UNIVERSIDAD DE CHIAPAS
CAMPUS MINATITLAN
DIRECTOR: Maestro Javier Alor Martínez
LICENCIATURA: Teología
CUATRISMESTRE: Tercero
MATERIA: Historia de la Iglesia Contemporánea
RESUMEN: Unidad II
CATEDRATICO: Elías Toledo Hernández
ALUMNO: Ignacio Lázaro Domínguez
FECHA: 11 junio 2022
UNIDAD II
RESULTADOS CONCRETOS DE LA ACTIVIDAD ECLESIAL
1. Desde la perspectiva de la historia de la Iglesia, como ya hemos visto, el Occidente
se caracteriza entre otras cosas por su preocupación por los problemas religiosos
prácticos. Buena prueba de ello dio, por ejemplo, al final de la Antigüedad san
Agustín o, más concretamente, su doctrina de la gracia y su lucha contra el
maniqueísmo, el pelagianismo y el donatismo. También en la Edad Media los
problemas discutidos surgieron ante todo en el ámbito de lo inmediatamente
práctico-religioso. Las fuentes nos hablan de los esfuerzos hechos para establecer
la constitución de la Iglesia desde el tiempo de las primitivas iglesias territoriales,
pasando por el de las luchas por el poder supremo del pontificado, hasta el de las
luchas por la constitución eclesiástica en la baja Edad Media.
2. La solución que el protestantismo aportó en todas las cuestiones radicó en una
selección unilateral (herética). En cualquier caso, no tuvo suficientemente en
cuenta la totalidad de la revelación: uno de los dos elementos, pese a estar ambos
en íntima relación, fue eliminado o realizado insuficientemente. Lo sobrenatural
fue entendido como algo aislado, sin ninguna relación esencial con la realidad
humana, sea ésta la voluntad cooperante del hombre, el sacerdocio mediador
(especialmente el pontificado) o los fundamentos de la razón.
3. La teología católica de la Edad Moderna adoptó en parte estos planteamientos y,
de acuerdo con las necesidades del mundo occidental, se preocupó
preferentemente de los problemas religiosos prácticos. Esto está bien claro por lo
que respecta al Concilio de Trento (si bien el Tridentino, en sus fundamentaciones
decisivas, también va más allá. En el siglo XVII, el problema que principalmente
agitó el mundo de la teología fue el problema de la predestinación.
4. La fuerza de choque más importante de la Iglesia durante la Edad Moderna fueron
los jesuitas. Con su orientación casi total hacia lo útil y aprovechable, hacia lo
político en sentido amplio y hacia lo pedagógico, los jesuitas fueron la expresión
más representativa del ámbito occidental.
5. Los resultados obtenidos en los diferentes campos fueron muy variados. En
general puede decirse que los valores positivos no alcanzaron nunca la
monumentalidad, la absoluta firmeza y la inmediatez de las grandes creaciones del
cristianismo primitivo o medieval. Los motivos son obvios. Toda la tarea fue
emprendida en un típico período de transición, nació de una cultura no unitaria,
desgarrada, fue obstaculizada por continuos ataques y, por lo mismo, tuvo siempre
una orientación de cierto carácter apologético. Nunca será excesivamente
ponderada, por ejemplo, la importancia de san Ignacio para la renovación
eclesiástica, para la defensa y la difusión de la Iglesia, para el desarrollo interno de
la doctrina y la disciplina. Tal vez ningún santo pueda compararse a él en éxito tan
inmediato. Sin embargo, Ignacio no tuvo ese rasgo original e inderivable que
poseyeron sus grandes precursores medievales.
6. El pontificado siguió una complicada línea de evolución. Pero a pesar de las casi
inimaginables taras causadas por el espíritu mundano del Renacimiento y de todas las
dificultades provocadas por las Iglesias nacionales, el pontificado continuó
manteniendo tenazmente un objetivo: la concentración de todo el poder eclesiástico
en una sola mano.
7. Por lo que se refiere a la vida de las órdenes religiosas, podemos señalar las siguientes
características: a) la realización de la observancia y la reforma de las órdenes
medievales (principalmente santa Teresa de Ávila con la reforma de carmelitas y
capuchinos); b) los jesuitas: san Ignacio consiguió suprimir las múltiples prescripciones
paralizadoras de las órdenes medievales y, sin embargo, aglutinar su Compañía con
una firmeza incomparable; c) la forma más libre de las nuevas congregaciones.
8. La piedad, en la medida en que no se limitó a mantener las mismas actitudes de la
Edad Media, estuvo caracterizada por estas dos novedades:
a).- En lo que se refiere al dogma, el Concilio de Trento proporcionó una base más
amplia, más claramente delimitada y más fija. El círculo de las prescripciones de la
Iglesia en la liturgia, en las fórmulas de oración, las devociones y las fiestas se amplió
notablemente.
b).- En concreto, podemos señalar una cierta especialización de las devociones al
reducirse el objeto del culto (Cristo, pasión de Cristo, cinco llagas, infancia de Jesús.
