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Encuentro en el Valle de Danielle

Libro ajá

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Al momento de contar una historia las personas suelen comenzar con

el inicio, pero curiosamente está historia no tiene un inicio, pero si


tendrá un final.

El viento resoplaba en las colinas más alejadas de un gran y hermoso


valle, nadie sabía exactamente donde se encontraba ese hermoso
lugar, algunos creían que era el centro de la tierra, otros aseguraban
que era un plano espiritual, pero realmente solo era eso, un valle con
colinas. Las flores daban saludo a los primeros rayos de sol de la
mañana, como siempre, el cielo del valle estaba despejado, el sol era
tan grande que podía iluminar hasta el más pequeño brote de rosa, e
incluso así no había un clima caluroso ni mucho menos, era acogedor,
y Danielle lo amaba.

Danielle era la única persona en el enorme lugar, claro, había


insectos, pero realmente ninguno hablaba con ella, lo cual le parecía
muy grosero a la chica. Mientras la castaña despertaba, saludaba al
sol con una sonrisa, otro día, otra dura jornada de trabajo. Se sentó
en una pequeña roca, aunque dura, era bastante cómoda para
comenzar con su labor.

Durante el día, Danielle pudo ver dos abejas, tres mariposas y notó
que habían crecido cinco tulipanes, eso la emocionó bastante, no es
que pudiera ver algo nuevo por allí después de todo, así que
memorizó cada pequeño y nuevo detalle dentro del valle. Danielle
pensó que muchos podrían llamarlo “su valle”, pero no era suyo,
realmente no era de nadie, solo era un valle, y a pesar de la soledad,
ella estaba agradecida de haber nacido allí.

Espera ¿nacido?, ni siquiera recuerda haber nacido, o ser un bebé, o


una niña.

Estaba agradecida de estar ahí, y es todo lo que importaba.

Pronto la tarde cayó, pudo notarlo por la posición del sol, Danielle
pensó que el sol estaría cansado de estar en el mismo lugar y
haciendo lo mismo todos los días, por lo menos ella podía moverse de
roca si se cansaba. Continuó tejiendo, después de todo esa era su
actividad favorita, bueno, era su hobby, bueno, realmente era su
trabajo. Bien, realmente era todo lo que podía hacer, y
probablemente todo lo que sabía hacer. Per definitivamente el sol
tenía un trabajo más pesado. Al igual que las flores, crecer de la tierra
debía ser cansado, o ser una mariposa, tener que prepararse para
una metamorfosis debe ser agotador. ¡Y no la hagan hablar de las
abejas!

Danielle la tenía bastante fácil.

Y tan rápido como empezó, su día terminó. El sol se estaba retirando


por el oeste, tan serio y callado como siempre, Danielle se despidió
de él con una sonrisa, ahora era hora de que la luna llegara a suplir el
trabajo del señor sol.

Pero algo pasó.

- ¿Dónde está la luna? – Preguntó, para realmente nadie, todos


los insectos y flores estaban dormidas.

Danielle terminó de tejer, decidió levantarse a ver a su alrededor.


Quizás solo se había quedado dormida, a Danielle le pasaba todo el
tiempo, y eso parecía molestar al señor sol, ya que esos días se
levantaba con calor, y no con un sol alegre de las mañanas. Hasta
parecía que fuera medio día, Danielle no sabía el por qué.

- ¿Señora Luna? – Cuestionó de nuevo, nadie respondió. Lo cual


tampoco era extraño.

Pero un mal presentimiento inundó a Danielle.

- ¿No va a salir hoy? – Preguntó asustada – El señor sol va a


enfadarse, no juegue de esa forma – De nuevo nada sucedió.

Quizás saldría más tarde, o quizás el señor sol la cubriría, Danielle se


resignó a irse a dormir sin ninguna respuesta de su mejor amiga, la
luna.

Se despertó como siempre, junto al sol, el día parecía ser perfecto,


todo era tranquilidad y paz en su valle. Danielle consideró entonces
que la luna solo estaba retrasada, y quizás salió luego de que ella se
fue a dormir. Saludó al sol y se puso manos a la obra para otro día de
trabajo duro.

No pasó mucho hasta que comenzara a llover, era cuando las


rebeldes nubes querían tapar al sol. Además de entrar en llanto. La
chica expresó su disgusto, Danielle entendía lo que era llorar, pero
¿Todo el tiempo? Ella lo expresó a las nubes, pero a ninguna pareció
importarle, así que ahora tendría que buscar un árbol para seguir
tejiendo.

Al momento de levantar la mirada de su tejido observó algo a lo lejos,


más bien a ¿alguien?

