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La historia olvidada de la humanidad

El narrador se encuentra en una caverna, donde un misterioso hombre le revela la historia de la humanidad y su relación con el fuego, la ambición y el consumo. A través de un diálogo profundo, se exploran temas de existencia, arrogancia y la evolución de la humanidad, culminando en la reflexión sobre el impacto de las acciones humanas en el mundo. Al final, el narrador se da cuenta de su transformación interna y la necesidad de cambiar su vida.

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La historia olvidada de la humanidad

El narrador se encuentra en una caverna, donde un misterioso hombre le revela la historia de la humanidad y su relación con el fuego, la ambición y el consumo. A través de un diálogo profundo, se exploran temas de existencia, arrogancia y la evolución de la humanidad, culminando en la reflexión sobre el impacto de las acciones humanas en el mundo. Al final, el narrador se da cuenta de su transformación interna y la necesidad de cambiar su vida.

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CHISPA:

Desperté, pero no había nada. El vacío me envolvía como un manto pesado, hasta que una voz
irrumpió:
—Descubrieron, la magia del fuego.

De pronto, una hoguera se encendió frente a mí, su calor y luz desbordándose en la oscuridad.
Me di cuenta de que estaba en una caverna.

—El poder, en las armas.

Giré la cabeza y noté manchas de sangre seca en las paredes, justo a la izquierda de la
hoguera, que ahora crepitaba con brutal intensidad.

—Y moldearon el mundo.

El fuego comenzó a estabilizarse, su calor más constante.

—Encendieron la llama del ego, la ambición de las almas, y la obsesión del consumo.

La hoguera dejó de ser un torrente cegador y se transformó en una fuente de luz cálida, que
finalmente iluminó toda la caverna. Entonces lo vi: un hombre sentado sobre una roca rojiza,
vestido con una capa robusta. Su rostro estaba oculto, pero sentí que me miraba, y su mirada
invisible me erizó la piel.

—¿Quién eres? —pregunté, con la voz temblorosa—. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?

Silencio. Mi corazón latía con fuerza.

—Eso que dijiste antes, ¿era una clase de poema? —me atreví a preguntar.

—No. —Su respuesta fue corta, casi indiferente.

—¿Entonces?

—Fue la historia de los tuyos.

—¿Los míos?

—Criaturas como tú, que existieron hace mucho tiempo.

—¿Existieron? ¿Cómo? ¿Los humanos están extintos?

—Todo muere.
Quise responder algo, pero un peso en el pecho me detuvo. Me quedé en silencio, tratando de
procesar lo que había escuchado. Finalmente murmuré:

—Eso lo entiendo, pero… ¿cuánto tiempo ha pasado? Yo… estaba… —Mi voz se quebró,
porque recordé lo que había hecho. Lo que había sido.

—Huyendo de ti mismo.

Sentí un nudo en la garganta. Solo pude asentir.

La caverna se llenó de un silencio que parecía eterno. Finalmente, reuní el valor para
preguntar:

—Entonces, ¿dónde estoy?

—En todas partes y en ninguna.

—¿Qué soy ahora?

—Lo mismo que fuiste antes; nada.

Su respuesta me golpeó como una roca.

—No entiendo. Sé que esto es un sueño, pero no me está gustando.

—Ya no existen los sueños. Se acabó.

—Me niego a aceptarlo.

—No es necesario que lo aceptes.

—Entonces, ¿por qué estoy aquí?

—No lo sé.

—¿Cómo no vas a saberlo? ¿No eres Dios?

—¿Quién es Dios?

Su respuesta me dejó helado. No sabía qué responder, pero sentí que algo se rompía dentro
de mí.

—No sabes lo que significa existir, pero existes —continuó él—. Y hay algo en ti que te grita
para seguir existiendo. No sabes lo que es el fuego, pero quema. No sabes lo que es la lluvia,
pero te moja. No sabes lo que es la muerte o el tiempo, pero sabes que, llegado el momento,
los tuyos se quedaban parados, simplemente dejando de pertenecer a este mundo.

