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Héroes Invisibles: Historias de Superación

El documento narra las experiencias de varios personajes que lidian con traumas y heridas emocionales, utilizando metáforas como un dragón y la invisibilidad para representar sus luchas internas. A través de sus relatos, se exploran temas de dolor, sanación y la búsqueda de conexión con los demás, especialmente con sus seres queridos. Cada personaje enfrenta su propia batalla, ya sea a través de un tatuaje simbólico o la necesidad de apoyo emocional, mientras intentan encontrar su lugar en un mundo que a menudo se siente abrumador.

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Héroes Invisibles: Historias de Superación

El documento narra las experiencias de varios personajes que lidian con traumas y heridas emocionales, utilizando metáforas como un dragón y la invisibilidad para representar sus luchas internas. A través de sus relatos, se exploran temas de dolor, sanación y la búsqueda de conexión con los demás, especialmente con sus seres queridos. Cada personaje enfrenta su propia batalla, ya sea a través de un tatuaje simbólico o la necesidad de apoyo emocional, mientras intentan encontrar su lugar en un mundo que a menudo se siente abrumador.

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Invisible

Un héroe puede ser cualquiera

Un héroe puede ser cualquier persona.


Incluso alguien que hace algo tan simple como poner un abrigo sobre los
hombros de un joven para decirle que el mundo no ha terminado.
(BATMAN, El caballero oscuro)

El dragón

No se necesitan ojos de rayos X para ver que algo no está bien.

Él lleva más de cinco minutos parado en la esquina de enfrente.


Mira la puerta, sin saber qué hacer: si entrar ahora o regresar mañana con
las mismas dudas que tiene hoy.

Respira profundo y empieza a caminar.


Cruza la calle sin mirar mucho a los lados.
Después de unos pasos, empuja la puerta con cuidado.

Ya está.

Le dicen que espere un momento en el sofá de la sala.


Mientras espera, observa los dibujos que hay en las paredes.
Son obras de arte que casi nunca estarán en un museo, pero que muchas
personas podrán ver.
Él piensa que no será su caso, porque su dibujo solo lo verá ella, nadie
más.

Pasan unos minutos y lo hacen pasar a otra sala.


Es más pequeña, más oscura y más íntima.

En cuanto entra, la ve.


Ella está acostada sobre una mesa grande.
Tan grande que puede cubrir toda su espalda.
Tiene un dibujo: un dragón gigante.

Le explican otra vez cómo será el proceso, cuánto tiempo tardará y qué
técnica van a usar.
También le dicen que va a doler mucho, especialmente por su tipo de piel.

Ella piensa unos segundos.


Luego decide seguir.

Se quita la camiseta, el pantalón y también el sujetador.


Así, casi desnuda, se tumba boca abajo en la camilla.
Su espalda queda al descubierto, una espalda que duele solo con mirarla.
Está llena de cicatrices de quemaduras.
Son marcas que han crecido con ella, con la piel de una mujer que, hace
muchos años, cuando era una niña, vivió un infierno.

“Empezamos”, escucha decir.

Cierra los ojos con fuerza.


El cuerpo se estremece.
Y en su mente vuelve al pasado, al momento en que todo ocurrió.
Fue hace mucho tiempo, pero todavía puede sentir el dolor y el miedo.
Algunos recuerdos duelen como si hubieran pasado ayer.

Poco a poco, sobre esa piel con cicatrices, el dragón empieza a nacer.

Después de varias horas, mientras su mente viaja entre el pasado y el


presente, la mujer se levanta y se mira al espejo.

Ahí está: el comienzo del dragón.


Un dragón que empieza en la parte baja de la espalda y que, cuando esté
completo, terminará en su nuca.

Suspira y sonríe.
Por fin se ha decidido.

Lo que no sabe todavía es que habrá momentos en los que ese dragón
despertará, y ella no podrá controlarlo.
Tampoco sabe que no es ella quien se tatúa un dragón, sino que es el
dragón quien ha encontrado un cuerpo donde vivir.
INVISIBLE

Me ha pasado otra vez.


Acabo de despertarme temblando, con el corazón latiendo muy rápido,
como si quisiera salir de mi pecho.
Siento que un elefante está sentado sobre mí.