Especialmente se cultivó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y, como cosa nueva,
a San José.
c).- En las órdenes religiosas, la piedad volvió a girar, como en la Edad Media, en torno
a los dos polos de la vida religiosa: la vida contemplativa y la vida activa.
9.- La vocación más honda de la Iglesia (ser misionera) se puso de manifiesto sobre todo,
aparte de la autorreforma, en las misiones de ultramar. En ellas la Iglesia acometió la tarea de
conquistar y organizar religiosamente el mundo extra europeo de una manera nueva y total.
10.- En la base de toda la lucha desplegada contra la Iglesia desde el siglo XIII estaba la idea
del Estado autónomo (65). Así ocurrió a todo lo largo de la Edad Moderna, y no sólo en los
estados protestantes, sino también en los católicos. La idea de lo que hemos de seguir
llamando sistema de las iglesias territoriales modernas, es decir, la tendencia de los soberanos
a adueñarse en lo posible de la Iglesia y de los cargos eclesiásticos del propio país, es una de
las raíces de todo el desarrollo de la Edad Moderna.
10.- En la base de toda la lucha desplegada contra la Iglesia desde el siglo XIII estaba la idea
del Estado autónomo. Así ocurrió a todo lo largo de la Edad Moderna, y no sólo en los estados
protestantes, sino también en los católicos. La idea de lo que hemos de seguir llamando
sistema de las iglesias territoriales modernas, es decir, la tendencia de los soberanos a
adueñarse en lo posible de la Iglesia y de los cargos eclesiásticos del propio país, es una de las
raíces de todo el desarrollo de la Edad Moderna.
11.- Debido a la concentración en torno a Roma antes mencionada (p. 36), es cierto que
desapareció una serie de valiosos derechos y peculiaridades de las iglesias particulares.
También es cierto que la lucha entre individuo y comunidad en el seno de la Iglesia
(prescindiendo de casos particulares) nunca se había manifestado en la historia eclesiástica en
formas tan dolorosas como en la Edad Moderna. Hubo también algunas asperezas que
pudieron ser evitadas; no deben tomarse a la ligera, pues provocaron muchas situaciones
anímicas penosas.
a).- La progresiva concentración de las energías de la Iglesia no fue otra cosa que la
realización, conseguida al fin, del sentido profundo del programa de la Iglesia en la Antigüedad
y la Edad Media. Fue una prueba manifiesta y grandiosa de la seguridad de la marcha de la
Iglesia, guiada por Dios a través de los tiempos: dicho en términos históricos y humanos, sin
tal concentración en torno al papado la Iglesia se habría desintegrado ya en la tempestad de la
Reforma, durante los siglos XVIII y XIX habría estado en peligro de perder la conciencia de sus
contenidos sobrenaturales.
b).- El motivo que impulsó a realizar esta concentración (siempre sobre la base firme de la
roca establecida por el Señor y como continuación natural de principios que se remontan a
Gregorio I y del perfeccionamiento de la plenitudo potestatis de la Edad Media) fue el
susodicho ataque multilateral y persistente contra la Iglesia. La superación de este ataque,
verdaderamente tremendo y de varios siglos de duración, constituye una prueba
extraordinaria de la fuerza intrínseca de la Iglesia.
c).- El papa Juan XXIII, sorprendentemente, orientó este esfuerzo de concentración por el
camino de la renovación interior en el Vaticano II. Tras un largo período de exclusiva
centralización, se está ahora abriendo paso una cierta descentralización gracias a una más
fuerte acentuación de la autoridad divina inmediata de los obispos, ya reconocida también
por el Vaticano I en 1870.
LÍMITES Y DIVISIÓN
a) LÍMITES
1. No carece de sentido señalar la Reforma como el comienzo de la Edad Moderna, pues la
Reforma fue un fenómeno nuevo de mayor hondura que cualquier otro suceso de los siglos
posteriores a la Edad Media.
2. La otra línea de separación puede muy bien situarse en los Pactos Lateranenses de 1929
entre el Vaticano e Italia. Aun cuando estos pactos reconocen un hecho, consumado sin
participación de la Iglesia o, mejor dicho, en contra de ella, su significación desde el punto de
vista histórico y eclesiástico estriba en la renuncia del papado a su protesta y a sus
aspiraciones.
