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Encuentros en Zadash: Magia y Peligro

El documento narra la historia de un personaje, Iscariot Vaelor, un tiefling que se dedica a resolver problemas sobrenaturales en la ciudad de Zadash. A través de su experiencia en el Pentamarket y su interacción con entidades oscuras, se revela su habilidad para lidiar con posesiones y su relación con el Imperio, que busca utilizarlo para resolver un problema relacionado con seres que han aprendido a entrar en el mundo. La narrativa explora temas de sangre, poder y la lucha contra fuerzas desconocidas, mientras el protagonista acepta un trabajo peligroso que podría tener consecuencias fatales.

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Encuentros en Zadash: Magia y Peligro

El documento narra la historia de un personaje, Iscariot Vaelor, un tiefling que se dedica a resolver problemas sobrenaturales en la ciudad de Zadash. A través de su experiencia en el Pentamarket y su interacción con entidades oscuras, se revela su habilidad para lidiar con posesiones y su relación con el Imperio, que busca utilizarlo para resolver un problema relacionado con seres que han aprendido a entrar en el mundo. La narrativa explora temas de sangre, poder y la lucha contra fuerzas desconocidas, mientras el protagonista acepta un trabajo peligroso que podría tener consecuencias fatales.

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© 2026 Nicolás Angarita Yela

Todos los derechos reservados.​

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o transmitida, en ninguna forma ni por

ningún medio, incluyendo fotocopiado, grabación u otros métodos electrónicos o mecánicos, sin el permiso

previo y por escrito del autor, excepto en el caso de citas breves utilizadas en reseñas críticas u otros usos no

comerciales permitidos por la legislación vigente sobre derechos de autor.

Publicado por Void Gaming,​

una filial de producción de VOID.


CAPÍTULO I

Pentamarket

Llegué a Zadash caminando, porque entrar montado siempre hace pensar a la gente que uno

viene a pedir algo. Yo no pedía. Yo observaba.

El Pentamarket estaba despierto antes que sus dueños. Pan caliente, fruta golpeada, carne

cubierta con paños que ya habían fallado demasiadas veces. La ciudad funcionaba porque

nadie se hacía demasiadas preguntas. Ese siempre ha sido el verdadero motor del mundo.

Mi reflejo apareció torcido en un escaparate de cobre: piel lavanda, cuernos retraídos bajo un

paño oscuro, ojos que no parecían de aquí ni de ningún lado. Un vendedor me miró de reojo,

calculó rápido si yo traía problemas, decidió que no hoy. Sabia decisión.

Los tieflings aprendemos temprano a leer ese cálculo.

Me senté en un banco de piedra manchado de grasa vieja. El polvo se me pegó al abrigo. No

lo sacudí. Los gitanos no limpiamos lo que todavía sirve para pasar desapercibidos.

Saqué la baraja.

No por misticismo. Por hábito.

Las cartas estaban gastadas, manchadas de sangre seca que ya no recordaba de quién era.

Algunas tenían los bordes más filosos de lo que deberían. Nadie revisa un tarot con atención.

Ese es uno de sus encantos.

Barajé lento. Escuché el mercado. El ritmo de Zadash no era rápido: era insistente. Como un

animal que no sabe morir.


Primera carta.

El Colgado.

Invertido.

Sonreí apenas.​

Nada suspendido. Nada esperando revelación. Solo alguien que ya se había caído y todavía

no tocaba el suelo.

Guardé la carta sin dramatizar. El tarot no predice: confirma. Y yo ya sabía dónde estaba

parado.

Un niño se acercó. No extendió la mano. Se quedó mirándome los cuernos, con esa mezcla

exacta de curiosidad y miedo que todavía no ha sido domesticada.

—¿Lees la suerte? —preguntó.

—No —le dije—. Leo errores.

Eso lo ahuyentó. Los niños prefieren promesas.

Me levanté. El peso del cuerpo me recordó que había dormido mal, comido peor y sangrado

demasiado poco para alguien como yo. El metal bajo la ropa —mi hoja— se sentía tranquila.

Cuando el arma está tranquila, es porque todavía no ha decidido nada.

Caminé sin rumbo fijo. Así es como se encuentran las cosas importantes.

Zadash no me rechazaba. Eso era peor. Las ciudades que te aceptan de inmediato siempre

planean cobrar después.

Doblé una esquina y vi la casa azul.


No era azul de verdad. Era ese color que queda cuando alguien intenta borrar otra cosa. Una

casa donde la gente baja la voz sin saber por qué.

Ahí fue cuando entendí que el trabajo ya había empezado.

Y que, como siempre, nadie iba a explicarme nada.


CAPÍTULO II

La casa azul

La casa no estaba embrujada.​

Eso fue lo primero que noté.

