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Pasión y escritura: consejos creativos

El autor reflexiona sobre la indignación y la pasión que deben guiar la escritura, utilizando ejemplos de su propia obra y experiencias personales. Propone que los escritores se enfoquen en lo que realmente desean o detestan, permitiendo que esas emociones impulsen sus historias. Además, destaca la importancia de disfrutar del proceso creativo, sin miedo a la reescritura, y de encontrar belleza en lo cotidiano.

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Pasión y escritura: consejos creativos

El autor reflexiona sobre la indignación y la pasión que deben guiar la escritura, utilizando ejemplos de su propia obra y experiencias personales. Propone que los escritores se enfoquen en lo que realmente desean o detestan, permitiendo que esas emociones impulsen sus historias. Además, destaca la importancia de disfrutar del proceso creativo, sin miedo a la reescritura, y de encontrar belleza en lo cotidiano.

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estado hojeando en la consulta del dentista, saltar a la máquina de escribir y desbocarse en

carcajadas rabiosas contra ese esnobismo tonto y a veces vergonzante? Eso mismo hice yo
hace unos años. Topé con un número donde los fotógrafos de Bazaar, con un perverso
sentido de la igualdad, volvían a utilizar nativos de un callejón de Puerto Rico junto a unas
modelos de aspecto famélico que posaban a beneficio de unas aún más demacradas
semimujeres de los mejores salones del país. Tal furia me dieron esas fotos que, más que
ir, me lancé hacia mi máquina y escribí «Sol y sombra», la historia de un viejo
portorriqueño que le arruina la tarde a un fotógrafo de Bazaar deslizándose en todas las
fotos y bajándose los pantalones.
Me atrevería a decir que hay algunos de ustedes que hubieran querido hacerlo. Yo me
di el gusto; las limpiadoras secuelas de la risa, el chillido, la gran carcajada como un
relincho. Es probable que los editores de Bazaar no oyeran nada. Pero muchos lectores
oyeron y exclamaron: ¡Vamos, Bazaar, vamos Bradbury! No reivindico victoria. Pero
cuando fui a colgar los guantes, tenían manchas de sangre.
¿Cuánto hace que no escribe una historia así, por pura indignación?
¿Cuándo fue la última vez que la policía lo paró en su barrio porque tenía ganas de
pasear y tal vez pensar de noche? A mí me sucedió bastantes veces como para que al fin,
irritado, escribiera «El peatón», un cuento sobre una época, dentro de cincuenta años, en
que a un hombre lo arrestan y someten a estudios clínicos porque insiste en mirar la
realidad no televisada y respirar aire no acondicionado.
Dejando de lado enojos e irritaciones, ¿y los gustos qué? ¿Qué es lo que más quiere en
el mundo? Hablo de las cosas grandes y las chicas. ¿Un tranvía, un par de zapatillas de
tenis? A éstas una vez, cuando éramos niños, nos las invistieron de magia. El año pasado
publiqué un cuento sobre el último viaje de un niño en un tranvía que huele a todas las
tormentas del tiempo, un tranvía lleno de asientos de terciopelo verde musgo y
electricidad azul pero destinado a que lo reemplace un prosaico autobús de olor más
práctico. Otro cuento trataba de un muchacho que quería un par de zapatillas de tenis
nuevas para poder saltar sobre ríos, casas y calles, y hasta arbustos, aceras y perros. Para
él las zapatillas eran una corriente de gacelas y antílopes en el estío del veld africano.
Había allí una energía de ríos liberados y tormentas veraniegas; no había nada en el
mundo que necesitara tanto como esas zapatillas.
Por consiguiente, sin complicaciones he aquí mi fórmula.
¿Qué es lo que más quiere usted en el mundo? ¿Qué ama, o qué detesta?
Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma.
Dele instrucciones de carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda.
Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia.
La garra y el entusiasmo de esa necesidad —y tanto en el amor como en el odio hay garra
—, encenderán el paisaje y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir.
Todo esto se dirige sobre todo al escritor que ya ha aprendido su oficio; es decir, que
ha asimilado suficientes útiles gramaticales y conocimiento literario como para no
tropezar cuando quiere correr. Pero el consejo también conviene al principiante, aunque
por razones puramente técnicas tenga que andar con paso inseguro. Incluso aquí la pasión
suele salvar la jornada.
La historia de cada cuento, entonces, debería leerse casi como un informe
meteorológico: Caluroso hoy, refrescando mañana. Hoy por la tarde incendie usted la casa.
Mañana vierta fría agua crítica sobre las brasas ardientes. Para cortar y reescribir ya habrá
tiempo mañana. Hoy, ¡estalle, hágase pedazos, desintégrese! Las otras seis o siete
versiones serán toda una tortura. ¿Por qué no disfrutar pues de la primera, con la esperanza
de que su gozo busque y encuentre en el mundo otros que al leer su cuento también se
incendien?
No tiene por qué ser un gran incendio. Un fuego pequeño, acaso la llama de una vela;
el anhelo de un prodigio mecánico como un tranvía o un prodigio animal como un par de
zapatillas corriendo a lo conejo por la hierba de la madrugada. Fíjese en los pequeños
encantos, encuentre y modele las pequeñas amarguras. Saboréelos en la boca, pruébelos en
la máquina. ¿Cuánto hace que no lee un libro de poesía o se toma una tarde para uno o dos
ensayos? ¿Ha leído alguna vez un número de Geriatrics, publicación oficial de la
Sociedad Geriátrica Americana, una revista dedicada «a la investigación y el estudio
clínico de las enfermedades y procesos de la tercera edad»? ¿Ha visto siquiera algún
ejemplar de What’s New, una revista publicada en el norte de Chicago por los laboratorios
Abbot, y que contiene artículos como «El Tubocurarene para cesáreas» o «El Fenurone en
la epilepsia», pero que también incluye poemas de William Carlos Williams y Archibald
Macleish, cuentos de Clifton Fadiman y Leo Rosten e ilustraciones de John Groth, Aaron
Bohrod, William Sharp y Russell Cowles? ¿Absurdo? Tal vez. Pero hay ideas en cualquier
lugar, como manzanas caídas deshaciéndose en la hierba por falta de caminantes con ojo y
lengua para la belleza, sea absurda, horrorosa o refinada.
Gerard Manley Hopkins lo dijo así:

