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La Oferta: Un Encuentro Decisivo

Damian se encuentra con dos hombres que le ofrecen una propuesta intrigante en un edificio discreto. La oferta involucra la creación de una nueva división encubierta que utilizará sus habilidades únicas, rodeado de una atmósfera de poder y misterio. Al final, Damian acepta la oferta, reconociendo que su decisión estaba tomada desde el momento en que entró en la habitación.

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La Oferta: Un Encuentro Decisivo

Damian se encuentra con dos hombres que le ofrecen una propuesta intrigante en un edificio discreto. La oferta involucra la creación de una nueva división encubierta que utilizará sus habilidades únicas, rodeado de una atmósfera de poder y misterio. Al final, Damian acepta la oferta, reconociendo que su decisión estaba tomada desde el momento en que entró en la habitación.

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Capítulo 1: La Oferta

Estaban ahí cuando salí del café.

Dos tipos con traje, postura relajada pero alerta. No los delataba su vestimenta, ni la manera
en que se colocaron estratégicamente a ambos lados de la salida. Lo hacía la ausencia de
miedo en sus ojos. Ellos sabían quién era yo. Sabían lo que podía hacer.

Y aún así, se atrevieron a esperarme.

—Damian —dijo el de la derecha—. Queremos hablar contigo.

No parecía una petición. Pero tampoco sonaba como una amenaza. Curioso.

Pude haberlos ignorado. No sería la primera vez que alguien venía con promesas vacías de
“oportunidades”. Pero si ellos estaban aquí, sabían a quién estaban enfrentando. No solo a mí,
sino a los que estaban conmigo.

No los veían, claro. Pero yo sí.

Las sombras detrás de los hombres se retorcieron levemente. Aria, inquieta como siempre,
analizaba la situación. Cthul no se movió, aunque sentí la presión de sus tentáculos
envolviéndome como una advertencia. Hem permaneció impasible, esperando. Mae, en
cambio, parecía interesada.

—Siempre es lo mismo —dije, metiendo las manos en los bolsillos—. Alguien cree que tiene la
oferta de mi vida.

El hombre de la izquierda sacó un sobre negro de su abrigo.


—No somos “alguien”. Y esta no es cualquier oferta.

No extendió el sobre, simplemente lo sostuvo entre dos dedos, esperando.

—Eres un hombre difícil de convencer, lo sabemos. Pero al menos escúchanos.

Rodé los ojos, exhalando con resignación.

—Cinco minutos.

Los hombres intercambiaron una mirada antes de asentir.

—No aquí —dijo el de la derecha—. Síguenos.

No pidieron que subiera a un auto. No intentaron reducir mis opciones. Sabían que no podían
obligarme. Inteligentes.

Los seguí un par de calles hasta un edi cio discreto. Nada llamativo, nada que indicara que
dentro se movían hilos importantes. Lo su ciente como para pasar desapercibido.

Los pasillos del edi cio eran silenciosos, demasiado. No del tipo vacío, sino del tipo en el que
la gente sabe cómo moverse sin llamar la atención. Sin decir una palabra, los dos hombres me
guiaron a través de un par de puertas y un ascensor que bajó más de lo que me pareció
normal.
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Para este punto, ya había notado dos cosas.

Uno: la seguridad era alta, pero no se sentía como una prisión. No había cámaras evidentes ni
guardias a la vista. Eso signi caba una de dos cosas: o estaban con ados en su personal, o
tenían otras maneras de vigilar.

Dos: algo aquí no quería que estuviera tranquilo.

No era paranoia. No era una sensación normal. Era… interferencia.

Mis fantasmas estaban inquietos. Aria se movía de un lado a otro sin rumbo, algo poco usual
en ella. Cthul apretaba sus tentáculos con más fuerza de la necesaria. Hem, aunque inmóvil,
parecía estar evaluando algo. Y Mae… Mae se mantenía en silencio, pero la notaba más
presente que de costumbre.

Un eco de energía en el aire. Algo… denso.

—¿Pasa algo? —preguntó el hombre de la izquierda.

Lo miré con calma.

—Si la idea era hacerme sentir cómodo, están fracasando.

