CONTACTO ENEMIGO
TRIDENT RESCUE
LIBRO DOS
ALEX LIDELL
ÍNDICE
1. Dani
2. Eli
3. Dani
4. Dani
5. Eli
6. Dani
7. Dani
8. Eli
9. Dani
10. Dani
11. Eli
12. Eli
13. Dani
14. Dani
15. Eli
16. Dani
17. Eli
18. Dani
19. Eli
20. Dani
21. Eli
22. Dani
23. Dani
24. Eli
25. Dani
26. Eli
27. Brock
28. Dani
29. Eli
30. Dani
31. Dani
32. Eli
33. Dani
34. Eli
35. Dani
36. Eli
37. Dani
38. Eli
39. Dani
40. Epílogo
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electrónico o mecánico, incluidos los sistemas de almacenamiento y recuperación de información, sin
el permiso por escrito del autor, a excepción del uso de breves citas en una reseña literaria.
Edición de Mollie Traver
Formateado con Vellum
DANI
—¿P uedo ayudarla en algo? —El recepcionista, un hombre que está
detrás del mostrador de recepción circular de color marfil de la Torre
Mason, se levanta para recibirme; su pelo rizado está domado con más
producto del que uso yo.
—Sí, soy Danielle Nelson, la evaluadora ejecutiva —digo, dejando mi
tarjeta sobre el mostrador—. Tengo una cita con Madison Mason.
—Por supuesto, déjeme que la anuncie.
Mientras el joven se encarga de registrar mi llegada, me siento en el
borde de una de las sillas de cuero de la zona de recepción, contemplando la
arquitectura de estilo neogriego del vestíbulo y preguntándome el tremendo
error que estoy cometiendo al estar aquí. Como evaluadora ejecutiva, ayudo
a los clientes a determinar la idoneidad del personal clave para puestos
críticos. ¿Es el posible nuevo director general lo suficientemente estable
mental y emocionalmente como para soportar el estrés y el ritmo del
puesto? ¿El agresivo jefe de seguridad alberga prejuicios muy arraigados?
¿La repentina fama de un actor afectará negativamente a su ética de trabajo
y a sus compromisos? Como psicóloga, el trabajo me parece fascinante.
Como persona que fue violada en el instituto y agredida por un evaluado el
mes pasado, no estoy segura de poder seguir haciéndolo. No estoy segura
de si debería seguir haciéndolo.
—Puede subir directamente, señorita Nelson —anuncia el recepcionista
con alegría—. El despacho de la señora Mason está en la planta veintiuno.
Vaya hasta la última planta.
Aferrando mi bolso de mensajero, atravieso el vestíbulo y mi propio
reflejo en las paredes de cristal me sigue el paso. Afortunadamente, el
ascensor que se abre para mí con un «ding» también es de cristal. Hace un
mes, es decir, antes de que Brock Talbot, el director general, me atacara, no
me lo habría pensado dos veces antes de coger un ascensor, pero ahora es
diferente. Aunque Talbot no llegó a abusar sexualmente de mí, la violencia
en sí desenterró demasiados demonios. En resumen, los espacios cerrados
me incomodan tanto ahora que hasta un ascensor me parece el armario en el
que me encerró aquel chico de último curso del instituto hace años.
Respiro hondo para calmar mi pulso acelerado, pulso el botón de la
vigesimoprimera planta y siento que he tomado la decisión correcta. Sea
cual sea el trabajo que Mason Enterprises esté a punto de ofrecerme, voy a
tener que rechazarlo. Necesito un descanso. Quizá no para siempre, pero sí
por un tiempo. Además, no volveré a meterme en un ascensor nunca más.
Subir veintiún pisos a pie no es nada que no pueda hacer.
Respirando hondo y de forma regular, me centro en el precioso edificio.
El interior de este rascacielos de Nueva York es un atrio abierto con
auténticos árboles frutales que salpican cada planta y enredaderas con flores
que conectan los niveles. Cuando el ascensor me deja en el ático iluminado
por un tragaluz, me encuentro con una mujer con un impecable traje de
pantalón de Donna Karan de color gris paloma que me está esperando.
—¿Señorita Nelson? —La mujer extiende la mano, su voz combina de
algún modo poder y calidez en cada nota, y sus ojos grises van a juego con
su traje—. Soy Madison Mason. Es un placer conocerla.
—Por favor, llámeme Dani. —Le doy la mano a Madison y la sigo a su
despacho. A sus cincuenta y pocos años, la directora general de Mason
Petroleum, una de las filiales de Mason Enterprises, es tan esbelta y
encantadora como todo en este edificio. En lugar de sentarse detrás de su
escritorio de arce, ocupa una silla de felpa justo al lado de la que me ofrece
a mí y se inclina hacia mí.
—Los árboles y la vegetación de aquí son preciosos —digo, tanto para
romper el hielo como porque realmente lo son. Como todo lo demás aquí.
Incluso los extraños materiales de trabajo esparcidos por el escritorio de
Madison parecen de primera calidad, desde una carta con membrete dorado
de Garibaldi Leasing hasta un pisapapeles en forma de flor que parece
abrirse a los rayos de sol que entran por la ventana—. El arquitecto debe de
ser alguien especial.
—Creo firmemente en el apoyo a las iniciativas ecológicas —dice
Madison, aceptando un vaso de agua de una joven que acaba de aparecer
con una bandeja de refrescos y haciéndome un gesto para que haga lo
mismo—. Tenemos la misma vegetación en nuestra azotea, pero allí arriba
también tenemos algunos huertos, así como paneles solares para reducir
nuestra huella de carbono. Ha aumentado nuestra eficiencia unas cinco
veces y ha reducido nuestras facturas de energía. Así que todos salimos
ganando. ¿Es usted una persona de naturaleza, Dani?
—En realidad, mi familia está un poco obsesionada con la naturaleza —
digo, encontrando muy difícil que la mujer me caiga mal, lo que hará que
sea mucho más difícil tener que rechazar el trabajo—. Empecé a hacer
senderismo y escalada más o menos al mismo tiempo que empecé a andar, y
cultivamos tanto alimentos como plantas medicinales. De hecho, mis padres
tenían una botica con medicinas naturales. —Doy un sorbo de agua para
dejar de hablar. Fue una gran corporación como esta la que los obligó a
cerrar, y no quiero que la amargura se cuele en mi voz. El negocio de
Madison no tiene nada que ver con la medicina y está haciendo todo lo
posible por proteger el medio ambiente.
—Qué maravilla. —La sonrisa perfecta de Madison es la misma de
siempre. O bien no estaba especialmente interesada en mi respuesta, o ya la
conocía antes de preguntar.
Me muevo incómoda y voy al grano. Aunque ya no esté disponible para
negocios, me parece educado escuchar lo que tiene que decir. A veces los
problemas no requieren una evaluación completa, y si una consulta no es
suficiente, quizá pueda recomendar a otra persona para el trabajo. —¿Qué
la llevó a llamarme, señora Mason?
—Yo no la he llamado. La ha llamado el consejo de administración de
Mason Enterprises. —Sonríe incómoda—. Me gustaría que eso quedara
claro desde el principio.
—¿No está de acuerdo con que esté aquí?
—En absoluto. Es solo que esta situación es bastante delicada.
Siempre lo es. Asiento para animarla.
—Elijah, el director general de una de nuestras sedes satélite en Denton
Valley —Mason Pharmaceuticals—, está mostrando un comportamiento
preocupante. No parece entender que no todo puede ser dinero, que explotar
a tus empleados —y a tu comunidad— es malo para el negocio. —Madison
cruza las piernas, y los diamantes de sus pendientes captan la luz.
—Quema a la gente con tal regularidad que el departamento de
Recursos Humanos ha apodado esa sede como «la puerta giratoria». Me
importan los resultados tanto como a todos en el consejo de administración,
pero no podemos arrasar las casas de la gente para ampliar nuestra
presencia, como tampoco podemos intimidar a los empleados como si
fueran, bueno, reclutas de un campamento militar. Lo que saca a la luz otro
problema. Le gusta comprar manzanas enteras de la ciudad y desplazar a
sus trabajadores, como si necesitáramos aumentar tanto la población de
desempleados como la de personas sin hogar. Es casi como un divertido
pasatiempo para él, uno en el que es implacable.
—La cuestión es que me temo que los valores de Elijah no se
corresponden con los de Mason Enterprises en su conjunto y que llevarán a
la compañía a un peligro futuro. Pero como puede imaginar, los
sentimientos no son pruebas que el consejo de administración pueda
considerar. Sin embargo…
—Sin embargo, una evaluación psicológica que califique a este líder
como un lastre es un asunto diferente —terminé por ella, levantando la
palma de la mano—. Tengo que ser sincera, señora Mason, no soy una
sicaria a sueldo que busca trapos sucios. Podría recomendarle a algunos
investigadores privados, pero si solo está dispuesta a aceptar un informe
negativo, no puedo acceder a ello de ninguna manera. Ni de forma explícita
ni implícita.
En lugar de retroceder, Madison sonríe más ampliamente. —Es usted
tan profesional como dicen sus referencias, Dani. No hay nada que me
gustaría más que descubrir que estoy equivocada. Que Elijah es un hombre
razonable y que todo este lío es solo un malentendido. Verá, esta es la parte
delicada: Elijah no es solo un director general problemático de una de
nuestras filiales, también es mi hijo. Y yo… —Por primera vez desde que la
conozco, la perfecta compostura de Madison flaquea y una mueca de dolor
asoma en su rostro.
—Me temo que va a hacer algo de lo que todos nos arrepentiremos, y no
solo desde una perspectiva empresarial. Siempre ha tenido una propensión a
la violencia y la intimidación. Incluso lo matriculé en una escuela militar
con la esperanza de que la disciplina le ayudara a establecer límites
saludables, pero, por desgracia, eso fue contraproducente. Continuó en el
servicio, pero para cuando regresó del extranjero y se hizo cargo de Mason
Pharmaceuticals, él… odio decir esto de mi propia sangre… se convirtió en
un auténtico tirano. La combinación del «cállate y haz lo que te digo» del
ejército con el tipo de dinero y poder que circula por Mason Enterprises
puede ser una combinación tóxica para algunas personas. Y Eli es una de
esas personas.
Una familiar oleada de pavor me invade, y el aroma a déjà vu llena mi
mente. Un hombre dominante que cree que su posición y su dinero le dan
derecho a hacer lo que le da la real gana. Francamente, Eli suena como otro
Talbot, y ese cabrón todavía me envía cartas amenazantes.
Me aclaro la garganta. —Siento mucho las dificultades que está pasando
con Elijah, sin embargo…
Antes de que pueda terminar, Madison coge un bloc de notas de la
mesa, escribe una cifra en la hoja superior y me la entrega. —Esto es lo que
pagaremos por el trabajo, Dani, si decide aceptarlo.
Parpadeo al ver los varios ceros de esa cifra. Más ceros de los que me
han pagado nunca. Con una suma tan importante, podría evitar que el banco
ejecutara la hipoteca de la casa de mis padres, pagar mis préstamos
estudiantiles y asegurarme de que mi hermana pequeña, Amber, pueda
permitirse la universidad. Todo eso solo por hacer aquello en lo que creo,
siempre que pueda recuperar la entereza que perdí después de lo de Talbot.
Vuelvo a mirar a Madison Mason. De verdad parece estar entre la espada y
la pared. Wyrd. ¿Tan destrozada me ha dejado Talbot que no puedo
recomponerme para un último trabajo? —Wyrd —murmuro.
—¿«Raro» es bueno o malo? —pregunta Madison educadamente.
La miro parpadeando, incapaz de evitar una sonrisa pesarosa. —¿Wyrd?
—Ralentizo la pronunciación para que suene como en inglés—. Es solo una
interjección. Algo del inglés antiguo que aprendí por ahí.
—Ah. —Vuelve a sonreír y el silencio se instala de nuevo entre
nosotras.
Sigo sin saber qué decir.
—Entiendo que esto pueda parecer una trampa para meterme en una
disputa familiar —dice Madison, a modo de disculpa, como si notara
claramente mi incomodidad. No, llamémoslo por su nombre. Mi cobardía
—. Pero hay gente inocente a la que tener en cuenta, y…
—Eso no es un problema, señora. —Son solo mis propios recuerdos de
mierda ocupando el lugar donde debería estar mi entereza. Enderezándome
en el asiento, decido que no voy a dejar que el fantasma de un hombre del
pasado se interponga entre mi ética, mi familia y yo—. Solo estaba
pensando en que, si yo fuera Elijah, nunca aceptaría las pruebas. Esto no es
un análisis de sangre en el que se puede sujetar a alguien y tomar una
muestra por la fuerza. Necesito hablar con él. Observarlo. Es un proceso
exhaustivo y, francamente, intrusivo. Como he dicho, si yo fuera Elijah,
simplemente me negaría a cooperar.
Ella se ríe. —Yo también lo haría. Afortunadamente, los estatutos de
Mason Enterprises exigen que todos los empleados de alto nivel se sometan
a una evaluación de idoneidad psicológica a petición del consejo o se
arriesgan a ser destituidos de su puesto. Conseguí la directiva del consejo
antes de marcar su número. Elijah es muchas cosas, pero estúpido no es una
de ellas. Cooperará. Bueno, aparentará cooperar. No puedo prometer que no
vaya a mentir como un bellaco.
—Me sorprendería que no mintiera —respondo, orgullosa de lo segura
que suena mi voz, mientras mi corazón se acelera ligeramente al
sumergirme de lleno en el proyecto—. Sin embargo, estoy entrenada para
lidiar con eso. Parece que voy a volar a Denton Valley.
El rostro impecablemente maquillado de Madison Mason se ilumina
considerablemente mientras se pone de pie. Cuando me aparto, me toca el
antebrazo y noto la presión de sus dedos en mi piel. —Quiero que sepa que
quiero a mi hijo —dice en voz baja—. Pero tiene una vena cruel, disfruta
usando su título y su posición para ejercer su poder sobre los demás. No es
el tipo de persona que necesitamos para supervisar el desarrollo de
medicamentos y curas. A veces la compasión debe contar tanto como los
resultados.
Cubro su mano con la mía y la aprieto suavemente. —Haré lo que
pueda.
—Hay una última cosa —dice Madison—. Puede que parezca buscarle
tres pies al gato, pero es importante. Quisiera que me diera su palabra de
que nadie, y mucho menos Elijah, sabrá jamás que usted y yo nos hemos
reunido.
Frunzo el ceño. —¿Quiere que le presente a Elijah una orden de
evaluación del consejo de administración y que afirme que nunca me he
reunido con nadie de Mason Enterprises?
—No, no, por supuesto que no. —Madison se ríe—. Simplemente no
quiero que se sepa que fui el miembro concreto del consejo con el que se
reunió. Soy su jefa, pero también soy su madre. Como he dicho, eso
complica las cosas.
—Entiendo. Siempre que tenga la documentación adecuada, no hay
ninguna necesidad operativa de revelar los detalles.
—¿Tengo su palabra, entonces? —insiste Madison.
—Sí —le aseguro—. Tiene mi palabra.
ELI
E li Mason se reclinó en su sillón de despacho de cuero negro hasta
que este chirrió. Tenía los tobillos cruzados y la voz de Liam salía por el
manos libres, relatando los detalles de la despedida de soltero de la noche
anterior. Lo del manos libres era especialmente práctico, ya que, al no haber
vídeo, Liam no vería a Eli repasando el último informe financiero mientras
hablaban. No era que su amigo no estuviera acostumbrado a las largas
jornadas de trabajo, pero tenía un instinto protector que a veces resultaba
francamente irritante.
—A tu amiga la morena le quedaban esos vaqueros rotos como si los
llevara pintados —dijo Liam con un deje de admiración en la voz—. Con lo
ajustados que los llevaba, no estaba seguro de que pudieras quitárselos sin
unas tijeras de emergencia.
Es verdad. Había sido todo un reto.
—Sin comentarios.
—No hace falta. Te estaba metiendo la lengua hasta la garganta antes
incluso de que salierais del Vault —Liam soltó una risita al hablar, y, de
nuevo, no mentía. Kiki —o era CeeCee— había estado más que dispuesta.
Bastante dispuesta, de hecho. North Vault, el club de Liam, era la definición
de manual de un lugar diseñado para ligar con mujeres. O, como en el caso
de Eli la noche anterior, para que las mujeres ligaran con él. Y había
disfrutado de cada puto minuto. Con énfasis en lo de puto.
Por desgracia, después de un rato de revolcón sudoroso, a Kiki —o
CeeCee— se le pusieron los ojos como platos al ver los caros muebles de
cuero del salón y la gruesa manta de cachemir que el diseñador de interiores
había echado sobre el respaldo del sofá, y empezó a hablar de la próxima
vez. Después de pasar un dedo por su Rolex mientras aún lo llevaba en la
muñeca, Eli no veía el momento de quitársela de encima. No es que Liam
tuviera por qué saberlo.
—Ha sido una distracción agradable. —Y eso era todo lo que llegaría a
ser. Todo lo que cualquier mujer llegaría a ser jamás. Eli pasó la página de
su informe, un anexo detallado del proyecto para un nuevo espacio
comercial y residencial que estaba intentando construir. Si lograba
arrebatarle esa manzana a Garibaldi, el usurero que actualmente era dueño
del terreno. Era un proyecto personal, y Eli estaba deseando comprárselo a
ese cabrón antes de que los inquilinos de los supuestos apartamentos
acabaran en el hospital. Demonios, en algunos de esos sitios había cables
pelados y niños. —Escucha, capullo, solo porque Cullen se vaya a casar no
significa que tengas que meter las narices en mi vida privada como una
quinceañera.
—No lo hago. Solo creo que necesitas echar un buen polvo o cinco —
dijo Liam justo cuando alguien se aclaró la garganta a la puerta del
despacho de Eli.
Colgando la llamada, Eli giró la cabeza bruscamente y se encontró con
una desconocida pelirroja que entraba con audacia —y sin invitación— en
su despacho. No reconocía su rostro acorazonado ni el pálido verde jade de
sus ojos. De forma vaga, se le ocurrió que era despampanante mientras se
plantaba con altivez en su impecable traje de chaqueta y falda de tubo de
color canela, pero eso no importaba. Lo que importaba era que, al parecer,
había logrado burlar a su jodida e inútil becaria sin la menor dificultad.
—Más te vale ser una estríper —le informó Eli a la mujer, irguiendo el
sillón con un movimiento brusco—. Porque es la única circunstancia en la
que me alegraría de verte sin previo aviso.
—Desde luego que no soy una estríper. —La mujer metió la mano en su
bandolera, sacó un sobre con el sello del consejo de administración de
Mason Enterprises en el exterior y se lo tendió—. Soy Danielle Nelson.
—Qué pena. Hubiera preferido que fueras una estríper —dijo Eli,
cogiendo el sobre.
Iba a matar a Zana, su becaria de la universidad que no había valido
para nada desde el primer día. Había intentado explicarle sus funciones, a lo
que ella respondió que ya sabía todo lo que tenía que hacer, solo que en
realidad no hacía nada. Luego había intentado asignarle una mentora, una
de sus ayudantes de dirección más competentes. Pero Zana se había negado
a aceptar órdenes.
Ahora no le había dejado otra opción que meterle algo de juicio en la
cabeza a base de gritos. En el fondo, sabía que probablemente debería
haberla despedido mucho antes, pero, como él a esa edad, no tenía a nadie
en casa que la metiera en vereda. Zana necesitaba el dinero tanto como
necesitaba aprender a ser responsable. Aún no estaba dispuesto a rendirse,
por muchas ganas que tuviera de retorcerle el pescuezo. Aunque no era el
momento de ocuparse de ella.
No con la Pelirroja paseando su despampanante figura de reloj de arena
por su despacho como si fuera la dueña del lugar. Observó el mapa del
mundo, hecho de piedras autóctonas, que había encargado y que ocupaba la
mitad de una de las paredes, el reloj de pie de la esquina y, por último, pero
no menos importante, los planos de su proyecto del centro de la ciudad
extendidos sobre su escritorio. Su mirada de jade parecía evaluarlo todo con
el escrutinio de un tasador, y sintió un impulso repentino de empujarla
físicamente fuera de sus dominios.
—¿Va a leer la carta? —preguntó ella finalmente.
Eli jugueteó con el sobre que tenía en la mano, esforzándose por
contener su creciente ira. Su primera regla para todos sus empleados era que
nadie podía entrar en su despacho sin su permiso expreso. Si no hubiera
estado tan enfadado, podría haberse reído de la frase que le vino a la mente.
¡Joder, Zana, solo tenías que hacer una cosa!
—¿Y bien? —insistió la mujer de nuevo.
—Ha irrumpido en mi despacho. Lo mínimo que puede hacer es
explicar qué hace aquí.
—Muy bien. —Girándose hacia él, la Pelirroja se cruzó de brazos bajo
el pecho; sus dedos eran largos y esbeltos—. Como le decía, mi nombre es
Danielle Nelson. Soy psicóloga cognitiva y estoy aquí para evaluar su
idoneidad para dirigir los negocios en nombre de Mason Enterprises. Los
documentos que le he instado a revisar ya dos veces explican el alcance de
mi autoridad. Considero que es mejor que mis evaluados lean primero la
directiva de su empresa matriz, para que no piensen que me invento los
requisitos o que violo algún derecho que creen poseer. Preferiría que tratara
cualquier asunto legal que considere pertinente con su consejo de
administración antes de que empecemos.
Entrecerrando los ojos, Eli abrió el sobre de un tirón y recorrió el
contenido con la mirada en un silencio sepulcral, cada vez más furioso con
cada palabra que leía. No estaba allí para inspeccionar sus prácticas
empresariales. No. Estaba allí para evaluarlo a él personalmente. Para
someterlo a una serie de pruebas destinadas a ver si era mental y
emocionalmente competente para ser el director ejecutivo de Mason
Pharmaceuticals, un cargo que había ocupado con éxito durante tres años.
¿Pero qué cojones?
Al levantar la vista con incredulidad, vio que la mujer enarcaba una ceja
con condescendencia, como si estuvieran en una competición de a ver quién
meaba más lejos.
—Este proceso no tiene por qué ser hostil, Elijah —tuvo la audacia de
decir a continuación—. Como puede ver, vamos a trabajar en estrecha
colaboración durante algunas semanas. Incluso podría aprender cosas sobre
usted que le resulten útiles. Cosas que le conviertan en un mejor líder. ¿He
dicho algo gracioso?
Eli resopló.
—Estoy deseando que una loquera mejore mis dotes de liderazgo. Si
hubiera sabido que era tan simple como pasar unas semanas con usted,
podría haberme ahorrado los años de oficial de la Marina y de SEAL. Debe
de ser usted un secreto de Estado.
Ella suspiró.
—Elijah…
—Mason.
—¿Perdone? —Por primera vez desde que había entrado, la Pelirroja
pareció desconcertada.
—Mis amigos me llaman Eli. Usted puede llamarme Mason. Es mi
apellido. Tiene una chuleta para deletrearlo justo encima de la entrada del
edificio.
—De acuerdo. Puede llamarme Dani. —Miró hacia una de las sillas,
esperando claramente una invitación para sentarse, aunque era un puto
milagro que no se hubiera tomado la molestia de reorganizar los muebles a
su gusto.
Eli ignoró la mirada. Tenía tantas ganas de cortesías como de subirle el
sueldo a Zana, la becaria. Tras haber echado un vistazo a la carta de la
central, Eli giró el sillón hacia su escritorio y releyó la directiva con más
atención, haciendo clic en la parte superior de un bolígrafo una y otra vez.
Cuando llegó al final y no encontró ningún resquicio legal, apretó la
mandíbula.
Eli no le gritó a la portadora de la ridícula noticia, pero con un brusco
movimiento del pulgar, la presión que ejerció sobre la carcasa del bolígrafo
lo partió en dos. El plástico al quebrarse hizo un ruido más fuerte de lo que
podría haber previsto, y la tinta salpicó la carta y el puño de su camisa
Oxford blanca y almidonada.
Danielle Nelson se estremeció y palideció.
La furia de Eli se atenuó hasta convertirse en un fuego lento al mirar a
la mujer que había pasado de ser una reina de hielo a estar visiblemente
asustada. Lamentó haber perdido los estribos, pero si iba a salir huyendo
por nada más que un utensilio de escritura roto, no era un buen presagio
para futuras interacciones entre ellos.
No es que nada pudiera ir bien después de una presentación tan
inoportuna.
Como si se armara de valor, Dani finalmente se invitó a sí misma a
sentarse.
—En p-primer lugar —dijo, su voz pasando de temblorosa a firme—, la
observaré durante sus actividades empresariales durante las próximas
semanas. Le realizaré entrevistas periódicas y luego pasaré con frecuencia
para hacer observaciones sin previo aviso. Para los demás, especialmente
para el público, se me verá como una representante del consejo. Esto
mantendrá tanto su reputación como la del consejo de administración. ¿Lo
entiende, señor Mason?
Eli necesitó todo su entrenamiento militar para mantener la compostura.
Esto estaba mal en tantos niveles. No solo Mason Pharmaceuticals era suya
por derecho —su difunto abuelo le había legado esta rama del negocio
familiar en su testamento—, sino que Eli había demostrado su perspicacia
en muchas ocasiones desde que regresó de sus misiones.
Bajo su liderazgo, los beneficios habían aumentado un veinticinco por
ciento, y su límite de precios en los medicamentos con receta significaba
que su marca de distribuidores se había convertido en la más fiable entre
médicos y pacientes. Si eso no era un respaldo rotundo, no sabía qué otra
cosa podría serlo.
La verdadera pregunta era si esta evaluación trataba realmente sobre el
rendimiento de Eli como director ejecutivo. A pesar de las firmas de los
cinco miembros del consejo de administración en la orden, Eli olía las
maquinaciones de su madre detrás de este lío tan claramente como si
hubiera rociado el papel de alta calidad con su perfume. Madison siempre
estaba buscando nuevas formas de castigar a Eli por matar a su hermana
gemela: el asesinato que había cometido cuando aún estaba en el útero,
cuando aparentemente había acaparado demasiados nutrientes para dejar
que su otra mitad prosperara.
Entonces, ¿qué era esto, otro de los juegos amañados de Madison o una
investigación objetiva? Lo segundo podía superarse, lo primero no. Eli
volvió a examinar la orden, analizando las firmas del final. Fuera como
fuese que hubiera empezado esto, debían de haber tenido una mayoría.
Alfonso DeJesus, el único miembro del consejo con el que Eli tenía una
relación decente, no le había avisado. ¿Significaba eso que apoyaba este
despreciable giro de los acontecimientos?
—¿Quién la ha contratado? —preguntó Eli.
—El consejo de administración de Mason Enterprises.
—¿Y más específicamente?
—Eso ha sido bastante específico.
—¿La ha contratado Madison Mason?
—Mi nómina la firma el señor Fettering, el presidente del consejo de
administración, si es eso lo que pregunta. —Danielle Nelson se levantó y
apoyó las palmas de las manos en su escritorio. Tenía unos dedos delicados,
con las puntas de las uñas pintadas de un color crema pálido, algo que
podría haber encontrado atractivo en otras circunstancias. Siempre le habían
gustado las manos bonitas, sobre todo cuando rodeaban su polla. Pero,
desde luego, ahora no estaba de humor para tales pensamientos. En lugar de
eso, se unió a la mujer levantándose bruscamente de su asiento, imitando su
postura.
Ella retrocedió de inmediato mientras él se erguía sobre ella desde su
lado del escritorio, pareciendo sentir la necesidad de distanciarse. Aun así,
cuando volvió a hablar, lo hizo con una firme voz de soprano.
—Creo que le he preguntado si entendía las reglas del juego en esto,
señor Mason.
Esto era el colmo. Eli estaba harto.
—Puede retirarse —le ladró como el soldado que una vez fue, evitando
responder a su pregunta. Si ella o el consejo lo tomaban por un idiota,
estaban muy equivocados. Ya no la quería en su despacho. No la había
querido allí ni siquiera antes de que se colara. Otra punzada de rabia
recorrió sus terminaciones nerviosas hacia su desventurada becaria.
—Pero… —protestó Danielle, pero Eli no estaba de humor para que
nadie le contradijera.
—¿Qué parte de «puede retirarse» no entiende? —espetó, aún más
bruscamente que un momento antes—. Si necesita invadir mi tiempo, puede
localizar a mi becaria, Zana, y concertar una cita.
Sin perder más tiempo de su preciosa mañana en esta amenaza a su
competencia y, por tanto, a su puto sustento, Eli dio media vuelta y no le
ofreció a Danielle Nelson nada más que su espalda. Con los brazos a la
espalda, la dejó a ella y a la carta del consejo y se dirigió a su ventanal para
contemplar las vistas.
El valle de Denton estaba en pleno otoño, las montañas que lo rodeaban
eran de color verde y naranja en la parte inferior y de un gris pizarra más
arriba, donde a algunas les faltaba su capa invernal de nieve blanca e
inmaculada.
Joder. Lo peor era que todo esto había salido de la nada. Había tenido
sus más y sus menos con el consejo, ¿qué director ejecutivo no los tiene?,
pero la gente de Eli estaba haciendo un buen trabajo dentro de estas
paredes. El tipo de investigación que producía nuevas vacunas y
tratamientos para enfermedades crónicas. Había puesto mucho de su
corazón en ello, junto con sudor y trabajo duro. ¿Y esto? ¿Por qué ahora?
Por una vez en su vida, Eli ni siquiera sabía qué había hecho para cabrear al
consejo.
Detrás de él, los tacones de Danielle resonaron contra el parqué de su
suelo de madera hasta que vio su reflejo en la ventana. Observó cómo la
sicaria del consejo se erguía en toda su estatura —treinta centímetros más
baja que su metro ochenta y ocho—, levantaba la barbilla y se dirigía
indignada hacia la salida.
DANI
E spero a cruzar el umbral del despacho de Eli —y a estar bien lejos de
su vista— antes de permitirme respirar honda y tranquilizadoramente, como
tanto necesito. Ha sido intenso. O quizá es que el propio Eli Mason es
intenso; su cuerpo de metro ochenta y ocho, esbelto y musculoso,
acaparando todo el oxígeno de la sala. Todavía siento la energía y el poder
que emanaban de él hormigueándome en la piel, acelerándome el corazón.
Con unos hombros anchos que llenaban su impecable camisa blanca y unos
abdominales marcados que se intuían incluso bajo el traje hecho a medida,
aquel hombre es demasiado guapo para ser justo. Salvo por sus ojos. El frío
acero gris de su mirada es lo bastante duro como para cortar piedra.
A pesar de todo su poder, Eli Mason se ha pasado toda nuestra primera
reunión levantando un muro entre nosotros. No es algo inesperado, pero mi
repentina gratitud por esa distancia sí lo es. Acercarme lo suficiente para
descubrir quién es Eli es mi trabajo, pero que los hados me lleven… Tengo
miedo de lo que pueda encontrar.
Recuperando la compostura, me recompongo y me siento en uno de los
bancos azules de la recepción, fijándome en el entorno. Esta planta es
elegante y moderna, con separadores de plexiglás transparente entre los
cubículos, una moqueta azul marino a modo de pasillo y sillas de oficina
ergonómicas. Una enorme representación de la doble hélice del ADN está
pintada en la pared. Todo impecable. Antinatural. Como una litera militar
hecha con tanta tirantez que podrías hacer rebotar una moneda en la manta.
Nada que ver con la decoración orgánica de la oficina principal.
Estoy a media nota para averiguar si la elección de la imagen de marca
es casual o un «que os jodan» deliberado a la sede central, cuando la voz
profunda de Eli Mason retumba por el interfono.
—Zana Crusoe, preséntese en el despacho del director general, por
favor. Zana, al despacho del director general.
Por el interfono suena profesional y claro, como un hombre
acostumbrado a hablar por la radio, aunque creo detectar cierta tensión en
sus palabras. Has estado con el hombre apenas diez minutos y ¿ahora
quieres analizar sus anuncios por megafonía? Niego con la cabeza, para
mis adentros. Eli tiene un acento británico que te rompe el corazón —y sí,
solo por eso me muero de ganas de analizar su tono—. Pero eso no significa
nada en realidad.
Por el rabillo del ojo, veo a una chica joven con el pelo negro de punta y
un maquillaje gótico muy cargado darle un sorbo a su refresco y mirar el
móvil antes de empezar a caminar hacia la puerta de Eli. Desaparece en la
misma habitación de la que yo acabo de escapar, solo que ahora oigo el eco
de voces alteradas desde dentro. Bueno, en realidad, solo una voz alterada.
La de Eli Mason. Su puerta debe de tener algún tipo de insonorización
parcial, ya que no oigo nada en concreto, pero la pura fuerza y el volumen
de los gritos son suficientes para que me ponga pálida.
Cuando, unos minutos después, la puerta se abre de golpe para expulsar
a una Zana sollozante, hago un gran esfuerzo para no entrar ahí y cantarle
las cuarenta a ese capullo sobre lo que es una conversación humana
aceptable. Pero corregir a Eli Mason no es mi trabajo ahora mismo. Lo es
destronar a ese cabrón antes de que abuse de más empleados.
La confesión de Madison sobre las tendencias abusonas de su hijo
vuelve a mi mente y no puedo estar más en desacuerdo. La mayoría de las
veces, la gente muestra su verdadera cara en cómo trata a aquellos que no
pueden ni perjudicarlos ni ayudarlos. Como una joven recepcionista
enfrentada al director general de un conglomerado internacional. Con la
ansiedad picoteándome en el pecho, me dirijo a las escaleras, igual que hice
al subir. Tendré que volver, pero por hoy ya he visto más que suficiente.
Al regresar al Marriott, me instalo en el escritorio para abrir el portátil,
redactar el informe de la reunión del día y revisar los correos electrónicos.
Los sospechosos habituales pueblan mi bandeja de entrada, incluyendo dos
copias de Medicina Natural Hoy, que mi padre sigue reenviándome por más
que le digo que ya recibo el mismo boletín. Creo que todavía alberga la
esperanza de que Amber y yo reabramos algún día la pequeña herboristería
que él regentaba antes de que Natural Products International lo llevara a la
quiebra, pero no creo que ese negocio vuelva a ser viable. No con
conglomerados como el de Eli arrasando con las tiendas familiares para
colar productos farmacéuticos de masas.
Había visto el plano de la construcción sobre su mesa, junto con la lista
de los pequeños negocios que se sacrificarían por el proyecto. Una
floristería, una librería independiente, una pequeña bodega y un puesto de
perritos calientes. Todos parecían llevar allí décadas. ¿Sabían siquiera que
un día, no muy lejano, un multimillonario demasiado arrogante aparecería
para desahuciarlos? ¿Sobrevivirían o quebrarían como la herboristería de mi
padre?
Tras enviar la copia extra de Medicina Natural a la papelera digital, leo
una nota de Amber quejándose de su clase de gimnasia —tiene dieciséis
años y está convencida de que el mundo la tiene tomada con ella— y luego
abro la carta de bienvenida de las Ascenders Rising, el grupo de escalada
femenino que encontré en Denton. La líder del grupo, una chica menuda y
sonriente llamada apropiadamente Jaz, parece encantadora, aunque en
mucha mejor forma para escalar que yo.
Estoy a punto de abrir el procesador de textos cuando un nuevo correo
electrónico parpadea en la parte superior de la lista; el remitente es M. M.
¿La cuenta personal de Madison Mason, quizá? El asunto dice: Solo una
nota rápida.
Lo abro y me quedo helada al leer las dos frases cortas.
Deja de jugar al escondite conmigo, zorra. No estoy de humor.
Se me cierra la garganta y un escalofrío me recorre la espalda, vértebra
por vértebra. El mensaje no está firmado, pero no tengo ninguna duda de
que es de Brock Talbot, sin importar lo que ponga en el remitente. Joder.
¿Cómo coño ha conseguido Talbot mi dirección de correo? Acababa de
crear esta cuenta hacía una semana. El claxon de un coche en la autopista
retumba en la habitación y me hace dar un brinco. Salto de la silla, empuño
el bote de espray de pimienta que ahora llevo siempre cerca y me giro para
mirar toda la habitación. No hay nadie.
Con el corazón todavía desbocado, arranco la colcha de flores para
mirar debajo de la cama, luego abro de un tirón las cortinas de la ventana, la
puerta del armario y la mampara de cristal esmerilado de la ducha. Nada.
Claro que no hay nada. Talbot está en Boston, descontento con mi
cambio de correo electrónico. Es justo el tipo de persona extraña que se
cree con derecho a enviar mensajes desagradables a cualquiera que se cruce
en su camino, así que, por supuesto, se tomaría mi bloqueo como una
ofensa personal.
Dejo el espray de pimienta antes de que apriete accidentalmente el
botón del aerosol, arreglo la colcha que había tirado al suelo, cojo un
saquito de lavanda de mi bolso y me siento con las piernas cruzadas en el
centro del estampado floral.
Alargando la columna, aspiro profundamente el aroma, tal como mis
padres me enseñaron a hacer en el instituto, cuando me estaba recuperando
de lo del chico de último año que no aceptaba un no por respuesta.
Floto en un río sinuoso, con las orillas cubiertas de arbustos de
lavanda. Su corriente me arrastra bajo un relajante cielo azul. El sol brilla
con su calor, sanándome. Nada puede hacerme daño aquí. Aquí estoy a
salvo. Aquí estoy a salvo.
R esulta que , cuando vuelvo a Mason Pharmaceuticals al día siguiente,
descubro que el único territorio neutral disponible es una diminuta sala de
conferencias sin ventanas que parece más una sala de interrogatorios o
quizá una duna de arena. Las paredes. La moqueta. Las sillas. Incluso la
mesa de reuniones que hay entre nosotros. Todo es beis.
En cuestión de segundos, siento que las paredes me oprimen, y el sudor
me recorre la espalda y el cuello.
Eli enarca una ceja. —¿Está segura de que prefiere esto a mi despacho?
¿Preferir? Ja. No hay nada que me gustaría más que ver la luz del sol
entrando por los ventanales de Eli, pero ahora mismo necesito alejar al
director general de un espacio que considera su guarida. Dedicándole a Eli
mi mejor sonrisa falsa, aparto una silla y me siento. —Es perfecto.
Eli coge una silla al otro lado de la mesa, le da la vuelta y se sienta a
horcajadas. Otra barrera, igual que la dureza que muestra su atractivo
rostro. Pero lo dejo pasar.
—Muy bien, señor Mason —digo, enderezando mi ya recto montón de
papeles sobre la mesa, junto a una jarra de agua con hielo y dos vasos
vacíos—. Hoy le voy a hacer una Evaluación Integral de Perspectivas
modificada. Esta y todas las demás evaluaciones serán grabadas, y le
enviaré una copia de dicha grabación una vez que cada evaluación esté
completa —suavizo mi tono—. No pretendo que esto sea una caza de
brujas. Le prometo que seré tan objetiva como sea humanamente posible, y
no hay una única respuesta que pueda hacer que «suspenda». Estamos
analizando la totalidad de las circunstancias, no buscando alguna
declaración incriminatoria como haría un abogado.
Eli me devuelve una mirada impasible. Con sus rizos castaño rojizos, su
barbilla ancha y su mandíbula cuadrada, es difícil olvidar lo
devastadoramente atractivo que es, pero su personalidad lo compensa.
—¿Quiere un poco de agua antes de empezar? —pregunto.
—No.
Sirvo un poco para los dos de todos modos, en un gesto silencioso de
¿ve?, me preocupo por sus necesidades.
Eli se levanta, coge el vaso frío y vierte el contenido en una maceta en
la esquina de la sala. Por el aspecto ceroso de las hojas, creo que la planta
es de plástico. De acuerdo. Hora de ganarme el sueldo.
—El propósito de esta sesión es doble. Primero, es una forma de que
nos conozcamos. Segundo, me da una idea de cómo se ve a sí mismo —
explico—. Le voy a dar dos términos. Elija el que más asocie consigo
mismo. Si desea decirme por qué o dar contexto a su respuesta, la
explicación será bienvenida. ¿Tiene alguna pregunta?
—No.
—De acuerdo. ¿Está listo?
Eli me mira sin decir nada, simplemente cruzando los brazos sobre el
respaldo de la silla. Hoy lleva un traje azul marino, y la tela se tensa
ligeramente alrededor de sus bíceps. Cuando, diez segundos después, sigue
sin haber negado ni asentido con la cabeza, decido seguir adelante y coloco
una pequeña grabadora de voz negra sobre la mesa de reuniones, a mi lado.
—¿Se considera más confiado o escéptico? Recuerde, no hay respuesta
incorrecta.
—Escéptico.
Eso no es ninguna sorpresa. —¿Proactivo o reactivo?
—Pro.
—Deliberativo o instintivo?
—Ambos.
—¿Y si tuviera que elegir uno? Piense en las últimas decisiones que ha
tomado. ¿Qué le influyó más, su instinto o el análisis?
—Ambos.
Venga ya. —¿A partes iguales? —pregunto.
—Sí.
De acuerdo. Anoto que tendré que administrarle la batería de pruebas de
forma electrónica y paso a algo que espero que fomente la conversación. —
Dígame cuál cree que es su mayor fortaleza como líder de esta empresa.
—Pregúntele a mi departamento de contabilidad.
Espero a que dé más detalles.
No lo hace.
—Así que mide el éxito de su puesto por el resultado final del libro de
contabilidad. ¿Sería justo decir eso? —De nuevo, espero unos segundos
antes de decidir que no voy a insistir más—. De acuerdo, diremos que es un
sí. ¿Y su mayor debilidad?
—La impaciencia.
—¿En qué aspectos es impaciente aquí en el trabajo?
—Cuando la gente me hace perder el tiempo. —Lo dice con tanta
irritación y lo que solo puedo interpretar como una amenaza que el pulso se
me acelera a un nivel preocupante. Es la primera vez que responde con más
de una o dos palabras, y me resulta intimidante. Él me resulta intimidante.
Mis manos tiemblan por un momento, como en la habitación del hotel, y
aprieto con más firmeza mis papeles y el bolígrafo para que no se note.
—¿Qué tipo de relación diría que tiene con sus subordinados?
—Estoy a su cargo.
—¿Es su jefe? —Dios, es como sacarle las muelas. Unas muelas con las
raíces impactadas—. ¿Cómo demuestra su autoridad? ¿Cómo suelen
responder sus subordinados?
—Les digo lo que tienen que hacer. Lo hacen.
—¿Qué hace cuando sus subordinados no completan las tareas que les
asigna? —pregunto, reprimiendo mi frustración. Con todas mis fuerzas.
—Corregirlos.
El episodio de ayer con la joven ayudante a la que Eli hizo llorar a
mares me viene a la mente, lo que hace difícil mantener un tono neutro,
aunque de alguna manera lo consigo. —¿Cómo los corrige?
—Con eficiencia.
Oh, por el amor de los hados. Siento que mi propia paciencia se
deshilacha y las palabras se me escapan sin control. —¿Qué hace
específicamente, señor Mason? ¿Los despide? ¿Los manda a un curso? ¿Les
grita? ¿Les pega?
—Sí —dice Eli.
—¿Sí, qué?
—Todo lo anterior.
Apago la grabadora, con la furia hirviéndome en la sangre. Nunca antes
había perdido los estribos con un cliente, pero algo en Eli Mason se me
mete bajo la piel de una manera que me hace perder la cabeza.
—¿Está prestando la más mínima atención a una sola palabra de lo que
digo? —exijo, inclinándome hacia él—. Acabo de preguntarle si pega a sus
empleados y usted ha dicho «sí». En una grabación. Discúlpeme, señor
Mason, pero nadie es tan estúpido como para decir algo así a menos que no
esté prestando ni un ápice de atención.
—Usted ha preguntado por los subordinados. Yo he respondido. —Hay
una dureza en su voz, una fría ira que alimenta la mía. Es imposible que Eli
Mason sepa nada de mí y, sin embargo, no solo parece despreciarme con
cada fibra de su ser, sino también asegurarse de que yo le desprecie a él a
cambio. Ni siquiera Brock Talbot había hecho eso, fingiendo en su lugar
que éramos buenos amigos… justo hasta que vio mi informe. La mirada
gris de Eli se desvía hacia la grabadora—. Si no va a escuchar cuando
respondo a sus preguntas, le sugiero que escuche su grabación después.
Levanto las manos en un gesto de exasperación. —¿Se imagina que
antagonizarme le va a resultar ventajoso de alguna manera?
Sin respuesta.
Mi corazón golpea contra mi caja torácica y anhelo sacar la lavanda de
mi bolso. Pero no lo hago. Me recompongo como la profesional que soy y
vuelvo a encender la grabadora. —Por favor, describa su estilo de gestión.
—Eficiente —me dice, justo cuando suena su teléfono. Sin preguntarme
si me importa, desliza el dedo por la pantalla para contestar.
—Mason. —Oigo la voz de una mujer diciendo algo que no logro
distinguir, y me pregunto si será una novia. O un rollo de una noche. Sea
quien sea, Eli le dice que ya va de camino y, tras colgar, se pone en pie.
—Esta evaluación… ha terminado por hoy —dice, dirigiéndose a la
puerta como si hubieran prendido fuego a la sala—. Encontró la salida una
vez. Estoy seguro de que puede hacerlo de nuevo.
DANI
D oy un sorbo a mi café y sonrío al ver las caras de mis padres
llenando la pantalla del ordenador. Mi padre, con su pelo canoso y sus ojos
amables, es el primero en hablar.
—Dani, ¿cómo estás, cariño?
Mejor ahora que oigo vuestra voz. —Bien. Solo quería llamar para
deciros que ya estoy en el Marriott de Denton Valley. Llegué hace unos dos
días.
Mi madre frunce el ceño. —¿Y no llamas hasta ahora? —Siempre
insiste en que alguien que me quiera sepa dónde estoy—. Danielle, ya
deberías saberlo.
—Es una mujer hecha y derecha, Helen. Si sigues así con ella, dejará de
llamar. —Mi padre se inclina hacia delante—. Colorado es un estado
precioso. Y pareces lista para comerte las montañas.
Me paso la mano por mi camiseta técnica, nada sorprendida de que mi
padre se haya dado cuenta. —Lo estoy. He encontrado un grupo de escalada
de chicas. Voy a quedar esta mañana con una tal Jaz. Por los correos parece
muy alegre.
—Si encuentras malva común, coge una muestra, ¿quieres? Tu madre y
yo agradeceríamos las semillas. —Mi padre levanta un dedo—. Esa flor
blanca y morada en particular, que se usa como cobertora, funciona
increíblemente bien como agente tópico antiinflamatorio, además de como
astringente natural.
—Lo sé, papá —digo, tragándome un poco de amargura. Hace dos años,
habría querido suficiente para venderla en la botica. Ahora probablemente
sea solo para un jardín personal que puede que no conserven si les ejecutan
la hipoteca.
Cosa que no permitiré que ocurra. No con este sueldo.
—¿Cómo es el nuevo cliente? —pregunta mi madre—. No entiendo por
qué tardas tanto con cada uno. Es la misma evaluación.
—La misma evaluación, pero no los mismos resultados, mamá. Tengo
que pasar por todo el proceso igualmente.
—Bah. Se necesita un tipo de personalidad concreto para dirigir un
conglomerado —dice mi madre—. Hay que estar dispuesto a aplastar a todo
el mundo como a un bicho y no sentir absolutamente nada. No sentir
absolutamente nada por nada. El dinero es un anestésico, ¿sabes?
Le doy vueltas en la boca a las palabras de mi madre, saboreándolas. No
es la primera vez que oigo sus teorías, pero como parece que no puedo
quitarme a Eli Mason de la cabeza, no puedo evitar intentar aplicarle su
definición. ¿Disposición para aplastar? Afirmativo. ¿El dinero es poder?
Afirmativo. ¿No sentir absolutamente nada? No… No, Eli Mason sin duda
siente algo. Si tan solo pudiera averiguar qué es.
—Ten cuidado, cariño, ¿vale? —dice papá, frunciendo las cejas
mientras me estudia la cara—. Te queremos.
—Yo también os quiero. —Hago una pausa, reconfortada por su
familiar voz ronca. Temerosa de mantener la conexión demasiado tiempo
por si nota lo alterada que estoy, le dedico una rápida sonrisa—. He
quedado con las escaladoras en treinta minutos. Será mejor que me vaya.
Espero no hacer el ridículo. Las escaladoras de Colorado no se andan con
tonterías.
Me reúno con Jaz y otras cinco Ascenders en el campamento base
indicado en el correo, junto a una arboleda de piceas azules cuyo aroma a
hoja perenne nos envuelve. La pureza de la montaña es vigorizante, como si
aquí hubiera más aire que en cualquier otro lugar del planeta. Tras una
rápida bienvenida y las presentaciones de rigor, Jaz se lanza a dar unas
instrucciones de seguridad que se convierten rápidamente en una de las
demostraciones técnicas más detalladas que he visto. Con los sistemas de
aseguramiento top rope ya instalados, nos separamos rápidamente en
parejas de escalada, con Jaz moviéndose entre nosotras para supervisar.
—¿Quieres ir tú primero? —Sky, una mujer de mi edad con el pelo
rojizo y una sonrisa contagiosa, sostiene sus pies de gato en la mano—. No
me los pongo para asegurar. Me hacen daño.
—Pues escala con las zapatillas. Es una vía fácil —le dice Jaz por
encima del hombro mientras comprueba el arnés y los nudos de un par de
escaladoras principiantes.
Sky pone los ojos en blanco. —Para Jaz todo es fácil. Claro que es
campeona de CityROCK, así que para ella lo es. Entonces, ¿quieres escalar
primero o asegurar?
—No puede asegurar hasta que yo le haga una prueba de aseguramiento
—dice Jaz, dedicándome una sonrisa para dejar claro que no hay ofensa. Y
no me ofendo. Está claro que las chicas de aquí se toman la seguridad muy
en serio, que es exactamente el tipo de escaladoras con las que quiero estar.
Escalo primero y consigo, por los pelos, no hacer el ridículo en la pared
de roca. Vuelvo a tiempo para ver cómo Jaz me dedica un gesto de
aprobación. Después de demostrarle que puedo asegurar a una escaladora
de forma segura, nos deja a Sky y a mí practicar en la pared hasta que las
principiantes se agotan y se van a casa, mientras que las tres nos movemos a
lugares más desafiantes de la montaña. Para cuando llega el mediodía, estoy
empapada en una mezcla de sudor y satisfacción.
Las tres nos sentamos a descansar en lo alto de un afloramiento rocoso,
con las piernas colgando del borde. A pesar de que acabo de conocer a Sky
y a Jaz, ya siento una conexión con ellas, lo cual es comprensible dado que,
durante las últimas horas, hemos tenido literalmente nuestras vidas en las
manos de las otras.
—Y bien, ¿ya te ha convencido Cullen de que hagáis una boda militar?
Los Trident están impresionantes con el uniforme de gala. Ahí lo dejo.
Asumiendo que el reluciente diamante de tres quilates en la mano
izquierda de Sky es un anillo de compromiso, supongo que Cullen es su
futuro marido.
Sky resopla, su mirada perdida en la increíble vista del Jardín de los
Dioses. La brisa otoñal nos proporciona a todas un bienvenido alivio del
calor. —Todavía no entiende por qué no podemos ir a firmar unos papeles
al juzgado y ya está.
Jaz pone los ojos en blanco y se vuelve hacia mí, mientras el viento le
alborota el pelo oscuro. —Dentro de un mes más o menos vamos a hacer
una excursión a las Broadmoor Seven Falls, en Colorado Springs —dice Jaz
—. Deberías venir. Llevaremos almuerzo de pícnic. Con bebidas para
adultos. —Me menea las cejas y yo me río.
—Me encantaría, pero estoy aquí por trabajo y el encargo debería haber
terminado para entonces. —Por Dios, espero que haya terminado para
entonces. Un mes es más de lo que nadie debería tener que pasar en
compañía de Eli Mason—. ¿Qué es un Trident?
Sky se ríe. —Cuando llegué a Denton Valley, yo me preguntaba la
misma puñetera cosa y ahora me parece raro que alguien no lo sepa.
Resumiendo, Cullen y tres de sus colegas fueron a esta academia militar
llamada Trident Academy, se hicieron SEALs y se fueron a hacer cosas de
hombres. El apodo de los «dioses Trident» se lo trajeron de la academia. Se
suponía que era despectivo, pero nadie en el pueblo captó el mensaje.
Además, Cullen montó un servicio de búsqueda y rescate médico de
emergencia llamado Trident Rescue. Todos los chicos recibieron formación
médica en el extranjero y querían mantener sus habilidades y contribuir a la
comunidad. Así que…
—Así que, los dioses Trident. —Niego con la cabeza—. ¿Entonces
todos los Trident son médicos?
—Sí, pero más bien médicos voluntarios. Todos tienen trabajos de
verdad, pero cuando llega una llamada a Rescate, la atienden. El hermano
de Jaz también es un Trident. —Sky estira la espalda—. ¿Tienes planes para
esta noche? Vamos a quedar con Cullen y sus amigos en el North Vault.
Está bien. Hay música, pero no tan alta como para no poder oírte pensar.
—Me… me encantaría, por supuesto. —Sonrío, con el ánimo volando
feliz con la brisa. Si puedo pasar algo de tiempo con Sky y Jaz, puede que
el mes en Colorado no sea un desastre total después de todo.
ELI
E li se apuró el segundo chupito de Jack y, mientras contemplaba el
relajante entorno azul del North Vault, fue puliendo las asperezas de la
semana y se sintió un poco menos irritable.
—Tienes una cara como si Sky te hubiera obligado a probarte
esmóquines —dijo Liam, acomodándose en el reservado frente a él—. Liam
siempre era muy observador, pero todavía más en el Vault, probablemente
porque era suyo—. ¿Una mala salida ayer?
—Un par de adolescentes con más chulería que cerebro. —Eli removió
el líquido de su vaso. A los dos se les había ocurrido ver unos vídeos en
YouTube sobre cómo colocar anclajes y pagaron el precio cuando el sistema
de seguridad se arrancó de la roca como un clavo del pladur—. Uno se libró
con una pierna rota, pero el otro se partió el cráneo. Lo entubé antes de que
lo evacuáramos por aire, pero… —Dejó que las palabras se perdieran en el
aire. El chaval tenía catorce años, y ni con toda la maquinaria de la
medicina moderna a la que tenían acceso iba a sobrevivir.
—Joder. —Liam negó con la cabeza—. Esa salida también me
correspondía a mí. Siento haberte llamado estando en el trabajo.
—Hiciste bien. —No quería ni pensar en Danielle Nelson en ese
momento. Las cosas eran como eran, y Eli iba a recurrir a un viejo adagio:
cuando todo lo demás falla, prueba con la verdad. La mujer iba a obtener
sus respuestas. Que le gustaran o no era problema suyo.
Bueno, y suyo también. Pero eso no estaba bajo su control.
—¿Dónde está Sky? —cambió de tema Eli cuando Cullen y Kyan
ocuparon sus asientos de siempre, ambos vestidos de manera informal con
camisetas ajustadas y vaqueros oscuros. Creía que iba a venir.
—Está con Jaz. —Una expresión de inusual satisfacción apareció
fugazmente en el rostro de Cullen, provocando casi envidia en Eli. Casi,
porque en realidad no buscaba a una mujer para nada que fuera más allá de
una simple diversión de una noche. No lo ocultaba, de la misma manera que
las mujeres que salían con él no solían ocultar que apreciaban su fortuna.
Pero mientras todo el mundo se divirtiera, no había nada de malo.
¿Y cuándo fue la última vez que tú te divertiste de verdad?, le espetó
una voz en su fuero interno. La ahuyentó con otro sorbo de Jack. Quizá si
alguna de ellas se pareciera a Dani, con su espeso pelo rojo y sus ojos de
jade que conseguían ser a la vez fieros y vulnerables, las cosas serían
diferentes. Por desgracia, el cuerpo de Nelson y los ojos de Nelson venían
con la etiqueta «en venta» de Madison Mason. —Sabes, la vida sería mucho
más fácil si fuera masoquista —masculló en su vaso.
Liam se atragantó con su Coca-Cola Light. —Créeme, no lo eres.
Eli puso los ojos en blanco. —No seas tan literal, gilipollas. —Como
Liam sí que se permitía ese estilo de vida, a veces llevaba los comentarios
casuales hasta su absurdo lógico. Aunque el hecho de que Liam estuviera
bebiendo un refresco en lugar de alcohol —lo que significaba que pretendía
jugar con una sumisa más tarde— debería haber advertido a Eli de por
dónde iban los tiros de su amigo.
Al menos, a diferencia de Cullen, ninguno de los otros Tridents había
mostrado ninguna inclinación a emparejarse de forma permanente. Eli
desde luego les deseaba lo mejor a Cullen y a Sky, pero dado el curso de
«paraíso por fuera, infierno por dentro» que había seguido el matrimonio de
sus propios padres, Eli prefería jugársela en Afganistán que en el
matrimonio.
Al ver la cara de Cullen iluminarse —y la de Liam ensombrecerse con
la misma rapidez—, Eli se giró hacia la puerta esperando ver a Sky y Jaz
entrar en el Vault. Y allí estaban, risueñas, radiantes y… Eli tuvo que mirar
dos veces al ver a una tercera mujer entrar tras ellas. Pelo rojo. Ojos de un
jade claro. Con veneno corriéndole por las venas.
A Eli se le contrajo la polla. Joder.
—Hola, tú —lo saludó Jaz, rodeándolo con los brazos. Su pequeño
cuerpo parecía el de un duendecillo junto al metro ochenta y ocho de Eli.
—Hola, Jazzy. —Eli hizo todo lo posible por dedicarle una sonrisa, con
la mirada atrapada en la juez, jurado y verdugo que Sky y Jaz habían traído
sin querer. O quizá no había nada de involuntario en ello. No le extrañaría
que Madison le hubiera dado a su psicóloga de cabecera la orden de
husmear entre los amigos de Eli. Pero aun así, eso era pasarse de la raya.
—Chicos, esta es Dani —dijo Jaz, obviamente ajena a los pensamientos
que se arremolinaban en la cabeza de Eli—. Ha estado escalando hoy
conmigo y con Sky.
¿Ah, sí?
—Dani —continuó Jaz—, estos son los Tridents. Cullen, Liam, Eli, y
ese gilipollas de ahí es mi hermano, Kyan.
Los ojos de Dani se abrieron como platos cuando su mirada se cruzó
con la de Eli, la sorpresa en ellos casi genuina. Si uno creía en las
coincidencias, y desde luego Eli no creía. Tragando saliva, la mujer
extendió una mano esbelta. —Encantada de conocerlos. Soy Dani.
Por un momento, Eli consideró dejar la mano tendida en el aire, pero su
madre le había enseñado a no hacer alarde de sus pensamientos en público.
Las apariencias importaban. Las apariencias siempre importaban. Y en ese
preciso instante, por alguna razón, Dani quería fingir que no le estaba
apuntando a la cabeza con una pistola. La única forma de averiguar por qué
era seguirle el juego.
—Mason. Un placer. —Le estrechó la mano que le ofrecía y la encontró
sorprendentemente suave y delicada. Con su metro setenta y poco, no era
baja, pero desde luego lo parecía al lado de los Tridents. Pequeña e inocente
y frágil. Sí. Como una puta granada—. ¿Qué te trae por aquí?
El color le subió a las mejillas a Dani, pintándoselas con un ligero rubor.
—¡Eli! —Sky se deslizó a su lado y se puso de puntillas para darle un
beso en la mejilla—. Muchas gracias por responder a la llamada de ayer. El
helicóptero más cercano estaba a dos horas, aunque no te lo creas.
Por desgracia, Eli dudaba que eso hubiera importado. No es que Sky
necesitara saberlo. —Cuando quieras, Reynolds.
—¿Hubo una emergencia con el helicóptero? —preguntó Dani, y su
mirada inteligente delataba algo más que simple curiosidad. La mujer
estaba siguiendo los movimientos de Eli.
—Una emergencia médica —respondió una Sky demasiado solícita en
ese momento, antes de que Eli pudiera desviar la conversación—. Un par de
adolescentes resultaron heridos de gravedad en una escalada y necesitaron
que los evacuaran por aire. Teniendo en cuenta que necesitamos un
helicóptero, es bastante lamentable que los servicios de emergencias locales
tengan, como mucho, un solo piloto. —Negó con la cabeza—. Por suerte,
Eli y Liam pilotan. Ah, deberías conseguir que te llevaran a dar una vuelta
antes de irte. Las vistas son increíbles.
—Seguro que sí —murmuró Dani.
Sí. Ya bastaba de esta farsa. —Deja que te enseñe unas fotos aéreas —
dijo Eli, sacando el móvil mientras le hacía una seña a Dani para que fueran
a una mesa más apartada en la parte de atrás. Hizo todo lo posible por no
agarrarla del brazo y llevarla a la fuerza, pero, por suerte, la mujer lo siguió.
Incluso se las arregló para esbozar una sonrisa de labios apretados.
—Señor Mason —empezó Dani en cuanto estuvieron lo bastante lejos
para que no los oyeran—, por favor, escuche…
—No. —La voz de Eli sonó grave y áspera, el tono gélido colándose
por debajo de la música. Estaba lo suficientemente cerca de Dani como para
que su perfume a lavanda se le metiera en los pulmones y le acelerara el
pulso—. Escúchame tú a mí. ¿Te contrataron para desenterrar trapos sucios
sobre mí? Adelante. Pero ahí está el límite. Yo. No te metas con mis amigos,
y desde luego no te metas con su prometida y la hermana pequeña de otro.
Vuelve a hacer una jugarreta como esta y te meteré personalmente en un
avión y te enviaré de vuelta con Madison. Y me importará una mierda lo
que opine la junta directiva. ¿Te queda claro?
—Sí —dijo ella en voz baja. Se le movió la garganta al tragar y, por un
segundo, Dani pareció un conejo asustado en lugar de la depredadora que
Eli sabía que era—. Sí, por supuesto.
Eli ladeó la cabeza, estudiándola. Aquello parecía demasiado fácil.
