Arthur Conan Doyle
El sabueso de los Baskerville
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Arthur Conan Doyle
El sabueso de los Baskerville
Índice
1. El señor Sherlock Holmes
2. La maldición de los Baskerville
3. El problema
4. Sir Henry Baskerville
5. Tres cabos rotos
6. La mansión de los Baskerville
7. Los Stapleton de la casa Merripit
8. Primer informe del doctor Watson
9. La luz en el páramo
10. Fragmento del diario del doctor Watson
11. El hombre del risco
12. Muerte en el páramo
13. Preparando las redes
14. El sabueso de los Baskerville
15. Examen retrospectivo
1
El señor Sherlock Holmes
EL señor Sherlock Holmes, que de ordinario se levantaba muy tarde, excepto en
las ocasiones nada infrecuentes en que no se acostaba en toda la noche, estaba
desayunando. Yo, que me hallaba de pie junto a la chimenea, me agaché para
recoger el bastón olvidado por nuestro visitante de la noche anterior. Sólido,
de madera de buena calidad y con un abultamiento a modo de empuñadura, era del
tipo que se conoce como «abogado de Penang»1. Inmediatamente debajo de la
protuberancia el bastón llevaba una ancha tira de plata, de más de dos
centímetros, en la que estaba grabado «A James Mortimer, MRCS2, de sus amigos de
CCH», y el año, « 1884». Era exactamente la clase de bastón que solían llevar
los médicos de cabecera a la antigua usanza: digno, sólido y que inspiraba
confianza.
-Veamos, Watson, za qué conclusiones llega?
1. Bastón de paseo de cabeza abultada que se fabrica con el tallo de Licuala
Acutifida, una palma dé Asia oriental.
2. Member of the Royal College of Surgeons (Miembro del Real Colegio de
Cirujanos).
Holmes me daba la espalda, y yo no le había dicho en qué me ocupaba.
-¿Cómo sabe lo que estoy haciendo? Voy a creer que tiene usted ojos en el
cogote.
-Lo que tengo, más bien, es una reluciente cafetera con baño de plata delante
de mí -me respondió-. Vamos, Watson, dígame qué opina del bastón de nuestro
visitante. Puesto que hemos tenido la desgracia de no coincidir con él e
ignoramos qué era lo que quería, este recuerdo fortuito adquiere importancia.
Descríbame al propietario con los datos que le haya proporcionado el examen del
bastón.
-Me parece -dije, siguiendo hasta donde me era posible los métodos de mi
compañero- que el doctor Mortimer es un médico entrado en años y prestigioso que
disfruta de general estimación, puesto que quienes lo conocen le han dado esta
muestra de su aprecio.
-¡Bien! -dijo Holmes-. ¡Excelente!
-También me parece muy probable que sea médico rural y que haga a pie muchas
de sus visitas.
-¿Por qué dice eso?
-Porque este bastón, pese a su excelente calidad, está tan baqueteado que
difícilmente imagino a un médico de ciudad llevándolo. El grueso regatón de
hierro está muy gastado, por lo que es evidente que su propietario ha caminado
mucho con él.
-¡Un razonamiento perfecto! -dijo Holmes.
-Y además no hay que olvidarse de los «amigos de CCH». Imagino que se trata de
una asociación local de cazadores', a cuyos miembros es posible que haya
atendido profesionalmente y que le han ofrecido en recompensa este pequeño
obsequio.
1. La deducción de Watson se explica porque la inicial H sirve en inglés tanto
para la palabra hunt, una de cuyas acepciones es «asociación de cazadores», como
para «hospital».
-A decir verdad se ha superado usted a sí mismo -dijo Holmes, apartando la
silla de la mesa del desayuno y encendiendo un cigarrillo-. Me veo obligado a
confesar que, de ordinario, en los relatos con los que ha tenido usted a bien
recoger mis modestos éxitos, siempre ha subestimado su habilidad personal. Cabe
que usted mismo no sea luminoso, pero sin duda es un buen conductor de la luz.
Hay personas que sin ser genios poseen un notable poder de estímulo. He de
reconocer, mi querido amigo, que estoy muy en deuda con usted.
Hasta entonces Holmes no se había mostrado nunca tan elogioso, y debo
reconocer que sus palabras me produjeron una satisfacción muy intensa, porque la
indiferencia con que recibía mi admiración y mis intentos de dar publicidad a
sus métodos me había herido en muchas ocasiones. También me enorgullecía pensar
que había llegado a dominar su sistema lo bastante como para aplicarlo de una
forma capaz de merecer su aprobación. Acto seguido Holmes se apoderó del bastón
y lo examinó durante unos minutos. Luego, como si algo hubiera despertado
especialmente su interés, dejó el cigarrillo y se trasladó con el bastón junto a
la ventana, para examinarlo de nuevo con una lente convexa.
-Interesante, aunque elemental -dijo, mientras regresaba a su sitio preferido
en el sofá-. Hay sin duda una o dos indicaciones en el bastón que sirven de base
para varias deducciones.
-¿Se me ha escapado algo? -pregunté con cierta presunción-. Confío en no haber
olvidado nada importante. -Mucho me temo, mi querido Watson, que casi todas sus
conclusiones son falsas. Cuando he dicho que me ha servido usted de estímulo me
refería, si he de ser sincero, a que sus equivocaciones me han llevado en
ocasiones a la verdad. Aunque tampoco es cierto que se haya equivocado usted por
completo en este caso. Se trata sin duda de un médico rural que camina mucho.
-Entonces tenía yo razón. -Hasta ahí, sí.
-Pero sólo hasta ahí.
-Sólo hasta ahí, mi querido Watson; porque eso no es todo, ni mucho menos. Yo
consideraría más probable, por ejemplo, que un regalo a un médico proceda de un
hospital y no de una asociación de cazadores, y que cuando las iniciales CC van
unidas a la palabra hospital, se nos ocurra enseguida que se trata de Charing
Cross.
-Quizá tenga usted razón.
-Las probabilidades se orientan en ese sentido. Y si adoptamos esto como
hipótesis de trabajo, disponemos de un nuevo punto de partida desde donde dar
forma a nuestro desconocido visitante.
-De acuerdo; supongamos que «CCH» significa «hospital de Charing Cross»; ¿qué
otras conclusiones se pueden sacar de ahí?
-¿No se le ocurre alguna de inmediato? Usted conoce mis métodos. ¡Aplíquelos!
-Sólo se me ocurre la conclusión evidente de que nuestro hombre ha ejercido su
profesión en Londres antes de marchar al campo.
-Creo que podemos aventurarnos un poco más. Véalo desde esta perspectiva. ¿En
qué ocasión es más probable que se hiciera un regalo de esas características?
¿Cuándo se habrán puesto de acuerdo sus amigos para darle esa prueba de afecto?
Evidentemente en el momento en que el doctor Mortimer dejó de trabajar en el
hospital para abrir su propia consulta. Sabemos que se le hizo un regalo.
Creemos que se ha producido un cambio y que el doctor Mortimer ha pasado del
hospital de la ciudad a una consulta en el campo. ¿Piensa que estamos llevando
demasiado lejos nuestras deducciones si decimos que el regalo se hizo con motivo
de ese cambio?
-Parece probable, desde luego.
-Observará usted, además, que no podía formar parte del personal permanente
del hospital, ya que tan sólo se nombra para esos puestos a profesionales
experimentados, con una buena clientela en Londres, y un médico de esas
características no se marcharía después a un pueblo. ¿Qué era, en ese caso? Si
trabajaba en el hospital sin haberse incorporado al personal permanente, sólo
podía ser cirujano o médico interno: poco más que estudiante posgraduado. Y se
marchó hace cinco años; la fecha está en el bastón. De manera que su médico de
cabecera, persona seria y de mediana edad, se esfuma, mi querido Watson, y
aparece en su lugar un joven que no ha cumplido aún la treintena, afable, poco
ambicioso, distraído, y dueño de un perro por el que siente gran afecto y que
describiré aproximadamente como más grande que un terrier pero más pequeño que
un mastín.
Yo me eché a reír con incredulidad mientras Sherlock Holmes se recostaba en el
sofá y enviaba hacia el techo temblorosos anillos de humo.
-En cuanto a sus últimas afirmaciones, carezco de medios para rebatirlas
-dije-, pero al menos no nos será dificil encontrar algunos datos sobre la edad
y trayectoria profesional de nuestro hombre.
Del modesto estante donde guardaba los libros relacionados con la medicina
saqué el directorio médico y, al buscar por el apellido, encontré varios
Mortimer, pero tan sólo uno que coincidiera con nuestro visitante, por lo que
procedí a leer en voz alta la nota biográfica.
«Mortimer, James, MRCS, 1882, Grimpen, Dartmoor, Devonshire. De 1882 a 1884
cirujano interno en el hospital de Charing Cross. En posesión del premio Jackson
de patología comparada, gracias al trabajo titulado "¿Es la enfermedad una
regresión?". Miembro correspondiente de la Sociedad Sueca de Patología. Autor de
"Algunos fenómenos de atavismo" (Lancet, 1882), "¿Estamos progresando?" (Journal
of Psychology, marzo de 1883). Médico de los municipios de Grimpen, Thorsley y
High Barrow».
-No se menciona ninguna asociación de cazadores -comentó Holmes con una
sonrisa maliciosa-; pero sí que nuestro visitante es médico rural, como usted
dedujo atinadamente. Creo que mis deducciones están justificadas. Por lo que se
refiere a los adjetivos, dije, si no recuerdo mal, afable, poco ambicioso y
distraído. Según mi experiencia, sólo un hombre afable recibe regalos de sus
colegas, sólo un hombre sin ambiciones abandona una carrera en Londres para irse
a un pueblo y sólo una persona distraída deja el bastón en lugar de la tarjeta
de visita después de esperar una hora.
-¿Y el perro?
-Está acostumbrado a llevarle el bastón a su amo. Como es un objeto pesado,
tiene que sujetarlo con fuerza por el centro, y las señales de sus dientes son
perfectamente visibles. La mandíbula del animal, como pone de manifiesto la
distancia entre las marcas, es, en mi opinión, demasiado ancha para un terrier y
no lo bastante para un mastín. Podría ser..., sí, claro que sí: se trata de un
spaniel de pelo rizado.
Holmes se había puesto en pie y paseaba por la habitación mientras hablaba.
Finalmente se detuvo junto al hueco de la ventana. Había un tono tal de
convicción en su voz que levanté la vista sorprendido.
-¿Cómo puede estar tan seguro de eso?
-Por la sencilla razón de que estoy viendo al perro delante de nuestra casa, y
acabamos de oír cómo su dueño ha llamado a la puerta. No se mueva, se lo ruego.
Se trata de uno de sus hermanos de profesión, y la presencia de usted puede
serme de ayuda. Éste es el momento dramático del destino, Watson: se oyen en la
escalera los pasos de alguien que se dispone a entrar en nuestra vida y no
sabemos si será para bien o para mal. ¿Qué es lo que el doctor James Mortimer,
el científico, desea de Sherlock Holmes, el detective? ¡Adelante!
El aspecto de nuestro visitante fue una sorpresa para mí, dado que esperaba al
típico médico rural y me encontré a un hombre muy alto y delgado, de nariz larga
y ganchuda, disparada hacia adelante entre unos ojos grises y penetrantes, muy
juntos, que centelleaban desde detrás de unos lentes de montura dorada. Vestía
de acuerdo con su profesión, pero de manera un tanto descuidada, porque su
levita estaba sucia y los pantalones, raídos. Cargado de espaldas, aunque
todavía joven, caminaba echando la cabeza hacia adelante y ofrecía un aire
general de benevolencia corta de vista. Al entrar, sus ojos tropezaron con el
bastón que Holmes tenía entre las manos, por lo que se precipitó hacia él
lanzando una exclamación de alegría.
-¡Cuánto me alegro! -dijo-. No sabía si lo había dejado aquí o en la agencia
marítima. Sentiría mucho perder ese bastón.
-Un regalo, por lo que veo -dijo Holmes.
-Así es.
-¿Del hospital de Charing Cross?
-De uno o dos amigos que tenía allí, con ocasión de mi matrimonio.
-¡Vaya, vaya! ¡Qué contrariedad! -dijo Holmes, agitando la cabeza.
-¿Cuál es la contrariedad?
-Tan sólo que ha echado usted por tierra nuestras modestas deducciones. ¿Su
matrimonio, ha dicho?
-Sí, señor. Al casarme dejé el hospital, y con ello toda esperanza de abrir
una consulta. Necesitaba un hogar. -Bien, bien; no estábamos tan equivocados,
después de todo -dijo Holmes-. Y ahora, doctor James Mortimer...
-No soy doctor; tan sólo un modesto MRCS.
-Y persona amante de la exactitud, por lo que se ve.
-Un simple aficionado a la ciencia, señor Holmes, coleccionista de conchas en
las playas del gran océano de lo desconocido. Imagino que estoy hablando con el
señor Sherlock Holmes y no...
-No se equivoca; yo soy Sherlock Holmes y éste es mi amigo, el doctor Watson.
-Encantado de conocerlo, doctor Watson. He oído mencionar su nombre junto con
el de su amigo. Me interesa usted mucho, señor Holmes. No esperaba encontrarme
con un cráneo tan dolicocéfalo ni con un arco supraorbital tan pronunciado. ¿Le
importaría que recorriera con el dedo su fisura parietal? Un molde de su cráneo,
señor mío, hasta que pueda disponerse del original, sería el orgullo de
cualquier museo antropológico. No es mi intención parecer obsequioso, pero
confieso que codicio su cráneo.
Sherlock Holmes hizo un gesto con la mano para invitar a nuestro extraño
visitante a que tomara asiento. -Veo que se entusiasma usted tanto con sus ideas
como yo con las mías -dijo-. Y observo por su dedo índice que se hace usted
mismo los cigarrillos. No dude en encender uno si así lo desea.
El doctor Mortimer sacó papel y tabaco y lió un pitillo con sorprendente
destreza. Sus dedos, largos y temblorosos, eran tan ágiles e inquietos como las
antenas de un insecto.
Holmes guardó silencio, pero la intensidad de su atención me demostraba el
interés que despertaba en él nuestro curioso visitante.
-Supongo -dijo finalmente-, que no debemos el honor de su visita de anoche y
ésta de hoy exclusivamente a su deseo de examinar mi cráneo.
-No, claro está; aunque también me alegro de haber tenido la oportunidad de
hacerlo, he acudido a usted, señor Holmes, porque no se me oculta que soy una
persona poco práctica y porque me enfrento de repente con un problema tan grave
como singular. Y reconociendo, como yo lo reconozco, que es usted el segundo
experto europeo mejor cualificado...
-Ah. ¿Puedo preguntarle a quién corresponde el honor de ser el primero? -le
interrumpió Holmes con alguna aspereza.
-Para una persona amante de la exactitud y de la ciencia, el trabajo de
monsieur Bertillon tendrá siempre un poderoso atractivo.
-¿No sería mejor consultarle a él en ese caso?
-He hablado de personas amantes de la exactitud y de la ciencia. Pero en
cuanto a sentido práctico todo el mundo reconoce que carece usted de rival.
Espero, señor mío, no haber...
-Tan sólo un poco -dijo Holmes-. No estará de más, doctor Mortimer, que, sin
más preámbulo, tenga la amabilidad de contarme en pocas palabras cuál es
exactamente el problema para cuya resolución solicita mi ayuda.
2
La maldición de los Baskerville
-Traigo un manuscrito en el bolsillo -dijo el doctor james Mortimer.
-Lo he notado al entrar usted en la habitación -dijo Holmes.
-Es un manuscrito antiguo.
-Primera mitad del siglo XVIII, a no ser que se trate de una falsificación.
-¿Cómo lo sabe?
-Los tres o cuatro centímetros que quedan al descubierto me han permitido
examinarlo mientras usted hablaba. Una persona que no esté en condiciones de
calcular la fecha de un documento con un margen de error de una década, más o
menos, no es un experto. Tal vez conozca usted mi modesta monografía sobre el
tema. Yo lo situaría hacia 1730.
-La fecha exacta es 1742 -el doctor Mortimer sacó el manuscrito del bolsillo
interior de la levita-. Sir Charles Baskerville, cuya repentina y trágica muerte
hace unos tres meses causó tanto revuelo en Devonshire, confió a mi cuidado este
documento de su familia. Quizá deba explicar que yo era amigo personal suyo
además de su médico. Sir Charles, pese a ser un hombre resuelto, perspicaz,
práctico y tan poco imaginativo como yo, consideraba este documento una cosa muy
seria, y estaba preparado para que le sucediera lo que finalmente puso fin a su
vida.
Holmes extendió la mano para recibir el documento y lo alisó colocándoselo
sobre la rodilla.
-Fíjese usted, Watson, en el uso alternativo de la S larga y corta. Es uno de
los indicios que me han permitido calcular la fecha.
Por encima de su hombro contemplé el papel amarillento y la escritura ya
borrosa. En el encabezamiento se leía: «Mansión de los Baskerville» y, debajo,
con grandes números irregulares, « 1742».
-Parece una declaración.
-Sí, es una declaración acerca de cierta leyenda relacionada con la familia de
los Baskerville.
-Pero imagino que usted me quiere consultar acerca de algo más moderno y
práctico.
-De inmediata actualidad. Una cuestión en extremo práctica y urgente que hay
que decidir en un plazo de veinticuatro horas. Pero el relato es breve y está
íntimamente ligado con el problema. Con su permiso voy a proceder a leérselo.
Holmes se recostó en el asiento, unió las manos por las puntas de los dedos y
cerró los ojos con gesto de resignación. El doctor Mortimer volvió el manuscrito
hacia la luz y leyó, con voz aguda, que se quebraba a veces, la siguiente
narración, pintoresca y extraña al mismo tiempo.
«Sobre el origen del sabueso de los Baskerville se han dado muchas
explicaciones, pero como yo procedo en línea directa de Hugo Baskerville y la
historia me la contó mi padre, que a su vez la supo de mi abuelo, la he puesto
por escrito convencido de que todo sucedió exactamente como aquí se relata. Con
ello quisiera convenceros, hijos míos, de que la misma Justicia que castiga el
pecado puede también perdonarlo sin exigir nada a cambio, y que toda
interdicción puede a la larga superarse gracias al poder de la oración y el
arrepentimiento. Aprended de esta historia a no temer los frutos del pasado,
sino, más bien, a ser circunspectos en el futuro, de manera que las horribles
pasiones por las que nuestra familia ha sufrido hasta ahora tan atrozmente no se
desaten de nuevo para provocar nuestra perdición.
»Sabed que en la época de la gran rebelión (y mucho os recomiendo la historia
que de ella escribió el sabio Lord Clarendon)' el propietario de esta mansión de
los Baskerville era un Hugo del mismo apellido, y no es posible ocultar que se
trataba del hombre más salvaje, soez y sin Dios que pueda imaginarse. Todo esto,
a decir verdad, podrían habérselo perdonado sus coetáneos, dado que los santos
no han florecido nunca por estos contornos, si no fuera porque había además en
él un gusto por la lascivia y la crueldad que lo hicieron tristemente célebre en
todo el occidente del país. Sucedió que este Hugo dio en amar (si, a decir
verdad, a una pasión tan tenebrosa se le puede dar un nombre tan radiante) a la
hija de un pequeño terrateniente que vivía cerca de las propiedades de los
Baskerville. Pero la joven, discreta y de buena reputación, evitaba siempre a
Hugo por el temor que le inspiraba su nefasta notoriedad. Sucedió así que, un
día de san Miguel, este antepasado nuestro, con cinco o seis de sus compañeros,
tan ociosos como desalmados, llegaron a escondidas hasta la granja y
secuestraron a la doncella, sabedores de que su padre y sus hermanos estaban
ausentes. Una vez en la mansión, recluyeron a la doncella en un aposento del
piso alto, mientras Hugo y sus amigos iniciaban una larga francachela, al igual
que todas las noches. Lo más probable es que a la pobre chica se le trastornara
el juicio al oír los cánticos y los gritos y los terribles juramentos que le
llegaban desde abajo, porque dicen que las palabras que utilizaba Hugo
Baskerville cuando estaba borracho bastarían para fulminar al hombre que las
pronunciara. Finalmente, impulsada por el miedo, la muchacha hizo algo a lo que
quizá no se hubiera atrevido el más valiente y ágil de los hombres, porque
gracias a la enredadera que cubría (y todavía cubre) el lado sur de la casa,
descendió hasta el suelo desde el piso alto, y emprendió el camino hacia su casa
a través del páramo dispuesta a recorrer las tres leguas que separaban la
mansión de la granja de su padre.
1 Referencia ala guerra civil que concluyó con la condena a muerte y la
ejecución de Carlos I, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, en 1649. Lord
Clarendon, Primer Conde de Clarendon (1609-1674), fue primer ministro en la
Restauración, pero en 1667 tuvo que huir a Francia, al acusársele de traición.
En el exilio terminó de escribir su Historia de la rebelión y de las guerras
civiles en Inglaterra.
»Sucedió que, algo más tarde, Hugo dejó a sus invitados para llevar alimento y
bebida junto, quizá, con otras cosas peores a su cautiva, encontrándose vacía la
jaula y desaparecido el pájaro. A partir de aquel momento, por lo que parece, el
carcelero burlado dio la impresión de estar poseído por el demonio, porque bajó
corriendo las escaleras para regresar al comedor, saltó sobre la gran mesa,
haciendo volar por los aires jarras y fuentes, y dijo a grandes gritos ante
todos los presentes que aquella misma noche entregaría cuerpo y alma a los
poderes del mal si conseguía alcanzar a la muchacha. Y aunque a los juerguistas
les espantó la furia de aquel hombre, hubo uno más perverso o, tal vez, más
borracho que los demás, que propuso lanzar a los sabuesos en persecución de la
doncella. Al oírlo Hugo salió corriendo de la casa y ordenó a gritos a sus
criados que le ensillaran la yegua y soltaran la jauría; después de dar a los
perros un pañuelo de la doncella, los puso inmediatamente sobre su pista para
que, a la luz de la luna, la persiguieran por el páramo.