A veces me cuesta tanto respirar que pienso que, si no abro mucho la


boca, me voy a quedar sin aire.

Pero ahora ya sé qué hacer.


Me lo explicaron el primer día que llegué aquí… bueno, el tercer día,
porque no recuerdo nada de los dos primeros.

Tengo que contar del uno al diez, mientras respiro despacio.


Así mi cuerpo se calma, el corazón baja su ritmo y el elefante se va.

Uno, dos, tres… inspiro y espiro.


Cuatro, cinco, seis… inspiro y espiro.
Siete, ocho, nueve, diez… y vuelvo a empezar.

También me dijeron que cuando despierte no me asuste.


Debo recordar que estoy en un lugar seguro, para no gritar como la
primera noche.

Eso intento ahora: no asustarme.


Espero a que entre un poco de luz, y poco a poco puedo ver lo que hay a
mi alrededor.
Uno, dos, tres… inspiro y espiro.
Cuatro, cinco… inspiro y espiro.

Parece que funciona.


Ya no tiemblo.
Mi corazón late más despacio.
El elefante ya se ha ido.

Me quedo quieto.

La mano de las cien pulseras

En el mismo momento en que un chico exinvisible intenta volver a dormir,


a unos kilómetros de distancia, en una pequeña habitación de un edificio
alto,
una mano llena de pulseras se despierta.
Y al instante, también despierta el cuerpo al que pertenece.

Hace cinco días que no puede dormir bien, desde que ocurrió el accidente.
Toma pastillas, pero no le ayudan.
Se despierta muchas veces por la noche, camina por su habitación sin
saber qué hacer
y mira por la ventana un cielo oscuro, tan negro como su conciencia.

Hace cinco días que ve la vida borrosa, como si tuviera lágrimas en los
ojos todo el tiempo.
Hace cinco días que escribe cartas de amor con rabia,
cartas que empiezan con amor y terminan con odio,
cartas que nunca llegan a su destino.
Se quedan entre la papelera y el olvido.
Mira su teléfono.
No suena desde hace mucho tiempo.
Abre las fotos y busca alguna antigua.

Ahí está la primera: los tres en la playa.


Ahí está la segunda: él solo, guiñando un ojo.
Otra más reciente: el cumpleaños, con las velas y la tarta.
Y muchas más: una, otra, otra…

Mientras pasa las fotos, las lágrimas vuelven.


También la rabia, la impotencia, el dolor.

De pronto lanza el móvil al suelo,


como si pudiera borrar así el pasado.
Pero no se borra nada.
Se deja caer sobre la cama, cansada, triste.

Y ahí, entre las sábanas y el dolor,


toma una decisión que había evitado durante días.

El pitido

De nuevo me despierta ese pitido horrible.


Es como si alguien soplara muy fuerte en mi oído.
Me tapo las orejas con las manos, cierro los ojos, abro la boca…
pero el sonido sigue dentro de mi cabeza.
Respiro despacio, muy despacio.
Parece que el pitido se va, pero no se va del todo.
Solo se esconde un rato, hasta que vuelva a dormirme.

Abro los ojos.


Miro el reloj en la pared: las 06:26.
Ya no podré dormirme otra vez.

Recuerdo lo que pasó antes del accidente,


pero nada de lo que ocurrió justo después.
A veces me vienen imágenes:
el agua, el fuego, el sonido…
Y luego me despierto aquí, en esta cama.
Me dijeron que estuve dos días dormido.

Pero sí recuerdo todo lo anterior.


Y pienso cómo cambió mi vida en pocos meses,
como una montaña rusa que no para.
Hasta que, hace cinco días, todo terminó.

Desde el accidente, muchas personas han venido a verme:


amigos, familiares, incluso gente que antes ni me veía.
Ahora vienen todos.
Hasta los periodistas querían hablar conmigo,
pero no los dejaron.
Es raro.
Justo ahora que vuelvo a ser visible,
es cuando más perdido me siento.

Miro el reloj otra vez: las 06:46.


Empieza a entrar luz por la ventana.
Pronto todo volverá a moverse:
el hospital, las voces, las risas, las enfermeras.

