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Ámbito del Derecho del Consumidor en Argentina

El capítulo analiza el ámbito de aplicación del derecho del consumidor en Argentina, destacando la importancia de la 'relación de consumo' como eje central y su evolución a través del nuevo Código Civil y Comercial y la Ley de Defensa del Consumidor. Se define la relación de consumo y se identifican los sujetos protegidos, enfatizando la vulnerabilidad del consumidor y la necesidad de una protección jurídica adecuada. Además, se examinan las características del consumidor, incluyendo su definición y los distintos tipos, así como la extensión de la normativa a diversas relaciones jurídicas.

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Ámbito del Derecho del Consumidor en Argentina

El capítulo analiza el ámbito de aplicación del derecho del consumidor en Argentina, destacando la importancia de la 'relación de consumo' como eje central y su evolución a través del nuevo Código Civil y Comercial y la Ley de Defensa del Consumidor. Se define la relación de consumo y se identifican los sujetos protegidos, enfatizando la vulnerabilidad del consumidor y la necesidad de una protección jurídica adecuada. Además, se examinan las características del consumidor, incluyendo su definición y los distintos tipos, así como la extensión de la normativa a diversas relaciones jurídicas.

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Título: Ámbito de aplicación del derecho del consumidor

Autor: Barocelli, Sebastián


País: Argentina
Publicación: El Derecho - Colección de Ebooks, Derecho del consumidor
Fecha: 01-10-2017 Cita Digital: ED-CMXXIV-192

Ámbito de aplicación del derecho del consumidor

Sergio Sebastián Barocelli

I. Introducción

En el presente capítulo abordaremos la problemática relativa al ámbito de aplicación del derecho del
consumidor. Dicha temática es sin duda uno de los aspectos claves respecto a la delimitación del derecho
del consumidor y el que ha sufrido importantes transformaciones a lo largo del tiempo, tanto en nuestro
ámbito como en el Derecho Comparado. Dicho ámbito de aplicación está delimitado por una idea fuerza: la
relación de consumo. El nuevo Código Civil y Comercial ha producido modificaciones en dicho ámbito,
pero, como veremos, no ha cambiado los sujetos alcanzados.

Aquí también tenemos doble regulación: en el Código Civil y Comercial y en la Ley de Defensa del
Consumidor, por lo que se requiere necesariamente realizar un adecuado diálogo de fuentes para su
interpretación y aplicación.

A lo largo de este capítulo intentaremos abordar la problemática de la conceptualización de la relación de


consumo, los sujetos intervinientes, equiparados y excluidos y sus cuestiones conexas.

II. Conceptualización

Primeramente, cabe recordar que la expresión “relación de consumo” es adoptada por el artículo 42 de la
Constitución Nacional como el eje sobre el cual gira el sistema de protección a los consumidores y
usuarios, para evitar circunscribirse a lo contractual y referirse así con una visión más amplia. Con
anterioridad a la sanción de la Ley 26.361, la normativa infraconstitucional no preveía dicho instituto, el
cual, no obstante, tenía plena acogida en la doctrina y jurisprudencia.

Con la sanción de la Ley 26.361 se compatibilizó el texto de la LDC a la terminología de nuestra Ley
Fundamental Federal y se incorporó expresamente la noción de “relación de consumo”. Así, el artículo 3º
de la Ley 24.240, modificado por la Ley 26.361, define la relación de consumo como el vínculo jurídico
entre el proveedor y el consumidor o usuario. Esa misma definición adoptó el Código Civil y Comercial en el
artículo 1092.

Esta escueta definición legal podemos complementarla con las caracterizaciones que le ha dado
ampliamente la doctrina y jurisprudencia, entendiéndola como “todas las circunstancias que rodean o se
refieren o constituyen un antecedente o son una consecuencia de la actividad encaminada a satisfacer la
demanda de bienes y servicios para destino final de consumidores y usuarios”1; que “comprende todas las
etapas, circunstancias y actividades destinadas a colocar en el mercado bienes y servicios para ser
adquiridos por los consumidores y usuarios, existiendo en esta relación, desde su inicio, un acto voluntario
–cuando el bien se produce, fabrica o elabora–, cuyo objetivo negocial –indiscutida intención de todos los
que desempeñan esta actividad– es llegar a los consumidores en forma directa o indirecta, incluyendo en
ésta la promoción del producto, siendo responsables todos los que intervienen en la relación de consumo,
ante los consumidores y usuarios por la protección de su salud, seguridad e intereses económicos”2. Insiste
la doctrina que la relación de consumo debe definirse de modo que abarque todas las situaciones en que el
sujeto es protegido: antes, durante y después de contratar; cuando es dañado por un ilícito
extracontractual, o cuando es sometido a una práctica del mercado; cuando actúa individualmente o
cuando lo hace colectivamente. Siendo la relación de consumo el elemento que decide el ámbito de
aplicación del derecho del consumidor, debe comprender por tanto todas las situaciones posibles3.

Desde esta perspectiva, la relación de consumo no se refiere sólo a las relaciones contractuales en sentido
estricto (las partes del contrato, sus sucesores universales y singulares, las estipulaciones a favor de
terceros, etc.), sino que comprende también las etapas precontractual4 y poscontractual5, vínculos no
contractuales de Derecho Público y Privado, actos unilaterales del proveedor, situaciones que clásicamente
eran inscriptas dentro de la órbita extracontractual o de simple “contacto social”, ofreciendo de esta
manera un espectro de protección más amplio que el contrato, siendo éste sólo una especie del género
“relación de consumo”.
El nuevo Código también ha caracterizado una de las especies más importantes de la relación de consumo:
el contrato de consumo. Así, el artículo 1093 del CCC lo ha conceptualizado como “el celebrado entre un
consumidor o usuario final con una persona humana o jurídica que actúe profesional u ocasionalmente o
con una empresa productora de bienes o prestadora de servicios, pública o privada, que tenga por objeto
la adquisición, uso o goce de los bienes o servicios por parte de los consumidores o usuarios, para su uso
privado, familiar o social”.

Se desprende, por tanto, que los consumidores serán los depositarios del plexo de derechos en el marco de
protección del sistema y los proveedores, junto a Estado, los sujetos obligados.

III. Sujetos protegidos: los consumidores

El concepto de consumidor, construido a partir de su reconocimiento como sujeto débil y vulnerable –


presunción esta iure et de iure–, que merece la protección del ordenamiento jurídico positivo y del Estado,
ha puesto en jaque los dogmas de la teoría clásica del contrato, que partían de la concepción del mismo
como el instrumento por excelencia de intercambio de bienes y servicios para la satisfacción de las
necesidades humanas, en el que sujetos económicamente iguales, con un poder de negociación similar,
pactaban en igualdad de condiciones, logrando un equilibrio, un contrato en un plano de justicia, buscando
en paridad un intercambio razonable6. Y ello tiene sustento en que las condiciones en que el legislador
decimonónico concibió a los sujetos cocontratantes han variado significativamente merced a las
transformaciones políticas, económicas, socioculturales y tecnológicas por las que han atravesado y
atraviesan nuestras sociedades, sumado a la visibilización de reivindicaciones de diferentes grupos, como
el movimiento consumerista y ambiental, que han puesto de relieve que el consumo tiene pleno impacto
en los tres subsistemas que conforman el ambiente (ecológico, económico y social)7.

En tal sentido, resulta oportuno tener presente que la categoría jurídica de consumidor se construye a
partir de la existencia de dos elementos estructurales: a) la vulnerabilidad o debilidad, y

b) el destino final de los bienes incorporados, para beneficio propio o de su grupo familiar o social. Dichos
elementos justifican la especial tutela protectoria que le confiere el ordenamiento jurídico argentino8.

La Ley 26.994, que aprobó el nuevo CCC, incorpora en su artículo 1092 el concepto de consumidor;
también en su anexo de derogaciones y modificaciones sustituyó el artículo 1º de la LDC, texto según Ley
26.361, disponiendo similar texto al nuevo artículo 1092, CCC. Asimismo, el artículo 1096 “reubicó” el
concepto de “sujetos expuestos”.

El concepto de consumidor continúa comprendiendo tres supuestos: el “consumidor directo”, el


“consumidor indirecto” y el “consumidor expuesto”.

Analizaremos a continuación cada uno de estos supuestos.

1. Consumidor directo

El concepto de consumidor directo no encuentra modificaciones en el nuevo Código. Se encuentra definido


como señaláramos de manera análoga tanto en la LDC como en el CCC.

El artículo 1092 del CCC lo conceptualiza como “persona humana o jurídica que adquiere o utiliza, en
forma gratuita u onerosa, bienes o servicios como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo
familiar o social”. El artículo 1º de la LDC, por su parte, lo caracteriza como “toda persona física o jurídica
que adquiere o utiliza bienes o servicios en forma gratuita u onerosa como destinatario final, en beneficio
propio o de su grupo familiar o social”.

