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Encuentro inquietante en una boda

Un hombre se encuentra en un bar antes de una boda cuando es abordado por un extraño que se presenta como sastre. Tras una conversación incómoda, el extraño lo lleva a un lugar oscuro y aterrador, donde revela que está en un 'Espacio en Blanco' y que necesita respuestas sobre su identidad. A medida que el protagonista se siente cada vez más perdido y asustado, el extraño insinúa que él es responsable de su falta de recuerdos y que aún no le ha puesto un nombre.
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Encuentro inquietante en una boda

Un hombre se encuentra en un bar antes de una boda cuando es abordado por un extraño que se presenta como sastre. Tras una conversación incómoda, el extraño lo lleva a un lugar oscuro y aterrador, donde revela que está en un 'Espacio en Blanco' y que necesita respuestas sobre su identidad. A medida que el protagonista se siente cada vez más perdido y asustado, el extraño insinúa que él es responsable de su falta de recuerdos y que aún no le ha puesto un nombre.
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XI

Yo estaba sentado en la terraza de aquel bar, tomando unas cervezas y haciendo algo de tiempo con
mis amigos, antes de entrar en una boda. Recuerdo coger el vaso con la intención de llevármelo a la
boca y notar una mano apoyarse en mi hombro.
— ¡Amigo mío!
Giré mi atención. Me sonreía de tal modo que tenía que conocerlo. Era calvo, delgado y vestía un
impresionante traje negro de dos botones. De su cara, sólo su sonrisa.
— ¿No se acuerda?
Yo estaba atónito. No es que no lo recordara, es que no lo había visto en mi vida.
—Bueno, bueno, bueno… es igual, de todos modos, dígame ¿qué importancia tiene el nombre,
verdad? ¿No ha leído el cuento de la fruta tropical?
Se creó un incómodo silencio. Bebí dos veces.
—Pero bueno, no se quede ahí pasmado, hombre, dígame, dígame: ¿qué es de usted? Oye y
¿qué se celebra?
Uno de mis amigos señaló a otro.
— ¡Es la boda de su hermana!
—Felicidades entonces. A usted, y a su hermana. Siempre es una buena alegría una unión tan
bonita como es el matrimonio, ¿verdad? —se llevó una mano a la frente, actuando un ligero despiste
— Pero bueno, pero qué descortés soy… Aquí, interrumpiéndoles, ¡y de pie! De verdad… Les pido
disculpas, ¿para qué están los modales? ¿Les molesta si cojo una silla y me siento con ustedes?
Aquello me cortó el aire.
—Bueno, verá, en realidad no puede porq…
—No se preocupe, hombre, no le robaré mucho tiempo.
Cogió una silla y se sentó.
—Cuénteme, cuénteme, ¿qué es de usted? A parte de… bueno, a parte de ir de boda en boda.
—Bueno, verá, pues yo…
—No me lo diga: trabaja de electricista.
—Así es, ¿cómo lo ha...
— ¡Qué bueno! Sí señor. Siempre le vi trabajando de aquello.
— ¿Y usted? —se me ocurrió preguntar—, ¿Qué ha sido de usted?
Arqueó una ceja echándose hacia atrás en su silla.
— ¿Cómo? ¿Desconoce mi profesión? Debe estar usted de broma…
Silencio. Incómodo silencio. Después se acomodó la corbata, y con una sonrisa todavía más amplia
dijo:
— ¡Soy sastre! ¡El electricista de la moda! Llevo varios años con un taller cerca de aquí. Supuse
que sería algo obvio para usted…
— ¿Y por qué supuso usted tal cosa?
—Bueno, lleva uno de mis trajes…
Miré mi traje. Miré mi chaqueta gris, mi camisa blanca, mis pantalones grises, recordé mis calzoncillos
y levanté mi mirada hacia aquella brillante y agobiante sonrisa.
—Y, además, veo que le falta a usted el chaleco. De hecho, es el único de todos sus amigos que
no lo lleva.
Volví a mirar. Era cierto, me faltaba el chaleco.
—Mire —Se levantó enérgico—. No sabe la suerte que ha tenido, justo tengo el taller
doblando aquella [Link] conmigo y le regalo el chaleco que necesita.
