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El falo como lazo erógeno y social59
La cuestión del falo en el centro de la discusión
sobre sexualidad en psicoanálisis
Los cambios en la sexualidad humana, tanto en su armado corporal
erógeno y psíquico como en sus relaciones de intercambio social-
mente aceptadas: identificaciones sexuales, elección de pareja, formas
y estructuras de familia y nuevas modalidades de descendencia, nos
replantean los conceptos básicos que el psicoanálisis desarrolló para la
comprensión de la sexualidad humana desde los finales del siglo XIX.
Algunos autores pueden situarse en una posición que sostiene que no
hay cambios sustantivos que afecten la estructura psíquica, la confor-
mación de la sexualidad humana y su sistema de relaciones. Otros,
apoyados en una preeminencia de lo social sobre lo psíquico, trasladan
los cambios sociales a la conformación de la sexualidad humana. Están
quienes, por otra vía, se basan en los descubrimientos genéticos y de
la neurociencia y sortean el conflicto psíquico y social, estableciendo
causas directas en motivos biológicos. El psicoanálisis tiene un campo
de acción en investigación y conocimiento relativamente nuevo, pero
además epistémicamente difícil de definir y mantener en su especi-
ficidad respecto de las otras disciplinas mencionadas, por lo que se
hace necesario insistir en el trabajo sobre los conceptos psicoanalí-
ticos básicos que participan en esta discusión, dentro de los paráme-
tros propios del aporte psicoanalítico.
El concepto de falo es, no sólo en sus evocaciones de imagen sino en
su función, un pivote que nos permite replantearnos los nuevos armados
59. Publicado en la Revista Uruguaya de Psicoanálisis, N0 112, 2011; pp. 29-54.
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erógenos, lazos erógenos, sus relaciones con la prohibición del incesto,
con las leyes de intercambio sexual, el desuso del concepto de perversión
y la necesidad de replantearlo, es decir, las relaciones entre los armados
erógenos y las nuevas legalidades de los intercambios sexuales.
Discusión en torno al concepto de falo
Es necesario repensar la teoría freudiana de la sexualidad a partir
de los cambios sociales de sistemas de relaciones en torno a la sexua-
lidad, los cambios ideológicos en relación con las ideas de hombre y
mujer, así como en relación con las diferentes sexualidades en que
hombres y mujeres se ordenan desde sus singularidades. No es nada
nuevo, en realidad, que las sexualidades son diversas, aun dentro de
formatos ordenadores comunes: monogamia, heterosexualidad, entre
otros. No es novedad, tampoco, que las sexualidades sean diversas
aun dentro de sexos biológicos macho-hembra definidos. Así, la teoría
sexual en psicoanálisis, a diferencia de la biología y de teorías psicoló-
gicas vinculadas a la conducta, incluye en la subjetividad, la fuerza y
el orden –impronta– de la cultura al mismo tiempo que el deseo incons-
ciente. La sexualidad en psicoanálisis engarza tanto un hecho “real”,
como es la excitación erógena, como un hecho cultural, resultado de la
experiencia de esa erogeneidad con los otros.
Las etapas del desarrollo libidinal descritas por Freud: oral, anal,
fálica (1905), reúnen, primero, una zona de excitación erógena “real”
gozosa; segundo, un lugar de intercambio con otros que, a su vez, son
sujetos de deseos y cultura; y, tercero, una estructura de los inter-
cambios que pauta la introducción a sistemas simbólicos de la cultura
(lenguaje, relaciones de intercambio, entre otros). Este nuevo campo
inaugurado por Freud y alimentado por diferentes vertientes psicoana-
líticas posteriores, permite zafar de la trampa teórica que se plantea
como dicotomía naturaleza-cultura. No obstante, este campo epistémico
y práctico de nuestro trabajo no siempre queda reconocido como dife-
rente, ni siquiera entre psicoanalistas, pues el propio texto freudiano
oscila, duda y es por momentos contradictorio.
Así, el que haya sido planteada “la anatomía como destino” sin
haberse establecido claramente una diferencia entre los conceptos de
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“falo” y “pene”, por ejemplo, parece fundir las paredes que la brecha de
la investigación y teorización psicoanalítica abrió entre una zona de la
biología, otra de la cultura y una específica del psicoanálisis, allí donde
la medicina y la sociología fracasaban sistemáticamente, con respecto
a los conflictos sexuales inconscientes (con las histerias, por ejemplo).
Reconozcamos que la distinción biología-cultura es difícil de realizar,
especialmente por el carácter ideológico de nuestros pensamientos y
porque él mismo sucumbe a estas trampas.
Si para Freud (1976b) “la anatomía es el destino”60, refiriéndose a
las identificaciones sexuales, ¿cómo entender la complejidad de dichas
identificaciones que se cristalizan con el sepultamiento del complejo de
Edipo, tal como plantea en El yo y el ello (1923)? ¿Qué relación puede
haber entre un destino anatómico y la operación tan lejana a la anatomía
que supone el concepto de una madre fálica, que deberá ser castrada
para poder sepultar el complejo? ¿Qué falta de linealidad conceptual
entre el devenir masculino y la necesidad previa del niño de un Edipo
negativo, amor al padre que le permitirá resignarlo como objeto de amor
para identificarse con él?
Podríamos ver en este tipo de pensamiento natural y finalista en
Freud, tanto un destino fijado por la naturaleza como un forzamiento
de la resolución del conflicto psíquico en un sentido acorde con la natu-
raleza. No es de extrañar que éste fuera el pedido social sobre Freud
en tanto médico dedicado a desviaciones de las normas aceptadas. Hoy
los pedidos no son menos intensos pero, quizás, las maneras preva-
lentes de sortear los conflictos inherentes a las singularidades sexuales
humanas y de explicarlas normativamente, pasen más por encontrar
60. “La anatomía es el destino, podríamos decir glosando una frase de
Napoleón. El clítoris de la niña se comporta al principio exactamente como un
pene; pero cuando la sujeto tiene ocasión de compararlo con el pene verdadero
de un niño, encuentra pequeño el suyo y siente este hecho como una desventaja
y un motivo de inferioridad.” Esta cita deja en evidencia que tanto la niña como
el niño disponen de falo real erógeno productor de goce (anatómicamente en uno
llamado pene y en el otro clítoris, con diferencias morfológicas pero no erógenas),
lo que varía es la comparación de la aparición en la imagen que esa zona gozosa
posee en uno y en otro. Tomar la anatomía y sus designaciones –nombres– como
lo real del cuerpo erógeno es lo que confunde al deslindar “pene” de “falo erógeno
real”, pues este último es tanto el pene como el clítoris.
