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Una semana sin móvil: misterio escolar

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los piltrafas

LOS
PILTRAFAS
una semana sin móvil

J OS É A NTO N I O F R A N C É S � LOS PI LTR A FA S - U N A S E M A N A S I N MÓV I L


JOSÉ ANTONIO FRANCÉS

S
UNA SEMANA SIN MÓVIL
Ilustraciones SERGI CÀMARA

VE
Una oleada de robos pone patas arriba el instituto. ¿Quiénes
serán los ladrones? Todas las sospechas apuntan a cuatro jó-
venes un tanto peculiares, dos chicos y dos chicas que, desde

VI
luego, no son los más populares de la clase.

Tras el interrogatorio del director, el señor Broncano, los sos-


pechosos se ven obligados a hacer piña y formar un equipo de
investigación: Los Piltrafas. Su objetivo es desenmascarar a los

S
verdaderos culpables y librarse de las injustas acusaciones que
recaen sobre ellos. Sin embargo, eso de meterse a detectives

EN
no resulta tan sencillo, y ninguno de los cuatro podrá imaginar
los líos en los que van a verse envueltos, ni las insólitas y dispa-
ratadas aventuras que tendrán que superar hasta llegar a la
verdad.

C
La búsqueda de los amigos verdaderos, el miedo al rechazo, la
superación personal, los primeros amores o el uso de móviles
entre los jóvenes se dan cita en esta divertida novela llena de
misterio, ternura y grandes dosis de humor.

VI
ESCANÉAME José Antonio Francés
VICENS VIVES - EJEMPLAR DE MUESTRA - PROHIBIDA SU COMERCIALIZACIÓN
S
VE
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EN
C
VI

VICENS VIVES - EJEMPLAR DE MUESTRA - PROHIBIDA SU COMERCIALIZACIÓN


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el escondite del profesor mateo

LOS Índice

S
PILTRAFAS 1. Sospechosos y calvos 7

VE
2. Bautismo friki 19

UNA SEMANA SIN MÓVIL 3. Una mosca en la hamburguesa 29


4. Linchamiento general 37
5. Estado de alarma 45

VI
6. Se armó la sorda 53
7. Trampa para cucarachas 69
8. El secreto de la mujer 83
9. Micción imposible 91

S
10. Ataque de pánico 103
11. Cuando todo es móvil 113
EN 12. Instituto libre de móviles 119
13. ¿Falsa traición? 131
14. Pizza cuatro estaciones 139
15. En busca del tesoro 145
JOSÉ ANTONIO FRANCÉS 16. La caja de pandora 163
C
Ilustraciones SERGI CÀMARA 17. Lo que pasa en la vega 171
18. Pacto de (damas y) caballeros 177
VI

19. Promesa cumplida 183

VICENS VIVES - EJEMPLAR DE MUESTRA - PROHIBIDA SU COMERCIALIZACIÓN


00 Lit-ZZ-Piltrafas [Link] 4-5 27/3/25 9:54
capítulo 1

S
Sospechosos y calvos

VE
—¡Se os va a caer el pelo!
No es que yo sea cotilla, que lo soy, es que las puertas del ins­
tituto son más falsas que un billete de tres euros y los gritos del
director se escuchaban como si lo tuviera delante. Menudo ra­

VI
papolvo le estaba echando al nuevo:
—Estabas en la clase con dos compañeros cuando desapare­
ció el móvil. Robar es una cosa muy grave, gravísima…
No sé la cara que tendría el nuevo, pero yo me lo imaginaba
con la cabeza rapada y llena de cables, atado con correas y supli­
cando que detuviera la tortura. Pobrecillo. Lo que sí podía ver

S
delante de mí era a Rafa, jugueteando con su silla de ruedas, tan
pancho, como si con él no fuera la cosa…
—¡Desembucha lo que sepas, porque, como no aparezca el
EN
móvil, se os va a caer el pelo a los tres…!
Uno de esos tres era yo. El tercero era Rafa, tan fresco co­
mo el culito de un bebé después de un baño. Aquella pachorra
me ponía atacada, porque el director podría pensar que sería
yo, precisamente yo, la autora del robo. Si los nervios delataban
a un sospechoso, entonces yo era culpable hasta de la muerte de
C
del padre de Simba. Cuando entro en modo pánico, ¡LOL!, se
me caen las cosas de las manos, como si los objetos cobraran vi­
da, el suelo parece temblar bajo mis pies y, sin remedio, me en­
VI

tran unas ganas incontenibles de aliviar la vejiga.

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los piltrafas sospechosos y calvos

Allí no había ningún baño, solo la puerta del despacho co­ —Aquí las únicas pastillas que faltan son las del freno de tu

S
mo la boca del infierno. Ya estarán viendo que mi estilo de es­ carro —le devolví.
critura es también un poco histérico. Eso me lo tienen que per­ —¡Me has roto el corazón! —Rafa simuló que le había alcan­
donar, pero es que yo nací así, con un cromosoma distraído que zado con una bala y se desparramó sobre el brazo de su silla.