Me quedé inmóvil, atrapado por sus palabras.


—Llegó un punto en el que una neurona contactó con otra, solo un poco diferente. Tal vez por
azar. Y entonces, por primera vez en la historia del universo, la materia, esa misma materia que
forma estrellas, planetas, el agua y las rocas… esa misma materia se miró a sí misma y dudo
de su naturaleza.

Las palabras brotaron de mi boca antes de darme cuenta:

—¿Por qué existe algo en lugar de nada?

—Buena pregunta —respondió.

—¿No tienes la respuesta?

El hombre no respondió.

—Entonces, ¿la vida estaba predestinada? ¿No fue casualidad?

—Quizás.

—¿Cómo que “quizás”?

—Ustedes fueron lo único a través de lo cual el universo pudo tomar conciencia de sí mismo…
y terminó cayendo en la autocomplacencia y en el narcisismo.

Lo escuché reír, suavemente al principio, pero con un matiz burlón que se incrustó en mi pecho.

—Fragmentaron todo en conceptos. Intentaron dividir el universo para entenderlo. Pero dime,
¿cómo puede una neurona comprender el cerebro?

Sentí rabia.

—Entonces, ¿fuimos arrogantes?

—Fueron ciegos. Creyeron haberlo inventado todo.

—Pero creamos cosas: murallas, caminos, gobiernos.

—Eso ya existía.

—¿Cómo?

—Tu piel es una muralla. Tus venas, caminos. Tu cerebro, un gobierno. Incluso tuviste células
revolucionarias que intentaron derrocarlo, pero acabaron muriendo.

Me quedé en silencio, abrumado por lo que decía.


—Pudieron aprender del mundo que los rodeaba, pero no lo hicieron. Se especializaron, se
volvieron competentes, pero solo en una cosa a la vez. Observaron un punto mientras el
universo entero se expandía.

Su voz era como un golpe en la oscuridad.

—Y tú… qué absurdo, te obsesionaste con ver el mundo, pero perdiste de vista el mundo que
tenías delante.

Sentí que el aire de la caverna se volvía más denso.

Entonces la hoguera iluminó más la cueva. En las paredes había cientos de pinturas rupestres.
Parecían moverse, cobrar vida. Mientras él recitaba algo, las imágenes crecían, envolviéndome

El hombre permaneció quieto por un momento. Luego se levantó lentamente, y la hoguera


pareció responder a su movimiento, iluminando más la caverna. Mi mirada fue atraída por las
pinturas en las paredes: cientos de figuras antiguas, talladas con los dedos de aquellos que
vivieron allí hace eones.

Entonces habló, pero esta vez su voz no era solo palabras. Era un tambor que resonaba en el
aire, en las paredes, en mi pecho. Cada palabra parecía cobrar vida, y algo en el ambiente
cambió.

—El choque, la chispa, la yesca, la llama, el bloque, la esquirla, la lanza, el hambre, la presa…

Al pronunciar estas palabras, las figuras en las paredes comenzaron a moverse. Ya no eran
solo dibujos; las veía crecer, como si cobraran vida. Cada concepto que recitaba encontraba su
reflejo en las pinturas, que se transformaban, agrandándose hasta llenar la caverna.

—La caza, la noche, su carne, su sangre, su grasa…

La hoguera pareció vibrar con sus palabras, y las sombras danzantes en las paredes tomaron
formas nuevas. Fue entonces cuando noté algo extraño: la capa del hombre no era solo un
abrigo. Era el pelaje de una bestia extinta, un mamut lanudo, que seguramente había sido
magnífico en vida.

—El hilo, su pelo, la aguja, su hueso… y más por frío que empatía que entraron en su pellejo.

