Jean Paul Gustave Ricœur (Valence, 27 de febrero de 1913 - Châtenay-
Malabry, 20 de mayo de 2005) fue un filósofo y antropólogo francés conocido
por su intento de combinar la descripción fenomenológica con la
interpretación hermenéutica. Su pensamiento se ubica en la misma tradición
que otros notables fenomenólogos hermenéuticos como Edmund
Husserl y Hans-Georg Gadamer. En el año 2000 fue galardonado con
el Premio Kioto en Artes y Filosofía por haber "revolucionado el método de la
fenomenología hermenéutica expandiendo el estudio en el ámbito de la
interpretación textual para incluir nuevos dominios como la mitología,
la exégesis, el psicoanálisis, la historiografía, la teoría de la metáfora o
la narratología."[1]
Biografía
Los primeros años de Ricœur estuvieron marcados por dos hechos
principales. El primero fue que nació en una devota familia protestante,
convirtiéndose así en miembro de una minoría religiosa en
la católica Francia. El segundo, que su padre murió en 1915 en la Primera
Guerra Mundial, cuando Ricœur tenía solamente dos años de edad. Como
consecuencia, fue educado por su tía en Rennes con una pequeña pensión
asignada por su condición de huérfano de guerra. Ricœur era un muchacho
intelectualmente precoz y amante de los libros, cuya inclinación hacia el
estudio fue incentivada por el énfasis de su familia protestante en el estudio
de la Biblia. En 1933 Ricœur se licenció por la Universidad de Rennes y en
1934 comenzó sus estudios de filosofía en la Sorbona, donde fue influido
por Gabriel Marcel. En 1935 se licenció en filosofía.
La Segunda Guerra Mundial interrumpió la carrera de Ricœur: en 1939 fue
movilizado para servir en el ejército francés. Su unidad fue capturada durante
la invasión alemana de Francia en 1940, y pasó los cinco años siguientes
como prisionero de guerra. En su campo de detención se encontraban otros
intelectuales, como Mikel Dufrenne, que organizó lecturas y clases de tal
rigor que el campo fue acreditado por el gobierno de Vichy como institución
con capacidad de otorgar títulos universitarios. Durante esta época leyó
a Karl Jaspers, quien habría de tener gran influencia sobre él. Inició también
una traducción de las Ideas de Edmund Husserl.
Tras la guerra Ricœur obtuvo una plaza en la Universidad de
Estrasburgo (1948-1956), donde publicó prolíficamente. En 1950 recibió
el doctorado presentando dos tesis (como es costumbre en Francia): una
tesis menor que era una traducción y comentarios de las Ideas I de Husserl
(por primera vez en francés), y una tesis mayor que posteriormente se
publicaría como Lo voluntario y lo involuntario. Como fruto de sus trabajos
académicos, Ricœur se ganó una reputación de experto en fenomenología, y
se hizo muy popular en la Francia de los años de la posguerra.
En 1956 Ricœur consiguió la cátedra de Filosofía General en la Sorbona.
Este puesto marcó el ascenso de Ricœur como uno de los más prominentes
filósofos de Francia. Durante esa época escribió Freud y filosofía así como El
simbolismo del mal, que cimentaron su reputación.
De 1965 a 1970 Ricœur ocupó un puesto en la recientemente
fundada Universidad de Nanterre. Nanterre era un experimento en educación
progresista y Ricœur esperaba que esto le diera una oportunidad de escapar
de la atmósfera sofocante de la limitante tradición de la Sorbona y crear una
universidad acorde con su visión. Sin embargo, Nanterre se convirtió en un
vivero de protestas durante la revuelta estudiantil de Mayo del 68 y Ricœur
fue ridiculizado como un «viejo payaso» y títere del gobierno francés.[2]
Ricœur, además de su interés por la fenomenología husserliana, fue
precursor de la corriente interpretativa de principios de la década de 1970.
La hermenéutica, como la llamaría después, sería la gran tendencia de
Ricœur. Sería, luego, una gran influencia para autores como Clifford
Geertz y John B. Thompson. Junto a otros autores, como Gadamer,
promovió una tensión en la filosofía que hasta hoy en día es tema de
discusiones académicas.
En el punto más bajo de su popularidad y desencantado de su vida en
Francia, en 1970 Ricœur se trasladó a la Universidad de Chicago, donde
permaneció hasta 1985. Gracias a este cambio Ricœur se familiarizó con
la filosofía estadounidense y las ciencias sociales, convirtiéndose en uno de
los pocos pensadores igualmente cómodos con el mundo intelectual de habla
francesa, alemana e inglesa. El resultado fueron dos de los más importantes
y duraderos trabajos de Ricœur: La metáfora viva y su obra en tres
volúmenes Tiempo y narración. Partiendo de la discusión de la identidad
narrativa, así como del continuado interés de Ricœur en el 'sí mismo',
presentó las conferencias Gifford (The Gifford Lectures), que culminaron en
el importante trabajo Sí mismo como otro.
