aliento y aumentaba mi excitación de
forma brutal. Cada empuje de sus caderas contra mi trasero me atravesaba
hasta el fondo de mi vagina, y mi mente dejó de pensar en la posibilidad de
interrupciones. Solo existía él y la intensidad de cada movimiento.
No podía apartar la vista de su figura. Era casi irreal, perfecto incluso
mientras me poseía. Su mandíbula se tensó, las venas de sus manos se
pronunciaron sobre la piel y el tatuaje con el número siete entre el pulgar y
el índice que siempre mi llamó mi atención.
—Puedo compartirte con Rowan —susurró cerca de mi oído—, pero con
nadie más.
Un temblor recorrió mi cuerpo, y el ardor en mi vientre se intensificó
mientras su pene encontraba los lugares exactos para hacerme perder la
cabeza.
—Mírame —exigió—. Observa quién es tu dueño ahora, Abigail.
Abrí los ojos y me encontré con su mirada dominante, ese gris azulado
profundo, salpicado de sombras en las que me perdía con placer. Sus orbes
gritaban algo que no interpreté, pero me provocó escalofríos. Tiró de mi
cabeza hacia atrás, apoyó la nuca en su hombro, y me presionó contra él
mientras embestía con descontrol. El orgasmo me alcanzó y retuve su ritmo
dentro de mí todo lo que pude, mientras Kylian gruñía y se vaciaba en mi
interior, otra vez.
Soltó su agarre en mi cuello y me desplomé hacia adelante, apoyando las
palmas sobre el lavabo, aturdida por la intensidad del encuentro. Me
observaba desde arriba; su camisa apenas se movió y el cabello revuelto era
lo único que delataba lo que acababa de suceder.
Cogió un par de toallas y limpió entre mis piernas, algo que Rowan
jamás había hecho. Durante todo el proceso, no apartó la vista de mí, y una
sensación de miedo se mezcló con deseo ante la autoridad y advertencia que
emanaban de sus ojos claros. Movía la tela con precisión hasta no dejar
rastro alguno.
—No comprometas a tus amigos, Abigail —dijo serio mientras
acomodaba los pantalones después de limpiarse.
—¿Qué? —pregunté.
Acarició mi mejilla con delicadeza, como siempre, y elevó una comisura
en una mueca siniestra.
—No digas que no te lo advertí —susurró antes de marcharse.
Capítulo 17
Abby
No era capaz de dar un paso fuera del baño.
Mis piernas aún temblaban, mi cabello lucía despeinado y el rojo de mis
mejillas no desaparecía. La marca de los dedos de Kylian en mi cuello se
atenuaba lentamente, pero todavía estaba allí. Me rocé la piel y aparté la
mirada del espejo, posando los ojos en mis dedos aferrados al borde del
lavabo. Quise llorar de frustración.
Todo se me había salido de las manos y no sabía cómo resolverlo.
No quería seguir engañando a Rowan. Él no lo merecía; era un buen
hombre, casi el novio perfecto. Lo que le estaba haciendo… Dios, nadie
debería pasar por algo así. Yo no debía prolongar esta mentira; debía
encontrar la forma de terminar con él. No porque pensara en tener algo con
Kylian, eso no sucedería ni en un millón de años. Era simplemente
incorrecto seguir mintiéndole; lo amaba, lo quería, y por ese amor, lo mejor
sería dejarlo ir.
Contraje los dedos de las manos con fuerza.
Decirle que lo dejaba por haberle sido infiel sería lo más honesto. Sin
embargo, Rowan no descansaría hasta escuchar mi confesión, y abrir esa
herida no estaba entre mis planes. Tampoco quería destruir la amistad que
mantenía con Kylian. Asumir la culpa por completo parecía la única opción;
debía prepararme para afrontar las consecuencias sola. Sabía que mi vida se
arruinaría y que lo más probable era que tuviera que mudarme, quizá a otra
ciudad, otro país, un continente lejano.
—Abby —escuché su voz al otro lado de la puerta, y pegué un salto—.
¿Estás bien? Has tardado demasiado.
—Sí —carraspeé—, en un momento salgo.
Acomodé los mechones de mi cabello, alisé el vestido y eliminé las
pocas arrugas que quedaban. No terminé de abrir la puerta cuando Rowan
ya estaba frente a mí, evaluando mi apariencia con una mezcla de confusión
y preocupación. Me paralicé. No estaba segura de que los signos de lo
ocurrido se hubieran ido del todo, pero el olor que solía permanecer tras el
sexo parecía haber desaparecido.
—¿Estás bien, amor? —preguntó serio, cerrando la puerta tras de sí y
posando sus manos sobre mis mejillas. Su caricia era dulce, pero su mirada
buscaba respuestas que yo no podía darle—. Abby, ¿qué está pasando? Te
noto extraña desde hace días.
Un nudo se formó en mi garganta. Tragué con esfuerzo, empujando las
palabras hacia afuera.
—Rowan —musité, agobiada.
Debes decírselo, Abby, es lo justo.
—Rowan, yo… —mordí mi mejilla interna, dudando—, yo…
—Puedes decirme lo que sea, mi amor —insistió, obligándome a mirarlo
—. Confía en mí como yo confío en ti.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Él confiaba en mí y yo lo había
defraudado con su mejor amigo. Me sentí una golfa cualquiera, ni
pidiéndole perdón de rodillas podría ser merecedora de su amor.
—No quiero casarme, Rowan —solté de golpe. La dulzura en su rostro
se convirtió en hielo y su agarre sobre mi piel se tensó—. No quiero…
—Calla —interrumpió—. Pensé que ya habíamos hablado de esto, Abby
—susurró con pesar—. Te daré tiempo para acabar tu carrera y hacer lo que
necesites; después nos casaremos, linda. ¿Qué parte de eso no entiendes?
—Es que no quiero casarme —ni seguir siendo tu novia—, quiero
terminar esto —dije, señalándonos a ambos.
Su agarre se relajó apenas, pero no retrocedió ni un centímetro. Lloraba
sin poder contenerme, ni siquiera advertí cuándo mis lágrimas empaparon
mi rostro. Romperle el corazón jamás estuvo en mis planes. Rowan era el
hombre con quien pensé en algún momento compartir mi vida, antes de que
Kylian apareciera y me mostrara que lo que sentía por Rowan no era
suficiente, que solo me engañaba para cumplir expectativas ajenas.
Siempre creí que el primer amor sería el permanente, el de “felices para
siempre” de los cuentos. Había encontrado a mi príncipe azul: me traía
flores, me hacía el amor con delicadeza, me respetaba y protegía.
No contemplé que llegaría un villano a hacerme arder en el fuego de la
pasión y la lujuria, de lo prohibido y lo peligroso. Me mostró los juegos que
se escondían en la oscuridad que él gobernaba, y caí seducida por el pecado
que encarnaba. Sus caricias no me lastimaban; me hacían sentir viva como
nunca. El monstruo que encadené se liberaba gracias a su prohibida
oscuridad.
—Quieres terminar, ¿qué cosa, Abby? —realizó la pregunta despacio,
dándome tiempo para retractarme.
Arrastré las lágrimas con las yemas de los dedos.
—¡Contéstame! —gritó, haciéndome sentir diminuta.
Pareció hallar la respuesta en sus pensamientos, y la sorpresa se dibujó
en su rostro. Achicó los ojos y me observó fijo, y un miedo profundo se
apoderó de mí.
—Fue Vargas, ¿no? —La acusación me dejó muda—. Te vi hablando con
él, ¿qué te dijo? ¿Otra vez se declaró?
Me agarró de los hombros con fuerza y me empujó contra el lavabo, su
rostro reflejaba furia.
—¿No quieres casarte conmigo por él? ¿Te gusta? ¡Respóndeme!
—¡No! Miguel no tiene nada que ver en mi decisión, Rowan.
—Miguel —siseó—, lo llamas por su nombre.
—Es mi amigo.
—¡Te quiere follar! Como todos los imbéciles que te rodean —rugió—.
Pero me encargaré de que no vuelva a interferir entre nosotros.
—¿De qué hablas?
Me agarró de la nuca con demasiada fuerza. Sentí dolor y me quejé, pero
Rowan estaba demasiado absorto en su enojo.
—Te amo, Abby. Sé que tú también me amas. Estás confundida —afirmó
—. Mañana lo pensarás mejor.
—Rowan, escúchame…
—No, mi amor. Dejemos ese tema. No lo acepto ni lo aceptaré nunca —
aseveró tajante—. Serás mi esposa porque nos amamos y ambos queremos
eso.
La conmoción me dejaba sin palabras. Su seguridad me paralizó; esto no
podía ser peor.
—Estás muy mal, Rowan —señalé lo obvio.
Le di la espalda y salí del baño apresurada, sin darle tiempo para
detenerme. Avancé por el pasillo con rapidez, sintiendo que él me seguía,
llamándome. Llegué a la planta baja y vi a Kylian con otro hombre que no
reconocí. Nos cruzamos con la mirada por un instante antes de que Rowan
me cogiera del brazo, impidiendo que me alejara.
—Abby, por favor, joder —susurró entre dientes—. ¿Qué crees que
haces?
—Quiero irme y no lo haré contigo —respondí—. Suéltame.
—No hemos terminado de hablar, maldita sea.
—Lo hemos hecho. Detente de una vez —rogué, angustiada.
—Estás confundida. Todo esto puede ser demasiado y te abruma. Son
cambios, sí, pero son buenos, mi amor —persistió, cogiendo mi rostro con
fuerza, visiblemente tenso y desesperado por convencerme.
—Basta —supliqué, tratando de contener las lágrimas y evitar un
espectáculo—. Deja de insistir, te lo suplico.
No tenía idea de que lo mejor era dejarme ir. No merecía estar a su lado;
yo era infiel y desleal. Rowan era demasiado para mí.
—Déjame, Rowan —pedí, forcejeando discretamente. Él hundió los
dedos más profundo en mi brazo—. Me haces daño.
—No te voy a soltar. —Me atrajo hacia su cuerpo—. Entiéndelo de una
vez.
—Le estás haciendo daño —dijo Kylian detrás de mí—. Suéltala de una
puta vez.
Su agarre cedió, y aproveché para escabullirme. No me detuve a
escuchar más; no quería verlos, quizá nunca más.
Kylian
No pasó por mi cabeza que Abigail fuera capaz de terminar con Rowan.
Me fie de sus sentimientos hacia él; después de todo, conmigo solo era
sexo que no llegaría a nada más. Con Rowan tenía estabilidad y amor,
alguien dispuesto a todo por ella. Ninguna mujer que yo conociera dejaría ir
a Rowan y todo lo que representaba. Sin embargo, Abigail no era como las
demás. Me pregunté cuánto la afectaban nuestros encuentros. Bueno, con lo
que acababa de pasar, ya tenía la respuesta. Aunque esperaba que su
discusión solo se debiera al sujeto con el que ella había estado hablando.
A Rowan no le gustó en lo absoluto que estuvieran juntos, y a mí
tampoco. Pero no es como si me preocupara mucho que mi amigo no
tuviera más cuernos en su estúpida frente.
Me prometí no intervenir cuando vi a Abigail corriendo lejos de Rowan.
Me esforcé por no inmiscuirme en sus problemas, pero cuando lo vi
lastimándola, fue demasiado tarde para detenerme. Sus dedos le hacían
daño y ella, obstinadamente, no se rebelaba, aunque soportaba el agarre con
un estoicismo desesperante. Joder.
Si él seguía presionando, le cortaría la garganta al hijo de puta por posar
las manos donde no debía.
Le tenía aprecio por todos estos años, pero yo no era alguien estable
cuando de sentimientos y lealtad se trataba. Mi moral siempre estuvo
distorsionada, y eso me hizo ganarme el odio y el juicio de otros; algo que
jamás me quitó el sueño.
—¿Qué coño te pasa? —Empujé su hombro, sosteniéndolo con fuerza,
reprimiendo el impulso de romperle la cara. No sabía de dónde demonios
salía tanta rabia.
—Quiere dejarme —gruñó—. Todo por el imbécil de Vargas, ve a saber
qué mierda le dijo.
Froté el puente de mi nariz, exasperado por su estupidez.
No, no es por él, es por mí, que aún llevo sus bragas en el bolsillo del
pantalón.
—No debes perder el control —susurré—. La estabas lastimando. ¿Crees
que así vas a hacerla cambiar de opinión? Sé que eres imbécil, pero
disimula un poco.
—Idiota —gruñó—. No puedo contenerme, no con ella. La amo y no voy
a perderla.
—Lo harás si sigues presionándola.
Se pasó las manos por el cabello y respiró hondo, esforzándose por
calmarse.
—¿Puedes buscarla?
Maldita sea, Rowan. Al menos haz que esto sea un poco más difícil.
—Déjala ir. No es buena idea que sigas asfixiándola —aconsejé. No iba a
ir detrás de ella. Si lo hacía, no me limitaría a hablarle; terminaría
follándomela de nuevo.
—Se fue sola, Kylian.
—Estará bien.
Intentó soltarse y salir, pero aumenté la fuerza en su hombro,
impidiéndole hacer una estupidez. Abigail no debía romper el compromiso
con Rowan, y si este imbécil iba a buscarla, solo empeoraría las cosas.
Aunque, en realidad, no estaba seguro si le hacía un favor o la condenaba
todavía más.
—Si no me dejas ir a verla, al menos hazlo tú.
Cada vez me daban más ganas de meterle un puño en la garganta. Su
papel de novio abnegado y desesperado no funcionaba conmigo. Conocía a
Rowan mejor que nadie, podía comprobar las cámaras desde su celular,
asegurarse de que Abigail estaba a salvo y corroborar que no veía a nadie.
El cabrón la controlaba en todos los aspectos, pero tenía un problema serio
con los celos.
—No voy a dejar a Corina sola por ir detrás de tu cría rebelde —espeté
con mal humor—. Ya hablarás con ella mañana. Déjalo estar, Rowan, lo
digo en serio.
—Bien —bufó—. La buscaré mañana.
Se me quedó mirando. Retiré la mano y acomodé el saco.
—Gracias. Si no fuera por ti, habría cometido otra tontería.
Asentí, me dio un apretón en el hombro y salió rumbo a lo que quedaba
de la reunión. Suspiré. A veces me cuestionaba si fue buena idea seguir
follándome a Abigail. Me gustaba lo complicado, pero también me aburría.
Detestaba los dramas, y era justamente eso lo que Rowan y ella me estaban
dando. Por mucho placer que me produjera tenerla, lo más sensato sería
cortar con esto.
—¿Todo bien con el general? —preguntó Corina con voz burlona, sus
dedos apretaban mi brazo.
—Sí —mascullé, mientras mi buen humor se desvanecía.
—Entonces, ¿retomamos lo que tenemos pendiente? —Rozó mi pecho
con sus uñas perfectamente cuidadas.
—Por supuesto. Los negocios no esperan.
Capítulo 18
Rowan
Abby estaba con Cormac, el único amigo al que le permitía acercarse.
El tipo había pasado todo el día en casa de Abby, la consoló, le preparó la
comida y la cuidó. Solo por eso lo toleraba. Aunque no podía escuchar lo
que decían, me bastaba con verla. Puse las cámaras para protegerla y, en
parte, para controlar quién entraba a su casa. No iba a permitir que nadie se
acercara a ella, aunque Abby solo había tenido ojos para mí desde que nos
hicimos novios. Los demás la miraban como perros detrás de su presa, y eso
me molestaba. Ella era demasiado noble e ingenua, brindaba su amistad a
cualquiera y no percibía las segundas intenciones; pero yo estaba allí para
protegerla.
Seguía dándole vueltas a lo ocurrido en la reunión. Quería descubrir
quién le metió en la cabeza la idea de dejarme. Fue tan repentino que me
tomó por sorpresa. De todo lo que podría haber pensado que le ocurría, esto
jamás pasó por mi mente. Hacía días estábamos bien, y de pronto ella
quería terminar conmigo. No tenía sentido alguno. Sí noté pequeños
cambios en Abby, pero los asocié a sus hormonas o a su periodo. Qué
mierda sabía yo. Cualquier cosa, menos esto.
No podía imaginar una vida sin ella. La amaba con locura. No me
interesaba nadie más, solo Abby. Ella me tenía por completo, en todos los
sentidos, y sabía que a veces le fallé al no darle su lugar. Sin embargo, era
algo que ya había resuelto; todo lo hacía para mantenerla feliz a mi lado. Y
ahora, cuando creí que estábamos mejor que nunca, aparecía esto.
No. No había lógica.
Abby no veía a nadie más que Cormac, y el chico nunca dio problemas.
En Eros tampoco había nadie; Kylian me lo habría dicho. Todo señalaba a
Vargas. Ese imbécil había estado enamorado de ella y me lo confesó de
frente. Hijo de puta. Debí matarlo hace mucho y no permitir que huyera
como la rata que era.
—Le diste el collar de la chica que mataste —murmuró Kylian, y
parpadeé enfocándolo a través del humo del cigarro. El cabrón fumaba cada
vez que algo salía a su favor.
—Era demasiado bonito como para tirarlo —me excusé. La mariposa de
diamantes que usó Abby en la fiesta, la arranqué del cuello de la puta que
escapó y de la que tuve que hacerme cargo.
Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—Me pregunto si eres consciente de lo mal que estás de la cabeza.
—Solo es un maldito collar, Kylian. Además, Abby lo luce mejor que esa
puta.
Chasqueó la lengua y se reclinó sobre la silla. Nos encontrábamos en
Eros mientras su gente realizaba el trabajo sucio que yo necesitaba. Seguía
debiéndole cada día más, pero no me importaba; por Abby sería capaz de
vender mi alma.
De pronto, el teléfono de Kylian vibró. La pantalla se iluminó y él lo
tomó para ver lo que acababa de llegar. Efectuó una mueca y lanzó el
iPhone en mi dirección.
—Ya está hecho —dijo con sencillez.
Cogí el aparato y confirmé que lo que pedí ya estaba listo. Le habían
enviado el video de la muerte de Vargas, todo un montaje; lo hicieron pasar
por un asalto. Vi claramente cómo ingresaban a su casa, rompían todo lo
que encontraban y se llevaban objetos de valor mientras arrastraban a
Vargas hasta la sala. Sin remordimientos, los encapuchados le rebanaban la
garganta de un tajo y luego le disparaban en la cabeza. Sonreí al ver la
sangre expandirse bajo su cuerpo inmóvil. Sentí una satisfacción intensa.
—Eres un puto psicópata —acusó Kylian.
Encogí los hombros y le devolví el móvil.
—¿Y tú qué eres entonces? —repliqué y me puse de pie.
—Un cabrón que no se esconde detrás de un uniforme. —Reí.
—Somos caras diferentes de la misma moneda, mi querido amigo —
aseguré y me dirigí a la puerta—. Cuando te enamores, lo comprenderás.
—Yo nunca mataría por el coño de una cría. —No disimulé la risa.
—Cuidado, amigo. La vida puede ser una hija de puta.
—Ya me lo dirás —masculló mientras terminaba el cigarro. Negué con la
cabeza.
—Iré a ver a mi chica. Me muero por hacerle el amor. —Una mueca de
fastidio surcó su rostro.
—Suenas como un marica.
—Cuando te enamores…
—Vuelve a decirlo y te pondré la lengua de corbata.
Solté una carcajada y salí, consciente de que sería capaz de hacerlo sin
importar nuestra amistad, porque si de locos hablábamos, Kylian era peor
que yo.
Abby
No había dejado de llorar.
No asistí a la universidad. Me sentía mal por todo; no podía soportar la
vergüenza ni la culpa. Rowan creía que había hecho algo mal, cuando en
realidad fui yo quien arruinó todo. Tenía miedo de enfrentarlo, de verlo
suplicar, porque no sería capaz de lidiar con eso. Si alguien debía suplicar,
esa debía ser yo.
Quería que facilitara las cosas, que me dejara ir de una vez por todas. No
podía decirle que lo engañé, pero sí podía detener la burla hacia su persona.
Él no se merecía seguir engañado. Si a Kylian no le importaba, eso me daba
igual. No era mi responsabilidad hacerle ver lo mal que todo había estado.
Kylian no era un niño; era una persona adulta y estaba consciente de todo.
—Baby, te vas a secar con tanto llanto —susurró Mac, acariciándome la
espalda mientras me abrazaba.
—Perdí todo, Mac. Perdí mi trabajo y a mi novio, y cuando todos se
enteren, tendré que huir de aquí.
—No tiene por qué ser así. Rowan te ama, no te dañaría.
—A menos que sepa lo que hice —musité, con el corazón encogido.
—No lo sabrá porque nadie se lo dirá.
—Tengo miedo de lo que pueda pasar.
—No será nada grave. Rowan deberá afrontar la ruptura; no puede
obligarte. —Suspiró—. Sabes que nunca estuve de acuerdo con su relación,
Abby. Te lleva diez años —recordó en voz baja.
—Kylian seguro me lleva más —solté, sonando a llanto.
—Bueno, al menos ahora tienes veinte y no diecisiete. Discúlpame, pero
Rowan parecía un pedófilo.
—Ya no quiero hablar de eso —lo interrumpí—. Viniste a hacerme sentir
mejor.
Me tomó de la cara y limpió mis lágrimas. Lo miré fijamente. Siempre
me había gustado su piel oscura, tan bonita y libre de imperfecciones. Él la
cuidaba demasiado, pero incluso si no lo hiciera, seguiría siendo perfecta.
—¿Y si salimos esta noche? Hay un Pub muy bueno. Fui la semana
pasada.
—¿Sin mí? —Hice un mohín.
—Eres una cínica —acusó—. ¿Cómo te voy a llevar si te la vives en
Eros y con la cabeza metida en los libros de la universidad? Deberías decir
que sí para compensarme por todo el tiempo que me has dejado de lado por
las fiestas de personas estiradas.
—¿Personas estiradas?
—Sí, de esas que parecen tener un palo atravesado en el culo. Ya sabes.
Una carcajada brotó de mi boca. Me reí a pesar de la cara húmeda y el
corazón herido. Mac tenía ese efecto en mí. Era mi hermano, mi alma
gemela en amistad. Lo amaba profundamente y no sabía qué haría sin él.
—Así te quiero ver. —Me acarició la mejilla—. Por favor, deja de pensar
tanto, baby; te saldrán arrugas.
—Entonces no te vayas.
—Ja, de aquí me sacan, pero muerto.
Mi risa se apagó cuando alguien golpeó la puerta. Ambos giramos la
mirada hacia ella. Mac se puso de pie y yo me acomodé sobre el sofá
mientras veía a Rowan entrar al departamento. Nos cruzamos la mirada por
un instante y de nuevo mi chispa se extinguió.
—Abby, ¿podemos hablar? —preguntó. Mac no le permitía acercarse del
todo.
—Está bien —accedí, dándole luz verde a mi amigo, quien a veces se
mostraba demasiado protector.
—Iré al súper por unas cosas y vuelvo. —Me guiñó un ojo, haciéndome
saber que estaría cerca y no tardaría mucho—. Llevaré el móvil.
—Sí —susurré y lo vi salir.
Rowan se acercó con cautela y, con un gesto de mi mano, lo invité a
sentarse en el lugar que Mac había ocupado. Él vestía el uniforme del
trabajo y mostraba ojeras bajo los ojos, prueba de que no había dormido
bien.
—¿Cómo estás hoy, cariño? —preguntó con vacilación. Me sentí
incómoda de inmediato.
—Mejor —respondí de forma cortante.
Carraspeó y entrelazó los dedos, apoyando las manos sobre sus rodillas.
—Ayer me puse mal y te pido perdón por eso. No debí reaccionar así; es
solo que… la idea de perderte me aterra, Abby —susurró cabizbajo. Me
esforcé por no llorar—. Sé que en ocasiones te he impuesto cosas y lo
lamento. A veces soy muy mandón. —Su sonrisa buscaba aliviar la tensión.
—Lo sé, siempre me regañas —sonreí débilmente. Me miró con ternura.
—Solo quiero cuidarte. —Estiró el brazo y tomó mi mano—. Si
necesitas tiempo, te lo daré; no te presionaré. Te amo demasiado y haré que
esto funcione.
Agaché la cabeza, frustrada por sus palabras y por la firmeza de su
postura. No me era fácil enfrentar la situación; deseaba que me gritara, que
me odiara, no que me comprendiera. Quizá debería decirle toda la verdad y,
aunque rompiera su corazón, al menos no habría más mentiras tejiéndose a
su alrededor.
—Rowan…
—No, cariño —me silenció—. No tienes que decirme nada, ¿de acuerdo?
Tómate unos días para ti, descansa, sal con Mac, ve a Eros —formó una
mueca—, aunque no me guste demasiado, haz lo que necesites para
despejar la mente.
No tenía nada que despejar.
—Te veré el próximo viernes, debo salir de Irlanda en unas horas.
—¿Por qué? —pregunté, intrigada.
—Trabajo, mi amor. No hay nada de qué preocuparse. Este tiempo
separados nos vendrá bien; así podrás extrañarme. —Se inclinó hacia mi
rostro—. Y cuando regrese, todo será como antes.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, unió sus labios a los míos.
Jadeé por la sorpresa, reticente ante el contacto delicado de sus labios. Su
toque acariciaba mi rostro, recorría mi labio inferior y, poco a poco, se
extendía sobre mí.
—Te voy a echar tanto de menos. —Descendió sus besos hacia mi
cuello. Apreté los ojos, intentando sentir algo—. Pensaré en ti siempre.
Sus manos se deslizaron sobre mis senos. No quería que continuara, pero
no encontré fuerzas para detenerlo. Gemí, aunque no de placer; sin
embargo, Rowan lo interpretó como tal. Alzó mi top y presionó su boca
contra mis pechos, situándose entre mis piernas.
—Rowan, para, Mac puede venir.
—No lo hará, entiende que necesitamos tiempo a solas.
Lamió mis pezones y una oleada de placer recorrió mi cuerpo. Por más
que mi mente gritaba que no, mi piel respondía. No podía disfrutar, aunque
mi entrepierna se humedeciera ante el estímulo en mis pechos.
No me moví cuando bajó los pantalones. Manteniendo la mirada en el
techo, las lágrimas se acumulaban en las comisuras de mis ojos. Entonces
sentí su miembro rozar mi vagina una vez antes de que el teléfono sonara en
su bolsillo. El alivio me embargó.
—Mierda —siseó, erguido mientras bajaba rápidamente el top—. ¿Qué
pasa? Estoy ocupado.
Se quedó en silencio unos segundos, sin saber quién estaba al otro lado.
Realmente agradecí la interrupción.
—¿No puede esperar? —Maldijo por lo bajo, subiendo los pantalones—.
Bien, bien, voy para allá. Joder, Kylian.
Finalizó la llamada, y por esta ocasión lo odié un poco menos.
—Debo irme, mi amor, pero prometo que terminaremos esto cuando
regrese.
Asentí, contrariada por lo que estuvo a punto de ocurrir. Rowan volvió a
tomar mi rostro entre sus manos. Sus ojos reflejaban la determinación de
continuar con aquello que estaba evitando.
—Te amo.
—Cuídate, Rowan —susurré. Me dio un beso en la frente y lo acompañé
a la puerta.
Se marchó sin decir más. Cerré la puerta y recosté la espalda contra la
madera, suspirando.
—Gracias, Kylian —musité, con la mirada perdida en el cielo.
Capítulo 19
Kylian
Rara vez me contradecía respecto a mis pensamientos y palabras. Con
Abigail, sin embargo, descubrí lo contradictorio que podía ser.
Me repetí hasta el cansancio que no volvería a acostarme con ella y lo
hice. Me prometí no interferir en sus estúpidas peleas y no cumplí. Decidí
alejarme para evitar todo este maldito drama y fracasé, porque seguía
observándola a través de las cámaras y, entre más la veía, más ganas tenía
de tenerla entre mis brazos.
Había severos problemas en mi cabeza, porque me parecía más bonita
cuando lloraba.
Veía sus lágrimas y deseaba probarlas; iba a causarle dolor al poseerla,
tanto hasta hacerla llorar solo para saborear esa agua salada mientras me
tenía hundido en ella.
Dejarla resultaba imposible. Había tantas cosas que aún quería
experimentar con ella. Existía una atracción insana e irresistible; Abigail me
atraía porque compartía mi locura. Llevaba un monstruo dentro que se
liberaba cuando movía las caderas al ritmo de la música en Eros. Permitía
que el pecado y la perversión se fusionaran con su piel inmaculada; ella lo
representaba a la perfección.
Abigail atraía lo peligroso, la agresión y la lujuria de cualquier hombre o
mujer, igual que yo.
Me pasé las manos por la cara mientras mantenía la mirada fija en el
monitor donde la veía hablar con su amigo. Espiarla era una imprudencia,
lo sabía, pero sentía un morbo irresistible. Por un instante comprendí a
Rowan con su necesidad de no perderse ningún paso de Abigail. Ambos
éramos unos cabrones; en eso no había discusión.
Presté atención cuando Rowan llegó al departamento. La expresión de
Abigail revelaba su desagrado. Gracias a la alta calidad de las cámaras
podía estudiar cada facción con detalle, aunque no escuchaba ni una
palabra; debía guiarme por sus gestos y el movimiento de sus labios.
Instalar micrófonos no habría sido complicado, pero aun así no lo hice,
aferrándome a la ilusión de conservar un raciocinio que a veces dudaba
tener.
Seguramente debí apagar el monitor cuando comenzaron a hablar, pero,
como un curioso impertinente, me quedé observando. Rowan era quien más
controlaba la situación, mientras Abigail parecía un gato asustado,
obediente y contenida, escondiendo su monstruo sin permitirle salir.
Me irritaba. Quería que se liberara, provocarla hasta que fuera la misma
chica que me pidió que la abofeteara y ahorcara más fuerte con mi cinturón.
Verla sumisa frente a Rowan solo incrementaba el deseo de ver surgir de
nuevo su lado salvaje y, a la vez, alimentaba mis ganas de cortarle la
garganta al imbécil que chupaba sus tetas como un puto cerdo hambriento.
Joder. Quería apartar la vista, pero no pude.
Conmigo, Abigail se convertía en un poema al follar, su piel cubierta de
sudor y perfume, sus pechos libres y las caderas sueltas mientras me
montaba, atrevida y sin una pizca de moralidad o vergüenza.
En ese momento, la veía como un alma atrapada, con la mirada fija en el
techo y la resignación pegada a su rostro. Contenía las lágrimas, encerrada
bajo la joven que Rowan quería que fuera, sin mostrar la mujer sucia y
salvaje que tanto me gustaba.
Ella no quiere eso.
Guiado por un impulso, marqué el número de Rowan justo cuando
empujaba su asqueroso miembro dentro de ella. Apacigüé al asesino que
habitaba dentro de mí, mirándolo mal; no entendía de dónde surgían esos
impulsos.
—¿Qué pasa? Estoy en algo —respondió al tercer tono. Mi mandíbula se
tensó y no pude evitar sonreír al ver el alivio en la cara de Abigail.
—Tengo una maldita cita, no te voy a esperar toda la tarde —aseveré.
—¿No puede esperar?
—Claro, a menos que quieras encargarte tú solo de tus asuntos —maldijo
por lo bajo.
—Bien, bien, voy para allá, Joder, Kylian.
Finalicé la llamada y vi con satisfacción cómo el idiota abandonaba el
departamento. Abigail se apoyó contra la puerta y miró hacia la cámara que
capturaba su rostro, sin saberlo. Sonreí ante su gesto de agradecimiento.
—De nada, bestia —susurré, pensativo—. Ya me lo cobraré esta noche.
Abby
El lugar estaba repleto de gente y música.
Mis ojos recorrían cada detalle, desde las cadenas colgando del techo
hasta las bailarinas dentro de jaulas suspendidas sobre nuestras cabezas.
Había mujeres hermosas con poca ropa, en tacones altos que se movían con
libertad pese a estar encerradas; me fascinó su dominio del espacio.
Bailaban con confianza, mostrando la energía y la adrenalina que solo la
libertad proporcionaba. Las envidié. Deseé por un instante ocupar su lugar,
experimentar la emoción de estar suspendida mientras todos me
observaban.
Me imaginé como ellas, con mi alma salvaje y rebelde, pero debía
mantenerme contenida para encajar entre las personas que me rodeaban.
Solo podía ser yo misma en Eros, y junto a Kylian.
Alejé su nombre de mi mente y apreté la mano de Mac mientras
avanzábamos hacia la pista de baile. Habíamos bebido un poco,
introduciendo alcohol en nuestras venas antes de unirnos al tumulto de
cuerpos sudados y calientes que danzaban bajo luces de colores y humo de
cigarrillo; no me molestó nada de esto, pese a que, el ambiente en Eros era
más elegante, suave y discreto, el ruido también me gustaba. Muchas veces
visité estos lugares, luego dejé de hacerlo todo por falta de tiempo, mi
compromiso con Rowan y una voz en la cabeza que me ordenaba no volver
para no ponerme en peligro; justo hoy volvía a oírla, aunque en un tono más
bajo y lejano, sin embargo, eso no me detuvo de decirle que sí a mi amigo.
—Ese tipo te está mirando el culo —gritó Mac sobre la música—. Es
guapo.
—Rowan…
—Rowan ya no es tu novio, joder. Olvídate de él esta noche, baby.
Me giré y lo localicé. Era un hombre alto, aunque no más que Kylian, de
cuerpo fornido, sin exceso de peso y con tatuajes en los brazos que podrían
haber sido hechos en la cárcel. Su mirada era cristalina y lujuriosa; un
peligro, y aun así me atraía.
No entendía por qué sentía impulso de involucrarme con hombres
peligrosos, pero ahí estaba. Sabía controlarme cuando no bebía, aunque
ahora el alcohol atenuaba cualquier prudencia. Si hubiera estado ebria la
primera vez que vi a Kylian, no habría protestado. Y dolía reconocer que lo
que sentía por Rowan no era más que esa atracción por el riesgo. Él era
alguien mayor, prohibido y experimentado.
Quería follar con él, no ser su esposa.
No lo amaba; solo amaba lo que alguna vez representó.
Cedí a todas sus exigencias porque a mis padres les pareció correcto que
comenzara a "sentar cabeza", como si mi edad coincidiera con la de una
mujer madura. Dejé de querer ser como mis amigas, que se consideraban
mala influencia; no me escapé más de casa, no fumé, no bebí ni me metí en
problemas. Ellos estuvieron tranquilos, convencidos de que la Abby rebelde
finalmente hacía lo que debía. Rowan fue mi salvavidas, la garantía de que
no terminaría siendo la "golfa" que mis conocidos creían que podría ser.
Solo tenía dieciséis años y mi intención era experimentar, no complacer a
los demás. Quería ser yo misma otra vez, desprenderme de aquellas partes
de mí que podían traer consecuencias lamentables y quedarme solo con lo
que me hacía feliz. Descubrirlo me hirió más de lo que hubiese imaginado,
pese a ello, el bullicio a mi alrededor me confundió, no me dio espacio para
sopesar con tranquilidad la vuelta que estaban dando mis pensamientos y
esta nueva revelación que mañana analizaría con calma.
—¡Abby! —chilló Mac—. ¡Te has ido!
Negué con la cabeza. Me sentí mareada, aunque no estaba lo
suficientemente ebria como para perder el control.
—¡Estoy bien! —le guiñé el ojo y finalmente nos unimos al grupo.
—Tendré mis ojos en ti. Diviértete tranquila.
Asentí. Él nunca me dejaba sola; siempre estaba atento a cualquier señal
de que necesitara ayuda.
En los altavoces, la voz de Doja Cat retumbaba con fuerza. Moví las
caderas siguiendo el ritmo, dejando que mis manos recorrieran las curvas de
mi cuerpo: los senos, la cintura y las caderas. Pronto llegué a los muslos
desnudos y la tela de cuero de mi falda se adhería a mi piel, dejando al
descubierto parte de mi trasero. De repente, sentí un cuerpo acercarse por
detrás; el olor a tabaco y loción de vainilla me inundó los sentidos. No volví
la cabeza para identificarlo; continué moviéndome mientras el extraño
colocaba sus manos grandes sobre mi abdomen descubierto y ascendía
hasta mis senos, apretándolos sin ningún reparo.
Mac me observó desde un lado, con una sonrisa cómplice, guiñándome
el ojo mientras bailaba con otro chico, al que apenas presté atención debido
al éxtasis que me provocaba la cercanía de aquel desconocido.
Sin embargo, un frío intenso recorrió mi médula y ascendió por todo mi
cuerpo; un terror se acentuó en mis venas, no redujo el fuego, lo volvió más
intenso, ardía, mientras todo mi ser entraba en tensión cuando el poder de
su presencia presionó mi anatomía. Me quemaba con el frío que lo protegía
como un escudo. Cada célula reaccionó a esa mirada oscura a la que ya
estaba acostumbrada. Aprendí a diferenciarlo, siempre y cuando él lo
permitiera, capté su mirada en mí y segundos después lo encontré a unos
metros de distancia. La gente a su alrededor no lo tocaba, era como si
supieran que apenas al rozarlo él iba a cortarlos.
Se mantenía de pie, quieto, con las manos dentro de los bolsillos de su
pantalón. La tranquilidad en su figura me puso los pelos de punta. Estaba
vestido de negro y con los ojos sin un esbozo de luz. No me quitaba la
mirada de encima mientras me veía bailar y ser tocada por otro hombre. Me
dio la impresión de que no tenía planes de interferir, así que lo ignoré o
fingí hacerlo. Aunque un hombre como Kylian no podía ser ignorado.
—¿Quieres diversión, muñeca? —susurró el tipo con voz ronca en mi
oído.
Continuó manoseándome, y no lo detuve.
El hombre que me tenía cerca me mostró una pastilla diminuta entre sus
gruesos dedos.
—Abre la boca —ordenó.
Rara vez tomaba drogas, además de marihuana, y pocas veces cedía ante
ellas. Pero aquella noche no me negué.
Con la mirada fija en Kylian, abrí la boca y dejé que la pastilla se
deslizara sobre mi lengua. La tragué sin medir las consecuencias y, seguido,
el hombre me tomó de la mano y me llevó lejos de la mirada desprovista de
Kylian.
Me moví entre las personas y me sentí libre cuando pude respirar con
mayor ligereza. Avanzamos por un pasillo oscuro, lo suficiente para que
nadie nos viera y para que él pudiera asesinarme sin testigos.
Pero mi mente ignoró el peligro; seguí mis instintos hasta que me
encontré con la espalda pegada a la pared fría, mientras su musculatura se
cernía sobre mí.
—Eres de esas putitas a las que les gusta coger duro, ¿verdad? —susurró,
sus manos se mantenían en mis muslos desnudos, a punto de besar mi
cuello.
Por el rabillo del ojo, percibí el movimiento de una figura imponente que
se acercaba peligrosamente: hombros anchos, cabello castaño y una
oscuridad absoluta en la mirada. Vi brillar un reloj de oro cuando levantó el
brazo, y segundos después, un destello metálico cortó el aire. La hoja de
una navaja quedó clavada en el pecho del hombre, quien apenas se percató
de lo que le sucedió.
Kylian lo sostuvo del cuello y hundió la hoja en su corazón con un solo
movimiento, sin remordimiento alguno. Me observó manteniendo una
expresión calculadora y altiva. Limpió la hoja en la ropa del fallecido y
luego dejó caer el cuerpo al suelo.
El pánico me estrujó la garganta; el corazón me latía de manera
descontrolada.
—Esto pasa cuando me provocas, Abigail. —Sus ojos eran dos trozos de
hielo que me congelaron en el lugar.
—Lo mataste —susurré, anonadada—. Has matado a ese tipo.
—Y no será el último —afirmó, carente de emoción.
Dio un paso al frente, acorralándome contra la pared. Me tomó del rostro
con una mano, mientras la otra aún sostenía la navaja. Olía a sangre, olía a
muerte; me aterraba y, al mismo tiempo, me atraía.
—Estás drogada —espetó de mal humor, sondeando mis pupilas con su
mirada intensa.
No podía coordinar mis pensamientos ni mis movimientos; seguía en
shock por lo que acababa de presenciar. Él, sin embargo, parecía
extraordinariamente tranquilo frente a un cadáver a nuestros pies. Era la
primera vez que veía un asesinato en vivo y esperaba que fuera la última.
—Si fuera un buen tipo —posó la navaja entre mis pechos, comprimidos
por el corsé—, no te tocaría.
Deslizó el filo lentamente hacia mi muslo, luego metió los dedos bajo mi
falda y arrancó mi tanga; no le costó hacerlo, eran apenas unos hilos que
guardó en su bolsillo, como la última vez.
—Pero no soy bueno, mucho menos un caballero —agarró mi trasero
con una mano—, y me has endurecido la verga con tu baile.
Guardó la navaja, maniobró con su pantalón y, cuando menos lo pensé,
su pene comenzó a embestir dentro de mí. Jadeé, aturdida por la brusquedad
de la sensación, era una mezcla de dolor y placer. Kylian cerró los dedos en
mi garganta, presionó mi cabeza contra la pared y cortó mi respiración
mientras sujetaba firmemente mi pierna contra su cadera y me follaba con
fuerza, en medio de un pasillo oscuro y con un cadáver a nuestros pies.
—Kylian —gemí, absorbida por el placer que me daba.
No sabía si era la droga, el alcohol o la intensidad del momento, pero las
sensaciones me invadían con mayor fuerza que nunca.
Estaba excitada y, al mismo tiempo, aterrada por lo que había sucedido.
Todo en mí era un caos de emociones y sensaciones, que explotaban
deliciosamente con el orgasmo que se gestaba en mi vientre.
—Voy a cortar las manos de cualquiera que te toque. —Empujó duro y
profundo; no pude gritar, la presión de sus dedos en mi cuello anulaba
cualquier sonido, aunque intenté apartarlos levemente.
—¿Hasta las de Rowan? —Logré decir con dificultad, sin saber de dónde
salió la pregunta.
—Eso me facilitaría las cosas —masculló antes de morder mi labio
inferior—, pero me gusta pensar que mientras él te cree suya, tú estás
mojándome la verga con tus orgasmos.
Cambiando el agarre hacia mi nuca, escondió la cara en mi cuello y
murmuró algo que no entendí, mientras seguía corriéndose dentro de mí con
la misma fuerza con que yo me contraía alrededor de su pene erecto. Cada
extremidad se sentía pesada, entumecida; un cosquilleo recorrió mi piel,
dibujando una sonrisa en mis labios. Todo giraba a mi alrededor y el
orgasmo pareció quedarse suspendido en la punta de mis dedos como una
caricia cálida y satisfactoria.
—Nos vamos —sentenció con voz tajante, aun jadeando.
—No quiero irme contigo.
—Lo harás, Abigail —besó mi mejilla—, porque no era una pregunta.
Me tomó entre sus brazos; volví a sonreír, fijando la mirada en su
mandíbula cincelada y sus labios carnosos, tensos y rígidos.
—Eres hermoso —susurré, su ceño se frunció—, y un asesino.
Esta vez sonrió.
—Estás drogada, bestia —señaló ese hecho. Mi vista se nublaba.
—Eso no importa, tú me vas a cuidar.
—Tu concepto sobre mí es bastante equivocado. —Me observó con algo
oscuro y doloroso detrás de sus ojos—. No podrás conmigo, Abigail. Nadie
lo ha hecho.
Capítulo 20
Abby
La superficie donde desperté se sentía extrañamente cómoda, como ninguna
otra. Me estiré, agradeciendo la oscuridad que cubría la habitación, que
aliviaba en parte el dolor punzante en mi cabeza. Con lentitud, me
incorporé en la cama y observé el lugar, sin reconocerlo en absoluto. Aun
con la luz escasa, recorrí con la mirada el espacio, el suelo era de madera
brillaba impecable, las paredes grises y los pocos muebles se encontraban
en perfecto orden, sin un solo objeto fuera de lugar.
Me acomodé en el borde de la cama y retiré las sábanas. Llevaba puesta
una camisa de hombre que me llegaba hasta los muslos; era suave, costosa
y desprendía un aroma que me resultaba demasiado familiar: olía a Kylian.
Intenté reconstruir lo ocurrido en el Pub, pero mi memoria se negaba a
colaborar; lo último que recordé fue verlo entre la multitud mientras yo le
cantaba y un tipo grande me manoseaba. Dios… ¿Qué había hecho? ¿Cómo
había terminado aquí?
Me levanté y me dirigí hacia la puerta lateral que estaba entreabierta. La
sensación me decía que Kylian la había dejado así a propósito, indicándome
dónde estaba el baño. Cerré la puerta tras de mí y encendí la luz. La
estancia era sofisticada y elegante, completamente blanca: pisos, paredes,
todo. Me sentí como una mancha fuera de lugar en medio de esa pulcritud.
Hice mis necesidades y lavé mis manos. Noté un cepillo de dientes aún
en su empaque, perfectamente colocado junto a otro que supuse era de
Kylian. Cada objeto parecía tener un lugar exacto; mover uno solo sería
notado de inmediato. Todo indicaba que aquel hombre tenía un orden casi
obsesivo, un TOC que iba más allá de la apariencia de su entorno.
Cepillé mis dientes y lavé mi rostro, acomodando el cabello revuelto.
Algunas hebras cayeron sobre el mármol impoluto. Sonreí con complicidad;
seguramente, verlas le provocaría un pequeño ataque de molestia. Decidí
dejarlas ahí y salí del baño.
Al hacerlo, mi mirada se cruzó con la suya. Una mezcla de fuego y hielo
recorrió mi piel, y mi sonrisa desapareció de inmediato al darme cuenta de
que estaba en su casa, en sus dominios.
—¿Qué ha pasado? No recuerdo mucho —dije, rompiendo el silencio
que se extendía entre nosotros.
Ajustó los puños de su camisa blanca. No llevaba saco ni corbata. Su
pantalón era oscuro, neutro, como todo lo que solía usar. Se movió hacia mí
con pasos lentos y controlados, y con cada uno sentí que mi tamaño
disminuía. Sin tacones, mi estatura parecía aún más diminuta frente a su
figura imponente, digna de un vikingo.
El peligro que emanaba aumentaba su atractivo; no me aterraba, sino que
me atraía. Era como si nos reconociera nuestra propia naturaleza salvaje,
esos monstruos ocultos que ambos albergábamos y que anhelaban liberarse.
Mi piel lo reconoció de inmediato, antes de mirarlo de frente. Por eso
deseaba huir de sus zarpas, temiendo que la Abigail rebelde que él
despertaba no volviera a encerrarse.
—No me sorprende. Estabas lo bastante drogada como para permitir que
otro hombre te tocara —dijo con dureza, deteniéndose antes de tocarme. Su
cercanía me asustó, pero también me calentó el riesgo que representaba
estar en sus dominios.
—Bueno —alcé el mentón con altanería—, soy una mujer soltera, puedo
involucrarme con quien quiera.
—Por supuesto, con imbéciles ebrios con deseos de morir —siseó,
cargando desprecio.
—Quien me toque o me folle, no es asunto tuyo.
Un suspiro escapó de mis pulmones cuando azotó mi espalda contra la
pared. El movimiento fue agresivo, como todo en él. Separó mis piernas
con su rodilla y palpó mi sexo, su mano abierta recorría mi intimidad. Me
estremecí bajo su posesión.
—He estado dentro de este coño, Abigail. —Empujó con fuerza—. Sí es
asunto mío.
El calor se extendió por todo mi cuerpo, mi pecho ardió bajo el contacto
de su mano. Un pulso doloroso atravesó el lugar donde sus dedos se
hundían y tensé todo mi interior ante la invasión inesperada. Su proximidad
me incitaba a avanzar, a besarlo, y por primera vez dejé de resistirme.
Kylian me gustaba. Me gustaba demasiado.
Pareció captar mi deseo. Elevó la comisura de sus labios y, sin más, tomó
posesión de mi boca. Sentí alivio por haberme cepillado los dientes, la
menta y el cítrico se mezclaban con su saliva, y me devoraba sin soltarme.
El estímulo entre mis piernas aumentó, metía los dedos mientras
masturbaba mi clítoris pulsante, húmedo y ansioso.
Jadeé, atrapada por sus manos y la amplitud de su torso. Se aseguró de
que no tuviera a dónde escapar. Estaba indefensa ante las lagunas grises que
tiraban de mí como un imán; Kylian tomó lo que quiso, jugó con mi
humedad, la dispersó por toda mi hendidura, de norte a sur, y en menos de
un minuto me llevó al orgasmo.
—Cuarenta y cinco segundos —susurró sobre mis labios—. Eso fue todo
lo que me tomó hacerte venir.
El éxtasis me dejó sin palabras. Puso sus dedos en mi boca; abrí para
chuparlos, pero en lugar de eso, embarró mis labios con mis propios fluidos,
como si fueran un labial. Su mirada oscura y perversa encendió otra vez mi
deseo.
Aplastó su sonrisa sobre mis labios, los lamió y probó mi orgasmo. Su
audacia me volvía eufórica.
Manipuló su ropa, escuché cómo quitaba la correa de su cinturón. Mi
estómago se llenó de anticipación. Quería pedirle que la colocara de nuevo
en mi cuello, y sabía que no me miraría mal. Sin perder tiempo y siendo
conocedor de la oscuridad de mis fantasías, pasó la correa sobre mi cuello y
la ajustó con presión suficiente para notarse. El simple acto me humedeció
aún más.
—Es demasiado peligroso lo mucho que me gusta ahorcarte con mi
cinturón, Abigail —dijo, sin dejar de mirarme.
—No tengo problema con ello.
—Lo sé, bestia.
Colocó su mano libre sobre mi hombro y bajó la mirada, indicándome lo
que quería. Titubeé un instante. Luego enarcó una ceja, con una sonrisa
maliciosa.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó con dulzura fingida, incluso así, el que
me llamara cariño, me resultó tierno—. ¿Rowan nunca te ha puesto de
rodillas?
—No para que se la chupe —repliqué, segura de no dejarme intimidar.
Una llama cruzó sus ojos antes de que ajustara el otro extremo de la
correa con su mano. Tiró, robándome el aliento.
—Insistes en jugar con fuego, incluso cuando estás hecha cenizas.
—Y tú insistes en fingir que no sientes nada cuando él me toca.
Una mueca violenta y descarada marcó su rostro. Empujó mi cuerpo
hacia abajo y me obligó a ponerme de rodillas ante él. Desde esa posición,
su presencia era aún más imponente y peligrosa.
Con la mano libre desabrochó el botón y bajó la cremallera. Nunca había
visto su pene por debajo de la ropa; él nunca lo permitía, incluso con el
contacto más mínimo.
—Si muerdes, tiro —advirtió—. Cuida tus dientes.
Asentí, obediente. Mi boca estaba húmeda y ansiosa. Sus pantalones
ceñían sus muslos con firmeza, reflejando su perfección. Al deslizar el
bóxer y descubrir su longitud, mi centro reaccionó de inmediato. Su pene
era largo, grueso y ligeramente curvado hacia el ombligo; lo envolví con la
mano, sintiendo lo suave de su piel y la tensión de las venas, la punta
hinchada y húmeda.
Acerqué mi boca y lamí la hinchazón con la lengua. Kylian soltó un
siseo de placer que se intensificó cuando deslicé su dureza hacia mi
garganta. No me cabía por completo, pero hice todo lo que pude.
—Mierda —masculló en un idioma que no identifiqué—. Me gusta
llenar tu boca virgen con mi verga, Abigail.
Tiró del cinturón, el gesto puso más densa la lujuria entre nosotros.
Agarró un puñado de mi cabello y haló con fuerza los mechones. Sentí
dolor, pero lo dejé pasar, concentrada en lo que hacía. Chupaba el glande, lo
lamía como si fuera una paleta; su excitación creció con cada movimiento.
Atrevida, deslicé la lengua hasta sus testículos, sin estar segura de si eso
estaba bien, pero cuando jadeó con más profundidad supe que le había
gustado.
—¿Lo hago bien? —pregunté, mirándolo provocativa.
—Me oyes y me sientes.
—Quiero que me lo digas —insistí, agarrando su miembro con los dedos
mientras rodeaba la punta con la lengua sin apartar la vista de él.
Tiró de mi cabello hacia atrás. Me quejé por el dolor, pero él empujó su
pene dentro de mi boca. Hundí los dedos en la piel de sus muslos; gruñó
excitado y aceleró el ritmo. Mis ojos se llenaron de lágrimas por la
intensidad con la que me penetraba. No se inmutaba, y yo apenas podía
respirar con cada embestida. Su velocidad me hizo desear complacerlo en
todo, que me usara como quisiera, solo para verlo desfallecer bajo el
húmedo movimiento de mi lengua y la ligera, pero intensa, presión de mis
labios.
—Cada vez que se la chupes, recordarás que fue mi verga la que probaste
primero —susurró.
Emitió un sonido profundo antes de vaciar su semen en mi boca. Mi
rostro debía estar rojo por la presión del cinturón y por su miembro
sacudiéndose contra mi paladar. Tragué todo, notando el sabor que no me
desagradó, aunque tampoco me resultó delicioso.
Kylian terminó y se retiró, me sorprendí verlo aún duro. Jaló la correa
del cinturón y me puso de pie para acercarme a él.
—Aún no he terminado contigo. ¿Tienes idea de todo lo que quiero
hacerte, Abigail? —El peso de sus palabras caía con fuerza—. Cosas
extremadamente oscuras y retorcidas.
A una mujer común le habría aterrorizado escucharlo; habría rechazado
esas ideas sádicas y alocadas. Yo no. Cada palabra aceleró mi corazón; la
promesa contenida en ellas provocó un pulso tortuoso entre mis piernas. La
oscuridad que emanaba me atraía como nada antes lo había hecho.
—Te quiero atada en mi cama —me arrastró lentamente hacia ella—,
desnuda, expuesta… con tu coño siempre disponible.
Presionó mi espalda contra el colchón y descansó cada una de mis
piernas sobre sus muslos, mientras la camisa se alzaba dejando a la vista mi
sexo y parte de mi abdomen.
—Pero no es posible —pronunció en ese idioma extraño, bajando la
mirada hacia mi centro, que rozaba su erección—. Tengo tanta hambre de ti
que las consecuencias me importan una mierda.
Agarró su verga. Sus dedos eran largos, masculinos, de uñas impecables,
pero lo áspero de sus yemas desmentía la perfección de su apariencia.
Apretó la punta sobre mi clítoris y, con intención de penetrarme, se deslizó
hacia abajo.
—Quítate la camisa —pedí de pronto, una petición simple pero cargada
de significado que no lograba descifrar en él.
—Nunca me quito la ropa, Abigail.
Se inclinó sobre mí, enredando la correa en su mano, y sentí cómo me
faltaba el oxígeno de verdad.
—¿Por qué?
Arremetió dentro de mí, levantó mi cuerpo con el impulso de sus
embestidas. Contraje los dedos y arrastré las sábanas entre ellos.
—Dime por qué.
—Joder, cierra la boca —siseó, aplastando mis palabras con un beso.
Metió la mano bajo mi culo y alzó mis caderas, penetrando más
profundo. Maniobraba con facilidad mientras disfrutaba cada movimiento.
—Hay algo en ti y en tu figura pequeña que me atrae de manera insana y
primitiva.
—Te gusto —afirmé. Me mordió el labio con fuerza; lloriqueé mientras
castigaba mi cuello y golpeaba sus testículos contra mi sexo con violencia.
—Me gusta el café amargo, Abigail. —Lamió mi labio, aliviando el
dolor mientras continuaba su húmedo y profundo movimiento—. Yo no lo
llamaría gusto.
Obsesión. Lo pensé, pero no lo dije.
En un movimiento salió de mi interior y me giró como si fuera una
muñeca inflable que no hacía el menor replique. Quedé boca abajo. Kylian
juntó mis piernas con las suyas y deslizó su pene entre mis nalgas hasta
alcanzar ese lugar que me llenaba de manera deliciosa.
Ajustó su mano sobre mi cadera y aplastó mi mejilla con la otra. La
hebilla del cinturón se encajaba en mi cuello; dolía, pero el placer lo
sobrepasaba. Toda su musculatura estrujaba mi cuerpo, estaba perdida entre
las sábanas y la presión de su palma sobre mi cara. No podía moverme; mis
manos se hicieron puños mientras él permanecía sentado sobre mi culo,
llenándome por completo.
—Siempre estás mojada y apretada. Disfruto cómo te abres para
sostenerme. ¿Es así como te gusta, Abigail?
Apenas moví la cabeza para asentir.
—¿Quieres que te llene el coño de semen? ¿O prefieres que lo ponga en
tu culo?
Retiró las caderas y presionó su glande contra la entrada de mi culo. El
pánico me invadió; me removí nerviosa. Él me propinó una palmada en la
mejilla con el dorso de la mano.
—Te la voy a meter por aquí también. —Temblé—. No hoy, pero lo haré
pronto.
Mi estómago se retorció entre miedo y excitación. La promesa de ese
dolor lamía los bordes de mi piel como fuego.
—Vas a descubrir lo rico que es que te follen por el culo, así como lo
hiciste al chupármela.
Lo vi lamer sus dedos. Mi corazón latió con fuerza. Separó mis nalgas y
empujó uno contra mi anillo estrecho. Me tensé, removiéndome por
segunda vez.
—Quédate quieta. Esto le gustará al pequeño monstruo que llevas dentro.
Mi boca se secó mientras movía su dedo en mi culo, sincronizando cada
embestida con precisión. El tacto en mi lugar virgen me hizo perder la
razón. Me penetraba en perfecta sincronía con su mano, el cretino sabía
cómo hacerlo. Gemí bajo cada movimiento sórdido y delicioso, dejando que
el placer superara la vergüenza y el dolor.
—Me va a tocar prepararte para mi tamaño. —Embistió más profundo—.
Estás tan cerrada que podría romperte.
Retiró su mano de mi mejilla, tiró de la correa hacia atrás. Mi cabeza
siguió su dirección; el oxígeno no llegaba, pero él no se detuvo, y la
intensidad me llevó a correrme de una manera que superaba lo normal
incluso bajo asfixia.
—Pero eso no te molestaría, ¿verdad? Porque soy un sádico y tú una
masoquista.
Quise responder, pero no pude.
Finalmente, se derrumbó sobre mí, liberando su peso, hundió los dedos
en mis nalgas y gruñó mi nombre mientras su semen llenaba mi vagina.
Sentí cómo palpitaba y crecía dentro de mí, el líquido cálido bañaba cada
espacio de mis paredes. Su aliento rozó mi nuca como una caricia
reconfortante. Había terminado conmigo, al menos por ahora.
—Vas a dejarme marcas —musité, casi sin aliento.
—Como si no te gustara.
Me sacó el cinturón y se incorporó. No me moví; lo escuché ir al baño, el
agua corrió y, minutos después, regresó conmigo. Me tomó de los hombros
y me ayudó a incorporarme. Sus manos estaban frías y olían a limpio; había
lavado todo, y su ropa volvía a estar en perfecto orden, como siempre. Bajó
la mirada y yo lo hice al mismo tiempo que él. Ambos contemplamos cómo
su semen escurría por entre mis muslos. Tragó con fuerza.
—Ve a ducharte antes de que te folle otra vez.
Me acarició el cuello, donde la marca del cinturón seguramente había
quedado. La oscuridad atravesó sus ojos y se apartó con rapidez, dejándome
sola.
Salí de la ducha media hora después. El agua tibia acariciaba mi piel, y
aunque procuré no desperdiciarla, me resultaba imposible no disfrutarla.
Kylian había limpiado los mechones de cabello que cayeron sobre el orden
impecable de la habitación y acomodó mi cepillo de dientes a apenas una
pulgada del suyo. Mi ropa de la noche anterior estaba sobre la cama, salvo
mis bragas, que no encontré. Al parecer había lavado cada prenda, olían a
limpio y a él.
Cuando salí de la habitación, un aroma a café y comida me dio la
bienvenida. Avancé por un pasillo despejado, el suelo de mármol oscuro
relucía bajo la luz que se filtraba desde la otra estancia. Al llegar, me
encontré con un espacio amplio, sin divisiones, muebles oscuros, una
alfombra costosa y paredes blancas, frías en su perfección. Una terraza se
abría a un lado, con una gran pared de cristal que ofrecía una vista
impresionante de la ciudad. Algunos estantes sostenían piezas de arte
minimalista, cuidando cada detalle de manera meticulosa.
Más allá, Kylian estaba en la cocina: práctica, sofisticada y fría, como su
baño. Envuelta en cromo y gabinetes oscuros, todo brillaba de limpio.
Contaba con utensilios de primera y una isla donde descansaba su portátil
abierta. Él bebía café mientras revisaba algo en ella. Ya llevaba el saco
puesto, con el pisacorbatas perfectamente ajustado. Nadie podría imaginar
lo que me había hecho minutos antes.
Me acerqué con cautela. Había un puesto preparado para mí en la barra:
un plato con huevo, tostadas, fruta, una taza de café y jugo.
Alzó la mirada hacia mí y recorrió la desnudez de mis piernas, del corte
de la falda al piercing de mi ombligo, subiendo lentamente a la presión de
mis senos sobre el corsé. Sentí cada partícula de calor que desprendía su
mirada al observarme, alteraba mi compostura por su intensidad. Al final,
acabó su escrutinio en mi rostro, justo en mis ojos.
—Desayuna —ordenó, volviendo a la pantalla de la portátil.
Ignoraba la hora, y si esto realmente era desayuno, pero decidí callar y
concentrarme en comer lo que había preparado. No sabía si él cocinó; solo
disfruté el sabor y lo bien que estaba todo. Bebí el jugo, frío y refrescante,
un alivio para mi garganta reseca.
—¿Y mis bragas? —pregunté con cuidado.
Dio un sorbo al café.
—En mi cajón, junto con las otras.
—¿No me las vas a dar?
—No.
Ya lo suponía. A este paso, le cobraría por cada una; la ropa interior no
era económica.
—¿Sabes dónde está mi móvil? —insistí.
Soltó un suspiro, como si mis preguntas lo agotaran. Una parte de mí
quería permanecer en silencio para no molestarlo, pero otra levantaba el
dedo de en medio en su dirección. Después de todo, él era el responsable de
esta situación.
—Mac debe estar preocupado.
—Sabe que estás conmigo. —No me miró—. Tienes un buen amigo,
Abigail.
No entendí del todo su comentario, pero tampoco pregunté. Kylian
siguió ocupado con lo que fuera que le robaba la atención. Cuando terminó,
cerró la portátil y se acercó a mí. Metió la mano en su bolsillo y colocó el
móvil sobre la barra. Lo tomé.
—Gracias —carraspeé— por lo que sea que hiciste por mí anoche.
—Me gusta cuando bailas —dijo, y el azul intenso de sus ojos me
estremeció—. Me gusta cuando te pones caliente, pero solo para mí y por
mí.
—¿Eso qué significa, Kylian? —demandé saber—. Creo que deberías
hablar sobre lo que pasa entre nosotros.
—Se trata de sexo, Abigail, solo eso. Cuando te cases con Rowan podré
largarme de Irlanda, y tú seguirás siendo la mujer abnegada por la que él
está loco.
La rabia me contrajo las entrañas; de pronto, quise volcar todo lo que
estaba frente a mí.
—No me voy a casar con Rowan —dije con seguridad.
—Lo harás —refutó—, porque es lo que te conviene. Rowan te ama.
Escuchar eso fue como recibir un puñetazo que me dejó sin aliento.
—Si sabes que me ama, ¿por qué sigues follándome?
—Que lo haga no significa nada entre nosotros. No pienso arrancarte de
su lado. Con él tienes todo; conmigo, nada. Compréndelo, Abigail, solo se
trata de sexo. Mientras no implique más, estará bien.
—No, no está bien. No puedo ser tan hija de puta como tú; no puedo
mirarlo a los ojos y decir que sí mientras me acuesto contigo —grité, llena
de enojo. La calidez de la cocina se disipó y quedó fría mientras nos
observábamos.
—Ya lo has hecho, ¿o no? —escupió, recordándome que le dije que sí
cuando él nos miraba.
—No te daré mis motivos, ni explicaciones de mis actos.
—No te los estoy pidiendo.
—Bien. Pero ten claro que, si no me caso con él, no es porque quiera
correr hacia ti. Sé lo que ofreces, Kylian —aseveré— y no quiero nada de
esa mierda en mi vida.
—Lo quieres, Abigail, no te mientas. Esa mierda es la única que te hace
gemir como una loca.
Mis mejillas ardieron por la rabia.
—Púdrete, Draxler.
Bajé del taburete y caminé hacia la puerta con pasos firmes, dispuesta a
marcharme. Sin embargo, no cedió cuando tiré de ella. Maldije en voz baja
y me volví hacia él. Estaba cruzado de brazos, seguro disfrutando mi
decepcionante intento de huida.
—Abre la puerta.
—¿O qué? —me desafió, como siempre. Cretino.
Se acercó y posó la mano sobre el pomo. No me tocaba, y eso me hacía
sentir a la deriva, sin saber si permitiría que me fuera. Que fuera tan
impredecible me frustraba.
—Solo déjame ir, Kylian. Ya hemos terminado —dije, con una sonrisa
burlona llena de suficiencia.
—Estamos lejos de terminar, Abigail. Esto se acaba cuando yo quiera.
Contraje los dedos en puño. Iba a golpearlo; por Dios, lo haría.
—¿Entiendes lo contradictorio que eres?
—¿Tanto te cuesta entender que para mí solo eres una más en mi cama y
para él, la mujer que planea hacer madre de sus hijos? Asimílalo, métetelo
en la cabeza y supéralo.
Fingí que sus palabras no me dolieron, pero sí lo hicieron. Sabía que al
aceptar estar con él, me exponía a que me rebajara a una más de sus
mujeres.
—Y tú asimila que ni tú ni nadie me dirá lo que haré. —Le di la espalda
y volví a intentar abrir; esta vez cedió—. No me quedaré con él ni contigo.
Y por tu propio bien, no metas tus narices donde no te llaman. Si quiero
estar con otro, lo haré, te guste o no.
—Inténtalo, Abigail —dijo en mi oído como advertencia, mientras salía
de allí.
Capítulo 21
Abby
El cinturón de Kylian había dejado una marca en mi cuello.
En realidad, no me molestaba; había algo en ello que me resultaba
inquietantemente atractivo. Lo que realmente me irritaba era el cretino que
la había dejado. Detestaba su comportamiento, su manera de presionar mi
carácter hasta hacerlo estallar. Llegué a pensar que estaba usando la
psicología inversa conmigo respecto a Rowan, pero descarté esa idea de
inmediato ya que él no era de los que daban rodeos.
Su actitud era insoportable. ¿Era necesario decirme todo eso? Escuchar
de su propia boca que Rowan me amaba fue un golpe bajo. Su cinismo
nunca dejaba de sorprenderme, pero ¿qué podía esperar? Ambos habíamos
traicionado la confianza de Rowan, y aunque Kylian no le contaría nada, yo
no podía asegurarme de permanecer en silencio.
Guardar algo así asfixiaba, y con el paso del tiempo, la mancha en mi
conciencia crecía hasta hacerse imposible de ignorar. Pesaba tanto como el
diamante en mi dedo. Hoy tuve que ponérmelo. Aún no estaba lista para
decirles a mis padres que había terminado con Rowan; de hecho, ni siquiera
sabía cómo lo haría. Ellos lo idolatraban, lo querían como a un hijo, o al
menos eso parecía.
—¿Cuándo vuelve Rowan? —preguntó mamá.
Era domingo. Comíamos en el jardín. Papá se encontraba a la cabeza de
la mesa, picando con esmero la carne antes de llevársela a la boca. Mi
hermana comía con la serenidad de siempre, impecable en su gesto, su
cabello recogido resaltando el gris intenso de sus ojos. Ambas heredamos el
color de piel de papá; el cabello azabache, de mamá, al igual que nuestras
figuras proporcionadas.
Cami tenía quince años, pero sus proporciones recordaban las mías a esa
edad. Sin embargo, ella era recatada: faldas largas, blusas cerradas hasta el
último botón, un aire de discreción que contrastaba con mi rebeldía. Aunque
mis padres no lo dijeran, ella era su orgullo, formada según sus creencias y
costumbres; algo que conmigo no habían logrado. Al verla, no podía evitar
reconocer en ella la versión de lo que yo podría haber sido.
—El viernes —respondí, ausente, moviendo la comida de un lado a otro
sin probar casi nada.
—¿Has hecho planes para la boda? —preguntó Cami. Desde hace un
tiempo la notaba distante, distraída, apenas me dirigía la palabra.
—No, aún no. Primero quiero terminar la carrera —contesté, esquivando
el tema de Rowan. En casa, sin embargo, todo giraba en torno a él.
—¿Estás segura de que quieres casarte? —interrogó papá. Sentí el peso
de esa pregunta carcomiéndome por dentro.
Era la primera persona que parecía interesada en conocer mi opinión, que
no daba nada por sentado ni imponía su deseo. Todos felicitaban, pero nadie
se detenía a preguntar lo que yo quería. Fue refrescante que alguien me
escuchara. Incluso Kylian, aparentemente, solo deseaba verme convertida
en la esposa de su mejor amigo.
—No lo sé, papá —confesé—. Soy muy joven.
Bajé la mirada para ocultar el brillo de mis ojos por las lágrimas. Si me
quebraba allí, mamá se pondría histérica.
—Rowan es lo que te conviene, Abby. No puedes dejar escapar esto. Es
maduro, sabe lo que quiere, tiene un buen puesto y mucho dinero; jamás
tendrás que preocuparte por nada —dijo mamá.
Sí, Rowan era el “premio mayor”, pero no todos éramos capaces de
sacrificar sueños y sentimientos por un estereotipo de perfección.
No podía imaginarme como una mujer casada, encerrada en una mansión
rodeada de lujos, esperando a su esposo cada día. Rowan no me permitiría
trabajar; sería un escándalo para su familia y su posición. Ser su novia me
daba libertad; convertirme en su esposa significaba entrar en un círculo
social con reglas estrictas.
Yo quería bailar en cada pueblo, en cada ciudad del mundo; perderme
entre luces y música en callejones de Colombia y Brasil; subir a un crucero
nocturno en Praga; ver el amanecer en Grecia; dormir bajo un cielo
estrellado en Rhön; vivir la vida con intensidad en una playa de México.
Era lo que había soñado durante años. Rowan no podía ofrecerme eso. Él
había vivido todo, había quedado hastiado, y yo aún no. La diferencia de
edad era notable, pero nunca le presté atención; solo me atrajo lo prohibido.
Ahora no sabía cómo escapar de este compromiso, especialmente cuando
él se negaba a soltarme. No quería estallar, no quería ser la Abby que se
enfrentó a Kylian la mañana anterior. La culpa me obligaba a callar, y era
horrible estar con alguien solo por sentirme culpable, tanto como mentirle.
—Ojalá tu hermana pudiera estar al mismo nivel que tú. Lo más que ha
logrado es un reconocimiento en el colegio. Tú, a su edad, eras brillante,
algo rebelde, pero inteligente —dijo mamá con reproche, ante mi silencio.
Observé a Cami apretar los cubiertos con enojo, sin decir palabra.
—Las comparaciones son injustas, mamá. Mi hermana y yo somos
diferentes, con planes distintos; no puedes echarnos en la misma bolsa —
espeté. Intenté tomar la mano de Cami, pero retiró el brazo, evitando mi
contacto.
—Para mamá, tú eres la hija perfecta —escupió Cami, levantándose,
ofendida—, la favorita. Yo solo soy la sombra que vive detrás de ti.
Arrojó los cubiertos y se marchó. Intenté seguirla, pero mamá me
detuvo, restándole importancia con un gesto y negando con la cabeza.
—Está en su etapa rebelde, déjala ir —murmuró, limpiándose los labios
con la servilleta.
—No puedes minimizar sus sentimientos, mamá —me quejé.
—Abby —llamó papá, como si nada de lo ocurrido con Cami le afectara
—. Retomando el tema de tu boda, si no quieres seguir adelante, nadie te
obligará a casarte.
Alcé la mirada, conmovida y sorprendida. Puse una pausa al conflicto
con mi hermana, agradecida de contar con el apoyo de papá. Era el único en
quien realmente podía confiar.
—Julián, ¿cómo puedes darle esos consejos? —musitó mamá,
anonadada.
—Por una vez, deja que nuestra hija decida sobre su vida, Sara.
Le devolví una sonrisa de agradecimiento a papá. Quizá fue esta
conversación banal la chispa que encendería las decisiones que
transformarían mi vida en un infierno.
Kylian
Mantuve mi mente ocupada desde la última vez que vi a Abigail.
Recorrí los pasillos de Eros, entre las estancias de preparación.
Contábamos con veinte pupilos nuevos, hijos de mafiosos o de familias
adineradas que no pudieron o no quisieron hacerse cargo de ellos y nos
entregaron la responsabilidad de criarlos a nuestra manera, tal como
nosotros mismos fuimos formados por Sullivan.
Las estancias se dividían en secciones: entrenamiento físico, preparación
mental, desarrollo de talentos. Explotábamos sus capacidades, cualquiera
que estas fueran. Los preparábamos para ser letales, marcados con la
insignia de Eros como una cicatriz ardiente en la piel, igual que yo la
llevaba justo sobre el corazón, debajo del tatuaje de cuervo y serpiente que
cubría la mitad de mi pecho, parte de la clavícula y el brazo.
Era celoso con mi cuerpo; no permitía que cualquiera lo mirara. Había
pasado mucho tiempo siendo evaluado por otros: entrenando, recibiendo
palizas y propinándolas, sin una sola prenda de por medio. Me enseñaron a
no sentirme intimidado por la desnudez, porque en el terreno del enemigo
esa condición servía para quebrar a alguien: te capturaban, te torturaban y te
despojaban de la ropa; la vulnerabilidad física facilitaba el acceso a cada
parte y provocaba una humillación psicológica.
Con el tiempo aquello dejó de afectarme. Ya no me importaba que me
vieran desnudo; ahora tenía el poder de elegir quién podía hacerlo y quién
no, algo que no tuve mientras estuve aquí. Aun así, no disfrutaba de los
besos sobre mi piel ni de caricias fuera de una parte concreta: solo aceptaba
intimidad en el área de mi pene. No besaba a las mujeres, no permitía que
me tocaran bajo la ropa. Joder. Abigail fue la excepción, y ese hecho me
fastidiaba; no porque ella estuviera enterada, sino porque rompía mis
propias reglas.
Volví la atención al tumulto de jóvenes que peleaban en círculos sobre el
suelo. Tenían entre doce y quince años; no más, no menos. Hombres y
mujeres recibían el mismo trato; aquí no existían distinciones. Me
encargaba de supervisar su progreso y tenía buen ojo para distinguir a los
que podían sobresalir.
Los instructores observaban a sus pupilos mientras yo recorría los
círculos. Algunos me miraban con temor, otros con curiosidad o respeto; la
mayoría evitaba el contacto visual y seguía entrenando como si yo no
estuviera. Más allá, un trío de chicas trabajaba en ordenadores bajo la
mirada atenta de preceptoras. París había pasado por lo mismo que muchos:
llegó a Eros y fue entrenada hasta convertirse en una de nuestras mejores
hacker; capaz de vulnerar casi cualquier sistema. Era mi protegida desde
que llegó.
—Señor Draxler —me susurró Rita al oído—. Han llegado los
individuos.
Asentí y eché un vistazo corto a los jóvenes antes de salir. Volvería más
tarde para continuar con el entrenamiento; algunos de ellos debían ascender
a otros niveles.
Avancé por los pasillos hasta una sala donde esperaban dos prisioneros.
Eran un hombre y una mujer, miembros de una célula terrorista que había
intentado incendiar una de mis fábricas de armas. Los detuvimos antes de
que actuaran y los arrastramos aquí, donde pagaron por su crimen con
dolor.
Tres guardias permanecían en la estancia. Habíamos atado a los
prisioneros a sillas metálicas soldadas al suelo para impedir cualquier
intento de soltarse. Ambos estaban golpeados; la mujer presentaba una
herida de bala en la pierna que no dejaba de sangrar. Era delgada, alta, el
cabello corto y el rostro endurecido; el hombre, en contraste, llevaba la
coleta, la piel oscura, cejas pobladas y un lunar prominente en la mejilla.
Sus rostros duros anunciaban que no dirían nada. Podía someterlos hasta
provocar súplicas, pero no revelarían a su jefe. Si pertenecían a la red, el
mando no los habría enviado conociendo la identidad de su superior: el
riesgo sería demasiado grande.
Me deshice del saco y lo colgué en el perchero. Me quité el reloj y los
gemelos, los dejé en una mesita sin polvo. Odiaba ensuciarme, pero a veces
necesitaba sentir la sangre húmeda entre los dedos.
Solté las mangas de la camisa y las doblé sobre los antebrazos. El siete
tatuado en mi mano brilló por un instante. Me coloqué frente a los
terroristas.
—J y K, ¿no? —dije con voz serena. Me miraron—. Sé que no hablarán.
Saqué la navaja del bolsillo, la misma con la que había matado al imbécil
que se atrevió a posar las manos sobre lo que era mío.
—No hace falta. Rastrear ratas es parte de mi trabajo; daré con los
implicados y sus cabezas —señalé con la punta del filo—. Serán la promesa
de que morirán.
No respondieron; no esperaba otra cosa. La resignación los había
invadido desde la captura. Cuando te entrenaban como a ellos —como a mí
—, hablar era imposible: preferías la muerte antes que traicionar a los
tuyos. Lealtad y códigos de asesinos.
Me situé detrás del hombre, le tomé el cabello con la mano. La grasa se
deslizó entre mis dedos; me repugnó, pero lo ignoré con esfuerzo, traté de
no concentrarme en eso. Eché su cabeza hacia atrás y, con calma calculada,
apoyé la punta de la navaja sobre su ojo. El terror se desbocó en sus
córneas, se reflejó en el filo que atravesó despacio la sensibilidad de su
carne expuesta, dejándole sentir cada fracción de segundo de dolor. Gritó,
conmocionado por la acción mientras la sangre se derramaba por las
comisuras; un líquido asqueroso se mezcló con el carmesí y los espasmos
arrojaron los fluidos en todas las direcciones. Indiferente ante su agonía, lo
hice gritar una vez más cuando repetí la tortura en el otro ojo. Convulsionó
con mayor frenetismo, se aferró a la silla, sus dedos se cerraban sobre el
reposabrazos. Luego corté su garganta de un tajo, de lado a lado. La sangre
brotó por todas partes; solté su cuerpo y su cabeza osciló hacia delante
mientras los temblores lo sacudían.
—Tu turno, muñeca —dije, tomándola por la barbilla—. Una lástima,
demasiado bonita.
Palpé su miedo; ya sabía lo que seguiría. Matar primero a su compañero
era una forma de infligir tortura. Presioné sus mejillas con los dedos para
mantenerla inmóvil y la miré a los ojos mientras me convertía en su
verdugo. Deslicé la hoja por la curva del cuello con lentitud y profundidad.
Tembló. Agarró cada hilo de vida que le quedaba; luchó dentro de mi
agarre, aunque fuera inútil: una reacción instintiva.
Empujé la cabeza hacia atrás y la herida se abrió más. Pude ver los
tendones ceder bajo mi mano, restos de carne lacerada que poseía aún los
últimos pálpitos de su corazón. La sangre se precipitó contra mí; mi camisa
y pantalón quedaron empapados; las gotas alcanzaron mis zapatos. No
importaba. Me quitaría la ropa en minutos. Solo buscaba la adrenalina del
acto; hacía tiempo que no mataba así y la sensación fue como volver a
renacer.
Solté su cuerpo cuando la vida la abandonó. Miré a los tres presentes.
—Limpien esto —ordené con voz firme, la sangre goteaba de la punta de
mis dedos. La sentí espesa y caliente, una caricia de la muerte.
En ese instante oí un jadeo en el umbral. Los cuatro volvimos la vista
hacia la puerta: una mujer estaba allí, paralizada por el horror. Sus ojos
recorrían los cadáveres que aún desprendían sangre; solo se escuchaba el
goteo del líquido oscuro sobre el suelo.
—Mierda —susurré.
Al escucharme, reaccionó; retrocedió y el taconeo resonó en el pasillo.
Luego se echó a correr. Maldije. Uno de los guardias se lanzó tras ella.
—No —lo detuve—. Por ella voy yo.
Tomé una jeringa del cajón y salí a toda prisa. La oí correr; sus tacones
marcaban el ritmo de su escape. No me costó alcanzarla: la vi apoyarse en
la pared intentando doblar por un pasillo. No la soltaría. No después de lo
que había visto.
La agarré por el cabello antes de que doblara la esquina; mis brazos
cerraron su cuerpo tembloroso con olor a cerezas. La peluca que llevaba
cayó al suelo y mechones reales se pegaron a mi cara.
—Bestia —murmuré en su oído con voz burlona, una voz que ella nunca
había escuchado—. ¿Ibas a algún lado? —Chasqueé la lengua y la estampé
con más fuerza de la necesaria contra la pared—. No te puedes marchar tan
pronto; apenas estamos empezando.
Sus ojos grises, llenos de lágrimas, me miraron como si fuera un
monstruo. En realidad, la distancia con la verdad era mínima.
Pero verla así encendió la ira en mí como una ráfaga de calor. No debía
temerme; no debía haber visto nada. Abigail lo había jodido todo. Cuando
maté al tipo que la drogó, conté con que no recordaría nada. Esta vez no
había forma de borrar su memoria.
—Tú… ahí dentro… estabas…
—Cortándole la garganta a unos traidores —la ayudé a completar la frase
entre sus sollozos.
—Eres un asesino.
—No a tiempo completo. —Forcejeó. La inmovilicé: le apreté el cuello y
clavé la rodilla entre sus piernas para reducir cualquier resistencia.
—Por favor, suéltame. No diré nada de lo que vi.
—Lo sé, Abigail, pero no puedo dejarte ir. —El pánico la había atrapado;
era comprensible: un hombre que la doblaba en tamaño y estaba cubierto de
sangre la acorralaba en un pasillo en penumbra.
Entonces, la comprensión crispó sus rasgos mientras sus ojos se abrían
un poco más por algún tipo de descubrimiento que acababa de hacer. El
pánico se había ido y el terror lo reemplazaba.
—Tú mataste a ese tipo en el Pub.
—Y luego te follé junto a su cadáver.
Mierda y más mierda. Al parecer el shock de lo ocurrido devolvió
fragmentos de memoria. Un quejido que mezclaba dolor y rabia escapó de
sus labios carmesí. Presioné mi boca contra su oído e inhalé su aroma,
áspero y dulce a la vez.
—Cretino, hijo de perra —siseó entre sollozos.
—No olvides que te corriste mientras la sangre manchaba tus tacones
caros. —Pasé la lengua por su mejilla hasta volver a su oreja.
—Suéltame —exigió, intentando zafarse.
Destapé la jeringa y apoyé la aguja contra su cuello. Sus ojos se abrieron
desorbitados; en cuanto comprendió lo que iba a ocurrir, las piernas
empezaron a fallarle hasta no sostenerla. Se desvaneció entre mis manos de
manera inmediata.
—Parece que el destino se empeña en entregarte a mis brazos —
murmuré mientras la cargaba sin dificultad—, incluso cuando corres peligro
a mi lado.
Capítulo 22
Kylian
El agua resbalaba por mi cuerpo, arrastrando la sangre con ella. Había
deseado esa ducha desde el instante en que el líquido me cubrió. No
soportaba permanecer sucio por mucho tiempo, menos después del frenesí
de la muerte, que se dispersaba como hielo bajo la luz del sol. Sentía calor.
Un incendio ardía dentro de mí, consumiendo mi torrente sanguíneo y
devorando mis entrañas.
Tenía reglas; reglas que Abigail me obligaba a romper.
La idea de azotarla hasta dejar su trasero enrojecido me tentaba. Por
Dios, lo haría.
Nadie ajeno a la oscura corrupción de mi mundo debía conocer mi
posición. Si alguien quebrantaba esa regla, se le eliminaba. Listo. Problema
resuelto. Así manteníamos a Eros en pie, sin intervención de terceros, sin
comprometerme.
Debí haber utilizado la jeringa con estricnina y clavársela en el cuello.
En lugar de eso, la sedé, prometiéndome encargarme de ella más tarde.
No contaba con ánimos de lidiar con una mujer histérica en el asiento
trasero de mi auto y apretarle la tráquea hasta dejarla inconsciente no me
pareció una idea adecuada. No es que me molestara magullarle la garganta;
simplemente no lo sentí correcto.
Mierda.
¿Desde cuándo sentía remordimientos?
Quería alejarla y, al mismo tiempo, retenerla junto a mí. Quería matarla
por su estupidez y protegerla de cualquiera que intentara hacerle daño.
Maldita sea. La frustración se burlaba de mí, golpeando mis entrañas.
Cuando mis actos y pensamientos se volvían irracionales, todo salía mal;
era una señal de que perdía el control, y eso no presagiaba nada bueno para
quien estuviera cerca.
Cerré el grifo y tomé una toalla. La limpieza y el orden me producían
paz; Abigail rompió eso cuando dejó su cepillo de dientes mal colocado y
sus mechones oscuros dispersos sobre la superficie blanca e impoluta. Supe
que lo hizo a propósito y que era consciente de mi pequeña obsesión. Chica
lista. Lejos de provocarme irritación, su gesto me dejó reflexionando
mientras observaba los cabellos esparcidos.
Nunca traje a una mujer a mi casa, mucho menos compartí el baño con
alguien. Había otras habitaciones, pero deseaba tenerla en mi espacio:
quizás en un acto de posesividad sobre ella, marcando todo con mi olor,
viéndola usar mi ropa, dormir en mi cama, como si fuera mía. Precisamente
eso era lo que más me gustaba: imaginar que me pertenecía.
Sería imprudente abrirle paso a más. Abigail perdería la batalla con
Rowan; él no la dejaría ir y yo no permitiría que la retuviera. Sabía que
podría salir victorioso, pero sería un conflicto innecesario: el mundo estaba
lleno de mujeres, y yo no podía ofrecerle nada a Abigail más allá del placer
que le proporcionaba mi cuerpo.
