La razón populista
Ernesto Laclau
La construcción del pueblo
Inicialmente el autor parte de dos presupuestos peyorativos que son
habitualmente asociados al populismo:
1- Su vaguedad e indeterminación, tanto en el público al que se dirige y en su
discurso como en sus postulados políticos.
2- Que el populismo es mera retórica.
Respecto del punto 1 Laclau sostiene que la vaguedad e indeterminación no
constituyen defectos de un discurso sobre la realidad social, sino que están
inscriptas en la realidad social como tal. En cuanto a la 2da critica, opone que
ninguna estructura conceptual encuentra cohesión interna sin apelar a recursos
retóricos, por tanto no debe ser tomado esto como una crítica que descalifique su
calidad como concepto.
Según desarrolla, existen 3 conjuntos de categorías que son centrales para
determinar el enfoque teórico: 1- el discurso, 2- los significantes vacíos y la
hegemonía y 3- la retórica.
Seguidamente enuncia que “el pueblo” no constituye una expresión ideológica, por
tanto el populismo debe entenderse como una forma de constituir la unidad del
grupo.
Antes de comenzar a desarrollar el modo en que se construye la noción de
“pueblo” distingue entre dos tipos de demandas sociales y las formas en que estas
son o no satisfechas. Aquí diferencia entre modos diferenciales y equivalenciales:
“…Pensemos en una gran masa de migrantes agrarios que se ha establecido en las
villas miseria ubicadas en las afueras de una ciudad industrial en desarrollo.
Surgen problemas de vivienda y el grupo de personas afectadas pide a las
autoridades locales algún tipo de solución. Aquí tenemos una demanda que,
inicialmente tal vez sea solo una petición. Si la demanda es satisfecha, allí termina
el problema; pero si no lo es, la gente puede comenzar a percibir que los vecinos
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tienen otras demandas igualmente insatisfechas (problemas de agua, salud,
educación, etc.) Si la situación permanece igual por un determinado tiempo, habrá
una acumulación de demandas insatisfechas y una creciente incapacidad del
sistema institucional para absorberlas de un modo diferencial (cada una de manera
separada de las otras) y esto establece entre ellas una relación equivalencial…”1
Se desprende entonces que, según Laclau, en sociedades en que los individuos
perciban que sus necesidades están satisfechas y los carriles institucionales
responden de modo eficiente, no habrá lugar para una articulación populista. En
cambio, la acumulación de demandas insatisfechas hace crecer una postura
antiinstitucional, puesto que tales instituciones no aportan soluciones a sus
demandas. Esa acumulación se convierte en demandas equivalenciales.
Afirma a continuación que hay dos claras precondiciones para el surgimiento del
populismo:
1) La formación de una frontera interna antagónica separando el “pueblo” del
poder
2) Una articulación equivalencial de demandas que hace posible el surgimiento del
“pueblo”.
Siguiendo lo anterior la institucionalidad queda asociada al poder y, por oposición,
se construye el “pueblo” en una bipolaridad irreconciliable.
Aquí, antes de profundizar en la noción de demandas equivalenciales, fija las bases
en las que se sostiene el populismo:
“…La unificación de una pluralidad de demandas en una cadena equivalencial; la
constitución de una frontera interna que divide a la sociedad en dos campos; la
consolidación de la cadena equivalencial mediante la construcción de una
identidad popular que es cualitativamente algo más que la simple suma de lazos
equivalenciales…”2
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Ernesto Laclau
Al constituir lógicas equivalenciales los grupos sociales que se van a atravesar son
nuevos y heterogéneos, ya que no se expresará solo una demanda insatisfecha,
sino que serán aglutinadas una cantidad de ellas.
