A medida que se acercaba a su departamento iba sintiendo esa sensación de intranquilidad
que había sentido muchas veces cuando despertaba solo en su cama. Tenía la seguridad que
había estado antes en otro lugar, muy lejos de allí pero no podía recordar, al mismo tiempo
que le daba miedo. Tanto pasado tenía borrado de su mente que se estaba acostumbrando a
vivir sin ello. Su documento fue su tabla de salvación en su momento, así pudo saber cómo
se llamaba. Luego supo por la policía que era divorciado y que tuvo un hijo que había
muerto en un accidente.
No le ayudó mucho saber que ocupaba un puesto en la larga lista de desocupados y que su
ayuda social vencía en unas semanas más. Que no tenía un hogar y que vivía en un
apartamento en la Lexington Avenue, entre la 62nd and Lex, rentado, que al parecer, en un
delirio de su persona, pagó por todo el año.
Atormentado por no poder recordar se puso en mano de sicólogos, siquiatras y cuantos
médicos especialistas pudo encontrar y la Seguridad Social le pudo brindar. Por más que
buscó no pudo localizar nunca el paradero de su ex esposa.
No podía hacer mucho por la búsqueda de su pasado ya que la vida en Nueva York no es
para perdidos ni para perdedores: debía iniciar una nueva vida hasta tanto pudiera, con
mejores condiciones, pensar en algo más que su supervivencia.
Creo que la actitud positiva de actuar instantáneamente, luego de salir del hospital, fue lo
que más le intrigaba tanto a él como a sus amigos circunstanciales.
Trabajó de lava copas en un bar en la Lenox Hill,y allí aprendió con singular destreza el
arte de preparar cócteles. Su habilidad para hacer malabares lo catapultó al puesto
indiscutido de barman- show. Era aún joven para el pasado que arrastraba sin saber, y las
noches de bar no le afectaban, es más, parecía un pez en el agua, entre tanto calavera suelto
por las noches del bar, él parecía el más adaptado a las luces, el humo de cigarros y el
alcohol.
A la madrugada calzaba su campera de cuero y se despedía de sus compañeros de trabajo
en busca del desolado centro. Se sentía bien caminando por las calles frías y solitarias. A
veces debía saltar algún charco de agua servida o uno que otro borracho durmiendo en la
vereda, otras veces se detenía en las vidrieras y contemplaba las pilchas de moda (se había
dado cuenta que le gustaba detenerse a ver corbatas, aunque él no recordara haberlas usado
jamás). Cuando pasaba por un bazar o una casa de artículos del hogar, repetía para sus
adentros: “Dios mío, cuántas cosas que no necesito”.
Llegaba a su departamento, se sacaba la ropa, y, mientras preparaba su baño, encendía el
televisor para escuchar las noticias internacionales y se servía un brandy. Luego, ya fresco
se acostaba en su cama no sin antes revisar el despertador en su móvil. No le gustaba
despertarse después de las doce pues se perdía el movimiento de la gente saliendo del
trabajo y la salida de los chicos del colegio. Sabía que pasado el mediodía la gente se
desaparecía y no soportaba entrar a un restaurante en busca de un buen almuerzo y que no
hubiera nadie a quien observar mientras esperaba el plato pedido.
Pedía una “cazuela de hongos” y una botella de cabernet. Por alguna razón era el primer
plato que pidió desde su nuevo nacimiento al mundo que recordaba, desde apenas dos años
y lo había hecho sin mirar la carta. Desde entonces y cada vez que se encontraba
descansado y de buen ánimo, pedía el mismo plato, con la idea de que algún día éste le
traería recuerdos de su anterior pasado: el singular aroma de la salsa, la tersura de las setas
al morderlas y ese sabor tan particular cuando se mesclan con la panceta frita le traían una
agradable sensación de felicidad, de plenitud y satisfacción. La rutina de cortar el panecillo
de hierbas recién horneado, untado luego en la salsa lo catapultaba a un universo de
sensaciones propias de un gourmet que alcanza la communion des saveurs.
A veces pensaba que exageraba un poco. No veía en otras personas disfrutar tanto de un
plato o de un cigarrillo. Parecían autómatas, comían y conversaban de cualquier cosa y no
se detenían a pensar en lo que hacían o se disponían a comer.
