Manejo de Emergencias por Convulsiones
Manejo de Emergencias por Convulsiones
Objetivos 1
Introducción 1
Primera convulsión 1
• Manejo de la primera crisis en urgencias 2
- Diagnóstico 2
- Tratamiento 4
Crisis epiléptica 5
• Epidemiología 5
• Clasificación 5
- Crisis parciales 6
- Crisis generalizadas 8
• Evaluación y diagnóstico 10
- Electroencefalograma 11
- Estudio de neuroimagen 11
• Tratamiento 11
Estado de mal epiléptico 15
• Epidemiología y etiología 16
• Clasificación 16
• Fisiopatología 17
• Estado epiléptico convulsivo generalizado 18
- Diagnóstico 18
- Tratamiento 19
• Estado epiléptico no convulsivo 20
Convulsiones y situaciones especiales 20
• Inicio de terapias antiepilépticas en el servicio de emergencias 20
• Pacientes con historia de convulsiones 21
• Convulsiones y alcohol 21
• Tóxicos y convulsiones 21
• Convulsiones postraumáticas 22
• Convulsiones y embarazo 22
• Convulsiones psicógenas 22
Conclusiones 23
Referencias bibliográficas 24
INTRODUCCIÓN
La primera crisis epiléptica es una causa frecuente de consulta en los servicios de emergencias, donde el manejo
se centra en el diagnóstico del episodio y en la identificación de la causa subyacente. Solo ocasionalmente será
necesario el inicio de un tratamiento antiepiléptico.
Las crisis epilépticas son uno de los problemas neurológicos más frecuentes en el servicio de emergencias: cons-
tituyen el motivo del 1-2% de las consultas. Habitualmente los pacientes llegan una vez que ha cedido el episodio,
por lo que el manejo se suele centrar en el diagnóstico clínico y etiológico.
En estos casos es de suma importancia identificar a los pacientes con crisis sintomáticas derivadas de patologías
agudas que requieren tratamiento inmediato (meningitis, intoxicaciones, traumas, alteraciones metabólicas como
la hipoglucemia, etc.) y a aquellos pacientes sin una causa aguda pero con un mayor riesgo de recurrencia de crisis.
Cuando la crisis es prolongada puede llegar a convertirse en una verdadera emergencia clínica. Tradicionalmente
se consideraba que cuando una crisis dura más de 30 minutos o cuando se producen dos o más crisis seguidas sin
recuperación entre ellas, corresponde a un estado epiléptico (status epilepticus) o estado de mal epiléptico.
En la actualidad se ha propuesto que se considere estado epiléptico tras 5 minutos de crisis continua o si se pro-
ducen dos crisis seguidas sin recuperación entre ellas.
El estado epiléptico ocurre generalmente en el contexto de patologías agudas sistémicas o neurológicas y, menos
frecuentemente, en pacientes diagnosticados previamente de epilepsia. Es más frecuente y grave en los ancianos.
La mortalidad depende fundamentalmente de la etiología, siendo especialmente alta cuando se puede identificar
una causa aguda.
En este material teórico se presentará el manejo en el servicio de urgencias de la primera convulsión, de las crisis
epilépticas y del estado epiléptico tanto desde el punto de vista del diagnóstico como del tratamiento.
PRIMERA CONVULSIÓN
La convulsión se puede definir como un cambio repentino en el comportamiento y se caracteriza por una alteración
en la percepción sensorial o de la actividad motora.
Las convulsiones son causadas por una descarga eléctrica anormal, excesiva y sincrónica de un grupo de neuro-
nas. La convulsión en sí corresponde a las manifestaciones motoras de esta actividad eléctrica anormal, pero el
espectro clínico es amplio e incluye:
El médico de urgencias enfrenta muchos desafíos al evaluar a un paciente después de una convulsión, ya que el
diagnóstico diferencial es amplio y hay muchas condiciones que pueden simularla.
Es importante conocer la historia clínica detallada del paciente y la información proporcionada por los testigos
presentes en el momento de la convulsión, así como realizar un examen físico centrado en los signos vitales y ha-
llazgos neurológicos.
Los pacientes adultos que son evaluados en el servicio de emergencias con convulsiones por primera vez pueden
dividirse en dos grupos:
• Aquellos que consultan con un estado mental alterado, alteraciones neurológicas, signos de infección u otros
trastornos con posterioridad a un episodio convulsivo y requieren una evaluación exhaustiva y extensa.
• Los que han recuperado un estado mental normal después de la crisis convulsiva.
Aproximadamente en el 45% de los pacientes que presentan convulsiones por primera vez no se identifica ninguna
causa, y menos del 10% tienen una causa metabólica o toxicológica. Otras causas relacionadas con un primer epi-
sodio incluyen accidente cerebrovascular (apoplejía), tumor, trauma e infecciones, incluida la infección por el virus
de la inmunodeficiencia humana (VIH).
