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Tentaciones de Jesús en el Desierto

El documento explora las tentaciones de Jesús en el desierto, destacando su papel como el Hijo de la Alianza que asume la historia de Israel y la fidelidad a Dios. A través de sus respuestas al tentador, Jesús demuestra su obediencia y su rechazo a las ofertas de poder y gloria, cumpliendo así la misión divina de redención. Se establece una conexión entre el desierto, la conversión y el bautismo, enfatizando que la vida cristiana es un camino de transformación y renacimiento en Cristo.

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Tentaciones de Jesús en el Desierto

El documento explora las tentaciones de Jesús en el desierto, destacando su papel como el Hijo de la Alianza que asume la historia de Israel y la fidelidad a Dios. A través de sus respuestas al tentador, Jesús demuestra su obediencia y su rechazo a las ofertas de poder y gloria, cumpliendo así la misión divina de redención. Se establece una conexión entre el desierto, la conversión y el bautismo, enfatizando que la vida cristiana es un camino de transformación y renacimiento en Cristo.

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DESIERTO

D) JESÚS, HIJO DE LA ALIANZA, VENCE LAS TENTACIONES

Jesucristo, "siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios ", sino
que "se hizo semejante a los hombres" (F1p 2,6-7) y, "habiendo sido probado en el
sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados", añade la carta a los hebreos (Hb
2,18;4,15).[Link] respuestas que Jesús da al tentador son tres citas del Deuteronomio,
que recuerdan tres acontecimientos de la permanencia de Israel en el desierto. Las
tentaciones de Jesús se comprenden desde la historia de las tentaciones de Israel, que
son las tentaciones de todo hombre. Jesús asume en su persona a Israel para integrarlo
en su fidelidad a Dios.

En los tres evangelios sinópticos, las tentaciones de Jesús siguen a la narración del
bautismo en el Jordán. En el bautismo el cielo cerrado se abre (Mc 1,10; Is 63,19; Ez
1,1) y Jesús ve al Espíritu Santo "descender sobre Él". El tiempo del Éxodo y de los
profetas retornan porque el Espíritu es dado a Jesús. La voz que se siente -"Tú eres mi
hijo predilecto, en ti me complazco" (Mc 1,11)- evoca a Isaac, "el hijo predilecto", el hijo
obediente que "es atado sobre la leña" (Gn 22,2-9) y contempla, según la tradición
hebrea, los misterios de Dios. Esta palabra evoca también la profecía mesiánica de
Natán hecha a David: "Será para mí hijo" (2S 7,14), que recoge el salmo (2,7) y también
el comienzo de los cantos del Siervo (Is 42,1). Jesús, "el Hijo amado" del Padre,
bautizado en el Jordán, como Israel atravesando el mar Rojo, recibe el Espíritu para
entrar en el desierto como Siervo que cumple una misión: llevar a cumplimiento las
esperanzas mesiánicas, en la obediencia y sacrificio prefigurado en Isaac. Esto es Jesús,
quien es "arrojado al desierto", como el macho cabrío que llevaba sobre sí al desierto
todas las iniquidades del pueblo en la fiesta de Yom Kippur. Así Jesús va al encuentro
de Satanás, el dominador del reino del pecado.

Jesús pasa en el desierto "cuarenta días y cuarenta noches" (Mt 4,2), como Moisés
estuvo sobre el Sinaí en presencia de Dios "cuarenta días y cuarenta noches sin comer
pan ni beber agua" (Dt 9,9-18), esperando la Palabra del Señor. Allí se le presenta el
diablo, que es el que divide, el que intenta separar a Jesús del Padre, robarle la palabra
recibida en el bautismo (CEC 2851-2853). Pero Jesús no pronuncia la palabra que le
sugiere el diablo para cambiar las piedras en pan, sino que se apoya en la palabra de
Dios: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de
Dios". El se nutre de la palabra y del acontecimiento bautismal apenas recibido: "Este
es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,17). Así se muestra Hijo y "cumple
toda justicia". Jesús vive la palabra del libro de la Sabiduría: "De este modo, los hijos
que amas aprendían que no son las diversas especies de frutos las que alimentan al
hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en Ti" (Sb 16,26).

Durante la primera tentación, Jesús se muestra como hijo obediente y fiel, que se
alimenta de la palabra del Padre. Satanás, entonces, le tiende otra trampa, llevándole
al pináculo del templo, lugar no sólo de la presencia de Dios, sino también de la
protección de Dios, lugar donde se encuentran "los ojos y el corazón de Dios" (1R 9,3),
lugar donde su sekinah extiende las alas para proteger al justo (Ex 19,4; Dt 32,11).
Sobre el pináculo del templo, el diablo le propone: Si eres hijo de Dios, manifiéstalo,
tírate de lo alto y las alas protectoras de Dios te custodiarán mediante sus ángeles. Así
todos sabrán que eres el Mesías esperado y acogerán tu mensaje. "El que mora bajo la
protección del Señor y en El confía, refugiándose bajo sus alas, será protegido y no
temerá algún mal, pues el Señor ha dado orden a sus ángeles de custodiarlo en todos
sus pasos" (Sal 91).

