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temente docwnentada, sino que lo poco que se sabe de su vida puede ser pura
leyenda. Esta leyenda se refuerza por el tema amoroso de sus poesías y su tem-
prana muerte en las luchas de la emancipación, lo que lo asemeja a Melgar (su-
pra). Wallparrimachi nació en la región del Potosí, en Bolivia. Se dice que, ha-
biendo quedado huérfano a los pocos años, pasó a ser siervo de Manuel Ascen-
sión Padilla, quien le enseñó castellano (que él se negó a usar en su obra poética)
y lo impulsó a abrazar la causa patriota. Su muerte a los 21 años se produjo en
la batalla de Las Carretas, donde se dice que dirigía una tropa de honderos in-
dios. Esta «biografía>> (que redondea una figura romántica de huérfano, ena-
morado y héroe, muy apropiada a la época) tiene un tinte de nútificación que
resulta algo sospechoso, pues no tenemos otros datos en los que podamos con-
fiar. La «obra>> que se le atribuye es brevísima (apenas doce composiciones) y
casi toda es poesía amatoria, que ha sido vista como fruto de sus amores desdi-
chados con Vicenta Quiroz. Sus acentos intensamente románticos conservan,
pese a su simplicidad, su impacto emocional. El primero en publicar ese con-
junto de textos fue el quechuista boliviano Jesús Lara, citando fuentes y colec-
ciones privadas que desgraciadamente resultan difíciles de comprobar. La his-
toria literaria sólo puede incorporarlo con un gran signo de interrogación.
Texto:
LARA, Jesús. La poesía quechua*.
CASTAÑÓN, Carlos. La poesía de Wallpa"imachiy otras páginas de ensayo y evo-
cación. La Paz: Editora Universo, 1979.
[Link], Julio E. «Wallparrimachi: transición y problemática en la poesía
quechua». Revista de crítica literatia hispanoamen"cana 33 (1er semestre
1991), pp. 209-225.
7.7. El magisterio continental de Bello
La figura intelectual más eminente de este período es, sin duda, la
de Andrés Bello (1781-1865). Aunque nadó en Caracas, no es sólo un
escritor venezolano: su obra trasciende las fronteras de esa nación y se
proyecta a todo el continente y aun está asociada a la vida cultural eu-
ropea (especialmente inglesa) de comienzos de siglo, de la que apren-
dió lo mejor que podía brindarle a un americano ansioso de saber. Era,
en verdad, una personalidad modelada en la venerable tradición del
humanismo clásico, pero atento al latido de su hora, que hizo del hom-
bre de estudio también un hombre público. La amplitud y variedad de
sus conocimientos es asombroso; resulta difícil encontrar algo que no
supiese o que no le interesase. Pero además del volumen de su erudi-
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ción, lo que impresiona es su capacidad de juicio y discernimiento en
las cuestiones más variadas: sabía y además sabía enseñar, pues dejaba
sembradas en otros las semillas de su erudición. Tuvo que ser todo y lo
fue: poeta, crítico, periodista, filólogo, legislador, filósofo, pedagogo ...
Es esta última faceta magisterial la que quizá lo define mejor, si se aña-
de que su escuela y tribuna fueron generaciones y pueblos enteros. Es
evidente que no todo lo que hizo cabe en el campo de la literatura;
pero ésta se benefició de su acción y su apostolado en favor de ciertas
ideas y principios. Uno de esos principios a los que fue fiel toda su vida
es el del orden, entendido éste como el respeto a una norma de equili-
brio superior al individuo, que regulaba su conducta y evitaba los ma-
les de la improvisación y el caos en los que muy pronto cayeron las na-
ciones hispanoamericanas. En una época agitada y confusa, Bello fue
un bastión de prudencia y buen criterio.
Es fama que hacia los 12 años leía a Calderón y Cervantes. Las tres
primeras décadas de su larga vida las pasa en Venezuela, donde sigue
estudios universitarios, desempeña diversos cargos administrativos y
es redactor de la Gaceta de Caracas, el primer periódico de la ciudad.
Este período lo provee con una sólida formación clásica, que es el fun-
damento de su cultura, de lo que dan testimonio sus traducciones de
Virgilio y otros poetas latinos, así como sus tempranas preocupaciones
lingüísticas. Su frecuentación de la tertulia de la familia Ustáriz y la
presencia de Alexander von Humboldt (6.6.) en Venezuela completan
ese proceso formativo. Su relación con Humboldt es particularmente
decisiva. El sabio alemán llega a Venezuela en 1799, en misión cientí-
fica. En 1800 Bello lo acompaña y asiste en sus viajes por el interior y
descubre así tanto la importancia de la observación rigurosa de la rea-
lidad como la grandiosidad de la naturaleza tropical, lo que será muy
útil para su inspiración poética. Pero los poemas y otros textos corres-
pondientes a esta etapa son frutos derivativos de la tradición clásica y
de sus lecturas neoclásicas, muestras propias de un autor todavía en
busca de su madurez artística.
Esta se logrará en la etapa inglesa (1810-1829), que es de crucial
importancia y que deja un sello muy profundo en su personalidad y su
obra. Bello había llegado a Londres, acompañando a Bolívar (7.3.) en
una misión diplomática ante el gobiero británico; allí encontró a Mi-
randa en cuya biblioteca Bello se sumergió largas horas. Cuando la mi-
sión tuvo que cesar en 1812, debido a los reveses sufridos por los pa-
triotas venezolanos, se vio forzado a permanecer en Inglaterra y a con-
vertir un breve viaje en un largo y difícil exilio. En duras condiciones,
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desarrolla una intensa actividad literaria y periodística, en las que se
nota su asimilación de los hábitos y virtudes de la vida intelectual in-
glesa, y la absorción del espíritu de su romanticismo. Aparte de eso,
trabaja para la Legación de Chile y luego la de Colombia; investiga en
la biblioteca del British Museum; realiza un trabajo illológico sobre el
Poema del Mío Cid; traba relación con los exilados españoles (Blanco
White, José Joaquín de Mora y otros) que influirán en él; estudia los
manuscritos del utilitarista inglés Jeremías Bentham; y traduce muy li-
bremente 15 cantos del Orlando Innamorato, poema de Boiardo según
la refundición de Francesco Berni.
