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Lamento del Herrero Ciego en Japón

cueny

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Juli Espo
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¡Excelente! Un tercer cuento, con un ambiente y un tono completamente diferentes.

Esta vez, vamos con una ficción histórica y mitológica, ambientada en el Japón feudal.

🌸 El Lamento del Herrero Ciego


Capítulo 1: La Niebla de la Venganza
En el año 1603, bajo el recién establecido Shogunato Tokugawa, la paz era una capa
delgada que cubría la tierra bañada en sangre. En las montañas de Hida, lejos de los
castillos y las guerras, vivía un hombre llamado Kenji.

Kenji era conocido como el mejor herrero de toda la región, pero su maestría vino con un
precio: el fuego de su forja, alimentado por minerales raros y un deseo obsesivo de
perfección, lo había dejado ciego a los treinta años. Ahora, a los cincuenta, Kenji trabajaba
por el sonido y la sensación, forjando espadas tan perfectas que, según se decía, podían
cortar la luz.

Su única compañía era un joven aprendiz, Hiroki, y la pesada presencia de su honor.

Una mañana de invierno, una densa niebla blanca se arrastró por el pueblo. No era una
niebla normal; era fría, inmóvil, y silenciaba incluso el canto de los pájaros.

Hiroki entró corriendo en la forja, su voz temblaba.

—Maestro, es la niebla... dicen que ha traído a Kagehisa.

Kenji dejó de golpear el acero. Kagehisa. El nombre era un veneno en el oído. Kagehisa era
un rōnin, un antiguo samurái renegado conocido por su crueldad y por su habilidad
demoníaca con la katana. Pero Kagehisa no buscaba oro ni venganza política. Buscaba una
sola cosa: la espada perfecta.

—Ha estado aquí antes —dijo Kenji, su voz áspera como la piedra de afilar.

—Sí, pero esta vez... está usando la Hoja de la Sombra. Las historias dicen que con ella, su
golpe no solo corta el cuerpo, sino también el alma. Es invencible.

Kenji sintió el aire frío de la niebla entrar por las rendijas. Sabía que la visita de Kagehisa no
era un simple robo. Era un desafío existencial.

—Cierra las puertas, Hiroki. El demonio quiere mi obra maestra. Y si le doy la espada, le
entregaré mi alma y el honor de mi arte.

Capítulo 2: El Desafío del Acero


Kagehisa no llamó a la puerta. El sonido del golpe fue un estruendo, como un rayo, y las
pesadas puertas de madera de la forja volaron en pedazos.

La voz de Kagehisa era como el roce de dos piedras. —Kenji. He venido por la Yume-Kiri
(La Cortadora de Sueños).

La Yume-Kiri era la obra de toda la vida de Kenji. Una katana forjada durante diez años, que
según el mito, estaba imbuida de la luz de la luna y el lamento de cien guerreros.

Kenji se paró junto a su yunque, su ceguera no le impedía apuntar.

—Esa espada no es para un asesino, Kagehisa. Solo un corazón noble puede blandirla sin
ser consumido por su propio poder.

Kagehisa soltó una risa seca. —El honor es una ilusión, ciego. El único poder real es el que
corta el destino. Dame la Yume-Kiri, o te la arrancaré de tus huesos.

Hiroki, aterrado, se escondió detrás de las herramientas.

Kenji sostuvo un martillo de hierro y una barra de acero al rojo vivo.

—Si quieres la espada, tendrás que forjarla tú mismo.

Kagehisa se impacientó. Desenvainó su Hoja de la Sombra. La espada era negra, no por el


óxido, sino porque parecía absorber toda la luz, dejando un rastro de oscuridad tangible a
su paso.

—Tu arrogancia te costará la vida.

Kagehisa lanzó un corte. El aire silbó, y donde la Hoja de la Sombra pasó, la niebla se
disolvió, dejando el espacio momentáneamente vacío de existencia.

Kenji no la vio, pero la sintió. El sonido del corte le indicó la trayectoria. Levantó la barra de
acero al rojo vivo y desvió el golpe con un estruendo. Chispas de metal quemado y
oscuridad volaron por la forja.

—Rápido. Pero predecible —dijo Kenji.

Capítulo 3: La Visión del Sonido


Kagehisa atacó de nuevo, una ráfaga de diez cortes veloces, diseñados para desmembrar.
Kenji se movió no por la vista, sino por el sonido del aire desplazado. Él no esquivaba los
golpes, sino que se movía entre ellos.