Y sé que la mano seguirá ahí,


esa mano que me agarra la pierna, o el brazo,
o que aprieta mi mano cada noche.
Siempre está ahí.
De eso estoy seguro.

El rostro con una cicatriz en la ceja

Son también las 06:46 en otra habitación,


en el centro de la ciudad.

Allí, sobre la cama, hay otro cuerpo que no puede dormir bien.
Le cuesta dormir y también le cuesta estar despierto.
Tiene muchos remordimientos.

Se levanta despacio, va al baño y se mira al espejo.


Mira su ceja derecha, donde hay una pequeña cicatriz.
La toca con los dedos y recuerda cómo se la hizo:
hace muchos años, en un parque,
corriendo con las bicicletas, jugando con su amigo.
Sus ojos se llenan de lágrimas.
Esa cicatriz es ahora lo único que los une.

Vuelve a la cama.
Hace cinco días que duda si debe decir la verdad o callar,
sin saber si es un cobarde o solo un sobreviviente.

Él fue al hospital a verlo,


pero casi no hablaron.
Fue un momento muy incómodo,
como si se encontraran dos personas que ya no saben cómo mirarse.

Después de tantos años de amistad,


no sabían qué decirse.
Los cuerpos eran los mismos,
pero las palabras ya no se encontraban.

—Hola —dijo él, tratando de disimular el impacto al verlo tan cambiado:


sin pelo, con heridas en la cara, con una sonda en el brazo.

—Hola —le contestó su amigo.

—¿Cómo estás? —le preguntó otra vez,


como quien dice algo sin saber qué más decir.

—Bueno… un poco mejor —respondió.

—Toma, te traje esto —dijo el chico de la cicatriz,


entregándole un pequeño paquete envuelto en papel de regalo.

—Gracias —respondió mientras lo abría.


Hubo un silencio largo,
tan grande que solo se escuchaba el ruido del papel al arrugarse.

—Creo que esos no los tenías, ¿verdad? —dijo el chico con la cicatriz.

—No, no los tengo, muchas gracias —mintió su amigo,


mientras miraba el regalo: unos cómics.

La mano que no suelta

Miro otra vez esa mano.


La misma mano que me ha agarrado cada noche desde que estoy aquí.

Creo que lo hace porque tiene miedo de que me vuelva invisible otra vez.
Así, si me agarra fuerte, sabrá dónde estoy.

Yo también necesito esa mano.


Cuando la siento, al principio me asusto,
pero después entiendo que la necesito.

Pongo mi mano sobre la suya.


Siento su piel caliente,
aprieto un poco y noto su corazón latiendo.

Y le susurro muy bajito,


algo que no me atrevería a decir si estuviera despierta:

—Mamá, te quiero.
La madre

En esa habitación no hay solo un chico que un día se volvió invisible.


También hay una madre,
una madre que desde el accidente no deja de preguntarse
en qué momento dejó de ver a su propio hijo.

Por eso, cada noche,


mantiene su mano sobre la pierna de su hijo.
Esa mano es como un ancla que los une,
como cuando él estaba dentro de su vientre,
cuando podían sentirse sin verse.

A veces no hace falta ver a alguien para sentirlo.


Solo estar en contacto con su corazón es suficiente.

Esa mano busca compensar


todo el tiempo en que no lo vio,
todo lo que se perdió antes de ese accidente.

Por las noches, la madre llora en silencio.


Llora por todo lo que pudo haber pasado.
Porque, a veces, solo un segundo puede cambiarlo todo:
entre la vida y la muerte,
entre un “es” y un “era”,
entre despertar a un hijo dormido o hablarle a una cama vacía.

Ella duerme, pero no descansa.


Aunque cierra los ojos,
sus heridas por dentro siguen abiertas,
esperando que el tiempo las cure.

Esta madre, aunque tuvo miedo


cuando su hijo le dijo que tenía poderes,
que podía ser invisible,
que había volado con un dragón,
ahora sonríe.

Sonríe porque, esa noche,


su hijo le ha regalado un “te quiero” escondido en el silencio.

La chica de las cien pulseras

Una chica con muchas pulseras en la mano


se levanta de la cama.
Recoge su teléfono del suelo
y se limpia las lágrimas con la manga del pijama.

