La Soledad: Reflexiones Psicológicas
La Soledad: Reflexiones Psicológicas
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GABRIEL ROLÓN
LA SOLEDAD
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Rolón, Gabriel
La soledad / Gabriel Rolón. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de
Buenos Aires : Planeta, 2025.
Libro digital, EPUB
1. Psicología. I. Título.
CDD 150
ISBN 978-950-49-9464-0
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Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
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Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Prólogo
Isla I
Introducción
PRIMERA PARTE
La caída
El amor
Los invisibles
Isla II
Soledades reclamantes
Isla III
Tristeza-Depresión-Melancolía
Monstruos
Isla IV
SEGUNDA PARTE
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Isla V
Isla VI
TERCERA PARTE
Soledades mundanas
Isla VII
Despedidas
Isla final
Agradecimientos
Puntos de referencia
Portada
Portadilla
Legales
Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
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A Alma
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ACLARACIÓN
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PRÓLOGO
Solo…
Increíblemente solo.
Enrique Santos Discépolo
28 de octubre de 1998
18.15 h
No respondo.
Él no sabe que, hace seis horas, dejé el cuerpo de mi padre
para que sea cremado.
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sus noches desoladas sin hablar. De sus llantos tapados por el
humo de los cigarrillos. De sus infartos.
El 27 de octubre de 1998, a las 10 de la mañana, tuve sesión
con mi analista. Lloré mucho. Con un hilo de voz le dije: “Mi padre
se muere hoy. No puede hablar, no me escucha, no se ríe… no
está más. Y no puedo creer que ya no esté”.
Me desgarré al poner en palabras que ya no tenía papá.
No imaginaba la vida sin él.
Y recordé los versos de Eladia Blázquez:
Yo tenía 37 años. ¿Cómo iba a hacer para vivir los años que
quedaran sin él? No soportaba la soledad desprotegida de quien
pierde su referente, la persona que puede ponernos una mano en
el hombro, que nos frena, que nos estimula, que nos reprende,
que nos abraza. Que nos ama a pesar de todo.
Aquel día, al salir de la sesión fui al sanatorio. Mi padre
agonizaba.
El médico dijo que ya no quedaba más por hacer.
Estaba equivocado. Había mucho por delante: una batalla
dolorosa antes de ponerme de pie luego de una pérdida tan
grande. El duelo apenas se dejaba intuir.
Volví al cuarto. Mi padre dio sus ultimos suspiros, dejó de
respirar, y se murió. Y me dejó solo. Como si yo no importara.
Cuando los muertos queridos nos abandonan parece que no le
importamos a nadie.
Me quedé a su lado un buen rato.
Y aparecieron algunas imágenes.
Lo vi subiéndome a un caballo con una sonrisa. Lo vi sentado
en la tranquera mientras conversábamos. Lo vi llegar con la
guitarra vieja envuelta en papel madera, apoyando como podía
mis ganas de ser músico. Lo vi llorar cuando abracé mi primera
pelota de cuero, y llevarme en andas por el potrero luego de
atajar un penal. Lo vi entrar a casa con una palmerita rociada de
coco como hacía las tardes en que cobraba el sueldo. Y recorrer
los seiscientos kilómetros que nos separaban cuando jugué mis
ansias de cantor en un pueblo alejado de Buenos Aires. Escuché
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sus consejos y sus retos. Lo recordé abrazando mi soledad,
empujándome para que no desistiera de mis deseos cuando me
detuvo el miedo.
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Y me sentí solo.
Las personas con las que me cruzaba ignoraban mi tragedia.
De algún modo, todos caminamos ignorantes del sufrimiento
ajeno.
El velorio duró toda la noche. Intenté contener la angustia de
mi familia. Recién cuando todos se fueron me permití el dolor. Un
dolor intenso, necesario para la despedida. Lloré junto al cajón. Vi
en la cara de mi padre muerto que ya no había registro de mí. Y
supe que estaba frente a la más hiriente de las soledades. El
momento en que el otro del amor ya no nos reconoce. Ya no nos
ama.
Sentí que no quería estar cuando cerraran el ataúd, que no iba
a tolerar el instante en que me quedara para siempre solo de él.
Le pregunté al hermano de mi padre si podía acompañarlo al
cementerio. Dijo que sí. Y me fui. Y lo dejé solo. A ese hombre
que había sufrido durante nueve años la soledad del orfanato, lo
dejé solo una vez más. Y supe de inmediato que estaría solo para
siempre.
Y entendí a Bécquer:
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Habitamos un breve espacio de existencia entre dos enormes
inexistencias. Nada éramos antes de nacer. Nada seremos
después de morir. Algo en nosotros lo sabe. Con ese saber no
sabido de lo Inconsciente, la pulsión de muerte nos insta a volver
a ese estado anterior a la vida. Atenta contra nuestros deseos,
nuestros amores. Y en silencio nos empuja hacia una soledad sin
fin.
Octavio Paz lo intuyó:
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importantes lo son, porque siempre es incómoda la vida de quien
decide no mentirse más.
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ISLA I
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Pienso que tiene razón y comienzo el relato.
–Se trata de una mujer que viene manejando su auto y, al salir
de la autopista, se topa con un señor que le hace dedo y la mira
fijo. Sin prestarle atención, ella sigue de largo unos cuantos
kilómetros hasta que se detiene en una estación de servicio.
Carga nafta, compra algunas cosas, y cuando regresa a la ruta
encuentra al mismo hombre parado en la banquina. Él la mira y
vuelve a hacerle dedo. Un poco más inquieta, la protagonista
continúa su camino. Muchos kilómetros después, para en un
restaurante para cenar. Al terminar, sube al auto y ahí, a unos
metros, lo percibe otra vez. Él parece estar esperándola. La mira
con insistencia. Ella continúa su viaje perturbada. De cualquier
modo, a cualquier distancia, en cada desvío, siempre se encuentra
con el hombre de la mirada inquisidora que le hace dedo. Ya ni
siquiera debe detenerse. Cada tanto, lo ve al costado de la ruta.
Muerta de miedo, acelera a fondo en un intento de perderlo. De
pronto lo ve por el espejo retrovisor una vez más y frena. Da
marcha atrás, abre la puerta y por fin le dice: suba. Y…
–¿Y qué?
–Y ahí termina el capítulo –hacemos silencio–. ¿Sabe? –
continúo–, creo que, a veces, hay que hacer lo mismo con la
soledad. Detenerse, dar marcha atrás, abrir la puerta y dejar que
entre. Para entender qué espera de nosotros, qué nos ofrece, de
qué o de quién quiere prevenirnos.
–Estoy de acuerdo. En algún momento, todos nos debemos un
encuentro a solas con nosotros.
–Sí. Aunque mucha gente lo evita hasta el día de la muerte.
Hemos sido marcados por la soledad y, sin embargo, hay quienes
jamás se permiten ese encuentro íntimo.
–En cambio usted…
–¿Qué? –le pregunto.
–Abrió la puerta y la dejó entrar.
–Es cierto.
–¿Le dolió?
–Sí.
–¿De grande o de chico?
–Elija. La soledad siempre duele.
Sonríe.
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–No sea injusto. A veces es necesario estar un rato a solas –
me acerca una copa de vino–. ¿Le da miedo?
–Un poco.
–No debería. La soledad no es dañina. Es apenas inevitable,
parte de nuestra condición. El humano es solitario. Nace solo, vive
solo, disfruta solo y muere solo. Que entre tanto compartamos
nuestra soledad con soledades ajenas no debe confundirnos.
–¿Habla del amor? Porque quizás sea el momento donde
alguien se siente más acompañado.
–Cuando en realidad, no es más que la unión de dos soledades
que deciden compartirse por un rato.
–Tal vez, porque así la Soledad duele menos.
–Aunque no deje de estar presente –me observa en silencio–.
Epicuro dijo que la muerte no era un tema digno de ser pensado
porque mientras nosotros estamos, no tiene lugar. Y cuando llega,
los que ya no estaremos seremos nosotros. Es decir que nuestro
destino es no encontrarnos jamás. Parafraseando a un amigo
común, la muerte y nosotros jamás haremos esquina. Entonces,
¿para qué preocuparse?
–Puede ser, aunque con la soledad ocurre lo contrario. Es tan
nuestra, tan inherente a lo humano que ni siquiera nos abandona,
aunque estemos acompañados. Pero a veces parece dar un paso
al costado, y correrse por un rato cuando aparece el amor.
–O la amistad –levanta su copa–. De todos modos, no se deje
engañar. Sigue cerca. Ni siquiera el mejor amor puede
desplazarla. Tal vez solo la niegue un tiempo. Créame: la soledad
es más fuerte que el amor.
Tomo un sorbo de vino antes de continuar.
–Don Juan, aquel indio tolteca que inició a Carlos en el arte de
la brujería, solía decir que la muerte acecha a la izquierda, a unos
cinco centímetros detrás de nosotros. A lo mejor, a la derecha,
como para no toparse tan seguido con la muerte, acecha la
soledad. ¿No le parece?
–Es posible –me dice.
–Por las dudas, brindemos, a ver si podemos alejarlas por un
rato.
Se ríe.
–Salud.
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INTRODUCCIÓN
André Comte-Sponville
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para que el paciente despliegue en el discurso asociaciones,
contenidos inconscientes, esos dichos de otros que lo recorren y
que muchas veces arman una escena a la que no sabe cómo
responder. Escenas que lo instan a repetir elecciones dolorosas y
conductas sintomáticas.
Decir que el analista ocupa el lugar de “el muerto” implica que,
en sesión, el analista no es un $ujeto. Por el contrario, ocupa el
lugar de un objeto (Lacan lo llamará objeto “a”), renuncia a su ser
y, con ese sacrificio subjetivo intenta que el paciente devele sus
misterios.
De algún modo, Julián, mi paciente, estaba en lo cierto. En
sesión no soy una persona a la que le pasan cosas. Mis deseos,
mis dolores o mis miedos, no cuentan. En el consultorio el analista
es el que escucha, interpela o contiene. El referente. No es un
semejante, un otro. Es el gran Otro.
En su poema “Ajedrez”, Borges escribió:
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En La Felicidad dediqué un capítulo a la relación de Albert
Einstein con Sigmund Freud y me aboqué a la lectura de las cartas
que se enviaron. Mi intención era retratar aquel momento en que
el físico más importante del mundo convocó al creador del
Psicoanálisis, para debatir sobre la deshumanización que veía en
el mundo y lo aconsejara acerca de la manera en que podía
detenerse una guerra que amenazaba con matar a millones de
personas.
La respuesta de Freud fue demoledora. Nada podían hacer
porque en todo ser humano hay una pulsión destructiva
irrefrenable: la pulsión de muerte.
Sin embargo, mi interés por Einstein generó el deseo de
acercarme a la comprensión de sus teorías. Esos desarrollos que
cambiarían para siempre el modo en que concebimos el universo.
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ochocientos o novecientos kilómetros por hora en relación al aire.
La luna gira en relación a la Tierra, y la Tierra en relación al sol.
No tiene sentido decir que algo se mueve si no es en alusión a
otra cosa. Este es el principio de la relatividad de Galileo.
De este principio se desprende que tampoco existe una
velocidad absoluta. Por ejemplo, si vamos en un tren que avanza
a setenta kilómetros por hora y pateamos una pelota, quienes
estén en el tren la verán desplazarse a treinta o cuarenta
kilómetros por hora, según la fuerza con que la hubiéramos
golpeado. Por el contrario, para quien la mira desde el andén, la
pelota se desplaza a cien o ciento diez kilómetros por hora.
Porque ambas velocidades se suman. La del tren y la de la pelota.
También la distancia recorrida por la pelota será relativa. Para
los pasajeros habrá avanzado quince o veinte metros. En
contraste, para los que están fuera, tal vez haya avanzado cien
metros o más. Porque al trayecto que hizo esa pelota se suma el
que realizó el tren.
La física de Isaac Newton obedecía a esto. Entonces, el
espacio es absoluto y el tiempo fluye igual para todos. Tal como lo
percibimos en la vida diaria.
Pero en el siglo XIX se comprobó la existencia de una
velocidad que no es relativa: la luz. Trescientos mil kilómetros por
segundo. A esa velocidad se desplaza un láser tanto para quien lo
dispara desde el tren como para quien lo observa desde el andén.
Es decir que la velocidad de la luz es absoluta.
Einstein advirtió que eso implicaba que nuestro concepto
acerca del tiempo y el espacio era erróneo y, en 1905 formuló la
Teoría de la Relatividad Especial, donde intentó unificar el
principio de relatividad de Galileo (el movimiento es relativo) con
el hecho de que hay una velocidad que es absoluta (la velocidad
de la luz). La genialidad de Einstein fue comprobar que, más allá
de lo aparente, no estamos frente a una contradicción. Que existe
una solución matemática que permite reconciliar este conflicto,
siempre y cuando asumamos que el tiempo y el espacio se
comportan de manera diferente a lo que pensamos.
Aquí empieza la dificultad. Porque la Teoría de la Relatividad
Especial nos obliga a desafiar al sentido común y asumir que el
fluir del tiempo es variable. Distinto para cada uno de nosotros.
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Que el paso del tiempo dependerá de la mayor o menor influencia
de la gravedad y de la velocidad con que un objeto se mueva. A
mayor altura el tiempo pasa más rápido. A mayor velocidad, más
lento.
Los relojes atómicos permiten medir esa diferencia
infinitesimal, pero comprobable. Se ha hecho el experimento de
sincronizar dos de esos relojes, uno en el piso y otro sobre una
mesa, y después de un lapso se constató que ya no marcaban la
misma hora. El que estaba sobre la mesa se había adelantado con
respecto al otro.
Es decir que una persona que vive en el piso décimo de un
edificio envejece más rápido que otra que vive en planta baja,
porque al estar más lejos de la influencia de la gravedad el tiempo
pasa más rápido. A su vez, dado que a mayor velocidad el tiempo
se lentifica, quien viaja en un avión envejece menos que sus
amigos que quedaron en la Tierra. ¿Cuánto? Millonésimas de
segundo en una vida.
¿Qué importancia tiene entonces un desfasaje tan pequeño?
Todos utilizamos el GPS. Un sistema que triangula satélites que
orbitan a veinte mil kilómetros de altura, a una velocidad tal que
dan dos vueltas diarias a la Tierra. La velocidad haría que el reloj
del GPS fuera más lento. La altura que fuera más rápido. Y es la
altura la que prima. Por eso, los relojes de los satélites del GPS se
adelantan aproximadamente treinta y ocho millonésimas de
segundo por día. Menos de lo que tardamos en pestañear. Sin
embargo, en ese lapso, la luz se desplaza once kilómetros. Y si no
se corrigiera ese desfasaje el sistema no serviría de nada, porque
nos dejaría a once kilómetros de la dirección que le solicitamos.
Diez años después, en 1915, luego de profundizar sus
investigaciones, Albert Einstein presentó la Teoría de la Relatividad
General, el concepto de la geometría curva del universo.
Detengámonos en la primera de sus formulaciones y hagamos
un correlato con la experiencia analítica, donde también el tiempo
es relativo. Distinto para cada sesión. Para cada paciente que es
invitado a habitar su propio tiempo y la relatividad de sus
vivencias, de sus decisiones. Porque cada encuentro es un viaje a
esa soledad poblada de fantasmas, a veces reconocibles y otras
ignorados. Pero tan propios.
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Se trata de convocarlo a que ocupe su lugar en un presente
eterno. Que acepte, como expresó el poeta Paul Eluard: “el duro
deseo de durar”.
En una entrevista con Patrick Vighetti, el filósofo André Comte-
Sponville sostuvo que:
Uno de los quiebres más fuertes que generó Lacan, que entre
otras cosas le costó la expulsión de la Asociación Psicoanalítica
Internacional (IPA), fue romper con la sesión establecida de
cincuenta minutos.
Los argumentos de Lacan eran firmes. ¿Por qué deberíamos
establecer un tiempo invariable si, en análisis, se trata del tiempo
del Inconsciente? ¿Si a veces en quince minutos recorrimos un
trayecto enorme, y otras conviene trabajar una hora y media?
En el consultorio, el tiempo toma una dimensión ajena al
mundo.
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ansiedad, en otras por el aburrimiento, la angustia o la
incertidumbre.
El ámbito analítico propone cada vez el desafío de no forzar y
estar abierto a la posibilidad de que ocurra algo. En sesión batallo
con esa ansiedad que surge cuando el paciente parece no decir
nada importante, o repite algo de lo que habló tantas veces. Y en
ese espacio-tiempo relativo estoy solo.
El paciente espera comprensión, respuestas, alivio. Por mi
parte, me entrego a la posibilidad de que alguna grieta en su
discurso deje filtrar una duda, un lapsus, un sueño que abra un
territorio de confusión y soledad. La soledad del Inconsciente.
Si alguien nos observara desde fuera creería que se trata de
una conversación. Pero el análisis no es un acto de comunicación.
Es un acto de creación. Un vínculo que posibilita que, de repente,
aparezca algo donde no había nada.
Cuando el profesional queda atrapado por el discurso del
paciente que habla con demasiada nitidez, y solo rescata lo que
dice pero no tiene en cuenta las palabras que utiliza, hay
comunicación. Y es ahí donde el tratamiento falla.
El análisis avanza con el malentendido. Cuando surge la duda
y la palabra traspasa su sentido aparente para decir algo que no
puede decirse de otro modo. Entonces, en lugar de dos personas
que se comunican, hay un hablante que sufre, que no entiende, y
un analista que propicia la aparición de contenidos inconscientes.
Esta “falla” (deseada) en la comunicación los deja solos.
El analista no es una persona que comprende al paciente. Es
alguien que aloja su soledad. Que tiene la fortaleza de entrar en
esos terrenos oscuros del analizante y lo acompaña hasta al borde
de su abismo.
El gran desafío es pasar por encima de ese imaginario que
supone dos personas que se están comunicando, para ser dos
viajeros que se dejan absorber por el sinsentido aparente en
busca de la verdad. Una verdad también relativa. Una verdad
perdida para siempre, que se ignora, porque la verdad no es
conocimiento.
Freud sostiene que todo $ujeto contiene un saber no sabido,
intrasmisible. Basta pedirle una receta a “la abuela” para
comprobar que no conoce lo que sabe. Nos dirá que echemos un
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ingrediente. “¿Cuánto?”, le preguntamos. Su respuesta será
esquiva: “Fijate. Te vas a dar cuenta. Un poco”. Lo cierto es que
no puede transmitir ese saber que la recorre. Por eso, junto a las
abuelas mueren los sabores de la infancia. Y nos quedamos solos.
Con el deseo de recuperar lo imposible.
Freud lo sabía.
Al escuchar a sus primeras pacientes, “sus histéricas”,
sospechó que esos síntomas, esos dolores físicos y psíquicos
portaban un saber. Una porción de verdad.
No fue el primero. La filosofía y la lógica se han obsesionado
por establecer la veracidad o falsedad de un enunciado. En un
intento por atrapar la verdad, expusieron las falacias, esos modos
que el lenguaje utiliza para disfrazar de veraz lo que es falso, y
teorizaron las leyes que determinan la validez de los
razonamientos. Ensayos valederos, aunque condenados al fracaso.
En tanto que hablamos, “la verdad” está perdida. Ya hablaremos
de esto más adelante.
Volvamos al consultorio.
Aunque se transite de a dos, es una experiencia solitaria tanto
para el analista como para el paciente.
Cierta vez estaba a punto de iniciar una sesión con un
paciente, Aldo, y recibí la llamada de una analizante de riesgo en
crisis. Estaba desbordada. Le pedí a Aldo que pasara al consultorio
y me esperara un instante. Me equivoqué. Tuve que hablar casi
veinte minutos. Al terminar, vi que Aldo se había acostado en el
diván. Me senté detrás de él y comencé a disculparme por la
demora.
–No me digas nada –interrumpió–. Me vino bien, estoy
conmocionado. Porque mientras te esperaba pude entender la
intervención que me hiciste la sesión pasada.
Aquel tiempo solitario en el consultorio le había dado la
posibilidad de comprender lo que veníamos trabajando. Eso que
no había podido asimilar durante la semana se aclaró de pronto
cuando se acostó en el diván. En ese momento de soledad a
medias. Y fue posible porque el dispositivo analítico es un espacio-
tiempo que funciona aun sin mi presencia física.
Puede parecerle extraño a quien nunca se haya analizado. Es
comprensible. Después de todo se trata de una experiencia en
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que la presencia-ausencia y el espacio-tiempo funcionan de
manera única.
Por lo general, cuando un paciente falta a sesión, debe pagar
los honorarios del profesional. Esto tiene un sentido que va más
allá del compromiso económico. Implica que, de todas maneras, la
sesión ocurrió. Porque durante ese tiempo, el analista estuvo
transferencialmente con él. Se preguntó por qué no fue, por qué
no avisó. Evaluó si la decisión pudo ser a causa de una resistencia
o de un enojo. Es decir, ha sido un tiempo en que el profesional
buscó la lógica de ese “acto de ausencia”. A su vez, desde el
olvido, la culpa, o el boicot, también el paciente ha estado ligado
al análisis. Por eso no suelo llamarlo durante su horario. Sólo
después, cuando el tiempo de la sesión terminó, le escribo para
averiguar qué ocurrió. Porque mientras transcurre ese tiempo algo
está pasando. Algo que deberemos trabajar.
Cuando generamos que el paciente hable libremente surge la
posibilidad de que aparezca la palabra que nos importa. Esa que
viene de la asociación libre. De un $ujeto que renuncia a controlar
su discurso y habla sin evaluar si lo que dice está bien o mal, si es
o no relevante. De esa renuncia, a veces, aparece la palabra
plena. Plena de fantasías, miedos o traumas inconscientes que
revelan esa verdad que el paciente desconoce.
He escuchado muchas veces la siguiente frase:
–Te voy a contar algo que nunca le dije a nadie.
Cuando eso ocurre, el dispositivo analítico está funcionando.
Porque se habilitó un espacio donde el paciente puede hablar sin
que nadie ejerza una mirada crítica. Entonces, siente más libertad
que al estar solo. Porque cuando cree estar solo, están también
sus mandatos, sus prejuicios, la presión de saber lo que se espera
de él. Y el analista debe intentar barrer o poner entre paréntesis
esas compañías indeseadas que molestan al paciente. Así podrá
ayudarlo a mirar de frente a sus fantasmas. Porque esos
fantasmas están adentro de nosotros y pueblan cada una de
nuestras soledades.
Sin embargo, sería un error creer que el analista es un
ausente. Alguien que no habla, no saluda, no ríe. Ese estereotipo
hizo mucho daño al Psicoanálisis. Por el contrario, el analista pone
el cuerpo para sentir el impacto del Inconsciente. A veces puede
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acercarse o tomar la palabra como agente del discurso. Y si el
chiste del paciente es bueno, también puede reír.
La abstinencia analítica no busca que el paciente se angustie
ante la ausencia emocional del terapeuta. Dejar al paciente solo
con sus asociaciones, no es dejarlo aislado. Quien no se
conmueve frente al dolor o la alegría de un $ujeto no está
capacitado para ejercer el Psicoanálisis.
La soledad del consultorio no es indiferencia. Es intimidad. No
es distancia. Es cercanía. Comunión profunda que elude la palabra
vacía en busca de una palabra diferente. Para que el paciente
pueda mostrar sus miedos, su vergüenza y el desconocimiento
que lo habita.
27
Cuando Isabel se fue quedé conmovido. Llevaría tiempo para
que su angustia encontrara un sentido a través de las palabras.
Un tiempo que, aun con mi presencia, ella atravesaría en soledad,
sola, pero no Sola.
***
28
Y este libro.
Un intento de abordar el misterio, ponerle palabras al vacío y
pensar. Al menos, pensar lo incomprensible. Aquello que no puede
apurarse ni detenerse. Que no admite tregua ni negociación. La
soledad es lo implacable. Una presencia que, aunque a veces no
se percibe, está ahí, al acecho. A nuestra derecha, cerca de la
muerte. No depende de la voluntad. Nos acompaña en cada
pérdida, en cada instante en que nos enfrentamos a nosotros
mismos. Podemos ignorarla, disfrazarla con alguna compañía o
con distracciones, pero siempre habrá un momento en que nos
alcance, y nos deje desnudos ante la existencia.
Tal vez lo más complejo de la soledad sean sus
contradicciones. Por un lado, nos aterra, y también nos define,
nos ahoga y nos hace libres, nos separa de los otros y, al mismo
tiempo, nos revela quiénes somos.
La soledad no es una condena. Es parte de la condición
humana.
29
PRIMERA PARTE
30
LA CAÍDA
Litto Nebbia-Tanguito
31
que se diluye sin sentido. Una soledad sin bordes. Y aquello que
no tiene bordes es angustia. Porque el borde es un límite al dolor,
a la locura.
32
con Gabriel García Márquez, entonces periodista de El Espectador,
se conoció la verdadera historia
El naufragio no había sido causado por una tormenta, como
sostenía el comunicado oficial, sino porque el destructor “Caldas”
transportaba ilegalmente mercancías de contrabando y estaba
sobrecargado.
Esas entregas en el diario colombiano generaron un escándalo
político. El periódico enfrentó la censura y fue cerrado por el
gobierno. Y García Márquez tuvo que exiliarse en Europa, donde
continuó su carrera como periodista y escritor.
Por su parte, Luis Alejandro Velasco se convirtió en una figura
incómoda para las autoridades. Con el tiempo, se alejó de la
mirada del público y terminó llevando una vida anónima.
En 1970, esas crónicas encontraron su versión definitiva bajo
la forma de un libro que García Márquez tituló: Relato de un
náufrago.
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Los sobrevivientes del vuelo que se estrelló en la cordillera de
Los Andes el 13 de octubre de 1972, refieren el impacto psíquico
que sintieron el décimo día, cuando escucharon por la radio que
se había suspendido la búsqueda del avión. Los daban por
muertos. Para el mundo eran cadáveres desperdigados en un mar
de nieve. Ese día fue el comienzo de una lucha nueva. Perdida la
esperanza, comprendieron que, si querían salir de aquel infierno,
debían hacerlo solos. Se dividieron las tareas y cuidaron
especialmente a los expedicionarios que intentarían cruzar los
montes nevados en busca de ayuda. Como Velasco, sabían que
había un mundo. Un mundo para el que ya no existían. ¿Qué
eran, entonces? Porque quien no existe para nadie, no existe.
Dice Velasco:
Yo era un muerto.
No recuerdo el amanecer del sexto día. Tengo una idea nebulosa
de que durante toda la mañana estuve postrado en el fondo de la
balsa, entre la vida y la muerte. En esos momentos pensaba en mi
familia y la veía tal como me han contado ahora que estuvo durante
los días de mi desaparición. No me tomó por sorpresa la noticia de
que me habían hecho honras fúnebres. En aquella mi sexta mañana
de soledad en el mar, pensé que todo eso estaba ocurriendo. Sabía
que a mi familia le habían comunicado la noticia de mi desaparición.
Como los aviones no habían vuelto sabía que habían desistido de la
búsqueda y que me habían declarado muerto. Nada de eso era falso,
hasta cierto punto. En todo momento traté de defenderme. Siempre
encontré un recurso para sobrevivir, un punto de apoyo, por
insignificante que fuera, para seguir esperando. Pero al sexto día ya
no esperaba nada. Yo era un muerto en la balsa. En la tarde,
pensando en que pronto serían las cinco y volverían los tiburones,
hice un desesperado esfuerzo por incorporarme para amarrarme a la
borda. En Cartagena, hace dos años, vi en la playa los restos de un
hombre destrozado por el tiburón. No quería morir así. No quería ser
repartido en pedazos entre un montón de animales insaciables.
34
Heidegger. La vida de las distracciones, del divertimento, de los
dolores cotidianos. Del infierno con minúscula.
35
náufrago que por momentos está solo, que se aferra a sus
recuerdos y pelea con sus pensamientos. Aunque en este caso
hay alguien que lo escucha. Alguien para quien, en ese espacio-
tiempo, él es lo más importante. Alguien que promueve el
surgimiento de un saber que el paciente ignora que tiene. Saber
sobre su forma de amar y de sufrir. Sobre un goce que señala un
camino de destrucción.
En aquellas sesiones invité a Julio a renunciar a la soledad de
su naufragio. Le pedí que hablara sin vergüenza, que recordara. Y
el recuerdo llegó. Vio a su madre de rodillas y a su padre
apuntándole con un arma en la cabeza al descubrir su traición. Y
se vio a sí mismo observando la escena.
Según sus palabras, el padre “no había tenido el valor de
matar a su mujer”. Julio tampoco. En análisis comprendió que
había repetido en el vínculo con su esposa aquella escena
traumática. Así funciona el trauma. Desde la oscuridad del olvido
aparente reclama una resolución. La escena era el mar en que
Julio se mecía rodeado de fantasmas. Les pusimos nombres. Los
odió, los amó, perdonó lo que pudo. Se perdonó.
Su padre no superó jamás lo sucedido y “se dejó morir como
una rama seca”. El desafío de Julio era no repetir también esa
parte de la historia.
Trabajó muy duro. Lo vi caer y ponerse de pie más de una vez.
Nos apoyamos en su profesión, su prestigio y la admiración de sus
alumnos, para que recuperara en su vida un espacio que lo alejara
de la locura.
Cuando consiguió avanzar en el duelo su mujer quiso volver
con él. La relación con el amante estaba concluida y sintió deseos
de rescatar la pareja, pero Julio se negó. Prefirió la soledad. Esta
vez, una soledad elegida.