Al salir del baño, la primera imagen que encontré fue ella recostada en
mi cama, ocupando mi espacio. Vestía la ropa con la que había bailado: un
strapless negro que delineaba sus pezones suaves, una falda corta, apenas
un centímetro más y rozaba su intimidad; medias de red, la piel brillando y
tacones altísimos.
Anudé la toalla a mi cintura, gotas de agua recorriendo mi torso desnudo.
Me acerqué a ella; el sedante la mantendría inconsciente un par de horas.
Agarré el borde de la falda y la deslicé hacia abajo, arrastrando las
medias y la diminuta tanga. La visión de su sexo desnudo encendió un calor
abrasador en mi ingle. Lo tenía perfecto, completamente depilado debido a
su trabajo. La curiosidad me tentó a conocerla al natural. De cualquier
manera, pronto hundiría mi lengua en sus pliegues húmedos.
Rocé sus muslos al retirar las prendas. Saqué todo de un solo gesto,
incluyendo los tacones. Doblé la ropa con precisión y la dejé sobre el sofá
para lavarla. Volví a ella y le quité el top. Sus senos se sacudieron con el
movimiento; mi boca se llenó de saliva. Tragando con esfuerzo, observé su
vulnerabilidad y belleza intactas.
Seguramente no debería mirarla así, pero ya habíamos establecido que yo
era un mal tipo con una moral dudosa.
Me quedé contemplándola en silencio, la tensión acumulada en mis
hombros y la presión palpitando en mi verga endurecida, apuntando
directamente hacia ella. Su cintura diminuta me llamaba; mis dedos la
aplastaron con fuerza medida, casi cerrándose sobre su carne. Era pequeña,
se ensanchaba apenas hacia las caderas. La toqué despacio, disfrutando de
la piel sin acceder a su intimidad, aunque las ganas no faltaban. Prefería
cuando estaba despierta y se retorcía de placer bajo mis caricias.
Elevé el contacto hasta la curva de sus senos. Su respiración tranquila
agitaba lentamente el pecho. Rodeé los contornos, evitando los pezones: si
los tocaba, no me detendría. Coloqué mis manos en su cuello y apoyé los
pulgares sobre sus labios carmesí. Incluso inconsciente, se veía inquieta.
Debería estarlo.
Me aparté antes de que cometiera un error.
Tomé toallas húmedas y limpié su rostro, retirando el maquillaje y
revelando su juventud; sin él, parecía una chiquilla, la cría que disfrutaba
follar.
Me ocupé de su cuello, brazos y manos, retirando cualquier suciedad que
yo pudiera haber dejado. Luego le coloqué una camiseta negra y la cubrí
con el edredón. Me tomaba demasiadas molestias con ella.
El sonido del móvil interrumpió mi rutina. Lo tomé de la mesita: Rowan.
Carajo. Lo que me faltaba. Tenía cierto aprecio por el imbécil, incluso
podría decir que lo quería, pero demonios… deseaba más el coño dulce y
codicioso de Abigail.
—¿Sí? —contesté, colocándome un bóxer.
—Hola, Drax —solía llamarme así de forma “cariñosa”—, ¿cómo va
todo por allá? —Casi rodé los ojos.
—Si quieres saber cómo va con Abigail, no te preocupes —mentí con
descaro, sin importarme su reacción.
—¿Sabes dónde está? —Su inquietud casi me hizo reír.
Ahora mismo, entre mis sábanas con mi ropa puesta.
—No soy su niñera —respondí con hostilidad.
—Lo sé, pero la viste en Eros, ¿no? No llegó a dormir.
No, porque la arrastré a mi casa para follarla cuando despertara.
—Seguro está con su amigo —resté importancia.
—No me responde.
—Joder, Rowan, es una cría. Déjala en paz. Quizá se emborrachó y
duerme; son las siete de la mañana.
Un silencio tenso se hizo del otro lado. Él estaba acostumbrado a que
todo acatara sus órdenes.
—Tienes razón. Solo me inquieta que no esté en su departamento.
Mierda. Mi mente me juega mal pensándola con un hombre por ahí.
—Lo sabrías si fuera así.
—El cabrón no viviría para tocarla otra vez.
—Claro, como digas —murmuré con mal humor.
Colgué hastiado. El aprecio que sentía por él se esfumó tan rápido como
escuché su voz.
Definitivamente, estaba jodido.
Abby
Me dolía la cabeza.
Recordaba un par de brazos sosteniéndome con firmeza, mientras la
oscuridad en sus ojos me arrastraba hacia un abismo que me consumió y me
hizo perder la consciencia. A lo lejos, una voz suave, engañosamente
cariñosa, me advertía del peligro en el que me encontraba.
Los temblores de mi cuerpo se intensificaron al abrir los ojos. La luz me
hirió y aumentó el dolor punzante en mis sienes. Intenté incorporarme, pero
un mareo me obligó a volver a la cama en un instante. Me sentía débil,
confusa, y mientras los recuerdos se despertaban en mi memoria, el miedo
se presentó como un latigazo hiriente, atravesándome por completo y
destruyendo cualquier efímera sensación de tranquilidad.
La sangre goteando espesa sobre el suelo.
La sangre en sus manos.
El arma homicida y la sonrisa de suficiencia.
Lo más aterrador de todo no fueron los cadáveres con las gargantas
cortadas, sino la expresión de satisfacción en el rostro de quien los asesinó.
Aquella belleza que había conocido se había transformado en una máscara
áspera y desprovista de piedad. La situación empeoró al recordar lo que
había ocurrido en el club: sus manos ejecutando un golpe mortal directo al
corazón del hombre que me tocó, el cuerpo desangrándose en el suelo, su
verga dura hundiéndose en mi coño mientras el líquido carmesí manchaba
mis tacones.
Tal como él lo había dicho.
Dios mío. ¿Con qué clase de hombre me había involucrado?
La puerta se abrió, interrumpiendo mis pensamientos. Su presencia llenó
la habitación como un volcán de poder; parecía capaz de devorar todo con
solo existir. Su complexión de vikingo se movió con sigilo sobre los suelos
impolutos, fundiéndose con la sombra del espacio.
Vestía de negro de pies a cabeza. Sostenía un vaso de zumo, que dejó a
mi costado. El perfume que desprendía se mezclaba con un aroma más
oscuro, metálico: la muerte. Podría llamarlo locura, pero aún percibía el
olor de la sangre en el aire.
El colchón cedió bajo su peso cuando se sentó junto a mí. Extendió la
mano y mostró un par de pastillas blancas. Me resistí, aunque sabía que
podría obligarme a tomarlas sin problema.
—Tómalas, son para tu dolor de cabeza. El sedante es fuerte. —Mi
corazón se aceleró al escuchar su voz. No había amenaza en ella, pero sí
una orden que ejecutar.
Cogí las pastillas y evité tocarlo, las llevé a mi boca, bebí el zumo y le
devolví el vaso. Lo colocó en su lugar. Bajé la mirada mientras sus ojos me
evaluaban. Quizás esperaba que huyera o gritara, pero no lo haría. Sabía
que llevaba las de perder.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunté, temerosa de su respuesta—.
¿Me vas a matar?
—No, Abigail, no voy a matarte.
Sus palabras deberían haberme tranquilizado, pero dudaba. Podía estar
mintiéndome.
—Antes que nada, quiero que me digas quién te dejó pasar —añadió con
calma fingida.
Su autocontrol me desesperaba. Detestaba la paciencia con la que
actuaba y hablaba mientras yo intentaba mantener la cordura, que
amenazaba con romperse en cualquier instante.
—No sé su nombre —titubeé—. Me dijo que me buscabas y me guió
hasta ti.
Respiró hondo, como si ya supiera de quién se trataba. Sacó su móvil de
la chaqueta, tecleó y me mostró la imagen del sujeto que me había tendido
la trampa.
—Sí, fue él —me adelanté—. ¿Por qué me mintió?
—Porque se quiere morir.
—Matas gente —susurré, con la voz temblorosa, dejando a un lado la
imagen. Ahora no importaba.
—Solo sucede cuando alguien tiene la estúpida idea de tocar mis cosas
—explicó, manteniendo la calma. Bajo la frialdad de sus ojos se percibía un
peligro inherente, latente.
—¿Es a lo que te dedicas? ¿A asesinar?
—Lo que hago no es problema tuyo.
—Me tienes aquí, soy tu maldito problema, Kylian.
—Estás aquí para asegurarme de que no saldrás corriendo como una
loca, directo a la policía —dijo, enfrentándome.
—¿Crees que en mi posición lo haría? Es tu palabra contra la mía,
Rowan…
Me detuve en seco al mencionar su nombre. El hielo en sus ojos no se
alteró ante la realidad que me golpeaba. Si Rowan era su amigo, sin duda
estaba al tanto de todos los negocios turbios de Kylian. Lo peor era que no
se inmutaba y tampoco actuaba. Nada de lo que conocía tenía sentido; era
como si nunca hubiera sabido quién era Rowan.
La imagen del hombre correcto que tenía en mi mente se despedazaba, y
con ella, mis certezas.
¿Qué seguía ahora? Si estaban involucrados en los mismos negocios,
ambos eran peligrosos. Ya no hablaba solo de la fantasía que rodeaba a
Kylian, sino de la cruda realidad que me erizaba la piel.
—Rowan, él…
—No estoy aquí para darte explicaciones, Abigail —interrumpió.
—No diré nada —quise alejarme—, solo déjame ir a casa.
Una sonrisa maliciosa estiró su cicatriz en el labio superior.
—No me apetece que te vayas —rozó la curva de mi cuello mientras el
pulgar se posaba sobre mi labio tembloroso—, al menos no todavía.
—Si piensas que voy a follar contigo, estás muy equivocado.
—Creo que en eso no tienes opción. Me debes algo y hasta que no esté
seguro de que cumplirás tu promesa de silencio, no te irás. —Pareció mentir
en la última parte.
Se incorporó y siguió su ritual habitual, esta vez con mayor lentitud,
prolongando la anticipación. Maldita sea. No debía sentir lo que sentía, pero
no podía evitarlo. Estaba asustada y, al mismo tiempo, excitada por todo lo
que representaba.
Kylian no era peligroso como otros hombres. Él era el peligro: letal,
controlador, preciso.
Tal vez por fin había encontrado a alguien lo suficientemente fuerte para
someterme como siempre quise, alguien que no se asustaría de lo retorcido
de mis secretos, alguien que me aceptaría y permitiría que mi monstruo
interior se liberara. La idea de que Kylian fuera ese hombre retorcía mi
estómago con un deseo oscuro. Traía más de lo que esperaba; la vida
parecía desafiarme a tomarlo, mezclando mis fantasías con su persona de
mirada helada, solo para castigarme.
En un instante, se abalanzó sobre mí. Huyendo por la cama, intenté
escapar, pero él me sujetó del tobillo y me arrastró de vuelta con una
facilidad que dolió. Se montó sobre mí, acorralándome con el peso de su
cuerpo. Grité al sentir cómo mis huesos se resquebrajaban bajo su presión.
—¡Suéltame!
—No escaparás de mí. Aunque tenga que atarte, te quedarás hasta que yo
decida.
—Incluso atada seguiría luchando.
—Mal para ti, cariño —susurró contra mi mejilla—, solo pensar en ello
me excita.
Su honestidad provocó un calor oscuro que se extendió por mi cuerpo.
Intenté apartarme de sus labios, pero sus dedos me mantuvieron firme, con
la fuerza que podía doblar cuellos y cortar gargantas. Me pregunté cuántas
vidas habría terminado con esa misma mano que me sujetaba.
—No diré nada, lo juro —mi voz temblaba por el miedo, ahora real.
Había algo grotesco en su expresión, pero no pude apartar la mirada del
hombre letal que se cernía sobre mí.
—Convénceme, Abigail —susurró, como una invitación íntima—.
Quiero ver cómo el fuego en tus ojos se apaga mientras gimes mi nombre
en mi cama.
Capítulo 23
Abby
Colisionó nuestras bocas y silenció cualquier objeción de mi parte.
La posición de sus dedos restringía el más mínimo movimiento; su peso
se sentía caliente y sofocante, provocando una presión deliciosa que
absorbía mi respiración. El vaivén de su lengua sabía a obsesión y peligro;
un escalofrío helado recorrió mi cuerpo, penetró mi torrente sanguíneo y
aceleró los latidos de mi corazón.
Nunca imaginé que podría desear algo con tal intensidad y, al mismo
tiempo, repudiarlo por el miedo que me causaba. Pero así era Kylian: deseo
y peligro iban de la mano; uno no existía sin el otro. Los sentía
desgarrándome desde dentro. Su presencia consumía la mía sin esfuerzo,
tiraba de mí y mantenía su agarre sin permitir escape. Mientras trataba de
resistir su beso, comprendí que no importaba cuánto quisiera retroceder; él
no lo permitiría.
Ya no había marcha atrás. Lo dejé entrar más profundo, y la única
manera de resistirlo sería cediendo a su control.
Aunque me pesara, aunque doliera cada centímetro de mi ser, aunque
estuviera mal, lo quería y necesitaba.
—Convénceme —repitió, desplazando su boca hasta la curva de mis
senos—. Quiero que lo hagas.
No entendía a qué se refería, mi mente se bloqueó cuando humedeció la
tela de mi camisa sobre mi pezón. El calor y la delicada succión recorrieron
mi vientre como un latigazo, despertando un deseo imposible de ignorar. Su
lengua se movía con fuerza y precisión, provocando un ardor creciente.
Luego mordió, arrancándome un grito; mi espalda se arqueó, abrí los labios
y me ofrecí más.
Descendió por mi cuerpo mientras nuestras miradas se conectaban; la
sombra de sus ojos se intensificaba mientras apretaba mi seno y frotaba mi
pezón entre sus dedos. El agarre en mis muñecas desapareció; esta vez no
intenté resistir. La bruma de la lujuria me dominaba como un peso
insoportable. Solo respiraba deseo y necesidad, ansiando que continuara su
castigo.
Metió los brazos bajo mis muslos, sus dedos se presionaron contra el
interior de ellos, su rostro se acercó a mi sexo desnudo. Me apoyé en los
codos, observándolo sin pronunciar palabra.
—Separa más las piernas.
La negativa quedó suspendida en el aire; no fui capaz de decir que no.
Kylian se aferraba más a lo que le negaban. Con la respiración entrecortada,
obedecí. Mis muslos cayeron a los costados y su presión los mantuvo así.
Se inclinó ligeramente, sin apartar su mirada. Su aliento fresco acarició
mi sexo; un repentino escalofrío recorrió mi médula. Hasta ese momento no
había tomado conciencia de lo empapada que estaba.
Una ráfaga de calor me atenazó cuando su lengua y boca tocaron mi
unión. Cada movimiento azotaba mi clítoris con fuerza y delicadeza
simultáneas. Lamía desde la entrada hasta el clítoris, obligándome a
permanecer con las piernas abiertas. Caí rendida sobre mi espalda y cerré
los ojos, seducida por el placer que me otorgaba.
Una sensación de plenitud me invadió cuando introdujo dos dedos en mi
vagina. Un sonido brotó de mi pecho mientras Kylian continuaba
explorando mi sexo con destreza. Cada lengüetazo, cada mordisco y
succión me hacía temblar. No existían restricciones ni vergüenza; él sabía
comer un coño tanto como sabía besar una boca.
De pronto, alzó mis caderas y su lengua lamió desde mi culo hasta el
clítoris. Grité, conmocionada por la nueva sensación; el calor era sofocante
cuando lo repitió, como si mi sangre fuera fósforo y mi cuerpo dinamita
pura. Estallé de placer. La lujuria persistía, obscena, sucia, prohibida. Quizá
por eso se sentía tan bien cada vez que su lengua repetía aquel movimiento.
Se detuvo un instante. Lo miré con asombro; permanecía quieto,
inexpresivo, pero el fuego en sus ojos era innegable: pasión y deseo ardían
en su mirada.
—Quiero sentirlo de nuevo —susurré, presa del placer.
Cumplió mi petición sin vacilar. Se perdió entre mis pliegues,
explorando cada rincón. No hubo nada que dejara de tocar; me envolvió en
locura, gimiendo descontrolada, pidiéndole más sin pensar en nada más que
en alcanzar la cima del orgasmo. Agarré su nuca, mis uñas se hundieron en
su piel, incapaz de tocar su cabello. Gruñó y aceleró los movimientos,
rodeando mi clítoris, penetrándome con rudeza. No aparté los ojos de su
cara y de sus gestos que evidenciaban la satisfacción que lo saturaba
mientras me tenía con las piernas abiertas pidiéndole más.
—Oh, Dios —jadeé. Lo apreté más fuerte; sus dedos me marcaron la piel
entre los muslos. No me quejé.
Balanceé las caderas ligeramente antes de venirme en su boca. Eché la
cabeza hacia atrás, mis ojos se quedaron en blanco. El pecho agitado
soportaba el latir potente y doloroso de mi corazón. Aquel fuego de su boca
se unió al dolor que castigaba mi vientre. Todo fue inigualable.
Me sentí en las nubes mientras él continuaba limpiándome con la lengua
cada centímetro de mi sexo hasta que no quedó nada. Kylian se llevaba
todo; estaba acostumbrado a ello.
Cuando me soltó, me lanzó una sola mirada antes de dirigirse al baño.
Me dejé caer en la cama, mirando al techo como la última vez. Minutos
después lo escuché salir; no lo miré ni me importó su presencia. Me
mantuve con los muslos separados, mi piel aún ardía por el poder de sus
ojos que seguían observándome.
Al salir de la habitación, el calor se disipó y el frío llenó su lugar. La
culpa me desgarraba desde lo más profundo de mis entrañas.
Media hora después, salí de la habitación siguiendo el mismo recorrido que
recordaba. Me había duchado y busqué algo de ropa en los cajones;
encontré las camisetas de Kylian, todas en tonos gris, blanco, azul marino y
negro, perfectamente ordenadas por color, ninguna arrugada ni fuera de
lugar. Dios. Su perfección a veces me ponía los pelos de punta. Yo era todo
lo contrario; colocaba las cosas donde cabían sin importar si estaba bien.
No podía imaginar compartir un departamento con alguien como Kylian;
sentía que cada paso que daba era una mancha de suciedad que él tendría
que limpiar con fastidio. Aunque, si lograba romper su orden, sería una
pequeña victoria que no me molestaría tener.
Al entrar a la estancia, lo encontré en la cocina, en la misma posición que
el otro día. La portátil abierta, una taza de café en la mano. No llevaba el
saco.
—Desayuna —ordenó. Solté un bufido.
—¿Tú no vas a comer? —pregunté. Una curva maliciosa se dibujó en su
boca.
—Acabo de comer.
El calor subió a mi rostro cuando comprendí que mientras me miraba, no
hablaba de alimento.
Sus labios se tensaron de nuevo al volver la vista a la pantalla; estaba
concentrado en lo que fuera que estuviera haciendo. De pronto, quise ver
cómo se veía al sonreír, no esas muecas o sonrisas maliciosas que
acostumbraba, sino una sonrisa franca, natural, sin artificios. Suspire.
Supuse que era algo íntimo que no compartía con cualquiera, o quizás él era
un jodido perfeccionista incapaz de reír.
Antes de sentarme en el taburete frente a la comida que había dejado, me
acerqué a su asiento. Pensé que él me detendría cuando me quedé detrás de
su espalda, guiada por la curiosidad y el deseo de tenerlo cerca. Dios mío.
Este hombre olía de forma condenadamente embriagadora. A fuego, a
prohibido, a lo más oscuro que se podía imaginar.
Mi atención se fijó en lo que hacía. Observé un arma, desarmada en
varias piezas, moviéndose entre sus dedos. Cada parte parecía unirse al
girarla, como si estuviera ensamblando un diseño sin hacerlo del todo. El
modelo era atractivo: cacha negra, forma perfecta para la mano, delicada y
precisa, nada tosca ni sobrecargada. No entendía mucho de armas, pero si
viera esta en cualquier lugar, llamaría la atención.
—Es bonita —solté sin pensarlo.
Kylian detuvo el movimiento de sus dedos.
—¿Te parece? —preguntó, genuinamente interesado en mi opinión.
Esperaba que me echara de allí, pero me equivoqué.
—Sí. No sé de diseños, pero es elegante, sutil. ¿Tú la diseñaste?
—Sí.
—¿Y esto es a lo que te dedicas además de matar gente? —espeté con
más dureza de la que había planeado.
La tensión aumentó a una velocidad alarmante, y la culpa era mía.
Retrocedí cuando se incorporó en la silla, asustada por haber abierto la boca
sin pensar. Mi capacidad de razonar se desvanecía. No debía olvidar que,
por muchos orgasmos que me provocara y lo suficiente que le gustara, él
era un asesino peligroso, capaz de romperme el cuello antes de que me
diera cuenta.
Se plantó frente a mí, consumiéndome con su sombría presencia,
cargada de advertencias. Intenté ignorarlo, pero su mano sujetó mi muñeca,
apretando lo suficiente para arrancarme un quejido de dolor; sin pronunciar
palabra, me ordenó permanecer quieta. Luego apoyó los brazos a los
costados, descansando las manos sobre la encimera, cerca de mis caderas.
Una mezcla de frío, miedo y anticipación me recorrió mientras el calor de
su pecho se fundía con el mío.
—Me tienes miedo —dijo serio. Pasé saliva mientras la oscuridad de sus
ojos se deslizó lentamente sobre mi cuerpo, lamiendo mi piel.
—Bueno… me has dicho dos veces que me destruirás, y eso tomó más
sentido al verte matar a esas personas.
Agarró un mechón de mi cabello que se escapaba hacia mi rostro. Lo
aplastó entre sus grandes dedos, frotando las yemas, y juro que pude
percibir el delicado roce de su toque contra mi piel.
—No te voy a matar, Abigail —insistió, como si prometiera la verdad.
—Pero sí me harás daño.
Me lanzó una mirada oscura, cargada de peligro.
—Puedo ponerte a llorar de placer y de dolor, y hacer que supliques por
ambos con la misma intensidad.
Un jadeo escapó de mis labios ante la forma en que eso sonó. Suspiró
despacio, acomodó mi mechón y se apartó, volviendo a tomar asiento. Una
sensación helada recorrió todo mi cuerpo.
—Desayuna. Si me haces repetirlo, te azotaré.
No quise tentar mi suerte, por más excitante que sonara la amenaza.
Corrí hacia el taburete y me senté; tomé lo que había en el plato, pero mis
ojos no dejaban de recorrer la figura masculina frente a mí. Su expresión
era impenetrable, casi como un robot, salvo por el fuego oscuro que teñía
sus iris.
—¿Vas a dejarme ir? —Me atreví a preguntar mientras llevaba la mitad
de la comida a la boca.
—Sí.
Carajo. Debía ser más específica; si esperaba respuestas claras, tardaría
años en obtener lo que quería.
—¿Cuándo me dejarás ir? —reformulé—. Ya perdí un día en la
universidad.
—No lo hiciste. Avisé que no asistirías toda la semana.
—¿Qué?
—¿Eres sorda? —increpó, mirándome fijamente.
—No puedes hacer eso.
—Ya lo hice. Te quedarás aquí hasta que Rowan llegue.
Me incorporé; la valentía me dominaba y el miedo se desvanecía,
haciéndome olvidar con quién estaba.
—¿Qué mierda tiene que ver Rowan? ¿Acaso van a matarme entre los
dos? —escupí alterada. Kylian cerró los ojos un instante, mostrando su
desagrado ante mis preguntas.
—Por última vez, no voy a matarte, joder —espetó, exasperado, y volvió
a mirarme fijo.
—Entonces explícame por qué no puedo irme. Ya te he dicho que no diré
nada.
—No confío en ti —simplificó. Sentí cómo mi labio inferior temblaba de
ira; sus palabras eran mentiras.
—Estás mintiendo.
—Piensa lo que quieras.
Respiré hondo. Trataba de razonar; por más que la idea de quedarme allí
recibiendo comida y el mejor sexo del mundo me gustara, no era lo
correcto. No con el mejor amigo de mi ex prometido, además de asesino y
diseñador de armas. No conocía sus límites, ni sus alcances, y aunque me
atrajera como ningún otro, el instinto de supervivencia pesaba más que el
deseo.
—Kylian, por favor. Esto no tiene sentido. ¿Acaso crees que si pensara
traicionarte —lo cual no haré— cambiaría de parecer en una semana a tu
lado?
Ahí estaba de nuevo, la pérfida sonrisa enmarcando sus rasgos perfectos.
—No —respondió—. Me bastaría un día.
Sentí su respuesta como una humillación. Estúpido presuntuoso. Y lo
peor: tenía razón.
—Ahórrate tus tácticas de convencimiento —continuó—. No te vas a ir
de aquí.
—Esto es secuestro.
—Bueno, puedes añadir secuestrador a la lista de lo que soy.
—¡Estás loco! —chillé, desesperada por su calma imperturbable.
Sonrió, tan perverso, diciéndome con la mirada que desconocía todo
sobre su locura. Supe que tenía razón.
—Me largaré de aquí y no me lo vas a impedir —reté, segura.
Cerró la portátil, se puso de pie y abotonó su chaqueta con gesto
despreocupado. Se aproximó a mí como un león silencioso.
—Inténtalo —incitó—. Sabes que no irás a ningún lado hasta que yo lo
permita, así que ponte cómoda, cariño —susurró, y un escalofrío recorrió
mi espalda—. Te veré más tarde.
Capítulo 24
Kylian
Recordaba su cuerpo delgado en el suelo, siendo apaleado por otros niños.
El primer impulso fue dejarlo pasar. No era mi problema; Sullivan nos
enseñó a no involucrarnos en peleas ajenas. Lo que no nos beneficiaba, solo
nos traería enemigos. Las injusticias formaban parte del día a día, y no
había manera de erradicarlas. Evitar lo que ocurría hoy no garantizaba que
no sucediera mañana.
Aun así, algo dentro de mí me impulsó hacia el grupo de muchachos. Los
golpeé con precisión, sin recibir un rasguño. Huyeron, cobardes como
siempre, dejando a un chico escuálido, rubio, tirado en el suelo, con
moretones y sangre goteando de su nariz. Lo ayudé a incorporarse; él y su
familia, los Byrne, una de las más influyentes de Irlanda, supieron
agradecerlo. Ese acto de imprudencia, esa violación de reglas, me trajo
beneficios. Rowan se convirtió en mi mejor amigo; fuimos inseparables
durante años, hasta que la oscuridad que habitaba en mí me arrastró a otro
lugar, mientras la suya se camuflaba entre trajes caros, sociedades y élite.
Lo apreciaba. Nos ayudábamos cuando era necesario, compartíamos
experiencias y, en algunas ocasiones, mujeres. Con él viví momentos
significativos, pocos, pero intensos. Fue de los pocos que me vio reír y
siempre estuvo ahí.
Ahora, por más que intentara sentir lástima por lo que le hacía, no podía.
No existía un atisbo de culpa o remordimiento, solo el impulso de repetirlo.
Y jodía, porque no sentía nada. Independientemente de mi falta de lealtad,
al menos deseaba experimentar algo que no fuera el vacío absoluto.
A veces creía de verdad que no tenía emociones, al menos no las
correctas. Pero al inclinarme hacia la oscuridad, surgían algunas, como la
lujuria y el deseo de poseer lo que no me pertenecía.
Abigail se estaba convirtiendo en un problema. No podía ignorarla. Cada
vez que decía que sería la última vez, hacía algo aún más imprudente, como
secuestrarla en mi departamento.
Mierda. Mierda. Mierda.
No representaba un verdadero obstáculo. Lo que dijera o hiciera no
alteraría mi vida; lo controlaría como hacía con todo lo que amenazaba
desordenarla. Y, por Dios, Abigail estaba tan asustada que no podría
delatarme. Pero no solo su miedo la detenía; también estaba el placer que
sentía por mí y su reciente descubrimiento sobre la doble vida de Rowan.
Era inteligente y sabía que no tenía oportunidad.
Pensarla en mi departamento me gustaba más de lo que admitiría algún
día. Su aroma en mi cama, sus mechones en mi baño, el cepillo de dientes
junto al mío, su compañía en los desayunos matutinos. Su coño dispuesto
para mí.
Su coño. Todo se reducía a eso. Ella tenía algo ahí que me incapacitaba
para pensar con claridad.
No podía quedarme con ella. Le pertenecía a Rowan.
Chasqueé la lengua. Me gustaría que pudiera elegir, que tuviera la
libertad de negarse a él. Pero si persistía, despertaría al monstruo que mató
a tres mujeres inocentes que planeaba vender en Estados Unidos; el mismo
que colocó un collar de una de ellas en su cuello sin remordimiento alguno.
Y yo era peor que Rowan.
Él le haría la vida imposible, no solo a ella, sino a sus padres y amigos.
La destruiría comenzando por lo que más amaba.
Yo no podría protegerla. Mis negocios estaban por encima de cualquier
mujer; había demasiado en juego, incluido Eros. Eliminar a Rowan sería
complicado, porque era mi amigo y su muerte me traería problemas con
múltiples personas a las que debería enfrentarme. No era lo mismo crear
una enemistad entre nosotros, a una sentencia de muerte de alguno de los
dos. Me colocaría en una situación peligrosa que, si me equivocaba,
tratarían de matarme. Nadie dentro de aquí perdonaba, las cuentas se
saldaban si lo arruinabas y me negaba a que fuera la sangre de Abigail la
que exigieran derramar dentro de estas paredes. Podría protegerla, pero
sería un trabajo arduo e innecesario, quizá si hubiera vuelto cuando Sullivan
ya no estuviera vivo, las cosas habrían sido diferentes. Ahora ella estaba
sola, y eso me pesaba, porque Abigail era demasiado inocente.
París entró a mi oficina sin tocar siquiera. Su cabello ahora estaba azul,
más rapado del lado derecho, con un nuevo piercing en la oreja y otro en el
labio inferior que brilló cuando sonrió. Masticaba un chicle, hizo una
burbuja y la reventó al tomar asiento frente a mí, vestida con una blusa
ombliguera deshilachada y pantalones cortos rotos.
—¿Dónde está? —pregunté.
—Hart está trazando su plan. Usará maquillaje para camuflarse en
México. —Entrelacé los dedos, pensativo.
—¿Contra quién va esta vez? Parece que tiene una lista.
—La tiene. —Sonrió, y reventó otra burbuja de goma—. Puso una
bomba en la fortaleza del pakistaní Jafar Zuhair y envenenó a su hija,
provocó un accidente al suegro de Dixon Russo y destruyó la editorial de su
esposa, Holly.
—¿Quién está en México? —indagué.
No me importaba demasiado lo que Hart hacía; de hecho, desconocía a la
mayoría de sus enemigos. Pero el imbécil había hecho que Abigail bajara
justo cuando me encontraba asesinando. Él sabía que no causaría
problemas, solo buscaba fastidiarme, y lo cobraría.
—Alexa Medina y Dexter Russo. Ella es hija de un narcotraficante
mexicano llamado Alejandro Medina.
—Ya veo. Piensa actuar contra ella porque Russo recibió un disparo hace
poco. —París asintió.
—Después planea traer a Molly Russo a Eros. Silas sabe que nadie puede
tocarlo aquí. Está consciente de que la protegeremos, porque es nuestro
deber.
Así era. Mientras permaneciera dentro, se convertía en nuestro problema
debido al pacto que sellamos con la insignia de Eros. Afuera, debía cuidarse
solo; aquí planeaba hacer todo. El hijo de puta podría mantener a la joven
dentro de Eros indefinidamente y nadie se interpondría. Sonreí por dentro.
—Ayúdalo en lo que te pida. Necesito que Molly Russo esté aquí.
—Sullivan la pidió, ¿no? —Asentí despacio.
—La tendrá. Me encargaré de eso. Silas aprenderá a no meterse con lo
mío.
Cada vez que Hart intentara joderme, yo respondería con el doble.
—Espero que se dé prisa, a Sullivan no le queda mucho tiempo.
—Lo sé —dije, reventó la goma por quinta vez—. Vuelve a hacer eso
delante de mí y te llenaré la garganta con esa mierda hasta que dejes de
respirar.
París rió, confiada en que nunca lo haría. Si ella muriera, yo también lo
haría. Estábamos unidos por un pacto que se respetaba.
—Prefiero que me llenes la garganta con tu polla —bromeó, provocando
mi asco y disgusto.
—No meteré mi polla en tu boca llena de metales —respondí, haciendo
una mueca.
—Me los puedo quitar.
—Ya lárgate, París.
Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se volvió y me miró sobre su
hombro.
—Me cuesta comprender cómo un tipo tan frío como tú muestra interés
en alguien como ella —susurró pensativa—. Es diferente a ti. Ab es luces,
colores, brillos; tú eres gris y oscuridad.
—La chupa bien —simplifiqué.
—Sí, tú lo dices, jefe —murmuró con sorna, y se marchó.
Llegué al departamento por la noche.
Creí que encontraría un desorden, un desafío o venganza por parte de
Abigail, pero en su lugar hallé todo en perfecto orden, tal como lo había
dejado antes de salir. Sospechoso e impredecible.
Encendí las luces mientras caminaba por el departamento, percibiendo
una calidez inusual que contrastaba con la frialdad que siempre se sentía en
mi espacio. Me quité la chaqueta y la dejé sobre el sofá, donde la ropa de
Abigail permanecía intacta. La encontré en mi cama, recostada sobre su
costado, con un brazo bajo la almohada y una pierna cruzada sobre la otra.
Su camisa estaba arremangada hasta la mitad de su trasero redondo y
perfecto; su cabello se extendía sobre las sábanas grises, y sus labios
permanecían entreabiertos, tranquilos.
Mi entrepierna se endureció al contemplar la figura de esa bruja con
curvas de infarto y ojos que hechizaban.
Me quité los zapatos y los calcetines, dejé el reloj y los gemelos sobre la
mesita de noche y me metí en la cama, situándome detrás de ella. Su
pequeño cuerpo se acopló al mío, consumido por mi complexión.
Desabotoné mis pantalones y liberé mi falo erecto, dispuesto a hundirse en
su calor.
Besé su cuello un instante antes de enterrar mi nariz en su espesa
cabellera. Inhalé su aroma, mientras mi mano masajeaba una de sus nalgas
y luego levantaba su muslo para abrirle paso a mi miembro hacia su vagina
desde atrás. Gimió bajo, como si aún estuviera soñando. Sostuve mi grosor
y empujé la punta, humedecida por su canal estrecho. Mis músculos se
tensaron apenas advertí su calor.
Avancé un poco más. Su cuerpo estaba ceñido y necesitaba más
lubricación, pero no podía detenerme. Metí los dedos en mi boca, los
humedecí y los introduje en su hendidura, expandiéndolos para prepararla
incluso mientras dormía. Sus fluidos me empaparon en segundos. Los
chupé, saboreándolos, antes de penetrarla con mi pene endurecido. Me
hundí hasta el fondo de una estocada. Abigail se quejó, pero permaneció
inconsciente. Dormía profundamente.
Deslicé mi mano por debajo de su camisa y amasé uno de sus senos,
recorriendo la piel suave y firme alrededor del pezón. Pellizqué con cuidado
y besé su cuello mientras empujaba mi pelvis contra su trasero en repetidas
estocadas. Pasé un brazo bajo su cabeza, atrayéndola hacia mi pecho. La
aprisioné contra mí, quería fusionar mi cuerpo con el suyo, consumido por
un deseo desesperante que no me dejaba en paz.
De pronto, sentí sus uñas en la parte posterior de mi muslo. Estaba
despertando.
—No es un sueño, bestia. Te estoy follando mientras duermes.
Gimió sin intentar detenerme. Elevó ligeramente la pierna y echó la
cabeza hacia atrás, dejando que mi mentón presionara su cabello. Mi mano
recorría sus pechos mientras mi pene se alimentaba de su calor, hasta que
quedó saciado.
Arremetí una y otra vez. Mordí su cuello, succioné la piel; el impulso
primitivo de marcarla se apoderó de mí y dejé una serie de marcas en su
nuca. Bajé la mano hasta su clítoris, lo masajeé apenas unos segundos antes
de que alcanzara el orgasmo. Sus paredes me apretaron mientras absorbía
mi semen, gimiendo con ansias.
Derramé todo dentro, satisfecho y perdido en la intensidad de poseerla
siempre que quisiera. El sentimiento me inundó el pecho, pero lo contuve.
—Me ha gustado que me folles mientras dormía.
Lo sabía. La conocía demasiado para actuar según sus deseos. Todo en
mí se había adaptado a lo que a ella le gustaba, como carnada para atraerla
más fácilmente.
—No serías tú si fuera al contrario.
—Contigo lo inmoral se siente bien —susurró, adormilada.
—Vuelve a dormir —musité en su oído.
—Tengo tus fluidos entre las piernas —dijo, mientras su respiración
volvía a la normalidad.
—Me gusta saber que duermes con mi semen en tu coño.
—No serías tú si fuera al contrario —repitió mi línea. Sonreí y besé su
cabello—. Aunque puedo jurar que tu perfeccionismo rivaliza con tu lado
primitivo.
—Esta vez ganó el primitivo.
Se acomodó y se quedó dormida. Me incorporé y me deshice de mi ropa.
Desnudo, me dirigí al baño, encendí la luz y antes de cerrar la puerta, la
observé una vez más. Su rostro estaba sonrojado, los ojos cerrados, dormía
tranquila. Supe que al menos por esta semana estaba a salvo.
A salvo del exterior y de Rowan, aunque no estaba seguro de poder decir
lo mismo de mí.
Capítulo 25
Abby
Me dolía la vagina.
La intromisión agresiva y necesitada de Kylian me lastimó, pero no
podía quejarme. Me dejé poseer a su manera, lo disfruté y quería repetirlo.
Despertar con su cuerpo dentro de mí me hizo consciente de que no se
trataba de un sueño; mi cuerpo ardía bajo la presión de sus manos y la
rudeza de su tamaño invasivo.
Seguramente debía apartarlo y odiarlo, hacerme la difícil por las
estupideces que me había dicho, reclamarle por su atrevimiento y por
tocarme mientras dormía. Pero solo quería que lo volviera a hacer. No supe
cuánto podía excitarme algo así hasta que él lo hizo. Parecía un acto
pequeño, sin sentido aparente, pero no para mí. A veces me asustaba cómo
Kylian anticipaba lo que disfrutaría, sin errar, al menos sexualmente.
Actuaba con seguridad cuando me poseía, arrastrándome hacia la oscuridad
de sus perversiones sórdidas y apasionadas.
Me removí despacio. Su calor era abrumador, una masa de musculatura
cálida y firme. Abrí los ojos de golpe, dándome cuenta de la situación.
Kylian tenía su brazo sobre mi cintura, su pierna entre las mías, dejando
caer su peso y entumeciéndome la extremidad. Sentía los latidos de su
corazón contra la parte posterior de mi cabeza y la calidez de su piel sin
barrera alguna. Estaba sin camisa y sin pantalones.
Bajé la mirada y observé sus piernas largas y fuertes, cubiertas por una
ligera capa de vello. Sus muslos y pantorrillas se veían trabajados, duros
como la piedra. Su brazo sobre mí mostraba un tatuaje rectangular oscuro
que lo rodeaba, sin dibujos ni formas, solo un bloque de tinta; debajo, hacia
la muñeca, números y letras en un idioma que me resultaba desconocido,
quizás el mismo que él empleaba cuando hablaba en la intimidad. Por
encima, hacia el codo, cuervos y serpientes emergían de cráneos, como si
flotaran sobre un mar de cadáveres. Aterrador y fascinante.
La curiosidad por ver su torso desnudo me vencía. Me moví con cuidado
para no despertarlo. Las cortinas mantenían la habitación en sombras; aún
no amanecía. La luz del pasillo se filtraba por la puerta, iluminando su
complexión.
Me escabullí lo mejor que pude. Su peso aplastante dificultaba el
movimiento; era un gigante y no dimensionaba la fuerza de sus
extremidades. Finalmente lo logré y me estiré al levantarme, sintiéndome
desnuda sin su calor. Volví a mirarlo.
Se recostó boca arriba, la erección presionando el bóxer negro ajustado,
demasiado pequeño para su cuerpo enorme. Sus caderas estrechas y
abdomen definido resaltaban bajo la luz, libres de tatuajes. El torso ancho,
los hombros poderosos; en su pecho derecho un cuervo más grande parecía
envolver una serpiente en alas negras, un tatuaje que se extendía desde el
brazo hasta la clavícula. La piel era un lienzo de oscuridad y peligro. Dios
mío. Este hombre era hermoso de un modo cruel y frío.
Sacudí la cabeza y entré al baño. Encendí la luz y cerré la puerta con
cuidado. Maldije al sentir un líquido caliente entre mis muslos: su semen.
Me quité la camisa y la dejé caer al suelo. Entré a la ducha elegante, con
mando digital para controlar todo, y me sumergí bajo el agua caliente. Usé
su gel de baño y el champú con aroma a gardenias y orquídeas, fresco y
delicado. Me duché rápido, luego salí escurriendo, cogí una toalla y me
sequé el cabello, después el cuerpo, dejando caer unas gotas y unos cabellos
sobre la impecable limpieza de Kylian. Me vestí con un bóxer y una
camiseta blanca. Kylian seguía dormido.
Tomé la funda de brillos de mi iPhone de su mesita, la metí en el elástico
del bóxer y abandoné la habitación, haciéndome un moño alto sin peinarme.
Caminé hacia la nevera, con hambre que me arañaba el estómago. Anoche
no había cenado; ahora lo compensaría, aunque solo supiera hacer algo
simple como huevos.
Busqué algo rápido y fácil: huevos, tocino, fruta y jugo. Afuera, el
amanecer se aproximaba, y la luz se filtraba a través de las cortinas,
revelando la ciudad ante mis ojos. Por un momento me detuve, embelesada
por la belleza de las luces y el cielo matutino. Kylian tenía una de las
mejores vistas, aunque probablemente nunca se detenía a contemplarla.
Antes de cocinar, busqué música en mi iPhone. Elegí Aerosmith y pulsé
Crazy. La melodía inundó el bloque de concreto frío, haciendo que me
sintiera extrañamente familiarizada en aquel espacio. Me moví por la
cocina, encendí la estufa, preparé tocino y huevos, dispuse fresas y moras y
exprimí jugo. Canté a pleno pulmón como si no fueran las seis de la
mañana. Repetí la canción dos veces más; era mi favorita y necesitaba
energía para comenzar el día.
—Para estar secuestrada, lo llevas bastante bien. Comienzo a
cuestionarme sobre tu salud mental.
Callé de improviso. Apagué el fuego de la estufa. La voz de Steven Tyler
continuaba sacudiendo los muros gélidos a nuestro alrededor. Me giré
despacio y casi se me cortó la respiración: mi corazón se aceleró, y el calor
se enroscó en mi vientre.
Él estaba tal como lo vi antes, sin ropa. Sin barreras que cubrieran su
figura alta y musculosa, parecía más grande. Tenía una mora entre los
dedos, diminuta, y se la llevó a la boca, masticando despacio, apoyando los
codos sobre la isla, marcando aún más los músculos.
—¿Nunca habías visto a un hombre desnudo? —Tragué grueso.
No como tú.
—No es propio de ti. Dijiste que no te quitabas la ropa.
—Para follar, Abigail.
Irguió la espalda y me sentí diminuta. Se acercó, apoyando las manos a
ambos lados de la encimera, acorralándome. Su cabello estaba alborotado;
la erección matutina se marcaba bajo el bóxer, apuntando ligeramente hacia
arriba. Su tamaño siempre me impresionaría, sin importar cuántas veces lo
hubiera tenido dentro de mí. Aparté los ojos de su rostro y los posé sobre su
pecho, donde descubrí algo que no había notado antes: un círculo con una
serpiente y una calavera, la piel levantada como quemada, rellena con tinta
roja, pareciendo un tatuaje sangrante. Mis dedos picaban por tocarlo, pero
me abstuve, ignorando cómo reaccionaría.
—Ensucias mi baño —me sujetó de las caderas y con facilidad me sentó
sobre la isla, alejándome de la estufa—, y ahora también mi cocina.
—Es tu culpa. Me has secuestrado, ¿lo olvidas? Eres tú quien me retiene
aquí.
—Usas mi ropa —susurró, tirando del borde de la camisa, rozándome el
abdomen.
—No lo haría si me dejaras ir —respondí, emitió una sonrisa maliciosa.
Me miró fijamente.
—No te dejaré ir hasta que me convenzas.
—¿De qué?
—De que quieres irte.
Aplastó nuestras bocas. Jadeé entre la abertura de sus labios hambrientos,
sosteniéndolo de la nuca mientras enroscaba las piernas alrededor de sus
caderas esbeltas y firmes. Palpé el calor de su piel incluso a través de la tela
de la camiseta, mientras sus dedos se escabullían para tomar el peso de mis
senos. Apenas cabían en sus manos grandes, parecía que habían sido hechas
justo para ellos; los amasó antes de rozar mis pezones con los pulgares,
tocando las puntas endurecidas mientras me mordía el labio y chupaba mi
lengua.
Mis pliegues se humedecieron de inmediato.
—Basta —gimoteé, apartándome de sus besos—. Tengo hambre, Kylian.
—Yo también tengo hambre, Abigail.
Descendió la mano hacia la unión de mis muslos sin apartar la mirada de
mi rostro. Retuve la respiración cuando sus dedos rozaron mi hendidura
resbaladiza y mojada.
—Tienes un puto caudal entre las piernas —siseó entre dientes, con los
ojos oscurecidos por el deseo.
Estiró el brazo libre y tomó una fresa del cuenco, ofreciéndomela,
rozando mis labios con ella. Metió un dedo en mi vagina mientras mi boca
se abría y colocaba la fruta dentro.
—Traga —ordenó.
Mastiqué con esfuerzo, mientras él continuaba masturbarme con total
tranquilidad. Al tragar, tomó una mora y la colocó de nuevo en mi boca.
—Buena chica —susurró, burlón.
Le clavé las uñas en los hombros ante el cúmulo de sensaciones que se
extendían desde mi vientre hasta cada nervio de mi cuerpo. No distinguía el
sabor de la fruta porque sus caricias lo impedían; solo era consciente de sus
dedos rudos, ásperos y delicados a la vez, frotándose sobre mi clítoris y
penetrándome, encajando perfecto y llevándome al orgasmo en segundos.
Apoyé la frente en su clavícula, respirando con dificultad; mi corazón latía
con fuerza y mi sexo palpitaba, mientras Kylian continuaba penetrándome
con los dedos, disfrutando de mi humedad entre ellos.
Tentada, posé la boca en su hombro. Olía a limpio, a él, a ese infierno
oscuro que tanto me atraía.
Tensó los músculos y retiró los dedos de mi centro. Sin detenerme, le
besé el cuello; la camiseta empezaba a estorbar, así que me la quité, dejando
que la gravedad jugara con el peso de mis senos. Kylian bajó la mirada
hacia ellos, la lujuria más intensa que antes iluminando sus ojos.
Toqué su pecho desnudo, duro bajo mi tacto. Recorrí la tinta de sus
tatuajes con las yemas y besé sus bíceps de lado a lado, terminando en la
garganta. Él parecía complacido; no rechazaba mi toque, como si por
primera vez se mostrara cómodo con este tipo de caricias.
—Parece que ya no me temes.
—Lo hago, pero ahora sé que no vas a matarme.
Torció los labios en una sonrisa, me sostuvo de las caderas y me apretó
contra su calor. Me rodeó con su fuerza; no entendía cómo podía concentrar
tanto calor en esa masa de músculo, pero me gustaba.
Le rodeé el cuello con los brazos. Bajó el bóxer y expuso su erección,
ligeramente enrojecida. Me metió los dedos en la vagina, mezclando
nuestros fluidos sobre su tronco largo, ancho y firme. Luego arremetió
contra mí, penetrándome por completo con lentitud antes de hundirse en
una estocada.
Gemí y me apoyé en su espalda y brazos. Sus penetraciones no eran
suaves ni delicadas; eran estocadas brutales y precisas. Me besó el cuello,
mordió y chupó como si fuera suya y quisiera dejarlo en claro, marcándome
la piel. Mis senos fueron presa de su boca y lengua, húmedos y calientes,
mientras tomaba mis pezones con los dientes y los presionaba contra la
carne sensible, dejando su huella.
En la cocina solo se escuchaban nuestros jadeos, los gruñidos que emitía
al penetrarme hasta el fondo y el golpeteo de nuestros cuerpos al unirse.
Le arañé la espalda, mordí su cuello, disfruté de la piel con piel después
de tanto tiempo conteniendo el deseo. La sensación me llenaba el pecho,
percibiendo los latidos de su corazón y el sudor que perlaba sus bíceps,
fundiéndose con el mío.
—Me encanta mamar tus tetas como no tienes idea. —Empujó con
fuerza, arrancándome un grito—. Un día de estos me correré en ellas.
Las atendió con violencia y cariño; me hizo llegar de nuevo mientras
gritaba su nombre. Su semen caliente invadió la piel de mi muslo. Bajé la
mirada, conmocionada y excitada por la forma en que su pene se sacudía y
sacaba todo ese líquido blancuzco encima de mí; Kylian lo agarró con
firmeza, apretó sus dedos y se vació por completo.
Entonces hizo algo inesperado: tomó una fresa y la pasó por la mancha
de semen que descendía lentamente. Me miró, consumido por la malicia y
lo grotesco. Embarró la fruta y la acercó a mis labios. Con una mirada
atrevida, abrí la boca y la recibí.
Saboreé la mezcla de fresa y semen, gemí bajo, horrorizada y excitada al
mismo tiempo. Él no sentía vergüenza ni pena; era grotesco, despiadado,
sucio e inmoral.
—¿Quieres más? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
—Sí.
Tomó otra fresa, la llenó de semen y la puso en mi boca. Comí sin asco
ni escándalo; repitió el proceso hasta limpiar todo el semen de mi muslo. Al
final, pasó su pulgar por mi labio inferior.
—¿Cuánto será suficiente para mi pequeña monstruo? —preguntó
divertido, sin esperar respuesta.
Se colocó el bóxer y volvió a la posición junto a mí. La bruma del
orgasmo y la lujuria se disipaba lentamente. Mis ojos no podían despegarse
de los suyos, perdiéndome en ellos como si no fuera real.
—¿Quién eres? —pregunté, examinando sus facciones casi angelicales.
—Ahora mismo, tu dueño.
No pude evitar sonreír. Él me quitó la cinta que sujetaba mi cabello
húmedo y la sostuvo entre los dedos, curioso por una simple liga.
—De verdad, Kylian, ¿quién eres? ¿Qué haces? —insistí—. Sabes que
no diré nada y que, aunque lo haga, no servirá de mucho.
—Primero limpiaré esto, luego ducha y desayuno —me bajó de la
encimera—, al final vendrá lo demás.
—Todo en orden.
—Así es conmigo, ptaszyna.[2]
Volví a ducharme, esta vez con él. Lavó y secó mi cuerpo; no hubo sexo, ni
insinuación alguna. Limpió mi cabello, secó el agua, y dejó el baño
impecable. Antes, habíamos limpiado juntos el desorden en la cocina.
Ahora estábamos sentados frente a frente, comiendo huevos recién
hechos, más fruta y jugo, mientras él preparaba café. La cocina se llenaba
con el aroma delicioso.
Se vistió con camisa gris, corbata negra y pantalón a juego. Su chaqueta
descansaba en el perchero, el cabello peinado y afeitado; volvía a ser el
hombre frío y lejano, de hielo y peligro. Analicé sus facciones sin cansarme,
no había manera de que pudiera mantener mis ojos apartados de él, era tan
irreal todo lo que ocurría a su lado; necesitaba confirmar cada segundo que
Kylian existía.
—Entonces, ¿me dirás quién eres? —pregunté, con voz casi sin fuerza.
Kylian me miró mientras bebía café, sin intención de responder. Siempre
hacía eso de mirarme sin decir nada. Nunca entenderé por qué. Bajé la
mirada y continué desayunando, resignada a esperar hasta que él decidiera
hablar.
—Soy un traficante de armas ilegales —habló.
Mi cubierto quedó a medio camino del plato hacia mi boca.
—También soy contador —continuó—, aunque no ejerzo del todo;
utilizo mis conocimientos para lo que más me deja.
—Las armas —dije, contrariada, sorprendida de que aún pudiera hablar
mientras él relataba lo que quería escuchar.
—Diseño mis propias armas. Cuento con fábricas para eso. Las personas
que viste morir habían intentado volar en pedazos una de ellas.
Un escalofrío recorrió mi espalda al recordar la escena que presencié en
Eros.
—¿Has matado a mucha gente? —No pude evitar preguntar. Tenía tantas
dudas sobre él que no sabía por dónde empezar; quizá debí haber anotado
mis preguntas antes.
—Quinientas setenta y ocho personas, al menos las que he masacrado
directamente —dijo con naturalidad, como si hablara del clima.
Mi apetito se esfumó de inmediato. No debí preguntar.
—¿Y la policía? Rowan es general y tu amigo. —Cambié de tema.
La cifra era escandalosa, difícil de creer. ¿Cómo alguien podía matar a
tanta gente y conservar la apariencia de alguien normal? Deberían existir
consecuencias, estragos en la mente y el cuerpo. Pero todo parecía haberlo
llevado hasta este punto. No conocía ni una mínima parte de Kylian;
ignoraba qué tan perturbada estaba su mente y qué tan peligroso podía ser.
Dio un trago de café, chupó los dientes y me estudió con una mirada
penetrante y fría.
—Él sabe todo, Abigail. La corrupción funciona así, en todas partes.
—Pero Rowan…
—Me preguntaste por mí —interrumpió, severo—, no por él. Podré estar
follándote, pero no soy un chismoso.
Callé. Su mirada lo decía todo: no convenía insistir. Hablar de Rowan
parecía intolerable para Kylian; si lo conociera bien, aseguraría que se
mostraba celoso.
—Entonces —carraspeé—, ¿solo traficas armas y matas a quienes se
interponen en tu camino?
—Sí.
—¿Por qué en Eros?
—Porque Eros es mío, o lo será pronto —susurró, y un destello en sus
ojos me recorrió el cuerpo como un escalofrío.
—Tienes poder, ¿no? Dinero, recursos, protección de la policía —
murmuré. Mis manos sudaban al comprender todo lo que Kylian
representaba. Podía desaparecerme sin esfuerzo, secuestrarme para siempre.
Sentí su tacto, la mano sobre la mía, firme, apretándola. No me di cuenta
de que temblaba hasta que detuvo el movimiento de mi brazo, que iba a
golpear el cubierto contra el plato.
—No te haré daño, porque no estarás en mis manos el tiempo suficiente
para que pueda hacerlo —decretó con firmeza—. El viernes te irás a casa.
Sus palabras pesaron en mi estómago. Faltaba poco para el viernes, y, de
forma absurda, no quería que llegara.
—Quieres que vuelva con Rowan. ¿Por qué? —pregunté, intentando
mantener la compostura. Hablar sobre marcharme me rompía; exponer que
necesitaba quedarme a su lado le daría un poder que no podía darle.
—Porque te ama, porque te conviene, porque es lo mejor que puedes
hacer —dijo, y un peso aplastó mi pecho. Intuí que no me contaba todo.
—No puedo, Kylian. Lo he estado engañando contigo.
—Jamás lo sabrá.
—Yo lo sé, pero me lastima. No puedo, no me pidas que regrese con él.
—Créeme, bestia, si Rowan fuera otra persona, no te aconsejaría esto,
pero lo conozco. Volver con él es lo mejor que puedes hacer.
—¿Por qué me dices eso? Me estás asustando.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. La tensión era palpable; el
peligro irradiaba de sus ojos gris azulados, más grises que de costumbre,
aunque un azul luminoso asomaba, fascinante y perturbador.
Entonces su móvil sonó. Vio la pantalla antes de contestar.
—Draxler —dijo serio—. Dime, Corina.
Contraje los dedos al escuchar su nombre. No me gustó. Ella provocaba
un malestar extraño, similar al que Kylian sentía cuando pronunciaba el de
Rowan.
—¿Cuánto hace que pasó? —Silencio. Él se puso de pie—. Dame una
hora. Te veo ahí.
Terminó la llamada y se fue a la habitación. Yo me apoyé contra la
encimera, intentando procesar lo que acababa de decirme. Sin embargo, la
inevitable reunión entre Kylian y Corina carcomía mis pensamientos,
restando importancia a todo lo demás. Dios, ¿por qué me importaba tanto
eso justo ahora, cuando acababa de descubrir la cifra de personas que había
matado?
Negué con la cabeza, incapaz de controlarme.
¿Iba a estar con ella? ¿Se despojaría de la ropa como lo hizo conmigo?
¿Eran algo más?
Las preguntas me provocaban náuseas y lágrimas de enojo. Entonces lo
vi salir de la habitación, tomar su chaqueta y colocársela. Antes de irse, se
acercó a mí, tomó mi barbilla y levantó mi rostro hacia sus fríos ojos.
—Volveré en un par de horas. No hagas nada estúpido.
—¿Vas a follar con Corina? —solté con amargura. Su expresión
permaneció impasible, aunque un destello de ira y diversión cruzó sus
pupilas.
No debía sentir celos, pero lo hacía.
—Si lo hago, no es tu problema —acomodó un mechón de mi cabello—,
pero no te preocupes. Llevo preservativos en el bolsillo y no la besaré; solo
te beso a ti.
—Cretino hijo de puta —siseé.
—Tampoco dejaré que Corina me la chupe. Volveré y dejaré que lo hagas
tú.
—Vete a la mierda —gruñí. Sonrió de lado y acercó su boca a mi oído.
—Voy a ponerte mi cinturón en el cuello y te meteré mi verga hasta la
garganta. —Su lengua recorrió mi lóbulo.
—No sucederá —intenté mantenerme firme. No podía hacerlo sabiendo
que iba a verse con ella.
—Oh, bestia, te haré tragar todo, y no solo tus palabras.
Capítulo 26
Kylian
Corina actuaba como intermediaria entre su madre y yo. Era la hija de
April, la agente de la CIA que compraba mi armamento para su
organización. Por las circunstancias, April no quiso exponerse conmigo de
nuevo; no porque yo pudiera ser uno de los criminales más buscados, sino
por simple precaución y para evitar riesgos. No me molestó; me divertía
que April se negara a arriesgarse en persona y, al mismo tiempo, enviara a
su hija. Que su posición en la élite de Irlanda la convirtiera en un blanco
más visible no parecía alterarla: supuse que sabía cómo afrontar esos
peligros.
Corina pertenecía a la alta sociedad; su vida no tenía nada que ver con la
labor de su madre. Diseñaba ropa cara y la distribuía a escala internacional.
Se movía entre el glamour, las modelos, los paparazzi y las cámaras:
ambientes que yo evitaba deliberadamente. No obstante, contar con April en
mi nómina por su acto de corrupción me convenía, así que acepté el riesgo
de que me vieran con su hija —con quien no tenía intención de acostarme—
y, contrariamente a lo que le hice creer a Abigail, tampoco lo haría.
En mi adolescencia, cuando era caliente e imprudente, no supe negarme
a lo que se me presentaba. Me acostaba con quien se dejara, no me resistí a
follarme un coño cuando ellas me lo ofrecían tan fácilmente extendiéndose
de piernas abiertas frente a mí; aquello me pareció una novedad, el inicio de
mi experiencia sexual. Con el tiempo comprendí las implicaciones del sexo
y la cantidad de enfermedades que lo acechaban; opté por alejarme.
No follaba sin ropa.
No practicaba sexo oral.
No permitía besos ni felaciones.
No era un trauma lo que me alejaba del contacto femenino;
sencillamente, no lo disfrutaba. A las mujeres no les importaba lo suficiente
mientras las tenía corriéndose con la posición de mi verga enterrada en ellas
y con mis dedos provocando placer en su parte más sensible. En realidad,
también evitaba el sexo porque mis prioridades estaban en otro lugar.
Además, desde que Abigail entró en mi vida, el sexo femenino perdió
importancia.
Añadiéndole que, una mujer podía distraerme, y distraerse resultaba un
error que no podía permitirme con lo que tenía en marcha. El tráfico de
armas y la fabricación de explosivos capaces de destruir una ciudad exigían
mi completa dedicación.
Pero luego estaba Abigail y todas esas primeras veces.
Me pregunté en muchas ocasiones qué tenía ella que las demás no tenían.
La atracción no la negaba, fue intensa; aunque quizá se debía al hecho de
que no me pertenecía y no se convertiría en un dolor de cabeza permanente.
Siempre supe que Abigail tenía dueño y ese no era yo; respecto a esto
último, podrán decir lo que quieran sobre que ella dirigía su vida, pero yo lo
veía distinto, Rowan controlaba sus decisiones. Abigail no sería libre hasta
que yo le metiera un tiro en la cabeza a quien consideraba un hermano.
—No estás prestando atención —masculló Corina. Determiné su cara.
Iba ataviada con un vestido de seda color rosa pálido, corto y ceñido, con
un pronunciado escote. Su figura era delgada, casi plana, pero conservaba
atractivo; proyectaba elegancia y autoridad. Tenía rasgos finos y un rostro
en forma de corazón que llamaba la atención.
—Mi equipo se encargó. No hay nada más que discutir. El incidente no
volverá a repetirse —afirmé.
Me había llamado porque los cómplices de los terroristas que ejecuté el
fin de semana anterior habían interceptado el cargamento de explosivos que
vendí a la CIA. Mi equipo recuperó la mercancía antes de que se la
llevaran, pero perdí a diez hombres; diez hombres por los que masacraría
cien de esos hijos de puta. Que la información se filtrara me estaba
complicando las cosas, y pude deducir de dónde provenía la traición.
Cerraría esa fuga con piel y sangre.
—Eso espero —dijo ella, cruzando los brazos y dejando ver un delicado
brazalete de oro en la muñeca derecha—. April no está contenta.
—La mercancía llegó a su destino, Corina. No presiones.
Se acercó con pasos medidos, como una gacela que calculaba cada
movimiento. Era evidente que buscaba provocarme; sin embargo, no me
apetecía. Abigail me dejaba satisfecho. Aunque muchos supusieran lo
contrario al verme siempre rodeado de mujeres, rara vez terminaba
acostándome con ellas. A veces las necesitaba solo para presentarme: cenas,
eventos benéficos, actos sociales. Esa faceta ante las personas me daba
igual; la reputación no me afectaba.
—Ya que todo quedó solucionado —murmuró, y tomó mi mano—, ¿por
qué no nos divertimos?
Dirigió mi mano hasta la unión de sus piernas; no llevaba ropa interior.
Incluso con tacones tuvo que ponerse de puntillas para alcanzarme. Rechacé
su beso y, con un gesto de más violencia de la necesaria, la sujeté del
cuello. Su sorpresa se dibujó en el rostro; no estaba acostumbrada al trato
rudo. Lastima.
La empujé contra la pared. Soltó mi mano que aún cubría su coño.
Separé sus pliegues y busqué lo que quería. Presioné los dedos contra su
clítoris. Corina abrió la boca y la cerró con movimientos entrecortados. Mi
expresión se mantuvo fría, casi mecánica. No me excitó lo suficiente para
endurecerme del todo, aunque noté un ligero cambio en mi pene.
Corina gimió con descaro; su pecho subió y bajó con rapidez, las manos
estaban apretadas en puños, la mirada clavada en mí como si rogara que la
penetrara. Treinta segundos después sus músculos se contrajeron y su
orgasmo me manchó los dedos.
Me aparté. Ella sonreía, convencida de que había recibido el mejor de los
placeres. Y sí, yo podía ser bueno con los dedos, pero, por Dios, ¿con qué
idiotas se acostaban? ¿Acaso nunca les enseñaban a llegar?
—Eso es todo lo que tendrás de mí. No vuelvas a insinuarte, porque la
próxima vez que pongas mi mano en tu coño, te cortaré los dedos.
No advertí la expresión de horror en su rostro. Salí de la habitación y
busqué el primer baño. Lavé mis manos durante varios minutos hasta
eliminar todo rastro de fluidos; al terminar, el olor a limpio me tranquilizó.
Entonces sonó el móvil en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué; no solían
llamarme tanto. Vi el nombre de París en la pantalla y respondí de
inmediato.
—¿Qué ocurre? —pregunté, dirigiéndome a la salida.
—Tu pajarito de alas brillantes se escapó de la jaula de hielo —dijo París
con una risa en la voz.
Me detuve a pensar antes de montarme al vehículo.
—¿Cómo mierda lo hizo?
—Tendrás que verlo por ti mismo. Te mandé la información.
Colgó. En segundos, el video de las cámaras de seguridad de mi
departamento apareció en la pantalla del teléfono. La ira me recorrió la
médula y se extendió en todo el cuerpo. Aquella sensación me llevó a coger
el arma que siempre llevaba en la espalda. Subí al vehículo y encendí el
motor.
Hoy, pensé, serán quinientos setenta y nueve.
Abby
Pensé en destruirle el departamento, pero eso lo habría solucionado de
inmediato. Por más que rumié maneras de joderlo, no se me ocurrió nada
útil. Lo detestaba; lo odiaba porque, mientras a mí me tenía encerrada, él
estaba entre las piernas de Corina haciéndole lo mismo que a mí. Aquello
me irritó más de lo que esperaba y reforzó mi odio. Cretino hijo de puta.
Necesitaba encontrar algo que impidiera que me volviera a tomar, pero
cuanto más buscaba una salida, más lejos estaba de hallarla. Era inevitable
que volviera por mí; con suerte, llegaría satisfecho tras salir de Corina,
aunque esa satisfacción duraría poco y volvería a usarme como había hecho
hasta entonces. No me quejaba, debería, pero era tan estúpida como para
hacerlo.
Me sentía humillada y celosa al mismo tiempo.
¿En qué momento? Nunca fui celosa; me consideraba demasiado
hermosa para albergar inseguridad. Pero Kylian… mierda. No solo me
atraía por su físico; lo que me seducía era el aura de peligro que lo rodeaba,
esa presencia violenta y cortante. El riesgo en su mirada, el hielo en sus
ojos, capaz de abrasar.
Estaba jodida.
Revisé el móvil para entretenerme y contesté los mensajes de mi familia,
de Mac y de Rowan; milagrosamente, este último no me había llamado.
Solté un suspiro y revolví los cajones de la cocina en busca de cualquier
cosa hasta que encontré una cajetilla de cigarrillos y un estuche de
terciopelo verde que contenía un Zippo con un cuervo y calaveras
dibujadas. A ese hombre le obsesionaban los cuervos y la muerte.
Hacía tiempo que no fumaba; el hallazgo de la cajetilla secreta de Kylian
me tentó. Tomé un cigarrillo y salí a la terraza. Podría haber fumado dentro
y llenar el departamento de humo, lo que habría sido más difícil de quitar,
pero respiré aire fresco en vez de envenenar el interior. Aun así, la idea no
se fue de mi cabeza.
—Tengo una vecina nueva y no lo había notado —dijo una voz al lado.
Me sobresalté. En la terraza de al lado había un chico de mi edad o quizá
algo mayor: cabello rubio, complexión fornida pero no como la de Kylian;
él era más delgado y de estatura media. Tenía el rostro atractivo y una barba
clara que apenas cubría la mandíbula. Llevaba una camiseta blanca ajustada
y vaqueros desgastados. También fumaba.
—Y parece que es muda —añadió.
Solté el humo y entrecerré los ojos en su dirección.
—¿No tienes algo mejor que hacer? —respondí, y él me mostró una
sonrisa de dientes blancos.
—Por ahora no —contestó él—. Se me averió la cerradura y están
reparándola.
Una idea me golpeó y, al instante, me arrepentí de haberle contestado con
rudeza.
—¿Crees que podrían echarle un vistazo a la mía? Quería salir, pero mi
compañero de piso se llevó la llave y me dejó encerrada —dije, exhalando
un suspiro—. Volverá hasta la madrugada y, por error, mi teléfono cayó en
el inodoro y no tengo línea.
Di deliberadamente la menor información posible para evitar preguntas.
—Bueno —apoyó las manos en el borde de su terraza; nos separaban
unos metros—, podría liberarte, pero te costará.
Mierda. No tenía efectivo.
—¿Cuánto? —pregunté, sin importar que mis bolsillos estuvieran vacíos.
Dejé mi bolso en Eros y mi cartera estaba allí.
—Un café y un cigarrillo —respondió. El alivio me invadió, eso había
sido demasiado fácil.
—De acuerdo.
Acabamos el cigarrillo y regresé al interior. No pensé en las
consecuencias de salir; imaginé que Kylian me encontraría en cualquier
lugar, pero preferí concentrarme en la posibilidad de recuperar algo de
libertad y volver a mi vida monótona sin un asesino controlándola.
No consideré los riesgos mientras convertía la camisa de Kylian en un
vestido siguiendo un tutorial. Me calcé los tacones y salí apresurada de la
habitación, rezando para que Kylian no regresara antes; confiaba en que
estaría entretenido con Corina. Me hice pequeña ante ese pensamiento y
suprimí cualquier emoción que me delatara.
Al llegar a la sala, la puerta se abrió. El chico rubio estaba allí
acompañado de otro hombre con un mono gris; el alivio me golpeó por la
rapidez con que habían actuado.
—Gracias —dije, aliviada—. Me has salvado de verdad.
—¿Tienes a alguien que te recoja? —preguntó el rubio, mirando el
departamento con rapidez. Me apresuré a salir y cerré la puerta.
Su atención se posó en mi cuello; acomodé el cabello para cubrir las
marcas que Kylian seguramente había dejado. Cretino. Mil veces cretino.
—No —respondí—. ¿Podrías llevarme? —Me serví de la coquetería y de
su amabilidad. Él sonrió.
—Andando.
Fuimos al ascensor; él marcó un código que nos dio acceso y lo
memoricé en caso de que me sirviera más tarde. Entramos y las puertas se
cerraron.
—Me llamo Mario —se presentó.
—Abby —me limité a decir.
Los nervios me carcomían por dentro. De pronto sentí que huir del
departamento había sido una idea arriesgada. La advertencia de no hacer
nada estúpido resonó en mi cabeza; aun así, ¿no era tonto querer mi
libertad? Probablemente no, si no se tratara de estas circunstancias. Mi
instinto de supervivencia parecía alejado. Mierda.
—Es lindo —interrumpió Mario, rompiendo mis pensamientos.
—Gracias —respondí.
Las puertas se abrieron y caminamos hacia el estacionamiento. Nos
subimos a un Mercedes gris; dejamos las ventanillas abajo y Mario inició
una conversación sobre el clima y lo mucho que detestaba el frío.
Respondía con monosílabos; las palmas me sudaban y los nervios seguían
alterándome. Evité mirar el móvil y lo puse en silencio con discreción para
intentar calmar la ansiedad, aunque esta no disminuyó; por el contrario, se
intensificó mientras Mario detenía el coche en el interior del
estacionamiento de mi edificio.
—Muchas gracias por traerme —susurré, con la voz más temblorosa de
lo habitual.
—¿Estás bien? —preguntó con cautela—. Has mirado en todas
direcciones, como si te persiguieran.
Si era sincera, desde que abandonamos el edificio de Kylian me sentía
observada; la sensación que me dejó aquella presencia fue la misma que me
tenía en ese estado. Tal vez no era más que sugestión, el miedo provocado
por las actividades ilícitas de Kylian y el recuerdo de su navaja, con la que
degolló a dos personas sin piedad. Al estar lejos de él y sin la distracción de
su belleza y del sexo, mi pensamiento se aclaró y comprendí con más
nitidez la gravedad de la situación.
Él no iba a matarme, lo sabía en alguna parte de mi cabeza.
Pero no confiaba en esa certeza.
—Sí —mentí—, solo estoy cansada.
El estacionamiento estaba lleno de coches, pero vacío de personas. Por el
espejo lateral vi las luces de un vehículo justo detrás de nosotros; cuando se
apagaron, distinguí con claridad de quién se trataba. El pánico me apretó la
garganta. Me quedé inmóvil al ver su silueta musculosa y sus hombros
anchos desplazarse con paso sereno y preciso por el aparcamiento.
Mi boca se secó al instante en que distinguí el arma en su mano y el
silenciador que colocaba con una concentración fría, sin apartar la vista de
nosotros.
Quise gritar, correr, suplicar a Mario que arrancara y nos marcháramos,
pero las palabras no me salieron; el miedo me paralizó y me mantuvo
clavada en el asiento.
Todo sucedió en un parpadeo.
Kylian se aproximó por el lado del piloto, apuntó a la cabeza de Mario y
lo mató ante mis ojos, mucho antes de que él se diera cuenta de lo que
ocurría.
Quedé más muda aún. El goteo de la sangre resonó en mis oídos; saltó en
todas direcciones, tiñéndole la camisa blanca y salpicando mis brazos y
parte del rostro. El cabello rubio quedó empapado de rojo; la sonrisa de
Mario se borró y la luz de sus ojos avellana se extinguió, convertida en una
mirada vacía. Su rostro quedó congelado en una máscara helada que se
grabó en mi memoria como prueba de mi imprudencia y de hasta dónde
llegaba el hombre que me arrancó del vehículo al tirar de mi brazo con
fuerza suficiente para dejar marcas.
—Te dije que no hicieras estupideces —dijo, mientras mis labios y mis
manos temblaban; me sujetó con firmeza de los brazos—. Ahora me hiciste
matar a alguien.
—¡Estás loco! —grité—. ¡Infeliz! ¡Era alguien inocente!
Lo golpeé en el pecho y me liberé por un instante, pero no tardó en
atraparme por la cintura y estrellarme contra la puerta del coche de Mario.
Sus dedos se enroscaron en mi garganta y ejercieron presión; me obligó a
mirarlo.
—Espero, por el bien de quien intentes comprometer, que la próxima vez
recuerdes cada palabra que te he dicho, porque ninguna de ellas es un juego.
Busqué en su expresión un atisbo de arrepentimiento, una fisura en esa
frialdad, pero no hallé nada. No mostró emociones ni remordimiento; no
apareció rastro de moral ni piedad. Llegué a convencerme de que no era una
persona común.
Kylian no era solo peligroso; era letal.
Y yo descubriría cuánto.
Capítulo 27
Kylian
La subí a la fuerza al auto sin medir mi fuerza. Parte de mi enojo se había
disipado después de apretar el gatillo; el olor a pólvora, el goteo de la
sangre, el temblor del cráneo cuando la bala lo atravesó y el silencio que
siguió me calmaron. Quitar una vida me provocó una satisfacción fría, más
aún cuando se trataba de un estorbo como Mario Díaz. Claro que lo
conocía, aunque él no me conociera a mí. Tenía registros de todas las
personas que vivían en mi edificio: familiares, amigos, visitas; sabía todo
sobre ellos porque no había sobrevivido siendo confiado ni conformista con
mi entorno.
Para subsistir había aprendido a observarlo todo, sobre todo cuando
terroristas me querían muerto.
Volví al presente, tomé mi móvil, lo conecté al auto y, sin vacilar, marqué
a París mientras salía del estacionamiento. Puse la llamada en altavoz.
Abigail continuaba en estado de conmoción; temblaba. No supe si su ira
superaba al temor. La verdad, no me importó.
—¿Qué sucede? —contestó ella con brusquedad.
—Elimina las cintas de las cámaras del estacionamiento, borra algunas
del interior del edificio y no olvides las del departamento de Abigail. Que
parezca una falla general —di las órdenes—. Dile a Bruno que se encargue
del cuerpo y que limpie la escena.
—Claro, jefe. ¿Ya encontraste a tu pajarito?
—Adiós, París.
Colgué. Sentí la ira de Abigail como dagas clavándose en mi piel; me
demostraría que tan enojada estaba en cuánto llegáramos al departamento.
—¿Has puesto cámaras en mi piso? —preguntó ella, atónita; su voz
sonaba baja y amenazante.
—No he puesto una mierda —respondí con frialdad. La oí rechinar los
dientes; tuve la impresión de que en cualquier momento me daría un
puñetazo.
—Entonces, ¿quién…? —Las palabras se le cortaron cuando comprendió
—. Rowan.
Se acomodó en el asiento y cruzó los brazos, mirando fijo al frente.
—No sé quién de los dos está más enfermo —masculló, furiosa.
—No quieres saberlo, bestia —advertí con una leve sonrisa.
Guardó silencio durante el resto del trayecto. Al llegar, abrió la puerta y
le dio un portazo al auto; su furia me causó risa. La acompañé hasta el
elevador; estuvimos a solas mientras las plantas pasaban y nos acercaban a
mi piso. Tomé nota mental de aumentar la vigilancia en pasillos y entradas.
Esto no debía repetirse. Abigail había sido muy ingeniosa para escapar.
Cerré la puerta al entrar al departamento, colgué la chaqueta y la dejé en
su lugar. Ella quedó de brazos cruzados junto a la ventana. Hasta ahora
reparé en que llevaba una camisa mía, la transformó en un vestido que no le
quedaba mal. Sus piernas me llevaban hasta la curva de su culo donde
alzando la tela podría encontrar lo que me hacía desearla como un puto
loco.
—A la habitación, ahora —ordené. Me miró despacio, desafiante.
—No voy a ir a ningún lado. No voy a follar contigo. ¡Acabas de matar a
una persona inocente! Aún tengo su sangre en la piel, hijo de puta.
Acorté la distancia y la agarré del cuello, la presioné contra el cristal con
mano firme. No ofreció resistencia; no porque no sintiera miedo, sino
porque sabía que ser brusco aún no era lo peor que podía hacerle.
—Mario Díaz drogaba a chicas para grabarlas mientras las violaba —le
susurré al oído—. ¿Adivina qué planeaba contigo, bestia?
—Mientes —musitó, dudosa.
—Créeme o no, me da igual. No me justifico por lo que hago. —Besé su
mejilla—. No me importa lo que piensen de mí.
Achicó los ojos; comprendió que, a veces, podía ocultarle la verdad, pero
no mentía sobre esas cosas.
—Así que, ¿todo es tiempo has sabido que tu vecino viola chicas y lo has
dejado estar? —indagó con voz cortada.
—No soy un puto héroe que va por ahí salvando a los demás, si no se
meten conmigo, yo no los mato, pero Mario cometió un error. —Le acaricié
la mejilla como aquel imbécil lo había hecho.
—Me tocó —articuló, temblando.
Mordí su lóbulo; se estremeció y se hizo pequeña bajo mi peso.
—Si permites que otro hombre te toque estando conmigo, le cortaré las
manos y las pondré de adorno sobre tu mesa. —Apreté su mentón—. No me
desafíes otra vez, ptaszyna.
La besé con crudeza, buscando su miedo y su sumisión. Ella no opuso
lucha; se dejó llevar, dándose cuenta de que era más fácil rendirse al placer
que luchar en contra de él. La dominé con besos duros y caricias
autoritarias que la hicieron callar y ceder.
Mordisqueé sus labios, empujé mi lengua entre ellos y jugué con la suya,
dominándola con caricias húmedas que me endurecieron la verga y la
hicieron gemir con suavidad. Froté mi erección contra su cuerpo, dejando
claro cuántas ganas tenía de ella. La impaciencia me dominaba; alcé la tela
de su camisa y metí los dedos bajo la ropa interior, hallando entre sus
piernas lo que buscaba. Palpé su intimidad desnuda. No había vello
cubriendo su sexo pequeño; parecía depilación completa o láser. Me jodía.
Quería conocerla al natural, casi como si fuera una necesidad vital.
—Estás mojada, bestia.
—No es por ti. —Reí sobre sus labios.
—Mentirosa —respondí—. Te vi con él —confesé—. No te humedece
como yo. Lo supe desde la primera vez que te poseí, y lo confirmé mientras
suplicabas a Rowan que dejara de tocarte sobre tu sofá.
Su expresión se tornó de pura ira. Me encantaba verla enojada.
—Sé que yo te lo hago mejor. ¿Cuánto le toma a él hacerte venir,
Abigail?
—Vete a la mierda.
—Vamos, cuenta conmigo —insistí.
Giré mi muñeca, penetrándola con los dedos y estimulando su clítoris. El
enojo seguía impreso en sus ojos; el placer se desplegaba como una cortina
oscura que transformaba aquellas piscinas grises en plomo líquido. Jadeó,
movió las caderas con fuerza y hundió las uñas en mis hombros.
—Veinte —susurré, acelerando los movimientos dentro de su interior,
acariciando con delicadeza su protuberancia palpitante—. Veintidós.
—Oh, Dios…
—Cuenta, Abigail —exigí, deteniéndome.
—Eres un cabrón.
—Cuenta —remarqué cada palabra, firme.
Cerró los ojos y soltó un gemido.
—Treinta… —Contrajo los músculos de su vagina, mi mano empapada,
percibiendo cada pulsación, cada oleada de calor—. Cuarenta.
—Eso es —dije, tomándome su orgasmo—. Mía.
Enseguida, mis manos la sujetaron del culo y, sin esfuerzo, la levanté;
sus piernas se enredaron en mi cintura mientras, con pasos apresurados, la
llevé hasta mi habitación. Podía sentir el calor de su intimidad rozando mi
pelvis; el deseo de penetrarla hasta el fondo se volvía insoportable.
—¿Qué te dije que harías cuando volviera? —Sostuve su labio entre mis
dientes, mordiendo con fuerza. Gimoteó de dolor.
—Te odio.
—Demuéstrame cuánto.
—Mataste a alguien…
—He hecho cosas peores que te harían temblar.
—Y te acostaste con ella…
—Deja de asumir cosas, Abigail, me molesta, y mucho. —Entrecerró los
ojos. Ella quiso replicar, pero se contuvo; conocía la respuesta.
Me senté en el borde de la cama, con ella aún en mi regazo.
—Ahora cállate y ponte de rodillas; me la vas a chupar —dije. Enarcó
una ceja, desafiándome.
—Cretino.
—Bestia —repliqué, frunció los labios y bajó la vista a mi cuerpo; una
sonrisa traviesa se dibujó en la comisura de su boca. Pude intuir sus
pensamientos.
—Quítate la camisa —ordenó, mirándome fijamente.
Suspiré y, con cierta resistencia, me desfajé. Quité los botones uno a uno,
abriendo la tela. Aquello la complacía y no tenía motivos para privarla de
mi cuerpo; después de todo, disfrutaba cuando me besaba y tocaba. Sus
caricias eran gentiles, pero cargadas de deseo; negar que me volvían adicto
habría sido mentir.
Abigail recorrió mis pectorales con sus dedos, deteniéndose sobre la
insignia de Eros que llevaba tatuada. Sentí un escalofrío ante el roce
delicado y cálido; aunque sus gestos eran suaves, sus ojos ardían con fuego.
Estaba atrapada entre el monstruo que podía ser y la mujer que era
simplemente Abby.
Me arañó despacio, desplazando sus uñas desde el pecho hasta la parte
baja del abdomen. La dejé tomar el control por unos instantes. Desabotonó
mi pantalón y retiró la correa del cinturón, estrujando el cuero entre sus
manos y mordiendo su labio inferior. Me miró bajo el espeso arco de sus
pestañas rizadas, transmitiéndome sin palabras lo que deseaba.
—Debo estar muy loca para seguir aquí después de lo que has hecho —
susurró, con una mezcla de desafío y deseo que me encendió aún más.
—O quizá te gusta demasiado cómo te hago venir —dije, plantando un
beso fugaz en sus labios—. No te sientas culpable, cariño; todo puede ser
malo, excepto el sexo.
Abigail colocó el cinturón en mi mano y se apartó. La observé sacar su
teléfono del dobladillo de mi bóxer, el que había tomado de mi cajón, y
luego poner música. Sonreí.
—Eres una maldita loca —mascullé, negando despacio con la cabeza.
Nunca había tenido sexo con música, pero con ella estaba dispuesto a
permitirlo.
—Y tú un puto psicópata.
—No has visto nada aún, pequeña monstruo. —Curvó los labios en una
sonrisa, despojándose de sus ataduras. Me daba la mujer que deseaba
poseer.
—Tú tampoco.
Se despojó de la camisa; sus pechos enormes se agitaron con el
movimiento. Mis manos ansiaban sujetarlos, presionar y llenarlos con mi
semen.
Luego se quitó el bóxer. Su coño depilado se mostró ante mí y la mirada
que le lancé fue inmediata: no podía contenerme. Desde la primera vez que
lo probé y estuve dentro, lo que había considerado una ligera obsesión se
transformó en algo más profundo y poderoso. Era más de lo que las
palabras podían describir.
Volvió junto a mí, su cabello oscilaba detrás de su espalda, su cintura
pequeña me tentaba para agarrarla y apoyarme mientras la penetraba. Su
cuerpo era estrecho en los lugares precisos y voluptuoso donde debía ser,
una tentación casi irreal, un pecado irresistible.
Una bruja de ojos grises y labios rojos.
Una diosa de caderas anchas y rostro angelical.
Casi perdía la cordura al verla arrodillada frente a mí. Posó las palmas
sobre mis muslos y ascendió hasta mi erección; metió la mano la tela del
pantalón y del bóxer, tocándome. Un siseo escapó de mi garganta. Sus
dedos, suaves y largos, envolvieron mi miembro hinchado; sentí cómo
palpitaba de deseo, mientras el líquido preseminal adornaba la punta
enrojecida.
—Te quedan tres días conmigo —dije, colocando el cinturón alrededor
de su cuello, como a ella le gustaba—. Los voy a disfrutar.
—¿No me echarás de menos? —me tentó, provocativa; jalé la correa y
enredé el extremo libre en mi puño.
—Chúpala y deja de hablar —ordené.
Tiré de la correa, acercando su boca a mi erección. Clavó las uñas en mis
muslos y recibió un golpe suave en la mejilla en consecuencia.
—Cuidado —advertí. Sonrió, inclinando la cabeza hacia abajo y
tomando más de mí en la boca.
Estiré las piernas, dejándola tomarme entero, apretando la correa sobre
su garganta. Me fascinaba cómo sus mejillas se ponían rojas mientras me
complacía. Se convirtió en mi pequeña monstruo, y eso me encantaba. No
había reservas, ni vergüenza, ni moral. Actuaba según su deseo, ignorando
lo jodida que era toda esta situación, al menos para ella
—Pon tu saliva en mi verga, Abigail —dije—. Escúpela y límpiala con tu
lengua.
