Intimidad
(Una celda estrecha. Diez mujeres duermen en el suelo, sobre sendos jergones. Una de ellas, TERESA,
tiene el sueño inquieto: se revuelve y murmura palabras ininteligibles. Un movimiento brusco le hace
golpear un cacharro de lata. Al sonido se despierta otra, NATI. Se incorpora y mira un rato a su
compañera. Se despereza. Está entumeáda y tienefrío. Va a acostarse de nuevo, pero cambia de
opinión y se pone en pie. No hace nada más que balancearse levemente, con los brazos en tomo al
cuerpo, mirando la pared con expresión vacía. Bruscamente, TERESA se incorpora y queda sentada en
el jergón, todavía agitada por la pesadilla. Tarda en reconocer ¡a situación en que está. Sin mirar a
NATI, pregunta:)
TERESA. ¿Qué hora es?
NATI. (Con áspera soma.) Se me ha parado el reloj.
TERESA. Quiero decir... ¿Es de noche aún?
NATI. Supongo.
TERESA. (Reparando en que NATI está de pie.) ¿No dormías? NATI. Hasta que me has
despertado, sí.
TERESA. ¿YO? ¿Cómo?
NATI. ES igual.
TERESA. ¿He vuelto a soñar... en voz alta?
NATI. ¿Qué más da?
TERESA. (Después de una pausa; dura.) No me gusta que me espíes.
NATI. ¿Quién te espía a ti? ¡Tiene gracia! Encima de que no me dejas dormir...
TERESA. Podías haberme despertado.
NATI. SÍ: con el desayuno y el diario...
TERESA. (Murmura..) Hasta los sueños me robas...
NATI. ¡Los piojos te robo yo a ti! No empieces con esas que acabaremos mal. (Vuelve aljergóny se acuesta.) A
ver si, estando tú despierta, puedo dormir un rato... (Busca una postura y queda inmóvil)
TERESA. (La mira unos instantes en silencio.) Sí, eso es: duerme. Y bien tranquila. A ti te da igual todo, ¿no?
Estar aquí... o en la calle. Mientras te den de comer... Menudas tragaderas...
NATI. (Sin moverse.) ¿No puedes cerrar el pico, coño?
TERESA. Me da miedo dormir. El cuerpo lo tengo roto de las palizas y, en cuanto me acuesto, empiezan
los dolores. Pero lo peor viene luego, cuando me duermo: entonces se levantan, una a una, todas las
horas negras de estos años y se me juntan en un sólo sueño. Algo así debe de ser el in fierno, si existe:
todos los horrores juntos en un solo sueño interminable. Tres años de pesadillas: mil infiernos vividos
entre cuatro paredes, estas u otras parecidas. Demasiado para una pobre maestra; demasiado incluso
para una maestra comunista. A mi marido y a mí nos juzgaron el veintiuno de diciembre de mil
novecientos cuarenta y uno por rebelión militar, y nos acusaron de haber matado a don Pedro, el cura
del pueblo. Más de dos años estuvimos sin juicio, y en ese tiempo nos sacaron cuatro o cinco veces para
interrogamos. A mí me llevaban donde estaban las porras y los vergajos y me hacían elegir, a ver con
cuál quería que me pegasen. También me obligaban a dar vueltas, a gatas, alrededor de la mesa
mientras todos me iban arreando. Tengo varias costillas desviadas, las muñecas torcidas yalgo se me ha
quedado en la columna, que cada vez me duele más. Nos condenaron a muerte, y a mi marido lo fusilaron un año
después, ahora hace seis meses. No sé cuándo se me llevarán a mí, pero espero que sea pronto.(NATI se dala vuelta
en eljergón y la ve. Se incorpora a medias.)
NATI. ¿Qué haces ahí?
TERESA. Nada.
NATI. ¿Pasa algo? (Escucha.) ¿Están sacando gente?
TERESA. (Alarmada.) ¿Por qué lo dices? ¿Sabes algo?
NATI. ¿Qué voy a saber?
TERESA. Esta tarde hablabas con la Balbina. ¿Qué te ha dicho?
NATI. ¿Esta tarde? ¿Cuándo?
TERESA. Si sabes algo y no me lo dices, eres peor que una perra...
NATI. ¡Ah! ¿En la capilla? (Ríe.) ¡Vaya vista que tienes! Y luego dices que yo te espío... No me ha dicho nada, no. Me he
acercado yo para pedirle tabaco... (Pausa.) ¿No te lo crees?
TERESA. De ti no me creo nada.
NATI. Debería dejarte con el miedo en el cuerpo, por riñosa; pero mira... (Rebusca bajo eljergón y saca un cigarrillo.)
¿Te das cuenta? (TERESA no contesta. NATI saca una cerilla, enciende eld- garrilloy se pone afumar con tosca
voluptuosidad.) No te ofrezco porque sé que te da asco cómo los consigo. ¿Verdad que sí? Bueno, allá tú... A mí, que la
tipa esa me toquetee un poco, me da igual. Cosas peores he aguantado... y gratis.
TERESA. Mucho has aguantado tú...
NATI. ¡A ti y a la madre que te parió, he aguantado! ¡Ya ves si es aguantar!
TERESA. ¡NO me grites!
NATI. ¡NO me jodas, tú!