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un motivo neurobiológico y genético que explique que el destino, en
realidad, ya estaba genéticamente fijado, y por lo tanto no hay conflicto
sexual y humano. Si para algunos fue removedor y lúcido enfrentarse
al cuadro de Magritte Ceci n’est pas une pipe (“Esto no es una pipa”),
planteando el problema entre lo real, lo representado en imagen y la
palabra, no resultaba igualmente esclarecedor que frente a la percep-
ción de un cuerpo con pene se dijera “esto no es –necesariamente– un
hombre” o, como intentaremos decir, que un falo no es un pene (nece-
sariamente) y viceversa.
Esta última opción queda más clara puesto que un pene en posición
castrada no evoca un falo (itifálico). Esto nos puede ayudar a desen-
trañar algunos nudos teóricos freudianos, distinguir un concepto de
“falo imagen”, otro de “falo” como ordenador “simbólico”, y otro, no
siempre nombrado: un “falo real”, que viene de un territorio no psíquico
sino como excitación erógena fálica, presente tanto en el niño como
en la niña, y es causa de goce. Se podría pensar que este territorio no
psíquico es el cuerpo biológico, pero no es así. El cuerpo biológico no es
un cuerpo “real” sino una construcción científica (imaginaria y simbó-
lica) del cuerpo. El territorio no psíquico, excéntrico, al que refiero, es
el cuerpo “real”. Si este lado real no existiera Freud no habría definido
el “falo” imagen (pene) como zona erógena. Cuando del goce real se
pasa a la imagen del pene se entra en el campo de la observación al que
está tan vinculada la biología, en especial la anatomía, y éste ha sido,
a través de la historia del conocimiento humano, un campo especial-
mente engañoso, pues la imagen tiene una pregnancia que se impone
como verdad o como si fuera real.
No sólo para la sociedad en general sino para el ambiente psicoa-
nalítico también, la alternativa de diferentes identidades o posiciones
sexuales y elecciones de objeto, así como la diferencia entre pene y falo,
significan un “golpe”, un cambio importante. Seguramente esto tiene
que ver más con las creencias existentes, con los predominios ideológicos
y con los “hechos” del mundo que con la teoría, desprendida de nuestra
práctica, pues estas diversidades sexuales son tan viejas como la cultura
y los hombres. Pero si hasta hace un siglo las ciencias no nos permi-
tían separar el placer sexual de la reproducción, lo que muchas reli-
giones aún no permiten, se evidencia la influencia decisiva de nuestras
creencias e ideologías sobre los pensamientos. Para el hombre la repro-
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ducción es decisiva para su supervivencia pero, para los hombres, para
cada hombre, la reproducción es decisiva por su valor simbólico-afec-
tivo. Sin esta diferencia no es posible entender, por ejemplo, los deseos
de adopción y sus múltiples formas.
Falo y organización genital infantil
Aunque en general se lo toma en su forma tumescente, para el falo
erecto y su culto en griego se usa la designación itifálico (ithus: recto).
Es importante destacar que la palabra falo fue poco usada por Freud
–la usó para referirse a la renegación y al fetichismo– y de forma no
claramente distinguible del pene, mientras que el adjetivo “fálico” sí es
de uso frecuente en su obra.
En su trabajo La organización genital infantil (Freud, 1923) hace
un agregado, una corrección fundamental a su texto de 1915 incluido
en Tres ensayos de teoría sexual (1905), ubicando en la infancia una
etapa en que las pulsiones parciales se organizan en torno a los geni-
tales. Es un momento organizador de la estructuración psíquica. ¿Qué
es lo que organiza? Un goce vinculado a la excitación erógena fálica –
tanto en la niña como en el niño–, con una fantasía sexual edípica, y
una angustia específica a ella (angustia de castración) vinculada a la
prohibición del deseo incestuoso. También organiza fases libidinales
con sus pulsiones parciales y objetos (oral y anal) en torno a la excita-
ción genital infantil. De modo que las distintas fases con sus pulsiones
parciales pueden persistir y mantener su goce en la medida en que se
organicen con una finalidad del goce genital infantil.
¿En qué consisten esa genitalidad y el concepto de falo que se
desprende de ese texto? La masturbación infantil, segundo momento de
la masturbación en el niño, alrededor de los cuatro años, centra eróge-
namente la sexualidad infantil en los genitales, zona erógena privile-
giada en esa etapa. Pero Freud se encarga de decir allí que no es exacta-
mente una primacía genital, pues sólo se concibe un genital, el mascu-
lino, y por ello la denomina etapa fálica.
Nosotros deberíamos poner en cuestión que sólo se reconozca un
genital, el masculino, cuando aclara que es una etapa pregenital.
También corresponde poner en cuestión que sea el genital mascu-
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lino lo que denominamos “falo”. Deberíamos deslindar y afirmar un
primado del falo, no de un genital. Si bien Freud descubrió el papel
organizador del falo como eje del complejo de Edipo y castración, y su
función organizadora de la estructura del psiquismo, lo que no distin-
guió fue que lo que describía era un escenario fantástico, donde el
pene se erigía como imagen o representación fálica. La frase “Todos
los seres humanos tienen pene pero lo pueden perder por castración”
muestra justamente que se trata de un escenario fantástico, al mismo
tiempo que fuertemente impregnado de ideología falo-centrista. Si lo
que Freud descubre es una etapa pregenital no están en juego los geni-
tales, ni el pene ni la vagina. Es un exceso decir que el falo es mascu-
lino, así como decir que la libido es masculina. Aunque a primera
vista resulta contrastante, deberíamos reconocer que en psicoanálisis,
sustentado en la noción eficaz de cuerpo erógeno, no es fácil hablar de
genitalidad en su sentido natural o biológico. Como la boca y el ano no
concuerdan entre su erogeneidad y su función, lo mismo sucede con
la zona genital-pregenital. No hay isomorfismo ni necesariamente
armonía entre la erogeneidad oral y la alimentación, como no los
hay entre la erogeneidad anal y la defecación ni entre la erogeneidad
genital-pregenital y la reproducción, ni con la genitalidad adulta. De
la misma forma en que no hay relación directa y menos unificación
entre falo y masculinidad. Es más bien la posición en relación al falo
lo que puede definir la masculinidad y la feminidad. Pero para ello
deberemos deconstruir la centralidad de la imagen del falo. Lo que
no parece ponerse en cuestión es que tanto en la niña como en el niño
existe una etapa en que se desarrolla con privilegio sobre otras zonas
erógenas, una masturbación infantil y/o una excitación erógena en
la que luego del desarrollo será la zona genital. La excitación de una
zona, tanto espontáneamente como con el agregado de la masturbación,
es un dato central en la teorización freudiana. Es una zona erógena
pregenital para ambos sexos, cuya excitación y sensación de volup-
tuosidad podríamos llamar “fálica” para ambos sexos, pudiendo o no
imaginarizarse como pene.
