Derecho Mercantil: Estructura Empresarial
Derecho Mercantil: Estructura Empresarial
2. EL ACTO DE COMERCIO
El Derecho Mercantil se identifica históricamente con una clase específica de actos, los actos de comercio,
aunque su definición ha evolucionado con el tiempo. Inicialmente, se distinguían dos sistemas: el subjetivo,
que consideraba como actos de comercio solo aquellos realizados por comerciantes, y el objetivo, que
atribuía carácter mercantil a ciertos actos por su propia naturaleza, independientemente de quién los
ejecutara.
En el sistema español, el artículo 2 del Código de Comercio establece que se reputan actos de comercio los
comprendidos en el Código y cualesquiera otros de naturaleza análoga, sean realizados por comerciantes o
no, regulando así la relación jurídica con criterios objetivos.
Los actos de comercio se clasifican en principales y accesorios, según que impliquen directamente una
actividad mercantil o simplemente la faciliten. Actos como la comisión, el depósito o el préstamo son
ejemplos de actos accesorios, pues apoyan la actividad mercantil principal sin constituirla por sí mismos.
Existen también los actos mixtos o unilaterales, que son mercantiles para una de las partes y civiles para la
otra. Por ejemplo, en una compraventa, el acto es mercantil para quien compra con fines de reventa, mientras
que para el vendedor solo lo será si también actúa en un contexto empresarial. Para preservar la sustantividad
del Derecho Mercantil, estos actos se rigen de manera unitaria por el Código de Comercio, evitando dividir
el acto entre derecho civil y mercantil.
Los usos de comercio fueron históricamente una fuente relevante del Derecho Mercantil, aunque hoy su
importancia ha disminuido. Para que un uso tenga valor como fuente se requieren tres condiciones: que se
repita de manera constante, que no sea contrario a la moral o al orden público, y que pueda ser probado. Se
distingue entre uso normativo, que impone una regla objetiva a las partes, y uso interpretativo, que sirve
para aclarar la intención o el sentido de las declaraciones de voluntad en los contratos.
En conjunto, el acto de comercio sigue siendo el pilar sobre el cual se estructura el Derecho Mercantil,
permitiendo adaptar sus normas a la actividad empresarial moderna y a la diversidad de relaciones
económicas que surgen en el tráfico mercantil.
3. EL SISTEMA DE FUENTES DEL DERECHO MERCANTIL
Las fuentes del Derecho Mercantil se entienden como la forma externa mediante la cual se manifiesta el
derecho positivo, limitándose principalmente a las fuentes formales: ley y costumbre, sin que existan formas
propias distintas de las del Derecho Civil. La prelación de fuentes sigue un orden claro: primero la ley
especial, luego la ley general, posteriormente los usos del comercio y, finalmente, los principios generales
del derecho.
En los actos de comercio, el artículo 2 del Código de Comercio establece que se rigen primero por el propio
Código, en su defecto por los usos del comercio, y si faltan ambas reglas, por el derecho común o civil. En el
caso de los actos de comercio contractuales, que constituyen la mayoría, el artículo 50 del Código vuelve a
aplicar la ley mercantil y otras leyes especiales, subsidiariamente las reglas generales del derecho común, es
decir, la ley civil, la costumbre y los principios generales del derecho. Así, la regla general en Derecho
Mercantil es aplicar primero la ley especial, después la ley general, luego los usos del comercio y finalmente
los principios generales del derecho.
El sistema de fuentes se ha vuelto más complejo debido a la potestad legislativa a distintos niveles. A nivel
europeo, la Comisión, el Consejo y el Parlamento pueden promulgar Reglamentos, directamente aplicables
en todos los Estados miembros, y Directivas, que obligan a los Estados a adaptar su legislación interna a los
preceptos comunitarios. A nivel interno español, la legislación mercantil puede promulgarse por el Estado,
con competencia exclusiva según el artículo 149.1 de la Constitución, y en algunos casos por las
Comunidades Autónomas en lo relativo a la ordenación pública de la economía.
El núcleo esencial del derecho mercantil es la regulación del estado jurídico del empresario y de la
actividad externa que desarrolla en el ejercicio de su empresa, garantizando la unidad del mercado nacional y
permitiendo la adaptación a la cambiante realidad socioeconómica. Este concepto abierto asegura que la
legislación mercantil evolucione con las necesidades del tráfico comercial y de la actividad empresarial.
4. LA LEY MERCANTIL
La ley mercantil fundamental en España es el Código de Comercio (CCo) de 1885, que entró en vigor el 1
de enero de 1886. Su orientación es objetiva, según el artículo 2, estableciendo que los actos y contratos son
mercantiles si están comprendidos en el Código o son de naturaleza análoga, sin necesidad de que participen
comerciantes. Sin embargo, en la práctica, el CCo exige la participación de comerciantes en casi todos los
contratos para diferenciarlos de los civiles, lo que traiciona parcialmente su objetivismo.
El CCo se estructura en cuatro libros: el primero regula a los comerciantes y el comercio en general; el
segundo, los contratos especiales del comercio; el tercero, el comercio marítimo (derogado por la Ley
14/2014); y el cuarto, la suspensión de pagos, quiebras y prescripciones (parcialmente derogado y
actualmente regulado por el Real Decreto Legislativo 1/2020). A pesar de su antigüedad, el Código sigue
vigente, aunque en gran parte desfasado, por lo que se han promulgado leyes mercantiles especiales que
completan o sustituyen su contenido, adaptándolo a la evolución del tráfico mercantil y de la actividad
empresarial. Entre estas destacan leyes sobre seguros, sociedades, defensa de consumidores y usuarios,
navegación marítima, auditoría de cuentas y la ley concursal.
Además, la legislación mercantil actual cuenta con un amplio desarrollo reglamentario, incluyendo reales
decretos, órdenes ministeriales y circulares de organismos como el Banco de España, la CNMV y el ICAC,
que complementan la normativa y actualizan su técnica legislativa frente a los principios tradicionales del
CCo.
La adhesión de España a la Unión Europea ha generado un proceso de adaptación del derecho mercantil
español, donde los reglamentos comunitarios prevalecen sobre la legislación interna y las directivas obligan a
los Estados miembros a adaptar su normativa interna. Así, las normas europeas se han convertido en fuente
directa del derecho mercantil, con la misma categoría y alcance que cualquier ley especial nacional,
contribuyendo a la armonización y uniformidad en el tráfico comercial dentro del mercado común.
5. LOS USOS DE COMERCIO
Dentro del derecho mercantil, la costumbre ocupa históricamente el segundo lugar como fuente de derecho
privado, denominándose específicamente uso de comercio. Tradicionalmente, los usos de comercio tuvieron
gran importancia y eran incluso la principal fuente del derecho mercantil. Sin embargo, hoy su relevancia ha
disminuido notablemente debido a su carácter incierto, a la generalización de condiciones generales y
contratos de adhesión, y a la dificultad de que surjan nuevos usos.
Para que un uso de comercio tenga valor como fuente del derecho, debe cumplir ciertos requisitos:
repetición de actos, no ser contrario a la moral o al orden público y ser demostrable.
Los usos de comercio pueden cumplir dos funciones principales. El uso normativo constituye una regla de
derecho objetivo que se impone a la voluntad de las partes y se aplica para suplir lagunas de la ley, tal como
establece el artículo 2 del CCo: cuando los actos de comercio no estén regulados por el Código, se rigen por
los usos de comercio. Por otra parte, el uso interpretativo sirve únicamente para aclarar el alcance de la
declaración de voluntad de los contratantes, sin regular directamente el contenido del contrato; el artículo 57
del CCo hace referencia a estos usos interpretativos, que garantizan que los contratos se cumplan sin
tergiversar el sentido usual de las palabras.
En el ámbito internacional, los INCOTERMS, elaborados por la Cámara de Comercio Internacional,
representan un ejemplo de uso interpretativo aplicado a pactos comerciales en compraventas internacionales.
En definitiva, los usos de comercio hoy tienen aplicación limitada y se utilizan principalmente para
complementar la ley, sin poder contradecirla, y su función es más bien auxiliar y clarificadora dentro del
tráfico mercantil.
6. OTRAS FUENTES DEL DERECHO MERCANTIL
En el derecho mercantil, cuando un acto de comercio no está regulado por el Código de Comercio ni por los
usos de comercio, se recurre a las disposiciones del derecho común, entendido como el derecho civil. Sin
embargo, esto no significa que el derecho civil sea una fuente del derecho mercantil. Más bien, el derecho
civil actúa como ley general supletoria, aplicable únicamente ante lagunas en la normativa mercantil. El
derecho mercantil constituye un cuerpo normativo diferenciado, conformado por el Código de Comercio,
leyes especiales y usos de comercio, y se rige por principios propios que difieren de los que inspiran el
derecho civil. Por lo tanto, el llamamiento del artículo 2 del Código de Comercio al derecho común tiene
únicamente carácter supletorio.
Por otro lado, las condiciones generales de contratación, utilizadas especialmente en contratos de adhesión
por empresarios mercantiles que operan en masa, consisten en cláusulas redactadas previamente para una
pluralidad de contratos. En estos contratos, la negociación sobre el contenido es prácticamente inexistente, ya
que las cláusulas deben ser aceptadas tal como están. Aunque han sido objeto de regulación por la Ley
7/1998, de 13 de abril, sobre condiciones generales de la contratación, estas condiciones no se consideran
fuente del derecho mercantil, porque dependen de la aceptación de los contratantes y tienen naturaleza
estrictamente contractual. Una excepción se da cuando estas condiciones son impuestas por la
Administración pública, que actúa fuera del ámbito contractual.
1. LA EMPRESA
El empresario es el titular de la empresa, es decir, la persona física o jurídica que organiza y desarrolla en
nombre propio una actividad constitutiva de empresa, adquiriendo los derechos y obligaciones derivados de
dicha actividad. Puede ser un empresario individual, cuando la persona física realiza la actividad económica
por sí misma, o un empresario mercantil societario, que adopta la forma de persona jurídica creada para
llevar a cabo la actividad. La actividad del empresario constituye la base sobre la cual se desarrolla el
negocio y se generan las relaciones de hecho propias del tráfico mercantil.
Los colaboradores dependientes del empresario son aquellas personas subordinadas de forma permanente,
que realizan actividades relacionadas con la empresa sin asumir un riesgo empresarial propio. Dentro de este
grupo se distinguen tres categorías: los factores, los dependientes y los mancebos. El factor, también llamado
gerente o director general, es el apoderado general del empresario y tiene facultades de representación en
todos los actos propios de la empresa, actuando como su alter ego. Su poder debe constar en escritura pública
e inscribirse en el Registro Mercantil y, aunque puede actuar en nombre propio, normalmente lo hace en
nombre del empresario. No puede realizar actos que excedan el giro o la naturaleza de la empresa.
Los dependientes son colaboradores que desempeñan, de forma constante, algunas de las gestiones propias
del giro de la empresa. Su apoderamiento puede ser verbal o por pacto escrito, pero requiere publicidad
mediante avisos o comunicaciones a terceros. Los mancebos son auxiliares autorizados para realizar
operaciones mercantiles concretas o partes específicas del giro de la empresa, como ventas al por menor o al
por mayor. En las ventas al por menor, pueden cobrar e expedir recibos a nombre del empresario; en las
ventas al por mayor, solo si son al contado en el mismo establecimiento. Su otorgamiento de poder no
requiere formalidad específica.
En conjunto, la figura del empresario y sus colaboradores constituye la estructura humana que permite el
funcionamiento de la empresa y la ejecución de su actividad mercantil, garantizando que las operaciones se
desarrollen de manera organizada y eficiente, respetando la subordinación y las competencias de cada tipo de
colaborador.
3. EL ESTABLECIMIENTO MERCANTIL
El establecimiento mercantil es el conjunto de bienes y servicios organizados que la empresa utiliza para
llevar a cabo su actividad, actuando como instrumento al servicio del negocio. Los bienes que lo integran
pueden ser muy variados y abarcan tanto bienes materiales como inmateriales, derechos y obligaciones,
todos coordinados para cumplir la finalidad económica de la empresa. Es frecuente que una empresa cuente
con varios establecimientos, normalmente situados en diferentes localidades, aunque no hay impedimento
para que haya más de uno en la misma población. Cuando existen varios, se distingue un establecimiento
principal, que designa el domicilio del empresario, y sucursales, agencias o delegaciones que desarrollan
actividad comercial o de producción.
La transmisión de uno o varios establecimientos, o de la empresa en su conjunto, puede realizarse mediante
cualquier título traslativo, pero plantea varios problemas fundamentales. Es necesario cumplir el contrato
respetando los diferentes modos o normas de transmisión de cada elemento, incluyendo bienes materiales,
derechos, obligaciones y bienes inmateriales como los derechos de propiedad industrial o el nombre
comercial. Se regula también la prohibición de competencia para asegurar la transferencia efectiva de la
clientela, la protección de terceros mediante publicidad adecuada de la transmisión, y la responsabilidad y
garantías del transmitente frente al adquirente, asegurando que pasivos no declarados se cubran o que el
precio se ajuste según la revisión de balances. La publicidad de la transmisión se realiza principalmente a
través del Registro Mercantil, donde se inscriben los datos de identificación del titular y sus representantes,
garantizando que el adquirente pueda asumir correctamente las obligaciones existentes.
En conjunto, el establecimiento mercantil y sus sucursales constituyen la base material y organizativa sobre
la que se desarrolla la actividad empresarial, siendo esenciales tanto para la operación cotidiana del negocio
como para su transmisión a terceros.
4. LAS SUCURSALES
Las sucursales son establecimientos secundarios de una empresa que permiten al empresario extender su
actividad mercantil más allá del establecimiento principal. Aunque pueden estar ubicadas en la misma
población o en lugares geográficamente distintos, siempre están subordinadas económicamente al
establecimiento principal, que concentra la alta dirección y el centro de operaciones.
Desde el punto de vista jurídico, las sucursales tienen cierta autonomía relativa: pueden realizar actos
jurídicos por sí mismas y subsistir aunque el establecimiento principal desaparezca, a diferencia de un simple
local accesorio que carece de esta sustantividad jurídica. Sin embargo, todos los establecimientos, sean
principales o sucursales, se consideran jurídicamente establecimientos, independientemente de su
importancia económica. En algunos casos, una sucursal puede llegar a tener mayor relevancia económica que
el establecimiento principal, pero esto no altera su condición de establecimiento secundario.
El Registro Mercantil, a través del Reglamento del Registro Mercantil (RRM), exige la inscripción de todas
las sucursales. El artículo 295 del RRM define la sucursal como «todo establecimiento secundario dotado de
representación permanente y de cierta autonomía de gestión, a través del cual se desarrollen total o
parcialmente las actividades de la sociedad». La inscripción se realiza primero en la hoja abierta a la
sociedad y luego separadamente en el registro correspondiente al domicilio de la sucursal, con comunicación
al registrador mercantil central y publicación de los datos relevantes en el Boletín Oficial del Registro
Mercantil (BORME). Este procedimiento asegura la publicidad legal de la existencia y representación de la
sucursal frente a terceros.
En resumen, las sucursales permiten la expansión del negocio y la captación de nueva clientela, manteniendo
la dependencia económica del establecimiento principal, pero con autonomía funcional y jurídica suficiente
para operar de manera independiente en ciertos actos comerciales.
1 El empresario individual
El empresario individual es la persona física que desarrolla por sí misma —o a través de delegados— una
actividad económica organizada, de forma habitual, personal, directa y por cuenta propia, con una
finalidad lucrativa y fuera de la dirección de otra persona. En la práctica, es la versión moderna del antiguo
comerciante al que se refería el Código de Comercio, motivo por el cual ambos conceptos siguen
coexistiendo.
Desde el punto de vista doctrinal, para que una persona sea considerada empresario no basta con realizar una
actividad económica aislada: se exige, primero, que la actividad esté orientada al mercado, es decir, que se
relacione con terceros independientes (clientes, proveedores, usuarios). No importa cuál sea la naturaleza de
la actividad —puede ser industrial, comercial, de servicios o incluso recreativa o social— siempre que exista
una organización empresarial.
En segundo lugar, la actividad debe realizarse mediante una estructura propia de empresa, es decir,
utilizando capital y trabajo de forma coordinada para alcanzar un fin económico. Esta organización,
necesaria para actuar en masa y operar con crédito, es justamente lo que justifica la existencia de un marco
jurídico especial que proteja tanto al empresario como a quienes se relacionan con él.
A esto se añade que el empresario debe actuar en nombre propio, asumiendo personalmente las
consecuencias jurídicas de lo que hace: los derechos que genera su actividad, las obligaciones que nacen de
ella y, por supuesto, el beneficio (lucro) que constituye su medio de vida. El lucro debe entenderse en sentido
amplio: no siempre significa obtener un beneficio monetario, sino que puede consistir en la satisfacción de
otros fines, siempre dentro de una organización que funcione como empresa.
Por último, es esencial que el empresario individual sea una persona física, ya que las sociedades
mercantiles dan lugar a otra figura distinta: el empresario social.
Desde el punto de vista legal, el Código de Comercio define al comerciante como quien tiene capacidad
legal para ejercer el comercio y lo hace de manera habitual. La regla general es clara: solo pueden ser
empresarios quienes sean mayores de edad y tengan libre disposición de sus bienes. Sin embargo, el
Código contempla una excepción importante: un menor puede continuar, aunque no iniciar, la actividad
empresarial de sus padres o causantes, siempre que actúe a través de su representante legal. En este caso,
aunque quien gestiona la empresa es el representante, el comerciante es el menor, porque sobre él recaen los
efectos jurídicos de la actividad.
A la capacidad se suman las prohibiciones. Algunas son absolutas, es decir, impiden ejercer el comercio en
cualquier parte del territorio y en cualquier tipo de actividad. En este grupo se encuentran, por ejemplo, las
personas inhabilitadas por sentencia concursal o quienes, por su función pública, no pueden tener actividad
mercantil alguna (como los miembros del Gobierno o del Tribunal Constitucional).
Existen también prohibiciones relativas, que no bloquean totalmente la actividad empresarial, sino solo
dentro de ciertos límites territoriales. Es lo que sucede con jueces, magistrados, fiscales, determinados
funcionarios públicos, fedatarios como los notarios, o quienes trabajan en la recaudación de fondos del
Estado: estas personas pueden ejercer el comercio, pero no en el ámbito geográfico en el que desarrollan sus
funciones para evitar conflictos de interés.
Un elemento clave en esta figura es la habitualidad, que el Código de Comercio vincula directamente a la
profesionalidad. No basta realizar actos comerciales de forma reiterada: para hablar de profesionalidad debe
existir planificación, un propósito de lucro como fuente de sustento y una clara exteriorización de la
actividad hacia el público. Incluso el Código presume que una persona ejerce habitualmente el comercio
desde el momento en que anuncia un establecimiento mercantil, aunque todavía no haya comenzado a operar
de manera efectiva.