—No era la idea —respondió el otro con una leve sonrisa.

Llegamos a una puerta más amplia que las anteriores. Una pesada, de metal oscuro. A
diferencia de las demás, esta no tenía manija. Solo un lector de identi cación y una pequeña
pantalla con un patrón extraño de luz.

El hombre de la derecha pasó la palma sobre la pantalla y la luz parpadeó en una secuencia
breve. Un segundo después, la puerta se deslizó hacia un lado con un sonido mecánico
apenas perceptible.

Lo primero que sentí fue el cambio de temperatura.

El aire dentro era más fresco, con una carga eléctrica imperceptible. No se trataba solo del
clima; había un poder ahí, algo sutil pero innegable.

Entré, sin quitar las manos de los bolsillos, sin mostrar incomodidad.

La sala era amplia, de iluminación tenue, con paredes cubiertas por lo que parecían ser
paneles de vidrio oscuro. No había más que una mesa en el centro y, de pie junto a ella, una
mujer.

No estaba sola.

A su alrededor, las sombras no eran sombras. Se movían con vida propia, reptando a su
alrededor como si respondieran a su respiración.

La observé. Ojos oscuros, inteligencia a lada en su expresión. Cabello negro cayendo con una
perfección natural. No vestía como los dos hombres que me escoltaron. Tampoco como
alguien que quisiera imponer autoridad con su presencia.

No lo necesitaba.
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La autoridad la tenía en la forma en que estaba parada. En cómo sus sombras reaccionaban a
su existencia.

—Vania —dije, probando su nombre en mi boca.

Y entonces, Mae habló por primera vez en todo el trayecto.

—Oh… la princesa dormida.

Parpadeé, pero no dije nada.

Vania ni se inmutó.

Su mirada se encontró con la mía y sostuvo el contacto sin titubear.

—Interesante —fue lo primero que dijo.

Me crucé de brazos.

—¿Yo o ellos?

Su sonrisa fue breve.

—Ambos.

Las sombras a su alrededor se movieron levemente, como si la acompañaran en su


evaluación.

—Espero que valga la pena el viaje —dije, apoyándome en el respaldo de la silla frente a ella.

—Eso depende —respondió, ladeando un poco la cabeza—. ¿Cuánto te interesa cambiar las
reglas del juego?

Eso sí era una pregunta interesante.

Su pregunta quedó otando en el aire.

No respondí de inmediato.

No porque no tuviera una respuesta, sino porque quería ver cuánto le molestaba el silencio.

La mayoría de las personas llenan los vacíos con palabras innecesarias. Quieren demostrar
que tienen el control, que no les incomoda la incertidumbre. Pero Vania no. Ella solo me miró,
paciente, con la leve curva de una sonrisa en los labios.

Las sombras a su alrededor parecieron encogerse y expandirse con su respiración.

Interesante.

Finalmente, me incliné un poco sobre la mesa.

—Depende —repetí su propia palabra, dejando que el eco se asentara—. ¿Cuánto me dejarán
cambiar?
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Hubo una chispa en su mirada. No sorpresa, sino algo más parecido a reconocimiento. Como
si esa fuera la respuesta que esperaba.

Los hombres que me escoltaron no dijeron nada.

Esto no era una negociación con ellos. Era con ella.

Vania deslizó una carpeta negra sobre la mesa, en mi dirección.

No la tomé.

—¿Y esto qué es? —pregunté sin apartar los ojos de ella.

—Tu futuro, si decides aceptarlo.

Sonreí apenas.

—Dramático. Me gusta.

Finalmente, tomé la carpeta y la abrí. No me molesté en sentarme.

Documentos. Información de la agencia. Protocolos. Datos sobre operaciones pasadas. Y


luego…

Luego vi la lista.

Nombres.

Personas con habilidades “oscuras”. Algunos reconocibles, otros no. Algunos incluso estaban
marcados como “inactivos”, lo que probablemente signi caba que estaban muertos.

Pero lo que más me llamó la atención fue el encabezado en la parte superior.

División Nocturna: Operaciones Encubiertas.

Mis ojos volvieron a Vania.

—Así que estamos creando algo desde cero.