3. Por eso parece que, tras la Antigüedad, la Edad Media y la Moderna, se anuncia hoy una
nueva época, para la que aún no disponemos de nombre. De hecho, estos indicios coinciden
con una brusca transformación de la vida de la humanidad entera, transformación tan
inmensa que aquellos indicios resultan notablemente confirmados: es la época de las
modernas masas (¿también, por tanto, del hombre-masa?) dentro de un progreso evolutivo
que afecta casi simultáneamente a todo el globo y que además, por vez primera, emprende
con éxito la conquista del espacio.
b) DIVISIÓN
Señalar períodos fijos dentro de la Edad Moderna es extraordinariamente difícil.
Cronológicamente, el desarrollo de esta época (en consonancia con su inmensa variedad) es
tan complejo, que los movimientos particulares se entrecruzan sin cesar y casi nunca
coinciden en sus puntos culminantes o finales. Un ejemplo especialmente ilustrativo nos lo
ofrece el siglo XVII. Para la mayor parte de Alemania este siglo fue, en su primera mitad, un
tiempo de extraordinaria depresión; únicamente destacaron las figuras de Abrahán de Santa
Clara y Ángelus Silesius (1677).
2. Es cierto que las fechas de 1648 (Paz de Westfalia) y 1789 (Revolución francesa) fueron muy
importantes. Especial trascendencia revistió sobre todo la Revolución francesa. Pero en los
dos casos la importancia no fue la misma. Es fácil advertirlo por lo que respecta a la fecha de
1648. Ese año fue de decisiva importancia para Alemania, pero no afectó en la misma medida
al resto de Europa.
3. La Ilustración representa -como ya hemos insinuado- una censura que divide la Edad
Moderna en dos partes; en la primera el Occidente, considerado en conjunto y en sus
fundamentos espirituales generales, todavía creía en la revelación (esto es fundamentalmente
válido también para el Renacimiento); en la segunda comenzó, con la Ilustración, una época
hostil a la revelación.
4. Si ahora recordamos la caracterización general que hemos hecho de la Edad Moderna de la
Iglesia (ataque, defensa, desarrollo de la cultura fuera de la Iglesia y en contra de ella),
podemos resumir toda la Edad Moderna histórico-eclesiástica con este título: «La Iglesia
frente a la cultura autónoma», y establecer el esquema siguiente:
I.- Fidelidad a la Revelación.
Período primero: Renacimiento y Humanismo.
Período segundo: Reforma protestante y Reforma católica.
Período tercero: el siglo de la Iglesia galicana.
II.- HOSTILIDAD A LA REVELACIÓN
Período primero: la Ilustración.
Período segundo: los siglos XIX y XX. La Iglesia centralizada en lucha contra la cultura moderna
incrédula.
1. Situación Política y Social Antes de la Reforma
El marco político de una época no es un mero ropaje externo de la vida interior, sino que
ejerce sobre ella un influjo directo e importante; es, en suma, una parte de ella.
2. La característica más importante de la situación política general anterior a la Reforma ya
nos es conocida desde la baja Edad Media: A una con la pérdida de importancia del Imperio,
en el que se registró una progresiva descentralización, surgieron en el Occidente, por encima
de la multitud de pequeñas unidades políticas, grandes estados monárquicos gobernados de
forma centralista.
3. En cambio, ni Alemania ni Italia consiguieron concentrar sus fuerzas para alcanzar una
verdadera unidad.
2. Situación Religiosa y Eclesiástica Antes de la Reforma
a) El Papado
1. El gran movimiento intraeclesial contra el papado durante la baja Edad Media, que había
tenido su expresión en la idea conciliarista y en los concilios reformadores de signo
democrático y nacional, se derrumbó sin conseguir resultados duraderos para la Iglesia. El
fruto lo habían cosechado los príncipes en sus concordatos con Roma (para Alemania, después
de los concordatos con los príncipes de 1447, fue decisivo el Concordato de Viena de 1448).
2. Además, la idea conciliaría, que había sido rechazada en 1460 (por el papa Pío II, su antiguo
defensor) no había muerto aún. Esta idea no sólo originó nuevos movimientos políticos en
Francia, sino que también pervivió en Alemania, aunque allí los príncipes, en beneficio de las
propias iglesias territoriales (78), no permitieron su realización. De suyo, esta idea no podía
desaparecer en absoluto.
3. El resultado global de la evolución de la baja Edad Media no fue, por tanto, un
robustecimiento del papado y su idea, sino su oscurecimiento generalizado. La idea del
papado como institución religiosa única, incomparable e intangible, la idea de lo «católico»
como algo vinculante objetivamente y en conciencia, que por naturaleza está por encima de
toda crítica y reacción, quedó peligrosamente debilitada.
