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Un Día Incomodo en la Vida de Miguel

Miguel enfrenta un día lleno de compromisos y estrés, incluyendo una visita a su madre y clases de música, mientras se siente incómodo por la coincidencia de encontrarse repetidamente con una joven llamada Rebecca en el transporte público. A pesar de su ansiedad y la prisa, Miguel finalmente se atreve a hablarle, lo que resulta en un intercambio de números y una conexión inesperada. Mientras Miguel se siente aliviado por la interacción, Rebecca considera que ha tenido uno de los mejores días de su vida al conseguir el número del chico que le gusta.
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Un Día Incomodo en la Vida de Miguel

Miguel enfrenta un día lleno de compromisos y estrés, incluyendo una visita a su madre y clases de música, mientras se siente incómodo por la coincidencia de encontrarse repetidamente con una joven llamada Rebecca en el transporte público. A pesar de su ansiedad y la prisa, Miguel finalmente se atreve a hablarle, lo que resulta en un intercambio de números y una conexión inesperada. Mientras Miguel se siente aliviado por la interacción, Rebecca considera que ha tenido uno de los mejores días de su vida al conseguir el número del chico que le gusta.
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Incomodidad

Hoy fue de los días más incómodos de Miguel.


Ya de por sí tendría que tratar con un día largo y lleno de trabajos y deberes, de esos días
donde la agenda está llena y la planificación ya está hecha de hacía par de días atrás. Este viernes
fue para Miguel uno que ya habría recreado mentalmente, incluso soñado, desde el lunes. El gran
evento que cerraría el día sería una visita a su madre, cosa que suena frecuente para algunos, no
es su caso dado que vive en un estado distinto al del resto de su familia. Aunado a ese compromiso,
tendría que cumplir su rutina en ir a su trabajo, reunirse con unos clientes para nada satisfechos
con su trabajo, dejar un recado a un familiar cerca de donde se daría su reunión y luego,
finalmente, volvería a su ciudad de origen y donde siempre le esperan sus padres. Y como si no
pudiese ser peor, Miguel no tiene carro, se maneja solamente por transporte público.
Entonces hoy Miguel se levantó muy temprano, tarde para sus compromisos, apenas
descansado, atrapado entre sus sábanas y maldiciendo estar tan ocupado. Se hizo su desayuno sin
guardar tiempo para comerlo, se fue el servicio de agua en su casa, por poco olvida su violín y los
cuadernos de su bolso. Salió de casa con prisa para alcanzar el autobús; se montó y permaneció
de pie dado que todos los asientos estaban ocupados. Incómodo en el pasillo y sosteniéndose de
donde pudiese, casualmente notó a una chica, no mucho más joven que él, sentada en uno de los
dos asientos ocupados. La chica estaba bastante arreglada, bien parecida; con cabellos negros y
rizados, morena y de ojos grandes con mirada confiable. Estaba sentada con un pequeño bolso,
su contextura delgada, inofensiva, y de piel notoriamente tersa y agradable a la vista. Si bien era
una chica bastante llamativa, lo suficiente para atraer la atención de Miguel, no pasó mucho más
de allí. Ella veía el teléfono de a ratos, mientras que él rozaba ansiosamente el cartucho de su
violín; quizás y por azar habrían llegado a cruzar miradas, pero poca importancia, pues no se
conocían de antes y Miguel llegaba tarde para dar su clase.
Eventualmente y faltando menos para llegar, el puesto al lado de la muchacha se desocupó
y, dado que no quedaban otros, Miguel se sentó al lado. Procuró ignorarla lo suficiente como para
no ser rudo, pero tampoco voltear como para que sea incómodo. Su pantalón y la pierna de la otra
apenas se tocaban, no lo suficiente para ser molesto; los respaldos de los asientos estaban bastante
juntos, pero no lo suficiente como para sospechar de algo inadecuado. Sus zapatos no estaban
distantes, pero tampoco se hacía innecesariamente íntimo. El autobús alcanzó a dar el tiempo
necesario, es decir, ni tanto para hacerse aburrido ni tan poco como para hacerse innecesario.
Eventualmente, llegaron a la escuela de música.
La chica se bajó del transporte, a menos de 4 metros, más cerca de la entrada para
profesores, Miguel bajó también y caminó en dirección a la escuela de música. Tenía que dar clases
hoy, es poco frecuente que llegue tarde y mucho menos que falte a ninguna clase. Pasó por la