VE
me tiene todo el día como el rabo de una lagartija. Mi psicólo­ —No eres más tonto porque no te entrenas —le respondí.
ga me dice que respire hondo cuando me dé un ataque de histe­ —De tonto no tengo ni un pelo.
ria, muy hondo, como si fuese a aspirar de golpe todo el aire de —Pues hoy se te van a caer todos, Rafalito.
la habitación, pero la verdad es que no me relajo ni queriendo. Yo sabía que no le gustaba que lo llamaran Rafalito. A los chi­
Se me ha ido el hilo. Esto también me pasa continuamente, cos de trece años no les gustan los diminutivos. Son así de ton­
mis pensamientos van más rápidos que las palabras y se me van tos. Ese «ito» era como rebajarlo a la categoría de «pringao». Aun­

VI
las ideas. Estaba con Rafa, allí sentado en su silla de ruedas, re­ que no lo decía, a él le gustaba que le llamaran Magneto, por
lajado, como si escuchara un concierto de música clásica. Yo en­ motivos obvios. Rafa se creía muy inteligente y muy agudo, co­
tonces no era muy amiga suya y me caía como un adoquín en el mo si los demás no pudiéramos seguirlo, pero era más chulo que
pie, como a toda la clase. Rafa era un tipo bastante insoporta­ listo.
ble, un borde, vaya. Cada comentario que le hacías, te lo devol­ De repente, un silencio eléctrico se adueñó del ambiente. Los
vía envuelto en papel de regalo con un zasca. Yo siempre lo evi­ gritos del director habían cesado. No se sabía si el nuevo había

S
taba. Con gente así, es mejor no tener trato. caído ya fulminado por un infarto repentino o se estaba chivan­
Mientras pensaba todas estas cosas, y otras que no se pueden do al director en voz baja. En ese momento, caí en la cuenta de
escribir, me miró: que nunca había escuchado su voz. El nuevo era como un bu­
EN
—Tú no puedes estar sentada y yo no puedo estar de pie —me zón: tenía boca, pero nunca hablaba. Era una cosa tremenda, un
dijo mientras esperábamos la llamada del director—. ¡Menuda trozo de hielo, una maceta de plástico, una lápida de mármol.
pareja! Cualquier pedrusco del campo, cualquier contenedor de recicla­
La verdad es que me hizo gracia, aunque no me reí, para que no je era más expresivo que él. ¿Y qué demonios le estaría contan­
se lo creyera. Rafa hacía el caballito con la silla como si manipula­ do al director?
ra un avión de combate y estuviera a punto de lanzar los misiles: «Ha sido Pili, la niña posesa». ¡Maldito traidor! Estaba segu­
C
—¿Puedes dejar de hacer acrobacias con la silla? ¡Me tienes ra de que YO era inocente, pero cuando un director te cita en su
de los nervios! despacho y no puedes ir al baño, dudas de si eres la causante del
—Veo que hoy no te has tomado tus pastillas —me respondió cambio climático y la extinción de los osos polares. Además, tenía
VI

descarado. miedo de que alguien me hubiera metido el móvil en la mochila y

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los piltrafas sospechosos y calvos

me cargara a mí con el muerto. El robo de un móvil es un asun­ Claro que lo entendía; a ese nivel de estupidez no llegaba. En

S
to muy turbio. Te podía caer una expulsión de hasta un mes e el fondo, Rafalito quería asegurarse de que yo no lo acusaba, pe­
incluso un cambio de instituto. Solo de imaginarlo, el pis apo­ ro yo ya no estaba segura de nada. ¿Y si el ladrón era uno de
rreaba en las zonas bajas como un desesperado, buscando liber­ ellos? El nuevo a veces parecía un psicópata y otras, un peluche

VE
tad. «Quiero salir, quiero salir…». de feria, triste y desamparado. Era imposible saber si era un cri­
—Señorita Pilar —sonaba en mi cabeza—, está usted expul­ minal o un angelito. Magneto tenía la coartada de la discapaci­
sada. dad. Robar un móvil desde una silla de ruedas era difícil, aunque
Yo soy Pili, Pilar López Cuesta, la niña posesa para la chus­ no imposible. Cosas más sorprendentes se veían todos los días
ma de la clase, y la culpa no era mía, aunque me hubieran pilla­ en las clases de doña Carmen, como el tráfico ilegal de estuches,
do en el lugar más comprometido. La culpa era de Clara. Clara papeleras vivientes y libros voladores que agitaban sus alas en

VI
era la dueña del móvil y claramente era un poco-bastante boba. medio de la clase sin que nadie supiera de dónde habían salido.
¡Dejar un móvil en clase, sin vigilancia! Eso no se le ocurre ni al La única verdad indiscutible era que los tres nos habíamos
que asó la manteca. Había que ser tonto para llevar un móvil de quedado en clase durante el recreo y éramos los principales sos­
hipermegacarísimo a un sitio repleto de adolescentes babosos y pechosos.
envidiosos. Era como dejar un trozo de carne en una piscina de —Sospechosos naturales, como los yogures —añadió Rafa,
tiburones. leyéndome el pensamiento.