Fue desde la ventana del restorán que la vio:
Parecía que en un instante los segundos se partían en cuatro, como en una cámara lenta su
pelo al viento trazaba el ritmo de la respiración, como un delicado péndulo mágico de finas
hebras de oro, deteniendo el sonido de la calle, concentrando los haces de luz del mismo
sol, marcando el compás al viento. Su esbelta figura, tallada en el Monte Olimpo, entre la
sangre y el esperma de Urano, sobresalía entre el mundanal ocupado en regresar a casa.
Su sangre se detuvo un breve instante, provocando un ligero sacudón del cuerpo, como
consecuencia de esto, su corazón intentó recuperar el ritmo y lo hizo torpemente,
provocando que su boca se abriera de más, lo que ella pareció advertir, porque en el mismo
instante que pasaba a escasos centímetros de él, separados a través del cristal, lo miró y
sonrió.
Quiso levantarse para seguirla y tiró del mantel, provocando que se cayera la copa de vino
salpicando los pies de una pareja que a su vez se levantaron indignados con gran ruido,
encadenando una serie de sucesos escandalosos que concluyó con el mozo y el dueño del
bar intentando alcanzarlo entre el mundillo de personas que se cruzaba a la salida del
subterráneo. La había perdido aún antes de salir del restaurante, pero siguió corriendo sin
razón (o por alguna razón inexplicable), guiado por una extraña sensación de certeza y de
locura adolescente; debía conocerla, debía verla otra vez.
Un golpe en el hombro de un apurado transeúnte lo despertó de su letargo. Había corrido a
lo largo de seis calles y había doblado dos esquinas sin razonar en lo que estaba haciendo.
Repasó con su mente los hechos mientras desandaba las calles hacia el restaurante.
Encendió un cigarrillo y en el humo de la primera pitada se dibujaron los desenredados
cabellos de oro que lo habían llevado hasta allí.
David Bunner (o la persona que usaba ese nombre, que era él) no era así. En sus dos años
de renacimiento se había acostumbrado a permanecer solitario tanto en sus pensamientos
como en sus sentimientos. En sus primeras citas en el boliche donde trabajaba había tenido
contacto físico casual con mujeres hermosas y divertidas, nunca tuvo un pensamiento hacia
el amor o alguna relación más estable. Había sacado la conclusión que la Vida le había
dado una nueva oportunidad, que lo había puesto en un nuevo nacimiento con la ventaja de
ser joven, inteligente y hábil para dejarse atropellar por un pasado que quizás le traería
complicaciones. En cierta manera disfrutaba la situación como cuando deseamos ser
jóvenes con la experiencia de adulto para sacar ventajas de la vida. Y él era aún joven y su
pasado no lo desvelaba, o al menos eso decía para sí.
Resolvió cambiar su recorrido y siguió sin prisa al contingente de turistas que hablando alto
eran guiados por una delgada mujer que los hacía cruzar hacia el Central Park. Notó
extrañamente que podía entender a la perfección el castellano. Se arrimó un poco más para
escuchar mejor lo que decían:
- Mirá mamá, el bosque en medio de la ciudad!
- No, Juan, esto es el Parque Central, es el más grande del mundo, pero no se parece a
nuestros bosques de arrayanes.
- ¿Y tienen cabañas allí adentro? ¿y osos? ¿habrá osos?
- No papi, no hay osos, aunque si existen los depredadores como en todo el mundo…
- ¿Depredadores? ¿qué es eso, mamá?
- Gente mala, hijo, gente de la que debes cuidarte. No debes separarte de mi lado por
ningún motivo.
- Una vez vi una película donde un ratoncito blanco se perdía en el bos….
No escuchaba ya al niño que recordaba haber visto películas sobre el Central Park, y sus
historias de miedo, la imagen de esa mujer volvió a su mente y esta vez sus ojos, celestes
como el mar del Ártico Irlandés, de tamaño pequeño y alargado, como su rostro, tan
delicado que parecía una obra maestra de orfebrería, volvía a mirarlo y sintió la misma
sensación que había experimentado la primera vez, estaba aturdido, no sabía si le había
tocado el corazón o el recuerdo, más allá de las murallas de su memoria.
Sabía que debía descansar. Se dirigió a su departamento, tomó un lápiz y un papel y la
dibujó. Una vez que hubo terminado, satisfecho, se echó a la cama de espaldas y se quedó
dormido.
