INVISIBLE
INVISIBLE
por
OSCAR NADAL
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INVISIBLE
1. El despertar
En el techo un desconchón iba poco a poco toman-
do la forma imprecisa de un rostro compungido, en parte
por la humedad, en parte por las sombras que proyecta-
ban los trozos de pintura, casi desprendidos, al incidir en
ellos la luz de la mañana que se colaba entre los agujeros
de la vieja persiana. Con la misma laxitud con la que la
pareidolia se iba formando, se sucedía la transición entre
un sueño extraño y un pensamiento banal y sin demasia-
da importancia. Debo decírselo a mi madre, pensó Tom
Rainey.
Y de lo banal al más profundo pavor y desconcierto
al descubrir que un sucio y enmohecido techo se descu-
bría sobre él cuando el sueño ya le había abandonado,
pero sus ojos aún permanecían cerrados.
–¿¡Pero qué me está ocurriendo!?
Casi de un salto quedó sentado en el borde de la
cama, y una sábana, antes blanca, quedó suspendida en-
tre el suelo y el colchón.
Durante un breve instante, un sonoro jadeo inun-
dó la habitación y el aire expulsado con violencia formó
remolinos en el polvo que flotaba entre los rayos de luz
que incidían contra el suelo como punteros láser. Tom se
tapó los ojos con las manos y aun así seguía viendo los
destellos en el viejo linóleo. Trató de ponerse en pie, pero
mareado, debido a la hiperventilación, cayó a plomo con-
tra suelo y, por fin, la luz se apagó.
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INVISIBLE
2. Pastel de cumpleaños
Lucille estaba de pie frente a la encimera de la pe-
queña pero práctica cocina. Todo estaba a mano y coloca-
do en el más riguroso orden. Abrió un cajón y, palpando
su interior, sacó un mezclador de varillas manual. A su
derecha, un pequeño temporizador con forma de tomate
anunció el fin de la cuenta atrás recordando que el horno
ya estaba caliente. Lucille se afanó en mezclar los ingre-
dientes. De la estantería superior sacó un molde redondo
y vertió en él una masa homogénea de harina, huevo,
agua, azúcar y un poco de levadura y, con cuidado, lo me-
tió en el horno. Cogiendo de nuevo el temporizador-to-
mate lo giró hasta casi los cuarenta y cinco minutos. Lo
ponía solo como recordatorio porque lo cierto es que ella
sabía cuándo el bizcocho estaba en su punto tan solo con
su extraordinario olfato.
Mientras esperaba a que el horno hiciera su traba-
jo se puso a preparar la cubierta del pastel y recordó una
conversación que tuvo con una amiga del club social, en
la cual discutían acerca de la diferencia entre tarta y pas-
tel. Lucille era una mujer de carácter afable, pero desde
que la abandonó su marido, había aprendido a compagi-
nar su dulzura con la asertividad más férrea y si creía te-
ner razón nunca la regalaba. Por ese motivo había coci-
nado un pastel y no una tarta, porque el pastel es de biz-
cocho y con la cubierta adecuada y unas velas ya era de
cumpleaños. No todos los días se cumplen años, pensó, y
si a mi pequeño Tom le gusta el bizcocho, tendrá bizco-
cho.
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Una vez terminado el pastel, Lucille se sentó en su
mecedora y encendió la radio. Lo que más le gustaba es-
cuchar era las emisiones de radioteatro que tanto le re-
cordaban a su infancia. De niña se acurrucaba junto a su
madre y escuchaban grandes adaptaciones como Drácula
y El Conde de Montecristo, entre otras, interpretadas por
grandes actores como Orson Welles, capaz de conmocio-
nar a un país entero tan solo con su voz. Hoy en día poco
tienen que ver con aquellas majestuosas retransmisiones,
pensaba ella. De pronto un fuerte golpe la sacó de sus en-
soñaciones. Se puso en pie y se dirigió al pasillo. Tropezó
con una silla que estaba fuera de su sitio golpeándose
fuertemente la espinilla y a punto estuvo de maldecir. Se
santiguó y siguió por el pasillo.
–¿Tom? –preguntó–. ¿Estás bien?
Se paró frente a la puerta de la habitación de su
hijo y pegó la oreja.
–Cariño, he oído un golpe. ¿Has sido tú?
Silencio.
–Cielo voy a entrar, me estás preocupando.
Lucille esperó unos segundos y al no obtener res-
puesta entró en la habitación. Se acercó a la cama, puso
sus manos sobre el colchón y notó que aún seguía calien-
te.
–¿Estás en el baño? –dijo saliendo al pasillo–. Me
estás preocupando.
–¿Mamá? –dijo una voz desde el suelo.
Lucille dio un respingo y se volteó al instante.
–¡Tom!, me has dado un susto de muerte. ¿Por qué
no me has contestado? ¿Estás bien?
–Creo que me he caído de la cama.
–Pues si estás bien, levántate, ve al baño y luego a
desayunar. Hoy es tu cumpleaños y quiero que hagamos
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muchas cosas –dijo sin dar opción a réplica–. Además, ya
te he hecho tu pastel de cumpleaños.
3. Un extraño desayuno
Tom permaneció en el suelo de su habitación du-
rante un par de minutos sin poder asimilar lo que estaba
ocurriendo. Tenía sus manos a escasos centímetros de su
cara y sin embargo no era capaz de verlas, pero sí lo que
había tras ellas. Bajó la vista y contempló su roído pijama
de franela. Quiso tocarse la pierna para ver si él seguía
dentro de aquellos pantalones y vio como una manga
hueca se acercaba a la altura del muslo. No veía su mano,
pero sí la sentía, y sentía como sus dedos tocaban su pier-
na.
–Sigo aquí –dijo casi en un susurro–, pero no pue-
do verme.
La noche de antes se acostó con una sensación ex-
traña que él atribuyó a una opípara cena a base de ham-
burguesas y patatas fritas.
Quiso meterse en la cama y seguir durmiendo,
pero sabía que eso le iba a resultar imposible, y menos
aún teniendo los párpados transparentes, pensó.
–Estoy en un sueño, eso es –se dijo–. Un sueño
muy real, pero un sueño al fin y al cabo.
Sus palabras no fueron capaces de convencerlo del
todo, pero la necesidad de ir al baño no admitía excusa
alguna. Avanzó por el pasillo medio mareado y ver sus
zapatillas moverse sin sus respectivos pies dentro no le
ayudaba a sentirse mejor. Ya en el baño, se quedó planta-
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do frente al espejo y casi volvió a desplomarse. Mear
tampoco le resultó sencillo y tuvo la sensación de que ha-
bía dejado todo perdido, pues tampoco podía ver su pro-
pia orina.
Cuando hubo terminado en el baño no le quedó
más remedio que ir al comedor donde le esperaba el
desayuno. Se quedó de pie en la puerta mirando a su ma-
dre sentada frente a la mesa ya servida.
–¿Mamá?
–¿Pero qué te ocurre, Tom? Haz el favor de sentar-
te ya o se te enfriarán los huevos. Y por el amor de Dios,
ven aquí y dale un beso a tu madre.
Se acercó despacio y sin mucha convicción, como
si el sonido de sus propios pasos pudieran delatar algo
que solo su madre fuera capaz de percibir. Finalmente se
agachó y la besó y ella le devolvió el beso, pero el de su
madre resultó más fuerte y más sonoro.
–¡Felicidades, hijo mío! ¡Cuarenta años ya! Mi pe-
queñín ya es todo un hombre hecho y derecho.
Se sentó frente a su madre y empezó a tomarse el
desayuno.
–Mamá, tengo que contarte una cosa.
–Dime, cariño.
Guardó silencio un momento en el que pudo oír a
su madre masticar, cosa que odiaba con todas sus fuerzas,
así que habló.
–Hay un desconchón en el techo de mi cuarto.
–¿Cómo? –preguntó sin dejar de masticar.
–Creo que es humedad del piso de arriba. Se cae
hasta la pintura.
–¡Oh, cielos! Ojalá pudiéramos mudarnos de este
viejo apartamento. Hoy mismo hablaré con el señor Hol-
mes.
–¿Con el idiota del casero? –preguntó Tom.
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–No me gusta que hables así hijo, pero sí, hablaré
con él.
–Dudo que te haga caso, mamá.
–De todos modos es su obligación hacerse cargo de
estas cosas y lo más probable es que lo cubra el seguro,
supongo.
El señor Henry Holmes era el dueño de aquel edi-
ficio de más de cien años. Si bien es cierto que el alquiler
de los apartamentos era más bien bajo, también lo era su
estado de conservación. El señor Holmes se regía por dos
normas: la primera, se paga el día uno sin excepción y la
segunda, que no se le molestase para nada que no fuera
recibir la mensualidad. Lo cierto es que si te pasabas de
un solo minuto del día de pago, y no le habías pasado el
sobre con el dinero del alquiler, lo más probable es que
apareciera frente a tu apartamento aporreando la puerta.
El alquiler incluía el acceso al tejado para tender la ropa y
un pequeño trastero en el sótano del edificio, justo debajo
de su apartamento, en la planta baja.
Terminado el desayuno, la madre de Tom empezó
a recoger la mesa.
–Ahora ve a vestirte –dijo Lucille–. Vamos a ir a
por las velas de la tarta y adivina qué… ¡a por tu regalo!
Tom se quedó parado justo en el quicio de la puer-
ta sin saber muy bien qué decir.
–Mamá… yo…
–Dime, ¿qué te pasa esta mañana?
–Pues resulta que no me encuentro demasiado
bien. Si no te importa ve tú, yo me echaré un rato en la
cama.
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–Ya te he notado la frente un poco caliente –aseve-
ró–. Tómate una aspirina y métete en la cama. Esta noche
debes encontrarte bien, recuerda que es tu cumpleaños.
–Claro… Gracias.
Se dio media vuelta y se encerró en su cuarto. Ten-
dido en la cama, se cubrió con la almohada a fin de con-
seguir la oscuridad que sus párpados ya no le proporcio-
naban. Al final consiguió dormirse.
Lucille terminó de recoger la mesa y se dirigió a la
puerta. Se puso el abrigo y el sombrero, cogió las llaves y
desplegando su bastón salió de casa.
4. Sr. Holmes
Unos golpes fuertes y secos sacaron a Tom de un
sueño intranquilo. Se apartó la almohada de la cara y
comprobó, para su desgracia, que sus manos seguían
siendo invisibles. Los golpes se repitieron acompañados
de una voz ronca, <<¡oiga!>>.
Tom se apresuró y al llegar a la puerta observó por
la mirilla. Era el casero. No abrió.
–¡Oiga! Soy Henry. No te hagas el tonto y abre la
puerta que no tengo todo el día. He visto la luz asomar
por la mirilla.
–Buenos días, señor Holmes, ¿qué ocurre?
–Déjate de formalidades y abre de una vez. He ve-
nido a ver la maldita gotera o lo que sea que tienes ahí
dentro.
–¿Cómo? –preguntó sorprendido.
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–Tu madre ha pasado a decirme lo del techo y co-
nociéndola, sé que no dejará de repetírmelo hasta que me
pase. Seguramente será inútil. Los cabrones del seguro ya
casi no cubren nada. Porque estoy obligado por ley que si
no, no malgastaría mi dinero en esos sinvergüenzas.
–Bueno, es igual.
–¿Que es igual, qué? –preguntó molesto el señor
Holmes–. ¿Qué te da igual que el seguro no cubra nada?
–No, claro que no. Digo que no es necesario que lo
mire ahora.
–¡Y un cuerno! No he subido cuatro pisos para ba-
jarme sin ver el maldito techo.
Tom no supo qué decir. Estaba claro que el casero
no se marcharía sin ver los desperfectos, pero no podía
dejar que le viera (o no le viera) así. Un pijama de franela
con vida propia tiene mala explicación, pensó.
–Verá, es que estoy enfermo –dijo Tom–. No qui-
siera pegarle nada.
–Y una mierda me vas a pegar. Combatí en la gue-
rra de Vietnam, ¿sabes chaval? Cuando uno libra una ba-
talla como esa, queda vacunado de por vida, así que déja-
te de gilipolleces y abre esta puerta para que pueda irme
de una vez, tengo cosas mejores que hacer que estar aquí
plantado.
–De acuerdo, deme un minuto.
Tom corrió a su cuarto y se puso unos calcetines,
luego cogió la sucia sábana de su cama y se cubrió con
ella la cabeza.
–¿¡Pero qué cojones..!? –dijo el casero cuando se
abrió la puerta y vio a Tom–. ¿Será posible semejante es-
tupidez?
–Discúlpeme, señor Holmes, pero de verdad que
estoy muy enfermo. Si usted quiere pase y vea la gotera.
Primera puerta a la izquierda siguiendo el pasillo.
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–Sé dónde están las habitaciones de mi edificio –
protestó.
El señor Holmes entró en el cuarto de Tom y le-
vantó la persiana para que entrase más luz en la habita-
ción. Miró el techo unos tres segundos y salió sin más.
–Dile a tu madre que ya me he pasado –dijo el se-
ñor Holmes con total indiferencia.
–¿Y bien? –preguntó Tom envuelto en la sábana.
–¿Y bien, qué? –protestó de nuevo el casero–. Para
empezar si quieres hablar conmigo deja de comportarse
como un mamarracho. Me voy al piso de arriba a ver qué
demonios ocurre. Espero que no se haya roto una tubería
o cualquier otra cosa. Por cierto, tienes la persiana rota,
aunque eso ya es cosa tuya, así que no te emociones que
no pienso arreglarla yo. Si quieres usa las herramientas
del sótano, pero recuerda dejarlas de nuevo ahí mismo,
¿entendido?
Ya en la puerta añadió:
–Y por el amor de Dios, compre unos rollos de pa-
pel pintado. No valen nada y al menos este apartamento
no parecerá… Bueno, haz lo que quieras.
Tom cerró la puerta y se quitó la sábana de la ca-
beza. Se sentó en el sofá y se quedó quieto frente a la tele-
visión apagada viendo el reflejo de su mugriento pijama.
5. Las hermanas Barker
Eran las seis de la tarde y las hermanas Barker ya
habían robado dos carteras y una botella de Jack Daniel
´s. Se encontraban en el gallinero de un viejo teatro don-
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de proyectaban películas antiguas de serie b y cine para
adultos. Media botella más tarde, Lisa, la mayor de las
dos hermanas, apagó el cigarrillo en el suelo y se puso en
pie.
–Esta película es una mierda. Vámonos, me aburro
que te cagas.
–¿Y dónde quieres ir? –preguntó Penny–. Yo no
quiero ir a casa.
–Iremos al Winchester.
–Oh, vamos. Odio ese maldito tugurio. Y sé que
solo quieres ir para ver a Nick.
Lisa la ignoró y se dirigió a la salida de emergencia.
Bajaron por el mismo sitio por el que siempre se colaban,
unas escaleras exteriores que daban a un sucio callejón
oscuro tras el teatro.
Las dos hermanas llegaron al Winchester. Eran
muy jóvenes, pero Big Roy, el gorila de la puerta, las co-
nocía desde que eran niñas y siempre las dejaba entrar.
–Hola, Big Roy –dijo Penny besándole en la meji-
lla.
–Hola, princesa. ¿Habéis sido buenas, verdad? –
dijo el grandullón mirando de reojo a Lisa.
–Claro…
–Muy bien, entonces podéis pasar. Pero Penny, tú
solo refrescos, ¿de acuerdo?
La joven de las hermanas le sacó la lengua y Big
Roy soltó una carcajada.
Una vez dentro, Lisa echó un vistazo en busca de
Nick y, durante un instante, se sintió como una niña es-
túpida al darse cuenta que, en realidad, estaba comple-
tamente colada por aquel tipo. Aquel lugar no era más
que una mala recreación de un pub irlandés. Oscuro y,
con apenas una ventana, la poca luz que había salía de
unas lámparas colocadas justo en el centro, sobre una vie-
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ja mesa de billar con el tapete rajado y con marcas de
quemaduras de cigarrillos. La barra era relativamente pe-
queña y apenas tres taburetes, muy sucios y pegajosos,
cubrían todo el ancho. Tras ella, una ristra de botellas de-
coraba la pared recubierta por un espejo que reflejaba
torpemente la poca luz del bar. Su hermana tenía razón,
aquel sitio era un tugurio, pensó Lisa. Aun así, desde la
muerte de su padre, se sentía más segura en él que en su
propia casa.
–Hola, chicas –saludó el barman–. ¿Os pongo lo
de siempre?
–Sí, por favor –dijo Penny que acercándose a la
barra cogió un puñado de cacahuetes.
Lisa caminó despacio y se detuvo junto a la mesa
de billar donde había dos chicos jugando. Uno de ellos,
con un cigarrillo en la boca, estaba recostado sobre el
mugriento tapete a punto de tirar.
Falló.
–Mierda, nena, ya me has desconcentrado –dijo
aquel tipo tirando lo que le quedaba de cigarrillo al suelo,
cerca de los zapatos de ella.
–Capullo –le reprendió Lisa.
–Oh, vamos, nena. Ven aquí.
Nick la levantó por la cintura y la sentó sobre la
mesa. Las bolas rodaron sobre el terreno de juego estro-
peando la partida.
–¡Venga, tío! –protestó el otro chico–. ¡Que iba
ganando!
Nick lo miró desafiante y su oponente dejó de in-
mediato el taco sobre la mesa.
–Vamos, no te pongas así. Sabes que solo bromea-
ba –dijo levantando ambas manos en son de paz.
Nick lo ignoró y besó a Lisa.
–¡Sois asquerosos! –protestó Penny.
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–¿Qué te pasa pequeña? –preguntó Nick– ¿Acaso
quieres un poco tú también?
–Vete a la mierda –contestó la menor de las her-
manas.
–Sí, vete a la mierda –dijo Lisa golpeándolo en el
hombro–. ¿Pero tú de qué vas?
Nick soltó una risotada y bajó a Lisa de la mesa de
billar.
–Ven, vamos a una mesa. Barry, dos cervezas –dijo
levantando dos dedos como en señal de victoria.
Se sentaron en un rincón del bar y Nick preguntó
sin articular palabra, solo con su mirada.
–Dos carteras –dijo Lisa–, pero casi vacías. Ape-
nas treinta pavos.
–Mierda, cariño –protestó Nick–. ¿Por qué coño te
la juegas por un poco de calderilla? Te dije que vigilases,
solo eso.
–Ya lo sé. No me eches la bronca, ¿vale? No eran
de por aquí, estoy segura. Además, estaban despistados.
Me lo han puesto a huevo. ¡Si casi me han dado ellos las
carteras!
Él la miró con dureza hasta que poco a poco su mi-
rada se fue suavizando. Se acercó a ella y la besó en la
frente.
–Vale, nena. Pero a partir de ahora solo vas a vigi-
lar y a informarme de lo que veas, ¿de acuerdo?
Lisa asintió con fastidio y por fin llegaron las cer-
vezas.
6. El regalo
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Tom pasó el día de su cumpleaños solo y en silen-
cio, como casi todos años, pero a diferencia de los demás,
aparte de la evidencia de su nueva condición, es que no
bajó en ningún momento al sótano.
Cuando su madre lo llamó para la cena, Tom se-
guía frente al televisor apagado observando el reflejo de
su pijama de franela.
–Cariño, a cenar –dijo su madre–. ¿A que no adi-
vinas qué te he preparado? ¡Espagueti con albóndigas!
–Estupendo –contestó apático desde el sofá.
–¿Estás bien? Te he hecho tu cena favorita. Al me-
nos podrías mostrar un poco más de entusiasmo.
Lucille se acercó al sofá y con las manos en alto
tocó la cara de su hijo.
–Te noto muy raro. En tu cumpleaños siempre te
pasas horas en el sótano. ¿De verdad que estás bien?
Su madre escrutó su rostro con las manos en busca
de una respuesta.
–No te has afeitado –continuó, y tocándole el
hombro añadió–. Ni siquiera te has quitado el pijama.
Tom se puso en pie y se dirigió a la mesa.
–Perdona, estoy bien, de verdad. Solo que me due-
le un poco la cabeza.
Empezaron a cenar y, de inmediato, Tom encendió
la televisión. El volumen estaba bastante alto, como
siempre.
–Vamos, ¿es que no podemos hablar durante la
cena ni el día de tu cumpleaños? –protestó su madre.
–Ya sabes que no –contestó Tom algo irritado.
–Bueno, tranquilo. Es solo que no lo entiendo.
Sinceramente, no creo que sea para tanto.
Tom apretó con fuerza su mano invisible tratando
de controlar su rabia y vio cómo se doblaba el tenedor
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que flotaba sobre el plato humeante. No soportaba hablar
de esas cosas pero tampoco quería hablarle mal a su ma-
dre. Apenas recordaba a su padre. Tan solo una neblina
borrosa de un hombre que pululaba por casa sin mostrar
ningún tipo de afecto, ni por él, ni por su madre. Lo que sí
recordaba, influenciado tal vez por comentarios sueltos
de su madre, es que tenía muy mal genio, algo que, al pa-
recer, él había heredado.
–Por desgracia, sí es para tanto –dijo lo más cal-
mado que pudo–. No me lo he inventado yo, lo dijo el
psiquiatra, ¿recuerdas? Se trata de un claro caso de miso-
fonía, ¿lo entiendes? ¿O quieres que te lo vuelva a expli-
car?
–No te pongas agresivo conmigo, cariño. Solo
quiero que estés cont…
–Falta irracional de tolerancia a los sonidos coti-
dianos –dijo Tom de repente, con brusquedad e inter-
rumpiendo a su madre–. Producidos, principalmente, por
los vulgares cuerpos de otras personas, como, por ejem-
plo, toser, sorber, comer y sobre todo masticar, incluso
los sonidos producidos por algunos objetos, los cuales
pueden provocar en el paciente ansiedad y conductas
agresivas.
Durante unos segundos ninguno de los dos pro-
nunció palabra alguna, y tan solo la banda sonora de una
vieja película de John Carpenter rompió el silencio de
aquel oscuro comedor.
–Bueno, ya es hora de la tarta –dijo Lucille con
exagerado entusiasmo.
Tom se percató de inmediato de cómo su despro-
porcionada reacción había afectado a su madre. Deseó
por un momento ir en busca de su padre y maldecirle por
tal desafortunada herencia. Sí, eso haría. Iría al lugar que
de niño se imaginaba que vivían todos aquellos padres
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que salían a por tabaco y ya no regresaban. Una especie
de país de Nunca Jamás para adultos irresponsables y sin
escrúpulos. Un lugar donde podrían tener nuevas esposas
y nuevos y lustrosos hijos. Se plantaría frente a él y le di-
ría: Eh, tú, cabrón, aquí te dejo tu mala leche.
–Lo siento mucho, mamá. No quería ponerme así,
ya lo sabes.
Lucille se puso en pie y sin decir nada fue a la coci-
na. Enseguida apareció por la puerta con el pastel que
había hecho por la mañana, entonando el cumpleaños
feliz. Una de las velas se cayó y se apagó sobre una fili-
grana mal hecha de nata, pero Tom no dijo nada. Se acer-
có y sopló la única vela que seguía en pie. Cuatro años,
pensó.
–Gracias, es preciosa.
–De nada –dijo su madre con una sonrisa sincera–
. Pero aún queda lo mejor.
–¿El qué?
–Vamos, no te hagas el tonto. Sabes que falta tu
regalo.
Tom cogió el pastel con sus manos invisibles y lo
dejó sobre la mesa, quitó las velas y cortó dos trozos. Su
madre volvió al comedor sujetando una caja. Estaba ex-
quisitamente envuelta en papel negro satinado con dibu-
jos dorados y un bonito lazo también dorado.
–Toma, cariño. Felicidades.
La caja flotó por los aires hasta llegar a la mesa. Su
madre se quedó de pie esperando oír la reacción de su
hijo. Tom rompió el bonito papel y al ver el interior se le
hizo un nudo en la garganta.
–¡Santo Dios, mamá! –dijo sujetando el regalo en
alto–. ¿Pero cómo lo has conseguido?
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–Bueno, entiendo que te gusta el regalo, ¿no es
así?
Por unos instantes, Tom olvidó por completo que
ese día se había despertado siendo invisible y en su cabe-
za solo había sitio para una cosa, aquella pequeña y bellí-
sima locomotora.
7. El sótano
Tom se metió en la cama y pese a que la oscuridad
era total no consiguió conciliar el sueño. Intuyó que tal
vez se había vuelto loco. Incluso fantaseó con la posibili-
dad de estar muerto y, que por alguna extraña razón, solo
los que vivían en aquel edificio podían hablar con él,
aunque no verlo. O tal vez todos estaban muertos y aque-
llo era algo así como un limbo, un lugar de transición
previo al otro lado, pero en el fondo no lo creía. Siempre
había sido un escéptico con deseos de ver. Pensaba que si
algún día se le aparecía alguna visión del otro lado, viviría
el resto de su vida tranquilo sabiendo que, después de
todo, había algo más. Tonterías, pensó. Lo más parecido a
una experiencia de ese tipo la tuvo a la edad temprana
de… no lo recordaba, pero sí que no estaba solo. El lugar
exacto tampoco estaba claro, un internado con monjas,
creía recordar, pero aquella época de su vida estaba cu-
bierta de una niebla espesa. Su amigo de entonces se lla-
maba Daniel, curiosamente eso sí lo recordaba. Aquella
noche en cuestión, estaban los dos durmiendo, en una
pequeña habitación, cuando, de repente, a altas horas de
la madrugada, se despertaron. Las paredes de la lúgubre
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estancia estaban cubiertas de caras deformes que ondula-
ban como banderas al viento. Las caras enormes tenían el
rostro enfurecido y otras, más pequeñas, estaban tristes.
Tom miró a su alrededor más confundido que asustado;
en un primer momento, al menos. Se giró a su derecha y
vio a Daniel, también despierto. Al igual que él, estaba
sentado sobre la cama y claramente desorientado en mi-
tad de aquel mar de rostros. Sin más, las caras desapare-
cieron de las paredes. El primer impulso de aquellos ni-
ños fue salir de la habitación pero, tan rápido como se
fueron aquellas imágenes, el suelo desapareció, y una luz
de un color verde fluorescente lo sustituyó. Ambos niños
cruzaron miradas y de algún modo, telepatía pensó en-
tonces, se dijeron que tenían que esperar. A los pocos se-
gundos el suelo volvió a aparecer, dando lugar, nueva-
mente, a la aparición de aquellas aterradoras caras. El te-
rror les invadió pero entendieron que aquel era el mo-
mento exacto para escapar de allí. Saltaron de sus camas
y salieron a toda prisa de la habitación maldita. Corrieron
por un pasillo que ahora, en el recuerdo disuelto por el
paso del tiempo, se le antojaba interminable. Corrieron y
corrieron hasta llegar a una habitación donde un hombre
y una mujer dormían en la misma cama, pese que en
aquella estancia había varias camas. Recordó el grito de
aquella mujer de pelo corto y el miedo que sintió cuando
aquel hombre, que dormía a su lado, salió de un brinco de
la cama, completamente desnudo, y los agarró con fuerza
por las orejas. Unos terroríficos ojos verdes se clavaron en
los de Tom. Ahí se acababa el recuerdo en un fundido en
negro demasiado largo.
Sabía que no iba a dormir aquella noche así que
encendió la luz de la mesilla y se sentó en el borde de la
cama. Se quedó mirando la preciosa locomotora que su
madre le había regalado por su cumpleaños y que descan-
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saba junto a la lamparilla. De pronto le invadieron unas
ganas locas de jugar con aquella maravillosa máquina.
–Qué demonios –dijo–. A la mierda.
Tom se puso un chándal y cogió unas gafas de sol y
una sábana. Es poco probable que me cruce con alguien
en las escaleras a estas horas de la noche, pensó, pero
nunca está de más ser precavido. Así que se envolvió la
sábana como lo haría un Tuareg y se puso las gafas. En el
baño comprobó que su disfraz funcionaba y cogiendo la
pequeña locomotora, bajó al sótano.
Justo debajo del apartamento del señor Holmes se
encontraban los trasteros asignados a los inquilinos del
edificio. El sótano era inmenso, sucio y polvoriento. Esta-
ba sin acabar, y los cimientos de aquel viejo edificio se
encontraban expuestos sin ningún pudor ni adorno. A la
derecha, una caldera, muy grande y oxidada, se alzaba
majestuosa. Se encendía en invierno y tan solo cuando las
temperaturas bajaban tanto que eran casi insoportables.
No obstante, pese a ser muy vieja, podía calentar aquel
edificio sin apenas esfuerzo. Al fondo del sótano se en-
contraban delimitados los trasteros en espacios indivi-
duales. Cubículos uno junto a otro y cerrados con puertas
metálicas que le conferían a aquel lugar una extraña apa-
riencia carcelaria. El de Tom contaba con una seguridad
extra, dos candados enormes American Hard-Lock de
acero. Sacó unas llaves redondas especiales para ese tipo
de candado y los abrió. Entró y cerró la puerta tras él.
Prendió la luz y se hizo la magia.
La estancia, de no más de diez metros cuadrados,
empezó a iluminarse con miles de pequeñas luces. En
contraste a todo aquel viejo edificio, ese lugar era fasci-
nante y misterioso, completamente impropio de su en-
torno. Una extraordinaria recreación de un bucólico pue-
blo costero se erguía majestuoso en mitad de aquel uni-
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verso. Un pequeño faro desprendía intermitentemente
una hermosa luz blanca, advirtiendo a unos imaginarios
barcos fantasmas que la costa estaba cerca. En el centro,
una iglesia desplegaba su alto campanario en el cual des-
cansaba una campana oxidada con tanto detalle que in-
cluso el badajo articulado golpeaba y emitía su caracterís-
tico sonido cuando era hora en punto. A partir de ahí, un
complejo y enrevesado conjunto de casas y carreteras ne-
vadas crecían y se desplegaban como una tela de araña.
Pequeños hombres, mujeres, niños e incluso animales
poblaban y daban vida a este mundo en miniatura. El ca-
mino central, aquel que cruzaba el pueblo, tenía un cartel
justo al principio del mismo que rezaba: Bienvenidos a
LostTown Hill, un hermoso lugar para vivir. Suaves co-
linas delimitaban las fronteras y largos railes recorrían
todo el escenario como venas y arterias. Una locomotora,
delicadamente envejecida, cobró vida y empezó a desli-
zarse por las vigas metálicas emitiendo un melancólico
pitido y soltando pequeñas bocanadas de vapor de agua.
El pequeño tren recorrió la escena con una dulzura em-
briagadora. Atravesó el pueblo, recorrió las colinas y se
fundió con el entorno al adentrarse en un túnel largo y
oscuro. El techo era azul con nubes realistas pintadas a
mano por un verdadero artista que no resultó nada bara-
to. Las paredes eran un mural enorme de paisajes monta-
ñosos con detalles propios de la Capilla Sixtina. Era una
inmersión total en un mundo creado por Tom Rainey.
De pie, frente a su obra, Tom sentía una verdadera
fascinación y orgullo por lo que había conseguido. Le cos-
tó más de diez años crear todo aquello. No era capaz de
imaginar las horas dedicadas, ni qué decir de la ingente
cantidad de dinero, la cual no se atrevía a cuantificar, que
había invertido en su sueño. Algún día mi madre y yo vi-
viremos en un sitio así, pensaba siempre.
!20
INVISIBLE
Se acercó a la puerta y cogió una gorra de maqui-
nista que colgaba de un gancho. Se la enfundó y una
enorme sonrisa se dibujó en su invisible rostro al acercar-
se al pueblo nevado. Tal era el detalle que, en la entrada
al pueblo, se podían ver incluso unas pequeñas huellas
sobre la nieve. Con la solemnidad propia de una pomposa
inauguración, colocó la locomotora que su madre le había
regalado en la estación y, tras unos pequeños ajustes, la
máquina dio sus primeros pasos.
8. Despedido
Habían pasado ya siete días y Tom seguía encerra-
do en su casa. Su madre empezó a preocuparse cuando
recibió la llamada furiosa del señor Cross, el jefe de su
hijo, preguntando por qué narices tenía que seguir pa-
gando a un empleado que no iba a trabajar. Lucille trató
de calmarlo y le explicó que Tom estaba muy enfermo
desde hacía una semana y que por favor tuviera un poco
más de paciencia.
–Señora Rainey, le recuerdo que aquí vendemos
coches usados –dijo el señor Cross–. No nos regimos por
normas sindicales y bobadas de ese estilo. O vendes o te
vas. ¿No esperará que su hijo cobre del dinero obtenido
por el trabajo de otros vendedores que sí vienen a traba-
jar, verdad?
–Sí, lo entiendo, pero…
–Aquí no hay pero que valga –le interrumpió–.
Dígale a su hijo que tiene una hora para presentarse en su
puesto de trabajo o estará despedido antes del almuerzo.
!21
INVISIBLE
Un fuerte golpe sonó en el auricular sobresaltando
a la señora Rainey.
Tras colgar el teléfono se dirigió a la habitación de
su hijo y llamó a la puerta.
–Tom, ha llamado el señor Cross. Ha dicho que si
no estás en el trabajo en una hora te va a despedir.
–Ya te he dicho que no puedo ir. No me encuentro
bien.
–Cariño, solo con mi pensión no vamos a tener ni
para pagar el alquiler –Dijo la señora Rainey al borde del
llanto–. ¿No puedes hacer un esfuerzo? No nos podemos
permitir perder tu sueldo.
No hubo respuesta.
A las tres de la tarde alguien llamó a la puerta y
Lucille, que estaba escuchando la radio, dio un respingo.
–¿Sí? ¿Quién es?
–Hola, señora Rainey, soy Ben.
–¿Ben?
–Sí, Ben. Trabajo con… –dijo sin acabar la frase y,
rectificando, añadió–. Soy amigo de su hijo. Estuve aquí
hace unos meses, ¿no me recuerda?
La señora Rainey dudó durante unos instantes y
finalmente recordó.
–Ah, sí. Disculpa. ¿Qué deseas? –preguntó sin
abrir la puerta.
–Quisiera hablar con Tom. Me temo que no traigo
buenas noticias.
Lucille abrió la puerta y se apartó para que Ben pa-
sara. –Está en su cuarto –dijo sin más preámbulos la
señora Rainey–. Pero me temo que no quiere hablar con
nadie.
Ben no contestó y entró en el apartamento. Se diri-
gió al cuarto de su compañero y llamó a la puerta.
!22
INVISIBLE
–Tom, soy Ben. ¿Puedo pasar?
–¡No! Vete, no me encuentro bien.
–El señor Cross te ha despedido –dijo sin ningún
tipo de sutilezas–. Me ha pedido que te traiga la carta de
despido.
–Pásala bajo la puerta y… gracias, supongo.
–Vamos Tom, déjame pasar –insistió tratando de
mostrarse amigable.
–Por favor, Ben, vete. No me encuentro bien. Solo
hazme un favor, dile al señor Cross que se vaya a tomar
por culo y que tenga en cuenta que aún recuerdo lo que
pasó con Betty, la secretaria. Sería una pena que su mujer
acabara sabiéndolo.
–Oh, venga Tom, no me hagas esto. No pienso de-
cirle nada al señor Cross y desde luego no pienso transmi-
tirle tus amenazas. Yo necesito el trabajo, ¿sabes?
–Adiós, Ben.
Su compañero le pasó la carta por debajo de la
puerta y de camino a la puerta añadió casi en un susurro:
–Adiós, Tom. Buena suerte.
9. Malos chicos
Lucille entró por la puerta con la compra en una
bolsa de papel y lágrimas en los ojos. Al cerrar se le cayó
el bastón al suelo y al tratar de recogerlo la endeble bolsa
se rasgó y toda la comida se desparramó a sus pies. Rom-
pió a llorar y quedó de rodillas en el suelo del apartamen-
to junto a los escasos alimentos que pudo comprar.
!23
INVISIBLE
Tom, que estaba tendido en su cama, se levantó de
un salto y fue a ver qué estaba ocurriendo. Al ver a su
madre en el suelo corrió hacia ella.
–¡Mamá! ¿¡Qué te ha pasado!?
–Nada, solo que se me ha roto la bolsa –mintió.
–¿Y por eso estás llorando?
–Sí. De verdad, no es nada –aseguró, aún de rodi-
llas.
Tom la ayudó a ponerse en pie y la acompañó al
sofá.
–Siéntate y no te preocupes, yo lo recogeré.
Una vez guardó toda la comida en la cocina se sen-
tó junto a su madre, que seguía llorando.
–Cuéntame qué te pasa, mamá, y no me digas que
estás así porque se te han caído unas cuantas verduras.
–Estoy así por ti. Ya casi no sales de casa y cuando
lo haces es solo de madrugada. Crees que no me doy
cuenta, pero apenas duermo por las noches. Has perdido
tu trabajo y mi pensión no da para más –guardó silencio
un momento y sacó un pañuelo de su bolsillo–. Además,
hoy en la carnicería he pasado muchísima vergüenza
cuando Jeffrey, el carnicero, me ha dicho delante de los
demás clientes que ya no podía fiarme más, que le debía
demasiado.
–Hijo de puta –susurró Tom, ciego de ira–. Ese
cerdo…
–Por el amor de Dios, yo no te he enseñado a ha-
blar así. Además, tiene razón. No están los tiempos para
ir regalando nada.
–Pero, mamá…
–Da igual. Estoy segura de que encontrarás trabajo
muy pronto y tal vez un día podamos cambiarnos de ba-
rrio. Así no tendremos que aguantar al señor Holmes, ni
!24
INVISIBLE
tener que pedir limosna a Jeffrey, ni cruzarnos más con
esos chicos del portal…
–¿¡Qué!? ¿¡Otra vez!? –preguntó Tom–. ¿Están en
las escaleras? ¿Te han hecho algo?
–No pasa nada, hijo, solo son unos adolescentes
mal criados, eso es todo.
Tom se levantó y empezó a caminar arriba y abajo
del comedor con pasos rápidos y nerviosos. Aquellos chi-
cos aparecieron hacía ya un par de años y cogieron la cos-
tumbre de reunirse en las escaleras de entrada al edificio.
Fumaban y bebían y con demasiada frecuencia increpa-
ban a todo aquel que pasaba, ya fuera un transeúnte o un
vecino que quisiera entrar. Cuando por fin se marchaban,
a las tantas de la madrugada, dejaban tras de sí un rastro
de colillas, cáscaras de pipas y latas de cerveza. Ni siquie-
ra el dueño del edificio, el señor Holmes, pudo hacerles
frente. Una vez lo intentó y casi recibió una paliza. Cuan-
do llegó la policía, los chicos ya se encontraban de pie
junto a la escalera y con cara de no haber roto un plato en
toda su vida. La policía explicó al señor Holmes que,
mientras no entraran en el edificio, no había nada que
pudiera hacer ni motivo de denuncia. Eso le costó caro,
pues a la mañana siguiente se encontró un mensaje en la
puerta: Cerdo Chivato, y ya nunca volvió a llamar a la po-
licía.
Eran las dos de la mañana y Tom seguía sin poder
dormir, así que decidió bajar al sótano, como iba siendo
costumbre. Ya no se envolvía una sábana en la cabeza,
sino que usaba una sudadera con capucha. También le
pidió a su madre que le comprara una mascarilla en la
farmacia y como excusa dijo que la necesitaba para lim-
piar el sótano, que se levantaba mucho polvo. Unos guan-
tes y unas Ray-Ban aviator completaban el disfraz. Bajó
tranquilo por las escaleras con sus pensamientos sumidos
!25
INVISIBLE
en el ficticio itinerario que debían cumplir sus trenes esa
noche, cuando, de repente, escuchó unas voces.
–Charles, eres un verdadero hijo puta, ¿sabes? –
dijo Delroy, un chico negro y muy delgado que estaba
sentado a su lado en las escaleras del edificio.
–Jajaja, lo sé. ¿Viste cómo le birlé la manzana a la
vieja esa?
Tom frenó de repente y dio un traspié.
–¿Has oído eso? Creo que hay alguien ahí –dijo
Delroy.
–¿¡Nos estás espiando, cabrón!? –preguntó Char-
les poniéndose de pie.
Tom se pegó todo lo que pudo contra la pared, tra-
tando de refugiarse en la oscuridad.
–¡Eh, gilipollas! ¡Te han hecho una pregunta! –
dijo un tercer chico, musculado en exceso, lanzando una
colilla encendida al interior del portal.
Tom se encontraba en el último tramo de la escale-
ra, muy cerca del siguiente que daba al sótano. Pensó en
dar marcha atrás, pero se percató de inmediato de que si
trataba de subir lo descubrirían al instante, pues la luz de
una farola entraba por el portón principal incidiendo di-
rectamente, como el foco de una cárcel, sobre aquella po-
sible vía de escape. De ese modo su única alternativa sería
intentar llegar al sótano.
Así lo hizo.
Con dos grandes zancadas pasó frente a la puerta
del señor Holmes y aterrizó de un salto sobre las escaleras
que daban acceso a los trasteros, torciéndose un tobillo.
–¡Ay! –se quejó Tom.
–¿¡A qué estás jugando, cabrón!? –preguntó Char-
les al tiempo que sacaba algo del bolsillo.
Un chasquido alertó a Tom que, asomando un
poco la cabeza, vio como aquel chico iba directo hacia él
!26
INVISIBLE
con una navaja automática en la mano. El pánico le inva-
dió de inmediato y pensó en refugiarse en su propio tras-
tero, pero sabía que no tendría tiempo de abrir los dos
candados antes de que le dieran caza.
Una tenue luz irrumpió en la escena por debajo de
la puerta del señor Holmes y Tom atisbó un ápice de es-
peranza. Tal vez salga de esta, pensó. La sombra de los
pies del casero asomó curiosa por la rendija de su puerta
mal encajada. Un leve destello, como el ojo brillante de
un gato, se dejó entrever por la mirilla durante el tiempo
que dura un parpadeo, entonces la luz del apartamento se
desvaneció como el curioso cobarde que segundos antes
la había prendido.
Charles, que se detuvo durante el tiempo que duró
la incursión de aquel voyeur, avanzó blandiendo su nava-
ja.
–Última oportunidad, capullo.
Sus dos amigos soltaron unas carcajadas desde las
escaleras de la entrada y Delroy repitió las palabras de
Charles como si fuera un loro, última oportunidad, capu-
llo.
