HISTORIA DE YORKSHIRE
Prólogo
Los páramos de Yorkshire siempre habían tenido una voz propia.
Un susurro antiguo que parecía flotar entre los brezos,
arrastrándose por los valles, trepando los muros de piedra que
serpenteaban entre las colinas como cicatrices del tiempo.
Para Eleanor, esa voz había sido la banda sonora de toda su vida,
incluso en los momentos en los que habría preferido silencio.
Tenía dieciséis años cuando la historia comenzó a cambiar para ella.
Vivía en el pequeño pueblo de Garsdale Haven, un asentamiento
tan escondido entre las colinas que algunos mapas ni siquiera lo
marcaban. Allí las casas eran de piedra gris, los tejados de pizarra y
las chimeneas exhalaban humo azul incluso en verano, porque en
Yorkshire el frío siempre encontraba la manera de entrar.
Eleanor vivía con su hermana mayor, Marian, y su padre, Thomas.
Su madre había muerto cuando Eleanor apenas tenía cinco años, y
aunque casi no la recordaba, su ausencia se sentía como una vela
que se había apagado demasiado pronto pero que todavía dejaba
olor a cera quemada.
Thomas era un hombre fuerte, silencioso, acostumbrado a trabajar
la tierra y luchar contra los inviernos crueles del condado. Marian,
por otro lado, era todo ternura: la columna vertebral emocional de
la familia. Eleanor siempre había sido la más curiosa, la que
preguntaba demasiado, la que se perdía en los páramos pese a
todas las advertencias de que era peligroso pasear sola al
anochecer.
Porque, según los ancianos del pueblo, en los páramos había
secretos. Secretos que no eran para quienes no estaban dispuestos
a escucharlos.
Capitulo I.
Aquel día de otoño, Eleanor se despertó con la sensación de que
algo la estaba llamando. No era un sonido específico; más bien un
tirón, una especie de impulso instintivo. Era sábado, y Marian la
había mandado a recoger unas raíces de malvarrosa para preparar
un jarabe contra la tos.
El camino hacia el valle estaba cubierto de una neblina espesa que
hacía que todo pareciera más grande y más lejano de lo normal.
Eleanor avanzaba despacio, sintiendo cómo la humedad se le
pegaba al rostro.
Fue entonces cuando la vio.
A lo lejos, entre la bruma, una figura clara. Parecía una joven, quizá
de su misma edad, de cabello claro, casi blanco, y un vestido que no
debería ondear con el viento porque… no había viento.
Eleanor parpadeó. La figura la observó por un segundo… y
desapareció.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No era la primera vez que se hablaba de apariciones en los
páramos. Los ancianos contaban historias sobre la Dama de
Highmoor, un espíritu que vagaba buscando algo perdido hace
siglos. Eleanor nunca había creído en esas historias. No realmente.
Pero lo que acababa de ver no podía explicarse tan fácilmente.
Sin embargo, se obligó a continuar. Recogió las raíces, respiró
hondo para calmarse y regresó a casa antes de que la niebla hiciera
aún más difícil el camino.
Pero esa noche… no pudo dormir.
Porque cada vez que cerraba los ojos, veía a la muchacha de cabello
blanco observándola entre la neblina.
Capitulo II
El lunes, mientras limpiaba el desván con Marian, Eleanor encontró
algo que cambiaría su vida: una carta dirigida a su madre, fechada
unas semanas antes de su muerte.
Estaba escondida entre dos tablones del suelo, como si alguien
hubiera querido ocultarla.
Con manos temblorosas, la abrió.
Mi querida Margaret,
El lazo entre nuestra familia y lo que custodiamos se está
debilitando. Los páramos comienzan a inquietarse, y temo que la
presencia que protegemos desde generaciones empiece a
despertar. Si algo me ocurre, Thomas debe saber que la llave está
oculta donde la luna toca primero, en la colina del mirlo. Y que
nuestra hija menor tiene la marca…
Por favor, cuida de ellas. Y recuerda: la promesa debe cumplirse.
Con todo mi amor,
Helena.
Eleanor sintió cómo las piernas le fallaban.
—¿La hija menor…? —murmuró.
