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Disforia de género y sexuación infantil

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La sexuación en los niños: “Disforia de género”

Diego Villaverde

La problemática que se plantea a partir del fenómeno “trans” anuda como pocas lo
clínico, lo epistémico y lo político.

Este año fue signado por el debate sobre la sexuación y sus avatares. En noviembre de
2019, Paul B. Preciado1 es invitado a las Jornadas de l’École de la Cause freudienne en
Paris. Su disertación se convirtió en el libro Yo soy el monstruo que os habla: Informe
para una academia de psicoanalistas. Allí se empezó a abrir un tema para el campo
freudiano que tiene su culminación en lo que Miller dio en llamar Año Trans y su texto
“Dócil a lo trans”, donde sugiere que el psicoanalista debe tener la misma docilidad que
tuvo Freud frente al discurso histérico, aunque sin dejarnos embarcar en un entusiasmo
aparentemente progresista que, sin embargo, albergue dentro de sí la más fuerte
posición reaccionaria y por ello segregativa2.

La crítica de Paul B. Preciado se apoya en las lecturas del sentido común sobre la teoría,
con la idea falsa de un psicoanálisis falocéntrico, hetero-patriarcal, binario,
desconociendo por completo la nueva lógica propuesta por Lacan que no puede
encerrarse en la diferencia relativa entre significantes.

La lógica binaria, resumida en esta pequeña fórmula de Lacan, S1-S2, no nos deja
mucha salida a la hora de definir identidades. Establecerlas en base a la diferencia entre
significantes nos deja siempre en una aporía, aún si siguiéramos agregando letras a la
serie LGTBIQ…

El discurso que conocemos como de género se mueve necesariamente por este carril.
Ser hombre o ser mujer no pueden definirse más que por la diferencia entre ellos, pero
no por una esencia definida en sí misma. Pero, ¿cuál es la diferencia más allá de los
significantes, de los semblantes? ¿Cómo sería estar más allá de lo binario, siendo que la
dupla binario-no binario ya sería nuevamente un binario?

1
Teórico de género. Trans (Female to male). El discurso de los estudios de género, representado entre
otras por Judith Buttler, es un discurso sobre el cuerpo que tiende a considerar la referencia a la
diferencia sexual como pura construcción social
2
“Cambiar al Padre por la testosterona no es necesariamente más benéfico. El paraíso soñado por el
discurso trans puede ser un infierno para algunos sujetos.” (Miquel Bassols)

1
La lógica del significante solo expresa la parte representable de la sexualidad, lo que
sería homologable a lo que hoy llamamos género, pero lo que se ubica “más allá” es el
campo del goce, no pasible de ser constreñido en la lógica significante.

Al hablar del goce, tal como nos enseñó el Lacan de los años 70, entramos en la lógica
del Uno, sin el Otro, algo de lo que intentó transmitirnos con el aforismo de “la no
relación”, o con el autismo del goce entendido como categoría fundamental de la última
enseñanza. La pulsión siempre es parcial. Podemos pensarlo también a partir de lo que
llamamos último paradigma del goce, propuesto por Miller. Se trata del goce del Uno
sin el Otro, al modo del goce del autista.

El punto de partida de Lacan es el del binarismo fundamental del significante que


implica la diferencia de los sexos entre «hombres» y «mujeres». Son los significantes
con los que se representa la sexualidad a partir de la lógica del significante que funciona
por su diferencia. Dicho de manera simple: el hombre se define por no ser mujer, y la
mujer por no ser hombre. Esta es la lógica fálica, que funciona con el símbolo de la
presencia o de la ausencia, uno o cero, fálico o castrado. Pero Lacan, a medida que
avanza en su enseñanza, ya incluso a finales de los años cincuenta, empieza a plantearse
otra lógica que le llevará a la construcción de su famoso objeto a. Es la salida de la
lógica binaria que hay que investigar y que está ausente en la teoría de género. El objeto
a no funciona por una lógica binaria, por su diferencia con otros objetos. No hay objeto
b, c, d… es Lacan mismo quien hablará en los años sesenta de la necesidad de «una
nueva lógica» fundada en este objeto a. El objeto a no es un significante, escapa a la
lógica binaria a la vez que habita en la diferencia entre dos significantes.

Detengámonos en la fórmula que encontramos en El Seminario 20, Aún, para dar cuenta
de la sexuación del sujeto: "El objeto es (a)sexuado". En la lógica del Otro que no
existe, del Uno del goce, el objeto queda desligado de las significaciones del Otro, las
que le han dado su color sexual (sus identificaciones) y aparece en su vertiente de objeto
asexuado, lo que quiere decir sin diferencia, marcado por el Uno del goce, pero causa él
mismo de la elección sexual del sujeto. Que el objeto es (a)sexuado quiere decir que ese
objeto queda fuera de la significación sexual producida por el símbolo fálico, que ese
objeto queda entonces en la parte no-toda de la sexuación, en la parte femenina de las
fórmulas elaboradas por Lacan en su Seminario "Aún", en la parte que descompleta al
Uno de la lógica fálica para abrir una serie infinita.

