Capítulo 5
Juan Cruz cerró los ojos. No deseaba dormitar: necesitaba pensar. Fiona,
sentada frente a él en la volanta, continuaba leyendo su libro de tapas rojas,
aunque sabía que hacía media hora su mirada se perdía en la misma página.
Se había casado con ella porque quería unirse a una mujer de alcurnia que
le quitara el último vestigio de advenedizo. El dinero había hecho mucho. Su
estrecha relación de más de veinte años con Rosas había hecho otro tanto. De
todas maneras, él sabía que la gente de abolengo lo miraba con desprecio y
arrogancia por su origen incierto, por ser un bastardo. A veces deseaba gritar
a los cuatro vientos su verdad; pero no podía, había hecho una promesa.
No era la mirada altiva de las personas con prosapia lo que le molestaba;
simplemente necesitaba blanquear su apellido para que los negocios se le
facilitaran. Además, deseaba un heredero que continuara lo que él había
construido.
Por eso la había elegido. Ella era de la más alta sociedad porteña, su
abuelo era uno de los estancieros más reconocidos de la Federación, su tía
Tricia había contraído matrimonio con un famoso comerciante inglés y vivía
ahora en Londres. Todas esas cosas lo habían decidido.
Pero, ¿por qué insistía en ese razonamiento? Él jamás se había engañado.
¿Por qué lo estaba haciendo ahora? ¿O acaso no recordaba el primer día en
que la vio? En el atrio del Socorro, después de la misa del domingo, con su
vestido de blonda lila claro y la mantilla de encaje blanco que le cubría la
cabeza y enmarcaba las líneas femeninas más bellas que él hubiera visto.
—Ni lo piense, señor de Silva —le había susurrado al oído Mer
Mercedes Sáenz no sabía que para él nada era inalcanzable. Sin embargo,
debía reconocer que por aquellos días Fiona Malone se le había convertido en
una obsesión. Era difícil encontrarla en las tertulias, casi nunca iba; jamás
recorría la calle de la Florida después de misa los domingos. Más raro aún era
hallarla en el paseo de la Alameda, al que sólo concurría en contadas
ocasiones para montar su caballo, alejada de todos y sin dirigir una mirada al
grupo de gente; jamás asistía a tomar el té a lo de Manuelita los miércoles. La
obsesión lo llevó a averiguar acerca de su familia. Misia Mercedes lo puso al
tanto de la calamitosa situación económica en la que se encontraba su abuelo.
Entreabrió los ojos al escucharla estornudar. Había sido un sonido corto,
delicado, hasta divertido, como el de un gatito. La Observó repasar su nariz
con un pañuelo de lino y sus modos le resultaron tan femeninos que no pudo
evitar que su pecho se llenara de una sensación de orgullo. Fiona era distinta
a todas. Su rebeldía, su inteligencia, su libertad, la hacían diferente. Sus
arrebatos e ímpetus eran definitivamente divertidos. Además, estaba herida
porque se sabía comprada y eso había echado por tierra sus sueños
románticos; ya se lo había advertido misia Mercedes cuando él le expuso su
plan.
¿Y qué le importaban a él los sueños románticos de una joven que nada
entendía de la vida, que siempre había tenido todo en bandeja de plata, que
jamás había pasado hambre o frío? Su inflexibilidad, su extrema severidad,
incluso su crueldad, le habían merecido a de Silva el famoso mote: el diablo.
Pero ser así le había servido, y mucho. Su mundo era distinto, al cuento de
hadas en el que parecían estar los niños y niñas bien de la ciudad. Vivir en
medio del campo, entre gauchos brutos, teniendo que llagarse las manos hasta
verlas sangrar nada más que por unos centavos para comer, y defendiendo lo
poco que tenía con uñas y dientes, eso no era un cuento de hadas. Manejaba
el facón como nadie y era famoso por sus puñaladas certeras y mortales, que
le habían granjeado desde muy joven el temor y el respeto de los gauchos e
indios de las pampas; su nombre había traspasado los lindes de sus estancias
para llegar más allá de la frontera.
—¡Señor de Silva, estamos llegando!
La voz del lacayo resonó dentro de la volanta y sobresaltó a las
mujeres. Juan Cruz no tardó en salir de su ensimismamiento.
—¡Por Dios y María Purísima! —exclamó María, con la vista clavada en
el paisaje.
La curiosidad carcomía a Fiona, pero su orgullo no le permitía asomarse
por la ventanilla. Había cerrado el libro, que descansaba ahora sobre su
regazo, e insistía en retorcer el pañuelito de lino entre sus manos.
—¡María, déjate ya de tanto aspaviento y entra! No puedes tener medio
cuerpo fuera del coche —exclamó Fiona en inglés, descargando toda la
tensión en la pobre mujer. María, sin emitir sonido, se acomodó
obedientemente al lado de su niña. Sabía que cuando su joven patrona le
hablaba en ese idioma era porque deseaba que un tercero no la comprendiese
o porque estaba furiosa con ella. Pero la imagen de lo que acababa de ver
volvió a reflejarse en su retina y, olvidando el reto de Fiona, comentó:
—¡Oh, Fiona! Deberías verla, es preciosa. —A continuación, y sin mirar
a Juan Cruz, dijo—: Señor, tiene usted una casa bellísima.
—Gracias, María.
Fiona habría querido estrangular a María. Se sentía traicionada al verla
tratar con tanta deferencia a de Silva. Y aunque la fulminó con la mirada, sólo
obtuvo de la mujer un gesto de descaro que la dejó atónita.
—Tal vez deberías hacer caso a María. La vista de la mansión se aprecia
mucho mejor desde aquí —agregó Juan Cruz.
—Desgraciadamente para mí, señor, tendré toda la vida para apreciarla.
¿Por qué adelantar la tortura?
El sarcasmo del comentario molestó a de Silva: sin embargo no lo
demostró. Al contrario: fijó sus ojos en ella y le dedicó una mirada amorosa.
María se incomodó por la acidez, de las palabras de su ama. Sabía que
podía ser venenosa con las personas que le desagradaban, pero debía tratar de
cambiar esa actitud inmadura con su marido.
Fiona jamás había visto algo como aquello. La impresión que le causó la
mansión de de Silva la dejó sin aliento. Su rostro dejaba entrever fácilmente
la fascinación que la embargaba.
Eliseo la ayudó a bajar los escalones del carruaje. Sus ojos no podían
apartarse del palacete que se erguía frente a ella. Era majestuoso, parecía la