»Durante algún tiempo los juerguistas quedaron mudos, incapaces de entender
acontecimientos tan rápidos. Pero al poco salieron de su perplejidad e
imaginaron lo que probablemente estaba a punto de suceder. El alboroto fue
inmediato: quién pedía sus armas, quién su caballo y quién otra jarra de vino. A
la larga, sin embargo, sus mentes enloquecidas recobraron un poco de sensatez, y
todos, trece en total, montaron a caballo y salieron tras Hugo. La luna brillaba
sobre sus cabezas y cabalgaron a gran velocidad, siguiendo el camino que la
muchacha tenía que haber tomado para volver a su casa.
»Habían recorrido alrededor de media legua cuando se cruzaron con uno de los
pastores que guardaban durante la noche el ganado del páramo, y lo interrogaron
a grandes voces, pidiéndole noticias de la partida de caza. Y aquel hombre,
según cuenta la historia, aunque se hallaba tan dominado por el miedo que apenas
podía hablar, contó por fin que había visto a la desgraciada doncella y a los
sabuesos que seguían su pista. "Pero he visto más que eso -añadió-, porque
también me he cruzado con Hugo Baskerville a lomos de su yegua negra, y tras él
corría en silencio un sabueso infernal que nunca quiera Dios que llegue a
seguirme los pasos”.
»De manera que los caballeros borrachos maldijeron al pastor y siguieron
adelante. Pero muy pronto se les heló la sangre en las venas, porque oyeron el
ruido de unos cascos al galope y enseguida pasó ante ellos, arrastrando las
riendas y sin jinete en la silla, la yegua negra de Hugo, cubierta de espuma
blanca. A partir de aquel momento los juerguistas, llenos de espanto, siguieron
avanzando por el páramo, aunque cada uno, si hubiera estado solo, habría vuelto
grupas con verdadera alegría. Después de cabalgar más lentamente de esta guisa,
llegaron finalmente a donde se encontraban los sabuesos. Los pobres animales,
aunque afamados por su valentía y pureza de raza, gemían apiñados al comienzo de
un hocino, como nosotros lo llamamos, algunos escabulléndose y otros, con el
pelo erizado y los ojos desorbitados, mirando fijamente el estrecho valle que
tenían delante.
»Los jinetes, mucho menos borrachos ya, como es fácil de suponer, que al
comienzo de su expedición, se detuvieron. La mayor parte se negó a seguir
adelante, pero tres de ellos, los más audaces o, tal vez, los más ebrios,
continuaron hasta llegar al fondo del valle, que se ensanchaba muy pronto y en
el que se alzaban dos de esas grandes piedras, que aún perduran en la
actualidad, obra de pueblos olvidados de tiempos remotos. La luna iluminaba el
claro y en el centro se encontraba la desgraciada doncella en el lugar donde
había caído, muerta de terror y de fatiga. Pero no fue la vista de su cuerpo, ni
tampoco del cadáver de Hugo Baskerville que yacía cerca, lo que hizo que a
aquellos juerguistas temerarios se les erizaran los cabellos, sino el hecho de
que, encima de Hugo y desgarrándole el cuello, se hallaba una espantosa
criatura: una enorme bestia negra con forma de sabueso pero más grande que
ninguno de los sabuesos jamás contemplados por ojo humano. Acto seguido, y en su
presencia, aquella criatura infernal arrancó la cabeza de Hugo Baskerville, por
lo que, al volver hacia ellos los ojos llameantes y las mandíbulas
ensangrentadas, los tres gritaron empavorecidos y volvieron grupas
desesperadamente, sin dejar de lanzar alaridos mientras galopaban por el páramo.
Según se cuenta, uno de ellos murió aquella misma noche a consecuencia de lo que
había visto, y los otros dos no llegaron a reponerse en los años que aún les
quedaban de vida.
»Ésa es la historia, hijos míos, de la aparición del sabueso que, según se
dice, ha atormentado tan cruelmente a nuestra familia desde entonces. Lo he
puesto por escrito, porque lo que se conoce con certeza causa menos terror que
lo que sólo se insinúa o adivina. Como tampoco se puede negar que son muchos los
miembros de nuestra familia que han tenido muertes desgraciadas, con frecuencia
repentinas, sangrientas y misteriosas. Quizá podamos, sin embargo, refugiarnos
en la bondad infinita de la Providencia, que no castigará sin motivo a los
inocentes más allá de la tercera o la cuarta generación, que es hasta donde se
extiende la amenaza de la Sagrada Escritura. A esa Providencia, hijos míos, os
encomiendo ahora, y os aconsejo, como medida de precaución, que os abstengáis de
cruzar el páramo durante las horas de oscuridad en las que triunfan los poderes
del mal.
»(De Hugo Baskerville para sus hijos Rodger y John, instándoles a que no digan
nada de su contenido a Elizabeth, su hermana.) »
Cuando el doctor Mortimer terminó de leer aquella singular narración, se alzó
los lentes hasta colocárselos en la frente y se quedó mirando a Sherlock Holmes
de hito en hito. Este último bostezó y arrojó al fuego la colilla del cigarrillo
que había estado fumando.
-¿Y bien? -dijo.
-¿Le parece interesante?
-Para un coleccionista de cuentos de hadas.
El doctor Mortimer se sacó del bolsillo un periódico doblado.
-Ahora, señor Holmes, voy a leerle una noticia un poco más reciente, publicada
en el Devon County Chronicle del 14 de junio de este año. Es un breve resumen de
la información obtenida sobre la muerte de Sir Charles Baskerville, ocurrida
pocos días antes.
Mi amigo se inclinó un poco hacia adelante y su expresión se hizo más atenta.
Nuestro visitante se ajustó las gafas y comenzó a leer:
«El fallecimiento repentino de Sir Charles Baskerville, cuyo nombre se había
mencionado como probable candidato del partido liberal en Mid-Devon para las
próximas elecciones, ha entristecido a todo el condado. Si bien Sir Charles
había residido en la mansión de los Baskerville durante un periodo
comparativamente breve, su simpatía y su extraordinaria generosidad le ganaron
el afecto y el respeto de quienes lo trataron. En estos días de nuevos ricos es
consolador encontrar un caso en el que el descendiente de una antigua familia
venida a menos ha sido capaz de enriquecerse en el extranjero y regresar luego a
la tierra de sus mayores para restaurar el pasado esplendor de su linaje. Sir
Charles, como es bien sabido, se enriqueció mediante la especulación
sudafricana. Más prudente que quienes siguen en los negocios hasta que la rueda
de la fortuna se vuelve contra ellos, Sir Charles se detuvo a tiempo y regresó a
Inglaterra con sus ganancias. Han pasado sólo dos años desde que estableciera su
residencia en la mansión de los Baskerville y son de todos conocidos los
ambiciosos planes de reconstrucción y mejora que han quedado trágicamente
interrumpidos por su muerte. Dado que carecía de hijos, su deseo, públicamente
expresado, era que toda la zona se beneficiara, en vida suya, de su buena
fortuna, y serán muchos los que tengan razones personales para lamentar su
prematura desaparición. Las columnas de este periódico se han hecho eco con
frecuencia de sus generosas donaciones a obras caritativas tanto locales como
del condado.
»No puede decirse que la investigación efectuada haya aclarado por completo
las circunstancias relacionadas con la muerte de Sir Charles, pero, al menos, se
ha hecho luz suficiente como para poner fin a los rumores a que ha dado origen
la superstición local. No hay razón alguna para sospechar que se haya cometido
un delito, ni para imaginar que el fallecimiento no obedezca a causas naturales.
Sir Charles era viudo y quizá también persona un tanto excéntrica en algunas
cuestiones. A pesar de su considerable fortuna, sus gustos eran muy sencillos y
contaba únicamente, para su servicio personal, con el matrimonio apellidado
Barrymore: el marido en calidad de mayordomo y la esposa como ama de llaves. Su
testimonio, corroborado por el de varios amigos, ha servido para poner de
manifiesto que la salud de Sir Charles empeoraba desde hacía algún tiempo y, de
manera especial, que le aquejaba una afección cardíaca con manifestaciones como
palidez, ahogos y ataques agudos de depresión nerviosa. El doctor James
Mortimer, amigo y médico de cabecera del difunto, ha testimoniado en el mismo
sentido.
»Los hechos se relatan sin dificultad. Sir Charles tenía por costumbre pasear
todas las noches, antes de acostarse, por el famoso paseo de los Tejos de la
mansión de los Baskerville. El testimonio de los Barrymore confirma esa
costumbre. El cuatro de junio Sir Charles manifestó su intención de emprender
viaje a Londres al día siguiente, y encargó a Barrymore que le preparase el
equipaje. Aquella noche salió como de ordinario a dar su paseo nocturno, durante
el cual tenía por costumbre fumarse un cigarro habano, pero nunca regresó. A las
doce, al encontrar todavía abierta la puerta principal, el mayordomo se alarmó
y, después de encender una linterna, salió en busca de su señor. Había llovido
durante el día, y no le fue dificil seguir las huellas de Sir Charles por el
paseo de los Tejos. Hacia la mitad del recorrido hay un portillo para salir al
páramo. Sir Charles, al parecer, se detuvo allí algún tiempo. El mayordomo
siguió paseo adelante y en el extremo que queda más lejos de la mansión encontró
el cadáver. Según el testimonio de Barrymore, las huellas de su señor cambiaron
de aspecto más allá del portillo que da al páramo, ya que a partir de entonces
anduvo al parecer de puntillas. Un tal Murphy, gitano tratante en caballos, no
se encontraba muy lejos en aquel momento, pero, según su propia confesión,
estaba borracho. Murphy afirma que oyó gritos, pero es incapaz de precisar de
dónde procedían. En la persona de Sir Charles no se descubrió señal alguna de
violencia y aunque el testimonio del médico señala una distorsión casi increíble
de los rasgos faciales -hasta el punto de que, en un primer momento, el doctor
Mortimer se negó a creer que fuera efectivamente su amigo y paciente-, pudo
saberse que se trata de un síntoma no del todo infrecuente en casos de disnea y
de muerte por agotamiento cardíaco. Esta explicación se vio corroborada por el
examen post mortem, que puso de manifiesto una enfermedad orgánica crónica, y el
veredicto del jurado al que informó el coroner 1 estuvo en concordancia con las
pruebas médicas. Hemos de felicitarnos de que haya sido así, porque,
evidentemente, es de suma importancia que el heredero de Sir Charles se instale
en la mansión y prosiga la encomiable tarea tan tristemente interrumpida. Si los
prosaicos hallazgos del coroner no hubieran puesto fin a las historias
románticas susurradas en conexión con estos sucesos, podría haber resultado
difícil encontrar un nuevo ocupante para la mansión de los Baskerville. Según se
sabe, el pariente más próximo de Sir Charles es el señor Henry Baskerville, hijo
de su hermano menor, en el caso de que aún siga con vida. La última vez que se
tuvo noticias de este joven se hallaba en Estados Unidos, y se están haciendo
las averiguaciones necesarias para informarle de lo sucedido.»
1. Funcionario público cuyo principal deber es investigar, en presencia de un
jurado, cualquier defunción cuando hay motivos para suponer que las causas no
han sido naturales.
El doctor Mortimer volvió a doblar el periódico y se lo guardó en el bolsillo.
-Ésos son, señor Holmes, los hechos en conexión con la muerte de Sir Charles
Baskerville que han llegado a conocimiento de la opinión pública.
-Tengo que agradecerle -dijo Sherlock Holmes- que me haya informado sobre un
caso que presenta sin duda algunos rasgos de interés. Recuerdo haber leído,
cuando murió Sir Charles, algunos comentarios periodísticos, pero estaba muy
ocupado con el asunto de los camafeos del Vaticano y, llevado de mi deseo de
complacer a Su Santidad, perdí contacto con varios casos muy interesantes de mi
país. ¿Dice usted que ese artículo contiene todos los hechos de conocimiento
público?
-Así es.
-En ese caso, infórmeme de los privados -recostándose en el sofá, Sherlock
Holmes volvió a unir las manos por las puntas de los dedos y adoptó su expresión
más impasible y juiciosa.
-Al hacerlo -explicó el doctor Mortimer, que empezaba a dar la impresión de
estar muy emocionado- me dispongo a contarle algo que no he revelado a nadie.
Mis motivos para ocultarlo durante la investigación del coroner son que un
hombre de ciencia no puede adoptar públicamente una posición que, en apariencia,
podría servir de apoyo a la superstición. Me impulsó además el motivo
suplementario de que, como dice el periódico, la mansión de los Baskerville
permanecería sin duda deshabitada si contribuyéramos de algún modo a confirmar
su reputación, ya de por sí bastante siniestra. Por esas dos razones me pareció
justificado decir bastante menos de lo que sabía, dado que no se iba a obtener
con ello ningún beneficio práctico, mientras que ahora, tratándose de usted, no
hay motivo alguno para que no me sincere por completo.
»El páramo está muy escasamente habitado, y los pocos vecinos con que cuenta
se visitan con frecuencia. Esa es la razón de que yo viera a menudo a Sir
Charles Baskerville. Con la excepción del señor Frankland, de la mansión Lafter,
y del señor Stapleton, el naturalista, no hay otras personas educadas en muchos
kilómetros a la redonda. Sir Charles era un hombre reservado, pero su enfermedad
motivó que nos tratáramos, y la coincidencia de nuestros intereses científicos
contribuyó a reforzar nuestra relación. Había traído abundante información
científica de África del Sur, y fueron muchas las veladas que pasamos
conversando agradablemente sobre la anatomía comparada del bosquimano y del
hotentote.
»En el transcurso de los últimos meses advertí, cada vez con mayor claridad,
que el sistema nervioso de Sir Charles estaba sometido a una tensión casi
insoportable. Se había tomado tan excesivamente en serio la leyenda que acabo de
leerle que, si bien paseaba por los jardines de su propiedad, nada le habría
impulsado a salir al páramo durante la noche. Por increíble que pueda parecerle,
señor Holmes, estaba convencido de que pesaba sobre su familia un destino
terrible y, a decir verdad, la información de que disponía acerca de sus
antepasados no invitaba al optimismo. Le obsesionaba la idea de una presencia
horrorosa, y en más de una ocasión me preguntó si durante los desplazamientos
que a veces realizo de noche por motivos profesionales había visto alguna
criatura extraña o había oído los ladridos de un sabueso. Esta última pregunta
me la hizo en varias ocasiones y siempre con una voz alterada por la emoción.
»Recuerdo muy bien un día, aproximadamente tres semanas antes del fatal
desenlace, en que llegué a su casa ya de noche. Sir Charles estaba casualmente
junto a la puerta principal. Yo había bajado de mi calesa y, al dirigirme hacia
él, advertí que sus ojos, fijos en algo situado por encima de mi hombro, estaban
llenos de horror. Al volverme sólo tuve tiempo de vislumbrar lo que me pareció
una gran ternera negra que cruzaba por el otro extremo del paseo. Mi anfitrión
estaba tan excitado y alarmado que tuve que trasladarme al lugar exacto donde
había visto al animal y buscarlo por los alrededores, pero había desaparecido,
aunque el incidente pareció dejar una impresión penosísima en su imaginación. Le
hice compañía durante toda la velada y fue en aquella ocasión, y para explicarme
la emoción de la que había sido presa, cuando confió a mi cuidado la narración
que le he leído al comienzo de mi visita. Menciono este episodio insignificante
porque adquiere cierta importancia dada la tragedia posterior, aunque por
entonces yo estuviera convencido de que se trataba de algo perfectamente trivial
y de que la agitación de mi amigo carecía de fundamento.
»Sir Charles se disponía a venir a Londres por consejo mío. Yo sabía que
estaba enfermo del corazón y que la ansiedad constante en que vivía, por
quiméricos que fueran los motivos, tenía un efecto muy negativo sobre su salud.
Me pareció que si se distraía durante unos meses en la gran metrópoli londinense
se restablecería. El señor Stapleton, un amigo común, a quien también preocupaba
mucho su estado de salud, era de la misma opinión. Y en el último momento se
produjo la terrible catástrofe.
»La noche de la muerte de Sir Charles, Barrymore, el mayordomo, que fue quien
descubrió el cadáver, envió a Perkins, el mozo de cuadra, a caballo en mi busca,
y dado que no me había acostado aún pude presentarme en la mansión menos de una
hora después. Comprobé de visu todos los hechos que más adelante se mencionaron
en la investigación. Seguí las huellas, camino adelante, por el paseo de los
Tejos y vi el lugar, junto al portillo que da al páramo, donde Sir Charles
parecía haber estado esperando y advertí el cambio en la forma de las huellas a
partir de aquel momento, así como la ausencia de otras huellas distintas de las
de Barrymore sobre la arena blanda; finalmente examiné cuidadosamente el cuerpo,
que nadie había tocado antes de mi llegada. Sir Charles yacía boca abajo, con
los brazos extendidos, los dedos hundidos en el suelo y las facciones tan
distorsionadas por alguna emoción fuerte que difícilmente hubiera podido afirmar
bajo juramento que se trataba del propietario de la mansión de los Baskerville.
No había, desde luego, lesión corporal de ningún tipo. Pero Barrymore hizo una
afirmación incorrecta durante la investigación. Dijo que no había rastro alguno
en el suelo alrededor del cadáver. El mayordomo no observó ninguno, pero yo sí.
Se encontraba a cierta distancia, pero era reciente y muy claro».
-¿Huellas?
-Huellas.
-¿De un hombre o de una mujer?
El doctor Mortimer nos miró extrañamente durante un instante y su voz se
convirtió casi en un susurro al contestar:
-Señor Holmes, ¡eran las huellas de un sabueso gigantesco!
3
El problema
Confieso que sentí un escalofrío al oír aquellas palabras. El estremecimiento
en la voz del doctor mostraba que también a él le afectaba profundamente lo que
acababa de contarnos. La emoción hizo que Holmes se inclinara hacia adelante y
que apareciera en sus ojos el brillo duro e impasible que los iluminaba cuando
algo le interesaba vivamente.
-¿Las vio usted?
-Tan claramente como estoy viéndolo a usted. -¿Y no dijo nada?
-¿Para qué?
-¿Cómo es que nadie más las vio?
-Las huellas estaban a unos veinte metros del cadáver y nadie se ocupó de
ellas. Supongo que yo habría hecho lo mismo si no hubiera conocido la leyenda.
-¿Hay muchos perros pastores en el páramo?
-Sin duda, pero en este caso no se trataba de un pastor.
-¿Dice usted que era grande?
-Enorme.
-Pero, ¿no se había acercado al cadáver?
-No.
-¿Qué tiempo hacía aquella noche?
-Húmedo y frío.
-¿Pero no llovía? -No.
-¿Cómo es el paseo?
-Hay dos hileras de tejos muy antiguos que forman un seto impenetrable de
cuatro metros de altura. El paseo propiamente tal tiene unos tres metros de
ancho.
-¿Hay algo entre los setos y el paseo?
-Sí, una franja de césped de dos metros de ancho a cada lado.
-¿Es exacto decir que el seto que forman los tejos queda cortado por un
portillo?
-Sí; el portillo que da al páramo.
-¿Existe alguna otra comunicación?
-Ninguna.
-¿De manera que para llegar al paseo de los Tejos hay que venir de la casa o
bien entrar por el portillo del páramo?
-Hay otra salida a través del pabellón de verano en el extremo que queda más
lejos de la casa.
-¿Había llegado hasta allí Sir Charles?
-No; se encontraba a unos cincuenta metros.
-Dígame ahora, doctor Mortimer, y esto es importante, las huellas que usted
vio ¿estaban en el camino y no en el césped?
-En el césped no se marcan las huellas.
-¿Estaban en el lado del paseo donde se encuentra el portillo?
-Sí; al borde del camino y en el mismo lado.
-Me interesa extraordinariamente lo que cuenta. Otro punto más: ¿estaba
cerrado el portillo?
-Cerrado y con el candado puesto.
-¿Qué altura tiene?
-Algo más de un metro.
-En ese caso, cualquiera podría haber pasado por encima.
-Efectivamente.
-Y, ¿qué señales vio usted junto al portillo?
-Ninguna especial.
-¡Dios del cielo! ¿Nadie lo examinó?
-Lo hice yo mismo.
-¿Y no encontró nada?
-Resultaba todo muy confuso. Sir Charles, no hay duda, permaneció allí por
espacio de cinco o diez minutos.
-¿Cómo lo sabe?
-Porque se le cayó dos veces la ceniza del cigarro.
-¡Excelente! He aquí, Watson, un colega de acuerdo con nuestros gustos. Pero,
¿y las huellas?
-Sir Charles había dejado las suyas repetidamente en una pequeña porción del
camino y no pude descubrir ninguna otra.
Sherlock Holmes se golpeó la rodilla con la mano en un gesto de impaciencia.
-¡Ah, si yo hubiera estado allí! -exclamó-. Se trata de un caso de
extraordinario interés, que ofrece grandes oportunidades al experto científico.
Ese paseo, en el que tanto se podría haber leído, hace ya tiempo que ha sido
emborronado por la lluvia y desfigurado por los zuecos de campesinos curiosos.
¿Por qué no me llamó usted, doctor Mortimer? Ha cometido un pecado de omisión.
-No me era posible llamarlo, señor Holmes, sin revelar al mundo los hechos que
acabo de contarle, y ya he dado mis razones para desear no hacerlo. Además...
-¿Por qué vacila usted?
-Existe una esfera que escapa hasta al más agudo y experimentado de los
detectives.
-¿Quiere usted decir que se trata de algo sobrenatural?
-No lo he afirmado.
-No, pero es evidente que lo piensa.
-Desde que sucedió la tragedia, señor Holmes, han llegado a conocimiento mío
varios incidentes difíciles de reconciliar con el orden natural.
-¿Por ejemplo?