¿Otro numerito? ¿Otra prueba?
—No tenía ni idea de que usted conocía a Sky y a Jaz, y puedo
asegurarle que, de haberlo sabido, nunca habría aceptado venir al North
Vault con ellas —continuó Dani—. Eso ha sido poco profesional y le pido
disculpas.
Eli emitió un gruñido evasivo. Se fiaba de la disculpa tanto como de
cualquier cosa que viniera de Dani y Madison, y a menos que fuera a mentir
—cosa que no pensaba hacer—, no tenía nada educado que decir. En su
lugar, le ofreció una sonrisa que sabía que no le llegó a los ojos. —En ese
caso, permíteme llevarte a casa y darles a todos una idea completamente
equivocada de cómo va a terminar la noche.
—¿Eso no tendrá el efecto contrario? —preguntó Dani—. Es decir, si
nos vamos juntos, ¿no esperarán que nosotros…? Quiero decir, la próxima
vez, ¿no esperarán volver a vernos juntos?
—Por supuesto que no. Nunca veo a una mujer más de una vez. Y eso
todo el mundo lo sabe.
DANI
E l corazón me late con fuerza al volver al despacho de Eli el lunes y,
por una vez, la perspectiva de sentarme en la sala sin ventanas no tiene nada
que ver con ello. La había cagado. Por accidente. Inocentemente. Pero el
resultado era el mismo: he hecho trizas la poca confianza que había
conseguido con mi evaluado, creando un problema que tardaría días en
arreglar. Si es que podía arreglarlo. Ahora Eli Mason cree que lo he estado
espiando como una agente del KGB del siglo XX y, para un hombre que
claramente considera una intromisión hasta la más inofensiva de las
preguntas, la idea de que de alguna manera he «llegado» a sus amigos debe
de parecerle un golpe bajo.
Tengo que arreglar esto. Y rápido. Sería injusto por mi parte evaluar a
Eli basándome en una circunstancia artificial que yo misma he creado.
El móvil me suena justo cuando me detengo a descansar en un rellano
entre el undécimo y el duodécimo piso de Mason Pharmaceuticals.
—¡Dani! —La voz de Jaz, llena de energía y vida, burbujea a través de
la línea—. Te echamos de menos anoche y queríamos asegurarnos de que
estabas al tanto de la escalada del miércoles. Esta vez vamos a tomar una
ruta diferente, hacia el oeste en vez de al este. Hay mucho que ver por esa
zona. Ya sé que es entre semana, pero vamos a aprovechar que el sol se
pone tarde y…
—No puedo. —Ni siquiera intento ocultar la decepción de mi voz. La
escalada con Jaz y Sky, esas maravillosas horas liberadoras en las
montañas, son el único punto luminoso de mi estancia en Colorado.
Renunciar a ellas es como amputarme un miembro. Pero Eli tiene razón, no
es justo para él. Y él es la razón por la que estoy aquí. No el Pikes Peak. No
las maravillosas mujeres de Ascenders Rising—. Créeme, me encantaría,
Jaz, pero me encuentro un poco pachucha. No sería seguro.
—Ah. ¿Ha sido algo que has comido?
No. Ha sido algo que he descubierto. Estás muy relacionada con un tal
Eli Mason, lo que significa que no puedo volver a quedar contigo.
Posiblemente nunca más. —Quizá —contesto con evasivas.
—Bueno, pues danos un toque cuando te encuentres mejor, ¿vale?
Sí. Digo todo lo que se supone que tengo que decir antes de colgar el
teléfono y guardarlo de nuevo en el bolso, con la soledad como única
compañía durante todo el camino hasta la planta de Eli. La verdad es que no
se trata solo de Jaz y Sky. Con una empresa tan grande como la de Eli, es
probable que tenga contactos por todas partes. Joder, a lo mejor es dueño de
medio pueblo. Debería haber sabido que su alcance se extendía más allá de
Mason Pharmaceuticals, y ya me he quemado una vez.
C uando llego a mi destino , la planta de la dirección de Mason
Pharmaceutical, me encuentro a la becaria de Eli, Zana, con un móvil en la
mano mientras una voz que sale del altavoz del escritorio explica las
temperaturas de almacenamiento de algún fármaco.
—Entonces, ¿tienen las instalaciones para el almacenamiento a menos
tres grados in situ? —pregunta la mujer al otro lado.
—Ajá. —Zana teclea algo en su móvil.
—Excelente. No estaba segura. ¿Qué capacidad pueden almacenar de
una vez?
—No hay ningún problema.
—¿Perdón? —La voz suena confusa.
—Lo que necesite, no hay problema —dice Zana, y cuelga antes de
pulsar Enviar en el móvil. Oigo el pitido de un mensaje de texto y las
palabras Esta noche te voy a chupar como una aspiradora, osito vuelan
hacia alguien al otro lado. Decido que puedo instalarme sin la ayuda de la
joven.
Esta vez, en lugar de ir a la sala sin ventanas, decido tener la reunión en
el despacho de Eli. A diferencia de Madison, que se había sentado a mi lado
mientras hablábamos, Eli mantiene el escritorio entre nosotros. Su bolígrafo
hace clic en su mano mientras me observa sacar los papeles y la grabadora.
—¿Empezamos? —pregunta Eli, lanzando una mirada al Rolex de su
muñeca. Su profundo traje gris se mueve con los músculos tensos que hay
bajo la tela cara.
Cojo la grabadora y observo cómo los músculos del hombre se tensan
bajo su chaqueta de sastre. Bien. En lugar de pulsar el botón de grabar, le
doy la vuelta al aparato, le quito la tapa trasera y saco las pilas. —He
pensado que hoy podríamos simplemente hablar —digo—. Sin grabadora,
sin informe. Solo para recuperar el terreno perdido.
Los ojos grises de Eli me observan impasibles. —Muy bien. Hable.
Enderezo la espalda y me recuerdo que soy yo quien le apunta con la
pistola proverbial, no al revés. —¿Fue la llamada de rescate la razón por la
que interrumpió nuestra última sesión? —pregunto.
—Sí.
—¿Salió todo bien?
Una sombra cruza el rostro de Eli. —No.
Mierda. Adiós a esa buena línea de conversación. Tengo cuidado de no
formular mis siguientes palabras como una reprimenda, aunque sabe Wyrd
que se la merece. —Si me hubiera dicho por qué se iba, no habría intentado
retenerle. Solo quería que lo supiera. Sé que tiene responsabilidades y me
adaptaré a su horario.
Silencio.
De acuerdo. Puedo trabajar con el silencio. Soy psicóloga titulada, por
amor de Wyrd. El hecho de que el silencio provenga de un hombre que, a
todas luces, debería estar posando en ropa interior masculina no lo
convierte en menos estrategia defensiva. —Quería decirle que hice lo que
me sugirió la última vez. Volví a escuchar mis preguntas y sus respuestas.
Me di cuenta de que es cuidadoso con sus palabras, más que yo. En
concreto, las palabras «empleado» frente a «subordinado». ¿Cuál es la
diferencia entre ambas?
Por primera vez, veo un atisbo de interés en los ojos de Eli. Una
pequeña victoria que no estoy por encima de celebrar. Vamos, Eli, veo que
lo estás pensando. Di algo. Lo que sea.
—Un empleado es alguien que trabaja para mi empresa a cambio del
dinero que le pago —dice Eli—. Si no rinde, lo peor que le pasará es que
pierda su puesto. Un subordinado es alguien bajo mi mando militar. Si no
rinde, puede perder la vida. O la vida de otros.
Me inclino hacia delante, aferrándome a cada una de las palabras de Eli,
a la manera en que cada una está respaldada por años de dolor y
experiencia. Este no es un hombre que ha visto La chaqueta metálica y se
ha aprendido las frases. Es un hombre que las ha vivido. —Cuando dijo que
sí, que había golpeado a un subordinado antes…
—Fui instructor SERE —dice Eli, cortando de raíz mi intención de
formular las cosas diplomáticamente—. Si no conoces el programa, búscalo
en Google.
—¿Qué se sintió?
Eli resopla sin humor, pero, por una vez, no hay malicia en ello. —Casi
lo mismo que se siente al colocar un miembro roto en el campo cuando es
demasiado peligroso usar sedantes. —Hace clic con el bolígrafo, el tic, tic,
tic del muelle me provoca una inquietante oleada de nerviosismo—. Mi
turno, ya que solo estamos hablando.
—Por supuesto. —Abro las manos en un gesto de invitación, aunque
algo en su mirada penetrante hace que se me acelere el pulso.
Inevitablemente, querrá saber sobre mi conversación con Madison, y no hay
nada que pueda contarle al respecto—. ¿Qué quiere saber?
—¿Mis ascensores no funcionan?
Parpadeo. —No sabría decirle.
—No, imagino que no lo sabrías, ya que al parecer prefieres subir y
bajar catorce pisos por las escaleras. ¿Por qué?
Me doy cuenta de que se me ha quedado la boca abierta y la cierro
rápidamente. Desde luego, esa no es la pregunta que esperaba; su
intromisión se me mete bajo la piel.
Eli se inclina hacia delante y el tic, tic, tic de su bolígrafo vuelve a
empezar. —Tampoco creo que te gustara la sala en la que nos reunimos la
última vez. Tan pequeña. Sin sol. Aunque podría equivocarme. ¿Debería
asegurarme de que tengamos todas nuestras reuniones allí?
—No. —Respiro hondo, ordenando a mi maldito pulso que se calme.
En el fondo de mi mente, intento decirme que el hecho de que Eli pase al
ataque es una señal de progreso, pero te aseguro que ahora mismo no lo
parece. Me aclaro la garganta y ajusto mi tono de voz a uno de fría
profesionalidad—. Si está preguntando si tengo claustrofobia, la respuesta
es sí. Sin embargo, eso es un asunto personal y no está sujeto a más
discusión. ¿Queda claro?
Una comisura de la boca de Eli se curva hacia arriba y se reclina en su
silla. —Cristalino. Quizá deberías volver a poner esas pilas y hacer que
volvamos al trabajo, entonces.
DANI
S e me eriza el vello de la nuca y un escalofrío me recorre la espalda.
Son las siete de la mañana y, en lugar de salir a coger un Uber para ir a
Mason Pharmaceuticals a las entrevistas de personal que le pedí a Zana que
me concertara, estoy paralizada junto a la barandilla del pasillo abierto del
Marriott, viendo cómo el ascensor de cristal sube por el enorme patio
interior que es el sello distintivo de la cadena hotelera. Dentro hay un
hombre que me mira fijamente. Pelo corto y canoso, traje caro, papada
flácida. No puedo moverme. No puedo apartar la mirada ni siquiera cuando
el ascensor pasa zumbando por mi planta y sigue subiendo, subiendo y
subiendo. ¿Acabo de ver a Brock Talbot o solo a otro viajero de negocios de
mediana edad, como cientos de otros? Miles.
Brock Talbot está a dos mil millas, en Boston, me recuerdo, con los
nudillos blancos de tanto apretar la barandilla. Siento un hormigueo en el
cuello al recordar el tacto de las manos de Brock Talbot cuando se cerraron
alrededor de mi tráquea. Cojo la tarjeta de la habitación y me peleo para
meterla en la cerradura de la puerta del hotel. Mis manos temblorosas hacen
cuatro intentos antes de que consiga oír un clic y ver una luz verde que me
permite entrar.
Cierro la puerta de un portazo detrás de mí, echo el cerrojo, me apoyo
en la puerta y me deslizo hasta sentarme en el suelo enmoquetado. El
corazón me late con fuerza en los oídos y tengo un sabor químico a puro
terror en la boca. Me resulta imposible tragar. Respirar.
Enderezo la espalda y me obligo a llenar de aire los pulmones. Luego
más abajo, hacia el vientre. Noto la puerta fría en la espalda. El suelo, firme
bajo mis pies. Me imagino que soy un árbol robusto, con las raíces
hundiéndose en la tierra. Arraigándome. Estoy en un hotel. He visto a un
viajero de mediana edad en un ascensor. Eso es todo.
Saco el móvil del bolso, pulso el botón de inicio hasta que la pantalla se
enciende y me quedo mirándola con la mirada perdida. No sé para qué me
he molestado. No tengo a nadie a quien llamar. Mi terapeuta se jubiló hace
seis meses y nunca me he puesto a buscar a otro. No he pasado el tiempo
suficiente en ningún sitio como para hacer amigos. En cuanto a mis padres,
no saben nada de Talbot; ya han tenido bastantes desgracias en la vida como
para tener que preocuparse también por mí. Joder, todavía creen que cuando
el cachas del instituto, Gage, me acorraló en un cuarto con material
deportivo en segundo, lo único que hizo fue rasgarme la ropa para
manosearme los pechos.
Bueno, sí que me los manoseó. Justo antes de violarme. Pero con una
familia tan rica y poderosa como la de Gage, lo primero que hizo el director
fue soltarme la filípica sobre lo que les pasa a las que presentan «denuncias
falsas» y las alegrías de los kits de violación. Para cuando pude mediar
palabra, ya sabía que no serviría de nada.
Recuperando lo poco que me queda de entereza, voy a la ventana y miro
fuera. Pikes Peak se ve a lo lejos, su cumbre más alta todavía blanca por la
nieve a pesar de las temperaturas más altas aquí en el valle. Aunque aún es
temprano, fuera todo está luminoso. Acogedor. Las montañas prometen
pocas posibilidades de lluvia y aún menos de hombres de mediana edad con
traje de negocios.
Respiro hondo otra vez, imaginando que puedo oler los álamos
temblones. De acuerdo. Nuevo plan. Ir a hacer las entrevistas y luego a la
montaña. Ponerme al día con las notas por la noche. Puede que no pueda
escalar con Jaz y Sky sin violar mis obligaciones profesionales, pero nadie
puede alejarme de la montaña en sí. Senderismo. Búlder. Existir con la
naturaleza. Hay tanto ahí fuera. Tanta vida y equilibrio y armonía. Lo único
que falta es, bueno, yo.
Para volver a encarrilarme, bajo al vestíbulo y pido un coche.
Aprovecho la espera para buscar en Google ese término que me soltó Eli
ayer. Instructor SEAR. Unos cuantos toques y descubro que no existe nada
parecido en un contexto relevante, aunque el buscador me pregunta si
quiero decir SERE. Me encojo de hombros ante el móvil. Eli no se molestó
en deletrear el acrónimo, así que la suposición de Google es tan buena
como la mía, y el entrenamiento SERE sí que parece ser algo importante en
el ejército. Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape. Si el título por sí
solo no me hubiera dado escalofríos, la bandera de los prisioneros de guerra
que ondea en las fotos lo habría hecho.
Continúo mi investigación mientras llega el coche y aprovecho el viaje
para leer la descripción del entrenamiento. La piel se me hiela con cada
nuevo dato. El hombre al que estoy aquí para evaluar solía torturar soldados
para ganarse la vida. Wyrd. ¿Cómo puede ser legal esta mierda? Trago
saliva. No me extraña que Eli se diera cuenta de mi claustrofobia. Para él,
probablemente sea como oler sangre en el agua.
Guardo el móvil cuando el Uber se detiene frente al edificio, subo los
catorce pisos por las escaleras y le sonrío a Zana, la becaria, que teclea
furiosamente en su ordenador.
—¡Señorita Nelson! ¡Buenos días! —me dice Zana alegremente—. Me
temo que el señor Mason no está en la oficina hoy.
Frunzo el ceño. —Sí, lo sé. Estoy aquí para reunirme con otras personas
—dejo que mi entonación suba al final para animar a la joven.
—Ah. Estupendo —Zana vuelve a teclear y se ríe por lo bajo. Un rápido
vistazo a la pantalla del ordenador revela varios chats activos, una página de
TikTok y varios artículos abiertos sobre bebés de famosos.
No es mi circo, no son mis monos. Quizá si yo trabajara para un jefe
que me usara como diana verbal, también disfrutaría del día lejos de su
compañía. Me aclaro la garganta. —¿Dónde debería reunirme con ellos?
Zana me mira parpadeando, con un tono cada vez más irritado. —
Donde usted quiera.
Se me encoge el estómago. —Zana, ¿ha concertado las entrevistas,
verdad? ¿Con la lista que le di ayer?
—Ah. No necesita cita. Siga adelante.
Tienes que estar de broma. Me recompongo y controlo mi voz antes de
hablar. —De acuerdo. Dígame quién está aquí hoy y dónde se sientan.
Se me queda mirando. —Lo siento, señorita Nelson, pero soy la
asistente del señor Mason. No conozco el horario de nadie más. Ni su
ubicación. Tal vez pueda probar en la línea principal de información.
De acuerdo. No. No está de acuerdo. Sacando la lista de personas que
necesito ver de mi cartera, la pongo justo delante de la becaria. —Voy a
irme por hoy. Usted, Zana, va a repasar esta lista, va a ponerse en contacto
con cada una de estas personas y va a concertarme una cita. También va a
reservar una sala de conferencias. Cuando venga mañana, tendrá el horario
impreso para mí. ¿Hay alguna confusión en mis instrucciones?
La chica me lanza una mirada fulminante. —Sí, sin problema —dice, y
añade «zorra» entre dientes en el momento en que me doy la vuelta.
Bueno, menuda pérdida de día. O tal vez no. Vuelvo a mirar a Pikes
Peak y mi humor mejora. Parece que voy a salir a la montaña antes de lo
que pensaba.
T ras una rápida parada en el hotel para cambiarme y correr por el
vestíbulo tan deprisa que el «¡Que tenga un buen día!» del pobre
recepcionista me golpea entre los omóplatos, vuelvo a estar en un Uber de
camino a uno de los senderos secundarios de Pikes Peak. Hoy no quiero ver
gente. Solo los árboles, las montañas y el cielo resplandeciente. La
naturaleza siempre ha sido mi refugio y, con la atención puesta en la
cordillera, siento que me relajo con cada milla de asfalto que dejo atrás.
—Este no es un lugar muy popular —me advierte el conductor de Uber,
demasiado servicial, cuando su móvil le informa de que hemos llegado al
inicio del sendero—. Le iría mejor unas pocas millas al oeste. Allí hay un
centro de visitantes y un pequeño local de comida rápida que llaman
Canteen. Las mejores patatas fritas de la ciudad.
—Ya me las arreglaré —me echo la mochila al hombro y salgo al aroma
de los álamos temblones y a la sensación de la tierra esponjosa bajo mis
pies. El aire es tan puro aquí que siento cómo mi cuerpo elimina toxinas con
cada exhalación mientras me dirijo hacia los peñascos y precipicios
escarpados.
Aproximadamente a media milla por el sendero, me encuentro con una
formación rocosa aislada de unos siete metros de altura con agarres
naturales que son prácticamente un letrero de bienvenida con Abierto para
Búlder estampado en él. Dejo la mochila a un lado del sendero, me pongo
los pies de gato y ataco los agarres bajos para subir.
Solo me lleva unos minutos conquistar mi primer peñasco y, ahora que
mis músculos están calientes y jubilosos, estoy lista para un desafío mayor.
Oportunamente, hay uno perfecto a dos pasos. Una infinidad de ellos
perfectos. Durante las dos horas siguientes, me pierdo en la escalada, cada
nueva formación rocosa aporta su propio sabor al desafío: una es más
porosa, una está cubierta de un liquen azul verdoso que huele ligeramente a
mar, una tiene vetas de cuarzo brillante y fisuras que facilitan el agarre.
Aquí fuera no hay hombres con traje, ni clientes monosilábicos, ni nada
más que el ahora.
Estoy descendiendo de mi peñasco más alto hasta el momento —una
belleza de doce metros con una gran grieta en el medio— cuando la roca
bajo mi pie izquierdo se suelta. Mis dedos resbalan y mi corazón se acelera.
Muevo mi peso hacia las manos, confiando demasiado en la fuerza de la
parte superior del cuerpo mientras busco un mejor punto de apoyo. Me
tiemblan los brazos, mi pie golpea la piedra en busca de un agarre. Pero no
hay ninguno. No era solo un pequeño agarre lo que se desmoronó, el
maldito saliente entero en el que creía estar no es más que tierra
apelmazada.
Se me resbalan los dedos. Aprieto las caderas contra la piedra, un último
intento desesperado por mantener el equilibrio. Pero es demasiado tarde. El
mundo se ralentiza, mis dedos fallan mientras la piedra por la que me
deslizo me desgarra la carne. Se me corta la respiración mientras araño todo
lo que puedo alcanzar, mi cuerpo cayendo cada vez más rápido hacia un
suelo poco acogedor. Un dolor lejano resuena en mi cuerpo, latiendo detrás
del terror hasta que… hasta que un gran latido sordo retumba a través de mí
y el mundo se me nubla antes de quedar en blanco.
ELI
—E li, atento. —Skylar se bajó los auriculares en la central de
Trident Rescue y le tiró una pelota de Nerf a la cabeza a Eli—. Una mujer
ha perdido una pelea contra la gravedad cerca de Riles Ridge. Está lo
bastante lúcida como para llamar al 112, pero no puede andar. Cree que se
ha deslizado unos seis metros.
Eli enderezó el respaldo de la silla y abrió un mapa en la pantalla del
ordenador. No estaba lejos de donde se había hecho daño el adolescente.
—¿Hay alguien con ella?
—No.
—¿Equipo de seguridad en la zona?
Sky hizo una mueca.
—Ni siquiera una cuerda. Estaba haciendo escalada en bloque y…
Eli soltó una retahíla de tacos y cortó a Sky. ¿Qué coño le pasaba a la
gente que iba a sitios aislados sin las puñeteras precauciones de seguridad
básicas? Por lo menos, los dichosos adolescentes iban juntos.
—Si has acabado de soltar sapos y culebras, el Suburban está listo.
Eli negó con la cabeza y se colgó el botiquín de trauma al hombro.
—El camino de acceso solo existe en el mapa. Cogeré el quad, pero
necesitaremos un pájaro si hay una lesión medular. ¿Puedes poner uno en
espera por si acaso?
—Lo difícil no es el pájaro, sino el piloto —dijo Sky, que ya estaba
usando la radio—. Con suerte, la precaución sería innecesaria. Aunque si la
mujer no estaba a las puertas de la muerte, para cuando Eli terminara de
cantarle las cuarenta, quizá desearía estarlo.
Tras maniobrar con el quad para acercarse todo lo que pudo a Riles
Ridge, Eli se bajó y se echó el botiquín al hombro. El GPS se volvía loco
por aquí y no había nada que sustituyera el simple hecho de mirar. Cuantas
más veces visitaba Riles Ridge, más odiaba el lugar. Aislado y lleno de
rocas preciosas pero inestables, el lugar era la gran peineta de la madre
naturaleza a la humanidad. Aunque parecían una escalada fácil y tentadora,
las rocas de la zona ocultaban restos de lodo camuflados que se formaban
durante las lluvias de primavera. Para un escalador incauto, eran tan
peligrosas como un pico helado.
—¡Paramédico! —gritó Eli en medio de la naturaleza para identificarse
mientras caminaba hacia la primera formación rocosa—. ¿Dónde estás?
—¡Aquí! —respondió una voz de mujer.
—Eso no ayuda tanto a localizarte como te crees —murmuró Eli para sí
antes de alzar la voz—. No te muevas. Ya voy yo. Dime qué ves y no dejes
de hablar.
La mujer resultó ser buena siguiendo instrucciones, aunque había algo
demasiado familiar en su voz. Lo cual era absurdo. Dani Nelson estaba en
Mason Pharmaceuticals acosando a su personal. Lo mínimo que podía hacer
era tener la decencia de mantenerse fuera de su cabeza cuando él estaba ahí
fuera. Pero ese era parte del problema, ¿verdad? No podía quitarse a la
pelirroja de la cabeza, y el hecho de que se le pusiera dura cada vez que ella
entraba en una habitación no ayudaba.
Eli todavía no entendía por qué se había desviado de su camino para
restregarle a la pelirroja su claustrofobia por las narices. Había sido algo
infantil, el equivalente mejorado de tirar de la trenza a una niña en primaria.
Y, sin embargo, lo había hecho. Había disfrutado viéndola perder el
equilibrio por una vez, con las mejillas sonrojadas de ese hermoso color que
contrastaba con el rojo fuego de su pelo. Pero entonces, una vez que ella
admitió la derrota, una vez que Eli vio el rápido destello de dolor profundo
en los ojos de Dani, ya no sintió ninguna satisfacción. Solo furia hacia
quienquiera que le hubiera provocado ese miedo. Un deseo de hacer
pedazos al cabrón fibra a puta fibra.
Al divisar una zapatilla de escalada blanca y negra y unos leggings
ajustados que asomaban por detrás de una roca, Eli se centró en su objetivo.
A continuación, apareció una camiseta ombliguera rosa chillón. El vientre
de la mujer era plano y algo definido y, si Eli no tuviera una opinión tan
baja de su capacidad de juicio, podría haber apreciado su sexi figura. Ahí
está. Sí. Eso ya era otra cosa. Dani no era la única cuyo cuerpo podía
apreciar Eli. Quizá un día ahí fuera era exactamente lo que necesitaba para
sacarse a la pelirroja del sistema.
O quizá todo era una puta broma del universo.
Al pasar más allá de los pinos, Eli se quedó helado al ver el largo pelo
rojo brillante, la cara que estaba tan decidido a no ver hoy. ¿Pero qué
cojones?
Eli se dio cuenta tardíamente de que había dicho eso último en voz alta.
Bueno, mejor. Porque, en realidad, esa era la pregunta pertinente.
—¿Qué coño haces aquí, Nelson?
—Intentaba alejarme de ti y… —Se interrumpió con un jadeo de dolor,
sus ojos verde jade tan abiertos y sorprendidos como debían de estar los de
él. La mirada de la mujer recorrió su cuerpo, fijándose en su uniforme. Hizo
una mueca—. No ha funcionado.
—¿Qué ha pasado? —Eli dejó su botiquín de trauma en el suelo. Ya
podía ver la hinchazón y la decoloración alrededor de su tobillo izquierdo y
manchas de sangre empapando sus leggings y su camiseta. Estaba alerta y
orientada, lo cual era una buena señal, pero la gravedad del daño todavía era
una incógnita.
—Perdí el equilibrio y me caí.
—¿A qué altura estabas?
—¿Unos seis metros, puede ser? Soy más sólida de lo que parezco.
Seis metros. Sin equipo, sin un compañero o sin la destreza suficiente
para saber que no conocía el puto terreno. Con todo, Eli tenía toda la
intención de informarla de ello en cuanto no necesitara unas constantes
vitales limpias. Tragándose todas las palabras que tenía en la punta de la
lengua, Eli se acercó para tomarle el pulso en el cuello.
El grito de terror de Dani mientras le agarraba la muñeca sobresaltó a
toda una bandada de pájaros que descansaban tranquilamente.
—¿Qué demonios haces? —preguntó Eli con curiosidad, ignorando el
escozor del dolor mientras las uñas de Dani se clavaban en su piel.
—¿Qué demonios haces tú? —replicó ella.
—Intentar tomarte el pulso. —Señaló con la barbilla el cuello de ella—.
La arteria carótida está ahí. A no ser que quieras que pruebe en las muñecas,
pero con la forma en que te has deslizado por la roca, no hay mucha piel sin
rasguños por ahí.
—Ah. —Parpadeó y lo soltó de inmediato—. Lo siento.
—¿Qué pensabas que estaba haciendo?
—Nada. —Apretó la mandíbula—. Lo siento, estoy alterada. El mundo
aparecía y desaparecía durante un rato después de caerme y todavía no
estoy del todo centrada.
—Claro. —No había nada de claro en ello, en realidad, pero no era el
momento ni el lugar. Adiós a unas constantes vitales limpias. Le tomó el
pulso de todos modos. Era demasiado rápido. Por supuesto que no podía ser
otra cosa que rápido en ese momento. Descartó una lesión cervical, luego
sacó un par de tijeras de trauma y cortó la fina tela del legging desde el
dobladillo hasta la entrepierna.
—¿Por qué has hecho eso? —exclamó Dani, con la voz llena de dolor e
indignación.
—No tengo visión de rayos X, Nelson. Si estás sangrando, me gustaría
tener un aviso antes de que te desmayes. —Eli abrió la otra pernera,
retirando la tela elástica y húmeda de un feo rasguño a lo largo del muslo de
Dani. No era peligroso, pero desde luego era doloroso. Presionó las crestas
de sus caderas y, al encontrar la pelvis estable, deslizó la mano hacia su
abdomen. Al igual que en sus muñecas y antebrazos, la piel de aquí también
estaba llena de arañazos, que desaparecían bajo esa camiseta rosa suya.
Recuperando sus tijeras de trauma, Eli cortó la camiseta —y todo lo que
había debajo— justo por el medio.
Los pechos turgentes y hermosos de Dani se abrieron ante él como un
libro, y Eli hizo todo lo posible por no mirar aquellos pezones deliciosos y
fruncidos. Manteniendo la mirada muy, muy donde debía estar, usó gasas y
suero salino para limpiar la sangre antes de palpar las costillas mientras
Dani temblaba bajo su tacto.
Sí. Hacerse daño es una putada. Eli podría habérselo dicho antes de que
ella decidiera ignorar todas las puñeteras normas de seguridad. Dani Nelson
había llegado hasta ahí por su propia imprudencia. Tenía suerte de haberse
destrozado el tobillo y no el cráneo. O quizá el que tenía suerte era Eli. No
necesitaba otra llamada como esa en ese momento. No necesitaba otra
llamada como esa nunca, joder.
—¿Qué puñetero demonio se te ha pasado por la cabeza para que te
vayas a escalar sola? —exigió Eli, sin molestarse en suavizar la voz—. No
solo sola, ¿sino por un sendero remoto del que no sabes nada? ¿Crees que el
teléfono con el que pediste ayuda es más resistente que un hueso? ¿Que no
podría haberse hecho añicos con la misma facilidad que tu tobillo?
Sus ojos verde jade centellearon.
—No tenía a nadie con quien ir.
—¿No podías encontrar a alguien?
Cerró los ojos.
—Sí. A dos personas. Ya sabemos cómo acabó eso.
La mano de Eli se quedó inmóvil, su pulso martilleando contra sus
costillas. Conocía ese juego. Se había criado con él. Era culpa suya que
Dani hubiera salido sola, porque en un estado lleno de escaladores, él había
declarado intocables a los dos que consideraba su familia. No importaba
cuánta gente viviera en Colorado, o que hubiera rutas más seguras y
concurridas para escalar, o que Dani no tuviera que ir a la montaña en
absoluto si no podía hacerlo de forma segura. Seguía siendo culpa de Eli.
Igual que había sido culpa de Eli que su hermana gemela naciera muerta.
No debería haberlo acaparado todo para él, le había dicho Madison. Había
sido un cabrón egoísta desde antes incluso de nacer.
Un muro que Eli había construido ladrillo a ladrillo con esmero se
derrumbó en su interior, aplastando sus emociones hasta hacerlas polvo. No
sintió nada mientras apartaba las manos. Mientras palpaba el tobillo
lesionado. Con cuidado. Correctamente. Ignorando los jadeos de dolor.
—No hay costillas rotas. Excepto por la posible fractura de tobillo, el
resto es probablemente superficial —dijo Eli, poniéndose de pie y
dirigiéndose hacia el quad donde había dejado el equipo de inmovilización
—. Necesitarás unas radiografías y una evaluación por conmoción cerebral.
Las abrasiones profundas necesitarán cuidados para evitar infecciones y
para controlar el dolor. Quédate aquí. Ahora vuelvo.
No había dado más de cinco pasos cuando el grito de Dani lo detuvo en
seco.
—¡Eli! —El miedo y el pánico que saturaban la voz de la mujer
golpearon contra sus muros. Cuando se giró, las lágrimas asomaban en las
comisuras de los ojos de Dani—. ¿Vas a dejarme aquí?
M aldita sea , ¿era eso lo que ella pensaba? Por qué no. Era culpa suya que
ella estuviera herida, para empezar, ¿no?
—No —dijo bruscamente, y luego moduló la voz—. No. Solo voy a
coger una férula SAM y una manta de mi vehículo. Yo no miento, señorita
Nelson. Cuando digo que volveré, lo haré.
Ella cerró los ojos, lo que él interpretó como un asentimiento. Cuando
regresó unos minutos después, estaba sentada, temblando mientras se cubría
el pecho expuesto. Cuando la sombra de Eli se cernió sobre ella, el brazo de
Dani se levantó de un tirón como para protegerse de un golpe. El
movimiento fue claramente instintivo, y uno que el propio Eli conocía
demasiado bien.
Joder. Otro ladrillo de su muro se aflojó, y necesitó varias respiraciones
para volver a colocarlo en su sitio.
—Solo soy yo —dijo, esperando a que ella lo reconociera antes de
envolverla con la manta sobre los hombros—. Vamos a llevarte a urgencias,
y así no tendrás que volver a verme hasta mañana por la mañana.
DANI
L lévame a Urgencias. Las palabras de Eli me llegan a través de una
neblina de ansiedad. A Urgencias, o sea, al hospital. Con facturas lo
bastante altas como para absorber todo lo que se supone que voy a ganar en
este encargo. Con médicos más preocupados por las demandas por
negligencia que por el sentido común, cualquier médico residente que me
vea durante cinco minutos va a pedir todas las pruebas de la lista de
verificación de su ordenador. Unas pocas horas en ese lugar y no habrá
forma de ayudar a mis padres a conservar su casa, ni fondo inicial para
enviar a Amber a la universidad.
Además, incluso con la mejor de las intenciones, la mayoría de las
consultas modernas tratan en exceso, repartiendo antibióticos como si
fueran caramelos y recurriendo al juguete más complejo y novedoso que
encuentran mientras ignoran el remedio natural que crece al otro lado de la
ventana.
—Al hospital no —le digo a Eli.
Levanta la vista de la radio que ya tiene junto a la boca. Aquí, en plena
naturaleza, Eli Mason no se parece en nada al magnate de los negocios que
preside tras su escritorio de caoba. Una camiseta oscura de Under Armour
se le ciñe a su cuerpo esbelto, acentuando cada uno de sus medidos
movimientos. Me recuerda a un leopardo, que nunca utiliza un músculo de
más de lo necesario para conseguir algo. Un leopardo poderoso, seguro de
sí mismo y exasperantemente engreído.
Un leopardo que, además, es mi evaluado. Y al que volveré a mirar a los
ojos sin recordar lo indefensa y desnuda que me ha visto esta tarde.
Eli me enarca una ceja. —Sí, al hospital. —Pulsó un botón de la radio
—. Sky, avisa al Denton Valley Memorial de que llevo a una paciente
traumatizada. Pasaremos por el centro de rescate para cambiar al Suburban.
—Entendido.
La furia se me derrama en la sangre y me late con tanta fuerza que
ahoga el dolor. —No bromeo, Mason.
Eli recoge sus cosas, totalmente imperturbable. —Yo tampoco.
Agarrándome al tronco de un árbol cercano, me incorporo. Puede que
no sea tan alta como él, pero un poco de altura al menos me da algo de
control para tratar con el gilipollas. —Llevarse a alguien en contra de su
voluntad se llama secuestro.
—Cierto. —Eli me sopesa con la mirada y, sin previo aviso, me levanta
en brazos. No soy precisamente pequeña, pero el hombre me carga con el
mismo esfuerzo que si estuviera moviendo un saco de manzanas. Y con la
misma emoción. Como si un escudo se hubiera activado en su interior,
nublando los hermosos y expresivos ojos de Eli. Huele a champú fresco y a
almizcle masculino, y sus pasos son tan firmes como si no llevara nada.
Tras colocarme en el quad, me devuelve la manta que se había caído
durante el traslado—. Tratar a alguien sin su consentimiento también es
agresión. Siéntase libre de pedirle a su abogado que envíe una copia de los
cargos a mi departamento legal.
Eli se monta en el quad detrás de mí y sus brazos me rodean a ambos
lados mientras la poderosa bestia que tenemos debajo ruge y se pone en
marcha.
Tanto el corazón como el tobillo me laten con fuerza cuando llegamos al
centro de rescate para cambiar de vehículo, con los ojos a punto de llorar.
Nuevo plan, decido. Eli tiene razón: no puedo impedir que me lleve a
rastras a Urgencias. Es demasiado poderoso, tanto física como legalmente,
para que se le pueda tocar. Pero nadie puede impedirme que firme el alta
voluntaria.
—¡Oh, Dios mío! ¿Dani? —exclama Sky, saliendo a toda prisa de la
estación de rescate cuando Eli y yo entramos en el aparcamiento. Su
presencia echa más leña al fuego—. ¿Por qué...?
—Tranquila, Reynolds. Ya le he leído la cartilla —dice Eli,
interponiéndose entre nosotras y, al menos, ahorrándome esa conversación.
Sky me lanza una mirada compasiva. Por lo visto, ya ha escuchado
antes las reprimendas de Eli.
—Llamaré para que te registren y puedas saltarte la admisión —se
ofrece—. Tengo tu nombre y fecha de nacimiento del club de escalada.
¿Qué seguro médico tienes?
Joder. Trago saliva.
Eli, que está descargando el equipo, se queda paralizado a medio
movimiento. —Que le pasen la factura directamente a Mason
Pharmaceuticals —dice sin siquiera mirarme—. Resulta que es una
empleada temporal de la empresa.
—Claro. —Sky me sonríe para animarme y vuelve a entrar en el
edificio mientras yo siento cómo, después de todo, se me escapa esa
lágrima por la mejilla. Al parecer, soporto mejor la prepotencia de Eli que
su amabilidad. Con otra persona —con alguien normal— me preocuparía
que el gesto fuera una forma de obligarme a hacer lo que quiere, pero con
él, es peor. Mucho peor.
Eli traslada el equipo con una eficiencia militar, sin desperdiciar un solo
movimiento ni un segundo mientras todo se guarda perfectamente en su
sitio y cada pieza de equipo se sujeta de forma segura. Verlo trabajar es
como asistir a una danza muy coreografiada, sabiendo que cada miembro
del conjunto hace los mismos movimientos de la misma manera cada vez
que se abre el telón. Cuando intento subir al asiento del copiloto del
Suburban, el hombre me coge sin permiso y me coloca en mi sitio,
sujetándome con el cinturón de seguridad con la misma eficacia con que
trató el equipo.
No nos decimos nada mientras conduce por las calles de Denton Valley,
pasando por avenidas arboladas y céspedes bien cuidados, hasta detenerse
en una plaza reservada en el aparcamiento de urgencias del Denton Valley
Memorial. Eli se baja del coche y yo aprovecho el momento para secarme
las mejillas. He conseguido mantener la cara apartada durante todo el
trayecto, pero ese lujo está a punto de terminar. Esta situación no podría ser
más enrevesada ni aunque se convirtiera en un cubo de Rubik.
Eli me lleva a Urgencias en silla de ruedas, con la cara lo bastante roja
como para detener el tráfico. Ya ni siquiera sé por qué me importa. ¿Qué
más da una humillación más que añadir al montón?
—¿Es esta la paciente traumatizada por la que ha llamado el servicio de
rescate? —le pregunta a Eli una enfermera con una larga trenza, con un
tono que sugiere que lo conoce bien. Probablemente así sea. Demonios, el
hombre posee —o está en proceso de adquirir— un tercio de los inmuebles
de toda la ciudad, así que ¿por qué no iba a conocerlo todo el mundo?—.
Llévela al box tres.
Eli asiente y me lleva a un cubículo con un gran número tres impreso
sobre la cama separada por una cortina. En cuanto mi culo toca el papel
arrugado, da media vuelta y se va en otra dirección, dejándome sola con el
característico olor acre a alcohol y lejía del hospital.
Retorciéndome las manos en los bordes del incómodo colchón, observo
a través de la rendija de la cortina cómo Eli se aleja por el pasillo principal
de la zona de urgencias, y espero a soltar un suspiro de alivio hasta que se
pierde de vista. Con Eli fuera, soy libre de firmar mi alta sin problemas. O
simplemente marcharme. Que Eli cubra la factura médica me librará de la
bancarrota, pero no quiero aceptar su caridad si puedo evitarlo. Además, los
hospitales me dan repelús.
Cuadrando los hombros, me preparo para apoyar todo mi peso en el pie
bueno y me deslizo con cuidado por el borde de la cama. Como sigo medio
desnuda y agarrando una manta para guardar las formas debido a que Eli ha
cortado la mayor parte de mi ropa, lo primero es encontrar un pijama de
hospital que me presten. Saltando torpemente hacia la pared, hago una
mueca cuando mis manos raspadas soportan mi peso y salgo torpemente al
pasillo, justo a tiempo de oír mi nombre.
—¡Dani! ¡Ahí estás! —Es Sky. Genial—. ¿Adónde vas?
—Pues... —Mi capacidad verbal me abandona. Fantástico. A falta de
otra cosa, digo la verdad—. Buscaba unos pantalones. Bueno, un pijama de
hospital. Algo a lo que Eli no le haya metido las tijeras de trauma. ¿Qué
haces aquí?
—Venir a animarte, por supuesto. —Sky llama a la mujer de la trenza
—. Sé que te duele, pero no te preocupes, Michelle se asegurará de que te
recuperes. Es una de las jefas de enfermería y es excelente. Ven, deja que te
ayude a volver a la cama.
Ahora que mi vía de escape ha sido cortada, no tengo más remedio que
obedecer a la mujer que una vez esperé tener como amiga y que ahora sé
que nunca lo será. Los ojos me escuecen peligrosamente, pero me ordeno
no llorar. Ya he llorado demasiado. Mientras la jefa de enfermería,
Michelle, me revisa, Sky le pregunta por los niños y recibe a cambio una
pregunta sobre Cullen. No sé ningún detalle porque no estoy prestando
atención. Pero quizá debería haber estado más atenta a las cosas, porque
solo me doy cuenta de que han parado cuando ambas me miran expectantes.
—Lo siento —digo, y ¿no es esa la verdad? Si pudiera retroceder en el
tiempo y cambiar las decisiones que he tomado hoy, lo haría sin dudarlo.
—Acabo de preguntarle si podía ayudarla a ponerse una bata de hospital
—dice Michelle—. Así no tendrá que agarrarse a esa manta cuando venga
el técnico de laboratorio para llevarla a rayos X.
—Genial. —Ella y Sky me ayudan a quitarme la ropa hecha jirones y a
ponerme la moda unisex del Denton Valley Memorial, despojándome de la
poca dignidad que me queda. Cuando era pequeña, mi padre siempre se
esforzaba por ver a todo el que entraba en su botica como una persona
completa, hermosa y única. Lo único que me hace única ahora son las
bragas de colores que asoman por detrás: la única prenda de ropa que Eli no
había cortado hasta dejarla inservible. Menos mal. No es que el apresurado
técnico que viene a llevarme a rayos X se dé cuenta —o le importe— si
llevo algo puesto o no. Qué raro. Probablemente podría haber dejado mi
historial en la cama en vez de a mí y el hombre no se habría enterado
mientras tuviera un código de barras que escanear antes de quitar el freno
de la cama con el pie.
Eficiencia a raudales.
Sky se queda conmigo mientras el médico interno, el residente y,
finalmente, el adjunto vienen a hacer la misma serie de preguntas y a
revisar cuidadosamente los mismos resultados. El último, al menos, se
digna a compartir el veredicto conmigo.
—Ha tenido mucha suerte, Sra. Nelson —dice el médico, ajustándose
unas gafas redondas en el puente de la nariz—. Conmoción cerebral
moderada. Suficientes rasguños y moratones para recordarle su aventura,
pero ninguna fractura. Dicho esto, hay daños en los tejidos blandos del
tobillo. Quiero que no lo apoye en absoluto durante un par de días, y luego
vaya aumentando el peso lentamente. Si todo va bien, debería poder volver
a hacer deporte en seis semanas.
—¿Seis semanas? —Ni de coña.
—La enviaré a casa con Percocet para el dolor y un kit de material para
cambiar el vendaje de la herida en la parte externa del tobillo.
—No me gustan los medicamentos.
—Michelle le pondrá la vacuna contra el tétanos antes de irse y, dada la
cantidad de piel que se ha visto comprometida, me gustaría empezar con un
antibiótico de amplio espectro como medida profiláctica.
—No. —Cierro los ojos. Los abro. Descubro que el médico sigue ahí,
junto con su séquito ceñudo, todos mirando con desconcierto a la extraña
criatura con bata de hospital que inexplicablemente ha desarrollado la
capacidad de decir lo que piensa—. Primero, no voy a consentir que me
administren antibióticos de amplio espectro sin pruebas de una infección
real. Segundo, ¿el Percocet no es un narcótico adictivo?
El médico vuelve a hacer su maniobra con las gafas. —Si se abusa de
él, tiene propiedades adictivas. Sin embargo, tomado bajo una cuidadosa
supervisión médica, es un analgésico eficaz que, créame, va a querer.
—Con el debido respeto, doctor, el número de adictos que empezaron...
—Dani. —Acercándose a mí, Sky me coge la mano, con voz
tranquilizadora—. Nadie va a meterte pastillas por la garganta. Coge la
receta del médico. Si no la necesitas, mucho mejor, ¿vale?
Me froto la cara, sintiendo que las mejillas me arden de nuevo. De todos
los momentos para discutir enfoques médicos, este no es el más indicado.
Sobre todo si quiero salir de aquí pronto. —Por supuesto. —Le dedico a
ella y al personal la mejor sonrisa que puedo esbozar—. Gracias.
Sky sonríe. —Ah, y acabo de hablar con Cullen. —Agita el teléfono que
tiene en la mano, indicando la conversación que al parecer ha tenido con su
prometido—. Puedes quedarte con nosotros hasta que te recuperes un poco.
Tenemos mucho sitio y, para ser sincera, me encantan los invitados.
¿Te gustan los invitados decapitados? Porque eso es lo que tendrás si
Eli se entera. Fuerzo otra sonrisa. —Oh, no. De verdad que no es
necesario...
—Sí que lo es —replica—. No puedes volver a tu hotel. Hay escaleras
por todas partes.
—Puedo coger el ascensor. —No voy a coger el ascensor, pero Sky no
necesita saber mis planes de subir a la pata coja los tramos que haga falta.
—¿Cómo vas a llegar siquiera al Marriott? —Sky me dedica una mirada
que solo puedo calificar como una mezcla de preocupación, confusión y
temor—. No puedes conducir.
Mierda. Afortunadamente, a mi cerebro atascado se le ocurre una
solución. —Cogeré un Uber. Estaré bien.
—Sra. Nelson. —El médico se inmiscuye en la conversación, con tono
impaciente—. Cederé con los antibióticos y, como ha señalado su amiga,
nadie la obligará a tomar analgésicos si no desea hacerlo. Sin embargo, no
daré el alta a una paciente con una conmoción cerebral y un tobillo
inestable sin la seguridad de que será atendida. Simplemente no correré el
riesgo de que se caiga por segunda vez.
Maldita sea. Una mirada a la cara del médico y sé que voy a tener que
pelear de lo lindo. Pero ¿qué se supone que debo hacer exactamente? Me
guste o no, Eli es un cliente y no voy a poner en peligro su bienestar por el
mío.
—¿Ves? Venir conmigo es tu única opción —confirma Sky alegremente.
—No, no lo es —llega una voz desde más allá de la abertura de la
cortina. Una voz masculina grave con acento británico. Eli—. Yo me haré
responsable de la Sra. Nelson, doctor. No estará desatendida.
Los ojos de Sky se abren de par en par y un brillo travieso parpadea en
su rostro. —Eli. Ah. Bueno, en ese caso, mejor todavía. —Le lanza una
rápida mirada a Eli, pero sus facciones son tan estoicas como un muro de
ladrillos.
—Excelente —dice el médico, incapaz de salir lo bastante rápido. Y
esta vez soy lo bastante lista como para morderme la lengua hasta que él y
el resto del personal están fuera de nuestro alcance auditivo.
—Escuchad —digo, repartiendo mi atención entre Eli y Sky—. Aprecio
de verdad que todos intentéis cuidar de mí, de verdad que sí. Pero es
totalmente innecesario. Os prometo que puedo cuidar de mí misma.
Eli me ignora. —Sky, ¿puedes hacer que uno de los chicos me cubra
hasta que arregle esto?
—Claro —dice ella—. Tómate todo el tiempo que necesites.
¿En serio?
—¿Eh, hola? —intervengo, y dos pares de ojos —incluidos los de Eli—
se centran por fin en mí—. ¿Me he vuelto invisible de repente? —digo,
abandonando por completo el numerito de «muchas gracias, sois demasiado
amables»—. ¿Podéis oírme? Soy una adulta perfectamente responsable y
capaz. No necesito una niñera. No necesito ir a ningún sitio que no sea de
vuelta a mi hotel.
—Si fuera perfectamente responsable, no habría estado escalando sola
en la zona más peligrosa y aislada del parque —gruñe Eli en voz baja. Tiene
el ceño profundamente fruncido, la mandíbula apretada y la boca es una
delgada línea dura.
Abro la boca para responder, pero Eli parece a punto de echar chispas,
y, maldita sea, estoy agotada. Cansada hasta los huesos. Y sin ningún
argumento brillante para largarme de Urgencias.
—Está bien —resoplo, mientras la desesperanza y la derrota se asientan
sobre mis hombros.
Y entonces Sky solo lo empeora todo.
—Y yo que pensaba que solo tenías líos de una noche —dice, dándole
un codazo a Eli en el hombro mientras ambos salen de mi espacio
acordonado.
—Cállate, Sky. Es lo correcto.
—Sí, lo es. Y eso es algo que se te da de maravilla —llama, su voz
volviéndose cantarina mientras se desvanece por el pasillo. Cómo puede
alguien estar tan feliz después de haber conseguido hacerme la vida tan
completamente miserable es algo que se me escapa.
DANI
A l menos Michelle me ha dado un pijama de hospital. Aferrándome a
esa pizca de dignidad, me acomodo en el mismo Suburban medicalizado en
el que me trajo Eli y apoyo la cabeza en el respaldo del asiento. Después de
haber visto cómo trata este hombre su equipo, no me sorprende encontrar su
todoterreno impecable, con el olor a cuero y a limpio llenando el
habitáculo. Si así lleva su vida personal, es un milagro que no exija
uniformes a los contables y que las secretarias no tengan que hacerle el
saludo militar.
Hago una mueca ante mi propio pensamiento. No es justo. Se supone
que debo evaluarlo como empleado, no inmiscuirme en su vida personal.
Que es exactamente por lo que todo esto es un problema.
—Tiene que haber otra solución —digo mientras Eli se incorpora a la
carretera principal, con el sol empezando a fundirse en el horizonte
montañoso.
—No la hay. —No aparta la vista de la carretera, ni siquiera cuando
llegamos a un semáforo en rojo—. Sky tiene un corazón demasiado grande
para su propio bien. Si descubre que no está conmigo, se asegurará de que
esté con ella.
Me froto la cara. —¿Sigue pensando que me hice amiga suya a
propósito?
—Lo que yo piense es irrelevante. —Las manos de Eli se aferran al
volante y los tendones fibrosos de sus antebrazos se flexionan mientras
conduce. Sigue con su ceñido uniforme de camiseta negra y pantalones
cargo negros, y es el colmo que alguien pueda ser igual de atractivo con
ropa de trabajo y con un elegante traje de chaqueta. La atención de Eli no se
aparta de la carretera—. Sin embargo, sí que espero que mantenga su
promesa de no meterse en mi vida personal. Y que mantenga en secreto el
motivo de su visita.
—Por Dios, Eli. —Niego con la cabeza y agito las manos recorriendo
mi cuerpo de arriba abajo, un gesto patéticamente torpe al lado de la
complexión de dios griego de Eli—. Voy vestida con un pijama glorificado,
no puedo andar y, por lo visto, ni siquiera se me permite estar sola en casa.
¿De verdad le parezco una amenaza creíble ahora mismo?
El silencio durante el resto del trayecto es toda la respuesta que obtengo.
Wyrd. Ojalá me sintiera la mitad de capaz de cometer grandes maldades —
o de realizar funciones humanas básicas— de lo que Eli se imagina.
Cuarenta minutos más tarde, llegamos a la verja de seguridad más cara que
he visto en mi vida —del tipo que encajaría mejor en el plató de una
película de agentes secretos que en un pueblo de Colorado— y Eli baja la
ventanilla para introducir un código. La cancela motorizada de doble hoja
se abre sin problemas y nos permite entrar en un sinuoso camino de entrada
asfaltado. Arbustos y árboles frondosos bordean el sendero, que se abre en
el último momento para revelar una mansión rústica de cuento de hadas.
El piso inferior se ha construido con arenisca pulida, cuyo tono
anaranjado rojizo hace juego con el exterior de madera de cedro del piso
superior. Dos secciones octogonales se alzan como torreones a cada lado de
la casa, recordándome a un par de torres de la época victoriana. Para
rematar, el centro de la estructura, entre las torres, es un tejado de pico muy
pronunciado hecho de una única y vasta lámina de cristal que refleja los
picos escarpados apostados como centinelas detrás de la residencia.
—Guau. —Dejo escapar un largo suspiro—. Esta casa es una auténtica
maravilla, Eli.
Un músculo de su mandíbula se tensa y no quiero ni saber qué tipo de
gimnasia mental ha hecho para convertir el sincero cumplido en un insulto.
—Le transmitiré sus cumplidos al diseñador de Madison —dice
secamente, mientras cierra el enorme garaje a nuestras espaldas—. Y no me
llame Eli. No somos…
—Amigos. Sí, lo recuerdo. —Echo mano al tirador de la puerta,
tratando de encontrar una forma segura de bajar al suelo—. ¿Vamos a ir por
la casa llamándonos señor Mason y señorita Nelson como si fuéramos
aristócratas de la época victoriana?
Su mirada se clava en mí, recordándome lo fácil que sería todo esto si
sus ojos grises no ocultaran tanta inteligencia y tantos secretos tras unas
pestañas demasiado largas para ser justas. —Solo Mason está bien.
—Qué muy militar por su parte. —Paso el brazo por detrás para coger
las muletas —nunca las he usado y la curva de aprendizaje no tiene pinta de
ser divertida—, pero antes de que llegue a medio camino, Eli ya las ha
sacado, me ha abierto la puerta y me ha indicado con un gesto que salga.
—Vamos, pues —espeta con una postura rígida que delata su
impaciencia.
Aun así, me sujeta con delicadeza mientras me coloco cada palo de
madera bajo las axilas. Esto es algo que me desconcierta de él. Eli Mason
puede que sea un cabrón y alguien que, según su propia madre, debe de ser
inestable, pero por muy enfadado que pareciera estar conmigo, o por muy
desagradable y cerrado que se comportara, cualquier contacto físico que me
ha ofrecido ha sido siempre amable. Es una especie de putada mental, si le
soy sincera.
Por suerte para mi cuerpo poco acostumbrado a las muletas, Eli me
lleva a una habitación de invitados que está justo al lado del gran espacio
del primer piso. —El baño está ahí —dice, señalando una puerta en la pared
opuesta a nosotros—. La cocina está al otro lado del salón. Autoservicio.
Envíeme un mensaje con el número de su habitación de hotel y haré que
alguien vaya a por sus cosas.
—Buenas noches a usted también, Mason —digo en voz baja, pero la
puerta se ha cerrado tras Eli hace ya mucho.
A la mañana siguiente , me despierto arrepintiéndome de haberme ido de
la lengua con lo de los analgésicos. No porque tenga intención alguna de
tomar narcóticos, sino porque preguntar por un lugar donde conseguir
remedios naturales habría sido un mejor uso de mi tiempo y energía.
Resulta que Eli cumple su palabra sobre mis pertenencias, que han
aparecido en un rincón de mi habitación, con el móvil ya enchufado y
cargando. Miro la hora: las 6:00.
Voy cojeando al baño para asearme, luego cojo las muletas y me dirijo
sigilosamente a la cocina con la esperanza de encontrar café antes de que
Eli se despierte. Al igual que el exterior, todo en la casa está compuesto de
madera, arenisca y ricos detalles en marrón. El suelo es de diseño de
tablones, con tonos tostados claros intercalados con colores canela más
oscuros para crear un patrón sencillo pero precioso. Sin embargo, está claro
que quien diseñó el enorme salón, con su chimenea y su sofá de cuero en
forma de L, no necesitaba usar muletas para atravesarlo.
Es evidente que la mansión ha sido creada para presumir de su
opulencia, pero tiene una calidad casi de museo que emite un aura como si
no hubiera sido habitada. O Eli no pasa tiempo en casa o tiene una asistenta
del hogar increíblemente maniática.
Jadeo de forma bochornosa cuando llego a la cocina, que está equipada
con todo lo que mi chef interior ha deseado siempre, con una notable
excepción: Eli Mason sentado en la isla con encimera de granito, con un
portátil y un batido de proteínas a su lado.
A contraluz del sol naciente que entra a raudales por el ventanal abierto,
la silueta de Eli es lo más masculino que he visto en mi vida, con una
camiseta gris de deporte ceñida a unos músculos prietos y un reguero de
sudor recorriéndole la columna. Unos pantalones cortos insinúan un culo
musculoso, y no hay duda sobre el estado de sus muslos gruesos y fibrosos.
Wyrd. Eli Mason es una injusticia cósmica.
—No esperaba que estuviera despierto tan temprano —digo, muy
consciente de que sigo llevando el pijama de hospital con el que salí ayer.
Frunce el ceño mirando su Rolex. —Son las seis de la mañana.
Cierto. —¿Cuánto tiempo lleva levantado?
—Desde las cuatro. —Eli vuelve a sus correos electrónicos, sin
ofrecerse a indicarme nada. Ah, sí. Autoservicio.
No es que el autoservicio en una cocina como esta sea ninguna
penalidad, a pesar de la situación de las muletas. Los electrodomésticos de
última generación de acero inoxidable y el amplio horno y fogones de chef
brillan como relámpagos bajo la luz del sol. Podría perderme aquí tres días
seguidos si no tuviera que ocuparme de la vida. Localizo la cafetera, la
pongo en marcha y luego cojeo hasta la nevera en busca de leche.
Ahí está. Desnatada. Unos veinte litros. Lo veo claramente porque no
hay nada más en la nevera, salvo huevos, ternera y una cantidad ingente de
yogur de cereza. Es el tipo de nevera que podría organizar un chaval de
catorce años al que hubieran dejado solo en casa, y no puedo evitar la
indignación que burbujea en mi interior. —E… Mason. ¿Sabe lo que es una
verdura?
Pasa a su siguiente correo electrónico. —¿Como un tomate?
—Técnicamente, eso es una fruta, pero sí. ¿Cuándo fue la última vez
que comió una?
Eli frunce el ceño, pensativo, mientras da un sorbo a un batido de
aspecto calizo que probablemente en el envase afirme tener una cremosa
suavidad a chocolate. —Había algo rojo en mi hamburguesa hace una o dos
semanas.
Creo que está bromeando, pero no. Ha vuelto al trabajo, al parecer sin
haber oído nada extraño en sus propias palabras.
—Le daré mi acceso a Amazon —dice, con la atención todavía en la
pantalla—. Pida lo que necesite.
Me quedo mirando su ancha espalda. —¿Un acceso a Amazon? —
aclaro, carraspeando tímidamente—. ¿Para que pueda pedir tomates por
Amazon?
—Es lo más eficiente, según mi experiencia. —Levantándose de su
taburete, Eli vuelve a la batidora y echa pegotes de polvos, crema de
cacahuete y leche desnatada en el vaso para hacerse otro brebaje. El hombre
tiene una cocina de chef, y me da la sensación de que la despensa está llena
de raciones de combate.
Terminamos nuestros desayunos por separado —yo me conformo con
una tortilla de huevo hecha con los tristes restos de una cebolla solitaria de
lo que probablemente fue una guarnición de hamburguesa— y nos reunimos
de nuevo una hora después para ir a la oficina. El Eli sudoroso de la cocina
ha desaparecido tras un traje a medida y unos zapatos relucientes; su pelo
rebelde es lo único que va totalmente a juego con sus ojos. Sin preguntar,
Eli me quita el maletín del portátil del hombro y me abre la puerta del
coche.
Mientras entramos en el garaje de Mason Pharmaceuticals, siento el
peso de mi traje de chaqueta sobre los hombros. En casa de Eli, soy su
huésped lesionada. Aquí… aquí soy su evaluadora. Y aunque no hay nada
en el rostro impasible de Eli que denote ningún reconocimiento del cambio,
yo lo siento intensamente.
Tan intensamente como las náuseas que me suben por la garganta al
acercarnos al ascensor, con mi maletín todavía colgado del hombro de Eli.
Mierda. Es imposible que suba catorce tramos de escaleras con las muletas,
y lo único peor que estar atrapada en una pequeña caja en movimiento es
estar atrapada ahí con un hombre que puede partirme en dos sin
despeinarse.
Mi corazón se sobresalta con el ding de las puertas al abrirse, el pulso
martilleando contra mis costillas. Puedo hacerlo. Soy Danielle Nelson,
evaluadora ejecutiva, superviviente de una violación, profesional
autodidacta con estudios. Puedo subir a un maldito ascensor sin convertirme
en un charco de gelatina.
—Míreme, Nelson. —Eli lo dice, no, lo ordena, mientras entramos.
Nunca le había oído esa voz, una orden militar segura de sí misma que sabe
que será obedecida.
Mis ojos se deslizan hacia los suyos por voluntad propia, y Eli me
dedica un asentimiento casi imperceptible, sus ojos gris pizarra me
consumen. Por encima de mi pulso acelerado, puedo oír el susurro de las
puertas del ascensor al cerrarse, sentir el ligero bote del movimiento, pero
todo es secundario a esa intensa mirada que es un salvavidas, un arnés y un
anclaje de seguridad, todo en uno. Eli está lo bastante cerca como para oler
su perfume a hierba fresca, sus anchos y musculosos hombros bloquean el
mundo. Nunca me he sentido así con otro ser humano, ni siquiera al
confiarle mi vida a un compañero mientras me aseguro para escalar una
montaña.
Ding.
Las puertas del ascensor se abren y mi atención se aparta por fin de la
mirada de Eli para fijarse en el número catorce que parpadea sobre
nosotros. Ya hemos llegado. Salgo cojeando y Eli pasa rozándome y entra
en su despacho sin mirar atrás.