De dichos artículos surge, en consecuencia, que son considerados consumidores:

a) “Tanto las personas humanas como jurídicas”. En este sentido, nuestra legislación comprende dentro de
la noción de consumidores tanto a las personas humanas –como las llama el CCC– como a personas
jurídicas, en tanto cumplan con el resto de los requisitos (que lo hagan como destinatarios finales, para
beneficio propio o de su grupo familiar o social). En cuanto a las personas humanas, la ley no hace distingo
entre personas por su poder económico, conocimiento técnico o realidad sociocultural, sin encontrarse
expresada, como en algunas legislaciones comparadas, la categoría de consumidor hipervulnerable9.
Asimismo, pueden encuadrar dentro de la noción de consumidores, además de las personas físicas, las
personas jurídicas no lucrativas: los consorcios de propiedad horizontal, las asociaciones civiles y
fundaciones, sindicatos, confesiones religiosas y en general organizaciones sin fines de lucro que adquieran
o utilicen bienes o servicios para beneficio de sus socios o adherentes o de las actividades por ellos
desarrolladas (v. gr., materiales para el mantenimiento de sus entidades, alimentos para comedores
infantiles, insumos para el desarrollo de actividades deportivas, artísticas, culturales o de beneficencia,
elementos para el culto religioso, productos o paquetes de servicios adquiridos mediante convenios, etc.),
cuando no constituya una actividad comercial. Entendemos que el nuevo Código ha contribuido más a
desvanecer los argumentos de quienes propugnan la existencia de un supuesto “consumidor empresario”10,
al prescribir expresamente en el artículo 1093 que el destino de los bienes y servicios, para ser calificado
como consumidor, tiene que ser no solo final, sino también privado. Asimismo, el nuevo Código regula
expresamente los contratos de adhesión, tanto entre dos empresas, como entre empresas y consumidores,
en los artículos 984 y subsiguientes, estableciendo prescripciones especiales en materia de formalismo de
protección, interpretación, cláusulas abusivas, entre otros. Por tanto, los argumentos de “pobreza” del
ordenamiento jurídico para “estirar” la noción de consumidor, desnaturalizándola y comprendiendo estos
supuestos, carecen ya, desde nuestro punto de vista, de fundamentos. Como hemos sostenido en otras
oportunidades, el Derecho del siglo XXI es el derecho de los vulnerables: pacientes, contribuyentes,
migrantes, personas con discapacidad, consumidores, minorías, administrados, trabajadores, pequeñas y
medianas empresas y un largo etcétera, encuentran en sus relaciones jurídicas y sociales asimetrías,
debilidades y por qué no abusos. La noción de consumidor se construye desde la idea de debilidad y
vulnerabilidad, pero no todos los débiles y vulnerables son consumidores. La vulnerabilidad es el género y
los consumidores y usuarios una de sus especies. Pero no todos los vulnerables están convidados a llevar la
etiqueta de “consumidores”; sostener lo contrario sería, a nuestro humilde juicio, desnaturalizar la esencia
del derecho del consumidor11.

b) “Que adquieren o utilizan”. Sostiene Ramsay, en el Derecho Comparado, que con el correr de las últimas
dos décadas hubo un crecimiento de la “consumerización” de relaciones, con gran presión para mayor
responsabilidad y por más exposición a fuerzas de mercado. Tal tendencia ha representado también un
desafío al mantenimiento de grados elevados de profesionalismo en la prestación de esos servicios. Estos
desarrollos reflejan la creciente impersonalidad de las relaciones y el deterioro del profesionalismo12. Al
haberse eliminado el sistema de numerus clausus que establecía el sistema anterior (adquisición o locación
de cosas muebles, prestación de servicios, adquisición de inmuebles nuevos destinados a vivienda), la
extensión de los tipos contractuales a los que es aplicable hoy día el régimen del consumidor permite
afirmar que las normas del derecho del consumidor se han “ramificado” por la gran mayoría de los
contratos típicos civiles y comerciales y en innumerables contratos atípicos legales o con tipicidad social13.
También incluye al cesionario: de una relación contractual y al tercero beneficiario de una estipulación a
favor de terceros. Por otra parte, como señaláramos anteriormente, incluye también relaciones jurídicas
en las que la fuente no es un contrato, tanto de Derecho Público (adjudicación de viviendas,
microcréditos, bienes o servicios otorgados por entes gubernamentales, usuarios de rutas, etc.) como de
Derecho Privado [tiempo compartido (artículo 2100), cementerio privado (artículo 2111), etc.].

c) “Bienes o servicios”. Conforme lo señalado anteriormente, el objeto de las relaciones de consumo puede
abarcar infinidad de bienes o servicios, comprendiendo así cosas muebles como inmuebles, tanto nuevas
como usadas, bienes inmateriales y servicios en sentido amplio –no sólo la figura de la locación de servicios
del Código Civil, sino que incluye también los contratos de locación de obra, transporte, estacionamiento
y/o garaje, depósito, hospedaje, mandato, concesiones viales, servicios turísticos, financieros, bancarios,
de seguros, de previsión, comunicaciones (telefonía, transmisión de datos, internet, postales y mensajería,
etc.), de comunicación audiovisual por suscripción (televisión por cable, satelital, etc.),
médicoasistenciales (por ej., medicina prepaga, asistencia al viajero, etc.), de esparcimiento, culturales y
de ocio, educativos, gastronómicos, animación y/u organización de eventos (v. gr., planificación de bodas,
servicios de catering o lunch), espectáculos públicos, sastrería y costura, peluquería, estética y belleza,
fúnebres, custodia y seguridad privada, bancos de datos crediticios, servicios de cobranzas, juegos y
apuestas, de reparación, mantenimiento, acondicionamiento, limpieza o cualquier otro similar, servicios
públicos domiciliarios y seguramente un largo etcétera–, con las exclusiones de las prestaciones de
profesionales liberales (artículo 2º, 2º párrafo, LDC, salvo en las previsiones de la publicidad o cuando
hagan publicidad, según las diferentes interpretaciones14) y la aplicación supletoria al transporte aéreo
(artículo 63, LDC).

d) “En forma gratuita u onerosa”. No se hace distingo entre relaciones jurídicas a título gratuito u oneroso.
La extensión del régimen tuitivo del consumidor a los supuestos de relaciones jurídicas a título gratuito ya
tenía como antecedente el Decreto Reglamentario 1.798/1994 que en su artículo 1º, inciso a), ya
contemplaba la aplicación de la LDC a sujetos que “en función de una eventual contratación a título
oneroso, reciban a título gratuito cosas o servicios (por ejemplo: muestras gratis)”. Entre los gratuitos,
podemos enumerar, v. gr., las muestras gratis de bienes de consumo, regalos, degustación de productos,
pases gratuitos de transporte, entradas sin cargo para espectáculos públicos, promociones de uso sin cargo
de determinados servicios, premios obtenidos en sorteos o concursos o por sistemas de fidelización de
clientes (“millajes”, acumulación de puntos, etc.), atracciones de centros comerciales o determinados
supuestos de comodato15, sean estos de manera autónoma como accesorios de una prestación principal.
En todos estos casos, detrás de dicha aparente “gratuidad” se encuentran generalmente estrategias de
marketing destinadas a atraer o mantener el caudal de clientes por parte de los proveedores de bienes y
servicios16.
e) “Como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o social”. Esta característica
constituye el factor definitivo que determina a un sujeto como consumidor. Es el Endverbraucher del
Derecho alemán. Los bienes o servicios que adquiere o utiliza deben ser como último receptor de la cadena
de producción, esto es, no ser objeto a posteriori de reventa o reinserción en el mercado. Asimismo, la
causa fin de la adquisición o utilización debe ser la satisfacción de necesidades personales del consumidor,
su familia en sentido amplio, abarcando las diferentes realidades de nuestro tiempo, o su grupo social de
referencia (amistades, compañeros/ as de trabajo o estudio, vivienda, camaradas de actividad deportiva,
política o gremial, vínculos de solidaridad u otras actividades no lucrativas, etc.). En este sentido la Ley
24.240, en la redacción original del artículo 2º, establecía: “[…] no tendrán el carácter de consumidores o
usuarios, quienes adquieran, almacenen, utilicen o consuman bienes o servicios para integrarlos en
procesos de producción, transformación, comercialización o prestación a terceros”. Si bien este párrafo
fue omitido en la redacción actual, cierto es que quien adquiere o utiliza bienes o servicios para su reventa
o para integrarlos a un proceso productivo no cumple con el requisito de hacerlo en beneficio propio o de
su grupo familiar o social, por lo que igualmente no se encontraría encuadrado en las normas de protección
al consumidor17. Tampoco sería encuadrado dentro del concepto de consumidor, a nuestro juicio, el
empresario, el profesional liberal o las sociedades comprendidas en la Ley 19.550 que adquieren o utilizan
bienes o servicios para el desarrollo de su explotación comercial, industrial, profesional, minera,
agropecuaria, etc., con independencia de si dicho bien o servicio constituye o no un insumo productivo
directo18.

2. Sujetos equiparados al consumidor.

En segundo término, se encuentra equiparado al consumidor, el llamado “consumidor indirecto”, también


llamado “usuario no contratante”19, “consumidor fáctico”20 o “consumidor extra relación de consumo”21.
Tanto el 2º párrafo de artículo 1º de la LDC como el 2° párrafo del artículo 1092 lo definen como el que
“sin ser parte de una relación de consumo, como consecuencia o en ocasión de ella adquiere o utiliza
bienes o servicios como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o social, y a quien de
cualquier manera está expuesto a una relación de consumo”.

En primer término, intentaremos desentrañar qué implica la idea de equiparación. Señala el Diccionario de
la Real Academia Española22 que equiparar consiste en “considerar a alguien o algo igual o equivalente a
otra persona o cosa”. Por lo tanto, las figuras enunciadas en el 2º párrafo del artículo 1º, de la LDC, si bien
no se encuadran estrictamente en la definición de consumidor del 1er párrafo del artículo 1º de la LDC,
siendo por tanto sujetos diferentes a esa noción, tendrán iguales o equivalentes tratamientos en el sistema
de protección al consumidor.

Nos referimos a quienes, sin ser parte del contrato o vínculo de origen con el proveedor, en virtud de un
vínculo con el otro cocontratante, que puede o no ser consumidor, son los destinatarios finales de la
prestación objeto del mismo o de sus efectos jurídicos23, generalmente por estar vinculado familiar o
socialmente con el adquirente.