Camina por el pasillo,


sus pies descalzos hacen ruido sobre el piso frío.
Abre la puerta de la habitación de sus padres.

Quiere decirles algo.


Va a decirles que ya está preparada,
aunque en realidad no lo está.
Abre la puerta lentamente.
Mira a sus padres dormir,
cada uno mirando hacia un lado diferente.

Se acerca a su madre,
la observa respirar,
ve cómo sube y baja su pecho,
escucha el aire salir por su boca entreabierta.

De pronto suena el despertador


y la chica da un salto.
No sabe si quedarse o salir corriendo.

—Cariño, ¿qué haces aquí? ¿Pasó algo? —pregunta su madre,


despertando de golpe.

—Hoy —responde la chica.

Silencio.

—¿Estás segura? —pregunta la madre,


mientras abre los brazos para abrazarla.

—Sí, ya estoy preparada.

—Entonces… será hoy.

Su madre se mueve hacia un lado


y deja espacio en la cama para que se acueste con ella.
Las dos saben que no están preparadas,
pero aun así, será hoy.
Hoy.

El despertar

De pronto, su mano deja de agarrarme la pierna.


La miro y veo cómo intenta disimular un bostezo.
Abre los ojos, me mira y sonríe.

—¡Hola, cariño! —me dice, dándome un beso en la frente—.


¿Cómo dormiste hoy?

—Mejor —le miento—, creo que no me desperté en toda la noche.

Esa mentira la hace sonreír.


Me abraza fuerte.

—Bueno, un día menos —dice mientras se levanta despacio.

Ya se oyen los carritos del desayuno,


risas, voces, alguien que llora en la habitación de al lado.
Todo vuelve a empezar.

Aquí, en el hospital,
todo se hace temprano:
se desayuna temprano, se come temprano, se cena temprano…
pero las noches son muy largas.

Mi madre me acompaña al baño cada mañana.


Eso me da vergüenza.
Ella espera afuera,
pero la puerta queda medio abierta
porque tengo una sonda en el brazo.

Si solo fuera orinar, no pasaría nada,


pero cuando tengo que hacer lo otro…
me da mucha vergüenza.
Y con los medicamentos, casi siempre tengo gases.

—¡Lávate bien la cara! ¡Ponte guapo que hoy va a venir la visita! —grita mi
madre desde fuera.

Ah, la visita.
No me acordaba.
Una visita tan incómoda que mi madre ni siquiera dice su nombre.
Una visita que no quiero tener.

La maldita visita.

El chico de la cicatriz en la ceja

—Creo que esos no los tenías, ¿verdad? —dijo el chico de la cicatriz en la


ceja.

—No, no los tengo, muchas gracias —mintió su amigo,


mientras miraba el regalo: unos seis o siete cómics.

Y esa fue toda la conversación entre dos amigos


que antes podían pasar horas hablando sin parar.
Después de eso, hubo silencio.
Los padres de ambos intentaron llenar ese silencio
con frases cortas, como si estuvieran en un ascensor:

—Bueno, parece que ya está mejor.


—Sí, mucho mejor.
—Seguro que te recuperas pronto.
—Eres muy fuerte.

Hablaron unos diez minutos,


pero todo fue incómodo,
con pausas largas y miradas que no se encontraban.

—Bueno, nos vamos ya. Que te pongas bien pronto —dijo la madre del
chico con la cicatriz.
Tenía muchas ganas de irse,
porque temía que alguien hablara de lo que realmente pasó.

—Gracias por venir —contestó la madre del chico exinvisible.

Nadie preguntó nada sobre el accidente.


Nadie habló de lo que ocurrió.
Parecía como si aquel chico hubiera pasado
de su cama en casa a la cama del hospital por arte de magia.

Nadie habló de eso.

Unos padres no lo hicieron porque sabían más de lo que querían admitir.


Los otros no lo hicieron porque preferían no saberlo.
Un niño no lo hizo porque no quiso ver lo que pasaba.
Y el otro no lo hizo porque sabía
que si uno decide ser invisible,
no puede culpar a nadie por no verlo.

La visita

No, no se me había olvidado.


¿Cómo podría olvidar esa visita?