Zana, la becaria que ayer me destrozó el horario, no está. Un compañero
servicial me informa de que la chica rara vez aparece antes de las nueve y
media. Sentada en el escritorio de Zana, escribo una nota pidiéndole que me
envíe por correo electrónico el horario de las entrevistas en cuanto llegue y
consigo encontrar una sala de conferencias vacía para preparar mis notas y
revisar el expediente. El siguiente punto de la lista me obliga a hablar de
nuevo con Eli.
Casi me da pena el hombre, pero, para ser justos, si Zana hubiera hecho
su trabajo ayer, hoy me reuniría con Eli de todos modos. Lo siento, Mason.
Los negocios son los negocios. Abro mi correo electrónico y envío una
invitación a una reunión. Quince minutos después, me convocan al
despacho del jefe.
—Muy bien, acabemos con esto por hoy —dice Eli, señalándome una
silla al otro lado de su escritorio. Me siento y noto que Eli me observa con
la misma cautela alerta con la que un soldado observaría a una fuerza
enemiga. A diferencia de esta mañana en la cocina, su cuerpo está tenso, su
mano firmemente cerrada alrededor de un bolígrafo que sé que está a punto
de empezar a pulsar.
Hay algo que Eli Mason intenta ocultarme. He visto suficientes clientes
como para reconocer las señales. También sé que, tarde o temprano, quitaré
las capas suficientes para saber qué es. Solo espero poder dejar al hombre
en mejor estado del que lo encontré. Porque esa es la desventaja de mi
trabajo: me pagan por identificar problemas, por sacar a la luz heridas
supurantes. Hay un largo camino entre eso y la curación.
—Bueno, he buscado el curso SERE que mencionó la última vez. —
Paso la mano por el bloc de papel rayado que tengo delante, como si las
hojas prensadas necesitaran ser alisadas. Este es mi momento, me recuerdo.
Mi terreno. Y no importa tras qué elegante escritorio esté sentado Eli
Mason, ni qué cuerpo tan afinado se esconda bajo su caro traje, él es mi
evaluado. No al revés—. Me gustaría hablar de ello.
Me mira expectante.
Cuento hasta diez mentalmente.
Nada.
Suspiro en el silencio. —¿Señor Mason?
—Usted es la que quería hablar de ello —responde Eli—. Estoy
esperando a que empiece.
—De acuerdo. Imagino que debería estar agradecida de que al menos
esta vez esté usando frases completas. —Le ofrezco una pequeña y
tranquilizadora sonrisa—. Después de lo que me hizo leer, me había
imaginado una y otra vez lo de nombre, rango y número de serie.
—¿Le gustaría saber mi rango y número? —pregunta Eli—. Mi nombre
ya lo sabe.
Bien. Doy media vuelta mentalmente y ajusto mis preguntas de forma
más eficiente. El curso SERE en sí me importa poco, pero dado que fue uno
de los pocos detalles que Eli ofreció voluntariamente, es un buen punto de
partida para discutir sus valores y su perspectiva. Un telón de fondo contra
el que podría vislumbrar cómo maneja su empresa y a sus empleados.
Además, podría darme una idea de cómo manejará la prueba de estrés, pero
eso vendrá más tarde. —Supervivencia, evasión, resistencia y escape. ¿Cuál
de los cuatro le resultó más difícil de enseñar? ¿Cuál fue más gratificante?
—Instruir en la resistencia fue lo más difícil. En el escape, lo más
gratificante.
—¿Qué hizo que la parte de la resistencia fuera un reto para usted a la
hora de enseñarla? —pregunto.
Eli se inclina hacia delante, con sus musculosos antebrazos apoyados en
el borde del escritorio mientras me mira fijamente. —Yo era el malo en los
escenarios de interrogatorio y tortura, señorita Nelson. ¿Qué sugiere su
experiencia en psicología sobre por qué a alguien podría resultarle difícil
ese papel?
Abro las manos. —Según tengo entendido, usted era instructor e
intérprete de un papel. Era su responsabilidad crear una situación en la que
la gente se sintiera amenazada mientras hacía todo lo posible por
protegerla. Su misión final era desarrollar la resiliencia y las autodefensas
mentales de sus alumnos, no destruirlos. Suena como una empresa noble.
—Sí que ha hecho los deberes. —Eli resopla y, por primera vez, veo que
la comisura de su boca se curva hacia arriba. Uno a cero. Punto para mí. Se
recuesta en su silla—. Su descripción es correcta. De hecho, se podría decir
que estaba haciendo lo contrario a su trabajo.
—¿En qué sentido?
—Como ha dicho, hago que la gente se sienta amenazada con el
propósito de protegerla. Usted hace que la gente se sienta segura con el
propósito de destruirla.
No del todo incorrecto. Punto para Eli. Uno a uno. —¿Qué le hace
pensar que no estoy redactando un brillante elogio de sus acciones y su
personalidad? —Odio admitirlo, pero el intercambio es divertido.
—El hecho de que todavía tenga trabajo.
—¿Sigue pensando que soy una impostora contratada para sacar trapos
sucios?
Eli agita una mano hacia mi bloc de notas. —Adelante, envíe algunos
hallazgos preliminares diciendo que todo en la filial de Denton Valley de
Mason Pharmaceuticals parece ir sobre ruedas. A ver qué pasa.
—Sugerencia interesante. —O lo sería si no fuera porque cada uno de
mis clientes está cien por cien seguro de que alguien en la central está
tratando de destruirlos—. ¿Hay alguna forma de probar su teoría sin crear
documentación fraudulenta?
—¿Qué deficiencias ha encontrado hasta ahora? —pregunta Eli.
—¿Encontrado? —Le arqueo una ceja—. Señor Mason, la cantidad de
energía que ha invertido para asegurarse de que tarde horas en averiguar la
más mínima nimiedad sobre usted probablemente podría alimentar una
pequeña escuela. Solo puedo concluir que disfruta tanto de mi compañía
que le gustaría prolongar la experiencia.
—Le diré una cosa. —Eli abre un cajón del escritorio y saca un grueso
sobre de manila que desliza por el escritorio hacia mí—. Como el personal
de aquí cree que es una invitada de la central, ¿por qué no se encarga de
administrar las encuestas a los empleados? Hable con cada una de las
personas del edificio, si quiere. ¿Qué mejor manera de saber cómo dirijo la
empresa que ir directamente a la fuente?
Bueno, esta es la primera vez. Un momento. Toco el sobre, frunciendo
el ceño. —Espere un momento. ¿Acaba de encontrar una manera de que
hable con todo el mundo aquí… excepto con usted?
—Correcto —dice Eli, con esa sonrisa traviesa y arrebatadora que
finalmente le llega a los labios y a los ojos—. Más le vale empezar, señorita
Nelson. Es una empresa grande.
Resultado: uno a dos. Y el asalto es para Eli Mason.
ELI
E li se quedó mirando las cajas de la compra que habían dejado en la
puerta de su casa. No eran de Amazon, sino de un servicio de reparto de
algún mercado agrícola que no sabía que existiera en Denton Valley y
mucho menos que tuviera una aplicación. El olor a fresco emanaba de las
cajas mientras las metía en el maletero, y cogió un melocotón para sí mismo
antes de volver al asiento delantero.
—¿Ni se le ocurra metérselo en la boca. —Sentada en el asiento del
copiloto, Dani le agarró la muñeca, indignada—. Para empezar, es un
ingrediente de la cena y, en segundo lugar, puede que usen pesticidas en ese
sitio. La proteína en polvo quizá no necesite lavarse antes de consumirla,
pero la fruta y la verdura sí.
Eli bajó la vista hacia donde ella lo agarraba, y Dani lo soltó tan rápido
como si hubiera apartado la mano de un fogón al rojo vivo. Apenas se
habían visto desde que él la había enviado a ocuparse de las encuestas de
los empleados la mañana anterior, y luego ambos trabajaron hasta bien
entrada la noche. Bueno, al menos él trabajó. No sabía qué estaba haciendo
Dani en su portátil, pero no se quejó de tener que irse a casa, lo que ya era
suficiente.
—¿Va a preparar usted la cena? —preguntó él, cediéndole la fruta. La
persistente presión de sus dedos fríos aún le producía un hormigueo en la
muñeca. No era del todo desagradable.
—¿Sí. —Se aclaró la garganta y el color le subió a las mejillas—.
Bueno, si no le importa que use su cocina. No debería haberlo dado por
hecho.
—¿Adelante. —Aparcó su Jeep Gladiator Rubicon en el garaje.
—¿Para qué tener la cocina soñada de un chef si no le gusta cocinar? —
preguntó Dani.
Eli ignoró la pregunta. No tenía esa cocina porque él quisiera una
cocina, la tenía porque Madison quería que el director de Mason
Pharmaceuticals de Denton proyectara una determinada imagen a los
invitados. Toda la maldita casa estaba decorada igual, y Eli odiaba hasta el
último rincón de ella. Sobre todo porque no tenía permitido cambiarla. De
hecho, Madison le había retorcido el brazo a toda la junta directiva para que
lo incluyeran en el contrato.
Las apariencias eran importantes para ella. Todo se reducía a las
apariencias. A cualquier maldito precio.
Eli llevó las verduras y las frutas a la cocina para Dani y desapareció en
su dormitorio para despejarse a solas. Con la preocupación por la
conmoción cerebral, había dormido en el sofá, fuera de la habitación de
Dani, las dos últimas noches; y saber que ella podía estar vistiéndose o
desvistiéndose en cualquier momento le ponía implacablemente duro. Era
ridículo.
Se acostaba con mujeres todo el tiempo, ¡joder! Y habían hecho mucho
más que desvestirse en otra habitación. Quizá era eso. Las veces que Eli
llevaba sus ligues a casa, la acción se limitaba al salón. Nunca más allá. No
es que a ellas les importara. Todos eran líos de una noche, y estaban más
preocupadas por sus orgasmos inminentes o por la fortuna de él como para
importarles por qué nunca pasaban del sofá de cuero. Tener a Dani en casa
no se parecía en nada a eso.
Además, Eli estaba acostumbrado a estar solo en casa. Cuando
organizaba reuniones, la gente venía a disfrutar del jardín y de la piscina,
bebía, comía, en general se lo pasaba bien y luego se iba. No le
reorganizaban la despensa para hacer sitio a las especias, ni le revisaban la
nevera, ni colgaban paños de cocina en los respaldos de las sillas. Y, sobre
todo, no daban a la casa la vida que le daba Dani.
Tras quitarse el traje de chaqueta, Eli se dio una ducha rápida y se puso
unos vaqueros azules y un polo informal antes de dirigirse hacia el estrépito
que venía de la planta de abajo.
Dani se había adueñado de su cocina. No había otra forma de
describirlo. Platos, cuencos, una sartén e incluso una tabla de cortar de
madera que no sabía que tenía estaban esparcidos por casi todas las
superficies. Como era de esperar, la comida los acompañaba, aunque Eli no
tenía ni idea de cómo había cabido todo aquello en las cajas que él había
metido.
A un lado de la placa de cocina había un montón de tortillas de harina, y
junto al fregadero doble había cebollas enteras y pimientos tirados de
cualquier manera. El agua corría a raudales mientras Dani lavaba algo rojo
—uno de sus famosos tomates, sin duda— bajo el grifo. Detrás de ella, algo
chisporroteaba en la sartén, una sustancia blanca y marrón que esperaba que
fuera pollo, porque a pesar de la abundancia de objetos que estaban siendo
torturados, nada más parecía proteína.
Por encima del ruido del posible pollo chisporroteando y del agua
corriendo, la clara voz de soprano de Dani llenaba la cocina. Con las
muletas a un lado y los auriculares puestos, la Pelirroja parecía estar en otro
mundo. Uno en el que era plenamente feliz.
En contraste con el traje de chaqueta del día, llevaba unos piratas que se
ceñían a su precioso trasero y un top corto y holgado que dejaba ver un
vientre tenso de escaladora. Su pelo rojo cobrizo estaba recogido en una
coleta esa noche, dejando al descubierto un cuello cremoso. A Eli se le puso
dura la polla tras la cremallera, lo que le cabreó.
A pesar de la reacción de su cuerpo, no quería tener nada que ver con
Danielle Nelson, ni siquiera para una hora o dos de pasión sin sentido. Eli
podía ser de mente abierta en lo que respectaba a los líos esporádicos, pero
había un límite. Y la Pelirroja estaba claramente en el lado equivocado.
Le rugió el estómago. Por la enorme cantidad de comida que se estaba
preparando, tuvo la sensación de que iba a invitarlo a cenar, pero no estaba
claro qué podía consumir él en realidad. Joder, ni siquiera podía llegar a la
nevera a por unas salchichas sin ayuda para orientarse. El único consuelo
era el hecho de que cualquier carne que ella hubiera estado cocinando había
empezado a llenar la habitación con su aroma ligeramente terroso.
Aún ajena a su presencia —aunque Eli empezaba a tener la sensación de
que la mujer tenía tan poca conciencia de lo que la rodeaba que se habría
perdido la invasión de Normandía—, Dani cogió un cuchillo de carnicero y
decapitó una piña.
—¿Escúchame, cariño,
algo va mal contigo, me temo—cantó, volviendo a clavar la hoja en la
fruta.
—¿C ada vez es más difícil complacerte,
cada año es más difícil—.
E li se rio entre dientes . Conocía la canción. De Irving Berlin. Y la
siguiente estrofa encajaba exactamente con sus pensamientos.
No quiero entristecerte,
pero necesito hablar contigo.
Aclarándose la garganta, Eli añadió su propia voz de barítono a la
mezcla:
—¿Como a mucha gente que conozco,
esto es lo que va mal contigo—.
Dani se giró con un chillido, con los ojos como platos y el cuchillo en la
mano como si fuera una lanza. Había una desesperación en su terror, del
tipo que le dejaba sin aliento, y transcurrieron varios latidos, en los que Eli
permaneció muy, muy quieto, antes de que se disipara.
—¿Mason —jadeó, inspirando y espirando con dificultad antes de
tragar saliva, mientras el color volvía lentamente a su rostro—. Yo… yo
pensaba que usted era… Es decir, me ha asustado. ¿Le gustan las fajitas de
champiñones portobello?
—¿Ya… —Eli frunció el ceño antes de decidir que ya era seguro
moverse de nuevo—. ¿Debería preocuparme que tenga intención de
destriparme como ha hecho con esa indefensa piña?
La palidez de Dani se tornó en un delicioso tono rosado. —Lo siento.
Entonces, ¿portobello?
De acuerdo. No le debía una explicación. Ni siquiera debería quererla.
—Solo de pollo, por favor.
Dani le dedicó una mirada extraña, y Eli señaló la sartén donde la
sustancia blanca y marrón seguía chisporroteando de forma tentadora.
—¿Esos son los champiñones, Mason. Soy vegetariana.
Se quedó mirándola. Tenía que estar bromeando. Lo único que pensaba
que era comestible acababa de resultar ser un puto hongo. —Estupendo. Yo
no. Coma usted. —Hizo un gesto con la mano sobre el mercado agrícola de
su cocina—. Cogeré unas salchichas de la…
—¿Ah, no, usted no hará eso —lo interrumpió, llegando a cojear para
interponerse en su camino—. Sin ánimo de ofender, pero sus hábitos
alimenticios son una mierda, Mason. Necesita comer algunas verduras.
—¿Si está desesperada por dar de comer zanahorias a alguien, cómprese
un conejo.
Puso las manos en las caderas, lo que era totalmente injusto dada su
cintura de tiro bajo y su top corto. —Supervivencia, evasión, resistencia y
escape. Parece que alguien que se supone que es instructor de SERE debería
ser un poco menos quisquilloso con lo que se mete en la boca. —Girando
hacia la sartén, Dani ensartó un champiñón con un tenedor y se lo tendió—.
Cómalo.
—¿Es un hongo —dijo Eli—. Algunos de esos matan.
—¿Cobarde.
—¿Joder. —Quitándole el tenedor de la mano a Dani, Eli se metió el
trozo en la boca. Estaba un poco crujiente por fuera, con un interior tierno
que aprovechaba al máximo las especias. Mierda. El hongo estaba bueno.
Quería más. Aunque no pensaba decirlo.
—¿Y bien? —dijo Dani, volviendo a los tomates, cebollas y pimientos
que estaba cortando en largas y finas tiras parecidas a patatas fritas—. ¿Va a
cenar conmigo o le traigo una de las raciones de combate que vi en el
garaje?
El estómago de Eli eligió ese momento para dar a conocer su opinión,
haciendo reír a Dani. La Pelirroja sí que tenía una risa bonita. Del tipo que
hacía que a Eli le hirviera la sangre con el deseo de retorcerle el cuello a
quienquiera que le diera motivos para dar un respingo a la menor
provocación.
Cogiendo gruesas láminas de champiñón, todas las diferentes verduras y
la piña que se había tomado la molestia de cortar en dados, Dani lo colocó
todo en el centro de una tortilla, coronando la creación con una cucharada
de crema agria. Sí. Definitivamente, Eli tenía hambre.
—¿Usted cocina y yo limpio —dijo él, adentrándose en el campo de
batalla para rescatar los cuatro paños de cocina y las encimeras
desordenadas.
—¿No hace falta que haga eso —le gritó Dani.
Tras cerrar el grifo, que seguía abierto, Eli miró por encima del hombro
sin molestarse en ocultar su incredulidad. —Ah, sí, sí que hace falta.
ELI
—J oder. —Eli puso el Rubicon en modo aparcamiento y entró en
casa arrastrando los pies, con la cara y el hombro palpitándole por igual. Se
había levantado a su hora habitual antes del amanecer y había ido al
gimnasio de Liam para un buen entrenamiento y puede que —solo puede
que— a él y a Cullen se les hubiera ido un poco la mano con el contacto
total. En su defensa, los golpes no le habían parecido tan fuertes en el
momento.
Bueno, desde luego ahora sí que los sentía. Con un poco de suerte,
Cullen no estaría en mejor estado.
Caminó pesadamente y en silencio por la casa para intentar no despertar
a Dani. Estaba dolorido y no estaba de humor para pelearse con nadie en
ese momento, ni siquiera verbalmente. Una ducha caliente y un batido de
proteínas lo pondrían como nuevo enseguida, pero en ese preciso instante
necesitaba estar solo.
Lo que, por supuesto, significaba que no iba a poder ser.
Oyó a Dani arrasando en la cocina antes de verla y, por lo visto, ella
también lo oyó a él.
—Buenos días —dijo ella en voz alta, de espaldas a él. Incluso con su
cojera, se movía de una forma tan sensual que Eli habría jurado que lo hacía
a propósito si no hubiera visto el día anterior lo mucho que la cocina la
absorbía en su propio mundo. Aun así, era difícil ignorar un culo increíble y
una silueta deliciosa que sus mallas de yoga y su camiseta de hombro caído
no hacían nada por ocultar.
Quizá tuviera que cambiar la temperatura de esa ducha.
—¿Quieres…? —Soltó un grito ahogado y se giró bruscamente hacia él.
La masa goteaba de la cuchara de madera que tenía en la mano a la
encimera—. Mason. ¿Te han atracado?
—¿Qué? Claro que no —espetó a su pesar. ¿Ves? Por eso quería estar
solo un rato. En ese momento no estaba en condiciones de relacionarse con
seres humanos.
—Tienes un moratón enorme en la mejilla, el labio partido y un brazo
que parece que te cuesta mover. —Dani tiró la cuchara al fregadero y puso
las manos en jarras—. Si a eso le sumamos esa actitud encantadora, pareces
un chaval de trece años al que han mandado al despacho del director
después de una pelea en el patio.
A Eli lo pilló por sorpresa una carcajada que no esperaba y que le nació
en la boca del estómago. Intentó reprimirla, pero la mirada feroz del rostro
de Dani se lo hizo imposible. Una vez que la primera risa rompió sus
defensas, ya no hubo forma de parar la marea.
—No es una descripción del todo imprecisa —dijo finalmente,
sujetándose las costillas magulladas. De la melancolía asesina a la risa
abierta en noventa segundos. Joder. ¿Alguna vez alguien que no fuera Dani
había logrado eso con él?—. Entrenamiento. Con Liam, Cullen y Kyan. Lo
hacemos con frecuencia. Es mitad entrenamiento táctico y mitad ejercicio.
Hoy ha tocado mucho…
—Déjame adivinar, ¿combate cuerpo a cuerpo? —dijo Dani con sorna.
—Tu capacidad de observación me asombra, Nelson. —Eli le hizo un
saludo militar de broma. Vale. Aquello era agradable.
—Oye, siempre he tenido curiosidad: ¿qué conlleva un mayor riesgo de
lesión cerebral? ¿Resbalar accidentalmente en una roca o dejar que un
SEAL de noventa kilos entrenado para matar te golpee la cabeza con los
puños? Ah, no, espera, esta es la parte en la que me miras a los ojos y me
dices que llevabais casco y protector bucal. —Dani parpadeó
inocentemente.
—Golpe bajo —le comunicó Eli, apretando los labios para no reírse.
Dani negó con la cabeza y señaló un taburete junto a la isla de la cocina.
—Siéntate.
Caminando con dificultad hasta el congelador, Dani llenó un paño de
cocina con hielo picado del dispensador de la puerta y se lo llevó a Eli, que
se había sentado obedientemente. Apoyando una mano en la nuca de Eli,
Dani le presionó suavemente el hielo contra el labio y la mejilla.
Eli resopló suavemente, pero la dejó hacer. No era necesario, la verdad.
Un pequeño moratón y algo de sangre no ponían en peligro su vida. Y quizá
por eso también era tan desconcertante. Ella no sacaba nada de aquello, y
Eli no entendía muy bien por qué se molestaba con él. Desde luego, nadie
más lo había hecho nunca. La idea que tenían sus compañeros de consolarse
era lanzarse un bote de ibuprofeno al pecho con todas sus fuerzas y, aparte
de los Trident, nadie se daría cuenta.
Madison aparte. Si el maquillaje y las mangas largas no podían corregir
las apariencias, una historia apropiada sí lo haría. Un accidente de rugby;
eso era aceptable. Una caída de un caballo de polo serviría en un apuro.
Desde luego, nada de una pelea a puñetazos. Y nada que ocurriera en casa.
Nunca.
Los dedos de Dani acariciaron suavemente su piel. Estaba tan cerca que
su aroma a lavanda le llenó los pulmones. Y —quizá porque le dolía el
tobillo lesionado— Dani se había colocado entre sus rodillas para mantener
el equilibrio. El frío era una maravilla, pero la postura… era delicada.
Si se acercaba un poco más, notaría exactamente lo mucho que él estaba
apreciando su contacto.
Eli puso su mano sobre la de ella y bajó la bolsa de hielo. —Gracias.
Dani asintió, inclinándose para examinarle la cara, perdiendo el
equilibrio precariamente. Eli la sujetó por las caderas, con las manos justo
donde comenzaba la suave curva de su vientre. Ella le miraba los labios, sus
ojos verde jade tan cerca que podía distinguir los bonitos destellos en forma
de estrella de su interior. Y, de repente, él se encontró también mirándole
sus labios, carnosos y suaves y…
—¿Quieres un batido de proteínas? —preguntó Eli, recomponiéndose y
apartándose del tentador rostro de Dani—. Tengo de chocolate y de vainilla.
—He hecho tortitas. —Miró hacia la cocina, recuperando el equilibrio
lo suficiente para que Eli la soltara y se apartara—. He pensado que si te
doy de comer, quizá te ofrezcas a limpiar la cocina otra vez.
—Apuesta segura, me des de comer o no.
Dani puso los ojos en blanco, aguantando la broma. Era agradable.
Desde luego, más agradable que verla sobresaltarse cada vez que hacía clic
con un bolígrafo demasiado fuerte, o que se moviera en la dirección que
solían tomar las mujeres que entraban en su casa: una que pondría en
aprietos a cualquier tasador.
Le quitó el plato de tortitas de las manos —y le aseguró que el gesto era
por preocupación por la comida, no por ella— y puso la mesa para dos. El
tenedor, el cuchillo y la cuchara eran los únicos objetos paralelos que había
en la cocina en ese momento.
—¿Pepitas de chocolate? —preguntó esperanzado, pinchando con el
tenedor un trozo esponjoso con motitas oscuras para su plato. Iba a
cambiarse primero la camiseta sudada, pero con ese olor, no pensaba salir
de la cocina.
—Oh, wyrd. De verdad tienes trece años.
—Nadie me hacía tortitas con pepitas de chocolate cuando tenía trece
años —murmuró Eli, sosteniendo un trozo ante su cara para inspeccionarlo
—. No les has puesto setas también a estas, ¿verdad?
—Cómetela y calla, SEAL.
Eli se metió un bocado de tortita en la boca y masticó con cuidado. Ah.
Arándanos. Maduros y jugosos. —Muy buenas.
—Sin setas, como probablemente te habrás dado cuenta.
—Bien. —Se llenó la boca con un segundo bocado, más grande.
—Aunque son sin gluten.
Eli se atragantó y soltó una carcajada. Era un giro ciertamente extraño
tener una invitada en casa. Y no del todo desagradable. Sentada al otro lado,
Dani disfrutaba de su propio desayuno, tomando cada bocado con la misma
dicha atenta que los actores de los anuncios de mindfulness. Era como
observar a alguien de otro mundo.
Tras acabarse el café, Dani retiró los platos y Eli se levantó para
meterlos en el lavavajillas, haciendo una ligera mueca de dolor.
—¡Oh! —Dani se apoyó en la encimera para mantener el equilibrio—.
Casi me olvido de tu hombro. —Hizo un gesto con la mano hacia una silla
—. Quítate la camiseta y encógete un poco para que pueda echar un vistazo
a las otras medallas al mérito del entrenamiento que te has traído a casa.
La mandíbula de Eli se tensó. —No —dijo, y la palabra sonó más
áspera de lo que pretendía. Había algo más que moratones de una pelea
amistosa bajo el algodón sudado—. Gracias, pero no.
—Pero…
—Será mejor que me duche y me ponga algo seco. —Hizo un gesto
hacia su ropa de entrenamiento—. Además, no quiero que tu cocina huela al
gimnasio de Liam. —Apartándose de la encimera, Eli se dirigió a las
escaleras antes de que Dani pudiera preguntar nada más—. Deja los platos
—le dijo por encima del hombro.
Cinco minutos después, apoyó la frente en los azulejos de la ducha,
dejando que el agua helada le golpeara los hombros. Por un momento, con
Dani entre sus rodillas y su aroma a lavanda inundándolo, casi había
perdido la cabeza. Era diferente a cualquier mujer que hubiera conocido,
exasperante y compasiva y confusa a partes iguales. Y peligrosa. Quizá por
eso Eli no podía quitársela de la cabeza. Estar cerca de ella era tan
estimulante como caminar demasiado cerca de un acantilado.
Aunque, a la larga, no importaba, por supuesto. A Eli le gustaban las
mujeres, pero no tenía relaciones. Nunca las tendría. En cuanto a Dani, se
iría pronto de todos modos, dejándole con un lío de cojones que limpiar con
la junta directiva.
Al terminar la ducha, Eli arrancó el plástico de la tintorería del primer
traje que vio y se vistió. Todavía se estaba ajustando los gemelos de los
puños vueltos cuando bajó y encontró a Dani extendiendo un surtido de
cosméticos en la parte despejada de la isla.
—¿Le pasa algo a la luz del baño? —preguntó Eli, girándose hacia el
dormitorio de invitados para comprobarlo.
—No. Esto es para ti. —Examinó a Eli, llevándose un dedo pensativo a
los labios que él casi había besado—. No quedaría perfecto, pero…
—Si llego a saber que era ese tipo de fiesta, me habría puesto mi vestido
de noche.
—Muy gracioso. —Dani señaló una silla. Joder, la tía iba en serio.
—Me rindo —confesó Eli, dejando de moverse nerviosamente para
mirar a Dani con paciencia—. ¿A dónde demonios quieres llegar?
—La cara magullada. —Agitó sus delgados dedos hacia él—. Es que un
director ejecutivo no puede ir a la oficina con pinta de haber salido de una
pelea de bar.
La mandíbula de Eli se tensó; una sensación incómoda que no estaba
preparado para sentir se deslizó por su interior. La realidad. Sí, así se
llamaba esa sensación. Y consiguió todo lo que la ducha fría no había
logrado. —No he estado en una pelea —dijo, habiendo perdido todo el
humor—. Estaba entrenando.
—A menos que te vayas a colgar un cartel en la espalda con una
explicación, todo el que vea tu aspecto se llevará una idea equivocada. —
Agitó una brocha de maquillaje—. Solo tardaré un minuto en taparlo un
poco. No es ninguna molestia.
No, ninguna molestia en absoluto. Nunca había sido una molestia tapar
las cosas.
—Los asuntos familiares es mejor que queden en familia, Elijah —le
gustaba decir a Madison mientras llamaba a un nuevo médico o hacía que
su chófer los llevara a un hospital más lejano. Pero la solución más sencilla
para tapar la última paliza siempre había sido ropa nueva. —No le hagáis
caso a Eli —decía—. La camisa fue un regalo de Londres, y no pude
convencerlo de que no se la pusiera, con manga larga y todo con este
tiempo. Es una fase.
—Te contrataron para observar mi empresa —dijo Eli, estirando los
puños vueltos de su camisa—, no para elaborar una campaña de imagen. —
No esperó a ver su reacción antes de dirigirse al garaje para arrancar el
coche. No era culpa de Dani haber tocado la tecla equivocada, pero era un
duro recordatorio de quién estaba detrás de toda la razón por la que ella
estaba allí. Un recordatorio de por qué él había tachado hacía mucho tiempo
la palabra relación de su plan de vida. Las mujeres no lo querían a él,
querían la imagen que tuvieran en la cabeza del director ejecutivo de Mason
Pharmaceuticals. Para muchas, era el dinero. Para Dani, era el decoro. De
alguna manera, eso parecía aún peor en ese momento.
—Ocúpate de tus asuntos, Nelson —dijo Eli por encima del hombro,
pulsando el botón de arranque a distancia de la llave—. Yo haré lo mismo.
DANI
D e camino a la oficina, Eli está tan concentrado en la carretera que
cualquiera diría que estamos conduciendo por un campo de minas afgano;
todos mis intentos de conversación solo obtienen respuestas monosilábicas.
La mente me da vueltas, mis facetas profesional y personal chocan
mientras intento averiguar qué ha provocado que de repente levantara ese
muro entre nosotros. ¿Habrá malinterpretado Eli mi ofrecimiento de ayuda
como una crítica a su competencia, ya sea como directivo o como
compañero de entrenamiento? ¿Se habrá acordado de repente de que se
supone que tiene que odiarme? ¿Le habrá ofendido su masculinidad el
maquillaje, a pesar de sus aparentes bromas?
Toda mi formación en psicología me grita que indague más, que pele las
fascinantes capas que componen a Eli Mason hasta que pueda ver la verdad.
Maldita sea. Si este incidente hubiera ocurrido en la oficina, estaría
haciendo exactamente eso. Cuando acepté que la casa de Eli quedara fuera
de los límites, pensé que estaba accediendo a pasar por alto a las prostitutas,
no los ganchos de izquierda.
Bueno, en cuanto el personal empiece a preguntar por qué su jefe parece
un matón, las respuestas de Eli serán terreno de juego lícito. No debería
sentirme reivindicada por ello, pero así es.
—Voy a trabajar en esas encuestas para usted —le digo a Eli cuando
salimos del pickup, mientras los guardias de seguridad y la recepcionista
por los que pasamos le saludan con respeto. El hecho de que ninguno se
inmute ante el aspecto de su jefe sugiere que es algo lo bastante habitual
como para no generar nueva ansiedad en el personal—. Subiré en unas
horas.
—Muy bien —me dice con un frío asentimiento antes de darse la vuelta
y dirigirse al ascensor. En cuanto desaparece, el aire a mi alrededor se
vuelve más respirable. Wyrd. Sea como sea, el hombre tiene presencia.
Tal y como había planeado, paso la mañana paseando por los pasillos
con las encuestas de clima laboral en la mano, haciendo preguntas similares
a todo el que me encuentro. Salvo algunas excepciones, las respuestas
siguen un patrón estable.
Sí, Mason Pharmaceuticals es un buen lugar para trabajar. Las tareas
asignadas están claras, el trabajo duro se recompensa, la creatividad se
aplaude… pero solo cuando está en la descripción del puesto. Al señor
Mason le gusta que todo siga el protocolo. ¿Palabras para describir al
director general de la empresa? Seguro de sí mismo. Decidido. Distante.
Generoso. Exigente. Siempre está por aquí, pero no es alguien con quien
empezarías una conversación.
—Es el tipo de hombre que se acordará de que tu hijo se gradúa en el
instituto, pero sabes que es mejor no preguntarle por los suyos —me dice
una investigadora de la segunda planta.
—¿Cuántos hijos tiene? —pregunto, manteniendo una expresión de leve
curiosidad.
La mujer se inclina hacia delante con aire conspirador.
—No tengo ni idea. Pero los hombres como él no se quedan solteros,
¿verdad?
Sonrío sin comprometerme y sigo adelante.
—Cuando mi mujer enfermó, el señor Mason no me envió una tarjeta de
pésame ni nada —me confiesa el técnico de mantenimiento de la cuarta
planta—. Pero me duplicó la baja por enfermedad sin que yo se lo pidiera.
Ni siquiera sé cómo se enteró.
Tres horas después, estoy segura de que ninguno de los subordinados de
Eli le ha oído reírse nunca, ni siquiera puede imaginarlo mirando fijamente
un champiñón especiado con una mezcla de hambre y aprensión. Para ellos,
es un general. Sabio, pero intocable.
—¿Y qué me dice de cómo ha venido hoy a trabajar? —pregunto
finalmente, ya que nadie se atreve a mencionar el ojo morado.
—Ah, es un dios del Tridente —me dice la recepcionista, y recuerdo lo
que dijo Sky sobre que Eli y sus tres amigos son amigos de toda la vida y
hacen trabajos de rescate juntos. Al parecer, eso también incluye darse de
hostias, y todo el pueblo parece estar al tanto—. Ellos tienen sus propias
cosas.
E s casi la hora de comer cuando llego a la decimocuarta planta, lo que por
una vez significa que es lo suficientemente tarde como para que Zana esté
en su puesto de trabajo.
—Buenos días. —Me detengo en el escritorio de la becaria, incapaz de
evitar que mis ojos se desvíen hacia las cuatro redes sociales que tiene
abiertas en la pantalla a la vez—. Bueno, ¿a la tercera va la vencida? ¿Me
ha concertado esas tres entrevistas?
—Me pondré con ello esta tarde.
La miro fijamente, sin palabras. Hemos tenido esta conversación al
menos cuatro veces, y mi paciencia se ha agotado hace tiempo. Mientras
miro la hebra de ADN azul marino pintada en la pared, me clavo las uñas en
la palma de la mano derecha hasta que siento cuatro pequeños pellizcos de
dolor.
—Creo que estoy un poco confundida —digo, apoyando la mano
izquierda en el borde de su escritorio—. Estoy segura de que dejé claro que
las citas tenían que estar concertadas para hoy, y no que empezara a
gestionarlas ahora. De hecho, usted me dijo que casi había terminado
anoche.
—Lo haré lo antes posible, señorita Nelson.
—¡Eso es lo que dijo hace dos días! ¡Esto no es aceptable! —Tomo aire,
con el corazón desbocado. He hablado con Zana en persona. Le he enviado
correos electrónicos de seguimiento. Incluso le he dejado una maldita nota
de recordatorio en su escritorio—. ¿Estaba mintiendo ayer cuando dijo que
todo iba según lo previsto?
Zana traga saliva y me mira con sus grandes ojos de cervatillo.
—Su tono me está incomodando, señorita Nelson. Le he dicho que
estoy en ello y que lo tendré listo lo antes posible. No sé qué más quiere que
haga.
—¡Que haga su maldito trabajo, Zana! —Las palabras salen de mí con
los últimos vestigios de paciencia. Dos mujeres con batas de laboratorio que
deambulaban por el impecable pasillo aceleran de repente el paso. Al
parecer, se me oye bastante, pero a estas alturas, no me importa.
—Quiero que apague TikTok, Twitter, Snapchat y lo que demonios esté
haciendo en lugar de su trabajo, que abra mi agenda y que empiece a hacer
llamadas. Por lo que veo, no tiene ningún problema en usar el teléfono para
encontrar jodidos vídeos de gatos, así que usarlo para el trabajo por el que
se le paga no debería ser un gran esfuerzo. —Inclinándome, giro su pantalla
hacia mí, donde la ventana de YouTube con una película pirateada sigue
reproduciéndose—. Wyrd. Esta película todavía está en los cines. ¿Qué cree
que pasará cuando los registros de seguridad muestren que está descargando
ilegalmente contenido pirateado?
La cara de Zana enrojece y sus ya grandes ojos se llenan de lágrimas
que se derraman por sus mejillas. En un instante, la chica está llorando a
lágrima viva.
—Los estudiantes de bachillerato muestran más responsabilidad que…
—Señorita Nelson. —La fría voz de Eli me golpea entre los omóplatos.
Al girarme, encuentro al hombre de aspecto atronador de pie detrás de mí;
su mejilla amoratada no hace nada por suavizar su apariencia—. Un
momento de su tiempo. En mi despacho.
Aprieto la mandíbula, con el pulso todavía resonando en mis oídos. Me
doy la vuelta, cojo mis muletas y avanzo cojeando por el pasillo, dejándolas
justo fuera de la puerta del despacho de Eli antes de entrar. Ahora solo las
necesito para distancias más largas y, por alguna razón, no quiero llevarlas
dentro.
Tras cerrar la gruesa puerta de seis paneles a sus espaldas, Eli se dirige a
su enorme escritorio; el mismísimo aire a su alrededor vibra con una furia
contenida. Eli se sienta en su sillón de cuero negro, con la mirada fija en el
reloj de pie de la esquina en lugar de en mí.
Me dispongo a coger mi propia silla.
—Quédese de pie. —No levanta la voz, pero el acero tras sus palabras
llena la habitación.
Levanto la barbilla. ¿Quédese de pie? ¿Qué soy, una recluta militar?
Abro la boca para preguntárselo, pero Eli se me adelanta.
—¿Qué cree que está haciendo exactamente? —pregunta.
—Intento hacer mi trabajo —respondo bruscamente—. Lo cual no es
fácil cuando su becaria parece incapaz o no está dispuesta a hacer el suyo.
—¿Hay algo en su contrato, en la descripción de su puesto, o incluso
una maldita nota manuscrita de algún miembro del consejo que le dé
jurisdicción alguna para reprender a mi gente? —Eli golpea con las palmas
de las manos la superficie de caoba oscura, haciéndome saltar—. Lo que mi
becaria haga o deje de hacer es asunto mío, no suyo. Bajo ninguna
circunstancia se encara usted públicamente con Zana ni con nadie más aquí.
—¿De verdad? ¿Eso es lo que más le ha molestado de mi conversación
con Zana? —digo, pronunciando cada palabra mientras el pulso me
martillea en los oídos—. ¿No que mintiera, o que no hiciera su trabajo, ni
siquiera su descarga ilegal de contenido…, sino que yo tuviera la audacia de
llamarle la atención?
—¿La ha puesto el consejo al frente de Mason Pharmaceuticals en algún
momento en que yo no estuviera mirando? —pregunta Eli.
—¿Qué?
—Responda a la pregunta.
—No. —Le devuelvo la mirada desafiante. Los ojos grises que estoy
acostumbrada a ver con destellos de humor travieso me miran ahora con
una capa de hielo, los hermosos rasgos cincelados de Eli son como un muro
de piedra. Siento que estoy hablando con una persona completamente
diferente, y no tengo ni idea de cuál de los dos Eli es el verdadero—. El
consejo no ha hecho nada de eso.
—¿Y ha recibido algún nuevo decreto del consejo del que no haya
considerado oportuno informarme? —presiona Eli—. ¿Algo que amplíe su
ámbito de actuación más allá de juzgar mi idoneidad para dirigir esta
organización?
No está maldiciendo, ni siquiera levanta la voz más allá de ese nivel que
consigue llenar la habitación sin gritar. Y, sin embargo, cada nuevo
fragmento degradante que me lanza duele.
Trago saliva.
—No he recibido ningún nuevo decreto.
—Entonces, déjeme ser claro. Zana Crusoe es mi empleada. Si la
disciplino como su jefe, es mi prerrogativa, y si la despido bajo esas mismas
condiciones, es cosa mía. Usted, sin embargo, no es su superior de ninguna
manera. Ni siquiera es superior del tipo que limpia los retretes en el sótano.
No se le ha concedido ninguna clase de libertad para desafiar, reprender o
disciplinar a nadie aquí. Todo lo que usted hace, señorita Nelson, es escribir
un informe. ¿Estamos de acuerdo?
—Clarísimo —espeto, azotada por la furia, el dolor y la humillación a
partes iguales.
—Bien. —Eli se gira hacia su ordenador y sus dedos se mueven sobre el
teclado como si hubiera pasado a otro asunto por completo—. Puede irse.
No digo nada mientras me doy la vuelta y salgo de la habitación,
apurándome todo lo que puedo con mi dolorido tobillo. En el momento en
que estoy en el pasillo, siento como si todos los ojos del edificio estuvieran
clavados en mí. Ni siquiera miro a Zana al pasar a su lado, cojo mi bolso y
sigo cojeando hacia el baño más alejado que encuentro. Me lavo la cara con
agua fría y —a duras penas— consigo reprimir el escozor de mis ojos.
Me mantengo alejada de la zona de dirección durante las siguientes
horas, revisando el directorio de empleados uno por uno para concertar
todas las citas yo misma. Esta forma de trabajar añadirá una semana a mi
tarea, pero no pienso volver a pedirle nada a Zana ni a ninguna otra de las
personas de Eli Mason. Al final de la jornada laboral de ocho horas, solo
consigo asegurar una hora de tiempo con uno de los técnicos de laboratorio
y empiezo a preguntarme si todo esto no es para sabotear mi capacidad de
hacer mi trabajo.
Sin embargo, no creo que sea eso. Si lo fuera, de alguna manera no me
molestaría tanto.
Como no quiero ni volver a casa con Eli ni enfrentarme al ascensor sola,
me llevo a mí misma y a mis muletas a las escaleras. Catorce pisos no es
divertido, pero no es imposible. Deteniéndome ante la última puerta para
recuperar el aliento, llamo a un Uber.
Estoy fuera esperando el prometido Toyota Corolla gris conducido por
Sunny, con una valoración de 4,72 estrellas, cuando el mismo hombre con
el que intento no cruzarme pasa a mi lado con un cortante:
—Viene conmigo, Nelson.
Decididamente no
voy con él. Ya es bastante malo que tengamos que compartir residencia
en este momento, no voy a compartir también un vehículo. No hoy.
Ignorando a Eli, hago un gesto con la mano al Corolla gris que llega
fortuitamente y le dedico al conductor una gran sonrisa de sí, soy su
pasajera, por favor déjeme entrar.
El Corolla se detiene.
Interrumpiendo mi avance cojeante hacia el vehículo, Eli se dirige
directamente al conductor. Debe de haber algo en el caminar de Eli que
grita «al mando», porque el pobre Sunny se endereza y casi se cuadra
mientras baja la ventanilla.
—Danielle Nelson no necesitará el viaje —dice Eli, entregándole un
billete de cincuenta dólares—. Disculpe las molestias por la cancelación.
—No hay problema, señor —dice Sunny, sin siquiera mirarme ya—. Lo
que necesite.
Antes de que pueda protestar, Sunny, el de las 4,72 estrellas, ha
desaparecido, y yo sigo de pie frente a Mason Pharmaceuticals.
—¿Qué cree exactamente que está haciendo? —le pregunto a Eli,
devolviéndole sus propias palabras.
—Evitar que se quede tirada en la puerta de entrada —dice—. Nunca le
di el código de seguridad.
Aprieto la mandíbula.
—Así que puede caminar o subir a mi Rubicon. La elección es suya. —
Se encoge de hombros, su pelo pelirrojo se alborota con la brisa y, sin
dudarlo, se dirige a su Jeep pickup y se pone al volante—. Si elige lo
primero, llegaré a casa a tiempo para abrirle.
Por un segundo, contemplo la posibilidad de ir andando hasta su casa.
De verdad. Pero no puedo obviar lo poco práctico que es. O la rabieta
infantil que parecería llamar a otro Uber. Sin embargo, en cuanto se me cure
este tobillo, me largo de aquí. Lo antes posible. Reprimiendo hasta el último
vestigio de mi orgullo, sigo a Eli hasta el vehículo.
El viaje de vuelta a casa consigue ser de alguna manera aún más tenso
que el de ida al trabajo por la mañana. Como no tengo nada que decirle,
miro por la ventanilla del copiloto como si todos los secretos de la vida
estuvieran escritos en el borde de la carretera. Justo cuando consigo
perderme en el paisaje, la conexión Bluetooth del Rubicon anuncia una
llamada del teléfono de Eli.
—Aaron Nettles. —Eli suena sorprendentemente sociable. Como si esa
persona que consiguió destrozarme con unas pocas frases nunca hubiera
existido—. ¿No deberías estar demasiado ocupado con algún libro de
derecho como para tener tiempo para llamadas o, ya sabes, para respirar con
normalidad?
—Estoy en un descanso. —Una voz de hombre joven responde por el
altavoz del Bluetooth que llena el coche—. No solo en un descanso, sino a
una hora en coche de Denton Valley.
Eli se frota los ojos con las palmas de las manos.
…Así que si no le importaría el placer de mi compañía el sábado —
continúa la voz de Aaron.
—Supongo que puedo aguantarte unas horas —dice Eli—. Le pediré a
Rescate que me cambie el turno, y luego tú eliges un restaurante. Los
estudiantes de derecho siempre estáis muertos de hambre, y cuanto más
comas, menos tendré que escucharte hablar.
Aaron suelta una carcajada, tomándose claramente el insulto como una
señal de amistad.
—Oh, no, de eso nada. Ya he llamado a Rescate para coordinar…
—Por supuesto que lo has hecho. —Eli niega con la cabeza, aunque
oigo orgullo en su voz. Justo hasta que Aaron dice lo siguiente, y Eli se
atraganta.
—Una encantadora señorita llamada Sky me ha dicho que el
espectáculo de Eli Mason «solo por una noche» tiene una novia que vive
con él.
Eli se estremece.
Me pregunto si es mezquino por mi parte disfrutar de esa incomodidad,
y luego decido que no me importa. Estoy saboreando cada momento de
esto.
—Es complicado, Aaron —dice Eli, consiguiendo sonar amable a pesar
de la sarta de maldiciones silenciosas que salen de su boca—. Sé que
enseñan retórica en la facultad de derecho, pero ¿puedes llegar a la maldita
parte en la que eliges un restaurante?
—Chez Eli Mason —replica Aaron—. Si crees que me voy a perder este
momento épico, lo llevas claro.
La línea se corta, y por un momento, me quedo sentada saboreando el
aprieto de Eli. Aaron es claramente un viejo amigo, uno al que ni siquiera el
formidable Eli Mason puede mandar a paseo, lo que le deja bailándole el
agua a esta pequeña farsa nuestra.
Dos respiraciones después, la profesionalidad finalmente se impone.
Sea como sea, crearle problemas en su vida personal es una línea que no
cruzaré.
—Saludaré y diré que tengo una conferencia telefónica con la Costa
Este —digo, dirigiéndome a Eli por primera vez desde que el gilipollas me
coaccionó para que subiera al vehículo—. Dígale a su amigo que soy una
empleada temporal de la central que se queda con usted debido a la lesión
del tobillo y siga adelante. Al fin y al cabo, es la verdad.
Eli me mira de reojo, como si estuviera evaluando una joya.
—Sí. Funcionará de maravilla, sin duda.
Francamente, no veo por qué no debería.
El teléfono vuelve a sonar.
—Skylar Reynolds —dice Eli con tono resignado antes de que el
identificador de llamadas aparezca en la pantalla.
—¡Eli! —La alegre voz de mi examiga llena el Rubicon—. He oído que
tu antiguo becario está en la ciudad y se ha autoinvitado a tu casa el sábado,
nada menos.
—¿Y cómo te has enterado exactamente de eso? —pregunta Eli
secamente.
—Un periodista nunca revela sus fuentes. En fin, he pensado que una
cosa de tres podría ser un poco incómoda. ¿Qué te parece si Jaz, Cullen y
yo nos pasamos? Llevaremos postre y…
—¿Y sacarle a Dani información que no existe? —Eli levanta una
mano, aunque obviamente Sky no puede ver el gesto—. Estás en el manos
libres, Sky. Sea lo que sea que ibas a decir, por favor, no lo hagas.
—Entonces, ¿nos vemos el sábado?
—Al parecer. —Eli corta la llamada—. ¿Sigue pensando que lo de la
conferencia telefónica funcionará, señorita Nelson?
DANI
E stoy en una sala de interrogatorios, con Eli gritándome preguntas a
la cara. Sus músculos están tensos, sus preciosos ojos grises centellean de
furia y cada nueva exigencia me azota como un látigo. No me toca, pero, de
algún modo, sus palabras me hacen sangrar igualmente.
Me aparto, con el corazón desbocado. La sangre corre tan deprisa por
mis venas que los bordes de la habitación se desvanecen. Me quedo sin
aliento cuando Eli se acerca y sus facciones se transforman en el rostro
envejecido de Brock Talbot.
—¿Crees que puedes destrozarme la vida, zorra? —ruge Brock tan
fuerte que me tapo los oídos con las manos para amortiguar el ruido. Sin
embargo, no puedo huir. Estamos en un armario, el mismo en el que me
violaron en el instituto, y es muy estrecho. Y Brock está entre la puerta y yo.
No fue así como ocurrió. No era Brock el que estaba en ese armario, pero
no importa, ahora es él. Se abalanza sobre mí, con una mano en mi cuello y
la otra desabrochándose la cremallera. Yo…
Me despierto chillando.
Me arrastro por la cama tan rápido que casi me caigo por el otro lado,
pero me salvo agarrándome a uno de los postes. El sudor me resbala por la
cara y la respiración es rápida e irregular. Me pongo en pie. No puedo
quedarme en esta cama. No puedo quedarme en esta habitación. Aquí no
hay suficiente aire. Cojeando tan deprisa como me lo permite el tobillo,
salgo corriendo al salón, pasando a toda prisa por el ventanal gigante y el
sofá modular en forma de L para encender todas las luces que encuentro. La
última ilumina una gran figura que baja volando las escaleras, pistola en
mano.
Agarro lo primero que tengo a mano —que resulta ser una lámpara de
mesa— y la blando ante mí como una posesa. Grito de nuevo cuando la
base metálica golpea contra algo sólido.
Ese algo sólido me arranca la lámpara de las manos y una mano dura
como el hierro me rodea la cintura. Sigo lanzando golpes, y mis puñetazos
impactan contra carne una y otra vez hasta que me veo sujeta con fuerza
contra un pecho musculoso y el aroma del aftershave de Eli me envuelve
como una brisa fresca.
Eli tira la pistola sobre la mesa auxiliar y lleva su mano libre a la parte
de atrás de mi cabeza.
—Tranquila, Nelson —dice contra mi pelo, y su agarre se suaviza a
medida que mi respiración se calma—. Puede seguir golpeándome un poco
más si eso le ayuda.
No lo dice en broma.
Maldita sea. Se me suben los colores a la cara y me aparto de mi
anfitrión tan rápido como puedo.
—Lo siento, yo…
—O ha frustrado un allanamiento de morada o ha tenido una pesadilla
—dice Eli, enderezando la lámpara, cuya pantalla gira sobre la bombilla
como una campana—. Mi sentido arácnido me susurra que es lo segundo.
Retrocedo hasta que las corvas me chocan con el sofá modular y
entonces me siento, negando con la cabeza y mirando la madera labrada
bajo mis pies.
—¿Qué demonios le pasa? —susurro.
—¿A mí? —parpadea Eli—. Tenía la impresión de que era usted la que
acababa de hacerle la competencia a un jet supersónico.
—¡Usted! —lo señalo con el dedo, con el corazón todavía acelerado,
mientras las palabras que ni siquiera sabía que estaba formando se escapan
de mi boca—. En un momento es normal y humano, y al siguiente me
aparta con tanta brusquedad que se diría que soy una pederasta. Y luego me
hace trizas en su despacho. Y entonces, justo cuando capto el mensaje del
todo, insiste en llevarme a casa… solo para no enfadarse cuando lo agredo
con… con su propia lámpara carísima. Nada, nada de todo eso tiene
sentido. —Me detengo para recuperar el aliento, que vuelve a acelerarse
hasta convertirse en jadeos irregulares.
Me paso la mano por el pelo. Se supone que yo soy la profesional. La
psicóloga cognitiva que desentraña las cosas. Pero con Eli Mason, todo es
un cambio de rumbo tras otro sin previo aviso ni señalización. Me martillea
la cabeza. —Dígame que tiene un trastorno de personalidad múltiple. O que
canaliza fantasmas. Demonios, ahora mismo me conformo con una
posesión alienígena si es todo lo que tiene. Porque la única otra explicación
es que soy yo la que ha perdido por completo la cabeza.
Eli se acomoda lentamente en el sofá modular a mi lado, con las rodillas
ligeramente separadas y los antebrazos apoyados en sus muslos
musculosos. En bóxeres y camiseta interior, el hombre parece un modelo de
ropa interior. Y tal y como va este encargo, no me sorprendería descubrir
que lo es.
—No está loca, Dani —dice finalmente—. Y no, ni tengo personalidad
múltiple ni alienígenas…, pero sí tengo un pasado y un código personal. Y
he decidido no hacerla partícipe de ninguno de los dos. ¿Tuvo mi
comportamiento algo que ver con las pesadillas?
—No.
Eli enarca una ceja inquisitiva.
Me froto la cara. No hay forma de responder a eso sin parecer estúpida.
Sí que me pasé de la raya al gritarle a Zana, y el director general de la
empresa me dijo que parara. Sus palabras —la forma en que las dijo—
dolieron como el infierno, pero no fueron injustificadas. No fue como lo de
Brock. Tampoco fue lo que pasó en el instituto. Ni siquiera sé cómo ha
terminado todo el embrollo junto en mi sueño.
—Me sobró bastante el tono que usó conmigo hoy —digo, escogiendo
mis palabras con cuidado de entre el lío de mi cabeza. Para evitar el
contacto visual, me concentro en la rejilla decorativa frente a la chimenea
que domina la pared de enfrente.
Eli deja escapar un suspiro audible. —No voy a disculparme por lo que
dije porque era necesario decirlo, pero siento si tuvo algo que ver con que
se alterara su sueño. ¿La asusté, Nelson?
—¿Puede, por favor, solo por ahora, llamarme Dani? ¿O es que le
mataría o algo? —No sé por qué lo he preguntado. Quizá estoy demasiado
en carne viva tras enfrentarme a esas imágenes amenazantes como para usar
mis filtros habituales.
Una comisura de la boca de Eli se contrae como si mi arrebato le hiciera
gracia. —Dani.
Bien. Me recompongo lo suficiente como para sonar al menos
razonable. —Mire, sobre lo de hoy…, estoy de acuerdo en que me excedí,
pero la forma en que expresó su descontento no me pareció una
conversación entre colegas. Parecía un castigo.
—Lo era.
Adiós a la sensatez. —¿Qué?
Eli se encoge de hombros, su tono es práctico. —Mis palabras le
hicieron daño porque esa era su intención. Se pasó de la raya. Esa fue la
reprimenda. Por lo que a mí respecta, el asunto está cerrado. Puedo
prometerle que nadie del personal lo mencionará, y yo tampoco. —Abre las
palmas de las manos—. Mire el lado bueno: preguntó cómo gestiono la
disciplina en la empresa, y ahora ya tiene su respuesta. Un punto a favor
para su informe.
Intento fingir una sonrisa, pero fracaso. No solo hay demasiadas facetas
impredecibles en este hombre, sino que su proximidad de algún modo
convierte toda mi formación en psicología en papilla. Mis dedos juguetean
con la costura del cojín de cuero del sofá. Puede que para él todo haya
terminado, pero para mí no.
Eli estudia mi rostro con atención, su seria mirada gris pizarra
penetrando demasiado hondo para mi comodidad. Entonces, me tiende el
brazo. —Venga aquí.
—¿Por qué? —pregunto, aunque ya me estoy moviendo, tan incapaz de
evitarlo como un ratón atrapado en la mirada hipnótica de una serpiente.
Eli espera a que esté a su alcance y entonces me atrae hacia él; su ancha
palma entre mis omóplatos es increíblemente reconfortante. —Para aliviar
el escozor —dice en voz baja, con el cuerpo tenso hasta que me relajo en el
hueco de su hombro, y entonces se afloja ligeramente—. En ambos
sentidos. Yo tampoco disfruté de la situación.
Permanecemos sentados juntos durante largos minutos, el corazón de
Eli latiendo fuerte y constante bajo mi mejilla. Es una de las sensaciones
más novedosas: estar en los brazos de un hombre y sentirse a salvo. Por
muy atractivo que sea, Eli es exactamente el tipo de hombre del que me
mantengo alejada. Guapo y poderoso, con las miradas de las mujeres
siguiendo cada uno de sus pasos. Probablemente podría tener un harén de
mujeres si quisiera. Conseguir cualquier placer sexual que deseara.
Me estremezco.
—¿Quiere contarme ese pensamiento? —pregunta Eli.
—No especialmente —mascullo contra su camiseta, ordenando a mi
mente que se centre en algo que no sea lo cómodos que se sienten los
brazos de este hombre. A mis veintiséis años, he tenido menos relaciones
que la mayoría de las chicas de instituto, y nunca duraron. No podía
satisfacer a los hombres sexualmente, y no tenía ningún interés en que ellos
intentaran satisfacerme a mí. Del único o dos que podrían haber llegado a
algo a pesar del sexo, bueno, huí. Me dije a mí misma que estaba tomando
decisiones para mi carrera. Y lo estaba haciendo. Pero no era solo eso.
Miro alrededor de la habitación, cuya apariencia impoluta solo se ve
rota por la pistola de Eli y unas cuantas fotografías colocadas en líneas
rectas sobre la repisa de la chimenea. Reconozco enseguida las caras
sonrientes de Sky y Jaz. Los nombres de los otros tres hombres me vienen
unos instantes después. El prometido de Sky, Cullen, Liam y Kyan, este
último siempre con un sombrero. La misma serie de caras repetidas una y
otra vez. Los cuatro hombres de uniforme. Los cuatro en un gimnasio. Los
seis bebiendo cerveza junto a la piscina de Eli.
Entonces se me ocurre. ¿Por qué no hay fotos de nadie más? ¿No
debería su familia estar al menos en algunas de estas? Yo vine a Colorado
por unas pocas semanas y me traje una foto de familia para tener en mi
habitación de hotel. Eli vive aquí.
—¿Dónde aprendió a cantar? —pregunto—. Me parece una trayectoria
militar extraña para un SEAL.
Una risa retumba en el pecho de Eli. Cuando no se comporta como un
imbécil prepotente, es sorprendentemente fácil hablar con él. —En el
mismo sitio que el acento británico. Madison tenía una visión muy estricta
de una educación apropiada. Para cuando me declaró un caso perdido y me
envió a la escuela militar, el daño ya estaba hecho. También toco el piano. Y
bailo.
—¿Por qué llama a su madre por su nombre de pila?
Eli se mueve, incómodo. —Preferencia mutua. ¿Y usted? ¿Va a decirme
quién la atacó?
Me aparto de un tirón, pero Eli me vuelve a atraer hacia él.
—Reputación aparte, no soy tan tonto como parezco —dice con esa
extraña mezcla de ligereza y sinceridad—. Las pesadillas, la claustrofobia.
Casi me hace picadillo por sorprenderla el otro día. Demonios, he tenido
que quitar de mi escritorio los bolígrafos de clic solo para que no se
sobresalte y salga por la ventana accidentalmente. —Mueve los dedos—.
Por desgracia, tener un objeto así al alcance y no hacerlo sonar supera mis
capacidades. ¿Sigo con la lista?
—No, por favor.
Eli me aparta de él y me coge la barbilla entre el pulgar y el índice. —
¿Está en peligro ahora? —pregunta—. No me entrometeré en su pasado,
pero si hay alguien que pueda intentar hacerle daño mientras está aquí,
necesito saberlo.
Se me encoge el estómago, pero al menos tengo el suficiente juicio
como para no pedirle a un hombre con una pistola cargada que esté atento al
fantasma de Brock Talbot. Tomar la paranoia de otro como un hecho es
como ocurren los accidentes. Cómo la gente resulta herida. Brock está en
Boston, a casi tres mil kilómetros de distancia. Lo más lejos que se puede
estar de aquí sin salir de los Estados Unidos contiguos.
—Nadie en Colorado intenta hacerme daño —digo, mordiéndome el
labio—. Pero a veces vuelvo a tener miedo, sin importar lo que mi cerebro
y mi sentido común me digan. Sé que no tiene sentido…
—Sí que lo tiene —dice Eli con una certeza tan tranquila que no puedo
evitar creer que de verdad lo entiende. ¿Y no es esa la ironía del siglo?
ELI
L as verduras, decidió Eli, no eran un concepto del todo terrible cuando
alguien te las cortaba y las ponía en una bandeja. Hay que reconocer que las
zanahorias, los pimientos y los palitos de apio que Dani había preparado no
estaban pensados directamente para él, pero casi. Si a Dani no le gustaba
que le devorara las zanahorias, podía volver a hacer clic con los bolis, pero
eso probablemente le gustaría aún menos.
—¿Por qué dan por hecho tus amigos que quieres organizar una fiesta
en la piscina si no te gusta nada la idea? —Dani, haciendo una mueca de
desagrado ante la bandeja diezmada, se apartó de la isla de la cocina y se
dirigió a la nevera.