La vida golpea y puede derribarnos. Pero no se trata de una
experiencia nueva. Porque en el comienzo, todos hemos caído.
***
36
ideas desafiaban demasiados paradigmas de la época. La
importancia que daba a la sexualidad en el origen del sufrimiento
humano, la teoría del Inconsciente o el lugar trascendente de
fenómenos cotidianos como los sueños o los chistes, fueron
cuestionados desde el comienzo. Además, como se trataba de un
abordaje teórico en pleno surgimiento, cada profesional que se
acercaba a aprender del maestro proponía hipótesis y técnicas con
las que él no acordaba.
Para 1912, Alfred Adler y Wilhelm Stekel, dos de sus
colaboradores y discípulos más cercanos, habían abandonado el
círculo íntimo de Freud, y el distanciamiento con Carl Jung era
inminente.
Freud temía que sus conceptos fueran malinterpretados y
pudieran distorsionarse con el tiempo. Entonces, escribió a Ernest
Jones, neurólogo, psicoanalista, devenido con el tiempo su
biógrafo oficial, y le manifestó el apoyo a su idea de la creación de
un consejo secreto
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1914, pero el estallido de la Primera Guerra mundial frustró sus
deseos.
Durante diez años, el Comité funcionó sin inconvenientes, pero
los conflictos con Rank y Ferenczi generaron su disolución en
1924. Poco después, Anna Freud ocupó el lugar de Rank y el
Comité reanudó sus actividades hasta que, en 1933, dejó de
funcionar para siempre. Pero, ¿cuál fue el motivo de ese conflicto?
Otto Rank no era un discípulo más. Freud lo quiso tanto que
llegó a referirse a él como mi pequeño Rank y lo consideró su
colaborador más fiel. Lo nombró secretario del “Comité Secreto” e
incluso apoyó todos sus aportes teóricos. Aunque eso cambió
cuando Otto Rank postuló la hipótesis del “trauma de nacimiento”.
Aquella propuesta generó una verdadera crisis en el círculo más
íntimo del Psicoanálisis.
El día de su cumpleaños número sesenta y siete, Freud recibió
como regalo el manuscrito de El trauma de nacimiento. El texto
llevaba una inscripción que dedicaba el trabajo “al explorador del
inconsciente, al creador del psicoanálisis”.
Freud aceptó la dedicatoria y manifestó su admiración por
Rank.
38
…en la situación analítica, el enfermo reproduce, por así decir
biológicamente, el periodo de su vida intrauterina.
39
El dolor de Rank al recibir esas palabras fue enorme. Sándor
Ferenczi, gran amigo de Otto, intentó un acercamiento. Pero fue
imposible. Freud le confesó que “hervía de rabia”. Y así, “el
pequeño Rank” fue expulsado para siempre del círculo íntimo del
maestro.
Estaba equivocado, es cierto. Pero, ¿no fue un error
comprensible? ¿Es tan ridículo suponer que ese momento
trascendente en que caemos al mundo pueda generar una herida
imborrable? No otra cosa quiere decir “trauma”: herida.
40
Nos soltamos de la seguridad del vientre materno como un
trapecista que no sabe si habrá una red. Esa red serán los otros:
mamá, papá, abuelos, tíos, hermanos, amigos, un amor.
41
En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Freud
sostuvo que:
42
por el mundo? ¿Y el mundo mismo, ese espacio lleno de
estímulos, de otras pieles, de otros deseos, está fuera o dentro de
nosotros?
¿Y las voces que acompañaron al bebé durante el embarazo,
eran de sus padres o, de alguna manera, también le pertenecían?
Luego de la caída, cuando la amenaza del mundo desconocido
quiebra el equilibrio del cachorro humano, esas voces reaparecen
para calmar su angustia. Y las caricias y los estímulos intentan
captar su atención y rescatarlo de esa soledad inicial. Él mira,
escucha, succiona, pero no entiende.
Hasta hace un tiempo el nacimiento era una experiencia muy
cruenta. Tomaban al bebé de los pies, le pegaban para que
llorara, para que comenzara a respirar por sí mismo, y se lo
llevaban durante horas. Como si una voz desconocida le dijera que
se preparara porque había caído en un mundo donde le esperaba
el maltrato y la soledad.
Ahora, en cambio, apenas nace se coloca al bebé sobre el
cuerpo de la madre. Si bien esto no alcanza a compensar el efecto
traumático del nacimiento, al menos lo mitiga. Es cierto, caemos,
pero hay alguien para recibirnos y contenernos. Porque no se
trata de una llegada a la vida, sino de una caída en la vida. Una
pérdida. Un desmoronamiento del lugar que se tenía. Al nacer
perdemos el estado de paz y seguridad para entrar a un mundo
hostil y solitario. Por suerte, en la mayoría de los casos hay
algunos otros que ayudan para que el golpe no sea tan brutal. Y
esto instaura dos cosas. La primera es que no se puede ser un
humano sin los otros. El mito del hombre solo es nada más que
un mito. Los antropólogos jamás encontraron un humano solo.
Cada vez que se hallan restos de un ser humano que vivió hace
miles de años, al escarbar un poco más, se encuentran huellas de
otros. Somos seres gregarios, necesitamos la cercanía de otros.
Aunque a veces esa cercanía sea la causa del dolor.
43
Por entonces, Schopenhauer era un hombre desencantado de
la vida. Hegel cautivaba multitudes mientras que él era ignorado.
Quiso competir, pero su fracaso fue estridente y se alejó de la vida
académica.
Sin embargo, aquella obra de “pensamientos dispersos”,
maravilló al mundo intelectual de la época. En uno de sus
capítulos, Schopenhauer desarrolla “El dilema del erizo”.
44
entre otros. Homosexual en una época difícil para serlo. Durante
la Guerra Civil tuvo que exiliarse. Más tarde, la victoria franquista
volvió ese exilio permanente.
Cernuda pensó sobre el deseo, el amor imposible, el exilio, la
oposición entre la realidad y el sueño y, por supuesto, sobre la
soledad. Cercano a Schopenhauer, escribió:
45
EL AMOR
AMAR… O AMARSE
46
tiempo se vuelve desconocida y caótica. Un caos pasional y lleno
de temores. Porque ha entrado a escena una persona distinta a
nosotros, con sus deseos, inseguridades, gustos y demandas. Al
comienzo, la paz y el amor no van de la mano. Deberá pasar un
tiempo para que la calma traiga el placer amoroso. En el
comienzo, intranquiliza. Conmueve los cimientos de nuestras
creencias y cuestiona lo que creíamos desear. Nos interpela y nos
empuja a cambiar el destino. Quien amó lo sabe.
Cuando compartía junto a Alejandro Dolina el programa radial
La venganza será terrible, una oyente preguntó qué era el amor.
Luego de pensar unos segundos, Alejandro respondió:
47
El amor es una experiencia desafiante que nos incita a resignar
algo que nos pertenece. No hay otra manera de abrazar al amado
más que ceder incluso parte de nuestra soledad para habitar una
soledad compartida.
48
Los espejos siempre generaron fascinación. Por eso, muchos
relatos fantásticos los tienen como protagonistas.
Uno de ellos cuenta que, en la legendaria época del
Emperador amarillo, un mítico soberano de la China, el mundo de
los hombres y el mundo de los espejos estaban comunicados y
vivían en armonía. Los seres especulares podían visitarnos y
nosotros a ellos. Pero una noche, la gente del espejo decidió
invadir la Tierra. Fue una batalla despiadada. Finalmente, las
fuerzas del Emperador Amarillo vencieron y encarcelaron a los
invasores dentro de los espejos. Además, como castigo, se los
condenó a repetir cada uno de los actos de los seres humanos,
reduciéndolos a ser apenas reflejos presos de nuestros
movimientos.
La profecía dice que un día los seres de los espejos romperán
el hechizo y se revelarán. Las primeras señales serán tenues, casi
imperceptibles: un color un poco distinto, un dedo que se mueve
algo más lento o una sonrisa con gesto traidor. Tal vez se escuche
un rumor de armas. Hasta que, por fin, los habitantes del “otro
lado” romperán sus muros de vidrio. Pero esta vez no serán
vencidos. Y vaya a saber el castigo que nos impondrán.
Alejandro Dolina se preguntó si en realidad no seremos los
vencidos seres del espejo y, lo que creemos nuestra voluntad, no
es más que la esclava repetición de gestos y decisiones que otros
toman por nosotros.
Una reflexión que nos empuja otra vez al Psicoanálisis.
¿Qué otra cosa son los mandatos, esos deseos ajenos que nos
esforzamos por complacer y a veces nos producen tanto daño?
La necesidad de percibir nuestra imagen fue siempre
irresistible. Algunos dicen que “el demonio habita en los espejos”.
El mito de Narciso relata la fascinación de un joven que se
enamora de su imagen reflejada en el agua. No tenía otra opción.
Antes de la invención de los espejos, todos se miraban en las
superficies de agua quieta. Ante la imperfecta percepción que se
tenía de la imagen propia, la mirada de los otros, su opinión,
definía la fealdad o la belleza.
Recién en el siglo XIII, en la isla de Murano (Venecia), se
desarrolló una técnica que dio origen a los primeros espejos
modernos.
49
¿De dónde surge esa obsesión?
De la importancia que la percepción de la imagen personal
tiene en el desarrollo psicofísico del humano.
50
los otros en la antigüedad–, son también un espejo que indica qué
somos e incluso cómo debemos ser. Percibimos en sus miradas un
deseo: “así te quiero”, lo transformamos en un mandato y nos
esforzamos hasta el sufrimiento por satisfacer ese ideal imposible.
Como los que se angustian con la idea de no ser aquello que sus
padres esperaban, o quienes sienten que no logran satisfacer la
demanda de los que aman.
El deseo es el deseo del Otro.
Como muchas de las máximas de Lacan, la fórmula tiene
distintas interpretaciones. Una de ellas va en esta línea. Miramos a
esos Otros, leemos (de modo errado) lo que desean de nosotros,
y en un esfuerzo por alcanzar su amor procuramos satisfacer esos
deseos a los que ahora volvemos propios.
Los conceptos de “alienación” y “separación” pueden
ayudarnos a comprender mejor esto.
51
Así se definen tres espacios. Uno pertenece al Otro, uno al
infante, y habrá otra zona común que no es atributo de ninguno
de los dos. En esta etapa, el cachorro humano ya no está por
completo tomado por el Otro, aunque tampoco ha logrado
separarse del todo.
Para que se produzca la “separación” plena, ambos, el Otro y
el Sujeto, deben perder algo de sí. Esa parte que no pertenecía a
uno ni a otro.
52
De esta pérdida surge el deseo. Porque a partir de ese
momento todos vamos por la vida buscando recuperar “eso” que
podría completarnos. Se lo pedimos a nuestra pareja, a nuestra
profesión, a cada uno de nuestros proyectos. A veces, lo pedimos
sin darnos cuenta.
“Me separé porque mi pareja no me completaba”, se queja un
paciente. “Fue un viaje maravilloso, pero…”, dice otro.
El destino de toda ilusión es la desilusión.
Con esa frase, Freud señala que no importa lo mucho o poco
que logremos, el resultado nunca será suficiente. Siempre habrá
una diferencia entre lo deseado y lo obtenido. Porque lo que en
verdad buscamos, sin saber, es recuperar ese objeto “a” que,
como la verdad, está perdido.
Al volver propios los deseos de los demás e incorporar sus
mandatos, de alguna manera se busca el amor de los Otros con la
falsa ilusión de recuperar la completud. Entonces, le exigimos
demasiado al amor. Pero, como hemos dicho, el amor es una
energía finita (libido) que va de nosotros a los objetos. Para amar
debemos ceder una cuota de narcisismo. Y en tanto más libido le
demos al objeto amado (personas, proyectos), menos quedará
para nosotros.
Ya señalamos que el enamoramiento genera un estado
delirante donde el otro es percibido sin fallas. Su apariencia, su
carácter, incluso sus defectos parecen maravillosos. Ahora
podemos explicar la razón de este fenómeno.
La idealización del objeto amado se produce porque toda
nuestra libido ha sido volcada sobre él. Eso lo hace parecer único
y perfecto. Pero el costo de tanta libido objetal es que el Yo se
queda vacío de amor para sí mismo. Es decir, que el amante se ha
quedado sin amor propio. Por eso es común que aparezca la
sensación de ser poco para el otro, o de no ser merecedores de su
amor.
Como con las obras de arte, también en el amor es necesario
conservar la distancia justa. Ni tan enamorado para que el otro
sea imprescindible, ni tan lejos como para no poder amar.
El dilema del erizo.
Es imposible prescindir por completo de los demás, renunciar a
todo amor sin enfermar. De algún modo, los otros son
53
indispensables. Tanto que, por lo general, cuando alguien
manifiesta sentirse solo, está diciendo que no hay otros que lo
escuchen, lo acompañen o lo quieran. Que lo reconozcan.
Alguna vez, un paciente que por su trabajo debía viajar
mucho, me dijo:
–No quiero una pareja para tener sexo, sentirme completo, ni
para cumplir con el mandato social y exponerme ante los demás
sin que nadie me critique. No necesito demostrar que tengo a
alguien y soy capaz de sostener un vínculo. Quiero una pareja
para que me pregunte si llegué bien al hotel. Para que se
preocupe si pincho una rueda o si tengo un accidente en el
camino. Hoy estoy solo. Si me pasara algo, nadie se enteraría,
porque a nadie le importa cómo estoy ni cómo me siento.
En estas circunstancias, la ausencia de otros –pareja, hijos,
padres, hermanos, amigos– nos acerca a la Soledad con
mayúscula.
54
LOS INVISIBLES
Eduardo Galeano
55
En la fecha prevista concurre al juzgado para que le quiten la
marca y promete no volver a romper las reglas. Ha comprendido
que no se puede vivir sin el reconocimiento de los demás. Sale a
la calle y comprueba con alivio que la gente le devuelve el saludo
y le dirige la palabra. Se siente feliz. Otra vez existe. Sin embargo,
mientras camina por la vereda se cruza con alguien que lleva la
misma marca que él portaba hace unas horas. La persona ruega a
los transeúntes que lo miren, que le hablen. Y nadie le responde.
En un momento, el condenado toma al protagonista del brazo y le
implora: “por favor, dígame que me ve”. El hombre se detiene.
Conoce ese dolor. Al percibir su duda, las cámaras robóticas que
controlan las calles se le acercan, le ordenan que siga andando, y
le recuerdan que será castigado si habla con el condenado.
Asustado, el hombre retoma su camino. Pero a los pocos metros
se detiene de nuevo para mirar hacia atrás. El convicto está de
rodillas y llora con desesperación. Al verlo en ese estado el
protagonista recuerda el infierno de la inexistencia, e ignorando
las voces que lo amenazan con un nuevo castigo, va a su
encuentro, lo levanta, lo acaricia y le dice: “Yo te veo”.
56
En mi adolescencia me conmovió la historia de aquel
condenado. Ahora me conmueve la invisibilidad de Zenzi.
Los invisibles son los mirados sin ser vistos. Los escuchados
sin ser oídos. Los que no son reconocidos. Esos que para los
demás ni siquiera tienen nombre.
Se dice que el analista debe tener una buena escucha. Es una
definición escasa. Quien más, quien menos, todos escuchamos. El
médico, el comerciante, los padres, la pareja. Sin embargo, es
común que durante una discusión alguien reproche: “¿Cuántas
veces tengo que repetirlo? ¿Acaso no me escuchaste?”. Es
probable que sí. Pero no lo oyeron. Tal vez una persona viene
diciendo hace tiempo que quiere separarse. O que desea un hijo.
O confiesa que no soporta más su trabajo. Sin embargo, nadie
oye su reclamo. Un reclamo solitario.
La diferencia entre el Psicoanálisis y otras disciplinas es que el
analista no sólo escucha. Además, lee de un modo particular lo
que escucha y, de esa manera, da relevancia a temas que los
demás no oyen. Por eso el paciente se siente menos solo.
Hablamos de la diferencia entre escuchar y oír, entre mirar y
ver. Resaltamos también la importancia de leer más allá de lo que
se dice hasta captar un sentido que a veces desconoce incluso la
persona que habla.
Los dichos contienen decires diferentes. Y, al igual que el
enamorado, todo paciente merece ser escuchado (leído) más allá
de lo que dice. Para eso, es importante que las palabras no nos
confundan.
El analista está presente para que su mirada escuche, para
que sus oídos miren, para que su lectura interprete. De esa
manera da visibilidad al paciente. Ahí aparece el arte del
Psicoanálisis que otorga un valor “Significante” a los gestos, frases
o silencios del paciente. Es decir, lee el significado particular que
cada uno de esos actos tiene para ese hablante. Significado que,
como ya dijimos, a veces emerge bajo la forma de un chiste, un
sueño, un lapsus, un síntoma o un acting out.
57
Muchas veces, una persona que se desmaya, un hijo que se
escapa de la casa o alguien que se emborracha y llora delante de
la gente, lo hace para retomar el camino de la palabra. Es una
protesta por no ser oído. Un intento de que su demanda sea
percibida. Cuando un $ujeto enmudece ante la soledad, es común
que utilice el acting para ser escuchado. Como quien saca la
cabeza del agua e inhala profundo para sentirse vivo. ¿Qué somos
si nadie nos escucha? Nada. En esos casos, el acting surge como
una tentativa de romper ese vacío. Como el sonido de la soledad.
También un paciente puede realizar un acting out.
Lacan dijo que, si un psicoanalista ignora la palabra de un
paciente, no experimentará sino más fuerte su llamado. Es decir
que, cuando no se escucha lo que alguien está diciendo, esa
palabra desoída retornará con más fuerza. En el caso de un
análisis será bajo la forma de un reclamo o un acto impulsivo del
paciente.
En esos casos, el analista debe cuestionar, y cuestionarse, qué
no fue escuchado durante las sesiones para que haya aparecido
un acting out.
El pasaje al acto, en cambio, es un salto al vacío. Una renuncia
a la palabra. El suicidio, por ejemplo, es un acto. Aunque en ese
extremo también cuesta renunciar al otro por completo. Por lo
general, los suicidas dejan una carta, un video, o un último
mensaje. Porque hasta los actos más tremendos están dedicados
a otro. ¿A quién? No siempre a la misma persona. Cada caso es
único.
Recuerdo un paciente que me llamó una mañana desencajado
porque su ex mujer, madre de sus tres hijos, se había suicidado.
Estaban separados desde hacía más de quince años. Sin embargo,
la mujer nunca pudo duelar la pérdida del vínculo y se encerró en
una soledad melancólica que la llevó a perder su profesión, sus
amigos y sus proyectos. Cuando los hijos entraron a su
departamento y la hallaron muerta, encontraron sobre la mesa
una nota que contenía sólo cuatro palabras: “Esto es tu culpa”.
Mi paciente asumía que esa frase le estaba dedicada. Que con
aquel mensaje su expareja lo obligaba a escuchar su dolor. Y él se
reprochaba: “la dejé sola, no respondí, no le hablé más”.
58
En otra ocasión, supervisé a un analista que hacía tiempo
había recibido en su consultorio a una adolescente. Lo primero
que dijo al contarme el caso fue: “no entiendo como esta chica
todavía no se mató”. Decidió que no estaba en condiciones de
hacerse cargo del tema y se comunicó con los padres de la joven
para manifestarles su preocupación. Incluso tuvo algunas
entrevistas y generó un vínculo de confianza con ellos. Años
después, el hombre lo llamó para que lo atendiera. Le contó que
luego de algunos altibajos, su hija había ingresado a la facultad,
estaba en pareja y pasaba por un buen momento. Sin embargo,
un domingo de mañana, cuando menos lo esperaban, se metió en
la bañera y se cortó las venas. Él se enteró porque ella misma le
dejó un mensaje con un encargo siniestro: antes de llevarla al
cementerio, quería que ambos padres despidieran a los demás y
se quedaran algunas horas solos junto a su cajón, sin hablar.
***
59
ligan a los demás y generan encuentros que a veces son
agradables y otras, conflictivos, pero que al menos no son el
vacío. Esa Soledad que se parece tanto al goce. Un concepto del
que nos hemos ocupado extensamente en ensayos anteriores.
60
A veces, para enfrentar esas soledades a las que invita el
goce, necesitamos la presencia de los demás, siempre y cuando
esos otros no nos lastimen. Cuando los otros son calma, cuando
los otros no duelen, el amor amortigua un poco la Soledad
existencial. Quizás sea la herramienta más potente para
combatirla.
No tengo una mirada ingenua sobre el amor. No todos los
amores merecen ser vividos. También hay amores gozosos. El
amor del posesivo, del celoso, del manipulador. Por suerte, cuando
los enamorados se esfuerzan y renuncian a hacer de dos uno,
cuando entienden que un vínculo sano es producto del encuentro
de dos solitarios que construyen un espacio donde la soledad
duele un poco menos, el amor puede transformarse en un buen
lugar. Un lugar que no es “de ti” o “de mí”, sino “de sí”. Un amor
que no se tiene, se vive.
61
se rozan en un encuentro que, aunque compartido, no deja de ser
solitario.
Amor que no excluye nuestra soledad. La acompaña con una
soledad ajena que a veces nos alumbra y otra nos ensombrece.
Lo que vives con tu mejor amigo, lo vives solo: él vive otra cosa. Dos
orgasmos, incluso simultáneos, no dejan de ser dos. ¿Cómo vivir lo
que el otro vive? ¿Cómo sentir lo que el otro siente o experimentar lo
que el otro experimenta?
62
Según el filósofo francés, esto no es un impedimento para
amarse. Aunque derriba la ilusión de que el amor podría poner fin
a la soledad.
Hay que ser dos para amarse, al menos dos, y ni siquiera el amor
sería capaz de eliminar esta pluralidad que él mismo supone.
SOLEDADES ALUMBRADAS
63
“Una vez oí –dice Freud– desde la habitación vecina, exclamar a un
niño, que se angustiaba en la oscuridad: ‘Tía, háblame, tengo
miedo’. A lo que esta respondió: ‘Pero ¿de qué sirve que hable si no
puedes verme?’; y respondió el niño: ‘Hay más luz cuando alguien
habla’.” Este ejemplo, que es precioso, y que
–como les decía– todos lo conocemos de Inhibición, síntoma y
angustia, da cuenta de cómo es la voz lo que genera luz, cómo es la
voz lo que produce la sensación de acompañamiento.
64
Pobrecita, si me muero,
con quién va andar.
65
que dirige a la zona donde están los recuerdos. De ese modo
surgen vivencias alucinadas. Al parecer, el cerebro se protege de
la oscuridad evocando la luz y de la soledad rescatando de su
memoria los afectos. Es decir: a los otros.
Esto podría explicar las percepciones que evocan quienes
fueron reanimados luego de una muerte breve. Es común que
manifiesten haberse encontrado en pasillos luminosos con
personas queridas que venían a buscarlos, o incluso con ellos
mismos que se miraban desde la altura.
Aunque el experimento es incipiente, asombra como, ante el
miedo que genera lo inevitable, nos aferramos hasta el último
instante a los demás en un intento denodado por evitar la
soledad.
Miedo ante la llegada de una soledad sufriente. Tanto como la
del desamor, la desprotección o el desarraigo. La de las
despedidas y el desamparo. La del olvido. Soledades que dan
temor porque nos dejan frente a un vacío lleno de recuerdos. Pero
sin la presencia de aquellos que los alimentan.
66
La Soledad abre un abismo de incertidumbre donde no
sabemos qué esperar. Por eso angustia. Porque hace presente un
espacio sin palabras. Y en el mundo de los humanos, si no hay
palabras no hay nada.
Quedarnos sin palabras es habitar la angustia en el mayor
grado de soledad.
El secreto de sus ojos es un film en que conviven historias
diferentes. Una de ellas es la de un hombre al que asesinaron a su
esposa. Y ante la ineficacia policial, decide hacer su propia
búsqueda. Pasa horas en las terminales de los trenes y recorre las
calles esperando encontrar al homicida. Está solo. Angustiado. Esa
pesquisa es el único motor de su vida. Lo que llena su soledad
vacía.
Un día le comunican que el asesino fue arrestado. El hombre
se inquieta y pregunta cuál será el castigo. La respuesta lo alivia:
“cadena perpetua”. Sin embargo, por contactos con la dictadura
militar de ese entonces, el homicida elude la justicia y queda libre.
Hasta que un día desaparece y nadie sabe nada más de él.
Muchos años después, el oficial del juzgado que había
trabajado en el caso, visita al esposo en su casa de campo. Lo
encuentra viejo. El hombre le cuenta que terminó resignado ante
la fuga del homicida. No podía seguir aferrado a una venganza
imposible. Cuando el oficial está por irse, decide inspeccionar el
lugar y descubre un galpón viejo. Ahí está el asesino encerrado en
una jaula.
Al verse descubierto, el marido lo mira a los ojos y lo increpa:
“usted dijo cadena perpetua”.
Antes de retirarse, el oficial escucha la voz del prisionero que
le ruega: “dígale que me hable”.
Una escena feroz. Aquel esposo enloquecido por el dolor había
dado al asesino la peor condena: lo dejó sin palabras. En la
soledad más brutal que un ser humano puede afrontar. Porque
cuando el vacío aparece nos quedamos sin metáfora, sin
proyectos, sin los otros del amor. Y, como a la protagonista de la
película Interstellar que luego de viajar años luz en busca de un
mundo habitable termina sentada sobre un planeta desierto, así la
Soledad nos desierta el alma.
67
Sin embargo, hay soledades necesarias. Aunque no estén
ausentes de temor. El miedo atemperado de quien comprende que
requiere estar solo. El temor de Julio, mi paciente psiquiatra,
cuando rechazó la propuesta de su exmujer para volver a estar
juntos. Un temor soportable, porque se trata de una soledad
elegida. No de un exilio impuesto sino de una retirada voluntaria.
Una experiencia donde se tiene decisión y algún control sobre lo
ausente. Un ingreso deliberado a la soledad. Ya no es el padre
quien decide apagar la luz, sino el chico que le pide que lo haga.
Un detalle fundamental, porque ser protagonista de la elección
amortigua la caída. Quien puede elegir deja de ser rehén. Incluso
de sus soledades.
68
ISLA II
Hace rato que fija la mirada en la imagen del libro de arte que
está sobre la mesa.
Dudo si servirme una copa más de Sirah. Me gusta la
conversación con esa compañía. Me reprimo un instante. Me
arrepiento al siguiente y la copa vuelve a oscurecerse.
–Disculpe. No quisiera perturbar su concentración –le digo.
–¿Y por qué lo hace, entonces? –Sonríe y señala la obra–.
Imagino que la conoce.
–Sí. Hace tiempo visité el Vaticano y tuve la posibilidad de
entrar en la Capilla Sixtina.
–¿Cómo le fue?
–Una pregunta difícil de responder. Decirle que me gustó sería
insuficiente. La palabra “emoción” tampoco alcanza a describir lo
que sentí.
–Cuénteme –me invita.
–Me recosté en uno de los bancos y me quedé mirando el
techo durante casi una hora. Estaba hipnotizado. No podía creer
cómo alguien pudo generar tanta belleza.
–No fue fácil –se pone de pie. Toma otro libro de la biblioteca
y da vuelta las hojas hasta que encuentra lo que busca–. Según
Marcel Brion, un día como hoy, un 10 de mayo, Miguel Ángel trepó
por los peldaños de su andamio por primera vez. Empezó en 1508
y permaneció en él los siguientes cuatro años para pintar ese
techo. ¿Sabe qué fue lo primero que hizo?
–No.
–Pelearse con sus ayudantes.
–¿Por qué?
–Porque le molestaba su presencia. Tenía en mente una obra
majestuosa y todo el que se acercaba a mirar o hacer comentarios
interrumpía sus meditaciones. Escuche lo que dice Brion sobre
Miguel Ángel:
69
Necesitaba estar solo, solo con el techo desnudo.
Los hombres que iban y venían haciendo crujir las planchas de
madera bajo sus pies lo exasperaban. Había comprendido
rápidamente cómo trabajaban. Podía prescindir de ellos… no hacían
más que estorbarle. Que se fueran.
El demiurgo estaba solo frente a las criaturas que iban a nacer. [...]
Solo ante la atracción de esta enorme superficie desnuda, de este
desierto que había que poblar de personajes. Una soledad que para
cualquier otro humano hubiese sido insoportable, pero que Miguel
Ángel consideraba necesaria.
La creación: la soledad con un mundo que había que habitar
desde la mismísima nada.
70
ante una paradoja. En un viaje introspectivo y expositivo a la vez.
Y desde esa soledad despliega su arte para el disfrute de los
demás. Es la parte del concierto en que más riesgo corre. En que
puede brillar o fracasar. Y también es un momento donde está
expectante porque ahí obtiene, o no, el reconocimiento del
público.
–¿No es demasiado? –le pregunto.
–Le aseguro que no. Como quien pierde un sueño amoroso, el
músico tiene que hacerse cargo de su soledad. Y debe enfrentarla
sin auxilio. Porque, a pesar de la multitud, no hay nadie que lo
ayude a sostener su dignidad ante la posibilidad del fracaso.
Imposto la voz y recito:
71
Y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz.
La guitarra en el ropero,
todavía está colgada.
72
psicología. Mi segunda pasión.
–Tan mal no le fue.
–Tiene razón. Pero nunca renuncié del todo a esa ilusión. Es
más, ya de grande, tendría cuarenta y pico, quise abordar un
aspecto de la música que desconocía. Necesité comprender cómo
funcionaba y me dispuse a estudiar armonía y composición. Pero
de verdad. Con el mejor. Y así conseguí el contacto del Maestro
Virtú Maragno. Uno de los más relevantes de la música argentina.