Sus ojos se oscurecieron; estaba perdida en la lujuria. Me gustaba
arrastrarla hacia allí, poseerla en las sombras. Se sentía bastante bien, tan
bien como la boca de Abigail chupándome el miembro endurecido, tan
apretada como su coño mientras me deslizaba dentro.
Dejó salir un hilo de saliva sobre mi glande hinchado. La abofeteé con
fuerza, dejando mis dedos marcados en su mejilla, un rojo más potente que
el calor aglomerado en ella; hundió los dientes en su labio inferior, sus ojos
complacidos con mi rudeza. Escupió de nuevo y volvió a metérsela en la
boca. Tiré de la correa, sostuve su cabello y arremetí con fuerza y
profundidad. Su rostro se volvió más rojo; sonreí ante la mezcla de dolor y
placer.
Se apartó, respiró y tosió un poco; sus labios estaban hinchados y
húmedos. La miré: se veía bonita después de habérmela chupado.
—Te dije que metería mi verga hasta tu garganta.
—Podrías asfixiarme con ella y te lo agradecería —dijo, negué despacio.
—Siempre siendo tú, bestia.
La acerqué y lamí el contorno de su boca. Mi sabor con su saliva me
endureció el miembro.
—Hazme venir con tus tetas —susurré, mordiendo su labio inferior. Ella
gimió suavemente.
—No soy experta —dijo, observando sus tetas y mi erección—. Casi me
vomito.
—Te enseñaré, cariño.
Amasé sus pechos, acaricié los pezones hasta que se endurecieron bajo
mis yemas; no detuve el contacto hasta que alcanzaron el volumen que me
gustaba.
—Agárrame y ponme entre ellas.
Titubeó, pero lo hizo; colocó mi falo erecto en medio de sus pechos y los
apretó. Era un placer quedar atrapado entre sus tetas apetitosas y grandes.
—Así —gruñí—, justo así.
Recliné la espalda, apoyándome en los codos, dejándola libre mientras
presionaba mis manos sobre sus pechos y me masturbaba. Me encantaba
enseñarle, verla aprender a complacerme. Había mucho que mostrarle para
mi placer, y también se lo devolvería.
—¿Te gusta? —preguntó tímida. Su expresión cambiaba entre la
travesura y la inocencia, lo que me volvía loco.
—Me contengo para no correrme todavía —admití.
No solo sus movimientos sobre mi miembro me excitaban, también su
belleza, su figura perfecta y sus ojos que mezclaban inocencia y perversión.
Añadiéndole que era una mujer prohibida y yo no debería permitir que me
masturbara con sus tetas. Era la prometida de mi mejor amigo, pero eso solo
la volvía más deseable. Joder. Era un cabrón sin escrúpulos y lealtades.
Contraje los músculos cuando lamió la punta, me presionaba delicioso,
me tenía jadeando y no me importaba que me escuchara, por mí mejor que
supiera lo que era capaz de provocarme en la cama. Advertí el orgasmo
venir, lo sentía poderoso engrosándome el miembro y poniendo duros mis
testículos cargados de semen que enseguida acabó sobre ese par de
hermosas tetas.
El líquido se extendió por su piel, humedeciendo sus labios; recogió un
poco con los dedos, lo llevó a la boca y lo chupó, haciendo que mi cuerpo
se rigidizara.
—Maldita loca —siseé, aferrándome a los restos de mi orgasmo.
—Lo tomaré como un cumplido.
—Todos lo son.
Abby
Kylian lavaba mi cabello.
Estábamos desnudos bajo la ducha, en silencio absoluto. Contrario a lo
que había pensado, él nunca me tocaba allí ni daba indicios de querer
hacerlo. Su atención se centraba en mí: enjabonaba, enjuagaba y limpiaba
cada hebra de mi cabello. Me gustaba esa dedicación. Aunque no me pedía
que le devolviera el favor y yo no me animaba a ofrecerlo. Noté que
siempre procuraba dejar limpio mi cabello, parecía gustarle.
—¿No sientes nada al matar? —Rompí el silencio, Kylian enjabonaba su
espalda. No me miró.
—No. —Guardó silencio unos segundos—. Ni siquiera la primera vez.
Fue como si viniera programado en mí, como si siempre hubiera estado
preparado para eso.
No supe qué responder. Era escalofriante. No lograba concebir que
personas como él existieran, asesinos que se vieran normales y que además
fueran tan buenos en la cama.
—¿Y no tienes familia? —pregunté, mientras tensaba los músculos de
sus hombros.
—Mi única familia fue Rowan. —Su voz me golpeó como un puño
directo al pecho.
—Incluso así…
—Nunca antepongo a nadie por encima de mis deseos.
Se volvió a mirarme, envuelto en jabón mientras el agua arrastraba la
espuma de su cuerpo. Me pareció más intimidante, más violento y oscuro.
Su mirada irradiaba poder y agresividad, capaz de destruirte y dejarte
inmóvil. Cada tatuaje, cada músculo, su expresión, todo en él advertía
peligro. Y, a la vez, esa misma violencia actuaba como un imán para chicas
como yo, que cedían, buscaban y se permitían ser arrastradas hacia las
sombras.
—Te contradices —dije—. Me deseas, pero no puedes tenerme.
—Si te quisiera, ya te tendría.
Una sensación amarga me recorrió el pecho y se asentó en mi estómago.
—¿Acaso crees que soy el tipo de hombre que puedes llevar a una
comida con tus padres?
—Jamás dije que te quisiera para eso. —Curvó los labios en una mueca
cruel—. No asumas, Kylian, porque no me conoces.
Enroscó su mano en mi nuca y me atrajo contra su pecho.
—Sé que no quieres un romance; quieres fuego, deseas que te maltraten
y te hagan llegar. Anhelas vivir bajo las luces, sentir el calor expandirse por
todo tu cuerpo —habló despacio, y mi pulso se aceleró—. Te vi en Eros, te
vi en el Pub. Quieres ser libre, Abigail, vivir sin ataduras ni cadenas
impuestas por los demás, ser tú misma.
Mi espalda presionaba contra la pared húmeda; la inmensidad de su
cuerpo me consumía mientras continuaba diciendo la verdad.
—Pero aún hay una parte de ti que quiere el paquete completo: citas,
dedicación, fidelidad, amor. Lo veo, porque eres fácil de leer para mí.
Créeme cuando te digo que todo lo que tomo lo destruyo; no fui hecho para
romances ni dramas —aclaró con severidad.
Deslizó los dedos bajo mi mentón, obligándome a sostener su mirada.
—En tres días esto se acabará, y si eres inteligente, volverás con Rowan.
Tienes el poder de hacer que bese el suelo por donde caminas.
—Él no es lo que quiero, y tú tampoco. Exudas violencia, estás regido
bajo ella, vives para quitar vidas, Kylian. —Un nudo se formó en mi
garganta—. Yo nunca quise estar en tu cama.
—Lo sé, y cúlpame; no te equivocas al hacerlo.
—No me diste opción y destruiste mi vida. Lo que yo quería perdió
sentido cuando me hiciste ver lo que en realidad soy.
Acunó mi rostro con las manos y limpió las lágrimas que había
derramado sin darme cuenta.
—Cuando el plazo se cumpla, no vuelvas a mi vida, Kylian.
—No lo haré, cariño.
Capítulo 28
Abby
Kylian había pasado toda la tarde fuera. La conversación que tuvimos en el
baño permaneció allí, sin que volviera a mencionarla, como si nunca
hubiera ocurrido. Se fue después de comer y no dijo a dónde iba; tampoco
pregunté. Aunque no habláramos del tema, era imposible que no le diera
vueltas a nuestras palabras, y eso me mantuvo encerrada en mi mundo,
aislada de sus actos.
Cada día a su lado me confundía más. Sentía que crecía un lazo hacia él,
uno que no era físico y que me acercaba de manera inquietante. Crear
vínculos sentimentales con alguien como Kylian solo podía traer
problemas; seguro no terminaría bien.
Decidí dejar de lado esa pequeña tortura y me senté en el taburete de la
cocina, con el teléfono en la mano, esperando que Mac atendiera la
videollamada. Extrañaba a mi amigo y mi rutina universitaria. No me
quejaba de estar aquí, pero no estaba acostumbrada a permanecer encerrada,
y tampoco me quedaron ganas de desafiar a Kylian.
—Hola, baby —saludó con entusiasmo. Su voz me contagió alegría.
Hacía tanto que no hablábamos que ver su cara en la pantalla me hizo sentir
mejor.
—Hola, Mac, ¿estás ocupado?
—Para ti, nunca. ¿Cómo estás? Lo último que supe fue lo que ese
musculoso bloque de hielo me dijo —comentó, prestándome toda su
atención.
—¿Qué fue lo que te dijo? —pregunté, ya que Kylian nunca me revelaba
nada. Mac masticó palomitas acarameladas de un bol y me hizo esperar su
respuesta.
—Te seguí en el Pub, cuando te fuiste con ese grandulón al pasillo. —
Tomó otro puñado de palomitas y deseé que dejara de comer para que fuera
claro—. Pero Kylian apareció y me dijo que él se encargaba…
—¿Y le creíste?
—Baby, ¿has visto cuánto mide y cómo mira? Llámame cobarde, pero no
quiero experimentar lo que es tener un hueso roto. Además, me prometió
que te cuidaría. —Apreté el ceño, confundida.
—¿De verdad dijo eso? —Asintió mientras vaciaba el bol, frunciendo el
ceño al ver que ya no quedaba nada.
—Sí. ¿Estás bien?
—Lo estoy. Sigo en su departamento. —Suspiré—. No me deja ir.
Dejó el bol a un lado y me observó con interés y preocupación.
—¿Te tiene secuestrada como una esclava sexual o algo así? —Sonreí
con ironía.
—Se podría decir. Comemos, dormimos y bueno, volvemos a… —Evité
terminar la frase.
—Cristo bendito, Dios tiene sus elegidas.
—Mac… —protesté.
—Perdón —carraspeó—. ¿Te está obligando? ¿Quieres que vaya por ti?
La seriedad en cada pregunta me hizo sentir que no estaba
completamente sola y que podía acudir a alguien. Pero la sola idea de que
viniera y que Kylian le hiciera lo mismo que a Mario me provocaba
arcadas. Tenía la certeza de que Kylian no lo lastimaría, pero no confiaba
del todo en mis suposiciones.
—No, para nada. Es solo que… todo es demasiado complicado, Mac.
No podía decirle que Kylian era un asesino y traficante de armas a nivel
mundial.
—¿Por qué? Estás soltera, te gusta, le gustas, cogen bien. ¿Qué hay de
malo en ese sujeto? Claro, aparte de su edad y el miedo que me da al
mirarlo a los ojos. Dudo que sea un asesino en serie o algo así. —Aplasté
las palabras antes de soltarlas.
—Es el mejor amigo de Rowan. Con eso basta —susurré, agobiada. Su
mirada se suavizó.
—Debes pensar en lo que tú quieres. No intentes hacer feliz a los demás
a costa de tu propia felicidad; al final, ellos nunca lo agradecen.
Sentí la garganta cerrarse. Me cubrí la cara con las manos, frotándola una
y otra vez para aliviar el nudo y contener las ganas de llorar.
—Kylian no es el tipo de hombre que se enamora.
—Ay, por favor. Todos dicen eso, pero sus acciones gritan otra cosa.
Hasta los corazones más duros ceden ante la rutina; compartir tiempo y
espacio con alguien te afecta sí o sí.
—No con él —repliqué—. No lo conoces, Mac. Es frío y oscuro.
—El hielo se derrite con el sol, baby. No le creas todo lo que aparenta. —
Me miró—. ¿De verdad estás bien? —insistió.
—Sí, Mac. Debo dejarte. Te veré el fin de semana, cuando me liberen. —
Sonreí débilmente.
—De acuerdo, muñeca. Te amo.
Finalicé la llamada y enseguida entró una videollamada de Rowan. Mi
corazón latió con fuerza. No podía responderle; se daría cuenta de que no
estaba en mi departamento. Maldita sea. Apagué la cámara y enseguida le
respondí. Su rostro llenó la pantalla de mi móvil; verlo me produjo una
sensación agridulce. Mientras lo miraba, buscaba desesperadamente el amor
que sentí hace tan poco.
—¿Cielo? ¿Por qué no puedo verte? —Llevaba el uniforme puesto y
parecía estar en la calle. El sol iluminaba su cabello, haciéndolo brillar
como oro. Sus ojos, más claros de lo habitual, reflejaban luz.
—Mi cámara se averió. La llevaré a reparar —mentí—. ¿Cómo estás?
—Bien, aunque ocupado. Apenas pude llamarte. Te extraño tanto.
—Yo también —musité, sincera solo a medias.
—Me alegra escucharlo. Solo tres días más y volveré. —Mostró una caja
metálica con detalles rojos—. Mira lo que encontré.
—Son mis chocolates favoritos —susurré, emocionada y cohibida por su
gesto.
—Estuve buscándolos por todo Moscú. No podía irme sin traértelos.
Recuerdo cuánto te gustaron la última vez que los llevé.
—Sí. —Mis ojos se llenaron de lágrimas—. Gracias, no tenías por qué
molestarte.
—Claro que sí. Tú eres lo más importante para mí, Abby. Si puedo
hacerte feliz con estos detalles, lo haré.
Me quedé en silencio, a punto de llorar a mares como una tonta.
—No te merezco —solté, y era la verdad.
—No digas eso, mi amor. Nos pertenecemos. Siempre te lo he dicho. —
Sus orbes mostraban pura sinceridad—. Cuando vuelva, retomaremos todo,
Abby. Te prometo que funcionará; empezaremos desde cero.
—No puedo, Rowan… escucha…
—Debo irme, cariño. —Esa palabra no sonó tan dulce en sus labios—. Si
puedo, te llamaré. El trabajo me absorbe. Por favor, cuídate. ¿Sigues
quedándote con Cormac?
—Sí —respondí rápido—. Volveré el fin de semana a mi departamento.
—Perfecto. El sábado iremos a cenar, ¿te parece?
—Está bien —accedí—. Hasta luego.
—Te amo, Abby. Siempre lo haré por encima de todo.
La llamada terminó y no pude evitar romper en llanto. Aunque en los
brazos de Kylian me olvidara de todo, no podía ignorar la realidad. Había
aceptado lo mal que estaba, pero él regresaba y destruía todo, adueñándose
de mis pensamientos como una plaga poderosa y tóxica. Era dañino y a la
vez un soplo de aire puro para el monstruo que llevaba dentro.
Quería dejar de luchar; quería no sentir nada, tal como él. Sin embargo,
aún existía esa parte sensible en mí, la que sabía que lo que hacía no era
correcto.
De pronto, la puerta del departamento se abrió. Me limpié la cara
rápidamente, intentando borrar todas las lágrimas; tomé una servilleta y
sequé mi nariz. Creí que se trataba de Kylian, pero no. Era una mujer cuyo
rostro me resultaba vagamente familiar. Había visto ese cabello de colores y
esas perforaciones en algún lugar, pero no podía recordar exactamente
dónde.
—Hola, pajarito —saludó alegre. Apreté el ceño y me puse de pie,
dirigiéndome hacia ella. Traía unas bolsas en las manos, como si hubiera
ido de compras.
—¿Disculpa? ¿Quién eres?
—París —se presentó—. El jefe me mandó a traerte esto.
Me entregó las bolsas.
—Dijo que irían a cenar y quiere que uses esto.
—Qué considerado —mascullé con cierto desdén.
—Debe ser aburrido estar aquí sola —murmuró, mirando el
departamento mientras metía las manos en los bolsillos de su pantalón corto
—. Yo que tú, ya habría saltado.
—Gracias, pero no comparto tus pensamientos suicidas. —Se rió y me
observó.
—Bueno, debo irme.
—Espera. —La detuve antes de que saliera por la puerta—. ¿Dónde está
Kylian?
—En Eros, trabajando.
—¿Matando gente? —Volvió a reír.
—Eres chistosa, ¿eh? —Negó con la cabeza y abrió la puerta—. Fue un
gusto, pajarito.
—Deja de llamarme así. —Se encogió de hombros, apoyando la mano en
el pomo.
—El jefe te llama así y a mí me gusta, así que se queda. Adiós.
Estaba rodeada de locos.
Por la noche estaba lista.
Kylian envió una falda corta con vuelo en color lila, una blusa blanca de
manga larga, fresca, y un chaleco del mismo tono de la falda. Parecía ropa
de porrista, pero no me desagradó. Al probármela, comprobé que me
quedaba perfecta; era de mi talla, al igual que las zapatillas de deporte a
juego. Me pregunté a dónde iríamos y cuál sería el motivo de que me
vistiera así.
Tenía la apariencia de una colegiala. Para acentuar el efecto, me hice dos
coletas pequeñas, tomando solo una sección mínima de cabello desde el
nacimiento, lo cepillé con cuidado y me maquillé, intensificando la
oscuridad de mis ojos y dándole un tono rosa suave a los labios. París había
traído un sinfín de cosas: maquillaje, ropa interior, perfume, accesorios y
zapatos. Ningún detalle pasó desapercibido y no sabía cómo sentirme al
respecto. Ignoraba si todo esto fue idea de Kylian o de París; nunca lo
sabría.
Cogí el móvil y revisé los mensajes; no había ninguno nuevo. Comprendí
por qué Rowan no me llamaba; parecía que el destino nos daba un respiro
para que nadie nos molestara. Maldita vida.
Al entrar en la sala, noté que Kylian ya había llegado. Cerraba la puerta
detrás de sí y su aprobación brilló en sus ojos de hielo; luego apareció esa
oscuridad lasciva con la que me observaba, recorriendo cada centímetro de
mi figura. El calor subió a mis mejillas y tuve que apartar la mirada.
—Te ha quedado bien —murmuró con voz baja.
—¿A dónde iremos? —pregunté cautelosa.
Se acercó sin tocarme. Seguía oliendo a limpio, como si acabara de salir
de la ducha. Su traje y camisa estaban impecables, sin una sola arruga; su
cabello permanecía en su lugar.
Extendió la mano y tomó una de mis pequeñas coletas, tirando
suavemente. Ese simple gesto me envió una electricidad directa entre las
piernas, el pulso justo sobre mi clítoris.
Enferma. Solo te está tocando un mechón de cabello.
Sin embargo, con Kylian nada era simple o común. Este hombre me
excitaba con solo mirarme; el mínimo roce me ponía al límite y no era
normal. Necesitaba atención urgente. Me negaba a creer que había personas
con las que conectabas de esta manera, me negaba a que Kylian fuera eso
para mí: mi complemento.
—Muy bonitas —susurró con tono sugestivo.
Se rió suavemente y se dirigió a la habitación. Supuse que iba a
cambiarse de ropa. Me senté en el sofá, admirando la noche en Irlanda,
crucé las piernas y por un instante pensé en quedarme allí, acostumbrarme a
ser suya, como una muñeca a la que vestía, alimentaba y follaba.
Negué. Solo quedaban tres días y esto terminaría. Para entonces, debía
decidir qué hacer. Podría tratar de convencerme de que no estaba
engañando a Rowan, después de todo habíamos terminado, pero solo sería
mentirme a mí misma. Me acostaba con su mejor amigo y esa traición sería
difícil de perdonar. Ni siquiera tendría el valor de pedir perdón; no lo
merecía.
—Vámonos —anunció su voz, asustándome.
Me incorporé y lo encontré de pie junto a la puerta. Tenía el cabello
húmedo y se había puesto una chaqueta de cuero negro. La camiseta y el
pantalón eran del mismo tono, al igual que sus botas. El reloj de oro brillaba
sobre su piel y el número siete tatuado en su mano resaltaba en contraste.
Nunca lo había visto sin sus trajes caros y ahora parecía otro: más joven,
más apuesto, más peligroso. No importaba lo que vistiera, siempre
desprendía agresividad y violencia. Él lo era.
Casi me quedé sin aliento al avanzar hacia él; estaba más alto, y la
chaqueta ceñía sus hombros anchos que parecían haber crecido o, quizá
solo era mi imaginación que lo convertía en un adonis perfecto y esculpido
con mano santa, tal vez la del mismo Dios.
—¿Vas a quedarte ahí comiéndome con la mirada toda la noche? —
increpó. Achiqué los ojos.
—Púdrete, Draxler.
Sonrió con arrogancia y me tomó de la mano.
Llegamos a una pista de patinaje sobre hielo llamada Fantasy Cold.
Cada vez me intrigaba más el motivo de nuestra visita; no lo veía como
un lugar habitual para Kylian. Había niños, jóvenes y adultos. Algunos se
desplazaban por la pista helada, otros estaban sentados en las mesas
comiendo lo que ofrecía el local. El ambiente era enérgico y el olor de la
comida predominaba, aunque el aroma del café conseguía imponerse y
permanecer impregnado en la ropa de los visitantes.
Kylian no soltaba mi mano. Parecíamos una pareja común y corriente,
allí solo para divertirse. Qué gran mentira.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté al fin.
—Cenar —simplificó. Arrugué el entrecejo.
—¿Aquí? No es muy tu tipo —susurré, pensativa y sin mala intención.
—No sabes lo que es mi tipo, Abigail. ¿Qué te dije acerca de asumir? —
Rodé los ojos y no dije más. Si asumía, era porque él nunca lo decía todo o
lo hacía a medias.
Me indicó que tomara asiento mientras él se acercaba a la caja a pedir la
comida. Varias miradas se centraron en él, incluso las masculinas. Su
complexión, vestimenta y rostro llamaban demasiado la atención. Kylian
era imposible de olvidar.
Lo vi pagar y luego perderse por un pasillo. Esperé cinco minutos hasta
que regresó; noté un atisbo de humedad en sus manos mientras se sentaba
frente a mí. Obsesionado con la limpieza, como siempre.
Mantuvo las manos sobre sus muslos y su mirada recorrió a las personas
que patinaban, como si buscara algo. Su rostro era perfecto, cada centímetro
en su lugar. Él era un pecado, y yo una loca obsesionada que no podía dejar
de admirarlo y repetir en mi mente lo hermoso que era como si no acabara
de quedarme claro.
—¿Te gusta patinar? —averigüé. No me respondió al instante.
—No.
Minutos más tarde nos trajeron comida callejera: hot dogs cargados de
ingredientes que no lograba identificar debido al queso derretido, que hizo
que se me hiciera agua la boca. Se veían realmente apetitosos; hacía
bastante que no probaba este tipo de alimento. Normalmente consumía
hamburguesas, claro, pero la mayor parte del tiempo comía cosas típicas de
mi ciudad natal.
Tomé el primer bocado y los sabores estallaron en mi boca. Fue delicioso
y placentero, casi tanto como observar a Kylian devorar su comida con
absoluta elegancia. Por amor a todo lo sagrado, hasta eso lo hacía bien.
Nada se escapaba de su boca como sucedía conmigo; había gastado un
montón de servilletas antes de sentirme satisfecha con solo un hot dog. Él
terminó ambos que tenía en su plato.
—Están muy buenos —acepté, tomando un sorbo de soda. El sabor
refrescante fue un alivio.
—Lo sé.
—¿Vienes aquí seguido?
—Algunas veces —contestó, limpiándose la boca antes de beber de su
soda—. ¿Quieres postre?
—No, estoy llena. ¿Tú pedirás?
—Lo comeré en casa.
Tragué saliva y desvié la mirada hacia la pista de hielo, sin profundizar
en sus palabras sugestivas. Me daban ganas de patinar, pero con la comida
en el estómago seguro vomitaría todo.
—¿Quieres patinar? —cuestionó, aunque más bien sonaba como una
afirmación..
—Estoy llena.
—No hace falta que gires como un trompo. —Solté una carcajada
espontánea. Él sonrió conmigo, negando lentamente, contagiado por mi risa
escandalosa y viéndose más normal de lo que jamás había mostrado.
—Lo siento, eso fue gracioso. —Negó, restando importancia.
Se puso de pie y me tomó de la mano, dejando atrás la sonrisa que había
jugado sobre sus labios. Recogimos lo que habíamos ensuciado y lo tiramos
a la basura. Luego me condujo hacia un pequeño puesto que vendía patines
y accesorios, incitándome sin palabras a que eligiera unos.
Me mordí el labio, indecisa; eran costosos y no parecían de la mejor
calidad, aunque admito que se veían bonitos. Elegí unos blancos con
detalles brillantes que imitaban diamantes, recordándome al obsequio
peculiar de Kylian. Sacó una tarjeta y pagó; tomé los patines y, en silencio,
caminamos hacia un banco vacío.
Más allá, una pareja se besaba sin pudor, mientras una señora mayor los
observaba como si fuera la primera vez que veía un acto de cariño.
—¿Cómo supiste que patinaba? —pregunté, quitándome los zapatos.
—Te investigué.
—Oh.
No dije nada más. Investigarme no era lo peor que podía hacer, pero me
sorprendía que detalles tan triviales estuvieran registrados en un informe
con mi nombre.
Me coloqué los patines y él me ayudó a entrar a la pista de hielo. Mis
piernas temblaron al instante; hacía mucho que no patinaba, no por falta de
interés, sino por falta de tiempo. La universidad me consumía, el trabajo no
me soltaba, tampoco los entrenamientos de baile, y los pocos momentos
libres los pasaba con Rowan o su familia, en restaurantes o bailes de
sociedad.
Mientras deslizaba mis pies sobre el hielo, recordé cuánto extrañaba a la
antigua yo, aquella que reservaba tiempo para disfrutar: comer comida
chatarra, patinar, charlar con amigos, bailar. Lo llamaba madurez, pero era
otra cosa.
¿Por qué no podían ser las cosas así con Rowan nuevamente? Los
primeros meses todo era como quería, pero luego llegaron la seriedad y su
madurez genuina, consejos que me beneficiaban, sí, pero que extinguieron
las salidas, la ropa escotada, el cigarrillo, el alcohol… todo lo que
disfrutábamos. Lo entendí, juro que sí, pero ahora, no paraba de ver lo malo
y me jodía, porque una parte de mí me gritaba que buscaba cualquier
excusa para justificar el engaño y mis emociones hacia el hombre que me
observaba con adoración mientras me movía con agilidad sobre el hielo.
Suspiré y me obligué a concentrarme en disfrutar el momento.
Mi estómago no protestó al girar una vez. No era profesional ni buscaba
serlo, pero había aprendido a patinar por Mac. Seguro se enojaría al
enterarse de que vine sin invitarlo.
Reí y aceleré mi movimiento. Desde el rabillo del ojo noté que Kylian
hablaba por teléfono, pero no quitaba la mirada de encima. Di otra vuelta y
la falda se levantó un poco, dejando ver mi ropa interior. Maldije
interiormente cuando percibí su mirada oscura posarse en mi trasero, para
luego pasarla sobre un hombre que no dejaba de observarme. Era alguien
maduro y agraciado, pero no era de mi tipo.
—¿Eres profesional? —Se acercó con una sonrisa.
—No —respondí seca.
—Pareces.
—Ah.
Me alejé y me apresuré hacia Kylian. Por amor a todo lo sagrado, no
quería otro muerto en mi conciencia. Mientras me acercaba y el hombre me
seguía, la mirada de Kylian se tornó más oscura, como si todo el entorno se
consumiera en penumbras.
—¿Nos vamos? —pregunté al llegar a él.
—¿Te está molestando? —inquirió severo.
—No. Estoy cansada.
Asintió lentamente y me ayudó a quitarme los patines. Me senté, y él,
casi de rodillas frente a mí, se tomó su tiempo. Cada movimiento fue
preciso, delicado, incluso con esas manos fuertes que podían hacerme venir
en tiempo récord.
Me colocó los zapatos y ató las agujetas con la misma paciencia. Al
terminar, sostuvo mis dedos y me acorraló contra el banco; se inclinó y
depositó un beso en mis labios, rozó mi labio inferior con la lengua y lo
mordisqueó antes de apartarse, ofreciéndome su mano. Dios mío, seguía
anonadada.
Entrelazamos los dedos y caminamos hacia la salida. No busqué al sujeto
que me había hablado; mi atención estaba en el hombre vestido de negro
que miraba a Kylian mientras asentía en su dirección con la cabeza antes de
perderse entre la multitud, escabulléndose como un fantasma. Grabé en mi
memoria su expresión grotesca: tatuajes en la cabeza rapada y una mirada
llena de violencia, la misma aura que emanaba Kylian.
—¿Estabas trabajando? —articulé en voz baja—. ¿Por eso me trajiste
aquí?
La bilis subió por mi garganta mientras que, lo sucedido momentos antes
se desmoronaba.
—Mi equipo está en una misión. Necesitaba estar cerca sin levantar
sospechas.
No debía dolerme, pero lo hizo. Él solo me estaba usando de fachada.
—Pudiste decírmelo —musité con amargura.
—No tenías que saberlo, Abigail.
—Me has usado.
—Lo hago todo el tiempo, ¿no?
Una bofetada hubiera dolido menos. Mi orgullo y dignidad estaban en el
suelo.
—Yo te uso y, a cambio, te doy buenos momentos como tu sonrisa en la
pista de hielo, o tus orgasmos en mi cama. Simple.
Callé. No tenía sentido hablar; si lo hacía, me derrumbaría. No era de
hielo ni de piedra, ni un robot como él. Me lastimaba profundamente. Aun
así, no me alejé porque él no me lo permitió. Esa fue mi perfecta excusa
para permanecer a su lado.
Pero esa noche fue la primera de muchas en las que Kylian me rompió el
corazón.
Capítulo 29
Kylian
Había herido los sentimientos de Abigail.
Francamente, no esperaba que se enterara de lo que realmente hacíamos
en la pista de hielo, aunque tampoco pensé que le daría tanta importancia.
Supuse que lo dejaría pasar y que lo entendería, como solía hacer con todo
lo demás. Sin embargo, vi la decepción en sus ojos: la ilusión y la felicidad
que había sentido se quebraron ante la realidad de mis palabras. Me jodió.
Claro, estar en ese lugar había sido premeditado, todo un plan
cuidadosamente ejecutado para atrapar a uno de los terroristas principales
de la célula de Ghazali, un sujeto extremadamente peligroso de Kabul,
donde perpetraba la mayor parte de sus atrocidades. Aún no contaba con las
coordenadas de las células que operaban en la ciudad; este contacto era
nuestra mejor esperanza para obtener la información necesaria. Todo salió
según lo planeado, sin imprevistos, con discreción absoluta y sin errores
que pudieran comprometer el objetivo.
Todo salió bien, salvo por Abigail.
Mis palabras la habían lastimado, y si sucedió así, era porque comenzaba
a sentir algo fuerte por mí. No es que me molestara; al contrario, alimentaba
mi ego de manera desmedida. Pero sabía que ella sufriría, incluso más que
con lo ocurrido el día anterior.
Nuestra cita, de cierto modo, era eso… una cita.
Sí, tenía un propósito, pero también quise llevarla a un lugar al que
acudía cuando necesitaba despejar la mente. Me gusta la comida y pensé
que Abigail disfrutaría la pista de patinaje. Solía ir a algunas con Cormac y
no me equivoqué al elegir el sitio, pero fallé al revelarle la verdad, aunque
solo fuera a medias. Supongo que confesarle que no solo se trataba de
trabajo, sino de nosotros, era demasiado para mí. No importaba. Lo
arreglaría, como hacía siempre.
Guardé bajo llave el diario que había tomado de su casa. Lo leí y releí,
absorbiendo cada detalle de su privacidad y anotando en mi memoria todo
aquello que ella deseaba y había plasmado. Irracional y estúpidamente, me
prometí hacer realidad algunas de esas cosas, aunque tal vez nunca se las
mostrara; existirían solo por ella.
Me incorporé de la silla y salí de mi oficina hacia la habitación donde
manteníamos cautivos a los terroristas que habíamos capturado. Eran dos
hombres de mediana edad, conocidos únicamente por letras; no se
arriesgaban a revelar sus nombres verdaderos, como si eso les ofreciera
alguna ventaja. Claro, eso nos hacía trabajar un poco más, pero siempre
conseguíamos lo que necesitábamos, como en este caso.
Al entrar, el olor a sangre y suciedad me golpeó de lleno. Estaba
acostumbrado, pero aun así resultaba repulsivo.
Los cuerpos de ambos hombres estaban maltrechos, casi irreconocibles.
La información plasmada en la pizarra captó mi atención, ignoré los
manojos de huesos rotos que ocupaban las sillas. Escuchaba los jadeos de
las víctimas mientras mis hombres continuaban con su castigo.
En la pizarra había direcciones de posibles atentados, escondites, la
ubicación exacta de explosivos y los nombres de quienes ejecutarían los
planes. También figuraba una dirección en Kabul con coordenadas que
posiblemente revelaban el paradero de Ghazali. No confiaba del todo; ese
cabrón no arriesgaría su posición de manera voluntaria. Pero siempre existía
la posibilidad de que la suerte jugara a nuestro favor. Toda esta información
beneficiaría a April y a la CIA, mientras yo disfrutaba de las ventajas que
me otorgaba.
—Es todo lo que pudimos obtener, señor Draxler —informó uno de los
hombres que aún interrogaba a los terroristas.
—Mátenlos y envíen sus cabezas a esa dirección —dije, señalando la
supuesta ubicación de Ghazali—. Veremos quién recibe el regalo.
No añadí más detalles. Ellos sabían cómo actuar, por eso trabajaban para
mí. Salí de la habitación con una sensación de suciedad que tardaría en
disiparse. Después, volvería con Abigail, a reparar apenas un poco de lo que
había destruido.
Abby
Era jueves por la noche.
Todo el día anterior y gran parte de hoy no había visto a Kylian.
No pregunté dónde estaba ni pensé demasiado en los motivos de su
ausencia. Esa noche, tras regresar, no hablamos más; él no durmió conmigo.
Ignoraba si seguía en el departamento o se había ido desde el mediodía. Mis
ánimos estaban por los suelos, igual que mi dignidad.
Al menos no me molestó; envió comida y cena sin aparecerse. Lo tomé
como un acto de piedad después de cómo me había usado, arriesgándome
sin importarle nada. Estaba segura de que ni siquiera consideró las
consecuencias de llevarme allí, rodeada de terroristas igual de peligrosos
que él. Fui una estúpida al pensar que, de algún modo, estábamos teniendo
una cita. Qué ilusa fui.
Lloré. No podía negarlo. Llámenme idiota, porque lo era. Mac tenía
razón al advertirme que uno podía encariñarse al pasar tiempo con alguien.
Por más que intentara evitarlo, sentía un apego que esperaba desaparecer al
poner distancia entre nosotros.
Mañana volvería a casa, lejos de él. Me dejaría en paz, aunque pudo
haberlo hecho desde el martes; sin embargo, seguía manteniéndome
cautiva. París, quien se encargó de alimentarme, se negó rotundamente a
dejarme ir, siguiendo órdenes de Kylian. Todo era confuso.
Ahora me movía en la cama, tras haberme duchado. Eran las dos de la
mañana y no lograba conciliar el sueño. El departamento se sentía grande y
frío, aunque la presencia de Kylian lo llenaba de vida; incluso cuando su
energía parecía distante, emanaba un calor inesperado que daba calidez a
cada rincón de aquel elegante y vacío espacio.
Iba a extrañarlo.
Pero también sentía alivio por irme.
No podía imaginar cómo sería enamorarme de alguien como Kylian, con
su temperamento, su dominio, esa frialdad que me calaba los huesos y
destrozaba mi corazón. Si entregaba mi amor, solo quedarían cenizas de mí.
Me aterrorizaba.
De pronto, la luz atravesó las rendijas de la puerta. Mi cuerpo se tensó y
el corazón latió con tal fuerza que temí que Kylian pudiera escucharlo.
Cerré los ojos, deseando que no entrara.
Por favor, solo quedan unas horas… no entres.
Recé, tal como me enseñó mi madre en la iglesia. Pero Dios debía
ignorarme; era una pecadora que traicionaba a la persona que la amaba con
su mejor amigo. La puerta se abrió, y por un instante su figura alta y
poderosa absorbió hasta el último rayo de luz.
Se me revolvió el estómago ante el silencio y la oscuridad que siguió al
cierre de la puerta. Temblé, escuchando sus pasos dirigirse hacia el baño.
Solté un suspiro de alivio cuando se perdió dentro de él. Le rogué a Dios
que Kylian solo viniera a ducharse y luego se marchara.
Si me tocaba, si buscaba provocarme, no podría resistir. Era débil, me
gustaba demasiado y era incapaz de negarle nada. Él jamás aceptaría un
“no” de mis labios cuando se tratara de sexo.
Me acomodé mejor sobre mi costado, cubriéndome casi por completo
con el edredón. Cuando el agua dejó de correr, fingí dormir, esforzándome
al máximo. Casi podía advertir sus movimientos a través de la habitación y
sentir la fuerza de su mirada sobre mí, como si supiera que estaba
fingiendo. Mierda. Por supuesto que lo sabía. A él no lo engañaba.
Entonces sentí su peso hundir el colchón. Casi gemí de dolor cuando su
pecho se pegó a mi espalda y el vello de sus piernas rozó la parte posterior
de mis muslos desnudos; clavó su erección contra mi trasero y no moví un
músculo al primer contacto de sus dedos con mi cuerpo. Apartó el cabello
de mi cuello y, acto seguido, posó los labios sobre la piel expuesta.
Continué fingiendo, estremeciéndome bajo el calor que desprendía su piel
desnuda. No llevaba una sola prenda mientras frotaba su pene contra mi
culo y deslizaba su mano bajo la camisa. Nuestro calor se fundió,
convirtiéndose en uno solo y avivando el deseo que ya se mantenía latente.
Acarició uno de mis pezones con suavidad, provocando una tensión
exquisita que recorría mi pecho. Cada caricia lenta incrementaba la
intensidad de mi deseo, haciéndome consciente de cada centímetro de su
tacto. Mi sexo estaba empapado, pero milagrosamente no lo demostré; no
me rendí tan fácil, aunque sabía que terminaría cediendo, porque él no se
detendría hasta obtener lo que quería.
Sin brusquedad, me colocó boca arriba. Cerré los ojos y controlé la
respiración, mordiendo la lengua. Kylian se acomodó sobre mí, sus manos
posesivas abarcaron mi cintura y movieron la tela hacia arriba hasta retirarla
por completo. Amasó mis pechos con fuerza repetida, para luego chupar
mis pezones con habilidad, recorriéndolos con su lengua húmeda. La
electricidad recorrió mi columna y se centró en mi entrepierna, acentuando
mi excitación.
Para ese momento estaba a punto de perder el control.
—Sigue fingiendo, bestia. Puedes resistirte si lo prefieres —dijo,
lamiendo mi pezón en círculos—. Si eso te hace sentir mejor.
Descendió por mi abdomen hasta mi vientre bajo y arrancó mi ropa
interior sin esfuerzo, dejando la piel sensible ardiendo al contacto con la
tela. Luego, pasó la lengua por encima de mi sexo, bordeando mis labios
vaginales y recorriendo la cara interna de mis muslos. Sopló despacio sobre
mis pliegues, prolongando mi espera. Durante varios minutos me torturó sin
darme lo que necesitaba, y me sorprendí de la fuerza que tenía para no
rogarle que hundiera la lengua y me comiera el coño como solo él sabía.
La necesidad que sentía mientras me dominaba era intensa y salvaje. Su
oscuridad me llamaba y me atraía con facilidad. No me resistí, porque
disfrutaba su violencia y la frialdad con la que lastimaba mi piel al besarme,
tocarme y follarme.
Cualquier atisbo de autocontrol desapareció cuando introdujo su lengua
entre mis pliegues de manera descarada y ardiente. Perdí el poco control
que me quedaba y un sonido de placer y protesta escapó de mi boca. Separó
mis piernas, tomándolas con firmeza para impedir que las cerrara. Abarcó
mi hendidura desde el clítoris hasta mi culo. Abrí los ojos de golpe y lo
encontré oculto bajo el edredón, consumado en mi placer, comiéndome
como tanto había deseado.
Sentí un alivio momentáneo al no ser observada. Agarré las sábanas con
fuerza, y su saliva resbaló entre mis pliegues. Lamió, escupió, succionó con
avidez y hundió las yemas de los dedos en mi carne. Me follaba con la
lengua y la metía en todas partes. Luego, me arrancó un gemido doloroso
ante la invasión de sus dedos en mi culo. Me penetró despacio, pero fuerte,
entraba y salía, chupaba mi clítoris, lo estimulaba y seguía llenándome de
saliva y fluidos, cuando caí en cuenta, eran dos dedos los que me follaban.
—Dios… —jadeé, embriagada por el placer. Todo era sucio, lascivo y
exquisito al mismo tiempo.
Estaba tan húmeda que no recordaba otra ocasión en que lo estuviera
tanto. Kylian no cesó cuando el orgasmo me golpeó como un camión de
carga, inmovilizándome mientras la sensación se expandía hasta la punta de
mis pies. Intenté cerrar las piernas, pero su dominio me lo impidió. Volvió a
penetrarme, estirando los dedos en mi culo como preparación para lo que
seguiría. Jamás habría esperado encontrar una estimulación tan deliciosa en
esa parte de mi cuerpo. Era lujurioso y tan sucio que lo volvía más plácido.
De un movimiento, retiró el edredón y lo encontré con su rostro entre
mis muslos. Su mirada, intensa y peligrosa, se centraba en mí mientras
dejaba caer su saliva en mi coño, ejerció estimulo en mi brote hinchado;
esparció cada hilo de saliva a través de mis pliegues antes de volver a
inducir mi deseo. No podía hablar, acababa de alcanzar un orgasmo y él me
llevaba hacia otro.
—¿Sabías que la saliva es el peor lubricante? —Sus dientes destellaron
en la penumbra.
—El que te escupa el coño no tiene nada que ver con lubricarte. Lo
sabes, ¿no?
Enmudecí y él retomó su tarea excitante y controladora. Perdí la noción
de todo a mi alrededor; fui completamente suya, viniéndome en su boca dos
veces más, rendida y humillada, pero satisfecha.
Sentí alivio cuando apartó el rostro; la intensidad era tal que el aire frío
de la habitación aplacó la quemazón entre mis piernas.
Kylian estaba de rodillas, su verga extendida sobre la palma de la mano,
tensando las venas a través del falo largo y ancho. Mi boca se secó; no
podía acostumbrarme a su tamaño ni a la manera lasciva con la que me
miraba mientras se masturbaba.
De improviso, me dio la vuelta sin preguntarme y me colocó boca abajo.
Apoyó ambas manos sobre mis nalgas, tocándolas con suavidad.
—No puedo esperar más. Te irás y no lo harás sin que folle tu culo.
—¡Estás loco! —intenté girarme, pero me lo impidió—. Me va a doler.
Su fuerza aplastó mi cuerpo y la suavidad de sus labios rozó mi lóbulo.
—Apuesto que cuando te folle el culo, me pedirás más.
Lamió mi mejilla con descaro y luego me chupó la piel repetidamente,
embriagándome con el contacto de sus labios y la avidez de su lengua en mi
cuello. La presión en mi culo aumentó; su dureza empujaba suavemente,
abriéndose paso.
—Cada parte de tu cuerpo es mía, me pertenece —jadeé al sentir el
primer estirón ardiente—, no importa si no te poseo, mi nombre está
tatuado en ti y no lo olvidarás. Me encargaré de que no lo olvides —
susurró, provocando un escalofrío en todo mi cuerpo.
Agarró mis muñecas y las colocó sobre mi cabeza, aprisionándolas. Me
tenía inmovilizada, a su merced. Y lo peor era que no me molestaba; solo
me excitaba.
Quería su violencia, su rudeza al poseerme, quería que me maltratara en
la cama sin una pizca de respeto, quería a ese monstruo que rivalizaba con
el mío.
Tensé los músculos cuando embistió unos centímetros más adentro. La
quemazón se concentró en ese punto. Él lo notó, retrocedió, tocó mi sexo
con los dedos y palpó mis fluidos antes de volver a penetrarme. Un jadeo
escapó mientras su penetración se profundizaba.
—Déjame entrar, Abigail, no te cierres a mí.
—Quema.
—Desaparecerá.
Presionó despacio contra mí, repitiendo el movimiento un par de veces.
En cada embestida se adueñaba de una nueva parte de mí; lo notaba en el
escozor y en el fuego ardiente que recorría mi piel, en el pulso errático
golpeando mi columna y en la tensión de sus músculos. Se contenía, pero
las venas de sus brazos sobresalían bajo la piel, marcando cada movimiento.
El sudor nos cubría a ambos. Nunca imaginé que su cuerpo desnudo tendría
un efecto tan poderoso sobre mí; fue alucinante y único.
Tenía razón al decir que no lo olvidaría. Jamás podría.
Cuando me percaté de lo que sucedía, su pene estaba dentro de mi culo.
Me sentí llena, abrumada por sensaciones desconocidas; no me tocaba más
que con su respiración, sus gemidos y sus gruñidos suaves rozando mi oído.
—Justo ahora eres más mía que de nadie.
Soltó mis muñecas, irguió la espalda y apoyó ambas manos en mis
caderas, agarrándolas con firmeza. Comenzó a embestirme, y me removí
bajo su ritmo. Estaba apretado, demasiado, dolía, y al mismo tiempo me
hacía mojarme. Colocó una mano sobre mi cabeza, presionándola; lo miré
de reojo. Sonrió como si fuera el mismísimo demonio, el sudor perlaba su
piel aterciopelada mientras sus músculos se contraían con precisión en cada
empellón.
Luego me giró sin apartarse de mi calor, nuestros muslos se entrelazaron
y nos miramos. Respiré con dificultad, sintiéndome más libre, aunque
vulnerable. Abarcó mis senos antes de descender una mano hacia mi sexo y
tomarme de la garganta con la otra.
—¿Qué tan rudo lo quieres? —preguntó, permaneciendo inmóvil,
palpando su crecimiento dentro de mí.
—Agresivo —jadeé—. Violento.
Sonrió de nuevo. Me cortó la respiración casi por completo, llevó los
dedos a la boca, los humedeció con su saliva y separó mis labios vaginales
para arrastrar la caricia húmeda por toda mi hendidura, deteniéndose
finalmente en mi clítoris.
Grité su nombre.
Retomó el movimiento de sus caderas, saliendo casi por completo y
volviendo a penetrarme con fuerza. Mi espalda se arqueó, mis piernas lo
abrazaron con posesividad, intentando retenerlo, reclamando cada
embestida. Cada vez que se retiraba, lo sujetaba, implorando en silencio que
no me dejara sin su dureza. El deseo que me consumía se volvió
insoportable. Me corrí en su mano, pero él no cedió y volvió a excitarme
hasta hacerme estallar de nuevo. No sabía cómo podía manejar mi cuerpo
de esa manera, pero lo hacía con rigor y dominio.
—Ven aquí.
No entendí por qué me lo ordenó. Detuvo su ritmo, bajó de la cama,
tomó mis pies y me colocó en la orilla. Como si fuera una muñeca, me hizo
girar, deslizó la mano bajo mi abdomen y me acomodó de rodillas.
—Va a ser duro, lo que quiere mi pequeña monstruo.
Sin consideración me penetró. Grité de dolor y sorpresa, arañando la
cama y apretando las sábanas entre los dedos. Kylian sujetó un puñado de
mi cabello, atrapándolo en su mano, y echó mi cabeza hacia atrás,
asfixiándome por la posición que me impuso.
El golpeteo de su pelvis contra mis nalgas llenó la habitación. Apenas
podía tomar aire; mis extremidades eran gelatina. Cuando su semen llenó
mi culo, me derrumbé sobre el colchón. Creí que iba a desmayarme. Mi
cuerpo ardía, sudado y húmedo, temblaban mis piernas y dolía mi culo.
Él me levantó entre sus brazos, más sudado que yo, pero su olor no me
molestó; resultaba embriagador. Entramos a la ducha, y me ayudó a
mantenerme en pie mientras el agua nos enjuagaba, llevándose el calor que
nos cubría. Lavó mi cabello como si lo necesitara y luego recorrió mi
cuerpo con los dedos, sin dejar un centímetro sin tocar. Tragué mi
vergüenza; después de todo, ya me había desvirgado.
—Me expusiste a unos terroristas —rompí el silencio, frotaba mis nalgas
con la esponja mientras la neblina del orgasmo se disipaba.
—No te expuse.
—Sí lo hiciste —repliqué, necesitábamos hablar de eso—. Me usaste. ¿Y
si esos tipos quisieran dañarme por malinterpretar lo que pasó? —inquirí
preocupada, reprochándole lo que había hecho.
—Eso no sucederá. El único que puede dañarte soy yo.
—Qué alivio me das.
—No te mentiré. No les temas a ellos, Abigail, del que tienes que
cuidarte es de mí.
Guardé silencio. El agua se llevó toda la espuma y los vestigios de lo que
habíamos hecho. El calor que había sentido se transformó en hielo ante la
distancia que Kylian imponía al terminar el sexo. Estaba agotada y el sueño
pesaba sobre mis párpados. Ni siquiera me importó acostarme con el
cabello húmedo. Sentí alivio cuando mi cabeza tocó la almohada y la figura
masculina y desnuda de Kylian me cubrió desde atrás.
—¿Puedo seguir en Eros? —pregunté en voz baja mientras su mano
descansaba sobre la mía, sobre mi abdomen.
—No te voy a molestar, Abigail.
—¿Eso es un sí?
—Me gusta verte bailar, no por lo que significa para los demás y creo
que eso ya te lo he aclarado. —Apretó nuestros dedos—. Sobre ese
escenario puedo ver a mi pequeña monstruo libre de ataduras, brillas,
sonríes y lo sientes, eres simplemente tú y eso, Abigail, es fascinante para
alguien como yo.
Se me encogió el corazón. Por unos segundos, permití que la dulzura de
sus palabras me invadiera. Él me veía, y eso era algo que casi nadie había
hecho.
—Te veré el sábado, supongo —susurré, tragando los sentimientos que
brotaban y esforzándome por reprimirlos.
—Estaré entre las sombras —musitó en mi oído—, siempre con los ojos
en ti.
—Suena a amenaza —dije.
—Debí esperar que verlo como una promesa, sería demasiado para ti.
Me restregué contra su pecho y entrepierna. Soltó un gruñido bajo, a
modo de advertencia.
—Quédate quieta si quieres dormir.
El sueño desapareció al comprender que esta sería la última vez que
compartiríamos la cama. Mi yo más atrevido decidió que dormir no era lo
que quería. No con alguien como Kylian. Solté sus dedos y me monté sobre
su cuerpo, abriéndome de piernas sobre su regazo, con su pene situado en
mi coño.
—No quiero dormir. Quiero tenerte dentro cuando salga el sol —dije,
besándole los labios suavemente, mientras el fuego resurgía en sus ojos.
Me sujetó de la nuca y profundizó nuestro beso, follándome hasta que la
luz nos tocó y las sombras se desvanecieron, llevándose el hielo y la
presencia ardiente de Kylian.
Capítulo 30
Abby
Viernes.
Lo que ocurrió en el departamento de Kylian debía haberse quedado
atrás desde las horas en que salí de allí, pero no fue así. Pasé la tarde
acostada, reviviendo cada instante como si intentara preservarlo para
siempre, sin que ningún detalle se escapara. Masoquista. Esa palabra me
definiría, entre muchas otras, pero en estos momentos esa se llevaba el
premio.
Extrañaba la comodidad de su cama, el olor de sus sábanas, el calor de su
cuerpo y la frialdad dulcemente hiriente de sus palabras. Mis pensamientos
no se limitaban al sexo; cada recuerdo de él era un disparo directo a mi
mente. Si pensar en Kylian ya era peligroso, concentrarme en esos detalles
lo hacía insoportable.
No dormí tras nuestra madrugada juntos, y ahora ni siquiera sentía
deseos de hacerlo. Mi mente no encontraba descanso, ni siquiera en mi
subconsciente. Lo poco que logré dormir se llenó de sueños con él.
Patética.
Me odiaba.
Mientras me retorcía en mi miseria, me preguntaba si Kylian me
observaba. Dijo haberme visto con Rowan en el sofá, aunque fuera este
último el responsable de instalar esas cámaras. Ambos compartían
obsesiones similares; Rowan tenía banderas rojas, pero Kylian aún más. Y,
aun así, aquí estaba yo, intentando ignorar lo que sentía y lo que había
pasado.
Busqué cámaras al llegar, pero no encontré nada. O ellos eran
profesionales, o yo era demasiado estúpida para identificarlas. Aun así, me
sentía observada; el problema era que no sabía por quién.
De pronto, alguien golpeó mi puerta. Creí que pasaría, pero el golpe se
hizo más fuerte. Me cubrí la cara con la almohada y solté un quejido
lastimero y perezoso. Me levanté: desaliñada, en pijama y con el alma en
rastras. Mis pies apenas se movieron con normalidad hasta el recibidor.
Frente a la puerta, la abrí sin entusiasmo, esperando a Mac o a alguien más.
Me equivoqué.
—Hola, mi amor, pude llegar antes —dijo Rowan, abrazándome con
fuerza y dejándome sin aire por unos segundos.
Me paralicé de pies a cabeza. La pesadez se instaló en mis plantas y me
esforcé por procesar lo que sucedía. Su presencia no me emocionaba,
menos al pensar en la otra parte de su vida. Tensa, devolví el abrazo
mientras el olor a rosas y su perfume se mezclaban con mi ropa. Lo poco
que antes me hacía sentir segura en sus brazos se había transformado en
desconfianza, rencor y tristeza.
Lo peor era que, entre el tumulto de deseos que me consumían, no
deseaba que todo volviera a ser igual con Rowan. No podía olvidar lo que
había pasado con Kylian. Con Rowan, dejé de ser yo misma, y aunque esa
había sido una de las razones por las que me enredé con él, ahora solo
quería liberarme de todo.
—Parece que pasaron años. —Me acarició la mejilla—. ¿Estás bien? Te
ves… triste.
Le devolví un atisbo de sonrisa.
—Es cansancio, la universidad me absorbe en estos últimos meses.
—Oh, mi niña —dijo, ofreciéndome las rosas y una caja de chocolates
—. Estoy seguro de que esto te hará sentir mejor.
Toqué el relieve del nombre de los chocolates; estaba en ruso. Saber que
probaría estas delicias mejoró un poco mi ánimo. Era imposible resistirse al
dulce encanto ruso.
—Gracias. —Besé su mejilla—. Pasa.
Entró conmigo, vestido con su uniforme de general, lo que indicaba que
apenas había aterrizado y vino directo hacia mí. Esos detalles me
conmovían, y al mismo tiempo me hacían sentir culpable. Mientras Rowan
pensaba en mí, yo no dejaba de recordar cómo Kylian me había poseído.
Me encontraba en un dilema terrible. Por momentos sentía culpa por
acostarme con Kylian; después, rabia por los secretos de Rowan y por las
atrocidades que seguro cometía cuando no estaba conmigo. Él me mentía;
era una persona conmigo y otra diferente cuando se ausentaba. ¿Cómo
podíamos continuar si yo lo engañaba y él me ocultaba verdades? La
confianza no existía; yo era la única consciente de todo.
—¿Quieres beber algo? —ofrecí. Coloqué las rosas sobre la mesa y aún
sostenía la caja de chocolates, ansiosa por probarlos.
—No, mi niña.
Se acercó, tomándome la mano con suavidad. Su contacto me puso
nerviosa y mi cuerpo lo rechazó; sentí repulsión al roce apenas perceptible.
Tocó mi dedo, donde debería estar el anillo de compromiso, aunque estaba
en mi bolso en Eros, esperando que siguiera allí. Nadie en Eros tocaba las
cosas de los demás.
—Abby, quiero que lo retomemos —murmuró, sin soltar mi dedo.
—Rowan, por favor. Ya hablamos de eso.
—No, no puedo quedarme en paz. —Me miró—. Abby, te amo. Haré lo
que sea para mantenerte conmigo. Dime qué puedo hacer.
—No lo entiendes. —Tragué saliva—. Yo… hay algo que necesito
decirte —balbuceé.
Quería decírselo, quería soltarle la verdad, necesitaba sacarlo de mi
sistema. Todas las emociones que se atiborraban en mi cabeza me
empujaban hacia la verdad fatídica que destruiría todo. Pero estaba cansada,
agotada mentalmente de tantos engaños, no podía simplemente masticarlos
y tragarlos, haciendo de cuenta que no existían, me enfermaban, requería
vomitarlos para dejar de envenenarme el cuerpo.
—¿Qué? —Su mirada se endureció—. ¿Conociste a alguien más?
Palidecí. Me soltó y echó los hombros hacia atrás, adoptando una postura
imponente. Temblé ante la fuerza que emanaba.
—Dímelo. ¿Es ese el motivo por el que no quieres casarte conmigo?
Me sujetó de los hombros sin lastimarme, escudriñando cada centímetro
de mi rostro, decidido a extraer la verdad.
—Te juro que lo mato, Abby. Si alguien interfiere en lo nuestro, lo mato.
—¿Qué dices? —musité, asustada—. ¿Te estás escuchando?
—Perfectamente. No tienes idea de lo que soy capaz por ti —dijo. Sabía
que Rowan podía ser tan peligroso como Kylian; lo intuía por lo que me
contaron, y por lo que su presencia imponía.
Una desgracia. Eso provocaría si hablaba.
—Respóndeme —insistió—. ¿Hay alguien más?
¡Sí!
—No —dije de inmediato, apartándolo y enfrentándolo—. No se trata de
nadie más, solo de mí, Rowan. Estar contigo significa renunciar a lo que
soy, y el amor no debería obligarme a eso.
—¿A qué te refieres?
—¡A todo! —estallé—. Quiero bailar en Eros, salir con mis amigos, usar
la ropa que deseo sin sentirme juzgada por tus comentarios o los de tu
gente. Quiero viajar, beber, ser yo misma, no una mujer modelo en
sociedad. ¡Solo tengo veinte años! —Mi respiración se aceleró, intentando
calmarme—. A esto me refiero, Rowan. Nuestras edades…
—Calla —interrumpió, tomando mi rostro y quitando la caja de
chocolates, dejándola sobre la mesa—. Entiendo cómo te sientes. Te he
reprimido demasiado tiempo y lo siento, cariño. Te forcé a ser alguien que
no eres porque yo cambié para poder portar este uniforme.
Frotó sus labios con los míos, la determinación estaba reflejada en sus
ojos claros y enamorados.
—No tienes que renunciar a nada, Abby. Me enamoré de esa chiquilla
que baila en Eros y es la misma que quiero llevar al altar… y follar en mi
cama.
Depositó un beso suave en mis labios, y luego otro más. Su caricia
recorrió mis mejillas, probando mis lágrimas.
—Te amo. Dame una oportunidad más, solo una, Abby.
No insistas más, por favor. Te engañé con tu mejor amigo, basta.
—Te juro que respetaré cada una de tus decisiones. No te impondré nada;
solo déjame demostrarlo.
—Rowan…
—Dime que sí. Todo será mejor que antes, Abby.
—No comprendes, yo no soy la indicada.
—Lo eres. Te amo y no hay nadie más a quien vaya a amar. Vamos a
intentarlo.
—¿Y si fracasamos? —pregunté en un susurro. Él pasó saliva y frunció
los labios.
—Te dejaré en paz. —Alzó la mano derecha—. Te lo prometo.
Cerré los ojos y observé en la oscuridad el rostro de Kylian, nuestra
despedida, el cierre de lo que ocurrió entre nosotros y la certeza de que no
volvería a repetirse. Fallé, pero no podía admitirlo, y Rowan no me permitía
alejarme. Tal vez dejar que todo estallara hubiera sido lo correcto, pero mi
vida se había llenado de errores y dolor desde que Kylian entró en ella.
—Está bien —accedí—. Retomemos esto.
Sabía que la decisión que tomaba por miedo y presión me haría infeliz.
No era lo suficientemente fuerte ni valiente para enfrentar las
consecuencias, ni para librarme de esa contienda. Cualquiera que fuera mi
elección, acabaría destruida. No habría felicidad: ni siendo la esposa de
Rowan, ni la amante de Kylian, ni quedándome sola. Ellos no me
permitirían ser feliz. La mejor opción era permanecer donde nunca debí
pensar en salir.
Aquella tarde, dejé que Rowan me hiciera el amor, consciente de que
Kylian probablemente nos observaba.
No me equivoqué. Lo hizo, y eso solo desató más caos en nuestras vidas.
Kylian
Sostenía un cigarrillo entre los dedos, con el móvil pegado a la oreja,
escuchando un tono tras otro. A la distancia, las letras de Eros brillaban con
elegancia mientras la noche caía como un velo oscuro y enigmático. La
gente comenzaba a llegar; las sombras marcaban el instante en que todo
cobraba vida. Los demonios se desprendían de sus disfraces, colgaban las
máscaras en el perchero de su subconsciente y salían a pecar.
El monstruo que yo era jamás me abandonaba. Día y noche podía
camuflarme, formar parte de la luz o de la oscuridad, siempre con el mismo
disfraz.
El tono terminó. La seriedad transformó mis rasgos; mis sentidos se
adaptaron a la negociación, aunque estuviéramos a distancia.
—Russo —dijeron del otro lado.
—Dixon Russo —articulé cada palabra con lentitud. Se hizo un silencio
breve.
—¿Quién coño eres y qué mierda quieres? —increpó, falto de modales,
como era propio de él.
—Qué modales, Diablo —bufé, sin mostrar expresión—. Mi llamada
tiene que ver con una persona.
—Habla de una vez.
Casi reí ante su temperamento. Él no estaba para perder el tiempo, y yo
tampoco. Teníamos intereses comunes, aunque él no lo supiera. No había
motivo para rodeos ni conversaciones inútiles; no éramos amigos.
—Silas Hart —pronuncié su nombre con repugnancia—. Sé que quieres
su cabeza tanto como yo deseo arrancársela.
—Vaya, un enemigo de esa escoria. Interesante, pero no hago el trabajo
sucio de nadie —dijo, desprovisto de emoción.
—No entiendes, Diablo. Llegará el momento en que necesitarás de mí.
Calló un segundo, dubitativo. Mis palabras lo habían hecho dudar,
consciente de que le llevaba ventaja.
—Tu nombre.
—Kylian Draxler. —Escuché su risa leve.
—El dueño de la ratonera donde ese cabrón se esconde. Si no me
equivoco —que no lo hago—, Eros tiene códigos.
—Códigos que me dará la puta gana romper —exclamé, consciente de
que ponía un pie en una línea mortal. Si todo salía bien, podría cruzarla sin
morir—. Soy la única persona por la que puedes entrar; de otra manera,
sabes bien que no podrás.
—Ve directo a tu precio —siseó. Ambos sabíamos que debía ceder. Eros
estaba fuera de su alcance, a menos que quisiera iniciar una guerra, y él no
era tan estúpido.
—Lo sabrás en su momento. Espera mi llamada y prepárate. El costo
será alto.
—Estás muy confiado de que aceptaré tus estupideces.
—Oh, lo harás —afirmé, pensando en su hija y en lo pronto que ella
estaría aquí—. Eso te lo aseguro.
Colgué y destrocé el teléfono, arrojándolo a un bote de basura. Encendí
el cigarrillo, di una calada larga y observé la punta enrojecida;
instintivamente pensé en mi pequeña monstruo. Abigail había tomado la
cajetilla que guardaba en mi departamento, ella ignoraba que ese regalo no
debía salir de ahí, pero ya que se tomó el atrevimiento de llevársela, dejaría
que lidiara con las consecuencias; parecía que jugábamos a acumular cosas
del otro. Por ahora, ella perdía: su anillo de compromiso estaba en mi cajón,
junto con todo lo demás. No tenía intención de devolvérselo; Rowan tendría
que comprarle otro, porque los vi regresar.
Al parecer, Abigail no era tan estúpida como pensaba. Bien por ella que
decidió mantener el compromiso. No le habría gustado en lo que Rowan se
habría convertido si le hubiera dicho que no.
Expulsé el humo, perdido en recuerdos. Volví al día anterior, al cuerpo
desnudo y sudoroso de Rowan dentro de Abigail mientras ella fingía placer.
Hice crujir mis huesos y acabé el cigarrillo, apagándolo de la misma manera
en que sofocaba cualquier indicio de emoción por la relación de mi mejor
amigo con Abigail.
Regresé a Eros. El espectáculo ya había comenzado. Las primeras chicas
bailaban en la pista de luces brillantes. El lugar estaba lleno, excepto mi
rincón. Tomé asiento, y una joven me trajo un trago. Bebí despacio,
observando a las mujeres desfilar; todas poseían atractivo, perfección, todo
para volver loco a un hombre y, sin embargo, ninguna me excitaba.
Me pregunté si algo dentro de mí se había dañado más de lo que ya
estaba. No era normal el deseo que sentía por Abigail; no era sano. La
obsesión me consumía; follarla solo había avivado las ganas de repetirlo.
El tiempo avanzaba lento mientras la esperaba. Parecía que hacía una
eternidad que la vi sobre el escenario. Al observarla salir, sentí como si
fuera la primera vez. Cada fibra de mi cuerpo se tensó. Llevaba una peluca
rosa, destellos en su piel, maquillaje que la transformaba. Sus ojos de plomo
líquido, enmarcados por sombras cargadas de luz, y un vestido tan ajustado
que parecía parte de su piel. Demasiado corto, apenas cubría sus senos,
revelaba sus costillas y el inicio de sus glúteos, que chocaban
deliciosamente contra mi pelvis cada vez que la penetraba.
Me removí en el asiento, incapaz de ocultar mi reacción, y tampoco
quería hacerlo. Me recosté sobre el sofá, extendí los brazos por encima del
respaldo y fijé la mirada en sus ojos cuando los posó en mi erección y luego
en mi rostro. Un atisbo de reto se mezcló con su gris hechicero y se
transformó en una sonrisa ladeada, cargada de provocación.
Su mano agarró el tubo, lo bajó y lo subió con precisión, sin apartar la
mirada de mí. Relamió sus labios y casi pude sentir el roce de sus dedos
sobre mi verga endurecida.
Maldita.
Danzó apoyándose en el tubo, encajando su trasero contra él y
deslizándose hacia abajo, dejando a la vista la diminuta tanga que apenas
cubría su cuerpo. Dio un salto breve, entrelazó las piernas alrededor de la
barra metálica y se movió con una agilidad y sensualidad que solo una
experta poseía. Echó la cabeza hacia atrás; sus senos captaron mi atención
de inmediato. Sus pezones se dibujaban duros, pequeños y perfectos. Mi
boca ansiaba devorarlos, succionarlos hasta que ella gritara mi nombre
como lo había hecho tantas veces.
Apreté los dedos. Me costaba mantener la compostura, contenerme de
sacarla de allí y llevarla al sofá nuevamente.
Entonces, agua cayó sobre ella, igual que en aquella ocasión. Las luces
se intensificaron, iluminando cada centímetro de su cuerpo, recordándole al
público que era la protagonista. El agua la empapaba y la convertía en un
pecado viviente.
Nadie parpadeaba ni se movía; todos estaban atrapados por el
espectáculo que ofrecía. Hombres y mujeres por igual. Abigail tenía ese
efecto: todos la deseaban, pero ninguno como yo.
Estaba obsesionado con esa mirada gris que se desinhibía al ritmo de la
música, que incitaba a su cuerpo a moverse libre, sin restricciones.
Era mi pequeña monstruo, la que pedía ser castigada, la que gritaba por
más cuando la lastimaba, la que elegía arder antes que vivir con cadenas en
sus muñecas. Esa que follaba con violencia y agresividad, la que me
pertenecía.
Era mía.
Quería más de ella mientras bailaba. Me apetecía follármela húmeda y
jadeante, cada maldito día de su vida. Mal para ella que siempre solía
romper las promesas que hacía; lo sentía por Rowan, pero no se me daba la
puta gana de dejar a su prometida en paz.
Sabía en lo que esa decisión me convertiría; nada de eso sorprendería a
los demás. Estaba lejos de ser un buen hombre. El monstruo que habitaba
en mí exigía y debía satisfacerlo. Así como rompía lealtades con Eros por
conveniencia, rompería el corazón de Rowan por las ganas que tenía de
Abigail.
Me incorporé. Si continuaba observándola, no asumiría la
responsabilidad de mis acciones. Sin embargo, Abigail tenía un poder
maldito sobre mí; podía cambiar decisiones. Mientras intentaba dirigirme a
mi oficina, ella se quitó el vestido. Sus pechos quedaron al descubierto.
Siempre llevaba algo que los cubriera; esta vez los dejó desnudos. La ira me
embargó, su mirada burlona me encendió y me llenó de furia.
Se recostó sobre la pista, separó las piernas y reveló apenas una mínima
parte de su intimidad. Se pasó las manos por los senos desnudos y bajó su
toque hacia la entrepierna. Luego giró, se puso en cuatro y movió su trasero
como si estuviera montándome. Nada quedaba a la imaginación. Sin que
eso fuera suficiente, bajó de la pista y avanzó entre la primera fila,
consciente de que la observaba. Introdujo el índice entre sus labios y lanzó
una mirada inocentemente lujuriosa.
Hija de puta.
Exudaba inocencia y sensualidad. Se detuvo frente a una mujer, le tocó la
cara y, mientras la otra se perdía en las curvas de Abigail, ella tomó sus
manos y las colocó sobre sus senos. Mi sangre ardía como lava; estaba
enfurecido, pero más duro que nunca.
Se sentó a horcajadas sobre el regazo de la mujer y bailó sobre ella como
si la penetrara. Por supuesto, la tipa no perdió tiempo y amasó su trasero
con manos femeninas pequeñas y firmes.
No son esas manos las que quieres, Abigail.
Di un paso al frente. Notó mi movimiento. Se apartó con sutileza y, sin
dudar, se acercó a mí. Las luces la siguieron, y mi cuerpo reaccionó al
tenerla cerca. Dio la espalda y meneó las caderas contra mi erección. Me
negué a tocarla. Permanecí impasible, esperando, dándole tiempo para
disfrutar su juego.
—Para usted también hay, señor Draxler —susurró, empujándome hacia
el sofá—. No puede disimular.
Se acomodó sobre mí, frotando su coño contra mi entrepierna. Su boca
se acercó a mi oído.
—Tócame, Kylian —rogó—. Tengo las bragas mojadas. —Lamió mi
lóbulo—. Mete tus dedos en mí, destrózame otra vez.
—Eres una maldita loca.
—Soy tu pequeña monstruo —susurró, mirándome con súplica y
desesperación.
—No deberías mirarme así —siseé en advertencia.
—¿Así cómo?
—Deseando que posea cada parte de ti.
Me sonrió con atrevimiento, se apartó de improviso y me lanzó una
mirada que incitaba a seguirla, exactamente lo que planeaba hacer.
Sin embargo, una llamada me detuvo. La silueta de Abigail esperándome
en las sombras fue lo último que vi de ella por mucho tiempo.
Capítulo 31
Kylian
No tenía nada en Irlanda, salvo a Rowan. Hasta ese momento era la única
persona por la que sentía algo parecido al cariño. Habíamos pasado años
juntos en Eros. Sus padres se desentendieron de él y no querían que su hijo
terminara convertido en un títere del sistema. Sabían que la corrupción
dominaba el mundo y que no desaparecería jamás. Esa decisión lo condujo
hacia mí. Se convirtió en mi compañero después de que lo salvara, y
aunque no era alguien dado a mostrar afecto, él sabía con certeza lo que
significaba para mí.
Nos volvimos inseparables desde el día en que lo defendí de los idiotas
que solían golpearlo. A partir de entonces, nadie volvió a tocarlo. Si
alguien debía patearle el trasero, ese sería yo. Me correspondía ese
derecho.
—No tienes que irte. Podrías empezar el negocio aquí —dijo, con la
mirada fija en el horizonte que comenzaba a tragarse el sol en una puesta
de tonos ardientes.
—¿Qué? ¿Me dejarás surtir a tu ejército con mi armamento? —bufé.
No ocultó la sonrisa que le asomó en los labios.
—No, Drax. Hablo de lo legal. ¿Por qué irte de Irlanda?
—¿Me estás rogando que me quede? —pregunté con ironía.
—Vamos, cretino. —Empujó mi hombro con el suyo—. Eres como un
hermano para mí. —Suspiró—. La única persona a la que le importo.
—No sé qué te ha llevado a esa conclusión. Te convertiste en un grano
en el culo desde hace años, uno del que no pude librarme. Ni siquiera me
caes bien.
Rió, consciente de que mentía. Ninguno de los dos admitiría en voz alta
lo que sentía por el otro. No éramos ese tipo de personas.
—Lo digo en serio, Kylian. Deberías quedarte.
Miré el cigarrillo entre mis dedos. Era una costumbre que había
convertido en tradición; me había ganado esa calada.
—Necesito crear contactos. Pakistán es un buen lugar para empezar —
expliqué, llevándome el cigarrillo a los labios—. El negocio siempre será lo
primero, Rowan.
Encendí el cigarro y aspiré con calma. El humo se elevó, difuminándose
en el aire espeso del atardecer. El verde del bosque se transformó poco a
poco en un color oscuro y siniestro; masas de sombras altas, como gigantes
dormidos, parecían erguirse frente a nosotros. Daban la impresión de
avanzar, de venir a devorarnos sin esfuerzo. La oscuridad lo envolvía todo.
Me gustaba esa sensación.
—Siempre debes ser tu prioridad —continué, exhalando el humo—. El
egoísmo te salva. La frialdad te protege, quema y evita que te hieran.
Convierte tu corazón en piedra y tu alma en hielo.
—No puedo ser como tú —murmuró, diciendo lo que ambos sabíamos—.
Estoy seguro de que volverán a romperme el corazón.
Sonreí y observé el humo danzar frente a mi rostro.
—No te preocupes, estaré ahí para remediarlo, idiota sentimental.
Me miró en silencio.
—Gracias. Gracias por todo lo que has hecho por mí, Drax. Eres y serás
mi hermano.
Precisamente hoy no quería recordar nada de mi pasado. Sin embargo, el
lado sentimental que creí extinto todavía seguía ahí, causándome dolores de
cabeza y obligándome a rodar los ojos cada vez que regresaba con esos
recuerdos. Tal vez se trataba de una advertencia de mi subconsciente, una
forma de recordarme que debía dejar de pensar en la mujer de mi mejor
amigo. Pero no podía.
Abigail había sido la grieta que rompió mi lealtad.
Esa maldita bruja llegó y destruyó todo en cuestión de segundos. Me
recordó el cretino que era y que nunca dejé de ser.
Resoplé, regresando al presente, a la causa de mi mal humor.
Sullivan había muerto.
La noticia no tomó a nadie por sorpresa, pero llegó en un mal momento.
Su esperada muerte me mantuvo alejado de Abigail durante dos semanas.
Después de incinerar a mi mentor, tuve que ocuparme de poner todo en
orden. Sus cenizas descansaban ahora en una repisa de lo que fue su oficina
y que, desde entonces, se había convertido en la mía.
Desde la silla que Sullivan ocupó durante casi toda su vida, contemplaba
aquel espacio lleno y vacío a la vez. Vagos recuerdos asomaban en mi
mente y hacían eco, aunque me esforzaba por borrarlos. No tenía tiempo
para sentimentalismos. Sullivan fue como un padre, pero nunca llegó a serlo
del todo. Ahora que ocupaba su lugar, pensé que sentiría algo distinto, pero
no fue así. Nada había cambiado. El poder seguía siendo el mismo, solo que
ahora todos los que pertenecían a Eros sabían que su nuevo jefe era yo.
A través de las paredes se filtraban las vibraciones de la música. Casi
podía imaginar las luces, el movimiento, el ruido, las risas. Pero el brillo de
Abigail se había apagado, o tal vez me lo habían arrebatado.
Rowan se la llevó de viaje durante un mes.
Ella aceptó sin dudar, y esa decisión me irritó más de lo que estaba
dispuesto a admitir. Odiaba quedarme con las ganas. Cuanto más tiempo
pasaba lejos de mí, más la deseaba. Su ausencia solo alimentaba la
obsesión, y sabía que eso traería consecuencias.
Se suponía que debía ser sensato, que debía dejarlo pasar, pero no podía
hacerlo, peor aún, no quería. Había demasiado en ella por explorar: su piel,
su cuerpo, cada rincón que ansiaba volver a morder, besar, someter. Cerré
los ojos. Su imagen apareció en la oscuridad de mis párpados. La recordé
sobre mí, moviéndose con una cadencia que me enloquecía. No podía
explicar lo que ella provocaba y lo mucho que su coño me satisfacía. No
existía placer comparable.
No había tocado a otra mujer desde que la conocí. Ninguna me
provocaba el mismo deseo, ni la misma rabia. No lo haría solo por suplirla
o por demostrar una hombría vacía. Cuando quería algo, lo obtenía. Y
Abigail volvería a estar bajo mi cuerpo, tarde o temprano.
El sonido de unas botas interrumpió mis pensamientos. Alcé la vista y vi
a París entrar en la oficina. El tintineo de las cadenas que adornaban su
calzado me resultó insoportable. Parecía un maldito llavero.
—¿Qué quieres? —pregunté sin rodeos. Mi humor no era el mejor.
Cuando no tenía sexo, me volvía insoportable.
—Silas está a punto de ejecutar el plan. Va a traer a Molly Russo a Eros.
Me recosté en la silla y pasé el pulgar por mi labio inferior, pensativo.
Todo parecía empezar a alinearse. Con suerte, todo estaría resuelto antes de
que Abigail regresara. La idea de tener mi agenda desocupada para poder
follarla, mejoró mi humor.
—Bien. Cuando eso suceda, comenzaremos con el plan.
París entrecerró los ojos.
—Sabes que, si descubren lo que planeas, la Sociedad va a querer
matarte.
—Nadie lo hará. Y si lo intentan, que recuerden que el jefe ahora soy yo
—me puse de pie—. Respira, París. Nos vamos a divertir. Veremos el
mundo arder sin que las llamas nos alcancen.
—Espero que no te equivoques —murmuró, mordiéndose el labio—.
¿Qué pasará con tu pajarito?
—La traeré de regreso. Nadie escapa de mí. Te lo aseguro.
Abby
La última vez que lo vi, él venía detrás de mí.
Al final, solo me recibió la soledad. Las luces de colores se apagaron una
a una hasta que quedé sumida en la oscuridad, de la que no había salido
desde entonces. Un sentimiento amargo se instaló en mi pecho. Quería
saber por qué me dejó plantada, por qué nunca llegó, por qué desapareció
como si jamás hubiera existido.
A veces llegué a pensar que todo había sido una fantasía creada por mi
mente agotada; que, cansada de desear a un hombre como Kylian, lo
inventó y lo colocó en mi camino. Tal vez fue una broma cruel de mi
subconsciente, o quizás, en efecto, estaba perdiendo la cordura al pensar
semejantes cosas.
Si no hubiera bebido aquella noche, no habría terminado sentada sobre
sus piernas, pidiéndole que me follara. Si no lo hubiera hecho, no sentiría
esta decepción que me acompañaba desde entonces. Pero me venció lo que
sentía por él: esa necesidad abrasadora de ser suya, de verme bajo su
cuerpo, entre sus sábanas, atrapada en sus brazos. Pensé tanto en Kylian que
me olvidé de mí misma, de Rowan y de lo mal que actuaba al desear a
Kylian de esta forma enfermiza.
La culpa fue lo que me impulsó a aceptar el viaje que Rowan propuso.
Dijo que serviría para despejar nuestras mentes, para reparar lo nuestro.
Sabía que no había nada que reparar, pero accedí. Aquí estaba, remando
contra la corriente, mintiéndole a él y mintiéndome a mí mientras mi cabeza
seguía llena de Kylian.
Y me preguntaba, cada día, dónde estaba.
—Tendré problemas en la universidad —susurré, con la mirada fija en el
mar.
Rowan me rodeaba desde atrás; su cuerpo me cubría y sus manos
acariciaban el anillo de compromiso que volvió a colocar en mi dedo, el
mismo que no me permitió quitarme.
—No los tendrás, lo sabes.
—Detesto que uses tu poder para manipular —respondí con una leve
sonrisa—. Aunque debo admitir que no me quejo de estas pequeñas
vacaciones. Grecia es hermosa.
—Siempre quisiste venir aquí. Lo recuerdo bien.
La melancolía me golpeó con fuerza, como una ola fría que me vaciaba
por dentro. En esas semanas me obligaba a quererlo como antes, a buscar el
amor que alguna vez sentí, pero no lo hallaba. Me aferraba a esa búsqueda
inútil porque era lo único que me mantenía en pie. Si lo soltaba, me
hundiría por completo. Mi vida se había ido al abismo desde el momento en
que Kylian me enfrentó con la verdad.
Rowan me retenía físicamente, y Kylian me perseguía dentro de mi
mente. Lo segundo era peor. Me recordaba que esta vida, aparentemente
perfecta, no era la que deseaba.
Las noches eran un tormento. Soñaba con luces de colores y la música de
Eros; las seguía hasta que terminaba cayendo en una mansión de mármol,
con ventanales cubiertos por barrotes y una luz dorada que me envolvía
como una prisión. Gritaba, pero nadie respondía. Nadie nunca lo hacía.
Despertaba sudando, temblando, con el cuerpo rígido y la garganta seca. No
conseguía dormir.
Intentando escapar de ese vacío, cedí una noche a las drogas y al alcohol.
Me perdí en el exceso y, por primera vez en mucho tiempo, dormí sin soñar.
Desde entonces, dependía de esas sustancias para descansar. No entendía
qué sucedía conmigo ni por qué todo me dolía tanto. Vivía atrapada en una
tristeza silenciosa, una depresión que me hundía más con cada intento por
salir.
Dentro de esa burbuja donde no quería estar, deseaba gritar que me
dejaran escapar. Quería volver a Eros, sentirme libre otra vez.
Rowan notó mis cambios, pero los atribuyó a nuestro distanciamiento.
Me permitió continuar; no lo perturbaba verme así. Se limitaba a cuidarme
y a decir cuándo detenerme. Me sorprendió su tolerancia, aunque no
indagué en su repentino cambio. Quizá de verdad intentaba ser mejor. Aun
así, sabía que al regresar necesitaría ayuda profesional. La terapia era
urgente; debía priorizar mi salud antes de perderme por completo.
—Gracias por todo lo que haces —logré decir con voz débil. Había
bebido y tomado unas pastillas que él mismo me había dado. Mi cuerpo se
sentía pesado, inmóvil.
—Te amo, cielo. Haría cualquier cosa por ti. ¿Cuántas veces debo
decírtelo? —murmuró, apoyando el mentón sobre mi hombro—. La
próxima vez que vengamos aquí, será como mi esposa. Quiero darte una
luna de miel inolvidable. Quiero hacerte feliz, Abby.
Lo enfrenté. Mis dedos se deslizaron por su cabello, más largo y
despeinado. Aquí parecía otro hombre: relajado, sin el peso del trabajo ni de
las llamadas que solía atender. Cada minuto era para mí. Yo trataba de
imitarlo, alejándome del teléfono, negándome a buscar a Kylian,
resistiéndome a la necesidad enfermiza de saber de él. Estaba en proceso de
desintoxicarme, no solo de las drogas, sino también de lo que él
representaba.
—Ya lo haces —susurré. El mareo me hacía tambalear.
Rowan besó mis labios y descendió hasta mi cuello. Sus besos eran
suaves, pero carentes de vida. No encendían mi piel ni aceleraban mi pulso.
Eran fríos, ajenos, un reflejo de algo que ya no existía.
—Quiero que me des hijos —dijo junto a mi oído, mientras abría mi
bata. Sus manos se deslizaron sobre mi piel desnuda.
—No quiero hijos.
—Los querrás. Pequeñas versiones tuyas y mías… será hermoso, cariño.
—Negué con la cabeza, tratando de apartarlo, pero mis fuerzas eran pocas.
—No. Esa no es tu decisión. Sabes que no quiero ser madre.
—Abby… —Me tomó del mentón y apretó con fuerza, obligándome a
mirarlo. Su rostro cambió; sus facciones se endurecieron, y una sombra
oscura le cubrió la mirada. No era el Rowan que conocía—. Te prometo que
cambiarás de opinión.
Su boca se precipitó sobre la mía. El beso fue brusco, sin ternura,
cargado de una violencia que me heló la sangre. No había deseo, solo
dominio. Intenté resistirme, pero me empujó hacia la cama. Su peso me
aplastó.
Lo que dijo después me atravesó el alma, pero lo que hizo fue peor.
Ignoró mis súplicas, mis lágrimas, mis intentos torpes por detenerlo. Me
giró boca abajo y me tomó a su antojo, desgarrándome por dentro en todos
los sentidos.
Estaba drogada, alcoholizada, atrapada en un cuerpo que no me
obedecía. No pude hacer nada. Me culpé por haberme puesto en esa
situación, por ceder, por volverme tan débil, como para no ponerle un alto
al hombre que decía amarme, pero una vez más me demostró que solo se
amaba a sí mismo.
—Sé que no quieres estar conmigo, que me mientes y piensas huir —
susurró con la voz entrecortada mientras me oprimía contra el colchón—.
Sé que hay alguien más, y descubriré quién es.
Su respiración era caliente y áspera sobre mi nuca. Su pecho desnudo
aplastaba mi espalda.
—Te dije que haría cualquier cosa por retenerte a mi lado, así tenga que
mantenerte drogada, haré que te quedes conmigo.
—Por favor, basta —sollocé, aferrándome a las sábanas. Cada embestida
dolía más que la anterior. Una parte de mí, enferma y rota, creía merecerlo
por haberlo engañado—. ¿Por qué haces esto? Solo déjame ir.
—Jamás —respondió con frialdad—. Primero muerto. Muchas veces
dejé que pasaran por encima de mí, Abby, pero a ti no te perderé. Te amo, y
te quedarás conmigo. Cuando descubra quién fue el imbécil que se atrevió a
tocarte, lo mataré.
—Rowan… lo siento —susurré entre jadeos.
Todo a mi alrededor se distorsionaba. Solo veía la oscuridad a través de
la ventana abierta, y en ella encontraba refugio. Allí Kylian reinaba, y
aunque también me hería, lo hacía de un modo distinto, uno que mi mente
confundida asociaba con consuelo.
—Lo sé, cariño. —Besó mi mejilla con ternura enferma—. Lo vas a
sentir mucho más.
