El día empezó sin ninguna intención de ser memorable, que es como empiezan casi todos
los días que luego terminan siéndolo. El cielo tenía ese color indefinido entre gris y azul que
no se compromete con nada, y el aire olía a algo familiar pero imposible de nombrar. En
algún lugar, un ascensor subía y bajaba sin saber que estaba marcando el ritmo de la
mañana de varias personas a la vez.
Hay pensamientos que aparecen como invitados sorpresa. No traen equipaje, pero se
instalan en el sofá de la mente y se quedan más tiempo del previsto. Uno puede intentar
ignorarlos, poner música, cambiar de tema, pero siguen ahí, observando en silencio,
esperando el momento exacto para decir algo incómodo pero necesario. Curiosamente,
suelen tener razón, aunque eso solo se admita mucho después.
En una mesa cualquiera, alguien dibuja círculos con el dedo mientras escucha sin escuchar.
Las palabras pasan, rebotan, se mezclan con recuerdos viejos y planes que aún no tienen
forma. El mundo sigue funcionando a su alrededor: semáforos que cambian, mensajes que
llegan, relojes que no perdonan. Sin embargo, hay una pequeña pausa invisible donde todo
parece suspendido, como si la realidad respirara hondo antes de continuar.
Las historias no siempre necesitan un inicio claro. A veces empiezan a mitad de una frase, o
justo después de que algo importante ya haya ocurrido. Lo interesante no es tanto lo que
pasa, sino cómo se siente mientras pasa. Esa sensación extraña de estar viviendo algo que
algún día será pasado, algo que quizá se contará de forma distinta, con detalles exagerados
o silencios estratégicos.
La memoria es una editora caprichosa. Corta escenas, cambia el orden, añade música
donde no la hubo. Convierte momentos normales en símbolos y borra otros sin pedir
permiso. Gracias a ella, una tarde cualquiera puede convertirse en “aquella tarde”, y un
gesto pequeño puede adquirir un peso que en su momento parecía absurdo.
Al final, todo se parece un poco a improvisar una coreografía sin música. Se dan pasos
hacia delante, otros hacia atrás, algún tropiezo elegante que se disfraza de decisión
consciente. Y aunque nadie tenga del todo claro qué viene después, se sigue avanzando.
No por valentía, ni por certeza, sino por inercia, curiosidad y esa costumbre tan humana de
seguir incluso cuando el camino no está del todo dibujado.