Siete es un gran número.
Si le pedimos a alguien que elija un número, cualquier
número, lo más probable es que elija el siete. Además, es
muy probable que le asigne algo de suerte.
Siete son los colores del arcoíris que Newton supo destejer,
siete son los continentes, y siete son los mares en los
que navegaban los piratas. Siete eran las maravillas del
mundo antiguo y siete eran los enanos de aquel
controversial cuento. Y siete, durante muchísimo tiempo,
fueron los planetas: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol,
Marte, Júpiter y Saturno.
“Planeta” viene del griego antiguo ἀστέρες πλανῆται
(asteres planetai) o “estrellas errantes”. Lo que en la
Antigua Grecia mirando al cielo descubrieron era que allí
solo siete objetos se movían aparentemente sin un lugar
fijo contra el cielo de fondo. Inspirándose en dioses
extraídos de la mitología romana y nórdica, de ellos se
derivaron los nombres para los siete días de la semana.
Fue Copérnico quien quizá, entre otras cosas, en 1543
abrió insospechadamente el debate acerca de qué hacía a
un planeta. No solo puso al Sol en el centro como una
estrella, sino que la Luna pasó a ser un satélite y la Tierra
se unió al resto de la familia planetaria. Ahora seis eran los
planetas, hasta que durante un período especialmente
activo entre los siglos XVIII y XIX la familia creció y creció
hasta contar con 23 integrantes.
Hasta que en 1781 Sir William Herschel descubrió Urano
casi por accidente, nadie había descubierto un nuevo
planeta. Tal era su propio rechazo que el artículo de su
descubrimiento aludía al avistamiento de un cometa, uno
tan peculiar que no guardaba ninguna similitud con ningún
otro. No es que nadie lo hubiera visto (un astrónomo
francés no lo vio al menos seis veces) sino que nadie pudo
o quiso dar cuenta de lo que observaba.
El problema estaba en ordenar el sistema solar. Resulta
que luego del descubrimiento de un planeta, su trayectoria
alrededor del Sol, junto a la de sus secuaces planetarios,
debe adecuarse considerando el modo en que la gravedad
de cada uno de ellos afecta al resto. Y como por aquel
entonces las leyes de Newton no daban más que alegrías,
ponerlas en duda no era una opción. En cambio, existía la
posibilidad de que hubiera otro vagabundo haciendo de las
suyas por el sistema solar.
Luego de muchas idas y vueltas, cálculos y correcciones,
gracias a las ideas del matemático Pierre-Simon de
Laplace, se predijo con cierta confianza que alguien más
faltaba en el retrato familiar. En 1846, esperablemente,
Neptuno se sumó. Pero si bien ayudaba en la explicación
de la órbita de Urano, no alcanzaba.
Luego de estos hallazgos, encontrar un planeta no parecía
algo imposible sino el resultado de suficiente dedicación y
atención a los detalles. No solo el entusiasmo se renovaba
con cada hallazgo, sino que la aparición de instrumentos
cada vez más sofisticados devolvía algo de esperanza a más
de una persona que mirara al cielo.
Durante la primera mitad del siglo XIX quince planetas se
sumaron al conteo, entre ellos Neptuno. Si memorizar los
planetas alguna vez nos fuera difícil, 23 seguramente
fueran una pesadilla. Eventualmente la familia se achicó a
ocho y al resto se lo categorizó como asteroides (del griego
ἀστηρ, aster, estrella, y ειδής, eidos, apariencia), aunque
nadie parece haberse quejado. Pero esta no es su historia.
A principio del siglo XX, “planeta” ya no significaba
simplemente algo que se movía alrededor del sol y vagaba
por el cielo. “Los asteroides vagaban, pero lo hacían en
grupo; eran los cardúmenes de pececitos que nadaban
entre las ballenas. Los planetas eran las ballenas del
sistema solar”, explica el astrónomo Mike Brown en How I
Killed Pluto and Why It Had It Coming (2010). Ocho eran
los planetas, pero las cuentas aún no terminaban de cerrar.
