Ella es mi ballena –les gritó Sam a los hermanos Higgs, que habían visto el ballenato
varado en la playa. En la mañana, Sam descubrió al animal en la playa y durante largo
tiempo lo ayudó a mantenerse húmedo y lo protegió del sol canicular; con algas
mantuvo mojado su cuerpo y elaboró un toldo con una vela para que el sol no lo
quemara ni lo picotearan las gaviotas. También tenía que protegerlo de los hermanos
Higgs, que querían la mandíbula para su colección. Mientras auxiliaba al cetáceo,
Sam ideaba un plan para pedir ayuda y devolverlo al mar. Pero no había muchas
opciones. La mayoría de las personas del pueblo estaban fuera de casa en sus
labores. Pensó entonces en su hermana Emma.
Luego envió un mensaje de auxilio a Angus, el científi co de la región. Para Sam y su
cachalote bebé el tiempo transcurría lento y los peligros acechaban; pero al fi n llegó
Angus y juntos liberaron a la ballena, luego de grandes esfuerzos. Sam vivió la mejor
experiencia de su vida con esta gran hazaña, pues dio todo su amor a la ballena y
enfrentó situaciones de riesgo con gran valentía. Katherine Scholes es escritora
contemporánea, que nació en Tanzania en 1959. Pasó su infancia en África y luego se
trasladó a Inglaterra; actualmente vive en Australia. Escribe poesía, cuentos y guiones
para los lectores pequeños. Con su relato El niño y la ballena recibió el Whitley Book
Award. El cuento está traducido a varios idiomas, entre otros, danés, alemán, sueco,
japonés y holandés. “ellos no tiene por qué limpiar”
👉 Sí, “por qué” lleva tilde, pero además hay otro detalle importante.
✔ Forma correcta:
Ellos no tienen por qué limpiar.
¿Por qué lleva tilde?
• “por qué” (con tilde) se usa cuando equivale a “razón”, “motivo” o “causa”.
• En esta frase significa:
👉 no hay motivo para limpiar.
Por eso va:
• por (preposición)
• qué (pronombre interrogativo/exclamativo con tilde, aunque no haya pregunta
directa)
Para comparar:
• ❌ Ellos no tienen porque limpiar → incorrecto aquí
• ✔ Ellos no tienen por qué limpiar → correcto
📌 Y ojo: el verbo también debe ir en plural (tienen), porque el sujeto es ellos.
Si quieres, puedo darte una tablita rápida con por qué / porque / porqué / por que para
que no se confundan nunca 😉
necesito el resumen del siguiente cuento: todo en una 300 palabras, por favor:
Aquí tienes un resumen del cuento en aproximadamente 300 palabras:
Esa noche, observó con atención las sombras de su habitación. Algunas se estiraban más de
lo normal, otras parecían encogerse. Sin hacer ruido, la sombra de su escritorio se desplazó
lentamente hacia la pared. Mateo sintió miedo, pero también curiosidad. Recordó que su
abuela solía decir que las sombras guardan todo aquello que las personas callan.
Al día siguiente, comenzó a notar cambios en los demás. Algunos vecinos parecían más
cansados, otros evitaban mirarse a los ojos. Mateo comprendió que las sombras estaban
actuando por su cuenta porque habían acumulado demasiados silencios, secretos y palabras
no dichas. Decidió entonces prestar atención, escuchar más y hablar cuando fuera
necesario.
Con el paso de los días, Mateo empezó a ayudar a quienes lo rodeaban. Escuchó a un amigo
que se sentía solo, acompañó a su madre en silencio cuando estaba preocupada y habló con
su padre sobre cosas que nunca se habían animado a decirse. Poco a poco, las sombras
dejaron de moverse solas y volvieron a seguir a sus dueños.
Una tarde, mientras caminaba bajo el sol, Mateo notó que su sombra avanzaba a su lado sin
retrasarse. Sonrió, aliviado. Entendió que enfrentar lo que se oculta puede dar miedo, pero
ignorarlo lo hace crecer. Desde entonces, aprendió que decir la verdad, incluso en voz baja,
puede devolver el equilibrio a las sombras.
Con el paso de las horas, los habitantes del pueblo comenzaron a inquietarse. Nadie podía
verse en el río, y algunos aseguraban que tampoco se reconocían del todo a sí mismos. Las
discusiones aumentaron, los malentendidos se volvieron frecuentes y el ambiente se llenó
de tensión. El río, que siempre había sido un punto de encuentro, ahora parecía dividirlos.
Clara decidió investigar y habló con una anciana que vivía cerca de la orilla. Ella le explicó
que el río reflejaba solo a quienes se miraban con honestidad. Cuando las personas
olvidaban quiénes eran y actuaban con egoísmo o indiferencia, el agua perdía su brillo. El
problema no estaba en el río, sino en el corazón del pueblo.
