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Teoría de las Ideas en Platón: Epistemología y Antropología

La filosofía de Platón se centra en la Teoría de las Ideas, que distingue entre un mundo inteligible de ideas inmutables y un mundo sensible de objetos materiales, donde la verdad se encuentra en el primero. Platón propone que el conocimiento es recordar lo que el alma ya sabe y que la justicia es el objetivo del Estado, donde los filósofos deben gobernar. Aristóteles, por su parte, defiende un enfoque realista y hilemórfico, donde la realidad está compuesta por individuos concretos y el conocimiento se adquiere a través de la experiencia y la inducción a los universales.
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Teoría de las Ideas en Platón: Epistemología y Antropología

La filosofía de Platón se centra en la Teoría de las Ideas, que distingue entre un mundo inteligible de ideas inmutables y un mundo sensible de objetos materiales, donde la verdad se encuentra en el primero. Platón propone que el conocimiento es recordar lo que el alma ya sabe y que la justicia es el objetivo del Estado, donde los filósofos deben gobernar. Aristóteles, por su parte, defiende un enfoque realista y hilemórfico, donde la realidad está compuesta por individuos concretos y el conocimiento se adquiere a través de la experiencia y la inducción a los universales.
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PLATÓN

EPISTEMOLOGÍA/METAFÍSICA:
El núcleo de la filosofía platónica es la Teoría de las Ideas, una teoría metafísica que supone una
nueva epistemología.

Platón divide la realidad en dos mundos: un mundo inteligible o de las ideas y un mundo
sensible. En el primero se hallan unas entidades inmateriales, inmutables, universales, únicas y
eternas a las que define como ideas (eidos). Las ideas están jerarquizadas, siendo la idea del
Bien la más importante como principio supremo y objetivo del conocimiento teórico y práctico .
Las ideas constituyen el modelo de las cosas particulares que encontramos en el mundo
sensible y que son materiales, mutables, relativas y múltiples. Platón considera que el
verdadero ser lo constituyen las ideas, por lo que será sólo en el mundo inteligible donde
podemos encontrar la Verdad.

La relación entre el mundo inteligible y el mundo sensible es de imitación ya que el mundo


sensible imita al mundo inteligible, aunque imperfectamente. Para explicar el origen de las
cosas, Platón ofrece en “Timeo” el mito del Demiurgo. En él, narra que en el origen se hallaban
el mundo de las ideas, el Demiurgo (supremo artesano) y una masa caótica e informe. Esta
materia desordenada, como posee por naturaleza una tendencia al cambio perpetuo, es
imperfecta. Es el Demiurgo quien, tomando el mundo de las ideas como modelo, fue trabajando
como un escultor sobre esta masa caótica, introduciendo en ella la estructura del mundo de las
ideas, su orden y su armonía, generando el mundo sensible.

En cuanto a su teoría del conocimiento, Platón utiliza diversas metáforas para explicar sus
ideas metafísicas y epistemológicas, destacando sobre todo el mito de la caverna y el pasaje de
la línea dividida. En este último, Platón entiende la realidad como una línea que podemos
dividir en dos segmentos, el mundo sensible y el mundo inteligible.

En el primer segmento nos encontramos los objetos que son perceptibles por los sentidos, que
divide a la vez en dos clases. La primera son las imágenes que se desprenden de los objetos
físicos, de las cuales no se puede extraer conocimiento, por lo que el hombre utiliza su ilusión,
su imaginación (eikasia). En la segunda división del primer segmento estarían los objetos
sensibles, conocidos por nuestra alma gracias a la creencia (pistis).

