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La Soledad: Reflexiones Psicológicas

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LA SOLEDAD

1
GABRIEL ROLÓN

LA SOLEDAD

Una visita inevitable

2
Rolón, Gabriel
La soledad / Gabriel Rolón. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de
Buenos Aires : Planeta, 2025.
Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga


ISBN 978-950-49-9464-0

1. Psicología. I. Título.
CDD 150

© 2025, Gabriel Felipe Rolón

Todos los derechos reservados

© 2025, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.


Publicado bajo el sello Planeta®
Ing. Enrique Butty 275, Piso 8, C1001AFA, C.A.B.A.
info@[Link]
[Link]

1ª edición: octubre de 2025

ISBN 978-950-49-9464-0

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el


alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier
forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante
fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito
del editor.
Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República
Argentina.
Queda expresamente prohibida la utilización o reproducción de este libro
o de cualquiera de sus partes con el propósito de entrenar o alimentar
sistemas o tecnologías de inteligencia artificial.

3
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451

4
Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

Prólogo

Isla I

Introducción

PRIMERA PARTE

La caída

El amor

Los invisibles

Isla II

Soledades reclamantes

Isla III

Tristeza-Depresión-Melancolía

Monstruos

Isla IV

SEGUNDA PARTE

La Soledad del hablante

5
Isla V

Entre dichos y decires

Isla VI

TERCERA PARTE

Soledades mundanas

Isla VII

Y otra vez el amor…

Despedidas

Isla final

Agradecimientos

Puntos de referencia

Portada

Portadilla

Legales

Tabla de contenidos

Comienzo de lectura

6
A Alma

7
ACLARACIÓN

En este libro las palabras “hablante” y $ujeto serán utilizadas


como sinónimos de “ser humano”.

“Ensombrecido” designa a la persona que atraviesa un duelo, y


“analizante” al paciente del Psicoanálisis.

“Goce” refiere al “placer masoquista”. Al disfrute obtenido en el


dolor.

“Otro”, con mayúscula, alude a una entidad significativa (los


padres, el amado, la cultura, el lenguaje, Dios) a diferencia de
“otro”, con minúscula, que indica al semejante.

8
PRÓLOGO

Solo…
Increíblemente solo.
Enrique Santos Discépolo

28 de octubre de 1998
18.15 h

Julián está en el diván.


Me llega su discurso agotado de una cotidianeidad a la que no
le encuentra sentido. Se queja de la incomprensión de su pareja,
la rebeldía de su hijo y la falta de reconocimiento en el trabajo. En
un momento proyecta ese enojo sobre mí. Así es el vínculo
analítico. Alienta a que el paciente le transfiera al terapeuta
emociones que son generadas en otras circunstancias, con otras
personas.

–No sé por qué te estoy contando esto. ¿Cómo vas a


entenderme si a vos nunca te pasa nada?

No respondo.
Él no sabe que, hace seis horas, dejé el cuerpo de mi padre
para que sea cremado.

En ese instante experimentaba la más inmensa soledad. Una


soledad que no conocía. Cuando muere alguien indispensable no
alcanza el amor de los que quedan.
Mi padre no tenía derecho a morirse. En todo caso, era muy
pronto para que ejerciera ese derecho. Tenía que quedarse. No
debía darse por vencido. Era mi sostén, mi orgullo. Y yo lo
necesitaba fuerte. Tanto, que no fui capaz de ver su debilidad ni
sus temores. Me olvidé de su infancia solitaria en el orfanato. De

9
sus noches desoladas sin hablar. De sus llantos tapados por el
humo de los cigarrillos. De sus infartos.
El 27 de octubre de 1998, a las 10 de la mañana, tuve sesión
con mi analista. Lloré mucho. Con un hilo de voz le dije: “Mi padre
se muere hoy. No puede hablar, no me escucha, no se ríe… no
está más. Y no puedo creer que ya no esté”.
Me desgarré al poner en palabras que ya no tenía papá.
No imaginaba la vida sin él.
Y recordé los versos de Eladia Blázquez:

Qué largo sin vos será el camino.

Yo tenía 37 años. ¿Cómo iba a hacer para vivir los años que
quedaran sin él? No soportaba la soledad desprotegida de quien
pierde su referente, la persona que puede ponernos una mano en
el hombro, que nos frena, que nos estimula, que nos reprende,
que nos abraza. Que nos ama a pesar de todo.
Aquel día, al salir de la sesión fui al sanatorio. Mi padre
agonizaba.
El médico dijo que ya no quedaba más por hacer.
Estaba equivocado. Había mucho por delante: una batalla
dolorosa antes de ponerme de pie luego de una pérdida tan
grande. El duelo apenas se dejaba intuir.
Volví al cuarto. Mi padre dio sus ultimos suspiros, dejó de
respirar, y se murió. Y me dejó solo. Como si yo no importara.
Cuando los muertos queridos nos abandonan parece que no le
importamos a nadie.
Me quedé a su lado un buen rato.
Y aparecieron algunas imágenes.
Lo vi subiéndome a un caballo con una sonrisa. Lo vi sentado
en la tranquera mientras conversábamos. Lo vi llegar con la
guitarra vieja envuelta en papel madera, apoyando como podía
mis ganas de ser músico. Lo vi llorar cuando abracé mi primera
pelota de cuero, y llevarme en andas por el potrero luego de
atajar un penal. Lo vi entrar a casa con una palmerita rociada de
coco como hacía las tardes en que cobraba el sueldo. Y recorrer
los seiscientos kilómetros que nos separaban cuando jugué mis
ansias de cantor en un pueblo alejado de Buenos Aires. Escuché

10
sus consejos y sus retos. Lo recordé abrazando mi soledad,
empujándome para que no desistiera de mis deseos cuando me
detuvo el miedo.

–No me molesta tener un hijo que fracasó mucho. Pero no me


gustaría tener un hijo que renuncie a sus sueños por temor al
fracaso.

Lo vi cuidar a mi madre y a mi hermana. También lo vi


envejecer antes de tiempo y enfermarse.
En La peste, Albert Camus dijo que un enfermo necesita
soledad.

Imagínese entonces al que está en trance de morir como capturado


en una trampa, rodeado por cientos de paredes crepitantes de calor,
en el mismo momento en que toda una población, al teléfono o en
los cafés, habla de letras de cambio, de conocimientos, de
descuentos.

Así fue. La vida seguía andando mientras mi padre se iba


muriendo.
Y ahora lo veía ahí. En el silencio eterno. En esa soledad sin
lugar para el amor y las palabras.
Hasta que llegaron ellos. Esos extraños que hoy tenían
derecho sobre su cuerpo. Me sacaron de la habitación y se lo
llevaron. Apenas pude despedirlo con un beso.
Y regresé a mi casa con una sensación rara.
El mundo ya no era como antes. Era un mundo nuevo. Un
mundo sin papá.
Y como si algo en mi mente hubiera entendido que necesitaba
alivio, apareció la música y me trajo otros versos, ahora de Alfredo
Lepera:

Y mientras en la calle, en loca algarabía,


el carnaval del mundo gozaba y se reía,
burlándose el destino me robó su amor.

Aquel día aprendí que el destino siempre se burla.


Y me fui caminando por ese mundo nuevo.

11
Y me sentí solo.
Las personas con las que me cruzaba ignoraban mi tragedia.
De algún modo, todos caminamos ignorantes del sufrimiento
ajeno.
El velorio duró toda la noche. Intenté contener la angustia de
mi familia. Recién cuando todos se fueron me permití el dolor. Un
dolor intenso, necesario para la despedida. Lloré junto al cajón. Vi
en la cara de mi padre muerto que ya no había registro de mí. Y
supe que estaba frente a la más hiriente de las soledades. El
momento en que el otro del amor ya no nos reconoce. Ya no nos
ama.
Sentí que no quería estar cuando cerraran el ataúd, que no iba
a tolerar el instante en que me quedara para siempre solo de él.
Le pregunté al hermano de mi padre si podía acompañarlo al
cementerio. Dijo que sí. Y me fui. Y lo dejé solo. A ese hombre
que había sufrido durante nueve años la soledad del orfanato, lo
dejé solo una vez más. Y supe de inmediato que estaría solo para
siempre.
Y entendí a Bécquer:

Dios mío, qué solos se quedan los muertos.

En algún momento todos pensamos acerca de la muerte, y tal


vez la soledad sea la profecía que tanto angustia.
En el libro Eva y Juan, su autora, Cynthia Wila, escribió:

…a los muertos ya nadie los abraza.

Mientras escribo recuerdo las palabras de Octavio Paz:

Nacer y morir son experiencias de soledad. Nacemos solos y


morimos solos. Nada tan grave como esa primera inmersión en la
soledad que es el nacer, si no es esa otra caída en lo desconocido
que es el morir. La vivencia de la muerte se transforma pronto en
conciencia del morir. Los niños y los hombres primitivos no creen en
la muerte; mejor dicho, no saben que la muerte existe, aunque ella
trabaje secretamente en su interior. Su descubrimiento nunca es
tardío para el hombre civilizado, pues todo nos avisa y previene que
hemos de morir. Nuestras vidas son un diario aprendizaje de la
muerte. Más que a vivir se nos enseña a morir. Y se nos enseña mal.

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Habitamos un breve espacio de existencia entre dos enormes
inexistencias. Nada éramos antes de nacer. Nada seremos
después de morir. Algo en nosotros lo sabe. Con ese saber no
sabido de lo Inconsciente, la pulsión de muerte nos insta a volver
a ese estado anterior a la vida. Atenta contra nuestros deseos,
nuestros amores. Y en silencio nos empuja hacia una soledad sin
fin.
Octavio Paz lo intuyó:

¿Morir será volver allá, a la vida de antes de la vida? ¿Será vivir de


nuevo esa vida prenatal en que reposo y movimiento, día y noche,
tiempo y eternidad, dejan de oponerse? ¿Morir será dejar de ser y,
definitivamente, estar? ¿Quizá la muerte sea la vida verdadera?
¿Quizá nacer sea morir y morir, nacer? Nada sabemos. Mas, aunque
nada sabemos, todo nuestro ser aspira a escapar de estos contrarios
que nos desgarran.

El miedo a la muerte es, antes que nada, miedo a la soledad.


Miedo a ese tiempo inextinguible en que nadie podrá
acompañarnos. Porque morir es un acto solitario.
Aquel día de octubre mi padre regresó a esa inexistencia en
que ya nadie volvería a abrazarlo. Estaba solo para siempre.
Y yo también.
Para evitar el vacío me negué a suspender el consultorio. O
simplemente, negué. Y a la hora exacta en que cremaban a mi
padre, atendía al primero de mis pacientes.

Hoy soy un hombre solitario.


Me habitan todas las soledades. La soledad del analista, la del
escritor, la del enamorado, la del hablante, la de quien sabe que
va a morir. Estoy tan solo como cada uno de los humanos de este
mundo. Tan solo como ustedes. En una soledad que aterra. Que a
veces es refugio y a veces exilio.
La soledad es la única compañía que no nos abandona.

Y aquí estamos. Otra vez.


Un escritor y un lector solitarios que deciden encontrarse para
compartir pensamientos que serán incómodos. Todas las cosas

13
importantes lo son, porque siempre es incómoda la vida de quien
decide no mentirse más.

14
ISLA I

La noche nos espía por la ventana. Hay viento y ruido de árboles


de otoño. Ese otoño porteño que Astor Piazzolla volvió música.
Me gusta esta época del año. El frío, las sombras que se
insinúan desde temprano y el silencio. Un silencio extraño en
Buenos Aires.
Estamos callados, como si ninguno de los dos se animara a
hablar primero. Tal vez, por miedo. O para no interrumpir el rumor
nocturno. Por fin, junto coraje.
–¿Puedo contarle algo? –le digo.
–Por supuesto. Además, no tengo otra alternativa. Lo escucho.
–Así como creo haber vivido en el campo cuando era un niño,
también creo haber visto un episodio de una serie llamada
Dimensión desconocida. Y digo creo porque, del mismo modo que
según mi madre modifiqué los sucesos de mi infancia, parece que
también cambié la trama de ese capítulo.
–¿Cómo lo sabe?
–Me lo señaló un amigo, fanático de la serie. “No era así”,
protestó cuando se lo comenté –sonríe–. ¿Qué pasa?
–¿Recuerda el “Nocturno a mi barrio” del “Gordo Pichuco”?
Se aclara la voz y recita:

Mi barrio era así… así… así…


Es decir, ¿qué sé yo si era así?
Pero yo me lo acuerdo así.

–Hermoso, ¿no le parece? Y cierto –agrega–.


Nadie tiene derecho a pisotear nuestros recuerdos. Nos
pertenecen tanto como los miedos o las fantasías que nos
habitan. Por eso, escúcheme, permita que le dé un consejo: no
haga caso a lo que dice su amigo. Él no entiende. Confunde el
pasado con la historia y los hechos con la verdad. Mejor
cuéntemelo a mí.

15
Pienso que tiene razón y comienzo el relato.
–Se trata de una mujer que viene manejando su auto y, al salir
de la autopista, se topa con un señor que le hace dedo y la mira
fijo. Sin prestarle atención, ella sigue de largo unos cuantos
kilómetros hasta que se detiene en una estación de servicio.
Carga nafta, compra algunas cosas, y cuando regresa a la ruta
encuentra al mismo hombre parado en la banquina. Él la mira y
vuelve a hacerle dedo. Un poco más inquieta, la protagonista
continúa su camino. Muchos kilómetros después, para en un
restaurante para cenar. Al terminar, sube al auto y ahí, a unos
metros, lo percibe otra vez. Él parece estar esperándola. La mira
con insistencia. Ella continúa su viaje perturbada. De cualquier
modo, a cualquier distancia, en cada desvío, siempre se encuentra
con el hombre de la mirada inquisidora que le hace dedo. Ya ni
siquiera debe detenerse. Cada tanto, lo ve al costado de la ruta.
Muerta de miedo, acelera a fondo en un intento de perderlo. De
pronto lo ve por el espejo retrovisor una vez más y frena. Da
marcha atrás, abre la puerta y por fin le dice: suba. Y…
–¿Y qué?
–Y ahí termina el capítulo –hacemos silencio–. ¿Sabe? –
continúo–, creo que, a veces, hay que hacer lo mismo con la
soledad. Detenerse, dar marcha atrás, abrir la puerta y dejar que
entre. Para entender qué espera de nosotros, qué nos ofrece, de
qué o de quién quiere prevenirnos.
–Estoy de acuerdo. En algún momento, todos nos debemos un
encuentro a solas con nosotros.
–Sí. Aunque mucha gente lo evita hasta el día de la muerte.
Hemos sido marcados por la soledad y, sin embargo, hay quienes
jamás se permiten ese encuentro íntimo.
–En cambio usted…
–¿Qué? –le pregunto.
–Abrió la puerta y la dejó entrar.
–Es cierto.
–¿Le dolió?
–Sí.
–¿De grande o de chico?
–Elija. La soledad siempre duele.
Sonríe.

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–No sea injusto. A veces es necesario estar un rato a solas –
me acerca una copa de vino–. ¿Le da miedo?
–Un poco.
–No debería. La soledad no es dañina. Es apenas inevitable,
parte de nuestra condición. El humano es solitario. Nace solo, vive
solo, disfruta solo y muere solo. Que entre tanto compartamos
nuestra soledad con soledades ajenas no debe confundirnos.
–¿Habla del amor? Porque quizás sea el momento donde
alguien se siente más acompañado.
–Cuando en realidad, no es más que la unión de dos soledades
que deciden compartirse por un rato.
–Tal vez, porque así la Soledad duele menos.
–Aunque no deje de estar presente –me observa en silencio–.
Epicuro dijo que la muerte no era un tema digno de ser pensado
porque mientras nosotros estamos, no tiene lugar. Y cuando llega,
los que ya no estaremos seremos nosotros. Es decir que nuestro
destino es no encontrarnos jamás. Parafraseando a un amigo
común, la muerte y nosotros jamás haremos esquina. Entonces,
¿para qué preocuparse?
–Puede ser, aunque con la soledad ocurre lo contrario. Es tan
nuestra, tan inherente a lo humano que ni siquiera nos abandona,
aunque estemos acompañados. Pero a veces parece dar un paso
al costado, y correrse por un rato cuando aparece el amor.
–O la amistad –levanta su copa–. De todos modos, no se deje
engañar. Sigue cerca. Ni siquiera el mejor amor puede
desplazarla. Tal vez solo la niegue un tiempo. Créame: la soledad
es más fuerte que el amor.
Tomo un sorbo de vino antes de continuar.
–Don Juan, aquel indio tolteca que inició a Carlos en el arte de
la brujería, solía decir que la muerte acecha a la izquierda, a unos
cinco centímetros detrás de nosotros. A lo mejor, a la derecha,
como para no toparse tan seguido con la muerte, acecha la
soledad. ¿No le parece?
–Es posible –me dice.
–Por las dudas, brindemos, a ver si podemos alejarlas por un
rato.
Se ríe.
–Salud.

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INTRODUCCIÓN

“Carpe diem”, decía Horacio;


ese día, si se vive de verdad, es la eternidad misma…
duramos un instante tras otro, y eso es lo que significa existir.

André Comte-Sponville

El bridge es un juego de cartas en el que se enfrentan dos


parejas. Un juego que no depende sólo del azar. Requiere de
atención, inteligencia y, sobre todo, de una comunicación casi
telepática entre los compañeros.
Al comenzar la partida, uno de los jugadores ocupa el lugar de
“el muerto” y da vuelta sus cartas para que el resto pueda verlas.
A partir de ese momento, su compañero (el declarante), toma el
control y comienza la verdadera magia del juego. “El muerto” no
puede tomar decisiones, no puede jugar su voluntad y, sin
embargo, con su ausente presencia es clave en el desarrollo del
juego. Tampoco puede hablar con su acompañante con quien, en
un diálogo silencioso, sostiene una fuerte conexión.
El bridge es un desafío. Una puja lúcida donde prima la
complicidad que cada pareja sea capaz de alcanzar. Una dinámica
que se pone en movimiento gracias a ese jugador que permanece
en una ausencia supuesta.
Haciendo metáfora, Jacques Lacan dirá que, durante un
tratamiento, el analista debe ocupar el lugar de “el muerto” para
que el paciente juegue sus cartas y ponga en movimiento sus
palabras.
El analista no dirige activamente la sesión, pero con su
abstinencia sostiene un espacio donde el sujeto despliega su
deseo. No impone sus intereses personales, y en esa manera
particular de estar presente habilita que el discurso del analizante
se organice y revele su lógica propia. Como “el muerto” en el
bridge, sin jugar de modo activo, auspicia que el análisis avance.
No maneja la sesión, pero desde una posición de reserva dirige la
cura. Ofrece su silencio, su escucha, a veces su interpretación,

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para que el paciente despliegue en el discurso asociaciones,
contenidos inconscientes, esos dichos de otros que lo recorren y
que muchas veces arman una escena a la que no sabe cómo
responder. Escenas que lo instan a repetir elecciones dolorosas y
conductas sintomáticas.
Decir que el analista ocupa el lugar de “el muerto” implica que,
en sesión, el analista no es un $ujeto. Por el contrario, ocupa el
lugar de un objeto (Lacan lo llamará objeto “a”), renuncia a su ser
y, con ese sacrificio subjetivo intenta que el paciente devele sus
misterios.
De algún modo, Julián, mi paciente, estaba en lo cierto. En
sesión no soy una persona a la que le pasan cosas. Mis deseos,
mis dolores o mis miedos, no cuentan. En el consultorio el analista
es el que escucha, interpela o contiene. El referente. No es un
semejante, un otro. Es el gran Otro.
En su poema “Ajedrez”, Borges escribió:

Dios mueve al jugador y éste la pieza.


¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza?

¿Cuál es el Dios al que le llora Dios? ¿A quién le reza Dios


cuando está angustiado?
A nadie.
Lacan dirá que no hay un gran Otro para el gran Otro. Ese es
el lugar (incómodo) que ocupa el analista.

Hoy mi consultorio es distinto, aunque el diván es el mismo de


entonces. También alguno de mis rituales. La costumbre de llegar
una hora antes que mi primer paciente, la ceremonia del café
negro y amargo, la mirada que recorre la biblioteca, la música.
Enciendo las luces, acomodo la agenda y la jarra de agua. Al
llegar al escritorio me paro frente al reloj de arena. Y aparece el
tiempo.
El enigma del tiempo es el enigma de la vida. Porque en él nos
enamoramos, sufrimos desengaños y jugamos nuestros sueños.
Siempre creí que el tiempo era inmanejable. Que nadie podía
detenerlo ni acelerarlo.

19
En La Felicidad dediqué un capítulo a la relación de Albert
Einstein con Sigmund Freud y me aboqué a la lectura de las cartas
que se enviaron. Mi intención era retratar aquel momento en que
el físico más importante del mundo convocó al creador del
Psicoanálisis, para debatir sobre la deshumanización que veía en
el mundo y lo aconsejara acerca de la manera en que podía
detenerse una guerra que amenazaba con matar a millones de
personas.
La respuesta de Freud fue demoledora. Nada podían hacer
porque en todo ser humano hay una pulsión destructiva
irrefrenable: la pulsión de muerte.
Sin embargo, mi interés por Einstein generó el deseo de
acercarme a la comprensión de sus teorías. Esos desarrollos que
cambiarían para siempre el modo en que concebimos el universo.

***

Conozco mucho los pueblos de mi Patria. Viví en algunos de


ellos y hoy los visito en mis viajes de trabajo. En cada plaza está
el municipio, algún hotel, un restaurante, y la iglesia. En lo alto
hay un reloj y un campanario.
Los relojes ejercen una atracción difícil de resistir. Basta seguir
a la gente que camina por las calles de Praga para desembocar en
“la plaza del reloj”. Como todo turista me he parado frente a ella y
esperé que sonaran las campanas señalando la hora exacta. La
misma para todos. Aun sabiendo que se trata de un engaño. Que,
aunque el sentido común nos diga lo contrario, el tiempo no es
absoluto. Que no hay dos personas para las que el tiempo pase de
igual manera.
¿Cómo llegó la humanidad a descifrar algo que parece tan
ilógico?

En el siglo XVII, Galileo Galilei desafió dos mil años de


concepción aristotélica y sostuvo que el movimiento es relativo.
¿Qué significa esto? Que al plantear que algo se mueve, tenemos
que referir en relación a qué realiza ese movimiento. Por ejemplo,
cuando caminamos nos movemos a cuatro o cinco kilómetros por
hora en relación al piso. Un avión, a su vez, se mueve a

20
ochocientos o novecientos kilómetros por hora en relación al aire.
La luna gira en relación a la Tierra, y la Tierra en relación al sol.
No tiene sentido decir que algo se mueve si no es en alusión a
otra cosa. Este es el principio de la relatividad de Galileo.
De este principio se desprende que tampoco existe una
velocidad absoluta. Por ejemplo, si vamos en un tren que avanza
a setenta kilómetros por hora y pateamos una pelota, quienes
estén en el tren la verán desplazarse a treinta o cuarenta
kilómetros por hora, según la fuerza con que la hubiéramos
golpeado. Por el contrario, para quien la mira desde el andén, la
pelota se desplaza a cien o ciento diez kilómetros por hora.
Porque ambas velocidades se suman. La del tren y la de la pelota.
También la distancia recorrida por la pelota será relativa. Para
los pasajeros habrá avanzado quince o veinte metros. En
contraste, para los que están fuera, tal vez haya avanzado cien
metros o más. Porque al trayecto que hizo esa pelota se suma el
que realizó el tren.
La física de Isaac Newton obedecía a esto. Entonces, el
espacio es absoluto y el tiempo fluye igual para todos. Tal como lo
percibimos en la vida diaria.
Pero en el siglo XIX se comprobó la existencia de una
velocidad que no es relativa: la luz. Trescientos mil kilómetros por
segundo. A esa velocidad se desplaza un láser tanto para quien lo
dispara desde el tren como para quien lo observa desde el andén.
Es decir que la velocidad de la luz es absoluta.
Einstein advirtió que eso implicaba que nuestro concepto
acerca del tiempo y el espacio era erróneo y, en 1905 formuló la
Teoría de la Relatividad Especial, donde intentó unificar el
principio de relatividad de Galileo (el movimiento es relativo) con
el hecho de que hay una velocidad que es absoluta (la velocidad
de la luz). La genialidad de Einstein fue comprobar que, más allá
de lo aparente, no estamos frente a una contradicción. Que existe
una solución matemática que permite reconciliar este conflicto,
siempre y cuando asumamos que el tiempo y el espacio se
comportan de manera diferente a lo que pensamos.
Aquí empieza la dificultad. Porque la Teoría de la Relatividad
Especial nos obliga a desafiar al sentido común y asumir que el
fluir del tiempo es variable. Distinto para cada uno de nosotros.

21
Que el paso del tiempo dependerá de la mayor o menor influencia
de la gravedad y de la velocidad con que un objeto se mueva. A
mayor altura el tiempo pasa más rápido. A mayor velocidad, más
lento.
Los relojes atómicos permiten medir esa diferencia
infinitesimal, pero comprobable. Se ha hecho el experimento de
sincronizar dos de esos relojes, uno en el piso y otro sobre una
mesa, y después de un lapso se constató que ya no marcaban la
misma hora. El que estaba sobre la mesa se había adelantado con
respecto al otro.
Es decir que una persona que vive en el piso décimo de un
edificio envejece más rápido que otra que vive en planta baja,
porque al estar más lejos de la influencia de la gravedad el tiempo
pasa más rápido. A su vez, dado que a mayor velocidad el tiempo
se lentifica, quien viaja en un avión envejece menos que sus
amigos que quedaron en la Tierra. ¿Cuánto? Millonésimas de
segundo en una vida.
¿Qué importancia tiene entonces un desfasaje tan pequeño?
Todos utilizamos el GPS. Un sistema que triangula satélites que
orbitan a veinte mil kilómetros de altura, a una velocidad tal que
dan dos vueltas diarias a la Tierra. La velocidad haría que el reloj
del GPS fuera más lento. La altura que fuera más rápido. Y es la
altura la que prima. Por eso, los relojes de los satélites del GPS se
adelantan aproximadamente treinta y ocho millonésimas de
segundo por día. Menos de lo que tardamos en pestañear. Sin
embargo, en ese lapso, la luz se desplaza once kilómetros. Y si no
se corrigiera ese desfasaje el sistema no serviría de nada, porque
nos dejaría a once kilómetros de la dirección que le solicitamos.
Diez años después, en 1915, luego de profundizar sus
investigaciones, Albert Einstein presentó la Teoría de la Relatividad
General, el concepto de la geometría curva del universo.
Detengámonos en la primera de sus formulaciones y hagamos
un correlato con la experiencia analítica, donde también el tiempo
es relativo. Distinto para cada sesión. Para cada paciente que es
invitado a habitar su propio tiempo y la relatividad de sus
vivencias, de sus decisiones. Porque cada encuentro es un viaje a
esa soledad poblada de fantasmas, a veces reconocibles y otras
ignorados. Pero tan propios.

22
Se trata de convocarlo a que ocupe su lugar en un presente
eterno. Que acepte, como expresó el poeta Paul Eluard: “el duro
deseo de durar”.
En una entrevista con Patrick Vighetti, el filósofo André Comte-
Sponville sostuvo que:

No se trata de vivir, como el animal según Nietzsche, atados “a la


estaca del instante”. Ni tampoco de embrutecerse en el no futuro de
los punks o de los idiotas. No se puede vivir en el instante, puesto
que la vida es duración…
No es el instante lo que hay que tomar, sino el eterno presente
de lo que dura y pasa…

Uno de los quiebres más fuertes que generó Lacan, que entre
otras cosas le costó la expulsión de la Asociación Psicoanalítica
Internacional (IPA), fue romper con la sesión establecida de
cincuenta minutos.
Los argumentos de Lacan eran firmes. ¿Por qué deberíamos
establecer un tiempo invariable si, en análisis, se trata del tiempo
del Inconsciente? ¿Si a veces en quince minutos recorrimos un
trayecto enorme, y otras conviene trabajar una hora y media?
En el consultorio, el tiempo toma una dimensión ajena al
mundo.

–¿Ya está, terminamos? –pregunta un paciente al que una


hora le parecieron cinco minutos. A veces, en cambio, media hora
se le vuelve eterna y no tiene de qué hablar.

Cuando dirijo un análisis, también mi espacio-tiempo es único.


Por eso necesito llegar antes, habitarlo, que sea una espera
donde mis pensamientos se vayan aplacando para que pueda
ocupar el “lugar del analista”. Sólo de esa manera habitaremos
con el paciente ese espacio-tiempo singular al que llamamos
sesión. Una experiencia que a veces comienza antes de que el
analizante llegue al consultorio y continúa incluso después de que
se haya ido.
La espera es parte de la experiencia analítica. Cuando suena el
timbre, mientras bajo a abrir, ya estoy en el tiempo que me
propone ese paciente. Un tiempo en ocasiones avasallado por la

23
ansiedad, en otras por el aburrimiento, la angustia o la
incertidumbre.
El ámbito analítico propone cada vez el desafío de no forzar y
estar abierto a la posibilidad de que ocurra algo. En sesión batallo
con esa ansiedad que surge cuando el paciente parece no decir
nada importante, o repite algo de lo que habló tantas veces. Y en
ese espacio-tiempo relativo estoy solo.
El paciente espera comprensión, respuestas, alivio. Por mi
parte, me entrego a la posibilidad de que alguna grieta en su
discurso deje filtrar una duda, un lapsus, un sueño que abra un
territorio de confusión y soledad. La soledad del Inconsciente.
Si alguien nos observara desde fuera creería que se trata de
una conversación. Pero el análisis no es un acto de comunicación.
Es un acto de creación. Un vínculo que posibilita que, de repente,
aparezca algo donde no había nada.
Cuando el profesional queda atrapado por el discurso del
paciente que habla con demasiada nitidez, y solo rescata lo que
dice pero no tiene en cuenta las palabras que utiliza, hay
comunicación. Y es ahí donde el tratamiento falla.
El análisis avanza con el malentendido. Cuando surge la duda
y la palabra traspasa su sentido aparente para decir algo que no
puede decirse de otro modo. Entonces, en lugar de dos personas
que se comunican, hay un hablante que sufre, que no entiende, y
un analista que propicia la aparición de contenidos inconscientes.
Esta “falla” (deseada) en la comunicación los deja solos.
El analista no es una persona que comprende al paciente. Es
alguien que aloja su soledad. Que tiene la fortaleza de entrar en
esos terrenos oscuros del analizante y lo acompaña hasta al borde
de su abismo.
El gran desafío es pasar por encima de ese imaginario que
supone dos personas que se están comunicando, para ser dos
viajeros que se dejan absorber por el sinsentido aparente en
busca de la verdad. Una verdad también relativa. Una verdad
perdida para siempre, que se ignora, porque la verdad no es
conocimiento.
Freud sostiene que todo $ujeto contiene un saber no sabido,
intrasmisible. Basta pedirle una receta a “la abuela” para
comprobar que no conoce lo que sabe. Nos dirá que echemos un

24
ingrediente. “¿Cuánto?”, le preguntamos. Su respuesta será
esquiva: “Fijate. Te vas a dar cuenta. Un poco”. Lo cierto es que
no puede transmitir ese saber que la recorre. Por eso, junto a las
abuelas mueren los sabores de la infancia. Y nos quedamos solos.
Con el deseo de recuperar lo imposible.
Freud lo sabía.
Al escuchar a sus primeras pacientes, “sus histéricas”,
sospechó que esos síntomas, esos dolores físicos y psíquicos
portaban un saber. Una porción de verdad.
No fue el primero. La filosofía y la lógica se han obsesionado
por establecer la veracidad o falsedad de un enunciado. En un
intento por atrapar la verdad, expusieron las falacias, esos modos
que el lenguaje utiliza para disfrazar de veraz lo que es falso, y
teorizaron las leyes que determinan la validez de los
razonamientos. Ensayos valederos, aunque condenados al fracaso.
En tanto que hablamos, “la verdad” está perdida. Ya hablaremos
de esto más adelante.
Volvamos al consultorio.
Aunque se transite de a dos, es una experiencia solitaria tanto
para el analista como para el paciente.
Cierta vez estaba a punto de iniciar una sesión con un
paciente, Aldo, y recibí la llamada de una analizante de riesgo en
crisis. Estaba desbordada. Le pedí a Aldo que pasara al consultorio
y me esperara un instante. Me equivoqué. Tuve que hablar casi
veinte minutos. Al terminar, vi que Aldo se había acostado en el
diván. Me senté detrás de él y comencé a disculparme por la
demora.
–No me digas nada –interrumpió–. Me vino bien, estoy
conmocionado. Porque mientras te esperaba pude entender la
intervención que me hiciste la sesión pasada.
Aquel tiempo solitario en el consultorio le había dado la
posibilidad de comprender lo que veníamos trabajando. Eso que
no había podido asimilar durante la semana se aclaró de pronto
cuando se acostó en el diván. En ese momento de soledad a
medias. Y fue posible porque el dispositivo analítico es un espacio-
tiempo que funciona aun sin mi presencia física.
Puede parecerle extraño a quien nunca se haya analizado. Es
comprensible. Después de todo se trata de una experiencia en

25
que la presencia-ausencia y el espacio-tiempo funcionan de
manera única.
Por lo general, cuando un paciente falta a sesión, debe pagar
los honorarios del profesional. Esto tiene un sentido que va más
allá del compromiso económico. Implica que, de todas maneras, la
sesión ocurrió. Porque durante ese tiempo, el analista estuvo
transferencialmente con él. Se preguntó por qué no fue, por qué
no avisó. Evaluó si la decisión pudo ser a causa de una resistencia
o de un enojo. Es decir, ha sido un tiempo en que el profesional
buscó la lógica de ese “acto de ausencia”. A su vez, desde el
olvido, la culpa, o el boicot, también el paciente ha estado ligado
al análisis. Por eso no suelo llamarlo durante su horario. Sólo
después, cuando el tiempo de la sesión terminó, le escribo para
averiguar qué ocurrió. Porque mientras transcurre ese tiempo algo
está pasando. Algo que deberemos trabajar.
Cuando generamos que el paciente hable libremente surge la
posibilidad de que aparezca la palabra que nos importa. Esa que
viene de la asociación libre. De un $ujeto que renuncia a controlar
su discurso y habla sin evaluar si lo que dice está bien o mal, si es
o no relevante. De esa renuncia, a veces, aparece la palabra
plena. Plena de fantasías, miedos o traumas inconscientes que
revelan esa verdad que el paciente desconoce.
He escuchado muchas veces la siguiente frase:
–Te voy a contar algo que nunca le dije a nadie.
Cuando eso ocurre, el dispositivo analítico está funcionando.
Porque se habilitó un espacio donde el paciente puede hablar sin
que nadie ejerza una mirada crítica. Entonces, siente más libertad
que al estar solo. Porque cuando cree estar solo, están también
sus mandatos, sus prejuicios, la presión de saber lo que se espera
de él. Y el analista debe intentar barrer o poner entre paréntesis
esas compañías indeseadas que molestan al paciente. Así podrá
ayudarlo a mirar de frente a sus fantasmas. Porque esos
fantasmas están adentro de nosotros y pueblan cada una de
nuestras soledades.
Sin embargo, sería un error creer que el analista es un
ausente. Alguien que no habla, no saluda, no ríe. Ese estereotipo
hizo mucho daño al Psicoanálisis. Por el contrario, el analista pone
el cuerpo para sentir el impacto del Inconsciente. A veces puede

26
acercarse o tomar la palabra como agente del discurso. Y si el
chiste del paciente es bueno, también puede reír.
La abstinencia analítica no busca que el paciente se angustie
ante la ausencia emocional del terapeuta. Dejar al paciente solo
con sus asociaciones, no es dejarlo aislado. Quien no se
conmueve frente al dolor o la alegría de un $ujeto no está
capacitado para ejercer el Psicoanálisis.
La soledad del consultorio no es indiferencia. Es intimidad. No
es distancia. Es cercanía. Comunión profunda que elude la palabra
vacía en busca de una palabra diferente. Para que el paciente
pueda mostrar sus miedos, su vergüenza y el desconocimiento
que lo habita.

–Soy puta –me dijo Isabel después de un tiempo de trabajar


juntos–. Vivo de eso. Me acuesto con gente que me da asco, por
plata. Plata que uso para mantener a mi familia. ¿Y sabés qué es
lo peor? Que mi papá lo sabe. Todos lo saben. Y da lo mismo que
lo sepan. Porque yo no le importo a nadie.
–Eso no es cierto –señalé–. A mí sí me importás.

Isabel lloró. Me contó cómo su padre la había entregado


siendo adolescente para sostener el status perdido hacía tiempo,
cuando dilapidó su herencia. Y la prostituyó para conservar la
imagen en el pueblo, por comodidad o porque tal vez, ella no le
importaba.
Tiempo después, luego de una sesión muy dura, Isabel me
pidió que la abrazara.

–Quiero saber qué se siente que alguien te abrace sólo porque


sos importante, y no porque te quiere coger.
Y la abracé.
Dijo Octavio Paz:

Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia:


las manos de otros solitarios.

Mi abrazo fue la mano de un solitario que se extendió para


sostener su soledad abierta.

27
Cuando Isabel se fue quedé conmovido. Llevaría tiempo para
que su angustia encontrara un sentido a través de las palabras.
Un tiempo que, aun con mi presencia, ella atravesaría en soledad,
sola, pero no Sola.

***

La soledad no es una emoción, ni un sentimiento.


Es una experiencia a veces sufriente, otras agradable. Porque
toma formas diferentes.
Soledad del duelo. Ensombrecidos que caminan entre el amor
y lo perdido, entre lo deseado y lo que no fue, o fue en un tiempo
que ya pasó. Un tiempo en el que parecía que no estábamos
solos. Que nunca lo estaríamos. Un tiempo lleno de fantasías de
completud.
Soledad de quien estudia y sueña su futuro. Soledad
angustiosa de la incertidumbre. Soledad desgarrada del
desocupado. Soledad plena del asceta que medita en busca de
una calma imposible. Porque incluso en su aislamiento lo visitan
los demonios. Soledades reclamantes de aquellos que no quieren
quedarse solos y exigen y condenan a los demás. Soledad de los
insomnes, que no duermen porque sus pensamientos no los
abandonan. Soledad de los que triunfan. Soledad del vencido.
Soledad del que se vacía de amor propio y busca compañía a
cualquier precio. Soledad del incomprendido. Y de los que no
comprenden. Soledad de las despedidas. Soledad del exilio.
Soledad de los ancianos abandonados. O de quienes se
abandonan sin ser viejos.
Por eso, en el amanecer de este libro, intuyo una soledad con
minúscula, la soledad sin otros –padecida, disfrutable o elegida–,
y otra con mayúscula: la Soledad existencial. Soledad del
hablante, del humano que camina un planeta oscuro entre
millones de planetas, en un universo infinito para el que su vida
no tiene importancia.
Y aparece la emoción de Spinoza, la humildad de Cristo, el
pesimismo trágico de Schopenhauer, y el desafío de encontrar un
sentido a la existencia. Y en medio de todo eso, el amor. La vida
palpitante. El deseo.

28
Y este libro.
Un intento de abordar el misterio, ponerle palabras al vacío y
pensar. Al menos, pensar lo incomprensible. Aquello que no puede
apurarse ni detenerse. Que no admite tregua ni negociación. La
soledad es lo implacable. Una presencia que, aunque a veces no
se percibe, está ahí, al acecho. A nuestra derecha, cerca de la
muerte. No depende de la voluntad. Nos acompaña en cada
pérdida, en cada instante en que nos enfrentamos a nosotros
mismos. Podemos ignorarla, disfrazarla con alguna compañía o
con distracciones, pero siempre habrá un momento en que nos
alcance, y nos deje desnudos ante la existencia.
Tal vez lo más complejo de la soledad sean sus
contradicciones. Por un lado, nos aterra, y también nos define,
nos ahoga y nos hace libres, nos separa de los otros y, al mismo
tiempo, nos revela quiénes somos.
La soledad no es una condena. Es parte de la condición
humana.

29
PRIMERA PARTE

30
LA CAÍDA

Estoy muy solo y triste, acá,


en este mundo abandonado.

Litto Nebbia-Tanguito

¿Hace ruido un árbol que cae en el bosque si no hay nadie para


escucharlo?
Desde hace miles de años esta pregunta ha generado
controversias. La ciencia parece haber zanjado la supuesta
paradoja. Hoy sabemos que el ojo del observador influye en lo
observado. La física cuántica es un ejemplo de eso. Rescata la
idea central del empirismo idealista del obispo George Berkeley
para quien ser es ser percibido.
Entonces, ese árbol que cae debe aceptar la soledad de una
caída silenciosa. Como quien llora solo por un desengaño amoroso
o quien se queda frente al cajón o las cenizas de una persona
querida que ha muerto. Como un náufrago en la noche aterradora
del mar.
Tal vez por eso, en alguna de sus soledades, que tanto se
parecían a “una balsa a la deriva”, Gabriel García Márquez se
interesó en los sucesos que rodearon a Luis Alejandro Velasco, un
marinero que, con apenas veinte años, debió enfrentarse a la
muerte antes de llegar a la bahía de Cartagena.
García Márquez lo entrevistó y Velasco contó su historia.
Habló de aquella madrugada de un 27 de febrero en la que la
voz del altoparlante les pidió a los marineros que se pasaran a
babor del barco porque había que equilibrar el peso. Y más tarde,
les ordenó ponerse salvavidas.
Las palabras del escritor replicaron la desesperación de ese
joven inexperto que se había quedado solo en la inmensidad.
La soledad del náufrago es quizás la más pura, la más
despiadada de todas las soledades. No es solo la ausencia de
otros, sino la presencia abrumadora de lo infinito: el mar que se
extiende sin límites, el cielo que no ofrece respuestas, el tiempo

31
que se diluye sin sentido. Una soledad sin bordes. Y aquello que
no tiene bordes es angustia. Porque el borde es un límite al dolor,
a la locura.

Las olas, cada vez más fuertes y altas, estallaban en la cubierta…


Calculé que debía faltar un cuarto para las doce. Dos horas para
llegar a Cartagena. El buque pareció suspendido en el aire un
segundo. Saqué la mano para mirar la hora, pero en ese instante no
vi el brazo, ni la mano, ni el reloj. No vi la ola. Sentí que la nave se
iba del todo y que la carga en que me apoyaba se estaba rodando.
Me puse en pie, en una fracción de segundo, y el agua me llegaba al
cuello... Entonces el agua me cubrió por completo y empecé a nadar
hacia arriba. Tratando de salir a flote, nadé hacia arriba por espacio
de uno, dos, tres segundos. Seguí nadando hacia arriba. Me faltaba
aire. Me asfixiaba. Traté de amarrarme a la carga, pero ya la carga
no estaba allí. Ya no había nada alrededor. Cuando salí a flote no vi
en torno mío nada distinto del mar. Un segundo después, como a
cien metros de distancia, el buque surgió de entre las olas,
chorreando agua por todos lados, como un submarino. Sólo
entonces me di cuenta de que había caído al agua… Me sostuve a
flote entre cajas de ropa, radios, neveras y toda clase de utensilios
domésticos que saltaban confusamente, batidos por las olas. No tuve
en ese instante ninguna idea precisa de lo que estaba sucediendo.
Un poco atolondrado, me aferré a una de las cajas flotantes y
estúpidamente me puse a contemplar el mar.

Imagino la escena de ese hombre abrumado por las olas en


medio de la noche. O, tal vez, por el olvido.
El marinero no recordaba muy bien cómo había llegado hasta
una balsa luego de caerse junto a siete compañeros y ver cómo
algunos se hundían para siempre. Y desaparecían dejándolo solo.
Rodeado de tiburones.
Diez días más tarde, hambriento, casi muerto, divisó la costa.
Nadó hasta la orilla como pudo y alcanzó la arena. Vio a una
mujer que bajaba por la playa con una canasta en la cabeza y le
gritó con sus últimas fuerzas. Ella corrió a buscar ayuda. Poco
después llegaron unos campesinos, lo acomodaron en una
hamaca y lo llevaron al pueblo, donde le dieron agua y algo de
comer. Desde allí fue trasladado a un hospital en Cartagena.
Al principio, el gobierno lo presentó como un héroe nacional.
Sin embargo, después de aquella entrevista de veinte sesiones

32
con Gabriel García Márquez, entonces periodista de El Espectador,
se conoció la verdadera historia
El naufragio no había sido causado por una tormenta, como
sostenía el comunicado oficial, sino porque el destructor “Caldas”
transportaba ilegalmente mercancías de contrabando y estaba
sobrecargado.
Esas entregas en el diario colombiano generaron un escándalo
político. El periódico enfrentó la censura y fue cerrado por el
gobierno. Y García Márquez tuvo que exiliarse en Europa, donde
continuó su carrera como periodista y escritor.
Por su parte, Luis Alejandro Velasco se convirtió en una figura
incómoda para las autoridades. Con el tiempo, se alejó de la
mirada del público y terminó llevando una vida anónima.
En 1970, esas crónicas encontraron su versión definitiva bajo
la forma de un libro que García Márquez tituló: Relato de un
náufrago.

Leí este libro a los dieciséis años.


La fuerza de la prosa hizo que por momentos me sintiera en la
piel del marinero. Al autor le pasó lo mismo. García Márquez
confesó que el relato de Velasco fue tan eficaz, tan conmovedor,
que temió que los lectores creyeran que se trataba de un invento
literario.
Hace poco, en un viaje a Cartagena, volví a este relato y me
pregunté: ¿Qué desea un náufrago? ¿Busca conservar la vida o
solo desea morir?
No todo el que queda aislado del mundo se convierte en
náufrago. Tarzán no lo era. Hasta que llegaron los tripulantes del
“Arrow”, desconocía la presencia de otros seres humanos y de una
mujer llamada Jane que podría amarlo. Por eso no tenía
nostalgias. No puede añorarse el reencuentro con algo que se
desconoce. Porque nadie vuelve a donde nunca estuvo.
El náufrago, en cambio, es alguien que está solo con el saber
de que los demás existen. Es un esperanzado. Sabe que hay un
mundo diferente y sufre el exilio de quien no se siente escuchado,
o del que experimenta la angustia de no existir para otros. En este
sentido, todos hemos sido náufragos alguna vez. Ya sea por un
abandono o por algún sueño que jamás se concretó.

33
Los sobrevivientes del vuelo que se estrelló en la cordillera de
Los Andes el 13 de octubre de 1972, refieren el impacto psíquico
que sintieron el décimo día, cuando escucharon por la radio que
se había suspendido la búsqueda del avión. Los daban por
muertos. Para el mundo eran cadáveres desperdigados en un mar
de nieve. Ese día fue el comienzo de una lucha nueva. Perdida la
esperanza, comprendieron que, si querían salir de aquel infierno,
debían hacerlo solos. Se dividieron las tareas y cuidaron
especialmente a los expedicionarios que intentarían cruzar los
montes nevados en busca de ayuda. Como Velasco, sabían que
había un mundo. Un mundo para el que ya no existían. ¿Qué
eran, entonces? Porque quien no existe para nadie, no existe.
Dice Velasco:

Yo era un muerto.
No recuerdo el amanecer del sexto día. Tengo una idea nebulosa
de que durante toda la mañana estuve postrado en el fondo de la
balsa, entre la vida y la muerte. En esos momentos pensaba en mi
familia y la veía tal como me han contado ahora que estuvo durante
los días de mi desaparición. No me tomó por sorpresa la noticia de
que me habían hecho honras fúnebres. En aquella mi sexta mañana
de soledad en el mar, pensé que todo eso estaba ocurriendo. Sabía
que a mi familia le habían comunicado la noticia de mi desaparición.
Como los aviones no habían vuelto sabía que habían desistido de la
búsqueda y que me habían declarado muerto. Nada de eso era falso,
hasta cierto punto. En todo momento traté de defenderme. Siempre
encontré un recurso para sobrevivir, un punto de apoyo, por
insignificante que fuera, para seguir esperando. Pero al sexto día ya
no esperaba nada. Yo era un muerto en la balsa. En la tarde,
pensando en que pronto serían las cinco y volverían los tiburones,
hice un desesperado esfuerzo por incorporarme para amarrarme a la
borda. En Cartagena, hace dos años, vi en la playa los restos de un
hombre destrozado por el tiburón. No quería morir así. No quería ser
repartido en pedazos entre un montón de animales insaciables.

La soledad del náufrago devela la fatalidad de la inexistencia.


Y de la muerte. Porque, quien vuelve de un naufragio, jamás será
el mismo. Ha mirado a los ojos de la Soledad con mayúsculas.
Salió de la caverna, comprendió de qué se trata la verdad y cree
un poco menos en la “vida inauténtica” de la que hablaba

34
Heidegger. La vida de las distracciones, del divertimento, de los
dolores cotidianos. Del infierno con minúscula.

Si yo pudiera, como ayer,


querer sin presentir.

Como en los versos de Discépolo, quien vuelve de un naufragio


carece de ingenuidad y está lleno de presentimientos. Ingresa a
un mundo donde la ausencia es una amenaza permanente. Es el
desafío que enfrenta la persona que está en duelo. Porque el
duelo nos obliga a aceptar que la pérdida existe. Y que es posible
que volvamos a perder.
El que amó y fue abandonado, el que luchó y no pudo llegar a
su objetivo, el que logró lo que quería y terminó destruyéndolo sin
darse cuenta, el enfermo que recién ahora valora la vida, el
traicionero que se arrepiente, el engañado que anhela la
venganza, el que se ha quedado sin ganas de buscar más orillas.
Todos ellos son náufragos.

En Historias Inconscientes conté el caso de Julio. Un


prestigioso médico psiquiatra capaz de llegar al extremo, incluso
el suicidio o el asesinato, con tal de no ceder una relación en la
que era infeliz desde hacía mucho tiempo.
Angustiado ante la posibilidad de perder su pareja y “quedarse
solo”, se presentó ante el amante de su mujer para rogarle que la
dejara. Cuando la esposa se enteró, Julio le suplicó también a ella
que no lo abandonara. Hasta le dijo que podía seguir con su
amante, que aceptaría cualquier cosa si se quedaba con él.
Sin saberlo, Julio ya estaba solo. Lo había abandonado su
amor propio. Y su única compañía era la angustia. El temor a la
pérdida lo empujó a un mundo humillante. Y en esa caída, había
dejado de ser.
Una noche se dispuso a matar a su esposa y suicidarse. Pero
no pudo. Un resto de pulsión de vida lo detuvo. ¿En qué se había
convertido?
A partir de ese momento, comenzó la lucha por recuperar su
propio reconocimiento. Julio naufragaba en las sesiones. Se
hundía y volvía a respirar. A su manera, también el paciente es un

35
náufrago que por momentos está solo, que se aferra a sus
recuerdos y pelea con sus pensamientos. Aunque en este caso
hay alguien que lo escucha. Alguien para quien, en ese espacio-
tiempo, él es lo más importante. Alguien que promueve el
surgimiento de un saber que el paciente ignora que tiene. Saber
sobre su forma de amar y de sufrir. Sobre un goce que señala un
camino de destrucción.
En aquellas sesiones invité a Julio a renunciar a la soledad de
su naufragio. Le pedí que hablara sin vergüenza, que recordara. Y
el recuerdo llegó. Vio a su madre de rodillas y a su padre
apuntándole con un arma en la cabeza al descubrir su traición. Y
se vio a sí mismo observando la escena.
Según sus palabras, el padre “no había tenido el valor de
matar a su mujer”. Julio tampoco. En análisis comprendió que
había repetido en el vínculo con su esposa aquella escena
traumática. Así funciona el trauma. Desde la oscuridad del olvido
aparente reclama una resolución. La escena era el mar en que
Julio se mecía rodeado de fantasmas. Les pusimos nombres. Los
odió, los amó, perdonó lo que pudo. Se perdonó.
Su padre no superó jamás lo sucedido y “se dejó morir como
una rama seca”. El desafío de Julio era no repetir también esa
parte de la historia.
Trabajó muy duro. Lo vi caer y ponerse de pie más de una vez.
Nos apoyamos en su profesión, su prestigio y la admiración de sus
alumnos, para que recuperara en su vida un espacio que lo alejara
de la locura.
Cuando consiguió avanzar en el duelo su mujer quiso volver
con él. La relación con el amante estaba concluida y sintió deseos
de rescatar la pareja, pero Julio se negó. Prefirió la soledad. Esta
vez, una soledad elegida.
La vida golpea y puede derribarnos. Pero no se trata de una
experiencia nueva. Porque en el comienzo, todos hemos caído.

***

La historia del Psicoanálisis enfrentó más de un desafío.


Sigmund Freud, su creador, deseaba que su nueva disciplina
fuera reconocida por el ámbito científico, pero no era fácil. Sus

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ideas desafiaban demasiados paradigmas de la época. La
importancia que daba a la sexualidad en el origen del sufrimiento
humano, la teoría del Inconsciente o el lugar trascendente de
fenómenos cotidianos como los sueños o los chistes, fueron
cuestionados desde el comienzo. Además, como se trataba de un
abordaje teórico en pleno surgimiento, cada profesional que se
acercaba a aprender del maestro proponía hipótesis y técnicas con
las que él no acordaba.
Para 1912, Alfred Adler y Wilhelm Stekel, dos de sus
colaboradores y discípulos más cercanos, habían abandonado el
círculo íntimo de Freud, y el distanciamiento con Carl Jung era
inminente.
Freud temía que sus conceptos fueran malinterpretados y
pudieran distorsionarse con el tiempo. Entonces, escribió a Ernest
Jones, neurólogo, psicoanalista, devenido con el tiempo su
biógrafo oficial, y le manifestó el apoyo a su idea de la creación de
un consejo secreto

…compuesto por los mejores y más confiables entre nuestros


hombres para velar por el desarrollo ulterior del psicoanálisis y
defender la causa contra personalidades y accidentes cuando yo ya
no esté.