S
Cuando desapareció el móvil, se armó la tercera guerra mun­ Y para qué buscar más, si ya tenían a los pardillos de turno. Si
dial. La tutora cerró la puerta de la clase y empezó a registrar las te quedas en clase en un recreo, ya sabes que eres culpable hasta
mesas, una por una: de los suspensos de Granados, que no aprueba ni Educación Fí­
EN
—¿Es usted tan amable de enseñarme el contenido de su mo­ sica. Tan simple como si se rompe un jarrón en la casa y hay un
chila? —repetía doña Rosa con cada alumno, muy seria. bebé. No sé por qué me quedé en la clase, la verdad. Aquel lunes
El autor del robo, desde luego, lo había hecho bien, porque yo tenía uno de esos días nublados donde es mejor quedarse en
el móvil no aparecía por ninguna parte. Tal vez por eso yo esta­ la cama. Magneto alegaba en su defensa que se habían olvida­
ba muerta de miedo. Todo el mundo sabe que soy muy despista­ do de subir las llaves del ascensor para bajarlo al patio. Y el nue­
da y en cualquier descuido me podían haber colado el paquete. vo simplemente estaba allí, al fondo de la clase, sin decir ni pío,
C
Magneto me rescató de estos pensamientos y me dijo muy como un cachorrito en la puerta de un refugio, más callado que
serio: un mafioso en una comisaría.
—Dile al director que ninguno de los tres hemos sido —orde­ El director salió del despacho con ganas de pelea:
VI

nó—. ¿Me entiendes? Ninguno. —Señor Ibáñez, pase usted al despacho —ordenó.

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sospechosos y calvos

—¡Se os va a caer el pelo! —se escuchó al otro lado de la puer­

S
ta.
El nuevo se sentó frente a mí, tal vez esperando una orden de
un superior para regresar a clase. Me quedé un rato observán­

VE
dolo, pero el tipo no me miró ni una sola vez, como si no exis­
tiera. La libreta se me escurrió dos veces y no tuvo la cortesía de
recogerla del suelo. Tampoco era violento, solo era como tener
un mueble de baño sentado a tu lado. Hasta una grúa hidráuli­
ca aparentaba más humanidad que aquel amasijo de carne. Y el
caso es que no era feo, ni antipático, era solo una bolsa de hielo

VI
con un brillante futuro de enterrador.
De fondo, sonaba la gresca del señor Broncano, que tenía un
apellido muy apropiado para su cargo y sus aficiones. Parecía
que las preguntas las tuviera apuntadas en un guion o se las su­
piera de memoria, como la lista de preposiciones, porque las re­
petía una por una del interrogatorio anterior.

S
—¿Qué hacían los tres en clase durante el recreo, sin permiso?
—Disculpe usted, señor director, ha sido un imperdonable
error de protocolo. Le aseguro que no volverá suceder…
EN
—Ahórrese sus ironías, señor Ibáñez.
—La ironía sería que un tipo inmóvil como yo quiera robar
—Ahora mismo, señor director —respondió Rafa con cierto ¡un móvil…!
retintín—. Disculpe que no me levante… —Deje sus chistes baratos para otro momento, jovencito, y
Una rueda de la silla rozó la puerta. Creo que Rafa hizo el ara­ dígame quién ha sido el autor del robo. Nombres, quiero nom­
ñazo adrede, porque le vi esa media sonrisa que escondía cuando bres…
C
hacía una de las suyas. Querría darle dramatismo a la escena y de­ —¡Sé muchos nombres! Se los puedo recitar por orden alfa­
jar claro que un chico con discapacidad motora no era el sospecho­ bético: Adriana, Alba, Alejandro, Alicia, Ana, Andrés, Ángeles…
so ideal para robar y salir corriendo, nunca peor dicho. Estaba se­ Los gritos huracanados del señor director debieron de escu­
VI

gura de que se aprovechaba de su condición para tomarnos el pelo. charlos hasta los canguros al otro lado del hemisferio austral.