En el segundo segmento, Platón trata los objetos que no se pueden percibir por los sentidos,
pero sí por el alma, y que son los generadores de los que se encontraban en el primer segmento
de la línea. También lo divide en dos, asentando los seres inteligibles inferiores en el primero, a
saber, los principios matemáticos y geométricos. Estos entes aún guardan relación con la parte
sensible porque se los puede representar. La operación que realiza el alma es el entendimiento
o razón discursiva (dianoia). En la última parte asienta los seres inteligibles superiores, aquellas
ideas que solo pueden ser definidas por otras y que de ninguna manera pueden ser
representadas para la percepción sensorial (justicia, virtud, valor...) y que se comprenden
utilizando la inteligencia o intuición intelectual (noesis).
Así para la primera sección Platón entendió que la imaginación y la creencia, es decir, la mera
descripción de lo que se percibe, puede dar como resultado una opinión (doxa), sin embargo, el
entendimiento y la inteligencia son para Platón aquellas operaciones de las que se obtiene el
conocimiento (episteme).

Platón propone la dialéctica como el método filosófico para acceder al mundo de las Ideas, entendida
tanto como un proceso racional que busca el conocimiento del Bien, como un impulso erótico que mueve
al alma hacia la Belleza y la verdad. Esta búsqueda se complementa con la teoría de la reminiscencia,
según la cual el alma, las Ideas, ya posee ese conocimiento pero lo ha olvidado al unirse al cuerpo, de
modo que conocer no es más que recordar lo que el alma ya sabía.

ANTROPOLOGÍA:
Platón es dualista en su concepción del ser humano: considera que está compuesto por el cuerpo (que
pertenece al mundo sensible, siendo por tanto material, mutable e imperfecto) y el alma, que es
inmaterial, eterna e inmortal. La prueba más firme de estas características es la teoría de la
reminiscencia: conocer es recordar las ideas que un día nuestra alma contempló en el mundo de las
ideas.

Esta unión es accidental, es antinatural (porque el lugar más propio del alma es el mundo de las ideas y
son de naturalezas distintas) y es transitoria (preexiste y pervive a su unión con el cuerpo).
Platón señala que esta unión se da porque el alma cae al cuerpo, que se percibe como su cárcel. La tarea
principal es entonces liberar al alma mediante el conocimiento, purificándose de las impurezas que el
cuerpo ocasiona. Debemos entonces llevar una vida lo más racional posible, alejándonos de las pasiones
y deseos corporales en la medida de lo posible.

Cuando el cuerpo muere, el alma escapa hacia el mundo de las ideas, pero si no se ha purificado, se unirá
a un nuevo cuerpo en un proceso que se llama transmigración de las almas o metempsicosis. Si venimos
de una buena purificación, tendremos un cuerpo superior; si no, tendremos un cuerpo inferior. El
objetivo es que con los sucesivos ciclos consigamos limpiar totalmente nuestra alma hasta que ésta
vuelva al sitio al que aspira: el mundo de las ideas.

Platón establece una división tripartita del alma (tres niveles o partes): racional, irascible y concupiscible.
Cada parte tiene una situación y una función: El alma concupiscible controla el funcionamiento de
nuestros órganos vitales, los instintos y los deseos, y se encuentra en el vientre; El alma irascible, en el
pecho, se encarga de regular las pasiones nobles (emotividad, voluntad, esperanza...); y el alma racional,
que reside en la cabeza, propia del ser humano: la inteligencia. El alma debe servirse de su parte racional
a las otras dos partes para no caer en la temeridad. También cada parte tendrá una virtud relacionada.
Platón establece una relación directa entre el tipo de alma y el tipo de persona que se es. Aquellos con
mayor predominio del alma racional son los que más valoran la racionalidad y el aprendizaje; los del alma
irascible valoran la valentía y el honor; y los del alma concupiscible se centran en las cuestiones
materiales, pues les dominan las pasiones innobles.