Irrumpió de un salto en las escaleras con un sono-
ro bramido amenazador.
–¡Eeeeh! –Charles se detuvo en seco y empezó a
mover la cabeza como un perro buscando su presa–. ¿Qué
cojones?
Pero allí no había nadie, tan solo unas prendas ti-
radas en el suelo y unas cuantas puertas cerradas. Charles
comprobó una a una, solo para asegurarse, pero ninguna
se abrió.
Tras un par de minutos desistió y, con un chasqui-
do seco, la hoja afilada volvió al interior de su empuñadu-
ra. Charles salió del edificio con evidente enfado.
!27
INVISIBLE
–¿Qué ha pasado? –preguntaron al unísono sus
dos compañeros.
–¡Va! Nada. A la mierda, vámonos.
Tom seguía petrificado en mitad del sótano com-
pletamente desnudo y temblando de puro terror. Aun
siendo invisible, y más por instinto que por necesidad,
cubrió sus partes con ambas manos cuando Charles apa-
reció en aquel lugar blandiendo su navaja. Solo un segun-
do antes había podido deshacerse de la sudadera que
arrojó al suelo.
Cuando llegó a su habitación aún seguía asustado,
pero una idea había empezado a gestarse en lo más oscu-
ro de su mente.
–¿Y por qué no? –se preguntó justo antes de que-
darse dormido.
10. Cambio de planes
Lisa y Penny entraron corriendo en el Winchester
y se sentaron en la mesa del fondo.
–Barry, ¿puedes llevarle una Coca Cola a mi her-
mana, por favor? –preguntó Lisa mientras se dirigía a la
mesa de billar.
–¿Pero qué coño ha pasado? –preguntó Nick de-
jando el taco sobre el tapete.
–Woody, eso es lo que ha pasado –dijo Lisa.
–¿Qué cojones ha hecho ese cerdo esta vez? No me
digas que te ha puesto una mano encima, porque si es así
lo mato.
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INVISIBLE
Lisa cogió a Nick de la mano y lo llevó a la mesa
donde estaba Penny.
–Vamos, cariño, no llores –dijo Lisa acariciando a
su hermana–. Todo esto se arreglará muy pronto, ya lo
verás, pero necesito que se lo cuentes a Nick. Dile lo que
ha pasado.
Penny sorbió los mocos y se secó las lágrimas con
la manga. Barry llegó con una Coca Cola.
–¿Queréis que os traiga algo más? –preguntó el
barman.
Nick dijo que no y con un movimiento de cabeza
instó a Penny a que empezara a hablar.
–Después de comer –empezó a contar–, mi madre
se levantó de la mesa y se fue a la cama porque tenía ja-
queca. Yo empecé a recoger la mesa y cuando me iba a
llevar el vaso de Woody, él me agarró del brazo y me sen-
tó sobre sus rodillas. Intenté levantarme, pero me sujetó
de la cintura con fuerza y no pude moverme. Me dijo que
no fuera tonta, que era normal que los novios de las ma-
más jugaran con sus hijas. Me puso una mano ahí –dijo
señalándose la entrepierna–, y empezó a moverse. Noté
como algo duro se restregaba contra mi culo y me puse a
llorar. Entonces me tapó la boca con la mano y me dijo
que sería mejor que no contara nada o le haría lo mismo a
Lisa.
–¡Hijo de puta! –dijo Nick–. Y, dime, ¿dónde esta-
bas tú?
–Yo había subido a la azotea a fumar –contestó
Lisa–. Mi madre se cabrea si me ve fumar.
–¿Y no le habéis contado nada? –preguntó Nick,
furioso.
–Mi madre está enchochada con ese tío –explicó
Lisa–. Además se pasa la mitad del día borracha y la otra
mitad durmiendo. Una vez le conté que Woody me había
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INVISIBLE
tocado el culo y ella se rio. Se limitó a decir que eso era
normal, solo una muestra de cariño, que no fuera una
maldita loca paranoica y que empezaba a parecerme a mi
padre, que en paz descanse.
Nick negó con la cabeza en señal de incredulidad y
luego miró a Penny para que siguiera.
–Bueno, le mordí la mano con la que me tapaba la
boca y me soltó. Corrí a mi habitación y me encerré. En-
tonces él me dijo que abriera, pero no lo hice. Empujó la
puerta un par de veces y luego se fue. Creo que no quería
que mi madre se despertara. Luego llegó Lisa y le conté
todo. Ya está.
–Nick, tenemos que hacerlo ya –dijo Lisa–. No
quiero volver a ver a ese cabrón. Si esto sigue así, al final
acabará pasando, a Penny o a mí, pero al final pasará.
–No es tan fácil, nena. Esas cosas llevan su tiempo.
Un golpe como este no se puede llevar a cabo sin planifi-
carlo bien.
–Pues cambiemos el plan –dijo Lisa.
–¿Qué quieres decir con cambiar el plan?
–Hagamos algo más fácil.
–¿Más fácil como qué?
–El otro día fui a comprarle un regalo de cumplea-
ños a Penny a la juguetería que hay junto a la tienda de
licores.
–Vale, ¿y?
–Pues que el tipo de la tienda estaba hablando con
esa anciana del bastón que vive con su hijo, el rarito, y no
te creerás lo que oí.
11. Último aviso
!30
INVISIBLE
Los fuertes golpes irrumpieron bruscamente en su
habitación. Tom se sobresaltó y se quitó el antifaz que
usaba para poder dormir. Escuchó como su madre se di-
rigía hacia la puerta.
–¿Quién es? –preguntó Lucille sin abrir.
–Señora Rainey, soy Henry. Necesito el alquiler
ahora mismo.
–¡Oh, cielos! Disculpe el despiste señor Holmes.
Debí haberle avisado. Este mes ha habido un retraso en
mi pensión. Iba a ir esta mañana al banco a ver si estaba
ya el dinero. Si me da unos días, yo…
–Señora Rainey, ya conoce las normas del edificio.
Se paga el día uno de cada mes sin falta. Hoy es día dos.
Tom salió de su habitación y se acercó furioso a la
puerta.
–Oiga, señor Holmes, nunca le hemos dejado a de-
ber un solo mes. Así que haga el favor de dejarnos en paz.
Mi madre le ha dicho que le pagará en unos días.
–¿¡Que les deje en paz!? –dijo fuera de sí– ¡Claro
que sí! Si no tengo el alquiler en mi buzón en dos horas
les dejaré salir del edificio en paz. ¿¡Le parece bien así!?
–Hijo de p…
Lucille tapó la boca de su hijo.
–Gracias, señor Holmes –dijo la señora Rainey–.
En dos horas tendrá el alquiler en su buzón.
Oyeron los pasos furiosos del casero alejarse esca-
leras abajo.
–Por Dios santo, hijo, ¿pero qué te pasa? Nunca te
había visto comportarte de este modo.
–Lo siento. Yo…
–He mentido, ¿sabes?
–¿A qué te refieres? –preguntó Tom.
!31
INVISIBLE
–No tenemos el dinero del alquiler.
–Pero si te he oído decir que ha habido un retra…
–Dime una sola vez que me hayan pagado un día
tarde en todos estos años.
–Entonces, ¿dónde está el dinero?
–He tenido que pagar lo que le debía al carnicero,
al frutero, al panadero y al resto de personas que me ha-
bían prestado algo. Ya no podía ni andar por el mercado
sin que me llamaran la atención en cada uno de los pasi-
llos por los que pasaba. También he tenido que pagar el
recibo del teléfono del mes pasado y el de la luz. Ya no
nos queda nada hijo. No sé qué vamos a hacer.
La señora Rainey empezó a llorar y Tom la abrazó.
No soportaba ver a su madre así. Verla llorar le partía el
alma.
–No te preocupes, mamá. Yo lo arreglaré.
–¿Y cómo piensas hacerlo?
–Hablaré con Ben. Él me dejará el dinero.
En aquel momento, Tom llamó a su antiguo com-
pañero de trabajo. Nunca habían sido grandes amigos y
su relación apenas iba un poco más allá de unas cervezas
después del trabajo y alguna que otra salida muy esporá-
dica al Pole Club.
–Buenos días, ha llamado a Cross Auto –dijo una
voz al otro lado del auricular–. ¿En qué puedo ayudarle?
Tom reconoció de inmediato al interlocutor, era su
antiguo jefe.
–Quisiera hablar con Ben, por favor.
–¿Tom, eres tú?
–Sí señor Cross, soy yo.
–Pues te recuerdo que estamos en horario de tra-
bajo, y Ben, al contrario de lo que puedas pensar, está
trabajando.
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INVISIBLE
–Lo sé, señor Cross, pero es muy importante. Sería
tan amable de pasarme con él –Tom tomó aire y trató de
no ser grosero–. Por favor.
–Voy a ver. Si no está con ningún cliente le diré
que se ponga al teléfono. Solo dos minutos, aquí las lla-
madas son de trabajo. Las tonterías fuera del horario la-
boral.
Tom escuchó un fuerte golpe y unos pasos. No es-
taba seguro si Ben se pondría al aparato, pero era la única
opción que tenía. Al cabo de un minuto, más o menos,
Ben contestó a la llamada.
–Hola, Tom –contestó con voz neutra–. Me ha di-
cho el señor Cross que se trata de algo urgente.
–Hola, Ben, así es. ¿Está ese gilipollas ahí contigo?
–En efecto.
–Bueno iré al grano. Necesito que me prestes algo
de dinero. Estoy en un apuro y no tengo cómo pagar el
alquiler de este mes.
–Tom, yo…
–Vamos, Ben, no puedes decirme que no. Una vez
te dejé dinero, ¿recuerdas?
–Me prestaste veinte pavos, y te los devolví al día
siguiente.
–Tuviste un apuro y te ayudé, eso es lo que cuenta.
–Verás, este último mes las ventas no han ido muy
bien y apenas he sacado para mis gastos. Si te presto di-
nero no tendré ni para pasar esta semana –Tom escuchó
al señor Cross decir que colgara ya el teléfono–. Lo siento
mucho, pero no puedo ayudarte con esto. Tengo que col-
gar.
La llamada se interrumpió dando paso a un pitido
intermitente. Tom se quedó de pie con el auricular pega-
do a la oreja.
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INVISIBLE
–¿Ha ido bien? –preguntó su madre–. ¿Nos dejará
el dinero?
Tom la miró y vio que aún tenía lágrimas en la
cara. La rabia y el dolor se apoderaron de él y sintió cómo
una gota húmeda le recorría la mejilla. Se la secó con las
yemas de los dedos y comprobó que era tan invisible
como lo era él.
–Sí. Nos dejará el dinero.
12. Al ladrón
Tom dejó su pijama de franela sobre la cama y,
desnudo, salió al salón. Su madre estaba en su mecedora
escuchando la radio.
–Ahora vengo, mamá. Voy a por el dinero de Ben.
–¡Estupendo! –dijo su madre muy animada.
–¿Estarás bien?
–Por supuesto que sí. Además, me alegra ver que
sales de casa durante el día. Me tienes muy preocupada,
ya lo sabes.
–Pues no te preocupes más, todo saldrá bien, ya lo
verás. Ahora mismo vuelvo.
Tom besó a su madre en la frente y salió del apar-
tamento tan solo con una llave que escondió bajo el fel-
pudo de la entrada. Dudó unos instantes antes de ponerse
en marcha. Había estado pensado en ello desde lo ocurri-
do la otra noche con los chicos del portal. No entendía
por qué había sufrido esta especie de metamorfosis, pero
sabía que no podía quedarse encerrado para siempre en el
!34
INVISIBLE
apartamento con su madre. Su nueva condición podía ser
una maldición, pero también una bendición si la maneja-
ba del modo correcto. La necesidad le obligó a recurrir a
su invisibilidad la pasada noche y escapó gracias a ella.
¿Por qué no volver a usarla ahora que la situación así lo
requería?, pensó. Solo iban a ser unos cuantos cientos de
dólares. En un principio pensó entrar en un banco, pero,
incluso siendo invisible, podría ser complicado. Tal vez
hiciera saltar alguna alarma y podría quedar encerrado
tras las medidas de seguridad o vete tú a saber. Quizá en-
trar en una casa vacía pero, pese a todo, Tom no quería
coger el dinero de gente honrada y trabajadora. Tenía que
robar, eso estaba claro, pero no a cualquiera, y tras darle
muchas vueltas, al final, dio con la víctima perfecta, roba-
ría en el Pole Club. Habría dinero más que suficiente para
pagar el alquiler pues, como todas las noches, una panda
de pobres desgraciados habitaba aquel antro gastando sus
ahorros a cambio de alcohol barato, bailes sensuales y
mamadas. Él bien lo sabía. Sí, ese maldito tugurio sería
perfecto, al fin y al cabo los dueños no eran más que unos
proxenetas disfrazados de empresarios.
Llegar le resultó más difícil de lo que en un princi-
pio él se imaginó. El hecho de ser invisible hacía que las
demás personas siguieran sus trayectorias sin inmutarse
y Tom debía prestar atención a todos y cada uno de los
transeúntes que circulaban por las aceras con las prisas
típicas de la mañana. En una de las esquinas chocó con
una mujer que iba despistada con el móvil. Afortunada-
mente ella, al levantar la vista, atribuyó el golpe a un chi-
co que también iba despistado leyendo un libro y que
acabó recibiendo una ristra de improperios por parte de
la exaltada mujer. Cuando solo estaba a tres manzanas de
su destino, tuvo que saltar de la acera para evitar a un co-
rredor que apareció de repente por su espalda. En ese ins-
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INVISIBLE
tante, el manillar de una bicicleta impactó contra su codo.
El ciclista rodó por la calzada y un coche que circulaba
tras él pegó un frenazo y a punto estuvo de atropellarlo.
Tom cayó de culo y un dolor lacerante le recorrió el brazo.
Contuvo sus ganas de gritar y se puso en pie de inmedia-
to, justo antes de que se restableciera de nuevo la circula-
ción en el carril. Siendo consciente de lo peligroso de su
situación, extremó las precauciones y continuó con sumo
cuidado.
Tuvo que esperar más de quince minutos antes de
que el tipo que vigilaba la entrada abriera la puerta a un
cliente que salió dando tumbos del club. Aprovechó ese
momento para entrar. A esa hora, el Pole Club estaba
muerto. Apenas quedaban diez clientes que estaban re-
partidos entre la barra y la pista de baile. En ella, Cassie,
una antigua reina del porno entrada en años y con unos
cuantos kilos de más, estaba haciendo la última actuación
del día, o de la noche, según se mire.
Tom bordeó el club hasta llegar a la zona donde se
cambiaban las bailarinas. Solo tuvo que atravesar una
gruesa cortina de terciopelo que durante la noche está
siempre custodiada por un tipo enorme con exceso de es-
teroides, pero que a esas horas estaba tan abandonada
como el orgullo de los tipos que allí quedaban.
Tras bambalinas, aquel lugar era diferente, casi
mágico y lejos de cualquier idea preconcebida que uno
pudiera tener de un ambiente tan sórdido como el que se
respira todas las noches al otro lado. Espejos con luces,
maquillaje, plumas, sombreros y toda la parafernalia de
un majestuoso cabaret conformaban aquel extraño lugar.
Tom atravesó aquella exótica jungla hasta llegar a una
puerta que se encontraba cerrada a cal y canto. Era gran-
de, aparentemente robusta y de metal. Blindada sin duda.
Sobre el marco, una cámara de seguridad vigilaba a todo
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INVISIBLE
aquel que se aproximara y, por un segundo, temió ser vis-
to. Luego recapacitó. Tras ella se encontraba lo que anda-
ba buscando, estaba claro. Pulsó un botón que estaba ins-
talado junto a la jamba, justo encima de un panel numéri-
co, y, tras oír el sonido eléctrico del timbre, esperó. Pulsó
unas cuantas veces más. Aquel sonido era igual al que ha-
cen las moscas cuando se fríen en esas lámparas matain-
sectos. Finalmente la puerta se abrió de súbito. De ella
salió un tipo enorme con aspecto de estar muy cabreado.
Parecía el típico matón, pero iba muy bien vestido, con
traje hecho a medida y corbata. Miró a un lado y a otro y
salió con prisa hacia los camerinos. La gruesa puerta em-
pezó a cerrarse y Tom se apresuró a entrar.
La puerta escondía un despacho de no más de cua-
tro metros cuadrados. Una gran mesa de metal dominaba
el centro de la estancia. Sobre ella había un teléfono de
los de dial de al menos veinticinco años de antigüedad,
una máquina para contar dinero y una pequeña báscula.
La moqueta del suelo, que era de color crema, estaba lle-
na de manchas y quemaduras. Las paredes estaban forra-
das con paneles de madera ya muy envejecidos, y unas
antiguas y feas fotografías en blanco y negro descansaban
en sucios marcos tras cristales amarillentos. A la izquier-
da había un pequeño escritorio, también de metal, con un
cenicero enorme de cristal con un cigarrillo apoyado aún
humeante. A su lado, un pequeño espejo de mano con
tres hileras de polvo blanco, una de ellas a la mitad. Por
último, a la derecha, un gran sofá chester de terciopelo
rojo. Una joven de piel tostada, pero no negra, con gran-
des pechos y completamente desnuda parecía estar dor-
mida sobre él.
Tom se quedó parado frente a la chica. Nunca an-
tes la había visto por el club y sin duda era más hermosa
que todas las demás. De pronto notó un súbito cosquilleo
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INVISIBLE
en la entrepierna y cuando se llevó la mano a su invisible
miembro comprobó como este estaba completamente
duro. Jugueteó unos instantes con su falo y se acercó
despacio hacia la chica.
–¿Pero qué coño estás haciendo? –se dijo a sí
mismo, alejándose de la joven.
Tom se dirigió al escritorio con un leve dolor en los
testículos. Trató de no pensar en ello y abrió uno de los
cajones. Nada, solo papeles y una calculadora. El segundo
cajón estaba también vacío, pero en el tercero encontró lo
que buscaba, un fajo de billetes. Los cogió nervioso y
temblando quitó la goma que los sujetaba. Veinte, cua-
renta, sesenta y así contó hasta mil doscientos dólares. No
era una fortuna, pero tenía de sobra para pasar este mes y
pagar el alquiler del próximo. Colocó de nuevo la goma
alrededor de los billetes y se dirigió a la puerta.
Esta no se abrió.
Bajo el pomo había un panel numérico que, al
igual que el que estaba instalado fuera, dejaba claro que
sin la combinación no iba a abrirse la puerta.
Miró a su alrededor para ver si se le había pasado
alguna puerta trasera o una ventana, pero no. Al final su
vista volvió a los exuberantes pechos de la joven dormida
y cayó en la cuenta de que su erección seguía aún tan ál-
gida como antes. Tom se acercó de nuevo muy despacio y
tendió su mano hacia el pezón de la chica. Dudó. No eres
un degenerado, por el amor de Dios, se dijo a sí mismo
tratando de justificarse, solo quiero acariciarla un poco,
¿quién se va a enterar?, pensó. Pero alguien gritó desde
algún escondrijo de su cabeza, uno tapiado con ladrillos, y
supo que eso no era del todo cierto. Siempre hay alguien
que se entera. Siempre hay alguien que observa al obser-
vador. Y de nuevo un recuerdo errante, como un fantas-
ma que merodea por siempre en su cabeza, le golpeó en-
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INVISIBLE
tre los ojos. Una mujer de pelo corto asomada por una
pequeña ventana situada en lo alto de una habitación os-
cura. En mitad de un terrible dolor, sus ojos, que ahora
son los de un niño asustado, se cruzan con los de ella y en
ellos no ve más que oscuridad.
Tom volvió a la realidad. Si quien observa es una
mujer de ojos negros, puedo estar tranquilo, ella no hará
nada, pensó, y toda su atención volvió a los pechos de la
mujer dormida. Al principio solo le rozó el pezón con la
yema de los dedos, pero poco a poco empezó a sentirse
más cómodo y confiado. Haciendo pinza con el pulgar y el
índice, pellizcó aquel tentador saliente con relativa fuerza
y la joven emitió un leve gemido, lo que provocó que su
excitación aumentara exponencialmente. Dejó el fajo de
dinero en el suelo y usó la mano para acariciar el interior
de su muslo. Su lengua lamía el contorno del pezón y sus
dedos jugueteaban con el rizado y escaso bello de la en-
trepierna. Poco a poco, Tom fue tomando posición sobre
la inconsciente chica y con un suave movimiento de rodi-
lla le abrió las piernas. Apoyó su miembro sobre la rosada
piel y con leves movimientos encontró la entrada.
Los ojos de la chica se abrieron de inmediato refle-
jando el más absoluto terror.
Gritó de un modo tan desgarrador, que el miedo
recorrió de inmediato la columna vertebral de Tom pro-
duciéndole un desagradable cosquilleo. Su erección des-
apareció tan rápido como vino y cayó de espaldas contra
la moqueta.
En ese momento la puerta se abrió y aquel desco-
munal hombre entró aún más furioso que antes. Tom se
quedó helado al ver que le miraba fijamente a los ojos.
–¿¡Ibas a robarme!? –preguntó el gigantón, ciego
de ira.
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INVISIBLE
A punto estuvo Tom de contestarle cuando este
añadió:
–¡Contéstame, puta! ¡Te he hecho una pregunta!
Al caer de espaldas se quedó tendido con la cabeza
sobre el fajo de billetes y entendió en el acto que aquel
animal no le miraba a él.
–¿¡Pero qué estás diciendo, Tyronn!? –preguntó la
joven, todavía aterrada y confundida–. ¡No sé qué está
pasado!
La chica se levantó del sofá y aquel matón le soltó
un revés que la tumbó de nuevo.
–¡A mí no me tomes el pelo, perra! –dijo abalan-
zándose sobre ella–. ¿¡Acaso quieres que me crea que el
dinero ha salido solo del cajón!?
Tyronn la agarró del pelo y la golpeó en el estóma-
go dejándola doblada sobre el chester de terciopelo rojo.
Tom aprovechó la situación para coger el dinero del suelo
y huir, pero la puerta se cerró antes de que él pudiera lle-
gar a ella. El matón volvió a levantar la mano para abofe-
tear de nuevo a la inocente chica cuando de reojo vio algo
moverse.
–¡La hostia! –gritó al tiempo que bajaba la mano–.
¡Mi puto dinero!
Tyronn se olvidó de la chica y fue directamente a
por el fajo que flotaba frente a la puerta. Si aquel tipo lle-
gaba a agarrar a Tom sería el fin, siendo este invisible o
no. Los billetes volaron por encima de la enorme bestia
cayendo frente al escritorio. Tyronn frenó en seco y a
punto estuvo de golpear a Tom. Fue directo a por el dine-
ro y se quedó de cuclillas con los billetes en la mano mi-
rándolos curioso como un chimpancé a un espejo. En
aquel momento el enorme y pesado cenicero de cristal
levitó sobre la cabeza del simio y cayó golpeando con
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INVISIBLE
fuerza la base del cráneo produciendo un crujido. Tyronn
se desplomó al instante.
Con el dinero en la mano y la enorme bestia fuera
de juego, solo le restaba salir de ahí cuanto antes. Pero
aún tenía el problema de la puerta cerrada bajo código.
Tom trató de girar de nuevo el pomo de la puerta por si
acaso esta se abría, pero no hubo suerte.
–Seis nueve, seis nueve –dijo una voz temblorosa.
–¿¡Cómo!? –preguntó Tom por puro instinto.
Se dio la vuelta y vio a la chica de rodillas sobre el
sofá que, pese a su color, no disimulaba las salpicaduras
de sangre que caían de su nariz y labio, partido, por cier-
to. Sin levantar la vista, por miedo a lo que podría encon-
trarse, volvió a repetir:
–Seis nueve, seis nueve. Esa es la combinación.
Tom marcó el código, abrió la puerta y abandonó
aquel lugar.
13. Trisha Simmons
Tom corrió al apartamento como alma que lleva el
diablo. El dinero volaba por los aires creando parábolas
imposibles y despertando la curiosidad momentánea de
algunos viandantes. Aun así, no le importó. En su mente
un torbellino de sensaciones y pensamientos se aglutina-
ban alrededor de lo ocurrido (¿había ocurrido
realmente?). Una punzada de asco hacía él mismo le in-
vadió al recordar lo que le acababa de hacer a aquella po-
bre chica, pese a no estar seguro de si realmente llegó a
consumarlo. ¿Y qué más da que no lo consumaras? Si no
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INVISIBLE
llega a despertar lo hubieras hecho, pensó. Pese a todo,
sentía cómo corría ardiente la sangre por sus venas a una
velocidad de vértigo. Aquella disonancia cognitiva le pro-
ducía un placer inaudito, casi pecaminoso.
Corrió desnudo con la Epifanía reflejada en su
sonrisa.
–¡Hola, mamá! –dijo Tom con una jovialidad im-
propia de él mismo.
–Hola, cariño. ¿Ha ido todo bien? –preguntó su
madre algo extrañada.
–De maravilla. Ben no solo me ha dejado lo sufi-
ciente para pagar el alquiler –mintió–, sino que además
me ha devuelto el dinero que le presté. Hacía tanto tiem-
po que ya ni me acordaba. Antes de subir le he dejado el
dinero en el buzón al idiota de Henry así que nos pode-
mos olvidar de él en lo que resta de mes.
Tom sujetó a su madre de la cintura y cogiéndola
de la mano, tarareó un vals y empezó a bailar con ella.
–¿Recuerdas a Trisha Simmons? –preguntó su
madre sin perder el ritmo.
–Sí, claro –contestó– Aquella rubia tan guapa del
club social. Era la hija de… ¿cómo se llama tu amiga?
–Se llama Anne. ¿Así que soy guapa? –preguntó
una voz desde el pasillo.
Tom saltó como un gato asustado y giró sobre sí
mismo en pleno vuelo. Se dio de bruces contra el suelo
después de tropezarse con el respaldo del sofá y rodar ha-
cia lo inevitable.
–Tranquilo –dijo su madre–. Es ella, Trisha.
Tom seguía en el suelo escondido tras el sofá sin
atreverse a salir. ¿Cómo ha podido verme?, se preguntó.
Unos pequeños golpes resonaron en distintos puntos del
comedor.
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INVISIBLE
–¿Es qué no te alegras de verme? –preguntó Tris-
ha sin dejar de tantear la estancia con su bastón.
Asomó la cabeza por encima de su escondrijo y la
vio. Hacía años que no sabía nada de ella. La conoció en
el club social donde su madre y sus amigas se reunían to-
dos los fines de semana. Sabía que estaba enferma, aun-
que no recordaba exactamente de qué. Algún tipo de
glaucoma hereditario o algo así, tal vez, pero no estaba
seguro.
–Hola, Trisha –dijo por fin–. Ha pasado mucho
tiempo.
–Tres años más o menos –contestó con una sonri-
sa sincera–. Me alegra oírte de nuevo, Tom.
–Bueno, sentaos a la mesa que yo os preparo algo
–dijo Lucille–. Y así aprovecháis y os ponéis al día. ¿Sa-
bes Trisha que Tom está soltero?
–¡Mamá!
Lucille y Trisha rieron a carcajadas y Tom sintió el
rubor invisible en sus mejillas.
Se disculpó y salió corriendo a su habitación. Cogió
el pijama que había dejado sobre la cama y se lo puso a
toda prisa.
–Bueno, ¿no vas a darme un beso? –preguntó
Trisha cuando le oyó llegar de nuevo.
–Eh… pues claro.
Tom se acercó a ella y la besó en la mejilla.
–¡Au!, ¡cómo pinchas! –se quejó Trisha.
–Sí, lo siento. Llevo tiempo sin afeitarme.
Con las dos manos le palpó la cara.
–No lo hagas –dijo ella–. Me refiero a afeitarte. Te
queda muy bien. Solo te estaba tomando el pelo.
Ya sentados en la mesa apareció Lucille con una
bandeja llena de pequeñas porciones de pastel.
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INVISIBLE
–Aquí tenéis, algo para merendar. Ahora os traeré
café.
–Siéntate, mamá, ya lo traeré yo.
Se levantó y fue hacia la cocina. Antes de salir del
comedor se giró y miró a Trisha. Era solo cuatro o cinco
años más joven que él, sin embargo tenía un aspecto dul-
ce y jovial y no aparentaba haber llegado ya a la treintena.
Su sonrisa mostraba unos dientes blancos y rectos, algo
que él tenía muy en cuenta en una chica. Una vez en el
instituto rechazó el beso de Jennifer White, delegada de
curso y animadora, solo porque tenía los dientes torcidos.
El día pasó volando y los tres siguieron hablando
hasta casi la hora de la cena. Fue una conversación agri-
dulce con momentos muy divertidos y momentos tristes.
Trisha contó que perdió definitivamente la vista hacía ya
unos dos años y que los médicos no pudieron hacer nada
para evitarlo. Su enfermedad, con un nombre imposible
de pronunciar, era hereditaria y degenerativa, algo así
como un cáncer ocular, y por desgracia, poco común, por
lo que las investigaciones eran escasas. Aun así, Trisha
era, a su manera, feliz. Pasó una época muy difícil pero,
poco a poco, lo fue superando y su acercamiento a Dios
fue determinante para su recuperación, según contó ella.
Ahora luchaba por su madre, que llevaba unos meses muy
enferma y que por desgracia, según dijeron los médicos,
no le quedaba demasiado tiempo. La noticia no pilló del
todo por sorpresa a Lucille, pues en el club ya se había
hablado en ocasiones del estado de Anne, aun así, se en-
tristeció cuando Trisha lo confirmó. La madre de Tom se
ofreció a preparar la cena, pero Trisha rehusó la invita-
ción. En una hora, la enfermera que estaba al cargo de su
madre, terminaba su turno y ella debía estar en casa antes
de que se fuera.
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INVISIBLE
–¿Te apetece acompañarme a casa, Tom? –pre-
guntó Trisha–. No vivo demasiado lejos de aquí.
No hubo respuesta y Trisha se levantó de la mesa
algo avergonzada.
–Discúlpame. No debería habértelo pedido, te he
puesto en un compromiso y seguramente tengas cosas
que hacer.
–Pero qué tonterías dices –dijo Lucille–. Claro que
te acompañará a casa, ¿no es cierto?
Tom no tenía salida.
–Eh… pues claro que sí.
Mientras Trisha y su madre se despedían, Tom
volvió a su habitación y se quitó de nuevo el pijama. No le
quedaba más remedio que ir desnudo si tenía que acom-
pañarla a casa. Tendría que tener mucho cuidado con que
Trisha no le rozara alguna parte del cuerpo que no fuera
las manos o la cara o se daría cuenta enseguida que iba tal
como su madre le trajo al mundo, y eso tenía mala justifi-
cación.
Hacía frío esa noche, pero cuando Trisha cogió su
mano no le importó en absoluto.
–¿No te parece mal, verdad? –preguntó ella.
–¿A qué te refieres?
–A que te coja de la mano. Me siento más segura y
además de noche me tropiezo con más frecuencia.
La miró extrañado y ella notó su desconcierto.
–Estoy bromeando, tonto –dijo sonriendo.
A Tom le fascinaba aquel sentido del humor. Con
la vida que le había tocado y, aun así, se veía con fuerzas
para bromear en todo momento. La alegría que irradiaba
era cálida y reconfortante. Sintió el deseo de abrazarla.
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INVISIBLE
Veinte minutos más tarde llegaron a casa de Tris-
ha. Era un edificio igual de feo y viejo que el de Tom, tal
vez un poco más. Se quedaron unos segundos en silencio.
–¿Te apetece subir? –preguntó ella–. La enferme-
ra se irá en quince minutos y mi madre se quedará dor-
mida incluso antes.
Tom deseaba subir con todas sus fuerzas, pero la
reacción de la enfermera cuando Trisha le presentara a su
amigo invisible sería muy desconcertante para ambas y lo
más probable es que acabara con una llamada a servicios
sociales.
–Me encantaría, pero mañana tengo que madrugar
y…
–Lo entiendo, no te preocupes –dijo ella algo de-
silusionada, pero sin tratar de ocultarlo–. No quiero que
pienses que soy una atrevida ni nada parecido. No tengo
muchos amigos y hablar con alguien que no sea la enfer-
mera o mi madre me resulta muy reconfortante.
–Trisha, eres preciosa –se sorprendió al oír sus
propias palabras, aun así, continuó–, y me encantaría
volver a verte muy pronto si tú quieres. Siento ser yo el
atrevido, pero lo cierto es que…
–Me encantaría –le interrumpió Trisha.
Antes de subir, ella se acercó y él la besó en la me-
jilla.
14. El cambio
Camino a casa, Tom reflexionó sobre su compor-
tamiento. Tenía claro que algo estaba cambiando, pero
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INVISIBLE
sintió que ese cambio iba más allá del mero hecho de ser
invisible. Más que de un cambio circunstancial se trataba
de algo más profundo, un cambio de paradigma que le
modificaba desde lo más hondo de su ser. Sentía que el
hecho de no verse lo iba desvinculando y alejando de toda
realidad. Vivía una auténtica metamorfosis que rompía
cadenas, y los tabúes, grabados a fuego por la sociedad en
las mentes inmaduras como dogmas, se volvían obsole-
tos, frágiles y eran remplazados por instintos más prima-
rios. Adiós córtex prefrontal, bienvenido de nuevo, cere-
bro reptiliano, pensó con sorna. Estos pensamientos le
acompañaron hasta llegar a su casa. En el transcurso de
ese día, estuvo a punto de violar a una joven inconsciente
y casi seguro que le partió el cráneo a un hombre sin ape-
nas haber sentido algún tipo de remordimiento sincero.
Más tarde se encontró diciendo abiertamente a una chica
que apenas conocía y que no había visto en años que la
encontraba atractiva y por poco no se lanzó sobre ella al
despedirse. Sentía cómo los pilares que sustentaban su
comportamiento social, eran cada vez más delgados y
quebradizos y empezaba a importarle poco la necesidad
de tener que controlar sus actos. <<Soy invisible, no ten-
go que aparentar ser, pues no soy>>.
Aquella noche Tom se acostó temprano y su sueño
fue plácido y profundo. Sus sueños… oscuros.
15. Cara ensangrentada
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INVISIBLE
Tom pasó gran parte del día en el sótano. Como
disponían de dinero extra este mes, le encargó a su madre
una lista de cosas necesarias para hacer unas ampliacio-
nes en su mundo particular. Unas montañas, dos metros
de raíles, un saquito de musgo, nieve artificial en polvo
fino, una señal de paso a nivel, un metro de camino rural,
unas losas de pavimento y unas cuantas cosas más. Le dio
dinero más que suficiente para comprar todo aquello y le
pidió que se diera algún capricho con el dinero que le so-
brase. En un principio su madre protestó, pero Tom insis-
tió y la tranquilizó mintiendo sobre un ficticio trabajo que
estaba a punto de conseguir. Si se acaba el dinero conse-
guiré más, pensó.
Tom no sabía qué hora era, pues en aquel lugar el
único reloj que había era el de la estación central y este
siempre marcaba las siete. Su madre le bajó un sándwich
para la cena y de eso habrían pasado ya unas tres o cuatro
horas, más o menos, por lo que imaginó que serían alre-
dedor de la una de la mañana. Decidió que ya había llega-
do el momento de ir a dormir. Un gran día, pensó. Fanta-
seó con la posibilidad de conseguir el trastero de al lado y
fusionarlo con el suyo. Sabía que si pagaba lo suficiente al
señor Holmes, este no pondría ninguna objeción. Conse-
guiría el dinero y construiría la maqueta de trenes más
fabulosa del mundo.
–Ya está bien por hoy –se dijo a sí mismo en voz
alta–. A dormir.
Apagó la luz antes de abrir la puerta y se asomó
con cuidado. Al comprobar que no había nadie salió del
trastero y lo cerró con dos candados. Ya no se ponía nin-
gún disfraz. Se había acostumbrado a ir completamente
desnudo y le resultaba algo natural y de algún modo hasta
cómodo. Solo se vestía cuando estaba en casa y siempre
con su pijama de franela. Pensó en que debería hacer
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INVISIBLE
acopio de dinero ahora que aún hacía calor, porque si no,
en invierno, le resultaría muy duro pasear desnudo por
las calles frías y húmedas del barrio, y coger una pulmo-
nía podría ser fatal.
Absorto en sus pensamientos subió por las escale-
ras y casi ni se percató de que había unos chicos en el por-
tal. Paró en el rellano al oír unas risotadas y girando so-
bre sí mismo se quedó mirándolos. Los reconoció de in-
mediato. Se acordó del chico de la navaja y del terror que
pasó cuando casi le atrapa en el sótano. Recordó todo, in-
cluso el miedo que sintió en aquel instante, aunque el re-
cuerdo era abstracto y ajeno a él, como si se lo hubiesen
contado. No sintió ningún miedo, ni rabia. No sintió
nada. A punto estuvo de subir a su casa, pero justo en
aquel momento oyó hablar a aquel chico y recordó su voz
mofándose de su madre y más tarde amenazándole, y del
mismo modo que un niño vuelve atrás solo para aplastar
a una cucaracha con la rueda de su bicicleta, él fue hacia
ellos.
Charles estaba sentado en el escalón más cercano a
la acera, junto al chico excesivamente musculoso que lan-
zó la colilla al interior del portal el día que casi lo descu-
bren. Tras ellos se encontraba Delroy que no paraba de
comer pipas a una velocidad de vértigo. Escupía las cas-
caras casi a la misma velocidad dejando las escaleras al-
fombradas por completo y húmedas por tanta saliva. Tom
se acercó con sigilo y golpeó la bolsa de pipas que estaba
junto a Delroy y estas cayeron escaleras abajo. Charles se
giró molesto cuando unas cuantas se le metieron por la
rabadilla.
–¿Qué coño haces, idiota? –protestó Charles lan-
zándole una colilla–. Comes como un cerdo, ¿lo sabes,
verdad?
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INVISIBLE
El chico no contestó. Se limitó a encogerse de
hombros al tiempo que sus labios se arquearon hacia aba-
jo como la boca de un besugo y, abriendo mucho los ojos,
su cara adoptó la forma de un auténtico bobalicón que no
entiende qué ocurre.
Charles se dio la vuelta y siguió la conversación
con el tipo hipertrofiado que estaba sentado a su lado. Sin
previo aviso, un dolor lacerante le recorrió todo el cuerpo
y un pitido ensordecedor resonó en su cabeza y su oído
derecho empezó a sangrar desde el interior. Charles se
llevó las manos a la oreja y cayó al suelo. Rodó por la ace-
ra y empezó a emitir unos quejidos agudos, fuertes y des-
agradables. El chico con el que hablaba se levantó de un
salto y se giró hacia Delroy que dejó de recoger las pipas
para volver a poner su cara de bobalicón.
–Pero… ¿Qué has hecho, tío? –preguntó–. ¡Le has
partido el tímpano a Charles!
–¿¡Qué cojones dices!? ¡Yo estaba metiendo las pi-
pas en la bolsa! ¡No le he hecho nada! –contestó más sor-
prendido que asustado.
En aquel momento Charles se levantó de la acera y
le lanzó un puñetazo directo a la cara. Delroy cayó sobre
los escalones. Su nariz empezó a sangrar profusamente.
–¡Hijo de puta! ¡Me has partido la nariz!
–¡Y tú me has reventado el tímpano, cabrón!
Ambos saltaron el uno contra el otro y puñetazos y
patadas empezaron a volar en todas direcciones. Charles
se posicionó detrás y haciendo presa con ambos brazos
empezó a estrangularlo. Su oponente empezó a perder el
conocimiento y Charles relajó un poco el agarre, lo que
hizo que la sangre fluyera de nuevo. Recobrado el sentido,
Delroy hincó sus dientes en el antebrazo de Charles des-
garrándole una pequeña porción de carne. El grito fue
aún más fuerte y desgarrador que el primero y soltó de
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INVISIBLE
inmediato a su nuevo enemigo. Metió la mano en el bolsi-
llo trasero del pantalón y sacó rápidamente su navaja au-
tomática que con un click se abrió en el acto. Charles es-
grimió su arma en una parábola mortal seccionándole el
cuello. Todo ocurrió vertiginosamente rápido. De la gar-
ganta de Delroy brotó una ingente cantidad de sangre que
cubrió de rojo toda la escalera.
–¿¡Qué has hecho, Charles!? –preguntó el tipo
musculoso–. ¡Le has matado!
Pero Charles no contestó. Su mirada se quedó pe-
trificada en algún punto indeterminado de la escalera
mostrando un pavor irracional. El chico, al ver la reacción
de su compañero, miró en la dirección que apuntaban sus
ojos para descubrir algo aterrador. La sangre del chico
negro, que salpicó todo a su alrededor del mismo modo
como si saliera de un aspersor, descubrió un rostro incor-
póreo que tomó la forma de una máscara demoníaca. Una
cara con ojos huecos y gotas de sangre resbalando por
una tez inexistente. Un orificio vacío, en el lugar donde
correspondería haber una boca, se abrió con fiereza y el
líquido denso que una vez dio vida, tiñó una protuberan-
cia con forma de lengua. Un gritó apático, vacuo, carente
de todo significado desencadenó una reacción inevitable.
Pánico.
Corrieron como almas que lleva el diablo y ya nun-
ca más volvieron.
16. Buenas samaritanas
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INVISIBLE
Unas voces sacaron a Tom de un sueño perturba-
dor en el cual su madre era víctima de las llamas del in-
fierno, pero lo que realmente le oscureció el alma fue que
en esa horrible pesadilla el diablo era él.
Casi aliviado y algo confuso, se levantó de la cama
y dejó el antifaz sobre la mesilla de noche. Esta vez no se
puso el pijama, que ya permanecía más tiempo en el res-
paldo de la silla que en su propio cuerpo, debido a que las
voces anunciaban una inesperada visita. Con cuidado
abrió la puerta de su habitación y al salir le sorprendió el
paso de una chica desconocida que se detuvo frente a su
habitación. La voz de su madre y de otra persona, que por
su timbre de voz diría que era de una chica joven, sona-
ban oscuras y apagadas, por lo que supuso que se encon-
traban en la cocina. La joven que le sorprendió, que apa-
rentaba tener unos catorce o quince años, abrió la puerta
del baño. Tom se tranquilizó y pensó que tal vez eran
unas niñas que vendían galletas puerta a puerta o algo
así. No le dio importancia y volvió a meterse en su cuarto.