-He descubierto que antes del terrible suceso varias personas vieron en el
páramo a una criatura que coincide con el demonio de Baskerville, y no es
posible que se trate de ningún animal conocido por la ciencia. Todos describen a
una enorme criatura, luminosa, horrible y espectral. He interrogado a esas
personas, un campesino con gran sentido práctico, un herrero y un agricultor del
páramo, y los tres cuentan la misma historia de una espantosa aparición, que se
corresponde exactamente con el sabueso infernal de la leyenda. Le aseguro que se
ha instaurado el reinado del terror en el distrito y que apenas hay nadie que
cruce el páramo de noche.
-Y usted, un profesional de la ciencia, ¿cree que se trata de algo
sobrenatural?
-Ya no sé qué creer.
Holmes se encogió de hombros.
-Hasta ahora he limitado mis investigaciones a este mundo -dijo-. Combato el
mal dentro de mis modestas posibilidades, pero enfrentarse con el Padre del Mal
en persona quizá sea una tarea demasiado ambiciosa. Usted admite, sin embargo,
que las huellas son corpóreas.
-El primer sabueso era lo bastante corpóreo para desgarrar la garganta de un
hombre sin dejar por ello de ser diabólico.
-Ya veo que se ha pasado usted con armas y bagajes al sobrenaturalismo. Pero
dígame una cosa, doctor Mortimer, si es ésa su opinión, ¿por qué ha venido a
consultarme? Me dice usted que es inútil investigar la muerte de Sir Charles y
al mismo tiempo quiere que lo haga.
-No he dicho que quiera que lo haga.
-En ese caso, ¿cómo puedo ayudarle? -Aconsejándome sobre lo que debo hacer con
Sir Henry Baskerville, que llega a la estación de Waterloo -el doctor Mortimer
consultó su reloj- dentro de hora y cuarto exactamente.
-¿Es el heredero?
-Sí. Al morir Sir Charles hicimos indagaciones acerca de ese joven, y se
descubrió que se había consagrado a la agricultura en Canadá. De acuerdo con los
informes que hemos recibido se trata de un excelente sujeto desde todos los
puntos de vista. Ahora no hablo como médico sino en calidad de fideicomisario y
albacea de Sir Charles. -¿No hay ningún otro demandante, supongo?
-Ninguno. El único familiar que pudimos rastrear, además de él, fue Rodger
Baskerville, el menor de los tres hermanos de los que Sir Charles era el de más
edad. El segundo, que murió joven, era el padre de este muchacho, Henry. El
tercero, Rodger, fue la oveja negra de la familia. Procedía de la vieja cepa
autoritaria de los Baskerville y, según me han contado, era la viva imagen del
retrato familiar del viejo Hugo. Su situación se complicó lo bastante como para
tener que huir de Inglaterra y dar con sus huesos en América Central, donde
murió de fiebre amarilla en 1876. Henry es el último de los Baskerville. Dentro
de una hora y cinco minutos me reuniré con él en la estación de Waterloo. He
sabido por un telegrama que llegaba esta mañana a Southampton. Y ésa es mi
pregunta, señor Holmes, ¿qué me aconseja que haga con él?
-¿Por qué tendría que renunciar a volver al hogar de sus mayores?
-Parece lo lógico, ¿no es cierto? Y, sin embargo, si se considera que todos
los Baskerville que van allí son víctimas de un destino cruel, estoy seguro de
que si hubiera podido hablar conmigo antes de morir, Sir Charles me habría
recomendado que no trajera a ese lugar horrible al último vástago de una antigua
raza y heredero de una gran fortuna. No se puede negar, sin embargo, que la
prosperidad de toda la zona, tan pobre y desolada, depende de su presencia. Todo
lo bueno que ha hecho Sir Charles se vendrá abajo con estrépito si la mansión se
queda vacía. Y ante el temor de dejarme llevar por mi evidente interés en el
asunto, he decidido exponerle el caso y pedirle consejo.
Holmes reflexionó unos instantes.
-Dicho en pocas palabras, la cuestión es la siguiente: en opinión de usted
existe un agente diabólico que hace de Dartmoor una residencia peligrosa para un
Baskerville, ¿no es eso?
-Al menos estoy dispuesto a afirmar que existen algunas pruebas en ese
sentido.
-Exacto. Pero, indudablemente, si su teoría sobrenatural es correcta, el joven
en cuestión está tan expuesto al imperio del mal en Londres como en Devonshire.
Un demonio con un poder tan localizado como el de una junta parroquial sería
demasiado inconcebible.
-Plantea usted la cuestión, señor Holmes, con una ligereza a la que
probablemente renunciaría si entrara en contacto personal con estas cosas. Su
punto de vista,
por lo que se me alcanza, es que el joven Baskerville correrá en Devonshire
los mismos peligros que en Londres. Llega dentro de cincuenta minutos. ¿Qué
recomendaría usted?
-Lo que yo le recomiendo, señor mío, es que tome un coche, llame a su spaniel,
que está arañando la puerta principal y siga su camino hasta Waterloo para
reunirse con Sir Henry Baskerville.
-¿Y después?
-Después no le dirá nada hasta que yo tome una decisión sobre este asunto.
-¿Cuánto tiempo necesitará?
-Veinticuatro horas. Le agradeceré mucho, doctor Mortimer, que mañana a las
diez en punto de la mañana venga a visitarme; también será muy útil para mis
planes futuros que traiga consigo a Sir Henry Baskerville.
-Así lo haré, señor Holmes.
Garrapateó los detalles de la cita en el puño de la camisa y, con su manera
distraída y un tanto peculiar de persona corta de vista, se apresuró a abandonar
la habitación. Holmes, que recordó algo de pronto, logró detenerlo en el
descansillo.
-Una última pregunta, doctor Mortimer. ¿Ha dicho usted que antes de la muerte
de Sir Charles varias personas vieron esa aparición en el páramo?
-Tres exactamente.
-¿Se sabe de alguien que la haya visto después? No ha llegado a mis oídos.
-Muchas gracias. Buenos días.
Holmes regresó a su asiento con un gesto sereno de satisfacción interior del
que podía deducirse que tenía de lante una tarea que le agradaba. -¿Va usted a
salir, Watson?
-Únicamente si no puedo serle de ayuda.
-No, mi querido amigo, es en el momento de la acción cuando me dirijo a usted
en busca de ayuda. Pero esto que acabamos de oír es espléndido, realmente único
desde varios puntos de vista. Cuando pase por Bradley's, ¿será tan amable de
pedirle que me envíe una libra de la picadura más fuerte que tenga? Muchas
gracias. También le agradecería que organizara sus ocupaciones para no regresar
antes de la noche. Para entonces me agradará mucho comparar impresiones acerca
del interesantísimo problema que se ha presentado esta mañana a nuestra
consideración.
Yo sabía que a Holmes le eran muy necesarios la reclusión y el aislamiento
durante las horas de intensa concentración mental en las que sopesaba hasta los
indicios más insignificantes y elaboraba diversas teorías que luego contrastaba
para decidir qué puntos eran esenciales y cuáles carecían de importancia. De
manera que pasé el día en mi club y no regresé a Baker Street hasta la noche.
Eran casi las nueve cuando abrí de nuevo la puerta de la sala de estar.
Mi primera impresión fue que se había declarado un incendio, porque había
tanto humo en el cuarto que apenas se distinguía la luz de la lámpara situada
sobre la mesa. Nada más entrar, sin embargo, se disiparon mis temores, porque el
picor que sentí en la garganta y que me obligó a toser procedía del humo acre de
un tabaco muy fuerte y áspero. A través de la neblina tuve una vaga visión de
Holmes en bata, hecho un ovillo en un sillón y con la pipa de arcilla negra
entre los labios. A su alrededor había varios rollos de papel.
-¿Se ha resfriado, Watson?
-No; es esta atmósfera irrespirable.
-Supongo que está un poco cargada, ahora que usted lo menciona.
-¡Un poco cargada! Es intolerable.
-¡Abra la ventana entonces! Se ha pasado usted todo el día en el club, por lo
que veo.
-¡Mi querido Holmes! -¿Estoy en lo cierto?
-Desde luego, pero ¿cómo...?
A Holmes le hizo reír mi expresión de desconcierto. -Hay en usted cierta
agradable inocencia, Watson, que convierte en un placer el ejercicio, a costa
suya, de mis modestas facultades de deducción. Un caballero sale de casa un día
lluvioso en el que las calles se llenan de barro y regresa por la noche
inmaculado, con el brillo del sombrero y de los zapatos todavía intacto. Eso
significa que no se ha movido en todo el tiempo. No es un hombre que tenga
amigos íntimos. ¿Dónde puede haber estado, por lo tanto? ¿No es evidente?
-Sí, bastante.
-El mundo está lleno de cosas evidentes en las que nadie se fija ni por
casualidad. ¿Dónde se imagina usted que he estado yo?
-Tampoco se ha movido.
-Muy al contrario, porque he estado en Devonshire.
-¿En espíritu?
-Exactamente. Mi cuerpo se ha quedado en este sillón y, en mi ausencia, siento
comprobarlo, ha consumido el contenido de dos cafeteras de buen tamaño y una
increíble cantidad de tabaco. Después de que usted se marchara pedí que me
enviaran de Stanford's un mapa oficial de esa parte del páramo y mi espíritu se
ha pasado todo el día suspendido sobre él. Creo estar en condiciones de
recorrerlo sin perderme.
-Un mapa a gran escala, supongo.
-A grandísima escala -Holmes procedió a desenrollar una sección, sosteniéndola
sobre la rodilla-. Aquí tiene usted el distrito concreto que nos interesa. Es
decir, con la mansión de los Baskerville en el centro.
-¿Y un bosque alrededor?
-Exactamente. Me imagino que el paseo de los Tejos, aunque no está señalado
con ese nombre, debe de extenderse a lo largo de esta línea, con el páramo, como
puede usted ver, a la derecha. Ese puñado de edificios es el caserío de Grimpen,
donde tiene su sede nuestro amigo el doctor Mortimer. Advierta que en un radio
de ocho kilómetros tan sólo hay algunas casas desperdigadas. Aquí está la
mansión Lafter, mencionada en el relato que leyó el doctor Mortimer. Esta
indicación de una casa quizá señale la residencia del naturalista..., si no
recuerdo mal su apellido era Stapleton. Aquí vemos dos granjas dentro del
páramo, High Tor y Foulmire. Luego, a más de veinte kilómetros, la prisión de
Princetown. Entre esos puntos desperdigados se extiende el páramo deshabitado y
sin vida. Tal es, por lo tanto, el escenario donde se ha representado la
tragedia y donde quizá contribuyamos a que se represente de nuevo.
-Debe de ser un lugar extraño.
-Sí, el decorado merece la pena. Si el diablo de verdad desea intervenir en
los asuntos de los hombres...
-¿Se inclina usted entonces hacia la explicación sobrenatural?
-Los agentes del demonio pueden ser de carne y hueso, ¿no es cierto? Hay dos
cuestiones que aclarar antes de nada. La primera es si se ha cometido algún
delito; la segunda, ¿qué delito y cómo? Por supuesto, si la teoría del doctor
Mortimer fuese correcta y tuviéramos que vér-
noslas con fuerzas que desbordan las leyes ordinarias de la naturaleza,
nuestra investigación moriría antes de empezar. Pero estamos obligados a agotar
todas las demás hipótesis antes de recurrir a ésa. Creo que podemos volver a
cerrar esa ventana, si no tiene usted inconveniente. Es muy curioso, pero
descubro que una atmósfera cargada contribuye a mantener la concentración
mental. No lo he llevado hasta el extremo de meterme en una caja para pensar,
pero ése sería el resultado lógico de mis convicciones. ¿También usted le ha
dado vueltas al caso?
-Sí; he pensado mucho en ello durante todo el día. -¿Ha llegado a alguna
conclusión?
-Es muy desconcertante.
-Sin duda tiene unas características muy peculiares. Hay puntos muy
sobresalientes. El cambio en la forma de las huellas, por ejemplo. ¿Qué opina
usted de eso?
-Mortimer dijo que el difunto recorrió de puntillas aquella parte del paseo.
-El doctor se limitó a repetir lo que algún estúpido había dicho en la
investigación. ¿Por qué tendría nadie que avanzar de puntillas paseo adelante?
-¿Qué sucedió entonces?
-Corría, Watson..., corría desesperadamente para salvar la vida; corría hasta
que le estalló el corazón y cayó muerto de bruces.
-Corría..., ¿alejándose de qué?
-Eso es lo que tenemos que averiguar. Hay indicios de que Sir Charles estaba
ya obnubilado por el miedo antes de empezar a correr.
-¿Cómo lo sabe usted?
-Imagino que la causa de sus temores vino hacia él atravesando el páramo. Si
es ése el caso, y parece lo más probable, sólo un hombre que ha perdido la razón
corre alejándose de la casa en lugar de regresar a ella. Si se puede dar crédito
al testimonio del gitano, corrió pidiendo auxilio en la dirección de donde era
menos probable que pudiera recibir ayuda. Por otra parte, ¿a quién estaba
esperando aquella noche, y por qué esperaba en el paseo de los Tejos y no en la
casa?
-¿Cree usted que esperaba a alguien?
-Sir Charles era un hombre enfermo y de edad avanzada. Es comprensible que
diera un paseo a última hora, pero, dada la humedad del suelo y la inclemencia
de la noche, ¿es lógico pensar que se quedara quieto cinco o diez minutos, como
el doctor Mortimer, con más sentido práctico del que yo le hubiera atribuido,
dedujo gracias a la ceniza del cigarro puro?
-Pero salía todas las noches.
-Me parece improbable que se detuviera todas las noches junto al portillo.
Sabemos, por el contrario, que tendía a evitar el páramo. Aquella noche esperó
allí. Al día siguiente se disponía a salir para Londres. El asunto empieza a
tomar forma, Watson. Se hace coherente. Si no le importa, páseme el violín y no
volveremos a pensar en ello hasta que tengamos ocasión de reunirnos con el
doctor Mortimer y con Sir Henry Baskerville mañana por la mañana.
4
Sir Henry Baskerville
Terminamos pronto de desayunar y Holmes, en bata, esperó a que llegara el
momento de la entrevista prometida. Nuestros clientes acudieron puntualmente a
la cita: el reloj acababa de dar las diez cuando entró el doctor Mortimer,
seguido del joven baronet, un hombre de unos treinta años, pequeño, despierto,
de ojos negros, constitución robusta, espesas cejas negras y un rostro de rasgos
enérgicos que reflejaban un carácter batallador. Vestía un traje de tweed de
color rojizo y tenía la tez curtida de quien ha pasado mucho tiempo al aire
libre, si bien había algo en la firmeza de su mirada y en la tranquila seguridad
de sus modales que ponían de manifiesto su noble cuna.
-Sir Henry Baskerville -dijo el doctor Mortimer.
-A su disposición -dijo Sir Henry-, y lo más extraño, señor Holmes, es que si
mi amigo, aquí presente, no me hubiera propuesto venir a verlo hoy por la
mañana, habría venido yo por iniciativa propia. Según creo, resuelve usted
pequeños rompecabezas y esta mañana me he encontrado con uno que requiere más
sustancia gris de la que yo estoy en condiciones de consagrarle.
-Haga el favor de tomar asiento, Sir Henry. ¿Si no entiendo mal ya ha tenido
usted alguna experiencia notable desde su llegada a Londres?
-Nada de importancia, señor Holmes. Tan sólo una broma, probablemente. Se
trata de una carta, si es que se la puede llamar así, que he recibido esta
mañana.
Sir Henry dejó un sobre en la mesa y todos nos inclinamos para verlo. Era de
calidad corriente y color grisáceo. Las señas, «Sir Henry Baskerville,
Northumberland Hotel», estaban escritas toscamente, en el matasellos se leía
«Charing Cross» y la carta se había echado al correo la noche anterior.
-¿Quién sabía que fuese usted a alojarse en el Northumberland Hotel? -preguntó
Holmes, mirando con gran interés a nuestro visitante.
-No lo sabía nadie. Lo decidí después de conocer al doctor Mortimer.
-Pero, sin duda, el doctor Mortimer se alojaba allí con anterioridad.
-No -dijo el doctor-; estuve disfrutando de la hospitalidad de un amigo. No
existía la menor indicación de que fuésemos a elegir ese hotel.
-¡Hummm! Alguien parece estar muy interesado en sus movimientos -Holmes sacó
del sobre medio pliego doblado en cuatro que procedió a abrir y extender sobre
la mesa. Una sola frase, escrita por el procedimiento de pegar en el papel
palabras impresas, ocupaba el centro de la hoja y decía lo siguiente: «Si da
usted valor a su vida o a su razón, se alejará del páramo». Tan sólo la palabra
«páramo» estaba escrita a mano.
-Ahora -dijo Sir Henry Baskerville- quizá pueda usted decirme, señor Holmes,
cuál es, por mil pares de demonios, el significado de todo esto y quién es la
persona que se interesa tanto por mis asuntos.
-¿Qué opina usted, doctor Mortimer? Tendrá usted que reconocer, al menos, que
no hay nada de sobrenatural en ello.
-No, desde luego, pero podría venir de alguien convencido de que existe una
intervención sobrenatural.
-¿De qué están hablando? -preguntó Sir Henry con aspereza-. Tengo la impresión
de que todos ustedes, caballeros, están más al tanto que yo de mis propios
asuntos.
-Le haremos partícipe de todo lo que sabemos antes de que abandone esta
habitación, Sir Henry, se lo prometo -dijo Sherlock Holmes-. Pero por el
momento, con su permiso, nos ceñiremos a este documento tan interesante, que
debe de haberse compuesto y echado al correo anoche. ¿Tiene usted el Times de
ayer, Watson?
-Está ahí en el rincón.
-¿Le importa acercármelo..., la tercera página, con los editoriales? -Holmes
examinó los artículos con rapidez, recorriendo las columnas de arriba abajo con
la mirada-. Un editorial muy importante sobre la libertad de comercio.
Permítanme que les lea un extracto. «Quizá lo engatusen a usted para que se
imagine que su especialidad comercial o su industria se verán incentivadas
mediante una tarifa protectora, pero si da en utilizar la razón comprenderá que,
a la larga, esa legislación alejará del país mucha riqueza, disminuirá el valor
de nuestras importaciones y empeorará las condiciones generales de vida en
nuestras tierras.» ¿Qué le parece, Watson? -exclamó Holmes, con gran regocijo,
frotándose las manos satisfecho-. ¿No cree usted que se trata de una opinión
admirable?
El doctor Mortimer miró a Holmes con interés profesional y Sir Henry
Baskerville volvió hacia mí unos ojos tan oscuros como desconcertados.
-No sé mucho sobre tarifas y cosas semejantes -dijo-, pero me parece que nos
estamos apartando un poco de la cuestión.
-Pues yo opino, por el contrario, que la estamos siguiendo muy de cerca, Sir
Henry. Watson, aquí presente, sabe más que usted acerca de mis métodos, pero me
temo que tampoco él ha captado del todo la importancia de esta frase.
-No; confieso que no veo la relación.
-Y, sin embargo, mi querido Watson, existe una conexión muy estrecha, dado que
la primera está sacada de ésta. «Usted», «su» «su», «vida», «razón», «valor»,
«alejará», «del». ¿Ve usted ahora de dónde se han tomado esas palabras?
-¡Por todos los demonios, tiene usted razón! ¡Que me aspen si no es de lo más
ingenioso! -exclamó Sir Henry. -Y por si quedara alguna duda, no hay más que ver
cómo «alejará» y «del» están en el mismo recorte. -Cierto, ¡así es!
-A decir verdad, señor Holmes, esto sobrepasa cualquier cosa que hubiera
podido imaginar -dijo el doctor Mortimer, contemplando a mi amigo con asombro-.
Entendería que alguien dijera que las palabras han salido de un periódico, pero
precisar cuál y añadir que se trata del editorial, es una de las cosas más
sorprendentes que he visto nunca. ¿Cómo lo ha hecho?
-Imagino, doctor, que usted distinguiría entre el cráneo de un negro y el de
un esquimal.
-Sin duda.
-Pero, ¿cómo?
-Porque es mi pasatiempo favorito. Las diferencias son evidentes. El borde
supraorbital, el ángulo facial, la curva del maxilar, el...
-Pues éste es mi pasatiempo favorito y las diferencias también son evidentes.
A mis ojos es tanta la diferencia entre el tipo de imprenta grande y bien
espaciado de un artículo del Times y la impresión descuidada de un periódico de
la tarde de medio penique como la que pueda existir para usted entre sus negros
y sus esquimales. La detección de caracteres de imprenta es una de las ramas más
elementales del saber para el experto en delitos, aunque debo confesar que, en
una ocasión, cuando era muy joven, confundí el Leeds Mercury con el Western
Morning News. Pero un editorial del Times es inconfundible y esas palabras no se
podían haber tomado de ningún otro sitio. Y puesto que se hizo ayer, era más que
probable que las encontráramos donde las hemos encontrado.
-Hasta donde soy capaz de seguirle, señor Holmes -dijo Sir Henry Baskerville-,
afirma usted que alguien cortó ese mensaje con unas tijeras...
-Tijeras para uñas -dijo Holmes-. Se puede ver que eran unas tijeras de hoja
muy pequeña, ya que quien lo hizo tuvo que dar dos tijeretazos para «alejará
del».
-Efectivamente. Alguien, entonces, recortó el mensaje con unas tijeras muy
pequeñas, lo pegó con engrudo...
-Goma -dijo Holmes.
-Con goma en el papel. Pero me gustaría saber por qué tuvo que escribir la
palabra «páramo».
-Porque el autor no la encontró en letra impresa. Las otras palabras eran
sencillas y podían encontrarse en cualquier ejemplar del periódico, pero
«páramo» es menos corriente.
-Claro, eso lo explica. ¿Ha descubierto usted algo más en ese mensaje, señor
Holmes?
-Hay uno o dos indicios, aunque se ha hecho todo lo posible por eliminar
cualquier pista. La dirección, si se fija usted, está escrita con letra muy
tosca. The Times, sin embargo, es un periódico que prácticamente sólo leen las
personas con una educación superior. Podemos deducir, por consiguiente, que
quien compuso la carta es una persona educada que ha querido hacerse pasar por
inculta y que su preocupación por ocultar su letra sugiere que quizá alguno de
ustedes la conozca o pueda llegar a conocerla. Fíjense, además, en que las
palabras no están pegadas con precisión, sino unas mucho más altas que otras.