–Virtú. Qué nombre más conveniente.
–Y justo.
–¿Lo llamó?
–Después de un tiempo. Al principio tuve miedo.
–¿Por qué?
–Me dio temor exponerme. Había estado en contacto con la
música toda mi vida, pero no con ese nivel de exigencia. Hasta
que un día me decidí y lo llamé –sonrío.
–¿Qué piensa?
–Todavía recuerdo nuestro primer diálogo:
73
las hojas con gestos de contrariedad. A medida que las miraba,
las arrojaba a un costado. Y ahí estaba yo. Solo con mi angustia
frente a este hombre que sabía de mi sueño todo lo que yo
ignoraba.
–¿Angustia? ¿Por qué?
–¿Cómo por qué? La soledad de quien está siendo evaluado es
inmensa. Tal vez el temor a lograr lo soñado. Como si algo nos
anticipara la desilusión de comprobar que en verdad no
deseábamos “eso” que creíamos desear. O peor aún, la creencia
de que no somos merecedores del logro. Y el miedo ante la
exposición a la mirada de los demás. Desconocidos que con sus
aplausos o silencios alivian o torturan nuestro amor propio.
¿Nunca dio un examen? ¿Jamás fue a una entrevista laboral? ¿No
dijo alguna vez “te amo” y se quedó a la espera del tan deseado
“yo también” con la esperanza de que el afecto sea
correspondido? ¿De un gesto, una palabra o alguna señal para no
sentirse tan solo, para alimentar esa porción de narcisismo que se
pone en juego en cada acto de la vida? Volviendo. Cuando el
Maestro terminó, todas mis partituras estaban esparcidas por el
suelo. Me miró fijo y sentenció: “Usted no sabe nada”.
–Por lo menos fue sincero.
–Sí. Al escucharlo, le agradecí por su tiempo, junté las hojas
del piso donde también había quedado esparcido mi amor propio,
y encaré para la puerta.
74
–Por supuesto –acepté de inmediato sin salir de mi asombro.
75
Nada puede surgir sin soledad.
Yo me he creado una soledad
que nadie es capaz de imaginar.
76
–Ahí –señalaba– en el tercer tiempo del compás dieciocho tenés un
error. Va a sonar mal. Revisalo.
–No llegué a prepararte –se lamentó–. Pero estás muy, muy cerca.
No te rindas.
77
instrumento. Aunque no tiene toda la orquesta incorporada, como
decía Maragno.
–No. La guitarra es más íntima. Tiene esa soledad que conoció
en el campo. La soledad de esas tardes de chico cuando soñaba
con ser músico sentado en la tranquera. Tal vez por eso evita
volver a ella.
–Tiene razón. Llegó a mí cuando era un chico y me sentía muy
solo… y me salvó.
–¿De qué? –pregunta.
–Desde el momento en que descubrí la música no volví a estar
solo nunca más. Mi vida se llenó de notas, ritmos, acordes y
melodías. Y esa soledad temida se volvió una soledad deseada. Y
llegaron Serrat, Mozart, Silvio Rodríguez, Bach, el bandoneón de
Astor, la voz de Mercedes Sosa. Las figuras que acompañaron mi
niñez.
Asiente.
–Entonces, no sea desagradecido. Vaya a buscar la guitarra y
regáleme alguna melodía que acompañe nuestro brindis.
78
SOLEDADES RECLAMANTES
79
intimidad con nadie. Y sufren. Se aíslan del entorno y del diálogo
con otros creyendo que así estarán a salvo. ¿De qué? De esos
fantasmas dolorosos que los asustan.
Se trata de elecciones patológicas. No en el sentido de que se
alejan de la “normalidad”, sino de pathos. Elecciones sufrientes
que pueden generar depresión, melancolía, e incluso episodios
paranoicos.
Llegamos a este mundo solos. Pero no aislados.
Nadie puede prescindir de los demás. Aunque también hay
personas para quienes la Soledad es tan agobiante que buscan un
resguardo desmedido en la compañía de otros. No cualesquiera.
Otros específicos que a partir de ese momento se volverán
depositarios de sus demandas. Y así generan vínculos, ya no de
amor, sino de necesidad. Una necesidad que muchas veces los
empuja a la locura.
80
–Sí. Entraba en ira cuando suponía que estábamos ahí. No lo
entendía. No podía soportado. Para él la vida se detuvo la tarde
que mi mamá se fue. Y se aferró a lo que pudo –niega con la
cabeza.
–¿Qué pensaste?
–En lo difícil que era visitarlo. Entrar a su departamento era
aterrador. ¿Sabés? Desde que se quedó solo no movió un cuadro,
ni siquiera le dio una mano de pintura. Dejó todo como entonces.
El mismo termo y el mismo mate en la misma mesa. Y las mismas
palabras, siempre: “Qué dolor”. “¿Por qué rompió todo?” “¿Cómo
nos hizo eso?” “Atorranta”. “Son unos hijos de puta”. “Menos mal
que están ustedes”. “Los necesito”. “Júrenme que nunca van a
dejarme. No puedo estar solo”. ¿Te acordás lo que pasaba cuando
no lo visitábamos por unos días?
–Sí. Los llamaba enojado para insultarlos. También recuerdo
cuando te ausentaste unas semanas por trabajo. Te dijo que te
escondías porque eras un cobarde. Una mierda como tu mamá.
–Y que no me preocupara porque pronto iba a desaparecer.
“¿O no vez que me estoy muriendo?” –recuerda y se conmueve.
–Pero al rato volvía a llamarte con cualquier excusa, como si
nada.
Asiente.
–Me preguntaba por los chicos. Si iba a ver el partido...
–Lo hablamos. Era su manera de disculparse.
–Una manera insuficiente que además duraba nada. Porque
enseguida volvía con los reclamos: “Vení, hijo. Por favor. Te
extraño”.
–Y vos ibas. Con una mezcla de amor y de miedo.
–Es así. Y los fines de semana era todavía peor. Porque su
reclamo no paraba ni un segundo. Los días que trabajaba nos
daban un respiro. No es que estuviera mejor, pero al menos
mentía. A veces iba a reuniones con sus compañeros, cada tanto
a un cumpleaños. Se reía. Al principio, Leticia y yo nos
ilusionábamos. Después entendimos que no había motivos para
ilusionarse porque nada cambiaría. Más tarde o más temprano,
volvía al departamento de paredes descascaradas y a los
reproches. Y con el tiempo, él también se fue descascarando.
81
Hasta que se transformó en algo que no se parecía en nada al
padre que alguna vez amé. Y… –se detiene.
–¿Y qué?
–Y que amo –llora–. No se lo merece. O sí. No lo sé. A lo mejor
no pudo. Se enfermó de tristeza, de resentimiento.
–Manuel, tu padre enfermó de melancolía. La tristeza y el
resentimiento no eran más que los síntomas de esa enfermedad.
–Puede ser. Pero volcó en nosotros su despotismo, su furia,
sus agresiones sutiles o directas. ¿Por qué, Gabriel? ¿Qué culpa
teníamos nosotros?
–Ninguna. Aunque él no lo entendiera.
–Y con su actitud fue demoliendo todo. Su casa, su vida, a mi
hermana, a mí, incluso a mis hijos que no querían visitarlo. Le
tenían miedo. O peor… desconfianza.
–Es comprensible. ¿Cómo iba a parecerles divertido el plan de
visitar a ese abuelo que siempre estaba enojado o triste?
–Y aun así me acompañaban.
–Por vos. Porque te aman.
–Sí. Siempre supe que me acompañaban para hacerme un
favor. Y eso me lastimaba. Pero igual los “arrastraba”.
–Manuel, vos también amabas a tu padre. Y, al igual que ellos,
tampoco disfrutabas de esos encuentros. Me dijiste que eran
situaciones muy difíciles.
–Es que yo funcionaba como un gendarme. Siempre tenso.
Siempre atento a que no se nombrara a mi madre. Imaginate que
mis hijos la quieren, la ven seguido, y en cualquier momento
podían contar algo. Y, para evitarlo, me impuse controlar sus
palabras. Cuando intuía que podían hablar de su abuela inventaba
distracciones. Porque esa abuela no podía ser nombrada.
–Ni siquiera por vos.
–Es que si lo hacía se ponía loco. Se sacaba y proyectaba
sobre nosotros el enojo que tenía con ella, con la vida. Y destruía
nuestros encuentros, nuestro vínculo, todo –piensa–. ¿Sabés qué
es lo único que no pudo destruir?
–¿Qué?
–El dolor. El odio por mi madre. Y ese discurso que lo recorría.
Siempre el mismo.
–¿Cuál?
82
–El cuento que armó en torno al abandono de mi madre. Con
las mismas palabras, las mismas escenas y el mismo rencor. Todo
desaparecía a su alrededor, menos eso. Aunque a veces lo
entiendo.
–¿Qué entendés?
–Que no debe haber sido fácil para él. Conoció a mi mamá
cuando tenía dieciocho años. Siempre estuvieron juntos. Toda la
vida. Y su abandono lo demolió. No pudo –sonríe.
–¿De qué te acordaste?
–El año pasado decidimos con Leticia festejarle el cumpleaños.
Llamamos a su familia, algunos amigos, nosotros, mis nenas, mi
cuñado y mi sobrino –suspira–. Fue patético. Las velas no las
apagó soplando. Las apagó con lágrimas y una mueca horrible
que quiso ser una sonrisa y que todavía tengo grabada. Nos
equivocamos. No debimos hacerlo.
–¿Por qué lo hicieron?
–Porque nos pareció que ya estaba.
–¿Qué estaba?
–Gabriel, mi viejo tenía cincuenta y cinco años cuando ella se
fue. Y ya estaba cumpliendo setenta y cuatro. ¿No te parece
tiempo suficiente para haber olvidado, perdonado, o qué se yo…
al menos hacer algo que nos permitiera a todos volver a tener una
vida normal?
Silencio.
–Fueron veinte años de dolor, de demandas permanentes a mi
hermana, a mis hijos y a mí. Hasta que no quedó nada.
–O casi nada –me mira–. Dijiste que todavía lo amabas.
Supongo que algo quedaba para amar, entonces.
–Tal vez el recuerdo.
–Hablame de eso.
Piensa.
–Es que él no siempre fue así. Antes, en mi infancia, en mi
adolescencia, fue un padre compañero, protector. Pero la
separación se lo llevó por delante y desde ese día osciló entre la
manía y la depresión.
Se quiebra. Le acerco un vaso con agua. Toma un sorbo.
–Gracias. ¿Te acordás de que tuvimos que internarlo tres
veces? –Asiento–. No lo hicimos para sacarnos el problema de
83
encima. Pero no podíamos más. No sabíamos qué hacer. Y él se
enojaba con nosotros. Nos trataba de asesinos, de ladrones. Nos
acusó de intentar quedarnos con su casa.
–Porque ya no pensaba bien.
–Ya lo sé. Lo decía desde el dolor, desde la violencia, desde
ese amor envenenado por la enfermedad. Yo sé que nos amaba. A
sus hijos, sus nietos. Pero igual no podía.
–No podía, ¿qué?
–Demostrarlo. Ni querernos bien. Porque nada le alcanzaba.
Era un barril sin fondo donde volcábamos nuestro cariño. En vano
–se seca unas lágrimas y sigue–. Te juro que hice todo lo que
pude. Expuse a mis hijos una vez por semana a ese espectáculo
horrible para que él no se sintiera tan solo. Compré un ajedrez,
cartas, y descuidé a mi familia para entretenerlo algunas tardes.
Le daba comida, dinero, lo llevaba a la cancha, a caminar, al
médico. Visitas infructuosas y toneladas de medicamentos
inservibles, porque él nunca se movía de ese lugar. ¿Qué más
podía hacer yo?
Manuel se quiebra.
–Te sentís culpable. Considerás que podrías haber hecho algo
más.
Asiente y sigue llorando.
–No pude. Aunque a veces lo intenté. Lo llamaba, iba a cenar
con él, pero cuanto más lo escuchaba, más me dolía. Porque la
bronca impregnaba cada una de sus palabras. Y yo me sentía
incapaz de contenerlo. Entonces, trataba de mejorar la
escenografía para ver si algo cambiaba. Pero no.
–Recuerdo que ibas y limpiabas el departamento, vaciabas los
ceniceros, le tendías la cama…
–Y veía agujeros de cigarrillo en las alfombras, en las frazadas,
en el mantel. Puros agujeros. Como su vida –toma un trago más
de agua–. A veces fumábamos juntos. Le sacaba temas de
conversación. Le hablaba de las noticias, los chismes, de libros,
que siempre habían sido su pasión, pero nada lo sacaba de su
infierno. Antes de irme, le dejaba alguna carta para que leyera
cuando se quedara solo. Una muestra de afecto, o una broma.
Pero tampoco servía de nada.
–Debe haber sido muy difícil soportar todo eso.
84
–No te imaginás cuánto. Pero no podía hacer otra cosa.
Algunos fines de semana, juntaba valor y no lo visitaba. Eran los
peores. Porque comenzaban sus llamados. Primero doloridos,
después enojados, violentos.
–O peor –me mira–. Como aquella madrugada que apareció en
tu casa y se prendió al timbre hasta que tu mujer y vos saltaron
de la cama y le abrieron la puerta.
–Es que ya no tenía límite. Dejó de importarle lo que yo
estuviera haciendo. Aparecía con su angustia o su bronca e
interrumpía mis salidas con los chicos, mis momentos de pareja,
mis vacaciones. Y yo lo atendía. O me alejaba para escuchar sus
mensajes.
–Lo sé. Trabajamos mucho qué hacer en esos casos.
–Y no logré dejar de atenderlo. Porque fui un cobarde.
–O fuiste un hijo amoroso. Y además detectaste algo que te
aterrorizaba.
–Sí. Tuve miedo a que se lastimara.
Me quedo en silencio. No es ocasión de señalarle que en
aquellos casos sucumbía a la pulsión de muerte. Momentos en
que ese impulso destructivo que recorre a todo ser humano se
apoderaba de él y lo encerraba en una prisión de la que no podía
escapar. Entonces, aunque fuera de viaje y estuviera con su
familia, fracasaba en el intento de alejarse de aquella demanda
incesante de su padre enfermo. Y aunque sus hijas jugaran en los
médanos o su mujer leyera en la playa, él seguía pendiente de
aquel drama.
Quien sostiene un amor tan insaciable se queda solo. Tan solo
como Manuel. Porque nadie comparte su infierno ni comprende su
angustia. Los demás pueden incitarlo a preservarse, a no prestar
atención a las exigencias de los otros. Ignoran que no es tan fácil
decir “basta” y poner límites a los que amamos. Aun cuando sean
amores que lastiman.
85
de su cumpleaños. Nos invitó a todos, ordenó la casa, compró
empanadas, bebidas… se rio de nuevo. Sin muecas. Por primera
vez en veinte años hubo tapados, carteras y regalos apilados
sobre la cama –respira profundo antes de seguir–. Un mes
después se murió. Abrazado a la misma almohada en que mi
mamá apoyaba la cabeza. Se fue a dormir y no despertó más.
–¿Cómo te enteraste?
–Por Ernesto, su mejor amigo, que tenía llave de la casa
porque a veces iba a despertarlo para compartir un mate o sacarlo
a caminar un rato. Pero ese día, lo encontró muerto. Me llamó y
dijo: “Ya está, Manuel. Ahora él también se fue”.
–¿Cómo reaccionaste?
–Me senté en el piso confundido. Mi mujer me abrazó. Y al
rato te llamé.
Recuerdo ese llamado. Al principio, me habló con calma. Como
si todavía no entendiera lo que había ocurrido. Hasta que, de
golpe, mientras hablábamos, lo comprendió. El peso de la tragedia
se le vino encima y se puso a llorar. A veces llorar es el único
gesto posible ante la desolación.
Como dijo el filósofo Guillaume Le Blanc:
86
Manuel se seca los ojos.
–¿Qué pensás?
–Me da vergüenza.
–Decilo igual.
–Siento alivio. Y lo peor, lo que más culpa me da, es que no
volvería el tiempo atrás.
Baja la cabeza.
–Mirame –lo invito–. Manuel, ya está. Fueron años de horror e
hiciste mucho. Todo lo que estaba a tu alcance. Ahora, llorá y
tomate un respiro. Porque el desafío todavía no terminó.
–No entiendo.
–En el tiempo que llevamos trabajando juntos casi nunca
pronunciaste el nombre de tu mamá. Claro, porque estaba
prohibido. Porque nombrarla era una traición. Sin darte cuenta, te
fuiste alejando de esa madre innominada. Y el vínculo con ella se
fue degradando por la fuerza del mandato delirante de tu padre.
Y, ¿sabés qué? A vos tu madre no te hizo nada –silencio–.
Recordame, ¿cuál es su nombre?
Se toma unos segundos, como si estuviera juntando fuerzas, y
desliza como un suspiro.
–Elvira.
Sonrío.
–Bueno. Me parece que Elvira y vos tienen mucho que hablar y
compartir. Porque, por suerte, ustedes están vivos.
Me pongo de pie y lo invito a levantarse. Durante estos años
no sólo aprendí a conocerlo, también llegamos a querernos. Por
eso doy un paso hacia él y lo abrazo. Manuel llora de nuevo y se
aferra a mí. Lo contengo. Tiene por delante un camino difícil. El
camino del duelo.
***
87
Leticia lo amaran. Porque la demanda de Francisco no podía ser
satisfecha por nadie. Su amor propio estaba destruido. Acorralado
por una soledad que creía inmerecida se sentía frustrado. Alguna
vez dijimos que la frustración produce enojo. Él proyectó ese
enojo en sus hijos y arremetió contra ellos. Su duelo patológico,
su melancolía, esa muerte después de la muerte de su vínculo de
pareja, le oscureció el mundo. Tal vez la envidia de que Manuel
tuviera la familia que él no pudo conservar lo enfurecía. Y el padre
bueno y afectivo murió junto a esa historia de amor perdida.
Suele confundirse la psicosis con la locura. Pero no es
necesario ser psicótico para volverse loco. Para negarse a aceptar
que a veces la vida nos dice que no. Tal como Elvira le dijo “no”.
No a la pareja, al hogar, al amor.
Muchos se niegan a admitir que querer no es poder. En busca
de control sobre la vida, niegan la fuerza de la decisión ajena o el
azar. Y enloquecen.
88
Nunca volví a saber de él.
Las historias de amor –o desamor– que no se duelan, terminan
en situaciones patológicas: destruyen lo que queda de la propia
vida y desordenan la vida de los demás.
libérame, libérame
y huyamos a escribir la historia.
89
Todo su cuerpo me tembló en los brazos.
Nos sonreía la luna de marzo.
90
…el ensombrecido pasa alternativamente por momentos de dolor,
enojo y angustia. Mientras tanto, el Principio de Realidad lo incita a
aceptar la ausencia del amado.
Sin la posibilidad de abrazar al objeto perdido, los sentimientos
abrazan, rodean y protegen a su fantasma. Y es tanta la libido, la
energía psíquica que se desplaza hacia él, que ese amado ahora
ausente tiene más presencia psíquica que nunca. Obligado a retirar
los lazos afectivos del objeto externo, el ensombrecido los retira del
mundo y pierde todo interés por él.
La lucha se librará adentro. Es el duelo. Es dolor y batalla. El
combate eterno entre la vida y la muerte.
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Salo es Salomón, un hombre maduro que lidia con la soledad.
Tras la muerte de su mujer, conciliar el sueño sin pastillas se
vuelve una misión imposible. Su médico, además de las recetas de
rutina, le prescribe salir al encuentro de nuevos vínculos:
92
Mi generación ha tenido siempre una especie de temor psicoanalítico
basado en la frase de Sartre que dice que el infierno son los otros. Y
es cierto. Pero perdemos de vista que los otros también son el
paraíso. El narcisismo es un paraíso trucho. El único paraíso real se
da en lo social.
¿Por qué los otros son el infierno? Tal vez porque con su
mirada nos devuelven la aprobación o el castigo. Y a veces esas
miradas resultan insoportables. Siempre, aún más en estos
tiempos, somos mirados por otros. Por eso, es verdad que en
ocasiones el infierno son los otros. Pero no nos engañemos. En
tanto existe la pulsión de muerte, el verdadero Infierno está
adentro. En la soledad gozosa. Soledad del loco de Serrat, del
hombre de la esquina de Melo y Maipú, o de Francisco.
Dijimos que para Lacan “el deseo es el deseo del otro”. Otros
que pueden soñar a nuestro lado o complicarnos la vida. Si, como
dice Sartre, el infierno son los otros, se tratará de un infierno con
minúscula.
En cambio, la Soledad total es el vacío, la pulsión de muerte, el
Infierno con mayúscula. Y a falta de paraísos, quizás debamos
aceptar que no existe más cielo que ese infierno con minúscula.
También es posible que algunos otros no sean ni cielo ni infierno.
Que sean un limbo y que el destino celestial o infernal dependa de
nosotros.
El teólogo sueco Emanuel Swedenborg sostuvo que Dios no
castiga a nadie. Que, al morir, según su naturaleza, cada uno elige
si va al cielo o al infierno. Algo parecido pasa en la vida. Las
circunstancias nos ponen frente a decisiones que nos definen.
Elecciones que señalan un camino de Anábasis o Catábasis, de
ascenso o perdición.
Francisco se perdió en su odio, su impotencia, su melancolía. Y
se aisló. Torturó a sus hijos con una demanda constante e
insoportable.
Hay padres y madres que torturan a sus hijos para obligarlos a
quedarse a su lado, aunque eso implique la renuncia a sus
deseos. Frases como: “me debés todo lo que sos”, “tenés que
estar conmigo hasta que me muera”, “yo te di la vida”, muchas
veces se traducen en mandatos imposibles de ser cuestionados.
Leyes que indican que los hijos deben permanecer junto a ellos,
93
satisfacer sus caprichos y ceder todos los sueños para llenar la
soledad reclamante de sus progenitores. Y entre tanto, esos hijos,
suspenden o postergan su destino, son incapaces de armar un
proyecto amoroso personal, distinto –exógeno– por culpa y temor
al castigo. Y de ese modo se “mueren” antes que sus padres.
Manuel pudo salir de la casa paterna para amar a otros, sin
embargo, pagaba con dolor la incondicionalidad que requería su
padre. Intentaba una alegría siempre amenazada por la posible
aparición de un mensaje o un llamado. Ver el nombre de su padre
en el teléfono le aceleraba el corazón.
Cada noche se acostaba presintiendo que recibiría la noticia de
que su padre se había suicidado. Dormía inquieto, en estado de
alerta. A veces, en cambio, regresaba en sueños a la infancia. A
aquellos tiempos en que tenía un papá que lo cuidaba, que lo
amaba sin la contaminación del odio producto de su frustración.
Sin los requerimientos permanentes para sostener la vida. Se veía
en la casa junto a sus abuelos, correteando con sus primos,
rodeado de abrazos y risas. Esos sueños eran los peores. Porque
al despertar comprobaba que nada había cambiado. Que la
amenaza seguía ahí, a un llamado de distancia. Y, aunque le daba
todo lo que podía, igual se sentía culpable e impotente. Tal vez,
porque él estaba –viviendo, amando– en otra parte. Por eso, se
obligaba a llamarlo cada mañana y cada noche. Para que no se
sintiera excluido lo sumaba a cada reunión familiar. Encuentros
que su padre se encargaba de arruinar con comentarios ofensivos
o reclamos absurdos.
Francisco amaba a sus nietas y algunas tardes compartía con
ellas momentos de ternura. Eran los únicos instantes que Manuel
disfrutaba. Verlo jugar con sus hijas le devolvía la ilusión de que
las cosas podían cambiar. Pero, como señaló Freud, el destino de
toda ilusión es la desilusión. Y en este caso el desengaño llegaba
pronto. Porque en medio de los juegos, el abuelo desplegaba una
frase inapropiada que lo arruinaba todo. “¿Ustedes saben que sus
papás se van a morir?” Y Manuel se desesperaba por contener la
angustia de sus hijas, el enojo justificado de su esposa y el
advenimiento de “uno de los momentos de locura” de Francisco,
como los llamaba. Y ni siquiera se daba el permiso para enojarse.
Mucho menos, a enfrentarlo.
94
–No puedo –me decía–. Me da pena. Vive solo, duerme solo,
come solo…
–No es tu culpa.
–Ya lo sé… o no… ¿Estás seguro de que no es mi culpa?
95
realidad psíquica donde estaba solo. Demasiado solo. Por eso
intentó volver al mundo de la mano de un delirio. En lugar de
hijos o nietos, había aliados o enemigos. Y se quedó solo de
nuevo.
Ahora estaba muerto. Pero aún quedaba la ambivalencia de
amor y rabia que experimentaba Manuel. La culpa. La lucha por
rescatar los pedazos amables de un padre roto. Por eso elegí con
cuidado las palabras para finalizar aquella sesión.
96
monte. En la cumbre, la piedra volvía a caer por su propio peso y
debía comenzar otra vez la tarea.
Al igual que estos personajes, Manuel pretendía satisfacer una
demanda incesante. Y como ellos, fracasaba. Su padre era el pozo
sin fondo, la piedra que rodaba y los molinos de viento.
***
Todo no se puede.
Todos somos impotentes.
Por suerte, la mayoría de las personas conviven con su falta
sin esa demanda excesiva de Francisco que imponía un costo tan
alto a los demás. La gente ama, se reúne con amigos, juega con
sus hijos, lee libros, escucha música. Y aunque esos actos no
puedan llenar por completo el vacío, al menos generan momentos
de calma y maquillan la impotencia. Entonces, sentimos que
podemos ayudar a quien atraviesa momentos adversos, consolar
al ensombrecido y acompañar su duelo.
En cambio, los solitarios reclamantes nos perturban, porque
nos hacen sentir que nada alcanza. No tenemos para dar lo que
requieren, por eso sus pedidos nos frustran, nos enojan. O nos
angustian.
“No te vayas… no me dejes solo… llamame… necesito más de
vos”.
Cuando el llamado es tan incesante, nos desesperamos porque
no podemos entrar a su mundo, y mucho menos completarlo. Los
reclamantes están solos. Y nosotros también. Cada uno en
soledades diferentes: soledad del que demanda y Soledad del
demandado. Por un lado, la desesperación de esa soledad que
agobia a quien reclama que le completemos su vida; por otro, la
ansiedad y frustración permanentes de quien intenta satisfacer
esa demanda –imposible– y por ende, también se queda solo.
97
Comencé a atenderla en tiempos de pandemia. Su esposo
había muerto a causa del Covid y se sentía devastada. La
acompañé en su duelo. Un duelo difícil. La juventud de Aníbal, su
marido, y lo inesperado del desenlace agravaron el proceso.
Valeria estaba confundida y había perdido el horizonte. Entonces,
rescaté el sueño de regresar al país y reencontrarse con su
mundo, su idioma y su familia. De la mano de ese proyecto se
contactó con amigos, aceptó un ofrecimiento laboral y consiguió
un lugar donde vivir.
Cuando estaba a punto de viajar surgieron los problemas.
Su hija Amanda no estaba dispuesta a acompañar a la madre y
complicó las cosas con sus reclamos. “No podés dejarme sola”.
“No tenés derecho a irte”. “Sos una egoísta”.
Ante esas demandas, Valeria pensó en desistir de su plan. Me
opuse. Su hija tenía veintiséis años, una carrera, y estaba a punto
de vivir con su pareja. Aun así, se negaba a que su madre
abandonara Inglaterra. Pretendía que renunciara a sus deseos
para cumplir los de ella, que cediera el protagonismo de su vida
para ser espectadora de la suya. Valeria lo entendía, y aun así le
costaba negarse. Sentía culpa, miedo a que su hija se disgustara
o dejara de quererla.
–No vas a ser una mala madre porque vuelvas a tu país –le
dije–. En todo caso, ella se convertirá en una hija distante o
enojada. Y vos la vas a seguir queriendo como hasta ahora. Desde
el lugar que elijas para continuar tu vida.
98
ISLA III
99
porque carece de empatía. Entiende que todo no se puede, pero
actúa como si eso no fuera cierto. Como dijo la escritora Cynthia
Wila en su libro La Crueldad:
100
inteligente”; “me quiere valiente”; “me quiere solo” o, por qué no,
“me quiere para no quererme”.
Hago una pausa. Me cuestiona.
–¿Me equivoco o se quedó pensando en alguien?
–Se nota que ya me conoce mucho –sonrío.
–Cuénteme.
–En mi adolescencia tuve una amiga, Olga. Una mujer mucho
más grande que yo. Debía tener cuarenta o cincuenta años. No lo
sé. Usted sabe que las percepciones juveniles son caprichosas. Y
para un chico de quince años todos son viejos. Olga era el retrato
exacto de lo que por ese entonces se llamaba “una solterona”.
Eran otros tiempos. En algunos aspectos, mucho más crueles que
hoy. Vivía cerca de la casa a la que me había mudado hacía poco.