Se encuadran en esta categoría, por ejemplo, quien recibe como regalo o presente de estilo, quien es
invitado/a a una comida en la que se sirven productos contaminados o adulterados, sucesores singulares o
universales del consumidor directo, los beneficiarios de contratos a favor de terceros (titulares de
extensión de tarjetas de créditos, usuarios de medicina prepaga que comprenden el grupo familiar del
titular, beneficiarios de un seguro de riesgos del trabajo o seguros de vida obligatorios, beneficiario víctima
acreedor en los supuestos de seguros de responsabilidad civil24, etc.), el fiador de una deuda que es
considerada de consumo, entre otros supuestos.

3. Sujetos expuestos a una relación de consumo

Si uno hiciera una primera lectura gramatical parecería que los que han desaparecido son los sujetos
expuestos a la relación de consumo25. Recordemos que a los sujetos expuestos a la relación de consumo
los caracterizábamos como aquellos sujetos que, sin haber adquirido o utilizado directamente un bien o
servicio introducido en el mercado por los proveedores, sufrían o estaban en peligro de sufrir un daño o
lesión en sus derechos, como consecuencia de una acción u omisión originada en una actividad encaminada
a satisfacer la demanda de bienes y servicios para destino final de consumidores y usuarios,
comprendiendo tanto a potenciales consumidores frente a prácticas de mercado (oferta a persona
indeterminada, publicidad, prácticas de marketing, condiciones generales de la contratación, etc.) como a
víctimas no contratantes de daños por defectos de producto o incumplimiento del deber de seguridad. En
el Derecho Comparado podemos encontrar sus antecedentes en el Derecho brasileño (artículos 2º, 17 y 29
del Código de Defensa del Consumidor del Brasil), en el Derecho Comunitario Europeo (Directiva Nº
85/374/CEE, relativa a la materia de responsabilidad por los daños causados por productos defectuosos26,
modificada por la Directiva Nº 1999/34/CE), en el Derecho Comunitario del Mercosur (Resolución Nº
123/GMC/96 sobre conceptos fundamentales del derecho del consumidor y Declaración Nº 10/96
denominada “Protocolo de Santa María sobre Jurisdicción Internacional en Materia de Relaciones de
Consumo”) y en la figura del “bystander”27 del Derecho estadounidense.

Pero ello no es así, ya que los sujetos expuestos no han sido “eliminados” del concepto de consumidor sino
“reubicados” en el artículo 1096 del CCC. Dicho artículo prescribe: “Las normas de esta Sección y de la
Sección 2ª del presente Capítulo son aplicables a todas las personas expuestas a las prácticas comerciales,
determinables o no, sean consumidores o sujetos equiparados conforme a lo dispuesto en el artículo 1092”.
Vale tener presente que dicho artículo está inserto en la Sección 1ª, titulada “Prácticas abusivas, que
reglamenta las cuestiones referidas a los derechos al trato digno, al trato equitativo y no discriminatorio y
a la libertad de contratar de los consumidores” y que la Sección 2ª, titulada “Información y publicidad
dirigida a los consumidores”, regula el derecho/deber de información, las ilicitudes publicitarias y los
efectos de la publicidad. Resulta, por tanto, decisivo echar luz sobre el alcance del concepto de “prácticas
comerciales”, para determinar entonces el alcance del concepto de sujeto expuesto a la relación de
consumo. Al respecto, señala Rubén Stiglitz que las prácticas comerciales son todos los mecanismos,
técnicas y métodos que sirvan, directa o indirectamente, a facilitar la salida de la producción y que se
trata de un concepto extremadamente amplio que incluye el marketing, las garantías, los servicios
posventa, la ejecución del contrato y la extinción de las obligaciones derivadas de los contratos28.

En el Derecho Comparado, la Directiva Comunitaria N° 29/2005 de la Unión Europea ha caracterizado a las


“prácticas comerciales” como “todo acto, omisión, conducta o manifestación, o comunicación comercial,
incluidas la publicidad y la comercialización, procedente de un comerciante y directamente relacionado
con la promoción, la venta o el suministro de un producto a los consumidores”. En ese sentido entendemos
que puede caracterizarse a las prácticas comerciales como toda conducta desplegada en el mercado por un
proveedor de bienes y servicios como antecedente, durante la ejecución, como consecuencia o en el
contexto de una relación de consumo, comprendiendo las etapas de producción, importación, distribución,
intermediación, promoción, comercialización y atención a consumidores de bienes y servicios y actividades
conexas.

Si bien el principio general es la libertad de los proveedores de desplegar en el mercado toda clase de
prácticas comerciales, su límite estará dado por el cumplimiento, como acto jurídico de los requisitos de
licitud, es decir, de no contrariariar la ley, la moral, las buenas costumbres, el orden público, los derechos
ajenos o la dignidad humana, de conformidad con los art. 259 y 279 CCC. Caso contrario, estaremos ante
una práctica comercial ilícita, como hecho jurídico. En tal entendimiento creemos que puede
caracterizarse a las prácticas comerciales ilícitas como toda conducta, por acción u omisión, desplegada en
el mercado por un proveedor como antecedente, consecuencia, o en el contexto de la actividad
encaminada a proveer bienes o servicios en el mercado, que afecte los derechos de los consumidores y
usuarios.

Creemos que la remisión a los derechos al trato digno y equitativo, a la libertad de elección, a la
información y a la buena fe son meramente enunciativos, debiendo leerse en clave constitucional,
comprensivo a todos los sujetos expuestos a prácticas comerciales respecto de los derechos reconocidos a
los consumidores.

Así, la noción de expuesto a una relación de consumo continúa comprendiendo tanto a los consumidores
potenciales, como a las víctimas de daños que no tienen un vínculo contractual con el proveedor, sea el
daño originado por el incumplimiento del deber de seguridad o por un defecto del producto o servicio,
especialmente fundamentado en el defecto de información sobre riesgos y daños. Por consiguiente, el
concepto de consumidor no ha sufrido morigeración alguna, sino que han sido pulidas ciertas indefiniciones
que despertaban dudas y controversias29.

Los consumidores potenciales son aquellos que no se encuentran unidos con uno o más proveedores por un
vínculo jurídico, encuentran su protección en las regulaciones sobre oferta a persona indeterminada
(artículo 7º de la LDC), en las regulaciones en materia de publicidad (artículo 8º de la LDC y normas
especiales), prácticas abusivas (artículo 8º bis), cláusulas abusivas en condiciones generales de la
contratación (artículos 37 a 39 de la LDC), o violación de los deberes de información, trato digno, salud,
seguridad, libertad de elección u otros derechos de los consumidores de manera uniforme y generalizada
(derechos de incidencia colectiva).

En cuanto a las víctimas no consumidoras, dicha conceptualización comprende a las potenciales y/o
efectivas víctimas, ajenas a la relación de consumo (esto es, distinto de las personas del consumidor o de
los diferentes miembros de la cadena de proveedores), que tampoco son dependientes de este último30,
que sufra un daño como consecuencia o en ocasión de una relación de consumo, por causa de la acción de
cualquiera de los proveedores, sus dependientes, las personas que se encontraren bajo su tutela o
cuidados, o los consumidores en la relación del consumo o los bienes o servicios introducidos por ellos en el
mercado, ya sea por incumplimiento del deber de seguridad (artículos 5º y 6º, LDC), o por vicios o riesgo de
la cosa o de la prestación del servicio (artículo 40, LDC)31. Este es el criterio que había ya adoptado el
fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en la causa “Mosca, Hugo A. c/ Provincia de Buenos
Aires y otros”, del 6 de marzo de 2007. De esta manera, se procura alcanzar y regular las consecuencias de
la introducción de bienes o servicios en el mercado y en la sociedad civil, cualquiera fuere el camino o la
vía para esa incorporación, y el rol cumplido por los agentes que facilitaron o posibilitaron que tales bienes
o servicios estuvieran presentes32. Se sostiene que el vínculo se concreta con la materialización de los
efectos de una relación de consumo que refleja sus consecuencias en terceros o con el riesgo de que ello
ocurra, comprendiendo a la gran masa de consumidores espectadores de las relaciones de consumo que los
circundan, por lo cual se trata de relaciones de consumo de vínculo indeterminado ex ante33.

IV. Sujetos obligados: los proveedores

La contratara de la relación de consumo, frente a los consumidores, son los proveedores. Señala la LDC que
todo proveedor está obligado al cumplimiento de la ley, estableciendo en cabeza de los mismos
determinados deberes y responsabilidades. Dichas previsiones tienen su fundamento en la situación de
asimetría que se vislumbra en las relaciones de consumo entre proveedores y consumidores, asimetría que
se proyecta en el plano económico, técnico, informativo, jurídico y en algunos casos hasta sociocultural.
En el marco de las relaciones de mercado imperantes en nuestro tiempo, confluyen del lado de la oferta de
bienes y servicios diferentes sujetos, con diferentes roles y relaciones jurídicas entre sí. A efectos de
proteger a los consumidores y usuarios el derecho del consumidor engloba a todos los partícipes de la
actividad económica de oferta de bienes y servicios como sujetos obligados.