En cuanto a la responsabilidad, el régimen del empresario individual es el más riguroso del derecho
mercantil: su responsabilidad es personal e ilimitada. Esto significa que responde de todas las deudas
derivadas de su actividad con todo su patrimonio, tanto el afecto a la empresa como el personal. El Código
Civil confirma esta idea al establecer que el deudor responde del cumplimiento de sus obligaciones con todos
sus bienes presentes y futuros. Es una figura que destaca por su simplicidad, pero también por el riesgo que
implica para el empresario.
La única excepción parcial es la figura del Emprendedor de Responsabilidad Limitada (ERL),
introducida por la Ley de Emprendedores en 2013, que permite proteger la vivienda habitual hasta cierto
límite, aunque el resto del patrimonio siga estando expuesto.
En suma, el empresario individual es una persona física que organiza una actividad económica de manera
profesional y autónoma, con presencia real en el mercado, sometida a un régimen de responsabilidad muy
amplio y al cumplimiento de requisitos de capacidad, prohibiciones y habitualidad establecidos por la ley.
2. EMPRENDEDOR DE RESPONSABILIDAD LIMITADA
2. Emprendedor de responsabilidad limitada (ERL)
La Ley 14/2013 creó la figura del Emprendedor de Responsabilidad Limitada con el objetivo de permitir que
las personas físicas que ejercen una actividad empresarial puedan proteger parte de su patrimonio frente a las
deudas derivadas de su negocio. Gracias a esta figura, el emprendedor puede evitar que su responsabilidad
alcance a determinados bienes especialmente sensibles, siempre que cumpla estrictamente los requisitos
legales y registrales establecidos.
El beneficio principal consiste en dejar fuera de responsabilidad la vivienda habitual, siempre que su valor
no supere los 300.000 euros —o 450.000 euros si está situada en poblaciones con más de un millón de
habitantes—, así como los bienes de equipo productivo afectos a la explotación y los que los sustituyan,
siempre que estén correctamente identificados en el Registro de Bienes Muebles y dentro del límite del
volumen de facturación agregado de los dos últimos ejercicios. Para que esta limitación sea eficaz, la
condición de ERL debe constar expresamente en el Registro Mercantil, indicando de manera precisa los
bienes no afectos a la responsabilidad empresarial.
La protección, sin embargo, no es absoluta. El emprendedor pierde el beneficio si actúa con fraude o
negligencia grave, acreditado mediante sentencia firme o concurso culpable. Además, la limitación no se
aplica a deudas anteriores a la inscripción como ERL, salvo consentimiento expreso de los acreedores.
La publicidad registral juega un papel fundamental. La inscripción en el Registro Mercantil no solo acredita
la condición de ERL, sino que permite identificar claramente los activos protegidos. Paralelamente, la no
sujeción de la vivienda y de los bienes de equipo debe inscribirse también en el Registro de la Propiedad y
en el Registro de Bienes Muebles, de modo que terceros puedan conocer y respetar estos límites. Una vez
inscrito, el registrador mercantil comunica telemáticamente esta información a los demás registros para
asegurar su eficacia frente a terceros.
Además, el ERL tiene la obligación de formulary depositar sus cuentas anuales siguiendo el régimen de
las sociedades de responsabilidad limitada. Si transcurren siete meses desde el cierre del ejercicio sin que el
depósito se haya efectuado, el emprendedor pierde temporalmente el beneficio de la limitación,
recuperándolo únicamente cuando realice el depósito.
En conjunto, el ERL es una figura que permite al empresario individual limitar ciertos riesgos patrimoniales
sin necesidad de crear una sociedad, pero exige una disciplina estricta en materia registral, contable y de
transparencia hacia terceros.
La cualidad de empresario o comerciante se adquiere siempre de manera originaria. No existe una sucesión
automática en esta condición: quien adquiere un negocio, ya sea por transmisión inter vivos o mortis causa,
no se convierte en comerciante por el simple hecho de adquirirlo, sino únicamente cuando comienza a
ejercer, o hace que se ejerza en su nombre, la actividad empresarial. Solo el ejercicio habitual y personal del
comercio otorga realmente esta cualidad.
En cuanto a la pérdida de la condición de empresario, la ley distingue entre motivos subjetivos y motivos
objetivos. Entre los primeros se encuentran aquellos que afectan a la persona del titular. La incapacidad
sobrevenida, por sí sola, no implica la pérdida de la condición de comerciante, ya que el negocio puede
seguir funcionando a través de un representante legal; por tanto, la única causa subjetiva clara de pérdida es
la muerte del empresario o la transmisión del negocio a otra persona que pasa a ejercerlo en su propio
nombre.
Los motivos objetivos están relacionados con la actividad empresarial en sí. La condición de empresario se
pierde cuando se realiza o extingue definitivamente el objeto de la industria, es decir, cuando cesa la
actividad mercantil y no simplemente se interrumpe temporalmente. También se pierde cuando la actividad
deja de tener naturaleza mercantil. Por ejemplo, si un comerciante dedicado a la compraventa de productos
agrícolas transforma su actividad en mera explotación agrícola, esta ya no tiene carácter mercantil y queda
fuera del ámbito del derecho mercantil.
Respecto a la inscripción en el Registro Mercantil, esta es de carácter potestativo para el empresario
individual, salvo casos en que la ley establece excepciones. No obstante, la inscripción otorga publicidad
legal y facilita la prueba de su condición y de los actos relacionados con su negocio.
La normativa también contempla expresamente al empresario extranjero. El artículo 15 del Código de
Comercio reconoce que tanto las personas físicas como jurídicas extranjeras pueden ejercer el comercio en
España. La capacidad para hacerlo se rige por la ley personal del extranjero, pero las consecuencias
derivadas del ejercicio del comercio quedan sometidas al derecho español. Así, cualquier extranjero con
plena capacidad y libre disposición de sus bienes que ejerza habitualmente el comercio en España adquiere la
misma condición de comerciante que un nacional. Debe además distinguirse entre nacionales de Estados
miembros de la Unión Europea y los procedentes de terceros Estados, especialmente en relación con los
requisitos administrativos y de establecimiento.
En conjunto, el sistema español articula claramente cómo se adquiere y se pierde la condición de empresario,
asegurando tanto la continuidad del tráfico mercantil como la correcta identificación de quienes actúan
profesionalmente en él.
La inscripción del empresario individual, regulada en los artículos 87 a 93 del Reglamento del Registro
Mercantil, tiene carácter potestativo, salvo en el caso del empresario naviero, cuya inscripción es
obligatoria. Aunque no es un requisito imprescindible para adquirir la condición de empresario, la falta de
inscripción puede perjudicarle en sus relaciones con terceros, ya que limita la publicidad legal de su
actividad y de los datos esenciales de su empresa. Además, deben tenerse en cuenta las especialidades vistas
para el emprendedor de responsabilidad limitada, cuya inscripción sí es obligatoria.
En la primera inscripción, el Registro debe reflejar una serie de datos esenciales que identifican al
empresario y a su negocio. El artículo 90 del RRM establece que deben inscribirse: la identidad del
empresario; el nombre comercial y, en su caso, el rótulo del establecimiento; el domicilio del establecimiento
principal y de las posibles sucursales; el objeto de la empresa; y la fecha en que comienzan las operaciones.
Cuando el empresario es menor de edad, debe constar también la identidad de la persona que ejerza su
guarda o representación legal.
Si el empresario está casado, la inscripción debe incluir información relevante sobre el matrimonio: identidad
del cónyuge, fecha y lugar de celebración, datos de inscripción en el Registro Civil y el régimen económico
matrimonial —tanto el legal como el pactado en capitulaciones si existen—, dado que este régimen influye
en la responsabilidad por deudas empresariales.
La inscripción se realiza normalmente a instancia del propio interesado, o del representante legal en caso de
menores o incapacitados, y debe acreditarse previamente la declaración de inicio de la actividad empresarial.
Para la inscripción inicial, así como para la apertura y cierre de sucursales, basta una declaración dirigida al
registrador, salvo en el caso del naviero, donde se exige escritura pública.
Las modificaciones posteriores de las circunstancias inscritas deben formalizarse mediante documento de la
misma naturaleza que el exigido para el acto original: escritura pública, documento judicial o certificación
del Registro Civil, según corresponda. En conjunto, el sistema garantiza que la publicidad registral sea
coherente y actualizada, facilitando la seguridad jurídica en el tráfico mercantil.
5. EL EMPRESARIO EXTRANJERO
La condición de extranjero no impide ejercer el comercio en España. Los extranjeros, sean personas físicas o
jurídicas, pueden adquirir la cualidad de empresario siempre que cumplan los requisitos de capacidad
establecidos por su propia ley nacional. Sin embargo, para desarrollar su actividad en España y abrir
establecimientos dentro del territorio, deben ajustarse a las disposiciones del Código de Comercio y a la
normativa española aplicable.
Es importante distinguir entre los nacionales de Estados miembros de la Unión Europea y los provenientes
de terceros Estados. Los primeros gozan del derecho de libre establecimiento y circulación, lo que les
permite constituir y gestionar empresas, así como abrir sucursales o filiales en otro Estado miembro sin
mayores restricciones. Los extranjeros de terceros Estados, en cambio, deben cumplir con los permisos de
trabajo y las autorizaciones exigidas por la legislación española para la instalación, apertura y
funcionamiento de su actividad económica, conforme a lo establecido en la Ley Orgánica 4/2000 sobre
derechos y libertades de los extranjeros en España, así como en cualquier tratado o convenio internacional
aplicable.
En definitiva, los extranjeros pueden ejercer como empresarios en España, pero su capacidad y condiciones
dependen de su nacionalidad y de la legislación que les sea aplicable, garantizando al mismo tiempo el
respeto a las normas españolas en cuanto a establecimiento, operación mercantil y responsabilidad ante
terceros.
1. CONCEPTO
La sociedad mercantil ha ido adquiriendo un papel central en la actividad económica moderna, sustituyendo
cada vez más al empresario individual gracias a su capacidad para organizar y ejecutar operaciones
empresariales complejas. Aunque el Código de Comercio no ofrece una definición directa, sí permite
entender esta figura a partir del contrato de sociedad, que constituye su origen. Este contrato implica que
dos o más personas se obligan a aportar bienes, dinero o industria con el fin de obtener un beneficio común,
que después será repartido entre ellas. Este es el primer sentido de la sociedad mercantil: el contrato que da
nacimiento a la organización.
Sin embargo, para que esa sociedad sea considerada mercantil, el CCo exige que su constitución y pactos se
formalicen en escritura pública e inscriban en el Registro Mercantil. Pese a ello, estos requisitos no bastan
para diferenciarla de la sociedad civil, ya que el Código Civil también permite diversas formas de
constitución e incluso el reconocimiento de personalidad jurídica a sociedades civiles, salvo que sus pactos
permanezcan secretos. Tampoco la forma societaria es un criterio decisivo, porque el propio Código Civil
autoriza a las sociedades civiles a adoptar las formas mercantiles.
La verdadera distinción surge al observar la naturaleza de la actividad: una sociedad será mercantil cuando
su objeto consista en actos de comercio. No obstante, existen formas —como la sociedad anónima o la
sociedad limitada— que son siempre mercantiles por mandato legal, con independencia de su actividad. Así,
coexisten dos criterios: en ciertos tipos, la forma determina la mercantilidad; en los demás, lo hace la
actividad desarrollada.
Desde el momento en que la sociedad se constituye adecuadamente, surge el segundo significado: la
sociedad como persona jurídica autónoma. Esta personalidad le otorga capacidad plena para actuar en el
tráfico económico, un patrimonio propio separado del de los socios y, por tanto, una clara división de
responsabilidades. Además, adquiere una nacionalidad y un nombre propios, consolidándose como un sujeto
diferenciado que opera de manera independiente de las personas que la integran.
2. DISTINCIÓN CON OTRAS FIGURAS ASOCIATIVAS
Las sociedades mercantiles deben diferenciarse claramente de otras formas de organización que, aunque
también reúnen a varias personas, persiguen finalidades distintas. A diferencia de la sociedad mercantil —
cuyo rasgo esencial es el ánimo de lucro y la existencia de un patrimonio común orientado al tráfico
empresarial—, las asociaciones se forman para alcanzar objetivos que no requieren necesariamente obtener
ganancias, lo que marca la primera gran separación entre ambas figuras.
También las fundaciones se apartan de la lógica societaria: no nacen de un contrato entre varias personas,
sino de la voluntad de un fundador que destina su patrimonio, de manera estable, a la consecución de fines de
interés general. Su ausencia de fin lucrativo y su origen no contractual las sitúan fuera del ámbito societario.
Las cooperativas, aunque pueden desarrollar actividades empresariales, siguen una lógica diferente. Su
estructura es democrática, su capital es variable y su finalidad no es lucrativa en sentido estricto, pues buscan
satisfacer las necesidades económicas y sociales de sus miembros más que generar beneficios repartibles
como en una sociedad mercantil.
Por último, las comunidades de bienes tampoco se confunden con las sociedades. En ellas, varios titulares
comparten la propiedad de un bien o derecho y se limitan a aportar gastos y recibir frutos en proporción a su
cuota. En cambio, en la sociedad mercantil, el patrimonio común no se mantiene pasivamente, sino que se
destina de forma activa al tráfico comercial con la finalidad directa de obtener ganancias.
Este conjunto de distinciones permite comprender que la sociedad mercantil se caracteriza, según las pautas
de la profesora, por su naturaleza contractual, la aportación en común para un fin lucrativo y la creación de
una persona jurídica con plena capacidad, autonomía patrimonial y separación de responsabilidades.
3. NATURALEZA
La sociedad mercantil puede entenderse en un doble plano: por un lado, como un contrato mediante el cual
varias personas acuerdan poner algo en común con la finalidad de obtener un lucro; y por otro, como la
persona jurídica que nace de ese acuerdo y que actúa de manera autónoma en el tráfico económico. Aunque
históricamente la sociedad fue concebida simplemente como un contrato, la evolución del derecho ha
consolidado su dimensión institucional, dotándola de personalidad propia desde el momento en que se
cumplen las formalidades de escritura pública e inscripción en el Registro Mercantil.
Como contrato, la sociedad mercantil se caracteriza por la existencia de un fin común: los socios buscan un
beneficio que solo puede conseguirse mediante la creación de un organismo nuevo —la propia sociedad—,
capaz de desarrollar una actividad económica continuada. Para ello, cada socio realiza una aportación, que
puede consistir en bienes patrimoniales o en la propia industria personal. Estas aportaciones conforman la
base necesaria para que la sociedad pueda operar y, eventualmente, generar ganancias distribuibles entre los
socios.
La conversión de ese acuerdo en una persona jurídica tiene consecuencias esenciales. La sociedad pasa a
actuar con capacidad jurídica plena, con un nombre propio y una actuación diferenciada de la de los socios.
Esto implica la existencia de un patrimonio autónomo, distinto del de cada uno de ellos, al que quedan
afectos los bienes aportados. Esta autonomía patrimonial permite delimitar también la responsabilidad
frente a terceros: en las sociedades de capital responde exclusivamente el patrimonio social, mientras que en
las personalistas, agotado este, responde también el patrimonio individual de los socios.
En conjunto, la sociedad mercantil se configura como una estructura que combina su origen contractual con
una realidad jurídica independiente, dotada de patrimonio, organización y responsabilidad propios, elementos
que permiten su funcionamiento estable en el ámbito empresarial.
4. CARACTERES
El contrato de sociedad se distingue claramente de los contratos bilaterales tradicionales porque no nace de
intereses enfrentados, sino de la voluntad coincidente de los socios de organizarse para alcanzar un fin
común. Mientras en los contratos de cambio las partes intercambian prestaciones opuestas y equivalentes, en
la sociedad las aportaciones de los socios –aunque puedan tener distinto valor económico– comparten la
misma orientación: integrarse en un fondo común destinado a generar ventajas para todos, no a proporcionar
un beneficio inmediato e individual.
De esta estructura colaborativa surge un contrato plurilateral y organizativo, que crea una relación estable y
duradera. No solo regula cómo se relacionan los socios entre sí, sino también cómo cada uno se vincula con
la colectividad que forman, dando cohesión a la futura persona jurídica. En definitiva, el contrato de sociedad
establece un marco de cooperación sostenido en el tiempo, orientado a la consecución del fin social y a la
estructuración interna de la entidad que nace de dicho acuerdo.
5. CLASIFICACIÓN DE LAS SOCIEDADES MERCANTILES
Las sociedades mercantiles pueden clasificarse siguiendo distintos criterios, cada uno centrado en un aspecto
particular de la organización empresarial. Desde un punto de vista económico, la distinción se basa en el
motivo que impulsa a varias personas a asociarse. Aunque toda sociedad nace de la necesidad de alcanzar
objetivos que no pueden lograrse individualmente, este impulso puede adoptar formas muy diferentes: en
algunos casos se busca unir esfuerzos personales para desarrollar un trabajo en común, como ocurre en las
sociedades personalistas; en otros, la finalidad es incorporar capital sin recurrir al préstamo, lo que da lugar a
sociedades de tipo mixto; finalmente, puede tratarse simplemente de obtener rentabilidad mediante la
inversión, característica propia de las sociedades de capital.
Cuando el análisis combina elementos económicos y jurídicos, la clasificación atiende a quién tiene derecho
a participar en la gestión de la sociedad. Existen así sociedades en las que la administración corresponde
directamente a los socios, que integran tanto la propiedad como la dirección del negocio; otras, típicamente
capitalistas, en las que la gestión queda separada de la condición de socio; y un grupo intermedio, las
sociedades mixtas, donde algunos socios pueden administrar mientras que otros tienen expresamente
prohibido hacerlo.
El criterio jurídico se centra exclusivamente en la responsabilidad de los socios frente a las deudas sociales.
Según esta responsabilidad sea ilimitada o limitada, encontramos distintos tipos societarios: desde sociedades
en las que los socios responden con todo su patrimonio, hasta sociedades de capital en las que la
responsabilidad queda restringida al valor de las aportaciones. Entre ambos extremos se sitúan formas
intermedias como la sociedad comanditaria, que combina socios con responsabilidades diferentes.
Finalmente, el Código de Comercio establece un criterio legal de clasificación que, sin agotar todas las
posibilidades, ofrece los modelos básicos bajo los cuales, por regla general, se constituyen las sociedades
mercantiles: la sociedad colectiva, la comanditaria —simple o por acciones—, la sociedad anónima y la
sociedad de responsabilidad limitada. Estos moldes sirven de referencia para estructurar la mayoría de las
sociedades que operan en el tráfico mercantil.
