Mientras mis amigas y yo subíamos por el camino de Alfea, charlando y riendo, la luz del sol
captaba las torres y ventanas abatibles de Alfea y la hacía parecer más que nunca una ilustración
de un libro de cuentos dorado.
La vista me resultaba ya tan familiar que me hacía sonreír. El castillo parecía un hogar, y hacía un
día precioso.
Atravesamos las puertas, Aisha, Stella, Musa, Terra y yo.
Entonces cesaron todas las conversaciones y risas, en medio del polvo y la ruina de Alfea. El
aliento de Stella salió entre sus dientes entre sus dientes
mientras miraba a su madre. Junto a la Reina Luna estaba un hombre que sólohabía visto en
fotos, un hombre con la cara de Sky. Un hombre que se suponía que estaba muerto.
Y en el centro de Alfea, como si fuera la dueña del lugar, sonriendo con su dulce sonrisa de
demonio, estaba la mujer que había liberado.
—Bienvenidas de nuevo, damas—dijo Rosalind.