No supe en qué momento las sombras me reclamaron. Sentí que me
envolvían y me arrastraban con ellas, ocultándome de la luz que me hería
más que la oscuridad misma.
Capítulo 32
Kylian
Molly Russo estaba en Eros.
Tuvo que transcurrir una semana más para que eso sucediera: veintidós
días desde que Rowan se había llevado a Abigail. Aun así, ese hecho
perturbaba mi calma. Sabía lo que hacían; por un instante llegué a creer que
Abigail cedería y volvería a amarlo.
No. Eso no ocurriría.
Le arrancaría el amor por él con actos que la harían sangrar. No podría
vivir con ese hecho, lo destruiría, cada cosa que me hiciera tambalear y
sentir en peligro, se erradicaba.
Me moví por los pasillos de Eros con la certeza de lo que hacía y la
consciencia de las consecuencias que traerían mis acciones. Todo se
complicaría. Seguramente tendría que ausentarme de Eros por un tiempo:
actuaría y mandaría desde las sombras hasta que pudiera poner en su lugar a
esos hijos de puta, hasta que la palabra de Sullivan recuperara su peso sobre
ellos, porque incluso muerto seguiría siendo una ley.
Avancé con sigilo hasta la habitación donde Silas se encontraba. Al
detenerme en el umbral, lo primero que noté fueron dos cuerpos
inconscientes sobre sillas. La hija de Dixon Russo tenía la cabeza caída
hacia adelante; sus mechones castaños le cubrían el rostro joven y sus
muñecas, delgadas, permanecían apresadas a los reposabrazos metálicos.
La otra figura era Cassian Von Kleist, el joven alemán adoptado por Jafar
Zuhair, interés amoroso de Molly y uno de los principales rivales de Silas.
El bastardo permanecía de pie, sobre un charco de sangre que se extendía
por el suelo; a su lado yacía el cuerpo de una mujer, la tía de Silas, con la
garganta abierta. Había entrado en la Fortaleza de Jafar para facilitar todo
esto, y Silas la había matado, cortándole el cuello.
—Ahí tienes tu pago —dijo Silas, como si aquello fuera lo más sencillo
del mundo—. Ahora lárgate.
Su rostro quedó vacío. Los ojos de la mujer carecían de expresión; en
ellos solo asomaba la última súplica de quien no quería desfallecer aquí,
consciente de que se condenaría a permanecer encerrada para siempre.
—Aún me debes una —recordé, sabiendo que me las cobraría.
—Estamos a mano, imbécil —replicó con desdén.
Una mueca pasó por mi boca.
—Si tocas lo mío, destruyo lo tuyo —sentencié antes de darle la espalda
y seguir con mi propósito de cobrarle lo que había hecho.
Terminé de preparar el equipaje: ordenador, dinero, documentos. Encontré
un lugar remoto, casi inaccesible; era una precaución. Calibré todas las
alternativas, evalué posibles actos y consecuencias para reducir daños. No
podía permitir que me hirieran; si lo hacían una vez, se sentirían con
derecho a intentarlo de nuevo.
—El avión está listo, jefe —anunció París. Ella era la única que conocía
mi ubicación; le confiaba mi vida—. Silas puso a Molly en una habitación.
Russo y Zuhair están a treinta y cinco minutos.
Asentí. Debía mover mis piezas con rapidez. Quería a Silas muerto, no
solo por lo que hizo con Abigail, sino porque el hijo de puta nunca fue de
mi agrado. Si podía cobrármelo y obtener algún beneficio, lo haría.
Aprovechaba cada oportunidad para acumular posesiones y favores, favores
que después usaría.
—Reúne a la Sociedad en la sala de juntas. Quiero a todos listos en una
hora —ordené; no contarían con mi presencia, al menos no de la manera en
que esperaban.
—Claro, jefe.
Entregué el equipaje y salí de la habitación con prisa. Miré la hora en mi
muñeca; el tiempo no admitía distracciones. Sabía en qué estancia Silas
había encerrado a Molly, pero antes pasé por el cuarto de armas. Tomé
varias piezas, las coloqué en mi cintura y en la espalda, cerré el maletín y en
un par de minutos más me encontré frente a la puerta cerrada con un seguro
especial: la llave estaba en posesión de Silas. No importó; contaba con una
llave maestra.
La luz mortecina apenas iluminaba la estancia. Percibí el olor dulce de la
joven, mezclado con sangre y sudor. Avancé con pasos medidos por la
alfombra; los ojos de Molly me siguieron desde la cama, llenos de
precaución. No me conocía; el miedo se palpaba en el aire cerrado.
—Molly Russo. No teníamos el gusto —murmuré. Ella inclinó
levemente el rostro. Silas la había esposado contra la cabecera.
—¿Quién eres? —preguntó con voz quebrada.
Caminé despacio alrededor de la cama, observándola con atención. Traté
de entender qué demonios vio Silas en ella para preparar todo esto. Supuse
que debía poseer algo más que belleza; quizás un encanto que yo no
alcanzaba a valorar, o tal vez mi concepto de belleza se reducía a otra
persona: Abigail. Ella era diferente a todas, absolutamente única.
—Kylian Draxler —me presenté. No pronunció palabra; contaba con la
certeza de que jamás había oído mi nombre.
Molly no tenía rasgos de Dixon; los genes de su madre parecían dominar.
Esperaba que contara al menos con la fortaleza de su padre; la herida en su
costado no lucía bien.
Silas la había apuñalado entre las costillas; la sangre no dejaba de brotar,
pero la lesión no era letal. Era una herida para prolongar el sufrimiento, una
forma de tortura. Me incliné y observé su rostro contraído por el dolor.
—Tu padre está en camino —dije, reclamando su atención—. Me
pregunto si llegará a tiempo.
Sus ojos avellana me miraron con confusión. Seguro se preguntaba de
qué lado estaba y cuáles eran mis intenciones. No confiaba en nadie, y hacía
bien.
—Estás ayudándolo —afirmó con decisión. Una risa corta escapó de mi
pecho.
—Me ayudo a mí —contesté sin ocultar desinterés en caer bien—.
Francamente, lo que te ocurra me resulta indiferente —añadí con frialdad
—. Quizá debería matarte yo mismo.
Estiré el brazo y pasé los dedos por el contorno de su rostro enjuto, sin
tocarla en lo más mínimo.
—Pero el caos es entretenido, ¿no? —inquirí.
—Estás igual de enfermo que él —escupió con enfado.
Pasé la lengua por la parte superior de mis dientes, disimulando una
sórdida sonrisa.
—No te equivoques, Molly, yo soy peor.
Metí la mano en el bolsillo y arrojé las llaves de las esposas hacia la
cama para que ella pudiera tomarlas. Me repugnaba tocarla o a cualquier
otra persona; no era personal. La única que disfrutaba sentir era Abigail.
—Veamos de qué está hecha la hija del Diablo —dije en voz alta,
encaminándome a la puerta—. Deberías darte prisa. Tu novio está a punto
de quedarse sin ojos.
No esperé su reacción. Salí de la habitación y me coloqué junto al
umbral, las manos en los bolsillos, conté los minutos en mi reloj. Para
entonces, París ya debía estar reuniendo a la Sociedad. Lo que tenía
pensado para ellos sería la cereza del pastel.
Diez minutos más tarde, Molly salió tambaleándose de la habitación; un
trozo de tela le cubría la herida. Al verme, osciló entre el miedo y la
sorpresa.
—Demoraste —señalé sin mirarla mientras le entregaba una de las armas
—. Te dije que no lo hicieras.
Aceptó el arma y me miró con fastidio. La desconfianza seguía impresa
en sus ojos cansados. Era demasiado joven para encontrarse en un lugar
como este, forjada a la fuerza por la vida que le había tocado llevar.
—Hubiera sido más fácil quitarme las esposas y darme el arma allá
dentro —se quejó, mirándome con reproche.
—También podría matar a Silas y ahorrarte todo el trabajo, ¿no? —
mascullé, apartándome de la pared. Le dediqué una mirada severa.
No respondió. Frunció los labios y entrecerró los ojos con una
obstinación que conocía bien.
—Corre —ordené con calma—. Corre, Russo.
No esperó más indicaciones. Se lanzó hacia adelante y desapareció entre
los pasillos, moviéndose con una agilidad que desmentía su delgadez. La
oscuridad la engulló al mismo tiempo que París me enviaba un mensaje
para confirmar que Dixon y Jafar ya habían llegado.
La dejé encargarse de sus propios demonios. Esperaba que la sangre de
su padre pesara más que cualquier debilidad y la hiciera salir victoriosa.
Silas era un experto, letal hasta el extremo, pero su afecto hacia ella seguía
siendo su punto vulnerable. Si Molly era tan inteligente como creía, sabría
cómo explotarlo.
Crucé la serie de pasillos que conducían al exterior, hasta una de las
entradas de Eros que permanecía sin vigilancia por orden mía. No debía
quedar evidencia de mis movimientos, aunque, en realidad, me importaba
poco que lo supieran. Aun así, debía reducir riesgos y futuros dolores de
cabeza.
Cuando alcancé la superficie, París ya me esperaba. Apenas unos
segundos después, una docena de camionetas negras se detuvieron frente a
nosotros. El entorno era desolado: la parte posterior de Eros, sin autos,
personas curiosas ni luces encendidas. La noche nos protegía, y el silencio
del lugar resultaba casi sepulcral.
La puerta de una de las camionetas se abrió con violencia. Dixon
descendió con paso enérgico, su furia palpable incluso antes de hablar. Su
socio lo seguía de cerca, lanzándole reproches que parecían perderse en el
aire. Era la primera vez que nos enfrentábamos cara a cara. Su semblante
estaba deformado por la ira, sus ojos no se apartaban de los míos; en
cambio, los míos se movían entre él y el entorno, atentos a cualquier
amenaza.
—Diablo —dije con desdén—. Por fin nos vemos las caras.
Una mueca amarga cruzó su boca.
—¿Te moverás o tendré que hacerlo yo? —espetó, con un leve
movimiento del dedo sobre el gatillo de la pistola que mantenía apoyada en
el muslo—. Mi paciencia es limitada.
—Puedes matarme —respondí, sin apartar la vista—, pero en segundos
me seguirás al infierno y tu niña seguirá siendo el juguete de Silas.
La furia se reflejó en sus rasgos. Durante un instante creí que dispararía.
—La pequeña Molly —añadí, solo para provocarlo.
—No pronuncies el nombre de mi hija, bastardo.
Dio un paso al frente, la respiración alterada, las aletas de su nariz
dilatadas. Jafar, su acompañante, lo contuvo con una mano en el pecho,
frenando cualquier impulso que hubiera en la mente del Diablo. No le
presté atención. No era él quien me interesaba.
—Deja de hacernos perder el tiempo y dinos tu precio —intervino Jafar,
obligando a Dixon a bajar el arma.
Entrecerré los ojos y los observé alternadamente.
—Me deben un favor —declaré—. Los dos. En cuanto los deje entrar.
La incomodidad se reflejó en sus rostros, aunque efímera. No esperaban
un precio bajo, pero quizás conservaban la esperanza de que no fuera tan
alto. Sin embargo, sabían lo que significaba esa clase de trato. Solicitaría
ese favor en algún momento y no podrían decirme que no, era una regla no
escrita entre personas como nosotros.
—De acuerdo —asintió Jafar, sin vacilar. No habría discusión, aunque
les pesara.
—París —ordené sin girarme—, llévalos con Silas.
—Enseguida, jefe. Caballeros, síganme.
Dixon avanzó lo suficiente para rozar mi brazo. No me miró, pero percibí
la tensión en su cuerpo. Mi rostro permaneció impasible.
—No lo olvidaré —dijo, su voz cargada de una promesa letal.
—Cuento con ello, Diablo.
Se perdieron dentro de Eros. Esperé unos minutos antes de ingresar y
dirigirme directamente a la sala de reuniones donde la Sociedad me
aguardaba. Los pasillos estaban envueltos en sombras que ocultaban mi
presencia de cámaras y miradas curiosas.
La Sociedad estaba compuesta por seis miembros. Eran los brazos y
piernas del club, imprescindibles para sostener su estructura, aunque sin
más autoridad que la mía. Supervisaban a los pupilos, regulaban las
jerarquías y decidían sobre los temas cotidianos, pero todos respondían, sin
excepción, a la regla suprema: no traiciones.
Si descubrían lo que había hecho, intentarían destituirme. No lo
permitiría, daría pelea. Sin embargo, todos se regían por lealtades, cada una
de las personas que conformaban Eros. No podía arriesgarme, de nada me
serviría conservar el poder si iba a estar incapacitado para emplearlo en
otros debido a mi traición.
Al llegar a la puerta, inhalé profundo. Lo que estaba por suceder sería un
daño colateral necesario. Si todo salía según lo planeado, no habría más
intermediarios entre el poder y yo.
Abrí la puerta y avancé. Seis pares de ojos me observaron con atención.
No dijeron palabra. Cerré tras de mí y, sin darles tiempo a reaccionar,
levanté el arma.
Mi dedo se movió seis veces sobre el gatillo con precisión quirúrgica.
Seis disparos. Seis balas alojadas en las cabezas de quienes eran algo
parecido a mis socios.
El eco de los disparos se extinguió, dejando un silencio pesado. La
última mirada de asombro en conjunto, la sangre dispersándose a través de
la madera oscura, cabezas oscilándose hacia al frente, cuerpos echados
hacia atrás en una posición descompuesta y un eco vacío de sus jadeos que
ambicionaron gesticular palabras en busca de conocimiento. Ni un solo
temblor o titubeo en mis dedos, ni un ápice de remordimiento o lamento en
mi consciencia, solo la ligera satisfacción de llevar a cabo mis planes sin
obstáculos.
Guardé el arma con calma y salí de allí como si no hubiera aumentado el
número de muertes en mi conteo personal. Había usado una réplica exacta
del modelo asignado a Silas, con el número de lote correspondiente a sus
balas. Todo estaba registrado en el servidor al que París tendría acceso
cuando llegara el momento de exigir respuestas. La culpa recaería sobre un
muerto incapaz de defenderse.
Me apresuré hacia la salida. Al llegar, París ya me esperaba junto al
vehículo. La puerta del auto estaba abierta. Me lanzó las llaves y habló sin
necesidad de preguntas.
—Están todos muertos. Silas lo hizo. Su arma, sus balas —dije,
deteniéndome un instante antes de subir—. Debo irme por seguridad. Tú
encárgate de que no quede ningún traidor dentro. Solo entonces podré
regresar.
París sonrió apenas, asintió despacio, con el conocimiento que los
integrantes de la Sociedad hubieran querido tener antes de que los matara.
—Claro, jefe.
Subí al automóvil. Dentro me aguardaban mis pertenencias y el diario de
Abigail. Solo seríamos nosotros dos hasta que llegara el momento de
reencontrarnos.
PARTE II
Capítulo 33
Abigail
Dos años.
Dos años de mi vida se habían desvanecido en un abrir y cerrar de ojos,
tan deprisa que apenas tuve tiempo de comprender que pasaban.
¿Las cosas habían mejorado?
No, en absoluto. Todo parecía detenido en el tiempo. Cada día era una
réplica exacta del anterior. Me gradué de la universidad, y Rowan organizó
una fiesta hermosa, íntima, solo con nuestras familias. Hubo obsequios
costosos y un automóvil precioso que ni siquiera conducía. Permanecía
estacionado, cubierto de polvo en el garaje del edificio que, con el tiempo,
también pasó a ser de Rowan. Aunque había respetado mi decisión de no
vivir juntos hasta el matrimonio, en la práctica eso no significaba nada:
dormía y despertaba conmigo. Ya no tenía un espacio propio.
Luchar se volvió inútil. Después de lo que ocurrió en Grecia quise
dejarlo, pero no pude. Por primera vez me amenazó con destruir a mi
familia en todos los sentidos. Intenté buscar apoyo en Mac, pero ¿qué
podíamos hacer? ¿Denunciarlo? Él era la ley. Si huía, me encontraría; y
cuando lo hiciera, no solo acabaría conmigo, también con las personas que
amaba. Me lo advirtió sin titubeos.
Llevar a mi familia conmigo habría sido otro error. Ellos jamás
abandonarían su vida aquí, y no podía condenarlos a vivir escondidos,
temiendo el día en que Rowan apareciera con sed de venganza.
Mi única salida fue quedarme a su lado, consumiéndome poco a poco,
con mis sueños muertos y enterrados.
Mentalmente no me encontraba bien. Desde hacía dos años no lograba
dormir sin medicación. Los terrores nocturnos me desgarraban el pecho;
despertaba gritando, con la garganta ardiendo. Rowan me llevó con un
psiquiatra amigo suyo. Me diagnosticaron un sinfín de cosas, entre ellas
depresión, que también trataba con medicamentos controlados. No quería
tomarlos, pero Rowan se encargaba de hacerlo por mí: con una sonrisa
suave y un gesto afectuoso me ponía las pastillas en la boca, como si
aquello fuera una muestra de amor.
Acababa drogada, siendo suya, rendida, atrapada entre lagunas mentales.
Sonreía cuando debía sonreír, me entregaba cuando él lo pedía. Era la novia
perfecta; Rowan había logrado moldearme a su antojo.
Sus padres notaron el cambio y comenzaron a aceptarme más. Mi forma
de vestir se transformó según sus indicaciones. Mi cabello, ahora corto y
rubio, caía en ondas que yo detestaba, pero que él adoraba. Me sentía
demasiado débil para oponerme, y al mismo tiempo, agradecida de un modo
irracional. Rowan protegía a mi familia, pagaba la escuela de mi hermana,
colmaba mis caprichos, me daba todo… y a la vez me dejaba sin nada.
Un año después me llevó a vivir a su mansión. Vivía como una reina en
una fortaleza de mármol y oro, aunque las ventanas tenían barrotes
invisibles y mis muñecas, cadenas que nadie más podía ver. Era una
prisionera con ataduras de lujo, una muñeca vacía. Mi personalidad se había
disuelto. Ya no había brillo, ni luces nocturnas, ni oscuridad.
No existía más Eros.
Porque yo jamás regresé.
Por más que mi alma lo exigiera, no volví a pararme bajo las luces, con
los destellos recorriendo mi piel, el látex abrazándome y el agua
deslizándose por mi cuerpo, con ojos sobre mí… sus ojos en mí.
Apreté los párpados, conteniendo un gemido, y bebí un sorbo largo de mi
copa.
Kylian se había esfumado.
Pero su recuerdo seguía tan vivo que a veces lo sentía respirando dentro
de mí. Era una fantasía recurrente, un refugio al que mi mente huía cuando
Rowan me poseía y los fármacos aún no surtían efecto. No me avergonzaba
de pensar en él durante aquellos momentos; me negaba a sentir culpa.
Aunque la herida de su partida seguía abierta, no lograba odiarlo. Tal vez un
poco, pero el deseo ardiente era más fuerte, un fuego que mantenía viva a
esa Abigail que fui entre sus brazos.
De aquella chica quedaba apenas una sombra. Me miraba al espejo y no
me reconocía. Jamás volví a ser la misma.
—Cariño, ¿estás bien? ¿Necesitas algo? —La voz de Rowan me tomó
por sorpresa. Me sujetó de la cintura y me acercó a él. Me había apartado
del grupo y me refugié junto a la mesa de bebidas mientras él conversaba
con sus colegas.
—Sí, solo me abrumó un poco la gente —respondí con una leve sonrisa.
Él me la devolvió y depositó un beso en mi frente.
—Tranquila, preciosa. Cuando quieras irnos, solo dímelo, ¿de acuerdo?
Mi prioridad eres tú.
—Sí —murmuré apenas.
—Sabes que solo quiero cuidarte, ¿verdad?
Asentí y ensanché la sonrisa.
—De acuerdo, cariño. Te amo.
—Te amo —respondí como un autómata.
Se alejó para reunirse con los invitados, envueltos en trajes elegantes y
vestidos que se arrastraban sobre el suelo. Sus padres habían organizado
una reunión con los altos mandos del departamento de policía. Yo no quería
asistir, pero debía hacerlo. Había ayudado a planificar el evento a petición
de la madre de Rowan, y no podía negarme. En el último año ella comenzó
a involucrarme cada vez más en sus compromisos sociales, como si me
estuviera entrenando para ocupar ese papel.
Trabajar fuera nunca fue una opción. Rowan insistía en que no debía
preocuparme por nada. Aun así, cada mes depositaba en mi cuenta una
cantidad de dinero que no alcanzaba a gastar ni siquiera en parte.
Entonces llegó un mensaje a mi teléfono. Lo revisé sin demasiado
interés; nunca era algo relevante. Pero al ver el nombre de Mac, una chispa
encendió algo dentro de mí. Esa chispa que creí extinta.
Con nerviosismo guardé el móvil en el bolso. Eché un vistazo a Rowan,
que seguía conversando con el procurador de la ciudad, completamente
absorto. Sus padres hacían lo mismo. Nadie notaría mi ausencia.
Aproveché ese momento. Crucé el salón con paso sigiloso y salí hacia el
jardín principal. Los autos estaban alineados a lo largo del camino
empedrado. Al final, distinguí unas luces encendidas: el coche de Mac.
Mis piernas se movieron sin pensarlo. Hacía meses que no lo veía, y
cuando bajó del auto, un dolor punzante me atravesó el pecho. Las lágrimas
acudieron sin permiso. Su sola presencia me devolvía el aire, como si me
arrancara de una pesadilla.
Corrí hacia él y me lancé a sus brazos. Me sostuvo con fuerza, como si
también necesitara no soltarme. Su perfume, su calidez, el contacto de su
piel… todo era un alivio. Me sentí a salvo. Era asombroso lo que podía
provocar el abrazo de alguien a quien amabas.
—Abby —susurró—, ¿qué te ha hecho?
No respondí. No podía. Porque, en el fondo, la culpa también era mía:
por débil, por cobarde, por haber cedido tan pronto.
—No me sueltes… por favor, no me sueltes.
Me estrechó aún más. El aire apenas entraba en mis pulmones, pero no
importaba. En ese instante solo necesitaba sentirme viva, y Mac era el lazo
más cercano a quien alguna vez fui.
—He pasado tanto para poder verte —dijo con voz rota—. Te busqué, te
llamé, pero él no me permitió acercarme. Y tú nunca respondiste.
—No me dejaba hacerlo. Ni siquiera entiendo cómo es que ahora
estamos aquí.
Se separó un poco y me miró de pies a cabeza: las zapatillas doradas, el
vestido recatado, las mangas largas, todo ajeno a mí. Su mirada se detuvo
en mi cabello.
—El rubio te va horrible, Dios… —murmuró con desagrado.
Sonreí con tristeza.
—Se ve bien —mentí. Rowan solo quiso borrar a la antigua yo, enterrar
cualquier rastro de la Abigail que bailaba en Eros.
Con él todo era dorado y luminoso, y yo anhelaba un poco de oscuridad,
conservarla al menos en mi cabello, aunque ni siquiera en eso pude resistir.
—No digas eso. —Secó la humedad de mis mejillas con suavidad—.
¿Qué te ha estado haciendo? No puedes ocultar lo mal que estás.
—Estoy bien —mentí, una vez más, como tantas otras veces antes.
—Si fuera cierto, no te habrías lanzado a mis brazos así. —Tomó mi
rostro entre sus manos, y por primera vez en meses sentí una caricia real
sobre mi piel—. Podemos solucionarlo, Abby.
—¿Cómo? ¿Huyendo? —Negué despacio, atrapada en la resignación que
se había vuelto parte de mí.
—Esa chica pesimista que tengo enfrente no es mi amiga. No eres tú.
—Es lo que hay…
—No, es lo que te has permitido ser.
—¿Crees que esta es la vida que quería? —Me aparté con rabia
contenida, mirándolo a los ojos—. No lo elegí, Mac. Pero no puedo hacer
nada. No puedo luchar contra él. No soy tan fuerte.
—Sí puedes. Tal vez Kylian…
—¡Él se fue sin despedirse! —grité con furia, sintiendo cómo la voz me
temblaba—. Kylian me dejó porque no significaba nada para él. Solo fui
una puta más a la que se folló.
Decirlo en voz alta me desgarró por dentro, pero era la verdad. Una
verdad que dolía tanto como el aire que respiraba. No esperaba que él
viniera a salvarme. Ya no necesitaba salvadores.
—Además, Rowan es su amigo —continué con amargura, sorbiendo por
la nariz y limpiándome las lágrimas con los dedos—. Son iguales. Estoy
sola en esto.
—No, me tienes a mí. No me importa lo que ese imbécil diga ni las
amenazas que me haga para mantenerme lejos de ti. No te voy a dejar,
Abby.
Negué con la cabeza, retrocediendo un paso. Por más que deseaba
tenerlo en mi vida, no podía arrastrarlo a mi infierno. No podía permitir que
también lo lastimara. Por eso me había apartado de todos, fingiendo
felicidad, convenciéndome de que esa rutina vacía era suficiente, de que el
amor de Rowan era real, aunque solo me mantuviera prisionera.
—Es lo mejor que puedes hacer —susurré—. No te necesito, Mac. Te
amo, pero ya dejé atrás todo lo que fui. Todo lo que la antigua Abigail era,
incluidos tú, Eros y Kylian. —Sentí cómo se me rompía el corazón al
pronunciar cada nombre—. Ahora vete, por favor. No vuelvas a buscarme.
Le di la espalda y comencé a caminar hacia la mansión, pero sus brazos
me rodearon la cintura antes de que pudiera alejarme. Mi cuerpo se
estremeció con un sollozo. Cada vez que me tocaba, el impulso de llorar y
rogarle que me llevara con él se hacía insoportable. Quería huir, aunque eso
lo pusiera en peligro. Pero con Mac no podía ser egoísta.
—Puedes decir lo que quieras, pero no te dejaré —susurró cerca de mi
oído—. Eres mi mejor amiga, maldita loca. —Reí entre lágrimas,
conmovida por su terquedad—. No estás sola.
Depositó un beso en mi cabello, dejando sus labios sobre mis hebras.
—Sabes que también odias este color —murmuró—. Voy a traerte de
regreso, lo prometo.
No respondí. Si lo hacía, le rogaría que me sacara de allí. Así que callé.
Cuando me soltó, eché a andar sin mirar atrás. No tendría la fuerza para
seguir si volví a mirarlo. Caminé de regreso al interior, me arreglé el
maquillaje frente al espejo del pasillo y retomé mi papel, como tantas veces.
Había aprendido a ocultar el caos con una sonrisa.
Al volver al salón, comprobé que nadie había notado mi ausencia. Sentí
alivio, pero también una punzada de decepción. Era invisible incluso en
medio de la multitud.
Tomé otra copa de vino y me quedé en el mismo rincón, observando los
rostros, las risas, los gestos vacíos. Poco después, Rowan apareció a mi
lado. Me tomó de la cintura y comenzó a presumirme ante sus invitados, a
quienes sonreí hasta que me dolieron las mejillas. Me asombraba mi
habilidad para fingir, para mezclarme entre ellos como si perteneciera a ese
mundo. Mientras Rowan estuviera complacido y satisfecho, todos los que
amaba estarían a salvo.
—Ya es tarde —murmuré cuando pasaron las horas—. Estoy cansada.
—De acuerdo, cariño. Me despido y subimos a descansar. —Rozó mi
mejilla con el dorso de su mano—. Por cierto, conseguí tus medicamentos.
Los tomarás al llegar.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo ante la insinuación oculta en sus
palabras.
—Rowan, creo que ya no los necesito. Me siento bien.
—No hay discusión, Abby. El psiquiatra los recomendó, y debes seguir el
tratamiento. No me contradigas. Es por tu bien. Todo lo que hago, lo hago
por ti.
Me besó brevemente y se alejó para despedirse de sus colegas. Me quedé
quieta, apoyada en una de las columnas del salón. Sentía un cansancio que
me pesaba en los huesos, una asfixia que crecía dentro del pecho. Quería
gritar, correr, desaparecer.
De pronto, el murmullo de la fiesta se apagó. Un silencio espeso recorrió
la estancia, seguido de susurros que se propagaron entre los invitados. Alcé
la mirada, confusa, y busqué el origen de aquella alteración. Entonces lo vi.
Nuestros ojos se encontraron, y el aire se escapó de mis pulmones. Todo
a mi alrededor se desvaneció en un vacío negro, arrastrándome hacia las
sombras, consciente solo de una certeza.
Kylian había vuelto.
Capítulo 34
Kylian
Mi obsesión por Abigail se volvió casi insoportable.
Puse distancia entre nosotros después de todo lo ocurrido hacía dos años;
necesité irme para que todo volviera a su orden y apegarme al plan de que
yo también corría el riesgo de acabar como los seis de la Sociedad. Lo que
pasó fue algo inesperado para todos en Eros; jamás se había visto algo
similar. A pesar de que todas las pruebas señalaban a Silas Hart, hubo
quienes me culparon. No me importó una mierda. Nadie tuvo el valor de
enfrentarse a mí. Aun así, decidí marcharme y asumir mi responsabilidad
desde Rusia. Después, me trasladé a Pakistán, donde permanecí seis meses.
Mi viaje terminó en Noruega, un lugar donde busqué la paz que, hasta ese
momento, seguía sin encontrar.
Fue inútil alejarme de Abigail. Observaba cada uno de sus movimientos,
cada publicación en Instagram, Facebook y Twitter. Veía su vida a través de
lo que ella compartía en redes: radiante en Grecia, hermosa en su
graduación, feliz en eventos junto a su prometido. La sonrisa genuina, los
ojos brillantes de alegría y esa chispa de felicidad en cada fotografía me
golpeaban como un insulto silencioso, recordándome que ya no me
pertenecía.
Me prometí no indagar más en su vida, dejarla en los brazos de Rowan.
Intentaba convencerme de que debía alejarme, aunque todo mi ser ansiaba
recorrer su cuerpo una y otra vez. Luché contra cada impulso de
arrebatársela. Me recordaba que Rowan era su pareja, frenaba mi deseo, y
Abigail, con su felicidad, me ayudaba a mantener esa contención. Podría
sentirme jodido por no reprimir mi deseo de verla triste, extrañándome, no
contenta, mientras cenaba con Rowan en lujosos y románticos lugares de
Irlanda.
Debería sentir alivio de que estuviera fuera de mi alcance, enamorada de
mi mejor amigo y su inminente boda. Pero no. Joder. Era imposible
olvidarla y aceptar que no me pertenecía.
Esa obsesión, esa negativa a soltarla, me hizo regresar después de dos
años. La distancia no había servido de nada. Volvía decidido a tomar de
Abigail lo que quisiera. Le recordaría lo que era perderse en mis caricias, en
la fuerza de mis manos sobre su piel. Cada puto momento en que gritaba de
placer en mi cama.
Y no lo sentía por Rowan. Ya no, ni siquiera un poco. El placer estaba
por encima de la amistad que nos unía. Podía negarme a mi corazón, pero a
mi verga hambrienta nunca.
—Te sentó bien el tiempo fuera —comentó París, esta vez con el cabello
teñido de naranja, un color demasiado chillón—. ¿No me extrañaste?
—Ni siquiera me acordaba de ti.
Hizo un mohín ridículo y luego se observó las uñas pintadas de púrpura.
Sus muñecas estaban cubiertas de pulseras de cuero con picos y diversos
adornos metálicos. Debería agradecerle por encargarse de Eros en mi
ausencia, pero no, no iba a decirle ni una palabra.
—Pensé que volverías por tu pajarito. Dijiste que lo harías.
—No dije cuándo. Y deja de entrometerte, pareces una jodida chismosa.
—¿Qué? Lo que haces con la novia de tu mejor amigo resulta más
interesante que cualquier otra cosa, aunque lo será todavía más cuando
Rowan se entere.
Ansiaba ese momento. A pesar de todas las consecuencias, me provocaba
curiosidad conocer su reacción. Aunque también disfrutaba seguir
follándome a su novia a sus espaldas.
—Vete a trabajar, para eso se te paga.
—Estoy en mi hora libre.
—Largo, París.
Rodó los ojos y se levantó, saliendo de mi oficina momentos después.
Todo seguía tal como lo dejé. Me disponía a hacer lo mismo cuando una
llamada entró a mi antiguo móvil. Acababa de encenderlo al llegar; vi el
número desconocido y fruncí el ceño. Casi nadie me llamaba a este número,
salvo Rowan y París. Esta última, seguramente, tenía que ver con que
recibiera llamadas de desconocidos.
—Draxler —contesté de mala gana.
Un suspiro de alivio llegó del otro lado, y mi confusión aumentó.
—Kylian, soy Mac —dijo, agitado. Reconocí su voz antes de escuchar su
nombre—. He tratado de comunicarme contigo.
Supe que tenía que ver con Abigail. Sabía que ella vivía con Rowan y
que después de la universidad habían perdido contacto. Era como si Abigail
hubiera dejado ir Mac, tal como dejó Eros, el lugar que ella tanto amaba.
No investigué más por mi propia salud mental y la de Abigail, pero deduje
que algo no estaba bien si Mac había buscado a París para contactarme.
—¿Para qué me llamas? —pregunté, serio.
—Tienes que ayudarla —sorbió su nariz, señal de que había llorado—,
me he callado durante dos años pensando que mejoraría, que sería feliz, o al
menos saldría por sí sola del agujero donde él la metió. Pero acabo de verla
y está completamente rota.
Mi cuerpo se tensó y la presión se extendió por mis hombros con fuerza.
—¿De qué mierda hablas?
—De Abigail. Está mal, Kylian. Rowan la tiene sometida. Ella no quiere
estar allí.
Permanecí en silencio, procesando sus palabras mientras recordaba la
vida que Abigail mostró en estos años. Intenté encontrar algo en su mirada
que delatara su verdad. Sin embargo, se veía genuina, completamente
auténtica. Rowan nunca mencionó nada negativo sobre su relación con ella.
Ahora me cuestionaba si la Abigail que conocí era real o solo me convencí
de ello para no enfrentar el daño que le causé al alejarme.
También me resultó curioso que Rowan ocultara información, cuando
antes me compartía todos los detalles de su relación. Y no podía
comprobarlo: en su casa no había cámaras de seguridad.
—Ayúdala, Kylian. Sé que para ti no significa nada, pero eres el único
que puede hacerlo.
La ira recorrió mi cuerpo. Quise discutir, pero no necesitaba dar
explicaciones a nadie sobre lo que Abigail significaba para mí.
—Me haré cargo.
Lo dije y colgué. Salí en busca de ella.
Había una gran fiesta.
Encontré una hilera de autos frente a la mansión Byrne. Me sorprendió
que Rowan no me hubiera avisado; sabía que estaba de vuelta, pero parecía
que construía barreras a su alrededor. No lo tomé personal. Cuando Rowan
deseaba algo con intensidad, se cerraba, se volvía un perro guardián
dispuesto a todo para proteger su bien más preciado. Sucedió en varias
ocasiones en el pasado, y en todas logró alejarme, mejor dicho, alejó a
todos.
Siempre fue inseguro y extremadamente paranoico. En ese momento, su
paranoia no se equivocaba: si había alguien que quería tomar lo que le
pertenecía. Su amor por Abigail era enfermizo, más enfermizo incluso que
mi propia obsesión. Parecía incapaz de seguir adelante si no la tenía a su
lado, dispuesto a ignorar su bienestar con tal de retenerla.
Me pregunté si ese era el verdadero motivo por el que me alejaba, o si
existía algo más detrás de su comportamiento. Que sospechara lo que
sucedió entre su novia y yo no me mortificaba en absoluto. No era un
hombre asustadizo que se acobardaría si se revelaba lo que hice con ella.
Avancé por los escalones y me dirigí a la puerta que nadie abrió para mí.
Entré en la estancia que conocía como la palma de mi mano; el olor a
perfume caro y a champaña me envolvió, apretándome la nariz. Los
murmullos de los presentes perforaron mis oídos, pero cesaron al instante
cuando mi presencia captó la atención de todos. Mis ojos no se fijaron en
nadie. Los veía como manchas borrosas mientras buscaba a la mujer por la
que había venido. La encontré a pocos metros.
Su mirada estaba fija en mí, perdida y asombrada. La palidez marcaba
cada centímetro de su rostro. No intentó disimular nada; sus ojos gritaban
mi nombre, sus labios permanecían sellados, rígidos, aun conservando la
memoria de mis besos. Su piel erizada confirmaba que me recordaba con
fuerza. Ni siquiera la había tocado y ya caía ante mí, demostrando que
seguía siendo mía por encima de lo que cualquiera pudiera decir.
De pronto, la vi desvanecerse, envuelta en un vestido recatado. Un
hombre cercano logró sostenerla antes de que golpeara su cabeza contra el
suelo. Sus hondas rubias se dispersaron por todos lados. Había visto el color
de su cabello meses atrás y no me había importado, pero ahora, al
contemplarla, supe que no me agradaba. Quería su cabellera larga y negra
de regreso, deseaba envolverla con mi puño mientras la follaba con fuerza.
No me moví de mi lugar. Rowan se adelantó y la cargó en sus brazos,
preocupado, pero con la mirada fija en mí. Se dirigió hacia su habitación, y
sin pedir permiso lo seguí, ignorando las miradas curiosas y los cuchicheos.
En segundos, entramos en aquel espacio que habíamos compartido de
vez en cuando. Ahora era el hogar de Abigail, quien descansaba sobre la
cama, inconsciente y vulnerable, atrapada en una red de la que no escaparía
fácilmente.
—¿Por qué no me avisaste que vendrías? —reprochó, rozándole la frente
a Abigail.
—¿Desde cuándo tengo que avisarte? —respondí. Sacudió la cabeza con
gesto negativo.
—Solo no te esperaba.
—Eso es obvio. ¿De nuevo con tus paranoias? —Chasqueó la lengua y
enderezó la espalda, dejando a Abigail en segundo plano. Me enfrentó
directamente.
—No son paranoias. Ella me engañó —siseó, firme. Mi expresión no
delataba nada más que indiferencia. Aprendí a ocultar mis emociones y rara
vez las mostraba.
Bien. Ahora entendía sus motivos. No estaba tan equivocado en mis
deducciones; Rowan seguía siendo el mismo.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál es el nombre del difunto? —Tensó la mandíbula, cerró
las manos en puño. Sostuve su mirada sin apartar los ojos de su rostro.
—Aún no lo tengo.
—Años, Rowan. Eso sí que es patético.
—Escondió bien sus huellas. Me pregunto si tendrá algo que ver con
Eros. Su cercanía a mi prometida fue casi un secreto —dijo con
desconfianza, bordeando la ira en su voz. Quise reír en su cara por enésima
vez.
—¿Cómo supiste que te engañó?
—Quiero que me ayudes a encontrarlo —omitió mi pregunta y eso
despertó mi curiosidad—. No estaré tranquilo hasta matarlo.
—Me ofendes, querido amigo —mi tono rebosaba crueldad—. Meses sin
noticias, un trato borde y luego pides mi ayuda. ¿Por qué coño debería
dártela?
—Porque eres mi amigo —respondió, nervioso.
—Ser amigo tuyo no me convierte en tu títere —miré a Abigail unos
instantes—, a tu disposición. Si necesitas, tienes que dar. ¿Acaso lo
olvidaste?
—Te he ayudado.
—Y recibes algo a cambio. ¿Qué me ofreces, Rowan?
Su rostro se deformó por el enojo. No esperaba mis exigencias. Pude
haber cedido y ayudarlo a encontrar al tipo que tocó a Abigail, pero no iba a
facilitarle nada después de que había actuado como un cretino. El único con
derecho a actuar así era yo.
—No puedo creer que me estés cobrando este favor.
—Para la próxima, sé amable con quienes pueden sacarte de un apuro.
Frunció los labios y asintió despacio, consciente de que no cedería y de
que la culpa de esta situación era suya.
—Bien, pon un precio.
—Lo haré en su momento —susurré, pensativo—. Dame toda la
información que tengas hasta ahora. Ya, antes de que cambie de opinión.
—Lo enviaré a París.
—No —espeté—, en físico.
—Bien.
Salió de la habitación, dejando a Abigail atrás. Los celos lo cegaban
demasiado, olvidando su verdadera prioridad.
Eliminé la distancia que me separaba de ella y me detuve a centímetros.
Su aroma había desaparecido; su rostro parecía hundido en las sombras. No
había luz en ella. Su cuerpo reflejaba un cambio radical: las ojeras se
pronunciaban bajo sus ojos, sus pómulos se marcaban más y su mandíbula
parecía fina, esquelética. Era como una flor marchita.
En la mesita de noche observé varios frascos de pastillas que conocía
bastante bien; hubo un tiempo donde ocuparon el mismo lugar en mi
habitación. Tomé uno; se trataba de un antidepresivo potente, drogas que la
volvían dócil y le hacían perder el rumbo. Seguro tenía bastantes lagunas
mentales con toda esta mierda en su sistema.
—Son sus medicamentos —dijo Rowan a mi espalda—. El psiquiatra los
recetó para sus terrores nocturnos y la depresión.
—¿Terrores nocturnos? —pregunté. Ella había dormido conmigo y jamás
presentó algo así.
—No dormía bien.
—¿Desde cuándo?
—Desde Grecia.
Apreté el frasco en mi mano. Eso había sido hace dos años, cuando él se
la llevó de Irlanda. Todos sus problemas comenzaron al alejarse de mí.
Dirigí la mirada a Abigail, ignorando a Rowan. Su cuello mostraba marcas
oscuras que intentó ocultar sin éxito. Suspiré, consciente de lo que mi
amigo era capaz de hacer.
—La violaste —aseguré, tragando la bilis y conteniendo el deseo de
golpearlo. Rowan se mostró ofendido.
—Es mi prometida, ¿cómo demonios podría violarla? —Conté hasta diez
en un instante.
—Aunque sea tu esposa, si ella dice que no, la estás violentando. ¿Acaso
no lo sabes? —Lo enfrenté—. Eres un puto general, Rowan.
Puso la carpeta contra mi pecho, mirándome con enojo.
—No, no la violé. Ahora, te pido que te retires; quiero cuidar de mi
prometida.
Prometida. Menudo imbécil.
—Me pregunto qué estás cuidando, ¿su bienestar o que llegue a su
velorio? —Achicó los ojos—. Porque si sigues drogándola, la muerte es el
único destino al que la llevarás.
—Encuentra al hijo de puta que la tocó. Hazlo y deja de entrometerte
entre Abigail y yo.
Quise reír. El hijo de puta que la tocó, folló y le hizo tragar su verga
como si se tratara de un dulce, fui yo. Y para su desgracia, lo volvería a
hacer. Esta vez se la quitaría porque se me daba la gana, porque me gustaba
y porque disfrutaba quedarme con lo que no me pertenecía.
Capítulo 35
Abigail
Cuando abrí los ojos, solo encontré oscuridad. Su rostro se desvaneció
como siempre lo hacía en mis sueños, dejando tras de sí un vacío inmenso
que se extendía dentro de mí hasta no dejar nada.
Desperté gritando, sin comprender por qué, buscando tocar aquella
silueta sombría que se deshacía entre las sombras, fluyendo como humo
hacia la nada infinita. Era una sensación de caída perpetua, un abismo sin
fondo que me arrojaba a la deriva, con las manos vacías. Todo dentro de ese
sueño tenía la textura de la pérdida: un bucle sin salida, envuelto en una luz
sucia y lacerante que dolía hasta el alma.
En los ataques anteriores, la presión en mi pecho me oprimía con una
fuerza insoportable. El sudor frío me cubría la piel y me hacía tiritar. El
dolor en la garganta me quemaba, y entonces Rowan aparecía. Sus manos
intentaban tranquilizarme mientras introducía las pastillas en mi boca,
obligándome a tragarlas con la rudeza que le era tan natural. Siempre hacía
lo mismo. Después de eso, la debilidad se apoderaba de mí. Ya no podía
resistirme ni pedirle que se detuviera, que dejara de tocarme, de poseerme.
Mi cuerpo se convertía en una extensión del suyo, sin voluntad ni fuerza.
Era su muñeca, a su merced, moldeada por su deseo y sus manos.
Detestaba lo que me hacía, pero me resignaba. Mi familia estaba bien.
Mac estaba bien. Eso era lo único que importaba. Ese pensamiento se había
convertido en mi mantra, el único consuelo que podía repetirme para
soportarlo.
—Buenas tardes, cielo. ¿Cómo te sientes hoy? —escuché su voz detrás
de mí antes de sentir el roce de sus labios en mi mejilla. Yo observaba el
jardín a través de la ventana.
—Mejor —respondí, sin apartar la vista—. No recuerdo mucho de lo que
ocurrió anoche.
Aun podía verlo en mis sueños: Kylian, envuelto en oscuridad, con esos
trajes a la medida que parecían hechos para reinar. Pero sabía que no era
real. No iba a volver.
—Te desmayaste, cariño —dijo Rowan con naturalidad.
Me giré para mirarlo. Llevaba su uniforme de general, tan impecable
como siempre, portándolo con ese aire de orgullo y autoridad que le
resultaba tan cómodo. No podía negar su belleza, pero ahora solo la veía
como una trampa cuidadosamente diseñada.
—Más tarde iremos al médico. Esos desmayos no me gustan —añadió,
con su tono habitual de control—. Además, quiero que nos digan cuánto
falta para que puedas darme un hijo. —Su mano tocó mi brazo, justo donde
tiempo atrás me había sacado el dispositivo anticonceptivo.
Quise decirle que estaba mal, que las drogas que me obligaba a tomar
impedían que mi cuerpo funcionara como debía, pero callé. Lo hacía
siempre. A escondidas tomaba anticonceptivos. Jamás le daría un hijo. En
eso no había espacio para la negociación.
—¿Podemos ir otro día? No tengo ánimos.
—Abby…
—Por favor —supliqué, evitando su mirada.
Rowan suspiró.
—De acuerdo —cedió con facilidad—. Pero hoy tenemos invitados para
comer.
—¿Quiénes? —pregunté, conteniendo un mal presentimiento. Las cenas
eran comunes, pero las comidas tenían otro peso; eran casi rituales
familiares. Rowan no compartía su mesa con cualquiera.
—El procurador y su esposa —dijo, ajustándose la corbata—, y Kylian
con Corina.
Mi boca se secó. Intenté mantener la compostura, pero la sonrisa se
desvaneció de inmediato. Los músculos de mi rostro se tensaron. Apreté los
labios y asentí, tragando la oleada de emoción y temor que me provocó
escuchar su nombre.
—Quiero algo discreto, ya lo sabes —dijo, tomando un mechón de mi
cabello entre sus dedos.
—Al menos por hoy déjame usar algo que me agrade —susurré, con una
súplica en los ojos que a veces lograba ablandarlo.
—Está bien —aceptó, aunque con reticencia—. Pero nada provocador.
Soy el único que puede admirar tu belleza.
—Por supuesto —contesté, sin atreverme a contradecirlo.
Depositó un beso en mis labios y salió de la habitación.
Solo entonces noté que mis manos temblaban. También lo hacían mis
piernas. La anticipación me oprimía el pecho. Me senté en el borde de la
cama y, por primera vez en meses, una sonrisa auténtica curvó mis labios.
Pese al coraje que sentía por la desaparición de Kylian, después de meses
de sentirme en un agujero, respiraba un poco de ese aire puro y magnético
que era todo lo que fui en sus manos y a sus ojos.
Kylian me recordaba lo que yo amaba. Me gustara o no, entre nosotros
existía una conexión tan intensa como la que tenía con Mac. Ambos eran
parte de mí, cada uno a su manera.
Me levanté de golpe y caminé hacia el armario. No quería que Kylian me
viera rota, débil ni rendida. No podía permitirle descubrir que su ausencia
fue un factor importante para mi derrumbe, al igual que la ausencia de Eros
y de Mac en mi vida. Se suponía que debía ser independiente,
autosuficiente. Pero había días en los que esa idea era imposible de
sostener.
Dentro del amplio vestidor que Rowan había mandado construir para mí,
busqué entre la multitud de prendas hasta encontrar un vestido color vino,
cubierto por delicados encajes florales. La tela se ajustaba a mi cuerpo hasta
la pantorrilla, con una abertura en el muslo que insinuaba sin mostrar. El
escote en V resaltaba mi figura con sutileza.
Me quedé frente al espejo, observando mi reflejo. Aquella mujer frente a
mí era una sombra de quien fui. Y no hubo nada más triste que reconocer
que la versión que más extrañaba de mí misma ya no existía, y quizá nunca
volvería.
Cuando llegó la hora, supervisé la mesa, la disposición de los cubiertos y la
presentación de cada plato. Todo debía estar en su lugar. La señora Byrne
me observó desde la puerta, asintiendo con aprobación. Pasar su escrutinio
no me produjo orgullo. Nada de aquello me hacía sentir realizada. Solo era
una representación más, una rutina vacía en la que todos parecían felices,
menos yo. Me había convertido en una mujer que complacía a todos
excepto a sí misma.
—Todo ha quedado perfecto, amor —dijo Rowan, visiblemente
satisfecho.
Me giré hacia él, esbozando una sonrisa amable. Era un hombre que
sabía imponerse sin levantar la voz. Su porte formal, su atractivo, lo hacían
parecer inquebrantable. Me tomó de la mano, depositó un beso en mis
labios y recorrió con la mirada mi cuerpo.
—Me gusta cómo se te ve ese color, aunque el escote…
—Rowan —susurré, temblando al escuchar las voces que llegaban desde
el salón contiguo—. Por favor, no digas nada.
Él asintió con un leve gesto. Su mano se posó en mi cintura, firme,
posesiva, justo cuando los invitados entraron al comedor, guiados por la
servidumbre.
Y entonces lo vi.
No había nadie más en esa habitación para mí, solo Kylian. Su presencia
llenó el espacio, dominando cada respiración, cada pensamiento. Vestía un
traje azul oscuro que resaltaba sus ojos y la dureza de su expresión.
Caminaba con la seguridad de quien conoce su poder, con la mirada dirigida
a Rowan, pero con su atención clavada en mí.
No importaba la distancia ni el tiempo: seguía siendo suya. Desde el
primer momento, Kylian no me había soltado.
—Buenas tardes —saludaron con formalidad. Corina se acercó para
besar la mejilla de Rowan y luego la mía.
Respondí con una sonrisa educada, la misma que había aprendido a
fingir durante los últimos dos años. Pero la forma en que Kylian me
observaba me hizo temer que pudiera ver a través de esa máscara. Su
mirada parecía saberlo todo, incluso aquello que yo había enterrado.
Su sola presencia me estremecía. Intenté no recordar lo que habíamos
sido, esos instantes breves y feroces donde, por primera vez, me sentí viva.
Cuando su mano tocó la mía, el frío de su palma áspera se deslizó por la
suavidad de mi piel, que lo recibió con una familiaridad casi instintiva. Ese
contacto despertó en mí un estremecimiento repentino, un temblor que
recorrió mi cuerpo y erizó cada fibra de mi piel.
—Abigail —pronunció mi nombre con un tono que acarició cada sílaba,
sosteniéndola entre los labios como si fuera un secreto. Lo sentí vibrar en
mi columna, como una descarga que me atravesó de arriba abajo—. Ha
pasado bastante tiempo.
Quise llorar al escucharlo decir mi nombre. Hacía demasiado que nadie
lo pronunciaba de ese modo.
—Kylian. —Apreté su mano con fuerza—. Mucho, a decir verdad. —
Carraspeé, liberándome de su contacto. Los miré a ambos, alternando la
vista entre él y Corina—. Qué bien lucen.
Corina ensanchó su sonrisa y se aferró al brazo de Kylian como si
quisiera marcar territorio.
—Hacemos una pareja perfecta, ¿verdad? —susurró, mirándolo con
devoción. Kylian apenas la volteó a ver; su indiferencia era tan elegante que
no necesitaba palabras para evidenciarla.
—Por favor, tomen asiento —intervino Rowan. Luego me miró—. Amor,
¿puedes encargarte de todo?
—Por supuesto —respondí sin protestar y me dirigí hacia la cocina.
—¿Te has quedado sin servidumbre, Rowan? —preguntó Kylian detrás
de mí. Cada palabra cayó como una piedra fría en mi nuca.
No me volví. Por mi propia tranquilidad, fingí no haberlo oído. En el
pasillo respiré con lentitud y llamé al personal para dar las indicaciones
precisas sobre el servicio de los platos. Revisé cada detalle antes de regresar
al comedor, donde todos ya estaban sentados, incluidos los padres de
Rowan. Nadie me dirigió la mirada, excepto él y Kylian. Rowan se
incorporó para abrirme la silla a su lado; justo enfrente, Kylian me
observaba con ese gesto medido y distante que lo definía.
El tiempo pareció avanzar con desgana mientras la comida se servía y la
conversación flotaba entre temas triviales. El procurador hablaba con
entusiasmo, aunque era evidente que buscaba la aprobación de Kylian más
que la de Rowan. Observé su empeño y me resultó extraño.
—Te has graduado —dijo Kylian, dirigiéndose a mí. Todos giraron hacia
nosotros. Sentí el pulso acelerarse; el aire se espesó. Por un instante, temí
que cualquiera pudiera descubrir lo que alguna vez existió entre nosotros.
—Sí —respondí apenas, con voz baja.
—¿Estás trabajando?
—Ella no necesita trabajar —interrumpió Rowan.
—Y parece que tampoco necesita la lengua, ¿no? —replicó Kylian con
severidad.
Su mirada, cargada de desprecio, se clavó en él. Preferí no mirarlo. El
ambiente se tensó.
—Hay vacantes en mi empresa —añadió, tomando la servilleta y
dejándola con precisión junto al plato—. Si te interesa, Rowan podría
llevarte.
—Me encantaría —dije. Rowan me observó con desconfianza, pero lo
ignoré—. A veces el encierro me resulta asfixiante.
—Y más para alguien joven —intervino el procurador—. Un puesto en la
empresa del señor Draxler le abriría muchas puertas. ¿Por qué no lo habías
considerado, Byrne?
—Porque no necesita un trabajo —alegó Rowan con voz firme—. Sus
ocupaciones son otras.
—Como decidir qué salsa poner en tu plato —repuso Kylian con
sarcasmo—. Debe ser sumamente interesante elegir alguna.
—Las esposas son de casa —intervino la señora Byrne con tono tajante.
Me sentí pequeña, fuera de lugar, atrapada entre palabras que dolían más de
lo que debía permitir.
—Abigail no es su esposa —remarcó Kylian, cortante.
—Pero lo será —replicó Rowan, tensando la mandíbula.
—Disculpen. —Me puse de pie, incapaz de soportar más—. Necesito ir
al tocador.
Salí sin mirar atrás. El aire en el pasillo era más liviano, aunque mi pecho
continuaba oprimido. No comprendía qué pretendía Kylian, ni por qué se
enfrentaba a Rowan de ese modo. Lo conocía lo suficiente como para saber
que nada en él era casual. Allí estaba, provocando el caos, arrastrándome a
su órbita sin importarle las consecuencias.
¿Qué estaba planeando? ¿Acaso no se daba cuenta lo que podía
ocasionar? Aunque seguro lo sabía, pero como el egoísta que siempre había
sido, no le importaban los daños colaterales, pese a que, me lastimaran.
Cerré la puerta de la habitación de invitados y me recargué contra ella,
aspirando profundo. No iría al baño; intuía que él podría interceptarme allí.
Por más que una parte de mí —la más temeraria y perdida— quisiera
revivir la emoción del peligro, sabía que era un error.
Me acerqué a la ventana y la abrí. La brisa fresca me golpeó el rostro,
despejando el mareo. Desde allí podía ver parte de la ciudad, aunque
prefería la vista del jardín. Era el único lugar donde me sentía relativamente
libre.
Detrás de la cortina escondía mi caja de cigarrillos, y bajo el borde de la
ventana, el encendedor Zippo que le había robado a Kylian junto con una
cajetilla que ya me había fumado. Lo saqué, coloqué un cigarrillo entre mis
labios y encendí la llama. La luz anaranjada titiló frente a mi boca… y se
apagó cuando lo vi entrar.
Kylian cruzó el umbral con la seguridad de quien se sabe dueño del
lugar. Las alarmas resonaron en mi cabeza; el miedo me heló por dentro.
—¿Qué crees que haces? —exclamé, retrocediendo, alarmada por su
presencia allí.
Intenté llegar a la puerta, pero su mano se cerró sobre mi brazo con
fuerza, ejerciendo una autoridad que no necesitaba palabras.
—No entiendo por qué insistes en creer que tienes opción, Abigail.
Conmigo, nunca la has tenido.
—No empeores esto, Rowan…
—Rowan me importa una mierda. Estoy aquí por ti. —Su voz fue un
golpe seco.
—¿En serio, Kylian? —Logré soltarme—. ¿Después de dos años?
La rabia que había guardado comenzó a subir a la superficie,
incitándome a soltar cada palabra que había tragado. Su presencia —áspera,
afilada, voraz— me hería otra vez.
—Te fuiste. Te esperé como una idiota y no sé por qué lo hice, pero
ahora ya no importa. —Le mostré la mano con el anillo reluciente—. Me
voy a casar con tu mejor amigo. Hazme el favor de dejar el pasado donde
pertenece.
Intenté escapar por segunda vez, intimidada por su estatura y todo lo que
irradiaba a través de su musculatura y esos ojos severos que no
demostraban nada. Jamás lo hacían. Estaban tan vacíos como él. Su mano
se cerró sobre mi cuello y me estampó contra la madera. Su pulgar se clavó
bajo mi mentón, los otros dedos presionaron mis mejillas. Su rostro quedó
tan cerca que podía sentir el roce de su respiración y ese olor inconfundible
que casi había olvidado: una mezcla entre peligro y deseo.
—¿En serio? —susurró con voz baja, presionando más—. ¿Encargarte de
que la mesa esté en orden es a lo que aspiras ahora?
—¿No te ha quedado claro? —repuse, enfrentando su mirada.
Sus ojos se entrecerraron, y la distancia entre nuestras bocas se redujo
aún más.
—¿Qué te hizo, Abigail? ¿Dónde está mi pequeña monstruo?
Se fue contigo. Te la llevaste el día que me dejaste aquí.
—Vine a buscarla —continuó él—, pero solo encontré esta versión
sumisa que ambos detestamos.
—No sabes nada de mí, Kylian. No me conoces.
—Te conozco mejor que cualquiera allá afuera.
—¿Qué quieres? —pregunté agotada—. Dijiste que no volverías, que me
casara con él y lo haré. ¿Qué buscas? ¿Te aburriste de tu vida y decidiste
venir a arruinar la mía?
Una de sus manos descendió por mi cintura. Me quedé paralizada ante el
contacto que continuó hasta la abertura de mi vestido; rozó la piel
descubierta de mi muslo y ascendió con precisión y seguridad, como si
conociera de antemano la manera exacta de provocarme.
—Te quiero de vuelta, Abigail.
Mi corazón latía con fuerza irregular, como si quisiera salirse de mi
pecho.
—Te quiero de vuelta en Eros y en mi cama.
La idea resultó más tentadora de lo que debería. Mi mente gritaba que sí,
que lo siguiera, que me lanzara a sus brazos. Una parte de mí deseaba
acortar la distancia que nos separaba, besarle con abandono y decirle que sí,
que siempre sí. Sin embargo, todo había cambiado. Rowan estaba más
presente que nunca en mi vida, ejerciendo un control absoluto. Ya no se
trataba solo de mí, aunque nunca lo hubiera sido; solo que hasta hacía poco
no había comprendido del todo la magnitud de su poder, ni la determinación
con la que podía destruir todo si las cosas no salían según su voluntad.
Además, mi lugar era junto a Rowan. Eso era lo correcto, lo que se esperaba
de mí, lo que debía ser.
—No —dije con voz firme, sin comprender cómo logré sostenerla—. Lo
nuestro terminó, Kylian. No se repetirá. He acabado contigo.
Me liberé de su agarre y le di la espalda, consciente del riesgo que eso
implicaba. Sus dedos se enroscaron en mi cuello como si fueran una víbora,
obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Su boca se posó contra mi
oído, cálida y peligrosa.
—No, Abigail —susurró con un tono que no admitía réplica—. No has
acabado conmigo.
Capítulo 36
Abigail
Habían pasado cuatro días desde que vi a Kylian.
Aún lo sentía como un fragmento de mis sueños; no lograba aceptar que
estuviera de vuelta, y mucho menos que pareciera dispuesto a retomar algo
que había abandonado. No podía borrar de mi memoria aquella
conversación en su baño, cada palabra grabada en mi piel con la frialdad
cortante de su tono.
No entendía lo irracional de todo esto. ¿Qué lo impulsaba a quererme de
nuevo? ¿El sexo? Estaba segura de que lo había tenido en abundancia.
¿Cariño? Lo dudaba. Se fue por dos años sin avisar. Si algo de mí hubiese
significado para él, habría dejado señales de su partida; pero no. Solo
encontré un silencio profundo y una única pregunta grabada en mi mente:
¿por qué se fue?
Ahora regresaba y parecía creer que las cosas podrían volver a ser
iguales, cuando yo estaba más ligada a Rowan que nunca. No era lo que
deseaba, pero mantenía felices a los demás y protegía a quienes amaba. No
pondría por encima de mi familia a Kylian, eso jamás sucedería. Mucho
menos cuando Rowan sabía que lo había engañado, aunque ignorara los
detalles. Si mostraba la más mínima flaqueza, si dejaba entrever que lo
había buscado todo este tiempo, desencadenaría un desastre que no estaba
dispuesta a cargar. Jamás.
Por otro lado, llevaba cinco días sin medicación. A pesar de las pesadillas
que me dejaban afónica, al despertar me sentía algo mejor. Sin embargo, la
próxima semana debíamos ir al psiquiatra. A pesar de las sesiones, sentía
que no avanzaba. Su lema era apoyarme en Rowan, confiar en él como si
fuera la cura para todos mis males. Llegué a dudar de su legitimidad como
profesional. No ayudaba en nada; solo mantenía mi cuerpo drogado y
controlado.
—Siempre estás pensativa, Abby —comentó Cami. La observé y forcé
una sonrisa.
—Me aburren estas fiestas —admití.
Era la segunda en cuatro días. Rowan no descansaba; su objetivo estaba
en ser alcalde, y si lo lograba, todo se complicaría aún más.
—Sí, aburridas, pero las de la iglesia de mamá lo son más —comentó
Cami, sonriendo con complicidad y provocándome una sonrisa genuina.
Aunque nos habíamos distanciado por las comparaciones constantes de
nuestros padres, ahora Cami me trataba con cordialidad, aunque no como
antes. Notaba cambios en su comportamiento, cierto reproche en sus ojos;
aunque no era mi culpa, ella lo percibía así.
Esta vez, Rowan invitó a mi familia. La gente valoraba nuestra unión, lo
que le favorecía políticamente. Cami permanecía a mi lado, vestida con un
discreto vestido de seda color lila, apropiado para su edad, según la opinión
de mi madre. Evité rodar los ojos ante ese comentario.
—Solía escabullirme de ellas, pero tú no lo hagas —comenté después de
unos segundos.
—No lo haría —respondió.
Cami era todo lo contrario a mí; en belleza, ambas éramos casi idénticas.
Noté cómo algunos hombres la observaban con descaro. Me irritó; eran
mayores de cuarenta. Era hipócrita de mi parte, considerando mi situación
con Rowan y Kylian, pero me inquietaba ver a un hombre maduro posar la
mirada en una joven de diecisiete años sin plena capacidad de decisión.
—Cariño —me llamó Rowan, acompañado de un político cuyo nombre
no recordé—, el hermano del procurador quiere saludarte.
Miré al hombre, dándole la mano. Estimaba unos cincuenta años,
elegante, de piel clara y cabello canoso. Se llamaba Esteban Farrell.
—Y ella es Cami, la hermana menor de mi prometida —prosiguió
Rowan, colocándola frente a Esteban—. Una joven encantadora, hace
pinturas que podrían gustarle.
—¿De verdad? Soy fanático del arte —dijo Esteban, mirando a mi
hermana de un modo incómodo que nos hizo sentir a ambas muy tensas.
—Mi hermana no vende sus dibujos —repuse con firmeza. Solo la
familia y los allegados conocían su talento.
—Disculpa —sonrió Esteban fingiendo pena—, no era mi intención.
Rowan me lanzó una mirada que interpreté como reprimenda. No me
disculpé; percibí la extraña vibra de aquel hombre y preferí apartarme.
Tomé la mano de Cami y, siendo educada, nos alejamos.
—Ve con mamá y papá, no los pierdas de vista, Cami.
—¿Pasó algo? Ese hombre era muy raro —susurró, mirando hacia
Esteban y luego a Rowan.
—Nada importante. —Besé su frente—. Ve.
Cami obedeció, quedándose cerca de nuestros padres. Yo, por mi parte,
me escabullí hacia el jardín, tratando de escapar de Rowan. Mis manos
temblaban; necesitaba un cigarrillo para calmar la tensión que se acumulaba
en mi estómago como un presagio.
Seguí el camino de baldosas hasta uno de mis lugares secretos, donde
huía de la presencia asfixiante de Rowan; se trataba de una abertura entre
los arbustos, rodeado de árboles amplios y pasto verde, oculto por las
noches, pero por el día era fácil ser visto aquí gracias a la luz del sol.
Apoyé la espalda contra la corteza rugosa de un tronco. El aroma de las
rosas se filtraba por mi nariz; la señora Byrne adoraba esas flores, aunque a
mí nunca me gustaron demasiado.
Saqué un cigarrillo de mi bolso y lo encendí con una cerilla. No podía
llevar el Zippo de Kylian; Rowan podría notarlo, y prefería no arriesgarme.
Di una calada profunda; la nicotina me brindó alivio. Podría haber deseado
un poco de cocaína, pero me había prometido dejar las drogas, lo cual
intentaba cumplir. Aun así, mi mente era frágil y sabía que no resistiría
mucho tiempo.
—Detesto que fumes. —Su voz profunda y oscura rompió el silencio,
desmoronando mis pensamientos como una hilera de piezas de dominó.
—Lo que te guste o no de mí, me tiene sin cuidado, Draxler.
Un chasquido escapó de su boca. En segundos, su presencia devastadora
absorbió la poca luz que me rodeaba.
Lo vi a unos pasos, vestido de negro. Su reloj de oro y el pisacorbatas
brillaban en el aire con destellos dorados y plateados. Cada movimiento
suyo lo hacía parecer más alto, más imponente, mientras eliminaba la
distancia entre nosotros.
Todo mi ser gritaba que huyera, pero el magnetismo que nos unía me
paralizaba.
Permanecí quieta, observando cómo sus facciones se definían a medida
que el humo se disipaba. Su rostro impecable reflejaba enojo; la frialdad de
sus ojos me atravesaba la espalda y me provocaba escalofríos que parecían
encender mi pecho.
—Mi nombre es Kylian —ladró con ira, arrebatándome el cigarrillo—, y
deja esa mierda.
—¿Quién te crees para darme órdenes? —escupí con furia.
Mi enojo igualó al suyo en segundos. Con Kylian, la bomba de tiempo
que era yo estallaba. Él tenía una facilidad sorprendente para hacerme
perder el control y estaba segura que yo tenía el mismo efecto con su
persona.
—Te largaste por dos años, bastardo hijo de puta —golpeé su pecho con
el índice—, y ahora vienes, das órdenes y pretendes que todo sea como
antes. ¡Vete a la mierda, Kylian!
Su mano se enroscó en mi nuca con tal fuerza que apenas pude ser
consciente de lo que sucedía. Su boca rozó la mía, y su aliento pasó a través
de la abertura de mis labios, tocando los míos con una precisión
perturbadora.
—Si me voy a la mierda, cariño, te arrastro conmigo.
Entonces me besó como solo él sabía: invasivo, cruel, posesivo.
Sus labios silenciaron mis reproches y desestabilizaron cada rincón de mi
interior. El corazón golpeó con violencia contra mi pecho, y emociones que
creía muertas resurgieron con más intensidad que nunca. Se desplazaron por
toda mi alma rota, recordándome el poder devastador de un solo beso.
El sabor de su saliva sabía tan bien como recordaba: a deseo y pecado,
mezclados en un solo instante.
Me dejé arrastrar hacia su tormento, porque en él, aunque oscuro,
encontraba cierta felicidad. Respondí a su beso, aferrándome a su camisa y
arrugándola con mis puños, como si romper la perfección que era pudiera
equilibrar el caos que desataba en mí.
Si él destruía mi control, yo destruiría su orden.
Se cernió sobre mí, apoyándome contra la corteza del árbol. Su
respiración profunda rozaba mi rostro, mientras su mano se cerraba con
firmeza en mi cuello. Sentí el peso de su musculatura y la fuerza de sus
dedos, pero al mismo tiempo, un extraño resguardo en su figura oscura me
aislaba de la luz.
Encontrarme en la penumbra estaba bien, siempre que él la controlara.
Estoy a salvo, me repetí mientras lo besaba, aunque mi mente supiera
que el riesgo era enorme.
Ese era el efecto que Kylian ejercía sobre mí y que tanto me aterraba. Al
tocarme, al besarme, cualquier pensamiento racional desaparecía. Solo
importaban sus labios, la libertad que sentía atrapada en mi pecho y el
peligro que, aun consciente de él, elegía aceptar.
—No te vas a escapar de mí, Abigail.
—No quise correr. Fuiste tú quien se fue —repliqué con voz mortecina,
dejando que el reproche se filtrara entre palabras contenidas.
—Y ahora estoy aquí. —Su pulgar rozó mi labio inferior con una
delicadeza que me rompió el corazón.
—Dos años tarde, Kylian. Dos años.
—Dos años en los que no dejé de pensar en ti.
Yo tampoco te olvidé.
—¿Y eso de qué me sirve? —Sondeé su mirada, oscurecida por la
intensidad—. No volveré a estar en tu cama. Las cosas han cambiado.
—No ha cambiado nada. —Presionó su índice contra mi pecho—. Lo
que deseo sigue aquí, y lo voy a recuperar.
—Ya no soy esa Abby. Estoy con tu amigo y junto a él me quedaré.
Elevó la comisura de los labios en una mueca maliciosa y siniestra que
me recorrió de pies a cabeza. Retrocedió, pero no lo suficiente como para
sentirme segura de la tentación de su boca.
—¿Qué has aprendido al apostar contra mí, Abigail? —inquirió con
burla.
Que siempre pierdo.
—Esta vez nada es igual —repetí, manteniéndome firme, aunque por
dentro temblara; si me movía, mis piernas me fallarían.
Su sonrisa se amplió, fría y calculadora, lejos de aquella despreocupada
que alguna vez quise ver en él. Exudaba violencia y prometía caos.
Retrocedió un paso más, desabotonó el saco y acomodó la camisa que
había arrugado, metiéndola perfectamente dentro de los pantalones,
mostrándome la correa del cinturón. Tragué grueso ante ese simple gesto de
sus dedos rozando el cuero ocasionalmente mientras terminaba de
acomodarse la ropa. Un gesto tan simple que evocó recuerdos demasiado
poderosos.
—Me gusta jugar sucio contigo y follarte de la misma manera. —
Relamió su labio inferior, atrapándolo entre sus dientes mientras mantenía
mi mirada fija. Quedé inmovilizada.
—No me convertiré en tu puta otra vez. Ten un poco de respeto por
Rowan y déjame en paz.
—Convénceme, Abigail —retó de nuevo.
—Lo haré.
Capítulo 37
Kylian
Las cenas en sociedad eran las únicas oportunidades que tenía de ver a
Abigail, y esa realidad comenzaba a joderme.
No era una persona paciente con situaciones así. Si ella continuaba
evitándome, refugiándose en la mansión Byrne y sin despegarse un instante
de Rowan, iniciaría un juego más peligroso. La presionaría, la acorralaría,
tal como lo había hecho la primera vez.
Estaba obsesionado con ella y admitirlo en voz alta solo empeoraba las
cosas. Cuando me obsesionaba, perdía el control, y sin control, el caos se
extendía a todos a mi alrededor. No me importaba. Nada me importaba
mientras lograra mi objetivo: la rubia que mi mejor amigo sostenía del
brazo como si fuera un trofeo.
La rabia me carcomía hasta los huesos al verla sonreír, al ser amable con
personas que detestaba. Esa sonrisa superficial enterraba a la Abigail que yo
conocía y exponía la mentira que se empeñaba en mantener. Lo que me
enfurecía aún más era darme cuenta de lo drogada que encontraba, aunque
esta vez podía apostar a que no se trataba de nada de drogas controladas; lo
divisiva en sus pupilas dilatadas y me pregunté por qué Rowan le permitía o
ponía a su disposición ese tipo de sustancias.
Seguramente el hijo de puta lo hacía para mantenerla bajo su control,
para obligarla a permanecer a su lado. Maldita sea. Podría ser un cabrón,
pero no dañaría su cuerpo ni su mente de esa forma. Esa mierda solo la
enfermaba.
—No disimulas ni un poco —farfulló Corina a mi lado. Siempre estaba
conmigo, nos servía a ambos. La gente no dejaba de especular sobre nuestro
matrimonio, aunque eso estaba lejos de la realidad—. La prometida de tu
mejor amigo te gusta, y mucho.
—He matado personas por menos que esto, Corina. Te recomiendo que
cierres la boca.
Me dirigí hacia la mesa de aperitivos al mismo tiempo que Abigail.
Frente a frente, noté su vestido dorado, similar a los que llevaba la última
vez que la vi: recatados, de cuello alto, manga larga, hasta los pies. Casi
sonreí al percibir la pintura en las uñas de sus pies, con esos brillitos que
siempre usaba al bailar en Eros. Era como ver un atisbo de la Abigail que
conocía, escondido en un detalle tan simple.
Se dio cuenta de mi mirada y se apresuró a cubrir sus pies, mientras
tomaba un poco de comida.
—Quiero hablar contigo —murmuré, sin mirarla directamente, imitando
su gesto con la comida que no pensaba probar—. Encuéntrame arriba.
—No iré a ningún lado contigo, Draxler.
Que pronunciara mi apellido me molestaba; nunca me había gustado que
lo dijera.
—Entonces da la vuelta y regresa con tu novia.
—No estaba preguntando, Abigail, tampoco te daba opción —dije con
severidad—. O subes a verme, o diré frente a tu prometido las ganas que
tengo de follarte otra vez.
Me lanzó una mirada cargada de odio y repulsión.
—Ahora me chantajeas.
—Tómalo como quieras. O vas, o enfrentas las consecuencias.
La dejé con la palabra en la boca. No había más que discutir. Ella tendría
que venir, sí o sí. Me daba igual si Rowan estaba presente. Estaba harto de
callarme, cansado de todo el drama a mi alrededor. No toleraría más
situaciones que complicaran lo que quería.
—Ella sería una buena esposa —me abordó Rowan antes de que pudiera
escabullirme. Su aliento a whisky me golpeó. Lo enfrenté.
—Es la esposa modelo que verías en los comerciales americanos —seguí
su juego, refiriéndome a Corina.
—¿Qué esperas? Casi llegas a los cuarenta —me recriminó. No mostré
expresión alguna.
—No necesito casarme para lograr mis objetivos, Rowan. —Lo miré
fijamente—. Tu brújula apunta hacia la alcaldía. A veces me pregunto si de
verdad la amas o solo amas lo que obtendrás al ser su esposo.
—La familia es importante, Drax. —Hizo una mueca—. Tú y yo lo
somos. Eres importante para mí.
—Estás ebrio.
—¿Desde cuándo dejé de importarte? —reprochó, era cómico que él y
Abigail discutieran por lo mismo—. Parece que te has alejado, ya no eres el
mismo.
—Ninguno de los dos lo es. Ahora basta de reproches sentimentales,
recuerda dónde estamos.
—No. —Me cogió del brazo. Observé sus dedos atrapando la tela de mi
traje. Juro que, si no los retiraba, se despediría de una de sus manos—.
Explícame qué coño ha pasado.
Follé con tu novia y ahora quiero quitarte del camino para quedarme
con ella.
—Tu mano —siseé.
Comprendió la advertencia y retiró los dedos con lentitud, pero no dejó
de hablar. Rowan estaba ebrio y eso lo hacía más peligroso. No sabía beber
y eso siempre me irritaba.
—Rowan. —La figura de Abigail se interpuso entre nosotros, tomando
su brazo—. Creo que deberíamos irnos.
—Quítame tus manos de puta de encima —espetó Rowan, soltándose
brusco, sorprendiendo a Abigail—. Estoy hablando con mi amigo.
—¿Qué demonios te sucede? —increpó ella, con evidente vergüenza. La
gente aún no notaba lo que pasaba, pero eventualmente lo haría.
—¿Ahora fingirás que no lo sabes, Abby? —Rió—. Dile a mi amigo, a
mi hermano, dile cómo me engañaste, cómo fuiste una zorra que le abrió las
piernas a otro.
—Rowan, cállate, por favor —suplicó Abigail. No intervine. Observé
cómo el idiota se hundía solo; también era una lección para ella, una
bofetada que le mostraba dónde estaba de pie.
—¿Cuándo dirás su nombre, Abby? —continuó entre risas frías—.
Apostaría por Vargas… claro, si no lo hubiera matado antes con ayuda de
Drax.
El rostro de Abigail se tornó pálido. Rowan no se percató de lo que dijo.
Ella me miró buscando ayuda, alguna negación que le ofreciera esperanza,
pero no obtuvo nada. Solo silencio y mi mirada fría.
Hice una seña a la seguridad de Rowan. Apenas se sostenía en pie; la
copa en su mano estaba vacía y no sabía cuántas había bebido. Dos de los
hombres se acercaron.
—Llévenselo a casa. Está demasiado ebrio y solo se está ridiculizando —
ordené con firmeza.
—¿Qué? No, estoy bien…
—Vete de una vez, Rowan. —Lo empujé hacia ellos. No tuvieron
dificultad en sostenerlo—. Ahora.
Lo sacaron de mi vista, con cuidado y discreción, evitando miradas
curiosas. El imbécil no recordaría nada mañana.
Volví mi atención a Abigail. Permanecía inmóvil, no por elección, sino
porque sus piernas no le respondían. La noticia la había golpeado con
fuerza y la mantenía paralizada.
—Mataron a Vargas —balbuceó.
La tomé del brazo y, sin parecer sospechoso, la llevé fuera de la vista de
todos, directo a mi auto. Corina se las arreglaría para volver. Mi prioridad
ahora era la rubia que seguía petrificada mientras la montaba en el asiento
del chofer. La noticia la había dejado demasiado débil para resistirse.
Siempre luchaba, pero esta vez no pudo.
—Tú y él son detestables —susurró al oírme encender el motor,
parpadeando desconcertada, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas
y las apartaba con rabia—. Déjame bajar.
Forcejeó con la puerta cuando puse en marcha el auto. Golpeó con
fuerza, despertando por completo, con todas las emociones a flor de piel,
amplificadas por la droga que había consumido.
—¡Hijo de puta, déjame bajar! —bramó agresiva.
La ignoré, acelerando por la calle hasta incorporarme a la carretera. Era
un camino desolado; ya era de madrugada y las personas o seguían en
fiestas o descansaban en sus hogares.
—¡Te odio! —Sus golpes ahora impactaban contra mi cuerpo—. ¡Él era
inocente!
Frené de golpe en medio de la carretera. Mis dedos sujetaron su rostro
mientras evaluaba sus ojos, cristalinos y rojizos. La evidencia de la droga
era clara para quienes sabían mirar.
—Te drogas —mascullé, enojado.
Intentó retroceder, pero no se lo permití.
—No cambies el maldito tema… —replicó con un hilo de voz.
—No me interesa hablar de un muerto. Te advertí que no
comprometieras a nadie.
—¿Es mi culpa? ¡Me estás culpando! —gritó.
—Calla de una vez —gruñí, sintiendo que podía romperla en cualquier
momento—. Ya está hecho, Abigail. No puedes cambiarlo; aprende a lidiar
con ello.
La solté y retomé el camino hacia mi departamento. Pareció entenderlo
o, quizá, estaba demasiado perdida en sí misma como para continuar
reprochándome por un cabrón que ya no respiraba.
El silencio que siguió fue tenso hasta llegar al edificio. No tuve que
forzarla a caminar hacia el ascensor ni obligarla a permanecer pegada a mí.
Al menos por ahora, le brindaba un sentido de libertad, un espejismo, una
caricia engañosa que la preparaba para lo que sucedería cuando
estuviéramos solos.
Ella no podía mantenerse alejada de mí. Peor aún, Abigail no podía
apartarme de su vida. Así no funcionaba la obsesión en la que caí.
Cuando se abrieron las puertas, la tomé del brazo y la guié hasta mi pent-
house. El lugar permanecía tan frío como lo recordaba. Era la primera vez
que venía desde mi llegada a Irlanda; me había quedado en Eros, y no
busqué una explicación. La respuesta ya la tenía, pero no se me daba la
gana enfrentarla.
Aceptaba que mi negativa tenía que ver con todo lo que habíamos
compartido en estas paredes, momentos que me negaba a revivir como un
masoquista sentimental. Prefería mil veces arrastrarla hasta acá y repetirlos,
antes que vivir de recuerdos.
—¿Cuál es tu plan? —Me encaró, dolida y todavía afectada por la droga
—. ¿Follarme?
Rió con gesto enérgico, cargado de rabia, y bajó el cierre de su vestido.
Lo dejó caer al suelo. Observé sus piernas trémulas, su ombligo que no
llevaba más esa piedrecilla brillante en él; seguí por la cintura estrecha
donde tantas veces me había aferrado para enterrarme en su coño. Solo
llevaba unas bragas de encaje color crema, discretas, al igual que todo lo
que ella era ahora. Sus pechos se balancearon ligeramente con el
movimiento, perfectos y hermosos como los recordaba.
—Adelante, fóllame y luego lárgate por dos años más.
Sus palabras me produjeron un nudo en la garganta, que tragué con
dificultad. Me quité el saco y lo colgué en el perchero, luego retiré los
gemelos y el reloj, recogí los puños de la camisa y, sin prisa, levanté el
vestido del suelo. Abigail contuvo el aliento ante mi cercanía. Podía parecer
valiente, pero aún temblaba cada vez que me acercaba.
Llevé el vestido hasta el sofá, colocándolo con cuidado. Ella permaneció
inmóvil. Me precipité hacia ella desde atrás. Mis manos se posaron sobre
sus hombros desnudos, palpando el calor de su piel y sintiendo cómo se
erizaba bajo mis dedos.
—Querían matarme —murmuré despacio—. Tuve que irme, solucionar
todo desde las sombras. No podía ponerte en peligro, pero cuando volví, ya
no estabas aquí; te habías ido con él.
—Rowan dijo que habías abandonado Irlanda para siempre.
—Y le creíste.
—No me dijiste nada, pudiste llamarme, escribirme…
—No me gustan los intermediarios, mucho menos cuando se trata de ti.
No mentía. Desde que nos conocimos, jamás llamé a su móvil ni envié
un mensaje. Mis acercamientos siempre fueron físicos y solo entre nosotros;
no le concernían a nadie más.
Se volvió despacio hacia mí. El cansancio físico se reflejaba en cada
rasgo de su rostro, marchito y agotado.
—Te he sostenido en mi mente durante tanto tiempo, Abigail, que puedo
decir con seguridad que solo eres mía.
La decepción brillaba en sus ojos. Seguía perdida, pero permanecía ahí.
Solo necesitaba encontrar la manera de sacarla de su confusión. Abigail era
víctima de sí misma, más que de cualquier otra persona.
—Pensé que necesitaba una explicación —mis dedos rozaban la curva de
su rostro—, pero ahora que la tengo, no siento nada. Llegaste demasiado
tarde. Toma de mí lo que has estado buscando y después déjame en paz.
—Conmigo no es tan fácil, cariño.
Mi agarre se situó en su cuello, justo en la nuca. Su figura diminuta, aún
sostenida por los tacones, no podía enfrentarse a la mía. Incliné mi boca
hacia sus labios y los rocé despacio.
—Si quieres que me vaya, no lo haré con las manos vacías. —Deposité
un beso fugaz—. Te llevaré conmigo y no hay nada que puedas hacer al
respecto.
—¿Qué demonios quieres de mí? —Exigió, desesperada.
—No te lo diré, ptaszyna. Haré que lo sientas.
Y luego, la besé.
Capítulo 38
Abigail
Exhalé a través de sus besos, que me despojaron de todo sentido de
racionalidad y coraje.
El sabor de su saliva me atravesó como una puñalada de recuerdos que
llegaron sin compasión, uno tras otro. Estar en su departamento empeoró
todo, porque era como si el tiempo jamás hubiera avanzado, como si
aquella noche en Eros no hubiera sido la última que lo vi.
No vacilé en ningún momento. El deseo arrollador me hizo sucumbir. En
segundos, mis manos se aferraron a las hebras suaves de su cabello, más
largo que antes. Lo sostuve entre los dedos y tiré de él hacia mi boca,
mordiéndole los labios con violencia, en protesta por su ausencia. Sin
embargo, él pareció disfrutar el dolor que mis dientes infligían, rodeándome
con los brazos y sujetándome de las nalgas mientras me llevaba hacia el
sofá, como si mi peso fuera inexistente.
Se acomodó entre los mullidos cojines, con mis piernas a cada lado de
las suyas, mi pecho desnudo apretado contra la musculatura que aún cubría
la tela de su camisa. Aun así, pude sentir el calor de su cuerpo, que me
tocaba —metafóricamente— el corazón.
Quise resistirme a Kylian, huir de su oscuridad y revelarle que no estaba
dispuesta a caer otra vez. Quise convencerlo.
Pero ¿cómo convencerlo si ni siquiera yo misma podía? Lo odiaba con
fuerza, y pese a ello seguía besándolo, restregándome contra su erección
dura bajo su pantalón.
Mi ser entero exigía poseerlo, sostenerlo dentro de mí, venirme sobre su
miembro y empaparlo con mi orgasmo. Lo necesitaba como el mismo aire.
Podría culpar a la cocaína que inhalé, al alcohol en mi sistema o al deseo
furioso y devastador que guardaba en mi interior.
—No sé qué hacer, bestia —susurró entre besos.
Que me llamara así me produjo escalofríos. Había pasado mucho tiempo
desde la última vez.
—¿Con qué? —pregunté, confundida, mirándolo a los ojos sin
parpadear.
—Contigo.