Aquella era la época en que la ciencia ficción acompasaba
los avances de la ciencia, y con una marcada necesidad por
creer, las imágenes cada vez más claras de Marte
animaban a una ruidosa minoría a señalar que podían
observar canales, en realidad meras ilusiones ópticas,
suficientes para inspirar ideas de civilizaciones inteligentes
en decadencia, desesperadas por sobrevivir.
No se trataba de ideas que primaran en la comunidad
científica, pero eso no le impidió al empresario
estadounidense Percival Lowell hacerse de una mala
reputación al defender controversiales ideas acerca de la
vida en Marte en tres libros, algunos de los cuales
inspiraron historias como The War of the Worlds (1897)
que un joven H. G. Wells había concebido siguiendo de
cerca las novedades astronómicas.
La astronomía para Lowell, sin embargo, no era un mero
pasatiempo. Luego de encargar la instalación de un
enorme observatorio en Flagstaff, Arizona, se dedicó a
mapear la superficie de Venus, algo que hoy sabemos que
es imposible dada su atmósfera opaca, hasta que una
nueva obsesión se llevó la última década de su vida.
Aquella incógnita en los cálculos de trayectorias
planetarias suponía, para Lowell, la existencia de un
elusivo “Planeta X”. Sin saberlo, un año antes de su muerte
logró capturarlo en dos imágenes, pero no lo supo
reconocer. La búsqueda en su observatorio se detuvo
durante poco más de diez años a raíz de una disputa legal
de parte de su viuda, Constance, quien sintió que la
decisión de dejar la mayor parte de su fortuna al
observatorio y la búsqueda de su planeta había sido injusta.
Finalmente, el observatorio quedó prácticamente sin
fondos y a cargo de Roger Putnam, su sobrino.
Mientras tanto, en Kansas, una brutal tormenta había
arrasado con la cosecha de la familia Tombaugh, y con ella
los sueños de un joven Clyde de estudiar en la universidad.
Sin recursos pero abundante motivación, Clyde aprendió
por su cuenta trigonometría y comenzó a fabricar sus
propios telescopios. En un rapto de confianza, envió sus
dibujos de Marte y Júpiter al Observatorio Lowell, que
impaciente por retomar la búsqueda del Planeta X lo
contrató inmediatamente.
“Todo era bastante desconcertante, todos eran extraños,
estaba a mil millas de casa y no tenía suficiente dinero para
comprar un boleto de regreso”, escribió Clyde sobre su
primer día en el nuevo trabajo. Su tarea no era otra que la
búsqueda de aquel sospechado objeto trans-neptuniano. Si
bien un nuevo telescopio había sido instalado, la técnica
era más o menos la misma que en décadas anteriores.
Cuando se busca un planeta, nadie quiere —o puede—
estudiar minuciosamente distintas imágenes del cielo, con
sus incontables millones de puntos, y mantener la
esperanza de encontrar una diferencia entre una foto y la
siguiente. Es por ello que se usaba un instrumento llamado
“microscopio de parpadeo”: se ubican dos imágenes de la
misma región del cielo, tomadas en distintos momentos, y
luego se las observa en rápida sucesión. Nuestro pobre
cerebro de este modo puede identificar el movimiento de
un punto, si lo hubiera.
No le tomó ni un año encontrar un difuso objeto que se
había movido entre dos imágenes tomadas con una semana
de diferencia y, finalmente, el 18 de febrero de 1930 el
planeta de Lowell había sido descubierto. Luego de que lo
confirmara el Observatorio de Harvard, las noticias dieron
la vuelta al mundo. El Planeta X era el noveno planeta del
sistema solar y su anuncio hubiera coincidido con el
cumpleaños número 75 de Lowell.