Las casas embrujadas anuncian su problema: aire frío donde no debería, insectos que huyen,

paredes que crujen como si recordaran cosas. Esta no. Esta estaba callada. Callada como

alguien que aprendió a aguantar.

Golpeé una vez. Esperé. Golpeé otra. El tiempo justo para que alguien al otro lado decidiera

si mentir o no.

Me abrió un hombre joven, demasiado joven para tener la espalda tan vencida. Ojos rojos de

no dormir, manos temblorosas que no sabían dónde quedarse.

—¿Usted es…? —empezó.

—Sí —lo corté—. Soy el que vino porque nadie más quiso.

Eso suele tranquilizar. Cuando la gente entiende que ya agotó las opciones, deja de fingir.

Entré sin pedir permiso. El suelo estaba limpio, demasiado. Limpio con desesperación. Había

marcas de sal en los bordes de las puertas, símbolos mal copiados en carbón, un cuchillo

clavado boca abajo en la mesa. Todo lo que alguien hace cuando leyó medio libro y creyó

entenderlo entero.

—Es mi hermana —dijo—. Dionisia.


El nombre quedó suspendido un segundo, pesado. Los nombres siempre pesan más cuando

todavía están vivos.

La encontré en la habitación del fondo. Joven, delgada, sudando frío. Ojos abiertos pero sin

foco. Respiraba como si el aire le doliera. No estaba poseída del todo. Eso también es

importante.

Las posesiones completas son limpias. Esto era… convivencia.

Me acerqué despacio. No por ella. Por lo que estaba usando su cuerpo como mueble.

—Buenas noches —dije, en voz normal—. Podemos hablar o puedo empezar a cortar. Tú

decides.

Los ojos de Dionisia se movieron. No hacia mí. Hacia dentro.

—No me gusta tu tono —respondió una voz que no era suya—. Ella me llamó.

Mentira número uno. Siempre empiezan así.

—Te llamó mal —le dije—. Con símbolos torcidos y miedo barato. Eso no es una invitación.

Es una torpeza.

Sentí el cambio. El aire se tensó. La cosa se ofendió. Bien. Las entidades ofendidas cometen

errores.

—Estoy buscando un lugar —dijo—. Solo eso.

—Siempre lo están.

Saqué la hoja. No brilló. Todavía no.


—Te propongo algo —continué—. Te vas ahora, sin ruido, y nadie sale lastimado. O te saco a

la fuerza y te dejo sin ancla. Después de eso, el mundo se vuelve… incómodo.

Silencio.

Luego, una risa. No salió de la boca de Dionisia. Salió de las paredes.

—¿Qué sabes tú del mundo? —preguntó.

Miré a la muchacha. Tan flaca. Tan cansada. El cuerpo siempre paga primero.

—Sé exactamente cuánto aguanta un corazón antes de romperse —respondí—. Y sé cuándo

alguien más lo está usando.

La hoja bebió sangre cuando corté mi palma. No mucho. Nunca mucho. La sangre tiene que

recordar que todavía es mía.

El rito fue rápido. No espectacular. No hay nada heroico en expulsar algo que se alimenta de

restos. Es como limpiar moho.

La cosa chilló cuando la forcé a moverse. Intentó negociar. Promesas vagas, amenazas viejas.

No escuché. Nunca escucho al final.

Cuando salió, lo hizo mal. Desgarrada. Confundida. Se deshizo en el aire como una idea

débil.

Dionisia se desplomó en la cama. Respiró. Lloró sin saber por qué. Eso es buena señal.

Me limpié la mano. El hermano me miraba como si acabara de romperle la religión.

—¿Está…? —empezó.

—Viva —dije—. No agradecida. Viva.


Me pagó con monedas que había contado demasiadas veces. No las revisé. El dinero honesto

siempre está cansado.

Cuando salí, la casa seguía siendo azul.​

Pero ya no estaba callada.

Ahora solo era una casa donde algo malo había pasado y no iba a repetirse.

Caminé de vuelta al mercado con la sangre seca en los dedos y una certeza incómoda:​

alguien había enseñado a esa cosa cómo entrar.

Y ese alguien no había sido un idiota.

Había sido alguien con método.


CAPÍTULO III

Trabajo

El Imperio no te busca cuando confía en ti.​

Te busca cuando ya decidió usarte.

El mensaje llegó doblado en cuatro, sin sello, sin firma. Papel barato, tinta estable. Nada

mágico. Eso también es un mensaje: sabemos dónde estás, no necesitamos impresionarte.

Presentarse. Medianoche.​

Almacenes del río.​

Ven solo.

No decían o si no.​

El Imperio nunca amenaza. Solo anota.

Fui.

Los almacenes olían a madera mojada y a cosas que habían pasado demasiadas manos antes

de desaparecer. El río arrastraba basura y secretos con la misma paciencia. Dos guardias mal

pagados vigilaban la puerta. No me detuvieron. Me midieron. Eso fue peor.