“Cabalgaba a través de unos filosos acantilados ensordecido por el golpe de las olas que
rompían con fuerza más abajo, el frío le calaba los huesos y las gotas del rocío de la
rompiente le daba en su cara y en el pecho. Estaba desesperado, agitado, vio que más
adelante iba un caballo blanco, resplandeciente, de cola larga y rizada, y llevaba a una
mujer de cabellos trenzados con un rodete que se desenredaba a medida que se movía como
una verdadera amazonas. Vestía una túnica de seda blanca transparente que dejaba ver todo
el esplendor de sus formas, una espalda recta una cintura que se curvaba para dar paso a
unos muslos firmes y salvajes. Sus graciosos pies colgaban libres mientras que giraba su
cuerpo dejando ver sus pechos como fruto delicado, firmes a tiempo que se movían con su
cabalgata. Mi cabeza gritaba: ¡Nanna!, pero de mi boca no salía palabra. Vi entonces que se
arrojaba con su caballo al acantilado mientras su mirada y su sonrisa no se apartaban de mi
vista. ¡Nanna!”
Despertó empapado en sudor.
Se encontró sentado en la cama, agitado e intranquilo como nunca lo había estado. Miró el
reloj y se apresuró en darse un baño. Dejó caer agua fría en su cuerpo a pesar de que la
temperatura del ambiente era baja. Se sintió mejor. Se puso nuevas pilchas y al momento de
ponerse sus borceguíes reparó en el dibujo de esa mujer que se le había deslizado de sus
manos al dormirse. Lo recogió, lo dobló y se lo puso en el bolsillo trasero de su jean.
Salió a la calle que ya empezaban a encender sus luces y caminó un rato repasando los
acontecimientos de la siesta. Se acordó de lo sucedido en el bar y se dirigió primero allí con
la intención de resolver los problemas que había ocasionado.
Al entrar, el mozo que debió hacerse cargo de los daños lo vio desde el otro extremo del bar
y dejó caer un vaso que se hizo añicos en el suelo. Llegó al mostrador y habló con el dueño
del bar, que ya conocía y le dijo:
- John, vengo a disculparme por mi actitud de esta tarde. Quiero pagarte por los daños
que ocasioné. Lamento lo que te hice pasar. Nunca me sucedió algo parecido.
- No te preocupes, David, desde aquí alcancé a ver a esa joven que te miraba y,
créeme, yo también hubiera corrido tras de ella.
El mozo, que se había acercado por detrás, le dio un empujón al tiempo que lo hacía girar
del taburete, con la intención de golpearlo en la cara.
- - Maudit malheureux, je vais vous donner ce que vous méritez ...
- ¡Antoine, detente!- le dijo John, procurando no levantar demasiado la voz,- David
vino a disculparse, no puedes agredirlo por lo que pasó, y menos en mi restorán, los
clientes podrían creer que este ambiente no es seguro.
- Pero este infeliz provocó un desastre esta tarde y tu lo apañas, ¿quién pagará los
daños y resarcirá a esas personas a quien provocó tantos disgustos?
Esta vez fue David el que habló:
- Pardonnez-moi, Antoine, le dijo en el idioma de su origen.
- Menteur sacrément parler ma langue maintenant, peut-être êtes-vous l'Europe?
David quedó perplejo, no porque lo llamara “embustero”, sino porque le entendía
perfectamente el francés y por su objetiva observación de que quizás proviniera de Europa.
- Ya basta -dijo John- no molestes a David que vino a disculparse, y te dije que no
utilices tu francés para insultar a la gente, es para atraer clientes, no para correrlos.
- Gracias, John, no te preocupes, Antoine tiene razón, entiendo su idioma y lo hablo,
pero no sé dónde lo aprendí, ni tengo recuerdos de haber estado en una Universidad
o haber vivido en Europa. Hoy me pasó lo mismo con un contingente de turistas
latinos –hizo una pausa al darse cuenta que esta vez debería descubrir el misterio-
los escuchaba hablar y los entendía perfectamente, ¡Como si hubiera vivido entre
ellos!
Antoine se refirió al tema mientras se alejaba para atender a unos clientes que
empezaban a llegar:
- Nosotros los europeos debemos saber el idioma de nuestros vecinos, nuestros países
son pequeños en comparación con esta inmensa nación. Es común que un francés
hable el español o el italiano.