Esta idea permitiría superar la de un único registro de frustra-
ción-gratificación que es el que sustenta la hipótesis de la desapa-
rición del deseo (afanisis). Para Freud esta importante investidura
narcisista en el pene del niño será el motivo de la resignación de la
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investidura de los objetos parentales, dadas la amenaza de castración
y la observación de que las niñas no tienen pene o que el pene puede
perderse. Que el pene se puede perder, sacar, destornillar, castrar-
encastrar (Freud, 1909) parece una herencia de las experiencias libi-
dinales y transformaciones de la fase anal. Recordemos que Freud
sitúa en esa etapa la culminación de un proceso de discriminación
adentro-afuera, yo-no yo. Proceso ligado a la función del orificio y del
esfínter muscular y a la transformación del objeto anal interno en
su separación y pérdida, pero transformado en don, como regalo a
cambio de amor.
Hay innumerables ejemplos que dan cuenta de esta fantasía de
castración. La posibilidad de la castración pone fin a las vertientes
tanto positiva como negativa del Edipo en el niño. Para la niña Freud
también describe una etapa fálica y un complejo de castración. El
clítoris cumple una función similar a la del pene en el niño, y esto se
corresponde con la excitación erógena de ambas zonas. La visión del
pene de un niño es para Freud lo que (precipita) introduce a la niña al
Edipo, de modo mucho más contundente que la terminación del Edipo
en el niño. Lo ve, reconoce que no lo tiene y que quiere recibirlo. Envidia
del pene, reproche a la madre que no se lo dio y, luego, resignación de
querer tener un pene como sustitución por el deseo de tener un hijo
del padre. El complejo de castración que sepulta el complejo de Edipo
en el niño, lo introduce en la niña.
Esta muy resumida formulación es el abecé del conocimiento psicoa-
nalítico de la sexualidad y su estructura humana. La escuela inglesa
ha cuestionado duramente el falocentrismo freudiano, su concepción
de un solo sexo en la infancia: el masculino. Al respecto, la formula-
ción más discutida fue la que realizara E. Jones en 1926 y 1932. Para
Jones hay dos sexos desde el inicio, y la presencia del pene en el niño
sólo le daría un recurso defensivo frente a las ansiedades que genera
el sadismo uretral. El niño podrá ejercer activamente ese sadismo al
mismo tiempo que la persistencia del pene le permite reconocer que ese
sadismo no ha sido letal. Jones remite la envidia del pene en la niña a
un deseo de recibir el pene, propio de la femineidad, y la castración al
riesgo de perder la sexualidad o afanisis.
La discusión intensa no se hizo esperar cuando Lacan (1964) distin-
guió privación, castración y frustración y situó la afanisis en el gran
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Otro61. Fundamentalmente distinguió la sexualidad en psicoanálisis de
los recorridos de la biología, a los cuales parece muy adherido Jones.
Sin duda, Freud ya vinculaba los destinos de la identificación sexual
a las consecuencias del Complejo de Edipo y no a la sexualidad bioló-
gica. Pero tampoco olvidamos su referencia al destino anatómico. Esta
afirmación ha sido y es un obstáculo en la comprensión psicoanalítica
del tema, como lo es, en mi opinión, adjudicarle a la libido caracterís-
ticas masculinas, tanto en el hombre como en la mujer. Esta unión de
la libido con lo masculino es consustancial a la concepción de que en la
infancia existe un solo sexo, el masculino, y es muy difícil separar ambos
conceptos de una ideología falo-céntrica en el sentido de androcéntrica.
Discusiones desde vertientes sociológicas-antropológicas
y posiciones queer
Judith Butler sostiene una noción performativa o realizativa
(derivada de las conferencias de Austin en la Universidad de Harvard,
1955, 1962) de los discursos sobre el sexo. Si bien estas acciones podrían
no implicar al género, Butler cuestiona la diferencia entre sexo y género,
pues la acción performativa sería sobre la propia sustancia del sexo,
sobre los cuerpos.
61. “Sólo hay surgimiento del sujeto en el nivel del sentido por su afanisis en
el lugar Otro, que es el del inconsciente. Jacques Lacan, Seminario 6. El deseo
y su interpretación. Clase 6 del 17/12/58: “No es necesario sorprenderse de que
el término ‘afanisis’, que quiere decir eso, desaparición, y sobre todo, del deseo,
verán que en el texto de Jones es claramente de eso de lo que se trata; es eso lo que
él articula, ese término que le sirve de introducción, en razón de una problemá-
tica que le ha dado muchas preocupaciones: las relaciones de la mujer con el falo,
de lo cual no se liberó jamás. Él usa inmediatamente esta afanisis para ubicar
bajo el mismo denominador común las relaciones del hombre y de la mujer a su
deseo, lo que lo arroja en un impasse, ya que lo ignorado es, precisamente, que
esas relaciones son fundamentalmente diferentes, y únicamente, puesto que está
allí lo que Freud ha descubierto, a causa de sus asimetrías en relación al signi-
ficante falo”. Ver también: El Seminario 4. La relación de objeto. Clase 13. Del
complejo de castración. 13/3/57. Es un concepto que se puede leer en diferentes
seminarios de Lacan, como en el 6: El deseo y su interpretación; el 9: La identifi-
cación, clases 15 a 18 y 23; el 10: La angustia, clases 17, 18 y 23.
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El falo como lazo erógeno y social 127
Las acciones del lenguaje o de los lenguajes (cultura y deseo de los
padres) sobre la sustancia de los cuerpos y, en especial, sobre el cuerpo
erógeno, que se construye en la experiencia inconsciente mutua del bebé
y los padres (o quienes estén en esa función), son material especial del
psicoanálisis. Lo que Butler afirma (2006; 2007) es que no hay una
relación continua entre sexo (macho, hembra, u otras configuraciones
genéticas), género y deseo sexual. Si de-construimos los aspectos ideo-
lógicos que arman esos tres conceptos quizás la afirmación de Butler
se sostiene en su propio peso.
Con esta misma perspectiva de Butler, son discutibles los benefi-
cios de incorporar al psicoanálisis el concepto de género62 (hay puntos a
favor y otros en contra). Esto no le quita ningún mérito a Robert Stoller.
Primero, porque puso el tema sobre la mesa. Y también, porque nos
mostró una forma de salir a investigar fuera del consultorio en contextos
nada habituales para los psicoanalistas, por lo menos en cuanto tales.
En mi opinión fue un acto, un rumbo que, al mismo tiempo que generó
críticas variadas y rechazo, señaló el puritanismo y el dogmatismo ideo-
lógico, lo cual sacudió los conceptos habidos sobre el tema. Es posible
afirmar que no hay continuidad necesaria entre sexo (macho-hembra),
deseos sexuales, identificaciones sexuales y elecciones de objeto, de
modo de sostener la especificidad de estos conceptos psicoanalíticos
clásicos. Lo afirmado no es una deducción teórica sino un hecho de
experiencia, actual y en toda la historia de la humanidad, de distintas
formas y bajo diferentes formatos culturales. Hay inestabilidad en la
sexualidad humana, tanto en los deseos, las identificaciones y las elec-
ciones de objeto, que el psicoanálisis basa en una bisexualidad constitu-
tiva (probablemente en mayor o menor grado según las constituciones,
dirá la genética), como en las alternativas de las experiencias sexuales
inconscientes del bebé y del niño-a con relación al Edipo. Que todo esto
tenga que desembocar necesariamente (“normalmente”) en una identi-
ficación secundaria sexual con el sexo de nacimiento, sus deseos corres-
pondientes y la elección de objeto del sexo opuesto, no impide el carácter
inestable de estos procesos en la realidad psíquica de cada sujeto, y
parece hablar más de un destino normatizado por la cultura que de
una necesidad interna.