Así surgió el “Comité Secreto del Psicoanálisis”. Un grupo de


profesionales comprometidos en zanjar las disputas internas y
resguardar la esencia de los descubrimientos freudianos.
Para 1922, sus miembros eran Sigmund Freud, Otto Rank, Karl
Abraham, Max Eitingon, Sándor Ferenczi, Ernest Jones y Hanns
Sachs.
El 25 de mayo de 1913 se reunieron por primera vez. Freud
entregó a cada uno de ellos un anillo de oro con un grabado
griego. El compromiso de todos fue abstenerse de publicar
trabajos personales que no hubieran sido discutidos previamente
con el comité. El acuerdo buscaba evitar desarrollos teóricos que
contradijeran los principios del Psicoanálisis.
Algunos sostienen que Ernest Jones pretendía que Jung
renunciara como presidente de la Asociación Psicoanalítica
Internacional para ocupar su lugar. La dimisión se produjo en

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1914, pero el estallido de la Primera Guerra mundial frustró sus
deseos.
Durante diez años, el Comité funcionó sin inconvenientes, pero
los conflictos con Rank y Ferenczi generaron su disolución en
1924. Poco después, Anna Freud ocupó el lugar de Rank y el
Comité reanudó sus actividades hasta que, en 1933, dejó de
funcionar para siempre. Pero, ¿cuál fue el motivo de ese conflicto?
Otto Rank no era un discípulo más. Freud lo quiso tanto que
llegó a referirse a él como mi pequeño Rank y lo consideró su
colaborador más fiel. Lo nombró secretario del “Comité Secreto” e
incluso apoyó todos sus aportes teóricos. Aunque eso cambió
cuando Otto Rank postuló la hipótesis del “trauma de nacimiento”.
Aquella propuesta generó una verdadera crisis en el círculo más
íntimo del Psicoanálisis.
El día de su cumpleaños número sesenta y siete, Freud recibió
como regalo el manuscrito de El trauma de nacimiento. El texto
llevaba una inscripción que dedicaba el trabajo “al explorador del
inconsciente, al creador del psicoanálisis”.
Freud aceptó la dedicatoria y manifestó su admiración por
Rank.

Como estoy discapacitado, disfruto muchísimo de su admirable


productividad. Eso significa para mí demasiado: “Non omnis Moriar”.

“Non omnis moriar” es una frase en latín tomada de las Odas,


de Horacio. Significa: no moriré del todo. Con ese enunciado, el
poeta manifiesta la confianza en que su obra perdurará más allá
de su muerte. Algo parecido sintió Freud al ver en aquel
manuscrito la continuidad del Psicoanálisis. Además, había sido el
primero en mencionar la impronta que el nacimiento dejaba en la
psiquis y, hasta ese momento, sólo veía en el trabajo de Rank una
profundización de aquella presunción. Pero todo cambiaría con la
versión definitiva del texto.
Apoyado en su experiencia clínica, Otto Rank avanza y plantea
que el trauma de nacimiento es el origen de todo dolor, e incluso
la base del interés de la humanidad por la ciencia, la filosofía, el
arte y la religión. Y por supuesto, de la práctica analítica.
Según él:

38
…en la situación analítica, el enfermo reproduce, por así decir
biológicamente, el periodo de su vida intrauterina.

Y sostiene que el final del análisis está marcado por la


repetición de una separación. Así como al nacer el paciente tuvo
que separarse de su madre, ahora debe hacerlo de su analista. Y
llega a definir la experiencia como:

El último sustrato biológico concebible de la vida psíquica, el núcleo


mismo del inconsciente.

Como se ve, Rank atropella los postulados freudianos y se


distancia de su maestro al redefinir al inconsciente en términos
biológicos. ¿Cuál sería, según su propuesta, el fin de una cura
analítica? Ayudar al paciente a resolver su trauma de nacimiento.
Remediar aquella angustia primera, raíz y modelo de toda
angustia futura. Es decir que Otto Rank hace del “trauma de
nacimiento” el origen de la neurosis.
¿Dónde quedan, entonces, los pilares del Psicoanálisis? El
“Complejo de Edipo”, la “angustia de castración” y el
“Inconsciente freudiano”.
Ante semejante propuesta, Freud vio amenazado todo su
edificio teórico y a pesar de las protestas de Ferenczi, fue
relegando a Rank hasta que lo confrontó de manera enérgica.

La eliminación del padre en su teoría me parece que revela


demasiado sobre la influencia de factores personales en su vida –
factores con los cuales estoy familiarizado. Esto aumenta mi
sospecha de que usted no hubiese escrito este libro si usted mismo
hubiese sido analizado. Por lo tanto, le pediría con urgencia que no
se vuelva obstinado y que deje abierta la posibilidad de retractarse.

Tan fuerte era el desafío teórico de aquella propuesta que


Freud no dudó en adjudicarla a los traumas no resueltos de Otto
Rank y a su falta de análisis personal que le generaba…

…la tentación de hacer descubrimientos analíticos, tentación a la cual


todo debutante que no ha sido analizado – y es su caso…

39
El dolor de Rank al recibir esas palabras fue enorme. Sándor
Ferenczi, gran amigo de Otto, intentó un acercamiento. Pero fue
imposible. Freud le confesó que “hervía de rabia”. Y así, “el
pequeño Rank” fue expulsado para siempre del círculo íntimo del
maestro.
Estaba equivocado, es cierto. Pero, ¿no fue un error
comprensible? ¿Es tan ridículo suponer que ese momento
trascendente en que caemos al mundo pueda generar una herida
imborrable? No otra cosa quiere decir “trauma”: herida.

Somos seres para la muerte.


De esa manera nos define Martin Heidegger. Como entes
arrojados a un mundo de posibilidades. Podemos alcanzar el éxito
o el fracaso, elegir el arte o el deporte; amar, trabajar o estudiar,
sufrir o ser felices. De cualquier forma, siempre habrá una
posibilidad de la que no podremos escapar: la muerte. Esa muerte
que puede llegar en cualquier momento.
Según Borges:

Morir es haber nacido.

Como el naufragio o la muerte, también el nacimiento es una


caída. No elegimos el hogar al que llegamos, ni el color de
nuestros ojos ni nuestro nombre. Tampoco los nombres que
luego, bajo la forma de un mandato, vendrán a proponernos un
destino: el rebelde, la desconfiada, el inteligente, la pobrecita, el
que todos quieren o la que nadie va a querer. Caemos a la vida sin
las herramientas necesarias para subsistir, en una indefensión que
requiere de cuidados para ser mitigada. Ahí comienza la batalla. Y
la angustia.
Caímos en un mundo amenazante. Y estamos solos. Según
Octavio Paz, también arrastramos la culpa de haber nacido. Y a lo
mejor, una deuda.

Nos aguardan una desnudez y un desamparo.

Y en ese desamparo anhelamos con la sospecha inconsciente


de que alguien estará allí para amortiguar la caída.

40
Nos soltamos de la seguridad del vientre materno como un
trapecista que no sabe si habrá una red. Esa red serán los otros:
mamá, papá, abuelos, tíos, hermanos, amigos, un amor.

En una conferencia dada en San Sebastián, el psicoanalista


español Vicente Palomera Laforga trae el pensamiento del
pediatra y analista inglés Donald Winnicott, que sostiene que la
capacidad de estar verdaderamente solo es ya un indicador de
madurez. Una aptitud que se ha forjado en las experiencias en
que el infante ha estado a solas, pero en presencia de alguien.
Según él, la soledad se construye. No es algo que está de
entrada, sino que requiere de un proceso en que el niño y la
mamá comparten un espacio sin que uno esté atento al otro.
Palomera Laforga recuerda que Winnicott acuñó el concepto
de “objeto transicional”: para poder separarse de la madre,
previamente debe construirse una relación con algún objeto, un
peluche, una manta, que resultarán imprescindibles para que el
niño o la niña puedan ir solos a la cama o dormir en otra casa.
Siempre hay una diferencia entre quien representa algo y lo
representado. Nadie va en representación de sí mismo. Es una
tautología. Por ejemplo, un diplomático es alguien que representa
a un país, pero no es el país. De igual forma, el “objeto
transicional” representa a la madre, pero no es ella.

Es un espacio intermedio entre la madre y el mundo, y en ese


mundo transicional, este espacio, es donde se fundamenta la
capacidad para estar a solas. Es decir, por ejemplo, cuando la madre
está en casa, está ocupada en sus cosas, y el niño está en ese
espacio próximo, también jugando, sin necesidad de estar pendiente
la madre del niño ni el niño de la madre.

Según Winnicott, esos son los momentos en que se constituye


la capacidad de estar a solas. Entonces, la soledad es algo que
aprendimos estando junto a otros. No se trata de estar sin el otro,
sino de lograr la intimidad a pesar de estar junto a alguien.
El licenciado Marcelo Barros sugiere que, de algún modo, el
analista es el objeto transicional que ayuda al paciente a entrar a
su universo solitario sin la angustia que provoca el aislamiento.

41
En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Freud
sostuvo que:

El individuo se siente incompleto cuando está solo. Ya la angustia del


niño pequeño sería una exteriorización de este instinto gregario.
Oponerse al rebaño equivale a separarse de él, y por eso se lo
evitará con angustia.

Cuando algo extraño entra en el cuerpo de una ostra, para


defenderse, esta produce una sustancia llamada nácar que
envuelve el cuerpo extraño y lo transforma en una perla. De igual
manera, las palabras, las miradas y las caricias que recibimos al
nacer nos apartan del destino biológico y nos dan existencia
humana.
Los otros resultan indispensables para que podamos ser.
En La construcción del sujeto ético, Silvia Bleichmar afirma que
es imposible aprender a vivir por ensayo y error.

Cualquiera que intente aprender a vivir de esa forma se muere al


primer error; nunca le decimos a un niño que meta los dedos en el
enchufe para que se dé cuenta de que la electricidad mata. Esta
cuestión plantea, entonces, que la única manera de
autoconservación está dada por la antecedencia del conocimiento del
otro sobre la preservación de la vida.

De nuevo, la importancia del Otro.


Sólo por sus cuidados, por identificación con sus gestos,
acciones o palabras construimos una identidad más o menos
eficaz a la que llamamos Yo.
El vínculo con esos otros significativos es tan importante que
comienza incluso antes del nacimiento. Cuando la madre, el padre
(o los que cumplen esa función) acarician el vientre, le compran
ropa o le hablan al bebé.
En el libro La Felicidad, recorrimos un neologismo de Lacan:
extimidad. Dijimos que se trataba de un concepto que busca
explicar la experiencia única del ser humano para quien no es tan
fácil discriminar qué está adentro y qué está afuera, qué le
pertenece y qué no. ¿Me pertenece mi mirada, o es de aquello
que miro? ¿Y el amor? ¿Es mío o de quien amo? ¿Y el lenguaje?
¿Y la piel, ese velo que nos recubre, que es acariciada y golpeada

42
por el mundo? ¿Y el mundo mismo, ese espacio lleno de
estímulos, de otras pieles, de otros deseos, está fuera o dentro de
nosotros?
¿Y las voces que acompañaron al bebé durante el embarazo,
eran de sus padres o, de alguna manera, también le pertenecían?
Luego de la caída, cuando la amenaza del mundo desconocido
quiebra el equilibrio del cachorro humano, esas voces reaparecen
para calmar su angustia. Y las caricias y los estímulos intentan
captar su atención y rescatarlo de esa soledad inicial. Él mira,
escucha, succiona, pero no entiende.
Hasta hace un tiempo el nacimiento era una experiencia muy
cruenta. Tomaban al bebé de los pies, le pegaban para que
llorara, para que comenzara a respirar por sí mismo, y se lo
llevaban durante horas. Como si una voz desconocida le dijera que
se preparara porque había caído en un mundo donde le esperaba
el maltrato y la soledad.
Ahora, en cambio, apenas nace se coloca al bebé sobre el
cuerpo de la madre. Si bien esto no alcanza a compensar el efecto
traumático del nacimiento, al menos lo mitiga. Es cierto, caemos,
pero hay alguien para recibirnos y contenernos. Porque no se
trata de una llegada a la vida, sino de una caída en la vida. Una
pérdida. Un desmoronamiento del lugar que se tenía. Al nacer
perdemos el estado de paz y seguridad para entrar a un mundo
hostil y solitario. Por suerte, en la mayoría de los casos hay
algunos otros que ayudan para que el golpe no sea tan brutal. Y
esto instaura dos cosas. La primera es que no se puede ser un
humano sin los otros. El mito del hombre solo es nada más que
un mito. Los antropólogos jamás encontraron un humano solo.
Cada vez que se hallan restos de un ser humano que vivió hace
miles de años, al escarbar un poco más, se encuentran huellas de
otros. Somos seres gregarios, necesitamos la cercanía de otros.
Aunque a veces esa cercanía sea la causa del dolor.

En 1851, Arthur Schopenhauer publica Parerga y


Paralipómena, algo así como “Cosas insignificantes y cosas que no
vienen al caso”. Hasta ese momento su obra no había sido
reconocida. Pero aquella colección de ensayos y reflexiones le dio
la fama que buscaba.

43
Por entonces, Schopenhauer era un hombre desencantado de
la vida. Hegel cautivaba multitudes mientras que él era ignorado.
Quiso competir, pero su fracaso fue estridente y se alejó de la vida
académica.
Sin embargo, aquella obra de “pensamientos dispersos”,
maravilló al mundo intelectual de la época. En uno de sus
capítulos, Schopenhauer desarrolla “El dilema del erizo”.

Un grupo de puercoespines se apiñaba en un frío día de invierno


para evitar congelarse calentándose mutuamente. Sin embargo,
pronto comenzaron a sentir unos las púas de otros, lo cual les hizo
volver a alejarse. Cuando la necesidad de calentarse les llevó a
acercarse otra vez, se repitió aquel segundo mal; de modo que
anduvieron de acá para allá entre ambos sufrimientos hasta que
encontraron una distancia mediana en la que pudieran resistir mejor.
Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del
propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas
cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a
apartar unos de otros. La distancia intermedia que al final
encuentran y en la cual es posible que se mantengan juntos es la
cortesía y las buenas costumbres. En Inglaterra a quien no se
mantiene a esa distancia se le grita: ¡keep your distance! (mantenga
la distancia). Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente
no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo
de las púas. No obstante, el que posea mucho calor interior propio
hará mejor en mantenerse lejos de la sociedad para no causar ni
sufrir ninguna molestia.

Al plantear el dilema del erizo, Schopenhauer denuncia la


ambivalencia de los vínculos que establecemos con los demás. La
necesidad de los otros que son, a la vez, imprescindibles para no
morir y potenciales causa de sufrimiento.
Alguien dijo que para apreciar un buen cuadro hay que
ubicarse a la distancia exacta. Demasiado cerca, se ven
imperfecciones de los trazos. Demasiado lejos, se pierden los
detalles importantes. Algo parecido ocurre con quienes nos
rodean. Se dice que a esa distancia justa que permite relacionarse
bien con otra persona, Ortega y Gasset la llamó respeto.

Luis Cernuda fue un enorme poeta sevillano. Amigo de Octavio


Paz, Federico García Lorca, Nicolás Guillén y Juan Ramón Jiménez,

44
entre otros. Homosexual en una época difícil para serlo. Durante
la Guerra Civil tuvo que exiliarse. Más tarde, la victoria franquista
volvió ese exilio permanente.
Cernuda pensó sobre el deseo, el amor imposible, el exilio, la
oposición entre la realidad y el sueño y, por supuesto, sobre la
soledad. Cercano a Schopenhauer, escribió:

Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y


quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue,
ya sabéis, como en los erizos.

El amor es una creación de la humanidad para no morir de


Soledad. Esa Soledad que nos aguarda cuando llegamos a la vida.
Ya hablamos de la relatividad del tiempo. Y la caída no escapa
a esta ley. El lapso que se demora en colocar al bebé sobre el
cuerpo materno es de pocos segundos para los profesionales que
asisten el parto, pero para el cachorro humano es una eternidad.
Un tiempo donde ese bebé está solo, donde no hay nada ni nadie.
No hay red. La adrenalina del trapecista en el aire en una psiquis
sin posibilidad de procesar lo que ocurre. El comienzo del desafío
de vivir.
Escribió Octavio Paz:

Entre nacer y morir transcurre nuestra vida. Expulsados del claustro


materno, iniciamos un angustioso salto de veras mortal, que no
termina sino hasta que caemos en la muerte.

Dijimos que la vida es un breve espacio de existencia que


transcurre entre dos enormes inexistencias. Digamos ahora, que
es el lapso que discurre entre una caída y otra. Y en esa caída
inicial experimentamos por primera vez el precio que debemos
pagar por existir. Ese precio es la Soledad.
Por fortuna, otros solitarios amortiguan la caída. Y el devenir.
Nos espera el amor, que es caricia y puñal, cobijo y dolor. Y lo
erótico que apuntala y anticipa la posibilidad de una vida mejor.
Una vida donde, por momentos, la Soledad (con mayúscula) se
degrade en una simple soledad.

45
EL AMOR

AMAR… O AMARSE

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.

Jorge Luis Borges

¿Por qué ocultarse o huir del amor? Porque dolerá. Y quien


pretenda enamorarse debe estar dispuesto a enfrentar el dolor.
Siguiendo el consejo de Borges, hay quienes se ocultan o huyen.
Otros, en cambio, se animan a vivir la experiencia. Entonces, se
emocionan, tienen sexo, lloran, ríen, se protegen, y a veces, como
los erizos, se lastiman. Porque no encuentran esa distancia justa
que aconsejaba Ortega y Gasset, la del respeto que renuncia a la
completud en un intento por comprender al amado, incluso
cuando la comprensión se dificulta. Pero, vale la pena. Para ganar,
siempre algo hay que perder.
Al principio no tenemos registro. El asombro del
enamoramiento, esa etapa inicial, radica en que el otro es
percibido sin faltas y, por lo tanto, es fácil amarlo. Cualquiera
puede hacer eso. Amar a un ser luminoso, bello y sin defectos es
sencillo. En cambio, alojar su imposibilidad, comprender sus
inseguridades, sus errores, disfrutar de sus logros y aceptarlo
cuando no puede, requiere mucho esfuerzo.
Amar al Otro es inevitable. Amar al otro es un desafío.
Suele decirse que el amor debe sumar. Y es posible que el
amor sume. Pero también resta. Porque requiere un tiempo y una
energía libidinal –afectiva– que antes destinábamos a otras cosas,
a las que ahora debemos renunciar o, al menos, relegar. Y si bien
el esfuerzo compartido, la compañía en el dolor o el placer suman
mucho, el amor también desorganiza nuestra vida. Es preciso que
lo haga. Con el fin de agradar al amado modificamos costumbres
y realizamos actividades que a veces no nos agradan. La vida
pierde el equilibrio anterior –placentero o gozoso– y por un

46
tiempo se vuelve desconocida y caótica. Un caos pasional y lleno
de temores. Porque ha entrado a escena una persona distinta a
nosotros, con sus deseos, inseguridades, gustos y demandas. Al
comienzo, la paz y el amor no van de la mano. Deberá pasar un
tiempo para que la calma traiga el placer amoroso. En el
comienzo, intranquiliza. Conmueve los cimientos de nuestras
creencias y cuestiona lo que creíamos desear. Nos interpela y nos
empuja a cambiar el destino. Quien amó lo sabe.
Cuando compartía junto a Alejandro Dolina el programa radial
La venganza será terrible, una oyente preguntó qué era el amor.
Luego de pensar unos segundos, Alejandro respondió:

Estar enamorado es una porquería, es una basura. Se siente uno


mal, no reacciona inteligentemente, pierde la facultad de especular
porque con toda inocencia toma el corazón y lo deja de propina en
cualquier lado.
En cambio, cuando uno no está enamorado es “vivo”, atrayente,
imaginativo. Especula, se retira a tiempo, avanza cuando tiene que
avanzar. Es brillante. Tiene esa crueldad, esa maravillosa crueldad,
que tanto enamora y que cuando uno está enamorado pierde.
El enamorado dice “voy a ser cruel”, y resulta patético. Ensaya
retiradas que duran cinco minutos al cabo de los cuales llama por
teléfono arrastrándose, como un perro.
Cuando uno está enamorado pierde poder, pierde mucho poder,
del que necesita, precisamente, para enamorar.
De modo que se da esta paradoja: cuando uno más necesita ese
poder no lo tiene, y cuando uno lo tiene, no le interesa tenerlo. O, a
lo mejor, lo usa nada más que para enamorar “giles”, de gusto,
porque sí, para matar el tiempo.

Sin embargo, esa ironía viene de alguien que sostiene –entre


otras cosas– que “la vida vale menos que el amor”.
Dolina tiene razón: cuando el amor es elegido desde el goce es
una “porquería” y puede destruirnos.
Freud comparó al amor con la hipnosis. Esa práctica donde el
$ujeto cede su voluntad a Otro. Así, bajo la influencia del amado,
se ingresa a un mundo donde, en gran medida, la dicha o el
padecimiento dependen de ese Otro que, como el hipnotizador, se
adueña de nuestras decisiones.

47
El amor es una experiencia desafiante que nos incita a resignar
algo que nos pertenece. No hay otra manera de abrazar al amado
más que ceder incluso parte de nuestra soledad para habitar una
soledad compartida.

En 1914, Freud publicó un artículo fundamental para el


Psicoanálisis, Introducción del Narcisismo, en que plantea una
novedad crucial: la existencia de una libido narcisista y una libido
objetal.
Veamos de qué se trata.
Al nacer (caer) somos apenas la piedra dentro de la ostra. Una
suma de zonas erógenas. Por un lado, la pulsión oral y la pulsión
anal; más tarde Lacan hablará de la pulsión escópica (tendencia a
mirar o ser visto) y la pulsión invocante (la búsqueda de la
satisfacción en la voz, más allá de las palabras). Estas pulsiones
se mueven de manera caótica satisfaciéndose cada una con
independencia de las demás. Quien observa un bebé podrá verlo
chupetear. Ese instante en que los labios se besan a sí mismos.
No para alimentarse ni cubrir alguna necesidad. Sólo por el placer
erótico que genera la pulsión oral. En esa etapa llamada
“autoerotismo”, estamos todavía muy lejos del amor. Para amar
será necesario que ocurra “un nuevo acto psíquico”: la
constitución de un objeto totalizado. Y ese primer objeto
totalizado que logramos construir es nuestro propio Yo. Una
instancia que reúne (como puede, de modo más o menos fallido)
esas pulsiones parciales y nos da una sensación (errónea) de
unidad.
En el momento del Narcisismo, la libido (energía sexual) inviste
al Yo y podemos sentir amor. ¿Por quién? Por nosotros mismos.
Luego vendrá la posibilidad de constituir otros objetos totalizados.
El pecho dejará de ser “la teta” para ser “mamá”. Ya no un objeto
parcial que calma el hambre, sino alguien capaz de contener y dar
amor. Freud dirá que más tarde, como si fueran los pseudópodos
que extiende una ameba, la libido narcisista abraza los objetos.
Ahí surge la libido objetal. Y aparece la posibilidad de amar.
Lacan expone lo que ocurre en ese pasaje del autoerotismo
(no Yo) al Narcisismo (Yo logrado), al desarrollar su teoría acerca
del “Estadio del espejo”.

48
Los espejos siempre generaron fascinación. Por eso, muchos
relatos fantásticos los tienen como protagonistas.
Uno de ellos cuenta que, en la legendaria época del
Emperador amarillo, un mítico soberano de la China, el mundo de
los hombres y el mundo de los espejos estaban comunicados y
vivían en armonía. Los seres especulares podían visitarnos y
nosotros a ellos. Pero una noche, la gente del espejo decidió
invadir la Tierra. Fue una batalla despiadada. Finalmente, las
fuerzas del Emperador Amarillo vencieron y encarcelaron a los
invasores dentro de los espejos. Además, como castigo, se los
condenó a repetir cada uno de los actos de los seres humanos,
reduciéndolos a ser apenas reflejos presos de nuestros
movimientos.
La profecía dice que un día los seres de los espejos romperán
el hechizo y se revelarán. Las primeras señales serán tenues, casi
imperceptibles: un color un poco distinto, un dedo que se mueve
algo más lento o una sonrisa con gesto traidor. Tal vez se escuche
un rumor de armas. Hasta que, por fin, los habitantes del “otro
lado” romperán sus muros de vidrio. Pero esta vez no serán
vencidos. Y vaya a saber el castigo que nos impondrán.
Alejandro Dolina se preguntó si en realidad no seremos los
vencidos seres del espejo y, lo que creemos nuestra voluntad, no
es más que la esclava repetición de gestos y decisiones que otros
toman por nosotros.
Una reflexión que nos empuja otra vez al Psicoanálisis.
¿Qué otra cosa son los mandatos, esos deseos ajenos que nos
esforzamos por complacer y a veces nos producen tanto daño?
La necesidad de percibir nuestra imagen fue siempre
irresistible. Algunos dicen que “el demonio habita en los espejos”.
El mito de Narciso relata la fascinación de un joven que se
enamora de su imagen reflejada en el agua. No tenía otra opción.
Antes de la invención de los espejos, todos se miraban en las
superficies de agua quieta. Ante la imperfecta percepción que se
tenía de la imagen propia, la mirada de los otros, su opinión,
definía la fealdad o la belleza.
Recién en el siglo XIII, en la isla de Murano (Venecia), se
desarrolló una técnica que dio origen a los primeros espejos
modernos.

49
¿De dónde surge esa obsesión?
De la importancia que la percepción de la imagen personal
tiene en el desarrollo psicofísico del humano.

Volvamos a Lacan y al “estadio del espejo”, esa experiencia


que el hablante atraviesa entre los seis y los dieciocho meses de
vida.
Como señalamos, durante la etapa del autoerotismo el
cachorro humano se percibe fragmentado. No es más que una
suma de zonas erógenas desorganizadas que no puede controlar
su cuerpo. Lo vemos en los intentos torpes de levantarse o
caminar; cuando toma la mano de un adulto o se aferra a una
silla para ponerse de pie y resbala, o pretende agarrar un objeto
sin conseguirlo.
Estas escenas que despiertan ternura en la familia, frustran al
infante. ¿Qué papel juega el espejo?
Lacan dirá que le anticipa la imagen de un cuerpo “bordeado”,
total, organizado y diferente a los otros. Es decir que esa imagen
es una profecía. Una promesa que prevé una integridad que el
niño todavía no siente. Algo que aún no es, pero quiere llegar a
ser. Y eso lo calma.
Muchas veces preferimos mirarnos en un espejo que estiliza.
Aunque la imagen no sea exacta, aunque haya una distorsión,
refleja aquello que nos gustaría ser. Entonces, como el chico, nos
engañamos por un rato y sonreímos al vernos bien.
El estadio del espejo es una etapa fundamental para la
constitución psíquica, que puede generar graves problemas
cuando se ha dado de manera fallida. Lo vemos en los trastornos
de la alimentación. Por ejemplo, una persona anoréxica que pesa
cuarenta kilos, se ve “obesa”. Desconociendo lo que dicen los
demás, las balanzas y los espejos, deja de comer para bajar de
peso en busca de “una imagen ideal” inalcanzable.
A diferencia del bebé que se alegra ante la figura que le
devuelve el espejo, quien sufre de bulimia o anorexia, se angustia.
Algo falló en el pasaje por esa etapa fundamental.
Lacan da un paso más y lleva esta experiencia a un plano
simbólico donde las personas significativas de nuestra vida
(padres, madres, hermanos mayores, maestros o amigos) –como

50
los otros en la antigüedad–, son también un espejo que indica qué
somos e incluso cómo debemos ser. Percibimos en sus miradas un
deseo: “así te quiero”, lo transformamos en un mandato y nos
esforzamos hasta el sufrimiento por satisfacer ese ideal imposible.
Como los que se angustian con la idea de no ser aquello que sus
padres esperaban, o quienes sienten que no logran satisfacer la
demanda de los que aman.
El deseo es el deseo del Otro.
Como muchas de las máximas de Lacan, la fórmula tiene
distintas interpretaciones. Una de ellas va en esta línea. Miramos a
esos Otros, leemos (de modo errado) lo que desean de nosotros,
y en un esfuerzo por alcanzar su amor procuramos satisfacer esos
deseos a los que ahora volvemos propios.
Los conceptos de “alienación” y “separación” pueden
ayudarnos a comprender mejor esto.

Al nacer, el sujeto humano se encuentra alienado al Otro, es


decir que está “en el Otro”. No le queda opción porque su vida
depende del adulto que lo cuida.

En el gráfico, la “A” representa al Otro (“Autre”, en francés) y


la S a ese cachorro humano que requiere de la asistencia del Otro
para subsistir. Con el paso del tiempo, el infante irá separándose
de a poco en un intento por ser.

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Así se definen tres espacios. Uno pertenece al Otro, uno al
infante, y habrá otra zona común que no es atributo de ninguno
de los dos. En esta etapa, el cachorro humano ya no está por
completo tomado por el Otro, aunque tampoco ha logrado
separarse del todo.
Para que se produzca la “separación” plena, ambos, el Otro y
el Sujeto, deben perder algo de sí. Esa parte que no pertenecía a
uno ni a otro.

Si observamos el gráfico veremos que ahora tanto el Otro


como el Sujeto están “barrados”, atravesados por una barra que
marca una falta. Esa barra implica que ambos han perdido algo,
que la supuesta completud se ha roto y –en este proceso– ha
quedado un resto caído. Lo que Lacan denominará “objeto a”. Un
objeto que ni el Otro ni el Sujeto pueden poseer. Un objeto que
funda la subjetividad humana. A esto nos referimos cuando
decimos que todo no se puede, que la verdad está perdida para
siempre, que nadie podrá completarnos.

52
De esta pérdida surge el deseo. Porque a partir de ese
momento todos vamos por la vida buscando recuperar “eso” que
podría completarnos. Se lo pedimos a nuestra pareja, a nuestra
profesión, a cada uno de nuestros proyectos. A veces, lo pedimos
sin darnos cuenta.
“Me separé porque mi pareja no me completaba”, se queja un
paciente. “Fue un viaje maravilloso, pero…”, dice otro.
El destino de toda ilusión es la desilusión.
Con esa frase, Freud señala que no importa lo mucho o poco
que logremos, el resultado nunca será suficiente. Siempre habrá
una diferencia entre lo deseado y lo obtenido. Porque lo que en
verdad buscamos, sin saber, es recuperar ese objeto “a” que,
como la verdad, está perdido.
Al volver propios los deseos de los demás e incorporar sus
mandatos, de alguna manera se busca el amor de los Otros con la
falsa ilusión de recuperar la completud. Entonces, le exigimos
demasiado al amor. Pero, como hemos dicho, el amor es una
energía finita (libido) que va de nosotros a los objetos. Para amar
debemos ceder una cuota de narcisismo. Y en tanto más libido le
demos al objeto amado (personas, proyectos), menos quedará
para nosotros.
Ya señalamos que el enamoramiento genera un estado
delirante donde el otro es percibido sin fallas. Su apariencia, su
carácter, incluso sus defectos parecen maravillosos. Ahora
podemos explicar la razón de este fenómeno.
La idealización del objeto amado se produce porque toda
nuestra libido ha sido volcada sobre él. Eso lo hace parecer único
y perfecto. Pero el costo de tanta libido objetal es que el Yo se
queda vacío de amor para sí mismo. Es decir, que el amante se ha
quedado sin amor propio. Por eso es común que aparezca la
sensación de ser poco para el otro, o de no ser merecedores de su
amor.
Como con las obras de arte, también en el amor es necesario
conservar la distancia justa. Ni tan enamorado para que el otro
sea imprescindible, ni tan lejos como para no poder amar.
El dilema del erizo.
Es imposible prescindir por completo de los demás, renunciar a
todo amor sin enfermar. De algún modo, los otros son

53
indispensables. Tanto que, por lo general, cuando alguien
manifiesta sentirse solo, está diciendo que no hay otros que lo
escuchen, lo acompañen o lo quieran. Que lo reconozcan.
Alguna vez, un paciente que por su trabajo debía viajar
mucho, me dijo:
–No quiero una pareja para tener sexo, sentirme completo, ni
para cumplir con el mandato social y exponerme ante los demás
sin que nadie me critique. No necesito demostrar que tengo a
alguien y soy capaz de sostener un vínculo. Quiero una pareja
para que me pregunte si llegué bien al hotel. Para que se
preocupe si pincho una rueda o si tengo un accidente en el
camino. Hoy estoy solo. Si me pasara algo, nadie se enteraría,
porque a nadie le importa cómo estoy ni cómo me siento.
En estas circunstancias, la ausencia de otros –pareja, hijos,
padres, hermanos, amigos– nos acerca a la Soledad con
mayúscula.

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LOS INVISIBLES

Las cosas que de veras se comprenden,


las que se pueden entender
con la razón y sentir con el corazón,
son las cosas que uno es capaz de mirar
desde adentro y desde abajo.
Si uno las mira desde arriba,
y si además las mira desde afuera,
no entiende nada.

Eduardo Galeano

Lo que se mira desde arriba y desde afuera no se ve porque la


soberbia y la indiferencia impiden percibir al otro como un
semejante. Alguien debe tener un nombre para que su dolor sea
comprendido. No es lo mismo pensar en “los niños maltratados”
que conocer a uno. Tal vez por eso, se dice que en el Holocausto
no mataron a seis millones de judíos, sino que tomaron a un judío
y lo mataron seis millones de veces. El impacto es mucho más
fuerte. Estremecedor. La estadística deshumaniza porque evita el
reconocimiento. Los números invisibilizan el dolor del $ujeto que
sufre hambre, frío, o queda excluido por la perversión del sistema
en el que vive.
Otra vez Dimensión desconocida. Serie que tanto me gustaba
en tiempos de adolescencia, de preguntas.
Uno de sus capítulos –hablamos alguna vez de él–, cuenta la
historia de un hombre que, por sus delitos, es castigado a sufrir
un año de inexistencia. El proceso consistía en colocar sobre su
frente una marca. Quienes se cruzaban con alguien que llevaba
esa marca debían proceder como si no lo vieran.
Al comienzo, encuentra divertido el castigo. Puede entrar a los
negocios, tomar lo que desea o hacer bromas a la gente porque
nadie reacciona ante su presencia. Pero a medida que pasan los
meses el castigo se vuelve insoportable, y a duras penas cumple
el año de condena.

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En la fecha prevista concurre al juzgado para que le quiten la
marca y promete no volver a romper las reglas. Ha comprendido
que no se puede vivir sin el reconocimiento de los demás. Sale a
la calle y comprueba con alivio que la gente le devuelve el saludo
y le dirige la palabra. Se siente feliz. Otra vez existe. Sin embargo,
mientras camina por la vereda se cruza con alguien que lleva la
misma marca que él portaba hace unas horas. La persona ruega a
los transeúntes que lo miren, que le hablen. Y nadie le responde.
En un momento, el condenado toma al protagonista del brazo y le
implora: “por favor, dígame que me ve”. El hombre se detiene.
Conoce ese dolor. Al percibir su duda, las cámaras robóticas que
controlan las calles se le acercan, le ordenan que siga andando, y
le recuerdan que será castigado si habla con el condenado.
Asustado, el hombre retoma su camino. Pero a los pocos metros
se detiene de nuevo para mirar hacia atrás. El convicto está de
rodillas y llora con desesperación. Al verlo en ese estado el
protagonista recuerda el infierno de la inexistencia, e ignorando
las voces que lo amenazan con un nuevo castigo, va a su
encuentro, lo levanta, lo acaricia y le dice: “Yo te veo”.

Mucho más cerca en el tiempo, la serie sudafricana Invisible


aborda el tema desde una óptica diferente. La actriz Gail
Mabalane encarna a Zenzi Mwale, una mujer que va en busca de
su esposo que debía salir de la prisión. Pero al llegar a la cárcel le
comunican que ya fue puesto en libertad y que se ha ido sin
esperarla. A partir de ese momento, Zenzi comienza una
búsqueda desesperada en la que deberá enfrentar a una peligrosa
organización criminal para descubrir la verdad.
En una de las escenas, alguien debe deshacerse de un arma
que lo compromete y le pide a Zenzi, que trabaja como
limpiadora, que retire el revólver a pesar de la presencia de los
agentes policiales. La mujer le pregunta por qué le encarga un
trabajo tan difícil. Y el hombre le responde que ella puede pasar
ante la vista de todos porque nadie la ve.
Era cierto. Ni los oficiales, ni el resto de los presentes
reparaban en “la mujer de la limpieza”. Para todos, ella era
invisible.

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En mi adolescencia me conmovió la historia de aquel
condenado. Ahora me conmueve la invisibilidad de Zenzi.
Los invisibles son los mirados sin ser vistos. Los escuchados
sin ser oídos. Los que no son reconocidos. Esos que para los
demás ni siquiera tienen nombre.
Se dice que el analista debe tener una buena escucha. Es una
definición escasa. Quien más, quien menos, todos escuchamos. El
médico, el comerciante, los padres, la pareja. Sin embargo, es
común que durante una discusión alguien reproche: “¿Cuántas
veces tengo que repetirlo? ¿Acaso no me escuchaste?”. Es
probable que sí. Pero no lo oyeron. Tal vez una persona viene
diciendo hace tiempo que quiere separarse. O que desea un hijo.
O confiesa que no soporta más su trabajo. Sin embargo, nadie
oye su reclamo. Un reclamo solitario.
La diferencia entre el Psicoanálisis y otras disciplinas es que el
analista no sólo escucha. Además, lee de un modo particular lo
que escucha y, de esa manera, da relevancia a temas que los
demás no oyen. Por eso el paciente se siente menos solo.
Hablamos de la diferencia entre escuchar y oír, entre mirar y
ver. Resaltamos también la importancia de leer más allá de lo que
se dice hasta captar un sentido que a veces desconoce incluso la
persona que habla.
Los dichos contienen decires diferentes. Y, al igual que el
enamorado, todo paciente merece ser escuchado (leído) más allá
de lo que dice. Para eso, es importante que las palabras no nos
confundan.
El analista está presente para que su mirada escuche, para
que sus oídos miren, para que su lectura interprete. De esa
manera da visibilidad al paciente. Ahí aparece el arte del
Psicoanálisis que otorga un valor “Significante” a los gestos, frases
o silencios del paciente. Es decir, lee el significado particular que
cada uno de esos actos tiene para ese hablante. Significado que,
como ya dijimos, a veces emerge bajo la forma de un chiste, un
sueño, un lapsus, un síntoma o un acting out.

El acting out es un grito desesperado que ruega ser oído. Un


mensaje que busca ser interpretado.

57
Muchas veces, una persona que se desmaya, un hijo que se
escapa de la casa o alguien que se emborracha y llora delante de
la gente, lo hace para retomar el camino de la palabra. Es una
protesta por no ser oído. Un intento de que su demanda sea
percibida. Cuando un $ujeto enmudece ante la soledad, es común
que utilice el acting para ser escuchado. Como quien saca la
cabeza del agua e inhala profundo para sentirse vivo. ¿Qué somos
si nadie nos escucha? Nada. En esos casos, el acting surge como
una tentativa de romper ese vacío. Como el sonido de la soledad.
También un paciente puede realizar un acting out.
Lacan dijo que, si un psicoanalista ignora la palabra de un
paciente, no experimentará sino más fuerte su llamado. Es decir
que, cuando no se escucha lo que alguien está diciendo, esa
palabra desoída retornará con más fuerza. En el caso de un
análisis será bajo la forma de un reclamo o un acto impulsivo del
paciente.
En esos casos, el analista debe cuestionar, y cuestionarse, qué
no fue escuchado durante las sesiones para que haya aparecido
un acting out.
El pasaje al acto, en cambio, es un salto al vacío. Una renuncia
a la palabra. El suicidio, por ejemplo, es un acto. Aunque en ese
extremo también cuesta renunciar al otro por completo. Por lo
general, los suicidas dejan una carta, un video, o un último
mensaje. Porque hasta los actos más tremendos están dedicados
a otro. ¿A quién? No siempre a la misma persona. Cada caso es
único.
Recuerdo un paciente que me llamó una mañana desencajado
porque su ex mujer, madre de sus tres hijos, se había suicidado.
Estaban separados desde hacía más de quince años. Sin embargo,
la mujer nunca pudo duelar la pérdida del vínculo y se encerró en
una soledad melancólica que la llevó a perder su profesión, sus
amigos y sus proyectos. Cuando los hijos entraron a su
departamento y la hallaron muerta, encontraron sobre la mesa
una nota que contenía sólo cuatro palabras: “Esto es tu culpa”.
Mi paciente asumía que esa frase le estaba dedicada. Que con
aquel mensaje su expareja lo obligaba a escuchar su dolor. Y él se
reprochaba: “la dejé sola, no respondí, no le hablé más”.

58
En otra ocasión, supervisé a un analista que hacía tiempo
había recibido en su consultorio a una adolescente. Lo primero
que dijo al contarme el caso fue: “no entiendo como esta chica
todavía no se mató”. Decidió que no estaba en condiciones de
hacerse cargo del tema y se comunicó con los padres de la joven
para manifestarles su preocupación. Incluso tuvo algunas
entrevistas y generó un vínculo de confianza con ellos. Años
después, el hombre lo llamó para que lo atendiera. Le contó que
luego de algunos altibajos, su hija había ingresado a la facultad,
estaba en pareja y pasaba por un buen momento. Sin embargo,
un domingo de mañana, cuando menos lo esperaban, se metió en
la bañera y se cortó las venas. Él se enteró porque ella misma le
dejó un mensaje con un encargo siniestro: antes de llevarla al
cementerio, quería que ambos padres despidieran a los demás y
se quedaran algunas horas solos junto a su cajón, sin hablar.

A diferencia del acting out donde alguien pone en juego el


deseo de ingresar a una escena de la que se siente excluido, el
pasaje al acto es una forma de salir de la escena. El suicidio es un
pasaje al acto. Un acto fatal donde alguien se suelta del trapecio
sabiendo que no hay red, y no va a en busca del trapecio que
viene. Decide no hablar más y se entrega a la Soledad final. Pero
sospecho que, de una manera extraña, hay en ese acto fatal un
esbozo de optimismo. La creencia de que más allá no existe el
discurso agobiante que lo tortura. La esperanza patológica de una
calma. Una calma imposible que permita enfrentar las palabras
demoledoras de la melancolía.

***

Como las escenas de Dimensión desconocida e Invisible,


también esas viñetas clínicas revelan la importancia que el
reconocimiento tiene en la vida de todo ser humano. Tanta que
quien no ha sido alojado lo suficiente pierde interés por la vida.
Incluso la propia. Porque es en el amor, la sexualidad, el juego, la
charla o el abrazo que surge la posibilidad de eludir, al menos por
instantes, esa Soledad existencial que nos recorre. La risa, los
proyectos, el placer, el sexo, hasta la discusión o el enojo nos

59
ligan a los demás y generan encuentros que a veces son
agradables y otras, conflictivos, pero que al menos no son el
vacío. Esa Soledad que se parece tanto al goce. Un concepto del
que nos hemos ocupado extensamente en ensayos anteriores.

Recordemos de qué se trata.


En 1960 Jacques Lacan desarrolló la oposición entre los
conceptos de goce y placer. El principio de placer es una norma
que nos ordena gozar lo menos posible, porque el goce
desmesurado resulta insoportable. Sin embargo, de manera
inconsciente, todos buscamos transgredir esa norma sin entender
que más placer no es placer, es dolor.
En La Felicidad, dijimos que el goce aparece cuando la
excitación psíquica aumenta más allá de lo soportable. En cambio,
el placer surge cuando la excitación disminuye. El placer tiene un
límite, el goce es desmesurado. Es decir que, lejos de ser
sinónimos, placer y goce se excluyen. Donde hay placer no hay
goce. Donde hay goce no hay placer. O hay placer que lastima.
Como Kalis, la famosa espada filipina, el goce tiene dos filos.
Es al mismo tiempo agrado y sufrimiento. Parece contradictorio.
Sin embargo, lo vemos a diario en el “placer doloroso” que alguien
encuentra en los síntomas de los que se queja. “No puedo dejar
de fumar”, dice con un cigarrillo en la mano. “No aguanto más
esta vida. No veo la hora de separarme”, pronuncia quien vuelve
todos los días con su pareja. El goce representa la paradoja que
se da cuando alguien disfruta y sufre al mismo tiempo. Goza
quien saborea su padecimiento.
¿Por qué cuesta tanto abandonar comportamientos tan
destructivos como fumar o estar en una pareja sufriente? Porque
hay una satisfacción masoquista en jugar con el límite e ir más
allá del principio del placer. Lo saben los jóvenes que realizan una
“picada” a doscientos kilómetros por hora en una autopista, las
personas que practican bungee junping o quienes “disfrutan” del
vértigo en riesgosas montañas rusas.
Existen asimismo soledades gozosas. Soledad del depresivo,
del melancólico, del narcisista, del adicto. Y nadie puede
experimentarlas sin pagar un precio alto: devastar su equilibrio
emocional.

60
A veces, para enfrentar esas soledades a las que invita el
goce, necesitamos la presencia de los demás, siempre y cuando
esos otros no nos lastimen. Cuando los otros son calma, cuando
los otros no duelen, el amor amortigua un poco la Soledad
existencial. Quizás sea la herramienta más potente para
combatirla.
No tengo una mirada ingenua sobre el amor. No todos los
amores merecen ser vividos. También hay amores gozosos. El
amor del posesivo, del celoso, del manipulador. Por suerte, cuando
los enamorados se esfuerzan y renuncian a hacer de dos uno,
cuando entienden que un vínculo sano es producto del encuentro
de dos solitarios que construyen un espacio donde la soledad
duele un poco menos, el amor puede transformarse en un buen
lugar. Un lugar que no es “de ti” o “de mí”, sino “de sí”. Un amor
que no se tiene, se vive.

Escribió Alfredo Zitarrosa:

Solos y juntos, como en el monte los árboles,


crecerán tu amor y el mío.
Solos y juntos, como dos árboles más.

“Tu amor y el mío”. Amor entre dos personas distintas


dispuestas a crear un espacio compartido que tiene un poco de
cada una de ellas, y mucho de una existencia propia. Algo que
ninguno de ellos podría construir con nadie más. Amor que abraza
al otro, no por ser parte de uno sino, precisamente, por ser otro.
Un solitario como nosotros. Como dijo Rilke, se trata de dos
soledades que se protegen, se limitan y se inclinan hacia la otra. Y

61
se rozan en un encuentro que, aunque compartido, no deja de ser
solitario.
Amor que no excluye nuestra soledad. La acompaña con una
soledad ajena que a veces nos alumbra y otra nos ensombrece.

En su escrito “Sobre el sentimiento de soledad”, la


psicoanalista Melanie Klein, dice:

Por sentimiento de soledad no me refiero a la situación objetiva de


verse privado de compañía externa, sino a la sensación interna de
soledad, a la sensación de estar solo, sean cuales fueren las
circunstancias externas, de sentirse solo incluso cuando se está
rodeado de amigos o se recibe afecto.

Silvia Bleichmar, psicoanalista de niños, asegura que se trata


de una afirmación extraordinaria, porque

…está dando cuenta de un sentimiento de soledad irreductible a la


presencia del otro, donde el otro, más que acompañar, está al lado.

Y ejemplifica con una de sus “pacientitas”.

Ella me lo dijo en una circunstancia en la que de noche no podía


dormir y la mamá se quedaba al lado de su cama, y yo le dije: “Pero
tu mamá se queda al lado tuyo”. Y me dijo: “Sí, pero ¿vos no
entendés la diferencia entre estar al lado y estar juntos?”. Fue
extraordinario lo que me dijo. Bueno, el sentimiento de soledad tiene
que ver precisamente con esto, con que se puede estar al lado sin
estar junto al otro.
[…] se puede tener relaciones sexuales y, sin embargo, sentirse
profundamente solo.

Comte-Sponville sugiere que todo amor es una experiencia


solitaria. Y así como nadie puede nacer o morir por nosotros,
tampoco nadie puede amar por nosotros.

Lo que vives con tu mejor amigo, lo vives solo: él vive otra cosa. Dos
orgasmos, incluso simultáneos, no dejan de ser dos. ¿Cómo vivir lo
que el otro vive? ¿Cómo sentir lo que el otro siente o experimentar lo
que el otro experimenta?

62
Según el filósofo francés, esto no es un impedimento para
amarse. Aunque derriba la ilusión de que el amor podría poner fin
a la soledad.

Hay que ser dos para amarse, al menos dos, y ni siquiera el amor
sería capaz de eliminar esta pluralidad que él mismo supone.

Lacan dijo que se vive porque se goza.


También se vive porque se ama.
Sin completud. Con altibajos. Con momentos sublimes y
difíciles. El amor es una experiencia compleja, pero indispensable.
Todo hablante requiere amor. A uno mismo. A los demás. No
es indispensable que se trate de una relación de pareja. Basta con
que sea un amor que sostenga, que acompañe, que no pretenda
devorarnos, que no hiera, que no enferme. Un amor que aloje.
Como el cuerpo de esa madre que recibe a su hija, el abrazo de
un abuelo a su nieto, el gemido del amante o las palabras de un
amigo.
Escribió Dolina:

El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Uno no


está casi en ninguna parte. Sin embargo, en medio de las infinitas
desolaciones, hay una buena noticia: el amor.

Es cierto. El universo es una perversa inmensidad. Porque lo


inunda el odio, el olvido, el desamor y la muerte. Además, está
lleno de ausencias. Sueños que no fueron realidad, hogares
transformados en taperas, o abuelas cuyo recuerdo lucha contra
el tiempo. Pero el amor sigue siendo la buena noticia. Porque
promete incomodidades, desafíos y alivios que justifican la vida.

SOLEDADES ALUMBRADAS

Cuando mi hijo era chico, yo acostumbraba a leerle un cuento


cada noche. Al terminar, le daba un beso y me despedía. Antes de
retirarme del cuarto, él me pedía que le dejara encendido el
velador. Lo hacía sentir seguro. Como si esa luz tenue fuera una
metáfora de mí mismo.
Retomo a Silvia Bleichmar:

63
“Una vez oí –dice Freud– desde la habitación vecina, exclamar a un
niño, que se angustiaba en la oscuridad: ‘Tía, háblame, tengo
miedo’. A lo que esta respondió: ‘Pero ¿de qué sirve que hable si no
puedes verme?’; y respondió el niño: ‘Hay más luz cuando alguien
habla’.” Este ejemplo, que es precioso, y que
–como les decía– todos lo conocemos de Inhibición, síntoma y
angustia, da cuenta de cómo es la voz lo que genera luz, cómo es la
voz lo que produce la sensación de acompañamiento.

La voz de aquella tía, como la lucecita que yo dejaba prendida


a mi hijo, aplacaba el miedo a la soledad.
Existe una figura retórica que consiste en utilizar una parte
para representar el todo. Una síntesis que toma algo de un objeto
para aludir al concepto u objeto total: la sinécdoque.
En “El hombre de la esquina rosada”, Borges dice:

…llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz.

Un golpe y una voz como representación de una persona.


La voz, la mirada, son también los otros. Por eso, en
momentos difíciles, extrañamos “la palabra” de alguien. Y nos
angustia la sensación de que con el paso del tiempo se nos vaya
borrando esa voz. Por suerte, las voces queridas dan batalla al
olvido. Voces que más que aludir a un ser querido, son emblemas
de su amor. Un amor que no es perfecto, que no completa, pero
alivia. Un amor que cabe en un abrazo, en una voz.

Me veo una vez más en el campo de mi infancia donde mi


padre emigró en busca de empleo. Yo solía acompañarlo.
Él trabajaba de siete de la mañana a cinco de la tarde.
Durante esas horas yo andaba libre por aquella estancia de tres
mil quinientas hectáreas. Iba a la laguna, al monte, o me sentaba
en la tranquera a mirar los animales. Solo. La pampa húmeda es
solitaria. Por eso sus milongas lentas, sus vidalas tristes. Una
soledad inmensa donde a veces, como poetiza Atahualpa
Yupanqui, la única compañía es la propia sombra.

A veces sigo a mi sombra


a veces viene detrás.

64
Pobrecita, si me muero,
con quién va andar.

Ahí aprendí a amar el silencio. Pero una vez tuve una


sensación aterradora. Había salido a caminar sin tener en cuenta
que en invierno anochece temprano. En el campo la noche llega
rápido. No existe ese atardecer donde el sol se oculta lento, como
el ritmo de las milongas pampeanas. Y aquella vez llegó de
repente. No había una sola estrella y me encontré perdido en un
espacio oscuro. Y sentí la soledad en medio de un silencio apenas
interrumpido cada tanto por el grito de un chajá. Y tuve miedo.
Porque no importa dónde mirara, todo era una gran pared negra.
Hasta que después de un tiempo que pareció eterno, vi de lejos
una luz que se movía. Era mi padre. Consciente de que me había
extraviado, salió con el “sol de noche”, aquella lámpara a gas con
que nos alumbrábamos, y la movía de un lado a otro, como si se
tratara de un faro que me indicaba el camino de regreso. De
inmediato desapareció la angustia. Porque aquella luz era también
una metáfora de la protección paterna que señalaba que ya no
estaba solo.

El miedo y la soledad suelen ser compañeros de viaje. En


especial cuando anticipamos la llegada de una soledad sufriente.
Entonces, surge la angustia como presagio o amenaza: “te voy a
dejar”, “no vas a volver a verme”, o, como ocurría con mi hijo,
“ahora que papá se va, vas a quedarte solo”. Y aparece el terror
frente a la indefensión que provoca saber que no hay red para
contener el salto.
Hace poco leí acerca de un experimento realizado con
personas que estaban a punto de morir.
Se pidió autorización a los familiares para colocar electrodos a
los agonizantes con el fin de observar qué ocurre en el cerebro de
una persona en el momento de la muerte.
Es un ensayo en etapa inicial y, por ende, con muy poco rigor
científico dado que se trata de muestra escasa. Aun así, veamos
sus resultados.
En el 50% de los casos, se comprobó que, lejos de apagarse
por la falta de oxígeno, el cerebro se defiende y genera sustancias
que le hacen experimentar una sensación de bienestar. Sustancias

65
que dirige a la zona donde están los recuerdos. De ese modo
surgen vivencias alucinadas. Al parecer, el cerebro se protege de
la oscuridad evocando la luz y de la soledad rescatando de su
memoria los afectos. Es decir: a los otros.
Esto podría explicar las percepciones que evocan quienes
fueron reanimados luego de una muerte breve. Es común que
manifiesten haberse encontrado en pasillos luminosos con
personas queridas que venían a buscarlos, o incluso con ellos
mismos que se miraban desde la altura.
Aunque el experimento es incipiente, asombra como, ante el
miedo que genera lo inevitable, nos aferramos hasta el último
instante a los demás en un intento denodado por evitar la
soledad.
Miedo ante la llegada de una soledad sufriente. Tanto como la
del desamor, la desprotección o el desarraigo. La de las
despedidas y el desamparo. La del olvido. Soledades que dan
temor porque nos dejan frente a un vacío lleno de recuerdos. Pero
sin la presencia de aquellos que los alimentan.