Para explicar su concepción del alma, Platón expone en su diálogo “Fedro” el mito del Auriga o carro
alado. El carro alado (alma) es tirado por dos caballos (partes irascible y concupiscible) y por un auriga
(parte racional). Vive y contempla el mundo de las ideas, hasta que el auriga no puede controlar al caballo
de la parte concupiscible y cae al mundo sensible donde es aprisionado por el cuerpo.
MORAL:
Platón comparte con su maestro Sócrates el universalismo moral la idea de que los valores morales son
universales, permanentes y objetivos: todos los ideales morales y políticos que deben regir la conducta
individual y la organización de la convivencia social se encuentran en el mundo de las ideas. Esto implica
que es posible definir racionalmente cualquier valor de manera absoluta, frenando así el relativismo
moral que defendían los sofistas.

Su propuesta ética, también compartida con Sócrates, se denomina intelectualismo moral, doctrina en la
que la virtud se identifica con el saber, de tal manera que la persona virtuosa lo es porque conoce lo que
es el Bien y la Justicia. Resumen su propuesta diciendo que “nadie hace el mal a sabiendas” o “nadie obra
mal voluntariamente”. En otras palabras, conocer qué es el bien y qué es la justicia es condición necesaria
y suficiente para realizar el bien y la justicia. Esto lo argumenta diciendo que cuando alguien está
enfermo, no se propone una votación entre los miembros de la familia para establecer cuál es el medio
oportuno para curar la enfermedad, sino que se llama al médico, por tener éste el conocimiento, y se
considera que está bien someterse a su juicio y recomendaciones.

Esta idea de que el conocimiento del Bien implicará necesariamente hacerlo tiene dos implicaciones
principales. La primera, que quien conozca el Bien no dejará de practicarlo al ser el camino hacia la
felicidad. Ya ponía Sócrates el ejemplo del zapatero, que una vez aprende a hacer buenos zapatos, no los
hará mal nunca más. La segunda, entender que quien obra mal actúa así por ignorancia del Bien así que
no habría hombres malos, sino ignorantes.

Platón relacionará a cada parte del alma una virtud o disposición que le es propia: la prudencia en el alma
racional, la fortaleza en la irascible y la templanza/moderación en la concupiscible. Si el alma racional
consigue dominar a las otras dos se logra la virtud más importante para Platón, la justicia.

POLÍTICA:
Platón, al igual que Aristóteles, entenderá que la moral y la política están indisolublemente unidas: el ser
humano es ciudadano y se desarrolla como ser humano en las polis. Para que pueda alcanzar su máxima
realización, esta sociedad debe ser perfecta. De ahí que en “La República”, obra fundamental de su
pensamiento maduro, haga un análisis de los sistemas políticos de su tiempo y haga su propia propuesta.

Esta se guía por dos principios: su concepción antropológica y la justicia como valor central de una
sociedad bien ordenada. Utiliza para el Estado una división tripartita análoga a su división del alma: cada
persona debe ocupar la tarea más afín al tipo de alma que en ella predomine. Aquellos en los que
predomine el alma concupiscible serán los trabajadores (agricultura, ganadería, comercio...), encargados
de los medios materiales que necesita la comunidad. Los que tengan mayor proporción de alma irascible
serán los guardianes, pues con su fortaleza sabrán defender y guardar las polis. Los gobernantes deben
ser aquellos en los que prevalezca el alma racional, pues son los únicos capaces de conocer el Bien y la
Justicia.

Para Platón, los gobernantes han de ser los filósofos, ya que son los que han tenido acceso al
conocimiento del Bien, pueden buscar el bien general (de nuevo, intelectualismo ético: gobierna bien
porque conoce el Bien) y lograr una polis justa. Por esta razón defiende como sistema político la
monarquía (el gobierno recae en un individuo) y la aristocracia (el gobierno recae en un grupo reducido)
siempre y cuando los que ostenten el poder sean efectivamente sabios. Criticará lo que entiende como
degeneraciones de estas: la timocracia (dominio militar), la oligarquía (dominio de los más ricos) y la
democracia, sistema equivocado e injusto (la condena de Sócrates, que nunca perdonó, se convirtió en su
mayor prueba) que puede acabar en el peor régimen de todos: la tiranía (gobierno en el que un tirano
sólo atiende a su interés particular).