De pronto oyó tras de sí el crujido de otra puerta que se
abría. Asomó la cabeza al pasillo y vio como la joven, que
apenas había estado dos segundos en el baño, empujaba
la puerta del cuarto de su madre y entraba en él. Sin hacer
ruido se acercó para ver qué estaba haciendo ahí. La chica
abrió los cajones de la cómoda y echó un vistazo dentro
del armario. Su primer impulso fue atizarle un puñetazo,
pero en ese momento la joven salió del cuarto y él se
apartó de su camino. No ha cogido nada, pensó, esperaré
a que robe algo y después ya veré qué hago con ella.
En aquel momento casi deseó que lo hiciera. No es
que necesitara justificarse, de hecho pensaba que con
aquella intromisión ya estaba en su derecho de defender
lo que era suyo y del modo en que le viniera en gana. Tal
vez un remanente o una ilusión de cuando aún seguía las
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INVISIBLE
normas hizo que no actuara con excesiva impulsividad,
pero algo en su interior le mandaba un mensaje claro, si
robas lo pagas, y muy caro.
La joven se asomó también en su cuarto, pero por
alguna razón no entró. Unas risotadas llamaron la aten-
ción de Tom y de la chica y ambos fueron en dirección a la
cocina, ella delante y él, muy de cerca, detrás.
Lucille Rainey y una chica, algo mayor que la niña
cotilla, estaban hablando mientras la madre de Tom pre-
paraba café.
–De verdad, muchas gracias –dijo Lucille–. Quiero
que aceptéis estos cinco dólares.
–Pues gracias a usted, señora –dijo la joven que no
dudó un segundo en coger el dinero–. La verdad es que
las bolsas pesaban lo suyo.
–Sí, es cierto. Antes solía acompañarme mi hijo,
pero últimamente está ocupado por las noches y suele le-
vantarse muy tarde.
–¿Así que su hijo está en casa? –preguntó extra-
ñada.
–Sí, está en su cuarto durmiendo.
La más joven de las chicas apareció por la puerta
de la cocina. La mayor la interrogó con la mirada, pero la
joven se encogió de hombros y dijo que no con la cabeza.
Esta se llevó el índice a la sien y dándole vueltas indicó a
su compañera que la mujer no estaba en su sano juicio.
–Bueno, nosotras nos vamos a ir –dijo la mayor.
–¿Tan pronto? Si ni siquiera habéis tomado café.
–Sí, es cierto. Lo sentimos pero es que se nos está
haciendo tarde.
–Está bien, guardaré el café para mi hijo, no te
preocupes. Os acompaño a la puerta.
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INVISIBLE
De camino a la salida, la más joven dio un último
tanteo al comedor y sin hacer ruido pasó junto a la ancia-
na y salió del apartamento.
–¿Quiénes eran, mamá? –preguntó Tom justo
después de que las dos extrañas salieran del apartamento.
–¡Ay!, qué susto me has dado. Pensé que dormías.
–Sí, lo hacía, pero las voces me han despertado.
–Vaya, lo siento.
–No pasa nada. Pero dime, ¿quiénes eran esas dos
chicas? –insistió.
–Pues la verdad, no lo sé. Llegué de la compra y se
ofrecieron a ayudarme a subir las bolsas. Lo cierto es que
iba muy cargada.
–Mamá…
–Ya sé lo que me vas a decir –le interrumpió–.
Pero si tú fueras quien me acompañara, como hacías an-
tes, no tendría que aceptar ayuda de otras personas.
–Sí, eso lo entiendo, pero no puedes dejar entrar
en casa a desconocidos.
–Bueno, no te preocupes tanto. Tenlo en cuenta la
próxima vez y acompáñame tú. Además, eran dos chicas
encantadoras.
–Y ladronas.
–¿Cómo?
–Lo que oyes. Una de ellas entró en tu cuarto.
–Tal vez se equivocó de puerta al ir al baño –dijo
Lucille en tono conciliador.
–¿Y también abrió los cajones de tu cómoda por
equivocación?
Nick estaba apoyado en la esquina de la manzana
fumando un cigarrillo cuando aparecieron las dos herma-
nas.
–¿Y bien? –preguntó, sin rodeos.
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INVISIBLE
–Nada –contestó la pequeña Penny–. He mirado
en el baño, en el cuarto de la madre, en el del hijo y por el
comedor y ahí no había nada.
–¿Seguro que has mirado bien? –insistió Nick.
–Seguro. Algo así no es fácil de esconder. Si hubie-
ra estado en la casa, lo hubiera visto.
–¿Miraste bajo las camas? –preguntó Lisa.
–Mierda, ahí no miré.
–Bueno, tranquila –dijo Nick–. Lo más probable
es que no esté bajo ninguna cama. ¿Pudisteis ver si tenía
algún sótano el edificio?
–¡Sí! –contestó Penny–. Al entrar en el edificio me
asomé a un tramo de escalera que daba a un sótano
enorme. Ahí había un montón de puertas.
–Lo tenemos. Deben ser los trasteros de los apar-
tamentos. Los hay a montones en estos edificios viejos de
pisos tan pequeños. Esta noche entraremos.
–Me temo que habrá que esperar –dijo Lisa.
–¿Y eso por qué?
–Por la policía. Algo ha ocurrido en ese edificio.
Hemos podido entrar porque íbamos con la anciana,
pero, aun así, nos han hecho unas cuantas preguntas.
–¿¡Que habéis hablado con la policía!?
–Sí, pero tranquilo, nos han tomado por unas bue-
nas chicas que tan solo estaban ayudando a una pobre
anciana a subir la compra.
–Definitivamente habrá que esperar –sentenció
Nick–. Al menos hasta que se olviden de vuestras caras.
17. Unas preguntas
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INVISIBLE
El timbre de la puerta sonó, pillando por sorpresa
a Tom y a su madre, que seguían discutiendo sobre el he-
cho de que ella fuera tan confiada con los extraños. Tom
se acercó a la puerta y observó por la mirilla. Un hombre
con gabardina y sombrero de ala corta aguardaba en el
otro lado. Se acercó a su madre y, susurrando, le pidió
que preguntase quién era. Ella se extrañó, pero aun así
hizo caso a su hijo.
–¿Quién es? –preguntó.
–Buenos días, señora. Soy el detective John Hun-
ter. ¿Le importa que le haga unas preguntas?
Lucille esperó una respuesta de su hijo. Él se acer-
có a su oído y le dijo que abriera pero que, en caso de que
preguntara por él, no le dijera que se encontraba en casa.
Ante tal comentario su madre se inquietó y trató de pre-
guntar por qué. Tom la interrumpió dejando su intento
en un mero ademán.
–Ya te lo explicaré luego –le susurró–. Ahora abre
y haz lo que te digo… Por favor.
Su madre abrió la puerta y con una sonrisa pre-
guntó a qué se debía su visita.
–Buenos días, señora –repitió el detective, esta vez
sin una puerta de por medio–. Disculpe la intromisión,
pero tengo que hacerle unas preguntas.
–Oh, claro, por supuesto. Pase.
Hunter entró y de un vistazo escrutó rápidamente
toda la estancia.
–¿Es usted la señora Lucille Rainey?
–Sí, soy yo. Encantada –dijo tendiéndole la mano
en un ángulo un tanto alejado de su interlocutor.
El detective fue en busca de la mano de la señora
Rainey y se la apretó con suavidad.
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INVISIBLE
–Verá, no sé si estará al corriente de lo que sucedió
anoche en el portal de este edificio.
–Pues la verdad es que no. He ido esta mañana a la
compra y he oído algo de alboroto, pero más allá de eso…
–Me temo que hubo un asesinato justo en las esca-
leras del edificio, señora.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó echándose las manos a
la boca–. ¿Quién ha muerto?
–No le puedo dar mucha información al respecto.
Solo sabemos que el fallecido es un chico negro.
–¡Cielo santo!
–Al parecer se trata de una pelea con un desenlace
fatal.
–Bueno, lo único que puedo decir al respecto es
que a veces unos chicos se reúnen en el portal durante
horas y lo dejan todo hecho un desastre. Suelen increpar
a los vecinos.
–Ya. ¿Algo más? –preguntó el detective, sacándose
una pequeña libreta en espiral de la gabardina.
–No, me temo que no.
–Esta mañana temprano he hablado con el dueño
del edificio, el señor… –Hunter consultó su libreta–,
Holmes, Henry Holmes. Me dijo que vive usted con su
hijo, ¿no es cierto?
–Sí, así es.
–¿Podría hablar con él?
–Lo lamento, pero es que ha salido temprano esta
mañana y aún no ha vuelto.
–Qué extraño –dijo el detective–. Desde que llegó
la policía esta madrugada han interrogado a todo aquel
que ha entrado o salido del edificio y no me han informa-
do nada respecto a que su hijo haya abandonado el lugar.
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INVISIBLE
–¿De verdad? –preguntó fingiendo estar sorpren-
dida–. Pues permítame que le diga que a mí nadie me ha
preguntado nada cuando he salido a hacer la compra.
–Verá, señora, sí la he visto salir esta mañana. Es-
taba haciéndole unas preguntas al señor Holmes y me ha
dicho quién era y he preferido terminar de interrogarlo a
él. Sin embargo a su hijo nadie lo ha visto.
Lucille no supo qué decir al respecto, además su
voz empezaba a resultar algo temblorosa. Le ocurría
siempre que se ponía nerviosa.
–¿Le apetece un café? –dijo Lucille, cambiando el
rumbo de la conversación–. Está recién hecho.
–No, muchas gracias. Pero le agradecería que me
dejara usar el baño por favor.
–Faltaría más. Por el pasillo, la primera puerta a la
derecha.
Tom siguió al detective por el pasillo y vio como
este echó un vistazo furtivo a todas las habitaciones. Fi-
nalmente se metió en el baño y cerró la puerta tras él.
Mientras orinaba se fijó en una pequeña mancha
en la cortina de la bañera y tras sacudírsela con fuerza se
la guardó antes de tiempo, salpicando unas gotas fuera de
la taza.
–¿Qué tenemos aquí? –se dijo, poniéndose de cu-
clillas.
El detective Hunter se acercó a la mujer que se en-
contraba sentada en el salón.
–Señora Rainey, solo un par de preguntas más y
dejaré de incordiarla.
–No se preocupe, señor –dijo, poniéndose en pie.
–Oh, no, por favor, no se levante.
Lucille se levantó ignorando el ruego del detective.
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INVISIBLE
–No pasa nada. Es importante que a mis años me
mueva todo lo que pueda –dijo ella sonriendo–. Dígame
en qué más puedo ayudarle.
–¿Sabe si su hijo salió ayer por la noche?
–Pues… juraría que no. Tom baja algunas noches
al trastero que tenemos en el sótano, pero no recuerdo
que ayer bajara.
–¿Recuerda que se duchara anoche o esta maña-
na?
–No, la verdad es que no.
–Bien señora Rainey, muchas gracias por su tiem-
po.
–No hay por qué darlas.
El detective John Hunter se dirigió a la puerta.
Cuando hubo salido, se paró en el descansillo y, metiendo
la mano en un bolsillo de su gabardina, sacó una tarjeta.
–Una cosa más. Le dejo mi tarjeta y le agradecería
que cuando llegase su hijo me llamara lo antes posible a
este número.
Lucille extendió la mano y él le colocó la tarjeta en-
tre los dedos.
–Por cierto, en unos minutos subirán unas perso-
nas a tomar una muestra del baño.
–¿Una muestra? –preguntó la señora Rainey, in-
trigada.
–Sí, pero no se preocupe, no creo que sea nada. Es
un procedimiento rutinario en estos casos. Buenos días –
dijo el detective John Hunter echando mano de su som-
brero para despedirse, solo para darse cuenta de inmedia-
to de lo inútil que resultó su gesto.
Cuando el detective abandonó el apartamento,
Tom acompañó a su madre a la mesa del comedor.
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INVISIBLE
–¿Quieres una taza de café, mamá? –preguntó con
total normalidad.
–¿Qué está pasando? –interrogó la madre, igno-
rando por completo la pregunta de su hijo.
–Yo sí tomaré una taza. Con leche y dos de azúcar.
Tom se preparó el café al tiempo que tarareaba la
canción Singing in the rain, y una vez terminado, fue a
tomárselo a la mesa junto a su madre.
–¿Por qué no has querido hablar con ese señor de
la policía? –preguntó su madre sin rodeos.
–Detective, mamá, era el detective John Hunter –
dijo impostando la voz en un tono demasiado grave.
–Bueno, eso no importa –contestó algo enfadada–.
Cuéntame qué ocurre.
–No ocurre nada. Solo que no me apetece hablar
con nadie, eso es todo.
–¿Sabes algo de lo ocurrido anoche? –insistió su
madre.
–Vale, mamá. Si quieres hablar, hablaremos. –
Tom le dio un sorbo al café haciendo excesivo ruido con
total intencionalidad –. Ayer por la noche vi la pelea.
Eran los chicos de siempre, solo que en lugar de increpar
a los demás se increparon entre ellos. Y al final uno acabó
con la garganta tan abierta como la sonrisa de un payaso.
–¡Oh, Dios! –dijo aterrada su madre.
–Oh, no mamá, no fue Dios, fue Charly o… espera,
no, ya sé, Charles, fue un tal Charles quien lo hizo –bro-
meó Tom, que hablaba imitando la voz de un niño travie-
so.
Lucille golpeó la mesa con las palmas de las manos
con tanta fuerza que volcó la taza de café.
–¡Ya basta! Yo no he criado a un mocoso insolente,
Tom Rainey. Te comportas como si tuvieras quince años.
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INVISIBLE
Esta actitud la podría entender en un adolescente, pero
no en un hombre hecho y derecho.
Tom se quedó helado. Nunca había visto a su ma-
dre tan enfadada. Jamás.
–Lo siento mucho. Tienes razón, me estoy compor-
tando como un idiota.
Se levantó y besó a su madre en la frente con mu-
cha delicadeza.
–Lo cierto es que anoche oí como se peleaban esos
chicos de los que ha hablado el detective. Pero me limité a
subir lo más rápido que pude y me fui a dormir. Eso es
todo. Te lo prometo.
Su madre extendió su brazo y tanteó la mesa. Tom
entendió el gesto y fue al encuentro de su mano.
–Bueno, ya está. Pero por favor, no vuelvas a ha-
blar de ese modo, ¿de acuerdo?
Se limitó a besarla en la mano. El timbre volvió a
sonar.
–Son ellos, mamá. Los que ha dicho el detective
que vendrían a por una muestra. Ya sabes qué decir. Yo
no estoy. Por cierto, no te apresures en abrirles la puerta
y, ya de paso, entretenlos un rato. Te quiero.
Tom se levantó y se apresuró en ir al baño.
18. La cita
Era sábado por la tarde y la madre de Tom había
ido al club social como todos los fines de semana desde
hace más de veinte años. Lo normal sería que Tom estu-
viese en el sótano sumergido en su mundo privado, pero
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INVISIBLE
hoy prefería el mundo real. Se había duchado a concien-
cia y comprobó cómo volvía a ser completamente invisi-
ble. El polvo y la suciedad que se iban adhiriendo a su piel
lo volvían poco a poco menos invisible, hasta tal punto
que podía llegar a distinguir algunos de sus rasgos frente
al espejo. Se perfumó tanto o más que al propio aparta-
mento y, solo para él, encendió un gran número de velas.
Frente al armario dudó un instante. Había perdido ya
toda costumbre de vestirse con algo que no fuera su pija-
ma viejo de franela. Al final optó por el traje que se ponía
cuando acompañaba a su madre al club social, y de eso
hace ya mucho tiempo. Se sintió algo ridículo al vestirse
con tales prendas, pero no quería que su cita notara que
iba vestido de cualquier manera y, desde luego, no des-
nudo.
Los platos estaban sobre la mesa y las servilletas y
cubiertos colocados en su orden protocolario. Terminó de
aliñar la ensalada y descorchó la botella de vino para que
tuviera tiempo de oxigenarse, pese a saber que su escaso
talento gustativo no le permitiría notar tal diferencia. En
aquel momento, sonó el timbre.
–Hola, Trisha. Estás preciosa –dijo Tom al segun-
do de abrir la puerta.
–Vaya, muchas gracias –contestó algo agasajada–.
Tú…hueles muy bien –añadió sonriendo.
–Pasa, por favor. Espero que tengas hambre, por-
que mi madre nos ha hecho mucha comida –dijo, sin-
tiéndose estúpido en el mismo instante en que aquella
ridícula frase salió de su boca.
–Pues la verdad es que sí tengo hambre.
–¿Te apetece una copa de vino? –preguntó Tom.
–Lo cierto es que no debería. Estoy tomando me-
dicación y…
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INVISIBLE
–Vamos, es un buen vino. Solo un poco –insistió–.
No te hará daño.
–¿No estarás tratando de emborracharme, verdad?
–Eh… ¿Cómo?
–¡Por el amor de Dios! –dijo Trisha–. ¡Tan solo
bromeaba!
–Eh… Claro, ¡ya lo sé! –mintió.
Tom sirvió un poco de vino en dos copas que no
eran para vino.
–Aquí tienes.
Trisha levantó la mano y él le acercó la copa.
–Muchas gracias –dijo ella–. ¿Por qué brindamos?
–No lo sé. Nunca he sabido por qué brindar.
–Pues es muy fácil. Solo tienes que pensar en algo
que tenga relación con el momento y que consideres rele-
vante y luego afirmarlo con decisión.
–¿Como qué?
–Pues no sé –dudó Trisha–. Algo así… mmm… por
ejemplo… ¡Por nuestro reencuentro!
–Pues por nuestro reencuentro entonces –contestó
Tom con recatada convicción.
Trisha levantó su copa y la de Tom fue a su en-
cuentro, y ambas chocaron en un tímido beso de cristal.
La velada transcurrió sin apenas sobresaltos. Los
platos se fueron sucediendo y el tedio asomó la cabeza.
Tom empezó a pensar que había sido una mala idea invi-
tar a Trisha a cenar. Quizá el recuerdo de la última vez
que la vio estaba adulterado por la euforia de los hechos
que acontecieron aquel día, o puede que su apatía se fue-
ra extendiendo a todos los niveles de su existencia y, poco
a poco, nada ni nadie pudiera aportarle nada relevante.
–¿Te encuentras bien? –preguntó Trisha casi como
si le hubiese leído el pensamiento–. Llevas un buen rato
callado.
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INVISIBLE
Tom se levantó de la mesa sin contestar a la pre-
gunta de Trisha y caminó hasta la radio de su madre. La
encendió y empezó a girar el dial y sonidos de estática y
cacofonías sin sentido empezaron a inundar toda la es-
tancia hasta que, por fin, dio con una emisora donde so-
naba una canción algo antigua pero muy bonita.
–¿Qué te parece esta canción? –preguntó Tom,
dándose la vuelta–. Si te apetece podemos bail…
Su frase quedó interrumpida cuando al girar sobre
sí mismo se dio de bruces con Trisha, que se había acer-
cado a él hasta colocarse justo detrás. Sus narices choca-
ron en un beso de esquimal y así se quedaron durante
unos segundos.
–Lo siento –se disculpó Tom.
Trisha ignoró sus palabras y le besó en la boca.
La primera reacción de Tom fue de rechazo, segui-
do de miedo y asco. No sabía por qué se sentía de ese
modo. Trisha tenía una boca preciosa, por lo que se pre-
guntó si realmente rechazó a Jennifer White, la animado-
ra del instituto, solo por sus dientes torcidos. Por alguna
razón, su instinto le empujó a defenderse, aun así, se
quedó completamente petrificado. Pensó en la chica del
Pole Club y meditó respecto a por qué no sintió el mismo
miedo que lo helaba en ese momento. Tal vez por lo mis-
mo que no tengo ningún problema en masturbarme, pen-
só. No hay interacción directa con nadie. Aquella chica
estaba inconsciente, no suponía ninguna amenaza, se
convenció. Pero con Trisha era distinto. Ella estaba muy
consciente. Ella había tomado la iniciativa y, de algún
modo, eso le sobrepasó. Trisha se percató de inmediato
del rechazo de Tom y, aunque su primer impulso fue se-
pararse de él, decidió intentarlo una vez más. Introdujo
su lengua en la boca de Tom y la movió en suaves y gran-
des círculos que le provocaron cosquillas en su paladar.
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INVISIBLE
Deslizó su mano hasta llegar a la entrepierna de Tom y
notó cómo su miembro despertó de súbito adquiriendo
una dureza casi pétrea. De inmediato se desató en Tom el
mismo frenesí animal que sintió el día en el que se lanzó
sobre la pobre chica que dormía semiinconsciente sobre
el sofá del Pole Club. Al instante, la camisa de Tom cayó
al suelo sin la mitad de los botones que un segundo antes
saltaron por los aires. Apenas un minuto más tarde, Tom
volvió a la comodidad de la desnudez absoluta. Unas ma-
nos invisibles sujetaron las nalgas de Trisha y la elevaron
por los aires haciéndola levitar hasta la mesa. Tom la
apretó con fuerza contra sus caderas, lo que le permitió
sujetarla con tan solo una mano, y con la otra tiró del
mantel precipitando platos, vasos y cubiertos al suelo. El
estrépito sobresaltó a Trisha, que soltó un involuntario
gemido provocando que la lujuria de Tom creciera des-
controlada. Con la mesa despejada, la dejó caer sobre ella
y metiendo la mano entre sus piernas le arrancó las bra-
gas. Sus dedos se hundieron en Trisha, que en aquel mo-
mento sentía más miedo que excitación. El escaso escote
de ella se abrió abruptamente, y el sujetador resbaló hasta
dejar el pecho izquierdo de la asustada chica al descubier-
to. El pezón se deformó por la fuerte succión de una boca
invisible y Trisha gimió de dolor.
–¡Tom, más despacio por favor! –suplicó ella–.
¡Me haces daño!
Ignorando cualquier ruego por parte de la chica, e
invadido por una rabia desmedida, Tom la sujetó por las
caderas y la giró con demasiada violencia, dejándola
tumbada sobre la mesa. Sintió dolor en sus pechos cuan-
do estos golpearon la dura madera que pocos minutos an-
tes disponía la cena. El vestido se levantó, dejando ex-
puestas las turgentes nalgas de Trisha.
–¡Espera!
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INVISIBLE
Pero Tom no esperó.
Dos minutos después, él descansaba sobre la es-
palda de ella que seguía inmóvil sobre la mesa. Las lágri-
mas brotaron de los ojos de Trisha.
–No tenía que ser así –sollozó ella.
–Lo siento. No sé qué me ha pasado –dijo Tom,
pero algo dentro de él sí lo sabía–. Supongo que hace de-
masiado tiempo que no…
–¡Calla! –gritó ella con la cabeza aún ladeada so-
bre la mesa–. Has sido un salvaje y me has hecho daño,
Tom; en todos los sentidos.
–De verdad que lo siento –dijo levantándose y sa-
liendo sin previo aviso de ella.
Trisha se puso en pie y se compuso la ropa lo me-
jor que pudo. El vestido estaba rasgado a la altura del es-
cote y tanteando el suelo encontró las bragas que ya no
podía ponerse. Se sintió asqueada cuando notó cómo le
resbalaba por el interior del muslo el semen invisible de
Tom.
–Te has corrido dentro –dijo ella con severidad,
mostrando más enfado que tristeza–. Al menos podrías
haberlo hecho fuera.
–De verdad que lo siento –repitió Tom como un
mantra.
Trisha no contestó. Caminó con parsimonia hasta
llegar al baño donde se encerró durante un buen rato.
Tom la esperó justo tras la puerta, donde pudo oírla llo-
rar. Tras quince minutos salió de su encierro y solo cuan-
do llegó a la puerta del apartamento, habló.
–Me voy y no creo que vuelvas a verme. Me gustas,
Tom, pero lo de esta noche ha sido… horrible. En este
momento, me das un miedo de muerte.
–Trisha, yo…
–Adiós, Tom.
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INVISIBLE
19. Confesiones
Tom caminaba sin rumbo por las sucias calles del
barrio, sin prestar atención a nada ni a nadie. De vez en
cuando se golpeaba con algún peatón, dejándolo comple-
tamente desconcertado al no saber contra qué se había
tropezado, y le daba igual. Empezó a sentir frío y pensó
que era agradable sentir algo, aunque solo fuera eso. Sin
previo aviso el cielo empezó a descargar con furia una llu-
via densa que lo empapó por completo. Empezó a vislum-
brar la silueta de su propio cuerpo como si de un ser de
cristal se tratase. Miró a su alrededor y optó por resguar-
darse en el lugar más seguro pero menos deseado. Hacía
mucho tiempo que no acompañaba a su madre los do-
mingos a misa, aun así, la iglesia de San Michael le resul-
taba dolorosamente familiar. En su interior unos pocos
feligreses oraban de rodillas desperdigados por los ban-
cos desgastados por el uso y la carcoma. La luz era tenue
y provenía en su mayoría de un gran número de velas cu-
yas llamas revoltosas producían sombras extrañas. En el
centro del altar había un gran crucifijo con la imagen de
Jesús crucificado. Un escalofrío recorrió la espalda de
Tom y un recuerdo, como un repentino fogonazo, golpeó
su memoria. Quiso huir de ahí de inmediato, pero el mie-
do paralizó sus piernas, ahora inútiles como troncos se-
cos. ¿Qué me está pasando?, pensó. Algo estaba desper-
tando en su interior. Algo monstruoso, que da miedo y
asco a la vez. Algo que huele como a cloro y cebolla. Algo
pegajoso y húmedo, rancio. Algo… sucio.
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INVISIBLE
Vio salir a una anciana de un confesionario situado
a su izquierda. Al llegar al pasillo central se giró hacia la
cruz y realizó una genuflexión al tiempo que se santigua-
ba. Tom observó una placentera sonrisa en los labios de la
anciana cuando esta pasó por su lado para abandonar la
iglesia y sintió rabia. ¿Qué diablos habrá encontrado ahí
dentro para que el castigo a sus pecados se refleje en tal
gozo?, pensó.
Decidió ir a por su redención.
La oscuridad del confesionario le produjo cierto
desasosiego y apenas unas leves sombras se vislumbraban
bailando bajo una tupida cortina de terciopelo morado
que le aislaba del mundo. Se sobresaltó cuando, sin pre-
vio aviso, una pequeña portezuela corrediza se abrió de
repente dejando entrever una celosía de madera que que-
dó entre él y su confesor. Atisbó unos pequeños ojos ver-
des al otro lado que trataban de escrutar al pecador.
Hubo unos segundos de silencio y el sacerdote ca-
rraspeó con la intención de provocar alguna reacción.
–Ave… María purísima… –empezó a decir Tom.
–Sin pecado concebida –contestó el sacerdote. En
aquel momento Tom empezó a recordar todo aquel ritual.
–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
santo –dijo el pecador haciendo la señal de la cruz.
–El Señor esté en tu corazón para que te puedas
arrepentir y confesar humildemente tus pecados.
–Señor, tú que todo lo sabes, sabes que te amo –de
la boca de Tom brotaron aquellas palabras y se sorpren-
dió al descubrir que, por extraño que pareciera, estas
permanecían guardadas en algún lugar de su memoria.
Un lugar frío y oscuro, pensó–. Hace muchos años desde
mi última confesión y la verdad, no sé por dónde empe-
zar.
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INVISIBLE
–Bueno, hijo mío, no es complicado –le alentó el
sacerdote–. Empieza por un examen de conciencia.
–Examen de conciencia –repitió Tom en un susu-
rro amargo.
–Consiste en reflexionar sobre aquello que de al-
gún modo nos aleja de Dios –contestó el sacerdote sin
caer en la cuenta de que aquello no había sido una pre-
gunta y por lo tanto carecía de toda respuesta.
–Sí, padre, lo sé. Pero siento que mi conciencia ya
no puede ser examinada y mucho menos expiada.
–¿Y puede saberse por qué? –preguntó el sacerdo-
te.
–Porque mi conciencia está muriéndose, padre. La
siento sucia y necrosada, y aunque quisiera ya no podría
ni amputarla, porque su metástasis es tan profunda que
me ha invadido del tuétano hasta el alma.
–Santo cielo, hijo mío –dijo el sacerdote con ver-
dadero asombro –. ¿Qué clase de oscuras palabras salen
de tu boca? Solo cuéntame tus pecados, arrepiéntete de
corazón y yo te absolveré de ellos.
Tom pensó en las palabras del sacerdote y perma-
neció en silencio. Había algo en su voz que le inquietaba,
pero no sabría decir qué era.
–Si pudiera contarle todo lo que he hecho, padre…
Si de algún modo fuera capaz de entender mis propios
pecados, yo… –Tom enmudeció de repente al percatarse
de su inminente confesión. Por alguna razón necesitaba
contárselo–. Al fin y al cabo, ¿qué es pecado padre?
El sacerdote meditó sus palabras durante unos se-
gundos.
–Divertirse con el mal –respondió–, deleitarse con
él. Pero ten en cuenta que si es por necesidad…
–Si es por necesidad no pasa nada –sentenció Tom
con brusquedad y tono áspero.
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INVISIBLE
En ese instante un muro de ladrillo negro se vino
abajo desvelando una ventana secreta que daba a una ha-
bitación oscura. En ella, recuerdos secos como vampiros
encerrados durante cientos de años despertaron sedien-
tos de sangre. Abruptamente su razón de ser cobró senti-
do.
–Ahora lo recuerdo todo.
–¿Cómo dices, hijo mío? –preguntó el sacerdote
algo desconcertado.
–Y le recuerdo a usted, padre… Peter Kiestle.
–Ah, entonces es usted feligrés de esta iglesia –dijo
animado el sacerdote–. Disculpa, pero no te he reconoci-
do. Dime cuál es tu nombre, hijo mío.
–Me llamo Tom Rainey –dijo muy despacio–. ¿Me
recuerda, padre?
Tom se acercó a la celosía que los separaba y vio
que el rostro del sacerdote permaneció impertérrito. No
vio miedo, no vio asombro, ni duda, ni siquiera curiosi-
dad. No vio nada en absoluto, tan solo la cara decrépita
de un pobre hombre viejo, y eso le enfureció. De pronto,
los ojos del sacerdote se abrieron a la vez que su boca,
como a quien le golpea un recuerdo escurridizo. Te tengo,
pensó Tom.
–¡Ahora me acuerdo de ti! –dijo en un ataque de
júbilo–. ¡Eres el hijo de Lucille Rainey!
Esa no era la respuesta que Tom esperaba.
–Sí, padre, soy el hijo de Lucille.
–Qué alegría me da que estés aquí de nuevo, hijo.
Hacía mucho tiempo que no venías, ni siquiera para
acompañar a tu madre.
El ánimo repentino del padre Kiestle le escoció
más que cuando de niño se limpió por accidente el culo
con un fajo de ortigas. En ese instante, deseó purgar su
alma.
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INVISIBLE
–Es cierto, padre, ha pasado mucho tiempo –dijo
Tom–. Espero que no tenga prisa, porque tengo muchos
pecados que contarle.
Empezó a sentirse eufórico y de nuevo volvía a ar-
derle la sangre en sus venas. Era algo más que adrenalina,
más que la lujuria, era diversión pura y deleite. Se encon-
traba sumido en la antesala del éxtasis, un lugar místico
donde uno saborea el verdadero anhelo del éxtasis en sí
mismo sin haberlo probado aún. Pero si es por necesidad
no pasa nada, se dijo.
–Soy invisible, padre.
–Te entiendo, hijo. Mucha gente se siente igual
que tú, rodeado todo el día de personas y, aun así, sumido
en la soledad más absoluta.
–Creo que no me entiende, padre. No estoy ha-
blando de metáforas. Mi problema no se arregla con fábu-
las ni con amistades. Cuando digo que soy invisible es que
mi cuerpo no puede verse. Sí tocarse y sentirse, pero nada
más –Tom guardó un segundo de silencio, lo justo para
tomar aire y darle tiempo al sacerdote a reaccionar, pero
este no lo hizo y permaneció en silencio–. Desperté una
mañana siendo tan solo una especie de alma de mí mis-
mo. Un alma tangible, pero no visible, y lo peor, sin direc-
ción, sin una luz que me guiara acompañado de un coro
angelical, no. Nada más lejos de la realidad. Tan solo vi
un techo desconchado y enmohecido, nada más –Tom
paró y tragó saliva. Sintió en el fondo de su garganta un
sabor dulzón con poso amargo anunciándole un incipien-
te resfriado. Carraspeó antes de seguir hablando–. ¿Di-
vertirse con el mal? ¿Deleitarse con él? Entonces sí, soy
un pecador.
–Hijo mío, no entiendo muy bien la clase de metá-
fora que estás tratando de emplear para confesar tus pe-
cados –dijo el padre Kiestle con notable desconcierto–,
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INVISIBLE
pero en lo sencillo está lo divino. Te aconsejo que no te
andes con rodeos y abras tu corazón a la bondad del se-
ñor.
–Está bien, padre, tiene razón, en lo sencillo está
lo divino –Tom pegó su boca a la celosía que separaba a
ambos y empezó su confesión en un aterrador susurro–.
He mentido a mi madre y le he levantado la voz, faltando
al respeto, como un miserable, a quien me dio la vida. He
robado y he violado, y me he divertido con ello. Postrar
mi cuerpo desnudo sobre una joven que yacía semiin-
consciente me hizo sentir miserable y sublime al mismo
tiempo, pero no se alarme, no era una buena chica, tan
solo una puta del Pole Club. Seguro que le suena el sitio,
¿verdad que sí, padre? Pero dejemos eso para luego. He
provocado una pelea que ha acabado en asesinato y he
asestado un golpe a un proxeneta, y deseo de corazón que
haya muerto, pero no lo creo. De malos pensamientos ni
hablamos, sería perder el tiempo, pero debo confesar que
a punto estuve de atacar, y tómese este término del modo
que guste, a una jovencita que invadió mi casa. ¡Ah!, y
disfruté de un modo salvaje con Trisha Simmons, ¿la co-
noce?, da igual. Fue casi una violación, pero en este caso
no cuenta como tal, o eso creo. Debo admitir que liberar-
me de mi cuerpo físico, aunque solo de un modo visible,
me ha transformado en algo puro, padre, se lo aseguro.
No hace mucho tiempo me pasaba los días vendiendo co-
ches usados y jugando con trenes, y ahora siento que ten-
go el mundo entero para mi deleite. Por último me queda
confesar un asesinato, pero este será premeditado. Aún
no lo he cometido, pero ya que estoy aquí, aprovecho la
ocasión y lo confieso, ¿le parece bien, padre?
Tom se quedó mirando la cara completamente
desencajada del sacerdote. Por un instante pensó que sal-
dría corriendo del confesionario, pero no lo hizo.
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INVISIBLE
–Atroz –se limitó a decir el padre Kiestle en un su-
surro casi inaudible.
–¿Cómo dice, padre?
–Tus actos… son… atroces.
–Bueno, según cómo se mire, supongo –dijo Tom,
que por su tono de voz uno diría que se estaba divirtien-
do.
Temía por la respuesta, pero aun así no pudo evi-
tar la pregunta que brotó de sus labios como una petición
de condena.
–Dime, hijo mío, ¿a quién vas a asesinar? –pre-
guntó el sacerdote con la voz rota y titubeante.
–Jajajaja –Tom soltó una risotada que resonó en
toda la iglesia, sacando a los feligreses de sus plegarias–.
Por Dios, padre, esa era la pregunta que estaba esperan-
do. Me hubiera decepcionado tener que ser yo quien le
pidiera que me la hiciera. La curiosidad mató al gato,
¿no?, o eso dicen, jajajaja.
Tom estaba eufórico y sus palabras sonaban enér-
gicas, casi como las de un loco.
–Está bien, es justo –dijo Tom–. Pero antes déje-
me que le cuente una historia que ocurrió hará ya unos
treinta años, más o menos. El protagonista de esta histo-
ria es un niño al que llamaremos… Tommy, por ejemplo.
Cuando el pequeño Tommy tenía alrededor de diez años,
su madre se puso muy enferma y esta no pudo hacerse
cargo de él. La solución a este problema llegó de servicios
sociales y fue ingresar al chico en el orfanato hasta que su
madre pudiera hacerse cargo nuevamente de él. Dicho
orfanato estaba dirigido por las monjas de la orden de
San Michael, y Sor Beatriz era quien estaba al mando. Los
niños, por orden directa de Sor Beatriz, participaban acti-
vamente de las actividades de la iglesia. Los más mayores
se ocupaban de las tareas más duras, tanto del orfanato
!73
INVISIBLE
como de la iglesia, y los más pequeños solían emplearlos
como monaguillos. Al principio el pequeño Tommy esta-
ba contento, pues no tenía que ocuparse de limpiar los
jardines de rastrojos, sacar la basura o fregar cocinas y
baños. Él tan solo tenía que enfundarse su sotana y ayu-
dar al sacerdote en misa. Recoger la colecta era su parte
favorita, y de vez en cuando se guardaba alguna moneda
en el bolsillo del pantalón. Un trabajo fácil, pero, ¿sabe,
padre?, todo tiene un precio, y cuando te toca pagar debes
hacerlo y, a veces, con todo lo que tienes. A Tommy le
tocó pagar con lo único que tenía, su inocencia.
–Ya es suficiente –dijo el padre Peter–. ¿Por qué
me estás contando esto?
–Todo a su tiempo –dijo Tom–. Primero termina-
remos la historia, ¿de acuerdo? A ver, ¿por dónde iba?
¡Ah, sí! Un día el sacerdote descubrió a Tommy guardán-
dose una moneda, y al terminar el oficio recibió la paliza
de su vida. El sacerdote tenía fama de soltar capones y
collejas a la mínima que te veía hacer cualquier travesura.
Tenía la mano larga, sí, pero nunca antes había pasado de
un par de cachetes, y casi todos merecidos. No entendió
por qué aquel día las monjas se llevaron a los demás chi-
cos, pero a él lo dejaron ahí, solo, y a merced del sacerdo-
te que le acababa de dar una paliza. Se hizo de noche y la
iglesia cerró sus puertas y tras ellas solo quedaron el pe-
queño Tommy y el sacerdote. Aquella noche, la más larga
en la corta vida de aquel niño, el sacerdote se cebó a con-
ciencia. Las cosas que le hizo son inenarrables, cosas que
el pequeño Tommy ni sabía que se le podían hacer a un
niño. Y, ¿sabe lo más divertido?, resulta que al final no
estaban solos. Tommy vio a Sor Beatriz asomarse por una
ventana, aunque eso no le sirvió de nada, pues ella se li-
mitó mirar. Igual que el día en el que les sorprendieron
yaciendo a los dos juntos en una de las habitaciones del
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INVISIBLE
orfanato. ¿Lo recuerda? Usted sacó a esos dos niños de la
habitación tirándoles de las orejas y dejó encerrado a
Tommy en un sótano durante días. Su amigo Daniel no
tuvo tanta suerte. Se lo llevó y ya nunca lo volvieron a ver.
¿Qué hizo con él, padre? Y Sor Beatriz, ¿se limitó a mirar,
o esta vez también participó?
Tom guardó silencio y solo se escuchó el resuello
del viejo sacerdote.
–Vejación, padre.
–No.
–Felación, padre.
–Basta.
–Sodomía, padre.
–¡Ya basta!
El sacerdote se puso en pie y se dispuso a abando-
nar el confesionario.
–Si se le ocurre marcharse antes de que termine le
mato aquí y ahora, padre –dijo Tom en un susurro hecho
de pura ira–. Siéntese.
–No sé por qué me cuentas todo esto, hijo –repitió
el padre Kiestle en tono de súplica–. Créeme, por el amor
de Dios.
–Conozco el amor de su Dios, padre, pero déjeme
que le cuente lo que le ocurrió al pequeño Tommy. A la
mañana siguiente una ambulancia se llevó al niño en es-
tado catatónico. Fue ingresado en un centro de salud
mental y ahí estuvo más de tres meses. Pero no se preo-
cupe, pues la historia tiene un final feliz. Cuando por fin
salió de su estado, el joven Tommy tenía la mente en
blanco y no recordaba nada de lo que le había ocurrido.
Su madre, que al enterarse del estado de su hijo abando-
nó su tratamiento pese a la negativa de los médicos, pasó
todos los días junto a él hasta que despertó. Hoy ese niño,
con cuarenta años, ha vuelto a despertar pero con los re-
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INVISIBLE
cuerdos intactos. ¿Se da cuenta, padre?, todo este tiempo
y nada se ha perdido. La mente es extraña y no tira nada,
lo guarda todo. Y, todo, por casualidad. Si no estuviera
lloviendo nunca habría entrado en San Michael y nunca
hubieran despertado estos sucios recuerdos y yo no ten-
dría que matar al sucio pederasta llamado Peter Kiestle.
En aquel instante el sacerdote salió como alma que
lleva el diablo del confesionario y se refugió en la sacris-
tía. Tom fue tras él con suma parsimonia.
En la iglesia todavía quedaban unos cuantos feli-
greses, pero a Tom no le importó lo más mínimo. Iba a
matar al padre Peter Kiestle estuviera la iglesia vacía o
llena hasta los topes.
El pestillo de la puerta de la sacristía voló por los
aires y esta se abrió, golpeando con violencia la pared de
la estancia. El sacerdote gritó y se quedó agazapado mi-
rando la puerta a la espera de la inminente aparición de
su ejecutor, pero no pasó nada. Aún tembloroso, se puso
en pie y con cautela se acercó a la puerta, pero antes de
llegar se cerró de un portazo.
–¡Buuu! –gritó una voz invisible a pocos centíme-
tros de la cara del sacerdote.
Peter Kiestle soltó un alarido de auténtico pavor y
cayó de culo al suelo.
–Vaya, aquí es donde recibí mi primera lección. No
robarás a la iglesia o recibirás una paliza de muerte.
–¡Vade retro, satanas! –gritó el sacerdote, que
miraba desconcertado en todas direcciones y con la cruz
que colgaba de su cuello en alto.
–Por lo visto la iglesia nunca tiene suficiente –dijo
la voz sin cuerpo, ignorando al padre Peter–. Siempre ne-
cesitará más dinero y más niños. Pero, vaya mierda, ¡si
hasta el Papa tiene las manos manchadas!
