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Vida y legado de Domingo Sarmiento

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Domingo Faustino Sarmiento

Domingo Sarmiento.

Detalle de una de la placas en el mausoleo de Sarmiento. Cementerio de la Recoleta. Buenos Aires.

Domingo Faustino Sarmiento (San Juan, Argentina, 1811 - Asunción, Paraguay, 1888) fue un político, militar,
pedagogo y periodista argentino, presidente de su país entre 1868 y 1874.

Sarmiento nació en una familia muy humilde de San Juan, y, por su condición económica, jamás pudo ir a la
escuela de la manera convencional ni cursar estudios universitarios. Comúnmente existe el mito de que
Sarmiento era un gran alumno y jamás faltaba a clases, pero la realidad es que sólo tenía acceso a la educación
mediante su tío, un sacerdote de su ciudad.

En 1845, exiliado en Chile para huir del gobierno del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, escribió su
principal obra, Facundo: Civilización y Barbarie[1], la cual trata de describir la vida del caudillo riojano
Facundo Quiroga. El libro también sirvió para demonizar a Rosas y para apoyar la campaña política de
Sarmiento.

Durante su presidencia, realizó enormes cambios relacionados con la educación (pese a que toda su vida fue
autodidacta), construyendo nuevas escuelas y contratando maestras provenientes de los Estados Unidos, ya que
Sarmiento opinaba que dicha nación (que en ese momento no era la potencia que es actualmente; este esplendor
comenzó después de la Primera Guerra Mundial) era un buen modelo a seguir. También opinaba que la
inmigración era la base del progreso de la Argentina, ya que los inmigrantes provenientes de países europeos
como Inglaterra, Francia o Alemania podrían civilizar el país y salvarlo de la barbarie causada, siempre según
Sarmiento, por Rosas

Domingo Faustino Sarmiento Albaricin nación el 15 de febrero en San Juan en el


año 1811, Se casó con Benita Martínez Pastoriza y tuvo 2 Hijos, Ana Faustina Y
Dominguito Fidel, Fue básicamente autodidacta, ya que tuvo que Trabajar desde
joven. Se desempeñó como Educador y Periodista.