La sociedad mercantil, a diferencia de otros contratos que pueden celebrarse libremente en cualquier forma,
requiere seguir un procedimiento formal y estricto para nacer válidamente. El Código de Comercio y la Ley
de Sociedades de Capital coinciden en que la sociedad solo puede constituirse mediante escritura pública,
que posteriormente debe inscribirse en el Registro Mercantil.
La escritura pública cumple una doble función: por un lado, actúa como prueba plena del contrato de
sociedad, y por otro, es el requisito imprescindible para que pueda tener acceso al Registro. Solo con esta
inscripción la sociedad adquiere su personalidad jurídica, convirtiéndose en un sujeto autónomo capaz de
actuar en el tráfico económico.
Ambos pasos —otorgamiento de la escritura e inscripción— tienen consecuencias importantes. La sociedad
no puede iniciar su actividad antes de la escritura; además, todos los elementos esenciales de su vida jurídica
deben figurar en ese documento, así como cualquier modificación posterior, que igualmente deberá constar
en escritura e inscribirse.
La ausencia de inscripción genera un problema relevante: la sociedad se considera irregular, ya que no ha
completado el proceso necesario para adquirir personalidad jurídica plena. En este estado, además de tener
restricciones para operar, es imposible inscribir cualquier acto o contrato relativo a ella. Esta situación debe
diferenciarse de la sociedad en formación, que sí ha iniciado los trámites hacia su inscripción pero aún no
los ha completado; la sociedad irregular, en cambio, es aquella que actúa sin haberlos cumplido nunca.
7. SOCIEDAD IRREGULAR Y SOCIEDAD EN FORMACIÓN
En el derecho mercantil español, la sociedad adquiere personalidad jurídica únicamente cuando cumple las
formalidades del artículo 119 del Código de Comercio: otorgamiento de escritura pública e inscripción en
el Registro Mercantil. Cuando estos requisitos no se cumplen, puede surgir una sociedad irregular o una
sociedad en formación, dos situaciones muy distintas que conviene diferenciar claramente.
La sociedad irregular aparece cuando una sociedad mercantil —que sí actúa externamente como tal— no ha
sido inscrita en el Registro o incluso ni siquiera se ha constituido mediante escritura pública. Aunque carece
de personalidad jurídica, el contrato social entre los socios es válido siempre que se hayan cumplido los
elementos esenciales del derecho civil. Para que exista irregularidad deben darse tres condiciones: que se
trate de una sociedad mercantil, que haya tenido actividad en el tráfico jurídico y que no se haya inscrito. No
debe confundirse con la sociedad oculta, en la que los pactos permanecen secretos y cada socio contrata en
nombre propio.
En las sociedades de capital (SA, SL y comanditaria por acciones), la Ley de Sociedades de Capital establece
consecuencias específicas: si no se solicita la inscripción dentro del año siguiente al otorgamiento de la
escritura, o si los socios deciden no inscribirla, la sociedad pasa a regirse como una sociedad colectiva —o
civil, según los casos—, incluyendo la responsabilidad personal de los socios. Además, cualquier socio
puede solicitar judicialmente la disolución y exigir la restitución de sus aportaciones tras la liquidación del
patrimonio común.
Distinta es la sociedad en formación, que existe desde el otorgamiento de la escritura hasta su inscripción.
Durante este periodo intermedio, los actos celebrados en nombre de la sociedad generan una responsabilidad
solidaria para las personas que los realizaron, salvo que dichos actos se hayan sometido a la condición de
inscripción o sean posteriormente asumidos por la sociedad ya inscrita. La propia sociedad en formación, con
el patrimonio que posea, responde únicamente de los actos indispensables para lograr la inscripción y de
aquellos realizados por los administradores dentro de las facultades previstas para esta fase. Tras la
inscripción, la sociedad asume esos actos y cesa la responsabilidad solidaria de socios y administradores. Si
el patrimonio inicial resulta inferior al capital social, los socios deben cubrir la diferencia.
En cuanto a las demás sociedades mercantiles no reguladas expresamente por la LSC, la doctrina no es
unánime: algunos autores consideran nulos los contratos con terceros por falta de personalidad jurídica,
mientras que otros sostienen su validez para proteger a quienes confiaron en la apariencia de una sociedad
existente. En cualquier caso, internamente, el contrato entre socios se considera válido pese al
incumplimiento formal, y el artículo 120 del Código de Comercio establece que quienes gestionen la
sociedad sin cumplir las formalidades serán responsables solidarios frente a terceros.
8. NACIONALIDAD DE LAS SOCIEDADES
La atribución de personalidad jurídica a las sociedades mercantiles ha llevado a reconocerles también una
nacionalidad. Sin embargo, esta nacionalidad no tiene el mismo significado que para las personas físicas: en
el caso de las sociedades, sirve esencialmente para determinar qué ley se aplicará a cuestiones fundamentales
como su capacidad, constitución, funcionamiento, transformación o extinción.
A lo largo del tiempo se han utilizado distintos criterios para fijar la nacionalidad de una sociedad —por
ejemplo, la nacionalidad de los socios, el lugar donde desarrolla su actividad, su domicilio o el lugar donde
fue constituida—, lo que muestra que es un tema discutido.
En el derecho español coexisten dos referencias importantes. Por un lado, el Código de Comercio parece
inclinarse por el criterio del lugar de constitución. Por otro, la Ley de Sociedades de Capital establece que
serán consideradas españolas todas las sociedades que tengan su domicilio en territorio español, con
independencia del lugar en que hayan sido constituidas.
Como consecuencia, una sociedad se considera española cuando se constituye conforme a la ley española y
fija su domicilio en España. En cambio, tienen la condición de sociedades extranjeras tanto aquellas
constituidas fuera de España como las que, aun habiéndose constituido en España, trasladan su domicilio al
extranjero, salvo que un tratado internacional disponga otra cosa.
1. CONTABILIDAD MERCANTIL
La contabilidad mercantil constituye una de las obligaciones legales más importantes que pesa sobre el
empresario por su condición de tal, siendo esencial tanto para el buen funcionamiento de la empresa como
para garantizar la transparencia económica. Su fundamento se basa en la concurrencia de tres intereses: por
un lado, el interés del empresario, que necesita conocer en todo momento la situación de sus negocios; por
otro, el interés de los terceros que se relacionan con él, concediéndole crédito generalmente sin otra garantía
que la confianza en una administración ordenada y visible; y finalmente, el interés del Estado y de los entes
públicos, que requieren conocer la verdadera situación económica de las empresas para ejercer control y
supervisión.
La contabilidad mercantil se articula en dos dimensiones complementarias. La primera, la contabilidad
formal, se centra en la obligación del empresario de llevar determinados libros contables, de cumplir con su
legalización y de registrarlos sin alteraciones, de manera que se garantice la integridad y no manipulación
de los datos. Esta dimensión asegura que los asientos contables tengan valor probatorio frente a terceros y
frente a la administración. La segunda, la contabilidad material, regula las normas sobre cómo deben
efectuarse los registros, qué cuentas y partidas utilizar y cómo valorarlas. Su finalidad es garantizar la
homogeneidad y fiabilidad de la información contable, permitiendo que los terceros puedan obtener una
imagen fiel de la situación patrimonial del empresario, así como de sus beneficios o pérdidas durante un
ejercicio determinado.
Siguiendo las indicaciones de la profesora, es clave destacar que la contabilidad debe ser ordenada y
adecuada a la actividad de la empresa, de forma que permita un seguimiento cronológico de todas las
operaciones y facilite la elaboración periódica de balances e inventarios. Esta obligación, además, se
encuentra respaldada legalmente en los artículos 25 a 49 del Código de Comercio, habiendo sido objeto de
reformas significativas, primero por la Ley de 25 de julio de 1989, adaptando las bases contables a la
normativa comunitaria, y más tarde por la Ley 16/2007, que armonizó la legislación mercantil con la
normativa europea. La implementación práctica de estas normas se desarrolla en el Plan General de
Contabilidad (PGC), aunque su estudio detallado queda fuera del ámbito de este capítulo.
En definitiva, la contabilidad mercantil no es solo un requisito legal, sino un instrumento esencial que
permite al empresario gestionar su actividad de manera ordenada, proporciona seguridad y transparencia a
terceros y asegura que la empresa opere bajo criterios de control y veracidad económica, cumpliendo tanto
con la normativa nacional como con las expectativas de fiabilidad exigidas por la práctica mercantil
moderna.
2. CONTABILIDAD FORMAL
La contabilidad formal constituye la dimensión de la contabilidad mercantil que se centra en la obligación
del empresario de llevar determinados libros y en la forma en que deben mantenerse, garantizando su valor
jurídico y probatorio. Según el artículo 25 del Código de Comercio, todo empresario debe llevar una
contabilidad ordenada, adecuada a la actividad de su empresa, que permita un seguimiento cronológico
de todas las operaciones, así como la elaboración periódica de balances e inventarios. Esta obligación busca
asegurar que los registros sean precisos, claros y verificables, de manera que cumplan los fines de exactitud y
veracidad para el empresario, los terceros y la administración pública.
Entre los libros obligatorios destacan principalmente dos. Por un lado, el libro de inventarios y cuentas
anuales, que se inicia con un balance detallado de la empresa y en el que se transcriben, con sumas y saldos,
los balances de comprobación al menos trimestralmente. Por otro, el libro diario, que registra día a día todas
las operaciones de la empresa, reflejando para cada asiento el cargo y el abono de las cuentas
correspondientes. Es posible consolidar los totales de las operaciones por periodos trimestrales, siempre que
el detalle conste en otros libros concordantes.
Además, algunos empresarios deben llevar libros especiales, como el libro de actas, en el que se registran
los acuerdos de las juntas generales y órganos colegiados, incluyendo decisiones del socio único en
sociedades unipersonales, así como libros registros de socios, de acciones nominativas o de contratos de
socio único. La ley actual establece que estos libros deben legalizarse telemáticamente en el Registro
Mercantil, dentro de los cuatro meses posteriores al cierre del ejercicio, asegurando la validez de los registros
y su integridad mediante sistemas de seguridad y cifrado.
Los empresarios también pueden llevar libros voluntarios o potestativos, según el sistema contable que
adopten, para complementar la información registrada en los libros obligatorios.
Respecto a la forma de llevar los libros, se requiere la intervención directa del empresario o de personas
debidamente autorizadas, la legalización telemática ante el Registro Mercantil, y un mantenimiento
intrínsecamente claro y exacto, sin blancos, interpolaciones, tachaduras ni raspaduras, preservando el orden
cronológico. Además, los libros deben conservarse durante seis años, y su valor jurídico permite que puedan
ser comunicados o exhibidos ante terceros cuando la ley lo exija, garantizando excepciones al principio de
secreto de la contabilidad.
En conjunto, la contabilidad formal no solo cumple con un requisito legal, sino que asegura la fiabilidad,
transparencia y trazabilidad de la actividad económica de la empresa, proporcionando un instrumento
fundamental tanto para la gestión interna como para la verificación por parte de terceros y autoridades
3. FORMA DE LLEVAR LOS LIBROS
La forma de llevar los libros contables constituye un elemento esencial de la contabilidad formal, ya que
asegura la veracidad y fiabilidad de los registros mercantiles. Esta forma se sustenta en varios requisitos que
combinan aspectos personales y formales, tanto extrínsecos como intrínsecos, y en la obligación de
conservar los libros por un período determinado.
En primer lugar, los requisitos personales se refieren a quién tiene la responsabilidad de llevar la
contabilidad. Según el artículo 25.2 del Código de Comercio, esta tarea corresponde directamente al
empresario o a personas debidamente autorizadas, sin que la delegación exima al empresario de la
responsabilidad. En la práctica, es habitual que profesionales independientes o empresas especializadas se
encarguen de la llevanza, pero cualquier incumplimiento puede acarrear desde sanciones administrativas
hasta la imputación de delitos de falsedad en documento privado, especialmente en concursos de acreedores.
Los requisitos formales extrínsecos implican la legalización de los libros en el Registro Mercantil
correspondiente al domicilio del empresario. Esta legalización puede realizarse tanto antes de iniciar la
utilización de los libros como con posterioridad, siempre que los asientos se registren en hojas que serán
encuadernadas correlativamente y legalizadas dentro de los cuatro meses siguientes al cierre del ejercicio. En
el caso del libro de inventarios y cuentas anuales, la legalización debe efectuarse al mes siguiente de cada
transcripción ordenada por la ley. La legalización garantiza la autenticidad del libro y su validez jurídica
frente a terceros.
Por su parte, los requisitos formales intrínsecos aseguran la claridad y exactitud de los registros. Todos los
libros y documentos contables deben llevarse por orden de fechas, sin espacios en blanco, interpolaciones,
tachaduras ni raspaduras. Cualquier error u omisión debe ser corregido inmediatamente, y no se pueden usar
abreviaturas o símbolos cuyo significado no sea preciso según la ley, el reglamento o la práctica mercantil
general. Las anotaciones contables deben expresarse en euros, reflejando fielmente la situación patrimonial
del empresario.
Finalmente, la conservación de los libros es obligatoria durante seis años, incluyendo todos los documentos
relativos al negocio, como libros, correspondencia, justificantes y demás documentación contable. Esta
obligación se mantiene incluso en caso de cese de la actividad, fallecimiento del empresario o disolución de
la sociedad, correspondiendo en estos supuestos a los herederos o liquidadores, respectivamente.
En conjunto, estas reglas aseguran que los libros contables tengan un valor jurídico y probatorio,
permitiendo su comunicación o exhibición cuando la ley lo exija y garantizando la transparencia, orden y
trazabilidad de la actividad empresarial, base fundamental de la contabilidad formal.
4. VALOR JURÍDICO Y EFICACIA PROBATORIA DE LOS LIBROS DE CONTABILIDAD
Desde el punto de vista de la contabilidad formal, los libros contables no solo cumplen funciones de
registro interno, sino que poseen un valor jurídico y probatorio en las relaciones entre empresarios y frente
a terceros, como clientes, proveedores o tribunales. Según el artículo 31 del Código de Comercio, “el valor
probatorio de los libros de los empresarios y demás documentos contables será apreciado por los tribunales
conforme a las reglas generales del derecho”, lo que indica que su fuerza probatoria depende de cómo estén
llevados y de su correcta conservación.
Complementariamente, el artículo 327 de la Ley de Enjuiciamiento Civil establece que, de forma motivada y
excepcional, un tribunal puede solicitar la presentación de los libros o su soporte informático, siempre que se
indiquen los asientos concretos que deben examinarse. Estos preceptos muestran que, aunque los libros no
son instrumentos automáticos de prueba, constituyen un medio de prueba relevante, especialmente en
situaciones que requieren comprobar saldos, el volumen de operaciones o la existencia de irregularidades
contables.
La jurisprudencia ha destacado que la eficacia probatoria de los libros contables depende de varios factores:
que los contratantes sean empresarios, que ambos lleven los libros de acuerdo con lo previsto por el Código
de Comercio, y que los asientos reflejen de manera clara y precisa las operaciones realizadas. En este
sentido, la contabilidad ordenada, exacta y correctamente legalizada refuerza la confiabilidad de los libros
como evidencia ante el tribunal.
En la práctica, los libros contables son especialmente útiles en procedimientos concursales, en la
comprobación de irregularidades en la gestión empresarial, o en la determinación de daños y pérdidas en
reclamaciones por siniestros como incendios o inundaciones. Su valor radica en ofrecer una imagen fiel y
verificable de la situación económica y patrimonial del empresario, siendo un instrumento clave para la
transparencia y la defensa de derechos tanto internos como externos a la empresa.
La contabilidad formal es la dimensión de la contabilidad que regula la obligación del empresario de llevar
un registro sistemático de su actividad, determinando los libros que debe mantener, la forma en que deben
llevarse y el valor jurídico que estos poseen. Según el artículo 25 del Código de Comercio, todo empresario
debe llevar una contabilidad ordenada y adecuada a su actividad, que permita un seguimiento cronológico de
las operaciones y la elaboración periódica de balances e inventarios, garantizando exactitud y veracidad.
Entre los libros obligatorios se encuentran principalmente el libro de inventarios y cuentas anuales, donde
se registran con sumas y saldos los balances de comprobación, y el libro diario, que comienza con los
asientos correspondientes al inventario inicial y registra día a día todas las operaciones, detallando cargos y
descargos en las cuentas respectivas. Además, existen libros especiales, como los libros de actas, los
registros de socios o de acciones nominativas, y los contratos de socio único con la sociedad unipersonal,
cuya llevanza depende de la naturaleza de la empresa. Aparte de estos, los empresarios pueden mantener
libros voluntarios o potestativos, según las necesidades de control interno o de gestión.
Respecto a la forma de llevar los libros, el Código de Comercio impone varios requisitos para garantizar su
fiabilidad:
• Requisito personal: los libros deben ser llevados por el empresario o por personas debidamente
autorizadas, quienes pueden externalizar la llevanza a profesionales, manteniendo siempre el
empresario la responsabilidad final.
• Requisito formal extrínseco: los libros deben legalizarse mediante su presentación telemática en el
Registro Mercantil antes de su utilización, incluyendo los libros de actas y los de acciones
nominativas.
• Requisito formal intrínseco: los registros deben ser claros y exactos, llevados por orden de fechas,
sin espacios en blanco, interpolaciones, tachaduras o raspaduras. Los errores u omisiones deben
corregirse inmediatamente.
• Conservación: los libros, documentos y justificantes deben conservarse durante seis años, incluso
tras la disolución de la sociedad o el fallecimiento del empresario, responsabilidad que recae sobre
herederos o liquidadores.
En cuanto al valor jurídico y probatorio, los libros contables son reconocidos por los tribunales como
medios de prueba conforme a las reglas generales del derecho (art. 31 CCo), siendo especialmente útiles para
acreditar saldos, operaciones o irregularidades, por ejemplo en procesos concursales o reclamaciones por
siniestros. Su eficacia depende de que se cumplan los requisitos formales y que reflejen fielmente la
situación económica del empresario.
Finalmente, la comunicación y exhibición de los libros constituye una excepción al principio de secreto de
la contabilidad (art. 32 y 33 CCo). Los libros pueden ser comunicados o exhibidos en casos como sucesiones
universales, concursos de acreedores, liquidaciones de sociedades, expedientes de regulación de empleo o
cuando socios o representantes legales tienen derecho a su examen. La exhibición se realiza en presencia del
empresario o de su representante, adoptando medidas para la custodia y conservación de los libros, y puede
solicitarse incluso mediante soporte informático. La negativa injustificada a colaborar puede acarrear
sanciones y responsabilidades legales.
En conjunto, la contabilidad formal constituye un instrumento clave para garantizar transparencia,
veracidad y control en la actividad empresarial, asegurando tanto la protección de terceros como la defensa
de los derechos del propio empresario.