—Me gustan las fiestas —le dijo Eli a voces—. Es solo que… —Dejó
la zanahoria. Casi había dicho: «Es que nunca he tenido novia». Pero Dani
no era su novia, sino su verdugo. El resto era un juego. Una ilusión tan
creativa como cualquiera de las que Madison había montado; mejor, de
hecho, porque la noche anterior, con Dani en sus brazos, hubo un segundo
en el que Eli deseó que fuera verdad. —¿Cuánto te falta para terminar tu
evaluación?
Dani se detuvo con la mano en la nevera. Estaba guapa; su sencillo
vestido veraniego de espalda nadadora a rayas de color óxido y crema hacía
juego con sus mechones color canela. Los tirantes del bañador, atados con
un lazo flojo en la nuca, asomaban por debajo del vestido. ¿Qué llevaba
debajo? ¿Un bañador de una pieza? ¿Algo que dejara ver su vientre terso?
Eli no tenía ni idea, pero la polla prácticamente le aullaba para que lo
averiguara.
—Depende de la cooperación que reciba —dijo ella con cautela.
—He despedido a Zana. —Eli partió una zanahoria en dos. Justo
después de haberle parado los pies a Dani, había despedido a la becaria. Le
había dado a la joven todas las oportunidades que había podido, pero aun
así despedirla le sentaba mal—. Si tienes más problemas para programar las
cosas, habla conmigo.
Dani se mordió el labio. —Ya veo. ¿Y la próxima vez que hable contigo
volveremos a las respuestas monosilábicas?
Eli suspiró, y la realidad lo devolvió a la tierra. —No lo sé —dijo con
sinceridad—. Me caes bien, Dani. Pero no te quiero en mi cabeza. Es lo que
Liam llamaría un límite infranqueable.
—Límite infranqueable: una postura no negociable, a menudo utilizada
en referencia a una actividad sexual concreta en la que un participante se
niega rotundamente a participar. —Una comisura de los labios de Dani se
curvó en un intento de sonrisa—. En cristiano, que no te gusta que te jodan
la mente.
—No es incorrecto.
La sonrisa flaqueó. —Anotado.
No había dicho que no lo fuera a hacer, observó Eli. Quizá debería
apreciar su franqueza. Joder, quizá debería contarles a todos quién era Dani
y por qué estaba allí. Eso acabaría con la fiesta antes de que empezara y
probablemente haría que se llevaran a la mujer escoltada por la seguridad.
Pero seguiría habiendo preguntas. Sobre todo de Sky y Jaz. Sin embargo, si
Dani desaparecía sin más después de una o dos semanas, bueno, habría sido
simplemente otro rollo de una noche que, por casualidad, había durado un
poco más de lo habitual.
El timbre sonó justo cuando Eli estaba terminando de pensar, y se
levantó para dejar entrar a los invitados que, a juzgar por la cámara de
vigilancia de la puerta exterior, habían llegado como una auténtica fuerza de
invasión. Junto con el brisket.
—Yo me encargo de eso —le estaba diciendo Cullen al repartidor de
Pierce’s cuando Eli salió. La gran caja llena de carne cambió de manos allí
mismo, en la entrada de coches. El Pierce’s Barbecue era un antro que
apenas podía considerarse un restaurante, ya que dentro solo tenía un banco
y un par de taburetes. No obstante, servía la mejor barbacoa de todo
Colorado.
Cullen aspiró el aroma del brisket ahumado con deleite, y una enorme
sonrisa se dibujó en su rostro. Era algo que hacía con mucha más frecuencia
últimamente, desde que Sky había entrado en su vida. Y hablando de la
prometida de Cullen…
—¡Eli! —Sky corrió hacia él y se puso de puntillas para besarle la
mejilla. Sus mechones rubio fresa revoloteaban alrededor de su cara—. Qué
alegría verte. ¿Dónde está tu novia?
—Por favor, no.
Su sonrisa se tornó maliciosa y su voz adoptó un tono inocente. —Error
mío. ¿Dónde está esa mujer despampanante a la que insististe que se viniera
a vivir a tu casa para poder cuidarle personalmente su tobillo raspado?
Vale. Eso era peor. —Dani está dentro, conspirando para volver
vegetarianos a los lobos. —Sin darle a Sky la oportunidad de responder al
comentario —Eli sabía cuándo estaba en desventaja—, se giró bruscamente
hacia Aaron. El joven de pelo rizado le estaba quitando a Cullen la caja de
cerveza con la que el hombre intentaba hacer equilibrios junto con el
brisket, y saludó a Eli con un paquete de seis.
—¡Señor Mason! —Aaron sonrió. A pesar del drástico cambio en su
relación, nunca había sido capaz de romper con las viejas costumbres y
llamar a Eli por su nombre de pila.
—Bienvenido a casa, colega. ¿Cómo te trata Seattle?
—He oído que es precioso, pero si quiere un testimonio de primera
mano, tendrá que preguntarle a alguien que no se pase cada segundo del día
metido en un libro de derecho. —Aaron ladeó la cabeza con sorna—. ¿Qué
es eso que he oído de una novia?
—Qué gracioso —dijo Eli secamente y se dio la vuelta. Él no tenía
novias. Él tenía sexo. Sexo alucinante, de «la mejor noche de tu vida» y sin
compromiso. Y si los pequeños destellos de comunicación silenciosa que
Sky y Cullen habían adoptado a veces hacían que Eli anhelara algo más, era
lo bastante realista como para conocer sus propias limitaciones. Tras coger
el resto del alcohol del coche de Cullen —a Sky le gustaban las cosas con
sabor a fruta en lugar de la cerveza normal—, Eli condujo a todo el mundo
al patio trasero, donde la piscina en forma de riñón ya tenía una red de
voleibol tendida de un lado a otro. Los paisajistas de Madison habían
enmarcado la piscina con helechos y palmeras a un lado y una amplia zona
de cemento estampado al otro, e incluso Eli tenía que admitir que habían
hecho un trabajo fenomenal. La parrilla, el bar exterior y la hoguera eran
añadidos personales de Eli, y el lugar donde realmente disfrutaba de recibir
a gente.
Normalmente.
Hoy sería más un suplicio que un placer. Como para subrayar ese
sentimiento, Dani eligió ese momento para salir cojeando de la casa con una
bandeja de frutas y bayas con diseño de tablero de ajedrez que rodeaba un
cuenco de yogur. Eli se apresuró a quitársela de las manos. Apreciaba el
gesto y la comida, pero les hacía parecer aún más, bueno, domésticos. Que
era exactamente lo que intentaba evitar. Maldita sea, cómo odiaba fingir.
Sobre todo delante de las pocas personas del mundo con las que
normalmente podía ser él mismo. Incluso se había quitado la camiseta
delante de Sky una vez, después de que Cullen le asegurara que su
prometida, periodista de investigación, no haría ni una sola pregunta sobre
las cicatrices.
—¿Ese olor es a brisket de Pierce’s? —La voz musical de Jaz precedió
su entrada en el jardín. Kyan y Liam la seguían. A diferencia de Aaron, que
había venido con Cullen y Sky, Eli estaba bastante seguro de que esos tres
no habían venido juntos en el coche. Kyan quería a su hermana, pero se
había distanciado de su familia de modelos después de que una granada de
mortero le dejara quemaduras en el cuarenta por ciento del cuerpo, y Jaz
simplemente no tenía el concepto de espacio en su vocabulario. En cuanto a
Liam y Jaz, esos dos eran como el aceite y el agua. Lo que tenía su punto de
entretenimiento. La cara de Jaz se iluminó al ver la piscina—. ¡Huy! ¿Qué
tal un chicos contra chicas al voleibol?
—Eso sería cinco contra tres —dijo Liam. A juzgar por el paso duro del
hombre y su cara de granito, estaba de humor—. Sé que los profesores de
gimnasia no necesitan saber mucho, pero pensaría que cubren la aritmética
básica.
Jaz se detuvo, con un músculo palpitando en la mandíbula mientras se
giraba hacia Liam. —Primero, mi máster es en fisiología del ejercicio. Y
segundo —su voz se volvió sacarina—, los equipos están empatados según
mis cálculos. Todos los que no tienen pelotas a un lado —señaló a Dani,
Sky, a sí misma y a Liam— y los hombres al otro.
La sonrisa de vuelta de Liam no le llegó a los ojos. —Tengo una
mordaza de bola en el coche. Ya que tu mente parece estar ahí de todas
formas, quizá te gustaría probarla.
El rostro de Jaz se ensombreció, y la menuda campeona de escalada
parecía estar considerando de verdad derribar al SEAL. Unas cuantas
palabras más como esas de la boca de Liam, y podría intentarlo.
Eli abrió una cerveza y le dio una a Cullen, no fuera que el hombre
interrumpiera lo que prometía ser un buen espectáculo. Cullen resopló,
reclinándose contra la barra como diciendo no tienes que preocuparte por
mí.
—Cinco pavos a que intenta tirarlo a la piscina —murmuró Eli.
Cullen entrecerró los ojos, sopesando la situación. —Hecho.
Una aleta de la nariz de Jaz se ensanchó mientras se encaraba con Liam.
—Eres un… —empezó Jaz, claramente abriéndose paso hacia los buenos
insultos cuando…
—Entonces, ¿qué tal los preparativos de la boda, Sky? —dijo Dani,
poniendo una margarita en la mano de Jaz y dirigiéndola hacia la barra
donde estaban Eli y Cullen. Mierda—. ¿Habéis decidido el lugar?
Cullen se apartó para hacer sitio, lanzándole a Eli una mirada triunfante
por lo bajo. El muy cabrón había contado con los otros invitados de Eli al
apostar.
—Ni de lejos —dijo Sky, aceptando una sidra que Eli le abrió—. Mi
madre no para de preguntar si puede invitar a los amigos de mi padrastro.
No paro de decirle que no, porque si lo hago, aparecerá la mitad de la
comunidad médica de Manhattan, y quiero que esta ceremonia sea sencilla
—dijo Sky.
Eli se tragó un comentario sobre la fantasía de la mujer. Cullen Hunt
dirigía la mayor parte de las instalaciones hospitalarias de Denton Valley.
Sería imposible impedir que todo el mundo y su madre se pasaran a
desearle lo mejor a la pareja. Pero eso era lo que hacía especial a Sky.
Cuando miraba a Cullen, realmente le veía a él, no al director general del
Trident Medical Group con una cuenta bancaria que avergonzaría a la
mayoría de los países pequeños.
Ten cuidado con lo que deseas, Mason, se recordó Eli. Si alguna mujer
te ve de verdad, se subirá al primer avión para cruzar el país.
—¿Y tú qué? —le preguntó Sky a Dani—. ¿Está siendo Eli un, bueno,
anfitrión tolerable?
Genial. Exactamente la conversación de la que Eli quería ser partícipe.
—Ha sido muy atento —dijo Dani diplomáticamente—. Me ha dejado
usar su magnífica cocina de chef, así que ha sido un lujo. Me encanta
cocinar, y es difícil hacerlo en un hotel.
—Espera, Mason. —Cullen se volvió hacia Eli—. A ver si lo he
entendido bien. Ella cocina para ti y encima cree que le estás haciendo un
favor. Es un buen truco.
—Oh, me imagino que se lo compensa de otras maneras. —Sky movió
las cejas.
Las mejillas de Dani se sonrojaron, haciendo que toda la insinuación
pareciera aún más culpable. Maldita sea. Por una vez en su vida, Eli no se
había llevado a una mujer guapa a la cama… y de poco le servía la verdad
en ese momento.
—Hunt, ¿quieres por favor intentar controlar a tu prometida? —
preguntó Eli.
Cullen soltó una carcajada burlona. —Si alguna vez descubres cómo se
hace eso, por favor, ilumíname.
Incapaz de contenerse, Eli dejó que su mirada se desviara hacia Dani. El
sol hacía maravillas al jugar con su pelo rojo, haciendo que pareciera tejido
con hebras de fuego. Sentada en el borde del taburete, parecía lo
suficientemente deliciosa como para tomarla de la manera que los amigos
de Eli estaban seguros de que la había tenido. Absurdamente, sin embargo,
Eli no se sintió atraído por sus pechos, sino por sus ojos.
Que en ese momento estaban más abiertos de lo normal.
—Mason —dijo Dani con una urgencia silenciosa, su atención dividida
entre un montón de ropa de Liam tirada —camiseta, calcetines y zapatillas
— y la superficie inmóvil del agua—. ¿Cuánta profundidad tiene tu
piscina?
—Tres metros y medio. ¿Por qué?
—Porque uno de tus amigos se ha sumergido en la parte honda hace
como un minuto… y no ha salido.
DANI
E spero a que Eli se lance al agua, pero en lugar de eso, me desliza un
chupito de tequila por la barra.
—Estoy bastante seguro de que Liam sabe nadar —dice Eli con una
sonrisita, como si la idea de que alguien no fuera medio pez escapara a toda
lógica. Por no hablar de que su piscinita era más profunda que la mayoría
de las comerciales.
—Los chicos tienen una competición absurda para ver quién aguanta
más tiempo la respiración bajo el agua —dijo Sky con un suspiro de
resignación.
—Yo siempre gano. —Cullen brinda en mi dirección con su cerveza.
Eli le da un empujón. Fuerte. —Excepto las tres últimas veces, que
perdiste contra mí, comandante.
—Capullo —le espeta Cullen, fulminándolo con la mirada.
—Un capullo reconoce a otro —canturrea Sky antes de volverse hacia
mí—. Todo esto tiene tanto sentido como golpearse en la cabeza con
garrotes para probar el grosor del cráneo, pero tengo batallas más
importantes que librar.
Liam sale del agua y apoya los codos en el borde de la piscina, goteando
sobre el cemento estampado. A pocos metros, Kyan se acaba la bebida de
un trago y se mete en el agua todavía con la camiseta puesta. Mi yo
psicóloga se fija en la ropa y el ocultamiento. La Dani normal… está
absurdamente contenta de tener la excusa del tobillo dolorido. Porque, de
repente, tengo muchas, muchísimas ganas de que Eli no descubra que no sé
nadar.
Liam y Kyan gritan desde el agua; Kyan pone los ojos en blanco
mientras Jaz se une a Eli y a Cullen en su camino hacia la piscina.
Alargando la zancada, Eli se acerca por detrás de la menuda escaladora y le
tira de la coletita. Me muerdo el labio. Jaz es el tipo de mujer que Eli
necesita. Preciosa, aventurera y con un positivismo tan travieso que saca a
relucir el lado más infantil de Eli sin esfuerzo.
—No se gustan —dice Sky, acercándose más a mí; me sonrojo al ver
con qué claridad me ha leído el pensamiento—. Además, si a algún Trident
se le pasara por la cabeza meterse en las bragas de Jaz, Kyan le arrancaría la
cabeza. No le hace especial gracia tener a su hermana pequeña por aquí,
pero también es la hostia de protector.
—Parece que es un tema recurrente. —Frunzo el ceño mientras Eli se
mete la camiseta en el bañador antes de zambullirse sin salpicar en la parte
honda. La idea de toda esa agua me provoca un escalofrío—. ¿Nadar
vestido es una tradición por aquí?
Sky me dedica una sonrisa tensa, pero no dice nada.
—¿Puedo unirme a vosotras? —Aaron se sube a la barandilla de la
terraza a pocos metros de nosotras, con la cara mojada por el chapuzón en
la piscina—. Esos cinco me están haciendo sentir inadecuado.
—¿Porque aguantar la respiración bajo el agua es el súmmum de la
actividad intelectual? —pregunta Sky, ofreciéndole una cerveza al joven.
Aaron niega con la cabeza. —No creo que vuelva a mirar una cerveza
sin estremecerme cuando el señor Mason esté cerca.
—¿Y eso por qué? —le ofrezco una Coca-Cola Light, y el chico abre la
lata fría con gratitud.
—Cuando hacía las prácticas en Mason Pharmaceuticals, yo era… eh…
bastante aficionado a la fiesta y el maldito trabajo me parecía un fastidio
bastante inoportuno. El caso es que un día aparezco consiguiendo estar
resacoso y borracho a la vez. Podría haber pasado desapercibido, pero se me
cruzó una recepcionista demasiado guapa y… bueno, también Mason.
Se me oprime el pecho y sonrío educadamente, muy consciente de que
hemos entrado de lleno en el terreno laboral que le prometí a Eli que se
quedaría en el trabajo. En el otro lado de la piscina, Eli está saliendo para
volver a tirarse; el agua se desliza por los surcos de sus cincelados músculos
y gotea en el suelo. Con la forma en que la camiseta opaca se le pega al
cuerpo, poco queda a la imaginación. No puedo evitar que la parte más baja
de mi pelvis empiece a dolerme mientras lo observo en todo su húmedo
esplendor, y tengo que cruzar las piernas para reprimir el efecto. Lo que es
peor, no da señales de volver para interrumpir esta conversación. O al
menos presenciarla.
Aaron continúa: —Total, que a Mason se le pone esa mirada oscura. Y,
de repente, me tiene en una sala de archivos enorme, con una pila de
papeles de mierda para meter en carpetas. Me dijo que tenía que archivarlo
todo antes de irme a casa si quería conservar el trabajo.
—No parece una tarea excesiva para un becario —ofrezco con alegría,
desviando rápidamente la conversación a un terreno más seguro—.
Háblame de la carrera de Derecho.
Aaron se ríe. —Espera, que aún no has oído lo importante.
Sí, de eso se trataba.
—Así que miro alrededor de la sala de archivos y pienso lo mismo que
tú. La mierda de siempre de los becarios. No fue hasta unos quince minutos
después que me di cuenta de que el cabrón había encendido todas las luces
brillantes del lugar y había apagado el aire acondicionado. ¿Y los archivos
que tenía que coger? Todos estaban en un archivador al que había que llegar
con un taburete… y el muy capullo lo había sustituido por un bloque de
hormigón. Para rematar, la música a todo volumen que puso por los
altavoces. Joder, creo que me pasé la siguiente hora gimiendo en el suelo
mientras cada nota me provocaba una punzada de agonía en mi cabeza
resacosa. Estoy bastante seguro de que habría dolido menos si hubiera
puesto uno de esos antiguos postes de flagelación y me hubiera azotado.
Mierda. Eso es… eso está a un paso de la tortura. Por un momento,
estoy segura de que Aaron me está tomando el pelo. Eli —el juguetón y
risueño Eli que ahora mismo está lanzando a Jaz a la piscina— no es capaz
de ser cruel. Entonces recuerdo sus transformaciones y sé, en lo más
profundo de mis entrañas, que Aaron dice la verdad. Y ojalá, ojalá no lo
hubiera hecho. —Eli tiene suerte de que te lo tomaras con deportividad y no
lo demandaras.
Aaron resopla. —Oh, iba a hacer exactamente eso. Verás, mi padre es
abogado, así que crecí con todo el rollo ese de demandar. Solo que mi padre
me había cortado el grifo por ser un desastre —de ahí las prácticas—, así
que no tenía dinero para un abogado. Así que, en cuanto pude volver a
parpadear sin hacer una mueca de dolor, me pasé todo el fin de semana
investigando las leyes laborales y redactando un escrito completo sobre el
tema. No tenía nada mejor que hacer, ya que no podía mirar una cerveza sin
que me dieran arcadas, y, al parecer, estar sobrio aumenta la productividad.
El lunes por la mañana llego, entro en el despacho del señor Mason y le
suelto la pila de papeles en su mesa.
—¿Qué pasó después? —pregunta Sky, pendiente de cada palabra de
Aaron.
—Se leyó cada palabra —nos cuenta Aaron—. Y luego hizo que su
asesor jurídico general lo leyera. Lo siguiente que sé es que estoy sentado
en una sala con un montón de abogados y mis papeles.
Me levanto de la silla, buscando una escapatoria antes de que el chico
me diga que Eli hizo que su departamento legal lo amedrentara para que no
presentara una denuncia o algo así.
—Me dijeron que tenía que estudiar Derecho —dice Aaron, con el
rostro serio—. Me devolvieron mi escrito con comentarios y una entrada
gratis para un curso de preparación para el examen de acceso a Derecho. Eli
dijo que si sacaba una nota lo suficientemente buena, había una beca para la
facultad de Derecho con mi nombre. —Levanta las palmas de las manos—.
Y, bueno, aquí estoy. Terminando mi segundo año de carrera.
Me detengo, procesando las piezas de la historia con incomodidad. Por
mucho que quiera darle el mérito a Eli, no me parece del todo lógico.
—Parece que no me crees —dice Aaron.
—Es más bien que tus conclusiones me parecen interesantes —digo—.
Por ejemplo, ¿por qué crees que fue Eli —tu jefe y torturador— y no tu
padre, que era abogado y te expuso a la profesión en tus años de formación,
el catalizador de tu decisión?
Aaron resopla. —Mi padre usaba sus habilidades en los tribunales para
demostrar más allá de toda duda razonable lo inútil que yo era, mientras
usaba su sueldo para sacarme de los líos… hasta que se hartó, claro.
Supongo que Mason hizo lo contrario. Con él no había rescate posible, pero
en lugar de decirme que era un idiota, me dejó demostrarnos a ambos que
no lo era. —Aaron se rasca la nuca y se ríe—. Eso, y también todo el rollo
del fin de semana sobrio. Fue una novedad en aquel momento. Vamos,
Dani, ¿nunca nadie te ha dado una buena patada en el culo para que te
muevas en la dirección correcta?
—No —digo sinceramente—. Ni siquiera recuerdo que mis padres me
levantaran la voz cuando era pequeña. Solo la idea de que pudiera
decepcionarlos me mantenía en el buen camino.
Aaron deja su Coca-Cola, una sonrisa de suficiencia parte su cara
ligeramente pecosa. —Bueno, Hermione, ¿sabes lo que pienso? Que
estamos en una fiesta en la piscina y estás demasiado seca.
Antes de que pueda procesar lo que está pasando, Aaron me levanta en
el aire. Chillo mis protestas a pleno pulmón mientras me lleva hacia la
piscina, donde los demás ya están formando equipos de voleibol. Mi último
«¡Aaron, no lo hagas!» se pierde en una oleada de risas mientras el chico
me tira con vestido y todo al agua.
Primero siento el impacto, luego el frío húmedo me envuelve mientras
me agito. El agua me entra por la nariz, picándome en la garganta. El
pánico me invade, lo retuerce todo, haciendo que destellos de colores pasen
por mi visión. El dolor me abrasa los pulmones, la necesidad de respirar es
como un cuchillo líquido que me corta la garganta. El corazón me late con
fuerza, mis dedos arañan el agua para llegar a la superficie y pierdo, pierdo,
pierdo.
Choco contra algo sólido. Una escalera. Una persona. Un árbol. No lo
sé. No me importa mientras intento trepar por ello hasta la superficie.
La cosa que tengo delante se mueve con facilidad, agarrándome por
detrás. Un agarre de hierro alrededor de mi cintura me arrastra por el agua,
algo más me sujeta la cabeza hasta que el aire me roza la piel. Trago aire
con avidez, mis piernas siguen pataleando en busca de apoyo mientras
alterno jadeos y toses.
—Puedes hacer pie aquí, Dani —me indica la voz tranquila de Eli en el
oído—. Deja de agitarte y apoya los pies.
Sigo las instrucciones de Eli y descubro que el suelo de baldosas de la
piscina está más cerca de lo que creo. Demonios, probablemente nunca
estuve a más de un metro o dos de donde hacía pie, algo que hasta un
chihuahua podría haber manejado, si no hubiera entrado en pánico. Se me
enciende la cara cuando mi peso se asienta en tierra firme, pero la
humillación no hace nada por frenar ni mi pulso acelerado ni el ataque de
tos refleja que delata exactamente lo que ha pasado, por si alguien en la
fiesta no se había dado cuenta.
—Dani, lo siento mucho. —Aaron aparece en el borde, con la cara
blanca de contrición mientras se agacha junto a donde Eli todavía me sujeta
—. Solo estaba jugando y no me di cuenta…
—Si tienes tantas ganas de cargar con cosas, tráenos un par de cervezas
—le dice Eli a Aaron con naturalidad, despachando al joven. Sacudiendo la
cabeza como un perro para quitarse el agua del pelo, Eli se sienta en un
escalón sumergido cercano, arrastrándome con él.
Inspiro bruscamente cuando mi trasero se acomoda en el regazo de Eli;
su brazo evita que me vaya flotando mientras el agua nos baña el pecho. Al
otro lado de la piscina, Cullen, Liam y Kyan se esfuerzan por volver al
partido de voleibol, aunque ahora me doy cuenta de que al menos dos de
ellos están jugando sin poder tocar el fondo.
—Lo siento —le susurro a Eli—. Soy…
—Una necesitada de alcohol y clases de natación —termina por mí, un
hábito que parece estar adquiriendo—. Sí. Eso me ha parecido.
Intento sonreír y no lo consigo. Siempre me he considerado atlética y
cómoda en la naturaleza. El agua, más allá de chapotear en el arroyo
ocasional o en el jacuzzi de un hotel, nunca ha entrado en mi repertorio. Y
aquí estoy, haciendo el numerito de la rata mojada y en pánico delante de
cuatro Navy SEALS, uno de los cuales es mi evaluado.
Suelto una bocanada de aire por los dientes. —De acuerdo. ¿Podemos
acabar con las burlas de una sola vez? No creo que pueda pasar el día
esperando a que caiga el siguiente palo.
—En mi primer salto como paracaidista, decidí cambiar de opinión en
el último momento. El instructor me empujó fuera del avión, pero, joder,
me agarré y luché con todas mis fuerzas. Allí estaba yo, todo equipado, con
el paracaídas puesto, Cullen y los otros tíos mirándome mientras me
aferraba a la vida y suplicaba que me dejaran volver al adorable avión. —
La voz de Eli me hace cosquillas en la oreja mojada—. Si no se metieron
conmigo por eso siendo unos capullos de diecisiete años, tampoco irán a
por ti.
Me giro hacia Eli justo cuando acepta dos botellines de cerveza de
disculpa de Aaron y me entrega uno. —No comparemos que te tiren de un
avión con que te tiren a una piscina en un jardín.
Eli enarca una ceja, como diciendo ¿y por qué no? Y lo curioso es que
creo que se lo cree. La profesional que hay en mí le diría a un paciente que
el miedo es miedo sin importar la causa, pero soy psicóloga, no una Navy
SEAL entrenada.
Una psicóloga profesional entrenada sentada en el regazo musculoso de
un Navy SEAL. En una piscina. Con cerveza. Y joder si sienta bien. Segura.
Eli levanta la mano y me aparta un mechón de pelo de la cara; su pulgar
calloso roza mi piel. El ligero contacto resuena a lo largo de mis nervios,
despertando todo ante la presencia de Eli. La forma en que puedo sentir el
latido de su corazón en su pecho. Los ojos gris pizarra que parecen mucho
más viejos que sus veintiocho años. La boca carnosa y de sonrisa fácil. La
extraña mezcla de poder y dulzura que podría explotar en cualquier
momento.
Se me entrecorta la respiración y mi cara se inclina hacia su caricia.
Pero me aparto de un tirón cuando un balón de voleibol golpea a Eli
justo en la oreja. —¡Mason! —grita Liam—, como no le digas al vecino del
dron que esto es una zona de exclusión aérea, voy a coger el equipo de
paintball y a declarar la veda abierta.
Soltando una especie de suspiro ahogado, Eli mira hacia donde el
pequeño juguete mecánico se mueve a tirones contra el fondo de nubes. —
Dispara sin miedo, Rowan. El equipo está debajo del porche.
ELI
E li fulminó con la mirada a los Tridents, que se reían por lo bajo al
otro lado de la piscina. Liam se había embarcado en la nueva tarea de usar
el juguete de algún crío de catorce años para hacer prácticas de tiro, pero los
otros estaban siendo, bueno, poco discretos. Aquellos tíos no se tomarían a
la ligera el miedo de Dani, pero la oportunidad de darle caña a Eli justo
cuando estaba a punto de… hacer lo que fuera que estuviera a punto de
hacer… era sencillamente demasiado irresistible como para dejarla pasar.
Joder. Eli no sabía si ahogar a esos cabrones o darles las gracias.
—Voy a secarme —dijo Dani, dejando que Eli la sujetara mientras se
levantaba. El sol, al reflejarse en el agua, hacía que sus ya de por sí grandes
ojos brillaran y creaba extrañas ondas de luz que se reflejaban en las
ventanas de la casa del fondo. Junto con el vestido mojado que se le ceñía a
las caderas y al pecho, la escena parecía la de una sirena a punto de entonar
su canto.
Claro, colega. Pregúntale a Homero cómo acaba eso.
Y Dani sí que tenía una bonita voz de soprano.
Aaron, Sky y Cullen fueron los últimos en irse de la fiesta; Eli había
llevado a Cullen aparte, junto a la isla de la cocina con encimera de granito,
para pedirle una segunda opinión sobre la manzana que Mason
Pharmaceuticals pretendía adquirir. La mayoría de los pequeños negocios
que había allí, incluyendo la floristería Petal, la librería infantil Winnie y
Big Dog Hot Dog, estaban de acuerdo con trasladarse temporalmente a
cambio de una reducción del alquiler en un nuevo complejo, pero el casero
mafioso que explotaba la mayoría de las propiedades residenciales —Eli
usaba el término con reservas— no paraba de poner un obstáculo legal tras
otro.
—¿Son esos los planos de Mason Village? —Sky rodeó la cintura de
Cullen con los brazos mientras se inclinaba en su taburete para unirse a la
conversación. Dani se mantenía en un segundo plano.
—Eh, nada de espías en territorio enemigo —dijo Eli mientras apartaba
a la menuda reportera con un golpe de cadera. Sky trabajaba principalmente
para asuntos internos de la policía local últimamente, pero escribía artículos
de interés especial como freelance para los principales periódicos de todo el
país—. Cuando quiera que tus sucias manitas toquen mis cosas, llamaré a
alguien de relaciones con los medios para que lo use de escudo humano.
Sky echó la cabeza hacia atrás y se rio. —Se cree que si me mantiene
alejada, no conseguiré que Mason Village se quede como el nombre común
—le dijo a Dani—. Pero me subestima.
Dani movió los pies, con la mirada perdida en cualquier parte menos en
Eli. ¿Era porque la adquisición rozaba demasiado los asuntos empresariales
que se suponía que debía evaluar o por lo que había pasado en la piscina?
Joder. Dándose cuenta de que, para colmo, acababa de perderse lo que fuera
que Cullen estuviera diciendo, Eli se frotó la cara… solo para sentir que su
móvil vibraba en el bolsillo.
Madison.
Eli desvió la llamada al buzón de voz y se volvió hacia Cullen. —
¿Perdón, comandante? ¿Decía usted?
—Olvídalo. Haré que mis abogados le echen un vistazo.
El móvil de Eli volvió a zumbar, sentenciando el final de una tarde
relajante cuando el nombre de Madison brilló de nuevo. La mujer era
persistente como ella sola.
Controlándose, Eli pulsó la respuesta de texto sugerida. Ocupado. Te
llamo luego.
—¿Queréis que os ponga algunas verduras para llevar? —intervino
Dani a unos metros, guiando ya a Aaron y a Sky hacia la montaña de
comida sobrante. A Eli ni se le había pasado por la cabeza, pero la mujer era
una anfitriona perfecta; ya estaba sacando táperes y desestimando con un
gesto las educadas negativas de Aaron—. Por favor. Cogedlas. Ese de ahí
tiene los hábitos alimenticios de un niño pequeño y hay que sobornarlo para
que se coma una seta.
—¿Sobornarlo? —dijo Cullen en voz muy baja, arqueando las cejas.
Eli le dio un puñetazo. Fuerte.
El teléfono comenzó a vibrar por tercera vez. Con una persona normal,
Eli podría haber supuesto que era una emergencia, pero tratándose de
Madison, el asunto urgente podía ser cualquier cosa, desde una apendicitis
hasta que el sol brillaba demasiado para su cutis. Por desgracia, Eli se sabía
el guion demasiado bien: cuando a ella le daban esos arrebatos, seguiría
llamando hasta que él contestara. Despidiéndose de los invitados con un
gesto, Eli se armó de valor y subió las escaleras, aceptando la llamada. —
¿Sí, qué ocurre, madre?
—Cuide su tono, Elijah. Mi asistente me informa de que no ha recibido
los detalles de su viaje para la semana que viene. Sabe que organizar una
recogida en el aeropuerto con mi agenda lleva tiempo, y espero un poco
más de consideración por su parte.
La semana que viene. Claro. Eli se detuvo con la mano en el marco de
la puerta, apretando la madera con los dedos. —No es necesario que me
recoja, madre…
—Tonterías —espetó Madison al otro lado, con voz cortante y tajante
—. ¿Qué parecería si no recogiera personalmente a mi hijo cuando viene a
visitar la tumba de su hermana?
—… porque no voy a ir.
—¿Se perdería el aniversario de la muerte de su propia hermana
gemela? ¿Qué demonios puede ser más importante, Elijah? Dígamelo.
Una vez, cuando Eli tenía siete años, había tenido la audacia de señalar
que, como la gemela había nacido muerta, el aniversario de la muerte de
Ella también resultaba ser su cumpleaños. Lo cual parecía un
acontecimiento importante y digno por sí mismo. Recordaba los azotes que
siguieron a la consiguiente conversación sobre el comportamiento egoísta
cada vez que se quitaba la camisa.
—Lloraré a Ella a mi manera —dijo Eli, apretando los dientes contra la
culpa que le recorría el cuerpo por mucho que creyera estar preparado para
ello. Cómo demonios se las arreglaba la mujer para seguir sacándolo de sus
casillas con cada palabra era algo que se le escapaba. Ya no tenía siete años.
Ni siquiera catorce. Era como una especie de brujería—. Usted no necesita
mi compañía.
—Su padre viene —replicó Madison para subrayar la importancia de la
ocasión. Ahora que Eli era adulto y sus padres tenían la excusa de dirigir
diferentes filiales de una gran corporación, se las apañaban para solo tener
que pasar unos pocos días al año en presencia del otro. Sin embargo, para
una pareja que se detestaba tanto como el señor y la señora Mason, salían
increíblemente fotogénicos juntos.
—Entonces puede ayudarla a llevar los malditos ositos de peluche al
cementerio. —Eli colgó el teléfono y, tras una breve pausa, lo apagó por
completo; pero no sin antes mirar de nuevo la fecha. No había cambiado.
No sabía cómo había podido olvidarlo antes. Debería haber esperado la
llamada. Haber estado preparado. Era, después de todo, una de las grandes
exhibiciones anuales de Madison de valores familiares y piadoso dolor.
Quizá eso era lo que más dolía. Las lágrimas que Madison derramaba
por Ella eran reales. Su niñita perfecta que solo había respirado tres veces.
Todo por culpa de Eli. Porque Eli había matado a Ella, había sido el gemelo
que se lo había llevado todo incluso en el útero. El espacio, los nutrientes,
lo que fuera que hacía que un bebé prosperara mientras el otro se
marchitaba.
—¿Mason? —La voz de Dani rozó los hombros de Eli—. ¿Estás…?
¿Qué pasa?
Eli se apartó del marco de la puerta, dándose cuenta tardíamente de que
en realidad nunca había entrado en su dormitorio y seguía de pie, descalzo,
en el pasillo. Los dedos de los pies se clavaban en la mullida alfombra,
dejando tras de sí unas huellas distintivas, la tensión de su cuerpo lo
atenazaba de la cabeza a los pies. Aun así, este era el segundo piso. Su piso.
Uno en el que Dani no tenía nada que hacer.
—¿Por qué estás aquí arriba? —exigió, dándose la vuelta.
—Tu voz se oía desde abajo…
¿Había hablado tan alto? Joder.
—¿Así que decidiste que eso requería cotillear? —Eli no se molestó en
controlar su tono. Dani no era una espectadora inocente. Se había colocado
a sabiendas en la línea de fuego. La vida privada de Eli en esta casa era
precisamente eso. Privada. Y Dani lo sabía de sobra.
De pie, al final de la escalera, la mujer apoyó la mano en la gran curva
de la barandilla de nogal. —En este caso, sí.
—Pues tomaste una maldita mala decisión. —Eli bajó la voz una
octava, dándole ese matiz de reprimenda que sabía que Dani odiaba.
Madison había presionado todos los botones correctos, y no necesitaba que
Dani subiera aquí a presionar más. No necesitaba a nadie aquí arriba.
En lugar de escabullirse, la mujer se acercó a él y le puso una mano en
el hombro.
Eli se estremeció ante el contacto. No quería que lo tocaran en ese
momento. Simplemente… no quería. Zafándose de su agarre, Eli se dirigió
rápidamente de vuelta a las escaleras.
Dani lo alcanzó, con su torpe andar y todo. —¿Vas a bajar las escaleras
corriendo ahora? —preguntó impertinente—. Arriba y abajo, arriba y abajo.
Un buen ejercicio.
Eli se detuvo. Se giró. La fulminó con la mirada. —Apártate de mi
camino, Nelson. Ahora. Y no vuelvas a intentar meterte en mi cabeza.
—Bueno, alguien tiene que hacerlo. —La mujer hizo un ruido evasivo,
bloqueándole el paso escaleras abajo—. Sabes, hay una idea equivocada
que mucha gente tiene sobre mi profesión. Creen que nos dedicamos a dar
abrazos y a dirigir círculos de llorones. Pero lo que realmente hacemos es
darle a la gente lo que necesita. ¿Y sabes lo que necesitas ahora mismo, Eli
Mason? Una bofetada en toda la cabeza.
O un latigazo en los omóplatos. Eli sintió que el pulso se le desbocaba,
sus emociones golpeando contra los callos que tanto le había costado forjar.
Sabía lo que necesitaba. Un buen polvo o una buena pelea. Una pelea
despiadada que lo dejara magullado y ensangrentado y demasiado dolorido
para sentir.
Dani le agarró ambos codos con una ferocidad que no esperaba. Lo cual
fue algo estúpido por su parte. Algo peligroso.
—Escucha, joder —gruñó—. La junta te envió a espiarme en el trabajo,
no aquí.
—Exacto —replicó Dani, con el pecho subiendo y bajando con
respiraciones entrecortadas. Se acercó más, invadiendo lo que quedaba de
su espacio personal—. Considéralo una compensación por sacarme hoy de
la piscina.
Eli la fulminó con la mirada, incapaz de entender por qué Dani seguía
allí. Por qué no había huido. A esa distancia, cada vez que respiraba
aspiraba su aroma a lavanda mezclado con toques de cloro, sus ojos verde
jade penetrando demasiado profundo en su alma. Los dedos que ella había
presionado contra sus codos enviaban corrientes de energía a través de él,
sus músculos contrayéndose y bombeando con una tensión que necesitaba
liberarse. Se le endureció la polla, su mirada recorriendo la curva de sus
caderas, su cuello y sus labios.
—Aléjate —susurró Eli suavemente; sus palabras ya no eran una
súplica, sino una advertencia. La polla le palpitaba sin piedad, el corazón
martilleándole en las costillas. Toda la tensión dentro de él se comprimía
como un muelle, lista para explotar. Era lo suficientemente potente como
para marearlo—. No… estoy… interesado… en hablar.
Las palabras salieron entrecortadas.
Ella inspiró con un pequeño jadeo, sus labios entreabiertos, y se inclinó
hacia él. Se inclinó sobre su erección. —Lo sé.
Eli apretó su boca contra la de Dani, la suavidad de capullo de rosa de
sus labios cediendo generosamente a él. La intensidad de la conexión rebotó
a través de él; una mano se le enredó en el largo cabello pelirrojo de ella, la
otra agarrando la tentadora línea de su mandíbula. Con su pelo todavía
húmedo y fresco de la piscina, el contraste con el calor dentro de la boca de
Dani hizo que todo Eli se tensara de necesidad.
Un suave gemido escapó de los labios de Dani; Eli se tragó el delicioso
sonido mientras ella intensificaba el beso. Intensificaba el contacto con él.
DANI
E l corazón me late tan desbocado que lo siento por todas partes. El
calor de la lengua de Eli adueñándose de mi boca. El leve picor en el cuero
cabelludo donde la mano de Eli se enreda en mi pelo. El agarre firme y
dominante en mi mandíbula. Madre mía. Las sensaciones por sí solas bastan
para que me sienta ebria, sobre todo porque todo en mi cerebro me dice que
debería estar aterrorizada..., y sin embargo no lo estoy.
En lugar de incitarme a huir, la intensidad dominante del beso de Eli
alimenta mi ansiedad lo justo para fundirla en una excitación que me
empapa las bragas, una mezcla que resuena directamente en mi sexo.
Tras soltarme el pelo, la mano de Eli se desliza con pericia por mi
espalda para agarrarme el culo, justo por encima de los muslos, y
levantarme en el aire. Tengo un instante para jadear contra su boca antes de
que mis miembros se rebelen contra mi cerebro y mis piernas se aferren con
fuerza a la cintura del hombre.
Eli inspira bruscamente y su erección, ya dura como una roca, da una
fuerte sacudida. Me rodea con el otro brazo y me aprieta contra su pecho
macizo, con los músculos tan definidos que los siento moverse bajo mis
muslos mientras me lleva sin esfuerzo por el pasillo. Abre una puerta de una
patada. Solo rompe el beso cuando mi espalda choca contra uno de los
postes de madera tallada de su cama.
Siento un hormigueo en los labios por la pura potencia del beso. Paso la
lengua por mis labios para saborear cualquier resto de él que pudiera haber
quedado.
Los ojos grises de Eli se oscurecen hasta adquirir el color de una nube
de tormenta. Inclinándose hacia mí, Eli me mordisquea el lóbulo de la oreja,
y el roce de dolor se transforma en una descarga de lujuria que me recorre
hasta las entrañas. Su boca baja hasta mi cuello, aumentando mi necesidad
un grado más; la delicia de su polla dura me llega incluso a través de la
ropa.
Mi espalda se arquea y mi sexo presiona contra él mientras clavo los
dedos en la camisa de algodón de su espalda.
Eli exhala contra la curva de mi cuello y mi hombro, y luego me deja
caer sobre el borde de su colchón demasiado alto, con las sábanas hechas
con la precisión de un hotel de cinco estrellas. Con el chasquido de un
interruptor, su dormitorio se ilumina, pero estoy demasiado absorta para
darme cuenta de mucho más aparte de una gama de colores en marrón
chocolate y la enorme cama de matrimonio que me rodea.
Madre mía.
Volviendo a plantarse delante de mí, Eli me sube el vestido de verano
por las caderas, a lo largo del torso y por encima de la cabeza. El aire fresco
me roza la piel expuesta, y la mancha de humedad de mis bragas sin duda
es visible. El corazón me da un vuelco, con un pulso palpitante y ansioso.
Eli se detiene, inmóvil a los pies del colchón mientras su mirada me
recorre. Vuelve a tener esa misma mirada intensa de antes, pero subida al
máximo, aunque, joder, sigue pareciendo que está a punto de violarme, de
devorarme entera.
Lo más increíble de todo esto es que yo quiero que lo haga. Me muero
porque lo haga. Incluso aunque la ansiedad me oprima el pecho. La cara
interna de los muslos. El vientre.
Mis manos se aferran al cubrecama. Quiero esto. Quiero querer esto. No
dejes que un gilipollas del instituto de hace una década te prive de más de
lo que ya te ha privado. Es lo que me digo, como hago siempre antes del
sexo, aunque cada vez me cuesta más creérmelo. No soy buena en la cama.
Demasiado asustadiza. Demasiado tímida. Demasiado acobardada para
hacer, bueno, casi cualquier cosa. Y tarde o temprano, los hombres con los
que estoy, por muy dulces y pacientes que sean, se dan cuenta.
—Pareces asustada, Pelirroja —ronronea Eli.
Trago saliva.
—Es que me estoy volviendo loca de lo que tardas. —Mis palabras
salen con una falta de aliento natural que encaja perfectamente con la
situación. Sobre todo porque mi sexo late a los mismos ritmos enloquecidos
que mi corazón.
Pasándose la punta de la lengua por los dientes, Eli se acerca y me coge
la cara entre las manos, haciendo imposible que aparte la mirada de sus ojos
penetrantes.
—También pareces excitada. ¿Cuál de las dos cosas es más?
Como no respondo, Eli desliza la mano por mi vientre y la mete
directamente en mis bragas de encaje. Su sonrisa se vuelve satisfecha
cuando sus dedos se deslizan en mi humedad.
—¿Qué te gusta?
El calor me sube a la cara, la cual no aparto solo porque Eli todavía me
sujeta la mandíbula. Hay un aura depredadora en él, la fuerza de su atención
borra el mundo.
No puedo hablar. Ni siquiera soy capaz de responder. En mi defensa, no
esperaba que ningún hombre me lo preguntara. Se me corta la respiración;
la verdad drena toda la alegría de mi espíritu.
—Yo... yo no disfruto.
—¿No disfrutas del sexo? —Eli enarca una ceja, con la mano todavía en
mis bragas, moviéndose provocadoramente alrededor de mi sexo. Saca la
mano y muestra la brillante prueba de mi excitación antes de chuparse los
dedos para limpiarlos—. Delicioso.
—No... no con un hombre, ¿vale? —Las palabras salen a trompicones.
—¿Prefieres a las mujeres? —Eli me observa la cara—. ¿O eres virgen?
Al menos, esas preguntas son fáciles de responder. No. A ninguna de las
dos. Lo que no deja muchas posibilidades sobre cómo podría encontrar
placer ahora, ¿verdad? Madre mía.
—He tenido mucho sexo —digo rápidamente, lo que solo empeora la
situación—. Soy una de esas mujeres que... eh... tengo la libido rota.
Eli resopla suavemente.
—Pues acepto el reto —dice, tirando de mí ligeramente hacia un lado
para desatar primero el lazo decorativo del sujetador en mi cuello, y luego
el de debajo de mis omóplatos. La tela negra se desliza para dejar mis
pechos al descubierto, y, de alguna manera, la boca de Eli engulle mi pezón
izquierdo antes incluso de que termine de quitarme la parte de arriba.
Quizá es porque todavía tengo la piel fría, pero su boca en mi pezón se
siente más que caliente, se siente fundida; cada succión se abre paso hasta
mi sexo dolorido. Lo cual no es algo que me ocurra. Nunca.
—Túmbate —ordena Eli, manteniendo mi mirada cautiva hasta que
obedezco, con la ansiedad y la excitación arremolinándose, haciendo que
cada movimiento sobre la gran cama sea mucho más indecente. Necesitado.
En cuanto mi omóplato toca el cubrecama, la lengua de Eli rodea mi
pezón derecho mientras su mano baja hasta la curva de mi cadera. Cierro
los ojos, como si eso pudiera ocultar el hecho de que estoy tumbada y
expuesta ante el hombre más guapo, poderoso y escultural del universo.
Estoy tan concentrada en la sensación de su boca en mi pecho que no me
doy cuenta de lo que está haciendo hasta que mis bragas están a medio bajar
por mis muslos y mi sexo está al aire.
Una oleada de ansiedad me recorre, mi respiración se acelera.
Realmente vamos a hacerlo. A tener sexo. Al menos a empezar. Lo que
significa que en unos quince segundos y medio, el dios del dormitorio y
playboy que es Eli Mason descubrirá que soy un pez muerto, un fiasco.
—Espera. —Le agarro el hombro, solo para darme cuenta de que no sé
qué decir a continuación. Así que recurro a la verdad—. No se me da muy
bien esto.
Eli se apoya en un codo, inclinándose sobre mi cuerpo mientras desliza
un dedo por mi mejilla y sobre mi labio inferior.
—Menos mal que a mí sí. —Sus ojos brillan con un deseo depredador
—. Y me encanta llevar la batuta.
Estoy a punto de preguntar qué quiere decir con eso cuando el brillo de
sus ojos me aconseja que me quede callada.
—Ábrete para mí, Pelirroja. —Eli me da un golpecito en el interior de
las rodillas—. Y quédate muy, muy quieta.
Una vez que asiento, me desliza las bragas del todo mientras mantiene
el contacto visual. Mis pies cuelgan del extremo de la cama, con él de pie
entre ellos, todavía vestido. Cuando Eli desliza las yemas de sus dedos
hacia arriba desde mis tobillos, a lo largo de mis espinillas, pasando por mis
rodillas hasta mis muslos internos, me estremezco.
Usando las yemas de sus dedos, se acerca más a mi sexo, y mi
expectación crece hasta que vibro con ella.
—Ábrete más —ordena Eli; el acero en su voz de alguna manera
alimenta mi excitación—. Quiero verte.
Separo las piernas unos centímetros.
—Más —dice Eli. Obviamente, podría ajustar mis piernas a su gusto,
pero hay algo en ordenarme a mí que lo haga que le da a todo un nuevo giro
erótico—. Más, Pelirroja. Mmmm. Excelente.
Qué fácil es para él decirlo. No es él quien está despatarrado en la cama.
Eli mira descaradamente mi sexo durante unos instantes, luego desliza
los dedos por el interior de mis piernas hasta mi entrepierna, acariciando
entre los pliegues. Sus pupilas se dilatan, sus fosas nasales se ensanchan
delicadamente como si absorbieran mi olor.
—Tan empapada —murmura, sus dedos deslizándose arriba y abajo por
mis pliegues húmedos, mi sexo contrayéndose con ardiente necesidad a
cada caricia provocadora.
Gimo, levantando las caderas para encontrar el toque de Eli.
—No te muevas —advierte.
Mierda. Obligo a mi cuerpo a quedarse quieto, lo que solo empeora mi
deseo de alcanzarlo. ¿Cómo coño acaba de hacer eso?
Con una sonrisa de complicidad, Eli roza mi clítoris con el dedo, y esta
vez tengo que presionar las manos contra el colchón para no retorcerme.
El contacto de Eli desaparece, y lo veo moverse hacia el lado de la
cama, donde hay una alta cómoda de nogal. Aunque no puedo ver qué está
haciendo exactamente allí. Levanto la vista hacia las pesadas vigas que
cruzan el techo y me asombra lo ansiosa que me siento por que regrese.
Hasta ahora, esta es la mejor experiencia sexual que he tenido nunca, y
espero que siga así.
ELI
E li sacó el paquete de condones y el masajeador de espalda en
miniatura del cajón y le planteó a Dani su siguiente exigencia.
—Cierra los ojos.
Tras parpadear con sus ojos pálidos e ingenuos, ella obedeció. Tanta
lujuria recorrió su torrente sanguíneo hasta llegarle a la polla que fue un
milagro que pudiera mantenerse en pie. Normalmente, sus escapadas eran
más bien un aquí te pillo, aquí te mato. Conocía a una mujer, se aseguraba
de que estaba dispuesta, se la follaba hasta dejarla sin sentido y, o bien la
dejaba dondequiera que hubieran estado —como aquella vez en el Vault de
la que nunca le hablaría a Liam—, o la echaba de su casa. Siempre había
sido cosa de un polvo y adiós.
Sin embargo, con Dani era diferente. No es que le importara en ese
momento.
La mujer yacía ante él como un bufé, ofreciéndose como un manjar
delicioso, y él no pensaba terminar hasta haberse saciado. Pero primero
cumpliría su promesa. Había hablado en serio cuando dijo que la haría
sentir de maravilla. Eli cogió el masajeador —era del tipo que cabe en la
palma de la mano, con cuatro patitas— y lo colocó con cuidado sobre su
clítoris. Usó una mano para introducirle un dedo poco a poco, y luego
encendió el masajeador con la otra, apenas rozándola con él.
Sus ojos se abrieron de golpe mientras su cuerpo se tensaba.
—Chisss —la tranquilizó, y después le enseñó el masajeador—. Solo te
ofrezco un poco de ayuda para que llegues. Túmbate otra vez y vuelve a
cerrar los ojos.
Ella se concentró en el objeto y luego asintió. A él le gustaba cómo se le
entregaba, sobre todo teniendo en cuenta lo inquieta que había estado. Dani
se resistía una y otra vez antes de ceder. Se había convertido en un ritmo
peculiar entre ellos. Pero convencerla de caer bajo su hechizo cada vez se
sentía como una victoria. La expectación ante lo que se avecinaba lo estaba
destruyendo y, al mismo tiempo, le hacía desear suplicar por más. Alargar
las cosas de esta manera era atroz, pero ansiaba ver a Dani correrse más de
lo que ansiaba su próximo aliento.
Una vez que ella se relajó un poco, él apuntó una de las patitas hacia la
punta de su clítoris. Ella gimió débilmente y él sonrió. Hasta entonces había
estado muy silenciosa, y él no quería que lo estuviera. Su polla se había
puesto tan rígida como una barra de hierro. Menos mal que llevaba un
bañador en lugar de vaqueros, o a estas alturas la cremallera podría haberle
hecho daño de verdad. Introdujo un segundo dedo y, girándolos en un gesto
de llamada, buscó esa zona especial de piel que señalaba su punto G. Una
vez encontrado, lo acarició con seguridad, apoyando el masajeador contra
su clítoris en el mismo instante.
Ella jadeó y las paredes de su vagina empezaron a contraerse alrededor
de sus dedos mientras él le hacía una nueva exigencia. —Mírame, Dani. —
Cuando lo hizo, con el rostro siendo una puta imagen del éxtasis, él añadió
—: Ahora quiero oírte. Bien alto.
Como si no pudiera hacer otra cosa, tres latidos después, su cuerpo
palpitó alrededor de los dos dedos que él le había hundido. Gimió y luego
chilló, incorporándose sobre los codos. Sin apartar la mirada de la suya,
como si les fuera la vida en ello, repitió sus movimientos mientras el
orgasmo la sacudía, memorizando cada detalle de ella. El modo en que su
pelo de color canela ondeaba sobre sus hombros desnudos. La lozanía de su
tez de marfil. El puro placer mientras ella echaba la cabeza hacia atrás,
abría la boca y gritaba. Ansiaba conservar esa imagen de ella en su cerebro
para siempre.
Mientras se tranquilizaba y volvía a la calma, él apagó el masajeador y
lo apartó a un lado del colchón. Se bajó el bañador y observó la evidencia
visual de su excitación. Había estado goteando líquido preseminal desde
que le quitó el vestido, y aguantar tanto tiempo había sido un ejercicio de
contención. Se alegró de enfundar su polla en un condón y saber que el
alivio estaba cerca. Por alguna razón, contenerse parecía mucho más difícil.
No sabía si era por lo preciosa que se veía Dani al correrse o porque la
había dejado entrar en la burbuja que él y sus amigos ocupaban, pero
apenas si podía aguantar. A diferencia del sexo que tenía con otras mujeres,
este no parecía un trámite más.
Subió a la cama y se colocó a su lado. Dios, estaba preciosa, tumbada
ahí, cálida y saciada. Su piel olía a lavanda y a sexo, y no se le ocurría
ningún otro aroma que pudiera ser más apetecible. Demasiado apetecible,
en realidad. Si seguía con esa pinta, sería un jodido milagro que no
reventara en el instante en que la penetrara. Necesitaba una nueva
estrategia.
—Date la vuelta. El culo en pompa.
Tenía los párpados a media asta, pero esto hizo que los abriera de par en
par. —¿Qué?
—Voy a cogerte por detrás. —Le dio un golpecito en la cadera, igual
que antes se lo había dado en la rodilla—. Venga, vamos.
—¿Te refieres a… anal? —Parecía horrorizada, y él se dio cuenta de su
error.
—No, cariño. No —la tranquilizó. La palabra cariñosa se le escapó sin
querer, pero esperó que, si no le daba importancia, ella no se diera cuenta—.
Nada de eso. Venga, ponte de rodillas.
Esta vez, no obedeció al instante. En cambio, se sentó y le pasó una
mano por el pecho cubierto por la camiseta antes de deslizarla por debajo.
—¿No te la vas a quitar?
—No. —Esta vez, lo dijo con más dureza. Nada en el cielo o en la tierra
podría hacerle quitarse la camiseta delante de Dani o de cualquier otra
persona. Ella se puso un poco rígida por su tono, pero luego le pasó un
pulgar por la barba incipiente que le crecía en la barbilla y la mejilla.
—Está bien. Pero prefiero verte la cara. —Le lamió la comisura de los
labios, y él la invitó a entrar. Todo en ella era tan glorioso que la deseaba.
Entera. Ahora mismo, joder. Por suerte, no fue tan grosero como para
decirlo así.
—Entonces, lleguemos a un acuerdo.
En lugar de cogerla en la tradicional postura del perrito, se acercó a ella.
Se pegó a su costado, colocando una de sus piernas sobre su muslo. Apartó
sus extremidades para que no le estorbaran, sostuvo la cabeza con una mano
y apoyó la otra en su cintura, con el pecho amortiguando parcialmente su
espalda. Manteniendo la mirada fija en la de ella, empujó la punta de su
polla contra su entrada. Ella inspiró bruscamente, con los ojos como platos.
—¿Todo bien? —le preguntó, bajando la mano de su cintura para
rozarle de nuevo el clítoris.
Ella gimió y se relajó, permitiéndole deslizarse otros dos centímetros.
Estimulándola aún más, consiguió meterse del todo dentro de ella, pero fue
la vez que más estrecha la había sentido. Con diferencia. El siguiente
aliento entrecortado fue el suyo. Su calor húmedo y sedoso era una
sensación increíble. Si el cielo existía, Eli estaba jodidamente seguro de que
acababa de encontrarlo.
Una vez dentro, la rodeó con los brazos por detrás, ahuecando sus
generosos pechos con las manos. Con su húmedo y sedoso calor
envolviéndolo y sus pezones endureciéndose contra sus palmas, no pudo
evitar moverse. Se meció contra ella, dentro de ella, a su alrededor, y la
fricción casi lo volvió loco. Antes le había resultado fácil mantener el
contacto visual mientras se concentraba en ella, pero ahora era más difícil,
con su propio placer a punto de estallar.
Se acercaba cada vez más a la cima, pero los gemidos de ella eran cada
vez más fuertes. Estaba cerca, y él quería mirar y escuchar mientras se
corría de nuevo. Y esta vez, él iba a correrse con ella.
Se la clavó con fuerza, sus huevos se tensaron cuando las paredes del
interior de ella se apretaron contra su miembro. Se aferró a los brazos que la
envolvían hasta que sus uñas se clavaron en su piel, y gritó su éxtasis. Para
Eli también se acabó todo, mientras cabalgaba su propia euforia con un
gruñido indefenso, vaciándose en el condón.
Después, descansaron juntos, recuperando el aliento al unísono. Él tenía
los bíceps contra su pecho, de modo que podía sentir cómo se le aceleraba
el corazón. Parecía que el de ella iba al compás del suyo. Le dio un breve
beso en la sien y la soltó. Ella giró su cuerpo desnudo para mirarlo más
directamente, apoyándose en los codos.
—Hola —dijo, pareciendo irónicamente tímida. Era bastante adorable.
—Hola.
—Yo… creo que debería irme.
Y por primera vez en toda su vida, Eli estuvo a punto de decir que no. A
punto. En su lugar, dijo: —Vale. Nos vemos por la mañana.
Dándole la espalda, se levantó de la cama y cojeó mientras recogía su
ropa. Luego, con un torpe saludo y una sonrisa que parecía más bien una
mueca, se marchó.
DANI
L a cabeza me zumba mientras estoy sentada en la barra de desayuno
de Eli, contemplando estúpidamente mi ordenador. Son poco más de las
cinco y media de la madrugada, lo que significa que Eli está ocupado con
los otros Tridents mientras los cuatro intentan matarse entre ellos en nombre
del entrenamiento, y yo tengo la casa para mí sola. La casa y la cruda
realidad.
Me he acostado con el hombre al que se supone que debo evaluar. Las
implicaciones éticas de esa decisión son suficientes para que me dé vueltas
la cabeza, y no solo porque puede costarme este contrato y mi licencia. Lo
mire por donde lo mire, no le veo salida. Ni siquiera soy capaz de ordenar
mis pensamientos para intentarlo. Lo único que sé es que tengo que hacer
algo antes de que todo por lo que he trabajado se desmorone bajo mis pies
como un castillo de arena.
Me muerdo el labio, le doy las gracias mentalmente a la diferencia
horaria y abro la aplicación de llamadas. Unos cuantos clics y la cara
sonriente de mi madre llena la pantalla. Wyrd. Aunque he sido yo la que ha
hecho la llamada, de repente me entran ganas de colgar.
—¡Dani, cariño! —la cálida voz de mi madre me reconforta incluso a
través de la distancia de la pantalla—. Me alegro mucho de que hayas
llamado. ¿Cómo te encuentras? ¿Qué tal el tobillo?
—Está mucho mejor —le aseguro, aunque mis palabras apenas logran
borrar la preocupación de su cara. La verdad es que es agradable hablar por
un momento de algo tan simple como una lesión de tobillo. La típica cosa
de persona normal por la que se preocupa una madre. Un asunto fácil de
zanjar para una hija. Nada que ver con intentar explicar qué se me pasó por
la cabeza para saltarme todas y cada una de las reglas de la psicología. Me
inclino hacia la pantalla—. Mamá, te prometo que digo la verdad. Llevo
días sin usar muletas. ¿Quieres verme andar? —Doy una vueltecita para que
se quede tranquila y termino el numerito con una reverencia.
—¿Entonces es la cabeza? —insiste—. Tom, ven aquí. Tu hija todavía
tiene secuelas de la conmoción cerebral.
—¿Qué? —levanto las manos—. No, no, no es eso. ¿Cómo has llegado
a esa conclusión?
—¿Qué te pasa en la cabeza, Dani? —Mi padre se asoma por encima
del hombro de mi madre—. ¿Mareos? ¿Visión doble?
—No —agito las palmas de las manos delante de la pantalla—. Le estoy
diciendo a mamá que no me pasa nada. Pero por algún motivo no me cree.
Mi madre frunce el ceño e intercambia una mirada con mi padre, que
también frunce el ceño. —Claro que te creemos, cariño —dice mi padre—.
Lo que pasa es que parece que sigues en… esa casa. ¿No era solo un arreglo
por motivos médicos?
