Sócrates.
Sócrates es una de las figuras más fascinantes y enigmáticas de
toda la historia del pensamiento occidental, no solo por lo que
dijo, sino también —y quizá sobre todo— por la forma en que
vivió y murió. Hablar de su vida es adentrarse en una mezcla de
historia, filosofía, anécdotas casi legendarias y el problema
constante de que no dejó nada escrito. Todo lo que sabemos de
él nos llega a través de otros, principalmente de Platón,
Jenofonte y, de forma satírica, del comediógrafo Aristófanes.
Esto hace que Sócrates sea, en cierto modo, un personaje
histórico envuelto en misterio.
Los orígenes de Sócrates y su contexto histórico
Sócrates nació en Atenas alrededor del año 470 a. C., en una
ciudad que vivía uno de los momentos más intensos de su
historia. Atenas era una democracia joven, orgullosa de su
libertad política, de su florecimiento artístico y de su poder
militar. Sin embargo, también era una ciudad profundamente
competitiva, donde el prestigio público, la oratoria y la
reputación lo eran todo.
Su padre, Sofronisco, era escultor o cantero, y su madre,
Fenáreta, era comadrona. Esta información, aparentemente
anecdótica, se vuelve simbólicamente importante más
adelante: Sócrates comparará su método filosófico con el oficio
de su madre, diciendo que él no “da a luz” ideas, sino que
ayuda a otros a parir las suyas propias.
A diferencia de muchos filósofos posteriores, Sócrates no
pertenecía a una familia aristocrática, ni fue un viajero
incansable ni un sabio retirado del mundo. Vivió casi toda su
vida en Atenas, caminando por sus calles, plazas y gimnasios,
conversando con ciudadanos de todo tipo: jóvenes ricos,
políticos, artesanos, poetas y soldados.
Juventud y formación: un filósofo sin escuela formal
No sabemos con certeza cómo fue su educación, pero es
probable que recibiera la formación básica de un ciudadano
ateniense: lectura, música, gimnasia y algo de poesía. En su
juventud pudo haber tenido interés por las explicaciones físicas
del mundo, propias de los filósofos presocráticos, pero pronto
se alejó de ese tipo de especulación.
Un momento clave en su vida —según Platón— fue la respuesta
del oráculo de Delfos, que declaró que nadie era más sabio que
Sócrates. Esta afirmación desconcertó profundamente al propio
Sócrates, quien estaba convencido de no saber nada especial. A
partir de ahí, comenzó una especie de misión personal: poner a
prueba la sabiduría de los demás para entender qué quería
decir el oráculo.
Cómo llegó Sócrates a ser filósofo
Sócrates no se convirtió en filósofo por escribir tratados ni
fundar una escuela, sino por vivir filosofando. Su filosofía nació
del diálogo cotidiano y del cuestionamiento constante. Iba por
Atenas preguntando a quienes se consideraban sabios —
políticos, poetas, expertos— qué eran conceptos como la
justicia, la virtud, la valentía o el bien.
Lo que descubría casi siempre era lo mismo: estas personas
hablaban con gran seguridad, pero no podían justificar
racionalmente lo que afirmaban. Así, Sócrates llegó a la famosa
conclusión que se le atribuye:
“Solo sé que no sé nada”, no como una confesión de ignorancia
pasiva, sino como una actitud filosófica radical.
Su método, conocido como mayéutica, consistía en hacer
preguntas aparentemente simples que llevaban al interlocutor a
contradicciones, obligándolo a examinar sus propias creencias.
Esto no solo resultaba intelectualmente incómodo, sino
también humillante para muchos.
Sócrates como ciudadano y soldado
A diferencia de la imagen del filósofo aislado, Sócrates participó
activamente en la vida cívica. Sirvió como soldado hoplita en
varias campañas durante la Guerra del Peloponeso. Las fuentes
destacan su resistencia física, su valentía y su autocontrol:
soportaba el frío, el hambre y el cansancio mejor que muchos
jóvenes.