Como periodista fundó, en el año 1836, el periódico El Zonda

Sarmiento, Domingo Faustino; Eso implica: su vida, obra, antecedentes filosóficos, educativos,
epistemológicos y políticos de sus ideas pedagógicas y especialmente sus postulados en cuanto a la educación
para la emancipación y la liberación de los pueblos.
Sus padres fueron José Clemente Sarmiento, hombre patriota y emprendedor, y Paula Albarracín, verdadera
columna del modesto hogar. Dos capítulos de su Recuerdos de provincia, intitulados: “La historia de mi madre”
y “El hogar paterno.
En 1817 ingresó en la Escuela de la Patria, donde se distinguió como el alumno más aventajado. Su primer
maestro fue Ignacio Fermín Rodríguez, quien lo orientó en los momentos decisivos para la formación de su
personalidad, dándole a leer libros y enseñándole latín, geografía y religión, fue su tío, el presbítero José de
Oro.
En 1918, Chile era un país en bancarrota, precediendo por más de una década a la gran depresión mundial
Cuando contaba tan sólo quince años, en 1826, fundó en San Luis, en San Francisco del Monte de Oro, su
primera escuela. A sus alumnos, jóvenes de su misma edad e incluso mayores que él, sarmiento les contagió el
deseo de aprender y su gran amor a los libros.
En 1830, huyó a Chile acompañado de su padre, trabajo como maestro, en Valparaíso trabajó como dependiente
de tienda, en Copiapó y Chañarcillo como minero; allí enfermó gravemente de tifus y sus compañeros
decidieron enviarlo rápidamente a San Juan, pues temían por su vida.
En 1836, de vuelta en San Juan fue protegido por el doctor Antonio Aberastain, y fundó la Sociedad Literaria,
filial de la Joven Argentina. Esta Sociedad Literaria era una verdadera logia, en la cual se leían y discutían los
libros y las ideas más avanzadas de la época.
En 1839 fundó El Zonda, del cual aparecieron tan sólo seis números, lo malquistaron con el gobierno de
Benavides, caudillo que respondía a Rosas, quien lo encarceló y mandó castigar brutalmente. De igual forma
fundó el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa para mujeres, cuyo reglamento redactó y del que su primer
director; éste fue el comienzo de su intensa política educacional, pues poco o nada se había hecho hasta el
momento.
1840 en su segundo destierro en Chile, grabó en los Baños del Zonda, sobre una piedra, las
célebres palabras de H. Fortoul: On ne tue point les idées “Las ideas no se matan” fue
realmente portentosa luchó con todo y con todos hasta lograr los altos fines que se había impuesto,
maduró su talento de escritor, fue redactor de El Mercurio, donde combatió al tradicionalismo y los
resabios de la colonia. Fundó junto con Manuel de la Barra El Nacional; luego fue nombrado por Montt
director de la Escuela Normal de Profesores de Santiago de Chile..
En 1843, publico su obra Mi Defensa, apunte autobiográfico, para responder a los
ataques de los que era blanco. Siguió recuerdos de provincia; en 1845 publicó El
general Félix Aldao y Facundo, y en 1846 Método gradual de lectura. Para estudiar los
problemas relacionados con la educación y salvarlo de los encarnizados
enemigos, Montt lo envió a Europa y a Estados Unidos (1845-1848). De este viaje
regresó muy rico en experiencias y se vinculó a grandes hombres del extranjero;
1846 En Estados Unidos conoció personalmente, llegando a ser buen amigo, del
educador, estudioso, revolucionario de la organización y enseñanza pública de su
país natal, Horace Mann el secretario del Board de Educación el gran
reformador de la educación primaria viajero como yo en busca de métodos y
sistemas por Europa, y hombre que a un fondo inagotable de bondad y de
filantropía reunía en sus actos y sus escritos una rara prudencia y un profundo
saber convocar a un meeting educacional a la población de cada aldea y ciudad
adonde llega, subir a la tribuna y predicar un sermón sobre educación primaria
(1796-1859).
En 1849 publicó De la educación popular, en el que informaba de lo que había visto
sobre el particular en todos los países que había visitado, y casi de inmediato
publicó Viajes por Europa, África y América.

En 1852 publicó allí Campaña con el Ejército Grande, dedicada a Alberdi y en cuyas
páginas critica fuertemente a Urquiza una violenta polémica con el mismo
Alberdi, la cual fue origen de Las ciento y una (colección de las cartas de Sarmiento)
y las Cartas quillotanas (colección de las de Alberdi).
En 1852 también inició en Santiago de Chile la publicación de El Monitor de las Escuelas Primarias,
primera revista de educación que apareció en América.
Dijo Sarmiento que él “se sentía provinciano en Buenos Aires, porteño en las provincias e
argentino en todas partes”.
Fue el comienzo de la etapa más gloriosa en su destino de constructor de la
nueva Argentina. Fue concejal de la ciudad, jefe del departamento de Escuelas,
senador, diputado a la convención provincial y ministro del gobierno de Mitre, y
gobernador de San Juan (1862-1864), donde desarrolló un gobierno progresista.
También fue embajador en Estados Unidos (1865-1868).
Estando en EEUU fue elegido presidente de la República por el periodo 1868-
1874 “el pueblo argentino se honra a sí mismo eligiendo para presidente a un
maestro de escuela, prefiriéndolo a un general”. Llegó al país el 30 de agosto de
1868 y asumió el mando el 12 de octubre.
A partir de 1880 Chile se convirtió en el asilo contra la opresión argentina de Rosas. Les abrió las puertas a los
grandes maestros, el argentino Sarmiento y el venezolano Andrés Bello. Creó el mejor sistema educativo de
América Latina.
Y una de las primeras señas de la modernidad en nuestras repúblicas pubescentes fue la aparición de una
literatura de la independencia, novelas y poesía, pero también periodismo e historia.