El fin del Estado es la Justicia, el bien de todos los ciudadanos, que sólo es posible cuando todos los
elementos que componen la sociedad realizan su función propia. Platón llega además a proponer una
serie de normas prácticas sobre cómo ha de ser tanto el tipo de educación como el tipo de vida que han
de llevar los miembros de cada uno de los estamentos desde su nacimiento

ARISTÓTELES
EPISTEMOLOGÍA/METAFÍSICA:
Aristóteles defiende una propuesta realista: la realidad está constituida por los individuos
particulares y concretos que podemos percibir por los sentidos. En estos individuos
particulares, Aristóteles distingue diez categorías (modos de predicarse el ser): una sustancia y
nueve accidentes.

La sustancia es propiamente el sujeto, que existe en sí mismo. Los accidentes son las
modificaciones que ésta sufre y que no existen fuera del sujeto que las sustenta. Los accidentes
son cantidad, cualidad, acción, pasión, relación, lugar, tiempo, posición/situación y
estado/condición. También distinguirá una sustancia segunda, que es la especie o universal al
que pertenece.
La sustancia primera tiene una doble realidad: materia (hyle) y forma (morphé). En su teoría
hilemórfica, Aristóteles defiende que son dos principios que forman un todo sustancial, un solo
ser, que no se puede separar. Ni materia sola ni la forma sola constituyen el ser. Entonces, en
cada ser, el elemento “pasivo” es la materia, cuya determinación le vendrá impuesta por el
elemento formal, y el elemento “activo” es la forma, que determina a la materia trayéndola al
acto. Aristóteles siempre concede prioridad a la forma sobre la materia: ella es la esencia del
sujeto.

Para poder explicar el cambio, Aristóteles distingue entre ser en acto y ser en potencia. La
realidad de todo ser sensible no se agota en lo que es en ese momento, la posibilidad de ser otra
cosa es también de algún modo real. Con los términos de Acto (lo que es) y Potencia (lo que
puede ser) defiende el filósofo que algo es y además puede ser otra cosa distinta de lo que es.

Entonces, hay dos maneras de hablar del ser: como ser en potencia y como ser en acto. De esta
manera, podemos entender el cambio como el paso del ser en potencia al ser en acto o la
actualización de la potencia. También entenderá el movimiento como el acto de lo que está en
potencia en cuanto está en potencia.

En la naturaleza existen fundamentalmente dos tipos de cambios:


●​ Cambio sustancial: Generación de una nueva sustancia o la destrucción de una
sustancia ya existente.
●​ Cambio accidental: La sustancia permanece, pero se ve afectada por modificaciones en
los accidentes. Hay tres tipos, dependiendo del accidente al que afecte: cualitativo
(cualidad), cuantitativo (cantidad) y local (lugar).
Distingue:
-​ Causas intrínsecas a la propia sustancia primera: son aquellas que están dentro del
propio ser. Son la c a u s a material (material del que está constituida) y formal (forma
que constituye a la materia).
-​ Causas extrínsecas a la sustancia primera: son aquellas cuya acción viene dada de fuera.
Son la causa eficiente (el agente productor) y la causa final (el fin, el para qué de la
creación).

Aristóteles configura entonces una concepción de la Naturaleza presidida por la idea de


finalidad (teleología). Cualquier proceso biológico está orientado y dirigido por una finalidad
interna, puesto que todos los seres naturales tienen a alcanzar la perfección que le es propia:
su Forma.

