0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas3 páginas

Descripción de una mansión aristocrática

Fiona llega a un majestuoso palacete que refleja el poder de su esposo, Juan Cruz, pero se siente abrumada y angustiada por su situación. La relación con su esposo es tensa, ya que se niega a compartir la cama y se siente incómoda con la presencia de Candelaria, una mujer negra que parece tener un lugar especial en la vida de Juan Cruz. A medida que Fiona lucha con su nuevo entorno y su estado emocional, su salud y bienestar se ven afectados por la falta de descanso y la presión de su matrimonio.

Cargado por

saraosejo8
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas3 páginas

Descripción de una mansión aristocrática

Fiona llega a un majestuoso palacete que refleja el poder de su esposo, Juan Cruz, pero se siente abrumada y angustiada por su situación. La relación con su esposo es tensa, ya que se niega a compartir la cama y se siente incómoda con la presencia de Candelaria, una mujer negra que parece tener un lugar especial en la vida de Juan Cruz. A medida que Fiona lucha con su nuevo entorno y su estado emocional, su salud y bienestar se ven afectados por la falta de descanso y la presión de su matrimonio.

Cargado por

saraosejo8
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

residencia de algún rey europeo, una de ésas que veía en los cuadros que aunt

Trícia le enviaba desde Londres. De dos pisos, mucho más elevada que los
altos de Riglos, estaba claramente dividida en sendas alas separadas por una
construcción circular que finalizaba en un techo cónico con una pequeña
claraboya en su ápice, como si se tratase de un cobertizo. En la parte superior,
cada una de las alas poseía varias puertaventanas que daban a un gran balcón
corrido que las comunicaba. El techo era a dos aguas, de modo tal que uno
caía hacia delante y podía ser divisado en su totalidad, mientras el otro se
perdía por detrás y era difícil verlo. El tejado era extraño; de color negro,
brillaba bajo la luz del sol y se tornaba por momentos de un color azul pétreo
que pronto volvía a convertirse en azabache. Tiempo después supo que se
trataba de una roca muy exclusiva llamada pizarra, que su esposo había hecho
traer de unas canteras en Italia. Finalmente, y sobre la cumbrera del tejado,
una baranda lo circundaba de un extremo al otro, imprimiéndole un toque tan
especial como extraño para la época. Su soberbia fachada gris caliza poseía
algunos detalles en ladrillos color terracota que bordeaban los sotabancos de
las puertaventanas.
Lo único que cruzó por su mente en ese momento fue que jamás podría
terminar de conocer aquel palacete que se erguía arrogante ante ella. La
increíble mansión era una prueba más del poder y dominio de su esposo, que
tanto había podido construir esa fastuosa casa como tomarla a ella a cambio
de algunas abultadas deudas. Este pensamiento la ahogó, y una sensación de
angustia le oprimió el pecho.
Varias sirvientas aparecieron por la puerta principal para recibir al patrón
y bajaron solícitas las escaleras de mármol hasta alcanzar el camino de
pedregullo en el que esperaban las tres volantas. Algunas eran negras, otras
mestizas, y todas vestían impecables guardapolvos blancos y llevaban las
cabezas cubiertas con pañuelos rojos.
Fiona, aún de pie cerca del coche, divisó entre la servidumbre a una negra
que se destacaba por su vestimenta. Un traje de seda borravino con detalles
en encaje color marfil festoneando el escote, demostraba que se trataba de
alguien especial. Obviamente, ésa era la negra que se suponía su madre. Pero
no podía ser cierto; los rasgos de Juan Cruz no presentaban ni siquiera un
atisbo de la raza africana que tan bien caracterizaba a la mujer. De labios muy
gruesos, nariz ancha y aplastada contra el rostro, ojos un tanto achinados,