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los piltrafas sospechosos y calvos

Las respuestas cínicas de Magneto no ayudaban mucho a tran­ no se caracterizan por leer el pensamiento de las chicas, por más

S
quilizar al señor Broncano, con el que todavía tenía que entre­ evidente que sea.
vistarme yo… El graciosillo de Rafa me iba a dejar al director El corazón me aporreaba en el pecho como un tambor, bum-
más cabreado que un orangután en un avispero. bum-bum-bum-bum-bum. Ya estaba dispuesta a declararme cul­

VE
—¿Qué le has contado? —le pregunté al nuevo, muy agria, pable de cualquier cosa con tal no pasar por aquel trago amargo.
como si necesitara pagarlo con él. En ese momento, el chico me ¡Qué vergüenza más grande, una bronca de don Ramón Bron­
miró por primera vez a los ojos y pude ver que, posiblemente, cano! ¡Y la bronca que me iba a caer en casa! Estaba ya rendi­
había un alma humana detrás de aquella mirada de cíborg. Aun­ da cuando Rafa salió del despacho a trompicones. El director se
que lo máximo que conseguí fue que se encogiera de hombros. percató del segundo rayón que le había hecho a la puerta con la
Entonces sonó el timbre del instituto. Tenía que estar serena silla y me miró con la misma pasión que un asesino en serie.

VI
con la sirena, pero cualquier ruido ya me desafinaba los nervios. Cerré los ojos y pensé en cosas bonitas: campos de flores, pa­
«Cálmate, Pili. No has hecho nada», me decía reteniendo la jarillos trinando en los árboles, espaguetis con tomate, una du­
orina, «no has hecho nada y no hay nada que temer». Tomé aire cha calentita. «Calma, Pili. Sonríe, responde bajito, sonríe to­
profundamente. Calma. No había robado el móvil, eso era segu­ do el tiempo, no enseñes mucho los bráquets y sonríe como si te
ro, pero a veces hacía cosas sin darme cuenta, como guardar los hubieran dado un premio…».
bolígrafos en los cajones de la cocina o dejarme los libros en cla­ No hizo falta que el director pronunciara ni una mísera y so­

S
se; pero un móvil, ¡eso era otra cosa! Calma, Pili, calma. Tenía litaria palabra, porque, en cuanto abrí los ojos y lo tuve delan­
que haber abierto la mochila de un compañero, buscar en el in­ te me puse a llorar a moco tendido como una loca. ¡Hala, qué
terior, sacar el aparato y guardarlo en un lugar seguro… Y todo manera de llorar, ni que me hubiesen condenado a cadena per­
EN
ese conjunto de cosas premeditadas era demasiado incluso para petua! El problema es que, cuando las emociones son muy exa­
una TDAH impulsiva como yo. geradas, hay poca diferencia entre el llanto y la risa, entre la
Pero ¿y si de repente me había vuelto una ladrona sonámbu­ histeria y el recochineo, entre la angustia y el pitorreo, tal vez
la o algo así? Calma, Pili, calma, pero la calma y el karma me la porque ambas emociones se confunden como dos osos polares
estaban jugando… ¡A quién iba a engañar! Estaba histérica. La en una nevada.
respiración se me puso a cien, a doscientos, y no podía contro­ —¡Niña, quieres hacer el favor de tranquilizarte!
C
larme. Ni siquiera tenía a mi squishy de narval para estrujarlo El director, que ya venía calentito de su charla con Rafa, creyó
como a un trapo. Incluso el nuevo dio señales de vida y arqueó que yo era una descarada y que me estaba riendo de él en su cara.
las cejas, como preguntando si me encontraba bien. «Pues no, —¡Chiquilla, levántate del suelo que te vas a hacer daño con
VI

hijo, ¿no ves que estoy hiperventilando?», pensé, pero los tíos la mesa!

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los piltrafas sospechosos y calvos

Según me contó Rafa por la tarde, mi actuación fue soberbia Rafa se reía con disimulo y se echaba las manos a la cabeza.

S
y dejó al señor Broncano noqueado, sin respuesta. Yo no quise «Tres tristes frikis», exclamaba a media voz fingiendo escandali­
explicarle que me había dado un telele de verdad y que no esta­ zarse. A mí lo de llamarme «manojo de nervios» me sentó como
ba fingiendo. Les juro por mis padres, que son lo que más quie­ siete patadas en el estómago, aunque no estaba yo en disposición

VE
ro en el mundo, que no recuerdo nada de lo pasó en esos mi­ para quejarme de nada después del numerito que había montado.
nutos de confusión en los que me estuve arrastrando por la —De momento —añadió la tutora—, no podemos hacer na­
mo­queta del despacho como si tuviera el demonio dentro del da, a menos que quieras acusar sin pruebas a unos chicos y me­
cuerpo. Al parecer, me tuvieron que sacar de debajo de la mesa ternos en un lío con el inspector.
del director, enredada en los cables del ordenador para que no —¡No puedo dejar que un hecho tan grave ocurra en mi ins­
me electrocutara. tituto y quede impune! —añadió don Ramón—. Somos un cen­