En este sentido, en cuanto a la conceptualización de los proveedores, el artículo 2º de la LDC lo define


como:

I. “La persona física o jurídica”. La provisión de bienes y servicios a consumidores puede ser realizada
tanto por personas humanas actuando de manera individual como por personas de existencia ideal, con o
sin fines lucrativos. Ejemplo de ellos pue

den ser tanto sociedades como otros entes de Derecho Público o Privado que realizan actividades de
provisión de bienes o servicios; v. gr., asociaciones civiles que regentean el buffet de un establecimiento,
sindicatos o mutuales que brindan productos o servicios a sus afiliados con o sin retención de haberes,
fundaciones o confesiones religiosas que organizan festivales o ferias, etc. Comprende también tanto a
empresarios que ejercen su profesión de manera individual como a “cuasiempresarios” u emprendimientos
u operaciones ocasionales.

II. “De naturaleza pública o privada”. El legislador no distingue entre sujetos públicos o privados. Por
tanto, podemos hablar de sujetos obligados los referidos a 1) empresas de capital privado; 2) empresas de
capital total o parcialmente de capital público (nacional, provincial, de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires o municipal), esto es, el Estado como empresario (ejemplos de ellos lo constituyen, v. gr., el Correo
Oficial de la República Argentina S.A., Agua y Saneamientos Argentinos S.A., Lotería Nacional Sociedad del
Estado, bancos públicos, compañías de seguros provinciales, empresas provinciales de energía, de
transportes, etc.; 3) cuando el Estado provee bienes y servicios, con o sin contraprestación (planes de
vivienda, distribución de medicamentos, libros escolares, usuarios de rutas, microcréditos de fomento,
rutas con peaje, cobertura de salud, etc.)34.

III. “Que desarrolla de manera profesional, aun ocasionalmente”. El sistema de derecho del consumido
abandona la idea clásica del derecho mercantil de la habitualidad y pone el acento en la profesionalidad
como nota distintiva. No obstante, la propia norma atenúa el carácter profesional, ya que también se
incluirán aquellas relaciones en las que el proveedor realiza dicha actividad ocasionalmente35.

Respecto del requisito de profesionalidad, sostiene Santarelli36 que constituyen algunas de sus notas
distintivas las siguientes:

a. Debe mediar una vocación de oferta a persona indeterminada; es decir, una perspectiva de “clientela”
destinada a captar y mantener a varios adquirentes de una clase o segmento por reducido o selecto que
éste sea.

b. Además –dentro del contexto expuesto–, debe estarse al del fin de lucro (directo o indirecto) en el
desarrollo de la actividad de mercado.

c. Debe también estarse a la arista organizacional del proveedor de bienes y servicios, en tanto la
realización organizada de una actividad de producción, distribución y/o comercialización de bienes y
servicios.

d. La profesionalidad se distingue por el agregado de valor dirigido a satisfacer una necesidad de consumo,
en el sentido de adicionar al producto alguna cualidad intrínseca (diseño, utilidad, etc.) o bien
participando en la cadena de comercialización, así en las transacciones entre profesionales lo ofrecido
adquiere carácter de bien de cambio o de insumo. Siguiendo con estas generalizaciones, la adquisición por
el consumidor final tiene carácter de bien de uso.

Creemos, en este sentido, que el requisito del fin de lucro debe interpretarse de manera amplia,
incluyendo por ejemplo las actividades de provisión de bienes y servicios por organizaciones no lucrativas
(v. gr., una asociación que explota la concesión de un buffet, una fundación titular de un sanatorio, un
sindicato que provee bienes o servicios a sus afiliados por retención de haberes, etc.), como sostuviéramos
anteriormente, cuando es el Estado quien provee bienes o servicios, con o sin contraprestación por parte
de los beneficiarios.

En este sentido, el nuevo Código, en el artículo 1093, pone en pie de igualdad al profesional como el
ocasional, comprendiendo tanto a las empresas como las cuasiempresas (sujetos que desarrollan de manera
ocasional una actividad de provisión de bienes y servicios en el mercado).

IV.a. Actividades de producción, montaje, creación, construcción, transformación, importación, concesión


de marca, distribución y comercialización de bienes y servicios

En este punto, es importante tener presente que cuando hablamos de proveedores, abarcamos a todos los
sujetos que intervienen en la oferta de bienes y servicios en el mercado, esto es, a todos los agentes
económicos intervinientes en el proceso de producción, circulación, distribución y comercialización37.

La LDC enumera los siguientes:

1) Producción: Comprende a los actores responsables de las actividades primarias (bienes producto de
explotaciones agrícolas, pesqueras, mineras, forestales, de caza o recolección de frutos), secundarias
(productos industriales elaborados) y terciarias (servicios) de la actividad económica.

2) Montaje: Técnicamente es la combinación de las piezas de un objeto. Molina Sandoval sostiene que es la
combinación de acciones para la utilización del bien por parte del consumidor38. El montaje, incluso,
puede incluir servicios posteriores al efectivo montaje o instalación del artefacto o utilización del servicio.
En cierto modo, esta interpretación incluye nociones conexas tales como la puesta a disposición del
consumidor, instalación, establecimiento del producto, organización y preparación de los elementos que
permiten la adquisición o utilización del bien o servicio adquirido por el consumidor39.

Se incluye aquí, por ejemplo, el ensamble o montaje de: pie

zas de productos fabricadas en el extranjero o la organización de un evento social o espectáculo o la


instalación de maquinarias, electrodomésticos, antenas, etc.

3) Creación: Se refiere no a la idea de manufactura de un bien, idea comprendida en el concepto de


producción, sino a la invención intelectual de un bien o servicio, registrado como patente40, modelo
industrial41, software42 u otro tipo de propiedad intelectual43. La

inclusión del creador o inventor resulta de vital importancia ante eventuales daños por defectos de diseño
o información.

4) Construcción: Implica la realización material u objetiva de un producto. Usualmente está prevista para
“inmuebles”, pero también puede incluir maquinarias, vehículos, artefactos electrónicos u otros
muebles44.

5) Transformación: La “transformación”, por su parte, incluye la realización de actividades sobre un


producto ya existente con la finalidad de realizar o coadyuvar para la preparación del producto de
consumo. La transformación no sólo incluye un cambio radical de la forma de un producto, sino que
también incluye el mejoramiento de ciertos productos. En materia de inmuebles, y teniendo en cuenta que
los inmuebles usados se incluyen en el espectro de la ley, podría abarcar las tareas de modificación o
mejoramiento de la construcción ya realizada45.

6) Importación: El artículo 9º, inciso 1, del Código Aduanero establece que importación es la introducción
de cualquier mercadería a un territorio aduanero (ámbito terrestre, acuático y aéreo sometido a la
soberanía de la Nación Argentina). El artículo 10 de dicho Código establece que es mercadería todo objeto
que fuere susceptible de ser importado o exportado. El apartado 2 agrega que se consideran igualmente
como si se tratare de mercadería:

a) las locaciones y prestaciones de servicios realizadas en el exterior, cuya utilización o explotación


efectiva se lleve a cabo en el país, excluido todo servicio que no se suministre en condiciones comerciales
ni en competencia con uno o varios proveedores de servicios;
b) los derechos de autor y derechos de propiedad intelectual. Por su parte, el artículo 91 del Código
Aduanero dispone que

son importadores las personas que en su nombre importan mercadería, ya sea que la trajeren consigo o que
un tercero la trajere para ellos. En los supuestos previstos en el apartado 2 del artículo 10, serán
considerados importadores las personas que sean prestatarias y/o cesionarias de los servicios y/o derechos
allí involucrados.

7) Concesión de marcas: Este concepto debe tener un alcance amplio y debe abarcar la posibilidad de que
el proveedor de producto o servicio pueda utilizar la marca en el producto o servicio o en la forma de su
comercialización. Incluye no sólo la “licencia” de la marca en sentido estricto, sino también cabe entender
lo siguiente:

(i) Puede tratarse de una marca registrada o no, ya que también podría incluirse designación de
actividades, con o sin fines de lucro (art. 27, Ley 22.362), marcas notorias o directamente marcas que no
han sido inscriptas.

(ii) Puede consistir en una marca registrada que no haya sido renovada dentro de los cinco años previos a
su vencimiento (art. 5º, Ley 22.362), ya que el fundamento de la inclusión en la noción de proveedor
radica en la apariencia o garantía que genera la marca frente a terceros.

(iii) Incluye las marcas adquiridas por cualquier medio, inscripción, transferencia, reivindicación u otras
formas.

(iv) La concesión (latu sensu) puede estar incluida en cualquier convenio o licencia que permita o autorice
a utilizar la marca a un tercero y no es necesario que sea un contrato autónomo sino que puede ser
incluido en el marco de otros contratos más amplios (franquicia, distribución, comercialización, etc.) o
incluso en la transferencia de un fondo de comercio (art. 7º, Ley 22.362).

(v) Las limitaciones contractuales que se establecen para la explotación de la marca no son oponibles al
consumidor.

Por ello, si el empresario (que explota una marca ajena) comercializa el producto en contravención a lo
pactado (v. gr., lo hace dentro de un radio geográfico no permitido o en un mercado especialmente
restringido). Tampoco es oponible al consumidor la exención de responsabilidad pactada entre el titular de
la marca y el licenciante.

Eventualmente, y en lo que a resarcimiento se refiere, deberá demostrar el titular de la marca o


designación que la causa del daño le ha sido ajena para eximirse de los daños que pudieran serle
imputables.

(vi) Si la utilización de la marca se ha realizado de manera clandestina (esto es, sin licencia, “concesión” o
autorización del titular) es razonable interpretar que no puede responsabilizarse al titular de la marca por
los daños que se han ocasionado con productos viciosos (ni menos exigir el cumplimiento de las
disposiciones en la LDC).