(Una de las durmientes sisea fuertemente. Las dos callan. Quedan un rato tensas, en silencio. Luego,
TERESA va al jergón y se tumba con cierta dificultad. NATI queda semi-incor- porada, fumando.)
No. A mí nunca me han pegado. Y sólo estuve una semana en comisaría. Pero en esa semana, cada noche se me
montaban ocho o nueve guardias, uno detrás de otro. «Tú, cenetista»61, me decían, «¿no queríais el amor libre?» Me
llevaban a una especie de almacén, me desnudaban del todo y rqe ataban del techo. Y mientras dos me sujetaban de
las piernas, iban pasando los demás, uno detrás de otro. Al principio me revolvía y gritaba como una bestia, hasta que
me di cuenta de que eso les gustaba más, y entonces me quedaba como muerta. Pero a ellos les daba igual. Ya en la
cárcel, antes del juicio, vi que estaba preñada y quise abortar. Lo intenté varias veces, pero sólo conseguí hacerme
daño. Así que decidí esperar a que naciera el niño. Las celadoras me decían que no me preocupara, que enseguida se
lo llevarían las monjas para cuidarlo en un hospicio. Por eso, en cuanto nació, a la primera que me dejaron sola con él,
le di el pasaporte62. Estaba muy flaco y tenía cara de pez, con los ojos saltones. No me costó nada, sólo tuve que
apretarle un poco el cuello: él, ni se enteró. No se extrañó nadie, porque allí se morían muchos niños pequeños, del
hambre y de los malos tratos. Las funcionarías los cogían y los tiraban amontonados en los retretes, y las madres
tenían que hacer guardia para que las ratas no se comieran los cuerpecillos. Yo, ni esa guardia le hice.
(TERESA sédala vuelta en su jergón.)
TERESA. Nati... (NATI no contesta.) Nati, por favor...
NATI. (Se vuelve hacia ella.) ¿Qué quieres?
TERESA. Tengo miedo. (Silencio.) ¿Tú no tienes miedo?
NATI. NO.
TERESA. ¿NO piensas que puedan venir a buscarte en cualquier momento? Incluso esta noche...
Nati. SÍ.
Teresa. ¿Y eso no te da miedo?
NATI. NO. De noche, no. Yo el miedo lo tengo de día.
Teresa. ¿Por qué?
Nati. ¿Y yo qué sé? Siempre ha sido así, desde pequeña. Por la noche nunca tenía miedo. En cambio, de
día...
Teresa. (Perpleja, casi ríe.) Tú no estás bien de la cabeza...
Nati. ¿Qué tiene de particular? Si lo piensas, tanto mal te puede llegar de día como de noche. Todo es
una pura mierda.
Teresa. Ya, pero... es la sensación.
Nati. (Rotunda.) Todo es una pura mierda. (Silencio.) ¿Sabes una cosa? (Teresa no contesta, ensimismada.)
Teresa...
Teresa. (Reacciona.) ¿Qué?
Nati. ¿Sabes una cosa? Antes, cuando soñabas en voz alta, decías...
Teresa. ¡Me has estado espiando!
Nati. ¡Y dale con el espiar! ¿Qué querías que hiciera? ¿Taparme los oídos?
Teresa. ¡Podías haberme despertado!
Nati. ¿Quieres no gritar? No me he enterado de nada, ¿me oyes? (Transición.) Y además... ¿Qué miedo
tienes a que me entere de...? ¿De qué? ¿Hay... algo sucio en tu hoja de servicios? ¿Algún chivatazo?
¿Alguna... traición?
Teresa. ¡Eso tú, que te vendes por cualquier cosa! ¡En cuerpo y en alma!... No, Nati: no va por ahí. Es
algo que tú no entiendes...
NATI. ¡Ya salió la señora maestra!
Teresa. Intimidad, Nati. ¿Sabes lo que es eso? Aquí, olién- donos el culo unas a otras todo el santo día...
y aún más por la noche; amontonadas como animales para dormir, y en manada de un lado a otro
para trabajar, para comer, para cagar... Tener por lo menos un pequeño rincón de una misma que las
otras no puedan tocar, ni ver, ni oír... Los sueños, por muy horribles que sean. Algo privado, sí... y es
gracioso que yo lo diga. Privado. ¿Lo entiendes?
Nati. Lo del culo no lo dirás por mí, que bien que me lo lavo cada día... (Transidón.) No, no lo entiendo. Yo
me conformo con aguantar aquí, y entera si puede ser, todo lo que haga falta. A ver si mientras llega
un indulto...
Teresa. Un indulto...
Nati. ¿También le haces ascos? Pues, ¿sabes lo que decías, soñando?
TERESA. NO me importa.
NATI. No te importa, ¿eh? ¡Pero te conviene saberlo!
Teresa. ¡Te digo que te calles!
Nati. Sólo se entendía una palabra, una sola: «Perdón.» ¿Te enteras? «Perdón, perdón, perdón»... Eso
decías.
Teresa. (Tras una pausa, débilmente) No has debido decírmelo. (Silencio.) No has debido escucharlo. ¿Qué
ganabas con eso? (Silencio.) Di, ¿qué ganabas?
NATI. Era tu intimidad, ¿no? Pues para ti. A mí no me gusta quedarme con lo que no es mío. No soy una
ladrona.
(Se escucha ruido de abrir y cerrar puertas, y pasos de varias personas acercándose. Las dos mujeres se miran, inmóviles en
común inquietud.)
OSCURO