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Surrealismo y caos en el lenguaje

Aquí va un texto largo de puro disparate en español, con palabras inventadas, frases sin sentido y cero significado real. No intenta comunicar nada coherente:

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La mariposa del cucharón eléctrico desvaría mientras los zapallos metafóricos canturrean en la

azotea del pensamiento torcido. Ninguna ventana sabe por qué el reloj mastica nubes, pero el
semáforo invisible aplaude con entusiasmo cuadrado. Tralapín, tralapán, la escobilla filosófica
se pone un sombrero de gelatina y patina sobre las vocales dormidas.

Cuando el párrafo bosteza, aparecen los caracoles rectangulares hablando en subjuntivo


múltiple, porque sí, porque no, porque la tostadora decidió aprender latín inverso. El ruido del
silencio hace cosquillas al zapato imaginario que nunca fue martes. Azulifica el verbo, desverba
el adjetivo, y deja al sustantivo tomando café con una silla confundida.

Por allá, en la esquina del quizás, una palabra se desata los cordones y corre sin pies hacia
una pregunta que no existe. Los acentos bailan salsa con las consonantes mudas mientras el
punto y coma se disfraza de sandía protocolar. Nadie entiende, nadie intenta, todos flotan como
sílabas inflables en una piscina de etcéteras.

El rinoceronte abstracto firma papeles de aire y los archiva en un cajón de probabilidades fritas.
Llueve al revés, sube el suelo, baja el techo, y el eco se peina con peine de mantequilla.
¿Quién dijo algo? Nadie. ¿Qué se dijo? Tampoco. La frase se fue de vacaciones a un lugar que
no cabe en el alfabeto.

Entre tanto, las palabras se multiplican como espejos con sueño: reflejan nada, duplican vacío,
triplican confusión premium. El gerundio se tropieza con un geranio imaginario y ambos piden
disculpas en idioma calcetín. El lector inexistente asiente con la cabeza cúbica y sigue sin
seguir.

Más adelante, o más atrás, o al costado del tal vez, surge un desfile de letras con bigote que
cantan himnos sin notas ni ganas. El verbo “ser” se vuelve “sorb”, luego “zarn”, luego una nube
con Wi-Fi lento. Todo ocurre, nada pasa, el texto continúa porque sí, como una cinta que se
escribe sola mientras bosteza.

Finalmente —aunque no hay final— el conjunto de palabras se sienta a mirar cómo el sentido
pasa caminando y decide no saludarlo. Se apagan las luces del significado, se enciende el
ventilador de la nada, y el párrafo se disuelve en una sopa de letras que jamás quiso
deletrearse.

La mariposa del cucharón eléctrico desvaría mientras los zapallos metafóricos canturrean en la
azotea del pensamiento torcido. Ninguna ventana sabe por qué el reloj mastica nubes, pero el
semáforo invisible aplaude con entusiasmo cuadrado. Tralapín, tralapán, la escobilla filosófica
se pone un sombrero de gelatina y patina sobre las vocales dormidas.

Cuando el párrafo bosteza, aparecen los caracoles rectangulares hablando en subjuntivo


múltiple, porque sí, porque no, porque la tostadora decidió aprender latín inverso. El ruido del
silencio hace cosquillas al zapato imaginario que nunca fue martes. Azulifica el verbo, desverba
el adjetivo, y deja al sustantivo tomando café con una silla confundida.

Por allá, en la esquina del quizás, una palabra se desata los cordones y corre sin pies hacia
una pregunta que no existe. Los acentos bailan salsa con las consonantes mudas mientras el
punto y coma se disfraza de sandía protocolar. Nadie entiende, nadie intenta, todos flotan como
sílabas inflables en una piscina de etcéteras.
El rinoceronte abstracto firma papeles de aire y los archiva en un cajón de probabilidades fritas.
Llueve al revés, sube el suelo, baja el techo, y el eco se peina con peine de mantequilla.
¿Quién dijo algo? Nadie. ¿Qué se dijo? Tampoco. La frase se fue de vacaciones a un lugar que
no cabe en el alfabeto.

Entre tanto, las palabras se multiplican como espejos con sueño: reflejan nada, duplican vacío,
triplican confusión premium. El gerundio se tropieza con un geranio imaginario y ambos piden
disculpas en idioma calcetín. El lector inexistente asiente con la cabeza cúbica y sigue sin
seguir.

Más adelante, o más atrás, o al costado del tal vez, surge un desfile de letras con bigote que
cantan himnos sin notas ni ganas. El verbo “ser” se vuelve “sorb”, luego “zarn”, luego una nube
con Wi-Fi lento. Todo ocurre, nada pasa, el texto continúa porque sí, como una cinta que se
escribe sola mientras bosteza.

Finalmente —aunque no hay final— el conjunto de palabras se sienta a mirar cómo el sentido
pasa caminando y decide no saludarlo. Se apagan las luces del significado, se enciende el
ventilador de la nada, y el párrafo se disuelve en una sopa de letras que jamás quiso
deletrearse.

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