frente amplia y cabello hirsuto y negro, esa mujer no podía ser su madre. La
divisa punzó que la negra había acomodado en el lado izquierdo de su tocado
era tan vistosa que Fiona sintió que la suya apenas se veía.
De Silva estaba alejado, cerca de la primera volanta, dando órdenes a los
otros cocheros, cuando su mirada se encontró con la de Candelaria. Fiona
supo en aquel instante que su esposo la adoraba: jamás había visto semejante
expresión en su rostro. Pareció que los ojos se le iluminaban como los de un
niño frente a un dulce, mientras el entrecejo, siempre fruncido, se le
suavizaba. Se acercó a grandes trancos a la mujer, que lo observaba seria,
pero no enojada.
—Te esperaba anoche —dijo la negra Candelaria con aire de
reconvención, provocando la sonrisa cómplice de Juan Cruz, que la tomó por
los hombros y la besó en las mejillas.
Luego, la condujo donde Fiona, que no podía apartar su mirada de la de
él. De Silva la escrutaba seriamente como diciéndole «atrévete con ella y te
mato».
—Candelaria, te presento a mi esposa, la señora Fiona de Silva. Fiona,
Candelaria es como una madre para mí; espero que la trates con el respeto
que merece.
—Es un placer, señora.
La joven la besó en ambas mejillas, tal como viera hacerlo a su esposo.
Se sintió extraña al conferir ese trato tan especial a una negra; por aquella
época eran casi como esclavos, aun cuando la Asamblea del año XIII hubiese
abolido esa práctica. De todos modos, tenía la certeza de que con de Silva a
su lado nada volvería a ser normal.
—El placer es mío, señora de Silva —contestó la mujer, sin disimular su
disgusto.
Las tres primeras noches en La Candelaria, Fiona durmió en el sofá de la sala
principal. Jamás consentiría en compartir una habitación con de Silva;
ahorraría esa humillación.
De Silva, por su parte, tampoco daba el brazo a torcer y no le permitía
ocupar otro de los tantos dormitorios de la casa. O se instalaba en el de él o
en ningún otro.
El matrimonio aún no se había consumado, Fiona no quería compartir su
cama y, lo que era peor aún, lo miraba de soslayo y con desprecio. Estaba de
un humor de los mil demonios y los empleados de la estancia eran sus
víctimas. Nunca había resultado un patrón fácil pero la paga era buena, sus
campos los más famosos, y trabajar en una de sus estancias o en el saladero
era una llave segura para cualquier otro empleo. Ahora, estaba
definitivamente insoportable, jamás lo habían visto así. Parecía un volcán a
punto de entrar en erupción, se molestaba por tonteras y, por momentos,
parecía distraído. Era obvio que se trataba del asunto con la mujer, concluían
los peones en la ronda del mate, cerca del fuego, por la noche.
Por fin, la cuarta mañana, María la despertó de su incómodo sueño en el
sillón. Al erguirse, todavía amodorrada y mareada, todos y cada uno de sus
músculos estaban contracturados. Las ojeras, cada vez más violáceas, se
acentuaban bajo sus ojos enrojecidos, y el semblante pálido por la falta de
buen dormir le daba un aspecto fantasmagórico. Casi no había comido; sentía
que tenía las paredes del estómago pegadas, y eso le provocaba una espantosa
sensación de languidez.
Se acomodó en el sillón con las manos bajo la cintura y descubrió su
aspecto reflejado en un espejo de la sala. Casi cae de espaldas. Las hebras de
su cabello pelirrojo estaban mustias y ajadas y habían perdido su brillo
natural. Su bata, toda arrugada, ya empezaba a oler mal. Durante esos
primeros días apenas si había podido lavarse un poco sus partes íntimas con
un trapo embebido en agua de azahares en la diminuta habitación de María.
—Vamos, mi niña.
Cuando María la llamaba «mi niña» era porque estaba sintiendo pena por
ella.
—La negra Candelaria me ha dicho que debes ubicarte en la cuarta
habitación del ala derecha —explicó su criada.
Fiona la miró extrañada, frunciendo el entrecejo, mientras mesaba los

También podría gustarte