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El reloj que recuerda el tiempo

En una casa antigua, un reloj de pared especial recuerda momentos del pasado en lugar de medir el tiempo. Clara, una niña que cuida a su abuelo, descubre que el reloj la transporta a recuerdos significativos de su familia. Tras la muerte de su abuelo, Clara utiliza el reloj una última vez para revivir un recuerdo más, permitiendo que el tiempo y la memoria se entrelacen.

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El reloj que recuerda el tiempo

En una casa antigua, un reloj de pared especial recuerda momentos del pasado en lugar de medir el tiempo. Clara, una niña que cuida a su abuelo, descubre que el reloj la transporta a recuerdos significativos de su familia. Tras la muerte de su abuelo, Clara utiliza el reloj una última vez para revivir un recuerdo más, permitiendo que el tiempo y la memoria se entrelacen.

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1.

El reloj que olvidaba el tiempo

En la casa más antigua del barrio vivía un reloj de pared que nadie recordaba haber
comprado. Colgaba torcido sobre una grieta larga como un rayo, y aunque siempre
marcaba la hora correcta, nadie confiaba del todo en él. A veces se detenía justo
cuando alguien lo miraba, como si se sintiera observado.

Clara, una niña de once años, pasaba las tardes en esa casa cuidando a su abuelo
Mateo. Él decía que el reloj era especial, pero nunca explicaba por qué. “Ese reloj no
mide el tiempo”, murmuraba, “lo recuerda”.

Una tarde, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, Clara notó algo extraño: el reloj
marcaba las tres y quince, pero el tic-tac sonaba desordenado. De pronto, las
manecillas giraron hacia atrás. La habitación se oscureció y un olor a madera vieja
llenó el aire.

Clara parpadeó y ya no estaba en la sala. Estaba en la misma casa, pero nueva,


luminosa, llena de gente riendo. Vio a su abuelo joven, corriendo por el pasillo, sin
bastón, sin arrugas. Él no la veía.

El reloj colgaba del mismo lugar, intacto.

Clara comprendió que el reloj no viajaba en el tiempo: lo despertaba. Cada giro


mostraba un recuerdo que la casa se negaba a olvidar. Caminó por escenas perdidas:
cumpleaños, discusiones, despedidas silenciosas. Cada recuerdo latía como un
corazón cansado.

Cuando el tic-tac se volvió más lento, Clara regresó a la sala. El abuelo dormía en su
sillón. El reloj marcaba las tres y dieciséis.

Desde ese día, Clara lo entendió. El reloj no debía usarse por curiosidad. Solo cuando
el olvido amenazara con borrar lo importante.

Meses después, el abuelo ya no estaba. La casa quedó en silencio. Clara volvió, miró
el reloj y susurró: “Solo uno más”. Las manecillas se movieron.

Y el tiempo, agradecido, recordó.

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