2
Los estudios de género ignoran, por una parte, la relación con el inconsciente, capítulo
olvidado de mi historia y, por otro lado, la relación con el goce, en cuanto relación con
algo que está inscripto sobre el cuerpo y que hace de éste la cámara de eco de un decir
que no está articulado por el sujeto, pero que, sin embargo, está presente en nuestra
existencia de cuerpo viviente. Este es el cuerpo lacaniano. ¿Por qué no es ni
simplemente el cuerpo de la anatomía, ni simplemente el cuerpo de la construcción
social y del género? El cuerpo lacaniano, más allá del sexo, más allá del género,
pensado a partir del inconsciente, no se agota con la naturaleza ni con las normas
anónimas de la sociedad. Es un cuerpo propio, propio de un sujeto que habla, que vive,
que se angustia y que experimenta una forma de goce; además, es lo que Lacan llama,
invirtiendo la tradición cristiana, el misterio de la carne que habla.

¿De qué hablamos cuando hablamos de sexuación?


El estatuto de la diferencia sexual no es para el psicoanalista de la misma naturaleza que
todas las demás diferencias, por su distanciamiento de la anatomía, por no estar fundada
en la naturaleza. Cierto progresismo pretenderá erradicar la palabra sexo y aludir a una
construcción social llamada género, que corta las amarras biológicas de la diferencia
sexual para encontrar su razón de ser en las contingencias históricas, la educación, la
política que sostiene ideales y asigna roles, produciendo subjetividades. Entonces: ¿qué
sería una diferencia que se aparta de lo anatómico y también de una construcción
aprendida (y supuestamente modificable siguiendo una determinada política de
educación o nuevas prácticas de lenguaje)?

Sin nos apartamos de la anatomía, ¿en dónde queda entonces el célebre aforismo
freudiano “La anatomía es el destino 3”? Pareciera que, al final, solo es tomado a la letra
por los neurocientíficos que suponen la existencia de un “modelo animal” del
comportamiento y tratan de aislar los fundamentos neuronales del comportamiento
sexual de las especies animales sin ninguna excepción; ni siquiera el comportamiento de
los seres humanos vendría a contrariar esta convicción.

Sin embargo, la afirmación freudiana no puede ser leída sin el contexto de otras lecturas
de Freud en la materia. Por ejemplo, él subraya en “El interés por el psicoanálisis” que
“las diferencias biológicas entre los sexos no pueden reclamar para sí una característica

3
Freud, S., “El sepultamiento del complejo de Edipo” en Obras Completas, Vol. XXI, Amorrortu, Bs. As.,
1992, p. 185.

3
psíquica particular”4, es decir, no prescriben ningún comportamiento. Más tarde, en la
conferencia sobre “La feminidad”, señala que “lo que hace a la masculinidad o a la
feminidad es un carácter desconocido, del que la anatomía no puede dar cuenta” y que:
“no es posible dar ningún contenido nuevo a los conceptos de masculino y femenino
[…] este distingo no es psicológico”5. Es como si Freud resaltara que es especialmente
en el registro de la sexualidad que la ausencia de un régimen determinista del
comportamiento se hace sentir manifiestamente. En definitiva, lo que el individuo haga
de su anatomía, la significación que él dará y que se le dará, a lo largo de su vida,
constituye el destino de esta misma anatomía.

Sin embargo, la anatomía sigue allí, aunque a otro nivel distinto del biológico, y tiene
una incidencia sobre la sexuación. Lacan dice en el Seminario de La angustia que
debemos dar al término anatomía “su sentido estricto y, por así decir, etimológico, que
pone de relieve la ana-tomía, la función del corte” 6, (del griego, ‘cortar de arriba abajo’,
aquí entendido como corte significante). La fórmula de Freud no es falsa, sino
incompleta, le falta introducir ─continúa Lacan─ que “la sexualidad […] pasa por las
redes de la constitución subjetiva, las redes del significante” 7. Este pasaje despoja al ser
hablante de toda determinación biológica del comportamiento, pero esto no lo despoja
de su cuerpo. El ser hablante no es un sujeto trascendental a priori 8, frente a una gama
de sexualidades donde no habrá que elegir, sino que se tratará de un ser que tiene un
cuerpo, un cuerpo sexuado, “macho”, por ejemplo, salvo que él no sabe qué hacer con
esto9. En otros términos, si la coordenada anatómica es lo que es, en lo que respecta a su
uso el parlêtre, el ser hablante, no está equipado de instrucciones del uso que le
correspondan: nada representa, “en el sujeto, el modo de su ser de lo que allí es, macho

4
Freud, S., “El interés por el psicoanálisis” en Obras Completas, Vol. XIII, Amorrortu, [Link]., 1991, p. 185.
5
Freud, S., “La feminidad”, en Obras completas, Tomo XXII, Amorrortu, Bs. As., 1991, p. 106.
6
Lacan, J., El Seminario, Libro 10, La angustia, Paidós, Bs. As., 2006, p. 256.
7
Lacan, J., El seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Bs. As.,
2010, p.184.
8
Lógicamente anterior a toda experiencia.
9
Cf. Lacan, J. El Seminario, Libro 20, Aun, Paidós, Bs. As., 2012. Pág. 88: “el macho, sin saber qué hacer,
aun siendo un ser que habla.”