Dicho esto, me besó otra vez. No me tocaba, solo se adueñaba de mis
labios como si besarme fuera todo lo que necesitaba para existir. No
comprendía su insistencia. Mientras los minutos pasaban y Kylian no se
apartaba, me preguntaba por qué no me penetraba duro contra el sofá, como
yo deseaba.
Sin dudarlo más, tomé la iniciativa. Mis dedos buscaron su entrepierna y
sujetaron la hebilla de su cinturón. Antes de que pudiera desabrocharlo, su
mano detuvo la mía.
—No iremos por ahí, Abigail.
La conmoción tensó mis rasgos. Lo miré, incapaz de creer que no
quisiera follarme.
—¿Por qué? A eso me has traído. —Negó con la cabeza despacio,
sorprendiendo aún más. Esto no era propio de su actuar.
—Estás drogada…
—Ya me has follado drogada —recordé. Su semblante se endureció,
como si decirle aquello le molestara.
—Hueles a él —simplificó. Un leve jadeo brotó de mi garganta y la
excitación desapareció ante la comprensión de su negativa.
Trastabillé al incorporarme de su regazo. Estar semidesnuda se sintió
como la peor de las vergüenzas. Me cubrí los senos con los brazos mientras
él se levantaba.
—Yo… debo irme.
—Tú no te mueves de aquí —sentenció con firmeza. La confusión me
envolvió.
Me agarró de la mano. Su toque fue suave, un gesto dulce que no parecía
posesivo. Miré nuestras manos y el corazón me latió con fuerza; un calor
intenso recorrió mi palma, como una caricia que reconfortó mi pecho.
Él intentaba decirme algo, pero yo no lograba interpretarlo. Tiró
ligeramente, indicándome que lo siguiera hacia su habitación. No repliqué
mientras avanzábamos por el pasillo hasta las paredes frías que habían sido
testigo de todo, incluso de nuestra despedida aquella mañana cuando salió
el sol.
—¿Qué pretendes? No te entiendo.
—No quiero que lo hagas —murmuró, ausente.
Me sorprendía cómo podía albergar tanto fuego y, a la vez, ser un
maldito témpano de hielo.
Nos condujo al baño. Me senté sobre la tapa del retrete. Kylian se inclinó
y retiró mis tacones; sus ojos se fijaron en el esmalte de mis uñas, que tocó
con la punta de un dedo. Cuando levantó el rostro hacia mí, sus ojos
mostraban cierta diversión, aunque su boca permanecía rígida.
Agarró los costados de mis bragas y tiró de ellas. Alcé las caderas y le
permití quitármelas. Después me levantó con cuidado y me introdujo en la
tina, llenándola de agua caliente.
—Quieres borrar su olor de mí antes de follarme.
—Una ducha no borra lo que él te ha hecho.
La seriedad en sus rasgos comenzó a asustarme. El sonido del agua
llenando la tina era lo único que se escuchaba. Mientras añadía sales
aromáticas, sus dedos me hicieron suspirar y relajarme. Cuando mojaba mi
cabello y lo masajeaba con champú, sentí una calma inesperada. Era
extraño que una ducha provocara tal efecto, aunque pronto comprendí que
no era la ducha en sí, sino el gesto de quien la realizaba.
—¿Cuántas veces te violó, Abigail?
La pregunta fue directa, cargada de un matiz oscuro. Sus dedos recorrían
mi cabello y sentí que dejaba de respirar por unos segundos. Tal vez no
debería sorprenderme que lo supiera; después de todo, Rowan y Kylian eran
mejores amigos. Él lo conocía mejor que nadie, de eso no había duda.
Sin embargo, me dolía que supiera lo que Rowan me hizo. No quería
lástima ni que me viera como víctima.
—No me trajiste aquí a hablar —le dije—. Tú nunca quieres hablar, solo
limítate a follarme. Eso es lo que nos une: solo sexo.
—Por supuesto que te follaré, Abigail, pero primero quiero que me digas
lo que pasó.
—¿No lo sabes ya? Es tu mejor amigo.
—Quiero tu versión, no la suya —insistió, decidido a no detenerse.
Siempre presionaba hasta obtener lo que quería.
—Toda esta mierda —me aparté de golpe, poniendo distancia entre
nosotros, sin importar la espuma ni la mirada endurecida de Kylian—, no la
necesito, no quiero tu lástima ni saciar tu curiosidad. Si no vas a follarme,
déjame ir.
Me incorporé como pude, salpicando agua por todos lados, sintiéndome
satisfecha por ensuciar su orden perfecto. No obstante, su brazo se cerró
sobre mi cintura con fuerza y posesividad.
—Maldita loca —gruñó, arrastrándome hacia la ducha sin dificultad.
Odiaba que pudiera manejarme a su antojo, odiaba su tamaño y fuerza, y
odiaba más sentirme atraída por ello.
Abrió el grifo y el agua nos empapó. Mojo la ropa cara de Kylian y sus
zapatos de marca, pero parecía no importarle. Todo su foco estaba en mí,
mientras sus dedos se ceñían poderosos a mi cuello y me acorralaban contra
la fría pared. La piel se me erizó; me perdí en la camisa empapada, adherida
a sus músculos duros y al pecho agitado.
—No siento ni un gramo de lástima por ti. —Presionó más fuerte mi
garganta, cortándome la respiración—. Solo quiero saber por qué mierda
mentías. Vi cada publicación, cada estatus en tus redes, cada maldita foto de
mierda tuya sonriéndole a él.
La sorpresa se dibujó en mi rostro, imposible de ocultar. Examiné sus
ojos a través del agua que caía sobre nosotros y solo percibí reproche,
reproche por la vida feliz que proyecté en mis redes para mantener la calma
de todos. Al parecer, funcionó.
—Tú… —su agarre cedió ligeramente—, tú… ¿estuviste observándome?
—Cada puto día desde que me fui.
Su respuesta me descolocó. Muchas veces había sentido esa caricia
helada recorriendo mi columna, la sensación incesante de ser observada por
esos ojos depredadores que no me soltaban. Sin embargo, me había
convencido de que se trataba solo de mi estado mental masoquista,
deseando cualquier efímero indicio de que él seguía allí, en las sombras,
esperándome.
—Te he tenido dentro de mí todo este tiempo, Abigail. Me perteneces, no
me hagas repetirlo.
Rozó mis labios con suavidad. Apenas llevaba unos minutos de regreso a
mi vida y ya había logrado desarmarme, volverme vulnerable de una
manera que no sucedía con nadie más.
—Teñiste tu cabello y lo odio. —Mordió despacio mi labio inferior—.
Lo cortaste, y eso también lo odio.
—Creí que yo te gustaría de cualquier forma, y después de todo, las
cosas cambiaron desde que te fuiste.
—El problema, Abigail —agarró un mechón corto y húmedo de mi
cabello— es que ninguno de estos cambios los elegiste tú.
—Los cambios habrían sido distintos si no te hubieras ido —susurré,
dolida, aunque su explicación mitigó un poco mi rencor—. Pero decidiste
dejarme, ¿no? Supongo que usar el teléfono está sobrevalorado para ti.
No respondió; su mirada se mantuvo exánime, desprovista de emoción.
—Nunca te importé, por eso te fue fácil irte.
—Tus suposiciones me joden la existencia.
—Una lástima —susurré—. Es el problema cuando callas.
Relamió sus labios y presionó su pulgar bajo mi mentón, inclinando mi
cabeza levemente hacia atrás.
—Siempre encontrarás la forma de reprochar, bestia. Así eres tú…
conmigo.
Deslizó la mano libre hasta uno de mis senos, rodeó la curva y la sostuvo
mientras sus dedos jugaban con mi pezón endurecido y húmedo. Su boca se
unió a la mía sin realizar movimientos, solo permaneció quieto, respirando,
bañando mi rostro con su aliento, devorando el mío y mirándome a los ojos,
mientras sus caricias precisas encendían un fuego que me hacía cerrar las
piernas sin poder evitarlo.
Luego, llevó la caricia hasta mi entrepierna. Toda mi anatomía se
estremeció. Un respingo recorrió mi cuerpo al contacto áspero de su palma
explorando mi coño; se intensificó cuando separó mis pliegues y encontró
mi punto más sensible. El latigazo de placer me atravesó por completo, y
sus dedos hábiles y expertos podían hacerme venir en segundos, según su
voluntad.
Kylian siempre me tocaba con seguridad, sabía exactamente qué hacer y
cómo hacerlo.
—El fuego en tus ojos se enciende, Abigail, y solo me provoca deseos de
extinguirlo. —Introdujo un dedo en mi vagina y me robó un gemido—. He
estado añorando el calor de tu coño.
—No sé qué esperas.
—Quiero que me supliques.
—Eso no sucederá. —Tiró de la curva de sus labios hacia arriba.
Siempre había seguridad en él.
—Sucederá, como ha sucedido todo lo demás a lo que te negaste y, al
final, cediste.
Enojada, agarré la tela de su camisa y la desgarré con fuerza, rompiendo
los botones en segundos. Kylian bajó la vista a su torso desnudo. Los
botones habían salido disparados; apoyé las palmas sobre sus músculos y
hundí las uñas con dureza, arrancándole un siseo mientras la sangre se
acumulaba en medias lunas. Acto seguido, lo agarré de la nuca con solidez
y estampé un beso en su boca que me supo a gloria, mientras sus dedos
permanecían dentro de mi coño.
—Eres tú quien va a suplicar, Draxler —pronuncié su apellido despacio,
consciente de cuánto le molestaba.
Gruñó, me sostuvo de la nuca y estampó mi rostro contra la pared de
cristal empañada. Luego, separó mis piernas y me inmovilizó con su
cuerpo, apretándose contra mi espalda. Manipuló su pantalón; la correa
rozó mi culo antes de colocarlo en mi cuello y apretar sin consideraciones.
Sentí su erección deslizarse entre mis nalgas.
—¿Cuál es mi nombre, Abigail? —demandó en mi oído.
Callé. El cinturón me cortó la respiración; la excitación se desbordó
dentro de mí, potenciada por los recuerdos que esta situación despertaba.
Kylian volvió a tocarme entre las piernas, sosteniéndome y
manipulándome a su voluntad. Escuchaba los latidos de mi corazón
retumbar en mis oídos, la sangre circular con rapidez, un calor que recorría
cada nervio de mi cuerpo. Mi boca apenas respiraba, apoyada contra el
cristal; su pene me empujaba, tentándome, dilatando mi deseo y castigando
mi osadía.
—Maldición —chillé, frustrada cuando retiró la mano, esperando que la
excitación disminuyera, aunque la necesidad permanecía intacta.
—Mi nombre —repitió.
—Puedo llamarte papi si tu apellido te desagrada.
Un azote en mi culo y su mano estirando la correa.
—Podemos estar aquí toda la noche, Abigail. Torturarte no me molesta,
mucho menos cuando lo hago con tu coño.
Lo maldije en silencio mientras regresaba a su tortura. Intenté cerrar las
piernas para aliviarme, pero él no me permitió moverme. Estaba a su
merced, caliente como el demonio, ansiosa de orgasmos, deseando borrar
de mi memoria todo lo que Rowan me hizo. Necesitaba cubrir sus caricias
profanas con las ardientes de Kylian, porque, aunque su toque doliera, me
encantaba.
—Mi nombre —susurró cerca de mi oído, tirando del lóbulo de mi oreja
—. Quiero que digas mi nombre, Abigail.
Apreté los puños. No podía más. Mi sexo palpitaba, mi clítoris estaba
duro y ansioso, y todo mi cuerpo pedía su premio. Hacía tanto que no tenía
un orgasmo, quizá desde aquel que me dio en su cama hacía dos años.
—Kylian —susurré, rendida.
—¿Qué? No te he oído. —Fruncí los labios, cerca del clímax mientras
sus caricias disminuían.
—¡Kylian! —exclamé, un grito cargado de frustración y deseo.
Rió, con la boca pegada a mi mejilla.
—No es tan difícil, Abigail. —Lamió la curva de mi rostro hasta mi oreja
—. Ahora te voy a recordar cuánto disfrutas ser mía.
Capítulo 39
Kylian
No quería que las cosas sucedieran así, pero ya no podía controlarme.
Abigail era incapaz de resistirse a lo que se despertaba en ella cada vez que
estábamos solos.
Fueron años manteniéndome alejado, años conteniendo un deseo que
ahora no tenía intención de frenar. Aunque era consciente de lo mal que se
encontraba, la súplica reflejada en sus ojos destruyó cualquier vestigio de
control que me quedaba. Sus labios permanecían sellados, pero no
necesitaba que hablara. Sabía lo que deseaba; llevaba años conociéndola.
Era mía, completa y absolutamente mía.
Su piel parecía clamar por mis caricias, sus labios por mis besos, su
cuerpo por sentirme dentro de ella. Pero no se lo daría tan fácil. Mi pequeña
monstruo debía aprender primero a arrodillarse antes de recibir su
recompensa.
Sentía una furia contenida contra ella por drogarse y mostrarme una vida
llena de mentiras mientras los celos me devoraban al verla sonreír a su lado.
Podría llamarlo injusto, pero me daba igual. Quería desquitarme con su
cuerpo, someterla, verla llorar mientras la penetraba, y lo haría. Con Abigail
nunca me quedaba con las ganas.
—Te quiero de rodillas, Abigail —susurré, acercando mi boca a su oído.
Mis manos presionaron sus hombros; los huesos cedieron bajo mis
palmas. Había perdido mucho peso, y aunque su figura seguía siendo
perfecta, me irritaba el motivo por el que lucía así.
No se resistió. Se arrodilló, mirándome desde abajo con esos ojos
rebosantes de fuego y necesidad que siempre me desarmaban. Me gritaban
sin pronunciar palabra, y yo no podía negarme.
—Tómala —incité—. Quiero que tomes mi verga y la tragues.
Relamió sus labios. Las gotas de agua que salpicaban mi espalda
mojaban su piel, haciendo que sus pezones se endurecieran, tal como los
recordaba. Estiré la mano y acaricié su seno, jugando con su pezón entre
mis dedos mientras ella tomaba mi dureza con su boca.
Cerré los ojos por un instante. La sensación era idéntica a la de siempre:
calidez y suavidad sosteniéndome. Su lengua rodeó la punta, chupó, y luego
lo volvió a introducir en su boca. La dejé tener el control, sin ajustar la
correa del cinturón en su cuello. Me gustaba cuando actuaba por sí misma,
pero también quería imponer mi rudeza, tal como le complacía.
—No te detendrás hasta que meta mi semen en tu garganta —sentencié,
enredando mis dedos entre sus mechones rubios.
Me lanzó una mirada desafiante, con un atisbo de diversión. Ahí estaba
mi pequeña monstruo, luchando por ocupar el lugar que le habían
arrebatado.
Rudo e impaciente, jalé su cabello y el cinturón mientras su boca tomaba
mi erección, provocando que se atragantara. Sus mejillas se tornaron rojas,
los ojos se llenaron de lágrimas y sus uñas largas y falsas se hundieron en
mis muslos. Me fascinó la imagen, la agresividad en su gesto. Siseé por la
sensación que me produjo y retiré mi pene de su boca; la saliva resbaló por
sus labios y barbilla.
—Bestia —susurró, apretando mi mano con fuerza.
Me incliné y lamí la saliva que manchaba su mentón, rodeando sus labios
con la lengua y sosteniendo el inferior entre mis dientes.
—Esa eres tú, cariño.
Enderecé la espalda y empujé mis caderas con vigor, llenando su boca y
follándola como había deseado durante todo este tiempo. Sus quejas no se
hicieron esperar, pero me encargué de silenciarla en cada estocada, no la
dejaba tomar oxigeno suficiente y al final, me metí entero en su garganta,
llenándole de semen toda la boca, envuelto en un orgasmo devastador que
solo ella era capaz de detonar en mí.
—Trágalo todo, Abigail.
La sostuve firme, sin dejar que se moviera hasta que me vacié por
completo. Sus ojos llorosos, el rímel corrido y el rostro sonrojado reflejaban
su resistencia hasta que yo decidiera permitirle respirar. Finalmente retiré
mi pelvis, dejando que un poco de mi semen manchara su sonrisa. La hija
de puta lo lamió con el índice, y luego lo chupó, sonreía, poniéndome
enfermo por follarle la boca de nuevo.
Le quité el cinturón, incapaz de ocultar mi desesperación por sentirla. La
tomé de la cintura y estampé su espalda contra la pared, separé sus piernas y
me ubiqué entre ellas. Arremetí sin compasión y me hundí en su coño de
una sola estocada. Su cuerpo se elevó unos centímetros, mientras sus senos
se sacudían violentamente al ritmo de mis empellones.
—Pensé que me harías suplicar —gimió, aferrándose a mis hombros.
—Aún no termino contigo, bestia. —Le mordí la boca, arrancándole un
quejido lastimero—. Estamos lejos de acabar.
La besé, una mano apretaba su culo mientras mi falo erecto se perdía
entre sus paredes ceñidas, la otra sujeta a su nuca, inmovilizándola. No
había forma de escapar. La estrujaba, mordía, marcaba; ella arañaba mi
espalda, tiraba de mi cabello y gemía sobre mis labios, buscándome con la
mirada para asegurarse de que era yo.
La droga aún circulaba en su cuerpo, aunque sus efectos disminuían. Su
piel ardía ante cada roce, incluso con el agua fresca.
—No me sueltes, Kylian.
—Jamás lo he hecho.
Mordí su barbilla y reduje el ritmo, arrastrando mis besos hasta sus
senos, mamando y lamiendo sus pezones, sosteniéndolos entre mis dientes.
Sus fluidos me manchaban desde el tronco hasta la punta y no pude
sentirme más satisfecho ante eso, quería estar lleno de ella..
La sentí contraerse, balanceando sus caderas para recibir el extasis con
mayor intensidad. La ayudé, enterrándome por completo y empujando
despacio, generando fricción directa sobre su punto más álgido y la
sensibilidad de su clítoris. La conduje al orgasmo con fuerza, escuchando
mi nombre gritarse en un hilo de gemidos mientras se corría a través de mi
pene.
Gritó mi nombre, aferrada a mí, la sentí entera. La forma en la que el
orgasmo la devastó, dejándola a mi merced: satisfecha y dispuesta. Me
sostenía con vehemencia, como si quisiera fundirse conmigo, no ocultaba la
desesperación de su necesidad en los roces de sus uñas hundiéndose en mi
carne en cada espasmo.
Solo entonces la tomé con rudeza. Golpeé su pelvis con rapidez, no
estaba siendo cuidadoso, quería que cada punzada de dolor en su cuerpo le
recordara a quien le pertenecía; apreté sus brazos, mordí su cuello y me
enterré con ansias en sus paredes estrechas y mojadas, incapaz de saciarme
o siquiera acercarme a tener suficiente de ella. Abigail me tenía, y eso había
sucedido desde la primera vez que la vi.
Observarla sometida incrementó mi excitación; se arqueaba soltando
deliciosos gemidos ante mi brusquedad y dominio. Se entregaba. Todos mis
sentidos se concentraron en su vagina, absorbiéndome con desesperación y
en sus gestos sensuales que grababa en mi memoria, no le pertenecían a
nadie más. Entre gruñidos de placer, me corrí con intensidad, casi perdiendo
la visión mientras las olas de éxtasis recorrían mi cuerpo.
Presioné mi frente contra la suya. Abigail estaba aturdida, temblando, y
saboreé un instante sus labios. Me miró vulnerable.
—¿Qué significo para ti, Kylian?
Su pregunta me tomó por sorpresa, pero no me costó responder.
—Significas todo, Abigail —me sinceré—. Eres mía, y te voy a cuidar.
Había echado de menos el calor de su cuerpo desnudo. Tenía la cabeza
apoyada en mi pecho, la palma sobre mi corazón, justo en la insignia de
Eros. No la tocaba; sabía que si cedía, la volvería a follar, porque mi
autocontrol no era demasiado cuando se trataba de su piel. Ambos
necesitábamos un respiro después de la ducha. Fui duro y seguro requería
de tiempo para recuperarse.
Pensé en lo que haría con ella, evaluando hasta dónde podía llevar esta
situación, y no hallé límites. No me controlaba, y menos con lo que deseaba
o quería. Lo mío no eran las cosas a medias. Compartir dejó de ser una
opción con Abigail.
Había una sensación persistente que me jodía más de lo que quería
admitir. Intenté recordar el momento exacto en que todo con ella se fue al
carajo, pero no lo conseguí.
Y no lo negaría. No podía, y después de todo, ¿qué sentido tendría
hacerlo?
Mierda.
Debí suponer que ella era diferente cuando la aceché durante años,
observando cada uno de sus pasos desde las sombras. Sin embargo, admitir
mis debilidades me resultaba imposible, sobre todo porque nunca había
tenido alguna.
Todo esto sería un proceso. Debía aprender a dirigir las emociones que
vibraban bajo mi piel, emociones imparables que incrementaban su
intensidad conforme la tenía cerca. Sabía que iba a herirla con mis acciones,
porque nuestro pensamiento nunca coincidía; ella percibía la moralidad y
yo era un ser egoísta, sin escrúpulos.
—No.
Un quejido lastimero escapó de sus labios, seguido de otra negativa. El
roce de sus uñas sobre mi piel se intensificó mientras la sentía temblar y
moverse lentamente.
—No más pesadillas, por favor —sollozó—. Para.
Bajé la vista hacia su rostro contraído por el dolor. Parecía sufrir por lo
que presenciaba, mientras las pulsaciones de su corazón se aceleraban y su
pecho se agitaba.
—¡Para! ¡No me hagas daño! —Alzó la voz con fuerza, apartándose de
mí y quedando boca arriba sobre la cama.
Me incorporé, cerniéndome sobre su figura temblorosa. Sacudía la
cabeza de un lado a otro, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y
mojaban las sábanas.
—¿Dónde estás? —Lloró, su voz rota y débil—. Vuelve.
—Abigail —sujeté sus mejillas con firmeza, hastiado de esta mierda—,
despierta.
—¡No estás! ¡Te has ido! ¡¿Por qué me dejaste?!
Comenzó a patalear, lanzándome golpes con sus manos, como si luchara
contra un enemigo invisible. Gritaba con una mezcla de agonía y dolor;
nada parecía calmarla ni devolverla a la realidad. Era como si las pesadillas
la poseyeran y no hubiera forma de traerla de vuelta hasta que hicieran lo
suyo con ella: romperla.
—¡Despierta! Maldita sea, Abigail.
Sacudí su cuerpo con violencia, más rudo de lo necesario, y funcionó.
Sus ojos se abrieron de golpe. La visión me desubicó por segundos. Estaban
vacíos, carentes de vida, perdidos en un abismo. Por un instante sentí que la
había perdido por completo; solo quedaba esa máscara exánime similar a la
que yo veía todos los días en el espejo. Me aterró contemplarla así.
—La luz me daña —susurró, me miraba, pero en realidad, no lo hacía, no
estaba aquí—. Me quema. Ellos me ven en la luz. No estoy a salvo.
Su voz bajó, ronca debido a los gritos que profirió.
—Estás a salvo, Abigail. Estás conmigo.
Acaricié su rostro. Parpadeó un par de veces, liberando más lágrimas.
Esta vez logró enfocarme. Su gesto se suavizó, aunque el miedo y el dolor
permanecían anclados en sus pupilas.
—Kylian —murmuró con asombro, como si dudara de mi presencia—.
Kylian.
—Tuviste una pesadilla, pajarito —musité, rozándole la mejilla con
cuidado.
—Las he tenido desde que no estás.
Una opresión molesta se instaló en mi pecho. No debía sentirla, pero
aparecía, recordándome lo profundo de mis sentimientos por ella y
empujándome a actuar como el psicópata que era: más letal, más sádico,
dispuesto a todo para retenerla.
De pronto, sus brazos me rodearon el cuello y sus labios presionaron los
míos con brusquedad. Su beso me tomó por sorpresa, pero lo correspondí.
Deslicé mis dedos por su nuca, enredándolos entre el cabello y tiré de su
cabeza hacia mí, aumentando la presión. Intentó incorporarse, pero mi
fuerza la mantuvo en su lugar. Finalmente cedí y permití que me empujara
sobre mi espalda.
La tuve montada en mi regazo, su coño desnudo presionando mi pelvis.
—Abigail —mordisqueé su labio—, cariño…
—Shh…
Me calló con otro beso. Sus dedos atraparon mi pene y lo guió a su
vagina. Me sorprendió su audacia, pero no la detuve. Gruñí contra sus
labios mientras ella se deslizaba sobre mí, húmeda y cálida, haciendo que
cada movimiento de sus caderas encajara perfectamente con mi erección.
Despacio, arqueó la espalda y presionó su palma sobre mi pecho,
indicándome que permaneciera en mi lugar. Obedecí, dejando que me
follara como la bruja seductora que era. Gemía mientras agitaba el cuerpo
hacia adelante y atrás, haciendo movimientos circulares que hacían palpitar
mi verga, despertando en mí un deseo casi imposible de controlar. Sin
embargo, sabía que ella necesitaba esto. Un poco de control, después del
tormento de sus pesadillas.
Descarté de inmediato cualquier pensamiento sobre su figura cernida
sobre la de Rowan haciendo lo mismo que hacia conmigo luego de haber
tenido una pesadilla. Me centré en su piel cubierta de sudor, iluminando su
figura perfecta. Mantenía los ojos cerrados, con una expresión de lujuria y
satisfacción mientras nos acercábamos al clímax.
—Kylian… —pronunció mi nombre con dolor.
Enderecé la espalda, rodeé su cintura con un brazo y sostuve su culo con
la mano. Mis labios recorrieron su mejilla húmeda; seguía llorando.
—Úsame, cariño, úsame todo lo que quieras —susurré en su oído,
acariciando sus senos y rozando los pezones duros—. Soy tuyo.
Lamí su lóbulo y probé la humedad de su rostro, una lágrima tras otra,
saboreándolas porque eran suyas.
—Sigue moviéndote sobre mí —contrajo sus paredes—, siente cómo
palpita mi verga dentro de ti. ¿Sientes cómo encaja en tu coño? —Suspiró,
aferrándose a mis hombros—. Córrete, Abigail. Mójame con tu orgasmo.
—Kylian —jadeó, alcanzando la cúspide.
Apreté su culo y di un par de embestidas más, llenándola por completo
con mi semen, marcándola de manera física. Sostuve su cuerpo lánguido y
exhausto. Aparté el cabello de su rostro, notando que probablemente había
dormido mientras la follaba.
Suspiré y la acomodé sobre su costado. Mi semen resbalaba entre sus
muslos cálidos. La tentación de limpiarla y cambiar las sábanas apareció,
pero mi lado más enfermo prefirió dejarla cubierta con mis fluidos en su
coño y entre sus piernas. Descansé su cabeza sobre mi brazo y la sujeté
posesivamente de la cintura. Enterré mi nariz en su cabello impregnado de
mi fragancia, la presioné contra mi pecho y dormí a su lado, protegiéndola
de la luz.
Estaba en las sombras. Era mía, solamente mía.
Capítulo 40
Abigail
Me desperté sola en la cama; el lugar de Kylian se mantenía frío. No me
sorprendió; él solía levantarse muy temprano, incapaz de quedarse hasta
tarde.
Esta vez lo agradecí. Podía sentirme miserable sin tener que enfrentar sus
ojos. Lo que ocurrió en la ducha todavía me aturdía; sentía el recuerdo de
sus manos sobre mi piel y mi sexo resentía la violencia de sus embistes.
Aunque en el baño no quedara rastro alguno de nuestra acción, los vestigios
persistían en mi cuerpo. Al secarme frente al espejo, noté las marcas
dispersas sobre mi piel.
No pensaba en cómo le explicaría cada una a Rowan; afrontaría ese
problema si él tocaba mi puerta. Por ahora, tocaba enfrentar al hombre de
hielo que me esperaba en la cocina.
El aroma de la comida se filtraba hasta mi habitación y los recuerdos me
golpeaban con mayor fuerza, torturándome. Me encontraba en una posición
que no quería repetir. Pese a que había soñado con esto desde que él se fue,
mis prioridades ahora eran mi familia y su bienestar, sin olvidar a Mac,
cuya importancia también reconocía. Los límites de Rowan que desconocía
hasta ahora me frenaban, evitando que tomara decisiones precipitadas
respecto a Kylian. Esta vez las cosas habían cambiado.
Anoche me hallaba vulnerable, con unos gramos de cocaína encima,
cayendo por ingenua. Busqué una salida fácil, un espejismo que durara unas
horas y me otorgara al menos un respiro.
Tomé una larga exhalación antes de abrir la puerta y avanzar por el
pasillo que me condujo a Kylian.
Al verlo sentado en la cocina, con su portátil y una taza de café, sentí
como si el tiempo no hubiera pasado. La adrenalina de sentirme atrapada
por la dureza de sus brazos y el dominio de su mirada gélida volvió a
recorrerme.
Hoy vestía un traje gris; la camisa blanca estaba oculta bajo un chaleco
que ajustaba sus costillas y torso. La corbata permanecía recta, tal como la
recordaba, y una ligera barba ensombrecía su mandíbula perfecta. No
movió un músculo al verme entrar con una de sus camisetas cubriéndome
hasta los muslos, aunque sus ojos siguieron el movimiento de mis piernas.
Tomé asiento en el taburete frente a los platos de comida, la taza de café y
el vaso de jugo fresco.
Vi dos pastillas. Me tensé; mi expresión cambió de inmediato.
—Son para tu resaca —explicó, percibiendo mi reticencia. No pude
evitar pensar en Rowan y la forma nada dulce con la que solía hacer que
tomara medicamentos.
—No tengo resaca —murmuré, con voz ronca. Apreté el ceño,
confundida—. ¿Tuve pesadillas?
Me llevé la mano a la garganta; dolía un poco. Pensé que era por el uso
rudo del cinturón, pero al parecer, había tenido pesadillas, lo deduje por mi
tono de voz.
—¿No lo recuerdas? —Averiguó, cerrando la portátil, sorbiendo de su
taza y levantándose. Su imponente figura se movió hacia mí.
—Nunca sé cuándo tengo pesadillas. Sé que ocurren porque Rowan me
despierta y se enoja por no dejarlo dormir —comenté ausente—, pero jamás
recuerdo los episodios.
Se notó agobiado por unos segundos, como si procesara algo
desagradable. Negó despacio y se inclinó a mi lado, mirándome con
compasión, algo parecido a la lástima. Aparté la mirada, molesta. Detestaba
que me viera así, detestaba compartir mis debilidades con él, porque
simplemente no le importaban o acababa mirándome de esta manera.
—¿Dónde está mi ropa? —Me incorporé de golpe, con urgencia por irme
—. Necesito regresar a casa.
—Todavía no hemos terminado, Abigail.
Lo enfrenté, a pesar de la diferencia de altura. No me amedrenté.
—Nosotros terminamos hace dos años, Kylian. Lo de anoche fue un
error, estaba drogada y vulnerable…
—No te engañes —replicó, acorralándome contra la encimera—.
Drogada o lúcida, nosotros es algo que no puedes evitar.
—No hay un nosotros. Jamás lo hubo —siseé, dolida pero firme—.
Déjame ir, Rowan se preguntará dónde estoy.
—No me importa Rowan en lo más mínimo.
—Por supuesto que no. Solo piensas en ti.
Empujó su pecho contra el mío, presionándome sin darme posibilidad de
escapar. Sus manos ascendieron por mis muslos desnudos, subieron hasta
mi cintura y terminaron en mis mejillas. Sujetó mi rostro con firmeza,
acercó el suyo hasta rozarme los labios. Olía delicioso; se percibían el
aroma del café y su dentífrico.
—¿Y cómo ocultarás las marcas que dejé en ti? —provocó. Tensé la
mandíbula.
—Eso no es asunto tuyo —repuse, intentando zafarme. Hundió los dedos
en mis mejillas, impidiéndome moverme.
—¿Te lo follarás con la luz apagada? —Su tono se volvió oscuro y bajo
—. O quizá nos hago un favor a ambos y le arranco los putos ojos para que
no te mire.
—Es tu mejor amigo.
—Eso dejó de importar cuando te metí a mi cama.
Negué con dificultad, empujando su pecho sin éxito. Su cercanía me
estaba consumiendo. No era lo suficientemente fuerte para resistirme, y
justo en esos momentos me sentía frágil e inestable.
—¿Dónde queda tu lealtad? —provoqué, intentando enfadarlo y
liberarme.
—Soy leal a mí, Abigail, a lo que quiero. —Rozó mis labios con
suavidad—. Eso me ha mantenido donde estoy.
Desplazó una mano a mi nuca, hundió los dedos en mi cabello y tiró,
echando mi cabeza hacia atrás. Mi mentón quedó a la altura de su boca;
mordió despacio.
—Ahora hablaremos de cómo arreglaremos esta mierda en la que estás
metida.
—¿Acaso me he convertido en la damisela en apuros a la que debes
salvar? —Reí con desdén—. No necesito tu ayuda y tampoco la quiero.
Aléjate de mí. No te costó hacerlo una vez; podrás hacerlo de nuevo.
—¿Desde cuándo eres tan rencorosa? —bufó, dejando un beso fugaz en
mis labios.
La ira recorrió mi espina dorsal y estalló. Era demasiado orgullosa para
admitir que necesitaba su ayuda. A pesar de haberme entregado a él, el
rencor por su huida seguía vivo y no podía olvidarlo solo porque follamos.
Me había lastimado. Dolió, aunque nunca prometió quedarse; yo
esperaba que lo hiciera.
Que me hubiera observado todo este tiempo no cambiaba nada. Las
acciones carecían de sentido si desconocías su propósito. Además, ¿qué
podía esperar de un hombre sin raíces, egoísta y centrado únicamente en sí
mismo? Quizás me ayudaría, pero a un precio incierto.
—Suéltame de una vez. Rowan me está esperando —pedí con voz
apagada. Luchar resultaba inútil.
—No tienes que volver con él —dijo serio, mirándome sin titubear.
—El bienestar de mi familia y de Mac depende de ello, ¿no lo entiendes?
Tú quieres “salvarme”, pero a costa de los que amo, ¿o me equivoco?
Su agarre cedió ligeramente y el aire volvió a circular entre nosotros.
Aun así, percibía su calor, aunque con menor intensidad.
—Sacrificarías lo que sea por alejarme de él, y eso no lo permitiré. No
soy tan egoísta.
—Ellos estarán bien.
—¿Matarás a Rowan? —repliqué. Tensó la mandíbula y retrocedió,
devolviéndome mi espacio—. ¿Lo harías, Kylian? Porque solo así los que
amo estarían a salvo.
El calor desapareció de sus ojos y el hielo se instaló de nuevo. Su
silencio fue suficiente respuesta, y aunque ya la anticipaba, no pude evitar
sentir que mi corazón se quebraba otra vez.
Tuve razón al decirle a Mac que Kylian nunca haría nada contra Rowan,
no por mí.
—Voy a casa —dije, caminando hacia la habitación. Necesitaba vestirme
—. Por favor, no me detengas.
—Abigail —su tono se volvió firme y demandante, el mismo que usaba
cuando quería dar órdenes—, Abigail…
Mis pasos se detuvieron por un instante al percibir un matiz más dulce y
vehemente en su voz, pero no fue suficiente para detenerme. Seguí
avanzando, cerrando de golpe la puerta de la habitación y dejándolo atrás.
Rowan
Dos años atrás
No conocía al hombre que tenía frente a mí. Aunque lo había visto varias
veces en Eros, jamás le presté atención; no me inspiraba seguridad. Algo
en su presencia generaba desconfianza, aunque quizá solo era mi manera
de desconfiar de todos.
—Iré directo al punto —dijo, dando una calada a su cigarrillo, con la
mirada fija en la nada—. Conozco a tu exnovia.
Mi cuerpo se tensó ante la mención de Abby y la palabra “ex”. No podía
resignarme a que ella no fuera mía y perteneciera a otro. La sola idea me
hacía arder de celos. Estaba dispuesto a acabar con quien fuera si osaba
tocarla.
Amaba demasiado a esa mujer y había trabajado por ella durante
demasiado tiempo como para dejarla escapar. Orgullo, amor u obsesión;
los motivos eran irrelevantes: ella no se iría de mi lado.
—Sé que mantiene un amorío con alguien de Eros —comentó con cierto
desdén. Tragué saliva, conteniéndome. Podía estar mintiendo.
—¿En qué basas tus acusaciones? —pregunté, manteniendo la calma
exterior, aunque por dentro sentía que la desesperación se apoderaba de
mí.
Una sonrisa descarada y violenta asomó en sus labios.
—Los he visto follar en los camerinos.
Las náuseas me apretaron la garganta. No. Mi Abby no podía ser una
puta cualquiera. No ella.
—Mientes —siseé—. Jamás lo haría.
—Tienes mucha fe en alguien que ha sido corrompida.
Lo enfrenté, decidido a arrancarle la verdad. Estaba a punto de
agarrarlo de la chaqueta y obligarlo a confesar, a detener las mentiras que
destrozaban la imagen que yo tenía de ella.
—Si es cierto, dame su nombre —exigí—. ¡Dame su puto nombre!
Su sonrisa se ensanchó.
—No te lo daré… todavía. Todo a su tiempo.
Entorné los ojos, confundido.
—Entonces, ¿por qué me dices esto?
—Porque aún estás a tiempo de recuperar a tu chica. —Tiró la colilla al
suelo y la aplastó con la punta de su bota—. Te recomiendo que te la lleves
fuera de Irlanda. Y créeme, no lo hago por ti, lo hago por mí. El tipo con el
que tu exnovia se acuesta me debe muchas cosas y ella le importa…
—Dame su nombre —insistí, ignorando toda la basura que salía de su
boca. Por fin tuve la certeza de que no mentía.
Eros era el único lugar donde podía verla de cerca. No había suficiente
vigilancia de mi parte, porque confiaba en que Kylian hacía lo suyo. Pero
al parecer, mi querido amigo no puso suficiente empeño en proteger a mi
chica y ahora un bastardo nos había visto la cara a los dos.
¿Por qué Kylian no mencionó nada de esto? ¿No estaba al tanto… o lo
sabía y decidió ocultarlo? ¿Lo conocía? Joder. Necesitaba muchas
explicaciones.
—Todo a su tiempo —repitió—. Llévate a tu chica, Byrne. Aléjala de
Eros.
—¿Por qué me ayudas? ¿Qué quieres a cambio? —demandé saber, con
la ira quemándome la boca.
—Nada. Ya te lo dije, es personal contra él. Tú solo eres un medio más
para joderlo.
Con eso, retomó su camino, alejándose. Estábamos a las afueras de
Irlanda, sin ojos ni oídos curiosos.
—¿Se trata de Kylian? —pregunté antes de que desapareciera. Se detuvo
y me miró por encima del hombro, sin borrar la sonrisa de su rostro. No
podía evitar preguntarlo, no cuando todo estaba demasiado raro.
—Draxler es un bastardo, pero follarse a la novia de su mejor amigo —
murmuró con burla—, no lo creo.
Silas desapareció, pero su respuesta no me convenció. ¿Podría tratarse
de Kylian? Negué de inmediato. No podía ser él. Cuanto más lo pensaba,
más repudiaba la idea de que estuvieran juntos. Él no haría algo así, y
Abby lo detestaba demasiado como para ceder ante sus encantos. Para
Kylian, ella era un cero a la izquierda. No había forma de que fuera él;
debía haber alguien más, y yo lo descubriría.
Mientras tanto, Abby y yo nos tomaríamos unas largas vacaciones.
Vacaciones que no tendrían fin.
Capítulo 41
Abigail
El trayecto a casa fue insoportable. La tensión dentro del auto resultaba tan
asfixiante como la sensación de desasosiego que oprimía mi pecho sin
compasión. Ninguno de los dos pronunció palabra, y el silencio era peor
que cualquier discusión. Kylian ni siquiera encendió la radio, aunque de
todas formas no parecía ser el tipo de hombre que escuchara música. Yo,
por mi parte, no fui capaz de mover un solo músculo; permanecí con los
brazos cruzados, la mirada fija al frente y la mente muy lejos de allí.
Me sentía agotada. Los muslos y la entrepierna me dolían, la garganta me
ardía, y el hambre me golpeaba con fiereza. No había probado bocado
desde hacía casi un día. Por culpa de mi altercado con Kylian no pude
comer, y aunque no estaba acostumbrada a ingerir grandes cantidades, ya
habían pasado veinticuatro horas sin alimento. Los medicamentos que
tomaba solían quitarme el apetito y habían hecho que bajara de peso con
rapidez. Aún conservaba mis curvas, pero era imposible no notar lo delgado
que se veía mi rostro.
—Esto no ha terminado, Abigail —repitió por enésima vez.
Detuvo el auto frente a la propiedad de mis padres. Los vidrios
polarizados nos envolvían en una privacidad que yo no deseaba. Intenté
abrir la puerta sin éxito. Los seguros estaban activados y no había forma de
liberarlos. Aun así, forcejeé una y otra vez, frustrándome cada vez más,
hasta que el impulso de golpear la puerta me cruzó por la cabeza.
—Para —ordenó con la voz tensa.
Me sujetó de la muñeca. Me solté, pero volvió a atraparme sin esfuerzo,
sus dedos firmes hundiéndose en mi piel y obligándome a quedarme quieta.
No lo miré. Mantuve la vista en la ventanilla, como si ignorarlo pudiera
alejarme de él, aunque su proximidad me envolvía por completo.
—Déjame bajar —dije en un hilo de voz.
—Quiero que te quede claro que las cosas van a cambiar —advirtió,
tomándome del mentón y obligándome a encararlo—. No te estoy pidiendo
permiso para tenerte cuando me plazca. Vendrás a mí, o te joderé más de lo
que ya lo he hecho.
—No, gracias. Ya tengo suficiente dosis de loco con tu amigo. Más no lo
soportaría —repliqué con sarcasmo, retándolo con la mirada—. Mi coño no
podría con tanto.
La frialdad se instaló en sus facciones, endureciendo la expresión y
tiñendo de peligro el azul violento de sus ojos.
—No solo hablo de tu coño, Abigail.
La tensión entre ambos creció, pero no era incómoda. Su rostro estaba a
una distancia mínima del mío, y su toque se volvió posesivo, caliente, casi
doloroso. Mi piel ardía bajo sus manos, y el deseo de besarlo crecía con una
fuerza que me asustaba. El hijo de puta olía mejor de lo que debía, me
embriagaba su perfume caro; casi podía sentir su aliento en mi espalda,
ascendiendo como una caricia invisible que me erizaba entera,
empujándome más cerca de sus labios de depredador.
—Tu orgullo me lo voy a follar —murmuró con una voz grave,
apretando aún más su agarre—, y después me darás las gracias.
—Podría darte el número de mi psiquiatra —repliqué con ironía—.
Quizá te ayude a curar esa obsesión de querer salvar a quien nunca te lo
pidió.
—Viendo los resultados, probablemente acabe más obsesionado contigo,
maldita loca.
Evité que su comentario me afectara. Luego soltó mi rostro y se recostó
en el asiento. Quitó los seguros del auto, y por fin pude abrir la puerta.
Antes de que lograra bajar, su mano volvió a cerrarse en torno a mi muñeca.
Esta vez no fue brusco. Me daba oportunidad de irme y, aun así, no lo hice.
—Esta noche saldrás conmigo —dijo sin titubear. No era una petición.
—Siento arruinar tus planes, pero ya tengo otros —contesté.
Esbozó una media sonrisa antes de soltarme. No replicó; no lo
necesitaba. Su mirada ya me dejaba claro que estaba seguro de que las
cosas se harían como él quería. Negué con frustración y descendí del auto.
Kylian no se marchó hasta que crucé la reja. Solo entonces arrancó y se
alejó por la calle, dejándome confundida, con un revoltijo de emociones
imposible de ordenar.
—Vaya, pensé que nunca se iría —cuchicheó una voz a mis espaldas.
Me giré de inmediato y me encontré con el rostro amable y atractivo de
Mac. A pesar de lo ocurrido entre nosotros la última vez, no dudé en correr
hacia sus brazos. Me estrechó con fuerza, y yo le devolví el gesto con
alivio. Permanecí abrazada a él durante varios minutos, respirando su olor,
buscando refugio en aquella presencia que siempre había sido mi ancla. Era
difícil explicar cómo a veces se encontraban almas gemelas en un amigo;
alguien que no compartía mi sangre, pero cuyo lazo conmigo era más fuerte
que cualquier vínculo familiar.
—Puedo decir que me has extrañado —dijo con una sonrisa.
—No importa lo que diga, sabes que te amo —susurré, apartándome un
poco para mirarlo.
Él me sonrió con ternura.
—Y yo a ti, loca demente —bromeó, besando mi frente—. Vamos
adentro, tenemos mucho de qué hablar.
Asentí con un suspiro. Estar en la casa de mis padres me daba una falsa
sensación de seguridad. En el fondo sabía que en ningún lugar estaba
realmente a salvo. Rowan no tardaría en llamar, quizá cuando se recuperara
de la resaca que seguramente arrastraba después de beber tanto. Aun así, me
permití respirar tranquila por unas horas. Pospuse el momento de las
pastillas, aunque sabía que llegaría.
—Tú le dijiste todo, ¿cierto? —pregunté en voz baja mientras
caminábamos hacia el interior.
—Debía hacerlo. Eres una terca incorregible, y ya no soportaba el color
de tu cabello —respondió con una sonrisa ladeada.
Solté una risa breve y tomé entre mis dedos un par de mechones rubios.
—Aún lo tengo.
—No por mucho tiempo. —Me guiñó un ojo—. Anda, tenemos cosas
que hacer.
Al entrar a la casa, el silencio nos envolvió. No vi a mis padres ni a
Cami; seguramente estaban en la iglesia. Fuimos directamente a mi
habitación.
—No puedo quedarme por mucho, Rowan no demorará en venir —avisé
cabizbaja.
—Ese bastardo —masculló molesto. La simple mención de su nombre lo
irritaba, como a mí.
Mac cerró la puerta con el pestillo, y fue entonces cuando reparé en una
caja sobre mi cama. La envoltura color crema estaba adornada con un lazo
blanco, atado con una precisión casi obsesiva.
—¿Y esto? —indagué, acercándome con curiosidad.
—Un regalo para esta noche —respondió con un tono misterioso.
Fruncí el ceño. No recordaba ningún compromiso para hoy, aunque era
posible que lo hubiera olvidado entre tantos eventos a los que Rowan me
obligaba a asistir.
—¿Es tuyo? —inquirí.
—Me encantaría, baby, pero ni con un año de trabajo podría pagar ese
vestido.
—Kylian —pronuncié con seguridad su nombre.
Rowan jamás tenía ese tipo de detalles. Prefería entregarme una tarjeta y
dejar que yo eligiera lo que quisiera. No estaba mal, pero en ocasiones me
habría gustado que tuviera la iniciativa de escoger algo por sí mismo,
aunque fuera pequeño. Sin embargo, pedirle eso era demasiado. Había
cambiado mucho desde que vivíamos juntos, y parte de ese cambio se debía
a la desconfianza que arrastraba sobre la traición de mi parte.
—Ábrelo, seguro te gustará —incitó Mac.
No quería aceptar regalos de Kylian, pero la curiosidad pudo más.
Deshice el lazo con cuidado y retiré la envoltura. Dentro encontré un
vestido plateado, de tela fina, con pequeñas incrustaciones de diamantes en
el corpiño y un escote en “V” que rozaba la perfección. Brillaba con una
elegancia que parecía imposible de ignorar. Ese hombre tenía una fijación
enfermiza con verme cubierta de diamantes.
—Tiene buen gusto —admití al final, sin saber si lo decía con
admiración o con cansancio.
Saqué el vestido de la caja. Los tirantes eran delgados y la tela caía hasta
mis pies, formando un pliegue suave sobre el suelo. Descubrí una abertura
en el muslo: sugerente, provocadora, aunque la elegancia se entretejía con
la sensualidad de un modo casi perfecto. Dentro de la caja había una nota
escrita con una caligrafía impecable, tan pulcra que cada trazo parecía
medido con obsesión. Kylian buscaba la perfección en todo.
—Combina con el color de tus ojos. —Leí en voz alta.
Sonreí apenas. Debí imaginar que no dejaría una cita romántica. Kylian
no era de esos hombres.
—¿Entonces? —preguntó Mac, tan cerca que sentí su aliento rozarme la
nuca—. ¿No queremos sus regalos?
—Bueno… puede ser la excepción. —Me volví hacia él. Sonreía y
sostenía un tinte de cabello entre los dedos—. ¿Y eso?
—¿Cuántas veces te he dicho que odio ese color? —Rodé los ojos.
—Rowan se va a infartar cuando te vea.
—Cuento con ello —respondió con una sonrisa ladeada.
Rowan me sujetaba del brazo con posesividad. Su expresión revelaba su
disgusto por mi ausencia en su casa, por mi nuevo aspecto, y el vestido que
Mac insistió en que usara solo empeoraba la situación. Aun así, en ese
instante, no me importó lo que pensara. Sabía que tendría que enfrentar las
consecuencias más tarde, esas que venían en forma de pastillas y de noches
que terminaban en folladas sin conciencia. Al menos no recordaba nada
después, y quizá por eso no había perdido la cordura.
Eso ocurría cada vez que Kylian se cruzaba en mi vida: alteraba todo a su
paso. Despertaba en mí una parte prohibida, la que no temía desafiar, la que
disfrutaba del caos. Me molestaba admitir que él no sacaba lo peor de mí;
simplemente revelaba quién era en realidad, aunque esa versión fuera aún
más desastrosa que la que aparentaba. Porque en el mundo donde me
arrastró Rowan, la reputación importaba, y yo actuaba como una mujer
decorosa y femenina, entregando lo que se me pedía, no lo que quería.
El pánico me atenazaba solo de pensar en lo que sucedería cuando la
fiesta de beneficencia terminara. Aun así, me obligué a mantener la calma y
a fingir el papel de mujer perfecta. Sonreí, adulé a Rowan, ayudándole a
ganar simpatías en esa élite podrida que lo respaldaría en su próxima
candidatura. Solo deseaba que su poder se extinguiera, pero con el paso del
tiempo, esa posibilidad parecía más remota.
—En cuanto volvamos a casa hablaremos de eso —dijo, señalando mi
cabello con un gesto desdeñoso—. Y de ese vestido. No es lo que elegí para
ti, Abby. Las personas esperan algo distinto de la prometida del futuro
alcalde.
—Por una vez quise tener control sobre mí misma, Rowan. Me tratas
como una muñeca, y no lo soy —susurré sin borrar la sonrisa—. Amas algo
de mí que no existe.
—Sé que puedes ser más que este aspecto de mujerzuela.
Cerré los párpados con fuerza, conteniéndome para no reaccionar.
—Joder… —masculló, apretando mi mano—. Lo siento, amor. Es solo
que siento que algo anda mal contigo.
Lo observé. ¿Hablaba en serio? Había tantas cosas mal, pero no todas
eran culpa mía.
—¿Qué esperas de mí, Rowan? ¿De todo esto? No eres feliz, y yo
tampoco.
Me liberé de su agarre y caminé hacia la mesa de bocadillos. No tenía
hambre, aunque el vacío en mi estómago ardía con la acidez del alcohol.
Tomé una trufa y la mastiqué despacio. A mi alrededor, la gente me
ignoraba. Un mesero se acercó y acepté sin dudar una nueva copa. El
líquido descendió por mi garganta y el frescor fue casi redentor.
Entonces lo sentí. La frialdad de su presencia me rozó la nuca, desbocó
en una descarga eléctrica que recorrió mi columna vertebral. Intenté no
buscarlo con la mirada, pero su magnetismo era ineludible. Cuando
nuestros ojos se encontraron, el aire se detuvo. En los suyos habitaban el
peligro y la violencia, una oscuridad que reconocía demasiado bien.
Kylian caminaba junto a Corina, una mujer que parecía pertenecer a otra
dimensión. Su elegancia natural, la altura, los movimientos fluidos como
los de una gacela, acaparaban todas las miradas. Juntos formaban una
imagen perfecta, casi irreal. Él vestía un traje negro, el chaleco ceñido
delineaba su torso con precisión. Evidenciaba sus músculos duros y esos
hombros anchos cargados de una tensión aplastante que golpeaba a
cualquiera mientras avanzaba.
Aparté la mirada, aunque sentía su atención clavada en mí. El calor subió
a mi rostro y el recuerdo de la ducha se coló en mi piel, extendiéndose hasta
un punto profundo entre mis piernas. Si seguía mirándome así, acabaría
traicionándome ante todos.
—Baila conmigo, amor. No quiero discutir más, Abby —pidió Rowan,
interrumpiendo el torbellino que Kylian había desatado a metros de
distancia.
La música cambió a una melodía suave. Las parejas comenzaron a
dirigirse a la pista, entre ellas Kylian y Corina. Tragué saliva cuando
pasaron frente a nosotros. Él no apartó la vista de mí, aunque su expresión
permaneció impasible. La tensión me erizó la piel.
—Solo una pieza —accedí. Rowan sonrió, satisfecho.
—Claro, mi vida.
Me tomó de la mano y me llevó al centro. Posó una mano en mi cintura y
la otra entrelazó mis dedos. Intenté no mirar a la otra pareja, pero los
movimientos de Kylian eran imposibles de ignorar: precisos, controlados,
elegantes. Hasta su frialdad tenía una forma hermosa.
—¿Has pensado en el baile de bodas? —preguntó Rowan.
—Me drogas lo suficiente como para no pensar en nada —respondí con
amargura—. No hay manera de disfrutar del proceso si insistes en
medicarme.
Por un instante, el remordimiento cruzó su mirada, pero se desvaneció de
inmediato.
—Es por tu bien. Los terrores nocturnos te hacen daño.
—Quizá pudiste ayudarme de otra forma. No enviándome al psiquiatra.
—Abby, por favor, no quiero discutir.
Asentí y seguí el ritmo, fingiendo calma. La música cambió y las parejas
comenzaron a intercambiar compañeros. Corina se acercó con una sonrisa
impecable.
—¿Me permite? —preguntó, dirigiéndose a Rowan.
Apenas logré asentir. Sonreí, aunque no supe si lo logré del todo. Di
media vuelta para retirarme de la pista, cuando choqué con un pecho sólido.
La fuerza del impacto me hizo perder el equilibrio, pero unas manos firmes
me sujetaron de la cintura.
—¿Ibas a algún lado, pajarito? —preguntó Kylian, con un matiz de
diversión.
Alcé la vista hasta encontrar sus ojos de cazador.
—Tu prometido tiene a mi pareja —susurró, atrayéndome hacia él con
posesividad—. Creo que usaré la suya… un poco más.
No respondí. Me mantuve en sus brazos, intentando parecer tranquila.
Rowan bailaba con Corina sin siquiera mirarme. Ella tenía ese don: sabía
decir lo que los hombres querían oír, sabía cómo hacerlos sentir
importantes.
—Bailas horrible —dijo él con un leve suspiro.
—Siento no tener piernas de dos metros, perfectas y coordinadas. —Una
sonrisa fugaz curvó su boca.
—Estos bailes no son para ti. Tú y yo sabemos lo bien que esas piernas
coordinan.
Me hizo girar y volvió a atraparme. Sus manos se mantuvieron en el
límite de lo correcto, pero palpaba el calor y la posesión dominante que
emergía de ellas al sostenerme.
—¿Qué pretendes? —averigüé con voz baja.
Sus dedos rozaron mi espalda desnuda, justo en la línea del escote. El
toque fue apenas un susurro, pero bastó para descomponerme. Un escalofrío
recorrió mi piel y un jadeo brotó de mis labios. Era absurdo lo fácil que me
desarmaba.
—Bailar contigo —simplificó—. Estás hermosa.
Mi boca se abrió y cerró un par de veces mientras mi mente trataba de
procesar lo que acababa de escuchar. No recordaba una sola ocasión en la
que él me hubiese llamado hermosa, o al menos no con la naturalidad y la
sinceridad con que lo hizo esta vez.
—¿Un cumplido? —inquirí, todavía incrédula.
—Siempre lo son.
—Si continúas, creeré que estás enamorado de mí.
La diversión volvió a brillar en sus ojos, y antes de que pudiera
reaccionar, la melodía terminó justo cuando todo empezaba a volverse
interesante. Rowan me abordó sin aviso, sujetándome con firmeza y
besándome en los labios frente a Kylian, mientras Corina enredaba sus
dedos delgados y de uñas perfectas en el brazo de él. Mantuve mi mejor
sonrisa, aunque dentro de mí hervía una mezcla de incomodidad y deseo
contenido.
—No me siento bien, Rowan —susurré con voz apagada—. Estoy
mareada y cansada.
—¿Mareada? —Sus ojos brillaron más de lo normal, con una chispa de
suspicacia—. ¿No estarás embarazada?
Casi me atraganté. Agradecí que Corina se hubiese llevado a Kylian
antes de que Rowan dijera semejante tontería. Aquello jamás ocurriría. Mi
malestar no era producto de un embarazo, sino del agotamiento. No había
dormido ni comido bien, y mi cuerpo resentía la ausencia de las pastillas
que él solía darme y de las que, por mi cuenta, también había tomado.
Necesitaba descansar, nada más.
—No lo sé —respondí, tratando de sonar débil—. No quiero arriesgarme
a desmayarme aquí. Déjame ir a casa, por favor.
Miró la hora en su reloj de pulsera. Casi estaba segura de que lo había
convencido.
—Te llevaré —dijo finalmente.
—No es necesario, el chofer puede hacerlo. Aún es temprano y la gente
espera verte —le aseguré, apretando su mano con delicadeza. No sabía si
mi manipulación surtía efecto o si él solo fingía ceder, pero al menos lo
intentaba—. Quédate, te espero en casa.
Rowan soltó un largo suspiro antes de asentir. Llamó al chófer y este
respondió que llegaría en pocos minutos.
—Vamos, te acompaño hasta la salida —dijo.
Mi interior se regocijó al saber que por fin podría irme. No soportaba
seguir entre aquellas personas, ni sentir la mirada constante y asfixiante de
Kylian sobre mí. Mientras avanzábamos hacia la puerta principal, no me
atreví a girarme, pero podía sentirlo. Era como una presencia que me rozaba
la piel, una corriente invisible que me quemaba por dentro.
—Rowan —la voz de una mujer nos detuvo antes de cruzar la salida—,
el ministro te está buscando. Dice que necesita hablar contigo con urgencia.
—Enseguida voy, solo dame un minuto.
—Tranquilo —intervine, besándole la mejilla con una sonrisa suave—.
Ve, el chófer ya debe estar llegando.
Asintió y depositó un beso fugaz en mis labios. No sentí nada. Apenas se
alejó, el alivio me recorrió entera. Por fin podía respirar aire fresco. Afuera
no había nadie. La brisa nocturna era fría, pero me negué a volver por el
abrigo. Quería marcharme cuanto antes, aunque lamenté no poder lucir un
poco más aquel vestido. Suspiré, conteniendo el temblor que me sacudió el
cuerpo en cuanto estuve en el exterior. Supe que se trataba de él mucho
antes de que me diera la cara.
—Desde las sombras, ¿no? —dije, al percibir su presencia, tan intensa
que helaba el aire a mi alrededor.
—Pero siempre con mis ojos sobre ti.
No contesté. Escuché el sonido de sus pasos acercándose sobre el asfalto,
firmes, seguros, mientras su mirada, invisible pero palpable, me recorría la
espalda.
—Deberías estar adentro —murmuré, sin voltear aún.
—Esperaba al menos una muestra de agradecimiento por lo que llevas
puesto.
Giré despacio hacia él. Mantenía una distancia prudente, y tuve la
impresión de que lo hacía por mi propio bien. Bajé la vista hacia el vestido;
sin duda era hermoso, de un brillo discreto pero irresistible. La tela se
deslizaba como un reflejo líquido sobre mis piernas, aunque no lo admitiría
en voz alta. Tomé un pliegue entre mis dedos.
—No es nada del otro mundo —dije con fingida indiferencia.
Kylian metió las manos en los bolsillos del pantalón. Observé cómo la
tensión descendía desde sus hombros hasta los brazos, como si se
contuviera para no romper la calma que nos separaba.
—Debí suponer que tan pocos diamantes no te impresionarían.
—Pudiste haberlos puesto en toda la tela. Supongo que puedes
permitírtelo.
—Mi error —repuso con una sonrisa apenas insinuada—. Lo tomaré en
cuenta la próxima vez.
El silencio cayó entre ambos. Ninguno apartó la vista. A nuestro
alrededor, el mundo parecía suspendido, ajeno a esa tensión que vibraba
entre nosotros. Solo la llegada del chófer rompió el instante. El auto se
detuvo junto a la acera y el hombre descendió de inmediato. Miró a Kylian,
luego a mí, y su expresión reveló desconcierto.
—Un placer, señor Draxler —me despedí con voz serena, dirigiéndome
hacia el coche. Pero Kylian levantó una mano, deteniendo mi avance.
Sacó un fajo de billetes del bolsillo y lo extendió hacia el chofer.
—Vete a dar una vuelta —ordenó sin apartar los ojos de mí—. A ella la
llevo yo. Y más te vale cuidar lo que dices.
El hombre vaciló, pero finalmente tomó el dinero. Subió al vehículo y se
alejó, dejándome sola con Kylian. Lo observé, incrédula.
—Hijo de puta… ¿cómo puede cambiarme por unos billetes? —mascullé
entre dientes.
Él torció los labios, en lo que pareció una sonrisa cargada de ironía.
—Vamos, bestia. Hubieras hecho lo mismo.
Negué con la cabeza y crucé los brazos. El mareo volvió, un vértigo
tenue pero insistente. Kylian lo notó. Vi cómo sus manos se movieron
apenas, con la intención de sostenerme, aunque se contuvo enseguida.
—No iré contigo —declaré con firmeza.
—¿Escuchaste que te lo preguntara? —replicó, sin alterar el tono.
—Jódete, Kylian.
Dio un paso hacia mí. En dos zancadas, me tuvo frente a frente. La
calidez de su mano rodeó mi nuca con firmeza y la fuerza de su mirada me
inmovilizó. Sus ojos eran un abismo donde la razón se perdía.
—Daremos un paseo —afirmó, sin dejar espacio a la réplica.
—Estás loco, Rowan…
Su expresión se endureció.
—Quita su nombre de tus labios cuando estés conmigo —aseveró con un
atisbo de furia contenida—. Iremos a un lugar.
—¿Qué lugar? —pregunté, vencida por la atracción que irradiaba su
presencia, por esa belleza casi inhumana que anulaba mi voluntad.
Su voz bajó un tono, áspera, peligrosa.
—Eros —susurró. La palabra me erizó la piel—. Quiero que bailes para
mí.
Capítulo 42
Kylian
Abigail no tuvo más remedio que venir conmigo. Aunque sus labios
repetían negativas, y su rostro protestaba, en cuanto mencioné Eros sus ojos
recuperaron un brillo que no divisaba desde la última vez que la vi. Ella y
yo sabíamos que Eros era el lugar donde se liberaba, donde podía moverse
sin ataduras ni miedo. Quise devolverle eso. Encontraría la forma de
recordarle quién era.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó cuando entramos al autoservicio,
como si aquel restaurante de comida rápida estuviera fuera de toda lógica.
Guardé silencio. Ella no necesitaba preguntar; lo noté en sus manos
temblorosas, en la palidez de su piel. No había comido nada. Esos espasmos
eran fruto del hambre y de la ausencia de los medicamentos en su
organismo, además de las drogas. Joder. Quería azotarle el culo mientras la
hacía tragar comida hasta que no pudiera más.
Me preocupaba su alimentación, su estado físico y su cabeza; me
preocupaba todo en ella. Tenía que hacer que comiera, desintoxicarla y
ocuparme de su salud mental. Estaba demasiado dañada de muchas
maneras. Iría por partes. Abigail era lo bastante obstinada y orgullosa como
para rechazar mi ayuda debido a lo que siempre asumía de mí, pero me
haría cargo, lo quisiera o no.
Detuve el coche y pedí la comida. La chica de la ventanilla, joven y
coqueta, me atendió con una sonrisa tímida, entregándome el pedido; no
paraba de sonreír como si tuviera algo en la cara. Pagué y le di el pedido a
Abigail; luego aparqué en el estacionamiento. Observé los pocos autos que
nos rodeaban.
—Come —ordené, mirando al frente.
—No quiero —respondió, fría.
—No estoy preguntándote. Comerás todo eso, Abigail. Créeme, no
quieres que te lo haga tragar yo.
Su mirada buscó asesinarme donde estaba sentado. Mal para ella que no
le fuera a funcionar. Consciente de que mis métodos no serían suaves, dejó
el empaque y sacó la hamburguesa. El olor a carne y condimentos impregnó
el interior del auto. Contuve las ganas de bajar las ventanillas; incluso con
el aire encendido, el aroma me resultó desagradable. La idea de que esa
suciedad estaba sobre mí, me puso ansioso.
—Podrías haberme preguntado, Kylian. No me gusta la cebolla —dijo,
con gesto de protesta.
—Quítasela.
—Le queda el sabor —replicó, y hubo en su voz un tono juguetón.
La miré con poca paciencia. Ella mordió el labio para disimular la
sonrisa; la diversión en sus ojos la delató. Cuando estaba conmigo,
asomaban esbozos de lo que fue.
—De acuerdo —concedió—. ¿Sabes que la paciencia es una virtud?
—Come, Abigail.
Dio el primer bocado y pude escuchar, casi en cámara lenta, un pequeño
gemido de satisfacción. Masticó despacio, metió un puñado de papas en la
boca y engulló con deleite. Tenía los empaques en el regazo y la soda
apoyada entre las piernas.
—¿Te enojas si ensucio? —inquirió, con intención de fastidiarme. Podía
apostar que lo haría a propósito solo por joderme, igual que solía dejar
cabello en mi baño o mover mis cosas.
Cerré la boca y la observé. Continuó masticando y bebiendo, no le
importaba ensuciarse los dedos y la boca, su lengua se encargaba de limpiar
todo rastro de salsas, sal y condimentos. Debería parecerme desagradable,
sin embargo, solo pude quedarme embelesado observándola hacer algo tan
común, pero tan nuevo para mí.
No me preocupaban los demás, mucho menos estar al pendiente de que
alguien se alimentara correctamente, tenía un montón de cosas por hacer y
me encontraba aquí, viendo como una joven comía una hamburguesa con
gran deleite. Y pese a todo, me resultó lo más interesante del mundo, más
aún, que no pasara por mi cabeza ninguna idea perversa mientras ella
chupaba sus dedos, solo me produjo otra sensación que deslicé hacia la
oscuridad otra vez.
—Gracias —murmuró, le entregué un par de toallas húmedas
desinfectantes. Se limpió manos y boca—. Hacía años que no comía una
hamburguesa —admitió, en voz baja.
—Te gustan.
Guardó la basura y se la quité de las manos.
—Mucho —aceptó, su boca estaba limpia de labial y comida.
Bajé del coche, satisfecho con haberla hecho comer, tiré el envoltorio en
un bote cercano y me limpié las manos antes de volver. El olor de la comida
persistía.
—Si quieres que baile, no podré. Estoy muy llena. A menos que quieras
mi vómito en tu pista —bromeó.
—Tomaré el riesgo —murmuré, y puse el coche en marcha.
—Sí, debería esperarlo —contestó, con la ironía que le sentaba.
Abigail
Cuando puse un pie dentro de Eros, los recuerdos se agolparon con rapidez.
Kylian me tomó de la mano y caminó por un pasillo que conocía
demasiado bien. Todo seguía igual, como si el tiempo se hubiera detenido,
salvo por una diferencia: no había gente. La música sonaba, pero la sala
permanecía casi vacía; aquello me sorprendió. Caminé por el mármol, que
brillaba como si la luz proviniera de la propia piedra.
—¿Por qué no hay nadie? —pregunté, soltando su mano.
—Me gusta la privacidad cuando se trata de ti —contestó desde atrás.
Me quedé frente a la pista y noté que el pecho me latía con frenetismo.
Esto parecía otro sueño del que despertaría en los brazos de Rowan. Temí
moverme: Eros significaba demasiado para mí. No asimilaba que estuviera
de vuelta; el monstruo que dormitaba en mi interior comenzaba a mostrarse
ansioso, arrastrándose desde las sombras donde lo encadené, me hacía saber
que no se detendría si yo subía a esa pista.
—Tienes miedo —dijo, como leyendo lo que evitaba decir.
—La última vez que estuve aquí, tú venías detrás de mí.
—Fui detrás de ti —replicó. Sus manos recorrieron mis brazos de arriba
abajo y sentí un escalofrío.
—Llegaste tarde —susurré, la voz quebrada.
—Estoy aquí ahora —añadió. Mi espalda se pegó a su pecho y su calor
me acarició—. Ve a cambiarte. Quiero verte.
—Mis cosas ya no están —musité, casi sin sonido, sintiendo su aliento
en mi cabello.
—Nadie tocó tus cosas. No lo habría permitido. Todo sigue donde lo
dejaste.
Su tono rozó la obsesión. Le devolví la mirada, sin poder contener una
sonrisa.
—Suenas a un loco obsesionado.
—Algo de eso hay —aceptó, y en su semblante brilló una mezcla de
diversión y oscuridad.
Me aparté y me dirigí al camerino. En el corto trayecto, mis dedos
rozaron la pared; una sonrisa auténtica se dibujó en mi rostro. Afuera, el
mundo podía desmoronarse, pero por un momento no me importó. Creí que,
si era yo misma una vez más, tendría fuerzas para enfrentar lo que vendría
al volver a casa.
Cerré la puerta del camerino tras de mí. Los aromas de lociones y
maquillaje llenaron el espacio; me invadió una sensación de pertenencia.
Revisé la ropa colgada en los percheros: todo estaba en su sitio,
exactamente como Kylian dijo.
Fui al baño, mojé la cara y lavé los dientes. Volví a pintar mis labios de
un rojo carmín intenso y a sombrear mis ojos. Retomar ese maquillaje me
fascinó; lo había dejado de lado junto con tantas otras cosas.
Elegí un vestido de malla negro, la lencería a juego, encaje provocador y
un liguero que ceñía la cintura. Me calcé tacones altísimos. Solté mi pelo
oscuro —ahora corto, aunque volvería a crecer—. Con leves temblores
provocados por el nerviosismo, miré mi reflejo en el espejo. La sensación
de poder y fuerza que me invadió al observarme resultaba indescriptible.
Esa era yo.
Había recuperado mi aura oscura, pero también la luz que siempre había
convivido con ella.
Mis curvas se acentuaban, y aunque mi cuerpo seguía delgado, mi
belleza permanecía intacta. Era sorprendente cómo unas simples prendas
podían transformar la percepción de una misma. Tal vez pareciera una
tontería, pero la realidad me golpeaba con fuerza: aquella imagen destruía
mis miedos y liberaba a mi monstruo interior, el mismo que rivalizaba con
el hombre que me esperaba afuera.
Rocié un poco de perfume sobre mi piel y salí del camerino. Mis tacones
resonaron con decisión a cada paso, marcando mi seguridad recién
recuperada.
La sensación de empoderamiento creció cuando la música rompió el
silencio. No sabía quién se encargaba de ella, ni me importaba. Ascendí los
escalones con paso firme; la pista permanecía a oscuras cuando me situé en
el centro. Aun así, Kylian podía verme, porque él era la oscuridad misma.
Yacía sentado frente a mí, en primera fila, reclinado sobre el sillón en
forma de media luna. Se había quitado el saco y el reloj; las mangas de su
camisa estaban remangadas hasta los codos, dejando al descubierto los
tatuajes y la fuerza de sus brazos, extendidos sobre el respaldo acolchado.
Las luces se encendieron de forma tenue. Mi cuerpo comenzó a moverse
por sí solo: sensual, provocador, en perfecta sintonía con la melodía. Cerré
los dedos en torno al tubo y giré con lentitud, adaptando cada movimiento
al ambiente cargado de erotismo. Me deslicé sin prisa, disfrutando de cada
segundo, consciente de que quizá sería la última vez que pisaría Eros.
Libre de todo pudor, trepé hasta la mitad del tubo, aferré mis piernas y
descendí con elegancia, olvidándome de todo, incluso de Kylian. Solo
existía yo y el placer que el baile me producía. La piel se me erizó mientras
mis pies tocaban el suelo. Pasé las manos por mi cuerpo, dejando que los
dedos recorrieran cada línea hasta que el vestido cayó, quedando en
lencería.
Sonreí y me recosté sobre la espalda, con las piernas flexionadas. Luego
las abrí, giré el cuerpo y quedé boca abajo. Alcé las caderas y sentí el agua
cubrirme por completo, como una suave lluvia que me arrancó un gemido
de placer. El movimiento se volvió más fluido; me incorporé de rodillas y,
entre vaivenes, me quité el sostén. Mis pechos quedaron libres, los pezones
endurecidos mientras echaba la cabeza hacia atrás y arqueaba la espalda. El
agua se deslizó entre mis senos; seguí su recorrido con los dedos hasta
llegar a mi coño.
Miré a mi público, inmóvil y sin parpadear. Sus ojos seguían cada gesto,
cada movimiento. El calor que irradiaban se fundía con mi piel. Gateé hacia
Kylian; lo tenía en mis manos, era mío cuando bailaba para él. Me
pertenecía por completo, y saberlo incrementó la euforia que ya sentía.
Me senté en el borde del escenario. El agua goteaba por cada centímetro
de mi anatomía. Tomé una gota de la unión de mis senos y la llevé a mis
labios con el dedo índice, chupándolo sin dejar de mirarlo.
Inhaló hondo, y la tensión sexual que se formó entre los dos fue inmensa.
Todo en él estaba rígido, tenso… y también muy duro. Su entrepierna
sobresalía bajo la tela oscura; el que tuviera los muslos separados solo
podía ser una invitación para que me metiera entre ellos y probar su verga
con mi coño sin dejar de bailar sobre él.
No podía evitar los pensamientos lujuriosos que cruzaban mi mente. La
lujuria fue lo que nos unió desde el principio; significaba algo importante
entre nosotros. Y aunque todo esto lo había hecho para recordarme lo que se
sentía ser yo, no perdería la oportunidad de hacerlo mío. Porque eso
también era Abigail: su pequeña monstruo sucia y pervertida.
Bajé de un salto. Mis caderas se mecían con precisión al caminar.
Eliminé la distancia que nos separaba y trepé sobre su regazo.
—Retomemos lo que quedó pendiente —susurré, mirándolo a los ojos.
Sonrió. Su mano apartó el cabello apelmazado de mi rostro y lo echó
hacia atrás. Sus ojos no se apartaron de los míos. Incliné la cara hacia su
caricia y suspiré. Con una sonrisa atrevida, tomé su pulgar y lo llevé a mi
boca, chupándolo despacio antes de liberarlo, rozándolo con mis dientes. Le
arranqué un sonido grave, masculino, deliciosamente provocador.
Me incliné hacia adelante y rocé sus labios con los míos, apenas un
toque, una tentación. Sus manos se cerraron sobre mi trasero y, antes de que
me arrancara las bragas, me incorporé y le di la espalda. Lo miré por
encima del hombro y meneé las caderas al ritmo lento de la música.
Kylian se contuvo de tocarme mientras frotaba mis nalgas contra su
erección. Apoyé la espalda en su pecho, la cabeza en su hombro. Tomé una
de sus manos y la guié hasta mis pechos, haciéndolo tocarme mientras
seguía moviéndome. Traviesa, lamí su mejilla y, al final, mordí el lóbulo de
su oreja.
Su palma jugueteó con mi pezón, luego lo sostuvo entre los dedos.
Alcancé su otra mano y la llevé hacia la unión de mis piernas.
—No bailo tan mal, ¿verdad? —inquirí, mordisqueando su oreja y
deslizándome de arriba abajo sobre su regazo—. Estás duro.
—Y tú, mojada.
Arremetió entre mis pliegues; jadeé, excitada.
—Llévame a las sombras, Kylian —supliqué entre gemidos.
—Aquí está mi pequeña monstruo.
Suspiré, cerrando los ojos, sintiéndome segura por primera vez en mucho
tiempo.
—La has hecho salir —murmuré—. No te das por vencido.
—Contigo, nunca lo haré.
Capítulo 43
Kylian
Me sentía embriagado por su esencia.
Estaba empapada sobre mi regazo, su coño caliente tentaba la dureza de
mi pene y comenzaba a volverme loco mientras me hacía tocarla, me guiaba
y me gustaba dejarla ser. No pasó un segundo antes de que el deseo me
consumiera, pero no era solo sexual; me llenaba de euforia verla disfrutar
de lo que amaba. Abigail no bailaba para mí ni para nadie, bailaba para sí
misma, libre bajo las luces, y brillaba más que ellas. Cada movimiento suyo
era un espectáculo, su mirada poderosa había reemplazado a la chica sumisa
que había encontrado al llegar; de nuevo, su monstruo tomaba el control.
No existía placer mayor que observarla así.
Quería devolverle lo que le habían quitado, remediar lo que mi ausencia
había causado. No buscaba expiar culpas ni ganarme su corazón con gestos
que distaban de estar presentes en mis actos. Mi motivación no era la
bondad ni la empatía; era el deleite de contemplar, celosamente, en lo que
Abigail se transformaba al ser ella misma.
Y ahora, ella jugaba conmigo. Sus labios recorrieron mi cuello, lo lamía
y me incitaba a tocarla entre la tela húmeda de sus bragas, no solo por el
agua. Sus pliegues estaban empapados y sus fluidos manchaban mis dedos
mientras la penetraba de a poco, sosteniendo sus pezones con mi mano
libre.
—Eres adictivo, porque nadie me hace mojar así.
Lo sabía, pero oírla admitirlo engrandecía mi ego y me complacía.
—¿Te gusta cómo muevo mis dedos? —gimió en mi oído y separó más
las piernas—, ¿cómo los hago entrar en tu vagina?
—Sí…
—¿Quieres sentir mi lengua en tu coño?
—Sí.
—Monta mi cara, Abigail —la tenté—, y córrete en mi boca.
Detuve el desplazamiento de mis dedos y la sujeté por las caderas antes
de arrancarle las bragas, rompiéndolas en jirones para sacarla de su cuerpo.
La belleza de su sexo húmedo y brillante aumentaba mi excitación. La
acomodé frente a mí, incliné la cabeza hacia su abdomen, pasé la lengua por
el piercing que volvió a su lugar, rodeé su ombligo y sentí la piel erizarse
bajo mis caricias. Tiró de mi cabello, mordí el hueso de su cadera y
gimoteó, empujándome hacia el respaldo del sofá. Sonreí cuando se apoyó
en mis hombros, mirándome desde arriba.
—Lame y chupa, Kylian, hazme venir.
Era tan delgada y ligera que sostenerla del culo mientras se sentaba sobre
mi cara resultaba sencillo. Probé la suavidad de sus pliegues y el sabor
adictivo inundó mi boca; la llené, devoré, envolviéndome con su aroma y su
dulzura en que cada roce. La absorbí toda, alimentando el vacío que yacía
dentro de mí con su carne saturada de fluidos. Cada movimiento de sus
caderas me provocaba más; sus uñas se clavaban en mis hombros, mientras
mis dedos apretaban sus nalgas, tocándola y atrayéndola hacia mí.
Estimulé su clítoris con la lengua, alternando caricias y mordiscos
suaves, la sentí estremecerse con cada contacto, soltando jadeos
entrecortados que me endurecían a otro nivel. Luego, lamí y metí uno de
sus pliegues en mi boca, después el otro; sus movimientos se volvieron
desesperados y sus gemidos encajaban a la perfección con la música que
sonaba una y otra vez mientras ella gritaba mi nombre y se corría en mi
boca. Saboreé cada instante de su orgasmo, largo, intenso y húmedo. El más
exquisito que había tenido conmigo.
—Tu barbilla estimula mi coño y se siente delicioso —jadeó, aún sentada
en mi cara.
—Puedes masturbarte con ella cuando quieras, pero ahora —la levanté
con fuerza y la empotré sobre la pista—, me toca a mí, cariño.
Sonrió con perversión y se recostó sobre las luces y el agua esparcida;
sus piernas se enredaron en mis caderas y los brazos se extendieron sobre su
cabeza. Sin palabras, me decía que era mía y que podía tomarla. Quise
recordarle que, aceptara o no, me pertenecía.
Me incliné sobre su anatomía, tocando cada curva de sus senos, y al
tomar su pezón en mi boca, arqueó la espalda y ofreció más de sí. Lamí y
no demoré en prenderme de sus senos, mamaba con ansias uno y otro,
escuchando sus gemidos mientras ella presionaba con los talones mis
glúteos, exigiendo más.
—Kylian…
—¿Estás suplicando, Abigail?
La miré; su cabeza estaba echada hacia atrás. Metí mi dedo índice en su
boca mientras apretaba su mandíbula y continuaba mamando sus tetas.
—Uhm… —susurró, chupando mi dedo como si fuera mi verga.
Cada lengüetazo desencadenaba un placer oscuro que engrosaba mi
miembro; la sensación era trepidante e intensa, me empujaba al límite del
caos. Erguí la espalda, bajé la mirada a su coño expuesto y mi saliva resbaló
por toda la hendidura; me ponía más que duro hacerlo, por lo sucio y lo
obsceno que esto era a la vista de los demás. Le llené el sexo con mi saliva
y la esparcí entre la carne sedosa y vibrante, ella se retorció bajo mi agarre
y emitió un pequeño grito cuando la embestí con dos dedos.
No pude controlarme más. Le rodeé con violencia el cuello y la hice
sentarse frente a mí.
—Quiero que mires, Abigail —susurré sobre sus labios, me desabotoné
el pantalón—, quiero que veas cómo mi verga invade tu coño mientras tú
suplicas por más.
Bajó la mirada y tocó mi pene erecto, acariciándolo antes de sacarlo.
—Estás feliz de verme.
—Y de tenerte abierta de piernas, dispuesta para mí.
La empujé lentamente hacia mí; la punta de mi pene rozó la entrada de su
vagina. Mirándola a los ojos, comencé a penetrarla despacio solo por el
mero placer que eso me provocaba, porque cada centímetro que me dejaba
invadir sus paredes, se sentía como el mismo infierno quemándome entero,
pero de una manera satisfactoria y única.
Con Abigail no tocaba el cielo, me arrastraba al abismo donde solo podía
sentirla a ella.
Cuando me tuvo entero, incineró cualquier rastro de autocontrol. Mi
mano ejerció sujeción en su cuello, retiré las caderas y la embestí con
dureza, arrancándole gritos que se sucedieron uno tras otro.
—Inclina la cabeza y míranos —pasé mi agarre a su nuca y bajó la
mirada hacia la unión de nuestros sexos—, ¿lo ves?
—Sí —aceptó—, lo siento, Kylian.
—Cada vez que pises esta pista, recordarás cómo te follé aquí. Solo yo,
Abigail.
Besé sus labios, deslicé la lengua junto a la suya. Enredó los brazos en
mi cuello, arañando mi espalda. Mordí su labio inferior sin compasión;
cuanto más tomaba, más deseaba.
Su saliva, su sabor, el calor que me envolvía y la marca de su piel
desataron una excitación violenta que descendió por todo mi falo erecto,
hasta mis testículos.
—Dime que vas a llegar conmigo —susurró sobre mis labios, jadeante y
mojada.
No respondí; la empujé contra la pista. Cayó sobre su espalda, ciega por
el placer. Abarcó sus senos con las manos, se acarició, separé sus muslos y
la embestí una y otra vez, hasta que alcanzó el orgasmo, empapándome
desde el tronco hasta la punta. Segundos después, mi semen acabó sobre su
piel, justo en su piercing, abdomen y coño.
Agarré mi pene, presionando suavemente los dedos a su alrededor,
dejando salir lo que quedaba; con el glande hinchado, separé sus pliegues y
extendí parte de mi semen sobre ellos, volviendo a deslizarme dentro de su
vagina. La sentí contraerse.
—Boca abajo, Abigail —ordené—, tu culo también lo voy a follar.
Abigail
Acababa de ducharme y me puse de nuevo el vestido, como si nada hubiera
pasado. Nos hallábamos profundamente dentro de Eros. No podía creer que
Kylian tuviera su propia habitación allí, mucho menos tan bien equipada.
Era como una réplica de su dormitorio en el pent-house, solo que aquí no
había ventanas de ningún tipo y predominaban los tonos oscuros, junto con
sus pertenencias personales.
Parecía sentirse más cómodo aquí; había cuadros, libros y hojas dispersas
sobre un escritorio, con diseños de armas plasmados sobre la madera.
Aunque pudiera parecer desordenado, casi podía asegurar que él mismo
había colocado cada objeto con precisión, incluso los lapiceros, apilados
uno sobre otro en un extremo de la superficie impecable. No esperaba
menos de alguien pudiente y obsesionado con la oscuridad y la limpieza.
Aún flotaba entre la confusión y la satisfacción mientras recorría la
habitación, impregnada del aroma a limpio. No quería pensar en lo que
ocurría allá afuera; mi móvil permanecía apagado y desconocía la hora.
Sabía que jugaba con fuego, pero sería la última vez. Al menos disfrutaría
del momento sin distracciones.
Salí del baño con la toalla secándome el cabello y el vestido ajustado a
mi figura. Kylian ya se había duchado; llevaba únicamente unos pantalones
limpios, mientras la camisa colgaba en el perchero. Me daba la espalda y
tecleaba en su teléfono, concentrado, aunque se percibía cierta tensión
rondando en su semblante.
—Tengo que irme —dije, rompiendo el silencio.
—Tu chofer ya está esperándote —murmuró sin mirarme, con una voz
seca y rápida, casi automática. Por un instante, quise que me pidiera
quedarme, pero no podía esperar eso de Kylian.
Tragué el sabor amargo que me dejó su respuesta y lo relegué a las
sombras, al mismo lugar donde residía su oscuridad, y cada detalle que
hacía florecer una chispa de esperanza que quizá nunca crecería más allá de
lo sexual.
—Ni siquiera me darás la cara —mascullé, frustrada ante la frialdad que
se cernía sobre él, la misma barrera que aparecía cuando no deseaba que me
acercara.