«Vida», por ejemplo, se halla completamente fuera de su sitio. Eso puede indicar
descuido o tal vez agitación y prisa. En conjunto me inclino por esto último, ya
que se trata de un asunto a todas luces importante y no es probable que el
redactor de la carta descuidara su tarea voluntariamente. Si es cierto que tenía
prisa, surge la interesante pregunta de por qué tenía tanta prisa, dado que Sir
Henry habría recibido antes de abandonar el hotel cualquier carta que se echara
al correo por la mañana temprano. ¿Acaso temía su autor una interrupción y, en
ese caso, de quién?
-Estamos entrando en el terreno de las conjeturas -dijo el doctor Mortimer.
-Digamos, más bien, en el terreno donde sopesamos posibilidades y elegimos la
más probable. Es el uso científico de la imaginación, pero siempre tenemos una
base material sobre la que apoyar nuestras especulaciones. Sin duda puede usted
llamarlo conjetura, pero estoy casi seguro de que estas señas se han escrito en
un hotel.
-¿Cómo demonios puede usted saberlo?
-Si las examina cuidadosamente descubrirá que tanto la pluma como la tinta han
causado problemas a la persona que escribía. La pluma ha emborronado dos veces
la misma palabra y se ha quedado seca tres veces en muy poco tiempo, lo que
demuestra que había muy poca tinta en el tintero. Ahora bien, raras veces se
permite que una pluma o un tintero personales lleguen a esa situación, y la
combinación de las dos ha de ser bastante rara. Pero todos ustedes conocen las
plumas y los tinteros de los hoteles, donde lo raro es encontrar otra cosa. Sí:
afirmo casi sin lugar a duda que si pudiéramos examinar el contenido de las
papeleras de los hoteles de los alrededores de Charing Cross hasta encontrar el
resto del mutilado editorial del Times podríamos descubrir a la persona que
envió este singular mensaje. ¡Vaya, vaya! ¿Qué es esto?
Sherlock Holmes estaba examinando cuidadosamente el medio pliego con las
palabras pegadas, colocándoselo a pocos centímetros de los ojos.
-¿Y bien?
-Nada -respondió Holmes, dejándolo caer-. Es la mitad de un pliego totalmente
en blanco, sin filigrana siquiera. Creo que hemos extraído toda la información
posible de esta carta tan curiosa. Ahora, Sir Henry, ¿le ha sucedido alguna otra
cosa de interés desde su llegada a Londres?
-No, señor Holmes, me parece que no.
-¿No ha observado que nadie lo siguiera o lo vigilara?
-Tengo la impresión de haberme convertido en personaje de novela barata -dijo
nuestro visitante-. ¿Por qué demonios habría de vigilarme o de seguirme nadie?
-Estamos llegando a eso. ¿No tiene usted que informarnos de nada más antes de
que hablemos de su viaje?
-Bueno, depende de lo que usted considere digno de mención.
-Creo que todo lo que se salga del curso ordinario de la vida es digno de
mención.
Sir Henry sonrió.
-No sé aún mucho acerca de la vida británica, porque he pasado la mayor parte
de mi existencia en los Estados Unidos y en Canadá. Pero supongo que tampoco
aquí perder una bota es parte del curso ordinario de la vida. -¿Ha perdido una
bota?
-Mi querido señor -exclamó el doctor Mortimer-, tan sólo se ha extraviado.
Estoy seguro de que la encontrará a su regreso al hotel. ¿Qué sentido tiene
molestar al señor Holmes con insignificancias como ésa?
-Me ha preguntado por cualquier cosa que se saliera de lo corriente.
-Así es -intervino Holmes-, aunque el incidente pueda parecer completamente
estúpido. ¿Dice usted que ha perdido una bota?
-Digamos, más bien, que se ha extraviado. Anoche dejé las dos fuera y sólo
había una por la mañana. No he conseguido sacar nada en limpio del sujeto que
las limpia. Y lo peor de todo es que las compré precisamente anoche en el Strand
y aún no las he estrenado.
-Si no se las había puesto, ¿por qué las dejó fuera para que se las limpiaran?
-Eran unas botas de cuero y estaban sin charolar. Por eso las saqué.
-¿Tengo que entender entonces que al llegar ayer a Londres salió
inmediatamente a la calle y se compró un par de botas?
-Compré muchas cosas. El doctor Mortimer, aquí presente, me acompañó.
Compréndalo usted, si voy a ser un terrateniente destacado, he de vestirme en
consonancia con mi categoría social, y puede ser que me haya hecho un poco
descuidado en América. Compré, entre otras cosas, esas botas marrones (pagué
seis dólares por ellas) y he conseguido que me roben una antes de estrenarlas.
-Parece un robo particularmente inútil -dijo Sherlock Holmes-. Confieso
compartir la creencia del doctor Mortimer de que la bota aparecerá dentro de
poco.
-Y ahora, caballeros -dijo el baronet con decisión- me parece que he hablado
más que suficiente de lo poco que sé. Ya es hora de que cumplan ustedes su
promesa y me den una información completa sobre el asunto que a todos nos ocupa.
-Su petición es muy razonable -respondió Holmes-. Doctor Mortimer, creo que lo
mejor será que cuente usted la historia a Sir Henry tal como nos la contó a
nosotros.
Al recibir aquel estímulo, nuestro amigo el hombre de ciencia se sacó los
papeles que llevaba en el bolsillo y presentó el caso como lo había hecho el día
anterior. Sir Henry le escuchó con la más profunda atención y con alguna
exclamación de sorpresa de cuando en cuando.
-Vaya, parece que me ha tocado en suerte algo más que una herencia -comentó,
una vez terminada la larga narración-. Por supuesto, llevo oyendo hablar del
sabueso desde mi infancia. Es la historia preferida de la familia, aunque hasta
ahora nunca se me había ocurrido tomarla en serio. Pero, por lo que se refiere a
la muerte de mi tío..., bueno, todo parece arremolinárseme en la cabeza y
todavía no consigo verlo con claridad. Creo que aún no han decidido ustedes si
hay que acudir a la policía o a un clérigo.
-Exactamente.
-Y ahora se añade el asunto de la carta que me han mandado al hotel. Supongo
que eso encaja con lo demás.
-Parece indicar que hay alguien que sabe más que nosotros sobre lo que pasa en
el páramo -dijo el doctor Mortimer.
-Y alguien además -añadió Holmes- que está bien dispuesto hacia usted, puesto
que lo previene del peligro.
-O que quizá quiere asustarme en beneficio propio. -Sí, por supuesto, también
eso es posible. Estoy muy en deuda con usted, doctor Mortimer, por haberme
presentado un problema que ofrece varias alternativas interesantes. Pero tenemos
que resolver una cuestión práctica, Sir Henry: la de si es aconsejable que vaya
usted a la mansión de los Baskerville.
-¿Por qué tendría que renunciar a hacerlo?
-Podría ser peligroso.
-¿Se refiere usted al peligro de ese demonio familiar o a la actuación de
seres humanos?
-Bien; eso es lo que tenemos que averiguar.
-En cualquiera de los dos casos, mi respuesta es la misma. No hay demonio en
el infierno ni hombre sobre la faz de la tierra que me pueda impedir volver a la
casa de mi familia, y tenga usted la seguridad de que le doy mi respuesta
definitiva -frunció el entrecejo mientras hablaba y su rostro enrojeció
vivamente. No cabía duda de que el carácter fogoso de los Baskerville aún seguía
vivo en el último retoño de la estirpe-. Por otra parte -continuó-, apenas he
tenido tiempo de pensar sobre todo lo que me han contado ustedes. Es mucho pedir
que una persona entienda y decida a la vez. Me gustaría disponer de una hora de
tranquilidad. Vamos a ver, señor Holmes: ahora son las once y media y yo voy a
volver directamente a mi hotel. ¿Qué le parece si usted y su amigo, el doctor
Watson, se reúnen a las dos con nosotros y almorzamos juntos? Para entonces
estaré en condiciones de decirle con más claridad cómo veo las cosas.
-¿Tiene usted algún inconveniente, Watson?
-Ninguno.
-En ese caso cuenten con nosotros. ¿Debo llamar a un coche de alquiler?
-Prefiero andar, porque este asunto me ha puesto un poco nervioso.
-Y yo le acompañaré con mucho gusto -dijo el doctor Mortimer.
-En ese caso volveremos a reunirnos a las dos. ¡Hasta luego y buenos días!
Oímos los pasos de nuestros visitantes en la escalera y el ruido de la puerta
de la calle al cerrarse. En un instante Holmes había dejado de ser el soñador
lánguido para transformarse en el hombre de acción.
-¡Enseguida, Watson, póngase el sombrero y las botas! ¡Ni un momento que
perder! -Holmes se dirigió a toda prisa hacia su cuarto para quitarse la bata y
regresó a los pocos segundos con la levita puesta. Descendimos apresuradamente
las escaleras y salimos a la calle. El doctor Mortimer y Baskerville eran
todavía visibles a unos doscientos metros por delante de nosotros en dirección a
Oxford Street.
-¿Quiere que corra y los alcance?
-Ni por lo más remoto, mi querido Watson. Su compañía me satisface plenamente,
si a usted no le desagrada la mía. Nuestros amigos han acertado, porque sin duda
es una mañana muy adecuada para pasear.
Sherlock Holmes aceleró la marcha hasta que la distancia que nos separaba
quedó reducida a la mitad. Luego, siempre manteniéndonos unos cien metros por
detrás, seguimos a Baskerville y a Mortimer por Oxford Street y después por
Regent Street. En una ocasión nuestros amigos se detuvieron a mirar un
escaparate y Holmes hizo lo mismo. Un instante después dejó escapar un leve
grito de satisfacción y, al seguir la dirección de su mirada, vi que un cabriolé
de alquiler que se había detenido al otro lado de la calle reanudaba lentamente
la marcha.
-¡Ahí está nuestro hombre, Watson! ¡Venga! Al menos tendremos ocasión de
verlo, aunque no podamos hacer nada más.
En aquel momento me di cuenta de que una poblada barba negra y dos ojos muy
penetrantes se habían vuelto hacia nosotros por la ventanilla del coche de
alquiler. Inmediatamente se alzó la trampilla del techo, el cochero recibió una
orden a gritos y el vehículo salió disparado Regent Street adelante. Holmes
buscó ansiosamente con la vista otro coche desocupado, pero no había ninguno.
Luego echó a correr desesperadamente entre la corriente del tráfico, pero la
ventaja era demasiado grande y muy pronto el cabriolé se perdió de vista.
-¡Qué contrariedad! -dijo Holmes con amargura al apartarse, jadeante y pálido
de indignación, del flujo de vehículos-. ¿Ha existido nunca peor suerte y
también mayor torpeza? Watson, Watson, si es usted honesto ¡tendrá que apuntar
esto en el debe, contraponiéndolo a mis éxitos!
-¿Quién era ese individuo?
-No tengo la menor idea.
-¿Un espía?
-Por lo que hemos oído era evidente que a Baskerville lo han estado siguiendo
muy de cerca desde que llegó a Londres. De lo contrario, ¿cómo habría podido
saberse tan pronto que se alojaba en el hotel Northumberland? Si lo habían
seguido el primer día, era lógico que también lo siguieran el segundo. Quizá se
percató usted de que me llegué dos veces hasta la ventana mientras el doctor
Mortimer leía el texto de la leyenda.
-Sí, lo recuerdo.
-Quería ver si alguien merodeaba por la calle, pero no he tenido éxito. Nos
enfrentamos con un hombre inteligente, Watson. Se trata de un asunto muy serio y
aunque no he decidido aún si estamos en contacto con un agente benévolo o
perverso, constato siempre la presencia de inteligencia y decisión. Al marcharse
nuestros amigos los seguí al instante con la esperanza de localizar a su
invisible acompañante, pero nuestro hombre ha tenido la precaución de no
trasladarse a pie sino utilizar un coche, lo que le permitía rezagarse o
adelantarlos a toda velocidad y escapar así a su detección. Ese método tiene la
ventaja adicional de que si hubieran tomado un coche ya estaba preparado para
seguirlos. Pero tiene, sin embargo, una desventaja.
-Lo pone a merced del cochero.
-Exactamente.
-¡Es una lástima que no tomáramos el número!
-Mi querido Watson, aunque haya obrado con torpeza, no pensará usted
seriamente que he olvidado ese pequeño detalle. Nuestro hombre es el 2704. Pero
por el momento no nos sirve de nada.
-No veo qué más podría usted haber hecho.
-Al descubrir el coche de alquiler debería haber dado la vuelta y haberme
alejado, para, a continuación, alquilar con toda calma un segundo cabriolé y
seguir al primero a una distancia prudente o, mejor aún, trasladarme al hotel
Northumberland y esperar allí. Después de que el desconocido hubiera seguido a
Baskerville hasta su casa habríamos tenido la oportunidad de jugar a su mismo
juego yver a dónde se dirigía él. Pero, debido a una impaciencia indiscreta, de
la que nuestro contrincante ha sabido aprovecharse con extraordinaria celeridad
y energía, nos hemos traicionado y lo hemos perdido.
Durante esta conversación habíamos seguido avanzando lentamente por Regent
Street y ya hacía tiempo que el doctor Mortimer y su acompañante se habían
perdido de vista.
-No tiene objeto que continuemos -dijo Holmes-. La persona que los seguía se
ha marchado y no reaparecerá. Hemos de ver si disponemos de otros triunfos y
jugarlos con decisión. ¿Reconocería usted el rostro del hombre que iba en el
cabriolé?
-Sólo reconocería la barba.
-Lo mismo me sucede a mí, por lo que deduzco que, con toda probabilidad, era
una barba postiza. Un hombre inteligente que lleva a cabo una misión tan
delicada sólo utiliza una barba para dificultar su identificación. ¡Venga
conmigo, Watson!
Holmes entró en una de las oficinas de recaderos del distrito, donde el
gerente lo recibió de manera muy afectuosa.
-Ya veo, Wilson, que no ha olvidado el caso en que tuve la buena fortuna de
poder ayudarle.
-No, señor; le aseguro que no lo he olvidado. Salvó usted mi reputación y
quizá también mi vida.
-Exagera usted, amigo mío. Si no recuerdo mal, cuenta usted entre sus
empleados con un muchacho apellidado Cartwright, que mostró cierto talento
durante nuestra investigación.
-Sí, señor; todavía sigue con nosotros.
-¿Podría usted llamarlo? ¡Muchas gracias! Y también me gustaría que me
cambiara este billete de cinco libras.
Un chico de catorce años, de rostro despierto y mirada inquisitiva, se
presentó en respuesta a la llamada del encargado y se quedó mirando al famoso
detective con aire reverente.
-Déjeme ver la guía de hoteles -dijo Holmes-. Muchas gracias. Vamos a ver,
Cartwright, aquí tienes los nombres de veintitrés hoteles, todos en las
inmediaciones de Charing Cross. ¿Los ves?
-Sí, señor.
-Vas a visitarlos todos, uno a uno.
-Sí, señor.
-Empezarás, en cada caso, por dar un chelín al portero. Aquí tienes veintitrés
chelines.
-Sí, señor.
-Le dirás que quieres ver el contenido de las papeleras que se vaciaron ayer.
Dirás que se ha extraviado un telegrama importante y que lo estás buscando.
¿Entiendes?
-Sí, señor.
-Pero, en realidad, lo que vas a buscar es un ejemplar del Times de ayer en
cuya página central se hayan hecho unos agujeros con tijeras. Aquí tienes el
periódico. Ésta es la página. La reconocerás fácilmente, ¿no es cierto?
-Sí, señor.
-El portero te mandará en cada caso al conserje, a quien también darás un
chelín. Aquí tienes otros veintitrés chelines. Es posible que en veinte de los
veintitrés hoteles los papeles desechados del día de ayer hayan sido quemados o
eliminados. En los otros tres casos te mostrarán un montón de papel y buscarás
en él esta página del Times. Las posibilidades en contra son elevadísimas. Aquí
tienes diez chelines más para una emergencia. Mándame un informe por telégrafo a
Baker Street antes de la noche. Y ahora, Watson, sólo nos queda descubrir
mediante el telégrafo la identidad de nuestro cochero, el número 2704; luego
pasaremos por una de las galerías de Bond Street y ocuparemos el tiempo viendo
cuadros hasta el momento de nuestra cita en el hotel.
5
Tres cabos rotos
Sherlock Holmes poseía, de manera muy notable, la capacidad de desentenderse a
voluntad. Por espacio de dos horas pareció olvidarse del extraño asunto que nos
tenía ocupados para consagrarse por entero a los cuadros de los modernos
maestros belgas. Y desde que salimos de la galería hasta que llegamos al hotel
Northumberland habló exclusivamente de arte, tema sobre el que tenía ideas muy
elementales.
-Sir Henry Baskerville los espera en su habitación -dijo el recepcionista-. Me
ha pedido que les hiciera subir en cuanto llegaran.
-¿Tiene inconveniente en que consulte su registro? -dijo Holmes.
-Ninguno.
En el registro aparecían dos entradas después de la de Baskerville: Theophilus
Johnson y familia, de Newcastle, y la señora Oldmore con su doncella, de High
Lodge, Alton.
-Sin duda este Johnson es un viejo conocido mío -le dijo Holmes al conserje-.
¿No se trata de un abogado, de cabello gris, con una leve cojera?
-No, señor; se trata del señor Johnson, propietario de minas de carbón, un
caballero muy activo, no mayor que usted.
-¿Está seguro de no equivocarse sobre su ocupación?
-No, señor: viene a este hotel desde hace muchos años y lo conocemos muy bien.
-En ese caso no hay más que hablar. Pero..., señora Oldmore; también me parece
recordar ese apellido. Perdone mi curiosidad, pero, con frecuencia, al ir a
visitar a un amigo se encuentra a otro.
-Es una dama enferma, señor. Su esposo fue en otro tiempo alcalde de
Gloucester. Siempre se aloja en nuestro hotel cuando viene a Londres.
-Muchas gracias; me temo que no tengo el honor de conocerla. Hemos obtenido un
dato muy importante con esas preguntas, Watson -continuó Holmes, en voz baja,
mientras subíamos juntos la escalera-. Sabemos ya que las personas que sienten
tanto interés por nuestro amigo no se alojan aquí. Eso significa que si bien,
como ya hemos visto, están ansiosos de vigilarlo, les preocupa igualmente que
Sir Henry pueda verlos. Y eso es un hecho muy sugerente.
-¿Qué es lo que sugiere?
-Sugiere... ¡vaya! ¿Qué le sucede, mi querido amigo? Al terminar de subir la
escalera nos tropezamos con Sir Henry Baskerville en persona, con el rostro
encendido por la indignación y empuñando una bota muy usada y polvorienta.
Estaba tan furioso que apenas se le entendía y cuando por fin habló con claridad
lo hizo con un acento americano mucho más marcado del que había utilizado por la
mañana.
-Me parece que me han tomado por tonto en este hotel -exclamó-. Pero como no
tengan cuidado descubrirán muy pronto que donde las dan las toman. Por todos los
demonios, si ese tipo no encuentra la bota que me falta, aquí va a haber más que
palabras. Sé aceptar una broma como el que más, señor Holmes, pero esto ya pasa
de castaño oscuro.
-¿Aún sigue buscando la bota?
-Así es, y estoy decidido a encontrarla.
-Pero, ¿no dijo usted que era una bota nueva de color marrón?
-Así era, señor mío. Y ahora se trata de otra negra y vieja.
-¡Cómo! ¿Quiere usted decir...?
-Eso es exactamente lo que quiero decir. Sólo tenía tres pares..., las
marrones nuevas, las negras viejas y los zapatos de charol, que son los que
llevo puestos. Anoche se llevaron una marrón y hoy me ha desaparecido una negra.
Veamos, ¿la ha encontrado usted? ¡Hable, caramba, y no se me quede mirando!
Había aparecido en escena un camarero alemán presa de gran nerviosismo.
-No, señor; he preguntado por todo el hotel, pero nadie sabe nada.
-Pues o aparece la bota antes de que se ponga el sol, o iré a ver al gerente
para decirle que me marcho inmediatamente del hotel.
-Aparecerá, señor..., le prometo que si tiene usted un poco de paciencia la
encontraremos.
-No se le olvide, porque es lo último que voy a perder en esta guarida de
ladrones. Perdone, señor Holmes, que le moleste por algo tan insignificante...
-Creo que está justificado preocuparse.
-Veo que le parece un asunto serio.
-¿Cómo lo explica usted?
-No trato de explicarlo. Me parece la cosa más absurda y más extraña que me ha
sucedido nunca.
-La más extraña, quizá -dijo Holmes pensativo.
-¿Cuál es su opinión?
-No pretendo entenderlo todavía. Este caso suyo es muy complicado, Sir Henry.
Cuando lo relaciono con la muerte de su tío dudo de que entre los quinientos
casos de importancia capital con que me he enfrentado hasta ahora haya habido
alguno que presentara más dificultades. Disponemos de varias pistas y es
probable que una u otra nos lleve hasta la verdad. Quizá perdamos tiempo
siguiendo una falsa, pero, más pronto o más tarde, daremos con la correcta.
El almuerzo fue muy agradable, aunque en su transcurso apenas se dijo nada del
asunto que nos había reunido. Tan sólo cuando nos retiramos a una sala de estar
privada Holmes preguntó a Baskerville cuáles eran sus intenciones.
-Trasladarme a la mansión de los Baskerville.
-Y, ¿cuándo?
-A finales de semana.
-Creo que, en conjunto -dijo Holmes-, su decisión es acertada. Tengo
suficientes pruebas de que está usted siendo seguido en Londres y entre los
millones de habitantes de esta gran ciudad es dificil descubrir quiénes son esas
personas y cuál pueda ser su propósito. Si su intención es hacer el mal pueden
darle un disgusto y no estaríamos en condiciones de impedirlo. ¿Sabía usted,
doctor Mortimer, que alguien los seguía esta mañana al salir de mi casa?