Yo no conocía a nadie y de pronto apareció ella. Trabajaba mucho
y dedicaba el resto del tiempo a su madre, una señora mayor de
carácter fuerte que había decidido que su hija debía dedicarle la
vida. Tal vez por eso, estaba muy sola. Y yo también. Olga amaba
la música y los libros. Sospecho que eso nos acercó. Comencé a
visitarla. Escuchábamos sus discos de ópera y compartió conmigo
su biblioteca. Al poco tiempo, aquellos encuentros pasaron a ser
mis momentos más placenteros. Y esa visita cotidiana nos
permitió tener algo parecido a una amistad. Recuerdo que un
domingo pasó a buscarme por casa y dijo a mis padres que me
llevaría de paseo. Caminamos hasta la estación y tomamos el tren
hasta Retiro, luego el subte hasta Constitución, y de ahí un tren
más. El viaje era largo, pero la charla resultó interesante. Bajamos
en una estación medio desierta y luego de unas cuadras,
entramos en una capilla. “Es acá”, señaló. Yo no entendía nada.
Me pregunté si de verdad me había hecho viajar todo ese tiempo
para visitar una iglesia tan pequeña. Como si hubiera leído mis
pensamientos, sonrió y dijo: “mirá”. Me quedé mudo. Había
viajado casi tres horas, y ahí estaba. En la localidad de Glew. En la
iglesia de Santa Ana.
–¿Qué tenía de especial?
–Era como estar en la Capilla Sixtina.
–¿No será mucho? –pregunta.
–Le juro que no. Porque a mediados del siglo pasado, un
artista maravilloso, Raúl Soldi, pasó por el pueblo y se enamoró
101
de sus calles de tierra y sus tardes mansas. Entonces, tuvo la
ocurrencia de pintar la capilla. Convenció al Padre Jerónimo,
párroco del lugar, y juntos comenzaron el trabajo. Soldi dedicó
ocho horas diarias durante veintitrés años hasta concluirlo. Un
fraile, músico y poeta, solía visitarlo para recitarle un verso o tocar
el órgano mientras él pintaba. Se ve que se hicieron amigos,
porque cuando el fraile murió, Soldi plasmó su cara en la obra. Así
lo dijo:
102
necesitaba. Olga volvió al toilette y se maquilló con nerviosismo.
Si bien la tristeza seguía ahí, logró disimularla un poco. Recién
entonces se atrevió a volver a su casa. Durante la cena, mientras
intentaba retener el llanto, le contó a la madre anécdotas falsas
de un torneo inexistente.
–¿Nunca le dijo la verdad?
–Jamás.
Suspira.
–Qué soledad extrema vive quien no puede compartir su dolor,
ni siquiera confesar por qué está sufriendo. Si me permite,
aunque suene bestial, reivindico mucho más el pedido de
Francisco que intuía que si se quedaba solo iba a morir, que el de
esta madre que le robó a su hija la posibilidad de un proyecto
propio. Pobre Olga. Por culpa, dejó pasar su vida. Aunque, ¿quién
le dice?, tal vez pudo ser feliz en algún momento –una paloma
aletea entre las ramas y rompe el hechizo–. ¿Sabe qué fue de
ella?
–No. Me mudé a los pocos años y no la vi más. Pero hace un
tiempo, al terminar una conferencia, se me acercó alguien que
dijo haber sido mi vecino en aquel barrio. Yo no lo recordaba. De
todos modos, conversamos unos minutos y antes de despedirnos,
me preguntó: “¿vos conociste a Olga?”. Le respondí que sí. “Ah,
murió”, dijo como si no importara. Al llegar a mi casa me senté
frente a la biblioteca y me invadió el recuerdo de los libros, las
estaciones de tren, las capillas y las confesiones que compartí con
esa mujer maravillosa que acompañó mi adolescencia.
Mi voz se quiebra.
–Usted también hizo lo suyo –me dice–. Fue una compañía en
medio de tanto dolor.
Me quedo pensando.
–“La mano de dos solitarios…”
Sonríe.
–Puede ser –reflexiona–. Pero mejor, vamos que está
refrescando.
103
TRISTEZA-DEPRESIÓN-MELANCOLÍA
Ismael Serrano
104
Todo el que sufre una pérdida importante (una persona, una
ilusión, un trabajo, una etapa de su vida) tiene que realizar un
duelo. Ya hemos definido el duelo como “la batalla dolorosa que
debe llevar adelante todo el que ha perdido algo que ama”.
En un proceso de duelo “normal”, el ensombrecido va
aceptando de a poco su pérdida y a pesar del dolor sigue adelante
con su vida.
Dice Nasio:
105
Sin embargo, no toda persona que recibe un golpe emocional se
hunde en una depresión. Porque la causa externa, la pérdida
actual, es solo el empujón.
¿De qué depende, entonces, que alguien caiga o no en un
estado depresivo? De los condicionamientos internos. De la
fragilidad psíquica que haya quedado luego de los sucesos de
nuestra historia. Las personas depresivas portan una cicatriz que
las hace vulnerables.
Digamos, entonces, que una depresión se produce por la
coexistencia de una causa externa desencadenante y una
predisposición interna. A esa predisposición la llamamos
“neurosis”.
Aquella jornada, Nasio definió a la depresión como la reacción
dolorosa y enrabiada ante la pérdida de un objeto de amor
enfermizo. Es decir, la mezcla de rabia y dolor que nos avasalla
cuando perdemos algo que considerábamos imprescindible. Un
objeto que alimentaba la ilusión de ser felices y estar completos.
Perdido ese amor enfermizo, se pierde también la ilusión de
completud y el deseo de vivir. La persona depresiva se critica y se
flagela. Se siente poca cosa y experimenta una sensación de
culpabilidad a la que se entrega de manera gozosa. Con placer
masoquista.
Vemos cómo al golpe externo y la predisposición interna, se
suma el hecho de que el vínculo que unía al $ujeto con el objeto
perdido era patológico. Una relación de excesiva dependencia.
Porque el depresivo reeditaba, con su objeto de amor, un amor
antiguo y reprimido. Es decir que la pérdida actual es la repetición
de una pérdida anterior sufrida en la infancia que ahora se
renueva con una fuerza mayor.
Otro inconveniente que suele presentar este cuadro, es la
facilidad con que se alternan esos estados depresivos con
momentos maníacos, hasta llegar a veces a lo que se denomina
“psicosis bipolar”.
Resumiendo, se trata de un cuadro que manifiesta una tristeza
exacerbada y permanente, una abulia que lleva a la inacción y
una ausencia total de deseo. A veces, incluso, de deseo de vivir.
Es una afección peligrosa porque, en ocasiones, los pacientes
atentan contra su vida y sienten un odio feroz contra sí mismos
106
por no haber sido capaces de conservar el objeto amado. También
por el objeto perdido.
Escribió Ismael Serrano en una de sus canciones:
Te odio.
Odio las canciones de amor que traen tu recuerdo a mi casa.
Las ganas de verte. Y odio el cielo en tu rostro y las dudas
de echarte al olvido o llamarte para contarte qué sé yo…
Que sigo existiendo, que te odio por fin, que no sé si el
[ mundo resiste sin ti
Tanto, tanto, tanto, tanto te odio.
Te odio.
Odio la mañana, el café sin planes, sin ti y en ayunas.
Perdura tu aroma y lo odio.
Envuelto en papel de colores te envío bengalas, rencores.
Quizá recuerdes así que te odio También tu sonrisa
y la brisa arañando tu piel, y mi corazón ya de paso.
Tanto, tanto, tanto, tanto lo odio.
Te odio
Odio tu belleza y a mí. Me odio al saberme tan lejos
del viejo camino andado, rastreando hadas y cometas,
la estrella prendida en tu pelo.
Maldito lucero lo odio.
107
Y empieza a cansarme este odio. Quizá si tuviera tus manos.
Pero te odio tanto, tanto, tanto, tanto.
108
A la luz de estos conceptos, diremos que Manuel estaba triste.
Veía cómo Francisco era víctima de la melancolía y soportaba sus
reclamos permanentes sin poder satisfacerlos. Se sentía en falta,
culpable, y al mismo tiempo enojado con su padre.
Algo parecido ocurría con Valeria. Las demandas de su hija la
angustiaban porque la ponían frente a la encrucijada de seguir o
no su deseo de volver a la Argentina. También estaba triste y
enojada.
Pude trabajar con ellos. Ninguno cayó en depresión.
Francisco, en cambio, se anuló. Desapareció. La psicosis
melancólica que padecía lo llevó a un suicidio lento que culminó
con aquella muerte repentina, aunque esperada.
En cuanto a Olga, mi querida Olga, la veo a la distancia
atravesando una larga depresión. Su madre fue egoísta. Y ella no
pudo enfrentar ese mandato reclamante.
A veces, a modo de consuelo, pienso que tal vez alguna de
nuestras charlas, aliviaron su dolor.
De cualquier modo, todos, Manuel, Valeria, Francisco, Olga,
ustedes y yo, enfrentamos la soledad como podemos.
109
MONSTRUOS
Julio Cortázar
110
demás. Hasta que por fin lo consigue. Pero en el experimento él
mismo se vuelve invisible. Peor aún, comprende que el proceso es
irreversible. Que el éxito de su trabajo en realidad no ha sido más
que un fracaso. Así lo confiesa a su amigo:
111
condenado a un año de inexistencia en Dimensión desconocida,
fuera invisibilizado por la sociedad. Es decir: por los demás.
Se trata de una mirada interesante, en especial en este
momento en que los adelantos tecnológicos comienzan a abrir
puertas que no sabemos si conducen a cielos o infiernos.
Lacan sostuvo que el lenguaje nos diferencia de los animales.
El goce de las máquinas.
La inteligencia artificial (IA) no goza. No le teme a lo real, a lo
desconocido, a lo imposible de aprehender.
Sin embargo, renegando del “todo no se puede” (lo que nos
hace humanos), nos obsesionamos por comprender lo
incomprensible. Avanzamos, aunque el planeta diga “basta”.
Negamos el calentamiento global, la contaminación ambiental, lo
inevitable de la vejez y de la muerte.
Con asombro, el mundo asiste a los avances que promete la
IA. Sin embargo, no está de más cuestionar hasta dónde estamos
dispuestos a llegar en el intento de ir por todo. De ser, como
Víctor Frankenstein, “modernos Prometeos”. Dioses. Seres
capaces de dejar nuestra humanidad en manos de máquinas que
piensen por nosotros o robots que reemplacen nuestras tareas.
Es una incógnita. O tal vez, no. No es difícil imaginar el futuro
cercano casi como un abismo. Como sea, debemos estar atentos y
hacer lo que podamos con el fin de no desaparecer.
Volviendo.
Quedé tan impactado por el relato de Wells, que fui en busca
de más monstruos. Y ahí estaba Bram Stoker y su novela:
Drácula. Una obra escrita bajo la forma de una suma de diarios
íntimos que narra la historia de un vampiro. Como la luz del sol
podía destruirlo, Drácula se encerraba cada día dentro de un
ataúd. Por las noches salía en busca de la sangre que necesitaba
para seguir existiendo. Y antes del amanecer volvía a su guarida.
Solo. Sin luz, sin amor. Es comprensible. Drácula era inmortal,
y la muerte es indispensable para amar. Quien sea privado de la
muerte, también lo será del amor.
Sócrates sostuvo que el amor es producto de la falta. En
nuestro caso, falta de eternidad. Porque es la finitud la que nos
112
impulsa a buscar la trascendencia bajo la forma del arte, el
conocimiento, o el amor.
Contradiciendo a Spinoza (todo lo que es quiere perseverar en
su ser), Borges dijo que nada peor podía pasarle que no morir,
que ser eternamente Jorge Luis Borges. Lo entiendo. Porque
alguien inmortal, sin miedo al tiempo y a la muerte, no
encontraría motivos para crear o enamorarse. Un inmortal es
también un monstruo.
Luego vino Notre Dame de Paris y me trajo la historia de
Quasimodo, aquel pobre jorobado que vivía en una soledad total,
en el claustro del campanario de la Catedral de París. Víctor Hugo,
el autor, dice:
Notre Dame había sido sucesivamente para él, a medida que crecía y
se desarrollaba, el huevo, el nido, la casa, la patria, el universo.
113
Pero el detalle que más me impresionó, fue que los hermanos
tenían prohibido entrar a una habitación donde estaba encerrado
un monstruo.
Una noche, Fanny y Alexander se escabullen y abren la puerta
del cuarto. Para su sorpresa, y la del espectador, se encuentran
con Ismael, un joven hermoso que había sido confinado por ser
homosexual. Ese muchacho que se había animado a contrariar el
ideal de la época era el monstruo que escondían.
Como él, muchas personas sufrieron el aislamiento a causa de
la ignorancia de un entorno que ve en lo diferente un peligro. Que
confunde la mayoría con lo normal, y lo normal con lo sano.
Hombres y mujeres que padecieron a causa de su religión, el color
de su piel o su manera de vivir la sexualidad. Rasgos que hicieron
que sufrieran desprecios y fueran obligados a soledades injustas.
El que es percibido como un monstruo no siempre es
desagradable o maligno. A veces, simplemente es distinto a los
demás.
Hoy, quien no se deja adormecer por el hipnotismo que
propone la cultura y se aburre con las diversiones cotidianas,
quien no mira series o no tiene redes sociales, resulta “raro”. Y se
queda solo.
Al comenzar el libro dijimos que la teoría de la relatividad abrió
un mundo de posibilidades. Entre ellas, la de viajar en el tiempo.
Suena delirante, pero no es imposible. De algún modo, todos
viajamos en el tiempo. La psiquis humana va de los recuerdos del
ayer a los sueños del mañana a cada instante. ¿Qué hace un
trauma sino viajar desde el pasado para herir en el presente?
La vida es un viaje inevitable hacia un futuro que amedrenta o
que deseamos. Un cúmulo de actos repetidos que vienen del
pasado y nos alcanzan una y otra vez para herirnos, para
frustrarnos, para hacernos sentir odio, culpa, fastidio o dolor. Un
regreso inevitable a infancias que no mueren. Porque el
Inconsciente es atemporal.
Salgamos de la analogía.
Hoy se sabe que, si se lograra superar la velocidad de la luz,
podría efectivamente viajarse al pasado. Al futuro, como dijimos,
viajamos en cada segundo de nuestra vida. Pero podríamos
hacerlo más rápido si alteráramos la velocidad en que nos
114
movemos. Si tomáramos un avión que volara a una velocidad
cercana a los trescientos mil kilómetros por segundo que recorre
la luz, y nos fuéramos diez años, al volver a la Tierra habrían
pasado casi trescientos.
En la citada película Interstellar –cuyo guión original fue
escrito por el premio Nobel de Física Kip Thorne–, se ve cómo
alguien que se va por poco tiempo, al regresar comprueba que su
hija –una niña cuando partió– es ahora una anciana a punto de
morir. Para ambos, padre e hija, la visión del otro tiene un efecto
siniestro.
¿Qué pasaría si se descubriera congelado a un hombre de
Neanderthal y se lo volviera a la vida? Ese ser que hace cuarenta
mil años caminaba con normalidad por el planeta, nos parecería
monstruoso. Sería aislado y sometido a toda clase de estudios.
Condenado a una Soledad inmensa por ser diferente a nosotros.
Por su parte, a él también le parecería monstruoso nuestro
mundo.
¿Qué sentirían nuestros próceres, San Martín, Artigas o
Belgrano, si pudieran vernos? ¿Y nosotros, qué pensaríamos de
ellos si los escucháramos hoy?
En su artículo “Lo ominoso”, Freud se propone descubrir:
…lo siniestro sería aquella suerte de espantoso que afecta las cosas
conocidas y familiares desde tiempo atrás.
115
Mente siniestra (El escondite) es una película de terror
psicológico protagonizada por Robert De Niro y Dakota Fanning.
Cuenta la historia de David Callaway, un psicólogo que, tras
encontrar a su esposa suicidada en la bañera, decide mudarse con
su hija Emily de nueve años al norte de Nueva York. Cuando
llegan, ella manifiesta tener un amigo imaginario llamado Charlie.
Al tiempo, comienzan a suceder cosas extrañas. La mascota
aparece muerta en la bañera. Según la niña, Charlie la ha matado.
Poco después, Emily corta la cara de una muñeca. Se la ve
alterada. Una amiga de la familia, Katherine, habla con ella para
averiguar qué le ocurre. Pero la niña no quiere entablar amistad
con nadie.
Todo se agrava cuando Elizabeth, una conocida, cae por la
ventana de la habitación y muere. Nuevamente, Emily sostiene
que ha sido Charlie el responsable.
Recién cuando David encuentra unos papeles que no había
visto, se da cuenta de que padece un trastorno de identidad
disociativo. Él es el amigo imaginario de Emily, el monstruo que
acecha a su propia hija, el que mató a su esposa tras verla
besándose con otro. Charlie es la identidad reprimida con la que
descarga su furia. El habitante oscuro alimentado por su pulsión
de muerte.
Emily está aterrorizada y llama a Katherine en busca de ayuda.
Pero el monstruo intenta matarla también a ella. Emily le ruega
que la deje ir. Charlie se distrae y Katherine aprovecha el
momento para tomar un arma y le dispara. Entonces, David
(Charlie) muere.
En la escena final ha pasado el tiempo. Emily vive con
Katherine y se prepara para ir a la escuela. La cámara se detiene
en un dibujo que ha hecho de sí misma. La figura muestra una
niña con dos cabezas.
116
siniestro. Las fuerzas de seguridad que estaban para proteger al
pueblo fueron las mismas que secuestraron, torturaron, robaron
bebés, arrojaron personas vivas desde un avión y desaparecieron
gente.
Un abuelo que cuida de su nieto y en lugar de protegerlo lo
abusa o lo lastima, produce un efecto siniestro.
Aunque no siempre lo monstruoso es siniestro.
La monstruosidad no está dada por el efecto traumático que
produce. En ocasiones, alcanza con que alguien se aparte del
ideal de su cultura. A veces, el monstruo es inocente.
Oscar Wilde fue encarcelado y sometido a un tratamiento
hormonal por ser homosexual. Ese hombre cuya tumba está llena
de marcas de besos, en su tiempo fue considerado un monstruo.
Un inmortal o un santo, son monstruosos.
El poeta Horacio Ferrer, “con quien tanto quise”, como me
escribió en una dedicatoria, imaginó la historia de un hombre que
aparece de modo imprevisto dando vueltas por la ciudad.
117
meté, flaquito, corazón!
Vos sabés que ganar
no está en llegar sino en seguir.
118
Flaco, no te pongas triste,
todo no fue inútil, no pierdas la fe
que, en un cometa con pedales,
dale que te dale, yo sé que has de volver.
¡Qué desencuentro!
Si hasta Dios está lejano.
119
Asterión tiene sus puertas siempre abiertas. Alguna vez ha salido
al mundo, pero decidió regresar.
120
Sabemos que en el siglo XIX Nietzsche anunció la muerte de
Dios, que no es sino una consecuencia de la desaparición del lugar
central que ocupaba en la historia y en la sociedad la figura de Dios.
Y eso quizás ha hecho que surgiera el tema de la soledad con más
fuerza.
121
siniestra, experimentaban el terror de la carga maligna que
llevaba su presencia.
Manuel desplegaba en el diván su angustia ante la
incomprensión. No entendía cómo era posible que el padre que
había conocido, el mismo que alguna vez, le diera calma, ahora le
daba miedo.
Recuerdo todavía su grito de indignación:
–¡No es justo! Él debía ser bueno, amarnos a mi hermana, a
mis hijos y a mí. Desearnos lo mejor. ¿Qué pasó? ¿Por qué se
transformó en esto? Explicame, Gabriel. ¿Qué mierda pasa en la
cabeza de alguien para que, de pronto, se convierta en la imagen
del horror?
Detrás del discurso melancolizado, ese padre resultaba
temible. El hijo y él eran dos monstruos. Y, como tales, estaban
fatalmente solos.
Silvia Bleichmar relaciona el sentimiento de soledad con el
concepto que Laplanche tradujo de Freud como “desayuda o des-
auxilio”. Y dice:
122
Ante su padre, Manuel perdía su ser, su identidad y su amor
propio. Identificado a la pulsión de muerte de Francisco, perdía
incluso las ganas de vivir. Y se quedaba en un infierno solitario.
Porque, después de todo, retomando a Bleichmar:
123
ISLA IV
Suspiro.
–Frankenstein, ¿no? Es como si el monstruo supiera
exactamente lo que se siente al ser humano.
–Porque fue hecho por uno. Y luego rechazado por todos.
–Qué relato triste y hermoso a la vez.
–Así es. Sépalo –sentencia–: Frankenstein es un libro
indispensable. Mire este párrafo:
124
–El origen de la novela es muy interesante. Fue en junio de
1816. En un verano raro.
–¿Por qué?
–Porque los días eran cortos, oscuros, y hacía mucho frío.
Ocurre que el volcán Tambora, en Indonesia, había inundado el
cielo con una nube de cenizas que tardó meses en disiparse. En
ese ámbito, un grupo de viajeros llegó a Suiza, a las cercanías del
lago Leman. Estaban Lord Byron, que venía exiliado de
Inglaterra...
–¿Exiliado? –Interrumpo–. ¿Por qué?
–Por imputación de incesto. Se lo acusaba de tener relaciones
con su hermana. Lo acompañaba su médico, John Polidori. Un
joven que en secreto tomaba nota de todo lo que hacía Byron.
Quería estar preparado para un futuro escándalo editorial.
Además, llevaban un perro, un mono y un pavo real. Poco
después se les unieron Percy Shelley y su joven amante, Mary.
Ellos también huían de la crítica social británica. Y tal vez, de la
tragedia –lo interrogo con la mirada–. La esposa de Shelley.
–¿Qué pasaba con ella?
–La encontraron muerta en Hyde Park seis meses más tarde.
Pero deje que siga con el cuento. La reunión fue organizada por
Claire, hermanastra de Mary. La muchacha había tenido un
romance con Byron y deseaba resucitar el vínculo.
–Estaba enamorada.
–Y embarazada. La lluvia y las tormentas los obligaron a
encerrarse en la villa y se generó una fuerte convivencia.
–Imagino. Días y días sin poder salir. ¿Y qué hacían?
–Bebían, leían relatos de terror, hablaban de filosofía, de
ciencia, y discutían acerca de la posibilidad de reanimar
cadáveres. El clima se volvió tenebroso y Byron propuso un
certamen. Ganaría quien escribiera la mejor historia de terror.
Mary aceptó el desafío. Aunque estaba tan asustada que llegó a
tener alucinaciones. Percy y Byron se aburrieron pronto y
partieron rumbo a Montreux. Mary, en cambio, se quedó
escribiendo sin salir de su cuarto.
–Tal vez no encontraba la idea para su relato.
–No, no fue por eso.
–¿Entonces?
125
–Soñó. Tuvo una pesadilla:
126
desgarradores. Cuando le ruega al científico que le construya una
compañera.
–Cuando el monstruo pide, al menos, otro monstruo para no
estar tan solo.
Se detiene en una hoja y lee:
127
–Como la pócima de Odín. La que le develó el secreto de la
poesía.
–Pienso también en esa imagen surgida de una pesadilla.
–¿Insinúa que fue el monstruo el que la eligió a Mary?
–Quizás. O fue ella la que le dio por fin una voz al exiliado. Al
distinto. Al que, como todos, sólo quiere ser amado –hago una
pausa y pregunto–. ¿Y qué fue de la criatura?
–Enfurecido, el monstruo resolvió destruir el mundo de su
creador. Dio muerte a su mejor amigo y a Elizabeth, su novia,
justo en su noche de bodas. El padre de Víctor murió de tristeza,
y él decidió perseguir al monstruo hasta el fin del mundo. Pero al
llegar al Ártico, las fuerzas lo abandonaron y se enfermó. Fue
auxiliado por una embarcación comandada por el capitán Walton,
a quien le contó la historia poco antes de morir. A los pocos días,
atormentado por el remordimiento, el monstruo subió al mismo
barco y prometió al capitán que se mataría. Que pondría fin a su
vida. No soportó la culpa.
–O la soledad. Como su verdadera creadora: Mary. La que lo
engendró en sus pesadillas. La mujer que desafió la moral de su
tiempo y quedó aislada por ser distinta. Por ser monstruosa. Y
afrontó sus duelos como pudo.
–Es cierto. A lo mejor en eso radica la magia de la obra. En
que la autora y el personaje, la mujer y la criatura, comparten la
fatal condena de estar solos.
Hacemos silencio de nuevo. Al rato, digo:
–Le agradezco por hablarme de estas cosas.
–No me dé las gracias. Hablarnos es todo lo que tenemos.
128
SEGUNDA PARTE
129
LA SOLEDAD DEL HABLANTE
Jacques Lacan
130
Me aislaré de todos hasta la inconsciencia. Me enemistaré con todos,
no hablaré con nadie.
Incapaz de vivir, de hablar con seres humanos. Completo
ensimismamiento, un pensar exclusivamente en mí mismo. Apático,
falto de ideas, angustiado. No tengo nada que decir, nunca, a nadie.
131
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre;
cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para
espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
–Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi
prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de
los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada
uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible
que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería
ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el
guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su
barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más
esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un
costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al
guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa
brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas
otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los
grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede
dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para
el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al
guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
–Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente
al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único
obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante
los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida
que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como
en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a
conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las
pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista
se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo
engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un
resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le
queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de
esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta,
que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que
se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su
cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar
con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado
bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián–. Eres
insaciable.
132
–Todos se esfuerzan por llegar a la Ley –dice el hombre–; ¿cómo
es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo
pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que
sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al
oído con voz atronadora:
–Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente
para ti. Ahora voy a cerrarla.
Queridísimo padre:
Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como
de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente
133
por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos
de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener
medianamente presentes cuando hablo.
Y si intento aquí responderte por escrito, sólo será de un modo
muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen
frente a ti, incluso escribiendo, y porque la amplitud de la materia
supera mi memoria y mi capacidad de raciocinio.
134
encuentra la manera de explicar la raíz de su miedo y confiesa la
existencia de un dolor imposible de ser dicho.
135
¿Qué diríamos desde el registro de “lo real”? Que más allá de
lo percibido por la primera persona, y de lo que el poeta
simbolizó, aquella noche la luna tenía el mismo tamaño de
siempre, se encontraba a igual distancia de la Tierra, no le
importaba que hablaran de ella, no tenía una superficie roja y
tampoco fue a buscarlos.
Desde lo imaginario, parado en la ribera, en Praga, vi la
ferocidad del río Moldava mientras la lluvia me mojaba. Smetana,
con su genio musical, encontró un mundo simbólico de sonidos
para crear una belleza que no existía hasta entonces. Lo real es
que, independientemente de mi percepción y de la obra musical,
la lluvia no tenía ninguna intención de mojarme y el Moldava no
es más que agua en movimiento.
De igual modo, en una reunión, alguien puede ser percibido
como una persona más. Quien lo ama, en cambio, lo verá
especial. Porque el enamorado, como el poeta, crea un universo
simbólico que traspasa lo perceptible a simple vista. Ahora, si en
esa reunión estuviera el cirujano que operó a esa persona en un
quirófano, sabría que es un organismo biológico con unos cinco
litros de sangre, venas, arterias, músculos y huesos. Aunque
tenga algo más que ni el médico ni el enamorado pueden ver. Una
energía pulsional (goce) que lo recorre y lo empuja a lastimar o
lastimarse.
“Lo real” es el registro más difícil de explicar porque no puede
ser simbolizado ni imaginado. Para nosotros, humanos, hay dos
grandes temas donde se pone en juego este registro: la
sexualidad y la muerte. Dos enigmas que nos dejan solos, nos
obsesionan y nos empujan a la búsqueda incesante de un sentido
imposible. La mitología, la religión, la ciencia o el arte, no son más
que intentos de arañar con lo simbólico algo de ese real
inaprensible. Así, Thor con su martillo dio un sentido posible a los
truenos y relámpagos que surcaban el cielo nórdico. Afrodita
explicó la pasión que sentían los griegos, y Jehová, las plagas de
Egipto.
Pero, ¿qué hay más allá de la muerte? ¿Con qué goza un ser
humano? ¿Por qué algunas personas aman a hombres, otras a
mujeres, a los dos, o a sí mismos, o a nadie? ¿Por qué otros ni
siquiera pueden quererse un poco? ¿Por qué alguien se percibe
136
hombre, mujer o no binario? Estas son las incógnitas ligadas a lo
real. Misterios que muchos prefieren ignorar, y otros se esfuerzan
por comprender.
Estos tres registros están anudados en cada uno de nosotros y
se ponen en juego en todo momento.
137
Las rocas, las plantas y los animales no mueren, aunque dejen
de existir. Porque desconocen la existencia de la muerte. No la
anticipan, no le temen. Nosotros, en cambio, queremos
comprenderla, eludirla, e incluso, vencerla. Encontrar remedios
para las enfermedades y alargar la expectativa de vida. Lograr la
inmortalidad.
Las rocas, las plantas y los animales, tampoco aman ni se
erotizan. Porque carecen del deseo que surge cuando se pierde la
necesidad.
¿Qué nos hace tan distintos a las otras especies? La palabra.
Somos humanos porque habitamos un mundo de palabras. Un
mundo lleno de imágenes y personas que no veremos jamás, y sin
embargo nos recorren. Padres que han muerto y abuelos que ni
siquiera llegamos a conocer. La palabra nos deja solos y nos
abriga. Nos protege y nos expone. Nos acompaña y nos
abandona. Es nuestro cielo y nuestro límite. Sólo de su mano
podemos avanzar hacia el misterio de la vida. Un enigma que
jamás develaremos.
La palabra es abismo. Es al mismo tiempo herramienta y
conflicto; comunicación y malentendido; mentira y verdad.
Somos hablantes que caminan entre el amor y la ausencia,
entre la felicidad y la angustia, entre el deseo y la confusión. Y en
esa confusión nos jugamos la vida. Siempre de la mano de la
palabra.