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INVISIBLE
–¡Oh, Dios mío! ¿¡Qué eres!? ¿¡Qué quieres de
mí!?
–Aparta esa cruz de mi cara –el sacerdote recibió
un fuerte golpe en la mano y la cruz volvió a colgar inerte
de su cuello–. Soy el espíritu maltrecho de Tommy, pa-
dre, y solo quiero una cosa… te quiero a ti.
20. Bajo sospecha
Tom se quitó el antifaz y lo dejó en la mesilla de
noche junto a una cruz de plata unida a una larga y gruesa
cadena. Se quedó unos instantes sentado en el borde de la
cama con la mirada clavada en el nuevo objeto que brilla-
ba en la mesilla. Debo limpiar esa cruz, pensó. Se frotó los
ojos con los dedos y sintió cómo se desprendían algunas
legañas invisibles y volvió a quedarse con la mirada per-
dida.
Unas voces lo sacaron de sus pensamientos. Una
era de su madre, no le cabía duda. Un hombre, no, dos
hombres estaban hablando entre ellos. A uno lo identificó
de inmediato. Se trataba del casero, el señor Holmes,
pero al segundo no pudo reconocerlo pese a que le sonaba
mucho su voz.
Abrió la puerta muy despacio, tratando de hacer el
menor ruido posible, y se acercó de puntillas al comedor.
–Cálmese, señora Rainey –dijo un hombre con
sombrero y gabardina–. Solo quiero hacerle unas pregun-
tas. Todavía no se le ha acusado de nada –la mentira se
reflejó en sus ojos con total claridad, aunque, por supues-
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INVISIBLE
to, pasó desapercibida. No para el señor Holmes ni para
Tom.
Era el detective John Hunter. Aquel tipo no era
más que un estúpido cliché viviente, pensó Tom, que
permaneció muy quieto.
–Ya le digo yo que hace mucho tiempo que no le
veo, detective –dijo sin venir a cuento el señor Holmes–.
Y, además, se vuelven a retrasar en el alquiler.
–Mi hijo le pagará como hace siempre –dijo mo-
lesta la señora Rainey.
–Con retraso, sí, como viene siendo costumbre.
–Ya está bien –interrumpió el detective–. A decir
verdad, señora Rainey, hace tiempo que nadie ha visto a
su hijo. Desde que le despidieron de su trabajo ningún
compañero suyo lo ha vuelto a ver y, además, él…
–Eso es una estupidez –le cortó Lucille–. Todos los
días estoy con Tom y, que les quede claro, sale muy a me-
nudo. Es más, no hace mucho quedó con un amigo del
trabajo y él tuvo que verle a la fuerza. Incluso le devolvió
el dinero que le debía.
El detective Hunter echó mano de su libreta y bus-
có algo en ella.
–¿Se refiere a… Ben? –preguntó el detective.
–Sí, ese chico, Ben. Es amigo de mi hijo y, como le
he dicho, quedaron hará un mes como mucho.
El detective se quitó el sombrero y lo dejó sobre la
mesa, colgó su gabardina en el respaldo de una silla y se
sentó frente a Lucille.
–Verá, señora Rainey, déjeme que le cuente algo –
dijo el detective en un tono que intentaba ser tranquiliza-
dor sin conseguirlo–. He hablado con… Ben –dijo consul-
tando de nuevo la libreta–, y no recuerda haber visto a
Tom desde que dejó de ir al trabajo. Sí, es cierto, habló
con él hará un mes, pero por lo visto no dejó que lo viera.
!78
INVISIBLE
Por otro lado, el señor Holmes tampoco lo ha visto desde
hace… ¿también un mes?
–Sí, correcto, un mes –contestó el casero–. La úl-
tima vez que lo vi iba vestido como un auténtico payaso,
con una sábana envuelta en la cabeza, y se comportó de
un modo muy extraño. A decir verdad, ni llegué a verle la
cara. Creo que ha perdido la cabeza, señor.
–No hable así de mi hijo –protestó Lucille–. Mi
hijo está perfectamente. No le ocurre nada.
–No me cabe la menor duda, señora, pero la ver-
dad es que no me ha llamado y, ¿recuerda que le dejé mi
tarjeta?, era importante que me llamara, ¿sabe? –le re-
prochó el detective Hunter–. Por norma, no permito que
un testigo desaparezca en mitad de una investigación. Si
eso ocurre, como es el caso, mucho me temo que debo
ponerme serio.
–¿Cómo? –preguntó la señora Rainey–. Sin duda
ha habido algún error. Mi hijo me aseguró que le llama-
ría. Si no lo ha hecho será porque se le habrá olvidado,
eso es todo.
–Si solo fuera eso no habría problema, señora –el
tono del detective se oscureció de repente–. Son varias
cosas las que me inquietan. Verá, el día que mataron a un
joven en el portal hablé con todos los vecinos y con usted.
Cuando utilicé su baño encontré una pequeña mancha de
sangre en la cortina de la ducha y…
–¿No estará insinuando que mi hijo pudo haber
matado a ese chico? –interrogó la señora Rainey, inter-
rumpiendo al detective–. Porque eso es una verdadera
tontería.
El detective puso su mano sobre la de Lucille con
la intención de calmarla.
–No se ponga nerviosa, por favor –dijo John Hun-
ter en tono conciliador–. Claro que no estoy insinuando
!79
INVISIBLE
que su hijo matara a nadie. Cualquiera hubiera podido
mancharse con la sangre que había en las escaleras y
transferir una gota en cualquier parte de la casa. Además,
ya capturamos al culpable. Se trata de un delincuente de
poca monta.
–¿Y cómo lo cogieron? –preguntó el casero.
–Uno de sus compañeros lo delató. Contó una his-
toria extraña sobre un fan… –el detective interrumpió su
explicación. Estaba claro que sus palabras lo desconcer-
taban incluso a él mismo–. Eso ahora no tiene importan-
cia. Un caso claro de abuso de drogas, nada más.
–Entonces, ¿por qué me pregunta sobre la gota de
sangre del baño? –preguntó la señora Rainey–. Acaba de
contarme que podría haber sido yo misma sin darme
cuenta y además ya tienen al culpable. Con sinceridad, no
lo entiendo.
–Verá, señora, lo que me inquieta es que cuando
subieron a tomar la muestra del baño, esta había desapa-
recido de la cortina de la ducha. La habían limpiado.
La señora Rainey apartó con brusquedad su mano,
que aún seguía bajo la del detective.
–¿Eso es todo? Tal vez la eliminé yo misma sin
darme cuenta.
–¿Con lejía? Y ¿minutos después de que diera la
orden de que tomaran la muestra? Disculpe pero lo dudo,
y me temo que no, eso no es todo –el tono del detective
empezó a tornarse más brusco y seco–. Ayer en la iglesia
de San Michael un feligrés escuchó a una persona, que
estaba dentro del confesionario, decir que era Tom Rai-
ney, su hijo, señora Rainey. Luego escucharon gritos y
vieron al sacerdote salir aterrado del confesionario y co-
rrer hasta la sacristía.
–No entiendo nada –dijo Lucille al borde del llan-
to–. ¿Qué ha pasado?
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INVISIBLE
–Una desgracia, señora Rainey. Han asesinado al
padre Peter Kiestle.
–¿¡Cómo!? –preguntó Lucille que, poniéndose en
pie, perdió el sentido.
El detective Hunter se apresuró a cogerla por la
cintura y evitó que cayera al suelo. En ese momento, un
fuerte ruido proveniente del pasillo alarmó al detective.
–¿Qué ha sido eso? –preguntó el casero.
–No lo sé, pero primero ayúdeme a dejarla en el
sofá.
El señor Holmes la cogió por los tobillos y el detec-
tive la levantó por las axilas y, no con poco esfuerzo, la
dejaron con cuidado sobre el sofá.
–¿No había dicho que estaba sola en casa? –pre-
guntó el casero.
–Sí, eso ha dicho. Es posible que no supiera que
estaba su hijo en casa.
–Sí, claro.
El detective Hunter ignoró la intencionalidad de
las palabras del casero. Le pareció en un principio una
persona despreciable y no le gustó encontrárselo en la es-
calera cuando llegó, pero tampoco podía impedirle que
entrara en el apartamento si la señora Rainey se lo permi-
tía. De todos modos, no le vendría mal algo de ayuda si al
final Tom se encontraba en casa y resultaba ser violento.
–Haga el favor de guardar silencio, y póngase de-
trás de mí –ordenó el detective al tiempo que llevaba su
mano hacia el revólver que se encontraba dentro de una
funda sobaquera.
Avanzaron muy despacio por el pasillo hasta llegar
a la habitación de Tom.
–Tom, ¿es usted? –preguntó el detective, que ya
tenía su revólver en alto–. Soy el detective John Hunter,
solo quiero hacerle unas preguntas.
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INVISIBLE
No hubo respuesta. John abrió la puerta con sumo
cuidado y escrutó la habitación. El señor Holmes se aden-
tró en ella y se quedó husmeando. John se dio la vuelta y
entró en el baño y al mirar en su interior obtuvo los mis-
mos resultados, nadie. Siguió por el pasillo hasta llegar a
la habitación de la señora Rainey. Entró con cuidado y
oteó cada rincón. Se puso de rodillas, y apoyando las ma-
nos contra el suelo, miró bajo la cama. En aquel momento
una gran bola de nieve de cristal con la tradicional es-
tampa navideña se elevó del tocador hasta situarse justo
encima de la cabeza del detective. Esta cogió la altura ne-
cesaria para asestar el golpe definitivo.
–¡La Hostia!
El grito del casero hizo que el detective se girase
bruscamente, provocando que la bola errase en su objeti-
vo, haciéndose añicos contra el viejo linóleo.
–¡Pero qué coño! –gritó el detective blandiendo su
revólver en todas direcciones.
–¡Venga a ver esto!
Hunter salió corriendo de la habitación, aún des-
concertado por lo que acababa de ocurrir, y fue en busca
del casero. Pateó la puerta del baño y encañonó a la nada.
Repitió la operación pero esta vez en la puerta del cuarto
de Tom.
–¡Eh, baje el arma, por el amor de Dios! –gritó el
señor Holmes con las manos en alto–. ¿Pero es que se ha
vuelto loco?
–¿Se puede saber por qué diablos está gritando? –
preguntó el detective bajando el arma.
–Por esto.
El casero levantó la mano y abriéndola lentamente
dejó caer una cruz de plata que quedó colgando de una
cadena larga y gruesa.
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INVISIBLE
21. Reclusión
Habían pasado dos semanas desde que el detective
John Hunter solicitara una orden de búsqueda y captura
para Tom Rainey. Si bien no estaba acusado formalmente
de nada, recaía sobre él la sospecha de asesinato del pa-
dre Peter Kiestle. Desde hacía unos días, un policía estaba
permanentemente custodiando el apartamento de la se-
ñora Rainey sin resultados de ningún tipo. De vez en
cuando el policía de turno informaba de que la señora
Rainey mantenía conversaciones, pero cuando el agente
entraba en el domicilio no encontraban a nadie pese a un
riguroso registro. Cosas de ancianos, supongo, decía el
policía de guardia. El detective Hunter sabía que le resul-
taría imposible mantener la vigilancia si no se obtenían
resultados, pues tener a policías vigilando las veinticuatro
horas del día le salía por un ojo de la cara al departamen-
to, y sus superiores no dejaban de recordárselo.
–¿Qué hacen ahí fuera? –preguntó Lucille.
–Ya te lo he dicho –contestó Tom en voz baja–.
Creen que fui yo quien mató al padre Kiestle.
–Pero tú no lo has hecho, ¿verdad que no?
–Por supuesto que no. ¿Cómo iba yo a matar a na-
die?
–No puedes estar encerrado en casa para siempre.
Tarde o temprano tendrás que salir –dijo angustiada–.
¿Por qué no llamas al detective Hunter y se lo explicas,
seguro que no pasará nada.
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INVISIBLE
–Mamá, no es tan sencillo. Además, no tienen a
ningún otro sospechoso. Seguro que me encierran, al me-
nos un tiempo prudencial o hasta descartar que fui yo.
–Pero, hijo…
–¡Que no! –gritó Tom dando un golpe sobre la
mesa–. Perdona –dijo ahora susurrando–. Es que estoy
muy nervioso.
–¿Va todo bien ahí dentro? –preguntó una voz
desde el otro lado de la puerta–. Abra la puerta, señora,
voy a pasar.
–Sí agente, no se preocupe.
–Abra de todos modos.
Lucille se levantó y fue hacia la puerta.
–Ya le digo que no pasa nada –dijo con una forza-
da sonrisa en los labios–. Solo me he dado un golpe con
una silla.
–Seguro que sí, señora, pero tengo órdenes que
cumplir –dijo el agente en un tono severo y desagrada-
ble–. Si oigo algún ruido fuera de lo normal tengo que re-
gistrar el apartamento, ya lo sabe.
El orondo agente con uniforme negro y piel grasa
caminó patizambo hacia las habitaciones. A duras penas
pudo mirar bajo las camas. Los registros de aquel agente
solían ser rápidos y superficiales y siempre terminaban
con un café que muy amablemente le ofrecía la señora
Rainey y que él nunca rehusaba.
–¿No tendrá algún bollo por casualidad? –pregun-
tó el agente sin vergüenza alguna.
–Me temo que no, hoy aún no he ido a la compra.
Pensaba salir en un rato.
El agente se terminó el café y sin dar las gracias se
dirigió hacia la puerta.
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INVISIBLE
–Si necesita algo estaré fuera –dijo con desgana
justo antes de salir.
–Puto cerdo bola de sebo –dijo Tom entre dientes.
–Esa boca.
–Lo siento, mamá, pero es que ese pedazo de…
El teléfono sonó sobresaltando a ambos. Ninguno
de los dos hizo el ademán de levantarse y este sonó tres
tonos más.
–¿A qué esperas, mamá? Coge el teléfono, anda.
Lucille descolgó en el séptimo tono.
–¿Dígame?
La señora Rainey permaneció en silencio y su cáli-
da sonrisa se fue transformando en un desagradable ric-
tus grisáceo. Colgó el teléfono sin decir nada y, de pronto,
empezó a llorar.
22. El funeral
A la mañana siguiente la señora Rainey se había
vestido de riguroso negro.
–No tiene por qué coger un taxi, señora –dijo el
detective Hunter–. Yo puedo llevarla, si le parece bien.
–Muchas gracias, pero no se moleste. Prefiero ir en
taxi. Y no es por ofender, pero le recuerdo que están bus-
cando a mi hijo para detenerle. Comprenderá que no me
apetezca mucho su compañía, y menos en estos momen-
tos.
–De verdad que lo siento mucho, señora –dijo el
detective en un tono que a Lucille le pareció sincero–.
Respecto a su hijo, es el procedimiento habitual.
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INVISIBLE
–Bueno, gracias, pero debo bajar. Lo más seguro
es que mi taxi me esté esperando.
Cerró la puerta de su casa con llave y se despidió
del agente que esa mañana custodiaba la puerta.
–Buenos días, señor, espero que no se aburra mu-
cho.
–Que pase una buena mañana usted también, se-
ñora –dijo el agente de turno, este más delgado y amable
que el otro.
–¿En un funeral? Bueno, lo intentaré.
El agente enrojeció como un tomate maduro y el
detective Hunter lo miró con desaprobación negando con
la cabeza.
–Por cierto, si ve a mi hijo dígale que tiene estofa-
do en la nevera –añadió Lucille burlándose del joven
agente.
–Lo haré –dijo el policía, sintiéndose aún más es-
túpido cuando por fin entendió la broma.
La señora Rainey empezó a bajar las escaleras con
el detective Hunter siguiéndola muy de cerca.
–No me diga que va a venir usted también al fune-
ral –dijo con desaprobación.
–Me temo que sí. Es posible que su hijo se reúna
con usted.
–Eso son tonterías, pero haga lo que quiera.
La señora Rainey subió al taxi y este se hundió más
de lo normal. El detective la siguió en su viejo y destarta-
lado Buick Roadmaster familiar.
El féretro estaba listo para ser bajado y una vein-
tena de personas, todas ellas enlutadas y la mayoría con
gafas de sol y lágrimas en los ojos, rodeaban los restos de
la difunta. Un sacerdote terminaba la homilía con la señal
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INVISIBLE
de la cruz y todos los presentes concluyeron con un tími-
do amén.
El operario del cementerio activó el pequeño mo-
tor que condujo el sencillo ataúd de pino al fondo de la
tumba. Trisha lanzó una rosa blanca que cayó sobre la
húmeda hierba a pocos centímetros del hoyo. Un hombre
mayor se acercó en silencio, recogió la flor y la lanzó con
más tino sobre el ataúd.
Los presentes pasaron uno por uno a dar el pésa-
me a Trisha que, dando las gracias, no paraba de sollozar.
Un hombre calvo de unos treinta y muchos años la suje-
taba por el brazo y de vez en cuando le hablaba al oído.
–Ya queda poco, Trisha –dijo el hombre tratando
de animarla–. Han pasado casi todos.
–Gracias, Ray –dijo Trisha–. No sé qué hubiera
hecho sin ti.
Por último pasó Lucille Rainey quien, al llegar jun-
to a Trisha, se derrumbó y empezó a llorar con más fuer-
za. Las dos se abrazaron y permanecieron juntas un buen
rato. A unos treinta metros de la escena, el detective Hun-
ter no perdía detalle de todo lo que estaba aconteciendo,
no sin dejar la intimidad necesaria requerida en estos ca-
sos.
–Por favor, Ray –dijo Trisha–, ¿serías tan amable
de dejarnos un rato a solas?
–Por supuesto. Estaré detrás de ti por si necesitas
algo, no muy lejos.
Lucille y Trisha estuvieron hablando durante más
de diez minutos y en algún momento de la conversación
ambas rieron al recordar una de tantas anécdotas diverti-
das que vivieron junto a su querida Anne Simmons.
–Era una mujer maravillosa –dijo Lucille–. La
echaré muchísimo de menos.
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INVISIBLE
–Sí, y una madre estupenda. Yo también la voy a
echar en falta.
Lucille besó en la mejilla a Trisha y se despidió de
ella con un abrazo.
–Por favor –dijo Lucille–, cualquier cosa que nece-
sites, lo que sea, ya sabes dónde estoy.
–Muchas gracias, lo tendré presente –dijo Trisha
con una triste sonrisa dibujada en los labios húmedos por
las lágrimas–. Si no te importa, dile a Ray que me deje
unos minutos a solas, por favor.
Trisha se quedó junto a la tumba de su madre en
completo silencio hasta que un leve sonido, como lentas
pisadas sobre la hierba húmeda, la sacó de su trance.
–Por favor, Ray, dame un momento –dijo Trisha–.
Necesito estar a solas.
–Siento mucho la muerte de tu madre –susurró
una voz cerca de su cara.
–¿¡Tom!? ¿¡Eres tú!? ¿¡Se puede saber qué haces
aquí!?
–Shhhh, habla más bajo –dijo Tom, poniendo su
mano sobre los labios de Trisha–. Te van a oír.
–¿Y qué si me oyen? Todos van a verte.
–Es complicado de explicar, Trisha, y aún más de
entender, pero si me dejas acompañarte a casa te lo con-
taré todo.
–¿Te has vuelto loco? ¡Te están buscando! La poli-
cía vino a verme y me hicieron unas preguntas muy des-
agradables.
–Por favor, confía en mí.
–¿¡Que confíe en ti!? ¿¡Acaso has olvidado lo que
ocurrió la última vez que nos vimos!?
–Cómo olvidarlo, y solo puedo decir que lo siento
de corazón. Lo estropeé, lo sé, pero necesito que me escu-
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INVISIBLE
ches. No sabía lo que hacía, pero ahora ya lo entiendo
todo. He despertado de un sueño largo y oscuro que me
ha hecho actuar como un cretino, pero eso ya pasó. Si me
pudieras dar una oportunidad.
–Lo siento. Será mejor que te marches.
–¡Pero Trisha, escúchame! –Tom la sujetó por las
muñecas y ella trató de zafarse con tanta fuerza que cayó
al suelo.
Ray se acercó corriendo y la levantó de la húmeda
hierba.
–Oh, cielos, ¿estás bien, cariño? –preguntó su
acompañante, ayudándola a ponerse en pie –. Será mejor
que nos vayamos a casa. Tienes la falda mojada y no quie-
ro que cojas un resfriado.
El detective Hunter no salió de su asombro al ver
lo ocurrido. ¿Qué diablos está haciendo?, se preguntó al
ver como Trisha discutía y forcejeaba aparentemente con
alguien a quien no podía ver.
–¿¡Y a ti qué te pasa!? –preguntó Trisha enfada-
da–. ¿Se puede saber por qué has dejado que se acercara
tanto a mí?
–Cariño, ¿de qué estás hablando? –preguntó Ray
desconcertado y mirando en todas direcciones–. Aquí
cerca no hay nadie.
–¡No seas idiota! ¡Tom acaba de agarrarme por las
muñecas! ¿¡Y tú dices qué no hay nadie!? ¡Maldito seas,
Tom!
Trisha rompió a llorar y Ray la abrazó. En aquel
momento llegó el detective Hunter.
–¿Está bien, señorita Simmons? –preguntó el de-
tective.
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INVISIBLE
–No, maldita sea, no estoy bien. ¿Cómo es posible
que hayáis dejado que Tom se me acercara tanto?
–¿Cómo dice? –preguntó John Hunter, atónito–.
Me temo que Tom no está aquí.
–Entonces debo estar volviéndome loca. Me ha
hablado y me ha sujetado por las muñecas –dijo juntando
las manos como si pidiera que la esposaran–. ¿Y vosotros
decís que no ha estado aquí?, ¿que me lo he inventado
todo?
El detective Hunter pudo ver claramente unos de-
dos marcados en la blanca piel de Trisha.
A unos veinte metros de los tres, Tom observaba la
escena loco de ira. ¿Quién cojones eres Ray?, pensó. Da
igual, ya estás muerto.
23. Atando cabos
El detective John Hunter se encontraba en su pe-
queño despacho de la vieja y maltrecha comisaría 52. Re-
cientemente le habían instalado un ordenador de sobre-
mesa y solo porque su superior así lo había ordenado.
Aun así, conservaba su vieja Royal en una esquina del es-
critorio. Echaba de menos el traqueteo de la vieja máqui-
na de escribir, los informes mecanografiados y el sucio
papel de calco. Pese a que ya no podía fumar en la oficina,
tenía sobre la mesa un viejo cenicero de cristal con ceni-
zas en el interior como recuerdo de una época mejor.
Todo era viejo en aquel despacho de paredes forradas en
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INVISIBLE
madera oscura y diplomas antiguos. Una gran pizarra de
corcho, para seguir los casos a la vieja usanza, ocupaba
casi toda una pared y en el techo un fluorescente amari-
llento parpadeaba en ocasiones reclamando su jubilación.
John Hunter revisaba los informes del caso en busca de
unos datos que bien podría haber encontrado en un mi-
nuto en Google si se hubiera dignado a encender el orde-
nador.
–¡Sterling! –gritó el detective Hunter–. ¡Venga
aquí, por favor!
Sam se levantó de su cubículo situado en un lateral
de aquel asfixiante enjambre que todos los ayudantes y
policías de menor rango utilizaban para sus labores buro-
cráticas. El suyo era el peor situado, junto al baño, y cada
vez que algún agente con descomposición intestinal tenía
que ir a aliviarse, le suponía un mal rato de olores nau-
seabundos, y por desgracia para él, eso sucedía con de-
masiada frecuencia.
–¿Señor? –preguntó el ayudante de detective Sam
Sterling–. ¿Me llamaba?
–¿Se puede saber dónde narices está la dirección
de la iglesia San Michael? No sé quién diablos redacta es-
tos informes, pero no podrían estar más incompletos, por
el amor de Dios.
Sam se acercó al escritorio y pidiendo permiso en-
cendió el ordenador.
–¿Me permite? –preguntó Sterling situándose
frente a la pantalla.
Sam entró en el buscador y en un momento encon-
tró la dirección. El detective miró con cara de circunstan-
cias a su joven y recién asignado ayudante.
–Gracias –dijo John con indiferencia.
–Si usted quiere, puedo enseñarle a usar el orde-
nador, señor –sugirió Sam con demasiado entusiasmo.
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INVISIBLE
El detective lo fulminó con la mirada en el acto.
–Pensándolo mejor, no creo que usted lo necesite,
señor –dijo el novato cabizbajo.
–No, no lo creo.
Hunter apagó el ordenador y colocó unos docu-
mentos sobre el escritorio. A continuación, le pidió a su
nuevo ayudante que tomara asiento.
–¿Es usted religioso, señor Sterling? –preguntó
John Hunter con cierto reparo.
–No especialmente, señor. ¿Por qué lo pregunta?
–¿Fue a la universidad, verdad? –preguntó de
nuevo el detective ignorando la pregunta de su subordi-
nado.
–Sí, señor, licenciado Cum laude por la universi-
dad de Maine en psicología y criminología.
–Sí, bueno, impresionante –dijo sin levantar la
vista del escritorio–. Deduzco que es usted una persona
sensata, analítica, lógica y de mente abierta, ¿me equivo-
co?
–Eh… No, creo que no se equivoca, señor –res-
pondió el joven ayudante, algo desconcertado.
–Bien, le hago todas estas preguntas porque voy a
exponerle una serie de circunstancias y quiero que al final
usted me diga, libre de cualquier prejuicio, la conclusión
a la que llegue, sea cual sea, por estúpida que le pueda pa-
recer, ¿me ha entendido?
–Por supuesto que sí –contestó Sam con el entu-
siasmo típico que le caracterizaba–. Cuente con mi más
sincera opinión, señor.
–Bien, de acuerdo, pero relájese –dijo el detective
entrelazando los dedos por detrás de su cabeza y recli-
nándose sobre su viejo sillón–. Esto no es un examen,
maldita sea.
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INVISIBLE
–Sí, señor. Lo siento, señor.
–Al grano. Una bailarina exótica entra en la comi-
saría y pone una denuncia por violación. Cuando se le
pregunta por el agresor ella jura que ha sido un fantasma
quien la ha forzado. Dicho fantasma también propina un
golpe casi mortal en la cabeza a su jefe con un cenicero
muy parecido al que tengo sobre esta mesa. –Sam echó
un vistazo furtivo sobre el escritorio y comprobó el im-
portante tamaño de dicho objeto–. Finalmente, el fan-
tasma, huye con la recaudación de la noche anterior. Aho-
ra supongamos que tenemos la declaración de un tipo que
acaba de matar a un amigo suyo por un estúpido e in-
comprensible malentendido. Este, tras rajarle el cuello, ve
cómo la sangre que brota de su moribundo amigo revela
un rostro que, flotando en el aire como una máscara teñi-
da de rojo, emite un gemido aterrador. –John escrutó el
rostro de su ayudante en busca de alguna señal de mofa,
burla o incredulidad, pero este permanecía impertérrito y
sin apenas pestañear.
–Continúe, por favor –añadió Sam que seguía tan
atento a las palabras del detective que parecía ensimis-
mado.
–Muy bien. Lo siguiente que tenemos es la decla-
ración de un feligrés que oye a dos personas discutir den-
tro de un confesionario. A continuación, una de ellas, el
sacerdote para más señas, sale despavorido del interior
para refugiarse tras la puerta de una sacristía. Dicha
puerta se abre reventada por los pestillos que vuelan
como si hubieran sido golpeados por un ariete. El huidizo
y aterrado sacerdote, que se escondía tras esa puerta, es
poco menos que torturado hasta la muerte, pero ninguno
de los feligreses ahí presentes ven al presunto agresor.
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INVISIBLE
Hunter terminó su exposición y guardó silencio.
Mirando fijamente a los ojos de su ayudante, esperó a que
este hablara.
–Y bien, ¿qué opina? –preguntó impaciente.
–Mmm…
–Vaya, esperaba algo más de usted señor Sterling.
–Sí, disculpe –dijo Sam rascándose la frente–. Mi
hipótesis es la siguiente; en primer lugar tenemos a una
bailarina exótica y su jefe, que lo más probable es que sea
su proxeneta. El jefe quiere probar la mercancía, ella no
acepta y entonces él la droga. Luego abusa de ella y, pos-
teriormente, finge un robo para no tener que pagar el
sueldo a la empleada quisquillosa. Escopolamina con
LSD, probablemente es lo que le suministró, de ahí la fal-
ta de memoria y las alucinaciones.
El detective Hunter lo miró algo decepcionado,
pero no quiso interrumpirlo, así que dejó que siguiera con
su exposición.
–En segundo lugar tenemos a un pandillero que lo
más probable es que tenga antecedentes o esté con la
condicional –continuó diciendo el joven ayudante–. Por
lo tanto sabe que lo van a acusar de asesinato en segundo
grado y, que por sus antecedentes, le caerán no menos de
veinticinco años. ¿Qué hace? Se inventa una historia que
pondrá en duda su salud mental reduciendo considera-
blemente la condena. Por último tenemos al feligrés que
escucha una conversación airada dentro del confesionario
y luego ve correr al sacerdote que se esconde en la sacris-
tía donde es asesinado. Este es fácil. Dos delincuentes. El
primero se esconde en el confesionario y trata de coac-
cionar al sacerdote o tal vez solo está ahí para entretener-
lo. Sea como sea, algo sale mal y, finalmente, el sacerdote
huye. El segundo delincuente, que se encuentra en la sa-
cristía, es sorprendido. Este se ensaña con el sacerdote
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INVISIBLE
más de lo necesario y acaba matándolo. Por eso ningún
feligrés ve a nadie más. Así que tenemos a un proxeneta
manipulador y a una bailarina drogada, a un delincuente
que sabe cómo funciona el sistema y a unos creyentes que
poco les falta para creer en apariciones Marianas y espíri-
tus de ultratumba. Tres casos algo estrambóticos, sí, pero
sin ninguna conexión entre ellos. Dígame, señor, tenien-
do en cuenta que esto ha sido una primera hipótesis muy
preliminar, ¿qué tal lo he hecho?
–Como el culo. Me temo que es usted analítico en
exceso.
–Lo siento, señor, es lo que usted me pidió, mi
opinión sincera. La navaja de Ockham, señor. En igual-
dad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser
la más probable.
El detective Hunter apoyó los codos en el escritorio
y bajando la cabeza se masajeó las sienes. Suspiró profu-
samente y después añadió:
–Entiendo sus conclusiones. Todas las declaracio-
nes provienen de testigos poco fiables, con dudosas repu-
taciones y no dejan de ser testimonios completamente
subjetivos y sin ningún tipo de validez. Pero…
–¿Pero? –preguntó Sam intrigado.
–Pero, ¿y si le dijera que tengo un testimonio de
alguien con más credibilidad que los anteriores testigos y
sus palabras son totalmente objetivas?
–Le diría que las palabras que provienen de una
sola persona son siempre subjetivas señor.
–¡Va, cállese! –dijo el detective haciendo un vio-
lento aspaviento con la mano–. Déjese de teorías y escú-
cheme.
Sam se enderezó en su silla y sus ojos se abrieron
como platos tras el arrebato de su superior.
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INVISIBLE
–Le pido disculpas –dijo Sterling sin apenas mo-
verse–. A veces soy demasiado…
–Dejemos las disculpas para más tarde –dijo John
en tono conciliador–. Ahora solo escuche. Tenemos un
nombre, Tom Rainey. Este es el nombre que los feligreses
oyeron dentro del confesionario, pero nadie lo vio. El ase-
sinato del chico ocurrió en el mismo portal donde vive
Tom Rainey. La violación y el robo ocurrieron el mismo
día en el que, según el señor Holmes, casero de Tom Rai-
ney, recibió el pago del alquiler atrasado. Esta es la ficha
de nuestro sospechoso: Varón blanco de cuarenta años,
de un metro setenta y cinco aproximadamente. Sin ante-
cedentes. Trabajó durante cinco años como vendedor de
coches usados. Un día, sin más, desaparece, o casi. Sin
dar ninguna explicación deja de acudir a su puesto de
trabajo y, como por arte de magia, se desvanece. Tenemos
declaraciones de personas que han hablado con él, pero
ninguno de ellos le ha visto directamente. Su compañero
de trabajo le llevó la carta de despido pero habló con él a
través de la puerta, no lo vio. El casero también ha habla-
do con él, pero Tom al parecer iba envuelto en sábanas y
tampoco lo pudo ver. Luego tenemos a su madre que
afirma que su hijo sigue viviendo con ella y que mantiene
conversaciones a diario, y por otro lado a Trisha Sim-
mons, que afirma haber mantenido conversaciones con
él. Incluso dijo que se presentó en el funeral de su madre.
Sam escuchaba atento pero perplejo al mismo
tiempo y sin saber a dónde quería llegar el detective Hun-
ter con todo aquello.
–Señor, permítame una pregunta.
–Adelante.
–Si su madre afirma que vive con ella y si la tal
Trisha dice que el sospechoso se presentó en el funeral de
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INVISIBLE
su madre, entonces sí tenemos al menos dos testigos que
le han visto, ¿no es así?
John deslizó unos documentos sobre la mesa y con
una extraña sonrisa en los labios indicó a su ayudante que
los mirase.
–Haga el favor de echar un vistazo a sus informes
médicos, señor Sterling.
Sam palideció de inmediato ante la información
presentada por el detective. Era como encontrar la pieza
final de un puzzle imposible de resolver.
–Y aún no le he contado lo más extraño de todo.
En casa del sospechoso, durante el registro de una de las
habitaciones, una bola de cristal de nieve, de al menos un
kilo de peso, salió despedida del mueble donde se encon-
traba y a punto estuvo de estrellarse contra mi cabeza. –
John hizo una pausa dramática para enfatizar sus pala-
bras–. Para terminar y, como colofón final, le contaré que
yo estuve en el funeral de la madre de Trisha Simmons.
Todo normal hasta que al final del oficio ella se quedó
sola y de pronto se sobresaltó sin un motivo aparente.
Mantuvo una conversación airada frente a la tumba de su
madre, lo cual puede considerarse como algo normal.
Uno podría pensar que se está despidiendo de su familiar
fallecido. Pero de repente sus manos se levantaron como
si alguien hubiera tirado bruscamente de sus muñecas.
Tras un breve forcejeo Trisha se zafó dando un fuerte ti-
rón y, perdiendo el equilibrio, cayó de espaldas por la
fuerza que tuvo que realizar. Cuando fui a ver cómo se
encontraba, vi que tenía unas marcas en las muñecas,
como si unas manos las hubieran apretado con demasia-
da fuerza.
Hunter volvió a recostarse sobre su silla y ambos
permanecieron en silencio.
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–Ahora le pido que coja toda esta información y
deje a un lado todos sus prejuicios. Esto no es un examen
y yo no estoy aquí para juzgar sus interpretaciones. Pero a
la vista de estas nuevas evidencias, dígame, ¿cuál es la
primera hipótesis que le viene a la cabeza en estos mo-
mentos?
Sam se mantuvo en silencio durante más de un
minuto hasta que por fin levantó la vista y miró a John a
los ojos.
–Nuestro sospechoso, Tom Rainey… es invisible.
24. Seguimos con el plan
Nick se echó a un lado, se quitó el preservativo y,
tras hacerle un nudo, lo tiró al suelo.
–Pásame un cigarrillo –dijo Nick aún jadeante–.
Ha sido genial, nena, como siempre.
–Bueno, no ha sido de mis mejores polvos, pero ha
estado bien –bromeó Lisa.
–Que te jodan, preciosa.
–Mmm, eres insaciable, machote –dijo Lisa pa-
sándole la mano por la entrepierna.
Nick la besó y se volvió a recostar sobre ella, pero
solo para alcanzar el paquete de cigarrillos que se encon-
traba en la mesilla de noche.
–Capullo –dijo Lisa cuando Nick volvió a su sitio.
–Gracias –dijo, encendiéndose un pitillo.
Por la ventana entró una suave brisa acompañada
por el sonido de una sirena de policía.
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–¿Crees que ya ha pasado el tiempo suficiente? –
preguntó Lisa.
–Suficiente, ¿para qué?
–Para volver a casa de la señora mayor.
–Supongo que sí, pero no termino de verlo claro.
–No terminas de ver claro ¿el qué? –preguntó Lisa
algo molesta–. Creía que estaba todo listo. Tú mismo es-
tabas dispuesto a entrar el mismo día que fuimos a casa
de la vieja.
–Sí, ya lo sé –dijo Nick dando una fuerte calada–.
La cosa es que hablando con Big Roy…
–¿¡Le has contado nuestro plan a ese puto gorila!?
–Espera, nena. Antes de enfadarte escúchame.
Hay que saber por dónde moverse. Si fueran piezas de co-
che, radios o incluso joyas, sabría a quién acudir y cómo
sacar tajada, pero no tengo ni zorra idea del mercado de
los juguetes.
–¡Que no son juguetes! Mira por internet. Ya te lo
conté. El tío de la tienda le había conseguido una verda-
dera pieza de coleccionista a aquella mujer. Si hasta estu-
vieron un buen rato negociando los plazos. Y lo mejor es
que, por lo que comento esa mujer, su hijo tiene decenas
de esos “juguetes” como tú los llamas.
–Pues eso es fantástico, nena, pero hay que saber a
quién vendérselo.
–Bueno, está bien –dijo Lisa a regañadientes–. ¿Y
se puede saber qué te ha contado el idiota de Big Roy?
–Me dijo que conocía a un tipo que tiene un amigo
de esos frikis que tanto le gustan a tu hermana.
–No seas idiota –se quejó Lisa golpeándole en el
pecho no muy fuerte–. ¿Y qué más?
–Poco más. Se pondrá en contacto con él para ave-
riguar cuánto se podría sacar. Con lo que tú me contaste
no he podido dar demasiada información. La buena noti-
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INVISIBLE
cia es que tal vez saquemos mucho, pero la mala, y la más
probable, es que tal vez saquemos muy poco.
–Pues me da igual, nos arriesgaremos. Al fin y al
cabo es solo entrar en un puñetero sótano.
–Está bien, nena –dijo Nick sin demasiada convic-
ción–. Si es lo que quieres lo haremos, pero no te hagas
demasiadas ilusiones con esto.
–Solo quiero sacar lo suficiente para poder empe-
zar algo lejos de aquí. Quiero marcharme de una vez de la
casa de mi madre y espero no volver a ver a esa maldita
borracha nunca más, y de paso alejarme lo más que pue-
da del cerdo baboso de su novio.
–¿Y empezar algo sin mí? –bromeó Nick.
–No seas tonto. Claro que contigo. Lo que no en-
tiendo es por qué no quieres que me venga a vivir aquí.
–¿Aquí? ¿Mudarte a esta pocilga de mala muerte?
Ni de puta coña, nena. Además, ¿dejarías a tu hermanita
sola en casa de tu madre con el hijo puta de Woody?
–Por supuesto que no. Ella se viene conmigo –Lisa
intentó atisbar alguna sombra de desacuerdo o duda por
parte de su novio pero no vio nada.
Desde la muerte de su padre, ella tuvo que ocupar-
se de su hermana pequeña. Dejó el instituto alegando que
estaba harta de los estudios y de los profesores, que no
hacían más que meterse con ella. Las peleas con los com-
pañeros tampoco ayudaron. Pero lo que nunca contó a
nadie, ni siquiera a su propia hermana, es que realmente
disfrutaba yendo a clase. Era una buena estudiante y sus
notas siempre eran de las mejores de su curso. Sabía que
si quería salir de aquel pozo de mierda en el que vivía, te-
nía que estudiar, y eso se le daba muy bien. Aparte de la
muerte de su padre, abandonar el instituto fue lo peor
que le había pasado. Pero tenía claro que no podría pro-
teger a su hermana de su madre y sus constantes novios si
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INVISIBLE
se pasaba el día en clase y en la biblioteca. No, ahora su
ángel de la guarda, su padre, ya no estaba, y era su obliga-
ción cuidar de su hermana. Al menos así lo sentía.
–Claro que sí, cariño. No hay ningún problema,
pero no aquí. Demasiada mala gente conoce este aparta-
mento.
En la puerta de la habitación sonaron tres golpes.
–¿Qué pasa? –preguntó Lisa.
–¡Tengo hambre! –protestó Penny–. ¿Puedo pedir
una Pizza?
Lisa miró a Nick esperando una respuesta por su
parte.
–Solo tengo veinte pavos –dijo Nick–. No pidas de
más.
–¡Muchas gracias! ¡A veces eres un tío guay!
–¡Y nada de piña!
25. Ataque de celos
Tom tuvo que salir a toda prisa del edificio cuando
el agente que custodiaba la entrada de su casa lo oyó es-
tornudar. Abrió la puerta con mucho cuidado y la cerró
acompañando el pestillo con la llave para no hacer ruido y
la guardó bajo el felpudo. Miró al policía y comprobó
cómo este seguía ensimismado en la lectura de su revista
Mad. Justo en el momento de empezar a bajar por las es-
caleras un sonoro estornudo le sobrevino sin previo aviso.
El policía se sobresaltó de tal modo que tanto él como su
enorme trasero fueron a parar al suelo cuando el pequeño
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taburete colapsó bajo el sobrepeso del agente. Tom se
quedó petrificado al principio de la escalera hasta que por
fin reaccionó. En lugar de salir escaleras abajo, Tom esta-
lló en un mar de carcajadas cuando vio a aquel tipo panza
arriba tratando de ponerse en pie.
–¡Ánimo oronda foca, levántate y anda! –le gritó.
El agente trató de ver quién estaba mofándose de
él, pero la enorme montaña que era su barriga se interpo-
nía entre ellos.
–¡Verás cuando me levante! ¡Se te van a quitar de
golpe las ganas de reírte de un agente de la ley!
Tom se acercó tratando de no hacer ruido y, cuan-
do estuvo lo suficientemente cerca, le dio una patada en
la entrepierna dejando al indefenso tipo aún más doblado
si cabe.
–¡Hijo de puta! –gritó el agente que seguía en el
suelo como una tortuga sobre su caparazón tratando de
darse la vuelta.
Tom se acercó de nuevo con mucho cuidado y vol-
vió a lanzar otro ataque contra el tipo obeso. Esta vez no
tuvo tanta suerte y quedó atrapado entre sus enormes
piernas, que se cerraron como fauces de una descomunal
planta carnívora cuando este recibió la segunda patada.