El doctor Mortimer tuvo un violento sobresalto.
-¡Seguidos! ¿Por quién?
-Eso es lo que, desgraciadamente, no puedo decirles.
Entre sus vecinos o conocidos de Dartmoor, ¿hay alguien de pelo negro que se
deje la barba?
-No..., espere, déjeme pensar..., sí, claro, Barrymore, el mayordomo de Sir
Charles, es un hombre muy moreno, con barba.
-¡Ajá! ¿Dónde está Barrymore?
-Tiene a su cargo la mansión de los Baskerville.
-Será mejor que nos aseguremos de que sigue allí o de si, por el contrario, ha
tenido ocasión de trasladarse a Londres.
-¿Cómo puede usted averiguarlo?
-Déme un impreso para telegramas. «¿Está todo listo para Sir Henry?» Eso
bastará. Dirigido al señor Barrymore, mansión de los Baskerville. ¿Cuál es la
oficina de telégrafos más próxima? Grimpen. De acuerdo, enviaremos un segundo
cable al jefe de correos de Grimpen: «Telegrama para entregar en mano al señor
Barrymore. Si está ausente, devolver por favor a Sir Henry Baskerville, hotel
Northumberland». Eso deberá permitirnos saber antes de la noche si Barrymore
está en su puesto o se ha ausentado.
-Asunto resuelto -dijo Baskerville-. Por cierto, doctor Mortimer, ¿quién es
ese Barrymore, de todas formas?
-Es el hijo del antiguo guarda, que ya murió. Los Barrymore llevan cuatro
generaciones cuidando de la mansión. Hasta donde se me alcanza, él y su mujer
forman una pareja tan respetable como cualquiera del condado.
-Al mismo tiempo -dijo Baskerville-, está bastante claro que mientras en la
mansión no haya nadie de mi familia esas personas disfrutan de un excelente
hogar y carecen de obligaciones.
-Eso es cierto.
-¿Dejó Sir Charles algo a los Barrymore en su testamento? -preguntó Holmes.
-Él y su mujer recibieron quinientas libras cada uno.
-¡Ah! ¿Estaban al corriente de que iban a recibir esa cantidad?
-Sí; Sir Charles era muy aficionado a hablar de las disposiciones de su
testamento.
-Eso es muy interesante.
-Espero -dijo el doctor- que no considere usted sospechosas a todas las
personas que han recibido un legado de Sir Charles, porque también a mí me dejó
mil libras.
-¡Vaya! ¿Ya alguien más?
-Hubo muchas sumas insignificantes para otras personas y también se atendió a
un gran número de obras de caridad. Todo lo demás queda para Sir Henry.
-¿Y a cuánto ascendía lo demás? -Setecientas cuarenta mil libras. Holmes alzó
las cejas sorprendido.
-Ignoraba que se tratase de una suma tan enorme -dijo. -Se daba por sentado
que Sir Charles era rico, pero sólo hemos sabido hasta qué punto al inventariar
sus valores. La herencia ascendía en total a casi un millón.
-¡Cielo santo! Por esa apuesta se puede intentar una jugada desesperada. Y una
pregunta más, doctor Mortimer. Si le sucediera algo a nuestro joven amigo aquí
presente (perdóneme esta hipótesis tan desagradable), ¿quién heredaría la
fortuna de Sir Charles?
-Dado que Rodger Baskerville, el hermano pequeño, murió soltero, la herencia
pasaría a los Desmond, que son primos lejanos. James Desmond es un clérigo de
avanzada edad que vive en Westmorland.
-Muchas gracias. Todos estos detalles son de gran interés. ¿Conoce usted al
señor James Desmond?
-Sí; en una ocasión vino a visitar a Sir Charles. Es un hombre de aspecto
venerable y de vida íntegra. Recuerdo que, a pesar de la insistencia de Sir
Charles, se negó a aceptar la asignación que le ofrecía.
-Y ese hombre de gustos sencillos, ¿sería el heredero de la fortuna?
-Heredaría la propiedad, porque está vinculada. Y también heredaría el dinero
a no ser que el actual propietario, que, como es lógico, puede hacer lo que
quiera con él, le diera otro destino en su testamento.
-¿Ha hecho usted testamento, Sir Henry?
-No, señor Holmes, no lo he hecho. No he tenido tiempo, porque sólo desde ayer
estoy al corriente de todo. Pero, en cualquier caso, creo que el dinero no debe
separarse ni del título ni de la propiedad. Esa era la idea de mi pobre tío.
¿Cómo sería posible restaurar el esplendor de los Baskerville si no se dispone
del dinero necesario para mantener la propiedad? La casa, la tierra y el dinero
deben ir juntos.
-Así es. Bien, Sir Henry: estoy completamente de acuerdo con usted en cuanto a
la conveniencia de que se traslade sin tardanza a Devonshire. Pero hay una
medida que debo tomar. En ningún caso puede usted ir solo.
-El doctor Mortimer regresa conmigo.
-Pero el doctor Mortimer tiene que atender a sus pacientes y su casa está a
varios kilómetros de la de usted. Hasta con la mejor voluntad del mundo puede no
estar en condiciones de ayudarle. No, Sir Henry; tiene usted que llevar consigo
a alguien de confianza que permanezca constantemente a su lado.
-¿Existe la posibilidad de que venga usted conmigo, señor Holmes?
-Si llegara a producirse una crisis, me esforzaría por estar presente, pero
sin duda entenderá usted perfectamente que, dada la amplitud de mi clientela y
las constantes peticiones de ayuda que me llegan de todas partes, me resulte
imposible ausentarme de Londres por tiempo indefinido. En el momento actual uno
de los apellidos más respetados de Inglaterra está siendo mancillado por un
chantajista y únicamente yo puedo impedir un escándalo desastroso. Comprenderá
usted lo imposible que me resulta trasladarme a Dartmoor.
-Entonces, ¿a quién recomendaría usted? Holmes me puso la mano en el brazo.
-Si mi amigo está dispuesto a acompañarle, no hay persona que resulte más útil
en una situación dificil. Nadie lo puede decir con más seguridad que yo.
Aquella propuesta fue una sorpresa total para mí, pero, antes de que pudiera
responder, Baskerville me tomó la mano y la estrechó cordialmente.
-Vaya, doctor Watson, es usted muy amable -dijo-. Ya ve la clase de persona
que soy y sabe de este asunto tanto como yo. Si viene conmigo a la mansión de
los Baskerville y me ayuda a salir del apuro no lo olvidaré nunca.
Siempre me ha fascinado la posibilidad de una aventura y me sentía además
halagado por las palabras de Holmes y por el entusiasmo con que el baronet me
había aceptado por compañero.
-Iré con mucho gusto -dije- . No creo que pudiera emplear mi tiempo de mejor
manera.
-También se ocupará usted de informarme con toda precisión -dijo Holmes-.
Cuando se produzca una crisis, como sin duda sucederá, le indicaré lo que tiene
que hacer. ¿Estarán ustedes listos para el sábado?
-¿Le convendrá ese día al doctor Watson?
-No hay ningún problema.
-En ese caso, y si no tiene usted noticias en contra, el sábado nos reuniremos
en Paddington para tomar el tren de las 10,30.
Nos habíamos levantado ya para marcharnos cuando Baskerville lanzó un grito de
triunfo y, lanzándose hacia uno de los rincones de la habitación, sacó una bota
marrón de debajo de un armario.
-¡La bota queme faltaba! -exclamó.
-¡Ojalá todas nuestras dificultades desaparezcan tan fácilmente! -dijo
Sherlock Holmes.
-Resulta muy extraño de todas formas -señaló el doctor Mortimer-. Registré
cuidadosamente la habitación antes del almuerzo.
-Y yo hice lo mismo -añadió Baskerville-. Centímetro a centímetro.
-No había ninguna bota.
-En ese caso tiene que haberla colocado ahí el camarero mientras almorzábamos.
Se llamó al alemán, quien aseguró no saber nada de aquel asunto, y el mismo
resultado negativo dieron otras pesquisas. Se había añadido un elemento más a la
serie constante de pequeños misterios, en apariencia sin sentido, que se
sucedían unos a otros con gran rapidez. Dejando a un lado la macabra historia de
la muerte de Sir Charles, contábamos con una cadena de incidentes inexplicables,
todos en el espacio de cuarenta y ocho horas, entre los que figuraban la
recepción de la carta confeccionada con recortes de periódico, el espía de barba
negra en el cabriolé, la desaparición de la bota marrón recién comprada, la de
la vieja bota negra y ahora la reaparición de la nueva. Holmes guardó silencio
en el coche de caballos mientras regresábamos a Baker Street y sus cejas
fruncidas y la intensidad de su expresión me hacían saber que su mente, como la
mía, estaba ocupada tratando de encontrar una explicación que permitiera encajar
todos aquellos extraños episodios sin conexión aparente. De vuelta a casa
permaneció toda la tarde y hasta bien entrada la noche sumergido en el tabaco y
en sus pensamientos.
Poco antes de la cena llegaron dos telegramas. El primero decía así:
«Acabo de saber que Barrymore está en la mansión. BASKERVILLE.»
Y el segundo:
«Veintitrés hoteles visitados siguiendo instrucciones, pero lamento informar
ha sido imposible encontrar hoja cortada del Times. CARTWRIGHT.»
-Dos de mis pistas que se desvanecen, Watson. No hay nada tan estimulante como
un caso en el que todo se pone en contra. Hemos de seguir buscando.
-Aún nos queda el cochero que transportaba al espía. -Exactamente. He mandado
un telegrama al registro oficial para que nos facilite su nombre y dirección. No
me sorprendería que esto fuera una respuesta a mi pregunta. La llamada al timbre
de la casa resultó, sin embargo, más satisfactoria aún que una respuesta, porque
se abrió la puerta y entró un individuo de aspecto tosco que era evidentemente
el cochero en persona.
-La oficina central me ha hecho saber que un caballero que vive aquí ha
preguntado por el 2704 -dijo-. Llevo siete años conduciendo el cabriolé y no he
tenido nunca la menor queja. Vengo directamente del depósito para preguntarle
cara a cara qué es lo que tiene contra mí.
-No tengo nada contra usted, buen hombre -dijo mi amigo-. Estoy dispuesto, por
el contrario, a darle medio soberano si contesta con claridad a mis preguntas.
-Bueno, la verdad es que hoy he tenido un buen día, ¡ya lo creo que sí! -dijo
el cochero con una sonrisa-. ¿Qué quiere usted preguntarme, caballero?
-Antes de nada su nombre y dirección, por si volviera a necesitarle.
-John Clayton, del número 3 de Turpey Street, en el Borough. Encierro el
cabriolé en el depósito Shipley, cerca de la estación de Waterloo.
Sherlock Holmes tomó nota.
-Vamos a ver, Clayton, cuénteme todo lo que sepa acerca del cliente que estuvo
vigilando esta casa a las diez de la mañana y siguió después a dos caballeros
por Regent Street.
El cochero pareció sorprendido y un tanto avergonzado.
-Vaya, no voy a poder decirle gran cosa, porque al parecer ya sabe usted tanto
como yo -respondió-. La verdad es que aquel señor me dijo que era detective y
que no dijera nada a nadie acerca de él.
-Se trata de un asunto muy grave, buen hombre, y quizá se encontraría usted en
una situación muy difícil si tratase de ocultarme algo. ¿El cliente le dijo que
era detective? -Sí, señor, eso fue lo que dijo.
-¿Cuándo se lo dijo?
-Al marcharse.
-¿Dijo algo más?
-Me dijo cómo se llamaba.
Holmes me lanzó una rápida mirada de triunfo.
-¿De manera que le dijo cómo se llamaba? Eso fue una imprudencia. Y, ¿cuál era
su nombre?
-Dijo llamarse Sherlock Holmes.
Nunca he visto a mi amigo tan sorprendido como ante la respuesta del cochero.
Por un instante el asombro le dejó sin palabras. Luego lanzó una carcajada:
-¡Tocado, Watson! ¡Tocado, sin duda! -dijo-. Advierto la presencia de un
florete tan rápido y flexible como el mío. En esta ocasión ha conseguido un
blanco excelente. De manera que se llamaba Sherlock Holmes, ¿no es eso?
-Sí, señor, eso me dijo.
-¡Magnífico! Cuénteme dónde lo recogió y todo lo que pasó.
-Me paró a las nueve y media en Trafalgar Square. Dijo que era detective y me
ofreció dos guineas si seguía exactamente sus instrucciones durante todo el día
y no hacía preguntas. Acepté con mucho gusto. Primero nos dirigimos al hotel
Northumberland y esperamos allí hasta que salieron dos caballeros y alquilaron
un coche de la fila que esperaba delante de la puerta. Lo seguimos hasta que se
paró en un sitio cerca de aquí.
-Esta misma puerta -dijo Holmes.
-Bueno, eso no lo sé con certeza, pero aseguraría que mi cliente conocía muy
bien el sitio. Nos detuvimos a cierta distancia y esperamos durante hora y
media. Luego los dos caballeros pasaron a nuestro lado a pie y los fuimos
siguiendo por Baker Street y a lo largo de...
-Eso ya lo sé -dijo Holmes.
-Hasta recorrer las tres cuartas partes de Regent Street. Entonces mi cliente
levantó la trampilla y gritó que me dirigiera a la estación de Waterloo lo más
deprisa que pudiera. Fustigué a,la yegua y llegamos en menos de diez minutos.
Después me pagó las dos guineas, como había prometido, y entró en la estación.
Pero en el momento de marcharse se dio la vuelta y dijo: «Quizá le interese
saber que ha estado llevando al señor Sherlock Holmes». De esa manera supe cómo
se llamaba.
-Entiendo. ¿Y ya no volvió a verlo?
-No, una vez que entró en la estación.
-Y, ¿cómo describiría usted al señor Sherlock Holmes?
El cochero se rascó la cabeza.
-Bueno, a decir verdad no era un caballero fácil de describir. Unos cuarenta
años de edad y estatura media, cuatro o seis centímetros más bajo que usted. Iba
vestido como un dandi, llevaba barba, muy negra, cortada en recto por abajo, y
tenía la tez pálida. Me parece que eso es todo lo que recuerdo.
-¿Color de los ojos?
-No; eso no lo sé.
-¿No recuerda usted nada más?
-No, señor; nada más.
-Bien; en ese caso aquí tiene su medio soberano. Hay otro esperándole si me
trae alguna información más. ¡Buenas noches!
-Buenas noches, señor, y ¡muchas gracias!
John Clayton se marchó riendo entre dientes y Holmes se volvió hacia mí con un
encogimiento de hombros y una sonrisa de tristeza.
-Se ha roto nuestro tercer cabo y hemos terminado donde empezamos -dijo-. Ese
astuto granuja sabía el número de nuestra casa, sabía que Sir Henry Baskerville
había venido a verme, me reconoció en Regent Street, supuso que me había fijado
en el número del cabriolé y que acabaría por localizar al cochero, y decidió
enviarme ese mensaje impertinente. Se lo aseguro, Watson, esta vez nos hemos
tropezado con un adversario digno de nuestro acero. Me han dado jaque mate en
Londres. Sólo me cabe desearle que tenga usted mejor suerte en Devonshire. Pero
reconozco que no estoy tranquilo.
-¿No está tranquilo?
-No me gusta enviarlo a usted. Es un asunto muy feo, Watson, un asunto muy feo
y peligroso, y cuanto más sé de él menos me gusta. Sí, mi querido amigo, ríase
usted, pero le doy mi palabra de que me alegraré mucho de tenerlo otra vez sano
y salvo en Baker Street.
6
La mansión de los Baskerville
El día señalado Sir Henry Baskerville y el doctor Mortimer estaban listos para
emprender el viaje y, tal como habíamos convenido, salimos los tres camino de
Devonshire. Sherlock Holmes me acompañó a la estación y antes de partir me dio
las últimas instrucciones y consejos.
-No quiero influir sobre usted sugiriéndole teorías o sospechas, Watson.
Limítese a informarme de los hechos de la manera más completa posible y deje
para mí las teorías.
-¿Qué clase de hechos? -pregunté yo.
-Cualquier cosa que pueda tener relación con el caso, por indirecta que sea, y
sobre todo las relaciones del joven Baskerville con sus vecinos, o cualquier
elemento nuevo relativo a la muerte de Sir Charles. Por mi parte he hecho
algunas investigaciones en los últimos días, pero mucho me temo que los
resultados han sido negativos. Tan sólo una cosa parece cierta, y es que el
señor James Desmond, el próximo heredero, es un caballero virtuoso de edad
avanzada, por lo que no cabe pensar en él como responsable de esta persecución.
Creo sinceramente que podemos eliminarlo de nuestros cálculos. Nos quedan las
personas que en el momento presente conviven con Sir Henry en el páramo.
-¿No habría que librarse en primer lugar del matrimonio Barrymore?
-No, no; eso sería un error imperdonable. Si son inocentes cometeríamos una
gran injusticia y si son culpables estaríamos renunciando a toda posibilidad de
demostrarlo. No, no; los conservaremos en nuestra lista de sospechosos. Hay
además un mozo de cuadra en la mansión, si no recuerdo mal. Tampoco debemos
olvidar a los dos granjeros que cultivan las tierras del páramo. Viene a
continuación nuestro amigo el doctor Mortimer, de cuya honradez estoy
convencido, y su esposa, de quien nada sabemos. Hay que añadir a Stapleton, el
naturalista, y a su hermana quien, según se dice, es una joven muy atractiva.
Luego está el señor Frankland de la mansión Lafter, que también es un factor
desconocido, y uno o dos vecinos más. Esas son las personas que han de ser para
usted objeto muy especial de estudio.
-Haré todo lo que esté en mi mano.
-¿Lleva usted algún arma?
-Sí, he pensado que sería conveniente.
-Sin duda alguna. No se aleje de su revólver ni de día ni de noche y
manténgase alerta en todo momento. Nuestros amigos ya habían reservado asientos
en un vagón de primera clase y nos esperaban en el andén. -No; no disponemos de
ninguna nueva información -dijo el doctor Mortimer en respuesta a las preguntas
de Holmes-. De una cosa estoy seguro, y es que no nos han seguido durante los
dos últimos días. No hemos salido nunca sin mantener una estrecha vigilancia y
nadie nos hubiera pasado inadvertido.
-Espero que hayan permanecido siempre juntos.
-Excepto ayer por la tarde. Suelo dedicar un día a la diversión cuando vengo a
Londres, de manera que pasé la tarde en el museo del Colegio de Cirujanos.
-Y yo fui a pasear por el parque y a ver a la gente -dijo Baskerville-. Pero
no tuvimos problemas de ninguna clase.
-Fue una imprudencia de todas formas -dijo Holmes, moviendo la cabeza y
poniéndose muy serio-. Le ruego, Sir Henry, que no vaya solo a ningún sitio. Le
puede suceder una gran desgracia si lo hace. ¿Recuperó usted la otra bota?
-No, señor; ha desaparecido definitivamente.
-Vaya, vaya. Eso es muy interesante. Bien, hasta la vista -añadió mientras el
tren empezaba a deslizarse-. Recuerde, Sir Henry, una de las frases de aquella
extraña leyenda antigua que nos leyó el doctor Mortimer y evite el páramo en las
horas de oscuridad, cuando se intensifican los poderes del mal.
Volví la vista hacia el andén unos segundos más tarde y comprobé que aún
seguía allí la figura alta y austera de Holmes, todavía inmóvil, que continuaba
mirándonos.
El viaje fue rápido y agradable y lo empleé en conocer mejor a mis dos
acompañantes y en jugar con el spaniel del doctor Mortimer. En pocas horas la
tierra parda se convirtió en rojiza, el ladrillo se transformó en granito y
aparecieron vacas bermejas que pastaban en campos bien cercados donde la
exuberante hierba y la vegetación más frondosa daban testimonio de un clima más
fértil, aunque también más húmedo. El joven Baskerville miraba con gran interés
por la ventanilla y lanzó exclamaciones de alegría al reconocer los rasgos
familiares del paisaje de Devon.
-He visitado buena parte del mundo desde que salí de Inglaterra, doctor Watson
-dijo-, pero nunca he encontrado lugar alguno que se pueda comparar con estas
tierras.
-No conozco ningún natural de Devonshire que reniegue de su condado -hice
notar.
-Depende de la raza tanto como del condado -intervino el doctor Mortimer-. Una
simple mirada a nuestro amigo permite apreciar de inmediato la cabeza redonda de
los celtas, que se traduce en el entusiasmo céltico y en la capacidad de afecto.
La cabeza del pobre Sir Charles pertenecía a un tipo muy raro, mitad gaélica,
mitad irlandesa en sus características. Pero usted era muy joven cuando vio por
última vez la mansión de los Baskerville, ¿no es eso?
-No era más que un adolescente cuando murió mi padre y no vi nunca la mansión,
porque vivíamos en un pequeño chalet de la costa sur. De allí fui directamente a
vivir con un amigo norteamericano. Le aseguro que todo esto es tan nuevo para mí
como para el doctor Watson y ardo en deseos de ver el páramo.
-¿Es eso cierto? Pues ya tiene usted su meta al alcance de la mano, porque se
divisa desde aquí -dijo el doctor Mortimer, señalando hacia el paisaje.
Por encima de los verdes cuadrados de los campos y de la curva de un bosque,
se alzaba a lo lejos una colina gris y melancólica, con una extraña cumbre
dentada, borrosa y vaga en la distancia, semejante al paisaje fantástico de un
sueño. Baskerville permaneció inmóvil mucho tiempo, con los ojos fijos en ella,
y supe por la expresión de su rostro lo mucho que significaba para él ver por
primera vez aquel extraño lugar que los hombres de su sangre habían dominado
durante tanto tiempo y en el que habían dejado una huella tan honda. A pesar de
su traje de tweed, de su acento americano y de viajar en un prosaico vagón de
ferrocarril, sentí más que nunca, al contemplar su rostro, moreno y expresivo,
que era un auténtico descendiente de aquella larga sucesión de hombres de sangre
ardiente, tan fogosos como autoritarios. Las cejas espesas, las delicadas
ventanas de la nariz y los grandes ojos de color avellana daban fe de su
orgullo, de su valor y de su fortaleza. Si en aquel páramo inhóspito nos
esperaba una empresa difícil y peligrosa, contaba al menos con un compañero por
quien se podía aceptar un riesgo con la seguridad de que lo compartiría con
valor.