Como se ha dicho, el populismo constituye una frontera de exclusión que divide a
la sociedad en dos campos. A pesar de que el “pueblo” es menos que la totalidad de
los miembros de la comunidad, ésta parcialidad aspira a ser concebida como la
única totalidad legitima. Hay una parte que se identifica con el todo y reclama su
legitimidad en tanto su valor como “pueblo”. Así lo explica el autor:
“…la frustración de una serie de demandas sociales hace posible el pasaje de las
demandas democráticas aisladas a las demandas populares equivalenciales […] la
construcción del “pueblo” va a ser el intento de dar un nombre a esa plenitud
ausente […] aquellos responsables de esta situación no pueden ser una parte
legitima de la comunidad; la brecha con ellos es insalvable…”3
Una lucha popular implica la equivalencia entre un conjunto de luchas parciales,
de esta manera el enemigo global a ser identificado pasa a ser menos evidente.
Para la cohesión de las demandas equivalenciales se utilizan significantes, por
ejemplo el término “trabajadores”. En algunos casos estos significantes pueden
agotarse en escasos sectores, mientras que en otros (el caso del peronismo, por
ejemplo) se convierten en la denominación por excelencia del “pueblo”. Un campo
se identificara entonces con un significante que alude al “pueblo”, por ejemplo: “la
nación”, “la mayoría silenciosa”, etc. el otro será el “régimen”, la “oligarquía, “los
grupos dominantes”, etc.
Estructuración interna del “pueblo”.
Laclau plantea que debe constituirse una identidad popular a partir de una
pluralidad de demandas democráticas. Esto se obtiene por medio de lo que
denomina “significantes vacíos”, los cuales se referirán a la cadena equivalencial
como una totalidad. Así, cuando más extendida es la cadena, menos ligados van a
estar los significantes a sus demandas particulares originales. Es decir, la identidad
popular se vuelve más plena extensivamente, pero intensivamente más pobre ya
que para abarcar demandas sociales tan diversas debe despojarse de contenidos
3
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La razón populista
Ernesto Laclau
particulares. De esta forma, concluye que una identidad popular funciona como un
significante tendencialmente vacío.
En el siguiente link, Pablo Iglesias aporta un muy claro ejemplo del modo de
utilización de los “significantes vacíos” (desde el minuto
3:30)[Link]
Vemos entonces, como señala el autor, que el “nombre” se separa del “concepto”, el
significado del significante. Sin esta separación, considera, no habría populismo.
Significantes Flotantes.
Sobre esta clasificación Laclau explica:
“…el lenguaje de un discurso populista (ya sea de izquierda o de derecha) siempre
va a ser impreciso y fluctuante: no por alguna falla cognitiva, sino porque intenta
operar performativamente dentro de una realidad social que es en gran medida
heterogénea y fluctuante. Considero este momento de vaguedad e imprecisión
(que, debería estar claro, no tiene para mi ninguna connotación peyorativa) como
un componente esencial de cualquier operación populista…”4
Cabe diferenciar las categorías de significantes “vacíos” y “flotantes”. En el primer
caso, se refiere a la construcción de una identidad popular que, al mismo tiempo,
sirve como frontera social. La segunda apunta a los desplazamientos que tendrá
esa frontera. No obstante, en la práctica la distancia entre ambas no es tan grande.
En una situación en la que solo se otorgue relevancia a la categoría de significante
“vacío” se supone una frontera completamente inmóvil, mientras que un escenario
de constante fluctuación del significante, sin fijar temporalmente la división, es
también impensable.
La saga populista.
Como se explicara, conceptualmente no debe asociarse al populismo a ideologías
de derecha o izquierda, sino a una forma de plantear lo político, una lógica política.
Por tanto, podrán observarse casos de experiencias populistas desde diferentes
facetas ideológicas. De cualquier modo siempre incluirá una insatisfacción
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La razón populista
Ernesto Laclau
respecto de las instituciones y una crítica al sistema imperante, como profundiza
Ernesto Laclau:
“…el populismo se presenta a sí mismo como subversivo del estado de cosas
existente y también como el punto de partida de una reconstrucción más o menos
radical de un nuevo orden una vez que el anterior se ha debilitado. El sistema
institucional debe estar (nuevamente, más o menos) fracturado para que la
convocatoria populista resulte efectiva. En una situación de total estabilidad
institucional (y “total” designa, por supuesto, una situación puramente ideal), la
única oposición posible a este sistema operaria desde un exterior puro (esto es de
sectores puramente marginales e ineficaces). Esto es así porque, como hemos
visto, el populismo nunca surge de una exterioridad total y avanza de tal modo que
la situación anterior se disuelve en torno a él, sino que opera mediante la
rearticulación de demandas fragmentadas y dislocadas en torno a un nuevo núcleo.