El derecho contable no solo regula cómo deben elaborarse las cuentas anuales, sino que también impone su
deber de publicidad, que se materializa mediante el depósito en el Registro Mercantil y la posterior
publicación en el «BORME». Esta obligación no es universal: los empresarios individuales no están
obligados, salvo casos especiales como los emprendedores de responsabilidad limitada (ERL). En cuanto a
las sociedades personalistas (colectivas y comanditarias simples), la obligación de depósito solo recae sobre
aquellas en las que todos los socios colectivos sean sociedades, y no personas físicas. Por el contrario, las
sociedades de capital (anónimas, limitadas y comanditarias por acciones) están obligadas a cumplir esta
norma, al igual que otras entidades específicas como sociedades de garantía recíproca o fondos de pensiones.
Tras el cierre del ejercicio, corresponde al órgano de administración elaborar las cuentas anuales en un
plazo máximo de tres meses, acompañadas de la certificación de los acuerdos de aprobación y, si procede,
del informe de auditoría y del informe de gestión. La aprobación de las cuentas debe realizarse en la junta
general ordinaria dentro de los seis meses siguientes al cierre del ejercicio, resolviendo también sobre la
aplicación del resultado obtenido.
Una vez aprobadas, las cuentas deben ser depositadas y publicadas en el Registro Mercantil del domicilio
social en un plazo de un mes. El registrador calificará los documentos presentados, comprobando su
aprobación y las firmas correspondientes. Cualquier persona interesada puede obtener información de estos
documentos mediante certificación o fotocopia, incluso a través de medios electrónicos.
El incumplimiento de la obligación de depósito acarrea sanciones económicas significativas: multas que
pueden variar entre 1.200 y 60.000 euros por año de retraso, elevándose hasta 300.000 euros en sociedades
con facturación anual superior a seis millones de euros. Además, mientras persista el incumplimiento, no se
inscribirá en el Registro Mercantil ningún documento relativo a la sociedad, salvo excepciones
específicas relacionadas con administradores, liquidadores o mandatos judiciales.
Otro elemento fundamental dentro del proceso de auditoría es la custodia y el secreto profesional. La
auditoría no solo implica revisar documentos y elaborar un informe, sino también manejar información
extremadamente sensible de la empresa. Por eso, la confidencialidad se convierte en un principio esencial:
toda la información obtenida durante el trabajo debe tratarse con el máximo respeto, asegurando que
únicamente las personas autorizadas puedan acceder a ella. Esto requiere un compromiso ético firme por
parte del auditor, ya que no puede revelar datos sin el consentimiento expreso del cliente, salvo en los casos
en que exista una obligación legal o profesional que lo exija.
En este sentido, el secreto profesional actúa como una verdadera salvaguardia de esa confidencialidad.
Supone mantener una estricta reserva sobre toda la información obtenida durante la auditoría, información
que tampoco puede utilizarse en beneficio propio ni de terceros. Este deber no solo recae sobre el auditor,
sino que se extiende a todas las personas que participan en la realización del trabajo. Además, la ley
establece que toda la documentación relativa a la auditoría debe conservarse y custodiarse durante un plazo
de cinco años, garantizando así un control adecuado incluso después de finalizado el proceso.
SOCIEDADES DE AUDITORIA
En cuanto a las sociedades de auditoría, estas son personas jurídicas autorizadas por el ICAC e inscritas en
el ROAC, o autorizadas por autoridades competentes de otro Estado miembro de la Unión Europea o incluso
de terceros países. Cuando los informes se firman en nombre de una sociedad, las personas físicas que firman
deben cumplir condiciones específicas: deben estar autorizadas para ejercer la actividad en España, la
mayoría de los derechos de voto de la sociedad debe estar en manos de auditores o sociedades de auditoría
autorizados en algún Estado miembro, y también la mayoría del órgano de administración debe estar
compuesta por socios auditores o sociedades autorizadas dentro de la Unión Europea.
Finalmente, todo este proceso culmina en la elaboración del informe de auditoría, un documento mercantil
formal en el que el auditor expresa su opinión sobre si los estados financieros reflejan la imagen fiel de la
situación económica y financiera de la empresa. Esta opinión técnica es el núcleo esencial del informe y
puede adoptar cuatro formas. La primera es la opinión favorable, que indica que las cuentas están en
conformidad con las normas contables y que el auditor está satisfecho, lo que se conoce como informe
limpio. La segunda posibilidad es una opinión con salvedades, que se da cuando existen errores o
discrepancias, pero no lo suficientemente graves como para invalidar toda la información financiera. La
tercera es la opinión desfavorable, que revela la existencia de problemas significativos que impiden
considerar fiables los estados financieros, lo que constituye una clara señal de alerta. Y, finalmente, está la
opinión denegada, que se produce cuando el auditor no puede emitir un juicio porque no ha obtenido la
evidencia suficiente o adecuada para evaluar las cuentas anuales.
INFORME DE AUDITORÍA
Al final del proceso de auditoría, el auditor debe elaborar un informe de auditoría, que constituye un
documento mercantil formal en el que expresa su opinión sobre si los estados financieros de la empresa
reflejan la imagen fiel de su situación económica y financiera. La opinión técnica del auditor es el núcleo
esencial de este informe y puede adoptar diferentes formas según los resultados obtenidos durante la
revisión.
Cuando el auditor está satisfecho y considera que las cuentas se ajustan correctamente a las normas
contables, emite una opinión favorable, lo que se conoce como informe limpio. Sin embargo, puede ocurrir
que detecte errores o discrepancias que, aunque no son lo bastante graves como para comprometer
totalmente la fiabilidad de la información financiera, sí requieren ser señalados; en estos casos emite una
opinión con salvedades. Si los problemas encontrados son significativos y afectan de manera sustancial a la
credibilidad de los estados financieros, la opinión será desfavorable, indicando que la información presentada
no puede considerarse plenamente fiable. Finalmente, cuando el auditor no dispone de la evidencia suficiente
o adecuada para pronunciarse sobre las cuentas anuales, no puede emitir un juicio y se ve obligado a
formular una opinión denegada.
AUDITORÍA EN ENTIDADES DE INTERÉS PÚBLICO
La auditoría en las entidades de interés público presenta particularidades debido a la relevancia económica y
social de estas organizaciones. Se incluyen dentro de este grupo bancos, aseguradoras, empresas que cotizan
en bolsa y aquellas entidades que, por la naturaleza de su actividad, se determinen reglamentariamente.
Precisamente por su impacto en el mercado y en la economía en general, están sujetas a regulaciones más
estrictas.
Estas entidades deben elaborar un informe adicional que se presenta ante la comisión de auditoría
correspondiente, en el que se abordan cuestiones esenciales como los riesgos financieros más importantes y
las medidas adoptadas para gestionarlos. Además, tienen la obligación de publicar un informe anual de
transparencia en el que explican cómo administran sus finanzas y qué controles aplican para garantizar la
exactitud y fiabilidad de la información que proporcionan.
El Registro Mercantil
El Registro Mercantil constituye el instrumento fundamental a través del cual se lleva a cabo la publicidad
legal en el ámbito del derecho mercantil. Tal y como señala Uría, esta publicidad de carácter obligatorio se
articula mediante instituciones oficiales creadas y mantenidas por el poder público, cuya finalidad es dar a
conocer el verdadero estado de las situaciones jurídico-mercantiles. El Registro Mercantil cumple así una
doble función: por un lado, garantiza certidumbre en las relaciones de responsabilidad y, por otro, protege
tanto al empresario como a los terceros que se relacionan con él.
En su concepción más amplia, el Registro Mercantil es un sistema de publicidad que pone a disposición del
público determinados datos indispensables para asegurar la transparencia y seguridad del tráfico mercantil.
Muchos de estos datos serían difíciles, o incluso imposibles, de averiguar sin una institución específica
encargada de centralizarlos. Si, por ejemplo, deseamos contratar con una sociedad anónima, solo podemos
conocer la identidad de su representante legal consultando lo que figura inscrito en el Registro.
Desde un punto de vista material, el registro es una oficina pública situada en las capitales de provincia y en
otras localidades cuando así se determine reglamentariamente. Está a cargo de registradores de la propiedad
que actúan como registradores mercantiles y dependen directamente de la Dirección General de Seguridad
Jurídica y Fe Pública del Ministerio de Justicia. Entre sus funciones principales se encuentran la inscripción
de los empresarios y demás sujetos que la ley establece, así como de los actos y contratos que los afecten; la
legalización de los libros de los empresarios; el nombramiento de expertos independientes para la valoración
de aportaciones no dinerarias en sociedades de capital y de auditores de cuentas; el depósito y la publicidad
de las cuentas anuales de las sociedades y de los grupos; y la centralización y publicación de la información
registral, labor que corresponde en parte al Registro Mercantil Central.
La normativa aplicable aparece recogida en los artículos 16 a 24 del Código de Comercio y en el Reglamento
del Registro Mercantil (RRM), aprobado por el Real Decreto 1784/1996. Sobre esta base se erigen los
principios fundamentales que rigen la publicidad mercantil, muchos de los cuales están inspirados en la
legislación hipotecaria, aunque con matices propios de la materia.
Uno de los principios esenciales es el de obligatoriedad de la inscripción. El artículo 4 del RRM establece
que la inscripción será obligatoria, salvo que la ley disponga lo contrario, y añade que quien esté obligado a
inscribir un acto no podrá invocar en su propio beneficio la falta de inscripción. Es decir, un empresario o
una entidad que tenga la obligación legal de inscribir determinadas circunstancias no podrá alegar su
ausencia para evitar los efectos jurídicos correspondientes.
El principio de titulación pública refuerza la necesidad de que la inscripción se practique, como regla
general, en virtud de documento público, ya que un registro eficaz no puede operar sin un mínimo soporte de
autenticidad. Solo excepcionalmente se admite la presentación de documentos privados cuando así lo
prevean expresamente las leyes o el propio RRM.
El principio de legalidad exige que el registrador examine la validez formal y material del título presentado,
valorando las formas extrínsecas del documento, la capacidad y legitimación de quienes lo otorgan y la
validez de su contenido. Dependiendo del resultado de esta calificación, el registrador podrá inscribir el
título, inscribirlo parcialmente si contiene negocios independientes, practicar una anotación por defectos
subsanables o denegar la inscripción. Tus apuntes destacan que el registrador se rige por criterios legalmente
tasados para efectuar este escrutinio.
El principio de tracto sucesivo, heredado del ámbito hipotecario, implica que para inscribir actos o contratos
relativos a un sujeto es necesario que previamente conste inscrito dicho sujeto. Del mismo modo, para
inscribir actos modificativos o extintivos de otros anteriores, es imprescindible que estos últimos ya estén
inscritos. También será necesaria la previa inscripción de administradores o apoderados antes de inscribir
actos otorgados por ellos. De este modo, se asegura la continuidad y coherencia de los asientos registrales.
Por su parte, el principio de legitimación establece que el contenido del registro se presume exacto y válido,
lo que significa que los derechos inscritos se consideran existentes y pertenecientes a su titular según lo
reflejado en el asiento. Se trata de una presunción iuris tantum, de modo que admite prueba en contrario,
pero mientras no se modifique el asiento, este despliega plenos efectos. No obstante, la inscripción no
convalida actos nulos, aunque sí produce efectos respecto a los actos anulables mientras no se inscriba su
anulación y transcurra el plazo de prescripción.
El principio de prioridad determina que el documento que accede primero al Registro tiene preferencia
sobre los posteriores, siempre que exista incompatibilidad entre ellos. La preferencia se determina según la
fecha de asiento de presentación, lo que impide que se inscriban documentos posteriores que contradigan o
resulten incompatibles con otros ya presentados.
El principio de publicidad formal significa que el registro es público y que cualquier persona puede acceder
a su contenido para conocer los datos inscritos. Esta publicidad se materializa mediante certificaciones o
notas informativas emitidas por el registrador. Tus apuntes recuerdan que solo se publica lo pertinente y
adecuado conforme a la finalidad del registro. Además, parte del contenido del artículo 12 del RRM fue
anulado por sentencia del Tribunal Supremo de 24 de febrero de 2000, afectando a los apartados 4 a 8, que
regulaban aspectos relativos a bases de datos y comunicaciones telemáticas.
También debe destacarse el principio de oponibilidad, o publicidad material, cuyo objetivo es proteger al
tercero de buena fe. Los actos sujetos a inscripción solo serán oponibles frente a terceros desde su
publicación en el BORME; de este modo, aunque un acto esté inscrito, no puede perjudicar a un tercero de
buena fe hasta que no haya sido debidamente publicado. Asimismo, si un tercero no pudo conocer un acto
inscrito dentro de los quince días siguientes a su publicación, este no le será oponible. En caso de
discordancia entre lo inscrito y lo publicado, el tercero de buena fe podrá acogerse a la versión que le resulte
más favorable, lo que refuerza la función protectora de la publicidad registral.
En conjunto, estos principios y funciones ponen de manifiesto que el Registro Mercantil es una institución
clave para asegurar la transparencia, estabilidad y seguridad del tráfico empresarial, garantizando que
quienes participan en relaciones comerciales puedan conocer con certeza los datos relevantes de los
empresarios y de los actos que realizan.
Objeto de la Inscripción
La función esencial del Registro Mercantil consiste en la inscripción de los sujetos inscribibles y de los
actos que afectan a su situación jurídica. En el caso de los empresarios individuales, la inscripción es
potestativa, excepto para el naviero y el emprendedor de responsabilidad limitada (ERL). No obstante,
como señala el propio reglamento, incluso cuando no sea obligatoria, la inscripción puede resultar necesaria
para evitar perjuicios a terceros o al propio empresario. En la hoja personal del empresario individual deben
inscribirse su identificación, los poderes generales, los actos relativos a sucursales, las resoluciones judiciales
que afecten a su capacidad, las capitulaciones matrimoniales y otras circunstancias previstas
reglamentariamente.
En cuanto a las sociedades, su inscripción es obligatoria, pues solo a partir de ella adquieren personalidad
jurídica. El artículo 94 del RRM recoge los actos que necesariamente deben inscribirse: la constitución de la
sociedad, las modificaciones estatutarias, los aumentos y reducciones de capital, la prórroga de su duración,
los nombramientos y ceses de administradores, liquidadores y auditores, los poderes generales, la apertura y
cierre de sucursales, las operaciones de transformación, fusión, escisión, disolución y liquidación, así como
otras circunstancias previstas en la normativa. Como recogen tus apuntes, se trata de los hitos
fundamentales en la vida societaria, que deben quedar reflejados en el Registro para garantizar la
seguridad del tráfico.
El Registro de Bienes Muebles surge como una pieza esencial dentro del sistema de publicidad jurídica en el
ámbito mercantil, ya que permite dar conocimiento público de las titularidades y gravámenes derivados de
actos y contratos relativos a determinados bienes muebles, así como de las condiciones generales de la
contratación. Su creación se produjo con el Real Decreto 1828/1999, que, al aprobar el Registro de
Condiciones Generales de la Contratación, configuró simultáneamente este Registro de Bienes Muebles,
encomendando su llevanza a los registradores de la propiedad y mercantiles bajo la dependencia del
Ministerio de Justicia. La integración de diversos registros preexistentes, junto con la incorporación de otros
nuevos, dio lugar a una estructura unificada que facilita la publicidad y ordenación jurídica de una amplia
variedad de bienes y contratos.
El Registro de Bienes Muebles se articula en diferentes secciones que permiten organizar adecuadamente la
información que contiene. Entre ellas se encuentran las secciones dedicadas a buques y aeronaves, a
automóviles y vehículos de motor, a maquinaria industrial, establecimientos mercantiles y bienes de equipo,
así como secciones específicas para otras garantías reales, otros bienes muebles registrables y el propio
Registro de Condiciones Generales de la Contratación. Esta división obedece a la necesidad de clasificar de
forma precisa la naturaleza de los bienes y de los actos que pueden acceder al registro, asegurando una
publicidad clara y sistemática.
Como consecuencia de esta estructura, en el Registro de Bienes Muebles pueden inscribirse actos muy
diversos. Entre ellos se incluyen buques y aeronaves, junto con todos los actos, contratos y gravámenes que
recaigan sobre ellos; los contratos de venta a plazos de bienes muebles corporales e identificables; y los
contratos de financiación, tanto al vendedor como al comprador, destinados a facilitar la adquisición de
dichos bienes. Asimismo, se inscriben los contratos de arrendamiento financiero, como el leasing, y otros
contratos de arrendamiento de bienes muebles, como el renting. También encuentran cabida las hipotecas
mobiliarias y las prendas sin desplazamiento, de acuerdo con su regulación específica, así como las
anotaciones preventivas de embargo, demanda, secuestro o prohibición de disponer. Finalmente, se incorpora
la inscripción de las condiciones generales de la contratación y, en general, de cualquier contrato que tenga
por objeto bienes muebles.
El Registro de Bienes Muebles se configura como un registro público, accesible para cualquier persona que
acredite un interés legítimo en conocer su contenido. La publicidad registral se materializa mediante
certificaciones, que pueden ser literales o en extracto, o a través de simples notas informativas. No obstante,
la certificación literal únicamente se expide cuando la solicita una autoridad judicial o administrativa o quien
justifique adecuadamente la necesidad de acceder a la totalidad de los datos inscritos. Con este sistema, el
registro garantiza un equilibrio entre la transparencia jurídica y la protección de la información contenida.
Junto al Registro de Bienes Muebles existen otros registros que también poseen trascendencia en el tráfico
jurídico mercantil y que funcionan como instrumentos de publicidad legal u oficial en ámbitos específicos.
Entre ellos destaca el Registro de la Propiedad Intelectual, de carácter único en todo el territorio nacional,
encargado de la inscripción de los derechos relativos a las obras y producciones protegidas por la normativa
de propiedad intelectual. La Oficina Española de Patentes y Marcas, anteriormente denominada Registro de
la Propiedad Industrial, se ocupa de las distintas modalidades de propiedad industrial. También tienen
importancia el Registro de Sociedades Laborales, que coordina sus asientos con el Registro Mercantil; el
Registro de Sociedades Cooperativas, encargado de la calificación e inscripción de las sociedades y
asociaciones cooperativas; y el Registro de Contratos de Seguros de Cobertura de Fallecimiento, cuya
finalidad es permitir que los interesados conozcan si una persona fallecida tenía contratado un seguro de esta
naturaleza. Finalmente, existen otros registros sectoriales, como los registros especiales del Banco de España
o los de la CNMV, que completan el conjunto de instrumentos destinados a ordenar y publicitar información
relevante para el tráfico mercantil.