Roberto era un paciente que lloraba por el abandono de su


pareja.
La mujer se había enamorado de otra persona, y en medio del
llanto, lo único que decía era: “cuánto la voy a extrañar. No voy a
poder”.
Mi paciente también compartía la emoción anticipada de Eladia
Blázquez: qué largo sin vos será el camino.
No había encono en sus palabras. No estaba enojado por el
engaño. Pero sufría la angustia por la vida que le esperaba. Una
vida sin ella. Y una certeza aterradora: “no voy a poder”.
Esa es la soledad indeseada.
La soledad que angustia.

Definimos la angustia como una emoción anticipatoria que


prepara a la psiquis para que pueda enfrentar un golpe emocional.
Una señal de alarma que surge ante la presencia de lo incierto. Y,
como la vida es incierta, no es extraño que la angustia nos visite
con frecuencia.

66
La Soledad abre un abismo de incertidumbre donde no
sabemos qué esperar. Por eso angustia. Porque hace presente un
espacio sin palabras. Y en el mundo de los humanos, si no hay
palabras no hay nada.
Quedarnos sin palabras es habitar la angustia en el mayor
grado de soledad.
El secreto de sus ojos es un film en que conviven historias
diferentes. Una de ellas es la de un hombre al que asesinaron a su
esposa. Y ante la ineficacia policial, decide hacer su propia
búsqueda. Pasa horas en las terminales de los trenes y recorre las
calles esperando encontrar al homicida. Está solo. Angustiado. Esa
pesquisa es el único motor de su vida. Lo que llena su soledad
vacía.
Un día le comunican que el asesino fue arrestado. El hombre
se inquieta y pregunta cuál será el castigo. La respuesta lo alivia:
“cadena perpetua”. Sin embargo, por contactos con la dictadura
militar de ese entonces, el homicida elude la justicia y queda libre.
Hasta que un día desaparece y nadie sabe nada más de él.
Muchos años después, el oficial del juzgado que había
trabajado en el caso, visita al esposo en su casa de campo. Lo
encuentra viejo. El hombre le cuenta que terminó resignado ante
la fuga del homicida. No podía seguir aferrado a una venganza
imposible. Cuando el oficial está por irse, decide inspeccionar el
lugar y descubre un galpón viejo. Ahí está el asesino encerrado en
una jaula.
Al verse descubierto, el marido lo mira a los ojos y lo increpa:
“usted dijo cadena perpetua”.
Antes de retirarse, el oficial escucha la voz del prisionero que
le ruega: “dígale que me hable”.
Una escena feroz. Aquel esposo enloquecido por el dolor había
dado al asesino la peor condena: lo dejó sin palabras. En la
soledad más brutal que un ser humano puede afrontar. Porque
cuando el vacío aparece nos quedamos sin metáfora, sin
proyectos, sin los otros del amor. Y, como a la protagonista de la
película Interstellar que luego de viajar años luz en busca de un
mundo habitable termina sentada sobre un planeta desierto, así la
Soledad nos desierta el alma.

67
Sin embargo, hay soledades necesarias. Aunque no estén
ausentes de temor. El miedo atemperado de quien comprende que
requiere estar solo. El temor de Julio, mi paciente psiquiatra,
cuando rechazó la propuesta de su exmujer para volver a estar
juntos. Un temor soportable, porque se trata de una soledad
elegida. No de un exilio impuesto sino de una retirada voluntaria.
Una experiencia donde se tiene decisión y algún control sobre lo
ausente. Un ingreso deliberado a la soledad. Ya no es el padre
quien decide apagar la luz, sino el chico que le pide que lo haga.
Un detalle fundamental, porque ser protagonista de la elección
amortigua la caída. Quien puede elegir deja de ser rehén. Incluso
de sus soledades.

68
ISLA II

Hace rato que fija la mirada en la imagen del libro de arte que
está sobre la mesa.
Dudo si servirme una copa más de Sirah. Me gusta la
conversación con esa compañía. Me reprimo un instante. Me
arrepiento al siguiente y la copa vuelve a oscurecerse.
–Disculpe. No quisiera perturbar su concentración –le digo.
–¿Y por qué lo hace, entonces? –Sonríe y señala la obra–.
Imagino que la conoce.
–Sí. Hace tiempo visité el Vaticano y tuve la posibilidad de
entrar en la Capilla Sixtina.
–¿Cómo le fue?
–Una pregunta difícil de responder. Decirle que me gustó sería
insuficiente. La palabra “emoción” tampoco alcanza a describir lo
que sentí.
–Cuénteme –me invita.
–Me recosté en uno de los bancos y me quedé mirando el
techo durante casi una hora. Estaba hipnotizado. No podía creer
cómo alguien pudo generar tanta belleza.
–No fue fácil –se pone de pie. Toma otro libro de la biblioteca
y da vuelta las hojas hasta que encuentra lo que busca–. Según
Marcel Brion, un día como hoy, un 10 de mayo, Miguel Ángel trepó
por los peldaños de su andamio por primera vez. Empezó en 1508
y permaneció en él los siguientes cuatro años para pintar ese
techo. ¿Sabe qué fue lo primero que hizo?
–No.
–Pelearse con sus ayudantes.
–¿Por qué?
–Porque le molestaba su presencia. Tenía en mente una obra
majestuosa y todo el que se acercaba a mirar o hacer comentarios
interrumpía sus meditaciones. Escuche lo que dice Brion sobre
Miguel Ángel:

69
Necesitaba estar solo, solo con el techo desnudo.
Los hombres que iban y venían haciendo crujir las planchas de
madera bajo sus pies lo exasperaban. Había comprendido
rápidamente cómo trabajaban. Podía prescindir de ellos… no hacían
más que estorbarle. Que se fueran.

–¿Los echó? –le pregunto.


–No abiertamente. No quiso lastimarlos. No se olvide que se
trataba de amigos. Artistas. No era fácil explicarles que necesitaba
estar solo.
–¿Entonces, qué hizo?
–Según Marcel Brion:

Miguel Ángel tomó la gran resolución de los tímidos, que parecen


brutales a fuerza de ser delicados.
Una mañana, a la hora de reanudar el trabajo, los pintores se
encontraron con la puerta de la capilla cerrada. Francesco Granacci,
uno de sus discípulos, que conocía desde la niñez el carácter de
Miguel Ángel, les explicó lo que pasaba.
Respetando este capricho, se alejaron, cobrando lo que se les
debía y se marcharon a Florencia.

–Al menos lo entendieron –agrego.


–No todos. Uno de ellos, L’ Indaco, protestó. Pero los demás
habían comprendido. Miguel Ángel no quería testigos mientras
creaba.
–Era su momento sagrado.
–Así es –sigue leyendo.

El demiurgo estaba solo frente a las criaturas que iban a nacer. [...]
Solo ante la atracción de esta enorme superficie desnuda, de este
desierto que había que poblar de personajes. Una soledad que para
cualquier otro humano hubiese sido insoportable, pero que Miguel
Ángel consideraba necesaria.
La creación: la soledad con un mundo que había que habitar
desde la mismísima nada.

–La Soledad de Dios antes de la creación. Lo entiendo –me


interroga con la mirada–. ¿Sabe cuál es el momento más soñado
de un concertista? “El solo”. Ese instante en que la orquesta
enmudece y, como el nombre lo indica, el ejecutante queda solo

70
ante una paradoja. En un viaje introspectivo y expositivo a la vez.
Y desde esa soledad despliega su arte para el disfrute de los
demás. Es la parte del concierto en que más riesgo corre. En que
puede brillar o fracasar. Y también es un momento donde está
expectante porque ahí obtiene, o no, el reconocimiento del
público.
–¿No es demasiado? –le pregunto.
–Le aseguro que no. Como quien pierde un sueño amoroso, el
músico tiene que hacerse cargo de su soledad. Y debe enfrentarla
sin auxilio. Porque, a pesar de la multitud, no hay nadie que lo
ayude a sostener su dignidad ante la posibilidad del fracaso.
Imposto la voz y recito:

Multitud. Soledad. Términos iguales y convertibles para el poeta


activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe
estar solo en una multitud ajetreada.

Al instante, reconoce la cita.


–Baudelaire… –me dice–. Me dejó pensando. Debe ser difícil
estar ahí, delante de tanta gente, y sin embargo frente a la nada.
–Requiere valentía, sí. Pero no es la nada. Se está más vivo
que nunca. La anestesia produce “nada”. Estar anestesiado es
impactante. No hay sueños, no hay pensamientos ni emociones.
Por eso la gente le tiene tanto miedo. Porque en esa soledad hay
“nada”. Es un anticipo de la Soledad profunda y última. La
Soledad desconocida. Quien la vivió, lo sabe.
–Todos transitamos soledades en la vida.
–Sí. Pero habitadas de miedos, de rabia, de ilusiones,
resentimientos o esperanzas. Soledades que atravesamos
sabiendo que, por mucho que duelan, no son la Soledad abismal.
La última.
Casi sin darme cuenta vacié la copa. Me sirve un poco más,
como si me invitara a seguir.
–Sospecho que algo debe saber de esto –insiste.
–¿Por qué lo dice?
–Usted también es músico.
–Apenas guitarrista.
Aclara la garganta y recita una vez más:

71
Y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz.

¿Por qué la noche es tan larga?


Guitarra, dímelo tú.

–Es cierto. También la guitarra esconde respuestas –pienso en


la estrofa que citó–. Amo esos versos de Atahualpa Yupanqui.
–Lo sé. Cuénteme algo de su vínculo con la guitarra.
–La verdad es que he sido un poco ingrato. Me introdujo a la
música, me enseñó, me dio placer, y me permitió lograr cosas que
ni siquiera me atreví a soñar. Sin embargo, la tengo olvidada.
–Horacio Ferrer contaba que “Mi noche triste” es el primer
tango canción. Allí hay una guitarra solitaria, tan solitaria como la
suya.

La guitarra en el ropero,
todavía está colgada.

Nadie en ella canta nada,


ni hace sus cuerdas vibrar.

–Tengo entendido que usted se pagó los estudios de psicólogo


trabajando de guitarrista –continúa.
–Sí. Pero eso no es lo más importante que la guitarra hizo por
mí. Mucho antes, cuando era chico, me dejó jugar con la ilusión
de ser un gran músico. Pocas cosas quise tanto en mi vida. Entre
los seis y los catorce años, lo único que deseaba era estar en mi
casa tocando la guitarra. Solo. A veces, mi madre me sacaba del
cuarto y me ordenaba que saliera a la vereda para jugar con otros
chicos. Pero yo no quería. Lo único que deseaba era estudiar
música.
Dudo unos segundos.
–¿En qué se quedó pensando?
–Me da vergüenza.
–¿Conmigo?
Sonrío.
–¿Sabe? Con los años fui perdiendo aquel sueño. Había que
vivir de algo. Y tras algunos fracasos artísticos apareció la

72
psicología. Mi segunda pasión.
–Tan mal no le fue.
–Tiene razón. Pero nunca renuncié del todo a esa ilusión. Es
más, ya de grande, tendría cuarenta y pico, quise abordar un
aspecto de la música que desconocía. Necesité comprender cómo
funcionaba y me dispuse a estudiar armonía y composición. Pero
de verdad. Con el mejor. Y así conseguí el contacto del Maestro
Virtú Maragno. Uno de los más relevantes de la música argentina.
–Virtú. Qué nombre más conveniente.
–Y justo.
–¿Lo llamó?
–Después de un tiempo. Al principio tuve miedo.
–¿Por qué?
–Me dio temor exponerme. Había estado en contacto con la
música toda mi vida, pero no con ese nivel de exigencia. Hasta
que un día me decidí y lo llamé –sonrío.
–¿Qué piensa?
–Todavía recuerdo nuestro primer diálogo:

–Hola, por favor con el maestro Maragno.


–Sí, él habla.
–Mucho gusto, mi nombre es Gabriel Rolón –silencio–. Lo molesto
porque quisiera tomar clases con usted.
–¿Qué edad tiene?
–Cuarenta y dos.
–Es muy grande –dijo con parquedad–. ¿Y dónde se recibió?
–En la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
–Hablo de música –le respondí. Y él continuó con el
interrogatorio–. ¿Y qué instrumento toca?
–Guitarra.
–¿Piano?
–No.
–Pero, qué cosa. No tiene una a favor –manifestó con disgusto–.
Hagamos lo siguiente. Véngase a mi casa, tráigame algo de lo que
haya compuesto, lo miro y conversamos.

–Imprimí unas pocas partituras como pude y fui a verlo. Al


llegar me encontré con un hombre serio, formal, con una voz y
una presencia impactantes. Se sentó en un sillón frente a mí y me
pidió que le diera mi trabajo. Le acerqué la carpeta y fue pasando

73
las hojas con gestos de contrariedad. A medida que las miraba,
las arrojaba a un costado. Y ahí estaba yo. Solo con mi angustia
frente a este hombre que sabía de mi sueño todo lo que yo
ignoraba.
–¿Angustia? ¿Por qué?
–¿Cómo por qué? La soledad de quien está siendo evaluado es
inmensa. Tal vez el temor a lograr lo soñado. Como si algo nos
anticipara la desilusión de comprobar que en verdad no
deseábamos “eso” que creíamos desear. O peor aún, la creencia
de que no somos merecedores del logro. Y el miedo ante la
exposición a la mirada de los demás. Desconocidos que con sus
aplausos o silencios alivian o torturan nuestro amor propio.
¿Nunca dio un examen? ¿Jamás fue a una entrevista laboral? ¿No
dijo alguna vez “te amo” y se quedó a la espera del tan deseado
“yo también” con la esperanza de que el afecto sea
correspondido? ¿De un gesto, una palabra o alguna señal para no
sentirse tan solo, para alimentar esa porción de narcisismo que se
pone en juego en cada acto de la vida? Volviendo. Cuando el
Maestro terminó, todas mis partituras estaban esparcidas por el
suelo. Me miró fijo y sentenció: “Usted no sabe nada”.
–Por lo menos fue sincero.
–Sí. Al escucharlo, le agradecí por su tiempo, junté las hojas
del piso donde también había quedado esparcido mi amor propio,
y encaré para la puerta.

–¿Qué hace? –me dijo.


–Me voy. No quiero molestarlo más.
–No. Siéntese que le voy a decir algunas cosas.
La primera: usted no sabe nada de armonía, y de composición,
menos. La segunda: es demasiado viejo. La tercera: toca guitarra, y
es muy difícil componer si no maneja el piano, porque ahí está toda
la orquesta a disposición. Y la cuarta, la más importante: a pesar de
su enorme desconocimiento, usted tiene una gran intuición musical.
La escucho en su obra. Escondida detrás de sus torpezas. Y me
gustaría ayudarlo. Pero, antes, tenemos que hacer un acuerdo –me
clavó la mirada–. Usted no tiene tiempo que perder porque es muy
viejo para empezar en esto. Y yo tampoco, porque tengo cáncer y
me estoy muriendo. Si se compromete a estudiar de verdad, tres o
cuatro horas por día, a venir dos veces por semana y no dejar nunca
de hacer los ejercicios que le indique, estoy dispuesto a enseñarle.

74
–Por supuesto –acepté de inmediato sin salir de mi asombro.

–Se puso de pie, me dio un apretón de manos y agregó:


“Vamos a empezar de cero. Por el canto gregoriano”. Y así, una
vez más, renació el sueño. La aventura de dos solitarios que
tenían poco tiempo y utilizaron la música como puente ante lo
infranqueable.
–Me gusta que lo haya vivido así. Como una aventura.
–Una de las últimas de mi vida. La más grande, la más
soñada. La ilusión de poder alguna vez dirigir una orquesta.
–¿Y cómo le fue? –se interesa.
–Muy bien. Estudié un año de canto gregoriano, otro de
música modal, y más tarde abordamos la música barroca. No
podía creerlo. Estaba entendiendo a Bach. Componía fugas a
cuatro voces. ¿Cómo me había perdido todo eso durante tanto
tiempo? Y otra vez: no quería hacer otra cosa más que estudiar.
Volvía del trabajo y me ponía a analizar obras, a componer. No
deseaba ver a nadie.
–No quería que lo molestaran.
–Como Miguel Ángel.
–Como Gustav Mahler –lo interrogo con la mirada–. Mahler
solía pasar los veranos en Toblach, una comuna del Tirol del Sur,
en Italia. Todos los años alquilaba una casa a la familia Trenker, y
cada mañana, a las seis en punto, desaparecía entre los árboles y
se perdía en el bosque. ¿Sabe qué hacía?
–No.
–Había hecho construir una cabaña en medio de la espesura
donde pasaba el día entero haciendo música. Como usted, no
quería ser interrumpido por nadie. Ni siquiera por su esposa.
–Un refugio solitario.
–Sí. Y para garantizarse esa soledad, a un kilómetro a la
redonda, colocó una valla de un metro y medio de altura.
Un día, dos hombres saltaron la valla y le golpearon la puerta.
Mahler se disgustó tanto que reforzó el perímetro con alambre de
púas.
Nadie debía perturbar su necesidad de soledad para la
creación.
–Lo entiendo. Recuerde lo que dijo Picasso:

75
Nada puede surgir sin soledad.
Yo me he creado una soledad
que nadie es capaz de imaginar.

–Yo no vallé mi casa, pero busqué, como pude, un espacio


para mi soledad.
–La soledad más placentera de su vida.
–Sí, una soledad interrumpida por Bach, Mozart o Beethoven.
Se queda pensando.
–Ahora que nombró a Bach me vino un recuerdo.
En 1717, Bach quería dejar su puesto como organista y
concertino de la corte del duque en Weimar, para asumir un cargo
mejor como maestro de capilla al servicio del príncipe Leopold.
Pero al duque de Weimar no le gustó esa decisión y, como
represalia, lo hizo encarcelar durante casi un mes.
Se dice que, lejos de quedar inactivo, en ese encierro Bach
compuso la primera parte de El clave bien temperado, una
colección de preludios y fugas que cambiaron para siempre la
forma de hacer música en Occidente. Una obra monumental
nacida de la soledad. Porque en ciertas soledades, como en las
ostras, pueden encontrarse algunas perlas.
–Pensar que analicé esa pieza en mis clases con Maragno.
–Cierto. ¿Y cómo siguió su historia con el Maestro?
–En un momento, junté valor y le pregunté si pensaba que
alguna vez yo podría dirigir una orquesta. Me respondió que sí.
Que no faltaba tanto. Y entonces volví a soñar. Como cuando
tenía seis años e iba a mis clases de guitarra. Incluso tuve un
quiebre vocacional. Me recuerdo en el diván de mi analista
diciendo que iba a dejar de atender. Sólo quería componer,
analizar conciertos, sinfonías, y prepararme para dirigir una
orquesta.
–¿Y qué pasó?
–El Maestro se puso mal. Lo internaron. Yo iba a visitarlo una
vez por semana, en el horario de nuestras clases. A pesar de su
estado, me exigía que llevara mi trabajo al hospital. Apenas
llegaba, me pedía que encendiera la luz, le pusiera las partituras
frente a sus ojos y deslizara las hojas para que él pudiera
corregirlas.

76
–Ahí –señalaba– en el tercer tiempo del compás dieciocho tenés un
error. Va a sonar mal. Revisalo.

–Yo lo revisaba y aprendía un poco más.


Cuando Maragno comprendió que le faltaba poco tiempo para
morir, me rogó que no abandonara el estudio.

–No llegué a prepararte –se lamentó–. Pero estás muy, muy cerca.
No te rindas.

–Al escucharlo, sentí que estaba por alcanzar aquel sueño


antiguo que había revivido hace unos años. Pero también me sentí
solo de nuevo, como cuando era niño. Porque el maestro se iba y
yo perdía la mirada de ese objeto de amor que nos empuja a
seguir. Cuando sucede algo de esto, cuando nos quedamos sin el
otro del amor, nos invade una soledad que se llena de fantasmas
y puede hacernos tropezar, o desistir. Sobre todo, puede diseñar
nuestro propio fracaso. Como pasa con esos padres, madres o
cuidadores que no nos ayudan a seguir un deseo cuando somos
chicos, o cuando surge alguna desaprobación por parte de un
maestro, un jefe o un ser amado sobre algo que nos tomó mucho
esfuerzo, o cuando escuchamos frases o palabras que degradan lo
que hacemos y nos van sacando el valor para continuar. Ahí
aparece la soledad fantasmal y por ende el abismo. La angustia
que nos impide seguir porque sentimos que lo que hacemos no
sirve, no gusta, no enamora. Esa soledad es el infierno. Es la
soledad que nos quema los sueños y el destino. Porque, aunque
más adelante logremos algunas cosas (parejas, hijos, negocios,
bienes, algún tipo de brillo fálico) siempre quedará en nuestra
memoria y en las palabras que acompañen nuestras soledades
futuras, aquella soledad infernal de no haber sido aprobados o
estimulados a tiempo para poner en marcha una ilusión –tomo un
trago de vino antes de seguir–. ¿Sabe? Con el maestro teníamos
una conexión muy especial. Después de esos años compartidos
habíamos aprendido a querernos. Gracias a la guitarra llegué
hasta él sabiendo solfear y leyendo en las distintas claves. Y a
veces soy ingrato, y paso más de un año sin tocarla. En ocasiones
me pregunto por qué intento tozudamente tocar algo mal en el
piano si podría tocarlo bien en la guitarra. Porque ese es mi

77
instrumento. Aunque no tiene toda la orquesta incorporada, como
decía Maragno.
–No. La guitarra es más íntima. Tiene esa soledad que conoció
en el campo. La soledad de esas tardes de chico cuando soñaba
con ser músico sentado en la tranquera. Tal vez por eso evita
volver a ella.
–Tiene razón. Llegó a mí cuando era un chico y me sentía muy
solo… y me salvó.
–¿De qué? –pregunta.
–Desde el momento en que descubrí la música no volví a estar
solo nunca más. Mi vida se llenó de notas, ritmos, acordes y
melodías. Y esa soledad temida se volvió una soledad deseada. Y
llegaron Serrat, Mozart, Silvio Rodríguez, Bach, el bandoneón de
Astor, la voz de Mercedes Sosa. Las figuras que acompañaron mi
niñez.
Asiente.
–Entonces, no sea desagradecido. Vaya a buscar la guitarra y
regáleme alguna melodía que acompañe nuestro brindis.

78
SOLEDADES RECLAMANTES

Por las noches la soledad desespera.

Suárez, Cordera, Sbarbati

Hasta ahora hemos hablado de soledades padecidas. La de quien


no se separa por culpa, la de aquellos que por miedo se niegan a
cambiar de trabajo, de carrera, o renuncian a amar. Además,
recorrimos soledades disfrutables. La de mis atardeceres
silenciosos en el campo, la de quien se toma un café y lee un
libro. Las elegidas. Como la de mi paciente Julio que se negó a
volver a un vínculo enfermizo. Y la soledad de quien opta por un
camino y da forma a su deseo. Soledad de la creación. La de
Mahler escondido en su cabaña, o la de un chico que dibuja en su
cuarto.
Pero no debemos engañarnos.
Muchas veces una persona cree que desea estar sola y se
equivoca. Piensa que se trata de una elección cuando en realidad
hay algo que la empuja al aislamiento. El temor al fracaso, el
miedo al dolor, presentimientos que han quedado por dolores
antiguos, mecanismos de defensa como la negación (personas
que repiten: “no me molesta estar solo”), la racionalización (“estar
en pareja trae riesgos que prefiero evitar”), o inhibiciones (“no
disfruto cuando estoy con alguien”) que llevan a la evitación o al
rechazo de compartir la intimidad.
Quien tuvo vínculos fallidos en la infancia puede haber
quedado atemorizado por abandonos tempranos o vivencias
traumáticas que le impiden confiar en la construcción de otras
relaciones. Entonces, la cercanía de los demás genera ansiedad o
temor a repetir aquello que sufrió. Muchas veces, esto lleva a
“elegir” una soledad que, aunque parezca voluntaria, proviene del
miedo. Entonces, deja de ser soledad para convertirse en
aislamiento. Por ejemplo: las personas que se quedan encerradas
en sus casas, evitan lo social –tanto con las relaciones nuevas
como con las familiares o amistosas–, y prefieren no hablar de su

79
intimidad con nadie. Y sufren. Se aíslan del entorno y del diálogo
con otros creyendo que así estarán a salvo. ¿De qué? De esos
fantasmas dolorosos que los asustan.
Se trata de elecciones patológicas. No en el sentido de que se
alejan de la “normalidad”, sino de pathos. Elecciones sufrientes
que pueden generar depresión, melancolía, e incluso episodios
paranoicos.
Llegamos a este mundo solos. Pero no aislados.
Nadie puede prescindir de los demás. Aunque también hay
personas para quienes la Soledad es tan agobiante que buscan un
resguardo desmedido en la compañía de otros. No cualesquiera.
Otros específicos que a partir de ese momento se volverán
depositarios de sus demandas. Y así generan vínculos, ya no de
amor, sino de necesidad. Una necesidad que muchas veces los
empuja a la locura.

Manuel se sienta en el diván. Hoy no quiere acostarse.


Durante algunos minutos no habla. Le doy tiempo. Lo necesita. La
semana pasada suspendió la sesión porque su padre había
muerto. Saca de un bolsillo el certificado de defunción y me lo
extiende.
–Es mentira –comienza.
–¿Qué?
–Lo que dice este informe. Mi papá no murió de un paro
cardíaco. Murió de nostalgia. Vivía en el pasado, rodeado de
objetos y fotos viejas que no dejaba de mirar. Tenía una pasión
enfermiza por ese tiempo en que estaba junto a mi mamá. Estaba
loco. Creía que al quedarse con las cosas compartidas la
conservaba a ella. Pero hace veinte años que mi madre lo dejó
por un compañero de trabajo. Enzo, un buen tipo.
–Sé que te llevás muy bien con él.
–Sí. Mi hermana Leticia también. Vamos a su casa algunas
veces. Pero, como ya sabés, a papá nunca se lo dijimos porque
para él era una traición.
–Claro. Visitar a tu madre siempre fue ir a lo de “la infiel”, “la
atorranta”, como él la llamaba. Y tenía un precio muy alto para
ustedes.

80
–Sí. Entraba en ira cuando suponía que estábamos ahí. No lo
entendía. No podía soportado. Para él la vida se detuvo la tarde
que mi mamá se fue. Y se aferró a lo que pudo –niega con la
cabeza.
–¿Qué pensaste?
–En lo difícil que era visitarlo. Entrar a su departamento era
aterrador. ¿Sabés? Desde que se quedó solo no movió un cuadro,
ni siquiera le dio una mano de pintura. Dejó todo como entonces.
El mismo termo y el mismo mate en la misma mesa. Y las mismas
palabras, siempre: “Qué dolor”. “¿Por qué rompió todo?” “¿Cómo
nos hizo eso?” “Atorranta”. “Son unos hijos de puta”. “Menos mal
que están ustedes”. “Los necesito”. “Júrenme que nunca van a
dejarme. No puedo estar solo”. ¿Te acordás lo que pasaba cuando
no lo visitábamos por unos días?
–Sí. Los llamaba enojado para insultarlos. También recuerdo
cuando te ausentaste unas semanas por trabajo. Te dijo que te
escondías porque eras un cobarde. Una mierda como tu mamá.
–Y que no me preocupara porque pronto iba a desaparecer.
“¿O no vez que me estoy muriendo?” –recuerda y se conmueve.
–Pero al rato volvía a llamarte con cualquier excusa, como si
nada.
Asiente.
–Me preguntaba por los chicos. Si iba a ver el partido...
–Lo hablamos. Era su manera de disculparse.
–Una manera insuficiente que además duraba nada. Porque
enseguida volvía con los reclamos: “Vení, hijo. Por favor. Te
extraño”.
–Y vos ibas. Con una mezcla de amor y de miedo.
–Es así. Y los fines de semana era todavía peor. Porque su
reclamo no paraba ni un segundo. Los días que trabajaba nos
daban un respiro. No es que estuviera mejor, pero al menos
mentía. A veces iba a reuniones con sus compañeros, cada tanto
a un cumpleaños. Se reía. Al principio, Leticia y yo nos
ilusionábamos. Después entendimos que no había motivos para
ilusionarse porque nada cambiaría. Más tarde o más temprano,
volvía al departamento de paredes descascaradas y a los
reproches. Y con el tiempo, él también se fue descascarando.

81
Hasta que se transformó en algo que no se parecía en nada al
padre que alguna vez amé. Y… –se detiene.
–¿Y qué?
–Y que amo –llora–. No se lo merece. O sí. No lo sé. A lo mejor
no pudo. Se enfermó de tristeza, de resentimiento.
–Manuel, tu padre enfermó de melancolía. La tristeza y el
resentimiento no eran más que los síntomas de esa enfermedad.
–Puede ser. Pero volcó en nosotros su despotismo, su furia,
sus agresiones sutiles o directas. ¿Por qué, Gabriel? ¿Qué culpa
teníamos nosotros?
–Ninguna. Aunque él no lo entendiera.
–Y con su actitud fue demoliendo todo. Su casa, su vida, a mi
hermana, a mí, incluso a mis hijos que no querían visitarlo. Le
tenían miedo. O peor… desconfianza.
–Es comprensible. ¿Cómo iba a parecerles divertido el plan de
visitar a ese abuelo que siempre estaba enojado o triste?
–Y aun así me acompañaban.
–Por vos. Porque te aman.
–Sí. Siempre supe que me acompañaban para hacerme un
favor. Y eso me lastimaba. Pero igual los “arrastraba”.
–Manuel, vos también amabas a tu padre. Y, al igual que ellos,
tampoco disfrutabas de esos encuentros. Me dijiste que eran
situaciones muy difíciles.
–Es que yo funcionaba como un gendarme. Siempre tenso.
Siempre atento a que no se nombrara a mi madre. Imaginate que
mis hijos la quieren, la ven seguido, y en cualquier momento
podían contar algo. Y, para evitarlo, me impuse controlar sus
palabras. Cuando intuía que podían hablar de su abuela inventaba
distracciones. Porque esa abuela no podía ser nombrada.
–Ni siquiera por vos.
–Es que si lo hacía se ponía loco. Se sacaba y proyectaba
sobre nosotros el enojo que tenía con ella, con la vida. Y destruía
nuestros encuentros, nuestro vínculo, todo –piensa–. ¿Sabés qué
es lo único que no pudo destruir?
–¿Qué?
–El dolor. El odio por mi madre. Y ese discurso que lo recorría.
Siempre el mismo.
–¿Cuál?

82
–El cuento que armó en torno al abandono de mi madre. Con
las mismas palabras, las mismas escenas y el mismo rencor. Todo
desaparecía a su alrededor, menos eso. Aunque a veces lo
entiendo.
–¿Qué entendés?
–Que no debe haber sido fácil para él. Conoció a mi mamá
cuando tenía dieciocho años. Siempre estuvieron juntos. Toda la
vida. Y su abandono lo demolió. No pudo –sonríe.
–¿De qué te acordaste?
–El año pasado decidimos con Leticia festejarle el cumpleaños.
Llamamos a su familia, algunos amigos, nosotros, mis nenas, mi
cuñado y mi sobrino –suspira–. Fue patético. Las velas no las
apagó soplando. Las apagó con lágrimas y una mueca horrible
que quiso ser una sonrisa y que todavía tengo grabada. Nos
equivocamos. No debimos hacerlo.
–¿Por qué lo hicieron?
–Porque nos pareció que ya estaba.
–¿Qué estaba?
–Gabriel, mi viejo tenía cincuenta y cinco años cuando ella se
fue. Y ya estaba cumpliendo setenta y cuatro. ¿No te parece
tiempo suficiente para haber olvidado, perdonado, o qué se yo…
al menos hacer algo que nos permitiera a todos volver a tener una
vida normal?
Silencio.
–Fueron veinte años de dolor, de demandas permanentes a mi
hermana, a mis hijos y a mí. Hasta que no quedó nada.
–O casi nada –me mira–. Dijiste que todavía lo amabas.
Supongo que algo quedaba para amar, entonces.
–Tal vez el recuerdo.
–Hablame de eso.
Piensa.
–Es que él no siempre fue así. Antes, en mi infancia, en mi
adolescencia, fue un padre compañero, protector. Pero la
separación se lo llevó por delante y desde ese día osciló entre la
manía y la depresión.
Se quiebra. Le acerco un vaso con agua. Toma un sorbo.
–Gracias. ¿Te acordás de que tuvimos que internarlo tres
veces? –Asiento–. No lo hicimos para sacarnos el problema de

83
encima. Pero no podíamos más. No sabíamos qué hacer. Y él se
enojaba con nosotros. Nos trataba de asesinos, de ladrones. Nos
acusó de intentar quedarnos con su casa.
–Porque ya no pensaba bien.
–Ya lo sé. Lo decía desde el dolor, desde la violencia, desde
ese amor envenenado por la enfermedad. Yo sé que nos amaba. A
sus hijos, sus nietos. Pero igual no podía.
–No podía, ¿qué?
–Demostrarlo. Ni querernos bien. Porque nada le alcanzaba.
Era un barril sin fondo donde volcábamos nuestro cariño. En vano
–se seca unas lágrimas y sigue–. Te juro que hice todo lo que
pude. Expuse a mis hijos una vez por semana a ese espectáculo
horrible para que él no se sintiera tan solo. Compré un ajedrez,
cartas, y descuidé a mi familia para entretenerlo algunas tardes.
Le daba comida, dinero, lo llevaba a la cancha, a caminar, al
médico. Visitas infructuosas y toneladas de medicamentos
inservibles, porque él nunca se movía de ese lugar. ¿Qué más
podía hacer yo?
Manuel se quiebra.
–Te sentís culpable. Considerás que podrías haber hecho algo
más.
Asiente y sigue llorando.
–No pude. Aunque a veces lo intenté. Lo llamaba, iba a cenar
con él, pero cuanto más lo escuchaba, más me dolía. Porque la
bronca impregnaba cada una de sus palabras. Y yo me sentía
incapaz de contenerlo. Entonces, trataba de mejorar la
escenografía para ver si algo cambiaba. Pero no.
–Recuerdo que ibas y limpiabas el departamento, vaciabas los
ceniceros, le tendías la cama…
–Y veía agujeros de cigarrillo en las alfombras, en las frazadas,
en el mantel. Puros agujeros. Como su vida –toma un trago más
de agua–. A veces fumábamos juntos. Le sacaba temas de
conversación. Le hablaba de las noticias, los chismes, de libros,
que siempre habían sido su pasión, pero nada lo sacaba de su
infierno. Antes de irme, le dejaba alguna carta para que leyera
cuando se quedara solo. Una muestra de afecto, o una broma.
Pero tampoco servía de nada.
–Debe haber sido muy difícil soportar todo eso.

84
–No te imaginás cuánto. Pero no podía hacer otra cosa.
Algunos fines de semana, juntaba valor y no lo visitaba. Eran los
peores. Porque comenzaban sus llamados. Primero doloridos,
después enojados, violentos.
–O peor –me mira–. Como aquella madrugada que apareció en
tu casa y se prendió al timbre hasta que tu mujer y vos saltaron
de la cama y le abrieron la puerta.
–Es que ya no tenía límite. Dejó de importarle lo que yo
estuviera haciendo. Aparecía con su angustia o su bronca e
interrumpía mis salidas con los chicos, mis momentos de pareja,
mis vacaciones. Y yo lo atendía. O me alejaba para escuchar sus
mensajes.
–Lo sé. Trabajamos mucho qué hacer en esos casos.
–Y no logré dejar de atenderlo. Porque fui un cobarde.
–O fuiste un hijo amoroso. Y además detectaste algo que te
aterrorizaba.
–Sí. Tuve miedo a que se lastimara.
Me quedo en silencio. No es ocasión de señalarle que en
aquellos casos sucumbía a la pulsión de muerte. Momentos en
que ese impulso destructivo que recorre a todo ser humano se
apoderaba de él y lo encerraba en una prisión de la que no podía
escapar. Entonces, aunque fuera de viaje y estuviera con su
familia, fracasaba en el intento de alejarse de aquella demanda
incesante de su padre enfermo. Y aunque sus hijas jugaran en los
médanos o su mujer leyera en la playa, él seguía pendiente de
aquel drama.
Quien sostiene un amor tan insaciable se queda solo. Tan solo
como Manuel. Porque nadie comparte su infierno ni comprende su
angustia. Los demás pueden incitarlo a preservarse, a no prestar
atención a las exigencias de los otros. Ignoran que no es tan fácil
decir “basta” y poner límites a los que amamos. Aun cuando sean
amores que lastiman.

–Hasta que un día, hace poco, como de la nada, apareció la


calma. El bienestar –sigue.
–Una calma que, por un tiempo, los engañó.
–Sí. De un día para el otro, papá empezó a cambiar de humor,
a sentirse mejor. Tanto que esta vez él mismo organizó el festejo

85
de su cumpleaños. Nos invitó a todos, ordenó la casa, compró
empanadas, bebidas… se rio de nuevo. Sin muecas. Por primera
vez en veinte años hubo tapados, carteras y regalos apilados
sobre la cama –respira profundo antes de seguir–. Un mes
después se murió. Abrazado a la misma almohada en que mi
mamá apoyaba la cabeza. Se fue a dormir y no despertó más.
–¿Cómo te enteraste?
–Por Ernesto, su mejor amigo, que tenía llave de la casa
porque a veces iba a despertarlo para compartir un mate o sacarlo
a caminar un rato. Pero ese día, lo encontró muerto. Me llamó y
dijo: “Ya está, Manuel. Ahora él también se fue”.
–¿Cómo reaccionaste?
–Me senté en el piso confundido. Mi mujer me abrazó. Y al
rato te llamé.
Recuerdo ese llamado. Al principio, me habló con calma. Como
si todavía no entendiera lo que había ocurrido. Hasta que, de
golpe, mientras hablábamos, lo comprendió. El peso de la tragedia
se le vino encima y se puso a llorar. A veces llorar es el único
gesto posible ante la desolación.
Como dijo el filósofo Guillaume Le Blanc:

La soledad del llorador, de la lloradora, en el momento de la efusión


de las lágrimas es también una revelación: ningún otro puede llorar
en su lugar. Por ese motivo, las lágrimas son irremplazables.

Y aquel día Manuel lloró solo, a pesar del abrazo de su esposa


y mi escucha en el teléfono. Lloró por él, por su impotencia, por
su incapacidad de calmar la demanda permanente de Francisco.
Tal vez, lloraba por no haber sido capaz de compartir el llanto de
su padre, esa tortura de la que fue espectador y soporte durante
veinte años. Quizás también, por la culpa de haber sostenido ese
vínculo “gozoso”.
Y otra vez Le Blanc:

Nada es más atroz que ver llorar a un ser querido. Pero es


precisamente porque estamos expulsados de sus lágrimas, que
permanecemos, incluso en sus propias lágrimas, del otro lado del
abismo, a la distancia de una vida y sin embargo infinitamente cerca.

86
Manuel se seca los ojos.
–¿Qué pensás?
–Me da vergüenza.
–Decilo igual.
–Siento alivio. Y lo peor, lo que más culpa me da, es que no
volvería el tiempo atrás.
Baja la cabeza.
–Mirame –lo invito–. Manuel, ya está. Fueron años de horror e
hiciste mucho. Todo lo que estaba a tu alcance. Ahora, llorá y
tomate un respiro. Porque el desafío todavía no terminó.
–No entiendo.
–En el tiempo que llevamos trabajando juntos casi nunca
pronunciaste el nombre de tu mamá. Claro, porque estaba
prohibido. Porque nombrarla era una traición. Sin darte cuenta, te
fuiste alejando de esa madre innominada. Y el vínculo con ella se
fue degradando por la fuerza del mandato delirante de tu padre.
Y, ¿sabés qué? A vos tu madre no te hizo nada –silencio–.
Recordame, ¿cuál es su nombre?
Se toma unos segundos, como si estuviera juntando fuerzas, y
desliza como un suspiro.
–Elvira.
Sonrío.
–Bueno. Me parece que Elvira y vos tienen mucho que hablar y
compartir. Porque, por suerte, ustedes están vivos.
Me pongo de pie y lo invito a levantarse. Durante estos años
no sólo aprendí a conocerlo, también llegamos a querernos. Por
eso doy un paso hacia él y lo abrazo. Manuel llora de nuevo y se
aferra a mí. Lo contengo. Tiene por delante un camino difícil. El
camino del duelo.

***

La decisión de Elvira dejó a su esposo solo. Sin amor, sin


hogar, sin proyectos, y él no supo cómo recuperar su vida.
Renunció al placer y a los sueños. Sus hijos, en vez de ser motivo
de alegría, se convirtieron en receptores de una demanda
inagotable. Según Lacan, toda demanda es demanda de amor. Y
esta no era la excepción. Aunque no alcanzaba con que Manuel y

87
Leticia lo amaran. Porque la demanda de Francisco no podía ser
satisfecha por nadie. Su amor propio estaba destruido. Acorralado
por una soledad que creía inmerecida se sentía frustrado. Alguna
vez dijimos que la frustración produce enojo. Él proyectó ese
enojo en sus hijos y arremetió contra ellos. Su duelo patológico,
su melancolía, esa muerte después de la muerte de su vínculo de
pareja, le oscureció el mundo. Tal vez la envidia de que Manuel
tuviera la familia que él no pudo conservar lo enfurecía. Y el padre
bueno y afectivo murió junto a esa historia de amor perdida.
Suele confundirse la psicosis con la locura. Pero no es
necesario ser psicótico para volverse loco. Para negarse a aceptar
que a veces la vida nos dice que no. Tal como Elvira le dijo “no”.
No a la pareja, al hogar, al amor.
Muchos se niegan a admitir que querer no es poder. En busca
de control sobre la vida, niegan la fuerza de la decisión ajena o el
azar. Y enloquecen.

Cuando era joven viví en el barrio de Florida. Cada tarde, al


volver del trabajo, cruzaba la esquina de Melo y Maipú. Cierta vez,
un profesor que trabajaba conmigo en el colegio me comentó que
todos los días un hombre se paraba en esa esquina y miraba
durante horas un edificio cercano.
Movido por la curiosidad, pasé a la hora indicada. Y lo vi. Ahí
estaba. Inmóvil. Con la mirada fija en una ventana del
departamento de enfrente. Y volví a verlo así, durante meses.
Siempre en el mismo lugar, a la misma hora.
La mitología barrial sostenía que se trataba de un hombre
obsesionado por una ex compañera de trabajo. Ante la
imposibilidad de manifestarle su amor, había decidido observarla
desde la calle. Hasta que un día, cansada del acoso, la muchacha
salió del edificio y lo increpó. Pero él no reaccionó ante su
presencia. Tal vez, porque no era ella a quien amaba, sino a una
imagen que había construido en su interior y que nada tenía que
ver con la mujer con quien había compartido horas de trabajo
durante años. Así, tampoco Elvira era Elvira para Francisco.
Una tarde pasé y “el hombre de la esquina” no estaba.
Tampoco al día siguiente. Ni al otro. Al parecer, su familia
intercedió y lo internó en un psiquiátrico.

88
Nunca volví a saber de él.
Las historias de amor –o desamor– que no se duelan, terminan
en situaciones patológicas: destruyen lo que queda de la propia
vida y desordenan la vida de los demás.

En una de sus canciones, “De cartón piedra”, Joan Manuel


Serrat relata una historia parecida a la del hombre que andaba
por mi barrio.

Era la Gloria vestida de tul


con la mirada lejana y azul,
que sonreía en un escaparate
con la boquita menuda y granate,
y unos zapatos de falso charol
que chispeaban al roce del sol.

Limpia y bonita siempre iba a la moda,


arregladita como pa’ ir de boda.

Y yo, a todas horas la iba a ver.


Porque yo amaba a esa mujer de cartón piedra
que de San Esteban a Navidades,

entre saldos y novedades


Hacía más tierna mi acera.

El protagonista de la canción es un “loco” enamorado de un


maniquí al que iba a ver a todas horas. El impulso inmanejable del
amor, acrecentado por la fuerza del delirio, lo llevaron a construir
un mundo solitario y proyectar sus sentimientos sobre esa figura
inanimada.

Y ella esperaba en su vitrina


verme doblar aquella esquina como una novia.
Como un pajarillo, pidiéndome:

libérame, libérame
y huyamos a escribir la historia.

De una pedrada me cargué el cristal


y corrí, corrí con ella hasta mi portal.

89
Todo su cuerpo me tembló en los brazos.
Nos sonreía la luna de marzo.

Imagino a aquel enamorado recorriendo la vereda, buscando


una piedra para romper el vidrio y así poder unirse a su amada.
Lo hizo. Y el universo se acomodó a sus alucinaciones. La luna
sonreía y el maniquí tembló en sus brazos. Hasta que la realidad
se impuso.

Y entonces, llegaron ellos.


Me sacaron a empujones de mi casa
y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas
donde vienen a verme mis amigos de mes en mes,
de dos en dos, y de seis a siete.

Con poesía Serrat describe la aventura de un loco que se


enamora de un maniquí. Tan obsesionado como ese hombre que
cada tarde pasaba horas en la esquina de Melo y Maipú. O como
Francisco, que sufría de melancolía.
Por lo general asociamos esa palabra a los poetas románticos
o los cantantes de boleros. Sin embargo, desde el punto de vista
clínico, hablamos de una patología grave que condena a un
infierno solitario.
Cuando amamos a alguien, esa persona tiene una doble
existencia. Existe en la realidad exterior, también en la realidad
psíquica, y nuestro amor se reparte entre una y otra. Al perderla
(por muerte o abandono), toda esa energía libidinal (amorosa) va
a investir la imagen del “objeto” perdido que hemos incorporado
en nuestra realidad psíquica. La persona desaparece de la esfera
real, pero no de nuestra mente.
En El duelo explicamos que cuando el ensombrecido pierde la
batalla, surge la melancolía. Entonces, como señaló Freud, “la
sombra del objeto cae sobre el Yo” y comienza una vida donde el
$ujeto es absorbido por la presencia fantasmal del ausente.
En aquel libro definimos el duelo como un proceso que tiene
tres tiempos: Impacto, Catábasis y Anábasis.
El impacto que rompe el vínculo, después del cual aparece la
catábasis. El ingreso al infierno.

90
…el ensombrecido pasa alternativamente por momentos de dolor,
enojo y angustia. Mientras tanto, el Principio de Realidad lo incita a
aceptar la ausencia del amado.
Sin la posibilidad de abrazar al objeto perdido, los sentimientos
abrazan, rodean y protegen a su fantasma. Y es tanta la libido, la
energía psíquica que se desplaza hacia él, que ese amado ahora
ausente tiene más presencia psíquica que nunca. Obligado a retirar
los lazos afectivos del objeto externo, el ensombrecido los retira del
mundo y pierde todo interés por él.
La lucha se librará adentro. Es el duelo. Es dolor y batalla. El
combate eterno entre la vida y la muerte.

La tercera etapa es la “Anábasis”, el camino de regreso de los


infiernos. El ensombrecido comprendió que:

…la pérdida del objeto de amor es definitiva y enfrenta el desafío de


desprenderse también del fantasma que lo habita. Un fantasma que
a diferencia del objeto en la realidad, juega su existencia en tres
tiempos: pasado, presente y futuro. Encarna lo que ha sido el vínculo
de amor, sostiene lo que es aquí y ahora, y promete una relación que
ya no es posible […]. Mientras esta lucha se libra dentro del
ensombrecido, los demás hacen su parte. Se acercan y lo incitan a
volver a la vida. […] hasta que una mañana despierta y el dolor
duele menos [...] aparece una sonrisa o la posibilidad de pensar en
algo distinto. Y sin que nos demos cuenta, el camino se vuelve
ascendente, las sombras pierden oscuridad y el presente se ilumina.

Es la vuelta al mundo del deseo, a los demás. A la vida.


Camino que Francisco nunca pudo recorrer.
Como el “loco de la esquina” o el protagonista de la canción de
Serrat, también él habitaba en una realidad paralela. Sin embargo,
en un intento por seguir ligado al mundo “real”, construyó un
delirio de odio que le permitía comunicarse con los demás que,
incapaces de percibir su enajenación, luchaban por convencerlo
de que cambiara de actitud. Engañados por ese delirio, Manuel,
Leticia y su amigo Ernesto, lo empujaban a salir de ese estado sin
comprender que era el único universo que él podía habitar. Porque
estaba enfermo.
El dramaturgo argentino Mauricio Kartún escribió una novela
llamada: Salo Solo. El patrullero del amor.

91
Salo es Salomón, un hombre maduro que lidia con la soledad.
Tras la muerte de su mujer, conciliar el sueño sin pastillas se
vuelve una misión imposible. Su médico, además de las recetas de
rutina, le prescribe salir al encuentro de nuevos vínculos:

Circule, Salomón. Circule. En los lugares de siempre no va a


encontrar nada: con las que tenía que pasar ya pasó, y con las otras
no va a pasar nunca. Ábrase y circule.

Y Salo circula. Se anota en cuanto curso aparece disponible.


Toma clases de teatro y jardinería, practica aquagym y hasta se
abre una cuenta en Tinder. Porque circular implica transitar el
mundo con las reglas que establece la cultura. Si Salomón
transitara a las tres de la mañana por barrios oscuros, le
cuestionarían por qué va a esos lugares y a esa hora. Es decir que
el mandato es: “Circule, Salo, pero por donde se le indica”.
Así, su médico lo invita a que sea parte de la “civilización”,
porque las personas que no participan de las convenciones
sociales son peligrosas.
Michel Foucault señaló que quien no se adapta a las normas
sociales es considerado un delincuente o un loco. A los primeros
se los encierra en la cárcel, a los segundos en el manicomio. Pero
de alguna manera deben pertenecer al sistema, aunque sea bajo
la forma de delincuentes o locos.
¿Quiénes eran esos jóvenes que en los años sesenta se
dejaban el pelo largo, cuestionaban el sistema y se negaban a ir a
la guerra? Eran una amenaza. Hasta que se les puso un nombre:
hippies. Y de esa manera ingresaron a la cultura. Desde un lugar
marginal, es cierto, pero dentro de la estructura social. Una
sociedad que determina incluso la noción de salud o enfermedad.
Y si alguien actúa distinto o está demasiado solo se le
diagnosticará alguna enfermedad.
Nacimos humanos y debemos aceptar un imperativo: no es
posible estar solo sin ser percibido como un riesgo para los demás
o para nosotros. Debemos compartir actividades, trabajar, estudiar
o ir al teatro. “Circular” es parte del desafío de todo hablante.
El propio Kartún reflexiona acerca de su libro:

92
Mi generación ha tenido siempre una especie de temor psicoanalítico
basado en la frase de Sartre que dice que el infierno son los otros. Y
es cierto. Pero perdemos de vista que los otros también son el
paraíso. El narcisismo es un paraíso trucho. El único paraíso real se
da en lo social.

¿Por qué los otros son el infierno? Tal vez porque con su
mirada nos devuelven la aprobación o el castigo. Y a veces esas
miradas resultan insoportables. Siempre, aún más en estos
tiempos, somos mirados por otros. Por eso, es verdad que en
ocasiones el infierno son los otros. Pero no nos engañemos. En
tanto existe la pulsión de muerte, el verdadero Infierno está
adentro. En la soledad gozosa. Soledad del loco de Serrat, del
hombre de la esquina de Melo y Maipú, o de Francisco.
Dijimos que para Lacan “el deseo es el deseo del otro”. Otros
que pueden soñar a nuestro lado o complicarnos la vida. Si, como
dice Sartre, el infierno son los otros, se tratará de un infierno con
minúscula.
En cambio, la Soledad total es el vacío, la pulsión de muerte, el
Infierno con mayúscula. Y a falta de paraísos, quizás debamos
aceptar que no existe más cielo que ese infierno con minúscula.
También es posible que algunos otros no sean ni cielo ni infierno.
Que sean un limbo y que el destino celestial o infernal dependa de
nosotros.
El teólogo sueco Emanuel Swedenborg sostuvo que Dios no
castiga a nadie. Que, al morir, según su naturaleza, cada uno elige
si va al cielo o al infierno. Algo parecido pasa en la vida. Las
circunstancias nos ponen frente a decisiones que nos definen.
Elecciones que señalan un camino de Anábasis o Catábasis, de
ascenso o perdición.
Francisco se perdió en su odio, su impotencia, su melancolía. Y
se aisló. Torturó a sus hijos con una demanda constante e
insoportable.
Hay padres y madres que torturan a sus hijos para obligarlos a
quedarse a su lado, aunque eso implique la renuncia a sus
deseos. Frases como: “me debés todo lo que sos”, “tenés que
estar conmigo hasta que me muera”, “yo te di la vida”, muchas
veces se traducen en mandatos imposibles de ser cuestionados.
Leyes que indican que los hijos deben permanecer junto a ellos,

93
satisfacer sus caprichos y ceder todos los sueños para llenar la
soledad reclamante de sus progenitores. Y entre tanto, esos hijos,
suspenden o postergan su destino, son incapaces de armar un
proyecto amoroso personal, distinto –exógeno– por culpa y temor
al castigo. Y de ese modo se “mueren” antes que sus padres.
Manuel pudo salir de la casa paterna para amar a otros, sin
embargo, pagaba con dolor la incondicionalidad que requería su
padre. Intentaba una alegría siempre amenazada por la posible
aparición de un mensaje o un llamado. Ver el nombre de su padre
en el teléfono le aceleraba el corazón.
Cada noche se acostaba presintiendo que recibiría la noticia de
que su padre se había suicidado. Dormía inquieto, en estado de
alerta. A veces, en cambio, regresaba en sueños a la infancia. A
aquellos tiempos en que tenía un papá que lo cuidaba, que lo
amaba sin la contaminación del odio producto de su frustración.
Sin los requerimientos permanentes para sostener la vida. Se veía
en la casa junto a sus abuelos, correteando con sus primos,
rodeado de abrazos y risas. Esos sueños eran los peores. Porque
al despertar comprobaba que nada había cambiado. Que la
amenaza seguía ahí, a un llamado de distancia. Y, aunque le daba
todo lo que podía, igual se sentía culpable e impotente. Tal vez,
porque él estaba –viviendo, amando– en otra parte. Por eso, se
obligaba a llamarlo cada mañana y cada noche. Para que no se
sintiera excluido lo sumaba a cada reunión familiar. Encuentros
que su padre se encargaba de arruinar con comentarios ofensivos
o reclamos absurdos.
Francisco amaba a sus nietas y algunas tardes compartía con
ellas momentos de ternura. Eran los únicos instantes que Manuel
disfrutaba. Verlo jugar con sus hijas le devolvía la ilusión de que
las cosas podían cambiar. Pero, como señaló Freud, el destino de
toda ilusión es la desilusión. Y en este caso el desengaño llegaba
pronto. Porque en medio de los juegos, el abuelo desplegaba una
frase inapropiada que lo arruinaba todo. “¿Ustedes saben que sus
papás se van a morir?” Y Manuel se desesperaba por contener la
angustia de sus hijas, el enojo justificado de su esposa y el
advenimiento de “uno de los momentos de locura” de Francisco,
como los llamaba. Y ni siquiera se daba el permiso para enojarse.
Mucho menos, a enfrentarlo.