Por lo tanto, cierto grado de crisis de la antigua estructura es necesaria como
precondición del populismo, ya que, como hemos visto, las identidades populares
requieren cadenas equivalenciales de demandas insatisfechas […] las fuerzas
populistas deben operar al mismo tiempo como insiders y outsiders…”5
En los casos latinoamericanos, Laclau señala que fue solo después de la gran
depresión de inicios de la década de 1930 cuando estas expresiones se volvieron
más radicales. Al resultar cada vez más difícil absorber las demandas democráticas
(institucionalizadas) se llegó a un abismo entre liberalismo y democracia, lo cual
dominaría la política latinoamericana en los siguientes 25 años: la construcción de
un Estado nacional fuerte en oposición al poder oligárquico local fue la marca
esencial de estos populismos.
Obstáculos y límites en la construcción del “pueblo”.
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Págs. 221 y 222
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Aquí puede sintetizarse la idea a través de la comparación que realiza el autor
entre la imposibilidad de expandirse el populismo estadounidense (a mediados
del siglo XX) y el caso del peronismo en Argentina.
En el primer ejemplo, los límites se encontraron en la dificultad de expandir la
cadena equivalencial. La tradición política de aquel país resolvió las demandas de
modo diferencial, lo que anuló finalmente la aglutinación de insatisfacciones. El
caso del peronismo fue diferente ya que fue su propio éxito lo que condujo a su
inviabilidad. Esto ocurrió debido a que se construyó una cadena casi ilimitada de
equivalencias entre los años 1960 y 1970. Años en los cuales Perón se encontraba
exiliado.
Así, Perón “…se presentaba dependiendo de la orientación política de quienes lo
apoyaban, o bien como el líder de una coalición antiimperialista que sería el primer
paso en el progreso hacia una Argentina socialista, o bien como la única garantía de
que el movimiento popular seria mantenido dentro de los limites controlables y no
degeneraría en un caos izquierdista…”6
A modo de ejemplo de esta totalidad de ideologías que se representaban en la
figura de Perón, Laclau lo grafica denominando como “sus dos manos”. La “mano
derecha” de Perón se ubicaba principalmente en los sindicatos peronistas,
mientras que su “mano izquierda” se representaba fundamentalmente en
organizaciones de jóvenes de izquierda que denominaba como sus “formaciones
especiales”, estos eran grupos guerrilleros que veían en Perón el punto inicial de
una transformación revolucionaria del país.
Esto podía sostenerse desde el exilio, pero no una vez retornado:
“…una vez en la Argentina, Perón ya no pudo ser un significante vacío: era el
presidente de la Republica y, como tal, debía tomar decisiones y optar entre
alternativas. El juego de años en el exilio, por el cual cada grupo interpretaba sus
palabras según su propia interpretación política, mientras el propio Perón
mantenía una prudente distancia de toda interpretación, ya no pudo continuarse
una vez que Perón estuvo en el poder. Las consecuencias se vieron pronto. Entre la
burocracia sindical de derecha, por un lado, y la juventud peronista y las
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“formaciones especiales”, por el otro, no había nada en común: se consideraban el
uno al otro como enemigos mortales. Entre ellos no se había internalizado ninguna
equivalencia, y lo único que los mantenía dentro del mismo campo político era la
identificación común con Perón como líder. Pero esto no era suficiente ya que
Perón encarnaba para cada facción principios políticos totalmente incompatibles
[…] Después de la muerte de Perón en 1974, la lucha entre las diversas facciones
peronistas se aceleró y el país entro nuevamente en un proceso de rápida
desinstitucionalización. La consecuencia fue el golpe militar de 1976 y el
establecimiento de uno de los regímenes más brutalmente represivos del siglo
XX…”7
7
Pags.273 y 274