—Hombre no, no se preocupe, no pretendo molestarlo…
—No es molestia alguna, además, no pensará acudir a la boda de la hermana de… —buscaba al
hermano de la novia— de aquél, no pensará acudir a esa boda sin chaleco en su traje. Tengo, además,
dos motivos por los que hacerle el regalo.
— ¿Cuáles?
—Primero la boda, y segundo, claro está, la cantidad de tiempo que he pasado buscándolo.
¡Qué alegría me ha dado usted hoy, no se hace una idea! ¡Tanto tiempo! Ande, venga, venga usted
[Link] le digo que está a la vuelta de la [Link], venga.
Yo era incapaz de entender una sola palabra. Miraba a mis amigos esperando que alguno leyera en mi
frente que, en realidad, lo último que quería en ese momento era marcharme de allí. Terminé mi
cerveza, cogí mi chaqueta y me dispuse a seguir a aquel extraño y sonriente hombre trajeado.
—Vamos, venga. Mire, es ahí ¿lo ve? A la [Link] casi estamos.
Sacó un enorme llavero y se paró en seco delante de una puerta grande de madera y latón, con un
timbre disfuncional, que esperaba ser penetrada por una de aquellas llaves oxidadas.
— Aquí es. Siento la oscuridad, pero el interruptor se encuentra al final del recibidor.
Las bisagras de la puerta gritaron como gritan los cerdos en el matadero. Aquello era un zulo, oscuro,
maloliente, sonaban moscas por el amor de Dios. Moscas. Pisó, pisé, y me mojé el pantalón de un agua
un tanto espesa. Oí la puerta cerrarse tras de mí. El miedo empezaba a recorrer mi cuerpo.
—Cuidado con los charcos, es algo normal, aquí tenemos muchas humedades… Pero
cuénteme, ¿tiene usted hijos? ¿Consiguió casarse con aquella jovencita de la escuela? ¿Cómo se
llamaba… No consigo recordar…
Se me ocurrió inventarme un nombre.
— ¿Con Linda?
Él frenó en mitad de toda aquella oscura suciedad, yo choqué contra él.
— No, no, no... Aquella no era… ¡Oh! ¡Mire! ¡El interruptor!
Algo hizo CLICK. La luz intentaba encenderse. Al final lo consiguió. Aquello era espantoso. Aquello
era asqueroso. Aquello no era una sastrería, ni lo había sido, ni lo iba a ser. Yo seguía notando su
sonrisa clavándose en mi nuca. Sentí miedo como jamás lo había sentido. Aquel monstruo calvo y
flaco iba a matarme. Eché a correr hacia la puerta. Resbalé, tropecé y rebané mi brazo con algo
puntiagudo. Él se giró y sacó de nuevo aquel enorme llavero. Una puerta de metal esperaba ser
abierta. Me arrastré ensuciando mi traje. Conseguí llegar.
— ¿Cómo? ¿Ya se va? ¿Tan pronto?
La puerta estaba cerrada. Cerrada y atascada. Otras bisagras gritaron al final de aquel asqueroso
recibidor. Había abierto la puerta metálica. No podía escapar. No había ventanas, y si las había, aquel
degenarado las había tapiado. Seguro que no era el único al que había engañado. Mierda, ni siquiera
era el único. Ni el primero. Ni el último. Era uno más. Un cadáver más. Un hombre menos. Una luz
blanca salía de detrás de la puerta metálica. Era fuerte, limpia, pura.
— ¿No vas a querer, pues, tu chaleco? ¿Asistirás a la boda sin él?
Estaba loco. O él o yo, y me estaba imaginando todo aquello.
—Usted verá, tengo justo lo que necesita. Mire, aquí dentro. Aquí dentro tengo justo lo que
necesita.
Sudé y golpeé mi frente contra la puerta tres o cuatro veces. Luego fue el puño y mis nudillos
desnudos y una última vez más con la cabeza. No había nada que hacer.
Comencé a caminar hacia él. Notaba su sonrisa mordiendo mis entrañas. Atravesé al fin la pudiente
estancia y pasé a su lado justo antes de entrar en aquella potente luz blanca. Noté su brazo rodeando
mis hombros.