Por otra parte, Aristóteles considera eterno el cambio existente en la Naturaleza, pero como
ningún ser puede pasar de la Potencia al Acto a no ser por otro ser que está en Acto, y como es
imposible pensar en una cadena infinita de agentes (Seres en acto) que hacen cambiar y son a
su vez cambiados, tenemos que suponer una causa última al cambio natural que no forme parte
del conjunto de los seres naturales que cambian. Tiene que existir algo que sea motor
(provocador o generador del cambio), pero que no cambie (que no sea movido por nada). Este
motor inmóvil es acto puro, sin mezcla de potencialidad, que no actúa por eficiencia mecánica,
sino que atrae a las formas como supremo ser en acto, por la vía del amor y de la finalidad.

Aristóteles rechaza explícitamente el innatismo del conocimiento: considera que el hombre


nace sin conocimiento alguno (tabula rasa). Reconocería una serie de niveles o grados de
conocimiento. El nivel más bajo es el del conocimiento sensible, el de los sentidos captando lo
particular. Es el conocimiento propio de los animales inferiores. Ya en los animales superiores,
este conocimiento se mezcla con la memoria sensitiva y con la imaginación, dando lugar a un
tipo de conocimiento más persistente, la experiencia. El nivel más elevado es el del
entendimiento, procediendo, de manera inductiva a los universales, que es de donde
obtenemos el verdadero conocimiento.

Aristóteles distingue dos tipos de entendimiento, el agente y el paciente; el entendimiento


paciente recibe la imagen sensible (imagen que he creado con la sensibilidad, la memoria y la
imaginación donde están los elementos materiales y formales); y el entendimiento agente
realiza propiamente la separación de la forma y la materia, quedándose con el elemento formal
que expresa a través de un concepto en el que se manifiestan, por lo tanto, las características
esenciales del objeto.

ANTROPOLOGÍA:
Aristóteles aplica la teoría hilemórfica a su concepción del ser humano, al que concibe como una
sustancia única compuesta de cuerpo (materia) y alma (forma). Como forma y materia van siempre
unidas, alma y cuerpo son inseparables. El cuerpo tiene la potencialidad de vivir, pero es el alma el que lo
actualiza como principio de vida. Aristóteles negará que el alma sea inmortal.
Aristóteles reconoce tres funciones del alma: vegetativa (funciones biológicas: desarrollo, nutrición y
reproducción), sensitiva (conocimiento sensible, deseos y apetitos y movimiento local) y racional o
intelectiva (la voluntad y el entendimiento). Cada función superior incluye siempre las inferiores y hay
una escala de los seres vivos de acuerdo a estas funciones. Esto es: las plantas tienen alma vegetativa, los
animales la sensitiva y los seres humanos la intelectiva. Aristóteles considera que en el alma humana
está el entendimiento, que es una parte incorpórea que nos permite pensar, captar lo universal y
alcanzar la ciencia.

Es importante también destacar que el hombre es un ser social por naturaleza, manifestándose esta
sociabilidad natural en el hecho de que tenga lenguaje.

MORAL:
La ética aristotélica es eudemonista; es decir, se trata de una ética de la felicidad (eudaimonia), bien
supremo y fin último –teleología-del ser humano. Para conseguirla, debe realizar de la manera más
perfecta posible la función que nos es propia: la razón. Así pues, sólo la vida teorética o contemplativa es
la que permite ser plenamente feliz. Aunque Aristóteles también reconoce que se requiere tener
cubiertas las necesidades vitales y un disfrute moderado de bienes externos (salud, bienestar, amistad...),
el filósofo será el más feliz porque es autosuficiente (necesita lo imprescindible para vivir.

