En física, el electrón (del griego clásico ἤλεκτρον ḗlektron 'ámbar'),
comúnmente representado por el símbolo e−, es una partícula
subatómica con una carga eléctrica elemental negativa.[8] Un
electrón no tiene componentes o subestructura conocidos; en otras
palabras, generalmente se define como una partícula elemental. En
la teoría de cuerdas se dice que un electrón se encuentra formado
por una subestructura (cuerdas).[2] Tiene una masa que es
aproximadamente 1836 veces menor que la del protón.[9]
El momento angular (espín) intrínseco del electrón es un valor
semientero en unidades de ħ, lo que significa que es un fermión.
Su antipartícula se denomina positrón: es idéntica excepto por el
hecho de que tiene cargas —entre ellas la eléctrica— de signo
opuesto. Cuando un electrón colisiona con un positrón, las dos
partículas pueden resultar totalmente aniquiladas y
producir fotones de rayos gamma.
Los electrones, que pertenecen a la primera generación de la
familia de partículas de los leptones,[10] participan en
las interacciones fundamentales, tales como la gravedad,
el electromagnetismo y la fuerza nuclear débil.[11] Como toda la
materia, poseen propiedades mecánico-cuánticas tanto
de partículas como de ondas, de tal manera que pueden colisionar
con otras partículas y pueden ser difractadas como la luz. Los
electrones son especialmente apropiados para demostrar
experimentalmente esta dualidad a causa de su ínfima masa.
Como los electrones son fermiones, dos de ellos no pueden ocupar
el mismo estado cuántico, según el principio de exclusión de Pauli.
[10]
El concepto de una cantidad indivisible de carga eléctrica fue
teorizado para explicar las propiedades químicas de los átomos. El
primero en trabajarlo fue el filósofo naturalista británico Richard
Laming en 1838.[4] El nombre electrón para esta carga fue
introducido en 1894 por el físico irlandés George Johnstone
Stoney. Sin embargo, el electrón no fue identificado como una
partícula hasta 1897 por Joseph John Thomson y su equipo de
físicos británicos.[6][12][13]
En muchos fenómenos físicos —tales como la electricidad,
el magnetismo o la conductividad térmica— los electrones tienen
un papel esencial. Un electrón en movimiento genera un campo
electromagnético y es a su vez desviado por los campos
electromagnéticos externos. Cuando se acelera un electrón, puede
absorber o irradiar energía en forma de fotones. Los electrones,
junto con núcleos atómicos formados de protones y neutrones,
conforman los átomos. Sin embargo, los electrones contribuyen
con menos de un 0,06 % a la masa total de los átomos. La
misma fuerza de Coulomb que causa la atracción entre protones y
electrones también hace que los electrones queden enlazados. El
intercambio o compartición de electrones entre dos o más átomos
es la causa principal del enlace químico.[14] Los electrones pueden
ser creados mediante la desintegración beta de isótopos
radiactivos y en colisiones de alta energía como, por ejemplo, la
entrada de un rayo cósmico en la atmósfera. Por otra parte, pueden
ser destruidos por aniquilación con positrones y pueden ser
absorbidos durante la nucleosíntesis estelar. Existen instrumentos
de laboratorio capaces de contener y observar electrones
individuales, así como plasma de electrones. Además, algunos
telescopios pueden detectar plasma de electrones en el espacio
exterior. Los electrones tienen muchas aplicaciones, entre ellas la
electrónica, la soldadura, los tubos de rayos catódicos,
los microscopios electrónicos, la radioterapia, los láseres, los
detectores de ionización gaseosa y los aceleradores de partículas.
Historia del electrón
Véase también: Historia de la electricidad
Los antiguos griegos se percataron de que el ámbar atraía
pequeños objetos cuando se le frotaba contra la piel de algún
animal. Junto con el rayo, este fenómeno fue una de las primeras
experiencias conocidas de los humanos con la electricidad.[15] En
su tratado de 1600 De Magnete, el científico inglés William
Gilbert definió el término neolatino «electricus» para referirse a la
propiedad de un objeto de atraer otros pequeños después de ser
frotado.[16] Tanto las palabras eléctrico como electricidad derivan
del latín «electrum», que a su vez proviene de la palabra griega
«ήλεκτρον» («elektron»), que significa ámbar.