— Ya decía yo… Pensé que se alegraría más de verme, tanto tiempo buscándole… Pase, anda,
pase. Pase y siéntese. Ahora mismo miramos lo del chaleco.
La luz impactó en mi rostro. No podía ver nada. Nada salvo una luz blanca que se convirtió en negra
cuando se topó con mis pupilas. Era insoportable. Miré hacia abajo, tratando de acostumbrarme, poco
a poco, a la potencia de aquella luz que quemaba mis retinas.
Parpadeé.
Otra vez parpadeé.
Incluso otra vez más.
Comencé a distinguir, primero, el suelo. Blanco, de mármol, limpio. La sala era enorme, o parecía
serlo, como si hubieran situado magistralmente muchísimos espejos. Distinguí una mesa blanca,
alargada, rectangular, y con dos sillas de diseño, del mismo blanco, situadas en los extremos de la
misma. No parecía haber puertas ni ventanas, tan sólo paredes blancas, infinitas. Cuando mis ojos se
hubieron acostumbrado, miré al techo tratando de buscar las lámparas que producían aquella
insoportable luminaria. No había ninguna. Ninguna. ¿De dónde entonces provenía toda aquella
inaguantable luz blanca? Él paseaba a mi ritmo, con su brazo envolviendo mis hombros. Oía sus
zapatos chocando huecos contra el suelo a cada paso que daba.
—Siéntese, por favor. ¿Puede ver correctamente?
Ya casi lo había logrado. Me senté e intenté enfocarle la cara. Sólo sonrisa.
—Bien, deduzco que algo verá. Escuche, ha tenido usted muchísima suerte.
Yo no podía estar más desconcertado.
— ¿Quién es usted? ¿Va a matarme?
— ¿Qué quién soy yo? ¿Que si voy a matarlo? ¡Menudas preguntas! Creí que me conocía. No
le voy a mentir, no es usted el único que ha entrado aquí y no será el último. Eso espero, vamos.Y no,
de momento no tengo pensado matarle, así que no se preocupe.
— ¿Que no me preocupe? Mire, no le he visto en mi vida, intentaba ser cortés. ¿Qué es esto?
Por favor, déjeme salir de aquí.
—No lo entiendo, ¿no sabe, entonces, quién soy?
—¡No!
—Ni tampoco, claro, sabrá dónde estamos….
Estaba agotado, agotado de aquel espantoso juego del gato y el ratón.
—Pues la hemos hecho buena. Bien, me presento si así le ayuda: puede llamarme Sr. T, y
nosotros estamos, ahora mismo, en el Espacio en Blanco. En el taller, como le he dicho antes…
— ¿¡Qué taller?! ¡ESTÁ LOCO! ¡Sáqueme de aquí, por favor! ¡Sáqueme! ¡Déjeme salir!
—Escuche y tranquilícese, le dije que le daría un chaleco y no se irá de aquí sin él. Pero antes,
necesito unas respuestas, y le prometo, si me contesta con la verdad, bueno, con su verdad, que saldrá
de aquí con un chaleco nuevo y podrá volver a la boda con sus amigos. ¿De acuerdo?
Sudé alguna lágrima.
Asentí con mi rostro.
—Perfecto, escuche y conteste (en ese orden): ¿qué estaba haciendo en aquél bar?
—¿Qué?
—Oiga, la pregunta es bien sencilla, ¿qué estaba haciendo en aquél bar?
Dudé. Realmente no lo sabía.
—No lo sé. Esperaba una boda, creo. Hacía tiempo con mis amigos.
—Con sus amigos… Bien, ¿qué relación tiene con ellos?
—No lo sé.
— ¿Cómo no lo sabe? ¿Acaso no son sus amigos?
Volví a dudar. ¿Eran mis amigos? No guardaba recuerdo alguno de ellos, tan sólo estaba ahí, en el bar,
haciendo tiempo con ellos antes de asistir a una boda.
— ¿No era la boda de la hermana de uno de esos amigos suyos? ¿Recuerda su nombre? El de
ella, digo, ¿lo recuerda?