La virtud (areté) es la excelencia que alcanza un ser cuando perfecciona sus disposiciones naturales. La
perfección en el obrar moral se consigue desde la práctica de dos tipos de virtudes:
-​ Bien porque el sujeto que actúa tiene el hábito de realizar acciones buenas moralmente y de
evitar las malas. Aquí la perfección en el actuar viene dada por la costumbre, por la mera
práctica o repetición de actos moralmente buenos. Éstas son las virtudes éticas o morales. Son
por ejemplo la valentía, la templanza, la sinceridad, la generosidad, la modestia... Es decir, no es
justo quien hace una acción justa, sino quien habitualmente hace acciones justas.
-​ Bien porque desde la inteligencia y razón, el sujeto percibe como bueno o malo moralmente la
realización de una acción, y por ello la lleva o no a cabo. Se trata de intuir y comprender desde mi
pensamiento lo que debo hacer. Esta perfección se consigue al poner en práctica las virtudes
dianoéticas. Entre ellas destacan la prudencia (la capacidad de escoger los mejores medios para
alcanzar un fin) y la sabiduría (saber diferenciar lo verdadero de lo falso).

Ahora bien, hay un segundo sentido de Virtud: Virtud entendida como término medio, “una disposición a
decidir el término medio adecuado para nosotros conforme al criterio que seguirá el hombre prudente”.
En otras palabras, es la disposición permanente a buscar el término medio entre dos extremos viciosos,
uno por exceso y otro por defecto.

Con todo esto, podemos identificar dos rasgos fundamentales en la concepción de la felicidad en
Aristóteles: que no es un estado al que llegar, sino un proceso en el que tiene muchísima importancia la
experiencia, y que depende de nosotros mismos.
POLÍTICA:
Aristóteles establece una relación entre la ética y la política. Si la ética se ocupaba del fin del individuo, la
política tiene como objeto el bien común en el marco del Estado, por lo que ésta queda subordinada a
ella.

El hombre tiene logos (palabra, razón), lo cual afirma la sociabilidad natural del ser humano y su
realización dentro de la sociedad. El hombre es un animal social (zoon politicon) que necesita expresarse
y compartir sus ideas y sentimientos con los demás. Llegará a decir que alguien que viva al margen de los
demás no puede ser más que una bestia o un Dios. Aristóteles entiende que la función de toda sociedad
es la de favorecer la plena realización intelectual del hombre, es decir, que la sociedad solucione al
hombre sus necesidades primarias para que éste, en su tiempo libre, de dedique al desarrollo de su
propia forma: su capacidad racional e intelectual.

Hay tres formas básicas de organización en comunidades en la sociedad: la familia, la aldea y las polis,
teniendo sentido en sí misma sólo ésta última porque es allí donde el individuo alcanza su propia
perfección.

Respecto a las distintas formas de organizar las polis de las que habla Aristóteles, divide las formas de
gobierno según dos criterios: el número de gobernantes, y el fin con el que se gobierna. Así, habría
gobiernos moralmente buenos, aquellos en los que gobiernan los mejores en función del bien común –
monarquía, aristocracia y o o república-, y gobiernos degenerados, aquellos en los que se apunta a un fin
particular –tiranía, oligarquía y democracia o demagogia-.

Aristóteles parece decantarse por una aristocracia de las clases medias, gobernada por los mejores,
siendo éste otro de los puntos en los que se conecta la ética y la política: si la virtud, en la ética, tiende al
medio, es razonable pensar que el gobierno intermedio sea el mejor. En cualquier caso, el mismo
Aristóteles reconoce la necesidad de tener en cuenta las condiciones geográficas, sociales y culturales
de cada pueblo, y todas estas circunstancias particulares pueden hacer preferible un modelo distinto.

SAN AGUSTÍN DE HIPONA (búsqueda)

EPISTEMOLOGÍA/METAFÍSICA:
La filosofía agustiniana viene definida por su carácter de búsqueda: todos los seres humanos
sentimos una inquietud existencial que ha de ser calmada a través de un itinerario espiritual.
Para San Agustín, el ser humano anhela alcanzar la felicidad y el goce del bien supremo, que
identifica con Dios. Dice Agustín: “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en Ti”.