Hay relatos de que salvó la vida de Alcibíades, uno de los
políticos más brillantes y problemáticos de Atenas, y que
permanecía inmóvil durante horas, absorto en pensamientos
profundos, incluso en medio de campamentos militares.
Su aspecto físico y su forma de vivir
Sócrates rompía completamente con el ideal estético griego. Era
descrito como bajo, robusto, de nariz achatada, ojos saltones y
siempre descalzo. Esta fealdad fue motivo de burlas,
especialmente en las comedias de Aristófanes, donde se lo
presenta como un charlatán ridículo.
Vivía con extrema austeridad. Vestía siempre la misma túnica,
no se preocupaba por el dinero y rechazaba cobrar por enseñar,
a diferencia de los sofistas. Decía que la riqueza verdadera era
la virtud, no los bienes materiales.
Estaba casado con Jantipa, famosa por su carácter fuerte. Las
anécdotas la presentan como una mujer irascible que discutía
constantemente con él. En una historia célebre, después de que
ella le arrojara agua sucia encima tras una discusión, Sócrates
comentó tranquilamente: “Después del trueno, viene la lluvia”.
La relación con los jóvenes y la polémica
Sócrates atraía a muchos jóvenes atenienses, especialmente de
familias influyentes. Estos lo admiraban porque los hacía
pensar, cuestionar a sus mayores y poner en duda las normas
establecidas. Esto, en una ciudad que valoraba el orden y la
tradición, era profundamente peligroso.
Sus enemigos lo acusaban de corromper a la juventud y de no
respetar a los dioses tradicionales, aunque él afirmaba creer en
lo divino, guiado por una voz interior, su famoso daimonion,
una especie de conciencia moral que le advertía cuando no
debía hacer algo.
El juicio y la condena de Sócrates
En el año 399 a. C., Sócrates fue llevado a juicio. Las
acusaciones formales fueron impiedad y corrupción de la
juventud. En realidad, el juicio tuvo un trasfondo político:
Atenas acababa de salir derrotada de la guerra, y Sócrates era
visto como una figura incómoda que había influido en
personajes asociados con regímenes antidemocráticos.
Durante el juicio, Sócrates no suplicó ni intentó congraciarse
con el jurado. Defendió su vida filosófica como un servicio a la
ciudad, comparándose con un tábano que despierta a un
caballo perezoso (Atenas). Fue declarado culpable por una
estrecha mayoría.
Cuando se le dio la oportunidad de proponer su propio castigo,
sugirió irónicamente que se le mantuviera en el Pritaneo, un
honor reservado a los héroes. Finalmente fue condenado a
morir bebiendo cicuta.
La muerte de Sócrates y su legado
Sócrates pasó sus últimos días conversando serenamente con
sus discípulos. Rechazó la posibilidad de escapar, argumentando
que violar las leyes sería traicionar todo lo que había defendido.
Murió con calma, bebiendo el veneno y hablando hasta que su
cuerpo se fue paralizando.
Su muerte lo convirtió en un símbolo eterno: el filósofo que
prefirió morir antes que renunciar a la verdad y a la coherencia
moral.
Curiosidades finales sobre Sócrates
Nunca cobró por enseñar, algo radical en una Atenas llena de
sofistas.
Decía que la filosofía no servía para ganar dinero, sino para vivir
bien.
Su “ignorancia” era, en realidad, una crítica demoledora a la
arrogancia intelectual.
Influyó directamente en Platón, y a través de él, en Aristóteles,
moldeando toda la filosofía occidental.
Es uno de los pocos personajes históricos cuya forma de morir
es tan influyente como su vida.
Sócrates no dejó libros, pero dejó una manera de pensar: vivir
examinándose a uno mismo, cuestionar lo que parece obvio y
entender que la sabiduría comienza cuando reconocemos
nuestros límites. Esa es, quizá, su herencia más profunda.