Esa noche, Clara escribió una carta que colocó en la plaza. Invitaba a todos a recordar
quiénes eran, a pedir perdón, a escuchar más y juzgar menos. Poco a poco, algunos
comenzaron a cambiar sus actitudes. Ayudaron a sus vecinos, compartieron historias y
recuperaron la confianza perdida.
Una mañana, el río volvió a reflejar los rostros. No eran perfectos, pero sí verdaderos. Clara
sonrió al verse nuevamente en el agua y comprendió que la identidad no se pierde de golpe,
sino en pequeños descuidos. Desde entonces, el pueblo aprendió a mirarse antes de mirar al
río.
Con el paso de los días, el lugar dejó de ser solo un sitio de paso. La gente comenzó a
visitarlo para escuchar, pensar y recordar. Se limpiaron los senderos, se protegieron los
árboles y se prohibió dañarlos. El bosque ya no era visto como algo peligroso, sino como
un guardián silencioso de la historia del pueblo.
Julián entendió entonces que escuchar es una forma de cuidar. El bosque siguió
murmurando, pero ya no lo hacía solo para él. Ahora todos sabían que algunas voces no
piden ser respondidas, sino simplemente atendidas.
La noche en que el bosque empezó a murmurar, Julián supo que algo extraño estaba
ocurriendo. Vivía en una casa pequeña, al borde de los árboles, y conocía cada sonido del
lugar: el crujir de las ramas, el canto de los grillos, el viento entre las hojas. Sin embargo,
aquella vez escuchó palabras suaves, casi susurros, que parecían llamarlo por su nombre.
Aunque sintió miedo, la curiosidad fue más fuerte y decidió salir con una linterna para
averiguar de dónde provenían esas voces.
A medida que se adentraba en el bosque, los murmullos se volvieron más claros. No eran
amenazas ni gritos, sino relatos. Los árboles contaban historias antiguas sobre el pueblo,
sobre personas que habían pasado por allí dejando risas, promesas y también tristezas.
Julián comprendió que el bosque guardaba la memoria de todos, incluso de aquellos que ya
no estaban, y que nadie se había detenido nunca a escucharla.
Esa noche, Julián regresó a su casa con una idea firme. Al día siguiente habló con sus
vecinos y les contó lo que había descubierto. Al principio no le creyeron, pero aceptaron
acompañarlo. Cuando el grupo entró en silencio al bosque, las voces volvieron a
escucharse. Algunos reconocieron historias de sus abuelos, otros recordaron momentos que
creían olvidados. El bosque, por primera vez, era escuchado con respeto.
Con el paso de los días, el lugar dejó de ser solo un sitio de paso. La gente comenzó a
visitarlo para escuchar, pensar y recordar. Se limpiaron los senderos, se protegieron los
árboles y se prohibió dañarlos. El bosque ya no era visto como algo peligroso, sino como
un guardián silencioso de la historia del pueblo.
Julián entendió entonces que escuchar es una forma de cuidar. El bosque siguió
murmurando, pero ya no lo hacía solo para él. Ahora todos sabían que algunas voces no
piden ser respondidas, sino simplemente atendidas.
La noche en que el bosque empezó a murmurar, Julián supo que algo extraño estaba
ocurriendo. Vivía en una casa pequeña, al borde de los árboles, y conocía cada sonido del
lugar: el crujir de las ramas, el canto de los grillos, el viento entre las hojas. Sin embargo,
aquella vez escuchó palabras suaves, casi susurros, que parecían llamarlo por su nombre.
Aunque sintió miedo, la curiosidad fue más fuerte y decidió salir con una linterna para
averiguar de dónde provenían esas voces.
A medida que se adentraba en el bosque, los murmullos se volvieron más claros. No eran
amenazas ni gritos, sino relatos. Los árboles contaban historias antiguas sobre el pueblo,
sobre personas que habían pasado por allí dejando risas, promesas y también tristezas.
Julián comprendió que el bosque guardaba la memoria de todos, incluso de aquellos que ya
no estaban, y que nadie se había detenido nunca a escucharla.
Esa noche, Julián regresó a su casa con una idea firme. Al día siguiente habló con sus
vecinos y les contó lo que había descubierto. Al principio no le creyeron, pero aceptaron
acompañarlo. Cuando el grupo entró en silencio al bosque, las voces volvieron a
escucharse. Algunos reconocieron historias de sus abuelos, otros recordaron momentos que
creían olvidados. El bosque, por primera vez, era escuchado con respeto.
Con el paso de los días, el lugar dejó de ser solo un sitio de paso. La gente comenzó a
visitarlo para escuchar, pensar y recordar. Se limpiaron los senderos, se protegieron los
árboles y se prohibió dañarlos. El bosque ya no era visto como algo peligroso, sino como
un guardián silencioso de la historia del pueblo.
Julián entendió entonces que escuchar es una forma de cuidar. El bosque siguió
murmurando, pero ya no lo hacía solo para él. Ahora todos sabían que algunas voces no
piden ser respondidas, sino simplemente atendidas.