–¡Te tengo, cabrón! –dijo el policía con la cara mo-
rada como una berenjena.
El orondo agente estiró su brazo en dirección a su
entrepierna y, con su fuerte mano con dedos como morci-
llas, agarró el tobillo de Tom, que soltó un gritó en parte
por el dolor y en parte por la sorpresa de ser capturado.
Tiró hacia él con la fuerza de un luchador de sumo
y, cuando acercó su presa lo suficiente para poder identi-
ficarla, gritó espantado al ver que había capturado algo
que no podía ver. Su mano se abrió por el estupor del
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INVISIBLE
momento y Tom salió corriendo escaleras abajo tal como
debería haber hecho desde un principio, o al menos así lo
pensó cuando abandonó el edificio.
Caminó por las calles con un leve dolor de gargan-
ta y el temor de que le volviera a sorprender una tormen-
ta. Hacía frío, no mucho, pero sí lo suficiente como para
que ir desnudo resultase incómodo. Justo antes de salir
de casa se duchó a conciencia y abandonó su apartamento
etéreo como una sutil brisa de otoño, pero ahora, tras la
escaramuza con el policía, se sentía menos invisible y, de
hecho, el golpe contra el suelo le manchó la cadera y el
pecho. Seguía sin poder verse con claridad pero ya no se
sentía tan cómodo como antes. De todos modos en su ca-
beza solo había un pensamiento: Trisha Simmons.
Esta vez tardó tan solo quince minutos en llegar a
casa de ella. Se detuvo en una esquina y se sorprendió
cuando se escondió tras la pared. ¡Jajaja, serás idiota!
¡Pero si nadie puede verte!, se dijo a sí mismo.
Se acercó al portal y se quedó plantado frente al
viejo edificio. Quería subir y arreglar las cosas con Trisha,
pero después de cómo reaccionó en el funeral, no estaba
seguro de que presentarse en su puerta fuera lo más ade-
cuado. Se quedó ahí de pie y sin hacer nada durante más
de media hora. Cuando por fin se decidió a entrar, unas
risas le sorprendieron por la espalda. Se apartó del portal
de un salto y casi tropezó cuando el bastón de Trisha le
golpeó en el tobillo.
–Uy, perdone –dijo ella sin dejar de reír.
–¿A quién le has pedido perdón? –preguntó Ray
entre risas.
–Oh, a nadie supongo. Creí haber golpeado a al-
guien con el bastón.
–Decidido, a partir de ahora solo refrescos para la
señorita –bromeó Ray.
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–Idiota, si sabes que no puedo beber.
Los dos se detuvieron frente al portal y se abraza-
ron.
–Me lo he pasado muy bien, Ray. Si no fuera por ti,
no podría sobrellevar la muerte de madre.
–Yo también me lo he pasado muy bien. Desearía
no tener que ir a trabajar.
–Sí, yo también lo desearía.
Sellaron su abrazo con un largo beso mientras a
escasos centímetros de ambos Tom temblaba colérico.
Ray se fue calle abajo y Trisha entró en su edificio.
Faltó muy poco para que Tom los matara en aquel mismo
instante, frente al portal de su deseada Trisha. Tuvo que
atar en corto al caballo desbocado que era su incipiente
furia para no hacerlo. En ese momento, con la sangre aún
hirviendo, dudó de a quién seguir. Sabía que el destino
del elegido sería la muerte, por lo que se tomó un minuto
para reflexionar.
La decisión estaba tomada.
26. Trazando un plan
El detective John Hunter colgó el teléfono con un
sonoro golpe. Escribió algo en un pequeño post-it y lo
clavó con una chincheta en el corcho de la pared.
–¡Sterli…!
Antes de que acabase de gritar su apellido, Sam ya
se encontraba junto a la puerta.
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–Vi que ponía algo en el corcho y pensé que iba a
llamarme –se anticipó Sam al ver la cara de sorpresa de
John–. ¿Novedades, señor?
–Sí, y muy interesantes.
El detective le explicó lo ocurrido en casa de Tom.
Al parecer el agente encargado de vigilar el domicilio esa
mañana llamó solicitando la baja médica argumentando
estrés laboral. El detective Hunter pudo sonsacarle sin
demasiado esfuerzo lo ocurrido realmente.
–¡Entonces es cierto! –dijo Sam.
–¿Acaso aún lo dudaba?
–Bueno, verá, no soy persona de fe y algo así re-
quiere de pruebas que vayan más allá de la mera especu-
lación, señor.
John lo miró con una leve sonrisa. En el fondo, y
muy a su pesar, empezaba a caerle bien aquel novato listi-
llo que le habían asignado.
Una vez, hacía mucho tiempo, tuvo a su cargo a un
joven muy parecido a Sam. Inteligente, emprendedor y
con la ilusión de quien es novato en esto y la burocracia y
las malas personas aún no habían conseguido causar me-
lla en su estado de ánimo. Ese joven y Hunter llegaron a
ser buenos amigos, hasta tal punto que John acabó siendo
el padrino en su boda. El recuerdo de su mujer en el fune-
ral aún le partía el alma, y la culpa por no haber acompa-
ñado a su ayudante novato seguía lacerándole. No volveré
a pasar por algo así, pensaba siempre que le asignaban a
alguien nuevo. Lo conseguía con una actitud agria y un
desprecio tal, que al poco tiempo todos acababan solici-
tando un traslado.
–¿Señor?
John sacudió la cabeza como aturdido y regresó de
golpe de su amarga ensoñación.
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–Eh… Muy bien, señor Sterling, ahora que sabe-
mos a qué nos estamos enfrentando –el detective se detu-
vo en ese punto para enfatizar ese hecho como irrefuta-
ble–, debemos trazar un plan de acción. Si fuera un fuga-
do al uso seguiríamos el protocolo estándar, pero está cla-
ro que en este caso, eso, no nos vale. Y bien, ¿qué sugiere,
Sterling?
El ayudante se rascó la frente mientras se tomaba
un tiempo para reflexionar.
–En este caso la anticipación es de suma impor-
tancia –dijo Sam sin levantar la vista del escritorio–.
Siempre lo es, pero con Tom aún más. Debemos tratarlo
como si fuera… un fantasma.
–¿A qué se refiere con lo de tratarlo como a un
fantasma?
–Verá, en la universidad, unos cuantos compañe-
ros de clase y yo, montamos una especie de grupo de in-
vestigación paranormal. Combinábamos las técnicas de
investigación más ortodoxas con las técnicas clásicas de
detección de… bueno, seres del más allá, por llamarlo de
algún modo. Era por puro divertimento y también como
claro ejemplo de que el método científico podía extrapo-
larse a cualquier campo.
–No le sigo –dijo John que lo miraba con ojos en-
tornados–. Sea más claro.
–Verá, conozco algunas técnicas que están fuera
del manual que tal vez puedan funcionar. Por ejemplo, el
policía que tenemos vigilando la casa de Tom podría ex-
tender una fina capa de polvo en todo el rellano. Si uno
no se fija, no la verá y pasará por encima dejando unas
huellas claras y visibles.
–Bien, continúe.
–Por otro lado, deberemos llevar encima, incluido
el agente que custodia la casa de Tom, un spray de pintu-
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ra indeleble de secado rápido. En caso de toparnos con él,
lo rociaremos de tal forma que se quedará marcado y vi-
sible. La pintura de la que hablo es muy parecida a las
que se usan en las bombas de tinta para frustrar atracos.
Simplemente no se va.
–Me parece muy buena idea, señor Sterling. ¿Se le
ocurre algo más?
–Cámaras termográficas. El hecho de que sea invi-
sible no le exime de liberar calor corporal, o eso creo. Con
ellas podríamos verle sin problema.
–Eso va a ser más complicado. Esos trastos son
caros de cojones y se debe justificar muy bien su uso para
que el departamento las solicite. No creo que decir que
son para capturar a un sospechoso invisible sea buena
idea, al menos si queremos conservar nuestros empleos.
Ambos meditaron en silencio durante un buen
rato.
–Se me ocurre una idea –dijo el detective Hunter–
. Respecto a su pintura, creo que podemos sacarle mucho
partido. Colocaremos algunas bombas de pintura en los
lugares que sabemos que solo él visita, como, por ejem-
plo, el sótano. También podemos poner otra en el interior
de su habitación. Le diremos a su madre que la habitación
de su hijo queda precintada y que no puede entrar bajo
ningún concepto. Ella no entrará, pero si se le ocurre en-
trar a él lo tendremos.
–Se le ocurre algún sitio más a donde pueda ir, se-
ñor –preguntó Sam.
–Lo cierto es que sí. La casa de Trisha Simmons.
27. Demasiado tarde
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Trisha se encontraba en la bañera cuando el tim-
bre sonó. Se sobresaltó y se molestó a partes iguales, pues
ni eran horas de visitas ni esperaba a nadie, y para colmo
le habían interrumpido en su momento de esparcimiento.
Se quitó el paño caliente de los ojos y se levantó muy des-
pacio. El agua estaba bastante caliente y sabía que podía
marearse si salía demasiado deprisa. Palpó la pared hasta
dar con el albornoz y, mientras se lo ponía, el timbre sonó
de nuevo .
–¡Ya va! –gritó desde el baño
Una vez anudado, se envolvió la cabeza con una
toalla y finalmente se enfundó sus pantuflas de andar por
casa. El timbre volvió a sonar.
–¿Quién es? –preguntó.
Ray pensó que sería buena idea pedirle a Trisha
que se mudase a su piso. No es que fuera el Palace preci-
samente, pero desde luego se encontraba en un barrio
mucho más seguro. Salió de la ducha y miró el reloj. Ya
llegaba tarde al trabajo. Sacó de un cajón una pequeña
caja de madera de roble de buena calidad. Era un precio-
so regalo de Trisha que contenía una brocha y una navaja
para el afeitado. Tal vez un poco clásico para los gustos de
Ray, pero que, aun así, él usaba gustoso todos los días.
Hizo girar la brocha dentro de un recipiente que contenía
crema para el afeitado hasta conseguir una espuma ho-
mogénea y se embadurnó la incipiente barba de un día.
Cogió la navaja y se la llevó al cuello. Se detuvo un mo-
mento para coger la toalla de mano y la pasó por el espejo
cubierto de vaho. Volvió a llevarse la navaja al cuello y
justo cuando iba a realizar la primera pasada sonó el telé-
fono.
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–¡Oh, mierda! –dijo Ray con una pequeña gota de
sangre deslizándose por su cuello.
Mientras tanto, el teléfono seguía sonando.
Trisha lloraba sobre la cama. Estaba completa-
mente aterrada y no sabía qué es lo que iba a ocurrir.
Pensó que lo mejor que podía hacer en aquel momento
era quedarse ahí. Era lo único que podía hacer. De repen-
te, un ruido la alteró de tal manera que de un brinco cayó
al suelo. Se levantó y se sentó en el borde de la cama y, en
silenció, escuchó.
John Hunter y su ayudante Sam Sterling iban a
toda velocidad por la avenida Broadway en el viejo Buick
Roadmaster familiar, el último vestigio de una vida pasa-
da del detective Hunter, que ahora lo conducía como
nunca antes lo había hecho. Sacó el brazo por la ventani-
lla y pegó en el techo una vieja luz azul con imán y Ster-
ling lo miró fascinado.
–No sabía que todavía se usaran de esas, señor –
dijo Sam.
–Ya no hacen las cosas como antes –contestó John
sin apartar la vista de la carretera–. Hazme un favor, en-
ciende la sirena.
–¿¡Este coche tiene sirena!?
–Sí, la mandé poner cuando el departamento se
quedó sin vehículos para todos.
–¡Genial!
John miró a su ayudante con una media sonrisa.
Estaba claro que el joven Sam se lo estaba pasando en
grande. Pese a todo, sabía que el tiempo se les estaba aca-
bando y volvió a concentrarse de nuevo en la carretera y
pisó a fondo.
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Tom se encontraba frente a su víctima sin que esta
sospechara lo más mínimo cual iba a ser su trágico e in-
minente destino. Sintió de nuevo una creciente excitación
que le recorrió el cuerpo, como una descarga eléctrica,
cuando pensó que estaba en sus manos el poder de la vida
o la muerte, que aquella indefensa persona ya nada podía
hacer para cambiar su destino que él, a voluntad, había
decidido. Ese poder era simplemente embriagador. Tom
estaba listo.
–Antes de matarte creo que debo pedirte perdón,
aun así, quiero que entiendas que lo que va a sucederte es
un acto de amor puro y eso, créeme, está por encima de
todo bien y de todo mal –dijo Tom contemplando el ver-
dadero terror en los ojos de su petrificada víctima.
El coche derrapó y, golpeando contra el bordillo,
acabó con las dos ruedas delanteras sobre la acera. El de-
tective Hunter y Sam bajaron a toda prisa del vehículo
dejando las puertas abiertas y la sirena aún sonando, lo
que atrajo a un buen número de curiosos. Subieron por
las escaleras lo más rápido que sus piernas les permitie-
ron. Sam saltaba de tres en tres los escalones y John, con
ayuda de la barandilla, apenas iba de uno en uno. Sam
llegó primero frente a la puerta cerrada del quinto piso.
Acercó el oído, pero no escuchó nada. Cuando John llegó
tuvo que coger aliento y, poniendo sus manos sobre las
rodillas, no pudo más que jadear como un perro en pleno
verano.
–¿Se encuentra bien, señor? –preguntó Sam apo-
yando su mano sobre la espalda del detective.
John le apartó la mano y trató de enderezarse ayu-
dándose con la pared. Sintió ganas de insultar a su joven
ayudante, pero sabía que él no era el responsable de su
incipiente enfado. Es una mierda hacerse viejo, pensó. Se
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INVISIBLE
puso en pie y echo una dura mirada a Sam. Aun seguía
con la mano en alto, a apenas unos centímetros de la es-
palda de su superior, dudando si debía ayudarle de nue-
vo. Su gesto quedó finalmente en un mero ademán cuan-
do, mirando a Hunter a los ojos, comprendió que cual-
quier ayuda por su parte no sería bien recibida.
–¡Toca el timbre! –le ordenó señalando con des-
dén la puerta.
Sam tocó tres veces el timbre y anunciando en voz
alta que se trataba de la policía, y dio orden de que abrie-
ran de inmediato. No hubo respuesta.
En ese instante la puerta de al lado se abrió y una
mujer con bata y el pelo cubierto de rulos asomó la cabe-
za.
–¡Métase dentro, señora! –exigió el detective sa-
cando su arma.
John dio un pequeño golpe con el hombro en la
puerta para tantearla y supo de inmediato que no podría
con ella. Bastó una mirada para que el joven Sam Ster-
ling, que ya estaba cogiendo impulso, hiciera saltar la ce-
rradura por los aires de un puntapié.
Ambos entraron con la pistola en alto, pero ense-
guida vieron que ya era demasiado tarde. El suelo estaba
lleno de huellas ensangrentadas de pies descalzos que re-
corrían el apartamento en todas direcciones. Avanzaron
con cuidado por si el asesino se encontraba aún en la
casa. Miraron en cada una de las habitaciones hasta que
dieron con el cuerpo. Sam se echó las manos a la boca y,
aun así, no pudo contener el vómito que rebosó entre sus
dedos.
–¡Dios mío! –dijo Sam con las manos llenas.
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INVISIBLE
28. Última llamada
El teléfono sonó con insistencia y, solo cuando el
detective John Hunter le dio permiso, Lucille descolgó. Se
llevó temblando el auricular al oído y al tratar de respon-
der sus palabras quedaron ahogadas en el fondo de su
garganta produciendo un extraño sonido gutural.
–¿Mamá, eres tú?
–¡Tom! –dijo por fin Lucille con lágrimas en los
ojos–. ¿Qué has hecho?
El detective Hunter le agarró el teléfono y tapando
el micrófono con la mano se acercó al oído de la señora
Rainey.
–Siga las instrucciones que le hemos dado –le su-
surró–. No debe saber que estamos aquí, ¿de acuerdo?
La madre de Tom asintió y se llevó de nuevo el au-
ricular a la oreja.
–Tom, ¿sigues ahí? –preguntó Lucille algo más
calmada.
–Mamá, escúchame. No sé qué te habrán contado,
pero no te creas una sola palabra. Yo no he hecho nada.
–¿Y por qué te está buscando la policía?
–Ya lo sabes. El detective Hunter está empeñado
en cargarme el muerto –aquello le sonó tan irónico que a
punto estuvo de echarse a reír–. Quiero decir, en culpar-
me por lo que le ocurrió al padre Peter.
–¿Y qué hay de Trisha? –preguntó su madre con la
voz entrecortada.
–¿¡Qué pasa con ella!?
–Vamos, cariño, sabes que han hablado conmigo.
¿Por qué te empeñas en mentirme?
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INVISIBLE
–No te miento. Confía en mí, por favor –dijo tra-
tando de sonar animado–. Solo te llamaba para avisarte
de que estaré unos días fuera. No quiero que te preocu-
pes, volveré pronto, ¿de acuerdo?.
–¿Dónde vas a ir? Necesito saber que estarás bien.
–De verdad, estaré bien. He pensado en ir a aquel
lugar que…
La radio de un agente que estaba sirviéndose un
café sonó emitiendo un pitido estridente seguido de una
voz de mujer; <<aviso a todas las unidades disponibles
cerca del parque comercial Brewel Center, se ha produ-
cido un robo de vehículo con rehenes. Repito, robo de
vehículo con rehenes, cambio>>.
Todos los que estaban en aquel lugar se volvieron
de inmediato hacia el agente, que trató de silenciar lo an-
tes posible su emisora.
–¿¡Qué ha sido eso, mamá!?
–Cálmate y escucha lo que te voy a decir.
–¿Están ahí, verdad? –preguntó con una calma
que aterrorizó a su madre.
–Solo quieren ayudarte –respondió Lucille con lá-
grimas en los ojos.
–Te quiero, mamá –dijo Tom justo antes de colgar.
Hunter fue directo al agente que aún sostenía la
radio que les había delatado en la mano.
–¡Desaparezca de mi vista, idiota! –gritó el detec-
tive con el dedo índice justo a un milímetro de la frente
del joven policía–. ¡Largo! –Usó ese mismo dedo para se-
ñalar la puerta.
–Dime que tenemos algo –dijo John Hunter al tipo
con grandes y gruesas gafas que estaba sentado frente a
un portátil conectado al teléfono.
–Ha habido suerte, señor. Lo tenemos.
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INVISIBLE
El detective lo miró esperando una respuesta más
concreta.
–Llama desde una cabina telefónica situada en el
ochenta y siete de Main road. Es una gasolinera, señor.
–¿¡Y eso dónde demonios está!? –preguntó moles-
to el detective Hunter–. ¿¡Y por qué narices todos dan por
sentado que sé dónde se encuentran todas las direcciones
de este maldito estado!? –añadió levantando los brazos
como si clamara al cielo.
–Se dirige hacia el este por la 1A, señor –dijo el
desafortunado agente de la radio.
–¿¡Pero tú qué haces aún aquí!? –interrogó el de-
tective Hunter con un furioso crescendo–. ¡Creía haberte
dejado claro que desaparecieras de mi vista!
–Disculpe, señor –intervino Sam–. Creo que tiene
razón.
Hunter miró a Sam con severidad, pero al final ce-
dió.
–Muy bien, agente, dígame cómo sabe que va hacia
el este por la 1A –dijo Hunter muy despacio, masticando
con rabia cada una de sus palabras.
–Bueno, no puedo asegurarlo al cien por cien –ti-
tubeó el joven, aún temblando por la bronca de antes–.
Pero cuando han dado el aviso por radio, han anunciado
un robo de vehículo en el Brewel Center y la llamada tele-
fónica la ha realizado desde una cabina que se encuentra
solo a unos cinco kilómetros al este. Por eso he supuesto
que…
–No me vale –interrumpió el detective haciendo
un ademán con la mano para indicarle que no siguiera
hablando–. Puede haber sido pura casualidad. ¿Sabe us-
ted acaso cuántos robos se producen al día solo en esta
ciudad?
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INVISIBLE
–Señor –volvió a intervenir Sam–. Tiene usted ra-
zón. Puede que no sea más que una coincidencia, pero si
le parece bien, el agente… –Sam miró al joven de la radio.
–Fletcher –respondió–. Ian Fletcher.
–El agente Fletcher podría ocuparse del caso del
robo del vehículo –continuó Sam–. Si al final no hay nin-
guna conexión, pues nos quedamos igual, pero si resulta-
se que Tom es el responsable sabremos en que vehículo se
está moviendo y en qué dirección. ¿Le parece bien, señor?
John Hunter sabía que no podía rebatir la lógica
de su joven ayudante, aun así, guardó silencio un buen
rato tan solo para demostrar quién estaba al mando.
–Si eso me garantiza que no vuelvo a ver a este crío
con uniforme cerca de mí, adelante con su plan –senten-
ció el detective.
Cuando todos se fueron, Hunter se sentó con la
desconsolada madre de Tom, que seguía llorando junto al
teléfono.
–Señora Rainey, sé que lo debe estar pasando muy
mal en estos momentos –el tono del detective era suave y
dulce, irreconocible al tono que empleó apenas unos mi-
nutos antes. Lucille lo agradeció–. Le prometo que voy a
hacer todo lo que esté en mi mano para que esto se solu-
cione lo antes posible, y sin percance alguno para su hijo.
Como le expliqué antes, Tom es sospechoso y no voy a
mentirle, es el principal sospechoso, pero aun así, tiene
derechos y me aseguraré de que se cumplan.
–Se lo agradezco, detective –dijo la señora Rainey
forzando una leve sonrisa–. Le aseguro que mi hijo es
bueno. No voy a discutir con usted que su comportamien-
to ha sido más o menos extraño estas últimas semanas,
pero sé que tiene buen corazón. Algo malo debe estar pa-
!115
INVISIBLE
sándole, lo sé, si no nada de esto tendría sentido. Debe
averiguar qué le está ocurriendo detective.
John cerró la puerta con suavidad y se dirigió al
agente que aquella noche vigilaba el apartamento de la
señora Rainey. Tras darle unas instrucciones, el detective
abandonó el edificio. Al llegar a su cansado Buick Road-
master se dio la vuelta y observó el edificio que se erigía
como una inquietante sombra oscura hacía un cielo gris y
apagado. Entonces sintió cómo crecía en su interior un
inquietante presentimiento que se apoderó de su corazón.
29. Centro comercial
Tom se había limpiado lo mejor que pudo la sangre
que le salpicó el cuerpo y la cara. Le costó mucho dejar el
pelo completamente invisible y la sensación de que estaba
aún pegajoso no terminó de desaparecer. Se sentía como
si llevara horas caminando y lo único que quería era tum-
barse y dormir un poco, pero para ello necesitaba sentirse
a salvo, y el único lugar que cumplía ese requisito era su
cama, en su casa. Por desgracia había dejado de ser un
lugar seguro para él. Para colmo de males se había res-
friado y de vez en cuando le sorprendía un ataque de tos
que alertaba a todo aquel que se encontraba cerca. Cuan-
do miró a su alrededor se percató de que había caminado
tanto que llegó, sin apenas darse cuenta, a las afueras de
la ciudad. Se fijó en un gran centro comercial y pensó que
ahí, tal vez, encontraría todo lo que necesitaba, pero cayó
en la cuenta de que no podía entrar sin más y llevarse
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INVISIBLE
nada sin ser descubierto por decenas de ojos. No, eso era
algo inviable.
Mientras iba pensando en sus cosas se acercó a las
puertas automáticas del centro y esperó a que alguien con
un cuerpo visible activara el sensor de movimiento que le
abriese las puertas. Al entrar, el chorro de aire frío le hizo
tiritar y le provocó un irremediable e inesperado estornu-
do, sobresaltando a una anciana que iba con un viejo an-
dador con dos pelotas de tenis clavadas en las patas de-
lanteras. Se paseó por los pasillos del supermercado y, al
pasar por la sección de bollería, sus tripas empezaron a
rugir recordándole que hacía mucho tiempo (ya ni se
acordaba de cuánto) que no comía. Miró a ambos lados
del pasillo y, cuando comprobó que este se encontraba
desierto, abrió un paquete de twinquies de chocolate re-
llenos de nata y los devoró. Cuando fue a abrir el segundo
paquete, un carrito de la compra con una niña sentada en
su interior y empujado por una mujer, irrumpieron en el
pasillo frustrando su segundo plato.
–¿Cuál te apetece, cariño? –preguntó la madre a
su hija de trenzas rubias y largas.
–Mmm… No lo sé, mami, estos y esos de ahí –dijo
señalando unas bolsas llenas de pastelitos y caramelos.
–No, mi amor, solo una.
La niña se decantó por unos pastelitos de fresas
con nata que seguramente no llevaban ni una sola fresa
en su composición.
–Recuerda que podrás comer uno, pero solo des-
pués de cenar, ¿de acuerdo?
–Sí, mami.
–Y, luego, a lavarse los dientes –añadió la madre.
–¡Jope! –dijo la niña haciendo pucheros.
Tom miró a las dos y se imaginó siendo el padre de
la hermosa niña y, por qué no, también el marido de la
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INVISIBLE
preciosa mamá. Entonces una idea le golpeó la cabeza.
Una idea arriesgada, pero la única que tenía en aquel
momento.
Las siguió por los pasillos del supermercado y
comprobó que iban las dos solas. No hay papi, pensó.
Cuando cruzaron el gran pasillo central pasaron junto a
una gigantesca caja de cartón llena de ositos de peluche.
Un gran cartel colgado del techo rezaba: Hola, soy Teddy
y quiero ser tu amigo. Por solo 19,95$
–¡Mami, mami! ¡Quiero uno! –dijo la pequeña con
los brazos estirados y a punto de rozar la pezuña rellena
de algodón de uno de los ositos.
–No, cariño, ya tienes muchos peluches.
–¡Pero quiero este! ¡Porfi, mami! ¡Porfi, porfi, por-
fi, porfi! –insistió la niña poniendo ojitos.
La madre dudó un momento y esa fue su derrota.
–Está bien –cedió, alargando en exceso la última
sílaba.
Marianne miró a su hija segura de que de algún
modo su pequeña sabía que algo no iba bien entre mamá
y papá. Los niños nacen con este sexto sentido, pensó
cuando cogió el osito y se lo entregó a su hija. Desde que
se divorciaron, la pequeña Sally sabía que podía conse-
guir casi cualquier cosa de ellos con la mitad de esfuerzo
que antes.
Una vez estuvo el osito Teddy en brazos de la pe-
queña consentida, el resto de la compra se hizo en com-
pleto silencio. La madre aprovechó que la niña estaba dis-
traída para dejar el carro de la compra al principio de un
pasillo un tanto estrecho e incómodo para entrar con él.
Fue rápido a por las frutas y verduras sin perder ni un
momento de vista a su pequeña.
–Hola holita –dijo en un tono jovial el osito Teddy.
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INVISIBLE
La niña lo miró con los ojos abiertos como platos y
acercó el blanco hocico de peluche a su oído.
–¿Has sido tú, Teddy? –preguntó Sally–. ¿Puedes
hablar?
Al no haber respuesta, el osito volvió al regazo de
la niña, que resopló decepcionada.
–Claro que puedo hablar, niña –contestó al fin el
oso–. Pero debe ser nuestro secreto. No se lo cuentes a tu
mamá hasta que yo te lo diga, ¿vale?
–¡Vale! –contestó Sally.
–¿Cómo te llamas, preciosa? –preguntó el simpáti-
co Teddy.
–Me llamo Sally.
–¡Qué nombre más bonito!
–¡Gracias! –contestó la niña, abrazando con fuerza
a su nuevo amigo.
–Quiero preguntarte una cosita, fresita –dijo
Teddy moviendo la pezuña.
–¡Y puedes moverte!
–Puedo hacer muchas cosas, caramelito, pero
dime, ¿Adónde vamos a ir ahora?
–Pues a casa. Mamá tiene que preparar muchas
cosas para la cena. Esta noche vienen mis abuelos.
–Ah, muy bien. Y dime, ¿está muy lejos tu casita?
–preguntó el osito, esta vez moviendo las orejas.
–Jejeje, eres muy gracioso, Teddy. No, no está muy
lejos.
–Otra cosita, ¿está papi en casa?
–No lo sé –dijo Sally cabizbaja–. Creo que están
enfadados. Ahora viene poco y cuando viene siempre se
lleva cosas. ¿Quieres que se lo pregunte a mami?
–¡No! Recuerda nuestro secreto. No puedes con-
tarle nada hasta que yo te lo diga.
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INVISIBLE
Marianne dejó dos bolsas en el carro llenas de fru-
tas y verduras.
–¿Con quién hablas, cielo? –preguntó.
–¡Con Teddy! ¡Uy! –exclamó llevándose ambas
manos a la boca tratando de tragarse su respuesta.
–¿Con el osito?
–Claro que no, mami, los juguetes no pueden ha-
blar.
Marianne miró extrañada a la pequeña Sally por
tan insólita respuesta. Le restó importancia cuando vio
qué hora era. Empujó el carro con fuerza y se apresuró
hacia las cajas.
Una vez en el aparcamiento, Marianne metió toda
la compra en su viejo Buick park avenue de techo y capó
descoloridos. Tan solo un lateral conservaba un atisbo de
su rojo original. Fue un buen coche en su día, pensó Ma-
rianne cuando cerró de un fuerte portazo el maletero.
Sentó a Sally en su sillita situada en el asiento tra-
sero y ella protestó como siempre. Pese a tener ya nueve
años, era bastante más pequeña que las niñas de su edad
y todavía no daba la talla para poder ir sin la silla infantil,
lo cual le ocasionaba las burlas de alguna de sus compa-
ñeras de clase que la habían visto llegar al colegio en ese
“asiento para bebes”, como lo llamaban ellas.
Marianne dejó el carro de la compra, que dio junto
con un dólar, a un vagabundo de edad avanzada y de lar-
ga y sucia barba que se ofreció a llevárselo a cambio de
algo suelto.
–Gracias, señora –dijo el viejo acompañado de un
leve gesto de cabeza–. Oiga, ¿no es ese su coche? Creo
que se le ha abierto una puerta.
Marianne corrió hacia el Buick a toda prisa cuando
vio cerrarse una de las puertas traseras de su coche. Al
llegar tiró con fuerza de la maneta, pero esta se resistió.
!120
INVISIBLE
Corrió hacia la otra puerta donde estaba Sally y pudo
abrirla sin problema.
–¿Estás bien, cariño?
–Sí mami –contestó la niña con Teddy entre sus
brazos.
–¿Has abierto tú la puerta?
–No. Se ha abierto sola, de verdad.
La madre besó a la niña en la frente y se sentó tras
el volante. Mierda de coche viejo, pensó. Fue un buen co-
che en su día.
Metió la llave en el contacto y el descolorido Buick
se encendió, no sin protestar. Cuando dio gas, una nube
de humo negro salió por el tubo de escape provocando la
queja de un hombre que pasaba en ese momento justo
por detrás del coche.
–¡Tire ese maldito trasto! –vociferó el peatón
ahumado–. ¡El ozono es de todos! –añadió levantando el
dedo corazón.
Marianne ignoró a aquel hombre, puso la marcha
atrás y cuando dio gas el Buick se paró. Cuando fue a en-
cenderlo de nuevo se extrañó porque el coche no se había
calado, sino que la llave del contacto se encontraba en po-
sición de apagado. Volvió a arrancar, puso de nuevo la
marcha atrás y cuando dio gas volvió a pararse.
–¡Mierda! –gritó Marianne, golpeando el volante
con las dos manos.
–Has dicho una palabrota –dijo Sally, sorprendi-
da. En su corta vida había oído muy pocas veces decir a su
madre algún taco, y siempre dirigidos a su padre o, en
cualquier caso, por su culpa.
Marianne comprobó la llave que, de nuevo, había
vuelto a la posición de apagado.
–Mami, tengo que decirte una cosa.
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INVISIBLE
–Ahora no, cielo –dijo dando vueltas a la llave a
pocos centímetros de su cara, tratando de encontrar al-
gún defecto o algo que pudiera explicar el extraño funcio-
namiento. No vio nada raro.
–Tengo que contarte un secreto –insistió la niña.
Marianne introdujo la llave en el contacto y la sacó
repetidas veces ignorando a Sally, que empezó a dar pa-
tadas al asiento de delante.
–Mami, mami, mami, mami, mami, mami, ma…
–¡Qué pasa! –gritó Marianne fuera de sí, echando
un vistazo por el espejo retrovisor.
Sally empezó a llorar y se tapó la cara con el pelu-
che.
–¡Oh, cariño mío! –dijo Marianne que, quitándose
el cinturón de seguridad, se volvió hacia su hija–. Lo sien-
to mucho, mi vida, mamá está un poco nerviosa.
Sally se cruzó de brazos y, frunciendo el entrecejo,
apoyó su pequeña frente en el cristal.
–Déjame.
–Cielo, de verdad que lo siento. Venga, no te enfa-
des con mamá y dime qué es lo que ibas a contarme.
–No, da igual –Sally despegó la frente dejando una
pequeña marca en el cristal. Miró a su madre, aún con las
facciones contraídas, indicando reproche pero que, poco a
poco, cedió hasta relajar por completo el rostro, recupe-
rando de nuevo su tierna y dulce mirada–. Está bien,
mami, pero no me gusta que te enfades así.
–De acuerdo, no lo haré más. Te lo prometo –dijo
Marianne besando la mano de su hija–. Ahora, cuéntame.
–Vale, te lo cuento, pero porfi, mami, no te asus-
tes.
Marianne sintió una punzada en el bajo vientre al
escuchar aquellas palabras. Por favor, no te asustes, por
favor, no te enfades. Por favor, no te pongas nerviosa,
!122
INVISIBLE
eran las palabras favoritas de su exmarido justo antes de
iniciar una pelea o, simplemente, partirle el corazón.
–Lo intentaré, cariño –dijo Marianne tratando de
calmarse y sacudiendo de su mente la imagen adultera de
su exmarido.
–Es sobre Teddy. Puede hablar y me ha dicho que
te diga que necesita unas cosas y que tenemos que volver
a por ellas.
–Cariño, no vamos a entrar otra vez a comprar
nada más. Es muy tarde y esta noche vienen tus abuelos,
¿no querrías que se quedasen sin cenar, verdad?
–Pero Teddy se va a poner triste.
–Me da igual cómo se ponga Teddy, cielo. Nos te-
nemos que ir a casa.
Marianne giró la llave y el motor del viejo Buick se
encendió renqueante.
–Apaga el coche, furcia.
El pie se le escapó del embrague y el coche se caló
dando una fuerte sacudida. Marianne se quitó de nuevo el
cinturón y se giró hacia su hija con los ojos casi fuera de
sus órbitas.
–¿¡Qué demonios has dicho!?
La pequeña Sally sintió verdadero terror al ver la
cara de su madre y, pese a no saber el significado de
aquella palabra, entendió que no era nada buena.
–No lo sé –dijo Sally entre sollozos, con los brazos
en alto como si tratase de protegerse de algo–. Solo he
repetido lo que me ha dicho Teddy que te diga.
Marianne se sorprendió a sí misma con la mano en
alto y entendió lo cerca que estuvo de pegar a Sally. Vio
en los ojos de su pequeña un terror que le era dolorosa-
mente familiar y de un salto se echó sobre su hija y la
abrazó con fuerza.
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INVISIBLE
–No te asustes, mi vida –dijo Marianne llorando a
moco tendido–. Nunca te haría daño, cariño, nunca.
Sally enmudeció de golpe al ver la reacción de su
madre y, sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo, la
apartó estirando los brazos.
–Vale, mami, vale –dijo la pequeña con las manos
en los hombros de su madre–. No llores más.
Marianne volvió a sentarse frente al volante y se
secó las lágrimas con la manga del jersey. Más calmada,
se giró de nuevo hacia su hija.
–Cariño, quiero que sepas que mami no está enfa-
dada, pero tienes que decirme quién te ha enseñado esa
palabra que has dicho.
–Ha sido Teddy, mami.
A punto estuvo de gritar de nuevo a su hija, pero
esta vez se contuvo a tiempo.
–Está mal decir mentiras, mi amor, y aún es peor
decírselas a mamá, ¿verdad que lo sabes?
Sally cogió el osito de peluche y lo levantó acer-
cándolo a la cara de su madre.
–Teddy, dile a mami lo que me has dicho –dijo la
pequeña con el peluche en alto–. ¡Vamos habla!
–Bueno, cielo, ya está bien –dijo Marianne abro-
chándose el cinturón de seguridad–. Teddy no tiene ga-
nas de hablar ahora, cariño. Nos vamos a casa.
Cuando la llave estuvo a punto de girar de nuevo,
los pestillos del coche bajaron produciendo un chasquido
inesperado y sobresaltando a madre e hija.
–Teddy necesita ayuda de la mamá de Sally –dijo
una voz adulta tratando de sonar como la de un niño des-
de el asiento trasero–. Teddy no puede comprar solo.
–¡Te dije que podía hablar! –gritó Sally con el osito
en brazos.
!124
INVISIBLE
El pánico se apoderó de Marianne que, por un se-
gundo, estuvo a punto de perder el conocimiento y, tal
vez, solo por su hija, no lo hizo.
Cuando trató de girarse, algo la agarró del pelo,
dejándola inmóvil contra el reposacabezas. Marianne gri-
tó llamando la atención de un hombre que pasaba por de-
trás del coche. Una mano invisible tapó la boca de la mu-
jer, acallando sus gritos y el hombre que, echando una
ojeada furtiva por la luna trasera del Buick, solo vio a una
mujer y a su hija, enseguida perdió el interés y siguió ca-
minando.
–No te asustes, mami –dijo Sally–. Teddy solo
quiere que le ayudemos.
Marianne trató de ver al asaltante por el retrovisor,
pero no vio a nadie. Sintió el aliento caliente de su agre-
sor en el cuello y se le erizaron todos los pelos del cuerpo.
En aquel momento no sintió miedo más que por su pe-
queña que por algún motivo seguía tan risueña como
siempre, como si estuvieran ellas dos solas en el coche.
Ellas y Teddy.
–No quiero haceros ningún daño ni a ti ni a tu pe-
queña, ¿entendido? –susurró una voz en su oído–. Pero
para que eso pase, tendrás que hacer lo que te diga. Así
que ahora voy a soltarte y tú no gritarás ni te darás la
vuelta. Solo hablarás con Teddy y lo harás muy calmada.
Pero te aviso, si haces alguna estupidez te partiré el cuello
y luego se lo partiré a tu pequeña. Asiente si lo has enten-
dido.
Marianne asintió con lágrimas en los ojos. En
aquel instante su cabeza se liberó y recuperó toda su mo-
vilidad.
Hubo un silencio en el cual solo se oía el golpeteo
nervioso del anillo de Marianne sobre el volante de made-
!125
INVISIBLE
ra desgastada del Buick. En ese momento pensó que ya
era hora de quitarse aquel dichoso anillo.
–¿Quieres ser mi amiga? –preguntó Teddy con su
voz infantiloide.
–¡Di que sí, mami! –dijo Sally–. ¡Porfi!
Marianne asintió, pero no llegó a articular palabra
alguna.
–Vaya, no te he oído, mami –dijo el peluche con su
voz algo más agria–. A los ositos como yo no les gusta te-
ner que repetir las cosas dos veces, ¿a que no Sally?
La pata del peluche se movió de arriba abajo como
si estuviera saludando a Marianne, que miraba por el es-
pejo retrovisor. La pequeña zarpa de tela rellena de algo-
dón recorrió el cuello del osito bordeándolo de oreja a
oreja, y los ojos de la madre reflejaron que había entendi-
do la indirecta.
–Sí –dijo al fin.
–Sí, ¿qué?
–Sí, quiero ser tu amiga.
–¡Bien, mami! ¡Ya somos todos amigos! –dijo
Teddy, que no paraba de dar saltos sobre la pequeña Sa-
lly–. Pero vaya, acabo de caer en la cuenta de que no sé tu
nombre. ¿Cómo he de llamarte?
–Marianne –dijo en un susurro casi inaudible.
–¿¡Qué dices!? –gritó Teddy.
Sally y su madre dieron un respingo y el pequeño
peluche cayó inerte en el sucio suelo del Buick. En ese
momento el osito empezó a levitar hasta volver al regazo
de la pequeña.
–Tengo miedo –dijo Sally mirando a Teddy de
reojo.
–No tengas miedo, niña, lo más seguro es que no
tenga que haceros daño –dijo Teddy con voz grave y tosca
!126
INVISIBLE
sin atisbo de simpatía–. Aunque claro, no depende de mí,
sino de tu madre. ¿Voy a tener que haceros daño?
–No, no tendrás que hacerlo –respondió la mujer
con tono firme–. Marianne, así me llamo.
–¡Bien, esa es la actitud! Ahora escúchame con
atención, Marianne. Necesito que me compres unas cosas
del supermercado. Haremos lo siguiente. Tú y tu pequeña
entrareis como lo habéis hecho antes. Cogeréis un carro y
recorreréis todos los pasillos. Yo iré detrás de las dos y te
iré diciendo qué debes coger. ¿Entendido?
–Entendido.
–Pero si gritas, corres, o si te digo que cojas algo y
no lo haces, o miras a alguien de un modo que me pueda
parecer sospechoso, o cualquier cosa que no me guste,
oirás partirse algo y te aseguro que no te va a gustar lo
que verás. ¿Ha quedado claro?
–No haré nada de eso, lo juro. Pero, por favor, no
le hagas nada a mi pequeña, te lo suplico.
Marianne movió con disimulo el espejo retrovisor
para intentar ver a la persona que las estaba amenazando.
–Ni lo intentes –dijo la voz susurrando a su oído–.
No puedes verme. Ni tú, ni nadie.
A unos pocos kilómetros del centro comercial el
Buick se detuvo en una gasolinera junto a una cabina tele-
fónica.
Marianne se encontraba dentro del coche perpleja
al ver el auricular flotando en el aire junto a su pequeña,
que temblaba desconsolada con el cuello enrojecido por
una mano invisible que la sujetaba con demasiada firme-
za. Justo antes de que el auricular golpeara con fuerza
contra la cabina pudo escuchar unas palabras: ¿Están
ahí, verdad?… Te quiero, mamá.