62. Stoller en 1968, antes John Money en 1955.
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Por otra parte, también la cultura puede llevar a otras posiciones
sexuales del deseo e identificatorias. Tanto los deseos sexuales como las
identificaciones tienen un forzamiento adaptativo, a veces cruel para
algunas personas, dentro de lo que podemos ubicar en el malestar de la
cultura (Freud, 1930). Las ideas de Butler son muy agitadoras y nada
nos exige su aceptación in toto, pero es, sin duda, una pensadora inte-
ligente con fuerte fundamento en Foucault y Derrida, lectora de Freud,
de Lacan, y últimamente más cercana a las ideas de Laplanche. Para
decirlo de otro modo y, como lo expresó recientemente la Sociedad Argen-
tina de Pediatría, siguiendo un texto de Eva Giberti (2010), biológica-
mente se nace macho o hembra pero no se nace hombre o mujer, pues
la sexualidad se adquiere63.
Algunos puntos críticos para reflexionar
Situaré algunos puntos de reflexión crítica y estudio pendientes:
Existen consecuencias de la diferencia corporal de los sexos, pero
¿cómo situarlas en su complejidad? Pues no existe una relación directa
entre diferencia sexual corporal y sexualidad psíquica.
Existen, también, consecuencias corporales de las diferencias
psíquicas de los sexos y de las concepciones sociales de los mismos, en
una acción performativa de los discursos, pero ¿cómo conceptualizarlas
en psicoanálisis?
Hay una asimilación falo-pene que determinó el uso mismo de la
palabra falo, cuando lo que sustenta la fase genital infantil es una exci-
tación erógena genital-pregenital cuya voluptuosidad imaginarizada
parece consistir en el falo pero no siempre en un “pene”. Las imaginari-
zaciones referidas parecen depender tanto de las consecuencias psíquicas
de la diferencia anatómica o escritural del cuerpo como de los discursos
ideológicos de la cultura sobre las sexualidades y sus imágenes.
El falo es una imagen completa, voluptuosa, brillante, y suele imagi-
narizarse como pene en erección que resalta en su imagen el grandor, la
tumescencia, el vigor, y esto es así aunque Lacan (1977[1958]) sostenga
63. Sociedad Argentina de Pediatría; Grupo de Trabajo Derechos del Niño;
Comité Nacional de Familia y Salud Mental; Comité Nacional de Pediatría Ambu-
latoria. Buenos Aires, informe presentado el 28 de junio de 2010.
Javier García [Link] 128 03/02/2023 19:07:17
El falo como lazo erógeno y social 129
que no es una fantasía64, pues de esa erección dependerá el acto. Sin
embargo, el falo en el acto no está en el pene erecto sino en el parte-
naire, como causa del deseo. El falo como imagen no es el pene necesa-
riamente, es la idealización de la anatomía como “todo”.
¿Cómo vincular tan “naturalmente” esta imagen de falo al pene de
un niño en esa fase? Ni tiene gran tamaño ni tiene gran poder. Lo que
sí tiene, como la zona genital-pregenital de la niña, es un monto muy
intenso de excitación gozosa, espontánea y por masturbación, a la que
se atribuye imágenes de poder, vigor y brillo.
Estas afirmaciones no necesariamente avalan el concepto de
afanisis65 de Jones (1929), en contraposición a “castración”, si se consi-
dera la función del Otro y la discriminación de registros (Real, Simbólico,
Imaginario; RSI) que permite superar la idea de un único registro frus-
tración-gratificación, que es el que sustenta la hipótesis de la desapari-
ción del deseo (afanisis). Pero, claro está, esta idea también se aparta
de la concepción lacaniana en varios puntos, entre otros, respecto de las
ideas de mujer, falo y cuerpo erógeno. Aunque la discusión Freud-Jones-
Lacan puede ser objeto, ella misma, de un prolongado estudio que no
podré encarar aquí, sí debo decir que Lacan, siguiendo o partiendo desde
un punto fuerte de la teorización freudiana, enfatiza la importancia
decisiva de la visión del genital femenino a los efectos de ubicarla como
la falta del Otro. Esto es lo que constituye la triangularidad edípica y
lo que instala la dimensión del deseo. Es un lugar de intenso intrinca-
miento de los tres registros, pues el pene real se marca por una amenaza
imaginaria y su símbolo se hace significante en el punto donde aparece
la falta como negativización en el registro imaginario y en la cadena
64. “El falo aquí se esclarece por su función. El falo en la doctrina freudiana no
es una fantasía, si hay que entender por ello un efecto imaginario. No es tampoco
como tal un objeto (parcial, interno, bueno, malo) en la medida en que ese término
tiende a apreciar la realidad interesada en una relación. Menos aun es el órgano,
pene o clítoris, que simboliza. Y no sin razón tomó Freud su referencia del simu-
lacro que era para los antiguos. Pues el falo es un significante, un significante
cuya función, en la economía intra-subjetiva del análisis, levanta tal vez el velo
de la que tenía en los misterios. Pues es el significante destinado a designar en
su conjunto los efectos del significado, en cuanto el significante los condiciona por
su presencia de significante” (1977[1958]; p. 283).
65. Del griego aphanisis: invisibilidad, desaparición. Se refiere a desapari-
ción del deseo.
Javier García [Link] 129 03/02/2023 19:07:17
130 Coregrafías inconscientes | Javier García Castiñeiras
significante. Esta falta limita al Otro en su goce (afanisis del gran Otro
para Lacan) y permite la propia castración o límite del goce autoeró-
tico (masturbación fálica infantil), así como el surgimiento del sujeto
de deseo en tanto significante del deseo: significante fálico que surge
como elemento positivo desde la negativización imaginaria fálica de lo
que se espera ver en el Otro. Claramente la afanisis en Lacan, por el
contrario que en Jones, posibilita el deseo en un nivel significante (que
Jones no distingue), y aparece como consecuencia de un sacrificio, como
se ve en los actos rituales de pasaje, donde algo se marca y pierde en lo
real a través de un acto imaginario con valor de símbolo.