Adentro, una mesa. Tres sillas. Dos ocupadas.

Uno era un hombre limpio, demasiado limpio. Ropa oscura, sin adornos, sin historia. El

otro… el otro era distinto. No por el rango. Por la mirada. Ojos que no parpadean cuando

alguien entra armado.

—Iscariot Vaelor —dijo el limpio—. Tiefling. Sin casa fija. Formación irregular.
—Blood hunter —añadió el otro, sin mirarme—. Ritualista funcional. Hemocraft no

certificada.

Me senté sin pedir permiso. La silla crujió como si no estuviera acostumbrada a sostener

gente viva.

—¿Esto es una entrevista o una autopsia? —pregunté.

El limpio sonrió como si hubiera practicado eso frente a un espejo.

—Es una oportunidad.

Ahí estuvo la mentira. Flotando entre nosotros, educada.

—Tienen un problema —dije—. No soy bueno con las oportunidades. Solo con los

problemas que sangran.

El que no parpadeaba inclinó apenas la cabeza. Punto a favor.

—En Zadash están entrando cosas —dijo—. No grandes. No visibles. Cosas pequeñas.

Precisas.

—Aprendieron a tocar puertas —añadí.

Silencio.

Eso confirmó más que cualquier documento.

—Alguien les enseñó —continué—. No fue un aficionado. No fue un culto. Fue alguien que

entiende la sangre como lenguaje.

El limpio cruzó las manos.


—¿Y tú la entiendes?

Me corté el pulgar con la uña. Un gesto mínimo. La sangre apareció, obediente.

—La sangre no se entiende —dije—. Se recuerda.

El que no parpadeaba me observó con interés real por primera vez. No hambre. No miedo.

Interés.

—Tenemos inquisidores —dijo—. Informantes. Redes.

—Y aun así me llamaron —respondí—. Eso significa que su red tiene agujeros.

El limpio se removió incómodo. El otro no.

—Uno de los nuestros está comprometido —dijo finalmente—. No muerto. No traidor.

Comprometido.

Ahí cambió el peso de la habitación.

—¿Cuánta sangre? —pregunté.

—Suficiente —respondió—. Para mirar. Para escuchar. Quizá para entrar.

Asentí despacio.

—Entonces no buscan protección —dije—. Buscan cirugía.

—Buscamos discreción —corrigió el limpio.

—Buscan que nadie pueda negar haberlos ayudado después —lo corregí yo.

Silencio otra vez.


—No trabajo gratis —dije—. Y no trabajo limpio.

—No te pedimos que seas limpio —dijo el que no parpadeaba—. Te pedimos que seas eficaz.

Me incliné hacia adelante. Dejé que vieran los cuernos. Que midieran la distancia.

—Entonces digan su nombre real —dije—. El del problema.

El hombre sostuvo mi mirada.

—Krill.

Ahí lo sentí. No miedo. Algo peor.​

Interés personal.

—Está siendo observado —continuó—. Y no lo sabe. O finge no saberlo.

—Eso es lo más peligroso —respondí—. Cuando alguien cree que todavía controla su propia

sangre.

Me levanté.

—Puedo romper el vínculo —dije—. Pero no será bonito. Y no será legal.

—Nunca lo es —dijo el que no parpadeaba.

Caminé hacia la salida. Me detuve antes de abrir.

—Una cosa más —dije—. Cuando termine, no querrán saber cómo lo hice.

—No preguntaremos —respondió el limpio, demasiado rápido.

Sonreí sin ganas.


—Mienten mal —les dije—. Pero ya estoy adentro, ¿cierto?

Nadie lo negó.

Afuera, el río seguía arrastrando basura.

Y yo acababa de aceptar un trabajo que no se podía abandonar sin perder algo más que la

vida.
CAPÍTULO IV

El Cask Carmesí

El Crimson Cask no se anuncia.​

Eso ya te dice todo.

Está en el Velvet Quarter, donde la ciudad se vuelve suave al tacto y dura por dentro. Bajé las

escaleras sin prisa. Los lugares que sobreviven siglos odian a los ansiosos.

Adentro olía a vino viejo, hierro y decisiones mal cerradas. Cortinas pesadas, mesas bajas, luz

que no intentaba ser amable. Nadie miró mis cuernos dos veces. Eso también es una señal.

Piers estaba en el fondo, donde las sombras no se disculpan por existir.

Parecía un hombre. Eso era lo menos honesto de él.

—Llegas con prisa —dijo, sin mirarme—. Eso siempre significa problemas caros.

—No vengo a beber —respondí—. Vengo a preguntar.

Sonrió apenas. Los vampiros sonríen como quien recuerda una deuda antigua.

—Las preguntas cuestan más que el vino.

Me senté frente a él. El banco estaba frío, como si alguien hubiera muerto ahí hace poco. O

hace mucho.