4
o hembra”10, nada en el inconsciente se corresponde a una bipolaridad del sexo 11, y aún
menos a una fórmula de la relación entre los dos sexos. En lugar de un binarismo
natural que condiciona el comportamiento sexual del individuo, se trata de una
oposición a nivel de una parte de la anatomía aparente, perceptiva, aquella del órgano
peniano, que viene a jugar un papel en la caracterización hablada del individuo, como
hombre o mujer. Lo que escapa a los teóricos de género y a algunos otros, es que, si la
anatomía no juega ningún rol en la determinación del comportamiento, ésta juega uno
en relación a la nominación. La coordenada anatómica aparente del órgano peniano,
está tomada en un decir, en un proceso de significantización, y deviene el criterio de
una alternativa hablada ─“se los distingue, no son ellos quienes se distinguen” 12,
subraya Lacan─ que introduce otra suerte de diferenciación que viene al lugar de la
diferencia biológica natural. Se produce una “sexualización de la diferencia orgánica13.”
Una parte de la anatomía se destaca por la relación a su privación. La “ausencia de
pene” de la madre o de la mujer (que no se concibe más que en un universo
simbólico) transforma la coordenada anatómica en un significante, el falo 14, que deviene
más tarde función fálica, organizando una repartición –que responde al discurso– entre
un lado hombre y un lado mujer de los seres hablantes. Esta repartición es, en un primer
tiempo, formulada en los términos del ser o el tener (el falo), volviendo insostenible
toda referencia a un modelo etológico, a una forma cualquiera de bipolaridad sexual y
proyectando más bien el comportamiento de cada uno de los sexos en un registro de
comedia15. En un segundo tiempo, el falo devenido función fálica, dará lugar a una
transformación de esta repartición sumando una diferencia respecto de los modos de
gozar: un goce fálico para todo el mundo (hombres y mujeres confundidos) y otro goce,
“suplementario”16, femenino –pesquisado en primer lugar en las mujeres– para no
10
No hay otra vía en que se manifieste en el sujeto una incidencia de la sexualidad. La pulsión en cuanto
que representa la sexualidad en el inconsciente no es nunca sino pulsión parcial. Ésta es la carencia
esencial, a saber, la de aquello que podría representar en el sujeto el modo en su ser de lo que es allí
macho o hembra. Lo que nuestra experiencia demuestra de vacilación en el sujeto referente a su ser de
masculino o de femenino no ha de referirse tanto a su bisexualidad biológica como a que no hay nada
en su dialéctica que represente la bipolaridad del sexo, si no es la actividad y la pasividad, es decir, una
polaridad pulsión-acción-del-exterior, que es enteramente inadecuada para representarla en su fondo.
Lacan, Posición del Inconsciente, Escritos 2, México, Buenos Aires: Siglo XXI, pág. 807
11
Cf. Lacan, J., El Seminario, Libro 18, De un discurso que…, Paidós, Bs. As., 2009 y El Seminario, Libro 19,
…o
peor, Paidós, Bs. As., 2012, p. 38: “…no sabemos qué son el hombre y la mujer”.
12
Lacan, J., El Seminario, Libro 19,…o peor, Paidós, Bs. As., 2012, p. 16.
13
Lacan, J., El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1996, p.83.
14
Ibid.
15
Cf. Lacan, J., Escritos 2,” La significación del falo”, Siglo XXI, Bs. As., 2008, p.694.
16
Lacan, J., El Seminario, Libro 20, Aun, op. cit., p.68.

5
todos. De un lado, un régimen de lo universal y de lo localizado; del otro, un régimen de
lo singular y de lo deslocalizado, concerniente al goce. Sucede entonces que allí puede
haber “mujer color hombre u hombre color mujer”, como lo enuncia Lacan en el
Seminario 23.

La abolición de todo determinismo biológico tiene entonces como consecuencia que ser
hombre y ser mujer, o no ser ni lo uno ni lo otro, adquiere de alguna manera un carácter
optativo. Es el resultado de una elección. Una elección forzada 17, ciertamente, ya que se
trata de elegir lo que se dice ser. Pero esta elección forzada, intemporal, insondable, es
una elección verdadera, como lo prueba el hecho de que el significante falo pueda ser
rechazado o negado18, interpretado según la manera de cada quien, o simplemente no
estar enteramente seguro de su sexo. Es en este sentido que, a falta de un programa
específico para la sexualidad, no hay más que respuesta, y esta respuesta no puede ser
sino sintomática19. Esto es porque, más que del sexo, se trata en el ser hablante de la
sexuación, es decir de un devenir de algo que está sujeto a los encuentros y los azares
de una historia20, de la que resulta un destino, si puede decirse así. Ser hombre o ser
mujer, o no ser hombre ni mujer, no es algo dado desde el comienzo, sino un proceso de
subjetivación. De allí a su vez, la incidencia en la sexuación de los seres hablantes de
los primeros otros encontrados en el espacio familiar, aquellos mismos que están
vedados e investidos de manera primordial. La ausencia de binarismo sexual innato
quiere decir también que el objeto, la “elección de objeto”, consiste igualmente en el
hecho de que sustituye según las diferentes configuraciones, a un primer objeto
irremplazable y prohibido a la vez.