Anoche, después de cenar, mis padres tuvieron una de esas


conversaciones raras.
Estaban nerviosos, sobre todo mi padre.
Él fue quien empezó a hablar:

—Verás, mañana vendrá a verte un médico… especial.

—¿Otro? —pregunté.

—Sí, otro. Pero no es por tus heridas ni por el golpe en la cabeza.


Eso ya está mejor.

—¿Entonces por qué?

—Es alguien que cura otro tipo de heridas.

—¿Qué tipo de heridas?

—Las heridas de la mente.

—¿Un psicólogo? —pregunté.


—Sí, un psicólogo —respondió mi padre.

—Pero… papá, mamá… yo no estoy loco —les dije nervioso.

—No, cariño, no estás loco —me dijo mi madre,


mientras me tomaba de la mano—.
Los psicólogos ayudan a las personas que han pasado cosas difíciles.
Lo importante es que le cuentes todo lo que quieras.
No tengas miedo.

—¿Todo lo que quiera?

—Sí, todo lo que quieras contarle.

—¿Y si no quiero contarle nada?

—Va, no seas así —dijo mi madre—. Es por tu bien.

—¿Le hablo de mis poderes?

—Tú cuéntale lo que quieras —dijo finalmente.

Esa última frase no me gustó nada.


“Cuéntale lo que quieras” sonaba como “aunque no te crea”.
Como si pensaran que todo lo que digo son mentiras.

Y así terminó esa conversación incómoda.


No hablamos más del tema.
Y ahora, en menos de una hora, ese “médico especial” vendrá a verme.
Estoy nervioso.
No sé qué va a preguntarme.
No sé qué quiere saber.
Y no sé si quiero contestarle.

A veces decir la verdad no es lo mejor.


Especialmente si la verdad parece una mentira.

Así que he decidido no contarle todo.


No voy a mentir, pero tampoco le voy a decir que tengo poderes.
No le voy a contar que todo empezó el día en que me convertí en avispa.
Ni que puedo respirar bajo el agua.
Ni que puedo correr muy rápido.
Ni que tengo una especie de caparazón en la espalda.
Ni que puedo ver en la oscuridad.

Seguro que no me creería.


Pensaría que estoy loco.

Así que voy a hacer lo que todos esperan de mí:


parecer normal.

Tampoco voy a decirle que puedo sentir a los monstruos,


aunque se escondan detrás de las puertas o dentro de los coches.
Y, por supuesto, no le diré que puedo hacerme invisible.
Aunque eso ya lo sabe todo el mundo por las noticias.

Llaman a la puerta.
Debe ser él.
Y no tengo ni idea de qué voy a decir.
Ella

Al final no fue él.


Era ella.
Y eso me dio aún más vergüenza, porque además era muy guapa.

Y claro, que me viera así,


con el pijama del hospital,
sin pelo,
con heridas en la cara…
pues me dio mucha pena.

Entró sonriendo.
Se presentó y habló unos minutos con mis padres.
Luego se quedó a solas conmigo en la habitación.

Se sentó a mi lado,
en la butaca donde mi madre duerme cada noche.

Durante un rato me explicó qué hace un psicólogo.


Yo la escuchaba sin decir nada,
hasta que me preguntó si tenía alguna duda.

Y no sé por qué,
pero le respondí:

—Yo no estoy loco.

En cuanto dije eso, me arrepentí.


Porque creo que decir “no estoy loco”
es la mejor manera de que alguien piense lo contrario.
Nos quedamos callados.
El silencio se hizo largo.

Entonces, ella se rió un poco.

—No, ya sé que no estás loco —dijo sonriendo—.


Los psicólogos también hablamos con gente normal.

—Pues entonces yo soy normal —le dije.

—¿Ah sí? ¿Y qué tan normal eres? —preguntó riendo.

—Muy, muy normal.


Bueno… era normal hasta que conseguí hacerme invi…

—¿Hasta que conseguiste qué? —me interrumpió.

Y ahí me quedé callado.

El niño de los nueve dedos y medio

Mientras un niño exinvisible hablaba con la psicóloga,


en otra parte de la ciudad,
un niño con nueve dedos y medio estaba acostado en su cama.

Pensaba en todo lo que había pasado,


en lo que había hecho,
y empezaba a tener miedo.