94
–No puedo –me decía–. Me da pena. Vive solo, duerme solo,
come solo…
–No es tu culpa.
–Ya lo sé… o no… ¿Estás seguro de que no es mi culpa?

Circunstancias de quiebre en que también Manuel se oscurecía


y sus pensamientos lo torturaban. Como si lo intuyera, su padre
aprovechaba esas ocasiones para agredirlo con frases horribles.
Le decía que era un mal hijo, un cobarde, un egoísta. Que su
familia era una mentira, que iba a fracasar. Que era un ingrato
que se había olvidado que si era alguien en la vida se lo debía a
él.
Manuel sabía que no era cierto, aunque a veces le creía, y casi
siempre intentaba protegerlo de su propio juicio:

–Está enfermo –decía.


Mi respuesta era firme.
–Es cierto. Eso explica su conducta, pero no la justifica.
En ocasiones se derrumbaba en el diván.
–¿Qué más puedo hacer? –Me preguntaba llorando.
–Nada más. Y no tenés que sentir culpa por eso. No podés
llenar la falta que siente tu padre.
–Pero él me lo suplica.
–No. Te lo exige. Te demanda algo imposible. Que vuelvas el
tiempo atrás y recuperes el pasado en que tu madre lo amaba.
Que pases todos los fines de semana a su lado. ¿Para qué? Para
que seas testigo de su destrucción. Pero vos no debés hacer eso.
Porque te vas a enfermar. Manuel, tu padre se inventó un mundo
de odio donde él es la víctima y tu madre la villana. Además, te
obliga a tomar partido, y te desgarra.

Intenté ayudarlo a salir de la trampa que le proponía su padre:


“O ignorás a tu mamá o sos un traidor”, “o me das todo tu tiempo
o me abandonás”. Esa era la única manera en que Francisco podía
sostener un vínculo. Aunque también quedaba enmarañado en su
demanda delirante.
Ante la imposibilidad de aceptar la realidad –Elvira ya no lo
amaba y jamás volvería con él–, Francisco se refugió en una

95
realidad psíquica donde estaba solo. Demasiado solo. Por eso
intentó volver al mundo de la mano de un delirio. En lugar de
hijos o nietos, había aliados o enemigos. Y se quedó solo de
nuevo.
Ahora estaba muerto. Pero aún quedaba la ambivalencia de
amor y rabia que experimentaba Manuel. La culpa. La lucha por
rescatar los pedazos amables de un padre roto. Por eso elegí con
cuidado las palabras para finalizar aquella sesión.

–Sé que estás confundido. Aliviado y culpable al mismo


tiempo. Con la tranquilidad de saber que ya no aparecerá un
mensaje o un llamado exigiéndote más amor, más compañía, más
tiempo, más odio. Pero también con la angustia de que no
volverás a esos brazos que en un tiempo fueron un refugio.
Porque hubo un tiempo donde su amor fue distinto. Vos tuviste un
papá diferente alguna vez. Aunque, como dijiste, estaba enfermo.
No pudo recuperarse de su pérdida. Tampoco pudo acompañar
tus proyectos o disfrutar de tus logros. Te exigió tanto que vos
tampoco pudiste. Y está bien. No es sano resistir tanta intensidad.
Porque en esa desmesura no hay paz –le sonrío–. De todos
modos, lo quisiste. Lo querés todavía. Por eso lo acompañaste,
eludiste sus agresiones y le diste mucho. Ya sé que no alcanzó.
Pero no porque vos dieras poco, sino porque él reclamaba todo. Y,
¿sabés qué, Manuel? Todo no se puede.

La literatura sabe de intentos imposibles.


Pienso en el Príncipe Mishkin, protagonista de El Idiota, la
novela de Fiódor Dostoievski, que en su inocencia y su fe en el
bien intenta traer bondad al mundo. Y en cada uno de sus
intentos desencadena sufrimiento o malentendidos.
Pienso también en El Quijote, que fracasa en todas sus
aventuras. En Juan Preciado, personaje del libro Pedro Páramo, de
Juan Rulfo, quien promete a la madre en su lecho de muerte que
encontrará a su padre en Comala. Pero al llegar ahí, sólo
encuentra un pueblo lleno de fantasmas. Pienso en las Danaides,
condenadas por el dios Hades a llenar con una vasija agujereada
una tinaja sin fondo, por lo que el trabajo se volvía eterno. Y en
Sísifo, que debía empujar una roca enorme hasta la cima de un

96
monte. En la cumbre, la piedra volvía a caer por su propio peso y
debía comenzar otra vez la tarea.
Al igual que estos personajes, Manuel pretendía satisfacer una
demanda incesante. Y como ellos, fracasaba. Su padre era el pozo
sin fondo, la piedra que rodaba y los molinos de viento.

***

Todo no se puede.
Todos somos impotentes.
Por suerte, la mayoría de las personas conviven con su falta
sin esa demanda excesiva de Francisco que imponía un costo tan
alto a los demás. La gente ama, se reúne con amigos, juega con
sus hijos, lee libros, escucha música. Y aunque esos actos no
puedan llenar por completo el vacío, al menos generan momentos
de calma y maquillan la impotencia. Entonces, sentimos que
podemos ayudar a quien atraviesa momentos adversos, consolar
al ensombrecido y acompañar su duelo.
En cambio, los solitarios reclamantes nos perturban, porque
nos hacen sentir que nada alcanza. No tenemos para dar lo que
requieren, por eso sus pedidos nos frustran, nos enojan. O nos
angustian.
“No te vayas… no me dejes solo… llamame… necesito más de
vos”.
Cuando el llamado es tan incesante, nos desesperamos porque
no podemos entrar a su mundo, y mucho menos completarlo. Los
reclamantes están solos. Y nosotros también. Cada uno en
soledades diferentes: soledad del que demanda y Soledad del
demandado. Por un lado, la desesperación de esa soledad que
agobia a quien reclama que le completemos su vida; por otro, la
ansiedad y frustración permanentes de quien intenta satisfacer
esa demanda –imposible– y por ende, también se queda solo.

Valeria vive en Inglaterra hace más de treinta años. Cuestiones


laborales la llevaron a trasladarse junto a su esposo a Londres
cuando recién se habían casado. Allí tuvieron una hija, Amanda, y
se consolidaron económicamente. Pero ella siempre soñó con
volver a Argentina.

97
Comencé a atenderla en tiempos de pandemia. Su esposo
había muerto a causa del Covid y se sentía devastada. La
acompañé en su duelo. Un duelo difícil. La juventud de Aníbal, su
marido, y lo inesperado del desenlace agravaron el proceso.
Valeria estaba confundida y había perdido el horizonte. Entonces,
rescaté el sueño de regresar al país y reencontrarse con su
mundo, su idioma y su familia. De la mano de ese proyecto se
contactó con amigos, aceptó un ofrecimiento laboral y consiguió
un lugar donde vivir.
Cuando estaba a punto de viajar surgieron los problemas.
Su hija Amanda no estaba dispuesta a acompañar a la madre y
complicó las cosas con sus reclamos. “No podés dejarme sola”.
“No tenés derecho a irte”. “Sos una egoísta”.
Ante esas demandas, Valeria pensó en desistir de su plan. Me
opuse. Su hija tenía veintiséis años, una carrera, y estaba a punto
de vivir con su pareja. Aun así, se negaba a que su madre
abandonara Inglaterra. Pretendía que renunciara a sus deseos
para cumplir los de ella, que cediera el protagonismo de su vida
para ser espectadora de la suya. Valeria lo entendía, y aun así le
costaba negarse. Sentía culpa, miedo a que su hija se disgustara
o dejara de quererla.
–No vas a ser una mala madre porque vuelvas a tu país –le
dije–. En todo caso, ella se convertirá en una hija distante o
enojada. Y vos la vas a seguir queriendo como hasta ahora. Desde
el lugar que elijas para continuar tu vida.

Hay personas que pretenden entregas incondicionales.


Sor Juana comparó el amor con la sal: dañan su falta y su
sobra. Y la demanda incesante exige una desmesura en el cariño,
la entrega y el tiempo que termina con la frustración, el enojo y la
angustia de aquellos que no pueden calmarla.
Todo tiene un precio. A veces demasiado alto. El precio que
pagó Manuel. El precio que afronta todo el que pretende
satisfacer la exigencia desmesurada de los solitarios reclamantes.

98
ISLA III

Un grupo de chicos trepa a los toboganes, otro se mece en las


hamacas y dos adolescentes patean una pelota. A pocos metros,
en el canil, algunos amigos ríen y conversan mientras sus perros
corren. Es un día soleado. Fresco, pero agradable. La gente va y
viene por la plaza. Y en el banco, debajo del ombú, nosotros.
–¿No cree que a veces la culpa es una buena excusa para no
tomar decisiones? ¿Un motivo elegante que esconde una razón
mucho más cobarde? –me pregunta.
–¿Cuál?
–El miedo. Quizás, Valeria temía enfrentar el mundo sin la
molesta comodidad que le daba la cercanía de su hija. Tal vez,
Manuel se negaba a perder el lugar de importancia que le
otorgaba la demanda permanente de su padre.
Pienso.
–Es posible. Aunque el precio que pagaron fue demasiado
caro. Además, le aseguro que la culpa no es un tema simple. Por
un lado, es la sensación que aparece al comprender que obramos
mal, o no hicimos algo que debía hacerse. En esos casos, se trata
de una emoción que a veces nos detiene antes de cometer un
error. Para vivir en una comunidad e interactuar de modo sano
con los demás, hay que tener la capacidad de experimentar culpa
al hacer algo inconveniente.
–Sin embargo, es una palabra molesta. Tiene mala prensa.
Todo el tiempo se nos dice que no debemos sentir culpa. Que
tenemos que hacer lo que deseamos.
–Insisto: a veces la culpa es necesaria. No me mire así. Se lo
digo en serio. Una persona sin culpa, sin remordimiento por sus
malas acciones, es un canalla, cuando no un perverso.
–Una mala persona, quiere decir.
–No. Para los analistas, la perversión no tiene que ver con la
maldad. El perverso diferencia el bien del mal. Sabe lo que no
debe hacerse, pero lo hace igual. No le importa el dolor ajeno

99
porque carece de empatía. Entiende que todo no se puede, pero
actúa como si eso no fuera cierto. Como dijo la escritora Cynthia
Wila en su libro La Crueldad:

…hay estructuras psíquicas, las perversiones, por ejemplo, que


carecen de culpa y avanzan hacia la crueldad sin angustiarse.

–Está loco, entonces.


–Tampoco. Si estuviera loco desconocería el daño que causa y,
por ejemplo, no huiría después de cometer un acto indebido.
–¿Y cómo trabaja con una persona así?
–Por lo general, los perversos no se analizan. Porque no tienen
conflicto. En cambio, los “neuróticos de a pie” debemos aprender
a convivir con nuestras culpas.
–¿Neuróticos?
–Deje. Ya le explicaré en otro momento. Ahora me ha atrapado
con esto de la culpa.
–Porque sabe que tengo razón. ¿Cuántas veces en su
consultorio escuchó decir a alguien que no se separa porque le da
culpa abandonar a su pareja o el daño que pueda hacer a sus
hijos? No me dirá que les cree.
–Un poco.
–¿Y qué debería hacer quien ya no está enamorado?
–Irse. Darle a su pareja la posibilidad de ser deseada por
alguien más. Reconocerle el derecho a estar con una persona que
la elija y no que le tenga lástima.
–Sin culpa.
–Con responsabilidad. Aunque debo reconocer que en algo
acuerdo con usted.
–¿En qué? –me pregunta.
–Existen también culpas originadas por los mandatos de
nuestra historia.
–¿Cómo es eso?
–Todos necesitamos el reconocimiento de las personas que
para nosotros son importantes, y nos preguntamos cómo
debemos ser para que nos quieran. Entonces, leemos sus gestos,
escuchamos sus palabras e intentamos decodificar sus acciones
en busca de la respuesta. Con el tiempo, los internalizamos y se
transforman en un dedo que señala un deber ser. “Me quiere

100
inteligente”; “me quiere valiente”; “me quiere solo” o, por qué no,
“me quiere para no quererme”.
Hago una pausa. Me cuestiona.
–¿Me equivoco o se quedó pensando en alguien?
–Se nota que ya me conoce mucho –sonrío.
–Cuénteme.
–En mi adolescencia tuve una amiga, Olga. Una mujer mucho
más grande que yo. Debía tener cuarenta o cincuenta años. No lo
sé. Usted sabe que las percepciones juveniles son caprichosas. Y
para un chico de quince años todos son viejos. Olga era el retrato
exacto de lo que por ese entonces se llamaba “una solterona”.
Eran otros tiempos. En algunos aspectos, mucho más crueles que
hoy. Vivía cerca de la casa a la que me había mudado hacía poco.
Yo no conocía a nadie y de pronto apareció ella. Trabajaba mucho
y dedicaba el resto del tiempo a su madre, una señora mayor de
carácter fuerte que había decidido que su hija debía dedicarle la
vida. Tal vez por eso, estaba muy sola. Y yo también. Olga amaba
la música y los libros. Sospecho que eso nos acercó. Comencé a
visitarla. Escuchábamos sus discos de ópera y compartió conmigo
su biblioteca. Al poco tiempo, aquellos encuentros pasaron a ser
mis momentos más placenteros. Y esa visita cotidiana nos
permitió tener algo parecido a una amistad. Recuerdo que un
domingo pasó a buscarme por casa y dijo a mis padres que me
llevaría de paseo. Caminamos hasta la estación y tomamos el tren
hasta Retiro, luego el subte hasta Constitución, y de ahí un tren
más. El viaje era largo, pero la charla resultó interesante. Bajamos
en una estación medio desierta y luego de unas cuadras,
entramos en una capilla. “Es acá”, señaló. Yo no entendía nada.
Me pregunté si de verdad me había hecho viajar todo ese tiempo
para visitar una iglesia tan pequeña. Como si hubiera leído mis
pensamientos, sonrió y dijo: “mirá”. Me quedé mudo. Había
viajado casi tres horas, y ahí estaba. En la localidad de Glew. En la
iglesia de Santa Ana.
–¿Qué tenía de especial?
–Era como estar en la Capilla Sixtina.
–¿No será mucho? –pregunta.
–Le juro que no. Porque a mediados del siglo pasado, un
artista maravilloso, Raúl Soldi, pasó por el pueblo y se enamoró

101
de sus calles de tierra y sus tardes mansas. Entonces, tuvo la
ocurrencia de pintar la capilla. Convenció al Padre Jerónimo,
párroco del lugar, y juntos comenzaron el trabajo. Soldi dedicó
ocho horas diarias durante veintitrés años hasta concluirlo. Un
fraile, músico y poeta, solía visitarlo para recitarle un verso o tocar
el órgano mientras él pintaba. Se ve que se hicieron amigos,
porque cuando el fraile murió, Soldi plasmó su cara en la obra. Así
lo dijo:

Su rostro ha quedado arriba, pintado en el coro, como yo lo veía,


dorado por la luz cálida del verano, en las tardes apacibles y
aldeanas, cuando los seres y las cosas parecían tocados por la gracia
de Dios.

–Permanecimos en el lugar algo más de una hora y


emprendimos el regreso. Estábamos conmovidos. Quizás esa
emoción compartida fue la que abrió la puerta de la confidencia. Y
ese domingo, en voz baja, como si estuviera confesándose en el
asiento de un tren, aquella mujer develó su corazón y le contó su
vida a un chico de quince años –hago una pausa antes de seguir–.
Olga había estado muy enamorada de un hombre divorciado y
sabía que su madre jamás lo aceptaría. Él también la amaba y
más de una vez le propuso que vivieran juntos. No era una
opción. Mientras su mamá estuviera viva, ella se quedaría a su
lado. La sola idea de irse de la casa y sentir que la abandonaba la
llenaba de culpa. Entonces, acordaron vivir el romance en secreto
hasta que la mujer muriera. Pero él murió primero en un
accidente.
–La vida suele no respetar los acuerdos que hacemos los
humanos. Siga, por favor.
–Entre lágrimas, Olga me contó que, para poder ir al velorio,
debió fingir que iba a participar en un torneo de tenis que duraría
todo el día. Así, raqueta en mano, con zapatillas y vestimenta
deportiva blanca, se fue al velorio del único amor que había tenido
y lloró sola frente a su cajón. Antes de regresar, pasó por el baño
y se lavó la cara. Pero el agua fría no alcanzó para borrar las
marcas de dolor. Tenía los ojos inflamados y las mejillas rojas.
Entonces, buscó a la encargada del lugar y le pidió un favor. De
inmediato, la mujer abrió su cartera y le entregó lo que

102
necesitaba. Olga volvió al toilette y se maquilló con nerviosismo.
Si bien la tristeza seguía ahí, logró disimularla un poco. Recién
entonces se atrevió a volver a su casa. Durante la cena, mientras
intentaba retener el llanto, le contó a la madre anécdotas falsas
de un torneo inexistente.
–¿Nunca le dijo la verdad?
–Jamás.
Suspira.
–Qué soledad extrema vive quien no puede compartir su dolor,
ni siquiera confesar por qué está sufriendo. Si me permite,
aunque suene bestial, reivindico mucho más el pedido de
Francisco que intuía que si se quedaba solo iba a morir, que el de
esta madre que le robó a su hija la posibilidad de un proyecto
propio. Pobre Olga. Por culpa, dejó pasar su vida. Aunque, ¿quién
le dice?, tal vez pudo ser feliz en algún momento –una paloma
aletea entre las ramas y rompe el hechizo–. ¿Sabe qué fue de
ella?
–No. Me mudé a los pocos años y no la vi más. Pero hace un
tiempo, al terminar una conferencia, se me acercó alguien que
dijo haber sido mi vecino en aquel barrio. Yo no lo recordaba. De
todos modos, conversamos unos minutos y antes de despedirnos,
me preguntó: “¿vos conociste a Olga?”. Le respondí que sí. “Ah,
murió”, dijo como si no importara. Al llegar a mi casa me senté
frente a la biblioteca y me invadió el recuerdo de los libros, las
estaciones de tren, las capillas y las confesiones que compartí con
esa mujer maravillosa que acompañó mi adolescencia.
Mi voz se quiebra.
–Usted también hizo lo suyo –me dice–. Fue una compañía en
medio de tanto dolor.
Me quedo pensando.
–“La mano de dos solitarios…”
Sonríe.
–Puede ser –reflexiona–. Pero mejor, vamos que está
refrescando.

103
TRISTEZA-DEPRESIÓN-MELANCOLÍA

Odio la mañana, el café sin planes, sin ti y en ayunas.

Ismael Serrano

Los casos de Valeria, Olga y Manuel proponen distintas soledades


generadas por el ímpetu de una soledad reclamante. La primera,
la soledad triste de Valeria a causa del pedido caprichoso de
Amanda que apela a la culpa o al miedo de su madre para
alcanzar sus antojos. La segunda, la depresión que surge ante la
imposibilidad de vivir un amor por acatar un mandato. La tercera,
la soledad impotente de un hijo que debe enfrentar la melancolía
de su padre.
Si bien podemos entender que resulte doloroso sentirnos solos
cuando los demás no hacen lo que esperamos o sus deseos se
oponen a los nuestros, debemos resaltar que se trata de una
demanda de amor imposible de satisfacer.
Toda pérdida trae aparejada una tristeza. Cuando alguien
pierde lo que ama y no siente tristeza, es probable que esté
reprimiendo sus emociones y más tarde experimente un dolor
psíquico al que no le encontrará explicación.
En agosto de 2017, con motivo del lanzamiento de su obra Sí.
El psicoanálisis cura, el doctor Juan David Nasio dio un seminario
en Buenos Aires. Como prologuista del libro tuve el honor de
acompañarlo en ese evento. En aquella jornada, Nasio señaló
diferencias entre lo que denominó “tristeza normal” y “tristeza
depresiva”.
Según él, la tristeza normal es pasajera, mientras que la
tristeza depresiva invade de forma permanente, insoportable y
suele ir acompañada de una sensación de odio.
En el primer caso se sabe por qué se está triste, en tanto que
en la tristeza depresiva la persona ignora los motivos de su
depresión. Puede asociar alguna causa, pero no adentrarse al
origen real de su sufrimiento.
La tercera discrepancia alude a cómo se enfrenta el duelo.

104
Todo el que sufre una pérdida importante (una persona, una
ilusión, un trabajo, una etapa de su vida) tiene que realizar un
duelo. Ya hemos definido el duelo como “la batalla dolorosa que
debe llevar adelante todo el que ha perdido algo que ama”.
En un proceso de duelo “normal”, el ensombrecido va
aceptando de a poco su pérdida y a pesar del dolor sigue adelante
con su vida.
Dice Nasio:

…a pesar de la desgracia que le abruma, la persona triste mantiene


intacta la facultad de sentir la vibración interna de su deseo de vivir.

El depresivo, en cambio, se castiga, aborrece al “objeto”


perdido, detiene su deseo y atraviesa un estado abúlico de la
mano de un enojo permanente. Una sensación de odio por el
amado que lo abandonó, la juventud que se fue, el jefe que lo
despidió o el muerto que se ha ido.
Esa rabia que se esconde detrás de la tristeza contamina a la
persona depresiva y la aleja del mundo.
A veces es difícil reconocer una depresión, porque el
padeciente no demuestra dolor, pena o enojo. Aunque la anestesia
emocional que lo recorre y la ausencia de interés por los asuntos
de la vida revelan su malestar.
¿En qué consiste la depresión?
Se trata de un estado que, por lo general, muestra una gran
tristeza producto de un golpe emocional. Un impacto que no
siempre puede identificarse con claridad. Además, es un trastorno
que provoca un desfasaje neurológico en el paciente.
Las neuronas son las células del cerebro. El intercambio de
información entre ellas se denomina “sinapsis”. En el caso de la
depresión, la sinapsis se lentifica. Entonces, la persona deprimida
carece de voluntad para hacer cosas y de entusiasmo ante los
estímulos. Por esa razón, los psicólogos solemos trabajar estos
casos junto a un psiquiatra que prescriba la medicación necesaria
para contrarrestar los efectos de esa perturbación neuronal.
El Psicoanálisis no ve en la depresión una enfermedad, sino
una sintomatología que surge cuando el equilibrio psíquico se ve
alterado por alguna circunstancia vital. Cualquier acontecimiento
que impacte en la psiquis puede provocar esa descompensación.

105
Sin embargo, no toda persona que recibe un golpe emocional se
hunde en una depresión. Porque la causa externa, la pérdida
actual, es solo el empujón.
¿De qué depende, entonces, que alguien caiga o no en un
estado depresivo? De los condicionamientos internos. De la
fragilidad psíquica que haya quedado luego de los sucesos de
nuestra historia. Las personas depresivas portan una cicatriz que
las hace vulnerables.
Digamos, entonces, que una depresión se produce por la
coexistencia de una causa externa desencadenante y una
predisposición interna. A esa predisposición la llamamos
“neurosis”.
Aquella jornada, Nasio definió a la depresión como la reacción
dolorosa y enrabiada ante la pérdida de un objeto de amor
enfermizo. Es decir, la mezcla de rabia y dolor que nos avasalla
cuando perdemos algo que considerábamos imprescindible. Un
objeto que alimentaba la ilusión de ser felices y estar completos.
Perdido ese amor enfermizo, se pierde también la ilusión de
completud y el deseo de vivir. La persona depresiva se critica y se
flagela. Se siente poca cosa y experimenta una sensación de
culpabilidad a la que se entrega de manera gozosa. Con placer
masoquista.
Vemos cómo al golpe externo y la predisposición interna, se
suma el hecho de que el vínculo que unía al $ujeto con el objeto
perdido era patológico. Una relación de excesiva dependencia.
Porque el depresivo reeditaba, con su objeto de amor, un amor
antiguo y reprimido. Es decir que la pérdida actual es la repetición
de una pérdida anterior sufrida en la infancia que ahora se
renueva con una fuerza mayor.
Otro inconveniente que suele presentar este cuadro, es la
facilidad con que se alternan esos estados depresivos con
momentos maníacos, hasta llegar a veces a lo que se denomina
“psicosis bipolar”.
Resumiendo, se trata de un cuadro que manifiesta una tristeza
exacerbada y permanente, una abulia que lleva a la inacción y
una ausencia total de deseo. A veces, incluso, de deseo de vivir.
Es una afección peligrosa porque, en ocasiones, los pacientes
atentan contra su vida y sienten un odio feroz contra sí mismos

106
por no haber sido capaces de conservar el objeto amado. También
por el objeto perdido.
Escribió Ismael Serrano en una de sus canciones:

Te odio.
Odio las canciones de amor que traen tu recuerdo a mi casa.
Las ganas de verte. Y odio el cielo en tu rostro y las dudas
de echarte al olvido o llamarte para contarte qué sé yo…
Que sigo existiendo, que te odio por fin, que no sé si el
[ mundo resiste sin ti
Tanto, tanto, tanto, tanto te odio.

Te odio.
Odio la mañana, el café sin planes, sin ti y en ayunas.
Perdura tu aroma y lo odio.
Envuelto en papel de colores te envío bengalas, rencores.
Quizá recuerdes así que te odio También tu sonrisa
y la brisa arañando tu piel, y mi corazón ya de paso.
Tanto, tanto, tanto, tanto lo odio.

Este viejo odio que hiela los jazmines


ama tu figura aborrecible.
Y así, si te marchas, quedan los rencores
para recordarme las razones
de por qué me eres imprescindible.
De por qué te extraño, aunque me olvides.

Te odio
Odio tu belleza y a mí. Me odio al saberme tan lejos
del viejo camino andado, rastreando hadas y cometas,
la estrella prendida en tu pelo.
Maldito lucero lo odio.

Odio odiarte tanto.


Saber que te encuentras perdida
y la vida me impide encontrarte.
Tanto, tanto, tanto, tanto te odio.

Y odio perseguir tu rastro cansado en este laberinto.


Cual hilo de Ariadna, tus huellas me llevan hasta el
[ dulce tiempo
de besos, promesas lo odio.
Soy tan feliz a tu lado que odio que ya no estés cerca.

107
Y empieza a cansarme este odio. Quizá si tuviera tus manos.
Pero te odio tanto, tanto, tanto, tanto.

Como vemos, desde lo descriptivo, la depresión comparte


muchos de sus síntomas con la melancolía. La diferencia radica en
la mirada estructural. Mientras que la depresión puede aparecer
en cualquiera de las estructuras psíquicas (neurosis, perversión o
psicosis), la melancolía reclama su pertenencia al campo de las
psicosis.
Tanto para el depresivo como para el melancólico, el otro es
imprescindible. Lo extraña y al mismo tiempo lo odia. Odia su
casa, las ganas de recuperar lo amado, los recuerdos y también se
odia a sí mismo por estar perdido en un laberinto.
Hay quienes atraviesan un momento aislado de depresión, y
otros que recaen de manera repetitiva. Son pacientes difíciles que
presentan un cuadro de depresión crónica. En ambos casos, se
trabaja con las causas históricas que moldearon esa psiquis
endeble para ir más allá del golpe actual y llegar a la pérdida
antigua que hoy se reedita.
Casi todos piensan que a los analistas nos interesa el pasado.
Se equivocan. Nos interesa la manera en que ese pasado se repite
en el aquí y ahora de nuestros pacientes y los empuja a cometer
los mismos errores, a abrazar el mismo sufrimiento. Porque esa
pérdida sufrida en la niñez se actualiza hoy. Por ejemplo, bajo la
forma de síntomas depresivos que atormentan al paciente y
ponen en riesgo su vida.
Además, los que creen eso cometen otro error. No nos importa
el pasado, sino la historia.
El pasado es un cúmulo de hechos que ocurren desde que
nacemos. La historia, en cambio, es la apropiación que cada
$ujeto hace de esos hechos. Un relato. Una suma de palabras con
las que armamos “nuestra vida”. Un cuento que puede o no
coincidir con aquellos sucesos del pasado. Por eso, suscribo, “Sí,
el Psicoanálisis cura”, como dijo Nasio. Porque genera un espacio
donde la historia se cuestiona y puede transformarse en otra
historia.

108
A la luz de estos conceptos, diremos que Manuel estaba triste.
Veía cómo Francisco era víctima de la melancolía y soportaba sus
reclamos permanentes sin poder satisfacerlos. Se sentía en falta,
culpable, y al mismo tiempo enojado con su padre.
Algo parecido ocurría con Valeria. Las demandas de su hija la
angustiaban porque la ponían frente a la encrucijada de seguir o
no su deseo de volver a la Argentina. También estaba triste y
enojada.
Pude trabajar con ellos. Ninguno cayó en depresión.
Francisco, en cambio, se anuló. Desapareció. La psicosis
melancólica que padecía lo llevó a un suicidio lento que culminó
con aquella muerte repentina, aunque esperada.
En cuanto a Olga, mi querida Olga, la veo a la distancia
atravesando una larga depresión. Su madre fue egoísta. Y ella no
pudo enfrentar ese mandato reclamante.
A veces, a modo de consuelo, pienso que tal vez alguna de
nuestras charlas, aliviaron su dolor.
De cualquier modo, todos, Manuel, Valeria, Francisco, Olga,
ustedes y yo, enfrentamos la soledad como podemos.

109
MONSTRUOS

Ariadna: ¿Por qué le tienes miedo? Es mi hermano.


Minos: Un monstruo no tiene hermanos.
Minotauro: Sólo hay un medio para matar los monstruos; aceptarlos.

Julio Cortázar

“Monstruo” proviene del latín monstrum y refiere a una señal, una


advertencia de los dioses. También a un prodigio, algo
maravilloso. Con el tiempo fue adquiriendo un significado religioso
y se asoció a fenómenos sobrenaturales. Por ejemplo, un milagro.
Más tarde, el término se aplicó a criaturas quiméricas,
deformaciones de la naturaleza. Seres capaces de generar horror.
Es decir que la palabra varió su sentido de lo milagroso a lo cruel.
De lo divino a lo demoníaco.
Por lo general, concebimos al monstruo como un ente horrible,
con dos cabezas, cola o formas combinadas. Como la esfinge de
Tebas. Aquella criatura mítica que asaltaba a los caminantes que
pretendían llegar a la ciudad. Rostro de mujer, cuerpo de león y
alas. Despiadada, devoraba a quienes no eran capaces de resolver
el acertijo que les proponía. Que eran todos. Excepto Edipo, que
al vencerla la llevó al suicidio.
En mi infancia, como todo chico, me sentí atraído por estas
figuras extrañas.
Recuerdo el impacto al leer El hombre invisible, de H. G. Wells.
Imaginé a aquel turista que entra a la posada totalmente
vendado, cubierto por un sombrero, anteojos oscuros y guantes.
La figura era tan misteriosa que la dueña del hospedaje, la
señora Hall, se obsesiona por averiguar el secreto de su extraño
huésped, Hawley Griffin. Pero él sólo le cuenta la verdad al doctor
Kemp, un antiguo compañero de universidad. Le confiesa que
desde hace tiempo se había obsesionado con un experimento:
invisibilizar objetos, incluso seres vivos.
Conocedor de la física y los fenómenos ópticos, trabaja hasta
lograr que las cosas sean imperceptibles a la mirada de los

110
demás. Hasta que por fin lo consigue. Pero en el experimento él
mismo se vuelve invisible. Peor aún, comprende que el proceso es
irreversible. Que el éxito de su trabajo en realidad no ha sido más
que un fracaso. Así lo confiesa a su amigo:

Cuanto más lo pensaba, Kemp, más me daba cuenta de qué absurda


impotencia era un Hombre Invisible –en un clima frío y sucio y una
ciudad civilizada y abarrotada. Antes de hacer este loco experimento,
había soñado con mil ventajas. Aquella tarde todo parecía decepción.
Repasé las cosas que un hombre considera deseables. Sin duda, la
invisibilidad hacía posible obtenerlas, pero hacía imposible
disfrutarlas una vez conseguidas. Ambición –¿de qué sirve el orgullo
de posición cuando no puedes aparecer allí? [...] ¿Y para esto me
había convertido en un misterio envuelto, una caricatura de hombre
vendada y envuelta?

Consciente de su equivocación, se lamenta:

Cometí un error, Kemp, un error al intentar llevar este asunto yo


solo. He malgastado mis fuerzas, tiempo y oportunidades. Yo solo,
¡es increíble lo poco que puede hacer un hombre solo!, robar un
poco, hacer un poco de daño, y ahí acaba todo.

Hawley Griffin se da cuenta de que no puede compartir sus


logros ni interactuar con nadie. A partir de ese momento, se exilia
en una colina, se convierte en ladrón y fuerza a un tal señor
Marvel para que sea su ayudante. Y de a poco, se transforma en
un monstruo.

–Y lo que tenemos que hacer, Kemp, es matar.

Finalmente, el Dr. Kemp lo traiciona. Lo denuncia ante la


policía y lo persigue hasta que lo encuentran y lo matan a golpes.

En esta novela, Wells, crítico del poder que la tecnología puede


tener sobre los humanos, cuestiona el uso indiscriminado de la
ciencia. Además, desnuda el daño psíquico que causa el
aislamiento. Porque es probable que, en realidad, Griffin fuese un
monstruo desde mucho antes. Desde que, como el personaje

111
condenado a un año de inexistencia en Dimensión desconocida,
fuera invisibilizado por la sociedad. Es decir: por los demás.
Se trata de una mirada interesante, en especial en este
momento en que los adelantos tecnológicos comienzan a abrir
puertas que no sabemos si conducen a cielos o infiernos.
Lacan sostuvo que el lenguaje nos diferencia de los animales.
El goce de las máquinas.
La inteligencia artificial (IA) no goza. No le teme a lo real, a lo
desconocido, a lo imposible de aprehender.
Sin embargo, renegando del “todo no se puede” (lo que nos
hace humanos), nos obsesionamos por comprender lo
incomprensible. Avanzamos, aunque el planeta diga “basta”.
Negamos el calentamiento global, la contaminación ambiental, lo
inevitable de la vejez y de la muerte.
Con asombro, el mundo asiste a los avances que promete la
IA. Sin embargo, no está de más cuestionar hasta dónde estamos
dispuestos a llegar en el intento de ir por todo. De ser, como
Víctor Frankenstein, “modernos Prometeos”. Dioses. Seres
capaces de dejar nuestra humanidad en manos de máquinas que
piensen por nosotros o robots que reemplacen nuestras tareas.
Es una incógnita. O tal vez, no. No es difícil imaginar el futuro
cercano casi como un abismo. Como sea, debemos estar atentos y
hacer lo que podamos con el fin de no desaparecer.

Volviendo.
Quedé tan impactado por el relato de Wells, que fui en busca
de más monstruos. Y ahí estaba Bram Stoker y su novela:
Drácula. Una obra escrita bajo la forma de una suma de diarios
íntimos que narra la historia de un vampiro. Como la luz del sol
podía destruirlo, Drácula se encerraba cada día dentro de un
ataúd. Por las noches salía en busca de la sangre que necesitaba
para seguir existiendo. Y antes del amanecer volvía a su guarida.
Solo. Sin luz, sin amor. Es comprensible. Drácula era inmortal,
y la muerte es indispensable para amar. Quien sea privado de la
muerte, también lo será del amor.
Sócrates sostuvo que el amor es producto de la falta. En
nuestro caso, falta de eternidad. Porque es la finitud la que nos

112
impulsa a buscar la trascendencia bajo la forma del arte, el
conocimiento, o el amor.
Contradiciendo a Spinoza (todo lo que es quiere perseverar en
su ser), Borges dijo que nada peor podía pasarle que no morir,
que ser eternamente Jorge Luis Borges. Lo entiendo. Porque
alguien inmortal, sin miedo al tiempo y a la muerte, no
encontraría motivos para crear o enamorarse. Un inmortal es
también un monstruo.
Luego vino Notre Dame de Paris y me trajo la historia de
Quasimodo, aquel pobre jorobado que vivía en una soledad total,
en el claustro del campanario de la Catedral de París. Víctor Hugo,
el autor, dice:

Notre Dame había sido sucesivamente para él, a medida que crecía y
se desarrollaba, el huevo, el nido, la casa, la patria, el universo.

Y después muchos más. El fantasma de La Ópera, Jeckyll y


Hyde, La momia, Moby Dick y su obsesionado perseguidor, el
capitán Ahab, tan monstruoso como la gigantesca ballena blanca.
Aunque, más que el miedo que generaban aquellos monstruos,
me impactó su soledad. La exclusión a la que estaban condenados
por ser distintos, por no asemejarse a la mayoría. Soledades
impuestas por quienes temían compartir sus propias soledades
con ellos.
El monstruo es alguien diferente a lo que se espera. No se
adecua a la norma y por eso es considerado “anormal”.
Amparada en esta creencia, se ha catalogado de monstruosas
a personas cuyo único pecado fue no ajustarse a la idea de
“normalidad” que plantea la cultura. A los diferentes que el
sistema deja afuera.
En mi juventud vi una película maravillosa: Fanny y Alexander,
lo último que Ingmar Bergman realizó para cine. Un film que narra
las desventuras de dos hermanos luego de la muerte de su padre.
Al principio, van a vivir a casa de un obispo, amante de su
madre, que azota a Alexander y lo encierra en un ático donde es
visitado por los fantasmas de la esposa y las hijas muertas del
clérigo. Uno de los personajes se llama Gustav Adolf. Adolf, como
Hitler. Bergman no escatimaba a la hora de presentarnos
personajes monstruosos.

113
Pero el detalle que más me impresionó, fue que los hermanos
tenían prohibido entrar a una habitación donde estaba encerrado
un monstruo.
Una noche, Fanny y Alexander se escabullen y abren la puerta
del cuarto. Para su sorpresa, y la del espectador, se encuentran
con Ismael, un joven hermoso que había sido confinado por ser
homosexual. Ese muchacho que se había animado a contrariar el
ideal de la época era el monstruo que escondían.
Como él, muchas personas sufrieron el aislamiento a causa de
la ignorancia de un entorno que ve en lo diferente un peligro. Que
confunde la mayoría con lo normal, y lo normal con lo sano.
Hombres y mujeres que padecieron a causa de su religión, el color
de su piel o su manera de vivir la sexualidad. Rasgos que hicieron
que sufrieran desprecios y fueran obligados a soledades injustas.
El que es percibido como un monstruo no siempre es
desagradable o maligno. A veces, simplemente es distinto a los
demás.
Hoy, quien no se deja adormecer por el hipnotismo que
propone la cultura y se aburre con las diversiones cotidianas,
quien no mira series o no tiene redes sociales, resulta “raro”. Y se
queda solo.
Al comenzar el libro dijimos que la teoría de la relatividad abrió
un mundo de posibilidades. Entre ellas, la de viajar en el tiempo.
Suena delirante, pero no es imposible. De algún modo, todos
viajamos en el tiempo. La psiquis humana va de los recuerdos del
ayer a los sueños del mañana a cada instante. ¿Qué hace un
trauma sino viajar desde el pasado para herir en el presente?
La vida es un viaje inevitable hacia un futuro que amedrenta o
que deseamos. Un cúmulo de actos repetidos que vienen del
pasado y nos alcanzan una y otra vez para herirnos, para
frustrarnos, para hacernos sentir odio, culpa, fastidio o dolor. Un
regreso inevitable a infancias que no mueren. Porque el
Inconsciente es atemporal.
Salgamos de la analogía.
Hoy se sabe que, si se lograra superar la velocidad de la luz,
podría efectivamente viajarse al pasado. Al futuro, como dijimos,
viajamos en cada segundo de nuestra vida. Pero podríamos
hacerlo más rápido si alteráramos la velocidad en que nos

114
movemos. Si tomáramos un avión que volara a una velocidad
cercana a los trescientos mil kilómetros por segundo que recorre
la luz, y nos fuéramos diez años, al volver a la Tierra habrían
pasado casi trescientos.
En la citada película Interstellar –cuyo guión original fue
escrito por el premio Nobel de Física Kip Thorne–, se ve cómo
alguien que se va por poco tiempo, al regresar comprueba que su
hija –una niña cuando partió– es ahora una anciana a punto de
morir. Para ambos, padre e hija, la visión del otro tiene un efecto
siniestro.
¿Qué pasaría si se descubriera congelado a un hombre de
Neanderthal y se lo volviera a la vida? Ese ser que hace cuarenta
mil años caminaba con normalidad por el planeta, nos parecería
monstruoso. Sería aislado y sometido a toda clase de estudios.
Condenado a una Soledad inmensa por ser diferente a nosotros.
Por su parte, a él también le parecería monstruoso nuestro
mundo.
¿Qué sentirían nuestros próceres, San Martín, Artigas o
Belgrano, si pudieran vernos? ¿Y nosotros, qué pensaríamos de
ellos si los escucháramos hoy?
En su artículo “Lo ominoso”, Freud se propone descubrir:

…ese sentido esencial y propio que permite discernir, en lo


angustioso, algo que además es “siniestro”.

Es decir que en lo siniestro hay algo que va más allá de la


angustia.

…lo siniestro sería aquella suerte de espantoso que afecta las cosas
conocidas y familiares desde tiempo atrás.

Freud señala que lo siniestro aparece cuando lo familiar se


vuelve espantoso. Esa es su especificidad.

…Lo siniestro causa espanto precisamente porque nos es conocido...

Dicho de otro modo, el efecto siniestro, traumático, se produce


cuando algo de lo familiar se vuelve amenazante. Cuando alguien
que debería protegernos es quien nos daña.

115
Mente siniestra (El escondite) es una película de terror
psicológico protagonizada por Robert De Niro y Dakota Fanning.
Cuenta la historia de David Callaway, un psicólogo que, tras
encontrar a su esposa suicidada en la bañera, decide mudarse con
su hija Emily de nueve años al norte de Nueva York. Cuando
llegan, ella manifiesta tener un amigo imaginario llamado Charlie.
Al tiempo, comienzan a suceder cosas extrañas. La mascota
aparece muerta en la bañera. Según la niña, Charlie la ha matado.
Poco después, Emily corta la cara de una muñeca. Se la ve
alterada. Una amiga de la familia, Katherine, habla con ella para
averiguar qué le ocurre. Pero la niña no quiere entablar amistad
con nadie.
Todo se agrava cuando Elizabeth, una conocida, cae por la
ventana de la habitación y muere. Nuevamente, Emily sostiene
que ha sido Charlie el responsable.
Recién cuando David encuentra unos papeles que no había
visto, se da cuenta de que padece un trastorno de identidad
disociativo. Él es el amigo imaginario de Emily, el monstruo que
acecha a su propia hija, el que mató a su esposa tras verla
besándose con otro. Charlie es la identidad reprimida con la que
descarga su furia. El habitante oscuro alimentado por su pulsión
de muerte.
Emily está aterrorizada y llama a Katherine en busca de ayuda.
Pero el monstruo intenta matarla también a ella. Emily le ruega
que la deje ir. Charlie se distrae y Katherine aprovecha el
momento para tomar un arma y le dispara. Entonces, David
(Charlie) muere.
En la escena final ha pasado el tiempo. Emily vive con
Katherine y se prepara para ir a la escuela. La cámara se detiene
en un dibujo que ha hecho de sí misma. La figura muestra una
niña con dos cabezas.

Ahí vemos el efecto siniestro. Lo familiar que se vuelve


desconocido. La amenaza que llega de quien debe cuidarnos.
David, el padre, que es al mismo tiempo Charlie, el personaje
amenazante.
Los abusos de la dictadura cívico-militar que gobernó la
Argentina entre los años 1976 y 1983 generaron un impacto

116
siniestro. Las fuerzas de seguridad que estaban para proteger al
pueblo fueron las mismas que secuestraron, torturaron, robaron
bebés, arrojaron personas vivas desde un avión y desaparecieron
gente.
Un abuelo que cuida de su nieto y en lugar de protegerlo lo
abusa o lo lastima, produce un efecto siniestro.
Aunque no siempre lo monstruoso es siniestro.
La monstruosidad no está dada por el efecto traumático que
produce. En ocasiones, alcanza con que alguien se aparte del
ideal de su cultura. A veces, el monstruo es inocente.
Oscar Wilde fue encarcelado y sometido a un tratamiento
hormonal por ser homosexual. Ese hombre cuya tumba está llena
de marcas de besos, en su tiempo fue considerado un monstruo.
Un inmortal o un santo, son monstruosos.
El poeta Horacio Ferrer, “con quien tanto quise”, como me
escribió en una dedicatoria, imaginó la historia de un hombre que
aparece de modo imprevisto dando vueltas por la ciudad.

Se trata de un eterno ciclista solo.


Tan solo que repecha las calles por las noches.
Usa las botamangas del pantalón bien metidas en las
[ medias
y una boina calzada hasta las orejas.

Al parecer, nadie sabe de dónde viene ni hacia dónde va. De


todos modos, Ferrer nos aconseja que si lo viéramos pasar
deberíamos tratarlo con mucho amor, porque puede que sea otra
vez:

El flaco que tenía la bicicleta blanca.


Silbando una polkita cruzaba la ciudad.
Sus ruedas daban pena, tan chicas y cuadradas
que el pobre se enredaba la barba en el pedal.

Llevaba de manubrio los cuernos de una cabra.


Atrás, en un triciclo, cargaba un pez y un pan.
Jadeando a lo pichicho trepaba las barrancas,
y él mismo se animaba, gritando al pedalear:

¡Dale Dios, dale Dios…

117
meté, flaquito, corazón!
Vos sabés que ganar
no está en llegar sino en seguir.

Al principio, todos se detenían para verlo. Les parecía


simpático, gracioso. Lo aplaudían entre bromas y risas. Él
saludaba agradecido y repetía: “¡Dale Dios!”.

Hasta que una noche, su horrible bicicleta con acoplado


entró a sembrar una enorme cola fosforescente.
¡Increíble!: los pungas devolvían las billeteras en los
colectivos;
los poderosos terminaban con el hambre;
los ovnis nos revelaban el misterio de la paz.
El intendente, en persona, rellenaba los pozos de la calle.
Y hasta yo, pibe, yo que soy las penas,
lloré de alegría bailando bajo aquella luz la polka del
[ ciclista.

En ese momento la historia pega un vuelco inesperado.


La gente se da cuenta de que ese ciclista es diferente a ellos.
Es un monstruo. Entonces, sin saber por qué, llenos de rabia,
comienzan a agredirlo. Lo atacan por la espalda, lo hieren y
destrozan su bicicleta.

Le dimos como en bolsa, sin asco, duro, en grande.


La hicimos mil pedazos. Y al fin yo vi que él
mordiéndose la barba gritó: “que yo los salve”.
Miró su bicicleta, sonrió y se fue de a pie.

Sobre el final, el narrador intenta una disculpa que esconde un


reproche:

Pero mi viejo flaco nuestro que andabas en la Tierra;


¿Cómo no te diste cuenta de que no éramos ángeles,
sino hombres y mujeres?

Los últimos versos nos invitan a pensar que, se gane o se


pierda, la lucha vale la pena. Y, por qué no, dejan flotando una
esperanza.

118
Flaco, no te pongas triste,
todo no fue inútil, no pierdas la fe
que, en un cometa con pedales,
dale que te dale, yo sé que has de volver.

La analogía entre “el flaco que tenía la bicicleta blanca” y


Jesucristo es clara. El pez y el pan que llevaba en el triciclo, su
autoarenga: “¡Dale, Dios!”, y su frase de despedida: “que yo los
salve”, disipan toda duda.
Para los habitantes comunes de la ciudad, “el flaco” fue un
monstruo.
También el Cristo lo fue en su tiempo.
¿Qué pensar de alguien que afirma que puede devolver la vida
a los muertos, levantar un templo en tres días, caminar sobre las
aguas y transformar el agua en vino?
Sin duda, es un ser distinto. La cultura lo sabe, y por eso lo
persigue, lo encarcela, lo tortura y lo crucifica.
Como pasa muchas veces con los hijos que quieren algo
distinto al proyecto de vida que los padres han planeado para su
futuro; o con alguien que sigue su deseo, se separa y se vuelve
monstruoso ante los demás por “haber roto un hogar”; o con
quien ama a una persona distinta al ideal familiar. Y se quedan
solos.
Se dice que Arthur Schopenhauer dijo alguna vez:

A quien todo lo ha perdido, le queda Dios todavía.

Dios como último resguardo ante la Soledad.


Cristo no tuvo esa suerte:

Padre ¿por qué me has abandonado?

Qué soledad inmensa. Como escribió Discépolo:

¡Qué desencuentro!
Si hasta Dios está lejano.

Borges imaginó un personaje, Asterión, que vive en una casa


eterna, un laberinto. A diferencia del Minotauro, la casa de

119
Asterión tiene sus puertas siempre abiertas. Alguna vez ha salido
al mundo, pero decidió regresar.

…algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo


hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras
descoloridas y aplanadas, como la mano abierta.

Asterión tuvo miedo. La “gente común” lo aterrorizó. Vio en


sus rostros la incomprensión, la locura.

…no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

No puede mezclarse con los demás. No hay otro para él.

El hecho es que soy único.

Es único. Por eso está solo.

¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre?


¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

Cristo al menos había sido abandonado por su padre.


Asterión sufre la Soledad plena de quien ni siquiera puede
imaginar a Dios. O teme que, quizás, también Dios sea
monstruoso.
De igual manera la soledad y Dios parecen excluirse.
En aquella conferencia de San Sebastián que antes
mencionamos, Vicente Palomera Laforga dijo:

Yo creo que la soledad moderna, lo que llamamos la soledad, en


realidad como problema humano, como problema que nos concierne
a nosotros directamente, data de hace poco tiempo. Cuando digo
poco tiempo, me refiero a que en la historia de la humanidad hasta
el siglo XVIII no podemos empezar a hablar del tema de la soledad.
Mientras todas las sociedades occidentales, fundamentalmente,
están centradas en torno a la figura de Dios, es decir, que son
teocéntricas, la existencia de Dios organizaba la existencia de los
seres humanos en un vínculo cerrado, donde era imposible pensar
que uno estuviera solo, siempre estaba en compañía de Dios.

120
Sabemos que en el siglo XIX Nietzsche anunció la muerte de
Dios, que no es sino una consecuencia de la desaparición del lugar
central que ocupaba en la historia y en la sociedad la figura de Dios.
Y eso quizás ha hecho que surgiera el tema de la soledad con más
fuerza.

El poeta Lucrecio habitó un tiempo difícil. Los antiguos dioses


habían muerto y el Dios nuevo aún no había llegado. Como
Asterión, caminaba un laberinto sin Dios.
El laberinto es un universo infinito. Infranqueable. Solitario. Un
enigma que también obsesionó a Cortázar que, cierta vez,
mientras viajaba en colectivo, tuvo una visión diferente del mito
de Teseo y el Minotauro.

Existe la versión oficial del mito.


Teseo es el héroe que entra en el laberinto, guiado por el hilo de
Ariadna, para poder volver a salir, y busca a ese monstruo espantoso
que es el Minotauro, que devora a jóvenes rehenes. Entonces lo
mata y sale como el gran héroe.
Yo vi eso totalmente al revés.

Yo vi en el Minotauro al poeta, al hombre libre, al hombre


diferente, y que por lo tanto es el hombre al que la sociedad, el
sistema, encierra inmediatamente. A veces los meten en clínicas
psiquiátricas, y a veces los meten en laberintos.

Cortázar ve en el Minotauro a un inocente. La mitología


clásica, en cambio, hace de él un monstruo.
Parafraseando a Baudelaire, pienso: Dios mío, qué solo se
quedan los monstruos.
Pero hay metamorfosis mucho más cotidianas.
Quien deja de amarnos se vuelve monstruoso. Su aspecto nos
resulta familiar, pero es una persona distinta. Está en el mismo
cuerpo, pero es otra. Su mirada ha perdido ese brillo que nos
hacía felices. Se ha vuelto insensible a nuestro amor. Y nos deja
solos frente a la indiferencia.
Francisco se había transformado en un monstruo para sus
hijos que, al verlo venir por el pasillo, ya no sentían la alegría de
cuando eran chicos. Ahora, como Emily, la niña de Mente

121
siniestra, experimentaban el terror de la carga maligna que
llevaba su presencia.
Manuel desplegaba en el diván su angustia ante la
incomprensión. No entendía cómo era posible que el padre que
había conocido, el mismo que alguna vez, le diera calma, ahora le
daba miedo.
Recuerdo todavía su grito de indignación:
–¡No es justo! Él debía ser bueno, amarnos a mi hermana, a
mis hijos y a mí. Desearnos lo mejor. ¿Qué pasó? ¿Por qué se
transformó en esto? Explicame, Gabriel. ¿Qué mierda pasa en la
cabeza de alguien para que, de pronto, se convierta en la imagen
del horror?
Detrás del discurso melancolizado, ese padre resultaba
temible. El hijo y él eran dos monstruos. Y, como tales, estaban
fatalmente solos.
Silvia Bleichmar relaciona el sentimiento de soledad con el
concepto que Laplanche tradujo de Freud como “desayuda o des-
auxilio”. Y dice:

En realidad, Freud alude a algo mucho más específico, que es que el


desauxilio produce sentimientos de profundo desvalimiento; y yo
aquí lo vincularía con los sentimientos de profunda soledad.
[…] La ausencia del otro tiene que ver con el desvalimiento. Y
Freud dice ahí claramente que ese niño queda a merced de la
pulsión, del riesgo, cuando no está la presencia del otro.