No recordaba nada. Es más, de pronto, no los conocía. No sabía quiénes eran. Busqué en mi pasado,
pero tampoco había nada. Sólo sabía que hacía tiempo con ellos. Nada más. Empecé a agobiarme de
verdad, a respirar más fuerte. Mi mente se bloqueó. De pronto no conocía a nadie y nadie me conocía
a mí. Golpeé con mi cabeza la mesa y me levanté y anduve en círculos, estirando los brazos y tratando
de comprender qué hacía en ese bar y quiénes eran esos “mis amigos”.
De verdad que no conseguía entender nada. Nada.
—Respire ¿Necesita agua?
—Por favor.
— ¿Fría?
—Por favor.
Sacó una botella de agua y sirvió un vaso. Tragué.
—Más.
Puso más agua, Tragué de nuevo.
—Más agua.
Otra vez puso agua, otra vez tragué.
—Bien, ahora ya está hidratado. Conteste, por favor ¿qué relación tiene con aquellas personas?
Miré el vaso de agua deseando que volviera a llenarlo y permanecí en silencio. Él dejó de sonreír y se
puso en pie, amenazante. Golpeó con su mano la mesa y me señaló con su dedo índice.
—Escúcheme y escúcheme atentamente: necesito saber esa información. Es mi punto de
partida. Si no, me es imposible crear nada. ¿Lo entiende o no lo entiende? ¡Tiene que ayudarme! ¡No
pienso quedarme encerrado otra vez en el Espacio en Blanco! Dígame: ¿qué relación tiene con esos
amigos suyos?
—No lo entiendo ¿qué más le da? Está loco. Loco. No le conozco, es más, apostaría a que
usted tampoco me conoce. Apostaría a que usted ni siquiera es sastre, usted… usted… ¡USTED NO
SE SABE MI NOMBRE!
—¿Cómo dice?
—¡No se lo sabe!
Volvió a sentarse en su silla, pensativo, agarrándose el labio inferior.
—Eso es una estupidez, y lo sabe.
—No se lo sabe. Dígamelo, dígame mi nombre. No me lo ha dicho en todo el rato. Ha fingido
conocerme, ¡eso es! ¡Ha fingido conocerme y me ha traído hasta aquí para jugar! ¡Es usted un sádico!
Se adelantó.
—Hágame un favor, si puede, claro: dígame usted su nombre.
Su sonrisa volvió y se clavaba en mi nariz. Yo no dejaba de sudar. ¿Mi nombre? ¿Mi nombre? Mi
nombre… Era incapaz. No me salía. O se me había olvidado o estaba tan nervioso que era incapaz de
pronunciar mi nombre. Nada. Mi nombre. Aquello con lo que te identifican, aquello que, se supone,
dictamina quién eres a lo largo de tu existencia. Mi maldito nombre.
—Yo… yo… yo…
—¿Así se llama usted? ¿Se llama usted “Yo, Yo, Yo”? Un poco ególatra quizás, ¿no le parece,
Señor “Yo,Yo,Yo”?
Aquella ironía rompió algo dentro de mí. Mi ira se disparó y pasó de los brazos a las rodillas, luego al
estómago, recorrió mi cuello, mis cejas, mis puños, mi cadera, mi pecho y, finalmente, se quedó quieta
en mi mirada, observando a aquel sonriente y sádico desconocido.
—¿Qué me ha hecho? ¿Por qué no puedo recordar mi nombre?
—Siéntese y tranquilícese, por favor. ¿Quiere más agua? Estupendo, le serviré otro vaso
entonces. Pero no lo beba tan a prisa, aquí dentro el tiempo pasa diferente.
Bebí la mitad del vaso.
—Escuche usted, es bien sencillo, si no sabe su nombre, no es porque no lo recuerde o porque
yo le haya hipnotizado para olvidarlo. Eso sería absurdo, vamos, ridículo y, además, no me serviría para
absolutamente nada… Si no sabe su nombre, es simple y llanamente porque, como a lo mejor puede
llegar a comprender: aún no se lo he puesto.
Silencio.
Tragué agua.
—¿Qué dice?
—Que aún no se lo he puesto.
—¿Usted?
—Yo.
—¿Por qué debería ponerme usted el nombre a mí?
—¿Aun no ha entendido nada?
Su rostro se giró de pronto atravesando todo aquel Espacio en Blanco. Ahora ya no me sonreía a mí.
— ¿Y usted? —preguntó, clavándote su sonrisa—, ¿Usted lo entendió?

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