Su labor periodística es brillante y muestra las mejores facetas de
él: información, rigor, juicio, pasión americanista. En Londres, aparte
de colaborar en otras publicaciones, Bello publica dos notables revis-
tas: Biblioteca Americana (1823) y Repertorio Americano (1825-1827),
que dirigió junto con el español Agustín García del Río y otros, pero
de las que fue a veces casi el único redactor. Órganos de la cultura his-
pánica, el sesgo americanista que les da es notorio. Las cuestiones con-
tinentales se examinan desde el amplio horizonte que brinda el mira-
dor europeo y a la luz de ideas y posiciones que dominaban en la ac-
tualidad. Política, literatura, filosofía y ciencia ocupaban sus páginas y
orientaban la opinión pública americana en fundamentales cuestiones,
como los caminos de la lucha por la independencia y las tareas que
aguardaban tras ella. Bello demuestra en estas revistas sus dotes de pe-
riodista, ensayista y crítico. Sip abandonar del todo el bagaje intelec-
tual que traía, difunde novedades y plantea asuntos polémicos. Uno de
los textos que permite conocer bien el pensamiento literario del autor
es el titulado «Juicio sobre las Poesías de José María Heredia» (in/ra),
que apareció en el Repertorio. Se trata de un comentario bastante se-
vero sobre el poeta cubano, en el que critica su «erotismo» y las liber-
tades expresivas de su lenguaje. Esto confirma que seguía fielmente
apegado al criterio neoclásico (otra vez en nombre del orden) para juz-
gar la literatura. Pero reconocerlo no debe hacemos olvidar que justa-
mente en esos años, descubría y empezaba a gustar las manifestaciones
del temprano romanticismo inglés (Byron, Walter Scott y otros) y del
francés (Chateaubriand sobre todo, que había estado exilado en Ingla-
terra entre 1794 y 1799).
En estos autores, Bello encontraba notas afines a su espíritu: la ten-
dencia a la melancolía, la emoción ante la vaguedad y misterio de la na-
turaleza, la grandiosidad y la virtud moral de la visión poética. Más tar-
de (1843) llegará a traducir al español, como ya había hecho con By-
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ron, LA Priere pour tous de Víctor Hugo, haciendo una verdadera re-
creación del original y dejando claros vestigios de su propio estado de
ánimo, agobiado por el drama de la muerte y el insondable más allá.
No cabe duda, pues, de que Bello entendió el romanticismo y que fue
penetrado por él, aunque sin abandonar del todo su inclinación neo-
clásica. Si, en su famosa polémica con Sarmiento (1842) --que exami-
namos en otro capítulo-, apareció como un opositor al romanticis-
mo, no se debió a incomprensión o falta de sensibilidad, sino a que ya
había hecho una elección [Link] del cauce romántico: había escogido
el romanticismo pasivo de la reflexión y la contemplación, lánguida-
mente replegado en sí mismo, no el de la exaltación y el desenfreno
pasional. Tenía reservas frente al caos emocional y la anarquía formal
de ese otro romanticismo que veía encarnado en Sarmiento y en su es-
tilo tempestuoso y arrebatado. En el dilema literario que oponía lo vie-
jo y lo nuevo, Bello representó una posición ecléctica que tuvo el mé-
rito de advertir los peligros en los que el romanticismo realmente cayó:
el lenguaje difuso y el exceso sentimental.
Su mayor contribución a la poesía transicional del período consis-
te en dos poemas famosos, escritos ambos en Londres: «Alocución a
la poesía» y «La agricultura de la zona tórrida»; el primero aparece en
la Biblioteca en 182.3 y el segundo en el Reperton'o en 1826. Varias ob-
servaciones previas se hacen necesarias para entender estos textos. La
primera es que su «americanismo» está estimulado por el hecho de ha-
ber sido compuestos en el exilio: son intentos de Bello por expresar y
paliar su nostalgia por la tierra lejana; son retornos vicarios al mundo
americano que lo religan a su problemática cultural y a su realidad fí-
sica. En segundo lugar hay que recordar que, en el designio del autor,
estos no eran poemas sueltos, sino parte de proyectos más vastas que
fueron abandonados. La <<Alocución ... » aparece anunciado como
«fragmento de un poema inédito titulado «América»; y «La agricultu-
ra ... » como primera de una serie de «Silvas americanas», que debían
fundirse, a su vez, con el plan mayor de «América». Salvo estos dos
poemas, nada más queda de esos proyectos, pero al leerlos hay que re-
cordar que eran, para él, «fragmentos» de algo mucho más amplio y
ambicioso, que da idea de hacia dónde se dirigía el esfuerzo poético de
Bello. En tercer término, y en relación con esto último, debe subrayar-
se que el autor usa el verso (la silva en ambos casos) como un vehícu-
lo de sus ideas, más que de sus sentimientos. Son las tesis que sostie-
nen los poemas lo que los hacen interesantes todavía hoy, no el lengua-
je envarado, frío y un poco desabrido de Bello. No era, en verdad, un