Danielle sintió que se congelaba, ya sabía que sentían las flores en


invierno. No era un insecto, sería muy grande para ser un insecto,
aunque parecía ser un poco más grande que ella misma, y sin duda
era muy pequeño para ser un árbol, aunque si tenía un tono blanco,
como un abedul. ¿Quizás era una abeja? Tenía la cabeza roja, ella
conocía abejas rojas. Pero estaba parada, sin alas, de pie. Usaba ropa,
eso era un hecho, parecía tener flores en su atuendo, aunque
parecían muy vivas para estar pegadas a su vestido de esa forma.

- ¿Hola? ¿Eres una especie de flor? – Preguntó, lista para recibir


lo común, ni una sola palabra.

- ¿Flor? Soy una persona – Contestó. ¿Contestó?

Danielle dejó caer su tejido, con el su estambre y sus agujas. ¿Esa


“persona” acabada de responderle? ¿Cómo era posible? Quizás la
“persona” notó la expresión de horror en su rostro, ya que
rápidamente rectificó.

- Lo siento –

- ¿Porqué me contestas? –

- ¿Qué?

La “persona” comenzó a acercarse a Danielle, aun con la lluvia


cayendo podía sentir un calor abrumador, era casi como si por
primera vez en su vida estuviera experimentando el miedo. Jamás
había visto nada igual a esa cosa. De pronto quedaron a solo unos
pasos la una de la otra. Danielle seguía paralizada por el miedo.

- No quería asustarte, llegué a este valle para buscar – Fue


interrumpida por el sonido de la voz quebradiza de Danielle.

- No querías asustarme, pero lo hiciste – Declaró.

Por un momento la “persona” dudó en que decir a continuación,


quizás también estaba asustada.

- Lo lamento mucho, no era mi intención. Soy Maite. – Extendió su


brazo elevando su mano frente a ella, la chica realmente no entendió
el por qué.

- Soy Danielle, vivo aquí. – Contestó

- Es un gusto conocerte. – Sonrió, bajando su brazo finalmente. -


Vine al valle para conocer a la Moira que habita estos lares, tengo una
petición que hacerle. ¿Sabes donde está?

- ¿Qué es una Moira? – Preguntó.

Maite se giró sobre si misma, sacando de su espalda un artefacto


extraño. Abrió el objeto sin dudar, rebuscando entre las cosas dentro.
Finalmente sacó algo, un papel algo dañado, el cual desenvolvió con
gracia para voltearlo a la castaña.

Allí comenzó su relato.

Algunos dicen que no tienen un pasado, un presente, ni un final. Una


Moira es una persona del destino, ellas deciden que pasa con la vida
de una persona, ya sea en su pasado, en su presente y en su futuro,
ella se encarga de dar vida, vivirla y quitarla, nunca se sabe cual es el
plan de la Moira para nadie, pero se sabe que si la encuentras en vida
tienes el deseo para arreglarlo, solo si pasas las tres pruebas que ella
exige para comprobar tu valentía.
Danielle estaba más confundida que antes, ¿pasado? ¿futuro? ¿Qué
significaba eso? Entendía el concepto, no era tonta, pero que querría
decir con arreglarlo.

Notó que la persona frente a ella buscaba una respuesta de su parte,


lo supo ya que ella estaba segura que era la misma mirada que le dio
al cielo ayer para que apareciera su amada luna.

- No conozco a nadie así, aquí solo estoy yo – Contestó, algo triste de


no poder ayudar a su amiga parlanchina.

- ¿Estás segura? Hice un viaje muy largo, y muchas personas me


dijeron que era aquí. – Maite lucía algo exasperada, casi como
derrotada. Danielle se sintió algo mal por ella, sabía como era la
derrota, ella misma sufría con el punto medio espinado cuando tejía.

- ¿Quizás si la describes? –

Maite dudó, pero su expresión cambió rápidamente a una de alegría.


Danielle jamás había recibido algo así. Eran parecidas a sus sonrisas.
Y eso le encantó.

El cielo de despejó, dejando ver el hermoso sol de la tarde, Danielle


agradeció en sus adentros al señor sol por aparecer, así ver a la chica
frente a ella era más claro. Su cabello no era como una abeja roja, era
más bien como las fogatas deslumbrantes de invierno, era de fuego, y
lucía muy hermoso.

Maite pareció no importarle la llegada del sol, y mucho menos, ella


estaba emocionada por otra razón.

- Tengo descripciones de estos viejos libros. – Dijo con


entusiasmo, sacando más cosas de su ¿Guarda objetos? Ese
parecía ser un buen nombre.

La chica de cabello de fuego sacó varios libros, se sentó en el piso,


lleno de barro por la lluvia, tampoco pareció importarle. Danielle se
sentó junto a ella, pero en la comodidad de su roca, no iba a ensuciar
su vestido.

- Dice que brilla por la noche, su brillo encandila hasta al ser más
preparado. – Danielle pensó por un momento, claro, era tan obvio.