!127
INVISIBLE
30. Big Roy
El teléfono parecía de juguete en las manos de Big
Roy, cuyos gordos dedos a duras penas le permitían pul-
sar un solo botón a la vez. Al tercer intento consiguió
marcar los números correctos.
–¿¡Qué pasa, tío!?
–¿Quién coño eres?
–¿¡Cómo que quién coño soy!? –dijo el gigantón
levantándose de su taburete–. ¡Soy Big Roy! A ver si ha-
ces el favor de guardarte mi número de una vez.
–Jajaja, ya lo sé colega, solo te tomaba el pelo –
bromeó Nick–. Si no tuviera tu número guardado ni hu-
biera respondido la llamada.
–Ok, vale. Muy gracioso –dijo volviéndose a sentar
en su inestable taburete, que parecía estar a punto de par-
tirse.
–Dime, ¿qué pasa?
–Tengo noticias de lo tuyo.
–Tendrás que refrescarme la memoria, ahora
mismo no caigo –pidió Nick
–El tío ese que compra los juguetes de los que me
hablaste. Lo cierto es que valen una pasta –dijo Big Roy
cogiendo un papel que le asomaba por el bolsillo delante-
ro–. Pero escucha, este tío estará por aquí unos días.
–No jodas, qué casualidad. ¿Y qué cojones va ha-
cer este tío por aquí? –preguntó desconfiado–. No me
gusta.
–Escúchame. Este tío es un friki de cojones. Se pa-
sea por todo el país con su furgoneta buscando por alma-
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INVISIBLE
cenes y casas viejas. Es una especie de caza tesoros de
mercadillo, como esos dos capullos de la tele.
–¿Te refieres a ese tipo gordo que va con su colega
el flaco?
–Sí, justo esos dos. Pero escucha, la cuestión es
que mi colega se puso en contacto con él y está muy inter-
esado en comprar esos trastos tuyos. Estará este fin de
semana por aquí cerca porque va a pujar por unos traste-
ros o algo así. Al grano, si quieres vender a este tío ten-
drás que conseguir la mercancía en un par de días como
máximo o te tocará ir a buscarlo a Nuevo México o donde
coño sea que se encuentre la semana que viene.
–Vale, lo pillo. ¿Cómo me pongo en contacto con
él?
–Tengo aquí su número. ¿Tienes para apuntar?
–Dispara.
–Bien, pero antes de darte el número, ¿recuerdas
cuál es mi porcentaje verdad? –preguntó Big Roy.
31. Motel de carretera
El viejo y descolorido Buick se detuvo frente al mo-
tel de carretera. El aparcamiento estaba desierto y el car-
tel de la entrada parpadeaba, pese a ser aún de día, con
sus gastadas luces de neón anunciando que todavía que-
daban habitaciones vacantes.
La persiana se dobló lo justo para que unos peque-
ños ojos amarillentos por la ictericia asomasen con escaso
disimulo. En la puerta un cartel rezaba abierto y en el
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INVISIBLE
suelo un felpudo sucio y desgastado daba la bienvenida,
aun así, aquel sitio no invitaba a entrar.
Marianne se acercó a la entrada de la mano de su
hija y, tras dudar unos segundos, abrió la puerta. Una
campanilla reverberó por la pequeña estancia y sobresaltó
a ambas. Sally tosió debido al humo acumulado en la ha-
bitación y sacudió su pequeña mano por delante de la
cara. El cuartucho tenía una decoración antigua y rancia.
El papel marrón de las paredes mareaba con sus formas
curvas y sus desconchones y el único espejo que había
colgado, con un horrible marco dorado que emulaba a los
rayos del sol, reflejaba el mundo en tonos amarillos. Do-
cenas de pájaros mal disecados, de formas extrañas y ojos
de cristal demasiado grandes, vigilaban a todo aquel que
se decidiera a entrar.
–Buenas tardes, señora –dijo un viejo escuálido
que se encontraba tras el mostrador con un cigarrillo col-
gando del labio–. ¿Se han perdido?
–No, no nos hemos perdido –contestó Marianne
en tono seco y cortante–. Solo quiero una habitación, por
favor.
–No quería ser grosero, señora, pero no es usted
precisamente el tipo de cliente que suele frecuentar este
lugar –dijo echando la ceniza en un cenicero rebosante
que se encontraba sobre el mostrador.
–No se preocupe, no me ofende. Solo estamos de
paso y algo cansadas.
–¿Un viaje largo? Dígame, ¿a dónde se dirigen? –
preguntó el viejo dando una calada al cigarrillo ya casi
consumido hasta el filtro.
Marianne se quedó en blanco mirando su reflejo
enfermizo en el espejo y, de pronto, se sobresaltó al ver
una sombra de humo de pie tras ella. Dio un respingo y se
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INVISIBLE
volteó de un salto, pero la sombra ya se había desvaneci-
do.
–¿Se encuentra usted bien? –preguntó el viejo re-
cepcionista–. Parece haya visto a un fantasma.
–Al sur.
–¿Disculpe?
–Vamos al sur –repitió Marianne temblando y con
voz atropellada–. A ver a un familiar. Una habitación, por
favor, la que sea.
–De acuerdo –dijo el viejo de ojos amarillentos y
encías sangrantes mientras se encendía otro cigarrillo–.
Son treinta dólares la noche. Debe escribir su nombre jus-
to aquí –dijo señalando con su dedo deformado por la ar-
tritis un mugriento libro que había sobre el mostrador
junto al cenicero–. No se permite fumar en las habitacio-
nes y debe pagar por adelantado, más una noche de depó-
sito.
Marianne se sintió tentada de escribir la palabra
ayuda en el libro de visitas, pero temió que fuera lo que
fuese lo que las retenía se pudiera dar cuenta y cumpliese
sus amenazas. Cuando empezó a escribir su nombre reci-
bió un golpe en el brazo y su inicial quedó deformada.
Emitió un leve gemido, pero se controló y entendió ense-
guida por qué aquello la había golpeado. Finalmente, fir-
mó con el nombre de Jane.
El viejo la miró con desconfianza. Todo le resulta-
ba demasiado extraño, pero cuando la mujer le dio los se-
senta dólares se olvidó de sus sospechas y le dio la llave
de la habitación.
–Aquí tiene, señora. Saliendo a la izquierda.
–Gracias –dijo la falsa Jane cogiendo la llave.
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INVISIBLE
Marianne aparcó frente a su habitación con el ma-
letero mirando hacia la puerta tal como la voz le había
ordenado.
–Muy bien, Marianne –dijo el ente–. Ahora abre la
puerta, entrad y sentaos en la cama.
Madre e hija obedecieron las palabras de la voz sin
cuerpo y temblando se abrazaron sobre la cama.
–Quiero decirte, Marianne, perdón, Jane, que an-
tes has estado muy bien frente al viejo moribundo. Por un
momento ibas a poner tu nombre real, pero veo que las
cazas al vuelo y eso es bueno. Solo que al próximo desliz
puede que alguien salga mal parado, ¿me entiendes, ver-
dad?
La voz hizo una pausa, pero enseguida continuó
hablando. Las palabras flotaban por la habitación, al
principio delante de ellas y al rato justo detrás.
El colchón se hundió dejando el hueco de dos rodi-
llas justo tras la niña.
–Ahora vas a ir al coche y traerás todo lo que he-
mos comprado –ordenó la voz–. Coge también toda la
comida, que no tenemos por qué pasar hambre, ¿verdad
que no, cariño?
El pelo de la pequeña Sally se deformó bajo una
caricia invisible y esta chilló.
–¡Cállate, niña! –gritó la voz, más sorprendida que
enfadada.
–Por favor, no le hagas daño –suplicó Marianne–.
Haremos lo que nos pidas.
–Eso está bien. Voy a decirte lo que vamos a hacer,
yo me quedo con tu hija mientras tú vas al coche a por las
cosas. Por cierto, deja la puerta abierta, no quiero perder-
te de vista y ya sabes lo que pasará si haces alguna tonte-
ría.
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INVISIBLE
Marianne metió todas las bolsas en el interior de la
habitación y la puerta se cerró tras ella de un portazo.
32. Nuevo recluta
El detective John Hunter trató de tranquilizar a la
señora Rainey que, tras haber sido informada de lo ocu-
rrido, casi volvió a perder el conocimiento.
–Mi pequeño no puede ser un asesino –dijo Lucille
entre sollozos–. Estoy segura de que ha habido una con-
fusión. Nada de lo que me cuentan tiene sentido.
–Lo lamento, señora –dijo el detective–. Por des-
gracia todo apunta a su hijo. Mucho me temo que Tom
está totalmente fuera de control en este momento y no
sabemos cómo va a reaccionar cuando tratemos de dete-
nerle.
–No, no, no y no –dijo Lucille sacudiendo las ma-
nos en el aire como si espantase moscas–. No me creo
una sola palabra de lo que dicen. Tom nunca me haría
ningún daño. Soy su madre, por el amor de Dios.
–Señora, por favor, confíe en nosotros –intervino
Sam–. No sabemos en qué estado se encuentra su hijo.
Solo queremos que se vaya de aquí unos días, al menos
hasta que aclaremos todo este asunto. Por favor.
Lucille siguió sollozando pero algo más calmada.
El detective la cogió de la mano.
–Le aseguro que solo serán unos días –insistió
Hunter–. Es un lugar precioso y estará bien acompañada.
Como ha dicho el señor Sterling, solo será hasta que se
aclare este asunto.
!133
INVISIBLE
La señora Rainey apenas metió unos cuantos ense-
res personales en su pequeña maleta de mano. Un agente
cogió el escaso equipaje y acompañó a Lucille hasta el co-
che policial que la esperaba abajo. Todo aquel revuelo
provocó que los vecinos del viejo edificio se asomaran por
las ventanas para ver en primera línea lo que estaba ocu-
rriendo. El señor Holmes subió hasta el apartamento de
Lucille en cuanto vio que se la llevaron.
–¿Qué demonios está pasando aquí? –preguntó el
casero cuando al abrir la puerta se encontró el aparta-
mento lleno de policías.
–¿Por qué narices le han dejado pasar?–preguntó
molesto el detective Hunter–. ¿Se puede saber qué está
haciendo el agente encargado de vigilar la puerta?
–Me temo que es quien ha acompañado a la señora
Rainey al coche, señor –contestó Sterling.
–Es un asunto oficial, señor Holmes –dijo John
sin prestar mucha atención a su ayudante–. Debo pedirle
que se vaya de aquí. Este piso permanecerá cerrado hasta
que se resuelva el caso.
–Es por el hijo de la señora Rainey, ¿verdad que
sí? –preguntó el casero–. Ya se lo dije yo, detective. A ese
le falta un tornillo. No es ni medio normal. Y, dígame,
¿qué ha hecho ese lunático?
–No es asunto suyo –contestó John en tono seve-
ro.
–¿Que no es asunto mío? Le recuerdo que este
apartamento es de mi propiedad –dijo en un tono que
casi pareció una amenaza–. ¿Acaso tienen una orden para
todo esto?
–La orden que tengo dice que si no hace el favor de
marcharse de aquí de inmediato, tendrá una inspección
mañana mismo. Por lo que he podido ver, estoy seguro de
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INVISIBLE
que esta construcción de viviendas viejas y mal cuidadas
no cumple ni la mitad de las normativas de seguridad vi-
gentes, ¿no es así, señor propietario? Así que si no quiere
que le cierren el edificio, ya sabe lo que tiene que hacer.
¿Le ha queda claro?
El señor Holmes estuvo a punto de protestar, pero
intuyó por la expresión severa del detective, que si conti-
nuaba por ese camino iba a salirle el berrinche muy caro.
Sin mediar palabra se dio media vuelta y salió del apar-
tamento.
Un agente entró por la puerta en aquel mismo
momento.
–¿¡A quién tenemos aquí!? –dijo el detective Hun-
ter–. Nada más y nada menos que al agente radio. Díga-
me, ¿cómo se encuentra?
–Bi… bien… creo –titubeó el agente Fletcher–.
Tengo noticias, señor.
–¡Estupendo! –dijo Hunter con exagerado entu-
siasmo–. ¿Ha oído, señor Sterling? El agente radio tiene
noticias. Pero no se quede ahí, por favor, pase y sírvase un
café.
–Lo he confirmado, señor –dijo el joven agente ig-
norando el sarcasmo de su superior.
–¿Cómo dice, agente?
–El aviso por radio del centro comercial, el del
robo de vehículo con rehenes.
–Sí, ya. ¿Y qué es lo que ha confirmado exacta-
mente? –preguntó John esta vez sin atisbo de broma.
–Marianne Higgins y su hija Sally fueron supues-
tamente secuestradas en el parque comercial Brewel Cen-
ter, en el aparcamiento que se encuentra frente al super-
mercado. Sus padres recibieron un mensaje desde el mó-
vil de su hija. Marianne les escribió, según el testimonio
de sus padres, mientras estaban siendo secuestradas y
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INVISIBLE
estos alertaron de inmediato a la policía que dio el aviso.
El coche de su hija, en el que supuestamente el secuestra-
dor se llevó con ellas dentro, es un Buick park avenue de
color rojo. El mismo que las cámaras grabaron parado en
una gasolinera a cinco kilómetros del centro comercial,
justo frente a la cabina desde la que Tom Rainey realizó la
llamada a su madre.
–Entonces ya sabemos qué más ha estado hacien-
do nuestro amigo Tom –sentenció el detective Hunter.
–Bueno, no del todo, señor –dijo el agente Flet-
cher.
–¿Por qué dice eso? –preguntó Hunter aun intu-
yendo cual sería su respuesta.
El agente Ian Fletcher miró nervioso a Sam y al de-
tective John Hunter y, antes de hablar, tomó asiento.
–Disculpe, señor, por lo que voy a explicarle –em-
pezó a decir Fletcher. Se quitó la gorra y la dejó sobre la
mesa–. Entenderé que después del incidente con la radio
y lo que le voy a contar ahora no quiera volver a verme,
pero las pruebas son las pruebas, y yo…
–Al grano, agente –le cortó John.
–Sí… Sí, desde luego –titubeó. Sus dedos tambori-
learon sobre la visera de su gorra–. En ningún momento
nadie vio a una tercera persona con la señora Higgins ni
con su hija. El cajero dijo que madre e hija se comporta-
ron de una forma extraña la segunda vez que entraron.
En las grabaciones realizadas por las cámaras del super-
mercado se ve entrando a Marianne con su pequeña y
cómo las dos realizan la compra con total normalidad.
Más tarde, veintidós minutos después de haber salido del
supermercado, vuelven a entrar y esta vez su comporta-
miento es sumamente extraño. Se las ve yendo de un lado
para otro de un modo errático, como si las estuvieran di-
rigiendo, y las cosas que compraron no tienen ningún
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INVISIBLE
sentido. Incluso algunas de esas cosas son las que com-
praría un secuestrador, pero desde luego, no la víctima.
–¿Qué cosas? –preguntó el ayudante Sterling.
–Cinta adhesiva gruesa, cuerdas, guantes, tijeras,
un gorro, unas gafas de sol, un pantalón de hombre, una
camisa de hombre, calcetines, zapatos, maquillaje, tapo-
nes para los oídos, antifaces de los que se usan para dor-
mir y algunas cosas más, pero menos relevantes.
Sterling miró sorprendido a Fletcher por lo deta-
llado de su lista.
–Más tarde –continuó el joven agente–, madre e
hija subieron al coche y abandonaron el aparcamiento. El
vehículo apenas circuló durante cinco kilómetros antes
de detenerse en una gasolinera.
John Hunter escuchaba con una sutil sonrisa en
los labios al joven agente, que seguía narrando los hechos
con cierta incredulidad, casi como si dudase de su propio
testimonio.
–Y esta no es la parte más extraña de toda esta his-
toria, señor –dijo irguiéndose en la silla–. Al revisar las
cintas de la gasolinera, vi cómo la puerta trasera del Buick
se abrió y se cerró sola, sin que nadie la tocase y sin que
nadie saliera del vehículo. Sin embargo, pude ver cómo la
amortiguación subió unos centímetros, igual que ocurri-
ría si alguien se bajase del asiento trasero. Pensé que, tal
vez, sería debido a algún defecto de la grabación. En las
áreas de servicio suelen instalar cámaras de mala calidad.
A continuación la otra puerta trasera se abrió y de ella sa-
lió la niña, que caminó encogida de hombros hasta la ca-
bina. Ahora sí que lo siguiente no tiene explicación algu-
na. En aquel momento el auricular se descolgó y… –el
agente pensó lo que iba a decir solo para ver como sonaba
aquello en su cabeza y no pintaba bien–. Lo diré sin más.
El auricular floto medio metro sobre la niña y, pasados
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INVISIBLE
unos minutos, se colgó. En ese momento, la niña entró de
nuevo por el lado que había salido y al segundo volvió a
abrirse la otra puerta trasera. La amortiguación volvió a
hundirse justo antes de que la puerta se cerrase de nuevo.
Luego el Buick abandonó la gasolinera.
–Lo tenemos, es él –sentenció el detective Hunter.
–Creo que no lo entiendo, señor –dijo Fletcher
volviéndose a encasquetar la gorra –. ¿Ha escuchado todo
lo que le he contado?
Hunter miró a Sterling y ambos asintieron.
–Señores, hagan el favor de salir del apartamento
–ordenó el detective–. Aquí ya hemos terminado. Espere
un momento, agente –dijo John–. Usted quédese.
Una vez hubieron abandonado el apartamento to-
dos los policías, Hunter, Sterling y Fletcher se sentaron
junto a la mesa.
–Bueno, debo admitir que al final ha hecho un
buen trabajo, agente –admitió el detective Hunter.
–Muchas gracias, señor. Solo cumplo con mi de-
ber.
–Sí, vale. Todo eso del deber está muy bien para el
colegio y la academia, pero aquí prefiero gente práctica y
resolutiva.
El agente Fletcher se quedó callado y sin saber qué
responder a eso. Miró a ambos algo nervioso y volvió a
dejar su gorra sobre la mesa. Ese gesto se había converti-
do en un tic nervioso y llevaba haciéndolo desde que en-
tró en la academia, no hacía mucho tiempo atrás.
–Voy a ponerle al corriente de los pormenores del
caso Tom Rainey.
Ian Fletcher escuchó atónito toda la historia y, por
un momento, se planteó abandonar el apartamento pen-
sando que le estaban gastando una novatada. Más tarde
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INVISIBLE
concluyó que una broma de esa magnitud no tendría nin-
gún sentido y sabía de la reputación impecable del detec-
tive Hunter, en la cual no cabía lugar para bromas. Luego
estaban las pruebas y todo lo que había ocurrido y lo que
él mismo había visto. Finalmente se rindió a la evidencia
igual que lo hizo Sam Sterling, igual que lo hizo el detecti-
ve Hunter.
33. Edward y Timothy
El Mini Cooper circulaba a más de ciento quince
kilómetros por hora por la interestatal noventa y cinco
cuando se cruzó una desafortunada zarigüeya. El pequeño
mamífero quedó aplastado de cuello para abajo como las
alfombras de animales con cabeza disecada que descan-
san frente a chimeneas de cazadores africanos en algunas
películas antiguas.
–¡Lo has matado! –gritó Timothy mirando por el
espejo retrovisor–. ¡Maldita sea, Edward! ¿¡Es qué no
puedes ir más despacio!?
–Lo siento, no he podido esquivarlo –dijo Edward
poniendo su mano sobre la rodilla de Timothy–. Ya sabes
que en estos casos nunca hay que frenar en seco, y menos
aún dar un volantazo.
–Ya lo sé, idiota –dijo Timothy con los ojos húme-
dos–. Pobre animalito. Estoy seguro de que si hubieras
ido a la velocidad adecuada no lo hubieras atropellado.
¿¡Por qué narices tienes que correr tanto!?
Edward redujo la velocidad hasta quedarse un
poco por debajo del límite máximo permitido.
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INVISIBLE
–Timothy, de verdad que lo siento mucho –dijo
acariciándole la mejilla–. Te juro que no pude esquivarlo.
–Haz el favor de mirar la carretera –dijo Timothy
más calmado–. Solo faltaría que nos estrelláramos contra
un árbol. Eso sería una forma muy estúpida de acabar con
la luna de miel.
–Tienes razón –dijo Edward sujetando el volante
con ambas manos–. Además, tendríamos que parar en
algún lugar. Estoy muy cansado.
–¿Cómo? –preguntó Timothy indignado–. ¿Estás
diciendo que pasaremos nuestra primera noche de casa-
dos en un motel de mala muerte?
–¿No pretenderás que conduzca mil quinientos
kilómetros en un solo día, verdad? –preguntó asombrado
Edward.
–Bueno, no pensé que tardaríamos tanto. Al fin y
al cabo nunca he salido de Richmond. Yo qué voy a saber.
–Jajaja, pero qué inocente eres –dijo Edward sin
intención de burlarse de Timothy–. Además, y que quede
claro que esto no te lo digo para echártelo en cara, si te
hubieras sacado el carnet de conducir cuando te lo dije,
podríamos haber hecho el viaje en un solo día.
–Idiota sabelotodo.
–Jajaja, anda, dame un beso, tonto –dijo Edward
acercándole los labios.
–¡Quieres hacer el favor de mirar la carretera! ¡Y
por Dios, quita esa cara de bobalicón!
–Está bien, no te enfades –dijo Edward haciendo
pucheros–. Anda, coge tu móvil y mira a ver si encuentras
algún lugar donde podamos pasar la noche. Cualquier si-
tio nos vale, lo que sea, pero nada de lujos que no nos so-
bra el dinero.
–Mira que llegas a ser agarrado.
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INVISIBLE
Timothy consultó su móvil y a regañadientes buscó
un lugar donde pasar la noche.
–¿Hay suerte? –preguntó impaciente Edward.
–Calla, no seas pesado –dijo Timothy golpeando
con demasiada suavidad el hombro de Edward–. Tene-
mos un motel a cuarenta y cinco kilómetros. Uff, vaya.
–¿Qué ocurre? –preguntó Edward.
–Menudo antro debe ser. No tiene ni página web.
–Por Dios, Timothy, no sean tan sibarita. Cuatro
paredes y un techo para pasar la noche serán suficiente.
–¿Y qué tal un colchón? Sé que eres un poco ani-
mal, pero supongo que no querrás dormir en el suelo
como un perro, ¿verdad que no?
–Jajaja, no, claro que no.
Edward condujo los siguientes treinta minutos en
completo silencio y en la radio, a un volumen muy bajo,
sonaba un cd de Queen. One Vision cantaba profética-
mente Freddie cuando Edward vio el cartel luminoso del
motel.
Las luces de freno se encendieron y el intermitente
empezó a parpadear. El Mini Cooper giró a la izquierda y
entró en el parking casi desierto del motel. El cartel de la
entrada parpadeaba a un ritmo desigual y algunas letras
no llegaban a encenderse del todo. Pese a que podía elegir
cualquier sitio para estacionar su coche, Edward lo hizo
junto al único vehículo que había aparcado en el parking,
un Buick viejo y descolorido.
–Cariño, despierta –dijo Edward zarandeando con
suavidad el hombro a Timothy–. Ya hemos llegado.
34. Lejos de la residencia
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INVISIBLE
Lucille Rainey llevaba toda la vida cuidando de los
demás y, por ende, de sí misma. Nunca le gustó que la
controlaran, y eso a su edad ya no iba a cambiar. Por ese
motivo se escapó de la residencia. Aprovechó el horario
de visitas para hacerlo. Mientras los ancianos recibían a
sus hijos y nietos, el personal aprovechaba para hacer el
cambio de turno y ya de paso fumar unos cigarrillos. Mu-
cha gente y poca vigilancia.
Lucille recogió sus escasas pertenencias y salió al
jardín cogida del brazo de una mujer de la cual no sabía
ni el nombre. Nadie se percató de la pequeña maleta que
la señora Rainey llevaba como quien lleva un paraguas en
un día lluvioso. Una vez fuera, desplegó su bastón y se fue
directa al aparcamiento desapareciendo entre los coches.
Al llegar a la calle principal pidió a unas mujeres,
que hablaban sobre lo mal pagadas que estaban y lo peli-
grosa que era su profesión, que por favor le parasen un
taxi. Una vez dentro, dio la dirección y el taxista la condu-
jo directamente a su casa.
–Señora Rainey, ¿pero qué hace aquí? –preguntó
el casero que se encontraba engrasando las bisagras del
portal del edificio–. Pensé que estaba en… Bueno, no sé
dónde estaba la verdad. La policía no suele dar mucha in-
formación.
–Solo me acompañaron a un sitio, nada más –
mintió.
–Bueno, pues me alegra ver que todo va bien, su-
pongo –dijo el señor Holmes de mala gana–. Así tal vez
pueda pagarme el alquiler, que le recuerdo que está vol-
viendo a incumplir los plazos.
–Mi hijo…
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–Déjese de “mi hijo”, señora –le cortó con brus-
quedad–. Por lo que sé, no creo que su hijo vuelva a pisar
este apartamento, al menos en mucho tiempo, y no creo
que pueda pagar el alquiler desde la cárcel.
–Es usted un maleducado.
Lucille se dirigió a la escalera y se dispuso a subir
cuando el casero le gritó desde su espalda.
–¡Salude de mi parte al policía que hay frente a su
casa!
Lucille se detuvo frente al primer peldaño y, tras
meditarlo durante unos segundos, emprendió el ascenso
a su apartamento. Ya inventaré algo al llegar, pensó.
–Buenas tardes, señora –dijo el joven agente que
estaba frente a su puerta–. ¿Qué está haciendo aquí? Te-
nía entendido que usted estaba en…
–Sí, es verdad. En la residencia –le cortó–. Pero
me dejé unas medicinas y otras cosas personales y me
han traído para recogerlas –Lucille pensó mientras ha-
blaba que aquello era una estupidez. En cualquier mo-
mento volverían a llevársela y encima se ganaría una re-
primenda–. Pasaré esta noche aquí y ya vendrán mañana
a por mí.
–No tengo constancia de eso, señora –dijo el agen-
te–. Me temo que tendré que informar.
–Como usted crea conveniente, joven –dijo con la
máxima tranquilidad que pudo–. Si usted cree que una
anciana de mi condición puede haber escapado de una
residencia y llegar sola hasta aquí… Pues, adelante, llame.
El agente pensó en el razonamiento de la anciana y
agradeció no haber llamado todavía. Menuda impresión
hubiera dado, pensó.
Lucille abrió las ventanas para ventilar el aparta-
mento y preparó café. Después se dio una ducha y se puso
cómoda junto a la radio. En breve empezarían a emitir su
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INVISIBLE
programa favorito de radioteatro. Lucille dio un sorbo a
su café y cuando empezó a sonar la sintonía lloró en si-
lencio.
35. Sangre y fuga
Marianne se encontraba sobre la cama atada de
pies y manos y la pequeña Sally acababa de entrar en el
baño.
–No tardes, pequeña –dijo la voz–. Un pipí rápido
y fuera. ¿Entendido?
–Sí –contestó la pequeña.
–Por favor, no nos hagas ningún daño –suplicó
Marianne desde la cama.
–Deja ya de repetirme siempre lo mismo –dijo el
ente–. Al final voy a pensar que es lo que quieres.
En aquel instante la puerta se abrió y Sally salió
del baño.
–Muy bien, pequeña, hora de tumbarse. Ponte jun-
to a tu madre. Voy a tener que atarte, pero no lo haré muy
fuerte para que las cuerdas no te hagan daño, pero solo si
me prometes que te portarás bien, ¿de acuerdo?
–Sí –dijo Sally entre sollozos.
Las cuerdas empezaron a flotar en el aire como las
de un faquir de dibujos animados que, soplando por una
flauta, surgen de una cesta de mimbre, levitando hacia el
cielo para más tarde trepar por ellas. Las cuerdas se enre-
daron en las muñecas y tobillos de la niña dejándola in-
móvil junto al cuerpo de su madre. La cama supletoria se
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INVISIBLE
deslizó por el suelo y acabó empotrándose contra la pa-
red.
–Ahora necesito descansar –dijo la voz sin cuer-
po–. Por desgracia, no me puedo fiar de vosotras dos, por
lo que voy a tener que dormiros también.
El sonido de unos pasos atravesaron la habitación
hasta llegar a la cómoda donde estaban todas las bolsas
que Marianne había entrado. Una a una se fueron abrien-
do hasta que, finalmente, un bote naranja con tapa blanca
salió de una de ellas. El pequeño frasco se acercó a Ma-
rianne y cuando estuvo frente a ella, la tapa blanca se
desenroscó y acabó sobre la mesilla. El frasco se ladeó y
de él salieron cuatro pastillas blancas.
–Muy bien –dijo la voz–. Hay tres para ti y una
para la pequeña.
–¿Qué es eso? –preguntó Marianne con los ojos
clavados en las pastillas.
–Solo son unas pastillas que nos ayudarán a dor-
mir. A vosotras os sedarán y yo podré descansar tranqui-
lo.
–Mi hija es alérgica a muchos medicamentos –dijo
Marianne–. Por favor, que no se tome nada. Podría mo-
rir.
–No te preocupes, cariño –dijo la voz–. Solo es
Zolpidem. Un hipnótico maravilloso, llevo años tomándo-
lo y mírame.
Una risotada reverberó por toda la habitación
asustando a madre e hija.
–¡Mírame he dicho! Jajaja. ¡Válgame Dios! Jajaja.
Una vez acabaron las risas, las pastillas se acerca-
ron a Marianne.
–Abre la boca.
–No quiero tomarlas.
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–¡Abre la puta boca! –gritó la voz–. Joder, Ma-
rianne, no quiero enfadarme, pero necesito dormir. Nece-
sito que te las tomes.
Marianne cedió y abrió la boca. Las pastillas caye-
ron sobre su lengua y se sobresaltó cuando sintió unos
dedos rozarle los labios.
–Ahora traga.
–Necesito agua.
De una de las bolsas salió una pequeña botella de
agua.
–Abre la boca –dijo la voz–. Quiero ver que no las
has tirado.
Marianne la abrió. Sobre la lengua había tres pasti-
llas. La botella se acercó a sus labios y una vez hubo bebi-
do tosió debido a la posición en la cual se encontraba.
–Abre la boca –repitió la voz–. Levanta la lengua.
Muy bien, ahora le toca a la pequeña.
La pastilla y el agua fueron junto a la pequeña Sa-
lly que se la tomó sin rechistar pero con lágrimas en los
ojos.
Una silla que había junto a un pequeño escritorio
se deslizó hasta situarse frente a Marianne. Algo se sentó
en ella.
–Solo serán unos veinte minutos –dijo la voz–.
Luego, felices sueños. Te duerme rápido, lo malo es que
su efecto dura unas cuatro horas, luego seguramente te
despertarás. Te aviso, al principio te sentirás algo con-
fundida y con malestar, pero eso es normal, teniendo en
cuenta que te he dado un poco más de lo recomendado.
Lo divertido es que lo que ocurra minutos previos antes
de dormirte y durante las primeras horas una vez hayas
despertado no lo podrás recordar. Te patinará un poco la
cabeza, jajaja.
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INVISIBLE
Marianne se quedó mirando hacia la silla y, poco a
poco, empezó a sentirse extrañamente bien. Estaba ma-
reada, pero la sensación era agradable.
–¿Eres un fantasma o algo así? –preguntó Ma-
rianne.
–Jajaja, algo así –contestó la voz–. ¿De veras quie-
res saberlo?
–Supongo que sí –dijo Marianne. Las palabras le
empezaban a patinar–. Mi hermano murió hace unos me-
ses y supongo que sería genial saber que se encuentra
bien en algún lugar del más allá.
–Bueno, preciosa, lamento decirte que no sé nada
sobre el más allá.
–Vaya, qué pena –dijo arrastrando las palabras–.
Esto que me has dado es genial. Si no nos matas creo que
empezaré a tomarlo. Seguro que con alcohol los efectos
deben ser la hostia, jajaja.
–Ya te encuentras en esa fase. Es la mejor. Re-
cuerdo que yo al principio bajaba al sótano a jugar con
mis trenes bajo los efectos del Zolpidem y lo pasaba en
grande. Estaba en un globo y luego no recordaba casi
nada, y lo que recordaba era como un sueño. Me sentía
desinhibido y feliz y trataba de no dormirme para disfru-
tar más tiempo del efecto, pero al final siempre me dor-
mía. Así que prepárate, que ya te queda poco para irte al
país de los sueños, preciosa.
–Pues es fantástico, sea como sea –dijo Marianne
juntando toda la frase en una palabra–. Entonces, dime,
si no eres un fantasma, ¿qué eres?
–Solo soy Tom.
–¿Te llamas Tom? –dijo Marianne sorprendida–.
¡Entonces eres el fantasma de mi hermano!
–Me temo que no. Eso solo es una casualidad.
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INVISIBLE
–No te creo, tonto. Anda, Tom, ¡dale un beso a tu
hermanita!
–No soy tu hermano.
–Demuéstramelo.
–Está bien.
La silla se movió hacia atrás y los pasos fueron ha-
cia las bolsas. De una de ellas salió una caja de plástico de
color negro y voló hasta el baño. Al cabo de unos minutos
apareció flotando una cara sin ojos.
–¿Es este el rostro que tenía tu hermano? –pre-
guntó Tom con la cara completamente cubierta de maqui-
llaje base.
La primera reacción de Marianne fue gritar, pero
enseguida esta cambió y se convirtió en curiosidad.
–Mi hermano no tenía barba al morir –dijo tra-
tando de estirar el brazo hacia la cara, pero las cuerdas no
se lo permitieron–. Pero claro, una vez que mueres el pelo
y las uñas siguen creciendo, así que supongo que podría
ser.
–No, Marianne. Mucho me temo que eso es solo
una leyenda urbana. Ni crecen las uñas, ni crece el pelo.
Pero sobre todo, yo no soy tu hermano.
–Entonces, ¿quién eres?
–Ya te lo he dicho, me llamo Tom. Soy una perso-
na normal y corriente, bueno, si no tenemos en cuenta
que soy invisible.
–¡Invisible! –dijo Marianne.
–Sí, eso es. El día de mi cumpleaños me desperté
así. Sin un cuerpo visible y, lo peor, sin saber por qué.
–Pero eso es genial, Tom. Cuántas cosas haría yo si
fuera invisible.
–Una vez superé el shock, fue lo primero que pen-
sé, pero al final las cosas se torcieron y resultó todo mu-
cho más complicado. Y al final yo… ¿Marianne?
!148
INVISIBLE
Pero Marianne ya no estaba. Se quedó completa-
mente dormida y con la boca abierta como si fuera a aña-
dir algo más.
Tom se quedó mirándola y pensó que era hermosa.
Le cerró la boca con suavidad y acercándose a ella la besó
con dulzura. Sintió de nuevo cómo le ardía la entrepierna
y tocándose el duro miembro acarició los pechos de Ma-
rianne sobre el fino jersey. En aquel momento miró a la
niña, que ya dormía junto a su madre y pensó que acos-
tarse con Marianne con la niña durmiendo al lado, era
cruzar una línea que ni él estaba dispuesto. Lo mejor que
puedo hacer es dormir, pensó. Sacó un antifaz de dentro
de una de las bolsas y se metió en la cama supletoria. En
menos de cinco minutos ya estaba sumido en un sueño
muy profundo.
Edward y Timothy salieron furiosos de la ahumada
habitación del viejo con la llave de su cuarto.
–¿Qué diablos ha querido decir ese puto viejo gili-
pollas con lo de alquilar la habitación solo por un par de
horas? –dijo Edward–. Creo que voy a entrar y partirle su
decrépita cara ahora mismo.
–Cálmate, Edward, no vale la pena. Recuerda dón-
de estamos. Deja de pedir peras al olmo.
–¿Cómo puedes estar tan calmado?
–Porque es nuestra luna de miel, tonto, y ya me
basta con tener que dormir en este antro de mala muerte
como para tener que enfadarme con otro viejo homófobo.
Vamos, hagamos que este viaje sea lo más divertido que
podamos.
–Vaya, la pequeña siesta en el coche te ha sentado
bien, por lo que veo. Estás de muy buen humor.
–¿Y sabes por qué? –preguntó Timothy casi en un
susurro.
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INVISIBLE
–Pues no, la verdad.
–Apresúrate en abrir la habitación y lo sabrás.
El viejo estaba sentado tras el mostrador con un
cigarrillo casi consumido en los labios, viendo un concur-
so a todo volumen en un pequeño televisor que debía te-
ner al menos veinte años. Se sirvió un poco de Bourbon
barato en un pequeño vaso y se lo bebió de un trago. Tras
una mueca espantosa, volvió a llenar el vaso y, antes de
echárselo al gaznate, se encendió otro pitillo enlazándolo
con la colilla del otro. En aquel momento el concursante
iba a responder a la pregunta que podría hacerle millona-
rio. El viejo gritó la respuesta en alto como si fuera él
quien concursara, y de nuevo hizo desaparecer el Bour-
bon de un trago. En el momento de la respuesta, la ima-
gen se desvaneció tras la estática y la pantalla se tornó
gris.
–¡Mierda puta! –gritó el viejo–. ¡Tele de mierda!
El lateral del maltrecho televisor recibió un punta-
pié y otro más en los botones frontales. Las imágenes
empezaron a destellar con leves espasmos y, como el mo-
ribundo que regresa a la vida tras una descarga, la emi-
sión volvió. Las noticias nacionales habían sustituido al
concurso y el viejo volvió a maldecir. Se llenó de nuevo el
vaso y esta vez se lo bebió en lentos sorbos. Mierda de no-
ticias, pensó.
–El mundo se va a la mierda –dijo el viejo–. Al
menos eso es lo que nos dicen, pero claro, ahora en los
comerciales nos dirán que para ser gente cool tenemos
que comprarnos un Lexus y que para ser felices hay que
cagar bien desayunando fibra monday breakfast. Cabro-
nes.
El viejo se puso en pie y se acercó al televisor con
la intención de apagarlo. Ya he visto mucha mierda por
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INVISIBLE
hoy, pensó. La imagen de una mujer y una niña llenó la
pequeña y sucia pantalla del televisor y, antes de que so-
nase el clic de apagado, leyó el rotulo a pie foto: madre e
hija secuestradas.
–¡La hostia puta! –dijo el viejo cuando reconoció
las caras de las fotos.
Subió el volumen y escuchó la noticia: …secues-
tradas en parque comercial Brewel Center. Fueron vis-
tas por última vez dentro de un Buick park avenue de
color rojo. Si las han visto, pónganse en contacto de in-
mediato con la policía o llamen al…
–No me lo puedo creer –dijo asomándose al par-
king por el hueco de la persiana que formó con dos de-
dos–. Ahí está el Buick. Son ellas, joder.
Apagó el televisor y descolgó el auricular del telé-
fono. Empezó a marcar el número de la policía cuando se
fijó en el bate que tenía bajo el mostrador. Si las libero yo,
me convertiré en un puto héroe, pensó, y seguro que me
cae una buena recompensa.
Colgó el auricular y cogió el bate. Dudó por un
momento, pero finalmente salió al parking en dirección a
la habitación donde debían estar la madre y la hija rete-
nidas. Había algo extraño en todo esto. ¿Por qué diablos
no dijeron nada cuando se encontraban aquí, a solas
conmigo, para pedirme una habitación?, pensó.
Caminó, tratando de no hacer ruido, con el bate en
alto sujeto con ambas manos y la espalda pegada a la pa-
red. Se detuvo frente a la habitación que le había dado a
la mujer y trató de ver el interior a través de la ventana,
pero las cortinas estaban echadas. Se acercó con sigilo a la
puerta y pegó la oreja. Le pareció escuchar una tenue res-
piración, algo parecido a un ronquido pero no estaba se-
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INVISIBLE
guro. Pensó que tal vez había sido una mala idea y decidió
volver para llamar a la policía. La puerta de la habitación
de al lado se abrió y un chico asomó la cabeza.
–¿Se puede saber qué está haciendo? –preguntó
Edward.
–¡Shhh! –indicó el viejo llevándose el índice a la
nariz–. Métase en la habitación.
–No lo haré. A menos que me explique por qué
está con un bate frente a esa habitación.
El viejo caminó casi de puntillas en dirección al
joven que asomaba por la puerta.
–¡Quédese donde está, maldito Norman Bates! –
gritó Edward levantando su móvil–. ¡Voy a llamar a la po-
licía!
–Perfecto, hágalo –dijo en voz baja–. Creo que hay
una mujer con su hija secuestradas ahí dentro.
–¿Qué demonios está diciendo?
–Acabo de ver su foto en las noticias. Incluso han
descrito el Buick rojo con el que las secuestraron, justo
este –dijo señalando el coche aparcado frente a la habita-
ción.
Sin previo aviso, la puerta se abrió bruscamente
golpeando con fuerza la pared interior. El viejo y Edward
se sobresaltaron de tal modo que ambos soltaron un gri-
to.
Se quedaron inmóviles durante unos segundos,
pero no pasó nada. Edward indicó al viejo con un leve
gesto de cabeza que fuera a ver, pero este no se movió.
Edward lo sujetó por el brazo y juntos avanzaron en di-
rección al cuarto. Ambos se asomaron y vieron horroriza-
dos a una mujer y a una niña atadas sobre la cama.
–¿¡Están muertas!? –preguntó Edward.
–¡Y yo qué coño sé! –gritó el viejo fuera de sí–.
¡Haz el favor de llamar a la policía!
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INVISIBLE
El bate le fue arrebatado al viejo por alguna fuerza
desconocida y quedó suspendido en el aire frente a ellos.
Tras dar unas cuantas vueltas, el bate impactó contra la
cabeza del decrépito encargado del motel, que cayó al
suelo sangrando profusamente. Edward se quedó inmó-
vil, preso del pánico, frente al bate que seguía con su dan-
za aterradora. Le pareció ver un contorno indefinido,
como suciedad suspendida en el aire, tras el arma.
–¿No irás a llamar a la policía, verdad? –dijo una
voz sin cuerpo.
El bate embistió de nuevo sobre la sien del viejo
que crujió como una nuez y la sangre se esparció salpi-
cando a Edward y al fantasma, que sujetaba el arma ho-
micida.
–¿¡Qué diablos eres!? –gritó Edward con lágrimas
en los ojos.
–Puedes llamarme Tom, el diablo Tom, Jajaja.