Dar la palabra es darse uno mismo, cuando no se trata de una
palabra vacía. Porque no siempre que hablamos decimos algo de
nosotros.
La única palabra importante es la que lleva nuestra sangre. La
que nos modifica, nos compromete y nos define. Esa es una
palabra plena. Una palabra que rara vez ponemos en juego.
Nos recorre una paradoja: estamos obligados a hablar y, al
mismo tiempo, a admitir que siempre habrá algo que no
podremos decir. Una diferencia entre lo que sentimos y lo que
expresamos, entre lo que pedimos –a veces suplicamos– y lo que
recibimos de quien nos escucha. Porque todo lo decimos a
medias. La obligación legal de decir “la verdad, toda la verdad, y
nada más que la verdad”, promueve un juramento condenado al
fracaso. Aunque queramos ser sinceros, siempre algo de nosotros
138
quedará aislado. Oculto. Indescifrable. Solo. Algo que las palabras
no pueden capturar.
Lacan sostuvo que alguien puede estar seguro de lo que dijo,
pero no de lo que el otro escuchó de lo que él dijo.
Como vimos en el esquema de la “Separación”, también la
palabra deja un resto caído –un “a”– imposible de significar.
En todo discurso hay una pérdida. Por la decodificación que
debe hacer quien nos oye, y también por nuestra imposibilidad de
encontrar las palabras que comuniquen con exactitud lo que
deseamos. Pero hay además una tercera pérdida –que en realidad
es primera, fundacional– que surge del goce innombrable que nos
recorre. Del desconocimiento acerca de qué queremos decir
cuando decimos.
Con la palabra nace el malentendido. Y la demanda. Porque
toda palabra pide una respuesta. Aunque la frase no lleve el tono
de una pregunta, quien habla siempre espera una contestación. Y
cualquier réplica tendrá ese valor. Incluso el silencio. Lo entiende
la persona que ve que su madre, o su jefe, lo miran y permanecen
callados. Sabe que algo están diciendo. Que esa mirada muda es
otra de las formas de la palabra. Quizás la más potente. Porque
en el silencio habitan todas las palabras posibles. Para el ser
humano no existe el silencio total, el silencio de la naturaleza.
Existe el silencio que habla.
Quien entra a su casa y ve que su pareja lo recibe sin decir
nada, sin una sonrisa o un abrazo, percibe esos gestos silenciosos
como atronadores. Y se pregunta qué hizo, se siente culpable, o
no sabe por qué se enojaron con él. Aunque nadie le recriminó
algo, ni le manifestó su enojo, intuye que las cosas no están bien.
Porque, parafraseando a Alejandro Dolina, no hay señal más
fuerte que la ausencia de señales.
139
persona nos lo pidiera vestido con un guardapolvo blanco y dentro
de un consultorio, obedeceríamos sin protestar. Porque la
vestimenta y el contexto le otorgan un Significante –“doctor”– que
le da autoridad para exigir lo que cree necesario. Es la misma
persona, pero no lo es, porque su Significante ahora es otro. Ya
no “agresor”, sino “médico”.
Como el guardapolvo o el consultorio, a veces un gesto, un
acto, una expresión, o incluso la parte de una palabra, pueden
cobrar ese valor Significante que incluso escapa a la voluntad del
$ujeto. Por eso, aunque lo ignore, quien cree no decir nada, dice
más de lo que cree.
140
ISLA V
141
–Claro –vuelvo a sentarme–. Hizo obras memorables. ¿Qué
película vio?
–Vi dos. Aguirre, la ira de Dios, y El enigma de Kaspar Hauser.
–Más solitarios –comento.
Me mira y dice:
–¿Usted sabe que El enigma de Kaspar Hauser está basada en
un caso real?
–Algo escuché, pero si me lo recuerda, se lo agradezco.
–Kaspar Hauser fue un muchacho que apareció en Núremberg
en 1828, después de pasar toda su vida encerrado en un calabozo
casi sin contacto con ningún humano.
–¿Al menos, sabía hablar? –interrogo.
–Decía pocas frases, no entendía demasiado. Con el tiempo,
algunas personas intentaron conocer su origen y ayudarlo. Pero
cuanto más conocía la sociedad a la que había llegado, menos le
gustaba. Y a pesar de sus limitaciones, el personaje empezó a
comunicar una mirada que, aunque parecía inocente, escondía
una crítica feroz.
–Y al final, ¿logra adaptarse?
–No del todo. El mundo burgués lo sorprende. En su intento
por comprenderlo pregunta cosas ingenuas, a veces filosóficas, y
otras, demasiado profundas. Por ejemplo, en una escena, después
de escuchar a un músico, llora y pregunta: “¿Por qué no se puede
tocar el piano como se respira?”.
–Y… es Herzog.
–Sí. Herzog aprovecha a ese joven, a ese ser humano en
estado casi natural, para hacer una sátira de este mundo
supuestamente civilizado que primero lo recibe, luego lo estudia, y
finalmente lo destruye. Por eso, Kaspar le dice a quien lo adopta:
“A mí los hombres me parecen lobos”.
–Creo recordar que jamás se termina de saber quién fue, ni
por qué fue encerrado. ¿No?
–Así es. Como Josef K., el personaje de El proceso. Esa novela
que tanto le gusta.
–Sí –respondo–. Pero esta historia me recordó a Chance, el
protagonista del libro Desde el jardín, de Jerzy Kosinski.
–Ah, sí –contesta con entusiasmo–. También vi la película con
Peter Sellers.
142
–Lea la novela –lo increpo–. Vale la pena.
–Recuérdeme el argumento.
–Déjeme hacer memoria. Espero no equivocarme. La leí en mi
adolescencia.
–Dentro de algún tren, imagino.
–Seguramente –sonrío–. Kosinski narra la historia de un
hombre que fue adoptado de niño por el jardinero que lo encontró
en la calle y decidió criarlo en la mansión en que trabajaba. El
hombre lo aloja en el jardín, en una habitación junto a la suya, y
le transmite todos los secretos acerca de la jardinería, y jamás lo
deja salir a la calle. Así, los árboles, las flores y las estaciones del
año, eran todo su mundo.
–Es decir que, como Kaspar Hauser, Chance también estuvo
preso, pero en un jardín –comenta.
–Sí. Sólo tenía una televisión. Ese aparato era el único nexo
con la realidad exterior –hago una pausa–. Cuando su protector
murió, él ocupó el puesto de jardinero principal de la residencia.
Pero a los años, también falleció el dueño de la propiedad, y los
herederos decidieron vender todo. Entonces, despidieron a
Chance y lo echaron de la casa. Y el pobre jardinero salió a un
mundo que desconocía por completo.
–Debe haber sido una experiencia muy extraña para él –
comenta.
–Claro. En cuanto pisó la calle lo atropelló un automóvil.
–Una tragedia.
–No. Una desgracia con suerte. Porque era el vehículo que
trasladaba a la esposa del presidente de los Estados Unidos.
Además, Chance no salió demasiado lastimado, y como la mujer
se sentía responsable del accidente, lo llevó a la residencia
presidencial y se hizo cargo de él.
–Imagino cómo lo habrán atendido –comenta.
–Como a un rey. Pero lo más importante es que de a poco fue
entablando una relación cercana con el presidente.
–Qué interesante. Continúe, por favor –me incita.
–Todo comenzó cuando el mandatario le dijo que transitaban
un tiempo muy complicado. Chance restó importancia al
comentario y le respondió que el invierno siempre es difícil,
porque las hojas caen y las plantas parecen morir, pero que es
143
algo pasajero, porque ya vendrán la primavera, el verano, y el
jardín volverá a florecer. El presidente le agradeció esas palabras
que interpretó como un gesto de confianza a su gestión.
–Es decir que no entendió nada de lo que el jardinero le dijo.
–Sí, pero lo metaforizó. Algo que Chance no podía hacer. Él
hablaba de jardinería, y en su mente, el presidente construyó una
alegoría de los tiempos económicos que estaban atravesando.
–El famoso malentendido que producen las palabras –
sentencia.
–Tal cual. El hecho es que la relación siguió avanzando, e
incluso el mandatario lo citó en un discurso público. Y así, de
confusión en confusión, el nombre de Chance empezó a hacerse
popular y a ser evaluado como posible candidato a la presidencia
de los Estados Unidos.
–Increíble. Cosas que sólo pasan en una ficción –me dice con
sorna.
–Mejor sigamos con la historia –sonrío.
–Dele, lo escucho.
–En una cena con los representantes más importantes del
mundo, Chance se sentó junto al embajador de Rusia, piense que
estábamos en plena guerra fría, y el hombre le hizo un comentario
al oído, en ruso. Chance, que nunca había escuchado sonidos tan
raros, estalló en una carcajada y el diplomático, feliz, le dijo:
“Sabía que había leído a Chéjov en su idioma original” –hago una
pausa–. ¿Entiende?
–Sí. Un malentendido tras otro.
–Exacto. Porque quienes hablaban con él recibían su
enunciado, pero no decodificaban su enunciación. Entonces, se
escuchaban, en apariencia se entendían, pero no lograban
comprenderse –de pronto, tengo una idea. Me pongo serio.
–¿Qué le pasa? –me pregunta.
–Pienso en la soledad de ese hombre que vive en un mundo
que nadie más comprende.
–¿En un mundo irreal?
–Puede ser. Desde el Psicoanálisis, diríamos que vive
capturado por “lo real”. Con lo imaginario y lo simbólico alterados.
–Entonces, ¿cree que se trataba de una psicosis?
Dudo.
144
–Es posible.
–¿Por la literalidad con que utilizaba las palabras?
–Exacto.
Piensa antes de preguntar.
–¿Y qué pasa en esos casos en los que esa literalidad toma la
fuerza de un mandato?
–No entiendo.
–Vuelvo a Herzog.
–¿Qué pasa con él? –pregunto.
–Como sabe, además de cineasta era un gran escritor. En uno
de sus libros, El crepúsculo del mundo, cuenta la historia real de
Hiroo Onoda, un soldado japonés que durante la Segunda Guerra
Mundial fue enviado a la isla filipina de Lubang con la misión de
resistir a los estadounidenses a toda costa. Treinta años después,
en 1974, Norio Suzuki, un aventurero japonés bastante
excéntrico, viajó a Lubang en busca de tres cosas. Según sus
propias palabras, quería encontrar un panda, al abominable
hombre de las nieves, y al teniente Onoda.
–¿Y cómo le fue? –interrogo.
–Con las dos primeras, no lo sé. Pero sí halló a Onoda. Aunque
se topó con un problema.
–¿Cuál?
–Que él no sabía que Japón se había rendido hacía tres
décadas. ¿Entiende? Onoda pensaba que la guerra no había
terminado y seguía custodiando la isla, como se lo habían
ordenado.
–¿Lo dice en serio?
–Totalmente –abre el libro y busca una página–. Cuando
Suzuki lo tuvo enfrente, se dio este diálogo:
145
Suzuki se mantiene firme.
–Verá, teniente. La mayor base naval de Estados Unidos está
ubicada en el Pacífico, en la bahía de Súbic. Es donde recalan todos
los buques de guerra.
146
–Ya le dije que, para nosotros, hablantes, la verdad siempre
está en duda. Esos folletos y mensajes eran un lenguaje en el que
no podía creer. Necesitaba la voz de su superior. La voz del Otro.
–Según Herzog, Onoda no estaba loco.
–¿Era un héroe, entonces?
–Tampoco. Era apenas un hombre que encontró en esa orden
de resistir un sentido para su existencia. Un lugar que le daba una
identidad en el mundo. Por eso volvió a Japón con el honor del
deber cumplido. Y vivió con orgullo hasta enero de 2014, cuando
falleció a los noventa y un años –me mira–. ¿En qué se quedó
pensando?
–En estos solitarios de los que hemos hablado. Kaspar Hauser
fue encerrado en una celda, Chance en un jardín, y Onoda en una
isla. Todos pasaron años casi sin contacto con ningún otro
humano, aunque por motivos diferentes. Kaspar fue víctima de
una soledad impuesta por otros. Onoda, en cambio, se
autoimpuso su soledad para cumplir un propósito. Un mandato.
Una Palabra –Significante– que no logró conmover.
–¿Y Chance? –me interroga.
–Tal vez haya sido víctima de la más cruel de las soledades,
porque quedó atrapado en un mundo de lenguaje que no podía
compartir.
–Ninguno de los tres podía hacerlo. A su manera, todos
estaban exiliados. Aunque no es necesario ir a esos extremos para
vivir la experiencia.
–¿Por qué lo dice?
Por toda respuesta se pone de pie, va a la biblioteca y toma
uno de mis libros: El precio de la pasión.
–Escúchese –me dice, y lee:
147
Anteo habitaba en la región de Libia y, sabiéndose un guerrero
invencible, obligaba a todo el que quisiera atravesar sus dominios a
luchar contra él. […] Al parecer, Anteo tenía un secreto que lo hacía
invulnerable. Pero, cierta vez, Heracles, el Hércules de los romanos,
tuvo que atravesar Libia cuando se dirigía en busca de las manzanas
de oro y, como todos los viajeros, debió aceptar el desafío del
gigante.
Luego de una lucha tremenda, el héroe logró derribarlo tres
veces. Sin embargo, cuando lo creía vencido, Anteo se ponía de pie
con más fuerzas que antes y reiniciaba la batalla con más bríos.
Hasta que, por fin, Heracles comprendió. Anteo era hijo de Gea, por
eso, cada vez que caía al suelo, su madre, la tierra, lo abrazaba y
reanimaba sus fuerzas. Entonces, Heracles lo levantó sobre sus
hombros para impedir que recibiera el aliento de su madre y de esa
manera lo ahogó hasta matarlo.
No deja de conmoverme la relación profunda que los griegos
establecían con su tierra…
148
–¿Se da cuenta? –continúo–. Después de tantos años había
olvidado hasta el nombre de la pizza que tanto le gustaba.
Osvaldo es de acá y, al mismo tiempo, no lo es. Y pelea contra la
memoria, o contra el olvido, intentando recuperar su ser.
149
nunca entendió cómo podía existir Buenos Aires sin Borges.
Asiente.
–En ese mismo libro usted escribió acerca de una anécdota de
Don Atahualpa Yupanqui. Contó que cuando era un chico, el
artista estaba sentado en una ronda de paisanos y en un
momento, uno de ellos le preguntó a otro:
150
ENTRE DICHOS Y DECIRES
151
El trabajo de análisis pretende llegar al nivel de la enunciación.
Ir más allá del enunciado para develar las motivaciones
inconscientes del hablante. Lacan dijo que toda persona tiene
derecho a ser escuchada más allá de lo que dice. Así señala que
cada discurso contiene más de lo aparente; que lo dicho
representa apenas una parte del $ujeto.
Para acceder a ese territorio oculto, el analista se enfoca en las
grietas que presenta la punta del iceberg; detalles que parecen
insignificantes –pausas, ambivalencias, dudas– en busca del
sentido escondido que asoma en un lapsus, un sueño, un síntoma,
un chiste o un acto fallido.
152
Mi mamá y yo nos mudábamos. Alquilábamos una casa juntas y
estábamos solas. Era un momento maravilloso, yo estaba re feliz.
Pero cuando nos vamos a la cama, antes de dormirme, me
sobresalto. (Hace silencio). Entonces, le pregunto: ¿Mamá, esta casa
será segura?
Ella me dice que me fije.
Me levanto, voy hasta la ventana y me doy cuenta de que tiene
cadenas fuertes.
Más tranquila, vuelvo a mi cama y me duermo.
153
Le pregunto cómo se percibe hoy.
–Mejor. Me esforcé mucho para convertirme en una mujer
atractiva. Siento que ahora sí les gusto a los hombres –responde–.
Lo sé porque muchos me invitan a salir.
–¿Y por qué no aceptás?
Se toma unos segundos.
–Porque tengo miedo.
–¿A qué?
–A que no funcione. A quedarme sola otra vez.
Le señalo la falacia que esconde su razonamiento: padece su
soledad, pero se niega a intentar una pareja por temor a
quedarse sola.
Aquel sueño dio un giro al tratamiento. A partir de entonces,
trabajamos para que entendiera que su miedo a “los hombres”
tenía una raíz más profunda. Empezamos por el comienzo. No
necesitaba que desaparecieran sus hermanos para tener un
vínculo con su madre. Sólo debía vencer su temor a ser rechazada
y animarse a proponerlo.
Lo hizo. Poco después, realizaron un viaje juntas por Europa.
Hablaron mucho, repasaron la historia, se acercaron y
compartieron intimidades que desconocían. Al regreso, Griselda se
mostró feliz.
–Estaba equivocada. Mi mamá me quiere. Me lo dijo. Y me di
cuenta de que tengo mucho para darle.
–¿Y a un hombre?
–¿Qué pasa con eso? –pregunta asombrada.
–¿Qué tenés para darle a un hombre?
–No lo sé…
Ese fue el próximo desafío que enfrentamos.
Al tiempo, ya más tranquila, pudo acercarse a sus hermanos y
disfrutar de la familia que sí tenía. Se arrepintió de no haberlo
intentado antes, cuando su padre vivía.
–Quizás podría haber tenido un vínculo más lindo con él –dijo.
No respondí.
Es una duda con la que deberá aprender a vivir. La vida no
siempre da revancha. Los síntomas tienen un costo y Griselda
estaba sufriendo el precio de los actos e inhibiciones del pasado.
154
–Aunque tu padre y tus hermanos no son los únicos hombres
del mundo, ¿no?
–Ya lo sé…
–¿Entonces?
–Vos me preguntaste si tenía algo para darles –piensa–.
Entendí que a mis hermanos, sí. Y no sólo lo material. Pero al
resto…
Entiendo.
Más allá del enunciado, su enunciación expone el temor a lo
real: el enigma de la sexualidad. ¿Será deseable para un hombre?
¿Sabrá cómo construir un vínculo de amor? Dudas que todos
tenemos. Miedos inconscientes que a veces sostienen soledades a
las que no les encontramos sentido.
Le señalo su temor a no tener nada valioso para darle a un
hombre, y sugiero que tal vez por eso jamás pudo ponerse en la
situación de ser “la oficial”. Le aclaro, también, que ese
sentimiento no apareció ahora, cuando siente que ya “es tarde
para ser elegida porque está grande y es probable que no pueda
tener hijos”. Por el contrario, es algo que siente desde hace
mucho tiempo. Desde aquellos juegos infantiles en que pensaba
que sus compañeros se reían de ella. Desde que prefería creer
que su padre “no existía” a arriesgarse a comprobar si la amaba.
Desde sus repetidas elecciones de hombres comprometidos que le
garantizaban un lugar secundario. Inhibiciones y síntomas que,
como las cadenas de su sueño, la mantuvieron en una seguridad
dolorosa y solitaria. De ahí provenía la obsesión por su madre. Era
el único vínculo que imaginaba que podía sostener. Por eso se
aferró a ella y dejó afuera a todos los hombres posibles de su
vida. Por temor al rechazo.
En aquel momento sospeché que era posible que esos
rechazos actualizaran la frustración de no haberse sentido amada
por su padre. Pero interrumpimos el tratamiento antes de poder
avanzar sobre ese tema.
155
OFRENDAS Y LLANTOS
156
Solemos utilizar la palabra “infante” para referirnos a los niños.
El término proviene del latín «infans» y significa: «que no habla».
Pero eso no implica que esté fuera del lenguaje. No importa la
edad que tenga, incluso si ha nacido o es apenas un sueño de sus
padres, un motivo de conversación. Al llegar a la vida, el $ujeto es
recibido por deseos, esperanzas, o miedos ajenos a los que
deberá responder como pueda. También por un lenguaje que lo
antecede y se apropia de él.
En Historias de Cronopios y de Famas, Julio Cortázar escribió
las instrucciones para darle cuerda a un reloj.
Dice Cortázar:
157
importancia. La dejaríamos pasar y la persona completaría el
sentido voluntario de su frase. En cambio, en el marco de un
análisis, interrumpimos al paciente y señalamos que se trata de
un lapsus que entorpeció el enunciado y generó una grieta por la
que pueden filtrarse otros decires. Una experiencia que abrió la
puerta a una enunciación diferente.
Así, el lapsus quiebra la voluntad del hablante y devela que no
tiene potestad sobre su decir. Que somos un regalo para que el
lenguaje exprese algo más allá de nuestras intenciones. Algo que
ignoramos. Algo que habita en esa soledad de los decires
inconscientes. En la soledad del goce que nos recorre.
La palabra nos aliena. Por eso, siempre habrá una parte de
nosotros que estará sola. Que a veces aparece, y otras se oculta.
Que es y no es de nosotros. Una parte marginada, solitaria,
inalcanzable. Mr. Hyde. Y de este lado, también nosotros. También
solos. Intentando palabras que no alcanzan a develar quiénes
somos, o qué deseamos.
¿Cómo expresar el vacío, la soledad que se siente cuando
muere un ser que amamos?
El hablante no tiene otra manera de comunicar sus emociones
más que con palabras. Sin embargo, ninguna de esas palabras
puede abarcar un sentimiento de dolor tan profundo. Por eso el
llanto que, como el lapsus, expone algo que proviene de un vacío
sin voz.
Dice Guillaume Le Blanc:
158
El llanto es el amo, un resabio de la infancia, un resto de esa
época en que, ante la ausencia de palabras, fue la única
herramienta para comunicar un dolor, pedir alimento, o rogar
amor. Como el grito o el silencio, el llanto reaparece cuando la
palabra se quiebra. Cuando ya ni siquiera se puede hablar.
Entonces, llegan estas otras formas del lenguaje, también
Significantes. Porque representan a ese $ujeto desgarrado en
silencios, llantos o gritos que imprimen un plus, “algo más” a la
palabra. Porque transmiten un poco de lo que no puede decirse y
recuperan “algo” de ese goce innombrable.
Pienso en “El Grito”, la famosa pintura de Edvard Munch. En
esa figura desesperada en medio de un infierno onírico, y en su
alarido sin palabras soltado al viento con los oídos tapados. Y en
el «Guernica». El mural que descubrí una mañana en el museo
Reina Sofía. Recuerdo que subí las escaleras distraído, sin saber
qué esperar. Y de pronto me encontré frente a esa obra
majestuosa de Pablo Picasso. Y enmudecí. Y escuché las bombas.
Y el llanto desgarrador de una madre que lleva en brazos el
cuerpo de su hijo muerto.
El grito es la forma más primitiva del lenguaje humano. La que
nos liga de modo directo a la emoción. El límite entre la palabra y
lo indecible. Una manera de nombrar lo que no puede nombrarse.
Un desgarro solitario.
Cuando mi hija tenía un año, pasé un mes en la sala de terapia
intensiva infantil. Y hay algo que jamás pude borrar de mi
memoria: el grito desesperado de las madres cuando les
informaban que sus hijos habían muerto.
El grito es el intento de encontrar un sonido que nombre el
horror. Fracasa, pero se acerca tanto. El grito de la obra de
Munch, del «Guernica» de Picasso, son gritos pintados, pero se
escuchan. Pinturas que intentan alcanzar una palabra inexistente.
Búsquedas simbólicas de arañar lo real.
Recuerdo las sirenas policiales que solía oír en la adolescencia.
En ese momento, una sirena era el sonido de la tortura y de la
muerte. También era el lenguaje que golpeaba y hería el cuerpo.
Como hiere el llanto de un padre que no puede alimentar a sus
hijos o de esas madres que se han quedado sin ellos. Y que, a
159
veces, gritan en una protesta masiva o en soledad. A toda voz, o
en silencio. Gritos que hay que escuchar y respetar.
Asistimos a un tiempo de gritos devaluados.
Deberíamos abstenernos de banalizar una expresión tan
genuina. Dejar que sea ese límite que procura transmitir algo de
lo imposible. El grito no es el derecho de quien se enoja con su
pareja por algo que olvidará al día siguiente. Ni de un cliente
irritado porque no le dieron lo que espera. Ni del discurso mentido
desde una barricada política. El grito es el derecho de ese padre
que no puede alimentar a su hijo, de la madre del Guernica, del
prisionero de Auschwitz. También, de aquellos que no soportan el
dolor del abandono, de los que se quedan sin palabras frente al
horror, la muerte, el desamor, o la humillación. De los que pierden
la dignidad. Y así, lo pierden todo.
Por suerte, también hay soledades acompañadas.
160
–¿Y dónde querés que esté?
161
La lengua es un sistema compartido por los hablantes, un código
que tiene sus reglas particulares. Por ejemplo, el idioma español.
El habla es el uso individual que cada $ujeto hace de esa lengua.
El modo particular en que nos apropiamos de las palabras y las
ponemos en juego en nuestro discurso.
EL SIGNO
El signo lingüístico se compone de dos partes: el significado y el
significante.
162
esa palabra, “cama”, represente a ese objeto. Es sólo una
convención entre los hablantes, como lo demuestra que en otros
idiomas se utilicen palabras diferentes para aludir a los mismos
objetos. En este caso, en inglés usaríamos “bed”, y en francés
“lit”.
Hay países donde, al contrario de lo que ocurre en Occidente,
mover la cabeza de un lado a otro significa “sí”. Y hasta podríamos
imaginar que una sociedad decidiera que la luz roja señale que se
puede avanzar y la verde obligue a detenerse.
Sin embargo, esa arbitrariedad no implica que una persona
pueda elegir caprichosamente un sonido cualquiera para nombrar
un objeto. Si alguien señalara una cama y dijera que ese objeto se
llama “perro”, dudaríamos de sus capacidades cognitivas o su
salud mental. Porque no es el hablante sino el conjunto social
quien establece el Significante.
También hay códigos familiares. Palabras o dichos que sólo
comprenden sus miembros y que remiten a vivencias o anécdotas
transmitidas de generación en generación.
Antonio, el padre de “El Turco”, solía visitar todos los días a un
amigo que trabajaba en una carnicería para compartir el mate de
la mañana. La pava en que calentaba el agua estaba engrasada
por la manipulación que el hombre hacía mientras tocaba la carne.
Antonio protestaba y decía que algún día iba a lavarla, y su amigo
respondía: “no lavés la pava, Tano”.
Un día, Antonio decidió lavar la pava antes de cargarla con
agua. Y de inmediato esa pava se transformó en una regadera. Al
parecer, la grasa acumulada durante tanto tiempo tapaba los
agujeros que los años habían producido. Antonio miró a su amigo
con asombro. El carnicero hizo un gesto (signo) que reafirmó con
palabras: “Te dije, Tano. No lavés la pava”.
A partir de ese momento, y luego de que me contara la
anécdota, para mi amigo y para mí esa frase se convirtió en un
Significante que quería decir: “Dejá las cosas como están”. “No
busques problemas”.
Y durante muchas madrugadas, ante mi insistencia en
profundizar ciertos temas, El Turco me dijo: “Gabriel, no lavés la
pava”.
163
Por otro lado, algo importante: el valor de un signo no está
determinado más que por su diferencia con otros signos. La luz
roja encuentra su valor por oposición a la verde. Alto a bajo, lejos
a cerca.
EL SIGNIFICANTE… O LA PALABRA
164
chico. Sólo recuerda el olor de la colonia que usaba después de
afeitarse.
–Es lo único que me guardé de él. El olor que tenía cuando me
daba un beso antes de ir a trabajar.
Un cáncer de pulmón puso fin a su vida cuando apenas había
cumplido cuarenta y dos años. Desde entonces, su mujer, Elisa, se
encargó del cuidado y la educación de Marcelo.
–Casi ni la veía –cuenta en una sesión–. Mamá me levantaba
muy temprano, me bañaba en el fuentón, tirándome agua tibia
con un jarrito, después me vestía, me daba el desayuno y me
llevaba al colegio. Yo iba a doble turno, lo que en aquella época
no era común. Por la tarde, doña Nelly, la mamá de un
compañero, me llevaba a su casa hasta que mi vieja me buscaba
a eso de las ocho. Cansada. Entonces, pasábamos por el almacén
de la esquina y compraba algo para hacer la cena… –se
interrumpe.
–¿En qué te quedaste pensando?
–En cómo trataba de convencerme para que eligiera comer lo
que ella podía comprar ese día –sonríe e imita la voz de su
madre–: “Hoy está lindo para comer unos fideítos, ¿no?”.
Marcelo habla de la madre con cariño y también con recelo.
–Siempre fue muy dura conmigo. Yo era un chico. A veces
cometía alguna travesura. Y ella me reprendía mal. Ni te cuento si
me quedaba haciendo fiaca.
–Mejor, contame.
Asiente.
–Entraba al cuarto y me gritaba: “A estudiar... Vamos,
levantate”.
–Y vos, ¿qué hacías? –le pregunto.
–¿Y qué iba a hacer? Me levantaba. Si no, era capaz de
matarme.
–¿No será mucho? –sonrío.
–Bueno… es una forma de decir.
“Una forma de decir”. Lo que todo paciente argumenta cuando
las palabras lo sorprenden y se escucha decir otra cosa de lo que
pretendía.
Elisa había sido una madre dura. Ante la ausencia a que la
obligaban sus dos trabajos, intentó que Marcelo incorporara la
165
responsabilidad desde muy chico. Por eso era tan exigente. Y él la
imaginó insensible. Hasta aquel día en que, en medio de una
discusión, Marcelo le gritó: “No te metas más en mi vida. Dejame
en paz. Siempre me dejaste solo. No te vengas a ocupar de mí
ahora que soy grande… porque, sabés, ¿qué? Yo fui un buen hijo.
Vos no podés decir lo mismo como madre”.
–Y ella, ¿cómo reaccionó?