Con Tiempo y narración, volvió a Francia como un intelectual estrella. Sus
últimos trabajos se caracterizaron por una continua disección de las
tradiciones intelectuales nacionales, y algunos de sus últimos escritos
llamaron la atención del filósofo político estadounidense John Rawls.
En el año 1999 recibió el Premio Balzan de Filosofía. De 1999 a 2001, tuvo
de asistente editorial al joven Emmanuel Macron, que trabajaba sobre la
bibliografía y las notas preparatorias de su libro La Mémoire, l'histoire, l'oubli,
y que fue miembro del comité de redacción de la revista Esprit.[3]
En 2003 recibió el Premio Pablo VI y el año siguiente, el 29 de noviembre de
2004, fue galardonado con el segundo Premio John W. Kluge (compartido
con Jaroslav Pelikan) por toda una vida de logros en Humanidades.
Murió por causas naturales mientras dormía, el 20 de mayo de 2005 en su
casa de Châtenay-Malabry, al oeste de París.[4] El primer ministro
francés Jean Pierre Raffarin declaró: «La tradición humanista europea está
de luto por uno de sus más talentosos exponentes».[5]
Pensamiento hermenéutico
Paul Ricœur (Essais d’herméneutique, París: Seuil, 1969) propone una
«hermenéutica de la distancia», lo que hace que surja una interpretación es
el hecho de que haya una distancia entre el emisor y el receptor. De esta
hermenéutica surge una teoría cuyo paradigma es el texto, es decir, todo
discurso fijado por la escritura. Al mismo tiempo este discurso sufre, una vez
emitido, un desarraigamiento de la intención del autor y cobra independencia
con respecto a él. El texto ahora se encuentra desligado del emisor, y es una
realidad metamorfoseada en la cual el lector, al tomar la obra, se introduce.
Pero esta misma realidad metamorfoseada propone un «yo», un «Dasein»,
que debe ser extraído por el lector en la tarea hermenéutica. Para Ricoeur
interpretar es extraer el ser-en-el-mundo que se halla en el texto. De esta
manera se propone estudiar el problema de la «apropiación del texto», es
decir, de la aplicación del significado del texto a la vida del lector. La
reelaboración del texto por parte del lector es uno de los ejes de la teoría de
Paul Ricoeur.
Según Ricœur, el objetivo de la hermenéutica es de recuperar y restaurar el
significado. El filósofo francés elige el modelo de la fenomenología de la
religión, en relación con el psicoanálisis, destacando que se caracteriza por
una preocupación sobre el objeto. Este objeto es lo sagrado, que es visto en
relación con lo profano.[6] Lo sagrado es visto como una manifestación de
poder espiritual por el fenomenólogo holandés de la religión Gerardus van
der Leeuw.[7] El fenomenólogo rumano de la religión Mircea Eliade sigue el
modelo propuesto por Ricoeur, escribiendo sobre los tres pensadores de la
sospecha: Karl Marx, cuestiona la idea de conciencia en el marco de la
sociedad económica, en particular a los medios de producción; Friedrich
Nietzsche, cuestiona la idea de conciencia desde una crítica al cristianismo,
desde conceptos como el de superhombre, y Sigmund Freud, que también
propone una falsa conciencia a través del concepto del inconsciente.[8]
Ricœur los llamó «los tres grandes destructores», «los maestros de la
sospecha».[9]
Ética
La ética ha sido una de las preocupaciones de Ricœur.
¿Deberíamos hacer una distinción entre moral y ética? A decir verdad, nada
en la etimología o en la historia del uso de las palabras lo impone: una
proviene del latín, la otra del griego antiguo, y las dos vuelven a la idea de
las costumbres (ethos, mores). Sin embargo, se puede discernir si el énfasis
está en lo que se considera bueno o lo que es obligatorio. Es por convención
que reservaré el término "ética" al propósito de una vida realizada bajo el
signo de las acciones consideradas buenas, y el de "moral" para el lado
obligatorio, marcado por normas, obligaciones, prohibiciones caracterizadas
por un requisito de universalidad y un efecto de restricción. En la distinción
entre el objetivo de la vida buena y la obediencia a las normas, es fácil
reconocer la oposición entre dos herencias: la herencia aristotélica, donde la
ética se caracteriza por su perspectiva teleológica (de telos, que significa
"fin"); y una herencia kantiana, donde la moralidad se define por el carácter
obligatorio de la norma, y por lo tanto desde un punto de vista deontológico
(significando deontológico precisamente "deber").
Uno mismo como cualquier otro, séptimo estudio, 1990, Test Points
330, p. 200.
