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Fiesta de Cristo Rey: Significado y Fe

La fiesta de Cristo Rey, instaurada por el Papa Pío XI en 1925, celebra a Cristo como el Rey del universo y su Reino de amor, justicia y paz. Esta celebración cierra el año litúrgico y resalta la importancia de permitir que Cristo reine en nuestros corazones y en la sociedad. La adoración pública a Cristo Rey promueve la libertad de la Iglesia y el deber de los gobernantes de alinearse con los principios cristianos.

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Fiesta de Cristo Rey: Significado y Fe

La fiesta de Cristo Rey, instaurada por el Papa Pío XI en 1925, celebra a Cristo como el Rey del universo y su Reino de amor, justicia y paz. Esta celebración cierra el año litúrgico y resalta la importancia de permitir que Cristo reine en nuestros corazones y en la sociedad. La adoración pública a Cristo Rey promueve la libertad de la Iglesia y el deber de los gobernantes de alinearse con los principios cristianos.

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Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que
Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y
la gracia, de la justicia, del amor y la paz.
La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia
es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el


año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda
la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas
con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es
decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido
escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el
Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al
mundo hace dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres
hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.
En la sagrada escritura Jesús nos anticipó ese gran día, lo podemos encontrar en el
Evangelio de Mateo 25,31 “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de
todos sus ángeles, se sentará en el trono de gloria, que es suyo”.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros
corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede
hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de
Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.
La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los
hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como
miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres,
en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos
alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna
de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La
lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para
conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor.
Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.
Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos
hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en
todas las circunstancias de la vida.
que Cristo es Rey lo confirman muchos pasajes de las Sagradas Escrituras y del Nuevo
Testamento. Esta doctrina fue seguida por la Iglesia –reino de Cristo sobre la tierra- con el
propósito celebrar y glorificar durante el ciclo anual de la liturgia, a su autor y fundador
como a soberano Señor y Rey de los reyes.

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, adjudican el título de rey a aquel que deberá
nacer de la estirpe de Jacob; el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte
santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra.

Además, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la
justicia y de la paz: "Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y dominará
de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra".

Por último, aquellas palabras de Zacarías donde predice al "Rey manso que, subiendo sobre
una asna y su pollino", había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las
aclamaciones de las turbas, ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos
evangelistas?

En el Nuevo Testamento, esta misma doctrina sobre Cristo Rey se halla presente desde el
momento de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen, por el cual ella fue advertida
que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David, y que reinaría
eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin.

El mismo Cristo, luego, dará testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al
pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los
réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era
Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo
de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el
título de Rey y públicamente confirmó que es Rey, y solemnemente declaró que le ha sido
dado todo poder en el cielo y en la tierra.

¿Cuáles son los frutos que para el bien de la Iglesia y de la sociedad civil nos promete
el público homenaje de culto a Cristo Rey?

a) Para la Iglesia

En efecto: tríbutando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán


necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo,
exige —por derecho propio e imposible de renunciar— plena libertad e independencia del
poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar,
regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden
depender del arbitrio de nadie.

Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y
congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos
auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y
propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la
triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual
aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota
característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor,
delante de los ojos de todos.

b) Para la sociedad civil

La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones
que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los
particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por
haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido
ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia
dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los
principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al
formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectítud de costumbres. Es,
además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar
los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles

Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los
hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su
autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que
no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues,
necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento,
ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es
necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es
necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a
Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en
sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de
justicia para Dios(35), deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si
se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se
inclinarán más fácilmente a la perfección.

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