Se mostraba renuente a dejarme entrar, envuelto en una personalidad
distante, muy distinta a la que reveló cuando me alimentó porque sabía que
me encontraba mal.
—¿Qué esperas? ¿Un beso de amor? —Casi sonreí. Había momentos en
que no creía en su actitud despectiva y sin emociones.
Kylian sentía, y mucho, pero parecía un idiota incapaz de lidiar con ello.
Se esforzaba demasiado por mostrarse un macho sin sentimientos, que no se
preocupaba por mí. No le creía; sabía lo que sentía, aunque la punzada de
decepción no se desvanecía ante su actitud de mierda después de follar.
—No, no espero nada de ti, Kylian —repliqué con serenidad.
Él dejó de teclear, guardó el móvil en el bolsillo de sus pantalones, y solo
entonces noté la rigidez de sus músculos, la tensión en sus hombros, las
manos convertidas en puños.
—¿Sabes? La primera vez que tu amigo me violó, fue en Grecia.
Mi cuerpo tembló y regresé mentalmente a ese lugar, mientras avanzaba
a paso lento hacia la puerta, intentando salir de allí.
—Grité tu nombre, Kylian —susurré—. Lo hice hasta que el dolor me
desgarró, pero nunca volviste, no importaba cuánto implorara por ello.
—No necesito escucharlo —aseveró, enfrentándome al fin. Su mandíbula
estaba tensa y en sus ojos se insinuaba un atisbo de humanidad que se
desvanecía al mirarme.
—Pero yo necesito decirlo —espeté firme—. Ilusamente creí que ibas a
salvarme. Esperé que lo hicieras, que una pequeña parte de ti se preocupara,
pero con tu ausencia y los constantes abusos comprendí que la única que
puede actuar soy yo.
Su expresión era indescifrable, me miraba como si fuera cualquier cosa,
una molestia que no paraba de buscar algo bueno en él.
—Así que no —dije, cogiendo mi bolso—, no espero nada, ni de ti ni del
mundo. No quiero que seas mi héroe.
—Estoy lejos de ser uno, Abigail.
—Lo sé, y a mí los villanos no me van, cariño. —Sonreí—. Ya me han
jodido suficiente.
Le di la espalda y abandoné la habitación donde dejé mi corazón.
Mientras bailaba y lo observaba esperándome, me di cuenta de que lo
amaba.
Me enamoré de Kylian y no podía imaginar un castigo peor que ese.
¿Cómo enamorarse de alguien que había sido un bastardo contigo?
Claro, seguro fueron esos pequeños detalles, esos esbozos de algo, atisbos
de esperanza que yo misma transformé para tener una excusa perfecta que
no me hiciera quedar como una estúpida. Era irónico que hoy terminara
algo que nunca había comenzado, y justo en el lugar donde creí más segura.
Al menos, esta despedida existió; mis fuerzas para luchar se habían agotado
mucho antes de que él regresara.
No debía estar allí, no debía permitir que me arrastrara nuevamente a las
sombras repletas de luces y brillos. Salí de Eros sin que nadie se
interpusiera; el chofer me esperaba, tal como él dijo. Sin mirarlo, subí al
vehículo y enseguida se puso en marcha. Durante el trayecto, me esforcé
por no pensar en nada y me ocupé de desvanecer las marcas que Kylian
había dejado en mi cuerpo; el maquillaje ayudaba, costaba unos cientos de
dólares, pero valía la pena.
Cuando llegué a la mansión Byrne, era casi el amanecer. Los autos de los
Byrne no estaban, tampoco el de Rowan. Solté un suspiro de alivio y bajé
del auto. Entré en silencio, acompañada únicamente por el sonido de mis
tacones. Al cerrar la puerta, la luz del recibidor se encendió. Pensé que se
trataba de la servidumbre, pero me sorprendió ver a Rowan de pie en las
escaleras. La pajarita colgaba de su cuello, ya no llevaba el saco, y sostenía
un vaso con alcohol.
—¿Dónde estabas? —preguntó en voz suave, aterciopelada y dulce. Todo
en mí exigía precaución.
—Tomando un poco de aire, te dije que me sentía mal. —Me quité los
tacones—. Las fiestas me asfixian.
—¿Llovió acaso? —Dio un trago, bajando un escalón y luego otro—.
Tienes el cabello mojado, mi amor.
Pasé saliva y puse todo mi empeño en no mostrar nerviosismo. Sonreí y
me toqué los mechones húmedos.
—No, por supuesto que no, pero estuve cerca de las fuentes del parque
—expliqué con calma.
—Ah, sí, las que salpican agua en todas direcciones. Solía llevarte ahí,
¿lo recuerdas? —Tocó un mechón.
—Claro que sí —respondí, intentando calmar mi creciente ansiedad.
—Lo recuerdo bien. Siempre llevabas minifalda porque te encantaba que
metiera mis dedos en tu coño virgen, ¿no lo olvidaste? —Temblé—. Eras
una niña traviesa, una pequeña putita —rió y besó mi mejilla—, y me tenías
loco.
—Has bebido otra vez —cambié el tema al percibir su aliento.
—Un poco, cielo. Me dejaste solo para ir al parque a mojarte el cabello
—siseó, con burla. No me creía, pero no podía desistir de mi mentira.
—Lo necesitaba —respondí. Asintió y depositó un beso en mi frente.
—Vamos a la cama, quiero que me la chupes —dijo sin más.
—Sabes que yo no… —empecé a protestar.
—Bueno, mi amor —interrumpió—, así como te enseñé a montar mi
pene, te enseñaré a chuparlo.
Me agarró del brazo con fuerza, su rostro cerca del mío. Quise golpearlo,
huir de él, pero recordé las formas en que Rowan podía arruinar la vida de
los que amaba.
—¿O es que acaso vienes de chupársela a alguien? —inquirió entre
dientes, sin apartar su mirada.
—No, pero no quiero y no vas a obligarme.
—Mi vida, jamás te he obligado a nada —aseguró mientras acariciaba mi
rostro con ambas manos, y luego soltó un golpe en mi pómulo con tal
fuerza que caí al suelo, pasmada y sorprendida. Rowan nunca me había
golpeado así—. Tú lo haces porque sabes que es lo que te conviene —
finalizó.
Me levantó del suelo tirando de mi cabello con rudeza. No grité mientras
me arrastraba por las escaleras y el pasillo; me negué a ser abusada
nuevamente. No lo soportaría estando lucida, me arruinaría la maldita vida
como sucedió en Grecia. Así que, en cuanto vi la escultura de porcelana
favorita de su madre, sin que lo esperara, la tomé y golpeé su cabeza con
ella, rompiéndola en mil pedazos.
Rowan cayó al suelo, su cabeza sangraba y el rojo teñía los mechones
dorados. Retrocedí, temblando, conmocionada por lo que acababa de hacer,
pero con deseos de seguir destrozándolo hasta sentirme satisfecha. Lo maté.
Lo había matado.
—¡Dios mío! ¿Qué le hiciste a mi hijo?
Me giré y encontré a la señora Byrne, sus ojos inyectados de odio y
preocupación. Negué lentamente; me había quedado sin palabras. Quise
correr, pero mis piernas no respondieron. Escuché que ella gritó y enseguida
vi a más gente a mi alrededor, luego, todo se tornó negro.
Capítulo 44
Abigail
Cuando abrí los ojos, sentí que mi ser entero se había convertido en dolor.
Mi boca estaba pastosa, la garganta rasposa, los labios resecos y partidos.
Una sensación de enfermedad me invadió, como si tuviera un resfriado; los
huesos me dolían y apenas podía respirar con normalidad. Temblorosa,
erguí la espalda y tomé conciencia del estado en que me encontraba. Cuanto
más percibía mi cuerpo, más intenso se hacía el dolor, pero esta vez
provenía del pecho, donde un vacío inmenso me provocaba ganas de
vomitar.
Mi cuerpo estaba desnudo. Semen cubría mis piernas, había moretones
en la parte interna de los muslos y nuevas marcas en las caderas que no
había notado antes. Lo peor fue encontrar a mi lado el cuerpo de Rowan,
descansando con total tranquilidad, sin una prenda y con una gasa sobre la
parte posterior de su cabeza.
Entonces recordé todo. Su exigencia, mi respuesta que le causó esa
herida, la oscuridad y la nada.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Por qué no recordaba nada?
Quise llorar.
Con dificultad, me senté en el borde de la cama. En la mesita de noche
estaban los frascos de pastillas, todos abiertos, con cápsulas esparcidas
sobre la madera y el suelo, como si alguien las hubiera tomado con prisa.
Rowan me había drogado otra vez, borrando fragmentos de mi memoria y
dejándome vulnerable y desorientada.
—¿A dónde vas? —Su voz ronca se escuchó detrás de mí.
—Lejos de ti.
Tomé impulso y me puse de pie, tambaleante. Respiré hondo, intentando
encontrar el equilibrio. Todo estaba mal. La sensación de fortaleza que Eros
me había dado desapareció; Mac me recordó que aún existía dentro de mí,
pero los fármacos y la presencia dominante de Rowan la destruyeron. Me
derrumbaba y debía aceptarlo: no podía luchar contra él.
De repente, estaba frente a mí. Su mirada dulce se extinguió y solo
permanecía esa malicia ventajosa que escondía tras sonrisas y atenciones
calculadas.
De improviso, cerró sus dedos alrededor de mi cuello y me empujó hacia
atrás, obligándome a recostar en la cama. Mis fuerzas para enfrentarle eran
nulas; por eso amaba drogarme, porque me convertía en una muñeca frágil
a su antojo.
—¡Suéltame! —exigí, forcejeando, pero su peso superaba al mío.
—Las cosas van a cambiar, mi amor, lo que me hiciste…
—Tú me obligaste, ibas a violarme —dije, viendo su sonrisa de malicia.
—No es violación, querida, tú eres mi mujer, aunque parece que lo
olvidaste. —Ejerció más presión sobre mi cuello, cortándome la respiración
—. Veo esas marcas en tu cuerpo, marcas que no puse yo y que ocultaste.
Pero el maquillaje no dura para siempre, ¿verdad?
El pánico se transformó en miedo, tan nauseabundo como el recuerdo de
su toque sobre mi cuerpo.
—Vas a decirme con quién te has estado revolcando. ¡Vas a decirme su
nombre!
—No te diré ni una mierda. Solo debes saber que me hace gemir mucho
más de lo que tú alguna vez pudiste —grité, desesperada por su constante
maltrato.
Sus ojos se vaciaron. No hubo ira, dolor ni tristeza, solo un vacío
profundo. Por un instante, vi en ellos a Kylian; en ocasiones, esa misma
mirada me hacía estremecer.
—Bueno, mi amor, espero hayas disfrutado cada minuto de placer con él,
porque fueron los últimos que tendrás. —Sus dedos presionaron mis
mejillas contra mis dientes, provocando dolor—. No volverás a salir de
aquí. ¿Querías convertirte en una puta? Pues te trataré como tal.
—¡Púdrete! Solo quiero que me dejes ir. Convertiste todo en una
pesadilla; mataste todo cuando decidiste pasar por encima de mí.
—Te di todo, Abby, todo lo que una mujer puede desear. Me hice cargo
de tu familia y de ti. Tu piel fue la única que tocaron mis manos y tú… tú
me pagas así…
Sollozaba, destruida por sus palabras, con un sentimiento de culpa
inmenso. En parte tenía razón, pero sus métodos no siempre fueron
correctos. Ambos lo sabíamos. No era una competencia, nunca lo fue.
—Me diste todo, menos libertad para ser yo misma.
—¿La puta que baila en Eros? ¿Eso querías ser?
—No has entendido nada —dije, cansada.
—La que no entiende eres tú, pero no te preocupes, volverás a ser mi
Abby otra vez.
Se incorporó, permitiéndome respirar. Aunque su mano ya no estaba
sobre mi cuello, el aire seguía faltando. La asfixia me atrapaba como si los
bloques de concreto que formaban estas paredes cayeran sobre mí.
—Te voy a cobrar esta burla —dijo con gravedad—. Vas a llorar sangre,
Abby Lacroix, te lo prometo.
Callé, pero su determinación era evidente: me haría sufrir sin
consideración.
—Y cuando sepa quién es el cabrón que te cogió, lo mataré frente a tus
ojos.
El nombre de Kylian estuvo en la punta de mi lengua. Casi lo gritaba,
casi decidía enfrentar todo de una vez, pero no era una perra. No podía
hacerlo.
Lo vi dirigirse a la ducha y me levanté rápidamente. Los mareos
amenazaban con derrumbarme, pero los ignoré. Encontré mi bolso en el
suelo, busqué el teléfono y lo encendí. No escuchaba el agua correr, estaba
nerviosa, pendiente de la puerta del baño. Necesitaba avisarle a Mac que no
viniera más, que protegiera a mi familia y los mantuviera alejados de
Rowan. Él iba a destruirlos. Y no podría evitarlo.
Rowan
Sentía una ira intensa, como si el dolor de la frustración se hubiera
duplicado. No era la primera vez que lidiaba con esto.
Estaba furioso por no dar con el hijo de perra que se estaba acostando
con mi mujer. El chofer no dijo nada, por más tortura que sufrió, mantuvo
firme su palabra de que no vio nada sospechoso. Tal vez decía la verdad,
pero mi enojo me llevó a cortarle la garganta, tal como Drax me enseñó.
No quise retrasar más el momento de obtener la información que
buscaba. La impaciencia era un defecto que no podía controlar; así perdí a
la única persona que podría haberme dado la pista que necesitaba. Las
cámaras no aportaron nada; mis contactos en la policía tampoco, y mucho
menos los de Eros.
Era un estúpido. Confié en que Abby se comportaba, en que todo había
terminado aquel día en que la amenacé con destruir a los que amaba. Pensé
que así me obedecería, pero sus seres queridos no le importaban lo
suficiente. Las marcas en su piel confirmaron mis sospechas.
Maldita sea.
La rabia y los celos me consumieron. Abusé de ella mientras estaba
inconsciente por los sedantes que le pusieron cuando me atacó. Mamá creyó
que se había vuelto loca y debía controlarla. A decir verdad, la idea de
hacerla pasar por loca no era descabellada.
La amaba, lo admitía, pero pagaría cara su traición. Sin embargo, a quien
más quería en mis manos era al cabrón que la había tomado.
No obstante, el bastardo era escurridizo, un fantasma imposible de
ubicar. Por un instante pensé que podría tratarse de Kylian, pero la idea era
absurda y repugnante. Kylian era mi hermano; aunque distanciados, nunca
esperaría una traición así después de todo lo que habíamos pasado.
Oí la voz débil de Abby y salí del baño de inmediato. Me miró con
miedo, el móvil pegado al oído. Me precipité hacia ella; gritó cuando le
arrebaté el aparato y lo lancé contra la pared, haciéndolo estallar en mil
pedazos.
—¡Estás loco! —exclamó, presa del pánico.
—Todos tus beneficios se acabaron, cielo —susurré con furia contenida
—. No volverás a hablar con nadie ni saldrás de aquí. Vete acostumbrándote
a la idea de que has perdido todo. Lo único que te queda soy yo.
—¡No puedes secuestrarme, no puedes!
La sujeté del cabello y la arrastré de vuelta a la cama. Su piel desnuda se
rozó contra la mía; aún quedaban rastros de mi semen entre sus muslos, y
ella parecía tentarme para que volviera a correrme sobre su cuerpo.
—¿Recuerdas quién soy? —Me coloqué entre sus piernas, abriéndolas
con la rodilla—. Soy la máxima autoridad de Irlanda y el próximo alcalde.
Me miró con odio y resignación mientras penetraba su cuerpo por cuarta
vez.
—¿Quién podrá detenerme de hacer contigo lo que quiera? —El dolor
crispó sus rasgos, y me alegraba que sintiera lo que yo—. Eres mía, Abby,
para siempre.
Todo esto era culpa suya. Cada plan, cada instante que quise compartir,
cada momento de vida que pretendía darle, quedó arruinado por su
infidelidad. Nunca hubiera pensado en tocar a otra mujer; para mí, siempre
fue Abby. Lamentable que no haya sido suficiente, lamentable que conmigo
tuviera que quedarse.
Todo el amor que pude sentir se convirtió en amargura, y mi objetivo era
hacerla sufrir de maneras inimaginables sin siquiera tocarla más.
Al mediodía esperaba a Esteban Farrell, hermano del procurador.
El hombre de cincuenta y dos años era un pedófilo obsesionado con
mujeres jóvenes, y yo solía conseguirle sus víctimas a través de mi red de
trata. El dinero era lo de menos; lo realmente valioso era la información que
obtenía. Con ella, podía destruir a cualquiera con una sola llamada. Por eso
cuidaba mi negocio con precisión, escogiendo mi “mercancía” de lugares
remotos y sin dejar rastro que me incriminara.
Hoy rompería esa regla, otra vez por culpa de Abby.
Farrell había fijado su atención en la pequeña Cami. Al principio le
negué el acceso por ser hermana de mi prometida, pero dadas las
circunstancias, la entregaría sin resistencia. Nadie sabría qué sucedió con
ella. Mis suegros llorarían por una hija cuando me prometí no dañarlas. Sin
embargo, toda responsabilidad recaería sobre Abby; ella debía enfrentar las
consecuencias de haberse convertido en una puta y de dejarme como un
maldito cornudo.
—General, Farrel ha llegado —informó mi asistente. El flujo de mis
pensamientos se detuvo.
—Hazlo pasar y que nadie nos moleste.
Asintió. Farrell ingresó a mi oficina con elegancia, aunque no podía
ocultar su estómago caído a causa de su obesidad. La malicia en su mirada
era tan intensa como la mía. Quien lo viera no imaginaría que este padre de
familia, esposo y partidario de la justicia, fuera un desalmado pedófilo.
—Byrne, ¿a qué debo la urgencia de tu llamada? Soy un hombre
ocupado —dijo, agitado, tomando asiento frente a mí.
—Te interesa la razón por la cual te cité. —Jugué con un bolígrafo entre
mis dedos—. ¿Recuerdas a la hermana de mi prometida?
Sus ojos brillaron con excitación y una satisfacción asquerosa dibujó sus
rasgos.
—Por supuesto que la recuerdo, no he podido sacarme de la cabeza a esa
preciosura. —Entornó los ojos y me observó con curiosidad—. ¿Acaso has
cambiado de opinión?
—Creo que podemos arreglarlo —susurré, imitando su degeneración—.
¿Puedo contar con tu apoyo y el de tu gente para las próximas elecciones?
—Por esa carne, te vendo hasta mi alma, Byrne. —Sonrió y se puso de
pie. Yo hice lo mismo y extendí mi brazo para estrechar su mano.
Nunca asimilaba lo fácil que era manipular a personas como él, cuando
conocías los puntos exactos dónde presionar. Desde el inicio me negaron su
apoyo por juventud y supuesta inexperiencia; ahora, solo por satisfacer su
inclinación enfermiza, aceptó sin titubear. Vaya cerdo.
—Entonces tenemos un trato. Te diré la hora y el lugar donde vas a
recogerla.
—Perfecto. ¿Será completamente mía? —Se frotaba las palmas con
avidez. Una sonrisa siniestra cruzó mis labios mientras imaginaba a Abby
en brazos de otro.
—Sí.
Asintió emocionado y, tras varios apretones de mano, salió casi cantando
de la oficina. Tomé asiento de nuevo, consciente de que condenaba a una
niña inocente. Cami no me desagradaba; incluso pensé en reemplazar a su
hermana con ella. Pero mi mente estaba intoxicada por Abby; no había
espacio para otra mujer.
Durante el día permanecí ocupado. Por la noche, regresé a casa sin
novedad. Todo parecía tranquilo, pero ese silencio sepulcral me inquietaba.
Subí a la planta alta sin encontrarme con nadie. Mis padres no estaban en
casa y Abby continuaba encerrada. En lugar de ir a mi habitación, me dirigí
a la que era su favorita, donde solía fumar a escondidas. Al entrar, percibí el
olor a cigarrillo, débil pero presente. Me acerqué a la ventana y observé la
oscuridad que envolvía la casa. El jardín estaba sin luz, lo cual me pareció
extraño; siempre había iluminación y los guardias vigilaban el perímetro.
Retiré la cortina y una caja de cigarrillos cayó al suelo. Mientras me
inclinaba a recogerla, algo debajo del marco captó mi atención. Lo tomé y
me quedé atónito: era el Zippo de Kylian. El mismo que yo le había
regalado en un cumpleaños y que nunca sacaba de su casa porque era un
obsequio que no iba a malgastar. Lo guardaba en el cajón de la cocina,
estuvo ahí desde que se lo di, solía corroborarlo en ocasiones; Kylian
prometió entre bromas mantenerlo en su sitio, él lo cumplió siempre.
Entonces, no entendía cómo es que llegó aquí.
Ella se follaba a un tipo en Eros.
Su amante es como un fantasma, no hay rastro de él.
Cientos de recuerdos se agolparon en mi mente: miradas que ignoré, el
perfume en su piel la noche anterior, sus marcas, su negativa a estar
conmigo, los días que decía estar con Mac, cuando jamás lo estuvo. La
vigilaba, a todos los que la rodeaban, a todos los lugares donde iba, menos a
uno.
La realidad me golpeó con fuerza.
Apreté el Zippo en mi mano.
—Siempre se trató de ti, hermano.
Capítulo 45
Kylian
Abigail no estaba a salvo con Rowan.
Me pesaba haberla dejado ir, y eso me sorprendió. La sensación de
molestia no desapareció desde que se marchó; me expuso y me obligó a
enfrentar una realidad que evitaba: la posibilidad de que yo albergara algún
tipo de sentimiento por ella. Las pruebas estaban frente a mí, pero admitirlo
significaba permitir que los sentimientos me afectaran. Si eso ocurría, no
podría ayudarla. A Abigail le convenía que siguiera pensando con la cabeza
fría, así podría sacarla del pozo en el que Rowan la tenía atrapada.
Pude haberle dicho que se quedara; la deseaba cerca, lo quería. Sin
embargo, no era lo más conveniente. Hoy debía salir un cargamento
importante de armamento desde Irlanda, y parte de la seguridad y la
garantía de que llegara a las manos de April y su gente dependía de Rowan.
Mientras Abigail estaba conmigo, coordinaba cada movimiento, algo que
debía hacer desde mi oficina, concentrado únicamente en ello para no dar
margen a errores, y no dividiendo mi atención entre ella y los negocios. El
cargamento era valioso: armas con tecnología y explosivos indetectables,
algo que pocos poseían, y aun así le había quitado prioridad para dársela a
mi pequeña monstruo.
Al menos en mi negocio, todo salió según lo planeado. Con Abigail, en
cambio, las cosas se arruinaron aún más. Vi la decepción en sus ojos
apagados, expectantes de escuchar algo que no podía decirle. Me dolió
como la mierda en un punto dentro de mí al que me aferraba a no señalar
con todas sus letras cuando me confesó lo que Rowan le hizo y cómo a
pesar de saber que no llegaría a su lado, ella me esperó. Jodía realmente.
Porque habría querido evitarle ese sufrimiento, justo como ahora quería
evitar que siguiera a su lado.
Sin embargo, estaba a punto de poner fin a este drama. Rowan se
acercaba, y mi paciencia se agotaba; deseaba gritarle en la cara que yo era
el hombre que se acostaba con su prometida.
Nunca fui de los que eludían sus problemas; los enfrentaba sin temor. Mi
paciencia con este secreto había llegado a su límite, por varias razones, pero
la principal: no quería que volviera a tocarla.
Sí, se trataba de celos y posesión, pero también de proteger a Abigail de
los abusos físicos y mentales que Rowan le infligía. Ella aún podía recibir
ayuda. Personas como Rowan y yo estábamos lejos de ser ejemplos de
sanación; nos jodieron desde niños y para poder sanar, debíamos poner de
nuestra parte mientras recorríamos un camino largo que no pensábamos
tomar. Elegíamos quedarnos donde estábamos porque era lo más fácil,
carecíamos de consciencia, al menos la mayoría de las veces; los traumas
que nos generaron ya no afectaban, aunque, por supuesto que lo hacían con
aquellos que nos rodeaban. Influían en mi decisión de no mostrar lo que
sentía o en mi incapacidad de preocuparme por otros, salvo cuando me
convenía.
Era egoísta; si debía sacrificar al mundo por mis intereses, lo hacía. Si
debía elegir entre salvar a Abigail o a su familia, la elegía a ella y que lo
demás se jodiera.
No debería ser así si realmente me importaba, porque conocía su amor
por los suyos y lo mucho que le afectaría cualquier daño. Pero no podía
controlar eso; mi prioridad era mantenerla a salvo.
—La noche se puso interesante en la mansión Byrne —dijo París al
entrar a mi oficina, sin tocar, con sus metálicas botas resonando en el suelo.
—¿Cuántas veces te he dicho que toques antes de entrar? —gruñí,
mirando por encima de los bocetos de armas que acababa de hacer para no
pensar en Abigail lejos de mí.
—Siempre estás solo —respondió con calma, recordándome que no
podía matarla porque me era útil—. Como decía —continuó, rodeó el
escritorio y dejó un iPad sobre la superficie—, hubo cosas interesantes.
París se encargó de instalar cámaras en la mansión por orden mía.
Necesitaba saber lo que sucedía dentro.
—Anoche tu pajarito casi mata a Rowan —mencionó, mostrando la
grabación de la noche anterior.
Vi a Rowan arrastrando a Abigail por un pasillo hacia la habitación que
compartían. Ella forcejeaba y, cuando pudo, golpeó a Rowan en la cabeza
con una pieza de arte de miles de dólares, dejándolo inconsciente y
sangrando. Su determinación me sorprendió; debió estar desesperada para
actuar así.
Después, la señora Byrne gritó y varios guardaespaldas irrumpieron. Su
función era proteger a Rowan, no a su prometida. Uno de ellos sujetó a
Abigail por la espalda e inyectó un sedante en su cuello. La perdí de vista,
pero identifiqué al sujeto; lo mataría, junto con todos los que la tocaron.
—Supongo que Rowan no se quedó tranquilo con eso, ¿no?
—Es lo peor del caso, jefe —respondió París.
Puso la cámara de la habitación de ambos y lo primero que vi fue a
Rowan abusando de Abigail mientras ella estaba inconsciente. No quise
profundizar; vi lo suficiente.
Puto enfermo.
—Quítalo —ordené, no necesitaba ver esa mierda.
París apagó el iPad, masticando goma de mascar con un gesto que me
provocó jaqueca. Estaba a punto de hacérsela tragar.
—¿Dónde está él ahora?
—En su trabajo, se reunió con Farrell y dejó a tu pajarito con la jaula
cerrada.
A la mierda mi puta paciencia, a la mierda los putos negocios y la mierda
la puta amistad de Rowan.
Iría por ella.
Llegué a la mansión Byrne; no había nadie.
No me resultó difícil ingresar; el personal me conocía y sabía que Rowan
y yo éramos como hermanos. Sin embargo, al dirigirme a la habitación de
Abigail, me topé con dos policías que la vigilaban o, mejor dicho, se
aseguraban de que no escapara. No estaban allí para protegerla y mucho
menos podrían mantenerla alejada de mí.
—Señor, no puede avanzar más, tenemos órdenes de que nadie que no
sea el general Byrne entre —advirtió uno.
—Por su propio bien, háganse a un lado —les advertí. Hoy no quería
ensuciarme las manos; eso vendría después, cuando Rowan supiera que me
la llevé.
—Señor, retírese —dijo el otro, con la mano sobre la cacha de su pistola.
Suspiré, irritado.
Apenas terminó de hablar, lo agarré del cuello y estampé mi puño en su
cara. Golpeé con el codo a su compañero, rompiéndole la nariz y dejándolo
inconsciente. Mi rodilla impactó en su estómago, y finalmente lo noqueé
con la cacha de la pistola que quiso usar contra mí.
Avancé sin prisa hacia la habitación de Rowan, sin mostrarme afectado
por lo ocurrido. La puerta no cedió al principio; bastó una patada para
romperla y quitar el seguro. Adentro, las luces estaban apagadas. La silueta
de Abigail apenas se distinguía sobre la enorme cama. Estaba desnuda,
recostada boca abajo, inmóvil.
Por primera vez en años, sentí algo parecido al miedo.
Guardé el arma en mi cintura y me acerqué a ella. Su piel estaba fría. La
giré y observé las marcas en su cuerpo: hematomas grandes, mordidas y un
golpe en el pómulo que había perdido inflamación, pero aún mantenía un
color verdoso que arruinaba la perfección de su rostro. Mengüé la ira que
me calentó la sangre y toqué su cuello, encontrando su pulso. Respiré
aliviado.
—Abigail. —La tomé del rostro—. Vamos, pajarito, despierta.
Emitió un quejido de dolor; sus párpados luchaban por abrirse, pero no lo
lograban. Supe que estaba medio consciente, demasiado dopada. Incliné mi
rostro hacia su oreja.
—Vine por ti, cariño.
Otro gimoteo escapó de sus labios, y lo tomé como respuesta. Me
incorporé y agarré una bata del baño; enseguida se la coloqué. Finalmente
la sostuve entre mis brazos. No pesaba nada; era frágil, vulnerable, un
reflejo opuesto a lo que vi en Eros. Ni siquiera parecía la misma persona.
Bastó un día, un puto día, para que la destruyera de nuevo.
Salí de la habitación con ella. Los tipos seguían inconscientes en el
suelo. Bien por ellos; los hubiera matado si continuaban jodiéndome. Nada,
absolutamente nada, impediría que me acercara a ella. Aunque al estar cerca
de mí pudiera cortarse con lo roto que me encontraba, la mantendría a
salvo.
Me preparé para lo que vendría, seguro de que alguien intentaría
detenerme al salir. Pero solo encontré silencio. París estaba apoyada contra
el capó de mi auto, con su habitual actitud desafiante. Al mirarme, me guiñó
un ojo.
—Ya me hice cargo de la basura, jefe.
Ahí estaba uno de los motivos por los que no la despedía ni mataba:
además de útil, era completamente confiable.
—Llama al médico de cabecera. Lo necesito en Eros cuando lleguemos.
—Enseguida, jefe —respondió sin demora.
Abrí la puerta del copiloto y subí a Abigail sin dificultad. Luego me
acomodé al volante. París arrancó su motocicleta y se marchó como si
nunca hubiera estado allí. Encendí el motor y miré a Abigail; un sentimiento
de protección se apoderó de mí. La determinación de no volver a dejarla en
manos de nadie se volvió más intensa que nunca.
—¿En qué has convertido este juego, pajarito? —pregunté, pensativo, sin
apartarle la mirada.
Mi mano recorrió la curva de su rostro y mi pulgar terminó sobre la línea
perfecta de sus labios; deposité un beso suave en la comisura antes de
retirarlo. Luego, la saqué de ahí.
El médico terminaba de revisar a Abigail y tomaba muestras de sangre para
evaluar qué sustancias Rowan le había administrado. La observaba desde
los pies de mi cama. Podría haberla llevado a mi departamento, pero por
ahora este era el lugar más seguro. Rowan no se le acercaría de nuevo.
—Ella tiene terrores nocturnos y sonambulismo. ¿Por qué? —Formulé la
pregunta con seriedad.
El médico me observó a través de sus gafas redondas y gruesas, que
ocultaban la mirada cansada y envejecida.
—Pueden influir muchos factores, señor Draxler. Lo más probable es que
estos episodios sean consecuencia de la depresión y la ansiedad que padece,
sumados a los medicamentos que le han administrado. No son los
adecuados.
—Necesito que hable con el psiquiatra. Quiero que esté aquí mañana a
primera hora.
—Le recomiendo esperar los resultados de los análisis; así podrá
evaluarla completamente —dijo. Chasqueé la lengua; él era el experto.
—De acuerdo. Afuera le pagarán.
Asintió y salió sin mirar atrás. Me quité la chaqueta y la dejé sobre el
sofá, luego los zapatos, y subí a la cama con Abigail. Aquí no había
ventanas, luz ni peligros, solo silencio, ella y yo. Todo lo que necesitaba.
Metí el brazo bajo su cabeza y la atraje hacia mi cuerpo. Se removió
despacio, aunque no esperaba que despertara pronto. Afuera ya había
anochecido, y permanecía inconsciente, probablemente por los
medicamentos. Me servía para tomarme mi tiempo y observarla sin que
estuviera a la defensiva, reprochándome un montón de cosas mientras
asumía otras.
Pasaron los minutos y continuó en calma, hasta que de pronto se sentó
sobre la cama, tomándome por sorpresa y asustándome brevemente. No
esperaba ese movimiento brusco de su parte. Se agarró la cabeza con ambas
manos y comenzó a sacudirla, mientras su respiración se volvía pesada y su
cuerpo temblaba de forma incontrolable.
—No, no, no más —repetía, atormentada.
—Abigail. —Toqué su brazo, pero ella se apartó con violencia—. Soy
yo.
—¡No me toques! ¡Déjame! —gritó, desesperada— ¡No te acerques!
Golpeaba, chillaba y se removía sin poder levantarse, luchando contra la
nada. La fuerza que mostraba me sorprendió. Sus ojos se mantenían
abiertos y eso era de lo más aterrador, porque no me miraba, no miraba
nada a su alrededor, se encontraba perdida y no lo soportaba.
—Maldita sea. —La tomé de las muñecas—. Abigail, despierta.
Estaba a punto de abofetearla; no toleraba verla así.
—¡Ya no más! Por favor —bajó la voz, suplicante—, duele.
—Lo sé, cariño. —La atraje a mi cuerpo; sus golpes y resistencia
disminuyeron poco a poco—. Te ayudaré a que deje de doler.
La mecí contra mi pecho mientras gimoteaba. Parecía una niña pequeña e
indefensa a la que debía cuidar; su figura se acoplaba a mi regazo siendo
tan delicada, una cosita diminuta entre mi musculatura.
De repente, levantó la cabeza y me enfocó con la mirada. Hubo
reconocimiento en sus ojos, aunque un vacío inmenso los llenaba, el mismo
que vi la última vez que la encontré en estado de sonambulismo. Era duro
ver cómo los medicamentos la hacían perderse por completo; una parte de
mí se confundía entre lo que era ella y lo que se transformaba bajo su
efecto. Frustrante para mí, no imaginaba como debía ser para Abigail.
Estiró el brazo y me tocó la mejilla. Sus ojos grises, aunque desolados,
adquirieron brillo; sus lágrimas acentuaban la belleza de su mirada de bruja.
—¿Kylian? —Mencionó mi nombre con agonía y esperanza,
asegurándose de que fuera yo. Siempre lo hacía.
—Debes descansar, Abby.
Su labio inferior tembló, y me observó con sentimiento y desconfianza.
—De nuevo eres esa sombra que me persigue y nunca se acerca; no eres
Kylian —murmuró—. Él nunca me llama Abby.
Casi sonreí. Era verdad; nunca la había llamado así. No había razón más
allá de que me sentía bien llamándola Abigail. Me gustaba su nombre
completo y como sonaba en mis labios.
—Soy la sombra que te cuida, pajarito —susurré con calma, deseando
que se sintiera a salvo.
—Me duele. —Se tocó el pecho—. Él se ha ido. Me ha dejado sola, y la
luz me lastima.
—No volverá a dejarte. No te volverá a tocar.
Temblando, rodeó mi nuca y empujó suavemente mi cabeza contra sus
labios. La ayudé, inclinándome sin esfuerzo, y la besé despacio, sin prisas.
Se estremeció mientras mi boca encajaba con la suya en un beso suave y
gentil. La tomé del rostro con mi mano libre; mis dedos se humedecieron
con sus lágrimas.
Ella estaba llorando.
Mi jodido autocontrol se desmoronó con su llanto. Era débil, tan débil
cuando Abigail estaba vulnerable ante mí. Volvía a ser la sombra en la que
me convertí al conocerla en ese callejón, la sombra que violaba la intimidad
de su espacio, la sombra que tomó su diario y fantaseó con cumplir cada
uno de los deseos escritos ahí. Esa sombra que podía sentirse bien
aceptando los sentimientos que la joven de ojos grises le provocaba.
Sin que su llanto cesara, se acomodó en mi regazo, presionando su pecho
contra el mío. Casi podía sentir los latidos pausados de su corazón. Se
frotaba contra mí, buscaba mis labios y no me soltó un segundo. Era
imposible no excitarme.
—Tienes que dormir —dije, apartándola con cuidado.
—No quiero, Kylian. Tengo miedo.
—Nada va a sucederte conmigo, cariño —dije, pero ella negó con fuerza
y, cuando intenté recostarla, se aferró más a mi cuello.
—Hazme el amor.
Tres palabras que me pusieron al borde entre lo correcto y lo prohibido.
Por amor a todo lo sagrado, no quería follarla dormida otra vez, mucho
menos cuando no se hallaba bien en ningún sentido. Aprovecharme de ella
sería caer igual de bajo que Rowan, pero no me ponía las cosas fáciles y yo
no era tan malditamente fuerte.
Volvió a arremeter contra mis labios con desesperación; sus uñas
rasgaron mi piel y sus manos buscaban tocarme por todas partes. Poco a
poco nuestras respiraciones se entrelazaron, y cuando sus dedos
encontraron mi pene, mi poca moral se fue al carajo.
La tomé por la cintura y la recosté sobre su espalda. Alcé la camiseta que
le había puesto tras limpiarla y cambiarla; mis dedos rasgaron su ropa
interior sin delicadeza, y me situé entre sus piernas completamente abiertas.
—No te pediré perdón por esto —susurré antes de hundir mi boca entre
sus pliegues húmedos.
Estaba tan mojada que me tomó por sorpresa. Saboreé sus fluidos sin
pensar en nada que no fuera satisfacerla y calmarla. Mientras recorría con
mi lengua su coño de norte a sur, ella gemía y pedía con desesperación todo
lo que podía darle. Sus caderas se movían en busca de mis labios, y sus
dedos tiraban de mi cabello, reclamando más. Y yo se lo ofrecí sin dudar.
Probé el hinchado brote que era su clítoris, lo estimulé con la punta de mi
lengua antes de bajar a su vagina y embestir lo más que me permitía, al
tiempo que mis manos abarcaban la desnudez de sus tetas; tocarle los
pezones la hacía mojar más y mi paladar se vanagloriaba con su sabor
único.
Sabía a ella, a mi paz y a mi jodido infierno.
Arrastré la lengua hasta su clítoris de nuevo, lamí, chupé y tomé todo lo
que quise. Estaba tan expuesta ante mí y al mismo tiempo era como si
pudiera ver a la chica que bailaba en Eros: libre, sin ataduras. No había
restricciones mientras me ofrecía su coño empapado de sus fluidos y mi
saliva, y yo, siendo incapaz de mantener el control, acepté sin
remordimiento lo que me daba.
Sin medirme, hundí los dedos en el centro de su vagina. Arqueó la
espalda y agarró las sábanas con los puños. No hubo un ápice de vergüenza;
su entrega era obscena, casi beatífica, sumida en la lujuria y el pecado. Su
mente dominaba los impulsos por encima de la cordura.
No sentí remordimiento cuando su cuerpo se sacudió violentamente,
temblando mientras el éxtasis recorría cada terminación de su anatomía.
Gimió con profundidad; mi piel se erizó al escucharla. Mis ojos no se
apartaron de su entrega, y mi boca recogió aquel orgasmo que me
pertenecía como lo hacía ella.
Su espalda tocó de nuevo el colchón. Sus rodillas cedieron, trémulas, y el
sueño la venció de inmediato. Deposité un beso entre sus muslos y me
recosté a su lado. Sus mejillas estaban húmedas por el llanto, sus labios
resecos, sus pómulos rojizos y cálidos. Ya no estaba fría.
—Duerme, pajarito —susurré—. Las sombras están aquí para cuidarte.
Capítulo 46
Abigail
Desperté desorientada, en una cama que no era la mía. Por un instante, el
miedo me invadió; esperaba lo peor. Pero entonces reconocí la habitación
de Kylian, su espacio en Eros.
La luz proveniente del baño iluminaba tenuemente la oscuridad. El hecho
de que la habitación careciera de ventanas me proporcionó una sensación de
seguridad, aunque con un dejo de claustrofobia. Hice un repaso de mi
cuerpo: aún me dolía, me sentía mareada y el estómago protestaba por la
ausencia de alimento. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado sin
comer, y la incertidumbre sobre el tiempo perdido me llenó de pánico.
Si estaba allí, era porque Kylian había venido por mí. Dudaba mucho que
Rowan hubiera tenido algo que ver; no cuando detestaba este lugar con
tanta fuerza.
Me incorporé con rapidez, controlando el mareo, y busqué mis
pertenencias en la habitación. No encontré nada mío, ni siquiera la camisa
que llevaba puesta. Nerviosa, corrí hacia la puerta con las piernas apenas
respondiendo; abrí y salí al pasillo, que estaba frío, haciendo que mi piel se
erizara como si hubiera sido rozada por hielo. Avancé lo más rápido que
pude, pero la debilidad me impedía mantener el equilibrio; cada paso
oscilaba de un lado a otro.
—Oye. —Me detuve y di la vuelta, encontrándome con París—. ¿Qué
haces levantada, pajarito?
—Tengo que irme de aquí —dije, con la voz temblorosa.
Se acercó con cautela, como si tratara con un ratón asustado.
—No puedes irte.
—¿Dónde está Kylian? —pregunté, trémula. El mareo volvía a
apoderarse de mí. Acababa de despertar, pero sentía que podría
desvanecerme en cualquier momento.
—Está en su oficina, ocupado. Puedes esperarlo; le diré que despertaste.
—No —refuté—. Llévame con él, por favor. Necesito… necesito
hablarle. Mi familia, Rowan… Solo llévame con él. No me hagas repetirlo.
La desidia brillaba en sus ojos mientras guardaba silencio, obligándome
a esperar, perdía tiempo, más tiempo del que ya había perdido al estar
inconsciente.
—Acompáñame —dijo finalmente.
Me tomó del brazo, consciente de mi dificultad para coordinar los
movimientos. Agradecí su apoyo. Caminamos por varios pasillos, y el
mareo me azotaba con cada giro, hasta que llegamos a una puerta distinta,
más grande que las demás, de caoba negra y sólida. París no tocó, solo entró
conmigo a su lado. El marco era lo suficientemente amplio para que
pasáramos ambas sin problema; por un instante pensé que la habían
diseñado para que la musculatura de Kylian pudiera atravesarla sin
inconvenientes.
Kylian estaba sentado en su escritorio, observando unos papeles con
concentración.
—París —siseó sin mirarnos—, la puerta.
—Lo siento, jefe —dijo, con tono más formal que genuino—. El pajarito
quería hablar contigo.
—Deja de llamarme así —exclamé, soltándome de su agarre.
Kylian levantó la mirada hacia mí, inspiró hondo y luego miró a París,
con un gesto que podía interpretar como un castigo pendiente por haberme
traído.
—No me mires así —masculló, levantando las manos frente a su pecho
—. Solo cumplo.
—Largo.
París no necesitó que se lo repitieran dos veces; salió cerrando la puerta
tras de sí, dejándome sola con Kylian. Él se incorporó; no llevaba el saco,
solo una camisa blanca impecable. Se acercó y me tomó por la cintura
cuando un mareo me golpeó.
—Deberías estar descansando.
—Necesito que me lleves a casa. No sé qué hago aquí.
—No te vas a ir —dijo con rapidez. Negué, con la boca seca y la
respiración entrecortada. El malestar aumentaba, y no era solo físico; el
miedo me consumía.
—Rowan irá tras mi familia. No puedo dejarlo —forcejeé—. Déjame ir.
—¿Eres sorda o qué? Ya dije que no te vas.
—¡Déjame! Si él sabe lo nuestro, se vengará.
Sin dificultad, Kylian me tomó por la cintura y me sentó sobre su
escritorio. Se situó entre mis piernas, abiertas, sin darme oportunidad de
escapar. Su complexión lo hacía imposible, y yo no tenía fuerzas para
enfrentarlo.
—Por favor, déjame ir —susurré, debilitada, consciente de que no podría
luchar contra Rowan y todo su poder.
—No.
Su respuesta fue firme, inamovible. Supe que no importaba cuánto
insistiera, no me liberaría.
—Él va a lastimarlos, y será tu culpa.
—Lo es, yo te metí en esto —admitió, me sostuvo de la barbilla,
enfrentando nuestras miradas—, y yo te voy a sacar.
De pronto, la puerta se abrió de golpe. Supe quién había entrado antes de
que mis ojos lo buscaran. Kylian no mostró sorpresa; entendí que ya
esperaba a Rowan.
Me paralicé ante la mirada furibunda de mi ex prometido. Si pudiera
asesinarme en ese instante, lo habría hecho sin dudar. Su furia duró poco; la
cubrió con una expresión de hielo aún más aterradora. No sabía qué esperar,
y eso me llenó de terror. Antes no tenía certeza de mi engaño; ahora todo
cambiaba.
—Mi hermano y mi chica —dijo Rowan, con decepción evidente en la
voz.
Cerró la puerta tras de sí. Vestía el uniforme con el que siempre lo veía
orgullosa y enamorada; ahora, solo podía sentir miedo al recordar lo que me
había hecho.
—En esto te has convertido, Abby —continuó, rompiendo el silencio—.
En una puta cualquiera a la que folla sobre su escritorio.
Empujé a Kylian con suavidad. Él entendió y retrocedió, permitiéndome
bajar. No supe por qué me dejaba enfrentar esto sola, tal vez era lo que
necesitaba desde que me involucré con su mejor amigo. La adrenalina y la
sangre corriendo por mis venas apagaron los temblores; me sentí valiente y
decidida frente a Rowan.
—Lo siento —musité, sincera. Nada de lo que dijera parecía correcto,
después de todo lo vivido.
—No eres tú quien debe pedir perdón ni una mierda, Abigail —
interrumpió Kylian, permaneciendo a mi lado, pero dejándome la impresión
de que me permitía actuar sola.
Rowan perdió el control al escuchar a Kylian; sus emociones negativas
se desbordaron como un torrente.
—Tú —siseó Rowan hacia Kylian—, hijo de puta. ¡Me mentiste todo
este tiempo! ¡Eras mi hermano! Nunca lo habría esperado de ti. Y lo peor,
ella ni siquiera te importa; solo la has corrompido, ¡la usaste! Pero es
demasiado inocente para darse cuenta.
Cada palabra que decía era equivocada, Rowan nunca me conoció en
realidad, nunca dejé que lo hiciera, porque yo no era inocente; era
consciente de lo que Kylian ofrecía e incluso así, me quedé sin luchar lo
suficiente.
—Rowan, basta. —Di un paso al frente, aumentando la tensión de
Kylian mientras me acercaba—. No hagas esto más difícil. Lo lamento, de
verdad. Nunca quise lastimarte… yo…
—Sé que me equivoqué —me sujetó de los hombros, y el contacto fue
nauseabundo, quise apartarme de inmediato por lo repulsivo que era—,
pero ¿con mi mejor amigo? —Su expresión de asco me heló la sangre—.
¿Por qué, Abby? Habiendo tantos hombres en el mundo, ¿por qué con mi
hermano? ¡Eres una puta zorra de mierda! —exclamó, sacudiéndome con
violencia. Yo lloraba, paralizada, mientras lo veía perder el control.
—¡No lo planeé! —espeté—. Solo ocurrió.
—Él solo va a rebajarte, te botará como a todas sus golfas. —Me soltó
con desdén, y luego volvió su mirada a Kylian—. Y tú… ¿qué esperas de
ella? —Me señaló con desprecio—. Si me engañó contigo, ¿en qué clase de
mujer la convierte eso? Cuando menos lo esperes, estará con otro, porque
ninguno de los dos conoce la lealtad. Son la misma mierda.
Me crucé de brazos, temblando por los sollozos que no cesaban. Todo
aquello parecía una de mis peores pesadillas, y solo deseaba que terminara
de una vez.
—¿Ya has terminado? —Habló Kylian, manteniéndose firme. Su frialdad
me quemaba la espalda.
—Púdrete, Kylian. Jamás te lo perdonaré, no a ti —susurró Rowan con
dolor.
Luego me miró, dio una zancada hacía mí y su mano apretó mis mejillas,
obligándome a sostenerle la mirada.
—Y tú… olvídate de todo lo que te ofrecí. ¡Vete a la mierda, estúpida
zorra! —Bramó enardecido.
Antes de que pudiera reaccionar, me abofeteó. Perdí el equilibrio y caí
sobre mi costado, justo a sus pies. La mejilla ardía, pero no tuve tiempo de
asimilar el dolor que me atravesaba de pies a cabeza.
Kylian reaccionó de inmediato. Su puñetazo impactó contra Rowan,
derribándolo a mi lado, aunque no por mucho. Lo sujetó de la chaqueta y
estampó su rostro contra la madera del escritorio, mientras le tomaba el
brazo por detrás y lo presionaba contra la espalda en una llave que provocó
un quejido de dolor.
No satisfecho, apuntó con el cañón de su arma a la mano abierta sobre el
escritorio. Sin remordimiento, disparó directo a la palma. El estruendo de la
pistola retumbó en las paredes, y el grito de Rowan lo acompañó. Mi boca
se abrió por la impresión; la sangre brotaba grotescamente del agujero en su
mano mientras la carne se oscilaba hacia los lados en una imagen atroz. No
podía hacerme una idea del dolor que experimentaba, incluso ante lo que
había pasado, no podía evitar sentir compasión por él y su situación.
—¡Maldita sea, Kylian! —exclamó Rowan.
—Eso fue por golpearla —siseó Kylian entre dientes.
Luego, apuntó directamente a su sien. Rowan permaneció quieto, sin
resistirse contra la amenaza letal de Kylian. Yo tampoco me moví,
paralizada por la tensión.
—Mi tolerancia contigo se acabó —dijo Kylian en una voz que no era la
suya—. Es la última vez que la tocas, la última vez que la ofendes. Si tú
siquiera intentas rozarle un solo puto mechón de su cabello, te cortaré uno a
uno los dedos y después haré que te los tragues hasta que vomites.
—Esto es lo que buscabas, ¿no? —replicó Rowan con rencor,
mirándome.
Kylian alzó el brazo y golpeó con la cacha del arma su rostro,
destrozando su boca mientras la sangre brotaba con fuerza.
—No te equivoques —continuó Kylian, con el dedo rozando el gatillo—.
No fue culpa suya. Fui yo quien se puso duro al verla bailar, y lo siento, mi
querido amigo, pero sabes que nunca me quedo con las ganas de nada, ni
siquiera con las ganas de follarme a tu novia.
El rostro de Rowan se enrojeció, los ojos inyectados de sangre reflejaban
ira y dolor puro.
—¡Malagradecido! ¡Te entregué todo de mí, Kylian!
—Y te respondí igual. Pero cuando se trata de ella, no hay lealtad que
valga.
Me incorporé despacio, sin saber qué sentir o cómo actuar,
observándolos alternadamente. La piel se me erizaba ante cada gesto y
palabra.
—Ella era mía. ¡Sabías que la amaba! —gritó Rowan.
—La quise y la tuve —contestó Kylian, mirándome fijamente—.
¿Disfruté cada segundo dentro de ella? También. Y no, no me arrepiento,
me conoces bastante bien, así que, si vas a cometer la estupidez de
vengarte, arremete contra mí, porque si intentas herirla de la manera que
sea, haré que te arrepientas de ello por el resto de tu patética vida.
Se apartó, sin guardar el arma. No podía medir cuánta paciencia le
quedaba antes de apretar el gatillo.
Rowan enderezó la espalda y ajustó su chaqueta, ignorando la sangre que
goteaba de sus dedos. Su mirada, dirigida a Kylian, estaba cargada de
resentimiento. Pude sentir que le dolía más la traición de su amigo que la
mía.
—Ya me quitaste todo lo que importaba —dijo Rowan—. ¡Mátame! ¡Era
lo que debiste hacer desde el inicio, maldito traidor!
La tensión se volvió insoportable. Mi respiración se congeló mientras el
dedo de Kylian rozaba el gatillo. Por un instante, creí que iba a matarlo,
tomándole la palabra para ponerle fin a esto.
—Por los viejos tiempos te estoy dando la oportunidad de que saques tu
puto trasero de aquí, no me hagas cambiar de opinión y lárgate de una vez.
Rowan negó con la cabeza y se dio la vuelta, mirando hacia mí. La
tristeza marcaba su rostro, pero no me pareció sincera; la desconfianza se
afianzaba en sus ojos, me desconcertaba.
—Va a destruirte, Abby. Solo le importa él —susurró Rowan, cabizbajo
—. Vuelve conmigo, olvidemos esto, comencemos de cero.
No podía creer que a estas alturas estuviera diciéndome esto. Creí que
alucinaba o que él había perdido la cabeza por completo, seguro su buen
juicio quedó aplastado contra la madera del escritorio.
—Ella no se irá contigo, aunque quisiera —dijo Kylian en tono posesivo
—. Porque es mía.
Sentí su dominio sobre mí, tan intenso como la ira de Rowan, tan densa y
asfixiante que casi me ahogaba.
—Veremos por cuánto tiempo —siseó Rowan antes de salir dando un
portazo, dejando tras de sí una promesa que me recorrió la espalda como
hielo.
Cuando quedamos solos, Kylian me abordó. Sujetó mi cintura con fuerza
y recorrió mi mejilla con la mano libre, evaluando los daños. Sin embargo,
el dolor que mostraba por fuera no se comparaba con lo que me estaba
destrozando por dentro.
—Él no se quedará tranquilo.
—Deja que yo me ocupe de Rowan —cortó seco. Pasé saliva y lo miré.
Su mirada aún mostraba furia, y no puedo negar que me asustó. Jamás lo
había visto tan enojado.
—¿Qué pasará ahora? Mi familia, Mac…
—¿Qué parte de “no te preocupes” no has entendido? —interrumpió,
apretándome más—. Ahora debes concentrarte en recuperarte.
—Para ti.
—Para ti —corrigió—. Te quiero de vuelta, Abigail, pero por decisión
propia.
—Dijiste que soy tuya.
—No mentía. Pero hay cosas aquí —dio un golpecito en mi sien y
después en mi pecho—, y aquí, que debes sanar. Mientras tanto, yo estaré
esperándote.
—¿Desde las sombras otra vez?
—Pero esta vez podrás verme —rozó mis labios con los suyos— y, si
tienes suerte, sentirme también.
Capítulo 47
Kylian
Nunca se me pasó por la cabeza traicionar a Rowan. Quizá lo hubiera
esperado por un negocio o alguna mierda similar, pero nunca por una mujer.
Había tantas en el mundo que jamás creí que eso llegaría a ser un problema.
Además, no compartíamos los mismos gustos; conocía a muchas de sus
novias y ninguna había llamado mi atención. Sin embargo, con Abigail
descubrí lo contrario. Tal vez porque ella era completamente diferente:
engañaba con su apariencia de ángel, pero por dentro no era más que una
bestia ascendente en la oscuridad, tan parecida a mí.
Mi pequeña monstruo.
Mi gusto se convirtió en un juego y después en una obsesión que no pude
controlar y se salió de mis manos.
En ese momento, debería ocuparme de lo que Rowan estuviera
planeando, pero en cambio velaba el sueño de Abigail mientras el alcohol
inundaba mis sentidos. Necesitaba relajarme; la tensión acumulada en mi
espalda reclamaba liberación, y yo la evadía deliberadamente. No quería
ensuciarme las manos todavía, me reprimía para lo que vendría en los
próximos días, consciente de que estos momentos de calma serían los
últimos antes de que Rowan diera el primer paso hacia su muerte.
Su muerte era inminente. Nada podría evitarlo.
No quería asesinarlo ni arruinarlo más de lo que ya estaba, porque todo
había sido culpa mía. Pero mi egoísmo y mis ganas de quedarme con
Abigail pesaban más que cualquier lealtad que existiera entre nosotros. No
permitiría que volviera a lastimarla. Rowan tuvo la oportunidad de hacer las
cosas bien, pero ella eligió lo que le ofrecí: algo más fuerte y real. Fallé en
mis suposiciones sobre lo que sería mejor para Abigail; nunca sería feliz
con la estabilidad que Rowan podía darle. Tarde o temprano surgiría un
detonante: Rowan mostraría su verdadera cara o el monstruo que Abigail
llevaba dentro se liberaría. Esta vez, el detonante fui yo. Quizá en otro
momento habría sido otro motivo, pero entre ellos nunca debió existir un
lazo. No estaban destinados.
Escuché golpes en la puerta. Descarté que se tratara de París; esa loca
jamás tocaba. Sin embargo, cuando me levanté a abrir, la encontré de pie
junto al médico. Salí de la habitación. Abigail estaba desnuda en mi cama, y
no quería que la vieran a ninguno de los dos.
—¿Qué tiene? —Fui directo. París se retiró en silencio, manteniéndose
cerca para nuestra privacidad.
—Necesitará un tratamiento —dijo el médico—. Pero lo más importante
es que detecté algo extraño en su sistema, aunque ya estoy familiarizado
con ello.
—¿De qué habla? Vaya al punto —demandé, impaciente.
—Una variante de un suero, el mismo que se vendía en las calles como
droga y mató a cientos de personas.
—¿Suero?
—Sí. Se adhirió a su torrente sanguíneo como una sanguijuela. Lleva ahí
dos años, tiempo en el que ha provocado sus terrores nocturnos. Puedo
asegurarlo.
Dos años. Justo el tiempo en el que me alejé de ella, cuando Silas aún
vivía. Él era el único que manejaba esa mierda de suero. Casi podía jurar
que fue él quien lo introdujo en su sistema; no podía ser Rowan, jamás tuvo
acceso ni conocimiento suficiente. Silas… hijo de puta. Incluso muerto
seguía jodiéndome.
—Lamentablemente, no tengo acceso a ningún antídoto para liberarla de
él —continuó el médico.
—Usted no —dije pensativo; había dos personas que me debían favores
y una de ellas conocía el asunto de los sueros mejor que nadie—. Me haré
cargo.
—Entiendo. Una vez resuelto ese problema, podremos continuar con el
tratamiento psiquiátrico. La joven está muy baja en defensas, necesita
alimentarse bien y definitivamente no puede volver a ingerir fármacos. Con
tantos que ha tomado, no entiendo cómo sigue con vida —se pasó la mano
por la frente, abrumado—. También debe dejar los anticonceptivos; la están
dañando y deberá buscar otro método.
Pensar en el motivo por el que ella los tomaba me jodía. Rowan le quitó
el dispositivo porque su enferma mente quería embarazarla, sin comprender
que los fármacos podían complicarlo todo.
—Lo hablaré con ella. Eso es todo por ahora. París la acompañará.
Asintió y dio un paso atrás, pero antes de irse me miró con cierta duda.
—Cuídela —pidió, aunque más bien sonó como un consejo—. Ella
necesita sanar.
—Lo sé.
Regresé a la habitación y no tuve tiempo de asimilar nada de lo dicho.
Encontré a Abigail retorciéndose en la cama, sollozando con desesperación.
Se había quitado las sábanas y apenas llevaba unas bragas. Una ligera capa
de sudor cubría su piel, que brillaba suavemente; aun así, a pesar del caos,
seguía siendo la criatura más hermosa que mis ojos habían visto.
Me moví con rapidez y la sostuve entre mis brazos antes de que se
lastimara y me golpeara. Sollozó y gimió; la dejé unos minutos y de nuevo
la torturaban.
—Debes despertar, Abigail —susurré contra su oído, intentando
arrastrarla de vuelta a mí.
La sostuve sobre mi regazo, con su espalda pegada a mi pecho. Sus uñas
se clavaron en mis antebrazos por encima de la camisa. La sangre manchó
la tela, pero no me importó. Me centré en la mujer que gritaba hasta
quedarse afónica. Sabía lo que necesitaba para calmarla, sabía que me
buscaba y que sentirme le daría paz, pero no podía.
Joder. La quería. Eso frenaba cualquier intento de follarla para darle
tranquilidad, incluso con el mínimo ápice de moral que me quedaba.
—Basta, no más —suplicó con la voz ronca, deshaciéndose en mis
brazos.
La apreté con más fuerza, rodeándola por completo. Parecía un gigante
consumiendo su frágil e indefensa figura.
Quería detener su sufrimiento. No lo merecía. Habían envenenado su
mente, me la jodieron en silencio. Todo tenía sentido: Silas puso el suero
hace dos años. Sus terrores nocturnos no tenían relación con mi ausencia ni
con su depresión. Fue culpa de ese bastardo que seguro ardía en el infierno.
Rowan debió estar al tanto. Su terror era buscarme, la condenaron a ello, y
yo también tenía parte de culpa por haberla dejado. Pero lo solucionaría.
Repararía ese daño.
—Abby —la llamé despacio cuando sus movimientos se volvieron
menos violentos—. Despierta.
—Kylian —musitó con la garganta desgarrada.
—Aquí estoy, cariño, mírame.
Moví su rostro hacia mí. Sus ojos se abrían lentamente; estaba agotada,
sudada, con la piel caliente y el corazón acelerado. La sostenía mientras
estaba hecha pedazos y no pude quererla más en ese momento.
Había algo turbio en desear verla destrozada para poder cuidarla y hacer
que me necesitara. Pero también anhelaba verla brillar otra vez, porque esa
era la Abigail que me hipnotizó.
Pasé el pulgar por sus labios resecos y tomé un vaso de agua de la mesita
de noche, acercándoselo a la boca. La hice beber despacio.
—¿Eso está bien? —Asintió con lentitud—. Te prepararé un baño, ¿de
acuerdo? Te dejaré un minuto.
Volvió a asentir. Besé su frente y la dejé en la cama. Entré al baño y llené
la tina. Me quité la camisa; tenía heridas profundas en los brazos que
podrían doler, pero no sentía nada. Al contrario, tuve una insana
satisfacción al ver esas marcas, solo porque ella las había puesto ahí.
Posteriormente hice lo mismo con el resto de mi ropa, ordenándola con
perfección.
Volví por Abigail cuando el agua estuvo lista. La cargué de nuevo y nos
sumergí a ambos en la tina. El contacto con el agua tibia pareció devolverle
algo de calma.
—¿Se siente bien el agua?
—Sí —contestó, con la voz todavía ronca.
En silencio, comencé a lavarle el cabello. Mis dedos se deslizaban entre
las hebras mojadas, esparciendo la suavidad cremosa del champú mientras
masajeaba su cráneo. Ella se recostó contra mi pecho, entregándose sin
reservas y permitiéndome atenderla.
—Ya quiero que crezca —dijo ausente—. Quiero volver a ser tu Abigail.
—No has dejado de serlo, ptaszyna —sentencié con posesión—. Hasta la
última hebra de tu cabello me pertenece.
Enjuagué su pelo y continué con el cuidado de su cuerpo, pero ella tomó
mi brazo y recorrió con los dedos las heridas que me había causado. El
contacto con el agua las hacía escocer un poco.
—¿Yo te hice esto? —preguntó, abrumada.
—No importa.
—Lo siento.
—He dicho que no importa —espeté, más brusco de lo que hubiera
querido—. Debes dejar de disculparte, Abigail. A la gente le importa una
mierda.
—No todos son como tú. Algunas personas necesitamos pedir perdón o
escucharlo de quien nos lastimó.
—Un perdón no cambia el daño causado.
—Pero ayuda a sanar —replicó, llevándome la contraria como siempre.
Luego sostuvo mi brazo y posó con cautela sus labios sobre las heridas.
Fueron besos suaves, sin intención de curar, solo destinados a transmitir un
maldito calor que rivalizaba con el frío bloque de hielo que tenía por
corazón. La dejé continuar hasta que consideró suficiente.
Se giró con cuidado y se sentó en mi regazo, cubierta de espuma. Su
mirada brillaba, reflejando un tumulto de emociones que reconocí como
propias, aunque yo sabía ocultarlas de cualquier escrutinio. Podía sentirlo
todo sin demostrar nada.
—Te amo, Kylian.
Pronunció la frase de golpe. Ahogué un jadeo, paralizado por el peso de
dos palabras que me dejaron rígido.
Ni en un millón de años esperé oírla decir que me amaba, no era lo que
buscaba, ni siquiera me esforzaba un poco en ello; así que me tomó por
sorpresa que estuviera sintiéndose de ese modo. Sin embargo, también hubo
una gran satisfacción que tenía que ver con mi obsesión por ella; el que me
amara representaba un triunfo, significaba que me pertenecía un poco más y
asimilarlo me calentó la sangre y aceleró los latidos de mi corazón. El calor
de Abigail al final pudo empujar hacia abajo el hielo, derritiéndolo y
volviéndolo un líquido espeso y cálido que se mezcló con el suyo.
—¿Sabes lo que estás haciendo, Abigail? —pregunté con calma,
conteniéndome, sin saber exactamente cómo actuar.
—No —confesó—, pero debía decírtelo, aunque no te importe y no
sientas lo mismo.
Atrapé su nuca con mi mano y la acerqué a mi rostro, a centímetros de
mis labios.
—Estás condenándote.
—Lo sé —aceptó—. Lo estuve desde que te vi, pero ya no tengo miedo.
La besé en los labios para callarla y para callar mis propios
pensamientos. No podía decirle que la amaba; no sabía si lo que sentía era
amor. Jamás lo había sentido, y no estaba dispuesto a mentir diciéndole que
sí.
Así que me dediqué a besarla, a adorarla con cada gesto, a hacerla sentir
amada, aunque de mi boca no salieran esas palabras.
Capítulo 48
Abigail
Decirle que lo amaba se sintió bien.
No esperaba ser correspondida, no con un hombre como Kylian, ni
siquiera lo deseaba; fue una necesidad, la urgencia de sacar ese sentimiento
de mi pecho y aligerar un poco la carga que me aplastaba. Esa leve
liberación era lo que importaba.
Era consciente de que Kylian no pertenecía al tipo de hombres capaces
de enamorarse o siquiera de comprender algo parecido al amor. Con
esfuerzo, él demostraba interés y preocupación por mí; exigir más sería
absurdo. Después de todo, nunca había imaginado un final feliz con él, ni
con nadie. Estaba rota por dentro y, físicamente, podría estar peor.
Mi cuerpo aún dolía por la brusquedad de Rowan. Los hematomas se
veían con claridad y me producían repulsión. Me sentía débil y mareada;
mis manos temblaban y, si intentaba ponerme de pie, mis piernas se habrían
convertido en gelatina. La necesidad de tomar algo para calmarme crecía,
pero sabía que no debía ingerir nada. Además, Kylian no lo permitiría. Me
mantenía cautiva, sin dejarme salir de la habitación; no dudaba que hubiera
puesto llave en la puerta.
—Tienes que dejarme salir —exigí.
Sus ojos se posaron sobre mí mientras abotonaba los puños de su camisa
negra. Todavía quedaban restos de humedad en su cabello, vestigios del
baño que habíamos tomado unos minutos antes. Yo seguía envuelta en la
bata de seda que él me había puesto.
—Ni siquiera puedes mantenerte en pie.
Ese fue un no rotundo.
—Déjame preocuparme por eso, Kylian. Maldita sea, al menos quiero
llamarles.
—No.
La frustración me llevó a pensar en arrojar la lámpara de la mesita contra
su cabeza. Tal vez eso acomodaría sus malditas ideas.
—Por favor. Comprende que es mi familia.
—Lo entiendo a la perfección —respondió mientras se colocaba el saco,
ajustándolo con precisión sobre su musculatura.
Odiaba su calma mientras yo estaba desesperada por advertirles a mis
padres y a Mac sobre Rowan. Tal vez no serviría de mucho, pero al menos
no los tomaría desprevenidos. Me incorporé, conteniendo los mareos.
—Vuelve a la cama —ordenó con seriedad, abotonando el saco.
—No.
—Vuelve a la maldita cama, Abigail, no estoy jugando.
—Ni yo tampoco. No me escuchas ni me dices nada, y no voy a
quedarme aquí mientras ese loco intenta algo contra los que amo. —Miré a
mi alrededor—. ¿Dónde está mi ropa? ¡Dame mi maldita ropa!
—¿En qué idioma debo hablarte para que entiendas que no te vas a ir?
—Púdrete —exclamé, perdiendo la paciencia—. No me interesan tus
estúpidas órdenes, solo…
—Ya te lo escuché decir —interrumpió, molesto—. Tu familia, Mac… lo
tengo muy presente.
—Parece que no, ni siquiera muestras interés…
—¡Porque no me importan ellos! —Alzó la voz, tomándome
desprevenida—. Me importas tú, lo que pase con el resto del mundo me da
lo mismo si tú estás a salvo.
Su respuesta me dejó sin palabras. Absorbió todo el oxígeno de la
habitación, y durante un instante solo escuché su respiración y el latido
acelerado de mi corazón. Sus palabras contenían demasiado, y no sabía si
sentirme ofendida por su falta de empatía o cautivada por la sinceridad de
su declaración. Incluso así, fue una de las cosas más espontáneas y reales
que me había dicho.
—Si te importo, deberían importarte también. Si ellos están mal, ¿cómo
crees que estaré yo?
—Sé perfectamente cómo funciona, Abigail. No soy ningún estúpido.
Iba a replicar, pero un mareo me detuvo. Tragué saliva y el temblor de
mis manos aumentó. Por dentro, un vacío helado se extendía; sentirlo me
incomodaba, porque lo que mi cuerpo pedía, me dañaba.
Su brazo rodeó mi cintura antes de que mis rodillas tocaran el suelo. Sin
que lo pidiera, me sostuvo, atrayéndome hacia su cuerpo firme y perfecto,
dispuesto a consumir el mío.
—Jodida terca —siseó, llevándome a la cama.
—Puedo decir lo mismo de ti.
Lo observé, sentado a mi lado, evaluando mi expresión, asegurándose de
que todo estuviera bien conmigo. Su preocupación era evidente, tan
evidente como su determinación de mantenerme encerrada.
—Iré a ver a tu familia, ¿entendido? Hablaré personalmente con ellos.
París ya se está encargando de Mac.
—¿Por qué te cuesta tanto decir las cosas? La comunicación es
importante y no te haría daño usarla conmigo.
—Porque no estoy acostumbrado a darle explicaciones a chiquillas
impertinentes y estúpidas. —Sonreí de lado.
—Conmigo no tienes control, cariño.
—Lo sé. —Su mano acunó mi mejilla—. Jamás querré controlarte,
Abigail. No me sirves sumisa.
—No dices lo mismo cuando estamos en la cama —comenté, esbozando
una media sonrisa.
Él también sonrió, pero enseguida se puso serio, como si recordara algo
importante.
—¿Nunca recuerdas lo que pasa en tus pesadillas? —Cambió de tema de
manera repentina.
—No —intenté recordar, pero no hallé nada relevante—. Solo hay luz,
mucha luz. Me asusta porque me hace vulnerable. ¿Por qué lo preguntas?
Rozó mis labios y relamió los suyos. Su mirada se oscureció,
desprendiendo un calor que lamió los bordes de mi piel expuesta.
—Porque te he follado durante tus pesadillas. Parece que mi verga es lo
único que puede hacer que te calmes.
Abrí y cerré la boca, conmocionada y sonrojada. Era ridículo, pero sentí
vergüenza por lo que él había visto de mí mientras estaba perdida en mis
pensamientos. Sin embargo, también me sentí ofendida por su atrevimiento.
—Eres un loco enfermo —espeté, traté de sonar ofendida, pero no lo
estaba del todo; así que los enfermos aquí, éramos dos.
—Te humedeces más mientras duermes —dijo, tirando de mi labio
inferior con sus dientes—. Suplicas, Abigail, te retuerces bajo mi cuerpo y
pides más.
—No deberías hacer eso.
—No siempre puedo evitarlo. El sexo calma tus pesadillas. —Agarró mi
nuca y presionó sus dedos contra mi piel—. Jamás permitiré que duermas
con otro hombre que no sea yo. ¿Comprendes?
Asentí, incapaz de responder con otra cosa. Quise decirle que no
permitiría que otro hombre me tocara, que no podía ni pensar en abrirme a
otra relación. Incluso en estos momentos, recibir su contacto me costaba,
pero luchaba contra mí misma recordando que él no me haría daño.
Kylian no era Rowan. Nunca lo sería. Aquí estaba a salvo, aunque no
compartiera su manera de actuar.
—Ahora sé buena chica y quédate aquí. París te traerá la cena y más te
vale que termines todo lo que haya en el plato. Ella no se irá hasta que lo
hagas, y sabes lo exasperante que puede ser.
Sonreí y negué despacio.
—¿Tan bueno es el sexo conmigo? —pregunté con un hilo de
provocación, él soltó su agarre, mirándome confuso.
—Estoy hablando en serio, Abigail. ¿A qué demonios viene eso? —Su
voz sonaba exasperada.
—Supongo que sí lo es, ¿no? Por eso me cuidas tanto. —Al instante
comprendió a qué me refería y no intentó esquivar el tema.
—No solo te cuido por el buen sexo que me das.
—¿No? Qué extraño… pensé que esa era tu motivación. —Exhaló
largamente.
—No te detendrás hasta que te lo diga, ¿verdad? —inquirió en voz baja,
dulce y firme.
—Decirme, ¿qué?
—Que te quiero, Abigail.
Rowan
Fumaba. Había dejado de hacerlo hace mucho tiempo, pero hoy lo
necesitaba.
Perdí demasiado en menos de un día: mi mejor amigo y la mujer que
amaba. Qué jodido.
No dejaba de darle vueltas al asunto, intentando apaciguar la ira que se
acumulaba en mi pecho. Tenía ganas de romper todo para aliviar la
quemazón interior, pero me mantuve tranquilo. Dejarme guiar por los
impulsos no terminaría bien. Debía actuar con inteligencia, ser más astuto
que Kylian.
Me irritaba que él me conociera mejor que nadie, pero al mismo tiempo
me alegraba. Así podía anticipar sus movimientos. Sabía que no permitiría
que Abby saliera de Eros; la mantendría a su lado bajo cualquier
circunstancia, solo ella, porque era un egoísta que no pensaba en nada más
que en sus propios intereses. Por ahí lo confrontaría.
A Abby le importaba demasiado su familia y Mac. Ahora que me habían
quitado todo lo que amaba y deseaba, haría lo mismo. Si quería quedarse
con Kylian, si había sido lo suficientemente zorra e ingenua para acostarse
con él, tendría que ser fuerte para soportar perder una pieza fundamental de
su familia.
Abby me había roto por dentro, pero yo haría que deseara estar muerta.
Quién sabe, tal vez me hiciera un favor y se quitara la vida. La prefería
muerta antes que en los brazos de otro. A pesar de todo, la amaba, y esa
maldita golfa no merecía nada de mí, ni siquiera mi odio.
Apagué el cigarrillo y arrojé la colilla al basurero mientras observaba a
las alumnas del colegio salir del edificio. Me acerqué con cautela y
confianza, atrayendo algunas miradas. Mi presencia y el uniforme que
llevaba captaban la atención, detalles que habían fascinado a Abby.
Forcé mi mente a olvidar su recuerdo; si le daba espacio en mis
pensamientos, destruiría todo. Negué con la cabeza y caminé con paso
firme, hasta encontrar la figura pequeña y delicada de Cami a unos metros.
Sonreí.
—Cami —la saludé—. ¿Cómo estás, nena?
Se quedó mirándome con el mismo gris de Abby. Me incliné y deposité
un beso en su mejilla, que ella devolvió con cierta confusión. Por un
instante, consideré aprovechar la situación, pero era absurdo involucrarme
con otra zorra con ojos de bruja. Descarté la idea de inmediato.
—Hola, Rowan. ¿Qué haces aquí? —averiguó con desconfianza,
mirando detrás de mí, tal vez esperando ver a su hermana.
—Abby me envió por ti. Hay algo que debe contarte, pero no se ha
sentido bien.
—¿Qué? ¿Está enferma? La he notado extraña y más delgada. Ella dice
que está bien, pero siento que miente.
—Es justamente de eso de lo que quiere hablarte. No quiere preocupar a
tus padres, así que confiará en ti.
—Gracias por eso, Rowan —susurró, ahora más confiada.
La tomé de la mano. Era pequeña y frágil, y se dejó guiar en completo
silencio. Abrí la puerta de la limosina con calma y la invité a entrar primero.
Me entregó su mochila y la tomé antes de subir. Cerré la puerta. Cami se
pegó a un rincón, alejándose, con los ojos fijos en la persona que la
observaba con intención lujuriosa.
—Oh, Cami, ¿recuerdas a Esteban? —cuestioné, recostándome sobre el
asiento.
Él se acercó y posó la mano sobre su pierna.
—Sí —musitó, nerviosa.
—Hola, muñeca. ¿Cómo has estado?
—Bien, señor, gracias —respondió con evidente incomodidad.
—El señor nos acompañará a casa, Cami. ¿Por qué no hablas con él? Le
gusta el arte tanto como a ti.
Esteban casi se le montó encima; su mano no dejaba de tocarle el muslo.
La lujuria que emanaba era tan intensa que volvió el ambiente
desagradable. Ignorando la situación, saqué el teléfono, activé la cámara y
capturé discretamente una fotografía de Cami con Esteban. La envié a
Kylian.
Un par de segundos después, el tono de llamada rompió el silencio.
Contesté con una sonrisa.
—Tienes una hora para dejarla ir. Lo haces o enfrentas las consecuencias.
—Mi sonrisa se ensanchó—. Te destruiré, Rowan, no me provoques.
Colgué. Guardé el teléfono en el bolsillo y le indiqué al chofer que se
detuviera. Este obedeció sin objeción. La limosina se detuvo en una calle
poco concurrida. Abrí la puerta y miré a Esteban.
—Tienes una hora —dije, guiñándole un ojo.
Cuando cerré la puerta, él ya comenzaba a despojarla de su ropa.
Capítulo 49
Kylian
Lo que Rowan pretendía hacerle a la hermana de Abigail se convirtió en
una especie de tregua entre nosotros. Yo le había quitado a su novia; él
buscaría venganza con su hermana. Si intervenía y lo detenía, continuaría
complicándome la existencia hasta que estuviéramos a mano. Matarlo no
era una opción, al menos no por el momento.
Sin embargo, permitirle que dañara a esa joven tampoco me parecía
adecuado. Por un instante, me pregunté si así se sentía la moral: una
sensación nauseabunda que se instalaba en el estómago, incómoda y
molesta.
Habían transcurrido cinco minutos desde que le hice la llamada a Rowan.
Una hora era demasiado tiempo; para dañarla le bastarían menos de quince
minutos. Mientras tanto, jugueteaba con el móvil en la mano, reflexionando
y derribando la poca decencia humana que alguna vez creí poseer. Pero
debía pasar, porque era el único modo de asegurar que Rowan dejara a
Abigail y a su familia en paz, incluido Cormac.
La muerte de Rowan me traería problemas y una guerra con la policía
que debía evitar. Los negocios estaban de por medio y, si para mantener la
paz tenía que sacrificar a Cami, así sería.
Se distinguía la ausencia de ética en mis acciones; jamás aparentaría un
comportamiento distinto, incluso si lo intentara, mi temperamento se leía en
mis facciones impávidas. No me importaban demonios ni santos. Las
personas eran herramientas para mí: las usaba y las desechaba. Si debía
matar, mataba. Culpables o inocentes, nunca preguntaba, esos detalles no
me importaban porque cualquiera que fuera no me detendría, si alguien
estorbaba en mi camino, desaparecía.
Tal como haría con la hermana de Abigail para zafarme de Rowan. Con
el tiempo, lidiaría con las consecuencias que surgirían con Abigail.
Terminaría rompiéndole el corazón; de eso podía estar seguro. Pero lo
superaría. Sería más fuerte que antes. La ayudaría a superar toda la mierda
que Rowan había sembrado en su interior. Quería que sanara, así que me
callaría y le mentiría, porque sí, es lo que yo sabía hacer y no me importaba
lo que cualquiera a mi alrededor pudiera pensar de eso.
No era un héroe. Nunca lo fui y no pensaba cambiar. Carecía de
escrúpulos y conciencia, pero seguro que eso ya lo sabían. La gente se
rompía sola el corazón cuando depositaba altas expectativas en personas
como yo. Desde que nos conocían, entendían que éramos viles y capaces de
todo para conseguir lo que queríamos.
Abigail se quedaría aquí, conmigo, lejos de todo, siendo yo su única
compañía y la única persona con la que tendría contacto durante un largo
tiempo.
El timbre del móvil interrumpió mis cavilaciones. Bajo la semioscuridad
de mi oficina, atendí la llamada de París.
—¿Dónde demonios estás? —increpé. La envié por Cormac y ya había
demorado demasiado.
—No lo sabías. —Se escuchó alboroto del otro lado—. Maldita sea,
Kylian, dime que no lo sabías.
—¿De qué demonios hablas? —Escupió con voz dura. Cuando decía mi
nombre, su tono adquiría seriedad.
—¡Tengo a Cami conmigo! Ese cabrón la iba a violar.
Froté el puente de la nariz y me puse de pie.
—Carajo, París. ¿Qué hiciste?
—Le metí un tiro, ¿qué querías que hiciera?
Su respiración era agitada, el caos se calmaba apenas, pero lo peor
vendría después. No solo había interferido en la tregua que Rowan y yo
teníamos, sino que además se había metido con alguien cercano al
procurador, complicándome todo aún más.
—¿Y Rowan? —pregunté, abandonando la oficina.
—No lo sé, no estaba con ellos. Coño, jefe —masculló—. Lo sabías, hijo
de puta.
—Ven ahora —ordené, cortando la llamada.
Me dirigí a mi habitación. Al entrar, encontré a Abigail sentada sobre la
cama, escuchando música en el reproductor. Reconocí la canción; cada vez
que la escuchaba por coincidencia, imaginaba su figura en mi
departamento, con mi ropa, bailando mientras cocinaba después de que la
había hecho mía.
Me miró un instante. Sus ojos suplicaban por una respuesta.
—¿Están a salvo? —Me tragué la verdad.
—Por supuesto. No debes preocuparte por nada que no seas tú.
Me acerqué y me senté a su lado. Mantenía las piernas flexionadas, las
rodillas presionadas contra el pecho, como si intentara protegerse. Los
minutos lejos de ella parecían eternos.
No soportaba la idea de perderla, porque la quería de todas las formas
posibles.
Cuanto más la observaba, más me convencía de que destruiría todo a mi
alrededor solo para mantenerla a salvo. Aunque había intentado evitar un
enfrentamiento con Rowan y minimizar los daños en los negocios, si me
pedían todo lo que poseía a cambio de su seguridad, lo entregaría sin
dudarlo.
—Un psiquiatra vendrá a verte.
El miedo brilló en sus ojos apagados y tristes. Era obvio que el trauma
que Rowan le había causado con aquel seudo psiquiatra aún la perseguía, un
hombre ahora reducido a fragmentos en algún baldío, sin un solo diente o
dedo que permitiera identificarlo.
—No, no quiero. Me drogará, no quiero, Kylian —susurró con
desesperación—. No me obligues.
—Nadie te obligará a nada. Nadie volverá a poner algo dentro de ti sin tu
consentimiento. ¿Lo entendiste?
Gateó sobre la cama y alcanzó mi regazo en segundos. Enroscó los dedos
en mi camisa. La tomé de la cintura y la sostuve contra mí, sintiendo el
calor de su cuerpo desnudo presionándose contra mi ingle.
—Dime que lo prometes —me exigió. Sus ojos me suplicaban que lo
hiciera.
—Puedo decirte cualquier cosa que te haga feliz, Abigail. —Mis manos
descendieron por su espalda hasta su trasero, atrayéndola aún más—.
Prefiero demostrártelo. Confía en mí.
—Tengo miedo de todo lo que eres capaz de hacer.
Escondí mi rostro en la curva de su cuello, respiré hondo y apoyé mi
nariz suavemente sobre su piel. Se estremeció bajo mi toque; la piel se le
erizó y jadeó bajo mi presencia.
—Soy capaz de destruir el mundo por ti, pero no a ti, cariño.
Gimió y encontró como refugio en mi cuerpo, el mismo lugar que yo
elegí en el suyo. Sus labios depositaban besos cortos y dulces que sentí
tiernos, mientras inhalaba su aroma y sentía su calor contra el mío. Era lo
único que necesitaba en ese momento.
—Me basta con esa declaración —susurró, suspirando profundo.
Mi móvil vibró en el bolsillo. Chasqueé la lengua, molesto, y alcancé el
aparato sin apartar los labios de la piel adictiva de mi pequeña monstruo.
—Draxler —gruñí al contestar.
—¿Para qué me buscabas? —preguntó al mismo nivel que yo. Reconocí
su voz de inmediato.
—Necesito un antídoto, Jafar. El médico te enviará los detalles del suero
que utilizaron.
El silencio se prolongó. Ambos sabíamos que no podía negarse. Me
debía ese favor.
—Que lo envíe. Te daré respuesta en unas horas.
Corté la llamada. Abigail se retiró un poco, alejando su piel de mis
labios. Controlé el impulso de atraerla de nuevo. Trataba de respetar su
espacio y sus negativas, aunque me resultara imposible.
—¿De qué hablabas? —indagó con esos ojos curiosos y alucinantes.
—Silas puso un suero en ti. Provocó las pesadillas, los terrores
nocturnos. La depresión no entra en la ecuación, pero sí pudo intensificarla
—escuchó cada palabra con atención—. Estoy consiguiendo el antídoto,
porque no estarás bien hasta que lo recibas.
Guardó silencio, procesando lo que acababa de decirle. Eran cosas de las
que se mantenía ajena, elementos que cualquiera podría considerar locura,
pero existían. La maldad y la ambición de la gente nunca se detenían;
siempre buscaban controlar la mente, porque sin ella solo éramos
cascarones vacíos.
—¿Eso es posible? —preguntó, sorprendida.
—Lo es.
Con un movimiento, la puse de vuelta sobre la cama. Permaneció de
rodillas mientras yo me levantaba. Su pequeña figura indefensa adoptó una
postura sumisa.
—Vendré a verte cada vez que pueda —avisé, dirigiéndome hacia la
puerta.
—¿Puedo salir?
—No.
—¿Hasta cuándo?
—Todavía no lo decido, Abigail.
La dejé ahí y cerré la puerta con llave. Era el único que la tenía; no podía
darme el lujo de correr riesgos. La puerta estaba asegurada y blindada,
según los estándares de seguridad de Eros. Nadie podría atravesarla y ella
no lograría abrirla.