4. Volveremos a tropezamos repetidas veces con el funesto papel desempeñado por la curia
en la preparación de la Reforma. Debemos citar aquí nuevamente la explotación financiera de
la Iglesia ejercida por Roma. Y por «Iglesia» entendemos aquí especialmente la Iglesia
alemana, puesto que las Iglesias española, francesa e inglesa estaban casi por completo en
manos de sus gobernantes.
La Religiosidad Popular
El papa, el obispo, el sacerdote, el monje, la Iglesia, sus preceptos, su liturgia y sus
sacramentos: todo ello era para el hombre del cambio de siglo, hacia el 1500, un hecho
absolutamente obvio, que formaba parte de su vida como el pan de cada día. Sólo que esta
mentalidad, basada en la fe, hacía tiempo que no gozaba de buena salud, ni siquiera era
unitaria.
a) La relación del pueblo con el clero y el obispo, que eran sin discusión los
representantes de Dios y por lo mismo la autoridad vinculante, había llegado, sin
embargo, a una situación tensa, tanto menos armoniosa cuanto mayor fue haciéndose
el distanciamiento de ambas partes por intereses económicos contrapuestos.
b) La aversión al clero no se detuvo ante el papado romano. Al contrario, la tensión
creada aquí por los abusos religiosos y los intereses económicos contrapuestos se vio
aún más acrecentada por el antagonismo nacionalista. Los reformadores supieron muy
bien después sacar partido de este antagonismo. Los espíritus de finales de la Edad
Media estaban llenos de ideas y exigencias anti romanas. Hombres de Iglesia como
Juan Eck (§ 90) en los primeros tiempos de la Reforma y, después, el duque Jorge de
Sajonia, el nuncio pontificio Alexander, el papa alemán Adriano VI, san Ignacio de
Loyola y otros muchos testigos nada sospechosos nos hacen ver que estas quejas no
carecían de fundamento.
2.- Que, a pesar de todo este proceso, casi no hubiera en ninguna parte un
movimiento anti eclesiástico activo durante la segunda mitad del siglo XV se debió a la
piedad eclesial del pueblo, que por entonces era muy floreciente. El auge de las
fundaciones, especialmente de los beneficios de misas (o beneficios de altar), los
diversos oficios de difuntos, la espléndida celebración de la liturgia y el oficio coral, la
música eclesiástica con el canto y el órgano, cada vez más perfeccionado el
resurgimiento de los cánticos religiosos, el aumento y la profundización de la
enseñanza religiosa popular con sermones mejores y más frecuentes, la divulgación de
la doctrina cristiana, la literatura edificante (Biblia).
3. Rara vez rinde el pueblo cuentas mediante palabras de sus pensamientos y
sentimientos, y mucho menos de su fe y de su piedad. Sencillamente los vive y los
expresa de múltiples maneras y a veces con enorme intensidad (por ejemplo, en las
cruzadas, en las peregrinaciones de los flagelantes, en sus reacciones a la voz de los
predicadores de penitencia y, en menor medida, en cualesquiera peregrinaciones o
procesiones). Pero tales manifestaciones son, por su propia naturaleza, expresiones
muy poco precisas. Queda por saber cuáles son los motivos, las ideas y los objetivos
que laten en el fondo de ellas.
4. Después de todo lo que los testimonios directos o indirectos de la alta y baja Edad
Media, con impresionante homogeneidad, nos dicen sobre la existencia de una fuerte
cosificación y un déficit sacramental, no nos sorprenderá que en esta época -la
anterior a la Reforma- las instrucciones pastorales de los sínodos y los datos referentes
a la recepción de los sacramentos, así como sobre el número y el contenido de los
sermones, presenten todos ellos actitudes y valoraciones de carácter
predominantemente moral, mejor dicho, moralizante.
5. Así, pues, a fines de la Edad Media y en los umbrales de la Edad Moderna nos
encontramos con una abigarrada multitud de expresiones religiosas. No se las puede
considerar unilateralmente. Pero, dado que dentro de esa pluralidad había tantísimos
elementos burdamente (infra cristianamente) exteriorizados, se podía prever con
bastante seguridad sus efectos destructores futuros. Pero esto no autoriza para 1)
calificar de negativo todo el conjunto ni para 2) considerar la praxis como expresión de
la doctrina auténtica de la Iglesia. En muchas ocasiones, los reformadores,
especialmente Lutero y sus repetidores, han hecho ambas cosas con manifiesta
injusticia. Por mor de la verdad histórica, no se les puede dar la razón. Es mucho más
importante y decisivo tratar de ver y comprender que, entonces como siempre, dentro
de tan turbia pluralidad, también existió la teología sana de la Iglesia, y que en la
confusa práctica de las devociones exteriorizadas siguió celebrándose en la Iglesia la
liturgia sublime de la santa misa, confesando la fe con las mismas plegarias que en la
actualidad.