Los signos distintivos están regulados por la Ley 17/2001, de 7 de diciembre, de Marcas, cuyo artículo 1
establece que, para su protección, se conceden derechos de propiedad industrial sobre las marcas y los
nombres comerciales. Tanto la solicitud como la concesión y los demás actos o negocios jurídicos que
afecten a estos derechos deben inscribirse en el Registro de Marcas, que tiene carácter único en todo el
territorio nacional y cuya llevanza corresponde a la Oficina Española de Patentes y Marcas, sin perjuicio de
las competencias de las comunidades autónomas. Por tanto, la ley regula dos modalidades de propiedad
industrial en este ámbito: las marcas y los nombres comerciales.
El nombre comercial es el signo diferenciador de la empresa y tiene gran interés tanto para el empresario
como para el público en general. Según el artículo 87 de la Ley de Marcas, se entiende por nombre comercial
todo signo susceptible de representación gráfica que identifica a una empresa en el tráfico mercantil y que
sirve para distinguirla de otras empresas que desarrollan actividades idénticas o similares. El nombre
comercial distingue a la empresa que fabrica, comercializa los productos o presta los servicios, mientras que
la marca distingue los productos o servicios que esa empresa fabrica, comercializa o presta.
El nombre comercial se diferencia de la denominación o razón social, ya que esta identifica a la persona
jurídica como sujeto de derechos y obligaciones y se utiliza en los documentos oficiales, mientras que el
nombre comercial se utiliza para identificar a la empresa frente al público. No es necesario que ambos
coincidan, pudiendo una misma persona física o jurídica utilizar nombres comerciales distintos para
actividades empresariales desarrolladas en diferentes sectores del tráfico económico.
Pueden constituir nombres comerciales las razones sociales y denominaciones de las personas jurídicas, los
nombres de fantasía, las denominaciones alusivas al objeto de la actividad empresarial, los anagramas y
logotipos, las imágenes, figuras y dibujos, así como cualquier combinación de estos signos. Al nombre
comercial le son aplicables, en la medida en que no sean incompatibles con su propia naturaleza, las normas
relativas a las marcas.
El derecho de propiedad sobre el nombre comercial se adquiere mediante su registro válido, lo que confiere a
su titular el derecho exclusivo a utilizarlo en el tráfico económico. Pueden obtener el registro las personas
físicas o jurídicas, incluidas las entidades de derecho público, pudiendo además invocar los tratados
internacionales aplicables que resulten más favorables.
No pueden registrarse como nombres comerciales los signos que no puedan constituir nombre comercial, los
que incurran en prohibiciones absolutas o los que puedan afectar a derechos anteriores. Asimismo, puede
declararse la nulidad del nombre comercial cuando haya sido registrado contraviniendo las prohibiciones
previstas en la ley, y también su caducidad, en la forma y por las mismas causas previstas para las marcas,
siempre que ello no sea incompatible con su propia naturaleza.
MARCAS
La marca constituye el signo distintivo más importante dentro de la propiedad industrial, ya que sirve para
distinguir los productos o los servicios de una empresa de los de otras empresas. Según el artículo 4 de la
Ley de Marcas, pueden constituir marcas todos los signos que sean apropiados para cumplir esa función
distintiva y que puedan ser representados en el Registro de Marcas de manera que permita determinar con
claridad el objeto de la protección. La propiedad sobre la marca se adquiere mediante su registro
válidamente efectuado.
La marca se distingue del nombre de dominio, que es la dirección de internet y cuya asignación en España
se coordina con el Registro Mercantil Central y con la Oficina Española de Patentes y Marcas, con el fin de
evitar conflictos con marcas y denominaciones sociales. Cuando se solicita el registro de una marca con
fraude de derechos de un tercero o en violación de una obligación legal o contractual, la persona perjudicada
puede ejercitar una acción reivindicatoria para reclamar la propiedad de la marca ante los tribunales, dentro
de los plazos legalmente establecidos.
Pueden constituir marca palabras, incluidos nombres de personas, dibujos, letras, cifras, colores, la forma del
producto o de su embalaje y los sonidos. La Ley de Marcas establece una serie de prohibiciones de registro,
que pueden ser de carácter absoluto o relativo. Las prohibiciones absolutas impiden la inscripción en todo
caso, mientras que las relativas permiten la inscripción únicamente cuando media la autorización de su
titular. En términos generales, no pueden registrarse como marca los signos que no se ajusten a la definición
legal de marca, los que carezcan de carácter distintivo, los meramente descriptivos o genéricos, los contrarios
a la ley, al orden público o a las buenas costumbres, los que puedan inducir a error al público, así como los
que entren en conflicto con denominaciones protegidas, emblemas oficiales u otros derechos especialmente
protegidos.
El registro de una marca se otorga por un plazo inicial de diez años desde la fecha de presentación de la
solicitud y puede renovarse indefinidamente por periodos sucesivos de diez años, sin que la marca pueda ser
modificada durante su vigencia o en el momento de su renovación.
El registro confiere a su titular un derecho exclusivo, que incluye la facultad de utilizar la marca para los
productos o servicios registrados y de prohibir a terceros su uso no autorizado en el tráfico económico, tanto
cuando el signo sea idéntico como cuando sea similar y exista riesgo de confusión, así como cuando se trate
de marcas que gocen de renombre. El titular tiene también la obligación de uso, de modo que, si la marca no
es utilizada de forma efectiva durante cinco años, puede quedar sometida a las limitaciones y sanciones
legalmente previstas. Se considera uso válido el realizado por un tercero con el consentimiento del titular, y
se admiten causas justificativas de la falta de uso cuando concurren circunstancias independientes de su
voluntad.
En caso de lesión del derecho de marca, su titular puede ejercitar acciones civiles o penales para obtener el
cese de los actos infractores, la indemnización de daños y perjuicios, la retirada del mercado de los productos
ilícitos, la destrucción o cesión con fines humanitarios de dichos productos, la atribución en propiedad de
bienes embargados y la publicación de la sentencia a costa del infractor.
La marca puede pertenecer a varias personas en régimen de copropiedad, y puede ser objeto de transmisión,
garantía, otros derechos reales, licencias, opciones de compra, embargos u otras medidas. La transmisión de
la empresa en su totalidad implica la transmisión de sus marcas, salvo pacto en contrario o que de las
circunstancias se desprenda lo contrario.
El registro de la marca puede ser declarado nulo, por causas de nulidad absoluta o relativa, y también puede
declararse su caducidad en los supuestos legalmente previstos, como la falta de uso, la conversión en
designación genérica, el carácter engañoso sobrevenido, la falta de renovación o la renuncia del titular. La
nulidad produce efectos retroactivos, mientras que la caducidad produce efectos desde la fecha en que se
declara o desde la fecha en que se produjo la causa.
La Ley de Marcas regula también las marcas colectivas y las marcas de garantía. Las marcas colectivas
sirven para distinguir los productos o servicios de los miembros de la asociación titular frente a los de otras
empresas, y su propiedad pertenece a los miembros de dicha asociación. Las marcas de garantía, en cambio,
sirven para certificar que los productos o servicios cumplen determinados requisitos relativos a la calidad,
composición, origen geográfico, condiciones técnicas o modo de elaboración. A diferencia de las colectivas,
las marcas de garantía pueden ser utilizadas por terceros que cumplan los requisitos establecidos. Mientras
las marcas colectivas buscan identificar el origen común y las características compartidas de los productos o
servicios de los miembros de la agrupación, las marcas de garantía tienen como finalidad principal certificar
estándares predefinidos y reforzar la confianza del consumidor. En ambos casos, es necesario acompañar la
solicitud de registro con un reglamento de uso.
Por último, existen las marcas internacionales, que son las que, tras su depósito en la Oficina Internacional
de Berna conforme al Arreglo de Madrid, producen efectos en España como si se hubieran registrado a nivel
nacional. Asimismo, las marcas de la Unión Europea se solicitan ante la Oficina de la Propiedad Intelectual
de la Unión Europea, y existe la posibilidad de transformar una marca de la Unión en una marca nacional
mediante el procedimiento que se inicia ante la Oficina Española de Patentes y Marcas.
INVENCIONES INDUSTRIALES
Las invenciones industriales se protegen principalmente a través de la patente de invención, regulada por
la Ley 24/2015, de 24 de julio, de Patentes. La patente es el título expedido por el Estado que confiere a su
titular, por un período improrrogable de veinte años, el derecho exclusivo a poner en práctica una
determinada invención, ya sea de procedimiento o de producto, utilizando el objeto de la misma. Se concede
sobre una invención que aporta una nueva manera de hacer algo o una solución técnica nueva a un problema,
pero no toda creación es patentable.
Para que una invención sea patentable debe cumplir determinados requisitos esenciales: debe ser nueva,
debe implicar una actividad inventiva que suponga un verdadero avance técnico y debe ser susceptible de
aplicación industrial. Se considera nueva cuando no forma parte del estado de la técnica, entendido como
todo lo que haya sido hecho accesible al público antes de la fecha de presentación de la solicitud. Además, la
invención debe ser el resultado de una actividad inventiva, es decir, que no resulte evidente para un experto
en la materia.
Existen materias que no pueden ser objeto de patente, como las invenciones cuya explotación comercial
sea contraria al orden público o las buenas costumbres, las variedades vegetales y razas animales, los
procedimientos esencialmente biológicos, los métodos de tratamiento quirúrgico o terapéutico del cuerpo
humano o animal, los métodos de diagnóstico, así como el cuerpo humano en sus diferentes estadios de
constitución y desarrollo.
El derecho a la patente pertenece al inventor o a sus causahabientes y es transmisible por todos los medios
admitidos en derecho. No obstante, cuando las invenciones se realizan durante la vigencia de un contrato de
trabajo o de una relación de empleo o de prestación de servicios, y son fruto de una actividad de
investigación explícita o implícitamente incluida en el objeto del contrato, el derecho corresponde al
empresario. En los demás casos, la invención pertenece a su autor. En el ámbito de los centros públicos de
investigación y universidades, las invenciones obtenidas por su personal pertenecen a la entidad a la que
están vinculados.
La solicitud de patente debe presentarse ante la Oficina Española de Patentes y Marcas o ante el órgano
competente de la comunidad autónoma, y debe incluir una descripción suficientemente clara y completa que
permita a un experto en la materia ejecutarla. Tras un examen de oficio, la solicitud se publica en el Boletín
Oficial de la Propiedad Industrial, abriéndose un trámite de observaciones por parte de terceros.
Posteriormente, la Oficina Española de Patentes y Marcas examina si se cumplen los requisitos formales,
técnicos y de patentabilidad y, en su caso, concede o deniega la patente, publicándose la decisión en dicho
boletín.
Las patentes tienen una duración de veinte años improrrogables, contados desde la fecha de presentación
de la solicitud, y producen efectos desde la publicación de su concesión. La patente confiere a su titular el
derecho a impedir a terceros, sin su consentimiento, la fabricación, oferta, comercialización, utilización,
importación o posesión de productos patentados, así como la utilización de procedimientos patentados y la
comercialización de productos obtenidos directamente por dichos procedimientos. Expirado el plazo, la
invención pasa al dominio público.
Tanto las solicitudes de patente como las patentes concedidas deben inscribirse en el Registro de Patentes y
pueden ser transmitidas, dadas en garantía o ser objeto de otros derechos reales, licencias, opciones de
compra, embargos u otras medidas derivadas de procedimientos de ejecución. El titular está obligado a
explotar la invención de manera suficiente para abastecer el mercado, pudiendo establecerse licencias
obligatorias en los supuestos legalmente previstos.
La patente puede extinguirse antes de los veinte años, bien por nulidad, bien por caducidad, y también
puede ser revocada o limitada a petición de su titular. Se declarará la nulidad cuando no concurran los
requisitos de patentabilidad, cuando la descripción no sea suficientemente clara y completa, cuando el objeto
exceda del contenido de la solicitud inicial, cuando se haya ampliado indebidamente la protección tras la
concesión o cuando el titular no tuviera derecho a obtener la patente.
La caducidad puede producirse por expiración del plazo legal, por renuncia expresa del titular, por falta de
pago de las anualidades, por falta de explotación en los plazos establecidos o por los demás supuestos
previstos en la ley. La caducidad implica la incorporación de la invención al dominio público desde el
momento en que se produjeron los hechos u omisiones que dieron lugar a ella.
MODELO DE UTILIDAD
El modelo de utilidad es una figura de protección regulada por la Ley de Patentes que se asemeja a la patente
de invención, aunque está pensada para invenciones de menor entidad. Protege invenciones que son nuevas y
aplicables industrialmente, pero que no alcanzan el nivel de actividad inventiva exigido para una patente
completa. Consiste en dar a un objeto o producto una configuración, estructura o constitución de la que
resulte una ventaja prácticamente apreciable para su uso o fabricación, como ocurre, por ejemplo, con
objetos que incorporan mejoras funcionales.
La característica esencial del modelo de utilidad es la forma del objeto, que debe ser una forma espacial,
perceptible por los sentidos, con una configuración determinada. Lo que se protege no es la regla técnica en
sí misma ni la forma aislada, sino la regla inventiva que se manifiesta a través de esa forma, es decir, la
ventaja práctica que se obtiene al dar al objeto una determinada configuración.
No pueden protegerse como modelos de utilidad, además de las materias excluidas de la patentabilidad, las
invenciones de procedimiento, las que recaigan sobre materia biológica ni las sustancias y composiciones
farmacéuticas.
Aunque deben cumplir los mismos requisitos básicos que las patentes, presentan algunas particularidades. El
estado de la técnica que se utiliza para valorar la novedad y la actividad inventiva es el mismo que el previsto
para las patentes. Sin embargo, el nivel de actividad inventiva exigido es menor, aunque siempre debe existir.
La duración de la protección es de 10 años improrrogables.
DISEÑO INDUSTRIAL
El diseño industrial se regula en la Ley 20/2003, de 7 de julio, de protección jurídica del diseño industrial, y
establece el régimen jurídico de la protección de la apariencia de los productos. Se entiende por diseño la
apariencia de la totalidad o de una parte de un producto, que deriva de las características de las líneas,
contornos, colores, forma, textura o materiales del propio producto o de su ornamentación. Puede consistir en
características tridimensionales, como la forma, o bidimensionales, como los dibujos y la decoración, o en
una combinación de ambas.
La finalidad del diseño industrial es proteger las formas estéticas novedosas o el diseño actualizado de
objetos tridimensionales ya conocidos, sin proteger su utilidad o funcionalidad, ya que estos aspectos
corresponden a las patentes y a los modelos de utilidad. El diseño debe cumplir dos requisitos esenciales: la
novedad y el carácter singular. Se considera nuevo cuando ningún diseño idéntico haya sido hecho accesible
al público antes de la fecha de presentación de la solicitud o de la fecha de prioridad, y posee carácter
singular cuando la impresión general que produce en el usuario informado difiere de la producida por otros
diseños anteriores.
Se considera producto todo artículo industrial o artesanal, incluidas las piezas destinadas a su montaje en un
producto complejo, el embalaje, la presentación, los símbolos gráficos y los caracteres tipográficos, con
exclusión de los programas informáticos. Se entiende por producto complejo el formado por múltiples
componentes reemplazables que permiten desmontarlo y volverlo a montar. La protección del diseño se
dirige a productos destinados a la comercialización y creados para aumentar su atractivo en el mercado, y no
a obras que constituyan por sí mismas creaciones artísticas protegidas por la propiedad intelectual.
Pueden obtener el registro de un diseño las personas físicas o jurídicas de nacionalidad española, así como
las extranjeras que residan habitualmente o tengan un establecimiento industrial o comercial efectivo en
España, las que gocen de los beneficios del Convenio de la Unión de París, los nacionales de los Estados
miembros de la Organización Mundial del Comercio y, en general, aquellas personas cuyos países concedan
reciprocidad a los españoles.
El registro del diseño se concede por un periodo inicial de cinco años contados desde la fecha de
presentación de la solicitud, y puede renovarse por periodos sucesivos de cinco años hasta un máximo de
veinticinco años. La solicitud podrá ser denegada o el registro cancelado cuando el diseño no se ajuste a la
definición legal, no cumpla los requisitos de protección, el solicitante no tenga derecho a obtenerlo, sea
incompatible con un diseño protegido en España, suponga un uso indebido o incorpore signos distintivos o
obras protegidas sin autorización.
El derecho a registrar el diseño pertenece al autor o a sus causahabientes, y cuando haya sido creado
conjuntamente por varias personas, les pertenece en común. El registro confiere a su titular el derecho
exclusivo a utilizar el diseño y a prohibir su uso por terceros sin su consentimiento, entendiéndose por
utilización la fabricación, oferta, comercialización, importación, exportación, uso o almacenamiento de
productos que incorporen el diseño.
El titular puede ejercitar acciones civiles o penales contra quienes lesionen su derecho y exigir las medidas
necesarias para su protección. El registro puede ser declarado nulo si concurren las causas de denegación
previstas legalmente, y la acción de nulidad puede ejercitarse durante la vigencia del registro y hasta cinco
años después de su caducidad. El diseño caduca si no se renueva en los plazos legales, por renuncia del
titular o si este deja de cumplir los requisitos de legitimación.
Los derechos derivados de la solicitud o del registro del diseño pueden transmitirse, darse en garantía o ser
objeto de derechos reales, licencias, opciones de compra, embargos u otros negocios jurídicos, y las licencias
pueden ser exclusivas o no exclusivas, para todo o parte del territorio y para todas o parte de las facultades
del derecho exclusivo.
OFICINA ESPANOLA DE PATENTES Y MARCAS
La Oficina Española de Patentes y Marcas es la denominación actual del antiguo Registro de la Propiedad
Industrial. Inicialmente fue regulado por la Ley 17/1975, de 2 de mayo, y por el Real Decreto 2573/1977, de
17 de junio, y posteriormente pasó a configurarse como organismo autónomo. La Ley 21/1992, de 16 de
julio, de industria, sustituyó la denominación anterior por la actual, quedando hoy regulada por la Ley
17/1975, de 2 de mayo, y el Real Decreto 1270/1997, de 24 de julio.
Se trata de un organismo autónomo adscrito al Ministerio de Industria, Comercio y Turismo a través de la
subsecretaría, con personalidad jurídica propia y plena capacidad de obrar para el cumplimiento de sus fines.
Tiene a su cargo la realización de la actividad administrativa que corresponde al Estado en materia de
propiedad industrial, conforme a la legislación vigente y a los convenios internacionales aplicables, y
constituye el instrumento de la política tecnológica en este ámbito. Dispone de patrimonio propio y de los
bienes y derechos que le sean adscritos por la Administración General del Estado.
Entre sus funciones se encuentra el reconocimiento y mantenimiento de la protección registral de las diversas
manifestaciones de la propiedad industrial, incluidas las invenciones, las topografías de productos
semiconductores, las creaciones de forma y los signos distintivos. Asimismo, difunde la información
tecnológica objeto de registro, aplica los convenios internacionales vigentes en materia de propiedad
industrial, promueve iniciativas y actividades destinadas al mejor conocimiento y protección de estos
derechos, informa sobre anteproyectos de ley y disposiciones generales en la materia y emite dictámenes.