Ricœur, por lo tanto, propone colocar la ética, es decir, la cuestión del
objetivo de la vida, antes de la moralidad, la cuestión de las normas. La ética
permitirá al filósofo pensar en la autoestima, mientras que la moralidad
cuestionará el respeto por sí mismo. Si Ricœur tiene cuidado de no definir la
vida buena con demasiada precisión, sugiere que todos deben pensar en
ello, a partir de una reflexión sobre lo que es la vida de un hombre.
Este pensamiento lo lleva rápidamente al cuidado del otro. El objetivo ético
es vivir "con y para el otro". Siempre gracias a Aristóteles, propone tomar la
amistad como mediador entre el objetivo de la vida buena y la cuestión de la
justicia. De hecho, carecería de autoestima sin dedicación, que encuentra su
modelo en la amistad.[10] Pero el encuentro del otro no siempre puede ser
amistoso porque no siempre opera en las relaciones entre iguales que
desean vivir juntos. Esta situación no cubre cada situación de encuentro del
otro. Es aquí donde la reflexión de Levinas sobre el otro que da un mandato
de amor al otro que está sufriendo permite a Ricœur impulsar la búsqueda de
la igualdad en contextos de desigualdad. La igualdad solo se encuentra en
estas situaciones por "la confesión compartida de la fragilidad, y finalmente
de la mortalidad". Esto lleva al filósofo a introducir el concepto de
reversibilidad de los roles, la insustituibilidad de las personas y, finalmente, la
similitud entre ellos. Este último concepto le permite emitir, como fundamento
ético: la estima del otro como uno mismo es equivalente a la autoestima
como otro.
Ahí es cuando surge la cuestión de las instituciones. Debido a que no solo
hay una relación cara a cara, también hay un "eso", que sugiere una idea de
pluralidad. Vivir bien no se limita a las relaciones personales e
interpersonales, sino que también se extiende a las instituciones. Al final de
su reflexión sobre las instituciones justas (aún en su aspecto ético y no
moral), Ricœur determina que el concepto de igualdad en relación con uno
mismo en cada ser humano. Esta igualdad permite "instituciones justas".[10]
Análisis de la metáfora
El estudio de la metáfora es un elemento significativo en su trabajo. En La
Métaphore vive, publicado en 1975, Ricœur estudia la función poética del
lenguaje y más precisamente el concepto de tropo que se analiza desde el
ángulo lingüístico, poético y filosófico. Para la figura del habla, y en particular
la metáfora, Ricœur la considera un proceso cognitivo original y con su
propio valor.
"La función de la transfiguración de lo real que reconocemos en la ficción
poética implica que dejamos de identificar la realidad y la realidad empírica o,
en otras palabras, que dejamos de identificar la experiencia y la experiencia
empírica. El lenguaje poético deriva su prestigio de su capacidad de expresar
aspectos de lo que Husserl llamó Lebenswelt y Heidegger In-der-Welt-Sein.
De esta forma, exige que critiquemos nuestro concepto convencional de
verdad, es decir que dejemos de limitarlo a la coherencia lógica y la
verificación empírica, para tener en cuenta la afirmación de la verdad ligada a
la acción transfiguradora de la ficción. "
Incluso escribe:
"La metáfora es la capacidad de producir un nuevo significado, hasta el
punto de la chispa del significado donde una incompatibilidad semántica
colapsa en la confrontación de varios niveles de significado, para producir un
nuevo significado que existe solo en la línea de fractura de los campos
semánticos. En el caso de la narración, me atrevo a decir que lo que llamo la
síntesis de lo heterogéneo no crea menos novedad que la metáfora, pero
esta vez en la composición, en la configuración de una temporalidad
contada, de una temporalidad narrativa."
Este descubrimiento de la función cognitiva de la metáfora se basa en la
superación del tratamiento habitual de la metáfora, que ve en ella un
fenómeno lingüístico simple de "transporte de significado". Para entender
esto, Ricœur propone ver que la metáfora no tiene sentido a menos que se
reproduzca en el texto como un todo.
Estudio de la Historia y el discurso literario
En 1983, 1984 y 1985 publica los tres volúmenes de Temps et Recit en los
que destaca las proximidades entre la temporalidad de la historiografía y la
del discurso literario. Aquí encontramos el deseo de Ricœur de vincular la
reflexión filosófica sobre la naturaleza de la narrativa con el enfoque
lingüístico y poético.
Ricœur sin practicar la filosofía de la historia está interesado en la historia
desde una perspectiva filosófica. En Histoire et vérité (1955) intenta definir la
naturaleza del concepto de verdad en la historia y diferenciar la objetividad
en la historia de la objetividad en las llamadas ciencias exactas.
Muchos años después, se dedicó a temas culturales e históricos con un
enfoque fenomenológico y hermenéutico. Alimenta la discusión de la
memoria, el deber de la memoria y la memoria cultural en Memoria, Historia,
Olvido (2000).