El tren se detuvo en una pequeña estación junto a la carretera y allí
descendimos. Fuera, más allá de una cerca blanca de poca altura, esperaba una
tartana tirada por dos jacos. Nuestra llegada suponía sin duda todo un
acontecimiento, porque el jefe de estación y los mozos de cuerda se arracimaron
a nuestro alrededor para llevarnos el equipaje. Era un lugar sencillo y
agradable, pero me sorprendió observar la presencia junto al portillo de dos
hombres de aspecto marcial con uniforme oscuro que se apoyaban en sus rifles y
que nos miraron con mucho interés cuando pasamos. El cochero, un hombrecillo de
facciones duras y manos nudosas, saludó a Sir Henry y pocos minutos después
volábamos ya por la amplia carretera blanca. Ondulantes tierras de pastos
ascendían a ambos lados y viejas casas con gabletes asomaban entre la densa
vegetación, pero detrás del campo tranquilo e iluminado por el sol se elevaba
siempre, oscura contra el cielo del atardecer, la larga y melancólica curva del
páramo, interrumpida por colinas dentadas y siniestras.
La tartana se desvió por una carretera lateral y empezamos a ascender por
caminos muy hundidos, desgastados por siglos de ruedas, con taludes muy altos a
los lados, cubiertos de musgo húmedo y carnosas lenguas de ciervo. Helechos
bronceados y zarzas resplandecían bajo la luz del sol poniente. Sin dejar de
subir, pasamos sobre un estrecho puente de granito y bordeamos un ruidoso y
veloz torrente, que espumeaba y rugía entre grandes rocas. Camino y curso de
agua discurrían después por un valle donde abundaban los robles achaparrados y
los abetos. A cada vuelta del camino Baskerville lanzaba una nueva exclamación
de placer y miraba con gran interés a su alrededor haciendo innumerables
preguntas. A él todo le parecía hermoso, pero para mí había un velo de
melancolía sobre el paisaje, en el que se marcaba con toda claridad la
proximidad del invierno. Los caminos estaban alfombrados de hojas amarillas que
también caían sobre nosotros. El traqueteo de las ruedas enmudecía cuando
atravesábamos montones de vegetación podrida: tristes regalos, en mi opinión,
para que la naturaleza los lanzara ante el coche del heredero de los Baskerville
que regresaba a su casa solariega.
-¡Caramba! -exclamó el doctor Mortimer-, ¿qué es esto?
Teníamos delante una pronunciada pendiente cubierta de brezos, una avanzadilla
del páramo. En lo más alto, tan destacado y tan preciso como una estatua
ecuestre sobre su pedestal, vimos a un soldado a caballo, sombrío y austero, el
rifle preparado sobre el antebrazo. Estaba vigilando la carretera por la que
circulábamos.
-¿Qué es lo que sucede, Perkins? -preguntó el doctor Mortimer.
El cochero se volvió a medias en su asiento.
-Se ha escapado un preso de Princetown, señor. Ya lleva tres días en libertad
y los guardianes vigilan todas las carreteras y las estaciones, pero hasta ahora
no han dado con él. A los agricultores de la zona no les gusta nada lo que pasa,
se lo aseguro.
-Bueno, según tengo entendido, se les recompensará con cinco libras si
proporcionan alguna información. -Es cierto, señor, pero la posibilidad de ganar
cinco libras es muy poca cosa comparada con el temor a que te corten el cuello.
Porque no se trata de un preso corriente. Es un individuo que no se detendría
ante nada.
-¿De quién se trata?
-Selden, señor: el asesino de Notting Hill.
Yo recordaba bien el caso, que había despertado el interés de Holmes por la
peculiar ferocidad del crimen y la absurda brutalidad que había acompañado todos
los actos del asesino. Se le había conmutado la pena capital en razón de algunas
dudas sobre el estado de sus facultades mentales, precisamente por lo atroz de
su conducta. Nuestra tartana había coronado una cuesta y entonces apareció ante
nosotros la enorme extensión del páramo, salpicado de montones de piedras y de
peñascos de formas extrañas. Enseguida se nos echó encima un viento frío que nos
hizo tiritar. En algún lugar de aquella llanura desolada se escondía el
diabólico asesino, oculto en un escondrijo como una bestia salvaje y con el
corazón lleno de malevolencia hacia toda la raza humana que lo había expulsado
de su seno. Sólo se necesitaba aquello para colmar el siniestro poder de
sugestión del páramo, junto con el viento helado y el cielo que empezaba a
oscurecerse. Hasta el mismo Baskerville guardó silencio y se ciñó más el abrigo.
Habíamos dejado atrás y abajo las tierras fértiles. Al volver la vista
contemplábamos los rayos oblicuos de un sol muy bajo que convertía los cursos de
agua en hebras de oro y que brillaba sobre la tierra roja recién removida por el
arado y sobre la extensa maraña de los bosques. El camino que teníamos ante
nosotros se fue haciendo más desolado y silvestre por encima de enormes
pendientes de color rojizo y verde oliva, salpicadas de peñascos gigantescos. De
cuando en cuando pasábamos junto a una de las casas del páramo, con las paredes
y el techo de piedra, sin planta trepadora alguna para dulcificar su severa
silueta. De repente nos encontramos ante una depresión con forma de taza,
salpicada de robles y abetos achaparrados, retorcidos e inclinados por la furia
de años de tormentas. Dos altas torres muy estrechas se alzaban por encima de
los árboles. El cochero señaló con la fusta.
-La mansión de los Baskerville -dijo.
Su dueño se había puesto en pie y la contemplaba con mejillas encendidas y
ojos brillantes. Pocos minutos después habíamos llegado al portón de la casa del
guarda, un laberinto de fantásticas tracerías en hierro forjado, con pilares a
cada lado gastados por las inclemencias del tiempo, manchados de líquenes y
coronados por las cabezas de jabalíes de los Baskerville. La casa del guarda era
una ruina de granito negro y desnudas costillas de vigas, pero frente a ella se
alzaba un nuevo edificio, construido a medias, primer fruto del oro sudafricano
de Sir Charles.
A través del portón penetramos en la avenida, donde las ruedas enmudecieron de
nuevo sobre las hojas muertas y donde los árboles centenarios cruzaban sus ramas
formando un túnel en sombra sobre nuestras cabezas. Baskerville se estremeció al
dirigir la mirada hacia el fondo de la larga y oscura avenida, donde la casa
brillaba débilmente como un fantasma.
-¿Fue aquí? -preguntó en voz baja.
-No, no; el paseo de los Tejos está al otro lado.
El joven heredero miró a su alrededor con expresión melancólica.
-No tiene nada de extraño que mi tío tuviera la impresión de que algo malo iba
a sucederle en un sitio como éste -dijo-. No se necesita más para asustar a
cualquiera. Haré que instalen una hilera de lámparas eléctricas antes de seis
meses, y no reconocerán ustedes el sitio cuando dispongamos en la puerta misma
de la mansión de una potencia de mil bujías de Swan y Edison.
La avenida desembocaba en una gran extensión de césped y teníamos ya la casa
ante nosotros. A pesar de la poca luz pude ver aún que la parte central era un
macizo edificio del que sobresalía un pórtico. Toda la fachada principal estaba
cubierta de hiedra, con algunos agujeros recortados aquí y allá para que una
ventana o un escudo de armas asomara a través del oscuro velo. Desde el bloque
central se alzaban las torres gemelas, antiguas, almenadas y horadadas por
muchas troneras. A izquierda y derecha de las torres se extendían las alas más
modernas de granito negro. Una luz mortecina brillaba a través de las ventanas
con gruesos parteluces, y de las altas chimeneas que nacían del techo de muy
pronunciada inclinación brotaba una sola columna de humo negro.
-¡Bienvenido, Sir Henry! Bienvenido a la mansión de los Baskerville!
Un hombre de estatura elevada había salido de la sombra del pórtico para abrir
la puerta de la tartana. La figura de una mujer se recortaba contra la luz
amarilla del vestíbulo. También esta última se adelantó para ayudar al hombre
con nuestro equipaje.
-Espero que no lo tome a mal, Sir Henry, pero voy a volver directamente a mi
casa -dijo el doctor Mortimer-. Mi mujer me aguarda.
-¿No se queda usted a cenar con nosotros?
-No; debo marcharme. Probablemente tendré trabajo esperándome. Me quedaría
para enseñarle la casa, pero Barrymore será mejor guía que yo. Hasta la vista y
no dude en mandar a buscarme de día o de noche si puedo serle útil.
El ruido de las ruedas se perdió avenida abajo mientras Sir Henry y yo
entrábamos en la casa y la puerta se cerraba con estrépito a nuestras espaldas.
Nos encontramos en una espléndida habitación de nobles proporciones y gruesas
vigas de madera de roble ennegrecida por el tiempo que formaban los pares del
techo. En la gran chimenea de tiempos pretéritos y detrás de los altos morillos
de hierro crepitaba y chisporroteaba un fuego de leña. Sir Henryyyo extendimos
las manos hacia él porque estábamos ateridos después del largo trayecto en la
tartana. Luego contemplamos las altas y estrechas ventanas con vidrios antiguos
de colores, el revestimiento de las paredes de madera de roble, las cabezas de
ciervo, los escudos de armas en las paredes, todo ello borroso y sombrío a la
escasa luz de la lámpara central.
-Exactamente como lo imaginaba -dijo Sir Henry-. ¿No es la imagen misma de un
antiguo hogar familiar? ¡Pensar que en esta sala han vivido los míos durante
cinco siglos! Esa simple idea hace que todo me parezca más solemne.
Vi cómo su rostro moreno se iluminaba de entusiasmo juvenil al mirar a su
alrededor. Se encontraba en un sitio donde la luz caía de lleno sobre él, pero
sombras muy largas descendían por las paredes y colgaban como un dosel negro por
encima de su cabeza; Barrymore había regresado de llevar el equipaje a nuestras
habitaciones y se detuvo ante nosotros con la discreción característica de un
criado competente. Era un hombre notable por su apariencia: alto, bien parecido,
barba negra cuadrada, tez pálida y facciones distinguidas.
-¿Desea usted que se sirva la cena inmediatamente, Sir Henry?
-¿Está lista?
-Dentro de muy pocos minutos, señor. Encontrarán agua caliente en sus
habitaciones. Mi mujer y yo, Sir Henry, seguiremos a su servicio con mucho gusto
hasta que disponga usted otra cosa, aunque no se le ocultará que con la nueva
situación habrá que ampliar la servidumbre de la casa.
-¿Qué nueva situación?
-Me refiero únicamente a que Sir Charles llevaba una vida muy retirada y
nosotros nos bastábamos para atender sus necesidades. Usted querrá, sin duda,
hacer más vida social y, en consecuencia, tendrá que introducir cambios.
-¿Quiere eso decir que su esposa y usted desean marcharse?
-Únicamente cuando ya no le cause a usted ningún trastorno.
-Pero su familia nos ha servido a lo largo de varias generaciones, ¿no es
cierto? Lamentaría comenzar mi vida aquí rompiendo una antigua relación
familiar.
Me pareció discernir signos de emoción en las pálidas facciones del mayordomo.
-Mis sentimientos son idénticos, Sir Henry, y mi esposa los comparte
plenamente. Pero, a decir verdad, los dos estábamos muy apegados a Sir Charles;
su muerte ha sido un golpe terrible y ha llenado esta casa de recuerdos
dolorosos. Mucho me temo que nunca recobraremos la paz de espíritu en la mansión
de los Baskerville.
-Pero, ¿qué es lo que se proponen hacer?
-Estoy convencido de que tendremos éxito si emprendemos algún negocio. La
generosidad de Sir Charles nos ha proporcionado los medios para ponerlo en
marcha. Y ahora, señor, quizá convenga que los acompañe a ustedes a sus
habitaciones.
Una galería rectangular con balaustrada, a la que se llegaba por una escalera
doble, corría alrededor de la gran sala central. Desde aquel punto dos largos
corredores se extendían a todo lo largo del edificio y a ellos se abrían los
dormitorios. El mío estaba en la misma ala que el de Baskerville y casi puerta
con puerta. Aquellas habitaciones parecían mucho más modernas que la parte
central de la mansión; el alegre empapelado y la abundancia de velas
contribuyeron un tanto a disipar la sombría impresión que se había apoderado de
mi mente desde nuestra llegada.
Pero el comedor, al que se accedía desde la gran sala central, era también un
lugar oscuro y melancólico. Se trataba de una larga cámara con un escalón que
separaba la parte inferior, reservada a los subordinados, del estrado donde se
colocaban los miembros de la familia. En un extremo se hallaba situado un palco
para los músicos. Vigas negras cruzaban por encima de nuestras cabezas y, más
arriba aún, el techo ennegrecido por el humo. Con hileras de antorchas
llameantes para iluminarlo y con el colorido y el tosco jolgorio de un banquete
de tiempos pretéritos quizá se hubiera dulcificado su aspecto; pero ahora,
cuando tan sólo dos caballeros vestidos de negro se sentaban dentro del pequeño
círculo de luz que proporcionaba una lámpara con pantalla, las voces se apagaban
y los espíritus se abatían. Una borrosa hilera de antepasados, ataviados de las
maneras más diversas, desde el caballero isabelino hasta el petimetre de la
Regencia, nos miraba desde lo alto y nos intimidaban con su compañía silenciosa.
Hablamos poco y, de manera excepcional, me alegré de que terminara la cena y de
que pudiéramos retirarnos a la moderna sala de billar para fumar un cigarrillo.
-A fe mía, no se puede decir que sea un sitio muy alegre -exclamó Sir Henry-.
Supongo que llegaremos a habituarnos, pero por el momento me siento un tanto
desplazado. No me extraña que mi tío se pusiera algo nervioso viviendo solo en
una casa como ésta. Si no le parece mal, hoy nos retiraremos pronto y quizá las
cosas nos parezcan un poco más risueñas mañana por la mañana.
Abrí las cortinas antes de acostarme y miré por la ventana de mi cuarto. Daba
a una extensión de césped situada delante de la puerta principal. Más allá, dos
bosquecillos gemían y se balanceaban, agitados por el viento cada vez más
intenso. La luna se abrió paso entre las nubes desbocadas. Gracias a su fría luz
vi más allá de los árboles una franja incompleta de rocas y la larga superficie
casi llana del melancólico páramo. Cerré las cortinas, convencido de que mi
última impresión coincidía con las anteriores.
Aunque no fue la última en realidad. Pronto descubrí que estaba cansado pero
insomne y di muchas vueltas en la cama, esperando un sueño que no venía. Muy a
lo lejos un reloj de pared daba los cuartos de hora, pero, por lo demás, un
silencio sepulcral reinaba sobre la vieja casa. Y luego, de repente, en la
quietud de la noche, llegó hasta mis oídos un sonido claro, resonante e
inconfundible. Eran los sollozos de una mujer, los jadeos ahogados de una
persona desgarrada por un sufrimiento incontrolable. Me senté en la cama y
escuché con atención. El ruido procedía sin duda del interior de la casa. Por
espacio de media hora esperé con los nervios en tensión, pero de nuevo reinó el
silencio, si se exceptúan las campanadas del reloj y el roce de la hiedra contra
la pared.
7
Los Stapleton de la casa Merripit
Al día siguiente la belleza de la mañana contribuyó a borrar de nuestras
mentes la impresión lúgubre y gris que a ambos nos había dejado el primer
contacto con la mansión de los Baskerville. Mientras Sir Henry y yo
desayunábamos, la luz del sol entraba a raudales por las altas ventanas con
parteluces, proyectando pálidas manchas de color procedentes de los escudos de
armas que decoraban los cristales. El revestimiento de madera brillaba como
bronce bajo los rayos dorados y costaba trabajo convencerse de que estábamos en
la misma cámara que la noche anterior había llenado nuestras almas de
melancolía.
-¡Sospecho que los culpables somos nosotros y no la casa! -exclamó el
baronet-. Llevábamos encima el cansancio del viaje y el frío del páramo, de
manera que miramos este sitio con malos ojos. Ahora que hemos descansado y nos
encontramos bien, nos parece alegre una vez más.
-Pero no fue todo un problema de imaginación -respondí yo-. ¿Acaso no oyó
usted durante la noche a alguien, una mujer en mi opinión, que sollozaba?
-Es curioso, porque, cuando estaba medio dormido, me pareció oír algo así.
Esperé un buen rato, pero el ruido no se repitió, de manera que llegué a la
conclusión de que lo había soñado.
-Yo lo oí con toda claridad y estoy seguro de que se trataba de los sollozos
de una mujer.
-Debemos informarnos inmediatamente.
Sir Henry tocó la campanilla y preguntó a Barrymore si podía explicarnos lo
sucedido. Me pareció que aumentaba un punto la palidez del mayordomo mientras
escuchaba la pregunta de su señor.
-No hay más que dos mujeres en la casa, Sir Henry -respondió-. Una es la
fregona, que duerme en la otra ala. La segunda es mi mujer, y puedo asegurarle
personalmente que ese sonido no procedía de ella.
Y sin embargo mentía, porque después del desayuno me crucé por casualidad con
la señora Barrymore, cuando el sol le iluminaba de lleno el rostro, en el largo
corredor al que daban los dormitorios. La esposa del mayordomo era una mujer
grande, de aspecto impasible, facciones muy marcadas y un gesto de boca severo y
decidido. Pero sus ojos enrojecidos, que me miraron desde detrás de unos
párpados hinchados, la denunciaban. Era ella, sin duda, quien lloraba por la
noche y, aunque su marido tenía que saberlo, había optado por correr el riesgo
de verse descubierto al afirmar que no era así. ¿Por qué lo había hecho? Y ¿por
qué lloraba su mujer tan amargamente? En torno a aquel hombre de tez pálida,
bien parecido y de barba negra, se estaba creando ya una atmósfera de misterio y
melancolía. Barrymore había encontrado el cuerpo sin vida de Sir Charles y
únicamente contábamos con su palabra para todo lo referente a las circunstancias
relacionadas con la muerte del anciano. ¿Existía la posibilidad de que, después
de todo, fuera Barrymore a quien habíamos visto en el cabriolé de Regent Street?
Podía muy bien tratarse de la misma barba. El cochero había descrito a un hombre
algo más bajo, pero no era impensable que se hubiera equivocado. ¿Cómo podía yo
aclarar aquel extremo de una vez por todas? Mi primera gestión consistiría en
visitar al administrador de correos de Grimpen y averiguar si a Barrymore se le
había entregado el telegrama de prueba en propia mano. Fuera cual fuese la
respuesta, al menos tendría ya algo de que informar a Sherlock Holmes.
Sir Henry necesitaba examinar un gran número de documentos después del
desayuno, de manera que era aquél el momento propicio para mi excursión, que
resultó ser un agradable paseo de seis kilómetros siguiendo el borde del páramo
y que me llevó finalmente a una aldehuela gris en la que dos edificios de mayor
tamaño, que resultaron ser la posada y la casa del doctor Mortimer, destacaban
considerablemente sobre el resto. El administrador de correos, que era también
el tendero del pueblo, se acordaba perfectamente del telegrama.
-Así es, caballero -dijo-; hice que se entregara al señor Barrymore, tal como
se indicaba.
-¿Quién lo entregó?
-Mi hijo, aquí presente. James, entregaste el telegrama al señor Barrymore en
la mansión la semana pasada, ¿no es cierto?
-Sí, padre; lo entregué yo. -¿En propia mano?
-Bueno, el señor Barrymore se hallaba en el desván en aquel momento, así que
no pudo ser en propia mano, pero se lo di a su esposa, que prometió entregarlo
inmediatamente.
-¿Viste al señor Barrymore?
-No, señor; ya le he dicho que estaba en el desván. -Si no lo viste, ¿cómo
sabes que estaba en el desván? -Sin duda su mujer sabía dónde estaba -dijo, de
malos modos, el administrador de correos-. ¿Es que no recibió el telegrama? Si
ha habido algún error, que presente la queja el señor Barrymore en persona.
Parecía inútil proseguir la investigación, pero estaba claro que, pese a la
estratagema de Holmes, seguíamos sin dilucidar si Barrymore se había trasladado
a Londres. Suponiendo que fuera así, suponiendo que la misma persona que había
visto a Sir Charles con vida por última vez hubiese sido el primero en seguir al
nuevo heredero a su regreso a Inglaterra, ¿qué consecuencias podían sacarse?
¿Era agente de terceros o actuaba por cuenta propia con algún propósito
siniestro? ¿Qué interés podía tener en perseguir a la familia Baskerville?
Recordé la extraña advertencia extraída del editorial del Times. ¿Era obra suya
o más bien de alguien que se proponía desbaratar sus planes? El único motivo
plausible era el sugerido por Sir Henry: si se conseguía asustar a la familia de
manera que no volviera a la mansión, los Barrymore dispondrían de manera
permanente de un hogar muy cómodo. Pero sin duda un motivo así resultaba
insuficiente para explicar unos planes tan sutiles como complejos que parecían
estar tejiendo una red invisible en torno al joven baronet. Holmes en persona
había dicho que de todas sus sensacionales investigaciones aquélla era la más
compleja. Mientras regresaba por el camino gris y solitario recé para que mi
amigo pudiera librarse pronto de sus ocupaciones y estuviera en condiciones de
venir a Devonshire y de retirar de mis hombros la pesada carga de
responsabilidad que había echado sobre ellos.
De repente mis pensamientos se vieron interrumpidos por el ruido de unos pasos
veloces y de una voz que repetía mi nombre. Me volví esperando ver al doctor
Mortimer, pero, para mi sorpresa, descubrí que me perseguía un desconocido. Se
trataba de un hombre pequeño, delgado, completamente afeitado, de aspecto
remilgado, cabello rubio y mandíbula estrecha, entre los treinta y los cuarenta
años de edad, que vestía un traje gris y llevaba sombrero de paja. Del hombro le
colgaba una caja de hojalata para especímenes botánicos y en la mano llevaba un
cazamariposas verde.