—Hay una lámina de sangre —dije—. Bien hecha. Antigua. No de estas baratijas nuevas que

venden los cultos urbanos.

Piers alzó la vista. Por primera vez.


—¿A quién están mirando?

—A alguien que no debería ser observado —respondí—. Alguien del Imperio.

Eso lo divirtió.

—Claro que sí —dijo—. Siempre terminan viniendo por mí cuando el Imperio sangra sin

entender por qué.

—Necesito romper el vínculo —continué—. Sé el ritual. No sé mantener un cuerpo vivo sin

sangre.

Silencio.

Piers apoyó los dedos largos sobre la mesa. Uñas limpias. Demasiado limpias.

—Eso no es conocimiento —dijo—. Es fisiología.

—Y tú eres una aberración funcional —respondí—. Por eso estoy aquí.

Rió suave, sin mostrar los colmillos.

—Eres directo —admitió—. Tu madre también lo era.

El nombre no lo dijo. No hizo falta.​

La sangre sabe reconocer ciertos golpes.

—Ella vino aquí —continuó—. Muchas veces. Buscando cosas que no querían ser

encontradas.

—El Imperio la encontró primero.

—No —corrigió—. El Imperio la interrumpió.


Me incliné hacia adelante.

—Ayúdame —dije—. Y lo que venga después será entre tú y yo.

Piers me estudió como se estudia una herida vieja: no con prisa, sino con memoria.

—Te ayudaré —dijo finalmente—. Pero no por ellos.

Sacó un frasco oscuro. Vidrio antiguo. Grabados que se movían cuando no los mirabas

directo.

—Esto mantendrá la sangre viva —continuó—. No pura. No limpia. Viva. El tiempo justo.

Lo empujó hacia mí.

—Y ahora el precio.

Lo esperaba.

—Me deberás una deuda de sangre —dijo—. Una. Exacta. Cuando la llame, no preguntarás

por qué.

Asentí. No porque me gustara. Porque ya era tarde.

—Y quiero algo más —añadió—. El nombre del artesano. El que hizo la lámina. Su método.

Sus notas. Lo que encuentres.

—¿Por curiosidad? —pregunté.

Piers sonrió. Esta vez sí mostró los colmillos.

—Por rencor.

Tomé el frasco. Estaba tibio.


—¿Dónde? —pregunté.

—Un lugar entre lugares —respondió—. Fuera de líneas. Fuera de excusas.

Pensó un segundo.

—Un molino viejo, junto a un arroyo. Nadie lo visita desde la peste.

Perfecto.

Me levanté.

—Una cosa más —dijo—. No le digas al inquisidor que hay un vampiro involucrado.

—Le diré que encontré un método —respondí—. Eso siempre tranquiliza a los hombres con

poder.

Piers asintió.

—Eres peligroso, Iscariot.

—No —le dije—. Soy útil. Es peor.

Subí las escaleras con el frasco escondido bajo el abrigo y la sensación familiar de haber

cruzado una línea que no estaba pintada en ningún mapa.

Afuera, Zadash seguía funcionando.

Por ahora.
CAPÍTULO V

La tumba reciente

Los cementerios de Zadash no están hechos para el duelo.​

Están hechos para el orden.

Lápidas alineadas, nombres correctos, fechas limpias. La muerte, cuando se administra bien,

tranquiliza a los vivos. El problema es lo que no se administra.

Entré al Viejo Cementerio al caer la tarde. El aire estaba más delgado ahí, como si alguien

hubiera respirado demasiado durante años y luego se hubiera ido sin avisar. Mis pasos

sonaban distintos. Eso siempre pasa cuando el velo se estira.

Buscaba algo reciente.

Las banshees no nacen de la antigüedad. Nacen del error. Del momento exacto en que alguien

entiende algo demasiado tarde.

La encontré cerca del muro norte. Una lápida simple. Granito barato. Nada de símbolos

religiosos, solo una frase que alguien creyó elegante:

“Una vida terminada por su propia mano.”

Siempre me impresiona la crueldad involuntaria del lenguaje.

Había flores. Lirios marchitos. Malas flores para ese tipo de muerte. Alguien había dejado

también una piedra de río, pulida, como si el agua pudiera suavizar la culpa.

Me agaché. Pasé los dedos por la tierra aún suelta.

—Elise —dije en voz baja.


No era un conjuro. Era una cortesía.

El frío llegó primero. Luego el olor: flores amargas, agua estancada, algo metálico. La

tristeza siempre tiene una química específica.

Me corté el dedo. Una gota. Nada más. Pensé en mi madre. No en su arresto. En la otra vez.

La vez en que casi no volvió. Eso fue suficiente.

La temperatura cayó de golpe.

Ella apareció sin dramatismo. Una forma pálida, incompleta, como un recuerdo mal contado.

