Ese día me desperté debido a la luz del sol.
Me levanté y a continuación abrí la puerta, estuve
unos minutos contemplando el paisaje y cómo unas gaviotas peleaban y graznaban intentando
robar los peces de las demás. Me apresuré a bajar a la playa más cercana ya que si el tiempo
pasaba se me haría tarde y tendría que bajar con mucho calor. El camino iba a través de unos
maizales repletos de caracoles. Tras unas horas de andar tenía que tomar un camino escarpado
que descendía por un precipicio acabado en el mar y llegaba hasta un rincón con aguas turquesas,
un paraíso atrapado entre acantilados.
Al llegar dejé mi mochila bajo la sombra de una morera donde había unas moras, aún estaban
verdes, pero en unos meses madurarían y se convertirían en un manjar para los pájaros. Tras
descansar un rato de la caminata y comer una manzana roja como la sangre cogí mi cuaderno, me
senté en una roca con mi red a buscar animales para dibujar, ese día a pesar de haber un cielo
despejado que en el horizonte se unía con el mar no estaba encontrando ningún espécimen.
Frustrado me tumbé y tras unos instantes caí en un plácido letargo que a mi parecer duró una
eternidad. Al despertar un brillo dorado me cegó los ojos y, tras unos momentos, comprobé que
no era el sol y que procedía del agua. Me acerqué cuidadosamente sin hacer movimientos
bruscos. Miré atentamente y, durante unos minutos no logré comprender que era debido a que
aún no había despertado completamente hasta, que, logré diferenciar la forma de un pez dorado
que iba apagándose. Rápidamente corrí a por mi libreta para dibujarlo, pero ya era demasiado
tarde y mi única oportunidad de incluirlo en mis apuntes se desvaneció. Los siguientes días lo
busqué pero no logré encontrarlo, hasta que al quinto día bajé como todos los días y encontré una
botella flotando en la orilla. Me acerqué y me di cuenta que tenía una nota dentro: abrí la botella
y leí la nota, que decía lo siguiente:
“Los pescadores más veteranos afirman que cada siglo aparece un pez especial y místico
hecho de oro en las aguas de las costas, y que quien sea alguien de corazón puro conseguirá lo
más valioso en la vida, algo que ni los más sabios saben”. A mí me impresionó y decidí buscar al
pez dorado y descubrir qué era lo que realmente quería. Los siguientes meses, vigilé las aguas de
Corfú con más atención que nunca, escudriñando cada reflejo, cada movimiento que se deslizaba
bajo la superficie, buscando aquel brillo que recordaba a un escurridizo rayo de sol una mañana
de invierno.
Al principio, parecía imposible. ¿Cómo iba a saber dónde se encontraba? Solo sabía que aquel
primer día, cuando lo vi un instante antes de que desapareciera, el pez se había detenido justo
frente a mí, como si me estuviera mirando, esperando algo. Durante semanas seguí buscando y
no aparecía, me planteé que sería una broma pesada y decidí que debía dejar de buscarlo.
Volví a la misma roca donde lo había visto, notaba que algo estaba diferente y debido a que no
tenía nada que hacer intenté por última vez avistarlo. Con paciencia, esperé. Las horas pasaron
sin que, aparentemente, ocurriera nada, pero cuando el sol comenzó a inclinarse hacia el
horizonte, un destello dorado apareció en el agua. Entusiasmado, tuve que contenerme y no hice
ningún movimiento brusco. Me quedé estático, con mi libreta en mis sudorosas manos,
observando. El pez nadó cerca de la orilla formando unas ondas suaves y lentas y luego, con un
movimiento elegante, se sumergió, dejando algo flotando en la superficie.
Me acerqué y recogí el objeto: era una pequeña nota. Apenas podía distinguir las letras debido
a lo pequeñas que eran, pero después de varios intentos logré descifrar la frase:
“Haz todo lo necesario para después, para cuando se acabe tu tiempo, no te arrepientas.”