San Agustín realiza la primera gran síntesis entre el cristianismo y la filosofía platónica. Para él,
fe y razón son dos momentos diferentes de un mismo proceso de acercamiento a la verdadera y
sabiduría y realidad suprema, Dios. Así pues, por estar indisolublemente unidas, tendrán que
colaborar. La fe es el elemento indispensable para orientar el proceso de acercamiento a Dios.
Sólo se puede ser sabio mediante la fe, puesto que la razón humana es limitada. Sin embargo, es
necesario ejercitar nuestra razón, para darles estructura a las ideas y entender los contenidos
de la fe para que sea conocimiento auténtico. Esto puede resumirse en la máxima agustiniana
“Entiende para creer, cree para entender”. Por lo tanto en la obra de San Agustín se presentan
la filosofía y la teología como dos cara de una misma moneda.
La propuesta metafísica de San Agustín es el ejemplarismo. Considera que las esencias
absolutas, necesarias y eternas de las cosas son los modelos ejemplares de todo lo que existe y
se encuentran en el pensamiento de Dios. Según esta teoría, Dios, que es trascendente al
mundo, lo crea en una sola vez, de la nada (ex nihilo) con libertad divina y amor incondicionado.
En el acto de crearlo, crea también el espacio y el tiempo, lo cual inaugura la concepción lineal
del tiempo y la historia. Dios creó además la materia caótica en la que depositó todas las
semillas de las cosas o razones seminales, producidas en base a los modelos ejemplares. De
estas razones seminales, a lo largo del tiempo y por acción de la Providencia, irán formándose
todos los seres, siempre bajo el cuidado y gobierno de Dios según la ley eterna. Los seres
creados, al ser materiales, son necesariamente imperfectos.​ ​ ​

La teoría agustiniana del conocimiento refuta, en primer lugar, el escepticismo, con el que había
simpatizado y del que sale con una verdad indudable: puedo dudar, pero no dudo de que dudo,
luego existo (“Si fallor, sum”).

Consciente de su existencia, la persona debe iniciar una búsqueda interior de la verdad, un


proceso de introspección y autotranscendimiento. Afirma: “Entra dentro de ti mismo, porque
en el interior del hombre habita la verdad” El primer paso de este camino es el conocimiento
sensible, que se considera como el nivel más bajo de conocimiento, ya que, aunque tenga una
ilidad práctica, no es válido ni fiable.

El siguiente paso en este camino será el conocimiento racional, que tiene dos niveles. El ​
conocimiento racional inferior es la ciencia. Es un conocimiento con parte sensible -se refiere a
las cosas de mundo- pero racional -abstrae lo universal y necesario en ellas. Con este nivel de
conocimiento podemos percibir las cosas como aproximaciones a sus modelos eternos.

El conocimiento racional superior es la sabiduría. Es la contemplación de las esencias, verdades


absolutas, necesarias y eternas. Dado que estas ideas se encuentran en la mente de Dios y
nuestra razón es limitada, sólo se pueden conocer mediante una acción directa ejercida por
Dios sobre su mente: la iluminación intelectual. Con esta Teoría de la Iluminación, San Agustín
reemplaza la teoría de la reminiscencia platónica. La luz de Dios ilumina las ideas en el alma de
la misma manera que la luz del Sol nos permite ver las cosas. Gracias a esta luz, el alma supera
sus límites y es capaz de conocer lo inmutable y eterno. Se afirma entonces la revelación
natural: Dios ha hablado mediante una palabra externa (expresada en las Escrituras) pero
también se implica en el proceso que hace la mente humana para conocer la verdad por sí
misma, actuando directamente en el sujeto. Para San Agustín, esta iluminación está al alcance
de toda alma deseosa de Dios que haga el proceso moral.

