La estrella dormida
Hace muchísimo tiempo, cuando las estrellas aún eran jóvenes, el universo estaba
bañado en luz. Era una luz que parecía no venir de ninguna parte y lo inundaba
todo, por lo que uno podía alcanzar a ver distancias tan lejanas que no se han
inventado palabras para medirlas. En aquel lugar nació Nyx.
Lo primero que le llamó la atención cuando abrió los ojos fue la blancura que la
envolvía, mirase donde mirase aquella luz parecía llenarlo todo hasta el último
rincón, penetrando hasta su propio interior, y se dio cuenta de que parte de esa luz
surgía de si misma. Ese pensamiento la tranquilizó, y la luz se atenuó un poco.
Entonces miró a su alrededor con más atención.
Se encontraba en medio de un vacío tan vasto que parecía no tener fin, y a su
alrededor brillaban millones de puntos luminosos. Se encontraban suspendidos
como una nube de alfileres de plata, fijos y centelleantes. Parpadeaban, y aunque
intentó contarlos fue inútil; habría sido como intentar contar las gotas de lluvia en
una tormenta. Pero los sentía vivos y cercanos, así que intentó llamarlos.
- ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Pero nadie respondió. Estuvo llamando largo rato, cada vez con más fuerza, con
más ansiedad. Pero sólo se escuchaba el silencio, tan atronador y profundo que al
cabo de un tiempo se dio cuenta que gritaba para no oírlo. Tenía miedo de callar y
que no hubiera respuesta, pues eso habría significado que estaba sola. Así que
gritó, gritó y sintió el miedo hincharse en su interior como una vela; hasta que poco
a poco sus gritos se fueron apagando. Sentía una pena muy profunda, y en algún
lugar en su interior encontró un hueco en donde no parecía llegar aquella luz. En
ese lugar la soledad y el miedo no se sentían, y el silencio era distinto. Si prestaba
atención al cabo de un rato de esa quietud parecía surgir un murmullo, como una
voz callada que no sabía de donde venía, pero le hablaba y la tranquilizaba. Estuvo
largo rato así hasta que se hubo calmado, y cuando salió de ese lugar vio que había
cambiado. Su luz era más tenue y azulada, y parpadeaba con tranquilidad. Y las
otras luces también eran distintas; parpadeaban como ella siguiendo un patrón
parecido. Sintió un atisbo de esperanza; su luz aumentó y se volvió más clara, y las
luces respondieron. Y de repente lo entendió: eran estrellas, estrellas como ella.
Solo que estaban muy lejos para poder escucharse, pero respondían a su luz. Sintió
alivio. Sintió alegría. Sintió un torrente de energía crecer en su interior, y un chorro
de fuego salió disparado hacia el exterior como una explosión. Las estrellas
respondieron y brillaron con intensidad, y Nyx sonrió. No estaba sola.
Y así es como Nyx fue aprendiendo poco a poco a vivir en aquel lugar. El miedo y el
espacio inabarcable fueron dejando lugar a la libertad de todo un universo para
crecer; y a la par que crecía Nyx fue descubriendo su naturaleza y la de lo que la
rodeaba. Descubrió que podía comunicarse con las otras estrellas a través de su
luz, y aunque no pudiera entender lo que decían se volcó en dominar su brillo con
una entrega inflamada. Destellos, fulgores, tormentas solares; coronas de fuego y
explosiones de energía. La luz de su cuerpo resplandecía como una hoguera en una
noche oscura, y abrazó todas las posibilidades que le ofrecía la luz y el color;
transitó por todos los matices e intensidades, y aprendió a hablar con el calambre
blanco de la pasión y el tranquilizador susurro de un titileo azulado. En su danza
fue poco a poco encontrando la calma y el desasosiego para ir descubriendo quien
era, como el que reconstruye una melodía olvidada hace tiempo: paso a paso, nota
a nota, a través del ensayo y error.
RELLENAR
Hasta que un día, mientras danzaba, vio algo moverse. Sorprendida volvió a mirar
de nuevo durante el giro, y en un lugar donde nunca había habido nada encontró
un cuerpo suspendido en el espacio. Se encontraba lejos, pero así y todo estaba
mucho más cerca de lo que había estado cualquier otra cosa. No era una estrella, no
brillaba. Tampoco era un planeta, su forma era distinta y era demasiado pequeño.
Fue deteniendo lentamente su baile hasta quedarse quieta. No entendía que era
aquello. Su mundo había sido siempre igual, día tras día; y aunque aquel cuerpo no
se movía, sabía que antes no estaba ahí. Lo observó con atención. Y entonces
aquello habló.
- ¡Por favor, no te pares! No quería asustarte.