No quería admitirlo,
pero estaba muy asustado.
Miraba el techo desde hacía horas,
buscando respuestas.

Abrió las manos y contó sus dedos.


Los nueve enteros y medio.
Era algo que hacía en secreto, solo cuando estaba solo.

Nunca lo hacía en el colegio.


Le daba vergüenza.

También tenía una cicatriz en el pecho,


encima del corazón.
Era grande,
pero a él le gustaba porque lo hacía parecer fuerte.

Pensaba que, cuando fuera mayor,


podría hacerse un tatuaje sobre esa cicatriz.

—No, nada. Solo eso, que soy normal —le dije a la psicóloga.
—Como todos los normales.
No soy ni tan alto ni tan bajo,
ni tan gordo ni tan flaco.
Soy… normal.

Creo que estuve como veinte minutos


intentando explicarle lo normal que soy.

Y era verdad.
Hasta hace unos meses,
siempre me consideré normal.
Cualquiera que me viera mucho rato
diría que no tengo nada especial.

Por ejemplo, no uso gafas.


Veo muy bien.
Puedo leer las letras pequeñas en la pizarra desde lejos.
Desde que pasó lo del avispero,
mi vista es todavía mejor.
Incluso puedo ver en la oscuridad.
Pero eso no se lo dije.

Tampoco uso aparatos en los dientes.


Solo tengo los dos dientes de adelante un poco grandes y torcidos.
Pero casi no se nota.
Con la boca cerrada, nadie lo ve.

A veces se me queda un trozo de comida entre los dientes,


y me paso minutos moviéndolo con la lengua hasta sacarlo.

Soy normal.
Muy normal.

Por eso nunca pensé que algo así me podría pasar.


Que una persona tan normal como yo
se convirtiera en alguien especial.

Bueno, casi normal.


Porque tengo un defecto.
Un defecto que antes no sabía que tenía.
No se ve a simple vista.
Puedes pasar una tarde conmigo y no notarlo.
Pero está ahí.
Es un defecto que afecta a mi forma de hablar,
de escribir,
de comunicarme con los demás.

Y por culpa de ese defecto,


ahora estoy aquí,
en esta cama de hospital.

La niña de las cien pulseras

Ya está en el coche, lista para ir al hospital.


Mira por la ventana.
El cielo está gris y parece que va a llover.

En su muñeca, como siempre,


lleva cien pulseras.
De colores, de tela, de plástico, con letras, con cuentas.
Cada una tiene un significado.

Unas se las regalaron sus amigas,


otras su madre,
y otras son de gente que ya no está.
Pero nunca se quita ninguna.

Su madre va conduciendo.
Va callada, con las manos muy tensas en el volante.
Ninguna de las dos dice nada.
Solo se escucha la radio, bajita.

Kiri (así la llaman)


mira por la ventana sin parpadear.
Piensa en lo que va a decirle a él,
aunque no sabe si podrá decir algo cuando lo vea.

Su madre la mira de reojo y rompe el silencio:

—¿Estás segura de querer ir?


Podemos esperar unos días más.

—No, quiero ir hoy —responde Kiri.

Su madre asiente.
No dice más.

Después de unos minutos, llegan al hospital.


El olor a desinfectante la hace sentirse nerviosa.
Ve gente en batas blancas, camillas, sillas de ruedas.
Todo parece demasiado limpio y demasiado triste.

Suben al ascensor.
La madre aprieta el botón del piso cuatro.
Mientras suben, Kiri cierra los ojos y aprieta fuerte una de sus pulseras.
Esa pulsera se la dio él,
el chico que ahora está internado.
Siente un nudo en el estómago.
Piensa que tal vez no debió venir,
pero ya está allí.

El ascensor se detiene.
La puerta se abre.
Un pasillo largo, luces blancas, olor a medicina.

Una enfermera las guía hasta la habitación.


Su madre la deja en la puerta y le dice:

—Te espero aquí fuera.

Kiri asiente y entra sola.

En la cama, él está despierto.


Mira hacia la ventana.
Cuando escucha la puerta, gira la cabeza.
Tarda unos segundos en reconocerla.

—Hola —dice ella en voz baja.