Lacan aborda el tema de la transexualidad en el Seminario 19. Allí se refiere a la


supuesta naturalidad de los valores sexuales asignados a la pequeña diferencia, esa que
nos recibe, incluso antes de nacer, fruto mismo de la práctica de lenguaje que nos acoge.
17
De la misma manera que la elección: “la bolsa o la vida”. Sin embargo, es posible igualmente elegir la
bolsa.
18
“El transexual no lo quiere en calidad de significante, y no así en calidad de órgano.” (Lacan, J., El
Seminario, Libro 19, …o peor, Paidós, Bs. As., 2012, p. 17)
19
Miller, J.-A., “El traumatismo de lalengua”, en Piezas sueltas, Paidós, Bs. As., 2013.
20
Última clase de Lacan, previa a su encuentro en Caracas (10/06/1980). “Soy un traumatizado del
malentendido”, afirmará. “Traumatismo, no hay otro que el del nacimiento: el hombre nace
malentendido”. Entonces, se preguntará “¿qué son todos ustedes sino malentendidos?”. Así, podrá
indicar que “el cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido, […] es el fruto de un linaje
del cual una buena parte de sus desgracias se debe a que éste ya nadaba en el malentendido tanto
como le era posible”. De este modo, subrayará que “el malentendido ya está desde antes” en la medida
en que formamos parte del parloteo de nuestros ascendientes. “No hay otro traumatismo del
nacimiento que nacer como deseado”. El cuerpo vehiculiza un malentendido consumado.

6
Esa práctica es la que dice: sos un hombre, sos una mujer. Eso dice, además, lo que se
espera para cada cual; es decir, dice más de lo que dice. Pero para el psicoanálisis, este
tipo de identificación por género no basta para ubicarse como masculino, o como
femenino. Este es el error común, del que habla Lacan.

Pero, dice Laurent en Biopolítica de la norma trans (LQ 132):


Que haya un órgano que haga una diferencia imaginaria es sólo una ilusión de
encarnadura. El órgano sólo da la ilusión de acceder al otro sexo al dejar de ser un
órgano para volverse un significante, hecho de discurso. Él se inscribe en las palabrerías
sobre el sexo que nos hacen olvidar lo inconmensurable de los goces de los lados
hombre y mujer de la sexuación. Uno puede soñar con estar localizado en un órgano, el
otro no.

Lacan opone dos maneras lógicas de hacer con el significante fálico, la del transexual y
la de la homosexual. El transexual ya no lo quiere como significante [no quiere la
naturalidad de los valores sexuales asignados a la pequeña diferencia, esa que nos
recibe, incluso antes de nacer, fruto mismo de la práctica de lenguaje que nos acoge.]
Sale del discurso y pasa a lo real a través de la cirugía. La homosexual no lo quiere
como significante, pero permanece en el discurso sexual. Desarrolla el discurso
amoroso, de tal modo que descalifica todo prestigio de ese falo, "rompiendo el
significante en su letra21". El mejor ejemplo es el movimiento de las Preciosas.

Para el transexual, que aquí nos interesa, Lacan muestra la lógica de la forclusión en dos
etapas. Por una parte, la posición del sujeto transexual es parte del error común. Él
encarna la diferencia sexual, que es puro hecho de discurso, en un órgano: "la pequeña
diferencia, que pasa, engañosamente, a lo real por la intermediación del órgano 22". En
un segundo tiempo, después de someterse al error común, nace una pasión particular.
"Su pasión […] es la locura de querer liberarse de este error, el error común que no ve
que el significante es el goce y que el falo es sólo el significado 23". El significante es
causa de goce. Hay goce por el hecho mismo de hablar. Allí, Lacan ya no habla de
psicosis, sino de pasión y de locura. La liberación deseada por el transexual apunta al
órgano como medida común. Esta liberación quiere ignorar que los sexos son
inconmensurables por la no relación de los goces, más allá del órgano. El error lógico es

21
Lacan J., El Seminario, Libro 19, …o peor, Paidós, Bs. As, p. 17
22
:Lacan J., El Seminario, Libro 19, …o peor, Paidós, Bs. As, p. 17
23
Ibid.

7
"querer forzar a través de la cirugía, el discurso sexual que, en tanto que imposible, es el
pasaje de lo real". Leemos aquí la distinción entre el pasaje "de lo real" y el pasaje "a lo
real". El pasaje de lo real, como decimos el pasaje de un tifón, es lo imposible de la
relación sexual en el discurso. El error lógico es querer inscribirlo pasando "a lo real".
El sujeto transexual, a través de su pasión por pasar a la otra orilla, esencializa la
diferencia sexual y da existencia a la identidad de uno y del otro borde, sin tener en
cuenta la alteridad radical del goce femenino. Es por eso que, al sujeto transexual
operado, no le importa si la prótesis peniana o vaginal va a procurarle sensaciones. No
es una pasión sensualista. Está más allá. Sensaciones, él las tendrá siempre,
suficientemente. (Cf. Artículo de Laurent LQ 932)