–No dijo nada. Me miró con un dolor que jamás le había visto
antes, ni siquiera cuando murió mi padre y ella debió enfrentar la
vida como pudo. Esa mirada me atravesó el alma. Y recién
entonces la vi.
–¿Qué viste? –pregunto.
–A ella… de joven. Trabajando hasta los fines de semana para
que no me faltara nada. Inventando bocaditos para mi
cumpleaños con cosas que ponía sobre las galletitas de agua, que
era lo único que podía comprar. Y el sacrificio que hizo para
pagarme el viaje de egresados cuando terminé la secundaria –se
detiene–. ¿Vos sabés lo cara que es la carrera de odontología?
–Sí.
–Bueno. Tomó un trabajo más, cuidando a una anciana del
barrio para que yo pudiera estudiar tranquilo. Pero como no
alcanzaba, vendió unas joyas que eran de mi abuela. “Total, yo
nunca las uso”, dijo. ¿Entendés? Mi vieja hizo todo por mí. Y yo le
dije eso… que había sido una mala madre –llora–. ¿Qué hice?...
¿Qué hice?
Marcelo no puede con el dolor que le genera haberla herido de
esa forma. La madre había estado toda la vida pendiente de él.
Trabajando, casi sin dormir, sin fines de semana libres, para que
su hijo pudiera comer, salir, viajar con amigos y alcanzar su sueño
de ser odontólogo.
Pero en este momento, el que está en mi diván no es el Doctor
Menéndez. Es Marcelo. Un paciente angustiado. Un hijo que siente
la culpa por haber lastimado a su madre. Y así como aquel
perfume era el Significante que representaba al padre, hoy su
madre cabe en la angustia de una mirada. Y él, en el llanto que es
la única respuesta que encuentra a una pregunta que lo deja solo:
“¿Qué hice?”.
166
A veces, cuando no hay palabras y nos quedamos solos,
aparece La Palabra. Como esa mirada que transmitió un dolor
imposible de ser dicho y que Marcelo comprendió más que con
cualquier discurso.
GUERRA Y PAZ
167
comunican. Pero, ¿alguien ha visto a una abeja que mienta en su
vuelo para reírse de que sus compañeras de colmena vayan a
buscar néctar a un lugar equivocado?
No sólo somos humanos porque hablamos.
Somos humanos porque mentimos.
En su libro Sapiens, Yuval Harari se pregunta por qué, entre
todas las especies, Homo Sapiens maneja el mundo. ¿Es la que
tiene más fuerza? ¿La que vuela más alto? ¿La que corre más
rápido? ¿La de dientes más filosos o garras más poderosas? No.
Pero pertenecemos a una especie capaz de hacer alianzas por
creer en mentiras comunes.
Hay un cuento fantástico de Leopoldo Lugones: “Yzur”. El
autor escribió:
168
sólo quiere cenar? No. Nos estamos mintiendo. Nos seducimos y
utilizamos la palabra para sugerir algo que quizás jamás podamos
decir. Y algo de nosotros queda escondido. Solo. Para siempre.
169
socialistas. Estudió medicina y se especializó en neurología y
psiquiatría. Desde 1933 hasta 1937, trabajó en el Hospital General
de Viena y luego ejerció la psiquiatría de manera privada. Aunque
en el período 1940-1942, dirigió el departamento de neurología en
el Hospital Rothschild, único centro en Viena que admitía
pacientes judíos.
En septiembre de 1942, Frankl, su esposa y sus padres fueron
deportados a Theresienstadt, un campo de concentración cerca de
Praga.
Lo conozco.
El viaje que me acercó a Kafka también me llevó hasta ese
lugar donde fueron encerrados niños judíos. Todavía se conservan
algunos de sus dibujos. Imágenes que, como “El Grito” o “El
Guernica”, son Palabra no dicha que comunica el espanto y
representa el sufrimiento de aquellas personas que quedaron
solas ante el horror.
En los años que siguieron, Frankl sobrevivió a cuatro campos
de concentración, incluyendo Auschwitz. En medio de aquella
barbarie perdió a sus padres, su esposa, su hermano, su cuñada y
a muchos amigos. Y se quedó solo, como los niños.
Al ser liberado intentó averiguar el destino de sus familiares,
pero no tuvo éxito. Más tarde regresó a Viena, donde trabajó
como jefe del Departamento de Neurología durante veinticinco
años. Fue, además, profesor de psiquiatría en la Universidad.
Por su labor obtuvo muchos reconocimientos, entre ellos,
veintinueve doctorados honoris causa, y dejó un legado muy
importante en el campo de la psicología.
Su obra más importante es El hombre en busca de sentido. Un
texto que ha trascendido el ámbito académico e incluso es
utilizado como material de estudio en escuelas de teatro.
En ese libro, Viktor Frankl confiesa que extrañaba mucho la
soledad. La intimidad que resultaba imposible en los campos de
exterminio.
170
traslado a uno de los llamados «campos de reposo», tuve la increíble
fortuna de encontrar, de vez en cuando, cinco minutos de soledad.
Detrás del barracón en el que trabajaba y donde se hacinaban, sobre
un suelo de tierra, unos cincuenta pacientes delirantes, había un
lugar tranquilo junto a la doble alambrada que rodeaba el campo.
Una tienda improvisada con unos postes y ramas de árbol servía de
cobertizo para guarecer a unos seis cadáveres (la media diaria de
muertes en el campo). Había al lado, además, un pozo, por el que se
accedía a las tuberías de la conducción del agua, cubierto con una
tapa de madera. Si no me reclamaban, aprovechaba para sentarme
en cuclillas sobre esta tapadera y contemplar el florecer de las
verdes laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro,
enmarcadas por las alambradas de espino. La melancolía me vencía
y mis pensamientos vagaban hacia el norte y el nordeste, en la
ansiada dirección de mi hogar, aunque solo podía ver nubes. No me
perturbaban los cadáveres tendidos a mi lado, hormigueantes de
piojos. Lo único que me despertaba de mis ensueños eran las
inquietantes pisadas de los guardias, o el aviso de la enfermería para
recoger un suministro de medicinas para mi barracón –cinco o quizá
diez tabletas de aspirina para varios días y cincuenta pacientes–. Las
recogía y hacía mi ronda tomando el pulso a los pacientes y
administrando media tableta de aspirina en los casos graves. Los
desahuciados no recibían ningún medicamento. No les habría servido
de nada y se lo privarían a los enfermos que tenían alguna
esperanza de curación. Para los pacientes leves solo tenía palabras
de aliento. Y esa visita, paciente a paciente, la hacía casi
arrastrándome, pues yo mismo estaba débil y exhausto,
convaleciente de un fuerte ataque de tifus. Terminada la ronda,
volvía a sentarme sobre la tapadera del pozo, mi lugar solitario. Por
cierto, ese pozo salvó en una ocasión la vida de tres compañeros.
Poco antes de la liberación, las autoridades del Lager organizaron
transportes masivos al campo de Dachau. Sensatamente, tres
compañeros procuraron evitar el viaje. Se metieron en el pozo y se
escondieron de los guardias. Yo me senté tranquilamente sobre la
tapa; con aire inocente, tiraba piedrecitas a la alambrada como en
un juego infantil. Un guardia reparó en mí y desconfió un momento,
pero mi actitud ingenua lo tranquilizó y siguió adelante. Más tarde
avisé a los escondidos de que lo peor ya había pasado…
171
guardias. Los muertos eran mejor compañía que sus torturadores.
Hasta que sus pasos y miradas (Significantes que los
representaban) lo regresaban al infierno.
En esa soledad, Frankl se aferró al reconocimiento para no
dejar de ser humano. Y pudo conservar su humanidad porque
hablaba. Hablaba en su fantasía con sus afectos, y también lo
hacía con los enfermos, a los que ayudaba con media tableta de
aspirina o con palabras de aliento.
Freud sostuvo que la ciencia moderna aún no ha producido un
medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas
palabras bondadosas. Jamás lo hará. Frankl lo sabía. Por eso,
volvía humanos a los enfermos al hablarles. Los reconocía como
$ujetos; de ese modo los humanizaba y tal vez los salvaba de
morir. Como a aquellos hombres por los que se jugó la vida al
sentarse sobre la tapa de madera que los ocultaba de la mirada
(Palabra) del guardia. Una mirada que resistió para protegerlos.
Esa fue su lucha por no dejar de ser un hablante. Una batalla
a la que no renunció nunca. La pelea por seguir siendo un hombre
en busca de sentido.
Cada vez vivimos más solos, sobre todo, nos pensamos solos frente
a nuestro destino individual. Cada vez percibimos menos el formar
parte integrante de un grupo o una colectividad –familiar,
profesional, ideológica–, de una comunidad. En este sentido, hemos
ganado en libertad, en mayores posibilidades de autenticidad y de
originalidad, quizá, pero al precio de una soledad mucho mayor. Nos
hemos transformado en individuos autónomos, menos sujetos a
presiones sociales que las generaciones precedentes, pero también
menos confortados por los lazos relacionales de todo tipo en los
cuales ellos se reconocían. Solos y disponibles ante la vida, solos y
despojados ante la muerte.
172
En la misma línea, para Haruki Murakami, la soledad no es sólo
la ausencia de personas. Es la ausencia de proyectos, de una vida
que tenga un propósito. Entonces, en un mundo individualista y
superficial donde todo es indiferente, ajeno y distante,
comprendemos que la verdadera soledad no es estar solo, sino
sentirse solo en un mundo que ya no tiene sentido.
173
Expuesto junto a otros esclavos en una subasta, lo adquirieron
unos terratenientes de Virginia: los Waller.
Sin entender el idioma, los signos con que se comunicaban sus
captores, fue encadenado y llevado hasta la plantación de
algodón, donde lo nombraron Toby. Pero él se negó a responder a
ese nombre. No quiso adoptar un Significante que no lo
representaba. Él era Kunta. Kunta Kinte. Portador de un linaje, de
una historia que lo hacía ser quien era y a la que no quería
renunciar.
Hasta que el conflicto desemboca en una escena angustiante.
Vemos a Kunta colgado de las muñecas por una soga. El
capataz, gozoso, toma el látigo y le pregunta cómo se llama. Él
responde: Kunta Kinte. Entonces, el hombre lo azota y vuelve a
preguntarle. La circunstancia se repite varias veces. Kunta está
cada vez más lastimado, más dolorido, más humillado. Hasta que
no aguanta tanto dolor y responde: Toby. Su voluntad ha sido
quebrada. Ha renunciado a ser un africano libre y ha aceptado su
condición de esclavo. Lo desatan y el joven queda herido en el
piso. Entonces, se acerca un esclavo viejo al que llaman “Fiddler”
(violinista), porque tocaba el violín. Con ojos llorosos lo acaricia, le
dice que no se preocupe, que no haga caso a “los blancos”, que él
siempre será Kunta Kinte.
La sangre libre que corre por sus venas lo lleva a intentar
escaparse una y otra vez. Hasta que los cazadores de esclavos lo
capturan y le dan a elegir entre cortarle el pene o el pie. Aterrado,
el joven toma la segunda opción.
Ahora tiene un pie menos. Ya no será un africano rápido y
agresivo. Ya no podrá escapar.
En esa condición, Kunta es adquirido por John Reynolds, un
amo un poco más benévolo. En la plantación conoce a Belle, con
quien se casa y tiene una hija. Un momento crucial en su historia.
Ya no querrá huir porque tienen una familia. Su Significante ya no
es Toby, el esclavo. Ahora es Kunta, el esposo, el padre. Un
hombre que no está dispuesto a renunciar a su estirpe. Por eso,
elige para su hija un nombre africano que nadie puede escuchar
antes que ella. Una noche la lleva hasta un llano, la levanta al
cielo y le dice: “Mira lo único más grande que tú”. Y le susurra al
oído su nombre: Kizzi. Una palabra que en idioma “mandinga”
174
significa: “te quedas quieta”. Y pone en juego un deseo: vas a
quedarte acá, a mi lado. No van a venderte.
Kunta ha sido designado cochero del amo. Aprovechando esa
condición, hace viajes a solas con su hija. Y en esa intimidad,
lejos de la mirada de esos otros crueles, le habla de su aldea, le
dice que nació a orillas del Camby Bolongo, le enseña algunas
palabras en africano y le transmite su historia, lo que hace de
Kizzi una guerrera orgullosa de su origen.
Años después, las circunstancias hacen que el amo Reynolds
venda a Kizzi a un hombre que la viola, con quien tendrá un hijo.
Ella quiere que su hijo, George, sepa quién es y de dónde viene.
Entonces, le repite como un cuento las historias que su padre le
contaba. Algo que George hará también con sus hijos. Y ellos con
su descendencia.
De ese modo, la historia atravesó generaciones hasta llegar al
periodista Alex Halley, quien fue elegido para escribir la biografía
de Malcolm X, defensor de los derechos y libertades de los
afroamericanos.
Una noche, mientras Alex comparte un momento con una de
sus primas, la mujer le pregunta por qué ese hombre se llama X.
El escritor le responde que lo eligió a modo de protesta, porque
ninguna persona negra en los Estados Unidos conoce su
verdadero nombre, dado que todas llevan el apellido de sus
antiguos amos. Para su sorpresa, la prima le responde que eso les
pasará a los demás, porque ellos sí tienen un nombre propio (un
Significante que los representa). Ellos son Kinte.
Alex le pide que le recuerde las historias familiares acerca del
viejo africano. Así, hablan del río Camby Bolongo, del instrumento
musical Ko, y de otros detalles que recordaban de los relatos de
sus padres y abuelos. Y un deseo se apropia de aquel hombre:
encontrar sus raíces.
Con esos pocos datos y luego de una larga investigación, llega
hasta la aldea de Jufure, donde se encontraba un “griot”, un
transmisor oral de la historia de los clanes. Este, en particular, del
clan Kinte.
El inconveniente es que los griots cuentan la historia desde el
comienzo mismo de esos clanes.
175
Luego de horas, hastiado de escuchar un relato similar al
génesis bíblico, Alex escucha cómo Omoro y Binta Kinte tuvieron
un hijo, Kunta, que salió al bosque en busca de un tronco para
hacer un tambor para su hermano y nunca más volvieron a verlo.
Con el corazón acelerado el hombre le pide al griot que lo
repita. Hasta que con los ojos llenos de lágrimas se pone de pie y
grita: “¡Te encontré… viejo africano, te encontré!”.
Así, Alex Halley y su familia recuperaron su historia.
Una historia que resistió el látigo y la tortura a partir de una
Palabra: Kinte.
Porque el nombre no es una palabra cualquiera. Es un
Significante que eligieron otros –por lo general nuestros padres– y
nos acompañará toda la vida. Así, Dolores, Ángel, Soledad, Zoe
(vida), Martirio, Patricio (padre) o Alma, son Significantes que
dirán quiénes somos y qué se esperaba de nosotros. Una Palabra
de la cual debemos apropiarnos hasta volverla carne. Una Palabra
que puede torcer nuestra vida en favor del sufrimiento, o
invitarnos a jugar nuestro deseo más allá de los mandatos.
SOLEDADES IRRECONOCIBLES
Dijimos que un árbol que cae sólo hace ruido si hay alguien para
escucharlo.
No ser escuchados nos condena a la inexistencia. Por eso los
solitarios requieren presencias que les permitan conservar su
humanidad. Como “Viernes”, el nativo que Robinson Crusoe salvó
de los caníbales y que a partir de ese momento se transformó en
su compañero de “palabra”. O como “Wilson”, la pelota de vóleibol
que Chuck Noland (el náufrago interpretado por Tom Hanks)
176
convierte en su acompañante durante los cuatro años de
aislamiento en una isla desierta. Con su sangre, Chuck pintó un
rostro en la pelota. Tal vez porque intuyó que si no tenía con
quién hablar se volvería loco.
Hay delirios que, paradójicamente, nos salvan de la locura. Y
no sólo en la ficción.
Se había ido. Yo estaba solo en la balsa y las luces del puerto eran
los primeros rayos del sol.
177
reconocimiento que necesitaba para resistir. Ahora, fue la Luna
quien le dijo: “No te rindas. Te estoy mirando”.
Nadie puede vivir sin el otro de la palabra. Y a veces, cuando
esa palabra no llega, se inventa. Aunque no hacen falta naufragios
reales para convocar alucinaciones o delirios que contengan el
dolor de estar solo.
178
desacredita los dichos de su amiga y espera una confesión de
amor.
179
Sólo uno de los cuatro Evangelios describe el grito de Jesús en
la cruz.
180
Tiene razón Kierkegaard. Porque la angustia anuncia un
sufrimiento que acecha. En cambio, el dolor aparece cuando el
impacto ya ha sucedido y algo se ha quebrado dentro de
nosotros. Es grito e incomprensión: “Padre, ¿Por qué me has
abandonado?”.
Conozco bien esas sensaciones.
En el consultorio trabajo con la angustia, la antesala de
dolores por venir. Escenarios por las que todavía puedo hacer
algo. También con el dolor que me convoca a escuchar los gritos.
Y el silencio.
Ninguno lo hizo.
Pero quiero señalar un momento casi perdido de esa gran
escena, donde Jesús está sentado en el piso y mientras traen a la
adúltera para que la juzgue, escribe algo sobre la tierra. Sí, está
escribiendo en el suelo. La Biblia no dice qué. Hasta que de
pronto, lo borra. Y no sabemos qué escribió. ¿Qué pensó antes de
pronunciar su famoso “quien esté libre de pecado que arroje la
primera piedra”? ¿Qué pasó por su mente?
Es imponente el silencio de esa palabra escrita. La soledad de
Cristo, y de aquel texto que decidió no compartir con nadie por
toda la eternidad.
181
Pilatos intenta el diálogo hasta que Cristo le expresa que ha
venido a traer la verdad. Entonces, el prefecto romano le
cuestiona: ¿Y qué es la verdad?
Y aparece otra vez el silencio. Uno de los más tremendos de la
humanidad.
¿Qué significa ese silencio?
Significa que la verdad no puede traducirse en palabras. Que
el hablante está condenado a asumir una falta, un
desconocimiento. Algo que no sabrá nunca. Un vacío que a veces
cabe en una emoción –la de Olga–, en un dibujo –los de Picasso y
Munch–, en un sueño –el de Griselda–, o en una angustia –la de
Manuel–. Intentos de horadar la soledad de ese vacío silencioso.
Octavio Paz señaló que todo silencio humano contiene una
palabra.
Palabras, palabras, palabras, dijo Hamlet. Es lo único que
tenemos. En rey Lear, uno de sus personajes, Edgar, afirma que
no hemos llegado a lo peor mientras todavía podamos decir: esto
es lo peor. Así, Shakespeare señala que el abismo, la
desesperación, la Soledad con mayúsculas, sólo aparece cuando
nos quedamos sin palabras.
Por suerte, casi siempre podemos decir algo. A veces para
mejorar una situación, otras para arruinarla. Los árabes
sostuvieron que la palabra sólo es necesaria cuando lo que se va a
decir es mejor que el silencio. Otros, que hablar cuando se debe
callar es tan pernicioso como callar cuando se debe hablar.
Frases que denotan la soledad del hablante. La dificultad que
aparece frente a un enigma: cuándo y con quién hablar. O callar.
Estamos convocados a formar parte de un universo donde casi
todo nos importa poco, y donde no le importamos a casi nadie. Al
mundo de la charlatanería. Al ritual del bla, bla, bla, de la palabra
vacía. Esa palabra que no dice nada acerca de quiénes somos,
qué sentimos, o cuáles son las cosas por las que daríamos la vida.
Pero cada tanto aparece una palabra plena. Una Palabra que, a
pesar de nosotros, incluso en contra de nuestra voluntad, llega,
nos avasalla y grita nuestro deseo, devela nuestros miedos y
revela algo de nuestra soledad.
Es muy difícil tomar la palabra para poner en juego algo del
orden de la verdad.
182
Parejas que permanecen unidas sólo porque ninguno se animó
a pronunciar una palabra plena que diga qué le pasa. Entonces,
siguen así, juntos, solitariamente juntos. Padres que, por temor,
desconocimiento, o falta de interés, dejan a sus hijos aislados en
sus cuartos sin tener la menor idea de qué hacen, si disfrutan o
sufren. Ancianos que “para no molestar” callan su necesidad de
encuentros y abrazos.
La cercanía con la gente me ha regalado momentos que llevo
tatuados. Encuentros que me convocaron a tomar el lenguaje y
pronunciar una palabra plena.
Hace tiempo, cuando estaba terminando una charla, alguien
del público levantó la mano para hacer una pregunta. Era una
mujer de ochenta años que había venido con su hija y sus dos
nietas. Le acercamos el micrófono y con voz entrecortada dijo:
“Amo a mi familia. Necesito verlos. Pero creo que ya debería
morirme, porque no quiero ser una carga para ellos”. De
inmediato, la abrazaron y le dijeron algo que no pude escuchar,
pero imagino: palabras de reconocimiento. Porque esa mujer
eligió no preguntar. Y confesó. Su amor, su miedo, la ambivalencia
de querer seguir viviendo y la angustia de ser un peso para su
familia.
En otra ocasión, una mujer joven dijo ante quinientas
personas: “Hoy es la última salida que haré con mi hija. Me estoy
muriendo. Y vine con ella para que usted me ayude a explicarle
que tiene que soltarme, ser fuerte y aprender a vivir sin mí”.
Esas personas tomaban la palabra para hablar de soledades.
Las propias, y las de su familia. Soledades actuales y futuras.
Sufridas o temidas.
En ambos casos, después de que hablaran, se hizo un silencio
prolongado en la sala. Un silencio que respeté. Luego, les hablé
con el mayor grado de verdad que pude.
Apuesto a la palabra plena. De cualquier modo, sé que nadie
puede vivir todo el tiempo diciendo quién es o qué desea. La
charlatanería nos sostiene humanos. Hemos dicho que somos una
especie que cree en las mentiras. Somos también una especie que
habla de banalidades. No hay manera de sostener una palabra
plena constante. Si alguien pretendiera hablar sólo de cosas
183
trascendentes, nos resultaría insoportable. A veces debemos
hablar por hablar.
El mayor elogio a la charlatanería lo hace el Psicoanálisis con
lo que llamamos asociación libre. La regla fundamental. El
acuerdo por el cual el paciente se compromete a decir lo primero
que se le venga a la mente, aunque le parezca una tontería. De
esa manera, renuncia al control de su discurso, y es posible que
así, creyendo que no está diciendo nada importante, diga mucho
más de lo que piensa. Aunque siempre que hablamos decimos
más de lo que creemos. Y la charlatanería abre ese espacio donde
la conciencia se relaja y, tal vez, el Inconsciente encuentra un
resquicio por el que puede manifestarse algo de la verdad.
CONCLUSIONES KAFKIANAS
184
La palabra es nuestro límite y nuestro cielo. Es lenguaje testigo
de un encierro.
Y quizás lo más kafkiano de todo sea que Kafka escribe porque
no puede hablar, y al escribir comprende que tampoco así podrá
decir lo que quiere.
185
al vacío que hay detrás de la puerta –registro real–. Ni dioses, ni
demonios. Sólo un enigma que no puede horadarse.
De alguna manera, todos somos ese campesino que se topa
con un guardián invencible –la palabra– que nos pone un límite
infranqueable… Y así nos deja a salvo, pero solos.
186
que él admira mucho. Al entrar percibe un clima raro. La mujer
está tensa. Sin saludarlo, le extiende el libro y pregunta: “¿Qué
significa esto?”. Santiago lo abre y lee la dedicatoria: “Ojalá te
guste. Y vamos por otra noche compartida”. Levanta los ojos y
balbucea: “No sé”. Es toda su respuesta. Ella ruega: “Intentá
explicármelo”. Sin desviar la vista, él responde: “no puedo. No lo
entiendo. No conozco a esa escritora. Creeme”. Marcela baja la
cabeza. Está llorando. Luego de un rato, lo mira y dice: “Está
bien. Te creo”.
Se abrazan. Ninguno de los dos comprende lo que ha pasado.
Hasta que llega un mensaje de Augusto, el socio de Santiago, con
una foto de la dedicatoria del libro donde dice: “Ojalá te guste”. Y
un comentario: “A ver si resolvés el juego de las siete diferencias”.
Para hacerle una broma, Augusto había agregado el texto sobre la
supuesta noche compartida. Santiago mira a su mujer: “Ahora sí
puedo explicarte qué pasó”.
Esa noche, mientras la abrazaba, le agradeció que hubiese
confiado en él a pesar de una situación tan confusa.
Dos días después, cuando vino a sesión, me comentó que no
habría seguido junto a Marcela si ella no hubiera creído en él.
Porque esas circunstancias –sostuvo– son las que ponen a prueba
la fuerza de un vínculo. Esos momentos en que el amor debe
pegar un salto y pasar por encima de lo aparente.
187
Siempre me intrigó el final de ese cuento.
¿Qué dice en verdad el Guardián cuando confiesa al campesino
que aquella puerta fue creada solo para él? ¿Será una manera
descarnada de decir que nadie puede compartir el goce del otro?
¿Qué no podemos gozar juntos? ¿Esa tortura del enamorado que
se desespera por saber qué hay detrás de la puerta –sexual– del
amado, cuando ni siquiera puede saber qué hay detrás de su
puerta?
Tal vez. Porque ante “lo real”, cada persona debe vérselas con
sus enigmas y con sus propios goces. Y por más que esté con
alguien, se amen, se hablen y se digan algunas cosas, siempre
habrá algo que será del otro; algo intransmisible. Hay una puerta
creada para cada uno de nosotros y ni siquiera el amor permite
que podamos compartirla. Cada hablante tiene su Guardián. “Ante
la Ley” del goce, estamos solos.
188
ISLA VI
–¿Qué?
–En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y
no somos [los mismos]. ¿Le suena? Heráclito. Frase más conocida
como…
–“Nadie se baña dos veces en el mismo río” –completo.
–Exacto. Por ese motivo, cada tanto releo algunas cosas.
–Ahora entiendo. Quiere ver si cambió alguna página; si
mágicamente surge un párrafo nuevo o desaparece algún error –
bromeo.
–No se ría. Le aseguro que es así. Todo libro se completa en el
lector. Si el lector se modifica, el libro también. Es posible que una
obra contenga cosas que pasamos por alto y ahora, por
189
necesidades del alma, se vuelvan fosforescentes. O que haya
otras que resaltamos en una primera lectura y hoy nos resulten
poco importantes. Así que, ¿por qué no se sienta y me acompaña?
–Acepto la invitación con desgano–. Repasemos lo que ha escrito
y quizás nos sumergiremos en otras aguas.
Se aclara la voz, y lee:
–Interesante, ¿no?
–Sólo porque nos permite seguir hablando –le contesto.
–No es poco. Hay algo sublime en el acto de conversar. Como
si a fuerza de asociaciones fuéramos ascendiendo hacia una torre
misteriosa.
–Hoy se vino poeta.
–Puede ser. Pero, dígame: ¿qué asocia ahora con lo que le he
leído?
–Pienso en Elsa, una anciana que conocí cuando trabajaba en
el hogar. Una mujer fascinante. Tenía noventa y cinco años –
suspiro.
–¿Qué pasa?
–Yo iba dos veces por semana y cada vez dedicaba algunos
minutos para hablar con todas las internas. Menos con ella.
–¿Y eso, por qué?
–Porque no quería presionarla. La veía muy grande y me
pareció que tenía que dejarla en paz –lo freno con un ademán–.
Ya lo sé. Pero yo era demasiado joven e inexperto.
–¿Y entonces?
–Un día Elsa me mandó llamar. Entré en su habitación y la vi
por primera vez. Era hermosa. Con una mirada potente y un
aspecto delicado. Señaló el sillón que estaba al costado de su
cama. Entendí la invitación y me senté. Me miró un rato antes de
hablar.
190
–Usted trabaja acá –asentí–. Y cada vez que viene, habla con
todas… menos conmigo –hizo una pausa antes de increparme–.
¿Acaso piensa que porque soy vieja ya no tengo nada que decir?
Me sorprendió. Intenté una respuesta.
–¿Sabe qué pasa, abuela?
Me fulminó con la mirada.
–No me llame así. No soy abuela, apenas si soy vieja.
Se acomoda y me comenta.
–¡Qué carácter, la señora! Y qué enseñanza.
Asiento.
–Yo creí que al no visitarla le hacía un favor. Y en realidad la
estaba dañando. Le quitaba el derecho a hablar. Y a la soledad.
–No comprendo.
Voy hacia el escritorio y regreso con algunas hojas.
–Escuche lo que dijo el psicoanalista Vicente Palomera
Laforga:
[…] Blas Pascal señala que todas las desgracias del hombre se
derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y
solo en una habitación.
[…] En otras palabras, lo que dice Pascal es que lo que permite estar
solo es la capacidad de separarnos de aquello que hace gozar, o de
lo que excita, ya sea las actividades, los padres para los niños, los
semejantes para los mayores, pero también las fantasías y todas las
fuentes de estimulación, incluso tóxicas.
–¿Entiende?
–Más o menos –me dice.
–Palomera Laforga sugiere que no debemos confundir la
soledad con el aislamiento. Porque, al contrario de lo que
191
pudiéramos pensar, es posible que el aislamiento no sea más que
una forma de evitar la soledad.
–Es decir que quienes buscan aislarse sólo consiguen estar
menos solos que nunca.
–Así es. Porque el aislamiento llena nuestra soledad de
imágenes, deseos, sentimientos de culpa, de impotencia…
También con eso tiene que ver un análisis.
–Explíquese.