La presencia de aura, sensación de plenitud gástrica, confusión postictal o signos neurológicos focales apoya el
diagnóstico de crisis epiléptica.
- Pruebas de imagen
En general, se acepta que en adultos se realice una prueba de imagen cerebral a todos los pacientes que se pre-
senten en un servicio de emergencias tras haber sufrido una primera crisis epiléptica no provocada. La prueba de
elección es la tomografía computarizada cerebral, debido a que es rápida, más accesible que otras pruebas (como
la resonancia magnética) y eficaz para excluir causas potencialmente graves como la hemorragia cerebral.
La prueba de imagen es especialmente urgente cuando hay factores de riesgo para una patología intracraneal
aguda como:
• Síndrome de inmunodeficiencia adquirida.
• Traumatismo craneal agudo.
• Edad superior a 40 años.
• Fiebre.
• Historia de anticoagulación.
• Historia de patología maligna.
• Déficits neurológicos focales de reciente aparición.
• Crisis parciales o focales.
• Alteración persistente del nivel de conciencia.
• Cefalea persistente.
- Laboratorio
Las alteraciones de la glucemia y la hiponatremia son los hallazgos de laboratorio más frecuentemente relaciona-
dos con las crisis epilépticas. Por lo tanto, se aconseja la determinación de la glucemia y el nivel de sodio sérico en
todos los adultos.
Sin embargo, no hay suficiente evidencia científica para realizar esta analítica sanguínea de forma rutinaria en
pacientes con una primera crisis no provocada y su indicación puede depender de la sospecha clínica. Del mismo
modo, el análisis toxicológico para detección de drogas o alcohol se realizará ante la sospecha de abuso de sus-
tancias y no de forma rutinaria.
- Punción lumbar
La punción lumbar no se recomienda de forma rutinaria. Está indicada en pacientes con historia o examen físico
sugestivo de infección del sistema nervioso central (SNC) y en pacientes inmunocomprometidos en los que la crisis
epiléptica puede ser la única manifestación de una infección de este tipo.
- Electroencefalograma
El electroencefalograma (EEG) es útil para determinar la causa de la convulsión y cuantificar el riesgo de recurren-
cia. Su registro es importante en pacientes con estado mental alterado persistente y en aquellos que pueden ser
difíciles de diagnosticar clínicamente. El acceso al EEG es limitado en muchos servicios de emergencias, y no hay
datos suficientes para recomendar su uso en el contexto agudo.
Tratamiento
El requisito para el diagnóstico de epilepsia es el antecedente de dos o más crisis. Como norma general, se acepta
que ante una única crisis aislada el paciente no debe recibir tratamiento inmediatamente (Fig. 1).
En ciertas situaciones en las que el riesgo de recurrencia tras una única crisis es mayor, puede ser aceptable el
inicio precoz de un tratamiento. Para la elección del fármaco antiepiléptico se siguen los mismos criterios que en el
caso de epilepsias establecidas, dependiendo fundamentalmente del tipo de crisis (véase más adelante).
El término epilepsia se aplica a una variedad de condiciones clínicas que se caracterizan por la presencia de tras-
tornos paroxísticos recurrentes denominados crisis epilépticas.
Las crisis epilépticas pueden definirse como eventos clínicos transitorios que resultan de una descarga anormal,
excesiva y sincrónica de un grupo de neuronas ubicadas principalmente en la corteza cerebral. Las crisis son ge-
neralmente breves, con una duración de segundos o minutos, y caracterizadas por una alteración súbita del com-
portamiento.
El término convulsiones se refiere a accesos de movimientos musculares involuntarios, más o menos violentos,
y con pérdida de la conciencia. Estas convulsiones, que se conocen como crisis tónico-clónicas generalizadas,
pueden darse en personas con cerebros normales como resultado de una serie de cambios transitorios y no son
exclusivas de la epilepsia. Es el caso de las convulsiones febriles, de las secundarias a un síndrome de abstinencia
alcohólica, a hipoglucemia, a hipocalcemia o a hiponatremias y de las inducidas por drogas, que son causas agudas
u ocasionales de convulsiones.
Dichas crisis tónico-clónicas están determinadas por una patología cerebral aguda o una alteración extracerebral
que desaparece espontáneamente una vez que la situación de base se resuelve. Los pacientes con este tipo de
convulsiones no deben ser considerados epilépticos.
La epilepsia es una patología crónica en la cual las crisis se repiten a lo largo del tiempo, sin una causa extracere-
bral que las provoque. Por lo tanto, para establecer un diagnóstico de epilepsia, la persona debe presentar, gene-
ralmente, dos o más crisis a lo largo del tiempo.
Epidemiología
La epilepsia es una de las enfermedades neurológicas más frecuentes. Se estima que el 0,5-1% de la población
sufre de epilepsia. La incidencia y la prevalencia son ligeramente superiores en los varones que en las mujeres.