La pasión transexual hace pasar a lo real la imposibilidad de la relación entre los sexos.
Si bien se trata de una imposibilidad de una medida común de goces, ella es
transformada en una polaridad radical entre la esencia hombre y la esencia mujer
encarnadas en un cuerpo sexuado según un anhelo. Aquí es donde la pasión transexual y
la pasión trans se separan. Esta es la pasión de la autodeterminación de la elección del
sexo, la pasión del self made, del cambio on demand. Su reconocimiento se inscribe en
las leyes que permiten el cambio de estado civil, sin necesariamente acompañarlo de un
tratamiento hormonal o quirúrgico. (Cf. Artículo de Laurent LQ 932)

La aparición, a finales del 2020, del documental Petite Fille ha hecho que el acento se
ponga especialmente sobre la problemática trans en los niños. Seguiré en líneas
generales la crónica de Hélène Bonnaud del caso que se publica en el número 903 del
LQ. No antepondremos ninguna condena frente a un hecho que se impone, pero
tampoco evitaremos las preguntas que suscita.

Se trata de un documental de Sébastien Lifshitz, guionista y director de cine francés,


que siguió a la pequeña Sasha, de 7 años y a su familia, durante un año en su casa en el
norte de Francia. Relata el recorrido de una familia confrontada a la cuestión de lo que
se ha dado en llamar “la disforia de género 24” y que define el sentimiento de no estar de
24
“La disforia de género se caracteriza por una identificación potente y persistente con el otro sexo
asociada con ansiedad, depresión, irritabilidad y a menudo deseos de vivir con un género diferente del
asignado al nacer. Las personas con disforia de género a menudo creen que son víctimas de un

8
acuerdo con el sexo biológico atribuido al momento del nacimiento. Esta definición,
presente en el DSM V, tiende a tomar en cuenta la subjetividad de los sujetos cuando
tienen la íntima convicción que son mujeres en cuerpos de hombre o viceversa.

Parece que se hace demasiado hincapié en el proceso transidentitario como factor


común. Más bien hay que discernir que el punto de partida de la angustia no es idéntico:
el transexual rechaza una imagen que lo horroriza. Al no habitarla, expresa un déficit de
identidad. Además, se le ha impuesto una certeza en cuanto al posible tratamiento de su
intenso dolor. Por otro lado, el transgénero desea mejorar una imagen que asume, no se
queja de su base identitaria, y tiene la sensación de dominar un proceso que le lleva a
variar voluntariamente su género. (Cf. Maleval, El transexualismo se opone al
transgénero En “Lacan Cotidiano” n° 931). Dice también Maleval:

“La disforia de género presenta una rara peculiaridad. Aunque haya sido incluida
en el 2013 en el manual de psiquiatría, el DSM-5, esta noción no fue considerada
como patológica. No obstante hacerse cargo de la misma implica, sobre todo, la
toma de medicamentos, incluso ¡intervenciones quirúrgicas! La disforia de género
es un concepto que refiere a un comportamiento del hombre neuronal y promueve
una medicalización de la existencia.” (LQ 918)

La película sigue inicialmente a la madre y sus interrogantes a partir de la frase de su


hijo: “cuando sea grande, voy a ser niña”, que en un primer momento provoca una
reacción de rechazo de su parte: ─ “pero no, es imposible, tú siempre serás niño”─.

Sasha expresa cada vez más que es una niña y que se trata entonces de acompañarla en
ese difícil recorrido del pasaje de un niño a una niña. Como ha tenido la suerte de haber
nacido en una familia amorosa, se escucha al niño y se aloja lo que dice.

La madre repite muchas veces que se siente culpable ya que desde el embarazo quedó
desilusionada al enterarse del sexo del bebé. Es algo que le aconteció y de lo que quiere
hablar, interrogándose si eso tuvo o no efectos sobre su hijo; si no hay una forma de
copia idéntica entre su deseo y el de su hijo; eso que en psicoanálisis llamamos
identificación, que implica que un significante ha servido de modelo para el sujeto que
se lo apropia. En el caso de Sasha, se trataría del significante “niña”. Si fuera por el
deseo de su madre, Sasha sería una niña. Es de destacar que Sasha no dice que es una

accidente biológico y están cruelmente encarceladas en un cuerpo incompatible con su identidad de


género subjetiva. La forma más extrema de disforia de género puede denominarse transexualidad.”
(DSM V)

9
niña, pero que quisiera serlo para devenir madre y tener bebes, una de las soluciones
clásicas, propias de lo femenino, propuestas por Freud. La madre, que desea ayudar a su
hijo, busca responder a lo que le parece cada vez más inevitable. A su hijo no le gustan
los juegos de niños y elige orientarse decididamente hacia los semblantes de la
feminidad. El cabello largo, los juegos de muñecas, el placer de vestirse con ropa
femenina y de arreglarse, son manifiestos en Sasha. El día que la mamá le ofrece su
primer vestido, el niño parece vivir un momento de felicidad y de descanso. Sasha y su
mamá comparten instantes llenos de amor y de complicidad.

La primera consulta con una psiquiatra infantil, especialista en cuestiones de género,


llega como bocanada de aire para la madre. Se da un diagnóstico: Sasha sufre de
disforia de género; no es el único caso y un tratamiento podrá rectificar el error del que
ella sufre. Por el momento de su desarrollo corporal, está protegido de los caracteres
sexuales secundarios de la sexualidad masculina: se tratará de impedir que estos se
instalen, bloqueando la pubertad. Hay un protocolo preciso y un seguimiento que
acompaña lo que se llama transición de género. La ciencia responde entonces a esta
problemática, poniendo al servicio de los niños un tratamiento que tendrá por
consecuencia un cambio de sexo o al menos lo favorecerá.

