Poder sin ley, pueblo sin voz
La corrupción del poder no solo destruye gobiernos, destruye también la conciencia de los
pueblos. En el presente ensayo denominado “Poder sin ley” veremos como quienes gobiernan
traicionan la ley que juraron defender, no solo se quiebran las instituciones, sino también la
confianza de la gente, que empieza a normalizar el abuso, el miedo y el silencio. La historia del
golpe de Estado de 1992 ofrece diversos motivos de reflexión alarmante sobre el futuro de la
democracia. Uno de ellos, en apariencia intrascendente, pero significativo, es el consenso en
llamar “autogolpe” (Alberto Fujimori 1992) al golpe de Estado. Esa imprecisión es el eco de
una cierta cultura política; para ésta, el Poder Ejecutivo es el único y verdadero poder, de
manera que cualquier atropello de este a otro poder del Estado es leído como un golpe contra sí
mismo. Hay mucho que cambiar al respecto.
Se ha discutido mucho sobre lo que significó el golpe de Estado en aquel momento. Es por eso
que nos planteamos la siguiente pregunta: ¿Cómo transformó el autogolpe de 1992 la relación
entre el poder Ejecutivo y las instituciones democráticas en el Perú? Bueno como sabemos los
partidarios del autoritarismo invocan ritualmente el respaldo masivo al golpe. Cerca del 80 por
ciento de la población se manifestó conforme. Esa cifra habla, en realidad, de las condiciones de
éxito del golpe, no de su legitimidad. La población peruana se encontraba en estado de zozobra;
la violencia armada y la crisis económica la hacían demandar respuestas rápidas. Pero el papel
de un estadista no es aprovechar el miedo de la población para someterla a la condición de
súbdita. Y esto último fue lo que sucedió desde el 5 de abril.
Los admiradores del golpe de Estado suelen justificarlo por sus antecedentes y elogiarlo por sus
efectos. Es cierto que los dos gobiernos precedentes no estuvieron a la altura del ideal
democrático. Fernando Belaúnde respetó las instituciones, pero presidió un gobierno altamente
violador de derechos humanos en el que la impunidad fue sistemática y en el que la corrupción
tampoco estuvo ausente. Esta alcanzó dimensiones mayúsculas durante el gobierno de Alan
García, durante el cual se replicó prácticas atroces en la lucha contra Sendero Luminoso. Pero
no era tarea del siguiente gobierno encaramarse sobre esas graves faltas para hacerlas peores. Y
eso fue lo que sucedió. Y si, por otro lado, fue durante los años noventa cuando se derrotó a
Sendero Luminoso, está demostrado que ello no sucedió gracias a los métodos del gobierno sino
a pesar de ellos. Este fue más efectivo en ejecutar un ajuste económico severo y sin
precauciones humanitarias porque, en efecto, los gobiernos autoritarios pueden imponer
penurias a la población sin rendir cuentas. Pero si con ello se ordenó las finanzas y se atrajo
capitales indispensables, ese mismo autoritarismo, ese uso arbitrario del poder, determinó que
en el año 2000 el país se encontrara en una grave crisis económica.
El legado del 5 de abril todavía pesa sobre la vida política del país. Fujimori y Montesinos no
inventaron el oportunismo de los independientes, pero lo aprovecharon y lo impulsaron.
Tampoco fueron ellos quienes indujeron el colapso de los partidos llamados tradicionales. Pero
potenciaron esa tendencia: generalizaron el término “partidocracia” como un estigma y,
mediante la manipulación de las reglas de representación política –es decir, régimen electoral y
ley de partidos—, provocaron la dispersión extrema y la degradación del sistema político. Hoy,
un cuarto de siglo después, todavía vivimos bajo ese régimen que priva a la ciudadanía de una
representación política con significado democrático.
Es imposible evocar el golpe de Estado de 1992 sin mencionar los dos grandes rasgos del
gobierno al que este dio origen: una corrupción sistemática y un régimen de impunidad para
atroces violaciones de derechos humanos. Mucho se ha escrito sobre esos rasgos y resulta
innecesario describirlos aquí. Más útil es resaltar que uno y otro son variaciones y resultados del
hecho central: la concentración de poder, la abolición del Estado de Derecho, el avasallamiento
de las instituciones. La subordinación de la prensa mediante prebendas y amenazas es efecto de
ese autoritarismo, aunque haya sido también una causa de su perduración. Crímenes como la
esterilización forzada de mujeres no se explican sin la confianza, extendida durante la década de
1990, de que el poder no tiene que responder a nadie por sus actos.
Desde la fuga de Alberto Fujimori, en el año 2000, el Perú intenta reconstruir una democracia
mejor liberándose del lastre de ocho años de autoritarismo, corrupción y degradación radical del
espacio público. Son varios, tal vez muchos, los pasos dados en esa dirección. Pero no son
menos los pasos pendientes. Salvo excepciones, los medios de comunicación parecen todavía un
reflejo de la cultura de la estridencia, la evasión y el ocultamiento orquestada por Vladimiro
Montesinos. Las organizaciones políticas no han logrado constituirse en entidades
razonablemente representativas, por un lado, y comprometidas escrupulosamente con el Estado
de Derecho, por otro lado. Y el país empieza a ser invadido por olas de intolerancia, por
retóricas de exclusión y por un amoralismo que presenta a la política como el reino del interés
privado y no como la arena de las inquietudes públicas. Esas tendencias son un legado furtivo
de los años noventa.
A comienzos del siglo XX se escribió: “jactarse de domeñar la anarquía desencadenándola y
justificándola […] entraña un contrasentido tan grande que sería jocoso si no fuera tan
aflictivo”. (José de la Riva-Agüero) hablaba, en 1911, del primer gobierno de Leguía, que ya era
la semilla del Oncenio autoritario. Pero podría haber estado hablando, también, de los cien años
siguientes de la vida política peruana, en los que ocasionales gobiernos de orden no han hecho
otra cosa que trastornar el régimen democrático y constitucional. A esa peculiar, paradójica
tradición subversiva pertenece el régimen inaugurado el 5 de abril de [Link] crimen más
perverso fue aquella noche en el Perú que no fue solo un hecho político, sino una herida
profunda en la democracia, una noche en la que el poder dejó de obedecer a la Constitución y
decidió imponerse por la fuerza.