DIOS:
Dios es central en la filosofía agustiniana: es la Verdad a la que aspira el conocimiento, ser y bondad
supremos, perfección pura, inmortal y eterno, y fin al que tiende la vida del hombre. Sin embargo, a la
hora de plantear el problema de su esencia, Agustín considera que todos los nombres que se le atribuyen
a Dios son insuficientes. Por eso recurre a las Sagradas Escrituras, considerando que ahí es donde mejor
se expresa su esencia: “Yo soy el que soy” .
Su obra de mayor importancia doctrinal, “De Trinitate”, explica y defiende la doctrina cristiana de la
Trinidad, en la que entiende a Dios como una única naturaleza, pero tres personas (Padre, Hijo y Espíritu
Santo).

Para S. Agustín la existencia de Dios está clara y no se preocupa por elaborar unas pruebas sistemáticas
de la existencia de Dios, pero sí propone algunos argumentos:
-​ En las “Confesiones”, tomando como referencia su propia experiencia, comienza con la
constatación del maravilloso orden del mundo; pasa por su interior con la admiración de las
complejas facultades humanas y termina con la convicción de la existencia de un ser que hace
posible tanta perfección, belleza y orden. Dios es entonces el causante de los diferentes grados
de orden y perfección, así como de la complejidad de la realidad.
-​ Conocida la existencia de verdades eternas, universales y necesarias, considera que no pueden
haber sido creadas por el ser humano, que es finito y mutable. Su origen y fundamento ha de ser
Dios.
-​ La existencia de Dios también se demuestra, según San Agustín, por el consensus gentium
(consenso universal): la común creencia de los seres humanos en Dios.

San Agustín defiende el ejemplarismo. Considera que las esencias eternas e inmutables de las cosas son
los modelos ejemplares de todo lo que existe y se encuentran en el pensamiento de Dios. Según esta
teoría, Dios, que es trascendente al mundo, lo crea en una sola vez, de la nada (creación ex nihilo) con
libertad divina y amor absoluto e incondicionado. En el acto de crearlo, crea también el espacio y el
tiempo, lo cual inaugura la concepción lineal del tiempo y la historia. Dios creó además la materia
informe y caótica en la que depositó todas las semillas de las cosas o razones seminales, producidas en
base a los modelos ejemplares. De estas razones seminales, a lo largo del tiempo y por acción de la
Providencia, irán formándose todos los seres, siempre bajo el cuidado y gobierno de Dios según la ley
eterna. Los seres creados, al ser materiales, son necesariamente imperfectos.

San Agustín es entonces el primer pensador que ofrece una interpretación filosófica de la historia.
Considera que los sucesos de la historia corresponden a un plan providente que Dios ha establecido con
sabiduría. Sin embargo, no hay predestinación, sino presciencia: conocimiento previo que Dios tiene de
todo lo que va a pasar. Agustín no acepta la predestinación porque considera que el ser humano tiene
libre albedrío, libertad que es respetada por Dios, aunque éste conozca de antemano su elección.

La visión de la realidad en san Agustín tiene un orden jerárquico. En la cima de la realidad se encuentra
Dios, causa de todo. Después están las almas y, en un nivel inferior, los cuerpos y las cosas materiales.
Esto presenta un problema: ¿Dios es también creador del mal existente en el mundo? El problema del
mal fue tratado en época de Agustín por los maniqueos, que defendían la existencia de dos fuerzas
divinas enfrentadas, el bien (luz) y el mal (tinieblas), en combate interminable, siendo el mal la
manifestación de este principio. Aunque San Agustín tiene una fase maniquea en la que defenderá esta
idea, luego la combatirá como herejía por estar defendiendo dos dioses. Propone entonces como
solución la distinción de dos tipos de mal: el mal moral y el mal físico. El mal moral es el ejercido entre
seres humanos dentro de su libre albedrío, por lo que es responsabilidad de éstos. El mal físico, a saber, el
dolor, la muerte, la enfermedad... es, en realidad ausencia de bien, por lo que no tiene existencia propia.
Así, el mal es no ser y como sólo el ser ha sido creado por Dios, el mal no proviene de Dios. San Agustín
indica además que si Dios lo consiente es por un bien mayor.

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