Durante la entrevista con la psiquiatra infantil, la madre intenta de nuevo decir lo que le
interroga a ella respecto a su propio deseo de tener una hija y el signo premonitorio que
percibe en la elección del nombre Sasha, que califica de “mixto”, con lo que le pasa a su
hijo actualmente. Intuitivamente, la madre se interroga sobre los efectos de su deseo en
su hijo. La psiquiatra infantil anula cualquier hipótesis psicoanalítica. “Eso no tiene
nada que ver”. La disforia de género existe, no sabemos explicarlo, pero no tiene que
ver con la madre. Esta frase tranquiliza a la madre, detiene su cuestionamiento y la
impulsa hacia el discurso que se le ofrece: la disforia género existe y hay que abordarla
como una enfermedad de la inadecuación entre el sexo físico y el psíquico. Ahora la
madre se consuela con la idea de que su hijo nació como niña en un cuerpo de niño.
Entonces entra en un combate que será la causa de su vida, para hacer avanzar las cosas
y dar a conocer la disforia de género. La vía que se le abre entonces es la de defender la
causa de su hija y llevando de hecho a todos sus hijos a hacerlo: la hermana mayor
quiere ser “el brazo armado” de su hermana, protegerla de los otros, “esos imbéciles”
que piensan que ser niño o niña no es una elección del sujeto, sino una identidad

10
definitiva. El mundo aparece entonces como cortado en dos: los que admiten las
identidades de género diversas y variadas y los que la rechazan.

Se trata, en suma, de la vida de una familia amorosa alterada por el real de la diferencia
sexual. La actitud, la manera en que Sasha se presenta es tan femenina que no permite
dudar un instante que es una niña. Pero también tiene una relación muy cercana con su
madre quien la protege, la incuba, que busca en los mínimos signos de su hijo su
consentimiento, que ve en sus ojos la felicidad y la tristeza. Hay una tristeza en Sasha de
la que poco se habla en el documental, si no para interpretarlo como el dolor de ser una
niña atrapada en el cuerpo de un niño ¿Esta tristeza es la consecuencia de su problema?
Que la determinación de su elección de ser niña no sea interrogada es una opción que
lleva hacia la intervención medicalizada del cambio de sexo. La ciencia cuenta, en
efecto, con herramientas para ello. Los tratamientos hormonales permiten cambiar de
sexo. Entonces una promesa de rectificación se instala.

Hay manifiestamente una aproximación opuesta e incluso anti psicoanálisis, inducida


por el encuentro con la psiquiatra infantil quien detiene un saber sobre esta cuestión y
será la interlocutora de Sasha y de su madre en el proceso de transición. El único
objetivo es el de rectificar el error. Es la correcta respuesta para que Sasha sufra menos.
Esto se ve en la evolución del niño: ella es feliz llevando vestidos, zapatos con tacos,
diademas, adornos en el cabello y un traje de baño de dos piezas; ella es cada vez más
niña y la aceptamos cada vez más como una niña. Es feliz teniendo una amiga con quien
juega con los personajes femeninos que peina, maquilla y viste.

Algunas reflexiones:

La vía se abre para que ocupe el lugar de niña. Pero, ¿qué pasará para ser una mujer?
Ciertamente, la ciencia permitiría tener todo lo que necesita para tener un cuerpo de
mujer. Pero ¿de qué sirve un cuerpo si se lo aborda desde un deseo prefabricado y solo
se apunta a un conformismo, como si el ser una mujer pudiera decidirse de manera
unívoca? Lacan nos enseña con su fórmula “La mujer no existe ", en la página 69 del
11
Seminario XVIII, o en la 78 del seminario 20, cuando tacha el “LA” de la mujer, lo que
indica que no hay un modelo femenino absoluto, sino que hay múltiples maneras de ser
mujer, una por una. Parafraseando a Hélène Bonnaud, al final de su crónica: cada mujer
inventa su manera particular, que puede incluso cambiar a lo largo de la vida. Cuántas
mujeres juegan al futbol, les gustan los juegos de guerras o subir a los árboles. Muchas
de ellas, especialmente hoy, vienen hablando de las fluctuaciones respecto de la
sexualidad, cuántas otras han rechazado su sexo para después encontrar su propio
camino con o sin pareja. Igualmente, tantos chicos sufren los partidos de fútbol
impuestos como norma de la identificación viril a su género… Cuántos niños han
jugado a las muñecas, les ha gustado vestirse de mujer o maquillarse, o se han puesto
los zapatos de su mamá y usado sus carteras. Numerosos han elegido crear ropa o una
actividad artística; cuántos otros se divierten teniendo una panza imitando el embarazo y
no es extraño que algunos hombres fantaseen con dar a luz.

Si bien hay una diferencia entre los niños y las niñas, actualmente, la diferencia sexual
está mucho más liberada de las cadenas que pesaban sobre la adecuación al sexo
biológico. Hay múltiples maneras de aceptarlo.