(vii) La licencia de la marca puede abarcar la consignación de la marca en el producto (o incluso ser
comercializado un producto de una determinada marca directamente por el distribuidor) o la
denominación del negocio o empresa en la cual se comercializan productos variados. En este último caso, y
dependiendo de sus circunstancias, deberá analizarse el grado de confusión que puede generar en los
consumidores la utilización de la marca en el negocio explotado46.

Comprende, por tanto, los supuestos de los sujetos de los contratos de merchandising, esponsoreo, a
quienes realizan “alianzas de marcas” (contratos de joint branding o co branding47) y al franquiciante en
el contrato de franchising, en concordancia con el artículo 40 de la LDC, que hace referencia a “todo aquel
que ha puesto su marca”.

8) Distribución: Aquí cabe señalar que no debe entenderse distribución en sentido estricto, sino incluir a
todos los contratos que tienen una finalidad económica de distribución de bienes con fines de
comercialización: concesión, agencia, distribución, suministro, franquicia, consignación. También quedan
incluidas aquellas categorías de contratos que tienen por objeto la sola distribución, sin un objeto de
comercialización que integre la causa del negocio48, como por ejemplo, agencia, concesión, franquicia,
etc.

9) Comercialización: En este apartado incluimos a toda persona que ofrece bienes o servicios, organizados
en forma de empresa o no, ya sea mayorista o minorista. Incluye aquí a los vendedores mencionados en el
artículo 12 de la LDC.
Creemos igualmente que la enumeración es enunciativa e incumbe a todo el que obtenga provecho de la
oferta de bienes y servicios. Debemos agregar, como sujetos obligados, por ejemplo, a los transportistas,
mencionados en el artículo 40 de la LDC, a los organizadores de espectáculos públicos, a los concesionarios
de rutas con peaje, a los publicistas y agencias publicitarias y protagonista del mensaje publicitario49, a
los prestadores de servicios conforme el artículo 58 de la LDC y a todos los intermediarios, también en
virtud de la norma antes mencionada.

También, teniendo presente que el art. 1.093 CCC comprende dentro de la caracterización a las
“empresas”, creemos que quedan comprendidas las empresas que conforman un grupo económico50 y las
organizaciones empresarias sin personalidad jurídica (contratos asociativos, fideicomisos, etc.) y a la
protección de la apariencia, conforme el artículo 367 y concordantes CCC, en pos de la protección de la
confianza y las legítimas expectativas de los consumidores51.

Por último, y conforme hemos sostenido en diversos foros científicos52, creemos importante la inclusión en
el ordenamiento del consumo del instituto del levantamiento del velo societario. En tal caso, el juez, de
oficio o a pedido de parte, mediante resolución fundada, frente a acción u omisión en perjuicio del
consumidor, dispondrá el levantamiento del velo societario cuando la personalidad jurídica encubra la
consecución de fines extrasocietarios; constituya un mero recurso para violar la ley, el orden público, la
buena fe; configure abuso del derecho o violación del estatuto o del contrato social; o sea utilizada para
frustrar derechos de terceros o del consumidor. Creemos que dicho instituto, que se encuentra regulado en
otras áreas y es aplicado en numerosos fallos laborales y societarios, puede extenderse razonablemente a
la protección de consumidores y usuarios. El levantamiento del velo societario

tiene por finalidad crear un punto de inflexión en la perspectiva limitadora de los riesgos empresarios
generales propugnando la no separación de las personalidades involucradas en la organización de negocios,
pero siempre frente a determinadas situaciones. Éste instituto se encuentra vinculado a las decisiones
judiciales y no implica anular la personalidad jurídica, sino que apunta al levantamiento del velo en
determinados casos, principalmente en aquellos en que la persona jurídica es utilizada para incumplir el
ordenamiento jurídico y cumple con la protección de los consumidores y usuarios que es el fin de
ordenamiento especial y del mandato constitucional (art. 42, CN). En el Derecho Comparado, contamos
con la experiencia de Brasil, a través del Código de Defensa del Consumidor (Ley 8.078/1990). En nuestro
derecho podemos fundarlo en el artículo 144 CCC y 58 de la Ley Nº 19.550 General de Sociedades.

IV.b. Destinados a consumidores o usuarios

Los bienes y servicios deben estar destinados a los sujetos protegidos por el sistema para la satisfacción de
necesidades personales o de su familia o grupo social. Quedan por tanto excluidos aquellos contratos entre
empresas, independientemente de que las mismas sean grandes, medianas o pequeñas, cuando el destino
del producto sea un insumo para una actividad productiva, comercial o profesional, sea dicho insumo parte
o no de la actividad principal de la actividad. Por ejemplo, la jurisprudencia ha excluido como supuesto de
relación de consumo si los vehículos se adquirieron para prestar servicios a terceros (en el caso, 32 autos
para flota de remises)53.

V. Sujetos excluidos

En el presente apartado analizaremos los casos de aquellos proveedores de bienes y servicios que se
encuentran excluidos del sistema de protección a los consumidores, ya sea de manera total o parcial.

a) Profesionales liberales

El 2º párrafo del artículo 2º de la LDC establece que no están comprendidos en esta ley los servicios de
profesionales liberales que requieran para su ejercicio título universitario y matrícula otorgada por colegios
profesionales reconocidos oficialmente o autoridad facultada para ello.

Dicha excepción al régimen protectorio ha merecido numerosas críticas por parte de la doctrina nacional,
que la consideran contraria al principio de igualdad y al ejemplo que dichos profesionales deben brindar a
la comunidad54.

Para poder ser comprendido dentro de esta previsión legal debe cumplimentarse con los siguientes
requisitos:

1) “Debe tratarse de servicios de profesionales liberales”. Cuando hablamos de “profesión” podemos


afirmar que se trata de toda actividad desarrollada públicamente, de modo habitual y como fuente
principal de ingresos55. Constituyen notas características de la profesionalidad: autonomía técnica,
habitualidad, reglamentación, habilitación, presunción de onerosidad, sujeción a normas reglamentarias y
éticas, no siendo imprescindible el título universitario56. Dentro del género “profesión” encontramos las
llamadas “profesiones liberales”, comprendiendo la especie servicios puramente intelectuales. La
calificación de “liberal” apunta a la libertad, a la ausencia de controles, a la autonomía y soberanía con
que desarrollan sus actividades57. En materia tributaria se consideran profesiones liberales aquellas que se
encuentren regladas por ley, que requieren matriculación o inscripción en los respectivos Colegios o
Consejos Profesionales, acreditación del grado universitario con el correspondiente título expedido por
universidades nacionales o privadas debidamente reconocidas, realizadas en forma libre, personal y directa
y cuya remuneración por la prestación efectuada se manifiesta con la forma de honorarios58. Esta
“libertad”, “autonomía” y casi “soberanía” de los profesionales liberales en la etapa decimonónica en que
fue redactado el Código Civil de Vélez Sarsfield ha venido a sufrir importantes transformaciones, como la
masificación de las relaciones profesionales, la despersonalización de las condiciones de trato y atención y
una creciente “proletarización” de los profesionales liberales, que en muchos casos no son más que
trabajadores en relación de dependencia con su autonomía limitada a los aspectos técnicos de su
profesión. A aquellos profesionales liberales que ejercen en forma libre su profesión apunta la norma en
cuestión. En esta categoría podemos mencionar a los profesionales del derecho (abogados, escribanos,
procuradores, traductores públicos, calígrafos públicos), de la salud (médicos, psicólogos, odontólogos,
enfermeros, kinesiólogos, nutricionistas, fonoaudiólogos, radiólogos, bioquímicos, farmacéuticos,
obstétricos, veterinarios), de las ciencias económicas (contadores públicos, economistas, actuarios), de las
ciencias sociales (trabajadores sociales, sociólogos, politólogos, antropólogos) y otras disciplinas
(arquitectos, ingenieros, biólogos, agrimensores, geólogos, etc.). Quedan excluidos, por tanto, aquellos
profesionales donde prima el conocimiento manual y técnico, como electricistas, plomeros, gasistas o
carpinteros59.

2) “Que requieran para su ejercicio título universitario”. Otro requisito que establece la norma es que la
prestación de dicho servicio sea incumbencia profesional exclusiva de graduados de instituciones de
educación superior universitaria con título reconocido a nivel nacional por las autoridades educativas, de
conformidad con la Ley de Educación Superior (Ley 24.521). En este punto dejamos afuera de la exclusión,
y por tanto dentro del sistema de protección al consumidor como proveedores, a los profesionales con
títulos de educación secundaria técnicoprofesional (maestros mayores de obra, constructores, técnicos
electricistas, electrónicos, mecánicos, informáticos, agropecuarios, etc.) o superior no universitaria
(técnicos terciarios en sistemas, higiene y seguridad en el trabajo, gastronomía, jardinería, enfermería,
locutores, agentes de propaganda médica, etc.), regulados por las Leyes 26.058 de Educación Técnico
Profesional y 24.521 de Educación Superior. Cabe dicha aclaración porque en algunos de los casos poseen
matrícula profesional e incluso colegiación (v. gr., maestros mayores de obra, gestores, agentes de
propaganda médica, etc.).

3) “Con matrícula otorgada por colegios profesionales reconocidos oficialmente o autoridad facultada para
ello”. Debe tratarse de profesiones que requieran para su ejercicio la matriculación obligatoria. Dicha
matrícula puede ser organizada por la Administración (por ej., en el ámbito territorial de la Ciudad de
Buenos Aires, la matrícula de profesionales de la salud) o por entes públicos no estatales, como son
colegios o consejos profesionales (por ej., en el ámbito territorial de la Ciudad de Buenos Aires, la
matrícula de profesionales del derecho y las ciencias económicas). Quedan excluidas de esta previsión
aquellas profesiones universitarias que no requieran matriculación obligatoria.