—Sí, claro que lo es. Era —me contengo para no hacer una mueca justo
a tiempo. Mis padres tienen razón. Por más vueltas que le doy, no puedo
justificar seguir viviendo en casa del hombre al que evalúo ahora que está
claro que puedo apañármelas sola. El hecho de que haya empezado a
disfrutar del tiempo que paso con él —y de que sea un dios en la cama— no
es ninguna justificación. Qué coño, es una razón para largarme de aquí
pitando. Me aclaro la garganta—. O sea, que me pilláis en mi último día. En
breve me mudo de vuelta al hotel. Esta noche, de hecho. Así que mañana
empezaré la semana de trabajo desde allí. Logísticamente era lo que mejor
me venía —el plan sale de mi boca, sorprendiéndome tanto a mí como a
cualquiera, aunque, por una vez, mis padres parecen habérselo tragado. O
quizá están demasiado contentos para darle importancia.
—Es una noticia fantástica —interviene mi padre, asintiendo con
aprobación—. Los hombres como Elijah Mason son tóxicos, y no solo por
la mierda que fabrican para meterle a la gente en el cuerpo.
—Papá, tú no conoces a Eli.
Mi padre resopla. —Sé qué tipo de persona hace falta para dirigir un
conglomerado como Mason Pharmaceuticals. No se llega a ese nivel sin
estar dispuesto a pasar por encima de pueblos enteros de gente normal que
solo intenta sobrevivir. Ha sido así a lo largo de toda la historia. ¿Tú te
crees que las grandes pirámides se construyeron respetando la dignidad
humana?
El sonido de unas llaves en la puerta principal me hace dar un respingo.
Me despido a toda prisa y me giro para encontrarme a Eli de pie en la
entrada, ya descalzo y con los zapatos bien guardados en el zapatero,
mientras se toma la molestia de colgar su manojo de llaves, extrañamente
ruidoso. Como si hubiera hecho más ruido a propósito.
Siento que se me calienta la cara, tanto por el recuerdo de anoche como
por la posibilidad de que haya oído parte de la conversación con mis padres.
Una posibilidad muy, muy probable. —Has vuelto pronto —digo con más
vacilación en la voz de la que me gustaría.
—Tengo que ir a la oficina a ponerme al día con el trabalho. —La voz
de Eli denota una brusquedad contenida—. Usted se ha levantado pronto.
Aunque es un gran día. He oído que se muda.
Repaso rápidamente la conversación con mis padres. Si Eli ha oído mis
planes de marcharme, también ha oído la opinión de mi padre sobre él.
Mierda. Tamborileo con los dedos sobre la encimera de granito; de repente,
la cocina se ha vuelto incómodamente sofocante. —Eli…
—Mason.
Cierto. Hemos vuelto a eso. Enderezo la espalda y obligo a mis ojos a
encontrarse con los suyos, solo para descubrir un muro impenetrable tras su
mirada de pizarra. Bien. —Mason. Por favor, no se tome a pecho las
palabras de mi padre. Perdió su farmacia por culpa de una gran corporación
y le gusta meter a todo el mundo en el mismo saco.
Eli se encoge de hombros. —Dirijo un conglomerado internacional. El
número de personas que no he conocido en mi vida pero que lo saben todo
sobre mí probablemente se cuente por miles.
—Las alegrías de ser famoso —intento bromear sin éxito antes de
prepararme para ir directa al meollo del verdadero problema.
Probablemente no sea el mejor momento, pero si lo pospongo me va a dar
un ataque de pánico. Tomo aire para armarme de valor y levanto la barbilla
—. Escuche. Lo de anoche… Fue el mejor sexo de mi vida. También fue lo
más unprofessional que he hecho jamás. Si le gustaría ponerse en contacto
con la junta directiva para…
—No quiero.
—… invalidar esta evaluación, podemos hacerlo ahora.
Eli niega una vez con la cabeza, y sus rizos empapados de sudor se
balancean. —¿Para que envíen a otra persona y pueda disfrutar de nuevo de
este enema mental? Ni de coña. —Eli se acerca a la cocina y prepara su
batido de proteínas con precisión militar—. No tengo ninguna intención de
hablar de lo de anoche con nadie.
Un alivio tan potente que casi pierdo el equilibrio me invade, pero lo
reprimo. —Necesito que sepa que mi informe será imparcial pase lo que
pase —añado, aunque sé que puedo estar buscando la ruina cuando ya casi
cantaba victoria—. Decida ir a la junta o no, no influirá en el resultado. No
puedo…
—¿Cree que la chantajearía? —Eli se gira sobre sus talones, con los
ojos centelleantes.
—No he dicho eso. Solo quería poner las cartas sobre la mesa por si
acaso… Solo por si acaso.
—Queda claro —espeta Eli y me da la espalda. Los músculos de su
torso se ondulan bajo la camiseta sudada mientras agita la bebida—. Deje
de convertir un polvo rápido en algo que no fue, Nelson. No es lo bastante
importante para mí como para molestarme en hablarlo con nadie.
ELI
L a mañana de su cumpleaños, Eli se quedó mirando un champiñón.
Una reliquia que había sobrado de hacía tres días, cuando Dani todavía
estaba probando el vegetarianismo en una barbacoa. Por extraño que
pareciera, echaba más de menos su intrusión en su ordenada cocina y su
estilo de vida carnívoro que el sexo. Había que admitir que aquello había
sido la leche de eufórico. Ver a Dani llegar al clímax era como revivir cada
placer de nuevo. Pero había una satisfacción diferente, más silenciosa, en
compartir el desayuno, en la forma en que intentaba ocultar su mueca de
desagrado cada vez que él volvía de entrenar con un nuevo moratón que
mostrar como trofeo, en poder calmarla con su tacto cuando una pesadilla
—o un casi ahogamiento— la tenía intranquila.
Eli se frotó la cara. A pesar de haber entrenado bien la noche anterior,
había vuelto a dormir mal. Llevaba así tres días. Al principio, pensó que el
problema era el olor de Dani impregnado en sus sábanas. Fácil de
solucionar: las había arrancado y las había echado a la lavadora. Pero luego
fue la ausencia de su fragancia a lavanda, mezclada de forma tentadora con
el sexo, lo que se le metió bajo la piel.
No puedes culpar a nadie más que a ti mismo, colega. Había sabido
desde el principio que Dani no era para él. Y si el hecho de que fuera una
loquera a sueldo que había venido a Denton Valley con el único propósito
de hurgar en su cabeza no era una pista, oír a su padre hablar de hombres
como Eli ciertamente le devolvió la perspectiva. Una perspectiva que nunca
debería haber perdido.
Las acciones tenían consecuencias. Se había permitido encariñarse con
una ilusión y se había dado de bruces contra un muro de ladrillos. Eso sin
tener en cuenta la imposible situación profesional en la que había puesto a
Dani por no poder mantener la maldita bragueta cerrada.
Tirando el champiñón de la encimera a la basura, Eli volvió a sacar los
planos de demolición/reconstrucción y los puso sobre ella. Cullen le había
enviado un dictamen de su equipo jurídico. Si Garibaldi pusiera tanto
empeño en mantener sus edificios como en luchar por ellos, Eli nunca
habría tenido que empezar el proyecto. Él estaba en el negocio
farmacéutico, no en el inmobiliario, pero un solo vistazo a cables pelados y
a niños viviendo sin calefacción en invierno fue suficiente.
Miró con enfado su propio reflejo en el ventanal. Todavía era lo
bastante temprano como para que el sol no hubiera salido del todo, pero
quería que revisaran los planos y ponerlo en marcha cuanto antes. Y no, no
era porque pudiera encontrarse con Dani. Ella estaba ocupada terminando
su proyecto, y Eli se había propuesto no mirar su horario en los últimos
días. No necesitaba saberlo. No quería saberlo. Si ella lo necesitaba, sabía
dónde encontrarlo.
Al darse cuenta de que su móvil estaba vibrando y dando saltos por la
encimera de granito hacia una posible destrucción, Eli espabiló y descolgó
la llamada sin mirar.
—Mason.
—Señor Mason, soy Stephanie Ann, la asistente de su madre.
Eli enarcó una ceja. Se podía decir lo que fuera de Madison, pero no
tenía la costumbre de que sus asistentes lo llamaran en su nombre. Esa era
más bien una táctica de su padre.
—¿Sí? —insistió, ignorando una ligera tensión en el cuello. Era otra de
sus tretas. Con su madre, siempre lo era.
—Siento interrumpir su día, señor, pero la señora Mason va de camino a
urgencias del Mass General. Ha empezado a tener dolores en el pecho y en
el brazo izquierdo esta mañana temprano y, para cuando me ha dejado
llamar a una ambulancia, también le faltaba el aire. Voy a…
Maldita sea.
—Va a llamar a su cardióloga para que vaya para allá —la interrumpió
Eli—. Luego llame a cardiología y dígales que la mujer que paga todos sus
sueldos está de camino. Deberían tener un laboratorio de cateterismo
preparado.
—Sí, señor —dijo Stephanie Ann, que claramente no era Zana y lo
pillaba todo a la primera—. ¿Le preparo un piloto?
Eli dudó un momento. Probablemente sería lo más prudente, pero en ese
momento quería tener el control.
—Pilotaré yo mismo.
—Muy bien, señor. Si me facilita su plan de vuelo, me aseguraré de que
se presente y avisaré a la torre de que lo esperen. Por favor, póngase en
contacto conmigo si necesita cualquier cosa; si no, un coche lo estará
esperando junto a la pista de aterrizaje.
—Gracias —dijo Eli, y lo decía en serio. Caminando hacia la puerta,
intentó sin éxito ignorar el escalofrío que le recorría la espalda.
T ras aterrizar suavemente en la pista privada, Eli aseguró rápidamente
el avión y se dirigió hacia la limusina que ya veía esperándolo. A lo lejos, el
perfil de Boston se recortaba contra un día que se estaba volviendo gris.
Con su clima impredecible, sus calles serpenteantes y sus raíces familiares,
Eli odiaba Boston. Y a la ciudad tampoco le caía él muy bien. Pero hoy la
cosa no iba de eso.
Agradeciendo con un gesto de cabeza al chófer de la limusina que le
sostenía la puerta abierta, Eli gruñó entre dientes a su móvil mientras
entraba. A pesar de toda su eficiencia, Stephanie Ann parecía incapaz de
decirle en qué habitación del Mass General habían instalado finalmente a
Madison o de darle ninguna información médica útil. Dándose por vencido
con los mensajes de texto, estaba a punto de llamar y gritarle a la mujer
cuando su mirada captó al otro pasajero de la limusina.
La mismísima Madison Mason, en todo su saludable esplendor y con un
vestido negro de Donna Karan.
El ataque al corazón había sido todo una maldita farsa.
—Buenas tardes, querido. ¿Qué tal el vuelo? —preguntó Madison con
remilgos.
El corazón de Eli golpeaba con furia contra sus costillas mientras
miraba fijamente a su madre. Lo había manipulado. Le había tomado el
pelo. Peor aún, durante varias horas, había estado terriblemente asustado.
¿Cómo era posible odiar a alguien por completo y, al mismo tiempo, tener
un miedo atroz a perderla? Con la mandíbula apretada, Eli buscó el tirador
de la puerta, tragándose una maldición al encontrar la limusina cerrada con
el seguro.
Madison frunció los labios.
—No me gusta esa cara que tienes, Elijah.
—¿La cara que tengo? —Eli enarcó las cejas—. Usted me ha mentido
descaradamente.
—No seas tan dramático —Madison se alisó el vestido sobre los muslos
—. Por el amor de Dios, ¿habrías preferido ver a tu madre en la morgue?
—Habría preferido la verdad.
—Lo intenté la semana pasada. —Madison levantó las manos—. ¿O no
recuerdas haberme dicho que pensabas no venir al funeral de tu propia
hermana? Francamente, que tenga que inventar una treta elaborada solo
para que un hijo adulto cumpla con sus obligaciones familiares es más que
ridículo. A menos que las próximas palabras que salgan de tu boca sean una
disculpa, no quiero oír nada más sobre el asunto.
Soltando una larga y lenta bocanada de aire, Eli borró toda expresión de
su rostro. Cualquier cosa que dijera o hiciera ahora solo sería utilizada en su
contra. Incluso si era una confesión de alivio, por muy cubierta que
estuviera de furia. Quizá debería haberlo visto venir. Madison nunca había
aceptado un no por respuesta, así que ¿por qué iba a empezar ahora? Tal vez
fuera culpa suya por pensar que había una línea que no se debía cruzar solo
porque le afectaba demasiado.
—Toma. —Madison le tiró una funda portatrajes al regazo—. Vamos
directos al cementerio, y ese traje de raya diplomática gris simplemente no
sirve.
Por un momento, Eli consideró tirar la ropa al suelo, pero decidió que
no tenía sentido. Estaba en Boston y no se iría hasta última hora de la tarde
como muy pronto; lo justo para que los Mason asistieran a la ceremonia
conmemorativa y soportaran una pequeña cena familiar que el mundo
esperaría que celebraran. Una familia esparcida por el continente por las
circunstancias, robando unos preciosos momentos para llorar juntos. Una
maldita mentira de principio a fin.
La única fibra de autenticidad en todo aquello eran las lágrimas que ya
brillaban en los ojos de Madison. Qué diferente habría sido la infancia de
Eli si esa mujer le hubiera ofrecido una cuarta parte del amor que le
profesaba a su gemela nacida muerta.
Al acercarse al cementerio, Eli vio a un gran grupo de dolientes
esperando ya junto al pastor en la tarde grisácea. Al salir de la limusina
detrás de él, Madison agarró a Eli del codo, una de sus maniobras favoritas
que le permitía guiar a Eli mientras aparentaba seguirlo. Para una mujer de
cincuenta y tantos años, era fuerte como un roble.
Mientras se acercaban a la lápida de la pequeña Ella, Eli vio otra figura
familiar ya allí. Erguido y alto junto a la tumba de su hija, Eldridge Mason
presentaba una pose formidable. Eli había heredado de su padre la altura y
todos sus rasgos, excepto sus ojos grises y su pelo rizado, pero ahí
terminaba el parecido.
Si las lágrimas de Madison por Ella eran reales, las de su padre eran
pura comedia. De hecho, mientras Eli miraba a su alrededor, vio a un
fotógrafo vestido de negro que se había unido a ellos. Había que dejar que
Eldridge convirtiera el funeral de su hija muerta en una puta sesión de fotos.
Incluso la forma en que le ofreció el brazo a Madison estaba preparada. Tal
vez eso era lo que había hecho falta para construir el imperio Mason de la
nada, pero Eli había conocido rocas en Afganistán con más alma.
Durante los siguientes treinta minutos, Eli hizo lo que se esperaba de él.
Abrazó a su madre, que lloraba. Inclinó la cabeza. Dejó caer la única rosa
blanca sobre el lugar de descanso de su hermana mientras se preguntaba
qué habría pasado si él hubiera sido el que hubiera muerto, ya fuera al nacer
o en Afganistán. ¿Lloraría Madison por él entonces? ¿Era eso lo que haría
falta?
Para cuando los Mason regresaron a la mansión de Madison en Beacon
Hill —otra fachada, ya que no habían vivido en la misma casa durante más
de una década—, Eli estaba agotado, y solo la cena y su posterior partida
eran los únicos faros de luz que lo mantenían en movimiento. Al menos, la
comida prometía ser buena. Era una de las pocas cosas en las que Eli y su
padre podían estar de acuerdo: si los tres iban a estar atrapados juntos
durante unas horas, más valía que comieran bien.
Al entrar en el comedor de gala, Eli vio que el personal de Madison se
había superado. La mesa, puesta para tres, ya tenía platos de chuletas de
cordero chisporroteantes, filete miñón envuelto en beicon y colas de
langosta a la parrilla, cuyo apetitoso aroma llenaba la sala. Apartando la
silla de Madison, Eli sentó a su madre antes de ocupar su propio lugar,
examinando los platos con una extraña decepción. Dani habría colocado
una fuente de pimientos salteados de colores en el centro de la mesa, y
luego habría insistido en que Eli se los comiera.
—¿Hay algo que quisiera? —preguntó Madison, siguiendo la mirada de
Eli.
—¿Sabe si hay champiñones? —preguntó Eli a su pesar.
Madison frunció el ceño, pero se dirigió al intercomunicador de la
pared.
—Deje que pregunte. No sabía que le hubieran empezado a gustar.
Ni él tampoco. Pero, de repente, eso era todo lo que quería en su plato.
—Y bien, Elijah… —Eldridge se sirvió el filete miñón mientras el
personal de cocina se disculpaba por la falta del hongo solicitado por Eli—.
¿Ha pensado algo más sobre otra misión en servicio activo?
—No es mala idea —dijo Madison, volviendo a su asiento—. El valor
de las acciones se disparó la última vez. Esas gilipolleces heroicas son unas
relaciones públicas muy sólidas.
Eli negó con la cabeza, sin molestarse en discutir la sensatez de ver un
despliegue de un equipo SEAL como una táctica publicitaria, o en revelar
que su vida con los otros Trident era lo único que lo mantenía cuerdo hoy
en día. Solo necesitaba terminar la cena e irse.
—Tengo responsabilidades en Denton Valley. Pero sí tengo otro
proyecto que funcionará bien para las relaciones públicas.
—Asegúrese de que finanzas calcule el retorno de la inversión —le
apuntó Eldridge con un tenedor—. La última vez que intentó…
—Relaciones públicas y generador de ingresos —le aseguró Eli con
cansancio—. Hay una manzana en Denton…
—¿Podemos no hablar de dinero por un puto momento? —La voz
normalmente controlada de Madison se alzó junto con ella, interrumpiendo
a Eli—. Es hora de encender las velas. —Caminando hacia el
intercomunicador de la pared, pulsó el pequeño botón—. Rosalee, traiga los
candelabros al comedor, por favor.
Maldita sea. Eli se había olvidado de esta parte. Inevitablemente, su
madre insistiría en que los tres encendieran una vela por cada año que Ella
llevaba muerta. Y por infantil que fuera, Eli siempre sentía que eran sus
velas de cumpleaños las que le estaban regalando. ¿Qué clase de hombre
pensaba así? Tal vez Madison tenía razón sobre él.
Justo cuando se preparaba para el ritual, Eldridge gruñó en señal de
desaprobación.
—Ahora no —espetó Eldridge—. Elijah y yo estamos hablando de
negocios.
Los ojos de Madison brillaron, y su fugaz mirada cortante se clavó en
Eli con condena. Como si esto fuera culpa suya.
—Deje que lo haga —dijo Eli, levantando la palma de la mano hacia su
padre.
Empujando su silla hacia atrás, Eldridge se acercó al intercomunicador.
—No se moleste, Rosalee —dijo, con una vena empezando a palpitarle
en la sien—. Vuelva a sus aposentos.
—Eldridge, esto es importante —protestó Madison.
—¡Basta ya! —espetó Eldridge, su rostro oscureciéndose de una manera
que hizo que a Eli se le encogiera el estómago por instinto—. Ninguna
cantidad de cera quemada va a traer a esa niña nacida muerta a la vida, y ya
he perdido suficiente tiempo con su farsa por hoy. Como le dije, estaba
discutiendo negocios con…
—Se llamaba Ella. —Madison se encaró con el hombre, alzando la voz
—. Era nuestra hija. Y la honraremos…
Sucedió tan rápido que Eli no tuvo tiempo de intervenir. En un
momento, la mano de Eldridge todavía estaba suspendida junto al botón del
intercomunicador; al siguiente, surcaba el aire. El sonido de un revés
golpeando la carne llenó los oídos de Eli, seguido de un suave jadeo cuando
Madison trastabilló hacia atrás por el golpe, una gota de sangre
serpenteando desde su labio.
El pulso de Eli martilleaba en sus oídos mientras saltaba por encima de
la mesa, logrando de alguna manera esquivar las copas de cristal antes de
agarrar la camisa de su padre. Un pequeño golpe de cadera envió al hombre
mayor volando contra el aparador de roble, y los platos de dentro
tintinearon por el impacto.
—No vuelvas a tocarla jamás —las palabras de Eli salieron en un
gruñido, con el aliento agitado. Joder. ¿Cuánto tiempo llevaba pasando esto
delante de sus narices? ¿Cuánto tiempo había estado Eli, que había creado
cuentas fantasma para evitar que su apoyo a los refugios de violencia de
género llegara al personal de finanzas de Eldridge, ciego a lo que sucedía
bajo su propio techo?
Eldridge se pasó la mano por la cara, resoplando al ver la sangre. Luego
se enderezó, y su rostro pasó del rojo de la ira a una furia fría y letal. El tipo
de furia que la versión más joven de Eli había aprendido a temer.
Alejándose del aparador, Eldridge se quitó la chaqueta negra de su traje,
colgándola con demasiado cuidado en el respaldo de una silla.
—Es usted un niño ingenuo —dijo, dedicando una mirada a Eli antes de
desabrocharse el cinturón—. Incluso ahora.
—¿Quiere azotarme? —Por un momento, Eli solo pudo parpadear ante
lo absurdo de la escena. En otro momento, podría haber encontrado cómico
el delirio de su padre, pero esta noche, esta noche era simplemente oscuro
—. ¿Qué cree que va a hacer con eso? —la voz de Eli era baja—. Llevo
siendo más fuerte que usted desde hace varios años.
—¿Ah, sí? —preguntó Eldridge con una indiferencia que envió un
incómodo escalofrío por la espalda de Eli—. Permítame que lo dude.
Eli le dio al hombre unos segundos, pensando en cómo iba a poner fin a
todo aquello si Eldridge era lo suficientemente estúpido como para atacar.
Cómo este maldito desastre de día había llegado a esto, Eli no tenía ni idea,
pero probablemente era su culpa. Normalmente lo era.
—Su problema, Elijah —continuó Eldridge, enrollándose el cinturón en
la palma de la mano—, es que todavía vive bajo la ilusión de que el
músculo tiene algo que ver con el poder. Por ejemplo, ha llegado a mi
conocimiento que ha estado participando en ciertas actividades
extracurriculares fuera de Mason Pharmaceuticals. —Sacando el móvil de
su bolsillo con la mano libre, Eldridge se desplazó por la pantalla—.
Refugio para Mujeres Maltratadas de Denton Valley. Casa Hannah para
Madres Desplazadas con Hijos. Puerto Seguro. Samaritan House, Inc. ¿Le
suena alguno de ellos?
Eli se quedó inmóvil. No tenía ni idea de cómo su padre había rastreado
esas cuentas de donación en particular, pero el cómo importaba poco en ese
momento. Su mente daba vueltas.
—Yo que usted volvería a consultarlo con su gente —dijo, esperando
con todas sus fuerzas tener razón. Esos refugios necesitaban el dinero.
Desesperadamente—. Las cadenas de donación están tan integradas con
otras transacciones que perderá más en contables forenses que en cualquier
otra cosa.
Eldridge resopló.
—Oh, esto no es por la financiación, aunque con el dinero que han
estado recibiendo, uno pensaría que habrían invertido un poco en
ciberseguridad. —Giró su móvil, mostrando líneas de texto—. Estos son los
nombres y direcciones de todos los residentes dentro de esos muros.
Adivine lo fácil que sería hacer pública esa información. Atrévase.
Eli sintió que sus ojos se abrían de par en par mientras asimilaba la
amenaza de su padre con la garganta completamente seca. O me obedeces, o
los agresores de esas mujeres recibirán todo lo que necesitan para localizar
a sus víctimas.
—Así que, ¿quién será, Elijah? —preguntó Eldridge, enrollándose el
látigo en la palma por última vez antes de levantar la vista—. ¿Usted o
ellas?
El mundo se detuvo. Luego volvió a ponerse en marcha mientras Eli,
lenta y deliberadamente, se quitaba la chaqueta del traje. Una vez que Eli
saliera de esa habitación, haría que los piratas informáticos de Liam
revolvieran la base de datos, pero hasta entonces… hasta entonces, su padre
había ganado el maldito asalto. Haciendo todo lo posible por no pensar en
lo que estaba haciendo, Eli empezó a desabotonarse la camisa.
DANI
E n mi tercer día evitando a Eli Mason, por fin admito mi fracaso. No
en el sentido físico —Mason Pharmaceuticals es lo bastante grande como
para que probablemente pudiéramos pasarnos seis meses en el edificio sin
cruzarnos—, sino en todos los demás. No importa lo que haga mientras
estoy sentada en la sala de conferencias vacía para terminar mi informe, no
consigo quitarme a ese hombre de la cabeza. Ni de mis otras partes.
Sí, el sexo con Eli fue… trascendental. Solo pensarlo hace que sienta un
hormigueo en el sexo, que mis muslos se aprieten por reflejo contra la silla
ergonómica. Es fascinante —y extremadamente satisfactorio— saber que
unos niveles tan extraordinarios de placer y felicidad son siquiera posibles
para mí.
Sin embargo, por cada punzada de excitación que me provoca el
recuerdo del contacto de Eli, hay dos recuerdos de otro tipo que no echo de
menos menos que el placer físico. Su expresión desolada al encontrarse con
tofu en lugar de pollo, seguida de una sorpresa infantil al probar el plato. La
fuerza de sus brazos envolviéndome para protegerme, resguardándome de
mis pesadillas. La maravillosa y hogareña sensación de que sus amigos nos
trataran como la pareja que fingíamos ser en la barbacoa.
Pero, por encima de todo, echo de menos la mente aguda e inteligente
de Eli, que siempre está activa, incluso cuando su comportamiento cambia
de alguna manera entre el de un adolescente demasiado crecido y el de un
comando letal de las fuerzas especiales. Echo de menos el rompecabezas
que es Eli Mason. Lo echo de menos a él.
Y eso… bueno, eso no es bueno. Nada bueno.
Eli tiene rollos de una noche. Y yo me dedico a mi trabajo, no a los
hombres. Un trabajo que una sola noche de placer desenfrenado casi
destruye. Abro mi agenda y miro las fechas. A decir verdad, ya casi he
terminado mi evaluación. Eli me ha dado carta blanca para acceder a su
personal, y ellos han llenado los vacíos que su reticencia a hablar
directamente conmigo había creado. Un día o dos más, y mi informe
preliminar podrá pasar a la junta para que hagan comentarios y preguntas.
Luego, vuelvo a casa, a Boston.
Eli se queda en Denton Valley.
Punto final.
Cierro el portátil con un suspiro. He vivido en su casa. He cocinado en
su cocina. Le he puesto hielo en los moratones y me he aferrado a su pecho
cuando los demonios me perseguían en mitad de la noche. Hablamos y
discutimos. Aunque sin duda lo negaría si se lo preguntaran, nos habíamos
hecho amigos. Y luego di media vuelta y me marché porque me había
provocado un orgasmo alucinante y porque no había sabido qué decir a mis
padres. Sea como sea, le debo una disculpa por cómo fue todo aquello.
Subo las escaleras hacia la zona de dirección y me dirijo directamente al
antiguo escritorio de Zana, donde una mujer guapa de unos treinta años me
da la bienvenida con una sonrisa.
—Señorita Nelson, ¿verdad? —pregunta, apartándose su brillante pelo
negro azabache—. Soy Louise. Por favor, tenga paciencia conmigo, soy
nueva en el puesto y todavía estoy familiarizándome con las caras. ¿Puedo
ayudarla? —La mujer ya está a años luz de Zana.
Y aun así Eli le había dado a la joven becaria todas las oportunidades
posibles, aunque seguramente sabía que alguien como esa tal Louise de
melena azabache haría que su vida fuera más fácil.
Me aclaro la garganta.
—Sí. ¿Está el señor Mason?
—Por desgracia, no. Ha salido para visitar a su familia y estará fuera de
la ciudad unos días. ¿Quiere dejarle un recado?
—No, gracias. —Me trago la decepción, tanto por no encontrarlo como
por haber perdido la información privilegiada sobre la vida de Eli. Aunque,
pensándolo bien, quizá sea el destino intentando alejarme del precipicio.
Cuando regreso al Marriott a última hora de la tarde, tengo el cuello
rígido de teclear como una loca todo el día, aunque, a cambio, tengo un
informe casi terminado. Saludo con la mano al recepcionista, cojo el menú
de comida a domicilio de la pila que hay cerca del mostrador y me arrastro
hasta mi habitación. Segundo piso. No necesito ascensor. Lo cual es una
suerte, porque mi tarjeta no funciona y tengo que hacer otro viaje a
recepción y volver antes de que las cerraduras inteligentes del Marriott me
dejen entrar en la habitación.
Menú en mano, desbloqueo el móvil para pedir la cena cuando aparece
un nuevo correo electrónico en mi bandeja de entrada.
Cuídate, nena.
No hay firma y el correo electrónico es una dirección sin retorno,
sales@[Link], pero puedo oír a Brock Talbot en cada palabra. La
forma en que me ha llamado nena con esa voz de motosierra desde el
primer día. Se me hiela la sangre, y el móvil se me cae de las manos sobre
la cama.
Me obligo a respirar hondo, dejando que el aire baje hasta mi vientre.
Inspiro y espiro. Inspiro y espiro. Estos hoteles tienen algo que hace que me
asuste de mi propia sombra. Probablemente porque me alojé en otro
Marriott cuando hice la fatídica evaluación de Talbot. Pero Talbot no está
aquí. Nunca lo estuvo. ¿Y el correo? Aunque sea suyo, significa poco. El
mensaje fue a [Link]@[Link], que cualquiera
puede encontrar en internet, no a mi cuenta personal.
Vuelvo a coger el menú, dispuesta a pedir una pizza blanca de brócoli y
queso cheddar, pero en su lugar me encuentro enviándole un mensaje a Sky.
Tu amigo el de la empresa de seguridad, ¿tienes su número?
Liam. Te comparto su contacto. ¿¿¿Qué pasa???
Me encojo. Dudo. Y luego esquivo el tema. Quería preguntarle por
programas de seguridad informática. ¿Crees que le parecerá bien?
Adelante. Hablar de seguridad le pone cachondo.
Resoplo a mi pesar y niego con la cabeza ante la pantalla antes de
aceptar el contacto compartido y llamar.
—Rowen. —El staccato militar de la voz se parece tanto al de Eli
cuando está enfadado que tardo un momento en recuperar el aliento. En
recordar que es una llamada informal.
—Liam, buenas noches. Soy Dani, la amiga de Eli. —Odio cómo sube
el tono de mi voz al final, pero sigo adelante—. Una pregunta rápida. ¿Hay
alguna razón por la que pueda recibir más correo basura cuando estoy en un
hotel que en casa de Eli, o sería solo una coincidencia?
Liam hace una pausa.
—Suponiendo que esté utilizando los mismos dispositivos, no hay
ninguna razón para que un filtro de spam funcione de manera diferente,
pero la red wifi pública de un hotel no es segura como la de Mason. Es
vulnerable a código malicioso. Yo no accedería a mi cuenta bancaria desde
ahí. ¿Por qué? ¿Está viendo transacciones sospechosas?
¿Cuentan los correos fantasma con amenazas veladas para alimentar mi
imaginación?
—No. —Dudo—. Solo que no quiero llegar a verlas. Así que tacho lo
de consultar el saldo de la cuenta de mi lista de hoy.
—De acuerdo. —La voz de Liam se endurece—. Pero si le preocupa
algo en concreto, vuelva a llamarme, ¿entendido?
¿Qué les pasa a estos militares?
—Sí, señor. —Hago un saludo militar al aire aunque Liam no pueda
verme y cuelgo mientras él se ríe entre dientes. Código malicioso suena
exactamente lo contrario al modus operandi de Talbot. Ese hombre apenas
sabía consultar el correo sin ayuda. No hay por qué hacer una montaña de
un grano de arena.
L lego al trabajo a la mañana siguiente con bolsas de fatiga bajo los ojos y
un informe terminado en mi portátil. Como había renunciado a dormir, me
quedé toda la noche terminándolo, y la narrativa ya está lista para añadirle
unas cuantas cifras de mis notas y darle al botón de enviar. A decir verdad,
estoy bastante orgullosa de cómo he establecido el plan ejecutivo de Eli a
través de las entrevistas con el personal. Al menos ese aspecto de lo que he
hecho con él ha sido totalmente profesional. Como lo será nuestra
despedida.
En el tiempo que tardo en ir desde la concurrida recepción hasta mi
lugar de trabajo habitual, los cotilleos de los pasillos me informan de que el
amo y señor de Mason Pharmaceuticals ha vuelto. Con el pecho de repente
oprimido, cambio de rumbo hacia el despacho de Eli y ensayo mentalmente
mi discurso, intentando pulir el entusiasmo que debería sentir.
Mason, bienvenido de nuevo. Le traigo buenas noticias. Mi informe está
terminado. Se acabaron los interrogatorios. Tan pronto como la junta lo
acepte, dejaré de ser una molestia. ¿Qué tal su viaje?
O algo por el estilo. Seguido de una disculpa. O quizá debería dejarlo
así. Quizá no debería preguntarle por su viaje en absoluto. La familia es un
asunto personal para él, y nosotros…
—Señorita Nelson, hola. —Louise me saluda, con la voz tensa como si
esperara que le gritara—. Lo siento mucho, pero el señor Mason no está.
Me detengo en seco.
—Todo el edificio parece pensar que sí.
Louise se estremece.
Me encojo, rectificando tan rápido como puedo.
—Lo siento mucho, Louise. No pretendía dar a entender que no la creo.
Sus hombros se relajan con evidente alivio.
—Oh, él ha vuelto a Denton Valley —el aeropuerto registró el número
de cola de su Gulfstream, y este pueblo tiene demasiados entrometidos—,
pero no está en la oficina. Y tengo a veinticinco personas que están
enfadadas por ello.
El número de cola del Gulfstream. Al parecer, cuando Eli se fue, voló de
verdad. O sea, que pilotó él mismo. Qué curioso.
—Si acaba de volar, imagino que querrá algo de comida y una ducha —
le digo a la recepcionista—. No deje que esos veinticinco imbéciles la
agobien.
—Eso es lo que les he dicho yo también, pero supongo que no es propio
de él no venir. Si usted… —Duda, retorciéndose las manos sobre el teclado
—. Es mi primera semana, señorita Nelson. Necesito hacer esto bien. Soy
madre soltera y… he oído que usted y el señor Mason hablan con
regularidad. Si pudiera averiguar cuándo planea volver, me salvaría la vida.
—Déjeme ver qué puedo hacer —le digo a la mujer petrificada—.
Aunque estoy segura de que Eli no va a despedirla por no leerle la mente.
La sonrisa nerviosa de Louise al usar el nombre de pila de Eli me
recuerda la distancia que él mantiene con los demás aquí. Lo que hace que
la intimidad que compartimos sea mucho más especial. Inusual. Saco mi
móvil y marco su número, frunciendo el ceño cuando salta directamente al
buzón de voz. Dando una última mirada a la cara esperanzada de Louise,
pido un Uber y espero que Eli no haya cambiado los códigos de la puerta
desde que me fui.
No lo ha hecho. Mientras atravieso las puertas que se abren en silencio
hacia su inmaculada morada de cedro y cristal, siento que la respiración se
me acelera en el pecho. A decir verdad, no debería estar aquí. En casa de
Eli. Sin ser invitada. Pero por cada argumento en contra de dar el siguiente
paso, otro ocupa su lugar. Louise está preocupada. Yo estoy preocupada. Y
luego, el más grande e imposible de todos: quiero verlo con demasiada
desesperación como para no aprovechar esta oportunidad.
—¿Mason? —pregunto, llamando a la parte exterior de la puerta
principal antes de probar el pomo, que cede bajo mi mano—. Mason, soy
Dani. La puerta está abierta. ¿Puedo pasar?
Silencio.
Se me para el corazón.
—¿Mason? —Lo llamo por tercera vez, sabiendo que está dentro. Que
nunca deja la puerta abierta si no. Cuando el silencio me responde de
nuevo, tomo aire y entro. La vista familiar del salón iluminado por el sol,
con su sofá de cuero y su ventanal, me recibe al instante. Recorro con la
mirada la extensión de la primera planta abierta y estoy a punto de llamar a
Eli de nuevo, cuando por fin lo veo.
DANI
S entado con desgana en un taburete de la barra de desayuno, Eli
parece sacado del plató de una peli mala de kárate, justo en la parte en la
que el héroe pierde contra las fuerzas del mal. Piel pálida. Labio partido.
Ojo morado. Desgarrones, cortes y suciedad por toda la ropa y los nudillos.
Con un brazo rodeándose las costillas con cuidado. Pero eso no es todo.
Junto con una botella de vodka Grey Goose y un vaso medio vacío sobre la
encimera, el resto de la superficie de granito está cubierta casi por completo
de… papeles.
Unos que Eli parece estar leyendo y clasificando meticulosamente en
montones ordenados.
Aunque es obvio que se ha percatado de mi presencia, ni siquiera ha
levantado la vista para reconocer la intrusión en su espacio. Incluso ahora,
mientras me acerco, su atención permanece fija en la lectura y el olor a
alcohol apesta en su ropa. ¿Pero qué demonios…?
—¿Qué haces, Mason? —pregunto, con un tono cuidadosamente neutro.
—Trabajando.
No hay contacto visual, pero la respuesta verbal es clara, apropiada y
sin atisbo de balbuceo. Suelto un pequeño suspiro de alivio y me fijo mejor
en los papeles, preparándome para cualquier cosa, desde un manifiesto
hasta las palabras Redrum Redrum escritas una y otra vez en las páginas en
blanco.
Me encuentro con informes normales de Mason Pharmaceuticals. Del
tipo que Eli suele traerse a casa para ponerse al día por las noches.
—¿Por qué no lo haces en el despacho? —pregunto.
Levanta la cabeza y hace un gesto con la mano hacia su desaliñado
aspecto. Su ojo morado va acompañado de un corte de unos cinco
centímetros en el mismo pómulo, que se une a un labio partido y sangrante.
Tiene manchas de suciedad en la barbilla y restos —incluido lo que parece
ser un trozo de cristal— esparcidos por sus rizos rojizos. Los nudillos de la
mano derecha, con la que sujeta una cara pluma estilográfica, están
reventados y sucios, y la corbata de seda que suele llevar con todos sus
trajes no aparece por ninguna parte.
—No es profesional.
Pues sí. Me froto la cara con las manos y mando a la porra toda mi
formación en psicología e intervención en crisis.
—¿Qué demonios ha pasado, Mason? —exijo, poniendo la mano sobre
el informe que está leyendo—. He oído que fuiste a Boston. ¿Te metiste en
una pelea callejera de vuelta?
—No.
No es suficiente. Mantengo la mano donde está, tapando el informe.
—No fue una pelea callejera, fue una pelea de bar —dice, intentando
liberar el papel—. Aquí, en Denton Valley. La empecé anoche.
—¿Y por qué demonios hiciste eso?
Se encoge de hombros con rigidez, con un movimiento cauteloso.
Demasiado cauteloso. Y tan impropio de él como el hecho de que aún no
haya intentado echarme.
Acaba de decirte que se ha metido en una pelea, me digo a mí misma.
¿Qué esperas?
Esto no. Nada de esto está bien. Incluido el hecho de que Eli no está
actuando como un capullo arrogante que ha empezado una pelea. De hecho,
hay algo familiar en todo esto, algo que no acierto a identificar, hasta que
me golpea en toda la cara. Está actuando como yo lo hacía cuando alguien
me hacía daño. Camuflando el dolor, protegiéndose de más.
Le toco el hombro y se me hace un nudo en la garganta cuando se
estremece.
—Vamos, soldado. Vamos a limpiarte.
Me siento más que aliviada cuando Eli obedece y me deja llevarlo de la
cocina al baño de invitados que una vez fue mío, con la familiar y grandiosa
cabina de ducha reluciendo con azulejos marrones. Eli ya está descalzo y yo
me quito los zapatos antes de meternos a los dos en la ducha, con ropa y
todo, y abrir el grifo.
—Tengo una lavadora para la colada —me informa Eli mientras las
gotas de agua caen sobre nosotros como un feroz chaparrón desde el
cabezal extragrande de la ducha—. Y una bastante buena.
—Sí, bueno, eres demasiado alto para meterte en una. —Cojo una
manopla y gel de baño de una estantería—. De hecho, eres demasiado alto
en general. Siéntate.
Eli se deja caer en el suelo de baldosas; el agua ahora empapa por
completo su impecable traje de negocios negro y el vestido de color marfil
que no debería haber elegido para hoy. Convierto el gel en espuma sobre la
pequeña manopla, me siento a su lado y delibero mi siguiente movimiento.
Algo que no sea cruzar un límite en la tentativa confianza que hay entre
nosotros.
Poniéndole la mano en mi regazo, le paso la manopla por los nudillos
reventados.
—Entonces, ¿por qué empezaste una pelea de bar?
Hace una mueca de dolor.
—Es más fácil de empezar que una pelea callejera.
No es exactamente lo que preguntaba, pero Eli lo sabe. Asiento por
ahora, siguiéndole la corriente para que siga hablando.
—Cierto. ¿En el North Vault?
—Qué graciosa. No. Liam me mataría. —Otra pequeña mueca de dolor
cuando el jabón entra en el corte—. Mi objetivo era solo una distracción, no
un maldito suicidio.
Pues no lo parece. Tiro de la chaqueta de su traje para indicarle que se la
quite. Su fina tela, probablemente una lana cara de tejido apretado, está
rota, con suciedad y sangre resecas en los omóplatos. Ahora que el agua de
la ducha cae sobre nosotros, parece más bien barro. La costura de una
manga está desgarrada de la muñeca al codo; la otra muestra un tajo
horizontal con sangre que se filtra desde dentro. Entre el desastre de la ropa
y la cautela de los movimientos de Eli, siento que la siguiente pregunta
lógica me sube por la garganta, aunque yo no sea la médico.
—Oye, Mason. Déjame verte las pupilas.
Eli mantiene la cabeza gacha. No me ha mirado a los ojos ni una sola
vez.
—No tengo una conmoción cerebral, si es a eso a lo que te refieres.
Todo es… —hace una pausa por un instante—. Superficial.
—Vale, confiaré en ti en eso. Pero sí que necesito que te quites la
chaqueta. —Quizá esté de acuerdo con mi lógica irrefutable, o quizá la
palabra «confiar» despierte algo en él, pero Eli se inclina hacia un lado y
mueve un brazo. Le agarro el extremo de la manga para ayudarle, pero sus
movimientos se entrecortan a mitad de camino y toma una bocanada de
aire. Durante un brevísimo momento, capto la tensión en torno a sus ojos
mientras recupera el aliento y la silenciosa maldición que suelta por lo bajo
que delata cuánto dolor superficial siente el hombre.
Cogiendo su solapa izquierda, le quito la chaqueta de los hombros y me
levanto para colgarla en la puerta de la ducha.
—Tírala a la basura —dice—. No tiene arreglo.
Enarco las cejas y hago lo que dice. Teniendo en cuenta el estado
andrajoso de la prenda, probablemente tenga razón. O eso, o no quiere un
recuerdo de lo que sea que haya pasado.
Con la chaqueta fuera, el tufillo a vodka se disipa, dejando tras de sí el
tenue olor a hierba fresca que siempre asocio a Eli. Se ha apartado de
debajo del chorro y está más o menos de cara a mí, pero al recolocarme a su
lado, veo de refilón su espalda.
Y casi me ahogo.
Largas franjas de color burdeos rayan lo que antes era una impecable
camisa blanca de botones, la tela de algún modo intacta a pesar de la sangre
que ahora la empapa. Como si Eli se hubiera puesto la camisa después de
que le hicieran los cortes. Lo que no tiene ni una pizca de sentido. O quizá
tiene todo el sentido del mundo.
—Esto no son heridas de una pelea de bar. —Solo me doy cuenta de que
he hablado en voz alta cuando la mandíbula de Eli se tensa. Casi espero que
me grite que esto no es asunto mío, pero no lo hace. No dice nada. Ni
siquiera se mueve.
Le toco el pelo, que solo está húmedo por el ángulo de la alcachofa,
desprendiendo unas cuantas gotas gordas de agua de sus rizos. Pero cuando
le paso los dedos por él, se apoya en mi palma y esa rara muestra de
vulnerabilidad me oprime el corazón.
Alguien había herido a Eli. Alguien contra quien no podía —o no quería
— defenderse, ni siquiera para protegerse. Y por eso Eli se dio la vuelta en
cuanto pudo y buscó una pelea. Una pelea en la que sí podía volcar su
fuerza y su habilidad. Una cuyas heridas esperaba que enmascararan el
dolor que no podía soportar sentir. La pelea en el bar era un intento de
recuperarse a sí mismo. Y estoy dispuesta a apostar dinero a que esta no es
su primera vez con este ciclo.
Espero a que Eli se desabroche la camisa. Aunque tiene las manos en el
botón de arriba, se limita a curvar los dedos alrededor de la tela, sin llegar a
desabrocharlo. De hecho, Eli se aferra al cuello, manteniéndolo cerrado.
—Oye… —Me arrodillo ante él para ponerme a la altura de sus ojos—.
¿Te ayudo con eso?
Con un leve asentimiento —tan sutil que no puedo estar segura de que
realmente me diera permiso—, Eli baja las manos y las apoya en las
baldosas a cada lado de su cuerpo. De rodillas, me inclino hacia delante y le
rozo la mejilla con el dorso de la mano. Incluso contraída por el dolor, la
cara de Eli posee el tipo de belleza despampanante que los fotógrafos
recorren el mundo para buscar; la bruma de agua en sus pestañas hace que
parezcan aún más largas y pobladas de lo que son.
La postura de Eli es rígida como una tabla, pero no hace ningún
movimiento para detenerme mientras desabrocho metódicamente cada
botón hasta que una amplia franja del musculoso pecho de Eli queda
expuesta ante mí. Con un sobresalto, me doy cuenta de que es la primera
vez que lo veo desnudo: se había dejado la camiseta puesta en la fiesta de la
piscina, incluso se la había dejado puesta cuando tuvimos sexo.
Ahora, sin embargo, puedo ver toda la extensión de sus músculos
magros y definidos; la marcada línea entre sus pectorales apunta a una
tableta de abdominales cincelada que brilla con la humedad de la ducha.
Tiene un moratón en las costillas, justo sobre la zona del corazón, de una
coloración violácea grisácea. Al pasarle las manos por el pecho liso, siento
cómo el poder enroscado bajo la piel tensa de Eli vibra a través de mi
propio cuerpo. A pesar de todo, mi sexo se contrae, mi vientre se calienta en
una respuesta dolorosa.
Deslizando las manos por la clavícula de Eli, me detengo con los
pulgares enganchados en el interior de la tela, los hombros de Eli se tensan
bajo mi contacto.
—¿Listo? —susurro.
Eli asiente.
Le quito la camisa, deslizándome por detrás para despegar la tela
mojada de donde se pega a las heridas. Un amasijo de marcas de latigazos
me devuelve el brillo, la piel hinchada y abierta donde se cruzan los cortes.
Pero los cortes recientes no son lo más aterrador, sino las cicatrices que hay
debajo. Un sinfín de líneas pálidas, unas finas y furiosas como si hubieran
sido hechas con una cuerda o un cable eléctrico, otras más profundas y
gruesas, entrecruzan la musculosa carne desde lo alto de los hombros hasta
donde la piel desaparece bajo la cinturilla elástica de Eli. Es el tipo de cosas
que enseñan en las conferencias sobre maltrato infantil y en las series sobre
highlanders escoceses.
Se me acelera el corazón y me suben náuseas por la garganta. A Eli lo
han golpeado durante décadas, ¿verdad? El perfecto y todopoderoso
director general de Mason Pharmaceuticals, la envidia de los hombres. El
que conoce todos los acontecimientos importantes de la vida de sus
empleados, pero nunca les deja entrar en la suya.
Me escuecen los ojos y me muerdo el labio para mantener mis
emociones a raya. Vuelvo a coger el gel y la manopla de la estantería donde
los había dejado y hago una espesa espuma. Eli tiene la cabeza gacha, la
barbilla en el pecho, así que empiezo por la nuca, dejando que se
acostumbre al contacto contra la piel sana antes de restregar suavemente los
cortes.
Se queda tan quieto que pensaría que ha perdido la sensibilidad en la
espalda si no fuera porque aprieta las manos en puños, temblando a sus
costados. Apoyando una de mis palmas en su rígido abdomen, le limpio la
sangre reseca hasta que el agua que corre por el desagüe deja de ser rosa.
Hasta que he limpiado subrepticiamente las lágrimas que no he podido
contener, aunque él ha mantenido las suyas.
—¿Cuánto te duele? —pregunto.
—Sobreviviré. Siempre lo hago —dice, lo suficientemente bajo como
para que apenas pueda oírle por encima de la ducha.
Le recorro los brazos: aparte de un corte largo y fino en el antebrazo, el
resto del desastre son sobre todo moratones y abrasiones, sin contar los
nudillos destrozados. Cogiendo una de esas manos, espero hasta que la
mirada gris pizarra de Eli se encuentra con la mía.
—¿Qué demonios pasó en Boston, Mason?
Resopla sin humor.
—Solo mi fiesta de cumpleaños.
—No sabía que era tu cumpleaños —digo por reflejo, avergonzándome
por fijarme en ese aspecto concreto de la situación—. ¿Y eso es…? —Hago
un gesto hacia su espalda, sin palabras. Para ser una psicóloga formada, soy
un fracaso total a la hora de mantener la compostura.
—No es un ritual satánico, Red. —Eli enarca una ceja, con algo de su
brío habitual de vuelta en la voz—. Le caí mal a mi padre. —Eli suspira,
quitándome la manopla de la mano para rascarse los nudillos—. Sin
embargo, lo peor no fue la paliza. Fue que me pilló totalmente
desprevenido. Por una vez, pensé que le llevaba la delantera y, bueno, no
era así. Pareces una rata mojada, por cierto.
—¿Qué? —Me miro. Mi vestido marfil, completamente empapado,
ahora es transparente; el contorno de mis bragas y sujetador es tan evidente
como los pezones que se marcan contra el lino mojado. Se me calienta la
cara y me llevo las manos al pecho.
Eli se ríe entre dientes, sujetándome las muñecas con suavidad.
—Una rata mojada muy atractiva —dice, con la voz cada vez más fuerte
ahora que soy yo, y no él, a quien intenta reequilibrar—. ¿Servirá de algo si
estoy más desnudo que tú?
El atisbo de un brillo travieso en los ojos de Eli mientras se levanta, se
desabrocha el cinturón y sale con suavidad de sus pantalones y calzoncillos
es inconfundible. Y, así de rápido, no sé qué demonios hacer con los ojos.
¿Es mejor que reconozca sus muslos musculosos y su polla tan grande que
no sé cómo cupo dentro de mí alguna vez, o finjo no ver al gran elefante
aterciopelado en la cabina de la ducha, aunque se me haga la boca agua?
Eli coge el champú y se enjabona el pelo tranquilamente.
—Idiota. —Le fulmino con la mirada, el calor extendiéndose por todo
mi cuerpo… hasta que mi vista se posa en su culo ahora desnudo y en las
cicatrices de los latigazos que se extienden por él.
Me escuecen los ojos de nuevo y me meto rápidamente bajo el chorro
de agua. Mis padres nunca me levantaron la mano. El mero pensamiento de
que el dolor provenga de las personas que más me importan en el mundo
me revuelve las tripas. Pensar que estoy recibiendo órdenes de una de ellas
para el trabajo. Destino. Si Eli se enterara alguna vez de mi reunión con
Madison…
—Dani.
Me doy cuenta de que no es la primera vez que Eli pronuncia mi
nombre y me vuelvo hacia él justo cuando me aparta el pelo mojado de la
cara.
—No te preocupes por las cicatrices. Yo no lo hago.
Niego con la cabeza. Si no te preocuparas, te quitarías la camisa
durante el sexo.
—Algunos días hay dolor —aclara Eli—. Como ayer. Y es
desagradable. Pero la mayoría de los días, no. Hay mucha gente que lo pasó
mucho peor que yo al crecer. —Eli me traza el pómulo con el pulgar y su
olor me llena los pulmones—. Sí, a mi padre le gustan las cosas a su
manera. Y Madison, ella tiene sus razones para que no le guste. Pero, en
general… siempre he tenido comida, ropa y un techo. La mejor educación.
Es más de lo que la mayoría de la gente puede esperar. Solo porque hubiera
algo de oscuridad detrás de mi valla blanca dorada no es razón para que
sientas pena por mí.
—¿Quién está sintiendo pena? —pregunto con remilgo, sabiendo que es
mejor no desafiar su control tan duramente ganado sobre sí mismo en este
momento. Hay mucho más dolor en el alma de Eli del que está dispuesto a
admitir, pero no me atrevo a abrir esas heridas ahora. Rodeando a Eli con
mis brazos, lo atraigo hacia mí—. Solo creo que el gilipollas que me ha
hecho arruinar mi vestido me debe una cena vegetariana.
El abrazo de Eli es apretado y desesperado, su aliento me hace
cosquillas en la coronilla durante unos cuantos latidos mientras me aprieta
contra él. Luego respira hondo de nuevo y nos separa, con su máscara de
indiferencia de nuevo en su sitio mientras me lanza un puñado de agua a la
cara.
—En lo que respecta a mis tendencias de gilipollas, ni siquiera has
arañado la superficie —me asegura.
ELI
E li miraba a Dani a través del vaho de la ducha, con el corazón
latiéndole más fuerte que en cualquier batalla. No podía comprender cómo
había llegado hasta aquí, sonriendo y pensando con claridad después de una
noche hundiéndose en la más absoluta oscuridad. No podía entender por
qué demonios ella seguía aquí y no había salido huyendo.
Le dolía todo el cuerpo; el escozor de los cortes de la espalda competía
con un dolor más profundo de costillas fisuradas y moratones que iban a
más. Sin embargo, el dolor era distante, un telón de fondo para el anhelo
mucho más inmediato del contacto de Dani. Y, por una vez, no se refería a
su boca carnosa alrededor de su polla —aunque tampoco le importaría—,
sino solo al roce de las yemas de sus dedos en su mejilla.
Su cuerpo se tensó por la cercanía de su boca, por el calor húmedo de la
ducha que los envolvía. Un leve movimiento de cabeza y podría saborearla,
como la había estado saboreando en sus recuerdos. Pero le debía demasiado
como para intentarlo. Joder. Ya la había asustado una vez, casi le había
costado el trabajo y la licencia. No volvería a arriesgarse.
—¿Cena vegetariana? —repitió la petición de Dani, aferrándose a las
palabras para volver al presente—. ¿Qué soy, una ardilla?
Ella levantó la barbilla, claramente ajena a lo irresistible que se veía con
aquel vestido ahora transparente pegado a la piel.
—No sé. Pero si mis cálculos no fallan, anoche pilotaste un avión de
vuelta desde Boston en un estado emocional en el que no se te debería
haber confiado ni un bolígrafo y los cordones de los zapatos. Así que,
ardilla…, patata…, ya sabes.
Eli la fulminó con la mirada, aunque, bajo aquel tono despreocupado,
sabía que tenía razón. Joder, siendo totalmente objetivo, se merecía los
latigazos en la espalda solo por haberse metido en esa cabina.
—Voy a buscarnos algo de ropa —masculló—. Y una pizza de brócoli
con base blanca.
—Con pimientos, champiñones y ajo —dijo Dani—. Ah, y tomates
frescos también. De los cherry.
—Y extra de queso —replicó Eli antes de que ella consiguiera que hasta
la pizza fuera sana, y salió deprisa de la ducha antes de que Dani pudiera
contraatacar.
Tras secarse y ponerse unos pantalones de chándal, Eli le llevó a Dani
unos pantalones cortos y una camiseta suyos para que se vistiera después de
la ducha. Si se hubiera tratado de cualquier otra mujer, habría dirigido la
velada hacia el desnudo, pero esto era distinto. Dani era distinta.
Eli anhelaba que se quedara el mayor tiempo posible. Tampoco podía
explicarlo, más allá de que no quería estar solo. En el fondo, sabía que ella
no había ido a su casa para quedarse más de unos minutos —desde luego no
había ido para cuidarlo—, pero no quería pensar en ello. No quería pensar
en nada de lo que había ocurrido en Boston. Por suerte, ya estaba en
proceso de borrar de su memoria las últimas veinticuatro horas.
—Oye, Mason. —Dani, que salía del dormitorio de invitados, nadaba
dentro de la ropa de Eli mientras se secaba el pelo con una mullida toalla
blanca—. Jo. Echaba de menos que vivieras aquí. Echaba de menos volver
del entrenamiento matutino y encontrarte en la barra de desayuno
quejándote de mis batidos de proteínas. —Dani se pasó los dedos por el
pelo para desenredar los mechones mojados—. He encontrado Betadine,
pero con esos cortes del bar, ¿no necesitas la antitetánica o algo?
—Posiblemente —dijo Eli con evasivas.
—Suponiendo que no vas a ir a un hospital, ¿quieres llamar a uno de tus
Tridents? —frunció ella el ceño—. Espera, ¿es ese el tipo de cosas que
tenéis a mano?
—Kyan tiene de todo a mano. —Eli se estiró y se arrepintió al instante.
Estaba con el torso desnudo, la primera vez que estaba así delante de
alguien en no recordaba cuánto tiempo. Era extrañamente liberador—. Pero
no vamos a llamarlo.
Dani le indicó a Eli que se sentara en una silla, en la cual él se sentó a
horcajadas para dejarla aplicarle el antibiótico en los cortes.
—¿Por qué no?
Eli la miró por encima del hombro.
—Porque no me gustan las agujas.
—Hablo en serio.
—Y yo también —dijo Eli.
—Pero… —farfulló Dani, deteniendo la mano en lo alto de su hombro.
Era adorable cuando se turbaba—. Pero eres un Navy SEAL.
—Lo soy —convino Eli amigablemente.
—¿Y qué hay del tormento autoinfligido, y el entrenamiento SERE, y la
miseria general que todos abrazáis?
—¿Qué pasa con eso?
—Quiero decir, todo eso es peor que un pinchazo. —Dani deslizó la
mano por los tensos músculos de la espalda de Eli, y las yemas de sus
dedos, suaves, encontraron un camino a través de la carne sana. Su voz
bajó, quitándole el humor a la conversación—. Como todo esto.
Eli se levantó de la silla y se giró para encarar a Dani. Con las piernas
muy separadas, sentía como si estuviera a horcajadas sobre ella aunque sus
cuerpos no se tocaran.
—No he dicho que me dé miedo el dolor, pelirroja —dijo, saboreando
cómo la envolvía el aroma de ella. A pesar de haber compartido su ducha,
seguía oliendo a lavanda. Siempre. Ni siquiera sabía cómo lo conseguía. Sin
sujetador, los pechos llenos de Dani caían de forma natural bajo la camiseta
de Eli, con los pezones tan fruncidos y duros como se le estaba poniendo la
polla a él. La comisura de su boca se curvó en un atisbo de sonrisa—. Dije
que me da miedo ese tipo de dolor en particular. No es tan raro. Resulta que
conozco a alguien a quien no le gusta el sonido de los bolígrafos al hacer
clic.
Las mejillas de Dani se sonrojaron, y Eli la rodeó con los brazos para
evitar que se apartara. Porque la quería a su lado. Y porque quería que
estuviera a salvo, tanto que lo estuviera como que se sintiera a salvo.
Protegida.
—Solo quiero decir que quizá está bien que sepamos cosas el uno del
otro.
Dani tragó saliva, y la piel cremosa de su cuello se movió suavemente.
—Sí —susurró en los escasos centímetros de aire que había entre sus
labios—. Quizá lo está.
Ding, dong, dong.
Eli cerró los ojos cuando el timbre de la puerta decidió resonar en ese
preciso instante por todo el salón, un sonido que se repitió con creciente
insistencia.
Ding, dong, dong.
Con un suspiro, se acercó al interfono de la pared y pulsó el botón para
dejar entrar por la verja al repartidor de pizzas más inoportuno del mundo.
Quince minutos más tarde, Eli rompió su propia regla y se instaló allí
mismo, en el salón, con la pizza abierta sobre la mesa de centro junto al
sofá modular. Tras ganar el sorteo a cara o cruz, Dani había puesto
Battlestar Galactica en Netflix, y los créditos iniciales ya sonaban por el
sistema de sonido. Tranquilo, fácil y francamente hogareño. Lo contrario a
la cena en la mansión de los Mason en Boston.
Eli se abrió una cerveza para él y una sidra para Dani antes de deslizar
una porción de pizza en su plato; la mozzarella se estiraba deliciosamente
desde la pizza principal. Se dio cuenta de que no había comido desde la
noche anterior, y se le hizo la boca agua con una expectación que hacía que
hasta las verduras parecieran deliciosas.
Sin embargo, en cuanto le dio un bocado a la porción, la comida se
convirtió en cenizas en su boca. Maldita sea. Obligándose a masticar y
tragar, Eli se atragantó con la porción de todos modos, empujándola con
una lata de cerveza mientras imágenes no deseadas se reproducían en su
mente en un bucle nauseabundo. En la pantalla, las naves espaciales
encendían sus propulsores y se lanzaban a la oscuridad. Aunque Eli había
mantenido los ojos en la pantalla, se dio cuenta de que no tenía ni idea de
adónde se dirigían a toda prisa ni por qué se molestaban. No se había
enterado de nada de la serie.
—Oye, tú. —La voz de Dani rozó la conciencia de Eli, devolviéndolo al
presente mientras ella le pasaba los dedos por el pelo. Todavía mojado por
la ducha, los rizos de Eli habían conseguido gotear sobre su muslo, y las
gotas brillaban como perlas sobre su piel—. ¿Has oído hablar de las toallas?
Eli sacudió la cabeza como un perro, salpicando a Dani con más agua;
ella soltó un gritito. Tener el pelo más largo de lo reglamentario era una de
las pocas cosas que Eli saboreaba de la vida civil, pero nunca había
adquirido la costumbre de secárselo. Acabó con la cabeza apoyada en el
hombro de Dani, empapándole la camiseta.
Justo cuando Eli estaba a punto de apartarse, los dedos de Dani se
deslizaron por su pelo, masajeándole el cuero cabelludo. Le sentó bien.
Relajante. La pelea del bar había servido para limar las asperezas del viaje a
Boston, pero los recuerdos seguían ahí. Al acecho.