Ojos vacíos de sueño. Vestido simple. Ninguna belleza exagerada. Las banshees no seducen:

reclaman.

—¿Por qué me llamas? —dijo sin mover la boca.

—Porque alguien necesita que hables —respondí—. Y tú necesitas que alguien escuche.

Silencio. El tipo de silencio que pesa.

—Los favores son para los vivos —dijo.

—Por eso vengo con uno —repliqué.

Le conté del muchacho. Del que dejaba la piedra. Del que pensaba que había sido su culpa.

No añadí consuelo. No servía.

Elise se volvió más nítida por un segundo. Eso es peligroso. Significa que todavía queda

apego.

—Dile que no fue él —susurró—. Dile que yo elegí el silencio. Y que plante… no esas flores.

Otras. Olvídame bien.


Asentí.

—Después —continuó—, traeré tu voz.

—Necesito que alguien venga a un lugar —dije—. Un hombre que perdió a su hermano.

Necesito que crea que puede arreglar algo.

Elise me miró como solo los muertos pueden mirar a los vivos: sin expectativa.

—El dolor es una llave —dijo—. Y yo sé usarla.

El trato se cerró sin palabras rituales. Los pactos reales no las necesitan.

Cuando me fui, el cementerio volvió a respirar. Dejé la lápida como estaba. No corregí la

frase. No era mi trabajo.

Esa noche, el muchacho dormiría mejor sin saber por qué.

Y un inquisidor empezaría a soñar con un molino junto a un arroyo, convencido de que allí,

por fin, podría arreglar algo que nunca fue suyo para arreglar.

Caminé de regreso con las manos frías y la certeza amarga de siempre:

cuando los muertos empiezan a ayudar,​

es porque los vivos ya no saben hacerlo.


CAPÍTULO VI

El molino de Ustaloch

El molino estaba muerto antes de que llegáramos.​

Eso es importante decirlo. No abandonado: muerto.

Las cosas abandonadas todavía esperan.​

Las cosas muertas solo recuerdan.

El arroyo Ustaloch corría lento, demasiado limpio para un lugar que había servido como fosa

común durante la fiebre roja. El agua siempre miente así. Aprende a parecer inocente con los

años.

Piers caminaba delante de mí sin esfuerzo, como si el tiempo no le cobrara peaje. Llevaba un

satchel viejo, cuero gastado, costuras reforzadas con algo que no era hilo. No hablamos

durante el trayecto. Los bosques, como él dijo, tienen oídos. Y los oídos no necesitan

palabras claras.

—Aquí —dijo al fin.

El molino se erguía torcido, con el costado abierto como una costilla rota. La rueda colgaba

inmóvil, cubierta de musgo y recuerdos. El aire era más frío adentro. No por la noche. Por lo

que quedó atrapado.

Sentí el tirón en la sangre.​

El mismo que sentía de niño cuando mi madre me llevaba a lugares donde no debía

quedarme mucho tiempo.


—Plague echoes —murmuró Piers—. Demasiados muertos, demasiado rápido. El velo nunca

sanó.

Asentí. Ya lo sabía. Mi piel lo sabía.

Colocamos las piedras primero.

Cuatro puntos. Norte, sur, este, oeste.​

No para encerrar. Para separar.

Cada piedra llevaba símbolos vampíricos antiguos, no de dominación sino de suspensión.

Marcas pensadas para sostener algo en el borde sin dejarlo caer.

Cuando puse la última, el sonido del bosque se apagó.

No desapareció.​

Fue cortado.

Dentro del molino tracé el círculo. Plata en polvo mezclada con mi sangre. No mucha. Lo

justo para que el ritual me reconociera como testigo, no como ofrenda.

Tres símbolos:

—El Cáliz del Retorno.​

—El Cordón Inquebrantable.​

—El Ojo de la Claridad.

Los dibujé despacio. Mi pulso estaba firme. Siempre lo está cuando importa.

—Bien —dijo Piers—. Si esto falla, no habrá segunda oportunidad.

—Nunca la hay —respondí.


Esperamos.

Me senté fuera del círculo. Bebí el mutágeno. El frío me recorrió como un animal

despertando. Mis sentidos se afilaron. Demasiado. La luna se volvió una herida blanca en el

techo roto.

Entonces lo sentí.

Pasos.

Krill apareció pálido, sudado, los ojos hundidos como si no hubiera dormido en días. No

llevaba insignias. Ni escolta. Solo culpa.

—Soñé contigo —dijo—. Y con mi hermano.

Eso fue la banshee. Funcionando exactamente como prometió.

Le dije la verdad.​

La versión que necesitaba escuchar.

Le hablé del vínculo de sangre. Del espionaje. De cómo lo habían dejado vivo porque aún

servía. Odió esa parte. Los hombres como él siempre lo hacen.

Cuando vio el círculo, entendió.

—¿Esto me mata? —preguntó.