A los efectos de sobrevivir, al menos en parte, a la condensación en
la que me he sumido en el desarrollo de estos conceptos, trataré de
situar los polos conceptuales que pienso debemos tener en cuenta y
ponderar en sus interacciones. Pienso que deberíamos cuestionar lo que
en Jones aparece como un polo naturalista prevalente (biologicista), y
que se condice con algunos momentos del pensamiento freudiano que
remiten a la biología como sustrato y como destino. ¿Se trata aquí de la
noción de cuerpo que nos es productiva en psicoanálisis? En psicoaná-
lisis el cuerpo requiere pensarse en la intersección de la erogeneidad y
las huellas o marcas que dejan las experiencias erógenas con los otros,
coreo-grafías erógenas66, es decir, una escritura erógena inconsciente
que incorpora lo que el cuerpo tiene de real, en sus diferencias, pues
es allí donde se excavan gozosamente los significantes en un sentido
amplio. Esta zona es materia de discusión y controversia. Siguiendo esta
línea, lo que Freud llama falo, refiriéndose al pene investido erógena-
mente, excitado en goce autoerótico, se corresponde con la experiencia
erógena que la niña tiene con sus genitales (pregenitales), especial-
mente pero no solamente con su clítoris. Esta experiencia de excita-
ción gozosa, segunda masturbación infantil, se imaginariza de alguna
forma y hace a lo que conocemos como falo imaginario. Es el gran pene
en erección o todo el cuerpo hecho falo en la seducción (seducido) del
Otro (por el Otro).
Tiene algo de sorpresivo decir que una imagen fálica, un phallus, no
tiene por qué ser algo masculino, símbolo de la sexualidad sin dudas,
66. Desarrollado en el capítulo 4 de este libro.
Javier García [Link] 130 03/02/2023 19:07:17
El falo como lazo erógeno y social 131
pero especialmente del goce sexual, de un horizonte de goce esperado
(¿o prometido?) más allá de la diferencia de sexos. Un uso fantástico y/o
ridículo que puede desafiar o testimoniar, pero que difícilmente pueda
dejar de ser visto por un humano y, aunque se imaginarice como “Wally”,
siempre marca o establece diferencia. Diferencia ostensible o diferencia
disimulada, pero siempre diferencia. Inevitablemente el pensamiento,
las ideologías, la estructura social, adjudican valor a esas diferencias,
lo que determinará sus leyes de circulación e intercambio, las inclu-
siones y las exclusiones del sistema.
Falocentrismo, patriarcado y diferencias de sexos
Un apoderamiento del imaginario fálico ha caracterizado al hombre
en gran parte de la historia y las culturas (hay excepciones), y esto ha
sido a los efectos de la concentración del poder (pater familias). El falo-
centrismo y el falogocentrismo que plantea Derrida67 están en la lógica
interna del patriarcado, y constatamos que el poder del padre en la
familia ha ido disminuyendo históricamente, no sólo en el siglo XX.
Primero por el pasaje de su autoridad a la Iglesia (elección de pareja
para sus hijos, por ejemplo). Segundo, al Estado: pérdida de la capa-
cidad de decidir sobre su herencia; límites de la patria potestad. Y,
sobre todo y más cercanamente, por la sucesiva y progresiva adquisi-
ción de derechos de la mujer y de los niños, consecuentes a las demandas
de trabajo femeninos y a las necesidades de consumo del mercado. La
67. J. Derrida adopta el término o constructo “falogocentrismo” alrededor de
1965, para mostrar un intrincamiento entre el logocentrismo y el falocentrismo.
En esta articulación se observa una discusión entre Derrida y Lacan quien, en su
texto sobre el significado del falo de 1958, ubica al falo como significante privile-
giado que articula el deseo y el logos, donde radica la crítica derrideana de falogo-
centrismo. En una entrevista de Catherine Paoletti a Derrida del 14 al 18/12/1998,
éste dice: “En cierto modo, la cuestión de la diferencia sexual atraviesa en efecto
todos mis textos desde el principio, y el hecho de que la deconstrucción haya sido,
de entrada, una deconstrucción del falocentrismo, de manera esencial, o del falo-
gocentrismo, subraya muy bien que lo que la deconstrucción pone en cuestión es
cierta autoridad masculina, en nombre si no de la feminidad, sí al menos de la
diferencia sexual”. J. Derrida, De la gramatología, 1967; La tarjeta postal: De
Freud a Lacan y más allá (1986).
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132 Coregrafías inconscientes | Javier García Castiñeiras
separación entre la sexualidad y la reproducción, que permitió mayor
libertad a las mujeres a partir del control de la natalidad con anticon-
ceptivos, coincide con la fuerte irrupción de movimientos ideológico-
políticos que defendían sus derechos durante los años sesenta. Lo cual
también coincide con el inicio de la rebelión gay en Stone Wall Inn, en
Green Village, Nueva York (1969). Estos eventos ayudaron a cambiar
decisivamente el futuro de las ideologías y sus estructuras, como de la
sexualidad y los modos de parentesco. No porque hayan surgido allí
proyectos ideológicos nuevos –crítica frecuente y fuerte que se le hace
al ’68–, sino más bien porque fueron gritos que sacudieron las ideolo-
gías y creencias existentes a partir de acontecimientos (Badiou, 1999).
También las críticas al psicoanálisis como falocéntrico surgieron fuer-
temente en esa época (Foucault, Deleuze, Althusser), y la respuesta de
Lacan al separar el falo del pene no dejó de plantear la privación real
de pene en la mujer (1994 [1957]) como decisiva y a un significante
falo-Amo dentro de una estructura simbólica que parece concebirse
como a-histórica e inmutable.
Pero por otro lado, tanto la separación entre la sexualidad y la
reproducción, la independencia de la sexualidad respecto del matri-
monio y otros, se consideraron cambios negativos y contrarios a la
condición humana. Respecto de los métodos anticonceptivos se consi-
deró también que se trató de un cambio contra natura; así lo leyó
la Iglesia, por ejemplo. Controlar la reproducción e independizar
lo sexual de lo reproductivo –aunque no aún lo reproductivo de lo
sexual–, abrieron culturalmente un campo para la sexualidad en sí
misma, especialmente para la mujer. La mujer quedó con muchas
más libertades para su formación intelectual, profesional, tecnoló-
gica, y para el ingreso a los medios de producción y relación social.
Parece indudable el cambio de lugar, función y poder de la mujer
en el siglo pasado, lo que aumentó una continua y creciente dismi-
nución del poder del hombre en la familia y en la sociedad. Se la ha
llamado la declinación de la imago paterna (Lacan, 1938), pero espe-
cialmente veo allí una declinación de la concentración de poder y un
aumento en la distribución del poder en la familia, lo que aún dista
mucho de una igualdad de condiciones. También algunos dijeron que
esos nuevos lugares que pasó a ocupar la mujer eran contra natura,
pues “naturalmente” correspondían al hombre. En tanto culturales y
Javier García [Link] 132 03/02/2023 19:07:17
El falo como lazo erógeno y social 133
políticos, es imposible hablar de algo “natural” y, si bien lo sabemos,
lo desmentimos.