Además, se ha visto que, en lo que respecta a la edad, la epilepsia en una enfermedad de los extremos de la vida.
La curva de incidencia es bimodal, con un pico muy alto en el primer año de vida, seguido de una caída importante
y luego una incidencia estable en la primera década. En la adolescencia hay una nueva caída, con una incidencia
muy baja en los adultos. A partir de la quinta década de la vida la incidencia comienza a ascender en forma rápida
y progresiva, con una mayor incidencia entre la séptima y la octava décadas de la vida.
Clasificación
Según la Clasificación Internacional de las Crisis Epilépticas, se diferencian dos grupos:
A. Crisis parciales (focales):
- Crisis parciales simples (sin alteración de la conciencia):
• Motoras.
• Somatosensoriales o de los sentidos especiales.
• Autonómicas.
• Psíquicas.
B. Crisis generalizadas:
- Ausencias.
- Tónico-clónicas.
- Clónicas.
- Tónicas.
- Mioclónicas.
- Atónicas.
Crisis parciales
La distinción entra crisis parciales simples y complejas se basa en el nivel de conciencia del paciente durante la
crisis. Si el nivel de conciencia permanece intacto, la crisis se considera como parcial simple; en cambio, si la con-
ciencia se encuentra alterada, la crisis se clasifica como compleja.
Las manifestaciones clínicas de estas crisis son muy variadas, y están determinadas por la localización cortical
de la zona epileptógena y por el grado y la dirección de propagación de la descarga eléctrica hacia otras zonas del
cerebro. La propagación de la descarga epiléptica produce una activación secuencial de distintas zonas corticales,
lo que determina la semiología de la convulsión. El patrón de descarga es generalmente muy similar de una crisis a
otra en un mismo paciente, lo que crea una secuencia de signos y síntomas estereotipados.
Cuando la descarga epiléptica se produce solo en un hemisferio cerebral, el nivel de conciencia, definido como la
capacidad de interactuar con el ambiente, no se altera y el paciente es capaz de recordar en detalle los síntomas
de la crisis. Por el contrario, cuando la descarga afecta a ambos hemisferios cerebrales, sobre todo a estructuras
del sistema límbico, se produce una alteración o pérdida de la conciencia y el paciente presenta una amnesia par-
cial o total del episodio.
Frente a una alteración de la conciencia, es común observar conductas primitivas, aberrantes, repetitivas, lo que
se conoce como automatismos. Como su nombre lo indica, dichas conductas se producen en forma inconsciente
y automática. La mayoría de los automatismos son simples, de tipo oroalimentario, como movimientos de mastica-
ción, deglución o chupeteo.
En ciertos casos, las crisis parciales pueden progresar a una crisis generalizada tónico-clónica. Este proceso se
conoce como crisis parciales secundariamente generalizadas. Con frecuencia, los pacientes con epilepsia pueden
anticipar la ocurrencia de una crisis por la presencia de algunos síntomas. Este fenómeno se conoce como aura
epiléptica.
• Crisis somatosensitivas
Este tipo de crisis pueden presentar una gran variedad de sintomatología. Afectan al área sensitiva primaria y pro-
ducen parestesias, hormigueos, cosquilleo, sensaciones eléctricas, de frío o calor en el lado opuesto del cuerpo. El
compromiso de áreas sensitivas secundarias puede producir sensaciones corporales bilaterales e incluso homola-
terales.
Las crisis parciales simples con sintomatología referida a los sentidos especiales se suelen presentar en diferen-
tes áreas. Aquellas que se originan en la corteza visual primaria del lóbulo occipital consisten en alucinaciones o
ilusiones, como luces de colores, discos luminosos, destellos o escotomas, y también pueden manifestarse con
pérdidas de visión.
Por otro lado, las crisis con sensaciones auditivas (como acúfenos, zumbidos o distorsión de los sonidos), sugieren
una zona epileptógena en el área auditiva. Las que presentan sintomatología olfatoria son poco frecuentes, y en tal
caso consisten en la percepción de olores desagradables.
• Crisis autonómicas
Las crisis parciales autonómicas se observan en forma aislada. Los síntomas se generan en áreas límbicas e hi-
potalámicas, e incluyen sensaciones epigástricas, midriasis, rubor o palidez, piloerección, sudoración, arritmias
cardíacas, urgencia miccional, etc.
• Crisis psíquicas
Las crisis parciales simples con sintomatología psíquica en su gran mayoría se generan en el lóbulo temporal. Pue-
den presentar síntomas disfásicos cuando afectan a la zona del lenguaje.
Crisis generalizadas
- Ausencias
Las ausencias se caracterizan por alteraciones breves de la conciencia, de comienzo y terminación súbitos, sin
confusión postictal. Durante la ausencia, la actividad del paciente se interrumpe, y este presenta una mirada per-
dida durante varios segundos. Se pueden observar movimientos clónicos sutiles, como parpadeo rítmico y clonías
faciales. La duración es de 10 segundos aproximadamente, y rara vez supera los 45 segundos.