También puede actuar como institución mediadora y arbitral, conforme a la normativa sobre mediación y
arbitraje, en conflictos relacionados con la adquisición, utilización, contratación y defensa de los derechos de
propiedad industrial, además de ejercer cualquier otra función que le atribuya la legislación vigente.
La estructura de la Oficina Española de Patentes y Marcas se organiza en torno al presidente del organismo,
que es el titular del órgano superior o directivo del ministerio de adscripción; al director, que ejecuta las
directrices del presidente y ostenta la representación legal y la dirección efectiva de los servicios; y a la
secretaría general, encargada de los servicios generales y administrativos. Junto a estos órganos, cuenta con
el Departamento de Patentes e Información Tecnológica, responsable de las actuaciones relativas a la
protección de patentes de invención, modelos de utilidad, topografías de productos semiconductores y
modelos y dibujos industriales y artísticos; el Departamento de Signos Distintivos, encargado de la
protección de marcas y nombres comerciales; y el Departamento de Coordinación Jurídica y Relaciones
Internacionales, que presta apoyo jurídico y gestiona las relaciones internacionales en materia de propiedad
industrial en coordinación con el Ministerio de Asuntos Exteriores.
RÉGIMEN INTERNACIONAL
Los signos distintivos de la empresa y los derechos de propiedad industrial requieren una protección que
trasciende el ámbito nacional, ya que están directamente vinculados al libre establecimiento de las empresas
y a la libre circulación de mercancías dentro de un marco de competencia leal. Resulta lógico que los
empresarios pretendan evitar que su nombre comercial, sus marcas o sus patentes sean utilizados
indebidamente en otros países, aprovechándose ilícitamente de su prestigio o de sus derechos.
En este contexto surge el Convenio de París de 1883, abierto a todos los Estados y aplicable a la propiedad
industrial en su sentido más amplio, que incluye las invenciones, las marcas, los dibujos y modelos
industriales, los modelos de utilidad, los nombres comerciales, las indicaciones geográficas y la represión de
la competencia desleal. Este convenio establece el principio de trato nacional, por el cual cada Estado debe
conceder a los nacionales de los demás Estados contratantes la misma protección que a sus propios
nacionales, extendiendo también dicha protección a quienes, aun siendo de Estados no contratantes, estén
domiciliados o tengan establecimientos reales en un Estado parte.
Un elemento esencial del sistema es el derecho de prioridad, que permite que, a partir de una primera
solicitud presentada en un Estado contratante, el solicitante pueda, durante un plazo determinado, solicitar
protección en otros Estados, considerándose todas esas solicitudes como presentadas en la misma fecha que
la inicial. Esto facilita la expansión internacional de la protección sin necesidad de presentar todas las
solicitudes simultáneamente.
En materia de patentes, las concedidas en los distintos Estados son independientes entre sí, de modo que la
concesión, denegación, anulación o caducidad en un país no condiciona la situación de la patente en los
demás. En cuanto a las marcas, las condiciones de presentación y registro se rigen por la legislación de cada
Estado, y no pueden rechazarse por el simple hecho de no haber sido registradas previamente en el país de
origen. Los dibujos y modelos industriales deben ser protegidos en todos los Estados contratantes, sin que
pueda denegarse la protección por el lugar de fabricación del producto. Los nombres comerciales quedan
protegidos sin necesidad de depósito o registro, y los Estados deben adoptar medidas contra las indicaciones
falsas de procedencia.
Cada Estado está obligado a contar con un servicio especial de propiedad industrial y una oficina central
encargada de comunicar al público la información relativa a patentes, marcas, modelos de utilidad y diseños
industriales, mediante la publicación periódica de un boletín oficial.
Además, España ha ratificado el Tratado sobre el Derecho de Marcas, aplicable a las marcas constituidas
por signos visibles, armonizando las formalidades esenciales y reforzando la seguridad jurídica en este
ámbito.
En el marco de la Unión Europea, se ha desarrollado una normativa unitaria para armonizar los derechos
internos, especialmente en materia de marcas, patentes y diseños. Destaca el sistema de la patente europea, la
normativa sobre la marca de la Unión Europea —actualizada por un reglamento que simplifica y agiliza los
procedimientos y refuerza la seguridad jurídica— y el sistema de dibujos y modelos comunitarios, que
concede una protección uniforme con efectos en todo el territorio de la Unión. Asimismo, se ha creado un
centro de mediación para favorecer soluciones amistosas en los conflictos relativos a marcas de la Unión.
En conjunto, este régimen internacional y europeo permite a los titulares de derechos de propiedad industrial
obtener una protección eficaz más allá de las fronteras nacionales, facilitando el comercio y la innovación en
un mercado cada vez más globalizado.
PROPIEDAD COMERCIAL
La propiedad comercial protege el local o espacio donde se desarrolla la actividad empresarial, reconociendo
la importancia económica que tiene no solo como base física del negocio, sino también por el efecto que el
emplazamiento ejerce sobre la clientela y la reputación del comerciante. La Ley de Arrendamientos Urbanos
de 24 de noviembre de 1994 recoge los derechos del arrendatario de un local de negocio y busca garantizar la
estabilidad del arrendamiento, limitando las posibilidades de desahucio y reconociendo compensaciones por
la clientela adquirida. Entre estos derechos se encuentra el de adquisición preferente, que permite al
arrendatario adquirir el local arrendado cuando el propietario decida venderlo, así como el derecho a
subarrendar el local sin necesidad del consentimiento del arrendador, siempre que la notificación se realice
de forma fehaciente. Asimismo, la ley protege al arrendatario frente a la pérdida de clientela otorgándole
indemnización por los perjuicios derivados de tener que trasladar su actividad o por los beneficios que
pudiera obtener un nuevo arrendatario. El arrendatario también cuenta con un derecho preferente a continuar
en el contrato si el arrendador pretende celebrar un nuevo contrato antes de un año desde la extinción legal
del arrendamiento, debiendo notificarse las condiciones esenciales y los datos del nuevo arrendatario. Por
último, existe el derecho de traspaso, mediante el cual el arrendatario puede transferir su contrato a un
tercero, aunque el valor económico del traspaso puede verse reducido por la facultad del arrendador de
incrementar la renta en un diez por ciento en caso de subarriendo parcial o en un veinte por ciento en caso de
cesión total del contrato o subarriendo total de la finca arrendada. En conjunto, la propiedad comercial
asegura un equilibrio entre los derechos del arrendador y del arrendatario, garantizando la continuidad del
negocio, la protección de la clientela y la estabilidad económica que depende de la ubicación estratégica del
local.
Dentro del sistema de economía de mercado, el correcto funcionamiento del mismo exige la existencia de
una pluralidad de productores y consumidores que actúen en condiciones de igualdad. Este presupuesto hace
necesaria la existencia de un marco normativo que garantice una competencia noble y leal entre los
empresarios y empresas y que, al mismo tiempo, proteja a los consumidores y usuarios frente a aquellas
situaciones en las que la competencia pueda verse falseada en su perjuicio o en el de terceros. En este
sentido, el artículo 38 de la Constitución Española reconoce la libertad de empresa en el marco de la
economía de mercado, lo que implica que los bienes y servicios se intercambian libre y voluntariamente y
que los empresarios compiten entre sí para atraer a los consumidores, quienes pueden elegir la oferta que
consideren más conveniente.
La libre competencia constituye, por tanto, el eje esencial sobre el que gira la economía de mercado. No
obstante, junto a esta dimensión privada, existe una vertiente de carácter público que justifica la intervención
del Estado con el fin de prevenir, reprimir y sancionar aquellos abusos que puedan suponer obstáculos
creados artificialmente por los empresarios y que impidan el normal funcionamiento de la competencia.
Estas conductas contrarias al derecho de la defensa de la competencia, denominadas conductas
anticompetitivas, pueden manifestarse tanto a través de acuerdos o conductas paralelas entre empresarios
dirigidas a eliminar la competencia, como mediante el abuso de una posición dominante en el mercado.
El conjunto de normas relativas a la competencia se articula, por un lado, en disposiciones destinadas a
garantizar que la competencia sea real y efectiva y no resulte falseada o impedida y, por otro, en normas que
concretan, persiguen y sancionan la competencia ilícita con el objetivo de asegurar que sea noble y leal. En
este ámbito se sitúa la Ley 15/2007, de 3 de julio, de Defensa de la Competencia, junto con su reglamento de
desarrollo aprobado por el Real Decreto 261/2008, de 22 de febrero, que constituye el marco básico de
regulación de la competencia en España.
La Ley 15/2007 tuvo como finalidad reformar el sistema español de defensa de la competencia para reforzar
los mecanismos existentes y dotarlo de una estructura institucional adecuada que garantice la competencia
efectiva en los mercados, teniendo en cuenta tanto el sistema normativo comunitario como el reparto
competencial entre el Estado y las comunidades autónomas. De acuerdo con la Ley 1/2002, de coordinación
de competencias en materia de defensa de la competencia, las comunidades autónomas pueden aplicar la
normativa en relación con prácticas colusorias y abusos de posición dominante que afecten exclusivamente a
su ámbito territorial, mientras que el Estado se reserva de forma exclusiva las competencias en materia de
concentraciones empresariales.
La ley se inspira en una serie de principios fundamentales, entre los que destacan la garantía de la seguridad
jurídica de los operadores económicos, la independencia en la toma de decisiones, la transparencia y
responsabilidad de los órganos administrativos encargados de su aplicación, la eficacia en la lucha contra las
conductas restrictivas de la competencia y la coherencia del sistema en su conjunto. Asimismo, el régimen
institucional se vio modificado por la Ley 3/2013, de 4 de junio, que creó la Comisión Nacional de los
Mercados y de la Competencia, integrando en un único organismo las funciones anteriormente atribuidas a
diversas autoridades sectoriales y derogando el título III de la Ley de Defensa de la Competencia, que
regulaba la antigua Comisión Nacional de la Competencia.
En consecuencia, la Ley 15/2007 actúa como el instrumento fundamental para velar por el correcto
funcionamiento del mercado, imponiendo a los empresarios la obligación de cesar en las conductas
anticompetitivas y previendo la imposición de sanciones administrativas, en particular multas de carácter
significativo, como principal consecuencia jurídica del incumplimiento de las normas de defensa de la
competencia.
CONDUCTAS PROHIBIDAS
La Ley 15/2007, de Defensa de la Competencia, regula tres grandes categorías de conductas prohibidas que
tienen en común su carácter anticompetitivo, en la medida en que impiden, restringen o falsean la libre
competencia en el mercado. Estas conductas son las colusorias, las abusivas y las desleales. Para que una
conducta prohibida resulte sancionable no es necesario que haya producido efectivamente un daño en el
mercado, siendo suficiente con que dicho efecto haya sido querido por las partes o sea potencialmente
posible. Asimismo, la infracción de las normas de competencia no exige la existencia de un contrato formal o
escrito, bastando cualquier forma de acuerdo entre empresas, ya sea expreso o tácito, formal o informal, que
pueda derivarse incluso de contactos indirectos o de comportamientos paralelos conscientemente
coordinados.
Entre las conductas prohibidas, ocupan un lugar central las prácticas colusorias, reguladas en el artículo 1 de
la Ley de Defensa de la Competencia. Se consideran prácticas colusorias todos aquellos acuerdos, decisiones
o recomendaciones colectivas, así como prácticas concertadas o conscientemente paralelas, realizadas entre
dos o más operadores económicos independientes, que tengan por objeto, produzcan o puedan producir el
efecto de impedir, restringir o falsear la competencia en todo o parte del mercado nacional. Estas conductas
reciben tal denominación porque los empresarios se ponen de acuerdo entre sí para no competir, eliminando
artificialmente la rivalidad propia del mercado.
La ley formula una prohibición general de este tipo de conductas y, con el fin de facilitar su aplicación
práctica, incluye una relación abierta de las prácticas colusorias más frecuentes. Entre ellas se encuentran los
acuerdos de fijación directa o indirecta de precios u otras condiciones comerciales, que constituyen el
supuesto más claro y grave de colusión, al eliminar la posibilidad de que el consumidor se beneficie de la
competencia entre ofertas. También se consideran prácticas colusorias la limitación o el control de la
producción, de la distribución, del desarrollo técnico o de las inversiones, así como el reparto del mercado o
de las fuentes de aprovisionamiento, mediante el cual las empresas pactan zonas geográficas o segmentos de
clientes para evitar competir entre sí. Igualmente, se incluyen la aplicación de condiciones desiguales para
prestaciones equivalentes, que sitúan a determinados competidores en una posición de desventaja
injustificada, y la subordinación de la celebración de contratos a la aceptación de prestaciones suplementarias
que no guarden relación con el objeto principal del contrato.
La práctica colusoria puede manifestarse a través de un acuerdo expreso entre empresas que no pertenecen al
mismo grupo, mediante recomendaciones de asociaciones empresariales o incluso a través de conductas
conscientemente paralelas, en cuyo caso la ley presume la existencia de un acuerdo cuando el
comportamiento en el mercado no puede explicarse razonablemente sin una coordinación previa entre los
operadores. En todo caso, el elemento esencial es que la conducta tenga como efecto real o potencial la
alteración del libre juego de la competencia.
No obstante, la ley prevé que determinadas prácticas colusorias puedan quedar exentas de prohibición
cuando contribuyan a mejorar la producción o la comercialización de bienes y servicios o a promover el
progreso técnico o económico, siempre que permitan a los consumidores participar equitativamente de sus
ventajas, no impongan restricciones innecesarias a las empresas implicadas y no eliminen la competencia
respecto de una parte sustancial del mercado. Estas excepciones se conciben de forma restrictiva y solo
resultan admisibles cuando las prácticas persiguen el interés general del mercado y no el beneficio particular
de las empresas implicadas.
Una vez declarada la existencia de una práctica colusoria, las consecuencias jurídicas son claras: los
infractores están obligados a cesar inmediatamente en su comportamiento anticompetitivo, los acuerdos o
decisiones adoptados son nulos de pleno derecho y los empresarios responsables pueden ser sancionados por
la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia con multas de elevada cuantía. Estas sanciones
tienen como finalidad restablecer la competencia efectiva en el mercado y disuadir de futuras conductas
restrictivas.
ABUSO DE LA POSICIÓN DOMINANTE
La segunda categoría de conductas prohibidas por la Ley 15/2007 de Defensa de la Competencia es el abuso
de la posición dominante, regulado en el artículo 2. Esta conducta se configura cuando una o varias
empresas, que disfrutan de poder e independencia económica suficientes en un mercado relevante, explotan
de manera abusiva dicha posición para restringir la competencia. Es importante destacar que la ley no
sanciona la posición de dominio en sí misma, es decir, el hecho de que una empresa alcance una posición
dominante o monopolística no es ilícito; lo que resulta prohibido es la utilización abusiva de esa posición
para influir en el mercado de forma contraria a la competencia efectiva.
La posición de dominio se entiende, conforme a la jurisprudencia europea, como la situación que permite a
una empresa actuar con independencia de sus competidores, clientes y consumidores, impidiendo en gran
medida que se mantenga una competencia real. El abuso de esta posición se manifiesta en comportamientos
que distorsionan el mercado, adoptando prácticas diferentes a las que se observarían en un mercado
competitivo. Entre estas prácticas, enumeradas a título indicativo en el artículo 2.2 de la LDC, se incluyen la
imposición de precios o condiciones comerciales no equitativas, la limitación injustificada de la producción,
distribución o desarrollo técnico, la negativa injustificada a atender demandas de compra o prestación de
servicios, la aplicación de condiciones desiguales para prestaciones equivalentes y la subordinación de
contratos a la aceptación de prestaciones accesorias no relacionadas con el objeto principal del contrato.
En la práctica, el abuso de posición dominante puede adoptar múltiples formas, dependiendo del sector y del
mercado en el que opere la empresa. Por ejemplo, una empresa dominante no podría fijar precios
excesivamente altos o bajos, imponer descuentos condicionados al crecimiento de ventas, vincular la venta
de un producto a la adquisición de otro o impedir que competidores accedan a recursos esenciales para
competir, como su propiedad intelectual. Los casos sancionados en España muestran la relevancia de esta
regulación, como la multa de 57 millones de euros impuesta a Telefónica de España por obstaculizar la
preasignación de llamadas y excluir a otros operadores del mercado de telefonía fija. Otro ejemplo
significativo es el de una distribuidora de instalaciones eléctricas, sancionada por cobrar indebidamente a los
consumidores por instalaciones que debía ejecutar la propia empresa, abusando así de su posición dominante
en su zona de distribución. A nivel europeo, la Comisión Europea multó a Google con 1.490 millones de
euros por el abuso de su posición dominante en el mercado publicitario online a través de la plataforma
Google AdSense durante varios años.
Las consecuencias jurídicas del abuso de posición dominante son claras y coinciden en gran medida con las
derivadas de las prácticas colusorias: los infractores deben cesar inmediatamente en su conducta
anticompetitiva, las decisiones y acuerdos adoptados son nulos de pleno derecho y la empresa infractora
puede ser sancionada con multas significativas por la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia,
buscando restablecer la competencia efectiva en el mercado y proteger los derechos de consumidores y
competidores.
FALSEAMIENTO DE LA COMPETENCIA POR ACTOS DESELEALES
La tercera categoría de conductas prohibidas por la Ley 15/2007 de Defensa de la Competencia es el
falseamiento de la libre competencia por actos desleales, regulada en el artículo 3. Esta conducta se refiere
a aquellos actos de competencia desleal que afectan al interés público al distorsionar las condiciones de
competencia en el mercado. A diferencia de los actos colusorios o del abuso de posición dominante, aquí el
foco está en conductas desleales que, aunque pueden tener un origen en conflictos privados entre empresas o
con consumidores, alcanzan tal magnitud que suponen un perjuicio para la competencia efectiva y, por ende,
para el interés general.
Para que una conducta pueda calificarse como desleal y ser sancionada bajo la Ley de Defensa de la
Competencia, deben concurrir tres elementos esenciales. Primero, debe existir un acto de competencia
desleal, regulado en la Ley 3/1991 de Competencia Desleal, que incluye prácticas como la denigración de
competidores, la publicidad engañosa, la imitación de iniciativas empresariales ajenas o la explotación de
situaciones de dependencia económica. Segundo, debe producirse un falseamiento de la libre competencia,
definido por la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia como toda conducta que afecta la
capacidad de competir de otras empresas o que altera el funcionamiento del mercado, limitando dicha
capacidad. Finalmente, es necesario que la conducta afecte al interés público, lo que implica una distorsión
significativa del sistema competitivo que comprometa el funcionamiento eficiente de los mercados y, por
tanto, el bienestar económico general de la sociedad. Este concepto de interés público está vinculado al
modelo económico de la Constitución Española, específicamente al artículo 38, que reconoce la libertad de
empresa dentro de un sistema de economía de mercado.