—Solo si te resistes —le dije.

Se acostó en el centro sin más preguntas.

Piers salió de las sombras cuando hice el corte. Preciso. Silencioso. Sangre viva entrando en

el decantador como si hubiera estado esperando ese recipiente toda su existencia.


Vi la red al instante.

Hilos. Rojo sucio. Demasiado tensos.​

Alguien había hecho un trabajo fino. Antiguo. Inteligente.

—Queman desde adentro —susurró Piers—. Hazlo ahora.

Canalicé.

La sangre gritó.

No con sonido. Con intención. El círculo respondió. La plata ardió en luz. Sentí algo tirar

desde el otro lado, como uñas en la carne del mundo.

Apreté los dientes.​

No cedí.

Cuando el último hilo se rompió, el aire volvió de golpe. Krill respiró como si regresara de

muy lejos.

Y entonces…

Aplausos.

Lento. Educado.

—Impresionante —dijo una voz desde la entrada—. De verdad.

El hombre que entró vestía de gris perfecto. Demasiado limpio para el lugar. Su bastón

llevaba un cristal rojo que latía.

—Vine a recoger lo que es mío.


Ahí entendí algo simple y horrible:

Nunca fue solo Krill.

Y esto,​

esto apenas estaba comenzando.


CAPÍTULO VII

El hombre que se llamaba L

L no parecía un enemigo.​

Eso siempre es mala señal.

Se movía como alguien acostumbrado a que el mundo se haga a un lado. Bastón en mano,

sonrisa exacta, ojos que no parpadeaban cuando miraban sangre fresca. El tipo de hombre que

cree que la cortesía es una forma avanzada de violencia.

—Pueden irse —dijo—. Esto no es personal.

Piers rió. No fuerte. Como se ríen los viejos cuando alguien joven cree haber inventado algo.

—Todo lo que usa sangre es personal —respondió.

L inclinó la cabeza, concediendo el punto. El cristal de su bastón palpitó. Sentí el tirón en el

pecho. No en el corazón: en la memoria. Eso era lo suyo. No matar cuerpos. Reordenar

recuerdos hasta que la gente se destruía sola.

El círculo se agrietó cuando golpeó el suelo.

La plata se volvió negra.

El molino reaccionó como un animal herido. El frío cayó de golpe. Los muertos que habían

quedado atrapados en esas paredes despertaron sin ganas.

Tres sombras surgieron del suelo. No fantasmas completos. Ecos. Restos de gente que murió

demasiado rápido para entenderlo.


Krill retrocedió.​

Bien.​

No todos los soldados saben qué hacer cuando la guerra no sangra igual.

Yo abrí las alas.

No eran alas de verdad. Eran una decisión. Energía condensada en forma de huida vertical. El

tipo de cosa que no debería existir… pero existía igual.

—Ah —dijo L—. El hijo de Livia.

Eso dolió más que cualquier hechizo.

Me lancé antes de pensar. Siempre es mejor así.

Mi hoja encontró carne negra. No sangre roja: algo espeso, casi industrial. L gruñó,

sorprendido. No herido. Ofendido.

Piers atacó como un animal viejo: directo, sin poesía. El wraith que L había llamado se le

vino encima. Se despedazaron mutuamente durante un segundo eterno de gritos que no

pertenecían a este plano.

Krill agarró lo primero que encontró y lo usó como arma. Mal. Torpe. Honesto.

L alzó el bastón. La presión mental me aplastó contra el aire. Pensamientos ajenos, voces que

no eran mías, recuerdos que alguien había dejado mal cerrados.

Apreté los dientes.

La sangre respondió.
Le hice eso que me enseñaron a no hacer nunca: espesé la sangre del enemigo. No para

matarlo. Para humillarlo. Para obligar al cuerpo a traicionar a la mente.

L cayó de rodillas.

Krill lo agarró.

Eso fue clave.

Cuando un hombre que cree estar por encima del mundo se ve sostenido por alguien que

consideraba desechable, algo se rompe.

Yo descendí.

No fue elegante.​

Fue definitivo.

La hoja entró por el pecho y salió por la espalda. El cristal del bastón murió con él. No

explotó. No gritó. Simplemente dejó de latir.

L cayó sin nombre.

Las sombras se disiparon. El molino exhaló. Piers emergió cubierto de restos que no intenté

identificar.

Quemamos el cuerpo. Siempre se queman los cuerpos como ese.

Después, el silencio.

Krill respiraba como alguien que acaba de volver a ser dueño de su cabeza.

—¿Esto… termina aquí? —preguntó.


Mentí.

—Por ahora.

Piers me miró.​

Sabía la verdad.

Las alas se deshicieron. El mutágeno dejó un hambre fea, animal. La ignoré. Todavía.

Antes de irse, Piers tomó el cristal apagado.

—Esto me pertenece —dijo—. Y tú me debes algo.