VI
Me salvó de aquella situación tan comprometida la llegada de tro educativo, ¡no un centro de menores! Habrá que dejarlos
la tutora, doña Rosa, que me levantó inmediatamente del suelo, marchar, pero no los pierdas de vista en los próximos días.
me sacó de la boca el aparato del wifi, al que por lo visto había A mí aquella conversación me estaba dejando peor cuer­
mordido como una presa, y me consoló con un abrazo mater­ po que el de un robot en un desguace. Cárcel, menores, frikis…
nal, largo y sincero. Cuando estuve más relajada y solo me que­ ¿Cómo podíamos habernos metidos en aquel lío? Antes de que
daba ya un hipito de angustia, la profesora me dijo: saliera doña Rosa del despacho y nos enviara a nuestra casa, Ra­

S
—¡Espera afuera con tus compañeros mientras hablo con fa propuso una reunión de urgencia:
don Ramón! —Esta tarde a las seis, en el búrguer de la avenida. Van a por
Doña Rosa se encerró con el señor Broncano, y ahí fue cuan­ nosotros y tenemos que defendernos.
EN
do nos enteramos de todo el pastel, pues, como saben, el cons­ Le faltó una risa de malo de película. Aunque no hacía fal­
tructor del instituto había ahorrado en materiales y las puertas ta, porque yo creo que se reía por dentro. Aún no sospechaba el
eran más finas que las lonchas de mortadela: alcance del lío en que nos estábamos metiendo. No me gustaba
—Hemos registrado las mochilas y no ha aparecido el mó­ ni un pelo aquel asunto. Nos iban a cortar el pelo a todos, pero
vil. Ramón, no tenemos pruebas de que hayan sido ellos. El mó­ al cero, como a los presos. Me imaginé a los tres calvos, pelones
vil ha podido desaparecer en cualquier cambio de clase. Ha po­ como los bebés de juguete, y aquella imagen me descompuso el
C
dido ser cualquiera. vientre. Sospechosos y calvos. ¡Vaya estampa!
—Pero, ¿has visto a estos tres frikis? Uno es mudo, otro es un —Vamos a descubrir al verdadero ladrón —repitió Rafa pa­
caradura y la otra, un manojo de nervios. Están los tres en el ajo, ra darle más misterio al asunto—. ¡O pillamos al ladrón o se nos
VI

seguro… cae el pelo!

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capítulo 2

S
Bautismo friki

VE
El Burger Pink era un sitio pésimo para quedar y jugar a los es­
pías, pero la alternativa era irse al parque de La Vega a echar de
comer a las palomas, como tres soseras. En el parque nos po­
dían ver juntos y eso hubiera cantado más que los sobacos de mi

VI
tío Genaro en pleno agosto. Pillarnos juntos era como ponernos
un cartelito en la frente: «Estamos tramando algo sucio».
—Hasta que el asunto se calme, debemos andar con pies de
plomo.
Rafa puso el mensaje en el grupo de WhatsApp seguido de

S
varias caritas llorando de risa. Me costó un rato pillar el chis­
te de los pies y el plomo. Le gustaban estaban bromas de humor
negro, aunque al menos no se reía de nosotros. El grupo, creado
aquella misma tarde, tenía un nombre muy poco discreto: «Sos­
EN
pechosos naturales», con el dibujo de un presidiario entre rejas.
Había que jorobarse con las ocurrencias de Rafa, y puñetera la
gracia que a mí me hacían.
También podíamos haber elegido la biblioteca, que es un si­
tio más discreto para cuchichear sin levantar sospechas, porque
allí todo el mundo habla bajito. ¡Y tiene wifi gratis! Pero Rafa
C
puso pegas porque la biblioteca del distrito no tenía rampa para
minusválidos. El Burger Pink de la avenida, además, era el úni­
co sitio donde podíamos sentarnos a charlar sin necesidad de
VI

consumir. En estos sitios, nadie te dice nada si pasas sentado to­

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los piltrafas bautismo friki

da la tarde sin pedir ni un vaso de agua, conversando de tus co­ ¡Menudo aparato, sí! Era un móvil de diseño de última gene­

S
sas. Lo de sentarse y lo de conversar, como habrán visto, era una ración que me dejaba con pocos argumentos y mucha envidia.
forma de hablar, porque Rafa venía sentado ya de casa y el nue­ Para qué iba a robar un móvil teniendo ese pedazo de máquina.
vo tenía menos conversación que una momia del museo. Era absurdo.