Esta exclusión general tiene una primera excepción en la publicidad que se haga del ofrecimiento de los
servicios de profesionales liberales. Ello implica que si los profesionales utilizan publicidad la misma estará
comprendida por el sistema de defensa del consumidor, en cuanto a las previsiones de los artículos 7º y 8º
de la LDC y respecto a las regulaciones en materia de ilicitudes publicitarias. Otros autores, en tesis
minoritaria en doctrina60, entienden que cuando los profesionales en su ejercicio libre hagan publicidad,
se someten voluntariamente al régimen de la LDC.

En segundo lugar, podemos mencionar a aquellos profesionales que incurran en las prácticas abusivas
prohibidas en el artículo 8º bis (condiciones de atención y trato indigno y/o inequitativo, conductas que
coloquen a los consumidores en situaciones vergonzantes, vejatorias e intimidatorias, diferenciaciones
sobre precios, calidades técnicas o comerciales o cualquier otro aspecto relevante sobre los bienes y
servicios a consumidores extranjeros u otorgar apariencia de reclamo judicial a reclamos extrajudiciales de
deudas). Ante tales prácticas abusivas los profesionales serán pasibles de las sanciones administrativas
previstas por el artículo 47 de la LDC y responsables de la reparación de daños a los consumidores,
incluidos los daños punitivos o multa civil establecida en el artículo 52 bis de la LDC. El fundamento
normativo de dicha afirmación es el último párrafo del artículo 8º bis, cuando prevé hacerlas “extensivas
solidariamente a quien actuare en nombre del proveedor”. Esta previsión tiene especial trascendencia para
los profesionales del derecho, especialmente en el supuesto de cobranzas extrajudiciales de deudas61.

Otra excepción que hace incluir a las profesiones liberales dentro del régimen tuitivo del consumo son los
supuestos de bienes o servicios que no constituyen incumbencias exclusivas de los profesionales
involucrados. Así, se inscriben los tratamientos estéticos que puedan brindar médicos dermatólogos o
kinesiólogos, productos de perfumería vendidos en una farmacia, el servicio de ambientación o el servicio
de decoración de interiores desarrollada por un arquitecto, los llamados “pet shops” dirigidos por un
veterinario, etc. En este entendimiento, la jurisprudencia entendió que resultaban aplicables las normas
de defensa del consumidor al supuesto de una persona que había comprado un perro en una veterinaria,
que murió a los pocos días62.

También se encontrarán comprendidos dentro del ámbito del sistema de defensa de los consumidores los
profesionales liberales que desarrollan su actividad organizada en forma de empresa63. Así, el médico que
dirige una clínica, el contador público que preside una firma de auditoría externa o el abogado que
regentea una empresa de atención integral de víctimas de accidentes de tránsito, entre otros. Sostiene
Wajntraub, que cuando se ejerce la actividad en forma de empresa, se diluye la figura del profesional
liberal para conformarse la de proveedor64. Establece la norma antes mencionada que ante la
presentación de denuncias por los usuarios y consumidores que no se vincularen con la publicidad de los
servicios, la autoridad de aplicación de esta ley informará al denunciante sobre el ente que controle la
respectiva matrícula a los efectos de su tramitación.

b) Transporte aeronáutico

El artículo 63 de la LDC establece que, para el supuesto de contrato de transporte aéreo, se aplicarán las
normas del Código Aeronáutico, los tratados internacionales y, supletoriamente, la presente ley.

Dicho artículo había sido derogado por el artículo 32 de la Ley 26.361, pero dicha derogación fue observada
por el artículo 1º del Decreto 565/2008.

En este sentido, es preciso formular las siguientes consideraciones. En primer término, cabe recordar que
el contrato de transporte aéreo es aquel en virtud del cual “una parte se obliga a trasladar a personas o
cosas, de un lugar a otro, en aeronave y por vía aérea, y la otra a pagar un precio como
contraprestación”65.

En los casos derivados del contrato de transporte aéreo se aplican las normas del Código Aeronáutico para
el transporte interno de cabotaje.

Para el caso de los vuelos internacionales, rigió hasta el 14.02.2010 la Resolución Nº 1532/1998 del ex
Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos sobre Condiciones Generales del Contrato de
Transporte Aéreo y las convenciones internacionales a las cuales adhirió nuestro país –“Sistema de
Varsovia”– para el transporte internacional de pasajeros, equipajes y carga, siendo de carácter supletorio
sólo para lo no previsto por sus normas específicas, las normas del derecho del consumidor66.

Luego de dicha fecha, entró en vigencia la Ley 26.451 por la que se aprobó la adhesión de la República
Argentina al Convenio de Montreal de 1999 sobre unificación de ciertas reglas para el Transporte Aéreo
Internacional.

A partir de entonces, rige dicho convenio, en forma supletoria con la Ley de Defensa del Consumidor y con
las particularidades que señalaremos más adelante67.

Esta exclusión entendemos que es inconstitucional, por vulnerar los principios de igualdad y no
discriminación; sin embargo, no obsta la aplicación de los artículos 42 y 43 de la Constitución Nacional en
el supuesto de contratos de transporte aéreo (derecho a la información, a la protección de salud,
seguridad e intereses económicos, a la libertad de elección, a condiciones de trato digno y equitativo, a
sistemas eficaces de prevención y resolución de conflictos y al acceso a la justicia).

A su vez, no podemos dejar de señalar la existencia de un doble estándar de protección en función de si se


tratan de vuelos de cabotaje o de vuelos internacionales.

En el primer caso, donde rige el Código Aeronáutico, resultarán aplicables de este el régimen de
responsabilidad que imponen los Arts. 130 a 154 del Código Aeronáutico y los plazos de prescripción de un
año que allí se disponen para las acciones.

Al no regular dichas normas los casos de “overbooking”, en dichos casos, se aplicará la ley de defensa del
consumidor.

Por otro lado, nada impide que se le apliquen a las compañías aéreas en los vuelos de cabotaje, los daños
punitivos del Art. 52 bis de la LDC en caso de corresponder.

Sin embargo, las limitaciones al régimen de responsabilidad que impone el Código Aeronáutico frente al
régimen de responsabilidad del Código Civil y Comercial y de la Ley de Defensa del Consumidor resultan
una clara desprotección al usuario.
Es que claramente, la aparente responsabilidad objetiva que impone el Código Aeronáutico en sus Arts. 139
a 141 –en los que se establece la responsabilidad por daños al pasajero, al equipaje o derivados del
retraso– se diluye con el texto del Art. 142 que establece expresamente: “El transportador no será
responsable si prueba que él y sus dependientes han tomado todas las medidas necesarias para evitar el
daño o que les fue imposible tomarlas”.

La norma referida resulta una perfecta cláusula de escape para el transportista aéreo, quien probando su
debida diligencia puede eximirse de reparar daños derivados del riesgo propio de su actividad; trasladando
los riesgos al usuario.

Una lectura de esta norma a la luz de los principios de reparación integral y del deber de seguridad que
impone el Art. 42 de la Constitución Nacional nos hace dudar de su apego al texto constitucional.

Más agraviante resulta aún la situación del pasajero en los vuelos internacionales que se encuentran
alcanzados por las normas del Convenio de Montreal de 1999.

Si bien contará con un plazo de prescripción más beneficioso –2 años a contar desde la llegada a destino o
desde que la aeronave debió haber despegado, conforme el Art. 35.1 del Convenio–, los alcances de la
responsabilidad serán menores.

Así, el Art. 29 del Convenio señala que el transportista podrá eximirse de la responsabilidad derivada del
retraso si “acredite haber tomado todas las medidas razonables para evitar el daño o que le fue imposible
tomarlas”.

A su vez, el Art. 22 limita en sus incisos 1º y 2º el monto de la indemnización a abonar por pasajero en caso
de retraso o pérdida o avería del equipaje.

O sea, que no sólo la empresa puede diluir su responsabilidad señalando que tomó las medidas para evitar
el retraso, sino que además, de ser condenada, podrá limitar su responsabilidad, pudiendo así especular
con el monto de las indemnizaciones a abonar.

Este accionar está además alentado por propio Convenio, en tanto su Art. 29 señala que las demandas
contra los transportistas aéreos en los que se aplica esta norma, no podrán reconocer indemnizaciones
punitivas ni de ningún otro tipo que no sean compensatorias.

A la luz de estos postulados, urge entonces una revisión desde la justicia de la validez de la adhesión de la
Argentina a alguna de estas normas, en tanto, claramente y tal como ya lo hemos sostenido, atentan
contra derechos fundamentales de los usuarios del transporte aéreo.

VI. Situaciones controvertidas

En este apartado abordaremos algunos supuestos que se encuentran rayanos con la exclusión del sistema
del derecho del consumo, como es el de los bienes y/o servicios de uso promiscuo.

Se trata de bienes o servicios adquiridos o utilizados por un sujeto para consumo privado (esto es, consumo
personal o de su grupo familiar o social) y, asimismo, para el desarrollo de una actividad profesional,
comercial, industrial, etc. En este caso, un contador que utiliza una caja de ahorros para uso personal y
para que le realicen depósitos de honorarios sus clientes, un abogado que compra una computadora
portátil para uso privado y para desarrollar su actividad profesional o un comerciante que asegura un
automóvil, que a su vez utiliza para su actividad comercial. En estos casos, creemos que corresponde al
proveedor probar que dicha adquisición o utilización del bien tiene características principales de uso no
privado, y en caso de duda, se estará a la interpretación más favorable al consumidor, esto es, a ser
incluido dentro del régimen de consumo68. Este criterio ha tenido la jurisprudencia, en relación al
adquirente de una camioneta como herramienta laboral y para beneficio propio o del grupo familiar69.