Esto a veces toma su tiempo, lo que abre la consideración imprescindible respecto de un


tiempo de comprender y de elaborar para cada sujeto respecto de su posición sexual.
Esto incluye la consideración de la pubertad como tiempo necesario a atravesar,
incluso a reivindicar como derecho a ser vivido en contraposición a una época que
pretende limar las diferencias entre la niñez y la adultez. Si entendemos la pubertad
como un reinicio de la vida sexual, hay que esperar a ver qué pasa cuando el cuerpo
estalla en mil pedazos con la irrupción del goce sexual que impone recomponer todo el
mapa de las identificaciones. El tiempo de crecer y de elegir es esencial. Ese tiempo del
que Sasha ha sido privado al decirle que es una niña y que le van a quitar lo que no tiene
para serlo. Si bien el acompañamiento le permite no quedarse solo con su problema, lo
que es un verdadero progreso, pero queda una impuesta respuesta que plantea el género
como determinado por la imagen del cuerpo.

El psicoanálisis tomaría en cuenta las palabras de la madre, no para culpabilizarla como


se dice fácilmente –para ello, no es necesario recurrir a él─ sino para escuchar de lo que
habla y para encontrar la solución que convenga, tanto a ella como para su hijo ya que,
en este caso, la madre y su hijo hacen pareja. La elección del sexo de su hijo plantea la

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cuestión de la responsabilidad parental, diga lo que diga la medicina. Esa
responsabilidad no decide, pero ciertamente incide.

La verdad no es estática, en el sentido en que ser un niño o niña se escribe ciertamente


en la binaridad sexual, pero no es tan fija como se imagina. Para muchos sujetos, la
duda sobre su sexo o el arrepentimiento de no ser del otro sexo son momentos de
incertidumbre o de angustia de la que cada uno sale según su experiencia. La sexualidad
abre a una dimensión que no es nunca adquirida o determinada del todo. Son necesarias
varias vueltas para ello.

El caso, como tantos otros, nos sumerge en la problemática de la disforia de género y de


su tratamiento, aunque la pequeña Sasha, tan frágil, tan vulnerable frente a lo que siente,
no lo pudo explorar verdaderamente. Si bien hay actualmente una consulta especializada
en esas problemáticas y por lo tanto una respuesta que brinda la posibilidad de reparar el
“error” del que el sujeto sufre, sentimos que hay un forzamiento, cuando se responde
desde la medicina y se ofrece el ingreso a un protocolo, común a todos. Perdemos
entonces las palabras para decir lo que somos hoy, lo que seremos mañana, pero no
sabemos realmente por qué lo decimos, porque el sexo, como lo dice Lacan, es
solamente una historia de color.

Lacan declara en 1976 que el hombre y la mujer no son más que colores25 y, por lo
tanto, intensidades situadas en un continuo donde la anatomía, la vida fantasmática, las
identificaciones y las prácticas sexuales no coinciden y, en consecuencia, se puede ser
más o menos hombre y más o menos mujer.

[Las elaboraciones de Jacques Alain Miller en su curso “El Uno completamente solo”
(conocido inicialmente como “El Ser y el Uno”) conducen a admitir que el goce
femenino es el goce “como tal”26, ¿quién puede decirse todavía que es todo-hombre? Y
este goce, al que se enfrentan todos los hablantes más allá de su sexo biológico, es
continuo como lo sería matemáticamente la serie de puntos de un segmento que
constituyen un infinito no contable, hay discontinuidad, ciertamente, entre el goce
llamado masculino y femenino, pero sobre el fondo de una continuidad. [Luego, esa
continuidad, podríamos decir que es primaria, interviniendo una discontinuidad solo en
un segundo tiempo en el que, mediante una bajada de su grado de infinitud, el goce

25
La noción de par coloreado sugiere que en el sexo no hay nada más que, diría yo, el ser del color, lo
que sugiere en sí que puede haber mujer color de hombre u hombre color de mujer. Seminario XXIII
26
Lección del 2 de marzo de 2011.

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como tal se precipita en el goce masculino. Pasa entonces a lo discontinuo y se sitúa en
un órgano elevado al rango de significante.]]

El psicoanálisis puso de manifiesto la sexualidad infantil y las metamorfosis de la


pubertad como tiempos para la construcción, siempre con avatares, síntomas, impases e
imposibles. Pretender fijar en este tiempo subjetivo la modalidad de goce sexual, la
relación con el cuerpo, o la elección de objeto implicaría consecuencias irreversibles
para el sujeto.

Ley de identidad de género: algunas consideraciones

La ley 26.743 llamada "Ley de identidad de género" fue promulgada el 9 de mayo de


2012, dos años después de la aparición de la Ley de matrimonio igualitario. Ella permite
que las personas trans (travestis, transexuales y transgéneros) sean inscriptos en sus
documentos con el nombre y el sexo de su elección. Por otra parte, todos los
tratamientos quirúrgicos y hormonales de "adecuación de género" deben ser incluidos
en el Plan Médico Obligatorio (PMO) de modo tal de garantizar una cobertura en el
sistema de salud tanto público como privado. Al año de su sanción 3000 personas
habían cambiado su nombre.