A pesar de su madurez, en aquellos encuentros Manuel era un


chico a merced de un padre voraz que con su demanda
desmesurada lo ponía en riesgo.
A diferencia de Laplanche, Lacan tradujo el concepto freudiano
como “des-ser”.

…(des-étre), “des-ser”, vale decir, como una desarticulación del ser, o


como una carencia o caída del ser.

De nuevo la caída. Esta vez, del ser.


Es muy fuerte pensarlo así.
Hemos dicho que Spinoza sostuvo que todo lo que es quiere
perseverar en su ser.

122
Ante su padre, Manuel perdía su ser, su identidad y su amor
propio. Identificado a la pulsión de muerte de Francisco, perdía
incluso las ganas de vivir. Y se quedaba en un infierno solitario.
Porque, después de todo, retomando a Bleichmar:

La soledad, ¿qué es? Una imposibilidad de reconocerse en el


intercambio con el otro, una imposibilidad de disfrutar, no solamente
de lo que el otro da, sino de lo que el otro tiene.

En ese entorno siniestro, Manuel y su hermana también eran


monstruos para un padre que, en vez de hallar la ternura de sus
hijos, encontraba miedo e incomprensión.
Así, Amanda era monstruosa para Valeria. Ya no era el bebé
que había acunado, sino alguien que le exigía que renunciara a
sus deseos. Y ella también había dejado de ser la mamá
protectora para ser una mujer que abandonaba a su hija en busca
de un destino propio. ¿Egoísta? Es probable. Una y otra. Y el
náufrago de García Márquez que de tanto ir “desesperando”
comenzó a ser monstruoso para sí mismo. Olga que odió a su
madre. Y esa madre que la condenó a la soledad. Y yo, que la
olvidé durante años.
Ser humano es en algún momento ser un monstruo.
Y ser un monstruo es estar solo.

123
ISLA IV

–Hace rato que está en silencio.


–Estoy leyendo –me responde–. Escuche:

El cariño de otra persona destruiría la razón de ser de mis crímenes,


y me convertiría en algo cuya existencia, todos desconocerían. Mis
vicios son los vástagos de una soledad impuesta y que aborrezco; y
mis virtudes surgirían necesariamente cuando viviera en armonía con
un semejante. Sentiría el afecto de otro ser y me incorporaría a la
cadena de existencia y sucesos de la cual ahora quedo excluido.

Suspiro.
–Frankenstein, ¿no? Es como si el monstruo supiera
exactamente lo que se siente al ser humano.
–Porque fue hecho por uno. Y luego rechazado por todos.
–Qué relato triste y hermoso a la vez.
–Así es. Sépalo –sentencia–: Frankenstein es un libro
indispensable. Mire este párrafo:

¡Odioso día en el que recibí la vida! –Exclamé desesperado–. ¡Maldito


creador! ¿Por qué creaste a un monstruo tan horripilante, del cual
incluso tú te apartaste asqueado? Dios, en su misericordia, creó al
hombre hermoso y fascinante, a su imagen y semejanza. Pero mi
aspecto es una abominable imitación del tuyo, más desagradable
todavía gracias a esta semejanza. Satanás tenía al menos
compañeros, otros demonios que lo admiraban y animaban. Pero yo
estoy solo y todos me desprecian.

–¿Sabe quién escribió esto? –me pregunta.


–Mary Shelley, claro. Lo leí cuando era chico.
–Ella también era una adolescente cuando lo escribió. Tenía
apenas dieciocho años.
–No entiendo cómo pudo adentrarse en semejante abismo.

124
–El origen de la novela es muy interesante. Fue en junio de
1816. En un verano raro.
–¿Por qué?
–Porque los días eran cortos, oscuros, y hacía mucho frío.
Ocurre que el volcán Tambora, en Indonesia, había inundado el
cielo con una nube de cenizas que tardó meses en disiparse. En
ese ámbito, un grupo de viajeros llegó a Suiza, a las cercanías del
lago Leman. Estaban Lord Byron, que venía exiliado de
Inglaterra...
–¿Exiliado? –Interrumpo–. ¿Por qué?
–Por imputación de incesto. Se lo acusaba de tener relaciones
con su hermana. Lo acompañaba su médico, John Polidori. Un
joven que en secreto tomaba nota de todo lo que hacía Byron.
Quería estar preparado para un futuro escándalo editorial.
Además, llevaban un perro, un mono y un pavo real. Poco
después se les unieron Percy Shelley y su joven amante, Mary.
Ellos también huían de la crítica social británica. Y tal vez, de la
tragedia –lo interrogo con la mirada–. La esposa de Shelley.
–¿Qué pasaba con ella?
–La encontraron muerta en Hyde Park seis meses más tarde.
Pero deje que siga con el cuento. La reunión fue organizada por
Claire, hermanastra de Mary. La muchacha había tenido un
romance con Byron y deseaba resucitar el vínculo.
–Estaba enamorada.
–Y embarazada. La lluvia y las tormentas los obligaron a
encerrarse en la villa y se generó una fuerte convivencia.
–Imagino. Días y días sin poder salir. ¿Y qué hacían?
–Bebían, leían relatos de terror, hablaban de filosofía, de
ciencia, y discutían acerca de la posibilidad de reanimar
cadáveres. El clima se volvió tenebroso y Byron propuso un
certamen. Ganaría quien escribiera la mejor historia de terror.
Mary aceptó el desafío. Aunque estaba tan asustada que llegó a
tener alucinaciones. Percy y Byron se aburrieron pronto y
partieron rumbo a Montreux. Mary, en cambio, se quedó
escribiendo sin salir de su cuarto.
–Tal vez no encontraba la idea para su relato.
–No, no fue por eso.
–¿Entonces?

125
–Soñó. Tuvo una pesadilla:

Vi el pálido estudiante de artes profanas arrodillado junto a la cosa


que había ensamblado. Vi al horrible fantasma de un hombre
tendido, y luego, al accionar algún potente motor, dar señales de
vida.

–Ese sueño se mezcló con las charlas sombrías, y con todo el


dolor que arrastraba por la muerte de su madre y el exilio. Y Mary
escribía y escribía. Al verla tan absorta en su literatura, Polidori se
sintió herido en su orgullo. Se puso a trabajar e, inspirado en la
figura de Byron, dio nacimiento a su personaje: el vampírico Lord
Ruthven.
–Es decir que de aquel desafío oscuro nacieron al menos dos
obras.
–Dos obras fundantes. El Vampiro, que inspiraría a Bram
Stoker para su gran obra, Drácula, y Frankenstein o el moderno
Prometeo, considerada el nacimiento de la ciencia ficción
moderna.
Hacemos silencio.
–No fue un encuentro vano, entonces –agrego–. ¿Y qué fue de
ellos?
–Tuvieron un destino trágico, al igual que sus criaturas. Polidori
se suicidó con cianuro en 1821. Percy Shelley se ahogó durante
una tormenta un año después. Byron murió en 1824 víctima de
una infección.
–¿Y Mary?
–Sobrevivió a todos, pero su vida fue muy difícil. En poco
tiempo perdió a sus hijos y vivió acosada por el duelo.
Frankenstein se publicó un año después de aquel verano. El
nombre de Mary no estaba en la tapa. Tuvo que esperar un
tiempo para que se la reconociera como autora de la novela. Años
después, al recordar aquel encuentro en Ginebra, escribió:

Frankenstein nació de días felices, cuando no estaba sola.

Me quedo en silencio unos segundos. Luego, comento:


–Esa frase revela más de lo que aparenta. El monstruo de su
novela expresa una soledad similar en uno de sus pasajes más

126
desgarradores. Cuando le ruega al científico que le construya una
compañera.
–Cuando el monstruo pide, al menos, otro monstruo para no
estar tan solo.
Se detiene en una hoja y lee:

Lo que te pido es razonable y justo; te exijo una criatura del otro


sexo, tan horripilante como yo: es un consuelo bien pequeño, pero
no puedo pedir más, y con eso me conformo. Cierto es que seremos
monstruos, aislados del resto del mundo, pero eso precisamente nos
hará estar más unidos el uno al otro. Nuestra existencia no será feliz,
pero sí inofensiva, y se hallará exenta del sufrimiento que ahora
padezco. ¡Creador mío!, hazme feliz; dame la oportunidad de tener
que agradecer un acto bueno para conmigo; déjame comprobar que
inspiro la simpatía de algún ser humano; no me niegues lo que te
pido.
Si consientes en mi petición, nosotros dos nos iremos a las selvas
del sur de América; tú no volverás a saber de nosotros. Pero si te
niegas, haré contigo una guerra que no terminará hasta que uno de
los dos perezca.

–Y el creador volvió al trabajo.


–Sí –comenta– pero antes de concluir se arrepintió y ante los
ojos angustiados del monstruo que lo observaba por una ventana,
destrozó con sus manos a la mujer que había creado.
–Tuvo miedo.
–Sí –comenta–. Al menos, eso dijo:

¿Quién puede asegurar que esta nueva hembra aceptaría su destino


de retiro y sumisión? [...] Tal vez odiaría al otro tanto como los
hombres lo odian. También podía suceder que ella tuviese su propia
voluntad y opiniones. Incluso, lo que más me horrorizaba, podían
unirse para engendrar una nueva raza de demonios que poblaría la
tierra.

–¿Entiende? Un monstruo odiando a otro. ¿Por ser otro o por


ser espejo de su propio horror? –Me mira–. ¿Qué se quedó
pensando?
–En las personas que en la Villa de Byron compartieron el
encierro, el alcohol, el exilio, las charlas, el sexo… Y el arte, a
pesar de todo. Una mezcla de miel y sangre.

127
–Como la pócima de Odín. La que le develó el secreto de la
poesía.
–Pienso también en esa imagen surgida de una pesadilla.
–¿Insinúa que fue el monstruo el que la eligió a Mary?
–Quizás. O fue ella la que le dio por fin una voz al exiliado. Al
distinto. Al que, como todos, sólo quiere ser amado –hago una
pausa y pregunto–. ¿Y qué fue de la criatura?
–Enfurecido, el monstruo resolvió destruir el mundo de su
creador. Dio muerte a su mejor amigo y a Elizabeth, su novia,
justo en su noche de bodas. El padre de Víctor murió de tristeza,
y él decidió perseguir al monstruo hasta el fin del mundo. Pero al
llegar al Ártico, las fuerzas lo abandonaron y se enfermó. Fue
auxiliado por una embarcación comandada por el capitán Walton,
a quien le contó la historia poco antes de morir. A los pocos días,
atormentado por el remordimiento, el monstruo subió al mismo
barco y prometió al capitán que se mataría. Que pondría fin a su
vida. No soportó la culpa.
–O la soledad. Como su verdadera creadora: Mary. La que lo
engendró en sus pesadillas. La mujer que desafió la moral de su
tiempo y quedó aislada por ser distinta. Por ser monstruosa. Y
afrontó sus duelos como pudo.
–Es cierto. A lo mejor en eso radica la magia de la obra. En
que la autora y el personaje, la mujer y la criatura, comparten la
fatal condena de estar solos.
Hacemos silencio de nuevo. Al rato, digo:
–Le agradezco por hablarme de estas cosas.
–No me dé las gracias. Hablarnos es todo lo que tenemos.

128
SEGUNDA PARTE

129
LA SOLEDAD DEL HABLANTE

El inconsciente es que en suma uno habla solo.


Uno habla solo porque uno no dice jamás sino una sola y misma cosa, salvo
si uno se abre a dialogar con un psicoanalista.

Jacques Lacan

LO ENGAÑOSO. LO CREATIVO. LO INAPRENSIBLE

La mañana era gris. Hacía frío y llovía de manera persistente.


Al salir, el viento me dio en la cara.
Me coloqué los auriculares, puse el poema sinfónico de Bedřich
Smetana y enfilé hacia el Moldava, el río que lo había inspirado.
Me detuve cerca de la ribera. Las aguas revueltas eran la imagen
exacta de aquella melodía. Cuando terminó la obra, reanudé la
marcha hasta el puente de Carlos IV que, como una herida
abierta, lleva al corazón de Praga. Caminé entre sus esculturas y
desemboqué en una calle que parecía venir de tiempos lejanos.
Estaba emocionado. Ya había recorrido ciudades más grandes
y tal vez más importantes. Pero esta me conmovió de manera
especial. Latía. Me susurraba al oído. Estaba viva.
Al llegar a “la torre del reloj” entendí el secreto de su magia.
Un siglo atrás, por esas mismas calles, un hombre taciturno había
arrastrado su soledad. Una soledad escondida en páginas
sublimes que acompañaron muchos de mis días.

Franz Kafka fue un joven atormentado al que siempre le dolió


la vida. Amó a Felice Bauer y sufrió por ella. La relación conflictiva
con su padre y con el mundo lo colmó de angustia. Con esa arcilla
modeló su obra. “La metamorfosis”, El castillo, El proceso, El
desaparecido o “La condena”, expresan su tormento. Algunas de
sus páginas, las que componen sus famosos Diarios que construyó
entre 1910 y 1923, me parecen las más crueles. Esas letras hieren
como dagas existenciales. No es raro. Kafka murió un año
después.
Me detengo en algunas de sus frases.

130
Me aislaré de todos hasta la inconsciencia. Me enemistaré con todos,
no hablaré con nadie.
Incapaz de vivir, de hablar con seres humanos. Completo
ensimismamiento, un pensar exclusivamente en mí mismo. Apático,
falto de ideas, angustiado. No tengo nada que decir, nunca, a nadie.

Kafka, como Sartre, veía el infierno en los otros. Los que no


escucharon sus palabras ni entendieron su dolor. Los que lo
dejaron solo.

Estamos abandonados como niños extraviados en el bosque. Cuando


permaneces ante mí y me miras, qué sabes tú de los dolores que
hay en mí y qué sé yo de los que hay en ti…

Si para Heidegger somos seres arrojados a un mundo de


posibilidades, para Kafka, en cambio, hemos caído a un mundo
donde la incomprensión y el malentendido nos dejan fatalmente
solos.
Su obra está plagada de personajes solitarios. Como si de su
desgarro más íntimo hubieran nacido algunos de esos seres
aborrecidos por la humanidad a los que dio vida: Gregor Samsa,
Josef K., o Karl Rossmann.
Uno de ellos me impresionó de manera especial. Tanto, que en
la adolescencia tuve algunas pesadillas con él.
Se trata del personaje que aparece en el penúltimo capítulo de
El proceso, cuando Josef K. entra en una catedral y conversa con
un sacerdote que le cuenta una parábola que despliega lo que el
mismo K. estaba atravesando.
Kafka había escrito el texto un tiempo antes como un cuento
autónomo. Luego decidió incorporarlo a la novela. Es tal su
potencia que no sólo se convirtió en una de las escenas clave del
libro, sino que además recuperó su entidad como cuento corto:
“Ante la Ley”. Un relato estremecedor.

Ante la Ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este


guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián
contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona
y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
–Tal vez –dice el centinela– pero no por ahora.

131
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre;
cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para
espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
–Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi
prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de
los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada
uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible
que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería
ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el
guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su
barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más
esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un
costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al
guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa
brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas
otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los
grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede
dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para
el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al
guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
–Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente
al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único
obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante
los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida
que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como
en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a
conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las
pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista
se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo
engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un
resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le
queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de
esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta,
que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que
se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su
cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar
con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado
bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres
insaciable.

132
–Todos se esfuerzan por llegar a la Ley –dice el hombre–; ¿cómo
es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo
pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que
sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al
oído con voz atronadora:
–Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente
para ti. Ahora voy a cerrarla.

Un guardián y un campesino. Nada más.


Para mantener al hombre afuera, el guardián habla con
palabras que no conducen a nada. Es un “discurso Amo” (Lacan).
Un lenguaje que opera como poder (Foucault), no un intento de
comprensión. “No puede entrar ahora”, “quizás más tarde”, “es
posible”. Palabras vacías que no comunican, no explican, ni
persuaden. Apenas si confunden, o postergan. Lejos de orientar,
el discurso del guardián detiene al $ujeto en el umbral, cautivo de
un lenguaje que simula sentido, pero solo produce angustia y
exclusión.
Por su parte, el campesino espera y soporta movido por el
deseo de conocer lo inasible: la Ley que nunca se presenta en
plenitud. Siempre esquiva. Siempre mediada por un lenguaje que
promete acceso al tiempo que lo difiere hasta el infinito.
El hombre no entiende. Y en esa incomprensión, solo ante ese
Gran Otro (A), juega su vida atrapado en una encrucijada entre el
deseo de saber qué hay más allá y la imposibilidad de lograrlo.
La genialidad de Kafka devela cómo se articula el deseo en los
humanos. Deseo de algo que nunca sabremos muy bien qué es, y
que jamás podremos alcanzar.
Una página y media y sólo dos personajes le alcanzan para
plasmar la tragedia del hablante: la búsqueda de algo que jamás
podrá encontrarse. En el relato, la ley. Para nosotros, la verdad.
También hablaremos de eso.
Recorro mi biblioteca y me detengo en una carta. Igual de
feroz.

Queridísimo padre:

Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como
de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente

133
por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos
de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener
medianamente presentes cuando hablo.
Y si intento aquí responderte por escrito, sólo será de un modo
muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen
frente a ti, incluso escribiendo, y porque la amplitud de la materia
supera mi memoria y mi capacidad de raciocinio.

Kafka escribió esta carta a su padre en 1919, pero nunca se la


envió. Al parecer, la confió a su madre, quien decidió no
entregarla a su esposo, Hermann, para evitar problemas.
Al momento de escribirla, pasaba una profunda crisis personal.
Su noviazgo con Julie Wohryzek se hundía, y una de las causas
era que su padre no aprobaba la relación.
Frente a él, el escritor se sentía inseguro y atemorizado. Nada
de lo que hiciera era suficiente para lograr el reconocimiento que
anhelaba.
En esa carta, Kafka presenta a un padre tirano que no pierde
ocasión para humillarlo y ponerlo en ridículo. Con su severidad, el
hombre avasalla la niñez de su hijo, a quien siempre hace sentir
en falta. El autor afirma que esta relación fue el origen de sus
dificultades emocionales y su permanente complejo de
inferioridad.
Carta al padre nos permite hurgar en la psicología de Kafka y
comprender la raíz de la angustia existencial que recorre su obra.
El texto estuvo perdido hasta que Max Brod, amigo y albacea
de Franz, lo encontró junto a otros documentos y decidió
publicarlo en 1952.
Como Charlie, el personaje de Robert de Niro en la película
Mente siniestra, Hermann es el monstruo que atormenta a un hijo
que le tiene tanto miedo, que ni siquiera se anima a confesárselo.
Esta potenciación del miedo que despliega la carta pone en juego
la imposibilidad de decirlo todo, ese más allá de las palabras.

…para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos


pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando
hablo.

¿Cuántas veces enfrentamos este dilema?: “No sé cómo


decirlo… No encuentro las palabras”. Así, tampoco el escritor

134
encuentra la manera de explicar la raíz de su miedo y confiesa la
existencia de un dolor imposible de ser dicho.

…la amplitud de la materia supera mi memoria y mi capacidad de


raciocinio.

A esa “materia” cuya amplitud supera todo raciocinio, en este


libro, la llamamos goce. También, lo real.

TRES REGISTROS. UN $UJETO

Lo real, lo simbólico y lo imaginario, son tres registros que dan


cuenta de cómo los hablantes nos relacionamos con el mundo.
Desde dónde nos acercamos e interpretamos la realidad.
Hemos hablado del estadio del espejo, esa etapa en la que se
constituye el Yo y a partir de la cual podemos diferenciarnos de
los demás. Y amar.
Una vez atravesada esa experiencia, ingresamos al registro de
lo “Imaginario”. El mundo que podemos percibir con los sentidos.
La “realidad” donde nos movemos a diario.
Veamos en un ejemplo como se entrelazan lo imaginario, lo
simbólico y lo real.
Supongamos que dos personas están conversando acerca de
la luna llena que observaron juntas la noche anterior. Una de ellas
comenta que nunca la había visto así de hermosa. Casi roja y tan
grande que parecía estar más cerca que de costumbre.
Si la otra fuera el poeta Fernando Rabih, le diría:

Será que anoche, de tanto nombrarla,


la luna gitana nos vino a buscar.

La percepción de la primera persona pertenece al registro


Imaginario. Lo que captamos con los sentidos. Esa luna rojiza que
se veía más grande y próxima que de costumbre. Los versos de
Rabih, en cambio, saltan por encima de lo aparente, utilizan el
lenguaje –simbólico– y generan un acto creativo, una metáfora,
un sentido nuevo que no estaba en la captación directa de la
imagen: una “luna gitana” que escucha que se habla de ella y
decide ir a buscar a esos hablantes reunidos en su nombre.

135
¿Qué diríamos desde el registro de “lo real”? Que más allá de
lo percibido por la primera persona, y de lo que el poeta
simbolizó, aquella noche la luna tenía el mismo tamaño de
siempre, se encontraba a igual distancia de la Tierra, no le
importaba que hablaran de ella, no tenía una superficie roja y
tampoco fue a buscarlos.
Desde lo imaginario, parado en la ribera, en Praga, vi la
ferocidad del río Moldava mientras la lluvia me mojaba. Smetana,
con su genio musical, encontró un mundo simbólico de sonidos
para crear una belleza que no existía hasta entonces. Lo real es
que, independientemente de mi percepción y de la obra musical,
la lluvia no tenía ninguna intención de mojarme y el Moldava no
es más que agua en movimiento.
De igual modo, en una reunión, alguien puede ser percibido
como una persona más. Quien lo ama, en cambio, lo verá
especial. Porque el enamorado, como el poeta, crea un universo
simbólico que traspasa lo perceptible a simple vista. Ahora, si en
esa reunión estuviera el cirujano que operó a esa persona en un
quirófano, sabría que es un organismo biológico con unos cinco
litros de sangre, venas, arterias, músculos y huesos. Aunque
tenga algo más que ni el médico ni el enamorado pueden ver. Una
energía pulsional (goce) que lo recorre y lo empuja a lastimar o
lastimarse.
“Lo real” es el registro más difícil de explicar porque no puede
ser simbolizado ni imaginado. Para nosotros, humanos, hay dos
grandes temas donde se pone en juego este registro: la
sexualidad y la muerte. Dos enigmas que nos dejan solos, nos
obsesionan y nos empujan a la búsqueda incesante de un sentido
imposible. La mitología, la religión, la ciencia o el arte, no son más
que intentos de arañar con lo simbólico algo de ese real
inaprensible. Así, Thor con su martillo dio un sentido posible a los
truenos y relámpagos que surcaban el cielo nórdico. Afrodita
explicó la pasión que sentían los griegos, y Jehová, las plagas de
Egipto.
Pero, ¿qué hay más allá de la muerte? ¿Con qué goza un ser
humano? ¿Por qué algunas personas aman a hombres, otras a
mujeres, a los dos, o a sí mismos, o a nadie? ¿Por qué otros ni
siquiera pueden quererse un poco? ¿Por qué alguien se percibe

136
hombre, mujer o no binario? Estas son las incógnitas ligadas a lo
real. Misterios que muchos prefieren ignorar, y otros se esfuerzan
por comprender.
Estos tres registros están anudados en cada uno de nosotros y
se ponen en juego en todo momento.

Aunque hay patologías donde este nudo se desarma.


El psicótico, por ejemplo, indiferente a lo imaginario y lo
simbólico, se mueve en el mundo de “lo real”. Entonces, su
literalidad hace que al pedirle que hable más alto, en lugar de
alzar la voz, se ponga de pie o se suba a un banco. Porque falla el
registro simbólico que permite metaforizar y combinar sentidos
posibles a partir del juego de las palabras. También aparecen
problemas en el registro Imaginario. De ahí los trastornos de la
percepción y el pensamiento: alucinaciones y delirios.
Los chistes siguen las reglas de la psicosis. Apelan a esa
literalidad. Causan gracia porque eluden el poder metafórico de la
palabra y generan la aparición de lo absurdo.
Resumiendo: lo imaginario es el mundo engañoso de la
percepción; lo simbólico, el universo creativo del arte y la palabra;
lo real, un abismo desconocido que apenas podemos bordear.
Sabemos de ese abismo porque somos seres del lenguaje.

137
Las rocas, las plantas y los animales no mueren, aunque dejen
de existir. Porque desconocen la existencia de la muerte. No la
anticipan, no le temen. Nosotros, en cambio, queremos
comprenderla, eludirla, e incluso, vencerla. Encontrar remedios
para las enfermedades y alargar la expectativa de vida. Lograr la
inmortalidad.
Las rocas, las plantas y los animales, tampoco aman ni se
erotizan. Porque carecen del deseo que surge cuando se pierde la
necesidad.
¿Qué nos hace tan distintos a las otras especies? La palabra.
Somos humanos porque habitamos un mundo de palabras. Un
mundo lleno de imágenes y personas que no veremos jamás, y sin
embargo nos recorren. Padres que han muerto y abuelos que ni
siquiera llegamos a conocer. La palabra nos deja solos y nos
abriga. Nos protege y nos expone. Nos acompaña y nos
abandona. Es nuestro cielo y nuestro límite. Sólo de su mano
podemos avanzar hacia el misterio de la vida. Un enigma que
jamás develaremos.
La palabra es abismo. Es al mismo tiempo herramienta y
conflicto; comunicación y malentendido; mentira y verdad.
Somos hablantes que caminan entre el amor y la ausencia,
entre la felicidad y la angustia, entre el deseo y la confusión. Y en
esa confusión nos jugamos la vida. Siempre de la mano de la
palabra.
Dar la palabra es darse uno mismo, cuando no se trata de una
palabra vacía. Porque no siempre que hablamos decimos algo de
nosotros.
La única palabra importante es la que lleva nuestra sangre. La
que nos modifica, nos compromete y nos define. Esa es una
palabra plena. Una palabra que rara vez ponemos en juego.
Nos recorre una paradoja: estamos obligados a hablar y, al
mismo tiempo, a admitir que siempre habrá algo que no
podremos decir. Una diferencia entre lo que sentimos y lo que
expresamos, entre lo que pedimos –a veces suplicamos– y lo que
recibimos de quien nos escucha. Porque todo lo decimos a
medias. La obligación legal de decir “la verdad, toda la verdad, y
nada más que la verdad”, promueve un juramento condenado al
fracaso. Aunque queramos ser sinceros, siempre algo de nosotros

138
quedará aislado. Oculto. Indescifrable. Solo. Algo que las palabras
no pueden capturar.
Lacan sostuvo que alguien puede estar seguro de lo que dijo,
pero no de lo que el otro escuchó de lo que él dijo.
Como vimos en el esquema de la “Separación”, también la
palabra deja un resto caído –un “a”– imposible de significar.
En todo discurso hay una pérdida. Por la decodificación que
debe hacer quien nos oye, y también por nuestra imposibilidad de
encontrar las palabras que comuniquen con exactitud lo que
deseamos. Pero hay además una tercera pérdida –que en realidad
es primera, fundacional– que surge del goce innombrable que nos
recorre. Del desconocimiento acerca de qué queremos decir
cuando decimos.
Con la palabra nace el malentendido. Y la demanda. Porque
toda palabra pide una respuesta. Aunque la frase no lleve el tono
de una pregunta, quien habla siempre espera una contestación. Y
cualquier réplica tendrá ese valor. Incluso el silencio. Lo entiende
la persona que ve que su madre, o su jefe, lo miran y permanecen
callados. Sabe que algo están diciendo. Que esa mirada muda es
otra de las formas de la palabra. Quizás la más potente. Porque
en el silencio habitan todas las palabras posibles. Para el ser
humano no existe el silencio total, el silencio de la naturaleza.
Existe el silencio que habla.
Quien entra a su casa y ve que su pareja lo recibe sin decir
nada, sin una sonrisa o un abrazo, percibe esos gestos silenciosos
como atronadores. Y se pregunta qué hizo, se siente culpable, o
no sabe por qué se enojaron con él. Aunque nadie le recriminó
algo, ni le manifestó su enojo, intuye que las cosas no están bien.
Porque, parafraseando a Alejandro Dolina, no hay señal más
fuerte que la ausencia de señales.

Los analistas utilizamos el término “Significante” para aludir a


gestos, frases, actos o palabras que representan a una persona y
nos dicen quién es, qué pretende, qué siente y qué relación
establece con nosotros.
Imaginemos que alguien nos pidiera en un ascensor que nos
quitemos la ropa y nos acostemos en el piso. Intimidados, o
molestos, reaccionaremos en contra del agresor. Pero si esa

139
persona nos lo pidiera vestido con un guardapolvo blanco y dentro
de un consultorio, obedeceríamos sin protestar. Porque la
vestimenta y el contexto le otorgan un Significante –“doctor”– que
le da autoridad para exigir lo que cree necesario. Es la misma
persona, pero no lo es, porque su Significante ahora es otro. Ya
no “agresor”, sino “médico”.
Como el guardapolvo o el consultorio, a veces un gesto, un
acto, una expresión, o incluso la parte de una palabra, pueden
cobrar ese valor Significante que incluso escapa a la voluntad del
$ujeto. Por eso, aunque lo ignore, quien cree no decir nada, dice
más de lo que cree.

140
ISLA V

–¿Qué le pasa? –me pregunta–. Lo veo muy serio.


Me tomo unos minutos y le digo:
–Hoy fue un día difícil. Una paciente acaba de enterarse de
que su esposo tiene una enfermedad grave. Otro se fue de la casa
aprovechando un viaje de su mujer. No se animó a hablar con ella
y huyó. Hace tiempo le vengo señalando que de los lugares hay
que irse, no escaparse. Pero no escuchó.
–Lo hizo como pudo.
–Lo hizo mal. Y es un acto que tendrá consecuencias.
–Lo sé. Encima, como corolario, recibí la noticia de que falleció
Beba, una expaciente a la que quería mucho.
–Qué pena –dice con sinceridad–. ¿Joven?
–No. Era una anciana. Hace años que no la veía. Pero, aun así,
la noticia me impactó. Quedé inmerso en los recuerdos de
aquellas sesiones que compartimos.
–Cuénteme. A lo mejor, hablar lo ayuda.
Me acomodo en el sillón.
–Era una persona maravillosa. Había quedado sola siendo muy
joven. Su mamá murió cuando ella era muy chica, el padre volvió
a casarse con una mujer que nunca la quiso, y la enviaron a vivir
con una abuela demasiado grande para ocuparse de Beba.
Después se casó y enviudó al poco tiempo. No tuvo hijos.
–Una historia complicada –comenta.
–Siempre me preguntaba: “¿Para qué sirve la vida, Gabriel? Es
una broma de mal gusto”. Y ahora la broma terminó.
–Para ella, sí. Pero usted sigue aquí. Dando batalla, también
como puede.
–Así es –respondo mientras me levanto a buscar un café. Al
volver le pregunto–: ¿Qué estaba haciendo?
Sonríe.
–Hoy tuve un día de cine –lo miro–. Herzog, ¿lo conoce?

141
–Claro –vuelvo a sentarme–. Hizo obras memorables. ¿Qué
película vio?
–Vi dos. Aguirre, la ira de Dios, y El enigma de Kaspar Hauser.
–Más solitarios –comento.
Me mira y dice:
–¿Usted sabe que El enigma de Kaspar Hauser está basada en
un caso real?
–Algo escuché, pero si me lo recuerda, se lo agradezco.
–Kaspar Hauser fue un muchacho que apareció en Núremberg
en 1828, después de pasar toda su vida encerrado en un calabozo
casi sin contacto con ningún humano.
–¿Al menos, sabía hablar? –interrogo.
–Decía pocas frases, no entendía demasiado. Con el tiempo,
algunas personas intentaron conocer su origen y ayudarlo. Pero
cuanto más conocía la sociedad a la que había llegado, menos le
gustaba. Y a pesar de sus limitaciones, el personaje empezó a
comunicar una mirada que, aunque parecía inocente, escondía
una crítica feroz.
–Y al final, ¿logra adaptarse?
–No del todo. El mundo burgués lo sorprende. En su intento
por comprenderlo pregunta cosas ingenuas, a veces filosóficas, y
otras, demasiado profundas. Por ejemplo, en una escena, después
de escuchar a un músico, llora y pregunta: “¿Por qué no se puede
tocar el piano como se respira?”.
–Y… es Herzog.
–Sí. Herzog aprovecha a ese joven, a ese ser humano en
estado casi natural, para hacer una sátira de este mundo
supuestamente civilizado que primero lo recibe, luego lo estudia, y
finalmente lo destruye. Por eso, Kaspar le dice a quien lo adopta:
“A mí los hombres me parecen lobos”.
–Creo recordar que jamás se termina de saber quién fue, ni
por qué fue encerrado. ¿No?
–Así es. Como Josef K., el personaje de El proceso. Esa novela
que tanto le gusta.
–Sí –respondo–. Pero esta historia me recordó a Chance, el
protagonista del libro Desde el jardín, de Jerzy Kosinski.
–Ah, sí –contesta con entusiasmo–. También vi la película con
Peter Sellers.

142
–Lea la novela –lo increpo–. Vale la pena.
–Recuérdeme el argumento.
–Déjeme hacer memoria. Espero no equivocarme. La leí en mi
adolescencia.
–Dentro de algún tren, imagino.
–Seguramente –sonrío–. Kosinski narra la historia de un
hombre que fue adoptado de niño por el jardinero que lo encontró
en la calle y decidió criarlo en la mansión en que trabajaba. El
hombre lo aloja en el jardín, en una habitación junto a la suya, y
le transmite todos los secretos acerca de la jardinería, y jamás lo
deja salir a la calle. Así, los árboles, las flores y las estaciones del
año, eran todo su mundo.
–Es decir que, como Kaspar Hauser, Chance también estuvo
preso, pero en un jardín –comenta.
–Sí. Sólo tenía una televisión. Ese aparato era el único nexo
con la realidad exterior –hago una pausa–. Cuando su protector
murió, él ocupó el puesto de jardinero principal de la residencia.
Pero a los años, también falleció el dueño de la propiedad, y los
herederos decidieron vender todo. Entonces, despidieron a
Chance y lo echaron de la casa. Y el pobre jardinero salió a un
mundo que desconocía por completo.
–Debe haber sido una experiencia muy extraña para él –
comenta.
–Claro. En cuanto pisó la calle lo atropelló un automóvil.
–Una tragedia.
–No. Una desgracia con suerte. Porque era el vehículo que
trasladaba a la esposa del presidente de los Estados Unidos.
Además, Chance no salió demasiado lastimado, y como la mujer
se sentía responsable del accidente, lo llevó a la residencia
presidencial y se hizo cargo de él.
–Imagino cómo lo habrán atendido –comenta.
–Como a un rey. Pero lo más importante es que de a poco fue
entablando una relación cercana con el presidente.
–Qué interesante. Continúe, por favor –me incita.
–Todo comenzó cuando el mandatario le dijo que transitaban
un tiempo muy complicado. Chance restó importancia al
comentario y le respondió que el invierno siempre es difícil,
porque las hojas caen y las plantas parecen morir, pero que es

143
algo pasajero, porque ya vendrán la primavera, el verano, y el
jardín volverá a florecer. El presidente le agradeció esas palabras
que interpretó como un gesto de confianza a su gestión.
–Es decir que no entendió nada de lo que el jardinero le dijo.
–Sí, pero lo metaforizó. Algo que Chance no podía hacer. Él
hablaba de jardinería, y en su mente, el presidente construyó una
alegoría de los tiempos económicos que estaban atravesando.
–El famoso malentendido que producen las palabras –
sentencia.
–Tal cual. El hecho es que la relación siguió avanzando, e
incluso el mandatario lo citó en un discurso público. Y así, de
confusión en confusión, el nombre de Chance empezó a hacerse
popular y a ser evaluado como posible candidato a la presidencia
de los Estados Unidos.
–Increíble. Cosas que sólo pasan en una ficción –me dice con
sorna.
–Mejor sigamos con la historia –sonrío.
–Dele, lo escucho.
–En una cena con los representantes más importantes del
mundo, Chance se sentó junto al embajador de Rusia, piense que
estábamos en plena guerra fría, y el hombre le hizo un comentario
al oído, en ruso. Chance, que nunca había escuchado sonidos tan
raros, estalló en una carcajada y el diplomático, feliz, le dijo:
“Sabía que había leído a Chéjov en su idioma original” –hago una
pausa–. ¿Entiende?
–Sí. Un malentendido tras otro.
–Exacto. Porque quienes hablaban con él recibían su
enunciado, pero no decodificaban su enunciación. Entonces, se
escuchaban, en apariencia se entendían, pero no lograban
comprenderse –de pronto, tengo una idea. Me pongo serio.
–¿Qué le pasa? –me pregunta.
–Pienso en la soledad de ese hombre que vive en un mundo
que nadie más comprende.
–¿En un mundo irreal?
–Puede ser. Desde el Psicoanálisis, diríamos que vive
capturado por “lo real”. Con lo imaginario y lo simbólico alterados.
–Entonces, ¿cree que se trataba de una psicosis?
Dudo.

144
–Es posible.
–¿Por la literalidad con que utilizaba las palabras?
–Exacto.
Piensa antes de preguntar.
–¿Y qué pasa en esos casos en los que esa literalidad toma la
fuerza de un mandato?
–No entiendo.
–Vuelvo a Herzog.
–¿Qué pasa con él? –pregunto.
–Como sabe, además de cineasta era un gran escritor. En uno
de sus libros, El crepúsculo del mundo, cuenta la historia real de
Hiroo Onoda, un soldado japonés que durante la Segunda Guerra
Mundial fue enviado a la isla filipina de Lubang con la misión de
resistir a los estadounidenses a toda costa. Treinta años después,
en 1974, Norio Suzuki, un aventurero japonés bastante
excéntrico, viajó a Lubang en busca de tres cosas. Según sus
propias palabras, quería encontrar un panda, al abominable
hombre de las nieves, y al teniente Onoda.
–¿Y cómo le fue? –interrogo.
–Con las dos primeras, no lo sé. Pero sí halló a Onoda. Aunque
se topó con un problema.
–¿Cuál?
–Que él no sabía que Japón se había rendido hacía tres
décadas. ¿Entiende? Onoda pensaba que la guerra no había
terminado y seguía custodiando la isla, como se lo habían
ordenado.
–¿Lo dice en serio?
–Totalmente –abre el libro y busca una página–. Cuando
Suzuki lo tuvo enfrente, se dio este diálogo:

–La guerra terminó hace 29 años.


El rostro de Onoda permanece impertérrito. Se niega a ver la
realidad.
–Es imposible.
–Japón se rindió en agosto de 1945.
–La guerra no ha terminado. Hace unos días vi un portaviones
estadounidense acompañado de un destructor y una fragata.
–En dirección este –deduce Suzuki.
–No trates de engañarme. Sé lo que vi.

145
Suzuki se mantiene firme.
–Verá, teniente. La mayor base naval de Estados Unidos está
ubicada en el Pacífico, en la bahía de Súbic. Es donde recalan todos
los buques de guerra.

–Suzuki le explica que, luego de tantos años, Filipinas y


Estados Unidos son aliados –me cuenta–. Esa era la razón de la
presencia norteamericana allí, no la guerra. Pero Onoda no le
cree.
–Un malentendido más –agrego.
–Sí, y no es el último. Porque el teniente Onoda le daba a cada
cosa una interpretación personal. Por ejemplo, consideraba que
los folletos lanzados desde el aire que decían que la guerra había
terminado, eran falsos. Una propaganda del enemigo. Que los
mensajes por altoparlantes eran mentiras que utilizaban para
hacerlo salir de su escondite. Con la presencia de soldados
filipinos y americanos veía la evidencia de que la guerra
continuaba. Hasta desconfió de la voz de su hermano, quien le
habló desde un altavoz para que abandonara la isla. “Mentiras”,
decía. “Es una imitación”.
–Otra historia increíble. Y, ¿cuál fue el desenlace? –le
pregunto.
–Onoda no se entregó de inmediato, pero estableció con
Suzuki un vínculo de confianza, y le dijo que sólo se rendiría si su
superior se lo ordenaba. Entonces, Suzuki volvió a Japón y localizó
al antiguo comandante de Onoda, que por suerte estaba vivo y
ahora trabajaba como librero. Juntos regresaron a la isla, y el
hombre, vestido de uniforme, le entregó a Onoda la orden formal
de cesar el combate. Así, el 9 de marzo de 1974, Hiroo Onoda
entregó su espada, su fusil, algunas granadas que le quedaban, y
se rindió.
–Lo hizo con honor –comento.
–Sí, después de casi treinta años de resistencia.
Pienso un minuto antes de decir:
–Aunque le parezca raro, lo entiendo. Para él, la orden de su
superior era la única Palabra que podía poner fin a la guerra. No
confiaba en ninguna otra.
–¿Y eso, por qué? –me pregunta.

146
–Ya le dije que, para nosotros, hablantes, la verdad siempre
está en duda. Esos folletos y mensajes eran un lenguaje en el que
no podía creer. Necesitaba la voz de su superior. La voz del Otro.
–Según Herzog, Onoda no estaba loco.
–¿Era un héroe, entonces?
–Tampoco. Era apenas un hombre que encontró en esa orden
de resistir un sentido para su existencia. Un lugar que le daba una
identidad en el mundo. Por eso volvió a Japón con el honor del
deber cumplido. Y vivió con orgullo hasta enero de 2014, cuando
falleció a los noventa y un años –me mira–. ¿En qué se quedó
pensando?
–En estos solitarios de los que hemos hablado. Kaspar Hauser
fue encerrado en una celda, Chance en un jardín, y Onoda en una
isla. Todos pasaron años casi sin contacto con ningún otro
humano, aunque por motivos diferentes. Kaspar fue víctima de
una soledad impuesta por otros. Onoda, en cambio, se
autoimpuso su soledad para cumplir un propósito. Un mandato.
Una Palabra –Significante– que no logró conmover.
–¿Y Chance? –me interroga.
–Tal vez haya sido víctima de la más cruel de las soledades,
porque quedó atrapado en un mundo de lenguaje que no podía
compartir.
–Ninguno de los tres podía hacerlo. A su manera, todos
estaban exiliados. Aunque no es necesario ir a esos extremos para
vivir la experiencia.
–¿Por qué lo dice?
Por toda respuesta se pone de pie, va a la biblioteca y toma
uno de mis libros: El precio de la pasión.
–Escúchese –me dice, y lee:

Hace siglos, los griegos comprendieron que el peor de los castigos


no era la muerte sino el destierro, esa penitencia que obliga al
condenado a estar lejos de todo lo que quiere. A diferencia de lo que
ocurre en nuestros tiempos, para ellos, la identidad no estaba dada
por lo que cada uno era individualmente, sino que dependía de la
noción de pertenencia. De allí que acompañaran su nombre con el
de su ciudad. […] La mitología griega recuerda a Anteo, un gigante,
hijo de Posidón, señor del mar, y de Gea, la tierra.

147
Anteo habitaba en la región de Libia y, sabiéndose un guerrero
invencible, obligaba a todo el que quisiera atravesar sus dominios a
luchar contra él. […] Al parecer, Anteo tenía un secreto que lo hacía
invulnerable. Pero, cierta vez, Heracles, el Hércules de los romanos,
tuvo que atravesar Libia cuando se dirigía en busca de las manzanas
de oro y, como todos los viajeros, debió aceptar el desafío del
gigante.
Luego de una lucha tremenda, el héroe logró derribarlo tres
veces. Sin embargo, cuando lo creía vencido, Anteo se ponía de pie
con más fuerzas que antes y reiniciaba la batalla con más bríos.
Hasta que, por fin, Heracles comprendió. Anteo era hijo de Gea, por
eso, cada vez que caía al suelo, su madre, la tierra, lo abrazaba y
reanimaba sus fuerzas. Entonces, Heracles lo levantó sobre sus
hombros para impedir que recibiera el aliento de su madre y de esa
manera lo ahogó hasta matarlo.
No deja de conmoverme la relación profunda que los griegos
establecían con su tierra…

–Pero, ¿sabe qué es lo que más me conmueve de esto? –


pregunta mientras cierra el libro–. La idea que desliza después:
privar a alguien de su patria significaba derrumbar todo su ser. Me
parece muy fuerte.
–Estoy convencido de que es así –ratifico–. ¿Hay algo peor que
estar condenado a vivir en un lugar donde no le importamos a
nadie, donde todos son diferentes a nosotros, donde nadie nos
ama? Eso sí es estar solo –me reclino en el sillón–. Y ya que
estamos en una noche de cine, acabo de recordar otra película:
Made in Argentina. Alguna vez le hablé de ella. Pero hoy quiero
detenerme en otra escena. Imagine la situación. Dos amigos se
reencuentran en una pizzería después de años sin verse. Uno de
ellos, Osvaldo, tuvo que emigrar a Norteamérica perseguido por la
dictadura cívico militar de los años setenta. El otro, Cacho, se
quedó a dar batalla en una Argentina sufrida e injusta. El diálogo
es simple, pero lo dice todo. Osvaldo mira el ámbito de aquella
pizzería como si fuera un museo. Está emocionado. El mozo se
acerca y él ordena una pizza chica de muzzarella. Y duda:

–Y esa otra… ¿Cómo era?


Cacho sonríe.
–Calabresa. Mitad y mitad.

148
–¿Se da cuenta? –continúo–. Después de tantos años había
olvidado hasta el nombre de la pizza que tanto le gustaba.
Osvaldo es de acá y, al mismo tiempo, no lo es. Y pelea contra la
memoria, o contra el olvido, intentando recuperar su ser.

–¿Cerveza? –le pregunta Cacho.


–Sí –contesta.
–Dos balones, por favor –pide su amigo y se dispone a
escucharlo.
–Y bueno… vivo en Nueva York. Trabajo en lo mío.
Es evidente que le ha ido bien. Cacho sonríe.
–Dale, contame que a mí no me duele. No cambiás más vos.
Nunca te gustó contar guita delante de los pobres.
–¿Qué guita? –dice Osvaldo–. Estoy bien, es cierto, pero nada
más –y se quiebra antes de confesarse–. Que no hay caso, viejo, uno
da vueltas y vueltas, y al final... ¿Cómo te podría explicar? Si vos me
vieras allá, no me conocés. Estoy siempre callado, serio. No me río.
Así como me reía acá, no me río, te lo juro. Allá es como si siempre
se rieran de otra cosa. Nunca nos vamos a reír de lo mismo.
Cacho, que es taxista y trabaja todo el día para sobrevivir lo
mejor que puede, le dice:
–Mirá, yo acá tampoco me río mucho que digamos.
Osvaldo se da cuenta de que su amigo no lo entiende, y replica:
–Pero no es eso lo que te quiero decir. En todo Nueva York yo no
puedo sentarme a tomar un café con nadie. Eso es el exilio, ¿me
entendés, Cacho?
Él asiente.
–Ya sé, ya entendí.

Levanto la mirada. Ahora, el que está conmovido soy yo.


–En España vive uno de mis amigos del alma –le cuento–. Se
llama Manuel, como mi paciente. Hace casi treinta años que está
en Madrid. Hace poco viajé por trabajo y nos encontramos. ¿Sabe
qué me dijo?
–No –responde.
–“Acá tengo amigos españoles… pero no tengo amigos. Mi
amigo sos vos”.
–Quizás la amistad sea importante para pelearle a la soledad,
¿no le parece? A lo mejor, por eso el exilio duele tanto.
–Es cierto –susurro como para mí–. La soledad de mi amigo
Manuel sin mí, y la mía sin él. La soledad de Bioy Casares que

149
nunca entendió cómo podía existir Buenos Aires sin Borges.
Asiente.
–En ese mismo libro usted escribió acerca de una anécdota de
Don Atahualpa Yupanqui. Contó que cuando era un chico, el
artista estaba sentado en una ronda de paisanos y en un
momento, uno de ellos le preguntó a otro:

–¿Qué es un amigo pa’ usted, don Justino?


Y Justino Leiva, el hombre del bigote gris teñido de marrón por el
tabaco, dio una respuesta que hizo que todos rieran. Yupanqui, no
sin algo de vergüenza, reconoce haber sonreído también. Pero años
después comprendió que con sus propias palabras el hombre había
dicho cosas con tercera dimensión.
–Un amigo… –dijo Leiva interrumpiéndose para pensar y dar
algunas pitadas– un amigo es uno mismo con otro cuero.
Atahualpa mira al periodista y concluye: uno mismo con otra piel,
eso es un amigo.

–Un “angirú” –comento–. Un compañero del alma, como


decían los indios guaraníes.
Me mira. Sus ojos están brillosos.
–¿Sabe cuál es el plural de angirú? –me interroga.
–No.
–Angirũnguéra –sonríe–. ¿Quién le dice? A lo mejor eso somos.
Dos angirũnguéra condenados a encontrarse cada tanto.
Voy a responder, pero me callo. Elijo el silencio. Esa palabra
exiliada que contiene todos los sentidos.

150
ENTRE DICHOS Y DECIRES

Cada vez que se habla, en el devenir de palabras entre el


hablante y el otro, se establecen dos niveles de comunicación
diferentes: el nivel del enunciado y el nivel de la enunciación.

El enunciado es el contenido textual de una conversación. Lo


que podemos volver a escuchar si la hubiéramos grabado. La
enunciación es mucho más difícil de aprehender. Es la intención
de la persona que produjo el discurso. Su estado de ánimo, desde
dónde habló, para qué, cuál era su emoción.
Tomemos como ejemplo un sueño.
El enunciado es el contenido manifiesto que el soñante refiere
al contarlo. La enunciación, en cambio, el contenido latente que
se oculta detrás de ese relato.
Si imaginamos al discurso como un iceberg, el enunciado es lo
que observamos a simple vista, lo que sobresale del agua. La
enunciación, es todo lo que queda sumergido. La masa que
sostiene esa punta que podemos ver. Una cantidad enorme de
decires posibles a los que no tenemos un acceso inmediato.

151
El trabajo de análisis pretende llegar al nivel de la enunciación.
Ir más allá del enunciado para develar las motivaciones
inconscientes del hablante. Lacan dijo que toda persona tiene
derecho a ser escuchada más allá de lo que dice. Así señala que
cada discurso contiene más de lo aparente; que lo dicho
representa apenas una parte del $ujeto.
Para acceder a ese territorio oculto, el analista se enfoca en las
grietas que presenta la punta del iceberg; detalles que parecen
insignificantes –pausas, ambivalencias, dudas– en busca del
sentido escondido que asoma en un lapsus, un sueño, un síntoma,
un chiste o un acto fallido.

Griselda es una paciente que está a punto de cumplir cuarenta


y tres años. Soltera, sin hijos. Me cuenta que el deseo más fuerte
de su vida es “tener una familia propia”, y que está segura de que
jamás va a conseguirlo. Ya es tarde y nadie va a “elegirla” a esta
edad.
Nunca estuvo en pareja.
Ocupa un cargo gerencial en una empresa importante, lo que
le permite tener una comodidad económica, viajar, e incluso
hacerse cargo de su madre y sus dos hermanos. Pero se siente
sola. Es la única que no vive en la casa familiar.
En una sesión le pido que hable de su vínculo con los
hombres. Manifiesta que su padre murió hace algunos años.
Aunque “da lo mismo”, porque, de todos modos, “no existió
nunca”. En cuanto a sus hermanos, declara que la madre “tiene
debilidad” por ellos. Los sobreprotege, y por eso “son unos
inútiles que no sirven para nada. Dos zánganos”. Le pregunto qué
lugar ocupa ella en ese entorno. Contesta que es la proveedora y,
al mismo tiempo, “la que queda afuera” de la dinámica familiar.
–¿Cómo ha sido tu historia con los hombres que no son parte
de tu familia?
–Nunca me registraron. O si lo hicieron, les parecí
desagradable. Jamás nadie me dio un beso de verdad –baja la
mirada–. Algunos tuvieron sexo conmigo. Pocos. Siempre
comprometidos con otra. Pero nunca hice el amor.
Una tarde trae un sueño.

152
Mi mamá y yo nos mudábamos. Alquilábamos una casa juntas y
estábamos solas. Era un momento maravilloso, yo estaba re feliz.
Pero cuando nos vamos a la cama, antes de dormirme, me
sobresalto. (Hace silencio). Entonces, le pregunto: ¿Mamá, esta casa
será segura?
Ella me dice que me fije.
Me levanto, voy hasta la ventana y me doy cuenta de que tiene
cadenas fuertes.
Más tranquila, vuelvo a mi cama y me duermo.

A la hora de trabajar un sueño, lo importante no es el


enunciado, su contenido manifiesto, sino el momento en que el
paciente duda, balbucea, se corrige y surge una ruptura en el
relato. Momentos esperados de la cura en que aparece la
verdadera experiencia analítica. En este caso, ese silencio que
precede a la pregunta tácita: ¿será segura la casa? ¿Resistirán las
cadenas?
También Griselda tiene derecho a ser escuchada más allá de lo
que dice. Por eso, avanzo en busca de la enunciación que se
esconde tras el enunciado.
Lo primero que “leo” en su relato es que, en este sueño, ella
pone en juego un deseo: ser hija única. Vivir a solas con su madre
sin la existencia de hombres –hermanos, padre– con quienes
tenga que compartirla. Así reclama un lugar de amor y
exclusividad que siente que merece. Después de todo, “es la que
siempre da y no recibe nada a cambio”. Pero la amenaza de los
otros se hace presente: “¿Esta casa será segura?”. Comprueba
que las cadenas que mantienen el peligro afuera se ven firmes.
Entonces, se va a dormir tranquila.
Le pido asociaciones. Al principio no responde. Pareciera
debatirse entre contarme o no lo que está pensando. Cuando de
nuevo la invito a hablar, llora. Al rato, dice que no sólo fue
excluida de su familia; de chica sufrió también el rechazo de sus
compañeros de colegio. Según sus palabras, se burlaban de ella
“porque era muy bajita y muy fea”. Cuando jugaban a “verdad o
consecuencia”, todos elegían “verdad”, por temor a que, como
burla, les pidieran que la besaran. Manifiesta que toda la
adolescencia amó a un amigo de la secundaria. El único que la
trataba bien, aunque estaba de novio con otra chica.