Para el psicoanálisis la diferencia entre los sexos ciertamente se
juega en esa fase erógena genital infantil o fálica, que coincide como
“organización” con el Edipo y la castración. Es allí que se estructura la
sexualidad y las identificaciones secundarias masculinas y femeninas,
así como las posibles elecciones de objeto sexual. Ciertamente, también,
es la inscripción inconsciente que disponemos de la sexualidad lo que
determinará el deseo sexual humano, y esta inscripción fálica se esta-
blece como consecuencia de la represión del goce fálico de completud que
coincide con el amor incestuoso. Pero ¿qué es lo que queda de esto en el
inconsciente que determinará la sexualidad de cada sujeto?
“(…) ya que el falicismo es reprimido y se vuelve inconsciente, el incons-
ciente es fálico. En otros términos, el inconsciente está desprovisto de
genitalidad en el sentido de un reconocimiento de la diferencia sexual…
Nada en la teoría freudiana deja entender que exista un representante
psíquico inconsciente del otro sexo como tal” (Kristeva, 1998; p. 60).
Esto nos permitiría entender que lo que llamamos falo es la inscrip-
ción psíquica de la sexualidad reprimida y, en consecuencia, es esto lo
que orienta el deseo sexual y no el “sexo opuesto”, pudiendo o no coin-
cidir con éste. Sin embargo, lo que tambalea es que lo que llamamos
falo ya por su designación es masculino, mientras que lo que queda
inscripto en el inconsciente como fálico es una diferencia sexual todo-
nada, en cuanto a una excitación erógena real en esa zona, como escri-
tura erógena inconsciente básica, que adquirirá las representaciones
que lo real de los cuerpos diferentes de la niña y el niño permitan y lo
que la cultura aporte como representaciones prevalentes a través del
deseo de los padres. Claro que en una cultura falocéntrica patriarcal, si
la alternativa última inconsciente es: “todo-nada”, no hay duda de que
“todo” es masculino y “nada” femenino o diferente en general (negro,
pobre, defectuoso, minusválido, perteneciente a creencias religiosas, polí-
ticas y/o a etnias minoritarias). Podemos compartir la idea freudiana
de una organización fálica en que fálico es “todo” y castrado es “nada”.
Sin embargo, no es lo mismo sostener que desde ahí se construye la
idea de masculino y femenino. Es en este punto donde los prevalentes
culturales son decisivos a través del deseo de los padres para la confor-
mación o construcción de las sexualidades.
Javier García [Link] 133 03/02/2023 19:07:17
134 Coregrafías inconscientes | Javier García Castiñeiras
La declinación del poder del padre parece haber aumentado la diver-
sidad de representaciones fálicas. Los imaginarios representacionales
fálicos son diversos, y entre ellos los hay también femeninos. Siempre
los hubo, y de esto es testimonio la producción artística y artesanal a
través de la historia de la humanidad. Lo que Freud describió como
bisexualidad humana no escapa al falo, y las creaciones artísticas-
artesanales a lo largo de la historia dan cuenta de falos femeninos y
mixtos a los que se ha comprendido como expresiones de bisexualidad.
Sin embargo, esto nos debería hacer pensar que la idea de falo no es ni
masculina ni femenina en sí misma.
Que la cultura tenga una acción decisiva sobre las sexualidades
singulares no debería ser hoy un tema en discusión; lo discutible es cómo
entender esta acción y sus límites. Pienso que el límite de las acciones
performativas-realizativas (Copjec, 2006)68 de los discursos que, como
escribí anteriormente, propone Judith Butler, puede ser la experiencia
erógena-pulsional que cada bebé aporta al deseo de los padres, lo que
la hará siempre una experiencia inconsciente singular y no un printing
realizativo de ellos.
Si esto es así, los cambios sociales y culturales en las representa-
ciones masculinas y femeninas y sus valores entrarían tempranamente
en juego en la construcción de las sexualidades humanas, no sólo como
cambios de presentaciones (imaginarias) de la sexualidad sino como
variaciones en su constitución misma. La diversidad (lo diverso) parece
estar más en las representaciones posibles del falo. Lo diferente, en la
diferencia entre el deseo del sujeto y del otro o partenaire, es decir, en
la alteridad sexual o alteridad de los deseos sexuales, más allá de lo
genital anatómico. La cultura tiende a disciplinar de distintas formas
68. Jean Copjec discute a Butler siguiendo varias líneas. La objeción psicoa-
nalítica radica en que Copjec ubica la diferencia de sexos como “real” (esto la
haría no deconstruible ni construible) y destaca el carácter compulsivo de la
pulsión sexual. Las ideas de Butler sobre la extensión que da a la función perfor-
mativa sobre el sexo, para Copjec resultan producto de un “voluntarismo”. Sin
embargo, pienso que la discusión está lejos de quedar cerrada por cuanto lo real
de la diferencia (que sí es en lo real) no decide la construcción del cuerpo erógeno
ni la asunción simbólica de la(s) diferencia(s), ni la identificación sexual, ni la
elección de objetos. No obstante, sí nos plantea un límite a la función performa-
tiva de la cultura.
Javier García [Link] 134 03/02/2023 19:07:17
El falo como lazo erógeno y social 135
lo diferente. Al cambiar estos disciplinamientos es posible pensar que
cambie la construcción de las sexualidades y la cualidad de los deseos,
afirmación que no se lleva bien con una idea de estructura psíquica y
sexual inmutable.
Finalmente
La excitación “real”69 en la fuente pulsional (quelle) o zona erógena,
que es lo que guía a Freud a determinar el lugar corporal y el momento
de las etapas del desarrollo libidinal (oral, anal y fálica), está presente
por igual tanto en la niña como en el niño. Ambos sienten la excita-
ción fálica y recurren al autoerotismo de la masturbación para la satis-
facción. En este sentido “real” (“lo real”) del reiz70 fálico en la zona
erógena no hay privación para la niña. Privada de pene anatómico
sí; privada de disponer de una imagen de su cuerpo en la propia zona
erógena que haga observable la excitación en la imagen, también. Pero
no privada de la excitación fálica en esa zona, que es lo que ancla (fija)
lo fálico (reiz) a representaciones, tanto en el niño como en la niña.
Ambos están en la organización fálica porque ambos tienen excitación
en dicha zona erógena con el autoerotismo correspondiente. De lo que
disponen de forma diferente es de representaciones corporales a ser
investidas por esa libido fálica (Triebbesetzt). Es a nivel de las repre-
sentaciones, imágenes, que se produce la diferencia entre la niña y el
niño, por las diferencias de sus cuerpos y por el modo en que la cultura
valora y organiza esas diferencias. La niña estrictamente está castrada
en relación a la imagen investida fálicamente por el niño, “su pene”.