Un ejemplo paradigmático de esta conducta se encuentra en un caso histórico relacionado con Correos,
donde la empresa prestaba servicios postales a grandes clientes a precios artificialmente bajos, inferiores
incluso a los costes reales. Esta estrategia impedía que otros competidores pudieran ofrecer servicios
similares de manera rentable, excluyéndolos del mercado y falseando así la competencia. En este caso, la
conducta desleal no solo perjudicaba a empresas competidoras, sino que afectaba al interés económico
general, al distorsionar las condiciones de competencia y limitar la eficiencia del mercado.
En conclusión, los actos desleales que falsean la competencia se distinguen por su capacidad de afectar tanto
a competidores como al interés general. La Ley de Defensa de la Competencia interviene para prevenir,
reprimir y sancionar estas prácticas, asegurando que el mercado funcione de manera libre y eficiente, en
beneficio del interés público y del correcto desarrollo de la economía.
4. CONCENTRACIONES ECONÓMICAS
Las concentraciones económicas surgen de la necesidad de crear unidades de producción más amplias y
eficientes, ya sea mediante la fusión de empresas de igual naturaleza —lo que se denomina concentración
horizontal— o mediante la unión de empresas de distinta naturaleza, conocida como concentración vertical.
Este tipo de operaciones puede generar economías de escala y mejorar la eficiencia económica, pero también
entraña riesgos para la competencia, ya que la empresa resultante podría alcanzar un elevado poder de
mercado que le permita actuar en posición de privilegio y eliminar la competencia efectiva.
De acuerdo con el artículo 7 de la Ley de Defensa de la Competencia (LDC), se considera que hay
concentración económica cuando se produce un cambio estable de control sobre la totalidad o parte de una o
varias empresas, ya sea mediante la fusión de empresas independientes, la adquisición del control por otra
empresa o la creación de una empresa en participación. El concepto de control se entiende como la capacidad
de influir decisivamente en las decisiones de la empresa, ya sea a través de derechos de propiedad, derechos
sobre activos o mediante contratos u otros medios que permitan intervenir en la toma de decisiones de los
órganos de gobierno de la empresa.
No todas las operaciones que implican cambios de propiedad se consideran concentraciones. La ley excluye,
por ejemplo, la mera redistribución de activos dentro de un mismo grupo, la tenencia temporal de
participaciones con fines de reventa por entidades financieras, o adquisiciones realizadas bajo mandato de
autoridad pública según la normativa concursal.
El procedimiento de control de concentraciones económicas se activa cuando se cumplen ciertas
condiciones: por un lado, si la concentración permite adquirir o aumentar una cuota de mercado igual o
superior al 30 % en un mercado relevante; y por otro, si el volumen de negocios global de las empresas
implicadas supera determinados umbrales establecidos en la ley. No obstante, algunas concentraciones
menores quedan exentas del control, siempre que no afecten significativamente la cuota de mercado.
Una vez notificada la concentración a la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC),
esta evaluará si la operación puede obstaculizar el mantenimiento de una competencia efectiva en todo o
parte del mercado nacional. Entre los factores que se valoran se encuentran la estructura del mercado, la
posición económica y financiera de las empresas afectadas, la competencia real o potencial, las posibilidades
de elección de proveedores y consumidores, las barreras de acceso, y las eficiencias económicas derivadas de
la operación.
Si la CNMC identifica posibles riesgos para la competencia, la concentración puede ser autorizada,
autorizada con compromisos, prohibida o remitida a la Comisión Europea. En caso de segunda fase del
procedimiento, los interesados pueden presentar alegaciones, y el Consejo de la CNMC dictará la resolución
definitiva, que puede incluir la autorización, la prohibición o la imposición de condiciones para preservar la
competencia. El Consejo de Ministros puede intervenir cuando existan razones de interés general, como la
seguridad nacional, la protección de la salud pública o del medio ambiente, o la garantía del correcto
funcionamiento de la regulación sectorial.
En caso de que una concentración se haya ejecutado sin autorización y se determine que afecta la
competencia, la CNMC puede ordenar medidas correctivas, incluida la desconcentración de la empresa,
para restablecer un mercado competitivo y asegurar que los intereses públicos no se vean comprometidos.
En síntesis, el régimen de control de concentraciones económicas busca equilibrar los beneficios de la
eficiencia y las economías de escala con la necesidad de mantener mercados competitivos, protegiendo
tanto a los consumidores como al interés general de la sociedad.
5. AYUDAS PÚBLICAS / 6. RÉGIMEN SANCIONADOR
Las ayudas públicas comprenden cualquier ventaja económica selectiva que una empresa o sector reciba
como resultado de una intervención pública financiada con fondos públicos, siempre que dicha ayuda pueda
distorsionar la competencia o afectar el comercio dentro de la Unión Europea. No se limitan únicamente a
subvenciones, sino que incluyen beneficios fiscales selectivos, préstamos, ventas de terrenos públicos o
cualquier otra ventaja concedida en condiciones distintas a las del mercado. El control de estas ayudas tiene
como objetivo profundizar la integración económica europea y garantizar que no se produzcan distorsiones
en los mercados, preservando la competencia efectiva.
En España, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) puede analizar los criterios
de concesión de las ayudas públicas, tanto de oficio como a instancia de las administraciones públicas,
emitiendo informes y propuestas para mantener la competencia. Las comunidades autónomas pueden
complementar este control mediante informes sobre ayudas en su ámbito territorial. Todo ello se realiza sin
perjuicio del control que ejerce la Comisión Europea conforme a la normativa comunitaria.
Respecto al régimen sancionador, la LDC considera infractores a las personas físicas o jurídicas que
realicen las acciones u omisiones tipificadas como infracciones, incluyendo a las empresas que las controlan,
salvo que estas no determinen el comportamiento económico de la entidad infractora. Las infracciones se
clasifican en leves, graves y muy graves, con multas que van desde el 1 % hasta el 10 % de la cifra de
ingresos totales de la empresa en el ejercicio anterior. Cuando no se puede determinar esta cifra, se aplican
importes fijos que varían según la gravedad de la infracción.
El cálculo de las sanciones se realiza considerando diversos factores, como la dimensión del mercado
afectado, la cuota de mercado de la empresa responsable, la duración y el alcance de la infracción, los efectos
sobre consumidores y competidores, los beneficios ilícitos obtenidos, así como las circunstancias agravantes
o atenuantes. Entre las circunstancias agravantes se incluyen la reiteración de infracciones, la posición de
liderazgo en la conducta ilícita, la adopción de medidas para garantizar su cumplimiento y la obstrucción de
la labor inspectora. Por el contrario, las circunstancias atenuantes comprenden actuaciones que pongan fin
a la infracción, reparación del daño causado, y la colaboración activa con la CNMC.
Un mecanismo especialmente relevante es el programa de clemencia, dirigido a los participantes en
cárteles. La LDC permite que la primera empresa o persona física que aporte pruebas sobre un cártel
desconocido y coopere plena y diligentemente con la CNMC obtenga la exención total o parcial de la
multa, siempre que ponga fin a su participación, no destruya pruebas y no obligue a otras empresas a
participar. El nivel de reducción de la multa puede alcanzar hasta el 50 % para la primera en cooperar.
A estos efectos, se entiende por cártel cualquier acuerdo o práctica concertada entre competidores destinada
a coordinar su comportamiento competitivo o influir en los parámetros de la competencia, incluyendo
fijación de precios, reparto de mercados o clientes, asignación de cuotas de producción o venta, colusiones
en licitaciones, restricciones de importaciones o exportaciones, o cualquier medida contraria a la
competencia.
En conjunto, la regulación sobre ayudas públicas y sanciones busca preservar la competencia efectiva,
garantizar la igualdad de oportunidades entre empresas y proteger el interés general, evitando distorsiones
que puedan perjudicar a los consumidores y al mercado en su conjunto.
ASPECTOS GENERALES
Dentro de un sistema de economía de mercado, el correcto funcionamiento del mismo exige la existencia de
una pluralidad de productores y consumidores que actúen en igualdad de condiciones. Para ello es
imprescindible un marco normativo que garantice una competencia noble y leal entre los operadores
económicos y que proteja a consumidores y usuarios frente a prácticas que puedan falsearla en su perjuicio o
en el de terceros. Así como en el ámbito contractual rige tradicionalmente el principio de buena fe como
pauta básica de comportamiento —recogido, entre otros, en el artículo 57 del Código de Comercio y en el
artículo 1258 del Código Civil—, también en el funcionamiento de los mercados y en las relaciones entre
competidores resulta necesario imponer principios análogos de honestidad y juego limpio. Estos principios
de competencia leal se formularon históricamente en el artículo 10 bis del Convenio de la Unión de París y
hoy se concretan en la Ley 3/1991, de 10 de enero, de Competencia Desleal.
El desarrollo de una economía de mercado no solo requiere una competencia efectiva, sino también que la
lucha comercial se desarrolle dentro de cauces de corrección y lealtad. En este contexto, la normativa sobre
competencia desleal presenta similitudes, pero también diferencias muy relevantes respecto de la Ley de
Defensa de la Competencia. Mientras que la normativa antitrust protege la competencia eficaz como un
interés económico general y tiene naturaleza esencialmente administrativa y sancionadora, permitiendo a las
autoridades públicas imponer multas por conductas como la colusión, el abuso de posición dominante o las
concentraciones, la Ley de Competencia Desleal protege un interés distinto: el derecho legítimo de cada
empresa a que los demás operadores del mercado se comporten de manera leal.
Por ello, la Ley de Competencia Desleal tiene una naturaleza fundamentalmente privada y civil, similar a la
del Código de Comercio o del Código Civil. No atribuye, con carácter general, potestades sancionadoras a la
Administración, sino que permite al empresario o profesional afectado acudir a la jurisdicción civil para
solicitar el cese de la conducta desleal y la correspondiente indemnización por los daños y perjuicios
sufridos. No obstante, debe tenerse en cuenta que el artículo 3 de la Ley de Defensa de la Competencia
admite que la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia pueda sancionar determinados actos
de competencia desleal.
El artículo 1 de la Ley de Competencia Desleal establece que su finalidad es la protección de la competencia
en interés de todos los que participan en el mercado, prohibiendo los actos de competencia desleal, incluida
la publicidad ilícita en los términos previstos en la Ley General de Publicidad. Para que un acto pueda
calificarse como desleal es necesario que concurran dos requisitos fundamentales. En primer lugar, que el
acto se realice en el mercado, es decir, que tenga trascendencia externa y produzca o pueda producir efectos
sustanciales en el mercado español. En segundo lugar, que se lleve a cabo con fines concurrenciales,
entendidos como toda conducta dirigida a promover o asegurar la difusión en el mercado de las prestaciones
propias o de un tercero o a alterar la posición de los operadores en el mercado. La ley presume esta finalidad
cuando el acto resulte objetivamente idóneo para tales fines.
Quedan fuera del ámbito de aplicación de la Ley de Competencia Desleal aquellas conductas que no
presentan finalidad concurrencial ni relevancia mercantil, como, por ejemplo, una fiesta organizada por
estudiantes o las valoraciones realizadas por una asociación de consumidores dirigidas exclusivamente a sus
socios. Desde el punto de vista subjetivo, la ley se aplica a empresarios, profesionales y a cualquier persona
física o jurídica que participe en el mercado, incluyendo no solo a empresas mercantiles, sino también a
profesionales liberales, agricultores u otros operadores económicos.
Además, la Ley de Competencia Desleal resulta aplicable con independencia de que exista o no una relación
directa de competencia entre el autor del acto y el perjudicado. Así, determinadas conductas desleales pueden
perjudicar no solo a otros competidores, sino también directamente a consumidores y usuarios, quienes están
legitimados para reaccionar frente a dichas prácticas cuando resulten afectados. De este modo, la normativa
pretende reforzar la protección de los consumidores y, al mismo tiempo, proporcionar seguridad jurídica a las
empresas que compiten legítimamente en el mercado.
ACTOS DE COMPETENCIA DESLEAL: TIPIFICACION DE CONDUCTAS
La normativa concorrencial española tipifica una amplia serie de conductas que pueden calificarse como
actos de competencia desleal. Junto a comportamientos expresamente prohibidos, como la denigración de un
competidor, la ley también reconoce la licitud de determinadas actuaciones, como la imitación de productos
ajenos, la discriminación cuando exista causa justificada o la libertad de precios. La sistemática legal
comienza, sin embargo, con una cláusula general que sirve de fundamento a todo el sistema de competencia
desleal.
En este sentido, el artículo 4 de la Ley de Competencia Desleal establece que se considera desleal todo
comportamiento que resulte objetivamente contrario a las exigencias de la buena fe. Esta cláusula general
permite abarcar conductas no previstas expresamente por el legislador y actúa como criterio rector para la
interpretación del resto de los actos tipificados. La ley entiende por comportamiento contrario a la buena fe
aquel que infringe la diligencia profesional, entendida como el nivel de competencia y cuidado que cabe
esperar de un empresario o profesional conforme a las prácticas honestas del mercado, siempre que dicha
conducta distorsione o sea susceptible de distorsionar de manera significativa el comportamiento económico
del consumidor medio o del miembro medio del grupo destinatario de la práctica.
El concepto de consumidor medio es uno de los más problemáticos desde el punto de vista interpretativo. De
acuerdo con el Diccionario Jurídico de la Real Academia Española, se trata del consumidor normalmente
informado y razonablemente atento y perspicaz, si bien corresponde a los tribunales concretar este concepto
en cada caso, existiendo ya una relevante doctrina jurisprudencial al respecto. Cuando la práctica comercial
se dirige a un grupo específico de consumidores, el parámetro de referencia será el miembro medio de dicho
grupo.
La propia ley aclara qué debe entenderse por comportamiento económico del consumidor o usuario,
incluyendo cualquier decisión relativa a la selección de una oferta u oferente, la contratación de un bien o
servicio, el pago del precio, total o parcial, la conservación del bien o servicio o el ejercicio de los derechos
contractuales. Asimismo, se considera que existe una distorsión significativa del comportamiento económico
cuando se utiliza una práctica comercial que merma de forma apreciable la capacidad del consumidor para
adoptar una decisión con pleno conocimiento de causa, llevándole a tomar una decisión que de otro modo no
habría adoptado. Un ejemplo de conducta contraria a la buena fe sería la inducción por parte de una empresa
a un empleado procedente de una competidora para que utilice la cartera de clientes de esta última con el fin
de ofrecer nuevos servicios.
A partir de esta cláusula general, la Ley de Competencia Desleal tipifica de forma específica los principales
actos desleales, como los actos de confusión, de engaño, las prácticas agresivas, la entrega de regalos, la
denigración, la imitación, la explotación de la reputación ajena, la violación de secretos, la inducción a la
ruptura contractual, la violación de normas, la discriminación y la venta con pérdidas. Muchas de estas
conductas pueden sistematizarse como formas de aprovechamiento indebido de las ventajas competitivas de
otro operador económico.
Aunque existe normativa específica en materia de marcas, patentes y diseños industriales que protege
determinados signos, inventos o procedimientos empresariales siempre que estén debidamente registrados,
dicha protección no siempre resulta suficiente. En la práctica son frecuentes los supuestos en los que un
competidor se aprovecha irregularmente de los éxitos ajenos sin vulnerar directamente un derecho de
exclusiva. Estos aprovechamientos indebidos pueden constituir actos de competencia desleal cuando se
manifiestan, entre otros supuestos, a través de actos de confusión, engaño, imitación o explotación de la
reputación ajena.
2.1.2. Actos de engaño etc
Entre los actos de competencia desleal tipificados por la Ley de Competencia Desleal destacan, en primer
lugar, los actos de engaño, regulados en el artículo 5. Se considera desleal cualquier conducta que contenga
información falsa o que, aun siendo veraz, por su contenido o forma de presentación induzca o pueda inducir
a error a los destinatarios y sea susceptible de alterar su comportamiento económico. El engaño puede recaer,
entre otros aspectos, sobre la existencia o naturaleza del bien o servicio, sus características principales, el
precio o su modo de fijación, la necesidad de una reparación o sustitución, la asistencia posventa, los
compromisos asumidos por el empresario o los derechos y riesgos del consumidor. También se reputa desleal
la comercialización de un producto como idéntico a otro vendido en otros Estados miembros cuando presente
diferencias significativas en su composición o características, salvo que concurran factores objetivos que lo
justifiquen.
Junto a los actos de engaño, el artículo 6 de la ley regula los actos de confusión, considerando desleal todo
comportamiento idóneo para crear confusión con la actividad, las prestaciones o el establecimiento ajenos.
No es necesario que los productos o servicios sean idénticos, bastando con que exista un riesgo de confusión
o de asociación en el consumidor medio, que pueda llevarle a creer erróneamente que los productos proceden
del mismo origen empresarial o que existen vínculos económicos o jurídicos entre el imitador y el titular
original.
El artículo 7 recoge las denominadas omisiones engañosas, que consisten en ocultar o no facilitar la
información necesaria para que el destinatario pueda adoptar una decisión económica con pleno
conocimiento de causa. También son desleales aquellas prácticas en las que la información se presenta de
forma poco clara, ininteligible o ambigua, no se ofrece en el momento adecuado o no se identifica
correctamente el propósito comercial de la actuación cuando este no resulta evidente por el contexto.
Una de las grandes novedades de la Ley de Competencia Desleal fue la regulación de las prácticas agresivas
en el artículo 8. Se consideran desleales aquellos comportamientos que, atendiendo a sus características y
circunstancias, sean susceptibles de mermar de manera significativa la libertad de elección o de conducta del
destinatario mediante acoso, coacción, incluido el uso de la fuerza, o influencia indebida, afectando o
pudiendo afectar a su comportamiento económico. Para valorar si existe una práctica agresiva se tienen en
cuenta factores como el momento y lugar en que se produce, su persistencia, el uso de un lenguaje
amenazador o insultante, la explotación de situaciones de especial vulnerabilidad del consumidor o la
imposición de obstáculos desproporcionados para el ejercicio de derechos legales o contractuales.
Los actos de denigración, regulados en el artículo 9, consisten en la realización o difusión de manifestaciones
sobre la actividad, las prestaciones o las relaciones mercantiles de un tercero que sean aptas para menoscabar
su crédito en el mercado. Estas conductas solo se consideran lícitas cuando las manifestaciones sean exactas,
verdaderas y pertinentes. La denigración no persigue la promoción directa de la propia oferta, sino el
descrédito del competidor mediante informaciones falsas, irrelevantes o desproporcionadas.