oficina de profesores, cerca de otros pasillos hasta eventualmente llegar a su salón. La clase no es
muy larga los viernes, pues durante la semana se hacen los repasos teóricos y se enseñan cosas
nuevas, los viernes son días de evaluaciones, retroalimentación, repasos o temas similares. Ese
fue el único momento que es disfrutable para Miguel; donde, como artista, se expresa con otros
que también están en su camino para serlo. Los artistas frecuentemente hablan de lo que saben,
de lo que recuerdan. Ha escuchado sobre estudiantes hablar de melodías que, quizás con sus
correcciones pendientes, expresan sus amores, sus sorpresas, sus más profundas pasiones,
pensamientos y reflexiones en notas musicales.
Hay un periodo de clases donde cada estudiante tiene un momento de toque libre con sus
respectivos instrumentos, o con el de preferencia en caso de alumnos y profesores más
experimentados. Entonces empezó, como profesor, a enseñar a sus estudiantes para luego darles
paso a ellos. Tomó con delicadeza su instrumento de ébano; su arco, aceitado previamente con
colofonia, posado sutilmente con sus manos y entre su cuello, y preparando su otra mano para
tocar la cuerda tensada. A través de sus notas, habló de su estrés y dolor. Monólogo en notas
graves, acompañadas de otras más agudas como si fuesen un profundo crujido de vidrios en su
propia casa que son sus ideas. Las notas sutilmente cambiaron, en un ritmo que lo dejó al límite
de desafinarse. Estaba pensando en la muchacha, retratándole, desde su cabello, pasando por su
blusa y falda hasta ambos de sus zapatos, con melodías fuera de su sitio, inquietantes de pensar y
raras de visualizar. No era algo frecuente, tampoco algo especial, pero ciertamente algo de ello
quedó, así sea por poco, en su cabeza.
Pasadas unas horas terminó la clase. Se despidió de los alumnos, tomó sus cosas y con
mucho apuro salió. Sencillo como todos los días, salió antes que todos sus alumnos, pasando entre
los pasillos y las escaleras y bajando a la recepción para despedirse de la secretaria. Fuerte su
sorpresa, al ver que la misma muchacha estaba en la recepción, haciendo quién sabe qué pregunta.
Aquella impresión le tomó suficientemente inadvertido como para querer salir rápidamente de
allí. ¿Cuánto tiempo estuvo allí? ¿Las dos horas de la clase que tocó? Pues se bajó cerca de la
escuela, quizás tenía otra tarea allí cerca y de pasada entró a la escuela, o bien justo hoy había
mucha demanda y hoy casualmente su complicación era fuerte. El caso es que es extraño, pero no
imposible, así que simplemente salió con prisa, pues esta no le faltaba.
Apenas salir, se dirigió en dirección al metro. Tendría que llegar a cierto edificio en
dirección al centro. De allí, vivía cerca una prima lejana a quien tendría que entregarle unos
medicamentos; nada realmente grave, solo otra tarea más. Serían solo 7 estaciones, recorriendo
del suroeste hasta el este. Al llegar a la estación, esperó a que llegara el tren y se montó en el vagón.
El metro siempre ha sido un medio de transporte útil pero poco cuidado: sucio, todo tipo de
personas a todo tipo de lugares. Normalmente en horas pico como lo es la 1 de la tarde, hora en la
que Miguel se montó, siempre se encuentra lleno el metro. Como estaba tan lleno, simplemente
se quedó parado, sujetándose de una barra para que la fuerza del metro no lo tumbe. Pasaron una
a una, cada estación, contemplando el bosque de cabezas, apagadas, sudadas y cansadas de los
ciudadanos; quizás ellos habrían de tener sus propios pensamientos, sus propias perversiones,
sus propias dudas. Así llegó más de un alma penitente y condenada a pedir por limosnas,
caminando entre los vagones y pidiendo ayuda, haciéndose más fácil de ver, de ignorar, de perder
de vista entre los árboles en el bosque de personas del metro.
Pero pasadas cuatro estaciones, como si eso pudiese tener alguna explicación lógica, volvió
a aparecer la misma muchacha de cabellos rizados. Su piel se veía más brillante, probablemente
a causa del sudor por el calor dentro de las estaciones subterráneas. Miguel no podía creerlo, que
volviese a aparecer se hacía una coincidencia bastante extraña. Y muy como las otras veces, se
veía muy desatenta. Sería raro si lo volvía a ver, esperaba que no fuese así. Muy para su mala
suerte, llegó la estación donde tendrían que bajarse, de nuevo, ambos. En esta ocasión, sin
embargo, fue peor; porque de la puerta de donde ella se bajó, estaba más cerca de las escaleras.