VE
—Está claro que no hemos sido ninguno de los tres —empe­ —El nuevo no tiene móvil para robar un móvil —añadió Ra­
zó Rafa—, así que tenemos que unir fuerzas para desenmascarar fa, haciendo el juego de palabras.
al ladrón si queremos salir vivos de este lío. —Tomás —repuso, muy seco.
—¿Y cómo estás tan seguro de nuestra inocencia? —le pre­ —¿Tomás? —pregunté sorprendida—. ¿Qué tomas? ¿Quieres
gunté. tomar algo…?
—Solo un memo acudiría a esta cita habiendo sido el autor —Me llamó Tomás. Y ya no soy nuevo. Llevo un mes en el

VI
del robo. instituto.
—¿Y cómo estás tan seguro de que no soy tan memo como Tenía la sensación de haber sido testigo de un hecho extraor­
para hacer eso? —pregunté para hacerme la interesante, sin dar­ dinario, como el avistamiento de un ovni o la llegada del ser hu­
me cuenta de que estaba quedando como una tonta con un bote mano a Marte. ¡Hablaba! El nuevo hablaba y además tenía nom­
de colorines en la mano. bre… ¡Tomás! ¡Toma que toma! Además, tenía una voz grave,
—En adelante tendré muy en cuenta tu estupidez —respon­ como si se hubiera caído en un pozo siendo niño y aún siguie­

S
dió Rafa con un tonito sarcástico—, pero me fío de mi intui­ ra allí. Su tono sereno me dejó impresionada, la verdad. Parecía
ción. Además, somos testigos de nuestra inocencia. Los tres es­ mayor con aquel vozarrón de locutor de radio.
tábamos en el lugar del crimen y no vimos nada raro. —Disculpa, Tomás —comentó Rafa, divertido—; es una gran
EN
La palabra crimen sonaba como un cristal que se rompe en ventaja para el equipo saber que no eres mudo; eso nos ayudará
medio de la noche. La verdad es que, aunque fuese una frase he­ bastante en la misión.
cha, le daba al asunto un aire excitante, como esas películas de Tomás dejó escapar de su rostro una mueca tímida que se
miedo que no puedes dejar de mirar, aunque sepas que de un parecía a la sonrisilla de la Mona Lisa, imposible de saber qué
momento a otro va a salir el asesino con un machete en la mano emoción se escondía detrás de aquel gesto.
para atizarle a la chica rubia. ¡Zas! —Podemos empezar por hacer una lista de los compañeros
C
—¡Ya! ¿Y por qué estás tan convencido de que no ha sido es­ de clase que tengan un móvil bueno —prosiguió Rafa—, para
te? —señalé al nuevo, que no había abierto la boca desde que su descartar sospechosos.
madre le daba el pecho. Tomás desbloqueó su móvil y nos envió por WhatsApp una
VI

—Saca tu teléfono y ponlo encima de la mesa —le ordenó Rafa. lista que ya traía preparada de casa con diez alumnos. El top

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los piltrafas bautismo friki

diez del repelente. Todos tenían bicharracos de quitar el hipo y —Tú serás la narradora de nuestra historia.

S
carecían de motivos para robar un móvil bueno, salvo que qui­ —Tú estás flipando —le respondí—. Yo no he escrito en mi
sieran venderlo en el mercado negro o fastidiar. vida ni una lista de la compra.
—¡Muy bien! —exclamó Rafa, entusiasmado con las habili­ —¡Mentira! —me cortó—. Llevas una libreta y te he visto to­

VE
dades secretas del nuevo—. Sabía que no me equivocaba conti­ mando notas.
go, Tomás. Algunos han hecho los deberes antes de venir a la reu­ —Son chorradas que se me ocurren, pero no tienen ningún
nión… orden. ¿Cómo voy a ser yo capaz de escribir un libro, si tengo
—También he hecho la lista con los cinco compañeros que menos concentración que el flequillo de una calavera? —los dos
tienen los peores móviles —añadió Tomás con cierto entusias­ se rieron con la gracia, como dando a entender que estaba equi­
mo. vocada y que tal vez tenía un talento para los chistes que debía

VI
—Eres un crack —repitió Rafa mientras chocaban los puños explorar—. ¡En mi vida he terminado nada, todo lo dejo a me­
como si fuesen colegas de toda la vida. dias! ¡La verdad, no me veo capaz!
A mí tanto halago me empezaba a empalagar: Rafa se acercó hasta mí, todo lo que le dejaba la mesa del
—¿Y sabéis hacer algo con las orejas? —les pregunté todo lo búrguer, atornillada al suelo, y se puso en modo hermano ma­
irónica que pude, que no era mucho. yor, hablando con gravedad:
Entonces fue cuando Tomás sacó un croquis con todos los —Un chico en silla de ruedas, ¿puede hacer lo mismo que los