Regresé a mi oficina justo cuando París llegaba acompañada de Cormac
y Cami, esta última envuelta en una manta que abrazaba con fuerza.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, solo pude ver miedo en los ojos de la
joven. Miedo hacia mí.
—Llévalo a una habitación. Necesito hablar con la niña —ordené,
dejando la puerta abierta.
—¿Qué? No. Quiero ver a mi amiga —replicó Cormac. Lo enfoqué con
la mirada.
—Y lo harás cuando yo lo decida. —Regresé mi atención a París—. Es
para hoy.
Me lanzó una mirada envenenada antes de dirigirse fuera de mi oficina.
La hermana de Abigail intentó seguirlos, pero me interpuse y cerré la puerta
con más fuerza de la necesaria, haciéndola retroceder despacio.
—Tú no —dije con firmeza—. Tú te quedas.
—Lo conozco —titubeó—. Es el mejor amigo de Rowan.
—Ex —corregí—. Dado que le quité a su novia; supongo que la amistad
terminó.
Abrió y cerró la boca. En la comisura de sus ojos aún quedaban residuos
de lágrimas. Tenían el mismo color que los de su hermana, aunque los de
Abigail jamás podrían compararse. Eran únicos.
Me acerqué y acorralé a Cami contra la pared. Noté una mancha roja en
su mejilla, seguramente producto de un golpe. Por lo demás, no aprecié más
heridas, y no era que me importara. Para mí, Cami era solo un objetivo,
demasiado molesto como para sentir empatía.
—¿Te hizo daño? —Formulé la pregunta en voz baja.
—No… no. París llegó a tiempo —respondió trémula.
—¿Rowan?
—Se fue y me dejó con él —tembló—. ¿Por qué lo hizo? ¿Todo fue
porque le quitaste a mi hermana? ¿Quiso vengarse?
—Y lo intentará de nuevo.
—¡Está loco!
—Yo lo llamaría estúpido.
Mi mano descansó a un lado de su cabeza. Era igual de pequeña que
Abigail, incluso un poco más.
—No le dirás a Abigail ni una palabra de lo que sucedió hoy, ¿entendido?
—¿Por qué? —demandó saber; hubo algo en sus ojos que me disgustó,
además de lo obvio.
—Porque no necesita escuchar esa mierda. Además, estás bien, ¿verdad?
—Estrechó la mirada, dejando ver su desconfianza.
—Es igual que él, ¿cierto?
—Soy peor, así que mantén la boca cerrada.
—Mi hermana no le importa —aseguró, atrevida y retadora. No me
sorprendió su conclusión inmediata.
—Me importa demasiado. Por eso no vas a arruinar más su tranquilidad
—dije, dejó escapar una sonrisa sin gracia.
—Lo último que quiero es molestarla, menos ahora que noto lo mucho
que su presencia provoca… incluso hasta matar por ella y usarme para
protegerla —susurró con cierto resentimiento en el tono—. No le diré nada.
Solo llévame con ella y aléjese de mí.
Intentó irse, pero mi brazo la detuvo. La encerré con mi cuerpo.
—No estoy jugando. Abigail es mía. La estoy cuidando y lo seguiré
haciendo. Si para que esté bien debo hacer sacrificios —la miré de arriba
abajo—, los haré. ¿Lo comprendes?
—Por supuesto.
—Bien.
Retrocedí, dejándola libre. No me agradaba amenazar a chicas de su
edad, pero era necesario y lo haría las veces que fuera preciso.
Apenas tuvo oportunidad, huyó de mi oficina, abandonando el lugar sin
pensar en que desconocía cada rincón de él. Me quedé solo, aunque no por
mucho; la furiosa figura de París irrumpió, como siempre, sin tocar la
maldita puerta.
—¿Sabes que solo se trata de una niña de diecisiete años? —exclamó con
enojo. Pocas veces la veía molesta.
—No soy ciego.
—Eres un cabrón, el peor de todos, Kylian. ¿Cómo pudiste llegar tan
bajo?
La enfrenté, cansado de sus atrevimientos.
—¿Sabes quién soy y de qué lugar soy dueño? Ubica tu maldita cabeza y
reconoce dónde estás y frente a quién. No lidero Eros por ser el mejor en
armas o números, ni porque a Sullivan le nació de las pelotas ponerme al
frente —espeté, con la voz cargada de autoridad.
París comprendió que no era momento de bromear.
—Estoy aquí porque soy un bastardo que pasa por encima de todo para
conseguir lo que desea. No hay lealtad en mí, tampoco soy un hombre de
palabra. Contamino, París. Soy una plaga que destruye lo que le estorba.
Golpeé su sien con el índice. Ella no se movió y me observó fijamente,
sin parpadear.
—No me conoces, nadie lo hace. No esperes que actúe como un hombre
enamorado. No lo estoy. Incluso si lo estuviera, eso no cambiaría lo que
soy; solo empeoraría. —Le dejé claro la realidad—. La maldad que hay en
mí no se extingue con el poder del amor; los traumas, la crianza dura y
agresiva que tuve no sanarán porque me enamoré. Deja de leer tantos putos
libros.
Frunció los labios y puso las manos en las caderas, con gesto desafiante.
—Yo no leo —dijo entre dientes—, veo películas.
Respiré hondo, mis manos picaban por apretarle el cuello hasta que
botara con la presión todos esos metales ridículos que tenía en la cara.
—Un día, París, amanecerás flotando en el río en pedacitos.
Alzó el mentón, retándome sin palabras.
—Vete a hacerte cargo de esa mocosa. —Volví a mi escritorio—. No
quiero dolores de cabeza.
—Es su hermana, Kylian.
—¿En qué idioma hablo que nadie me entiende? Maldita sea.
—Cuando tu pajarito sepa…
—No sabrá nada. Si abres la boca, te cortaré la lengua. —Tomé asiento
—. Y a la mocosa también.
—Bien. Solo queda claro que sigues siendo un idiota. La verdad siempre
sale a la luz. Probablemente nadie podía ponerte un alto, porque nadie te
importaba lo suficiente como para detenerte, pero Abby sí lo hace. Cuando
se dé cuenta de lo hijo de perra que eres, te castrará y tú ni siquiera moverás
un dedo.
—Lárgate —remarqué cada palabra con severidad.
—La amas —se atrevió a decir—, lo sabes. Y eso, jefe, te va a destruir.
Al fin desapareció, dejando toda su ira atrás.
No aceptaría que tuviera razón. No la tenía.
No amaba a Abigail. No estaba capacitado para sentir amor, ni ahora ni
nunca. Pero la quería, y eso ya era ir demasiado lejos. Era la única persona
en este mundo que me importaba de verdad.
Capítulo 50
Abigail
Experimentaba una sensación de tranquilidad profunda al estar allí.
Confiaba en que, pasara lo que pasara, Kylian no permitiría que Rowan
lastimara a mi familia. Él conocía su importancia para mí y me había dicho
que me quería. Cuando querías a alguien, hacías todo lo posible por
asegurarte de que estuviera bien, ¿verdad?
Porque me había salvado al traerme a su lado. Aún no asimilaba que
hubiera ido por mí, que se enfrentara a Rowan sin importarle nada y que
estuviera cuidándome. Ni en mis mejores sueños imaginé escuchar un “te
quiero” salir de sus labios; y, sin embargo, lo escuché, como un milagro
inesperado. Sabía que eso era todo lo que podía aspirar de Kylian. Él no se
enamoraba, no era capaz de amar a nadie, pero me conformaba con ser la
excepción en su vida.
¿Estaba mal pensar así? Quizá.
¿Merecía más? Por supuesto, pero lo quería a él y todo lo que
representaba.
Me senté en la cama con cuidado. Mi cuerpo aún resentía el daño que
Rowan me había causado. Necesitaba los medicamentos que me ayudaban a
controlar el dolor, pero también temía al toque de Kylian, aunque sabía que
jamás me lastimaría como lo hizo Rowan. Me obligué a mantener la
fortaleza, repitiéndome que no podía permitir que me arrebatara mi
tranquilidad ni que me privara de sentir caricias que no fueran suyas. Esa
victoria no se la concedería.
De pronto, la puerta se abrió y vi a Kylian en el umbral, pero mi atención
se centró en Cami. Sentí un alivio inmenso al verla a salvo. Intenté
levantarme de la cama, pero mi hermana fue más rápida y corrió hacia mí,
abrazándome antes de que pudiera hacer o decir algo. Cuando levanté la
vista hacia la puerta, Kylian ya se había ido.
—Abby —me estrujó con fuerza—, estás bien.
La tomé de los hombros, separándola ligeramente, y revisé su rostro y
cuerpo. Vestía el uniforme del colegio. No había señales de golpes o
heridas, solo un evidente cuidado y preocupación genuina.
—¿Tú estás bien? —pregunté, preocupada.
—Sí, me han traído aquí para verte —murmuró, intentando sonar
tranquila, aunque su expresión me decía lo contrario.
—¿Me dices la verdad? —insistí, tocándole suavemente la mejilla—.
¿Todo está bien?
Pasó saliva, titubeó y asintió con una leve sonrisa.
—Sí, solo estaba preocupada por ti —me devolvió la caricia—. Te veo
mal.
—Estaré bien. Ahora solo me importas tú y nuestros padres. Sé que nos
hemos distanciado y que las comparaciones con ellos han sido duras, pero
te amo, Cami —dije sinceramente—, y siempre velaré por ti.
La atraje a mis brazos con cuidado, deslizando los dedos por su cabello.
Cami permaneció quieta, ambas en silencio, como solíamos hacer cuando
necesitábamos apoyarnos la una en la otra. La conocía lo suficiente para
saber que algo había ocurrido, pero no lograba expresarlo. Quizá se debía a
los conflictos constantes con nuestros padres, a esas comparaciones injustas
que marcaron nuestra infancia. No medían sus palabras y lo que sus
acciones podían causar en nosotras.
—¿Estás enamorada de ese hombre? —preguntó momentos después.
Nadie me había cuestionado tan directamente sobre Kylian. Me tomó
desprevenida y tardé unos segundos en responder; no necesitaba sopesarlo
demasiado, tampoco tenía miedo de aceptarlo, no había nada que temer
cuando se amaba, al menos trataba de convencerme de eso.
—Sí, amo a Kylian —dije en voz alta, la misma verdad que solo le había
confesado a él.
—Él te ama, pero de una forma obsesiva y peligrosa. ¿No te asusta? —
susurró—. No creo que sea bueno para ti, sin importar lo que sienta.
Mi caricia se detuvo al escucharla. Nadie me había dicho eso antes, y ni
siquiera yo lo contemplaba. Kylian no podía amar.
—¿Por qué dices que me ama? —cuestioné, trémula. Cami me miró bajo
su ceño fruncido.
—Es obvio, destila amor por ti. ¿No te lo ha dicho acaso? —Negué
despacio. Me parecía increíble que Kylian me amara, incluso que llegara a
sentir amor por algo más que no fueran sus propios intereses.
—Lo has malinterpretado, Cami.
Se irguió sobre sus rodillas y me enfrentó con firmeza.
—Por supuesto que no. Ese tipo no me cae bien, pero no puedo negar
que te ama.
—Kylian no ama a nadie —afirmé.
—¿Cómo no te das cuenta?
—Es complicado. Él es peculiar —susurré sin querer profundizar en todo
lo que Kylian significaba.
—Yo no lo llamaría peculiar —dijo entre dientes—. ¿De verdad crees
que puedes tener un futuro con él? Es malo, Abby. No me sentiría tranquila
si estuvieras a su lado; me parece repulsivo.
Torciendo los labios, no supe cómo responder. Existía un abismo en la
palabra “futuro”. Apenas lograba permanecer en el presente junto a Kylian
mientras sentía que todo a nuestro alrededor se desmoronaba. Él me
sostenía ahora, pero no podía asegurar que lo haría mañana. Era una
persona impredecible, fría y calculadora; yo le importaba, sin embargo,
quizás ese sentimiento desaparecería. No conocía casi nada de él, iba a
ciegas, confiaba en Kylian, mas no en una promesa de que se quedaría solo
conmigo para siempre.
—Prefiero no pensar en el futuro —dije al fin.
Mi hermana negó lentamente.
—Eso es un no —aseveró—. Si no te ves con él en un futuro, ¿por qué lo
mantienes en tu presente?
—Lo amo —simplifiqué, como si esas palabras pudieran dar sentido a
todo. Mis ojos se perdieron por un momento, mientras los temblores
internos desestabilizaban mi cuerpo.
—Él me da miedo, Abby. Mereces algo mejor —susurró preocupada—.
Deberías dejarlo.
—Quizá tienes razón. —Le sonreí levemente—. ¿Has comido algo? —
Cambié el tema; ya no quería hablar de Kylian ni de mis sentimientos.
—No tengo hambre. —Suspiró, acurrucándose sobre mi pecho—. Solo
quiero quedarme contigo así. ¿Puedo?
Cerré los ojos y la abracé. Mi cuerpo aún dolía, con hematomas visibles
y miedos que seguían torturándome, pero tener a Cami conmigo mitigaba la
ansiedad y la desesperación. Me había alejado mucho de Mac, de nuestros
padres y de ella; necesitaba tiempo, aunque parecía que no lo tendría.
—Sí, no quiero que te vayas. —La estreché con fuerza—. Quédate
conmigo.
—Siempre, Abby. —Entrelazó nuestros dedos—. Siempre estaremos
juntas.
Kylian
Los padres de Abigail me recibieron con desconfianza, y no los culpaba. Mi
presencia no les agradaba; analizaban cada detalle de mi persona, pero lo
único que podían percibir era una pared de hielo que no les permitiría
avanzar. La única que podía ver a través de mí, y solo en contadas
ocasiones, era Abigail.
Golpeé suavemente el hueso de mi rodilla con el índice, una y otra vez,
mientras ellos me observaban con absoluta desconfianza. No me interesaba
evaluarlos; conocía demasiado de ellos. Los había estudiado mucho antes
de que tuvieran una relación estrecha con Rowan. Todo sobre Abigail estaba
bajo mi control; no existía detalle fuera de mi alcance.
—¿Dónde están nuestras hijas? —preguntó el hombre, el primero en
hablar.
—A salvo —respondí con firmeza—. Tengo entendido que Rowan los
amenazó.
Sus rostros se delataron; no podían ocultar el impacto de lo que Rowan
había hecho. No conmigo, pero incluso sin conocer todos los detalles, sus
expresiones lo decían todo.
—¿Usted cómo sabe eso? —demandó saber, desconfiado.
—Yo lo sé todo —le resté importancia—. Por ahora, sus hijas
permanecerán conmigo, pero, por petición de Abigail, habrá alguien
encargado de cuidarlos a ustedes.
—¿De qué está hablando? —increpó su madre—. ¿Qué relación tiene
usted con Abby?
—Abigail es mía —aseveré—. Eso es todo lo que necesita saber.
Su expresión de asombro fue épica. El señor Lacroix, en cambio, parecía
tranquilo. Cuando notó que su esposa iba a replicar, la tomó de la mano en
silencio, pidiéndole que guardara silencio. Al parecer, al fin había alguien
centrado en la familia, joder. Ojalá Abigail aceptara mis decisiones sin
cuestionarlas y buscar entenderles un maldito significado.
—Lo único que me importa es saber que mis hijas estarán a salvo. ¿De
verdad las cuidará? —indagó el padre, aunque parecía más una
confirmación que una pregunta. Suspire en silencio.
Podía asegurar que cuidaría de Abigail; la mocosa era un caso aparte, tal
vez podría permitir que Paris se encargara de ella; le fascinaba entrometerse
donde no la llamaban. Me incorporé del sofá y ellos me imitaron. Abotoné
el traje y acomodé las arrugas inexistentes.
—Sí —acepté finalmente.
—¿Y cuándo podremos verlas? ¿Qué está pasando? —cuestionó ella, con
preocupación evidente.
—No necesitan más detalles. Saben lo que implica desafiar a Rowan
Byrne, ¿no? —Ambos guardaron silencio. Se miraron y asintieron, sin
replicar.
No tuve que decir nada más. Me retiré sin darle más vueltas al asunto.
Por ahora, eso mantendría la tranquilidad de todos. No necesitaba más
obstáculos en mi camino. Ya tenía suficiente lidiando con el amor que
Abigail sentía por otros, sin sumar reclamos y dramas. Mi único deseo era
alejarla de todos y obligarla a que solo se preocupara por mí, respirara por
mí y me amara únicamente a mí. Era tan egoísta que la idea de que se
quedara sola y que yo fuera todo su mundo me llenaba de satisfacción.
Maldita sea, eso era lo único que deseaba.
Subí a mi auto, pero no puse en marcha el motor. Una llamada
interrumpió mis planes. Resoplé y atendí.
—¿Qué demonios quieres, Rowan?
—Devuélvemela —exigió, como si Abigail fuera un objeto—. Dame a
Abigail y fingiré que nada de esto ocurrió.
—No es un objeto. No es dinero que puedo poner en tus manos y ya.
—Tú no la amas. Yo sí. La he amado por años, la he cuidado por años.
Me pertenece —siseó con ira. Rowan estaba obsesionado, quizá tanto como
yo. Pero no lo complacería; yo estuve tras Abigail mucho antes de que él
supiera siquiera de su existencia.
—Ella no es tuya —repliqué entre dientes, detestando que la llamara
suya, cuando nunca lo fue realmente.
—Es solo tu maldito capricho. Siempre has sido así: te obsesionas con
algo, lo obtienes y luego lo desechas. Nunca sentiste apego por nada —
escupió furioso—. Solo la usarás. No la amas. Yo sí.
—No, no la amas.
—¡La amo, maldita sea! ¡Tú solo quieres follarla!
—No tengo que explicarte lo que Abigail significa para mí. Solo debes
tener claro que nunca, jamás, en tu puta vida, ni tú ni nadie la tocará. Es mía
y seguirá siendo mía. Si intenta escapar de mi lado, la arrastraré de vuelta
las veces que sean necesarias —solté con rabia contenida—. No cometas la
estupidez de pedir que la ponga en tus manos o decir que aún te pertenece,
las cosas no son así y haré que no lo olvides.
Terminé la llamada con deseos de destrozar el móvil. Rowan tenía la
habilidad de provocarme furia, pero todo giraba en torno a Abigail. Esa
mujer logró que olvidara el cariño que alguna vez tuve por quien fue mi
mejor amigo. No me sorprendía que pudiera traicionarlo; como dijo Rowan,
nunca tuve apego por nada. Mi única obsesión había sido el poder y el
dinero. No solía crear lazos porque sabía que, tarde o temprano, te
traicionaban o te abandonaban. Prefería evitarme ese dolor.
Con Abigail, todo era diferente. No podía soportar la idea de que me
dejara o me traicionara. Por el amor al infierno, no sabía de lo que sería
capaz si eso ocurriera. Respiré hondo y aparté esos pensamientos. Guardé la
compostura, encendí el motor y me dirigí a Eros. Tenía mucho que hacer,
para empezar, asegurarme de que el ejército y la policía no interfirieran
gracias a las tonterías de Rowan. Lo conocía: había atacado a Abigail antes,
y seguiría intentando afectarme a mí y a Eros. Para eso tenía un favor
pendiente, así que, al llegar, me dirigí directo a mi oficina y llamé a Russo.
—Puedo imaginar que significa que me estés jodiendo —contestó con
desgano apenas descolgó la llamada. Reí por lo bajo.
—Me debes un favor, Diablo.
—No se me olvida, hijo de puta —respondió. Sonreí, dejando que mi
lado calculador aflorara.
—He roto alianzas con la persona que controlaba la policía y evitaba que
me molestaran en mi club. Necesito nuevos aliados, por encima de él, y tú
conoces a alguien que es casi dueño de la PICD. —Escuché como
expulsaba el humo del cigarrillo mientras permanecía en silencio.
—Sasha Kozlov —mencionó serio—. Quieres hacer tratos con la Bratvá.
Podría acudir a April, pero no me gustaba deber favores a gente del
gobierno. Prefería mil veces deberlos a personajes como Sasha, cuya lealtad
era evidente.
—Los harás tú, te guste o no. Me lo debes.
—Hablaré con Kozlov, pero sugiero tener alternativas.
—Eso queda a tu criterio, porque si me joden, yo te joderé a ti, y créeme,
Diablo, no me quieres de enemigo.
—Ni tú a mí.
Finalicé la llamada y arrojé el móvil sobre el escritorio, frotándome la
cara con frustración. Me irritaba depender de esos favores, pero no había
otra opción. Todo esto por una mujer, pero una mujer que valía cualquier
sacrificio.
Salí de la oficina y me dirigí a mi habitación. Afuera, el personal
custodiaba; no confiaba en nadie, pero debía dejar a alguien. París estaba
demasiado encariñada con la mocosa y me evitaba problemas; Cormac, al
menos, obedecía mis órdenes y cada vez me caía mejor.
—¿Novedades? —pregunté antes de abrir la puerta.
—Ninguna, señor. La hermana de la señorita se fue hace poco.
Asentí y cerré la puerta con llave. El aroma de Abigail flotaba en el aire.
Las luces estaban apagadas, pero la del baño no permitía que las sombras
dominaran la habitación, dejando ver su cuerpo extendido en la cama. Lo
único que deseé fue meterme entre las sábanas con ella, pero tenía
responsabilidades. Me senté a su lado; daba la espalda. Mis dedos jugaron
con mechones de su cabello, apartándolos para observar la curva tranquila
de su rostro. Se removió un poco cuando mis nudillos rozaron su pómulo,
ella estaba tibia y olía delicioso, a esa droga que tanto necesitaba.
—¿Dónde estabas? —susurró con los ojos cerrados.
—Me extrañas.
—Todo el tiempo. —Sonrió, siguiendo el roce de mi caricia—. Gracias
por cuidar a mi hermana.
Tragué la verdad que debía callar y deposité un beso en su mejilla.
—Descansa. Lo necesitas.
Sujetó mi mano con fuerza, impidiéndome irme.
—No te vayas, abrázame.
No quería decirle que no podía, porque jamás lo hacía. Si compartía la
cama con ella era para follar o porque ya lo habíamos hecho. Esas acciones
no eran típicas de mí y se me dificultaba llevarlas a cabo.
—Tengo cosas que hacer, Abigail.
—Solo un momento, Kylian.
Viró el cuerpo hasta quedar frente a mí. Sus ojos, profundos y
hechizantes, se posaron sobre los míos, con la súplica grabada en ellos. Sin
pedir permiso, me atrajo hacia ella, como si quisiera escalar sobre mi
musculatura, hasta acomodarse sobre mi pecho. No me quedó otra opción
que recostarme en la cama con su figura descansando encima de la mía. No
pesaba en absoluto, así que la sostuve sin sentir la menor molestia.
—Me gusta recostarme sobre tu pecho y oír tu corazón. Me recuerda que
sí tienes uno.
—Sabes que lo digo metafóricamente, ¿no? —Rió, restregando su
mejilla contra mi camisa.
—Sabes que estoy bromeando, ¿no? —replicó. Negué despacio y abracé
su cuerpo, acariciando su espalda, libre de prenda alguna.
—¿Por qué estás desnuda? —pregunté, tratando de procesar ese hecho.
—Porque quería sentirme segura —contestó con un hilo de voz—.
Quería comprobar si soportaría tu toque.
—¿Y lo toleras? —inquirí, conteniendo la ira que hervía dentro de mí.
—Sí. Creo que podría soportar el tuyo… o el de cualquiera.
Mis dedos se hundieron entre las hebras de su cabello y tiré suavemente
hacia atrás, obligándola a mirarme a la cara.
—No permitiré que eso ocurra, cariño. Mis caricias serán las únicas que
sentirás por el resto de tu vida.
—¿Es una promesa?
—Una condena, Abigail. Siempre lo es cuando se trata de mí.
Capítulo 51
Kylian
Abigail seguía dormida sobre mi pecho. No fui capaz de levantarme ni de
alejarme de su calor; simplemente no podía. Detestaba lo mucho que
disfrutaba estar junto a ella. Me hacía olvidar el mundo entero, y nada de lo
que sucediera afuera tenía importancia. Solo necesitaba sostenerla así, toda
la vida, y eso bastaría para sentirme completo.
Sopesé la idea de mantenerla aquí para siempre, encerrada en estas
cuatro paredes, siendo mía y de nadie más. La protegería celosamente, solo
yo podría admirarla. La haría bailar para mí, la llenaría de luces y joyas, de
seda y encaje. Disfrutaría ver cómo el monstruo que llevaba dentro emergía
y destruía toda la fachada que ella había construido.
Hundí los dedos en su espalda, excitado y eufórico por mis planes
egoístas. Me negaba a compartirla: su atención, su amor, todo debía ser solo
mío. Quería que viera el mundo a través de mis ojos, tenerla en mis redes y
ella fuera consciente de como la atrapaba y, aun así, decidiera permanecer
conmigo, en mi mundo de pecado y lujuria. La necesitaba.
Moví su corta cabellera hacia un lado y posé mis labios en su hombro
desnudo. Las marcas de la violencia de Rowan seguían visibles, y mis
labios tocaron un hematoma cercano a su clavícula antes de ascender hasta
la curva de su garganta. Dejé que mi lengua tocara la vena sobresaliente
donde otra marca se encontraba. Chupé la piel y mordí suave. Abigail se
removió.
—No debiste dormir desnuda sobre mí, pajarito —murmuré.
—Uhm —farfulló suavemente.
La acomodé sobre el colchón, observando cada parte de su cuerpo,
totalmente cautivado por su belleza. Adoraba hasta la curva de sus pestañas
oscuras.
—Quieres follarme, ¿no es así? —musitó, rozando mi mejilla—. Te
siento, Kylian.
Su mano libre recorrió mi torso, descendiendo lentamente. Continué
mirándola a los ojos mientras su palma se ajustaba sobre mi pene erecto por
encima del pantalón.
—No tengo miedo de tus caricias. No soy frágil contigo —dijo,
inclinándose hacia adelante, lamiéndome el labio inferior—. Fóllame a tu
manera, Kylian… por favor.
La súplica impresa en esas últimas dos palabras me estremeció.
—Estás herida.
—¿Y eso cuándo te ha importado?
—Me importa ahora, Abigail.
Me besó en los labios mientras sus dedos se deslizaban bajo la tela de mi
ropa. Me seducía con sus caricias y con esa boca inquieta que no dejaba de
buscarme; su lengua se abrió paso con una lentitud que me arrancó un
gruñido, justo cuando apretó mi verga otra vez y su pulgar jugó con la
humedad que sobresalía en la punta hinchada.
—Pon tu cinturón en mi cuello, domíname otra vez. Toma a tu pequeña
monstruo como a ella le gusta —incitó.
Mi mano se cerró sobre su cuello, un agarre firme que la hizo sonreír.
—¿Por qué insistes en provocarme, Abigail?
—Porque lo necesito, te necesito —musitó, mordiendo mi labio inferior
—, recuérdame quién soy.
Me levanté de la cama, fui al cajón de la cómoda y saqué un par de
esposas. Cuando me di vuelta, Abigail me esperaba de rodillas sobre el
colchón, el cabello revuelto enmarcando su rostro, sus ojos de hechicera
estaban más vivos que nunca, la emoción desbordándose a través de ellos,
me sonreían con una perversa anticipación. Ella quería esto, lo deseaba
tanto como yo.
—Date la vuelta —ordené con voz baja y ronca.
Sin prisa, se giró, y yo cerré sus muñecas con las esposas. Observé las
marcas de su piel y decidí dejar las mías visibles: una manera de borrar,
aunque fuera en parte, el daño físico que había recibido. Luego, me follaría
su mente, me adueñaría de cada espacio de ella y no permitiría a nadie más
entrar.
Mi mano se ajustó en la curva de su cuello, y mi boca probó su piel,
chupando y mordiendo con lentitud. Mi saliva se embarró en su carne, las
marcas de mi succión se hicieron presentes y entre más la probaba, más
gemía excitada, haciéndome saber que lo hacía bien.
—Mi verga extraña tu boca, tanto como extraña tu coño, ¿qué le darás
primero, Abigail?
—Mi boca. Quiero probarte.
Sin dificultad la levanté de la cama, y sus rodillas tocaron el suelo con
delicadeza. Me miró desde abajo mientras mis dedos jugueteaban con la
hebilla del cinturón que, en un instante, me quité de encima. Sus ojos
volvieron a brillar; era imposible no notar el destello de perversidad y deseo
que se encendía en ellos. Cuando deslicé la correa de cuero alrededor de su
cuello y la ajusté en su garganta, emitió un jadeo, y un estremecimiento
recorrió su piel. Era tan fácil hacerla temblar, tan sencillo devolverle el
fuego. Ella se entregaba sin necesidad de forzarla.
Desabotoné mis pantalones ante su atenta mirada y posteriormente mi
verga saltó endurecida y deseosa fuera de mi bóxer. La sostuve con mi
mano libre, masturbándome frente a su cara. Me gustaba la sensación de
presión que ejercían mis dedos, pero aún más el suave, pero solido roce de
su boca.
—¿Quieres probarla? —tenté. Relamió sus labios y asintió. Tiré de la
correa, jadeó y entreabrió más la boca.
Agité los dedos, la punta de mi glande se mojó más, las venas se
marcaban bastante cada vez que desplazaba mi caricia.
—Métela a tu boca y traga, Abigail —me acerqué, poniéndola sobre sus
labios rosas—, chúpala de una vez.
Siseé bajo el embrujo seductor de su calor, la saliva humedeció más mi
falo y se estiró dentro de su garganta. Empujé las caderas casi hasta al
fondo. Me detuve y sonreí al ver el enrojecimiento de su cara. Entonces me
retiré y una bofetada quedó marcada en su mejilla. Me sonrió con deseo
mientras la saliva espesa resbalaba por su mentón.
—Mi pequeña monstruo, ¿sabes cuánto te extrañé?
—Estoy segura de que mucho.
Reí y la hice tragar mi tamaño otra vez. Su lengua abrazaba mi dureza en
cada embiste de mi pelvis. Me metía lo más que podía, disfrutaba de ver sus
mejillas y labios enrojecidos, de su esfuerzo por sostenerme y hacerme
llegar. Tenía una imagen perfecta de su figura sometida a mis pies, tenerla
de rodillas me excitaba, estaba indefensa y vulnerable, completamente a mi
merced, como siempre quería verla.
Gemí al sentir su boca chupando la punta y sus dientes haciendo contacto
con mi carne. Salí de su contacto y le di un par de bofetadas en las mejillas.
—No me retes —advertí.
Ella limpió parte de su saliva con la lengua y sonrió con desafío.
—¿O qué?
Jalé suavemente el cinturón para ponerla de pie. Su estatura me obligó a
inclinarme para rozar su nariz con la mía.
—Siempre tan rebelde.
Lamí dos de mis dedos ante su atento escrutinio, luego, los llevé a su
coño, froté parte de mi saliva con sus fluidos. Respondió con movimientos
suaves de cadera. La empujé sobre la cama, boca arriba, y observé su
incomodidad por las esposas que se encajaban en sus muñecas y espalda.
La abrí de piernas y la belleza de su coño me tentó. Sin perder tiempo me
puse de rodillas y mi boca depositó un beso en su ombligo. Ella no podía
verme, se removía, alzaba la pelvis en busca de mis caricias. Me gustaba
saberla deseosa de mí, me calmaba que nada de lo que Rowan le hizo la
privó de poder sentirme; incluso así, cobraría ese daño, esa profanación a su
cuerpo que también era mío.
Con mis dedos separé sus labios vaginales y la toqué con gentileza.
—Estás empapada —susurré fascinado—, incluso así, me gusta frotar en
ti mi saliva.
—Por favor, hazlo.
Escupí sobre su coño, esparcí mi saliva y estimulé, repitiendo el proceso.
No le di lo que quería; jugué con ella, con su deseo, disfrutando de su
vulnerabilidad. Estaba a mi merced.
—Kylian, me duele, me quema.
—Lo sé, cariño, a mí también me quema —coincidí, presionando sin
ceder.
Sin más, probé la suavidad de su sexo, palpé el sabor, la humedad de sus
fluidos con mi saliva, la devoré como nunca antes, escuchándola gritar por
más. Pero no, no quería que terminara así. Necesitaba que se contrajera en
torno a mi pene, la urgencia era mucha, así que no le di lo que tanto exigía,
sino que, me senté en el borde de la cama y, con un movimiento ágil, la
acomodé sobre mi regazo. Estaba ruborizada y agitada, perdida en mí.
—Te frustra, ¿no? —Metí los dedos a mi boca y volví a llevarlos a su
coño.
—Fóllame.
—Ruégame —reté. Respiró profundo mientras mis dedos entraban en
ella.
—Por favor —cedió.
—No me basta. —Empujé duro y mi pulgar estimuló su clítoris—.
Ruégame, Abigail. Quiero que supliques por tener mi verga dentro de ti.
Saqué mi mano cubierta de sus fluidos y probé cada espacio de ella,
deleitándome con su sabor, para después escupir en la palma y frotar con
toda ella la hinchazón que atenazaba su centro.
—Hijo de puta —siseó—, fóllame de una vez, hazlo ya.
Sonreí de lado y embarré sus labios con su propia humedad para después
besarla y limpiar todo con mi boca y la suya, mientras mi pene se abría paso
entre sus paredes ajustadas y calientes. Ambos disfrutamos de la sensación
plena y fue un maldito alivio sentirla al fin.
Su cuerpo se dejó caer sobre mi verga. La agarré del trasero y marqué el
ritmo que deseaba. Echó la cabeza hacia atrás, gimió mi nombre y me dejó
observar su belleza, la forma en que se entregaba. Era mi hechicera, mi
bruja preciosa de ojos grises.
Ella me tenía por completo, le pertenecía.
Y no me asustó ser consciente de ello. Podría desfallecer en sus brazos y
sentirme agradecido por eso. Abigail se convirtió en la parte más importante
de mi mundo, el cual solo se movía por ella.
Halé la correa y pegué su frente a la mía. Nos miramos mientras nuestros
cuerpos se movían al unísono, el calor creciendo con cada instante.
—Voy a llegar, hazlo conmigo, Kylian. Llena mi coño con tu semen.
Gruñí, empotrándola con mayor vehemencia. Sus tetas rebotaban frente a
mi cara al tiempo que ella meneaba las caderas y empujaba más mi pasión,
llevándonos a ambos a la cúspide del orgasmo. Se corrió con fuerza, gritó
mi nombre con deseo y yo sin dudarlo la llené de semen tanto como quería.
Al final, nos quedamos quietos, con la frente apoyada y el aliento
entremezclado. Mi pene aún firme permanecía dentro de ella, mientras el
líquido blanquecino resbalaba entre sus muslos separados.
—Kylian.
—¿Qué ocurre? —pregunté, aún absorto en los vestigios del placer que
nos había unido.
—Te amo —dijo, y el mundo pareció detenerse.
No podía explicar lo que sentía al escucharla decirlo, pero no era una
mala sensación y lo detestaba. Estuve demasiado tiempo acostumbrado a las
malas emociones, a mi nula capacidad por albergar sentimientos, que de
verdad me estaba costando aceptar el amor que ella me daba.
Aunque quizá solo se trataba del conocimiento que yo poseía sobre mi
persona y que ella ignoraba. Era nefasto, inmoral, inescrupuloso, no podía
decir con orgullo que merecía ser amado de esta forma por alguien como
Abigail, estaba lejos de poder llegar a ese punto.
—No puedes esperar que te corresponda, Abigail.
Aparté el cabello de su rostro, descubriendo la belleza de sus ojos.
Siempre buscaba sus ojos, podía vivir toda mi vida admirándolos.
—No lo espero, porque sé que no estás capacitado para amar. —Sonrió
—. Al menos es lo que tú crees. Pero todo lo que haces, Kylian, todo lo que
haces por mí —rectificó—, habla mucho de lo que sientes.
La miré con ternura. Ella ignoraba el alcance de mi maldad y cómo
afectaba a quienes amaba, incluso a su hermana.
—Cariño, no avives tus ilusiones conmigo porque te llevarás una gran
decepción. —Recorrí su mejilla con la punta de mis dedos—. No sé amar ni
ser bueno. Tienes suerte de que me importes, solo eso.
Sonrió, sin mostrar decepción, como si supiera algo que yo desconocía.
—Espero seguir aquí cuando te des cuenta —susurró, dándome un casto
beso.
Negué despacio y me incorporé con ella en brazos, dirigiéndome al baño.
—Tú seguirás aquí hasta que deje de respirar, porque solo muerto te voy
a soltar, pajarito.
Entré con ella a la ducha, la puse en el suelo y le quité las esposas y el
cinturón. Las marcas quedaron en su piel tersa, y verlas endureció mi
miembro, así como observar sus muslos cubiertos de mi semen.
—Esas amenazas son mis favoritas —confesó, mientras me quitaba la
camisa, necesitaba follarla otra vez—. No quiero pertenecerle a nadie más,
Kylian.
Abrió el grifo; el agua fría mojó nuestros cuerpos y una mueca de
molestia surcó mis labios. Ella había empapado mi ropa y mis zapatos,
estos últimos tendría que tirarlos como la última vez. Maldita sea. De
verdad me gustaban.
—Hija de puta —espeté, tomándola del cuello y estampándola a la pared.
Reía—. Te divierte, ¿no?
—Mucho —reconoció.
Mi boca buscó su sonrisa. Me quité los zapatos, y ella me ayudó con la
ropa restante.
—Eres una jodida rebelde.
—Y di que no te gusta —me retó, mordiendo mi mentón, tocando mis
brazos y arañando mi piel.
Enredé mis dedos en su cabello y la presioné contra el cristal.
—No te soltaré durante horas —dije, separé sus piernas y la penetré de
una estocada desde atrás, ella gritó de dolor—, vas a compensar el tiempo
que no te toqué.
—Dos años es mucho —jadeó, sus manos apretadas en puños.
—Una puta eternidad —acepté, chocando mi pelvis contra sus glúteos.
—Me extrañaste, Kylian —dijo, y no era una pregunta.
—Cada maldito día desde que me fui —susurré cerca de su oído—. No
volverás a estar lejos de mí.
—¿Lo prometes?
—Con mi vida, Abby.
Capítulo 52
Abigail
Kylian cepillaba mi cabello, sus dedos se deslizaban por las hebras después
de que pasaba el peine. Repetía el proceso una y otra vez, incluso cuando ya
no quedaban nudos por deshacer. Tenía la impresión de que le gustaba
sentir mi cabello entre sus manos. Yo, por mi parte, quedaba fascinada con
esa atención; gestos simples que alimentaban mi cariño por él. Aunque
parecieran triviales y comunes, en su forma de hacerlos se sentían únicos.
Kylian no era común, ni básico. Esa idea se había vuelto clara hace
mucho tiempo. ¿Qué hombre como Kylian Draxler se tomaría el tiempo de
cepillar el pelo de una chica? Las probabilidades eran mínimas, y yo
adoraba formar parte de ellas. Podía dejarlo con mi cabello durante horas
mientras permaneciera conmigo. Cuando estábamos solos, en momentos
así, sentía que nada podía dañarme ni afectar lo que compartíamos.
—No debiste cortarlo —murmuró de repente—. Sigo molesto por eso.
—Cerraba ciclos —me excusé.
—Cumplías caprichos estúpidos.
Se detuvo después de decirlo. Se levantó, retiró los mechones que
quedaban atrapados entre los delgados dientes del peine, los tiró a la basura
y colocó el cepillo ordenadamente junto a la crema para peinar. Sonreí al
notar cómo medía hasta los centímetros para acomodarlo todo y cómo
percibía cuando lo dejaba desordenado, aunque fuera por un milímetro.
Volvió a mi lado y retomó su lugar. Me puse de rodillas frente a él y lo
observé con atención. Hacía apenas unos minutos habíamos terminado de
follar: nos habíamos tomado en la ducha, contra la pared, y finalizamos en
la cama. Ahora se había vestido, dejándome desnuda, sin permiso para
cubrirme hasta que él se marchara.
—¿Por qué no me dejas usar ropa?
—Porque me gusta verte desnuda y porque fuiste tú quien propuso la
idea.
Su mano viajó a mi cuello y se instaló en mi nuca. Hizo presión con los
dedos y me atrajo hacia su boca con posesión.
—Quiero mantenerte así. —Su aliento rozó mis labios—. Quiero venir y
encontrarte entre mis sábanas, mojada y dispuesta, mía.
—Soy tuya —susurré, con el corazón acelerado.
—Lo eres. Cada espacio de tu cuerpo, cada latido de tu corazón, cada
uno de tus jodidos pensamientos me pertenece.
—¿Estás tratando de que no lo olvide?
—Y si lo hicieras, te follaría de nuevo para que recuerdes quién es tu
puto dueño.
—Eres el único y siempre será así, solo veo a través de ti, Kylian.
Mi respuesta lo complació, el brillo de emoción en sus ojos lo delataba.
—Te vale mierda el mundo estando conmigo —susurró.
Tragué grueso, un estremecimiento recorrió mi espalda y la piel se erizó;
la carga en cada una de sus palabras me enloquecía, y su mirada hambrienta
y posesiva solo incrementaba los escalofríos. Mis pezones se endurecieron
y él lo notó. Sonrió con malicia y tomó uno de mis senos, acunándolo con
cuidado mientras estimulaba mi pezón con el pulgar.
—Necesito que te quedes aquí sin replicar y sin joderme la paz mental
con tu absurda necesidad de ser libre.
—Ahora soy tu prisionera.
—Estás secuestrada, cariño. —Besó mis labios despacio—. Saldré de
Irlanda por dos días y no puedo llevarte conmigo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué no puedes? ¿Qué está pasando?
—Voy a Rusia. Son territorios hostiles que no me pertenecen. Puedo
garantizar tu seguridad, pero no la tranquilidad. No quiero arriesgarte más.
Solo en Eros estás a salvo, y por eso te quedarás aquí.
—¿Y tú? —La angustia de saberlo lejos me oprimía—. ¿Acaso no
piensas en tu propia seguridad?
—Me importa la tuya, Abigail —respondió—. Estaré bien. Sabes quién
soy.
—¿Lo prometes? —titubeé—. No quiero que te vayas, Kylian.
—Es algo que debo hacer —sentenció con firmeza—. Volveré.
—¿Lo prometes? —insistí.
—Lo prometo, pajarito.
Depositó otro beso en mis labios, breve pero intenso. No profundizó,
aunque yo sí deseaba hacerlo. Lo tomé del cuello y lo besé con todo mi
deseo y amor; saboreé sus labios, mordisqueé suavemente y llevé mi lengua
a su boca. Su sabor se mezcló con el mío, y la suavidad de su sonrisa se
acopló a la mía. Fue un beso único, eterno, un beso en el que le hice sentir
cuánto lo amaba y cuánto lo extrañaría.
—Aquí estaré cuando regreses.
—Cuento con ello, Abigail —dijo mientras acariciaba el contorno de mi
rostro.
Se incorporó, alisó su saco y me miró una vez más.
—Te amo —susurré, sincera. Él pasó saliva y asintió.
—Estaré en las sombras, cuidando de ti.
No era un “te amo”, pero podría vivir con eso. Le dediqué una sonrisa
mientras él salía, dejándome sola, con la sensación de que mi corazón
volvería a romperse.
Kylian
Dejar a Abigail al cuidado de París no me hacía feliz, pero no podía traerla
al territorio de la Bratvá; no conocía personalmente a Kozlov, pero sabía de
sus antecedentes, toda su carrera criminal y el peso que tenía, no solo en
Rusia, sino también en gran parte de Estados Unidos. Poseía conexiones por
todas partes y, prácticamente, era dueño de la PICD. Por razones obvias,
Kozlov no viajaría a Irlanda, así que tuve que hacerlo yo, aunque me
disgustara. Sabía que Abigail estaba segura en Eros, pero no tenerla bajo mi
supervisión directa me irritaba; aunque la habitación contaba con cámaras,
no era lo mismo.
Intenté no pensar en ella cada minuto y me concentré en mi objetivo:
viajaba en una Escalade blindada hacia uno de los almacenes que la Bratvá
utilizaba para drogas y armas. Kozlov me esperaba. Lo que más me
disgustaba de este viaje era no hacerlo solo.
—Puto frío de mierda —siseó mi acompañante, froté el puente de mi
nariz, era la enésima queja que hacía—. Mi culo se está congelando con
esta porquería blanca.
—No te basta con arruinar mi visita con tu presencia, sino que también
debo soportar tus rabietas de niño pequeño.
—Mira, cabrón, si estoy aquí no es por gusto. Te debo ese jodido favor y
Kozlov no confía en ti.
Casi rodé los ojos. Si confiaba o no me era irrelevante; lo único
importante era que la PICD estuviera de nuestro lado y así evitar llenar las
calles de Irlanda de sangre por la guerra entre Rowan y yo.
Sabía que pronto Eros se vería afectado por la enemistad entre ese
bastardo y yo. Era mi obligación evitar que la guerra alcanzara Eros a
cualquier costo. Había muchos intereses en juego, demasiado que perder,
todo por lo que había trabajado. Aunque pudiera controlarlo, sería una
batalla constante, un gasto de balas, hombres y dinero, y no me convenía,
mucho menos cuando existían otras organizaciones que buscaban hacerme
competencia.
Y todo por una mujer. Joder.
Minutos después, la camioneta se detuvo dentro del almacén. Observé a
la gente moviéndose de un lado a otro, acomodando mercancía: hombres y
mujeres por igual. El lugar era grande, con paredes altas, ventanas
pequeñas, suelo de concreto y seguridad por todas partes. Abrí la puerta y
bajé; enseguida mi acompañante apareció a mi lado.
—Buenas tardes. —Nos recibió un hombre de edad avanzada pero bien
conservado—. Sasha los está esperando. —Miró a mi acompañante—.
Dixon, qué agradable verte de nuevo.
—Lo mismo digo, Carlos —respondió, estrechándole la mano.
El sujeto, que ahora supe se llamaba Carlos, nos condujo por un pasillo
semi-iluminado. Las paredes eran metálicas, y a ambos lados se hallaban
habitaciones vacías. Sin embargo, las cadenas colgando del techo y el leve
olor a sangre pegada al suelo y a las paredes me hicieron comprender que
muchas vidas habían sido arrebatadas allí.
Carlos se detuvo frente a otra puerta metálica, la abrió y se hizo a un
lado, invitándonos a pasar. Dixon entró primero, y luego lo seguí. La puerta
se cerró tras nosotros.
Delante de mí se encontraba el hombre que me interesaba. Era rubio,
probablemente de mi edad, y sus ojos azules, demasiado azules transmitían
un frío glacial. Toda su piel visible parecía marcada por tinta oscura, desde
los nudillos hasta el cuello. Impresionaba, sin duda, pero entre hijos de
puta, no nos amedrentábamos.
El destello del arma plateada sobre su escritorio captó mi atención por un
instante. Antes de colocarla frente al joven a su lado —que era tan idéntico
a él que parecía un reflejo—, observé la precisión con la que todo estaba
dispuesto.
—Veamos, Russo —habló con marcado acento ruso—. ¿Qué me has
traído esta vez?
—Había un favor que pagar, ya te lo dije —contestó serio.
Kozlov dirigió entonces su mirada hacia mí.
—¿Qué necesitas? —Se incorporó, manteniendo una postura firme—.
Kylian Draxler, el demonio de Eros.
No reaccioné al escuchar ese jodido apodo, aunque me resultara
repulsivo.
—Pasó mucho tiempo para vernos las caras, Kozlov —dije con la misma
seriedad que Russo.
—No había sido necesario —rodeó el escritorio, su vestimenta oscura
combinaba con la fuerza que emanaba—, dime, ¿qué necesitas? —formuló
la pregunta por segunda ocasión. Para ser un hombre tan poderoso, lucía
demasiado accesible al dialogo.
Eché un vistazo al joven que permanecía inmóvil. Podía asegurar que era
su hijo.
—Es mi hijo, Lev Kozlov —lo presentó, notando mi escrutinio—.
Próximo Pakhan de la Bratvá.
Asentí. No me importaba, pero guardé el dato; podría resultarme útil más
adelante.
—Así que, suéltalo ya, Draxler —incitó, ansioso de escuchar mi
respuesta.
—Necesito que la PICD esté completamente de mi lado —especifiqué—.
Sé que la controlas en gran medida, así como parte del ejército. Requiero
que se mantengan fuera de mis dominios. Eres el único a quien obedecen
por encima de cualquier orden.
—Bien, puedo hacerlo, pero quiero saber por qué. —Se cruzó de brazos
—. Russo me ha comentado algo, pero solo superficialmente. Necesito
detalles, no por curiosidad, sino por precaución.
Lo entendía perfectamente. No podía actuar solo porque sí. Bien podría
estar planeando derrocarlo, algo poco probable, pero en este mundo no se
podía confiar en nadie. Aunque sabía que él ya había investigado lo
suficiente y tenía toda la información necesaria, seguía por rutina.
—Por una mujer —dije, pensando en Abigail.
Kozlov sonrió de lado.
—Siempre es por una mujer, ¿no? —Inquirió con un dejo burlesco—.
Russo también sabe de eso.
El aludido rodó los ojos y se apartó, encendiendo un cigarrillo y
maldiciéndonos en italiano.
—¿La amas? —cuestionó de pronto.
Tensé la mandíbula. Esa pregunta no la esperaba y no me gustó. Kozlov
se inclinaba hacia lo emocional, sabía cómo manejar a quienes no
estábamos acostumbrados a tratar sentimientos. Sería más fácil discutir
negocios, pero no, él quería explorar la vulnerabilidad.
—No —contesté con rapidez—, pero la quiero, y que yo quiera a alguien
significa mucho.
—Por supuesto, conozco esa historia. —Hizo un ademán con la mano, y
las calaveras de sus dedos parecieron sonreír—. La negación, el orgullo del
hombre con mil demonios encima, el corazón de hielo incapaz de amar.
—No todos estamos capacitados para amar.
—Sí lo estamos, solo que pocos lo admitimos o no encontramos a
alguien que nos haga aceptarlo —replicó con un brillo perverso en su azul
severo—. Ya te darás cuenta de ello, Draxler, a todos, absolutamente todos,
nos llega la mujer que pone nuestro mundo de cabeza y lleva luz a la
oscuridad en la que se encuentra nuestro corazón.
—No sabía que el Pakhan de la Bratvá era un romántico —espeté,
cansado de hablar de sentimientos. No estaba allí por eso.
—Aprendí que el amor no es una debilidad, sino un arma poderosa que
solo los inteligentes saben usar —dijo, suspirando y erigiéndose sobre su
lugar—. Tendrás lo que precisas, Draxler.
Se apartó del escritorio y se acercó a mí. Se detuvo frente a frente. Sus
ojos azules se intensificaron y, por un instante, percibí la muerte que
cargaban. Extendió la mano y la acepté. Para alguien tan cómodo hablando
de emociones, llevaba demasiada mierda encima. Me pregunté cuánto le
costó llegar hasta ese punto y si yo podría alcanzarlo algún día. Negué
interiormente. No debía pensar en eso.
—Tienes muchos fantasmas consumiéndote la cabeza. —Apretó mi
mano, él también pudo ver a través de mí—. Espero que no la destruyan.
—Ella sabe bailar con ellos. —Sonrió.
—Entonces es la indicada.
Y lo era, malditamente lo era. Me solté de su agarre firme, y él posó la
mirada en Russo.
—Hay asuntos de los que hablar, Russo —comunicó Kozlov.
No esperé a escuchar la conversación; abandoné la oficina sin decir
palabra. Cerré la puerta tras de mí y tomé mi móvil para revisar las cámaras
de mi habitación. Me sentí en paz al ver a Abigail dormir en mi cama, con
una de mis camisetas pegada al pecho mientras abrazaba una almohada.
Sonreí instintivamente.
—Volveré pronto, pajarito, como te lo prometí.
Capítulo 53
Kylian
Fumaba un cigarrillo, solo uno, como era mi costumbre cuando algo salía
bien. Permanecía de pie en medio del almacén, donde el ruido no cesaba
por ningún momento. El constante zumbido de mi móvil, con correos tras
correos de personas del gobierno que requerían mis servicios, presionaba
como un recordatorio de los tratos existentes, como si pudiera olvidarlos.
Estaban al tanto de mi ausencia, y este viaje, sin duda, los ponía nerviosos.
Me encontraba fuera de su alcance; no importaba cuánto poder tuvieran,
eran incapaces de controlarme ni de enterarse de los negocios que
manejaba.
Por ahora, no habría fallas. Las fábricas, estratégicamente ubicadas
alrededor del mundo, continuaban operando sin interrupción. Las listas de
espera eran largas y los tiempos de entrega extensos. Todo lo bueno, la
calidad, requería tiempo, esfuerzo y dedicación. No era sencillo fabricar el
tipo de armamento que la CIA y el FBI solicitaban. Ellos encabezaban mi
lista, acaparando mis recursos sin permitir que otros clientes iniciaran
negociaciones, sobre todo aquellos que pudieran poner en aprietos a su país
y gobierno.
Me conocían y conocían mi disciplina, el control impuesto en cada
pequeña división de mi trabajo. Los terroristas ofrecían dinero, demasiado
incluso, pero April y parte de su gente me pagaban con protección,
información y poder. Eso resultaba mucho más valioso y utilizable que el
dinero, que no siempre resolvía todo. Tenía recursos suficientes para
desestabilizar cualquier nación. Era letal para ellos, para cualquiera.
Rowan lo sabía, pero su estupidez y rencor lo llevarían a actuar. Hasta
ahora no había interferido en mis negocios, pero era cuestión de tiempo.
Demasiadas alianzas que se vendrían abajo. Su familia dominaba Irlanda, al
menos social y políticamente. Aun así, saldría adelante; eran fuertes, pero
no lo suficiente para acabar conmigo. Sí habría bajas, pérdidas de dinero y
balas desperdiciadas; sería inevitable, pero me recuperaría, como siempre lo
había hecho.
Al demonio. No necesitaba una mierda suya.
—Draxler —me abordó Russo, sin que mirara de inmediato hacia él ni
hacia Kozlov, quien lo acompañaba. El aire se sentía pesado cuando los tres
estábamos juntos.
—¿Qué? —espeté, terminando mi cigarrillo.
—Hay un tema que Kozlov quiere discutir contigo.
Me volví hacia el aludido. Sus ojos permanecían fijos en su gente,
quienes no nos dirigían la mirada. Se concentraban por completo en su
trabajo, moviendo la mercancía con precisión y rapidez, sin cometer
errores.
—Estás familiarizado con el suero S1, ¿no? —soltó de pronto. Apreté el
ceño, curioso.
—Sé algo de eso —admití, sin saber a dónde quería llegar.
Conocía esa porquería por lo que Silas hizo con Abigail. No era mi
especialidad, sino la de Jafar, y al parecer Kozlov también estaba al tanto.
No entendía qué esperaba de mí, dado que mi conocimiento era limitado.
—Mi medio hermano ha causado estragos con el suero. Hasta ahora no
he logrado detenerlo, aunque me cueste admitirlo: es un Kozlov —siseó con
desprecio—. Heredó la inteligencia de nuestro padre.
—¿Y qué tengo que ver yo con eso? —consulté, impaciente.
Kozlov hizo crujir los huesos de su cuello, dejando ver más de la tinta
que cubría su nuca.
—Él conoce a Jafar y Russo, a todos mis allegados, pero no sabe nada de
ti. —Me observó con intensidad—. Necesito a alguien de confianza para
infiltrarse desde adentro: inteligente y, sobre todo, pelirroja.
—¿Pelirroja? —repetí incrédulo. Era lo que más me sorprendía de todo
lo que decía.
—El hijo de puta está obsesionado con la esposa de Kozlov —comentó
Russo, haciendo notar el motivo—. Parece que se tomó demasiado en serio
lo de tener lo mismo que su hermano —se mofó con una sonrisa, que no
pareció divertir al ruso, cuyo hielo azul se endureció.
—Supongo que su enemistad no es solo por los negocios —añadí con
ironía, secundando a Russo.
—Una mujer, siempre es por una mujer —murmuró ausente.
Respiré hondo y solo pensé en alguien.
—Tengo a la persona que necesitas, pero debo hablar con ella y
asegurarme de que esté de acuerdo. Si dice que no, tendrás que buscar a
otra —zanjé, directo.
—Cuando tengas la respuesta, no me busques. Hazlo a través de Russo.
Hablaremos por medio de él.
—Bien.
Sin más que decir, partimos hacia las afueras de la ciudad. El clima
impedía regresar hoy mismo, así que lo haríamos mañana por la noche.
Russo y yo estábamos ansiosos por volver. Lo admitiera o no, una
sensación amarga se instaló en la boca del estómago, un presentimiento que
no presagiaba nada bueno y del que no pude escapar. Esa sensación me
acompañó todo el tiempo, y pronto descubriría por qué.
Abigail
Me puse una de las camisas de Kylian. No olían del todo a él, pero
conservaban un resto de su fragancia, que me obligaba a suspirar de vez en
cuando. Lo echaba de menos, y no esperaba sentirlo tan intensamente,
después de todo lo sucedido y de lo que Rowan me había hecho. Con
Kylian, no esperaba un futuro color de rosa, pero al menos existía la
posibilidad de un “nosotros”. Él me lo demostraba con cada promesa que
me hacía.
Terminé de comer algo que le sentó bien a mi estómago. Me habían
mantenido con una dieta que cubría mis necesidades actuales. La
dependencia de las drogas seguía presente, pero lograba controlarla poco a
poco. Tener la mente en calma ayudaba, aunque las pesadillas acechaban,
esperando la oportunidad de atacarme nuevamente.
Odiaba los terrores nocturnos porque no recordaba nada de ellos. Me
perdía por completo y quedaba expuesta. Era como si ese monstruo que
habitaba en mí tomara posesión de todas mis acciones y se entregara a
cualquiera. Solo un toque podía calmarme, y, estúpidamente, el sexo
funcionaba como antídoto.
Detuve mis pensamientos y dirigí la vista a la puerta. París apareció
segundos después, con una sonrisa que hizo centellear los metales sobre su
rostro.
—Hola, pajarito —saludó. No me molesté en decirle que no me llamara
así, era inútil; solo me gustaba cuando Kylian lo hacía.
Se acercó y me entregó un móvil. Lo acepté sin dudar.
—Kylian te llamará pronto —avisó—. Espera su llamada.
—Gracias —murmuré. Desbloqueé el aparato; era nuevo. Una sonrisa
genuina se dibujó en mis labios. Pronto hablaría con Kylian. Lo echaba
tanto de menos.
—Las llamadas están restringidas, solo puedes recibirlas.
—¿Por qué? —Se encogió de hombros.
—Órdenes del jefe —simplificó—. Pero puedes enviar mensajes, incluso
atrevidos si quieres.
Entrecerré los ojos, mirándola con reproche. Ella sonrió de nuevo y salió,
dejándome en soledad. Hacía un rato también me había traído la comida.
Era la única autorizada a entrar; nadie más podía hacerlo. Eran órdenes de
Kylian. Nadie me miraba, nadie me hablaba; era intocable aquí.
A veces me asustaba su intensidad, lo posesivo que era conmigo en todos
los aspectos. Decía no sentir amor, pero su manera abrumadora, dominante,
invasiva y egoísta demostraba más que el amor que yo sentía. Así aprendió
a actuar, porque así le enseñaron que debía ser.
Pegué un respingo cuando sonó el tono de llamada. Miré la pantalla y
comprendí que no era una llamada normal, sino en video. Mi corazón se
aceleró. Tomé asiento frente al tocador y acomodé el móvil para dejar mis
manos libres. Sin dudarlo, respondí. Hubo un pequeño desfase de conexión
antes de que pudiera ver su rostro, y entonces lo hice. Sonreí.
—Hola —saludé, tímida, sintiéndome estúpida.
Le había chupado el pene a ese hombre y ahora me sonrojaba al hablar
con él por video. Eres un caso, Abigail Lacroix.
—¿Todo bien? —averiguó con curiosidad.
Sus dedos aflojaban el nudo de la corbata con lentitud, y ese simple gesto
me revolvió el estómago, pero no de mala manera. El siete tatuado en su
mano me provocó una sensación extraña; siempre que lo veía parecía
gritarme algo que no lograba entender.
—Sí, acabo de comer —respondí, apoyando la barbilla en una de mis
manos mientras lo observaba embobada.
—Llevas mi camisa.
—Huele a ti —susurré, dedicándole una sonrisa coqueta.
Curvó los labios hacia un lado y terminó de desabrochar la corbata.
Luego, desabotonó la camisa. No podía apartar la vista de sus dedos largos
y perfectos, recordando lo mucho que me gustaba cuando estaban dentro de
mí. Dios, debes parar. No puedes sexualizarlo todo. Kylian no es un objeto.
—Quítatela, déjame ver tus tetas —ordenó con firmeza—. Te quiero
desnuda, Abigail. Pensé que lo había dejado claro.
—No es como si pudiera recibir así a París —recordé.
Chasqueó la lengua y se abrió la camisa, revelando la amplitud de su
torso y todos esos tatuajes que tanto me atraían. No dijo nada más. Se
quedó quieto, esperando. Lancé un largo suspiro y me saqué la camisa. Mis
senos cayeron, víctimas de la gravedad, pero a Kylian parecía no
importarle, y a mí menos. Me miraba con un deseo voraz, tan intenso que
sentí el calor extenderse por cada parte de mi cuerpo que sus ojos recorrían.
—Eres preciosa —dijo con sinceridad.
Mordí mi labio inferior y bajé la mirada. No sabía cómo responder. Me
sentía cohibida.
—¿Cuándo volverás? —pregunté, incapaz de formular otra cosa.
—Mañana por la noche —contestó—. El clima nos impidió viajar hoy.
—¿Está todo bien?
—Mejor de lo que esperaba —admitió, tranquilizándome. Tenía un mal
presentimiento desde que se fue, pero no quise mencionarlo por miedo a
que se hiciera realidad.
—Me tranquiliza escucharlo.
—No te preocupes por mí, cariño…
—Sabes por qué lo hago —interrumpí—. Te amo demasiado, Kylian.
—Debes dejar de decirme eso.
—¿Por qué? ¿Te asusta? —Sonrió de lado.
—Solo alimentas mi obsesión, Abigail.
Mordí el labio inferior ante sus palabras. Debería estar loca por querer
tener a un hombre así, más que obsesionado conmigo, pero necesitaba
empaparlo de mí, que no viera por otros ojos que no fueran los míos.
—No me das miedo, Kylian.
Negó despacio y se inclinó hacia adelante, mostrándome mejor su torso
desnudo.
—Debo dejarte. Te llamaré pronto. —Asentí despacio.
—Por favor, cuídate.
Se despidió con un leve asentimiento antes de finalizar la llamada. Inhalé
hondo, quedándome mirando la pantalla, consciente de lo mal que este
hombre me tenía. Me puse de pie cuando otra llamada entró. Fruncí el ceño;
el número era desconocido. Por un momento pensé que sería Kylian, pero
lo dudaba. Aun así, respondí.
—Hola —saludé, dubitativa.
Un suspiro al otro lado me erizó los vellos.
—Abby, amor —dijo Rowan.
Me paralicé. Un temblor súbito recorrió mi cuerpo mientras me sentaba
en el borde de la cama, el móvil pegado a la oreja. Escucharlo, me ponía
mal, aceleró mi corazón y provocó un asco que se instaló en mi estómago.
Me repugnaba. Quería llorar, no querer saber nada de él, porque su voz traía
recuerdos nefastos, como si reviviera todas las escenas que me obligó a
protagonizar bajo drogas.
—Parece que no escuchaba tu voz desde hace tanto.
—No vuelvas a llamarme —siseé con rencor, a punto de colgar.
—No me cuelgues —suplicó—. Por favor, amor, tienes que volver
conmigo. Te necesito, Abby. Estoy volviéndome loco.
—Loco ya estabas, hijo de puta —escupí con asco.
Los temblores aumentaron, las lágrimas brotaron sin permiso. Me dolía
el pecho y el aire comenzaba a faltarme.
—No he olvidado lo que me hiciste, ¡me violaste! ¿Acaso crees que sería
tan estúpida como para volver contigo? ¡Puto enfermo!
—No te violé, eras mi novia, maldita sea.
—No puedo creer las tonterías que salen de tu boca. Déjame en paz,
Rowan. Me has hecho demasiado daño.
—¿Y Kylian? ¿Acaso él no te ha dañado y a los que amas? Pero sigues
ahí —reprochó con coraje.
—Kylian no me ha dañado de ninguna manera —mentí parcialmente. Lo
había hecho, pero no al nivel de este psicópata.
—¿No? ¿Acaso te dijo que ofreció a tu hermana a un pedófilo a cambio
de dejarte en paz?
La sangre se desvaneció de mi rostro. Un vacío se abrió bajo mis pies y
negué con fuerza mientras una sonrisa carente de gracia asomaba en mis
labios. Rowan estaba completamente desquiciado.
—Mientes. ¡Todo lo que dices son mentiras! Kylian no… —Me detuve
antes de terminar la frase.
—¿Qué? ¿Kylian no haría algo así? Por favor, Abby, no puedes ser tan
ingenua.
Mi labio inferior tembló. Recordé cómo mi hermana había evitado mi
mirada y las palabras de Kylian, recalcando que no le importaba sacrificar a
todos mientras yo estuviera a salvo.
—Hice un trato con él. Le dije que te dejaría en paz, a ti, a él, a nuestros
negocios, pero a cambio debía darme a Cami, una hermana por otra
hermana —continuó, mientras yo permanecía sin poder hablar—. Cedió de
inmediato. Sabía que Cami estaba en manos del hermano del procurador y
le dio igual.
—No es cierto —susurré, devastada. Kylian no podría ofrecer a mi
hermana a un violador, incluso si era para protegerme.
—Lo es. Somos la misma mierda, Abby, pero la diferencia es que yo te
amo; él jamás lo hará.
Ahogué un sollozo y apreté el móvil con fuerza.
—En algo tienes razón, Rowan —siseé, furiosa y traicionada—. Él y tú
son la misma mierda.
Terminé la llamada. Todo en mí se sentía roto. La cabeza me dolía por la
avalancha de pensamientos y los susurros internos aumentaban. Quería
creer en Kylian, confiar en que no permitiría que violaran a mi hermana.
Maldita sea. Sabía que sería estúpido engañarme. Conocía su forma de ser:
definitivamente lo haría si eso significaba protegerme y mantener la paz en
sus negocios.
Me vestí deprisa con la camisa de Kylian, decidida a descubrir la verdad
de los labios de la única persona que no me mentiría.
Capítulo 54
Abigail
París no tuvo otra opción que dejarme salir de la habitación debido a las
amenazas que le hice; sabía que cumpliría con lo que había dicho.
Caminaba delante de mí, guiándome hacia la habitación donde se
encontraba Cami, la única capaz de decirme la verdad. Mientras avanzaba,
mi pulso era errático y un vacío se instalaba en mi estómago, una sensación
horrible que no se comparaba con la que desgarraba mi corazón en pedazos.
Me culpaba a mí misma, no a él, porque lo conocía y entendía hasta
dónde podía llegar. Aun así, su acción me dolía profundamente. Era mi
hermana, y la amaba. ¿Por qué no podía él detenerse a pensar en eso?
¿Cómo alguien podía ser tan frío e inescrupuloso, incluso mostrando a
veces destellos de humanidad? Aunque, por supuesto, solo a través de mí
era capaz de dejar ver que no era un maldito monstruo.
París se detuvo frente a la puerta y tomó el pomo, pero antes de abrirla
me miró fijamente.
—Tú lo sabías, ¿verdad? —acusé, con el resentimiento apretándome la
garganta por toda la mierda que me rodeaba. París no pareció afectada; en
realidad, la situación le parecía incluso divertida.
—Tú también lo sabías, pajarito —replicó—. Siempre lo has sabido.
Me quedé sin palabras, con un nudo que se apretaba más y más en mi
garganta. París inclinó ligeramente la cabeza, con una sonrisa de lástima
que tiraba de sus labios.
—Pero el corazón quiere lo que quiere, ¿cierto? No importa cuántas
veces él lo rompa, seguirás amándolo con cada uno de los pedazos.
La verdad en sus palabras me golpeó y tuve que contener el llanto que se
acumuló en mis ojos y que le daba la razón, una razón que me negué a
aceptar en voz alta, y mucho menos frente a ella. No podía combatir esa
realidad; lo que Kylian había hecho era grave, y ninguna excusa lo
justificaba. Sería estúpido perdonarlo. Maldita sea.
—Solo abre la puerta, París.
Una sonrisa escalofriante se dibujó en sus labios antes de girar el pomo y
abrir. Sentí una desconfianza inmediata, la certeza de que ocultaba algo, que
sabía más de lo que decía. Pero era fiel a Kylian; jamás me revelaría todo.
Entré a la habitación y París cerró la puerta tras de mí. El espacio no
difería demasiado de lo que conocía de este lugar, aunque era más reducido
y austero. Mi hermana estaba sentada en la cama con un libro, pero al
verme lo dejó a un lado y se incorporó para acercarse.
La abracé apenas pudo alcanzarme. Temblé ligeramente, recordando lo
cerca que estuvo de sufrir daño o de quedar marcada como yo. La idea de
que Cami hubiera pasado por lo mismo me provocaba un odio aún mayor
hacia Kylian. Conocía mis cicatrices, todo lo que Rowan me hizo, su abuso
a mi persona en todos los sentidos, notó cuanto me afectó y ni siquiera por
eso se detuvo.
—¿Estás bien? —preguntó con preocupación, notando mis temblores.
Apoyé mis manos en sus hombros y fijé mi mirada en la suya. Era como
mirar un reflejo mío, tan parecidas que dolía.
—Dime la verdad, Cami —supliqué, esperando que desmintiera todo lo
que Rowan había dicho—. Por favor, dime la verdad.
Sus ojos se abrieron con asombro. Titubeó y desvió la mirada, pero su
silencio respondió antes de que hablara, y mi corazón se quebró un poco
más.
Tomé su barbilla y volví a cruzar nuestras miradas. Sus ojos se llenaron
de lágrimas, igual que los míos, mientras todo dentro de mí se hacía
pedazos.
—Iban a lastimarte. —Asintió despacio—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Kylian me amenazó —susurró con voz temblorosa—. Dijo que estabas
mal y que no necesitabas más preocupaciones. Abby, yo solo quería que
estuvieras bien.
Al escucharla, sentí que el último fragmento de mi corazón se rompía.
—No vuelvas a ocultarme nada, Cami. No importa lo que pase, siempre
debes decírmelo.
—Él me asusta, Abby, me asusta la forma en que te ama —musitó,
lastimándome un poco más ante la seguridad con la que pronunciaba esas
palabras—, en todo lo que es capaz de hacer por ti. Es romántico, pero a un
nivel retorcido y enfermo.
—Él no me ama, Cami —repetí una vez más.
—No sabe lo que es el amor —continuó—, porque nunca lo ha sentido.
No sabe lidiar con sus sentimientos por ti, no actúa así por cariño. Date
cuenta.
—Basta. —Me aparté de ella—. Tú y yo nos iremos de aquí. No hay
lugar donde estemos a salvo.
Kylian y Rowan estaban dementes, cada uno a su manera. Me aterraba
enfrentarme sola a su poder, pero tampoco podía quedarme al lado de
alguien que puso en peligro a mi hermana. Mi familia siempre estaría por
encima de todo.
—¿Estás segura? —Articuló con voz débil—. ¿Has visto todo lo que
Kylian es capaz de hacer?
Asentí. Lo había visto, era testigo de su fuerza y capacidad, aunque
esperaba que no me lastimara. Pero dejarme ir sería lo complicado; Kylian
jamás soltaría a alguien que consideraba suyo.
—Quédate aquí, volveré más tarde —susurré, besando su mejilla antes
de salir.
Afuera, París esperaba apoyada en la pared, enviando mensajes en su
móvil mientras inflaba y reventaba una goma de mascar. Al levantar la
vista, me encontró.
—Él ya viene —dijo.
No necesitó agregar nada más para hacerme temblar.
Sentía frío. Mi cuerpo se estremecía con espasmos involuntarios. Lo peor
era que seguía sumida en mi sueño, incapaz de abrir los ojos o cubrirme con
la manta. La habitación se había vuelto helada, como si la temperatura
hubiera caído de golpe.
Me moví despacio y recobré algo de movilidad. Mis dedos estaban
entumecidos. Tiré de la manta y la eché sobre mí. Su contacto cálido me
alivió. Respiré hondo y percibí un aroma familiar que me hizo abrir los ojos
de golpe, con todo mi ser en tensión.
Él estaba aquí. Podía olerlo, sentirlo. Un escalofrío recorrió mi médula y
mi piel se erizó. Casi escuché el susurro de sus labios pronunciando mi
nombre y el tintineo del hielo al mover el vaso. Estaba bebiendo; podía
jurarlo.
Intenté relajarme y fingir sueño, esperando ganar tiempo antes de
enfrentarme a él. Porque cuando lo hiciera, la confrontación no sería
agradable y desconocía cómo terminaría. El enojo y la decepción seguían
apretándome el pecho, seguros de que, al abrir la boca, él rompería mi
corazón una y otra vez.
—¿Hasta cuándo fingirás que duermes, Abigail? —Su voz era profunda
y firme—. ¿Tendré que poner mi cara entre tus piernas para que tu coño me
diga lo que tú no?
La ira me invadió. Mis manos se cerraron en puños y me senté
lentamente en la cama. La habitación permanecía oscura; no podía
localizarlo. Su voz parecía surgir de la nada, tal vez desde el rincón donde
estaba el sofá, tal vez desde el mismo infierno del que parecía haber
emergido.
—Jamás me pondrás una mano encima, eso te lo prometo —dije con
seguridad.
Lo escuché reír, y luego, otro tintineo de hielo.
—Haces promesas que estás lejos de poder cumplir —comentó con tono
burlón.
—No estés tan seguro.
Lo escuché ponerse de pie y mi corazón se aceleró. Esperé que se
acercara, que me atrapara entre las sombras, como había hecho tantas veces,
pero, contrario a lo que imaginaba, encendió la luz de la habitación.
Achiqué los ojos y segundos después distinguí su imponente silueta a los
pies de la cama. Iba todo de negro, hasta sus orbes en estos momentos
parecían consumidos por la oscuridad, eran profundos y atemorizantes,
dejándome saber que se hallaba furioso, incluso cuando era yo quien
debería estarlo.
Él no tenía ningún derecho.
—Veo ese fuego en tus ojos, bestia —dijo con voz grave—. ¿Cuánto me
tomará apagarlo otra vez?
—Tú, cretino de mierda —exclamé poniéndome de pie—, ¿cómo
pudiste?
Se mantuvo en silencio. Ambos irradiábamos ira, pero la suya era más
peligrosa; me encontraba en su territorio, atrapada en su mundo, y aun así
no retrocedí. Si dudaba, él impondría su voluntad.
—¡Respóndeme! —exigí, avanzando un paso—. Dime por qué
entregaste a mi hermana a las manos de ese abusador. ¿Cómo pudiste
pensar que eso era correcto? ¡Es mi hermana, Kylian!
Mi garganta se cerró, y él permaneció impasible, como si esperara el
instante exacto para hablar y destruirme.
—¿No dirás nada? —siseé, con la voz temblorosa.
—Haces preguntas cuyas respuestas ya conoces —replicó—. ¿Por qué
insistes en escucharlas, bestia?
—Quiero que tengas la valentía de decirme a la cara lo bajo que caíste.
Una lágrima descendió por mi mejilla, ardiendo sobre mi piel.
—¿Y eso qué cambiaría? —Desplazó las manos dentro de los bolsillos
de su pantalón, mostrándose indiferente, como siempre—. Al final del día,
seguirás aquí.
—No estés tan seguro —refuté—. Se trata de mi hermana. Sabes lo que
significó para mí enfrentar los abusos de Rowan. ¿Recuerdas cómo me
encontraste? —Su mandíbula se tensó y, por un instante, vislumbré un
atisbo de humanidad—. ¿Cómo permitiste que alguien a quien amo sufriera
lo mismo? ¡¿Por qué, Kylian?!
—¡Porque no me importa, Abigail! ¡No siento nada por nadie, a
excepción de ti! —explotó al fin—. No me importan ella, tu familia ni tus
amigos; solo me importas tú. ¿Cuántas veces debo recordártelo? Mi empatía
inicia y acaba contigo.
En un parpadeo me agarró del rostro. Ciñó los dedos contra la piel de mis
mejillas y se encargó de sostenerme para que no pudiera esquivar su
mirada.
—Si me pidieran quemar el mundo para protegerte, no dudaría en
encender el fuego.
—Cenizas, Kylian —susurré entre sollozos—. Solo me ofreces cenizas.
Algo tan frágil que al primer soplo desaparecerá. No puedo quedarme
contigo después de lo que has hecho.
Con un gesto delicado, pero frío y calculador, limpió mis lágrimas.
—No tienes otra opción, Abigail. Nunca la has tenido; siempre fui y seré
yo.
—No puedes mantenerme aquí en contra de mi voluntad.
—Puedo hacer lo que quiera contigo.
Intenté liberarme, pero su fuerza era extraordinaria. No necesitó esfuerzo
alguno mientras yo me removía intentando escapar. Esta era mi realidad en
el sentido más literal: estaba atrapada entre sus manos sin posibilidad de
huir.
—No pienso renunciar a ti.
—No me tienes, Kylian —susurré, herida—. Tú me has perdido.
—Te tengo aquí, pajarito. Eso es lo único que importa.
El llanto brotó más amargo, denso y doloroso. Sus ojos no mostraban
arrepentimiento ni un atisbo de culpa por lo que había hecho.
—Eres igual que Rowan —afirmé con dolor.
—Soy peor, Abigail, pero eso ya lo sabías —dijo, depositando un beso en
mi frente—. Lidia con eso, cariño.
Se apartó despacio. Al tocarme con sus labios, sentí a un demonio
abrazándome, recordándome que no había escapatoria, que había hecho un
pacto que no podía romper.
—No quiero quedarme contigo —dije antes de que saliera de la
habitación.
Se detuvo, mirándome por encima del hombro, con la oscuridad
devorando cada rasgo de su rostro.
—Hay cosas que no te permitiré hacer, irte de mi lado es una de ellas.
Capítulo 55
Kylian
Llevaba dos días sin probar bocado. Se hallaba furiosa, como la pequeña
bestia que era. Le rompió un adorno de porcelana a Duncan cuando lo envié
a llevarle la comida. París fue más rápida, esquivó el cuadro que Abigail
lanzó y este terminó estrellándose contra la pared. Mac ni siquiera pudo
avanzar antes de que ella le cerrara la puerta en la cara, y su hermana se
negó rotundamente a cooperar conmigo. Menuda mocosa.
Hoy yo era el último en entrar. Aunque tuviera que obligarla, le haría
tragar la comida. Mi paciencia era escasa y ella lo sabía; por algún motivo,
tenía la impresión de que esperaba que fuera yo quien atravesara esa puerta.
—Te recomiendo que cubras tu cabeza —murmuró París—, ella está
loca.
—Por eso me gusta.
—Sí, tal para cual.
No respondí. Me detuve frente a la puerta y la abrí. París puso la bandeja
en mis manos, sonrió y el reflejo del metal en su rostro brilló un poco más.
Su gesto anunciaba que iba a soltar su mierda.
—Quién lo diría, jefe.
—Cierra la maldita boca —advertí.
Rió, se encogió de hombros y dio media vuelta para marcharse.
Ingresé a la habitación. La luz estaba encendida y allí estaba Abigail,
sentada en medio de la cama. Me miraba con verdadero rencor. La furia
iluminaba sus ojos y, al mismo tiempo, los oscurecía, la mezcla perfecta
entre mi pequeña monstruo y mi bestia.
Adoraba verla así: mala, vengativa, rencorosa, capaz de todo por cumplir
su voluntad.
Solo llevaba puesta una de mis camisas. Los botones de su escote
estaban desabrochados, dejando entrever la redondez de sus pechos y la
firmeza de sus pezones. Había doblado las mangas hasta los codos, aunque
la tela volvía a deslizarse hacia sus muñecas por la delgadez de sus brazos.
—Solo vienes a perder el tiempo —dijo en voz baja, apagada.
—Sabes que no es así.
Me acerqué sin temor a lo que pudiera hacer. Coloqué la bandeja sobre la
mesita de noche. Abigail evaluó mis movimientos, sin apartar la vista de mí
ni un segundo. Al terminar, me senté en el borde de la cama, observándola
sin la menor paciencia ni consideración.
—¿Haremos esto por las buenas o por las malas, bestia? —Entornó los
ojos, retándome como siempre.
—No meterás nada de tu comida en mi boca. —Una sonrisa mezquina
asomó en mis labios.
—Cariño, ¿qué has aprendido al retarme?
No respondió. Extendí la mano para sujetarla, pero se apartó con rapidez,
retrocediendo apenas un paso. La diversión brilló en mis ojos mientras la
dejaba saborear unos segundos la victoria. Luego, me incorporé lo
suficiente para atraparla. La sujeté de la muñeca. Su mano libre azotó mi
mejilla en una bofetada dura. Para tener manos pequeñas y delicadas,
pegaba fuerte; sin embargo, el ardor del golpe se acumuló en mi
entrepierna, endureciéndome.
—¡Que me dejes, cabrón!
Intentó retroceder. La sujeté de la otra muñeca y empleé mi fuerza
dejándole una marca en la piel inmaculada y firme. Acto seguido, la hice
recostarse bajo mi peso. Sus músculos tensos lucharon por empujarme fuera
de su cuerpo sin éxito. Separé sus piernas y la inmovilicé en segundos.
Agitada, me maldijo entre gritos.
—¡Maldito animal, bestia!
—Te dije que no me provoques.
Mis dedos buscaron la hebilla de mi cinturón. Sin esfuerzo, lo retiré ante
su mirada atenta. Cuando vio la correa de cuero en mi mano, sus
movimientos se ralentizaron, aunque su pecho continuaba alzándose con
frenetismo, llenando mi cara de su aliento cálido y delicioso. Me fascinaba
cómo sus ojos cambiaban cuando ese monstruo que llevaba dentro emergía,
apoderándose de ella al instante.
Había aprendido a leerla, a anticipar lo que necesitaba y cómo hacerla
ceder. Abigail tenía un alma sumisa, pero no con cualquiera.
—Ahora comerás —dije—, porque yo así lo ordeno.
Pasé la correa por debajo de su nuca y la apreté. Rudo, enredé mis dedos
en sus cabellos húmedos y tiré con fuerza. No estaba siendo amable en lo
absoluto. La arrastré fuera de la cama y la coloqué de rodillas delante de mí,
ubicada entre mis piernas apenas separadas, solo lo suficiente para que su
cuerpo encajara.
Parecía una fierecilla domada. El fuego permanecía en sus ojos, pero
cedía poco a poco.
—Así debo tratarte, ¿no? Tú no entiendes con palabras dulces, bestia.
—De qué sirve luchar si harás conmigo lo que te plazca.
—Ya lo vas aceptando.
Con la mano izquierda tomé un trozo de carne, yendo en contra de lo que
estaba acostumbrado y obsesionado, ensucié mis yemas con el jugo del
corte y luego lo llevé a su boca. Bastó una mirada para que separara los
labios y aceptara la comida; lamió mis dedos con la lengua en un gesto que
buscaba empujar mi autocontrol al límite.
Tensé la mandíbula, cerrando el puño a través de la correa para apretarla
más. Abigail no protestó. Mi gesto fue una advertencia silenciosa que tomó
con diversión.
Lo siguiente fue un trozo de zanahoria. Mordió lentamente, con la
mirada puesta en mí, retadora y sensual, provocando fisuras en mi
autocontrol.
—Sabes cómo terminará si sigues así —dije serio, su lengua lamía el
jugo de la carne de mis yemas.
—No vas a tocarme.
—Eso no lo decides tú.
—Es mi cuerpo —afirmó, intentando detener mis deseos.
—Y también mío. —Incliné mi rostro hacia ella, rozando sus labios—.
Tú eres mía, cariño.
Impulsado por la atracción hacia la perfección de su boca, la besé con
violencia y descuido. No hubo compasión en mi gesto ni en su respuesta,
solo rabia contenida. Enroscó la mano en mi nuca, hundió las uñas en mi
piel y mordió mi labio inferior, casi haciéndome probar la sangre.
Su agresividad me provocó aún más. La atraje hacia mi cuerpo,
colocándola sobre mi regazo sin soltar la correa que la mantenía sometida.
Abigail apoyó el pulgar sobre mi mentón y el resto de los dedos en mi
mejilla, clavando las uñas con empeño; estaba empecinada en causarme
dolor, cualquier tipo de daño que pudiera. Se lo permití; necesitaba
desahogarse, sentir que podía decidir y castigarme por ser un hijo de puta.
Pero en realidad, solo me excitaba.
Era la representación de mi pequeña monstruo, más nítida que nunca.
—Te odio, Kylian.
Lágrimas en sus ojos y dolor en su rostro caótico y excitado mostraban
una belleza distinta, perfecta como un poema oscuro de dos amantes
retorcidos y hambrientos el uno del otro. Eso éramos en ese instante, y
Abigail lo reflejaba tal cual, con su sello sombrío.
—¿Entiendes cuánta pasión hay en el odio? —Solté la correa, dejándola
libre—. Mírate, pequeña monstruo. Mira la sangre en tus dedos, observa la
belleza de tu rencor.
Lloraba en silencio. El dolor se leía a simple vista. Miró mi sangre sobre
la punta de sus dedos; había más en mi mejilla y nuca, donde me había
marcado con sus uñas. Al pasar la lengua por mi labio inferior, saboreé el
líquido carmesí.
—Ódiame, Abigail —dije, envolviendo mi calidez a través de su mano y
depositando un beso en el interior de su muñeca—. Puedo lidiar con tu
odio.
—¿Por qué te resulta tan fácil aceptar mi odio y no mi amor? —reclamó
con agonía.
—Porque el amor es algo que nunca he sentido —rompí los botones de
su camisa y abracé el calor de su piel por medio de su cintura—, ni sentiré.