El ciego era una sombra en su propia forja.

—¿Cómo me ves? —rugió Kagehisa, frustrado.

—No te veo con los ojos, sino con el acero —respondió Kenji. —Durante treinta años, he
aprendido el alma de esta forja. Conozco la resonancia de cada herramienta, el eco de cada
sombra, la vibración de cada corte. Tú puedes cortar la luz, pero no puedes cortar el
sonido.

Kenji lanzó un ataque inesperado. No con un arma, sino con su martillo de forja. El golpe
no fue dirigido a Kagehisa, sino al yunque.

¡CLANG!

El sonido fue ensordecedor, resonando a través de las paredes de la forja. Kagehisa se tapó
los oídos, su enfoque roto. Era la frecuencia exacta que utilizaba Kenji para templar el
acero.

En ese instante de distracción, Kenji corrió hacia el nicho donde guardaba la Yume-Kiri.
Sacó la vaina. La espada no brillaba a la luz, sino que parecía tener una luz interna suave y
plateada.

—Ya la tienes. Ahora, muéstrame qué tan fuerte es tu alma —dijo Kagehisa,
recuperándose.

Capítulo 4: La Luz contra la Oscuridad


Kagehisa atacó con su Hoja de la Sombra. Fue un golpe final, un torbellino de oscuridad
absoluta.

Kenji, sosteniendo la Yume-Kiri en una guardia simple, cerró los ojos (aunque ya estaban
ciegos) y escuchó el lamento de la propia espada.

Él no estaba defendiéndose. Estaba creando.

Cuando la Hoja de la Sombra estaba a centímetros de su garganta, Kenji desenvainó la


Yume-Kiri.

El choque no produjo el clang esperado. Hubo un silencio. Un único punto de luz plateada
apareció en el centro del choque.

La Yume-Kiri no cortó la Hoja de la Sombra. La reveló. La hoja oscura de Kagehisa era solo
acero común, recubierto de una ilusión densa creada por la maldad y el miedo. El acero
perfecto de Kenji despojó la ilusión.

Kagehisa vio su propia espada volverse normal. Por primera vez en años, sintió el miedo.

—No... ¡imposible! —gritó.

—Una espada forjada con honor solo revela la verdad —dijo Kenji, sin abrir los ojos. —Tu
Hoja de la Sombra es fuerte, pero tu alma es hueca.

Kenji no atacó. Simplemente dio un paso hacia adelante. La punta de la Yume-Kiri tocó el
pecho de Kagehisa, justo sobre el corazón. La luz plateada de la espada comenzó a irradiar,
quemando la oscuridad que rodeaba al rōnin.
Kagehisa se encogió. El dolor no era físico; era la exposición de su propia maldad. Se dejó
caer de rodillas, soltando la Hoja de la Sombra.

La niebla desapareció en un instante, disuelta por la luz de la Yume-Kiri.

Capítulo 5: La Paz del Maestro


Kagehisa, derrotado no por el filo sino por la luz, no podía mirar al herrero.

—Mátenme —murmuró.

Kenji envainó la Yume-Kiri con un suave shing.

—No te mataré. El honor que te queda te castigará más que cualquier filo. Vete, y no
vuelvas a pisar tierra honrada.

Kagehisa se levantó y se arrastró fuera de la forja, un hombre roto y expuesto. La Hoja de la


Sombra quedó tirada en el suelo, convertida en una simple, vieja katana oxidada.

Hiroki salió de su escondite, con los ojos llorosos.

—Maestro... ¡Usted es invencible!

Kenji negó con la cabeza, recogiendo las herramientas de su forja.

—No soy invencible, hijo. Pero mi arte es honesto. Una espada es solo un pedazo de metal.
Su poder reside en la intención de quien la forja. La Yume-Kiri no fue hecha para cortar la
vida, sino para revelar la verdad.

Kenji le entregó la Yume-Kiri a Hiroki.

—Tu vista no ha sido mancillada por el fuego. Tómala. Es hora de que sepas que el mejor
guerrero es el que no necesita luchar.

El sol de invierno finalmente rompió a través de las nubes. La luz bañó la forja, y el acero de
la Yume-Kiri brilló, un testamento a la perfección de un ciego que había visto la verdad con
su corazón.

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