En pacientes que no reciben tratamiento, las ausencias son precipitadas por 3 a 5 minutos de hiperventilación for-
zada. Esta maniobra es de gran utilidad para el diagnóstico de este tipo de crisis.
Tanto en las ausencias como en las crisis complejas los pacientes presentan una alteración de la conciencia y fija-
ción de la mirada. El diagnóstico diferencial entre ambos tipos de crisis es de gran importancia, debido a que ambas
responden a diferentes fármacos antiepilépticos (Cuadro 1).
- Mioclónicas
Estas crisis consisten en sacudidas musculares súbitas, breves y arrítmicas. Generalmente afectan al cuello y las
extremidades superiores, aunque también pueden incluir los miembros inferiores. Se presentan de forma leve o
severa, simétrica o asimétrica. La duración de la mioclonía es tan breve que la conciencia no se altera; por lo tanto,
el paciente puede describirla.
- Tónico-clónicas
Constituyen la máxima expresión del fenómeno epiléptico. Generalmente comienzan con una súbita pérdida de la
conciencia y una rigidez generalizada (fase tónica). El paciente suele caer al suelo con una contractura generaliza-
da en extensión, con retroversión ocular y midriasis. Debido a esta contractura tónica se produce una parálisis de
los músculos respiratorios, lo que lleva a una cianosis periférica.
La fase tónica dura entre 10 y 30 segundos. A continuación, de forma gradual comienzan a observarse las sacudi-
das generalizadas y simétricas de tipo clónicas (fase clónica). Inicialmente se observa un temblor rápido, y a medi-
da que progresa la crisis, los movimientos tónicos se vuelven más marcados y la rigidez tónica pasa a una atonía
profunda. Las clonías generalmente cesan de forma brusca; esta fase dura entre 30 y 60 segundos y es seguida por
un coma profundo (período postictal) con respiración superficial, del cual el paciente se recupera de forma gradual.
Es común la mordedura de la lengua o el carrillo, lo que suele observarse durante la fase tónica; la incontinencia
urinaria generalmente se produce al inicio del período postictal. Es frecuente que luego de la crisis el paciente su-
fra una cefalea intensa y mialgias.
- Tónicas
Consisten en una contractura generalizada sostenida y más o menos simétrica, de comienzo brusco. Su duración
es de 10 segundos aproximadamente, pero puede durar hasta 1 minuto. La conciencia generalmente está afectada,
y la semiología depende de los grupos musculares involucrados. Se puede observar espasmo facial con apertura
ocular, flexión o extensión del cuello y contracción de músculos abdominales y paraespinales.
Estas crisis generalmente se producen a la noche, y en caso de alta frecuencia pueden ocurrir varias veces al día.
Evaluación y diagnóstico
El primer paso en la evaluación del paciente que presentó una convulsión es determinar si el evento en cuestión fue
de naturaleza epiléptica o no.
Hay una variedad de condiciones clínicas que pueden producir alteraciones neurológicas transitorias que pueden
confundirse con crisis epilépticas (Cuadro 2). Estas crisis no epilépticas se subdividen en:
• Fisiológicas: indican que son el resultado de una alteración orgánica.
• Psicógenas: son causadas por una alteración psicológica.
No solo es importante realizar los diagnósticos diferenciales correctos para poder iniciar un tratamiento idóneo,
sino que también el diagnóstico erróneo de epilepsia puede tener consecuencias sociales y psicológicas importan-
tes, además de exponer al paciente al uso prolongado de fármacos antiepilépticos, con sus efectos colaterales.
Una vez establecido el diagnóstico de epilepsia, es importante determinar si se trata de un episodio aislado o si
indica el comienzo de una epilepsia.
Se ha observado que solo un tercio de los pacientes que tuvieron un episodio convulsivo aislado desarrollará una
epilepsia. Dentro de la evaluación del paciente que presentó una crisis convulsiva se debe realizar:
• Anamnesis detallada: analizar con cuidado los eventos previos a la convulsión, indagar sobre la presencia de
aura, obtener una descripción detallada de la persona que presenció la crisis, indagar sobre si hubo o no un es-
tado postictal.
Electroencefalograma
Es la prueba complementaria más importante en la evaluación de un paciente con convulsiones. Registra la actividad
eléctrica cortical mediante la aplicación de 21 electrodos dispuestos de acuerdo con un sistema internacional.
Los electrodos se colocan de a pares en diferentes combinaciones, diseñadas para cubrir las diferentes áreas
corticales. La actividad eléctrica se registra en 16 canales, cada uno de los cuales brinda información de una zona
cortical diferente, lo que permite realizar un mapa de la actividad eléctrica cerebral.
Los pacientes con epilepsia presentan anormalidades específicas en el EEG. Las más frecuentes son:
• Ondas agudas.
• Puntas (también llamadas espigas).
• Complejos de polipunta o punta-onda.