Entonces fue John el que le dijo:
- No te preocupes David, ya recuperarás tu memoria, mientras tanto continúa con tu
vida que en todo caso no es mala.
- No es mala, pero estoy seguro que no es ni parecida a la que llevaba…lo curioso es
que lo que investigué de mi pasado a través de las agencias oficiales, David Bunner
no era más que un ex empleado de supermercado sin más viajes en su tarjeta que
desde California hasta acá.
Pagó los daños y el café, se despidió y se dirigió a la calle. La tarde caía en Nueva York y
un velo de misterio amordazaba los monstruosos edificios de rascacielos que instaban a
apresurar los pasos del mundanal, mientras que las sombras ascendían cubriendo los
reflejos de los vítreos ojos del día en la ciudad.
CAPÍTULO II
Caminaba rumbo al bar donde trabajaba, despacio y meditabundo, concentrado en los
sucesos del día, el descubrimiento de su plurilingüismo que quizás lo debió haber advertido
antes y que sólo a partir de hoy le cuestionaba como un suceso de preocupante lo llenaba de
intriga: ¿Qué más sabré hacer, además de entender tantos idiomas? ¿Será mi origen
diferente al que figura en los papeles? Pero ante todo, no pudo quitarse de la cabeza la
imagen de esa mujer que golpeó tan fuerte en el pensamiento sosegado de su corta y
cómoda existencia. Parecía que su imagen hubiese surgido de su propia imaginación, como
un cruel engaño de la mente cuando juega divertida entre los umbrales de la razón y los
jardines del corazón, como aedos entre los rosedales encantando a las criaturas con sus
aulos y sus Khitara. En ese momento recordó su sueño y un nombre se le vino a la mente:
Nanna, Nanna…era el nombre con que en sueños había llamado desesperadamente a la
rubia amazonas. Sacó de su bolsillo trasero el dibujo y escribió en él el nombre que acababa
de recordar. Se prometió que lo investigaría.
Trató de reponerse de estos pensamientos y se apresuró las últimas cuadras mientras
intentaba armar una excusa que convenciera a su jefe, Peter Mc Coy de la tardanza. Para
Peter, la aparición de David en el bar fue promisoria: hacía un año y medio había entrado a
buscar trabajo, en el momento en que Peter discutía acaloradamente con un proveedor de
bebidas que al parecer pretendía introducir en el bar otro tipo de mercancías utilizando las
distribuidora como pantalla. No le proponía, se lo quería imponer, a lo que Peter se dispuso
a echarlo a patadas. David escuchó suficiente mientras permanecía al lado de una columna
entre las mesas del pub y vio cómo, tras el forcejeo, el hampón sacaba una pistola de su
espalda con serias intenciones de acabar con el enorme escocés que le acababa de levantar
en vilo desde su corbata mal anudada. Con inusitada, casi instintiva pericia, David recogió
un cuchillo de entre los cubiertos que se habían dispuesto en la mesa y se lo lanzó, yendo
éste a clavarse en el tendón de su codo en el momento en que el maleante desprendía el
seguro de su arma aún en sus espaldas. La acción ocurrida hizo que el enorme Peter, lo
contratara de lava copas sin dudarlo, comenzando con ello una amistad a la que David
agradeció más que Peter, por resultarle de suma necesidad el tener un apoyo ante tanta
angustia de no conocer su pasado.
Fue desde un bar antes de doblar la esquina próxima a su pub al cual se dirigía como todos
los días, aunque un poco retrasado, que escuchó un chistido extraño que le llamó la
atención:
- ¡Chist!, ¡David! ¡aquí!- Desde una de las mesas dispuestas en el lado más oscuro del Hot &
Crusty, lugar donde David recordaba cada vez que pasaba que nunca entraría, ya que de
mañana nunca estaba abierto cuando él salía de trabajar, y al pasar de noche, ya se dirigía al
trabajo donde cenaba siempre algo en su cocina, le llamaba Peter, su jefe que se mantenía
misterioso sin dejar ver su figura con el amparo de la sombra de una columna del edificio.
Se acercó a la mesa y éste le invitó a sentarse.
- ¡Peter! ¿Qué sucede, que te encuentro fuera de tu pub a estas horas, y con ese halo
de misterio en tu actitud?