La mirada de Eli se desvió del televisor a la elegante decoración que lo
rodeaba. No había elegido nada de aquello. Ni una sola pieza. Este lugar era
un santuario para Madison, para mantener la apariencia de que su familia
era exitosa, normal y feliz. Gente a la que los demás pudieran admirar.
Menuda sarta de gilipolleces.
—Odio esta casa —masculló, apenas consciente de que estaba hablando
en voz alta—. Es una puta farsa.
Los dedos de Dani continuaron su movimiento.
—¿Qué quieres decir?
—No es mía, en realidad no. Madison encargó que la construyeran
según sus especificaciones exactas desde los cimientos, incluyendo todo el
mobiliario y los toques decorativos. No tuve ni voz ni voto en el asunto. Y
no se me permite cambiarla, aunque soy yo quien vive aquí.
—No lo entiendo.
Eli resopló.
—Mason Enterprises es una gran marca, y mi familia es su centro.
Como director general, mi casa es una especie de residencia de embajador,
así que tiene que ir a juego. Es como dirigir una tienda de Apple: no puedes
decidir que tu local va a tener una decoración victoriana en lugar del blanco
impoluto. Solo que, en nuestro caso, se trata de la imagen y la reputación de
la familia. Se supone que somos una familia cariñosa, respetable,
extraordinaria, perfecta. Pilares de nuestras comunidades. La encarnación
de los valores y la imagen de los Mason. Cada aparición pública está
calibrada para reforzar eso. Como ayer.
Guardó silencio, sin saber a ciencia cierta por qué había dicho tanto.
Quizá era simplemente que ya no podía contenerlo más.
—¿Tu fiesta de cumpleaños?
Eli emitió un sonido con la garganta.
—El homenaje a mi hermana gemela, Ella. La maté ayer hace
veintinueve años.
Dani dio un respingo.
—Espera, ¿qué? —sus manos se detuvieron, pero Eli aún podía sentir
que se movía, que negaba con la cabeza—. Espera, ¿no acabas de cumplir
tú veintinueve años? A no ser que fueras una especie de bebé hercúleo…
—En el útero. Tomé más nutrientes de los que me correspondían. No
dejé suficientes para que ella sobreviviera.
Dani contuvo el aliento, y él se arrepintió al instante de haber dicho
nada. Debería haberlo sabido, y no podía comprender por su vida qué le
había impulsado a hablar ahora.
—Eso, Eli, es una auténtica gilipollez —dijo Dani con tono feroz—. Es
literalmente imposible que mataras a tu gemela. No tenías ningún control.
Sé que lo sabes.
Y lo sabía. No sufría de locura. Cerebralmente, sabía que el dolor de
Madison había deformado su sentido común en este asunto, y que las
palabras condenatorias que había oído una y otra vez mientras crecía no
eran ni ciertas ni racionales, aunque fueran técnicamente precisas. Pero
cuando se trataba de los padres, la racionalidad no siempre ayudaba. Tal vez
eran los años de crecer con la proverbial letra escarlata cosida a su ropa. O
tal vez era otra cosa.
—Cuando era pequeño, no dejaba de pensar en que, si Madison tenía
tanto amor dentro, qué injusto era que Ella se lo llevara todo. Pero entonces
eso sonaba como si yo intentara coger más para mí.
—¿Y ahora qué? —Dani se incorporó, su mano fría en la mejilla de Eli
mientras sus brillantes ojos se encontraban con los suyos. Su tono era
suave, pero también había acero en él. Como si estuviera dispuesta a
apoyarlo, pero tampoco a no dar cuartel—. Ya no eres un niño. La única
forma de que esos latigazos ocurrieran fue con tu cooperación. ¿Por qué?
Eli rio sin humor.
—Yo pensaba lo mismo. Pero mi padre me recordó bruscamente que
hay más poder en la información que en el músculo. —Tras esbozar el
ultimátum, Eli cogió otra porción de pizza. Ahora sabía mejor. Como algo
que podría hacer Dani en vez de a cenizas—. Si tuviera que repetirlo,
seguiría tomando la misma decisión. Bueno, escondería mejor mis malditas
cuentas, pero ya sabes a qué me refiero.
Durante un largo latido, Dani se limitó a estudiarlo. Luego se puso de
rodillas y rozó sus labios con los de él, presionando su boca suavemente en
el lado opuesto al labio partido de Eli.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Eli.
—Por ser un buen hombre.
Eli le devolvió la mirada, con el pecho oprimido. Eso… eso no era lo
que esperaba oír de una mujer que había entrado esa mañana para
encontrarlo hecho un desastre. De la que se había pasado las últimas
semanas desenterrando toda la porquería psicológica que pudo. Maldita sea.
La mente de Eli daba vueltas; el calor del cuerpo y los ojos de Dani era
totalmente embriagador. Mañana, mañana, Eli estaba seguro de que se
despertaría con resaca y un temor sordo al recordar todo lo que acababa de
contarle. Más de lo que había compartido incluso con los Tridents. Esos
hombres eran leales hasta la médula, y Eli sabía que tenían los medios para
tomar represalias contra sus padres, cosa que él no quería. Pero hoy… hoy
lo único que importaba era que había desnudado su alma a sus pies y ella lo
había encontrado valioso. Lo había encontrado a él valioso.
Sujetando la nuca de Dani antes de que pudiera apartarse más de unos
centímetros, Eli apretó su boca contra la de ella.
Los labios de Dani se separaron como una invitación, su boca
abriéndose generosamente para él. El calor y la necesidad recorrieron su
cuerpo mientras envolvía a la mujer en sus brazos, tomando el interior de su
boca con profundas y posesivas embestidas que se sentían demasiado
intensas y desesperadas para ser reales.
DANI
M i boca se abre a la de Eli, y la sensación de sus labios sobre los
míos extiende un calor por todo mi ser antes siquiera de que mi cerebro
procese lo que estamos haciendo. Y para entonces, soy incapaz de darle
importancia, no cuando cada terminación nerviosa se enciende con una
sensación que, de algún modo, se precipita directa a mi sexo.
Los dedos de Eli se enredan en mi pelo, y la seguridad con la que me
sujeta hace que se me entrecorte la respiración de la emoción. El pulso se
me acelera, la sangre corre más deprisa por mis venas. Wyrd. No sé cómo lo
hace este hombre, cómo se las arregla para consumir mi boca y mi cuerpo
como nadie lo ha hecho jamás.
Las manos de Eli resbalan desde mi pelo hacia abajo y sus dedos rozan
mis pezones endurecidos por encima del algodón de su propia camisa.
Jadeo en su boca mientras sus hábiles dedos juguetean con las puntas hasta
que laten, doloridas, ansiando más de su contacto.
Mis manos se elevan, anhelando aferrarme a sus duros músculos, y se
detienen justo a tiempo, a un milímetro de su pecho. Una oleada de pánico
me invade, el miedo de hacerle daño, de arruinar esto, de darle mucho
menos de lo que se merece.
El hecho de que me haya quedado clavada en el sitio, al parecer, capta
la atención de Eli. Rompe el beso y se aparta con los ojos encendidos
mientras me estudia. Encendidos y jodidamente excitados, como si verme
paralizada, con las manos quietas sobre su torso como una delincuente a
punto de ser detenida, fuera lo más sexi que ha visto en su vida.
—Joder, pelirroja, vas a acabar conmigo —susurra con los labios
entreabiertos y la respiración agitada. Una chispa pícara le brilla en los ojos,
y me coge una mano para colocarla justo sobre el duro bulto que presiona
contra su pantalón de chándal.
Acaricio su considerable longitud y grosor, saboreando el recuerdo de
tener todo eso dentro de mí, lo que incluso ahora resulta intimidante y
excitante a partes iguales. Vuelvo a acariciarlo, y me cuelo por dentro de su
pantalón para disfrutar de esa polla aterciopelada contra mis dedos e
imaginar cómo sería sentirla llenándome la boca.
—Eres increíble, pelirroja —susurra Eli, y el cumplido me produce
tanto placer gratificante como el ronroneo que se escapa de sus labios. Su
preciosa cara se transforma en una dicha contenida mientras echa la cabeza
hacia atrás y cierra el ojo sano.
Incapaz de resistirme al cuello expuesto de Eli, me inclino hacia él para
encontrar un trozo de piel intacta y lo succiono. El pulso de Eli me hace
cosquillas en los labios con un delicioso y rápido tap, tap, tap. Con una
mano en la polla de Eli y la boca en su cuello, ahora estoy inclinada sobre
él, y su calor y su olor a hierba me envuelven en contraste con el frío cuero
bajo mis espinillas. En algún lugar, fuera, un pájaro carpintero perdido elige
este momento para picotear un árbol, y el sonido crea una armonía perfecta
con mi propio corazón.
—Estás delicioso —murmullo sin pensar.
—¿Ah, sí? —Las palmas de Eli se hunden bajo mi camiseta y recorren
mi espalda, creando caminos abrasadores que suben y bajan por las
diminutas protuberancias de mi columna vertebral.
—Sí —afirmo. Le muerdo el punto del pulso antes de desplazar los
dientes hacia su nuez. Luego, bajo por su garganta. Hasta su pezón derecho.
—Eres una pequeña diablilla, pelirroja —dice Eli, con los muslos tensos
y la polla palpitando impotente bajo mi mano.
—Cuando la ocasión lo requiere. —Cambio al otro pezón, solo para dar
un respingo cuando Eli sisea ligeramente. Levanto la cara para estudiar la
suya, el brillo travieso de su mirada lucha contra la tensión de un dolor
persistente, y me detengo. La realidad me golpea de lleno. ¿Qué demonios
estoy haciendo? ¿Qué demonios estamos haciendo?
Las manos de Eli me sujetan las mejillas y su mirada escudriña la mía
con atención a pesar de la hinchazón que rodea su ojo izquierdo. —
Háblame —dice en voz baja—. ¿Te estoy haciendo daño?
—¿Haciéndome daño a mí? —Pongo la mano sobre sus muñecas—.
Mason…, Eli…, no es que me hagan daño a mí lo que me preocupa.
—Literalmente, puedo levantarte con una mano, pelirroja. Si necesito
proteger alguna parte de mi cuerpo, ya me adaptaré. —Dicho por otro
hombre, las palabras podrían sonar arrogantes, pero la conclusión práctica
de Eli es, de algún modo, reconfortante. Él mueve el cuerpo para acercarse
más a mí, con los ojos brillantes de deseo contenido—. Pero la última vez
que estuvimos en esta situación, no podías salir de casa lo bastante rápido.
Se me entrecorta la respiración; aquella mañana vuelve a mi mente. El
peligro en el que había puesto mi trabajo. La conversación que había oído.
Las palabras que él había dicho. Intento desviar la mirada, pero las manos
de Eli en mi cara no me dejan escapar. Como si no hubiera nada más
importante para él que saber lo que voy a decir a continuación.
Solo que ni yo misma lo sé. Mi informe está terminado. Pero acostarme
con un evaluado a estas alturas tampoco es muy profesional.
Eli suelta un largo suspiro. —Ya nos hemos acostado. Ninguna
abstinencia ahora va a deshacer esa travesura. —A pesar de la tensión, su
acento británico hace que la última palabra suene deliciosa, y su ojo
amoratado está tan atento a mis labios como el resto de su ser—. En cuanto
a adónde vamos ahora, la elección es tuya. No es por meterte prisa, pero,
por favor, decide antes de que me exploten los huevos.
Me lo quedo mirando; mi vagina se contrae por mi confusión mental. Su
disposición a retirarse es a la vez reconfortante y tentadora. Un instante
después, mi cuerpo deja de lado mis pensamientos y toma la decisión por
mí. Agarro la cintura elástica del pantalón de chándal de Eli y tiro de ella
hacia abajo, liberándolo al aire libre.
Wyrd, qué grande es. Larga y sonrojada, con una piel aterciopelada y
tensa sobre la dureza del glande; la polla de Eli hace que se me haga la boca
agua. Siento un dolor sordo en la parte baja de la pelvis y me sonrojo al
pensar en lo húmedos y resbaladizos que estoy poniendo los pantalones
cortos que me ha prestado. Alzo la vista, me aferro a la mirada de Eli y me
inclino decididamente hacia delante para lamer la diminuta gota de líquido
blanco de su punta.
—Joder, joder y joder —masculla Eli con voz tensa mientras sus
caderas se sacuden hacia mí y sus uñas se clavan en el caro sofá.
Después de nuestra última vez juntos, la visión de este Eli, tan
desesperadamente al borde del descontrol, es pícaramente deliciosa. Apoyo
las palmas en los bíceps de Eli, me estiro para trazar con la lengua un
camino por su línea media, sobre su esternón, y voy recorriendo las crestas
de cada uno de sus abdominales marcados hasta que vuelvo a su cintura,
donde la V de sus músculos apunta a una polla palpitante.
Sin previo aviso, me deslizo del sofá y dejo caer la boca sobre él,
comiéndomela hasta donde puedo. No consigo metérmela hasta el fondo —
su tamaño hace que sea literalmente imposible—, pero hago lo que puedo.
Vacilo entre chuparle el glande y arrastrar la parte plana de mi lengua por la
parte inferior, desde la base hasta la punta. Para subir la apuesta, en la
siguiente chupada, le llevo la mano a los huevos y se los ahueco con
suavidad, pero asegurándome de que me sienta.
—¡Oh, joder! ¡Joder, joder, joder! —gruñe Eli, echando la cabeza hacia
atrás mientras su voz se quiebra—. Tienes que parar o me voy a correr.
La emoción me recorre al pensarlo. La doble promesa de saborear a Eli
y ver a este SEAL de la Marina y director ejecutivo deshacerse bajo mi
boca es más de lo que mi cuerpo puede resistir. Revolviéndose y
arqueándose debajo de mí, Eli se sacude una última vez dentro de mi boca
antes de que su maravillosa calidez me llene la garganta.
—¡Dani! —El sonido de mi nombre en los labios de Eli mientras llega
al orgasmo resuena por toda la casa, su poderoso cuerpo se estremece una y
otra vez.
Sentada sobre los talones, le sonrío como el gato de Cheshire y admiro
las vistas.
Y es entonces cuando Eli se abalanza sobre mí.
ELI
L as manos de Eli se cerraron sobre el culo prieto de Dani, sus nalgas
firmes y exuberantes aún más tensas por su postura agachada. El gritito de
sorpresa que emitió cuando él la aupó sobre sus caderas fue un sonido
jodidamente maravilloso, tan excitante como las endorfinas que corrían por
su cuerpo, enmascarando el dolor hasta convertirlo en un sonido distante e
irrelevante.
El dolor era fácil. Cualquiera que pasara por el entrenamiento de los
SEAL aprendía a hacerse amigo de él, a dejar que le recordara que seguía
vivo y luchando. Eli podía soportar los golpes del combate cuerpo a cuerpo,
marchar con los pies fracturados por el esfuerzo, nadar a pesar de que la
falta de aire le apuñalara los pulmones. Pero había algunas sensaciones que
no podía soportar. No le gustaban las agujas. E incluso ahora, a sus
veintinueve años, el escozor de un latigazo todavía lo hacía caer en un pozo
oscuro lleno de espinas del que nunca salía con el alma intacta.
El Advil no ayudaba. El alcohol no ayudaba. Ni siquiera la pelea de bar,
las costillas magulladas y el ojo morado que esperaba que acallaran los
gritos de su espalda, habían ayudado.
¿Pero Dani? Maldita sea. Esa mujer era la salvación y la tentación
mezcladas en un paquete pecaminoso que ponía el mundo de Eli patas
arriba. Y joder, si iba a buscar ese subidón vertiginoso y loco que solo una
sobredosis de endorfinas podía producir, se llevaría a la pequeña descarada
con él.
—Vas a pagar por esa boquita —murmuró Eli al oído de Dani,
saboreando cómo su amenaza la hacía estremecerse incluso mientras se
aferraba a él con más fuerza. Confiando en él.
Tumbando a Dani sobre el sofá modular de cuero, Eli se bajó del todo el
pantalón de chándal antes de desenganchar las piernas de Dani de su cintura
y quitarle también los pantalones cortos. A Dani se le cortó la respiración
cuando el aire fresco le rozó el sexo, y su rostro se sonrojó hermosamente
cuando Eli le abrió las piernas de par en par para exponer su intimidad
sonrosada. Como la camisa ancha se le había subido, los pezones de Dani se
habían endurecido hasta convertirse en unos picos oscuros y tentadores.
Eli acarició la piel suave de Dani, trazando con los dedos sus pechos,
sus pezones, sus caderas, mientras se bebía su rostro con la mirada. Sus
pupilas dilatadas. La velocidad acelerada de su respiración mientras él le
pasaba los dedos con firmeza por la hendidura, de un lado a otro, de un lado
a otro, hasta que ella se contrajo de necesidad. Deteniéndose con el dedo
directamente sobre el clítoris de Dani —y con su propia polla ya dura y
palpitante—, Eli le dio un golpecito suave al delicado botón.
Dani jadeó, retorciéndose contra su agarre, su sexo buscando la presión
de los dedos que él ahora mantenía quietos.
—Mmm. Venganza. —Eli sonrió.
Dani gimió.
Deslizando los dedos por sus pliegues húmedos, muy húmedos, Eli
rodeó su abertura, sintiendo cómo se contraía de deseo, antes de introducir
un dedo en su interior. Uno. Dos. Tres. Las caderas de Dani se arquearon
hacia él, su canal contrayéndose alrededor de los dedos. Que se lo llevara el
diablo, antes de conocer a Dani, Eli habría jurado y perjurado que prefería
parejas con más experiencia, pero nada se comparaba con la excitante
posibilidad de ver a esta mujer descubrir lo jodidamente sexy que era. Lo
increíblemente bien que merecía sentirse.
Con la mano libre, Eli rozó su otra abertura, deleitándose con la sabrosa
mezcla de la ansiedad repentina de Dani y la intensa y avergonzada
excitación que de pronto le sonrojó las mejillas. Más lubricación rodeó los
dedos que mantenía dentro de ella. Sí, algún día tendría que explorar el sexo
anal con esta mujer. Enseñarle a aceptar las maravillosas respuestas de su
propio cuerpo.
—No te atreverías —exhaló Dani.
Eli le pasó un dedo lubricado alrededor de los tensos músculos de su
abertura antes de retirarlo. —Oh, sí que me atrevería. Pero como tienes
tantas opiniones, puedo ser flexible —dijo, retirando las manos—. Tócate
para mí.
Pareció sobresaltada, con los ojos muy abiertos. —¿Qué?
Tomando una de las manos de Dani, Eli se la colocó en el pecho. —
Tócate —repitió—. Enséñame lo que te gusta.
Con la respiración entrecortada, Dani rodó el pezón entre el pulgar y el
índice, la areola oscureciéndose.
—Lo estás haciendo de maravilla, pelirroja —le dijo Eli con sincera
admiración.
—Nunca he hecho esto —susurró ella.
—¿Nunca te has dado placer?
—Nunca delante de alguien.
—Entonces, déjame ayudarte. —Eli acortó la distancia y succionó el
pecho que ella no estaba amasando, dándole latigazos con la lengua. Sabía a
limpio y a fresco, y el olor a lavanda era tan tentador como siempre.
Tomando su mano libre, Eli la movió entre las piernas de Dani. —Ahora
aquí —susurró—. Vamos, anda. Enséñame.
Cerrando los ojos, Dani se acarició con timidez, sus movimientos
volviéndose más seguros y confiados quando Eli añadió sus propios dedos a
los de ella. Lenta y firmemente, ambos aumentaron el vigor de las caricias
hasta que Eli pudo oír los sonidos húmedos que provenían de sus pliegues
empapados.
Gruñendo de satisfacción, Eli presionó sus labios contra los de ella,
succionando su lengua en su boca justo cuando ella empezaba a gemir de
verdad contra los rítmicos movimientos.
A medida que los gemidos de Dani se convertían en gimoteos alargados
y necesitados, Eli acercó sus labios a su oído. —Eres la mujer más
despampanante que he visto nunca, Dani. Por fuera y por dentro.
Especialmente cuando te corres.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Todo su cuerpo se agarrotó y se
corrió, gritando al hacerlo.
Dándole un momento para recuperar el aliento, Eli le acarició la mejilla
antes de abrir un compartimento oculto en el reposabrazos del sofá modular
y sacar un condón.
Dani jadeó suavemente al oír el sonido del envoltorio al rasgarse, sus
caderas elevándose para recibir la cabeza palpitante de su polla mientras él
se posicionaba en su entrada. Subiendo las piernas de Dani sobre sus
hombros, Eli se introdujo lentamente en ella, dejando que su canal estrecho
y caliente se adjustara a él antes de continuar. Moviéndose más rápido.
Embestida. Embestida. Embestida. Las embestidas cada vez más rápidas
enviaban sacudidas de necesidad a través del centro de Eli, las palmadas
húmedas resonando en su interior. Embestida. Embestida. Embestida.
Alargando la mano, Eli volvió a acariciar el clítoris de Dani, tensando los
hombros para contener su propia necesidad. ¿Cuánto tiempo hacía que no le
hacía el amor a una mujer cara a cara? Joder. No estaba seguro de haberle
hecho el amor a ninguna mujer antes. No así.
Moviéndose juntos, ondularon como uno solo, su cuerpo envolviéndolo
en llamas que crecían más y más con cada estocada. La sintió temblar,
luego sacudirse, luego palpitar mientras se corría de nuevo, esta vez
gritando su nombre.
—¡Eli!
Ese sonido ronco lo empujó al abismo. Su propia eyaculación brotó con
tanta fuerza que el dolor y el placer se mezclaron en un calor fundido que
sacudió todo su ser.
Tardaron varias respiraciones en recuperarse, y otros tantos minutos
antes de que Eli pudiera decidirse a apartarse de donde yacía tumbado sobre
Dani, con sus miembros entrelazados.
—Eh, hola —dijo, irguiéndose sobre un codo para mirarla. Era una
imagen exquisita, con el pelo canela extendido y brillando bajo la luz
dorada de las lámparas.
Dani se mordió el labio. —Hola.
A Eli se le hizo un nudo en la garganta; las palabras que flotaban en la
punta de su lengua daban más miedo que un tiroteo. —Ven a la cama
conmigo —susurró, sin permitirse echarse atrás.
Dani frunció el ceño. —¿No acabamos de…?
—Me refiero a dormir —aclaró Eli, con el corazón martilleándole—.
Quédate a pasar la noche. Conmigo. En mi cama.
Por un momento, estuvo seguro de que Dani se reiría y se marcharía. Se
había preparado para ello. Pero en lugar de eso, ella entrelazó sus dedos en
su pelo y se inclinó hacia adelante para darle un beso en la mejilla. —Solo
si tienes un cepillo de dientes de repuesto por algún sitio.
Una hora más tarde, Dani se deslizó a su lado entre las sábanas de un
impecable color chocolate, y Eli la rodeó con sus brazos por la espalda. Con
sus pechos respingones contra su pecho, sus suaves piernas enredadas con
las de él, sus cuerpos encajaban como piezas de un puzle; su polla cayendo
de forma natural en su entrepierna. Dicha polla se irguió, ya fuera por
instinto o por costumbre, pero Eli no la empujó contra ella. Por primera vez
en su vida, lo que más deseaba era tener a una mujer abrazada a él durante
toda la noche.
BROCK
B rock Talbot miró furioso la señal de la minicámara que había
instalado fuera de su habitación del hotel Marriott y rabiaba al ver el pasillo
vacío. Había sido muy cuidadoso, había seguido los movimientos de esa
zorra tan de cerca, pero allí estaba, esperándola, y ella no había aparecido.
Después de días de ser fiable como un reloj, volviendo a su habitación a las
seis y media cada tarde, va y jode el horario.
Danielle Nelson había jodido muchísimas cosas. Contoneándose por su
despacho con esos pechos respingones y esos labios carnosos, había hecho
todo lo posible por dejar claros sus deseos. Brock no podía culparla por
ello. Él tenía todo lo que las mujeres querían. Dinero. Buena planta.
Coches, barcos y casas de lujo. Incluso tenía un helicóptero, joder. Podía
hacer llover baratijas de diamantes sin que su cuenta bancaria se resintiera
lo más mínimo.
Que las mujeres hubieran estado cayendo a sus pies toda su vida era una
simple cuestión de ventaja evolutiva. Las mujeres estaban programadas
para desear protectores y proveedores, para admirar la fuerza y rechazar la
debilidad. Desde el principio de los tiempos, las mujeres que habían sido
capaces de reconocer tales rasgos en los hombres sobrevivieron para tener
descendencia; las que no, murieron por ataques, de inanición o por ambas
cosas. El mundo moderno no era diferente.
Los hombres —los hombres de verdad— también estaban programados.
Desarrollaban su fuerza, cogían en lugar de pedir, miraban a una mujer y
sabían instintivamente si era la adecuada para perpetuar su linaje. Y Brock
Alford Talbot III era un hombre de verdad. Venía de una familia de rancio
abolengo. Su tatarabuelo había sido un magnate del petróleo, y cada Talbot
varón del linaje se había diversificado para triunfar, uno por uno, en varias
otras empresas. El juego de Brock eran los seguros, y era jodidamente
bueno en ello. ¿Por qué? Porque jamás aceptaba un puto no por respuesta.
Jugaba duro en cada negociación y no paraba hasta conseguir exactamente
lo que quería. El trato que quería. Las cifras que quería. Los empleados que
quería.
La mujer que quería. No, la mujer que se merecía. Que se había ganado.
Hacía cuatro meses, Danielle Nelson había entrado en su despacho y le
había entregado una orden del consejo de administración para que Talbot…
hablara… con ella. Íntimamente. Así que lo hizo. Durante horas, durante
días, había discutido sus ideas y su trabajo, entregándose sin reservas a la
psicóloga monina. La había invitado a cenas caras, la había llevado a hacer
visitas privadas por la oficina. Incluso la había llevado a dar una vuelta en
ese helicóptero, mostrándole la inmensidad de su imperio. Las mujeres
necesitaban saber con quién trataban. Era lo justo.
Y después de todo eso, de todo lo que había hecho por ella a crédito,
Danielle Nelson decidió que no era suficiente. La tarde en que ocurrió
nunca se apartaba de sus pensamientos; la audacia de Danielle, grabada a
fuego para siempre en su cerebro.
—He venido a despedirme, señor Talbot —dijo Nelson, mientras
jugueteaba con la falda de tubo blanca que llevaba—. Llevaba una blusa
rosa de cuello alto, un color claramente diseñado para atraer la atención
de Brock hacia sus otras partes rosadas. El consejo de administración me
ha notificado esta tarde que ha aceptado mi informe, así que ya no es
necesario que le robe más tiempo.
—Muy bien —la elogió él, algo que hacía en contadas ocasiones y que
esperaba que ella agradeciera. Midiéndola con la mirada de arriba abajo,
Brock se detuvo en las caderas y los pechos de la mujer. Anchas y
generosas. Buenas para engendrar hijos sanos—. Haces un buen trabajo,
cariño.
—Como ya he dicho, prefiero Dani o señorita Nelson.
Él le dedicó una sonrisa de superioridad.
—También dijiste que nuestro asunto en común había concluido —
contraatacó. Seguro que una mujer tan lista como Danielle había entendido
las reglas del juego. Era la estríper dentro de la tarta de cumpleaños y,
tarde o temprano, llegaría el momento de salir. Todo lo que ella había
hecho, lo que él le había permitido hacer, había sido a su entera
disposición. No tenía más derecho a tomar las decisiones, a decidir si su
asunto había concluido o no, que la secretaria de Talbot—. Pareces
incómoda, cariño. Ven, siéntate en mi regazo, y lo arreglaremos.
—Me voy, señor Talbot. No deseo volver a interactuar con usted —dijo
y, girándose sobre esos taconcitos suyos, la mujer de hecho se dirigió con
paso decidido hacia la salida.
Talbot tardó un instante en darse cuenta de que la coqueta lo estaba
provocando. Que quería ver a Talbot en acción, una demostración de
fuerza física para complementar la financiera. Así que la complació. Hizo
lo que la zorra le estaba pidiendo.
Poniéndose de pie, Talbot empujó la silla de ruedas para cortarle el
paso y aprovechó su momento de vacilación para agarrarla por el pelo.
Cogiéndole un pecho, le siseó al oído:
—Cuando digo que vengas a hacer algo, cariño, significa que espero
que lo hagas. Ahora.
Talbot apartó la silla del monitor y recorrió la habitación, cogiendo y
examinando las fotografías que había estado reuniendo. Estaban impresas
en papel, a la antigua. Algunas incluso las había revelado él mismo, aunque
lo que obtenía del dron era irritantemente digital. Digital era otra palabra
para «chapucero», como el troyano que había enviado para acceder a la
cámara y al GPS del portátil de Nelson, que funcionaba, con suerte, una de
cada tres veces. Totalmente indigno de confianza; igual que la propia mujer.
Apreciaba la ferocidad tanto como cualquiera. Pero había un límite. Y la
zorra lo había cruzado cuando le hincó los putos dientes en la mano con
tanta fuerza que necesitó puntos. Incluso le pusieron la vacuna de la rabia,
por si acaso. Luego, para colmo de males, va y jode el informe que, según
ella, había entregado. Esa era la única explicación para la «excedencia» que
el consejo le había insistido en que se tomara para «gestionar su estrés».
Excedencia, mis cojones. A Danielle Nelson le esperaba un ajuste de
cuentas. Nadie se burlaba de Brock Alford Talbot III y se salía con la suya.
Y mucho menos una fulana con una profesión inventada.
DANI
M e despierto poco a poco, percibiendo el lujoso colchón y las
sábanas de miles de hilos que tengo debajo mientras inhalo el aroma a
hierba fresca de Eli. La sensación de no estar sola en la cama es
desconcertante al principio, pero luego se transforma en un placer sereno
mientras parpadeo hasta despertarme del todo y mis ojos se posan en una
mata de pelo castaño rojizo hundida en la almohada junto a mi cabeza.
Eli Mason. Dormido.
Caigo en la cuenta de que, en todo el tiempo que viví con Eli, él siempre
ha sido el primero en levantarse. Siempre. Daba igual lo temprano que
pusiera la alarma. Qué narices, normalmente no solo se despertaba antes,
sino que se las apañaba para hacer un buen entrenamiento antes de que yo
encontrara el café. Y, sin embargo, aquí estoy yo, con la ventaja.
Eli está tumbado boca abajo, con las mantas apartadas de una patada, y
sus hombros suben y bajan con respiraciones profundas y regulares. Bajo
los rayos de sol moteados que se cuelan por las cortinas de sus ventanas, su
cuerpo musculoso está esculpido con luces y sombras que hacen que
incluso las salvajes franjas de su espalda parezcan hermosas. Cuando le
paso la mano por el pelo alborotado, Eli se restriega contra mí como un
gato; todo ello sin despertarse.
—No eres un gatito —le digo en voz baja—. Quizá una pantera. O un
tigre. Probablemente un tigre, por esas franjas que tienes. —Mis dedos se
mueven hacia su espalda y acarician suavemente sus músculos duros como
una roca—. Sea como fuere, estoy segura de que nunca antes había
conocido a nadie tan complicado como Eli Mason. Wyrd. Todo en este
hombre es una especie de contradicción cósmica, ¿no es así?
Dejando que el enorme felino duerma al sol, salgo de la cama y me
dirijo con paso pesado hacia la puerta con la misma camiseta con la que he
dormido: una de las de Eli que me llega hasta la mitad del muslo.
—Hay pepitas de chocolate, por si te apetece cocinar —masculla Eli.
—Y yo que pensaba que seguías dormido.
—Lo estoy.
Resoplo suavemente y me vuelvo hacia él. —¿Y qué esperas que haga
exactamente con unas pepitas de chocolate?
—Ya se te ocurrirá algo. —Agarrando el borde de la manta, Eli se la
echa por encima de la cabeza para protegerse tanto de seguir discutiendo
como de la luz del sol.
Mis nobles intenciones de preparar un desayuno saludable se
desmoronan cuando exploro la cocina de Eli unos minutos más tarde y me
doy cuenta de que, en mi ausencia, el contenido de su despensa ha vuelto a
consistir en batidos de proteínas y comida precocinada. Por suerte, todavía
hay huevos y harina. Combinando los escasos ingredientes con las
prometidas pepitas de chocolate, acabo haciendo unas tortitas decentes que
terminan de chisporrotear justo cuando Eli aparece en la cocina con una
sincronización impecable.
—¿Son lo que espero que sean? —Eli se estira en el umbral, con la
mirada fija en el plato que estoy llenando. Va vestido con un pantalón de
franela, sin calcetines ni camiseta, una señal de confianza que me reconforta
a pesar del deplorable revoltijo de cortes y moratones. Y no son solo las
marcas de los latigazos las que llaman la atención; el ojo morado que se las
arregló para ganarse en la pelea que él mismo buscó tiene bastante peor
aspecto que anoche.
—Pareces Rocky Balboa después de unos cuantos asaltos con Clubber
Lang —le informo, pasándole el plato—. Sea lo que sea que les pagues a
tus empleados para que finjan no darse cuenta, deberías doblarlo.
Eli suelta una palabrota.
—Lo siento —rectifico rápidamente. Ahora que sé más de Eli de lo que
creía posible, estoy aún menos segura de qué decir—. Una broma de mal
gusto. Tienes un aspecto… bueno, la camiseta te cubrirá las cicatrices de la
espalda, y tampoco es que no te hayas presentado antes en Mason
Pharmaceuticals con un ojo morado y los nudillos despellejados.
—No es eso. —Eli coge un taburete y frunce el ceño mirando su mano
antes de separar dos tortitas de la fuente y acercarse el resto del montón—.
El personal de Mason Pharmaceuticals no me preocupa. La gala benéfica
contra la violencia doméstica en la que se supone que voy a dar un discurso
esta noche es un asunto un poco más delicado.
—Ah. —Me muerdo el labio.
—Exacto.
Una risa absurda me burbujea en el pecho y doy un sorbo de café para
reprimirla, aunque la mirada lúgubre de Eli me dice que ve a través de mi
actuación.
—Ahora puedes reírte —me apunta con un tenedor lleno de tortita—,
pero el karma vendrá a darte por saco, Pelirroja.
Levanto las manos. —De acuerdo. En una escala del uno al diez, ¿cómo
de dispuesto estás a ser flexible para que eso mejore?
—Nueve con veinticinco. —Eli enarca una ceja con recelo—. ¿Por qué?
Allá vamos. Voy a por el bolso que dejé en su sofá modular, saco el
móvil y llamo a mi padre por FaceTime. Puede que Tom Nelson odie todo
lo que Eli representa, pero en su vida le ha negado la atención a un paciente,
y estoy segura de que no va a empezar esta mañana. Solo espero que se
guarde para sí sus pensamientos más mordaces.
—Dani, cielo, qué alegría verte. —El rostro sonriente de mi padre llena
la pantalla del móvil y la ligera carraspera de su voz me recuerda a casa.
Frunce el ceño—. Tienes esa mirada. ¿Está todo bien? ¿Cómo puedo
ayudar?
Niego con la cabeza y sonrío. No sé cómo lo hace, pero mi padre
siempre sabe cuándo me ronda algo por la cabeza. Aún no sé cómo me las
arreglé para ocultarle lo de la violación del instituto, salvo que a veces hay
cosas demasiado difíciles de admitir. Me aclaro la garganta. —Un amigo
mío tiene un… inoportuno ojo morado que necesita tener mejor aspecto en
unas doce horas. ¿Alguna idea?
Mi padre enarca una ceja. —¿Y tu amigo es por casualidad Eli Mason?
—¿Importa quién es, papi? ¿Se puede hacer algo?
Mi padre abre las palmas de las manos. —Ayudaría que pudiese ver el
problema. A menos, claro, que alguien de la talla del señor Mason no se
digne a hablar directamente con un mero boticario —continúa, y el
estómago se me encoge con cada palabra—. Teniendo toda una industria
farmacéutica al alcance de la mano…
—Estoy aquí, señor. —Eli se pone a mi lado, dentro del plano de la
cámara, y asiente respetuosamente hacia mi padre. Me doy cuenta de que se
ha puesto una camiseta en algún momento—. Si hay algo dentro de su
campo que pueda ayudar, se lo agradecería.
Mi padre parpadea un par de veces, recuperando claramente la
compostura mientras Eli espera pacientemente. Sin embargo, cuando papá
habla, su tono adopta una nota felizmente profesional. Por la tensión
alrededor de sus ojos, veo que todavía no le entusiasma ayudar a quien
dirige Mason Pharmaceuticals, pero el médico que lleva dentro se está
imponiendo, como sabía que pasaría. —Muy bien, jovencito. Echemos un
vistazo. Mueva la cámara para que pueda verlo bien.
Eli sigue las instrucciones con obediencia incuestionable, incluyendo el
informarle a mi padre sin inmutarse de que se ha ganado el ojo morado en
una pelea. Justo cuando empiezo a preguntarme si he malgastado el tiempo
y la paciencia de todo el mundo esta mañana, mi padre da un golpecito en la
mesa, señal inequívoca de que ha llegado a algún tipo de conclusión.
Vuelvo a acercarme el móvil.
—¿Alguna idea? —pregunto esperanzada.
—Solo el tiempo lo eliminará por completo, pero sin duda podemos
acelerar el proceso. La primera parte es fácil: infusionar y enfriar dos
bolsitas de té para usarlas como compresa. El frío y la cafeína ayudarán a
reducir parte de la inflamación.
—¿Y la segunda parte?
—Sanguijuelas.
—¿Qué? —Me froto la nariz con la base de la palma de la mano—.
Papi, por favor. ¿Podemos bromear en otro momento?
—No es una broma —dice Eli, Eli, detrás de mí, con la voz cargada de
resignación—. Es correcto. Solo que no es lo que quería oír.
Mi padre junta las cejas. —No sabía que en Mason Pharmaceuticals se
invertía en la formación sobre medicina alternativa —dice a la cámara,
intentando mirar por encima de mi hombro hacia donde está Eli sentado en
el sofá, con los antebrazos fibrosos apoyados en los muslos.
—No lo hacemos. —Le lanza una mirada fulminante a la cámara—. El
cuerpo médico del ejército estadounidense, por otro lado, está bastante
interesado en que la gente sobreviva incluso fuera de la zona de reparto de
Amazon Prime. Elegiré los antibióticos antes que el ajo cualquier día de la
semana, pero entrar corriendo en una farmacia no es una opción en algunos
sitios.
Una comisura de la boca de mi padre amenaza con esbozar una sonrisa
ante el tono hosco de Eli. Le cuesta que le caiga mal alguien que aprecia su
oficio, y las palabras de Eli compensan con respeto lo que les falta de
entusiasmo. —¿Cuál es el problema, entonces? —pregunta.
—Las sanguijuelas —responde Eli.
—¿No le gustan las cosas viscosas? —pregunta papá.
—No me gusta que nada me clave sus dientecillos afilados en los
moratones —replica Eli con un escalofrío.
Veo que papá vuelve a poner su cara de médico mientras me dice que le
dé el móvil a Eli. Le entrego el aparato, oigo la voz de mi padre explicando
el proceso y decido darle a Eli su intimidad mientras reviso mi correo
electrónico; el mensaje de Madison Mason hace que mi humor se desplome.
Llevando el portátil a mi antiguo dormitorio, cierro la puerta con llave
antes de ponerme una chaqueta sobre la camiseta de Eli, colocarme los
auriculares y abrir la videoconferencia, con la esperanza de que la mujer no
responda. Pero lo hace. Con un peinado, una ropa y una sonrisa perfectos.
—Señora Mason. —Sonrío educadamente. Compartimentar la
información sobre los clientes es una habilidad que he aprendido con los
años, pero después de lo de anoche, todavía me cuesta cada gramo de fuerza
de voluntad mantener mi profesionalidad.
—Llámeme Madison. —Me devuelve la sonrisa con calidez—. Gracias
por dedicarme su tiempo para hablar conmigo.
Ambas sabemos que sería una idiota si no sacara tiempo para hablar con
mi clienta, pero el gesto está calculado para que piense bien de ella. Igual
que la invitación a usar su nombre de pila. Si Eli hace lo que puede para
levantar muros, Madison se esfuerza igual para crear la ilusión de conexión.
Una ilusión en la que caí junto con el resto del mundo. —¿Qué puedo hacer
por usted? —pregunto.
—Quería hacer un seguimiento de sus progresos. Veo las notas
preliminares en el portal, por supuesto, pero no hay nada como un toque
humano para poner las cosas en contexto.
—De hecho, mi borrador de informe es…
—Veo que, incluso en el poco tiempo que ha pasado con Elijah, ya ha
confirmado algunas de las preocupaciones más acuciantes de la junta
directiva sobre él —continuó Madison como si yo no hubiera hablado.
Se me contrae una ceja. —Yo no diría eso, no. Quizá…
—Bueno, veo aquí que señala al menos un incidente de comportamiento
intimidatorio que ha observado personalmente. —Madison me vuelve a
interrumpir, devolviéndonos a su camino. La pantalla se divide y aparece
una copia de mis notas en bruto—. Si leo esto correctamente, ¿el nueve de
septiembre, el director general de Mason Pharmaceuticals ordenó a una
joven becaria que entrara en su despacho y la hizo llorar sin
remordimientos?
—Señora Mason… Madison, como usted ha dicho, son notas en bruto.
Aunque su afirmación es técnicamente correcta, carece de contexto. En este
caso, el señor Mason intentaba corregir un comportamiento inapropiado.
La sonrisa de Madison es gélida. —Sin duda. Sin embargo, la política
de nuestra empresa indica que dichas correcciones deben administrarse a
través de asesoramiento, evaluaciones de rendimiento y planes de mejora
del rendimiento por escrito, que se entregan tanto al empleado como al
departamento de recursos humanos. La política de la empresa también
indica a los directivos que proporcionen formación y apoyo correctivo a los
empleados con bajo rendimiento. Dígame, ¿observó usted que se le
ofreciera formación o medidas correctoras adicionales a esta persona?
—Que yo sepa, no —reconozco—. Pero, de nuevo, para ser justos con
el contexto, creo que esas opciones ya se habían agotado.
—Qué extraño. —Madison frunce el ceño—. No hay documentación al
respecto en el expediente personal de la becaria.
Eli y su maldito papeleo. Se podría pensar que un hombre que cuelga
cuadros con una regla podría molestarse en mantener sus archivos en un
orden razonable. Aunque, a quién quiero engañar. Eli se ocupa de la
realidad, no del papel.
—Quizá fue un incidente aislado —continúa Madison en la pantalla—.
¿Ha sido usted testigo personalmente de un comportamiento similar durante
su tiempo en Mason Pharmaceuticals? ¿Dirigido contra usted, quizá?
Un escalofrío incómodo me recorre la espina dorsal. —No estoy segura
de entender la pregunta.
Madison frunce los labios. —Le pregunto por su experiencia personal
de primera mano, señorita Nelson. ¿Elijah, en su calidad de director general
de Mason Pharmaceuticals, alguna vez la maltrató verbalmente?
—No.
—¿Así que no la mandó a su despacho el diecisiete de septiembre y
procedió con una perorata que no terminó hasta que usted misma, una
psicóloga cognitiva profesional cualificada, se echó a llorar?
Se me encoge el estómago. No había documentado ese incidente en mis
notas, y estoy segura de que Eli no llamó a su madre para hablar de ello. Y,
sin embargo, Madison lo sabía. O tiene a su gente infiltrada en la suite del
director general o… o tiene a Zana. Una Zana malcriada, vengativa y
enfadada por haber sido despedida.
Madison pasa una página de la carpeta manila que tiene sobre el
escritorio. —Y más tarde ese día —continúa—, ¿no le impidió el señor
Mason subir a un vehículo que usted había contratado, a pesar de sus
protestas, obligándola a subir en su coche particular?
Wyrd. Me he metido en un nido de cobras, y ahora no sé ni qué decir.
Trago saliva. Elijo mis palabras. Madison se me adelanta.
—Como le dije, señorita Nelson, le agradezco que comparta sus notas
preliminares con Mason Enterprises y espero con interés el informe
realmente terminado. —Cierra la carpeta y sus ojos me atraviesan a través
de la pantalla—. Por favor, no vuelva a malinterpretar mi cortesía como una
debilidad, señorita Nelson. Cuando la contraté para escribir un informe,
esperaba un relato completo del comportamiento de Elijah, no una versión
escogida que su cara bonita y otras cosas podrían haber inspirado. Intente
tomarme por tonta de nuevo y haré que le quiten la licencia. —Se detiene.
Sonríe. Se acerca al teclado y se para—. Y, Dani…, enderece ese paisaje de
Monet que tiene detrás. Odio ver la casa de mi hijo en tal desorden.
ELI
C on el plan de acción trazado, Eli se metió en la ducha y se cambió
para ir a trabajar mientras Dani terminaba con sus correos electrónicos. No
recordaba la última vez que se había levantado tarde, pero nada de lo
ocurrido en las últimas veinticuatro horas había sido normal, nada
remotamente corriente en los altibajos que habían barrido su alma.
Dejando a un lado las exigencias de la realidad, lo único que le apetecía
a Eli hoy era holgazanear en la cama, follando con aquel pequeño terremoto
pelirrojo en todas las posturas posibles. Quería verla correrse debajo de él,
encima de él, a su lado. Ver su cara sonrojada de satisfacción, su cuerpo
flácido como el de una muñeca de trapo por el placer. La polla se le
contrajo con tanta fuerza ante esa idea que Eli tuvo que detenerse y apoyar
la frente en la pared hasta que la presión cedió.
Cuando por fin bajó, se detuvo un momento más solo para observar a
Dani sentada en la barra de la cocina, con su delicioso labio inferior entre
los dientes.
Dani era… diferente. La única persona cuya mera presencia disipaba
una pesadilla. Que podía quitarle la camisa ensangrentada en la ducha un
minuto y confiarle los secretos de su cuerpo al siguiente. Que buscaba una
forma de ayudarle a calmar un ojo morado que ambos sabían que se
merecía.
La pregunta ahora era qué iba a hacer Eli al respecto.
Volviendo a colocarse detrás de la barra, acercó su plato de tortitas,
aunque mantener la atención en la tarea en lugar de estudiar cómo su
camiseta demasiado grande rozaba los muslos de Dani era
endemoniadamente difícil.
—Bueno —empezó—. Va a ser un día ajetreado.
—¿Mmm? —Dani rodeó su taza de café con las manos.
Eli se enderezó.
—Primero, las cosas viscosas. Y si eso falla, estaba pensando que un
disfraz de pirata con un parche en el ojo sería un plan B cojonudo. —
Intentó captar su mirada y fracasó, pero con lo rápido que se le había
acelerado el pulso de repente, no era de extrañar. Joder. Se sentía como un
colegial, con las palmas sudorosas y la boca seca. Era ridículo. Había
entrado en zonas de guerra con los nervios menos alterados—. Si te
dignases a acompañarme al acto benéfico —dijo tras un último empujón
mental—, me encantaría comprarte algo a ti también.
Nada. Ninguna respuesta.
Se aclaró la garganta.
—¿Un loro, quizá?
—¿Qué? —Dani levantó la cabeza de golpe, y aquellos hermosos e
inteligentes ojos se pusieron al día con la conversación—. ¡Lo siento! El
acto benéfico. Me halaga, pero…
—¿Pero?
Ella se removió en el sitio.
—¿No sería un poco incómodo? Quiero decir, ¿en calidad de qué me
presentaría? ¿Excompañera de piso antagónica? ¿Amienemiga? ¿Amante
ocasional? No es que sea material de alta sociedad, precisamente.
¿A qué venía eso? Eli entornó los ojos.
—¿Qué tal servicio de acompañante de élite?
La pelirroja abrió la boca, indignada.
Él se encogió de hombros.
—Tú has sido la que ha sacado el tema de la alta sociedad. ¿Acaso crees
que la perfección que ves no recibe ayuda de diseño?
La atención de Dani se desvió hacia la camisa de Eli y su cara se
arreboló. Sí. Había dejado clara su postura. Pero él quería algo más que
ganar el asalto; la quería a ella.
—Ven como mi acompañante y dejémoslo ahí —ofreció.
La sonrisa dubitativa de Dani le provocó una oleada de calor.
—En ese caso, me encantaría ir —dijo en voz baja—. Gracias.
Excelente. Las palabras exactas que quería oír. Excepto que…
—¿Te preocupa algo, pelirroja?
Ella negó con la cabeza demasiado rápido.
—Solo un pequeño contratiempo con unos informes. Nada de lo que
preocuparse.
—Entonces, ¿por qué estás preocupada?
—No lo estoy. —Dani le dio un trago al café.
A Eli se le oprimió el pecho y un escalofrío gris se posó sobre lo que
había sido un ánimo en alza. Le estaba mintiendo. O porque no confiaba en
él, o porque acababa de hundir su carrera. Ninguna de las dos opciones
auguraba nada bueno. De repente, sin apetito, Eli guardó el resto de sus
tortitas a medio comer en la nevera y le dedicó a la mujer un saludo militar
mudo.
—Yo… le pediré a Sky que te ayude a conseguir algo apropiado para ti
y te recogeré a las seis. Solo dime dónde estarás.
E li solo llevaba una hora en la oficina —se había desviado para
conseguir unas cuantas sanguijuelas hambrientas en lo que hacía las veces
de Chinatown en Denton Valley— cuando su nueva recepcionista, Louise,
apareció en la puerta. Andaría por la treintena y era todo lo que Zana no
había sido. Responsable. Discreta. Diligente hasta la médula.
—Señor Mason, hay un tal señor Brock Talbot, de Seguros Talbot, en la
entrada. No tiene cita, pero, dado que es de la cúpula directiva…
—¿Está diciendo que es un pez gordo y que debería portarme bien y
recibirlo? —preguntó Eli. El nombre de Talbot le sonaba de una queja
reciente sobre anuncios en línea, pero Eli no podía entender por qué la
empresa no se habría dirigido directamente a su gente de gestión de riesgos.
—Yo… —Louise vaciló, tratando claramente de averiguar qué quería
Eli que dijera. Dani nunca hacía eso. Ella decía lo que pensaba. Al menos,
hasta esa mañana.
Eli levantó una mano apaciguadora hacia su asistente.
—Intentaba decir que estoy de acuerdo con su valoración, Louise. Si
puede hacerle un hueco, hágale pasar.
Louise sonrió, y el alivio inundó sus facciones.
—Muy bien, señor.
—Louise, espere. —Eli levantó un dedo—. ¿Qué tal se ve el ojo?
Ella parpadeó sin inmutarse.
—¿Qué ojo, señor?
Eli bufó. Recursos Humanos debía de haber llegado hasta Londres para
encontrarla.
—El que está morado y es tres veces más grande que la semana pasada.
—Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en el escritorio—. Si
usted y yo vamos a trabajar juntos, debe saber que solo despido a la gente
por decirme la verdad el veintinueve de febrero. El resto del tiempo está a
salvo.
Un atisbo de sonrisa. Con esta iba a tener trabajo.
—Sí, señor. En ese caso, solo parece el doble de grande de lo esperado.
—Excelente. Entonces, ¿puede acompañar a estos caballeros a una sala
de espera y hacer pasar a Talbot? —Eli le tendió el pequeño cubo con
sanguijuelas a Louise, quien, una vez más, no pestañeó ante la petición.
Una vez reubicadas las sanguijuelas para digerir su desayuno, Eli se
recostó en su silla mientras Talbot entraba con paso pesado por el umbral.
Ataviado con un Armani de tres piezas bien entallado, Talbot era fornido, de
pecho ancho y, si su pelo entrecano servía de indicio, rondaría los cincuenta
y pocos. Su mandíbula bien afeitada dejaba al descubierto una gruesa
papada, pero el hombre parecía estar en buena forma.
—Señor Mason —dijo Talbot, tendiéndole la mano sin esperar a que Eli
hablara primero—. Soy Brock Talbot. Gracias por recibirme.
Eli se levantó para estrecharle la mano y le señaló una silla libre antes
de volver a ocupar la suya.
—En absoluto. ¿Qué puedo hacer por usted?
—En realidad, hay algo que yo puedo hacer por usted. —Los pequeños
y hundidos ojos de Talbot intentaron en vano no mirar de un lado a otro
entre el ojo morado y los nudillos reventados de Eli—. Espero que me
perdone por irrumpir así, pero vengo de un congreso local de seguros y no
podía dejar pasar la oportunidad de pasarme por aquí. Tengo entendido que
hay una psicóloga cognitiva llamada Danielle Nelson que tiene a
Farmacéutica Mason bajo investigación.
Y se acabó el mantener las cosas en secreto. Cogiendo su bolígrafo, Eli
lo hizo sonar con el pulgar.
—No estoy autorizado a hablar de operaciones internas —dijo Eli, con
un tono displicente a pesar de que se le erizaba el vello de la nuca—.
Seguro que lo entiende.
—Por supuesto. —Talbot hizo una leve inclinación de cabeza en señal
de asentimiento—. Entonces, ¿qué tal si yo hablo y usted simplemente
escucha? Si el asunto no le concierne ahora, tómelo como una advertencia
para el futuro. Soy un hombre que todavía cree en la cadena de favores y
me gustaría hacer por usted lo que desearía que alguien hubiera hecho por
mí.
Eli hizo sonar su bolígrafo, con el rostro impenetrable.
Talbot suspiró, frotándose las palmas de las manos sobre los muslos.
—El timo funciona más o menos así. La señorita Danielle Nelson —una
joven ambiciosa y físicamente atractiva— se acerca al consejo de
administración de grandes corporaciones con la oferta de evaluar a
cualquier ejecutivo influyente al que alguien del consejo le tenga manía, a
cambio de una suma considerable. Una sicaria con credenciales. Una vez
que se identifica el objetivo y se transfiere el dinero, la señorita Nelson pasa
a la acción. ¿Le suena de algo todo esto hasta ahora, señor Mason?
—En absoluto.
Talbot sonrió.
—El siguiente acto de esta farsa ocurre cuando la señorita Nelson entra
en contacto con el objetivo. Como psicóloga y estafadora entrenada, utiliza
todos los trucos habidos y por haber para ganarse la confianza de su víctima
con artimañas. Largas conversaciones. Cenas. Tiempo a solas fuera de la
oficina. No creía ser susceptible a tales tácticas hasta que piqué el anzuelo
con sedal y todo. Aunque no lo sabía en ese momento, es el mismo truco
que los espías han utilizado durante siglos; en el gremio lo llaman una
«trampa de miel».
Talbot hizo una pausa, arqueando las cejas. Eli quería retorcerse, pero
no lo hizo.
—Antes de darme cuenta, estaba compartiendo más información de la
que jamás había pretendido —continuó Talbot.
—¿De qué estamos hablando? —preguntó Eli—. ¿Secretos
comerciales? ¿Investigación y desarrollo? ¿Código patentado?
Talbot se rio entre dientes.
—Quizá si la hubiera contratado otra persona, habría sido así. Pero, en
este caso, su cheque venía de mi junta directiva. Y allí había alguien que
quería información más personal. Cosas que pudieran usarse para
manipularme, para escribir informes que tuvieran la suficiente verdad para
tener peso, pero que distorsionaran la realidad a gusto de quienes le
pagaban. En mi caso, alguien de la junta tenía un familiar que aspiraba a mi
puesto. Y lo siguiente que sé es que anda circulando un dosier para discutir
mi «personalidad narcisista y tendencias agresivas», todo ello con mis
propias palabras tergiversadas para respaldar las conclusiones.
Un escalofrío recorrió las venas de Eli; la historia tocaba demasiadas
notas plausibles. Si Talbot no hubiera estado hablando de Dani, de su Dani,
le habría costado mucho descartarla. Pero Eli conocía a la pelirroja.
Íntimamente.
Igual que ella lo conocía a él.
—En fin… —Talbot se rascó la mandíbula afeitada—. Me considero
afortunado de que una excedencia forzosa sea toda la cicatriz de guerra que
me ha quedado. Por ahora. Esa mujer tiene un dosier lleno de una mezcla
tan delicada de verdades y mentiras que ni todo el gobierno federal sería
capaz de separar la realidad de la ficción. Espero que nunca se la encuentre,
señor Mason. Pero si lo hace, o si ya lo ha hecho, espero que vea la jugada
tal y como es. Se lo digo yo, esa mujer le abrirá en canal de arriba abajo si
no tiene cuidado.
Clic. Clic. Clic. El sonido del bolígrafo de Eli llenó el silencio que
siguió mientras Talbot se sacudía motas de polvo invisibles del traje y a Eli
se le revolvía el estómago. ¿Acaso el discurso de Talbot no se parecía
mucho al que Eli se había dado a sí mismo cuando Danielle Nelson entró
por primera vez por su puerta? ¿No ondeaban todas las señales de alarma al
viento con más fuerza que nunca?
—¿Mi consejo? —Talbot se inclinó hacia delante, moviendo su
considerable papada—. Bloquéela por todos los medios posibles. Si, por
supuesto, alguna vez se cruza en su camino. Ah, y prepárese para transferir
una suma considerable de dinero a la cuenta bancaria de su abogado.
DANI
D oy una vuelta delante del espejo del baño principal de Eli y el
vestido de gasa de color jade claro flota alrededor de mi reflejo. Todavía
llevaba la etiqueta con el precio cuando el servicio de mensajería urgente lo
dejó hace unas horas, y he tardado una hora al teléfono con Sky para
armarme de valor y coger el vestido. Con un corte princesa en línea A, el
vestido cae hasta el suelo, la manga larga de un lado contrasta con el brazo
desnudo sin manga del otro. Si a eso le añadimos el único volante vaporoso
que cae por la espalda, es la prenda más bonita que me he probado nunca, y
mucho menos llevado.
—Estás muy guapa. —La mirada de aprobación de Eli, que se une a mi
reflejo, me recorre de la cabeza a los pies antes de asentir con aprecio. Ni
siquiera me había preguntado la talla, pero el vestido me queda mejor que
nada que haya tenido nunca. También ha costado más que toda la ropa que
he tenido en mi vida junta.
—Por favor, dime que es de alquiler. —Paso el dedo por la tela—.
Como esos esmóquines que os ponéis un día y luego devolvéis.
—Es de alquiler —acepta Eli sin dudar.
—¿De verdad?
—No. —Me dedica una sonrisa pícara, pero a pesar de un ojo con
mucho mejor aspecto, la tensión le marca el ángulo duro de la mandíbula.
—¿Va todo bien? —pregunto, apartándome del espejo para sentarme en
la alta cama de Eli mientras él se pone la chaqueta del esmoquin—.
Pareces... bueno, preocupado.
Las manos de Eli dudan sobre la corbata y luego se afanan con el nudo.
—¿Qué instrucciones concretas recibiste del consejo de administración que
te contrató para este proyecto?
Se me tensa el cuello. Por doscentésima vez, ojalá pudiera rebobinarlo
todo para no haberle prometido nunca confidencialidad a Madison Mason.
Para no haberle dado nunca mi palabra. Pero lo había hecho. Así que le doy
a Eli todo lo que puedo sin romper el maldito compromiso. —Realizar una
evaluación psicológica completa al director ejecutivo de la sucursal de
Productos Farmacéuticos Mason en Denton Valley. Eso ya lo sabes.
—¿Te pagan por llegar a una conclusión en particular?
—¿Cómo? —Un calor me recorre de repente y me pongo en pie al
instante, con las manos en las caderas—. ¿Me estás acusando de ser el
equivalente profesional de una prostituta? Porque si, después de todo lo que
hemos compartido, sigues pensando que eso es siquiera posible, yo...
—Hoy he hablado con un antiguo cliente tuyo —me interrumpe Eli, con
voz tranquila. Uniforme—. Esta persona estaba... consternada por tus
conclusiones. Sentía que la habían manipulado para que revelara
información que luego se utilizó injustamente en su contra.
—Wyrd. —Me siento de nuevo, dejando que el torbellino de
pensamientos me recorra, ordenándolos sobre la marcha. ¿Había sido
Talbot? ¿Me estaba siguiendo como sospechaba mi cerebro paranoico?—.
¿Cómo ha sabido que tenía que dirigirse a ti?
La voz de Eli se endurece. —Esa no es la parte importante.
Trago saliva, dándome cuenta por fin de la tranquila furia de Eli. No
solo se había violado su confidencialidad —una transgresión imperdonable
de la que tendré que llegar al fondo más tarde—, sino que quienquiera que
se hubiera metido en sus asuntos había logrado tocarle todos los puntos
débiles.
—Está bien. —Echando mano de mi repertorio de trucos profesionales,
saco una voz firme y tranquila a pesar de mi corazón acelerado—. Vayamos
paso a paso. No sé con quién has hablado, ni siquiera si esa persona dice la
verdad sobre ser un antiguo cliente...
—Se llama...
—Para. —Levanto una mano para interrumpirle—. No puedes
preguntarme la identidad de los clientes, Eli. —Hago que mi voz suene lo
bastante firme como para ahogar mi propia tentación de preguntar por
Talbot—. No solo es ilegal según las leyes HIPAA, sino que rompe mi
obligación ética con ellos y con el consejo de administración de su empresa.
Siento muchísimo que te haya pasado a ti. Pero no puedo hacerle eso a
nadie más.
—Mmm. —Eli hace un ruido con la garganta, metiéndose las manos en
los bolsillos como si dijera qué conveniente.
Vuelvo las palmas de las manos hacia él en un gesto conciliador. —No
estoy cortando tu pregunta, solo la parte de compartir datos identificativos.
En aras de la discusión, supongamos que esta persona era realmente un
evaluado. —No importa que sea mi primer encargo en el oeste de Estados
Unidos—. Y te ha dicho algo en el sentido de que he perjudicado su carrera.
—¿Esta es la parte en la que me aseguras que te ha mentido? —
pregunta Eli.
—No. Esta es la parte en la que te digo que probablemente te ha dicho
la verdad. —Abro mucho las manos mientras Eli parpadea ante la
afirmación. Bien. Eso significa que está escuchando—. La mayoría de los
ejecutivos que me contratan para evaluar no son buena gente. Dime, ¿tú
contratarías a un psicólogo para evaluar a un líder estelar, o a uno sobre el
que tuvieras serias dudas?