Los hallazgos en el EEG son de gran utilidad para establecer el diagnostico de epilepsia, y también son muy impor-
tantes para evaluar el pronóstico y la respuesta al tratamiento.
Es necesario recordar que el diagnóstico de epilepsia es clínico, habitualmente respaldado por un EEG. Hay pacien-
tes epilépticos que pueden presentar, de forma reiterada, EEG intraictales normales, por lo cual un EEG normal no
descarta el diagnóstico de epilepsia.
Estudios de neuroimagen
Se deben realizar a todos los pacientes con epilepsia, en especial si la afección es de comienzo reciente o los ha-
llazgos clínicos sugieren una lesión estructural. Aunque la tomografía computarizada cerebral permite detectar
una gran cantidad de lesiones que pueden causar epilepsia, no tiene la capacidad resolutiva de la resonancia mag-
nética; por lo tanto, esta última sería la técnica de imagen de elección.
Tratamiento
Iniciar tratamiento en pacientes que sufrieron una crisis convulsiva es una de las decisiones más difíciles y depen-
de de una gran cantidad de variables, incluidos factores biológicos que ayudan a estimar el riesgo de recurrencia
y factores que consideran la repercusión psicológica, social y laboral en el paciente.
Los factores que sugieren un alto grado de recurrencia son:
• Presencia de una lesión estructural cerebral (tumor, malformación arteriovenosa, infarto cortical, absceso ce-
Cuando uno o más de estos factores están presentes se debe iniciar un tratamiento.
Los factores que sugieren una recurrencia baja son la abstinencia alcohólica, el abuso de drogas, la presencia de
una enfermedad aguda (deshidratación, hiponatremia, hipoglucemia) y la aparición de una crisis inmediata luego de
un traumatismo craneoencefálico. En estos casos, si bien el tratamiento en el período agudo puede estar indicado,
no lo está de forma crónica.
Las crisis epilépticas pueden ser precipitadas por una serie de factores. Entre los más comunes se encuentran:
• Estrés emocional o físico.
• Supresión del sueño.
• Fatiga e ingestión alcohólica excesiva.
• Estimulación luminosa estroboscópica.
• Ruido intenso e inesperado que provoca un sobresalto brusco.
El tratamiento con fármacos antiepilépticos es la principal modalidad terapéutica en la epilepsia, si bien se cuenta
con el tratamiento quirúrgico y la estimulación vagal (estos últimos procedimientos no utilizados en emergencia).
Generalmente el tratamiento se inicia con un fármaco (monoterapia), aumentado su dosis de forma gradual según
la respuesta clínica. Si las crisis continúan, pese a que la dosis del fármaco utilizado corresponda a la máxima, el
fármaco debe suspenderse de forma gradual y reemplazarse por el de segunda elección. Este enfoque de monote-
rapia secuencial puede realizarse con dos a tres fármacos diferentes. Las ventajas de la monoterapia son múltiples,
debido a que presenta menos efectos adversos, evita interacciones medicamentosas y es más económica.
Si el paciente continúa con crisis, los fármacos pueden combinarse (politerapia). La combinación suele aportar un
beneficio importante y generalmente es bien tolerada. Si bien no hay reglas, se recomienda combinar fármacos con
mecanismos de acción diferentes.
La determinación de las concentraciones séricas de los fármacos ha mostrado utilidad en el manejo de las crisis.
Por lo general está indicada en casos refractarios para determinar la posibilidad de incumplimiento del paciente
con el régimen medicamentoso, estimar la dosis de forma más precisa, establecer interacciones farmacológicas o
evaluar signos de intoxicación.
Se ha determinado un rango terapéutico para cada fármaco antiepiléptico (rango de concentraciones séricas en
las cuales se observa un control óptimo de las crisis con mínimos efectos adversos). Este rango terapéutico es
una recomendación general, aunque hay pacientes que responden con dosis menores a las recomendadas y otros
necesitan dosis por encima del rango terapéutico para controlar sus crisis.
El estado epiléptico o estado de mal epiléptico constituye una verdadera emergencia médica. En general se acepta
que la duración del estado epiléptico convulsivo es un factor pronóstico determinante y, por lo tanto, la rapidez con
que se instaura el tratamiento y su eficacia son muy importantes.
Cuando más prolongado sea el estado epiléptico, más difícil será su control farmacológico. A mayor duración es
más difícil responder a las demandas metabólicas del cerebro y pueden aparecer diferentes complicaciones sis-
témicas y neurológicas.
La pérdida de autorregulación sistémica lleva a complicaciones como hipotensión, hipoglucemia, acidosis meta-
bólica, hiperpirexia y fallo respiratorio. Además, se ha demostrado que la actividad neuronal epiléptica prolongada
produce lesión neuronal independientemente del daño sistémico que se produzca. En estados prolongados hay un
aumento del riesgo de alteración cognitiva, epilepsia u otras alteraciones neurológicas.