–Como escribí en La Felicidad, Lacan sugirió que el paciente de
alta deja el análisis preparado para soportar su soledad sin que le
atormente la tristeza. Aunque esa soledad siga poblada de
fantasmas, de orgasmos que emocionan y de noches angustiadas
a causa de algún amor perdido –levanta el libro y me lo muestra–.
No se ría. Le aseguro que es así. Si no me cree, pregunte a
quienes perdieron un amor. No quieren ver a nadie. Se encierran
en su casa sólo para que los invadan los recuerdos del amor
perdido. Lo sabe todo el que atraviesa un duelo. El que teme. El
que no puede tomar una decisión. Créame: no se puede estar
solo más que junto a otros. Y eso era lo que Elsa me reclamaba.
Que le diera mi compañía, mi escucha, para estar un poco más
sola. Para que los recuerdos de su vida, sus éxitos y fracasos, los
amores disfrutados y perdidos, la dejaran en paz –me conmuevo.
–¿Qué le pasa?
–Me pasa Elsa, que no me deja solo –sonrío.
–Cuénteme algo más.
Me tomo unos segundos.
–Ella no era abuela. Y tampoco había sido madre. Era la menor
de cuatro hermanos. Todos habían muerto y sus sobrinos la
visitaban únicamente para las fiestas. Es decir que estaba
condenada al ruido permanente de sus pensamientos. Excepto
cuando estaba conmigo. En esos encuentros encontraba un poco
de la soledad que necesitaba.
–¿Y cómo termina esta historia? –pregunta luego de una
pausa.
–Como suelen terminar todas. Una mañana recibí un llamado
del hogar. Elsa agonizaba. Salí corriendo.
No había nadie con ella, pero no estaba sola. Estaba sitiada
por los recuerdos. Le tomé la mano. Me agradeció con un gesto.
192
Después, cerró los ojos. Se le cayeron algunas lágrimas y al rato
dejó de respirar.
–¿Fue la primera vez que acompañó a alguien a atravesar la
puerta?
–No. Cuando tenía once años abracé a mi abuelo antes de
morir.
–Usted tiene que agradecerles a Elsa y a su abuelo –lo
interrogo con la mirada–. Esos dos viejos lo ayudaron a
prepararse para las despedidas que lo estaban esperando.
La conversación me ha movilizado. Voy hasta la cocina. Esta
vez, sin dudar, lleno una copa de vino. Regreso triste. Antes de
hablar, me mira y, como si quisiera sacarme de la emoción,
pregunta.
–¿Se acuerda de San Antonio?
–¿El de Padua? ¿El santo al que se le reza para conseguir
pareja?
–No. El otro. San Antonio Abad.
–Poco.
–Le cuento, entonces. Antonio, también conocido como San
Antonio el Grande, o San Antonio Abad, fue un monje cristiano
que nació en Egipto. Cuando tenía veinte años se retiró al
desierto. Como los ascetas, quiso alejarse de las tentaciones del
mundo y entregar su vida a Dios. Pero la soledad que deseaba era
interrumpida a cada rato por presencias espirituales y humanas.
Aun lejos del mundo, tuvo que enfrentarse con las tentaciones y
fue acosado por demonios que adoptaban distintas formas.
Leones, serpientes o bestias salvajes que lo atacaban durante la
noche.
–Imagino que, como al amigo Estrázulas, también lo habrán
visitado algunas mujeres hermosas.
–Sí. Más de una vez el demonio tomó imagen femenina para
tentar su castidad. Pero otras, las visiones eran monstruosas.
Incluso, en algunas ocasiones, la violencia física que sufría era
real. Se cuenta que los demonios lo golpearon hasta dejarlo
medio muerto. Por suerte, algunos de sus discípulos lo
encontraron a tiempo y lo llevaron hasta una iglesia.
Aunque sigo conmovido, la historia me cautiva.
–¿Y qué pasó después? –pregunto.
193
–Antonio era un hombre testarudo y volvió al mismo lugar para
enfrentarse de nuevo con los demonios. ¿Sabe qué hizo? Los
desafió a los gritos: “Aquí estoy yo, Antonio; no huyo de sus
golpes ni temo sus ataques”.
–Era valiente.
–Puede ser.
–O estaba loco.
–También. Porque para él, estas presencias no fueron sólo
visiones espirituales, sino entes absolutamente reales.
–¿Cómo las enfrentaba? –pregunto con interés.
–Con las armas que tenía: ayuno, oración y voluntad.
–Al final, ese desierto al que se había retirado en busca de
Dios, se transformó en un campo de batalla.
–Y sí… Es rara la vida. Nacemos solos, morimos solos,
padecemos una Soledad con mayúsculas, y al mismo tiempo,
parece ser que nunca podemos estar solos –ríe con sorna–. Y eso
no es todo. Con el tiempo, su fama atrajo a enfermos, curiosos, e
incluso a muchos que querían ser sus discípulos. Multitudes
acudían al desierto para verlo, pedirle consejos, o simplemente
observar al hombre que combatía a los demonios y hablaba con
Dios.
–Al diablo con su anhelo de soledad. Con perdón de la palabra
–me disculpo.
–Por eso se fue –continúa–. Primero se retiró a las afueras de
su aldea. Después se escondió en una tumba abandonada. Por
fin, cruzó el Nilo y se internó en el Desierto Oriental, donde pasó
casi veinte años sin ver a nadie. Pero, ¿sabe qué? Tampoco ahí
logró estar solo, porque los monjes lo seguían, se asentaban cerca
de él y querían imitarlo.
–Es decir que, sin proponérselo, Antonio generó toda una
comunidad junto a su soledad.
Bebo un trago más, tomo mis papeles y me levanto.
–No se vaya todavía –me interrumpe–. Sigamos conversando
un poco más. Hay algo extraño en la palabra. Nunca alcanza, pero
calma.
Se apura a buscar algo entre sus apuntes.
–Acá está.
–¿De qué se trata?
194
–De un filósofo que a usted le gusta mucho: André Comte-
Sponville. Escuche lo que dijo:
Estar aislado es estar sin contactos, sin relaciones, sin amigos, sin
amores, y eso, por supuesto, es una desgracia. Estar solo es ser uno
mismo, sin recurso a los demás, y esa es la verdad de la existencia
humana. ¿Cómo podría alguien ser otro distinto de sí mismo? ¿Cómo
podría alguien descargarnos del peso de ser nosotros mismos?
“El hombre nace solo, vive solo y muere solo”, decía Buda. ¡Eso
no quiere decir que se nazca, se viva y se muera en el aislamiento!
El nacimiento, por definición, supone una relación con el otro: la
sociedad está siempre ahí, y la intersubjetividad también, y nunca
nos abandonarán. Pero, ¿qué cambia eso en la soledad? Del mismo
modo, cuando Pascal escribe en los Pensamientos «Se muere solo»,
no quiere decir que se muere aislado.
195
esperaba. En cambio, hoy vivimos en los tiempos de “la muerte
excluida”. Nos vamos de la vida excluidos, en una sala de terapia
intensiva, llenos de cables, pero sin abrazos. Aunque también en
la antigüedad, a pesar de las palabras y las caricias, se moría solo.
–Es lo que dice Comte-Sponville:
196
–Sí. Y no. Porque la vida discurre en medio de los demás, y
aun así la soledad es una dimensión inevitable de la existencia. De
cualquier modo, es un alivio saber que cuando hay amor, la
soledad no es un vacío. Es un espacio iluminado por presencias
que, aunque tan solitarias como nosotros, siguen respirando a
nuestro lado.
197
TERCERA PARTE
198
SOLEDADES MUNDANAS
Víctor Heredia
Y fue en una de esas lecturas que me topé con una idea de Cortázar:
un hombre que caminaba por las madrugadas preguntándose qué
harían a esa hora quienes permanecían todavía con las luces de sus
casas encendidas. Cada una de esas ventanas iluminadas escondía
una historia. Posiblemente la historia de un amante, un traidor o un
suicida.
La idea me conmovió y, al levantar la vista, me pregunté en qué
pensaba esa mujer que viajaba dos asientos delante de mí. ¿Por qué
llevaba esa mirada triste… o quizás pensativa? ¿A quién iba a ver?
¿De dónde venía? ¿Cuáles eran sus sueños? ¿Cuáles sus angustias?
[…] Cuando cruzo una plaza y veo a alguien sentado solo en un
banco, cuando un hombre insulta desde la ventanilla de un auto o
una mujer lleva un bebé en sus brazos, me pregunto: ¿qué piensan?
¿Qué sienten? ¿Están donde querrían estar? ¿Están con quien
199
desean estar? ¿Es esta la vida que soñaban? Y a pesar de este
ejercicio cotidiano, el misterio permanece intacto.
[…]
200
escritos o con símbolos que suelen representar más de una cosa.
Algo que, en realidad, nos aleja cada vez más de la comunicación
y de los otros. Y nos deja solos en un mundo interconectado. Tan
solos como ese hombre de traje que pasa a mi lado y va de prisa
quién sabe adónde. Quizás, a ningún sitio. O al encuentro de una
soledad más honda todavía.
Y aparece la negación del prójimo. La desaparición del
semejante.
Según Silvia Bleichmar, la percepción del otro como semejante
es indispensable para la construcción de un sujeto ético. Quien no
ve en el otro a un semejante puede obviar su dolor sin culpa,
porque lo deshumaniza. No lo reconoce.
En uno de los apartados centrales de su libro La Crueldad,
Cynthia Wila sostiene que la indiferencia es uno de los disfraces
más comunes de la crueldad. Además, afirma que la indiferencia
produce una “cosificación” (categoría desarrollada por la filósofa
Martha Nussbaum) que implica la negativa a reconocer lo humano
en aquellos a los que se cosifica. Así, al deshumanizar al otro, se
lo puede torturar, manipular, encerrar, tratarlo como una entidad
que puede ser poseída, comprada o vendida, e incluso matarlo.
Debemos resistir la tentación de caer en esos
comportamientos crueles. O encerrarnos en una soledad a la que
somos empujados por el entorno sin poner ninguna resistencia.
Porque mientras seguimos ensimismados en el teléfono, el tiempo
–la vida– sigue su curso y nos lleva en un viaje que muchas veces
nos perdemos. Y así como antes yo me preguntaba qué sentía esa
mujer sentada en un bar o ese hombre que viajaba a mi lado en
el tren, ahora me pregunto con qué llenan su soledad. Y reparo
en el lenguaje corporal para discernir quién la llena con
preocupación, miedo o angustia; o quiénes lo hacen con deseos o
esperanzas.
Son las once de la mañana. El Parque Rivadavia está
concurrido.
Me roza un hombre. Huelo su perfume. Viste con elegancia. Es
posible que vaya a una cita. Sonríe. Está pensando. Sus palabras
le hablan.
Me detengo debajo de un ombú. Ese árbol y yo tenemos
historia. Ahí, trepaba mi hijo cuando era chico. También ahí,
201
escondí mi llanto más de una vez.
Veo a dos ancianos que conversan y a otro hombre que mira el
reloj cada treinta segundos. Está ansioso. Debe esperar a alguien
que se ha demorado. Quizás, tiene miedo de que no venga. Muy
cerca, una abuela… –aparece Elsa y me corrige– “una vieja”, da
de comer a las palomas. Más allá, un niño juega a la pelota con su
padre. A unos metros, una pareja se mira en silencio. Él espera
una respuesta. Ella esconde sus lágrimas. El tiempo es relativo y
para ellos no pasa nunca. Están decidiendo algo que puede
cambiar sus destinos. Ajenos a todo, un grupo de jóvenes
conversa de manera relajada. Algunos han traído a sus perros y
comparten un mate. Y mientras las hamacas vuelan y los
caminantes cruzan la plaza de un lado al otro, reflexiono. Si
cerraran el parque ahora mismo, el lugar contendría todas las
pasiones humanas. Están aquí. Puestas en juego en cada uno de
esos solitarios que comparten el espacio. Incluso en mí, que los
observo y me pregunto por qué los miro. ¿Por qué ocupo mi
tiempo con estos intereses? Tal vez, porque el intento de
comprender sea una buena compañía para mi soledad. Y ¿qué
veo? Dos mundos. Un mundo de solitarios que dan batalla y otro
de solitarios que se han rendido.
Una mujer se levanta de un banco, viene hacia mí y me
pregunta la hora. Le respondo. Agradece y vuelve a sentarse. Está
inquieta. Estira el tiempo todo lo que puede. No quiere volver
quien sabe adónde. Es posible que deba comunicar algo que
intuye que nadie va a entender. La observo con discreción. Parece
avergonzada. No es extraño. Todos sentimos vergüenza cuando
no supimos resolver el desafío que nos planteó la vida.
Anticipamos el juicio de los demás. Sus miradas condenatorias. Y
esa vergüenza nos deja solos de comprensión y de abrazos.
La Soledad del traicionado que se avergüenza por haber
ejercido la confianza. Y ahora debe enfrentar las críticas de
quienes ven en su mérito un acto de ingenuidad. De esos otros
que juzgan, que no son abrigo, sino dolor.
Lo muestra el tango “Infamia”:
202
Recuerdo a un paciente, Lautaro. Está a punto de casarse y
acaba de descubrir la infidelidad de su pareja, Daniel. Va a
suspender la boda. Debe hablar con su familia y sus amigos. Pero
no puede. Siente vergüenza. Le pregunto por qué, si no hizo nada
malo. Si fue leal. No hay respuesta. De todos modos, hace dos
días que no atiende el teléfono ni va al trabajo. No quiere hablar
con nadie. Y sufre aislado sin darse la oportunidad de recibir
consuelo.
Retomo mi camino pensando en las soledades avergonzadas
de los solitarios traicionados.
La vergüenza y la soledad son compañeras peligrosas.
Un adolescente está acostado sobre el pasto con los
auriculares puestos.
¿Cuánta vergüenza habrá en la soledad del adolescente? ¿En
la soledad de querer y no poder, de desear y no saber, de tener
ilusiones que van más allá de sus capacidades y estar condenado
a obediencias que considera injustas? Soledad ante el mundo que
no entiende. Soledad frente a padres que ya no transmiten
seguridad. Al menos en la niñez obedecer tenía sentido. A cambio
de esa obediencia, papá o mamá garantizaban que la vida era un
lugar seguro y que podían arreglarlo todo.
La adolescencia derriba la omnipotencia de los padres. Por
eso, el adolescente se siente solo y, como lo hizo al comienzo de
la vida, debe explorar otra vez un universo desconocido.
Se trata de una experiencia tan parecida al nacimiento –la
caída– que el psicoanalista Ricardo Rodulfo la define como “una
segunda deambulación”. Según él, no se trata de una analogía,
sino de la repetición de una encrucijada existencial. Pero esa
encrucijada que antes se ligaba al desafío de ponerse de pie,
caminar, dejar “la teta”, y al aprendizaje de un lenguaje del que el
niño debía apropiarse, ahora pone en juego en el adolescente se
liga a:
203
Aparecen la calle y la noche. Espacios nuevos, potencialmente
peligrosos, que preocupan a los adultos. ¿Dónde está? ¿A qué
hora se fue? Ya debería haber vuelto. Preguntas que los hijos
adolescentes no quieren responder, porque esa nueva distancia
con sus padres los aleja, incluso, del deseo de hablar con ellos. Se
sienten extraños en su hogar, como Gregor Samsa –el personaje
de “La metamorfosis”, de Kafka– que un día se despierta y no
reconoce su cuerpo ni está integrado a la que hasta entonces era
su familia. Esas familias que siguen preguntándose: ¿Con quiénes
se relacionan nuestros hijos? Porque ahora, en la vida de esos
hijos ha entrado en juego un elemento que será fundamental en
esta etapa: el grupo de pares. Un grupo que reemplazará a sus
padres un lugar donde los jóvenes utilizarán el mismo lenguaje,
ya sea para las risas o los enojos. Un conjunto de solitarios
asustados que se unirán para enfrentar un mundo raro donde se
sienten incomprendidos. Entonces, exploran juntos ese mundo.
Sin embargo:
204
pechos. Le pregunto si él también se desvistió. Responde que no.
Pero fumó un porro.
205
se muestra un clima de aislamiento e incomprensión que termina
con manifestaciones violentas, burlas, exclusión y homicidio.
A pesar del interés que ha despertado, no comparto la
fascinación por esta serie. No veo en ella un retrato veraz de los
adolescentes que conozco. Encuentro sí, la creencia de que el
joven “adolece” de algo, que tiene alguna falta. Como si los
adultos no las tuviéramos. La falta no es patrimonio de una etapa
evolutiva sino de nuestra condición de hablantes. Y si bien ese
cuarto cerrado a veces puede resultar riesgoso, no siempre es un
sitio infernal. Es también, el espacio íntimo donde el adolescente
explora sus nuevas pasiones, su cuerpo y sus fantasías.
206
ni falta, sino a la cualidad de estar en crecimiento, de “ir hacia”.
Por ejemplo, de la niñez hacia la adultez. Pero también de los
miedos hacia el misterio de la vida, de los mandatos hacia el
deseo propio, o de la protección del hogar hacia el desafío de la
sexualidad, el amor, o la soledad del mundo. Un mundo que, a
pesar de sus temores, el adolescente explora con valentía.
Aunque a veces, negando los riesgos. Dice Rodulfo:
207
ISLA VII
208
–Sí. Aunque se trate de un placer variado. Porque cuando
leemos no sólo conversamos con los autores. También nos
peleamos, o nos reímos con ellos.
–A lo mejor, por eso hay cierta literatura que resulta difícil –lo
interrogo con la mirada–. Los clásicos rusos o el castellano
antiguo, por ejemplo. Resultan complicados porque se nos hace
difícil conversar con ellos.
–Puede ser –dudo–. Aunque a veces son libros muy
estimulantes que nos permiten viajar en el tiempo. Y eso es
hermoso. Estoy pensando en Oscar Wilde y El Retrato de Dorian
Gray.
–Hermosa novela –comenta–. A usted le gusta mucho.
–Sí. Al leerla se ingresa a un lenguaje antiguo, muy señorial
que, sin embargo, al rato se vuelve disfrutable. Sentimos que
podemos hablar con los personajes y tenemos la certeza de que,
si tomáramos un café con Wilde, nos haría reír con sus
ocurrencias –renuncio a mi lectura y dejo el libro en la mesa–.
Pero, volviendo a su pregunta, estoy seguro de que leemos en
momentos solitarios para evitar que aparezca alguien e
interrumpa el diálogo que estamos teniendo con los personajes
que elegimos.
Me quedo en silencio.
–¿Qué pasa? –me pregunta.
–No sé si contarle.
–¿Qué cosa?
–Que durante muchos años amé un libro y elegí su compañía –
me detengo.
Suspira antes de hablar.
–¿Me cuenta o prefiere que me vaya? No quiero perturbar sus
lecturas.
Amaga a levantarse.
–Quédese –le pido–. Después de todo, hablar sobre libros y
soledades no está tan mal.
–¿Y cuál es ese libro que tanto lo acompañó?
–Demian, de Hermann Hesse. Si, como dijo Le Blanc, “nunca
somos autores de nuestros llantos”, Hesse y su universo fueron
los responsables de algunos de los llantos más fuertes de mi vida.
–Cuénteme, por favor.
209
Me reclino en mi asiento y continúo.
–Como pasa con Kafka, la soledad es protagonista en muchas
de las obras de Hesse: Siddhartha, El juego de los abalorios,
Narciso y Goldmundo… –me interrumpe.
–Y sobre todo, El lobo estepario, la historia del viejo y querido
Harry.
Asiento.
–¿Sabe? No es casual que la soledad y el dolor recorran tanto
la obra de Hesse. Él mismo padeció soledades muy dolorosas. La
muerte de su padre lo golpeó duro, su hijo Martin tuvo serios
problemas emocionales, y su primer matrimonio con María…
–¿Qué pasa con eso?
–Hesse tuvo que convivir con los ataques esquizofrénicos de
su esposa. Una enfermedad que aísla y que los dejó muy solos. A
ambos. Ella inició un tratamiento con Lang, un discípulo de Jung,
pero no sirvió de mucho.
Miro la mesa baja. Hoy no hay café, ni vino. Pero no tengo
ganas de interrumpir la charla.
–Qué vida difícil la de Hesse –continúo–. Se espantó con el
nacionalsocialismo, se radicó en Suiza, se casó otra vez, fracasó
de nuevo, y volvió a casarse.
–Insistente, el hombre –bromea–. Y esta vez, ¿cómo le fue?
–Al menos, la relación le duró hasta que murió, antes que ella,
en agosto de 1962.
-Al menos se fue a la tumba con el Nobel. Se lo dieron en
1946, si no recuerdo mal –acota–. Pero deje de dar vueltas y
cuénteme sobre Demian. ¿Por qué lo marcó tanto?
–Porque yo era adolescente. Tenía catorce años. Y de repente,
leo:
210
suceden cosas que no controlamos, que hay un mundo interior
oscuro y complicado que comanda nuestras vidas.
–Pareciera estar hablando del Inconsciente.
–Exacto –afirmo–. Empecé a leerlo con voracidad, cada frase
era un mazazo:
211
–La entrada a la sexualidad, el miedo, el retorno del
autoerotismo, el “no deseo estar acá, pero me da terror salir al
mundo”, el “no quiero que se metan en mi vida, pero tampoco
que dejen de cuidarme”.
–¿Ese es el conflicto que plantea la novela?
–Sí. Y yo la estaba leyendo a la edad de Sinclair que, a medida
que crecía, se acercaba a ese lugar penumbroso donde no hay
tragedia, pero sí un destino inexorable.
–Y otra vez Octavio Paz: “nacemos solos, morimos solos”. Pero
podemos decir que también vivimos solos. Quizás ese sea el
destino inevitable que intuyó en la novela.
–Es posible. Aunque durante la lectura comencé a pensar
también en lo complejo de la vida. Cómo basta una tontería para
que surja la tragedia.
–A ver, cuénteme –se interesa.
–En un momento aparece un personaje, Franz Kromer, que
abre la grieta entre el mundo seguro de los padres y ese otro
tenebroso. Todo empieza con una mentira. Sinclair quiere
impresionar a Kromer, le cuenta que ha robado manzanas de un
huerto. Es una invención ingenua, pero Kromer, un chico algo
mayor que él y con un carácter perverso, percibe la oportunidad
de sacar provecho y lo amenaza con denunciarlo si no le da
dinero. A partir de ese instante, Sinclair queda atrapado en una
relación de miedo y sumisión. Vive bajo la sombra de Kromer,
cumpliendo encargos humillantes, soportando burlas y amenazas.
Es un descenso a un territorio de temor y vergüenzas, que
contrasta con el “mundo luminoso” de su casa. Entonces, la vida
se convierte en un ejercicio de ocultamiento y comienza a sentir
que ha caído en un pozo sin retorno.
–Aunque usted dice que la verdad es imposible, es muy difícil
sostener una mentira –me provoca.
–Sí, porque la mentira nos deja solos. Cuando mentimos
generamos una realidad alternativa que tiene códigos distintos.
Aparece un mundo oscuro donde uno es el único que conoce la
verdad. El único responsable de ese universo plagado de
vergüenza. Entonces, el hombre valiente y sincero que queríamos
ser se pelea con el cobarde mentiroso que en realidad somos. Y
212
surge el miedo a ser descubierto y, al mismo tiempo, el deseo de
que algo ponga fin a la tortura.
–Veo que conoce el tema –ironiza–. ¿Cómo se resolvió la
cuestión?
–Con la aparición de Demian. Un nuevo compañero de escuela
que interviene de manera misteriosa. Hesse nunca revela del todo
cómo logra que Kromer se aleje para siempre. Aunque ya es
tarde. La marca ha quedado. Sinclair ya ha conocido la culpa y
sabe que es débil. No cree en el mundo luminoso que le ofrece la
familia, ni tiene el coraje de adentrarse en las sombras de lo
desconocido. Ha pecado. Fue impostor y cobarde. Además, cedió
a la mentira y al chantaje.
Me mira y comenta.
–Yo podría haber sido ese chico que para ganarse un lugar dijo
haber robado una manzana que no robó y se metió en un lío. Eso
es algo que todavía nos pasa, ¿o no?
–Sí. Todo el tiempo tenemos miedo de hablar de algo que no
es más que la mentira de haber robado una manzana, y a cada
instante nos hundimos más. Es inevitable –le clavo la mirada y
afirmo–: porque todos mentimos. Para seducir, para sacar una
ventaja, para esconder una debilidad, por miedo o vergüenza –
hago una pausa–. Es más: ¿quién no guarda algún secreto que no
desea compartir con nadie?
–¿Y qué hacemos con eso? –me pregunta.
–Callamos. O mentimos. Y así vamos construyendo nuestros
vínculos. Con silencios y con mentiras.
–Y a veces con algunas otras cosas –interrumpe–. Conozco
personas que se vinculan sólo a partir del sufrimiento. ¿Nunca le
preguntó a alguien que está en un vínculo que lo lastima por qué
no se separa? Y no lo hacen. ¿Sabe por qué? Porque también el
sufrimiento puede atarlos de una manera fatal. Le aseguro que no
es fácil salir de esas situaciones.
–Lo sé. En mi adolescencia, cuando leí Demian, me pregunté
por qué Sinclair no les contaba a sus padres que había un chico
que lo amenazaba porque había inventado el robo de una
manzana. Después de todo, no era para tanto. Pero hoy lo
entiendo.
–¿A qué se refiere?
213
–En algún momento, todos hemos sido solitarios armados de
mentiras para enfrentar el miedo.
–Hoy se vino poeta –sonríe.
Continúo sin hacer caso a su broma.
–El episodio con Kromer no es más que el comienzo, la
primera fisura en la inocencia de Sinclair, la grieta por la que entra
a ese “otro mundo” del que habla Hesse. Un mundo ambiguo. El
del beso de Celeste con aquella chica en su viaje de egresados. El
del juego de Nahuel y sus compañeros en la previa. Y aunque
Demian lo salva, también le señala que no se trata de huir de la
sombra, sino de reconocerla y aprender a convivir con ella.
–No sé si quiero un amigo así –comenta.
–Es que Demian es más que un amigo. Es un umbral que lo
incita a alejarse del ideal familiar, de los mandatos del mundo,
para ser él mismo. Por ejemplo, en una de sus conversaciones, le
plantea una interpretación muy distinta del relato bíblico de Caín y
Abel. Le dice que, en realidad, la Biblia no deja en claro que Caín
fuera un asesino, y que el crimen que cometió pudo haber sido su
capacidad de mirarse a sí mismo sin miedo y actuar según sus
deseos.
–¿Y qué hay de la marca en su frente? –me pregunta.
–Según Demian, la “marca de Caín” no era un castigo, sino un
signo que lo distinguía de los demás. Eso era lo que lo volvía tan
temido.
–Una lectura extraña, pero atractiva.
–Tanto, que rompe la idea de moral que Sinclair había
heredado de su familia. Por primera vez se plantea que a lo mejor
el bien y el mal no son categorías tan claras y que quizá, hay
personas destinadas a vivir de manera distinta, incluso si eso las
aísla del resto. Eso me hacía pensar en la marca de Guillermo, un
compañero al que burlaban por ser gay, o en la de los hippies,
esos “melenudos sucios” que se reunían a tocar la guitarra en la
esquina de mi casa, o en la del grupo de amigos “aburridos” que
preferían leer el sábado a la noche en lugar de ir a bailar.
¿Cuántas personas son condenadas sólo por ser diferentes a lo
que se espera de ellas? –le cuestiono.
–Si hablamos de adolescentes, todos, me parece.
214
–Exacto. En la novela, Sinclair advierte que Demian también
lleva esa marca invisible. Es alguien que no se deja arrastrar por
la opinión de los demás y piensa por sí mismo.
–Entonces, no se trata de una marca física.
–No. Es un rasgo, una mirada, una forma de estar en el
mundo.
–Alguna vez le escuché decir que no nos enamoramos de una
persona sino de algunos rasgos que ya amábamos desde antes de
conocerla.
–Así es. Rasgos que incorporamos en la infancia y que ahora
nos empujan al amor, para bien o para mal.
–Me hizo acordar de una zamba –dice y canturrea–:
215
…silueta de mujer, un poco masculina, parecida a su hijo, con rasgos
maternales, rasgos de sinceridad, rasgos de profunda pasión, bella y
atractiva, bella e inasequible, demonio y madre, destino y amada.
216
Y OTRA VEZ EL AMOR…
217
Susana, su pareja desde hacía tres años. Juan Carlos porta la
llama. Y sus hijos temen porque consideran que está demasiado
grande para vivir solo. “Como si en un geriátrico fuera a estar
menos solo”, me comenta. Y tiene razón.
218
Le dije que, si quería, podía venir a mi consultorio a hablar
conmigo. Le pregunté si le tenía miedo a la muerte. Me respondió
que no, pero que le gustaría resolver un tema antes de morir.
Hacía diez años que no veía a su hijo, Tito.
Lo describió como un gran muchacho, estudioso, responsable,
profesional. Un hijo ideal. Le pregunté por qué se habían
distanciado y respondió que él era culpable de eso.
Dalmiro se había negado a ir a su casamiento porque no
estaba de acuerdo con esa unión. Dijo que Ivana, la novia de su
hijo, era una buena chica, que había contenido mucho a Tito
cuando murió su mamá, Ema, pero que no era la mujer adecuada.
Prejuicios familiares.