Edward se dio la vuelta y antes de poder entrar en
su habitación el bate impactó contra su coronilla. Quedó
desplomado con la mitad de su cuerpo dentro de la habi-
tación. En ese momento, la puerta del baño se abrió y Ti-
mothy gritó al ver a su marido tirado en el suelo y san-
grando por la cabeza.
–¡Dios mío, Edward!
Timothy corrió hasta su lado y le dio la vuelta. Te-
nía los ojos inyectados en sangre por el impacto, pero to-
davía seguía vivo.
–¿¡Qué te ha pasado!? –gritó Timothy.
–Vete –balbuceó Edward–. Márchate.
Algo agarró a Edward por los tobillos y lo arrastró
hasta el aparcamiento dejándolo tirado junto al Mini
Cooper. Timothy cayó de culo y gritó al ver cómo su ma-
rido le era arrebatado de sus brazos y arrastrado fuera de
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INVISIBLE
la habitación. Por fin, se puso en pie y salió en busca de
Edward. Lo encontró sobre una mancha de aceite y san-
gre. Su boca se abría y se cerraba como un pez agonizan-
do fuera del agua. Edward tendió su mano hacia Timothy
y trató de hablar.
– Timothy… Vete de aqu…
El bate cayó con furia sobre la cabeza de Edward,
que se partió como una sandía madura. Timothy gritó y
corrió junto a su amante, que yacía muerto en el suelo.
–Creo que tú eres el siguiente –dijo la voz–. Qué-
date quieto, así descansaréis juntos.
Timothy levantó la vista y vio el bate flotando fren-
te a él. Estaba en shock y fue incapaz de moverse. El arma
de madera tomó impulso y descargó toda su fuerza sobre
Timothy, que en el último momento levantó su brazo por
puro instinto. El bate se frenó en seco sobre el antebrazo
de su víctima, que se dobló como si fuera de goma. El do-
lor insoportable hizo que Timothy reaccionara y cuando
el bate volvió a coger impulso, él ya estaba corriendo ha-
cia su habitación. El arma le persiguió y descargó otro
golpe, esta vez impactando sobre la puerta, que se cerró
en el momento justo.
–¡Cabrón! –gritó la voz con furia.
Timothy estaba sentado en el suelo con la espalda
apoyada contra la puerta, cuando el cristal de la ventana
saltó en mil pedazos.
–Abre la puerta –dijo la voz con una calma aterra-
dora–. Por favor.
–¡Vete! –gritó Timothy–. ¡Maldito hijo de puta!
¡Le has matado! ¡Le has matado!
La puerta empezó a recibir una serie de golpes y,
poco a poco, empezó a resquebrajarse. Cuando las astillas
empezaron a caer sobre su cabeza, Timothy supo que,
fuese lo que fuese lo que le estaba atacando, no tardaría
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INVISIBLE
en entrar. Miró a su alrededor y corrió hasta la mesilla de
noche. Se guardó las llaves del Mini Cooper en el bolsillo,
y luego se acercó al escritorio. Cogió la lámpara de cristal
con forma de jarrón que había sobre él y, apoyándose
contra la pared, esperó junto a la puerta. Tras la retahíla
de golpes, finalmente la puerta cedió y se abrió. Lo prime-
ro que asomó fue el bate que acabó con la vida del viejo y
de Edward que, poco a poco, iba entrando, despacio, en la
habitación. Timothy, a fin de no ser descubierto por quien
empuñaba el arma, no esperó demasiado. Lanzó con toda
la fuerza, que su único brazo sano le permitió, la lámpara
contra lo invisible, haciéndose añicos contra algo que gi-
mió de dolor. El bate cayó al suelo y algo empezó a gritar.
–¡Mis ojos! –se lamentó la voz–. ¡Te voy a matar,
cabrón!
Timothy no se lo pensó dos veces y salió corriendo
por la puerta. Tropezó con algo que no pudo ver y cayó de
bruces contra el suelo. Su cara quedó a pocos centímetros
de la de Edward y el dolor al ver a su amante destrozado
le produjo una punzada en el corazón. Se puso en pie y
vio, tirado en el suelo, el móvil de su marido. Lo cogió y
sacando las llaves del bolsillo pulsó el botón y abrió el co-
che. Una vez estuvo dentro, el bate volvió a cobrar vida y
este salió de la habitación flotando hacia su encuentro.
Buscó la hendidura donde colocar el llavero del coche.
Por qué narices no usan llave, pensó. Edward intentó en-
señarle a conducir una vez, pero siempre le dejaba el co-
che encendido, por lo que nunca había puesto en marcha
el Mini Cooper. Colocó la extraña llave en su correspon-
diente agujero y el panel de mandos se iluminó. El bate
seguía avanzando inexorable hacia él. Un pequeño botón
rojo parpadeó: Start/Stop es lo único que decía. Suficien-
te. Pulsó el botón, pero el coche no hizo ni el ademán de
ponerse en marcha.
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INVISIBLE
El parabrisas crujió debido al impacto del bate, de-
jando el cristal como una telaraña. Timothy gritó y pulsó
de nuevo el botón de arranque sin ningún resultado. Aho-
ra el bate se encontraba junto a su puerta. La ventanilla
explotó en miles de pequeños trozos de cristal, que salta-
ron como diminutas flechas hacia el interior del coche.
Manos y cara acabaron llenos de cortes y el ojo izquierdo
sangró cuando trató de sacarse una esquirla de cristal cla-
vada en su interior. El bate le golpeó en la oreja y, por un
segundo, perdió el conocimiento. Su dedo seguía pulsan-
do el botón inútilmente. A continuación recibió otro im-
pacto en el antebrazo roto y su cuerpo se tensó como si
hubiera recibido una descarga eléctrica. Su pie presionó
el embrague del coche y, este, debido a que su dedo se-
guía presionando el botón de encendido, arrancó por fin.
Para encender el coche debes pisar el embrague y des-
pués el botón rojo que pone Start/Stop. Al final resulta
que sí lo hizo. Este pensamiento le golpeó la cabeza y, du-
rante una fracción de segundo, recordó el momento exac-
to en el que Edward le explicó cómo debía encender el co-
che.
Aprieta el pedal del embrague, pon la marcha
atrás y al mismo tiempo que aceleras, levanta progresi-
vamente el pedal del embrague.
Las instrucciones de Edward sonaban en su cabeza
y Timothy las seguía al pie de la letra, aun así, levantó el
pedal del embrague demasiado rápido. El Mini Cooper se
caló.
El bate golpeó de nuevo el parabrisas y, aunque
este no se desintegró como hizo la ventanilla, sí quedó
medio colgando sobre el volante. Timothy repitió la se-
cuencia necesaria para encender de nuevo el coche y esta
vez arrancó a la primera.
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–¡Sal del coche o te mato! –gritó el ente–. Jajaja,
no me hagas caso. Voy a matarte hagas lo que hagas –la
voz invisible sonaba desquiciada.
El bate cogió carrerilla y, antes de poder descargar
otro golpe, el coche salió a toda velocidad marcha atrás.
Atravesó sin control el aparcamiento y finalmente se em-
potró contra el cartel luminoso, que chisporroteó de-
rrumbándose sobre el techo del coche. El airbag del con-
ductor saltó, proyectando la manta de cristales que cubría
todo el volante, y que antes había sido parte del parabri-
sas, contra la cara de Timothy. Cuando trató de gritar,
brotó de su mejilla un borbotón de sangre que salió a cho-
rro. Tenía un corte tan profundo que, cuando lo tanteó
con la lengua, esta asomó por la cara como un gusano en
una manzana. Se llevó la mano a la mejilla y se tambaleó
mareado por la impresión que le produjo la herida. Vio
avanzar el bate a toda velocidad, atravesando el parking
directo hacia él. Sin ningún tipo de esperanza trató de en-
cender el coche que, superando con creces cualquier ex-
pectativa optimista por su parte, arrancó de nuevo a la
primera.
Pisa el pedal del embrague, pon la primera mar-
cha y, al mismo tiempo que aceleras, levanta progresi-
vamente el pedal del embrague.
El coche salió disparado y el cartel, que en parte
estaba clavado en el techo, lo desgarró dejándolo igual
que una lata de conservas. Iba como una bala en direc-
ción al bate, que se detuvo en seco al percatarse del inmi-
nente atropello. Antes del impacto, el bate se desvió a la
derecha y el Mini Cooper avanzó sin chocar con nada.
Timothy dio un volantazo para evitar la colisión contra el
Buick aparcado junto a su amante, que yacía en el suelo, y
el coche derrapó volteando sobre sí mismo ciento ochenta
grados. La sangre brotaba por toda su cara y, finalmente,
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INVISIBLE
cubrió el único ojo por el cual podía ver. En aquel mo-
mento perdió el conocimiento y el coche siguió una tra-
yectoria en línea recta que lo llevaría directo a la carrete-
ra. Atravesó unos bancos situados en la pequeña área de
descanso que había frente al motel y, finalmente, colisio-
nó contra el lateral de una caravana.
Durante unos segundos no pasó nada. La enorme
caravana tenía enquistado un pequeño coche que humea-
ba y, en su interior, un hombre yacía laxo con la frente
apoyada sobre la bolsa desinflada del airbag. La quietud
momentánea tras el accidente dio paso a un griterío que
provenía del interior de la caravana. La puerta se abrió de
un portazo y de ella salieron dos chicos, fornidos como
jugadores de rugby, y dos chicas, rubias y guapas como
animadoras.
–¡Me cago en la puta! –gritó uno de los chicos con
sangre en la cara –. ¡Mi padre me cortará los huevos
cuando vea su caravana! –se llevó la mano a la nariz y vio
que le sangraba. Luego se miró la camiseta con la frase
University of Maine Rugby Football Club y maldijo al ver
que estaba llena de sangre.
–¡Eh, tú, cabrón! –dijo el otro chico dirigiéndose al
coche–. ¡Se puede saber qué coño te… La hostia puta! –
dijo al ver al tipo del interior del coche–. Este tío está
muy jodido. Venid a ver.
Se acercaron al Mini Cooper y miraron con asom-
bro al conductor.
–¿Está muerto? –preguntó una de las chicas.
–Ni idea, pero será mejor que llamemos a la poli-
cía –dijo el chico que conducía la caravana.
Una de ellas sacó su móvil del bolsillo y marcó el
911.
–Mirar el aspecto de este –comentó uno de los chi-
cos–. No soy médico ni poli, pero me parece que este tío
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INVISIBLE
está demasiado hecho mierda, teniendo en cuenta el gol-
pe.
Timothy se echó hacia atrás en un repentino es-
pasmo y los cuatro saltaron asustados.
–Socorro –dijo Timothy en frágil susurro–. Ase-
sino. Ayuda.
–¿Qué coño ha dicho? –preguntó el chico que con-
ducía la caravana–. ¿Ha dicho asesino?
Se acercaron más a la ventanilla rota del Mini
Cooper para tratar de escuchar mejor las palabras del
moribundo.
–¿Qué dice, señor? –preguntó la rubia.
–El bate. Asesino –sus palabras brotaban incone-
xas y en leves susurros de aire–. En el parking –trató de
señalar con su dedo hacia atrás–. Cuidado.
Los tres se miraron extrañados y la chica que había
llamado a la policía se acercó a ellos.
–Ya está. Llegarán de un momento a otro.
–¡Eh, tíos! –dijo el chico de la camiseta manchada
de sangre.
–Joder, Jason –se quejó la rubia aún con el telé-
fono en la mano–. No digas eso de tíos cuando hay tam-
bién chicas, queda muy cutre, ¿sabes?
–Vale, cariño, pero mirad al parking del motel.
–¿Qué pasa, Jason? –preguntó su amigo–. Solo
veo un coche aparcado.
–No, colega. Lo que ves es un Buick rojo aparcado.
–¿Y?
–Las noticias, joder –dijo Jason–. Han descrito
ese coche hace apenas una hora, ¿es que no te acuerdas?
Buick park avenue de color rojo. ¡El secuestro!
–¡Dios mío! ¿¡Habrá sido el secuestrador quien ha
atacado a este hombre!? –dijo la novia de Jason.
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INVISIBLE
–¡Vámonos de aquí! –gritó la otra chica–. ¿Y si re-
sulta que Libby tiene razón?
Los cuatro se quedaron de pie con la mirada clava-
da en el Buick.
–Iré a ver –dijo Jason.
–¡Y una mierda! –protestó Libby–. Tú no te mue-
ves de aquí. Vamos a esperar a la policía.
–Solo voy a acercarme un poco. Si veo algo raro
salgo corriendo. Sabes que nadie puede alcanzarme, cari-
ño –Jason se pavoneó y, sacando bola, se besó el bíceps.
–Eres un idiota fanfarrón engreído –bromeó
Libby.
–Además, creo que hay algo en el suelo, junto al
coche. ¿Lo veis?
Miraron en la dirección que Jason dijo y entorna-
ron los ojos para afinar la vista.
–Edward –susurró Timothy.
–¿Cómo? –preguntó el otro chico–. ¿Has dicho un
nombre?
–Edward… Es Edward –la voz salió de su boca
como un leve soplo de aire apenas audible.
–Creo que ha dicho Edward –dijo Libby.
–¡Voy a ver!
Jason salió corriendo en dirección al aparcamien-
to.
–¡Jason, vuelve, idiota! –gritó Libby–. ¡Ve con él,
Billy!
–Tranquila. Ya sabes lo rápido que corre Jason.
Nadie puede atraparlo.
–¿De verdad, Billy? ¿Crees que Jason podrá correr
más rápido que una bala si el secuestrador le dispara?
Billy balbuceó y finalmente se calló ante la eviden-
cia.
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–Creo que deberíais entrenar un poco más otros
músculos –añadió la chica rubia, llevándose el índice a la
cabeza.
Jason se detuvo junto al cuerpo sin vida que había
junto al Buick y casi vomitó al ver el cráneo aplastado. Al
levantar la vista se encontró con el otro cadáver y volvió a
sentir nauseas cuando descubrió que la cabeza de ese tipo
estaba aún peor. Se tambaleó y, antes de caer, se apoyó en
el coche. Su respiración era rápida y entrecortada y sabía,
porque ya le había pasado anteriormente, que podía caer
al suelo si no se calmaba. Se obligó a respirar más despa-
cio, inspirando con calma y expirando lento y relajado.
Cuando se encontró un poco mejor, levantó la vista y vio
el interior de la habitación que tenía enfrente. Una mujer
y una niña atadas sobre la cama. Su respiración volvió a
dispararse. Los ojos de la mujer estaban muy abiertos y
su mirada se perdía en el vacío, en algún lugar justo de-
trás de él.
Los tres observaban desde la caravana sin saber
qué es lo que estaba ocurriendo. De pronto, vieron cómo
Jason se desplomó.
–¡Jason! –gritó Libby.
Billy salió corriendo hacia su amigo. A medida que
se acercaba, un escenario dantesco iba descubriéndose
ante él. Un cadáver junto al Buick, otro sobre el porche,
Al menos dos personas sobre la cama de una habitación
con la puerta abierta y su amigo, de rodillas con la cabeza
ladeada y los brazos colgando flácidos, frente al coche.
Las sirenas sonaron a su espalda y a punto estuvo de dar-
se la vuelta y dejar paso a la policía. Pero cuando vio
cómo un bate de baseball se elevaba tras Jason con la in-
tención clara de asestarle un golpe en la cabeza, corrió
!161
INVISIBLE
con más ímpetu. En el momento justo en el que el bate
descargaba toda su fuerza contra su amigo, saltó pese a
encontrarse a más de dos metros de distancia. Su inten-
ción era apartar a Jason de la trayectoria del bate, pero
sin saber contra qué, se produjo un placaje que dejó atur-
dido a Billy. Aterrizó sobre algo con la solidez propia de
un ser humano y él lo sabía. Era el más pesado de su
equipo y a lo largo de los años había sacado partido a esa
ventaja, convirtiéndole en el jugador que ostentaba el ré-
cord de mayor número de placajes realizados en una sola
liga. Sabía a ojos cerrados contra qué había chocado. Pal-
pó con sus manos lo que claramente era un cuerpo des-
nudo y cuando le sujetó la cabeza recibió un mordisco que
le seccionó una falange. Billy gritó y su sangre se derramó
sobre aquel ser invisible. Una decena de dientes se dibu-
jaron rojos frente a Billy que, instintivamente, lanzó un
croché contra ellos. Un gemido sordo sonó como parte del
golpe que hizo desprender un diente de aquella boca fan-
tasmal. La pequeña pieza rebotó contra los tablones de
madera que formaban el suelo del largo porche que com-
partían todas las habitaciones. A continuación el cuerpo
invisible quedó inmóvil en el suelo.
–¡Mátalo! ¡Mátalo! –gritó la mujer que se encon-
traba atada sobre la cama–. ¡Coge el bate y mátalo!
Billy seguía aturdido y no sabía qué estaba pasan-
do. Se sujetaba la mano en alto y contemplaba cómo bro-
taba la sangre de su dedo que colgaba unido por un esca-
so jirón de piel. Se dio la vuelta y vio un coche de policía
derrapando frente al Buick. Dos agentes se bajaron a toda
prisa e inmediatamente sacaron sus armas.
–¡Quieto, no se mueva! –gritó uno de los policías.
Billy no tuvo fuerzas para explicar nada y, cuando
lo tumbaron en el suelo con la brusquedad con la que se
!162
INVISIBLE
detiene a un asesino, sintió cómo su dedo terminó por
desprenderse.
Un segundo coche policial apareció en escena y
este solicitó otra ambulancia y refuerzos de inmediato.
Los agentes entraron en la habitación y desataron a la
mujer y a su pequeña.
Billy seguía tendido en el suelo boca abajo, espo-
sado con las manos en la espalda. Tenía los ojos clavados
en aquella boca roja de la cual nadie se había percatado y
vio con terror cómo cobraba vida.
–¡Agentes, cuidado! –gritó Billy.
–Tranquilo, chaval –dijo uno de los policías que se
encontraba examinando el cadáver del viejo–. Tú mejor
no te muevas.
Billy contempló con horror cómo la boca del fan-
tasma cobraba altura y cómo se acercó hasta el bate, que
rápidamente golpeó la sien del policía que se encontraba
de cuclillas junto al muerto. Cayó fulminado y con los
ojos abiertos. El segundo policía sacó el arma y antes de
poder siquiera comprender qué había ocurrido, el bate le
golpeó en la mano. La pistola se disparó y, a continua-
ción, cayó al suelo. El policía trató de recuperar el arma,
pero el bate arremetió contra su rodilla y este cayó sobre
los tablones del porche. La pistola levitó, y encañonó al
agente que gemía de dolor. Sonaron dos disparos. El pri-
mero impactó en el pecho del policía, que se desplomó en
el acto, y el segundo, en la mano invisible que sujetaba la
pistola.
La boca fantasma gritó de dolor y de furia a partes
iguales. El rostro ensangrentado miró al interior de la ha-
bitación y vio cómo los policías lo miraban atónitos.
Mierda, pueden verme, pensó el fantasma. La pistola se
elevó de nuevo y arremetió contra los dos agentes, que
saltaron al suelo de inmediato. Aprovechó aquel momen-
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INVISIBLE
to para pasar por encima de ellos. Se acercó a la mesilla y
cogió las llaves de Buick. Antes de salir, el arma apuntó a
la cabeza del policía que le había disparado en la mano.
Click, sonó el revólver, que se había quedado sin balas.
Maldijo y tiró el arma. La puerta del Buick se abrió y se
cerró de un portazo. Se encendió y arrancó salpicando
graba. Tras unos disparos, la luna trasera del coche quedó
destrozada y unas balas se incrustaron en el maletero. El
Buick viejo y herido enfiló la interestatal noventa y cinco
a toda velocidad.
36. La persecución
Fletcher entró corriendo en el despacho del detec-
tive Hunter y a punto estuvo de romper la puerta de cris-
tal.
–Señor, lo han localizado –anunció el agente.
John dejó la taza de café sobre el escritorio salpi-
cando algunos informes que se encontraban esparcidos
por toda la mesa. Abrió un cajón y sacó su Colt Detective
Special de seis disparos, que se enfundó en su pistolera
de hombro y, acercándose al perchero, cogió el sombrero
y su gabardina.
Salió del despacho y llamó (con un grito) a su ayu-
dante Sterling. Fletcher les puso al corriente respecto al
aviso que habían recibido.
–Han localizado a la mujer y a la niña que fueron
secuestradas en el parque comercial Brewel Center en un
motel de carretera –informó el agente Fletcher–. Cuatro
personas han muerto y otras dos han resultado heridas.
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INVISIBLE
Dos de los fallecidos eran policías. El sospechoso, al que
nadie ha podido ver, ha huido del motel en el Buick de la
mujer que secuestró. Ha tomado la interestatal noventa y
cinco dirección norte. Un coche patrulla va tras él. Es
Tom, señor, sin ninguna duda.
Salieron de la comisaría y los tres se montaron en
el coche del detective Hunter.
–Sterling, necesito que movilice a todos los agen-
tes que estén disponibles –ordenó el detective al
tiempo que metía la llave en el contacto.
–¿A todos, señor? –preguntó Sterling.
–A todos. No podemos permitir que esta vez se es-
cape.
El ayudante Sterling dio el aviso por radio y con-
tactó con los agentes que iban tras el Buick.
<<Nos encontramos en plena persecución por la
interestatal noventa y cinco en dirección norte, a unos
veinte kilómetros del aeropuerto internacional,
cambio>>.
–Recibido –contestó Sterling–. No lo pierdan y
manténganos informados de cualquier novedad. Cambio
y corto.
–Montaremos una barricada antes de que entre en
la ciudad –dijo el detective Hunter–. Justo en el cruce
junto al aeropuerto. Dé la orden, Sterling.
Cuando llegaron al cruce, los vehículos policiales
ya estaban bloqueando la carretera. Los coches que iban
llegando, familias y domingueros en su mayoría, eran
desviados por un lateral uno a uno.
–¿A qué distancia se encuentran? –preguntó Hun-
ter a uno de los agentes que aguardaba, pistola en mano,
sobre uno de los capós.
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INVISIBLE
– A cinco kilómetros, señor –respondió el policía–.
A la velocidad a la que van, los veremos aparecer en unos
dos minutos más o menos. Han llegado justo para la fies-
ta.
–¿Tenemos lista la barrera de clavos?
–Sí, señor. Está lista.
–¡Atención todo el mundo! –gritó un agente con
prismáticos–. ¡Objetivo a la vista!
Todos los agentes apostados en la barricada saca-
ron sus armas y se prepararon para la llegada del Buick.
Hunter sacó su revólver y, abriéndolo, comprobó que
efectivamente estaban las seis balas. Hizo girar el tambor
y lo cerró con un movimiento rápido y seco. No tenía por
qué hacerlo. Sabía que el arma estaba cargada. Aquello
era más bien un ritual supersticioso que debía seguir an-
tes de entrar en acción. Se situó junto a su ayudante y
ambos se miraron y asintieron dejando claro que estaban
listos.
El coche avanzaba por la interestatal a toda veloci-
dad sin la intención aparente de detenerse ante la barri-
cada. El policía de los prismáticos alertó al detective Hun-
ter.
–¡No hay nadie conduciendo el coche, señor! –gri-
tó con asombro el agente.
–¡Apunten al volante! –ordenó–. ¡No abran fuego
hasta que yo lo ordene!
El Buick se encontraba a tan solo cien metros y no
había reducido la velocidad lo más mínimo.
–¡Listos los pinchos! –previno el detective Hun-
ter–. ¡Ahora!
Un agente lanzó la barrera de clavos, que se deslizó
por la calzada desplegándose hasta cubrir todo el ancho
de la carretera. El Buick pasó por encima y los cuatro
neumáticos estallaron produciendo dos explosiones casi
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INVISIBLE
simultáneas. El coche perdió el control y derrapó colisio-
nando lateralmente contra uno de los coches patrulla. Los
agentes que estaban apostados sobre el vehículo saltaron
y evitaron el golpe por muy poco. El Buick se detuvo, pero
el motor aún seguía en marcha. Las armas de los policías
apuntaban al interior del coche, pero sus caras se mira-
ban confusas sin saber qué estaba ocurriendo ni a qué es-
taban apuntando. El detective Hunter salió de detrás de
la barricada y se situó frente al vehículo con su revólver
en alto.
–Esto se ha acabado, Tom –dijo ante la atónita mi-
rada de los agentes–. Por favor, no nos obligues a dispa-
rarte. Podemos ayudarte. Descubriremos qué te ha ocu-
rrido, pero debes parar, aquí y ahora.
–¡Qué coño está pasando! –gritó uno de los poli-
cías–. ¡Esto es una puta broma! ¿¡Verdad!?
–¡Cállese, agente! –ordenó Sterling–. ¡Que nadie
se mueva!
El ronroneo del viejo motor era lo único que se es-
cuchaba en aquel momento. John Hunter permanecía
quieto frente al Buick, sin bajar el arma y, siguiendo su
instinto, echó hacia atrás el gatillo de su revólver. En ese
momento la palanca de cambios se colocó en primera y
las ruedas traseras chirriaron sin goma sobre el asfalto.
Las llantas produjeron un mar de chispas y los agentes
que estaban situados detrás del vehículo se cubrieron los
ojos con brazos y manos. Finalmente, el Buick empezó a
avanzar con el ímpetu de un toro hacia John Hunter.
–¡No lo hagas, Tom! –gritó.
El coche cogió más velocidad de la que el detective
esperaba y, cuando el parachoques se encontraba a me-
nos de un metro de arremeter contra él, Sam saltó sobre
Hunter, apartándolo de la embestida mortal del vehículo.
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INVISIBLE
Se escuchó un disparo y en el revólver del detective solo
quedaron cinco balas.
El Buick avanzó por un estrecho callejón perpendi-
cular a la barricada, lanzando chispas y dando bandazos
hasta que, tras avanzar menos de cien metros, se estrelló
contra unos contenedores de basura.
–Creo que le ha dado, señor –dijo Sterling.
–Eso parece –respondió–. ¡Fletcher, bloqueen el
callejón! Que no pueda salir nadie de aquí. Vamos, Ster-
ling.
Corrieron hacia el coche, que se encontraba empo-
trado contra los contenedores de basura. El estrecho ca-
llejón empezó a llenarse de humo que salía en gran canti-
dad del maltrecho motor.
–¡Esto ha terminado, Tom! –dijo John Hunter–.
¡Entrégate por las buenas! ¡Por tu propio bien!
–¡Vete a la mierda, detective! –gritó Tom desde
algún lugar de entre la falsa niebla–. ¡No creo que tu in-
tención sea ayudarme!
–¡No me lo has puesto fácil, Tom! ¡Has matado a
mucha gente!
En aquel momento, un vacío con forma humana se
dibujó entre el humo acumulado en el callejón desvelan-
do lo que vendría a ser el negativo de una sombra. Hunter
y Sterling levantaron sus armas y apuntaron al vacío.
–No te muevas, Tom, o te dispararé otra vez –
amenazó el detective–. Prometí a tu madre que haría todo
lo posible por capturarte sano y salvo, pero no depende
solo de mí.
–Deja a mi madre fuera de esto –dijo Tom–. Ella
no tiene nada que ver.
–Entonces deja de huir y entrégate. Tu madre está
sufriendo, te necesita.
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INVISIBLE
Hunter y Sterling avanzaban lentamente hacia la
sombra blanca que retrocedía de igual forma. Apenas diez
metros separaban a Tom de las armas que le encañona-
ban, y el humo lo mantenía lo suficientemente visible
como para que pudiera escapar sin ser un blanco fácil.
Tom miró a su espalda y vio la malla metálica que se al-
zaba más de tres metros y que cerraba el callejón. John
Hunter intuyó sus intenciones cuando vio voltearse la
sombra.
–Ni lo intentes –le aconsejó el detective–. Te veo
demasiado bien. No lo conseguirás.
Tom se vino abajo e, impotente, cayó de rodillas.
–¿¡Qué podía hacer!? –gritó casi en un sollozo–.
¡Yo no quería que ocurriera nada de esto! ¡Yo no quería
ser invisible, no lo pedí! ¡Tenía que sobrevivir!
–Tal vez tengas razón en eso, Tom –dijo Hunter–.
Pero nadie te obligó a robar, ni a violar y mucho menos a
matar. Esas cosas las elegiste tú, Tom, esos son tus peca-
dos y no puedes culpar a nadie por ellos, solo a ti mismo.
Tom no contestó y Hunter miró a Sterling, que se-
guía apuntando.
–Sterling, arréstalo.
Sam guardó su arma y echó mano de las esposas.
Se acercó despacio a Tom, que seguía de rodillas en el
suelo.
–Tranquilo, Tom –dijo Sterling–. Todo saldrá
bien, pero no hagas ninguna tontería y deja que te ponga
las esposas.
John Hunter apuntaba con su revólver justo a la
cabeza de la sombra, que parecía tener ambas manos jun-
tas preparadas para ser esposadas. Tom miró el contorno
de sus brazos y sintió por un segundo el alivio de la rendi-
ción. Cogedme y haced conmigo lo que queráis, pensó.
!169
INVISIBLE
Hunter miró al suelo y vio cómo una bolsa de plás-
tico avanzó sigilosamente hacia el interior del callejón,
rozándole la pierna. Esta empezó una sutil danza en espi-
ral cuando entró en una creciente y rápida corriente de
aire. El detective trató de anticiparse a lo inminente e in-
tentó prevenir a su ayudante.
–¡Sterling, rápido, espósalo!
Sam se giró apenas un segundo hacia el detective,
sobresaltado por el grito, pero ya era tarde. El repentino
remolino formado en el interior del callejón, disipó el
humo lo suficiente como para que Tom desapareciera en
el acto. Cuando Sterling se volvió de nuevo, la sombra
blanca ya se había esfumado. Recordaba dónde se encon-
traban las manos de Tom y lanzó las esposas casi como
un vaquero echa el lazo. Ya no había nada que atrapar.
–¡Sterling, el spray! –gritó Hunter.
Ambos sacaron el bote de pintura y realizaron una
rápida batida por el callejón rociando todos los rincones.
–¡Silencio! –ordenó el detective.
De pronto la malla metálica empezó a sonar como
si treparan por ella. Hunter sacó el arma y Sterling roció
la malla de lado a lado dejando una franja de color rojo.
Un trozo de la red de metal quedó sin pintar y un pie des-
nudo subió hasta lo más alto de la malla.
–¡No puedo dejar que te marches, Tom! –gritó
John Hunter apuntando hacia el pie pintado de rojo–. ¡Si
saltas tendré que dispararte!
–Haz lo que tengas que hacer, detective –dijo
Tom–. Pero yo no puedo quedarme.
El pie rojo saltó desde lo alto de la malla hacia un
contenedor lleno de bolsas de basura que había al otro
lado. Hunter disparó su arma tres veces. Del interior del
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INVISIBLE
contenedor volaron algunos papeles y bolsas vacías cuan-
do el cuerpo de Tom cayó dentro.
Hunter corrió hacia el principio del callejón donde
Fletcher y los demás agentes mantenían un cordón hu-
mano.
–¡Fletcher, rápido! –gritó el detective–. ¡Hay que
llegar al otro lado del callejón! ¡Tom está dentro del con-
tenedor!
–Señor, creo que Sterling va a llegar antes –dijo
Fletcher, señalando hacia el callejón.
Sam se encontraba en lo alto de la malla y se dis-
ponía a saltar al interior del contenedor.
–¡Sterling, no salte! –ordenó el Hunter–. ¡Espere a
que lleguemos!
Sterling saltó hacia el interior del contenedor y
desapareció de la vista de todos. Hunter se subió a su co-
che junto con Fletcher y salió tan rápido que dejó un olor
a goma quemada tras de sí. En menos de un minuto, lle-
garon al contenedor que había tras la malla metálica.
Ambos salieron del vehículo con el arma en la mano.
–¿¡Se encuentra bien, Sterling!? –vociferó Hunter.
No hubo respuesta.
–Agente Fletcher, suba a ver –ordenó–. Y tenga
cuidado ahí dentro.
El joven trepó por un lateral del contenedor y,
cuando se asomó, vio a Sam tirado en el fondo.
–¿¡Se encuentra bien!? –preguntó el detective refi-
riéndose a su ayudante.
–¡No lo sé! –respondió Fletcher–. ¡Parece que está
inconsciente! ¡Voy a ver!
El joven agente saltó al interior del contenedor.
–¿Sigues aquí, Tom! –preguntó Fletcher casi en un
susurro–. Vamos, déjalo ya. Esto se te ha ido de las ma-
nos, ¿no te parece?
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Al no obtener respuesta, Ian se centró en Sam. Te-
nía sangre en la cara y parecía que había recibido un fuer-
te golpe en la cabeza.
–Vaya, tío, ¿esto te lo has hecho tú al caer o ha sido
ese cabrón invisible? –preguntó presionando con su dedo
índice y corazón en el cuello de Sam, sin encontrarle el
pulso–. Oh, mierda, Sterling.
–¿De verdad quieres saberlo?
Fletcher levantó la vista y vio cómo un trozo de
madera se precipitó directo a su cabeza.
–Y esto es lo que le pasó al gato –dijo Tom.
Hunter escuchó un golpe en el interior del conte-
nedor y trató de trepar por él, igual que lo había hecho
Fletcher segundos antes.
–¡Sterling! ¡Fletcher! ¿¡Me oís!? –preguntó mien-
tras buscaba el lugar por donde subir.
En la parte trasera del contenedor verde había
unas pequeñas barras soldadas a modo de escaleras y
Hunter subió por ellas. Cuando asomó la cabeza al inte-
rior del contenedor, vio a Sterling tumbado en el fondo y
a Fletcher boca abajo sobre unas bolsas de basura. Les
llamó, pero ninguno de ellos respondió. Se encaramó al
borde y se preparó para saltar al interior cuando reparó
en la funda de la pistola de Fletcher. Estaba vacía. De
pronto vio un arma flotando entre unas bolsas de basura
que le apuntaba directo a la cabeza. Trato de sacar su re-
vólver, pero perdió el equilibrio y se precipitó contra el
suelo. Quedó tumbado boca arriba y sin poder moverse
debido al golpe que se dio en la espalda. Vio asomar el
arma por encima del contenedor y, después, un pie rojo
que descendió por la escalerilla.
–Bueno, ¿y ahora qué hacemos? –preguntó Tom.
El arma se colocó frente a Hunter que seguía inmóvil en
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INVISIBLE
el suelo–. ¿Debo dispararte para recuperar de una vez por
todas mi vida, detective?
–¿De qué vida hablas? –preguntó con una mueca
de dolor en la cara–. ¿Tu vida de asesino?, ¿la de ladrón?
Haz lo que quieras. Dispárame si es lo que te apetece,
pero ¿sabes una cosa?, tarde o temprano te atraparán.
Esto solo tiene un final posible, y ya sabes cuál es.
–No, me temo que no lo sé, y diría que tú tampoco
–dijo Tom acercando más el arma–. Mira, por la cara que
han puesto todos esos agentes cuando han visto chocarse
un coche sin conductor contra la barricada, diría que no
tienen ni la menor idea de a qué se están enfrentando.
Por lo que sé, esos dos fiambres del contenedor y tú sois
los únicos que conocéis mi condición, por llamarlo de al-
gún modo. Y créeme si te digo que no quiero hacerlo, pero
mucho me temo que vas a tener que unirte a ellos. Luego
solo tendré que hacer las cosas un poco mejor. Ser más
discreto, ya me entiendes.
El arma se acercó tanto a John que el cañón rozó
su frente. Lo notó frío. Tenía miedo, pero no permitió que
se le notase. Lo que más le enfurecía era el no poder mi-
rar directamente a los ojos del tipo que iba a matarle. En-
tonces cerró los suyos.
–¿¡Se encuentra bien, señor!? –gritó un agente que
apareció a la carrera.
Hunter abrió los ojos y vio cómo el arma giró cien-
to ochenta grados.
–¡Póngase a cubierto, agente! –advirtió el detecti-
ve demasiado tarde.
El arma disparó y el agente cayó golpeándose con-
tra el Buick del detective. Quedó tendido en el suelo y un
aura de sangre se formó alrededor de su cabeza.
La pistola volvió a su objetivo inicial, pero esta vez
Hunter le esperaba con la pernera del pantalón subida
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INVISIBLE
casi hasta la rodilla y, en su mano, una pequeña pistola
Kel-Tec apuntaba directamente al cuerpo invisible que
había tras el arma suspendida en el aire. Disparó.
Un gemido desveló que el proyectil había dado en
el blanco.
El arma que empuñaba Tom cayó al suelo y John
Hunter pudo ver cómo el pie manchado de pintura roja se
alejó torpemente cuando unos coches patrulla aparecie-
ron en escena.
37. El robo
Nick aguardaba impaciente en su Ford Mustang
del sesenta y siete, perfectamente conservado y de un co-
lor negro brillante que llamaba en exceso la atención. Él
lo sabía y por eso no le gustaba usar su coche para hacer
ese tipo de trabajos, como él solía llamarlos. Solo tenían
un día para hacerse con los “juguetes” que supuestamente
aquel tipo guardaba en el sótano. Al día siguiente el com-
prador desaparecería y le resultaría mucho más difícil
deshacerse de la mercancía. Por ese motivo no pudo con-
seguir un coche a tiempo. Odiaba hacer las cosas de ese
modo, sin planificación. Maldijo a Lisa en voz alta por
convencerle y su hermana pequeña protestó desde el
asiento de atrás.
–Cállate, idiota –dijo Penny–. No hables así de mi
hermana.
–Bueno, vale. Lo siento –se disculpó–. Es que tar-
da mucho y eso me pone nervioso.
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–Tranquilo, ella sabe lo que hace –dijo Penny
asomando la cabeza por la ventanilla–. ¡Mira, ahí viene!
Lisa se dirigió hacia el coche con una sonrisa en los
labios y un contoneo exagerado de caderas. Levantó la
mano a la altura del pecho y, juntando el índice con el
pulgar, indicó que todo iba bien.
–¿Por qué coño has tardado tanto? –preguntó
Nick–. Me tenías preocupado.
–Tranquilo, cariño –dijo Lisa entrando en el co-
che–. He tenido que darle un poco de coba al idiota del
casero, pero al final ha hablado más de lo esperado.
–¿Significa eso que le has comido la polla? –bro-
meó.
–¡Joder, no! ¡Qué asco! –protestó Lisa golpeándo-
le en el hombro–. Eres un cerdo salido, ¿lo sabías?
–Jajaja, vale, vale. Deja de pegarme y cuéntame
cómo están las cosas ahí dentro, y a todo esto, ¿por qué
coño estabas hablando tú con el casero?
–Vale, ahora os cuento, pero antes necesito un pi-
tillo –dijo Lisa. Nick se encendió dos cigarrillos a la vez y
le pasó uno–. Gracias, cariño –dijo dándole una buena
calada–. He entrado en el descansillo y, antes de poder
subir un solo escalón, el cabrón del casero, que debe ha-
berme olido o algo así, ha salido de su apartamento en el
acto. Me ha preguntado quién era y qué estaba haciendo
allí. No sabía qué decir, así que me he inventado una pelí-
cula contándole que soy una periodista independiente,
que está cubriendo la noticia sobre el asesinato que hubo
en la puerta del edificio. Entonces el tipo me dice que eso
para nada es noticia, que es agua pasada, papel para en-
volver pescado.
–Pero, entonces, ¿qué diablos pasa con la anciana?
–preguntó confundido Nick–. Pensé que irías a ver si la
anciana estaba en casa.
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INVISIBLE
–Espera un momento, impaciente –dijo Lisa–.
Ahora viene lo bueno. El casero va y me suelta que él
creía que al ser periodista había ido para cubrir el caso
del hijo de la anciana. Entonces le pregunto que a qué se
refiere y, sin más, me suelta la bomba. Resulta que al tipo
de los trenes, que, por cierto, se llama Tom, lo está bus-
cando la policía por un tema de asesinato. ¿Recuerdas
que mataron al padre Kiestle?
–¡No jodas! –se sorprendió Nick–. ¿¡Lo mató ese
tío!?
–Pues por lo visto sí. Y ahora viene lo mejor. A la
madre se la han llevado. El casero dice que cree que a al-
guna residencia, pero vete tú a saber. También me ha di-
cho que tenían a un policía vigilando la puerta de la an-
ciana, pero que al parecer ya no hay nadie. En definitiva,
vía libre para entrar en el sótano.
–Bueno, vale, pero hay dos cosas que no me cua-
dran –dijo Nick–. Lo primero, si ese tío es como un perro
sabueso, ¿cómo coño bajaremos al sótano sin que nos
descubra? Y, lo segundo, ¿por qué coño has tardado tan-
to? Para explicar todo eso no hacía falta más de un par de
minutos.
–Eres un capullo celoso de mierda, ¿lo sabías? –
protestó Lisa–. Para empezar ese tipo podría ser mi padre
o mi abuelo. No es más que un viejo gordo. He tenido que
hablar un rato con él y, cuando me ha invitado a entrar,
he tenido que aceptar. Me dijo que me contaba los deta-
lles si me tomaba un café con él. ¿Qué narices iba a ha-
cer? Y, contestando a tu primera pregunta, te diré que lo
mejor viene ahora. Ese idiota ha dicho que si quería to-
mar fotos del apartamento de la anciana para ampliar la
noticia en el periódico que se lo dijera, que no habría nin-
gún problema en abrirme la puerta. Tengo una llave
maestra, ha dicho, y te abriré a cambio de cincuenta pa-
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vos la foto. Entonces va y me la enseña. La tenía en una
bandeja junto a la entrada. Le he contado un rollo de que
iba a llamar a mi jefe para pedirle autorización y que, en
el caso de que me la diera, volvería para ampliar la noti-
cia. Por lo tanto, yo volveré al apartamento de ese gilipo-
llas y lo distraeré con todo este rollo de la noticia y tú su-
birás al apartamento de la anciana a por la llave del só-
tano.
–¿Y cómo coño voy a abrir el apart…?
–¡Abracadabra! –interrumpió Lisa sacando un fajo
de llaves unidas por un aro de metal–. Las llaves maes-
tras de todos los apartamentos del edificio. Ese imbécil
estaba tan ocupado mirándome el culo, que podría haber-
le robado la tele sin que se hubiera dado cuenta. Y es una
tele muy grande.