Tradicionalmente el estado de mal epiléptico se define como una crisis epiléptica continua con una duración mayor
a 30 minutos o una serie de crisis intermitentes que se suceden durante un período mayor a 30 minutos y entre las
cuales el paciente no recupera la conciencia. Sin embargo, en la actualidad se ha propuesto que se considere es-
tado epiléptico tras 5 minutos de crisis continua o si se producen dos crisis seguidas sin recuperación entre ellas.
Teniendo esto en cuenta, todo episodio convulsivo de una duración mayor a 5 o 10 minutos debe ser considerado
como estado de mal epiléptico y el tratamiento debe ser instaurado sin demora.
Algunos pacientes pueden experimentar un estado epiléptico como resultado de una infección, hemorragia, acci-
dente cerebrovascular, trauma, hipoxia, anomalías metabólicas o consumo de drogas o alcohol. Las tasas estimadas
de mortalidad por estado epiléptico oscilan entre el 10% y el 40% y están relacionadas con la etiología subyacente.
Clasificación
Desde el punto de vista clínico, el estado de mal epiléptico se clasifica en dos categorías:
• Estado epiléptico convulsivo generalizado.
• Estado epiléptico no convulsivo.
El estado epiléptico convulsivo generalizado es una emergencia médica, con mortalidad directa, por lo cual su
manejo inicial en el servicio de emergencias se centra en la estabilización del paciente seguido de la rápida instau-
ración del tratamiento.
Ante la sospecha de estado epiléptico convulsivo generalizado, el tratamiento debe iniciarse de forma inmediata
sin esperar a los resultados de pruebas complementarias que confirmen o excluyan el diagnóstico.
El estado de mal epiléptico refractario se define como aquel que no responde a una benzodiacepina y a otro agente
antiepiléptico (Cuadro 4).
Fisiopatología
Los procesos biológicos que generan un estado de mal epiléptico pueden ser explicados como un fallo en el reclu-
tamiento de neuronas inhibitorias y una activación de mediadores excitatorios, que provocarían una inhibición per-
sistentemente reducida y una excitación neuronal persistente, cuya consecuencia sería una descarga convulsiva
continua.
Otro mecanismo involucrado en el establecimiento de la convulsión podría ser una despolarización en masa de
neuronas originadas en el foco de lesión de manera espontánea, que causan una supresión de la actividad normal
y difunden a través de la sustancia gris.
El neurotransmisor inhibitorio más importante del SNC es el ácido gamma amino butírico (GABA), que es liberado
por neuronas GABAérgicas. El GABA se une a los receptores correspondientes, que son proteínas macromolecu-
lares que forman complejo con un canal para el ion cloro y contienen sitios de adhesión tanto para el GABA como
para benzodiacepinas, anestésicos y barbitúricos.
Los receptores GABAérgicos serían los responsables del cese de la convulsión. Durante el período de convulsión
sostenida se producen cambios dinámicos en la función de los receptores GABA y los de N-metil-D-aspartato
(NMDA), un derivado aminoácido excitatorio. Una vez comenzada la actividad comicial, se produce una reducción
de los receptores GABA en la membrana sináptica por internalización de estos en vesículas endocitósicas para su
posterior degradación.
Tratamiento
Para favorecer la rapidez, la mayoría de los centros tienen su propio protocolo secuencial para el tratamiento del
estado convulsivo. A continuación se expone un procedimiento orientativo que se basa en el tiempo transcurrido.
• Minutos 0-5: el primer paso es la estabilización del paciente, asegurando el mantenimiento de las constantes
vitales. Esta primera etapa no debe llevar más de 5 minutos. Se deben monitorizar la temperatura corporal y la
presión sanguínea, realizar un electrocardiograma y evaluar la función respiratoria. La oxigenación debe ser
controlada mediante pulsioximetría y gasometría arterial. Se debe establecer una vía intravenosa (IV) con suero
salino (las soluciones de dextrosa pueden precipitar la fenitoína) y, si es necesario, se dará soporte ventilatorio.
Se extraerá una muestra sanguínea para la determinación urgente de niveles de antiepilépticos (si los toma),
glucosa, electrolitos y urea.
• Minutos 6-9: si aparecen complicaciones relacionadas con el estado epiléptico serán necesarias otras medidas,
como la hidratación y el uso de vasopresores para la hipotensión, medidas de enfriamiento si la temperatura
corporal es superior a 40 ºC o bicarbonato si existe acidosis con niveles de pH que pongan en riesgo la vida del
paciente. En caso de hipoglucemia se administrará glucosa IV (50 ml al 50%) y, si se sospecha que pudiera existir
un déficit de tiamina, se administrará tiamina IV (100 mg) antes o durante la administración de glucosa. En caso
de ser posible, también es aconsejable la monitorización EEG.