Gloria a Dios por las cosas variopintas…


por los cielos bicolores como vacas pías;
por el lunar rosado en la pecosa trucha esquiva;
las ascuas en la hoja del castaño; el ala del pinzón;
el paisaje parcelado y dividido: redil, barbecho y aradío;
por todos los oficios, aparejos, pertrechos y accesorios.
Por todo lo adverso, original, sobrio, extraño;
lo voluble, lo moteado (¿quién sabe cómo?);
lo rápido, lo lento; lo dulce, lo agrio; lo tenue, lo brillante;
Él engendra y protege una belleza inmutable:
alabadlo.

Thomas Wolfe se tragó el mundo y vomitó lava. Dickens comió cada hora de su vida
en una mesa diferente. Moliere, para degustar la sociedad, empuñó un escalpelo, como
hicieron Pope y Shaw. Adonde se mire en el cosmos literario, todos los grandes están
atareados en amar y odiar. ¿Ha abandonado usted esta ocupación básica por obsoleta para
su escritura? Entonces se pierde una buena diversión. La diversión de la ira y el
desencanto, de amar y ser amado, de conmover y ser conmovido por este baile de
máscaras en el que giramos desde la cuna hasta el cementerio. La vida es corta, la
desdicha segura, la muerte cierta. Pero entretanto, en su trabajo, ¿por qué no transportar
esas hinchadas vejigas con las etiquetas de Garra y Entusiasmo? Con ellas, en viaje hacia
la tumba, yo me propongo azotar a un espantajo, acariciar el peinado de una linda chica y
saludar a un muchacho subido a un caqui.
Si alguien se me quiere unir, en el Ejército de Coxie hay lugar de sobra.
1973

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