153
Le pregunto cómo se percibe hoy.
–Mejor. Me esforcé mucho para convertirme en una mujer
atractiva. Siento que ahora sí les gusto a los hombres –responde–.
Lo sé porque muchos me invitan a salir.
–¿Y por qué no aceptás?
Se toma unos segundos.
–Porque tengo miedo.
–¿A qué?
–A que no funcione. A quedarme sola otra vez.
Le señalo la falacia que esconde su razonamiento: padece su
soledad, pero se niega a intentar una pareja por temor a
quedarse sola.
Aquel sueño dio un giro al tratamiento. A partir de entonces,
trabajamos para que entendiera que su miedo a “los hombres”
tenía una raíz más profunda. Empezamos por el comienzo. No
necesitaba que desaparecieran sus hermanos para tener un
vínculo con su madre. Sólo debía vencer su temor a ser rechazada
y animarse a proponerlo.
Lo hizo. Poco después, realizaron un viaje juntas por Europa.
Hablaron mucho, repasaron la historia, se acercaron y
compartieron intimidades que desconocían. Al regreso, Griselda se
mostró feliz.
–Estaba equivocada. Mi mamá me quiere. Me lo dijo. Y me di
cuenta de que tengo mucho para darle.
–¿Y a un hombre?
–¿Qué pasa con eso? –pregunta asombrada.
–¿Qué tenés para darle a un hombre?
–No lo sé…
Ese fue el próximo desafío que enfrentamos.
Al tiempo, ya más tranquila, pudo acercarse a sus hermanos y
disfrutar de la familia que sí tenía. Se arrepintió de no haberlo
intentado antes, cuando su padre vivía.
–Quizás podría haber tenido un vínculo más lindo con él –dijo.
No respondí.
Es una duda con la que deberá aprender a vivir. La vida no
siempre da revancha. Los síntomas tienen un costo y Griselda
estaba sufriendo el precio de los actos e inhibiciones del pasado.

154
–Aunque tu padre y tus hermanos no son los únicos hombres
del mundo, ¿no?
–Ya lo sé…
–¿Entonces?
–Vos me preguntaste si tenía algo para darles –piensa–.
Entendí que a mis hermanos, sí. Y no sólo lo material. Pero al
resto…
Entiendo.
Más allá del enunciado, su enunciación expone el temor a lo
real: el enigma de la sexualidad. ¿Será deseable para un hombre?
¿Sabrá cómo construir un vínculo de amor? Dudas que todos
tenemos. Miedos inconscientes que a veces sostienen soledades a
las que no les encontramos sentido.
Le señalo su temor a no tener nada valioso para darle a un
hombre, y sugiero que tal vez por eso jamás pudo ponerse en la
situación de ser “la oficial”. Le aclaro, también, que ese
sentimiento no apareció ahora, cuando siente que ya “es tarde
para ser elegida porque está grande y es probable que no pueda
tener hijos”. Por el contrario, es algo que siente desde hace
mucho tiempo. Desde aquellos juegos infantiles en que pensaba
que sus compañeros se reían de ella. Desde que prefería creer
que su padre “no existía” a arriesgarse a comprobar si la amaba.
Desde sus repetidas elecciones de hombres comprometidos que le
garantizaban un lugar secundario. Inhibiciones y síntomas que,
como las cadenas de su sueño, la mantuvieron en una seguridad
dolorosa y solitaria. De ahí provenía la obsesión por su madre. Era
el único vínculo que imaginaba que podía sostener. Por eso se
aferró a ella y dejó afuera a todos los hombres posibles de su
vida. Por temor al rechazo.
En aquel momento sospeché que era posible que esos
rechazos actualizaran la frustración de no haberse sentido amada
por su padre. Pero interrumpimos el tratamiento antes de poder
avanzar sobre ese tema.

Griselda trabajó conmigo casi cinco años.


Nos reencontramos hace poco. Vino a verme al teatro con su
esposo y sus dos hijas.
Pero esa es otra parte de la historia.

155
OFRENDAS Y LLANTOS

El diálogo entre dos personas no es sólo un intercambio de


información. La palabra pone en juego intenciones que van más
allá de lo aparente, un mundo de pulsiones que escapan al
conocimiento del hablante. Ni el psicoanalista más hábil puede
agotar la totalidad de sentidos posibles detrás de un enunciado.
Porque los dichos (enunciados) dejan restos de decires
(enunciaciones) que se desvanecen en el camino. Cuando alguien
dice qué desea, y el otro decodifica lo que escucha y responde, en
ese proceso, lo deseado se ha perdido. Apenas podemos levantar
algunas migajas de lo que quisimos decir.
Alguien podrá objetar que, si va a un bar, pide un café y se lo
traen, obtuvo lo que desea. Esa persona confunde el deseo con
un simple antojo. El deseo es otra cosa. Un impulso inextinguible
que nace del hecho de haber perdido nuestro estado natural. De
la soledad a que nos condena nuestra condición de seres
hablantes.
El encuentro sexual no agota la ansiedad de un hombre o una
mujer. Porque el orgasmo los deja solos, dudosos. ¿Lo hicieron
bien? ¿Su partenaire quedó satisfecho? Y lo preguntan buscando
que las palabras transmitan una certeza imposible. Y siguen con
las caricias, los abrazados. O no. Se levantan, se alejan, o
encienden un cigarrillo. Porque para los humanos no hay un acto
preciso que suprima por completo la excitación.
Cuando un cachorro de lobo tiene la necesidad de alimentarse,
busca la teta de su madre, succiona hasta quedar satisfecho, y
luego se duerme. En paz. Sin perturbaciones. En cambio, cuando
una mamá termina de amamantar a su bebé, lo retiene en su
pecho más de lo necesario, lo observa dormir, y percibe su
inquietud. Porque, a diferencia del lobo, aunque haya saciado su
hambre, el cachorro humano conserva un apetito de amor, de
caricias, de placer erótico que no desaparece nunca. Por eso
alucina el pecho materno, mueve los labios en el aire, o reclama
un chupete que no va a alimentarlo, pero le permitirá seguir
gozando y, de alguna manera, calmar su soledad de hablante.
Aunque aún no hable.

156
Solemos utilizar la palabra “infante” para referirnos a los niños.
El término proviene del latín «infans» y significa: «que no habla».
Pero eso no implica que esté fuera del lenguaje. No importa la
edad que tenga, incluso si ha nacido o es apenas un sueño de sus
padres, un motivo de conversación. Al llegar a la vida, el $ujeto es
recibido por deseos, esperanzas, o miedos ajenos a los que
deberá responder como pueda. También por un lenguaje que lo
antecede y se apropia de él.
En Historias de Cronopios y de Famas, Julio Cortázar escribió
las instrucciones para darle cuerda a un reloj.
Dice Cortázar:

Piensa esto. Cuando te regalan un reloj, te regalan un pequeño


infierno florido. Una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan
solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te
dure, porque es de buena marca, suizo, con áncoras de rubíes. No te
regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la
muñeca y paseará contigo. Te regala, no lo saben, lo terrible es que
no lo saben. Te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti
mismo. Algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, que hay que atar a
tu cuerpo con su correa, como un bracito desesperado colgándose
de tu correa, de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda
todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un
reloj. Te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las
vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio
telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de
que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca y la
seguridad de que es una marca mejor que las otras. Te regalan la
tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan
un reloj, tú eres el regalado. A ti te ofrecen para el cumpleaños del
reloj.

En su libro El psicoanálisis ilustrado, Jorge Békerman utiliza el


texto de Cortázar para ejemplificar la relación entre el humano y
el lenguaje. Una metáfora acertada.
Creemos que nos dan la palabra para que la utilicemos,
cuando en realidad somos un regalo para que el lenguaje se
manifieste a través de nosotros.
Alguien pretende decir que se lleva mal con su padre. En
cambio, dice: “me llevo mal con mi madre”. Al instante se corrige.
En una conversación cotidiana, se trata de una equivocación sin

157
importancia. La dejaríamos pasar y la persona completaría el
sentido voluntario de su frase. En cambio, en el marco de un
análisis, interrumpimos al paciente y señalamos que se trata de
un lapsus que entorpeció el enunciado y generó una grieta por la
que pueden filtrarse otros decires. Una experiencia que abrió la
puerta a una enunciación diferente.
Así, el lapsus quiebra la voluntad del hablante y devela que no
tiene potestad sobre su decir. Que somos un regalo para que el
lenguaje exprese algo más allá de nuestras intenciones. Algo que
ignoramos. Algo que habita en esa soledad de los decires
inconscientes. En la soledad del goce que nos recorre.
La palabra nos aliena. Por eso, siempre habrá una parte de
nosotros que estará sola. Que a veces aparece, y otras se oculta.
Que es y no es de nosotros. Una parte marginada, solitaria,
inalcanzable. Mr. Hyde. Y de este lado, también nosotros. También
solos. Intentando palabras que no alcanzan a develar quiénes
somos, o qué deseamos.
¿Cómo expresar el vacío, la soledad que se siente cuando
muere un ser que amamos?
El hablante no tiene otra manera de comunicar sus emociones
más que con palabras. Sin embargo, ninguna de esas palabras
puede abarcar un sentimiento de dolor tan profundo. Por eso el
llanto que, como el lapsus, expone algo que proviene de un vacío
sin voz.
Dice Guillaume Le Blanc:

Nunca somos autores de nuestros llantos. Sin duda, sería preciso


decir “yo soy llorado” en lugar de “yo lloro”.

Y tal como somos ofrecidos a un reloj, también somos un


regalo para el llanto.

Porque “yo” es el rehén de las lágrimas que se producen como una


tormenta. “Yo” no logra refugiarse en ellas. En ellas se deja percibir
una vida no soberana, en la que “yo” no ha comenzado a llorar,
porque son los llantos los que por el contrario han precedido ese
“yo” y le permiten comprenderse de manera diferente al único amo a
bordo.

158
El llanto es el amo, un resabio de la infancia, un resto de esa
época en que, ante la ausencia de palabras, fue la única
herramienta para comunicar un dolor, pedir alimento, o rogar
amor. Como el grito o el silencio, el llanto reaparece cuando la
palabra se quiebra. Cuando ya ni siquiera se puede hablar.
Entonces, llegan estas otras formas del lenguaje, también
Significantes. Porque representan a ese $ujeto desgarrado en
silencios, llantos o gritos que imprimen un plus, “algo más” a la
palabra. Porque transmiten un poco de lo que no puede decirse y
recuperan “algo” de ese goce innombrable.
Pienso en “El Grito”, la famosa pintura de Edvard Munch. En
esa figura desesperada en medio de un infierno onírico, y en su
alarido sin palabras soltado al viento con los oídos tapados. Y en
el «Guernica». El mural que descubrí una mañana en el museo
Reina Sofía. Recuerdo que subí las escaleras distraído, sin saber
qué esperar. Y de pronto me encontré frente a esa obra
majestuosa de Pablo Picasso. Y enmudecí. Y escuché las bombas.
Y el llanto desgarrador de una madre que lleva en brazos el
cuerpo de su hijo muerto.
El grito es la forma más primitiva del lenguaje humano. La que
nos liga de modo directo a la emoción. El límite entre la palabra y
lo indecible. Una manera de nombrar lo que no puede nombrarse.
Un desgarro solitario.
Cuando mi hija tenía un año, pasé un mes en la sala de terapia
intensiva infantil. Y hay algo que jamás pude borrar de mi
memoria: el grito desesperado de las madres cuando les
informaban que sus hijos habían muerto.
El grito es el intento de encontrar un sonido que nombre el
horror. Fracasa, pero se acerca tanto. El grito de la obra de
Munch, del «Guernica» de Picasso, son gritos pintados, pero se
escuchan. Pinturas que intentan alcanzar una palabra inexistente.
Búsquedas simbólicas de arañar lo real.
Recuerdo las sirenas policiales que solía oír en la adolescencia.
En ese momento, una sirena era el sonido de la tortura y de la
muerte. También era el lenguaje que golpeaba y hería el cuerpo.
Como hiere el llanto de un padre que no puede alimentar a sus
hijos o de esas madres que se han quedado sin ellos. Y que, a

159
veces, gritan en una protesta masiva o en soledad. A toda voz, o
en silencio. Gritos que hay que escuchar y respetar.
Asistimos a un tiempo de gritos devaluados.
Deberíamos abstenernos de banalizar una expresión tan
genuina. Dejar que sea ese límite que procura transmitir algo de
lo imposible. El grito no es el derecho de quien se enoja con su
pareja por algo que olvidará al día siguiente. Ni de un cliente
irritado porque no le dieron lo que espera. Ni del discurso mentido
desde una barricada política. El grito es el derecho de ese padre
que no puede alimentar a su hijo, de la madre del Guernica, del
prisionero de Auschwitz. También, de aquellos que no soportan el
dolor del abandono, de los que se quedan sin palabras frente al
horror, la muerte, el desamor, o la humillación. De los que pierden
la dignidad. Y así, lo pierden todo.
Por suerte, también hay soledades acompañadas.

En aquel mes que pasé en el sanatorio, me quedaba por las


noches junto a mi hija en la sala de terapia intensiva y al otro día
cruzaba a un quiosco en busca de un café.
Una mañana bajé muy temprano. Había sido una noche difícil.
Cuando estaba por salir, el recepcionista me comentó:
–Qué pena. Recién acaba de irse su amigo.
Lo miré extrañado.
–¿Qué amigo? –pregunté.
–El que viene todas las noches. Llega, pregunta cómo está su
hija, pide que no lo molestemos y se sienta a dormir en el sillón. A
eso de las seis se despierta, vuelve a preguntar por la nena, y se
va.
A la mañana siguiente bajé mucho más temprano de lo
habitual y lo vi. “El Turco”. Un amigo que me rescató en un
momento difícil de mi juventud. El mismo al que la vida me
permitió devolver el favor años después. Estaba ahí. Durmiendo
en un sillón incómodo desde hacía veinte días. Cerca.
Acompañando mi soledad sin que yo lo supiera.
Lo desperté con suavidad.
–Turco, ¿qué hacés acá?
Cuando pudo reaccionar, se puso de pie, me agarró fuerte de
los hombros, y mirándome a los ojos, respondió:

160
–¿Y dónde querés que esté?

En ocasiones, estamos tan aferrados al goce que perdemos de


vista a quienes, como “El Turco”, están a nuestro lado tendiendo
su mano para ayudarnos a salir de algún infierno solitario.

ENTRE COSAS Y PALABRAS


Ferdinand de Saussure fue un lingüista suizo que cambió de
manera radical la forma en que entendemos el lenguaje, el
pensamiento, las relaciones humanas y la comunicación.
Sus colegas lo describieron como un hombre inaccesible y
misterioso. No le importaba el reconocimiento ni la fama. Nació en
1853 y murió en 1913.
A pesar de su importancia académica, no escribió libros ni
artículos para compartir sus ideas con la comunidad científica de
su época. El Curso de lingüística general fue publicado después de
su muerte. Y el autor no fue Saussure.
Convencidos de que semejante trabajo no podía desvanecerse,
algunos de sus discípulos decidieron recopilar sus clases.

Después de la muerte del maestro, esperábamos hallar en sus


manuscritos, obsequiosamente puestos a nuestra disposición por
Mme. de Saussure, la imagen fiel o por lo menos suficiente de
aquellas lecciones geniales, y entreveíamos la posibilidad de una
publicación fundada sobre un simple ajustamiento de las notas
personales de Ferdinand de Saussure combinadas con las notas de
los estudiantes. Grande fue nuestra decepción: no encontramos nada
o casi nada que correspondiera a los cuadernos de sus discípulos.
¡Ferdinand de Saussure iba destruyendo los borradores provisionales
donde trazaba día a día el esquema de su exposición. [...] Había,
pues, que recurrir a las notas y apuntes de los estudiantes.

Fue un trabajo arduo, pero valió la pena. El Curso de


lingüística general de Ferdinand de Saussure es una obra
fundamental en el desarrollo de la teoría lingüística moderna.
Veamos algunas de sus ideas clave.

LA DIFERENCIA ENTRE LENGUA Y HABLA

161
La lengua es un sistema compartido por los hablantes, un código
que tiene sus reglas particulares. Por ejemplo, el idioma español.
El habla es el uso individual que cada $ujeto hace de esa lengua.
El modo particular en que nos apropiamos de las palabras y las
ponemos en juego en nuestro discurso.

EL SIGNO
El signo lingüístico se compone de dos partes: el significado y el
significante.

El Significado es el concepto, la idea que una palabra genera


en nuestra mente. Por ejemplo, cuando escuchamos la palabra
“cama”, se nos representa un mueble que utilizamos para
acostarnos.
El Significante es la forma, las letras o los sonidos que
componen esa palabra. En nuestro ejemplo, el conjunto de las
letras “c”, “a”, “m” y “a”. Aunque un signo no siempre coincide con
una palabra. “Por favor”, “hasta acá”, o “muchas gracias”, son
ejemplos de signos compuestos por más de una palabra. Incluso
puede tratarse de una imagen. La luz roja de un semáforo es un
signo que interpretamos en nuestra mente como: “no cruzar”.

ARBITRARIEDAD DEL SIGNO LINGÜÍSTICO


Saussure sostiene que la relación entre el significado y el
significante es absolutamente arbitraria. Es decir, que no hay una
conexión “natural”, ninguna causa intrínseca que determine que

162
esa palabra, “cama”, represente a ese objeto. Es sólo una
convención entre los hablantes, como lo demuestra que en otros
idiomas se utilicen palabras diferentes para aludir a los mismos
objetos. En este caso, en inglés usaríamos “bed”, y en francés
“lit”.
Hay países donde, al contrario de lo que ocurre en Occidente,
mover la cabeza de un lado a otro significa “sí”. Y hasta podríamos
imaginar que una sociedad decidiera que la luz roja señale que se
puede avanzar y la verde obligue a detenerse.
Sin embargo, esa arbitrariedad no implica que una persona
pueda elegir caprichosamente un sonido cualquiera para nombrar
un objeto. Si alguien señalara una cama y dijera que ese objeto se
llama “perro”, dudaríamos de sus capacidades cognitivas o su
salud mental. Porque no es el hablante sino el conjunto social
quien establece el Significante.
También hay códigos familiares. Palabras o dichos que sólo
comprenden sus miembros y que remiten a vivencias o anécdotas
transmitidas de generación en generación.
Antonio, el padre de “El Turco”, solía visitar todos los días a un
amigo que trabajaba en una carnicería para compartir el mate de
la mañana. La pava en que calentaba el agua estaba engrasada
por la manipulación que el hombre hacía mientras tocaba la carne.
Antonio protestaba y decía que algún día iba a lavarla, y su amigo
respondía: “no lavés la pava, Tano”.
Un día, Antonio decidió lavar la pava antes de cargarla con
agua. Y de inmediato esa pava se transformó en una regadera. Al
parecer, la grasa acumulada durante tanto tiempo tapaba los
agujeros que los años habían producido. Antonio miró a su amigo
con asombro. El carnicero hizo un gesto (signo) que reafirmó con
palabras: “Te dije, Tano. No lavés la pava”.
A partir de ese momento, y luego de que me contara la
anécdota, para mi amigo y para mí esa frase se convirtió en un
Significante que quería decir: “Dejá las cosas como están”. “No
busques problemas”.
Y durante muchas madrugadas, ante mi insistencia en
profundizar ciertos temas, El Turco me dijo: “Gabriel, no lavés la
pava”.

163
Por otro lado, algo importante: el valor de un signo no está
determinado más que por su diferencia con otros signos. La luz
roja encuentra su valor por oposición a la verde. Alto a bajo, lejos
a cerca.

EL SIGNIFICANTE… O LA PALABRA

Lacan lee a Saussure, pero desde Freud. Con una mirada


psicoanalítica. Y, como solía hacerlo, utiliza los elementos de una
ciencia –en este caso la lingüística– de manera personal. Los
modifica, los altera y les da un sentido nuevo.
Define al Significante como aquello que representa a un $ujeto
para otro Significante. Una definición oscura. Y tramposa. Porque
la ciencia lógica indica que aquello que se quiere definir no puede
ser parte de la definición.
Hemos ejemplificado de qué hablamos cuando decimos que
algo tiene valor Significante. Vimos como el guardapolvo y el
consultorio, generan el Significante “médico” que representa a esa
persona y le da un lugar particular.
Entonces, si un Significante representa a un $ujeto, eso
implica que el Significante y el $ujeto son entes distintos. Dijimos
que nadie va en representación de sí mismo. La bandera celeste y
blanca que representa a la Argentina no es la Argentina.
Hablamos del grito como un Significante que representaba a
aquellas madres cuyos hijos habían muerto en la sala de terapia
intensiva, o del llanto que transmite la tristeza de una persona en
duelo.
En este libro, usaremos como sinónimos Significante y Palabra.
Con mayúscula. Entonces, llamaremos Palabra a esos gritos,
llantos, gestos o silencios que nos representan. Diremos también
que una Palabra puede ser una frase, una lágrima, la mitad de
una palabra, un gesto de alegría o una mueca de dolor.

Marcelo está angustiado. Y repite:


–¿Qué hice?
Tiene treinta y cuatro años. Es odontólogo. Hijo único de una
familia muy humilde. Su padre murió cuando él era demasiado

164
chico. Sólo recuerda el olor de la colonia que usaba después de
afeitarse.
–Es lo único que me guardé de él. El olor que tenía cuando me
daba un beso antes de ir a trabajar.
Un cáncer de pulmón puso fin a su vida cuando apenas había
cumplido cuarenta y dos años. Desde entonces, su mujer, Elisa, se
encargó del cuidado y la educación de Marcelo.
–Casi ni la veía –cuenta en una sesión–. Mamá me levantaba
muy temprano, me bañaba en el fuentón, tirándome agua tibia
con un jarrito, después me vestía, me daba el desayuno y me
llevaba al colegio. Yo iba a doble turno, lo que en aquella época
no era común. Por la tarde, doña Nelly, la mamá de un
compañero, me llevaba a su casa hasta que mi vieja me buscaba
a eso de las ocho. Cansada. Entonces, pasábamos por el almacén
de la esquina y compraba algo para hacer la cena… –se
interrumpe.
–¿En qué te quedaste pensando?
–En cómo trataba de convencerme para que eligiera comer lo
que ella podía comprar ese día –sonríe e imita la voz de su
madre–: “Hoy está lindo para comer unos fideítos, ¿no?”.
Marcelo habla de la madre con cariño y también con recelo.
–Siempre fue muy dura conmigo. Yo era un chico. A veces
cometía alguna travesura. Y ella me reprendía mal. Ni te cuento si
me quedaba haciendo fiaca.
–Mejor, contame.
Asiente.
–Entraba al cuarto y me gritaba: “A estudiar... Vamos,
levantate”.
–Y vos, ¿qué hacías? –le pregunto.
–¿Y qué iba a hacer? Me levantaba. Si no, era capaz de
matarme.
–¿No será mucho? –sonrío.
–Bueno… es una forma de decir.
“Una forma de decir”. Lo que todo paciente argumenta cuando
las palabras lo sorprenden y se escucha decir otra cosa de lo que
pretendía.
Elisa había sido una madre dura. Ante la ausencia a que la
obligaban sus dos trabajos, intentó que Marcelo incorporara la

165
responsabilidad desde muy chico. Por eso era tan exigente. Y él la
imaginó insensible. Hasta aquel día en que, en medio de una
discusión, Marcelo le gritó: “No te metas más en mi vida. Dejame
en paz. Siempre me dejaste solo. No te vengas a ocupar de mí
ahora que soy grande… porque, sabés, ¿qué? Yo fui un buen hijo.
Vos no podés decir lo mismo como madre”.
–Y ella, ¿cómo reaccionó?
–No dijo nada. Me miró con un dolor que jamás le había visto
antes, ni siquiera cuando murió mi padre y ella debió enfrentar la
vida como pudo. Esa mirada me atravesó el alma. Y recién
entonces la vi.
–¿Qué viste? –pregunto.
–A ella… de joven. Trabajando hasta los fines de semana para
que no me faltara nada. Inventando bocaditos para mi
cumpleaños con cosas que ponía sobre las galletitas de agua, que
era lo único que podía comprar. Y el sacrificio que hizo para
pagarme el viaje de egresados cuando terminé la secundaria –se
detiene–. ¿Vos sabés lo cara que es la carrera de odontología?
–Sí.
–Bueno. Tomó un trabajo más, cuidando a una anciana del
barrio para que yo pudiera estudiar tranquilo. Pero como no
alcanzaba, vendió unas joyas que eran de mi abuela. “Total, yo
nunca las uso”, dijo. ¿Entendés? Mi vieja hizo todo por mí. Y yo le
dije eso… que había sido una mala madre –llora–. ¿Qué hice?...
¿Qué hice?
Marcelo no puede con el dolor que le genera haberla herido de
esa forma. La madre había estado toda la vida pendiente de él.
Trabajando, casi sin dormir, sin fines de semana libres, para que
su hijo pudiera comer, salir, viajar con amigos y alcanzar su sueño
de ser odontólogo.
Pero en este momento, el que está en mi diván no es el Doctor
Menéndez. Es Marcelo. Un paciente angustiado. Un hijo que siente
la culpa por haber lastimado a su madre. Y así como aquel
perfume era el Significante que representaba al padre, hoy su
madre cabe en la angustia de una mirada. Y él, en el llanto que es
la única respuesta que encuentra a una pregunta que lo deja solo:
“¿Qué hice?”.

166
A veces, cuando no hay palabras y nos quedamos solos,
aparece La Palabra. Como esa mirada que transmitió un dolor
imposible de ser dicho y que Marcelo comprendió más que con
cualquier discurso.

GUERRA Y PAZ

Borges concluye su poema “El remordimiento” con estos versos:

No me abandona. Siempre está a mi lado


La sombra de haber sido un desdichado.

Así. Acompañado por una sombra. Desdichado porque le


legaron valor y no fue valiente. Por no haber cumplido con los
sueños que depositaron en él. Mandatos. Palabras que en algún
momento fueron contención, y en otro, tormento.

Todos enfrentamos el desafío de vivir con esta doble vertiente


de la palabra que por un lado pacifica, y por otro genera
malentendidos.
Los argentinos solemos invitarnos a tomar un café “para hablar
y aclarar las cosas”. Así, apelamos a ese rol pacificador de la
palabra para deshacer un conflicto. Aunque sea inevitable que, en
algún momento, el malentendido vuelva a surgir. Porque el
discurso humano introduce un lugar imposible. Un fantasma que
acecha y tortura: la verdad. Una dimensión que hace que
dudemos a cada paso. Entonces, nos preguntamos.
–Me dijo que me quiere, pero… ¿será cierto?
O terminamos una conversación y cuando quedamos solos,
pensamos:
–¿Qué me habrá querido decir?
Y una vez más nuestra condición hablante nos deja solos de
sentido. Porque esa verdad que buscamos con desesperación,
también está perdida. Y es precisamente eso lo que nos vuelve
humanos: la palabra. La palabra que implica. La palabra ausente.
La palabra que miente.
Es cierto que el lenguaje no es patrimonio de nuestra especie.
De un modo más o menos complejo, también los animales se

167
comunican. Pero, ¿alguien ha visto a una abeja que mienta en su
vuelo para reírse de que sus compañeras de colmena vayan a
buscar néctar a un lugar equivocado?
No sólo somos humanos porque hablamos.
Somos humanos porque mentimos.
En su libro Sapiens, Yuval Harari se pregunta por qué, entre
todas las especies, Homo Sapiens maneja el mundo. ¿Es la que
tiene más fuerza? ¿La que vuela más alto? ¿La que corre más
rápido? ¿La de dientes más filosos o garras más poderosas? No.
Pero pertenecemos a una especie capaz de hacer alianzas por
creer en mentiras comunes.
Hay un cuento fantástico de Leopoldo Lugones: “Yzur”. El
autor escribió:

…los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los


monos a la abstención, no a la incapacidad. […] Semejante idea,
nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse
en este postulado antropológico: Los monos fueron hombres que por
una u otra razón dejaron de hablar.

¿Por qué los monos dejaron de hablar? Para no ser utilizados,


para que no los exploten en el trabajo. Para no tener que seguir
creyendo en las mentiras.
Los chimpancés viven en manadas de cincuenta o cien
miembros como máximo, porque no confían en alguien que no
conocen. Nosotros, en cambio, podemos ir a una guerra con
gente que vive en París, Estados Unidos o México, por compartir
un ideal: la libertad, la justicia, o el poder.
La posibilidad de hablar y creer mentiras comunes es la que
nos permite manejar el mundo. Somos millones de personas que
no nos conoceremos nunca y, aun así, podemos luchar por un
mismo fin sólo porque nos recorre la palabra. Palabra que, por un
lado, nos hace poderosos, y por otro, nos debilita. Porque nos
roba la naturaleza, nos quita la necesidad. E introduce la
dimensión del deseo. Y la obligación de tener que pedir lo que
deseamos. Y la palabra que no alcanza. Y el deseo que no cesa. Y
la mentira que de algún modo transmite una verdad.
Cuando alguien nos gusta y lo invitamos cenar: ¿cuántas
ganas tenemos de comer? Y si esa persona acepta, ¿de verdad

168
sólo quiere cenar? No. Nos estamos mintiendo. Nos seducimos y
utilizamos la palabra para sugerir algo que quizás jamás podamos
decir. Y algo de nosotros queda escondido. Solo. Para siempre.

El filósofo y matemático Ludwig Wittgenstein escribió:

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Con esa transparencia sostiene que sólo podemos


experimentar o comprender las cosas para las que tenemos
palabras. Pero hemos dicho que las palabras no pueden decirlo
todo. ¿Entonces?
Entonces la duda. La angustia. La impotencia. La
incertidumbre.
Porque, al hablar, hemos perdido la verdad. Y, aun así, quien
no recibe Palabras se queda solo.
Somos aquellas cosas que nos representan y nos dan un lugar
frente a los demás. Gestos, nombres, palabras que ponemos a
jugar en nuestros vínculos y establecen quienes seremos para el
otro. Cuando esas Palabras no llegan, no hay nadie. Y aparece la
soledad.
Pienso en George McFly, el padre de Marty en la película
“Volver al futuro”. Su Significante era “tonto”, “inservible”, y por
eso nadie daba lugar a su Palabra, como si no existiera.
Dijimos que los tres registros estaban anudados. A veces de
manera sufriente. Es lo que le sucede a este personaje. George
porta una ilusión degradada de sí mismos (registro imaginario), e
identificado a algunos mandatos (Simbólico), por ejemplo, “soy
inútil” “soy indeseable”, o “no sirvo para nada”, se entrega al
padecimiento (lo real), y desde ahí, arma una vida solitaria.
En la escena final del baile se lo ve moviéndose de un modo
torpe e intentando llamar la atención sin conseguirlo. Solo, en
medio de una multitud. En una soledad indeseada. Porque nadie
lo mira, nadie le habla. En ese momento, no hay un otro que lo
esté reconociendo. Entonces, pierde lo que lo vuelve humano.

Viktor Frankl nació en 1905 en Viena, en el seno de una familia


judía. Desde joven participó en las organizaciones juveniles

169
socialistas. Estudió medicina y se especializó en neurología y
psiquiatría. Desde 1933 hasta 1937, trabajó en el Hospital General
de Viena y luego ejerció la psiquiatría de manera privada. Aunque
en el período 1940-1942, dirigió el departamento de neurología en
el Hospital Rothschild, único centro en Viena que admitía
pacientes judíos.
En septiembre de 1942, Frankl, su esposa y sus padres fueron
deportados a Theresienstadt, un campo de concentración cerca de
Praga.
Lo conozco.
El viaje que me acercó a Kafka también me llevó hasta ese
lugar donde fueron encerrados niños judíos. Todavía se conservan
algunos de sus dibujos. Imágenes que, como “El Grito” o “El
Guernica”, son Palabra no dicha que comunica el espanto y
representa el sufrimiento de aquellas personas que quedaron
solas ante el horror.
En los años que siguieron, Frankl sobrevivió a cuatro campos
de concentración, incluyendo Auschwitz. En medio de aquella
barbarie perdió a sus padres, su esposa, su hermano, su cuñada y
a muchos amigos. Y se quedó solo, como los niños.
Al ser liberado intentó averiguar el destino de sus familiares,
pero no tuvo éxito. Más tarde regresó a Viena, donde trabajó
como jefe del Departamento de Neurología durante veinticinco
años. Fue, además, profesor de psiquiatría en la Universidad.
Por su labor obtuvo muchos reconocimientos, entre ellos,
veintinueve doctorados honoris causa, y dejó un legado muy
importante en el campo de la psicología.
Su obra más importante es El hombre en busca de sentido. Un
texto que ha trascendido el ámbito académico e incluso es
utilizado como material de estudio en escuelas de teatro.
En ese libro, Viktor Frankl confiesa que extrañaba mucho la
soledad. La intimidad que resultaba imposible en los campos de
exterminio.

Sabemos que la imposición de la vida comunitaria, en la que


continuamente somos observados en las más triviales acciones del
día, produce un deseo irrefrenable de estar solo, al menos unos
instantes. El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con
sus pensamientos. Añoraba intimidad y soledad. Después de mi

170
traslado a uno de los llamados «campos de reposo», tuve la increíble
fortuna de encontrar, de vez en cuando, cinco minutos de soledad.
Detrás del barracón en el que trabajaba y donde se hacinaban, sobre
un suelo de tierra, unos cincuenta pacientes delirantes, había un
lugar tranquilo junto a la doble alambrada que rodeaba el campo.
Una tienda improvisada con unos postes y ramas de árbol servía de
cobertizo para guarecer a unos seis cadáveres (la media diaria de
muertes en el campo). Había al lado, además, un pozo, por el que se
accedía a las tuberías de la conducción del agua, cubierto con una
tapa de madera. Si no me reclamaban, aprovechaba para sentarme
en cuclillas sobre esta tapadera y contemplar el florecer de las
verdes laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro,
enmarcadas por las alambradas de espino. La melancolía me vencía
y mis pensamientos vagaban hacia el norte y el nordeste, en la
ansiada dirección de mi hogar, aunque solo podía ver nubes. No me
perturbaban los cadáveres tendidos a mi lado, hormigueantes de
piojos. Lo único que me despertaba de mis ensueños eran las
inquietantes pisadas de los guardias, o el aviso de la enfermería para
recoger un suministro de medicinas para mi barracón –cinco o quizá
diez tabletas de aspirina para varios días y cincuenta pacientes–. Las
recogía y hacía mi ronda tomando el pulso a los pacientes y
administrando media tableta de aspirina en los casos graves. Los
desahuciados no recibían ningún medicamento. No les habría servido
de nada y se lo privarían a los enfermos que tenían alguna
esperanza de curación. Para los pacientes leves solo tenía palabras
de aliento. Y esa visita, paciente a paciente, la hacía casi
arrastrándome, pues yo mismo estaba débil y exhausto,
convaleciente de un fuerte ataque de tifus. Terminada la ronda,
volvía a sentarme sobre la tapadera del pozo, mi lugar solitario. Por
cierto, ese pozo salvó en una ocasión la vida de tres compañeros.
Poco antes de la liberación, las autoridades del Lager organizaron
transportes masivos al campo de Dachau. Sensatamente, tres
compañeros procuraron evitar el viaje. Se metieron en el pozo y se
escondieron de los guardias. Yo me senté tranquilamente sobre la
tapa; con aire inocente, tiraba piedrecitas a la alambrada como en
un juego infantil. Un guardia reparó en mí y desconfió un momento,
pero mi actitud ingenua lo tranquilizó y siguió adelante. Más tarde
avisé a los escondidos de que lo peor ya había pasado…

Si bien se había quedado solo –sin familia–, en ese encierro


Frankl requería un espacio para otra soledad. La que necesitaba
para alejarse del horror. Y lo encontró cerca de las cloacas,
sentado junto a los cadáveres. Al menos, estaba lejos de los

171
guardias. Los muertos eran mejor compañía que sus torturadores.
Hasta que sus pasos y miradas (Significantes que los
representaban) lo regresaban al infierno.
En esa soledad, Frankl se aferró al reconocimiento para no
dejar de ser humano. Y pudo conservar su humanidad porque
hablaba. Hablaba en su fantasía con sus afectos, y también lo
hacía con los enfermos, a los que ayudaba con media tableta de
aspirina o con palabras de aliento.
Freud sostuvo que la ciencia moderna aún no ha producido un
medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas
palabras bondadosas. Jamás lo hará. Frankl lo sabía. Por eso,
volvía humanos a los enfermos al hablarles. Los reconocía como
$ujetos; de ese modo los humanizaba y tal vez los salvaba de
morir. Como a aquellos hombres por los que se jugó la vida al
sentarse sobre la tapa de madera que los ocultaba de la mirada
(Palabra) del guardia. Una mirada que resistió para protegerlos.
Esa fue su lucha por no dejar de ser un hablante. Una batalla
a la que no renunció nunca. La pelea por seguir siendo un hombre
en busca de sentido.

SOLEDAD SIN NOMBRE

Marcos Gómez Sancho es un académico que en su libro Morir en


paz postula que en los tiempos que corren la soledad del ser
humano es mayor que antes. Según él, la diferencia está en la
importancia que se ha dado al concepto de “individuo”. Dice:

Cada vez vivimos más solos, sobre todo, nos pensamos solos frente
a nuestro destino individual. Cada vez percibimos menos el formar
parte integrante de un grupo o una colectividad –familiar,
profesional, ideológica–, de una comunidad. En este sentido, hemos
ganado en libertad, en mayores posibilidades de autenticidad y de
originalidad, quizá, pero al precio de una soledad mucho mayor. Nos
hemos transformado en individuos autónomos, menos sujetos a
presiones sociales que las generaciones precedentes, pero también
menos confortados por los lazos relacionales de todo tipo en los
cuales ellos se reconocían. Solos y disponibles ante la vida, solos y
despojados ante la muerte.

172
En la misma línea, para Haruki Murakami, la soledad no es sólo
la ausencia de personas. Es la ausencia de proyectos, de una vida
que tenga un propósito. Entonces, en un mundo individualista y
superficial donde todo es indiferente, ajeno y distante,
comprendemos que la verdadera soledad no es estar solo, sino
sentirse solo en un mundo que ya no tiene sentido.

Vivimos en una época que hace un culto del individualismo e


idealiza la libertad. Entendiendo como tal el derecho de alguien a
ejercer sus caprichos sin tener en cuenta lo que puede producir
en los demás. Así, el individuo piensa en sí mismo. No le interesan
los otros. No los reconoce como semejantes a él. Esa es la
tragedia. Porque ser, es ser reconocido.
Sin el reconocimiento de otro ser humano no somos más que
un ente biológico. O una cosa. Un subversivo al que se puede tirar
con vida desde un avión, o un número a quien se tortura en
Auschwitz. Al quitarles el nombre y la palabra, eran
deshumanizados. Entonces, no importaba su dolor.
“Callate, no me mires, no protestes, no digas nada porque te
mato”.
El torturador no repara en sus víctimas porque no las
considera semejantes a él. Por eso, tampoco le interesan sus
Palabras: su llanto, su frío, su hambre. Sin nombre, no son
humanos.

A fines de los años setenta se estrenó una serie que impactó al


mundo: Raíces. Un relato que demuestra el poder de la palabra.
La historia de Kunta Kinte, un joven africano que, en tiempos de
la trata de esclavos, es capturado en la aldea de Jufure, a orillas
del río Gambia. El adolescente había salido en busca de un tronco
para hacer un tambor que deseaba regalarle a su hermano menor,
Lamín, cuando fue sorprendido por los cazadores de esclavos.
Luego de una larga travesía en el barco “negrero” “Lord
Ligonier”, donde al menos la mitad de los prisioneros morían a
causa del hacinamiento, el maltrato, el hambre y las
enfermedades, Kunta llegó a Annapolis, Maryland, en los Estados
Unidos de Norteamérica.

173
Expuesto junto a otros esclavos en una subasta, lo adquirieron
unos terratenientes de Virginia: los Waller.
Sin entender el idioma, los signos con que se comunicaban sus
captores, fue encadenado y llevado hasta la plantación de
algodón, donde lo nombraron Toby. Pero él se negó a responder a
ese nombre. No quiso adoptar un Significante que no lo
representaba. Él era Kunta. Kunta Kinte. Portador de un linaje, de
una historia que lo hacía ser quien era y a la que no quería
renunciar.
Hasta que el conflicto desemboca en una escena angustiante.
Vemos a Kunta colgado de las muñecas por una soga. El
capataz, gozoso, toma el látigo y le pregunta cómo se llama. Él
responde: Kunta Kinte. Entonces, el hombre lo azota y vuelve a
preguntarle. La circunstancia se repite varias veces. Kunta está
cada vez más lastimado, más dolorido, más humillado. Hasta que
no aguanta tanto dolor y responde: Toby. Su voluntad ha sido
quebrada. Ha renunciado a ser un africano libre y ha aceptado su
condición de esclavo. Lo desatan y el joven queda herido en el
piso. Entonces, se acerca un esclavo viejo al que llaman “Fiddler”
(violinista), porque tocaba el violín. Con ojos llorosos lo acaricia, le
dice que no se preocupe, que no haga caso a “los blancos”, que él
siempre será Kunta Kinte.
La sangre libre que corre por sus venas lo lleva a intentar
escaparse una y otra vez. Hasta que los cazadores de esclavos lo
capturan y le dan a elegir entre cortarle el pene o el pie. Aterrado,
el joven toma la segunda opción.
Ahora tiene un pie menos. Ya no será un africano rápido y
agresivo. Ya no podrá escapar.
En esa condición, Kunta es adquirido por John Reynolds, un
amo un poco más benévolo. En la plantación conoce a Belle, con
quien se casa y tiene una hija. Un momento crucial en su historia.
Ya no querrá huir porque tienen una familia. Su Significante ya no
es Toby, el esclavo. Ahora es Kunta, el esposo, el padre. Un
hombre que no está dispuesto a renunciar a su estirpe. Por eso,
elige para su hija un nombre africano que nadie puede escuchar
antes que ella. Una noche la lleva hasta un llano, la levanta al
cielo y le dice: “Mira lo único más grande que tú”. Y le susurra al
oído su nombre: Kizzi. Una palabra que en idioma “mandinga”

174
significa: “te quedas quieta”. Y pone en juego un deseo: vas a
quedarte acá, a mi lado. No van a venderte.
Kunta ha sido designado cochero del amo. Aprovechando esa
condición, hace viajes a solas con su hija. Y en esa intimidad,
lejos de la mirada de esos otros crueles, le habla de su aldea, le
dice que nació a orillas del Camby Bolongo, le enseña algunas
palabras en africano y le transmite su historia, lo que hace de
Kizzi una guerrera orgullosa de su origen.
Años después, las circunstancias hacen que el amo Reynolds
venda a Kizzi a un hombre que la viola, con quien tendrá un hijo.
Ella quiere que su hijo, George, sepa quién es y de dónde viene.
Entonces, le repite como un cuento las historias que su padre le
contaba. Algo que George hará también con sus hijos. Y ellos con
su descendencia.
De ese modo, la historia atravesó generaciones hasta llegar al
periodista Alex Halley, quien fue elegido para escribir la biografía
de Malcolm X, defensor de los derechos y libertades de los
afroamericanos.
Una noche, mientras Alex comparte un momento con una de
sus primas, la mujer le pregunta por qué ese hombre se llama X.
El escritor le responde que lo eligió a modo de protesta, porque
ninguna persona negra en los Estados Unidos conoce su
verdadero nombre, dado que todas llevan el apellido de sus
antiguos amos. Para su sorpresa, la prima le responde que eso les
pasará a los demás, porque ellos sí tienen un nombre propio (un
Significante que los representa). Ellos son Kinte.
Alex le pide que le recuerde las historias familiares acerca del
viejo africano. Así, hablan del río Camby Bolongo, del instrumento
musical Ko, y de otros detalles que recordaban de los relatos de
sus padres y abuelos. Y un deseo se apropia de aquel hombre:
encontrar sus raíces.
Con esos pocos datos y luego de una larga investigación, llega
hasta la aldea de Jufure, donde se encontraba un “griot”, un
transmisor oral de la historia de los clanes. Este, en particular, del
clan Kinte.
El inconveniente es que los griots cuentan la historia desde el
comienzo mismo de esos clanes.

175
Luego de horas, hastiado de escuchar un relato similar al
génesis bíblico, Alex escucha cómo Omoro y Binta Kinte tuvieron
un hijo, Kunta, que salió al bosque en busca de un tronco para
hacer un tambor para su hermano y nunca más volvieron a verlo.
Con el corazón acelerado el hombre le pide al griot que lo
repita. Hasta que con los ojos llenos de lágrimas se pone de pie y
grita: “¡Te encontré… viejo africano, te encontré!”.
Así, Alex Halley y su familia recuperaron su historia.
Una historia que resistió el látigo y la tortura a partir de una
Palabra: Kinte.
Porque el nombre no es una palabra cualquiera. Es un
Significante que eligieron otros –por lo general nuestros padres– y
nos acompañará toda la vida. Así, Dolores, Ángel, Soledad, Zoe
(vida), Martirio, Patricio (padre) o Alma, son Significantes que
dirán quiénes somos y qué se esperaba de nosotros. Una Palabra
de la cual debemos apropiarnos hasta volverla carne. Una Palabra
que puede torcer nuestra vida en favor del sufrimiento, o
invitarnos a jugar nuestro deseo más allá de los mandatos.

El nombre es una Palabra que nos precede y nos sucede.


Hoy mi padre es un nombre que trae aromas de alguien que
se fue y que me ayuda a reconstruir mi historia.
Siempre he creído que lo máximo que podemos hacer en este
tránsito por la vida es dejar palabras que permitan a quienes nos
sucedan, armar una bella historia. Porque al final, todos seremos
nada más que un cuento. Un cuento que tal vez alcance para
rescatarnos de la soledad y del olvido.

SOLEDADES IRRECONOCIBLES

Dijimos que un árbol que cae sólo hace ruido si hay alguien para
escucharlo.
No ser escuchados nos condena a la inexistencia. Por eso los
solitarios requieren presencias que les permitan conservar su
humanidad. Como “Viernes”, el nativo que Robinson Crusoe salvó
de los caníbales y que a partir de ese momento se transformó en
su compañero de “palabra”. O como “Wilson”, la pelota de vóleibol
que Chuck Noland (el náufrago interpretado por Tom Hanks)

176
convierte en su acompañante durante los cuatro años de
aislamiento en una isla desierta. Con su sangre, Chuck pintó un
rostro en la pelota. Tal vez porque intuyó que si no tenía con
quién hablar se volvería loco.
Hay delirios que, paradójicamente, nos salvan de la locura. Y
no sólo en la ficción.

Un día, en la soledad de su balsa, Velasco, el náufrago


entrevistado por Gabriel García Márquez, a quien ya citamos, se
dio por vencido. Apoyó la cabeza en el remo y se entregó. Pero
estaba tan agotado que ni siquiera pudo dormir. De pronto, en
medio de las tinieblas, percibió la imagen de su gran amigo, Jaime
Manjarrés, que desde el extremo de la balsa comenzó a hablarle.
Le preguntó por qué no había tomado más agua del buque, por
qué no había comido, y le señaló dónde quedaba Cartagena.
Velasco siguió su indicación hasta que pudo ver las luces del
puerto. Llegamos, le dijo emocionado a Jaime y le pidió que
remara más fuerte. Pero su amigo ya no estaba.

Se había ido. Yo estaba solo en la balsa y las luces del puerto eran
los primeros rayos del sol.

El calvario no había concluido. Velasco seguía preso en su


cárcel de mar. Pero todas las noches, su amigo venía a
acompañarlo. Conversaban un poco y luego desaparecía. Al
amanecer, el náufrago pensaba que se trataba de una alucinación.
Por las noches, en cambio, estaba convencido de que Manjarrés
se hacía presente. Pero llegó un momento en que la balsa
comenzó a dar tumbos y se llenó de agua. Velasco apenas podía
sostener afuera la cabeza.

Esa noche no vino Jaime Manjarrés. Estuve solo, desesperado,


abandonado a mi suerte en el fondo de la balsa.

Aquella ausencia marcó el punto más hondo de su soledad. Sin


la ayuda del delirio, sin la visita de su amigo, se quedó sin
palabras y cedió a la muerte. Sin embargo, por primera vez desde
su naufragio, apareció la Luna, y su reflejo en el mar le dio el

177
reconocimiento que necesitaba para resistir. Ahora, fue la Luna
quien le dijo: “No te rindas. Te estoy mirando”.
Nadie puede vivir sin el otro de la palabra. Y a veces, cuando
esa palabra no llega, se inventa. Aunque no hacen falta naufragios
reales para convocar alucinaciones o delirios que contengan el
dolor de estar solo.

Desde hace más de veinte años Mariana es pareja de Gerardo.


Cuando lo conoció, él estaba de novio con Inés, con quien se casó
y tuvo tres hijos. A pesar de esto, Mariana sostiene que el
matrimonio no comparte el cuarto ni tiene relaciones sexuales. Y,
aunque Gerardo nunca se lo dijo, ella afirma que él pronto va a
separarse para que puedan estar juntos.

Rafael no conoció a su padre. No sabe su nombre, pero sí que


vive muy cerca de su casa. El hombre jamás hizo ningún intento
de contactarlo, pero Rafael está convencido de que lo observa
cuando sale de compras o se va al trabajo. Siente su mirada, su
presencia, y está seguro de que en cualquier momento se animará
a hablarle.

Mara tiene dieciséis años. Desde hace unos meses está


enamorada de Carla, su mejor amiga. La ve a diario, se envían
mensajes hasta la madrugada, conoce sus secretos. Sabe que ella
sale con Nico. Sin embargo, afirma que Mara comparte sus
sentimientos, que sólo está confundida y es cuestión de tiempo
para que se dé cuenta. En cada mensaje que recibe de ella, no
importa el tema, confirma su creencia.

No es preciso tener una estructura psicótica para delirar. En


algunos casos, esos fenómenos también pueden aparecer en las
neurosis. Los pacientes en duelo, por ejemplo, suelen atravesar
esos episodios. La pérdida de un ser querido, por muerte o
abandono, genera una soledad insoportable que cada persona
enfrenta como puede. Mariana llena su vacío con la idea de que
Gerardo no duerme ni tiene relaciones sexuales con su mujer.
Rafael cree que su padre lo mira desde una esquina. Mara

178
desacredita los dichos de su amiga y espera una confesión de
amor.

Todos esperamos reconocimiento. En especial de las personas


que amamos. En ocasiones, basta con que alguien deje de
responder un mensaje para que se genere la sensación de vacío.
Al no contestar, esa persona sale del campo del lenguaje y deja al
otro en una soledad angustiosa.
Aunque hay formas más crueles de negar el reconocimiento,
que incluso niegan la humanidad misma.
En el libro La Felicidad, hablamos de la escena de la película El
pianista, donde un oficial nazi descubre al protagonista,
Władysław Szpilman, escondido en un edificio derruido de
Varsovia.
Con su uniforme impecable y el arma (Significantes que lo
representan: Nazi), el oficial se acerca y le pregunta si es judío.
Szpilman asiente y acepta esa Palabra que lo representa. Una
Palabra que en ese momento era una condena a muerte. Pero de
pronto surge otro Significante, “pianista”. Una Palabra que genera
reconocimiento. Porque ese oficial ama la música. Entonces, en
lugar de matarlo, el nazi se dedica a escuchar cómo Szpilman toca
Chopin. Y se conmueve. Y ya no puede asesinarlo porque ese otro
Significante, pianista, transformó al “judío” –que para el nazi
debía morir–, en un humano. Un semejante. Y comienza el
intercambio de lenguaje entre ellos.
La música también es lenguaje. Como dijimos, hasta el silencio
puede serlo. No siempre el silencio es ausencia de palabra. A
veces es una palabra plena. Como el grito.
En la versión que Abel Pintos hace de la zamba “El antigal”,
hay un momento culminante.
El tema es un lamento indígena. Y luego de una frase que
conmueve –…el llanto del indio es un manantial febril mojando el
antigal– Abel grita. Y ese grito trasciende el tiempo y nos coloca
en el alma de la raza india, su relación con la tierra, su tortura y
su dolor.
Y su grito es arte que araña lo imposible de ser dicho.

Y vuelve la imagen del Cristo. Y una curiosidad.

179
Sólo uno de los cuatro Evangelios describe el grito de Jesús en
la cruz.

Elí, Elí, ¿lama sabactani?

Esas palabras pronunciadas en arameo, cerca de las tres de la


tarde, han sido traducidas como:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Dijimos que un Significante representa a un $ujeto. Ese grito


es el Significante que representa a Jesús en el momento justo
antes de su muerte. Representa también su incomprensión y su
desamparo.
Según el Nuevo Testamento es un grito desgarrador. Y, sin
embargo, sólo uno de los evangelistas, Mateo, rescata ese gesto
desesperado en que el grito y la palabra vuelven humano a Dios.
Siempre me impactó la historia de aquel carpintero humilde,
nacido en la pequeña ciudad de Belén, que ofrendó su cuerpo
para que fuera encarnado por el espíritu divino. Porque algunas
interpretaciones sostienen que cuando Juan lo bautizó, el Espíritu
Santo entró en su cuerpo. Ese fue el instante en que un hombre,
Jesús, se volvió Dios. Pero nunca entendí el porqué del desenlace
de aquel drama. ¿Por qué justo antes de su muerte, el espíritu
divino decidió irse? ¿No podía Dios esperar a que su hijo muriera
para abandonarlo? Tampoco Jesús lo entendió:

Elí, Elí, ¿lama sabactani?

Una escena que devela una verdad trágica: la muerte es una


experiencia que todos deberemos enfrentar solos. Incluso Dios.

El filósofo danés Søren Kierkegaard señala que en esa


pregunta –“Padre, ¿por qué me has abandonado?”– encuentra el
dolor, pero no la angustia de Jesús. Según él, la angustia se juega
antes, cuando el Cristo comprende que Judas va a traicionarlo. Y
en lugar de gritar, le dice:

Lo que hayas decidido hacer, hazlo pronto.

180
Tiene razón Kierkegaard. Porque la angustia anuncia un
sufrimiento que acecha. En cambio, el dolor aparece cuando el
impacto ya ha sucedido y algo se ha quebrado dentro de
nosotros. Es grito e incomprensión: “Padre, ¿Por qué me has
abandonado?”.
Conozco bien esas sensaciones.
En el consultorio trabajo con la angustia, la antesala de
dolores por venir. Escenarios por las que todavía puedo hacer
algo. También con el dolor que me convoca a escuchar los gritos.
Y el silencio.