S
caretos de los compañeros de clase, y las anotaciones de los mó­ otros chicos? ¿Puede quedar con sus amigos en una hambur­
viles que tenía cada uno. Había que jorobarse, el nuevo había guesería? ¿Puede investigar el robo de un móvil en un instituto?
hecho un estudio de campo con las fichas rellenas de los sospe­ ¿Tú me ves a mí haciendo de detective privado? ¿Verdad que no,
EN
chosos. Esto me dejaba como la pardilla de la pandilla. Pili? Pues a mí nadie me puede dar lecciones de lo que soy ca­
—No te pongas celosa, Pili —me dijo Rafa, viendo que tan­ paz o no soy capaz de hacer. Los límites me los pongo yo.
ta diligencia me dejaba en la cara una rabiosa expresión de envi­ —Pero ¿qué te hace pensar que puedo escribir una historia?
dia. Yo me entusiasmo con cualquier cosa, pero a los diez minutos
—Parece que yo no pinto nada en esta historia —exclamé, mi cabeza está ya en otra parte.
haciéndome la dolida. —¿Y cómo puedes estar tan segura, si no lo has intentado?
C
—No corras tanto, Pili, que eres de gatillo fácil. Tú tienes ga­ —Puede ser —añadí llena de dudas—, pero aún no hay nada
rra. Eso ya lo he visto, aunque seas bajita, tienes carácter. que contar…
No supe si ofenderme o sentirme agradecida con aquellos co­ —Te aseguro que eso lo arreglo yo en dos días —exclamó con
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mentarios de Rafa, que hablaba con una seguridad aplastante. una risilla nerviosa.

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los piltrafas bautismo friki

Rafa llevaba razón. Siempre había deseado escribir relatos, —¡Hay que ponerle un nombre al grupo! —exclamé, presa

S
pero jamás me había dado una oportunidad. Mi libreta era un del entusiasmo.
consuelo para garabatear ideas, aunque nunca me atrevía a dar —Tres tristes frikis —propuso Rafa sin pensarlo.
el paso. —Triste suena muy triste —alegué—, más triste que darse un

VE
—Y en el hipotético y remoto caso de que lo hiciera, ¿para like a uno mismo.
qué serviría? ¿Nos van a dar el premio Nobel? —Es un juego de palabras, como los trabalenguas.
—¿Te has escuchado, Pili? Tienes un vocabulario de diplo­ —A mí lo de friki me gusta —añadió Tomás—. Incluso hay
mática… un Día del Orgullo Friki.
—¡Y una mierda! —respondí. —No me extraña —le respondí muy seca, aunque me arre­
—A veces pareces salida de una televisión basura, pero tie­ pentí enseguida, porque era la segunda vez que le soltaba un

VI
nes buena labia y seguro que escribirás nuestras aventuras y nos zasca.
haremos famosos. Vamos a descubrir al ladrón y a protagonizar —No me importa que me llamen friki —respondió sin acri­
una novela. ¿A que mola? Nos haremos tan ricos que ¡nos mu­ tud—. Me lo dicen desde que era pequeño. Eso y otras cosas
daremos a Andorra, como los influencers! peores…
Yo no salía de mi asombro. No discutí más con Rafa por­ —A mí me dicen que, más que bajita, soy profunda —aña­
que en el fondo la idea me encantaba. No terminaba de creér­ dí para congraciarme con él—. Y también me dicen que siempre

S
mela, pero me fascinaba. Era una idea descabellada y fascinante estoy de re-bajas.
al mismo tiempo. Pero ¿qué idea fantástica no había sido, en su —Ya que habéis empezado, a mí me dicen que en lugar de ir
origen, un disparate? Al primero que les puso un palito a los ca­ al médico voy a hacer la ITV —dijo Rafa.
EN
ramelos lo tomarían por un colgado, pero hoy no me imagino la Los tres nos reímos un buen rato. La risa tiene algo mági­
vida sin un chupachups. ¡Y ni hablemos de la fregona! co que es capaz de unir a tres desconocidos. También unen las
Lo de hacerme famosa no lo tenía tan claro, pero eso de es­ desgracias comunes, y estaba claro que éramos tres tristes frikis
cribir y formar parte de una pandilla que investigaba casos de unidos por una acusación de robo.
misterio molaba un montón, aunque fuese muy típico de nove­ —Podemos formar un nombre con nuestras iniciales —añadí
las juveniles. Solo tenía que ponerme delante del portátil y apo­ para ver si mejorábamos el nombre—. Por ejemplo: Rapito, de
C
rrear el teclado con todo lo que nos fuese ocurriendo, aunque Rafa, Pili y Tomás. ¡El club de los Rapito!
de momento hubiera poco material. Pero quién sabe qué aven­ —¡Rafa-pito, toma que toma! —añadió Magneto muy ordi­
turas nos tenía reservadas el destino. Sería un buen ejercicio pa­ nario, ante mi expresión de cabreo—. ¡Si quieres te lo repito, Ra­
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ra mejorar mi concentración. fa-pito! Jajaja…

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los piltrafas

—Era una lluvia de ideas, no hace falta que me humilles —pro­

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testé.
—PILTRAFA —dijo secamente Tomás, como si saliera en mi
defensa.