Los tambores comenzaron a sonar desde lo profundo de la caverna, acompañados con su voz.
No podía verlos, pero su resonancia llenaba cada rincón.

—Las historias, los ídolos, la gratitud, la súplica, los golpes, ruido, ritmo, patrón, armonía,
música…

El fuego creció aún más, iluminando las pinturas como si estas contaran la historia completa de
la humanidad. Las figuras rupestres parecían hablarme, como si sus movimientos fueran un
eco de nuestro pasado.
—Las manos, los pinceles, el lienzo, las paredes, las manchas, los garabatos, las formas que
imitan seres, seguir a las manadas, huir de la escasez, las semillas en la tierra, el hogar por
primera vez…

Los tambores se intensificaron. Sentí que todo en la caverna giraba alrededor de sus palabras,
como si el tiempo y el espacio estuvieran sincronizados con su relato.

—Las bandas, las aldeas, las ciudades, los estados, las trifulcas, las batallas, las conquistas,
los esclavos…

Y entonces, como una sentencia final, pronunció con una voz grave:

—Trabajar por consumir. Consumir hasta olvidar. Olvidar que el objetivo era tan simple como el
bienestar.

El peso de esas palabras cayó sobre mí como una piedra. Sentí un nudo en la garganta, y por
un momento no pude moverme.

Los tambores cesaron abruptamente. La caverna quedó en un silencio absoluto, salvo por el
crepitar de la hoguera, que regresó a su intensidad inicial.

El hombre volvió a sentarse, como si nada hubiera pasado. Yo, en cambio, estaba paralizado.
Mis pensamientos eran un torbellino, incapaz de procesar lo que acababa de ver.

—Entonces… —logré decir finalmente, con la voz rota—. ¿Esa es nuestra historia?

Él me miró, o al menos así lo sentí, y respondió con calma:

—En parte, lo fue. Pero no es todo. Al final, el mundo estuvo lleno de hombres como tú.

—¿Como yo?

—Cobardes… no importaba cuán fuertes o saludables fueran. Si no se sentían dichosos,


entonces compraban píldoras que alteraban su forma de percibir la realidad.

—¿A qué te refieres?

—Fue ahí, por primera vez en su historia, que pudieron decir: "El dinero compra la felicidad."

Aquellas palabras me golpearon como un grito desgarrador. Me quedé paralizado, atrapado en


el silencio. Finalmente, con la voz temblorosa y a punto de quebrarse, logré murmurar algo.
—Pero entonces… —comencé, intentando ordenar mis pensamientos—. ¿Significa que
avanzamos poco a poco? No sé qué me hizo pensar que todo fue de repente.

El hombre dejó escapar una risa suave, casi imperceptible.

—De haber entendido la evolución, habrías dejado de ser tan radical. Verías el poder que hay
en la acumulación de pequeños cambios.

—Pero… si así nos destruimos, igual podríamos habernos arreglado. Al final, los países
también son seres. Es normal que evolucionen tratando de ser más fuertes.

—Tienes razón.

—¿Entonces?

Su voz se tornó grave, como si pronunciara un juicio:

—Pero en la naturaleza no existen superpoderes. Su idea de evolución los llevó a mutar y las
grandes mutaciones solo traen muerte.

—¿Pero avanzamos? —pregunté, con una esperanza casi infantil en mi voz.

—Sí… avanzaron. Dejando el terreno baldío, inundando las costas, secando los ríos. Hirvieron
al mundo, y luego lo enfriaron con gases que se extendieron hasta llenar todo el vacío.

Sentí un escalofrío recorrerme.

—¿Y qué pasa cuando un mundo ya no da más?

—Se acaba.

Cerré los ojos, como si al hacerlo pudiera escapar de sus palabras.

—Lo entiendo, pero… ¿qué pasa con sus habitantes?

—¿Quieres saber qué pasó con los tuyos?

Asentí. No confiaba en mi voz para formular una respuesta.