Las circunstancias adversas que dificultaron su propia educación y el espectáculo siniestro que ofrecía
Argentina, como consecuencia de la penuria económica y cultural, gestaron en Sarmiento, sin duda, su
concepción pedagógica de tipo social.
Sin embargo, no podemos dejar de destacar cuánto significaron para la teoría y la práctica educativas del
“Maestro de América” las ideas de Condorcet sobre el deber del Estado de proveer a todos los individuos una
instrucción que aseguró su pleno desarrollo espiritual, político, económico y social, mediante una efectiva
igualdad de hecho y la institución del laicismo
Nos limitaremos a decir que fueron Locke, Rousseau, Montesquieu, Tocqueville, Condorcet, Leroux, Guizot,
Cousin y otros que siguieron las aguas de la Ilustración, del enciclopedismo y del romanticismo.
Le permitió conocer y valorar nuevos métodos y procedimientos didácticos, ensayos interesantes de enseñanza
diferencial, instituciones avanzadas de formación docente, en fin, modernos sistemas de organización escolar.
Con pasión de apóstol y seguridad de iluminado, sostuvo el valor absoluto de la acción educadora. Ya en
Análisis de las cartillas, silabarios y otros métodos de lectura —obra que publicó en Chile en el año 1842, en su
calidad de director de la Escuela Normal— afirmaba: “La instrucción primaria es la medida de la civilización de
un pueblo”. Pero fue en Educación popular donde planteó, por primera vez de manera precisa, todo su programa
de civilización por medio de la escuela. En sus escritos posteriores, a decir verdad, no hizo más que desarrollar
y repetir —con obstinación de pedagogo— las ideas que había defendido en el informe de 1848.
Desarrollar un sistema de pedagogía general; antes bien, todas sus inquietudes en este campo giraron alrededor
de un sector especializado: la pedagogía política o, mejor aún, la política educacional. De ahí que el tema
preferente de sus teorías y realizaciones pedagógicas fuera la instrucción pública, cuya finalidad —según
palabras suyas— consiste en “preparar el uso de la inteligencia individual, por el conocimiento rudimentario de
las ciencias y hechos necesarios para formar la razón”. Tenemos, pues, un concepto de educación pública que,
combinado con otras manifestaciones extraídas de diferentes trabajos, puede ser formulado sin violencia alguna
en la siguiente frase: la educación pública tiene por objeto mejorar intelectual, física y moralmente a la clase
más numerosa y pobre de la sociedad, capacitándola para participar en el progreso cultural.
Elevar el nivel social de la comunidad con la acción educativa impulsada por el Estado. Pero esta acción,
dirigida principalmente a promover el aumento de la capacidad intelectual por medio de la ciencia, debía
proyectarse sobre la masa, el grueso del pueblo —desposeído o ignorado—, dejando de constituir un privilegio
de los grupos dominantes. “Lo que necesitamos primero —dijo— es civilizarnos, no unos doscientos individuos
que cursan las aulas, sino unos doscientos mil que no cursan ni las escuelas”. He aquí el fundamento de la
pasión de Sarmiento por la escuela primaria, a la que llamó “educación popular”, “educación nacional” o,
también “educación común”.
Habían concebido la democratización de la enseñanza como una obligación del gobierno y del pueblo.
“La igualdad que proclaman nuestras instituciones no consiste, como absurdamente se lo imaginan algunos, en
una quimérica igualdad de instrucción y capacidad en todos los asociados, ni en la igual distribución de la
propiedad; consiste solamente en que la ley no establezca diferencias entre hombre y hombre, dejando a la
naturaleza y a la fortuna ese cuidado: consiste en que todas las instituciones tengan por objeto la mejora moral,
intelectual y física de la clase más numerosa y más pobre de la sociedad”.
La tarea a la que consagró toda su vida fue educar al pueblo, al conjunto de la población argentina, para elevar
su espíritu, mejorar su situación económica y, con ello, favorecer el desarrollo de una nación libre y soberana.
La educación siempre estuvo en el núcleo de su obra, palabra con la que dio título a su obra más difundida, y tal