- Yo conozco a alguien así – Aseguró. – Pero tendremos que esperar a


la noche.
Así lo hicieron, Maite se quedó pacientemente al lado de Danielle
mientras está tejía, estaba algo apresurada, ya que sabía que había
perdido valioso tiempo de trabajo al hablar con la chica. Maite parecía
maravillada con las habilidades de tejido de Danielle, lo cual le hizo
sentir algo orgullosa de si misma.

Al caer la noche Danielle dejó su tejido a un lado, el señor sol se


estaba yendo, y la luna tendría que llegar pronto, Maite se sobresaltó
debido la detención tan abrupta de tejido de la castaña. Dejó el largo
hilo caer, al igual que las doradas agujas que la rodeaban, junto a eso
el tejido extremadamente largo que hizo durante el día. Con una
mano se despidió del sol y continuó su camino, Maite la siguió detrás
algo confundida.

Así, ambas chicas comenzaron su rumbo al interior de los árboles,


donde Danielle las dirigía a ambas. Maite estaba preocupada del
rumbo que estaban tomando, y más con la oscuridad del bosque, se
alejaban poco a poco del lindo valle de flores.

Llegaron a un pequeño claro entre los árboles, en él estaba una


agrupación de pequeñas flores cerradas, Danielle las conocía muy
bien, amaba pasar las noches mirándolas, pero más que las flores,
era su interior.

- Estoy segura que la “Moira” que buscas está aquí. – Antes de


que Maite pudiera decir algo, las flores de abrieron, mostrando
un espectáculo de luces brillantes.

Era un enjambre de luciérnagas, llenaron por completo el claro y sus


alrededores, eran maravillosas. Casi parecían estrellas, tan pequeñas
y brillantes. Se movían de un lado a otro, bailaban al son de una
canción que solo existía en su mente. Ambas chicas estaban
deslumbradas por el hermoso brillo. Danielle comenzó a bailar con
ella, casi como una costumbre, porque de hecho lo era, bailaba con
ellas cada semana sin falta, Maite podía jurar que era tan brillante
como una de ellas.

De pronto la chica se dio cuenta de un detalle, Danielle pensaba que


las luciérnagas podían ser la Moira. Un suspiro triste atravesó sus
labios, pero sin dejar de admirar a los pequeños insectos voladores.

No importaba, mañana intentarían otra vez.


Danielle despertó, está vez con alguien a su lado, Maite. La castaña
aun no podía creer que fuera alguien real, ¿cómo era posible que una
criatura hablara? Además de ser igual a ella, eran la misma especie
muy probablemente, aunque Danielle no había visto nada igual. La
pelirroja seguía dormida, así que la castaña decidió adelantarse y
saludar al sol. Al salir de su pequeña cabaña solo vio un cielo tenue,
no tan azul como todos los días, y tampoco tan cálido como siempre.

¿Dónde estaba el sol?

Miró en todas direcciones, estaba despejado, pero no había señales


del señor sol por ningún lado. Corrió directo al valle, para notar que
nada, no había nada en el cielo.

Fue entonces cuando la vio. Otra persona.

A diferencia de Maite, y de ella misma, la chica enfrente tenía la piel


morena, su cabello estaba perfectamente peinado hacía abajo, su
cabello era tan negro como la noche, al igual que su mirada. Aun así,
su presencia se sentía ¿Cálida? ¿Confrontable? Era una sensación
maravillosa, como si la alegría regresara, y el miedo de no ver al sol
hubiera desaparecido.

- ¿Hola? – Saludó – Me llamo Malena.

- Soy Danielle. – Contestó - ¿También vienes buscando a la Moira?

La chica la miró confundida, no tenía idea de lo que estaba hablando.


Se acercaron, no fue hasta quedar una frente a la otra que notó lo
pequeña que era, podía ver con un poco de esfuerzo la parte de
arriba de su cabeza. Casi se rio, era una chica de mirada intimidante,
pero su calidez y estatura solo hacía que se sintiera como si el sol le
sonriera en la cara.

- No sé que es una Moira, pero si vengo a buscar a alguien. –


Miró por encima de su hombro, al girarse miró a Maite, quien las
miraba directamente a ambas, pareció reconocer a la chica. -
¿No deberías estar trabajando?
La pelirroja se acercó a ellas, se notaba algo de molestia en su rostro.
No había notado la diferencia de sensaciones entre ambas. Maite era
como una no he fría, pero la paz y tranquilidad que transmitía era
única. Ambas eran muy diferentes, pero ambas se sentían como estar
en casa.

- Lamento haberme ido, pero no debiste venir. — Defendió la


pelirroja.
- Me preocupé por ti, no estuviste en toda la noche. — Acusó. —
Es la última vez que te vengo a buscar.

La nueva chica parecía realmente disgustada, Maite tenía una mezcla


de enfado y culpa. Ambas cruzaron los brazos

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