Jesús se mantiene fiel. No tienta a Dios como el pueblo en el desierto; no necesita


"signos" maravillosos para confiar en El. La historia según el plan del Padre es buena,
aunque pase por el desierto, por la insignificancia de proceder de Nazaret y no sea
escriba o sacerdote de Jerusalén; es buena aunque pase por la cruz: "En lugar de la
gloria que le proponía, se sometió a la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la
diestra del trono de Dios" (Hb 12,2). Satanás, en la tercera tentación, le propone su
ayuda, como dominador del mundo (lJn 5,19; Ap 13,3-8), ofreciéndole riqueza, poder y
gloria. Jesús, realmente rey, rechaza la tentación de Satanás. Su reino no es un reino de
dominio (Jn 18,33-37). Su corona será una corona de espinas y su trono, la cruz. Jesús
acepta el camino que el Padre le muestra: el del justo que entrega la vida para
inaugurar el reino del amor, el reino del Dios: "Apártate, Satanás, porque está escrito:
Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto" (Mt 4,10; CEC 538-540).

Jesús ha cumplido el Shemá: El Señor es el único Dios. Y, por tanto, no se puede servir,
ni dar culto a Dios y al dinero (Mt 6,24). No son las fuerzas humanas sino Dios Padre
quien le da en herencia los pueblos. El Shemá, que Jesús recita dos veces al día, se
hace carne en su vida, es su misma vida. Corazón, alma y fuerzas manifiestan que El es
totalmente Hijo, el Hijo de la Alianza, el Israel de Dios. Cristo opone una triple renuncia
al triple pecado del pueblo: negarse a sí mismo, confiar no en sí mismo sino en Dios,
adorándolo como único Dios (CEC 2846-2849). Así Jesús lleva a cumplimiento el Éxodo.
Él es, en su persona, el lugar, el camino de nuestro paso al Padre, el lugar donde el
Padre se hace presente (Jn 14,7), el paso obligado para entrar en la gloria (Jn 14,6),
alimento y fuerza a lo largo del itinerario de conversión que lleva al Reino. Cristo,
"camino, verdad y vida", es nuestro desierto, el lugar de nuestros esponsales con Dios.

El Exodo, para los profetas y para el Nuevo Testamento, manifiesta el camino de todo
creyente (Sal 95; Hb 4,7.11). Egipto es figura de la esclavitud del pecado; el desierto
corresponde al itinerario de la conversión; la Tierra equivale al "ser en Cristo" (Col
1,13s). El desierto, símbolo del caos original, de la esterilidad de la tierra (Nm 20,5) y
del hombre, muestra a Dios como creador y recreador de la vida (Sal 104; Is 41,18s;
43,19; 51,9-11). La recreación es obra gratuita y exclusiva de Dios. La conversión es un
don de Dios, fruto de su espíritu, como anuncian los profetas para el tiempo mesiánico:
"Os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo" (Ez 11,19; Jr 31,31-34). La misión de
Juan Bautistá consiste en anunciar esta conversión para "preparar la vía al Señor" (Mc
1,2-5). Y tras él, Jesús anuncia el gran acontecimiento: "El tiempo se ha cumplido y el
Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). Con la
llegada de Jesús llega el tiempo de la conversión, de renacer a una vida nueva. La
misericordia de Dios 'se hace presente. Misericordia, que en nuestras lenguas latinas
hace referencia al corazón, en hebreo la palabra rahamin hace referencia a la matriz.
Se trata de entrar en el seno y renacer de nuevo, como dice Jesús a Nicodemo. O como
dice, mostrando un niño para explicar lo que es la conversión: "Si no os convertís,
haciéndoos como niños no entraréis en el Reino de los cielos" (Mt 18,3). Se trata de
nacer, convertirse en otro hombre, pequeño, no autónomo e independiente del Padre,
sino que vive en dependencia filial del Padre.

