Mi Amiga la Oscuridad
En un barrio donde las veredas jugaban a la rayuela con las baldosas y las casas tenían ojos de
ventana curiosos, vivían cuatro amigos inseparables. Estaba Gino, el de las ideas más
disparatadas, siempre listo para una aventura. Lorenzo, el más tranquilo, que miraba el mundo
con una sonrisa y sabía un montón de cosas. Khiara, valiente y risueña, que convertía cualquier
charco en un mar para navegar. Y Dante, el más chiquitín, pero con un corazón gigante, que a
veces se asustaba con las sombras de los árboles.
Un día de esos en que el sol se pone como un pochoclo gigante en el cielo, los cuatro amigos
estaban jugando a las escondidas en el patio de Dante. Las risas rebotaban entre las macetas y
las últimas luces del día se estiraban como gatos perezosos. Pero, de repente, el sol se
zambulló del todo y la noche, como un manto de terciopelo, cubrió el jardín.
—¡Ay, la oscuridad! —exclamó Dante, abrazándose a la pierna de Lorenzo.
Gino, que era muy de las ideas, dijo: —¡Pero si la oscuridad es divertida! ¡Se pueden inventar
monstruos con la ropa colgada y fantasmas con las sábanas!
Khiara, con su voz cantarina, agregó: —¡Y las estrellas brillan más fuerte cuando todo está
oscuro! ¡Parecen lentejuelas pegadas en el cielo!
Pero Dante seguía un poco asustado. Lorenzo, con su voz suavecita, se agachó y le dijo: —
¿Sabés, Dantito? La oscuridad no es mala. Es como un amigo que te abraza para que puedas
descansar. Sin ella, no habría lunas que te acompañen a soñar ni grillos que te canten nanas.
En ese momento, una brisa suave sopló, moviendo las ramas de un viejo duraznero. Las hojas,
con el poco viento, parecían susurrar secretos. Gino se dio cuenta de algo y, con un brillo en los
ojos, dijo: —¡Miren! ¡Las lucecitas de los bichitos de luz! ¡Parecen estrellitas que bajaron a
visitarnos!
Khiara, con una exclamación de alegría, corrió a atrapar una, que por un instante se encendió y
se apagó en la palma de su mano. Dante, curioso, se acercó despacito. Y entonces, los cuatro
amigos, en medio de la oscuridad que antes parecía tan grande, empezaron a ver un montón de
cosas maravillosas.
Vieron las siluetas de los árboles danzando al compás del viento, escucharon el concierto de los
grillos y las ranas, y sintieron el frescor de la noche en sus mejillas. Se dieron cuenta de que la
oscuridad no escondía cosas feas, sino que revelaba otras que el sol, de tan brillante, a veces
no dejaba ver.
Desde esa noche, Dante dejó de tenerle miedo a la oscuridad. Supo que, aunque a veces dé un
poquito de impresión, la oscuridad es una amiga silenciosa que nos invita a descubrir otros
mundos, a escuchar con más atención y a soñar con los ojos cerrados. Y entendieron que, así
como el día tiene su luz, la noche tiene su propia magia, llena de estrellas, susurros y bichitos de
luz. Porque no hay por qué tener miedo a lo que simplemente nos ayuda a descansar y a
imaginar.