- Cállate y siéntate, conversemos. Necesito contarte algo y que lo vieras con tus
propios ojos.
- Larga el rollo ya, pues…
- Mira hacia afuera, al frente de la avenida, ¿ves esa Hummer estacionada con vidrios
polarizados?, pues la he visto varias veces esta semana y creo que me sigue los
pasos. Temo que sean esbirros del traficante que echamos del pub hace unos años,
cuando apareciste hecho un salvador, ¿te acuerdas de él?
- Sí, claro, pero sinceramente no creo que después de tanto tiempo regrese a buscar
venganza o algo parecido, además, para serte sincero, me pareció que ese tipo no
resultaba ser alguien verdaderamente importante, más bien parecía un novato,
desesperado y de poca monta. Estos que están allí, si es como dices parecen ser
organizados y con un nivel mucho más alto que el de aquel imbécil. Dale, no te
preocupes, seguro estás imaginando cosas.
- David, sabes que no tengo miedo pero es curioso que siempre los vea a estas horas,
cerca del horario que abrimos.
- Hagamos una cosa pues, salgamos de acá y crucemos hacia la camioneta, le
preguntamos si necesitan algo y ya, así nos sacamos la espina de una vez, tú
mantente a unos pasos tras de mí por si sucede algo. Ven, vamos a develar el
misterio de una vez.
Salieron del fast y se dispusieron a cruzar la avenida, cuando el vehículo, con un sonido
casi imperceptible, arrancó y se alejó de nosotros que intentábamos llegar lo más cerca
posible para ver su patente. La camioneta desapareció en la primera esquina sin que
pudiéramos identificarla.
Regresamos al bar con la inquietud a cuestas, pero concluimos que no deberíamos
preocuparnos más de la cuenta. El negocio marchaba bien y Peter mantenía una clientela
selecta, pacífica, hizo en los tres años que estuvo al frente del pub un lugar elegido por
parejas en busca de buena comida y de buenos tragos para disfrutar con música tranquila en
vivo los fines de semana y DJ’s el resto de los días. Un ambiente distinguido, bien
distribuido, con zonas reservadas y mesas muy bien servidas. Pero lo que más sobresalía
era la disposición de la barra, de forma oval, hecha de madera de roble, con exquisitos
herrajes de bronce que ayudado por el brillo de las copas dispuestas alrededor y los espejos
centrales, brindaban la calidez y la reserva para el solitario. Allí aprendió David el arte de
mezclar sabores y bebidas. El resto, la empatía con el cliente, lo traía consigo. Supo ganarse
el cariño y el respeto de los más intransigentes bebedores, que pronto supieron que en ese
lugar no cabía la grosería ni la violencia. Como el día en que uno de sus clientes quiso
beber más de la cuenta y David se lo negó. Lo insultó a los gritos mientras metía la mano
en la cintura, sacó un arma con la intención de amedrentarlo pero no pudo concluir pues ni
bien la acercó a la barra, David le hizo una sencilla pero rápida llave en su dedo que lo
retorció y soltó el arma. Descargó con singular destreza el cargador y la bala de la
recámara. Se la puso en el bolsillo del interior de su saco y lo despidió cortésmente
pidiéndole que no regresase más con esa pésima actitud.
- Si tienes algún problema y quieres conversar, te escucharé, pero no traigas esa arma
que lo único que encontrarás serán problemas.
El joven regresó unos meses después, pidió disculpas y bebió unos tragos a la salud de
David.
Para Peter le resultaría más útil cerca de él, ya que gozaba de toda su confianza pero, por
desgracia, Peter era una persona muy poco comunicativa. Poseía un buen criterio por lo
general, y un sentido común fuera de serie, pero la rutina que consistía su rutina era para él
inviolable y creía, al menos hasta esa noche, que las cosas estaban bien como estaban, al fin
y al cabo a David no le resultaba pesada la tarea ni se quejaba de su sueldo. No tenía
personal de seguridad, nunca le había hecho falta, aunque quizás se exponía un poco a que
lo asaltaran, confiaba en la clientela que se había ganado, gente pacífica y de buena onda.