• Minutos 10-30: una vez controlados estos parámetros debe iniciarse el tratamiento farmacológico en la mayor
brevedad posible. En general, se acepta que el tratamiento de primera línea corresponde a las benzodiacepinas
IV. Se inicia lorazepam IV a un ritmo de infusión de 2 mg/min (0,1 mg/kg) hasta un máximo de 8 mg, o diazepam
IV a un ritmo de 2 mg/min hasta que la crisis ceda o un máximo de 20 mg. Esto es seguido de una dosis de feni-
toína de 20 mg/kg a un ritmo que no supere los 50 mg/min. Si la crisis continúa, se debe administrar una nueva
dosis de fenitoína a de 10 mg/kg. Siempre es necesario monitorizar la presión arterial y el ritmo cardíaco. El áci-
do valproico IV, a una dosis inicial de 25-45 mg/kg administrada en 3 minutos, ha demostrado su eficacia en la
detención de distintos tipos de estados epilépticos (generalizado tónico-clónico, mioclónico y no convulsivo). A
los 30 minutos de la dosis de carga se inicia perfusión continua a 1 mg/kg/h, que tiene la ventaja de no producir
alteraciones cardiovasculares y respiratorias como hipotensión, arritmias cardíacas o depresión respiratoria,
frecuentes en el tratamiento con fenitoína.
• Minutos 31-59: si el episodio continúa, se debe realizar intubación orotraqueal y administrar una dosis de fe-
nobarbital de 20 mg/kg a un ritmo de infusión que no supere los 100 mg/min, debido a que este fármaco puede
producir una marcada depresión respiratoria.
• > 60 minutos: actualmente se considera que tras el fallo del primer fármaco y del de segunda línea (fenitoína o
ácido valproico) el estado epiléptico es refractario. Hasta un 30 % de los casos se convierten en refractarios, lo
que se ha asociado a una mayor duración del ingreso en unidad de cuidados intensivos y a una mayor proporción
de pacientes que desarrollarán epilepsia sintomática pero no, al menos de forma significativa, a una mayor mor-
talidad intrahospitalaria. Si la crisis continúa, se utilizan anestésicos IV, principalmente pentobarbital, propofol
y midazolam.
El estado epiléptico no convulsivo no suele tener el mismo carácter de emergencia que el convulsivo, ya que no se
ha demostrado que su mayor duración aumente el riesgo de daño neuronal definitivo.
Por lo general, ante la sospecha de estado epiléptico no convulsivo es necesario practicar un EEG de urgencia para
confirmar el diagnóstico antes de iniciar un tratamiento.
Convulsiones y alcohol
Las convulsiones relacionadas con el alcohol están presentes en el contexto de dependencia crónica al alcohol.
De los pacientes con convulsiones que se presentan en el servicio de emergencias, el 20-40% tienen convulsiones
relacionadas al abuso del alcohol. Las convulsiones se producen en aproximadamente el 10% de los pacientes que
abandonan el consumo de alcohol, y el retiro de esta sustancia ha sido reportado como un factor causante en el
3-20% de los pacientes con estado epiléptico.
Por lo tanto, se sugiere que todos los pacientes que se presentan con convulsiones al servicio de emergencias
deben ser examinados para confirmar o descartar el alcohol como factor de las convulsiones. En más del 50% de
los casos se producen convulsiones relacionadas con el alcohol como complemento de otros factores de riesgo
(epilepsias, lesiones cerebrales estructurales, consumo de drogas). El diagnóstico mediante tomografía computa-
rizada en esta entidad es alto. No se debe presumir que un paciente alcohólico con una primera crisis tenga una
convulsión por abstinencia de alcohol. Por eso, es necesario considerar la obtención de neuroimágenes en este
grupo especial de pacientes.
Tóxicos y convulsiones
Las toxinas pueden alterar el equilibrio cerebral entre inhibición y excitación neuronal en una variedad de formas
capaces de causar convulsiones. La mayoría de las convulsiones inducidas por drogas, particularmente la cocaína
y otros estimulantes, responden mejor a la terapia con benzodiacepinas. Las convulsiones también pueden preci-
pitarse por el uso de narcóticos y la abstinencia de benzodiacepinas o barbitúricos.
El mecanismo de estado epiléptico y tóxicos puede ser diferente del de otras causas no toxicas. Algunas toxinas (p.
ej., la isoniacida) causan agotamiento del neurotransmisor GABA y, algunos de los agentes farmacológicos típicos
actúan sensibilizándolo. En estos casos, la administración temprana de piridoxina puede ser ventajosa porque re-
pone el GABA en el cerebro, con una dosis de 5 g IV en adultos y 70 mg/kg IV en niños. La fenitoína es ineficaz para
la mayoría de los medicamentos que inducen convulsiones, y en algunos casos puede ser perjudicial (p. ej., uso de
teofilina o sobredosis tricíclica); en cambio, los barbitúricos o el propofol son buenas opciones de tratamiento en
estos escenarios.