-Estoy seguro de que sabrá excusar mi atrevimiento, doctor Watson -me dijo al
llegar jadeando a donde me encontraba-. Aquí en el páramo somos gentes llanas y
no esperamos a las presentaciones oficiales. Quizá haya usted oído pronunciar mi
apellido a nuestro común amigo, el doctor Mortimer. Soy Stapleton y vivo en la
casa Merripit.
-El cazamariposas y la caja me hubieran bastado -dije-, porque sabía que el
señor Stapleton era naturalista. Pero, ¿cómo sabe usted quién soy yo?
-He ido a hacer una visita a Mortimer y, al pasar usted por la calle, lo hemos
visto desde la ventana de su consultorio. Dado que llevamos el mismo camino, se
me ha ocurrido alcanzarlo y presentarme. Confío en que Sir Henry no esté
demasiado fatigado por el viaje.
-Se encuentra perfectamente, muchas gracias. -Todos nos temíamos que después
de la triste desaparición de Sir Charles el nuevo baronet no quisiera vivir
aquí. Es mucho pedir que un hombre acaudalado venga a enterrarse en un sitio
como éste, pero no hace falta que le diga cuánto significa para toda la zona.
¿Hago bien en suponer que Sir Henry no alberga miedos supersticiosos en esta
materia?
-No creo que sea probable.
-Por supuesto usted conoce la leyenda del perro diabólico que persigue a la
familia.
-La he oído.
-¡Es notable lo crédulos que son los campesinos por estos alrededores! Muchos
de ellos están dispuestos a jurar que han visto en el páramo a un animal de esas
características -hablaba con una sonrisa, pero me pareció leer en sus ojos que
se tomaba aquel asunto con más seriedad-. Esa historia llegó a apoderarse de la
imaginación de Sir Charles y estoy convencido de que provocó su trágico fin.
-Pero, ¿cómo?
-Tenía los nervios tan desquiciados que la aparición de cualquier perro podría
haber tenido un efecto fatal sobre su corazón enfermo. Imagino que vio en
realidad algo así aquella última noche en el paseo de los Tejos. Yo temía que
pudiera suceder un desastre, sentía por él un gran afecto y no ignoraba la
debilidad de su corazón.
-¿Cómo lo sabía?
-Me lo había dicho mi amigo Mortimer.
-¿Piensa usted, entonces, que un perro persiguió a Sir Charles y que, en
consecuencia, el anciano baronet murió de miedo?
-¿Tiene usted alguna explicación mejor?
-No he llegado a ninguna conclusión.
-¿Tampoco su amigo, el señor Sherlock Holmes? Aquellas palabras me dejaron sin
respiración por un momento, pero la placidez del rostro de mi interlocutor y su
mirada impertérrita me hicieron comprender que no se proponía sorprenderme.
-Es inútil tratar de fingir que no le conocemos, doctor Watson -dijo-. Nos han
llegado sus relatos de las aventuras del famoso detective y no podría usted
celebrar sus éxitos sin darse también a conocer. Cuando Mortimer me dijo su
apellido, no pudo negar su identidad. Si está usted aquí, se sigue que el señor
Sherlock Holmes se interesa también por este asunto y, como es lógico, siento
curiosidad por saber su opinión sobre el caso.
-Me temo que no estoy en condiciones de responder a esa pregunta.
-¿Puede usted decirme si nos honrará visitándonos en persona?
-En el momento presente sus ocupaciones no le permiten abandonar Londres.
Tiene otros casos que requieren su atención.
-¡Qué lástima! Podría arrojar alguna luz sobre algo que está muy oscuro para
nosotros. Pero por lo que se refiere a sus propias investigaciones, doctor
Watson, si puedo serle útil de alguna manera, confío en que no vacile en
servirse de mí. Y si contara ya con alguna indicación sobre la naturaleza de sus
sospechas o sobre cómo se propone usted investigar el caso, quizá pudiera,
incluso ahora mismo, serle de ayuda o darle algún consejo.
-Siento desilusionarle, pero estoy aquí únicamente para visitar a mi amigo Sir
Henry y no necesito ayuda de ninguna clase.
-¡Excelente! -dijo Stapleton-. Tiene usted toda la razón para mostrarse
cauteloso y reservado. Me considero justamente reprendido por lo que ha sido sin
duda una intromisión injustificada y le prometo que no volveré a mencionar este
asunto.
Habíamos llegado a un punto donde un estrecho sendero cubierto de hierba se
separaba de la carretera para internarse en el páramo. A la derecha quedaba una
empinada colina salpicada de rocas que en tiempos remotos se había utilizado
como cantera de granito. La cara que estaba vuelta hacia nosotros formaba una
sombría escarpadura, en cuyos nichos crecían helechos y zarzas. Por encima de
una distante elevación se alzaba un penacho gris de humo.
-Un paseo no demasiado largo por esta senda del páramo nos llevará hasta la
casa Merripit -dijo mi acompañante-. Si dispone usted de una hora, tendré el
placer de presentarle a mi hermana.
Lo primero que pensé fue que mi deber era estar al lado de Sir Henry, pero a
continuación recordé los muchos documentos y facturas que abarrotaban la mesa de
su estudio. Era indudable que yo no podía ayudarlo en aquella tarea. Y Holmes me
había pedido expresamente que estudiara a los vecinos del baronet. Acepté la
invitación de Stapleton y torcimos juntos por el sendero.
-El páramo es un lugar maravilloso -dijo mi interlocutor, recorriendo con la
vista las ondulantes lomas, semejantes a grandes olas verdes, con crestas de
granito dentado que formaban con su espuma figuras fantásticas-. Nunca cansa. No
es posible imaginar los increíbles secretos que contiene. ¡Es tan vasto, tan
estéril, tan misterioso!
-Lo conoce usted bien, ¿no es cierto?
-Sólo llevo aquí dos años. Los naturales de la zona me llamarían recién
llegado. Vinimos poco después de que Sir Charles se instalara en la mansión.
Pero mis aficiones me han llevado a explorar todos los alrededores y estoy
convencido de que pocos conocen el páramo mejor que yo.
-¿Es difícil conocerlo?
-Muy difícil. Fíjese, por ejemplo, en esa gran llanura que se extiende hacia
el norte, con las extrañas colinas
que brotan de ella. ¿Observa usted algo notable en su superficie?
-Debe de ser un sitio excepcional para galopar.
-Eso es lo que pensaría cualquiera, pero ya le ha costado la vida a más de una
persona. ¿Advierte usted las manchas de color verde brillante que abundan por
toda su superficie?
-Sí, parecen más fértiles que el resto. Stapleton se echó a reír.
-Es la gran ciénaga de Grimpen -dijo-, donde un paso en falso significa la
muerte, tanto para un hombre como para cualquier animal. Ayer mismo vi a uno de
los jacos del páramo meterse en ella. No volvió a salir. Durante mucho tiempo
aún sobresalía la cabeza, pero el fango terminó por tragárselo. Incluso en las
estaciones secas es peligroso cruzarla, pero aún resulta peor después de las
lluvias del otoño. Y sin embargo yo soy capaz de llegar hasta el centro de la
ciénaga y regresar vivo. ¡Vaya por Dios, allí veo a otro de esos desgraciados
jacos!
Algo marrón se agitaba entre las juncias verdes. Después, un largo cuello
atormentado se disparó hacia lo alto y un terrible relincho resonó por todo el
páramo. El horror me heló la sangre en las venas, pero los nervios de mi
acompañante parecían ser más resistentes que los míos.
-¡Desaparecido! -dijo-. La ciénaga se lo ha tragado. Dos en cuarenta y ocho
horas y quizá muchos más, porque se acostumbran a ir allí cuando el tiempo es
seco y no advierten la diferencia hasta quedar atrapados. La gran ciénaga de
Grimpen es un sitio muy peligroso.
-¿Y usted dice que penetra en su interior?
-Sí, hay uno o dos senderos que un hombre muy ágil puede utilizar y yo los he
descubierto.
-Pero, ¿qué interés encuentra en un sitio tan espantoso?
-¿Ve usted aquellas colinas a lo lejos? Son en realidad islas separadas del
resto por la ciénaga infranqueable, que ha ido rodeándolas con el paso de los
años. Allí es donde se encuentran las plantas raras y las mariposas, si es usted
lo bastante hábil para llegar.
-Algún día probaré suerte. Stapleton me miró sorprendido.
-¡Por el amor de Dios, ni se le ocurra pensarlo! -dijo-. Su sangre caería
sobre mi cabeza. Le aseguro que no existe la menor posibilidad de que regrese
con vida. Yo lo consigo únicamente gracias a recordar ciertas señales de gran
complejidad.
-¡Caramba! -exclamé-. ¿Qué es eso?
Un largo gemido muy profundo, indescriptiblemente triste, se extendió por el
páramo. Aunque llenaba el aire, resultaba imposible decir de dónde procedía. De
un murmullo apagado pasó a convertirse en un hondísimo rugido, para volver de
nuevo al murmullo melancólico. Stapleton me miró con una expresión peculiar.
-¡Extraño lugar el páramo! -dijo.
-Pero, ¿qué era eso?
-Los campesinos dicen que es el sabueso de los Baskerville reclamando su
presa. Lo había oído antes una o dos veces, pero nunca con tanta claridad.
Con el frío del miedo en el corazón contemplé la enorme llanura salpicada por
las manchas verdes de los juncos. Nada se movía en aquella gran extensión si se
exceptúa una pareja de cuervos, que graznaron con fuerza desde un risco a
nuestras espaldas.
-Usted es un hombre educado: no me diga que da crédito a tonterías como ésa
-respondí-. ¿Cuál cree usted que es la causa de un sonido tan extraño?
-Las ciénagas hacen a veces ruidos extraños. El barro al moverse, o el agua al
subir de nivel, o algo parecido.
-No, no; era la voz de un ser vivo.
-Sí, quizá lo fuera. ¿Ha oído alguna vez mugir a un avetoro?
-No, nunca.
-Es un pájaro poco común; casi extinguido en Inglaterra actualmente, pero todo
es posible en el páramo. Sí; no me sorprendería que acabáramos de oír el grito
del último de los avetoros.
-Es la cosa más misteriosa y extraña que he oído en toda mi vida.
-Sí, estamos en un lugar más bien extraño. Mire la falda de esa colina. ¿Qué
supone usted que son esas formaciones?
Toda la empinada pendiente estaba cubierta de grises anillos de piedra, una
veintena al menos.
-¿Qué son? ¿Apriscos para las ovejas?
-No; son los hogares de nuestros dignos antepasados. Al hombre prehistórico le
gustaba vivir en el páramo, y como nadie lo ha vuelto a hacer desde entonces,
encontramos sus pequeñas construcciones exactamente como él las dejó. Es el
equivalente de las tiendas indias si se les quita el techo. Podrá usted ver
incluso el sitio donde hacían fuego así como el lugar donde dormían, si la
curiosidad le empuja a entrar en uno de ellos.
-Se trata, entonces, de toda una ciudad. ¿Cuándo estuvo habitada?
-Se remonta al periodo neolítico, pero se desconocen las fechas.
-¿A qué se dedicaban sus pobladores?
-El ganado pastaba por esas laderas y ellos aprendían a cavar en busca de
estaño cuando la espada de bronce
empezaba a desplazar al hacha de piedra. Fíjese en la gran zanja de la colina
de enfrente. Esa es su marca. Sí; encontrará usted cosas muy peculiares en el
páramo, doctor Watson. Ah, perdóneme un instante. Es sin duda un ejemplar de
Cyclopides.
Una mosca o mariposilla se había cruzado en nuestro camino y Stapleton se
lanzó al instante tras ella con gran energía y rapidez. Para consternación mía
el insecto voló directamente hacia la gran ciénaga, pero mi acompañante no se
detuvo ni un instante, persiguiéndola a saltos de mata en mata, con el
cazamariposas en ristre. Su ropa gris y la manera irregular de avanzar, a saltos
y en zigzag, no le diferenciaban mucho de un gran insecto alado. Contemplaba su
carrera con una mezcla de admiración por su extraordinario despliegue de
facultades y de miedo a que perdiera pie en la ciénaga traicionera, cuando oí
ruido de pasos y, al volverme, vi a una mujer que se acercaba hacia mí por el
sendero. Procedía de la dirección en la que, gracias al penacho de humo, sabía
ya que estaba localizada la casa Merripit, pero la inclinación del páramo me la
había ocultado hasta que estuvo muy cerca.
No tuve ninguna duda de que se trataba de la señorita Stapleton, puesto que en
el páramo no abundan las damas, y recordaba que alguien la había descrito como
muy bella. La mujer que avanzaba en mi dirección lo era, desde luego, y de una
hermosura muy poco corriente. No podía darse mayor contraste entre hermanos,
porque en el caso del naturalista la tonalidad era neutra, con cabello claro y
ojos grises, mientras que la señorita Stapleton era más oscura que ninguna de
las morenas que he visto en Inglaterra y además esbelta, elegante y alta. Su
rostro, altivo y de facciones delicadas, era tan regular que hubiera podido
parecer frío de no ser por la boca y los hermosos ojos, oscuros y vehementes.
Dada la perfección y elegancia de su vestido, resultaba, desde luego, una
extraña aparición en la solitaria senda del páramo. Seguía con los ojos las
evoluciones de su hermano cuando me di la vuelta, pero inmediatamente apresuró
el paso hacia mí. Yo me había descubierto y me disponía a explicarle mi
presencia con unas frases, cuando sus palabras hicieron que mis pensamientos
cambiaran por completo de dirección.
-¡Váyase! -dijo-. Vuelva a Londres inmediatamente. No pude hacer otra cosa que
contemplarla, estupefacto. Sus ojos echaban fuego al mismo tiempo que su pie
golpeaba el suelo con impaciencia.
-¿Por qué tendría que marcharme?
-No se lo puedo explicar -hablaba en voz baja y apremiante y con un curioso
ceceo en la pronunciación-. Pero, por el amor de Dios, haga lo que le pido.
Váyase y no vuelva nunca a pisar el páramo.
-Pero si acabo de llegar.
-Por favor -exclamó-. ¿No es capaz de reconocer una advertencia que se le hace
por su propio bien? ¡Vuélvase a Londres! ¡Póngase esta misma noche en camino!
¡Aléjese de este lugar a toda costa! ¡Silencio, vuelve mi hermano! Ni una
palabra de lo que le he dicho. ¿Le importaría cortarme la orquídea que está ahí,
entre las colas de caballo? Las orquídeas abundan en el páramo, aunque, por
supuesto, llega usted en una mala estación para disfrutar con la belleza de la
zona.
Stapleton había abandonado la caza y se acercaba a nosotros jadeante y con el
rostro encendido por el esfuerzo. -¡Hola, Beryl! -dijo; y tuve la impresión de
que el tono de su saludo no era excesivamente cordial.
-Estás muy sofocado, Jack.
-Sí. Perseguía a una Cyclopides. Es una mariposa muy poco corriente y raras
veces se la encuentra a finales del otoño. ¡Es una pena que no haya conseguido
capturarla!
Hablaba despreocupadamente, pero sus ojos claros nos vigilaban a ambos sin
descanso.
-Se han presentado ya, por lo que observo.
-Sí. Estaba explicando a Sir Henry que el otoño no es una buena época para la
verdadera belleza del páramo. -¿Cómo? ¿Con quién crees que estás hablando?
-Supongo que se trata de Sir Henry Baskerville.
-No, no -dije yo-. Sólo soy un humilde plebeyo, aunque Baskerville me honre
con su amistad. Me llamo Watson, doctor Watson.
El disgusto ensombreció por un momento el expresivo rostro de la joven.
-Hemos sido víctimas de un malentendido en nuestra conversación -dijo la
señorita Stapleton.
-En realidad no habéis tenido mucho tiempo -comentó su hermano, siempre con
los mismos ojos interrogadores.
-He hablado como si el doctor Watson fuera residente en lugar de simple
visitante -dijo la señorita Stapleton-. No puede importarle mucho si es pronto o
tarde para las orquídeas. Pero, una vez que ha llegado hasta aquí, espero que
nos acompañe para ver la casa Merripit.
Tras un breve paseo llegamos a una triste casa del páramo, granja de algún
ganadero en los antiguos días de prosperidad, arreglada después para convertirla
en vivienda moderna. La rodeaba un huerto, pero los árboles, como suele suceder
en el páramo, eran más pequeños de lo normal y estaban quemados por las heladas;
el lugar en conjunto daba impresión de pobreza y melancolía. Nos abrió la puerta
un viejo criado, una criatura extraña, arrugada y de aspecto mohoso, muy en
consonancia con la casa. Dentro, sin embargo, había habitaciones amplias,
amuebladas con una elegancia en la que me pareció reconocer el gusto de la
señorita Stapleton. Al contemplar desde sus ventanas el interminable páramo
salpicado de granito que se extendía sin solución de continuidad hasta el
horizonte más remoto, no pude por menos de preguntarme qué podía haber traído a
un lugar así a aquel hombre tan instruido y a aquella mujer tan hermosa.
-Extraña elección para vivir, ¿no es eso? -dijo Stapleton, como si hubiera
adivinado mis pensamientos-. Y sin embargo conseguimos ser aceptablemente
felices, ¿no es así, Beryl?
-Muy felices -dijo ella, aunque faltaba el acento de la convicción en sus
palabras.
-Yo llevaba un colegio privado en el norte -dijo Stapleton-. Para un hombre de
mi temperamento el trabajo resultaba monótono y poco interesante, pero el
privilegio de vivir con jóvenes, de ayudar a moldear sus mentes y de sembrar en
ellos el propio carácter y los propios ideales, era algo muy importante para mí.
Pero el destino se puso en contra nuestra. Se declaró una grave epidemia en el
colegio y tres de los muchachos murieron. La institución nunca se recuperó de
aquel golpe y gran parte de mi capital se perdió sin remedio. De todos modos, si
no fuera por la pérdida de la encantadora compañía de los muchachos, podría
alegrarme de mi desgracia, porque, dada mi intensa afición a la botánica y a la
zoología, tengo aquí un campo ilimitado de trabajo, y mi hermana está tan
dedicada como yo a la naturaleza. Le explico todo esto, doctor Watson, porque he
visto su expresión mientras contemplaba el páramo desde nuestra ventana.
-Es cierto que se me ha pasado por la cabeza la idea de que todo esto pueda
ser, quizá, un poco menos aburrido para usted que para su hermana.
-No, no -replicó ella inmediatamente-; no me aburro nunca.
-Disponemos de muchos libros y de nuestros estudios, y también contamos con
vecinos muy interesantes. El doctor Mortimer es un erudito en su campo. También
el pobre Sir Charles era un compañero admirable. Lo conocíamos bien y carezco de
palabras para explicar hasta qué punto lo echamos de menos. ¿Cree usted que
sería una impertinencia por mi parte hacer esta tarde una visita a Sir Henry
para conocerlo?
-Estoy seguro de que le encantará recibirlo.
-En ese caso quizá quiera usted tener la amabilidad de mencionarle que me
propongo hacerlo. Dentro de nuestra modestia tal vez podamos facilitarle un poco
las cosas hasta que se acostumbre a su nuevo hogar. ¿Quiere subir conmigo,
doctor Watson, y ver mi colección de Lepidoptera? Creo que es la más completa
del suroeste de Inglaterra. Para cuando haya terminado de examinarlas el
almuerzo estará casi listo.
Pero yo estaba deseoso de volver junto a la persona cuya seguridad se me había
confiado. Todo -la melancolía del páramo, la muerte del desgraciado jaco, el
extraño sonido asociado con la sombría leyenda de los Baskerville- contribuía a
teñir de tristeza mis pensamientos. Y por si todas aquellas impresiones más o
menos vagas no me bastaran, había que añadirles la advertencia clara y precisa
de la señorita Stapleton, hecha con tanta vehemencia que estaba convencido de
que la apoyaban razones serias y profundas. Rechacé los repetidos ruegos de los
hermanos para que me quedase a almorzar y emprendí de inmediato el camino de
regreso, utilizando el mismo sendero crecido de hierba por el que habíamos
venido.
Existe sin embargo, al parecer, algún atajo que utilizan quienes conocen mejor
la zona, porque antes de alcanzar la carretera me quedé pasmado al ver a la
señorita Stapleton sentada en una roca al borde del camino. El rubor del
esfuerzo embellecía aún más su rostro mientras se apretaba el costado con la
mano.
-He corrido todo el camino para alcanzarlo, doctor Watson -me dijo- y me ha
faltado hasta tiempo para ponerme el sombrero. No puedo detenerme porque de lo
contrario mi hermano repararía en mi ausencia. Quería decirle lo mucho que
siento la estúpida equivocación que he cometido al confundirle con Sir Henry.
Haga el favor de olvidar mis palabras, que no tienen ninguna aplicación en su
caso.
-Pero no puedo olvidarlas, señorita Stapleton -respondí-. Soy amigo de Sir
Henry y su bienestar es de gran importancia para mí. Dígame por qué estaba usted
tan deseosa de que Sir Henry regresara a Londres.
-Un simple capricho de mujer, doctor Watson. Cuando me conozca mejor
comprenderá que no siempre puedo dar razón de lo que digo o hago.
-No, no. Recuerdo el temblor de su voz. Recuerdo la expresión de sus ojos. Por
favor, sea sincera conmigo, señorita Stapleton, porque desde que estoy aquí
tengo la sensación de vivir rodeado de sombras. Mi existencia se ha convertido
en algo parecido a la gran ciénaga de Grimpen: abundan por todas partes las
manchas verdes que ceden bajo los pies y carezco de guía que me señale el
camino. Dígame, por favor, a qué se refería usted, y le prometo transmitir la
advertencia a Sir Henry.
Por un instante apareció en su rostro una expresión de duda, pero cuando me
respondió su mirada había vuelto a endurecerse.