–Bien hecho, cariño –dijo Nick cogiéndole las lla-
ves. Luego la besó.
–¡Vale ya! ¡Qué asco! –protestó Penny desde el
asiento de atrás–. ¿Podrías guardarte la lengua en tu
boca, por favor?
Nick probaba una tras otra las llaves que Lisa ha-
bía robado. Llevaba cinco intentos, pero aún no había te-
nido suerte. Penny estaba en el rellano vigilando la esca-
lera por si subía alguien.
–¿Cómo lo llevas? –preguntó Penny en voz baja–.
¿Crees que podrás abrirla hoy?
–Vete a tomar por culo, canija –contestó Nick de
mala gana–. ¿Quieres probar suerte tú?
–No, gracias. Eso es cosa tuya. ¿Qué es este polvo
que hay en el suelo, Nick? –dijo señalando con el dedo–.
Estamos dejando el rellano lleno de huellas.
–Y yo qué coño sé. Seguramente sean unos gua-
rros.
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INVISIBLE
Justo al terminar la frase dio con la llave correcta y
la puerta se abrió.
–¡Sí! –celebró Nick–. ¡Vamos enana!
Una vez dentro empezaron con el registro. Penny
recordaba la distribución de las habitaciones e indicó a
Nick por dónde empezar.
–Si vas por el pasillo, la primera puerta a la dere-
cha es el baño –dijo Penny–. La segunda a la derecha es
la habitación de la anciana y la puerta de la izquierda es la
de Tom.
Nick entró en la cocina como si no hubiera oído
una sola palabra de Penny y abrió la nevera.
–¿Se puede saber qué haces? –preguntó Penny.
–Tengo sed. Solo quiero una cerveza –contestó
Nick con la cabeza metida en el refrigerador–. Menuda
mierda, solo tienen zumos y leche de soja. ¿Qué clase de
gente vive así?
Cerró la nevera y curioseó por los cajones. Penny
se encontraba en el comedor y también rebuscó por los
armarios y abrió algunas de las pequeñas cajas decorati-
vas que había repartidas por las estanterías.
–Será mejor que empecemos a buscar por las habi-
taciones –dijo Nick, saliendo de la cocina con una man-
zana en la mano–. Por aquí no hay nada.
–Oye, yo también quiero –protestó Penny–. Eres
un maleducado, ¿sabes?
–Y tú eres una niña consentida –dijo mostrándole
en alto el dedo corazón.
Nick sacó una navaja automática del bolsillo de su
cazadora negra y partió la manzana por la mitad.
–Anda, toma, tonta –dijo lanzándole su parte.
Avanzaron por el pasillo y al llegar a la habitación
de Tom vieron que la puerta estaba precintada. Dos tiras
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INVISIBLE
de cinta amarilla con letras negras en su interior forma-
ban una gran equis que cubría toda la puerta.
–Tú vete a buscar por el cuarto de la vieja –dijo
Nick–. Y esta vez mira debajo de la cama. No queremos
que tu hermana se enfade, ¿verdad? –dijo con un exage-
rado temblor de manos, fingiendo estar asustado.
Ambos rieron. Penny entró en la habitación de la
anciana y Nick cortó un pedazo de manzana y se la llevó a
la boca. Limpió la hoja húmeda de la navaja deslizándola
por las dos caras contra sus levi´s gastados. Con dos rá-
pidos movimientos cortó las cintas amarillas y giró la
manilla de la puerta. En ese momento, otra puerta se
abrió justo detrás de él.
–¿Quiénes sois? –preguntó Lucille saliendo del
baño asustada y con voz temblorosa.
Una explosión sorprendió a Nick tanto como las
palabras que surgieron de su espalda. El joven ladrón sa-
lió despedido por el golpe de pintura que recibió en la
cara y girando sobre sí mismo impactó contra la anciana.
Penny salió corriendo al pasillo para ver qué había ocu-
rrido y se encontró a Nick cubierto de pintura roja abra-
zado a la frágil mujer que, con los ojos abiertos pero iner-
tes, giró la cabeza lentamente hacia ella emitiendo un
desgarrador gemido. Nick retrocedió muy despacio. Su
mano derecha se abrió y Penny gritó al ver que del vientre
de la anciana asomaba el mango de la navaja. Lucille se
tambaleó y, antes de caer, alargó su mano y palpó la cara
de Nick.
–Mi Tom –exhaló Lucille mientras se derrumbaba
exangüe contra el suelo.
Nick permaneció rígido junto al cadáver de la an-
ciana mientras Penny gritaba de cuclillas con las manos
en la cabeza.
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–¿¡Qué has hecho!? –gimió Penny entre sollozos–.
¿¡La has matado!? ¿¡La has matado!?
–Eh… Yo… Creo… –balbuceó Nick incapaz de en-
lazar dos palabras seguidas.
Los gritos de Penny se fueron apagando en la me-
dida que el shock se iba apoderando por completo de ella.
Se quedó sentada sobre sus tobillos con las manos todavía
en la cabeza y los ojos clavados en la anciana. Petrificada
al final del pasillo, solo un leve balanceo, como mecida
por la brisa, desvelaba que aún seguía con vida.
–¿Penny? –dijo Nick zarandeándola de un hom-
bro–. ¿Penny, me oyes?
Pero la joven no respondió.
Entró en el baño y se echó agua en los ojos, que le
escocían debido a la pintura. Se miró en el espejo y respi-
ró hondo. No querías matarla, se dijo a sí mismo. Ha sido
un accidente.
Nick tardó unos minutos en decidir qué es lo que
debía hacer y, por fin, reaccionó. Cruzó el pasillo y entró
en la habitación de Tom y, casi de inmediato, encontró lo
que buscaba. En el cajón de la mesilla de noche había
unas llaves. Son estas, seguro, pensó.
Salió del cuarto y vio a Penny que seguía mecién-
dose con la mirada perdida en la anciana. Un charco de
sangre avanzaba lenta, pero inexorablemente, hacia los
pies de la chica.
–Penny, debemos irnos. He encontrado lo que
buscábamos. ¿Me oyes, Penny? –insistió Nick sin suerte.
Se quedó de pie en el comedor frente al pasillo. No
podía dejarla ahí, pero tampoco podía llevársela a rastras.
Dudó un instante mientras su mirada alternaba entre la
puerta y la joven.
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INVISIBLE
–Volveré a por ti, Penny –dijo Nick–. ¿Me has oído
pequeña?
Pero Penny no reaccionó.
Sentada junto a la mesa del comedor, Lisa tomaba
otro café con desgana junto a Henry Holmes. Aburrida,
no hacía más que preguntarle estupideces a fin de ganar
tiempo, y estaba claro que al casero toda esa atención le
fascinaba. Le contó que había heredado aquel edificio
cuando todavía era un adolescente y cómo acabó en los
tribunales enfrentándose a su tía, que había sido su alba-
cea hasta que él cumplió la mayoría de edad. Escuchaba
con asombro y, de vez en cuando, coqueteaba, muy sutil-
mente, solo para mantenerle absorto. Eso lo hacía muy
bien. Pese a tener solo dieciocho años, su desarrollo pre-
maturo le ocasionó problemas desde que apenas cumplió
los trece, edad en la que ya mostraba todos los atributos
de una mujer hecha y derecha. Tuvo que lidiar con canti-
dad de adolescentes salidos, hombres sin escrúpulos y,
tras la muerte de su padre, con los novios babosos de su
madre, que no fueron pocos. Pronto aprendió a usar su
hipnótica femineidad a su favor.
–¿Y tú qué? ¿Tienes novio? –preguntó Henry sin
ningún decoro–. Eres una chica muy guapa.
–Vaya, gracias –contestó Lisa tratando de conte-
nerse. En circunstancias normales ya le habría escupido y
soltado algún improperio–. Bueno, hay un chico, pero no
termina de decidirse –dijo fingiendo estar avergonzada.
–Los chicos de ahora son unos necios –dijo Henry
sacando pecho–. Si te hubiera conocido siendo un joven
de tu edad…
Un ruido sacó al casero de sus fantasías.
!181
INVISIBLE
–¿Has oído eso? –preguntó Henry, girando la ca-
beza para orientar su oreja hacia la puerta–. Creo que al-
guien está corriendo por las escaleras.
–Yo no he oído nada –dijo Lisa, exhalando más
aire de lo normal y contoneándose con sutileza frente al
casero–. Me estaba contando algo de que si usted fuera
más joven…
–¡Silencio! –ordenó Henry poniéndose en pie–. En
mi edificio no se corre. Creo que alguien ha bajado al só-
tano. Como sea el cabrón de Tom se va a enterar.
Estaba claro que los influjos de Lisa no tenían efec-
to en aquel momento. El odio del señor Holmes hacia
Tom era más fuerte que los encantos de la joven.
Henry se puso en pie y fue directo hacia la puerta.
Al tiempo que abría, llevó su mano de un modo casi ins-
tintivo a la bandeja donde dejaba siempre las llaves. Re-
buscó un poco, pero no encontró las que buscaba. Echó la
vista a la bandeja solo para descubrir que sus llaves maes-
tras habían desaparecido. Levantó lentamente la cabeza y
sus ojos acusadores se cruzaron con los de Lisa, que se
encontraba de pie junto a la mesa. El rostro de la chica
palideció delatándola sin remedio.
–Hija de puta y ladrona –masculló Henry lleno de
rabia–. ¡Me has robado las llaves!
Henry corrió hacia ella y la cogió del cuello. La
empujó sobre la mesa y su espalda impactó contra el azu-
carero, haciéndolo trizas y esparciendo azúcar por el
mantel.
–¿¡Dónde están mis llaves!? –gritó apretando con
más fuerza–. ¡Se las has dado a alguien cuando has sali-
do! ¿¡Verdad!? ¡Para hacer copias y así venir otro día a
desvalijar mis apartamentos! ¿¡No es cierto!?
Lisa trató de hablar, pero le resultó imposible. Le
golpeó en la cara lo más fuerte que pudo, aun así, apenas
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INVISIBLE
dañó la vieja y gruesa piel del casero. Sintió que poco a
poco perdía la conciencia y el terror se apoderó de ella
cuando la idea de que aquel animal pudiera abusar de ella
se le pasó por la cabeza. Desesperada, Lisa alcanzó una
taza de café que se encontraba junto a su cabeza y la es-
tampó contra el rostro enfurecido de Henry. Un trozo de
porcelana le rajó la ceja y el café caliente le entró en un
ojo. El casero gritó más de rabia que de dolor, sin embar-
go, sus manos se aflojaron un poco, lo suficiente para que
Lisa soltara un grito de auxilio. De inmediato las manos
de Henry recuperaron toda su fuerza y Lisa perdió cual-
quier esperanza cuando pequeñas luces empezaron a re-
volotear frente a sus ojos.
Un golpe seco y las manos dejaron de apretar. El
casero se derrumbó sobre la joven casi inconsciente y
rodó hasta el suelo. Lisa tomó una fuerte bocanada de
aire y se incorporó echándose las manos al cuello.
–¿¡Estás bien, cariño!? –preguntó Nick con un
candado de notable tamaño y manchado de sangre en la
mano–. ¿Puedes respirar?
Lisa se volvió hacia Henry, que yacía en el suelo.
Le propinó una retahíla de insultos y patadas en la cabe-
za.
–Vale, vale. Si sigues así vas a matarlo –advirtió
Nick.
–¡Hijo de puta! –gritó Lisa–. ¡Claro que voy a ma-
tarlo!
Nick la agarró por la espalda y la abrazó con fuer-
za.
–Tranquila, cariño –dijo Nick en un susurro tra-
tando de calmarla–. No creo que vaya a levantarse en un
buen rato. Le he golpeado muy fuerte. Primero hagamos
lo que hemos venido a hacer y después ya veremos qué
hacer con este cabrón. ¿Estás de acuerdo, amor?
!183
INVISIBLE
Lisa gemía de puro odio y bien sabía que si Nick no
le hubiese parado, al final ella misma hubiera matado a
aquel hombre a golpes. Poco a poco se fue tranquilizando
hasta que al final rompió a llorar. Nick la abrazó y la besó
en la frente.
–¿Por qué estás cubierto de pintura? –preguntó
Lisa entre sollozos–. ¿Y dónde está mi hermana?
–No te preocupes por la pintura. En cuanto a tu
hermana…
–¿Dónde está mi hermana, Nick? –volvió a pre-
guntar esta vez más nerviosa.
–Tu hermana está arriba en el apartamento de la
anciana. Está perfectamente, pero ha ocurrido algo malo.
Lisa le miró con miedo y sus piernas flaquearon y
se doblaron. Nick la sujetó y evitó que se desplomara. La
sentó en la silla que había junto a la mesa.
–Al final resultó que la anciana no se encontraba
en una puta residencia –dijo Nick–. Nos la hemos encon-
trado en el apartamento.
–¿Y qué ha pasado? –preguntó Lisa–. No le has
hecho nada, ¿verdad qué no?
Nick le apartó la vista y miró al suelo sin decir
nada.
–¿Nick?
–Está muerta.
–¿¡Qué!? ¿¡Cómo qué está muerta!?
–Fue un accidente.
–¿¡Cómo que un accidente, Nick!?
–Abrí una puerta y al parecer habían colocado una
trampa. Una bomba de pintura o algo así. Estalló de re-
pente y me dio de lleno en la cara tan fuerte que salí des-
pedido hacia atrás y le clave mi navaja a la vieja. Estaba
justo detrás de mí. Yo ni siquiera lo sabía. Fue un acci-
dente.
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INVISIBLE
–Dios santo, Nick.
–No te preocupes, pequeña. Terminaremos lo que
hemos venido a hacer. Luego nos desharemos de la vieja y
con el dinero que saquemos nos iremos lejos de toda esta
mierda.
–¿¡Pero te has vuelto loco!? –dijo Lisa–. ¿¡Y qué
ha pasado con mi hermana!?
–Tu hermana ha visto a la anciana con la navaja
clavada y se ha asustado mucho. Se ha quedado junto al
cuerpo y no he podido hacer nada para que viniera con-
migo.
–¡Eres un jodido idiota, Nick! –gritó Lisa–. ¡Esto
es una mierda! ¡Solo teníamos que coger lo que había en
el sótano y marcharnos!
Nick abofeteó a Lisa.
–¿¡Y qué coño esperabas!? –gritó Nick zarandean-
do a Lisa por los hombros–. ¡Te lo he dicho un millón de
veces! ¡Estas cosas requieren planificación! ¡Nunca es fá-
cil, y si se hace a lo loco pasan estas cosas!
Lisa rompió a llorar y abrazó a Nick.
–Solo quiero irme –dijo ella–. Vayamos a por
Penny y marchémonos de aquí, por favor.
–Ahora ya es tarde. Después de todo lo que ha pa-
sado no podemos irnos con las manos vacías.
Nick levantó la cara de Lisa por la barbilla con un
gesto suave y la besó.
–Te diré lo que haremos –añadió Nick–. Bajare-
mos al sótano y abriremos el trastero de ese tal Tom. Ya
lo he encontrado. Es el único que está cerrado con dos
candados y ya he abierto uno. Entramos y vemos qué hay
ahí dentro. Iré a por el coche y lo aparcaré frente a la en-
trada. Lo cargamos y, por último, subimos a por tu her-
mana y nos largamos de aquí.
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INVISIBLE
–¿Y qué hacemos con la anciana? –preguntó Lisa
algo más calmada.
–Le sacaré la navaja y… La verdad, no lo sé. Luego
ya pensaré qué hacer.
–¿Y qué pasa con este cabrón? –preguntó Lisa
dándole una patada al casero en el estómago–. Me ha vis-
to.
–¡Ya pensaré qué hacer! –repitió Nick algo altera-
do–. Por ahora lo dejaremos atado y amordazado. No po-
demos arriesgarnos a que se despierte y avise a la policía.
Buscaron por el apartamento del casero hasta que
encontraron algo con que atarlo. Lo dejaron bien atado
sobre la cama y con unas cuantas vueltas de cinta alrede-
dor de la boca.
Al fin bajaron al sótano y Nick no tardó en abrir el
segundo candado de la puerta. Entraron en el trastero y
encendieron la luz.
Aquel lugar empezó a iluminarse y miles de luces
centellearon frente a la atónita mirada de Nick y Lisa. No
podían creerse que hubiera un sitio como aquel y menos
en ese edificio viejo y sucio.
Una locomotora empezó a deslizarse por los raíles
y los dos saltaron sobresaltados cuando esta advirtió su
salida con un pitido. Ambos rompieron a carcajadas. Se
quedaron absortos ante el pequeño tren que recorría
aquel escenario bucólico tan bien ambientado.
–Esto debe valer una pasta, cariño –dijo Lisa en-
simismada ahora con la mirada perdida en el techo.
–Desde luego que sí –respondió Nick con cierto
tono de preocupación.
–¿Qué ocurre? –preguntó.
–Estoy pensando en cómo vamos a llevarnos todo
esto –dijo Nick rascándose la barbilla –. Lo más adecua-
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INVISIBLE
do sería guardar las piezas en cajas y con mucho cuidado.
Esto parece frágil de cojones.
–Oye, ¿y por qué no llamas a Big Roy? –preguntó
Lisa–. Él tiene una furgoneta.
–No creas que no lo he pensado, pero ahora estará
currando y, además, no le haría gracia involucrarse direc-
tamente en un marrón como el que hay aquí montado.
–¿Y entonces qué hacemos?
–Vamos desmontando por partes y lo colocamos
en el suelo lo más ordenado posible. Los trenes ahí –dijo
Nick señalando una esquina–. Las casas al lado y es res-
to… Bueno, ya veremos si nos da tiempo para más. Luego
buscaremos algo en la casa del tipo de arriba, a ver qué
podemos usar para llevar todo esto al coche. Nos llevare-
mos lo que parezca más caro y que nos quepa en el male-
tero y en el asiento de atrás. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –asintió Lisa.
Se acercaron a la imponente maqueta y, sin ningún
escrúpulo, la fueron despojando de vagones y casas y, con
cada vía que arrancaban, el mundo creado por Tom se
desmoronaba.
38. El infierno
Tom sentía cómo la sangre invisible que manaba
de su hombro lo cubría en un cálido manto debilitador. El
dolor de su pierna, golpeada cuando el coche colisionó
contra el contenedor, tan solo era superado por el balazo
recibido y, a duras penas, podía dar dos pasos sin tener
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INVISIBLE
que apoyarse en algún sitio. La suciedad se adhería a la
sangre de su cuerpo y de sus manos e iba dejando un ras-
tro tras de sí en los cristales limpios de los escaparates. Su
único consuelo en aquel momento era pensar que en po-
cos minutos anochecería, y su silueta, cada vez más visi-
ble por el polvo y la mugre, sería menos llamativa.
Levantó la vista para orientarse y calculó que se
encontraba a unas diez manzanas de distancia de su casa.
–Vamos, Tom, camina –se dijo en voz alta para
darse ánimos–. Ya estás cerca.
Siguió avanzando, tratando de no pensar en la dis-
tancia que le quedaba por recorrer ni en los pasos que iba
dando cuando, de pronto, le asaltó un pensamiento que le
laceró la conciencia produciéndole el mismo dolor que
mil balazos. Al igual que un enfermo de Alzheimer puede
tener un momento de lucidez, la conciencia ya olvidada
de Tom Rainey irrumpió recordándole quién era. Lloró
por el infierno que estaba haciendo pasar a su madre, llo-
ró por Trisha, por la chica del Pole Club, por los hombres
que mató en aquel motel. Lloró también por los jóvenes
policías que dejó tirados en el contenedor y por todos
aquellos que, de algún modo, lastimó y que ya ni recorda-
ba, pero, por encima de todo, lloró por él mismo.
Empezó a subir los peldaños del edificio donde no
hace mucho tiempo vivía sin complicaciones con su ma-
dre y se sintió feliz. Pensó que incluso el señor Holmes no
era tan malo, al fin y al cabo, y fantaseó con la idea de
volver a empezar. Aquella fue su segunda epifanía. Esta
vez lo harás bien, pensó. A cada paso que daba se sentía
más fuerte y el férreo convencimiento de que ya no volve-
ría a actuar del mismo modo que lo había arrastrado a
esta negra espiral de autodestrucción le revitalizaba.
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INVISIBLE
–Nunca más volverás a dejar que asome la cabeza
el cabrón de Hyde, ¿verdad que no? –se dijo en voz alta–.
Ya estoy aquí, mamá.
Llegó hasta el rellano de su apartamento y se detu-
vo al ver el taburete junto a la puerta. ¿Estará dentro la
policía?, pensó.
Se extrañó al ver el polvo y las huellas por todo el
suelo de la entrada, pero su actual estado de euforia le
impedía ver lo evidente y lo nubló de toda prudencia. Le-
vantó el felpudo y cogió la llave que, por fortuna, seguía
en su sitio. En circunstancias normales hubiera supuesto
que la policía ya la habría encontrado, y que si permane-
cía ahí era, sin duda, para tenderle una trampa. Hoy en
día, una llave bajo un felpudo es algo tan obvio que ya
nadie osa levantarlo para mirar, pensó en algún lugar de
su cabeza.
Tom entró en su casa y sintió cómo irradiaba un
aura de felicidad plena, algo parecido a lo que los místicos
denominan nirvana.
–¡Mamá, estoy en casa! –gritó–. ¡Te he echado
mucho de menos, mamá! ¿¡Dónde estás!?
Miró en la cocina, pero no vio a su madre. Abrió la
nevera y cogió un zumo de naranja. ¿Por qué está tan re-
vuelta la nevera?, pensó, pero no le dio demasiada impor-
tancia.
–Mamá, soy yo –dijo mientras se dirigía a su cuar-
to tambaleándose–. ¿No estarás ya durmiendo, ma…?
Vio a su madre tendida en el suelo sobre un mar de
sangre y de un golpe sintió renacer en cada centímetro de
su cuerpo todo el dolor que llevaba arrastrando, y que,
por unos minutos, había olvidado. Avanzó dos pasos an-
tes de desmoronarse y caer sobre la sangre de su madre,
coagulada en algunas partes como pequeños hígados re-
cién arrancados. Sin fuerzas para amortiguar la caída, dio
!189
INVISIBLE
de bruces contra el suelo y su cuerpo se cubrió de un
manto viscoso color púrpura y café. A duras penas se le-
vantó, ayudándose con ambas manos y, sufriendo un in-
soportable dolor, su torso renació de un mar muerto
como un demonio que surge del mismísimo infierno. De
su boca brotó un grito tan atroz como el bramido de un
gran animal agónico que hizo estremecer incluso a la jo-
ven que seguía pétrea frente a la anciana muerta. La niña
abrió los ojos, que a punto estuvieron de salirse de sus
órbitas, y su sangre se convirtió en un flujo de agua hela-
da como la que fluye bajo un río congelado. Su tenue ba-
lanceo se quebró bajo el dolor del latido antinatural de un
corazón a punto de reventar.
–¿¡QUÉ HAS HECHO!? –gritó la silueta sanguino-
lenta a la joven–. ¿¡QUÉ HAS HECHO!? ¿¡QUÉ HAS
HECHO!?
De la boca de Penny brotaron vocales balbuceantes
carentes de todo sentido, pero provistas de un sentimien-
to más intenso que el miedo corriente que todos conoce-
mos.
Pavor.
El diablo purpúreo se alzó arrancando la navaja
del vientre de su madre y se acercó despacio y tambalean-
te hacia la niña. Sus rodillas se doblaron frente a ella y
una boca vacía y susurrante se acercó al oído de la joven.
–¿¡Qué ha pasado aquí, mi niña!? –preguntó con
voz pueril.
La mano enfundada en sangre se cerró sobre la ca-
beza de la aterrada joven agarrándola de los pelos y tiró
de ellos con fuerza hacia arriba. Su cabeza se echó hacia
atrás y la navaja cobró altura al tiempo que los labios de
Tom cubrieron la rígida boca de la pequeña, que susurró
un nombre que resonó en el paladar del monstruo.
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INVISIBLE
Cualquier atisbo de Tom murió junto a su madre,
que yacía pálida sobre un manto rojo. Se arrastró hasta su
cuarto y se tumbó en su cama. Cerró los ojos pero siguió
viendo aquel desconchón de rostro compungido que se
había formado en el techo hacía ya un millón de años.
Ahora no puedo decírselo a mi madre, pensó Tom Rainey.
Se dejó morir en aquel preciso instante y supo que
ese era el mejor lugar para hacerlo. Exhaló lo que proba-
blemente hubiera sido su último aliento si no fuese por-
que vio, justo cuando su rostro giró casi inerte hacia un
lado, el cajón de su mesilla abierto. Saltó como un resorte
y comprobó que las llaves del sótano habían desapareci-
do. Sintió cómo la ira crecía desde lo más profundo de sus
entrañas cuando pensó que, tal vez, quien había matado a
su madre no fuera más que un vulgar ladrón que se en-
contraba aún en el sótano. Ese pensamiento no enturbió
ni un ápice su corazón por el hecho de que tal vez hubiera
matado a una joven inocente. No, esas cosas ya no le im-
portaban.
Bajó uno a uno los peldaños que le separaban del
sótano como si de una cuenta atrás se tratasen. Cuatro,
tres, dos, uno… Se detuvo frente al apartamento de Henry
Holmes y, obedeciendo a sus nuevos y desatados instin-
tos, supo que debía matarlo a él también, aunque decidió
esperar. Primero el sótano, pensó.
Se deleitó con los últimos escalones que le queda-
ban para llegar al sótano y, al acercarse a la puerta de su
trastero, pudo escuchar unas voces. Vio uno de los can-
dados tirado en el suelo y comprobó que la puerta no es-
taba cerrada con el pestillo interior. La empujó con sua-
vidad, dejando apenas un resquicio por el que escapó una
hermosa luz de colores. Acercándose con cuidado, pegó
un ojo a la apertura y vio cómo dos intrusos destruían el
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INVISIBLE
último vestigio de humanidad que le quedaba. Tom lloró
por última vez.
La puerta se cerró con cuidado y el candado se ele-
vó del suelo sellando para siempre aquel lugar.
–¿Has oído eso? –preguntó Lisa–. Ha sonado justo
en la puerta.
–Yo no he oído nada –contestó Nick al tiempo que
arrancaba el campanario desde su base–. Sigue apilando.
No tenemos mucho tiempo.
Lisa no le hizo caso y se dirigió hacia la puerta, que
trató de abrir.
–Mierda –dijo Lisa empujando con fuerza–. La
puerta está cerrada. ¡Nos han encerrado!
–¿¡Qué coño estás diciendo!?
Nick dejó la iglesia ladeada sobre una colina y co-
rrió hacia la puerta. Trató de abrirla, primero embistien-
do y después dando patadas, pero fue en vano.
–¡Eh, ahí fuera! –gritó Nick golpeando con los pu-
ños el frío metal que los encerraba–. ¡Abra la puerta!
¡Nos ha encerrado!
No hubo respuesta.
La vieja y enorme caldera descansaba en aquella
época del año. Solo bajo el yugo del frío invierno, aquella
descomunal máquina cobraba vida, no sin que antes tu-
vieran que discutir todos los vecinos con el señor Holmes,
que siempre retrasaba al máximo su uso. Tras ella, un bi-
dón de acero con capacidad para más de doscientos litros
empezó a rodar por el canto de su base. Contenía el gasoil
necesario para alimentar unos días a la bestia. Dejó de
girar en equilibrio cuando llegó frente a la puerta cerrada
con el candado. La mano ensangrentada desenroscó el
tapón, que cayó al suelo y, a continuación, el bidón empe-
zó a inclinarse. Golpeó el frío cemento produciendo un
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INVISIBLE
ruido seco y metálico y el combustible empezó a manar de
él, derramándose por todo el sótano. Bajo el resquicio de
la puerta metálica empezaron a filtrarse litros y litros de
gasoil y la desesperación se transformó en fuertes golpes
y gritos.
–¡Socorro! –gritó Lisa–. ¡Abrid la puerta! ¡Está en-
trando gasolina!
–¡Abre la puerta, hijo de puta! –añadió Nick–.
¿¡Qué coño estás haciendo!?
De nuevo no hubo respuesta.
Los vapores del gasoil empezaron a acumularse en
el sótano y Tom sintió nauseas. Se acercó de nuevo a la
vieja caldera y rebuscó dentro de una caja metálica donde
había algunas herramientas básicas que se utilizaban para
el mantenimiento del edificio. Alguna vez las había utili-
zado y sabía lo que contenía esa caja. Finalmente, lo en-
contró. Se acercó a la puerta y escuchó cómo los intrusos
la golpeaban con auténtica desesperación.
–¿¡Quién coño eres!? ¿¡Y por qué diablos nos has
encerrado!? –preguntó Nick.
–¿Habéis matado a mi madre? –preguntó Tom con
una calma aterradora.
–¿¡Eres Tom!? ¡Escucha, tío, no es lo que piensas!
¡ha sido un accidente! –aseguró Nick–. ¡No fue culpa
mía! ¡No quería hacerlo!
–Yo sí quiero hacerlo –dijo Tom.
–¿¡Qué es lo que quieres hacer!? –preguntó Nick.
–Quiero prender fuego a este maldito sitio.
–¡Dios mío, no lo hagas! –gritó Lisa, presa del pá-
nico–. ¡Mi hermana! ¡Quiero ir con mi hermana, por fa-
vor! ¡Mi hermana está en el edificio! –dijo entre sollozos
desesperados.
–Tu hermana ya no está en el edificio –dijo Tom–.
Al menos no del modo que tú piensas.
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INVISIBLE
–¿¡Qué quieres decir!? –preguntó fuera de sí–.
¿¡Qué le has hecho, cabrón!?
Pero Tom ya no contestó.
Se acercó a las escaleras y se detuvo en el primer
peldaño. Se dio la vuelta y giró la rueda con el pulgar,
pero no pasó nada. Volvió a intentarlo una segunda y una
tercera vez, pero la pequeña piedra parecía estar gastada
y no producía chispa. Tom sopló sobre la boquilla del en-
cendedor y lo sacudió con fuerza. Cuarto intento.
Nada.
–Suelta eso, Tom –ordenó una voz desde su espal-
da–. No quiero volver a dispararte.
Tras aquellas palabras se produjo un silencio que
le permitió escuchar el leve sonido de las sirenas acercán-
dose. Los golpes contra la puerta metálica volvieron a
empezar con más intensidad.
–¡Socorro! –gritó Lisa–. ¡Ayúdenos, por favor!
–¡Tranquilícese! –dijo el detective Hunter–. ¡Les
sacaremos de ahí dentro!
–No, no lo haréis –sentenció Tom–. No os lo voy a
permitir.
–No hagas esto a tu madre, Tom. Tu mad…
–¡NO TE ATREVAS A VOLVER A MENCIONAR A
MI MADRE! –gritó Tom con furia–. ¡LA HAN MATADO
Y AHORA YO VOY A MATARLES A ELLOS!
–¿Pero qué estás diciendo? –preguntó Hunter
perplejo–. Eso no puede ser. Tu madre está a salvo en
una residencia lejos de aquí. Yo mismo ordené que se la
llevaran.
–Mi madre está sobre un charco de sangre en su
apartamento, detective –aseveró con rabia contenida bajo
el eco de un susurro–. Mi madre está… ¡MUERTA!
Tom se abalanzó sobre el detective Hunter y am-
bos rodaron escaleras abajo. Forcejearon sobre el charco
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INVISIBLE
de gasoil que inundaba todo el sótano y rodaron hasta
darse contra la caldera. El detective recibió un puñetazo
que no podía ver venir y que lo dejó medio aturdido. Tom
se arrastró hasta la caja de herramientas que había deja-
do tras la enorme caldera. Sacó de ella una llave grifa que
elevó hasta colocarse sobre la cabeza de Hunter.
–No quería que las cosas hubieran acabado así, de-
tective –dijo Tom entre jadeos–. Solo quería volver a em-
pezar.
La llave cogió algo más de impulso y empezó su
descenso directo a la cabeza de John Hunter.
Un disparo resonó en el interior del sótano provo-
cando un pitido en los oídos del detective. La llave grifa
rebotó contra la caldera. El golpe produjo un fuerte soni-
do metálico y, finalmente, cayó al suelo a pocos centíme-
tros de la cabeza Hunter. Tom gimió de dolor tras recibir
aquel inesperado balazo.
–¿Se encuentra bien, señor? –preguntó una voz
desde lo alto de la escalera.
Hunter trató de enfocar la vista para poder verifi-
car con sus propios ojos lo que sus oídos le estaban insi-
nuando.
–¡Dios mío, está vivo! –gritó incrédulo el detective
tendido en el suelo.
–Mucho me temo que sí, señor, aunque me duele
un poco la cabeza –dijo el ayudante Sam Sterling acer-
cando su mano al vendaje que le cubría de la coronilla
hasta la oreja.
–¿Y qué hay del agente radio? –preguntó sin mu-
cha esperanza.
Sam cerró los ojos y negó con la cabeza.
El ayudante Sterling bajó las escaleras y ayudó a
Hunter a ponerse en pie.
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INVISIBLE
–Tenemos que sacar a esas personas –dijo el de-
tective señalando la puerta metálica.
–¡Por favor, sáquennos de aquí! –suplicó Nick.
–Necesitamos algo para abrir el candado –dijo el
detective.
–¡Tenemos las llaves! –anunció Lisa–. ¡Las pasa-
remos por debajo de la puerta!
–Perfecto –dijo Sam arrodillándose frente al esca-
so hueco que había bajo la puerta.
–¡Puta mierda! –gritó Nick–. ¡No caben! ¡Son
unas jodidas llaves tubulares!
Sam se puso de pie y escrutó rápidamente el inte-
rior del sótano. Corrió junto al cuerpo de Tom, que for-
maba una silueta de gasoil en el suelo, y cogió la llave gri-
fa.
–No os asustéis ahí dentro, voy a golpear el canda-
do –anunció Sam.
Tras diez golpes el candado seguía tan intacto
como al principio.
De pronto un chasquido alertó al detective Hunter,
que se volteó hacia la caldera. El encendedor se encontra-
ba a escasos centímetros del suelo y la rueda giraba una y
otra vez produciendo leves y amenazantes sonidos. La
piedra empezó a calentarse y poco a poco empezó a pro-
ducir chispa. Entonces vio cómo la llama prendió y la si-
lueta hueca de una boca sonrió tras la luz del mechero.
–¡Corra, Sterling, corra! –gritó Hunter tirando del
brazo de su ayudante.
La llama tocó el charco de gasoil, que prendió es-
parciéndose por todo el sótano en tonos ámbar. En ape-
nas unos segundos aquel lugar ardió como el infierno. Los
gritos agónicos que provenían tras la puerta metálica he-
laron la sangre de Hunter y de Sam que, desde lo alto de
!196
INVISIBLE
la escalera, trataban de protegerse la cara con las manos
debido al calor que aquel lugar desprendía.
Desde la acera, el detective y su ayudante observa-
ban cómo aquella torre se consumía, como una enorme
pira funeraria, entre gigantescas llamas que brotaban
desde todas las ventanas iluminando la noche, que resul-
taba ser más fría de lo normal. Pequeñas explosiones se
sucedían previas a la aparición de nuevas lenguas de fue-
go y, en el interior del edificio, ya no había gritos. Los
bomberos luchaban contra un gigante incontrolable y su
única intención era contener las llamas para que no se
propagasen a otros edificios colindantes. Aquel ya estaba
condenado.
A la mañana siguiente, solo cuerpos sin vida salían
en bolsas negras de aquel edificio humeante. John Hun-
ter y Sam Sterling se encontraban sentados en el interior
del Buick Roadmaster familiar viendo la escena al igual
que una pareja ve una película en un autocine. Habían
pasado ahí toda la noche.
–¿Cree que pudo haber sobrevivido, señor? –pre-
guntó Sam.
–Nuestro trabajo no consiste en creer nada, Ster-
ling –respondió Hunter–. Pruebas y hechos es lo único
que debe importarnos. Y cuando los bomberos acaben su
trabajo bajaremos a ese condenado sótano y buscaremos
al hombre invisible.
Epílogo
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INVISIBLE
Los periódicos no tardaron en hacerse eco de lo
sucedido, pero la información que daban era incompleta y
del todo inexacta. Nadie creería la verdad, pensó John
Hunter mientras leía las últimas noticias en las páginas
del periódico.
El caso del secuestro de Marianne y Sally Higgins
se saldó con la muerte de cuatro personas, entre ellas,
dos policías. Una quinta víctima se encuentra hospitali-
zada con pronóstico reservado. Finalmente, madre e hija
fueron rescatadas sin haber sufrido ningún daño. El se-
cuestrador y asesino aún no ha sido identificado y los
testigos de los hechos no han podido dar ninguna des-
cripción. Y jamás la darán, pensó John. Las autoridades
pertinentes están a la búsqueda del criminal, sin pistas
por el momento. Al menos eso es lo que decía aquel pe-
riódico.
En la sección de noticias locales cubrían el suceso
del incendio del edificio en apenas media columna:
Las investigaciones dan por concluido el caso ale-
gando que el incendio fue accidental y se debió, muy
probablemente, a un cortocircuito producido en el só-
tano del antiguo edificio de apartamentos. Los investi-
gadores encontraron evidencias de que una gran canti-
dad de gasoil, al parecer almacenado indebidamente en
un bidón no apto para ese fin, pudo ser el detonante de
la tragedia. Dicho combustible provocó que el incendio
se propagase con gran velocidad por todos los aparta-
mentos, acabando con la vida de catorce personas, in-
cluido el dueño del edificio, a quien se le atribuye la res-
ponsabilidad de lo ocurrido y de la falta de manteni-
miento y conservación del complejo. Los bomberos, en
un acto heroico, pudieron rescatar con vida al único su-
perviviente de la tragedia, una joven de dieciséis años
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INVISIBLE
que responde a las siglas de P.B. y que se encuentra hos-
pitalizada en estado de shock. El incendio fue de tal
magnitud que la mayoría de los cadáveres aún no han
sido identificados. Tras el peritaje, se ha concluido que el
edificio deberá ser demolido.
El detective Hunter llamó al timbre y esperó junto
a su ayudante, Sam Sterling, a que abrieran la puerta.
–¿Quién es? –preguntó la voz tras la puerta.
–John Hunter y el señor Sterling –contestó el de-
tective con excesiva solemnidad–. Sería tan amable de
abrirnos, por favor.
El sonido de dos pestillos y una cadena sonaron
tras aquella gruesa puerta.
–¡John! –dijo Trisha abriendo los brazos–. ¡Qué
alegría! ¡Dame un abrazo!
Hunter la abrazó tímidamente y, aunque se sintió
algo incómodo con aquella efusiva muestra de afecto, so-
bre todo por la presencia de su ayudante, se alegró al ver
que se encontraba mejor.
Tras la muerte de su madre y del asesinato de su
novio Ray, el detective Hunter se preocupó lo suficiente
como para visitarla con cierta regularidad, tal vez algo
más de lo estrictamente profesional, a fin de asegurarse
de que Trisha no pasara aquellos momentos completa-
mente sola.
–¿Cómo se encuentra hoy, señorita Simmons? –
preguntó Sam.
–Me encuentro algo más animada, gracias –con-
testó Trisha con una sonrisa discreta en los labios–. Pero
como sigas llamándome señorita Simmons no volveré a
dejarte pasar, ¿entendido? Me haces sentir mayor –bro-
meó Trisha.
–Jajaja, lo intentaré señ… Trisha –contestó Sam.
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INVISIBLE
Los tres pasaron al comedor.
Trisha preparó café y Hunter la siguió hasta la co-
cina para ayudarla, lo que provocó suspicaces miradas
por parte Sam.
La tarde pasó agradable entre charlas y cafés y, al
acercarse la noche, Sam se despidió rechazando el ofre-
cimiento del detective a acompañarlo. Cogeré un taxi,
dijo. Trisha y Hunter siguieron hablando hasta bien en-
trada la madrugada y, finalmente, salió el tema que ha-
bían estado esquivando desde que llegaron aquella tarde,
Tom Rainey. Pese a que Hunter y Trisha habían pasado
muchas tardes juntos y su confianza había ido en aumen-
to, el detective nunca se atrevió a preguntar abiertamente
a Trisha de quién era el bebé que estaba creciendo en sus
entrañas. Ella tan solo le contó que una vez había tenido
una cita con Tom y, algo en sus palabras, como un atisbo
de ambigüedad intencionada, le hizo entender que, pro-
bablemente, el hijo podía ser de Tom Rainey.
Oficialmente se le declaró muerto tras el incendio
del edificio, pero tan solo Sam y Hunter sabían que eso
podía no ser del todo cierto. Pese a su intento por encon-
trar ellos mismos el cadáver peinando palmo a palmo
todo el sótano, no pudieron más que admitir, ya que no
hallaron su cuerpo, que nunca sabrían cuál fue el verda-
dero destino de aquel misterioso hombre. Tal vez una
masa carbonizada de carne invisible quedó sepultada una
vez demolieron el edificio, y posteriormente retirada con
el resto de los escombros. Al menos eso es lo que querían
creer. Sea como sea, nadie sabrá nunca, a excepción del
detective John Hunter y de su ayudante Sam Sterling, que
una vez hubo un hombre llamado Tom Rainey, un hom-
bre invisible.
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INVISIBLE
Las huellas de unas botas, cubiertas casi por com-
pleto por la fuerte nevada, se adentraban hacia el interior
de un pequeño pueblo llamado LostTown Hill y desapare-
cían frente a su única posada.
En su interior, apenas unos cuantos lugareños es-
taban sentados en la barra, aún cuchicheando sobre el re-
cién llegado que ocupó la mesa de más al fondo. Entró
cubierto de nieve, como si llevara días andando y sin gua-
recerse. No llevaba apenas equipaje, tan solo un pequeño
petate a la espalda que dejó en el suelo junto a sus pies
enfundados en grandes botas negras. No se quitó el abri-
go ni el sombrero y una braga le cubría toda la cara a ex-
cepción de los ojos que se ocultaban tras unas oscuras ga-
fas de sol.
Metió su mano enguantada en uno de los bolsillos
del gastado abrigo y sacó una vieja y descolorida foto que
apoyó en la mesa.
–Ya hemos llegado, mamá.
FIN
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