Recuerdo otro episodio muy conocido del Nuevo Testamento:


la escena en que persiguen a una mujer adúltera para apedrearla.
En lo que se supone un intento de poner a Jesús en una
encrucijada –seguir la Ley o mantener su tolerancia– le preguntan
qué deben hacer con aquella pecadora. Porque, según la Ley,
debía ser apedreada. Y Jesús responde con aquellas palabras que
atravesaron siglos:

Aquel de ustedes que esté libre de pecado que arroje


[ la primera piedra.

Ninguno lo hizo.
Pero quiero señalar un momento casi perdido de esa gran
escena, donde Jesús está sentado en el piso y mientras traen a la
adúltera para que la juzgue, escribe algo sobre la tierra. Sí, está
escribiendo en el suelo. La Biblia no dice qué. Hasta que de
pronto, lo borra. Y no sabemos qué escribió. ¿Qué pensó antes de
pronunciar su famoso “quien esté libre de pecado que arroje la
primera piedra”? ¿Qué pasó por su mente?
Es imponente el silencio de esa palabra escrita. La soledad de
Cristo, y de aquel texto que decidió no compartir con nadie por
toda la eternidad.

En ese mismo Evangelio –Juan– se cuenta que Jesús está


frente a Pilatos, quien le pregunta si en verdad es el rey de los
judíos. Y él responde: “Tú lo dices”.

181
Pilatos intenta el diálogo hasta que Cristo le expresa que ha
venido a traer la verdad. Entonces, el prefecto romano le
cuestiona: ¿Y qué es la verdad?
Y aparece otra vez el silencio. Uno de los más tremendos de la
humanidad.
¿Qué significa ese silencio?
Significa que la verdad no puede traducirse en palabras. Que
el hablante está condenado a asumir una falta, un
desconocimiento. Algo que no sabrá nunca. Un vacío que a veces
cabe en una emoción –la de Olga–, en un dibujo –los de Picasso y
Munch–, en un sueño –el de Griselda–, o en una angustia –la de
Manuel–. Intentos de horadar la soledad de ese vacío silencioso.
Octavio Paz señaló que todo silencio humano contiene una
palabra.
Palabras, palabras, palabras, dijo Hamlet. Es lo único que
tenemos. En rey Lear, uno de sus personajes, Edgar, afirma que
no hemos llegado a lo peor mientras todavía podamos decir: esto
es lo peor. Así, Shakespeare señala que el abismo, la
desesperación, la Soledad con mayúsculas, sólo aparece cuando
nos quedamos sin palabras.
Por suerte, casi siempre podemos decir algo. A veces para
mejorar una situación, otras para arruinarla. Los árabes
sostuvieron que la palabra sólo es necesaria cuando lo que se va a
decir es mejor que el silencio. Otros, que hablar cuando se debe
callar es tan pernicioso como callar cuando se debe hablar.
Frases que denotan la soledad del hablante. La dificultad que
aparece frente a un enigma: cuándo y con quién hablar. O callar.
Estamos convocados a formar parte de un universo donde casi
todo nos importa poco, y donde no le importamos a casi nadie. Al
mundo de la charlatanería. Al ritual del bla, bla, bla, de la palabra
vacía. Esa palabra que no dice nada acerca de quiénes somos,
qué sentimos, o cuáles son las cosas por las que daríamos la vida.
Pero cada tanto aparece una palabra plena. Una Palabra que, a
pesar de nosotros, incluso en contra de nuestra voluntad, llega,
nos avasalla y grita nuestro deseo, devela nuestros miedos y
revela algo de nuestra soledad.
Es muy difícil tomar la palabra para poner en juego algo del
orden de la verdad.

182
Parejas que permanecen unidas sólo porque ninguno se animó
a pronunciar una palabra plena que diga qué le pasa. Entonces,
siguen así, juntos, solitariamente juntos. Padres que, por temor,
desconocimiento, o falta de interés, dejan a sus hijos aislados en
sus cuartos sin tener la menor idea de qué hacen, si disfrutan o
sufren. Ancianos que “para no molestar” callan su necesidad de
encuentros y abrazos.
La cercanía con la gente me ha regalado momentos que llevo
tatuados. Encuentros que me convocaron a tomar el lenguaje y
pronunciar una palabra plena.
Hace tiempo, cuando estaba terminando una charla, alguien
del público levantó la mano para hacer una pregunta. Era una
mujer de ochenta años que había venido con su hija y sus dos
nietas. Le acercamos el micrófono y con voz entrecortada dijo:
“Amo a mi familia. Necesito verlos. Pero creo que ya debería
morirme, porque no quiero ser una carga para ellos”. De
inmediato, la abrazaron y le dijeron algo que no pude escuchar,
pero imagino: palabras de reconocimiento. Porque esa mujer
eligió no preguntar. Y confesó. Su amor, su miedo, la ambivalencia
de querer seguir viviendo y la angustia de ser un peso para su
familia.
En otra ocasión, una mujer joven dijo ante quinientas
personas: “Hoy es la última salida que haré con mi hija. Me estoy
muriendo. Y vine con ella para que usted me ayude a explicarle
que tiene que soltarme, ser fuerte y aprender a vivir sin mí”.
Esas personas tomaban la palabra para hablar de soledades.
Las propias, y las de su familia. Soledades actuales y futuras.
Sufridas o temidas.
En ambos casos, después de que hablaran, se hizo un silencio
prolongado en la sala. Un silencio que respeté. Luego, les hablé
con el mayor grado de verdad que pude.
Apuesto a la palabra plena. De cualquier modo, sé que nadie
puede vivir todo el tiempo diciendo quién es o qué desea. La
charlatanería nos sostiene humanos. Hemos dicho que somos una
especie que cree en las mentiras. Somos también una especie que
habla de banalidades. No hay manera de sostener una palabra
plena constante. Si alguien pretendiera hablar sólo de cosas

183
trascendentes, nos resultaría insoportable. A veces debemos
hablar por hablar.
El mayor elogio a la charlatanería lo hace el Psicoanálisis con
lo que llamamos asociación libre. La regla fundamental. El
acuerdo por el cual el paciente se compromete a decir lo primero
que se le venga a la mente, aunque le parezca una tontería. De
esa manera, renuncia al control de su discurso, y es posible que
así, creyendo que no está diciendo nada importante, diga mucho
más de lo que piensa. Aunque siempre que hablamos decimos
más de lo que creemos. Y la charlatanería abre ese espacio donde
la conciencia se relaja y, tal vez, el Inconsciente encuentra un
resquicio por el que puede manifestarse algo de la verdad.

CONCLUSIONES KAFKIANAS

Regreso a Praga en mis pensamientos…


Ojalá Kafka sepa que vive con nosotros.
En mi vida tiene la constancia de un libro abierto en la mesa
de luz. O me habla desde la biblioteca. Y vuelvo a “Ante La ley” y
Carta al padre y me pregunto si no habrá sido Hermann –su
padre– el guardián enorme que lo detuvo en el camino hacia su
deseo.
Es posible que a través de su carta Kafka haya intentado
encontrar sentido a su confusión. Pero, “Ante la Ley” (del padre),
no pudo hallar alivio ni límite a su miedo.
Kafka nunca envió aquella carta.
No quiso que su padre la leyera. Tal vez pensó que no la
comprendería. Entonces, ¿para quién la escribió? Quizás, como
sugiere Cortázar, la Carta al padre y “Ante la Ley” hayan sido el
producto del lenguaje que se apropió del escritor para dejar unas
letras que lo representaran para siempre. Las letras de su miedo.
Y aunque con esas páginas, Kafka no haya podido eludir el miedo,
al menos eludió el olvido. Una manera sutil de engañar a la
muerte.
Esas obras plantean la ineficacia de la palabra: alguien que
quiere hablar y hacerse comprender mientras la palabra falla y no
comunica.

184
La palabra es nuestro límite y nuestro cielo. Es lenguaje testigo
de un encierro.
Y quizás lo más kafkiano de todo sea que Kafka escribe porque
no puede hablar, y al escribir comprende que tampoco así podrá
decir lo que quiere.

En el cuento “Ante la Ley”, el Guardián le dice al campesino


que, si pudiera vencerlo, al cruzar la puerta sólo encontraría
guardianes todavía más temibles que él. Así, Kafka inventa
simbolismos aún más horrorosos para aludir a un vacío que no
puede explicar, que tiene que ver justamente con ese lugar donde
el hablante desaparece y se vuelve un ente vital y solitario. No un
$ujeto que habla, sino un cuerpo que goza.

Lacan dijo: el hombre vive porque goza.


Viniendo de un pensador que acuñó el término goce como
sinónimo de pulsión de muerte, del impulso a la destrucción, es
una afirmación que perturba.
Freud afirmó que el Yo es antes que nada un Yo corporal. En
esa frase, Lacan rescata el goce como el sustrato viviente que nos
sostiene a costa del dolor. Un precio que debemos pagar para
existir en un cuerpo. El fuego de Prometeo que nos da vida a
cambio de angustia. Y la palabra que llega para protegernos a
cambio del deseo. De la insatisfacción. De la soledad.
El lenguaje es una frontera, una voz que dice “hasta acá”.
Aunque a veces nos deja arañar un mínimo del goce que
perdimos por hablar. Ese que el campesino intuye cuando espía a
través de la puerta. El que nos mueve a construir mundos
fantasiosos donde aparece un único Dios llamado Jehová, o doce,
si hablamos del panteón olímpico, o del Asgard. También sus
enemigos, demonios o gigantes. Y todo el material simbólico que
creamos para intentar explicar ese lugar misterioso al que no
podemos pasar. Al menos, hasta la muerte. Hasta la Soledad final.

En el cuento, el campesino se detiene ante el Guardián y


queda aterrado frente a su imagen –registro imaginario–, como
Kafka ante su padre, y aunque intercambian algunas palabras –
registro simbólico– no llega a construir metáforas que den sentido

185
al vacío que hay detrás de la puerta –registro real–. Ni dioses, ni
demonios. Sólo un enigma que no puede horadarse.
De alguna manera, todos somos ese campesino que se topa
con un guardián invencible –la palabra– que nos pone un límite
infranqueable… Y así nos deja a salvo, pero solos.

El guardián es lo que llamamos “el Gran Otro” (A), el tesoro


del lenguaje. La palabra hasta la que podemos llegar. El límite.
Porque, como dijimos, en el mundo de los humanos cuando no
hay palabra, no hay nada. Sólo el vacío, la locura o la muerte. Lo
sabe quien sufre un ataque de pánico y no puede hablar. Y sin el
freno del Guardián (la palabra), siente que se volverá loco o que
se va morir. También el adicto que se esconde detrás de una
sustancia, y se aísla.
En el cuento, el Guardián confiesa que él mismo tiene miedo
de mirar lo que hay detrás de la puerta. Y juntos, Guardián
(palabra) y campesino (nosotros, los hablantes), se nos va la vida
sin conocer “la verdad”. Pero no importa. La palabra alcanza a
mantenernos de este lado, porque más allá no hay nada. De algún
modo, ese Guardián temible es lo único que nos detiene antes del
vacío. Por terrible que parezca, nos sostiene del lado de la vida. Y
viene otra vez Shakespeare a recordarnos que lo peor nunca es lo
peor mientras podamos decir: esto es lo peor. Mientras exista la
palabra.
Pero, ¿cómo podemos confiar en una palabra que no puede
decirlo todo? ¿En una verdad incomprobable? Es parte del desafío
de vivir.
Para el hablante, la confianza es un esfuerzo. Un gesto
amoroso.
El amor es un momento de locura que, por un rato, nos da
una sensación engañosa de completud. La creencia de que hay un
objeto (el amado) capaz de tapar nuestra falta existencial. Un
sentimiento que nos convoca a creer en alguien que ni siquiera
está seguro de lo que dice. Y en un “te amo” que el amado no
puede garantizar.

Santiago llega a su casa. Está ansioso. Marcela, su esposa, le


avisó que el socio le dejó un libro autografiado por una autora a la

186
que él admira mucho. Al entrar percibe un clima raro. La mujer
está tensa. Sin saludarlo, le extiende el libro y pregunta: “¿Qué
significa esto?”. Santiago lo abre y lee la dedicatoria: “Ojalá te
guste. Y vamos por otra noche compartida”. Levanta los ojos y
balbucea: “No sé”. Es toda su respuesta. Ella ruega: “Intentá
explicármelo”. Sin desviar la vista, él responde: “no puedo. No lo
entiendo. No conozco a esa escritora. Creeme”. Marcela baja la
cabeza. Está llorando. Luego de un rato, lo mira y dice: “Está
bien. Te creo”.
Se abrazan. Ninguno de los dos comprende lo que ha pasado.
Hasta que llega un mensaje de Augusto, el socio de Santiago, con
una foto de la dedicatoria del libro donde dice: “Ojalá te guste”. Y
un comentario: “A ver si resolvés el juego de las siete diferencias”.
Para hacerle una broma, Augusto había agregado el texto sobre la
supuesta noche compartida. Santiago mira a su mujer: “Ahora sí
puedo explicarte qué pasó”.
Esa noche, mientras la abrazaba, le agradeció que hubiese
confiado en él a pesar de una situación tan confusa.
Dos días después, cuando vino a sesión, me comentó que no
habría seguido junto a Marcela si ella no hubiera creído en él.
Porque esas circunstancias –sostuvo– son las que ponen a prueba
la fuerza de un vínculo. Esos momentos en que el amor debe
pegar un salto y pasar por encima de lo aparente.

Santiago tenía razón.


Según Lacan, sólo el amor permite al goce condescender al
deseo. Así, insinúa que es necesario un amor –sano, honesto,
confiado– para que ese goce ilimitado y destructivo se acomode al
deseo.
De igual forma, podemos decir que sólo ese amor –honesto y
confiado– permite a la duda condescender a la confianza.
Ante una palabra que no alcanza a decir todo y una verdad
que nunca se revelará, estamos convocados a vivir sin certezas. A
enfrentar la incertidumbre. Los límites que nos impone el
lenguaje. Y confiar. Al menos en aquellos que amamos. Esos otros
que con sus gestos nos ayudan a vivir.

Y una vez más Kafka.

187
Siempre me intrigó el final de ese cuento.
¿Qué dice en verdad el Guardián cuando confiesa al campesino
que aquella puerta fue creada solo para él? ¿Será una manera
descarnada de decir que nadie puede compartir el goce del otro?
¿Qué no podemos gozar juntos? ¿Esa tortura del enamorado que
se desespera por saber qué hay detrás de la puerta –sexual– del
amado, cuando ni siquiera puede saber qué hay detrás de su
puerta?
Tal vez. Porque ante “lo real”, cada persona debe vérselas con
sus enigmas y con sus propios goces. Y por más que esté con
alguien, se amen, se hablen y se digan algunas cosas, siempre
habrá algo que será del otro; algo intransmisible. Hay una puerta
creada para cada uno de nosotros y ni siquiera el amor permite
que podamos compartirla. Cada hablante tiene su Guardián. “Ante
la Ley” del goce, estamos solos.

188
ISLA VI

Tomo un sorbo de café y disfruto del sabor amargo que me queda


en la boca. Es el tercero del día. El último, espero. Nunca se sabe.
Levanto la vista. Ahí está. En su mundo. Sé que voy a interrumpir.
No me importa.
–¿Qué hace? –le digo.
–Leo.
–¿Algo interesante?
–Su libro, La Felicidad.
–¿Con todos los que hay en la biblioteca, elige justo ese? No
pierda el tiempo.
–El tiempo no se pierde. Se transita. Es inevitable. La vida es
nada más que tiempo. Por eso, quien juega con nuestro tiempo,
juega con nuestra vida –me mira–. Y como este es mi tiempo y mi
vida, deje que los gaste como más me gusta.
–Pero ya ha leído ese libro varias veces.
–Así es.
–¿Entonces? –le cuestiono.

–¿Qué?
–En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y
no somos [los mismos]. ¿Le suena? Heráclito. Frase más conocida
como…
–“Nadie se baña dos veces en el mismo río” –completo.
–Exacto. Por ese motivo, cada tanto releo algunas cosas.
–Ahora entiendo. Quiere ver si cambió alguna página; si
mágicamente surge un párrafo nuevo o desaparece algún error –
bromeo.
–No se ría. Le aseguro que es así. Todo libro se completa en el
lector. Si el lector se modifica, el libro también. Es posible que una
obra contenga cosas que pasamos por alto y ahora, por

189
necesidades del alma, se vuelvan fosforescentes. O que haya
otras que resaltamos en una primera lectura y hoy nos resulten
poco importantes. Así que, ¿por qué no se sienta y me acompaña?
–Acepto la invitación con desgano–. Repasemos lo que ha escrito
y quizás nos sumergiremos en otras aguas.
Se aclara la voz, y lee:

Recuerdo a los ascetas. Hombres y mujeres que se alejaban de


los placeres del mundo en busca de la perfección espiritual. Creían
que sin las distracciones que propone la vida cotidiana Dios estaría
más cerca. Para fortalecer su ánimo se retiraban a los desiertos,
soportaban el calor y resistían el hambre y las lluvias. Y aun allí, lejos
de todos, en esa soledad plena, experimentaban una invasión
descomunal de tentaciones, imágenes y demonios.

–Interesante, ¿no?
–Sólo porque nos permite seguir hablando –le contesto.
–No es poco. Hay algo sublime en el acto de conversar. Como
si a fuerza de asociaciones fuéramos ascendiendo hacia una torre
misteriosa.
–Hoy se vino poeta.
–Puede ser. Pero, dígame: ¿qué asocia ahora con lo que le he
leído?
–Pienso en Elsa, una anciana que conocí cuando trabajaba en
el hogar. Una mujer fascinante. Tenía noventa y cinco años –
suspiro.
–¿Qué pasa?
–Yo iba dos veces por semana y cada vez dedicaba algunos
minutos para hablar con todas las internas. Menos con ella.
–¿Y eso, por qué?
–Porque no quería presionarla. La veía muy grande y me
pareció que tenía que dejarla en paz –lo freno con un ademán–.
Ya lo sé. Pero yo era demasiado joven e inexperto.
–¿Y entonces?
–Un día Elsa me mandó llamar. Entré en su habitación y la vi
por primera vez. Era hermosa. Con una mirada potente y un
aspecto delicado. Señaló el sillón que estaba al costado de su
cama. Entendí la invitación y me senté. Me miró un rato antes de
hablar.

190
–Usted trabaja acá –asentí–. Y cada vez que viene, habla con
todas… menos conmigo –hizo una pausa antes de increparme–.
¿Acaso piensa que porque soy vieja ya no tengo nada que decir?
Me sorprendió. Intenté una respuesta.
–¿Sabe qué pasa, abuela?
Me fulminó con la mirada.
–No me llame así. No soy abuela, apenas si soy vieja.
Se acomoda y me comenta.
–¡Qué carácter, la señora! Y qué enseñanza.
Asiento.
–Yo creí que al no visitarla le hacía un favor. Y en realidad la
estaba dañando. Le quitaba el derecho a hablar. Y a la soledad.
–No comprendo.
Voy hacia el escritorio y regreso con algunas hojas.
–Escuche lo que dijo el psicoanalista Vicente Palomera
Laforga:

[…] Blas Pascal señala que todas las desgracias del hombre se
derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y
solo en una habitación.

–¿Se da cuenta? –sigo–. Según Pascal no hay forma de que


nuestra mente se aquiete por completo, porque no podemos
evitar las voces de nuestros pensamientos.
–Entonces, por mucho esfuerzo que hicieran, los ascetas
estaban condenados al fracaso.
Asiento.
–Y Elsa también. Pero deje que termine con la cita:

[…] En otras palabras, lo que dice Pascal es que lo que permite estar
solo es la capacidad de separarnos de aquello que hace gozar, o de
lo que excita, ya sea las actividades, los padres para los niños, los
semejantes para los mayores, pero también las fantasías y todas las
fuentes de estimulación, incluso tóxicas.

–¿Entiende?
–Más o menos –me dice.
–Palomera Laforga sugiere que no debemos confundir la
soledad con el aislamiento. Porque, al contrario de lo que

191
pudiéramos pensar, es posible que el aislamiento no sea más que
una forma de evitar la soledad.
–Es decir que quienes buscan aislarse sólo consiguen estar
menos solos que nunca.
–Así es. Porque el aislamiento llena nuestra soledad de
imágenes, deseos, sentimientos de culpa, de impotencia…
También con eso tiene que ver un análisis.
–Explíquese.
–Como escribí en La Felicidad, Lacan sugirió que el paciente de
alta deja el análisis preparado para soportar su soledad sin que le
atormente la tristeza. Aunque esa soledad siga poblada de
fantasmas, de orgasmos que emocionan y de noches angustiadas
a causa de algún amor perdido –levanta el libro y me lo muestra–.
No se ría. Le aseguro que es así. Si no me cree, pregunte a
quienes perdieron un amor. No quieren ver a nadie. Se encierran
en su casa sólo para que los invadan los recuerdos del amor
perdido. Lo sabe todo el que atraviesa un duelo. El que teme. El
que no puede tomar una decisión. Créame: no se puede estar
solo más que junto a otros. Y eso era lo que Elsa me reclamaba.
Que le diera mi compañía, mi escucha, para estar un poco más
sola. Para que los recuerdos de su vida, sus éxitos y fracasos, los
amores disfrutados y perdidos, la dejaran en paz –me conmuevo.
–¿Qué le pasa?
–Me pasa Elsa, que no me deja solo –sonrío.
–Cuénteme algo más.
Me tomo unos segundos.
–Ella no era abuela. Y tampoco había sido madre. Era la menor
de cuatro hermanos. Todos habían muerto y sus sobrinos la
visitaban únicamente para las fiestas. Es decir que estaba
condenada al ruido permanente de sus pensamientos. Excepto
cuando estaba conmigo. En esos encuentros encontraba un poco
de la soledad que necesitaba.
–¿Y cómo termina esta historia? –pregunta luego de una
pausa.
–Como suelen terminar todas. Una mañana recibí un llamado
del hogar. Elsa agonizaba. Salí corriendo.
No había nadie con ella, pero no estaba sola. Estaba sitiada
por los recuerdos. Le tomé la mano. Me agradeció con un gesto.

192
Después, cerró los ojos. Se le cayeron algunas lágrimas y al rato
dejó de respirar.
–¿Fue la primera vez que acompañó a alguien a atravesar la
puerta?
–No. Cuando tenía once años abracé a mi abuelo antes de
morir.
–Usted tiene que agradecerles a Elsa y a su abuelo –lo
interrogo con la mirada–. Esos dos viejos lo ayudaron a
prepararse para las despedidas que lo estaban esperando.
La conversación me ha movilizado. Voy hasta la cocina. Esta
vez, sin dudar, lleno una copa de vino. Regreso triste. Antes de
hablar, me mira y, como si quisiera sacarme de la emoción,
pregunta.
–¿Se acuerda de San Antonio?
–¿El de Padua? ¿El santo al que se le reza para conseguir
pareja?
–No. El otro. San Antonio Abad.
–Poco.
–Le cuento, entonces. Antonio, también conocido como San
Antonio el Grande, o San Antonio Abad, fue un monje cristiano
que nació en Egipto. Cuando tenía veinte años se retiró al
desierto. Como los ascetas, quiso alejarse de las tentaciones del
mundo y entregar su vida a Dios. Pero la soledad que deseaba era
interrumpida a cada rato por presencias espirituales y humanas.
Aun lejos del mundo, tuvo que enfrentarse con las tentaciones y
fue acosado por demonios que adoptaban distintas formas.
Leones, serpientes o bestias salvajes que lo atacaban durante la
noche.
–Imagino que, como al amigo Estrázulas, también lo habrán
visitado algunas mujeres hermosas.
–Sí. Más de una vez el demonio tomó imagen femenina para
tentar su castidad. Pero otras, las visiones eran monstruosas.
Incluso, en algunas ocasiones, la violencia física que sufría era
real. Se cuenta que los demonios lo golpearon hasta dejarlo
medio muerto. Por suerte, algunos de sus discípulos lo
encontraron a tiempo y lo llevaron hasta una iglesia.
Aunque sigo conmovido, la historia me cautiva.
–¿Y qué pasó después? –pregunto.

193
–Antonio era un hombre testarudo y volvió al mismo lugar para
enfrentarse de nuevo con los demonios. ¿Sabe qué hizo? Los
desafió a los gritos: “Aquí estoy yo, Antonio; no huyo de sus
golpes ni temo sus ataques”.
–Era valiente.
–Puede ser.
–O estaba loco.
–También. Porque para él, estas presencias no fueron sólo
visiones espirituales, sino entes absolutamente reales.
–¿Cómo las enfrentaba? –pregunto con interés.
–Con las armas que tenía: ayuno, oración y voluntad.
–Al final, ese desierto al que se había retirado en busca de
Dios, se transformó en un campo de batalla.
–Y sí… Es rara la vida. Nacemos solos, morimos solos,
padecemos una Soledad con mayúsculas, y al mismo tiempo,
parece ser que nunca podemos estar solos –ríe con sorna–. Y eso
no es todo. Con el tiempo, su fama atrajo a enfermos, curiosos, e
incluso a muchos que querían ser sus discípulos. Multitudes
acudían al desierto para verlo, pedirle consejos, o simplemente
observar al hombre que combatía a los demonios y hablaba con
Dios.
–Al diablo con su anhelo de soledad. Con perdón de la palabra
–me disculpo.
–Por eso se fue –continúa–. Primero se retiró a las afueras de
su aldea. Después se escondió en una tumba abandonada. Por
fin, cruzó el Nilo y se internó en el Desierto Oriental, donde pasó
casi veinte años sin ver a nadie. Pero, ¿sabe qué? Tampoco ahí
logró estar solo, porque los monjes lo seguían, se asentaban cerca
de él y querían imitarlo.
–Es decir que, sin proponérselo, Antonio generó toda una
comunidad junto a su soledad.
Bebo un trago más, tomo mis papeles y me levanto.
–No se vaya todavía –me interrumpe–. Sigamos conversando
un poco más. Hay algo extraño en la palabra. Nunca alcanza, pero
calma.
Se apura a buscar algo entre sus apuntes.
–Acá está.
–¿De qué se trata?

194
–De un filósofo que a usted le gusta mucho: André Comte-
Sponville. Escuche lo que dijo:

Estar aislado es estar sin contactos, sin relaciones, sin amigos, sin
amores, y eso, por supuesto, es una desgracia. Estar solo es ser uno
mismo, sin recurso a los demás, y esa es la verdad de la existencia
humana. ¿Cómo podría alguien ser otro distinto de sí mismo? ¿Cómo
podría alguien descargarnos del peso de ser nosotros mismos?

Me quedo pensando y digo:


–Es cierto. Aunque tampoco es fácil saber quiénes somos.
Después de todo, como dijo Whitman, todos contenemos
multitudes. Como los demonios y discípulos que no dejaban en
paz a Antonio, todos tenemos emociones, recuerdos y deseos que
nos perturban a cada momento.
–Por eso mismo, a veces, los otros nos ayudan –da vuelta una
página y continúa leyendo–:

“El hombre nace solo, vive solo y muere solo”, decía Buda. ¡Eso
no quiere decir que se nazca, se viva y se muera en el aislamiento!
El nacimiento, por definición, supone una relación con el otro: la
sociedad está siempre ahí, y la intersubjetividad también, y nunca
nos abandonarán. Pero, ¿qué cambia eso en la soledad? Del mismo
modo, cuando Pascal escribe en los Pensamientos «Se muere solo»,
no quiere decir que se muere aislado.

–Es lo que usted hizo por Elsa –continúa–. La ayudó a irse


sola, pero no aislada.
–Puede ser –reflexiono–. Es que nos tocó vivir en una época
que le tiene demasiado miedo a la muerte. Antes no era así. En su
libro Morir en Occidente, Philippe Ariès cuenta que en la
antigüedad nadie moría aislado. Por el contrario, el muriente se
tomaba su tiempo para despedirse y decía sus últimas palabras
rodeado de su familia, incluso con los niños.
–Una gran idea. Si, como usted dice, los humanos debemos
aprenderlo todo, también deberíamos aprender a morir. Digo, para
no andar haciendo papelones a último momento –se ríe.
–Usted bromea –continúo–, pero es así. Ariès la llama la época
de la muerte amaestrada. Porque la persona en agonía podía
decidir a quién ver, con quién hablar, o cuándo callar. Y la muerte

195
esperaba. En cambio, hoy vivimos en los tiempos de “la muerte
excluida”. Nos vamos de la vida excluidos, en una sala de terapia
intensiva, llenos de cables, pero sin abrazos. Aunque también en
la antigüedad, a pesar de las palabras y las caricias, se moría solo.
–Es lo que dice Comte-Sponville:

En el siglo XVII, […] en la estancia donde se moría había de


ordinario un cierto número de personas: la familia, el sacerdote,
varios amigos… Pero se moría solo, lo mismo que hoy en día, porque
nadie puede morir en lugar nuestro. La soledad es la regla. Nadie
puede vivir por nosotros, ni morir por nosotros, ni sufrir o amar por
nosotros. Eso es lo que llamo la soledad: no es más que un nombre
distinto para el esfuerzo de existir. Nadie vendrá a llevar tu carga,
nadie. Si se puede dar a veces la ayuda mutua (¡y es cierto que se
puede!).

–“La ayuda mutua” –repito–. Me gusta esa idea. ¿Qué otra


cosa es el amor sino encontrar con quién ayudarnos a transitar
una vida llena de ausencias?
–No se anticipe. Escuche:

Así pues, la soledad no es el rechazo del otro, por el contrario,


aceptar al otro es aceptarlo como otro (¡y no como un apéndice, un
instrumento o un objeto de sí mismo!), y en este sentido el amor, en
su esencia, es soledad. Rilke halló las palabras precisas para
expresar ese amor que tanto necesitamos y del que tan raramente
somos capaces: “Dos soledades que se protegen, se completan, se
limitan y se inclinan la una hacia la otra. […] El amor no es lo
contrario de la soledad: es la soledad compartida, habitada,
iluminada —y a veces ensombrecida— por la soledad del otro. El
amor es soledad, siempre, y no porque toda soledad sea amorosa,
faltaría más, sino porque todo amor es solitario. Nadie puede amar
en nuestro lugar, ni en nosotros, ni como si fuera nosotros. Ese
desierto, en torno de sí mismo o del objeto amado, es el amor
mismo”.

–¿Qué le parece? –me pregunta.


–Pensar el amor como un desierto, como una experiencia
compartida y solitaria al mismo tiempo, es una idea hermosa.
–Sí, pero al final: ¿estamos solos o no?

196
–Sí. Y no. Porque la vida discurre en medio de los demás, y
aun así la soledad es una dimensión inevitable de la existencia. De
cualquier modo, es un alivio saber que cuando hay amor, la
soledad no es un vacío. Es un espacio iluminado por presencias
que, aunque tan solitarias como nosotros, siguen respirando a
nuestro lado.

197
TERCERA PARTE

198
SOLEDADES MUNDANAS

…esta soledad que llevamos todos,


islas perdidas.

Víctor Heredia

SOLEDAD DEL CAMINANTE

Dijo Facundo Cabral:

Me gusta andar, pero no sigo el camino


pues lo seguro ya no tiene misterio.

Como a él, me gustan las plazas y las calles. Porque me invitan


a andar. O a perderme… Todos somos caminantes que andamos
por el tiempo, aun cuando creemos estar quietos. En “Balada para
un loco”, Horacio Ferrer mira sin asombro cómo la Luna rueda por
la avenida Callao. No está detenida. Camina, recorre la ciudad,
igual que yo.
En el libro La Felicidad, conté cómo mis viajes en tren, la
compañía de algún libro y el deambular dominguero por la ciudad,
cobijaron mi adolescencia solitaria. Dije:

Y fue en una de esas lecturas que me topé con una idea de Cortázar:
un hombre que caminaba por las madrugadas preguntándose qué
harían a esa hora quienes permanecían todavía con las luces de sus
casas encendidas. Cada una de esas ventanas iluminadas escondía
una historia. Posiblemente la historia de un amante, un traidor o un
suicida.
La idea me conmovió y, al levantar la vista, me pregunté en qué
pensaba esa mujer que viajaba dos asientos delante de mí. ¿Por qué
llevaba esa mirada triste… o quizás pensativa? ¿A quién iba a ver?
¿De dónde venía? ¿Cuáles eran sus sueños? ¿Cuáles sus angustias?
[…] Cuando cruzo una plaza y veo a alguien sentado solo en un
banco, cuando un hombre insulta desde la ventanilla de un auto o
una mujer lleva un bebé en sus brazos, me pregunto: ¿qué piensan?
¿Qué sienten? ¿Están donde querrían estar? ¿Están con quien

199
desean estar? ¿Es esta la vida que soñaban? Y a pesar de este
ejercicio cotidiano, el misterio permanece intacto.

Mi adolescencia ya no está. Se fue hace tiempo. El misterio, en


cambio, sigue conmigo. Y cuando camino –cito otra vez a Ferrer–
“Buenos Aires es toda mía”.
El poeta estaba orgulloso de su andar permanente, de su
condición de “flâneur”, como se denominó en la Francia del siglo
XIX al paseante atento, observador y reflexivo que recorre la
ciudad sin rumbo fijo, sólo por el placer de mirar. Un caminante
solitario que contempla la vida como un espectáculo.

Borges escribió un poema llamado “Caminata”. Extraigo alguno


de sus versos.

Olorosa como un mate curado


la noche acerca agrestes lejanías
y despeja las calles
que acompañan mi soledad,
hechas de vago miedo y de largas líneas.

[…]

Yo soy el único espectador de esta calle;


si dejara de verla se moriría.

Alguna vez, como Borges, he sentido que era el único que


miraba una calle. Que sin mí, la calle moriría.
Volvamos al obispo Berkeley. Si ser, es ser percibido, no sólo es
silencioso el árbol que cae sin testigos. También lo son las
ciudades ruidosas con miles de personas que jamás las miran. Ni
miran a los demás. Ni a sí mismos.
Martín Kohan escribió: ¡Hola! Un réquiem para el teléfono. Un
libro que subraya que, con el viejo teléfono de línea, para poder
hablar con alguien debíamos pasar antes por una o varias
personas de la familia. Entonces, hablábamos con la madre, el tío
o el hermano que atendía. Cada llamada era un modo
multitudinario de vincularse.
Ahora, en cambio, es posible una comunicación sin
intermediarios. Incluso, sin voz y sin palabras. Con mensajes

200
escritos o con símbolos que suelen representar más de una cosa.
Algo que, en realidad, nos aleja cada vez más de la comunicación
y de los otros. Y nos deja solos en un mundo interconectado. Tan
solos como ese hombre de traje que pasa a mi lado y va de prisa
quién sabe adónde. Quizás, a ningún sitio. O al encuentro de una
soledad más honda todavía.
Y aparece la negación del prójimo. La desaparición del
semejante.
Según Silvia Bleichmar, la percepción del otro como semejante
es indispensable para la construcción de un sujeto ético. Quien no
ve en el otro a un semejante puede obviar su dolor sin culpa,
porque lo deshumaniza. No lo reconoce.
En uno de los apartados centrales de su libro La Crueldad,
Cynthia Wila sostiene que la indiferencia es uno de los disfraces
más comunes de la crueldad. Además, afirma que la indiferencia
produce una “cosificación” (categoría desarrollada por la filósofa
Martha Nussbaum) que implica la negativa a reconocer lo humano
en aquellos a los que se cosifica. Así, al deshumanizar al otro, se
lo puede torturar, manipular, encerrar, tratarlo como una entidad
que puede ser poseída, comprada o vendida, e incluso matarlo.
Debemos resistir la tentación de caer en esos
comportamientos crueles. O encerrarnos en una soledad a la que
somos empujados por el entorno sin poner ninguna resistencia.
Porque mientras seguimos ensimismados en el teléfono, el tiempo
–la vida– sigue su curso y nos lleva en un viaje que muchas veces
nos perdemos. Y así como antes yo me preguntaba qué sentía esa
mujer sentada en un bar o ese hombre que viajaba a mi lado en
el tren, ahora me pregunto con qué llenan su soledad. Y reparo
en el lenguaje corporal para discernir quién la llena con
preocupación, miedo o angustia; o quiénes lo hacen con deseos o
esperanzas.
Son las once de la mañana. El Parque Rivadavia está
concurrido.
Me roza un hombre. Huelo su perfume. Viste con elegancia. Es
posible que vaya a una cita. Sonríe. Está pensando. Sus palabras
le hablan.
Me detengo debajo de un ombú. Ese árbol y yo tenemos
historia. Ahí, trepaba mi hijo cuando era chico. También ahí,

201
escondí mi llanto más de una vez.
Veo a dos ancianos que conversan y a otro hombre que mira el
reloj cada treinta segundos. Está ansioso. Debe esperar a alguien
que se ha demorado. Quizás, tiene miedo de que no venga. Muy
cerca, una abuela… –aparece Elsa y me corrige– “una vieja”, da
de comer a las palomas. Más allá, un niño juega a la pelota con su
padre. A unos metros, una pareja se mira en silencio. Él espera
una respuesta. Ella esconde sus lágrimas. El tiempo es relativo y
para ellos no pasa nunca. Están decidiendo algo que puede
cambiar sus destinos. Ajenos a todo, un grupo de jóvenes
conversa de manera relajada. Algunos han traído a sus perros y
comparten un mate. Y mientras las hamacas vuelan y los
caminantes cruzan la plaza de un lado al otro, reflexiono. Si
cerraran el parque ahora mismo, el lugar contendría todas las
pasiones humanas. Están aquí. Puestas en juego en cada uno de
esos solitarios que comparten el espacio. Incluso en mí, que los
observo y me pregunto por qué los miro. ¿Por qué ocupo mi
tiempo con estos intereses? Tal vez, porque el intento de
comprender sea una buena compañía para mi soledad. Y ¿qué
veo? Dos mundos. Un mundo de solitarios que dan batalla y otro
de solitarios que se han rendido.
Una mujer se levanta de un banco, viene hacia mí y me
pregunta la hora. Le respondo. Agradece y vuelve a sentarse. Está
inquieta. Estira el tiempo todo lo que puede. No quiere volver
quien sabe adónde. Es posible que deba comunicar algo que
intuye que nadie va a entender. La observo con discreción. Parece
avergonzada. No es extraño. Todos sentimos vergüenza cuando
no supimos resolver el desafío que nos planteó la vida.
Anticipamos el juicio de los demás. Sus miradas condenatorias. Y
esa vergüenza nos deja solos de comprensión y de abrazos.
La Soledad del traicionado que se avergüenza por haber
ejercido la confianza. Y ahora debe enfrentar las críticas de
quienes ven en su mérito un acto de ingenuidad. De esos otros
que juzgan, que no son abrigo, sino dolor.
Lo muestra el tango “Infamia”:

La gente que es brutal cuando se ensaña.


La gente que es feroz cuando hace mal.

202
Recuerdo a un paciente, Lautaro. Está a punto de casarse y
acaba de descubrir la infidelidad de su pareja, Daniel. Va a
suspender la boda. Debe hablar con su familia y sus amigos. Pero
no puede. Siente vergüenza. Le pregunto por qué, si no hizo nada
malo. Si fue leal. No hay respuesta. De todos modos, hace dos
días que no atiende el teléfono ni va al trabajo. No quiere hablar
con nadie. Y sufre aislado sin darse la oportunidad de recibir
consuelo.
Retomo mi camino pensando en las soledades avergonzadas
de los solitarios traicionados.
La vergüenza y la soledad son compañeras peligrosas.
Un adolescente está acostado sobre el pasto con los
auriculares puestos.
¿Cuánta vergüenza habrá en la soledad del adolescente? ¿En
la soledad de querer y no poder, de desear y no saber, de tener
ilusiones que van más allá de sus capacidades y estar condenado
a obediencias que considera injustas? Soledad ante el mundo que
no entiende. Soledad frente a padres que ya no transmiten
seguridad. Al menos en la niñez obedecer tenía sentido. A cambio
de esa obediencia, papá o mamá garantizaban que la vida era un
lugar seguro y que podían arreglarlo todo.
La adolescencia derriba la omnipotencia de los padres. Por
eso, el adolescente se siente solo y, como lo hizo al comienzo de
la vida, debe explorar otra vez un universo desconocido.
Se trata de una experiencia tan parecida al nacimiento –la
caída– que el psicoanalista Ricardo Rodulfo la define como “una
segunda deambulación”. Según él, no se trata de una analogía,
sino de la repetición de una encrucijada existencial. Pero esa
encrucijada que antes se ligaba al desafío de ponerse de pie,
caminar, dejar “la teta”, y al aprendizaje de un lenguaje del que el
niño debía apropiarse, ahora pone en juego en el adolescente se
liga a:

…una autonomía de movimientos que gana la calle y la noche, un


también nuevo distanciamiento-extrañamiento de lo familiar y una
nueva posesión del lenguaje que se pone más al servicio de la
intimidad, en particular con los pares.

203
Aparecen la calle y la noche. Espacios nuevos, potencialmente
peligrosos, que preocupan a los adultos. ¿Dónde está? ¿A qué
hora se fue? Ya debería haber vuelto. Preguntas que los hijos
adolescentes no quieren responder, porque esa nueva distancia
con sus padres los aleja, incluso, del deseo de hablar con ellos. Se
sienten extraños en su hogar, como Gregor Samsa –el personaje
de “La metamorfosis”, de Kafka– que un día se despierta y no
reconoce su cuerpo ni está integrado a la que hasta entonces era
su familia. Esas familias que siguen preguntándose: ¿Con quiénes
se relacionan nuestros hijos? Porque ahora, en la vida de esos
hijos ha entrado en juego un elemento que será fundamental en
esta etapa: el grupo de pares. Un grupo que reemplazará a sus
padres un lugar donde los jóvenes utilizarán el mismo lenguaje,
ya sea para las risas o los enojos. Un conjunto de solitarios
asustados que se unirán para enfrentar un mundo raro donde se
sienten incomprendidos. Entonces, exploran juntos ese mundo.
Sin embargo:

La exploración ahora no entiende a enchufes, desechos tirados por el


suelo y cuanto se pone al alcance de la mano y de la vista; recae
sobre lo que hasta hace poco estaba prohibido, o tan lejano que no
hacía falta prohibirlo, sobre lo que todavía lo está, pero sin el
anterior miedo a la infracción y a ser descubierto o desaprobado.

No se trata, como en la infancia, del riesgo de meter los dedos


en el enchufe o jugar con un vidrio roto. Ahora la investigación se
vuelca a la sexualidad, a vencer los límites que imponen el cuerpo
y la cultura, a descubrir el alcohol, las drogas u otros actos que
implican la desobediencia a los mandatos familiares que se
cuestionan.

Nahuel, un paciente de dieciséis años, me cuenta su


experiencia en una “previa”, como llaman a esas reuniones que
los jóvenes realizan antes de salir a bailar, donde el reto se juega
más que en la salida misma. Dice que tomó de más, no recuerda
cuánto, ni qué. Después se fue a uno de los cuartos con Diego, su
mejor amigo, y con una compañera, Anabella. Se besaron, se
acariciaron, y ella se quitó la camisa para que pudieran besar sus

204
pechos. Le pregunto si él también se desvistió. Responde que no.
Pero fumó un porro.

Celeste está angustiada. Cuenta que en su viaje de fin de


curso fue descubierta por sus amigas besándose con una chica de
otro colegio. No siente vergüenza por lo que sus padres podrán
decir, sino por el rechazo de su grupo de pares. Además, agrega
que la experiencia le resultó muy excitante y ahora teme ser
homosexual. Le pregunto por qué eso le da miedo y responde que
no sabe. Celeste comenzó a espiar en el abismo de la sexualidad y
encontró la incertidumbre y la ambivalencia. Pero además, se
quedó sola. Celosas por lo que consideraron una traición –haberse
vinculado con alguien externo al grupo– sus amigas la castigaron
alejándose. Sin ellas, y sin la posibilidad de contar con su familia,
Celeste se siente más sola que nunca. Sola ante el encuentro con
una sexualidad que desconoce y a la que teme. Y sola por no
poder compartir sus temores con otros.

Suele decirse que la palabra adolescencia proviene de adolecer


(tener algún defecto o padecer una dolencia). Esta creencia ubica
al adolescente como alguien enfermo o defectuoso.
Es el estereotipo que toma Adolescencia, una miniserie
británica que conmovió al mundo.
La historia transcurre en un pueblo inglés que se ve
convulsionado cuando Jamie, un chico de trece años, es detenido
como sospechoso del asesinato de una compañera de colegio. De
inmediato, los adultos –policías, psicólogos y padres– se
movilizan. Nadie entiende lo que ha ocurrido. Así, descubren que
los alumnos utilizan sus teléfonos más tiempo de lo debido y viven
en una virtualidad que les resulta extraña, como si ellos no
estuvieran también todo el tiempo con sus celulares en la mano.
Los chicos no dicen demasiado y entonces surge una inquietud
que pone a jugar las emociones del espectador. La serie propone
que mientras los padres viven tranquilos porque sus hijos
permanecen en la casa, los adolescentes se encierran en su
dormitorio, se desconectan de ellos y del mundo, y se conectan
con “otros” a través de celulares, pantallas o videojuegos. Nadie
sabe con quiénes están o con qué límites juegan sus fantasías. Y

205
se muestra un clima de aislamiento e incomprensión que termina
con manifestaciones violentas, burlas, exclusión y homicidio.
A pesar del interés que ha despertado, no comparto la
fascinación por esta serie. No veo en ella un retrato veraz de los
adolescentes que conozco. Encuentro sí, la creencia de que el
joven “adolece” de algo, que tiene alguna falta. Como si los
adultos no las tuviéramos. La falta no es patrimonio de una etapa
evolutiva sino de nuestra condición de hablantes. Y si bien ese
cuarto cerrado a veces puede resultar riesgoso, no siempre es un
sitio infernal. Es también, el espacio íntimo donde el adolescente
explora sus nuevas pasiones, su cuerpo y sus fantasías.

En su adolescencia, Charly García compuso una canción,


“Cuando ya me empiece a quedar solo”, donde se animó a
imaginar cómo sería crecer, envejecer y acercarse a la muerte. Y
escribió:

Tendré los ojos muy lejos y un cigarrillo en la boca,


el pecho dentro de un hueco y una gata medio loca.
Un escenario vacío, un libro muerto de pena,
un dibujo destruido y la caridad ajena.

Un televisor inútil, eléctrica compañía,


la radio a todo volumen, y una prisión que no es mía,

Una vejez sin temores y una vida reposada.


Ventanas muy agitadas, y una cama tan inmóvil.
Y un montón de diarios apilados,
y una flor cuidando mi pasado.

Y un rumor de voces que me gritan,


y un millón de manos que me aplauden.

Y el fantasma tuyo, sobre todo,


cuando ya me empiece a quedar solo.

Charly hizo honor a su condición adolescente. Porque en


verdad, “adolescencia” deriva del verbo adolescere, palabra
compuesta por “ad” (hacia) y “alescere” (crecer). Por lo tanto,
etimológicamente, adolescencia no alude a ninguna enfermedad,

206
ni falta, sino a la cualidad de estar en crecimiento, de “ir hacia”.
Por ejemplo, de la niñez hacia la adultez. Pero también de los
miedos hacia el misterio de la vida, de los mandatos hacia el
deseo propio, o de la protección del hogar hacia el desafío de la
sexualidad, el amor, o la soledad del mundo. Un mundo que, a
pesar de sus temores, el adolescente explora con valentía.
Aunque a veces, negando los riesgos. Dice Rodulfo:

El deambulador encarna […] el deseo de abolir todo límite,


incluyendo el de la muerte…

Sin las justificaciones de la infancia, ni las herramientas de la


adultez, el adolescente debe enfrentar las demandas de ideales
ajenos (sociales o familiares) y las exigencias de un cuerpo que
todavía no conoce. Algunos se asustan y permanecen aniñados,
aferrados a la seguridad del hogar. Otros se encierran en sí
mismos y se aíslan. Los más, se refugian en el grupo de pares y
dan batalla.
Otro lugar común es estigmatizarlos como la “generación de
cristal”. De nuevo la falta, esta vez bajo la forma de la debilidad.
Tampoco es eso lo que encuentro en la mayoría de los
adolescentes que conozco. Por el contrario, veo en ellos personas
que dan una pelea difícil contra las imposiciones de un sistema
que a veces los excluye y pretende robarles su subjetividad para
transformarlos en consumidores. Adolescentes que conviven con
la inseguridad de los adultos.
Hasta hace poco –durante la niñez de sus hijos–, amparados
en un “discurso amo”, los padres creían saber “cómo es la vida”.
Desde ese lugar daban órdenes e indicaban caminos a seguir. Esto
no excluía los conflictos, pero les otorgaba una excusa para sentir
que todo el problema quedaba del lado de los hijos. Hoy, en
cambio, los adultos se sienten interpelados por el
desconocimiento. Y quedan tan solos como sus hijos. Conscientes
o no, comparten con ellos el miedo y la ignorancia ante un mundo
que tampoco alcanzan a entender.

207
ISLA VII

Esta vez el que está leyendo soy yo.


Hace unas horas que me mira sin hablar. Percibo su respiración
inquieta. Por fin dice:
–Me gustaría hacerle una pregunta.
Levanto la mirada.
–Pregunte.
–¿Qué opina? ¿Cuando alguien lee, está solo?
Me sorprende. Pienso antes de responder.
–No, al contrario, pienso que la lectura es la búsqueda de estar
acompañado por quien uno quiere. El lector desea compañía, pero
no de cualquiera. Ejerce el derecho a elegir. Entonces, va al
encuentro del Quijote, de Borges, de Valjean o de Cortázar. Por lo
general, preferimos momentos solitarios para leer, ¿sabe por qué?
Para ocupar esa soledad con compañías elegidas. Por eso hay
personas, yo entre ellas, que leen más de un libro a la vez. Porque
no siempre tenemos ganas de estar con los mismos. A veces
buscamos a alguien que nos haga pensar y elegimos un libro de
filosofía, otras andamos con deseos de aprender y tomamos uno
de estudio, o queremos entretenernos y optamos por una historia
de amor o de intriga –hago una pausa y enfatizo–: para eso están
los libros. Para que podamos escoger con quien compartir el
tiempo. También los escritores lo hacen. Quizás el mejor ejemplo
sea El Banquete, de Platón, donde él se sienta con sus amigos a
conversar. Elige a Sócrates, a Aristófanes, y los hace hablar.
–A lo mejor, por eso Borges aconsejaba que no hay que leer
libros que a uno no le gustan –acota–, para no estar con personas
que no nos agradan.
–Puede ser.
Mi comentario lo alienta y continúa.
–Borges también se oponía a que hubiera libros de lectura
obligatoria. Decía que eso era degradar el acto de leer, algo que
debe ser placentero. ¿Está de acuerdo?

208
–Sí. Aunque se trate de un placer variado. Porque cuando
leemos no sólo conversamos con los autores. También nos
peleamos, o nos reímos con ellos.
–A lo mejor, por eso hay cierta literatura que resulta difícil –lo
interrogo con la mirada–. Los clásicos rusos o el castellano
antiguo, por ejemplo. Resultan complicados porque se nos hace
difícil conversar con ellos.
–Puede ser –dudo–. Aunque a veces son libros muy
estimulantes que nos permiten viajar en el tiempo. Y eso es
hermoso. Estoy pensando en Oscar Wilde y El Retrato de Dorian
Gray.
–Hermosa novela –comenta–. A usted le gusta mucho.
–Sí. Al leerla se ingresa a un lenguaje antiguo, muy señorial
que, sin embargo, al rato se vuelve disfrutable. Sentimos que
podemos hablar con los personajes y tenemos la certeza de que,
si tomáramos un café con Wilde, nos haría reír con sus
ocurrencias –renuncio a mi lectura y dejo el libro en la mesa–.
Pero, volviendo a su pregunta, estoy seguro de que leemos en
momentos solitarios para evitar que aparezca alguien e
interrumpa el diálogo que estamos teniendo con los personajes
que elegimos.
Me quedo en silencio.
–¿Qué pasa? –me pregunta.
–No sé si contarle.
–¿Qué cosa?
–Que durante muchos años amé un libro y elegí su compañía –
me detengo.
Suspira antes de hablar.
–¿Me cuenta o prefiere que me vaya? No quiero perturbar sus
lecturas.
Amaga a levantarse.
–Quédese –le pido–. Después de todo, hablar sobre libros y
soledades no está tan mal.
–¿Y cuál es ese libro que tanto lo acompañó?
–Demian, de Hermann Hesse. Si, como dijo Le Blanc, “nunca
somos autores de nuestros llantos”, Hesse y su universo fueron
los responsables de algunos de los llantos más fuertes de mi vida.
–Cuénteme, por favor.

209
Me reclino en mi asiento y continúo.
–Como pasa con Kafka, la soledad es protagonista en muchas
de las obras de Hesse: Siddhartha, El juego de los abalorios,
Narciso y Goldmundo… –me interrumpe.
–Y sobre todo, El lobo estepario, la historia del viejo y querido
Harry.
Asiento.
–¿Sabe? No es casual que la soledad y el dolor recorran tanto
la obra de Hesse. Él mismo padeció soledades muy dolorosas. La
muerte de su padre lo golpeó duro, su hijo Martin tuvo serios
problemas emocionales, y su primer matrimonio con María…
–¿Qué pasa con eso?
–Hesse tuvo que convivir con los ataques esquizofrénicos de
su esposa. Una enfermedad que aísla y que los dejó muy solos. A
ambos. Ella inició un tratamiento con Lang, un discípulo de Jung,
pero no sirvió de mucho.
Miro la mesa baja. Hoy no hay café, ni vino. Pero no tengo
ganas de interrumpir la charla.
–Qué vida difícil la de Hesse –continúo–. Se espantó con el
nacionalsocialismo, se radicó en Suiza, se casó otra vez, fracasó
de nuevo, y volvió a casarse.
–Insistente, el hombre –bromea–. Y esta vez, ¿cómo le fue?
–Al menos, la relación le duró hasta que murió, antes que ella,
en agosto de 1962.
-Al menos se fue a la tumba con el Nobel. Se lo dieron en
1946, si no recuerdo mal –acota–. Pero deje de dar vueltas y
cuénteme sobre Demian. ¿Por qué lo marcó tanto?
–Porque yo era adolescente. Tenía catorce años. Y de repente,
leo:

Quería tan sólo intentar vivir lo que tendía a brotar


espontáneamente de mí.
¿Por qué había de serme tan difícil?