Él se queda callado.
Después sonríe un poco.

—Hola —responde.

Ella da un paso más.


Sus pulseras suenan con un pequeño tintineo.
No sabe qué hacer con las manos.
Quiere abrazarlo, pero no se atreve.

—Te traje esto —dice,


y saca una hoja doblada de su bolsillo.

Se la entrega.
En la hoja hay un dibujo.

—Es… es el dragón —dice él sorprendido.

Ella asiente.

—Pensé que… que podía gustarte.

Él sonríe otra vez.


Mira el dibujo largo rato.
Parece que el dragón está volando sobre el agua.

—Es muy bonito —dice finalmente.

—Gracias.

Hay silencio.
Los dos se miran, pero ninguno sabe qué decir.
A veces, cuando hay mucho que decir,
las palabras no salen.

Antes de irse, ella se acerca un poco más.


Lo mira a los ojos y le dice:
—Yo también te vi.

—¿Qué? —pregunta él.

—Cuando todos decían que eras invisible…


yo sí te vi.

Él no dice nada.
Solo la mira.
Ella da un paso atrás,
sus pulseras suenan otra vez,
y sale de la habitación sin mirar atrás.

Él se queda con el dibujo en las manos,


mirando al dragón.
Y por primera vez en mucho tiempo,
vuelve a sentirse visible.
El niño que se hizo invisible

No sé muy bien cuándo empezó todo.


A veces pienso que fue poco a poco,
como cuando el sol se esconde y el día se vuelve noche sin darte cuenta.

No sabes el momento exacto en que oscurece,


solo ves que ya no hay luz.

Así me pasó a mí.

Un día me di cuenta de que nadie me veía.


Ni los profesores, ni mis compañeros, ni mis padres.
Era como si no existiera.

Al principio creí que era una broma,


pero no lo era.

Empezó en el colegio.
Un día levanté la mano en clase para responder,
pero la maestra no me vio.
Luego pedí permiso para ir al baño,
y tampoco me escuchó.

Pensé que estaba distraída,


pero pasó otra vez, y otra, y otra.

Mis amigos empezaron a hablar entre ellos,


a reírse,
y a mí dejaron de incluirme.
Un día me di cuenta de que ya no me saludaban.
Ni siquiera me miraban.

Era como si yo no estuviera allí.

Intenté hablar con mis padres.


Les conté lo que pasaba,
pero me dijeron que eran ideas mías.
Que seguro mis amigos me querían,
que todo estaba bien.

Pero no estaba bien.

Cada día era más invisible.

Hasta que llegó un momento


en que dejé de intentarlo.
Dejé de hablar,
de levantar la mano,
de mirar a los demás.

Pensé que si nadie me veía,


mejor desaparecer del todo.

Y así fue como me convertí en invisible.

Al principio fue raro,


pero después me gustó un poco.
Podía ver a todos sin que me vieran.
Podía escuchar cosas que antes no oía.
Podía moverme sin que nadie me detuviera.
Era como tener un superpoder.

Pero luego empezó a doler.

Porque si nadie te ve,


tampoco te hablan,
ni te abrazan,
ni te extrañan.

Ser invisible no es tan divertido como parece.

Un día vi a mi madre buscando algo en la casa.


Pensé que por fin me buscaba a mí,
pero no.
Solo buscaba las llaves del coche.

Y yo estaba allí,
frente a ella,
gritando su nombre.

Pero no me escuchaba.

Ese día lloré mucho.

Porque entendí que ser invisible duele más que estar solo.

Después empecé a dibujar.


Dibujar me ayudaba a no pensar tanto.
Dibujaba todo lo que sentía:
dragones, montañas, fuego,
cosas que eran fuertes y no podían desaparecer.

Un día dibujé un dragón enorme.


Pensé que, si lograba hacerlo real,
podría protegerme.

Y desde ese momento,


sentí que el dragón vivía dentro de mí.

Cada vez que tenía miedo,


él rugía.
Cada vez que alguien me hacía daño,
él me defendía.

Pero a veces…
el dragón se enojaba demasiado.

El dragón (II)

El dragón nació una noche,


cuando ya no podía más.

