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Penelope: Deseos y Pérdidas en la Universidad

El texto presenta la perspectiva de un joven que se siente atraído por Penelope, una compañera de clase, mientras lidia con sus propios deseos y la presión social. Al mismo tiempo, se revela el dolor de Penelope tras la pérdida de su hermana, lo que añade una capa de complejidad emocional a la historia. La narrativa alterna entre la obsesión del chico y el duelo de Penelope, creando un contraste entre el deseo y la tristeza.

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Penelope: Deseos y Pérdidas en la Universidad

El texto presenta la perspectiva de un joven que se siente atraído por Penelope, una compañera de clase, mientras lidia con sus propios deseos y la presión social. Al mismo tiempo, se revela el dolor de Penelope tras la pérdida de su hermana, lo que añade una capa de complejidad emocional a la historia. La narrativa alterna entre la obsesión del chico y el duelo de Penelope, creando un contraste entre el deseo y la tristeza.

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Felix

Penelope, Penelope…
Qué bien suena ese nombre.
Perfecto para corromperlo.
Perfecto para pervertirlo.
Se me dilatan las fosas nasales. Si no se hubiera apartado, le habría
agarrado esos pezones marcados bajo el pequeño top negro y los habría
retorcido hasta que gritara mi nombre delante de todo el mundo.
Una sonrisa traviesa se forma en mis labios, pero se desvanece de
inmediato cuando recuerdo quién es.
No debería estar aquí.
Pen.
Aprieto los dedos alrededor del bolígrafo que tengo en la mano y casi lo
parto en dos. No hay nada peor que tener que asistir a una clase de
economía y escuchar a un profesor parlotear sobre temas que no me
importan una mierda.
Salvo por una cosa.
La chica que está sentada en la fila de debajo.
¿Cuántas clases compartimos?
Una ya es demasiado.
Mantiene los ojos fijos en el hombre frente a la pantalla, y debo admitir
que está haciendo un trabajo increíble fingiendo que no le importa. Pero sé
que puede sentir mis ojos clavándose en su cráneo.
Si pudiera, le desmenuzaría el cerebro en este mismo instante y dejaría al
descubierto todos los secretos que guarda.
Aunque eso le quitaría la gracia al asunto, ¿no?
Y yo necesito hacer cosas divertidas porque en esta universidad de mierda
nunca las hay.
Tienes que apañártelas tú, y eso es lo que he estado haciendo este último Dylan me da un
codazo en el costado y yo le miro, un poco tentado de
clavarle el bolígrafo entre las costillas.
—Deja de mirarla. ¿Qué pasa si la gente se da cuenta?
—¿Tengo pinta de que me importe? —replico, moviendo el bolígrafo de
arriba a abajo.
Él eleva una ceja.
—¿Qué hay de lo de mantener bajo perfil?
—¿Desde cuándo le haces caso a tu padre? —me burlo.
Se le ensombrece el rostro mientras se reclina lentamente en la silla.
—Ya sabes el motivo.
Pongo los ojos en blanco y desvío la mirada.
—Haz lo que te salga de los cojones.
Él bufa sacudiendo la cabeza.
—¿De verdad quieres ir por ese camino otra vez?
—¿Y qué pasa si quiero? —bromeo, mirándole fijamente.
Ladea la cabeza hasta que ese pelo blanco de niño bonito le cae sobre la
cara, como si me estuviera poniendo a prueba, pero me la suda.
—Nunca me han importado las consecuencias, ni hoy, ni ayer, y desde
luego que no mañana.
—Tú sabrás —bufa, y se pasa los dedos por el pelo—. Ya sabes en lo que
te estás metiendo, y no merece la pena.
—Sí… Claro que lo sé, y merece cada puto segundo de mi tiempo —le
digo. Levanto una ceja en respuesta—. ¿Sabes por qué?
Frunce los labios.
—¿Qué? ¿Solo porque una tía se interpusiera en tu camino quieres
convertirla en tu nuevo juguete?
—No es una tía —replico, y le hago una seña—. Adivina quién es.
Él entrecierra los ojos y me mira como si hubiera perdido la cabeza.
Yo hago un gesto hacia abajo.
—¿Qué quieres decir…? —Abre los ojos de golpe—. ¿Penelope?