Otras varias personas se bajaron, haciendo un muro grueso, pero transparente, entre ambos. Si
los pensamientos son estrellas, cada cual con su propia luminosidad, estuvieron ellos
constelaciones a distancia, atraídos por la más turbia e involuntaria gravedad, haciéndose paso
entre los vacíos del infinito espacio. Miguel caminaba, en la misma dirección fue ella. Miguel tomó
una salida, ella ya estaba delante. Si alguien los viese, pensaría raro de él, que no tenía la cara más
inocente.
Y así la caminata restante, casualmente en la misma vía, observando sin quererlo su
espalda y su andar. Que estaba siempre suficientemente cerca para no poder ignorarla, pero con
suficientes personas de por medio como para no poder pasarla de largo.
Llegó a su edificio destino, ella siguió de largo. Sus clientes, que pidieron una reunión para
conversar sobre los demos de los temas originales para los comerciales de radio y televisión en las
que estaban trabajando, lo esperaban en la cafetería montada a un lado de la puerta de recepción
del edificio. Aun si era un trabajo extra al que se metió, no podía simplemente descuidarse frente
a ellos. Esa hora y media de charla fue pesada, metiendo algunos regaños empresariales de los
que ya están acostumbrados, unos a escuchar, otros a hacerlos. Dentro de lo que cabe, no fue tan
temible. La chica no estaba. Más de una vez la vio de reojo, siendo solo su imaginación. Cada quien
terminó su café, Miguel estaba más tranquilo.
De camino a casa de su prima, a un par de cuadras adelante. La chica no estaba; en el fondo
tenía miedo de verla y que pensara mal de un desconocido; se sentía siguiendo a alguien, se le
hacía desagradable. Dejó las medicinas y siguió su camino. Claro, su prima le ofreció quedarse un
rato más, pero ya tenía prisa. Y con esa misma prisa caminó hasta el terminal de autobuses, donde
compró su boleto y se fue, de vuelta a casa.
Desagradable sorpresa, otra vez, al ver que la chica luego se subió en el mismo autobús.
Miguel se escondió a la vista, realmente queriendo desaparecer. Ella se sentó más adelante, lo que
no se veía beneficioso para la paranoia de él. Ya era suficiente: eran de la misma zona, con los
mismos canales comunes y, dicho sea de paso, tendrían el mismo viaje. Hora y media de saber
que ella estaba allí, pensando en que era confuso y oscuro que dos desconocidos, si bien no
estadísticamente imposible, daba una mala impresión increíble. Y él, un hombre, no le favorecía
estar allí, así, coincidentemente siempre detrás de una incauta e indefensa.
Pasada la hora de pesadilla, se bajaron justo en la misma esquina de la otra ciudad. Miguel
empezó a dudar siquiera si ella era real. Cada esquina, incluso las exageradas, ella seguía de
espaldas. La perdía de vista, y más adelante aparecía. Tomando rutas alternas para no verla y ella
seguía igual. Cansado, decidió ser directo. Se acercó con una pose calmada, benévola, buscando
no ser sospechoso.
– ¡Oye! Disculpa –alzó la voz, con su voz más amable–. No quiero molestarte, solo quisiera
contarte algo.
Ella se detuvo, se volteó con una mirada sorprendida, pero tranquila. Estaría,
posiblemente, nerviosa. Miguel prosiguió.
–Te vi desde temprano en aquél bus en dirección a la escuela de música. Es un poco
incómodo, pero sentí la necesidad de aclarar que es una muy extraña coincidencia. Yo voy a visitar
a mi mamá, vive en aquella esquina.
–Ah, qué raro. Tranquilo, solo me di cuenta cuando nos sentamos en la camioneta. Pero
tranquilo.
–Vale, gracias –con algo de alivio, con algo de presión, dijo Miguel.
–Pero tranquilo, en serio. Yo también soy de por aquí pero me tuve que mudar para cuidar
a algunos familiares. –se empezó a ver más confiada, incluso amable–. Ya que compartimos tantas
rutas, deberíamos cambiar números, solo por si nos hace falta algo.
–Bueno, eso suena mejor. Me llamo Miguel, por cierto.
–Rebecca, un gusto.
Y así conversaron un rato, se intercambiaron teléfonos. Miguel llegó a casa de su mamá
teniendo un día incómodo. Pero Rebecca tuvo uno de los mejores días de su vida, pues consiguió
el número del chico que le gusta. Claro, no tuvo el valor de hablarle en todo el día, pero al menos
él lo hizo primero. Sí, mintió un poco para conseguirlo pero salió bastante bien. Ahora tiene que
averiguar cómo volver a casa siendo tan tarde, lo cual no es nada ya que ya tiene lo que quería.

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