David trabajó esa noche como todas las noches, lavando unas copas y sirviendo los tragos
en baloom, como le llamaban al bar ovalado. Sólo una cosa pareció diferente a tantas otras
noches: había llegado una pareja cerca de la media noche y se sentaron en una mesa que era
la que estaba más cerca de la salida y también la que se encontraba más escondida tras la
fuente de colores que reflejaba los movimientos del estanque sobre el techo y las paredes,
creando un clima muy personalizado. En la forma que habían acomodado sus asientos,
parecía que tenían especial interés en mirar hacia el baloon, más que el espectáculo que se
ofrecía. La mujer, a la que David no alcanzaba a ver con claridad, conversaba con su pareja
a la vez que miraba hacia él. Intrigado, David miraba hacia la pareja cada vez que se
desocupaba y se ponía a secar las copas o mientras limpiaba la barra. Entonces vio que en
un momento la mujer intentó levantarse de la mesa y que el hombre la sostuvo de su
muñeca derecha, ella sin levantar la voz, le sonrió y le dio un beso apenas como para
tranquilizarlo, y se dirigió a la barra directamente hacia él. Al salir a la luz, mientras
rodeaba la fuente, la transparencia que permitía la seda de su hermoso vestido champagne,
develó una figura atlética y sensual, con fuertes caderas. Se arrimó suavemente, y apoyando
ambas manos sobre la barra se inclinó hacia adelante hasta rozar con sus pechos el borde y
le preguntó por el tocador. David le indicó con una mano hacia atrás de él, del otro lado del
balloon, pretendiendo resultar indiferente. Los gatunos ojos verdes resaltaban aún más con
su cabellera negra y sus anteojos de marco rojo. Sabía que era una excusa, pero no había
insinuado nada más, por lo que intentó comprender el verdadero motivo, más aún, le intrigó
lo molesto que se movía su pareja que permanecía en la mesa sin probar bocado, solo
bebiendo del vino. Al girar para dirigirse al tocador, David sintió una suave y delicada
fragancia que lo impulsó más allá de su olvido, como a través de una densa cortina de humo
que lo envió por unos pasillos asépticos y bien iluminados. Y luego nada más.
Esa mañana, al retirarse de su trabajo, estuvo cabizbajo, pensativo, bastaba volver a su
recorrido de regreso a casa para que su cerebro comenzara a trabajar en los sucesos del día.
La camioneta que los estuvo vigilando y la pareja que lo observaba sin tapujos lo tenían
preocupado. No sería así si no tuviera tanto pasado sin conocer, si no fuera que es toda una
vida que no recuerda y, sobre todo, la sospecha de que quizás no fuera él el David Bunner
que figura en su seguro social.
Atravesó el callejón y se dirigió por la avenida 7°, como lo hacía desde hace más de un año,
pensativo, mientras miraba vidrieras, se detuvo en la tienda de corbatas, estuvo a punto de
retirar la vista de la vidriera cuando algo le llamó la atención: sobre una tarima, más al
fondo del local, entre la sección de uniformes para profesionales, un maniquí vestía un saco
blanco, de elegante corte, con una camisa celeste claro y una finísima corbata negra de seda
soportada sobre la prenda con una traba dorada con un extraño diseño…
- ¡ ¿Colibrí London?!
Dio un paso atrás, ya que lo que veía le provocó un súbito mareo, parecía que la vidriera de
pronto se le viniera encima. Dio otro paso más sin recordar que había allí un escalón,
trastabilló y cayó sentado sobre el pavimento. Tardó unos segundos en reponerse, no del
golpe sino del mareo. Consideró que estaba cansado, o quizás muy atormentado sin
necesidad y apuró un poco el paso para llegar a su apartamento. Estando ya sobre las
escaleras de entrada, le pareció ver un vehículo estacionado en la esquina siguiente,
asomando la trompa, como cuando se detiene delante de la senda peatonal para ingresar a la
calle transversal, pero no había tránsito en ese momento. Tuvo la curiosidad de saber si no
sería algún otro suceso extraño como el de la Hummer, pero decidió no continuar con sus
pensamientos y entró a su departamento más cansado que de costumbre. Miró la cama con
ganas de tumbarse, pero siguió hacia el baño y encendió la ducha mientras encendía un
cigarro, se sacaba la ropa y abría la ventana, ya que era una mañana hermosa. Los edificios
más altos de la zona oeste se encendían como abrazados por un amigable fuego multicolor.
Continuará.