—Desde las sombras —corrigió ella con una leve inclinación de la cabeza.

El aire se sintió más pesado por un instante. No de manera desagradable, pero sí con un peso
tangible.

Las sombras a su alrededor vibraron.

Mae estaba demasiado callada. No era usual.

Cerré la carpeta con un chasquido suave.

—¿Y qué se supone que haga yo aquí?

Vania entrelazó los dedos sobre la mesa y nalmente se sentó.


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—Tienes algo que nadie más tiene.

—Buen gusto para la ropa.

—Un ejército de almas.

Toqué mi barbilla, ngiendo pensarlo.

—Cierto, eso también.

Vania no pareció divertida, pero tampoco molesta.

—Los necromantes siempre han sido un problema en este mundo. O demasiado violentos, o
demasiado secretos. Nadie confía en ellos.

—Eso es porque nadie nos entiende.

—Quizás. Pero aquí, quiero que seas más que un arma o un mito urbano.

La forma en la que lo dijo, sin darle espacio a la duda, me hizo sentir que ya había tomado su
decisión antes de que yo diera una respuesta.

Me incliné un poco más.

—¿Y qué gano yo con esto?

Ella sonrió.

—Una oportunidad para hacer algo que importe.

Silencio.

Una oportunidad, ¿eh?

Mi mirada bajó de nuevo a la carpeta.

Tal vez esto sí valía la pena.

Observé la carpeta otra vez, como si las palabras fueran a reordenarse solas y darme una
respuesta más clara.

Una oportunidad para hacer algo que importe.

Sonaba bonito. Casi inspirador.

Lástima que no era lo mío.

—¿Y si digo que no? —pregunté, sin levantar la vista.

Vania no titubeó.

—Entonces nos ahorramos la cena de bienvenida.

Sonreí.
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—¿Tienen cena de bienvenida?

—No.

Asentí, aprobando la respuesta.

—Directos al grano. Me gusta.

Cerré la carpeta y la dejé sobre la mesa con calma.

—Está bien —dije, cruzándome de brazos—. Haré preguntas estúpidas.

—Mientras las respuestas sean inteligentes, no tengo problema.

Se estaba volviendo divertido.

—Primero: ¿tendré un código cool? Ya sabes, como “Cuervo”, “Espectro” o “Muerte


Silenciosa”.

Vania apoyó la barbilla en su mano y ngió pensarlo.

—Podemos llamarte “Damian”.

—Demasiado simple.

—“Señor de los Muertos”.

—Demasiado pretencioso.

—“Muchacho Sarcástico”.

Hice una pausa.

—Eso duele.

—No tanto como deberías estar considerando tu situación.

Exhalé, negando con la cabeza con una sonrisa.

—Vale, segunda pregunta: ¿qué tan ilegal es esto?

Los hombres que me escoltaron se tensaron apenas. Vania, en cambio, sonrió con
tranquilidad.

—No lo su ciente para que nos importe, pero sí lo su ciente para que lo pienses dos veces
antes de huir.

Me reí por lo bajo.

—Buena respuesta.

Silencio.
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Me pasé una mano por el cabello, echándolo hacia atrás.

—¿Qué necesito hacer para empezar?

Vania se inclinó un poco más sobre la mesa.

—Con anza. Adaptabilidad. Y estar dispuesto a ensuciarte las manos.

Sonreí.

—Manos ya las tengo sucias.

—Entonces estás a medio camino.

Ella extendió la mano.

—¿Trato hecho?

Miré su mano, luego a ella.

Una sombra reptó entre sus dedos, como si la estuviera envolviendo con curiosidad.

Una parte de mí me decía que no lo hiciera.

Que esta mujer, esta agencia, todo esto… era una trampa disfrazada de oportunidad.

Pero la otra parte, la que siempre había sabido que tarde o temprano el mundo me obligaría a
tomar un bando, me decía que ya había tomado la decisión desde el momento en que entré a
esta habitación.

Sonreí de lado y le estreché la mano.

—Trato hecho.

Las sombras se enroscaron apenas sobre mi piel, y en algún lugar, sentí a Mae susurrar algo
que no alcancé a entender.

Algo me decía que esto apenas comenzaba.


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