—No sientes nada. —Abrió la mano y la apoyó sobre mi corazón—.
Aquí no hay nada, ni un mínimo vestigio de amor por mí.
—Lo que hay aquí es demasiado oscuro y poderoso como para llamarse
amor.
Pestañeó lentamente, confundida y a la vez fascinada por mis palabras,
como si no pudiera decidir si debía temerme o rendirse ante mí.
—Lo que siento por ti no es bueno. —Maniobré bajo su cuerpo para
desabotonar mis pantalones y liberar mi miembro erecto—. Tampoco es
puro.
Tembló al sentir mi dureza. Separó las piernas, invitándome hacia su
interior húmedo, y no dudé en aceptar. Introduje la punta de mi erección en
ella, llenándola de inmediato.
—Es lascivo, grotesco —continué—, perverso y más real que cualquier
mierda de amor que te hayan proclamado.
Me hundí en su interior de una sola estocada que la hizo gimotear y
alzarse despacio en un movimiento que terminó con sus uñas en mis
hombros
—Es la mejor declaración que me han hecho —susurró con tristeza y
dolor.
Sus manos me empujaron hacia atrás, no para moverme, sino como
indicación de cómo quería que continuara. Descansé la espalda sobre el
colchón. Abigail abrió los muslos y me tomó por completo. La sentía
montándome con control, balanceando las caderas a un ritmo deliberado
que me hizo sudar. Apoyé las manos en sus nalgas y la atraje con más
solidez hacia mí.
Le permití que me tomara, que fuera ella quien me follara; me gustaba
sentirme suyo y no lo disimulaba.
—No vas a terminar dentro de mí, no seré yo quien te haga venir —
aseveró, moviendo la pelvis con una lentitud deliciosa.
—Solo eres tú, bestia, ya sea con tu coño o mientras me masturbo,
siempre se trata de ti.
Arañó mi abdomen y detuvo sus movimientos.
—Vas a darme placer solo a mí —sentenció con firmeza.
Se incorporó y gateó sobre la cama. Esperé a que ejecutara lo que
planeaba, hasta que comprendí su intención. Sin pudor, se sentó sobre mi
rostro.
Su sexo rozó mis labios y barbilla; apoyó las manos sobre mi cuello,
presionando su peso sobre mi garganta. No emití queja alguna. Se
balanceaba adelante y atrás, usando mi boca y lengua para masturbarse
mientras mantenía la presión. La posición intensificó mi excitación. Una
mano envolvió mi endurecida erección y la agité de arriba abajo, mezclando
el sabor de su sexo en mi paladar.
—¿Dónde quedó tu obsesivo orden y control, Kylian? —se burló,
gimiendo alto—. Seguro se fue a la mierda cuando puse mi coño sobre tu
cara.
Tenía razón.
Ella estaba al borde del orgasmo y yo igual. La tensión entre nosotros, la
lujuria que nos envolvía, era tan densa que podía sentirla en cada fibra de
mi cuerpo.
Cuando el orgasmo la azotó, sus fluidos resbalaron por mi barbilla,
descendiendo hacia la comisura de mis labios y empapando mi cuello,
mientras mi propio semen estaba a punto de estallar sobre mi camisa. Sin
embargo, Abigail se inclinó hacia adelante, aún temblorosa por el éxtasis, y
posó su boca sobre mi punta hinchada. Me recibió en su garganta, tragando
cada gota con facilidad, humedeciéndose más y provocando en mí ganas de
repetir todo.
Al finalizar, suspiró y rodeó mi glande palpitante con la lengua. Luego
bajó de mi cuerpo y se puso de pie. Me miró seria, aún enojada.
—Buenas noches, Kylian —dijo antes de encerrarse en el baño.
Después de la sesión con Abigail, tomé una ducha y quedé pensativo. La
sentía distante, indiferente y furiosa, lo cual no me sorprendía; pero más
que preocuparme, me causaba curiosidad. No importaba cuánto me odiara o
lo que sintiera, no la dejaría ir hacia ninguna dirección que no fuera la mía.
Cerré la computadora después de enviarle el diseño de las armas a uno de
mis clientes. Con las armas, el flujo en el mercado era más fácil de
movilizar, pero lo que me pedía April requería constancia y dedicación; esas
piezas podían destruir una ciudad pequeña. Di un masaje en mi cuello, para
aminorar inútilmente la tensión, las heridas que me hizo Abigail, escocían
un poco, recordándome lo intensa que había sido.
De pronto, unos golpes en la puerta me hicieron levantar la vista. No era
París, que entraba cuando quería. Me sorprendió ver a la mocosa entrar con
cautela y miedo. Apreté el ceño, desconcertado. ¿Qué demonios hacía aquí
si me temía tanto?
—Necesito hablar con usted, París me trajo —explicó.
Esa maldita entrometida.
—No hay mucho que hablar entre nosotros —espeté—. No tengo ánimos
de tratar contigo.
Ignorando mis palabras, se sentó frente a mí. Iba vestida con ropa de
París y se veía ridícula, como siempre. Sus uñas descansaron sobre el
escritorio, moviendo una pila de papeles que había ordenado previamente.
La presión sobre mis nervios fue inmediata.
—Mi hermana lo ama y no entiendo por qué. —Disimulé una sonrisa.
—No lo entenderías jamás —respondí con burla.
Entornó los ojos y empujó nuevamente la pila de papeles, desordenando
aún más los documentos. El margen correcto desapareció.
—Y sé que usted la ama. Es algo que no puede ocultar.
Me contuve de rodar los ojos.
—Ahora sabes más de mí que yo mismo.
—Puede engañarse cuanto quiera —se inclinó hacia adelante—, pero al
final sabe la verdad.
—Estoy perdiendo la paciencia. Te di un minuto y ya van casi dos. Habla
o te sacaré de aquí, y no te gustará cómo lo haré.
—Deje ir a mi hermana —exigió con valentía—. Ella sufre por su causa,
por lo que usted me hizo.
—Debiste quedarte callada. La próxima, optaré por cortarte la lengua.
Se incorporó enojada. Su estatura era similar a la de Abigail, nada
intimidante, pero bastante molesta. Tiró los papeles al suelo, esparciéndolos
por completo. Respiré hondo y perdí la compostura. Me puse de pie y la
sujeté de la muñeca con fuerza, mirándola con la furia de querer matarla.
Sería un estorbo menos.
Sin embargo, me sorprendió el dolor súbito en mi brazo. Bajé la vista y
vi el líquido gris avanzando por la jeringa, directo a mi torrente sanguíneo.
Con un movimiento veloz, aparté su mano de un golpe. Soltó la jeringa y
retrocedió despacio.
—No importa —susurró, triunfante—. Era una dosis fuerte, porque sabía
que no sería tan rápida para administrarla toda.
—¿Qué mierda? —siseé. Mareado, trastabillé y todo lo que había en mi
escritorio cayó al suelo. Apoyé las rodillas mientras la visión se
distorsionaba. Sus pequeños pies avanzaban con cautela.
—Voy a llevarme a mi hermana lejos de ti —dijo poniéndose de
cuclillas, enfrentándome—. Le daré lo que merece.
—Te voy a matar —prometí.
—No, Kylian. Yo te voy a matar a ti. —Mi cuerpo perdió fuerza, caí
sobre la espalda, agitado y dolorido—. El veneno que te puse tarda, pero es
irreversible.
—Hija de puta.
Sentía la sangre en mi paladar, expuesto y vulnerable como nunca antes.
Nadie había logrado doblegarme en segundos. Mi orgullo ardía, maldita
sea, no moriría a manos de una mocosa imbécil.
No debí fiarme, pero ¿cómo desconfiar de ella? La subestimé y ahora
pagaba las consecuencias.
—Mi hermana estará mejor con alguien que la ame de verdad. —Tocó
mi frente y rechacé su contacto—. Rowan la está esperando. —Un espasmo
recorrió mi cuerpo—. Adiós, Kylian.
Al pronunciar esas palabras, todo se volvió oscuridad.
Capítulo 56
Abigail
El placer que Kylian me dio se sintió intenso, pero no era lo único que
deseaba de él. Sin embargo, eso era todo lo que me ofrecía.
Aun así, sus palabras daban vueltas en mi cabeza: esa declaración
retorcida, esa mezcla de odio y obsesión que solo podía esperar de alguien
como él. ¿Debía culparlo? Creció así, sin conocer el amor, y probablemente
nunca lo había sentido. Aun así, ¿no era capaz de distinguirlo cuando se le
presentaba? Suponía que sí, pero con Kylian todo debía complicarse; él
siempre lo hacía todo de manera retorcida.
Parecía costarle mucho amarme o aceptar que podía hacerlo. Tal vez
Cami tenía razón y él realmente sentía algo y se negaba a admitirlo.
Y si me amaba… ¿qué haría yo con eso? Ese hombre estaba obsesionado
conmigo de un modo escalofriante. ¿Reconocer que era amor lo haría actuar
diferente? Tal vez solo potenciaría su posesividad sobre mí. Y para qué
negarlo: eso no me asustaba, me provocaba. Sentí un hormigueo en el
estómago que se extendía hacia mi entrepierna.
Joder. Estaba igual de loca que él, de eso no cabía duda.
Me sequé el cabello y salí de la ducha. Kylian ya no estaba en la
habitación, aunque no esperaba que lo estuviera. Una sonrisa traviesa se
dibujó en mis labios al recordar cómo me había venido sobre su cara. No
era nada grandioso, pero lo veía como una travesura contra su obsesivo
orden y control. Al menos esa vez, le había ganado en algo.
Me senté en la cama. Me sentía mejor gracias al tratamiento que me
proporcionó el médico, aunque las secuelas seguían golpeando mi cuerpo,
impidiéndome actuar con normalidad. Revisé mi celular al ver la pantalla
encenderse. Era una llamada de un número desconocido. Podía jurar que era
Rowan otra vez. Decidí ignorarla, pero la llamada persistió.
Cansada, tomé el aparato para apagarlo. Revisé los mensajes que había
enviado: uno era una fotografía, el otro un simple texto. Al abrir ambos, mi
alma cayó al suelo. Mis padres aparecían amordazados y encañonados por
unos hombres. Mi corazón casi se salió del pecho.
Temblé y di un respingo cuando volvió a sonar la llamada. Esta vez no
tuve opción más que contestar.
—Si siquiera los tocas, te juro, Rowan… —empecé, con la voz
temblando.
—¿Qué me juras, Abby? —interrumpió él—. Si no vienes, los mataré, te
lo prometo.
Y lo haría. No dudaría.
—¡No te atrevas, no te atrevas, loco de mierda! —sollocé, angustiada y
desesperada—. Ellos no te han hecho nada.
—Justos por pecadores. Te quiero aquí, Abby. Tienes una hora.
—Kylian no me dejará salir —susurré devastada mientras caminaba de
un lado a otro.
Rowan iba a matarlos y Kylian no haría nada para evitarlo porque me
dejó en claro que no le importaba.
—Por favor, no les hagas daño.
—Una hora, mi amor. Te estaremos esperando. Sabes dónde
encontrarnos.
—Si los lastimas, jamás te lo perdonaré. Y todas las posibilidades que
aún existen para nosotros se irán a la mierda —mentí con descaro.
—Si no vienes, les haré daño de formas que no puedes imaginar. —Mi
corazón se quebró de nuevo—. Y cuando ellos me pregunten por qué les
hago estas cosas tan horribles, solo les diré: porque Abby lo pidió.
Cortó la llamada. Me detuve de golpe y me quedé paralizada,
conmocionada, sin saber qué hacer. Mi mente se bloqueó por varios
minutos. La angustia me destrozaba.
—Dios mío —susurré trémula—. ¿Qué voy a hacer?
Agarré el celular con fuerza y no perdí tiempo. Me vestí con lo que
encontré: unos pants holgados y una sudadera con capucha, la típica ropa
que en películas o libros usan quienes buscan pasar desapercibidos.
No tenía idea de cómo convencer a Kylian para que me dejara ir. Tendría
que suplicarle, y lo haría. Haría cualquier cosa para mantener a mis padres a
salvo de ese cretino.
Me dirigí a la puerta, pero cuando estuve a punto de golpear para alertar
a París, esta se abrió. Vi a mi hermana con la misma expresión de
desesperación que yo. Mi preocupación se duplicó. La tomé de la mano y
revisé su cuerpo con rapidez, buscando cualquier herida.
—¿Qué pasa, Cami? ¿Cómo abriste mi puerta? —pregunté, alarmada. Su
labio inferior temblaba.
—París me dio la llave. Está entreteniendo a Kylian. —Sus ojos se
llenaron de lágrimas—. Él sabe que Rowan tiene a nuestros padres, Abby.
Lo escuché y no piensa hacer nada. No te dejará ir ni enviará ayuda.
El dolor me doblegó. Me apoyé en Cami para no caer. Sabía que
esperaba esa reacción de él, pero enfrentarme a la realidad me dolía
demasiado. La indiferencia y el egoísmo de Kylian eran absolutos. Jamás
haría algo bueno que no beneficiara sus propios intereses.
—Ella me dio esto. —Me tendió dos armas que sacó de la cintura—. Nos
ayudará, no nos dejará solas.
—Tengo que hablar con Kylian —dije firme—. Él me escuchará. No
podemos hacerlo solas, Cami, no…
—Te encerrará —me interrumpió, frustrada y con miedo reflejado en sus
ojos—. Compréndelo, Abby. No va a ayudarte. Me dejó en manos de ese
violador para mantenerte a salvo. No dudará en entregar a nuestros padres.
Me abrazó fuerte, intentando unir los pedazos de mi corazón, pero a estas
alturas ya no había forma de hacerlo.
—París nos apoyará. Tenemos que irnos ya.
La decisión de escapar perdió fuerza mientras corríamos por los pasillos
de Eros hacia el exterior. Sentía que todo estaba mal y que saldría mal. Algo
dentro de mí me gritaba que regresara a la oficina de Kylian, pero Cami me
seguía arrastrando. Su urgencia me irritaba. No encontrar a la seguridad que
siempre patrullaba los pasillos aumentaba mi malestar.
—No. —Me detuve al salir. Había varios autos, pero nadie más.
Habíamos tomado la ruta que Kylian solía usar—. No iremos así, Cami.
—¿Cómo puedes dudar? Es la vida de tus padres.
—No dudo. Iremos, pero no solas. Por favor, regresemos y hablemos con
él.
Me miraba como si no pudiera creer lo que decía. Di la espalda y caminé
de regreso a Eros, pero mis pasos cedieron de golpe. La debilidad me dobló
las rodillas, haciéndome caer al suelo. Toqué el cuello, donde una jeringa
permanecía encajada en mi piel. La retiré y la sostuve. Estaba vacía.
—Lo siento —susurró Cami a mi espalda mientras me desvanecía.
Percibía el olor a sangre y el leve aroma de traición.
Mi cuerpo estaba lánguido. Al despertar, los primeros segundos no pude
mover las extremidades; mis ojos sí se abrieron, y desearía no haberlo
hecho.
Me encontraba en una habitación amplia, de paredes grises. Pequeñas
ventanas altas apenas permitían el paso del oxígeno. Aun así, el calor era
sofocante. Mi ropa estaba húmeda, pegada a la piel, y eso me causó
repulsión.
Giré el rostro hacia un costado y vi a mi madre en la misma posición.
Estaba golpeada, con sangre escurrida por las mejillas, cortes y moretones
visibles. Mi corazón se quebró de agonía. Deseé con todas mis fuerzas
poder remediar sus heridas.
—Mamá —susurré dolida. No podía creer que Rowan hubiese hecho
esto.
No encontré a papá por ningún lado, ni a mi hermana. Apreté los dientes
y negué despacio, confundida por lo que Cami había hecho, porque fui
consciente de que había sido ella, nadie más.
¿Acaso Rowan la había amenazado? Debía existir una explicación; no
podía aceptar que mi hermana traicionara a su propia familia. ¿Y Kylian?
¿Estaría al tanto de esto? ¿Cómo había logrado Cami escapar conmigo de
Eros? Seguramente Rowan tuvo mucho que ver.
De pronto, escuché pasos. Todo mi cuerpo se tensó y el miedo me atrapó.
Cerré los ojos y esperé mientras los pasos se acercaban, hasta que reconocí
ese inconfundible perfume: Rowan. No venía solo, eso estaba claro.
—Parece que le puse demasiado tranquilizante —murmuró Cami. Su voz
no mostró miedo alguno; sonaba extrañamente cómoda, como si todo
estuviera bajo su control.
Rowan no respondió. Se acercó, me agarró del cabello y alzó mi rostro
con rudeza, propinándome una bofetada que me hizo abrir los ojos y
mirarlo con odio.
—Eso es, te quiero bien despierta, Abby.
—¿Por qué nos haces esto? ¿Por qué les haces esto a nuestros padres? —
grité, dirigiéndome a Cami, que lucía tranquila. Su mirada fría e indiferente
me hirió aún más. Rowan quedó en segundo plano; solo quería respuestas
de la persona que amaba.
—A ellos nunca les importé —estalló con envidia—. Todo siempre se
trató de ti: Abby la inteligente, Abby la hermosa, ¡Abby la perfecta puta que
baila en Eros! He sido tu sombra. Me quitaste el amor de nuestros padres;
jamás me han amado como te aman a ti. Por eso se van a morir.
Sentí que el cuerpo me temblaba. Sus palabras eran estocadas dolorosas.
Conocía los desplantes de mis padres, su constante comparación, pero eso
no justificaba lo que estaba sucediendo. De ninguna manera.
Cami se precipitó hacia mí mientras Rowan aún me sostenía del cabello.
Su semblante había cambiado; no era la dulce hermana que conocía, la que
prometió estar siempre a mi lado. Todo lo que conocía de ella parecía una
falacia, un acto de manipulación.
—Ellos te protegían, te aman. Estás equivocada, Cami.
—No, no lo estoy —replicó con ira—. Tú no vivías con ellos, Abby.
Todo el tiempo hablaban de ti. Mis logros quedaban opacados por los tuyos.
Me hicieron a un lado —su voz se quebró—, y luego tú… tú rechazaste
todo lo bueno que te daban los demás para seguir bailando como la puta que
eres, metiéndote con el mejor amigo de tu novio, comportándote como una
santa mientras mis padres te ponían en un pedestal. ¡No lo mereces!
Sus palabras me dolieron más de lo que podía soportar. No entendía lo
que decía, lo confundida y manipulada que estaba. Era una niña
manipulable e ingenua, como lo fui yo.
—No eres más que una malagradecida. Cuando intenté que nuestros
padres lo vieran, solo recibí castigos. Nadie habla mal de la joya de la
familia.
—Cami, escúchame —supliqué—. Rowan te está usando. Abre los ojos.
—No soy ingenua. Sé quién es Rowan y no me importa. —Inhaló
profundo, conteniendo las lágrimas como si fueran irrelevantes—. Ahora,
mataré a mi madre, tal como maté a Kylian.
Mi pecho se agitó. Lo que escuchaba no podía ser real.
—¿Qué dijiste? —inquirí estupefacta.
Ella me sonrió mientras sostenía en la mano el arma que me dio en Eros.
—Maté a Kylian.
—No, eso no puede ser verdad. No pudiste tocarlo —dije, temblando.
—¿Quién iba a desconfiar de alguien como yo? A estas alturas, él y París
deben estar muertos. Lamento decirte que la muerte que les di no fue
rápida, pero sí muy dolorosa.
—¡Mientes! —alcé la voz, desesperada.
—No miente, preciosa —susurró Rowan en mi oído—. Ella los mató.
Ahora matará a tus padres. Pero tú, Abby —me sujetó del mentón y me
obligó a mirarlo—, te quedarás aquí. Haré que mis hombres vengan y uno
por uno te violen hasta que no quede nada de ti.
—Eso ya no me asusta —siseé entre dientes—. ¿Vas a violarme? Hazlo.
Me has quitado todo; no puedes hacerme más daño.
Entornó los ojos, y una pérfida sonrisa se dibujó en sus labios que una
vez no me cansé de besar.
—Te demostraré que sí. Vas a suplicarme que te mate, Abby. Te
retorcerás de dolor, humillada y hundida, tal como me dejaste a mí.
—Supéralo, supera que no te quise, que no fuiste suficiente —escupí con
asco y valentía—. Supera que me acosté con tu mejor amigo y me hizo
llegar al clímax mejor que tú. Si lo sabías, ¿no? Kylian me devoró, me hizo
suya cientos de veces. ¡No sabes cómo disfruté follarlo en mi cama, en tu
casa, en tus putas narices, hijo de perra!
El rostro de Rowan se tornó rojo. Su enojo era palpable, su ego
destrozado.
—Eres débil, por eso nunca has podido poseerme —finalicé, observando
cómo todo dentro de él se hacía añicos.
Su puño se estrelló contra mi rostro. La sangre cubrió mi cara y sentí que
me ahogaba, pero no me importó. Dejé que me golpeara mientras mi
hermana, impulsada por una satisfacción grotesca, disparó contra nuestra
madre, matándola con un tiro en la cabeza. Ella no sintió nada por la
inconsciencia.
Dolor. Ese fue el único dolor que sentí al ver a mi madre fallecer. Al
menos no vi morir a mi padre. Al menos no vi morir a Kylian. No les daría
esa satisfacción. Me habían destrozado de tantas formas que esta vez no
sería diferente.
Cuando los golpes de Rowan cedieron, apenas logré mantenerme
consciente. La sangre empapaba mi rostro. Sentí que me había roto los
pómulos y la nariz. Me desató, me agarró del cabello y me lanzó al suelo,
donde una patada en el abdomen me dobló, como si algo dentro de mí se
hubiera quebrado.
—¿Lista para tu primera ronda, Abby? —susurró en mi oído. Miré hacia
la puerta y un hombre desconocido entró—. Úsenla. Mañana serán otros
diez —añadió Rowan, saliendo con Cami detrás de él.
Cerré los ojos y permití que mi mente viajara a un recuerdo feliz. No fue
aquel día con mi familia celebrando un año más de vida de mamá, sino el
primer instante en que conocí a Kylian, un recuerdo que hasta ahora no
había logrado rescatar.
Mi cuerpo estaba ultrajado, pero mi alma hallaba un extraño refugio en la
memoria.
Capítulo 57
Kylian
Esta era una de las clases que menos disfrutaba. Ferdinand, un alemán
retirado del ejército, tenía un método peculiar para entrenarnos. Sus
enseñanzas eran bárbaras, pero efectivas en todos los aspectos. Sin
embargo, cuando nos obligaba a ingerir veneno, lo maldecía en todos los
idiomas que conocía. Detestaba llenarme el cuerpo con aquellas sustancias
corrosivas que, aunque me fortalecían, provocaban vómitos continuos.
En otras ocasiones, los dolores en el estómago se volvían insoportables.
Cuando tenía suerte, se intensificaban tanto que me hacían perder el
conocimiento por unos minutos. Conforme avanzaba el entrenamiento, los
desmayos disminuían y los cuerpos adquirían cierta inmunidad a cualquier
veneno. Debíamos estar preparados para todo tipo de ataque; a veces, las
balas resultaban menos efectivas que un veneno administrado a través de la
comida, una jeringa o un dardo.
—Ustedes serán lo mejor de Eros —habló con su marcado acento
alemán—. Serán armas mortales y casi invencibles.
Nos mantuvimos en silencio. Éramos solo seis frente a él. Silas debía
estar presente. Ese tipo era un parásito incansable, se negaba a quedarse
atrás y, aunque rivalizábamos constantemente, admitía que el imbécil era
un buen elemento. Se arrastraba hasta superar cualquier límite, negándose
a detenerse.
—La sustancia que tomarán a continuación es la más letal que han
probado hasta ahora —continuó—. Ataca directamente al corazón, lo
paraliza, aunque no de inmediato. —Nos miró a cada uno, sus ojos azules
surcados por arrugas y llenos de experiencia—. Eso es lo peor.
Tomamos los recipientes ante su seña. El líquido era gris, oscuro,
inofensivo a simple vista, pero siempre existía caos en lo más pequeño y
hermoso; quizás esas cosas eran las más saturadas de destrucción.
—Debilita, nubla la vista y causa dolor. Mucho dolor —prosiguió—. Les
hará perder el conocimiento, pero no los eximirá de sufrir; su cuerpo
seguirá en agonía mientras los efectos los inmovilizan. —Se detuvo y cruzó
los brazos detrás de la espalda—. Espero que no mueran —añadió con una
diversión macabra.
Tragué grueso. Dudé un instante, solo uno, antes de beber el veneno de
un solo trago. Al principio no sentí nada; era como agua. Pero luego, un
ardor insoportable recorrió mis venas. Dolía como si cientos de aguijones
prendieran fuego a mi sangre. Cada pulsación quemaba desde dentro hacia
afuera.
Observé a mis compañeros; algunos yacían inconscientes en el suelo.
Silas se mantenía de rodillas, con las manos en puño, las venas marcadas
sobre la piel. Mis manos replicaban esa tensión. Mientras tanto, Ferdinand
hablaba, o quizá gritaba; no distinguía nada. Mis sentidos fueron atacados
y derribados. La oscuridad se ciñó a mis ojos. Caí de espaldas, con el dolor
martillando mis sienes y el corazón latiendo con violencia.
Debía resistir. Era fuerte. Un monstruo que no se derrumbaba ante nada.
—Lo estás haciendo bien, Kylian —susurró alguien en mi oído—.
Sullivan estaría orgulloso.
Abrí los ojos de golpe y regresé a la realidad, que no era más agradable
que aquel pasado.
Varios de mis hombres estaban en la oficina, entrando y saliendo,
armados y atentos. Tenía a dos más a mis costados; al percatarse de que
despertaba, me miraron con genuina preocupación.
—Señor Draxler, han traído el antídoto y ya se lo hemos administrado —
avisó uno de ellos. No recordaba su nombre en ese instante.
—Mierda —siseé, intentando incorporarme.
—Debe esperar a que surta efecto.
Maldita sea. No podía perder tiempo; cada segundo postrado en esa silla
daba oportunidades a esos bastardos para herir a Abigail. No necesitaba
preguntar por ella; sabía que ya no estaba aquí.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunté, con la voz baja y ronca.
El antídoto ayudó, aunque mi resistencia a los venenos, producto del
entrenamiento, hizo que su efecto fuera más lento. Si el cabrón de
Ferdinand no me hubiese torturado así, probablemente ya estaría muerto.
—Media hora, señor —respondió otro—. La señorita París también se
encuentra fuera de peligro.
Mocosa hija de puta. No se libraría de lo que le haría; había tocado a
París, y si aquella demente moría, yo le seguiría. Así estaba pactado.
—Prepara a mis hombres y localiza a mi mujer —ordené con firmeza.
Poco a poco recuperaba el control de mi cuerpo.
—Enseguida, señor.
Me dejaron solo en la oficina. En menos de diez minutos, me
recompondría. Me incorporé; no podía perder más tiempo. Abigail me
necesitaba, y yo necesitaba masacrar con mis propias manos a esos dos
hijos de puta que se atrevieron a desafiarme. Jamás perdonaría a aquella
mocosa por burlarse de mí; nadie lo había hecho así, y pagaría caro. Mis
ganas de matarla estuvieron desde que la conocí, ahora solo se
intensificaron.
Abrí el cajón de mi escritorio y saqué un arma. Solo una. Contenía doce
balas, pero no las usaría en ninguno de ellos; lo que les haría no sería
rápido. Mi sed de sangre resurgía con fuerza. El monstruo que habitaba
dentro de mí despertaba en todo su esplendor. Rowan creía conocerme, pero
no sabía nada de la bestia que yo era, mucho peor que él en todos los
sentidos.
Salí de mi oficina y encontré a París y a Mac en el pasillo. Mac la
sostenía, ayudándola a mantenerse de pie mientras la palidez cubría su
rostro. No lucía nada bien. Por un instante, olvidé que Mac seguía aquí.
—Jefe —susurró París, agotada—, iré contigo.
—No irás a ningún lado.
—Esa mocosa me hizo esto —siseó furiosa—. Si no fuera por Mac,
estaría muerta.
—Se las cobraré, París —le dije, miré a Mac—, cuídala. No permitas que
haga nada estúpido.
—Lo intentaré —murmuró, con poca convicción.
—Jefe —musitó París, agobiada, no eran muchas las ocasiones que la
veía vulnerable—, lo siento.
No respondí. Ella no tenía la culpa. Aunque se sentía responsable por
traerla hasta aquí, la mocosa supo mover sus piezas y esperar el momento
indicado para atacar. Eso lo reconocía, pero le haría pagar con dolor.
Asentí con la cabeza y la dejé atrás. No tardé en llegar a la sala de armas,
donde los encargados de seguridad y los rastreadores ya estaban listos.
Localizaron a Abigail sin demora.
Le implanté dos rastreadores, un atentado contra su privacidad, pero
necesario para saber dónde se encontraba a cada segundo. Era por su
seguridad, aunque más que eso, saciaba un poco mi obsesión por ella. Me
gustaba controlarla y tenerla bajo mi protección.
—Está en un almacén del ejército, donde guardan armas y drogas
incautadas —informó Vincent, otro de los cerebritos como París,
mostrándome la pantalla con el punto del rastreador.
—Iremos allí. Parte del ejército estará presente, pero contamos con el
apoyo de la PICD —dije, mientras mis hombres asentían—. Su objetivo
será eliminar los obstáculos. Yo me encargaré de Byrne; no interfieran.
—Entendido, señor.
—Identifiquen los puntos ciegos. No necesito decirles cómo hacer su
trabajo ni lo que espero de ustedes.
Todos asintieron y nos preparamos para salir.
Hoy no realizaría un trabajo limpio; no habría profesionalismo en mis
acciones. Solo sería una demostración de lo que era capaz de hacer con
aquellos que osaran desafiarme.
El mundo se fue a la mierda el día que nací.
Mis padres lo sabían, por eso decidieron marcharse de esta vida antes de
ver con sus propios ojos en lo que se convertiría su hijo.
Desde el primer aliento estuve contaminado. Un halo oscuro se adhirió a
mí y jamás me soltó. Las personas se asustaban, temían lo que veían en mis
ojos. Pocos llegábamos a este planeta con la maldad incrustada en el
corazón. No existía bondad en nosotros, no conocíamos la empatía,
carecíamos de escrúpulos y sentimientos. Por eso nos agrupaban con otros
que nacieron con el mismo defecto.
No razonábamos como los demás, no actuábamos como ellos. Crecíamos
con una rareza inhumana que hombres como Sullivan se encargaban de
explotar. Él trabajaba esos defectos, los perfeccionaba, y cada uno de sus
estudiantes poseía algo que los hacía únicos. Yo no tuve solo un rasgo, tuve
muchos, y Sullivan lo notó desde el primer instante en que me vio.
Físicamente era un monstruo tallado en perfección, con la belleza medida
en dosis exactas, dotado como ningún otro. Mentalmente, inteligente,
perspicaz, con un razonamiento escalofriante que solía hacer sonreír a
Sullivan.
Sentimentalmente no podía adjudicarme nada, porque nunca sentía nada,
no hasta que ella apareció.
Una chiquilla de dieciséis años escapando del colegio, con la inocencia
dibujada en la sonrisa y la malicia en sus ojos grises, un gris que jamás
había visto. Potente, luminoso y oscuro al mismo tiempo. Su mirada
encerraba un magnetismo capaz de atrapar a cualquiera. Ojos repletos de
sombras.
La vi sonreír, perdida en sus pensamientos, sin comprender qué
demonios hacía. Se esforzaba por parecer más madura, pero seguía siendo
una niña; una niña que, sin duda, se metería en problemas. No era como las
demás. No encontré en ella lo que veía en cualquier chica de su edad.
Mostró una pequeña monstruo oculta detrás de la inocencia que la rodeaba.
Desde entonces, me atrajo hacia su mundo de luces. Llevaba años detrás
de Abigail, aunque nunca lo supo ni lo recordó.
El deseo me consumía hasta el punto en que ya no podía reprimirlo. La
tomé en Eros porque me pertenecía desde mucho antes de que Rowan la
encontrara. Me negué a escuchar una negativa, no podía soportarlo más.
Esa obsesión me había dominado desde nuestro primer encuentro, y no
había manera de ignorarla. Él la había roto muchas veces, pero hoy sería la
última.
Llegué al territorio del ejército. El recibimiento no fue amable. Sin
embargo, los superábamos en número, algo que Rowan no esperaba; creyó
que estaba muerto. Irrumpimos en el interior dejando un rastro de cuerpos
desmembrados. A cualquier lugar que mirara, había restos humanos
esparcidos gracias a los explosivos que diseñé: medida exacta para incinerar
solo un perímetro sin generar olas de calor y así no afectar a los nuestros.
Sangre, humo, pólvora, muerte.
El alboroto era ensordecedor. El sonido de las armas se transformó en
una melodía siniestra que retumbaba en los cráneos y huesos que
atravesaban. Para aquel momento, no quedaba nada del hombre que Rowan
conoció. Mi ropa estaba sucia, manchada de sangre, quizá también de los
fluidos de sus hombres. Sin embargo, mi mente bloqueaba mi obsesión por
la limpieza; la sed de sangre dominaba cada pensamiento.
—¡La encontramos, señor! —gritó alguien desde el humo, señalando la
ubicación.
Avancé hacia un pasillo con el arma en mano, colgando al costado de la
pierna. No había rastro de Rowan ni de Camila, pero sabía que se
encontraban aquí, sentía su puta miseria. La muerte siempre podía olerse, y
ellos apestaban a ella.
Al entrar a la habitación donde Abigail estaba, me detuve. La encontré
inconsciente en el suelo, irreconocible bajo la sangre que cubría su rostro
como una máscara macabra. La habían dejado desnuda, vulnerable, rota por
los golpes. La rabia se acentuó en mi pecho y advertí al sujeto que mis
hombres arrastraron lejos de ella antes de que pudiera tocarla como la
enferma mente de Rowan quería; el hijo de perra se mantenía con los
pantalones mal puestos.
Lo pospuse por unos minutos; él no era lo importante ahora. Me arrodillé
junto a Abigail, y uno de mis hombres me tendió una manta. Sentí su pulso:
bajo y pausado. Las heridas en su cuerpo me preocupaban, especialmente el
color púrpura de sus costillas. Probablemente tenía fracturas; esperaba que
ningún órgano estuviera dañado.
—No lo maten —ordené sin mirar a nadie—. Llévenlo con los demás —
añadí, refiriéndome al imbécil que quería aplastar, pero mi prioridad era
Abigail, ya habría tiempo para saciar mis deseos sanguinarios.
—Sí, señor.
A empujones y golpes lo sacaron de mi vista. Cargué el cuerpo de
Abigail contra mi pecho, buscando darle calor. Se encontraba helada, y
cuando la presioné más, gimoteó bajito.
—Lamento demorar, cariño.
La rabia se transformó en ira mientras sus párpados luchaban por abrirse.
Tenía los pómulos fracturados y el ojo derecho hinchado; no podría abrirlo
en días. Algo semejante al dolor me golpeó el pecho, su imagen fue una
promesa silenciosa que me hice en ese momento: nunca más permitiría que
la lastimaran. Estaba dispuesto a morir antes de que alguien volviera a
tocarla.
—¿Estoy soñando? —logró articular.
—No hables —indiqué mientras la guiaba hacia la salida.
—No fumes —musitó débilmente—. Me lo dijiste la primera vez que
nos vimos.
No sabía por qué recordaba ese momento ahora, pero me alegraba que
pudiera volver a él, a nuestro primer encuentro. Secretamente deseé que
nadara de nuevo en esas memorias.
—Nunca me dejaste, siempre fuiste esa sombra que me vigilaba. Siempre
se trató de ti. Ahora puedo verte.
—Lo has hecho todo el tiempo, Abby —susurré, sintiendo que temblaba
entre mis brazos.
—Nunca me llamas Abby. —Esbocé una media sonrisa, solía decirme lo
mismo a menudo.
—Siempre has sido mi Abby.
Capítulo 58
Abigail
Me tenía cautiva y protegida en las entrañas de Eros.
El dolor había desaparecido. Todo mi cuerpo se sentía liviano, casi
etéreo, como si flotara entre la conciencia y el olvido. Quería permanecer
así para siempre.
Una luz tenue caía sobre mi cabeza, mientras una manta cálida cubría mi
cuerpo. Estaba recostada en una cama de hospital dentro de una de las
tantas habitaciones de Eros; mis signos vitales eran monitoreados y contaba
con todo lo necesario para mi bienestar. Todo gracias a Kylian.
Sabía que estaba aquí. Solo él podía fundirse con la oscuridad como un
espectro casi irreal y siniestro, la sombra que me había vigilado durante
años. Alcancé a notar el sutil brillo perverso de sus ojos sobre mí. Su
presencia era abrumadora, consumía el oxígeno y aceleraba los latidos de
mi corazón. La máquina a mi costado delató mi estado.
—¿Piensas mantenerte ahí todo el tiempo? —articulé con dificultad. Mi
voz sonaba ronca y quebrada.
En otro momento habría dicho que sonreía, pero ahora podía sentir la
tensión en él. Su furia era intensa, y no deseaba recordar el motivo por el
cual estaba allí. Era demasiado doloroso enfrentar lo que había perdido; no
estaba preparada para asumir que me había quedado completamente sola.
Se acercó con pasos lentos y calculados. La luz rozó su rostro cincelado
en hielo y belleza, mientras las sombras afloraban a la superficie,
anclándose en sus ojos y oscureciéndolos. No había compasión, no había
piedad, solo un vacío inmenso que me intimidó. La calidez que había
percibido entre sus brazos antes se desvaneció, como si nunca hubiese
estado.
Pero eso era Kylian: representaba con precisión lo que llevaba dentro.
Tal vez nunca terminaría de comprenderlo.
—¿Qué sucede? —pregunté, temerosa.
Guardó silencio antes de sentarse a mi lado, sobre un sofá. Recorrí su
cuerpo con la mirada, buscando cualquier señal de lesión. No encontré
nada: ni un rasguño. Todo parecía intacto, como si lo ocurrido fuera irreal,
pero mi cuerpo confirmaba que había sido demasiado real.
—¿Cómo te sientes? —respondió con otra pregunta, directa y firme.
—Es difícil decirlo —confesé en voz baja—. Mis padres… ¿ellos…?
—Murieron, ambos —dijo sin filtros, con la frialdad que lo
caracterizaba.
La noticia extendió un vacío profundo por mi pecho, donde alguna vez
latía un corazón lleno de ilusión y alegría. Ahora no quedaba nada. Me
habían arrebatado todo. Ni siquiera podía asegurar que tenía a Kylian; al
final de cuentas, él jamás fue mío por completo.
Siempre estuvo conmigo, pero a medias. Así sería siempre: yo entregaría
ochenta por ciento de mi ser y él apenas un veinte. Y, aun así, lo amaba. Lo
amaba con una intensidad oscura y enfermiza, un sentimiento devastador
que sacudía mis emociones y me recordaba lo que yo en realidad quería y
siempre fui.
—¿Dónde están? —pregunté, temiendo la respuesta.
—Me he hecho cargo de todo.
—¿De todo? —indagué, pensando en Cami y Rowan.
Aún intentaba procesar que mi propia hermana había matado a mi madre
y condenado a mi padre al mismo destino. Había conducido a Rowan hasta
la trampa que casi me costaba la vida. No podía perdonarla; la amaba
demasiado y me quemaba por dentro saber que también la había perdido.
Kylian no permitiría que sobreviviera y yo no deseaba que lo hiciera. Para
mí, Cami ya estaba muerta.
Ni siquiera me atrevería a mirarla. No dudó en jalar el gatillo, guiada por
la envidia y su ingenuidad. Probablemente debería buscar ayuda para ella,
pero no la merecía. Y sabía que Kylian jamás permitiría un juicio, no estaba
capacitado para tratar sus asuntos por medio de la ley. Y yo no tenía fuerzas
para luchar contra él, aunque se tratara de mi propia sangre.
—De todo —sentenció—. Mañana sepultarás a tus padres.
Tragué saliva, manteniendo la calma. No lloraba, aunque sufría, y no
podía asegurar que mañana enfrentaría esto igual. Se trataba de mis padres;
sería difícil despedirme de ellos.
—¿Y ella?
—Cenizas, Abigail —siseó con tono cortante—. No preguntes más. No
quieres saberlo.
Decidí obedecerlo. No servía torturarme pensando en el final de mi
hermana y Rowan; de este último, en realidad, no me interesaba saber nada.
Tiré del cuerpo de Kylian con dificultad. Comprendió lo que quería y se
acercó. Su mano libre se posó sobre mi mejilla herida. Por momentos olvidé
que mi rostro estaba magullado y que probablemente lucía espantosa.
Incluso así, Kylian me miraba como si fuera el ser más hermoso del planeta.
Me tocó con cuidado, desde la sien hasta la barbilla, una y otra vez,
como intentando memorizar cada parte de mí o recordar cómo era antes de
estar tan golpeada. Hice lo mismo con él, aferrándome a su mano y
sonriéndole ante la seriedad de su rostro y la vacuidad de sus ojos.
—Gracias por no dejarme ahí —susurré. Necesitaba decírselo, aunque
sabía que no lo esperaba.
—He roto mis promesas contigo una y otra vez, ptaszyna.
—Y siempre lo has enmendado.
—No es lo que debería hacer. No es así como debería haberte cuidado.
—Negué despacio.
—No es tu culpa.
—Era mi responsabilidad mantenerte a salvo —continuó, dejando
escapar el pesar en su voz.
Intentaba hacerle entender que nada de esto era su culpa. Todos
tomábamos decisiones; no podrían considerarse errores, tal vez solo cuando
confiábamos ciegamente en alguien.
—¿Por qué lo sería, Kylian?
—Porque eres mía.
Depositó un beso sobre mi frente. Agradecí el calor de sus labios y
esbocé una sonrisa. Toqué su mejilla con cuidado, inhalando su perfume
para arraigarlo en mí. Amaba su olor, su cercanía, la manera en que buscaba
protegerme. Amaba ser suya. Siempre amaría su dominio sobre mí, a pesar
de las decisiones que tomaba para mantenerme a salvo. Siempre supe que
esto era él.
—Vas a irte —dijo de pronto. Toda la sonrisa en mi rostro se desvaneció.
—¿Qué has dicho? —inquiri estupefacta, pensando haber oído mal.
—Irás a Suiza. Hay una clínica para ti. Reservé un lugar…
—No —interrumpí. Él se apartó para mirarme—. No me iré. ¿Una
clínica? ¿Crees que necesito viajar hasta allá para sanar mi cuerpo?
—Estoy hablando de tu mente, Abigail. No estás bien, y lo sabes. —
Sentí un nudo en la garganta al notar la determinación en su mirada, la
razón de su aparente ausencia—. Lo que has vivido y la pérdida de tu
familia te afectará. Tu inestabilidad puede tener consecuencias peligrosas si
no recibes ayuda profesional.
No quería irme.
—Puedo hacerlo aquí, Kylian. No me apartes de tu lado.
—Soy malo para ti. —Me sostuvo la cara con ambas manos—. Cerca de
mí no podrás sanar. No lo permitiré.
—Estás actuando de manera irracional. Al final, volverás por mí.
—Y tú estarás lista para lidiar con lo que soy. Necesito que sanes,
Abigail. Limpiarán tu sangre del suero, recibirás terapia. —Las lágrimas
humedecieron mis mejillas—. Tendrás una habitación llena de todo lo que
amas, una vista preciosa, y Mac estará contigo.
—Pero tú no.
—Entiéndelo. Necesitas hacer esto sola, sin que yo interfiera. Quiero que
tomes la decisión de estar conmigo cuando seas capaz de ver lo que en
realidad represento.
—¿Y si decido no volver? —provoqué, intentando que recapacitara.
Él sonrió, con naturalidad, y algo más que no logré interpretar.
—Tomaré el riesgo, cariño.
—No nos hagas esto, Kylian. No me apartes.
—No quiero hacerlo, pero por primera vez estoy dejando mi egoísmo de
lado por ti. Por favor, no compliques más las cosas.
Rozó mis labios con los suyos. Su aliento acariciaba mi piel y secaba las
lágrimas que todavía recorrían mi rostro. La decisión que estaba tomando
dolía en lo profundo, dolía saber que ahora también lo perdería de verdad,
pero me dolía aún más reconocer cuánto dependía de él para sentirme
completa.
Y no, el amor no debía sentirse así. No debía doler de esta manera.
Sin embargo, ¿no lo dijo él? Lo que existía entre nosotros era más oscuro
y poderoso que el amor, algo que no tenía nombre, pero que puso mi vida
de cabeza y le dio ese sentido que tantas veces anhelé. Estábamos rotos;
nuestro concepto de amor estaba dañado y sucio. Solo nosotros podíamos
comprenderlo, nadie más que se atreviera a mirar podría encontrar forma al
rompecabezas de nuestros sentimientos. Solo encajábamos cuando
estábamos juntos, piezas perfectamente imperfectas.
Yo buscaba a alguien capaz de dominar al monstruo que llevaba dentro,
ese ser que se agazapaba ante la luz, esperando las sombras para surgir,
esperándolo a él. Fui yo misma entre sus brazos, bajo las luces de Eros, de
frente a la oscuridad que lo acompañaba. No me arrepentí de haber
colisionado con él.
—Estás dejándome ir —dije con pesar.
—Estoy permitiéndote elegir —corrigió, con firmeza.
—¿Vas a esperarme? —articulé, rendida. Por dolorosa que fuera la
verdad, Kylian tenía razón.
—Lo he hecho durante años.
Sus palabras trajeron un atisbo de esperanza que atravesó la bruma del
pánico que sentía ante la realidad que se desplegaba frente a mí. Ahora
conocía la verdad: siempre se trató de él. Era esa sombra que me perseguía,
por ello dejé de notarla cuando se me mostró frente a mí. No se fue, solo se
hizo visible.
—¿Sabes qué significa este número aquí? —preguntó, señalando el siete
tatuado en su mano, un detalle que siempre me había parecido atractivo,
como todo en él.
—Dímelo —susurré, con el corazón acelerado y las mariposas haciendo
estragos en mi estómago.
—Siete de julio —murmuró con melancolía—. Un siete de julio te
conocí.
Enmudecí ante su confesión. De todo lo que había esperado escuchar, eso
no encabezaba la lista. No podía dar crédito a la magnitud de la obsesión
que él sentía por mí. Había seguido mis pasos desde siempre.
—Soy tuyo, Abigail Lacroix —susurró con sinceridad.
Sus palabras me hicieron derramar más lágrimas. Jamás me había mirado
así, jamás había sonado tan dulce y franco. Era como si estuviera viendo a
otro hombre, o al hombre que habría sido si no hubiera nacido en este
mundo tan violento.
—Y nadie va a cambiar eso.
—¿Y si llega otra mujer? —Hipé, secándome la nariz, aunque ya no
conocía la pena con él.
—La única que me importa está delante de mí.
Me besó la mejilla, descendiendo lentamente a otros puntos de mi rostro
hasta llegar a la nariz.
—Mis labios no aceptan otros besos que no sean los tuyos. Confía en mí,
cariño, eso jamás cambiará.
—También te amo —musité, como un resumen de cada palabra que él
acababa de decir.
Desplegó una sonrisa en sus labios.
—Ya lo has entendido.
Capítulo 59
Kylian
Estábamos frente a frente.
Las cosas no tendrían que haber terminado así. No era el desenlace que
había planeado, pero Rowan fue tan estúpido que lo arruinó todo. Le di la
oportunidad de ser merecedor de ella. Era mi hermano, alguien a quien ya le
habían destrozado el corazón y que, con el encuentro con Abigail, pareció
encontrar un motivo para recomponerse.
Fue entonces cuando decidí menguar mi obsesión, aunque resultó inútil.
Mantenerme lejos sirvió por un tiempo; volver solo lo complicó todo. No
importaron los años ni los kilómetros que nos separaron: Abigail siempre
estuvo conmigo.
Me convertí en su sombra. La observaba sin actuar, sin intervenir, salvo
en contadas ocasiones, cuando se acercaba a hombres que solo habrían
terminado por herirla. Ella sentía una atracción peligrosa por el abismo; lo
buscaba como una polilla busca la luz. Se metía en problemas, bebía y
frecuentaba lugares prohibidos donde se cruzaba con personas adultas de
moral dudosa, a los que no les importaba follarse a una cría de dieciséis
años.
Tuve que intervenir y mantener a salvo a mi pequeña monstruo. Hasta
que cayó en manos de Rowan, y entonces fingí no conocerla. Fingir
siempre se me dio bien; convencerme de que no significaba nada, todavía
más. Pero al final, no podíamos sostener una mentira para siempre.
—¿Cuándo vas a dar tu último golpe, Drax? —rompió el silencio que
nos rodeaba.
Su rostro estaba magullado. Lo había destrozado con mis nudillos hasta
saciarme. Uno de sus ojos se redujo a una masa deforme, diseminada entre
su mejilla, su ropa y el suelo.
—Nunca debiste pedirme que regresara —dije con voz helada—. No era
lo bastante fuerte para negarme a verla de nuevo.
Me incorporé de la silla y caminé frente a él. Sobre la mesa, los
instrumentos de tortura aguardaban alineados minuciosamente. Tomé unas
pinzas filosas, disfrutando de su peso entre mis dedos. Hacía tiempo que no
castigaba a alguien con mis propias manos, de manera tan personal. Hoy,
una vida más se sumaría a la larga lista que llevaba grabada en la memoria.
Camila yacía inconsciente a su costado, esperando su turno para morir.
Su final sería lento, doloroso, insoportable.
—Siempre deseaste lo que era mío.
Me situé frente a Rowan. Lo miré desde arriba, con desprecio, sin una
pizca de compasión.
—Te permití tenerla —dije, sujetándole el cabello—. Tuviste un sinfín de
oportunidades y las desperdiciaste todas.
Le propiné un golpe seco. Su cabeza giró con violencia, y el sonido del
hueso partiéndose se resintió en mis nudillos.
—Creí que serías suficiente para ella —continué, descargando otro
puñetazo—. Pero bastó un segundo, Rowan, uno solo, para hacerla caer.
—No fuiste capaz de pelear de frente. —Escupió sangre a mis pies,
relamiéndose los labios rotos.
—Si lo hubiera hecho, ella te habría dejado en menos de un día. Porque
siempre se trató de mí.
Tiró de las ataduras, furioso, con los ojos inyectados en sangre.
—Antes no la toqué, no la probé, no insistí en poseerla, porque sabía que
no la dejaría ir —proseguí con calma mortal—. Pero tú me orillaste a
volver, y en el momento en que mis manos se posaron sobre su piel, no
hubo marcha atrás. Lo supe, supe que sería mía. Y ella también.
Tomé sus dedos y los apreté entre los míos. Coloqué el filo de las pinzas
sobre ellos. Lo miré a los ojos y, sin una sombra de piedad, los corté uno
por uno. El sonido del hueso al romperse no fue opacado por el grito
desgarrador que profirió; la carne cedía con una facilidad sorprendente,
incluso ante la dureza que esperaba debajo. La sangre caliente salpicó la
habitación, formando un charco espeso y oscuro que olía a hierro y
venganza.
—¿Sabes por qué te hago esto, Rowan? —siseé entre dientes.
Él negaba, balbuceando, incapaz de responder.
—Te advertí que, si volvías a tocarla, te cortaría los dedos y te obligaría a
tragártelos.
Tiré de su cabello y lo obligué a mirarme. Cumplí mi promesa: metí los
dedos cortados en su garganta, me las arreglé para que entraran todos sin
importarme un poco la forma en que sus labios se destrozaban por el
forcejeo. Acto seguido, apreté la palma contra su boca sin perder un
segundo de cómo la expresión de su cara cambiaba por el asco y el poco
oxígeno que fluía. Presioné hasta que el vómito fue incontrolable y la
sangre volvía a precipitarse en chorros cálidos que me ensuciaron la mano.
Retrocedí y observé cómo su cuerpo se sacudía con espasmos, tosiendo y
vomitando. La bilis se mezcló con la sangre y la saliva, tiñendo sus piernas.
Era una imagen deplorable, reducida a lo más bajo de la miseria humana.
Aun así, no encontré satisfacción. Ninguna tortura compensaría el daño
que le había hecho a Abigail. Nada repararía lo que le arrebató, y esa
impotencia me consumía.
—¡Hijo de puta! —bramó entre sollozos.
—Sabes que lo soy. Y, aun así, decidiste joder lo que es mío.
Tomé un cuchillo grande, del tipo que usaban los carniceros para
descuartizar cerdos. Lo levanté, su peso me pareció familiar, y regresé hacia
él. Apoyé la hoja sobre su entrepierna.
El terror nubló su único ojo sano. Creyó que lo castraría, pero la sola
idea de tocarlo me repugnaba. En lugar de eso, hundí el cuchillo con todas
mis fuerzas, atravesando su carne sin dudar. Sentí el tirón de la hoja
desgarrando piel, músculo y tendones mientras se humedecía la tela de su
pantalón por los fluidos que desalojó su cuerpo lacerado. Los gritos
desgarradores que emitió llenaron la habitación, un sonido que rozaba lo
inhumano y espeluznante.
Retorcí la hoja lentamente. Su dolor era inconmensurable, su respiración
entrecortada se transformó en un lamento quebrado. La muerte no llegaba;
se demoraba a propósito, prolongando la agonía.
Por un momento consideré abrirle el abdomen, pero eso lo liberaría
demasiado rápido. No merecía ese alivio.
Saqué el cuchillo, ahora cubierto de sangre y fragmentos de carne.
Rowan convulsionó, temblando como un animal herido. Ya no tenía voz
para gritar; solo las lágrimas corrían, silenciosas, mientras el dolor lo
devoraba.
Entonces miré a Camila. Había despertado, y su mirada se debatía entre
el terror y la arrogancia. Me irritaba lo mucho que se parecía a Abigail; era
como una copia imperfecta.
—¿Eso me harás a mí también? ¿O me follarás como a Abby? —se
burló, desafiante, mientras la sangre de Rowan caía en un goteo constante.
—Quita su nombre de tu boca —le ordené, acercándome.
Escuché pasos aproximarse. La tomé del rostro y la obligué a mirarme.
—Realmente no me importa matarte, porque no te veo como una
persona, solo como un gran pedazo de mierda que se debe limpiar.
París entró en la habitación. Podía sentir su deseo de arrancarle la piel a
Camila. Su rabia rivalizaba con la mía; decía que la había hecho quedar
como una idiota por confiar en ella. Y como a veces era generoso, la dejaría
hacer lo que más disfrutaba.
—Así que lo hará tu perra —escupió Camila, temblando.
Sonreí y me incliné hasta su oído.
—Créeme, Camila, cuando sientas lo que París te hará, desearás que
haya sido yo quien te torturara.
Enderecé la espalda. París se colocó a mi lado, sus ojos brillaban con un
deleite enfermizo. Sonreía. La locura le daba un brillo especial. La había
visto torturar antes; era despiadada.
—Avísame cuando muera —le dije, dirigiéndome a la puerta.
—¿No te quedarás? —preguntó sin apartar la mirada de su presa.
—Abigail me está esperando. Mi tiempo con ella está contado, no lo
desperdiciaré viendo cómo descuartizas a la mocosa.
Sin añadir palabra, abandoné la habitación. Los gritos de Camila se
grabaron en mis oídos mientras me perdía por el pasillo. Ella, al igual que
Rowan, terminaría convertida en alimento para los cerdos; después ocuparía
su lugar como excremento, en el sentido más literal de la palabra.
Del hombre que se atrevió a poner las manos sobre Abigail no quedó
nada. Ordené que lo quemaran vivo, lentamente, parte por parte. Era la
condena que recibiría cualquiera que tuviera la insensata idea de tocarla.
Ella era mía.
Y no volvería a dejarla sola.
Abigail
Puse una rosa frente a sus cenizas.
A diferencia de lo que Kylian había planeado, decidí no sepultar los
cuerpos. Opté por la cremación, así podría dejar las cenizas en la casa que
compartieron toda su vida. Fue solo un poco menos doloroso que verlos
cubiertos de tierra y entregados a los gusanos. No quería eso para ellos.
Kylian respetó mi decisión. Estuvo conmigo todo el tiempo, aunque
apenas hablamos después de nuestra conversación en Eros; ya no quedaba
nada más que decir. Aun así, no me dejó sola. Permaneció a mi lado,
brindándome apoyo silencioso. Lloré sobre su hombro, y fue su brazo el
que me sostuvo cuando creí desfallecer frente a los cuerpos de mis padres.
El shock me dejó sin palabras durante horas. Trataba de convencerme de
que algún día superaría la pérdida, de que el dolor no sería eterno, de que
podría seguir adelante, aunque el vacío me desgarrara por dentro.
—Perdónenme —susurré, depositando un beso en cada nombre grabado
—. Perdón por llevarlos a la muerte.
Kylian y Mac insistieron en que no era mi culpa, pero no podían
entenderlo. Fui yo quien acercó a Rowan a nuestras vidas. Fui yo quien
despertó el odio en Camila. Todo se reducía a mí, y nunca podría
perdonarme por ello. Ellos eran inocentes. No merecían ese final.
Dirigí la mirada a mi casa. Las lágrimas regresaron. El silencio era
sofocante. Ya no estaría el sonido de la radio vieja de papá, esa que
reproducía música antigua mientras él silbaba sin darse cuenta. Tampoco el
aroma a comida de mamá, llenando cada rincón con el calor del hogar. Todo
se había apagado. Las paredes parecían murmurar su ausencia como un
peso que me aplastaba el pecho.
Comprendí entonces que debía irme. Permanecer aquí solo alargaría la
herida. Necesitaba sanar, aunque no supiera cómo.
Iba a extrañar la ciudad, pero más aún a Kylian.
Esa ausencia sería la más dolorosa.
Los dos años que estuvimos separados fueron una tortura. No imaginaba
cómo sería esta nueva distancia ahora que ambos sabíamos lo que
sentíamos. Lo amaba con una intensidad que me había consumido, hasta
perderme en él. Me convertí en una extensión de su amor.
Me perdí a mí misma al amarlo tanto.
Necesitaba reencontrarme. Necesitaba ser la Abby que Rowan apagó.
—Se te hará tarde —interrumpió su voz detrás de mí.
—Solo quería despedirme de ellos… una última vez —susurré, aunque
no me refería únicamente a mis padres.
Cuando lo enfrenté, lo hallé más cerca de lo que esperaba. Vestía un traje
gris impecable, su porte era elegante, inalcanzable, ajeno a cualquier plano
normal de este mundo; él parecía venir desde los lugares más inhóspitos y
fríos, porque solo ahí podrían encontrarse bellezas tan irreales. Parecía
hecho de mármol: belleza y frialdad talladas con la misma precisión.
Sonreí. Ya no me intimidaba.
Extendí la mano y toqué su mejilla.
Recorrí su rostro con la yema de los dedos, delineando cada rasgo con
calma. Kylian se mantuvo inmóvil, observándome con esa intensidad que
siempre lo habitaba, una mirada que parecía despojarme de todo.
—Quiero llevarte conmigo, Kylian —musité, terminando con mi pulgar
sobre sus labios.
—¿Dónde más estaría, si no es a tu lado, Abigail?
Se inclinó y besó mis labios. Sus manos se apoyaron en mi cintura; las
mías encontraron su cuello. Lo rodeé con torpeza, venciendo la diferencia
de altura. Sin aviso, me balanceó suavemente, un movimiento leve, casi
imperceptible, que me arrancó una sonrisa sobre su boca.
—¿Estamos bailando? —pregunté, divertida.
Él sonrió, una expresión sincera que pocas veces mostraba.
—Te gusta bailar —respondió con serenidad.
Me estrechó con más fuerza. Apoyé mi mejilla sobre su pecho y me
refugié en el ritmo pausado de su respiración. Bailamos en silencio, en
medio de aquella casa donde crecí, la misma que ahora se alzaba sobre los
restos de una tragedia.
Su presencia mitigó mi dolor, lo absorbió poco a poco, como si su
oscuridad se alimentara de mi tristeza. Me permitió respirar sin que la pena
me asfixiara.
Por un instante, todo estuvo bien.
Me sostuvo con posesividad, con esa manera suya de querer que rozaba
la violencia, y supe que sería la última vez en mucho tiempo.
La ausencia de quienes amábamos no dolía igual cuando comprendíamos
que permanecerían dentro de nosotros.
Nunca nos dejaban del todo; los llevábamos impresos en la memoria, en
la piel, en cada silencio que los evocaba.
Llevaría el recuerdo de mis padres conmigo.
Y también la presencia de Kylian, aunque estuviera lejos.
Siempre lo sentí cerca.
Por eso nunca dejé morir al monstruo que habitaba dentro de mí; aquel
que encerré entre cadenas y miedo. Las sombras que me perseguían siempre
acababan alcanzándome, y esta vez no sería distinto. La diferencia era que
ahora las reconocería.
La sombra que me observaba tenía nombre.
—Cada parte de mí te echará de menos —susurró. Tomó mi mano y la
llevó a sus labios—. Vuelve a mi lado, pajarito. Quiero oírte cantar solo
para mí.
Sonreí con ternura. Era doloroso recibir lo que tanto anhelé justo cuando
debía irme, pero también me reconfortaba saber que él sentía lo mismo. Me
llevaba estos momentos, los buenos y los crueles, porque todos nos
pertenecían.
—Ya vete, Abigail, y no mires hacia atrás.
—¿Temes no poder contenerte?
—Nunca he sido fuerte cuando se trata de ti.
Me puse de puntillas y alcancé su boca. Lo besé con suavidad, un beso
casto, sencillo, que selló nuestra despedida y me acompañaría durante
nuestra separación.
—¿Pensarás en mí?
—Incluso cuando vuelva a verte —prometió.
Le dediqué una sonrisa y besé su mejilla antes de salir de la casa.
Obedecí y no miré hacia atrás. Él no era el único débil; yo también
necesitaba ese desprendimiento.
La luz del sol me golpeó el rostro aún magullado.
Mac me esperaba junto al auto. Su piel morena brillaba bajo la claridad,
tersa y hermosa, tan distinta a la mía, marcada por la violencia. Se quitó las
gafas y me regaló una sonrisa.
—¿Lista, baby? Suiza nos espera.
Asentí y sonreí de vuelta. Subí al coche y él me siguió.
Cuando el chofer encendió el motor, giré una última vez el rostro hacia la
casa.
Kylian estaba en la puerta. Su semblante era impenetrable, se convirtió
otra vez en el hombre de hielo que conocí. Su máscara me dio la despedida,
pero ya no podía engañarme: lo último que vi fueron sus ojos, fijos en mí.
Suspiré.
Siempre con los ojos puestos en mí.
Epílogo
Abby
Dos años me tomó sanar.
Dos años lejos de todo lo que conocía, en un lugar de ensueño del que no
quería irme, donde el dolor no podía alcanzarme, aunque permanecía al
acecho, escondido en mis pesadillas. Nada borró lo que ocurrió conmigo; la
cicatriz era grande y la sentía arder en el pecho cuando la soledad me
arrastraba, no como una vieja amiga, sino como una bestia cruel que a veces
lograba devastarme. Me había vuelto fuerte, pero no siempre podía
enfrentar el peso de lo que pasó. A veces, simplemente no quería hacerlo.
Sin embargo, al menos ya no sangraba. Aunque la ausencia de los que
amaba seguía doliendo, aprendí a convivir con el vacío. Aprendí a sonreír, a
soltar, a mirar de frente lo que antes evitaba. Podía decir, con certeza, que
me encontraba completa, convencida de que no necesitaba una mitad para
sentirme bien conmigo misma. Comprendí lo que era el amor y cómo debía
sentirse, pero, aun así, la oscuridad seguía viva dentro de mí. Había estado
ahí mucho antes de que mi vida se torciera. No era una herida, era parte de
mi esencia.
Desde niña supe que me atraía el peligro, lo prohibido, lo que se ocultaba
entre sombras. Esa inclinación no desaparecería jamás; era precisamente lo
que me había hecho enamorarme de Kylian.
Kylian… lo echaba de menos, casi todos los días.
Bastaba con pensar en él para que mi pulso se agitara. Había mantenido
un silencio absoluto desde que me marché, pero eso no impidió que lo
sintiera. Su presencia me rozaba en cada rincón, invisible pero constante,
empujando hacia la superficie al monstruo que él despertó en mí. Qué
equivocado estuvo al creer que la distancia me ayudaría a sanar. Fue una
decisión absurda, porque él nunca se fue; me acompañó en cada paso, en
cada respiración. Quizá no podía tocarlo, pero su sombra seguía
envolviéndome con la misma intensidad.
Los esbozos de nuestro pasado solo desarrollaron una necesidad insana
más poderosa y profunda. A cada instante volvía a esos encuentros; sus ojos
en mí cuando fumaba, sus ojos en mí cuando bailaba, sus ojos en mí
mientras yo vivía una vida que él eligió.
El dolor en su pecho retorciéndose por el filo de los celos y las
decisiones que nos condujeron hasta aquí. Debió haberse percatado de que
la parte averiada en su cabeza, encajaba con las fracturas en mi interior.
Grietas por las que se colaban pensamientos oscuros y trágicos,
potencialmente peligrosos y atractivos para él. Kylian se engañó a sí mismo
al albergar un atisbo de esperanza en algo que no estaba destinado a ser.
Una vida compartida con alguien que no fuera él, solo abriría paso a un
vacío que nos consumiría a los dos.
Porque yo le pertenecía, colisionamos, nos reconocimos e incluso al ir
contra la corriente, el mismo mar de sombras nos hizo naufragar hasta
encontrar la dirección que siempre debimos tomar.
—Baby. —La voz de Mac me sacó de mis pensamientos. Estaba en el
umbral de la puerta, sosteniendo una pequeña caja envuelta en papel
brillante—. Kylian te envió esto.
Fruncí el ceño. Claro que debía saber que hoy dejaría Suiza. No estaba
segura de volver a Irlanda, los planes seguían en el aire. Kylian aún se
encargaba de todo lo que me concernía, y aunque sonara contradictorio, no
me molestaba su control. Cada decisión suya había tenido un propósito:
protegerme. Y aunque deseaba verlo, me aterraba imaginar qué pasaría si lo
hacía.
¿Seguiría sintiendo lo mismo?
Ahora que veía las cosas desde otra perspectiva, después de haber
entendido nuestros errores, ¿algo cambiaría entre nosotros?
Quería averiguarlo, pero una parte de mí no estaba lista. Quizá
necesitaba un poco más de tiempo antes de enfrentar su caos, antes de
volver a las ruinas que habíamos dejado atrás. Sabía que, cuando pusiera un
pie en Irlanda, los sentimientos que mantenía contenidos estallarían, y
volveríamos al principio. Pero esta vez no sería la misma.
—¿Qué es? —pregunté después de unos segundos.
—Un regalo, supongo —murmuró, igual de curioso que yo.
Colocó la caja en mis manos. Era ligera, cuadrada, envuelta con
precisión. Una tarjeta negra descansaba sobre ella, escrita con tinta plateada
y la firma de Kylian al final. Mi corazón se aceleró. Él había tocado esto,
había escrito esas palabras, y ahora yo las sostenía.
—Ábrelo, niña —insistió Mac con una sonrisa—. Quiero ver qué es.
—No seas curioso —repliqué, sin apartar la vista de la letra que brillaba
bajo la luz. La tinta me recordó el tono plomo de sus ojos: frío, pesado,
imposible de olvidar.
Me senté en la cama con la caja entre las manos. Mac se acomodó a mi
lado, paciente, esperando que terminara de desenvolverla. Me tomé mi
tiempo. El contraste entre el papel brillante y la tarjeta oscura me pareció
una metáfora perfecta de lo que éramos: luz y sombra. Kylian siempre
cuidaba los detalles, incluso los que parecían insignificantes.
Nada en él ocurría por casualidad.
Siempre encontraba la manera de hacerme pensar en él.
—Aquí tienes tus sueños, vívelos con intensidad. K.D.
Leí en voz alta la dedicatoria y retiré el papel. Dentro había varios
boletos de avión, cada uno con un destino distinto y fechas abiertas. El
primero me llevaría a Rhön, con un itinerario para observar las estrellas; el
siguiente era a Praga, con un crucero nocturno incluido; después Grecia,
Brasil, Colombia… y, finalmente, México, con una estancia en una de sus
playas más hermosas.
Las lágrimas cayeron antes de que me diera cuenta. Mojé el papel sin
poder detener el llanto.
—Maldito loco obsesionado —susurré, entre sollozos y sonrisas.
Era todo lo que alguna vez quise hacer. Esos destinos formaban parte de
una lista de sueños que había escrito cuando tenía dieciséis años, justo antes
de ser novia de Rowan, en un diario que perdí y nunca encontré. Dios mío.
Este hombre estaba demente.
¿Cómo lo había conseguido? ¿Cuándo me observó tan de cerca sin que
lo notara?
Era alguien tan impresionante como para pasar desapercibido. Debí
asustarme, pero solo sentí ternura. Kylian, con su locura, había hecho
realidad mis sueños.
—¿Y bien? ¿Por qué lloras? —Indagó Mac con cautela.
Secándome las lágrimas, le mostré los boletos con una sonrisa que me
dolía en el alma.
—Por felicidad, supongo —dije—. Ya tenemos destino, Mac.
—Oh no, baby. —Negó con una expresión suave—. Este es tu sueño.
Debes vivirlo sola.
—Pero quiero que vengas conmigo… te quedaste incluso cuando no
debías.
—¿No debía? No digas tonterías, Abby. Jamás te habría dejado sola en tu
recuperación. Pero ahora es distinto —afirmó con convicción—. Quiero que
bailes en esos callejones llenos de música y luces. Te lo mereces.
—¿Y tú? —averigüé en voz baja, reacia a separarme de él. Nuestra
conexión se había fortalecido durante este tiempo.
—Tengo a un hermoso noruego esperándome afuera. —Me guiñó el ojo
—. No te preocupes por mí.
—Me preocuparé por él —bromeé.
—Perra —refunfuñó antes de besarme la mejilla—. Te amo, por favor
cuídate y vive tu sueño.
—Gracias, Mac… por todo —susurré, abrazándolo con fuerza.
Él me devolvió el abrazo y me besó la frente antes de salir de la
habitación. No me dolió verlo partir, porque sabía que sería feliz y pronto
volvería a verlo. Suspiré, saqué lo que quedaba en la caja y encontré otra
tarjeta del mismo color.
Las palabras escritas me estrujaron de amor el corazón. Podía sentir su
presencia más poderosa que nunca.
Baila, pequeña monstruo. Sé tú misma bajo las luces.
K.D.
—Mientras me observas —musité con un nudo en la garganta—, desde
las sombras.
Kylian
La vigilé desde el momento en que se marchó a Suiza.
Cada día, cada hora, supe dónde estaba. Le ordené a mi gente que le
implantaran un nuevo rastreador, uno capaz de registrar sus signos vitales.
Ella nunca lo supo. Fue una violación más a su privacidad, la cual no existía
conmigo.
Era la única manera de mantenerla a salvo y calmar la paranoia que
sentía desde que acepté lo que ella significaba para mí.
Abigail era mi vida. Todo lo que importaba en este jodido mundo. Mi
única prioridad.
No me interesaba la logística de las operaciones ni la presión en las
fábricas, ni el asunto de April con el gobierno estadounidense para
convertirlos en clientes exclusivos de mis diseños y mi producción.
Tampoco me preocupaba si Ucrania me exigía cortar lazos con Pakistán a
cambio de millones por nuevos prototipos de armas y explosivos
indetectables.
Todo me daba igual mientras Abigail ocupara mi mente.
Pude tolerar la distancia durante dos años. Creí que esta vez sería igual,
pero me equivoqué: su ausencia caló hondo en mi alma y la hirió. Nunca
había sentido un dolor tan frío y punzante; ni las peores torturas físicas ni
las presiones psicológicas que había soportado se comparaban con la agonía
de su lejanía.
Por eso necesitaba verla a cada instante. No era capaz de vivir sin ella.
Fui su sombra y ella lo sabía; sentía mi mirada aun cuando no podía verme.
Cuando salió de la clínica, viajé a Suiza sin avisarle. Dejé el trabajo en
manos de otros y, si todo se venía abajo, me daba igual: lo único que
necesitaba era a la morena que se había apoderado de todo lo que era.
Contuve mis impulsos para no llevármela de vuelta a Eros conmigo.
Recordé que mi pequeña monstruo tenía un sueño anotado en un diario que
tomé de su casa sin que nadie lo notara. Confiaba en que Abigail intuiría mi
presencia al abrir mi regalo.
Me habría gustado ver su expresión en persona, pero ese sueño le
pertenecía solo a ella. Por más que deseara formar parte, no correspondía.
Seguí sus pasos a distancia sin que lo supiera; aunque quizá sí lo hacía. De
alguna retorcida y extraña manera tenía la facilidad de sentir mi presencia
invisible. La acompañé sin perder de vista el brillo de sus ojos ni la sonrisa
franca que surgía en sus labios cada vez que partía hacia una nueva
aventura.
Brasil fue mi lugar favorito. La vi internarse en un callejón donde la
música en vivo lo llenaba todo: luces, gente, movimiento. Vestía unos
pantalones cortos rasgados y una camiseta de Aerosmith anudada sobre el
ombligo; el piercing brillaba con los destellos mientras su abdomen, firme y
bronceado, marcaba cada compás. Bailó como nunca, con un vaso de
alcohol en la mano y el cabello suelto y largo fluyendo detrás de su espalda,
riendo a carcajadas mientras movía las caderas y se divertía sin que corriera
ningún peligro. Antes de que alguien pudiera acercársele, tendría que pasar
por los hombres que la protegían, colocados en círculo como sombras. Yo
me mantuve sentado a metros, observándola sin intervenir.
Las gotas de sudor resbalaban por su piel. Sus piernas torneadas
mantenían el ritmo; su cuerpo vibraba con cada movimiento. Sabía mover
las caderas, y no fui el único que lo notó. Contuve al demonio que me
exigía arrastrarla conmigo de una vez por todas. La deseaba, la deseaba
como un famélico ansiando devorar un platillo exótico que saciara el
hambre intolerable que ardía y dolía. Pero una vez más no actué.
En su último día en Cancún la encontré sentada en la playa, tacones en la
mano y el vestido arrugado y sudado por tanto bailar. Permaneció allí hasta
el amanecer. Me inquietó verla inmóvil, pero no me acerqué; me mantuve
alerta por si surgía algún problema. Al final se marchó con una pequeña
sonrisa y el brillo en los ojos que la había acompañado desde que la conocí.
Abigail volvía a ser ella. Volvía a ser mi Abby.
La idea de su recuperación me reconfortó: si ella estaba bien, yo también
lo estaría. Mi precioso universo se iluminaba de nuevo.
Hacía una semana que había regresado a Irlanda. Una semana en que no
la busqué y ella no me buscó. Le daba tiempo y espacio; también le
permitía elegir. Sin embargo, negarme a mí mismo la certeza de que no iría
por ella y la encadenaría de nuevo a mi lado, habría sido absurdo. Lo que
sentía por Abigail me superaba. Controlar mis impulsos dominantes
resultaba inútil. Mi dulce ptaszyna era mía, mi posesión más preciada; no
renunciaría a ella. No se desharía de mí, no existía una forma de que lo
hiciera, a menos de que estuviera muerto.
Di otro sorbo al trago, saboreé el alcohol y miré con desdén a la mujer
que se desnudaba sobre la pista. Me hallaba en el mismo lugar donde la
había visto bailar por primera vez, donde volvimos a colisionar bajo una
fingida ausencia de su recuerdo en mi memoria. Tal vez intentaba
convencerme de que nunca fue la prometida de mi mejor amigo, como si así
me librara de cargas.
Bajé la vista al móvil cuando llegó un mensaje de París: seguía en Rusia,
ayudando a Kozlov con asuntos complicados. Esa loca aún vivía de
milagro. El hermano de Kozlov era escurridizo, un quebradero de cabeza
para él; por ahora solo le estaba haciendo un favor que cobraría más
adelante. Iba a responder cuando una canción familiar sacudió mis oídos y
me causó un escalofrío inusual. Alcé la vista de la pantalla en dirección a la
pista y todo mi ser entró en tensión al verla.
Su figura bronceada surgió envuelta en un vestido corto, ceñido en los
puntos justos para realzar sus curvas. Los pezones se marcaban como dos
sombras puntiagudas bajo la tela; al ponerse de perfil confirmé que tampoco
llevaba bragas. El vestido se sostenía apenas por tiras metálicas en los
costados, dejando la piel de los muslos expuesta; parecía que, en cualquier
momento, esas líneas se romperían y la desnudarían ante un grupo de
hombres babeando por Abigail, mi Abigail.
Los celos me incendiaron las venas. La imagen de ella exponiendo lo que
era mío frente a otros me recorrió como ácido. Aguanté las miradas en su
aventura, pero hoy decidí que se acabó. No más. No aquí, donde ella sabía
que me pertenecía más que en ningún otro lugar. Eros era nuestro mundo.
Ella lo sabía. Estaba consciente de eso, de que, al plantarse así en medio
de la multitud, me provocaría, yo la reclamaría y la tomaría de vuelta.
Cuando sonrió en mi dirección, comprendí que lo esperaba.
Hija de puta.
Con una llamada de menos de cinco segundos hice que mis hombres
despejaran el lugar. Nadie protestó; si lo hacían, les metería un tiro. Me
levanté sin perderla de vista. Abigail no apartaba la suya de mí. Se movía
alrededor del tubo con sensualidad, contoneando las caderas y mostrando
un trasero firme en una clara invitación. Empujé a quien se interpusiera sin
detenerme; mi corazón latía con violencia y la verga se me endurecía hasta
incomodarme al hacer más ajustados mis pantalones.
Me detuve a un metro de ella. La música seguía, pero la gente había
desaparecido. Estábamos solos.
—El diablo apareció hoy. —Cantó la canción en el momento justo.
Se arrodilló y gateó hacia mí, su pecho subiendo y bajando con cada
movimiento; la sonrisa carmesí iluminó su rostro, la promesa de peligro
brilló en su mirada. Allí estaba mi pequeña monstruo, siendo ella otra vez.
Al acercarse tiré de su cabello oscuro y espeso. El olor que recordaba
inundó mis fosas nasales: dulce, embriagador. El calor de su cuerpo chocó
contra el mío y sentí la fuerza que nos atraía, una tensión ardiente que
exigía posesión. Iba a tenerla. Lo necesitaba.
—Tomaste la decisión —siseé, ella jadeó, su boca rozó la mía—, entraste
y ahora no te vas. Nunca te irás.
—¿Por qué habría de irme, Kylian? Pertenezco a Eros.
—No. Me perteneces a mí.
Mi agarre se tornó tosco; no protestó. Al contrario, me devolvió una
sonrisa perversa, plena de satisfacción.
—Quiero ver tu coño, Abigail, y saber cuán mojado está por mí.
Mis palabras encendieron su fuego. Ella se recostó, flexionó las rodillas
y separó las piernas torneadas, expuso su sexo sedoso, sin vello, brilló ante
la luz por los fluidos que lo humedecían; seguía excitándose, aun sin mi
toque: reaccionaba solo a mí.
Lo áspero de mis dedos separó sus pliegues cálidos y palpitantes, y
presioné el pulgar contra el clítoris. No aparté la mirada de sus gestos, del
rojo provocador de sus labios gruesos y tentadores, deseándolos a través de
mi erección. Durante todo este tiempo la había imaginado mientras me
masturbaba, pero nada se comparaba con esto: el calor de su coño, lo
húmedo que estaba y las ligeras palpitaciones que exigían atención.
La necesidad de poseerla rozaba lo insoportable, pero contuve mi
erección. Incliné el rostro hacia su sexo e inhalé el aroma femenino que
emanaba, reconociéndolo como suyo. Probé la piel rosada y vibrante bajo
mi lengua, escuchando sus gemidos, mientras ella separaba más las piernas,
ofreciéndose más a mí. La sujeté con firmeza, marcando su piel morena,
atrayéndola hacia mi boca.
No detuve mi exploración: chupé sus pliegues y lamí su clítoris,
provocando que arquease la espalda y cerrara los puños. Mordí su piel
sensible y húmeda, descendiendo lentamente hasta su hendidura,
abriéndome paso con la lengua con una lentitud tortuosa. Sus músculos
internos se tensaban bajo mí, avisándome de lo cerca que estaba.
Sin embargo, no le daría ese placer todavía.
La atraje sin delicadeza, atrapándola entre mis brazos: una mano en la
nuca, la otra sobre su garganta agitada. La miré a los ojos, perdido en el gris
que tanto extrañé. Había añorado tocarla, sentirla cerca, y ahora estaba aquí.
No la soltaría jamás.
—¿Has esperado por mí? —preguntó jadeante.
—Cada maldito segundo desde que te conocí.
Sonrió complacida y me silenció con un beso que había deseado sentir
durante meses. Rodeó mi cuello con los brazos, presionó sus senos contra
mi pecho, frotándolos provocativamente. No me resistí. Su lengua
exploraba la mía y me llevaba al límite; meses de ausencia parecían
desvanecerse en cada roce.
Agresivo, destrocé las líneas metalizadas de su vestido. La prenda se
rasgó en segundos, brutalidad que no la asustó; solo la hizo gemir. Mientras
tanto, arrancaba los botones de mi camisa y retiraba el saco de mi cuerpo.
No me importó nada, no pensé en nada que no fuera hundirme en su coño
apretado.
La admiré un instante, jadeando sobre sus labios. Sus senos pesados se
movían de arriba abajo; las líneas del traje de baño delineaban su figura y
me excitaban.
—¿Qué estás esperando? —provocó, tocándome los pectorales con uñas
largas y rojas.
—¿Estás lista, cariño?
Sonrió seductora, metió la mano bajo mi ropa y enroscó los dedos
alrededor de mi miembro. Gruñí, apretándole el cuello. La lujuria consumió
el aire, generó una tensión sofocante que siempre surgía entre nosotros.
Inevitable.
—Mételo —ordenó, acariciándome con suavidad—. Lo quiero dentro de
mí.
Me bajó los pantalones y la ayudé en el proceso. Se colocó al borde de la
pista, enredando las piernas en mi cadera, acercándome su calor. No dudé
más: la penetré de un solo movimiento, hasta el fondo, mientras la carne
suave y cálida me recibía ceñida y apretada.
Solté un sonido ronco; ella gritó por el movimiento, pero abrazó mis
caderas con fuerza, incitándome a seguir.
—Kylian —mencionó mi nombre con anhelo, sosteniéndome la cara
mientras empujaba dentro de ella—. Te amo tanto.
El calor se acumuló en mi pecho, llenándolo de alivio y orgullo. Presioné
mi boca contra la suya, descargando cada jodido sentimiento que había en
mi alma a través de ese beso. No soportaba la felicidad que sentía al tenerla
en mis brazos, su calor fundido con el mío era una experiencia abrumadora.
Eran un sinfín de emociones desencadenándose esta noche. La unión de
nuestros cuerpos apenas era la punta de todo.
Mi pelvis iba y venía metiéndosela en embestidas aceleradas y sin
control mientras sus paredes masajeaban mi verga erecta, mis manos
tocaban sus senos, estimulaba la dureza de sus pezones y tocaba su centro
empapado en fluidos que escurrían entre mis dedos.
—Continúas rompiendo mi autocontrol —susurré, aplastando sus
mejillas con los dedos sin detener las embestidas—. Eres mi puta debilidad.
—Ahora lo sé —jadeó, liberándose de mi agarre.
Se inclinó hacia atrás, apoyándose en los brazos, mostrando el pecho. Se
quedó quieta, mirándome follarla, la hechicera sensual que me tenía
atrapado.
—Míranos y dime qué ves —sugirió, excitada.
Bajé la mirada a la unión de nuestros cuerpos. Cada embestida
ensanchaba la cavidad estrecha que me recibía; no parecía tener principio ni
fin.
—Perfección —dije, voz baja y ronca.
—Somos tú y yo, Kylian. Siempre lo hemos sido.
Tomé una de sus manos y la coloqué sobre su clítoris.
—Tócate. Quiero que te masturbes con mi verga dentro de tu coño,
quiero que sientas lo que podemos hacer cuando estamos juntos.
Su mirada se oscureció, trémula y brillante. Obedeció, estimulándose con
movimientos calculados. Apreté sus caderas y percibí el éxtasis acercarse.
Contrajo su interior, gimió mi nombre y me arrastró hacia el límite. Mis
testículos se alzaron y vertí mi semen sin que cayera una sola gota fuera de
ella.
Había sido incomparable.
Me recosté sobre su figura agitada y satisfecha. Ambos sudábamos, pero
no importaba. Su calor fundido con el mío era abrumador.
—Te has corrido dentro —susurró temblorosa, dominada por mi
complexión.
—No importa.
—¿Quieres dejarme embarazada? —bromeó con un matiz de diversión
que yo no compartía.
—¿Por qué no? —La sorpresa se dibujó en su rostro delicado—. Si algún
día dejas de amarme, al menos me aseguraré de que ames una parte de mí
—la besé—, para siempre.
Sonrió, relamiéndose los labios. Abigail ya me conocía.
—Tu obsesión es enfermiza, ¿sabes?
—Espero que no lo hayas olvidado. Ahora también es tu problema.
La solté un instante para subirme los pantalones y metí la mano al
bolsillo, sacando el obsequio que siempre llevaba conmigo desde su partida.
La estreché contra mí, tomándola del brazo.
—¿Y ahora qué sigue, señor controlador? —preguntó burlesca.
Entrelacé su mano izquierda con la mía, sostuve el aro plateado y lo
deslicé en su dedo corazón, bajo su mirada atónita.
El diamante brilló con destellos multicolores que me recordaron a ella, la
mujer que quería como mi esposa.
—Kylian, ¿esto es un anillo de compromiso? —titubeó, sorprendida.
La miré a los ojos, mostrando cada emoción y sentimiento que albergaba
mi corazón.
—Quiero que seas mi esposa, Abigail. —Sus ojos se llenaron de lágrimas
—. Cásate conmigo.
En un beso inesperado, obtuve la respuesta de la mujer que yo amaba...
más que a mi propia vida.
[1] Policía e Inteligencia en Control de Drogas
[2]
Pajarito.