La conversión es reconocer confiadamente ante Dios el propio pecado y ponerse en las


manos de Dios. El se encarga del perdón y la regeneración: "Si reconocemos nuestros
pecados, Dios que es fiel y justo perdona nuestros pecados y nos purifica de toda
injusticia" (Jn 1,9). Este es el caso de la pecadora en casa de Simón (Lc 7,36-50), de
Zaqueo (Lc 19,1-10), del ladrón en la cruz (Lc 22,39-43). Y cuando el hijo pródigo vuelve
y confiesa: "Padre, he pecado", se organiza sin más la fiesta y se le reviste de las
vestiduras de hijo. Un banquete festivo sella la conversión de Mateo, de Zaqueo, del
hijo pródigo; y las parábolas de la misericordia (Le 15) nos presentan toda la alegría de
Dios en el perdón y la fiesta de la que participan los ángeles del cielo, los amigos y
vecinos. El cielo y la tierra celebran la comunión del amor restablecido con el perdón.
Cristo, con el don de su Espíritu, comunica una vida nueva, que florece en fiesta. En
Cristo han hallado su amén todas las promesas de Dios (2Co 1,20). La fiesta es
el amén del hombre a Dios, la aclamación a su gloria, el canto agradecido de alabanza
a su bondad y fidelidad. Es la invitación al canto universal de la creación (Sal 97). La
fiesta brota del corazón rebosante de vida y alegría, se difunde envolviendo
cuerpo y espíritu y salta a la comunidad de los hermanos, cuerpo único rebosante del
mismo gozo del Espíritu. La fiesta es efusión de gozo, que alumbra en el arte, la belleza,
el canto y la comunión fraterna. Vestido, comida y danza, abundancia y derroche son
expresiones de la riqueza interior de la fiesta. Es el hombre que en Cristo se ve a sí
mismo como imagen del Dios del amor, del Dios de la vida y la alegría (lJn 1,3-4) .

El desierto es el tiempo que el cristiano vive en la liturgia de la cuaresma. La cuaresma


le orienta a renovar su bautismo, siguiendo las etapas del antiguo catecumenado. La
palabra de Dios, que se proclama, le introduce en la experiencia vital de la salvación
que nos alcanzó en el bautismo. El bautizado entra a participar de la victoria de Cristo
sobre las tentaciones y, de este modo, se constituye en el nuevo pueblo de Dios que
realiza el éxodo de la esclavitud del mal a la libertad del amor de Dios. Victorioso de las
tentaciones, el bautizado setransforma en imagen del Señor (2Co 3,18), viviendo la
experiencia de una transfiguración con Cristo. Efectivamente, el cristiano recibe
incesantemente el agua viva del Espíritu Santo, la luz de la fe para reconocer al Señor
en la vida y bendecirlo por los prodigios de salvación que realiza en su existencia; así
camina en una vida nueva, que no es fruto de sus fuerzas o propósitos, sino
absolutamente don de Dios, pues es vida divina, vida de resucitado.

Los cuarenta días de la cuaresma hacen vivir al cristiano la experiencia del perdón.
Cuarenta días duran las aguas del diluvio (Gn 7,17), antes de que Dios selle el pacto con
Noé en favor de toda la creación. Cuarenta días está Moisés en el monte antes de
recibir el don de las nuevas tablas de la Torá, signo del perdón de Dios del pecado
idolatría. Cuarenta años camina Israel por el desierto antes de entrar en la Tierra, signo
del perdón de sus infidelidades. Cuarenta días Elías camina en el desierto para
encontrarse con el Señor en el Hored. Cuarenta días Jesús, nuevo Moisés y nuevo Elías,
pasa en el desierto; al final sale con la victoria sobre las tentaciones, signo y realidad de
victoria sobre el pecado. Cuarenta días se manifiesta el Resucitado antes de la
Ascensión a la gloria, signo del tiempo de la Iglesia peregrina en la tierra con el Señor
Resucitado, en la espera de participar con El en el Reino del Padre.

Pablo recoge la tipología del Exodo y distingue dos éxodos: el de Egipto y el del final de
los tiempos (1Co 10,11). Entre los dos éxodos se extiende el tiempo de la salvación. El
segundo éxodo ha comenzado con la resurrección de Cristo: el cristiano camina, pues,
bajo la nube de la gloria de Dios a través del mundo. Esto significa morir al hombre
viejo en el bautismo y renacer como hombre nuevo, pasando de la muerte a la vida.
Bautizados en la nube y en el mar, somos alimentados con el pan vivo y abrevados con
el agua del Espíritu que brota de la roca; y esta roca es Cristo (1Co 10,1-4). Por ello, el
bautizado "vive en Cristo"; con él atraviesa el desierto, figura de la vida peregrina en la
tierra. El cristiano, en la Iglesia, vive en el desierto hasta el retorno glorioso de Cristo,
que pondrá fin al poder de Satán (Ap 12,6-14). Cristo es el agua viva, el pan del cielo, el
camino y el guía, la luz en la noche, la serpiente que da la vida a quienes le miran para
ser salvos (Nm 21,4-9; Jn 3,14); es aquel en quien se realiza el conocimiento íntimo de
Dios por la comunión de su carne y de su sangre. En Cristo, la figura se hace realidad.

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