Tocamos el tema en varias sesiones y admitió haber cometido
un error. Le señalé que en aquel momento él no lo había
comprendido, pero ahora sí, y le sugerí que llamara a su hijo para
disculparse. Me miró con miedo y preguntó si no sería tarde. Tal
vez lo era para una reconciliación, pero no para que pusiera en
palabras el amor que sentía por él y por su nieta. Porque Dalmiro
tenía una nieta de nueve años a la que espiaba todos los días
desde una esquina para verla salir de la escuela. “Es igual a Ema”,
me dijo y se conmovió.
Yo también. Ese hombre que me había conocido cuando yo era
un nene, ahora estaba frente a mí, solo. Recuerdo mi
intervención.
–A veces el amor exige trabajar para aceptar algunas
diferencias. ¿Es capaz de hacerlo para darse el gusto de abrazar a
su nieta? No se avergüence. Cometió un error, es cierto. Pero
basta. Perdónese y no se castigue más.
A la semana, me dijo que se sentía mal, que lo había perdido
todo. A su mujer se la había llevado el cáncer; a sus amigos de los
martes, el tiempo. Lo interrumpí y señalé que en el caso de su
hijo, no podía echarles la culpa al cáncer ni al tiempo. Porque Tito
estaba ahí, a la distancia de un llamado. Que tal vez fuera cierto
que no sintiera miedo ante la muerte, pero seguro que no quería
morir solo. Y no tenía por qué ser así. Tenía un hijo, una nuera y
una nieta. Había que ver si también tenía coraje.
A los tres días me contactó.
219
Me contó que a la salida de nuestra última sesión decidió
llamarlo. Tito lo reconoció al instante: “Hola, viejo…”, le dijo
conmovido.
Habían pasado diez años. Es cierto. Pero hay voces que nos
habitan más allá del tiempo. Voces que siempre le ganan al olvido.
“Me gustaría verte”, pronunció Dalmiro con algo de miedo.
Para su asombro, su hijo aceptó de inmediato. Tal vez llevaba
mucho esperando esa llamada. Acordaron encontrarse en un café.
Pero al rato, Tito lo llamó. Dalmiro temió que se hubiera
arrepentido. En cambio, le dijo que su mujer le pidió que no se
encontraran en un bar, que lo invitara a cenar a su casa.
–¿Te das cuenta, Gabrielito? Después de tantos años, hoy voy
a comer en familia.
Al terminar la entrevista lo acompañé hasta la puerta. Antes de
despedirlo, le hice una pregunta.
–¿De verdad mi viejo le dijo que estaba orgulloso de mí?
Es posible que, en ese momento, Dalmiro haya visto en mí al
chico que había conocido hace años en el barrio de Liniers. Me
abrazó y me susurró al oído:
–Sí, pibe. Muy orgulloso.
Contuve la emoción. Aquel hombre estaba feliz. Y yo también.
De algún modo sus palabras me habían devuelto una voz que
hace rato no escuchaba. Ese día, los dos estuvimos un poco
menos solos.
220
Que perturba y genera la sensación de estar vivo, a pesar del
dolor. Porque el amante erotizado sabe que el dolor es preferible a
la nada. Porque el dolor es vida.
Por su parte, philia refiere al afecto, la ternura. El amor
fraterno de la amistad. Aunque a veces se lo confunde con
“storge”, que alude al amor por la familia.
Ágape, en cambio, es un amor altruista que no busca más que
el bien para el otro sin esperar nada a cambio. El ágape no ama
para poseer, disfrutar, abrazar o compartir momentos. Es amor por
lo humano del otro. Eso que los romanos llamaron caritas.
En cualquiera de estas formas, el amor nos deja menos solos.
Aunque, por lo general, desde el mito de los andróginos y la
búsqueda de la mitad que nos complete, se apunta al eros como
forma de acallar la soledad. Pero creer que una persona está sola
porque no tiene pareja es un error que lleva a muchos a
establecer vínculos que apenas brindan una soledad acompañada.
Dice Silvia Bleichmar:
221
Dijimos que el amor es la emoción que vino a auxiliarnos al
comienzo de la vida, cuando la existencia era aún más enigmática
que ahora. Cuando abrimos los pulmones, los ojos y los sentidos a
un mundo desconocido. Es muy difícil imaginar lo que siente un
bebé en ese momento, pero sabemos lo que pasa cuando es
colocado sobre el cuerpo de su madre. Se calma. Ese contacto
que no esperaba, ese amor que desconocía, lo tranquiliza y deja
una impronta y una promesa: tal vez sea posible encontrar
miradas, caricias, palabras, que mitiguen la Soledad que nos
recorre por existir.
A medida que crecemos, todos intentamos recuperar aquella
sensación. Sigamos con Bleichmar:
Aquí aparece algo que tiene que ver con el pensamiento mágico,
pero que está también relacionado con el amor, en la medida en que
este es siempre una recreación de ese estadio donde uno recibe
aquello que espera sin tener que pedirlo.
Para amar hay que pedir perdón y hay que decir gracias.
Justamente, ese es el circuito: el otro da porque se anticipa, pero
uno reconoce que el otro da. Porque si no se reconoce que es el otro
el que da, el circuito que se establece es de apropiación en términos
222
de yo-placer-narcisista o yo-placer-purificado, donde lo que el otro
da se considera parte de lo que uno tiene derecho a recibir, y no de
lo que el otro ofrece. Ahí se produce la alteración del circuito de la
gratitud.
223
cartas de amor
ridículas.
La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.
(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).
224
DESPEDIDAS
La soledad ya cercana.
Qué imponente cuando las palabras acarician la verdad.
Porque eso es una despedida, el anticipo de una ausencia
inevitable. El último arañazo que damos a lo amado antes de
quedarnos solos. Como si quisiéramos arrancar algo de lo que
estamos por perder y conservarlo para siempre.
La soledad cercana, angustia. Llega plena de amenazas de
dolor y de impotencia.
Cuando leí por primera vez aquel libro de Borges, Luna de
enfrente, me impactó ese fragmento. Entendí que siempre hay
algo doloroso en las despedidas, que tiene más que ver con la
soledad que se avecina. La intuición de que el otro va a faltarnos.
Hemos dicho que el miedo a la muerte es miedo a la Soledad.
La premonición de una partida sin retorno. Aunque también nos
conmueve la inminencia de muertes más pequeñas. Pérdidas que
implican una distancia de aquello que amamos. Por eso, los
aeropuertos y las terminales son lugares plagados de temores y
promesas incumplidas. El poeta Homero Manzi resaltó “el misterio
de adiós que siembra el tren”. Aunque también puedan ser
lugares de reencuentro.
Cada vez que estoy ahí tengo la sensación de que la despedida
siempre gana. Porque las lágrimas de un reencuentro duran
apenas minutos y dan paso a la alegría. En cambio, el llanto de la
despedida nos empuja a la pérdida y al duelo. Un camino que
nadie puede recorrer por nosotros. Una soledad imposible de
compartir: también duelamos solos. Y el abrazo que no está es
siempre mucho más fuerte. Quizás, el único verdadero. Los
225
abrazos posibles son pequeñas interrupciones del gran abrazo que
no sucederá nunca. Tarde o temprano, deberemos despedirnos de
lo que amamos. Incluso de la vida.
En Historia de la eternidad, Borges cita a Lucrecio y habla del
fracaso del encuentro amoroso. Del intento vano de los amantes
de hacer de dos un mismo ser.
Me gusta la poesía de esa idea. La ineficacia de esos abrazos
desesperados que anticipan la llegada del final.
El sexo es la forma más potente del encuentro. Es voraz
porque intuimos la saciedad que vendrá, la “pequeña muerte” que
sucede al orgasmo. Entonces, nos besamos, deslizamos una
caricia, una palabra, o nos damos el último abrazo. Sin que
podamos conservar en la piel nada más que una vaga memoria de
lo que ya ha sido.
De algún modo, las despedidas no son más que una gentileza
del dolor. Un premio consuelo. Una migaja que, al menos, es
mejor que la nada. Por eso, son necesarias. Gracias a ellas,
entramos a la soledad más protegidos. Con un recuerdo, un poco
de sentido, o algún auxilio simbólico que nos ayude en el
momento del desgarro.
Cada uno de los treinta mil “desaparecidos” muestra que la
ausencia del ritual del adiós detiene a sus familias en una espera
que resiste cualquier prueba de realidad. Sin tumbas ni cenizas,
sin flores, misas o abrazos, no es posible despedirse. El adiós es el
acto final, la última Palabra antes del vacío. Cuando no pudo
pronunciarse, la Soledad es siniestra, y el sinsentido de la muerte,
insoportable. Y en ese abismo de silencio nos preguntamos dónde
están, qué ha sido de ellos. Si sus familias tuvieran una tumba
para llorar, no estarían menos solas, pero sería distinto. Porque la
soledad simbolizada no es igual a la soledad vacía de palabras.
226
La despedida es, también para el muriente, el último trance de
su ser hablante, el gesto final de resistencia ante la Soledad que
viene. Por eso, a los condenados a morir se les permite pronunciar
sus últimas palabras. Aunque Karl Marx sostuvo que las últimas
palabras son para los tontos que no han dicho lo suficiente. Sin
embargo, esas frases son casi un género literario. Algunas, como
las de Mariano Moreno, exponen un espíritu patriótico: Viva la
Patria, aunque yo perezca. Otras, como la de María Antonieta al
pisar a su verdugo, muestran un poco de humor: Perdón, señor,
no lo hice a propósito. Se dice que Pancho Villa, viendo que se le
iba la vida y no se le ocurría nada ingenioso, rogó: No me dejen
morir así. Digan que dije algo.
Lo cierto es que las últimas palabras de un hablante siempre
nos interpelan. Todo el que pierde un ser querido necesita saber
qué fue lo último que dijo. Tal vez, porque pensamos que la
cercanía de la muerte debe convocar a una palabra más viva para
llenar la Soledad final.
Esas palabras traen consuelo, son un intento de explicar lo
inexplicable. O tal vez, un engaño para suavizar el dolor.
Cuando en la misa de exequias el sacerdote reza: “Señor, te
pido que acojas en tu seno el alma de tu hijo…”, en realidad, no
se dirige a Dios. Habla para calmar la angustia de los vivos, para
bordear con palabras el vacío de la muerte. Porque la angustia y
las palabras se excluyen. Por eso, quien se angustia demanda
palabras que limiten el horror. Aunque a veces se trate de un
reclamo injusto. Por ejemplo, la persona que pide explicaciones a
quien ya no la ama. “¿Por qué dejaste de quererme? ¿Qué hice
mal?”, pregunta. A lo mejor, nada. Ocurre que no todo amor es
para siempre. De cualquier modo, como habitamos un mundo de
palabras, a veces no nos queda otra opción que rogar.
Toda despedida es un intento de tener algún control sobre un
adiós inevitable. La búsqueda de instalar una Palabra que nos
detenga antes del vacío. Una muralla que nos permita decir: “es
hasta acá”. Porque más allá, no hay nada. Sólo “lo real”.
Al comienzo del libro hablamos de los agujeros negros, y
dijimos que son nombrados así porque su densidad es tal que ni
siquiera puede escapar la luz. Y vienen las últimas palabras de
227
Goethe: “luz… más luz”. Me conmueve el ruego de ese genio que
se resistía a caer en la Soledad oscura de la muerte.
Se sabe que hay un punto límite para acercarse a los agujeros
negros. Hasta ahí, con la fuerza de sus motores, un cohete puede
escapar. Pero una vez que lo ha atravesado, la fuerza gravitatoria
es tan potente que lo succiona y lo destruye. A ese límite se lo
llama “punto de fuga”.
De igual modo, las despedidas son un punto de fuga para no
caer en el vacío que deja la ausencia. Si no logramos despedirnos
–de modo formal o de manera íntima–, nos hundimos en el
agujero negro de la melancolía, y nos destruimos. En una soledad
donde ni siquiera somos nosotros, porque nos hemos identificado
por completo a lo perdido y, para no dejarlo ir, lo incorporamos.
Desde adentro, lo ausente, como Alien, el octavo pasajero, se
hace cargo de nuestra vida y nos aniquila.
Por eso es tan importante el último beso, el café, la charla
final. Son gestos simbólicos que ponen algún sentido a la pérdida
para que la soledad no nos destroce.
Al igual que el lenguaje, también las despedidas son
ambivalentes. Por un lado, son amenaza de soledad, y por otro,
una barrera para que lo perdido pueda ser procesado y encuentre
un lugar simbólico que evite el efecto traumático.
Mi suegro se despidió de sus hijos, su esposa, y de alguno de
nosotros, sus amigos. Sonrió y cerró los ojos. Se fue a la Soledad,
acompañado. Nos soltó recién en el último instante. Lo vi juntar
coraje para hacerlo. Eligió la forma de decir adiós. Unas charlas,
una sonrisa, una copa de champagne que llevamos de manera
clandestina al sanatorio, y una lágrima final.
Cuando llegó el momento final, Freud llamó al doctor Schur, le
dio las gracias y le recordó su acuerdo: “Usted me prometió que
esto iba a terminar cuando yo lo decidiera. Es ahora. Es hasta
acá”. Mi suegro hizo lo mismo. Se apropió de su muerte, y la vivió.
Y todos nos quedamos más solos. Pero aliviados por habernos
despedido de esa forma.
Mi padre no tuvo esa suerte. Su muerte nos sorprendió y
quedaron algunas cosas por decir. No muchas. Pero dolió más. De
esa experiencia aprendí que siempre es mejor intuir cuando se
avecina el final. Para tener la posibilidad de elegir el adiós.
228
La despedida le quita un poco de fuerza a la tragedia.
Cortázar sostuvo que todo suele durar un poco más de lo que
debería.
En la misma línea, Fito Páez escribió:
229
personajes, reales o no, que me han acompañado. Seres de otra
época, de otros barrios, familiares, pacientes, humanos hechos de
literatura, de cine, de pinturas. Amigos, poetas, cantores,
moribundos, escritores, músicos o enamorados. Hablantes que,
con faltas y con miedos, compartieron sus soledades conmigo. Ahí
están. Me miran desde estas páginas y yo me despido de ellos.
Julián, que inmerso en su enojo no pudo percibir mi dolor. Mi
padre, que con su muerte produjo mi primer desierto. Y ese sol de
noche que aún me alumbra. Eladia Blázquez, que me enseñó que
cuando la huella es solitaria, los caminos son más largos. La
indignación de Albert Camus, que denuncia a las gentes en sus
cafés y sus teléfonos mientras otros se están muriendo. Y Octavio
Paz, que comprendió que nada es tan grave como esa primera
inmersión en la soledad que es el nacer, si no es esa otra caída en
lo desconocido que es el morir.
El condenado a la inexistencia de Dimensión desconocida, que
se sumó a esta reunión de pensamientos. Y la sugerencia de
Epicuro: conviene vivir. ¡Que la muerte indigna no ocupe nuestras
meditaciones! Y Don Juan, el brujo tolteca que nos advierte que
esa muerte anda siempre acechante, a unos cinco centímetros a
nuestra izquierda. Y la Soledad que se cuela para reclamar un
lugar a la derecha. Y una pregunta inevitable: ¿Será que andamos
por la vida con una doble sombra que nos persigue?: la muerte y
la Soledad.
Y Jacques Lacan, que camina siempre a mi lado y me recuerda
que cada quien anda en la soledad de su goce. Que hablamos, y
entonces todo encuentro es desencuentro. Y otra vez Borges, que
alguna vez pensó que estamos tan solos, que hubo un solo
humano.
Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.
230
Somos ese hombre que describe Borges. El que nace solo,
ama solo, goza solo y muere solo. Entonces, ¿de qué sirve la
vida? Es la pregunta sin respuesta. Aunque Einstein, Newton y
Galileo con sus cálculos intenten asir lo que siempre se escapa.
Y aparece, como siempre, mi amado Freud para decir que
nunca encontraremos el sentido de la vida, que convivimos con lo
indómito y que somos una eterna paradoja. No podemos
prescindir de los demás y, sin embargo, estamos siempre solos
ante nuestro Inconsciente.
Y André Comte-Sponville, que con sus letras se vuelve
compañía.
Y el obispo Berkeley que llega para afirmar que debe haber
“otros” para que algo exista. El oído que escucha el árbol que cae.
Y el privilegio de encontrar a alguien que nos mire.
Y Velasco, el náufrago que vivió dos milagros: delirios amables
que lo ayudaron a salvarse de la soledad del mar, y la posibilidad
de narrar su historia a Gabriel García Márquez para que la volviera
eterna.
Y Otto Rank, que plantea otro naufragio: el nacimiento como
desgarro inaugural. Un pensamiento que lo dejó solo, sin el amor
de Freud.
Y Winnicott, que nos regala una idea maravillosa: la soledad es
un aprendizaje que requiere de los otros, de su amor, y su
compañía.
Y Schopenhauer, filósofo y erizo. Y Dolina, compañero de mi
pensamiento, que me habla, incluso, desde mi soledad. Y los
espejos. Los de Lacan y los del Emperador Amarillo.
Y puedo ver a Miguel Ángel, obstinado por un techo que tras
su mano fue un milagro. Y a los invisibles. Solitarios desterrados
de la mirada ajena. Y Melanie Klein, a quien no le importaba la
compañía, pero sí “la sensación interna de soledad”. Esa que pesa
en el pecho. La misma que empuja estas páginas.
Y aparecen mi soledad y yo. Mis caminatas y los recuerdos.
Mis hijos, los cuentos, y una convicción: “Hay más luz cuando
alguien habla”. Porque las palabras encienden luces que
tranquilizan y alejan los fantasmas.
Y ahí está mi guitarra, amor huidizo y un poco ingrato. Y el
maestro Virtú Maragno. Y ese encuentro milagroso de dos
231
solitarios que por un rato se hicieron felices.
Sonrío a las sombras huérfanas de Yupanqui, y al misterio de
adiós que siembra el tren, que tanto emocionaba a Homero Manzi.
A Gustav Mahler y sus muros, y a Bach y su creación en el
encierro.
Y en esta despedida literaria revivo cada párrafo.
Y los pacientes.
Aldo, que sin mi presencia, en la soledad del diván, iluminó
misterios que parecían inasibles. Isabel, que quiso ser importante
para alguien y encontró mi abrazo. El pedido de una hija, “no me
dejes sola”, que convoca a Valeria a una decisión dolorosa. Beba,
que se fue sin decirme adiós. Y duele. Griselda, su soledad
constante y el relato de un sueño que desbloqueó sus miedos. La
angustia de Marcelo y su ingratitud por una madre que en silencio
puso en juego la Palabra Plena que cambió su vida. Mariana,
Rafael y Mara, náufragos soñadores de encuentros inexistentes.
Santiago, Marcela y esa confianza que por un instante aleja a la
soledad. Elsa, que no quería ser abuela sino vieja, y sus ganas de
hablar para estar más sola. Juan Carlos, que resistió el
aislamiento. Dalmiro, que renunció al orgullo, y su hijo, que puso
el amor por delante. Celeste y Nahuel, que sufrieron los miedos
de la adolescencia. Y Manuel y el desafío de enfrentar una
demanda implacable. Sus ganas de poder y los intentos
infructuosos. Su soledad y la de su padre. La muerte, otra vez. La
pena y el alivio. El odio y el amor. O lo que es peor: el odio por
quien se ama.
Ismael Serrano, que le cantó a ese otro que se vuelve tan
indispensable que no es posible dejar de amarlo y odiarlo al
mismo tiempo.
Y el loco de Serrat, que para eludir su soledad se enamora de
un maniquí. Y el viejo Salo, que circula y busca, porque intuye que
quizás los otros no son sólo el infierno, como pensaba Sartre.
Quizás también son el paraíso.
Y me despido de mi querida Olga, que es como decirle adiós a
mi adolescencia. Su música y sus libros. Nuestros paseos. Y de
pronto, en una Capilla Sixtina suburbana, la obra de Soldi que
conocí por ella. Y el silencio ante su madre, a quien nunca pudo
232
decirle quién era. Y una soledad reclamante que roba vidas
ajenas.
Nasio y su valor para decir: “Sí, el psicoanálisis cura”. Su
compañía para hablar de la tristeza y la depresión. Siempre
opacas, siempre complejas.
Y pienso en los monstruos. Su desvalimiento, su fealdad
expulsiva, su abandono. El hombre invisible y Frankenstein, la
creación oscura de Mary Shelley. El Minotauro reivindicado por
Cortázar y el flaco incomprendido de la bicicleta blanca. Y la vida
desolada del diferente, de quien no es semejante, de quien no
tiene hermanos. El horror que generan la melancolía o la locura, y
la furia exigente del que no puede solo.
Y Praga. Kafka y sus cuentos plenos. Plenos porque dicen todo
lo que puede decirse sobre la Soledad del hablante. Plenos porque
nos llevó de la mano a pensar que estamos solos ante un
guardián que, a pesar de sus modos, nos protege del vacío.
Me despido de Herzog y sus solitarios. De Kaspar, un humano
entre lobos, y Onoda, aquel soldado japonés que prefirió la
soledad a la derrota. Y de Chance, que desde su jardín trepó por
el árbol del malentendido hasta la cima del poder. Y por un
ventanal de la calle Corrientes espío a Cacho y Osvaldo. Dos
amigos, un reencuentro, y el precio del exilio: una pizza que
pierde el nombre y el dolor de un café con nadie.
Cortázar y un extraño reloj que no da la hora, sino que toma la
vida de quien lo posee. Guillaume Le Blanc y un libro dedicado al
llanto que nos deja una convicción: lloramos solos y no somos
dueños de nuestras lágrimas. Tampoco de nuestros gritos. Y acá,
saludan Picasso y Munch, creadores de alaridos silenciosos que
partieron el alma de la humanidad.
Don Antonio, y una pava que, como todos nosotros, valía a
pesar de sus agujeros.
Saussure y el lenguaje. Lacan que vuelve al Significante,
Palabra. La curiosidad de Harari por la mentira. La búsqueda de
sentido de Viktor Frankl, que eligió la compañía de los muertos
para huir del odio de los vivos. Y Kunta Kinte, que a pesar de la
esclavitud y la tortura defendió su honor, su historia, y transmitió
un nombre que borró la X del destino de su estirpe.
233
Cristo y el desamparo. Su silencio y su grito. Kierkegaard y el
dolor, la traición y la angustia en el camino a la orfandad.
Saludo también a Vicente Palomera Laforga, que vino a este
libro con paradojas acerca de la soledad y el aislamiento.
Soledades pobladas. Aislamientos deshabitados.
Philippe Ariès que ruega no dejar solo al muriente. Facundo
Cabral nos habla de caminos y misterio. Horacio Ferrer, de lunas,
bicicletas y palabras andantes. Silvia Bleichmar que nos ilumina:
todo sujeto ético se construye a partir del respeto por el
semejante. Además, deja una invitación: aceptar que el diferente,
también es semejante. Y Cynthia Wila que señala que la
indiferencia es uno de los disfraces más comunes de la crueldad.
Al paso me saluda Pessoa, con su locura y su tristeza. Y
Demian, me grita que todo el que quiere nacer, debe antes
destruir un mundo.
234
ISLA FINAL
Hace más de una hora que nos miramos y ninguno de los dos dice
nada. Por fin, rompe el silencio.
–¿Qué le preocupa tanto?
–No estoy preocupado. Estoy triste.
–¿Por qué?
–Porque siempre me costaron las despedidas. A los seis años,
desde la parte trasera de un camión de mudanzas, vi cómo mi
casa y mis amigos quedaban atrás. Sentí un dolor inmenso, y un
deseo: no despedirme más de las cosas que amo.
–Un deseo incumplido –comenta, mientras sirve una copa de
vino.
–Así es. ¿Sabe? Mi vida ha sido una paradoja. Adoro las
mañanas, pero el estudio y el trabajo me obligaron a vivir de
noche. No me gustan las mudanzas, y casi no hice otra cosa que
mudarme. Amo la música y no tengo tiempo para disfrutarla. Y
así, itinerante y noctámbulo, me fui transformando en el hombre
solitario que soy.
–Bueno, no se queje –acota–. Por lo menos, están los libros. Y
el amor.
–Es cierto.
–Tiene suerte. Nada como compartir nuestros desiertos con la
persona amada. Enfrentar el vacío de la mano del amor es como
engañar a la muerte por un rato.
Sonrío.
–Me gusta esa idea. Aunque el amor está demasiado
idealizado. No todos los amores son sanos.
–Ni merecen ser vividos –agrega–. Ya lo sé. Usted ha escrito
un libro acerca del tema y comparto bastante su mirada. Tampoco
creo que sea siempre algo maravilloso. Pero hablemos por un
segundo de esos amores construidos con inteligencia, con pasión
y con respeto.
235
–En ese caso, me animaría a decirle que no hay muchas otras
cosas que tengan sentido.
–¿Por qué?
–Porque esos amores saben convivir con nuestra soledad. No
se alteran cuando uno necesita tiempo para pensar o simplemente
para llorar por lo perdido.
–Usted habló de esa distancia justa que hay que tener para
disfrutar de un cuadro o de un amor. Eso que Ortega y Gasset
llamó respeto.
Bebo un sorbo de vino.
–Exacto. Pienso que la posibilidad de construir un vínculo sano
se juega en ese respeto. En la comprensión con la que aceptamos
los momentos de soledad que requiere nuestra pareja.
–Imagino que es necesario un tiempo para aprender a hacerlo,
¿no?
–Sí. Sobre todo, hay que estar dispuesto a entender que no
siempre vamos a ser lo más importante para el otro. Que en
ocasiones su soledad es más trascendente que nosotros. ¿Por qué
la persona que amamos no puede a veces elegir estar sola?
–A lo mejor, porque hiere nuestra autoestima –señala.
–Es posible. Entonces, debemos trabajar sobre el amor propio
y entender que somos una parte en la vida de quien nos elige,
pero de ningún modo somos todo.
–¡Qué difícil dar ese paso! En especial, si tenemos en cuenta
que en la primera instancia del vínculo, el enamoramiento,
queremos estar siempre con el otro. Y necesitamos sentir que
somos únicos.
–Es cierto –reconozco–. Aunque, por lo general, en ese
tiempo, el otro desea lo mismo. Tampoco pide espacio para su
soledad, porque el entusiasmo crea una ilusión de completud.
–Y qué linda es esa sensación. ¿Por qué no vivirla?
–Es que hay que vivirla. Tal vez, el error sea pensar que durará
para siempre. O sufrir porque el otro ya no es el mismo que
conocimos. Tampoco nosotros lo somos. Con suerte, nos
parecemos un poco a ese que nuestra pareja inventó para poder
amarnos.
–No hay modo de no caer en la desilusión.
236
–Así es –le respondo–. Pero no se ponga mal. Porque esa
desilusión es el comienzo del camino grande. Ahí empieza el reto:
aceptar que luego del enamoramiento sólo quedamos uno y otro.
Y el desafío de un amor que no pretenda ser todo en la vida de
alguien ni que el otro lo sea para uno. Un amor que nos haga
sentir que la vida tiene sentido. Nada más que eso.
–Y nada menos –hace una pausa y sigue–. Entonces, se trata
de saber que siempre seremos tres: el otro, yo, y la soledad.
Levanta la copa y propone un brindis.
–Y ya que la soledad es inevitable –agrega–, que nacemos
solos y morimos solos, intentemos construir un amor que haga
que nuestra soledad se aleje unos pasos para dejarnos junto a la
persona amada. Al menos por un tiempo.
–Estoy de acuerdo –acepto–. Brindemos por esos amores que
disfrazan nuestras soledades y nos llenan de deseos.
Bebemos y me comenta:
–Al final, con esto del amor, no me dijo de qué le cuesta tanto
despedirse.
Tiene razón, me cuesta. De todos modos, suelto la frase:
–De usted. Me ha acompañado durante este proceso. Me
contuvo, me dio ideas, me empujó a seguir, soportó mis
recuerdos, compartió mis lecturas. Creo que no hubiera podido
hacerlo solo.
–Se equivoca –me sorprende–. Usted lo hizo solo. Porque yo
soy Manuel y Cortázar, Borges, Bleichmar y Dolina. Su padre y su
infancia. Cada uno de sus recuerdos. El lugar que aloja sus deseos
y también sus temores. Soy la guitarra, los libros y a veces, el
dolor –se levanta y me acaricia–. Aunque ya es hora de que lo
deje un rato en paz. Vaya. Acuéstese y disfrute de ese amor que
lo está esperando. Y no tema. Yo también lo espero. En el
insomnio. En los momentos en que quiera huir de los demás, o
incluso de usted mismo.
Nunca podrá despedirse de mí. Al menos, hasta que la muerte
nos separe. Porque soy su tiempo y su memoria. Su orgullo y su
vergüenza. La juventud que añora y la vejez que teme. Su cielo.
Su infierno.
Su soledad.
237
FIN
238
AGRADECIMIENTOS
A Cynthia Wila, por sugerirme el tema, y por las mil y una noches
que dedicó a embellecer este libro.
239
¡Seguinos!
240
Portada de La soledad hecha por Gabriel Rolón. Editorial Planeta
241
Índice
Portada 1
Portadilla 2
Legales 8
Prólogo 9
Isla I 15
Introducción 18
PRIMERA PARTE 30
La caída 31
El amor 46
Los invisibles 55
Isla II 69
Soledades reclamantes 79
Isla III 99
Tristeza-Depresión-Melancolía 104
Monstruos 110
Isla IV 124
SEGUNDA PARTE 129
La Soledad del hablante 130
Isla V 141
Entre dichos y decires 151
Isla VI 189
TERCERA PARTE 198
Soledades mundanas 199
Isla VII 208
Y otra vez el amor… 217
Despedidas 225
Isla final 235
Agradecimientos 239
242