Marian le arrebató la carta y la leyó con el ceño fruncido.
—Madre jamás habló de nada de esto —dijo con la voz rota—.
¿Quién es Helena?
Eleanor negó con la cabeza. No lo sabía, pero algo dentro de ella
decía que aquella carta no era un simple mensaje. Era una
advertencia.
Y de algún modo… estaba dirigida a ella.
Capitulo III
Esa noche, Eleanor enfrentó a su padre. Thomas se tensó en cuanto
vio la carta.
—No debiste encontrar eso —dijo con voz grave.
—¿Quién es Helena? ¿Qué significa lo de la llave? ¿Y de qué marca
habla?
Thomas se pasó una mano por la cara. Parecía haber envejecido
diez años en un minuto.
—Tu madre provenía de una familia antigua de Yorkshire —
empezó—. Ellos tenían… una responsabilidad. Un juramento hecho
hace siglos. Ella nunca quiso que ustedes cargaran con eso.
—¿Cargar con qué?
Él la miró. Sus ojos grises parecían enterrar secretos de
generaciones.
—Con la custodia del espíritu de Highmoor.
Eleanor sintió que la sangre le golpeaba los oídos.
—¿La Dama de los páramos? Eso es solo una historia.
—Ojalá lo fuera —susurró Thomas.
Le contó entonces lo que nunca se había atrevido a decir: que hacía
siglos, la familia de su madre había sido encargada de mantener la
paz entre el espíritu de los páramos —la Dama— y el mundo de los
vivos. Para mantener el equilibrio, debía protegerse una “llave”, un
objeto antiguo cuyo poder mantenía a la Dama dormida.
—Tu madre era la última guardiana —dijo Thomas—. Cuando ella
murió… el vínculo se rompió.
Eleanor tragó saliva.
—¿Y ahora?
Thomas la observó con un dolor profundo.
—Ahora te corresponde a ti.
Capitulo IV
La noche siguiente, Eleanor caminó hacia la colina del mirlo. Las
palabras de su madre resonaban en su mente: la llave está oculta
donde la luna toca primero.
Cuando llegó, la luna llena iluminaba una roca plana. Allí, inciso en
la piedra, un pequeño símbolo que nunca había visto. Eleanor
acercó la mano… y la piedra se abrió.
Dentro había un colgante de plata, delicado, con un cristal azul en
el centro. En cuanto lo tocó, un viento helado recorrió el páramo.
Y la Dama apareció.
—Por fin —susurró una voz suave—. La heredera ha tomado la
llave.
Eleanor retrocedió, pero la figura no avanzó. Su rostro era
hermoso, aunque pálido como la luna. Sus ojos, dos abismos azules.
—¿Quién eres? —preguntó Eleanor.
—Soy lo que tu linaje juró custodiar. Soy la guardiana de los
páramos. O al menos lo era… antes de ser traicionada.
La Dama la observó fijamente.
—Necesito tu ayuda, Eleanor.
Capitulo V
La Dama le contó una historia muy distinta de la que los ancianos
repetían. Según ella, siglos atrás los páramos habían estado en
equilibrio gracias a un pacto entre la familia de la madre de Eleonor
y el espíritu que protegía las tierras.
Pero uno de los antepasados de Eleanor había roto el pacto,
intentando usar la llave para controlar el poder de la Dama. Desde
entonces, ella había quedado atrapada entre los mundos,
despertando solo a medias… vagando, buscando justicia.
—Tu madre intentó repararlo —dijo—. Pero murió antes de
lograrlo.
Eleanor apretó el colgante.
—¿Y qué quieres de mí?
—Que cumplas el pacto. Que restaures lo que se quebró. Si no lo
haces… los páramos despertarán con furia, y tu pueblo caerá bajo la
niebla eterna.
Eleanor sintió un peso enorme sobre los hombros.
—No sé cómo hacerlo.
—Aprenderás —dijo la Dama—. Pero debes darte prisa. La ruptura
está creciendo.
A lo lejos, un trueno retumbó sobre las colinas, aunque no había
nubes.