–¿Entiende? –sigo–. Abrí un libro y en una cita encontré la


pregunta que no podía dejar de hacerme y a la que no le hallaba
respuesta –me tomo un instante–. Esa historia instaló en mí por
primera vez la idea de que todo no es lo que parece, que nos

210
suceden cosas que no controlamos, que hay un mundo interior
oscuro y complicado que comanda nuestras vidas.
–Pareciera estar hablando del Inconsciente.
–Exacto –afirmo–. Empecé a leerlo con voracidad, cada frase
era un mazazo:

No soy un hombre que sabe. He sido un hombre que busca, y lo soy


aún, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros: comienzo a
escuchar las enseñanzas que mi propia sangre murmura en mí. Mi
historia no es agradable, no es suave y armoniosa como las historias
inventadas; sabe a insensatez y a confusión, a locura y a ensueño,
como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse más a sí
mismos.

–Reconozco que es un comienzo demoledor para cualquiera –


acota.
–Mucho más para mí.
–¿Por qué?
–Ya le dije, porque era adolescente. En realidad, no sabía
quién era, qué quería, ni dónde buscar. Y como al personaje de la
novela, tampoco me alcanzaba con los libros. Necesitaba escuchar
esas enseñanzas que mi sangre murmuraba en mí. Mi cuerpo me
hablaba, me decía cosas que yo no comprendía, o me daban
miedo. Y sentí que, de alguna manera, algo extraño, mi mundo
oscuro, me convocaba.
–Espere, no se apure –me interrumpe–. Cuénteme algo de
Demian.
–Es un personaje misterioso, un actor secundario de la novela,
porque el protagonista es Emil Sinclair. Es él quien habla de esa
ambivalencia entre su mundo luminoso y el otro, oscuro. La
historia de Sinclair es la historia de un despertar. El misterio de la
adolescencia. El paso de la niñez protegida, de la seguridad del
hogar a la incertidumbre. A medida que el relato avanza, emerge
la figura de un joven que descubre que el mundo está hecho de
luces, pero también de sombras, y que la vida más auténtica solo
comienza cuando se reconoce esa doble naturaleza. Y se extraña
al comprender lo cerca que están un mundo del otro.
–Y usted que es analista, dígame: ¿cuál es el mundo oscuro de
la adolescencia? –me pregunta.

211
–La entrada a la sexualidad, el miedo, el retorno del
autoerotismo, el “no deseo estar acá, pero me da terror salir al
mundo”, el “no quiero que se metan en mi vida, pero tampoco
que dejen de cuidarme”.
–¿Ese es el conflicto que plantea la novela?
–Sí. Y yo la estaba leyendo a la edad de Sinclair que, a medida
que crecía, se acercaba a ese lugar penumbroso donde no hay
tragedia, pero sí un destino inexorable.
–Y otra vez Octavio Paz: “nacemos solos, morimos solos”. Pero
podemos decir que también vivimos solos. Quizás ese sea el
destino inevitable que intuyó en la novela.
–Es posible. Aunque durante la lectura comencé a pensar
también en lo complejo de la vida. Cómo basta una tontería para
que surja la tragedia.
–A ver, cuénteme –se interesa.
–En un momento aparece un personaje, Franz Kromer, que
abre la grieta entre el mundo seguro de los padres y ese otro
tenebroso. Todo empieza con una mentira. Sinclair quiere
impresionar a Kromer, le cuenta que ha robado manzanas de un
huerto. Es una invención ingenua, pero Kromer, un chico algo
mayor que él y con un carácter perverso, percibe la oportunidad
de sacar provecho y lo amenaza con denunciarlo si no le da
dinero. A partir de ese instante, Sinclair queda atrapado en una
relación de miedo y sumisión. Vive bajo la sombra de Kromer,
cumpliendo encargos humillantes, soportando burlas y amenazas.
Es un descenso a un territorio de temor y vergüenzas, que
contrasta con el “mundo luminoso” de su casa. Entonces, la vida
se convierte en un ejercicio de ocultamiento y comienza a sentir
que ha caído en un pozo sin retorno.
–Aunque usted dice que la verdad es imposible, es muy difícil
sostener una mentira –me provoca.
–Sí, porque la mentira nos deja solos. Cuando mentimos
generamos una realidad alternativa que tiene códigos distintos.
Aparece un mundo oscuro donde uno es el único que conoce la
verdad. El único responsable de ese universo plagado de
vergüenza. Entonces, el hombre valiente y sincero que queríamos
ser se pelea con el cobarde mentiroso que en realidad somos. Y

212
surge el miedo a ser descubierto y, al mismo tiempo, el deseo de
que algo ponga fin a la tortura.
–Veo que conoce el tema –ironiza–. ¿Cómo se resolvió la
cuestión?
–Con la aparición de Demian. Un nuevo compañero de escuela
que interviene de manera misteriosa. Hesse nunca revela del todo
cómo logra que Kromer se aleje para siempre. Aunque ya es
tarde. La marca ha quedado. Sinclair ya ha conocido la culpa y
sabe que es débil. No cree en el mundo luminoso que le ofrece la
familia, ni tiene el coraje de adentrarse en las sombras de lo
desconocido. Ha pecado. Fue impostor y cobarde. Además, cedió
a la mentira y al chantaje.
Me mira y comenta.
–Yo podría haber sido ese chico que para ganarse un lugar dijo
haber robado una manzana que no robó y se metió en un lío. Eso
es algo que todavía nos pasa, ¿o no?
–Sí. Todo el tiempo tenemos miedo de hablar de algo que no
es más que la mentira de haber robado una manzana, y a cada
instante nos hundimos más. Es inevitable –le clavo la mirada y
afirmo–: porque todos mentimos. Para seducir, para sacar una
ventaja, para esconder una debilidad, por miedo o vergüenza –
hago una pausa–. Es más: ¿quién no guarda algún secreto que no
desea compartir con nadie?
–¿Y qué hacemos con eso? –me pregunta.
–Callamos. O mentimos. Y así vamos construyendo nuestros
vínculos. Con silencios y con mentiras.
–Y a veces con algunas otras cosas –interrumpe–. Conozco
personas que se vinculan sólo a partir del sufrimiento. ¿Nunca le
preguntó a alguien que está en un vínculo que lo lastima por qué
no se separa? Y no lo hacen. ¿Sabe por qué? Porque también el
sufrimiento puede atarlos de una manera fatal. Le aseguro que no
es fácil salir de esas situaciones.
–Lo sé. En mi adolescencia, cuando leí Demian, me pregunté
por qué Sinclair no les contaba a sus padres que había un chico
que lo amenazaba porque había inventado el robo de una
manzana. Después de todo, no era para tanto. Pero hoy lo
entiendo.
–¿A qué se refiere?

213
–En algún momento, todos hemos sido solitarios armados de
mentiras para enfrentar el miedo.
–Hoy se vino poeta –sonríe.
Continúo sin hacer caso a su broma.
–El episodio con Kromer no es más que el comienzo, la
primera fisura en la inocencia de Sinclair, la grieta por la que entra
a ese “otro mundo” del que habla Hesse. Un mundo ambiguo. El
del beso de Celeste con aquella chica en su viaje de egresados. El
del juego de Nahuel y sus compañeros en la previa. Y aunque
Demian lo salva, también le señala que no se trata de huir de la
sombra, sino de reconocerla y aprender a convivir con ella.
–No sé si quiero un amigo así –comenta.
–Es que Demian es más que un amigo. Es un umbral que lo
incita a alejarse del ideal familiar, de los mandatos del mundo,
para ser él mismo. Por ejemplo, en una de sus conversaciones, le
plantea una interpretación muy distinta del relato bíblico de Caín y
Abel. Le dice que, en realidad, la Biblia no deja en claro que Caín
fuera un asesino, y que el crimen que cometió pudo haber sido su
capacidad de mirarse a sí mismo sin miedo y actuar según sus
deseos.
–¿Y qué hay de la marca en su frente? –me pregunta.
–Según Demian, la “marca de Caín” no era un castigo, sino un
signo que lo distinguía de los demás. Eso era lo que lo volvía tan
temido.
–Una lectura extraña, pero atractiva.
–Tanto, que rompe la idea de moral que Sinclair había
heredado de su familia. Por primera vez se plantea que a lo mejor
el bien y el mal no son categorías tan claras y que quizá, hay
personas destinadas a vivir de manera distinta, incluso si eso las
aísla del resto. Eso me hacía pensar en la marca de Guillermo, un
compañero al que burlaban por ser gay, o en la de los hippies,
esos “melenudos sucios” que se reunían a tocar la guitarra en la
esquina de mi casa, o en la del grupo de amigos “aburridos” que
preferían leer el sábado a la noche en lugar de ir a bailar.
¿Cuántas personas son condenadas sólo por ser diferentes a lo
que se espera de ellas? –le cuestiono.
–Si hablamos de adolescentes, todos, me parece.

214
–Exacto. En la novela, Sinclair advierte que Demian también
lleva esa marca invisible. Es alguien que no se deja arrastrar por
la opinión de los demás y piensa por sí mismo.
–Entonces, no se trata de una marca física.
–No. Es un rasgo, una mirada, una forma de estar en el
mundo.
–Alguna vez le escuché decir que no nos enamoramos de una
persona sino de algunos rasgos que ya amábamos desde antes de
conocerla.
–Así es. Rasgos que incorporamos en la infancia y que ahora
nos empujan al amor, para bien o para mal.
–Me hizo acordar de una zamba –dice y canturrea–:

No quisiera quererte, pero te quiero.


Ese castigo tiene la vida mía.

–Felicitaciones –le digo–. Canta muy bien.


–No se burle y siga contándome.
–Bueno. A lo largo de la novela, Sinclair empieza a reconocer
en sí mismo rasgos similares. El contacto con Demian lo lleva a
aceptar que también él pertenece a esa minoría que vive según
una ley interna, aunque eso implique soledad y separación del
“rebaño”. Y “la marca de Caín” se convierte en un símbolo de
identidad: el signo de quienes no pueden —ni quieren— encajar
del todo en el orden establecido. ¿Le suena?
Asiente.
–Otra vez la adolescencia. Qué difícil ese momento donde
tantas miradas están puestas sobre uno. Porque genera un efecto
muy paranoico y a veces se hace necesario esconderse de esos
ojos que cuestionan todo lo que hacemos. Voces de adultos
confundidos que pretenden que un chico de quince años sepa qué
quiere para su futuro. ¿No entienden que el adolescente todavía
no tiene una respuesta para eso?
–Es que no buscan una respuesta –le respondo–. En realidad,
piden que los calmen. Que les aseguren que tendrá una profesión
o una familia. Y que será como ellos sueñan, o que hará lo que
ellos no pudieron hacer. Aunque, para desgracia de esos padres,
no siempre es así –le digo–. Sinclair, por ejemplo, se siente atraído
por Eva, la madre de Demian. Escuche cómo la describe:

215
…silueta de mujer, un poco masculina, parecida a su hijo, con rasgos
maternales, rasgos de sinceridad, rasgos de profunda pasión, bella y
atractiva, bella e inasequible, demonio y madre, destino y amada.

Hago una pausa y continúo.


–¿Usted cree que era lo que los padres querían para Sinclair?
¿Que se apasione con una mujer mayor, de rasgos masculinos,
salvaje y demoníaca?
–No.
–Sin embargo, ese vínculo con Eva es central. Combina lo
espiritual y lo erótico. Ella encarna el deseo inconsciente de
encontrar la completud. Una figura capaz de reunir la ternura y lo
sexual. Lo masculino y lo femenino. La madre y la amante.
–Pero, ¿pasa algo entre ellos?
–Depende. Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, Sinclair
debe marcharse. Antes de partir, la ve por última vez. Ella lo
abraza y lo besa en los labios. Pero ese único beso sella un
vínculo eterno. Más tarde, herido en el frente y en estado de
semiinconsciencia, Sinclair cree ver a Demian, también herido,
quien le dice que, si alguna vez necesita ayuda, lo llame. Aunque
tal vez sea su madre quien acuda.
–Daba lo mismo. La madre o él. En definitiva, le está diciendo
que sólo el amor puede salvarnos de la muerte.
–Claro. Porque Eva no es solo una mujer; es la encarnación del
ideal que unifica amor y deseo en una compañía que contiene y
perturba al mismo tiempo.
–Muy fuerte –comenta–. Ya que llegó hasta acá, cuénteme el
final de la novela.
–En el contexto de la Primera Guerra Mundial, el mundo
antiguo colapsa. Demian desaparece y Sinclair se queda solo, pero
no abandonado.
Me mira.
–O tan abandonado como todos.
Me quedo en silencio. Pienso en la soledad del adolescente, en
esa segunda caída que también requiere de los brazos de otros. El
recuerdo se hace carne y me siento como entonces, cuando leí la
novela de Hesse. Hoy más cerca de la muerte. Pero también del
amor.

216
Y OTRA VEZ EL AMOR…

Abro el libro Encuentros (El lado B del amor):

La historia de la humanidad se ha construido a su alrededor. Pero


quien quiera jugar el juego grande del amor debe saber que en cada
grieta acecha un riesgo. Y esa es la única aventura que vale una
vida. Intentarlo aun sabiendo que no existen garantías y al final del
recorrido tal vez nos encontremos fatalmente solos. No otra cosa
busca el Psicoanálisis: enfrentar la soledad sin tanto dolor.

De algún modo, no soy más que un flâneur. Un caminante que


no sólo recorre geografías, sino tiempos. Y así como voy de Praga
a Buenos Aires, también voy del pasado al futuro. Siempre
obstinado en comprender al hablante, en un intento secreto por
comprenderme a mí mismo. Y en esa búsqueda que nunca
termina, me topo con sus pasiones, duelos, ansias de amar o ser
feliz. Y me pregunto qué me habrá llevado esta vez a cuestionar la
soledad. Esta trama que nos atraviesa como protagonistas de la
vida.
Lejos de la mirada patológica que nos propone la serie
Adolescencia, en la antigüedad, algunos pueblos veían al
adolescente como aquel que “portaba la llama sagrada”, la
potencia vital. Una imagen también sesgada. Porque no es
necesario tener quince años para llevar la antorcha del deseo de
vivir.

Juan Carlos tiene ochenta y tres. Me cuenta que dudó mucho


en consultar porque todos le dicen que no tiene sentido analizarse
a su edad. Le pregunto por qué desea hacerlo. Su respuesta es
directa: “Porque me niego a dejar de vivir”. No se trataba del
miedo a la muerte, sino al lugar que su familia quería asignarle:
“No salgas, no viajes, no comas, no tomes frío”. Pero él quería
salir, viajar, comer y, en ocasiones, tomar frío de la mano de

217
Susana, su pareja desde hacía tres años. Juan Carlos porta la
llama. Y sus hijos temen porque consideran que está demasiado
grande para vivir solo. “Como si en un geriátrico fuera a estar
menos solo”, me comenta. Y tiene razón.

Y en esto de andar por tiempos, lugares y obsesiones, la


relectura de El lado B del amor, justo en el Parque Rivadavia, me
devuelve el recuerdo de Dalmiro. Aquel anciano que se me acercó
cuando estaba sentado en el banco que tanto me gusta, el que
está cerca del ombú. Me pidió permiso para sentarse a mi lado y
comenzó a hablarme de perros. A los minutos, me preguntó si yo
era Rolón, el psicólogo, y me dijo que mi padre le había hecho
algunos trabajos de albañilería.
–Vos lo acompañaste alguna vez –recordó–. Pero claro, eras un
pibe, y los chicos no reparan en los grandes; supongo que a esta
altura ya lo habrás aprendido. Así que no espero que te acuerdes
de mí.
Me dijo que recordaba a mi padre con mucho afecto.
–¡Qué orgulloso estaba de vos! –comentó–. El día que te
recibiste no pasaba por la puerta del bar. Qué pena que haya
muerto tan joven.
Asentí.
Al rato, Dalmiro me dijo que le habían aconsejado ver a un
psicólogo.
–¿De verdad? –le pregunté.
–¿Qué? ¿Te parezco demasiado viejo para sufrir?
Le dejé mi teléfono y me ofrecí a ayudarlo. Tres semanas
después vino a verme. Me contó que tenía setenta y seis años,
aunque sabía que aparentaba más. No era cierto. Pero entendí
que él se sentía más viejo. Quizás muy solo, pensé.
Le pregunté qué le estaba pasando y relató una historia.
Al parecer, “La mesa de los martes” era toda una institución en
el barrio. Una reunión de amigos que durante cuarenta y cinco
años se juntaban cada martes a las ocho de la noche en el mismo
bar. Enumeró a esos amigos y se angustió. El último de ellos había
muerto hacía unos días.
–Me quedé solo –me dijo–. Ya no tengo con quien hablar.

218
Le dije que, si quería, podía venir a mi consultorio a hablar
conmigo. Le pregunté si le tenía miedo a la muerte. Me respondió
que no, pero que le gustaría resolver un tema antes de morir.
Hacía diez años que no veía a su hijo, Tito.
Lo describió como un gran muchacho, estudioso, responsable,
profesional. Un hijo ideal. Le pregunté por qué se habían
distanciado y respondió que él era culpable de eso.
Dalmiro se había negado a ir a su casamiento porque no
estaba de acuerdo con esa unión. Dijo que Ivana, la novia de su
hijo, era una buena chica, que había contenido mucho a Tito
cuando murió su mamá, Ema, pero que no era la mujer adecuada.
Prejuicios familiares.
Tocamos el tema en varias sesiones y admitió haber cometido
un error. Le señalé que en aquel momento él no lo había
comprendido, pero ahora sí, y le sugerí que llamara a su hijo para
disculparse. Me miró con miedo y preguntó si no sería tarde. Tal
vez lo era para una reconciliación, pero no para que pusiera en
palabras el amor que sentía por él y por su nieta. Porque Dalmiro
tenía una nieta de nueve años a la que espiaba todos los días
desde una esquina para verla salir de la escuela. “Es igual a Ema”,
me dijo y se conmovió.
Yo también. Ese hombre que me había conocido cuando yo era
un nene, ahora estaba frente a mí, solo. Recuerdo mi
intervención.
–A veces el amor exige trabajar para aceptar algunas
diferencias. ¿Es capaz de hacerlo para darse el gusto de abrazar a
su nieta? No se avergüence. Cometió un error, es cierto. Pero
basta. Perdónese y no se castigue más.
A la semana, me dijo que se sentía mal, que lo había perdido
todo. A su mujer se la había llevado el cáncer; a sus amigos de los
martes, el tiempo. Lo interrumpí y señalé que en el caso de su
hijo, no podía echarles la culpa al cáncer ni al tiempo. Porque Tito
estaba ahí, a la distancia de un llamado. Que tal vez fuera cierto
que no sintiera miedo ante la muerte, pero seguro que no quería
morir solo. Y no tenía por qué ser así. Tenía un hijo, una nuera y
una nieta. Había que ver si también tenía coraje.
A los tres días me contactó.

219
Me contó que a la salida de nuestra última sesión decidió
llamarlo. Tito lo reconoció al instante: “Hola, viejo…”, le dijo
conmovido.
Habían pasado diez años. Es cierto. Pero hay voces que nos
habitan más allá del tiempo. Voces que siempre le ganan al olvido.
“Me gustaría verte”, pronunció Dalmiro con algo de miedo.
Para su asombro, su hijo aceptó de inmediato. Tal vez llevaba
mucho esperando esa llamada. Acordaron encontrarse en un café.
Pero al rato, Tito lo llamó. Dalmiro temió que se hubiera
arrepentido. En cambio, le dijo que su mujer le pidió que no se
encontraran en un bar, que lo invitara a cenar a su casa.
–¿Te das cuenta, Gabrielito? Después de tantos años, hoy voy
a comer en familia.
Al terminar la entrevista lo acompañé hasta la puerta. Antes de
despedirlo, le hice una pregunta.
–¿De verdad mi viejo le dijo que estaba orgulloso de mí?
Es posible que, en ese momento, Dalmiro haya visto en mí al
chico que había conocido hace años en el barrio de Liniers. Me
abrazó y me susurró al oído:
–Sí, pibe. Muy orgulloso.
Contuve la emoción. Aquel hombre estaba feliz. Y yo también.
De algún modo sus palabras me habían devuelto una voz que
hace rato no escuchaba. Ese día, los dos estuvimos un poco
menos solos.

Desde los extremos de la vida, Nahuel, Celeste, Juan Carlos y


Dalmiro, reclaman lo mismo. El derecho a explorar el mundo y a
una soledad que no es aislamiento. Es libertad para llorar, reír,
tener miedo, equivocarse o pedir perdón. En definitiva, para
transitar el enigma solitario de la existencia.
El aislamiento es otra cosa.
El amor hace la diferencia.
Los griegos diferenciaban tres tipos de amor: eros ,
philia , y ágape .
Eros remite al amor sexual. A la pasión que desborda, el
diente contra diente, los cuerpos transpirados, los gemidos y los
orgasmos. Amor que hiere y acaricia el cuerpo. Que estimula y
desvela. Que vuelve al otro deseable casi hasta lo imprescindible.

220
Que perturba y genera la sensación de estar vivo, a pesar del
dolor. Porque el amante erotizado sabe que el dolor es preferible a
la nada. Porque el dolor es vida.
Por su parte, philia refiere al afecto, la ternura. El amor
fraterno de la amistad. Aunque a veces se lo confunde con
“storge”, que alude al amor por la familia.
Ágape, en cambio, es un amor altruista que no busca más que
el bien para el otro sin esperar nada a cambio. El ágape no ama
para poseer, disfrutar, abrazar o compartir momentos. Es amor por
lo humano del otro. Eso que los romanos llamaron caritas.
En cualquiera de estas formas, el amor nos deja menos solos.
Aunque, por lo general, desde el mito de los andróginos y la
búsqueda de la mitad que nos complete, se apunta al eros como
forma de acallar la soledad. Pero creer que una persona está sola
porque no tiene pareja es un error que lleva a muchos a
establecer vínculos que apenas brindan una soledad acompañada.
Dice Silvia Bleichmar:

…la condena a la soledad acompañada, que es mucho más patética


que la soledad en sí misma. Porque esta, en última instancia, está
siempre llena de fantasías y de posibilidades, mientras que la
soledad acompañada es resignada y desgastante.

Según la prestigiosa psicoanalista, el sentimiento de soledad


se incrementa por lo que llamó “deshidratación psíquica”. Un
fenómeno que se da en esos encuentros falaces, en las
búsquedas paliativas de estar con alguien a cualquier costo.
Intentos que no producen más que frustración y desencuentro.

Esto se da frecuentemente en la gente que va a encuentros de


“solas y solos”, que producen una sensación muy frustrante. Mucho
más que el chateo, porque el chateo permite conservar la fantasía,
mientras que el encuentro real es, la mayoría de las veces, muy
deprimente. Yo escucho en mucha gente esto: que van y vuelven
huyendo, angustiadísimos. Se ven como en un reflejo deformado de
su propia soledad. […] De este modo, la sensación de soledad no
está definida por la presencia o ausencia de un objeto determinado,
sino por la incomunicación que pone de relieve.

221
Dijimos que el amor es la emoción que vino a auxiliarnos al
comienzo de la vida, cuando la existencia era aún más enigmática
que ahora. Cuando abrimos los pulmones, los ojos y los sentidos a
un mundo desconocido. Es muy difícil imaginar lo que siente un
bebé en ese momento, pero sabemos lo que pasa cuando es
colocado sobre el cuerpo de su madre. Se calma. Ese contacto
que no esperaba, ese amor que desconocía, lo tranquiliza y deja
una impronta y una promesa: tal vez sea posible encontrar
miradas, caricias, palabras, que mitiguen la Soledad que nos
recorre por existir.
A medida que crecemos, todos intentamos recuperar aquella
sensación. Sigamos con Bleichmar:

Aquí aparece algo que tiene que ver con el pensamiento mágico,
pero que está también relacionado con el amor, en la medida en que
este es siempre una recreación de ese estadio donde uno recibe
aquello que espera sin tener que pedirlo.

Recibir lo que se espera sin tener que pedirlo.


“Amar es dar lo que no se tiene”, dijo Lacan. Una frase que
suena a paradoja, pero es así. ¿Qué tiene esa mamá asustada que
toma al bebé en sus brazos y lo calma? Nada. Al menos, nada que
conozca. ¿Y el beso de una pareja o el abrazo de un amigo? Más
incógnitas. Como todo lo que hace al amor. Aunque sí sabemos
una cosa: cuando amamos con un amor que ama, cuando
construimos un “de sí” que no aniquila el “de ti” ni renuncia al “de
mí”, es decir, un amor eros que tiene mucho de filia y no excluye
el ágape, surge algo que no estaba. Como en la mecánica
cuántica, donde vemos aparecer partículas de la nada, así
también aparece algo para dar en el milagro amoroso. Y eso que
damos, o recibimos, nos auxilia y mitiga la soledad. O, al menos,
el des-auxilio del aislamiento.
Silvia Bleichmar critica la famosa frase de la película Love
Story: “Amar es nunca tener que pedir perdón”. Mentira, dice:

Para amar hay que pedir perdón y hay que decir gracias.
Justamente, ese es el circuito: el otro da porque se anticipa, pero
uno reconoce que el otro da. Porque si no se reconoce que es el otro
el que da, el circuito que se establece es de apropiación en términos

222
de yo-placer-narcisista o yo-placer-purificado, donde lo que el otro
da se considera parte de lo que uno tiene derecho a recibir, y no de
lo que el otro ofrece. Ahí se produce la alteración del circuito de la
gratitud.

El yo-placer-purificado alude a una etapa evolutiva de la


personalidad en que el sujeto incorpora lo bueno y expulsa lo
malo. Es decir: todo lo bueno le pertenece y todo lo malo es
responsabilidad del otro. Lo vemos con claridad en la pelea de los
chicos. Por desgracia, también en algunos comportamientos de los
adultos.
Desde esa postura, sin nada que dar ni recibir, no se puede
amar y, por ende, uno se queda solo. Es el mundo del “idiota”,
palabra que en la antigua Grecia se utilizaba para designar a
quien no participaba en la vida pública o política de la ciudad-
estado. El idiota es lo contrario a un $ujeto
comprometido. Alguien que no registra al otro como un
semejante. Sin otro, no hay deseo. Sin deseo, falta esa fuerza que
nos empuja a ir hacia un proyecto o un amor, a quedamos
aislados en la más absoluta soledad.
El amor no da garantías, es cierto. Entonces, podría decirse
que es absurdo apostar al amor. Es posible. En definitiva, como
escribió Fernando Pessoa:

Todas las cartas de amor son


ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.
Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta

223
cartas de amor
ridículas.
La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.
(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).

Pessoa tiene razón.


Las cartas de amor son ridículas, porque es absurdo el intento
de abarcar los sentimientos con palabras. También porque el amor
no es más que una ilusión. Un engaño. Pero lejos de
desmerecerlo, este carácter ficcional lo vuelve milagroso,
imprescindible para encontrarle un sentido a la vida. Un instante
en el que derrotamos a la Soledad.

224
DESPEDIDAS

El tiempo inevitable se desbordaba


sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros
sino para la soledad ya cercana.

Jorge Luis Borges

La soledad ya cercana.
Qué imponente cuando las palabras acarician la verdad.
Porque eso es una despedida, el anticipo de una ausencia
inevitable. El último arañazo que damos a lo amado antes de
quedarnos solos. Como si quisiéramos arrancar algo de lo que
estamos por perder y conservarlo para siempre.
La soledad cercana, angustia. Llega plena de amenazas de
dolor y de impotencia.
Cuando leí por primera vez aquel libro de Borges, Luna de
enfrente, me impactó ese fragmento. Entendí que siempre hay
algo doloroso en las despedidas, que tiene más que ver con la
soledad que se avecina. La intuición de que el otro va a faltarnos.
Hemos dicho que el miedo a la muerte es miedo a la Soledad.
La premonición de una partida sin retorno. Aunque también nos
conmueve la inminencia de muertes más pequeñas. Pérdidas que
implican una distancia de aquello que amamos. Por eso, los
aeropuertos y las terminales son lugares plagados de temores y
promesas incumplidas. El poeta Homero Manzi resaltó “el misterio
de adiós que siembra el tren”. Aunque también puedan ser
lugares de reencuentro.
Cada vez que estoy ahí tengo la sensación de que la despedida
siempre gana. Porque las lágrimas de un reencuentro duran
apenas minutos y dan paso a la alegría. En cambio, el llanto de la
despedida nos empuja a la pérdida y al duelo. Un camino que
nadie puede recorrer por nosotros. Una soledad imposible de
compartir: también duelamos solos. Y el abrazo que no está es
siempre mucho más fuerte. Quizás, el único verdadero. Los

225
abrazos posibles son pequeñas interrupciones del gran abrazo que
no sucederá nunca. Tarde o temprano, deberemos despedirnos de
lo que amamos. Incluso de la vida.
En Historia de la eternidad, Borges cita a Lucrecio y habla del
fracaso del encuentro amoroso. Del intento vano de los amantes
de hacer de dos un mismo ser.
Me gusta la poesía de esa idea. La ineficacia de esos abrazos
desesperados que anticipan la llegada del final.
El sexo es la forma más potente del encuentro. Es voraz
porque intuimos la saciedad que vendrá, la “pequeña muerte” que
sucede al orgasmo. Entonces, nos besamos, deslizamos una
caricia, una palabra, o nos damos el último abrazo. Sin que
podamos conservar en la piel nada más que una vaga memoria de
lo que ya ha sido.
De algún modo, las despedidas no son más que una gentileza
del dolor. Un premio consuelo. Una migaja que, al menos, es
mejor que la nada. Por eso, son necesarias. Gracias a ellas,
entramos a la soledad más protegidos. Con un recuerdo, un poco
de sentido, o algún auxilio simbólico que nos ayude en el
momento del desgarro.
Cada uno de los treinta mil “desaparecidos” muestra que la
ausencia del ritual del adiós detiene a sus familias en una espera
que resiste cualquier prueba de realidad. Sin tumbas ni cenizas,
sin flores, misas o abrazos, no es posible despedirse. El adiós es el
acto final, la última Palabra antes del vacío. Cuando no pudo
pronunciarse, la Soledad es siniestra, y el sinsentido de la muerte,
insoportable. Y en ese abismo de silencio nos preguntamos dónde
están, qué ha sido de ellos. Si sus familias tuvieran una tumba
para llorar, no estarían menos solas, pero sería distinto. Porque la
soledad simbolizada no es igual a la soledad vacía de palabras.

Retomemos a Gómez Sancho, en su libro sostiene:

El miedo a la muerte en la actualidad aumenta en razón de que el


individualismo, el narcisismo, la ausencia de solidaridad y de
reciprocidad no equívoca generan aislamiento y abandono. […] morir
es la crisis más angustiosa, ya que no podemos resolverla sino sólo
sufrirla. Y la tenemos que sufrir solos.

226
La despedida es, también para el muriente, el último trance de
su ser hablante, el gesto final de resistencia ante la Soledad que
viene. Por eso, a los condenados a morir se les permite pronunciar
sus últimas palabras. Aunque Karl Marx sostuvo que las últimas
palabras son para los tontos que no han dicho lo suficiente. Sin
embargo, esas frases son casi un género literario. Algunas, como
las de Mariano Moreno, exponen un espíritu patriótico: Viva la
Patria, aunque yo perezca. Otras, como la de María Antonieta al
pisar a su verdugo, muestran un poco de humor: Perdón, señor,
no lo hice a propósito. Se dice que Pancho Villa, viendo que se le
iba la vida y no se le ocurría nada ingenioso, rogó: No me dejen
morir así. Digan que dije algo.
Lo cierto es que las últimas palabras de un hablante siempre
nos interpelan. Todo el que pierde un ser querido necesita saber
qué fue lo último que dijo. Tal vez, porque pensamos que la
cercanía de la muerte debe convocar a una palabra más viva para
llenar la Soledad final.
Esas palabras traen consuelo, son un intento de explicar lo
inexplicable. O tal vez, un engaño para suavizar el dolor.
Cuando en la misa de exequias el sacerdote reza: “Señor, te
pido que acojas en tu seno el alma de tu hijo…”, en realidad, no
se dirige a Dios. Habla para calmar la angustia de los vivos, para
bordear con palabras el vacío de la muerte. Porque la angustia y
las palabras se excluyen. Por eso, quien se angustia demanda
palabras que limiten el horror. Aunque a veces se trate de un
reclamo injusto. Por ejemplo, la persona que pide explicaciones a
quien ya no la ama. “¿Por qué dejaste de quererme? ¿Qué hice
mal?”, pregunta. A lo mejor, nada. Ocurre que no todo amor es
para siempre. De cualquier modo, como habitamos un mundo de
palabras, a veces no nos queda otra opción que rogar.
Toda despedida es un intento de tener algún control sobre un
adiós inevitable. La búsqueda de instalar una Palabra que nos
detenga antes del vacío. Una muralla que nos permita decir: “es
hasta acá”. Porque más allá, no hay nada. Sólo “lo real”.
Al comienzo del libro hablamos de los agujeros negros, y
dijimos que son nombrados así porque su densidad es tal que ni
siquiera puede escapar la luz. Y vienen las últimas palabras de

227
Goethe: “luz… más luz”. Me conmueve el ruego de ese genio que
se resistía a caer en la Soledad oscura de la muerte.
Se sabe que hay un punto límite para acercarse a los agujeros
negros. Hasta ahí, con la fuerza de sus motores, un cohete puede
escapar. Pero una vez que lo ha atravesado, la fuerza gravitatoria
es tan potente que lo succiona y lo destruye. A ese límite se lo
llama “punto de fuga”.
De igual modo, las despedidas son un punto de fuga para no
caer en el vacío que deja la ausencia. Si no logramos despedirnos
–de modo formal o de manera íntima–, nos hundimos en el
agujero negro de la melancolía, y nos destruimos. En una soledad
donde ni siquiera somos nosotros, porque nos hemos identificado
por completo a lo perdido y, para no dejarlo ir, lo incorporamos.
Desde adentro, lo ausente, como Alien, el octavo pasajero, se
hace cargo de nuestra vida y nos aniquila.
Por eso es tan importante el último beso, el café, la charla
final. Son gestos simbólicos que ponen algún sentido a la pérdida
para que la soledad no nos destroce.
Al igual que el lenguaje, también las despedidas son
ambivalentes. Por un lado, son amenaza de soledad, y por otro,
una barrera para que lo perdido pueda ser procesado y encuentre
un lugar simbólico que evite el efecto traumático.
Mi suegro se despidió de sus hijos, su esposa, y de alguno de
nosotros, sus amigos. Sonrió y cerró los ojos. Se fue a la Soledad,
acompañado. Nos soltó recién en el último instante. Lo vi juntar
coraje para hacerlo. Eligió la forma de decir adiós. Unas charlas,
una sonrisa, una copa de champagne que llevamos de manera
clandestina al sanatorio, y una lágrima final.
Cuando llegó el momento final, Freud llamó al doctor Schur, le
dio las gracias y le recordó su acuerdo: “Usted me prometió que
esto iba a terminar cuando yo lo decidiera. Es ahora. Es hasta
acá”. Mi suegro hizo lo mismo. Se apropió de su muerte, y la vivió.
Y todos nos quedamos más solos. Pero aliviados por habernos
despedido de esa forma.
Mi padre no tuvo esa suerte. Su muerte nos sorprendió y
quedaron algunas cosas por decir. No muchas. Pero dolió más. De
esa experiencia aprendí que siempre es mejor intuir cuando se
avecina el final. Para tener la posibilidad de elegir el adiós.

228
La despedida le quita un poco de fuerza a la tragedia.
Cortázar sostuvo que todo suele durar un poco más de lo que
debería.
En la misma línea, Fito Páez escribió:

Algo se detuvo en punto muerto, y fue tan grande ese


silencio,
fue tan grande el desamor.
Restos de un navío que encallaba.
Yo te quise, yo te amaba, no sé bien lo que pasó.

Hay historias que demandan un final. Alcanzaron ese punto


muerto que señala que ha llegado el desamor. No entendemos. Si
amábamos, ¿qué pasó?
Lo dijimos: las palabras no pueden explicarlo todo. Y en esos
casos, el dolor es inmenso.

Sabe amargo el licor, de las cosas queridas.


Se acabó lo mejor, quién nos quita esta herida.
Tú me pierdes a mí yo te doy por perdida
Es la hora de huir, la despedida.

Es cierto, nadie puede quitarnos las heridas. Pero es preferible


no huir. Aún en esos momentos, hay algo que podemos hacer:
despedirnos.
Despedidas que al principio parecen salir mal, porque la vida
se llena de mensajes, de relectura de cartas, de fotos que
sacamos del cajón en un intento fallido de que el adiós fracase.
Esas cartas, mensajes y fotos, son una manera imperfecta de la
presencia. Semblantes de lo ausente que pretenden negar la
verdad: nos hemos quedado solos.
Para Lacan, la soledad no era solo la ausencia de otros, sino
una experiencia interna que el sujeto tiene con su propio
inconsciente.
Como yo ahora.
Porque también este libro demanda un final.

Veo ante mí el abismo de quedarme sin palabras, sin la


compañía imaginaria del lector a quien le escribo, y de los

229
personajes, reales o no, que me han acompañado. Seres de otra
época, de otros barrios, familiares, pacientes, humanos hechos de
literatura, de cine, de pinturas. Amigos, poetas, cantores,
moribundos, escritores, músicos o enamorados. Hablantes que,
con faltas y con miedos, compartieron sus soledades conmigo. Ahí
están. Me miran desde estas páginas y yo me despido de ellos.
Julián, que inmerso en su enojo no pudo percibir mi dolor. Mi
padre, que con su muerte produjo mi primer desierto. Y ese sol de
noche que aún me alumbra. Eladia Blázquez, que me enseñó que
cuando la huella es solitaria, los caminos son más largos. La
indignación de Albert Camus, que denuncia a las gentes en sus
cafés y sus teléfonos mientras otros se están muriendo. Y Octavio
Paz, que comprendió que nada es tan grave como esa primera
inmersión en la soledad que es el nacer, si no es esa otra caída en
lo desconocido que es el morir.
El condenado a la inexistencia de Dimensión desconocida, que
se sumó a esta reunión de pensamientos. Y la sugerencia de
Epicuro: conviene vivir. ¡Que la muerte indigna no ocupe nuestras
meditaciones! Y Don Juan, el brujo tolteca que nos advierte que
esa muerte anda siempre acechante, a unos cinco centímetros a
nuestra izquierda. Y la Soledad que se cuela para reclamar un
lugar a la derecha. Y una pregunta inevitable: ¿Será que andamos
por la vida con una doble sombra que nos persigue?: la muerte y
la Soledad.
Y Jacques Lacan, que camina siempre a mi lado y me recuerda
que cada quien anda en la soledad de su goce. Que hablamos, y
entonces todo encuentro es desencuentro. Y otra vez Borges, que
alguna vez pensó que estamos tan solos, que hubo un solo
humano.

Un solo hombre ha nacido […]


Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en
la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor.
Un solo hombre ha mirado la vasta aurora.
Un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua,
el sabor de las frutas y de la carne.

Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.

230
Somos ese hombre que describe Borges. El que nace solo,
ama solo, goza solo y muere solo. Entonces, ¿de qué sirve la
vida? Es la pregunta sin respuesta. Aunque Einstein, Newton y
Galileo con sus cálculos intenten asir lo que siempre se escapa.
Y aparece, como siempre, mi amado Freud para decir que
nunca encontraremos el sentido de la vida, que convivimos con lo
indómito y que somos una eterna paradoja. No podemos
prescindir de los demás y, sin embargo, estamos siempre solos
ante nuestro Inconsciente.
Y André Comte-Sponville, que con sus letras se vuelve
compañía.
Y el obispo Berkeley que llega para afirmar que debe haber
“otros” para que algo exista. El oído que escucha el árbol que cae.
Y el privilegio de encontrar a alguien que nos mire.
Y Velasco, el náufrago que vivió dos milagros: delirios amables
que lo ayudaron a salvarse de la soledad del mar, y la posibilidad
de narrar su historia a Gabriel García Márquez para que la volviera
eterna.
Y Otto Rank, que plantea otro naufragio: el nacimiento como
desgarro inaugural. Un pensamiento que lo dejó solo, sin el amor
de Freud.
Y Winnicott, que nos regala una idea maravillosa: la soledad es
un aprendizaje que requiere de los otros, de su amor, y su
compañía.
Y Schopenhauer, filósofo y erizo. Y Dolina, compañero de mi
pensamiento, que me habla, incluso, desde mi soledad. Y los
espejos. Los de Lacan y los del Emperador Amarillo.
Y puedo ver a Miguel Ángel, obstinado por un techo que tras
su mano fue un milagro. Y a los invisibles. Solitarios desterrados
de la mirada ajena. Y Melanie Klein, a quien no le importaba la
compañía, pero sí “la sensación interna de soledad”. Esa que pesa
en el pecho. La misma que empuja estas páginas.
Y aparecen mi soledad y yo. Mis caminatas y los recuerdos.
Mis hijos, los cuentos, y una convicción: “Hay más luz cuando
alguien habla”. Porque las palabras encienden luces que
tranquilizan y alejan los fantasmas.
Y ahí está mi guitarra, amor huidizo y un poco ingrato. Y el
maestro Virtú Maragno. Y ese encuentro milagroso de dos

231
solitarios que por un rato se hicieron felices.
Sonrío a las sombras huérfanas de Yupanqui, y al misterio de
adiós que siembra el tren, que tanto emocionaba a Homero Manzi.
A Gustav Mahler y sus muros, y a Bach y su creación en el
encierro.
Y en esta despedida literaria revivo cada párrafo.
Y los pacientes.
Aldo, que sin mi presencia, en la soledad del diván, iluminó
misterios que parecían inasibles. Isabel, que quiso ser importante
para alguien y encontró mi abrazo. El pedido de una hija, “no me
dejes sola”, que convoca a Valeria a una decisión dolorosa. Beba,
que se fue sin decirme adiós. Y duele. Griselda, su soledad
constante y el relato de un sueño que desbloqueó sus miedos. La
angustia de Marcelo y su ingratitud por una madre que en silencio
puso en juego la Palabra Plena que cambió su vida. Mariana,
Rafael y Mara, náufragos soñadores de encuentros inexistentes.
Santiago, Marcela y esa confianza que por un instante aleja a la
soledad. Elsa, que no quería ser abuela sino vieja, y sus ganas de
hablar para estar más sola. Juan Carlos, que resistió el
aislamiento. Dalmiro, que renunció al orgullo, y su hijo, que puso
el amor por delante. Celeste y Nahuel, que sufrieron los miedos
de la adolescencia. Y Manuel y el desafío de enfrentar una
demanda implacable. Sus ganas de poder y los intentos
infructuosos. Su soledad y la de su padre. La muerte, otra vez. La
pena y el alivio. El odio y el amor. O lo que es peor: el odio por
quien se ama.
Ismael Serrano, que le cantó a ese otro que se vuelve tan
indispensable que no es posible dejar de amarlo y odiarlo al
mismo tiempo.
Y el loco de Serrat, que para eludir su soledad se enamora de
un maniquí. Y el viejo Salo, que circula y busca, porque intuye que
quizás los otros no son sólo el infierno, como pensaba Sartre.
Quizás también son el paraíso.
Y me despido de mi querida Olga, que es como decirle adiós a
mi adolescencia. Su música y sus libros. Nuestros paseos. Y de
pronto, en una Capilla Sixtina suburbana, la obra de Soldi que
conocí por ella. Y el silencio ante su madre, a quien nunca pudo

232
decirle quién era. Y una soledad reclamante que roba vidas
ajenas.
Nasio y su valor para decir: “Sí, el psicoanálisis cura”. Su
compañía para hablar de la tristeza y la depresión. Siempre
opacas, siempre complejas.
Y pienso en los monstruos. Su desvalimiento, su fealdad
expulsiva, su abandono. El hombre invisible y Frankenstein, la
creación oscura de Mary Shelley. El Minotauro reivindicado por
Cortázar y el flaco incomprendido de la bicicleta blanca. Y la vida
desolada del diferente, de quien no es semejante, de quien no
tiene hermanos. El horror que generan la melancolía o la locura, y
la furia exigente del que no puede solo.
Y Praga. Kafka y sus cuentos plenos. Plenos porque dicen todo
lo que puede decirse sobre la Soledad del hablante. Plenos porque
nos llevó de la mano a pensar que estamos solos ante un
guardián que, a pesar de sus modos, nos protege del vacío.
Me despido de Herzog y sus solitarios. De Kaspar, un humano
entre lobos, y Onoda, aquel soldado japonés que prefirió la
soledad a la derrota. Y de Chance, que desde su jardín trepó por
el árbol del malentendido hasta la cima del poder. Y por un
ventanal de la calle Corrientes espío a Cacho y Osvaldo. Dos
amigos, un reencuentro, y el precio del exilio: una pizza que
pierde el nombre y el dolor de un café con nadie.
Cortázar y un extraño reloj que no da la hora, sino que toma la
vida de quien lo posee. Guillaume Le Blanc y un libro dedicado al
llanto que nos deja una convicción: lloramos solos y no somos
dueños de nuestras lágrimas. Tampoco de nuestros gritos. Y acá,
saludan Picasso y Munch, creadores de alaridos silenciosos que
partieron el alma de la humanidad.
Don Antonio, y una pava que, como todos nosotros, valía a
pesar de sus agujeros.
Saussure y el lenguaje. Lacan que vuelve al Significante,
Palabra. La curiosidad de Harari por la mentira. La búsqueda de
sentido de Viktor Frankl, que eligió la compañía de los muertos
para huir del odio de los vivos. Y Kunta Kinte, que a pesar de la
esclavitud y la tortura defendió su honor, su historia, y transmitió
un nombre que borró la X del destino de su estirpe.

233
Cristo y el desamparo. Su silencio y su grito. Kierkegaard y el
dolor, la traición y la angustia en el camino a la orfandad.
Saludo también a Vicente Palomera Laforga, que vino a este
libro con paradojas acerca de la soledad y el aislamiento.
Soledades pobladas. Aislamientos deshabitados.
Philippe Ariès que ruega no dejar solo al muriente. Facundo
Cabral nos habla de caminos y misterio. Horacio Ferrer, de lunas,
bicicletas y palabras andantes. Silvia Bleichmar que nos ilumina:
todo sujeto ético se construye a partir del respeto por el
semejante. Además, deja una invitación: aceptar que el diferente,
también es semejante. Y Cynthia Wila que señala que la
indiferencia es uno de los disfraces más comunes de la crueldad.
Al paso me saluda Pessoa, con su locura y su tristeza. Y
Demian, me grita que todo el que quiere nacer, debe antes
destruir un mundo.

Y sin molestar, como siempre, aparece “El Turco”, el amigo que


estuvo de incógnito en mis peores noches. Y desde el silencio de
un sillón incómodo, casi me convence de que cuando hay amor la
Soledad no existe.

234
ISLA FINAL

Hace más de una hora que nos miramos y ninguno de los dos dice
nada. Por fin, rompe el silencio.
–¿Qué le preocupa tanto?
–No estoy preocupado. Estoy triste.
–¿Por qué?
–Porque siempre me costaron las despedidas. A los seis años,
desde la parte trasera de un camión de mudanzas, vi cómo mi
casa y mis amigos quedaban atrás. Sentí un dolor inmenso, y un
deseo: no despedirme más de las cosas que amo.
–Un deseo incumplido –comenta, mientras sirve una copa de
vino.
–Así es. ¿Sabe? Mi vida ha sido una paradoja. Adoro las
mañanas, pero el estudio y el trabajo me obligaron a vivir de
noche. No me gustan las mudanzas, y casi no hice otra cosa que
mudarme. Amo la música y no tengo tiempo para disfrutarla. Y
así, itinerante y noctámbulo, me fui transformando en el hombre
solitario que soy.
–Bueno, no se queje –acota–. Por lo menos, están los libros. Y
el amor.
–Es cierto.
–Tiene suerte. Nada como compartir nuestros desiertos con la
persona amada. Enfrentar el vacío de la mano del amor es como
engañar a la muerte por un rato.
Sonrío.
–Me gusta esa idea. Aunque el amor está demasiado
idealizado. No todos los amores son sanos.
–Ni merecen ser vividos –agrega–. Ya lo sé. Usted ha escrito
un libro acerca del tema y comparto bastante su mirada. Tampoco
creo que sea siempre algo maravilloso. Pero hablemos por un
segundo de esos amores construidos con inteligencia, con pasión
y con respeto.

235
–En ese caso, me animaría a decirle que no hay muchas otras
cosas que tengan sentido.
–¿Por qué?
–Porque esos amores saben convivir con nuestra soledad. No
se alteran cuando uno necesita tiempo para pensar o simplemente
para llorar por lo perdido.
–Usted habló de esa distancia justa que hay que tener para
disfrutar de un cuadro o de un amor. Eso que Ortega y Gasset
llamó respeto.
Bebo un sorbo de vino.
–Exacto. Pienso que la posibilidad de construir un vínculo sano
se juega en ese respeto. En la comprensión con la que aceptamos
los momentos de soledad que requiere nuestra pareja.
–Imagino que es necesario un tiempo para aprender a hacerlo,
¿no?
–Sí. Sobre todo, hay que estar dispuesto a entender que no
siempre vamos a ser lo más importante para el otro. Que en
ocasiones su soledad es más trascendente que nosotros. ¿Por qué
la persona que amamos no puede a veces elegir estar sola?
–A lo mejor, porque hiere nuestra autoestima –señala.
–Es posible. Entonces, debemos trabajar sobre el amor propio
y entender que somos una parte en la vida de quien nos elige,
pero de ningún modo somos todo.
–¡Qué difícil dar ese paso! En especial, si tenemos en cuenta
que en la primera instancia del vínculo, el enamoramiento,
queremos estar siempre con el otro. Y necesitamos sentir que
somos únicos.
–Es cierto –reconozco–. Aunque, por lo general, en ese
tiempo, el otro desea lo mismo. Tampoco pide espacio para su
soledad, porque el entusiasmo crea una ilusión de completud.
–Y qué linda es esa sensación. ¿Por qué no vivirla?
–Es que hay que vivirla. Tal vez, el error sea pensar que durará
para siempre. O sufrir porque el otro ya no es el mismo que
conocimos. Tampoco nosotros lo somos. Con suerte, nos
parecemos un poco a ese que nuestra pareja inventó para poder
amarnos.
–No hay modo de no caer en la desilusión.

236
–Así es –le respondo–. Pero no se ponga mal. Porque esa
desilusión es el comienzo del camino grande. Ahí empieza el reto:
aceptar que luego del enamoramiento sólo quedamos uno y otro.
Y el desafío de un amor que no pretenda ser todo en la vida de
alguien ni que el otro lo sea para uno. Un amor que nos haga
sentir que la vida tiene sentido. Nada más que eso.
–Y nada menos –hace una pausa y sigue–. Entonces, se trata
de saber que siempre seremos tres: el otro, yo, y la soledad.
Levanta la copa y propone un brindis.
–Y ya que la soledad es inevitable –agrega–, que nacemos
solos y morimos solos, intentemos construir un amor que haga
que nuestra soledad se aleje unos pasos para dejarnos junto a la
persona amada. Al menos por un tiempo.
–Estoy de acuerdo –acepto–. Brindemos por esos amores que
disfrazan nuestras soledades y nos llenan de deseos.
Bebemos y me comenta:
–Al final, con esto del amor, no me dijo de qué le cuesta tanto
despedirse.
Tiene razón, me cuesta. De todos modos, suelto la frase:
–De usted. Me ha acompañado durante este proceso. Me
contuvo, me dio ideas, me empujó a seguir, soportó mis
recuerdos, compartió mis lecturas. Creo que no hubiera podido
hacerlo solo.
–Se equivoca –me sorprende–. Usted lo hizo solo. Porque yo
soy Manuel y Cortázar, Borges, Bleichmar y Dolina. Su padre y su
infancia. Cada uno de sus recuerdos. El lugar que aloja sus deseos
y también sus temores. Soy la guitarra, los libros y a veces, el
dolor –se levanta y me acaricia–. Aunque ya es hora de que lo
deje un rato en paz. Vaya. Acuéstese y disfrute de ese amor que
lo está esperando. Y no tema. Yo también lo espero. En el
insomnio. En los momentos en que quiera huir de los demás, o
incluso de usted mismo.
Nunca podrá despedirse de mí. Al menos, hasta que la muerte
nos separe. Porque soy su tiempo y su memoria. Su orgullo y su
vergüenza. La juventud que añora y la vejez que teme. Su cielo.
Su infierno.
Su soledad.

237
FIN

238
AGRADECIMIENTOS

A Cynthia Wila, por sugerirme el tema, y por las mil y una noches
que dedicó a embellecer este libro.

A Mariano Valerio, editor y amigo.

A Nicolás Tolcachier, por acompañarme en este viaje literario.

A Martín Izquierdo, por su permanente y desinteresado apoyo.

A Gastón Etchegaray y Adriana Fernández, que alivianaron el


camino.

A Nacho Iraola, por haber pensado en mí como autor.

A mis amigos de Planeta.

A los lectores, que en cada esquina me invitan a seguir pensando.

A mi madre. Por enseñarme a confiar en mí.

239
¡Seguinos!

240
Portada de La soledad hecha por Gabriel Rolón. Editorial Planeta

241
Índice
Portada 1
Portadilla 2
Legales 8
Prólogo 9
Isla I 15
Introducción 18
PRIMERA PARTE 30
La caída 31
El amor 46
Los invisibles 55
Isla II 69
Soledades reclamantes 79
Isla III 99
Tristeza-Depresión-Melancolía 104
Monstruos 110
Isla IV 124
SEGUNDA PARTE 129
La Soledad del hablante 130
Isla V 141
Entre dichos y decires 151
Isla VI 189
TERCERA PARTE 198
Soledades mundanas 199
Isla VII 208
Y otra vez el amor… 217
Despedidas 225
Isla final 235
Agradecimientos 239

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