Notas

1. Cf. FARINA, Juan M., Defensa del consumidor y del usuario, Buenos Aires, Astrea, 1995, p. 7 y Cámara
Nacional de Apelaciones en lo Civil, Sala “F”, “Greco, Gabriel c/ Camino del Atlántico S.A. y otro s/ daños
y perjuicios” y “Borneo, Mario Blas Andrés c/ Camino del Atlántico S.A. s/ cobro de sumas de dinero”,
votos de la Dra. Highton de Nolasco.
2. Cf. RINESSI, Antonio J., Relación de consumo y derechos del consumidor, Buenos Aires, Astrea, 2006,
pág. 13
3. LORENZETTI, Ricardo L., Consumidores, Santa Fe, RubinzalCulzoni, 2009, p. 74.
4. Sobre este punto ver: LEIVA FERNÁNDEZ, Luis F. P., “Responsabilidad precontractual; aportes para su
estudio”, en La Ley 1998D, 1229.
5. Sobre este punto ver: LEIVA FERNÁNDEZ, Luis F. P., “La responsabilidad postcontractual”, La Ley 1972002
y LÓPEZ MESA, Marcelo J., “La responsabilidad postcontractual”, [Link].
6. Cf. MOSSET ITURRASPE, Jorge y LORENZETTI, Ricardo Luis, Defensa del consumidor, Ley 24.240, 1ª
edición, Santa Fe, Rubinzal Culzoni, 1993, p. 21.
7. PÉREZ BUSTAMANTE, Laura, Los derechos de la sustentabilidad. Desarrollo, consumo y ambiente, Buenos
Aires, Colihue Universidad, 2007, Buenos Aires, p. 13.
8. Cf. Despacho de la Comisión de Consumidor de las XXIII Jornadas Nacionales de Derecho Civil.
9. La noción de consumidor hipervulnerable no se encuentra expresamente consagrada en nuestro Derecho
Positivo pero sí ha sido acogida por la doctrina y jurisprudencia. Podría sostenerse que encuentra una
mención tangencial, tras la reforma de la Ley Nº 26.361, en el artículo 60 de la LDC, referida a los planes
de educación al consumidor, en el que se establece que deberá garantizarse “la implementación de
programas destinados a aquellos consumidores y usuarios que se encuentren en situación desventajosa,
tanto en zonas rurales como urbanas”. En las conclusiones de la Comisión de Consumidor de las XXIII
Jornadas Nacionales de Derecho Civil se estableció: “Tratándose de consumidores especialmente
vulnerables, en razón de concretas condiciones personales tales como la minoridad, la ancianidad, la
pobreza o la marginalidad, entre otras, debería acentuarse el principio protectorio”. Sobre el concepto de
consumidores hipervulnerables, ver: BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Los consumidores hipervulnerables
como colectivos de especial protección por el Derecho del Consumidor”, en STIGLITZ, Gabriel A. y ÁLVAREZ
LARRONDO, Federico M., Derecho del consumidor. Problemática general del régimen de defensa del
consumidor, Buenos Aires, Hammurabi, 2013, p. 165 y BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Incumplimiento del
trato digno y equitativo a consumidores hipervulnerables y daños punitivos: la Suprema Corte de Buenos
Aires confirma su procedencia”, DJ 2952013, 3.
10. Para profundizar sobre este punto, ver: BAROCELLI, Sergio Sebastián y ARIAS CÁU, Esteban J.,
“Necesaria acreditación de una relación de consumo para los daños punitivos”, La Ley, 05/09/2014ob. cit.,
4.
11. BAROCELLI, Sergio Sebastián, “El concepto de consumidor en el nuevo Código Civil y Comercial”,
12. RAMSEY, Ianin, Consumer Protection Text and Materials, London, Weidenfeld and Nicolson, 1989, p. 11,
citado por PORTO MACEDO, Rolando Jr., Contratos relacionales y defensa del consumidor, Buenos Aires, La
Ley, 2006, p. 169.
13. Nos referimos por “tipicidad social” a los contratos que si bien carecen de regulación legislativa, su
frecuente reiteración lleva a que adquieran un “nombre” e incluso una “normativa”, que no está
incorporada en ley alguna, pero que
surge de los usos y costumbres y llega a ser aceptada por la doctrina y la jurisprudencia. (Cf. MOISSET DE
ESPANÉS, Luis, “Contratos atípicos en la doctrina y jurisprudencia argentinas”, en Doctrina de la Academia
Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba, [Link]
14. Cf. WAJNTRAUB, Javier H., “La noción de consumidor tras la Reforma de la ley 24.240”, Sup. Esp.
Reforma de la Ley de defensa del consumidor 2008 (abril), 153.
15. Sobre este punto ver: BAROCELLI, Sergio Sebastián, “El comodato y el régimen de defensa del
consumidor”, Doctrina Judicial, 19/8/2009.
16. Cf. SANTARELLI, Fulvio G., “Hacia el fin de un concepto único de consumidor”, La Ley, 7/9/2009.
17. Cierto es que ante esta modificación, y aun con la redacción anterior, se dan casos de ciertas
situaciones “fronterizas”, tales como el uso promiscuo de bienes o servicios para personal y comercial o
profesional, la situación del adquirente empresario sobre bienes y servicios distinto de su actividad
profesional, particularmente en el caso de pequeñas y medianas empresas y sujetos con superioridad
técnica y económica (seguros, servicios financieros, etc.), las ventas de subsistencia, entre otras, en las
que la doctrina y jurisprudencia no es unívoca respecto a la aplicación del sistema de defensa del
consumidor. Cierto es también que habrá que analizar cada caso en particular, teniendo en presente los
principios del Derecho del consumo, en particular el de interpretación favor consumitoris, como así
también de lege ferenda, instar a la inclusión de determinados institutos del derecho del consumidor al
derecho común.
18. Para profundizar sobre el tema, ver: MORO, Emilio F., Las Sociedades Comerciales frente al derecho del
Cconsumidor, Paraná, Delta Editora, Paraná, 2014.
19. Cf. WAJNTRAUB, Javier, en MOSSET ITURRASPE, Jorge; WAJNTRAUB, Javier y GOZAÍNI, Osvaldo, La ley
de defensa del consumidor, Santa Fe, RubinzalCulzoni, Santa Fe, 2008, p. 39.
20. Cf. SANTARELLI, Fulvio, en PICASSO, Sebastián y VÁZQUEZ
FERREYRA, Roberto A. (directores), Ley de Defensa del Consumidor, anotada y comentada, T. I, Buenos
Aires, La Ley, 2009, p. 51.
21. ÁLVAREZ LARRONDO, Federico M., “Los centros comerciales ante el derecho del consumo argentino”,
en PICASSO, Sebastián y VÁZQUEZ FERREYRA, Roberto A. (Directores), Ley de Defensa del Consumidor,
anotada y comentada., ob. cit., p. 603.
22. [Link]/equiparar.
23. BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Principios y ámbito de aplicación del derecho del consumidor en el
nuevo Código Civil y Comercial”, DCCyE 2015 (febrero), ob. cit. , 63.
24. Para profundizar sobre este punto, ver: BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Contratos de seguros y derecho
del consumidor. Diálogo de fuentes y perspectivas a la luz del nuevo Código Civil y Comercial”, RDCO 273 –
1021.
25. Para profundizar sobre el punto, ver: BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Los sujetos expuestos a una
relación de consumo”, DJ 1152011, 1; BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Protección de las víctimas expuestas
a una relación de consumo por el sistema de defensa del consumidor”, Revista Trabajos del Centro,
Rosario, Centro de Investigaciones de Derecho Civil de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional
de Rosario, Rosario, Nº 9/10 (2011), y BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Las víctimas de daños como sujetos
expuestos a una relación de consumo”.
26. Un producto es defectuoso según el artículo 6º de la Directiva: “[…] cuando no ofrece la seguridad a la
que una persona tiene legítimamente derecho, teniendo en cuenta todas las circunstancias, incluso: a) la
presentación del producto; b ) el uso que razonablemente pudiera esperarse del producto; c ) el momento
en que el producto se puso en circulación.”
27. Según el Cambridge Advanced Learner’s Dictionary, bystander es: “[…] a person who is standing near
and watching something that is happening but is not taking part in it.”, esto es:, aquella persona que se
encuentra cerca de algo o mirando algo, pero sin ser parte. ([Link]
28. STIGLITZ, Rubén S., “Lealtad comercial, prácticas comerciales abusivas y publicidad en el Código Civil
y Comercial de la Nación”, Sup. Esp. Nuevo Código Civil y Comercial, 2014 (noviembre), 103.
29. BAROCELLI, Sergio Sebastián, “El concepto de consumidor en el nuevo Código Civil y Comercial”.
30. En este caso serían de aplicación las normas del derecho del trabajo.
31. Posición que sustentáramos en nuestra ponencia en la Comisión de Consumidor de las XXIII Jornadas
Nacionales de Derecho Civil.
32. SANTARELLI, Fulvio Germán, “Hacia el fin de un concepto único de consumidor”, La Ley, 2009E, 1055,
cit.
33. RUSCONI, Dante D., “La noción de ‘consumidor’ en la nueva Ley de Defensa del Consumidor”, JA
2008II1225 SJA 2852008.
34. Cf. BAROCELLI, Sergio Sebastián, “Derecho del Cconsumidor frente al Estado como proveedor de bienes
y servicios”, IJ Editores, 20122010, IJXLII6.
35. En esta tesitura, en las XXII Jornadas Nacionales de Derecho Civil se concluyó que a los fines de
