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Batalla épica en el Cantar de Roldán

Roldán y los franceses se preparan para la batalla con gran valentía, instando a sus compañeros a luchar por su rey y la cristiandad. El arzobispo Turpín les da su bendición y absolución, motivándolos a combatir con fervor. La lucha se intensifica, y Roldán, armado con su espada Durandarte, causa una gran matanza entre los sarracenos, mientras los franceses claman su grito de guerra 'Montjoie'.

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Batalla épica en el Cantar de Roldán

Roldán y los franceses se preparan para la batalla con gran valentía, instando a sus compañeros a luchar por su rey y la cristiandad. El arzobispo Turpín les da su bendición y absolución, motivándolos a combatir con fervor. La lucha se intensifica, y Roldán, armado con su espada Durandarte, causa una gran matanza entre los sarracenos, mientras los franceses claman su grito de guerra 'Montjoie'.

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Cantar de Roldán.

LXXXVIII

Cuando advierte Roldán que está por entablarse la batalla, ostenta más coraje que un león o
leopardo. Interpela a los franceses y a Oliveros:

-Señor compañero, amigo: ¡contened semejante lenguaje! El emperador que nos dejó sus franceses
ha elegido a estos veinte mil: sabía que no hay ningún cobarde entre ellos. Es menester soportar
grandes fatigas por su señor, sufrir fuertes calores y crudos fríos, y también perder la sangre y las
carnes. Herid con vuestra lanza, que yo habré de hacerlo con Durandarte, la buena espada que me
dio el rey. Si vengo a morir, podrá decir el que la conquiste: “Ésta fue la espada de un noble vasallo.”

LXXXIX

Por otro lado, he aquí que se acerca el arzobispo Turpín. Espolea a su caballo y sube por la
pendiente de una colina. Interpela a los franceses y les echa un sermón:

-Señores barones, Carlos nos ha dejado aquí: Por nuestro rey debemos morir. ¡Prestad vuestro brazo
a la cristiandad! Vais a entablar la lucha; podéis tener esa seguridad pues con vuestros propios ojos
habéis visto a los infieles. Confesad vuestras culpas y rogad que Dios os perdone; os daré mi
absolución para salvar vuestras almas. Si vinierais a morir, seréis santos mártires y los sitiales más
altos del paraíso serán para vosotros.

Bajan del caballo los franceses y se prosternan en la tierra. El arzobispo les da su bendición en
nombre de Dios y como penitencia les ordena que hieran bien al enemigo.

XC

Se yerguen los franceses y se ponen de pie. Están bien absueltos, libres de todas sus culpas y el
arzobispo los ha bendecido en nombre de Dios. Luego montan nuevamente en sus ligeros corceles.
Están armados como conviene a caballeros y todos ellos se muestran bien aprestados para el
combate.

El conde Roldán llama a Oliveros:

-Señor compañero, bien hablasteis al decir que Ganelón nos había traicionado. Recibió como salario
oro, riquezas y dineros. ¡Séale dado vengarnos al emperador! El rey Marsil nos compró como quien
compra en un mercado, ¡pero esa mercancía, sólo habrá de obtenerla por el acero!

XCI

Pasa Roldán por los puertos de España cabalgando a Briador, su rápido corcel. Se halla cubierto de
su coraza que realza su figura y blande denodadamente su lanza. Hacia los cielos endereza la punta;
un gonfalón todo blanco está atado al hierro y las franjas le azotan las manos. Noble es su apostura,
risueño y claro su rostro. Le sigue su compañero, y los caballeros de Francia lo proclaman su
baluarte. Su mirada se dirige amenazadoramente hacia los sarracenos y luego humilde y mansa
hacia los franceses, a los que dice con gran cortesía estas palabras:

-Señores barones, ¡despacio, cabalgad al paso! Estos infieles van en busca de su martirio. Antes de
que caiga la noche habremos ganado un botín tan bello como suntuoso: nunca rey de Francia
conquistó otro igual.

Y al tiempo que así hablaba, topáronse los dos ejércitos.


XCII

Dice Oliveros:

-No me impulsa el ánimo a discursos. No os dignasteis tocar vuestro olifante, y Carlos no está aquí
para sosteneros. Ni una palabra sabe de esto, el esforzado rey, y no es suya la culpa, como tampoco
merecen reproche alguno todos estos valientes. ¡Así pues, cabalgad con todo vuestro denuedo
contra esas huestes! Señores barones, ¡manteneos firmemente en la contienda! En nombre de Dios
os exhorto a bien herir. ¡Golpe dado por golpe recibido! Y no olvidemos la divisa de Carlos.

Al oír tales palabras, los francos claman el grito de guerra:

-¡Montjoie!

Quien así los hubiera escuchado gritar, tendría memoria de un magnífico denuedo. Luego cabalgan,
¡Dios, cuán fieramente!; para llegar antes, clavan las espuelas y comienzan a herir pues, ¿qué otra
cosa les queda por hacer? Los sarracenos los reciben sin miedo. Y he aquí que se trenzan en
combate moros y franceses.

CIV

El combate es magnífico, la lucha se torna general. El conde Roldán no preserva su persona. Hiere
con su pica mientras le dura el asta; después de quince golpes la ha roto, destrozándola
completamente. Entonces desnuda a Durandarte, su buena espada. Espolea a su caballo y acomete
a Chernublo. Le parte el yelmo en el que centellean los carbunclos, le desgarra la cofia junto con el
cuero cabelludo, le hiende el rostro entre los dos ojos y la cota blanca de menudas mallas, y el tronco
hasta la horcajadura. A través de la silla, con incrustaciones de oro, la espada se hunde en el caballo.
Le parte el espinazo sin buscar la juntura y lo derriba muerto con su jinete sobre la abundante hierba
del prado. Luego le dice:

-¡Hijo de siervo! ¡En mala hora os pusisteis en camino! No será Mahoma quien os preste su ayuda.
¡Un truhán como vos no habría de ganar una batalla!

CV

El conde Roldán cabalga por todo el campo. Enarbola a Durandarte, afilada y tajante. Gran matanza
provoca entre los sarracenos. ¡Si lo hubierais visto arrojar muerto sobre muerto y derramar en
charcos la clara sangre! Cubiertos de ella están sus dos brazos y su cota, y su buen corcel tiene rojos
el pescuezo y el lomo. No le va en zaga Oliveros, ni los doce pares, ni los francos que hieren con
redoblado ardor.

Mueren los infieles, algunos desfallecen. Y el arzobispo exclama:

-¡Benditos sean nuestros barones! ¡Montjoie! Es el grito de guerra de Carlomagno.

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