Al día siguiente, del otro lado del Atlántico, el anuncio fue
parte del desayuno que Venetia Burney, de 11 años,
disfrutaba con su abuelo. Se había inaugurado el debate
por el nombre que tendría el nuevo integrante de nuestro
sistema planetario. “¿Por qué no Plutón?”, propuso
Venetia, que solía pasar sus ratos estudiando mitología
clásica. Un mensaje por telegrama más tarde, el nombre
ganaría entre los otros candidatos: Artemisa, Atlas,
Constance, Lowell, Minerva, Zeus, y Zymal.
Plutón, hijo de Saturno y hermano de Neptuno y Júpiter en
la mitología romana, es el dios del inframundo, análogo a
Hades en la mitología griega aunque un poquito más
bueno. El nombre calzaba perfectamente con aquel
distante objeto perdido entre las sombras de los bordes del
sistema solar, aunque Venetia confiesa que lo propuso
porque los nombres principales ya habían sido tomados.
Eso sí: Pluto, el perro de Mickey introducido aquel año
también, apareció después. Sumando a la coincidencia, las
primeras letras de Plutón coincidían con las iniciales de
Lowell.
Difícilmente el nombre pudiera haber sido sugerido por
alguien en Estados Unidos: “Pluto” estaba indeleblemente
relacionado con un famoso laxante. Esto no impidió que al
cabo de una década el descubrimiento de Plutón se
volviera parte del imaginario estadounidense: se trataba
del mérito de un joven granjero autodidacta de Kansas, que
había realizado su hazaña en las montañas de Arizona, con
el financiamiento de una familia rica de Boston
Sumar un planeta al juego no es poca cosa. De la noche a
la mañana, prácticamente, dos edificios recién inaugurados
pasaron a estar desactualizados. El planetario Adler, en
Chicago, el más antiguo del mundo aún en pie e
inaugurado dos meses después del hallazgo, contaba con
una entrada adornada con los ocho planetas, mientras que
frente a la Catedral de San Patricio, en la ciudad de Nueva
York, una estatua de Atlas erigida unos años después lo
muestra sosteniendo un cielo en el que Plutón está
ausente.
En cuanto a las matemáticas, los problemas aún persistían.
En un primer momento el volumen y masa de Plutón fue
estimado como el de Neptuno, 18 veces el de la Tierra.
Pero el telescopio no opinaba lo mismo, y las estimaciones
eran cada vez más humildes. Eventualmente, en 1978, al
oscuro y solitario Plutón se le descubrió una especialmente
enorme luna, Caronte, y una sencilla aplicación de cálculos
gravitacionales redujo su masa a apenas un uno por ciento
de la que posee la Tierra. Quizá el Planeta X anduviera por
ahí, esperando ansioso su momento.
No fue hasta que las misiones Voyager salieron de
paseo, con el mixtape más famoso de la historia a bordo,
que las travesuras orbitales de Urano y Neptuno
desaparecieron por completo. Fue recién cuando pudimos
medir con mayor precisión la masa de los planetas vecinos
que la necesidad de un Planeta X perdido en el espacio
desapareció de una vez por todas. Fueron estas sondas,
también, las que hicieron insoportablemente evidente que
las lunas desperdigadas por el sistema solar eran tan
interesantes como sus planetas, algunas incluso más
grandes que Plutón: nuestra Luna; Io, Ganímedes, Calisto y
Europa, de Júpiter; Titán de Saturno y Tritón de Neptuno.
Sin embargo, nuestro pequeño Plutón siempre tuvo lo suyo.
Gira alrededor del sol en una órbita alargada, y no circular,
y mientras los planetas giran sobre un plano, la órbita de
Plutón está inclinada 20 grados respecto del resto. Incluso
durante 20 de los 249 años terrestres que dura su ciclo
alrededor del Sol se le acerca más que Neptuno.
Es tan pequeño, pero luminoso, que estuvo la tentación de
llamarlo cometa (del latín para coma o pelo), sosteniendo
—y luego rechazando— la hipótesis de que si estuviera más
cerca del sol tendría su característica estela. Plutón se ve
como una estrella que a diferencia del resto, noche tras
noche se niega a quedarse en el mismo lugar