vez la que mereció siempre predilección.
“Hay en el mundo cristiano, aunque en fragmentos aquí y allá dispersos, un sistema completo de educación
popular que principia en la cuna, se prepara en la sala de asilo, continúa en la escuela primaria y se completa en
las lecturas orales, abrazando toda la existencia del hombre”
También, “escuela común”. Con profundo sentido revolucionario, propugnó una escuela abierta a todos, o sea,
sin discriminación por causa de raza, de sexo, de condición económica, de rango social, de posición política o
de creencia religiosa. Por ello fue, en el momento debido, pionero en la lucha por la enseñanza laica,
De los Anales de la educación común, órgano destinado a la propagación de una doctrina pedagógica
profundamente arraigada en el movimiento de la “escuela única” francesa, movimiento al cual se anticipó en el
orden de las realizaciones positivas.
Dentro de los cánones de la época: “la escuela para todos; el colegio para los que pueden; la universidad para
los que quieran”.
Sarmiento era consciente de la impostergable necesidad del pueblo en materia de instrucción. Había que enseñar
a leer a las masas, antes que acometer programas de enseñanza demasiado especializados o proyectos culturales
sofisticados. Así, pudo decir: “La educación más arriba de la instrucción primaria la desprecio como medio de
civilización. Es la educación primaria la que civiliza y desenvuelve la moral de los pueblos. Todos los pueblos
han tenido siempre doctores y sabios, sin ser civilizados.
Estaba persuadido de que el maestro de escuela era el agente más activo del progreso de un país.
A este propósito respondió su acción en favor de las escuelas nocturnas para adultos y las escuelas para
soldados
Durante su presidencia fundó cinco colegios nacionales y varios planteles técnicos de diverso tipo y nivel,
atendiendo a las necesidades económicas de la región; creó granjas escolares para la experimentación agrícola;
promovió la investigación científica, con instituciones de jerarquía, tales como Academias, la Facultad de
Ciencias Exactas y Físico-Naturales en la Universidad de Córdoba y el Observatorio Astronómico en la misma
ciudad, contratando los servicios de sabios estadounidenses y alemanes; propagó gabinetes y laboratorios con
fines de renovación didáctica; estableció museos; creó el Colegio Militar y la Escuela Naval, estimulando la
elevación cultural y técnica de las respectivas profesiones; asignó bienes para la fundación de seminarios
conciliares; decidió la realización del primer censo escolar del país, etc.
Una de sus primeras medidas en la materia fue la creación de escuelas normales de maestras. Mediante la
incorporación de la mujer a la acción educadora quedaban unidos el hogar, la escuela y la sociedad en una
misma empresa de civilización.
La Argentina la educación del pueblo, por el pueblo y para el pueblo: ciertos principios teológico-políticos de
una sociedad todavía apegada a las diferencias de clase y a la formación clerical, sostuvo que la educación era
una función social. Implícito en este concepto están el derecho y el deber del pueblo de recibir educación, en
igualdad de oportunidades, y la correspondiente obligación del gobierno de proveer a la satisfacción de esa
necesidad, conforme al principio de la libertad de enseñanza, interpretado con mentalidad republicana y
democrática.
Entre ellos, en Educación popular; y con mayor detenimiento en lo relativo al desarrollo, en la Memoria sobre
educación común, presentada al Consejo Universitario de Chile, en 1856.
La ley sobre la enseñanza Nº 1420 primaria universal, obligatoria, gratuita y laica, fue promulgada gracias a su
tenacidad y a sus grandes dotes de persuasión. He aquí como la escuela primaria llegó a estimular la
colaboración de la comunidad, la cual ve en ese instituto pedagógico el mayor multiplicador económico y
social.
“nadie está obligado a respetar las leyes sino ha contribuido a hacerlas, ni a
obedecer a los magistrados si no ha contribuido a elegirlos”
El protestantismo, hijo de la libertad de examen, engendró la educación pública y
la discusión;