Lo dice tan alto que resuena por toda la sala, lo suficiente como para
llegar a las filas de abajo, donde está sentada.
Penelope se da la vuelta y me mira con ojos feroces, igual que antes
cuando se interpuso en mi camino. Está lo suficientemente cerca como para
oírnos, pero lo bastante lejos como para que no pueda agarrarla de ese pelo
morado y levantarle la cabeza para susurrarle guarradas al oído.
No desvía la mirada, pero nosotros tampoco. Sé que nos ha oído.
Espero que lo haya hecho.
Porque me lanza una puta sonrisa.
Una sonrisa.
Cuando en lo único en lo que puedo pensar es en hacerle jirones ese
pequeño top negro y esa minifalda a cuadros.
Me tiembla el ojo. El bolígrafo que tengo en la mano se parte en dos bajo
su atenta mirada.
Pen… Voy a destrozarte.
Penelope
Hace unas semanas
Abro los ojos de golpe y me siento recta en la cama, respirando con
dificultad. El corazón me va a mil por hora mientras recuerdo todo lo
ocurrido aquella noche. El bosque, la música, la luna, mi hermana saltando
hacia su muerte y esos chicos escuchando mis gritos incesantes mientras
corría al precipicio para tratar de salvarla.
Demasiado tarde.
Vi cómo su cuerpo desaparecía en el agua, cada vez más hondo, hasta que
no quedó nada excepto silencio en mi corazón.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pero las aparto y me quito la manta de
encima para empezar el día.
O intentarlo.
Es lo único que he hecho durante estos últimos días.
Pero siento como si las piernas me pesaran una tonelada.
Especialmente hoy.
Este día, en el que mi madre no ha dejado de llorar desde ayer.
Este día, en el que mi padre ha cogido llamada tras llamada solo para no
pensar en lo que está pasando.
Me visto como en automático: medias negras, vestido largo negro y un
broche precioso. El que me regaló mi hermana por mi cumpleaños. Un
recordatorio del día que se marchó a la Universidad Spine Ridge por primera vez.
Toco el broche con los dedos por inercia.
Me miro al espejo y me pregunto si podrá verme en este momento.
Si está tratando de decirme que todo va a ir bien.
Pero no es verdad porque ya no está.
Y sé que es por culpa de ellos.
De esos tíos.
Tenso los dedos alrededor del broche, y me contengo para no
arrancármelo.
En lugar de eso, me muerdo el labio y camino hacia la puerta.
En la planta de abajo, mi madre sigue llorando como una magdalena,
sonándose continuamente. Las cajas de pañuelos vacías se apilan en la
mesa.
Cuando me ve, se limpia las lágrimas y los mocos de inmediato fingiendo
que no está llorando, pero veo las manchas en sus mejillas.
—Penelope, ¿estás lista? —me pregunta mi padre tras guardarse el móvil
en el bolsillo.
Asiento. No quiero decir las palabras en alto porque sé que estallaría en
lágrimas igual que mi madre y, si me ve llorando, la destrozaría aún más.
Como la única hija que le queda, tengo que ser fuerte.
Mi padre ayuda a mi madre a levantarse del sofá, y salimos hacia el coche
que nos está esperando.
Poco a poco, voy sintiendo los pasos cada vez más borrosos. Como si no
estuviera aquí en realidad.
Mi mente sigue en la fiesta de aquel acantilado, con esos ojos brillantes
devolviéndome la mirada y preguntándose por qué no llegué antes para
salvarla.
Me subo al coche, y se mueve por lo que parecen ser horas y horas antes
de que lleguemos a nuestro destino.
La sala en la que tiene lugar el servicio es insulsa, blanca, demasiado
impoluta, y vacía, con solo algunos ramos de flores a los lados del ataúd
para dar un poco de alegría al asunto, que, de otro modo, sería anodino.
Eve lo detestaría.
Siempre tan alegre y brillante como el sol, radiante y llena de color.
Era todo lo contrario a mí, pero también por eso la quería tanto… y por
eso la echo tantísimo de menos.
La madera oscura del ataúd me quema las retinas mientras miro fijam

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