Eli hace una pausa.
—Con la excepción de las evaluaciones previas a la contratación, a
menudo trato con personas que no son aptas para los puestos que ocupan —
continúo rápidamente—. Estadísticamente hablando, este antiguo cliente, lo
más probable, es que perteneciera a este último grupo. Pero fue por la
verdad, no porque yo fuera a por él.
Eli suelta un largo suspiro. Sigue acalorado, con la tensión aún
atenazándole el rostro, pero está escuchando. Pensando. Evaluando. Que es
una de las cosas que más me gustan de él. —¿Y qué hay de las reuniones
fuera del trabajo? —pregunta—. ¿Conversaciones informales que se usan
para recabar...? —Hace una pausa.
—¿Recabar qué? —le animo.
Eli chasquea la lengua. Piensa antes de hablar. —No sé. Los trapos
sucios. Admisiones de parte.
—¿Como... hechos? ¿O te imaginas que se inventan cosas
desagradables sobre sí mismos para impresionarme?
—Buen punto —admite Eli—. Hechos. Aun así, la pregunta sigue en
pie.
—Si me estás preguntando si dejo que los clientes elijan dónde se
sienten cómodos para hablar, la respuesta es sí. A algunas personas les gusta
una claustrofóbica sala de conferencias. —Hago una pausa para levantar
una ceja hacia él—. A otras les resulta más cómoda una cafetería o un
restaurante. Si me preguntas si he mantenido relaciones sexuales con alguno
de mis clientes, la respuesta es absolutamente no. Con una notable
excepción que ambos conocemos.
Me levanto y me acerco a él. Le miro a esos penetrantes y vulnerables
ojos grises. —Una cosa que puedo prometerte, Eli Mason, es que informo
de la verdad. Una verdad imparcial. No importa lo que el consejo piense
que haré cuando me contrate, o lo que el evaluado piense que concluiré
cuando justifique un flagrante acoso sexual. Yo digo la verdad.
Eli me estudia un momento más, y luego, tomándome la cabeza entre
las manos, se inclina y me besa en la frente. —Te creo —dice en voz baja
en mi pelo, y no puedo evitar levantar la cara hacia él, todo mi ser
anhelando su contacto. Su aceptación. Su confianza en que las cosas que
compartimos anoche nunca saldrían de mi boca.
Los pulgares de Eli bajan para trazar mis pómulos, sus dedos
recorriendo lentamente mi piel hasta que mis muslos y pechos hormiguean.
Cierro los ojos, bebiendo las sensaciones, y entonces se me corta la
respiración cuando sus labios se presionan contra los míos. Al instante, su
beso se vuelve más penetrante, más absorbente, mientras su lengua se
adentra en mi boca.
Mi lengua se encuentra con la suya avivando las llamas, su sabor a
menta es directamente adictivo. Después de la tensión de antes, el toque
seguro de Eli es como una válvula de presión que se libera, las potentes
sensaciones se apoderan del aquí y el ahora hasta que me pierdo en él. En
nosotros.
El sonido de un mensaje de teléfono se entromete cruelmente en nuestra
conexión y Eli suaviza sus labios antes de apartarse a regañadientes.
Dejando escapar un largo y lento suspiro, apoyo la frente en su cuello.
—Ya ha llegado nuestro transporte —dice Eli. En lugar de ir a su
camioneta, me lleva a la parte delantera de la residencia, donde una
limusina se detiene.
—¿En serio? —Mis ojos se abren de par en par.
Eli se encoge de hombros. —No estaba seguro de que pudieras subir a
un vehículo alto con ese vestido.
Qué gracioso. Pero... Pero también especial.
Una vez que llegamos al evento benéfico, que se celebra nada menos
que en el salón de baile del Hotel Broadmoor, Eli me acompaña al interior,
con su cálida palma en la base de mi espalda. A pesar del sonido del piano
que viene del evento principal, no puedo evitar detenerme a admirar el
vestíbulo. Con su techo de vidrieras con iluminación interior, su lámpara de
araña de cristal y sus sillas Reina Ana de terciopelo rojo, me siento como
una impostora.
—¿En qué pensabas? —pregunta Eli, volviéndome hacia él.
—En nada. —Me encojo ante su mirada penetrante. Incluso con restos
del moratón aún trazando su ojo, el hombre parece un anuncio andante de
glamur masculino. Es verdaderamente injusto—. Es que esto es tan...
elegante. No es como estoy acostumbrada a vivir. Voy a desentonar aquí.
—Yo estoy acostumbrado a tomar batidos de proteínas para desayunar,
pero —como tú y tus setas habéis demostrado— una desviación de vez en
cuando no es mortal. —Una comisura de sus labios se contrae—. Pero por
si alguien duda de tu lugar aquí... —Antes de que pueda preguntar qué está
haciendo, Eli me roza la mejilla con una mano y se inclina para besarme
con el mismo abandono absoluto que en casa.
Wyrd. Debería haberme puesto un salvaslip.
Apartándose con una expresión de satisfacción felina, Eli aprovecha que
me he quedado sin palabras para guiarme el resto del camino hacia el
extenso salón de baile.
Al igual que el vestíbulo, el del Broadmoor es una obra de arte. De
fondo, un pianista de esmoquin arranca notas de Mozart del piano de media
cola, la larga barra de madera de nogal frente al piano brilla como una joya
pulida. Unas treinta mesas redondas y un escenario cubierto al frente
completan el aspecto, un gran cartel junto al podio informa a los invitados
de que la Alianza contra el Abuso Sexual y Doméstico de Denton Valley
está afiliada a la Sociedad Internacional para la Salud Mental.
Al menos esa organización me resulta familiar del ámbito de la salud
mental, el logotipo en forma de tierra me saluda como un viejo amigo.
—¡Dani! —Con un precioso vestido rosa pálido con escote corazón,
Sky me sonríe acogedoramente antes de negar con la cabeza a Eli. El negro
de su esmoquin contrasta maravillosamente con sus rizos pelirrojos—. ¿No
podías dejar de entrenar un día? ¿O al menos mantener mejor la guardia?
Eli le dedica a Dani una sonrisa pícara, aunque pillo las miradas
desafiantes que intercambia con Cullen y Liam por encima de la cabeza de
Sky. Sí, los hombres saben que Eli no estaba entrenando. También parecen
saber que es mejor no mencionarlo. Al menos el ojo tiene mejor aspecto
ahora, con solo un poco de decoloración en lugar de una hinchazón masiva.
Un punto para la medicina holística.
—Entonces, ¿cuál es el orden del día para esta noche? —pregunta Eli a
los chicos mientras su mano en la parte baja de mi espalda nos guía hacia la
barra. Si pensaba que el hombre estaba impresionante con traje, el
esmoquin que lleva hoy eleva la belleza natural de Eli a un nuevo nivel.
—La asistencia ya supera en un veinte por ciento la esperada —dice
Cullen, pidiendo un whisky—. Incluido tu buen amigo Garibaldi.
Eli gruñe.
—No te preocupes, creo que está tan interesado en mantenerse alejado
de ti como tú de él esta noche. ¿Sabes lo que vas a decir?
—Yo no mencionaría ojos morados —dice Liam sin el menor rastro de
humor.
Eli responde algo que pierdo mientras un destello de pelo canoso entre
la multitud hace que se me hiele el corazón. Por un segundo, todo lo que
puedo hacer es mirar fijamente al otro extremo de la sala donde vi ese pelo,
mientras el cuello se me tensa al recordar las manos de Talbot en mi
garganta. Luego el momento pasa y me obligo a respirar. Sí, probablemente
he visto pelo canoso. De hecho, una buena mitad de los invitados entra en
esa categoría. La conversación con Eli de antes simplemente ha preparado
los recuerdos, me digo a mí misma en tono profesional. Estás viendo tus
miedos porque son señales de acceso.
Regresando mi atención a la conversación, pillo a Liam observándome
con la misma expresión seria que tenía al dirigirse a Eli. Apartando la
cabeza del profesional de la seguridad, pillo a Sky en medio de una
entusiasta frase.
—...sobre el Pueblo Mason. Nadie aquí es inmune a una buena
oportunidad de inversión, así que el proyecto toca las dos vertientes. Como
faltan diez días para cerrar la compra del edificio, también es oportuno.
¿Diez días? Trago saliva. Parece que fue ayer cuando Eli y yo tuvimos
nuestras ilustres presentaciones, con él preguntándome si era una stripper y
yo pillándole planeando arrasar con media docena de pequeños negocios. Y
sin embargo, aquí estamos, con las excavadoras casi listas.
—No lo vamos a llamar Pueblo Mason —dice Eli con un pequeño
gruñido de advertencia. Dejando a un lado la convención del nombre, sin
embargo, el Tridente está cómodo en este mundo de vestidos de mil dólares,
eventos benéficos de alto nivel y debates sobre arrasar una manzana entera
de medios de vida para instalar su visión.
—¿Qué pasa? —Eli me pilla a mitad del pensamiento, su mirada me
atraviesa.
—Nada. —Fuerzo una sonrisa. El evento benéfico de esta noche
significa claramente mucho para Eli; no es el momento ni el lugar para
debatir la moralidad de una decisión empresarial importante—. Además, si
Madison se sale con la suya y tuerce el informe, Eli no podrá cerrar el
trato. No es que yo permitiría que mis palabras fueran tergiversadas ni por
eso, pero claramente eso no la detendrá de intentarlo.
Eli inclina la cabeza, apretando la mandíbula. —Detesto, pero de
verdad, que me mientan, Pelirroja —dice en voz baja en mi oído.
Suspiro. —Cuando era pequeña, el pequeño negocio de mis padres fue
demolido por tiburones corporativos. Así que soy un público bastante
parcial para discutir planes de destruir medios de vida, sin importar lo
grandioso que sea el proyecto final. Lo siento. Es que no puedo evitar,
eeeh...
—Creo que las palabras que estás buscando son «sino hacer
suposiciones» —dice Cullen, con voz baja. Dura. Del tipo que hace que se
me erice la piel.
Sky le dirige a su prometido una mirada de reproche.
Cullen niega con la cabeza, sin retroceder ni un centímetro ante la
repentina dureza. —Antes de que presuma conocer la mente de alguien,
señorita Nelson —o esperar que ellos conozcan la suya—, podría considerar
pedir información. Así es como funcionan las cosas en nuestros círculos.
—Relájate, Hunt. —Poniéndose entre Cullen y yo, Eli me aparta un
mechón de pelo detrás de la oreja—. No se está echando a nadie, excepto a
un casero miserable que lleva años amargando la vida a más de doscientas
familias. Los negocios afectados sufrirán inconvenientes, pero les estamos
ofreciendo un alquiler con descuento para compensar cualquier pérdida de
ingresos, y contratos de arrendamiento justos. Hemos probado todas las
demás vías, pero el cabrón tiene un equipo legal de primera que bloquea
todas las quejas del departamento de vivienda. Embargar físicamente y
reconstruir es la única manera de echarlo.
—Ah. —La mezcla de alivio y bochorno que me recorre calienta mi
piel. Poniéndome de puntillas, rozo los labios de Eli, al diablo con los
curiosos—. Ahora que lo pienso, Pueblo Mason sí que tiene gancho.
—Tú también no, Pelirroja. —Eli pone los ojos en blanco, recuperando
rápidamente la compostura mientras la anfitriona se acerca para invitarle a
subir al escenario.
Cojo mi bebida y me muevo hacia las ventanas para tener una mejor
vista del escenario y... y sí, para alejarme un poco de Cullen. Quizá me
convierta en una sensiblera, pero no estoy segura de poder estar cómoda
nunca con el sonido de los hombres ladrándome, por muy contenida que sea
su dureza.
—Señorita Nelson. —Una voz familiar a mi espalda hace que la copa se
me resbale de la mano, y solo un golpe de suerte evita que la flauta de
cristal caiga al suelo. Brock Talbot. Aquí. De verdad—. No esperaba verla
aquí. El mundo es un pañuelo, ¿verdad?
Mi cuerpo se congela. Excepto que en lugar de mirar directamente al
hombre, miro sin expresión al escenario al que Eli está subiendo ahora entre
crecientes aplausos. Como si ignorar a Talbot pudiera hacerle desaparecer.
En el escenario, Eli agradece a los invitados por asistir a la gala anual de
recaudación de fondos de la Alianza contra el Abuso Sexual y Doméstico de
Denton Valley, el foco de luz juega atractivamente con su pelo y sus solapas
brillantes.
—Seguros Talbot ha sido un donante importante para varias
fundaciones de mujeres y niños bajo mi dirección —continúa Talbot como
si estuviéramos teniendo una conversación real—. Por supuesto, eso se ha
acabado. Gracias a usted.
No digo nada. La lengua se me ha pegado al paladar y el corazón me
galopa tan fuerte que me sorprende que no se me haya salido del pecho.
Intentando ser sutil, doy un paso más cerca de la pareja de mediana edad a
mi derecha, mis ojos ya trazan un camino para volver a donde Sky y los
otros todavía están relajados junto a la barra.
Talbot acorta la distancia, su colonia con olor a rosas me llena la nariz.
—Estaré encantado de acompañarla con sus nuevos amigos —dice Talbot,
siguiendo la dirección de mi mirada—. O, debería decir, con los viejos
amigos de Eli Mason. Si es eso lo que está segura de que quiere.
El corazón me late con fuerza. —¿Por qué no iba a serlo?
—Por ninguna razón. A menos, por supuesto, que su señor Mason no les
haya dicho quién es usted en realidad. Cuál podría ser la verdadera razón de
su visita a Denton Valley. ¿Qué ficción ha difundido esta vez? ¿Es usted una
empleada temporal de la sede? ¿O es más bien una chica de compañía
ahora?
Cierro los ojos, mis manos tiemblan. ¿Cuánto tiempo lleva el hombre
aquí, en Denton Valley? ¿Desde que llegué? ¿Era realmente el hombre que
vi en el hotel, o al menos eso fue solo mi imaginación?
En el escenario, el discurso de Eli está en pleno apogeo, sus tonos
dulces fluyen del altavoz como música.
—¿Qué quiere? —le pregunto a Talbot.
—Una disculpa —responde sin dudar—. Me ha causado muchos
problemas, señorita Nelson. Y me gustaría oírla disculparse por ello.
Ignorando a Talbot, me concentro en el escenario.
—La DVASDA ha proporcionado comida, ropa, refugio, cuidado de
niños y otros recursos a cientos de personas en los últimos tres años —le
está diciendo Eli a su público ahora—. Y continuaremos haciéndolo
mientras sea necesario.
—Déjeme ponérselo fácil. —El duro susurro de Talbot al colocarse
detrás de mí se desliza por mi cuello expuesto—. Puede salir conmigo ahora
al pasillo, disculparse y volver antes de que su actual objetivo termine de
balbucear, o convertiremos esto en una conversación de grupo. ¿Cuánta
gente aquí se apresurará a apoyar la causa del pequeño británico una vez
que sepan que su propio consejo de administración ha enviado a un loquero
para condenarlo? A nadie le gustan los enfermos mentales, señorita Nelson.
No dan buena imagen. ¿Y toda esta gente estupenda? Por eso están todos
aquí. Para quedar bien y parecer filantrópicos. En serio, la elección es suya.
DANI
S i alguien me hubiera dicho esta mañana que había algo —lo que
fuera— que Brock Talbot pudiera decir para conseguir que me marchara a
solas con él, lo habría tachado de loco. De remate. Eso fue cuando pensaba
que yo era la única a la que Talbot amenazaba.
Antes de que demostrara, con meridiana claridad, cómo podía destruir a
Eli.
—Qué bien que la evaluadora de salud mental del señor Mason le haya
permitido venir esta noche —me susurra Talbot al oído, con un tono que
imita una conversación—. La señorita Danielle Nelson, justo ahí. De verdad
que es la mejor tratando tendencias desequilibradas. Debería buscar
información sobre ella. Apoyo personalmente la decisión de Mason
Enterprises de buscar ayuda profesional para Elijah en lugar de dejarlo de
lado… Sí, sí, yo también le he visto el ojo morado y los nudillos
reventados. Estos jóvenes ven tanta violencia en el extranjero que luego les
cuesta integrarse en la vida civil…
Se me seca la boca. Me quedo clavada en el sitio.
—Unos cuantos discursos como ese a la gente adecuada y le pondré
todo el mundo al señor Mason patas arriba. Los inversores recalcularán el
riesgo de Mason Village. La DVASDA mantendrá las distancias. Sus
amigos le harán todo tipo de preguntas indiscretas.
—Eso es mentira —susurro—. Pura mentira. Y ambos lo sabemos.
—Estoy seguro de que el señor Mason no tendrá ningún problema en
aclarar las cosas, entonces. —La sonrisa de Talbot me revuelve el
estómago. Tiene razón. Da igual que mienta. Eli tiene pinta de acabar de
salir de una pelea y unos cuantos comentarios soltados al aire harán que los
rumores circulen antes de que nadie pueda atajarlos.
Quizá si le hubiera contado a Eli lo de Talbot, habría sido diferente.
Pero ahora…
—Esto es entre usted y yo, Talbot —digo, obligándome a sostener su
mirada oscura y hundida—. Deje a Eli Mason fuera de esto.
—Nada me gustaría más —responde Talbot, todo cortesía y buenos
modales—. Pero la parte de «usted y yo» necesita hablar. Pedir disculpas y
seguir adelante.
Me obligo a asentir levemente, aunque mi cuerpo se sacude como si
recibiera una descarga eléctrica cuando Talbot me pone la mano en la parte
baja de la espalda y me guía hacia la salida del salón de baile, murmurando
algo sobre enseñarme las obras de arte en un tono lo suficientemente alto
como para que nos oigan las personas más cercanas.
Me lleva a través de la multitud que aplaude y, por un segundo, me
aferro a la esperanza de que el discurso de Eli haya terminado de alguna
manera, de que me vea con Talbot y nos intercepte. No me hago ilusiones
de que Talbot vaya a renunciar a su ventaja a cambio de una disculpa, pero
la conversación podría darme una pista sobre qué tipo de presión
funcionaría. Y me haría ganar tiempo, controlaría los movimientos de
Talbot hasta que Eli terminara su discurso y se pusiera al día del problema.
A la mierda el secreto profesional. Esto es un chantaje.
Mientras nos acercamos a las amplias puertas dobles en arco por las que
Eli y yo entramos no hace tanto, Eli vuelve a hablar.
—Gracias a todos y cada uno de vosotros por vuestro apoyo a esta digna
causa. Ahora cedo el escenario a nuestra ponente principal de esta noche,
una de las primeras beneficiarias de este fondo, la señorita Carrie Walker.
—Una mujer con un vestido morado brillante aparece a su lado y yo me
detengo para aplaudir junto a los demás.
—Siga andando, cariño. —La mano de Talbot en mi espalda se aprieta,
hincándose en mis músculos y enviando agujas de terror que me nublan el
juicio por cada centímetro de mi piel. Miro hacia Sky para ver si los
Tridents se han percatado de mi aprieto, pero su atención sigue centrada en
el escenario.
Entonces Talbot y yo cruzamos el umbral en arco, recorriendo el pasillo
principal como un par de viejos amigos. Sin embargo, al acercarnos al
desvío que lleva a un pasaje más aislado en dirección al baño, clavo los
talones en la alfombra. —He dicho que hablaré con usted —le digo a Talbot
—. Pero ni de coña vamos a ir a un sitio menos público.
_—Qué curioso que no tuviera usted esos reparos cuando me estaba
tendiendo una trampa. —El labio superior de Talbot se retrae en un gruñido
y su ira estalla de repente—. Así que no juegue conmigo ahora. La conozco.
—No estoy jugando. —Levanto las manos en un gesto tranquilizador.
Soy psicóloga. Estoy entrenada para tratar con clientes inestables. Puedo
hacerlo—. ¿Quería una disculpa, recuerda?
Él gruñe. —Sí. Demuéstreme lo mucho que siente haber envenenado a
mi junta con sus mentiras. —Se acerca más a mí, y su colonia con olor a
rosas satura el aire mientras invade mi espacio—. No se le ocurra tomarme
el pelo, señorita Nelson. La he observado con Mason. Sé cómo funciona. Si
lo que quiere es polla, debería habérmelo dicho antes.
El pánico me atraviesa en destellos y visiones. Un despacho de
ejecutivo. Un armario del instituto. El sonido de una cremallera al abrirse.
Manos en mi cuello. Doy un paso atrás.
Talbot me agarra de la muñeca.
—Suélteme. —El corazón me late con fuerza y me cuesta todo mi
esfuerzo mental mantener la calma en la voz—. ¿Cuánto tiempo va a estar
Eli en ese escenario? ¿Cuánto tardará en ir a buscarme? Necesito entretener
a Talbot hasta entonces—. ¿Solo quería una disculpa, recuerda?
—Quizá he seguido su ejemplo. —La boca de Talbot se deforma en un
gruñido—. Diga lo que tenga que decir. Llévelos adonde los necesite. Deles
lo que quieren.
Empujándome hacia atrás contra los elegantes paneles de madera
dorada, Talbot aprieta su boca sobre la mía, metiéndome la lengua dentro
cuando me quedo sin aire.
—No… —Mi protesta queda ahogada por la boca de Talbot, su aliento
caliente y rancio mientras se inclina sobre mí, su erección clavándose en mi
cadera. Es mucho más grande que yo. Mucho más fuerte. Girando la cabeza
hacia un lado, le muerdo el labio inferior con todas mis fuerzas.
Talbot suelta un chillido y noto el sabor de la sangre en mi lengua
mientras él retrocede un paso, tambaleándose. —Puta zorra.
Levantando la mano, Talbot me da un revés en la cara. El dolor explota
en mi mejilla y me llevo las manos a la cabeza mientras grito.
—Oiga…
—No pasa nada. Estamos hablando.
—¿Qué está pasando?
—¿Señor? ¡Señor! Voy a llamar a la policía.
Me llegan voces de todas partes, pero ninguna impide que Talbot intente
empujarme hacia los baños, mientras su mano me levanta el bajo del
vestido para meterse bajo la fina tela. El pánico hace que mi visión se
vuelva completamente blanca, y me pongo hecha una fiera, arañando,
pateando y…
El estruendo al otro lado del pasillo es tan fuerte como un disparo.
—¡Quítale tus putas y sangrientas manos de encima! —El rugido
británico de Eli llena el pasillo. En cuestión de segundos, el peso de Talbot
se levanta de mí y Eli lo estampa contra una pared con una patada giratoria.
Talbot parece rebotar en los paneles de madera, rodeándose el abdomen
con los brazos. —¿Quién se cree que…? —Nunca llega a terminar la frase,
porque Eli le estrella el codo en la nariz, derribándolo como un edificio
demolido con explosivos. La sangre brota por toda la cara de Talbot.
Más voces llenan el pasillo; Sky vuela hacia mí con los ojos como
platos. —Dani, Dios mío. ¿Estás bien?
—Estoy… —Es todo lo que consigo decir. Aparto la vista de ella para
mirar hacia donde Eli tiene a Talbot inmovilizado contra los caros paneles
de madera, con el antebrazo presionado contra su garganta. El hombre sigue
consciente, pero está adquiriendo un interesante tono azulado.
—Mason —ladra Liam a modo de advertencia, pero la furia pura que
crispa la expresión de Eli no cede.
—Teniente —añade Cullen, y solo entonces Eli afloja el agarre lo
suficiente para dejar que Talbot coja aire. Sus mofletes regordetes tiemblan
con el esfuerzo mientras la sangre de su nariz salpica tanto su camisa blanca
como la de Eli.
—Ya le dije que esa maldita psicóloga a sueldo le arruinaría la vida —
dice Talbot con los dientes apretados mientras mira a Eli—. Igual que
arruinó la mía. Ya lo verá.
Un par de agentes uniformados aparecen justo en ese momento,
abriéndose paso entre una multitud que ya no está de humor para mensajes
contra la violencia. Mientras le quitan el prisionero a Eli, vuelvo a notar el
sabor de la sangre. Esta vez estoy bastante segura de que es la mía. Una
nueva oleada de mareo me invade y me apoyo en la pared para mantener el
equilibrio.
—Dani. —Eli está a mi lado en un instante, apartándome de la cara el
pelo alborotado—. ¿Estás bien?
Trago saliva. Asiento. No es que Eli se fíe de mi palabra, pues me
recorre el cuerpo con las manos de arriba abajo como si buscara huesos
rotos o heridas de bala.
—Estoy bien —le aseguro—. En realidad no ha pasado nada. Quiero
decir, no…
—Eso no ha sido «nada» —dice Eli; un músculo de su mandíbula sigue
crispándose.
—¿Tendría el señor Talbot algo que ver con el problema de seguridad
por el que usted me llamó hace unos días? —pregunta Liam, acercándose a
nosotros mientras el anfitrión del evento y el personal intentan por todos los
medios hacer que la multitud vuelva al salón de baile y salvar lo que queda
del arruinado evento. Que no es mucho.
La mirada de Eli se clava en mí. —¿Tuviste problemas de seguridad
hace unos días?
Me froto los ojos. —No estaba segura.
—Estabas lo suficientemente segura como para llamar a Rowen —
replica Eli, negando con la cabeza—. Y esta tarde, cuando me has soltado el
maldito discurso sobre el secreto profesional… ¿tampoco se te ha ocurrido
mencionarlo?
—Eli. —Hago una mueca ante la expresión de traición en sus ojos
grises y se me oprime el pecho—. Solo eran unos correos electrónicos.
Recibí algunos de vez en cuando en Boston. Creyó parecerme verlo, pero
mi imaginación se ha desbocado. Eso…
—A eso se le llama acoso. ¿Y me lo cuentas todo ahora? —Eli parece
dolido y furioso a partes iguales, pero la adrenalina que ha estado
recorriendo mi sistema está empezando a desplomarse.
—Eli. —interviene Sky, rodeándome la cintura con un brazo—. ¿De
verdad crees que este es el momento y el lugar para un interrogatorio?
—Reynolds… —Cullen se vuelve hacia Sky, su voz baja y cargada de
advertencia.
—No me vengas con Reynolds —le espeta Sky a su prometido antes de
guiarme hacia la puerta—. Vamos, Dani. Te llevo a casa. Cullen puede ir
con el resto de los gilipollas.
ELI
L os relajantes tonos azules del North Vault no sirvieron de nada para
apaciguar a Eli, que estaba sentado con Liam en la barra mientras otros
clientes bailaban al ritmo de una melodía tecno al otro lado de la sala. Kyan
se había acobardado y no había acudido al acto benéfico, y Cullen había
regresado al Broadmoor para lidiar con el follón de que el invitado de honor
y un donante se hubieran liado a puñetazos en un evento para recaudar
fondos contra la violencia de género, justo después de que dicho donante
intentara agredir a una invitada.
Era un desastre de tal calibre que no se podría haber planeado ni
queriendo. Sin embargo, en ese momento, no tenía cuerpo para que le
importara demasiado. Dani le había mentido. No solo esa mañana, sino
desde el principio. Incluso cuando él le había abierto su alma en canal,
contándole cosas que nunca había dicho en voz alta, ella no había confiado
en él lo suficiente como para revelarle los hechos más básicos. Como que
tenía una orden de alejamiento activa contra Talbot —Cullen se lo había
sonsacado a la policía hacía unos instantes—. Como que temía que ese
mismo Talbot la estuviera acosando. Como que corría peligro mientras
vivía bajo el propio techo de Eli.
Se bebió de un trago el chupito de bourbon y dejó que el ardor que le
bajaba por el esófago lo adormeciera. Sky —y el sistema de cámaras de
seguridad de Cullen— vigilarían a Dani durante la noche. Demonios, nadie
le quitaría ojo de encima a la mujer hasta… ¿hasta cuándo? ¿Hasta que se
marchara de Colorado para siempre?
—Oye, si quieres, podemos pasarnos toda la noche con esto de beber en
silencio —empezó Liam, haciendo girar su vaso de chupito mientras
examinaba el tequila que se mecía en el fondo—. Pero como tenga que
verte rumiar así durante mucho tiempo, por la mañana te arrastraré al
gimnasio. Y me da que disfrutaré de ese combate más que tú.
Varios clientes entraron en el bar a espaldas de los dos hombres, ajenos
a la mezcla de ira y exasperación que sentía Eli. Había estado apretando la
mandíbula con tanta fuerza que dudaba que de sus muelas quedara algo más
que polvo.
—Dani contactó contigo hace unos días.
—Sí.
—No me lo dijiste.
—No sabía que necesitara que te lo dijera —replicó Liam.
—Ella no me lo dijo —dijo Eli de forma más directa. Ese era el
verdadero quid de la cuestión. ¿Cómo podía haber acudido a Liam, confiar
en Liam, pero no confiar en él? ¿Sobre todo después de todo lo que habían
sido el uno para el otro? Fuera lo que fuese. Menuda gilipollez. Quizá él le
había dado más importancia que ella. Quizá para ella no significaba lo
mismo que para él.
—Y eso te jode.
—Joder, claro que me jode —Eli golpeó el chupito contra la barra y
agrietó el fondo. Cerró los ojos y respiró hondo. Por suerte, se había bebido
hasta la última gota y el vaso no se había hecho añicos.
—Bien. Tiene problemas de confianza. ¿Quieres hablarme de tu viaje a
Boston, Mason? ¿Qué me dices de ese ojo morado que Reynolds cree que te
hiciste en un combate de entrenamiento? Y ni empecemos a hablar de todo
el asunto del loquero contratado del que hablaba Talbot. Creo que podemos
dar por sentado que no es una empleada temporal de la sede central, ¿no?
Capullo. Eli cerró los ojos.
—Tú y yo no nos acostamos.
—No te acorrales tú solo, Mason —le advirtió Liam—. No te sabes el
apellido de la mayoría de las mujeres con las que te has acostado por aquí.
—Si te vas a poner así, puedes irte a la mierda. —Eli agitó su vaso
vacío hacia el camarero, que le dedicó eine mirada compasiva antes de
ponerle un chupito nuevo en la barra. Sí. Estar sentado allí con un ojo
morado y un esmoquin desaliñado y salpicado de sangre no dejaba mucho
lugar a la imaginación.
—¿Qué vas a hacer?
Eli cogió el vaso de chupito.
—Si lo supiera, ¿crees que estaría aquí contigo?
—A lo que voy —Liam soltó el aire— es a que tienes que decidir si has
acabado con ella por esto o no.
—¿Qué te preguntó exactamente? —Eli no sabía por qué buscaba las
palabras exactas de Dani, pero quería oírlas.
—Básicamente, me preguntó por tu cortafuegos.
—¿Mi cortafuegos?
—Sí. Me preguntó si los correos basura podían colarse en su hotel
cuando no le llegaban al quedarse contigo. Se expresó en términos
hipotéticos y no quiso ser más explícita, pero me pregunté qué le
preocuparía.
—¿Qué clase de correos basura?
—No quiso decirlo. Después de eso, puse a uno de mis hombres a
vigilar el Marriott por si había algún comportamiento sospechoso, pero no
detectamos nada fuera de lo normal.
El teléfono de Liam sonó con una notificación y, tras pulsar unas
cuantas teclas, la pantalla de Eli se iluminó con un resumen de los
antecedentes de Brock Talbot. En momentos como este era cuando Eli más
apreciaba a sus amigos. Sí, a los tíos les encantaba ser unos tocapelotas,
pero cuando de verdad los necesitaba, ahí estaban, sin hacer preguntas.
Mejor aún, lo conocían lo suficiente como para anticiparse a sus peticiones
antes incluso de que las hiciera.
Sobre todo en lo que respectaba a las medidas de seguridad de Liam.
Brock Talbot resultó ser el director ejecutivo de Talbot Insurance, tal y
como había afirmado, pero Eli no detectó nada en su pantalla que
corroborara que lo hubieran puesto en excedencia forzosa. Por supuesto, un
detalle así podría no aparecer en esa clase de informes. Lo que sí aparecía
eran tres denuncias anteriores por acoso sexual contra él, todas las cuales
habían sido retiradas. ¿Cómo diablos se las había apañado el hombre para
conseguirlo?
La imagen de su corpulenta y robusta figura abalanzándose sobre Dani
hizo que a Eli le hirviera la sangre, y volvió a apretar las manos en puños.
Había estado bullendo de rabia por la agresión de Talbot, vibrando con ella,
y todavía quería moler al hombre a palos. Dicho esto, al menos una cuarta
parte de la ira seguía dirigida a Dani por haberle mentido, aunque fuera por
omisión.
¿Y si a Eli lo hubieran entretenido en una conversación y no se hubiera
dado cuenta de la desaparición de Dani? ¿Y si Talbot se la hubiera llevado a
otro sitio? ¿Y si la ayuda hubiera llegado unos minutos demasiado tarde?
Quizá Eli no estaba tan enfadado como aterrado. Aterrado hasta la
médula.
—Dime una cosa. Aparte de no proporcionarle a Su Alteza un historial
detallado de sus demonios personales, ¿ha hecho Nelson algo para
traicionar tu confianza? ¿Ha comprometido tus secretos? ¿Te ha mentido?
Eli se quedó mirando su vaso vacío. No. Dani no había hecho nada de
eso. Joder. Eso significaba que no era con Dani con quien Eli estaba tan
cabreado. Era consigo mismo. Había recibido su atención y compasión, su
buen corazón y su mirada observadora, y no le había correspondido de la
misma manera. No la había hecho sentirse a salvo con él. Si no se había
ganado la confianza de Dani, la culpa era suya, no de ella.
—Deja también esa mierda —ordenó Liam.
—¿Qué mierda?
—La que sea que acaba de provocar esa expresión de autodesprecio que
se te ha dibujado en la cara. —Liam se inclinó hacia delante, apoyando sus
musculosos antebrazos en la mesa—. ¿Cómo crees que funciona mi forma
de divertirme, Mason? Se basa en leer las caras y el lenguaje corporal. Se
basa en la confianza. Y te digo ahora mismo que eso es cosa de dos. No
mentir es parte de ello. Pero estar dispuesto a confiar es otra. Y estar
dispuesto a escuchar. Eso requiere trabajo, no buscar culpables.
—¿Qué te has creído, el puto Dr. Phil?
—La parte de «puto» es correcta. —Liam se reclinó en el taburete—.
Supongo que la pregunta es si esta merece todo ese esfuerzo. Y por lo poco
que he visto, la respuesta es no.
Eli se enderezó al oír eso, un músculo palpitando en su mandíbula.
Liam no sabía nada de Dani. Demonios, en cierto modo, tampoco sabía
nada de Eli, no en comparación con todo lo que Dani le había sonsacado en
las últimas semanas. La conexión entre ellos hacía que Eli se sintiera
completo. Como no se había sentido desde… desde nunca. Dani era el
salvavidas que lo mantenía centrado en un acantilado, que le permitía saltar
sin caer al abismo.
¿Y el sexo que habían tenido? No solo le volaba la cabeza. Lo ansiaba
como el oxígeno. La ansiaba a ella como el oxígeno.
La amaba.
Joder. Amaba a Danielle Nelson. Y la deseaba.
Con el corazón latiéndole contra las costillas, Eli volvió a mirar a Liam
y captó la sonrisa de suficiencia del hombre.
—Eres un capullo —dijo Eli, negando con la cabeza—. Un sádico
capullo manipulador.
—En eso no te equivocas —convino Liam, terminándose la bebida—.
Aunque yo esperaría a mañana para ir a verla. Si no, Reynolds podría
cortarte los cojones y servirlos con un Martini.
DANI
—¿C ómo estás? —pregunta Sky mientras arranca un Lexus todoterreno
que huele a coche nuevo—. Podemos ir adonde quieras. Al hospital. Al bar.
A tu casa. A Reno. Tú dime qué necesitas y yo me encargo.
Sonrío viendo a Sky salir del garaje del recinto, con las filas y filas de
BMW, Mercedes-Benz y Audi todoterreno devolviéndome la mirada.
—Al hospital desde luego que no —le digo, recostándome en el asiento
de cuero—. ¿Es raro que en realidad esté bien?
—Puede que tengamos definiciones distintas de lo que es estar bien —
dijo Sky con diplomacia.
Resoplo suavemente.
—Lo que quiero decir es que Talbot ha sido la pesadilla de mi vida
desde hace un tiempo. Y por muy perturbador que haya sido el ataque de
hoy, también significa que está bajo custodia. Testigos, esposas, cargos. El
paquete completo. No va a volver para terminar nada esta noche. —Por
primera vez desde que ese capullo me agredió hace unos meses, casi me
siento a salvo.
No tan a salvo como siempre me siento en los brazos de Eli, pero, aun
así, casi a salvo.
—¿Cómo consiguió que salieras del salón de recepciones con él? —
pregunta Sky—. ¿O te tendió una emboscada junto a los baños?
Sé que me ofrece la segunda alternativa como vía de escape, ya que
ambas sabemos que era poco probable que fuera a mear en mitad de la
presentación de Eli, pero se lo agradezco de todos modos. Por desgracia,
sigo sin saber muy bien qué decir. Talbot había gritado su acusación de que
yo era psiquiatra, pero lo último que necesito es confirmar su rumor. Herir a
Eli más de lo que ya lo he hecho.
—No esperaba que Eli se enfadara tanto —digo en su lugar.
Sky me lanza una mirada incrédula.
—¿Estás de broma? Tenemos suerte de que no tuviera una granada en el
bolsillo, o ahora mismo estaríamos rebuscando entre los escombros.
Cuando se trata de la gente que quieren, los de Trident llevan la protección
a su extremo más absurdo.
Quieren. Giro bruscamente la cabeza hacia mi amiga, con el corazón
desbocado.
—Él… Yo…
—Ese hombre está perdidamente enamorado, lo sepa o no —confirma
Sky—. Nunca le he visto tratar a nadie como te trata a ti. Escucha, lo que ha
dicho, sobre estar molesto contigo por no haberle contado algo… No digo
que no haya sido un capullo en ese momento, porque lo ha sido, pero lo ha
hecho con buena intención.
Al llegar a un cruce, Sky hace un cambio de sentido repentino y
empieza a teclear una dirección en su GPS.
—¿Adónde vamos? —pregunto, viendo cómo las casas bonitas y las
calles bien cuidadas se deterioran al otro lado de la ventanilla.
—A Mason Village. La periodista de investigación que hay en mí quiere
que veas de primera mano lo que está haciendo allí. Si hubiera sabido que
no estabas al corriente, te habría llevado antes, y como no tenías mejores
planes para esta noche, allá que vamos.
Incapaz de rebatir esa lógica y sin estar lista para volver al hotel, me
acomodo para el viaje, sintiendo cómo se me frunce más y más el ceño a
medida que nos acercamos a la ruinosa manzana de negocios y residencias
que Eli ha estado intentando comprar.
Decir que nuestro destino final es cutre sería quedarse muy corto.
Mientras que los mejores barrios de la ciudad tienen céspedes bien cuidados
y jardines bien atendidos, esta zona no tiene nada de eso. Por las calles hay
de todo, desde envases de comida rápida hasta condones usados, y algún
gracioso con espray incluso ha hecho pintadas en varios sitios a lo largo del
desmoronado ladrillo de la estructura exterior.
Mientras Sky rodea la manzana, tengo una vista completa de las
ventanas rotas o tapiadas de la parte residencial, de los pocos árboles y los
arbustos raquíticos que libran una batalla perdida por sobrevivir.
—¿Qué es eso? —pregunto, señalando un letrero negro y dorado sobre
la única puerta de aspecto decente—. Garibaldi Leasing. Lo he visto en
algún sitio antes.
—Mmm. O estás teniendo un flashback de Giuseppe Garibaldi en la
historia europea, o has tenido el placer de oír a Eli y Cullen aullar de
frustración por el tal Petro Garibaldi, que es el dueño de este magnífico
establecimiento residencial. Ya tuvieron un trato con él que salió mal, y
ahora está luchando con uñas y dientes para evitar que el cierre se lleve a
cabo en diez días. Al parecer, explotar viviendas de mala muerte da mucho
dinero, porque la cantidad que este tipo se gasta en honorarios de abogados
es una locura.
Hago un sonido evasivo. Eso tiene sentido, pero me da la sensación de
que he visto el nombre en otro sitio también. No solo el nombre, sino el
logo. ¿Quizás un membrete en el despacho de Madison? Aunque eso parece
rebuscado.
—¿Hay alguna razón para que M…? —Cambio de tema, evitando por
los pelos decir el nombre de una persona que se supone que no conozco—.
¿Alguna razón para que la sede de Mason Enterprises tenga contacto con
él? Me pareció ver algo en las oficinas sobre Garibaldi, pero puede que sea
imaginación mía.
Sky niega con la cabeza.
—Ninguna. Este es el proyecto personal de Eli. Lo está financiando
fuera de la empresa, así que más allá del estatus y la validez que su título de
director ejecutivo tiene con los inversores, no hay ninguna conexión. En fin,
solo quería enseñarte que no se trata de un plan para aplastar al pez
pequeño, que admito que puede sonar así. De hecho, los negocios del otro
lado probablemente cerrarán en un año si no se interviene.
Sky y yo pasamos el resto de la tarde conduciendo por la ciudad, pero
cuando insiste en que pase la noche con ella y Cullen, me excuso. La
verdad es que me siento mejor sabiendo exactamente dónde va a pasar la
noche Talbot, y quiero la mañana para mí. Bueno, para mí y para Eli. Hay
cosas que necesito decirle.
Duermo más de lo que esperaba, el agotamiento físico y emocional me
alcanza de golpe después de que Sky acepte a regañadientes dejarme en el
Marriott, pero me despierto con un claro propósito. Hoy, Eli y yo
hablaremos. Estoy lista. Incluso estoy lista para contarle lo del imbécil que
me violó en el instituto, aunque ni siquiera mis padres lo saben.
Acabo de ducharme y de tomarme mi primera taza de café, y estoy a
punto de llamar a Eli cuando unos golpes en la puerta me sacan de mi plan.
Asegurándome de que el cerrojo está echado, miro por la mirilla y veo a
una mujer de mediana edad bien vestida con una bandeja de café y scones
fuera de mi puerta.
Madison Mason.
Aparto la mirada, me froto la cara y vuelvo a mirar por la mirilla.
Madison sigue allí, aunque ahora parece irritada por la tardanza. Qué raro.
Haciendo malabares con el café para coger el bolso, la mujer saca el móvil.
—Rudy, soy Madison. Vuelve a comprobar el número de esa
habitación… Ya veo. Parece que necesitaré que me suban una tarjeta… Oh,
no seas ridículo. Mason Enterprises paga la suite. Si alguien tiene derecho a
acceder a ella, soy yo. Si te sientes agraviado, llama a Felix y nosotros… —
Me apresuro a quitar los cerrojos antes de que algún pobre agente de
seguridad pierda su trabajo.
—Olvídalo —dice Madison al otro lado mientras el pestillo se abre—.
La persona a la que esperaba localizar acaba de materializarse desde el
ascensor. Muchas gracias. —Cuelga a tiempo para dedicarme una sonrisa
carnívora mientras abro la puerta.
—Dani, querida. —Pasando a mi lado para entrar en la habitación,
Madison deja los dulces del desayuno en la mesa pulida de la zona de
trabajo de la suite—. Hemos estado con tantas idas y venidas con esta
espantosa evaluación que quería zanjar las cosas en persona. Perdonará la
reunión de última hora, estoy segura, pero mi agenda es tan impredecible
que simplemente no sabía qué esperar hoy.
—¿Así que ha cruzado el país por un capricho? —aclaro.
—No seas tonta. Estaba de viaje igualmente y el piloto simplemente
hizo un desvío oportuno. Ahora, siéntate y desayuna.
Todavía me da vueltas la cabeza mientras me dejo caer en una silla
frente a mi clienta. Después de semanas de «tómate todo el tiempo que
necesites», los correos electrónicos que he recibido en las últimas
veinticuatro horas —mi teléfono registró al menos cinco durante la tarde de
ayer— hablan de una emergencia gravísima que simplemente no veo.
—¿Hay algo en concreto en lo que pueda ayudarla? —pregunto,
recuperando algo de control en esta conversación mientras silencio mi
teléfono para prestarle a mi clienta toda mi atención. También cojo un scone
de arándanos. El azúcar es bueno para poner el cerebro en marcha.
—Efectivamente. —Sacando una cartera de cuero de su bolso de Gucci,
Madison saca una pila de papeles pulcramente formateados, con mi última
copia del informe en la parte superior—. Agradezco su forma de ir directa
al grano. Lo que me gustaría es salir de esta habitación con el informe de
evaluación terminado, momento en el que podremos dar por finalizado este
proyecto y que usted regrese a casa. Mi oficina se encargará de la difusión a
partir de ahora.
La miro fijamente, tratando de averiguar si está bromeando o no. Al no
ver ni rastro de humor en el rostro de la mujer, me aclaro la garganta y
recurro a mi tono más cortés y profesional.
—Señora Mason, por supuesto que estaré encantada de discutir los
resultados con usted, pero no puedo darle un informe finalizado porque
todavía no existe. La copia oficial final estará lista para la próxima reunión
de la junta directiva, donde se presentará en persona. Comprenderá que no
sería ético por mi parte proporcionar una copia exclusiva a un solo miembro
de la junta por adelantado.
Madison resopla.
—Puede proporcionar copias a quien desee, pero me temo que el
momento de la próxima reunión de la junta ya no es adecuado. Elijah será
destituido de su cargo este viernes.
Mi pulso se acelera. Las palabras de Madison se clavan en mí como
dardos. ¿Destituir a Eli? Eso sería catastrófico. Para él. Para Mason
Pharmaceuticals. Para la gente de la futura Mason Village que ha necesitado
que alguien los defienda desde hace mucho, mucho tiempo. Y lo que es más
importante en esta conversación, está claro que Madison no solo espera,
sino que está completamente convencida de que mis conclusiones apoyarán
su agenda.
Me tomo un momento para sopesar mis palabras y luego decido ir
directa al grano.
—Estoy segura de que usted y la junta tienen sus razones. En aras de la
transparencia, debe saber que mi informe no hace tal recomendación. He
actualizado las notas para reflejar detalles adicionales sobre las
circunstancias del despido de Zana, como usted solicitó, pero la conclusión
sigue siendo sustancialmente la misma.
—Entonces, reevalúe sus conclusiones, señorita Nelson. —Madison
cruza las piernas y saca una hoja de su pila de papeles—. Aquí están los
hechos clave en los que le recomiendo que se centre. Puede cambiar la
redacción como desee.
Leo la hoja, con las cejas cada vez más arqueadas con cada palabra.
Elijah Mason ha demostrado un comportamiento verbalmente abusivo
continuo hacia sus subordinados, incluyendo un caso en el que acorraló y
acosó a una joven becaria. El señor Mason exhibió un comportamiento
hostil similar hacia la evaluadora, a pesar de saber que estaba siendo
observado, lo que evidencia aún más un déficit en el control de impulsos.
En general, el señor Mason se mostró poco cooperativo con el proceso de
evaluación, negándose a menudo a responder a las preguntas de la
entrevista. Frecuentemente aparecía en la oficina con evidencias de
confrontación física en su rostro y nudillos, lo que contribuía al ambiente
de trabajo hostil general.
En mi opinión profesional, el señor Mason no es actualmente apto
psicológicamente para un puesto de alto poder como el de director
ejecutivo.
Dejando el papel sobre el escritorio, pongo la palma de mi mano sobre
él y miro a Madison a los ojos.
—Esas no son mis conclusiones, señora. De hecho, la petición que
parece estar haciéndome va en contra de toda ética…
—Oh, no me hables de ética, niña —espeta Madison—. A menos que
tener relaciones sexuales con tus evaluados sea una nueva recomendación
de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, creo que esto te viene
grande. —Encendiendo de nuevo su teléfono, Madison gira la pantalla
hacia mí.
La sangre se me va de la cara mientras las fotografías de Eli y yo juntos
pasan en sucesión, las imágenes dejando poco a la imaginación a pesar de
sus ángulos extraños. Cualquiera de ellas haría que me quitaran la licencia.
En conjunto, demonios, tendré suerte de escapar de los cargos de conducta
delictiva. No tengo ni idea de cómo ha conseguido Madison estas fotos,
pero por el entorno y el punto de vista, al menos algunas vinieron de ese
dron de la fiesta en la piscina, otras de algo que una cámara de ordenador
podría capturar. A pesar de mi corazón desbocado, no puedo evitar
quedarme mirando una foto suelta con la mano de Eli en mi mejilla, una
mirada absorbente en sus preciosos ojos grises que se adentra en mi alma.
Abriendo la suya. Quienquiera que haya capturado estos segundos robados
nos pilló en el momento justo.
Girando el teléfono hacia ella, Madison resopla ante la imagen con asco
antes de presionar «Borrar».
—Eres joven, Dani. —La voz de Madison tiene un matiz amable—. La
indiscreción es parte de la juventud. Pero aun así, las imágenes, como las
estadísticas, solo cuentan una parte de la historia. Quizás estas fotos no
muestran a una psicóloga acostándose con su cliente. ¿Quizás son pruebas
de coacción? Si Elijah te presionó para que te metieras en una situación
comprometida, esa es razón suficiente para no atacar tu licencia. Si eso fue
lo que pasó, todo lo que tienes que hacer es…
—¿Dani? —La voz de Eli acompaña una insistente llamada a la puerta
—. ¿Me dejas entrar, por favor? Necesito hablar contigo.
Qué raro. Siento que las costillas se me aprietan alrededor del pecho, el
corazón se me acelera en un galope de pánico. De todos los momentos para
aparecer…
—Dani. Sé que estás ahí —continúa Eli, una nota vulnerable en su voz
que me parte el corazón—. Si no contestas a mis llamadas, por favor, abre
la puerta un minuto.
Miro mi teléfono silenciado y maldigo en voz baja. Madison levanta
una ceja con curiosidad.
—Vale. —Se oye un pequeño sonido, como si Eli estuviera apoyando la
frente en la puerta—. Si no quieres hablar conmigo, solo escucha, ¿de
acuerdo? Yo…
Llego a la puerta en un instante. El plan de «quizás se vaya si no
contesto» es un claro fracaso, y no puedo dejar que termine la frase, no
puedo permitir que exponga sus emociones con Madison en la audiencia.
Abriendo la puerta una rendija, me muerdo el labio al verle.
—Hola.
—Hola. —Eli hace una pausa, su mirada recorriéndome
desesperadamente antes de fijarse en la puerta. A pesar de ir vestido con
pantalones y camisa recién planchados, tiene un aspecto ligeramente
desaliñado con sus rizos rojos cayéndole impertinentemente sobre la frente.
Me dan ganas de alargar la mano y apartárselos de la cara. Pero no lo hago
—. ¿No piensas dejarme entrar? —pregunta.
—Elijah, ¿eres tú, cariño? —Apareciendo detrás de mí, Madison abre la
puerta de par en par, como la misma Medusa contemplando a su próxima
presa—. Qué afortunada coincidencia. Dani y yo estábamos discutiendo la
evaluación. Soy la encargada de este asunto por parte de la junta. ¿Quieres
unirte a nosotras? He traído scones.
Los expresivos rasgos de Eli se convierten en piedra justo delante de mí.
—¿Eres la encargada por parte de la junta? —aclara, su fría mirada
oscilando entre su madre y yo—. No lo sabía.
Aunque las palabras van dirigidas a Madison, me golpean en el
estómago con tanta fuerza que pierdo el aliento. Antes de que pueda
recuperarme, Eli inspira audiblemente.
—Imagino que la discusión podría progresar más fluidamente sin mi
compañía —dice, con una calma y una educación totales mientras se yergue
y da media vuelta en el pasillo alfombrado—. Por favor, continuad.
—Eli —grito, extendiendo mis manos hacia él, pero es demasiado tarde.
Demasiado tarde.
Sin darse la vuelta, Eli sale de mi vida.
ELI
F ue como recibir un puñetazo en la cara. Un zumbido sordo y
desorientador que hacía que el mundo se tambaleara. Y luego, el dolor.
Aún no había llegado a la parte del dolor. Mientras Eli salía a grandes
zancadas del Marriott, lo único que podía hacer era darle vueltas en la
cabeza a la escena que acababa de presenciar y quedarse mirando al vacío.
Tal vez no era Madison la que estaba en la habitación de Dani. Y, de ser así,
tal vez era la primera vez que ella y Dani hablaban. O que se conocían. Tal
vez no estaban hablando de nada que tuviera que ver con él. Tal vez no
habían estado metidas en esto juntas desde el principio. Tal vez la mujer de
la que se había enamorado no le había mentido.
Tras sentarse al volante de su Jeep Gladiator, Eli apoyó la frente en el
volante. Su móvil estaba en silencio. Ni una llamada perdida. ¿Era bueno o
malo? Se incorporó bruscamente, dio un manotazo contra la puerta y metió
una marcha. ¿Qué quería Dani de él? ¿Qué coño quería el universo de él?
¿Es que estaba tan jodidamente mal por dentro que no existía suficiente
karma cósmico para que él tuviera lo que otros daban por sentado? ¿Había
más castigo que pudiera soportar para equilibrar la balanza, para convertirse
en un candidato digno de tener alma?
El móvil seguía en silencio cuando Eli volvió a casa, donde el montón
de portobellos de encargo amontonados en la mesa de la cocina consiguió
asestarle un golpe bajo. Eran los favoritos de Dani. De algún modo, se
había olvidado de que había sido él mismo quien había ido a recogerlos esa
misma mañana, una pequeña sorpresa para el desayuno que había
imaginado que compartirían.
Pero no lo compartirían. Porque Dani, la Dani que él estaba seguro de
que era real, solo existía en su infantil imaginación. La mujer de verdad no
era más que una estafadora manipuladora que hacía exactamente lo que
necesitaba para encontrar el punto justo donde clavar un puñal. Y luego
retorcerlo. Justo cuando Eli pensaba que no podía haber nada, nada, que él
y Brock Talbot pudieran tener en común, la realidad se impuso. Él y ese
cabrón se habían tragado el mismo numerito. Cogiendo la puta caja entera
de los malditos hongos, Eli los metió en el triturador de basura en los
puñados más grandes que el mecanismo podía admitir.
Volvió a coger el móvil, colocó el dedo sobre el botón de borrar el
número de Dani y, en su lugar, llamó a Liam.
—Rowen.
—Nos vemos en el gimnasio.
Un instante de silencio.
—De camino. Tráete el protector bucal. Lo vas a necesitar.
Si había algo con lo que siempre se podía contar con Liam era con una
buena pelea, y su amigo no lo decepcionó. No hablaron mientras se
encaraban en las colchonetas azules, y no hubo preguntas ni reproches en el
rostro de Liam Rowen mientras Eli perdía los estribos, asestando golpes
con un salvajismo que no dejaba margen para la seguridad. Sentó bien
hundir el puño en algo que no fuera una pared o un saco de boxeo. Y
cuando terminó de esforzarse al máximo por romperle las costillas al otro
SEAL, cuando a Eli le dolían los pulmones con cada respiración y sus
reservas estaban vacías, siguió luchando, recibiendo hasta el último gramo
de castigo que Liam le infligía. Porque aquel golpe de la habitación del
hotel, el que al principio había parecido adormecerlo, ahora empezaba a
doler.
—Las llaves —exigió Liam cuando salían del gimnasio.
—Vete a la mierda. Puedo conducir.
—Y yo soy una puta hada madrina con un tutú de los cojones. —Fue la
mayor cantidad de palabras seguidas que Liam había dicho desde que
habían empezado. No había preguntado cómo habían ido las cosas con
Dani. Lo supo desde el momento en que Eli lo llamó—. Te llevo a casa,
donde te pondrás a cerrar el trato de Mason Village.
El móvil de Eli vibró, la imagen de Dani iluminó la pantalla.
Alargando la mano, Liam se lo quitó directamente y rechazó la llamada
antes de teclear algo con los pulgares.
—Pero qué coño… —Eli le arrebató el móvil y revisó las
notificaciones.
Llamada de Pelirroja. Rechazada.
Pelirroja: Eli, por favor, cógelo. Quiero hablar contigo.
Tú: Mason no está disponible. -Rowen
Se han bloqueado correctamente las notificaciones entrantes de
Pelirroja.
Eli se giró hacia el cabrón, con los dedos ya cerrándose en un puño.
—Quieto. —Liam abrió la puerta de su camioneta, se subió y arrancó el
motor—. Tienes su número. Si quieres llamarla, llámala. Pero que se te
revuelva el cerebro cada vez que suena el móvil no te hará ningún bien
ahora mismo. Venga, sube. Haré que alguien te deje la camioneta en casa.
Eli supo que Liam tenía razón en el momento en que regresó a su casa y
sintió que todo el peso de la realidad por fin lo golpeaba. Le habían
mentido. Lo habían manipulado. Era culpa suya y de nadie más por haber
bajado la guardia y él, de entre todas las personas, debería haberlo sabido. Y
para rematarlo, seguía amando a esa mujer.
En el silencio que lo rodeaba, el dolor chisporroteaba de una sien a la
otra. Eli se agarró la cabeza para que parara. Pero no lo hizo. Y su cabeza
no era la única parte que le dolía. Le dolía todo el cuerpo, como si le
hubieran golpeado con una versión superpotente de la gripe. O quizás con
un AK-47. Y lo peor era el pecho, justo debajo de las costillas.
Cogiendo un juego de productos de limpieza del armario, Eli se dispuso
a poner en orden su casa. Los champiñones ya no estaban, pero su olor
seguía allí. El olor de ella seguía allí. Así que Eli limpió la cocina y luego
metió la ropa de cama en la lavadora, confiando en que el detergente
eliminara la fragancia a lavanda de Dani, el persistente aroma a
satisfacción.
Pero, por supuesto, en cuanto volvió a poner las sábanas en la cama, lo
único en lo que pudo pensar fue en cómo se veía el largo pelo rojo de Dani
sobre las sábanas blancas e impolutas. Así que rebuscó en sus armarios otro
juego —uno mucho más oscuro, negro sobre negro— y lo extendió sobre el
colchón.
La ropa fue lo siguiente. Todo lo que Dani se había puesto o había
tocado fue a la lavadora, incluso lo que estaba limpio. La camiseta con la
que había dormido, el vestido que había vuelto de la tintorería después de
su ducha. El traje que él había llevado a la recaudación de fondos. Todo.
Finalmente, también se lavó él —en su propia ducha, no en la que
compartían— y siguió el puto consejo de Liam: encendió su puesto de
trabajo y se puso a currar.
Mason Village no se iba a cerrar solo, y Garibaldi tendría algún último
truco bajo la manga antes de que el trato estuviera hecho. Eli estaba seguro.
DANI
—F ue una encerrona desde el principio, cariño —dice mi padre,
mientras alarga la mano por encima de la mesa de la cocina para darme una
palmadita en la mía. Detrás de él, en las anticuadas paredes con paneles de
madera —que mi madre pintó de un amarillo suave cuando yo era pequeña
—, hay un sinfín de fotos familiares que documentan nuestra vida. Hay
tantos recuerdos ahí. Los tres de pícnic en el Boston Public Garden antes de
que naciera Amber. Amber y yo, pringadas en nuestro jardín embarrado
después de que le enseñara a hacer pasteles de barro. Los cuatro riéndonos
de la cara graciosa que mi padre hizo con el puré de patatas de Acción de
Gracias.
Hay Navidades frente a nuestra pequeña chimenea de ladrillo. Primero
yo y luego Amber, aprendiendo a montar en bici, a plantar hierbas
aromáticas y a distinguir las setas comestibles de las venenosas.
Mi madre asiente. —Estos conglomerados multimillonarios como
Mason Enterprises no han llegado a donde están por preocuparse de partirle
la cara a unos cuantos. Por algo, cuando se instalan en una ciudad, es una
adquisición hostil, no una empresa conjunta.
Trago saliva y aprieto la mandíbula. Desde el momento en que Madison
Mason llamó a mi puerta, todo ha sido como si me arrollara un tren sin
frenos una y otra vez. Le he contado a mi familia todos los detalles que he
podido sin comprometer la privacidad de Eli, pero eso no facilita la
conversación. Tampoco facilita las decisiones. Quizá por eso he pospuesto
la finalización de mi informe. Mañana presento mis conclusiones al consejo
de administración de Mason Enterprises y todavía no sé qué voy a decir.
—Eli no es así. —No puedo evitar la punzada de dolor que siento al
pronunciar su nombre, ni dejar de ver la desolación en su mirada cuando
encontró a Madison en mi habitación. Ni dejar de oír el silencio
ensordecedor de mi teléfono, que no suena, ni mis mensajes, que no
obtienen respuesta. Aun así, no soporto que mis padres piensen mal de él.
—Deberíais ver todo el proyecto que tiene en marcha con Mason
Village —les digo—. No se trata de absorber a los pequeños negocios, sino
de darles la oportunidad de prosperar. Fue un SEAL. Lo suyo es proteger y
defender.
—No he dicho que no lo fuera. —Mi padre me rellena la taza de té—.
Pero Mason Enterprises no es solo Eli. De hecho, Mason Enterprises quiere
quitarse de en medio a Eli. Sus ideas no encajan con el modelo de negocio.
Nunca te contrataron para evaluarlo. Te contrataron para que suspendiera.
Mi hermana resopla. —Pues haz que suspenda de una vez.
—Amber…
—No —me interrumpe—. Lo único que tienes que hacer es decir la
verdad. ¿Acaso esa mujer, Madison, no te dio la chuleta definitiva? No es
que nadie te esté pidiendo que cambies ningún dato, así que no entiendo
cuál es tu problema.
Suspiro. —Madison quiere que llegue a una conclusión con la que no
estoy de acuerdo.
—¡Pues vaya faena! ¿Van a herir tus sentimientos? O no, espera, tu
honor quedará mancillado. —Tras golpear su taza de té contra la mesa,
Amber se dirige enfadada a la puerta del jardín—. Si tanto te importara tu
honor, quizá no deberías haberte follado a tu evaluado —grita antes de
cerrar la puerta con un portazo tan fuerte que hace temblar las endebles
paredes.