Pero no está castrada ni privada en lo real de su excitación y satisfac-
ción de la zona erógena fálica, ni por carecer de representaciones corpo-
rales sexuales diferentes y de gran valor. El niño inviste fálicamente la
imagen de pene que adquiere gran valor narcisista, claramente mucho
más por esa investidura erógena que recibe y por el valor que le adjudica
la cultura que por el grandor propio de su órgano infantil. Pero el niño
inviste también con libido fálica otras imágenes de su cuerpo y de los
69. Reiz freudiano, excitación pulsional endógena, en la zona erógena fálica.
70. Excitación pulsional endógena, en la zona erógena fálica.
Javier García [Link] 135 03/02/2023 19:07:17
136 Coregrafías inconscientes | Javier García Castiñeiras
objetos del mundo, lo que le permite jugar en otros escenarios la fase
fálica. Lo mismo la niña, pudiendo investir la representación del pene
del niño por ser lo que le falta en la diferencia –lo cual adquiere mucho
valor– y por el énfasis con que la cultura tiene valorada esa represen-
tación –lo cual no es en absoluto menor–.
Es en este sentido que aparece la vivencia imaginaria de castración
en la niña, pero en absoluto le es exclusiva, pues también es preva-
lente en la vida psíquica del niño. Si el niño estuviera tan seguro de
que posee el falo en el pene, no tendría tantas fantasías y angustias
de que puede perderlo, ni la necesidad tan imperiosa de estar gene-
rando diversas imágenes de madres y mujeres fálicas. El pene sería
siempre falo en una especie de priapismo permanente. La detumes-
cencia, mucho más duradera, pone el pene en posición no fálica, lo cual
permite el ingreso a esos otros escenarios simbólicos. Pero, especial-
mente, si el niño tuviera esa seguridad del imaginario fálico en el pene,
no tendría motivos para resignar la posesión fálica e ingresar a partir
de la falta en un sistema sexual de intercambios simbólicos. La fuerza
del imaginario de la castración en la niña y en el niño, permite que se
introduzcan en todos los juegos simbólicos de la vida a través del don
(Mauss, 2010[1925]).
Las representaciones investidas por libido fálica (en la niña y en el
niño) dependerán de las representaciones de su cuerpo y del mundo
que soporten mejor esa investidura, tanto por las experiencias incons-
cientes tempranas con sus progenitores (deseo de los padres) como por
la prevalencia que la cultura establezca sobre ciertas representaciones
que serán aportadas por los padres, lo que habita tanto el yo ideal como
el ideal del yo. De la singularidad de este armado psíquico representa-
cional y del circuito del deseo fálico dependerán la posición sexual del
sujeto y la elección sexual de los objetos. Lo real de la pulsión en su
zona erógena no tiene traducción en un determinismo biológico sino en
un sustrato erógeno que ancla las representaciones y resigna parcial-
mente su goce en los significantes que le permiten entrar a jugarse con
los otros en diferentes juegos y niveles. Lo perverso no necesariamente
aparece cuando se desmiente la diferencia anatómica de sexos, sino
cuando se desmiente la diferencia de la sexualidad con el otro-partenaire,
cuando no hay diferencia en los deseos considerados, no se reconoce la
diferencia del deseo del otro como partenaire y en consecuencia no hay
Javier García [Link] 136 03/02/2023 19:07:17
El falo como lazo erógeno y social 137
alteridad en el juego sexual. Y esto puede ser mucho más habitual en
las parejas formalmente constituidas como heterosexuales que lo que
se supone. Pero sin duda es necesario actualizar la discusión sobre las
perversiones, a los efectos de retomar el concepto de perversión de un
olvido, o mejor, desestimación, producto de los ligeros cambios ideoló-
gicos actuales.
El concepto de falo tiene la bondad y la riqueza de enlazar dimen-
siones muy diferentes pero que se anudan en la condición humana. Me
refiero reiteradamente a un nivel “real” de excitación y goce del cuerpo
erógeno, un nivel de la imagen-representación que viene desde el mundo
cultural pero se engarza con lo sensorial investido por la pulsión, el
deseo de los padres (u otros significativos que cumplan esa función) que
arma el juego erógeno coreográfico junto al bebé e introduce las pautas
de intercambio a través de las zonas erógenas, permitiendo (o no) que
la excitación se haga juego de intercambio placentero, lo que permite el
ingreso al mundo simbólico del lenguaje en sus múltiples formas. El falo
es rastro y símbolo de la sexualidad humana en tanto reprimida como
goce autoerótico e incestuoso. Su inscripción inconsciente es rasgo del
“no todo” de la castración y, como tal, es motor de búsqueda, moción,
hacia el falo supuesto en el otro.
En la secuencia de estas frases fluctuamos entre una noción de falo
“real” (excitación-reiz), falo simbólico (castración simbólica) y falo imagi-
nario (el que se supone en el otro), juego que, constituido, permite jugar
el placer sexual en la diferencia de los deseos. Históricamente el papel
de la cultura y las ideologías en la constitución de ese lazo ha sido muy
fuerte, tanto en el marcaje de la prevalencia de las representaciones en
juego, que luego serán tomadas por cada sujeto atrapado en esa estruc-
tura de valores, como en la determinación de las reglas de los intercam-
bios, lo permitido y lo prohibido, lo valorado y lo rechazado, castigado
con el azote, la prisión, el exilio o la hoguera.
A la luz de estas ideas propongo pensar lo admitido y lo perverso en
cada momento de la historia, que no necesariamente coinciden con la
posibilidad humana de una sexualidad placentera jugada simbólica-
mente o una estructura perversa que no reconoce –reniega– la diferencia
de los deseos, lo cual no se restringe a ni necesariamente pasa por la
diferencia anatómica de los sexos biológicos. Pero, claro está, todo depen-
derá de quién, dónde y cuándo haga y piense este lazo humano erógeno.
Javier García [Link] 137 03/02/2023 19:07:17
138 Coregrafías inconscientes | Javier García Castiñeiras
¿Qué será?
He hablado sobre la independencia que la sexualidad ha ido tomando
de la reproducción; a este respecto, el futuro parece ser el de la inde-
pendencia inversa: de la reproducción respecto de la sexualidad. Muy
difícilmente los descubrimientos humanos que pueden ejercer cambios
no se usen a tales efectos. De hecho, para eso se los financió, para
que llegara el momento de venderlos a gran escala, pues hay y habrá
demanda y se creará más demanda con su oferta. ¿Podemos acaso
descartar que dentro de unas décadas la reproducción a partir de una
relación sexual no sea considerada tan irresponsable como hoy lo es
tener relaciones sexuales sin preservativo? Con la posibilidad de saber
la carga genética que trasmitiremos a nuestros hijos, ¿descartaríamos
la manipulación genética para evitar malformaciones o enfermedades
a mediano o largo plazo? Considerando los intereses que circulan en
nuestras sociedades actuales, el sexo –macho o hembra–, color de piel
y de pelo, altura, capacidades intelectuales y físicas, prolongación de
la vida, ¿podrían ser motivos para echar mano de la manipulación
genética? ¿Dónde está el límite?