-Se preocupa usted demasiado, doctor Watson -fueron sus palabras-. A mi
hermano y a mí nos impresionó mucho la muerte de Sir Charles. Lo conocíamos muy
bien, porque su paseo favorito era atravesar el páramo hasta nuestra casa. A Sir
Charles le afectaba profundamente la maldición que pesaba sobre su familia y al
producirse la tragedia pensé, como es lógico, que debía de existir algún
fundamento para los temores que él expresaba. Me preocupa, por lo tanto, que
otro miembro de la familia venga a vivir aquí, y creo que se le debe avisar del
peligro que corre. Eso es todo lo que me proponía transmitir con mis palabras.
-Pero, ¿cuál es el peligro?
-¿Conoce usted la historia del sabueso? -No creo en semejante tontería.
-Pues yo sí. Si tiene usted alguna influencia sobre Sir Henry, aléjelo de un
lugar que siempre ha sido funesto para su familia. El mundo es muy grande. ¿Por
qué tendría que vivir en un lugar donde corre tanto peligro?
-Precisamente por eso. Esa es la manera de ser de Sir Henry. Mucho me temo que
si no me da usted una información más precisa, no logrará que se marche.
-No puedo decir nada más preciso porque no lo sé.
-Permítame que le haga una pregunta más, señorita Stapleton. Si únicamente era
eso lo que quería usted decir cuando habló conmigo por vez primera, ¿por qué
tenía tanto interés en que su hermano no oyera lo que me decía? No hay en sus
palabras nada a lo que ni él, ni nadie, pueda poner objeciones.
-Mi hermano está deseosísimo de que la mansión de los Baskerville siga
ocupada, porque cree que eso beneficia a los pobres que viven en el páramo. Se
enojaría si supiera que he dicho algo que pueda impulsar a Sir Henry a
marcharse. Pero ya he cumplido con mi deber y no voy a decir nada más. Tengo que
volver a casa o de lo contrario Jack me echará de menos y sospechará que he
estado con usted. ¡Hasta la vista!
Se dio la vuelta y en muy pocos minutos había desaparecido entre los peñascos
desperdigados por el páramo, mientras yo, con el alma llena de vagos temores,
proseguía mi camino hacia la mansión de los Baskerville.
8
Primer informe del doctor Watson
Apartir de ahora seguiré el curso de los acontecimientos mediante la
transcripción de mis cartas a Sherlock Holmes, que tengo delante de mí sobre la
mesa. Falta una página, pero, por lo demás, las reproduzco exactamente como
fueron escritas y muestran mis sentimientos y sospechas del momento con más
precisión de lo que podría hacerlo mi memoria, a pesar de la claridad con que
recuerdo aquellos trágicos sucesos.
«Mansión de los Baskerville,13 de octubre
»Mi querido Holmes:
»Mis cartas y telegramas anteriores le han mantenido al día sobre todo lo que
ha ocurrido en este rincón del mundo tan olvidado de Dios. Cuanto más tiempo se
pasa aquí, más profundamente se mete en el alma el espíritu del páramo, su
inmensidad y también su terrible encanto. Tan pronto como se penetra en él,
queda atrás toda huella de la Inglaterra moderna y, en cambio, se advierte por
doquier la presencia de los hogares y de las obras del hombre prehistórico. Se
vaya por donde se vaya, siempre aparecen las casas de esas gentes olvidadas, con
sus tumbas y con los enormes monolitos que, al parecer, señalaban el
emplazamiento de sus templos. Cuando se contemplan sus refugios de piedra gris
sobre un fondo de laderas agrestes, se deja a la espalda la época actual y si
viéramos a un peludo ser humano cubierto con pieles de animales salir a gatas
por una puerta que es como la boca de una madriguera y colocar una flecha con
punta de pedernal en la cuerda de su arco, pensaríamos que su presencia en este
sitio está mucho más justificada que la nuestra. Lo más extraño es que vivieran
tantos en lo que siempre ha debido de ser una tierra muy poco fértil. No soy
experto en prehistoria, pero imagino que se trataba de una raza nada belicosa y
frecuentemente acosada que se vio forzada a aceptar las tierras que nadie más
estaba dispuesto a ocupar.
»Todo esto, sin embargo, nada tiene que ver con la misión que usted me confió
y probablemente carecerá por completo de interés para una mente tan
estrictamente práctica como la suya. Todavía recuerdo su completa indiferencia
en cuanto a si el sol se movía alrededor de la tierra o la tierra alrededor del
sol. Permítame, por lo tanto, que vuelva a los hechos relacionados con Sir Henry
Baskerville.
»El hecho de que no haya usted recibido ningún informe en los últimos días
obedece a que hasta hoy no tenía nada importante que relatarle. Luego ha
ocurrido algo muy sorprendente que le contaré a su debido tiempo, pero, antes de
nada, debo ponerle al corriente acerca de otros elementos de la situación.
»Uno de ellos, al que apenas he aludido hasta este momento, es el preso
escapado que rondaba por el páramo. Ahora existen razones poderosas para creer
que se ha marchado, lo que supone un considerable alivio para aquellos
habitantes del distrito que viven aislados. Han transcurrido dos semanas desde
su huida, y en esos quince días no se le ha visto ni se ha oído nada relacionado
con él. Es a todas luces inconcebible que haya podido resistir en el páramo
durante tanto tiempo. Habría podido esconderse sin ninguna dificultad, desde
luego. Cualquiera de los habitáculos de piedra podría haberle servido de
refugio. Pero no hay nada que le proporcione alimento, a no ser que capture y
sacrifique una de las ovejas del páramo. Creemos, por lo tanto, que se ha
marchado, y el resultado es que los granjeros que están más aislados duermen
mejor.
»En esta casa nos alojamos cuatro varones en buen estado de salud, de manera
que podemos cuidarnos sin ayuda de nadie, pero confieso que he tenido momentos
de inquietud al pensar en los Stapleton, que se hallan a kilómetros del vecino
más próximo. En la casa Merripit sólo viven una criada, un anciano sirviente, la
hermana de Stapleton y el mismo Stapleton, que no es una persona de gran
fortaleza física. Si el preso lograra entrar en la casa, estarían indefensos en
manos de un individuo tan desesperado como este criminal de Notting Hill. Tanto
a Sir Henry como a mí nos preocupa mucho su situación, y les sugerimos que
Perkins, el mozo de cuadra, fuese a dormir a su casa, pero Stapleton no ha
querido ni oír hablar de ello.
»Lo cierto es que nuestro amigo el baronet empieza a interesarse mucho por su
hermosa vecina. No tiene nada de sorprendente, porque para un hombre tan activo
como él el tiempo se hace muy largo en este lugar tan solitario, y la señorita
Stapleton es una mujer muy hermosa y fascinante. Hay en ella un algo tropical y
exótico que crea un contraste singular con su hermano, tan frío e impasible.
También él, sin embargo, sugiere la idea de fuegos escondidos. Stapleton tiene
sin duda una marcada influencia sobre su hermana, porque he comprobado que
cuando habla lo mira continuamente, como si buscara su aprobación para todo lo
que dice. Espero que sea afectuoso con ella. El brillo seco de los ojos de
Stapleton y la firme expresión de su boca de labios muy finos denuncian un
carácter dominante y posiblemente despótico. Sin duda será para usted un
interesante objeto de estudio.
»Vino a saludar a Baskerville el mismo día en que lo conocí y a la mañana
siguiente nos llevó a los dos al sitio donde se supone que tuvo origen la
leyenda sobre el malvado Hugo. Fue una excursión de varios kilómetros a través
del páramo hasta un lugar que pudo, por sí solo, haber sugerido la historia,
dado lo deprimente que resulta. Encontramos un valle de poca longitud entre
peñascos escarpados, que desembocaba en un espacio abierto y verde salpicado de
juncias. En el centro se alzaban dos grandes piedras, muy gastadas y bien
afiladas por la parte superior, de manera que parecían los enormes colmillos, en
proceso de descomposición, de un animal monstruoso. El lugar se corresponde en
todos los detalles con el escenario de la antigua tragedia que ya conocemos. Sir
Henry manifestó gran interés y preguntó más de una vez a Stapleton si creía
realmente en la posibilidad de que los poderes sobrenaturales intervengan en los
asuntos humanos. Hablaba con desenfado, pero no cabe duda de que sentía mucho
interés. Stapleton se mostró cauto en sus respuestas, aunque se comprendía
enseguida que decía menos de lo que sabía y opinaba, y que no se sinceraba por
completo en consideración a los sentimientos del baronet. Nos contó casos
semejantes de familias víctimas de alguna influencia maligna y nos dejó con la
impresión de que compartía la opinión popular sobre el asunto.
»A la vuelta nos detuvimos en la casa Merripit para almorzar, y fue allí donde
Sir Henry conoció a la señorita Stapleton. Desde el primer momento Baskerville
pareció sentir una fuerte atracción y, si no estoy muy equivocado, el
sentimiento fue mutuo. Nuestro baronet habló de ella una y otra vez mientras
volvíamos a casa y desde entonces apenas ha transcurrido un día sin que veamos
en algún momento a los dos hermanos. Esta noche cenarán aquí y ya se habla de
que iremos a su casa la semana que viene. Cualquiera pensaría que semejante
enlace debería llenar de satisfacción a Stapleton y, sin embargo, más de una vez
he captado una mirada suya de intensísima desaprobación cuando Sir Henry tenía
alguna atención con su hermana. Sin duda está muy unido a ella y llevará una
vida muy solitaria si se ve privado de su compañía, pero parecería el colmo del
egoísmo que pusiera obstáculos a un matrimonio tan conveniente. Estoy
convencido, de todos modos, de que Stapleton no desea que la amistad entre ambos
llegue a convertirse en amor, y en varias ocasiones he observado sus esfuerzos
para impedir que se queden a solas. Le diré entre paréntesis que sus
instrucciones, en cuanto a no permitir que Sir Henry salga solo de la mansión,
serán mucho más difíciles de cumplir si una intriga amorosa viniera a añadirse a
las otras dificultades. Mis buenas relaciones con el baronet se resentirían muy
pronto si insistiera en seguir al pie de la letra las órdenes de usted.
»El otro día -el jueves, para ser más precisos- almorzó con nosotros el doctor
Mortimer. Ha realizado excavaciones en un túmulo funerario de Long Down y está
muy contento por el hallazgo de un cráneo prehistórico. ¡No ha habido nunca un
entusiasta tan resuelto como él! Los Stapleton se presentaron después, y el
bueno del doctor nos llevó a todos al paseo de los Tejos, a petición de Sir
Henry, para mostrarnos exactamente cómo sucedió la tragedia aquella noche
aciaga. El paseo de los Tejos es un camino muy largo y sombrío entre dos altas
paredes de seto recortado, con una estrecha franja de hierba a ambos lados. En
el extremo más distante se halla un pabellón de verano, viejo y ruinoso. A mitad
de camino está el portillo que da al páramo, donde el anciano caballero dejó
caer la ceniza de su cigarro puro. Se trata de un portillo de madera, pintado de
blanco, con un pestillo. Del otro lado se extiende el vasto páramo. Yo me
acordaba de su teoría de usted y traté de imaginar todo lo ocurrido. Mientras
Sir Charles estaba allí vio algo que se acercaba atravesando el páramo, algo que
le aterrorizó hasta el punto de hacerle perder la cabeza, por lo que corrió y
corrió hasta morir de puro horror y agotamiento. Teníamos delante el largo y
melancólico túnel de césped por el que huyó. Pero, ¿de qué? ¿De un perro pastor
del páramo? ¿O de un sabueso espectral, negro, enorme y silencioso? ¿Hubo
intervención humana en el asunto? ¿Acaso Barrymore, tan pálido y siempre
vigilante, sabe más de lo que contó? Todo resulta muy confuso y vago, pero
siempre aparece detrás la oscura sombra del delito.
»Desde la última vez que escribí he conocido a otro de los habitantes del
páramo. Se trata del señor Frankland, de la mansión Lafter, que vive a unos seis
kilómetros al sur de nosotros. Es un caballero anciano de cabellos blancos,
rubicundo y colérico. Le apasionan las leyes británicas y ha invertido una
fortuna en pleitear. Lucha por el simple placer de enfrentarse con alguien, y
está siempre dispuesto a defender los dos lados en una discusión, por lo que no
es sorprendente que pleitear le haya resultado una diversión costosa. En
ocasiones cierra un derecho de paso y desafia al ayuntamiento para que le
obligue a abrirlo. En otros casos rompe con sus propias manos el portón de otro
propietario y afirma que desde tiempo inmemorial ha existido allí una senda, por
lo que reta al propietario a que lo lleve a juicio por entrada ilegal. Es un
erudito en el antiguo derecho señorial y comunal, y unas veces aplica sus
conocimientos en favor de los habitantes de Fernworthy y otras en contra, de
manera que periódicamente lo llevan a hombros en triunfo por la calle mayor del
pueblo o lo queman en efigie, de acuerdo con su última hazaña. Se dice que en el
momento actual tiene entre manos unos siete pleitos que, probablemente, se
tragarán lo que le resta de fortuna, por lo que se quedará sin aguijón y será
inofensivo en el futuro. Aparte de las cuestiones jurídicas parece una persona
cariñosa y afable y sólo hago mención de él porque usted insistió en que le
enviara una descripción de todas las personas que nos rodean. En el momento
actual su ocupación es bien curiosa ya que, por su afición a la astronomía,
dispone de un excelente telescopio con el que se tumba en el tejado de su casa y
escudriña el páramo de la mañana a la noche con la esperanza de ponerle la vista
encima al preso escapado. Si consagrara a esto la totalidad de sus energías las
cosas irían a pedir de boca, pero se rumorea que tiene intención de pleitear
contra el doctor Mortimer por abrir una tumba sin el consentimiento de los
parientes más próximos del difunto, dado que extrajo un cráneo neolítico del
túmulo funerario de Long Down. Contribuye sin duda a alejar de nuestras vidas la
monotonía y nos proporciona pequeños intermedios cómicos de los que estamos muy
necesitados.
»Y ahora, después de haberle puesto al día sobre el preso fugado, sobre los
Stapleton, el doctor Mortimer y el señor Frankland de la mansión Lafter,
permítame que termine con lo más importante y vuelva a hablarle de los Barrymore
y en especial de los sorprendentes acontecimientos de la noche pasada.
»Antes de nada he de mencionar el telegrama que envió usted desde Londres para
asegurarse de que Barrymore estaba realmente aquí. Ya le expliqué que el
testimonio del administrador de correos invalida su estratagema, por lo que
carecemos de pruebas en un sentido u otro. Expliqué a Sir Henry cuál era la
situación e inmediatamente, con su franqueza característica, hizo llamar a
Barrymore y le preguntó si había recibido en persona el telegrama. Barrymore
respondió que sí.
»-¿Se lo entregó el chico en propia mano? -preguntó Sir Henry.
»Barrymore pareció sorprendido y estuvo pensando unos momentos.
»-No -dijo-; me hallaba en el ático en aquel momento y me lo trajo mi esposa.
»-¿Lo contestó usted mismo?
»-No; le dije a mi esposa cuál era la respuesta y ella bajó a escribirla.
»Por la noche fue el mismo Barrymore quien sacó el tema.
»-No consigo entender el objeto de su pregunta de esta mañana, Sir Henry
-dijo-. Espero que no signifique que mi comportamiento le ha llevado a perder su
confianza en mí.
»Sir Henry le aseguró que no era ése el caso y lo aplacó regalándole buena
parte de su antiguo vestuario, dado que había llegado ya el nuevo equipo
encargado en Londres.
»La señora Barrymore me interesa mucho. Es una mujer corpulenta, no demasiado
brillante, muy respetuosa y con inclinación al puritanismo. Es difícil imaginar
una persona menos propensa, en apariencia, a excesos emotivos. Y, sin embargo,
tal como ya le he contado a usted, la oí sollozar amargamente durante nuestra
primera noche aquí y desde entonces he observado en más de una ocasión huellas
de lágrimas en su rostro. Alguna honda aflicción le desgarra sin tregua el
corazón. A veces me pregunto si la obsesiona el recuerdo de alguna culpa y en
otras ocasiones sospecho que Barrymore puede ser un tirano en el seno de su
familia. Siempre he tenido la impresión de que había algo singular y dudoso en
el carácter de este hombre, pero la aventura de la noche pasada ha servido para
dar cuerpo a mis sospechas.
»Y, sin embargo, podría parecer una cuestión de poca importancia. Usted sabe
que nunca he dormido a pierna suelta, pero desde que vivo en guardia en esta
casa tengo el sueño más ligero que nunca. Anoche, a eso de las dos de la
madrugada, me despertaron los pasos sigilosos de alguien que cruzaba por delante
de mi habitación. Me levanté, abrí la puerta y miré. Una larga sombra negra se
deslizaba por el corredor, producida por un hombre que avanzaba en silencio con
una vela en la mano. Se cubría tan sólo con la camisa y los pantalones e iba
descalzo. No pude ver más que su silueta, pero su estatura me indicó que se
trataba de Barrymore. Caminaba muy despacio y tomando muchas precauciones, y
había un algo indescriptiblemente culpable y furtivo en todo su aspecto.
»Ya le he explicado que el corredor queda interrumpido por la galería que
rodea la gran sala, pero que continúa por el otro lado. Esperé a que Barrymore
se perdiera de vista y luego lo seguí. Cuando llegué a la galería ya estaba al
final del otro corredor y, gracias al resplandor de la vela a través de una
puerta abierta, vi que había entrado en una de las habitaciones. Ahora bien,
todas esas habitaciones carecen de muebles y están desocupadas, de manera que
aquella expedición resultaba todavía más misteriosa. La luz brillaba con fijeza,
como si Barrymore se hubiera inmovilizado. Me deslicé por el corredor lo más
silenciosamente que pude hasta asomarme apenas por la puerta abierta.
»Barrymore, agachado junto a la ventana, mantenía la vela pegada al cristal.
Su rostro estaba vuelto a medias hacia mí y sus facciones manifestaban la
tensión de la espera mientras escudriñaba la negrura del páramo. Por espacio de
varios minutos mantuvo la intensa vigilancia. Luego dejó escapar un hondo gemido
y con un gesto de impaciencia apagó la vela. Yo regresé inmediatamente a mi
habitación y muy poco después volví a oír los pasos sigilosos en su viaje de
regreso. Mucho más tarde, cuando estaba hundiéndome ya en un sueño ligero, oí
cómo una llave giraba en una cerradura, pero me fue imposible precisar de dónde
procedía el ruido. No soy capaz de adivinar el significado de lo sucedido, pero
sin duda en esta casa tan melancólica está en marcha algún asunto secreto que,
más pronto o más tarde, terminaremos por descubrir. No quiero molestarle con mis
teorías porque usted me pidió que sólo le proporcionara hechos. Esta mañana he
tenido una larga conversación con Sir Henry y hemos elaborado un plan de
campaña, basado en mis observaciones de la noche pasada, que no tengo intención
de explicarle a usted ahora mismo, pero que sin duda contribuirá a que mi
próximo informe resulte muy interesante. »
9
La luz en el páramo
[Segundo ínforme del doctor Watson]
«Mansión de los Baskerville, 15 de octubre
»Mi querido Holmes:
»Aunque durante los primeros días de mi misión no prodigara demasiado las
noticias, ahora reconocerá usted que estoy recuperando el tiempo perdido y que
los acontecimientos se suceden sin interrupción. En mi último informe di el do
de pecho con el hallazgo de Barrymore en la ventana y ahora tengo ya una
excelente segunda parte que, si no estoy muy equivocado, le sorprenderá
bastante. Los acontecimientos han tomado un sesgo que yo no podía prever. En
ciertos aspectos las cosas se han aclarado mucho durante las últimas cuarenta y
ocho horas y en otros se han complicado todavía más. Pero voy a contárselo todo,
y así podrá juzgar por sí mismo.
»A la mañana siguiente, antes de bajar a desayunar, examiné la habitación que
Barrymore había visitado la noche anterior. La ventana orientada al oeste por la
que miraba con tanto interés, tiene, según he podido advertir, una peculiaridad
que la distingue de todas las demás ventanas de la casa: es la que permite ver
el páramo desde más cerca, gracias a una abertura entre los árboles, mientras
que desde todas las otras se vislumbra con dificultad. De ahí se sigue que
Barrymore, dado que sólo esa ventana se ajusta a sus necesidades, buscaba algo o
a alguien que se encontraba en el páramo. La noche era muy oscura, por lo que es
difícil comprender cómo esperaba ver a nadie. A mí se me ocurrió la posibilidad
de que se tratara de alguna intriga amorosa. Ello explicaría el sigilo de sus
movimientos y también el desasosiego de su esposa. Barrymore es un individuo con
mucho atractivo, perfectamente capacitado para robarle el corazón a una
campesina, de manera que esta teoría parecía tener algunos elementos a su favor.
La apertura de la puerta que yo había oído después de regresar a mi dormitorio
podía querer decir que Barrymore abandonaba la casa para dirigirse a una cita
clandestina. Así razonaba yo conmigo mismo por la mañana y le cuento la
dirección que tomaron mis sospechas, pese a que nuestras posteriores
averiguaciones han demostrado que carecían por completo de fundamento.
»Pero, fuera cual fuese la verdadera explicación de los movimientos de
Barrymore, consideré superior a mis fuerzas la responsabilidad de guardar el
secreto sobre sus actividades hasta que pudiera explicarlas de manera
satisfactoria, por lo que después del desayuno me entrevisté con el baronet en
su estudio y le conté todo lo que había visto. Sir Henry se sorprendió menos de
lo que yo esperaba.
»-Sabía que Barrymore andaba de noche por la casa y había pensado hablar con
él sobre ello -me dijo-. He oído dos o tres veces sus pasos en el corredor,
yendo y viniendo, más o menos a la hora que usted menciona.
»-En ese caso quizá visite precisamente esa ventana todas las noches -sugerí.
»-Tal vez lo haga. Si es así, estaremos en condiciones de seguirlo y de ver
qué es lo que se trae entre manos. Me pregunto qué haría su amigo Holmes si