Define a la identidad de género como "la vivencia interna e individual del género tal
como cada persona lo siente, lo cual puede corresponder o no al sexo asignado en el
momento del nacimiento". La autopercepción, la propia designación alcanza para
cambiar legalmente el género. A diferencia de otras partes del mundo, esta ley no exige
una reasignación quirúrgica, una terapia hormonal, médica o psicológica previa, como
así tampoco una autorización jurídica o administrativa para los mayores de edad. La ley
busca despatologizar al transexualismo.

Se incluye su aplicación a menores de 18 años a través de una solicitud de sus padres o


representantes legales y con la conformidad del niño o adolescente. Pero para ello el
menor debe contar con la asistencia de un abogado (a diferencia del adulto) de acuerdo
a la ley argentina de Protección integral de los derechos de las niñas, niños y
adolescentes, en su artículo 27, que indica el derecho del niño a ser oído, a que su
opinión sea tomada en cuenta y que sea legalmente asistido. En caso que los padres se

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nieguen al cambio de género, y tomando en cuenta le ley de protección al menor, el niño
puede recurrir a una vía judicial para obtenerlo. Pero, al mismo tiempo, para obtener
una reasignación quirúrgica y hormonal no alcanza con la voluntad del menor y de sus
padres sino que deben contar también con la conformidad de la autoridad judicial
competente de cada jurisdicción.

Dice R. Seldes en LQ 926, “La ley forcluye la interpretación”: en nombre de los


derechos humanos, apunta a ignorar (negar o forcluir) lo que para los psicoanalistas es
nuestro tesoro mejor trabajado: el inconsciente. Se afirma la escucha a expensas de la
interpretación.

La ley de género interviene también con infantes y adolescentes cuando sabemos que la
infancia y la adolescencia son momentos en la vida de los sujetos en los que dicha
identidad se encuentra en un work in progress, y aún más, en su vida adulta muchos
sujetos se siguen preguntando y angustiando por su ubicación de un lado o del otro de la
sexuación. Suele ser motivo de consulta y de inicio de muchos análisis y puede
constituir el síntoma fundamental de algunos individuos.

Si bien una sociedad de derecho es lo que precisamos para que los sujetos puedan
encausar sus deseos y encontrar los medios de satisfacer sus pulsiones de modo no
sufriente para sí y para los otros, suponer que la ley unida a los avances científicos
(hormonización, cirugías, etc.) pueda ahorrarle a los sujetos las tribulaciones de
confrontarse con la relatividad de las identificaciones, ya es harina de otro costal. Como
ha señalado J.-A. Miller “la identificación es una identidad de semblante”. Desconocer
este principio es obligar a un niño o a un adolescente a comprometer el resto de su vida
por lo que calificamos como salida al desconcierto contemporáneo.

La ley de hierro forcluye la interpretación


R. Seldes plantea que si las leyes, que son las que aseguran la igualdad y la posibilidad
de realizar lo que no está prohibido, se ponen del lado del superyó exigen un goce
imposible. Hay una verdad evidente desde Freud, nadie sabe lo que dice porque está el
inconsciente, nadie sabe lo que desea, porque está el lenguaje, nadie puede captar su
goce porque lalengua misma es la que lo empuja a decir y a hacer para fines
autoeróticos que no siempre obran para el “bien” del sujeto. Para captar los
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pensamientos inconscientes es preciso su interpretación. Esto también nos autoriza a
sostener una posición decidida de no alentar a nadie, y menos a un niño, a tomar una
decisión tan fulminante como esa, ni aún la menos grave, la de hormonización porque
sus efectos son irreversibles.

¿Por qué el apuro de esta sociedad de la inmediatez que no da tregua a los niños para
dejarlos asumir su posición de sujetos responsables y permitirles hacer el camino de
vérselas con sus angustias, sus vacíos, atravesar sus preguntas, sus caprichos, su
ubicación ante lalengua que los toca y de la que el inconsciente como intérprete es
equívoco dominante?

Quienes están en la vanguardia de escuchar psicoanalíticamente a algunos niños que


consultan por su identidad de género, han advertido “que la imagen del sexo funciona
como un intento de solución, a veces lograda, a veces fallida. Pero los sujetos apelan a
lo mismo, (…) la imagen del sexo les permite hacerse un cuerpo. Agregan que en la
mayoría de los casos se puede verificar la pregnancia del discurso sobre el género,
previo al encuentro con un analista, y en particular –en casi todos ellos– se presenta la
cirugía como promesa de alivio al sufrimiento de quien dice pertenecer a un sexo al que
su cuerpo no corresponde. Más allá de si esta se realiza o no, si en el transcurso del
tratamiento gana o pierde consistencia, la “solución” quirúrgica, universal y prêt-à-
porter, está allí presente27.”
Argumentarán luego: “Con esta enseñanza clínica podemos afirmar que es tarea de un
psicoanalista poner en cuestión estas soluciones que la civilización promete y
acompañar a cada sujeto, haga uso o no de estas técnicas, a que encuentre un
tratamiento del goce que le sea soportable desde sus marcas singulares, sostenido en un
lazo subjetivo posible28”.

27
R. Seldes cita al Observatorio de Género, biopolítica y transexualidad de la FAPOL
28
Ibidem.

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