—Esos seres sedentarios trataron de volver a ser nómadas, pero ahora interplanetarios.
Pasaron de las pequeñas cazas de minutos, de animales diminutos, a las largas cazas de
planetas, que podían durar años.

—Entonces… —susurré, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba—. ¿Aún existimos?

—Sí.

—¿Por qué dijiste antes que estábamos extintos?


Él bajó la mirada, y la hoguera parpadeó como si dudara junto a él.

—En lugar de tomar las lecciones y someterlas a juicio, las olvidaron. Aprendieron a tropezar
con la piedra, memorizaron su posición, pero no se dieron cuenta de que al tropezar la habían
movido. Lo aprendido fue inútil.

Su voz se volvió más dura, y sentí cada palabra como una sentencia.

—Reprimieron la sexualidad y engendraron perversión. Reprimieron la violencia y engendraron


sadismo. Reprimieron el miedo y engendraron ansiedad. Reprimieron la ira y engendraron
resentimiento.

Hizo una pausa, y la hoguera pareció apagarse por un instante.

—Ahogaron al río con piedras, pero el agua aprendió a tallar grietas.

Quise decir algo, pero él levantó una mano, deteniéndome.

—Cuando algo o alguien muere, se pierde. Pero hace eco en la memoria, en los recuerdos, en
todos los tiempos y espacios. Y esos ecos convergen en cada punto donde alguna vez existió.

Camino a lo profundo de la cueva entonces, por primera vez desde que comenzó a hablar. La
hoguera respondió a su movimiento, iluminando la pared opuesta de la caverna. Las pinturas
rupestres, que antes parecían inmóviles, cobraron vida con una claridad imposible.

—Observa —me dijo, señalándome que me acercara.

Me puse de pie, temblando un poco, y caminé hacia la luz. En la pared había figuras que
contaban historias: cacerías, celebraciones, guerras, construcciones. Pero cuando levanté la
vista, lo que vi más allá de la caverna me dejó sin aliento.

No había un bosque ni una tundra. Ante mis ojos se extendía el espacio mismo, infinito y frío.
Un planeta azul y brillante, similar a la Tierra, flotaba a lo lejos, lleno de vida.

—Increíble… —susurré—. Ahora vivimos ahí, ¿cierto?

—Sí. Observa.

—Estamos más vivos que nunca.

El hombre dejó escapar un suspiro.

—Algunas estrellas mueren así.

—¿Cómo?
—Viven consumiéndose lentamente. Pero justo en el momento de su muerte, liberan toda la
energía que les queda. Entonces se produce una explosión de tal magnitud que puede verse
en toda la galaxia.

Noté entonces que la estrella que iluminaba este nuevo planeta comenzaba a brillar con una
intensidad creciente. La luz crecía más y más, hasta que lo cubrió todo. Por un instante, me
sentí dentro de esa explosión, un destello que consumía el universo mismo.

Y luego, como si la luz hubiera sido una ilusión, todo volvió a oscurecerse. Estaba de nuevo en
la caverna, y esa estrella ahora era solo un punto lejano en el cielo.

—Es un parpadeo tardío —dijo el hombre, su voz cargada de melancolía—. Un último


resplandor, tras el cual ese punto lejano desaparece… para siempre.

Sentí un vacío en el pecho, como si algo hubiera sido arrancado de mí.

Abrí los ojos. Todo era un peso: la luz, el aire, mi cuerpo. Mi piel ardía con el rastro de una
noche que no podía recordar del todo, las botellas, los cigarros, las pastillas… mis manos
temblaban como si llevaran siglos sosteniendo algo que ya no existía.

Sentí el calor de algo seco en mis mejillas. ¿Había llorado? Quizá por ella.

Quizá por mí.

El mundo seguía igual. Pero yo, roto y cansado, sabía que no podía seguir siendo el mismo.

Ya no más, cambié.

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