La creencia que generan la ciencia y las tecnologías (verdaderas
religiones actuales) y sus proyectos futuros parece mostrar que no hay
límites. Claro está que las parejas gays podrán comprar óvulos y fecun-
darlos, al azar o a elección de sus miembros, alquilar un vientre y tener
un hijo. Es decir, no sólo adoptar. Por otra parte, como decían muchas
consignas de los movimientos feministas en los setenta, los hombres no
somos necesarios a los efectos de la reproducción, sólo a los efectos de
la producción del material genético (por ahora). Pero las mujeres como
pareja tampoco son necesarias ya, al disponerse de óvulos. Quiero decir,
la tendencia a independizar cada vez más la reproducción de la sexua-
lidad es clara; ha ido creciendo y abarcando los distintos elementos
necesarios para lograr la descendencia. Difícilmente esto se detenga.
Dejando de lado los posibles efectos de estas acciones sobre los
cuerpos, que nos impactan con temor, se destaca una mayor indepen-
dencia de la sexualidad respecto de la reproducción y viceversa, lo que
libera la sexualidad de sus amarras en la diferencia anatómica de sexos
para el logro de descendencia y amplía las posibilidades de relaciones
de parentesco. Esto ya viene sucediendo por causa del deseo sexual. A
Javier García [Link] 138 03/02/2023 19:07:17
El falo como lazo erógeno y social 139
pesar de las amarras del deseo por causa de la descendencia y de la inser-
ción social bienvenida a través de la pareja heterosexual, y a partir de
allí la familia, éste mostró igualmente otras orientaciones de objeto y/o
de identificación y/o de relaciones de parentesco. Es claro que la consti-
tución sexual humana implica la bisexualidad, como describió Freud;
además, como cité de un texto de Eva Giberti, biológicamente se nace
macho o hembra pero no se nace hombre o mujer, pues la sexualidad
se adquiere. Hoy corresponde más hablar de sexualidades múltiples y
singulares que de bisexualidad, como lo hizo Freud.
No pienso que el concepto de “adquisición” sea el ajustado, y en esto
establecería una discusión con ideas de Butler. Inevitablemente el deseo
de los padres y la cultura que ellos mismos vehiculizan actúan sobre la
sustancia del cuerpo del bebé y en la construcción de su erogeneidad.
Pero estamos lejos de pensarlo como un printing y al bebé como tabula
rasa. Lo real de la diferencia de los cuerpos del niño y la niña, así como
las diferencias de imágenes-representaciones a las que pueden acudir
para dar cuenta de sus experiencias erógenas, nos muestra la exis-
tencia de una diferencia, sea cual sea la construcción de la sexualidad
futura. Digamos, si la sustancia del cuerpo erógeno es transformada
por la experiencia inconsciente de deseo y cultura, lo es con ciertos
límites de la sustancia misma, por un lado, y de la estructura simbó-
lico-cultural, por otro.. Seguramente es muy difícil, o imposible, saber
exactamente de esos límites, pero sí es posible no obviarlos y afirmar
que hay un límite en la desconstrucción-construcción de los sexos y las
sexualidades. La clínica analítica nos muestra esos límites más allá de
los cuales se producen “variaciones sobre el mismo tema”, lo que hace
inevitablemente a la prioridad de las singularidades.
Sobre este punto de la construcción de los sexos y las sexualidades,
es claro que hay discusión y sobre todo ha habido una gran censura
y exclusión. Si la norma social es que la sexualidad está inextricable-
mente unida a la reproducción y es subsidiaria de ésta, digamos: se
disfruta con eso para que se reproduzcan, ése fue el sentido de poner
ahí el placer, lo que no obedecía a esa norma era justamente a-normal.
Como siempre, la psiquiatría y la psicopatología daban cuenta tanto
de las normas sociales como de sus penalizaciones (la relación entre lo
psiquiátrico, lo judicial y lo policial fue en algún momento inextricable
y hoy permanece). Si no iban presos, quienes se apartaban de la norma
Javier García [Link] 139 03/02/2023 19:07:17
140 Coregrafías inconscientes | Javier García Castiñeiras
eran socialmente rechazados, excluidos y considerados enfermos con un
estigma dado por esa palabra: perversos. Se puede decir que hoy “todo
vale”, y entonces desaparece la categoría de perversión.
Es por esta razón que le dediqué algunas ideas a este tema. Me
pareció interesante y útil también un concepto que manejó Joyce
McDougall (2004) en una entrevista. Sostuvo que la perversión como
concepto debería restringirse a la pedofilia y a quienes no respetaban
el deseo del otro en cuestión en la relación sexual: las violaciones, por
ejemplo71. Puede resultar una definición descriptiva, ligera desde el
punto de vista de la teoría psicoanalítica, es cierto. Pero podemos ver
que queda colocado el límite en el respeto por la alteridad en el deseo.
Que la renegación queda colocada sobre el Otro, su deseo, la alteridad,
y no en la diferencia de sexos. Es decir, no se centra en aceptar o no
la diferencia como diferencia de sexos, sino en aceptar la diferencia
de deseos entre dos sujetos. Si hay un lazo erógeno-simbólico en cada
sujeto podríamos decir que hay un desencuentro inevitable cuando dos
sujetos buscan hacer un lazo erótico, una diferencia básica sobre la cual
se construyen los juegos humanos y sexuales posibles, desde la expec-
tativa: ¿cuál será el des-enlace?
Bibliografía
Austin, J. L. (1962) Cómo hacer cosas con palabras (título original: How to do
Things with Words). Edición electrónica: [Link] / Escuela
de Filosofía Universidad ARCIS, p. 4 ([Link]
teca/austin/C%F3mo%20hacer%20cosas%20con%[Link]).
Badiou, A. (1999) El ser y el acontecimiento. Manantial, Buenos Aires.
71. Entrevista realizada a Joyce McDougall por Ezequiel Jaroslavsky y
Graciela Consoli en París, el 13 de mayo de 2004. J. McD: “… hay una gran
apertura hacia la aceptación de todas las sexualidades. Y como lo digo en mis
libros, sólo hay perversión cuando alguien impone su sexualidad a otro, que tal vez
no sea competente, o que no quiere eso. Como es el caso del abuso de menores, la
pedofilia, violación, exhibición, ésas son para mí sexualidades perversas. Pero lo
demás, no, ninguna sexualidad entre dos adultos, del mismo sexo o de sexo dife-
rente, que estén de acuerdo entre sí, es perversa. Es simplemente una cuestión
de atracción y de querer estar juntos. Y si quieren realizar juegos extraños entre
ellos, bueno, que los tengan...”.
Javier García [Link] 140 03/02/2023 19:07:17