Capitulo VI
Los días siguientes, los páramos cambiaron. La niebla se volvió más
densa, los animales inquietos, los vientos más fuertes. La gente del
pueblo murmuraba que algo oscuro se estaba gestando.
Eleanor comenzó a soñar con la Dama cada noche. Le mostraba
fragmentos de una especie de ritual, de un altar de piedra perdido
en algún lugar de los páramos, de un cuenco lleno de agua que
reflejaba estrellas que no pertenecían al cielo.
Mientras tanto, Thomas intentaba protegerla, pero ya era tarde.
El vínculo la había elegido.
Y la Dama la estaba guiando.
Capitulo VII
Finalmente, tras días siguiendo sus sueños, Eleanor encontró el
altar. Estaba cubierto de musgo, olvidado entre dos colinas. En
cuanto puso el colgante sobre la piedra central, la tierra vibró.
La Dama apareció.
—Ahora debes escuchar —dijo—. El pacto original era un
intercambio: la guardiana de la familia de tu madre daba una parte
de su luz… y yo protegía estas tierras con mi poder.
Eleanor sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué significa una parte de mi luz?
La Dama la miró con tristeza.
—Significa un sacrificio. No físico. No morirás. Pero nunca volverás
a ser la misma.
Antes de que Eleanor pudiera responder, la tierra tembló
violentamente. Un sonido profundo, como un rugido subterráneo,
resonó desde el valle.
—¡Es demasiado tarde! —gritó la Dama—. La ruptura se ha
desatado.
Capitulo VIII
El cielo se oscureció como si hubiera anochecido de golpe. Un
remolino de niebla negra surgió del valle, avanzando hacia Garsdale
Haven.
Eleanor sintió un miedo paralizante.
—¿Qué hago? —gritó.
—Pon tus manos sobre la piedra. Deja que la llave te muestre el
camino.
Eleanor obedeció. El cristal del colgante brilló intensamente,
proyectando una luz azul a su alrededor. Sintió un calor recorrerle
el cuerpo, como si miles de voces antiguas estuvieran hablando
dentro de su mente.
Y vio dos caminos posibles:
1. Sacrificar parte de su luz, un fragmento de su esencia, para
restaurar el pacto y salvar los páramos.
2. Romper por completo la llave, liberando a la Dama de su
prisión… pero dejando el destino de su mundo en manos del
espíritu.
Eleanor respiró hondo.
Pensó en Marian, en su padre, en las casas de piedra, en el olor del
pan del pueblo, en los inviernos duros y las primaveras cortas. Ese
era su hogar.
Y no podía arriesgarlo.
Colocó ambas manos sobre el altar y dejó que su luz fluyera.
Capitulo IX
Un destello azul envolvió todo el páramo. La niebla negra se disipó
al instante. La tierra dejó de temblar.
Eleanor cayó de rodillas. Se sentía vacía, como si un pedazo de su
alma hubiera quedado atrás.
La Dama la observaba con un brillo suave en los ojos.
—Has cumplido el pacto. El equilibrio ha sido restaurado. Los
páramos vivirán… y tú seguirás siendo su guardiana.
—¿Su guardiana? —susurró Eleanor.
—Lo eres desde el momento en que tomaste la llave —respondió la
Dama—. Y aunque he recuperado mi libertad, seguiré cuidando de
estas tierras… contigo.
La figura comenzó a desvanecerse.
—Gracias —dijo Eleanor, aunque no sabía si ella podía oírla.
Capitulo X
Las semanas siguientes, el pueblo notó cómo los páramos volvían a
la normalidad. Los ancianos murmuraban que “la tierra había sido
apaciguada por fin”.
Thomas miraba a su hija con un orgullo silencioso. Marian la
abrazaba cada día como si temiera perderla de nuevo.
Pero Eleanor sabía que algo dentro de ella había cambiado.
A veces, mientras caminaba sola entre los brezos, escuchaba un
nuevo susurro en el viento. Una voz suave, femenina, que antes no
estaba allí.
La Dama.
Y aunque la responsabilidad era grande, Eleanor no tenía miedo.
Porque entendía ahora que su familia, su historia y los páramos
estaban entrelazados.
Había nacido para escuchar su murmullo.
Y para responderlo.