Viarazas, titán, el más fanático de los sectarios, Don Yo por su vocación de autoelogio
Concebir a la educación como el factor prioritario en el proceso de modernización que permitiera crear un
mínimo de igualdad de oportunidades al mayor número de habitantes.
La lectura como la garantía de la emancipación intelectual, ya que “todo se aprende leyendo”,
Su pretensión de hacer de los exámenes públicos, un acto solemne y una fiesta
popular; haber invitado a 67 maestras de Estados Unidos para la formación de
docentes actualizados; sus ideas en materia de edificios escolares.
Instalar, junto a la educación, la tecnología y la ciencia y la inmigración en el
centro de la escena para transformar la Argentina;
Superar el relegamiento de las mujeres de su época mediante la denuncia el
maltrato doméstico y las observaciones sobre usos y costumbres
Haber editado libros de enseñanza religiosa en reemplazo de los libros muy
malos que se empleaban en las escuelas ante la indiferencia e inercia de las
autoridades eclesiásticas; el haber dirigido El Monitor de las escuelas primarias
(1849), la primera revista de educación que apareció en América y fundar, con
José Hernández (Martín Fierro, 1872), nuestra literatura con su Facundo (1845),
donde tocó por primera vez el tema de la ciudad y el campo, la “barbarie” y la
“civilización” en América;
Como Presidente de la Nación la reglamentación del servicio en la Biblioteca
Nacional, la creación de bibliotecas populares y la fundación de la primera
Escuela Normal para la formación de maestros,
El Colegio Militar, la Escuela Naval y el Observatorio Astronómico de Córdoba,
la realización del Primer Censo Nacional.
Supo expresar su pensamiento con pasión: “escribid con amor, con corazón, lo
que se os alcance, lo que os antoje, que eso será apasionado, aunque a veces
incorrecto; agradará al lector aunque rabie Garcilaso.
Sus esfuerzos por el reparto de la tierra y la participación republicana en la
política se vieron frustrados por una elite letrada (de la que él formaba parte)
que denominó “aristocracia con olor a bosta”.
Escribe un libro de selvicultura y, consecuente consigo mismo en sus creencias,
dice a sus familiares: “Así como yo les he respetado sus creencias, sin
violentarlas jamás, devuélvanme ahora ese respeto. Que no haya sacerdote junto
a mi lecho de muerte. No quiero que una debilidad pueda comprometer la
integridad de mi vida”.
Sarmiento fue despedido de este mundo con honores de presidente de la
República, 30 oradores, acorde con nuestra cultura necrológica, lo alabaron,
incluso aquellos que lo habían combatido; mucha gente, a pesar de la lluvia, lo
acompañó hasta el cementerio de la Recoleta. Tapa en todos los diarios.. Muchos
años después, en 1947, la Confederación Interamericana de Educación
declararía el 11 de septiembre Día Panamericano del Maestro en homenaje a su
pasión educadora.

Fuentes bibliográficas
Héctor Félix Bravo (Argentina). Licenciado en filosofía, derecho y ciencias de la educación por la Universidad
de Buenos Aires. Responsable de investigación en el Centro de Investigaciones en Ciencias de la Educación.
Parlamentario y presidente de la Comisión de Educación (1963-1966). Profesor honorario de la Universidad de
Buenos Aires, miembro de la Academia de Educación. Autor de numerosos artículos y publicaciones entre las
que destacaremos: Sarmiento, pedagogo social y Estudios sarmientinos.

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