Convulsiones y embarazo
En el marco de convulsiones y embarazo se pueden presentar tres escenarios:
• Embarazadas con epilepsia: las embarazadas tienen un aumento del aclaramiento renal y hepático asociado
a una disminución de proteínas plasmáticas, lo que llevaría a reducir los niveles de fármacos antiepilépticos.
También se ha observado que la hipoxia y la acidosis relacionadas con los episodios convulsivos son más per-
judiciales que el posible efecto teratógeno de los fármacos antiepilépticos. Por lo tanto, estas pacientes deben
ser tratadas, como aquellas no embarazadas, con carbamacepina.
• Embarazadas con un primer episodio convulsivo: se deben realizar estudios en el marco de la primera con-
vulsión, solicitando perfil metabólico, EEG y tomografía computarizada cerebral con protección abdominal, así
como investigar la existencia de factores precipitantes, como infecciones, consumo de drogas, tóxicos, estados
protrombóticos, etc.
• Convulsiones en el marco de la eclampsia: siempre se presentan en pacientes con más de 20 semanas de ges-
tación hasta 6 semanas posparto. Los episodios se asocian a edema, hipertensión arterial y proteinuria. En este
grupo de pacientes, el tratamiento con sulfato de magnesio ha demostrado ser más efectivo para el tratamiento
de las convulsiones y la prevención de recurrencias que la fenitoína. La dosis recomendada es de 4 g a pasar en
20 minutos seguidos de 2 g/h en infusión en 24 horas (rango 4-5 mEq/l). Con niveles superiores a 10 mEql/l de
sulfato de magnesio se puede producir toxicidad, evidenciada por arreflexia tendinosa y anuria. El antídoto para
la toxicidad por magnesio es el gluconato de calcio al 10% en bolo IV. En eclampsia refractaria se pueden utilizar
benzodiacepinas y fenobarbital.
Convulsiones psicógenas
El término convulsiones psicógenas hace alusión a eventos o condiciones emocionales que en general no son fá-
cilmente identificables.
Se desconoce la prevalencia de convulsiones psicógenas entre los pacientes en el servicio de urgencias. Se esti-
ma que la prevalencia en la población general es del 2-33%. Hasta el 30% de los pacientes referidos a unidades de
monitorización de epilepsia reciben el diagnóstico de convulsiones psicógenas, y el retraso medio entre el inicio de
las convulsiones y el diagnóstico es de 7,2 años.
Aproximadamente un tercio de los pacientes con convulsiones psicógenas es tratado por estado de mal epiléptico.
La mayoría son mujeres de entre 20 y 30 años, y el diagnóstico rara vez se realiza en pacientes mayores de 70 años.
Aunque las convulsiones psicógenas pueden ocurrir en pacientes con trastornos mentales, como el síndrome de
Munchausen, se trata más de la excepción que de la regla.
CONCLUSIONES
Las convulsiones y el estado epiléptico representan el 1% de los cuadros que se presentan en los servicios urgen-
cias.
La crisis convulsiva se puede definir como un cambio repentino en el comportamiento que se caracteriza por una
alteración en la percepción sensorial o la actividad motora. Las convulsiones son causadas por descargas eléctri-
cas anormales excesivas y sincrónicas en un grupo de neuronas. La convulsión se refiere específicamente a las
manifestaciones motoras de esta actividad eléctrica neuronal anormal.
El médico de emergencias enfrenta muchos desafíos al evaluar a un paciente después de un episodio convulsi-
vo, ya que el diagnóstico diferencial es amplio y hay muchas condiciones que pueden simular una convulsión. La
obtención de una historia detallada del paciente y de las aportaciones de los testigos es primordial, así como una
exploración física centrada en los signos vitales y hallazgos neurológicos.
El estado de mal epiléptico convulsivo y no convulsivo es una entidad vista con mucha frecuencia en los servicios
de emergencias. La etiología suele ser muy variada; sin embargo, en el adulto las causas más frecuentes son el
abandono del tratamiento antiepiléptico y la mala adherencia al mismo.
El enfoque en estos pacientes comienza con la diferenciación de las situaciones que imitan una crisis convulsiva de
las que realmente son, y se siguen identificando posibles etiologías secundarias, como las convulsiones relaciona-
das con el alcohol. El abordaje de estos pacientes debe estar basado en el de apoyo vital, asegurando una vía aérea
permeable, una buena oxigenación, un buen estado hemodinámico y unos parámetros vitales dentro del rango de
normalidad. Una vez asegurado esto, se complementará con el tratamiento farmacológico específico según el caso.
La terapia temprana y agresiva con benzodiacepinas sigue siendo en la actualidad un tratamiento beneficioso en
caso de estado epiléptico. Las benzodiacepinas IV constituyen la primera línea de elección por sobre los barbitúri-
cos. El lorazepam IV ha demostrado ser tan eficaz como el fenobarbital y superior a la fenitoína sola en la finaliza-
ción de las convulsiones.
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