A principios de los años 1700, Francis Hauksbee y Charles
François de Cisternay du Fay descubrieron, cada uno por su lado,
lo que creían que eran dos tipos de electricidad friccional: uno
generado por el rozamiento con vidrio, y el otro por el rozamiento
con resina. A partir de esto, Du Fay teorizó que la electricidad
consistía en dos fluidos eléctricos, el «vítreo» y el «resinoso», que
estaban separados por la fricción y que se neutralizaban el uno al
otro cuando eran combinados.[17] Una década más
tarde, Benjamin Franklin propuso que la electricidad no provenía de
dos tipos diferentes de fluido eléctrico sino de un mismo fluido a
presiones diferentes; les dio la nomenclatura moderna de carga
«positiva» y «negativa», respectivamente.[18] Franklin pensaba
que el portador de carga era positivo, pero no identificó
correctamente qué situación reflejaba un excedente del portador de
carga y en qué caso era un déficit.[19]
Entre 1838 y 1851, el filósofo naturalista británico Richard
Laming desarrolló la idea de que un átomo estaba compuesto de
un núcleo de materia rodeado por partículas subatómicas con
carga eléctrica.[3] A partir de 1846, el físico alemán Wilhelm Eduard
Weber teorizó que la electricidad estaba compuesta de fluidos
cargados positivamente y negativamente, y que su interacción
estaba gobernada por la ley del inverso del cuadrado. Más tarde,
tras estudiar el fenómeno de la electrólisis, el físico irlandés George
Johnstone Stoney sugirió que existía una «única cantidad definida
de electricidad», la carga de un ion monovalente, siendo capaz de
estimar el valor de esta carga elemental mediante las leyes de
Faraday de la electrólisis.[20] Sin embargo, Stoney creía que estas
cargas estaban ligadas permanentemente a átomos y que no
podían ser removidas. En 1881, el físico alemán Hermann von
Helmholtz argumentó que tanto las cargas positiva como negativa
estaban divididas en partes elementales, cada una de las cuales se
comportaba como «átomos de electricidad».[4]
En 1894, Stoney estableció el término inglés «electron» para
describir estos cambios elementales: «[…] se hizo una estimación
de la cantidad real de esta unidad de electricidad fundamental, que
es la más destacable, por lo que me he aventurado a sugerir el
nombre 'electron'».[21] Dicha palabra «electrón», que deriva del
inglés, es una combinación de la palabra «electricidad» y del sufijo
griego «patrón» ('el medio por el cual se hace').
En 1879 propuso que estas propiedades se podían explicar con lo
que él denominó «materia radiante». Sugirió que se trataba del
cuarto estado de la materia, que consistía en moléculas cargadas
negativamente que eran proyectadas a alta velocidad desde el
cátodo.[30]
El físico británico nacido en Alemania Arthur Schuster continuó los
experimentos iniciados por Crookes colocando placas de metal
paralelas a los rayos catódicos y aplicando un potencial
eléctrico entre ellas. El campo desviaba los rayos hacia la placa
cargada positivamente, lo que evidenciaba aún más que los rayos
llevaban una carga negativa. Al medir la cantidad de desviación
causada por un cierto nivel de corriente eléctrica, en 1890,
Schuster fue capaz de determinar la proporción masa-carga de los
componentes de los rayos. Sin embargo, logró un valor que era
más de mil veces lo esperado, por lo que, en aquella época, no se
dio mucho crédito a sus cálculos.[28][31]
En 1896, el físico británico Joseph John Thomson, junto con sus
colegas John Sealy Townsend y Harold Albert Wilson,[12] llevó a
cabo experimentos que indicaron que los rayos catódicos eran
realmente partículas únicas y no ondas, átomos o moléculas, tal
como se creía anteriormente.[6] Thomson hizo buenas
estimaciones tanto de la carga como de la masa, y encontró que
las partículas de los rayos catódicos —a las cuales llamaba
«corpúsculos»— tenían quizás una milésima parte de la masa del
ion menos masivo conocido, el ion hidrógeno.[6][13] Asimismo,
demostró que su proporción carga-masa (e/m) era independiente
del material del cátodo. Más tarde demostró que las partículas
cargadas negativamente producidas por materiales radiactivos, por
materiales calentados y por materiales iluminados eran universales.
[6][32] El nombre de «electrón» para estas partículas fue propuesto
de nuevo por el físico irlandés George Francis FitzGerald y, desde
entonces, la palabra consiguió una aceptación por partes.[28]