VE
—¡Aún quedan caballeros que socorren a una dama! —repu­
so Rafa con recochineo, para chincharme.
—Piltrafa —repitió Tomás, pensativo.
—¡Eso no me lo dices en la calle! —siguió, muerto de risa—.
¡Como me levante, te doy un sopapo!
—El club Piltrafa —concluyó Tomás sin perder la compostu­

VI
ra—. Pil de Pilar, T de Tomás, y Rafa de Rafael.
La aclaración del último nombre sobraba, pero era la primera
vez que veía a Tomás defender una idea, ¡y con una sonrisa! Se
notaba un gesto un poco forzado que le dejaba dos arrugas en
los ojos, pero no le quedaba mal. ¡Era capaz de expresar emo­
ciones! Empezaba a caerme bien aquel tipo. Piltrafa. ¿Cómo se

S
le habría ocurrido?
—A mí me gusta —añadí sonriente.
—Tú me has dado la pista —respondió con cierta galantería.
EN
—Pues ya tenemos nombre, queridos Piltrafas, —prosiguió
Rafa—. El club Piltrafa. Adjudicado. Ahora necesitamos un plan.
El encargado del Burger Pink nos miraba con cara seria des­
de hacía rato, porque llevábamos una hora en la mesa y aún no
habíamos consumido nada. Hasta las hamburgueserías tienen
un límite de tolerancia a los gorrones. Rafa sacó un billete de
C
cinco pavos y me mandó a por tres hamburguesas de oferta, de
esas que cuestan un euro, más finas que un folio, y un vaso de
refresco rellenable, para los tres. Menú de tiesos.
VI

—¡Todos para uno y un vaso para todos!

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José Antonio Francés Sergi Càmara

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José Antonio Francés es escritor y profesor de Lengua, no se Periodista curioso y en constante investigación de la verdad.
sabe en qué orden. Nació en Sevilla, en el siglo pasado, cuando Por eso escribe e ilustra cuentos infantiles y novelas juveniles,
no existían ordenadores ni móviles. Ha publicado una veinte- porque no hay más verdad que en las buenas historias. También
na de libros y no escarmienta. Tiene novelas, libros de poemas, es autor de libros de divulgación y de instrucción artística. Su
teatro… obra ha sido publicada por editoriales nacionales y de los Esta-

S
Todas sus obras tienen un elemento común: el humor. Sus re- dos Unidos. Ah, ¡y le encantan los helados y las palomitas!
latos están repletos de situaciones divertidas y personajes locue-
los, que nos sonsacan la risa y también la ternura.
EN
Sus libros han recibido varios reconocimientos: Francés ha
resultado ganador del XXII Premio Alandar de narrativa ju-
venil en 2022 con su novela Dos más dos (y otros grandes enig-
mas de mi adolescencia), y ha sido finalista del VIII Premio Feel
Good en 2023 con Ríete de la Lengua, una gramática explicada
con chistes.
C
Con la curiosidad de un niño, no hay ningún género al que
Francés no se asome desde el humor.
Más información, [Link]
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[Link]/

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cub Lit-ZZ-Piltrafas [Link] A medida V 27/3/25 9:53
los piltrafas
LOS
PILTRAFAS
PILTRAFAS
una semana sin móvil

J OS É A NTO N I O F R A N C É S � LOS PI LTR A FA S - U N A S E M A N A S I N MÓV I L


JOSÉ ANTONIO FRANCÉS

ES
UNA SEMANA SIN MÓVIL
Ilustraciones SERGI CÀMARA

Una oleada de robos pone patas arriba el instituto. ¿Quiénes

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serán los ladrones? Todas las sospechas apuntan a cuatro jó-
venes un tanto peculiares, dos chicos y dos chicas que, desde
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luego, no son los más populares de la clase.

Tras el interrogatorio del director, el señor Broncano, los sos-


pechosos se ven obligados a hacer piña y formar un equipo de
investigación: Los Piltrafas. Su objetivo es desenmascarar a los
S
verdaderos culpables y librarse de las injustas acusaciones que
recaen sobre ellos. Sin embargo, eso de meterse a detectives
EN

no resulta tan sencillo, y ninguno de los cuatro podrá imaginar


los líos en los que van a verse envueltos, ni las insólitas y dispa-
ratadas aventuras que tendrán que superar hasta llegar a la
verdad.
C

La búsqueda de los amigos verdaderos, el miedo al rechazo, la


superación personal, los primeros amores o el uso de móviles
entre los jóvenes se dan cita en esta divertida novela llena de
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misterio, ternura y grandes dosis de humor.

ESCANÉAME José Antonio Francés


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