Mi madre suelta un largo suspiro. —Tiene dieciséis años, Dani. Es una
edad muy dramática. Vamos a estar bien pase lo que pase. Encontraremos la
manera de estar bien. De todos modos, esta casa es cada vez más difícil de
mantener. Hace tiempo que deberíamos habernos mudado a algo más
pequeño. Y con tantas opciones de escolarización en línea hoy en día,
tenemos muchos sitios a los que podemos mudarnos.
Cada una de las amables palabras de mi madre solo consigue que la
realidad duela más. Sé que Amber es irritantemente egocéntrica, pero
también está presenciando el más que probable desmoronamiento de la vida
tal y como la conoce. Y es culpa mía. Por haber aceptado la oferta de
trabajo de Madison, demasiado buena para ser verdad, me las he arreglado
para amenazar los cimientos tanto de mi carrera como del bienestar
económico de mi familia. Esta casa, donde crecí y donde mis padres todavía
cultivan diversas plantas y hierbas ecológicas para el mercado agrícola
local, ya no pueden permitírsela. El dinero de este proyecto iba a servir para
pagar la casa. Para darle a Amber la oportunidad de ir a la universidad.
Perder eso, además de que me suspendan la licencia y me quede sin trabajo,
sería devastador.
—Iré a hablar con Amber —dice mamá.
—Iré yo. —Levantándome antes que ella, salgo por la puerta y
encuentro a mi hermana sentada en un pequeño columpio que nuestro padre
construyó hace muchísimo tiempo.
—Mañana vas a hacer que lo perdamos todo —dice Amber, lanzándome
una mirada cargada de odio. Su sudadera y sus vaqueros artísticamente
rotos pueden parecer relajados, pero su postura rígida es todo lo contrario
—. Y, sin embargo, te quedas ahí sentada como si no pasara nada.
—En esto no hay nada que no pase, Amber.
—¿Ah, sí? Pero hay una cosa que podría estar bien. Nosotros. Nuestra
familia. —Se levanta y remueve un poco de tierra con la punta de la bota—.
Ese tipo genial tuyo, el que ni siquiera te coge las llamadas, al que no vas a
volver a ver… ¿por qué se lleva él un pase dorado de lealtad en vez de
nosotros? ¿Le has contado siquiera lo de las fotos?
—No me coge las llamadas, así que…
—No me vengas con cuentos. —Amber me mira, y me doy cuenta,
sobresaltada, de que las lágrimas manchan sus mejillas enrojecidas por el
viento—. Si hubieras querido contárselo, habrías encontrado la manera. Ya
sabes, un correo, un amigo, lo que sea.
Levanto las manos en un gesto de impotencia. —¿Para que pudiera
hacer qué? ¿Darme la absolución por arruinarle la vida? Ya le han hecho
daño y lo han traicionado bastante como para añadirle mi remordimiento.
—El tío está forrado. A lo mejor podría asumir alguna responsabilidad
por el lío en el que te ha metido su empresa. Del tipo que viene con varios
ceros al final, ¿sabes?
—No voy a pedirle dinero a Eli. —Mi voz es más cortante de lo que
pretendía, la rabia ante la sugerencia se apodera de mí por un momento. Sin
embargo, para cuando consigo controlarme, Amber ya se está marchando.
—Claro que no —dice sin molestarse en darse la vuelta—. Tu dignidad
es mucho más importante que tu familia. Sabes, tenías alma cuando fuiste a
Colorado. Lástima que la dejaras allí cuando volviste.
ELI
E l melódico sonido del timbre hizo que Eli se diera cuenta de que
llevaba doce horas trabajando en el ordenador sin levantar la vista y de que
le dolía el cuello. Bajó las escaleras sin hacer ruido, abrió la puerta a la
noche lluviosa e hizo entrar a dos mujeres empapadas.
Sky y Jaz parecían un par de gatas caladas que no sabían si estar
contentas consigo mismas o enfadadas con el mundo en general. Desde sus
ajustadas camisetas de tirantes hasta sus mallas y zapatillas de suela curva y
perfil bajo, ambas iban vestidas para escalar, algo que desafiaba toda lógica
con el tiempo que hacía, incluso para la hermana de Kyan.
—Reynolds. Jazzy. ¿A qué debo el placer de vuestra chorreante
compañía?
—A Garibaldi y a tu madre. —Pasando a su lado como una exhalación,
Sky se dirigió a la cocina y empezó a revolver en el armario del té.
Tras echarles otro vistazo, Eli sacó una botella de whisky y tres vasos,
lo cual parecía más apropiado.
—¿Se han unido los dos a los mortífagos?
—No. —Sky sacó una bolsita de Earl Grey, la miró fijamente un
momento y luego la cambió por el alcohol que le ofrecía Eli—. Pero hay
una conexión. Después del evento benéfico, cuando le estaba enseñando
Mason Village a Dani… —Sky hizo una mueca de disculpa—, mencionó
que el nombre de Garibaldi ya lo había visto antes.
Eli suspiró, intentando en vano no sentir una punzada de dolor al oír
mencionar a Dani.
—También todo el que ha estudiado historia de Europa en el instituto.
—Lo vio en el despacho de Madison.
Eli se quedó helado.
—¿Dani te dijo que trabajaba con Madison?
—No. Me dijo que creía haber visto ese nombre, como parte de un
logotipo, cuando se reunió con alguien del consejo de administración de
Mason Enterprises en Boston. Jaz y yo hemos deducido esta noche que fue
en el despacho de Madison.
Eli enarcó las cejas.
—¿Y cómo lo habéis hecho?
—Periodismo de investigación.
—Ajá. —Atuendo de escalada, ni rastro de rocas e información nueva.
Se bebió el vaso de un trago y se sirvió otro—. En otras palabras, ¿debería
estar agradecido de no tener que iros a buscar a comisaría por allanamiento
de morada?
—Tanto monta, monta tanto —dijo Jaz.
—¿Debo suponer también que vosotras dos habéis investigado la
descripción completa del trabajo de Dani? —preguntó con tono sombrío,
aunque los gritos de Talbot en el evento benéfico dejaban poco a la
imaginación.
—Pues sí —intervino Sky—. ¿Quieres que crucemos información?
Eli suspiró.
—Dani es una psicóloga cognitiva enviada para evaluar mi capacidad
para dirigir Mason Pharmaceuticals como director ejecutivo. Pensaba que
trabajaba para el consejo de administración, pero, por lo visto, ha estado
trabajando para Madison todo el tiempo.
—Creo que no es tan simple —dijo Sky.
—¿A ti eso te parece simple? —Eli se frotó la cara. Quizá sí era simple.
Dani trabajaba con Madison. Le había estado engañando desde el principio
—. ¿Podemos tener esta conversación en otro momento?
Jaz soltó un bufido de exasperación.
—¿No quieres saber lo que hemos encontrado?
—La verdad es que no —dijo Eli con sinceridad—. Pero me da que lo
necesito.
Sky sacó su móvil, abrió el carrete de fotos y se lo enseñó a Eli para que
viera mejor. Un par de cheques de la cuenta personal de Madison llenaban
la pantalla; las cantidades astronómicas le dieron a Eli una idea incómoda
de cómo Garibaldi había estado financiando su defensa legal contra Mason
Village.
—Hay más —dijo Jaz, sacando su propio móvil—. Mientras la
detective sénior resolvía la conexión con Garibaldi, yo me di un paseíto
fotográfico por su ordenador.
—¿Liam te ha estado dando clases de hackeo? —Eli no pudo evitarlo.
Jaz se encogió de hombros, pareciendo un gato erizado.
—El día que deje que ese gilipollas me dé clases, las ranas criarán pelo.
Además, no hace falta hackear nada cuando la contraseña está en un posit al
lado de la pantalla del ordenador. En serio. Hay gente que está pidiendo a
gritos que le cotilleen los archivos. ¿Quieres saber lo que encontré o no?
—Repito: no.
—Bien. —Jaz mostró fotos de una pantalla de ordenador. El primer
correo electrónico provenía de una dirección del Departamento de Policía
de Denton sin opción de respuesta—. Esto es un recibo de fianza —narró
Jaz—. Con fecha de hace exactamente seis días. ¿Recuerdas qué pasó
entonces?
—El evento benéfico.
—Que Brock Talbot fue arrestado en el evento benéfico —aclaró Sky
—. Se suponía que iba a quedar detenido sin fianza, por cierto. Múltiples
delitos y la violación de una orden de alejamiento. Sacarlo de allí requirió
una maniobra legal muy potente.
Eli se frotó las sienes.
—¿Me estáis diciendo que Madison, Garibaldi y Talbot han estado
conchabados desde el principio?
—No —dijo Jaz—. No creo que nadie supiera lo de Talbot hasta el
desastre de la gala. —Pasó el carrete de fotos a la siguiente captura de
pantalla, que mostraba un intercambio de correos electrónicos.
[Link]@[Link]
B. Soy tu nuevo amigo. Estoy esperando.
BTalbot@[Link]:
No sabes cuánto te lo agradezco. Permíteme que te compense por tu
tiempo y más. ¿Qué cuenta te vendría bien?
[Link]@[Link] Ese no era nuestro acuerdo. Si
ya no te interesa esta relación, las cosas pueden volver a su estado anterior.
El siguiente correo no tenía texto, solo unos cuantos archivos adjuntos
con fotos. De Eli y Dani saliendo juntos de Mason Pharmaceuticals. Íntimas
de la fiesta de la piscina. Unas cuantas condenadamente explícitas de dentro
de su propia casa. El ángulo de estas últimas era extraño, como si…, como
si alguien se hubiera apoderado de la cámara de un portátil y estuviera
tomando fotos de lo que se pusiera a tiro. Este correo estaba reenviado a la
dirección de correo personal de Madison.
Un escalofrío recorrió la piel de Eli mientras pasaba las capturas de
pantalla de Jaz, fijándose en las marcas de tiempo. Reconstruyendo la
historia.
—Garibaldi ve a Talbot ir a por mi acompañante en el evento benéfico.
Lo sigue hasta el Departamento de Policía para averiguar si puede serle de
utilidad. Luego intercambia una promesa de defensa legal por las fotos de
acosador de Talbot. Se las envía a Madison… que a la mañana siguiente ya
está aquí para chantajear a Dani.
Eli intentó en vano no sentir una punzada de dolor ante esas palabras.
Aquel día en la habitación del hotel no había sido la primera vez que Dani y
Madison se veían, eso estaba claro. Pero eso seguía dejando a Dani en una
posición que nunca mereció.
—Hay algo en el momento elegido por tu madre para intentar que te
despidan que resulta ridículamente oportuno —dijo Sky, poniéndose de
puntillas para mirar por encima del hombro de Eli—. O sea, ¿cruzar el país
con una hora de antelación para plantarle un chantaje recién salido del
horno en las narices a Dani? La única razón para hacer eso es si el tiempo
apremia y otras presiones más convenientes se han agotado.
—El cierre de Mason Village —dijo Eli, completando el razonamiento
de Sky—. Cullen y yo intentábamos adelantar la fecha. Se suponía que
debía haber ocurrido poco después del evento benéfico. ¿Os apostáis algo a
que si nos pusiéramos a escarbar en las finanzas, descubriríamos que
Madison se está beneficiando del chanchullo de Garibaldi?
—Eso no es una apuesta, es una exclusiva. —Los ojos de Sky brillaron
con un destello depredador, pero el fuego se apagó rápidamente—. Pero ese
tipo de análisis forense lleva meses, Eli. Y ahora el cierre es la semana que
viene.
Lo que significaba que Madison iba a reunir al consejo para que
destituyeran a Eli antes. Si lo destituían como director ejecutivo, todos los
inversores se largarían. Sin inversores, no habría cierre.
—¿Y si le dices al consejo de administración que la psicóloga cognitiva
que contrataron para evaluarte estaba siendo chantajeada para que diera una
evaluación negativa? —sugirió Jaz.
—Entonces tendría que revelar las fotografías. Dani perdería su
licencia. —Cogiendo un bolígrafo, Eli lo pulsó con saña. No podía hacerle
eso. Tenía que protegerla, incluso ahora. Así que tendría que hacer algo.
DANI
M i trayecto en coche hasta Mason Enterprises transcurre sin
incidentes, pero aun así soy un manojo de nervios. Mientras doy vueltas a
Kenmore Square buscando aparcamiento y camino bajo el cielo gris y
encapotado de la tarde hacia Mason Enterprises, siento cómo todas las
articulaciones de mi cuerpo se tensan. No importa cómo vaya el día, dejará
vidas destrozadas a su paso.
Me parece surrealista volver a las Torres Mason, donde empezó esta
pesadilla. Al acercarme a la entrada de doble puerta, me vuelven a
sorprender los detalles del edificio corporativo. Mesmo con solo veintiún
pisos, destaca en el horizonte de Boston. El material espejado de sus vigas
plateadas y sus ventanas interconectadas hacen que refleje lo que lo rodea.
Ahora mismo, son nubes blancas e hinchadas en un cielo azul brillante.
No se me escapa la ironía. El exterior de este lugar es precioso, y el
diseño interior, respetuoso con el medioambiente, me llega al alma. Y, sin
embargo, también es el dominio de Madison Mason.
Ataviada con un traje de chaqueta formal de color verde jade, con el
pelo recogido en un moño, intento encarnar la seguridad en mí misma que
se supone que proyecta mi aspecto. Pero la verdad es que estoy
aterrorizada. El sonido de mis tacones pasa de un golpe sordo a un
chasquido más agudo al entrar por las puertas giratorias de cristal de la
planta baja. El suelo está hecho de travertino dispuesto en un intrincado
patrón que deletrea las palabras Mason Enterprises. Está pulido hasta
alcanzar un intenso brillo, pero solo consigo atravesar la mitad cuando oigo
mi nombre.
—Danielle Nelson.
Me giro, con el estómago encogido. —Sí, soy Danielle Nelson.
—La esperábamos —me dice un hombre latino de ojos oscuros y
penetrantes, vestido con un tres piezas azul marino, mientras me tiende la
mano—. Soy Alfonso DeJesus, uno de los miembros del consejo de
administración. Es un placer conocerla.
Me quedo mirando la mano de Alfonso un instante de más antes de
estrechársela, lo que me vale una ceja arqueada.
—Me temo que me ha pillado con la guardia baja, señor DeJesus. —Le
dedico una sonrisa encantadora, aunque después de lo de Madison, no me
fío de nadie aquí—. No esperaba que nadie del consejo me recibiera en el
vestíbulo.
Alfonso se encoge de hombros. A sus treinta y pocos años, parece
demasiado joven y en forma para el cargo; su cuerpo tonificado me
recuerda demasiado al de Eli. —En realidad, es que llego tarde, pero decir
que la estaba esperando me hacía quedar mejor.
Miente. Pero finjo no darme cuenta.
Dándose la vuelta con elegancia, Alfonso me guía hacia la hilera de
ascensores dorados y luego pasa de largo. —¿Le importaría mucho que
subiéramos por las escaleras, señora? —pregunta por encima del hombro; el
señora tiene un aire marcial y ensayado—. Evitar el ascensor es el único
ejercicio que hago en todo el día.
—Por supuesto —digo con sequedad—. ¿Qué planta?
—La vigesimoprimera.
Me detengo, con la mano en la barandilla. Por molto que agradezca
evitar el ascensor, el jueguecito de «sé algo que tú no sabes» tampoco me
sienta nada bien.
Al darse cuenta de que ya no lo sigo, Alfonso se detiene unos pasos más
adelante, mirando por encima del hombro con expresión resignada. —Eli
Mason me ha pedido que la acompañara. —Su mirada se desvía hacia mis
zapatos de tacón bajo—. Parece que he picado con una broma de humor
británico.
Se me hace un nudo en la garganta. Eli. Incluso ahora, incluso después
de todo lo que él cree que he hecho, sigue intentando protegerme. Incluso
en estas pequeñas cosas. Por el rabillo del ojo, oigo a Alfonso proponer que
volvamos a un medio de transporte más civilizado y niego con la cabeza,
acelerando el paso. —Las escaleras están bien —digo en voz baja—.
Gracias.
Siguiendo a Alfonso, subo a un ritmo constante, y el ejercicio calma lo
peor de mi ansiedad. No obstante, la planta veintiuno llega demasiado
pronto, y con ella una gran pantalla LCD que anuncia: «Reunión del
Consejo de Administración de Mason Enterprises. 8:00 h en la suite 100».
Girando a la izquierda, sigo a Alfonso por un nuovo pasillo que nos
lleva sobre una de las moquetas más gruesas y mullidas que he visto nunca
y a una sala de conferencias con pesados paneles de madera. Otras cuatro
personas —dos hombres y dos mujeres— ya están allí; los ojos de Madison
se entornan con momentáneo disgusto al vernos entrar juntos a Alfonso y a
mí.
—Señorita Nelson —dice Alfonso, señalando con fluidez al hombre que
preside la mesa y continuando por orden—, permítame presentarle al señor
Gordon Fettering, presidente del consejo de administración de Mason
Enterprises, y a los demás miembros, Kent Bellman, Bianca Truman y
Madison Mason.
Enfundada en su traje de Donna Karan, Madison Mason no me dedica
más que una fugaz mirada durante la presentación, pero incluso eso está
cargado de advertencia.
—Gracias, Alfonso —dice el presidente inmediatamente después de las
presentaciones, indicándome que tome asiento en la cabecera de la mesa,
frente a él—. Bienvenidos a todos. La reunión de hoy concierne al resultado
de un análisis cognitivo de terceros sobre el director ejecutivo de nuestra
división farmacéutica en Denton Valley, Colorado.
Suena preciso y clínico, sin siquiera usar el nombre de Eli. Quizás decir
el apellido Mason se considera demasiado perjudicial. Pero sigue siendo
Eli. Sigue siendo su nombre. —La evaluación se ordenó con una votación
de tres a dos. Hoy, la señorita Danielle Nelson comparece ante el consejo
para presentar sus resultados. Señorita Nelson, tiene usted la palabra,
señora.
Me pongo de pie, levantando la barbilla a pesar de que mi corazón late
tan fuerte contra mis costillas que apenas puedo oírme por encima del
martilleo. —Gracias, señor. Soy Danielle Nelson, psicóloga cognitiva
certificada. Durante las últimas seis semanas se me ha encomendado la
evaluación de Elijah…
—Señorita Nelson —interrumpe Madison, con la mirada fija en sus
notas—. ¿Está usted afiliada de alguna manera a Mason Enterprises o a
cualquier otro negocio vinculado a nuestros intereses? Subtexto: si te pasas
de la raya, la próxima pregunta será sobre tu afiliación específica con Eli.
—No, señora, no lo estoy.
—Excelente. ¿Y tuvo tiempo suficiente para terminar su evaluación? —
continúa.
—Sí, señora.
—Muy bien. Proceda, por favor.
Aclarándome la garganta, dejo mi maletín sobre la mesa y saco cinco
sobres cerrados, que reparto entre los miembros del consejo. Copias de mi
informe. Firmadas y fechadas. No iba a repartirlas tan pronto, pero necesito
cortarme mi propia vía de escape.
El presidente levanta un dedo. —Antes de que nadie abra su sobre, me
gustaría recordar a los miembros del consejo que el contenido del mismo no
debe compartirse fuera de esta sala. Sean cuales sean las conclusiones,
espero que el debate se mantenga civilizado. Sí, Alfonso.
—Para que conste, me gustaría volver a manifestar mi objeción a todo
el proceso de evaluación. La división de Denton Valley ha sido un
productor e innovador constante. Nuestros inversores están satisfechos con
el rendimiento. Renuevo mi petición de que se desestime la evaluación.
—Si el señor Mason es tan competente como sugiere, Alfonso, estoy
seguro de que sus evaluaciones así lo dirán —replica Kent—. Después de
todo, contratamos a una profesional independiente.
Mantengo el rostro impasible. Tenía la impresión —que ahora me doy
cuenta de que era absurda— de que mis borradores preliminares se habían
distribuido a todas las partes. Claramente no. Madison había querido
controlar el proceso. Y, por todos los dioses, lo hizo, ¿verdad?
—Basta. La objeción queda registrada y desestimada —dice el
presidente—. Señorita Nelson.
Allá vamos. —Señoras y señores, si fueran tan amables de abrir sus
sobres…
—En realidad, no hagamos eso —dice una voz británica desde las
puertas dobles de nogal que se abren, mientras Eli entra en la sala,
impecablemente vestido con uno de sus mejores trajes de rayas
diplomáticas negras, con la cabeza alta y los hombros rectos. Parece el
anuncio de un glorioso ejército de un solo hombre, pero no debería estar
aquí.
No me mira. Ni siquiera mira en mi dirección. Simplemente se planta
ante el presidente, con las manos a la espalda, como si estuviera en posición
de descanso.
—Elijah. —Madison se pone en pie de un salto—. ¿Qué significa…?
—Sé que esto es poco ortodoxo y una atroz falta de protocolo —dice Eli
al consejo, con su voz de barítono suave y autoritaria que llena la sala—,
pero tengo algo de importancia y urgencia que comunicar. —La sala se
queda en silencio. Incluso Madison se queda quieta. Eli espera otro segundo
y luego saca una hoja de papel del bolsillo—. Dimito.
—¿Qué? —grazna Madison, al tiempo que el presidente dice—:
¿Perdón?
—Dimitro como director ejecutivo de Mason Pharmaceuticals con
efecto inmediato.
No. No, no, no. No se suponía que esto iba a ser así.
Gordon Fettering frunce el ceño. —No lo entiendo.
Eli se encoge de hombros como si el asunto no fuera de gran
importancia. —El hecho de que el consejo de administración haya
considerado oportuno contratar a una psicóloga cognitiva —dice Eli las
palabras como si hablara de una enfermedad venérea especialmente
desagradable— para evaluar mi idoneidad como director ejecutivo es en sí
mismo un voto de no confianza. Contenga o no ese informe información
despectiva, su mera existencia sería una mancha en mi reputación. Como
tal, pido que permanezca sellado ad infinitum. O, mejor aún, que se
destruya. Después de todo, no hay necesidad de permitirse el lujo de leer
una evaluación de una persona que no está a sueldo de ustedes.
Otro momento de silencio resuena en la sala. Siento cómo la sangre
abandona mi rostro con cada latido. Intento captar la mirada de Eli, negarle
con la cabeza, hacerle saber de alguna manera que no estoy aquí para
hacerle daño, pero ni siquiera me mira.
Madison es la primera en hablar, apartando el sobre cerrado de sí
misma. —Acepto las condiciones del señor Mason —dice, con voz amable.
Comprensiva—. Es una situación difícil, y tiene derecho a su privacidad.
Eli hace una media reverencia a su madre, una muestra de gratitud fuera
de lugar.
Alfonso, sin embargo, se ha puesto en pie, golpeando la mesa con las
palmas de las manos. —¿Va a rendirse, Mason? ¿A darse por vencido sin
siquiera ver lo que hay aquí dentro? Esa es la salida de los cobardes, y no
tenía ni idea de que usted fuera un…
—Se está pasando de la raya, señor DeJesus. —La voz de Eli chasquea
con una dureza militar que detiene a Alfonso en seco, aunque no sin que un
destello de ira recorra los rasgos bronceados del hombre.
Me muerdo el labio, tratando de entender qué cree Eli que está
haciendo. Alfonso debe de ser lo más parecido a un aliado que tiene en este
grupo. Ponerle en evidencia delante de sus colegas no va a preservar la
reputación de Eli… que, ahora que lo pienso, no corre grave peligro por la
mera existencia de un informe confidencial. El argumento de Eli es
estúpido. Y Eli no es estúpido. Ni de lejos.
La comprensión me golpea de repente, cerrándome la garganta. No es
su historial lo que Eli Mason intenta proteger. Es el mío. De alguna manera,
Eli se ha enterado de las fotos. Y ahora está aquí, sacrificándose para darme
la oportunidad de escapar con mi licencia intacta. Aunque le he hecho daño
—y, por todos los dioses, sé que lo he hecho—, Eli sigue aquí. Cuidando de
mí. Porque es la clase de hombre que es.
—Eli, espera —le llamo.
Por fin, Eli me mira, pero no puedo leer nada en su rostro más allá de
pura determinación. Pero no importa. Porque sin importar lo que sienta, sin
importar cómo se enteró de las fotos, sé lo que siento yo. Y lo que siento es
amor. Amor por él.
Al diablo con la licencia, no me arrepiento de un solo momento que
pasamos juntos.
—Basta ya de esto —dice Madison, con su tono seguro resonando en la
sala de juntas—. El hombre ha dimitido. Está en su derecho. En cuanto al
informe, si Alfonso insiste en leerlo, entonces por respeto a su servicio en
este consejo, podemos…
—Yo que usted, dejaría de hablar, Madison —dice Gordon Fettering en
voz baja, atrayendo la atención de la sala hacia donde él se había tomado la
libertad de abrir mi informe mientras los demás discutían. Sacando las
páginas limpiamente mecanografiadas, el presidente las gira para que las
vea la sala, con el título nítido bajo las luces de la sala de conferencias.
Informe de idoneidad del liderazgo de Mason Enterprises. Sujeto
evaluado: Madison Mason.
ELI
U n escalofrío recorrió la espalda de Eli mientras Gordon Fettering
pasaba las páginas del informe y los demás miembros de la junta abrían sus
sobres. Al leer por encima del hombro de Alfonso, sintió que el estómago se
le encogía más con cada línea condenatoria.
… necesidad patológica de lanzar falsas calumnias… conclusiones
extraídas sin pruebas legítimas… Sus intentos —enumerados a lo largo de
este informe— de influir, engatusar y, finalmente, coaccionar a esta
evaluadora para que informara no solo de una visión alternativa de los
hechos documentados presenciados, sino de que falsificara pruebas para
respaldar la conclusión solicitada.
Girándose hacia Dani, le clavó la mirada en su rostro, hermoso y
valiente, mientras el pánico lo recorría. La mujer no solo había asumido el
riesgo calculado de presentar un informe veraz, sino que había firmado su
propia sentencia de muerte profesional. Por él. Incluso cuando no tenía
motivos para pensar que volverían a cruzarse.
—Dani —susurró, negando con la cabeza. Intentaba encontrar la forma
de darle la vuelta a la situación antes de que…
—Señorita Nelson. —La voz cultivada de Madison sonaba
completamente despreocupada, con solo un atisbo de curiosidad subyacente
en su tono—. ¿Me permite preguntarle de qué manera fue usted…? —
apartó ligeramente el informe de su cara, colocándolo a una distancia de
lectura cómoda— ¿… influida, engatusada y, finalmente, coaccionada?
Joder. Demasiado tarde.
Dani se arregló la chaqueta del traje y se dirigió a la junta. —La señora
Mason me presentó unas fotografías que documentaban una relación
sentimental entre Elijah Mason y yo.
—Y esas fotografías —continuó Madison con el mismo tono calmado
de una fiscal experimentada—, ¿eran falsificaciones? ¿O eran inexactas de
algún modo?
El corazón de Eli golpeaba contra sus costillas; la forma en que Dani
mantenía la cabeza alta lo avergonzaba.
—Eran auténticas, señora —dijo Dani.
—¿Eso está permitido por su comité de ética, señorita Nelson? —
preguntó Fettering.
Dani soltó una risita sin humor. —En absoluto, señor. Por eso era un
chantaje ejemplar. —Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, y Eli
estaba seguro de que era el único capaz de detectar el ligero temblor de su
mano—. Eso es lo que finalmente me ha llevado a decidir modificar mi
informe anoche. Si modificaba el informe según las instrucciones de la
señora Mason, no solo estaría entregando mentiras, sino que estaría
ayudando a manchar la reputación del hombre más honesto, compasivo y
honorable que he conocido. Si lo entregaba tal cual, habría violado mi ética
de nuevo porque, por mucho que me lo repita, estoy irremediablemente
predispuesta a favor de mi evaluado. —Dani se mordió el labio—. Así que
recurrí al viejo adagio: cuando todo lo demás falla, prueba con la verdad.
El silencio se apoderó de la sala, el aire cargado de tensión. Madison,
con la boca ligeramente entreabierta, miraba fijamente a Dani. Dani miraba
fijamente al presidente. El presidente miraba fijamente el informe.
Clic.
Eli se dio cuenta de que Alfonso hacía clic con el bolígrafo al mismo
tiempo que Dani, cuyos hombros —que se habían mantenido tan rectos y
seguros todo el tiempo— se encogieron con el sonido. Apoyando la mano
en el borde de la mesa de reuniones, Eli la saltó de un solo brinco y aterrizó
justo detrás de Dani para posar una mano tranquilizadora en su hombro.
Cuando los dedos de Dani se alzaron para rozar los suyos, con el
corazón tartamudeándole como el de un niño, supo que no la dejaría
marchar. No podía. Nunca más. Pasara lo que pasara.
Fettering se quitó las gafas y las dejó deslizarse por la mesa mientras se
pellizcaba el puente de la nariz.
—Si me permite —empezó a decir Madison de nuevo, pero el
presidente la interrumpió con un gesto de la mano.
—Ya ha dicho —y hecho— más que suficiente, Madison —dijo con
rotundidad—. Señorita Nelson, ¿firmó usted un acuerdo de
confidencialidad cuando fue contratada para esta evaluación?
—Sí, señor. —Bajo su mano, sentía cómo los músculos de Dani se
tensaban, la energía que le estaba costando mantener a raya a toda la sala de
juntas empezaba a ceder bajo la presión. Y, sin embargo, ahí estaba. La
mujer más valiente que Eli había conocido jamás.
—Bien —continuó Fettering—. Sigue plenamente vigente.
Especialmente ahora.
—El comité de ética médica se reunirá… —empezó a decir Madison de
nuevo.
—No habrá ningún comité de ética médica —dijo Fettering, cortándola
en seco—. No habrá ningún informe. No ha habido ninguna evaluación. Ni
sobre Eli. Ni sobre Madison. Ni sobre nadie en todo este lugar. Nada de esto
ha ocurrido. Señorita Nelson, enviará usted un test de evaluación de la
personalidad Myers-Briggs a esta junta, que se archivará en las actas de esta
reunión. Y en cuanto a usted, Mason. —Recogiendo la carta de dimisión de
Eli, Fettering la hizo pedazos—. Vuelva al trabajo. Ya he tenido suficiente
drama por hoy para toda una vida.
C on la mano en la parte baja de la espalda de Dani, Eli la guio suavemente
fuera de la sala de juntas. Detrás de la puerta que se cerraba, la voz de
Madison seguía insistiendo en que todo había sido precipitado por un
malentendido y, por una vez, Eli no estaba del todo en desacuerdo.
Era un malentendido. De prioridades. De lealtades. De lo que su alma
necesitaba para estar completa.
—¿Bajas conmigo? —preguntó Eli.
—Son veintiún pisos. —Dani miró por encima del hombro—. Déjame
adivinar, ¿hoy necesitas hacer ejercicio?
—No. Solo quiero la compañía. —Por un segundo, Eli temió que Dani
se apartara, pero tras un instante de vacilación, ella le indicó con un gesto
que la guiara hacia la escalera. Sin embargo, en cuanto la puerta se cerró
tras ellos, aislando todo el ruido del rellano principal, Dani aminoró el paso.
—¿Qué le va a pasar a Madison? —preguntó.
—La mandarán al banquillo durante un año o dos —respondió él—.
Fettering sabe que ahora es una víbora, pero también sabe que si la junta
airea demasiados trapos sucios, el daño a la reputación afectará a los
resultados con los inversores. Lo importante es que ya no puede hacerte
daño.
Acercándose al rostro de Dani, Eli le acarició la mejilla con el pulgar,
saboreando el tacto de su piel fresca. Tras las voces alzadas en la sala de
reuniones, el silencio de la escalera era mucho más absoluto, y la suave voz
de soprano y la fragancia a lavanda de Dani inundaban sus sentidos. —Sky
y Jaz encontraron fotos nuestras en el ordenador de Garibaldi. Se las había
conseguido de Talbot para enviárselas a Madison. —Eli hizo una pausa, con
la mano todavía en el rostro de Dani, mientras formulaba la pregunta cuya
respuesta temía—. ¿Por qué no me dijiste que te estaban chantajeando,
pelirroja? ¿Lo de Madison? ¿Lo de Talbot? ¿Por qué no confiaste en mí?
Dani levantó la barbilla, sorprendida. —¿Confiar en ti? Por supuesto
que confiaba en ti. Con lo de Talbot… —Hizo una mueca, y Eli tuvo que
hacer un esfuerzo para no atraerla hacia su pecho—. No quería pensar que
fuera real. Pensé que estaba loca y… y que sonaría estúpido.
—Nunca —susurró Eli, negando con la cabeza.
—En cuanto al resto —respiró hondo—, había dado mi palabra, Eli.
Antes de conocerte, le había dado mi palabra a Madison de mantener en
secreto que nos conocíamos. Parecía una petición bastante sencilla, y para
cuando me di cuenta de todas las complicaciones que conllevaba, ya era
demasiado tarde.
Dani se pasó los dientes por el labio inferior. —Siento mucho haberte
hecho daño. Siento mucho haber colaborado con Madison. Y siento
tantísimo haber tenido que guardarme la verdad aun sabiendo lo que esa
mujer te había hecho. Pero no voy a disculparme por mantener mi palabra.
No puedo.
Joder. Por eso, por eso la amaba. —No te lo pediría —dijo,
sosteniéndole la mirada—. Y si no hubiera sido tan gilipollas cuando
intentaste hablar conmigo, me habría dado cuenta de la verdad. Lo siento,
pelirroja. ¿Puedes perdonarme?
Contuvo el aliento.
En lugar de responder, Dani se acercó a él y, poniéndose de puntillas,
cubrió su boca con la de ella. El beso comenzó suave y vacilante, pero en
cuestión de segundos, su intensidad creció más y más, hasta que Eli sostuvo
a Dani con toda la desesperación y la pasión que se habían acumulado en su
interior. Y ella a él.
Eli se quedó sin aliento cuando por fin se separaron —su polla erecta
hacía que el más mínimo movimiento fuera insoportable— y lanzó una
mirada disimulada. Joder. Hizo una mueca.
—Wyrd, nos hemos dejado llevar un poco —dijo Dani, intentando
claramente —y sin éxito— contener una sonrisa demasiado cómplice.
Eli la atrajo hacia él. —Sí, bueno, enamorarse de ti hace que uno esté un
poco ansioso por tenerte de nuevo.
Ella se quedó inmóvil en sus brazos, luego levantó la barbilla lo
suficiente para estudiarle la cara. —¿Te estás enamorando de mí?
—Me enamoré —la corrigió—. Ya me he enamorado.
—Yo… —Parpadeó varias veces—. Yo también te quiero.
Una calidez inundó todo su ser; cada nervio y fibra, vivos y en calma.
Sus siguientes palabras le salieron como un graznido ronco. —Es bueno
saberlo.
DANI
M ientras atravesamos la puerta giratoria, Boston nos da la
bienvenida con su tráfico, sus sirenas, el humo de los tubos de escape y sus
caóticas multitudes. Un grupo de adolescentes pasa pavoneándose,
hablando de algo flipante mientras nos esquivan.
—Boston es tu hogar, ¿no? —le pregunto a Eli.
Niega con la cabeza. —Ni de lejos. Crecí aquí cuando no me mandaban
a un internado en Londres, pero mi verdadera familia está en Denton Valley.
Y hablando de familia, deja que te lleve a casa.
Noto el tique del aparcamiento en el bolsillo. —He venido en coche.
—Deja que te lleve de todos modos. Quiero darle las gracias a tu padre
por las sanguijuelas.
—¿Y? —pregunto. Hay algo más. Sé que hay algo más.
Me lanza una mirada pícara. —Y que, dado que su hija se ha presentado
esta mañana en las Torres Mason con la firme intención de cargarse su
carrera por mí, me imagino que querrán tirarme algunas cosas a la cabeza
antes de que podamos firmar una tregua.
Remuevo los pies, incómoda. Aunque les mandé un mensaje para
decirles que todo estaba bien, en lo que respecta a Amber, Eli no se
equivoca: cabe la posibilidad de que, literalmente, me tire algo porque sí.
Mi madre no lo haría, por supuesto, pero dudo que sea capaz de ocultar el
resentimiento que siente hacia los conglomerados en general, sin importar
lo que haya pasado. Incluso mi padre es impredecible: es el más abierto de
mente de los tres, pero después de la agitación de los últimos días, tampoco
está en su mejor momento. La idea de que las personas que más me
importan en el mundo se lancen puyas me revuelve el estómago.
Eli entrelaza sus dedos con los míos. —No es como si no me hubiera
adentrado antes en territorio enemigo —me susurra al oído—. Y por
motivos menos importantes. Tengo que conocer a una familia que ha criado
a una hija como tú.
El corazón me da un vuelco mientras abro la contrapuerta para llamar a
la gruesa puerta principal de roble de la casa en la que crecí. En mi
ausencia, mi madre ha colgado una corona de hojas de arce naranjas.
Siempre se le han dado bien las manualidades, pero más aún cuando está
nerviosa. Y esta corona es una elaborada mezcla de geranios, margaritas
Shasta y rudbequias.
—Todavía estás a tiempo de retirarte —le murmuro a Eli.
—Nunca. —Su voz suena segura, pero su tez está más pálida de lo que
debería. Me doy cuenta de que está nervioso, pero hace todo lo posible por
no demostrarlo. Sin embargo, antes de que pueda sugerir que lo dejemos
para un mejor momento, la puerta se abre de golpe y revela a mi hermana
pequeña, Amber.
Contengo la respiración.
Amber desvía su mirada entornada de mí a él, y un toque de color le
sube a las mejillas mientras sus ojos recorren el cuerpo esbelto de Eli, con
su traje de Armani que acentúa unos hombros anchos y una cintura definida.
A su lado, con vaqueros ajustados y un top corto, mi hermana parece…
bueno, joven. Abre la boca, la cierra y se sonroja como un tomate. —¿Así
que usted es el novio de mi hermana?
Me aguanto la risa a duras penas. Hasta ahora, nunca había visto a
Amber colarse tan obviamente por alguien que no fuera miembro de una
banda alternativa o uno de los superhéroes del universo cinematográfico de
Marvel. Si a eso le sumas la falta de filtro entre su cerebro y sus cuerdas
vocales, pues aquí estamos.
Eli extiende la mano. —Tú debes de ser Amber —dice—. Soy Mason.
Ella le toma la mano. —Creía que se llamaba Eli.
—Mis amigos me llaman Eli —confirma él, y sus manos permanecen
unidas más tiempo de lo debido. Entonces veo los nudillos blancos de
Amber y me doy cuenta de que está intentando echarle un pulso a un SEAL.
—¿Pero se supone que debo llamarlo Mason? —pregunta Amber con
desdén. Sí, esa es mi Amber.
Eli baja la vista a sus manos aún unidas. —¿Te parece que somos
amigos? —pregunta con calma. Aunque me den ganas de retorcerle el
pescuezo a la adolescente, la actitud se le resbala a Eli como el agua a un
pato: no va a aguantar las tonterías de Amber, pero tampoco se toma su
enfado como algo personal. Adoro a este hombre.
—¿Te ha dicho papá que todo está bien? —pregunto. Amber sigue sin
apartarse para dejarnos pasar—. Te puedes quedar en casa.
—Sí. Por algún milagro. Pero no ha sido gracias a usted —dice Amber.
Va a retirar la mano, pero esta vez es Eli quien aprieta.
—Tu hermana es la mujer más valiente que he conocido —le dice, su
mirada gris atrapando la de Amber mientras su voz se endurece, autoritaria
—. Y créeme cuando te digo que eso es mucho decir.
La suelta y Amber retrocede, abriendo y cerrando la boca de nuevo sin
emitir sonido. —Como sea —dice por fin, desapareciendo en la casa, pero
hay un deje de algo en su voz que no había oído en mucho tiempo. Respeto.
—Bueno, no os quedéis ahí en la puerta. —Mi madre aparece en el
lugar que Amber acaba de dejar—. Por favor, pasad.
—Gracias, señora Nelson. —Eli se hace a un lado para dejarme pasar
primero y le hace a mi madre una media reverencia.
Mi madre se aclara la garganta. —Tengo la comida lista. No es nada a lo
que estés acostumbrado, por supuesto, pero no sabía que íbamos a tener
invitado. Aunque puedo acercarme a la tienda a por algo. —Nos mira a Eli
y a mí—. ¿Qué come?
Me aclaro la garganta. —No es un perrito, mamá.
—No hay problema —le asegura Eli—. Tengo proteína en polvo en el
coche, señora. ¿Quiere que vaya a buscarla?
Mi madre lo mira fijamente. —¿Proteína en polvo? ¿Para qué íbamos a
necesitar proteína en polvo?
Eli se encoge de hombros. —Me ha preguntado a qué estoy
acostumbrado. Eso es lo que suelo comer. Aunque Dani tiende a insistir
en… ¿cómo llamas a esas cosas?
—Verduras —le digo.
Mi madre pone los ojos como platos. —¿Dios santo, te alimentas de
proteína en polvo?
—También perritos calientes —ofrece Eli, servicial—. Y barritas
energéticas. También tengo de esas en el coche.
—En esta casa no —declara mi madre, con las manos en las caderas—.
Id a lavaros las manos, los dos.
Eli agacha la cabeza obedientemente y me sigue hasta el cuarto de baño,
enjabonándose las manos como se le ha indicado. Acurruco la cabeza en el
hueco de su hombro. Inclinándose, Eli me besa la coronilla. Calma. Y
felicidad. Y calidez de hogar.
La comida rompe el último hielo entre Eli y mis padres; Eli cuenta lo
eficaces que han sido las sanguijuelas antes de comparar apuntes sobre
plantas comestibles y medicinales en entornos austeros. La conversación
hace que Amber oscile entre sonrojarse ante Eli y poner caras por el tema,
antes de acabar uniéndose con un conocimiento sobre setas que deja a Eli
por los suelos. Cuando Eli saca una libreta del bolsillo interior de su
chaqueta y empieza a tomar notas sobre las aportaciones de Amber, sé que
se ha ganado una nueva amiga.
Después de comer, Eli y yo salimos al porche y nos sentamos en el viejo
columpio de madera que ha estado ahí desde que tengo memoria.
Contemplamos la infinidad de verduras y hierbas que crecen junto a los
escalones del porche de mis padres en pequeñas macetas de terracota, en las
jardineras elevadas y en el huerto que hay más allá. Esta parcela a las
afueras de Boston huele dulce, a heno y a madreselva y a otros muchos
aromas combinados, los olores de mi infancia.
Pero la fragancia que más disfruto es la del olor a hierba fresca de Eli
cuando me sienta en su regazo, haciendo que el columpio se tambalee
precariamente.
—Me ha escrito Liam —dice Eli en voz baja, rodeándome con la mano
—. La defensa de Talbot ha dejado de tener financiación y, ahora que no
hay peligro, están llegando más acusaciones de otras mujeres. Va a acabar
entre rejas.
Cierro los ojos y me aprieto contra él; la seguridad de su presencia me
cala en la piel…, pero Eli me aparta.
—Tu padre me ha dicho que no eres de las que se quedan mucho tiempo
en un mismo sitio. Pero ¿qué me dirías de darle otra oportunidad a Denton
Valley? —Traga saliva, su fuerte rostro tan vulnerable—. Conmigo. Juntos.
Le acaricio la mano con los dedos, esperando que mi mente se ponga a
toda marcha con la proposición. Pero no lo hace. Quizá porque gran parte
de Denton Valley ya no me es ajena. O quizá porque estar al lado de Eli me
parece lo más correcto del mundo. Además, en realidad puedo hacer mi
trabajo desde cualquier lugar. —Me gustaría —digo, y lo digo de corazón
—. Me gustaría mucho, muchísimo.
Sonriendo con una mezcla de triunfo y alivio, Eli me coge la mano y me
besa la palma. —Bien. Salvo por un pequeño inconveniente. Puede que esté
reformando la habitación de invitados. Así que tendrás que conformarte con
compartir mi habitación. Y mi cama.
—Ajá. —Levanto una mano hacia su frente y le aparto uno de los rizos
rebeldes—. ¿Y cuándo empieza exactamente esa reforma? —le pregunto.
Eli saca su móvil. —Ah, en unos cinco minutos.
Pongo los ojos en blanco y rozo sus labios con los míos, apartándome
más rápido de lo que me gustaría por estar en el porche de mis padres a
plena luz del día. Denton Valley cada vez me parece mejor. Como para
subrayar mi pensamiento no expresado, Amber sale disparada de la casa, y
la contrapuerta se cierra de golpe con un fuerte estruendo a su espalda. Al
vernos a Eli y a mí —o, más exactamente, al ver a Eli y a nadie más— se
detiene en seco y el color le sube por el cuello.
—Hola —dice.
—Hola, Amber.
Se mete las manos en los bolsillos. —Y… ¿quiere ir a tomar una
cerveza o algo?
—¿Qué? —me sobresalto en el regazo de Eli—. Tienes dieciséis años.
No vas a ir a tomarte una cerveza ni con Eli ni con nadie.
El rubor del cuello de Amber se extiende a su cara, y me siento un poco
mal. No pretendía avergonzarla, pero, en serio.
—Amber, asegúrate de quitar las malas hierbas del huerto y de limpiar
tu cuarto —dice nuestro padre lo bastante alto como para que se le oiga por
la ventana abierta, hundiendo los últimos clavos en el ataúd de la
humillación de mi hermana.
Deslizando las manos bajo mis rodillas, Eli me aparta a un lado y se
inclina hacia Amber, con los antebrazos apoyados en las rodillas. —¿Tienes
dieciséis años? —aclara.
—Dieciséis y medio.
—¿Eso quiere decir que tienes el carné provisional?
Amber se muerde el labio. —Tengo el carné, pero a papá le preocupa
que conduzca el coche.
Normal. Es el único que tenemos. Si Amber lo estrella, la cosa no irá
bien.
—Dice que no tiene nervios para soportarlo —añade Amber
rápidamente.
—Bueno, a mí me va un poco la adrenalina —dice Eli, con un tono tan
serio que empieza a ponerme nerviosa—. Y necesito ayuda con una cosa.
Así que te propongo un trato: ayúdame con mi pequeño recado y podrás
conducir.
A Amber se le ilumina la cara y luego se le apaga con la misma rapidez.
No es tonta. Sabe lo que un coche averiado le supondría a nuestra familia.
—No creo que sea buena idea. Papá podría necesitar el coche.
—Usaremos el mío. —Eli le resta importancia al asunto con un gesto—.
Pero esto no es un paseo gratis. Necesito esa ayuda.
—¿En serio? —A Amber se le ilumina la cara—. Quiero decir, trato
hecho.
—Espera. ¿Qué? ¿Adónde te la llevas, Eli? —exijo saber.
—Eso es entre Amber y yo, Pelirroja —dice Eli con impertinencia,
lanzándole a mi hermana las llaves de su Mercedes todoterreno de alquiler
—. Nos vemos en un rato.
Un rato resulta ser nada menos que tres horas, y solo las llamadas
periódicas para dar señales de vida a mis padres evitan que organicen un
equipo de búsqueda y rescate. Cada vez que Amber llama, su voz suena un
poco más alegre, su respuesta un poco más evasiva. Para cuando el par
regresa, con Amber al volante, me huelo la tostada.
—¿Dónde estabais? —pregunto, fijándome en las nuevas gafas de sol
Oakley que lleva Amber.
—En aparcamientos. Un montón de aparcamientos —me dice.
Mi madre se aclara la garganta y se toca sus propias gafas a modo de
pregunta.
—A Amber le molestaba el sol en los ojos —dice Eli con naturalidad—.
Era una cuestión de seguridad, señora. Espero que le parezca bien. Notará la
diferencia sobre todo en invierno, cuando la nieve empiece a reflejar los
rayos.
Amber le da un beso en la mejilla a nuestra madre. —Ha sido muy
bueno. Creo que ahora sé aparcar en paralelo mejor que tú. ¿Me llamas para
cenar?
—¿Adónde vas? —pregunta mi madre mientras Amber sube las
escaleras.
—Un trabajo de ciencias. ¿Me llamas para cenar?
Mis padres intercambian miradas de incredulidad.
Amber se detiene en el rellano de arriba y se inclina. —¿Eli? —llama.
—Mason —responde Eli.
—¿Un tres coma cuatro?
—Tres coma cinco.
Ella suspira y se encamina a su cuarto. —Vale.
Me cruzo de brazos. —Empieza a hablar, Mason.
—Puede que también le haya dicho a Amber que si saca una media de
tres coma cinco para las vacaciones de invierno, y si a sus padres les parece
bien, puede venir a Colorado. Probar coches diferentes. Aprender sobre
distintas condiciones de la carretera. Todo normal. —Cambia el peso de pie
y mete las manos en los bolsillos de forma adorable mientras se encuentra
con las miradas de los tres adultos—. ¿Qué? No es como si le hubiera
prometido llevarla al campo de tiro de granadas.
—¿Hay campos de tiro de granadas? —pregunto.
Eli se anima. —Claro. ¿Quieres ir?
—No —respondemos mamá, papá y yo a la vez. Eli se encoge de
hombros en plan vosotros os lo perdéis. Suelto un bufido y luego, solo por
llevar la contraria, enarco las cejas hacia él—. Además, he dicho que iré
contigo a Denton Valley con este buen tiempo de julio. Nunca he dicho que
me quedaré en invierno.
—Sí, sobre eso. —Eli cambia el peso de pie—. Amber y yo lo hemos
hablado largo y tendido. Hemos decidido que solo había una cosa que hacer
con respecto a ese pequeño problema.
Metiendo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, Eli saca una
diminuta caja de terciopelo azul pálido y se arrodilla con suavidad. Con la
puerta aún abierta a su espalda, puedo ver cómo el sol se sumerge en el
horizonte, transformando el cielo en una miríada de carmesí, naranja y
lavanda.
Mi cuerpo se paraliza… Espera. No puede ser… No está…
—Danielle Nelson, sé que estar a mi lado no siempre ha sido un camino
de rosas, pero… —Abre la caja de golpe y un gran solitario de diamante
rodeado por un círculo de diamantes más pequeños brilla y lanza prismas de
colores sobre la áspera madera de cedro de la entrada—. Si me dejas, haré
todo lo posible por limar mis asperezas. Me haces ser un hombre mejor,
Pelirroja. Te quiero, y deseo pasar el resto de mi vida contigo. Así que…
¿quieres casarte conmigo?
La vista se me nubla mientras las lágrimas me caen por las mejillas. —
Eli, yo… —me interrumpo cuando un sollozo brota de mi pecho. Quiero
decir más, pero no puedo. La emoción que siento me abruma, consumiendo
mi alma por completo.
—Amber dijo que te gustaría el engaste de oro rosa —dice Eli en medio
del silencio. Ni siquiera me había fijado en el oro rosa debido a la gran
cantidad de diamantes que incrustaban su superficie—. Así que si ese es el
problema, ya sabes, es todo culpa suya.
Suelto una risita, y Amber, la entrometida cotilla, se hace eco del sonido
desde el piso de arriba. —Me encanta el engaste de oro rosa —le aseguro
—. Y a ti también. A ti también te quiero. —Mi mirada se eleva del anillo a
los ojos grises de Eli—. Sí —susurro en el silencio expectante—. Sí. Mi
respuesta es sí.
Eli se levanta y me desliza el anillo en el dedo; el frío metal me queda
perfecto. Desde la habitación de Amber, en el piso de arriba, las notas de
una marcha nupcial llenan la casa en un saludo nada sutil. Con un pulgar
hacia arriba a su nueva hermana pequeña, Eli se acerca a mí y posa su
ancha mano en mi mejilla.
Y entonces nos besamos. Profunda y desesperadamente.
Despidiéndonos del viejo mundo y empezando de nuevo. Juntos.
EPÍLOGO
Seis meses después
Dani
A bro los ojos lo justo para darle al botón de posponer la alarma. La
cama es demasiado acogedora como para salir de ella, y a Eli todavía le
faltan veinte minutos para volver de entrenar con los chicos en casa de
Liam. Incluso viviendo juntos, sigo sin entender cómo Eli se las apaña para
hacerlo todo: dirigir Mason Pharmaceuticals, entrenar, hacer voluntariado
en el Refugio, gestionar adquisiciones inmobiliarias secundarias y aun así
sacar tiempo para estar con la gente que le importa. Ese hombre funciona
con cuatro horas de sueño por noche.
Yo, sin embargo, no. Justo cuando me dejo caer sobre la almohada y
permito que los ojos se me cierren, la alarma vuelve a sonar. Me sobresalto
al darme cuenta de que me había quedado completamente dormida. Madre
mía, últimamente me pasa a todas horas. Quizá el sexo hasta altas horas de
la noche me está empezando a robar demasiado sueño. O puede que sea el
mágico invierno de Colorado, con toda esa nieve inmaculada.
Cojo el móvil y compruebo los mensajes. Pobre Sky. Su boda es este
viernes y el novio y los padrinos todavía están intentando matarse entre
ellos esta mañana.
Sky: Nunca pensé que estaría buscando en Google «el mejor esmoquin
para disimular un ojo morado».
Yo: No te preocupes. Ahora siempre tengo sanguijuelas a mano para
esas cosas.
En los últimos meses, he visto más ojos morados que nunca desde que
Eli me convenció para que ayudara con las necesidades de salud mental de
los antiguos residentes del barrio marginal de Garibaldi mientras se
alojaban en un refugio, a la espera de que se construyera Mason Village. Lo
que se suponía que iba a ser un trabajo de fin de semana se ha transformado
en un proyecto a tiempo completo que estoy dirigiendo. Con el tiempo
volveré a las evaluaciones de ejecutivos, pero poder ayudar a la gente
directamente es demasiado gratificante como para dejarlo ahora.
Ahora sé de primera mano el valor de tener a alguien con quien hablar
de los demonios del pasado, después de haberle confesado por fin a Eli lo
de la violación del instituto. Resulta que enterrar los recuerdos y curarse de
ellos son dos cosas que no tienen nada que ver. Profesionalmente siempre lo
he sabido, por supuesto, pero es diferente cuando es algo personal. Y ahora
me estoy curando. Con la ayuda de Eli, incluso les he contado a mis padres
lo que pasó, y le hemos dado luz verde a Liam para que intente localizar al
chico de último curso que lo hizo. Aún no hay noticias, pero si alguien
puede encontrar a ese cabrón, es Liam.
Tal como predijo Eli, Madison ha mantenido un perfil bajo desde esa
reunión del consejo. Sobre el papel sigue conservando su puesto, pero Eli
dice que no puede dar un solo paso sin que el propio presidente lo apruebe.
En cuanto al padre de Eli, eso va a llevar tiempo. Eli está empezando a
hablar de los abusos, pero queda un largo camino por recorrer. Por ahora,
las consecuencias de las maquinaciones de Madison están empañando lo
suficiente la imagen de Eldridge como para que se retire a la sombra y
mantenga un perfil bajo durante un tiempo; y cuando Eli esté listo, nos
enfrentaremos a ese hombre juntos.
Al salir de la cama, bajo las escaleras, y un manto de nieve blanca me
saluda desde la ventana. Como me crie en Boston, sé lo mucho que un
paisaje invernal puede transformar el entorno, pero Colorado supera a
Massachusetts. O quizá es que vivir con Eli hace que todo parezca más
intenso. Más vivo.
Entro en la cocina al mismo tiempo que Eli, que trae varios paquetes.
—¿Setas? —pregunto esperanzada.
—Ropa —dice él y los deja sobre la encimera mientras yo niego con la
cabeza. Mi creciente vestuario ya ha ocupado la mitad del vestidor y no
para de aumentar. Salvo dos prendas, ninguna la he comprado yo. Eli, que
decidió que no estaba suficientemente equipada para el clima de Colorado y
que se cansó de oírme decir que estaba demasiado ocupada con el trabajo
para ir de compras, contrató a una estilista profesional para que lo hiciera
por mí. La mujer era una genio, pero se tomó la orden de «prepararle un
vestuario apropiado» hasta su absurda conclusión lógica.
—Que sepas que, antes de conocerte, me las apañaba para no ir desnuda
por ahí —le digo.
—Mmm… —Un brillo aparece en los ojos de Eli—. Pues ahora que
estamos juntos, deberías pasearte desnuda más a menudo.
Vaya, me la he buscado yo solita, ¿no?
Asalto la nevera en busca de huevos y verduras, empiezo a prepararlo
todo para una tortilla mañanera y frunzo el ceño. Algo en los ingredientes
me resulta raro.
—¿Esto te huele raro? —pregunto, llevándole el bol a Eli.
—Huele a verdura y a un hongo cubiertos de huevo. Así que sí.
Poniéndome de puntillas, le muerdo el lóbulo de la oreja. Acaba de salir
de la ducha; su aroma a hierba fresca se mezcla con su almizcle masculino
y su colonia de hombre.
—Para —gruñe. Levanto la vista y veo que sus ojos grises se han vuelto
completamente incandescentes.
—¿Parar de hacer qué? —pregunto con inocencia.
—De mordisquearme como si fuera tu postre personal. Me estás
poniendo jodidamente cachondo y los dos tenemos que ir a trabajar.
—¿Mmm? —Paseo la mano por su pecho perfectamente definido, la
arrastro por su esternón, sus abdominales marcados y, finalmente, por su
palpitante polla.
—Al infierno con el trabajo —murmura Eli, y mis muslos se
humedecen al oír sus palabras. Me succiona el lateral del cuello,
apartándome el pelo a toda prisa. Cada día que pasamos juntos, parece
conocer mejor mi cuerpo, siempre buscando nuevas formas de hacerme
perder la cabeza de deseo.
Me doy la vuelta en sus brazos y estrello mis labios contra los suyos,
cada fibra de mi cuerpo anhelando más y más de él. —Cógeme —jadeo—.
Aquí mismo. En el taburete.
Las manos de Eli se cierran en mis caderas mientras me levanta sin
esfuerzo y me sienta en el taburete. En un santiamén, me ha quitado la
camiseta y los pantalones del pijama, y gruñe de agradecimiento al ver que
anoche me salté el paso de ponerme las bragas. —Tienes una vena perversa
—susurra, pasando el pulgar por mis pezones, que se endurecen. Siento mis
pechos llenos y doloridos, y tan, tan sensibles.
—¿Ah, sí? —musito.
Se arranca la sudadera y después devora mi boca con su lengua. Justo
cuando hace que mi gemido resuene contra los armarios de la cocina, mi
móvil suena en la encimera.
—Mierda —maldice, inclinándose lo suficiente como para llevarse mi
pezón a la boca con ganas. Cuando suelta la punta fruncida, mueve sus
manos, sumamente diestras, entre mis piernas, introduciéndome dos dedos a
la vez mientras su pulgar roza mi clítoris—. No lo cojas.
—Oh… —Hago un ruido que sale mitad gemido y mitad lamento, pero
entonces vislumbro la pantalla. Atención Primaria de Denton, donde me
hice el reconocimiento físico ayer. Se me encoge el estómago. Dijeron que
solo llamarían si los resultados de los análisis se salían de lo normal.
Leyendo mi expresión, Eli mira el teléfono. —Contesta. Ahora mismo.
Pon el altavoz —ordena con su voz de militar, dura y exigente. La clase de
voz que antes me molestaba, hasta que aprendí que nacía del amor y la
preocupación.
Respiro hondo, temblando.
—No pasa nada —Me acerca a él, coge mi móvil de la encimera y pulsa
el botón de contestar—. Móvil de Danielle Nelson. Soy su prometido, Eli
Mason, pero Dani también está aquí. Tiene el altavoz puesto.
—Gracias, señor Mason —dice la voz melódica y profesional al otro
lado de la línea. La doctora Bailey-Thorne en persona. No un miembro del
personal. No alguien de facturación o de objetos perdidos o cualquier otra
cosa mundana—. Esta es una llamada confidencial. ¿Puedo hablar
directamente con Dani?
Eli traza un pequeño círculo en mi espalda. —Hay una autorización de
privacidad registrada a mi nombre. Puede hablar con libertad.
—Sí, por favor —digo rápidamente—. Eli puede oír lo que sea.
La doctora Bailey-Thorne se aclara la garganta. —De verdad creo que
usted podría…
—No, estoy segura. Sea lo que sea, por favor, dígalo ya.
—No pasa nada malo, Dani —La voz de la doctora se suaviza—. Esta
es más bien una llamada de felicitación. Estoy viendo los resultados de sus
análisis. Está usted embarazada.
A Eli se le cae el teléfono. Luego se apresura a recogerlo del suelo. —
¿Doctora, puede repetir eso?
—Que su futura esposa está esperando un bebé.
—No —le digo a la doctora—. No, no, no. Hay algún error. Le dije que
no lo estaba. Yo…, nosotros, tenemos cuidado.
—Dani, cariño, sé lo que dijo. Pero su muestra de orina no está del todo
de acuerdo. Por eso la llamo.
—Pero… —Tomo la píldora. Desde hace años. ¿Habría olvidado una
dosis en algún momento con tanto viaje por todo el país y la mudanza? No.
No, es imposible—. ¿Cómo es posible?
—Bueno —duda la doctora—, normalmente implica tener relaciones
sexuales mientras…
—Está bien, doctora. —Eli acerca el teléfono hacia sí—. Yo me
encargaré de explicarle cómo se hacen los bebés. La, ehm, la llamaremos. O
llamaremos a un ginecólogo. Quiero decir… O sea, gra-gracias —balbucea
en el teléfono Eli Mason, el hombre más elocuente que he conocido, antes
de colgar.
Permanecemos un largo momento mirándonos con los ojos como platos.
Luego, como si estuviéramos coreografiando un baile, bajamos la vista a la
vez hacia mi vientre desnudo. Mi mano y la suya se encuentran sobre mi
ombligo, revoloteando sobre la superficie plana con la levedad del ala de un
pájaro.
—Joder —pronuncia—. Vamos a tener un bebé.
Es entonces cuando, en lugar de puro asombro, siento una oleada de
calidez en el pecho. Sí. Sí, sí, nosotros.
Y de alguna manera, aunque esto es completamente nuevo y
monumentalmente aterrador, sé que será glorioso.
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