En cuanto a los actos de comparación, el artículo 10 admite la comparación pública, incluida la publicidad
comparativa, siempre que se realice de forma objetiva, se refiera a bienes o servicios con la misma finalidad,
compare características esenciales, pertinentes y verificables y no presente los productos como imitaciones o
réplicas de otros protegidos por signos distintivos. En el caso de productos con denominación de origen o
indicación geográfica, la comparación solo es lícita si se realiza con productos de la misma denominación.
Finalmente, el artículo 11 parte de la premisa de que la imitación de prestaciones e iniciativas empresariales
ajenas es libre y, por sí sola, no constituye un comportamiento desleal. No obstante, la imitación será desleal
cuando genere un riesgo de confusión o asociación para los consumidores, cuando suponga un
aprovechamiento indebido del esfuerzo o de la reputación ajena o cuando atente contra derechos de exclusiva
reconocidos por la ley, como los derivados de patentes o marcas. También se considera desleal la imitación
sistemática dirigida a impedir u obstaculizar la afirmación de un competidor en el mercado, dando lugar a lo
que se denomina competencia parasitaria, especialmente cuando un empresario equipara su oferta a la de
otros con la finalidad de aprovechar el prestigio alcanzado por estos.
2.1.9. Explotación de la reputación ajena
La explotación de la reputación ajena constituye un acto de competencia desleal cuando un empresario se
aprovecha indebidamente, en beneficio propio o de terceros, de las ventajas derivadas de la reputación
industrial, comercial o profesional adquirida por otro en el mercado. Esta conducta se manifiesta
especialmente mediante el empleo de signos distintivos ajenos o de denominaciones de origen falsas, incluso
cuando se acompañan de indicaciones sobre la verdadera procedencia del producto o de expresiones como
“modelo”, “tipo” o similares. Aunque no exista una relación directa de competencia entre el titular de la
reputación y quien la utiliza, el uso de una marca notoriamente conocida puede influir en el mercado, ya que
permite obtener una ventaja competitiva desleal frente a otros operadores.
La violación de secretos empresariales es también un acto de competencia desleal y se rige por la Ley
1/2019, de secretos empresariales. Se considera secreto empresarial cualquier información o conocimiento
que no sea generalmente conocido ni fácilmente accesible, que tenga un valor empresarial precisamente por
su carácter secreto y que haya sido objeto de medidas razonables para mantenerlo en reserva. La protección
se concede al titular legítimo del secreto frente a su obtención, utilización o revelación ilícitas. No obstante,
esta protección no puede limitar la autonomía de los interlocutores sociales, la negociación colectiva ni la
movilidad de los trabajadores, ni impedir el uso de la experiencia y competencias adquiridas honestamente
durante su trayectoria profesional, ni justificar restricciones contractuales no previstas legalmente.
La inducción a la infracción contractual constituye una conducta desleal cuando se induce a trabajadores,
proveedores, clientes u otros obligados a incumplir los deberes contractuales básicos asumidos con un
competidor, con el fin de obtener una ventaja competitiva. Asimismo, es desleal inducir a la terminación
regular de un contrato cuando exista engaño, aprovechamiento de una infracción contractual ajena o una
intención de eliminar al competidor del mercado, siempre que la infracción sea conocida por quien se
beneficia de ella y cause un perjuicio concurrencial. En cambio, no se considera desleal, por ejemplo, ofrecer
mejores condiciones laborales a un trabajador de un competidor.
La violación de normas jurídicas también puede constituir un acto de competencia desleal cuando permite
obtener en el mercado una ventaja competitiva significativa. Esto ocurre, entre otros supuestos, cuando se
incumplen normas que regulan la actividad concurrencial, obligaciones laborales o de seguridad social,
cuando se contrata a extranjeros sin la correspondiente autorización o cuando se incumplen de forma
reiterada las normas sobre morosidad en las operaciones comerciales. Estas infracciones reducen los costes
de producción o alteran las condiciones de competencia y pueden dar lugar a acciones basadas en la Ley de
Competencia Desleal, sin perjuicio de su posible sanción por las autoridades de defensa de la competencia.
Dentro de las conductas relacionadas con la dependencia económica, la ley reputa desleal el tratamiento
discriminatorio del consumidor en materia de precios o condiciones de venta cuando no exista causa
justificada, así como la explotación por parte de una empresa de la situación de dependencia económica de
clientes o proveedores que no dispongan de una alternativa equivalente para desarrollar su actividad. Esta
situación se presume cuando, además de las condiciones habituales, se exigen ventajas adicionales que no se
conceden a otros compradores similares. También se considera desleal la ruptura, total o parcial, de una
relación comercial establecida sin un preaviso escrito mínimo de seis meses, salvo en casos de
incumplimiento grave o fuerza mayor, así como la amenaza de ruptura de la relación para obtener
condiciones más ventajosas. Estas prácticas pueden coincidir, además, con supuestos de abuso de posición
dominante sancionables por la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia.
Otro grupo de conductas desleales es el de las operaciones irregulares. La ley parte del principio general de
libertad de precios, permitiendo que los empresarios fijen libremente los precios de venta de sus productos o
servicios. La venta a pérdida, es decir, a precios inferiores al de adquisición o al coste, solo se considera
desleal cuando concurre alguna de las siguientes circunstancias: que sea susceptible de inducir a error a los
consumidores sobre el nivel de precios del establecimiento, que tenga por efecto desacreditar a un
competidor o que forme parte de una estrategia destinada a eliminarlo del mercado. Por tanto, la venta a
pérdida es, en principio, lícita, salvo que persiga fines desleales. También constituye un acto desleal el
tratamiento discriminatorio del consumidor en precios o condiciones, incluso cuando el empresario no
ostente una posición dominante, así como la entrega de obsequios o ventajas que coloquen al consumidor en
una situación de compromiso para contratar la prestación principal, especialmente cuando su valor resulta
desproporcionado.
La publicidad ilícita se configura igualmente como un acto de competencia desleal, ya que el artículo 18 de
la Ley de Competencia Desleal se remite a la Ley General de Publicidad. La publicidad cumple una función
esencial en el mercado, al informar a los consumidores y reducir las barreras de entrada, permitiendo una
competencia más efectiva. Sin embargo, puede convertirse en ilícita cuando atenta contra la dignidad de la
persona o vulnera los derechos y valores constitucionales, cuando se dirige a menores aprovechando su
inexperiencia o credulidad, cuando es subliminal, cuando infringe la normativa específica de determinados
productos o cuando reviste carácter engañoso, desleal o agresivo. Estos últimos supuestos, aunque regulados
como modalidades de publicidad ilícita, tienen la consideración de actos de competencia desleal en los
términos de la Ley de Competencia Desleal.
PRACTICAS COMERCIALES CON CONSUMIDORES Y USUARIOS
La Ley de Competencia Desleal introduce una distinción fundamental entre los ilícitos concurrenciales en
función del sujeto perjudicado, diferenciando aquellos que afectan a las relaciones entre empresarios y
profesionales de los que inciden directamente en los consumidores y usuarios. En este sentido, el artículo 19
de la LCD establece que únicamente tendrán la consideración de prácticas comerciales desleales con los
consumidores y usuarios aquellas que resulten objetivamente contrarias a la buena fe, los actos de engaño,
las omisiones engañosas y las prácticas agresivas, junto con un conjunto de conductas específicamente
tipificadas por la ley.
Entre estas conductas se encuentran, en primer lugar, las prácticas engañosas por confusión, que se producen
cuando un empresario o profesional, incluso mediante publicidad comparativa, crea en el consumidor un
riesgo de confusión o de asociación con bienes, servicios, marcas o signos distintivos de un competidor. Este
tipo de prácticas es desleal siempre que sea susceptible de afectar al comportamiento económico del
consumidor, induciéndole a creer erróneamente que el bien o servicio procede de un empresario distinto del
que realmente lo ofrece.
También se consideran desleales las prácticas engañosas relacionadas con los códigos de conducta y los
distintivos de calidad. En particular, resulta desleal afirmar falsamente que un empresario está adherido a un
código de conducta, que dicho código ha recibido el refrendo de un organismo público o privado, o que un
bien o servicio ha sido aprobado o autorizado sin cumplir realmente las condiciones exigidas. En la misma
línea, la exhibición de sellos de confianza o distintivos de calidad sin la correspondiente autorización
constituye siempre una práctica engañosa.
La ley regula asimismo las denominadas prácticas señuelo y otras prácticas promocionales engañosas. Entre
ellas destaca la llamada oferta vacía, que consiste en anunciar bienes o servicios a un precio determinado,
normalmente muy atractivo, cuando el empresario no dispone de existencias suficientes para atender la
demanda previsible. También se incluyen en esta categoría las falsas ventas en liquidación, la promesa de
premios que finalmente no se conceden, la presentación de bienes o servicios como gratuitos cuando el
consumidor debe asumir algún coste adicional, así como la creación de la falsa impresión de que el
consumidor ya ha ganado o ganará un premio condicionado en realidad a la realización de un pago o gasto.
Son igualmente prácticas engañosas aquellas relativas a la naturaleza y a las propiedades de los bienes o
servicios, a su disponibilidad y a los servicios posventa. En este ámbito se consideran desleales, entre otras
conductas, afirmar que un bien puede comercializarse legalmente cuando no es cierto, atribuirle propiedades
curativas inexistentes, crear una sensación artificial de urgencia sobre su disponibilidad para inducir a una
decisión inmediata o comprometerse a prestar un servicio posventa sin informar claramente de las
condiciones en que dicho servicio se ofrecerá, como el idioma o el lugar en el que estará disponible.
La creación o promoción de sistemas de venta piramidal constituye también una práctica comercial desleal,
ya que el consumidor realiza una contraprestación con la expectativa de obtener una compensación que
depende fundamentalmente de la incorporación de nuevos participantes al sistema y no de la venta o
suministro real de bienes o servicios.
La LCD tipifica además como engañosas las prácticas por confusión consistentes en promocionar
deliberadamente bienes o servicios similares a los de otro empresario con el fin de inducir al consumidor a
creer que proceden de este último, cuando ello no es cierto. Junto a estas prácticas, adquieren especial
relevancia las prácticas comerciales encubiertas, que se producen cuando se incluye contenido publicitario en
medios de comunicación, redes sociales o servicios de la sociedad de la información sin que el carácter
publicitario del mensaje resulte claramente identificable para el consumidor, así como cuando se manipulan
los resultados de las búsquedas en línea sin revelar la existencia de pagos o publicidad retribuida.
La ley contempla, además, un amplio conjunto de otras prácticas engañosas, entre las que se incluyen
presentar los derechos reconocidos legalmente a los consumidores como si fueran una característica
distintiva de la oferta del empresario, difundir información falsa o inexacta sobre las condiciones del
mercado para inducir a contratar en condiciones menos favorables, remitir documentos de pago que creen la
impresión de que el contrato ya ha sido celebrado, presentarse de forma fraudulenta como consumidor o
falsear reseñas y valoraciones con fines promocionales.
Junto a las prácticas engañosas, la normativa regula las prácticas agresivas. Son prácticas agresivas por
coacción aquellas que hacen creer al consumidor que no puede abandonar un establecimiento o un local
hasta haber contratado, sin perjuicio de la posible relevancia penal de la conducta. Por su parte, constituyen
prácticas agresivas por acoso las visitas reiteradas al domicilio del consumidor o las comunicaciones
comerciales insistentes y no deseadas, cuando se ignoran las peticiones expresas del consumidor de no ser
contactado, todo ello en coherencia con la normativa sobre protección de datos y contratación a distancia.
La protección se intensifica cuando los destinatarios son menores, reputándose desleal por agresiva cualquier
práctica publicitaria que incluya una exhortación directa a los niños para que adquieran bienes o servicios o
persuadan a sus padres u otros adultos para contratarlos. Finalmente, se consideran también prácticas
agresivas aquellas que ejercen una presión indebida sobre el consumidor, como informarle de que el trabajo o
el sustento del empresario dependen de la contratación, o la realización de visitas o excursiones
promocionales que incumplen las limitaciones establecidas por la normativa de protección de los
consumidores y usuarios.
ACCIONES DERIVADAS DE LA COMPETENCIA DESLEAL
Los actos de competencia desleal no están permitidos por el ordenamiento jurídico no por ser simplemente
contrarios a la ley, sino porque se encuentran expresamente prohibidos por la Ley de Competencia Desleal,
lo que determina su nulidad y la imposibilidad de que produzcan efectos jurídicos válidos. Frente a estos
actos, la LCD articula un sistema de acciones civiles cuya finalidad es la protección de la competencia y la
obtención de una reparación adecuada de los perjuicios causados.
El artículo 32 de la LCD regula las acciones que pueden ejercitarse contra los actos de competencia desleal,
incluida la publicidad ilícita. En primer lugar, se reconoce la acción declarativa de la deslealtad del acto
cuando la perturbación causada por la conducta persiste. Mediante esta acción se solicita al órgano
jurisdiccional que declare el carácter desleal de la conducta, y suele utilizarse de forma conjunta con otras
acciones o en aquellos supuestos en los que no resulta posible ejercitar ninguna otra. Están legitimados para
su ejercicio los sujetos que participan en el mercado y cuyos intereses económicos resulten directamente
perjudicados o amenazados, así como asociaciones, corporaciones profesionales, organismos públicos
competentes y asociaciones de consumidores y usuarios que cumplan los requisitos legales.
La acción de cesación de la conducta desleal o de prohibición de su reiteración futura constituye la acción
fundamental en materia de competencia desleal, tanto por su efectividad como por su carácter preventivo.
Esta acción permite poner fin a la conducta desleal ya iniciada o impedir su realización cuando aún no se
haya producido, y puede ser ejercitada por los mismos sujetos legitimados para la acción declarativa.
Junto a ella, la ley contempla la acción de remoción de los efectos producidos por la conducta desleal, cuyo
objetivo es eliminar las consecuencias que el acto haya generado en el mercado, y la acción de rectificación
de las informaciones engañosas, incorrectas o falsas, especialmente relevante en los supuestos de actos de
engaño o publicidad ilícita.
Asimismo, se prevé la acción de resarcimiento de los daños y perjuicios ocasionados por la conducta desleal,
siempre que haya intervenido dolo o culpa por parte del autor del acto. Esta acción presenta las mismas
características que la acción de responsabilidad extracontractual prevista en el Código Civil, siendo su
principal dificultad práctica la prueba del daño sufrido y de la relación de causalidad entre la conducta
desleal y el perjuicio producido, razón por la cual parte de la doctrina la considera de limitada operatividad.
Esta acción puede ser ejercitada por los operadores económicos directamente perjudicados y por las
asociaciones de consumidores cuando los afectados sean un grupo de consumidores perfectamente
determinados o fácilmente determinables.
Por último, la LCD regula la acción de enriquecimiento injusto, que solo procede cuando el acto de
competencia desleal lesiona una posición jurídica amparada por un derecho de exclusiva o por otro derecho
de contenido económico análogo. Esta acción únicamente puede ser ejercitada por el titular del derecho
vulnerado.
En materia de publicidad ilícita, la legitimación para ejercitar las acciones declarativa, de cesación, de
remoción, de rectificación y de resarcimiento corresponde a cualquier persona física o jurídica afectada, así
como, en general, a quienes ostenten un derecho subjetivo o un interés legítimo.
Todas las acciones derivadas de la competencia desleal están sujetas a un plazo de prescripción de un año
desde el momento en que pudieron ejercitarse y el legitimado tuvo conocimiento de la persona que realizó el
acto desleal, y, en todo caso, prescriben por el transcurso de tres años desde la finalización de la conducta.
CODIGOS DE CONDUCTA
Los códigos de conducta son instrumentos destinados a regular las relaciones entre empresarios y
profesionales, por un lado, y los consumidores y usuarios, por otro, con el objetivo de ofrecer garantías
concretas que mejoren o incrementen las ya reconocidas por el ordenamiento jurídico y de establecer
compromisos específicos frente a los problemas planteados por los consumidores. La regulación de estos
códigos en la Ley de Competencia Desleal constituye un reflejo claro del creciente movimiento de
autorregulación en el ámbito del moderno Derecho mercantil.
La LCD dedica su capítulo V, integrado por los artículos 37 a 39, a los códigos de conducta, fomentando
expresamente su creación. El punto de partida es que las corporaciones, asociaciones u organizaciones
comerciales, profesionales y de consumidores pueden elaborar códigos relativos a las prácticas comerciales
con los consumidores, para que sean asumidos voluntariamente por los empresarios o profesionales. Su
finalidad es elevar el nivel de protección de los consumidores y garantizar, en su proceso de elaboración, la
participación de las organizaciones de consumidores.
Estos sistemas de autorregulación deben dotarse de órganos independientes de control que aseguren el
cumplimiento eficaz de los compromisos asumidos por las empresas adheridas. En este sentido, los códigos
de conducta pueden establecer medidas de autocontrol previo de los contenidos publicitarios, así como
sistemas eficaces de resolución extrajudicial de reclamaciones que cumplan los requisitos exigidos por la
normativa comunitaria. El control del cumplimiento de los códigos se encomienda a organismos de
autorregulación, como Autocontrol, que actúa como entidad española de autorregulación publicitaria.
La ley prevé también mecanismos de reacción frente a los incumplimientos. Cuando los códigos de conducta
recomienden, fomenten o impulsen conductas desleales o ilícitas, pueden ejercitarse frente a sus responsables
las acciones de cesación y de rectificación previstas en el artículo 32 de la LCD. Asimismo, se permite el
ejercicio de acciones frente a los empresarios que, habiéndose adherido públicamente a un código de
conducta, infrinjan las obligaciones libremente asumidas o incurran en actos de competencia desleal.
En relación con los actos de engaño, la LCD considera desleal que un empresario o profesional indique en
una práctica comercial que está vinculado a un código de conducta y posteriormente incumpla los
compromisos asumidos en dicho código, siempre que tales compromisos sean firmes, verificables en su
contexto y que dicha conducta sea susceptible de distorsionar de manera significativa el comportamiento
económico de los destinatarios.
ACTOS DE COMPETENCIA DESLEAL TIPIFICADOS EN LA LEY DE COMERCIO MINORISTA
La Ley 7/1996, de 15 de enero, de ordenación del comercio minorista, regula determinadas prácticas
comerciales prohibidas y establece sanciones administrativas para quienes las incumplen. Estas conductas,
además de ser objeto de sanción administrativa, deben considerarse desleales por contrarias a la buena fe en
el mercado. Entre los supuestos más relevantes destacan la violación de normas relativas a los pagos
aplazados a proveedores por plazos superiores a 70 días (artículo 17), así como la normativa sobre
promociones de ventas, rebajas, saldos, liquidaciones, obsequios, promociones conjuntas y directas (artículos
27 a 35). Asimismo, el artículo 62 de la ley busca evitar las denominadas «franquicias vacías», previendo su
regulación mediante desarrollo reglamentario.