establecer la noción de proveedor resultará determinante su carácter profesional; no obstante agregaron
los Dres. Frustagli, Flass, Calderón, Bargaballo, Canteros, Gutiérrez Juncos, Ramírez, Castillo, Di Gius
to, Aita Tagle, Franco, Hernández y Tinti: que “[…] a los fines de determinar la noción de proveedor,
excepcionalmente, podrá considerarse que es proveedor quien se vale de un profesional para ofrecer
productos y servicios en el mercado y, en consecuencia, quedar sujeto al estatuto de defensa del
consumidor”.
36. SANTARELLI, Fulvio G., “Hacia el fin de un concepto único de consumidor”, La Ley, 792009, cit.
37. WEINGARTEN, Celia y otros, Derecho del consumidor, Buenos Aires, Universidad, 2007, p. 243.
38. Cf. MOLINA SANDOVAL, Carlos A., Derecho de consumo, Córdoba, Advocatus, 2008, p. 22.
39. MOLINA SANDOVAL, Carlos A., “Reformas sustanciales a la Ley de Defensa del Consumidor”, La Ley,
Suplemento especial (Reforma a la Ley de Defensa del Consumidor), de abril de 2008, p. 81 y sigs.
40. La Ley 24.481 de Patentes de invención y modelos de utilidad, en su art. 4º, establece que serán
patentables las invenciones de productos o de procedimientos, siempre que sean nuevas, entrañen una
actividad inventiva y sean susceptibles de aplicación industrial: a) A los efectos de esta ley se considerará
invención a toda creación humana que permita transformar materia o energía para su aprovechamiento por
el hombre. b) Asimismo será considerada novedosa toda invención que no esté comprendida en el estado
de la técnica. c) Por estado de la técnica deberá entenderse el conjunto de conocimientos técnicos que se
han hechos públicos antes de la fecha de presentación de la solicitud de patente o, en su caso, de la
prioridad reconocida, mediante una descripción oral o escrita, por la explotación o por cualquier otro
medio de difusión o información, en el país o en el extranjero. d) Habrá actividad inventiva cuando el
proceso creativo o sus resultados no se deduzcan del estado de la técnica en forma evidente para una
persona normalmente versada en la materia técnica correspondiente. e) Habrá aplicación industrial cuando
el objeto de la invención conduzca a la obtención de un resultado o de un producto industrial, entendiendo
al término industria como comprensivo de la agricultura, la industria forestal, la ganadería, la pesca, la
minería, las industrias de transformación propiamente dichas y los servicios.
41. En materia de modelos industriales resultarán de aplicación las disposiciones del Decreto Ley
6.673/1963, ratificado por la Ley 16.478, de Modelos y Diseños Industriales, que en su artículo 3º dispone
que se considera modelo o diseño industrial a las formas o el aspecto incorporados o aplicados a un
producto industrial que le confieren carácter ornamental.
42. Los programas de computación se encuentran contemplados dentro de las obras protegidas por el
Derecho de Autor regulado por la Ley 11.723, merced a la modificación de la Ley 25.036. Cabe igualmente
recordar que el art. 5° de la Ley 25.922 de Promoción de la industria del software define al software como
la expresión organizada de un conjunto de órdenes o instrucciones en cualquier lenguaje de alto nivel, de
nivel intermedio, de ensamblaje o de máquina, organizadas en estructuras de diversas secuencias y
combinaciones, almacenadas en medio magnético, óptico, eléctrico, discos, chips, circuitos o cualquier
otro que resulte apropiado o que se desarrolle en el futuro, previsto para que una computadora o cualquier
máquina con capacidad de procesamiento de información ejecute una función específica, disponiendo o no
de datos, directa o indirectamente.
43. El artículo 1º de la Ley 11.723 establece: “A los efectos de la presente ley, las obras científicas,
literarias y artísticas comprenden los escritos de toda naturaleza y extensión, entre ellos, los programas de
computación fuente y objeto; las compilaciones de datos o de otros materiales; las obras dramáticas,
composiciones musicales, dramáticomusicales; las cinematográficas, coreográficas y pantomímicas; las
obras de dibujo, pintura, escultura, arquitectura; modelos y obras de arte o ciencia aplicadas al comercio
o a la industria; los impresos, planos y mapas; los plásticos, fotografías, grabados y fonogramas; en fin,
toda producción científica, literaria, artística o didáctica, sea cual fuere el procedimiento de
reproducción. La protección del derecho de autor abarcará la expresión de ideas, procedimientos, métodos
de operación y conceptos matemáticos, pero no esas ideas, procedimientos, métodos y conceptos en sí.”
44. Cf. MOLINA SANDOVAL, Carlos A., “Reformas sustanciales a la ley de defensa del consumidor”, ob. cit.,
p. 81 y sigs.
45. Ídem.
46. Ídem.
47. Sobre este punto ver: WEINGARTEN, Celia y otros, Derecho del consumidor, ob. cit., p. 98 y sigs.
48. LORENZETTI, Ricardo L., Consumidores, ob. cit., p. 100.
49. Cf. WEINGARTEN, Celia y otros, Derecho del consumidor, ob. cit., p. 122.
50. Sobre este punto ver: WEINGARTEN, Celia, “Las “prácticas empresariales abusivas” en las II Jornadas
Rosarinas de Derecho Civil”, JA 2001I1237.
51. Sobre este punto ver, BAROCELLI, Sergio Sebastián, Comentario al art. 367, en ALTERINI, Jorge H.
(director) Código Civil y Comercial comentado. Tratado exegético, Buenos Aires, La Ley, 1° edición, 2015,
T. II, p. 893 y ss.
52. Jornadas preparatorias a las XXII Jornadas Nacionales de Derecho Civil, Resistencia, 6 de junio de 2009;
XXII Nacionales de Derecho Civil, Córdoba, 24 de septiembre de 2009.
53. CNac. Com., Sala B, 21/12/2005, “Blue Way S.A. vs. Cidef Argentina S.A. y otro”, Lexis Nº
1/700229232.
54. En este sentido: GOZAÍNI, Osvaldo A., “¿Quién es consumidor, a los fines de la protección procesal?”, LL
2003C, 1054; GHERSI, Carlos A. y WEINGARTEN, Celia, “Visión integral de la nueva ley del consumidor”, DJ
2342008 y XV Jornadas Nacionales de Derecho Civil de 1995.
55. NICOLAU, Noemí Lidia (directora), Fundamentos de Derecho Contractual, T. II, Avellaneda, La Ley,
2009, p. 349.
56. Cf. Primeras Jornadas Nacionales de Profesores de Derecho, Lomas de Zamora, 1988; V Jornadas
Rioplatenses de Derecho, San Isidro; II Encuentro de Abogados Civilistas, Santa Fe, 1989, entre otros
encuentros jurídicos.
57. NICOLAU, Noemí Lidia (directora), Fundamentos de Derecho Contractual, ob. cit., p. 351.
58. Artículo 8º de la Resolución Nº 180/88 de la Dirección Provincial de Rentas de Santa Fe.
59. Cf. YZQUIERDO TOLSADA, Mariano, La responsabilidad civil del profesional liberal, Buenos Aires,
Hammurabi, 1998, p. 14 y sigs.
60. Cf. WAJNTRAUB, Javier H., La noción de consumidor tras la Reforma de la ley 24.240, 08 (abril), ob.
cit., 153.
61. En jurisprudencia anterior a la reforma: “Ocasiona un daño moral por su carácter intimidatorio y
amenazante la nota con apariencia de cédula judicial que el letrado apoderado del banco enviara a la
escuela donde trabajaba la deudora docente, con indicación de la decisión de ejecutar, aviso de embargo,
sin indicar monto adeudado ni fijar plazo para recibir el mismo, dando cuenta de la existencia de deuda en
mora y de lo infructuoso de las diligencias de cobro intentadas, máxime si la deudora había cuestionado el
monto de la deuda”. (CNCom., Sala E, 10/02/2006, “Lloyds TSB. Bank vs. F., M. E.”, JA 2006‑ III‑ 43).
62. CNFed. CA, Sala II, “Poggi, José M. F. c/ Secretaría de Comercio e Inversiones”, 06/05/1999, JA,
2000III387, ED, 189471.
63. Cf. LORENZETTI, Ricardo Luis, Consumidores, ob. cit., p. 102.
64. WAJNTRAUB, Javier H., Protección jurídica del consumidor, Buenos Aires, LexisNexis – Depalma, 2004,
Lexis Nº 3201/000704.
65. VIDELA ESCALADA, Federico, Manual de Derecho Aeronáutico, Buenos Aires, Zavalía, 1996, p. 373.
66. AGOSTINELLI, Carlos, “Transporte aéreo y derechos de los consumidores. Análisis del Decreto
565/2008”, en ARIZA, Ariel, La reforma del Régimen de Defensa del Consumidor por Ley 26.361, Buenos
Aires, Abeledo Perrot, Gerli, 2008, p. 221.
67. AGOSTINELLI, Carlos, Transporte aéreo y derechos de los consumidores. Análisis del Decreto 565/2008,
en ARIZA, Ariel, La reforma del Régimen de Defensa del Consumidor por Ley 26.361. Abeledo Perrot, Gerli,
2008, p. 221.
68. Cierto es que este tipo de operaciones pueden tener un valladar probatorio desde el ámbito fiscal, si el
sujeto ha adquirido del bien o servicio solicitando la facturación mediante Factura “A” (responsable
inscripto).
69. CNCom., Sala B, “Manessi, Alberto c/ General Motors de Argentina S.A.”, 2862002, LL, 2002F, 324.

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