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El atractivo caballero de Silva en la fiesta

Fiona y Camila discuten sobre un atractivo hombre que ha llegado a la ciudad, conocido como 'el diablo', quien es presentado como el hijo adoptivo de don Juan Manuel de Rosas. A pesar de la resistencia inicial de Fiona a bailar, termina siendo emparejada con Esteban Coloma por su abuela, lo que sorprende a sus amigas. El ambiente social está marcado por la atracción y los rumores sobre el nuevo caballero, generando interés entre las solteras de la ciudad.

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El atractivo caballero de Silva en la fiesta

Fiona y Camila discuten sobre un atractivo hombre que ha llegado a la ciudad, conocido como 'el diablo', quien es presentado como el hijo adoptivo de don Juan Manuel de Rosas. A pesar de la resistencia inicial de Fiona a bailar, termina siendo emparejada con Esteban Coloma por su abuela, lo que sorprende a sus amigas. El ambiente social está marcado por la atracción y los rumores sobre el nuevo caballero, generando interés entre las solteras de la ciudad.

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—Ahora entiendo tanto escándalo —replicó Fiona, con una sonrisa

sardónica—. Por eso todas las solteras de la ciudad sacan a relucir sus
carteles que dicen: «Se busca esposo», ¿verdad?
—No seas mordaz, Fiona. Lo que sucede es que es un hombre
verdaderamente atractivo, ¿acaso no lo viste bien?
—Sí, lo vi. No me pareció nada del otro mundo.
—No puedo creer que te haya parecido igual que los otros. A mí no me
engañas.
Haciéndole cosquillas bajo los brazos, Camila logró que su amiga
confesara.
—Sí, detente, sí, sí, basta. Está bien, sí, me pareció interesante.
—¡Bien! Entonces, vamos, al salón. Tal vez te invite a bailar el minué.
—No, Camila, no deseo bailar con él. En realidad, no deseo bailar con
nadie.
—Terca como buena hija de irlandeses que eres, Fiona.
—Tú también lo eres.
—Sí, pero trato de controlarme. Además yo soy nieta, no hija, como tú.
Se miraron unos segundos, seriamente; luego, comenzaron a reír.
—Anda, vamos. Además, misia Mercedes me preguntó por ti mil veces.
—Bueno, está bien, vamos. Pero antes cuéntame más acerca del gallardo
y honorable caballero —dijo Fiona, parodiando a doña Coloma.
—En realidad, no es mucho lo que sé. Tatita el otro día comentaba con
Eduardo que es un hombre muy rico. Parece que además de administrar las
estancias de don Juan Manuel, es dueño de varias. ¡Ah, sí, ahora recuerdo! Es
dueño de uno de los saladeros más grandes de la Confederación. Pasado
mañana, creo, viene a almorzar a casa. Ahí podré averiguar más.
—De todas formas, no comprendo bien por qué es tan buen partido. Si es
bastardo de Rosas, o hijo de una negra… Nada muy halagüeño que
digamos… —comentó Fiona.
—¡Pero eso qué importa! Para don Juan Manuel es como un hijo. Así lo
ha presentado, como su hijo adoptivo. Él mismo lo acompañó a lo de
Lacompte y Dudignac para que lo vistieran de punta en blanco, como lo has
visto. —Camila hizo una pausa—. Bueno, ahora sí, vamos a
—Sí, vamos.
Caminaron unos pasos, y esta vez fue Camila la que la detuvo.
—¡Ah, me olvidaba! ¿Sabes cómo lo llaman?
—No.
—El diablo.
Cuando llegaron al salón principal, Camila y Fiona cruzaron una mirada
cargada de desencanto: de Silva bailaba el minué con Clelia Coloma. Por
tratarse de un recién llegado del campo, pensó Fiona, sus movimientos al son
de la música eran muy armónicos y coordinados.
Fiona se quedó observándolo, absorta, medio escondida detrás de una
puerta. Era alto, muy alto. Comparado con la lánguida silueta de Clelia, aquel
hombre parecía enorme. Su cuerpo era robusto, y al mismo tiempo
increíblemente bello. Vestía una elegante levita negra que destacaba el
contorno de su espalda y terminaba ciñéndose a su cintura. Los puños de
encaje le caían sobre las manos, que sostenían las pequeñitas de Clelia con
tanta suavidad y destreza como un caballero de la corte francesa. En un
movimiento del baile, su levita dejó entrever más claramente el chaleco de
terciopelo negro en el que se destacaba, como rosa blanca, una elegante
corbata de seda. Nadie habría dicho que se trataba de un hombre de campo.
Había algo en él que lo hacía distinto; tanto, que descollaba incluso entre los
caballeros más apuestos de la ciudad.
La cinta punzó que colgaba del ojal de su saco era más pequeña que las
de algunos unitarios proclives a ocultar sus inclinaciones políticas. Su cara,
limpia de barba, no exhibía siquiera el obligado bigote federal. Llevaba el
pelo partido al medio, a lo trovador. Sin embargo, nadie en todo Buenos
Aires habría osado poner en duda su lealtad a la causa. Se trataba del
protegido de su excelencia, el Brigadier don Juan Manuel de Rosas,
«presidente de los porteños» y caudillo de la Confederación. No, nadie habría
osado siquiera mencionar esa posibilidad.
—Parece que esta noche estamos destinadas a encontrarnos, querida
Fiona.
La joven reconoció la voz de doña Josefina, esta vez a sus es
importó la presencia de la mujer. Su malhumor inicial se había disipado.
—Así parece, doña —contestó amablemente Fiona.
Había estado muy grosera con la anciana y trataba de corregir su
comportamiento anterior.
—Veo que su nieta ha sido una de las afortunadas en bailar con el
caballero de Silva —comentó.
—¡Oh, sí! —exclamó alborozada doña Josefina—. De Silva ha ido varias
veces a casa de mi hijo. En todas las ocasiones la excusa han sido los
negocios, pero yo no me lo creo. Además, se comenta que ya eligió a la que
será su esposa. Para mí que… Bueno, hija, no me hagas hablar de más.
Fiona la miró sorprendida. Ella no la estaba haciendo hablar de más, era
la anciana la que siempre se iba de boca con sus comentarios. Pero, qué más
daba; aquella mujer había sido así por más de sesenta años y nada ni nadie la
cambiaría ahora.
—Está bien, doña Josefina. Ahora debo dejarla; ya es tarde y tengo que
retirarme.
—¡De ninguna manera, señorita! Todavía es muy temprano y no has
bailado con nadie aún. —Permaneció un instante pensativa—. Bailarás con
mi nieto Esteban.
—¡Oh, por Dios, doña Josefina, ni se le ocurra!
Pero ya era demasiado tarde. Esteban Coloma pasaba por allí en ese
momento. Su abuela lo tomó por el brazo y, literalmente, lo aplastó contra
Fiona.
—Llévala a bailar, querido.
El joven estaba rojo como la grana; el rostro de Fiona, en cambio, ya
había pasado al violeta intenso. Finalmente, no les quedó otra opción, y
cuando el vals comenzó a sonar, ella y Esteban se encaminaron a la
improvisada pista de baile. Desde otro lugar, Camila e Imelda la observaban
atónitas. No podían creer que hubiese aceptado una pieza al nieto de doña
Josefina.
—¡Bien merecido se lo tiene! Por hacerse la exquisita, se quedó con el
peor —afirmó Imelda con sarcasmo.
Esteban tenía que soportar sobre sus espaldas la pesada carga de ser

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