Había aguantado muchas cosas:


burlas, empujones, risas, silencios.
Cada día era peor.
Yo llegaba a casa con dolor en el pecho,
como si algo pesado me aplastara por dentro.

Intentaba no llorar,
pero no podía.
Y esa noche,
mientras estaba en mi cama,
el dragón despertó.

No lo vi con los ojos,


pero lo sentí.
Era como si algo muy fuerte saliera de dentro de mí.
Me hacía temblar,
me hacía sentir que podía con todo,
que nadie más iba a hacerme daño.

Por eso digo que no fui yo quien lo creó.


Fue él quien me encontró a mí.
Y desde entonces,
vivimos juntos.

A veces me protege,
pero otras veces se enfurece.
Cuando me enojo,
cuando tengo miedo,
cuando alguien me mira mal…
siento que el dragón quiere salir.

Él ruge dentro de mi pecho.


Yo intento controlarlo,
pero a veces no puedo.

Y cuando eso pasa,


todo se vuelve fuego.
La psicóloga

Ella me escuchaba sin interrumpirme.


Solo asentía con la cabeza.
Yo hablaba y hablaba,
y por primera vez,
alguien me escuchaba de verdad.

Cuando terminé,
me miró a los ojos y me dijo:

—No estás loco.

Yo sonreí un poco,
porque no sabía si creérmelo.

—Tampoco eres invisible —continuó—.


Solo estabas muy solo.

Sus palabras me hicieron llorar.


No quería llorar frente a ella,
pero no pude evitarlo.

—¿Y el dragón? —le pregunté entre lágrimas.

—El dragón es parte de ti —dijo—.


Es tu forma de defenderte del dolor.
Cuando te sentías herido,
él te protegía.

—¿Entonces no es malo?
—No, no es malo.
Solo tienes que aprender a domarlo.

Me quedé pensando en eso.


Domar al dragón.
Tal vez sí podía hacerlo.
Tal vez no necesitaba pelear contra él,
sino entenderlo.

Ella me sonrió.

—El dragón eres tú cuando no tienes miedo.


Eres tú cuando te atreves a sentirte visible.

Y por primera vez en mucho tiempo,


no tuve miedo.

La niña de las cien pulseras (II)

Esa tarde, Kiri volvió al hospital.


Traía otra hoja doblada.
Esta vez no era un dibujo.
Era una carta.

—No tienes que leerla ahora —dijo, dejándola sobre la mesa—.


Solo quería dártela.

—Gracias —respondí.
Ella sonrió.
Sus pulseras sonaron otra vez.
Luego salió de la habitación.

Esperé a quedarme solo para abrir la carta.


La letra era pequeña, pero clara.

Decía:

“Te prometo que, aunque no te vea, voy a seguir viéndote.


Que, aunque no hablemos, voy a recordarte.
Que, aunque te escondas, voy a buscarte.
No eres invisible para mí.

Kiri.”

Leí esa carta muchas veces.


Cada palabra era como una chispa que encendía algo dentro de mí.
Y por primera vez,
sentí que ya no estaba solo.

El último rugido

Esa noche soñé con el dragón.


Volaba sobre el mar,
libre, grande, brillante.
No daba miedo.

Se giró y me miró.
Sus ojos eran como fuego,
pero no me quemaban.
—¿Te vas? —le pregunté.

El dragón movió la cabeza.


Parecía decir que sí.

—Gracias —le dije.

Y entonces rugió,
un rugido tan fuerte que hizo temblar el cielo.
Después desapareció entre las nubes.

Cuando desperté,
no sentí miedo.
Solo calma.

Me levanté despacio,
fui hasta el espejo,
y por primera vez en mucho tiempo,
me vi a mí mismo.
Epílogo

El dragón ya no está,
pero dejó su fuerza dentro de mí.
La psicóloga dice que eso es bueno.
Que ahora el dragón ya no necesita rugir,
porque aprendí a hablar.

A veces pienso en él,


en Kiri,
en mi madre,
en todos los que sí me vieron cuando más lo necesitaba.

Ya no quiero ser invisible.


Quiero estar,
quiero que me vean,
quiero ver a los demás.

Porque ahora sé algo que antes no entendía:

Ser visible no es que te miren,


es que alguien te vea de verdad.

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