Asentí.

Las deudas verdaderas siempre empiezan cuando crees que todo salió bien.

Salimos del molino antes del amanecer.

El arroyo seguía corriendo limpio.

Como si nada hubiera pasado.


CAPÍTULO VIII

Santuario

El santuario no tenía ventanas.​

Eso siempre es una promesa.

La puerta se cerró detrás de mí con un sonido que no admitía segundas interpretaciones.

Madera reforzada, hierro viejo, reglas claras: aquí no se pelea, aquí no se pregunta, aquí no se

recuerda demasiado fuerte.

Me dejaron una cama estrecha, una palangana con agua fría y una lámpara que no hacía

sombras. El tipo de luz que no te permite mentirte.

Me senté.​

No me acosté todavía.

El cuerpo seguía vibrando. El mutágeno había pasado de herramienta a opinión. Sentía la

sangre moverse distinto, como si hubiera aprendido algo que no pensaba olvidar. Tres dosis.

Demasiadas para seguir fingiendo que esto era solo trabajo.

Me quité el abrigo. La camisa estaba rígida de sangre seca, mía y ajena. No las diferencié.

Nunca lo hago. Las cicatrices tampoco distinguen.

Lavé mis manos despacio.

El agua se volvió rosada, luego clara.​

Siempre vuelve a clara.​

Eso es lo más inquietante.


Saqué la baraja otra vez. No por fe. Por necesidad mecánica. Como quien revisa un arma

después de usarla.

Tres cartas.​

Pasado. Presente. Futuro.

El Pasado fue El Colgado, derecho esta vez.​

Sacrificio sin iluminación. Mi vida provisional. Mi obediencia bien portada. El tiempo

perdido creyendo que aguantar era una virtud.

El Presente fue La Torre.​

Obvio. El molino. L. La sangre abierta. El mundo recordándome que no avisa antes de caer.

El Futuro…

La Luna.

No me gustó. Nunca me gusta esa carta. Habla de cosas que caminan cerca sin ser vistas. De

instintos que saben más que la razón. De caminos que solo existen cuando ya los estás

recorriendo.

Guardé la baraja.

Me acosté al fin.

El hambre volvió. No física. Algo más bajo. Más torcido. El deseo de seguir, de no detenerse,

de justificarlo todo porque “sirvió para algo”.

Pensé en mi madre.
Livia Vaelor.​

Geometrías prohibidas. Catacumbas de vidrio. Cosas que no debían despertar y a las que

alguien había empezado a llamar por su nombre.

Pensé en Piers.​

En su deuda.​

En cómo los vampiros no olvidan nunca qué les debes, solo cuándo cobrarlo.

Dormí mal. Soñé peor.

Desperté con la certeza de siempre:

El Imperio cree que esto terminó.​

Yo sé que apenas empezó.

Y esta vez,​

no pienso fingir que no entiendo lo que estoy convirtiéndome.


CAPÍTULO IX

La deuda

Las deudas verdaderas no llegan con mensajeros.​

Llegan con silencio.

Estaba afilando la hoja cuando sentí el cambio en el aire. No frío, no magia abierta. Algo

peor: expectativa. Como si el mundo hubiera contenido la respiración solo para ver si yo

también lo hacía.

El tintinear suave vino de la mesa. No de la puerta.

El cristal apagado estaba ahí.

No lo había traído conmigo.

—Eso fue rápido —dije al vacío.

Piers se materializó donde la sombra era más honesta. No entró. Ya estaba. Los vampiros

viejos no cruzan umbrales: los redefinen.

—No —respondió—. Fue puntual.

Se acercó despacio. Miró la habitación con desdén práctico. La cama, la lámpara, la ausencia

de símbolos.

—Buen santuario —admitió—. Neutral. Sin memoria adherida. El Imperio sabe esconder a

sus herramientas.

—No soy una herramienta —dije.


Piers sonrió como se sonríe a los niños que dicen palabras grandes.

—Todos lo somos. Algunos solo elegimos para quién.

Dejó el cristal sobre la mesa. Ahora podía verlo bien. No estaba muerto del todo. Algo seguía

latiendo, muy abajo. Como un órgano olvidado.

—Este artefacto —dijo— no lo hizo L.

No me sorprendió.

—L no inventaba —continuó—. Administraba. Ejecutaba. El tipo de hombre que cree que

mandar es lo mismo que comprender.

—¿Y quién comprendía? —pregunté.

Piers me miró por primera vez como se mira a un igual.​

Eso fue un error.​

Para ambos.

—Quiero el nombre del hemocrafter —dijo—. El que diseñó el blood-slide. El que sabía

cómo convertir la sangre de un inquisidor en una ventana.

—No lo tengo —respondí.

Verdad incompleta. La peor clase.

—Lo tendrás —dijo—. Y ahí empieza tu pago.

Se sentó. No invitado. No cuestionado.


—Hay alguien trabajando con geometrías viejas —continuó—. No vampíricas. No infernales.

Algo anterior. Algo que tu madre rozó antes de que el Imperio decidiera que era más cómodo

borrarla que escucharla.

El nombre de Livia cayó pesado. No lo mostré. Aprendí hace tiempo que reaccionar es una

forma de entregar información gratis.

—Rexxentrum —dije.

Piers asintió.

—Debajo —corrigió—. Las Catacumbas de Vidrio no son una bóveda. Son un filtro. Algo

duerme ahí. Y alguien está afinando la sangre del mundo para despertarlo sin que grite.

El cristal vibró apenas.

—Mi deuda —dije— no incluye traicionar a Krill.

—No te lo pedí —respondió—. Te pedí mirar donde no te mandan.

Silencio.

—¿Y si lo que encuentro es peor que el Imperio? —pregunté.

Piers se levantó.

—Entonces por fin estarás eligiendo.

Se dirigió a la sombra. Antes de desaparecer, habló sin girarse:

—Ah. Y una cosa más, Ghostslayer.

—Dime.
—Tres dosis es un umbral.

Sentí la sangre responder, como si hubiera entendido el comentario antes que yo.

—Cuando cruces el siguiente —dijo—, no será reversible.​

—Ni siquiera para mí.

Desapareció.

Me quedé solo con el cristal, la hoja y una verdad incómoda:

No estaba cazando monstruos.

Estaba siguiendo el rastro de uno…​

y llevaba mi apellido en la boca.


FRAGMENTOS

(rituales, informes, sueños, mutación)

I. RITUAL (nota sin fechar)

La sangre recuerda mejor que yo.

No la mía: la otra.​

La que pasa por las manos, por las cuchillas, por los recipientes que no deberían existir. La

sangre que ha sido usada para mirar, para abrir, para llamar.

Hay un error común: creer que los rituales sirven para controlar algo.​

Sirven para admitir que ya no lo controlas.

Hoy no tracé círculos.​

Hoy solo observé cómo reaccionaba mi pulso frente al vidrio apagado.

Late cuando miento.​

Se calma cuando acepto.

Eso es nuevo.

II. INFORME

Imperial Intelligence — Extracto no autorizado

El agente Vaelor demuestra una eficacia operativa por encima de la media,

acompañada de una preocupante autonomía decisional.


Se recomienda supervisión indirecta. La intervención directa podría resultar

contraproducente.

Nota marginal (mano distinta): No es inestable. Es coherente. Ese es el

problema.

III. SUEÑO

Estoy bajo tierra.

No caminando: siendo sostenido.​

El vidrio no refleja. Absorbe.

Veo a mi madre al otro lado de una pared transparente. No golpea. No grita. Dibuja con los

dedos símbolos que ya conozco sin haberlos aprendido.

—No mires la forma —dice—. Mira el ritmo.

Algo se mueve detrás de ella. No tiene borde. No tiene centro. Solo intención.

Despierto con la boca llena de sangre que no es mía.

IV. MUTACIÓN

observación clínica

Los colmillos no crecieron.​

Se definieron.
La piel bajo los cuernos se ha vuelto más sensible al frío. La luz lunar ya no duele: orienta. El

hambre no es constante, pero sabe esperar.

Tres dosis fue el umbral.

No hay pérdida de identidad.​

Eso es lo inquietante.

No me siento menos humano.​

Me siento más específico.

V. INFORME (no enviado)

Krill confía en mí. Eso lo hace vulnerable.​

Piers confía en mi curiosidad. Eso me hace peligroso.​

El Imperio confía en que siempre habrá algo peor que ellos. En eso, no se equivoca.

Rexxentrum tiene una respiración que no coincide con la superficie.​

Las Catacumbas de Vidrio no están selladas: están afinadas.

Alguien está aprendiendo a tocar el mundo usando sangre como arco.

VI. RITUAL (incompleto)

No todo ritual necesita palabras.​

Algunos necesitan decisiones.


He dejado de preguntarme qué soy.​

Ahora me pregunto para qué.

Si lo que duerme bajo el vidrio despierta, no lo hará como dios ni como monstruo. Despertará

como sistema.

Y los sistemas no negocian.​

Se reemplazan.

VII. SUEÑO / VIGILIA

Camino por Zadash y nadie me mira dos veces.​

Eso nunca había pasado.

Un niño me sonríe.​

Un sacerdote baja la vista.​

Un vampiro me reconoce sin hablar.

Mi reflejo ya no me devuelve preguntas.​

Me devuelve continuidad.

VIII. ÚLTIMA NOTA

Mi madre tenía razón.

No se trata de romper el patrón.​

Se trata de volverse incompatible con él.


Si el mundo va a sangrar,​

más vale que aprenda a hacerlo en silencio.

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